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“Año del buen servicio al ciudadano”

CULTURA
UNIVERSIDAD NACIONAL DE MOQUEGUA

Gestión Pública y Desarrollo Social


TECNOCRATICA

MODERNA
CULTURA Y DESARROLLO

DOCENTE:
Eduar Marcelo Córdova Alvarado

INTEGRANTES:
 Oliver Huaracha LLica
 Janeth Rosa Cayo Quispe
 Kaina Alexandra Ortiz Ajrota
 Anais Xiomara Cuayla Falcón

CICLO: V CICLO

2017
MOQUEGUA –PERÚ
INDICE
INTRODUCCION

En este presente trabajo de investigación se hablara de algunas cosas que


resultan ser tópicos respecto del estado de cosas actuales: el proceso de
evolución de la técnica por encima del conocimiento científico especulativo; la
sobreabundancia de la técnica y su desvinculación de la ética; la transformación
del concepto de ciencia a un mero conocimiento empírico; el papel de la filosofía
en relación con la ciencia y la técnica; el conocimiento práctico prudencial en el
ámbito propiamente humano y su rol ante el conocimiento técnico. Tal parece
que todas estas cuestiones se vinculan con el modo superlativo con que el
conocimiento técnico se ha venido desplegando desde la Modernidad, sobre
todo en Occidente. Nos hemos propuesto revisar de manera sumaria la ubicación
del conocimiento técnico en el cuadro del saber humano. Para ello, primero
vamos a destacar qué es lo que dicen distintos autores sobre la creciente
sobrevaloración de la técnica en la vida humana actual. Luego, trataremos la
relación e integración de los diversos grados o modos del conocimiento humano
según el realismo filosófico.
1. DEFINICIÓN DE TECNOCRACIA.

Se llama tecnocracia a un pequeño grupo de individuos de formación técnica


que llegan al poder y lo ejercen al tomar decisiones políticas. En la tecnocracia
los especialistas en operaciones mecánicas son quienes ejercen el gobierno.
Esto implica una insuficiencia o debilidad en el político e incluso una sustitución
por los primeros, pero nunca la eliminación de la política.

La tecnocracia encuentra su fundamento en el método científico en el


razonamiento experimental en la racionalidad en la eficiencia en el óptimo de los
recursos para llegar al máximo de los resultados y aplicarlos a cuestiones
sociales. Algunas definiciones de tecnocracia son las siguientes:

Para Maurice Duverger:


El gobierno de la técnica es cuando en las sociedades modernas los hombres
de convierten más y más en siervos de las máquinas y de la organización y que
su originalidad humana no pueda expresarse más que al interior de los estrechos
marcos de estas máquinas y de dicha organización.

Manuel García Pelayo nos dice:


Se entiende por tecnocracia una estructura de poder en la que los técnicos
condicionan o determinan la toma de decisiones teniendo así que sustituir al
político en la función de las políticas. La tecnocracia significa así la presencia de
una nueva clase política compuesta por tecnócratas que comprende no sólo a
los técnicos del proceso productivo sino también a los especialistas en mana
gement (dirección) planificación, organización comunicación de masas,
investigaciones operacionales, análisis de sistemas, etc.

Reymond Vernon nos dice lo siguiente:


Tecnócratas son los ejecutivos "científicos" quienes tascan el freno de las
restricciones impuestas por sus mayores mientras buscan con impaciencia las
oportunidades para aplicar sus implementos y análisis "racionales" a los
problemas de los negocios.
2. TÉCNICA Y TECNOCRACIA.

La técnica ha hecho del obrero un especialista que sabe cada vez más sobre
aspectos cada vez más limitados.

Técnicas son el conjunto de medios que sirven para la realización del fin son un
conjunto de procedimientos bien definidos y transmisibles destinados a producir
ciertos resultados que se consideran útiles. Son reglas fundadas en la razón y
sometidas a la prueba mediante la práctica.

El trabajo hecho con cierto método para alcanzar un resultado es lo que se


denomina operación técnica. "La técnica abarca la totalidad de los
procedimientos disponibles para alcanzar un resultado concreto se trata de una
práctica controlada por la inteligencia".

Ahora bien, toda técnica es susceptible de perfeccionamientos y ampliaciones


es decir se actualizan como resultado del avance científico.

Se les llama técnicos a aquellas personas que se especializan en una cuestión


particular son personas que limitan su saber a un campo de acción. Son técnicos
no sólo los creadores de las técnicas sino la gran masa de los utilizadores del
procedimiento técnico.

El rasgo característico del especialista es en principio limitarse al campo de su


saber por lo que con la práctica constan te se convierte en experto.

El dominio de la técnica material al conocimiento y habilidad para utilizar las leyes


físicas, químicas biológicas etc.se le denomina tecnología y esto se ha
desarrollado tanto que maneja poderosas técnicas como el caso de la energía
nuclear o el armamento militar situación que dá a los técnicos un valor y una
influencia que no se puede menospreciar.

Cuando los técnicos se vinculan a cuestiones políticas se transforman en


tecnócratas su ascenso implica una participación en la vida pública.

el tránsito de la función técnica a la tecnocracia se consuma cuando el técnico


adquiere la capacidad de decidir o determinar de manera preponderante las
elecciones del responsable oficial.
3. VINCULACIÓN DE LA TÉCNICA A LA POLÍTICA.

La intervención del técnico en política es resultado de las in suficiencias y


debilidades de los políticos.

Esta intervención no tiene por resultado como algunos autores señalan la


exoutstón o desaparición total de la política. Ello obedece a un mito a una falsa
interpretación de la realidad la política como tal sigue existiendo lo único que
cambia son los elementos que la llevarán a cabo ejerciendo la supremacía del
poder.

Al tomar los técnicos el lugar de los políticos éstos asumen las funciones y
responsabilidades de aquellos. De simples técnicos pasan a ser tecnócratas y al
asumir compromisos pasan a ejercer la política; por consiguiente, intentan ser
políticos casa que puede llegar a ocurrir, aunque quizá sólo sea por excepción
pues en general los gobiernos tecnócratas hacen mal uso de la capacidad
políticas simplemente porque no la tienen; por lo que se concentran a resolver
únicamente cuestiones materiales o cuantitativas y no sociales humanas o
cualitativas.

Así pues, al ascender un técnico al gobierno se convierte en un neófito de la


política quien tratará de ejercer esta función no sin antes tener varios tropiezos.
4. TECNOCRACIA, HUMANISMO Y CULTURA

Las concepciones tecnocráticas aplicadas a la sociedad y la economía son


instrumento y resultante del capitalismo desarrollado. Implican la subordinación
del ser humano, considerado mero objeto al mandato de los intereses de la
oligarquía financiera. Nos encontramos, pues, al final de una curiosa parábola
histórica.

En efecto, la burguesía emergente hizo del humanismo su plataforma inicial para


oponerse a los dogmas sustentados por las periclitadas estructuras feudales.
Colocó el sol en el centro del sistema planetario y al hombre, despojado de los
privilegios de casta como medida de todas las cosas y portador de un saber
orientado a eslabonar la conquista del poder. Las circunstancias y, en particular,
las conquistas de América trastocaron el precario equilibrio alcanzado,
reconocible en el David y en el Moisés, de Miguel Ángel Buonarotti, así como en
el diálogo, mutuamente contaminante de utopía y realismo de Don Quijote y
Sancho. Asimismo, durante el turbulento encuentro de las dos culturas, la voz de
Fray Bartolomé de las Casas respondía a esa tradición humanista. No puede
olvidarse que la razón instrumental hizo que la esclavitud, con su brutal
explotación humana, su depredación de África y con las fortunas nacidas del
tráfico negrero, se constituyera en palanca de la acumulación capitalista.

Las ideas se sumergen, pero no mueren. Perceptible desde los pensadores


presocráticos, el humanismo sobrevivió soterrado en el Medioevo, resurgió con
el Renacimiento y volvió a aparecer con los primeros brotes del socialismo en
los tanteos de los utopistas a quienes sería oportuno someter a una nueva
lectura creativa.

