Está en la página 1de 200

Mancur OIson logra amalgamar en esla obra ©I análisis econó­

mico, la teoría política y la sociología para exponer con gran


claridad la diferencia cualitativa que existe entre los grupos
pequeños y los grupos grandes, y centra su estudio en estos
últimos.
Explica los fenómenos sociales resultantes de la lógica de
las acciones de los grupos privilegiados, los grupos interme­
dios y los grupos latentes, al mismo tiempo que aclara un gran
número de ideas equivocadas. Presenta la teoría de los grupos
y las organizaciones; demuestra su fuerza mediante el estudio
del crecimiento de los sindicatos, el concepto de la libertad
económica, la teoría marxista del estado y de clases, las
teorías ortodoxas, las teorías de "producto secundario" y de
'interés especial" de los grupos de presión, así como de los
grupos no organizados.
En una contribución Importante a las ciencias sociales; ha
capf urado el interés de los científicos sociales y lleva a hacer
una revaluación de los grupos de presión. La minuciosa
preparación de su contenido ha permitido que la obra perma­
nezca sin cambios desde su primera edición en 1965; el i:
apéndice que se incluyó años más tarde refiere al lector a
importantes artículos relacionados con el tema y presenta el
concepto de "empresario político".
r
Los estudiantes de carreras del área de Humanidades y
licenciaturas económico-administrativas así como el área de
Ciencias Sociales encontrarán indispensable este libro.
I'
Til

nO* ca

B
lIN L fiA
La Lógica de la Acción Colectiva
Bienes Públicos y la Teoría de Grupos

OLSON

0 L IM U S A
NORIEGA EüllORES
Temas que abarca la obra;

Teoría de los g ru p o s y las o rg a n iz a c io n e s


- La finalidad de la organización
*- Bienes públicos y los grandes grupos
- La teoría tradicional de grupos
- Grupos p equeños
- Grupos "exclusivos" e "inclusivos”
- Una taxonomía de los grupos

T am añ o y c o m p o rta m ie n to del g rup o


- Coherencia y efectividad de los grupos pequeños
- Problemas de las teorías tradicionales
- Incentivos sociales y comportamiento racional
Elsindicato y la libertad e c o n ó m ic a
- Coacción en los sindicatos de trabajadores
- Crecimiento del sindicato en teoría y en la práctica
- El establecimiento sindicado y la libertad eco n ó­
mica en el grupo latente
- Intervención del gobierno y la libertad económica
en el grupo latente
Teorías o rt o d o x a s del e s t a d o y d e c l a s e s
- La teoría del estado, de los economistas
- La teoría marxista del estado y de clases
- La lógica de la teoría de Marx
Teorías o rt o d o x a s d e los g ru p o s d e p re sió n
- Las perspectivas filosóficas de los grupos de
presión
- Economía Institucional y el grupo de presión.
John R. Commons
- Teorías m odernas de los grupos de presión.
Bentley. Trurnan. Latham
- La lógica de la teoría de grupos
Las te o rías d e "p ro d u c to s e c u n d a r io ” y d e "inte­
rés e s p e c i a r
- La teoría de "producto secundario" dé los grandes
grupos de presión
- Grupos de trabajadores
- Grupos de profesionales
- La teoría de "interés especlar'y los grupos em pre­
sariales
- Fomento, por el gobierno, de la presión política
- Cooperativa y grupos agrícolas
- Grupos de presión no económicos
- Los grupos olvidados - aquellos que sufren en
silencio
LA LÓGICA DE LA ACCIÓN
COLECTIVA

nienes Públicos y la Teoría de Grupos


Prólogo, 1971

Puesto que las dos ediciones (en inglés) de este libro, en pasta y en nSs-
tica, se van a reimprimir casi al mismo tiempo, la ocasi<in se presta para
pensar en hacer cambios. Sería posible enmendar el tema de la obra, agre­
gar varias ideas que se me han ocurrido desde que fue escrita y tomár en
cuenta trabajos afínes hechos ert los áltimos aflos por otros autores; pero
he «enunciado a una revisión de esa magnitud. En mU pumos de vista no
ha habido cambio alguno que Justiflque una nueva rfcdácclón. Algunas de
las ideas que agregaría a cualquier nueva edición hati «ido expuestas ya
en artículos, y por otra parte resultaría demasiado largo el tratar adecua­
damente lo que otros han escrito. Por lo tanto, lo que hice fue preparar un
brevé apéndice que le proporcionará al lector interesado una guía de los
artículos que he publicado sobre el tema y que habla de una idea fasci­
nante que los comentaristas han propuesto para un trabajo posterior. Ese
apéndice da comienzo en la página 183.
Si bien el recuerdo de la mayoría de los favores recibidos se desva­
nece pronto, no ha ocunido así con mi gratitud hacia los críticos que me
ayudaron cuando estaba escribiendo el libro. A menudo he podido per­
catarme de que la reacción ante la obra habría sido menos generosa (o
más reservada) si los primeros borradores no hubieran sido tan bien
criticados. El crítico que entre todos fue el que más me ayudó es Thomas
Schelling, de la Universidad de Harvard. Aunque ni él ni los demás son
responsables de los errores ^ue la qbra pueda tener, gran parte de la
aceptación que ha logrado se debe particularmente a sus juicios. También
Edward C. Banfield y Otto Ec^stein criticaron este estudio en forma por
demás provechosa cuando era el borrador de una tesis para doctorado en
Harvard. Cuando la tarea se hallaba en la etapa'de prospecto, saqué gran
provecho de las opiniones de Samuel Beer, de John Kenneth Galbraith, de
Cari Kaysen y deTalcottParsons. A medida que comencé a corregir la tesis
para su publicación, recibí los comentarios extraordinariamente útiles de
Alan Holmans, Dale Jorgenson, John Kain, Douglas Keare, Richard Lester
$ PrMoifo

y George von Furstcnberg. Asimismo, en diversas dupas del proi cso de


preparacióndceste libro, William Baumol, David ßaylcy, Arthur licnnvic,
James Buchanan, Edward Oalbom. Aldrich Finegan, I ,ouls I'ouil. (Jerald
Garvey, Mohammed Guessous, W. E. Hamilton, Wolfram llnnricdcr,
Stanley Kelley, Roland McKean, Richard Musgrave, Robert Rcichanit,
Jerome Rothenberg, Craig Stubbleblne, Gordon Tullock, Alan Williams y
Richard Zcckhauser emitieron juicios notables y constructivos. Por ul­
timo, espero que la dedicatoria a mi esposa exprese lo mucho que aprecio
su ayuda y aliento. Además de todas las otras cosas que ha hecho por mí y
por nuestros tres hijos, me ayudó tanto con el estilo como con la sustancia
de esta obra.
Agradezxo igualmente que el Profesor F. A. von Hayek tomara la
iniciativa para disponer la traducción del libro al alemán y contribuyera
con un prólogo para la versión en ese idioma.
Mi trabajo en este libro fue apoyado generosamente por la Comisión
de Estudios de las Ciencias Sociales, por la Fundación Shinner y por el
Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Princeton. Estoy
igualmente agradecido con la Brookings Institution, cuya hospitalidad
propició grandemente mi labor en este libro y en otro anterior.

Mancur OIson

Departamento de Economía
Universidad de Maryland
College Park, Maryland
Contenido

I n t r o d u c c ió n ii

I. Una t e o r Ia bE l o s g r u p o s y i, a s o r g a n i z a c i o n e s is

A. La fínalidad de la organización, ts
B. Bienes públicos y los grandes grupos, I9
C. La teoría tradicional dé grupos, 2«
D. Grupos pequeños, 32
E. Gnipos “exclusivos” c "inclusivos”, 4«
F. Una taxonom ía de los grupos, 53

II. T aMAÍIO y COMPORTAMIJÍNTO DEL GRUPO 63

A. Coherencia y cfecUvidad de los gnipos pequeños, 63


B. PÍDblemas de las teorías tradicionales, «7
C. Incentivos sociales y com portam iento racional, 7o

III. El, SINDICATO Y LA LIDERTAD ECONÓMICA 77

A. Coacción en los sindicatos de trabajadores, 77


B. Crecimiento del sindicato en teoría yen la práctica, ««
C. El establecimiento sindicado y la libertad
económica en el grupo latente, 99
D. Intervención del gobierno y libert*ad económica en
el grupo latente, loi
%
IV . T e o r ía s o r t o d o x a s dkl esta d o y d e c la se s iii
<
A. La teoría del Estado, de los economistas, 11 1
B. La teoría marxista del Estado y de clases, iis
C. La lógica de la teoría de Marx, 118
10 Coultmde

V. T e o r í a s ORTODOXAS DE LOS GRUPOS DB PRESIÓN 125

A. La perspectiva Hlosóflca de los grupos de presión, m


B. Economía institucional y el grupo de presión -
John R. Commons, I2 S
C. Teorías modernas de los grupos de presión -
Bentley, Traman, Latham, i3i
D. La lógica de la teoría de gnipos, i40

V I . L as TEORfAS de “ pRODUcro s e c u n d a r io ” y d e

“ in t e r é s e s p e c ia l ” I«7

A. La teoría de “producto secundarlo” de los grandes


grapos de presión, i<7
B. Grupos de trabajadores, iso
C. Grupos de profesionales, is2
D. La teoría de “interés especial” y los grapos
empresariales, 15«
E. Fomento, por el gobierno, de la presión política, m
F. Cooperativas y grapos agrícolas, l«»
G. Grupos de presión "no económicos”, t74
H. Los "grapos olvidados", aquellos que sufren
en silencio, ito

A p iín d ic e 1S3

Í n d ic e 193
Introducción

A menudo se da por sentado, al menos cuando de objetivos económicos se


trata, que los grupos de personas con intereses comunes tratan noimaimen-
te de favorecer esos intereses. Se espera que esos grupos actúen en favor
de sus intereses comunes, así como se espera que tos individuos actúen en
nombre de sus intereses personales. Esa opinión acerca del componamien-
to de los grupos se encuentra a menudo no sólo en las discusiones po­
pulares, sino también en los escritos de los eruditos. Muchos economistas,
con diversas tradiciones metodológicas e ideológicas, la han aceptado
implícita o explícitamente. Ese punto de vista ha sido importante, por
ejemplo, en muchas teorías de los sindicatos de trabajadores, en las teorías
marxistas de la acción de clases, en los conceptos de “poder compensador”
y en diversos estudio^ de las instituciones económicas. Ha ocupado además
un lugar prominente en las ciencias políticas, por lo menos en los Estados
Unidos, donde el estudio de los gmpos de presión ha estado dominado por
una aplaudida “teoría de grupos*’ basada en la idea de que los grupos,
cuando sea necesario, actuarán para favorecer sus metas comunes o de
grupo. Por último, ha desempeñado un papel importante en muchos estu­
dios sociológicos bien conocidos.
El punto de vistá de que los grupos actúan para servir a sus intereses
está basado probablemente en el supuesto de -que, en los grupos, las
jwrsonas actúan por propio interés. Si los miembros de un grupo pasaran
por alto altruistamente su^blenestar personal, no sería muy probable que,
colectivamente,persiguieran algún objetito egoísta comúnode grupo. Ese
altruismo, sin embargo, se considera excepcional y nomialmcntc se piensa
que el comportamiento egoísta es la regla, por lo menos cuando están en
juego las cuestiones económicas. Nadie se sorprende cuando los hombres
vie negocios buscan mayoreS'ganancias, cuando los trabajadores buscan
salarios más altos ni cuando los consumidores buscan precios más bajos.
Se supone que la idea de que los grupos tienden a actuar en apoyo de sus
intereses colectivos es una consecuencia lógica de esa premisa, amplia-
II
12 Inlroíiiiccitfn

mente accplada, dcl comportamicnlo racional egoísta. I)it:h(>(lc olio modo,


si los m i c m b f D S de algún gmpo licncn un intcnís u objetivo común, y si
lodos ellos estarán en mejor situación en caso de que ese objetivo se logre,
se piensa que, lógicamenle, los miembros de ese gru|X), si son racionales
y egoístas, actuarán con el fin de alcanzar esc objetivo.
Pero, de hecho, no es cierto que la ¡dea de que los grupos actuarán por
su propio intenís se deriva lógicamente de la premisa del comportamicnlo
racional y egoísta. No es así, porque lodos los miembros dcl grupo saldrán
ganando si logran su objetivo común. Actuarán para alcanzarlo aunque
lodos sean racionales y egoístas. En realidad, a menos que el número de
miembros del grupo sea muy pequeño, o que haya coacción o algún otro
mecanismo especial para hacer que las personas actúen por su interés
común, las personas racionales y egoístas no actuarán para lograr sus
intereses comunes o de grupo. Dicho de otro modo, aun cuando todos los
miembros de un grupo grande sean racionales y egoístas y resulten
beneficiados si, como grupo, trabajaran para alcanzar su interés u objetivo
común, de lodos modos no actuarán voluntariamente con el íin de satisfacer
ese interés común o de grupo. La idea de que los grupos de personas
trabajarán con ese fin, lejos de ser una implicación lógica del supuesto de
que los miembros de un grupo tratarán racionalmente de favorecer sus
intereses individuales, es de hecho inconsecuente con ese supuesto. Esa
contradicción se explicará en el capítulo siguiente.
Si los miembros de un grupo grande tratan racionalmente de maximizar
su bienestar personal, no actuarán para favorecer sus objetivos comunes o
de grupo a menos que haya coacción para obligarlos a hacerlo o a menos
(lue se les ofrezca individualmente algún incentivo por separado, distinto
de la salisfacción del interés común o de grupo, con la condición de que
ayuden a soportar los costos o las cargas que implica el logro de los obje­
tivos dcl gmpo. Esos gni|X)s grandes tampoco formarán organizaciones para
favorecer sus metas comunes en ausencia de la coacción o de los incentivos
mencionados. Esos puntos siguen siendo válidos aunque en el gmpo haya
un acuerdo unánime respecto al bien común y a las maneras de lograrlo.
El punto de vista generalizado, común en las ciencias sociales, de que
los gmpos tienden a favorecer sus intereses, es por lo tanto injustificado,
al menos cuando está basado, como normalmente lo está, en el supuesto
(implícito a veces) de que los gmpos actúan por su propio interés porque las
personas lo hacen. Existe paradójicamente la posibilidad lógica de que los
gmpos que se componen de personas altmistas o irracionales puedan ac­
tuar a veces en favor de sus intereses comunes o de gmpo; pono, como se
tratará de demostrar en otras partes empíricas de este estudio, esa posibili­
dad lógica carece normalmente de importancia práctica. De manera que el
Introducción 13

pumo de vista aceptado generalmente, de que los grupos de personas con


intereses comunes tienden a favorecer esos intereses comunes» parece
tener poco mérito, si es que tiene alguno.
Ninguna de las afimlaciones anteriores es aplicable enteramente a los
grupos pequeflos, porque en éstos la situación es mucho más complicada.
En los grupos pequeños puede haber alguna acción voluntaria en apoyo
de los propósitos comunes de los miembros; pero en la mayoría de los ca­
sos esa acción cesará antes de que alcance el nivel óptimo para los miem­
bros en conjunto. En el hecho de compartir los costos de los esfuerzos por
alcanzar una meta común en los grupos pequeños hay sin embargo una
tendencia sorprendente a la “explotación” de los grandes por los pequeños.
Las pruebas de todas las afirmaciones lógicas hechas anteriormente se
encuentran en el capítulo I, en el cual se desarrolla una explicación lógica
o teórica de ciertos aspectos del comportamiento de grupo y organizativo.
En el capítulo II se examinan las implicaciones de este análisis para grupos
de tamaño diferente y se ilustra la conclusión de que, en muchos casos, los
grupos pequeños son más eficientes y viables que los grandes. En el
capítulo III se consideran las implicaciones del tema para los sindicatos de
trabajadores y se saca la conclusión de que, en la mayoría de las situacio­
nes, es indispensable alguna forma de membresía obligatoria para que el
sindicato sobreviva. En el capítulo IV se aplica el enfoque establecido en
este estudio para examinar la teoría de Marx de las clases sociales y para
analizar las teorías del Estado desarrolladas por algunos otros economis­
tas. En el capítulo V se analiza la “teoría de grupos”, aplicada por muchos
científicos de la política, a la luz de la lógica elaborada en este estudio y se
sostiene que esa teoría, como se entiende normalmente, es lógicamente
inconsecuente. En el último capítulo se desarrolla una nueva teoría de los
grupos de presión, consecuente con las relaciones lógicas esbozadas en
el capítulo primero y que sugiere que la membresía y la fuerza de las gran­
des organizaciones del tipo de gmpo de presión no se derivan de sus logros
cabilderos, sino que son más bien un producto secundario de sus otras
actividades.
Aunque soy economistji y los instmmentos de análisis usados en e<?tc
libro provienen de la teoría económica, las conclusiones del estudio son tan
pertinentes para el sociólogo y el científico de la política como lo son para
el economista. He tratado poplo tanto, siempre que fue posible, de evitar el
empleo del lenguaje diagiamático-matemático de la economía. Lamen­
tablemente muchos no econotnistas encontrarán una o dos partes breves
del primer capítulo expresadas en forma oscura e incompatible; pero lodo
el resto del libro debe resultar perfectamente claro, cualquiera que sea la
especialidad del lector.
I
Una teoría de los grupos
y las organizaciones

A. La nNALIDAD DE LA ORGANIZACIÓN

Puesto que la mayor parte (aunque de ninguna manera la totalidad) de la


acción que se emprende en favor de gr\ipos de personas tiene lugar a tra­
vés de organizaciones, es útil considerar estas últimas de modo general o
teórico.' El punto de partida lógico para comenzar el estudio de las orga­
nizaciones es su fínalidad; ahora bien, las hay de todo tipo, forma y tamaflo,
incluso en el caso de las organizaciones económicas. Por lo tanto, es di fícil
que haya alguna fínalidad única como característica de las organizaciones
en general. Una que sin embargo caracteriza a la mayoría, y se aplica
prácticamente a todas aquéllas que se ocupan de un aspecto económico
importante, es proteger los intereses de sus miembros. Eso debe resultar
obvio, al menos desde la perspectiva del economista. Desde luego, algu­
nas organizaciones pueden, por ignorancia, no favorecer los intereses de
sus miembros, mientras que otras pueden sentir la tentación de servir

1. Lá mayoría de los econom istas no han desarrollado teorías de las o rganizacio­


nes; pero existen algunos trabajos sobre el tema, desde el pvmto de vista económico. Véase
por ejemplo tres artículos de Jacob Marschak, "Elements for a Theory of Team s” ,
Management Science, I (enero de 1955), 127-137, “Towards an Economic Theory of
Organization and Information'*, en Decirion Processes, cd. R. M. Thrall. C. H. Combs
y R. L. Davis (Nueva York: John Wiley, 1954), págs. 187-220, “ Efncicnt and Viable
Organization Forms”, en M odern VrganiiaiioH Theory, ed. Mason Haire (Nueva York:
John Wiley. 1959), págs. 307-320; dos trabajos de R. Radncr, “Application of Linear
Programming to Team Decision Problems”, M anagement Science, V (enero de 1959),
143-150 y 'T e a m Decision Problems”, Annals o f Mathematical Statistics, XXXII!
(septiembre de 1962), 857-881; de C.B. M cduire, "Spme Team Models of a Sales
OTgñn\7M\\on'\Management Science, VII (enero de 1961), 101 -130; de Oskar Morgenstern,
Prolegom ena to a Theory o f OrganUation (Santa Ménica, Calif.: RAND Research
Memorándum 734, 1951); de James O. March y Herbert A. Simon, Organizations
(Nueva York: John Wiley, 1958); de Kenneth Boulding.r/i« Organizational Revolution
(Nueva York: Harper, 1953).

15
16 U ña teoría de tos g r u p o i y l ú t o r g a n ir a r i o n e f

ünicamcntc a los fines que los líderes persiguen.^ Pero, n mcnu<lo, las or­
ganizaciones perecen si no hacen nada para favorecer los inicrcscs de sus
miembros, y este faclor debe limitar severamente el número de u(|uellas
que no sirven a esos intereses.
La idea de que las organizaciones o asociaciones existen para pr(»tcgcr
los intereses de sus miembros no es nueva ni exclusiva de la economía. Se
remonta por lo menos hasta Aristóteles, quien escribió: “Los hombres
emprenden juntos una empresa en pos de una ventaja en particular y con
el fin de obtener algo que es necesario para las finalidades de la vida, y la
asociación política, análogamente parece haberse originado, y seguir
existiendo, por las ventajas generales que trae consigo”.’ Más reciente­
mente, el proíe.sorLeón Festinger, sicólogo social, señaló que “el atractivo
de la membresía de grupo no está en el solo hccho de pertencccr, sino más
bien en lograr algo mediante esa membresía".‘ El fallecido Harold Laski,
cientffico de la política, daba por sentado que "las a.sociaciones existen
para satisfacer los propósitos que un grupo de personas tienen en común”.’
Lo que se espera de la clase de organizaciones objeto de este estudio es que
favorezcan los intereses de sus miembros.‘ Sc espera que los sindicatos de
trabajadores luchen por salarios más altos y mejores condiciones de trabajo
para sus miembros; se espera que las organizaciones agrícolas luchen por

2. Mid Weber linnió I» :iicnci<^rí haciii el caüo en que una organÍ7.))ci(5n sigue cxis-
tiendo nlgún tiempo dc^piiís de que hn perdido objeto porque algún funcionnrio se 6slá
aprovechando. Víase su obra Thenry o f Social and Economic Organiralion, irad. Talcoll
Parsons y A. M. Henderson (Nueva York: OxTord University Press, 1947)
3. /Tf/iir.T viii.9.1160n.
4. "León Fesiinger.'Tiroup Alraclion and Mcmbcrship”. en Group Dynamics, cd.
Üorwin Cartwrighl y Alvin Zender (Evanslon. 111.: Row, Pelcrson, 1953), pág. 93.
5. A Grammar nfP oliú rs, 4a. cd. (Londres: Gcorgc Alien & Unwin, 1939), pág. 67.
6. No se espera necesariamente que las organizaciones filantrópicas y religiosas
sirvan únicamenlc h)s intereses de sus miembros. Esas organizaciones tienen otros fines
que se consideran más imporljintes. por mucho que sus miembros sientan la “necesidíur'
de pcrfencccT a clla.^ o rcsulicn mejorados o ayudados por pertcncccr. Pero la com ple­
jidad de esas organizaciones no será estudiada en detalle aquí, porque este estudio se
concentrará en las orgnni/aciones que tienen un aspecto económico importante. Se hará
hincupié de manera que tiene algo en común con lo que Max Weber llamó "grupo
a s o c i a t i v o " . Para él, un gru|>o es a s o c i a t i v o si "la orientación de la acción social con el
mismo se funda en un convenio motivado racionalmente". Weber comparó su “ grupo
asociativo" con el "grupo comimal" fundado en el afecto personal, las relaciones e r ó ­
ticas. etc..como una familia, por ejem plo (Véase Weber, págs. 136 -139 y, de G race
C oylc.S o cia lP ro ce ss in O rganÍ7edG roups, Nueva York: Richard Smith, Inc., 1930,
págs 7-9). La lógica de la teoría expuesta a(|UÍ se puede ampliar de manera que
abar(|ue las organizaciones comunales, religiosas y filantrópicas; pero no resulta
particularmente úlil para el estudio de esos grupos.
I m p n a U d a d de la org a n iz a ci ó n 17

una legislación favorable para süs miembros: se espera que los carteles
luchen por precios más altos para las empresas que participan; se espera
que la empresa favorezca los intereses de sus accionistas,’ y se espera que
el Estado fomente los intereses comunes de sus ciudadanos (si bien en esta
era nacionalista el Estado tiene a menudo intereses y ambiciones distintas
de los de sus ciudadanos).
Adviértase que los intereses que se espera que lodos esos diversos tipos
de organizaciones favorezcan son en su mayoría i nlereses comunes .· el inte­
rés común de los miembros del sindicato es por los salarios más altos, el de
los agricultores es una legislación favorable, el de los miembros del cartel
sé centra en los precios más altos, el de los accionistas en dividendos y
precios de las acciones más elevados y el de los ciudadanos en un buen
gobierno. No por casualidad se supone que los diversos tipos de organiza­
ciones mencionadas deben trabajar primordialmente por los intereses
comunes de .sus miembros. Los intereses puramente personales o indivi­
duales pueden .seVfavorecidos, normalmente en forma pordemás enciente,
por la acción individual no organizada. Es obvio que no tiene objeto tener
una organización cuando la acción individual no organizada puede servir
a los intereses de la persona igual o mejor que la organización. No tendría
ca.so, por ejemplo, formar una organización simplemente para jugar so­
litarios. Pero cuando cierto número de personas tienen un interés común o
colectivo (cuando comparten un propósito u objetivo único), la acción
individual no organizada, como luego veremos, no será capaz de favorecer
en ab.soluto esc interés común o no podrá favorecerlo adecuadamente. Las
organizaciones pueden por lo tanto, desempeñar una función cuando hay
intereses comunes o de grupo, y aunque con frecuencia sirven también a in­
tereses puraménte personales e individuales, su función característica y
primordial es fomentar los intereses comunes de grupos de personas.
El supuesto de que típicamente las organizaciones exi.sten para favo­
recer los intereses comunes de grupos de personas va implícito en la
mayoría de las obras que hablan de las organizaciones, y dos de los autores
ya citados hacen explícito ese supuesto: Harold Laski recalcó que las orga­
nizaciones existen para lograr las Tirialidades y favorecer los intereses que
“un grupo de personas tienen en común”; y aparentemente Aristóteles

7. Es decir, de sus miembros. En este estudio no se empica la term inología de los


teóricos de la organización que describen a los empleabos como "m iem bros" de 1« or­
ganización para la cual trabajan. Apuf es m is convertiente emplear el lenguaje c o ti­
diano y distinguir, por ejemplo, a los m iembros de un sindicato de los empleados de
ese sindicato. Análogamente, los miembros del sindicato serán considerados como
empleados de la empresa para lá cual ^abajan, mientras que los miembros de la empre­
sa son los accionistas comunes.
It Urna leoría é t lot gm pöt y lat organlzaelonet

pensaba en forma similar cuando sostenía que las asociaciones polítícas


son creadas y sostenidas por las ‘‘ventajas generales” que traen consigo.
También R. M. Maclver sentó cxplfcitamcnte este punto cuando dijo que
“cada organización presupone un interés que todos sus miembros com­
parten”.·
Incluso cuando se estudian los grapos no organizados, por lo menos
cuando se trata de los “grapos depresión” y 1» “teoría del grupo”, la palabra
“grupo” se emplea en forma tal que significa “un número de personas con
un interés común”. Sería razonable por supuesto llamarle “grupo” a un ntl-
mero de personas selecciorradas ai azar (y por lo tanto sin ningún interés
común ni característica unificadora); pero la. mayoría de los estudios del
comportamiento de grupa parecen teferlrse principalmente a grupos que sí
tienen intereses comunes. Como lo expresó Arthur Bentley. fundador de la
“teoría de grapo” de la ciencia política moderna, “no hay grupo que no
tenga su interés”.* El psicólogo social Raymond Catte!! fue igualmente
explícito y declaró que “cada grxipo tiene su interés”.^®Ésa es también la
forma en que se empleará aquf la palabra “grupo”.
Así como se puede suponer que quienes pertenecen a una organización
o grupo tienen un interés común,‘*obviamente tienen también intereses
puramente individuales, diferentes a los de otros miembros. Todos los que
pertenecen a un sindicato de trabajadores, por ejemplo, tienen un interés
común en los salarios más altos; pero al mismo tiempo cada trabajador

8. R.M. MtcNcT, "Interesls’*. E ncyclopaedia o f the Social Sciences, VII (Nueva


York: Micmillan, 1932), 147.
9. Arthur Bcnilcy, The Process o f Government (Evanslon, III.: Principia Press. 1949).
pág. 211. David B. Truman recurre a un enfoque similar; véase su The Governm ental
Process York: Alfred A. Knopf. 1958). págs. 33-35. Véase también de Sidney Verba
Small Groups and Political Behavior (Princeton. N.J.: Princeton University Press, 1961).
10. Raymond Catell. "Concepts and Methods in the Measuremenl of Group Syntality*',
en Small Groups, ed. A. Paul Hare, Edgard F. Borgalta y Robert F. Bales (Nueva York:
Alfred A. Knopf. 1955). pág. 115.
11. Desde luego, cualquier organización o grupo estará dividido por lo general en
subgrupos o facciones opuestos entre sí. Ese hecho no debilita el supuesto adoptado aquí
de que las organizaciones existen para servir los intereses comunes dé Sus miembros,
porque el supuesto no implica que se pase por alto el conflicto interno del grupo. De
ordinario, los grupos que se oponen dentro de una organización tienen algún interés en
común (si no fuera así, ¿para qué sostendrían 1» organización?) y también los miembros
de cualquier subgrupo o facción tienen un interés común propio. A menudo tendrán,
ciertamente, el propósito común de derrotar a algún otro grupo o facción. De manera que
el enfoque aplicado aquí no pasa por alto el conflicto dentro de los grupos y organizacio­
nes, porque considera a cada organización como una unidad sólo en la medida en que trata
de hecho de servir a un interés común y considera a los diversos subgrupos como las
unidades pertinentes con intereses comunes para analizar la discordia de facciones.
Bienes piíbíicot y tot grandes grupos \9

tiene un interés particular en su ingreso pereonal, el que no sólo depende


del nivel de salarios, sino también del tiempo que trabaja.

B. B i e n e s p ú b i , ic o s y l o s g r a n d e s g r u p o s

L^combinación de intereses individuales e intereses comunes en una


^ a n iz a c ió n sugiere una analogía con un mercado competitivo. Las em­
presas que pertenecen a una industria perrectamente competitiva, por
ejemplo, tienen un interés comün por un precio más alto para el producto
de la industria. Puesto que en un mercado tal debe regir un precio unironne,
una empresa no puede esperar un precio más alto para ella a menos que
todas las demás de la industria lo disfruten también; pero en un mercado
competitivo tal empresa se interesa también por vender tanto como pueda,
hasta que el costo de producir una unidad más exceda al precio de esa
unidad. En esto no hay ningún interés comdn: el interés de cada empresa
se opone directamente al de todas las demás, porque, mientras más vendan
las otras, más bajos serán el precio y las utilidades de cualquiera de clla.<;.
-tn suma, si bien todas las empresas tienen un interés común en un precio
más alto, tienen interc.ses antagónicos por lo que respecta a la producción.
Esto se puede ilustrar mediante un sencillo modelo de ofena y demanda.
Para simplificar el ejemplo, supongamos que una industria perfectamente
competitiva se encuentra momentáneamente en situación de desequilibrio:
el precio excede al costo marginal de todas las empresas con su producción
actual. Supongamos también que todos los ajustes serán efectuados por las
empresas que ya estáii en la industria y no por los nuevos participantes:
asimismo, que la industria se encuentra sobre una porción ineiástica de su
curva de demanda. Puesto que el precio excede al costo marginal de todas
las empresas, la producción aumentará. Pero, a medida que todas aumentan
su producción, el precio baja: en realidad, como la curva de demanda de la
industria es supuestamente ineiástica, el ingreso total de la industria dis­
minuirá. Aparentemente, cada empresa encuentra que si el precio excede
al costo marginal vale la pena aumentar la producción; pero el resultado
es que cada empresa obtiefic una utilidad más pequeña. En otro tiempo,
algunos economistas podrían haber puesto'en duda este resultado,’’ pero
el hecho de que las empresas que maximizan sus utilidades en una in­
dustria perfectamente competitiva puetten est^r actuando en contra de sus
intereses como grupo es ampliamente entendido y aceptado en la actuali-

12. Ver J. M. C l it k . The Ííconom ics o f O verhead C o íts (Chicugo: University o f


Chicago Press, 1923), p íg . 417, y Frank H. Knighi. Risk, Uncertainiy and Prcfii (Boston:
líougliton Mifflin. 1921). píg. 193.
20 Una teoría de ios grupos y tas organizariones

dad.*^ Un gmpo de empresas que maximizan sus ulilidadcs pueden dar


lugar a la reducción de sus utilidades agregadas porque en la competencia
perfecta cada empresa es. por dennición. tan pequeña que puede pasar por
alto el efecto de su producción en el precio. Cada una encuentra ventajoso
aumentar la producción hasta el punto en que el costo marginal iguala al
precio y pasar por alto los efectos de su producción adicional en la situa­
ción de la industria. El resultado neto es que todas las empresas están peor;
pero eso no significa que cada una no haya maximizado sus utilidades. Si
una de ellas, previendo la baja de precio debida al aumento de la producción
(le la industria, restringiera su propia producción, perdería más que nunca,
porque su precio bajaría lo mismo en cualquier caso y al mismo tiempo
tendría una producción menor. En un mercado perfectamente competitivo,
una empresa sólo obtiene una pequeña parte del beneficio (una pequeña
parle dcl ingreso adicional de la industria) que resulta de una reducción de
la producción de esa empresa.
Por esas razones se entiende ahora generalmente que si las empresas
(le una industria están maximizando sus utilidades, las de la industria en
conjunto serán más bajas de lo que habrían sido en otro c a s o .Y casi todos
estarán de acuerdo en que esta conclusión teórica se ajusta a los hechos
en el caso de los mercados caracterizados por la competencia pura. El
punto importante es que esto es cierto porque, si bien todas las empresas
Iienen un interés común en un precio más alto del producto de la industri a,
a cada empresa le interesa que las otras paguen el costo (en términos de
la necesaria reducción de la producción) requerido para obtener un precio
más alto.
Casi lo único que impide que los precios bajen de acuerdo con el
proceso que se acaba de describir en los mercados perfectamente compe­
titivos es la intervención exterior. El apoyo de los precios por parte del
gobierno, las tarifas, los acuerdos de cartel y otras medidas similares pue­
den impedir que las empresas, en un mercado competitivo, actúen en contra
de sus intereses. Ese auxilio o intervención es muy común. Es importante
por lo tanto preguntar cómo tiene lugar. ¿Cómo obtiene una industria
competitiva la ayuda del gobierno para mantenerci precio de su producto?
Considérese una industria competitiva hipotética. En esa industria la
mayoría de los productores desean una tarifa, un programa de apoyo de los
precios o alguna otra intervención del gobierno para aumentarci precio de

13. Edward M. Chamherlin, Monopolistic Competition, 6a. cd. (Cambridge, Mass.:


Harvard University Press, 1950).
14. Para un csludio más completo de esta cuestión véase Mancur OIson, Jr. y David
McFarland, “The Resiorniion of Pure Monopoly and the Concepì of ihe Industry”,
Quarierly Journal of Fxnnomirs, LXXVI (noviembre de 1962), 613-631.
B ifn e i piíbUcot y lot grondfM grupos 21

SU producto. Para obtener esa ayuda del gobierno, los productores tendrán
que Tormaruna organización de cabildeo; convertirse en grupo de presión
activo.** Esa organización tendrá tal vez que llevar a cabo una gran cam­
paña. Si encuentra una resistencia significativa requerirá una cantidad
importante de dinero.**Necesitarán expertos en relaciones publicas para
influir en los periódicos y quizás requiera algo de publicidad. Muy pro­
bablemente se necesitarán organizadores profesionales para que arreglen
reuniones ‘‘populares espontáneas” entre los afligidos productores de la
industria y para inducir a los que pertenecen a ella a escribir cartas a sus
diputados.*^ La campaña por la ayuda del gobierno demandará cierto
tiempo de algunos de los productores, así como su dinero.
Hay una semejanza notable entre el problema que encara la industria
perfectamente competitiva mientras trata de obtenerla ayuda del gobierno
y el que encara en el mercado cuando las empresas aumentan la produc­
ción y provocan una disminución del precio. Asi como no es racional que un
productor en particular restrinja su producción con elfin de subir el precio
del producto de su industria, tampoco sería racional que sacrificara su
tiempo y su dinero para sostener a una organización cabildera con el fin
de obtener la ayuda del gobierno para la industria. En ninguno de los casos
le convendría al productor individual asumir cualquiera de los costos.
Una organización de presión, un sindicato o cualquier otra organización
que trabajara por los intereses de un grupo grande de empresas o de tra­
bajadores de alguna industria, no obtendría ayuda alguna de las personas
racionales y egoístas que pertenezcan a esa industria. Así sería aunque
todos los de la industria estuvieran absolutamente convencidos de que el
programa propuesto favorecería sus intereses (si bien, algunos podrían
pensar de otro modo y hacer la tarea de la organización más di fícil aún). **

15. Robert Michels so.'Jliene en su csludio clásico que “la democracia es inconcebible
sin organización'* y que *‘el principio de organización es una condición absolutamente esen­
cial para lá lucha política de las masas”. Ver su obra Political Parties, trad. Eden and Cedar
Paul (Nueva York: Dover Publications, 1959), págs. 21 -22. Ver también Robert A. Brady,
Business as a System o f Power (Sxjtvñ York: Columbia University Press, 1943). pág. 193.
16. Alexander Heard. The Costs o f D emocracy (Chapel Hill: University of North
Carolina Press, 1960), especialmente la rfota 1, págs. 95-96. Por ejemplo, en 1947 la
National Association of Manufacturers gastó más de $4.6 millones de dólares y. en el
transcurso de un período algo máJ largo, la American Medical Association gastó otro tan­
to en una campaña contra el seguré de salud dbligatorio.
17. “Si se llegara a conocer toda la verdad... resultaría que el cabildeo, con todas ¡cus
ramificaciones, es una industria de mjl millones de dólares”. U.S. Congress, House, Select
Committee on Lobbying Activities, Report, 81st Cong., 2nd Sess. (1950), citado cn cl
C ongressional Quarterly Almanac, 81st Cong., 2nd Sess., VI, 764-765.
18. Para una excepción lógicamente posible, pero prácticamente sin sentido de la c o n ­
clusión sacada cn este párrafo, ver la nota de pie de página 68 de este capítulo.
22 Urna Uoría é t tos grupos y las organizaciones

Aunque la organización de presión es sólo un ejemplo de la analogía


lógica entre la organización y el mercado, tiene importancia práctica.
Existen actualmente muchos grupos de presión poderosos y bien flnáncia-
dos, con apoyo masivo: pero esas organizaciones no obtienen ese apoyo
gracias a sus conquistas legislativas. Las más poderosas obtienen actual­
mente sus recursos y sus seguidores por otras razones, como se explicará
en otras partes de este estudio.
Algunos críticos podrían alegar que la persona racional apoyará cier­
tamente a una organización grande, por ejemplo unadepresión, que trabaje
en favor de sus intereses, porque sabe que, si no lo hace, otros tampoco lo
harán, la organización fracasará y esa persona se quedará sin los beneficios
que la organización pudo haber proporcionado. Ese argumento indica la
necesidad de la analogía con el mercado perfectamente competitivo, por­
que sería igualmente razonable argüir que los precios jamás disminuirán
por debajo de los niveles que un monopolio habría cargado en un mercado
perfectamente competitivo, porqüe, si una empresa aumentara su produc­
ción, otras lo harían también y el precio bajaría; pero cada empresa podría
prever eso, de manera que no iniciaría una cadena de aumentos de la pro­
ducción capaces de destruir el precio. En realidad, la cosa no funciona así
en un mercado competitivo, ni en una oi^anizaclón grande. Cuando el nú­
mero de empresas que participan es grande, ninguna notará el efecto en el
precio si una de ellas aumenta sü producción y por lo tanto ninguna mo-
diHcará sus planes debido a eso. Análogamente, en una organización
grande, la pérdida de un solo pagador de cuotas no hará aumentar percep­
tiblemente la carga de ningún otro, de modo que la persona racional no pensa­
rá que, si se retira de la organización, inducirá a los demás a hacer lo mismo.
El argumento anterior debe tener por lo menos alguna importancia
para las organizaciones económicas que son principalmente los medios a
través de los cuales las personas tratan de obtener las mismas cosas que
obtienen mediante sus actividades en el mercado. Los sindicatos, por
ejemplo, son organizaciones a través de las cuales los trabajadores lu­
chan por obtener las mismas cosas que obtienen mediante sus esfuerzos
individuales en el mercado; salarios más altos, mejores condiciones de
trabajo, etc. Sería extraño, en verdad, que los trabajadores no enfrentaran
cn el sindicato los mismos problemas con que tropiezan en el mercado,
puesto que sus esfuerzos en ambos lugares tienen los mismos propósitos.
Por muy similares que puedan ser los propósitos, los críticos pueden
objetar que las actitudes en las organizaciones no son en absoluto como las
que se adoptan en los mercados. En las organizaciones aparece también con
frecuencia un elementó emocional o ideológico. ¿Invalida esto práctica­
mente el argumento ofrecido aquí?
pihÜ cot y tot grumétt g m p o t 23

f.'n tipo de organización sumamente importante, el Estado nacional,


,servirti para potier a prueba la objeción. El patriotismo es probablemente
el motivo tío económico más poderoso de la lealtad a la organización en los
tiempos modernos. A nuestra época se le llama a veces la era del naciona­
lismo. Muchas naciones extraen fuerza y unidad adicionales de alguna
ideología poderosa, como la democracia o el comunismo, lo mismo que de
uná religión, lenguaje o herencia cultural comün. El Estado no cuenta ùni­
camente con esas ñíentes de apoyo poderosas, sino que también es muy
importante económicamente. Casi todo gobierno es económicamente be-,
/nefldoso para sus ciudadanos, ya que la ley y el orden que proporciona son
requisito previo de toda actividad económica civilizada. Pero a pesar de la
ñierza del patriotismo, del atractivo de la ideología nacional, de los lazos
de una cultura común y de lo indispensable que resultaci sistema de ley y
orden, en lá historia modemá n ln ^ n Estado importante ha sido capaz de
sostenerse a sí mismo médlante cuotas o contribuciones voluntarlas. Las
contribuciones fllantrófricas no son siquiera una fuente significativa de in­
gresos para la mayoría de los países. Se requieren los impuestos, que son
por definición pagos oMlgMorios. En venlad, como lo indica el vi<jo ada­
gio. su necesidad es tán derta como la muerte misma.
SI el Estado, cort tddoS los reoiisos emodonales de que dispone, no
puede finandar sus actividades m is b isc a s y vitales sin recurrir a la obli­
gación, parecería que también las grandes organlzadones fnivadas podrían
tener dlfícultades para lograr que las personas que forman los grupos cuyos
intereses tratan de favorecer hagan voluntariamente las contrlbucitMies ne­
cesarias.”
La razón de que el Estado no pueda sobrevivir orni las cuotas o pagos
voluntarios y tenga que recurrir a los impuestos es que los servidos más
fundamentales que una nación-Estado proporciona son, en un aspecto im-

19. Loé sociólogos, ál ig;ual que los ccÓTMtnisUs, htn observado que los motivos
ideológicos no son itificientes por sí mismos para provocar el esfuerzo continuado de
gràAdes masás de personas. Max Weber ofrece un ejemplo notable: “En una economía
de mercado, toda la actividad écónómica es emprendida y llevada a cabo por las perso­
n o para favorecer sus propiol líbales o Ingeses materiales. Naturalmente, esto es
iguálmenté cierto cuando lá actividad económica estt orientada hacia los patrones de
orden de loé grupos cor|x>rativos ...
“Incluso ti un sistema económico estuviera organizado sobre una base socialista, no
htbríi diferencia fundamental en este respecto... La estructura de intereses y la situación
pertinente podrían cambiár; habría otris máneru de favorecer los intereses; pero este
factor fundamental seguiría éiendo tan relevante como antes. Es cierto desde luego que la
acción económica oríentáda, coh bases puramente ideológicas, hacia los intereses de otros
sí existe; pero es más cierto adn que las masas no actóan de ese modo, y la experiencia ha
enseflado que no pueden hacerlo y jamás lo harán...”
24 Una leo tù i é f l o i g r it p o t y l a i o rg o ñ it a c to n e t

portante “ comocl precio más alto en un mercado competitivo: ticlx'n estar


al alcance de todos, si lo están de alguno. Los bienes y servidos básicos y
más elementales proporcionados por el gobierno, por ejemplo la defcn.sa
y la protección policial, así como el sistema de ley y orden cn general, son
de naturaleza tal que de ellos disfrutan todos, o prácticamente todos, los
habitantes de la nación. Obviamente no sería factible, si fuera posible,
negar la protección de los servicios militares, de la policía y de los
tribunales a quienes no han pagado voluntariamente su parte de los costos
dcl gobierno; de manera que los impuestos son necesarios. A los benefi­
cios comunes o colectivos proporcionados por los gobiernos, los econo­
mistas les llaman normalmente “bienes piíblicqgj, y el concepto de bienes
públicos es una de las ideas más antiguas e importantes en el csludio de las
^ n a n z a s públicas, t lnhlencnmim. colectivo o público se dePrne aquí como
un bien cualquiera tal que. si una persona X,, que forma parte de un grupo
X,.....X...... X^, lo consume, no puede serle negado a los otros miembros de
esc grupo.*' Dicho de otro modo, aquellos que no compran o no pagan

"Fn iin* economi» de merendo, el inierés por maximiziir Us utilidades es neces*riamen-


le la fuerza impulsora de loda actividad ccoriómica". (Weber, págs. 319-320).
Tnicoil Parson.^ y Ncil Smciscr van todavía más allá al postular que en toda la sociedad
el "rendimiento” es proporcional a las ’'recompensas” y “sanciones". Véase su Economy
and Snriely (Glencoe, 111.: Free Press, 1954), págs. 50-69.
20. V íase, sin embargo, la sección E de este capítulo sobre los’grupos “e xclu si­
vos” e “inclusivos".
21. Esta sencilla definición enfoca dos puntos que son importantes cn el presente
contexto. El primero es que la mayoría de los bienes colectivos sólo se pueden definir
con respecto a algún grupo espccíñco. Un bien colectivo corresponde a un grupo de
personas, otro corresponde a otro grupo; uno puede beneficiar a lodo el mundo, otro a
dos personas específicas únicamente. Además, algunos bienes son colectivos para los
miembros de un grupo y al mismo tiempo son privados para los de otro, porque a algu­
nas personas se les puede impedir que los consuman y a otras no. Pensemos por ejemplo
en un desfile, que es un bien colectivo para quienes viven cn edificios altos que miran
hacia la ruta que sigue al desfile, pero que parece ser un bien privado para quienes sólo
pueden verlo comprando boletos para ocupar asientos cn las tribunas situadas a lo largo
de la rula. El segundo punto es que, una vez definido el grupo de que se trate, la defi­
nición hecha aquí, como la de M\isgrave, distingue al bien colectivo en términos de la
imposibilidad de excluir a consumidores potenciales del mismo. Se aplica este enfoque
porque los bienes colectivos producidos por toda clase de o rg a n i/tcio nc s parecen .ser
de naturaleza tal. que norj^nnlmente la exclusión no es factible. Sin duda en el caso de
algunos bienes colectivos es físicamente posible hacer la exclusión; pero, como Head
ha demostrado, no es necesario que la exclusión sea técnicamente imposible; sólo se
requiere que sea poco factible o antieconómica. Head ha demostrado también, con toda
claridad, que la no exclusión es sólo uno de dos elementos básicos de la idea tradicional
de bienes públicos. El otro, señala, es la “unidad de la oferta’’. Un bien tiene “ unidad”
;i el hecho de ponerlo a disposición de una persona implica que lambién se puede pro-
Hi f nf t ptlhllrns y los granHrs grupos 25

alguno tic los bienes públicos o colectivos no pueden ser excluidos o


impedidos de parlicipar en el consumo de ese bien, como sí pueden serlo
^ a n d o se Iraia de bienes no colectivos.
Los estudiantes de finanzas públicas, sin embargo, han pasado por alto
el hecho de que el logro de cualquier meta común o la satisfacción de cual-
guier interés común significa que se ha proporcionado un bien público o
colectivo a ese grupoP El hccho mismo de que una meta o finalidad sea
común en un grupo significa que ninguno de sus miembros queda exclui­
do del beneficio o la salisfacción derivados de su logro. Como se dijo cn
los primeros párrafos de este capítulo, casi lodos los grupos y organizacio­
nes tienen el propósito de servir a los intereses comunes de sus miembros.
Como lo expresa R. M. Maclver, “Las personas tienen intereses comunes
cn el grado en que participan en una causa... que los abarca a lodos indi­
visiblemente".” Una característica esencial de la organización es que pro­
porciona un beneficio inseparable y generalizado, de donde resulta que la

porcionar fácil y libremcnlc a oirn.«;. El caso opiicsio sería el bien público puro de Sa
muclson, cuya naturaleza os tal que el consumo adicional del mismo por una persona no
dism inuye la cantidad disponible para otras. De acuerdo con la definición hecha aquí,
la unidad no es atributo necesario de un bien público. Como se dirá cn otras parles de
este capítulo, por lo menos un tipo de bien colectivo considerado aquí no muestra unidad
alguna, y pocos tendrán, si es que alguno lo liene, el grado de unidad necesario para
cfllificflT como bien p ú b lic o puro. No obstante, la mayoría de los b ien es colectivos que
se estudiarán aquí muestran un grado apreciable de unidad. Con respeclo a la definición
c importancia de los bienes públicos, véase de John G. Head "Public Goods and Public
Policy", Public Finance, vol. XVII, núm. 3 (1962), 107-219; de Richard Musgrave, 1 he
Theory o f Public Finance (Nueva York: McGraw-Hill, 1959); de Paul A. Samuelson,
"T he Pure Theory of Public Expenditure", "Diagrammatic Exposition of A Theory oí
Public Expenditure" y “ Aspects of Public Expenditure Theories", cn/ícv ícw o /E co n om irj
and Statistics, XXXVI (noviembre de 1954), 387-390, XXXVII (noviembre de 1955).
350-356, y XL (noviembre de 1958), 332 338. Para conocer algunas opiniones un tan
lo diferentes acerca de la utilidad del concepto de bienes públicos, véase de Juliui
Margolis "A Comment on the Pure Theory of Public Expenditure", Review o f E co n o m ía
and Statistics, XXXVII (noviembre de 1955), 347 -349, y de Gerhard Colm "Theory of
Public Expenditures", /I nna/.v o f the American Academy of Political and Social Scicnce
CLXXXIII (enero de 1936), 1-1 V.
22. No cs preciso que un bien público que interesa a un grupo de una sociedad bcne
ficie necesariamente a la sociedad^cn conjunto. Así como una tarifa podría ser un bien
público para la industria que la bu.scó^ la anulaci(in de la tarifa podría ser un bien públicc
para quienes consumen el producto de la industria. Esto cs igualmente cierto cuando el
concepto de bien público se aplica únicamente a los gobiernos. En el caso de un gastr
militar, de una tarifa o de una restricción a la inmigración, que son un bien público para
un solo país, también podrían ser un ‘‘mal público" para otro país y perjudiciales para 1a
sociedad mundial cn conjunto.
23. R. M. Maclver en Encyclopaedia o f the Social Sciences. VII, 147.
26 Urna tfoHñ ie to§ gntpot y lat organitacionet

provisión de bienes públicos o colectivos cs la ftinción fundamental de las


organizaciones en general. Un Estado es antes que nada una organización
que proporciona bienes públicos a sus miembros, los ciudadanos, y otros
tipos de organizaciones proporcionan análogamente, bienes colectivos a
sus miembros.
Así como un Estado no puede sostenerse con las contribuciones
voluntarias o vendiendo sus servicios básteos en cl mercado, tampoco se
pueden sostener otras organizaciones importantes sin imponer alguna
sanción u ofrecer algún atractivo, distinto del bien público mismo, que in­
duzca a las personas a ayudar a soportar las cargas de mantenimiento de la
organización. El miembro individual de la organización grande típica está
en situación análoga a la de la empresa en un mercado perfectamente
competitivo o a la del contribuyente en el Estado: sus esfuerzos propios no
producirán un efecto perceptible en la situación de su organización, de
manera que puede disfrutar de cualquiera de las mejoras conscguidás por
otros, haya o no trabajado para apoyar a su organización.
No se sugiere aquf que los Estados u otras organizaciones proporcio­
nan únicamente bienes públicos o colectivos. Los gobiernos proporcionan
con frecuencia bienes no colectivos, por ejemplo energía eléctrica, y
normalmente venden esos bienes en cl mercado como lo harían las
empresas privadas. Además, como se dirá en otras partes de este estudio,
las grandes organizaciones que no pueden hacer obligatoria la membresía
deben también proporcionar algunos bienes no colectivos, con el fin de
ofrecerles a los miembros en potencia un Incentivo para afiliarse. De todos
modos, los bienes colectivos son los bienes característicos de la organi­
zación, ya que los bienes no colectivos ordinarios pueden siempre ser
proporcionados por la acción individual. Sólo cuando se trata de fina­
lidades comunes o de bienes colectivos puede ser indispensable la acción
organizada o de gnjpo."

