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El Salmo 137 y la influencia babilonia

Posted on 22 agosto, 2012 por danieltubau

He escrito varias veces acerca del Salmo 137, y lo he comparado con un pasaje
de la Epopeya de Gilgamesh:
Junto a los ríos de Babilonia,

allí nos sentábamos, y aun llorábamos,

acordándonos de Sión.”

(Salmo 137)
“Gilgamesh, entonces se sentó
y lloró.
Y las lágrimas resbalaban por sus mejillas.”
(Epopeya de Gilgamesh)
Me llamaba la atención que en ese pasaje se emplease la misma figura literaria
cuando el narrador primero se sienta y, sólo después de hacerlo, llora. El recurso,
que es uno de esos momentos en los que nos parece estar viendo la vida misma y
no una ficción literaria, aquello que Stendhal llamaba “ilusión perfecta”, ha sido
empleado también, y no cabe duda de que lo hizo imitando el Salmo 137, por
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Elizabeth Smart en el título de uan de sus novelas: En Grand Central Station me
senté y lloré, y más recientemente por Paulo Coelho: A orillas del río Piedra me
senté y lloré.
Antes de continuar, no debo ocultar que algunos hebraístas explican lo de
sentarse antes de llorar como una referencia a que los protagonistas adoptan una
actitud religiosa que consiste en sentarse y elevar los brazos en plegaria al Señor,
gritando y lamentándose en ocasiones. Pero yo seguiré con la otra interpretación,
que considero de mayor interés literario.
Como es obvio, al comparar los dos textos, podría parecer que yo estaba
sugiriendo de manera implícita que los judíos autores del himno (atribuido al rey
David) habían copiado el recurso literario de sentarse y sólo después llorar, del
poema de Gilgamesh o de algún texto similar de la cultura mesopotámica. En
efecto, esa era mi intención. Creo que el motivo literario mencionado, e incluso
otras partes del salmo, fue tomado de fuentes mesopotámicas.

Con esta hipótesis en mente, he investigado un poco y he averiguado algunas


cosas interesantes. Pero antes conviene recordar el salmo:

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SALMO 137
Junto a los ríos de Babilonia
Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos a llorar,
acordándonos de Sión.
En los sauces de las orillas
teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros
nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría:
“¡Canten para nosotros un canto de Sión!”
¿Cómo podríamos cantar un canto del Señor
en tierra extranjera?
Si me olvidara de ti, Jerusalén,
que se paralice mi mano derecha;
que la lengua se me pegue al paladar
si no me acordara de ti,
si no pusiera a Jerusalén
por encima de todas mis alegrías.
Recuerda, Señor, contra los edomitas,
el día de Jerusalén,
cuando ellos decían: “¡Arrásenla!
¡Arrasen hasta sus cimientos!”
¡Ciudad de Babilonia, la devastadora,
feliz el que te devuelva el mal que nos hiciste!
¡Feliz el que tome a tus hijos
y los estrelle contra las rocas!

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Naturalmente, el hecho de que en el salmo se mencione dos ciudades
mesopotámicas como Babilonia y Edom ya nos hace pensar que mi hipótesis no
es tan insólita. Se supone que el salmo fue escrito durante la cautividad de los
judíos en Babilonia, cuando Jerusalen fue invadido por los babilonios de
Nabucodonosor II y el rey Jeconías fue deportado a Babilonia. Ya antes, su
padre, el rey Joaquím de Judá, se había entregado a los invasores y había
sido deportado a Babilonia, junto con diez mil judíos. Hay que recordar que los
asirios habían destruido poco tiempo antes el otro reino judío, el de Israel,
haciendo emigrar a sus pobladores, las famosas diez tribus perdidas de Israel. Por
fin, como ya he dicho, hacia el -586 los babilonios invadieron nuevamente
Jerusalén y en esta ocasión incendiaron la ciudad y destruyeron el templo,
deportando a su población. De este modo se puso fin a los dos reinos judíos,
aunque todavía se produjo una nueva deportación en -582. Pocos judíos
permanecieron en Palestina y, de los que no fueron deportados, muchos acabaron
emigrando a Egipto.

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La primera y la segunda deportación judía a Asiria y a Babilonia

El Salmo 137, aunque se atribuye al rey David por convención, fue


probablemente escrito varios siglos después de su reinado, por exiliados judíos en
Babilonia, como parece demostrar el propio texto: “Junto a los ríos de
Babilonia”. Los “ríos” de los que se habla parece que son los canales de agua de
aquella ciudad asombrosa que fue Babilonia.

Los judíos exiliados tuvieron la suerte o la desgracia de vivir en Babilonia poco


antes de su caída definitiva como gran potencia y ya cerca del final de las
culturas mesopotámicas como tales, que se remontaban a tiempos de los
sumerios, allá por el tercer milenio antes de nuestra era.

Vivieron en el reino Neo-Babilonio de Nabucodonosor, que había derrotado al


reino asirio de Nínive, y que acabó a su vez conquistado por los persas de Ciro, y
,más tarde por Alejandro Magno, quien quiso restaurar el esplendor perdido de
Babilonia, pero murió envenenado aates de lograrlo. Ciro, el rey persa, permitió a
los judíos regresar a Palestina, así que es muy posible que el judaísmo deba su
pervivencia a quien hoy Israel considera su gran enemigo: Irán, es decir, la
antigua Persia.