Cuando la parábola abierta por la burguesía naciente se está clausurando,


cuando parece imponerse un utilitarismo miope, uno de los grandes conflictos
contemporáneos se diseña en torno a la contraposición tecnocracia y
humanismo. La respuesta no habrá de proceder del materialismo vulgar, falsa
moneda que, en última instancia, desconoce el papel del hombre ante las fuerzas
ciegas de la economía.
Plantearse la necesaria refundación del humanismo no es pura especulación de
ilusos. No se trata de onanismo intelectual. Porque el decursar de la historia ha
demostrado que las ideas —para bien o para mal— se convierten en objetivas
fuerzas actuantes. La gran crisis económica de la Alemania de entreguerras
favoreció el surgimiento del nazismo, pero la retórica de Hitler electrizó a las
masas y las condujo al fanatismo. En sentido inverso, revestidas a tenor de otras
circunstancias, las ideas de la Revolución Francesa impulsaron la lucha por la
independencia de la América hispana. Y aún más cerca de nosotros, en un
contexto económico carente de salida, los acontecimientos políticos precipitaron
el enfrentamiento desigual de los jóvenes revolucionarios, inspirados en el
programa del Moncada y portadores de las ideas que habían cristalizado en el
largo proceso de formación de la nación cubana, con la dictadura de Batista.
Paradoja inesperada, el buen vivir reclamado por la tradición indígena boliviana
puede asociarse también a una visión humanista.

A su modo, el imperio no desdeña la fuerza de las ideas. Las reduce a una


expresión simplista para bombardear con sus mensajes la influyente red
mediática de la actualidad. Sobre el trasfondo del derrumbe del socialismo
europeo, vencido en parte por sus propios errores como advirtiera
tempranamente el Che, su intención última induce a la alegre aceptación de la
derrota del ser humano. El vértigo consumista propicia el culto a lo efímero y
perecedero, a condenar la existencia a la absolutización de un presentismo sin
porvenir, a cultivar la desmemoria hasta borrar el recuerdo del pasado inmediato,
hasta el punto de reiterar los mismos artificios en la manipulación de la opinión
pública, a cancelar todos los saberes a favor de un monopolio elitista, a pervertir
los fundamentos de la verdad y de los valores éticos. El espectáculo y el
inmediatismo anulan el espacio de la reflexión. Todo vale para obtener, con
bienes perecederos, una felicidad ilusoria en un mundo reducido a minúsculos
fragmentos. En hoteles de cinco estrellas, en cruceros y yates, quienes disponen
de recursos para hacerlo, no viajan para descubrir a los otros, sino para
encontrar en espejos multiplicados el reflejo de su propia imagen reconfortante.

Sin que tengamos conciencia de ello, las ideas impregnan nuestro universo
cotidiano. Las consumimos en el aire que respiramos, suaves y edulcoradas. En
un planeta que solo conoce fronteras para los emigrantes, penetran por todas
partes. Levantar muros frente a ellas es ingenuo. En cambio, es tarea primordial
en los tiempos que corren diagnosticar el fenómeno y rescatar, atemperado a las
premisas de la contemporaneidad y extrayendo las lecciones de nuestro propio
aprendizaje secular, nuestra plataforma, válida para el porvenir y para dar
respuesta a nuestros desafíos actuales.

Más que ninguna otra, la circunstancia cubana exige la asunción de una


perspectiva humanista, término que no debe confundirse con humanitarismo.
Conferir a las personas un real protagonismo, basado en una participación
responsable en la tarea concreta, en el empleo social de los diversos saberes,
en la reivindicación del destino de la patria, hacer de cada quien objeto y sujeto
de la historia conduce a tener en cuenta, como esencia y razón, la dimensión
cultural. Para evitar malentendidos, resulta indispensable definir los alcances de
ese concepto. Aferrados a una herencia decimonónica, muchos restringen la
cultura al ejercicio y disfrute de las entonces llamadas bellas artes y bellas letras,
confinadas a una función meramente ornamental. El arte representa mucho más
y responde a una profunda necesidad humana, como lo atestiguan las tempranas
pinturas rupestres. Pero la cultura desborda ese terreno. Para Carpentier, se
manifestaba en la capacidad de establecer relaciones entre fenómenos de
distinta naturaleza. Ejerce, por tanto, un papel integrador de esencias,
contrapuesto a la fragmentación hoy dominante. Desde otro punto de vista, la
cultura es la memoria viva de los pueblos, portadora de su devenir histórico, de
su imaginario, de sus creencias, valores y costumbres, vale decir, de su
identidad. Y de sus expectativas de vida. Las decisiones políticas no pueden
prescindir de esa realidad concreta y moviente, so pena de cometer errores
irreparables.

En medio de la crisis internacional, Cuba atraviesa una compleja y riesgosa


situación. Está compelida, a un mismo tiempo, a sobrevivir y a sentar las bases
de una auténtica independencia económica. Habrá que tomar medidas dolorosas
que implican reconstrucción del empleo y sacrificio de algunos proyectos. Se
impone impulsar cambios de mentalidad, entre ellos, cierto acomodo derivado
del paternalismo. Hay que recuperar una cultura agraria deteriorada y fortalecer
la confianza en que el esfuerzo propio, base del esfuerzo común es salvaguarda
del presente y del porvenir, única garantía posible de una nación justa y
soberana. Durante medio siglo hemos arrostrado peligros y dificultades,
imantados por la fuerza convocante de la palabra, convencidos de la
cristalización necesaria de un proyecto de país, todo lo cual nos remite,
nuevamente, en última instancia, a la cultura. En la hora de los hornos han de
conjugarse la mente y los corazones para la participación comprometida de los
portadores de ricas experiencias de vida y de las múltiples capacidades
intelectuales constitutivas del capital humano forjado por la Revolución, a fin de
defender y perfeccionar nuestros logros más valiosos.

5. LA TECNOCRACIA: UN ANÁLISIS DE CULTURA INCULTA

La cultura es, en efecto, el espacio de la diferencia porque es el lugar en donde


se produce el sentido y el sentido no depende del orden natural sino de los
contenidos semióticos. El nacimiento, la muerte, la lluvia, la enfermedad, el sexo,
la pigmentación de la piel, son hechos naturales que ingresan a la cultura
solamente cuando son interpretados y, de esta manera, incorporados a un orden
simbólico.

La cultura no se presenta, en principio, como cultura, hasta que es confrontada


por otra. Cuando las comunidades humanas descubren a los otros, empiezan a
entender críticamente su propia artificialidad. Se dan cuenta de que hay otros
órdenes “naturales” y que, por lo tanto, hay un hiato irresoluble entre lo natural y
lo humano.
La crítica aparece en tanto que es posible interpretar la artificialidad como
artificialidad. No pretende, por supuesto, destruir la cultura sino explicar de qué
manera se construye el sentido y qué problemas humanos intenta resolver.
La cultura es, entonces, ficción en este buen sentido (un sentido borgeano,
cervantino) de la palabra. La consciencia de este carácter ficticio inicia un
proceso en el arte el cual, en efecto, empieza a ser moderno en la medida en
que reconoce y aprovecha su artificialidad.
Precisamente, por su capacidad de exhibir la diferencia y de cuestionar el
mundo, la producción cultural es o debería ser un elemento destinado a
enriquecer la vida moderna. Así debería ser, pero sus enemigos ya no son tanto
los nazis como los tecnócratas (que se ufanan de sus puestos de alcaldes,
abogados o periodistas). En efecto, la cultura tecnocrática, cada vez más
prevalente, quiere reducir la experiencia individual y social a un asunto de
finalidades y logros, en donde no haya espacio para ninguna reflexión sobre el
sentido. El tecnócrata sostiene que “las cosas son así” y que es ridículo
cuestionarlas; por ejemplo, afirmará que “Internet es así” y que, ya que sabemos
lo que es el “ser” (en su versión más reducida y simple), es definitivamente
absurdo meditar en el “deber ser”. Dicho de otra manera, el tecnócrata quiere
eliminar los sueños y las esperanzas y reemplazarlas por metas inmediatas que,
además, bien miradas, son burdos simulacros del bienestar. Su Dios es un Dios
que genera recompensas, pero no produce experiencias y siempre le repite que
las cosas son como son y no como deberían ser. Por eso, cada vez que escucha
la palabra “cultura”, el tecnócrata se inquieta, emite una sonrisa nerviosa, va en
busca de su catecismo tecnocrático y rastrilla su ‘mouse’.
6. LA TÉCNICA DESDE LA MODERNIDAD: TECNOCRACIA