C. La t e o r í a tr a d ic io n a l db g r u po s

Hay una teoría tradicional de comportamiento de grupo, la cual supone


implícitamente que los grupos y asociaciones privados funcionan de acuer­
do con principios totalmente diferentes de los que gobiernan las relaciones
entre empresas en el mercado o entre los contribuyentes y cl Éstado. Esa
"teoría de grupo" parece ser uno de los temas que más interesan a muchos

24. No se infiere, sin embargo, que la acción de grupo organizada o coordinada es


necesaria siempre para obtener un bien colectivo. Véase la sección D de este capítulo.
“Grupos Pequeños“ .
I m teoría IraéUhnñt é t im /tot V

cicntíflcos de la política en los Esindos Unidos y unn preocupación im­


portante de muchos sociólogos y psicólogos sociales.” Esa teoría tradi­
cional de grupos, al igual que la mayoría de otras teorías, ha sido desarrollada
por diferentes autores con puntos de vista distintos; de manera que ine­
vitablemente se comete una injusticia al tratar de hacer un examen común
de esos puntos de vista diferentes. No obstante, los diversos exponentes de
la Idea tradicional de grupos sí tienen una relación común con el enfoque
establecido en el presente estudio. Es por lo tanto apropiado hablar aquí en
forma general de una teoría tradicional única, siempre que se haga una dis­
tinción entre las dos variantes básicas de esa teoría: la informal y la formal.
y En su forma^ixásJoiomal, el punto de vista tradicional es que las or-
^ n izacion es y grupos privados son ubicuos y que esa ubicuidad se debe a
la propensión fundamental de los humanos a formar asociaciones y unirse
a ellas. Como lo expresa el famoso filósofo italiano de la política Gaetano
Mosca, los hombres tienen un "instinto” para "agruparse y luchar con otros
grupos**. Ese "instinto", asimismo, "es la causa de la formación de todas las
divisiones y subdivisiones que surgen dentro de una sociedad y ocasionan
conflictos morales y a Veces físicos".“ Tal vez Aristóteles tenía en mente
alguna facultad glcgaría similar cuando dijo que el hombre es por natura­
leza un animal político.” El carácter ubicuo e inevitable de la afiliación a
ün giupo fue recalcado en Alemania por Georgc Simmel, en uno de los
clásicos de la literatura sociológica,^'y en América por Arthur Bentley, en
una de las obras más conocidas sobre ciencia política.” Se piensa a menudo
que esa tendencia o propensión universal a la unión ha alcanzado su mayor
intensidad en los Estados Unidos.*

25. Para un estudio de la importancia que tienen los “grupos” de diversas clases y ta­
maños para la teoría de la política, véase Verba, Sm all Groups and Political Behavior;
Truman, G overnm ental Process, y ftemley. Process o f Government. Para ver ejemplos
del tipo de estudio y teoría acerca de los grupos en la sicología social y en la so c io ­
logía, consúltese G roup D ynam ics, ed. Cartw right aod Zander, y S m all Groups, ed.
Hare, Borgatta, and Bales.
26. The Ruling Class (Nueva York: McGraw-Hill, 1939).
27. P o litic s 1.2.9.1253«. M uch ¿s otros han r e ca l9ado también la propensión del
ser humano a los grupoit. Véase Coyle, Social Procéss in O rganited Groups; Robert
L o w it, S ocial organization (Nueva*^ork: Rinehart & Co., 1948); Truman, especial­
mente las págs. 14-43. ^ ‘ ,
28. Georg Simmel. Conflict and the web o f Group Affiliations, trad. Kurt W olff y
Reinhard Bendix (Glencoe. 111.: Free t ^ s s , 1950).
29. Bentley, Process o f Government.
30. Alexis de Tocqueville, Democracy in América (Nueva York: New American
Library. 1956). James Bryce, The American Commonwealth, 4a. ed. (Nueva York:
Macmillan, 1910). Charles A. Beard y Mary R. Beard. The Rise o f Am ericanCivilization,
2 · f / ñ » U n r ia ttf i o i g r u p o t y ta% o r g n n í i n r i o n r i

También la varíame fomial dcl punto de visin irndicionnl rccnicn la


universalidad de los grupos; pero no comienza con ningún ‘'inslinto" o
"icndencia" a unirse a grupos. Trata más bien de explicar las asociaciones
de nuestro tiempo y la afiliación a grupos como un aspecto de la evolución
de las .sociedades industriales modernas, nacidas de las .sociedades “pri-
milivas" que las precedieron. Comienza con el hccho de que los "grupos
primarios’’” (tan pequeños que cada uno de sus miembros tiene relaciones
cara a cara con los demás), como la familia y los grupos de parientes, pre­
dominan en las sociedades primitivas. Talcott Parsons sostiene que "cs
bien sabido que en muchas sociedades primitivas, en cierto sentido, el pa­
rentesco ’domina’ la estructura social; hay pocas estructuras concretas en
que la participación sea independiente de la consanguinidad’’.” Sólo las
unid<idcs dcl tipo familiar o consanguíneo representan los inierc.ses dcl in­
dividuo. R.M. Maclver lo describe así en la Encyclopaedia o f the Social
Sciences: "En las condiciones más simples de la sociedad, la expresión
social de los interc.ses era principalmente el grupo de casta o clase, de edad,
de parentesco, de vecindad u otras solidaridades no organizadas o vaga­
mente organizadas".” En condiciones "primitivas’’, las pequeflas unida­
des de tipo familiar representan toda la "interacción” humana.
Pero, dicen esos teóricos sociales, a medida que la sociedad se desa­
rrolla hay diferenciación estructural; surgen nuevas asociaciones que
asumen algunas de las funciones que la familia había desempeñado antc-
rionnente. "A medida que las funciones sociales desempeñadas por la ins­
titución familiar han declinado cn nuestra sociedad, algunos de c.sos grupos
secundarios, por ejemplo los sindicatos, han alcanzado un ritmo de inter­
acción que iguala o supera al de ciertos grupos primarios”. C o n palabras
de Par.sons, "Es indudable que en las sociedades más ‘avanzadas’ una parte
mucho más importante cs desempeñada por estructuras no consanguíneas
como son los Estados, las iglesias, las empresas comerciales más impor­
tantes, las universidades y las sociedades profesionales. . . El proceso

ed. Tcv.(Niicva Yoric: Mncmillan. 1949), págs. 761 -762. y Daniel B efí.The End o f Ideology
(Glcncoc. III.: Free Prcs.s. 1960), esp. la pág. 30.
31. Charles H. Cooley. Social Organization (Nueva York: Charles Scribncr’s Sons,
1909), George C. flomans, The Human Group (Nueva York: Harcourf, Brace, 1950).
pág. 1; Vcrbn, págs. 11-16.
32. Talcoll Paison^ y Robcrl F. Bales, Family (Glencoe. 111.: Free Press. 1955), pág.
9 .Véase también Talcoll Parsons, Robcrl F. Bales y Edward A. Shlls, Working Papers
Theory o f Action (Glencoe, 111.: Free Press, 1953).
33. Maclver en Encyclopaedia o f the Social Sciences, VII, 144 MR, esp. la 147. Ver
lambién Truman, pág. 25.
34. Truman, págs. 35-36. Ver lambién Elioi Chappie y Carlton Coon, Principles o f
Anthropology (Nueva York: Henry Holl, 1942).
t.n Itorín IradUlonal tif grupos 29

mediante cl cual las unidades no consanguíneas adquirieron importancia


fundamental cn la estructura social implica inevitablemente una ‘pérdi­
da de funciones* por parle de algunas y hasta todas las unidades con­
sanguíneas**.” Si eso es cierto y si, como sostiene Maclver, “la distinción
estructural más marcada entre una sociedad primitiva y una sociedad
civilizada es la escasez de asociaciones especíncas en una y su multiplici­
dad en la otra’*,’*parecería entonces que en la sociedad moderna la asocia­
ción grande es en alguna forma equivalente al grupo pequeño de la
sociedad primitiva y que la asociación moderna grande y el grupo primitivo
pequeño deben ser explicados en términos de una misma fuente o causa
fundamental.’^
¿Cuál es entonces la fuente primordial, tanto de los pequeños grupos
primarios de las sociedades primitivas como de las grandes asociaciones
'voluntarias de los tiempos modernos? Los defensores de la variante for­
mal de la teoría han dejado ese punto implícito y poco claro. Podría ser cl
supuesto “instinto” o “tendencia** a formar asociaciones y unirse a ellas,
que es el sello de la variante informal del punto de vista tradicional. Esa
predilección por formar grupos y unirse a ellos se manifestaría entonces en
los pequeños grupos familiares y consanguíneos de las sociedades primiti­
vas y en las grandes asociaciones voluntarias de las sociedades modernas.
Sin embargo, esta interpretación sería probablemente injusta para muchos
de los teóricos que aceptan la variante formal de la teoría tradicional, por­
que sin duda muchos de ellos no estarían de acuerdo con teoría alguna de
“instintos” o “propensiones**. Comprenden seguramente que no se olrece
ninguna explicación cuando se dice que la membresía en las asociaciones
se debe a un “instinto” de pertenecer. Esto simplemente agrega una pa-
35. Parsons y Bales. Ver también Bernard Barber, “ Pariicipaiion and Mass Apalliy
in Associations” , tn Studies in Leadership, cd. Alvin W. Goiildncr (Nueva York; llarpcr,
1950), págs. A l l -505, y Ncil J. Smclsef, Social Change in the Industrial Revolution
(Londres: Routlcdgc & Kcgan Paul, 1959).
36. Maclver en Encyclopaedia o f the Social Sciences, Vil, 144-148, esp. la 147. Ver
también Louis Wirlh, “ Urbanism ñs aV/ &y o í L\ [ c \ American Journal o f Sociology, X I A ^
(julio de 1938), 20;Wallcr Fircy, "Coalition and Schism in a Regional Conservation
Program” , h u m a n O rganization, XV (Invierno de 1957), 17-20; Herbert Ooldhamer,
“Social Clubs’*, en Development o f Collective Enterprise, ed. Scba Eldridgc (Lawrence:
University of Kansas Press, 1943), pá^. 163.
37. Para una interpretación difcrenté de la asociación voluntaria véase Oliver Oarcean,
The Political Life o f the American Medical Association ((Tambridgc, Mass.: Harvard
University Press, 1941), pág. 3: “Con el advenimiento de la intervención y el control
políticos, p articularm en te cn la econom ta, se hizo evidente que la creación de p o lí­
ticas no se podía limitar al voto o a la legislación. Para llenar cl hucco recurrió al g ru ­
po voluntario no sólo la persona que se sentía sola, sino también cl gobierno que se
consideraba ignorante".
30 Vfté leería ée tos grapos y las organizaciones

labra, no da una explicación. Cualquier acción del hombre se puede atri­


buir a un instinto o propensión a esa clase de acción; pero eso no agrega nada
a nuestro conocimiento. Si los instintos o propensiones a unirse a grupos
se dejan a un lado como carentes de sentido, ¿cuál podría ser entonces la
fuente de los grupos y asociaciones ubicuos, grandes y pequeflos, postulada
por la teoría tradicional? Probablemente algunos de los teóricos tradicio-
nalistas estaban pensando en términos “funcionales”; es decir, de las fun­
ciones que los grupos o asociaciones de tipos y tamaflos diferentes pueden
realizar. En las sociedades primitivas, los pequeflos grupos primarios
predominaron porque eran los más adecuados (o por lo menos suficientes)
para desempeflar ciertas funciones para la gente de esas sociedades, mien­
tras que en las sociedades modernas, en cambio, se supone que las grandes
asociaciones predominan porque en las condiciones de ahora sólo ellas son
capaces (o son más capaces) de realizar ciertas funciones útiles para la
gente de esas sociedades. La asociación voluntaria grande, por ejemplo,
podría entonces explicarse por cl hecho de que realizó un» función (o
sea, satisfizo una demanda, favoreció un interés o atendió una necesidad)
para algún grupo numeroso de personas, función que los grupos pequeflos
no habrían podido realizar (o hacerlo igual de bien) en circunstancias mo­
dernas. Esa demanda o interés constituye un incentivo para la formación y
conservación de la asociación voluntaria.
Es característico de la teoría tradicional, cn todas las formas que adop­
ta, cl que la participación en las asociaciones voluntarias es prácticamente
universal, y que tanto los grupos pequeflos como las grandes organizaciones
tienden a atraer miembros por las mismas razones. La variante informal de
la teoría supuso una propensión a pertenecer a gmpos, sin hacerdistinciones
entre grupos de tamaño diferente. Aunque a la variante más refinada se le
puede dar crédito por haber hecho una distinción entre las funciones que
pueden ser realizadas mejor por los grupos pequeflos y las que pueden ser
desempeñadas mejor por las grandes asociaciones, de todos modos supone
que, cuando se requiere una asociación grande, ésta tenderá a surgir y atraer
miembros, como lo hará también un grupo pequeflocuando haya necesidad
de él. Así pues, en la medida en que la teoría tradicional haga una distin­
ción cualquiera entre los grupos pequeflos y grandes, lo hace aparentemen­
te con respecto a la escala de las funciones que realizan, no al grado de su
éxito en la realización de esas funciones ni a su capacidad para atraer
miembros. Supone que los grupos grandes y los pequeflos difieren en gra­
do, pero no en clase.
¿Es cierto eso? ¿Será verdad que los pequeflos grupos primarios y las
grandes asociaciones atraen miembros en la misma forma, que son más o
menos igual de eficientes al realizar sus funciones y que únicamente
Lñ Uoria tradicional di grapos 31

difieren en tamaflo pero no en carácter básico? Esa teoría tradicional es


puesta en duda por los estudios empíricos que demuestran que la persona
media, de hecho, típicamente no pertenece a grandes asociaciones volun­
tarias, y que la afirmación de que el norteamericano típico e» un “partici­
pante" es en gran medida un mito.” Vale la pena por lo tanto preguntar si
realmente es cierto que no hay relación entre el tamaflo de un grupo y su
coherencia, su eflciericia o su atractivo para los miembros en potencia, y si
eiüste alguna relación entre el tamaflo de un grupo y los incentivos indi­
viduales para contribuir al logro de sus metas. Hay preguntas que deben
ser contestadas antes de que la teoría tradicional efe los grupos pueda ser
correctamente evaluada. Lo que hay que conocer, según el sociólogo
alemán Ceorge Simmel, es "la relación que tiene el número de personas
asociadas con la forma de vida social”.”
Un obstáculo que aparentemente se opone a todo argumento en el sen­
tido de que los grupos grandes y pequeflos funcionan de acuerdo con prin­
cipios fundamentalmente diferentes es et hecho, recalcado antes, de que
todo grupo u organización, grande o pequeflo, trabaja por algún beneficio
colectivo qué por su naturaleza misma beneficiará a todos losmiembros del
grupo en cuestión. Si bien todos ellos tienen por lo tanto un Interés común
en obtener ese beneficio colectivo, no tienen un interés común por pagar
el costo de obtención de ese bien colectivo. Cada uno preferirá que los
demás paguen todo el costo, y normalmente recibirá cualquier benencio
logrado haya o no pagado una parte del costo. Si esto es una característica
fundamental de todos los gmpos u organizaciones que tienen una Tmalidad
económica, parece poco probable que las grandes organizaciones difieran
mucho de las pequeflas y que un servicio colectivo se le preste a un grapo
pequeflo con más razón que a uno grande. Sin embargo, uno no puede evi­
tar el sentir intuitivamente que los gmpos suficientemente pequeflos
podrán a veces proveérse de bienes públicos.
Esta cuestión no puede ser resuelta satisfactoriamente sin hacer un
estudio de los costos y los beneficios de los cursos de acción alternativos
al alcance de las personas que forman parte de gmpos de diferentes

38. Muiray Hausknecht, Thé Joiners - A Sociological Description o f Voluntary Association


M embership in the United States (Çiueva York: Bcdminstcr Press» 196Î); Mirra
Komaravsky, ‘T h e Voluntary Associations of Urban Dwellers”. American Sociological
Review, XI (diciembre dc 1946), 686-698; Floyd Doisoft, “ Patlems of Voluntary
Mcmbcrship Among Working Class Families”, American Sociological Review, XVI
(octubrc de 1951), 687; John C. Scott, J r . ' “ Membership and Participation in Voluntary
Associations”, American Sociological Review, XXÎI (junio de 1957), 315.
39. Cfcorg Simmcl, The Sociology o f Georg Simmel, trad, Kurt H. W olff (Glencoe.
Ill : Free Press (1950). piig. 87.
32 Una teoría ée tot grupo» y tai organlrarlnnet

tamaflos. La sección siguiente dc este capítulo conlicnc esc csludio. La


naturaleza de la cuestión es tal, que cs preciso emplear algunos dc los
instrumentos dcl análisis económico. En la sección que sigue se encontrará
una pequeña cantidad de matemáticas que, aunque .son extremadamente
rudimentarias, podrán por supuesto resultarles poco claras a los lectores
que jamás hayan estudiado ese tema. Además, algunos puntos de lá sección
siguiente se refieren a los grupos ollgopolistas dcl mercado, y las rcreren-
cias al oligopolio sólo podrán interesarle al economista. Por lo tanto,
algunas de las ideas generales dc esa sección serán explicadas cn una forma
intuitivamente plausible, aunque vaga e imprecisa, en cl resumen "no
técnico” de la sección D, para comodidad de quienes deseen pasar por alto
la mayor parte de la sección que sigue.

D. G rutos pequi-ños

La dificultad para analizar la relación entre cl tamaño dcl grupo y cl


comportamicnlo dc la persona que forma parte dc él se debe cn parle al
hecho de que cada uno dc los miembros puede asignarle un valor diferen­
te al bien coIcctivo que cl grupo desea. Además, cada grupo que desea un
bien coIcctivo encara una función de costo diferente. No obstante, una co­
sa que será válida cn todos los casos es que la función de costo total irá
cn aumento, por()uc los bienes colectivos son sin duda igual que los no
colectivos cn cl sentido dc que, mientras más se lome del bien, más altos
serán los costos totales. También será cierto sin dudá, prácticamenle en
todos los casos, que los costos iniciales o los fijos serán importâmes. A
veccs, un grupo tiene que esiableccr una organización formal para poder
obtener un bien colectivo, y cl costo dc cslablecerla implica que la prime­
ra unidad del bien coIcctivo que se obtenga será rclativamcnle costosa.
Incluso cuando no se requiera organización o coordinación, la irregularidad
u otras caractcrfsticas técnicas dc los bienes públicos mismos garantizará
que la primera unidad dc un bien coIcctivo será desproporcionadamente
costosa. Toda organización encontrará lambién que, a medida que sus
demandas aumentan más allá dc cierto punto y se llegue a considcrarias
como "excesivas”, la resistencia y el costo de las unidades adicionales del
bien colectivo aumentan desproporcionadamente. En suma, el costo (C)
estará en función del ritmo o nivel (T) al cu.il se obtiene cl bien colecti­
vo (c = f(T)), y las curvas de costo medio tendrán la forma de U conven­
cional.
Un punto resulta evidente de inmediato. Si hay alguna cantidad de un
bien colectivo que pueda ser obtenida a un costo suficientemente bajo en
relación con su benencio y que algún miembro dcl grupo dc que se trate
pudiera proporcionarse por sus propios medios, se podrá suponer que el
(¡m itot fffq u fñ n i 33

bien coicciivo será proporcionado. F·! bciicficio lolal será cnlonces lan
grande en relación con cl costo total, que la parte que le toque a una sola
persona excederá al costo lolal.
Una persona obtendrá alguna parle dcl bcneDcio total del grupo, parle
que dependerá del número dc personas en cl grupo y de qué lanío se
l^nenciará la persona con el bien en relación con los demás miembros. RI
beneficio total del grupo dependerá del ritmo o nivel al cual se obtenga
cl bien coleclivo (T), y del tamaño dcl grupo (S^), que no sólo depende del
número de personas que lo forman sino lambién del valor que tenga una
unidad dcl bien colectivo para cada uno de los miembros. Eslo se podría
ejemplificar de modo más sencillo considerando un grupo de propietarios
de Fincas que presionan para lograr una rebaja dcl impuesto predial. El
benefìcio total para el grupo dependerá del “lamano" (S^) del grupo, cs
decir, dcl valor lolal estimado dc las Tincas dc lodo cl grupo, y dc la
proporción o nivel (T) dc la rebaja del impuesto por dólar dc valor c.slimado
dc las propiedades. Para un miembro individual, cl beneficio dependerá de
la "fracción” (FJ que le corresponda dcl bcnencio dcl grupo.AI beneficio
delgrupofS 7) se le podría llamar lambién porci “valor” quetiene para
cl grupo, y al bcnencio de la persona V^, por el “valor” que représenla para
el miembro individual. La "fracción” (FJ .sería entonces igual a VJV^ y el
beneficio para la persona sería F f T . La ventaja (AJ que un miembro
cualquiera i lograría obteniendo una cantidad cualquiera del bien coIcctivo
o de grupo vendría a ser el benencio personal (VJ menos cl costo (c).
^ Lo que un grupo haga dependerá de lo que hagan las personas que lo
forman, y lo que ésias hagan dependerá dc las ventíijas relativas que para
ellas ofrezcan los cursos dc acción alternativos. Dc manera que lo primero
que se debe hacer, ahora que se han aislado las variables penincnlcs, cs
considerar cl bcnencio o la pérdida individual derivados de la compra dc
cantidades diferentes dcl bien coIcctivo, Eslo dependerá dc la manera cn
que la ventaja para la persona (A = V, - O varie con las variaciones dc T,
cs decir, dependerá dc

dAJdT=dVJdT~dCldT.
J

Para un máximo, dA /dT = 0/^Pucslo qúc V''. = F^ST, y se supone, por


ahora, que F. y son conslt^nles,^’
y j %
40. Se deben salisfacer también las condiciones de segundo orden para un máximo;
cs decir, d M./í/7' *< 0.
41. En los casos cn que T ’ y .V· no son consianies, cl máximo está dado cuando
d i F ^ S p d 'i - d C /dl = O
r^s^^ F;i(dsuiT) +sr(dr/d'i) - dc/d'r = o.
34 Una teoría ée log grupos y tas organizaciones

d { F ^ p d T - dCldr=0
F ,S -dC ldr= 0.

Eslo indica la cantidad del bien coleclivo que una persona compraría
actuando independientemente si comprara algo. A este resultado se le
puede dar un significado basado en el sentido común. Puesto que cl punió
óptimo se halla cuando

dA^dT=dV^ldT-dCldT=0

y puesto que dV/dT=Fj[dV IdT)


F.(dVI<fr)-dCldT=0
F^(dVjdr)=dCldr.

Significa que la cantidad óptima dc un bien colectivo que una persona


va a obtener, si ha dc obtener algo, se encuentra cuando la proporción de
beneficio para el grupo, multiplicada por la fracción de ese beneficio que
la persona oblicnc, cs igual a la lasa de incremento del costo lolal del bien
colectivo. Dicho de otro modo, la tasa de beneficio para el grupo {dVJdT)
debe exceder a la tasa dc incremento del coslo(dC/dT) porci mismo múltiplo
en que el beneficio dcl grupo excede al beneficio de la persona en cuestión
(M F~VJV)»
Pero lo que más importa no es qué tanto del bien coleclivo se propor­
cionará si cs que se obtiene alguno, sino más bien si se proporcionará algo
dcl bien coIcctivo. Resulta claro que, cn el punto óptimo dc la persona que
actúa indepcndicntcmenlc, el bien coleclivo o de grupo será supucslamcntc
proporcionado si F, >CIV^.
Porque si
F.> av
vjv> c/V
entonces
V^.> C.

Así pues, si F.> CIV^, el beneficio para una persona por ver que se
proporcione cl bien colecti vo excederá al costo. Quiere decirque se supone
que cl bien coIcctivo será proporcionado si .su coslo es, cn cl punto óptimo
dc cualquier miembro del grupo, tan pequeflo en relación con cl bene-

42. Se podría hacer la misma observación concentrando la alención cn las funcio­


nes dc coslo y benencio de la persona únicamenlc y pasando por alto los beneficios para
el grupo; pero esto apartaría la atención dc la finalidad principal dcl análisis, que cs estu­
diar la relación entre cl tamaño del grupo y la probabilidad de que se le proporcione un
bien colectivo.
Grupos pequeños

ílcio dcl grupo cn conjunto proveniente de esc bien coIcctivo. que cl


beneficio total excede al costo total cn cantidad igual o mayor a aquella
cn que cl bcneficto del grupo excede al beneficio de la persona.
Resumiendo, la regla es que se supone que un bien coIcctivo será pro­
porcionado si, cuando los beneficios que el grupo obtiene del bien colec­
tivo están aumentando a ra/.ón dc 1/r, veccs la tasa de aumento dcl costo
totr.l de proporcionar ese bien (cs decir, cuando dVJdT = \|F^{dCld:Γ), cl
beneficio total para el grupo cs un múltiplo del costo dc esc bien, mayor que
la proporción en que los bcncñcios dcl grupo lo son con respecto a los
beneficios de la persona en cuestión (cs decir, VJC >
El grado de generalidad de la idea básica dcl modelo que aniccedc se
puede ilustrar aplicándolo a un grupo de empresas cn un mercado. Consi­
dérese una industria que produce un producto homogéneo y supóngase que
las empresas que forman parte de esa industria tratan independientemen­
te de maximizar las utilidades. Para simplificar, supondremos también
que los costos marginales de producción son de cero. Para evitar la adición
de nuevos símbolos y para lograr la aplicabilidad del análisis anterior, su­
pondremos que T representa ahora el precio, que representa el volumen
físico de las ventas del grupo o industria y que representa el tamaflo o
volumen físico de las ventas de la empresa i. F, sigue indicando la "frac­
ción” del total que corresponde a la empresa o miembro individual dcl
grupo. Indica ahora la fracción de las ventas totales del grupo o industria
que le corresponde a la empresa I en un momento dado; F = S El precio,
T, afectará a la cantidad vendida por la industria cn una medida dada por
la elasticidad de la demanda, E. La elasticidad E = -TISJdS IdT), y de esto
se deriva una expresión conveniente para la pendiente Je la curva de
demanda d SjdT: d S Jd T = -E S J T . Sin costos dc producción, la produc­
ción óptima para una empresa estará dada cuando

dAJdT = d(S,T)ldT = O
S,+T(dSJdT) = 0
+T(dS,ldT) = 0.
j ·.
Aquí, cuando se supone que la empresa aclóa independientemente, o sea
que no espera reacción alguna de las otras empresas. ciS= dS^, por lo tanto

F ,S ^4 T (d S Jd :t) = Q .

y puesto que dSjdT = -ESJT,

F,S -T(ES /T) = O


S J F ,- E ) ^ 0 .
36 t/nn Iroría He tot grupos y tas organitnriones

Eslo Ünicamcntc puede suceder cuando F^ = E. Sólo cuímkIí) la elasii-


cidad dc la demanda para la industria sea menor o igual que la fracción dc
la producción de la industria aportada por una empresa en particular ten-
dr.i esa empresa algún incentivo para restringir su producción. Una empre­
sa que estd decidiendo si restringirá o no su producción con el fin de dar
lugar a un precio más alto medirá el costo o la pérdida de la producción a
que renuncia comparándolos con los beneficios que obtiene del “bien
colectivo’*(el precio más alto). La elasticidad de la demanda cs una medi­
da dc eso. Si cs igual a E, significa que la elasticidad de la demanda dc
la industria es igual que la proporción de la producción de la industria que
corresponde a la empresa en cuestión. Si la elasticidad de la demanda es,
digamos. 1/4, significa que una reducción del 1 por ciento en la producción
dará lugar a un aumento dcl 4 por ciento en el precio, de donde resulta obvio
que, si una determinada empresa tiene una cuarta parte de la producción
total dc la industria, deberá dejar de aumentar, o de restringir, su propia
producción. Si cn una industria hubiera, digamos, mil empresas de tamaño
igual, la elasticidad de la demanda del producto de la industria tendría que
ser l/KXK) o menos para que hubiera alguna restricción dc la producción.
Dc manera que no hay utilidades en equilibrio en una industria con un
número dc empresas verdaderamente grande. Una empresa maximizadora
de utilidades comenzará a restringir su producción, es decir, comenzará a
actuar en Torma consecuente con los intereses dc la industria en conjunto,
cuando la lasa a la cual aumenta el beneficio dcl grupo a medida que se
proporciona más T (precio más alto) sea 1/F, veces tan grande como la tasa
a la cual aumenta el costo total de la restricción de la producción. Es el
mismo criterio para el comportamiento orientado hacia el grupo aplicado
cn el caso más general que anteriormente se explicó.
Este análisis dc un mercado cs idéntico al ofrecido por Coumot.'^^Eso
no debe sorprender, porcjuc la teoría de Coumot es esencialmente un caso es­
pecial dc una teoría más general dc la relación que existe entre los intereses
del miembro de un gmpo y los intereses del grupo en conjunto. La teoría
dc Coumot puede ser considerada como un caso especial dcl análisis
desarrollado aquí. La solución de Coumot se reduce por lo tanto a la afir­
mación. basada cn cl semino común, de que una empresa sólo actuará para
mantener alto el precio del producto que su industria vende cuando el costo
total dc mantener alto el precio no sea mayor que su parle del beneficio que
la industria obtiene con el precio más alto. La teoría de Coumot cs, al igual

43. Auguslin Cournol, Uescarchcs into the M athem aticol P r in r ip h s o f the Theory
ofW eallh, Irad. Nnthanicl T. Rncon (Nueva York: Macmillan, IR^>7), c^piTialmcnlc
el cap. vn, pág.s. 79 90.
(itu iu n fffg u fñ n i M

que el análisis de la arción dc grupo fuera del mercado, una que pregunta
cuándo es conveniente para los intereses de una unidad individual que
fonna parte de un gmpo actuar en favor del interés del gmpo en conjunto.
El caso de Coumot cs en un respecto más sencillo que la situación del
gmpo Tuera del mercado, tema principal de este estudio. Cuando un grupo
busca un bien colectivo ordinario, más bien que un precio más alto me­
diante la restricción de la producción, encuentra, como se dijo cn cl primer
párrafo dc esta sección, que la primera unidad dcl bien colectivo obtenido
será más costosa por unidad que algunas unidades posteriores de esc bien.
Eslo se debe a la irregularidad y a otras características técnicas de los bienes
colectivos y a que algunas veces puede ser necesario ciT^ar una organiza­
ción para obtener el bien colectivo. Eslo llama la alención hacia el hecho
de que hay dos preguntas distintas que la persona que pertenece a un grupo
fuera del mercado debe considerar. Una cs si el benencio total que obten­
dría proporcionando alguna parte dcl bien coIcctivo excedería al costo Iota!
de esa parte del bien. La otra es qué tanto del bien colectivo dcl:>cría
proporcionar, si ha de proporcionar alguno, y aquila respuesta depende por
supuesto de la relación entre los costos y beneficios marginales, más bien
que totales.
Análogamente, hay también dos preguntas disiintas que deben ser
conlestadas acerca dcl gmpo en conjunto. No basta con saber si un gmpo
pequeño se procurará un bien colectivo. También es necesario determinar
si la cantidad del bien coIcctivo que un gmpo pequeño obtendrá, si obtiene
alguno, tenderá a ser óptimo de Pareto para el gmpo en conjtmto. Es decir,
¿se maximizará el beneficio del gmpo? La cantidad óptima de un bien
colectivo que el gmpo en conjunto obtendrá, si ha de obtener alguno,
vendrá dada cuando el beneficio para el gmpo esté aumentando en igual
proporción que el coslo del bien colectivo, o sea. cuando dVJctT = dC/dT.
Puesto que, como ya se demostró, cada persona del gmpo tendría un
incentivo para proporcionar más del bien colectivo hasta que F /d V Jd T =
dCIdT), y puesto que = 1. parecería a primera vi.sta que la suma de lo
que los miembros individuales aportarían actuando independientemente
alcanzará cl óptimo del gmpo. Parecería lambién que cada miembro del
grupo soportaría entonce^una fracción, de la carga o costo total, dc
manera que la carga de proporcionar el bien público sería compartida en
fonna “correcta” en el senfí^o de que cl costo será compartido en igual
proporción que los beneficios.
Pero no es así. Normalmente, la provisión del bien colectivo será
notablemente subóplima y la'distribución de la carga será altamente ar­
bitraria. Eso se debe a que la cantidad de bien colectivo que la persona ob­
tiene para sí misma les tocará también automáticamente a las demás. De
39 Una troría de tos grupos y las organizaciones

la dcfmiciön dcl bien coleclivo se desprende que una persona no puede ex­
cluir a las oirás dcl gmpo dc los bcnencios de esa caniidad del bien público
que proporciona para sí misma/^ Quiere decir que ningún miembro dcl
gmpo lendrá indepcndienlemenie un inccnlivo para proporcionar una parle
cualquiera dcl bien coleclivo una vez que esté disponible la caniidad que
sería comprada por cl miembro del gmpo que lenga la F,más grande. Esto
sugiere que, íisí como los grandes grupos tienen tendencia a no procurarse
ningún bien coleclivo, cn los grupos pequeflos hay una tendencia a la
provisión menos que óptima de bienes colectivos. La suboplimalidad será
más grave mientras más pequeña sea la F, de la persona “mayor" del gmpo.
Puesto que mientras más grande sea el número de miembros dcl grupo,
siendo lodo lo demás igual, más pequeña será la F,, mientras más personas
sean más grave será la suboptimalidad. Evidentemente, entonces, los
gmpos con un gran número de miembros actuarán por lo general con me­
nos eficiencia que los menos numerosos.
Sin embargo, no basta con considerar únicamente cl número de
personas o unidades de un gmpo, porque la Fj de cualquiera dc los miem­
bros no sólo dependerá de cuántos son sino lambién del “tamaño” (S.) dcl
miembro individual, es dccir, de la medida en que saldrá beneficiado por
un nivel dado de provisión del bien coleclivo. El propietario de grandes
posesiones ahorrará más con una cierta reducción dc los impuestos que
aquel que sólo po.scc una modesta vivienda y. siendo todo lo demás igual,
tendrá una F, más grande.^^ Un grupo compuesto de miembros cuyas 5, sean
desiguales, y que tienen por lo tanto F, desiguales, mostrarán menos ten­
dencia a la suboplimalidad (y tendrán más probabilidades de procurarse
44. En lo que rcstn dc esta sección convcnicnle y úlil suponer que c:ida m iem ­
bro dcl grupo recibe 1a misma caniidad dcl bien público. Así ocurre de heclio siempre
que cl bien coleclivo cs un "bien público puro” como lo concibe Samuelson. Sin em bar­
go, esla suposición es mlis rigurosa do lo que normalmenlc se requiere. Un bien público
puede ser consumido en canlidarics desiguales por difcrcnlcs personas y ser, no obslnnle,
un bien público lolal en el seniido de que cl consumo por parle dc una sola persona no
disminuye cn forma alguna cl dc las dcm.ls. E incluso cuando el consumo adicional por
una persona dé lugar a reducciones marginales de la cantidad disponible para oirás, las
conclusiones cualiiniivas de que habrá suboplimalidad y carga desproporcionada
seguirán siendo válidas.
45. l,as diferencias dc lamaño pueden Icner también alguna importancia en las s¡-
luaciones de mercado. La empresa más grande obtendrá una fracción mayor dcl
bcneficio lolal, derivado dc un precio más alio, que una empresa pequeña, y lendrá por
lo lanío más incentivo para rcsifingir la producción. Eslo sugiere que la compeiencia de
unas pocas empresas grandes cnlre las muchas pequeñas, conlrariamcntc a lo que opinan
algunos, puede dnr lugar a una mala asignación grave de los recursos. Para un punió dc
visia diferenic a csic rcspeclo, véase Willard D. Arant, “The Compciition of ihe Fcw
among ihe Many", Quarierly Journal o f íiconomics, LXX (agosto dc 1956), 327-345.
Grupos pequeños 39

alguna cantidad dc bien coleclivo) que olro grupo por lo demás idéniico
compueslo de miembros de tamaño igual.
Como ninguno liene un incentivo para procurarse más dcl bien colec­
tivo, una vez que el miembro con la F, más grande ha obtenido la caniidad
que desea, es cierto también que la distribución de la carga de proporcionar
el bien público cn un grupo pequeño no eslará cn proporción con los bc-
tieficlos conferidos por el bien colectivo. El miembro que tenga la más
grande soportará una parte desproporcionada de la carga."** Por lo que se
refiere a los grupos pequeños con intereses comunes, hay una tendencia
sistemática a la explotación''^'^ de los grandes por los pequeños.
El comportamiento dc los grupos pequeños inleresados en los bienes
colectivos puede ser a veces muy complejo, mucho más de lo que sugieren
los párrafos que anteceden.^" Hay ciertos arreglos institucionales y su­
puestos conductuales que no siempre darán lugar a la suboplimalidad y

46. El estudio que aparece en cl Icxlo cs demasiado breve y sencillo para hacer plena
justicia a algunos siquiera dc los casos más comunes. En cl que posiblemente es cl caso
más común, o sea aquel en que el bien colectivo no es un pago en dinero a cada miembro
de algún grupo ni algo que cada uno pueda vender por dinero, los miembros deben
comparar el costo adicional dc otra unidad dcl bien coIcctivo con la “ utilidad" adicional
que obtendrían de una unidad más dc ese bien. No podrían, como se supone en cl texto,
comparar simplemente un costo en dinero con un rendimiento en dinero, y por lo tanto
habría que usar también en el análisis las curvas de indiferencia. La tasa marginal de
sustitución no sólo resultaría afectada por cl hccho de que el gusto por las unidades
adicionales del bien colectivo disminuirían a medida que se consumiera más del bien, sino
también por los efectos en el ingreso. Estos últimos inducirían a un miembro del grupo
que hubiera sacrificado una cantidad dfesproporcionada dc su ingreso para obtener cl
bien público a valorar su ingreso en más dc como lo habría hecho de haber obtenido el bien
colectivo, sin costo, de los demás miembros del grupo. En cambio, quienes no hubieran
soportado carga alguna por la obtención dcl bien colectivo dc que disfrutan encontra­
rían que sus ingresos reales son más elevados, y, a menos que el bien colectivo sea un bien
inferior, esa ganancia en el ingreso real fortalecería su demanda por el bien colectivo. Esos
efectos en el ingreso tenderían a impedir que cl miembro más importante del grupo
soportara toda la carga del bien colectivo (como lo haría en el caso mucho más sencillo
considerado en el texto). Agradezco a Richard Zeckhauser que haya llamado mi atención
hacia la importancia de los efectos en cl ingreso en este contexto.
47. Las insinuaciones morales cks la palabra “explotación" son desafortunadas. De un
análisis puramente lógico no sé pueden sacar conclusiones morales generales. Sin
embargo, como la palabra “cxploUición" se emplea comúnmente para describir las
situaciones en las cuales hay desproporción catre los beneficios y los sacrificios de
diferentes personas, resultaría pedante emplear aquí una palabra distinta.
48. En primer lugar, el argumento presentado en el texto su i^n e un comportamicnlo
independiente y pasa por alto la interácción estratégica o negociación que es posible
en los grupos pequeños. Como se dirá más adelante en este capítulo, la in tc rH c c ió n
estratégica cs pot lo general mucho menos importante cn los grupos ajenos al mercado que
buscan bienes colectivos que e n tre los grupos de empresas e n el mercado. E incluso
40 U n n t r o f í n He t o t g r u p o t y t a i o r g a n i M c i o n r i

desproporción descritas cn los párrafos anleriorcs. Ciial(|ulcr análisis


adecuado de la tendencia a la provisión menos que óptima dc bienes co­
lectivos y hacia la participación desproporcionada en las carpas dc su
obtención resultaría demasiado largo para incorporario cómodamente a este
csludio, que se ocupa principalmente de los grandes grupos y sólo habla de
los pequeños con el fin dc comparar. El problema de los grupos pequeños
que buscan bienes colectivos es de alguna importancia teórica/’ y prácti­
camente no ha sido tratado suncientemente en los libros, dc manera que
será analizado con más detalle en futuros artículos. En el resumen no téc­
nico de esta sección se mencionarán algunos casos especíncos a cuyo estu­
dio se puede aplicar el presente enfoque de los grupos y organizaciones
íx^queños.
Las condiciones necesarias para la provisión óptima de un bien colec­
livo mediante la acción voluntaria e independiente de los miembros de un
grupo se pueden no obstante exponer en forma muy simple. El costo mar­
ginal dc las unidades adicionales del bien coIcctivo debe ser compartido
exactamente cn la misma proporción que los bencricios adicionales. Sólo

cnnmlo hny negociación, a menudo sucederá que habrá disparidad dc poder de negocia­
ción. lo cual dará lugar más o menos a los mismos resultados que se describen cn cl texto.
Cunndo un miembro de gruyxi. con una T. grande, negocia con un miembro cuya T. cs pe­
queña, todo lo que puede hacer cs amenazar al miembro más pequeño diciendo: “Si no
projHircionas más del bien colectivo, yo proporcionaré menos y tú estarás entonces en
peor situación q\ie ahora” . Sin embargo, cuando el miembro importante restringe su
compra del bien público suírirá m ásquc el miembro menos imporrante, simplemente porque
su Tj cs mayor. Dc manera que su amena/a no resultará creíble. Olro factor que influye en
la misma forma cs que la cantidad máxima dc provisión de un bien colectivo que una buena
negociación puede obtener del miembro más pequeño es menor que la cantidad que una n e­
gociación exitosa puede lograr del miembro importante. Quiere dccir que este último,
incluso negociando bien, tal vez no ganará lo suñcicnte para justificar los riesgos u otros
costos dc negociar, mientras que cl más pequeño, en cambio, encontrará que cl beneficio
proveniente de una buena negociación es grande en comparación con los costos que le
corresponden de la misma. El problema de la negociación cs |x>r supuesto más complejo
que eso; pero de lodos modos resulta claro que 1i negociación conducirá normalmente a
los mismos resultados que las fuerzas explicadas en el texto.
49. La famosa “ teoría voluntaria del intercambio público” , dc Erik Lindahl, puede,
según crco, ser enmendada y ampliada cn forma úlil con ayuda del análisis bosquejado en
cl texto. Agradezco a Richard Musgrave que llamara mi atención hacia cl hccho dc que
la teoría de Lindahl y el enfoque seguido cn este estudio deben de estar muy relacionados.
Pero él ve esa relación en forma diferente. Para los análisis dc la teoría de Lindahl véase
de Richard Musgrave “The Voluntary Exchange Tlieory rtf Public Economy”, Quarterly
Journal o f Economics, LUI (febrero dc 1939), 213-237; de Leif Johansen "Some Notes
)n ihc Lindahl Theory of Determination of Public Expenditures”, International Economic
Review. IV (septiembre dc 1963), 346-358; de John G. Head “Lindahl’s Theory of the
Budget". Einamarchiv, XXlll (octubre dc 1964), 421-454.
Ütuftn^ p^quefloí 4!

así cnconlrarí catín 111101111)«) que sus propios costos y beneficios mnr-
ginalcs son Iguales, al mismo tiempo que el costo marginal total iguala al
beneficio total o marginal sumado. Si los costos marginales son compar­
tidos en cualquier otra forma, la cantidad del bien colectivo proporcionado
será menos que óptima^^A primera vista podría parecer que si algunas
asignaciones del costo dan lugar a una provisión menos que óptima de un
bien colectivo, entonces algunas otras asignaciones darían lugar a una pro­
visión más que óptima de esc bien; pero no es así. En cualquier grupo en el
que la participación es voluntaria, el miembro o miembros cuya parte del
costo marginal exceda a su parte de beneficios adicionales dejarán de contri­
buir al logro del bien colectivo antes de que se haya alcanzado el óptimo
del grupo, y no hay arreglo concebible con el cual algún miembro no tenga
un costo marginal mayor que su parte del beneficio marginal, excepto aquel
en que cada miembro del gnipo comparte los costos marginales exacta­
mente en la misma proporción en que comparte los beneficios adicionales.^’

50. Enconlramos un ejemplo de esie pimío en niiiclios convenios de arrcndnmienio


agrícola, en los cuales el arrendador y el arrendíUario comparlen a menudo el producto de
la cosecha en una proporción convenida de anlemano. La producción de la granja puede
en esc caso ser considerada como un bien público para ambos conirafanies. Con fre­
cuencia el arrendatario aportará toda la mano de obra, la maquinaria y el fertilizante y el
arrendador hará todo el manlenimienlo de los edificios, el desagüe, las zanjas, etc. Como
lo han señalado correctamente algunos economistas agrícolas, esos convenios son ine­
ficientes porque el arrendatario sólo usará mano de obra, maquinaria y fertilizante hasta
el punto en que el costo marginal de esos Tactores de la producción iguale al rendimiento
marginal de su parte de la cosecha. Análogamente, el arrendador proporcionará una canti
dad menos que óptima de los factores que aporta. La única manera de evitar esa provisión
menos que óptima de los factores en un arrendamiento de participación es hacer que el
arrendador y el arrendatario compartan los costos de cada uno de los factores (variables)
de la producción en la misma proporción en que comparten la producción. Tal vez. en la
mayoría de los convenios de arrendamiento de participación, esa ineficiencia a»:ociada
ayude a justificar la observación en el sentido de que, en nuichas áreas donde los agri­
cultores no son dueños de la tierra que trabajan, la reforma agraria es necesaria para
aumentar la eficiencia de la agricultura. Véase Earl O. Hcady y E. W. Kchrbcrg, RJfecl
o f Share and Cash Renting on Farming Efficiency (Iowa Agricultural Experiment Station
Bulletin386). asfcomo EarlO. Ueady, Economics 4fAgricultural Production and Resource
Use (Nueva York: Prentice-Hall, 1952), csp. las págs. 59^ y 620.
51. Se podría exponer a veces un argumento similar para explicar la observación c o ­
mún de que hay “ miseria pública” en medjo del “esplendor privado", es decir, una provi­
sión menos que óptima de bienes públicos. Tal argumento sefía pertinente al menos en
aquellos casos en que los desembolsos públicos propuestos, óptimos de Pareto, benefi­
cian a un grupo de personas más pequeño (]ue aquel que paga imptiestos para solventar
esos desembolsos. La idea de que por lo general hasta los desembolsos públicos óptimos
de Pareto benefician a grupos de personas más pequeños (jue aquel que los paga me fue
sugerida por Julius Margolis a través de su útil artículo "The Structure of Government and
42 Una teoHa de los grupos y tas organizaciones

Aunque hasta los grupos más pequeños tienden a proporcionar canti­


dades menos que óptimas de un bien colectivo (a menos que compartan el
costo marginal en la forma que hemos descrito), el punto más importante
que hay que recordar es que algunos grupos lo suficientemente pequeftos

Public Invcslmcnt” publicado en American Economic Review: Papers and Proceedings,


LIV (mayodc 1964), 236-247. Véase m i ’’Discussion” del artículo de Margolis (y de otros)
cn el mismo número de la American Economic Review donde se sugiere una manera de
usar un modelo del lipo desarrollado cn este estudio para explicar la opulencia privada y la
miseria pública. Resulta intcTcsanie el que John Head ( Einamarchiv, XXIII, 453-454) y
Leif Johansen (international Economic Review, IV. 353), aunque partieron de puntos
diferentes del mío y siguieron el enfoque de Lindahl, hayan llegado en este respecto a
conclusiones que no difieren completamente de las mías. Para conocer algunos argumentos
interesantes que indican fuerzas que podrían dar lugar a niveles supraóptimos de d es­
embolso gubernamental, véanse otros dos trabajos en el número de la American Economic
Review citado anteriormente, que son “ Fiscal Institutions and Efficiency in Collective
Outlay” (págs. 227-235) por James M. Buchnnan, y “ Divergencies between Individual
and Total Costs within Govcm ment” por Roland N. McKcan.
Grupos pequeños 43

pueden procurarse alguna cantidad de un bien coIcctivo mediante la ac­


ción voluntarla y racional de uno o más de sus miembros. En esto se dis­
tinguen de los grupos verdaderamente grandes. Hay dos cosas que se deben
determinar para saber si existe alguna presunción de que un grupo dado se
proveerá voluntariamente de un bien coIcctivo. Primero habrá que descu­
brirla cantidad óptima del bien colectivo que cadapersona adquirirá, si cs
que va a hacerlo. Esto viene dado cuando FjídVJdT) = dCldT.’^ En se­
gundo lugar habrá que determinar si cualquier miembro o miembros del
grupo encontrarán, con e.se óptimo individual, que el bcnencio que el bien
colectivo le proporciona al grupo excedió al costo total cn proporción
mayor que aquella en que excedió al beneficio que el miembro obtuvo de
ese bien colectivo; es decir si F^>CIV^. El argumento se puede exponer en
fonna todavía más simple diciendo que, si a un nivel cualquiera de compra
del bien colectivo el beneficio para el grupo excede al costo total en más
de lo que excede al beneficio de una persona cualquiera, se puede suponer
que el bien colectivo será proporcionado, porque entonces el beneficio de
la persona excede al costo total de proporcionarle el bien coleclivo al gru­
po. Esto se ilustra en la figura anterior, donde una persona estará supues­
tamente en mejor situación por haber proporcionado cl bien coIcctivo, .sea
que haya aportado la cantidad V, la cantidad W o cualquier otra inter­
media. Si se obtiene una cantidad cualquiera del bien colectivo entre V y
IV, aunque no sea la cantidad óptima para la persona, F, excederá a CIV^.