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Mural de la sinagoga Hurva de Israel, que representa el pasaje del Salmo 137

Parece que los judíos no fueron esclavizados en Babilonia, o al menos no


sufrieron tortura y grandes castigos. Por ello, aunque hay discusión entre los
estudiosos, en la traducción del salmo se deberían emplear palabras como
“captores” y “opresores” y no, como se hace en ciertas ocasiones “torturadores”
o incluso “carceleros”, pero no me atrevería a meterme en cuestiones filológicas
hebraicas:

“En los sauces de las orillas


teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros
nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría”
La misma situación que parece transmitirnos el poema está lejos de parecer una
cárcel: los judíos tienen colgadas sus cítaras en los sauces y sus captores les
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piden que entonen alguno de los cantos de Sión. Sin embargo, los judíos no
quieren entonar ese canto. ¿Por qué?

La primera razón es obvia: su país ha sido arrasado, el templo de su dios


destruido y ellos han sido forzados a emigrar a Babilonia.

La segunda razón es más interesante. Aunque Sión se suele identificar con


Jerusalén o con Israel o con la Ciudad de David, en ciertos contextos se entiende
también como una referencia al monte Sión o incluso al Templo del monte Sión.
Su origen es una fortaleza jebusea llamada así, que fue conquistada por el rey
David. Los jebuseos eran un pueblo semita al que no convendrá perder de vista
en futuras investigaciones. Al parecer, aquel lugar, la colina de Sión, ya fue
tomado por un lugar sagrado quizá desde el tercer milenio antes de nuestra era,
con lo que los judíos, como después los cristianos y después los musulmanes,
adoptaron Jerusalén como ciudad sagrada siguiendo el ejemplo de un pueblo
anterior. Como es sabido, el honor de ser una ciudad sagrada para tres religiones
ha supuesto para Jerusalén continuas guerras y conflictos, que continúan en la
actualidad. Más una maldición eterna que una bendición.

En cualquier caso, Sión no se debe identificar, o al menos no siempre, con


Jerusalén sin más, sino como Jerusalén entendida como símbolo de la
religiosidad judía. En la clasificación de salmos y cantos incluso se distingue
entre dos asuntos, los cantos de Sión y los de Jerusalén. El Salmo 137 pertenece a
ambos géneros. Si no me equivoco es el único en el que se mencionan a la vez
tanto Sión como Jerusalén. En consecuencia, en este contexto, al hablar de Sión
en muchas ocasiones debemos entender cantos de alabanza a Yahveh, a Dios,
mientras que al hablar de Jerusalén se alude a la ciudad perdida y que se añora
desde el exilio.

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La razón por la que los cautivos no quieren entonar un canto de Sión, como les
piden sus opresores, se ofrece en el propio texto: esos cantos sólo se pueden
entonar en el Templo, en el templo destruido de Jerusalén :

¿Cómo podríamos cantar un canto del Señor


en tierra extranjera?
Los expertos interpretan el pasaje anterior como si significara que entonar
himnos de alabanza al señor en tierra extraña y lejos de la propia casa del señor
es casi una impiedad. Creo que esa interpretación es correcta, pero cabe una
remota posibilidad de que también aluda al rencor y a las dudas que al parecer
sintieron muchos judíos durante su cautiverio en Babilonia acerca de un dios que,
de nuevo, no había sabido protegerlos. Los judíos empezaban a preguntarse en
los jardines de Babilonia aquello que se habían preguntado el ateo griego
Diágoras de Melos, o aquel otro ateo indio que aparece en las Upanisads: “Si
Dios no puede proteger su propio templo, poco podrá protegerme a mí”. Sin
embargo, a pesar de lo tentador de esta última interpretación, creo que la
interpretación correcta es la aceptada por los expertos: no está bien alabar al
señor en tierra extranjera, o al menos entonar cierto tipo de cantos que están
destinados al templo de Jerusalén.
Así que los narradores del salmo, que quizá sean un grupo de músicos, como
parece revelar el que hayan dejado sus cítaras o harpas colgadas en los sauces, no
pudiendo entonar un canto de Sión o de alabanza al Señor, ¿qué hicieron?

Probablemente decidieron entonar un canto de lamentación, como es el mismo


Salmo 137, por lo que la composición, en cierto sentido, podría tomarse como un
ejemplo de metalenguaje: “Me pides un canto de Sión y yo entono este canto de
lamentación, porque no puedo entonar los cantos que me pides”. Lo cierto es que
la clasificación del Salmo 137 resulta muy complicada, porque no tiene las

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características de otros salmos. Carece, por ejemplo, de la usual invocación
inicial y no es un canto de ruego, imprecación, sermón o exhortación. Así que se
ha definido como canto de lamentación, con elementos de nostalgia o saudade, y
se ha comparado con mucho acierto con el fado portugués. También se sabe que
la estancia de los judíos en Babilonia influyó mucho en la cultura y la música de
los judíos.

Tal vez, esa sería mi aventurada hipótesis, los cautivos tomaron un aire musical,
y tal vez una estructura e incluso algunas frases de cantos babilonios, y todo ello
lo adaptaron a sus propios sentimientos, conservando frases como aquella en la
que se sientan y lloran, que se encuentra al final de la Epopeya de Gilgamesh,
cuando la serpiente roba a Gilgamesh la planta de la juventud y él se sienta y
llora, quizá lamentándose, como harían siglos después aquellos judíos en
Babilonia, y entonando un canto de saudade y tristeza antes de regresar,
derrotado, viejo y cansado, a Uruk.