Hoy día suele hablarse con frecuencia acerca de la “tecnología” como motor o
eje del progreso de la humanidad. Todo tiende a sugerir que con ese concepto
se está haciendo referencia a un determinado tipo de conocimiento humano
(conocimiento instrumental) pero en cuanto aplicado a cuestiones estrictamente
útiles para la vida humana. Conviene detenernos un poco más en el concepto
tecnología. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la primera
acepción de tecnología es: “conjunto de técnicas o teorías que permiten el
aprovechamiento práctico del conocimiento científico”. De tal manera que,
siguiendo esa significación, la tecnología sería una serie de conocimientos
instrumentales que se orientan a aplicar el conocimiento científico que por
naturaleza es teórico o especulativo con una finalidad práctico utilitaria o práctico
instrumental. Es decir que podría entenderse a la tecnología como la técnica que
se sirve de las ciencias para una aplicación instrumental. En pocas palabras, se
trataría de la instrumentalización de la ciencia. Es un lugar común afirmar que el
desarrollo material de los últimos siglos estuvo potenciado por la utilización de
técnicas cada vez más refinadas y abarcadoras de todos los ámbitos de la vida
humana. De hecho, se habla de la existencia de un mundo que ha pasado a ser
tecnológico o un mundo tecnocrático. Se trata de un mundo dirigido por la
técnica, donde de algún modo el poder se realiza mediante la búsqueda de
soluciones eficaces o útiles por encima de toda otra consideración.

Esta visión de ejercer el poder aplicando primero o exclusivamente respuestas


“eficaces” parece ser uno de los signos propios de los países occidentales hoy
día. Ahora bien, diversos autores desde distintos ángulos y disciplinas vienen
coincidiendo de algún modo en advertir sobre la superabundancia del
conocimiento técnico en desmedro de los otros saberes humanos.
7. LA TECNOCRACIA: EL FALSO PROFETA DE LA MODERNIDAD

La Modernidad es, en primer lugar y en términos muy formales, la autorreferencia


de una época nueva frente a lo viejo (es ese el sentido del término original
modernus que tiene unos quince siglos). Como tal, muchas modernidades han
existido (ver Habermas, 1985). Pero ninguna anterior quiso separar el pasado
del futuro, siempre el primero fue ‘maestro’ del segundo (ver Koselleck, 1993).
La Modernidad ilustrada sí soñó con esa distinción, según la cual esta
Modernidad es ante todo proyecto y escasamente pasado.

Es cierto que la Modernidad ha sido asociada también a la forma cognitiva del


descentramiento del mundo. Habermas ha tomado este concepto de Piaget y ha
traspasado los conceptos de evolución cognitiva desde el sujeto hasta las
sociedades. A través de la idea de un descentramiento se remite al fenómeno
según el cual la experiencia del propio rol en la construcción de la realidad pasa
a ser tematizada. Y eso no sólo lo dice Piaget. Lo dice también Marx de un modo
más bello y más político. Y además no lo dijeron, pero lo hicieron, los
revolucionarios de 1789 en Francia, en el momento de unión de la teoría y la
praxis. Piaget señala también que una etapa cognitiva es la del surgimiento de
la brecha entre acontecimiento y sujeto. Societalmente es el surgimiento de los
problemas de la epistemología y, por tanto, del conocimiento. Habermas señala
que la cultura resultante de fenómenos de descentramiento cognitivo (es decir,
la moderna) goza de diferenciación a nivel de las categorías que permiten la
labor argumentativa. Si en Platón lo bello, lo bueno y lo verdadero estaban
vinculados, convergiendo sofisticadamente entre sí y relacionándose en el
mundo de las ideas; en Kant lo bello, lo bueno y lo verdadero son criterios
diferenciados, que merecen distinciones fundamentales (que incluso hay que
remarcar con distintos libros para cada esfera). Esto es clásico del
descentramiento, donde se asume la existencia de una distancia entre realidad
e interpretación y que llega a expresarse en la lingüística con la agresiva tesis
de que no hay vínculo alguno entre el significante y el significado.
Algunos paradigmas sociológicos han señalado que la Modernidad es el
momento en que la coordinación de acciones, de manera simple, cara a cara,
entra en crisis. Los criterios para coordinar acciones suponen un incremento en
su racionalidad, generándose un nuevo modo de llevar a cabo dicha
coordinación. Se trata del impersonal modo de los sistemas de acción. Este
desarrollo conduce a nuevas formas organizacionales y, entre otros, supone el
surgimiento del Estado moderno y la empresa capitalista. Las acciones de los
actores deben coordinarse entonces no sólo entre sí, sino también (y a veces
predominantemente) con el sistema. Y por eso ser moderno es, por ejemplo, ser
impersonalista para las decisiones. O eso dijo Parsons.

La Modernidad es, también, el resultado de una serie de procesos como la


industrialización, la urbanización y la explosión demográfica. Pero además es, si
creemos en cierta inmanencia, la causa de estos procesos. Yo no creo en la
inmanencia, pero basta que haya algunos que sí crean para que ella opere, lo
que dicen que es el teorema de Thomas. Y

como causa de esos procesos la inmanencia recurrida y más socorrida es la


inmanencia de la razón, casi como el espíritu de la época. La Modernidad ‘es’ la
razón en tanto ‘es’ su promesa, la buena nueva del advenimiento de la razón que
de tanto deambular en la historia ha encontrado su sitio y se comienza a
desplegar con todo su ‘ser’. Y aquí entramos en el mensaje global, casi mítico,
de la Modernidad.

La Modernidad, la que ha estado tan próxima a nosotros, es identidad y


construcción de un proyecto, hacia el futuro, donde la razón finalmente llegaría
a imperar. La historia tiene sus vicisitudes, su dialéctica, pero la Modernidad
espera el momento casi religioso donde hayamos llegado a la razón, el momento
donde no estemos equivocados, como una angustiante respuesta al ‘juicio final’
del judeocristianismo (juicio, que es palabra fuerte, pues es también crítica,
razón; es decir, en la Modernidad vivimos entre dos juicios finales). Con la
Modernidad se espera que el final sea no sólo feliz sino además tranquilo y
permanente, que además sea de (y en) este mundo, que sea el punto quieto de
una feliz racionalidad. Por eso la Modernidad es también una promesa. Todo
proyecto lo es. Es la promesa del progreso. Los más radicales racionalistas
trataron de negar el punto, haciéndolo menos tosco. Weber y Spencer, por
ejemplo, descreyeron del asunto, detectaron el aspecto religioso de semejante
esperanza. Pero Hegel y Marx de manera muy clara, Kant con más implícitos y
toda la construcción teórica más cargada de politicidad explícita (liberalismo,
socialismo) vislumbraron el punto final, más quieto o más móvil, con la forma de
la utopía baconiana, con la verdad hecha carne y la sociedad moviéndose a su
son. Pero no se trata de cualquier razón la que ha de triunfar. En la Modernidad
encontramos la esperanza también de la plena constitución del sujeto político,
donde se forma la autoconciencia de que en él reside la historia, que es ésta
algo por construir, no un mero atavismo de tragedia griega. Es la esperanza de
la autonomía y la emancipación.