Resumen no técnico de la .sección D

La parte técnica de esta sección ha demostrado que ciertos grupos pe­


queflos pueden proveerse de bienes colectivos sin recurrir a la coacción
ni a otros estímulos positivos aparte del bien coIcctivo mismo.’’ Esto se
debe a que en algunos grupos pequeflos cada uno de los miembros, o por

.^2. Si F. no es una constante, este óptimo individual viene dado cuando


FjldV^ idJ) + V^(dF. Idi) = dCidl.
53. Estoy cn deuda con el profesor John Rawls del Deparinmenlo de Filosofía de la
Universidad de Harvard por recordarnie el hecho<le que cl filósofo David Hume j>crcih¡ó
que los grupos pequeños podían alcanzar propósitos comunes, pero los grupos grandes
no. El argumento de Hume es, sin e m b ^ g o , un tanto diferente del mío. En A Trfatise o f
Human Nature, edición Everyman (Lxindpes; J. M. Dcnt, 1952), II, 2.39, Hume escribió:
“ En la naturaleza humana no hay rasgo que dé lugar a m is ctrores funestos en nuestra
conducta que aquel que nos induce a preferir lo presente a lo distante y remoto y nos hnco
desear los objetos de acuerdo con su situación más que con su valor intrínseco. Dos vcci
nos pueden con venir en desaguar im prado, que poseen en comOn, porque les resulta fácil
saber cómo piensa el ofro y cada uno debe percatarse de que. si falla, la consecuiMicia
inmediata será el abandono de todo el proyecto; pero cs muy difícil, cn rcalidnd imposible.
44 U ñ a Iforírt é r tnx grupos y tas o r g a ñ i i a r i o n e t

lo menos uno de ellos, cnconlrarán que su beneficio personal al Icncr


el bien colectivo excede al coslo loial de proporcionar alguna canlidad
de ese bien. Hay miembros que, si se suministra el bien colectivo, estarán
cn mejor situación, aunque tuvieran que pagar todo el costo, de como es­
tarían si no se proporcionara. En esos casos existe la presunción de que
el bien colectivo será proporcionado. Esa situación sólo se dará cuando el
bcncficio que el grupo recibe teniendo el bien colectivo exceda al costo
total cn más de lo que excede al beneficio de uno o más miembros del
grupo. Así pues, en un grupo muy pequeño donde cada miembro obtiene
una proporción subsiancial del beneficio total por el solo hecho de que
hay pocas personas cn el grupo, a menudo se puede obtener un bien co­
lectivo mediante la acción voluntaria e interesada de sus miembros. En
los gnipos más pequeños marcados por grados importantes de desigual­
dad (es decir, grupos de miembros de "tamaño” distinto o cuyo interés por
el bien colectivo no es igual) existe la mayor probabilidad de que un bien
colectivo será proporcionado, porque mientras mayor sea el interés de
un miembro cualquiera por el bien colectivo más probable será que ese
miembro obtenga una proporción tan importante del beneficio total
que saldrá ganando si procura que el bien sea proporcionado, aunque él
mismo tenga (|ue pagar lodo el costo.
Incluso en los gmpos más pequeños, sin embargo, el bien colectivo no
será proporcionado de ordinario a una escala óptima. Es decir, los miem­
bros dcl gmpo no proporcionarán de ese bien tanto como les convendría de
acuerdo con su interés común. Sólo ciertos arreglos institucionales espe­
ciales les ofrecerán a los miembros individuales un incentivo para adquirir
las cantidades del bien colectivo que sumadas darían la cantidad que el gru­
po en conjunto requiere. Esa tendencia a la suboptimalidad se debe al hecho
de que un bien colectivo es, por definición, de naturaleza tal que no se pue­
de impedir que oirás personas del grupo lo consuman una vez que cual-

q\ic mil persona.^ se pongan de aciicrtlo cn una acción parecida, porque les re.«;ulla difícil
conrerlar un diseño tan complicado y más todavía ejecutarlo y cada una buscará un pre­
texto para liberarse de la molestia y el gasto y preferirá que otros soporten la carga. La
sociedad política remedia esos dos inconvenientes. Los magistrados cncucnirnn un inte­
rés inmediato por los intereses de cualquier parte considerable de sus sujetos. No tienen
que consultar a nadie mas que a sí mismos para elaborar un esquema que promueva ese
interés. Y como la falla de una pane cualquiera cn la ejecución está asociada, aunque no de
inmediato, con la falla de lodoií, evitan esa falla porque no tienen interés en ella, sea inm e­
diata o remota. Así se construyen puentes, se abren puertos, se levantan murallas, se
hacen canales, se equipan flotas y se disciplinan los ejércitos, cn todas parles, bajo el cui­
dado del gobierno el cual, aunque se compone de hombres sti jeios a lodiis las debilidades
humanas, se convierte, gracias a una de las invenciones más idmirablcs y lutilrs qtie se pueda
imaginar, en una mixtura q\ie hasta cierto punto está exenta de todas esas debilidades” .
(¡titpoí peq ilfñni 45

quiera dc los miembros dcl grupo lo ha conseguido para sí. Puesto que así
un miembro individual obtiene sólo una parte del beneficio derivado dc
cualquier desembolso que haga para obtener más dcl bien colectivo, dejará
de comprar esc bien antes dc que se haya logrado la cantidad que es óptima
para el grupo en conjunto. Además, las cantidades del bien colectivo que
un miembro del grupo recibe de otros miembros sin costo alguno reducirán
m᧠aún su incentivo para proporcionar más dc ese bien a su propia costa,
^ o r lo tanto, mientras más grande sea el grupo más lejos estará de
proporcionar una cantidad óptima de un bien colectivo.
Esa suboptimalidad o ineficiencia será algo menos grave en los grupos
compuestos de miembros de tamaños muy distintos o cuyo interés por el
bien colectivo difiere mucho. En esos grupos desiguales, por otra parte,
existe una tendencia a distribuir arbitrariamente la carga de proporcio­
nar el bien colectivo. El miembro más grande, aquel que por sí mismo
proporcionaría la mayor caniidad dcl bien •colectivo, soporta una parte
desproporcionada dc la carga. El miembro más pequeño, por dennición,
obtiene de la cantidad de bien colectivo que aporta una fracción dc benefi­
cio más pequeña que la que obtiene el miembro grande; de manera que tiene
menos incentivo para proporcionar cantidades adicionales dcl bien colec­
tivo. Una vez que un miembro más pequeño tiene la cantidad de bien colecti­
vo que recibe sin costo del miembro más grande, tendrá más de lo que
habría comprado por sí mismo y no habrá incentivo alguno para obtener
algo de esc bien a su propia costa. En los grupos pequeños con inlcreses
comunes hay por lo tanto una tendencia sorprendente a la ''explotación'
de los grandes por los pequeños.
El argumento de que los grupos pequeños que consiguen bienes
colectivos tienden a proporcionar cantidades menos que óptimas de esos
bienes, y que las cargas de proporcionarlos son repartidas cn forma
arbitraria y desproporcionada, no es válido cn todas las situaciones lógica­
mente posibles. Ciertos arreglos institucionales o de procedimiento pueden
dar lugar a resultados diferentes. El asunto no puede ser analizado debida­
mente en un estudio breve. Por esta razón, y puesto que el intenís principal
de este libro se centra en los grandies grupos, muchas dc las complejidades
del comportamiento de los grupos pequeños se han pasado por alto en este
trabajo. Un argumento del tipo gue acabamos de bosquejar podría no
obstante ajustarse bastante bien a algunas situaciones prácticas importan­
tes y puede servir al propósito de sugerir que un análisis similar más
detallado podría ayudar a explicar hntparentc tendencia de los países más
grandes a soportar parles desproporcionadas de las cargas de las'organi-
zaciones multinacionales, como las Naciones Unidas y la OTAN, y a
explicar algo de la popularidad del neutralismo entre los países más
46 Una teoría de los grupos y las organizaciones

pequeños. Esc análisis tendería también a explicar las continuas quejas


cn el sentido de que a las organizaciones y alianzas internacionales no se
les proporcionan cantidades suricientes (óptimas) de itícursos.^^Sugeriría
también que los gobiernos locales aledaños en las áreas metropolitanas que
proporcionan bienes colectivos (por ejemplo, carreteras de enlace y edu­
cación) que benefician a los residentes de dos o más jurisdicciones tende­
rían a proporcionar cantidades insuficientes de esos servicios, y que el
gobierno local más importante (el que representa a la ciudad central) sopor­
tará partes desproporcionadas de la carga que implica proporcionarios.”
Un análisis del tipo que antecede podría, por último, ofrecer algunas ideas
más sobre el fenómeno del liderazgo de precios y particularmente sobre las
posibles desventajas que representa el ser la empresa más importante
dentro de una industria.
Sin embargo, en el presente contexto, el punto sobresaliente respecto
a los grupos pequeños es que pueden muy bien ser capaces de proveerse de
un bien colectivo debido simplemente al atractivo que tiene ese bien para
los miembros individuales. En esto, los grupos pequeños difieren de los
grandes. Mientras más grande sea un grupo, más lejos estará de obtener una
provisión óptima de cualquier bien colectivo y menos probable será que
aclúe para obtener siquiera una cantidad mínima de ese bien. En suma,
mientras más grande sea el grupo menos favorecerá sus intereses comunes.

E. G rupos "nxci.usivos'’ l·: “ i n c l u s i v o s **

No se debe ya pasar por alto el movimiento de entrada y el de salida del


gnipo. Es una cuestión importante, porque las industrias o grupos de mer­
cado difieren fundamentalmente de los grupos ajenos al mercado en sus
actitudes hacia ese movimiento. La empresa que forma pane de una indus­
tria quiere impedir que otras empresas nuevas vengan a compartir el
mercado, y desea que la mayor cantidad posible de las que ya están en la
industria se salgan de ella. Quiere que el grupo se reduzca hasta que haya
preferiblemente una sola: su ideal es un monopolio. De manera que en un

54. Algunas He Ins complejidades del comporlamienlo en los grupos pequeños se tratan
cn el artículo de Manciir OIson, Jr. y Richard Zeckhauser "An Economic Theory of
Alliances". Review o f Economics and Statistics, XLVIII (agosto de 1966), 266-279. y cn
"Colleciive Goods, Comparative Advantage, and Alliancc Efficiency”, cn issues o f Defense
Economics (A Conference of ihc Univcrsities-National Bureau-Committee for Economic
Research), Roland McKcan. ed.. (Nueva York: National Bureau of Economic Research,
1967), págs. 25-48. (Nota dc pic dc página agregada en 1970).
55. Estoy en deuda con Alan Williams, de la Universidad dc York, Inglaterra, cuyo
estudio dcl gobierno local llamó mi atención hacia la importancia dc esa clase dc fenó­
menos entre gobiernos locales.
Grupos "fjrc/aWvof” § "Inctusivos** 47

mercado las empresas son competidoras o rivales. En los grupos ii orga­


nizaciones ajenos al mercado y que buscan un bien coleclivo sucede lo
contrario. Por lo general, mientras mayor sea el número dc participantes
disponibles para compartir los benencios y los costos, mejor será. Un
aumento dcl tamaflo dcl grupo no implica competencia para nadie y cn cam­
bio puede dar lugar a costos más bajos para los que ya pertenecen a él. Lo
cierto de este punto de vista resulta evidente dc la observación cotidiana.
Mientras las empresas en un mercado lamentan cualquier aumento dc la
competencia, las asociaciones que proporcionan bienes colectivos en si­
tuaciones ajenas al mercado casi siempre les dan la bienvenida a nuevos
miembros. En realidad, esas organizaciones tratan a veces de hacer que la
membre.sía sea obligatoria.
¿Porqué existe esa diferencia entre los grupos dcl mercado y los aje­
nos a él si, como se ha demostrado cn secciones anleriorcs a este capítulo,
tienen grandes similitudes? Si el hombre de negocios en el mercado y cl
miembro del grupo de presión se parecen en que cada uno sabe que los
beneficios provenientes de cualquieresfucrzo realizado para alcanzar
las metas del grupo serán en su mayor parte para los otros miembros,
¿por qué son tan diferentes cuando se trata dcl ingreso al y la salida dcl
grupo? La respuesta es que en una situación de mercado cl "bien co­
leclivo” (el precio más alto) cs dc naturaleza tal, que si una empresa vende
más a ese precio otras tendrán que vender menos; de manera que cl
bencFicio que proporciona está fijo en la oferta, mientras que en las si­
tuaciones ajenas al mercado el benencio derivado de un bien colectivo no de­
pende de la oferta. En un mercado dado sólo se pueden vender cierto
número de unidades de un producto sin hacer que baje el precio; mientras
que cualquier número de personas .se pueden unir a una organización de
presión sin que necesariamente se reduzcan los benencios para las
demás.”*En un mercado, por lo general, lo que una empresa acapara no
puede ser obtenido por otra. En una situación ajena al mercado, esen­
cialmente, lo que una persona consume puede también s e rdisfnitado por
otra. Si una empresa prospera en un mercado,.se convierte enun rival más
f o r m i d a b l e : pero si una p e r s o n j pm sppp cn un g r u D O aieno al mercado
puede muv bien tener un incentivo para pagar Hna parte mavor dcl costo
del bien colectivo.
J «■
56. En un club social que les da categoría a sus miembros porque es "exclusivo", cl bien
coIcctivo de que se trate cs como un precio supracompctitivo cn un mercado, no como la
situación normal ajena al mercado. Si los ‘M(K)" más importantes se convirtieran en los
"4000” más importantes, los beneficios para quienes ingresan quedarían contrarrestados
|)or las pérdidas de los antiguos miembros, los cuales habrían intercambiado unn relación
social elevada por otra que sólo podría ser respetable.
Uññ If o t f n /
En vista dc la canlidad Tija y por lo tanto limitada drl licncíh lo (|iif
se puede derivar dcl “bien colectivo" (el precio mits alto) en el t aso dcl
mercado, lo cual induce a los miembros dc un grupo dc mercado a Halar dc
reducir el (amafio de su grupo, a esa clase de bien colectivo se le llainarA
aquí “bien colectivo exclusivo”.’’ En vista de que la piovisión de bienes
colectivos cn las situaciones ajenas al mercado, en cambio, aumenta auto-
máiicamente cuando el grupo crece, a esa clase de bien público se le debe
llamar “bien colectivo inclusivo’’.”
Por lo tanto, el que un grupo se comporte exclusiva o inclusivamente
depende dc la naturaleza dcl objetivo que el grupo persigue, no dc algunas
características de los miembros. En realidad, el mismo conjunto de empre­
sas o person<is podría ser un grupo exclusivo en un contexto y un grupo
inclusivo en otro. Las empresas dc una industria serían un grupo exclusi­
vo cuando buscan un precio más alto en su industria restringiendo la

57. Esia aplicación dc \i\ idc;i dc bien colcciivo es sin duda cn algunos respectos
demasiado amplia cn el scniido dc (|ue no se requiere el concepto dc bien colectivo para
analizar el cnmpfiriafniento del mercado. Otriis teorías son mejores por lo general para ese
fin. Pero cn este contexto particular es útil tratar el precio supracompetitivo como im tipo
especial dc bien colectivo. Es una buena técnica expositiva para señalar similitudes y
contrastes en las situaciones dc mercado y cn las ajenas a él por lo que respecta a la relación
entre los intereses individuales y la acción orientada hacia el grupo. Espero que cn las
páginas que siguen ofrecerá también alguna noción de las organizaciones que realizan
funciones dentro y fuera del mercado y del alcance dc la negociación en los grupos dc
mercado y los ajenos a él
5R. Hay alg\mos paralelos interesantes entre mis conceptos dc bienes colectivos “ex-
cltisivos" e "inclusivos” y algunos trabajos recientes dc otros economistas. Hay en pri­
mer lugar una relación entre esos conceptos y el artículo antes citado de John Head sobre
"Public Goods and Public Policy" rinance, XVII, 197-219). No comprendí todas
las implicaciones de mi estudio dc los bienes inclusivos y colcclivos hasta que hube leído
lodo el artículo de Head. Tal como lo veo ahora, esos conceptos pueden ser explicados
en términos de su distinción entre las dos características definidoras dcl bien público tra­
dicional: la imposibilidad de la exclusión y la tmidad dc la oferta. Mi bien coleclivo
exclusivo es por lo tanto uno que, por lo menos dentro dc ilgón grupo dado, la exclusión
no es factible, pero al mismo tiempo no hay unidad alguna cn la oferta, dc manera que los
miembros deí grupo es]>cran que otros serán dejados fuera del mismo. Mi bien colectivo
inclusivo es también dc naturaleza tal, que la exclusión no es factible, por lo menos den­
tro dc algún grupo dado, pero no obstante se caracteriza también, al menos, por algún
grado considerable dc imidad en la oferta, y esto explica el hecho dc que los miembros
adicionales pueden disfrutar el bien con poca o ninguna reducción en el consumo dc los
antiguos miembros.
Existe en segundo lugar una relación entre mi distinción inclusivo-exclusivo y un ar­
tículo de James M. Ruclianan titulado"An E conom icT heoryofC hibs” (mimeografiado).
El artículo de Buchanan supt>nc que la exclusión es posible, pero <|ue existe cierto grado
dc unidad (scver*menie limitado) cn la oferta, y demuestra que. con esos supuestos, el nú ­
mero óptimo de usuarios de un determinado bien público es nornnimcnt? fir'iio. variará
producción; pero serían un grupo inclusivo y aceptarían lodo el apoyo que
pudieran obtener cuando buscan impuestos más bajos, una tarifa o cual-
(|uier otm cambio en la fx)lítica dcl gobierno. ÏZ1 punto de que la exclusi­
vidad o la inclusi vidad de un gi upo depende del objetivo de que se trate más
bien que de las características de sus miembros es importante, ya que mu­
chas organizaciones funcionan tanto en cl mercado para subir los precios
restringiendo la producción como en los sistemas político y social para
favorecer otros intereses comunes. Sería interesante, si el espacio lo per­
mitiera. estudiar a esos grupos con ayuda de la distinción entre bienes
colectivos exclusivos e inclusivos. La lógica de esa distinción sugiere que
esos grupos adoptarían actitudes ambivalentes hacia los nuevos partici­
pantes. Y de hecho lo hacen. Los sindicatos, por ejemplo, preconizan a
veces la “solidaridad de la clase trabajadora” y exigen el establecimiento
sindicado; pero en cambio establecen reglas de aprendizaje que limitan el
ingreso de nuevos miembros de la “clase trabajadora” a ciertos mercados
de tral)ajo. Ciertamente, esa ambivalencia es un faclor fundamental que
debe tener en cuenta cualquier análisis apropiado de lo que los sindicatos
tratan de maximizar.'’

dc un caso a otro y puede a veccs sc*r muy pequeño. El enfoque dc Buchannn y el mío se
relacionan cn que ambos pieguntnmos cómo resultarán afectados los intereses dc un
miembro de un grupo que disfruta dc un bien colectivo ix>r los aumentos o las dism inu­
ciones dcl número de personas que lo consumen. Ambos hemos estado trabajando en
esc prol/.cma independientemente y hasta fecha rccientc ignorábamos el interés dcl otro
por la cuestión. Buchanan sugiere gencrosamcnic que tal vez yo plantee la pregunta antes
que él; pero mientras que yo apenas he toCado cl lema sólo para facilitar otras partes de
mi argumento general, él ha desarrollado un modelo interesante y general que demuestra
la importancia dc esta cuestión para una amplia gama dc problemas dc políticas.
59. Hay alguna incertidumbre acerca dc lo que los sindicatos maximizan. Se piensa a
veces que no maximizan los índices dc salarios, puesto que los salarios más alios reducen
la cantidad de mano dc obra solicitada por el empleador y por lo tanto reducen también
el número dc miembros dcl sindicato. Esta última reducción es a su vez contraria a los
intereses institucionales dcl sindicato y perjudicial para el poder y cl prestigio de sus
líderes. No obstante algunos sindicatos, como el United Mine Workers, han elevado de
hecho los salarios hasta un pimto que, como ellos reconocen, reduciría el empleo en su
industria. Una posible explicación es qu6los sindicatos buscan bienes colectivos inclusivos
provenientes del gobierno, así como salarios más altos en bl mercado. En esa capacidad
ajena al mercado, cada sindicato se interesa por adquirir nuevos m i e m b r o s , d e su
“propia” industria o gremio lo mismo que dentro. L<is salarios más altos no impiden la
expansión dc un sindicato cn otras indilstrias o categoría^ de especialidades. En
realidad, mientras más altos sean los salarios que un sindicato obtiene en un mercado de
trabajo dado mayor será el prestigio de sus líderes y más grande su atractivo para los tra­
bajadores dc otros mercados laborales, facilitándose así cl aumento dcl número de
m iembros fuera de su clientela original. Esto es algo que a un sindicato le gustará, porque
le ayudará a desempeñar su función política y dc presión. Cosa interesante, cl CIO y el
so Una ttaria é t tot grupós y tot erjioñlzaeloñes

Una dircrcncia más entre los gmpos inclusivos y exclusivos se hace evi­
dente cuando se busca un comportamiento organizado fomialmenlc o si­
quiera coordinado inrormalmenic. Cuando hay un esfuerzo organizado o
coordinado en un grupo inclusivo, todos aquellos que puedan ser persua­
didos para que ayuden serán incluidos en ese esfuerzo.*" Sin embargo
(salvo en casos marginales donde el bien colectivo sólo ju,sti fica su costo),
no será esencial que cada miembro del grupo participe en la organiza­
ción o cn el convenio. En esencia, eso se debe a que. normalmente, el no
participante no les quita los beneficios de un bien inclusivo a quienes sí
cooperan. Un bien colectivo inclusivo es por dcHnición de naturaleza tal,
que el bcnencio que recibe quien no coopera no va acompañado por una
pérdida equivalente para quien coopera.“
Cuando un grupo busca un bien colectivo exclusivo mediante un
convenio u organización dc las empresas del mercado (es decir, si hay co­
lusión explícita o tácita cn el mercado), la situación es muy diferente. En
CSC caso, si bien se espera que el número de empresas dc la industria sea tan
IKqucño como se pueda, paradójicamente casi siempre es e.sencial que

universal Dislriln 50 dcl UMW pueden posiblemente haber permitido que la influencia dc
John L. Lewis y el UMW creciera algunas veces cuando los niveles de salarios del
sindicato limitaban el empleo en la minería del carbón. Agradezco a uno de mis antiguos
esiudianies, John Beard, el haber estimulado las ideas sobre este punto.
60. Elinicrcsnnfeargunycnxoprc^cn\n(\nporRikcrcuThel'heoryo f PolitiralCoalitionx,
en el sentido dc que cn muchos contextos políticos habrá una tendencia hacia un mínimo
dc coaliciones ganadoras, no debilita en forma alguna la conclusión expresada aquí de
que los grupos inclusivos tratan de aumentar el número de sus miembros. Tampoco
debilita ninguna de las conclusiones sacadas cn este libro, porque el argumento de Riker
sólo es pertinente para las situaciones de suma-cero y esas situaciones no se analizan cn
la presente obra. Un grupo que busca un bien colectivo inclusivo no se hallaría en situa­
ción dc suma-cero, ya que. jxu definición, la cantidad de beneficio aumenta a medida que
m;ís personas se unen al grupo y que se pro|>orciona más del bien colectivo. Incluso los
grupos que buscan bienes colectivos exclusivos no se ajustan al modelo de Riker, porque
si bien la canlidad que se puede vender a algún precio dado es fija, la cantidad cn que subirá
el precio y por lo tanto la ganancia para el grufx) son variables. Es desafortunado que el
libro de Riker. que por lo demás es eslimulanle y útil, torne cn cuenta algunos fenómenos,
como las alianzas militares, pnr.i los cuales su supuesto dc suma cero es muy inadecuado.
Ver William H Riker, The Theory o f Politicai Coalitions (New Haven, Conn.: Yale
University Press. 1962).
61. Si cl bicn coleclivo fuera un "bien público puro” cn el sentido dc Samüelson, el
bcncficio que recibe quien no coopera no sólo no daría lugar a la correspondiente pérdida
para quienes sí cooperaron, sino que no daría lugar a pérdida alguna. El supuesto de bien
público puro, sin embargo, parece ser innecesariamente riguroso para los presentes fine».
Sin duda sería cieno a menudo q\ie, después dc cierto punto, los consumidores iidicio
nales dc \in bicn colectivo reducirían, por poco que fuera, la canlidad disponible para
otros. De manera que el argumento del texto no requiere que los bienes colectivos
Grupos *‘excÍuslvos’*e 'Unctushos'* 51

haya un 100 por ciento dc participación dc quienes permanecen en el grupo.


Esto se debe esencialm ente a que incluso un solo no participante puede por
lo general tom ar para sf mismo todos los benendos derivados de la acción
dc las em presas coludidas. A menos que los costos de la em presa no par­
ticipante suban con dem asiada rapidez con los increm entos dc la pro­
ducción,“ podrá aum entar continuam ente la suya para aprovechar el
precio más alto lográdo mediante la acción conjunta hasta que las em presas
coludidas, si tontam ente siguen m anteniendo el precio más alto, hayan re­
ducido su producción a cero, todo para beneficio de la que no participa.
Esta últim a puede despojar a las em presas colud idas de todos los beneficios
de su colusión, porque el beneficio dc cualquier precio supracom petitivo
es por cantidad fija; de manera que lo que esa empresa tome, las otras lo
perderán. Hay por lo tanto un elemento de lodo o nada cn los grupos
exclusivos, puesto que debe haber ya .sea una participación al 100 por cien­
to, o ninguna colusión. Esa necesidad dc una participación al 100 por
ciento produce cn una industria los mismos efectos que produce en un
sistem a electoral la disposición constitucional dc que (odas las decisiones
deben ser unánimes. Siempre que se requiere la participación unánime,
cualquier resistencia tiene un extraordinario poder dc negociación. Quien
se opone podrá tal vez exigir para sí mismo una parte del beneficio mayor
que la que recibirá de cualquier acción orientada hacia el grupo.*’Además,
cualquiera dcl grupo puede (ratar dc oponer resistencia y exigir una parte

inclusivos sean bienes públicos puros. Cuando un bicn coleclivo inclusivo no es un bicn
público puro, los miembros del grupo que disTrulnn dcl bien no vcrÍRn con buenos ojos a
los miembros adicionales que no pagaron cuoias adecuadas. Las cuotas no serían
adecuadas a menos que fueran siquiera iguales en valor a la reducción en el consumo de
los antiguos miembros provocada por el consumo de los dc nuevo ingreso. Sin embargo,
mientras exista algún grado apreciable de "iinidud cn la oferla” los beneficios para los
nuevos excederán al pago dc cuotas necesario para garantizar que los antiguos miembros
serán compensados debidamente por cualquier reducción de su propio consumo, de
manera que el grupo seguirá siendo realmente “ inclusivo” .
62. Si los COSIOS marginales suben muy verliginosamenle y por lo tanto ninguna
empresa tiene un incentivo para aumentar mucho su producción en respuesta al precio más
alto, una sola abstención no liene pot qué ser Funesta para un convenio colusivo; pero
seguirá siendo costosa, porque la empresa que se resisle\enderá a obtener dc la colusión
más que una que sí participa, y lo que-aquella obtenga ésta lo perderá.
63. Con respecto a las im plicaciones del requisito dc unanim idad, véase el impor-
innte libró de James M. Buchanan y Gordon Tullock 1 he Calculus o f Consent: Log ical
Foundations o f Constitutional D em ocracy (Ann Arbor: University of Michigan Press,
1962), especialmente el capítulo viii, pá¿s. 96-116. Creo que algunas complicaciones de
su útil y provocativo estudio podrían ser aclaradas con ayuda de algunas de las ¡deas
desarrolladas en el presente estudio. Véase por ejemplo mi aniílisis dc su libro en la
American E conom ic Review, LII (diciembre de 1962), 1217-1218.
Sì VffÊ ét Iñi grupoË f lat organliarinnrt

más grande dcl bcnencio a cambio dc su apoyo (indispensable), lisio In-


cenlivo para la resislencia hace que cualquier acción orientada hacia cl rhi-
po .sea menos probable de lo que sería cn otro caso. Implica lambién que
cada miembro tiene un gran incentivo para negociar. Puede ganarlo todo
si negocia bien o pcrderio todo si negocia mal. SigniTica que cn cualquier
situación cn que se requiera la participación al 100 por ciento habrá mucha
más negociación que cuando algún porcentaje más bajo puede em pren­
der la actividad orientada hacia cl grupo.
De lo «interior resulta que la relación entre personas en los grupos in­
clusivos y exclusivos es por lo general muy diferente, siem pre que los gru­
pos sean tan pequeños que la acción de un solo miembro produzc:·. un efecto
perceptible en cualquier otro miembro. De modo que las relaciones in­
dividuales son importantes. Las em presas del gmpo exclusivo quieren el
menor número posible dc otras em presas, de manera que cada una vigila
cautelosamente a las demás por temor de que traten de sacaria de la in­
dustria. Antes dc em prender cualquier acción, cada una debe considerar
si provocará una “guerra dc precios” o una “com petencia im placable”.
Quiere dccir que cn un gmpo exclusivo cada empresa debe ser sensible a
las otras del gmpo y tener en cuenta las reacciones que pueden tener ante
cualquier acción por parte suya. Al mismo tiempo, cualquier com porta­
miento orientado hacia cl gmpo requerirá normalmente un HX) por ciento
de participación, dc manera qu6 cada empresa de una industria no sólo es
rival dc todas las demás, sino también colaboradora indispensable en cual­
quier acción conjunta. Siempre que una colusión, por tácita que sea, se
ponga en duda, cada em presa de la industria podrá pensar en negociar o en
resistirse con el Tin de lograr una parte más grande de los benencios. La que
mejor pueda adivinar cómo reaccionarán las otras ante cada acción suya
tendrá una ventaja considerable en esa negociación. Este hecho, junto con
el deseo de las em presas de una industria de que cl número de ellas sea el
más pequeño posible, hace que cada una dc las que forman parte de una
industria donde el número de em presas cs pequeño se muestre ansiosa
respecto a las reacciones de las otras ante cualquier acto suyo. Dicho dcotro
modo, tanto el deseo dc lim itar el lamaño del gmpo como la necesidad de
un 100 por ciento de participación en cualquier clase de colusión hacen
aumentar la intensidad y la complejidad de las reacciones oligopolistas. La
conclusión dc que las industrias que tienen un pequeño número de em pre­
sas se caractcrizaríin por la interacción oligopolista con una dependencia
mutua reconocida le resulta familiar, por supuesto, a lodo econom ista.
En cambio, por lo general no se com prende que en los gm pos inclu­
sivos, aun en los pequeños, la negociación o la interacción estratégica son
evidentemente mucho menos comunes e importantes. Esto se debe en parte
( Im i In to n o m ù ì de tot grupo s 5.^

a quc no cxisic cl deseo dc clim ioar a nadie dcl grupo y cn pane a q«e nor-
m alm cnlc no se requiere nada parecido a una participación unánim e; de
m anera que no es muy probable que los m iembros dcl grupo inclusivo tra­
ten de ofrecer resistencia para obtener una parte m ayor dcl beneficio. Esto
tiende a reducir la cantidad de negociación (y tam bién hace que la acción
orientada hacia el grupo sea más probable). Aunque cl problem a es sum a­
m ente com plejo y algunos de los instrum entos necesarios para determ inar
con exactitud qué tanta negociación habrá cn una situación dada no existen
por ahora, de todos modos parece muy probable que haya mucha menos
interacción estratégica en los grupos inclusivos y que la hipótesis del com ­
portam iento Independiente describirá con frecuencia razonablem ente bicn
a los m iembros dc esos grupos.

F. U na taxonomIa oí· i.os orupos

Por supuc.sto, en los grupos inclusivos o cn los ajenos al mercado puede


tam bién haber muchos casos cn que los miembros individuales toman en
cuenta las reacciones dc los demás ante sus acciones cuando deciden cuál
em prenderán; es decir, casos cn los cuales aparece la interacción estraté­
gica que caracteriza a las industrias oligopolistas donde la dependencia
m utua es reconocida. Al menos cn los grupos dc cierto tam año, esa in­
teracción estratégica debe ser relativam ente im portante. Hablamos del
caso en que el grupo no es tan pequeño que una sola persona encuentre ven­
tajoso com prar por sí misma una parte dcl bien colectivo, pero el ni'imero
de m iem bros es lo suficientem ente pequeño para que los intentos de un
m iem bro, o la ausencia de ellos, por obtener el bien colectivo dan lugar a
diferencias perceptibles en el biene.starde algunos o todos los demás. Esto
se podrá entender m ejor suponiendo por un momento que en e.se grupo se
está proporcionando ya un bien colectivo inclusivo m ediante una organi­
zación formal, y preguntando luego qué sucedería si un miembro del grupo
dejara de pagar su parte del costo del bicn. Si, en una organización razo-·^
nablem ente pequeña, una persona en particular deja de pagar porci bicn co­
lectivo de que disfriitá, los costos .subirán perceptiblem ente para cada una
de las demás del gmpo y podíán por lo tanto rehusarse a seguir aportando
su contribución; dc m anera que no se podrá Seguir proporcionando ya^.c¡^
bien colectivo. Pero la prim er^ persona podría percatarse de que ese sería
el resultado de su negativa a pagar nada dcl bien colectivo y que si este no
se proporciona ella estará en peor situación que cuando se proporcionaba
y pagaba una parte del costo. Podrá por lo tanto seguif aportando su con­
tribución para la compra del bien. Tal vez lo hará y tal vez no. Igual que cn
el oligopolio en el caso de un mercado, cl resultado es indefinido. El micm-
M Una Iroría ée tos grupos y tas organizaciones

bro racional dc esa d ase dc grupo encara un problema cslralégico. y si bien


la leoría dc juegos y otros tipos de análisis podrían ser útiles, parece que por
ahora no hay manera de obtener una solución general, válida y determ ina­
da al nivel de abstracción de este capítulo.^
¿Cuál es el alcance dc esta indeterminación? En un grupo |>equeflo en
el que un miembro obtiene una Tracción tan grande del benencio total que
estaría en mejor situación si él mismo pagara todo el costo, en vez de
quedarse sin el bien, se puede suponer que el bien colectivo será proporcio­
nado. En un grupo en el cual ninguno de los miembros obtendría un bene-
ñcio lan grande del bien coleclivo que le interesa proporcionar, aunque
tenga que pagar todo el coslo, pero en el cual la persona sigue siendo tan
im portante en términos dcl grupo total que su contribución o la falta dc ella
al objetivo dcl grupo producirá un efecto perceptible en los costos o los
beneficios de los demás, el resultado es indefmido.®^ En cambio, en un gmpo
grande en el cual la contribución dc una sola persona no im plica diferencia
perceptible para el conjunto ni para la carga o cl beneficio de alguno dc los
miembros, es seguro que no se proporcionará un bien colectivo a menos
que haya coacción o algunos estím ulos extem os que induzcan a los m iem ­
bros dcl gmpo grande a actuar cn favor de su interés común.^^’

64. Es He interés secundario hacer notar aquí que cl oligopolio en cl mercado es en


algunos respectos similar n la ayuda recíproca cn la organización. Si la “mayoría” que
los diversos intereses cn una legislatura necesitan se considera como un bien coIcctivo
(algo que un interés partictilar no puede obtener a menos que otros intereses lo
compartan), entonces la similitud cs nolablc. El costo que cada legislador con un interés
espccifli trataría de eludir cs lo aprobación dc la legislación deseada por los otros
legisladores con interés especial, porque si esos intereses salen ganando con su legis­
lación. con frecuencia otros, incluyendo a sus propios electores, pueden salir perdiendo.
Pero, a menos que esté dispuesto a votar por la ley que los otros desean, el legislador
particular cn cuestión no scr/í capaz dc lograr que su propia legislación sea aprobada.
Dc manera que su meta sería formar una coalición con otros legisladores con interés
especial, cn la cual volarían precisamente por la legislación que desea y él, a su vez,
les daría a cambio lo menos posible, insistiendo en que moderaran sus demandas le­
gislativas. Pero, puesto que cada inlcrcambiador potencial dc favores políticos sigue
la misma estrategia, cl resultado cs incierto: las cosas marcharán o tal vez no. Cada uno
de los intereses estará cn mejor situación si hay intercambio; pero a medida que los
intereses individuales luchen por mejores tratos legislativos cl resultado de las estrate­
gias que compiten puede ser que no se llegue a ningún arreglo. Esto es muy similar a la
situación cn que se encuentran los grupos oligopolistas, ya que todos desean un precio
más alto y todos saldrán beneficiados si limitan su producción con el fin de obtenerlo;
pero tal vez no puedan^ponerse de acuerdo sobre la parte que les toca dcl mercado.
65. El resultado es clarantlntc indeterminado cuando cs menor que C/V^ en todos los
puntos, y es cierto lambién que el grupo no es tan grande que las acciones de ninguno de
sus miembros produzcan un efecto perceptible.
66. Un críiico amable ha sugerido que incluso una organización grande que ya e x is­
tía podría seguir proporcionando un bien colectivo llevando a cabo sim plem ente una
Una iaxonimCa de ios grupos 55

Esa ultim a distinción entre cl grupo que es tan grande que dcrmi-
tivam ente no se procurará un bien colectivo y el grupo oligopolizado que
puede obtenerlo es particularm ente im portante. Depende de si dos o más
m iem bros del grupo tienen una interdependencia perceptible, es decir, si
la contribución o falta de contribución de un miembro cualquiera produci­
rá un efecto perceptible en la carga o el beneficio de alguna o algunas otras
personas del grupo. El que un grupo tenga la posibilidad de procurarse un
bien colectivo sin coacción ni estím ulos externos depende por lo tanto en
m edida sorprendente del número de personas que haya en el grupo, ya que
m ientras más grande sea éste menos probable será que la contribución de
cualquiera de ellas sea perceptible. Sin em bargo, no se puede decir con toda
exactitud que depende exclusivamente del numero dc personas. La relación
entre el tamaño del grupo y la im portancia de un miembro individual no se
puede definir tan fácilmente. Un grupo cuyos miembros tienen grados dc
interés muy desiguales en un bien colectivo y que desea uno que resulta (n
cierto nivel de provisión) extrem adam ente valioso en relación con su costo,
será más capaz dc procurárselo que otros grupos con cl mismo número dc
miembros. La misma situación prevalece en el estudio de la estm ctura dcl
m ercado, donde nuevam ente el número de em presas que una industria
puede tener sin dejar de ser oligopolista (con la posibilidad dc obtener
rendim ientos supracom petitivos) varía un tanto de un caso a otro. La norma
para determ inar si un grupo tendrá capacidad para actuar, sin coacción ni
estím ulos externos, en favor del interés dcl grupo es (como debe serlo) la
misma para los grupos del m trcado y para los ajenos a él: depende de si las
acciones Individuales de uno o más miem bros cualesquiera de un grupo
son perceptibles para cualesquiera otros.^^Esto está, muy obvia, pero no
exclusivam ente, en función dcl número dc miembros dcl grupo,

c.spccic dc plcbisciio entre sus miembros, cn cl cnlendido dc que, si no se obtiene la


promesa unítnimc o casi unánime de contribuir a la provisión dcl bien colectivo, no
será proporcionado ya. Este argumento, si lo estoy interpretando correctamente, esiá
equivocado. En esa situación, una persona sabría que si otros proporcionan el bien
coleclivo ella recibirá los beneficios haga o no su contribución. No tendrá por lo tanto
incentivo alguno para hacer una promesa, a menos que se requiera un comprom iso
enteram ente unánim e o que por iflguna otra ra 7.ón s^ promesa personal decidiera si cl
bien será proporcionado o no. Pero si se requiere la promesa dc cada miembro in di­
vidual, o si por alguna otra raz.ónlin miembro cualquiera pudiera decidir si el grupo
obtendrá o no un bien colectivo^ese miembro podría privar a lodos los demás de
beneficios importanies. Estaría entonces en situacióntIc negociar y dejarse sobornar
Pero como cualesquiera otros miembros del grupo podrían ganar otro tanto medíanle
la misma estrategia de resistencia, ríb es probable que el bien colectivo sea p r o p o rc io ­
nado. Véase nuevam ente Buchanan y Tullock, págs. 96-116.
67. La perceptibilidad de lüs acciones dc un miembro aislado dc un grupo puede ser
afectada por los arreglos a que llegue el grupo mismo. Un grupo previam ente organi
5^ tfñii tentili Hf hn fffUfnn y In^ ttfffnntftit toñe%

Ahora cs posible cspccilicar cuándo sr rnjuciirá ya sni la cooidhiación


informal o la organización formal para obtener un bien coleclivo 1,1 tipo
más pequeño de grupo (aquel cn el que uno o más micmbms obllenen una
fracción lan grande del beneficio lolal que les conviene Iralar de obiener el
bien coleclivo aunque lengan que pagar lodo el coslo) puede salir adelante
sin convenio u organización alguna. Se podría establecer un convenio de
grupo para distribuir más ampliamente los costos o para aumentar el nivel
de provisión del bien coleclivo; pero, habiendo un inccnlivo para la acción
unilateral c individual a fin dc obtener el bien, ni la organización formal
ni el convenio informal de grupo son indispensables para obtcnerio. En un
grupo más grande que ese, por otra parle, ningún bien coleclivo puede ser
obtenido sin algún convenio, coordinación u organización. En el grupo
interm edio u oligopolizado. donde dos o más miembros deben actuar si­
m ultáneam ente para que se pueda obtener un bien coleclivo. debe haber
por lo menos una coordinación u organización tácita. Además, mientras más
grande sea un grupo más acuerdo y organización necesitará. M ientras
más grande sea. mayor será cl número dc miembros que norm alm ente
deben ser incluidos en el convenio u organización. Tal vez no sen necesario
que todo el gmpo esté organizado, puesto que alguna parle del mismo
puede estar en situación dc proporcionarse cl bien coIcctivo; pero dc todos
modos el establecim iento dc un convenio u organización tenderá siempre
a ser más difícil m ientras mayor sea cl lam año dcl grupo; porque m ien­
tras más grande sea más difícil será ubicar y organizar una pane del grupo
aunque sea y los miembros de esa parte tendrán un inccnlivo para seguir
negociando con los demás hasta que la carga se distribuya más am pliam en­
te. con lo cual aumentará el coslo dc la negociación. En suma, los costos
de organización están en función ascendente del número de miem bros del
grupo. (Aunque m ientras más miembros tenga cl grupo, mayores serán los
costos totales dc organización, los costos por persona no subirán nece-

7ado, p o r ejemplo, p o d r í« asegurarse dc que h conlribucirtn o la ausencia dc contribución


de un miembro cualquiera, «sí como cl cfcclo producido por los aclos dc cada uno en Irt
c a r g a y cl benericio de los demás, serán d a d o s a conocer, garantizando así que cl esfuerzo
del grupo no se v e n d rá abajo por falla de conocimienlo. Yo defino por lo lanío la **per-
ceplibilidad” en términos del grado de conocimienlo y dc los arreglos institucionales
que realmente existen cn cualquier grupo dado, en vez dc suponer una "perceptibilidad
natural” no afectada por lo que cl grupo da a conocer ni por otros arreglos. Mi atención
fue atra ída hacia este punto, y hacia m u c h o s otros comentarios valiosos, por el profesor
Jerome Rothenberg, quien sin emb.irgo le atribuye a li supuesta capacidad dc un grupo
para crear "perceptibilidad artificial” mucha más importancia dc la que yo quisiera. No
conozco ningún ejemplo práctico dc un grupo u organización que haya h e c h o gran cosa,
aparte de mejorar la información, para «crcccntnr la perceptibilidad de las acciones de
una persona q u e luchu por un bien colectivo.
ti »a hiMinomín de íoi ifrufun

sariam cnic, |x»r(|uc cu la organi/acirtii liay siiutiula econom ías (le escala.)
En clcrlos casos cl pnipo estar,1 ya organizado para algiin olro Tin, en cuyo
caso los costos se están pagando ya. La capacidad dcl grupo para proveer­
se dc un bien colectivo quedará explicada en parle por aquello que o ri­
ginalm ente le perm itió organizarse y sostenerse. Esto atrae nuevam ente la
atención hacia los costos dc organización y demue.slra que esos costos no
se pueden dejar fuera del m odelo, salvo en cl caso dcl ^rupo más pequeño
cn el que la acción unilateral puede proporcionar un bicn colectivo. Los
costos de organización deben distinguirse claram ente del lipo dc co.sto
considerado anteriorm enle. Las fundones de costo estudiadas se referían
únicam ente a los costos directos de obtener diversos hiveles de provisión
de un bien colectivo. Cuando el grupo no está organizado ya y cuando los
costos directos dcl bien colectivo que desea son más de lo que una persona
sola podría soportar con bcnencio, se tiene que incurrir cn costos adicio­
nales para lograr un acuerdo respecto a la forma en que se distribuirá la
carga y para coordinar u organizar el esfuerzo necesario para obtener cl
bien colectivo. Están los costos dc com unicación entre los m iem bros dcl
grupo, los costos de cualquier negociación entre ellos y los costos de crear,
proveer de personal y sostener una organización formal.
Un grupo no puede obtener cantidades infiniiesim nlm ente pequeñas
de una organización formal o siquiera dc un convenio inform al dc gni-
po. El que lertga cierto número de miembros debe (ener alguna canlidad
mínima de organización o acuerdo; de manera que hay costos de organi­
zación apreciables, Iniciales o.m ínim os, para cada grupo. Cualquiera (|ue
tenga que organizarse para obtener un bicn colectivo encontrará entonces
que hay cierto costo mínim o de organización que habrá que pagar, por
poco que obtenga del bien coleclivo. M ientras m ayor sea el número de
m iem bros, m ayores serán esos coslos mínimos. Cuando ese coslo mínimo
de organización se suma a los otros costos iniciales o m ínimos de un bicn
coleclivo, debidos a .sus características técnicas antes m encionadas, resulta
evidente que el coslo de la prim era unidad dc ese bien será bastante elevado
cn relación con el coslo de algunas unidades posteriores. Por inm ensos que
sean los beneficios de un bien^colcctivp, m ientras más altos sean los coslos
absolutos totales de obtención de una cantidad cualquiera de ese bicn, m e­
nos probable será que se pueda obtener siquiera una cantidad mínima dcl
mismo .sin coacción o incentivos externos por separado.
Quiere decir que hay ahora tres factores dis'linios pero acum ulativos
que impiden que los grandes grupos favorezcan sus propios intereses. En
prim er lugar, m ientras más grande sea el grupo más pequeña será la frac­
ción del beneficio loial que una persona que trabaja por el interés del grupo
recibe, menos adecuada será la recompensa por cualquier acción orienta­
58 Uña teoría de los grupos y las organizaciones

da hacia el grupo, y más lejos estará el grupo de obtener una provisión óp­
tima dcl bien colectivo, aunque ha dc obtener alguna. En segundo lugar,
puesto que m ientras más grande sea el gnipo más pequeña será la parte del
bcncficio total recibida por una persona cualquiera o por cualquier sub-
gnipo pequeño (absolutam ente) de miembros, menos probable será que
cualquier subgrupo, y mucho menos una persona, se beneficie con el bien
^ le c tiv o lo suficiente para soportar la carga dc proporcionar aunque sea
una pequeña cantidad del mismo. Dicho de otro modo, m ientras más gran­
de sea el grupo menos probable será una acción oligopolista que pudiera
ayudar a obtener cl bicn. En tercer lugar, m ientras más grande sea el nú­
mero de m iem bros del grupo más altos serán los costos dc organización y
más alto será por lo tanto el obstáculo que habrá que salvar para que pue­
da obtenerse el bien colectivo. Por esas razones, m ientras más grande sea
cl grupo más lejos estará dc obtener una provisión ópti ma de un bicn colec­
tivo, y norm alm ente los grupos muy grandes no obtendrán, cn ausencia de
coacción u otros incentivos, aunque sea cantidades mínimas dc ese bien.*"
Ahora que hemos considerado grupos de todos los tam años, es posible
establecer la clasificación necesaria. En un artículo que originalmente for-

68. Existe un caso lógicamente concebible, pero sin duda empíricamente trivial, en
cl que a un grupo grande se le podría proporcionar una canlidad muy pequeña de un bien
coleclivo sin coacción ni incentivos ajenos. Si algún grupo muy pequeño estuviera
disfrutando dc un bicn colectivo tan económicamente que cualquiera de sus miembros
se beneficiara aseguTándosc de que es proporcionfldo, aunque tuviera que pagar lodo el
costo, y SI luego varios millones dc personas ingresaran al grupo, pero el coslo del bicn
permaneciera constarne, al grupo más grande se le proporcionaría un poquito de ese
bien colectivo. Eso se debe a que cn este ejemplo, hipotéticamente, los costos han
permanecido invariables, de manera que una sola persona liene lodavfa un incentivo
para procurar que se proporcione cl bien. Sin embargo, aun en este caso, no sería muy
corredo decir que cl grupo grande está actuando cn favor de su interés dc grupo, ya que
cl producto dcl bien colectivo será increíblemente subóplimo. El nivel óptimo dc
provisión dcl bien público aumentará cada vc7. que una persona ingrese al grupo,
puesto que, hipolélicamente, el coslo por unidad del bien colectivo es constante mientras
que cl beneficio provenicnle dc una unidad adicional aumenta con cada persona que
ingresa. Pero cl proveedor original no tendrá incentivo para proporcionar más a medida
que cl grupo crezca, a menos que forme una organización para compartir los coslos con
los demás dc este grupo (que ahora es grande). Pero eso implicaría incurrir en los c o s­
los considerables de una gran organización y no habría manera de cubrir esos coslos
mediante la acción yOhmtaria y racional de los miembros dcl grupo. Dc manera que, si
cl bcnencio total derivado dc un bicn coleclivo excediera a sus costos cn miles o cn
millones de veces, es lógicamente posible que un grupo grande pueda proporcionarse
alguna canlidad dc esc bicn colectivo; pero cn lai caso el nivel dc provisión sería sólo
una fracción diminuta del nivel óptimo. No es fácil pensar cn ejemplos prácticos de
grupos que se ajusten a esta dc.scripción; pero cn la página 176, nota 94, se estudia un
posible ejemplo. Sería fácil descartar incluso a esos casos excepcionales definiendo
Una taxonomía de ioM grupos 59

mrt parte de este estudio, pero que fue publicado en otra parte,” el autor y
su colaborador declararon que al concepto de grupo o industria se le puede
dar un significado teórico preciso y que se debe usar, junto con el concepto
de m onopolio puro, en el estudio de la estructura del mercado. En esc
artículo, al caso en que hay una sola empresa en la industria se le llamó mo­
nopolio puro. Al caso en que las em presas son tan pocas que las acciones
de una producirán un efecto perceptible en otra empresa o gmpo de ellas se le
llamó oligopolio; y al caso en que ninguna em presa producía un efecto
perceptible encualquierotrase le llamó "com petencia atom ística”. A la ca­
tegoría de com petencia atom ística se la subdividió en com petencia pura y
com petencia m onopolista dentro del grupo grande, y cl oligopolio se es­
cindió tam bién en dos subdivisiones según que el producto fuera hom o­
géneo o diferenciado.
Para los grupos inclusivos o ajenos ai mercado las categorías deben sor
ligeram ente diferentes. El análogo dcl monopolio puro (o moiiopsonio
puro) es obviam ente la persona aislada que busca fuera dcl m ercado algún
bien no colectivo, alguno sin econom ías o deseconom ías externas. Lvii l:i
gama de tamaños que corresponde al oligopolio en los grupos de m ercado,
hay dos tipos diferentes de grupos ajenos al mercado: “privilegiados” e
“interm edios”. Un grupo “privilegiado” es aquel en el que cada uno de sus
m iem bros, o por lo menos algunos de ellos, tienen un incentivo para ver que
se proporcione el bien coIcctivo, aunque el miembro tenga que soportar
toda la carga de proporcionarlo. En ese grupo existe la presunción’”de que
el bien coIcctivo será obtenido y que se puede obtener sin organización ni
coordinación alguna. Un grupo “interm edio” es aquel en el que ningún
miembro obtiene un Iwneficio suficiente que le sirva de incentivo para

simplemcnle como "grupos pequeños” a todos aquellos que pudieran proporcionarse


alguna caniidad de un bien coleclivo (o dándoles oíros nombres), y poniendo cn oira
clase a lodos los que no pudieran proporcionarse un bien colectivo; pero debemos
rechaz.ar esc camino fácil, porque daría lugar a que esta parle de la leoría se volviera
laulológica y por lo lanío no fuera posible refutarla. El mélodo seguido aquí ha consisti­
do en sentar la hipótesis empírica (razonable sin duda) de que los costos totales dc los
bienes colectivos deseados por los grandes grupos*son lo bastante elevados para exceder
el valor de la pequeña fracción del beneficio total que recibiría un miembro dc un grupo
grande de manera que no proporcionará;fcl bien. Puede haber excepciones, como o c u ­
rre con cualquier otra afirmación empírica, y así pipcde haber casos cn que los grupos
grandes podrían proporcionarse bienes colectivos (o por lo rnenos canlidadcs dim inu­
tas de ellos) mediante la acción voluntaria y racional de uno dc sus miembros.
69. OIson y McFarland (nota 14 anterio/).
70. Es concebible que un grupo “privilegiado" no pueda proporcionarse un bien
coIcctivo. puesto que podría haber negociación dentro del grujw y no tener éxito.
Imaginemos a un grupo privilegiado en el cual cada uno de sus miembros se beneficiara
60 Uñú íroriñ éf Itu fffypni f h t otffñHirnriane*

proporcionar él mismo cl bicn, pero el número de mIcmhroH no ch \m


grande que ninguno dc ellos advierta si algún olro esl.1 o no ayudando a
obtener cl bien coleclivo. En esc grupo, un bien coleclivo puede sor c
igualmcnlc puede no ser obtenido; pero ningún bicn colectivo se obtendrá
sin alguna coordinación u organización.^' En una situación ajena al m er­
cado. el análogo de la com petencia atom ística es el grupo muy grande, al
cual se le llam ará aquí grupo “latente*’. Se le distingue porci hecho dc que,
si un miembro ayuda o no ayuda a obtener el bien colectivo, ningún otro
resultará afectado aprcciablcm ente y porlo tanto no tiene razón alguna para
reaccionar. De manera que en un grupo “latente**, por definición, una per­
sona sola no puede hacer una contribución notable al esfuerzo de grupo, y
puesto que ninguna dcl grupo reaccionará si aquélla no contribuye, aqué­
lla no liene incentivo alguno para contribuir. Por lo tanto, los grupos
grandes o “latentes** no tienen incentivo para actuar con el fin de obtener
un bien colectivo porque, por valioso que ese bien pueda ser para el grupo
en conjunto, no le ofrece a la persona incentivo alguno para pagar cuotas
a una organización que trabaja por los intereses del grupo latente, o para
soportar en cualquier otra forma algunos de los costos de la acción colec­
tiva necesaria.
Sólo un incentivo por separado y "selectivo” estimulará a la persona
racional que fomia parte de un grupo latente a actuar en forma orientada ha­
cia el grupo. En tales circunstancias, la acción de grupo sólo se puede lograr
mediante un incentivo que influya no indiscriminadamente, como el bien
colectivo, sobre cl gmpo en conjunto, sino selectivamente sobre las personas
que lo constituyen. El incentivo debe ser “selectivo**, de manera que quienes
no se han unido a la organización que trabaja por los intereses dcl grupo o
contribuye cn alguna otra fonna a la satisfacción de esos intereses, pueden
ser tratados cn fomia diferente de como se trata a los que sí lo hacen. Esos
lanto con cl bicn coleclivo que cslaría cn mejor situación, pagando lodo cl coslo de
pT o p o r c i o n a r lo , dc comn estaría si no se proporcionara. Sc puede todavía concebir que
cada miembro dcl grupo, sabiendo que cada uno dc los demás estará también cn mejor
situación proporcionando cl bien por sf solo de como estaría si no sc obtuviera cl bicn
colcciivo. sc niegue » contribuir para obtenerlo. Cada uno podría negarse a ayudar,
s u p o n i e n d o equivocadamente que los demás lo proporcionarán sin su ayuda. Pero no
parece muy probable que todos los miembros del grupo sigan cometiendo permanente­
mente CSC error.
71. "El carácter dc la estructura numéricamcnle intermedia, por lo tanto, se puede
explicar como una mezcla de Tos dos, de manera que cada una de las características de
ambos grupos, el pequeño y el grande, aparece en cl intermedio como un rasgo fragmen­
tario. ora surgiendo, ora desapareciendo o volviéndose lalcntc. Dc manera que las es­
tructuras intermedias comparten objetivamente el carácter esencial dc las más pequeñas
y las más grandes, parcial o ¡litcrnativamcntc. Esto explica la Incertidumbre subjetiva
respecto a ladecisión(le acuál (le lasdospertenecen” . (Simmcl,.Wio/o)jyfl/^»>orj^.Vimm^/.)
U nn laronttm fñ Hf lot gritpot 61

“inccnlivos scicciivos” pueden ser negativos o positivos, en cl sentido de


que pueden ya sea coaccionar sancionando a quienes no pagan una par­
te asignada dc los costos de la acción dc grupo, o ser estím ulos positivos
que se orrcccn a quienes acidan cn favor dcl interés dcl grupo.’^Al grupo la­
tente que ha sido inducido a trabajar por los intereses dc^imismo. sea debido
a la coacción dc las personas que lo forman o a las recompensas positivas que
se ofrecen, se le llamará aquí grupo latente “m ovilizado”.^’ Dc manera que
a los grandes grupos se les llam a grupos “latentes” porque poseen una fuer­
za o capacidad latente para la acción; pero esa fuerza potencial sólo se
puede aprovechar o “m ovilizar” con ayuda dc “inccniivos selectivos”.
Las probabilidades dc la acción orientada hacia cl grupo son cierta­
mente diferentes cn cada una dc las categorías que hemos explicado. En
algunos casos se puede tener alguna esperanza dc que cl bien coIcctivo o
público scr«1 proporcionado; cn otros se puede estar seguro (a menos que
haya incentivos selectivos) dc que no lo será, y cn otros más igual puede
suceder una cosa que la otra. Cualquiera que sea cl caso, el tamaflo cs uno
dc los factores dctcnninanles para decidir si cs o no cs posible que la pro­
tección voluntaria y racional dcl interés individual dé lugar al com porta­
miento orientado hacia cl gmpo. Los grupos pequeños favorecerán sus
intereses comunes m ejor que los grandes.
Ahora se puede responder a la pregunta planteada anteriorm ente en
este capítulo. Parece que los grupos pequeños son, no sólo cuantitativa sino
lam bién cualilalivam cnle, diferentes de los grandes y que la existencia dc
las grandes asociaciones no puede ser explicada cn térm inos dc los mismos
factores que explican la existencia dc los grupos pequeños.