Decíamos que la tecnocracia ha de ser caracterizada, en primer término, como


un grupo que participa en la distribución del poder en la sociedad. Habrá que
señalar además que ostenta un claro 'ethos' y un tipo de posición que, estando
vinculado al aparato público, se sitúa en una relación flexible con la
institucionalidad del aparato de Estado. La conexión con el principal subsistema
de la política, como es el Estado, deviene de la creciente necesidad de
especialización que éste ha requerido para la toma de sus decisiones. La
búsqueda de un

mayor grado de racionalidad en términos de eficacia y eficiencia condujo al


cuestionamiento del paradigma burocrático y a la revisión del mismo,
pensándose en nuevas fórmulas. La búsqueda de una mejor capacidad
operativa llevó a la pregunta por las formas de organización y tomas de decisión
más ‘acertadas’ de acuerdo a los referidos fines últimos (la eficacia y la
eficiencia).

El origen de la tendencia tecnocrática parece ostentar antecedentes desde


distintos frentes. Quizás las primeras propuestas concretas, en el siglo XX, de
algo parecido a la tecnocracia son las del pro-ingenieril sociólogo Thorsten
Veblen, quien proponía una sociedad manejada por ingenieros. Recién pasado
el año 1930, la cruel tradición humana de nombrar la ignominia para hacerla
permanente y dolorosa hizo que se generara un neologismo. Se llamaba
‘tecnócratas’ a quienes merodeaban el aparato burocrático, pero que no estaban
incluidos en él (y por tanto no gozaban de ese prestigio). El arribo de técnicos
externos se hizo más frecuente en el keynesianismo, pues sus complejidades
teóricas requerían de profesionales expertos, lo que condujo a la construcción
de cierto prestigio para los economistas. Esta genealogía no pretende ser
exhaustiva, pues lo que de todo esto sí resulta relevante es que el camino de
desarrollo de un pensamiento tecnocrático fue rápidamente asimilado a las
convergencias ideológicas. Por la época, casi no quedaban especialistas que no
reivindicaran las propuestas keynesianas y el Estado social. De hecho, en un
congreso titulado "El futuro de la libertad" desarrollado en Milán en 1955, más de
150 intelectuales de distintas nacionalidades y de casi todas las posturas
ideológicas (salvo comunistas), se dieron cita y llegaron a la conclusión de que
las diferencias ideológicas se habían reducido ostensiblemente, lo que era tan
evidente que ellos mismos estaban de acuerdo en todos los aspectos centrales.
El único que no estaba de acuerdo con las conclusiones del congreso era
Frederick von Hayek. Y el consenso estaba construido respecto a las políticas
de los Estados de bienestar. De hecho, en el mencionado congreso, "todos
concordaban (menos Hayek) en que el aumento de control estatal, manifestado
en varios países, no concluiría en una disminución de la libertad democrática"
(Lipset, 1987: 358). Y las únicas discrepancias que persistían eran leves
diferencias entre los niveles de planificación estatal considerados deseables por
la izquierda y la derecha. Fue precisamente en este congreso donde se terminó
hablando del ‘fin de las ideologías’, pues se consideró evidente que prontamente
se llegarían a acuerdos universales. En este marco de confluencias, los
tecnócratas encontraban campo fértil: la ausencia de discusión ideológica, les
parecía, favorecía el trabajo técnico, que sólo opera en marcos de reducción de
complejidad.

Paralelo a este proceso de penetración de la técnica en la política, la relevancia


del Estado como sistema central de la vida social abría las necesidades de
respuestas a las inquietudes sobre su propio funcionamiento. Este proceso
supuso nuevos planteamientos y propuestas. Finalmente, una de las vías fue el
creciente acceso de un particular tipo de especialista muy similar al 'director' de
las corporaciones privadas de corte empresarial. Los directores nacen con las
sociedades de acciones y se posicionan como las personas a cargo de
administrar una propiedad con la 'ética' de quién la posee, pero sin tenerla
materialmente. Entre el dueño de los medios de producción y quien vende su
fuerza de trabajo, se sitúa el gerente que es en cierto sentido ambas cosas y
que, en rigor, no es ninguna. De manera similar, en el aparato de Estado
comienzan a arribar actores que no tienen legitimidad para poseer los medios de
dominación (no son representantes) y a su vez no tienen orientado su trabajo por
las órdenes de los dominadores (no son funcionarios). La tecnocracia finalmente
será un

Sin embargo, la forma de uso del poder no sería semejante a la del político, como
señalará Touraine, pues la acción del tecnócrata no es de mando, es de
manipulación

"los tecnócratas no son técnicos, sino dirigentes, pertenezcan a la


administración del Estado o a grandes empresas estrechamente vinculadas,
siquiera por su importancia, a los ambientes de decisión política. Solamente en
este sentido puede hablarse de una 'élite del poder'" (Touraine, 1973: 53).

A la hora de caracterizar la dominación del 'tecnócrata', Touraine dirá que no es


directa ni clara: es ambivalente. Esta conjunción es decisiva. Se trata de una elite
de poder que actúa

de manera indirecta, cuya forma de acceso al control radica en su vínculo


socialmente aceptado con el saber, la expertiz.

Lo cierto es que todas estas características de la tecnocracia requieren quedar


superpuestas a condiciones socioculturales que permitan su arribo a ser parte
de la clase dirigente. Es cierto que la conversión de la decisión en una cuestión
técnica está a la par con la posibilidad (conceptualmente hablando y no
necesariamente de manera histórica) de que el técnico adquiera una relevancia
antes insospechada. Sin embargo, no es menos cierto que el tipo de tecnocracia
existente ha de adaptarse al tipo de decisiones que son consideradas sustantivas
para los destinos de la sociedad. Y, fundamentalmente, se requiere que las
capas dominantes sean permeables a la operatividad tecnocrática (pues
finalmente las ideas dominantes de una sociedad son las ideas de la clase
dominante). Y en este punto es donde el tecnócrata actual, economista
comercial, encuentra el terreno muy fértil para sus propuestas en las condiciones
actuales del capitalismo. Después de todo, el hecho de ser quienes (se supone)
saben cómo hacer la riqueza, cómo administrarla, cómo hacerla crecer; les
convierte en portadores de un saber fundamental, sobre todo considerando
sociedades donde el acceso al mercado es eje de la jerarquía social y donde,
por tanto, la riqueza es valor supremo. La pregunta sobre cómo hacer riqueza ha
sido traducida mecánicamente en la pregunta sobre cómo generar desarrollo,
como si para pasar de lo privado a lo público bastase un chasqueo de los dedos.
Se pasa de la organización productiva a la asociación de dominación sin
problemas, con la misma forma de construcción de índices y de evaluación de
decisiones. La racionalidad del mercado se hace, así, razón de Estado.

Sin embargo, el acceso del tecnócrata al Estado suponía una propuesta de


análisis e intervención en la sociedad que requería de aceptación. En este
proceso es posible detallar algunos discursos de legitimación que serán
sintetizados más abajo. Pero hay una necesidad previa: para que un paradigma
científico predominante (que ha logrado imponerse en su medio a partir de la
instalación de algunos problemas como los más sustantivos de la disciplina)
pueda extrapolarse a un paradigma de conducción de la sociedad, resulta
indispensable vincular ciertos aspectos sustantivos del paradigma con
cuestiones de referencia general en la sociedad. Es decir, el paradigma debe
ostentar algún nivel de predominio como imagen de mundo. Y si bien la
descripción de este proceso sería larga y engorrosa de detallar, considerando
además que no está en los objetivos de este texto; es posible reducir las
expectativas a la mera descripción de esa imagen del mundo, en este caso, de
la sociedad.