72. La coacción se define nquí como un castigo que deja a una persona sobre una curva
de indiferencia más baja que aquella en que se habría encontrado si hubiera pagado su
parle asignada del costo del bien colectivo y no hubiera sido coaccionada. Un estímulo
positivo se dePrne como una recompensa que coloca a la persona que paga su parte asig­
nada del coslo de un bien colectivo y recibe la recompensa, sobre una curva dc indiferen­
cia más alta que aquella cn que se habría encontrado si no hubiera pagado nada del costo
del bien coleclivo y hubiera perdido la recompensa. Con oirns palabras, los incentivos
selectivos se definen como mayores en ¿alor, en términos las preferencias dc cada per­
sona. que la parle que le toca a cada una del costo del bien Colectivo. Las sanciones y los
estímulos de menor valor no serán suficientes para movilizar a un grupo latente. Con
respecto a algunos de los problemas que'implica distinguir y definir la coacción y los
inccnlis os positivos, véase dc Alfred Kuhn The Study o f Society: A Unified Approach
(Homewood, 111.: Richard D. Irwin, Inc. y Ja Dorsey Press, Inc., 1963), págs. 365-370.
73. T am bién Deulsch ha empleado la palabra “ m ovilización ” en un contexto un
lanío similar; pero su uso del término no es el mismo. Véase Karl Dcutsch, “Social
Mobiliz.ation and Politicai Development”, American Politicai Science Review, LV
(septiembre dc 1961), ^193-514.
II
Tamaño y comportamiento del grupo

A . COURRENCIA Y RÎTiCTIVIDAD DH I.OS (ÎRUPOS Pl-QUI-ÑOS

La mayor efectividad de los grupos relativam ente pequeños - los “pri­


vilegiados” y los “intcm icdios“ - resulla evidente de la observación y la
experiencia lo mismo que de la teoría. Por ejem plo, cn las reuniones a las
que asisten dem asiadas personas no pueden tom ar decisiones pronta o
cuidadosam ente. A todos los asistentes les gustaría que la junta term inara
con rapidez; pero pocos estarán dispuestos, para que eso sea posible, a
perm itir que cl punto que les interesa se deje de tratar. Y aunque, su­
puestam ente, todos los que participan sc interesan por tom ar decisiones
acertadas, con demasiada frecuencia eso no sucede. Cuando el número de
asistentes es grande, cl participante típico sabe que probablem ente sus
propios esfuerzos no influirán gran cosa cn el resultado y que él será
afectado por las decisiones torhadas cn la junta, indcpendiehtem cntc dcl
trabajo que se lome para estudiar los asuntos tratados. De manera que el
participante típico no sc molestará en estudiar cuidadosam ente los proble­
mas, como lo haría si estuviera en situación de tomar por sí mismo la
decisión. Las decisiones de la junta son por lo tanto bienes públicos para
los participantes (y tal vez para otros) y la contribución de cada participante
para lograr o m ejorar esos bienes públicos se volverá más pequeña a
medida que aumenta el número de asistentes. A esas razones, entre otras,
se debe que lasorganizacione§ recurrag tan a menudo al grupo pequeño: se
crean com ités, subcom ités y pequeños núcleos dc liderazgo, y una vez
creados tienden a desem peñaran papel decisivo.
Esta observación queda corroboiada por algunos resultados in tere­
santes de la investigación. John Jam es, entre otros, ha realizado trabajo
em pírico al respecto, con resultados que apoyan a la teoría que se ofrece
cn el presente estudio, aunque su trabajo no fue icalizado con la
intención de dem ostrar tal teoría. El profesor Jam es encontró (luc cn
" diversas instituciones públicas y privadas, nacionales y locales, los
63
M t a m a ñ o y r o m p o r t a m i f n io del g rupo

grupos y subgrupos que "em prenden la acción" lendían n ser mui lio
más pequeflos que aquellos que “no aclúan”. En una m ueslra csiudinda
por di, el tamaflo medio de los subgrupos que “em prendían la acción”
era de 6.5 m iem bros, m ientras que el tamaflo m edio de los que “no
actuaban” era de 14. Esos subgrupos pertenecían a una im portante
institución bancaria, cuyo secretario ofreció espontáneam ente esta
opinión: “Hemos encontrado, escribió, que los com ités deben ser
pequeflos cuando se espera acción y relativam ente grandes cuando se
buscan puntos dc vista, reacciones, etc.”’ A parentem ente, esa situación
no se lim ita a la banca. Es bien sabido que en el C ongreso de los E sta­
dos Unidos y en las legislaturas dc los estados el poder reside, cn grado
notable y para m uchos alarm ante, en los com ités y subcom ités.^ Jam es
encontró que, en la fecha de .su investigación, los subcom ités dcl senado
dc los EE.UU. tenían 5.4 m iem bros com o prom edio, los subcom ités de
la Cámara tenían 7.8, el gobierno del estado dc Oregon 4.7 y el gobierno
m unicipal de Eugenc, O regon. 5.3.^ En sum a, los grupos que hacen
realm ente el trabajo son muy pequeflos. Un estudio diferente corrobo­
ra los resultados de Jam es. El profesor A. Paul Haré, en experim entos
controlados con grupos de cinco y dc doce m uchachos, encontró que cl
com portam icnlo de los grupos de cinco era, por lo general, superior.^El
sociólogo Georg Sim m el declaró explícitam ente que los grupos más
pequeflos podían actuar en forma más decisiva y u tilizar sus recursos
con más eficien cia que los grandes: “ En g eneral, los grupos peq u e­
flos organizados centrípetam ente recurren a todas sus energías y las
utilizan, m ientras que cn los grandes grupos las fuerzas perm anecen
latentes con mucha más frecuencia”.*

1. John Jftmc.s, "A preliminary Suicly of ihc SÍ7.c Dclcrminanl in Small Group
Inirraciion” . American Sociolof¡ical Review, XVI (agosto de 1951). 474-477.
2 Bcrlram M. Ciross, The Legislative Struggle (Nueva York: McGraw-Hill, 1953),
págs. 265-337; ver también Erncsl S. Griffiih, Congress (Nueva York: New York
Univcrsiiy Press. 1951).
3. Para im raronamicnU) di vertido y humorístico, pero no menos útil, de que el co m i­
té o gabinete ideal sólo tiene cinco miembros, véase dc Norihcolc Parkinson Parkinson s
/.íiiv (Boston: Houghton Mimin, 1957).
4. A. Paul Haré. ”A study of Interaction and Consensus in Diffcrcni Si/ed Círoups",
American Sociological Review, XVII (junio de 1952), 261-268.
5. GcoT^S\rtm\c\, The Socif^logy o f G eorge Simmel, Irad. Kurt H. Wolff(Glencoc, III.:
Free Press (1950)), p 92. Bn olro lugar Simmel dice que las sociedades socialistas, con
lo cual parece referirse a los grupos voluntarios que comparten sus ingresos dc acuerdo
con algún principio de equidad, deben ser pequeños por necesidad "Por lo menos hasta
la fecha, las sociedades socialistas o casi socialistas sólo hnn sido posibles cn grupos muy
pequeños y siempre han fracnsado cn los más grandes” , (p. 8K)
ro h 0f 0 mtM y 0/ 0, H i U m i d e to% g , pequ0ñm 6^

IÜ hecho (Ir (jiir hi iisoclm Irtii puodc sor uria (orma insiilucìonal viable
cuando cl nilmcro dc HNociados es rnuy pequeño, pero generalm enle no tie­
ne éxllo cuando cl nùmero cs muy grande, puede ser olro ejem plo de las
vcnlajas dc Ics grupos más pequeftos. Cuando una asociación tiene mu­
chos m iem bros, cl asociado individual observa que su propio esfuerzo o
contribución no Influirá mucho en el com portam iento de la em presa, y
espera recibir su parte predeterm inada de Jas utilidades haya o no contri­
buido tanto como podría haberlo hecho. Las utilidades de una asocia­
ción, cn la que cada asociado recibe un porcentaje determ inado dc las
ganancias, son un bicn colectivo para los asociados, y cuando cl número de
estos aum enta, dism inuye el incentivo de cada uno para trabajar por el
bienestar de la em presa. Esta es sin duda sólo una de las diversas razones
por las cuales las asociaciones tienden a persistir únicam ente cuando el
núm ero de asociados es bastante pequeño; pero podría ser decisiva en una
asociación verdaderam ente grande.^’
La autonom ía de la adm inistración en la gran em presa moderna que
liene m iles de accionistas, así como la subordinación de la gerencia en la
em presa propiedad de un pequeño número de accionistas, ilustran también
las diTicultades especiales del grupo grande. El hecho de que la adm inis-
tráción tiende a controlar la gran em presa y es capaz cn ocasiones de
favorecer sus propios intereses a costa de los accionislíis es sorprendente,
puesto que los accionistas comunes tienen la facultad legal para destituir
a los gerentes cuando así lo deseen y puesto que, como grupo, tienen tam ­
bién un incentivo para hacerlo si la adm inistración está manejando la em ­
presa, parcial o totalm ente, en beneficio de los adm inistradores. ¿Por qué
entonces los accionivstas no ejercen sus facultades? No lo hacen porque, en
una gran em presa que cuenta con miles (fe accionistas, cualquier esfuerzo
realizado por el accionista típico para destituir a la adm inistración no ten­
drá éxito probablem ente, y aunque lo tuviera, la mayor parte de las ga­
nancias en forma de m ayores dividendos y precios más altos de las acciones
serán para el resto de los accionistas, puesto que cl accionista típico sólo
posee un porcentaje insignincanie dc las acciones vigentes. Las utilidades
de la em presa son un bien colectivo para los accionistas, y el accionista que
sólo posee un porcentaje muy *()equeñ(fdel capital propio total, al igual
que un miembro cualquiera de un grupo latente, no tiene incentivo para tra­
bajar por los intereses del grupo.^specificam ente, no tiene incentivo para
recusar a los adm inistradores de la com pañía, poF muy ineptos o corrup-
6. El argumento que aniccocic no se Viene que aplicar a los asociados que supuesta­
mente son "socios pasivos” o sea q\ie sólo aportan capital. Tampoco tiene cn cuenta cl
hecho de que, en muchos casos, cada uno dc los asociados puede ser responsable de las
pérdidas de toda la asociación.
6é Tamañn y comportamiento del grupo

los que puedan ser. (Esie argumento, sin embargo, no cs enteram enie
aplicable al accionista que quiere para sí mi.smo cl puesto del adm inistra­
dor y cl dinero porque no está trabajando por un bicn colectivo. Es muy
significativo que la m ayoría de los intentos dc destituir al gerente dc una
empresa sean iniciados por quienes desean tom ar en sus manos la adm i­
nistración.) Las em presas que tienen un pequeno mimcro de accionistas, cn
cambio, están controladas no solo de Jure, sino tam bién de facto, por los
accionistas, porque cn esos casos son aplicables los conceptos de grupos
privilegiados o interm edios.’
Hay tambidn evidencia histórica cn favor de la teoría presentada aquí.
George C. Homans, en una dc las obras más conocidas sobre la ciencia
social norteamericana,*ha .seflalado que, a lo largo dc la historia, el grupo
pequeño ha mostrado mucha más durabilidad que cl grupo grande:

Al nivel de grup<i pequeño, cs decir, al nivel dc una unidad social (como quiera que
5c llame), cada uno de cuyos miembros puede Icncr algún conocimicnio dc primera mano
de cada uno dc los dem^s, la sociedad humana, duranlc muchos milenios mo? que lo que
abnrca la hisioria escrila. ha sido capaz dc unirse . . . Ha tendido a producir un cxccdenle
dc los bienes que hacen que la organización tenga éxito.
. . Egipto y Mesopotamia fueron civilizaciones. Lo fueron la India y la China
clásicas; lo fue la civilización grecorromana y lo cs nuestra propia civilización occidental
nacida dc la cristiandad medieval . . .
El hecho asombroso es que. después dc florecer durante un tiempo, cada civilización,
con excepción dc una se ha derrumbado. . . las organizaciones formales que articulaban
cl conjunto se han hecho pedazos. .. gran parle de la tecnología ha sido incluso olvidada
|K)r falta de la coopeiación en gran escala que pudo ponerla en práctica.. . la civilización
se ha hundido lentamente cn una edad del obscurantismo, situación en la que, cn forma
muy parecida a aquélla a partir dc la cual inició su camino ascendente, la hostilidad
recíproca dc los grupos pcí^ucnos cs la condición para la cohesión interna dc cada uno. . .
La sociedad puede cner hasta ahí, pero aparentemente no msís allá. . . Es posible leer la
Irisie historia contada elocuentemente por los historiadores dc la civilización, desde
Spcngler hasta Toynbee. La única civ¡li/ación (jue no se ha despedazado totalmente cn
nuestra civilización occidental, y sentimos una grandísima inquietud al respecto.
(Pero) A nivel de la tribu o cl grupo, la sociedad ha sido siempre capa/, de unirse.’

7. Véase Adolph. A. Bcrle, Jr. y Ciardincr C. Means, 1 he Modern Corporation and


Private Property (Mueva York: Macmillan, 1932); J.A. Livingston. The American
Stockholder, cd. rev. (Nueva York; Collier Books, 1963); P. Sargent P]otct\cc,Ownership,
Control and Success o f Lar f¡e Companies {Lom\TC%: Sweet Maxwell, 1961); Williams
Mennell. Takeover (Londres: Lawrence &. Wishart, 1962).
8. George C. Homans The Human Croup (Nueva York: Harcourt. Brace, 19.50).
9. Ibid., págs. 454 456. Vcr también Neil .CU^mhcThm,( tener a IT heory o f Economic
P rocess (Nueva York: Harper. 1955). csp. las págs. 347-348, y Sherman Krupp,
Problemas ée tas teorías Iraéiclonates 67

La anrm actón de Homans de que los grupos más pequeflos son los más
duraderos es sumamente persuasiva y apoya ciertam ente a la teoría que se
ofrece aquf; pero su deducción sacada de esos hechos históricos no es del
todo consecuente con cl enfoque de este estudio. Su libro se centra en la
idea siguiente: "Expongam os nuestro caso por últim a vez: A nivel del
grupo pequeflo, la sociedad ha sido siempre capaz dc unirse. Inferim os por
lo tanto que, si la civilización ha de durar, tendrá que conservar. . . algunas
de las características del grupo pequeflo’’.'®La conclu.sión de Homans de­
pende del supuesto de queJas técnicas o m étodos del grupo pequeflo son
más eficaces; pero eso no es necesariam ente cierto. El grupo pequeflo o
“privilegiado” se encuentra en situación más ventajosa desde el principio,
porque algunos o todos sus miembros tendrán un incentivo para ver que no
fracase. No se puede decir lo mismo del grupo grande. En éste no sucede
autom áticam ente que ios incentivos que alientan al grupo e.stimulan tam ­
bién a quienes lo componen en lo individual; de manera que no se puede
decir que, como históricam ente el grupo pequeflo ha sido más enciente, cl
grupo muy grande puede evitar el fracaso copiando sus m étodos. Ocurre
sim plem ente que el grupo “privilegiado”, lo mismo que el grupo “interm e­
dio”, se encuentran en situación más ventajosa."

B . PRODI.nMAS DE I.AS TFORIAS TRADICIONAl.nS

La creencia de Homans dc que las lecciones que nos en.sefla el gmpo


pequeflo se deben aplicar a los grandes grupos tiene mucho en común con
el supue.sto en el cual se basa gran parte del estudio del grupo pequeflo. En
aflos recientes se ha efectuado una gran cantidad de investigación de este
últim o, gran parte de la cual está basada en la idea de que los resultados
de los estudios (experim entalm ente convenientes) de los grupos pequeflos
se pueden aplicar directam ente a los más grandes m ultiplicando sim ple­
mente esos resultados por un factor de escala.'^ Algunos psicólogos .so-

J
P attern in O rg anization Analysis (Filadelfia: C hilto n, 1961), págs, 118-139 y
171-176.
10. Homans, pág. 468. J
1 *. La diferencia entre lo.s grupos íatentes y los privilegiados o intermedios es sólo
uno dc los diversos factores que explican la inestabilidad dc muchos imperios y civi­
lizaciones antiguos. Yo he señalado otroclc esos factores cn un libro próximo a aparecer.
12. Kurt Lewin, F ield Theory in Social Change (Nueva York: Harper, 1951), págs.
163 164; Harold H. Kelley y John W. Thibaul, The Social Psychology o f Groups (Nueva
York: John Wiley, 1959), págs. 6, 191-192; Haré, "Study of interaction and Consensus”,
69 Tamañe / rompoHttmtentñ ért grupo

d ales, sociólogos y cieniídcos de la política suponen que el gni|x) peqiie-


fki se parece tanto al grande, excluyendo d tamaflo, que debe com portarse
d : acuerdo con leyes un tanto sim ilares. Pero, si lasdislinciones estable­
cidas aquf entre el grupo "privilegiado”, el “interm edio” y cl “latente”
tienen algún sentido, esa suposición no se justifica, por lo m enos en lanto
los grupos tengan un interés colectivo comlin. El grupo pequeflo pri vilegi a-
do puede esperar que sus necesidades colectivas «erán «atisfechas pro­
bablemente de un modo u otro y el grupo bastante pequeflo <o interm edio)
tiene buenas probabilidades de que la acción volunt«ria resuelva sus
problem as colectivos, m ientras que cl grupo grande latente r»o puede ac­
tuar de acuerdo con sus intereses com unes en tam o sus m iem bros sean
libres de favorecer sus intereses individuaües.
l.as distinciones establecidas en este estudio sugieren tam bién que la
dennición tradicional de las asociaciones voluntarias explicada en el
capítulo 1 debe ser enmendada. La teoría tradicional recaílca la <supue!?ta)
•universalidad de la participación en asociaoionec voilontañas en las socie­
dades m odernas y explica los grupos pequeflos y las grandes orgariiracio­
nes en térm inos délas mismas causas. Enuu form a m ás refm ada, lateo rfa
tradicional sostiene que el predom inio de laparficipación en la asociadén
voluntaria modema se debe a la "diferendiación estru ctu rar de las socie-
(Indcs en desarrollo; es decir, al hecho deifue, a m edida que los pequeflos
giupos prim arios de la sociedad prim itiva .han dec^imadO'O se han vuelto
m ás espcciali7,fldos, las funciones que multitudcs.fle esos grupos pequeflos
solían realizar las están asumiendo las grandes asociaciones voiluntarias.
Pero, si vamos a rccha7,ar la noción sin 8enlÍdo d c u n “iinBfintO'departicipa­
ción'’ universal, ¿cómo se recluta a los miemlbrosaSe esas nuevas grandes
asoci aciones voluntan as? H ay sin duda funciones que las grandes asooi aoio-
ncs tienen que desempeñar a medida que lospequeflosgru,pos prim arios se
especializan mfis y declinan, y el desempeflo de esas fundones traerá sin
duda beneficios para un gran número de personas; ¡pero ¿constituirán esos
beneficios un incenlivo para que Algunas de las personas afectadas se
decidan a unirse a, y no digam os orear, una ® ran:asociación voluntaria
para realizar la función dc que se trate? La respuesta es que, ipor beneifi-
ciosas que sean las funcjones que se espera que'las grandes asociaciones
voluntarias desempeñen, no hay incentivo para qucunaipcrsona quc'form a
pane dc ungrupolatente se una a esa dlase'fle asociación.'"Por im portante

págs. 261-2fi8; Sidney Vcfbn, HmriH Groupa anHiPiillfíndIIBifhavior (Princeton, .'N.Î.:


PiincolnnUniversity Press, I*>61),,págs. 4 ,1 4 ,9 9 -1 0 9 . M6-Î4R,
13. ><0 se sugiere iiqu(. desde lucgn, que io d o s los'grtifios tidbnn Nor'CKfflicKdosne-
cesariamente en términos de imereücs monetnrios y mfltoriillolt.^ClTiironAinienlo nn exige
Vrtfhhmn^ ét tnt tfúrüit traéirlonnltt <(9

que pueda ser una ruiiclón, no üc puede presuponer que un grupo latente
será capaz dc organizarse y actuar con el fin de desem peñarla. En cam bio,
los pequeflos gm pos prim arlos pueden supuestam ente actuar para realizar
funciones que los beneficien. La teoría tradicional de las asociacione.s,
voluntarias está por lo tanto equivocada en la m edida en que Im plícitam ente
supone que los grupos latentes actuarán para realizar funciones en ^ m ism a
fonna que lo harán los grupos pequeflos. La existencia de las grandes
organizaciones actuales debe además ser explicada por factores diferentes
de los que explican la existencia de los grupos más pequeflos. Esto sugiere
que la teoría tradicional está incom pleta y debe ser m odificada a la luz de
las relaciones lógicas expuestas en este estudio. Esta opinión es reforzada
por el hecho de que la teoría tradicional de las asociaciones voluntarías
no annoniza en absoluto con la evidencia em pírica, la cual indica que la
participación en las grandes organizaciones voluntarías es mucho m enor
que lo que la teoría sugiere.'^
Hay todavía otro aspecto en el cual se puede aplicar cl análisis desa­
rrollado aquí para m odificar el análisis tradicional. Se refiere a la cues­
tión del consenso de grupo. Se supone a menudo (aunque casi siem pre
im plícitam ente) en los estudios de la cohesión organizativa o de grupo que
el punto crítico cs el grado de consenso. Si hay m uchos desacuerdos graves,
no habrá un esfuerzo voluntario coordinado: pero si hay un alto grado de
acuerdo respecto a lo que se quiere y a la m anera de obtenerlo habrá casi
con certeza una acción efectiva de grupo.” El grado de consenso se d is­
cute a veces como si fuera el único factor determ inante Im portante de la
acción o la cohesión del grupo. No cabe duda, por supuesto, de que la fal­
ta de consenso es contraria a las esperanzas de acción o cohesión del grupo;

que las personas tengan (ínicamcnte necesidades monetarias o materiales. Ver nota 17 más
adelante.
14. M in a Komaravsky, “The Voluntary Associations and Urban Dwellers”, American
Socioiogicat Review, XI (diciembre de 1946), 686-698; Floyd Dotson, “ Patterns of
Voluntary Membership among Working Class Families”, American Sociological Review,
XVI (octubre de 1951), 687; John C. Scott Jr., “ Membership and Participation in
Voh'ntary Associations” , American Sociological Review, XXII (junio de 1957), 315; y
Murray Hausknecht, t h e Joiners - A Sociological Description o f Voluntary Association
Membership in the United States (Nueva York: Bedmirister Press, 1962),
15. Ver Haré, "Study o f interactioi^and Consensus” : Raymond Cattell, "Concepts
and Methods in the Measurement o f Óroup Synlality'*, en S m all Groups, ed. A. Paul
Hare, Edward F. Borgatta y Robert P. Bales (Nueva York: 'Alfred Borgatta y A. Knopf,
1955); Leon Festinger, A Theory o f Cognitive Dissonance (Evanston, 111.: Row, Peterson,
1957); Leon Festinger, Stanley Schacfiter y Kurt Back, *The Operation of Group
Standards”, cn Group Dynamics, ed. Dorwin Cartwright y Alvin Zander (Evanston, III.:
Row, Peterson, 1953); David B. Truman, The G o vernm ental P rocess (Nueva York:
Alfred A. Knopf, 1958).
70 Tamaño y comportamiento del grupo

pero no quiere decir que el consenso perfeclo, lanío rcspcclo al deseo dcl
bien coleclivo como a la manera mds enciente dc obtenerlo, hará siempre
que se logre la mela del grupo. En un grupo lalenle grande no habrá ten­
dencia a organizarse para alcanzar las metas m ediante la acción racional
voluntaria de los miembros, aunque haya un consenso perfeclo. En reali­
dad, en este trabajo se supone que hay consenso perfecto. Es sin duda una
suposición poco realista, porque la perfección del consenso, como la de
otras cosas, es en el m ejor de los casos muy rara. Pero los resultados
obtenidos bajo esc supuesto son, por esa misma razón, más válidos, por­
que si la acción racional voluntaria no puede lograr que un grupo latente
grande se organice para la acción a fin de alcanzar sus metas colectivas,
incluso con un consenso perfecto, entonces esta conclusión tiene que
ser válida por fuerza en la vida real, donde el consenso es norm alm ente
incompleto y a menudo está ausente del lodo. De manera que es muy im ­
portante distinguir entre los obstáculos que se oponen a la acción orientada
hacia el grupo y que se det>en a la falta dc consenso, y los que se debçn a
la falta de incentivos individuales.

C . I n CRNTIVOS s o c ia l e s y COMPORTAMinNTO RACIONAL

Los incentivos económicos, por supuesto, no son los únicos incenti­


vos. Las personas son motivadas a veces también por un deseo de lograr
prestigio, respeto, amistad y otros objetivos sociales y sicológicos. Aun­
que la expresión “posición socioeconóm ica”, empleada a menudo en los
estudios de la posición, sugiere que puede haber una correlación entre la
posición económ ica y la social, no cabe duda de que a veces son diferen­
tes. Habrá que considerar por lo tanto la posibilidad dc que, en un caso en
el que no había incentivo económico para que una persona contribuyera al
logro de un interés de grupo, podría haber no obstante un incentivo social
para que hiciera su contribución. Y obviamente eso es una posibilidad. Si
un pequefio grupo de personas interesadas en un bien colectivo fueran
también amigos personales o pertenecieran al mismo club social, y algunos
miembros del grupo dejaran que otros soportaran la carga de proporcionar
ese bien coleclivo, podrían, aunque ganaran económ icam ente con ese
curso dc acción, perder socialm ente con ello y tal vez la pérdida social
excediera a Ú ganancia económica. Sus amigos podrían recurrir a la "pre­
sión social" para animarios a hacer su parte en favor de la meta del grupo
o el club social podría excluirlos, y esos pasos serían eficaces porque la
observación cotidiana revela que la mayoría de las personas valoran la
compañía de sus amigos y asociados lo mismo que la posición social, el
prestigio personal y la autoeslim ación.
ìncenlivos sociales y comportamiento racional 71

Sin em bargo, la existencia de esos incentivos sociales para la acción


orientada hacia el grupo no contradice ni debilita cl análisis de este estu­
dio. Más bien lo refuerza, porque la posición social y la aceptación social
son bienes individuales, no colectivos. Las sanciones y las recom pensas
sociales son “incentivos selectivos"; es dccir. figuran entre los tipos de
incentivos a los que se puede recurrir para m ovilizar a un grupo latenie. Es
propio de la naturaleza de los incentivos sociales el poder distinguir cnlre
individuos: la persona recalcitrante puede ser condenada al ostracism o y la
persona que coopera puede ser invitada al centro del círculo exclusivo.
Algunos estudiosos de la teoría de la organización han recalcado correcta­
mente que los incentivos sociales deben ser analizados en forma muy
parecida a como se analizan los incentivos m onetarios.'^ Y otros tipos más
de incentivos pueden ser analizados en esa forma.*’
En general, la presión social y los incentivos sociales sólo funcionan
en los grupos más pequeflos; tan pequeflos que sus miembros pueden lencr
contacto cara a cara. Si bien en una industria oligopolista que sólo liene unas
cuantas em presas puede haber un fuerte resentim ienio en contra del "opor­
tunista** que rebaja sus precios para aum entar sus propias venias a expensas
del grupo, en una industria perfectam ente com pelitiva no existe norm al­
m ente ese resentim iento. De hecho, el individuo que logra aum entar sus
ventas y su producción en esa industria es por lo general admirado y se le
tiene como un buen ejemplo. Cualquiera que haya observado a una comu-

16. VcT especial men le Chester I. narnarcl, The F unctions o f the Executive (Cambridge,
Mass.: Harvard University Press, 1938), cap. xi,“The Economy of Incentives”, págs. 139-
160, y del mismo autor Organization and Management (Cambridge, Mass.: Harvard
University Press, 1948), cap. ix, “ Functions and Pathology o f Status Systems in Formal
Organizations", págs. 207-244; Peter B. Clark y James Q. Wilson, "Incentive Systems: A
Theory of Organizations”, Administrative Science Quarterly, VI (septiembre de 1961),
129-166, y ìlcthcti A. Simon, Administrative Rehavior York: Mncmillan. 19.^7),
esp. las págs. 115-117. Agrndezxo a Edward C. Banfield sus útiles sugerencias resprcto
a los incentivos sociales y la teoría de organización.
17. Además de los incentivos monetarios y sociales, hay también incentivos eróticos,
sicológicos, morales, etc. En la medida en que cualquiera de esos tipos dc inccnlivo
induzca a un grupo latente a obtener un1?ien colectivo, sólo podría beneficiarse porque son
o p u ’den ser usados como "Incentivos selectivos”; cs decir, porque distinguen entre las
personas que apoyan la acción en favor,del interés común y las que no lo hacen. Incluso
en el caso en que las actitudes morales^eterminan si una persona actuará o no cn forma
orientada hacia el grupo, el factor CTÍtico es que la reacción mbral sirve como un “incentivo
selectivo”. Si el sentido de culpabilidad,^o la destrucción de la autoestimación, que liene
lugar cuando una persona piensa que ha abandonado su código moral, afectara a quienes
han contribuido a la obtención de un bien para el grupo, lo mismo que a los que no lo hi­
cieron, el código moral no podría ayudar a movilizar a un grujx) latente. Repitiendo: el
punto es que las actitudes morales sólo podrían movilizar a un grupo latente en la medida
li f tòmpùriàmìéniò é t !

fiMad agricola, por cjertipfo, safx; qtie é1 agr1c«i(of mà?i prorftfcrivo. qi/e
vende' más y por lo tanto hace más por bajar «I preeío, ocupa nonmalmcnfc
cf lugar más prominente. Posíbfemeflfó son dos ha rstótie* d t <!Sí» òffe-
rcncia en la actitud (fe ios grupos gran<fes y fo>s pe<fuci\os. Er» prim er íogflir,
cn el grupo grartdc laicriíc cada wídwfefO es pof dcíiftícfórt fan pctiucflo «n
relación cotí cl fofaf que sus accionas nd importarár» m acho en tí«a tí (íira
forma; de manera que parecería no' fcr«r sefflído que urt éemipeífdor p e r
fccM, o un miembrd dc algdn otro grupo laféíjfí« desairara o dertigrara n
otro que ha comefidd on ,ic(o egoísta cw ifrarío af grupo, potqtie la acción
rccalcitrarife n« sería decisiva en ffirtgúfi casct. En sigurtdo lügar. cri cual-
ffuier grupo grande no es posible qtie todos cono/can a todos y por eso
‘fíim o el grupo nó será am istoso; dc manera que por Id general urrà perso-
na no resultará afectada sflcialm ente si sc ftíega à hacer sacrificios por las
Ttietas de su grupo. Volviendo al caso dcl agrfcuftor, es evidente (it/e «no
dc ellos no puede conocer a todos los <|u« venden la misma m ercancía, y
m pensará q«e t í grupo social dentro del cuaf m idió .su posición tiene m ti'
cho que ver con cl grupo con cl cual com parte el ínterís por el bicn coIec-
tivo No se puede suponer por lo tanto que ios Incentivos ¡sociales Inducirán
a tos miembros dcl grupo latente .1 obtener un bien colectivo.

cn i]iie pTópni'ci^nen incctiíivo!» §elc‘ciivo^. Por l<i límro,, f« tfílftcfcfícia i un código ntófftl
(|uc cxi;A sícriíicioí fuf« obícnef ün bicfl coltícliví) no (ícrtc pot c|Ué contfadccíf paíle
ftígunrt (fcl imílisíí prcseYilsicío tí\ éíiiídio. Étt featftíad €<i\t «nállsií ífidicu fu necesi­
dad d<í código mofíl o de aígórv olro Íficcfiílvó selecOvo'. ííln emhflfgo, en ningún lagar
dé c!?(e eiífddío se reciíírif,4 n es« fucr/u o Incefitívo rrtíjfil ftAf« expflc«r níngimo de los
(íjcmpfos de acción dc gfupo que serán esíudíítdos. \U y (fes fá /o n é í prtra cifcr. En prímef
fugar, no ci posible obtcficr pfiícba empíricá dc árqucllá qué rtiotivit ln acciófl dc (míi
pnfsona Dcfínffivamcnítí no es posible declf shmíi détémífiÑdgpat^otiñ ácíuó par razonen
mótales (1 do olffl cl:ise en (ín ctt^n puftlctilíff. El depender de Ííh oxpliciicioticí moralej
ixxIrÍA por lo fiíftiít híieef que Id f(?otí« ffíftri IneíííMé. Efi ítegutido Itig^r, cfttt expUcñictórt
fio cs n c c e m l^ porque haHfí cjtpUcficlones iuftdertteí, tofl offaü bdses, pnra (od« Itf ac­
ción de grupo que fiertios dc con.^íderrtf. En (ercef liigíf, h nrtáyorfa de los grupos de
presión organizados trabajan euplíclfflfrtemc con el fín de obtener beneficios para ellos
mlsfrios, no para otros grupos, y cn esos ca^os dífÍGllmenie sería plausible atribuir la Ac­
ción de gnrpo a un código nioral coalquiení. Los motivos o incentivos morales para 1á
Mcéfóti de grupo han sido estudiados por lo tanto no parí« ejtpHcar aigdn ejemplo dado
de acción de fjrtipo. sino ni/ís bien para dcmos(r«f qtie su cxisicncla no (lene por qtié
coníradí'cif la (c'oría fifrccid.! aquí, y cu todo cnsd pcidrírt tender a apoyarla. Los íncertfl-
vos eróticos y sicológicos qtie dclicrt Ser Importantes en Id familia y cn los grupos dc
amigos podrían, lógicamente, Sí^r artalÍ7.ados dentro del mareo de la leorín. Por otra parle,
los grupos "afcctlvo.^’' (ales C ( ^ o In familia y los de Amigos podrían norníalmcnte ser
estudiados en formíi mucho mds íitil mediante leofías enttífíimenic diferentes, ya que el
anílisls efectuado en esfe estudio no arroja mucha lux sohrd esos grupos, Con respecto á
las características especiales de los grupos '‘Afectivos*’, véase Verba (f)ola 12 anterior),
Vh ^ y I 4 Í IM.
fnreñUvoi ioriúUs y cómpóríámleñtú rútioñnt

Hay, no obstante, un caso cn que los Incentivos sociales pueden muy


bien dar lugar a la accldn orientada hacia el grupo en un grupo latente. vSe
trata del caso de un grupo "federal”, o sea aquel que está dividido cn va­
rios grupos pequeflos cada uno de los cuales tiene una ra/.ón para unirse con
los demás a Tin de forniar una federación que represente al grupo'^randc en
conjunto. SI la organización central o federativa presta algún servicio a tas
organizaciones pequeflas que la constituyen, éstas pueden ser inducidas a
usar sus incentivo.^ sociales para hacer que las personas que pertenecen
a cada grupo pequeflo contribuyan al logro de las m etas colectivas de lodo
el grupo. Entonce.^, las organizaciones que recurren a inccntivo.s sociales
selectivos para m ovilizara un grupo latente interesado en un bien coleclivo
deben ser federaciones dc grupos más pequeflos. El punto fundam ental, sin
em bargo, es que los Incentivos sociales son im portantes principaim cnie
sólo en el grupo pequeflo, y únicamente de.sempeflan un papel en el grupo
grande cuando éste es una federación dc grupos más pequeflos.
Los grupos lo bastante pequeflos para .ser clasificados aquí como “pri-
vilegiado.s"e "interm edios” gozan por lo tanto dc una doble ventaja: no sólo
llénen incentivos económicos, sino tal vez también incentivos sociales que
inducen a sus miembros a trabajar por la obtención dc los bienes colectivos.
El grupo grande ‘‘latente", cn cambio, contiene siempre un número dc per­
sonas m ayor que el dc aquellas que podrían posiblem ente conocerse entre
sí, y no cs probable (excepto cuando se compone de pequeflos grupos fede­
rados) que se ejerzan presiones sociales que ayuden a satisfacer el interés
por un bien colectivo. En la hi.storia de las industrias perfectam ente com pe­
titivas de los Estados Unidos hay por supuesto mucha evidencia en favor dc
este escepticism o respecto a las presiones sociales cn un grupo grande. Si
la conclusión de que la fuerza dc las presiones sociales varía grandemente
entre los grupos pequeflos y los grandes tiene validez, debilita más aún la
teoría tradicional de las organizaciones voluntarias.'*

18, Háy sin embargo otr* clase dc prestan social que en ocasiones puede ser eficar,. Es
aquella que se genera no primordialmente a través de la amistad persona a pcr.sona, sino
de lo» medios de comunicación m asiv^ Si los mjembros dc un grupo latente, en alguna
forma, son bombardeados continuameiile con propaganda>acerca dc la conveniencia del
interno de satisfacer el interés común d e q u e se trate, podrán tal vez con el tiempo ejercer
presiones sociales no del todo d iferenteí de las que .se pueden generar en un grupo cara
a cara, y esas presiones sociales puedefí ayudar « un grupo latente a obtener el bien c o ­
lectivo. Un grupo no puede fínanciar esa propaganda a menos que esté ya organizado,
y tal ve7, no pueda organir.arse si no ha estado sometido a la propaganda; de manera que
esta forma dc prc.siíín social, de ordinario, no cs probablemente suficiente por sí misma
para que un grupo logre alcanzar sus metas colectivas. Parecería improbable, por ejem ­
plo, que hubiera muchas esperanzas de éxito en tm programa destinado a persuadir a los
agricultores, mediante la propaganda, para que favorecieran sus intereses restringiendo
74 Tamaño y comportamiento del grupo

Algunos críticos podrían protestar diciendo que incluso si no existe la


presión social cn cl grupo grande o lalenle, no quiere decir que cl com­
portamiento totalmente egoísta o maximizador dc utilidades, supuesto apa­
rentemente por cl concepto dc grupos latentes, sea necesariamente de
im portancia. Las personas podrían, incluso en ausencia de la presión so­
cial. actuar en fomia desinteresada. Pero esa crítica del concepto de grupo
latente no es pertinente, porque esc concepto no supone necesariam ente el
"comportamiento egoísta maximizador de utilidades que los economistas
encuentran normalmente en el mercado. El concepto de grupo grande o
latente ofrecido aquí liene validez, aunque el com portamiento sea egoísta
o no egoísta, con tal dc que sea, estrictam ente hablando, "racional”. Incluso
si cl miembro de un grupo grande pasara por alto enteramente sus propios
intereses, de todos modos no contribuiría racionalmente a la obtención de un
bien colectivo o público, puesto que su propia contribución no sería percep­
tible. Un agricultor que colocara los intereses de los otros agricu” ores por
encima dc los suyos no necesariamente restringiría su propia producción
para que subieran los precios, porque sabe que su sacrificio no acarrearía un
Ixíncficio perceptible para ninguno. Ese agricultor racional, por desintere­
sado que .sea, no haría ese .sacrificio inútil y sin objeto: pero sf orientará su
filantropía con el fin de producir un efecto perceptible en alguien. El com­
portam iento desinteresado que no produce efecto perceptible no se con­
sidera a veces digno siquiera de elogio. Un hombre que tratara dc contener
una inundación con un balde sería considerado probablem ente como un
chillado y nunca como un héroe, inclu.so por aquéllos a quienes trataba
dc ayudar. Sin duda es posible hacer descender infmitesimalmcntc con un
balde el nivel de un río que se de.sborda, así como es posible que un solo
agricultor haga subir infinitesimalmente los precios limitando su produc­
ción; pero en ambos casos el efecto es imperceptible, y quienes se sacrifican
para lograr mejoras imiwrccptibles pueden no recibir siquiera el elogio que
merece normalmente el comportamiento desintere.sado.
De manera que el razonam iento acerca de los grandes grupos latentes
no implica necesariam ente un com portamiento egoísta, aunque sería del
todo consecuente con é l.” El único requisito es que el com portam iento de
volunlariamcntc la producción, a menos que hubiera una fucnle cautiva dc recurso?; para
financiar el proyecto. De manera que esa forma dc presión social generada por los medios
dc comunicación masiva no parece tener probabilidades dc ser una fuente importante de
esfuerzo coordinado para lograr la satisfacción de un interés común. Además, como ya
se recalcó, la nación estado, con toda la lealtad emocional dc que dispone, no puede so s­
tenerse a sí misma sin imponer obligación. No parece probable, por lo tanto, que muchos
grupos privados grandes puedan sostenerse exclusivamente gracias a la presión social.
19. Las organizaciones cuyos propósitos son primordialmcntc económicos, como los
sindícalos de trabajadores, las orgunizncioncs agrícolas y otros lipos de grupos de presión
Incentivos sociales y comportamiento racional 75

los miembros de los grupos u organizaciones grandes del lipo estudiado,


^ b e por lo general ser racional en el sentido de que sus objetivos, sean
egoístas o desinteresados, deben ser perseguidos por medios que sean efi­
cientes y eficaces para lograr esos objetivos.
Los argumentos que anteceden, teóricos y objetivos, presentados cn
este capítulo y en el anterior, deben por lo menos justificar el tratam iento
por separado que se da en este estudio a los grupos grandes y a los pe­
queflos. Esos argumentos no constituyen un ataque a ninguna interpreta­
ción anterior del com portamiento de los grupos, aunque parece que algunas
de las explicaciones que suelen darse de las grandes asociaciones volunta­
rias detxín ser revisadas en vista de las teorías ofrecidas aquf. Todo lo que
se tiene que reconocer para aceptar el argum ento principal de este estu­
dio es que los grupos grandes o latentes no se organizarán para la acción
coordinada por el solo hecho de que, como grupo, tienen una razón para
hacerlo; pero que esto podría suceder en los grupos más pequeños.
La mayor parte de lo que resta de este estudio tratará de las organiza­
ciones e intentará dem ostrar que la mayoría de las grandes organizaciones
económ icas de los Estados Unidos han tenido que crear instituciones es­
peciales para resolver el problem a de membresía planteado por la gran
escala de sus objetivos.

afirman normalmente que están sirviendo a los intereses de los grupos que representan y
no pretenden ser principalmente organizaciones filantrópicas que trabajan para ayudar
a otros grupos. Sería, por lo tanto, sorprendente que la mayoría de los miembros dc esos
“ grupos de interés” descuidaran siempre sus propios intereses individuales. Un grupo
dc interés esencialmente egoísta no atraería normalmenlc a miembros que sean comple­
tamente desinteresados. Así pues, el comportamiento egoísta puede de hccho ser común
en las organizaciones del tipo que estudiamos. Para conocer razonamientos inlcHgenlcs
que postulan que el comportamiento egoísta cs general en la política, véase la obra dc
James M. Buchñnnn y Gordon TuUock The Calculus o f Consent (Ann Arbor: Univcrsiiy
of Michigan Press, 1962), págs. 3-39. Ver también el interesante libro de Anthony Dows
An Economic Theory o f Democracy (Nueva York: Harper, 1957), págs. 3-35.
III
El sindicato y la libertad económica

A. C o a c c ió n p.n lo s s in d ic a to s dî· iRAnAJADORRS

En esta época de grandes empresas y mucha mano de obra, la mayoría dc loí5


sindícalos de trabajadores son grandes organizaciones. Pero no siempre ha si-
Áo así. Los prim eros sindícalos fueron organizaciones locales pequeñas y
siguieron siéndolo duranie algún tiempo. El movímienlo laboral norteam e­
ricano comenzó como una serie de pequeños sindícalos con intereses locales,
cada uno independíenle de los dem«1s. (Dicho sea de paso, lo mismo ocurría
cn la Gran Bretaña.)* El desarrollo de los sindicatos nacionales viables en los
Eçtados Unidos llevó más de medio siglo después de que habían surgido los
sindicatos locales, e incluso después de eslablecidos los nacionales hubo de
transcurrir algún tiempo para que reemplazaran a los locales como principal
m anifeslación de la fuerza laboral. Muchos de los primeros sindicatos na­
cionales, como el Knights o f Labor, fracasaron. No sólo sucedió que los
sindicatos locales se formaron mucho antes que los nacionales, sino que tam-
bijén fue significativo el que surgieran no en las grandes fábricas sino en
^ g a re s de trabajo más pequeños; de manera que los primeros sindicatos no
eran siquiera tan grandes como las ramas locales de algunos sindícalos
modernos. Se supone naturalmente que los sindícalos han de desempeñar su
función más im pórtam e en las grandes fábricas, donde no puede haber
relaciones personales entre el patrón y el em pleado, y es en esas grandes
fábricas donde se localizan actualm ente m uchos de los sindicatos pode­
rosos. Pero los primeros no surgieron en las fábrtcas multiplicadas por la
revolución en la industria, sino priijcípalmente en los ramos d cla construc­
ción, de la imprenta, d éla fabricaçiôn de calzado y cn otras industrias ca­
racterizadas por la producción en pequeña escala, bas enormes fábricas de
la industria del acero, dcl automóvil y otras sim ilares figuraron entre los

1. G. D. H. Colc. A Shorí Ifistory o f ihc British Working d a s s M ovement. I7H9-


¡947, nueva c(l. (Londres: Gcorgc Alien & Unwin, 1948), págs. 35-43.

77
7S r.i tiñdicato y la liheriad económica

úllimos lugares dc trabajo que se organizaron sindicalmcnte. La explicación


normal es que los trabajadores especializados, supuestamente, se prestan
más a la organización, y probablemente eran más comunes en las empresas
pequeñas; pero esa explicación, en el mejor de los casos, no lo aclara lodo,
porque la industria de la extracción del carbón ha estado dominada por
trabajadores no especializados y sin embargo las pequeflas empresas de esa
industria se sindicaron mucho antes que los gigantes industriales.^
Puede haber muchos factores diferentes que permiten explicar esc pa­
trón histórico del crecim iento dcl sindicato; pero ese patrón puede ser
explicado al menos en parte por el hecho de que los grupos pequeflos pue­
den procurarse bienes colectivos m ejor que ios grandes. Los salarios más
altos, las jom adas más cortas y las m ejores condiciones de trabajo que los
sindicatos exigen son bienes colectivos para los trabajadores. Los sacrifi­
cios requeridos para crear y sostener un sindicato efectivo son además muy
considerables, porque una organización debe ser apoyada para que siga
existiendo, y la huelga, que es el arma principal del sindicato, exige que
cada trabaj«idor renuncie normalmente a todo su ingreso hasta que el patrón
llegue a un acuerdo. Los sindicatos pequeflos pueden tener sobre los gran­
des una ventaja que proviene del hecho de que pueden ser unidades sociales
y recreativas im portantes y pueden por lo tanto ofrecer también beneficios
sociales no colectivos para atraer miembros. El aspecto social parece haber
sido importante en algunos dc los primeros sindicatos.’ Por esas razones
puede ser significativo que en sus primeros días, cuando hacían frente a la
resislencia de la inercia y a un medio particularm ente hostil, los sindicatos
comenzaran como unidades locales pequeflas e independientes y siguieran
así durante algún tiempo.
Una vez que existe un sindicato local, hay diversas fuerzas que
pueden inducirlo a organizar a lodo su gremio o industria o a federarse
con otros sindicatos locales del mismo gremio o industria. Las fuerzas del
mercado trabajan en contra de cualquier organización que funcione sólo
en una parte del mercado. Con frecuencia, los patrones no podrán so-
2. Ver Lloyd \J\m9n J he Rise o f the NationalTrade Union {Cnmhñógc, Mass.: Harvard
UnivcTsiiy Press. 1955); Robcrl Ozannc, ‘T h e Labor Hisiory and Labor Theory of John
R. Commons: An Evaluation in Ihe Lighl of Rcccnt Trends and Criticism", en Labor,
Management and Social Policy, ed. Gerald O. Somers (Madison: University o f Wi.sconsin
Press, 1963). Norman J. Ware, The Labor Movement in the United States, 1860-95 (Nueva
York: D. Appleton, 1929); Richard A. Lesler, Economics o f Labor , 2 íí. ed. (Nueva York:
Macmillan. 1964), págs. 55-116.
3. Foster Rhea Dulles. /I //i.^fory (Nueva York: Thomas Y. Crowell.
1949), pág. 23 Ci. D. H. Ch'ole señala que los primeros sindicatos ingleses se reunían a
menudo cn posadas o e?n tabernas, lo cual sugiere un ispéelo s(M Íal imporlantc. Véase su
obra Working Class Movement, págs. 35 y 174.
Coacción en tos sindicatos de trabajadores 79

brevivir si pagan salarios más allos que los de las em presas com pclidoras;
de m anera que a un sindicato existente le interesa a menudo tratar dc que
todas las em presas de un m ercado dado se vean obligadas a pagar salarios
de acuerdo con las escalas del sindicato. Cuando sólo parte de una industria
o grupo especializado está sindicada, tam bién los patrones disponen de
una fuente dc rom pehuelgas. Además, los trabajadores de una especiali­
dad que em igran de una com unidad a otra se interesan por pertenecer a
un sindicato nacional que les dé acceso al em pleo en cada nueva com u­
nidad. Porúltim o, la fuerza política de un sindicato grande es obviám enle
m ayor que la de uno pequeño. Los incentivos para federar los sindícalos
locales y organizar a las em presas no sindicadas aum entan considerable­
mente a m edida que las m ejoras en m alcría de transportación y co­
m unicación am plían el mercado.^
Se puede por lo tanto entender fácilmente los inlenlos dc crear grandes
sindícalos nacionales; pero ¿cómo se puede explicarel éxito dc algunos dc
esos intentos de proporcionar bienes colectivos a grandes grupos laicnics?
Con mucho, el factor aislado más im portante que les perm itió sobrevivir a
los grandes sindicíitos nacionales fue que la membresía y el apoyo a las
huelgas que declaraban eran en alto grado obligaiorios.
El “establecim ienlo sindicado’* y oíros ínslrum cnlos parecidos para
hacer la membresía obligatoria no son, como algunos suponen, invencio­
nes modernas. Hace unos sesenla años, Sidney y Bealrice Wcbb señalaron
que el establecim iento sindicado era ya entonces una venerable inslilucíón
en Inglaterra. Con palabras que describen igualmente bien a la Norteamérica
de nuestro tiem po, atacaron “la extraña ilusión y la idea periodística dc que
este sindicalism o obligatorio... cs un instrumento moderno**. La membresía
obligatoria en los sindicatos era algo que “cualquier estudiante de los ana­
les del sindicalism o sabe que e s ... coetánea del sindicalism o mismo", di­
jeron. “Los clubes de artesanos dcl siglo dieciocho habrían rechazado la
idea de pcrm ílir que alguien que no fuera miembro dcl club trabajara cn su
ram o... De hecho, a un chapista o remachador no sindícalízado le sería lan
im portante obtener trabajo cn un astillero dcTyncsídc como conseguir una
casa en Newcaslle sin pagar las tarifas (im puesto a la propiedad). Esa coac­
ción callada e invisible, pero atsolularnenle total es el ideal de todo sin­
dícalo dc trabajadores".’ El sindicalism o oblígaiorio ha conservado hasta
j *■
4, Ulmnn, passim : Lloyci G. Reynolds, L a bo r Econom ics and L abor Relatinns, 3a.
cd^ (Englewood Cliffs, N.J.: Prcnlicc-Hall, 1959).
5. Sidney y Bcalricc W c b b , ( L o n d r e s : l.ongmans. Groen. 1902).
John Mead hn llamado mi atención hacia el hecho dc que algunos dc los cconoinisias
ingleses cllsicos. posiblemenie al observar las dificiilladcs dc los primeros sindicatos in­
gleses. reconocieron que los sindicatos necesitaban dc la compulsión, o por lo menos dc
<*0 /- / iimUrmln f tm Uhwrimä §r«nAmirm

la fccha cn Gran Brciana su caráclcr dc “callado c Invisible”, y la ciicsllón


dcl “derecho a trabajar“ difícilm cnic cs allá un asunlo dc aclunll<1«d.·
Tam bién cn los prim eros años del m ovimiento laboral nortcnmcrlcano
cl eslablccim icnlo sindicado era impuesto por los sindicatos siempre que
podían, si bien las garantías contractuales espccíncas al respecto que aho­
ra son típicas entonces no existían por lo general. Por ejem plo, cn 1667 en
la ciudad de Nueva York, los carreteros, predecesores de los cocheros, apa­
rentem ente lograron un establecim iento sindicado,^ y en 1805 los estatutos
dc los New York Cordwainers declaraban que ningún miembro podría
trabajar para alguien que em pleara a zapateros que no fueran miembros del
sindicato.* En el área dc la im prenta, el establecim iento sindicado estaba
totalmente desarrollado en 1840.’ “Si sumamos toda la evidencia disponi­
ble“, dicc un estudioso dc la cuestión, “se puede decir que prácticam ente
todo sindicato anterior a la Guerra Civil estaba en favor de que se excluyera
dc los empleos a quienes no fueran m iem bros“.*®
En suma, cl sindicalismo obligatorio, lejos de ser una innovación mo­
derna, sc remonta a los primeros días dc la mano de obra organizada y exis­
tió incluso en los pequeños sindicatos creados antes que los nacionales. Sin
embargo, la membresía obligatoria no puede explicar la creación o la apa­
rición de los primeros sindicatos locales pequeños como explica la via­
bilidad de los grandes sindicatos nacionales posteriores, creados a final de

fucrlcs sanciones socinlcs, parH dcscmpcñHr sus funciones. Véase John Sluarl Mill. Prin­
cipies ofPoUücal Economy, Libro V, cap. xi. sección 12, y Henry Sidgwick/r/i^ Principies
o f Political Economy (land re s: Macmillan, 1883), pág». 355-360.
6. Allan Flanders. "Grcnl Brilain”, en Comparalive Labor Movements, ed. Waller
Galcnson (Nueva York: Prcntice-Hnll, 1952), págs. 24-26; W. E. J. McCarlhy, The Closed
Shop in Britain (Oxford: B.isil Blackwell, 1964).
7. Jerome Toner, The Closed Shop D.C.: American Council on Public,
Affnirs, 1942), págs. 1 93. y csp. la pág. 60. Toner señala quc los gremios medievales eran
escncialmenle eslabiccimicnlos sindicados. Sin embargo, las prácticas seguidas a esle
rcspcclo por los sindicatos sc desarrollaron independientemente.
8. Ibíd., pág. 64.
9. F. T. Slocklon, i he Closed Shop in American Trade Unions, Johns Hopkins
University Studies in Historical and Political Science, Serie 29. num. 3 (Bnltimorc: Johns
Hopkins Press. 1911), pág. 23. Ver también John R. Commons y Asociados, Ifistory o f
Labour in the United States (Nueva York: Macmillan, 1946), I, 598.
10. Stockton, pág. 68. Para un punto de vista diferente RccrcR del predominio dc la
mrmbresia obligatoria en la historia del sindicalismo norteamericano, ver Philip D.
Bradley. "Freedom of the Individual under Collcctiviy.cd Labor Arrangements” , cn The
Public Stake in Union Power, cd. Philip D. Bradley (Chttrlottcsville: University of Vir­
ginia Press. 1959). págs. 153 156. Pero cl ensayo curioso y polémico dc Bradley muestra
una parcialidad lan irrenexiva contra el establecimiento sindicado y presenta argumentos
isn confusos, que no hay ra/ón para dar importancia alguna a su conchisión.
( lUítrión fn tn§ tintllratoM d t trabajador·t

cucnlas por los lóenles. La membresía obligaloria implica algún inslrumen-


lo u organÍ7,acÍón para hacerla obligaloria; es decir, para hacer cum plir la
regla de que quienes no sean miembros del sindicaio^no pueden irabajar en
una delerm inada em presa. No es posible que los irabajadores no organiza­
dos creen un sindícalo grande, aunque eslén conscientes de que la coacción
es necesaria, puesto que prim ero tendrán que organizarse para contar con
un instrumento que haga cumplir la política de establecim iento sindicado;
pero sí es posible que un sindicato pequeño surja sin coacción y luego, si
lo decide, asegurar su supervivencia y aumentar su fuer/a haciendo la mem­
bresía obligaloria. Una vez que un sindicato existe, puede estar en situación
de agrandarse, o de combinarse con oíros sindicatos, con cl Tin de representar
a grandes grupos de trabajadores, si la membresía es obligatoria. El recurso
inicial dc la coacción en los sindicatos no es por lo lanío cn forma alguna
inconsecuente con la hipótesis de que el sindicalism o tuvo que com enzar
con grupos pequeños en las empresas que producían en pequeña escala.
En vista de la im portancia de la m embresía obligatoria, y del hecho de
que los rom pehuelgas son legalmente libres de cruzar los piquetes de guar­
dia y hacer que cualquier huelga resulte ineficaz, no hay que soiprenderse
de que la violencia lenga un lugar prom inente en la historia de las relacio­
nes laborales, especialm ente en los períodos en los que se intentaba crear
o am pliar los grandes sindicatos nacionales.” Esa violencia hú im plicado
a los patrones lo mismo que a los trabajadores, con pandillas m ercenarias.
(Jay Gould decía con jactancia; “ Puedo co ntratar a la m itad de la clase
trabajadora para que mate a la otra m itad’*.^^) Como lo señala Daniel Bell,
“Comenzando con las huelgas ferrocarrileras de 1 8 7 7 ... casi cada huelga
im portante declarada en los cuarenta años siguientes estuvo presidida por
un brote de violencia”. Esto lo atribuye al “darwinism o social” en el pen­
sam iento norteam ericano, el cual justificaba “un sistem a integrado de

1 1. "La amenaza dc la violencia y la iniimidacirtn poicnciales mcdianic cl piquete


de guardia es un faclor poderoso; lan poderoso que de hecho ninguna empresa inienia
aclualmenle llevar a cabo alguna operación si se ha declarado una huelga, aunque
tendría derecho legal a hacerlo. Para lodo fin practico, la allernaliva dc hacer un irato
con alguien que no sea el sindicalo^ha sido elim inada” . Ciia tomada dcl artículo de
Edward H. Chamberlin “Can Union Power Be Curbcd?” /f//art/irMort//i/y (junio d e l 9.59),
pág. 49. Ver lambién Robert V. Bruc«, ¡ 8 7 7 : Year o f Violence (Indianapolis; Bobbs-
M e n ill, 1959); Slewarl H. H o l b r o o k ^ R o c k i Mountain Revolution (Nueva York:
Henry Holl. 1956). Para una polémica vigorosa que incJuye relatos sensacionales e
interesantes de las huelgas más sangrientas, vistas desde la izquierda lejana, véase de
Louis Aózm\c Dynamite: The Story o f C4ass Violence in Am erica, cú. rev. (Nueva York:
Viking Press. 1934).
12. Herbert Harris, American L abor (New Haven, Conn.: Yale University Press,
1939), págs. 228.
92 r j sindicato y lú iiberiad económica

valores” que “sancionara la rcsislcncia de la industria al sindicalism o”.*’


No cabe duda dc que las ideologías fanáticas entre los patrones y sus
amigos explican parte de la violencia; pero, puesto que los movimientos
políticos más radicales no dieron lugar por lo general a una violencia sim i­
lar. esa no debe de haber sido la causa determ inante. La doctrina conser-
vadorao “sindicalism o com ercial’*típicade los sindicatos norteam ericanos
fue sin duda menos ofensiva para las ideologías conservadoras que el co­
munismo. cl socialism o o cl anarquismo; pero parece haber dado lugar d
mucha más violencia. La explicación correcta se centra seguram ente cn Id
necesidad de coacción im plícita en los intentos de proporcionar bienes co­
lcclivos a grupos grandes. Si algunos trabajadores de una determ inada em ­
presa declaran una huelga, la función de aportación de mano dc obra tiende
a virar a la izquierda; de manera que para quienes siguen trabajando, o para
los rompehuelgas de afuera, los salarios serían por lo menos más altos que
anles. En cambio, m ienlras dure el conflicto los huelguistas no obtienert
nada. De modo que todos los incentivos económicos que afectan a las p er­
sonas están del lado de los trabajadores que no respetan los piquetes de
guardia. ¿Debe sorprendem os, cnionces. que hubiera que recurrir a la
coacción para im pedir que los trabajadores individuales sucum bieran a
la icniación de trabajar duranlc la huelga, y que los palrones conirarios al
sindícalo recurrieran también a la violencia?
Aparenlemente, la violencia es mayor cuando los sindícalos tratan por
primera vez de sindicar a una em presa.'^Si las fuerzas del patrón ganan las
primeras pruebas de fortaleza, el sindicato podrá desaparecer y la paz que­
dará reslablecida. Si el sindicato gana, los riesgos que implica convertirse
cn esquirol serán evidentes y los trabajadores pronio formarán el hábito de
no cm zar los piqueles de guardia, con lo cual sobrevendrá un período dc ne­
gociación colecliva pacífica.
La membresía obligaioria y los piqueles dc guardia son por lo tanto la
esencia dcl sindicalism o. Como lo expresó Henry George: “Las asociacio-

13. Daniel Bell, (CIcncoc, III.: Frec Press, 1960), págs. 195-197.
Fn cl caso dc Atchison, T. tí S.F. Ry. contra Gee, 139 Fcd. 584 (C.C.S.D. lowa, 1905), cl
iribimal declaró: "No hay ni puede haber cosa tal corno la vigilancia pacífica con pique­
tes dc guardia, como no pucdc,habcr grosería sobria, asaltos pncíficos ni linchamientos
legales. Cuando las personas desean conversar o persuadir, no organizan un piquete de
guardia". Este es un punto de vista extremo. Desde entonces la Suprema Corte ha le ­
galizado el piquete de guardia pacífico; pero aquella opinión contiene un elemento dc
verdad, sobre todo con referencia a esos días, antes dc que la legislación laboral permitiera
sindicar una fábrica ^on cl solo hecho dc ganar una elección dc representación. Véase
también Georgcs Sorel, Rrpertions on Vinlenre, trad. T. E. Mulme (Nueva York; B. W.
Huebsch, n.d.), esp. las pngs. 43 y 2K9.
14. Bell, págs. 195 197
Coacción en tos sindicatos de trabajadores

ncs dc trabajadores no pueden hacer nada para elevar los salarios como no
sea por la fuerza. Puede ser una fuerza aplicada pasivam ente, una fuerza
aplicada activam ente o una que se m antiene en reserva; pero tiene que ser
una fuerza. Tienen que coaccionar o conservar el poder de coaccionar a los
patrones; tienen que coaccionar a aquellos de sus miembros dispuestos a
rezagarse; tienen que hacer cuanto puedan para tom ar en sus manos todo
el campo de trabajo que desean ocupar y para obligar a otros trabajadores
a unirse a ellos o m orirse de hambre. Quienes nos hablan de sindicatos em ­
peñados en hacer subir los salarios mediante la persuasión moral única­
mente son como quienes nos hablan de tigres que se alim entan sólo dc
naranjas”. E l argumento de que la negociación colectiva im plica coac­
ción no tiene por qué usarse para atacar a los sindicatos. Se puede usar
igualm ente bien para anrm ar, como lo han sostenido algunos estudiosos
del movimiento laboral, que cuando la mayoría de los trabajadores que
componen una determ inada unidad negociadora votan en favor de la huel­
ga. a todos los que forman parte de esa unidad se les debe prohibir por ley
que burien la decisión de la mayoría tratando de seguir trabajando.*^’Eslo
dejaría la coacción cn manos dc la policía y evitaría la violencia de pandillas.
Además de la membresía obligatoria, los piquetes dc guardia y la
violencia, algunos sindicatos han tenido también incentivos selectivos de
tipo positivo: han ofrecido beneficios no colectivos a quienes se afilien al
sindicato y negados esos beneílcios a cualquiera que no lo haga. En cier­
tos casos especiales esos bienes no colectivos han sido im portantes. A l­
gunos sindicatos grandes han ofrecido diversas formas de seguro a quienes
se unan al sindicato. De modo significativo, cl prim er sindicato nacional
grande que resultó viable en la Gran Bretaña fue la Sociedad Amalgamada
de M aquinistas, establecida cn 1851. la cual ofreció una amplia gama dc
beneficios no colectivos. Según lo explicó G. D. \\. Colé:

l^n Amnlgflmatcd Sociciy of Engineers cs «clamada comúnmcñlc como im “ Nuevo


Modelo” dc organización sindical. . . Se convirliíS cn el modelo para loda una serie de
sociedades “ amalgamadas” formadas durante los veinte años siguientes.
La base esencial del “ Nuevo Modfclo” era una combinación estrecha dc actividades
industriales y amistosas. La A.S.E. proporcionaba a lodos sus miembros una gran varie­
dad ac beneficios, desde ayuda cn casoilc controversia y desempleo hasta subsidio por
j
L^. Hcnry Georgc, The Condition o f L a b o r: An Open L eller to P ope L e o XIII (Nueva
York: United States Book Co., 1891), pig. 86.
16. Ver Neil W. Chamberlain, “The Problem of Union Sccurily", Proceedings o f the
Academy o f Political Science, XXVI (mayo de 1954), 1-7, publicado también por la
Acadcmy of Political Science como folleto edilado por Dumas Malone e inlilulado
I he Right to Work.
•4 f' l t i n t i i r ñ l o y la Uherlaé e ro n ó m U a

enfermedad O jubilación... En suma, era caxi en igual medida un sindit alo y uttii Rorlcdad
amisiosa.'^

I.as hermandades ferrocarrileras dc los Eslndos Unidos ianU>ién han


:ilrafdo miembros cn ocasiones proporcionando los beneficios dcl seguro
a quienes se afiliaban a ellas. En los prim eros tiem pos dc los sindicatos
ferrocarrileros, cl número dc accidentes era elevado y muchas com pañías
dc seguros no vendían pólizas a los trabajadores del ferrocarril; de m ane­
ra que los beneficios de seguro de las herm andades representaban para
los miembros cn potencia un incentivo considerable. En sus prim eros días,
el sindicato de conductores llegó hasta el grado dc recalcar su program a de
seguros casi igual con exclusión dc todo lo dem ás."
Sin embargo, hubo períodos cn que los programas de seguros de al­
gunos sindicatos ferrocarrileros perdieron dinero. Entonces tuvieron que
recurrir principalm ente a la regla de antigüedad para conservar a sus m iem ­
bros. A estos se les garantizaron derechos dc antigüedad en los contratos
dc los sindicatos con las com pañías ferroviarias, pero los trabajadores no
sindicados tenían que dependerde la buena voluntad de las com partías para
obtener esos derechos. Es significativo que los sindicatos ferrocarrileros
fueron durante ciertos períodos los únicos sindicatos nacionales im portan­
tes sin recurrir a alguna forma de m embresía obligatoria. El periódico dc
la Hermandad dc M aquinistas de Locomotoras lo expresó cn esta forma:
"El eslablccim icnlo sindicado cn las indu.strias tiene con los sindicatos de
trabajadores manuales la misma relación que tiene la regla de antigüedad
con las hermandades dc los servicios de trenes. Son la colum na vertebral
de los dos y. si alguna sc rompe, dejarán dc ser fuertes para la negociación
colectiva. De heclio, sin ellos sería im posible sostener actualm ente una
organización”.”
Parece difícil encontrar más dc unos pocos ejem plos de grandes sindi­
catos que se hayan sostenido prim ordialm ente proporcionando beneficios
no colectivos, como seguro o privilegios de antigüedad. Por otra parle, la
mayoría de los sindicatos proporcionan algo parecido a beneficios no co­
lectivos como seguros, bienestar y derechos de antigüedad.” Algunos ayu-

17. Colc, Working Clas.s Movement, pág. 173.


18. Toncr, pígs. 93-1 H . Ver también J. Douglas Brown, “The History nrui Problem?;
of Collective Bargaining by Railway Maintenance of Way Employees“, discrt. no pub.,
Princeton University, 1927.
19. T. P. Whelan, “The Open Shop Crusade”, Locomotive Engineers' Journal, LVI
(I922),pilgs.276 319.
20. The House o f Labor, cd J. B. S. Hardman y Mauricc F. Nrufeld (Nueva York:
Premice-Hall, 1951), pAgs 276 319.
Coarriifn en ioí íindicalos de Imhajntinret

dan o sus m iem bros n conseguir empleo. Más im portante aún, casi todos
manejan las quejas dc sus afiliados cn contra del patrón: es dccir, tratan de
proteger a cada uno de sus miembros contra el dem asiado (o el poco) tiem ­
po extraordinario, contra una cantidad desproporcionada d ^ trabajo más
desagradable, contra los supervisores arbitrarios, etc. Si bien los sindicatos
pueden tram itar tam bién las quejas de quienes no son m iem bros, en parte
con cl fin de im presionarios con la utilidad del sindicato, quien no es
m iem bro está sin duda consciente de que su queja contra la adm inistración
será algún día la últim a en ser atendida si él persiste Indefinidam ente en
perm anecer fuera del sindicato.*'
Por últim o, muchos sindicatos nacionales extraen alguna fuerza dc la
federación; es dccir, del hccho de que sus m iembros pertenecen a peque­
ños sindicatos locales, de m anera que en cierta etapa gozan de las ventajas
del grupo pequeño. A su vez, los grupos pequeños se pueden conservaren
el sindicato nacional gracias a los beneficios no colectivos que éste les pro­
porciona. El nacional puede proporcionar un cuerpo de expertos a los cua­
les pueden recurrir los locales, y puede tam bién ofrecer lo que quizá podría
llam arse "seguro de huelga”, en forma de un fondo adm inistrado por la
.unidad central. El nacional puede asimismo proporcionar un beneficio no
colectivo a algunos miembros directam ente disponiendo que los de un sin­
dicato local que em igran a otra comunidad tengan acceso al em pleo y
m em bresía en la rama local del sindicato cn esa nueva com unidad.
Con el crecim iento de la industria en gran escala y la penetración dc los
sindicatos en las grandes em presas m anufactureras cn tiem pos recientes, cl
pequeflo sindicato local que en olro tiem po fue una fuente significativa dc
fuerza se está volviendo menos Importante. Actualmente muchos m iem ­
bros pertenecen a sindicatos locales que cuentan con más de un m illar dc
afiliados, tan grandes que ya no hay grupos pequeños. Además, los sin­
dicatos nacionales están asumiendo las funciones que los locales desem pe­
ñaban cn olro tiem po.” Normalmente ningún sindicato local con m iles, y
tal vez hasta con centenares dc miem bros, puede ser una unidad social cfcc-

21. Lxonard R. Siiyles y George 5)trauss, T l¿ L o ca l Union (Nueva York: Harper, IP.“??),
págs. 27-80; Georgc Rose, “The Processing of Grievances”. Virginia L abor Review,
XXXVIII (abril de 1952). 285-314; Labor and Industrial RelalionsCenler, Michigan Siaie
University, The Grievance Process (^956). Parí citas tomadas de las conversaciones con
miembros de un sindicato que pensaban que los “aprietos” o quejas de los no miembros “no
tendrán ningún apoyo”, véase el artículo de Joel Seidman, Jack London y Bernard Karsh
*‘Why Workers Join Unions”, Annals o f the American Academy o f Political and Social
Science, CCLXXIV (marro de 1951), 83, y también McCarthy (nota 6 anterior), pág. 03.
22. Albert Rees. The Econom ics o f Trade Unions (Chicago: University of Chicago
Press, 1962), págs. 4-7; Reynolds (nota 4 anterior), págs. 40-43.
M /:'/ sindícelo y ta tiberiad econ/ftnica

tiva. Un csludio em pírico deiall.ndo de algunos sindícalos locales m oder­


nos indicó lo siguiente:

Unos pocos sindic*ios irnian dc pro|M)rcionif fl sus miembros un progrnmn rccrcolivo


complclo, lo mismo que prolccción cn cl irabajo. Sin embargo, a los simiicalos locales que
hemos observado les pnreció fMKO práctico competir con las actividades sociales cata·
blccidfts cn la comunidad. Sin duda alguna, un día de campo para loda la familia en cl
vcr»ino y un baile en invierno tendrán éxilo, sobre lodo si cl sindicato local paga gran parle
de los gastos. De hecho, no fue raro observar que un sindicato destinara el 10 por cíenlo
dc sus recursos a un evento social “para que los miembros sientan que están obteniendo
algo con sus cuoias”. También las fiestas infantiles cn Navidad son populares; pero hasta
ahí llegaban esas actividades sociales.’’

Parece por lo tanto que, en la actualidad, en muchos sindícalos (aunque


ciertam ente no en lodos) no se puede oblener mucha fuer/a de los grupos
pequeflos que los constituyen, puesto que hasta las unidades locales son
grandes en ocasiones y con el crecim iento del sindicato local medio puede
ser que no estén ya en condiciones dc sostenerse proporcionando benefi­
cios sociales.
Probablemente también el crecim iento del seguro social y el seguro de
desempleo, patrocinados por el gobierno, así como la proliferación de com ­
pañías de seguros privadas, han hecho que los planes de seguro de los
sindicatos sean mucho menos útiles que antes para atraer miembros. Esta
clase de incenlivo selectivo sólo podría ser proporcionado en todo caso por
los sindicatos que tengan un criterio comercial muy certero, y parece que
sólo unos pocos sindicatos norteam ericanos han logrado sobrevivir por
esc medio. También los beneficios no colectivos proporcionados a través
dc la acción sindical con respecto a las quejas de los miembros individua­
les han quedado lim itados cn decenios recienles por el requisito legal de
que un sindicato debe representar equitativam ente a lodos los trabajadores
de un determinado grupo, pertenezxan o no al sindicato. A cambio del de­
recho a la “jurisdicción exclusiva", un sindicato está obligado por la ley a
representar a todos los trabajadores de su jurisdicción.^^ Si bien se puede
suponer que es imposible asegurar que las quejas de los no miembros serán
presentadas con igual vigor que las de los miembros, ese requisito legal
debe, no obstante, reducir cl incentivo para unirse a un sindicato con cl fin
de oblener acción respecto a las quejas.

23. Sayies y Strauss, pág. 11.


24. Pnra una explicación inlcrcsante dc este requisito, véase N. W. Chambcrlain,
"Problem of Union Securliy”, y también la o brade Sumner H. Slichtcr The Challenge o f
Industrial Relaiionx (Ithaca, N.Y.: Comcll University Press, 1947), págs. 8-14.
Coacción en los ilniílcalos de trabajadores

En suma, la m ayoría dc los sindícalos no pueden ya sacar mucha


fuerza de los grupos pequeflos, y los bcnencios no colectivos son insufi-
cientes por lo general para atraer a muchos miembros. La pequefíez y los
beneficios no colectivos sólo pueden probablem ente explicar ahora al
sindicato excepcional. En la m ayoría de los casos, la m em bresía obliga­
loria y los piquetes de guardia son las fuentes de membresía de los sin­
dicatos. La mem bresía obligatoria cs actualm ente la regla general. En años
recientes, alrededor dcl 95 por ciento de los trabajadores sindicados han
estado cubiertos por diversos tipos de esquemas de “seguro sindical” (y a
veccs con la deducción de cuotas) que hacen que norm alm ente resulte
im posible, o p o rlo menos sum am ente difícil, que un trabajador evite cl
ser miembro del sindicato bajo cuya jurisdicción cae.” Existen sin duda
leyes de “derecho al trabajo” en varios estados (casi todos ellos no in­
dustriales), pero esas leyes raram ente se hacen cumplir.^*
Esa dependencia general de la membresía obligatoria es de esperar,
porque típicam ente los sindicatos de trabajadores son grandes organizacio­
nes que luchan por obtener beneficios para grupos grandes o latentes, ün
sindicato de irabajadores trabaja prim ordialm ente para obtener salarios
más altos, m ejores condiciones de trabajo, legi.slación favorable a los tra­
bajadores, etc., y esas cosas, por su naturaleza misma, norm alm ente no se
le pueden negar a ningún trabajador del grupo representado por cl sin­
dicato. Los sindicatos están para la "negociación colectiva", no para la
negociación individual. De manera que la m ayoría de los logros dc un
sindicato, aun cuando fueran más im presionantes de como los pintan los
sindicalistas más fervientes, no podKan ofrecerle al trabajador racional in­
centivo para afiliarse. Sus esfuerzos individuales no producirían un efecto
perceptible en los resultados y, haya o no apoyado al sindicato, dc todos
m odos obtendrá los beneficios de sus logros. Las parles siguientes dc este
capítulo pasarán por alto al sindicato ocasional que es un grupo pequeño,
así como aquellos casos cn que los sindicatos pueden sostenerse a sí mis-

25. Orme W. Phelps, Union Security (Los Angeles; Insliiiile of Industrial Relations,
Uni versily o f California, 1953), pág. 50; T oner, pág. 91 ; Philip D. Bradley en Public Slake
in Union P o w e r \ 4 3 y s\g. y deY^ismo »M íj Involuntary Participation in Unionism
(Washington, D.C.: American Enterprise Association, Inc.. 1956); Reynolds, pág, 202; E,
Wight Bakke, Clark Kerr y Charles W^Anrod, Unions, Management, and the Public, 2a.
cd. (Nueva York: Marcoutt, Brace, &->World, I960), págs. 9 6 -1 11. Con respecto al alto
grado de compulsión que existe incluso donde no hay establecimiento sindicado, véase
Seidman, London y Karsh, "Why Workers Join Unions", págs. 75-84, especialmente las
.secciones intituladas "Joining Despite Ópposition". "Dues In.spectlon Line" y “ Forcing
Nonmembers to Join".
26. Richard A. Lester, Ai Unions Mature (Princeton, N.J.: Princeton University
Press, 1958), pág. 145
M /.·/ t i ñ d i r ñ i o y h téheriad fc o n ó m U a

mos proporcionando bienes no colectivos muy nlrncllvos, y esludliurt


algunas teorías y coniroversias acerca de los sindícalos con bnsc cn cl
supuesto, muy simpliricado. pero sin duda básicamente correcto, de (|ue los
sindicatos son. y han sido desde que sc convirtieron en orgnni/.acloncs
nacionales, instituciones que trabajan principalm ente por los intereses co­
munes de grandes grupos de trabajadores.

D. CRECIMinmo 1)1-1. SINDICATO EN TEORÍA Y EN LA PRAcHICA

Es bicn sabido que a los sindicatos les preocupa el “trabajador indepen­


diente”; pero a este hecho no sc le ha dado la im portancia debida en las
principales teorías del movimiento laboral y fue pasado por alto entera­
mente en la muy conocida teoría dcl movimiento laboral de Selig Pe: !man,^’
una de las más im presionantes y sobresalientes entre las que se refieren a
los sindicatos norteam ericanos. Perlman trató de explicar el crecim iento
dc los sindicatos norteamericanos, y su énfasis en la negociación colectiva
más bien que en la refom ia política, basándose principalm ente en lo que
él llamó “conciencia dcl em pleo” y que es esencialm ente una creencia,
común entre los trabajadores, dc que hay escasez dc oportunidades dc
empleo. Perlman pensó que esa creencia se debía a un pesim ismo pene­
trante entre los trabajadores m anuales.” Dedujo ese pesim ism o dc las
reglas y procedim ientos que habían establecido en sus sindicatos. Advirtió
que los sindicatos que tienen éxito luchan antes que nada por el “control de
los em pleos”; por mecanismos que les garanticen que sus propios m iem ­
bros serán los prim eros en ser contratados y los líltim os en ser despedi­
dos. El establecim iento sindicado se considera no tanto como un medio
para fortalecer al sindicato, sino como una técnica destinada a “conser/ar”
los escasos empleos para los trabajadores que pertenecen a un detenni-
nado sindicato.” Esle líltim o traía de im poner restricciones a la libertad
dcl empleador para dcs|>cdir personal, no tanto con el fin dc proteger a la
organización, sino con cl de proporcionar los supuestam ente escasos
empleos distribuyéndolos entre lodos los miembros de acuerdo con un
“comunismo de oportunidad”.^ En suma, los esfuerzos dc los sindicatos
4)ara evitar que los em pleadores conlraten a personas no sindicadas o que
discrim inen a los sindicados en caso de prom oción, despido, asignación

27. Sclig Perlman, Theory o f the Labor Movcmeni (Nueva York; Mncmillim, 1928).
28. Ibíd., passim, pero csp la p.íg. 6.
29. Ibid . pAg%. 237-545 y csp. la 269.
30. "La conciencia ele escasc/. que liene el Irahnjndor manual cí cl prodiiclo dc dos
causfis principales . . El nlnniialisin lípico csiá con.^cienle de au Tulln dc capncidnd pnra
procurarse oporlunidades económicas (y) sabe que no cs cl corredor dc riesgos naio ni
( terlm ifntn ih t tindicalo tn trnr(n y en ta prértira

dcl trabajo, disciplina cn cl taller, ele., tienen por objeto, scgiin Perlm an,
facilitar cl reparto dc los em pleos escasos entre todos los que componen im
determ inado grupo de trabajadores manuales. En cambio en el presente
estudio, y en vista del concepto de grupos latentes, sc suporte que esas
políticas sindicales son vitales para la fuerza y la existencia dc cualquier
sindicato grande y reflejan im perativos organizativos más bien que un
pesim ism o endém ico entre los trabajadores manuales.
El punto de vista de que del deseo dc los sindicatos de controlar las
políticas de contratación y despido de los palrones se debe a su necesidad
de conseguir miembros y no depende de alguna “conciencia dcl em pleo”
pesim ista, está apoyado por alguna evidencia histórica.
El sindicalism o norteamericano realizó su prim er avance importante y
duradero a escala nacional entre 1897 y 19()4. En ese período, el número dc
trabajadores sindicados aumentó de 447,(X)0 a 2,072,(XX), después de lo cual
la membresía sólo disminuyó Hgcramcnte.^’ Fue una época dc gran pros­
peridad; cl empleo era elevado y cs dc suponer que los trabajadores deben
haber sentido menos “pesimismo” que de costumbre respecto a las oportuni­
dades de obtenerio. El notable aumento del número dc miembros en esc pe­
ríodo estaba además relacionado estrechamente con el avance de la membresía
obligatoria. Esa afluencia de nuevos miembros comenzó con las victorias ob­
tenidas cn varias huelgas que apoyaban ál establecimiento sindicado, en 1897
y 1898. El número de huelgas para el “reconocimiento dcl sindicato” au­
mentó: se informó que hubo 14Ó en 1897 y 748 en 1904. El número de
huelguistas por el reconocimiento de los sindicatos aumentó, según se infor­
ma, casi diez veces en el transcurso del período de siete anos.” Ese período
marcó el clímax de una agitación creciente en favor dcl eslablccimicnlo
sindicado, que había comenzado a ganar impulso en el decenio dc 1860. Por
primera vez. los sindicatos comenzaron a exigir que las costumbres y los
acuerdos respecto al establecim iento sindicado sc pusieran por escrito.’^

posee una mente lo bastante ágil para sentirse a gusto cn mpdio del juego incierto dcl n e ­
gocio competitivo. A esto añade la convicción de que para el mundo ha sido convertido
én uno de escasez por el orden instituciohal dc las cosas, que deliberadamente reservó
las mejores oportunidades para los prdpieiarios,1os capitalistas y otros grupos privilegia­
dos*’. {ibid., págs. 239-240.)
31. írving Bernstein, “The Growth of American Unions". American Economic Review,
XLIV (junio de 1954), 303; Leo V/o]rt)a^, Ebb and l¿low inTrade Unionism York:
National Bureau of Economic Research. 1936), págs. 15-20.
32. EE.UU., Twenty First Annual Report o f the Commissioner o f Labor, 1906 (Was
hington: Government Printing Office, 1907), tabla X, págs. 580-613. Las cifras rcspcclo
a huelgas y cierres patronales tomadas de esle informe del gobierno pueden ser inexactas
o engañosas, de modo que no hay que confiar demasiado en ellas.
33. Slocklon, págs. 37-57, esp. la 43.
W i'll aindicato y la tih ertad económ ic a

Eslo provocó una amarga reacción entre los em pleadores. En loda la na­
ción. éstos iniciaron la primera campaña importante en favor del estable­
cimiento libre. La Asociación Nacional de Fabricantes, que antes no se había
preocupado por los problemas laborales, atacó el esiablecim iento sindicado
en 1903 y su presidente encabezó una campaña nacional. Además, la ad­
ministración de Theodore Roosevelt atizó el fuego de la oposición pijblica
al sindicalismo obligatorio.^ La mayor resistencia de los patrones hizo su
efecto. M ientras que en 1901. 1902 y 1903 los sindicatos habían ganado
cn la mitad o las dos terceras partes de los establecimientos donde habían
declarado huelgas por el reconocimiento, en 1904 sólo ganaron en un 37 por
ciento. El niímero de cierres patronales debido a las controversias por cl
reconocimiento y las reglas dc los sindicatos aumentó también con la
campaña por el establecimiento libre, y un gran nijmero de esos cierres tuvie­
ron éxito.” Cosa nada sorprendente, la mem bresía cn los sindicatos dism i­
nuyó en 1904 y 1905; pero sólo muy ligeramente. Permaneció bastante
estable hasta poco antes de la Primera Guerra Mundial.
Los trabajadores hicieron sus avances más notables entre 1935 y 1945.^^
F'sos avances no se debieron a ningtín pesimismo extraordinario respecto
a la disponibilidad de los empleos. Al principio fue un período dc empleo
crccicnte y después uno de tiempo de guerra con escasez de mano de obra,
o dc empleo rebosante. Ese período de crecimiento da comienzo con la apro­
bación dc la Ley Wagner en julio de 1935.0 quizá con la aceptación, por parte
de las empresas, de la consiitucionalidad dcl proyecto de ley cuando la
vSuprcma Corte lo aprobó cn abril dc 1937. La Ley Wagncr convertía la ne­
gociación colectiva cn una meta dc política pública y estipulaba que, siem ­
pre que la m ayoríade los empleados pertenecientes a una unidad negociadora
volaran por un determinado sindicato en una elección de representación, el
patrón debería negociar colectivamente con ese sindicato cn relación con
todos los empleados pertenecientes a esa unidad negociadora. Para obtener
el reconocimiento dc un patrón después de la aprobación dc la Ley Wagner.
un sindicato sólo tenía que persuadir a una mayoría de los em pleados para
34. Ibid., págs. 44-57; Sclig Pcrlman y Philip Tafi, Labor Movements (Niievn York:
Macmillan, 1935), cap. VIÍI, "The Employers Mass Offensive”, págs. 129-138; David
h.TT\imnn,TheGovernmentaí Procex.s York: Alfred Á. Knopf, 1958), págs. 80-82.
3.V E E V V .J'w eniy First Annual R ep o n o f the Commis.^ioner o f Labor, tabla X, págs.
580 613 y tabla XIX, págs. 763-771. Ver advertencia en la nota 32 anterior.
36. Bernstein, “Growih of American Unions", plíg. 303; Leo Wolman, The Growth o f
American Trade Unions, ISSO 1923 (Nueva York: National Bureau of Economic Research,
192-1). pigs. 29">67.
37. Bernstein, "Cfrowih of American Unions”, pág. 303; Mihon Dcrber, “Growth and
Expansion”, en Labor and the New Deal, cd. Milton Dcrber y Edwin Young (Madison,
Wis.: University of Wisconsin Press. 1957), págs. 1 -45.
Crecimienio del sindicato en teoría y en ta prdcíica

que voLiran por él. Ames dc ser aprobada esa ley, el sindícalo habría tenido
por lo general que disponer de un apoyo tal, que le peim iliera sostener una
huelga que obligara el patrón a rendirse. La larea del sindicato so hizo lam-
bién más fácil gracias a que la Ley W agner prohibía las uniones de em ­
presas y a sus reglas que impedían la discriminación de los trabajadores
sindicados. Por último, la Ley Wagner pennitía espccíílcam enle el csla-
blecim icnlo sindicado.^*
Esa ley, así como el tiempo de guerra que pronto vendría, ayudaron
aparentem ente a producir lo que fue sin duda el aumento más fenomenal
de la mem bresía cn la hisioria del moderno sindicalism o norteam ericano.
Sólo cn 1937, el número de miembros de los sindicatos aumentó en un 55
por ciento.” Parece que hubo muchas huelgas en defensa de los sindi­
catos.^® Por prim era vez las grandes indu.strias de producción masiva
quedaron sindicadas. El vigor del recientem ente formado CIO se sumó al
im pulso, pero tam bién la AFL se extendió notablem ente y pronto contó
con un número de miembros mayor que el que había tenido antes de la

38. R.W, Fleming, "The Significance of ihe Wagner A d " , L abor andtheNcsy^ Deal, ed.
Derber y Young, págs. 121 -157; Joseph G. Rayback, A History o f American I,a bor (Nueva
York: Macmillan. 1959), págs. 341-346; Arlhur M. Schlesinger, Jr., The Corning o f the
A/étv Dcfl/(Boston: Houghton Mifflin, 1959), págs. 397*421.
39. Bernstein, “Growth of American Unions", pág. 303.
40. Ver U. S. Bureau of Labor Statistics, Strikes in the UnitefI Stales, 1880 1936, Bol.
num. 651 (Washington: Government Printing Office, 1938), labias 28-30, págs. 58-77. y
lla n d h o o k o f Labor Statistics, ed. 1947, tabla E-5, pág. 138; y también Irving Bernstein. 1 he
New Deal Collective Bargaining Policy ('Berkeley: University of Cniifornin Press. 1950).
Por lo menos cl número de huelgas asociadas con lo que la Bureau of Labor Staiisiics
engloba como "organización sindical” o ‘‘reconocimiento sindical" aumentó pari passu
con el crecimiento de la menibresíu. Sin embargo, muchas de las huelgas por cl reco­
nocimiento de los sindicatos no tuvieron que ver con la membresía obligatoria, al menos
directamente. En lodo caso, el porcentaje de las huelgas relacionadas con cl reconocimien­
to del sindicato aumentó del 19 por ciento del número total en 1933 al 47 por ciento en 1935
y al 57.8 por ciento en 1937. Y el número loial dc trabajadores que participaron en Ins
huelgas por cl reconocimiento del sindicato aumcnió dc 73.000 cn 1932 h 288.000 cn
1935 y a 1,160,000 en 1937.
Poi los años dc 1927 a 1936, la tHureau of *Labor Statistics separa las huelgas re­
lacionadas con el ‘‘establecimiento sindicado". Según cías estadísticas por separado, p a ­
rece que cl número de huelgas por el establecimiento sindicado únicamente es mucho
menor que el número total dc las asociactes con cl "rcconociniicnio del sindicato" (aunque
sin duda muchas dc estas últimas, que no sc relacionaban aRicrtamcnte con el csiablcci
miento sindicado, abarcaban mecanismos destinados a alentar a los empleados a unirse ni
sindicato). Pero incluso cl número de las cónirovcrsias regulares por cl cstablccimicnio sin­
dicado sc correlaciona con el aumento dcl número dc miembros del sindicato.
Cierto cs que la relación entre el número de huelgas que tuvieron que ver con cuestiones dc
seguridad dcl sindicato y cl aumento del número dc miembros no demuestra que esas huel-
92 /-7 íInHirtilft y la tihertad eeonAmira

s j'.’csión de los sindicatos dcl C IO /' Los afios más im portantes, después
de 1937, fueron los de la más grande escasez de mano dc obra debido a
la guerra: 1942. 1943 y 1944.«
Sin embargo, hubo relativam ente pocas huelgas cn los afios dc la gue­
rra.*’ Probablemente una causa im porlanlc del aumento del número dc
miembros de los sindicatos cn cl período dc guerra -adem ás dc la super­
abundancia de em pleos- fue la cláasula de “mantenimiento dc la membresía"
im[)ucsta a los patrones por cl gobierno siem pre que había controversias
por las exigencias dcl sindicato rcspcclo a la seguridad dcl mismo. Como
01 ros autores lo han señalado, la regla dc "m antenim iento de la m em bresía”
af^adió un im portante elem ento dc obligatoriedad,"porque exigía que cual­
quier persona que sc afiliara al sindicato (ya fuera voluntariam ente, debido
a una "línea dc inspección dc cuotas” o a otras formas dc intim idación o de
presión social, o por alguna queja personal temporal que requería la ayuda
dcl sindicato) tenía que seguir siendo miembro dcl mismo por lo menos
hasta que se firmara cl contrato siguiente. Esto dejaba también a los sin­
dicatos cn libertad dc concentrar todos sus recursos en la obtención dc
nuevos miembros. El arreglo dcl "m antenim iento dc la m em bresía” fue
impuesto por el gobierno con el íln dc evitar que cl conflicto industrial
obstruyera cl esfucr/.o dc guerra. La National W ar Labor Board tenía fa­
cultades para obligar al cum plim iento cn las controversias que afectaran a
los trabajos para la defensa y dispuso que, cuando no estuviera cn vigor otra
forma de .seguridad sindical y cl sindicato descara la m embresía obligato­
ria, .se debería im ponercl arreglodc"m antcnim icnto dc la m em bresía”. Ese

ga^ fueron la causa del aiinicnlo dc la membresía. Algunos podrían soslencr lo contrario: que
el número dc huelgas por la seguridad dcl sindicato aumentó porque aumcnió cl número de
miembros. Dc lodas maneras, cl hecho obvio de que una huelga cxilosa por cl csiablcci mien­
to sindicado haría aumentar la membresía, así como la otra evidencia expuesta cn este irabajo,
hacen que parezca muy probable que la.^ huelgas por la seguridad del sindicato hayan hecho
aumentar cl número de miembros.
41. Rayback, Ifistory o f Ameriron Labor, pígs. 351 -355; ver también Walter Galcnson,
The CfO Challenge to the AFL (Cambridge. Mass.: Harvard University Press, 1960),
passim; Harry A. Mill is y Emily Clark Rrown, From The Wagner Act toTafi ¡fariley (Chica­
go: University of Chicngo Press, 1950), pígs. 30-271.
42. Bernstein, "Growih of American Unions", págs. 303.
43. Rayback, págs 373-374, 379; Millis y Brown. Wagner Act tn T aftH artley ,
págs. 274,298-300.
44. Bradley cn Public Stake in Union Power (nota 10 anterior), pág 159; Millis y
Brown. Wagner Act toTaft Hartley. Para un punto de vista diferente dcl adoptado cn osle
csludio véase Joseph Roscnfnrb, Freedom and the Administraiive Stale (Nueva York:
Harper. 1948). pág. 144. Roscnfarbclice allí: "Quienes acarician la reconforlnntc ilusión
dc que el crecimiento de los sindicatos se debe a la "coacción**<lebicron ser advertidos
por la experiencia de! Consejo Nacional del Trabajo para l i Guerra con el 'período de
C t f cimiento itrt yimUrnlo en teoria y en ta prtlclica

lipo de convenio para la seguridad dcl siììdicalo se propagò r«ipidamcnle


durame la guerra/^
En la Primera Guerra Mundial la situación había sido menos cl ara; pero
lam bién parece que había em pleos de sobra y por lo tanlo no exislía ningún
pesim ismo especial acerca dc la falla dc oportunidades de em pleo de la
clase descrita por Perlm an. Y la posición críiica y cl poder de negociación
de los sindicatos, nuevam enlc les perm itió lograr avances im portantes. La
m em bresía aumentó considerablem ente, aunque no tanto como en la Se­
gunda G uerra M undial/^Tam bién en la Prim era hubo una “Com isión del
Trabajo para la G uerra". Hizo concesiones que afectaban a unos 700,(X)()
trabajadores y prom ovió los com ités dc representación en las industrias no
sindicadas aún, con la esperanza de que esos com ités se convertirían en sin­
dicatos bien establecidos. La actitud relativam ente favorable del gobierno
quedó ilustrada porci hecho de que los sindicatos ferrocarriicros obtuvie­
ron reconocim iento para las especialidades ajenas a la operación cuando
los ferrocarriles fueron nacionalizados durante la guerra, y pronto perdie­
ron ese reconocim iento cuando la Ley Esch-Cummins devolvió los ferro­
carriles a manos privadas después de la guerra. Además, la industria de la
construcción de barcos fue sindicada con ayuda dc la Secretaría de Mnri-
na.^^El Reverendo Jerome Toner lo resumió en esta forma: ‘‘El sindicalis­
mo h^bía sido protegido, si no fomentado, por el National War Labor Board
durante la Prim era Guerra Mundial. La American Federation o f Labor, si
bien estuvo de acuerdo cn no organizar a los establecim ientos no sindica­
dos durante la guerra, logró aum entar el número dc miembros y amplió las

escape’, durante cl cual la seguridad dcl sindícalo se volvió operante. Sólo una fracción
insignincante del 1 por cíenlo aprovecharon esa oporlunídad” . Esle argumenlo irae a la
memoria las afirmaciones de qile cicrlos gobiernos lolaliiarios son mantenidos cn cl poder
por el pueblo porque han recibido miís del 99 por ciento de los volos emitidos cn unn
elección.
También los líderes sindicales han usado esas esiadíslicas y otras similares para
sostener que los trabajadores están lan entusiasmados con los sindicatos, que lodos, con
excepción de una minoría infinílesimal, se afiliarían aunque no hubiera establecimiento
sindicado. Pero la fuerza dc ese argumento se debilita con sus afirmaciones, hedías cn
otras ocasiones, de que los sindicatos no duraran si*^se prohíbe el establecimiento sin­
dicado. (Bradley en Public Stake in Union Power), pág. 166
45. U.S., Bureau of Labor Statistics, U a n d h oo kof Labor Statistics, E(\\c\6r\ 1947. Bol.
mim. 916 (Washington: Government Prinlirig Office). ·■
46. Bernstein, “Growth of American Unions", pág. 303.
47. ibid., pág. 315; Rayback, págs. 773- 777j Perlman y Taft, History o f Labor (nota 34
anterior), págs. 403-411. Perlman y Taft dicen: ‘^Hubo tm aumento tangible de la membresía
debido en gran parle a la supresión, por parle del gobierno, dc las barreras al sindicalismo
creadas por la industria durante cl decenio y medio anicriores. . . El crecímienio fue
fenomenal cn las industrias directamente aclivns en la Producción dc Guerra" (pág. 410).
r.t íiñtliratoy ta tiberiad econòmica

condicioncs dc csiablccim icruo sindicado durante y después de la guerra.