El tecnócrata ha logrado dar cuenta de las sociedades y sus instituciones como


sistemas, en los que predominan ciertas lógicas operativas que, de ser
conocidas, (se asume) pueden ser manipuladas. En este marco, los sistemas
'deben' ser orientados según los principios de la razón técnica (el ‘deben’ no es
normativo, está en calidad de poder fáctico). La búsqueda de óptimos específicos
y acotados conduce necesariamente a la optimización de la sociedad toda. Por
demás, el Estado es un sistema como cualquier otro. Y lo que es regla para los
distintos sistemas, como la empresa capitalista, es válido para el Estado, se
asume. Por esto es que la dirección del Estado debe ser realizada desde los
mismos ejes que la empresa, lo que indica a la economía como la disciplina
sustantiva. Más aún, la disciplina que se ocupe debe ser utilizada en razón a su
grado de univocidad, pues existe sólo un óptimo y por tanto no deben haber
respuestas discrepantes. Es por esto que la disciplina a cargo de la resolución
de problemas debe usar modelos claros y precisos, carentes de grandes
diferencias unos de otros. La unanimidad es considerada prueba de la sensatez
de la disciplina. Y esto supone la conversión de dicha disciplina en una técnica
(la técnica es ella misma razón instrumental, es decir, la búsqueda del mejor
camino para un fin), en este caso, la conversión de la economía en economía
aplicada de corte comercial. Finalmente, como corolario, la razón técnica debe
ser el fundamento de la estructuración institucional y política de la sociedad, es
decir, el diseño de ésta debe responder a los objetivos de optimización
económica que señala la disciplina cuya lógica impera.

Importante resulta destacar que el acceso de la tecnocracia modifica la forma


específica del Estado moderno. En éste, la separación entre dirigente y
funcionario era seguida por la diferencia entre representante (que toma la
decisión) y especialista (que señala las posibles consecuencias de las distintas
acciones al representante). Sin embargo, el tecnócrata es dirigente, pero no es
representante; y es especialista, pero no es funcionario. Y no es funcionario
porque en parte la naturaleza del tecnócrata exige cierta ausencia de formalidad
en su inserción en el aparato de dominación. Para que el especialista pueda
decidir en el Estado moderno, no puede ser funcionario, pues estos tienen claras
delimitaciones de funciones desde el ámbito jurídico, muy rígidas e imperativas,
con explícitas y continuas jerarquías, además de roles permanentes. Por demás,
el mero funcionario, hasta hoy, está supeditado a la decisión voluntarista del
político, lo que para el tecnócrata sencillamente vulnera el espíritu de su
racionalidad (más aún, vulnera el espíritu de la Razón).

Ahora bien. Aunque es cierto que ser tecnócrata supone ubicarse fuera de la
institucionalidad permanente, no es menos cierto que la burocracia típicamente
moderna propia de la administración pública le resulta un obstáculo.
Básicamente es la diferencia de cultura organizacional entre el tecnócrata y el
burócrata la que complejiza la imposición del paradigma tecnocratizado. En este
sentido, la tecnocracia ha cuestionado fuertemente la administración pública, a
la que ha catalogado de 'tradicional' (notable fórmula de oponerla a Modernidad)
y ha propuesto un nuevo paradigma, una Nueva Gerencia Pública que sea
concomitante al desarrollo de un proyecto de modernización del Estado.

El tecnócrata construye un discurso donde el político es visto como un actor


público cuya relevancia decisional debe ser baja por su fuerte diletantismo. Por
demás, la política misma es apreciada como un espacio de meras luchas de
poder entre intereses personales, donde se dirimen cuotas de poder y cuyas
lógicas de operación están lejos de la racionalidad (lo que además muchos
políticos se empeñan en confirmarlo). Por otro lado, el burócrata queda señalado
como un especialista de corte ineficiente, de baja preparación y muy apegado a
reglas excesivamente estrictas que (supuestamente) quitan capacidad ejecutora.

Por supuesto, el tecnócrata no es el tipo que tiene un pie en la técnica y otro en


la política. El tecnócrata es el técnico que es capaz de tener capacidad operativa
y de toma de decisiones en razón de sus argumentos técnicos, siendo capaz de
imponerlos ante diversos otros argumentos. Es este el fenómeno de la
tecnocracia. La cooptación del técnico por la actividad política es accesoria y no
aporta al análisis de este tema (aunque sí al análisis de las elites).

Son éstas, someramente, las bases del pensamiento e imaginario tecnocrático.


Pero estas bases han de plasmarse políticamente, han de ser proyecto. Y lo han
sido. Desde el imaginario tecnocrático una serie de razonamientos se han
construido. El gran antagonista explícito o implícito es la política. Eso se puede
apreciar en cualquier discurso protecnocrático89. La escasez de un estatus claro
de racionalidad de la política como actividad ha sido, en parte importante, el
espacio abierto a la crítica tecnocrática. El desapego de la ciencia política
respecto a los problemas de racionalidad y su esquiva mirada, hasta resentida a
veces, hacia la sociología, donde dicho tema sí es eje; parecen ser factores que
favorecen la crítica respecto a la política como actividad o como problemática
que carecería de un estatus claro respecto a la racionalidad. Y es así como se
ha construido un argumento que señala que el pensamiento ideológico (no en el
sentido marxista, sino como doctrinas políticas o, más en general, como
tematización del orden social), propiamente político, estaría en un nivel muy bajo
-y hasta indefinible- de racionalidad. Y es así también como se ha aceptado la
idea de que la política debe ‘modernizarse’. Incluso esta idea ha sido absorbida
por algunos círculos politológicos que, indirecta o directamente, reconocieron (en
prueba de ignorancia) la necesidad de tecnocratizar las decisiones, quedando la
política resumida sólo a la mera lucha por cuotas de poder en aparatos donde lo
sustantivo aparece como ya decidido.

De la razón tecnocrática y la falsa profecía.

En el mundo de la jaula de hierro weberiana no cabe nada sustantivo. ¿Cómo


llegar desde la pérdida de la sustancia a la profecía? ¿Cómo pasar de la profecía
de lo extracotidiano a la profecía de la norma estadística? El proceso no parece
ser asible de buenas a primeras. Pero desde el tibio idealismo se pueden hacer
algunas intentonas. La descripción weberiana de la jaula de hierro cuestiona el
sentido de la historia y la autonomía del hombre en ella. De este modo la jaula
nos plantea una interesante paradoja al cuestionar tanto la matriz premoderna
de comprensión de la historia (el mundo tiene un sentido trascendente) como la
moderna (la historia la construyen los hombres, quienes pueden darse sus
propias reglas). Lo que la jaula de hierro ‘ofrece’ a cambio es la irrelevancia de
la voluntad y el mecánico trayecto de una razón operativa. En la medida en que
se logra prescindir del uso de la voluntad en medio de la racionalidad, se promete
el camino de la Modernidad. Ella, la Modernidad, ha perdido su sentido político.
La decisión pierde valor en tanto se asimila a arbitrariedad y dogmatismo,
quedando en el lado opuesto a la razón. Al poder se le distancia de la
probabilidad de que alguna voluntad se imponga a otra en el marco de una
relación social. En cambio, el poder comienza a quedar definido desde la razón
instrumental: es el poder del ‘disponer’, del control, del manejo y la predicción de
rendimientos de determinados recursos. En este nuevo marco la ausencia de
actores conduce al poder como una operación. Y es aquí donde es posible una
profecía hecha de curvas normales.

La resolución idealista nos deja sin actores. Es como si no existieran los


tecnócratas, como si no hubiera politicidad en medio del proceso de imposición
de una forma de la razón. Podríamos recurrir (y debemos hacerlo, aunque sea
como matiz) a una mirada algo más materialista (aunque este texto ya se graduó
de idealismo). Pero es necesario ir con cuidado. Una burda resolución
materialista podría conducirnos a la hipótesis conspirativa de una clase
dominante que consuma su posición con una aséptica mecanización. Y, sin
embargo, hasta esta burda interpretación merece atención. Entonces,
aparentemente se requiere avanzar en medio de ambas interpretaciones (la
materialista y la idealista). Por un lado, la mecanización de una jaula de hierro
como el sino de una formación histórica (capitalismo) nos puede conducir a la
pérdida de los actores. Pero, quizás por lo mismo, permite comprender las líneas
gruesas de un proceso. En parte entonces el trabajo ‘idealista’ permite llegar a
buen puerto, aunque nos basemos en el sofisma de un ‘desenvolvimiento’ de
procesos históricos. Por otro lado, sí hay actos de construcción de hegemonía
que han sido sustantivos para la tecnocratización. Se pueden mencionar, por
ejemplo, desde un tipo de formación profesional y académica que niega los
debates paradigmáticos en la disciplina eje (la economía) hasta las específicas
formas en que se invaden las esferas de la decisión política con una teoría de la
toma de decisiones. Estos ejemplos no agotan los aspectos concretos que toman
las dinámicas tecnocráticas, cuyos correlatos se pueden hallar en las más
diversas expresiones de la vida social.

La lucha de paradigmas en las ciencias es siempre una lucha política. Esto se


hace muy claro cuando se aprecia que la economía (ya subyugados los debates
en su interior) intenta y logra avanzar hacia otras disciplinas gracias a la
construcción de un marco metodológico general (el individualismo
metodológico). A través de ese marco la premisa individualista de que el actor
elige racionalmente (es decir, se asume, en su propio beneficio) ante la
coyuntura de una decisión cualquiera, se proyecta como modelo de comprensión
general de los fenómenos. Este proceso, el traslado de una imagen de mundo a
una norma lógica y metodológica sumamente restrictiva, no es un evento menor.
En el fondo se trata del proceso por el cual una imagen de mundo se proyecta a
la categoría de modo de pensar. Y un fenómeno de esta índole sólo puede
haberse producido si esa imagen de mundo es portada por quienes son capaces
de imponerla con éxito, la clase dominante, el grupo que ha visto que sus
intereses se satisfacen avanzando por los derroteros de una forma de ver el
mundo. La dominación se consuma con una imagen de mundo adecuada y los
actores quedan incapacitados para imaginar siquiera alguna fórmula alternativa.
Nos convencemos incluso que decidir es confrontarnos con un ‘mercado’ de
alternativas mentales. La forma de pensar supone imponer determinados fines
últimos, horizontes de posibilidad, bienes de salvación. La dominación se ha
hecho hierocrática en el sentido weberiano. Desde un aparentemente
inofensivo principio metodológico (el individualismo metodológico) los
tecnócratas han constituido una imagen de mundo. Y, desde ella, se ha llegado
a la fórmula política, a la construcción de un discurso de legitimación. ¿Cómo se
produce este salto? Se propone, aquí y ahora, a la profecía como fenómeno
capaz de realizar este paso fundamental. Weber, en sus ensayos de sociología
de la religión, señala que toda profecía está enfocada en los desgraciados o
amenazados. La búsqueda de redención es propia de los oprimidos. Sin
embargo, quienes portan la profecía, sus constructores, no son los oprimidos:
“por lo general, el profeta mismo no era en absoluto descendiente o
representante de las clases oprimidas. Veremos que es más bien lo contrario lo
que constituye casi una regla.” (Weber, 1998b: 240). La profecía tecnocrática
viene de una clase en tanto es portada por un grupo cuya situación de
aprovisionamiento y adquisición está determinada por un tipo de destreza “en el
ejercicio de funciones

Weber, haciéndose cargo de Marx, ha dicho que “son los intereses, materiales o
ideales, no las ideas, quienes dominan inmediatamente la acción de los
hombres. Pero las ‘imágenes de mundo’ creadas por las ‘ideas’ han determinado,
con gran frecuencia (…), los raíles en los que la acción se ve empujada por la
dinámica de los intereses” (Weber, 1998b: 247). La profecía, como promesa, es
una apelación a una imagen de mundo posible, futura, deseada. Detrás de ella
han de haber intereses. La profecía tecnocrática actual está obviamente
sustentada en una base de intereses. No hay que apelar a un burdo mecanicismo
que nos conduciría a la tautológica observación de que tras la profecía
tecnocrática está la tecnocracia como clase. Estando ella en una situación de
intereses muy clara, que permite entender su doctrina y su promesa, no es
menos razonable que sea ella misma el resultado de otra constelación de
intereses y de otra imagen de mundo. Foucault ha señalado que para la
constitución de una disciplina es necesario primero abrir esa posibilidad
‘discursiva’ (Foucault, 1996). Y la posibilidad discursiva de la economía actual
tuvo un desarrollo originario en la constitución de un ‘ethos’ adaptado al
capitalismo, el mismo que Weber estudia minuciosamente en gran parte de sus
obras (y específicamente en “La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo”).
En este marco, las dinámicas tecnocráticas actuales no parecen responder a
lógicas demasiado diferentes a las que describe el capitalismo y su jaula de
hierro a la racionalidad.

La tecnocracia trae la profecía del fin de las incertidumbres, del imperio de la


razón. Se pretende la utopía moderna hecha carne, el control del reino de este
mundo. La Modernidad había soñado con este momento de unión con la Razón,
como esas muchachas que sólo esperan el día en que se casarán, y aunque la
razón no era eso que se pensaba, esa mágica conjunción entre lo sustantivo y
lo formal, sino una cosa más parecida a una jaula de hierro, no ha quedado otra
que aceptarlo, como tantas otras novias que ocultarán su frustración en el hecho
de portar el vestido de princesa.

La tecnocracia es el profeta, hace el llamado al nuevo mundo, trae la buena


nueva, pero es también ella misma la profecía. Lentamente crecen sus
sacerdotes, sus gerentes públicos y otros portadores de las interpretaciones
correctas. Sin embargo, hace tiempo ya que

tenemos a la razón instrumental por doquier dispersa. Hace rato que el


capitalismo ha construido sus leyes de la racionalidad y las ha hecho carne. Hace
rato vivimos en la jaula de hierro y hace rato que la dialéctica de la Ilustración ya
ni siquiera alcanza para tesis y antítesis. Este profeta ha llegado para anunciar
lo ya ocurrido y teñirlo como un futuro de esperanza. Este profeta es un falso
profeta.
8. EL CONOCIMIENTO TÉCNICO (LA CULTURA TECNOCRÁTICA
MODERNA)

Citemos en primer caso a Daniel Bell,2 quien desde una perspectiva sociológico
económica observa que en una primera fase de la Modernidad el hombre tuvo
siempre la pretensión de conquistar el orden natural. Pero en los últimos tiempos
la humanidad ha pretendido la directa sustitución del orden natural por un orden
técnico. Como consecuencia de ello señala Bell, la sociedad posindustrial en la
que hoy estaríamos viviendo sería una refundición de esa búsqueda de esa
pretensión, pero con medios más poderosos en comparación con aquella
primera etapa de la Modernidad durante la Revolución Industrial. Bell ilustra su
análisis trayendo a colación dos ejemplos de la literatura en la que se buscaba
anticipar la aparición de una civilización tecnocrática.

Por su lado, Romano Guardini también aprecia un inusitado y creciente dominio


de la técnica en el mundo. Este teólogo señala que en la Modernidad aparece
un fenómeno nuevo. El hombre se decide a investigar la naturaleza mediante
métodos exactos y por experimentación, formando teorías que se suceden entre
sí. Dice Guardini:

Así surgen relaciones funcionales que se hacen cada vez más independientes
de la organización humana inmediata y a las cuales pueden fijárseles cada vez
más, a discreción, unos fines determinados: nos estamos refiriendo a la
tecnología”.

“La ciencia en cuanto captación racional de lo real y la técnica como conjunto


de posibilidades proporcionadas por la ciencia dan a la existencia un carácter
nuevo: el carácter del poder y del dominio en un sentido agudo.

De este modo, no solo la naturaleza sino también el hombre mismo termina


siendo dominado en forma creciente por el propio hombre. “El hombre se
acostumbra a considerar que este mundo evoluciona objetivamente en sí
mismo”, por lo que parece avenirse un nuevo tipo de lo humano, “el concepto de
hombre no humano.