Dc 1915 a 1920 hubo un aumento dc 2,503,100 miembros y las condicio­
nes dc eslablccim icnlo sindicado sc am pliaron"/*
En sum a, los períodos cn que los sind icato s o btuvieron el control
de los empleos y los limitaron a sus miembros no fueron dc aquellos cn que
los trabajadores tenían la mayor dc las razones para sentirse pesim istas
respecto a la escasez dc oportunidades dc em pleo. Tam poco las cifras de
crecim iento del número dc m iem bros de los sindicatos sugieren que estos
úHimos tuvieran necesariam enleclm ayoratractivodurantc los períodos de
pesimismo por la disponibilidad dc empleos. El aumento de las disposicio­
nes sobre establecim ientos sindicados y cl crecim iento del número de
miembros fueron más notables en los períodos de empleo creciente e inclu­
so durante los períodos de escasez dc mano de obra en tiempos de guerra.
Parece que siempre que los mercados escasos de mano de obra (y de pro­
ducios), o la legislación favorable, aum entaron cl poder de negociación
de los trabajadores, los sindicatos exigieron y obtuvieron reconocim iento
y lambién, dc modo general, alguna forma de membresía obligatoria. El
niimcro de trabajadores sindicados ha aumentado lambién por consi-
guicnlc. Esto tiende a sugerir que los sindicatos han buscado el “control
dc los empleos” no tanto para proteger a una oferta estancada o menguante de
oportunidades de empleo como para fortalecer, am pliar o estabilizar los
sindicatos como organizaciones.
Desde luego, el arpumcnlo que antecede, basado cn palrones históricos
dc tiempo, sólo pueden ser sugercntes, no derm itivos. Surge un argumento
más apremiante conlr;i la tesis de Selig Perlman tan pronto como sc considera
la función de demanda dc mano de obra. Cuando los sindicatos hacen subir
los salarios, la canlidad dc mano dc obra solicitada tiende a dism inuir, de
donde resulla que un sindicato que irata de hacer subir los salarios no pue­
de estar dominado porninguna conciencia pesim ista de escasez de em pleos
ni por el deseo vehemente dc conservar las oportunidades de empleo.'*’
Adcm.is. los inlenlos dc hacer subir los salarios son inconsecuentes con el
"comunismo dc oportunidad” que Perlman atribuyó a los trabajadores. Es
posible |X)r supuesto (|ue cn ocasiones la demanda dc mano de obra pueda
ser sumamente inclásiica, cn cuyo caso un incremento de los salarios len-
dcría a producir únicamcnic una reducción muy pequcfla del em pleo. Pero

48. Ton^r, pág.»;. 79 80.


49. El íirgumcnlo que apurccc en esle párrafo lo he tomndo dc la obra dc Ulman: Rise
o f Nal tonal Tracie Union (nota 2 anicrior), págs. .580-.581. Ver también John T. Diinlop,
Wage Determination under Tracie Unirms (Nueva York: Aiigu.'^lii«; M. Kelley, Inc., 1950),
págs. 28 -44. csp. la 40. Pnra im punió dc vista diferente véase cl artículo dc Ozannc d ia d o
anteriormenle (nota 2).
Crecimiento del xlndicalo en teoría y en ta prdcilca *>5

cnlonccs los trabajadores düícilm cnie podrían sentirse pesim istas, porque
podrían gozar dc grandes ventajas sin un sacriPicio im portante.
Adem«1s. como lo ha señalado Lloyd Ulman, los sindicatos han usado
sus políticas dc establecim iento sindicado y otros instrum entos dc contml
dc los em pleos principalm ente con cl fin de atraer a nuevos miembros.
Pero si esos nuevos irabajadores fueran mantenidos fuera del sindicato, los
em pleos de los antiguos miembros estarían supuestam ente más seguros.
Ese empleo de la fuerza del sindicato es por lo tanto inconsecuente con la
¡dea de que los sindicatos obtienen y emplean principalm ente sus instru­
mentos dc coacción con el Tm de preservar las oportunidades de empleo.
La teoría de Perim an, no obstante, adquiere algo de plausibilidad por
el hecho de que el crecim iento duradero dcl número de micmbms y dc la
fuerza del sindicato sólo tuvieron lugar cuando cl “sindicahsm o cn las
em presas” con su énfasis cn cl "control dc em pleos" fue adoptado como
doctrina dcl movimiento laboral norteam ericano. Antes dc que se foimara
la American Federation of Laboren 1886 bajo la guía dc Samuel Gompcrs,
no había organización laboral estable y duradera a escala nacional,^'dc
manera que hay muchas razones para recalcar los respectos cn los cuales
difería de la mayoría de sus predecesores. Y la diferencia más notable cnlre
la American Federation o f Labor ó\r\^\di\ por Gompcrs y la mayoría dc las
organizaciones laborales anteriores fue que la Federación hizo hincapié en
la negociación colectiva, m ientras que la m ayoría de sus predecesores re­
calcaron la política y la reforma utópica.” La causa del éxito de la AFL,
según Perim an, fue que abjuró de la actividad política y se concentró cn cl
"control de los em pleos". Eso trajo el éxito porque para entonces la tierra
fronteriza había quedado agolada y el oplimismo temporal a que había
dado lugar se convirtió en pesim ism o por las supuestam ente escasas
oportunidades de empleo.
Tam bién John R. Commons. autor dc otra teoría muy conocida, im-
porla!::c y estim ulante del movimiento laboral norteam ericano, pensó que
el surgimiento del sindicalismo de Gompcrs para la negociación colectiva
era muy im portante. Atribuyó el fracaso dc las organizaciones laborales
generales anteriores, en buena pitrtc. a su énfasis en la política. El mo­
mento del cambio a la negociación colectiva o "sindicalism o cn las em ­
presas", en el sistem a de Commorv» lo mismo (|uc en el de Periman, tuvo
j
.so . U l m a n , p á g . 580.
51. Wnrc (ñola 2 anterior), passim; Raybyick. pn.s.sini; l’hillip S Foner. ílisiory o fi h r
l.(ihor Mnvemenl in the United States (2 lomos. Nueva York: íniernaiional PuMishcrs.
1947- 1955).
5 2. Pcrlman, Theory o fl.a hor Movemcnt, p^igs. 182 200.
5.V / M r / , , p á g s . 8, 200- 207.
9Λ /' / lintíéi Λΐο y ta tihrrlntt erontfmtca

(|uc ver con cl cmcc dc la fronicra. Con la pérdida dc la (onu)


"válvula de seguridad", la presión por cl mcjoramienlo de los s a l a r i o s , fl
diferencia dc la preocupación por la tierra libre, cl dinero, ele., aumcnió.
Cosa más importante, la "am pliación del m ercado’*, o sea la aparición de
la competencia a nivel nacional, indujo cn alguna fomia a los trabajadores
a organizarse cn busca dc mejores salarios.’^
BI éxito del sindicalismo cn las empresas, con cl consiguiente cslablcci-
micnlo sindicado o cl "control dc empleos”, cn contraste con cl fracaso dcl
sindicalismo político o utópico dcl siglo diecinueve, sc puede explicar tam­
bién cn términos dcl concepto dc grupos latentes que se ofrece cn este estu­
dio. Cuando un sindicato está negociando colectivam entcconundcterm inado
patrón, puede obligar a éste a hacer que la membresía en el sindicato sea una
condición de trabajo para todos sus empleados. Todo lo que tienen que hacer
los miembros del sindicato cs negarse a trabajar con quienes no lo sean. Una
vez que el sindicato logra el debido reconocimiento dc parte del patrón, su
futuro está asegurado. En cambio, el sindicato diseñado para trabajar única­
mente a través del sistema político no tiene esc recurso. No puede haccr que
la membresía sea obligatoria; ni siquiera se está tratando con el patrón, el úni­
co que podría más fácilmente obligar a los trabajadores a afiliarse al sindi­
cato. Si dc algún modo obtuviera una membresía cautiva cslaría cn apuros,
porque, como organización puramente política, no tendría excusa para la
membresía obligatoria. La coacción .sólo con fines políticos resultaría ente­
ramente anómala cn un sistema político democrático.
El punto de vista de que el control de los em pleos que los sindicatos
exigen proviene principalm ente de su deseo dc fuerza y supervivencia, no
dc alguna conciencia pesim ista dcl em pleo, está apoyado por el bajo ni­
vel dc participación cn la mayoría de los sindicatos dc trabajadores. A vcces,
los sindicatos imponen multas a los miembros ausentes con cl fin de tener
asistencia a las juntas.'M .os estudiosos de los sindicatos sc m uestran un
tanto so φΓc n d id o s ante la usual falta de participación:

54. Commons y A socí :k Io s . History o f L abor in the United Stales (Nueva York:
Macmillan, 1953), 1. 1 -234. csp. la 9. Para un resumen de esas teorías del sindicalismo
norteamericano, y algunos comcnlarios originales sobre este problema, véase John T.
Dunlop, "The Development of Labor OrgHni/.alion: A Tlieorelical Framework”, cn
insights into Labor Issues, ed. Richard A. Leslcr y Joseph Shislcr (Nueva York: Macmillan,
1948). pigs. 163-193.
55. Lcsier, As Unions M ature, p assim , pero csp las págs 17 y 31; Hjnlrncr
Rosen y R. A. Hudson Rosen, Ί he Union M em ber S p eak s ( N u c v h York: Prcntice-
Hall, 1935), págs 80-85; Rose (nota 21 anterior), pigs. 88-90; Arnold I. Tannenbaum
y Robert L. Kahn. Participation in Union L ocals (Evanston, 111.: Row. Pelcrson, 1958),
passim: Clark Kerr. Unions and Union Leaders o f Their Own Choosing (Nueva York:
Fund for the Republic. 1957), pág. 15.
t > « i I m l m l i t H0 I t i ñ i H f ñ l n f n I f O f í a y e n I n / t M l r l h n 97

Si lo·! iMt^lhlri hrnrll· ioR «nn rh'vndo^, %c {xulrín esporur tpio 1h innyor(n dc los grupos
(Icmomrnrnn mudm purlicIpiirlíSn. Sin cmbaigo. cn Ins rumas U kbIc s csluclindns, liis aclivi-
dmlcs ge ncrnie s era n hnjus. Con frecurnciR, menos dcl cinco p<n cíenlo dc la lolalidnd dc los
miembros asistían a las jnnlns, y era difícil convencer a las jxirsonas para que accplaron <íar-
gos menores e n cl sindicato o fueran miembros de un comile. La mayoría de los líderes
sindicales admitieron con franqueza que la apaiía era uno de sus niayores ¡^oblemas.^*'

Quienes sc oponen a los sindicatos podrían alegar que eso deinueslra


que el establecimiento sindicado obliga a las personas que no están de acuer­
do con las políticas del sindicato a perm anecer en la organización y cs
prueba de que los trabajadores no apoyan realm ente a los sindicatos y
mucho menos a la m em bresía obligatoria. Pero ese argum ento tropieza
con el hecho de que las elecciones celebradas im parcialm ente han dem os­
trado una y otra vez que los trabajadores sindicados respaldan las esti­
pulaciones en cuanto a coniralación dc ésios únicam ente. A parenicm cnic,
los patrocinadores de la Ley Taft-M artley pensaron que los trabajadores
habrían de abandonar las estipulaciones de establecim iento sindicado cn
elecciones libres; de manera que exigieron que los sindicatos, para tener
derecho a un establecim iento sindicado, debían solicitar al Consejo Na­
cional de Relaciones Laborales unas elecciones por voto secreto y luego
obtener una mayoría de los elegibles para votar, no sólo una m ayoría de los
que votaban. Esas esperanzas sc vieron frustradas. En los prim eros cuatro
meses de vigencia de la ley. los sindicatos ganaron la totalidad menos
cuatro de las 664 elecciones celebradas con vistas al establecim iento sin­
dicado, y más dcl 90 por ciento de los em pleados votaron en Tavor dc la
m em bresía obligatoria. En los primeros cuatro años se autorizaron cn esas
elecciones 44.795 establecim ientos sindicados; el 97 por ciento de las elec­
ciones fueron ganadas por los sindicatos. De m anera que en 1951 la ley
fue enm endada y las elecciones no se requieren ya.^^
Así pues, existe un contraste paradójico entre la participación extre­
madamente baja en los sindicatos y el apoyo aplastante que prestan los
trabajadores a las medidas que les obligan a apoyar al sindicato. Más del
90 por ciento no asistirán a la^ juntas ni participarán en los asuntos del
sindicato; pero más del 90 por ciento votarán por obligarse a si mismos a
pertenecer a él y a pagarle cuotas considerables. Un interesante estudio
realizado por Hjalm er Rosen y ^.A . Hudgon Rosen ilustra bien esa para­
doja.^''Los Rosen llevaron a cabo una encuesta dc opiniones en cl Distrito
56. Saylcs y Strauss, L o ca l Union, |>Bg. 190. Ver también DaVid Riesman. Nalhan
Gla/.cr y Reuel D c n n c yJ 'h e Loncly Crowd{GñT(}cn Cily. N. Y.: Doubleday. 1956), pág. 203.
57. Pliclps, Union Security, págs. 40-41.
58. Rosen y Rosen, Union M em ber Speaks.
/:/ sindicalo y la libertad económica

I la íntcm ational A ssocialionorM achinisls y muchos trabajadores les


manifcslaron que, desde que se habían suprim ido las mullas por inasistencia
a las jum as, la concurrencia había dism inuido “enorm em ente”, según lo
expresó uno dc los miembros. Entre los miembros había más descontento
por la falla dc asistencia que por cualquier otro dc los puntos tratados en
la amplia encuesta; sólo cl 29 por ciento se mostraban satisfechos con la
concurrencia a las juntas. Los Rosen dedujeron de ello que probablem en­
te los miembros se contradecían. “Si los trabajadores en general piensan
que los miembros deben asislir a las juntas y se disgustan si no lo hacen,
¿por qué no corrigen la situación asistiendo todos? Cierlam cnle, en sus m a­
nos está cam biar aquello que les disgusta”.^’
En realidad, los trabajadores no se contradecían: sus acciones y acti­
tudes eran un modelo de racionalidad cuando deseaban que todos asistie­
ran a las juntas, pero ellos no lo hacían. Porque si un sindicato fuerte
irabaja por los intereses dc sus miembros, cs dc suponer que ellos estarán
cn mejor situación si la concurrencia cs mucha; pero (cuando no se im po­
nen multas por falla de asislencia) el trabajador individual no tiene incenli­
vo económico para acudir a una junta. Obtendrá los beneficios de los logros
dcl sindicalo asistiendo o no, y probablem ente no csiará cn situación de
añadir nada a esos logros/·”
Esa situación, en que los trabajadores no participan activam cnle cn su
sindicato, pero desean que los miembros cn general lo hagan, y apoyan la
membresía obligatoria por una aplastante mayoría, es por supuesto análo­
ga a la aciilud caracleríslica dc los ciudadanos hacia su gobierno. Los elec-
lorcs están con frccucficia dispuestos a volar por impuestos más altos para
financiar servicios adicionales del gobierno; pero como individuos tratan
normalmente de contribuir con lo mínimo que las leyes permitan (y en
ocasiones con menos todavía). Análogamente, los agricultores aumentan
a menudo su producción aunque la demanda sea incláslica, lo cual cs

59. / W , págs. 82 83.


60. Mnx Weber, cunmio loorÍ7a ;iccrca dc los grupos **ccrrn<los" y “ abicrlos”, parccc
suponer que cuando un grupo rcslringc a sus propios miembros la parlicipación cn cicrlas
aciividadcs lo liacc normalmcnic con el fin dc no comparlir con oíros los monopolios u
oíros privilegios cspceialcs. o por cl iifán de ser exclusivo. Pero un grujio organizado
fvxlría insisiir cn que sólo ¡i sus propios miembros se les perm iu parlicipar cn una cierta
aclividad o privilegio, no con la idea de limitar las venliijas a los que yn forman parle del
gny o, sino con cl fin dc autneiílar la membresía y la fucr/.n dc la organización. Welter
puede haberse dado ciienin dc esto, desde luego; pero no menciona este motivo cn r e ­
lación con cl “cslablccimienio sindicado” cn su estudio de las “ Relaciones Cerradas y
Abiertas”, aunque allí menciona cl estabiccimicnio sindicado. Véase su Theory o f
Social and Rconnmic Organizalion, trad. Talcoll Parsons y A. M. Hendcrson (Nueva
York: Oxford University Press, 1947). pñg^. 139-143.
E l eilaU telm U m o iM te a J o y la libertad

conlrario a sus intereses comunes, y luego votan controles del


gobierno que les £>¿>/íga/i a reducir la producción.
La conclusión de este an<ilisis es que el establ*^^*'’)'^ ” *” sindicado no
puede ser explicado por un pesimismo entre los tr^b^J^^ores por falta d e ,
oportunidades de empleo, y que el establecim iento sindicado, y otras for­
mas de coacción, son sumamente im portantes para fuerza y estabilidad
dc los sindicatos. El sindicato como organización, f>o directam ente el tra­
bajador, es el que necesita el "control de empleí^·'* ’ opinión dc
Perlman era la esencia del .sindicalism o norteam ericano. Los pequeños
sindicatos locales pueden existir sin coacción cn lí** industrias donde los
lugares de irabajo .son muy pequeños. Asimismo, en ocasiones algunos sin­
dicatos grandes pueden ser capaces de .sobrevivir si saben m anejar e.squc-
mas muy atractivos de seguros u ofrecen otros beneficios no colectivos
adecuados, incluso es posible que, por períodos breves, los sindicatos
puedan sobrevivir por razones enteram ente difereii*·^* descritas cn
este estudio; cs decir, debido a em ociones tan fuertes inducirán a las
personas a comportarse irracionalm ente, cn el .sefi*'^° harán su
contribución a un sindicato aun cuando la aportación una persona sola
no produzca efecto perceptible cn los logros dcl sind'^'^^” y cuando ha­
yan de recibir los beneficios de esos logros prestand® ®rio su apoyo. Pero
no parece que los grandes sindicatos nacionales, con fuerza y durabilidad
de ios que existen actualm ente cn este país pudiera^ existir sin algún ti­
po de m em bresía obligatoria. Sin duda los m otivos ideológicos podrían
provocar arranques ocasionales de organización; p<jro cs improbable que
müchos sindicatos grandes pudieran durar más o 'oi?rar más que los
Locofocos o los Knights o f Labor sin por lo menos i**’ de coacción.

C . E l RSTAni.ECIMIF.NTO SINOICAOO Y l.A l.in t-R T A '’ P.CONÓMICA


P.N I·!, GRDI’O I.ATF.NH·

Si CS correcta la conclusión dc que la m em bresía ot7*'8 i''^ ria es norm al­


m ente esencial para un movimiento laboral duradero y estable, resulta
entonces que algunos dc los^argumepios usuales cn contra dcl estableci­
miento sindicado son erróneos. Uno de los· más coi^unes en contra dcl
sindicalism o obligatorio, usa^o incluso por alguno? econom istas pmfe-
sionales,*’depende dc una analogía c o h la emprc.sa privada ordinaria. En
e.scncia, el razonamiento dice que, si una empresa ticn^^ que satisfacer a sus
clientes para conservarlos, también debería obligarse sindicato a pasar
la prueba de un establecim iento libre, en cuyo ca.so tendría <5x'>o si su com-

61. Por ejem plo, B radlcy cn Public Slake in Union Power, c < P ·P ^ 8 ^ · 1-^1 -152.
100 f / itmétralo / U HbtHmé tcenémlc»

poriam ienio agradara a lo.s miembro.^ cn potencia. El argumenlo tic "dore


cho al trabajo” proviene a menudo de quienes .son ardientes delciisoirs dc
un sistema dc libre empresa basado cn "el bencnelo como molivo"; |x'n>
si cl mismo m otivo que supuestam ente activa a los consumidores y a los
hombres dc negocios estim ula también a los trabajadores, el cum plim ien­
to dc las leyes dc "derecho al trabajo" daría por resultado la muerte dc los
sindicatos de trabajadores.” Un trabajador racional no contribuirá volun­
tariamente a un sindicato (grande) que proporciona un beneficio coIcctivo,
ya que él solo no fortalecerfa perceptiblem ente al sindicato y puesto que
obtendrá los beneficios dc los logros sindicales haya o no apoyado al sindicato.
Los argumentos respecto a la membresía obligaloria en térm inos de
"dcrcchos” son por lo tanto engañosos y poco útiles. Hay por supuesto ra-
7,onamienios inteligentes cn contra dc los sindicatos y dcl establecim iento
sindicado; pero ninguno dc ellos puede depender exclusivam ente de la
premisa de que el establecim iento sindicado y otras form asde sindicalism o
obligatorio restringen la libertad individual, a menos que el argumenlo se
haga extensivo a toda la coacción a la que se recurre para .sostener la pro­
visión de servicios colectivos. En el cobro de impuestos para el sosteni­
miento de una Tuerza policial o un sistem a judicial no hay menos infracción
dc "derechos" que en un establecim iento sindicado. Desde luego, la ley y
cl orden son requisitos dc loda actividad económica organizada, y se puede
suponer por lo tanlo que la fucr/.a policial y el sistema judicial son más
vitales para una nación que los sindicatos dc trabajadores. Pero esto sólo
p(.nc cl argumento sobre las bases correctas: los resultados de las activida­
des sindicales /juslilican cl poder que la sociedad ha conferido a los
sindicatos? El debate acerca de las leyes del "derecho al trabajo” debe girar
no cn lom o de los "derechos" en cuestión, sino dc si un país estaría o no cn
mejor situación si sus sindicatos fueran más fuertes o más débiles.

62. Edwnrd H. Cliam bcriin. al presentar cl cuso <lc la legislación para rcsiringir cl |xitlcr
(le los sindicatos, no hace ninguna rcfcrcncia explícita a l»nalUTalc/.a colectiva ilcl servicio
que los sindicatos proporcionan, dc m anera que dism inuye la claridad dc su razonam iento.
Se refiere al privilegio (|ue tiene cl sindicato de pasar por alto cl "derecho al trabajo”, así
como a otras inmunidades legales de que disfrutan los sindicatos pero no las em presas
privadas. Luego dice: "C icriam enie, cl alraclivo dc un trato igual para lodos cs fuerte cn
una democracia. ¿Por qu6 no ha dc aplicarse en esta aren?” MAs «delnnle, aparenicm cnie
Tcnriéndos e todavía a las ventajas legales dc que disfrutan los sindicatos, pero no las
empresas, dice lo siguiente: “ He visto una declaración de un líder laboral ini|>orlanic... cn
el sentido de que el simple hecho de plantear la cuestión dc si lo* nindicalo.s tim en dem asia­
do poder im plicaponer en duda su derecho m ismo a e x istir.. .P ero ¿puede haber algo m/ís
absurdo? ¿Ha dicho alguien jam ás que la reducción y regulación dcl poder do m onopolio
cn lis empresas implique poner cn duda el derecho dc éstas ■ exim ir?” Chaml>crlin, "Can
Union Power Be Curbcd?*' Atlantic Monthly (junio dc 1959), p<g 49.
Ι'Ί ftlahUcimirnlo tindicado y ta libertad económica 101

Para ser consccuenlcs, quienes basan su caso conlra cl establecim ien­


to sindicado exclusivamente en el ‘‘derecho al trabajo’* deben defender
lambién cl enfoque de “consenlim icnto unánime** de los im puestos, pro­
puesto por Knut W icksell en la década del 1890.*’ Wicksell defendió a
menudo las políticas de liberalism o (aunque básicam ente no era cn modo
alguno un conservador)^ alegando que “la coacción cs siem pre un ma^-cn
sí misma** y que por lo tanto el estado no debería jam ás cobrar im puestos
a un ciudadano sin su consentim iento. Reconocía, no obstante, que el
estado no podía sostener los servicios públicos esenciales m ediante un
sistem a de mercado, puesto que el ciudadano podía obtener los bencncios
de esos servicios com prándolos o no; de manera que la única forma equi­
tativa de financiar los servicios del Estado era exigir que prácticam ente
cada asignación de fondos del gobierno obtuviera un voto unánime. Si un
desembolso propuesto no podía, con cualquier distribución de la carga fis­
cal, obtener apoyo unánime en el parlam ento, debía ser rechazado. De otro
modo, algunos ciudadanos se verían obligados a pagar im puestos por un
servicio del gobierno que no necesitaban para nada o que no necesitaban
lo sunciente como para ayudar a pagarlo. De modo que cn la esfera del
gobierno, al igual que cn la economía de libre mercado, no se debe obligar
a nadie a gastar dinero cn cosas que no d e se a .(M á s recientem ente. James
Buchanan y Gordon Tullock. con un espíritu sim ilar, han sugerido que se
exija algo sem ejante a un voto unánime antes de que se permitan ciertos
tipos de desemlx)lso,)*®
El liberalism o anticuado de Wicksell hace recordarla actitud de John
M aynard Keynes hacia la conscripción durante la Primera Guerra M undial.
Keynes se oponía a la conscripción, pero no era un paciTista. Se oponía a
ella porque privaba al ciudadano del derecho de decidir por sí mismo si se

63. Knut W icksell, “ A New Principie o f Just T axation ” , C lassics in the Theory o f
P ublic Finance, cd. R ichard A. M usgravc y Alan T . Pcacock (L ondres: M acm illan,
1958), págs. 72-119.
64. W icksell fue encarcelado por una conferencia en la que satirizó la castidad de la
V irgen M aría, se negó a ju rar lealtad al Re^ de Suecia, se negó a legalizar su m atrim o­
nio y dedicó gran parte de su vi^a a defender el control de la natalidad cn una íp o c a en
que eso era sum am ente im popular. Q uería políticas gubernam entales más favorables para
la clase trabajadora y fue considerado como un aliado por m uchos socialistas. Véase
ToTíiien Garó\und,The Life o f Knut W ictcseliln ó. Nanpy Adler (Estocolm o: A lm quist &
W iksell, 1958).
65. O bviam ente, esle enfoque mxes consecuente con cl empleo dc los im puestos pnra
la redisiribución del ingreso, y pasa por alio tam bién la probabilidad de que cl pueblo
oculte sus verdaderas preferencias por los servicios en la negociación por la carga fiscal.
66. Jam es B uchanan y G ordonT ullock,r/irC íi/cu/M .T o/C ^«jírt/(Ann Arbor: University
of M ichigan Press, 1962), p ig s. 263-306.
IW /// sindicato y la libertad económica

uniría o no a la lucha. Como funcionario civil. Keynes estaba exento dc la


conscripción; dc manera que no hay que poner cn duda su sinceridad.·^
Aparentemente, su creencia en los derechos dc la persona en contra dc una
mayoría de sus com patriotas era muy fuerte cn realidad.
La mayoría de la generación actual pensaría que la teoría de W icksell
sobre el consentim iento unánime para los impuestos, así como la oposición
total de Keynes a la conscripción, llevaban la doctrina del liberalism o a
extremos poco prácticos y tal vez hasta fantásticos; pero los puntos dc vista
de Wicksell y de Keynes no son más que aplicaciones consecuentes de la
premisa liberal contenida en los argumentos de quienes se oponen al es­
tablecimiento sindicado basándose en que niega el “derecho al trabajo”.
Porque si en toda circunstancia la persona tiene cl “derecho a trabajar** (sin
pagar cuotas sindicales), sin duda debe tener cl “derecho a no com batir”
(eludir el servicio militar) y el “derecho de gastar” (eludir el pago dc
impuestos por servicio dcl gobierno que no necesita). La negociación co­
lectiva, la guerra y los servicios gubernam entales básicos se parecen en
que los “bcnencios" dc los tres los reciben lodos los que com ponen el
gmpo dc que se trate hayan o no apoyado al sindicato, servido cn cl ejército
o pagado los impuestos. La obligación va im plícita en los tres, y así tiene
(|uc ser. De manera que la crítica consecuente del establecim iento sindica­
do debe ya sea seguir a lo largo dcl camino liberal con W icksell y Keynes
o dccir simplemente que los sindicatos son lan perjudiciales, tan inefica­
ces o lan poco importantes^"que la nación no debería preocuparse por su
viabilidad ni ser tolerante con sus privilegios.*’
Parecerá extraño que se establezca una analogía cnlre el sindicato y
cl Estado. Algunos han supuesto, con Hegel, que el Estado debe scrdife-

67. Sir Roy Marrod duda dc que K ey nes h a y a l leg ad o has la solicitar la e x e n c i ó n de
la c o n s crip ció n c o m o o b jclo r dc c o n c ie n c ia , r e c a l c a n d o q u e de lod os m o d o s K e y n e s
csinha ex en io dcl serv icio m ililar c o m o f u n c io n a rio civil im p o rl a n le q u e era; p ero
apenas ca be d u d a r de que por lo m en o s cn alguna o cas ió n su s ten tó el p u n t o de vista
an ierio rm enle d escrito , p o rq u e e n tre su.s registro s hay una nota e s c rita dc su p r o p ia
mano en que lo exp resa c o m p l e t a y p r e c isa m e n te . Véase cl artículo dc H a r ro d “ C l i v c
Bell on K e y n e s ” , Ecorxomic Jou rn al, LX VII ( d ic ie m b re d e 195 7), 6 9 2 - 6 9 9 , así c o m o
la co rrecció n dc Eliz.abeih J o h n s o n , con la co n c e s ió n y el c o m e n t a r i o dc H a r ro d . en
cl Fxonomic Journ al, L X X ( m a r / o dc 1960). págs. 160-167,
68. Un ataque inteligente ni e s tab lecim ien to sindica do po d ría m u y bi en girar cn t o r ­
no dcl argumento de que los sindicatos no increm entan la parle del ingreso nacio nal q ue
corresponde a los as alaria das, per o pu eden tender a fom entar la i nn ación .
69. Desde luego, cu an do los sindica tos recurren al eslablccim ienio sindicado no cs para
«d jcr miem bros, sino para m antener a ciertos trabajador es fuera de un de te r m in a d o tipo
de empleo (por cuestión racial, prejuicio personal o lo que sea), cl po der dc co m p u lsió n
no cs necesario cn absoluto pnra l,i supe rvivencia del sindicato, y los arg u m en to s que
intervención del gobierno y libertad económica 1^3

rente de lodo tipo de organización cn todos los aspectos más im porian-


tes;’®pcro norm alm ente tanto cl sindícalo como cl Estado proporcionan
principalm ente beneficios com unes o colectivos a grandes grupos. Por
lo tanto el miembro individual del sindicato, lo mismo que cl contribu­
yente individual, no podrá ver por sí mismo que se proporcione el bicn
colcctivo; pero, haya o no ayudado a conseguirlo, lo recibirá si cs propor­
cionado por otros. El miembro del sindicalo, al igual que cl contribuyem e
individual, no tiene incenlivo para sacriTicar más dc lo que cs obligado
a sacrificar.

D. iNmRVriNCIÓN DI-L CiOlUr.RNO y U M I-R T A D I vC O N Ó M IC A !-N 1:1. GRUPO


LA TIvN TI·

Este enfoque de los sindícalos y dc los derechos o libertades dc sus


miembros puede aclarar lambién algunos de los argumentos populares
acerca del papel del gobierno y dc la libertad económica dcl ciudadano.
Muchos alegan que cl socialism o y las actividades crccicnlcs dcl gobier­
no restringirán normal e inevíiablem cnlc la libertad económica y tal vez
amenazarán también a los derechos políticos.^' Otros niegan que las acti-

anléccdcn ya no son aplicables. Con respecto a Ins diversas com plicaciones legales p lan ­
teadas en m uchos países por la ingenua creencia de que los sindicatos son asociaciones
voluntarias, véase de R. W. Rideout The Right to Membership o f a Trade Union (U ni­
versidad de Londres; Athlone Press. 1963).
70. Ver particularm ente de G eorge W. F. Hegel Philosophy o f Right, trad. T. M. Knox
(O xford: C larendon Press, 1949); ver tam bién G eorge H. Sabine, A Ifistory o f Political
Theory (Nueva York: Henry Holt, 1937), que resum e en forma sim ple y breve este aspec­
to dcl pensam iento dc Hegel: “ El Estado debe ser gobernado m ediante principios muy
diferentes de los que rigen a sus m iem bros subordinados" (pág. 643). Por su pnrtc,
A ristóteles alegaba que cl Estado tiene algo en com ún con otros tipos dc organización:
“ La observación nos indica, en prim er lugar, que cada polis (o Estado) es una especie
de asociación y, en segundo lugar, que todas las asociaciones son instituidas con cl fin dc
obtener algún bien . . . Podem os decir ix>r lo tanto . . . que todas las asociaciones aspiran
a algún bien". (Politics L I .1.1252a, traducido por Erne«t B arker.) Tam bién los libros
siguiente?; encuentran cierto paralelo entre cl Estado y oirn.^ asociaciones: A. D. Lindsay,
1 he Modern Democratic State {Londre^: O xford U niversity Press, \9A3), passim. pero
esp. 1,240-243; Earl Latham, The Group^Dasis o f Politics {hU^cñ, N.Y.: Cornell University
Press, 1952), pág. 12, y Arthur Bentley, The Process o f Government (Evanston, 111.:
Principia Press, 1949), págs. 258-271. -
71. Friederich A. WnycV., The Road to Serfdom {Chicago: U niversity o f C hicago Press,
1944), y The Constitution o f Liberty (Chicago: University o f Chicago Press, 1960); John
M. Clark, “Forms o f Econom ic Liberty and W hat Makes Them Im portant", en Freedom,
its Meaning, cd. Ruth Nanda Anshen (Nueva York: Harcout, Brace, 1940), págs. 305 329.
l·'! sl ndi raln y In l i b f i l n t l fconi tntl rn

vi(Jadc5 económicas del csiado rcslringcn cn forma alguna la "llhcrlad**i


afirmando que la libertad es esencialm enle un concepto político <|uc abarca
la democracia y los dcrcchos civiles más bien que la política econrtm lca^í
Esa controversia se complica a menudo por los malos entendidos pu^
ríimenle semánticos y por las confusiones acerca de cuáles son exactam en­
te las áreas de desacuerdo. Es necesario por lo lanto distinguir aquí tres
aspectos de la controversia.
Uno tiene que ver con las relaciones cntre.las instituciones económicaá
y las lit)eriades polílicas. Muchos pensadores conservadores sostienen que
un sistema politico dem ocrático libre sólo puede existir m ientras el papel
dcl Estado en la vida económica sea razonablemente pequeño; que el so­
cialism o, la planificación gubernamental y el estado de bienestar, a la larga,
darán lugar inevitablemente a la dictadura de acuerdo con los modelos
stalinista o hitleriano.^’ Muchos otros sostienen lo contrario: que sólo la
planiTicación gubernamental audaz y las medidas liberales para el bienes­
tar evitarán la depresión, la aflicción y el descontento que deja tras de sí el
gobiemo dictatorial/^ Esle aspecto de la polémica no pertenece a esle estudio.

72 V^asc Karl M annheim . Freedom, Power, and Democratic Planning (N ueva York;
Oxford U niversity Press, I9.S0), csp. Ins págs. 41-77; Thom as M ann. "Freedom artd
Eqiialily”, en Freedom, Its Meaning, cd. Anshen, págs. 68-84; Joseph R osenfarb, Freedom
nndthe Administrative Stale York: Harper, 1948), págs. 74-84; John R. Com m ons,
L egal Foundations o f Capitalism (M adistin: U niversity of W isconsin Press, 19.57), págs.
10 no.
Algunos otros crfiicos del pnnio de vista dc que cl socialism o y cl "grnn gobierno’*rcs-
iringcn la libertad sc basan más bien cn una dcHnición dc la libertad cn térm inos dc c sfe ti
de clccción. o dc riqueza, más bien que cn términos de ausencia dc coacción, lo cual tés
pcrmiie añrm ar que las acíividades dc cualquier gobierno que increm entan los ingresos de
«Iguna clase dc personas podrf:m aum entar también la libertad, por coercitivas que puedart
ser las actividades dc ese gobierno. Véase por ejem plo: John Dewey, “ Liberty and Social
CoT\\ToV\TheSocialFrontier, II (noviem bredc 1935).41 -42; Dcnis G abory A ndreGabór.
"An Essay on the Matliematical Theory of fTcc(ion)*\ Journal o f the Royal Statistical Society,
CXVII ( 1954), 31 -60, y cl esiudio stibrc cstc trabajo, 60-72; Harold J. Laski, Lil>erty in thè
Modern State, 3a. cd. (Londres: G corgc Allen 8l Unwin, 1948), csp. las piigs. 48-6Í;
Rcrirand Russell. "Freedom and G overnm ent”, cn Freedom, Its Meaning, cd. Anshetl,
pigs. 249-265, csp. la 251.
Para un análisis perceptivo y objetivo dc diversos conceptos dc libertad, ver cl artícu­
lo dc M artin B ronfcnbrcnncr "Tw o Conccpts of Economic Freedom ”, Fthics, LX V (abril
<lc 1955), págs. 157-170.
73. Hayek, R oad lo Serfdom. Para un razonam iento mucho más m oderado (|up expresa
preocupación por este peligro, véase el ensayo de Clark cn Freedom , Its Meaning, cd.
Anshen. pág, 306. Véase ti#nb¡én Thom as W ilson, Modern Capitalism and Economic
Progress (U jndrcs: M acm illan, 1950), págs. 3-19.
74. Albert Lauterbach, Eronom icSecuri ty and Indi vidual Freedom ( f th ac a, N . Y.: 'or nell
University Press, 1948). csp. las págs. 5 , 1 1, \2\Thomi% Mñntstn Freedom , Its Meaning,
cd. Anshen, págs. 80-81.
In ift vrnritln tirt g obierno y tibrrInH erontfmira 'í'íi

Otro nspcclo dc la conlm vcrsia sobre la libertad económica sc refiere


a la ciicslión dc por quién y para qué son restringidas las libertades econó­
micas. Muchos pensadores, la mayoría quizá, se preocuparán por el hecho
dc si los controles o lim itaciones a la libertad individual Tueion impuestos
mediante una elección dem ocrática cn bcnencio del grupo dc que se trate,
o Tucron im puestos por un dictador o una oligarquía indiiercnte a los
intereses dcl grupo que controlaba. Algunos dirían que cn cl prim er caso
la “com pulsión’*no es realm ente com pulsión, m ientras que cn el segun­
do sí lo cs.'^^ Esta distinción surgiría más claram ente cn cl caso peculiar de
un grupo que votó unánimemente para imponerse a sí mismo una regla
obligatoria porque, si todos ob.scrvan la regla, todos saldrán ganando. En
este caso especial no habría más violación de las libertades dc los afectados
de la que hay cuando dos personas firman librem ente un contrato que
obviam ente restringe su libertad obligándolos legalm entc a hacer alguna
co sacn cl futuro. Este casodc apoyo absolutam ente unánime a la com pul­
sión sería sin duda com pletamente extraordinario. Como quiera que sea, en
el caso más general cn que hay un voto m ayoritario, pero no un apoyo
unánim e, para im poner una medida obligatoria en beneficio dcl grupo, la
. mayoría de las personas pensarán que esa com pulsión es mucho menos
censurable que la obligación impuesta por un dictador indiferente a los
intereses de sus stíbditos. En cambio muchos otros, especialm ente los entu­
siastas dcl liberalism o, alegarán que la tiranía económ ica dc la m ayoría
en una dem ocracia, o cl patcm alism o benevolente dc un líder político, es
un ultraje a la libertad humana, tanto como cualquier otra forma dc com ­
pulsión.^*^ Este aspecto del desacuerdo acerca de la libertad económ ica cs
muy im portante, pero no cs fundamental para este csludio.
El tercero y más Importante aspecto de la controversia sobre la libertad
económ ica se refiere precisam ente a esa libertad; estar libre dc lodo control
coercitivo dc la vida económica de una pei-sona. sin im portar cuáles puedan
ser las im plicaciones polílicaso los arreglos políticos dc ese control.^^ Este
aspecto dc la controversia afecta direclam cnte a este csludio. Puede haber
puntos de vista diferentes acerca de la im portancia de la libertad eco­
nómica en este sentido cstricl(y(cn buertá partc.una cuestión de valores per­
sonales). pero no acerca de su existencia o sU realidad.^" Hay sentido en la
75. Agrnclc7xo al Profesor Thom asjC. Scliclling v.\ que me explicara la ¡m |iorlanc¡a de
esta disiinción y me persuadiera a discutirla en esle estudio.
76. Hayek, Constiíution o f Liberty.
77. Ibid., págs. 11-21. A quí, Hayelc denuiesira vigorosa e im parcialm enie In nc
cesidad de d istin g u ir este concepto dc libertad dc o tros propu estos rccicntem en tc. Ver
lam bién dc Isaiah B erlin Two C oncepts o f Liberty (O xford: C larendon Press. 1958).
78. Ver B ronfenbrenner. *Two C oncepts of Econom ic Frecdom ”, págs. 157-170. Hasta
los m ás ardientes defensores dc la planeación económ ica gubernam ental aceptan la
lìi sinJicalo y la libeHad econòmica

idea de tener libertad para gaslar nuestro dinero corno m ejor nos parezca,
“libertad de elección cn cl uso de nuestros ingresos”J^si bicn muchos pien­
san que las pequeñas variaciones en la magnitud dc esa libertad carecen de
importancia."®
S¡ sc admite que la libertad económica cn este tercero y más corrccto
sentido es un concepto de significación, y que para algunas personases por
lo menos un concepto importante, cl paso siguiente consiste en analizar su
relación con los diferentes grados dc intervención dcl gobierno en la vida
económica. ¿Qué tipos de actividad gubernamental usurpan la libertad eco­
nómica? ¿Recurre siempre la actividad económica del gobierno a la coac-^
ción? ¿O es a veces no más dependiente del uso de la fuerza que la em presa
privada?
Aquí puede .ser útil cl concepto de grupo latente. Algunos bienes y
servicios, como ya sc indicó, son dc naturaleza tal que todos los miembros
dcl grupo de que se trate deben recibirlos si uno dc ellos los recibe. Esa clase
dc servicios no sc prestan dc por sí a los mecanismos del mercado y sólo
sc producirán si se obliga a lodos a pagar la parte que les toca. Evidente­
mente, muchos servicios gubernam entales son de esa clase. Por lo tanto*
restringen la libertad. Sustituyen las decisiones individuales tomadas
libremente con las decisiones colectivas respaldadas por la fuerza.·* Porlo
menos las mejoras cn las fuerzas de la defensa, en las fuerzas policiacas y
cn cl sistema judicial no pueden ser financiadas sin que en alguna fornta se
reduzcan las libertades económ icas dc la ciudadanía; sin aum entar los
impuestos y con ello reducir la libertad individual para gastar.
Pero si el gobierno decide formar una empresa pública para fabricar
algún producto, no está claro si necesariamente liene que haber alguna
reducción de la libertad económica de alguien. Los consum idores no seráíl
necesariamente menos libres si le compran a una empresa pública en vez

im poriancia dc este lipo dc libcrlnd, por ejem plo Barbara W oolon, en Freedom under
Planning (Chapel Hill: U niversily o f Norlh Carolina Press, 1945). Para un esludio extenso
dc 1« ncccsidad de distinguir los diversos significados dc la palabra "Iiberiad”, véase de
Maiiricc Cranslon Freedom. A New Analysis (liendres: Longmans. C reen, 1953). Frank
Knighi va sin duda dem asiado lejos al afirm ar que no se puede dar un significado objetivo
a la idea dc Iiberiad. Véase su arlículo “ Freedom as Fací and C riterion“ , International
Journal o f Ethics. XXXIX (1929), 129-147.
79. Richard S. Thom . “The Prcscrvalion of Individual Economic Frecdom ", cn Problems
of U S. Economic Development, publicado por cl Com m iltce for Econom ic D evelopm ent
(Nueva Yorl^ 1958).
80. Ver J. K. G albrailh, The Affluent Society (Boston: Houghton M i.fnin, 1958).
81. Sobre esle lema v^ase de Anthony Downs An Economic Theory c f Democracy
(Nueva York: Harper. 1957), págs. 195-196. Desde luego, no habría coacción si to d ai
las decisiones fueran unánim es.
Intervención del gobierno y libertad económica

de a una privada, ni ios trabajadores ser*1n ncccsariam cnlc menos libres


porque trabajan para una y no para la otra. Los arreglos institucionales han
sido m odificados sin duda y la magnitud del sector público es mayor; pero
nadie tiene necesariam ente que haber perdido su libertad económica.
La conclusión es que cuando el gobiem o proporciona bienes y servi­
cios colectivos restringe la libertad económica; cuando produce los bienes
rio colectivos que la empresa privada produce normalmente, no tiene ne­
cesariam ente que restringir esa libertad. Pero eslo es muy paradójico,
porque el fmanciamiento de los servicios tradicionales del gobiem o (sobre
lodo el ejército y la policía, los defensores del orden establecido) es cl qwe
más restringe la libertad económ ica, m ientras que las incursiones socialis­
tas en la economía privada no tienen que hacerio. Los conservadores, que
históricam ente han apoyando los más elevados gastos m ililarcs y poseen
más bienes que requieren la protección de la policía, son los que rcslringcn
la libertad económ ica, lo mismo que los socialistas."^ Desde luego, puesto
que los gobiernos tienen nonnalm ente el monopolio dc los principales
medios de violencia, tienen característicam ente el poder de restringi i la li­
bertad de los ciudadanos siempre que quieran, incluso cuando producen o
distribuyen bienes no colectivos o cuando emprenden una aclividad cual­
quiera. Si por ejemplo, un gobiemo distribuye bienes no colectivos gratui­
tam ente, está reduciendo la libertad económica."^Pero el punto es que la
provisión de los bienes públicos proporcionados iradicionalm cnte por cl
gobicimo implica inevitablem ente una lim itación de la libertad económ ica,
m ientras que la empresa socialista propiedad del gobiemo, que produce

82. Si algunos defensores m odernos del liberalism o pueden ser acusados dc im preci­
sión cuando discuten la libertad económ ica, no se puede decir lo m ismo dc W icksell. Su
plan de “consenlim iento unánim e” para los desem bolsos del gobierno atacó el problciiia
real, los servicios colectivos, más bien que el tamnflo del sector gubernam ental. En su
tiem po, los gastos del gobierno se concentraban casi exclusivam ente en las fuerzas
m ilitares y en el m antenim iento del orden y la tranquilidad cn cl país. La adopción de su
plan no habría lim itado tal ve?, la esfera de actividades dcl.gobicrno; sim plem ente habí ía
puesto en vigor polílicas nacionales más económ icas y posiblem ente más pacíficas.
(W icksell se opuso a los elevados dejem bolsos/Jc Succia para arm am entos y a su ac lilud
belicosa hacia Rusia). Véase dc G ardiund U fe o f Wicksell,
83. Las propuestas dcl ala liberal o dc izquierda para que se restringiera la producción
dc cicrlos productos tam bién liniitah‘la libertad económ ica; pero los c a n d e s privados
efectivos hacen lo m ism o. Y la naci(^nal¡7.ación*de una ipdusiria, si bien no tiene que
afectar a la libertad de los trabajadores y los adm inistradores dc esa industria ni a los
consum idores dcl producto de la misma^ podría, si cl gobicnio prohibiera la com petencia
privada, restringir la libertad y convertirse cn em presario en esa industria particular. P e­
ro esta libertad no afectaría a m uchas personas, y eso sólo en cl caso de que el gobierno
prohibiera la com petencia..Sobre los efectos de la nacionalización en la libertad econó ­
m ica, véase W ooton. passim.
I l uhtiéi olo » Iti lihfHntl f n t ni iniù n

hicncsnocolccllvos, no irìiphcn rKccsiiriamcniccsii p é i d l d i i d r llhciind, Rs


poslhic por Io ianto quc l;i crccncia generalizada dc (|uc cl crcchnictìfo dcl
sector gubernamental equivale a una disminución dc la lil>crind econòm i­
ca se deba en parte a la asociación dc toda la actividad gubernamental con
los servicios tradicionales del gobierno y particularm ente con los im pues­
tos más allos y con la conscripción requerida por una institución m ilitar
más grande.*^
El argumento que antecede, no pretende calificar como buena o mala
actividad alguna del gobierno; sólo trata dc dem ostrar que la provisión de
bienes y servicios colectivos, no la naturaleza pública o privada u otras ca­
racterísticas de las instituciones que prestan esos servicios, es la que deter­
mina en buena medida si la libertad económica tiene que ser reducida. El
desarrollo de carteles capaces de disciplinar a las em presas que rebajan los
precios establecidos restringe la libertad económica, aun cuando los car­
teles son asociaciones privadas. Análogamente, si el argumento principal
de este capítulo es correcto, el desarrólle de la negociación colectiva en cl
caso dc los grandes grupos debe norm alm ente restringir la libertad econó­
mica porque implica que quienes no se afilian al sindicato han de ser
despojados del derecho a trabajar en la empresa sindicada. Dicho de otro
modo, el sindicato grande, aunque no forma parte del gobierno, liene que
ser coercitivo si cs que traía de desempeñar su función básica y seguir
existiendo. Esto se debe cn buena parte a que su función básica consiste en
proporcionar un bien coleclivo (la negociación colecliva) a un grupo gran­
de, así como la función básica del gobierno cs proporcionar bienes colec­
tivos tradicionales como son la ley, el orden y la defensa. Por otra parte, un
gobierno (o un sindicato o cualquier olraorganización) puede proporcionar
bienes no colcclivos sin restringir la libertad económica. Hay por supuesto
muchos otros factores im portantes que no han sido considerados aquí, pero
que lambién ayudan a dctcnniniir cuánta libertad económica habrá en una
situación dada. El lema es mucho más complejo de lo que indica el presen­
te estudio, cl cual tendría que apartarse mucho del lema principal para hacer
justicia a este hondo problema. Pero ya resulta cvidenle que el credo con­
vencional, que dice que los sindicatos no deberían tenerci poder de coac­
ción porque son asociaciones privadas, y que la expansión del sector
público implica inevitablem ente la pérdida de libertad económ ica, está
basado en un juicio incorrecto. Ningún análisis de los lím ites dc la liber-

84. En la obra de Erich Fromm Escape from Freedom Yoik: Molí, Rinchftrt &
W insion. 1941) y cn la ele Cfcorgc C . Honians The Human Group (Nucv« Voik: H arcourt.
Brace, 1950), págs. 332-33 3. sc cncontrnrán cnfoqiiCK psicológico», «ntropológlcos y
sociológicos del problem as dc la libcrlod.
I n U t %-fnt h t n t i r i K o h i r t n o y l l h r r t n H r r o n t f m l r a 109

tad econòmica o dcl empieo de la coacción por cl gobierno, por los sin­
dícalos o por las organizaciones dc cualquier clase pueden hacer juslicia a
la complejidad dcl asumo sin icncr cn cuenla la disiinción erure bienes
colcclivos y no colcclivos.
IV
Teorías ortodoxas del
Estado y de clases

A. L a t e o r ía d el e s t a d o , d r l o s e c o n o m is t a s

La mayoría de los econom istas aceptan una teoría que presupone que los
servicios básicos del gobiem o sólo pueden ser proporcionados, como se
dijo en el capítulo anterior, m ediante la compulsión. Es la teoría de “bienes
públicos”. Por lo tanto, la mayoría de los econom istas han aceptado tam ­
bién la premisa básica de este estudio (que las organizaciones trabajan por
un bien o beneficio común) en el caso de un tipo especial dc organización;
ei Ëstàdo. La Idea de que el Estado proporciona un beneficio común, d
trabaja por el bienestar general, se remonta a más dc un siglo.
Pero, por sencilla y básica que esta idea parezca ser, hubo dc transcurrir
más de una generación de debate y desacuerdo antes de que fuera entendid a
claram ente, incluso en el caso especial del Estado. El estudio de esta cues­
tión había comenzado en la prim era parte del siglo diecinueve, si no antes.
Heinrich von Storch; en un trabajo escrito para la instrucción de la familia
del Zar, parecía tener alguna idea vaga de la distinción entre un bien colec­
tivo y un benencio individual, porque sostenía que la empresa individual
no podía proteger la vida y los bienes contra los ataques, si bien podía
satisfacer m ejor todas las demás necesidades. ' Más tarde, J.B, Say apoyó
y amplió el argumento de Storch.^Posteriormente, Friederich vori W ieser

1. Henri (Heinrich VTíeánchvon)SloTch,C oursd*économ iepolitique{Sm Petersburgo:


A. Pluchart, 1815), I, 3-7. Tuve conocim iento de lo i êscritos de Storch sobre este tema
gracias a la obra de W illiam J. Baum ol Welfare Ecônôm ics and the Theory o f the State
(Cam bridge, M ass.: H arvard U nivcfsity Press, 1952). cap. XIÎ, págs. 140-157. En esc
capítulo, el Profesor Baum ol preserfta un estudio de la ,historia de la teoría de bienes
públicos más am plio que el que se encontrará aquí. Sin em bargo, su estudio tiene un
enfoque diferente. O tras explicaciones más recientes de la teoría de bienes públicos, cn
cuanto se relacionan con la econom ía del bienestar, se analizan cn la segunda edición dcl
libro dc Baum ol, actualm ente en prensa.
2. “ Ind ép end am m ent des b eso ins que ressen ten t les in div idu s et les fam illes, et
qui do nnet lieu aux co nsom m ation s p riv ées, les hom m es en société ont des besoins