La tesis de Guardini merece una cita más extensa que consideramos atinente
transcribir:
la nivelación de la Edad Moderna proviene de la racionalización de la ciencia y
de la funcionalidad de la técnica tenemos la impresión de que la naturaleza y el
mismo hombre están cada vez más a disposición del dominio del poder las
normas éticas pierden su evidencia inmediata y, en consecuencia, su influjo
moderador sobre el uso del poder se hace menor”. se desprende una idea cuyo
alcance es imposible sobreestimar: la idea de la planificación universal. En ella
el hombre carga con su mirada lo dado: las materias primas y las energías de la
naturaleza, pero también al hombre mismo en su sustancia vital. La estadística
nos da aquí un conocimiento exacto de lo que existe. La teoría muestra los
recursos para configurarlo. La razón de Estado decide cuál es el resultado total
a que debe tenderse. La técnica tomando esta palabra en su más amplio sentido
pone a nuestra disposición los métodos para conseguirlo. A esta planificación
impulsan razones importantes: necesidades políticas, crecimiento de la
población, limitación de los bienes económicos y exigencia de distribuirlos bien,
magnitud de las tareas que hay que realizar, etc. Pero detrás de todo esto no se
encuentran motivos prácticos, sino espirituales: un estado de espíritu que se
siente justificado y obligado a proponer un objetivo a la obra humana y a usar
para este fin como material todo lo que está dado”. Desde otra perspectiva, Juan
Vallet de Goytisolo,6 jurista español, también comparte la visión de los otros
autores ya citados. Observa que los propios pensadores de la Modernidad han
querido entender la historia de la humanidad como un pasaje de una edad infantil
a una edad madura racional. El pasaje habría sido desde una civilización de tipo
“teocrática” hacia una humanidad gobernada por la “tecnocracia”. Se trataría de
que en el origen era una etapa inicial basada en la ignorancia y en la superstición
de la creencia en un más allá, para luego pasar a una humanidad autosuficiente
basada en el progreso constante de las ciencias empíricas. Según aquellos
pensadores de la Modernidad, afirma Vallet, la sociedad teocrática habría estado
gobernada por mandatos basados en la voluntad de Dios, o por la voluntad de
hombres intérpretes de la divinidad. En cambio, la sociedad tecnocrática vendrá
a proponer una evolución y una superación incluso de las mismas ideologías
surgidas en la misma Modernidad (liberalismo y socialismo). De modo que en la
síntesis tecnocrática esto se producirá a través de un cientificismo progresista
superador de las ideologías nacidas al amparo del Iluminismo modernista. La
solución de la “tecnocracia” consistiría en identificar la verdad con la mera
racionalidad cuantitativa; racionalidad mensuradora que relegará al mundo de lo
irracional todo lo puramente cualitativo, es decir, lo no cuantificable.

Según Vallet, esta doctrina no lleva sino a una creciente deshumanización del
ser humano. Dice Vallet:

“En resumen, la respuesta tecnocrática representa un retorno neoiluminista a la


pureza del cientifismo originario, por encima de las construcciones políticas de
los pactistas de los siglos XVII y XVIII y de los teóricos posteriores, de los
socialismos utópicos y de sus secuelas, penetradas en el joven Marx y
mantenidas, como fermento dialéctico, en la praxis del marxismo”.

Sostiene también: esa razón que no juzga de la verdad, que se le escapa, y se


reduce a cumplir una ‘funcionalidad operativa’, que busca solo lo útil, y queda
reducida a un conjunto de técnicas perfectibles, aplicables a los datos
sociológicos, ético-religiosos, etc., para organizar un plan totalmente previsible
en su dinámica práctica resulta necesariamente enemiga de la naturaleza o del
ser de las cosas y del hombre. Lo racional, entendido como medida y peso de
cantidad calculable, si se aplica incluso a la vida estética, moral, religiosa, obtura
o expele la fantasía y los sentimientos, la fe, adormece todo ímpetu y empeño,
expulsa el amor y hace a los hombres mezquinamente egoístas, perdidamente
empeñados a medir o pesar lo propiamente útil para una felicidad siempre
mediocre’ o instrumento para dominar el mundo y satisfacer las necesidades de
la existencia humana.

En la misma esencia de la técnica en sentido moderno se encuentra su


capacidad de transformación. Las innovaciones técnicas generan la secuela del
ritmo acelerado del hombre moderno. “No cabe duda de que el interés técnico,
o más concretamente el interés por los problemas técnicos, ha pasado a la
vanguardia de todos los intereses.

Para el hombre actual, o al menos para la juventud, la telegrafía sin hilos y la


aeronáutica resultan más interesantes que el problema del pecado original.

Hasta aquí hemos querido reflejar cómo diversos autores advierten sobre el
pretendido dominio que parece ejercer la técnica sobre la vida humana,
circunstancia que es uno de los ejes de la Modernidad y de su epígono, la
denominada Posmodernidad. A esta altura vuelven con mayor fuerza las
preguntas que hicimos al principio, acerca de qué es o en qué consiste el
conocimiento técnico y cuáles son sus límites, sus relaciones, sus
subordinaciones. Por qué el mundo se ha vuelto “tecnológico” y cómo el hombre
debería enfrentar esta circunstancia.

9. INTERNACIONALIZACION DE LA TECNOCRACIA.

En la actualidad el control de la tecnología constituye el instrumento más


importante y la piedra angular de la lucha internacional por el poder. Quienes
controlan la tecnología están en una posición privilegiada para controlar la
distribución internacional del ingreso.

La importante rapidez del progreso técnico sobre todo después de la segunda


guerra mundial en cualquier país del mundo independientemente de la forma de
gobierno que posea ha genera do que el modo de vida del hombre de nuestros
días sea idéntico o similar en cualquier parte del mundo. Esto ha nacido una
nueva generación de individuos quienes manejan un mismo lenguaje en todo el
planeta. Aquél que actúa en razón de los fenómenos técnicos y debido a ello
posee los mismos rasgos en todas partes.

Ahora bien, esta situación no sólo es particular de los técnicos pues sucede lo
mismo con la tecnocracia cuyas características -en unos lugares más definidos
que en otros están presentes en todos los países del globo terraqueo. De esta
manera hemos llegado a un grado en que la tecnocracia se ha hecho
internacional hay pues una interdependencia.

Esta situación ha sido aprovechada sobre todo por los países más ricos si
tomamos en cuenta que a través de las empresas transnacionales u organismos
multilaterales influyen en la implantación de este método de trabajo sobre todo
en los países dependientes.
Un caso de esta internacionalización de la tecnocracia es aquel que realizan los
Organismos Financieros Internacionales al capacitar técnicamente a
funcionarios con el objeto según han dicho de situarlos en condiciones de
aumentar la eficacia de las administraciones financieras.

En 1960 comenzaron los primeros cursos en 1964 se estableció un


departamento de capacitación en el Fondo Monetario Internacional el cual se ha
venido ampliando considerablemente. Así mismo originalmente los cursos se
daban en inglés ahora se dan también en francés y español ello con el propósito
de facilitar la asistencia de funcionarios que no dominan el inglés.

También antes los funcionarios tenían que trasladarse a la sede del Fondo para
tomar dichos cursos ahora tanto el Fondo como el Banco Mundial proporcionan
consejeros y asistencia técnica "necesaria" en los países respectivos; asistencia
que se manifiesta en la preparación e instrumentación de objetivos planes
programas y presupuestos de desarrollo nacional. Por lo que es evidente la
asesoría de los Organismos Financieros Internacionales en los planes de
gobierno de los países dependientes sobre todo si se quiere dinero de éstos.
Hay que recordar que las cartas de intención son un elemento importante para
la autorización o no del préstamo.

De esta manera los funcionarios de los Organismos Financieros Internacionales


participan en casi todos los niveles en las de cisiones políticas y económicas.
Establecen alianzas con los funcionarios esto con el fin de que la relación resulte
con perfecta armonía.

Esta tecnocracia internacional se compone de personas que piensan y se


comunican en términos que puedan facilitar el entendimiento de país a país por
muy lejanos que se encuentren sin tener dificultades de mayor amplitud. Para
ello dispone de ciertos recursos por los cuales con facilidad interpretan el
comportamiento de factores indicadores o variables; sin que intervengan para
ello juicios de valor.