111
112 1 f n r ú t t t n h u t o t r t í H r t l · ' t l a H o f Hr r i n x r n

prcpuníaba porqué hnhía igualdad cnci consumo do los hiciirs y s( rvi( jos
proporcionados por cl Esfado, m ientras que había una desigualdad notable
cn la distribución de los productos dcl sector privado. Wieser obsoivó lam ­
bién una sim ilitud entre el Estado y las asociaciones privadas cn este res­
pecto. Pero demostró que no entendía cabalmente la cuestión, por(|ue dijo
que “la economía pública no crea por sí misma ingreso pm ductivo”. ’
Emil vSax distinguió las empresas de propiedad pública de las activida­
des del Estado que benefician a toda la ciudadanía. También dijo entre
paréntesis que había una sim ilitud entre el Estado y las asociaciones pri­
vadas. Pero el hecho dc que la teoría de bienes públicos no era com prendida
correctam ente todavía es evidente, porque Sax atribuyó equivocadam en­
te el sostenim iento dcl Estado y de otras asociaciones a “una especie de
altruism o creado por la necesidad de actuar conjuntam ente con vistas a
un Iln común y para la ayuda mutua, con exclusión del propio interés si
era necesario“.\Si esto fuera cierto, los gobiernos no tendrían que hacer
obligatorios los impuestos.^
El economista italiano Ugo Mazzolá sc acercó más al análisis correcto
de los servicios colectivos dcl Estado. Recalcó acertadam ente la “indi­
visibilidad“ dc lo que llamó “bienes públicos” y comprendió que los ser­
vicios b ^ ico s dcl Estado beneficiaban a todo cl mundo. Su error radicó cn
afirm ar que FiáRáuna “com picm entaridad” entre los bienes públicos y los
privados, lo cual im plicaba que la cantidad dc bienes públicos consum i­
dos dependía de la cantidad dc los bienes privados consumidos. De esto,
M a/zola sacó en alguna forma la conclusión de que cada ciudadano obtenía
en cl margen exactam ente la misma utilidad de los bienes públicos y dc los

qui leur sonl com m uns, cl qui nc peuvent être salisinits q u ’au m oyen d ’un concours
d 'in d iv id u s cl même quelquefo is dc tous les individus qui la com posent. O r, ctî c o n ­
cours nc pcul cire obicnu que d ’une inslilulion qui dispose dc l ’obéissance de lous, dans
les lim ites q u ’admci la Hîrmc du gouvcrncm enl” . Jean-B aplislc Say, Cours complet
d ’économie politique pratique (París: G uillaum in L ibraire, 1840), 11, 2f>l. F.sla re fere n ­
d a fue cnconirnda cn la obra cilada dc Baum ol. pÄgs. 146-149.
3 . Fr icdcrich v o n W icscr. "The Theory o f Public Econom y”, cn C lassies in the Theory
o f Public Finance, cd. Richard A. M usgravc y A la n T . Pcacock (L ondres: M acm illan,
1958), págs. 190-201. La m ayoría dc las referencias que siguen concs|>ondcrán a esta
antología de clásicos. La siguiente relación no es una hisioria original y m ucho m enos
com pleta del pensam iento económ ico respecto a esta cucslión. Unn relación com pleta
sería aquí una digresión innecesario.
4. Emil Sax, "The Valuation Theory of Taxation”, cnC7av.Tir.T,pÄg. 181 ypjígs. 177-179.
5. El enfoque de Adolph Wagner fue mejor que cl de Sax en cl sentido dc (|uc reconoció
que cl Estado debe ser coercitivo. Sin embargo, parece que Wagner dcsincó las circunstancias
hi«;t«uicas que afectaron ál tamaño dcl gobierno más que cualesquiera ideas abslrjictns dc los
bienes públicos. Véase su nrlículo ’T hree Extracts on Public Finance”, (lassies, págs. 1 1 6 .
I n t rori n ilel li%lnHo, ite lo t e r o n o m h l n t 113

privados y sc liallnhn por lo tanto cn una situación dc equilibrio,*cs dccir,


cn una (|uc no cambiaría voluntariam ente a menos que la situación bAsica
cambiara.
Pero, como \Vlcksell íicñaló después, cl conlribuycnte individual difí-
cilm cntc podía hallarse cn una situación de equilibrio, porque "si la per­
sona ha dc gastar su dinero para Tmes públicos y privados de manera que
su satisfacción sea máxima, obviam ente no pagará nada en absoluto con
fines públicos”. Sea que el contribuyente pague mucho o poco a la teso­
rería. '‘influirá tan ligeramente en la esfera dc los servicios piíblicos que,
para lodo fin práctico, él no lo advertirá". ’ De manera que los im puestos son
exacciones obligatorias que m antienen al contribuyente en lo que mejor
podría llam arse una situación de descquilibrío.
Así pues, aquellos autores continentales sobre finanzas públicas ha­
bían aprendido de los errores de unos y otros y mejoraron progresivam en­
te el análisis, el que después dc muchos dccenios culminó en la concepción
del problem a que W icksell expone en cl ensayo en cl cual propuso su teo­
ría del "consenlim icnto unánim e” para los impuestos. W icksell tenía una
idea correcta del problema de financiar los servicios colcclivos proporcio­
nados porcl gobierno, como quiera que sc piense de su proyecto práctico
dc im posición. Pero él lim itó su estudio al caso especial del gobierno y
no consideró cl problema general que encaran todas las organizaciones
económic.is. Tam poco tuvo en cucnta qué tan pcqueflo debe ser un “pú-
blifco” para que la teoría no sea ya aplicable.
Hablando de modo general, los econom istas que escribieron después
de W icksell han a c c p t^ p su análisis del prt)blcma básico de la teoría del
gasto público.*Han« ^ ilsch í ha sido tal vez el más contundente entre los
pocos econom istas que no han aceptado el enfoque "individualista” o
w ickselliano. Ritschl .sostuvo que:

La pauia y la lengua matcma nos licmianan. Todos son bienvenidos a la s<k í c -


dad dc inlcrcambio si obedecen sus disposiciones; pero a la comunidad nacional só-

6. Ugo Mnzzola, “The Fonnalion of Ihc Priccs of Public G oods”, C/tissirs, pígs. 159-
193. Ver lam bién de M affeo PA lnIconi “C oniribm ions lo ihc T heory o f ihe D isiribuiion
of Public Expenditure”, Classics, págs. 16-27.
7. Knul W icksell, “ A New ftrinciple of Jusl T axation”, Classics, págs. 81 82.
8. V éase por ejem plo de R ichard M usgrave The Theory o f Public Finance ( N u e v a
York: M cG raw -H ill, 1959), esp. los caps. IV y VI;*de Paul A. Sam üelson "T he Pure
Theory o f Public Expenditure*’, Reyiew o f F e onomics and Statistics. XXXVI (hovicinbre
dc 1954), 387-390; de Erik L indáhl “ Jusl T axation - A Positive S o lu tio n ”, C lassics,
p/ígs. 168-177 y 214-233.
9. Otros son Gerhard Colm, "Theory of Public Expenditures”, Annals o f the American
Academy o f P olitical and Social Science, CLXXX III (cncro dc 1936), 1-11, y Julius
114 Teorías ortodoxas det Estado y de clases

lo pcriencccn los hombres y mujeres que hablan el mismo idioma, que son dc la
misma índole, que piensan igual... Por las venas dc la sociedad fluye un solo y úni­
co dinero; por las dc la comunidad corre la misma sangre...
Toda concepción individualislade "el Estado”es una enorme aberración... (y)
sólo una ciega ideología dc tenderos y vendedores ambulantes. La economía del
Esiadosatisfacclasnccesidadescomunales... Si el Estado satisface necesidades
puramente individuales, o grupos de necesidades individuales que técnicamente
sólo se pueden satisfacer conjuntamente, lo hace únicamente con vistas al ingreso.
En la economía de libre mercado, el interés económico de la persona es rey
supremo y el casi único faclor aislado que gobierna las relaciones es el beneficio
como molivo, en cl cual estaba anclada debida y seguramente la leoría clásica de
la economía de libre mercado. Eslo no lo cambia el hecho de que inás unidades
económicas, como asociaciones, cooperativas o instituciones benéficas, pueden
tener eslrucluras internas donde encontramos motivaciones diferentes dcl egoís­
mo. In tern a m e n te , el a m o r o el sacrificAo, la s o lid a r id a d o la g e n e r o s id a d p u e d e n
ser d e te rm in a n te s: p e ro , in d e p e n d ie n te m e n te d e sus e stru c tu r a s in te rn a s y de los
m o tivo s que e n cierran, las re la cio n e s m u tu a s de m e rc a d o dc las u n id a d e s
(cursivas mías).
e c o n ó m ic a s están g o b e r n a d a s sie m p re p o r el p ro p io in te ré s
Fn la sociedad de intercambio, por lo lanío, sólo el inierés propio regula las
re la cio n e s de los miembros. En cambio, la economía dc estado se caraclcri/a por
un espíritu comunitario dcnlro dc la comunidad. El egoísmo es sustituido por el
espíritu de sacrificio, la Icallad y cl espíritu comuniuirio. . . Este concepto del
poder fundamental dcl espíritu comunitario da lugar a una explicación coherente
dc la coacción en la economía dc Eslado. La coacción cs una manera dc garanti­
zar la efectividad total dcl espíritu comunitario, que no se desarrolla por igual en
todos los miembros de la comunidad.
Las necesidades colectivas objetivas tienden a prevalecer. Hasta el vigoroso
partidista que pasa a ocupar un cargo dc responsabilidad en el gobierno sufre una
compulsión y un cambio espiritual objetivos que haccn un estadista de un líder de
partido... En los últimos doce aflos no ha habido un solo estadista alemán que
haya escapado a esta ley.’®

El argumento dc Ritsclil cs cxaciam cnic lo contrario dcl enfoque


presentado en este libro.,Él presupone en la psiquis humana una curiosa
dicotomía: quccl propio interós reina supreniam entc en todas las traiisac-
cioncs entre individuos, m ientras que cl autosacrificio no reconoce lím ites
enlas rcíaciones dcl individuo con cl Eslado y con los muchos tipos dc^

Mnrj;(ili·;, “ A Conimcni nn ilic l’urc Tlicory o f Public ExpcmWwiTc", Review o f EronomiíS


and Statistics, XXXVII (n oviem bre de 19.55), 347-349.
10. HansRilschl,"Com?nunnl Econom y and Market E conom y", Classics, 233 24 !.
Uoríú marxista Jet Eitaáo y de c la in 115

asociaciones privadas. Las organizaciones sostenidas porcsc autosacrincio


son, no obstante, egoístas en todos los tratos con otras organizaciones. El
Estado V la raza (y la clase, según los autores m arxistas) sc convierten en
entidades m etafísicas, con n ec^idades y propósitos “o b ie tiw s"^ üe van
más allá de las de los individuos qúé lis componen.
La tradición más notable en la econom ía del siglo diecinueve (la dcl
liberalism o británico) pasó por alto cn buena parte la teoría dc bienes pú­
blicos. Ciertam ente, muchos de los más conocidos econom istas británicos
enum eraron las funciones que en su opinión debía desempeñar el Estado.
Las listas eran por lo general muy breves, si bien incluían por lo menos una
provisión para la defensa nacional, para las fuerzas policiales y para la ley
y el orden cn general. Pero esos econom istas no seflalaron qué tenían cn
común las divereas actividades correspondientes al Estado." Tenían una
teoría general que explicaba por qué la mayoría dc las necesidades econó­
micas debían ser satisfechas por la em presa privada; de manera que es natu­
ral pedir una explicación sistem ática dc ponqué pensaban que una clase
excepcional dc funciones debían ser desempeñadas por cl E.siado, Con
excepción de unos cuantos com entarios impreci.sos dc John Stuart Mill y
de Henry Sidgw ick,’’ parece que los principales econom istas británicos
pasaban por alto en buena parte el problema de los bienes colectivos. Inclu­
so en el presente siglo, Pigou, en .su clásico tratado de finanzas públicas, sc
refirió a los bienes colectivos, principalm ente, sólo en forma im plícita.'^

B. L a TEORlA MARXISTA DF.I, RSTADO Y DR CI.ASHS

Aunque a los economistas clásicos británicos sc les puede acusar dc no haber


desarrollado una teoría explícita del Estado, a Kari Marx no se le puede acusar
dc lo mismo, porque él desarrolló una interesante y provocativa teoría
económica dcl Estado en una época en que los demás economistas, en su
mayoría, no habían comenzado siquiera a considerar la cuestión. En la teoría
de Marx, el Estado es el instmmento a través del cual la clase dirigente domina
a las otr^^.etee 5^QFpαιl^ En el período capitalista deía historia, el Estado
es ei "f^m ité ejecutivmde^la burguesía”; protege los bienes de las clases

11. Baum ol, pág. 11


12. Ibid., págf?. 140-156, donde se encontrarán largas citas de la obra dc Mill Principie.^
y de la de Sidgw ick Principies sobre este problcm li. así como un estudio dc los c o ­
m entarios casuales sobre el tem a encontrados en los trabajos dc Frédéric Hastial. I. R.
M cCulIoch y Friedrich List. Ver C/fl.v.Tic5 para com entarios pertinentes por Enrico Raronc
y G iovanni M ontem arlini.
13. A £ . Pigou, A S t u d y i n P u b l i c F i n a n e c d .re v .(l .ondres: M acm illan, 1949). Sin
em bargo, véase su pág. 33 para una m ención explícita de este lem a.
116 7 rr»f/inI O f t / n i i t r m t t / e i H t t m d r t f t ie r i m 909

capiralistas y adop(fl cualcsquicni polílicas que invonvcnn ii hi hmiiursiii l· !


Mnnincslo Comunlsla dice quc '’cl p(xlcr políllcí), bicn llnmndo nsi, no rs in,Is
quo la fuerza organlzjida dc una clásc pafíoprlm ir a oirn”.·^
Esla IcoffTdcl Eslado surge naluraimcnlc dc la leoría do las clases
sociales de Marx. Él pensaba que “la historia de toda sociedad cxisicnlc
hasla ahora es una hisioria de lucha de clases”.'* Las clasQS eran “grupos
organizados de imerés hunijino’*.'‘ Las cla^c^sociales eran lam bién uni­
formemente egoístas: colocaban el inierés de clase por encima dcMnlerés
naciófiál y ño Ies prcbcupaban cn absoluto los intérescs 3c lá.rclascsquc
se les oponían. Para Marx, una cíase social ñ o era ningún grupo particular
dc personas que compartían cierta posición social o que estuvieran incluidas
cn un grupo particular dc ingresos. Las clases se definían en lénninos dc
relaciones de propiedad. Se trataba de loscluénos del capital productivo, o
sea, los “cxpropiadores” dcl valor excedenie, que componían la clase ex­
plotadora, y los asalariados explotados, carentes de bienes, que com po­
nían el proletariado.'^
Esle punto de la definición es im portante. Si Marx hubiera definido
las clases en términos dc la posición o el prestigio social de sus miembros,
no habría tenido razón al hablar de sus intereses comunes, porque las
personas cuyas fuentes dc ingresos son distintas (por ejem plo, ingreso pro­
veniente del trabajo e ingreso proveniente del capital) pueden no obstante
gozarde un prestigio similar. M.ls bien, Marx definió una clase enjéfím
de la posesión de bienes productivos. Así. lodos los que corn ponen la clase
capitaiisia tienen intereses comunes y todo^Tós^que forman cl proleta­
riado tienen intereses comunes, pue.slo que son grupos cuyos miembros
ganan o pierden junios a medida qué varían los precios y los salarios. Un
gfüpo expropia eí valor excedente quelil otro pródücc. Con él iicmpo la
clase explotada se da cuenta de que le conviene y es capaz de rebelarse,
poniendo fin a ese lipo de explotación. En suma, las clases se definen en
lénninos de sus intereses económicos, y para favoreccrios recurrirán a
lodos los métodos incluyendo la violencia.

14. Karl Marii y Fricdcrich Engels, The Communist Manifesto (Niicvn York: League
for Intlu.^lrial Dem ocracy. 1933). pág. 82; ver lam bién dc Ralf D ahrcndorf
Conflict in industrial Sorirty (Stanford, Calif.: Stanford Univer^iiy Press. I9.S<)), pág. 13
15. Marx y E ngch, Com/nunist Manifesto, pág. 59.
16. Dahrendorf, pág. 35.
17. Dahrendorf, págs. 30 31; ver también Mandcll M. Bobcr. Kart Marx's Interpretation
o f History, cd. rev. (C am bridge, M ass.: H arvard U niversity Pros?». 1948). csp. Ins págs.
95-96. En cstc respecto Marx no difería mucho dc Jamus Mildison, quien cscribiiS cn los
trabajos Federalistas (núm ero d ie /) que “la fuente niás com ún y duradera de fucciones
ba sido la diversa y desigual distribución dc los bienes. Quienes Ion |H)seen y (|uiencs no
los tienen han constituido siem pre intereses distintos cn In sn cird ail”
I (I i eotfa m a r t h l a t i f i l'.ntario y d f ri ai tr t 117

Así como ja clase cs CROÍsia, también loes cl individuo· Marx sólo sen­
tía desdén por los socialistas utópicos y por otros que suponían una natura­
leza humana benevolente. Gran parte del egoísmo que Marx veía en tonio
su]^o lo atri]^yó al sistem a capitánsía^yjTTáid^^^ Tñir-
gu esía... no ha d ^ad o entrcTíombrc y hombre otr^T ñculo que efegofsm o'
escueto; cl insensible ‘pago cn dinero’. Ha ahogado cl divino éxtasis dcl
fervor religioso, del entusiasm o caballeroso, del sentim entalism o niisleo.
en las heladas aguas del cálculo egoísta"." Pero si cl propio interés fue más
patente en la sociedad burguesa, fue típico dc toda la historia dcl hombre
civilizado. “La codicia descarada fue el espíritu que alentó a la civilización
desde sus com ienzos hasta el presente: riqueza, riqueza y más riqueza, l.a
riqueza, no dc la sociedad sino de la persona m ezquina, fue su única y úl­
tima m eta".'*M arx atacó calificándolo de hipócrita casi lodo aquello por
lo cual las personas decían estar dispuestos a hacer sacrificios: las ideolo-
gías eran capas para ocultar intere.scs adquiridos; la burguesía gastaba
/g ra ñ íe s sum as en la "cvangelización^de las clasesm ás bajas”, sabiendo
que éso haría que los trabajadores’’se .sometieran a las costum bres de ¡os
amo.s qüc t)ios había tenido a bien colocar por encima dc ellos”.^‘’Éscribió
q ü c"íá7 g l« ía In g le s Establecida, por ejem plo, percTóñarl ñiJ's fácilm en­
te un ataque a 38 de sus 39 artículos que uno a la 39ava parte dc sus in­
gresos”.*' Sólo en el comurlismo, cl comuni.smo prim itivo de la tribu o el
com unism o pos-revolucionario, las propensiones egoístas no cotitrolan
éí com portam iento dcl hombre.
El énfasis dc Marx en elpropio interés, y sw suposición de que las clases
serán conscientes de sus intereses, han inducido naturalm ente a la mayoría
dc los criticona p e n ^ r que él era un utilitarista y u n ja c ionalista. Alpunos
piéñsañ que ese es su defecto principal y que^recalca dem asiado cl propio
interés y la racionalidad. Un ejemplo de ese punto dc vista merece ser citado
a fondo. El fallecido C. W right M ills sostenía que para que la acción de
clase pueda producirse, debe haber:

1) una conciencia y una identificación racionales con nuestros propios intereses dc clase.
2) una conciencia y un rechaz^ dc los intereses de la oíra clase com o ilegítim os.

18. Marx y Engels. Communisi Manifestó, pág. 62.


19. Friedrich E ngels, c iia d o tin Bober, Kart M a r x s Intcrpretation, pág. 72. Rober
escribió: “ Si los antiguos econorbistas ingleses supusieron al hom bre económ ico cfi tra ­
tos pecuniarios, si M aquiavclo construyó ni hom bre político en el dom inio de la políiica,
Marx fue más alié” (págs. 74-75).
20. Friedrich Engeh,Socialism , V topianandScientific, trans. Edward Aveling (Nueva
York: 1892), págs. XXV, XXXI, XXXVI.
21. KarI M arx, Capital, cd. Everym an (Londres: J. M. Dent, 1951), II. 864 865. Ver
lam bién B ober, caps. VI y VII, págs. 115-156.
11H Teorias ortoéoxat ér t Estñéo y de clases

3) u n t conciencia y una disposición a usar los m edios políticos colectivos con el fin
político colectivo de favorecer los intereses p ro p io s... El m odelo general m arxista se
basa siem pre e n ... la j ^ o l o g ía política d^*Vo1verse consciente de la& posibilidades
inherentes'T Esta i^a es tan racionalista como^eljiberali^st^ fn ^its^^supuestos
psicol^t ^ : P o f ^ é lá lucüa que tiene lugar avanza de acuerdo con el reconocim iento
racional, por parte de las clases que com piten, de los intereses m ateriales incom pati­
bles; Ia reflexión vincula el hecho m aterial y la conciencia interesada un cálculo
de la ventaja. Com o conectam ente lo señaló V eblen, la idea es utilitaria y se relaciona
más estrecham ente con Bentham que con Hegel.

Tanto el m arxism o como el liberalism o hacen las m ismas suposiciones racionalistas


de que los hom bres, si se les da ta oportunidad, llegarán naturalm ente a la conciencia
política de intereses, propios o de clase (las cursivas son m ías).

El error del punto de vista marxista de que las personas serán lo bas­
tante u tU itari^y racionalistas para ver la conveniencia de entregarse a la
acción díTclasc e ^ líe m o S íiío . en opini(5n de M ills, por la apatía política
generalizada, “^ a indifercpcía", dice M ills, “cs la señal principal d c l. . .
colapso de las espcKtfrtas socialistas”. "

Pero el com entario m ás decisivo que se puede hacer sobre cl estado de la política cn
los EE. UU. sc refiere al hecho de la indiferencia ptíblica g e n e ra l.. . (La m ayoría de las
personas) son ajenas a la política. No son radicales, ni liberales, ni conservadoras ni
reaccionarias; son inaccionariis; están fuera de ella.^

Dicho con brevedad, Marx ve individuos egoístas y clases egoístas ac­


tuando para satisfacer sus intereses. Muchos críticos atacan a Marx por en­
fatizar demasiado el interés propio y la racionalidad individual. Piensan
que la mayoría de las personas no deben saber ni preocuparse por cuáles
son sus intereses de clase, ya que el conflicto de clases no es la fuerza abru­
madora que Marx suponía.

C. La LÓC5ICA DE LA TEORÍA DE MARX

En realidad no es cierto que la ausencia del tipo de conflicto de clase es-


perg^da por Marx dem uestra que él sobtxístimaba la fuerza del com porta-

22. Todas estas citas se to iy ro n d c C . W right M ills, (N ueva Y ork:O xford


University Press, 1951), págs. 325-328. Tam bién T alcott Parsons sostiene que M arx fue
básicM nm le un utilitarista. Véase "Social C lases and Class C onflict in the Light o f R ecent
Sociological Theory*’, en sus Essays in Sociological Theory, ed. rev* (G lencoe, 111.: Free
Press. 1954), pág. 323.
La itíffica de ta teoría de M a r x 119

miento racional. Por el contrario, la ausencia dcl tipo dc acción dc clase


pronosticada por Marx se debe en parte al predominio del comportamiento
racional utilitario, porgue la acción orientada hacia la clase nolendrá lii-
f>aFü las personas que componen una clase actúan racionalmenie. vSi una
persona pertenece a la clase burguesa, querrá un gobierno que représenle
a su clase; pero no quiere decir que convendrá a sus intereses ver que esc
gobiem o llegue al poder. Si hay un gobiem o tal, esa persona se beneficia­
rá con sus políticas seá qile lo haya apoyado o no, porque dc acuerdo con
la hipótesis de Marx, trabajará por los intereses de su clase. Además, cn lo­
do caso es de suponer que una persona burguesa no podrá ejercer una in-
íluencia decisiva en las preferencias de un gobiemo. Dc manera que lo que
debe hacer racionalmente un burgués e^ d c sentenderse de los intereses
de su clase y dedicarsusenergías a su s\fñcrcscspersonales. Análogamenle,
a uñ trabajador que piensa que se bchcriciará con un gobiem o “prolciario’*
no le parecerá racional arriesgar su vida y sus recursos para iniciar una re­
volución en contra del gobiemo burgués. Sería igualmente razonable supo­
ner que lodos los trabajadores dc un país rc.stringirían volunlariatncnlc sus
horas dc trabajo con cl fin dc aum cniar los salarios cn relación con las
recompensas para el capital, porque en ambos casos la persona sabc^tjuc^
obtendrá los benencios de la acción~^ecTáse haya o no participado.” (Es
natOfal poTIo tanió qUé las revoluciones "m arxistas” que han tenido lugar
hayan sido iniciadas por pequeñas élites conspiradoras que se aprovecha­
ron dc los gobiernos débiles durante los períodos de desorganización
social. No fue Marx, sino Lenin y Trotsky, quienes aportaron la teoría de
este tipo de revolución. Véase la obra de Lenin What Is to Be Done ’’’ para
una exposición de la necesidad com unista dc depender dc una minoría
com prom etida, autosacrificada y disciplinada más bicn que dc los iiiicre-
ses comunes de la masa del proletariado.)
De manera que la acción de clase m arxista asume el carácter dc un es­
fuerzo cualquiera para alcanzar las mcias colectivas de un grupo tálenle
grande. En térm inos m arxistas, una clase consiste en un gmpo grande de
personas que tienen un interés común proveniente del hecho dc que poseen j
o no poseen bienes o capital productivos. Al ig u aiju e cn cualquier grupo

23. John R. Com m ons ha cnm clido lam bién esle error. Ver “ Econom ists and Class
Partnership”, cn su colección dc tfnsayos intitulada Labor an(^/\(^ministration{l·iuc\ "^ York:
M acm illan. 1913), p.^g. 60. '
24. V. 1. Lenin. What Is to De Done (Nueva York: International Publishers. 1929); vcr
lam bién dc Edmund W \\aonTo the Finland Station {Nucy^n York: H nrcouri, n race. 1940),
p ig s. 384-404. Crane Brinlon ha dcm oslrado quc las principales revoluciones, com unistas
o no. las llevaron a cabo grupos asom brosam ente pequeños dc personas. Ver The Anatomy
o f Revolution (N ueva York: Random House, n.d.). p ig s. 1.57-163.
120 1 r o f í n t »t h ui os drt ! ' \ t i * « /« M r i

latcn(c grande, cada miembro dc la cinsc hallarrt (jiic saUIrrt j^amiiulo si lo­
dos los coslos y sacrind o s necesarios para «Ican/a r la nicj^a aunjui son
pagados y realizados por otros. Por definición, la^^legísíacirtn de cíase”
ravorüüraiacT ascaT coniuj^ que a quienes la componen Indivi­
dualmente. de manera (H^ÍMif^rpcr inn^niivos a las pcrson^jspam cm[2rcn-
deruna acción “conscicnic de clase”. El trabajador liene la misma relación
con ía masa del proletariado, y el hombre dc negocios tiene la misma rela­
ción con la masa de la burguesía, que cl contribuyente tiene con cl Estado
y la empresa com petitiva con la industria.
La comparación de la clase marxista con cl grupo grande u organiza­
ción económica no es exagerada. En ocasiones. Marx limitó la palabra
“clase” a las agrupaciones organizadas: “En la medida cn que la identidad
dc sus intereses no produzca una com unidad, una asociación nacional y
organizaciones políticas, no constituyen una clase”.” Marx recalcó lam ­
bién la im portancia dcl sindicato y de la huelga para la acción de clase del
proletariado. En el M aniliesto Comunista. Marx y Engels describen así el
proceso de la acción proletaria:

Lxis conflicios cnirc ios irabajaclorcs individuales y los burgueses individuales asu­
men mAs bien cl carácter dc conflictos cnirc las dos clases. Dc m anera que los trabajadores
com ienzan a formar com binaciones (sindicatos) contra la burguesía; sc unen con cl fin dc
m antener alto cl índice dc snlnrios; fundan asociaciones perm anentes para atender anti­
cipadam ente esas revueltas ocasionales. Aquí y allá, la controversia desem boca cn
disturbio.
Dc VC7. cn cuando los trabajadores resultan victoriosos, pero sólo por un tiem po. El
verdadero fruto dc sus batallas no consiste cn cl resultado inm cdiaio, sino cn la siem pre
crecicnte unión dc los trabajadores.*^

Pero los trabajadores que iniciarían cl asallo de la lucha de clases


fomiando un sindicato para hacer subir los salarios tienen que encarar el
hecho de que el trabajador individual no favorece sus intereses añli.indose
a un sindicato con ese Tin.^^EI punto crucial es que la teoría de Marx de las

2V Citado cn D ahrendorf, pág. 13.


26. Communisi Manifestó, págs. 68-69. Muchos estudiosos piensan que cl crecim iento
de los sindicatos dism inuye los probabilidudcs de una revolución com unista, ya que ese
crecim icnto institucionaliza la lucha y tiende a m antenerla dentro de ciertos lím ites. Las
revoluciones com unistas han tenido más éxito en los países donde no había sindicatos
fuertes. VcrScym our M artin L ip sel,ro /iliaj/M íifi(O ard cn C ily , N.Y.: Doubleday. I960),
págs. 21-22.
27. En ocasiones pareció que Marx reconocía esle problem a; pero su respuesta no es
muy clara, como lo sugiere U\ cila siguiente; “ La induxtriii ort gran escala concentra cn im
/ ri Itlffira Ut Itorín Hr Afii» » \1\

clases sociales cs InconsccudiUc cn cuanlo supone la búsqueda racional y


egoísta dc los Intereses individu^cs.X liando la acción oricrrtaüa"n^a la
■Cíase pronosticada por Marx no se produce, eso no indica que la m otivación
económ ica no sea predominante, como suponen algunos de sus críticos,
sino que no hay incentivos económicos individuales para la acción dc clases.
M uchos de quienes critican a Marx como si él fuera lógicam ente coívíc-
cuente pero psicológicam ente poco realista no sólo le están dando a la
teoría dc Marx crédito por una coherencia que tal vez no tiene, sino que
están equivocados al suponerque la apatía y la ausencia dcl grado de acción
de clase que él esperaba se deben a la falla de com portam iento económ ico
racional: podrían deberse lógicam enie a su fuerza.
No estam os negando que una leoría de com portam iento irracionn! (|ur
conduzca a la acción dc clase podría en ciertos casos ser de algún inionS
Las diferencias de clase resultantes de factores psicológicos podrían indu
Cira las personas irracional y emocionalmente a actuaren forma oiicntii
da hacia la clase.^*Una leoría de acción dc clase que recalcara la cmoc lón
y la irracionalidad más bicñque el calculo l'rfó y egoísta que Marx do«iiuii
ba a menudo, seria por IcTmenos con^cuenlc. Por desgracia Marx no ('iii
un escritor p réaso y hay Incertidum bre acerca dc lo que quería d (\ li icid
mente; de modo que es concebible que pueda haber tenido cn m enir rsn im
ría irracional, em ocional y psicológica de la acción de clase (|uc la icoiíii

m ism o lugar a una m ultitud de personas desconocidas entre sí. La c o m p rin u In div idr «u«
inlercses. Pero la conservación dc los salarios, interés com\^n que tim en rn i niiliii di* lu
patrón, las une en un pensam iento com ún dc resistencia; la romhinarióñ . Inh rntiil·!
naciones, aisladas en un principio, se constituyen cn grupos . . . y, enfrrnlíido i ni i npliNl
siem pre unido, el m antenim ienlo dc la a.sociación se vuelve mds necesario para »»11»··» i)iip
la conservación de los salarios . . . En esta lucha (una verdadera guerra civ il) i r uiii ti y
se desarrollan todos los elem entos necesarios para una batalla que se avpcinti l Itia v v f qttfi
ha llegado a este punto, la asociación adquiere un carácter p olítico ” . E iir pii«a)r, hiMindM
de The Poverty o f Philosophy, fue citado tam bién y recalcado por Lenin, lu «'nhnv··
sobre “Karl M arx”, en KarI M arx, Selected Works in T\w) Volumes, prepntndo pni «·!
Instituto Marx-Engels-L>enin, M oscij, bajo la dirección de V. A doratsky (Nuovii Y»»tk
International Publishers, n.d.). I, 48-50.
28. Esa actitud irracional de Díase determ inada sociológicam enfe podrín. no (»biinuli·,
ser influida por la posición económ ica de la claSe.'Las condiciones económlcaii
afectar a las actitudes sociales. Pero este hecho no destruye la distinción «nirr fin icnfl·»
de clase orientada sociológicam ente y una qye presupone que la acción de claie ir did»n
a incentivos individuales (im aginados) para la acción consciente de clase S m I iih U
influencia dc clase en el com portam iento político norteam ericano véase la obra df Sniiiu«·!
Lubell The Future o f American Phlitics (Nueva York: Harper, 1952) p(is%im, |»nn» »»»
pecialm cnte circa pág. 59, y su Revolt o f the Moderates (N ueva York: H arftrr, |91A),
pág.s, 103-120; V. O. Key, Politics, Parties and Pressure Groups. 4a. rd. (Nueva Yorli
T. Y. C row ell, 1958), págs. 269-279.
122 Teorías ortodoxas del Estado y de clases

racional,_ccijnóniica7 .uiilU atia.qucjionnalra£nic sc.lc_airibu^c. Esto cs


concebible pero tal vez improbable, porque si Marx hubiera querido desa-
rro ll^ jal Jcgría_s_C.habría visto obligado lógicamente a destacar la subll-
macirtn sincera y desinteresada (íeJpsjj]|jgnescsjDdiv.idualcs.cnJay la
acción oricniada hacia la clasc.-Hubicra tenido que sostener que el burgués
individual era tan desinteresado y dedicado que pasaría por alto sus in­
tereses personales para favorecer las metas de su clase. Pero, como ya se
explicó, difícilm ente era esc cl punto de vi.sta de Mjtrx. Recalcó cn toda
oportunidad el egoísmo individual y cl cálculo de la burguesía. Inclu.so
definió las clascs^enjénninos dc relaciones dc propiedad y por lo tantode
intereses cconómjcqs^” Y prestó poca o ninguna atención a ios procesos
socioTágícos y psicológicos m ediante los cuales se podría desarrollar
una conciencia em ocional de clase. Por esas ra/.oncs, es probable que
Marx no tuviera cn mente .sólo una teoría de acción dc clase irracional y no
económ ica.’®
Gran parle de la evidencia sugiere más bicn que estaba ofreciendo una
teoría basada en un comportamiento individual racional y utilitario. De ser

J'). Por otra parle, cn algunos higiircs Marx parece perciliir cl hecho dc qnc los inicrcscs
indi viduales no consiituycn una base para la acción orgflniziula dc d a se que él proclam ó
c o m o la fuerza decisiva cn la hisioria. Véanse sus com entarios acerca de la com petencia
entre los trabajadores y entre la burguesía, que rom pe la unidad dc cada clase, en cl
Communist Manifesto, cspecialm cnte la página 69, así com o cn sus otros escritos. Véase
tam bién lo citii tomada dcl artículo de Marx “ Ideology - ‘Saint M ax’" citado cn Lipsct,
Political Man, págs. 24-25.
Marx pone tam bién mucho énfasis cn la derivación dc ideas m orales de la po.sición de
clase. Véase Friederich Engels, Herr Eugen Duhring’s Revolution in Science (Anti-
Duhring). trad. Emile Burns (Nueva York, 1939), págs. 104-105. En relación con esto sc
debe tener en cucnta la aparente tandencia de los m ovim ientos revolucionarios a oblener
adhcrentes entre aquellos que tienen los vínculos de clase más débiles. Algunos eruditos
sostienen que quienes están déclassé, o sea "aportados” de los grupos principales dc su so ­
ciedad, son los más propensos a recurrir a m ovim ientos religiosos o políticos tales com o
cl com unism o, la John Rirch Society, etc. Ver Eric Hoffer, TheTrue Believer {Uucvñ York:
New Am erican Library. 1958). y W illiam K ornhauser, The Politics o f M ass Society
(Glcncoc, 111.: Free Press. 1959). págs. 14 15. Ver tam bién de Eñch f r o m m Escape fro m
Freedom York: Holt. Rinehart A W inston, 1960), y d e David R icsm anr/icL on c/y
Crowd (Nueva York: Doubleday Anchor, 1956).
30. Hay alguna posibilidad de que Marx no tuviera en m ente una teoría dc com por­
tam iento racional ni una de com portam iento irracional, sino que estuviera sim plem ente
exponiendo una afirm ación m etafísica no em pírica derivada dc la filo so fía d ialé ctica
dc Hegel. Una y otra vez. Marx se refirió a la im portancia dcl razonam iento d ialéctico
para la com prensión dc los fenóm enos sociales y dijo que él había encontrado la d ia ­
léctica dc Hegel dc cabeza y la había puesto derecha. La esen cia dc la historia cs un
movim iento inexorable m ediante el cual una clase dirigente sustiliiyc a otra, así com o
una tesis liene su antítesis. En la m edida en que la teoría dc M arx dcl conriicto de clases
I^a lógica de la teoría de M a r x · 123

así, su teoría cs incoherente. Pero, aun cuando pensara realmenle cn un


com portam iento emocional irracional, su teoría sc tambalea dc todos m o­
dos, porcjue ps difícil creer que cl com portamiento irracional podría ser la
fuerza motivadora dc todo cl cambio social a lo ,largo Uc la historiácicl
.ho m btt. Dc manera que la teoría de Marx de las clases sociales es, como
lo describió Joscph Chumpeter, sólo una "herm ana tullida” de su más ex­
tensa interpretación económ ica dc la hisioria.

tiene csn tiasc m it« f(sica, fnislrn toda critica dcl tipo que antecede; potqiic sí la
sustitución ele una clase dirigente por otrn cs producidn incvitablcnienic por alguna
Fuerza inm anente a la historia, no im porta si la búsqueda racional del p rojjio in tc r ^ dc
las personas que Tiguran en las diferentes clases puede uroducirla. El m ovim ienio
d íálgcrico dcl cam Pio n ist¿n co garantizará en todo caso cl cam bio cn cl ^ b ic r n o Í lc
cláse. Pero sea pequeña o grande la pnrtc que desem peña In d inlé cticn cn los trabajos
de M arx, cs claro que esc concepto m etafisico no tiene nada que hacer cn una disciplina
em pírica com o cs la econom ía, hara un razonam iento cn el sentido dc que hay un
''elem ento de m ish ciim o en la d ia lé c tic a 'V ^ a s í TTóBcr, p ig . 44. Para un punto do vi<;in
diferente véase la obra de Joscph Schum peter Capitalism, Socialism and Drmncrary,
4a. cd. (L ondres; G eorge Allen & Unw in. 1954), pág. 10
V
Teorías ortodoxas de
los grupos de presión

A. L a P í - R s r n c r i V A r i i .o s ó i ic a d i· l o s g r u p o s d h p r iís ió n

Así como los m arxistas glorifican y exageran la acción de las clases, m u­


chos em ditos no m arxistas glorifican y enaltecen al grupo de presión.
M uchos eruditos bien conocidos, especialm ente en los Estados Unidos,
respaldan con entusiasm o o aceptan muy contentos los resultados de la
actividad del grupo de presión y se mofan de los periodistas y de los ob­
servadores casuales' que se preocupan por la fuerza de los gm pos de
presión. Los eruditos que los alaban difieren considerablem ente entre
ellos. Sin em bargo, existe tal vez un elemento común en los puntos de vista
de la m ayoría de ellos: tienden a escribir aprobando las funciones que
los grupos de presión desempeñan y los efectos benéficos de sus activida­
des. Muchos sostienen que, por lo general, esos grupos se contrarrestan,
garantizando así que no habrá un resultado excesivam ente favorable para
uno de ellos y que perjudique indebidam ente al resto dc la sociedad.
Sería difícil seguir con exactitud el desarrollo del punto de vista de que
los grupos de presión son generalm ente benéficos, o por lo menos benig­
nos; pero un tipo dc pensam iento que probablem ente ha ayudado a crear
un clima intelectual favorable a la propagación de esc punto de vista cs
el que se conoce como "pluralism o”. El pluralismo, sin duda, se ocupa dc m u­
cho más que los grupos de presión: en realidad se ocupa de ellos sólo
tangencialm enie. Es la doclrijia política que sostiene que las asociaciones
privadas de toda clase, y especialm ente los sinllicalos, las iglesias y las coo­
perativas, deberían descmpeñivr un papel constitucional más importante en
la sociedad y quccl Eslado no debería ejercer un control ilim itado sobre la
1. Ver Robcrl Luce, Legislative Assemblies (B oston: H oughton M ifílin, 1924);
Stuart C hase, Democracy Under Pressure: Special Interests vs. the Public Welfare
(Nueva York: T w entieth C cnlury Fund. 1945); Robcrl Brady, Business as a System o f
Poyver (Nueva York: Columbia University Press. 1943); Kcnncih G. Crawford, The Pressure
/?oy5 (N ueva York: Julian M cssncr, 1939).

125
126 Tetpríns ortodoxas de los grupos de presión

pluralidad dc esas asociaciones privadas. Por un lado sc opone a la ve­


neración hegeliana del Eslado-nación. pero por el olro lenie a los extremos
individualistas anarquistas y liberalistas y acaba buscando segundad cn
una sociedad en la cual diversas asociaciones privadas im portantes cons­
tituyen un colchón entre el individuo y el Estado.^
Ei pluralism o tiende a crear un humor favorable a los grupos dc presión
(aunque no es ese su fin principal), primordialmcntc porque hace hincapié
cn la espontaneidad, la libertad y el carácter voluntario de la asociación
privada, cn contraste con la índole com pulsoria y coercitiva del Estado.’
El tcórico político pluralista A. D. Lindsay lo expresa de este modo:

La vida común dc la sociedad cs vivida por las personas cn lodas las form as dc
relación social: iglesias, sindícalos, insiiliicioncs dc lodo lijx). La vida religiosa, la cicn-
liTica y la económ ica dc la com unidad se desarrolla a iravés de ellas. Cada una liene su p ro ­
pio desarrollo. Hay rn ellos una esfera dc iniciativa, espontaneidad y libertad.
fisa esfera no puede ser ocupada por el Estado con sus instrumentos de comfiulsión
jlns cursivns son mías|.^

Los pluralistas heredaron cn parte este punto de vista de dos famosos


cnidilos jurídicos, Otto von Gierke de Alemania y F. W. M aitland de
Inglaterra.’ Esos dos eruditos sc ocupaban primordialmcntc de las dificul-

2. Franci.s W. Cí)kcr, "P lu ra lism ”, Encyclopaedia o f the Social Sciences, XII


(N ueva York: M acm illan, 19.14). 170-173; M. P. Follcll, The New State - Group
OrganÍ 2 ation the Solution o f Popular G overnment ( N ucvh Y ork: L ongm ans. G reen,
1918); H arold Laski, A Grammar o f Politics, 4 a. ed. (L ondres: G eorge A llen &. U nw in,
1^3^). p:'«gs. 15 286; Sir Rrnest B arker, P olitical Thought in England, IH 4S-Ì914
(l.ondres: O xford U niversity Press. 1947). píígs. 153-224, y Principles o f Social and
Political Theory (O xford: C larendon Press, 1951). p'igs. 47-88. M is recicntcm cn lc,
un n u e v o lipo sociológico de icoría p lu ralisla ha soslenicio (|ue se rc(|uierc una gran
caniidiid dc grupos políiico»; apiulc del Eslado pnra que una sociedad no sea su sce p ­
tible n los "m ovim icnlos m a’íiv o s” com o cl n a /ism o y el com unism o. Véase W illiam
K orniiauscr. The Politics o f Mass Society (G lencoe, III.: Free Press, 1959) y de H arry
Ecksicin A Theory o f Stable D emocracy (P rincelon, N.J.: C enler o f In lernalional
Suiciics. Princelon U niversity. 1961). A una conversación con cl profesor T alco ll
Parsons le debo la sugerencia de (juc csia vjiriedad de pcns:im icnlo so ciolog ico debe
ser considerada com o un nuevo lipo de pluralism o.
3 "Fl pluralism considera (|uc estas (asociaciones v o lu n ta rias). . . im plican respeto
a la independencia y a In iniciativ.i de los grupos ‘esp ontán eos’ económ icos, profesio-
n;iles y Uicales (|ue cíurespondcn a las unidades 'n a tu ra le s’ de interés y función". C oker
en Encyclopaedia of the So( ial Sciences, .XII, 172. Ver lam bién Francis C oker, Recent
Politirol Thought (Nuev;« York: A ppIclon-C enlury-C rofls. 1934), págs. 497-520.
4. A. D. Lindsny, Democratic State {Lf.'tndrcs: Oxford U niversily Press, 1 9 4 3 ,1, 245.
5. ()tt(i von Ciicrke. Prjlitica! Theories of the Middle Age. obra traducida con una in ­
troducción dc F. W. M aitland (Cam bridge. Ing.: Cam bridge U niversity Press, 19(K)), y
ÍM perspectiva Jitoxófica He tos grupos de presión 127

lacles legales que surgían cuando a las asociaciones privadas no se les


concedía “personalidad jurídica” (cl carácier dc unidades con derechos y
obligaciones legales) y encontraron en el pensamienlo y las prácticas m e­
dievales un concepto de los grupos o asociaciones organizados que desta­
caba su origen espontáneo y su unidad orgánica y que les pareció una base
adecuada para el pensamiento jurídico moderno. El punto de vista de que
la organización privada era una consecuencia independiente, voluntaria y
espontánea fue reforzado por varios eruditos que, aunque no siempre eran
pluralistas, com partían no obstante el entusiasm o por la asociación volun­
taria. John Dewey, ei crítico social norteam ericano, era uno de cllos.^ Y cn
el pensamiento corporativo francés se daba un énfasis un tanto pluralista
a la asociación privada. Joseph Paul-Boncour, quien más tarde fue prim er
m inistro, sostenía que la historia de las asociaciones profesionales y ocu-
pacionales indicaba que en todas las épocas y países esos grupos habían
surgido espontáneam ente y con el tiempo se convirtieron en una fuer/a
decisiva en su industria u ocupación.·^ Emile Durkheim, el gran sociólogo
francés, era, al igual que Paul-Boncour, algo así como un "corporatista” cn
el sentido de que creía en las causas sociológicam ente naturales y cn los
efectos sociológicam ente deseables dc una red dc asociaciones organiza­
das ocupacionalm cntc, y quería un sistema de gobiem o en cl cual esos
grupos desempeñaran un papel mucho más im portante.’’
La idea del “Estado corporativo”, o sea un gobiem o organizado cn tor­
no a la representación y la adm inistración a través de grupos industriales-
ocupacionales más bien que a través de di visiones territoriales, tiene tal vez
alguna sim ilitud con el punto de vista de que los gmpos de presión debe­
rían, en vista de sus efectos benéficos, dc.scmpcñar un papel tiiás importan-

Natural Law and the Theory o f Society, 1500-1800, ItíkIucícJm con una introducciíMi dc
Emcst Barker (Cambridge, Ing.: Cambridge University Press, 1930); F. W. MaillaTid, ‘‘Moral
Personaliiy and Legal Personaliiy", en Maitland Selected Rssays, cd. M. D. H a/cllin c.
G. L apsley y P. H. W infield (C am bridge. Ing.: C anibiidgc U niversity Prcs.«;. 1936).
págs. 223-239.
6. John Dewey, The Public and Its Prohlctns, 3a. cd. (Denver: Aliati Swallow, 19.S4).
págs. 22-23, 26-27, 28-33. 72-73 y 188.
7. Joseph Paul Boncour, Le^fédéralis^tñe économiqur, elude sur tes rapporis dc
l'individu el des groupements profcssionnels (París: Felix Alean. 1900). y Rejlections of
the French Republic, trad. G eorgc M arion Jr. (N ueva York: Robert Speller Sc Siins.
1957), I, dOy 138-147. ^
8. Em ile D urkheim , Le Suicide (Paris: Felix A lcan. 1897). y The Division o f Labor
inSociety, trad. G corgc Sim pson (Glcncoc, Ml.: Free Press. 1947), esp. lasp.ng. 1-31. Vea
se tam bién M athew H. Elbow, French Corporative Theory, 1789-19^8 (Nueva Y(uk:
Colum bia U niversity Press, 1953), págs. 100-1 18. Para conocer el punto de vista de nn
politico inglés acerca dc la necesidad de un parlamento oc\ipacional o “social”, véase dc L. S .
Amcry I hough ts on the Cortstitution (Londres: Oxford University Press, 19.53), págs. 64 69
I2M Teorías or todo r a t de tos grupos de presión

le. I-a teoría del E.<:tado corporativo ha sido popular duranlc mucho tiempo
en cl continente, .sobre lodo cn Francia, donde una versión de In misma ha
sido apoyada por muchos grupos católicos romanos !>ldo alentada
oficialm ente por el Vaticano’) lo mismo que por cl Presidente Charles de
Gaullc."*EI énfasis cn la organización política sobre una base funcional u
ocupacional-industrial más bien que geográfica fue por supuesto caracte­
rística también de algunas variantes del pensamiento sindicalista y fas­
cista, y hasta cierto punto .se puso en práctica en la Italia fascista y en la
Francia de Vichy."