El pensamiento tecnocrático es un pensamiento práctico, objetivo, operativo,


racional y abstracto. Dicho pensamiento implica un modo particular de
desagregación de los contenidos políticos y las condiciones reales de existencia
de las personas los grupos y la vida social en general.
Con la internacionalización de la tecnocracia los países más ricos a través de los
Organismos Financieros Internacionales o de las corporaciones transnacionales
influyen en los aparatos estatales de los países dependientes.

10. LA TECNOCRACIA: UN ANÁLISIS DE CULTURA INCULTA

La cultura es, en efecto, el espacio de la diferencia porque es el lugar en donde


se produce el sentido y el sentido no depende del orden natural sino de los
contenidos semióticos. El nacimiento, la muerte, la lluvia, la enfermedad, el sexo,
la pigmentación de la piel, son hechos naturales que ingresan a la cultura
solamente cuando son interpretados y, de esta manera, incorporados a un orden
simbólico.

La cultura no se presenta, en principio, como cultura, hasta que es confrontada


por otra. Cuando las comunidades humanas descubren a los otros, empiezan a
entender críticamente su propia artificialidad. Se dan cuenta de que hay otros
órdenes “naturales” y que, por lo tanto, hay un hiato irresoluble entre lo natural y
lo humano.
La crítica aparece en tanto que es posible interpretar la artificialidad como
artificialidad. No pretende, por supuesto, destruir la cultura sino explicar de qué
manera se construye el sentido y qué problemas humanos intenta resolver.
La cultura es, entonces, ficción en este buen sentido (un sentido borgeano,
cervantino) de la palabra. La consciencia de este carácter ficticio inicia un
proceso en el arte el cual, en efecto, empieza a ser moderno en la medida en
que reconoce y aprovecha su artificialidad.
Precisamente, por su capacidad de exhibir la diferencia y de cuestionar el
mundo, la producción cultural es o debería ser un elemento destinado a
enriquecer la vida moderna. Así debería ser, pero sus enemigos ya no son tanto
los nazis como los tecnócratas (que se ufanan de sus puestos de alcaldes,
abogados o periodistas). En efecto, la cultura tecnocrática, cada vez más
prevalente, quiere reducir la experiencia individual y social a un asunto de
finalidades y logros, en donde no haya espacio para ninguna reflexión sobre el
sentido.
El tecnócrata sostiene que “las cosas son así” y que es ridículo cuestionarlas;
por ejemplo, afirmará que “Internet es así” y que, ya que sabemos lo que es el
“ser” (en su versión más reducida y simple), es definitivamente absurdo meditar
en el “deber ser”. Dicho de otra manera, el tecnócrata quiere eliminar los sueños
y las esperanzas y reemplazarlas por metas inmediatas que, además, bien
miradas, son burdos simulacros del bienestar. Su Dios es un Dios que genera
recompensas, pero no produce experiencias y siempre le repite que las cosas
son como son y no como deberían ser. Por eso, cada vez que escucha la palabra
“cultura”, el tecnócrata se inquieta, emite una sonrisa nerviosa, va en busca de
su catecismo tecnocrático y rastrilla su ‘mouse’.

11. ALGUNAS CONCLUSIONES ACERCA DEL CONOCIMIENTO


TÉCNICO Y EL MUNDO TECNOCRÁTICO

Para finalizar nos parece conveniente hacer una síntesis de las ideas que
queremos dejar sentadas acerca de la técnica y de nuestra actualidad
“tecnocrática”. Afirmamos que el objeto operable de la técnica es un objeto
contingente y dependiente de nuestra actividad, al igual que en la prudencia.
Pero a diferencia de la virtud de la prudencia, la técnica tiene por objeto lo
factible; mientras que la prudencia, lo operable o lo agible. Sostenemos que la
bondad de la técnica está en la cosa por producir o artefacto, y no en el artífice
o técnico que la realiza. La técnica no brinda rectitud ética en el uso que el
hombre hace de ella, mientras que la prudencia sí confiere esa rectitud. La
materia de la que trata la técnica es menos amplia y contingente que en la
prudencia, cuyo objeto son las acciones humanas contingentes libres, mientras
que la técnica está sujeta a cierto determinismo. Por tanto, la técnica tiene mayor
certeza que el conocimiento prudencial, pero es menos universal su finalidad.37
La técnica es efectivamente un conocimiento causal como la ciencia, pero su
universalidad es impropia y proviene solo de la regla misma (del arte o técnica
misma empleada) para lograr la perfección del artefacto ideado según la mente
del artífice. En cambio, la ciencia en sentido clásico es un conocimiento causal
universal y necesario.

Por todo esto la técnica es un modo inferior de conocimiento que se encuentra


entre la mera experiencia y la ciencia, que depende jerárquicamente de la
prudencia y de la filosofía práctica y especulativa. Además, esa situación
intermedia entre ciencia y experiencia le impone grados que se acercan a uno u
otro extremo según el caso. La aparente tecnocracia a la que aluden los autores
comentados al inicio depende –entre otras razones– de un desplazamiento de la
técnica del marco de los saberes humanos. Es, de algún modo, un
desquiciamiento por el que ella ha venido a ocupar un lugar central del
conocimiento humano en una sociedad que pretende circunscribirse a la mera
utilidad y satisfacción de mayores instrumentos o de bienes de consumo. Así es
que la técnica parece haber venido a ser un motor del conocimiento humano en
la era Moderna. Pero esto, conviene recordarlo, no agrega nada a la plenitud
humana si no se logra incardinar al hombre y los ámbitos de la cultura en el orden
propio de los fines naturales, en lo que está incluido el orden jerárquico en que
la técnica corresponde estar. En efecto, hoy día se aprecia el desafío de que la
técnica encuentre un cauce más humano. Las mismas técnicas aplicadas a
distintos sectores de la realidad humana –tales como por ejemplo la
manipulación en la reproducción humana– están exigiendo una visión más
integradora en miras a los verdaderos fines del ser humano. Hace falta mirar al
conocimiento técnico en la perspectiva integradora del saber humano, cuyo
vértice es la Sabiduría.

El último fin de todo conocimiento humano es la felicidad. Por consiguiente, la


verdadera felicidad consistirá esencialmente en aquel tipo de conocimiento que,
una vez adquirido, no deje ningún deseo de mayor conocimiento. Pero tal tipo de
conocimiento no puede ser el que los filósofos –que– han adquirido por
demostración, porque, aun teniéndolo, todavía deseamos conocer lo que no se
alcanza por ese camino. Luego tal conocimiento no puede ser la última felicidad”
CONCLUSIONES

Primera conclusión : Los saberes y las manifestaciones culturales del pueblo


con las formas tradicionalmente reconocidas como cultura, con la finalidad que
abrir y acrecentar los límites de la apreciación de nuestro patrimonio y valorar la
historia personal y colectiva de nuestra nación.

Segunda conclusión: Si bien es cierto que la técnica ha servido al hombre en


una infinidad de elementos ésta ha sido y debe seguir siendo sobre todo para el
ámbito público un instrumento importante de ejecución de las decisiones
políticas un medio que proporciona elementos adecuados para tomar una
decisión un auxiliar en el esfuerzo de querer cumplir con los objetivos que
respondan a las necesidades de la comunidad.

Tercera conclusión: El progreso técnico puede y debe estar de acuerdo con el


progreso humanos puesto que el progreso técnico no sirve al hombre si no en la
medida en que respeta el orden de los valores éticos.

Cuarta conclusión : Es evidente que a pesar de contar con una gran


tecnologías existen en el mundo grandes diferencias entre los distintos países
en producción, alimentación, educación, salud, transporte, etc. situación que se
refleja en un gran abismo entre unos pocos que cuentan con mucha riqueza y
una gran mayoría de la población que no la tiene y no sólo carece de ella sino
que ni siquiera alcanza los mínimos de bienestar (nutrición, salud ,educación
vivienda entre otros).
BIBLIOGRAFIA

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