B. E c o n o m ía iN S T m icio N A i, y e i , o r u p o dr pr r s ió n -
JOMN R. COMMONS

Probablem ente la defensa más seria de la representación ocupacional en


Norteam érica, opuesta a la geográfica, la hizo cl econom ista institucional
John R. Commons.'* Y en su caso, la preocupación por la representación
ocupacional-industrial estaba vinculadadireclam ente con su decidido apo­
yo al gr\ipo de presión. En cierto momento Commons recomendó la elec­
ción directa dc representantes de cada grupo de interés, y esos representantes
serían la legislatura efectiva de la nación.” (G. D. H. Cole y otros Socia­
listas Gremiales recomendaron un sistem a político un tanto sim ilar en In-
9. Pío Xí. Quadragesimo Anno.
10. Elbow , paw im . esp. I«s págs. 81-96, 100-118, 197-204.
11. Coker, Recent P oliticaiThought,pigs. 229-290,460-496; E lbow ,paw im ; Richard
Hum phrey, Georges Sorel (Cam bridge, M ass.: Harvard U niversity Press, \95]), passim.
csp. las págs. 193-194. En algunos respectos, las ideas de Adolph B erle sobre el papel
polílico que las em presas podrían desem peñar son tam bién sim ilares al pluralism o. V éa­
se The Twentieth Century Capitalist Revolution (Nueva York: H arcourt, Brace, 1954) y
Power without Property (N ueva York: H arcourt, Brace. 1959.).
12. John R. Com mons, Representative Democracy York: Bureau o f Econom ic
Rcsenrch, n .d .);/ftr/ifuríomi/^cí?n<7fnící (M adison: U niversily o f W isconsin Press, 19.59),
¡1, 877 903; The Economics o f Collective Action (N ueva York: M acm illan, 1950).
13. Véase el cap. II intitulado “ R epresenlation o f Interests*’ cn la obra de Com m ons
Representative Democracy. “ Para volver a los prim eros principios del gobierno represcn-
lalivo (hislrtrica y lógicam ente), a cada uno de esos intereses diversos debería perm itírsele
que se organizara por sí m ism o y eligiera a su portavoz. Así. los negros elegirían a Booker
T. W ashington, los banqueros elegirían a Lyman J. Oage y a J. Pierpont M o rg a n ;. . . los
sindicatos a Samuel G om pers y a P. M. A rthur, cl clero al arzobispo C orrigan y al Dr.
Parkhursl, las universidades a Seth Low y al Presidente Eliot . . . Pero escasam ente uno
dc esos hom bres podría ser elegido hoy por surragio popular en los barrios o distritos
lim itados donde llegan a dorm ir . . . Pero al m ism o tiem po esle original principio está
abriéndose cam ino inconscientem ente. En los últim os veinte año* no ha habido m ovi­
m iento soci al m is cali id o y pótenle que la organización de los intereses pr i vados” (págs.
23 24). Véase lam bién Harvey Fcrgusson, People and Power (N ueva York: W illiam
M orrow, 1947), csp. las págs. 110-111. Una dificultad de e«e parlam ento dc grupo de
presión es que ningón legislador podría po.úblem ente intercam biar un interés cn favor
I· t tmomi n i nt lUu t iifnni 119

HlalciTii.)'M’cro In mayor parie del licmpo Commons alegó únicamenlc que


los gm pos de presión eran las Tuer/as más rcprescniaiivas y benéricas que
influían cn ia política económ ica norteam ericana.
La base del pensamiento de Commons era cl punto dc vista de que los
mecanismos dcl m ercado no producían por sí mismos resultados equita­
tivos para los diferentes gmpos de la econom ía, así como la convicción dc
que esa falta de equidad se debía a la disparidad en el poder de negociación
de esos gm pos diferentes. Esa disparidad no sería elim inada por la ac­
ción colectiva fomentada porci gobiemo a menos que los gmpos de presión
obligaran a hacer las reformas necesarias, puesto que la m aquinaria polUjca
y los ricos controlaban a las legislaturas. De manera que, para Commons,
los grupos de presión eran prácticam ente un medio indispensable para el
logro de un orden económico justo y racional.'^ Los conílictos entre los
diferentes gm pos de interés eran los vehículos dc la reforma y el progreso.
El econom ista, según creía Commons, no debía buscar una legislación
económ ica que favoreciera los intereses dc toda la sociedad, sino unirse a
algún gmpo de presión o clase y ascsorario acerca de las medidas conve­
nientes para sus intereses a largo plazo. Después de todo, los econom istas
clásicos llegaron a tener una influencia decisiva en la política económ ica
británica gracias a su idcntiricaclón con las clases comercial c industrial
surgidas en la Inglaterra del siglo diecinueve.'^

dc olro, dc m anera que cl grado dc com prom iso ncccsario pnra una dem ocracia continua­
da podría ser inalcanzable.
14. “ Es tonto h ablar dc un hom bre que rep resenta a otro o a varios o tro s; . .. nn hny
cosa tal com o la represen tación dc unn persona por o tra, porque por su n aturaleza
m ism a el hom bre cs un ser que no puede ser rep resen tad o . . . D ecim os que la única
m anera cn que puede haber una representación real cs cuando el rcp rescn tan lc re-
presenlH no a otra person a, sino a algún grupo dc finalidades que los hom bres licncn
en com ún; que Jam ás se debe tratar de rep resen tar a Sm ith, a Jones y a Brow n por
m edio dc R obinson; pero que, si Sm ith, Jones y Brow n tienen interés com ún cn alguna
cosa p articu lar, sea com o p ro du clo rcs, com o ju g ad o res dc fútbol o en cu alq u ier otra
capacidad, cs m uy legítim o que escojan a R obinson para que llev e a cabo por ellos y
en su nom bre el prop ósito com ún. Es dccir, que toda rep resen tació n verd ad era, si
estam os en lo co rrecto , no cs una represen tación dc personas, sino solo dc propó sitos
co m u n es; o b icn . d ich o con j)tra s p alu b ras, loda re p re se n ta c ió n real cs n cccsn ria-
m cnle una representació n fu n cio n al” . Lo an terior se lom ó dc O. D. H. C olé, "G uild
S o cialism ”, com o está extracla.do cn Introduction to C ontem porary Civilization in the
W'est, p u b licad o y prep arad o p 9r la Colurxibia U n iv ersity , II, 889. Vcr lam bién de
C ole S e lf G overnm ent in Industry (L ondres: G. BcU & Sons. 1917).
15. Com m ons, Economics o f Collective Action, passim, las p á g s.33. 59, 262 291;
Institutional Economic.^, pas.úm ;'y The Legal Foundations o f Capitalism (M adison:
U niversity of W isconsin Press, 1957), passim.
16. "E conom isls and Class partnership”, en Labor and Administration (Nucvn York:
M acmillan, 1913). una colección dc artículos por Commons, págs. 51-71 y csp. la 54 y la 67.
130 Teorías ortodoxas de tos grupos de presión

Pero la parle más imporíanle del pensamiento dc Commons para el pre­


sente propósito fue su creencia de que los grupos de presión económ ica
eran más representativos del pueblo que las legislaturas basadas en la re­
presentación territorial. En su último libro, en el cual resumió su pensamiento
con la ayuda de Kenneth Parsons, escribió: "Un hecho notable con respecto
a los grupos dc presión cs la reciente concentración dc sus oficinas prin­
cipales en W ashington, D.C., la capital política dc la nación. Los grupos de
presión económica vienen a ser realmente un parlamento ocupacional del
pueblo norteamericano, más auténticamente representativo que el Con­
greso elegido por las divisiones territoriales (las cursivas son mías). Son
la contrapane informal del 'Estado corporativo’ de M ussolini, el Estado
ocupacional italiano”,'^ El estím ulo de Commons ai grupo de presión eco­
nómica llegó al grado de sugerir que los grupos de presión, y especialm ente
los sindicatos dc trabajadores, las organizaciones agrícolas y las coopera­
tivas, eran las instituciones más vitales de la sociedad y la sangre de la de­
mocracia. La libertad para fonnar grupos de presión im portaba más que
cualquiera de las libertades dem ocráticas. La legislatura tradicional,
pensaba, debía preservarse en conlra de los asaltos dcl comunismo y el
fascismo principalm ente porque, a su vez, permitiría con.scrvar la libertad
dc asociarse cn grupos de interés o de presión.

Pero m ucho más im porlantc qiió las otras razones para m ejorar las legislaturas cs la
protección que pueden dar a las as o c ia d nnes voluntarias . . . Los derechos del hom bre
son ahora su< derechos dc libre asociación . . . las libertades civiles que hacen posible las
asociaciones volunlarias de sindicatos dc trabajadores, uniones de agricultores, coopera­
tivas com erciales y partidos políticos. F.sas asociaciones, más bien que el antiguo indi­
vidualismo de la acción libre individual, son el refugio del liberalismo y la democracia
modernos conlra cl com unism o, cl fascism o y cl capitalism o de los banqueros (las cursivas
son m ías).'·

Este aspecto dcl pensamiento dc Commons ha sido desarrollado más


recientemente por Kenneth Parsons, su más cuidadoso discípulo e intér­
prete.” Y algunos aspectos de la teoría de John Kenneth Galbraith del poder

1 7. C om m ons. Economics o f Collective Action, pág. 33; vcr lam bién las págs. 59,
262-277 y 291. Pcro a vcccs. decía Com m ons, parecería ilógicam ente que algunos
grupos im porlanlcs no estaban bicn org anizados. Eso se puede dccir esp ccialm cn lc dc
los ngriculinrcs. Ibid., pág. 213, c Institutional Economics, I!, 901-902.
18. Commons, Irxstitutional Economics, II. 901 -903.
19. Kenneth Paisons, “ Social Conflicls ond A gricultural Program s”, Journal o f Farm
Economics. XX Ill (noviem bre dc 1941), 743-764.
Teorías modernat de tot grupos de presión 131

com pensador, que puede llegar a través de la acción política de los grupos
dc presión, tienen una ligera sim ilitud con las teorías de Commons.^®

C. T e o r ía s m o d e r n a s d e i .os g r u p o s d e p r e s ió n -
nnNTI.RY, TRUMAN, LATHAM

No es entre los econom istas, sino más bien entre los científicos dc la polí­
tica. donde la opinión sobre los grupos de presión sustentada por Commons
es la más común. Porque lo/; científicos de la política han desarrollado una
leoría del com portamiento de los grupos asombrosamente sim ilar a la que
preconizaba Commons. La idea de que los intereses de grupo son factores
determ inantes absolutam ente fundamentales del com portamiento eco­
nómico y político es aceptada por muchos, quizá por la mayoría de los
científicos de la política. Como lo señaló Earl Latham en su libro The Group
Basis o f Politics, “Los autores norteam ericanos que escriben sobre política
han aceptado cada vez más cl punto de vista dc que el grupo es la forma
política básica”.^*El propio profesor Latham se adhiere a esa opinión: “Se
ha señalado, y se repite, que la estructura de la sociedád es asociativa, l.os
grupos son básicos. . . Lo que es cierto de la sociedad lo es de. . . la
comunidad económ ica”.^^
El paralelism o entre el pensamiento de Commons respecto dcl com por-
tamiento de grupo en economía y en política, y la tendencia del pensamiento
en la ciencia política, se puede ilustrar fácilmente. El profesor Latham lo
hace con suma claridad:

El concepto dcl grupo . . . ha ayudado a traer a la econom ía un conocim iento dc la.«?


instituciones hum anas a través dc las cuales los hom bres extraen carbón, fabrican jabón
y construyen barcos dc guerra, crean crédito y asignan los recursos de la producción.
Com m ons, V cblcn, C lark, Andrews y otros pioneros del estudio em pírico dc las form as
dc gnipo económ ico tales com o bancos, em presas, granjas, sindicatos, cooperativas, fe­
rrocarriles, corredurías y casas de cam bio hicieron m ucho para rectificar la idea de que
alguna ley objetiva, haciendo caso om iso dc los hom bres, llenaba cn alguna forma cnda
bolsillo hasta cl lím ite exacto Justincado por la contribución de su dueño al total dc los
bienes y servicios de la sociedad. La teoría económ ica de hace un siglo fijaba la naturaleza

20. John K enneth G albraith,'A m ^ricnn Capitalism: The Concept o f Countervailing


Power (L ondres: Ham ish H am ilton, 1952), csp. el c/ip. X, "C ountervailing Pow er and
the S tate”, págs. 141-157.
21. Earl Latham , The Group fíasis o f Politics (Ithaca, N. Y.: Cornell U niversity Pr'*ss,
1952), pág. 10; ver lam bién David B. Trum an, The Governmental Process (Nueva York:
A lfred A. Knopf, 1958), págs. 46-47.
22. Latliam , pág. 17.
1.^2 / e n t i n t o t h u l o * n t H f l o t g r u p o i He p t r % i t \ ñ

dcl universo económ ico por definición y tendía a derivar sus cnrn( lriíMi( ι1^ po? «Irduí
ción: un mundo económ ico hAbitndo por una m ulllplicidnd dc individuos ni«l(idoH, íImuIc
la com binación era una desviación patológica. Sem ejante universo definido (no í)l>«;fr
vado) no podía dejar de fu n cio n ar.. . en el reino dc la plática. Nos liemos nlrjndo innio de
esc punto dc vista, que se ha inventado todo un nuevo vocabulario pnra explicar v\ funcio
nam icnto de una com unidad económ ica com puesta de agregaciones, grupos, bloques y
com binaciones dc personas y cosas, no de individuos aislados. Pocos autores m odernos
que escriben sobre econom ía serían capaces ele explicar su tema sin referirse al “oligopolio”,
a la "com petencia im perfecta”, a la "com petencia m onopolista” y a otros fenóm enos de
grupo que tienen lugar en la com unidad económ ica.”

Lo importante cn esta cila no cs cl descuido dcl hecho de que lanío la


compclcncia monopolisla como la impcrfccla sc basan realmenle cn su­
puestos tan complelamcnlc individualistas como la com petencia perfecta,
sino la creencia de que los intereses y el com porlamienlo de grupo son las
fucr/as primarias cn el comportamiento económico lo mismo que en el po­
lílico. La esencia de esa tradición de la ciencia política parece ser que m i­
ramos los inicrcscs dc grupo y no los individuales para ver las fuerzas
básicas en operación lanío cn la economía como en el gobierno. Tanto para
Commons como para Lalham, los intereses de grupo predominan. Los
individuales son secundarios.
En forma muy plausible, Lalham recalca la relación estrecha entre la
“teoría dc grupo" dc la moderna ciencia política norteam ericana y la tra­
dición dcl pluralismo. A los pensadores pluralistasoriginales,los’'pluralistas
filosóficos”, sc les da crédito por haber entendido "al grupo como base de
la sociedad, tanto en las com unidades políticas com o en las económ i­
cas”.^^ M ientras se alaba a los pluralistas originales por haber visto el ca­
rácter fundamental c inevitable de la acción económica y política cn favor
dc los intereses dc gmpo, se les reprende por no haber exam inado "las for­
mas. las m utaciones y las permutaciones del grupo con un espíritu cien-
lífico”.” A los miembros cienlíficos de la política, pueslo que sc ocupan dc
la pluralidad de formas de grupo, debería llam árseles también pluralistas;
pero, cn vista dc su rigor "cicntírico" y teórico, debería afíadirsc cl adjetivo
"analíticos” para dislinguiilos dc los pluralistas ‘Tilosóficos” originales.^^
Dc manera que lodos lo.s "teóricos dc grupo” modernos son "pluralistas
analíticos” y por esc nombre se les conocerá en este esludio.

23. /feiVf..pígs.4-5.
24. Ihid.,pfig. 8.
25. pág. 9.
26. Ibid., píg. 9.
1 r n r í n i mot i rr nn s d r l o t f¡rupo% de /»rrtírfn 133

ni m.is im porlanle dc los piuralislas “modernos” o “analíticos” fue


Arthur F. Ficntley, porque su libro The Process o f Government ^^es cl que
ha Inspirado a la mayoría de los científicos de la política que han seguido
el “enfoque de grupo”.” Su libro, probablem ente uno de los que más han
influido en la ciencia social norteam ericana, constituye en parle un ataque
a ciertos errores m etodológicos que habían afectado al estudio de la políii-
ca; pero es principalm ente un análisis del papel predominante que los gru­
pos de presión desempeñan en la vida económ ica y política.
El aspecto económ ico era muy im portante para Bentley. Anteriorm en­
te había escrito sobre hisioria económ ica, y durante gran parte dc su vida
se consideró a sí mismo como un econom ista.” La riqueza, pensaba, era la
causa principal de la di visión de los grupos en la sociedad.” A parentím enie
se dedicó al estudio de los grupos de presión debido, antes que nada, a su
interés porlas cuestiones económicas. “ Voy a decir”, escribióen 7 /1^
o f Government, “que mi interés por la política no es prim ordial, sino
derivado de mi interés por la vida económ ica, y que de este punto de partida
espero obiener a fin de cuentas un conocim iento de la vida económ ica
m ejor que el que he logrado hasta ahora”.’’
Sin em bargo, su ¡dea de que el grupo de presión era la fuerza básica no
se lim itaba a la esfera económica, aunque aparentemente esa era la más im ­
portante. “La tarea principal cn el estudio de cualquier forma de vida social
es el análisis de esos grupos”, afirmaba. “Si los grupos son enunciados de­
bidam ente. todo queda enunciado. Cuando digo todo, quiero decir todo”.”
Además, los intereses de grupo eran básicos. ''No hay grupo sin su interés.
Un interés, como el término se em pleará aquí, es el equivalente dc un
grupo”.” Esos intereses de grupo debían ser encontrados m ediante cl estu­
dio em pírico. Bentley pensaba que no podía considerarse que un “interés”
existía a menos que se m anifestara en la acción de grupo.

27. Arlluir F. Bc nlley, The P rocess o f Government (E vanslon. III.: P rincipia Press,
1949). Aun qu e este libro fue publicado por prim era vez cn 1908, y cs por lo tnnto
co n te m p o r á n e o dc m uchos de los escritos originales o piuralislas "filo só fico s” , su e n f o ­
q ue está co m p le la m e n te de acuer do con la ciencia política moderna.
28. T ru m a n , pág. IX; Larfiam, p á g . *10; Ro bcrl T. G o l e m b i e w s k i , " T h e G r o u p Ba sis
o f Politics: N o tes on Analysis and D e v c l o p m e n i ’*, American P olilirai Science Review,
LIV ( d i c i e m b re d e 1960), 962; W illiam J. Blo ck, The Separation o f the Farm Bureau
and the Extension Service (Url!)ana: University o f Illinois Press. 1960), pág, 2.
29. M yron Q. Hale, " T h e C o s m o lo g y o f Arthur F*Benl\cy'\ American P olitical Science
Review, LIV (diciem bre de I96 0), 955.
30. Bentley, pág. 462.
31. /6 iV /.,pág.210.
32. Ibid., págs. 208-209.
33. Ibid., pág. 211; las cu rsivas son mías.
134 Teorías ortodoxas de los grupos de presión

Mienlras los inicrcscs dc grupo lo eran lodo, los inicrcscs individuales


no eran nada. Lo que importaba eran los inicrcscs comunes de los grupos
de personas, no las pérdidas ni las ganancias dc los individuos aislados. “El
individuo enunciado cn sí mismo, y dolado dc una unidad cxlra social
propia, es una Ticción; pero cada porción de la actividad, que es todo lo que
conocemos de él, se puede expresar, por un lado, como actividad indivi­
dual, y por el otro como actividad social de grupo. La primera expresión es
por lo general de escasa importancia para interpretar a la sociedad; la
segunda es esencial anles, después y todo el tiem po”.’^Así como la idea del
interés individual era una ficción, lambién lo era la idea dcl interés na­
cional. Todos los intereses dc grupo pertenecían a grupos que representa­
ban sólo una parte de una nación o una sociedad.” “Normalmente
encontrarem os", escribió Bentley, “al som eter a pmcba cl 'todo social’,
que no es más que el grupo o la tendencia representados por la persona que
habla de ello, con la apariencia de una demanda universal dc la socie­
dad“.’*Lógicamente, esa situación era necesaria para el modelo de Beniley,
puesto que dcfmía los grupos en términos de sus conflictos con unos y
oíros, y pensaba que “ningún grupo de interés tiene significado excepto
con referencia a otros grupos de interés*’.’^
Definiendo los intereses de grupo en términos dc sus conflictos mu­
tuos, y excluyendo por lo tanto la idea de un interés dc la sociedad en con­
junto, Bentley podía dccir que la resultante de las presiones dc grupo era
cl único y exclusivo factor determ inante del curso dc la política dcl gobier­
no. “La presión, con cl sentido que le daremos, es siempre un fenómeno dc
grupo. Indica cl empuje y la resistencia entre grupos. El equilibrio de las
presiones de grupo es el eslado actual dc la sociedad“.’*El gobierno, en la
teoría de Bcnllcy, era “considerado como el ajusic o equilibrio dc in-
Tcrcses“.^’ Ahora resulta cvidenle el perfil del modelo. Al suponer que no
hay inicrcscs individuales efectivos, que cada grupo tiene sus intereses,
que esos intereses dan lugar siempre a la acción dc grupo y que no hay

34. Ibid., pág. 215; ver lam bién las págs. 166-170 y 246-24 7.
35. “ El ’E.siado’ m ism o no cs. hasta do nd e yo sé y creo, un factor cn n uestra in v e s­
tigación. Es com o cl ‘conjunto so c ial’: no no s interesa com o tal. sino iinicam enlc el
proceso que llene lugar d entro dc él". Ibid . pjíg. 263; ver lam b ién las pág s. 2 1 7 -22 2.
271, 422. 443-444. y de R E. D ow ling “ Pressure Grou p T h eo ry; lis M e thodolo gical
Range". American P olitical Science Review, I J V (d icicm b rc dc 1960), 9 4 4 - 9 5 4 y esp.
las 944 948.
36. Benlley, pág. 220; p a ^ un punto de vista sim ilar ver T ru m an, pág. 51.
37. Benlley. pág. 271; di ce lambién que "la actividad que refleja a un gr upo, por grande
que pueda ser, refleja lam bién la actividad dc ese gr upo co ntra la de algún olro grupo".
38. /fctV/., págs. 258-259.
39. /feírf.,pág. 264.
Teorías modernas de ios grupos de presión 13S

interés dc un solo grupo que Incluya a lodos los miembros dc la sociedad,


Bentley podía sostener que lodo lo relacionado con el gobiem o, las cosas
grandes y las pequeflas, esiá determ inado por las presiones de grupo
conflictivas.^ Ésta era la clave para entender cl gobiem o cn general y la
política económ ica en particular.
La resultante de las presiones de todos los grupos no sólo era siempre
el factor determ inante de la política social, sino también, en opinión dc
Bentley, un factor determ inante razonablemente justo en su mayor pane
Los grupos tenían un grado de fuerza o presión más o menos en proporción
con su número. Nom lalm ente, el interés más grande y casi general tende­
ría a vencer al interés más pequeño, estrecho y especial. Considera cl caso
en que un grupo relativam ente pequeño de propietarios de caballos de tiro,
con (xsadas carretas, tiende a deteriorar los caminos públicos dc una po­
blación con detrim ento para la mayoría de los contribuyentes y ciudadanos
de dicha población. Bentley afirma que, con el tiem po, cl interés dcl nú
mero m ayor prevalecerá sobre los intereses especiales de la minoría: cl
grupo dc contribuyentes “tendrá que ganar” a fin de cuentas y exigirá llan­
tas más anchas en las carretas, a pesar dc que muchos miembros dc la m a­
yoría no se habrán enterado siquiera dc la controvcrsia.“ Ese resultado era
típico. "La mayor proporción dc los detalles dcl trabajo del gobiem o... se
compone de acciones habituales que im plican ajustes im puestos por los
intereses más generales, débiles pero unidos, a los interc.ses menos nume­
rosos pero, en relación con el número dc adherentes, m.ls intcn.sos. S'\ hay
algo que podría probablemente significarla frase ‘control porcl pueblo’ tal
como se emplea, cseso ”.^’ Las legislaturas, concede, estaban en ocasiones

40. Bentley fue h w ta el fin con su mcxlcio. Todo lo que Icnf* importancia para cl control
dc la política Rocial y eco nóm ica podía caber en el modelo dc presiones dc gru|>o con-
fliciivas. ¿Las diferencias en la calidad dcl liderazgo político? Eso era principalmente el
resultado dc los diferentes patrones dc grupo. vSi cl líder dc un grupo era débil, significaba
que había subgrupos pendencieros dentro dcl grupo que trataba dc dirigir. ¿El tipo dc g o ­
bierno? Las presiones de grupo triunfarían ya se tratara dc una dictadura, de una monarquía
constitucional, una oligarquía o una democracia. Hasta el más poderoso di ctador era r n
m ediad o r cnlre los grupo s, el ejército, la iglesia, los terratenientes o lo que fuera; incluso
los intereses de los esclavos producían su efecto en Iqs resultados. ¿La separación de |X)dcrcs?
Las presiones de gr upo determinarían el resultado com o quiera que estuviera organizado cl
gobierno, si bien cada dependencia o parte dcl gobierno era cn sí m ism a un grupo con \m
inierés propio que a su vez. influiría en el equilibrio d f presiones. Hasla las decis io n es
judiciales se po dían entender en térm inos dc presiones dc grupo. ¿Ln amplitud dcl der echo
dc voto? Un grupo tendría fuerza luciera o no el voto. El que las mujeres tuvieran el d ere­
cho de votar im portaba poco, po rque si no lo tenían de lodos m o d o s afectarían a la resul-
tanle dc las presiones de g m p o a través de la familia, un subgr upo impíHlante.
41. Beniley, págs. 226-227.
42. Ibíd., pág. 454.
136 leorín^ othnlownt i/r Int grupoi th

trabajando muy ¡mpcrrcciamcnlc; pero cuando los Inirrcscs rsptM'hiIcs


adquirieron mucha fuerza surgió una protesta clamorosa en su c o n lra /' No
debía tenerse miedo al intercambio dc intereses especiales: era un m eca­
nismo exccicnie y enciente para ajustar los intereses dc grupo/^
A pesar dc todo esc énfasis en la importancia y la bcncñccncia de las
presiones de grupo, Benlley dijo muy poco acerca de por qué las necesi­
dades dc los diferentes grupos de la sociedad tenderían a reflejarse en la
presión política o económicamente eficaz. Tampoco consideró cuidado­
samente cuál es la causa dc que los grupos se organicen y aclúcn con
efectividad, o por qué algunos gmpos son im portantes cn algunas socie­
dades y otros lo son en otras sociedades y períodos/^ Sin embargo, los
discípulos de Bentley han tratado de llenar ese hueco.
David Tm m an, en su muy conocido libro The Governmental Process,
ha prestado una atención particularm ente cuidadosa a esa laguna del li­
bro lie Bentley. Esencialm ente, el Profesor Tm m an trató de desarrollar
una variante de la teoría sociológica de las asociaciones voluntarias, a
fm de dem ostrar que las presiones de gm po organizadas y efectivas
surgirán cuando sea necesario.^^ A m edida que una sociedad se vuelve
más com pleja, dijo, y que sus necesidades de grupo son más num erosas
y variadas, tenderá naturalm ente a form ar asociaciones adicionales con
cl fm de estabilizar las relaciones de los diversos grupos de la sociedad.
Con m ásespecialización y com plejidad social, se requieren más asocia­
ciones y más surgirán, porque cs característica básica dc la vida social
que surjan asociaciones para satisfacer las necesidades de la sociedad.

Conc) aiiincnlodc la c?;|x.*c¡al¡7aci6n y co n laco n lin u ft fruslración d c l a s c s p c c l a l i v a s


esiablccidas debida a los cam bio s rá pidos ocurridos cn las lécnicas corre spondientes, la
proliferación de asociaciones es inevitable (las cursivas son mías). Dc hecho, es os acon-

41. ibid., págs. 454- 45 5


44 "E l intercam bio dc favores políticos cs, dc hecho, el proceso legislativo m ás
característico. C ua n d o sc le co nd en a *cn prin cip io ’, cs sólo com p arán d o lo con algún
supuesto espíritu público puro que según se cr ee guía a los legisladores, o que deb ería
guiarlos, y que les permite p r o nu nciar u na sentencia co n c a lm a jo b ia n a sobre a(|uello
que cs mejor 'para lodo cl p u e b l o ’. C o m o no hay nada que literalmente sea lo mejor para
lodo cl pueblo, siendo lo que snn los co nju nlo s dc grupo, la pru eba car ece dc utilidad,
aunque realmente se pudieran encontrar ju icios legislativos que no sc pucd rii red ucir a
actividades dc gru p o dc in l e r í s . Y c u a n d o h e m o s red u cid o cl p r o c e s o l e g isla tiv o al
juego de los intereses dc gr\jjpo, cl mtcrcam bio dc favores apar ece co m o la nalurnlc/.a
m i s n a dcl proceso. Es co m p ro m iso . . . Es inlcrcambio. Es cl ajuste dc in tereses” .
p á g r 370-371.)
45. Véanse n o obstante sus páginas 460 464. ·
46. T ru m an, págs. 23 33, 39-43 y 52-56.
19
í»tttítí9 m o t h i n n t I I«m grupos de p r n l t í n 137

t ecim ientos le li g u r n tun dn c r r i n (jur cl ritm o dc formación dc asociaciones p u e d e servir


co m o índice de la eiilabillda<l de nr»n sociedad y su n úm ero se puede lo m ar co m o índice
de su compIcjicJid. Las sociedades simples no tienen a.sociaciones (cn cl senlido idcnico dc
la palabra) . A m ed ida que se vuelven más co m plejas , es dccir, a m edid a q ue au m en ta cl
n úm ero dc grupos inslilucionulizado s altam en te difere nciados, desarrollan un n ú m ero
m ayo r dc asociaciones.^’

Esc aumento “inevitable*’ del número de asociaciones producirá


ineludiblem ente sus efectos cn el gobierno. Las asociaciones establecerán
relaciones con las instituciones gubernam entales siem pre que el gobierno
sea Im portante para los grupos cn cuestión.^·Esa tendencia de las asocia­
ciones a surgir para satisfacer las necesidades dc los grupos de la sociedad
es particularm ente evidente en la esfera económica.

H ay sin duda varias razones para cl p redo m in io de las as ociaciones deriv.idas de Ins
instituciones eco nó m icas. . . H:i habido una serie de disturbios y trastornos d ebid os al
intento utó pico , c o m o lo llam a Polanyi, de establecer un sistem a de m e r c a d o c o m p l e t a ­
m en te aulorregulado. E.se intento implicó una política dc tratar los factores ficticios lierra,
m ano d c o bra y capital c o m o si fueran reales, p asando por alto cl hech o dc qu e re pre se n-
ti^ban a se res h u m a n o s o a influencias que afectaban m uy de ccrca al bi enestar de las
p ersonas. La ap licación de esa política significó in ev iiablem en ie su frim ie nto y trastornos
( d esem p leo, m u c h a Huctuación de los precios, de sperd icio, etc.). Inevitablemente, esos
disturbios produjeron asociacion es (de propietarios, de trabajadores, de agricultores)
que trataban d e influir en el gobiern o con el fin de mitigar y controlar los estragos del
sistema m edian te tarifas, subsidios, salarios gnranli/.ados, seguro social, ele.“” (Las c u r ­
sivas son mías).

Parece por lo tanlo que Truman sostenía que cl "sufrim icnlo”, el


*'trastomo’’y e l'‘dislurbio” daríncasiincvitnblcm cnte por rcsultadola pre­
sión política organizada. Los grupos perjudicados que necesitan una orga­
nización llegarán de hecho a tenerla. Pero los hechos de la vida política
reciente no substancian necesariam ente ese punto dc vista. Según las nor­
mas de Truman, debieron haberse formado Wás asociaciones durante la
R evolución Industrial (cuando hubo una gran cantidad de "su frim ien­
to” y "trastorno"); pero, como él Jo seOala..el ritmo al cual se han formado

47. Ibíd., pág. 57.


48. Ibíd.. pUgs. 52. 55.
49. Ibid., pág . 61. T ru m a n le c o n c e d e tam bién al r áp id o ritm o del c a m b io t e c n o l ó ­
gico en la industria m o derna tmn parte dcl crédilo por la prep on deran cia dc las as o cia­
cio nes eco nó m icas.
f 38 Teoríaí ortodoxas de ios grupos de presión

las asociaciones ha sido m ayor en años rccienles^^(las que han resulta­


do más prósperas y estables).
Aparte de ese intento de corregir la teoría de Bentley (añadiendo una
explicación de porqué las necesidades y lós intereses dc grupo darían lugar
a la presión política organizada), Truman tendió a seguir cada vuelta y re­
codo de la exposición de Bentley. Truman. al igual que Bentley, pasó por
alto los intereses individuales. Los intereses, las actitudes y las presiones
dc grupo era lo único que importaba.^*
Truman no sólo compartía la creencia de Bentley de que las presiones
dc grupo determinaban por sí solas la situación final de equilibrio del sis­
tema social, sino que estaba menos justificado aún en su creencia de que ese
equilibrio de grupo tendía a ser justo y conveniente.” Había dos razones
principales para el benigno punto de vista de Truman acerca de los resul­
tados de la política de grupo de presión. Pensaba, en prim er lugar, que la
mayoría de los grupos de presión serían débiles y estarían divididos en
aquellos casos en que le pidieran demasiado a la sociedad, puesto que sus
miembros tenían lambién membresía "superpuesta*’ en otros grupos cuyos
intereses eran difcrcnlcs y tenderían por lo tanto a oponerse a las dem an­
das excesivas. También los fabricantes que deseaban tari fas eran consumi-

‘>0. Ibíd , págn. 55, 60. Según la Icorín de T ru m an , los más im porlanics sin dica tos
nncionnlcs británicos debieron híibcr com en za do durante la R e v olu ción Industrial, no en
cl tranquilo período posterior a 1850, y los sindica tos no rlcam cric ano s debieron haber
crecido más du ran lc los años tum ultuoso s dcl cam bio industrial despu és dc ta G u erra
Civil, o dc 1929 a 1933, y no antes y d urante las dos guerras mundiales. Es cierto que el
am biente^jurídico también pud o haber sido un factor. Los sindica tos británicos, p or
ejemplo, fueron proscritos duranlc pnrlc dc la Revoluc ión industrial. Es cierto lam bién
qu e T ru m an cs persuasivo al declarar que cl des co nten to y el desafé elo Son m ás grandes
duranlc los per íodos dc trastorno ec on óm ico. Yo m ism o he expues to un ar g um ento s i ­
milar cn "Rapid G ro w th as a Desiabili/.ing Fo rc e” , Journ al o f Economic ¡listory, XXIII
(diciembre dc 1963). 529-552. Aquí, cl p rob lem a con la teoría dc T rum an cs que p r e ­
supone que los grupos organiiados surgen porque hay un irastorno o una " n e c e s i d a d ” de
ellos, y esto no se ha ju stificad o objetiva ni leóricamenie.
51 T rum an se parece lambién a su m aestro cn que pasa por alto cl interés general s o ­
cial o nacional. *'A1 establecer u na inter prelac ión d e la política c o n base en los g r u p o s” ,
co m entó en la pág. 51, ”no l e ñ e m o s que ex plicar un interés to talm cnle in clusivo, p o r ­
que no existe” .
52. No se infiere que los resultados de la actividad dc los grupos de presión serían
inofensivos, y mucho menos deseables, aunque cl equilibrio dc p oder resultante de la
multiplicidad de grupos de presión impidiera que alguno dc ellos se saliera de las reglas.
Incluso si tal sistema dc grupos dc presión funcionara con perfecta para ca da g r u ­
po, tendería dc todos modos a funcionar cn forma ineficaz. Si cad a industria cs favorecida,
en grado justo o igual, por las políticas gubernam entales logradas mediante cl cabildeo, la
economía en conjunlo lenderá a funcionar con menos cficicncia y onda gr upo csiará cn peor
situación que si ninguna, o sólo algunas dc las demandas dc interés especial, se hubieran
Teorías moderttax He tos grupos de presión 139

dores, clérigos, ele., de manera que si la asociación dc fabricantes iba


demasiado lejos apartaría a algunos de sus propios miembros.” Además, en
segundo lugar, había "grupos polcnciales” que surgirían y se organizarían
para dar la batalla a los intereses especiales si estos sc salían dc las rc-
glas.'^^Si la tarifa propuesta era excesiva, probablemente los consum idores
organizarían un grupo de presión para oponerse a ella. Y la exisicncia
misma de esos grupos cn potencia, así como el tem or dc que se organicen,
impiden que los intereses organizados hagan demandas excesivas.

Así pues, sólo a m edid a que los efcclos dc las m cm b resías supcrp ucsias y las luncio-
ncs dc los intereses y grupos potenciales no organizados sean incluidos en la ecuación set á
corre cto hablar dc la actividad gubernam ental co m o cl p roducto o resultante dc la activ i­
dad dc gru)M). . . A firm ar qu e la o rganización y las actividades dc los grui>os dc inlcrcs
fHidcrosos constituyen una am enaza para el g obierno repre sentativo, sin medir su relación
con y los efectos en los grujios potenciales esparcidos, es gener alizar partien do dc dalos
insuficientes y co n una idea in co m pleta dcl proceso político.”

Tanta confianza tenía cl profesor Truman cn los efectos gcncialm cn-


te saludables de las presiones de gmpo, que quitó im portancia a casi lodos
los intentos dc m ejorar cl sistema dc legislación y cabildco.^^'

atendido. No sc puede esperar políticas rrtcionaics coherentes dc una serie dc conccsioncs


ad hoc |H)r scpflrado n los diver sos grup os de interés. Paia un ra zon um icnto relacionado
con esto, véase el artículo de Peter H. Odcg ar d “ A Grou p Basis of Politics: A New Name
for an Ancient M y th ”, Wcsturn Polilical Quarterly, XI (septiem bre de 19.58), 700.
53. T ru m an , págs. 506 516.
54. Ai>arcnlementc, esia idea se accpln ahora cn foirna lan general que se ha irnnsmiii
do a la ju v en tud en los libios de lexlo, casi sin reservas. Ver de Ja m es M acG re gor ííurns
y Ja mes Waller Peltason la obra Covcrnmrnt hy the P eople, 4a. ed. (Englew ood Cliffs,
N J . : Pre ntice-Hall, I960), págs. .110-311.
55. T rum an . págs. 515-516.
56. En una sección so bre "N o s tru m s and P alliatives”. Tr.uman ridiculizó la idea dc la
re p re se n ta c ió n directa dc los difere ntes intereses ec o n ó m ic o s en un "p a r la m e n io s o ­
cial". En esto se distinguió de J. R. C o m m o n s (quien a pesar de toda su co nfian za en los
resu ltad os dc la actividad dc los g r u | ^ s dc presión rccoipcndó en una ocasión la elección
dc repre se ntantes de los distintos grupos ocupacionálé s) y dc m uchos dc los am ores
socialistas gr em iales y corpora listas efe Europa. Acerca dc las rccom enduciones cn favor
de un parlam en to con base o c u p a c i i m a l ^ á s bicn qdc tcrrilorial, el profesor T ru m an dijo
que “ esas pro puestas no tienen ningún valor . . . po rq ue su repetición d cm uesira ciián
fácilm ente se pued e mal interpretar cl proceso polílico". Cu a lq uie r sis tema dc re pre se n
lación funcional tiene m uchas desventajas y el profesor T ru m a n tiene razón al re cordarlas.
Pero sigue cn pie la cues tión de si tiene o no razón al suponer que. cualesquiera que sean
los arreglos institucionales, las necesidades dc todos los grupos de la sociedad tenderán
de todos m odos a reflejarse cn la presión polílica efectiva y en las políticas gu ber nan \cn -
140 Troríns ortodoxas de tot grupos de presión

D. La Lógica dí·: la thoría de cmupos

Hay coniradicción cn las maneras de pensar de Commons, Bentley,


Truman, Latham y algunos de los autores pluralistas y corporatistas que
han destacado las presiones de los diferentes grupos económicos. Muchos
de esos estim ulantes e im portantes escritores, especialm ente Bentley.
Truman y Latham, han dado por hecho que los grandes grupos económ icos
que trabajan por sus intereses económicos son absolutam ente fundamen­
tales en el proceso político. En ocasiones han afirm ado la existencia dc
gaipos cuyos propósitos no son del tipo económico egoísta; pero de todos
modos los gmpos económicos con intereses propios desempeñan siem pre
el pnpel principal en sus escritos.^^EI profesor Latham ha sido el más ex­
plícito cn esle respecto. Para él, el propio interés es im portante, si no
predominante, incluso en los grupos de carácter espiritual y filantrópico:

Los gr upos se organizan para la expr esión de ta propia personalidad y la .seguridad


dc los m iem bros que los com ponen. Incluso cu an d o se Irala de un a asociación b enévola
y filanirópica dedicada al m ejoram ienio dcl destin o material y espiritual de perso nas que
no son sus m iem bros (por ejem plo, una organ ización m isional o qu e reco m ien d a la
templanza), cl trabajo que co nd u ce a esa meta, la actividad de la or ganización, es un med io
por cl cual los miem bros se expresan a sí m i s m o s . .. La o rganización filantrópica d edicada
a las buenas ob ras ve a m en u d o con ojos m alévolos a otras de su m ism o cam po . Los
consejos de organism os sociales q ue trabajan cn las grandes ciudades son con frecuencia
notorios por el rencor con q u e luchan para lograr prestigio y r eco no cim ien to (o sea
auloexpresión y se guridad).”

Si los grupos, o por lo menos los económicos, se interesan a menudo


primordialmenie por su propio bienestar, sólo puede ser porquohs personas
que forman parte de esos grupos se interesaban fundamentalmente por su
propio bienestar. De manera que los “teóricos de grupo” que consideram os
aquí se han comprometido, por lo general implícitamente, pero a veces tam ­
bién explícitam ente, con la idea de que, al menos en los grupos económ icos,
cl comportamicnlo egoíslaes muy común. Apenas se puede recalcardem a-
siado que los pluralistas analíticos consideran benignos los resultados de
la actividad del grupo dc presión, no a partir dcl supuesto dc que las pcr-

talcs adecuadas. Esa m ism a sa tisfacción resp ecto a la Sabiduría y justicia de las {xilílícas
rcsulianics del equilibrio dc las presiones dc grupo indujo a T ru m an a mo strarse m ás bien
negativo acerca dc las propuestas para la regulación dcl cabildeo, las reformiis co n s titu ­
cionales y los partidos políticos respons ables. ( V é a í c T ru m an , pigìi. .124 53.5.)
57. T ru m an. plígs. 58-61; Be ntley, págs. 210, 226-227, 462; Latham. pág. 17.
58. Laihnm, págs. 28-29.
/ n hlfiii n tir tn trnrí n He g r up o i 141

sonas siempre se conciiicen cn lom ia allniisla entre ellas, sino más bien por­
que piensan que los diferentes grupos tenderán a mantenerse a raya unos
a otros con vistas al equilibrio del poder.
Aquí radica entonces la falta de lógica de la forma en que los pluralistas
yánalíticos consideran a los grupos económicos. Generalm ente dan por he­
cho que esos grupos actuarán para defender o sacar adelante sus intereses
dc grupo y lam bién que las personas que los componen deben al mismo
tiem po preocuparse por sus intereses económ icos individuales. Pero, si las
personas que forman pane de cualquier grupo grande se interesan por su
propio bienestar, no harán voluntariam ente sacrificio alguno para ayudar
a su grupo a alcanzar sus objetivos políticos (públicos o colectivos). Con
frecuencia, los grupos que en opinión de los pluralistas analíticos sc
organizarán siempre que tengan alguna ra/ón o incenlivo para hacerlo son
grupos latentes. Si bien en los gmpos relativam ente pequeños (“privilegia­
dos" o “interm edios”) las personas sc pueden organizar volunlariam cnic
"para alcanzar sus objetivos comunes, no sucede lo mismo en los grupos
grandes o latentes; de donde resulta que los pluralistas analíticos, los “teó­
ricos del gm po”, han elaborado su teoría en tom o dc una inconsecuencia.
Han supuesto que, si un grupo tiene alguna razón o incentivo para or­
ganizarse con el fm dc favorecer su interés, las personas racionales que lo
componen tendrán también una razón o un incentivo para apoyar a la
organización que trabaja por su interés mutuo: pero esto cs lógicam ente
erróneo, por lo menos en el caso de los grandes gm pos latentes que tienen
intereses económicos.
El profesorTm m an desarrolló una variante de la teoría sociológica dc
las asociaciones volunlarias (explicada en cl capítulo I del presente es­
ludio) para reforzar su supuesto dc que los grupos de personas se organiza­
rán para proteger sus iniereses. Pero su variante de la teoría sociológica de
las organizaciones voluntarias, al igual que la teoría misma, es insiiriciente.
Está, como aquella teoría, basada cn la creencia equivocada de que los gru­
pos grandes podían atraer miembros y apoyo tan fácilmente como los pe­
queños gm pos prim arios que dom inaron a la sociedad prim itiva. En
capítulos anteriores de esle libro se afirmó que ese supuesto era lógicam en­
te insostenible y además irtconsccucnte con la evidencia disponible. En
vista de las diferencias entre los gm pos pequeños (privilegiados e interm e­
dios) y los grandes (latenies), no hay razón para suponer, como lo hace
Truman, que a medida que surgen los problemas que los pequeños gmpos
prim arios no pueden m anejar surgirán grandes asociaciones voluniinias
para atacar esos problemas.
Tam bién la distinción entre los grupos privilegiados e interm edios,
por un lado, y cl grupo latente por cl olro debilita cl punto de vista
142 Teorías ortodoxas de tos grupos dr presión

pluralisia dc que cualesquiera demandas extravagantes de u n grupo de


presión quedarán contrarrestadas por las dem andas de otros grupos, de
manera que el resultado será razonablem ente justo y satisfactorio. Puesto
m e ios grupos relativam ente pequeños podrán con frecuencia organizar­
s e voluntariam enle y actuar en apoyo de sus intereses com unes, y puesto
que norm alm ente los gm pos grandes no podrán hacerlo, el resultado de
la lucha política entre los diversos gm pos de la sociedad no será sim é­
trico. Los políticos prácticos y los periodistas han com prendido desde
hace mucho tiempo que los pequeños gm pos de "interés cspecial", los
"inlcreses concedidos", tienen una fuerza desproporcionada. El lengua­
je un poco colorido y tendencioso con el que los hom bres dc negocios
destacan este punto no debe ocultarle al em dilo el im porlanle elem ento
dc verdad que contiene. La pequeña industria oligopolisia que busca una
tarifa o una evasiva fiscal logrará a veces su objetivo, aunque la gran
mayoría de la población salga perdiendo. Los grupos más pequeños
(privilegiados e iniennedios) pueden con frecuencia derrotar a los grandes
gmpos (los latentes) que, como norm alm ente se supone, predom inan en
una dem ocracia. Los gm pos privilegiados e inierm edios triunfan con
frecuencia sobre las fuerzas num éricam ente superiores dc los grupos
laienles o grandes, porque aquellos son por lo general organizados y ac­
tivos m ientras que estos están por lo general desorganizados e inactivos.
El grado más alto de organización y actividad de los grupos pequeños
no es difícil dQ ejem plilicar. El finado V. O. Key afirm ó en su libro de
texto estándar que "los cabilderos de las com pañías de electricidad, por
ejem plo, se encuentran etem am enle en acción; los representantes de los
consum idores de ese servicio m onopolista brillan norm alm ente por su
ausencia".^’
El confliclo entre la leoría del pluralismo analítico y las realidades de
la vida política queda sin embargo disimulado un tanto por cl énfasis que
|K)nen los piuralislas analíticos en el gmpo "polencial" (es decir, cl desor­
ganizado e inactivo). Los piuralislas analíticos cn general y cl profesor
Tmman cn particular destacan la influencia dcl gmpo que, aunque des­
organizado e inactivo, podría organizarse y supueslamenlc se organizaría
y actuaría si sus inlercses se vieran seriamente amenazados. El razona­
miento es que los políticos saben que un gmpo, si su interés se ve grave-
n)cntc perjudicado o amenazado, se organizará y lomará venganza de sus
/enemigos. Dc manera que los políticos se mostrarán con cl gmpo dcsor-
s^ganizado e inactivo casi tan sol ícitos como con cn el grupo de interés orga-

59. V, O. Kcy, Jr.. Voliiirs, Parties, and Presxure Grotips, 4a. cd. (N íicva York:
Crowcll, 19.58). p íg . 166.
¡.a lógica de la teoria de grupot 143

nizado y adivo. Esa afirm ación es algo difícil de comprobar cmpíricamcn-


le, porque, si un grupo no se organiza ni actúa, el pluralista analítico podrá
decir que el daño causado a sus intereses no era graveo que en realidad no
había intenís de gmpo.
Por lo tanto, los pluralistas analíticos tienden a dism inuir la imporlan-
cia de la organización formal y de otras evidencias observables de la acción
de grupo. "La organización**, según el profesor Truman, "indica sim ple­
mente una etapa o grado de interacción".^ Bentley no pensaba que la or­
ganización formal llegara siquiera a eso.^' y la comparaba con los cantos
con que los ejércitos de la antigüedad iban a la batalla: no es más que una
"técnica" destinada a m ejorar el espíritu y la eficiencia del grupo, pero que
produce poco efecto en los resultados.^^Pero la chusm a indisciplinada y
sin dirección, comparada con un ejército disciplinado y coordinado, ¿no
constituirá una mejor analogía con la di ferenciaeniiecl grupo desoígani/a-
do y el organizado? Los políticos prácticos recalcan con frecucncia la im­
portancia de la "organización" y el poder de la "m aquinaria". No pensarían
a menudo en "presionar" sin un "grupo dc presión". Además, los autores de
libros de texto para las ciencias políticas discuten largam ente los logros
de los grupos de presión organizados, pero ofrecen pocos ejem plos es­
pecíficos, si es que ofrecen alguno, de la influencia de los grupos desorga­
nizados.^^
Pero aunque los pluralistas analíticos tuvieran razón al destacar el
grupo "potencial" y restar im portancia ala organización existente, su teoría
será todavía insuficiente a menos que puedan dem ostrar en qué forma el
daílo a los intereses de un grupo grande (en qué forma un incentivo para la
organización y la acción de grupo) constituirá necesariam ente un incentivo
o estím ulo para que los miembros de ese grupo sacrifiquen sus intereses
individuales en favor de la meta del grupo. Tienen que d e m o s t r a r qué
el m iem bro individual del grupo latente grande apoyará voluntariam en-,
te la meta del grupo si su apoyo no será decisivo en ningún caso para cl
logro de esa meta y si sus probabil idades de obtener los beneficios serán las
mismas haya o no contribuido. Los teóricos dcl grupo son en este punto
lógicam ente inconsecuentes. Sus referencias a los grupos "potenciales" y
su falta de interés por la orgarti/ación pueden cm pafiarcl contraste entre sus
conclusiones teóricas y las realidades de la obsei-vación cotidiana; pcio no
pueden negar el hecho dc cfUe sus teorías, por lo menos cn cuanto sc

60. T ru m an, p íg. 36.


61. Ríinlley. págs. 434 446 y 463 464.
62. IhiH., p.'íg. 442.
63. Vcasc por ejem pl o Kcy, p.ígs. 21 177.
144 / tni ffrufttn tif fitrihln

relacionan con los gr«in(lcs gmpos económicos, sori lój»lciimcnl·· Ine (insr
cucnic.s.
RI argumento quc anicccde cn contro dc los pluralistas atialltlcos sc
pucdc aplicar lambién al interesante punto dc vista dc John R. ( ’omnìons
dc quc los grupos dc presión concentrados actualmente en Washln>»ton son
m.ls "representativos” que cl Congreso elegido territorialm cnlo/’M‘l ar
gumcnto también menoscaba, aunque no destruye, algunos dc los ra/ona>
m icntosde varios pluralisias"niosóncos” anteriores y de algunos dcTcnsorcs
de una organización corporativa de la sociedad. Los diversos pluralistas fi-
losóricosylosvariosdefcnsorcsdel corporatism omcncionados al principio
dc este capítulo difieren mucho entre sí y ninguna crítica sc puede aplicar
por igual a todos ellos. Casi todas sus diferentes teorías son además tan
generales que la teoría desarrollada en este estudio sólo es aplicable a par­
tes dc ellas. Sin embargo, cn la medida cn que los pluralistas niosóficos y
los corporalistas sostienen que cualesquiera organizaciones privadas que
representen a difercnics grupos ocupacionales e industriales tendrán una
base firme en la "unidad natural de interés y función” dc esos gm pos. y que
estos líltimos podrían crcar o crearían organizaciones "espontáneas y vo­
lunlarias” sin las caracteilsticas antinaturales y coercitivas del Eslado, sus
puntos de vista son debilitados por la icoría desarrollada cn cl presente
esludio. Cicrtam cnie, la idea pluralista dc que el grupo privado, incluso si
es bastante grande (y proporciona un servicio colcctivo). puede ser natural,
amionio.so y voluntario y contrastar por lo tanlo con el Estado coercitivo,
cs equivocada, por valiosos que pueden ser oíros aspectos dcl pensamienlo
pluralisla.
El punto de vista pluralisla deque las organizaciones privadas surgen
voluntaria y csponiáncam cnic en respuesta a las necesidades, creencias
c iniereses de los diversos grupos liene mucho en común con un aspecto dc
la icoría dcl anarquismo. Muchos anarquistas creían que una vez derribado
el Eslado existente, represivo y explotador, surgiría en alguna forma una
nueva unidad, voluntaria y natural, para ocupar su lugar. Según lo veía
Bakunin, "la unidad política del Estado es una ficción. . . produce arti-
ricialmente la discordia cuando, sin esa intervención del Eslado, no de-

64. Sin embargo. In icoría prcscnlatlii a(|iií no d ctiilila, c incluso podría foriaicccr, la
idea cxpresnda por C n m m o n s y algunos pensadore s corporulislas dc q ue cl p arlam ento
debía ser elegido p)or cad a gruj)o ec on óm ico. En la mcdidn cn (|ue la leorín indica cónio
los difcrenies grupos oslarían reprc senlndos dc sigualm cnle cn imn legislatura elegida
lerritorialtncnte. podría servir para ap oyar un parlam ento social ii ocu pacional. Pero e s ­
ta icoría destruye la idea corporalista de que los grupo» ocupacionale s lienden n atu ral­
m ente a formar o rg an irncion e s corporalivai? d e b i d o H cicrla u nidad e s p o n tá n e a que
existe dentro d c ellos.
In W# In US

Jaría dc surgir un« unidad vi v icn ic"/’y añadió. "Cuando los Estados hayan
desaparecido, unn unidad viva, fértil y bcnénca de regiones lo mismo que
de naciones... m ediante la libre federación de abajo arriba, aparecerá en
toda su majestad, no divina sino humana”.^^’De acuerdo con cl Príncipe
Kropotkin. en otro tiempo cl más notable anarquista intelectual, una im­
presión natural de que el hombre debe cooperar con sus sem ejantes con
Tmes de “ayuda m utua” garantizaría que. después dcl derrocam iento anar­
quista del Estado, surgiría un orden espontáneo y natural. “Los sofismas
del cerebro”, dijo Kropotkin, “no pueden resistir al sentim iento de ayuda
m utua”.^^
El supuesto anarquista de que en ausencia del Eslado opresivo surgiría
una unidad espontánea natural para ocupar su lugar, se considera ahora como
prueba de una excentricidad desesperada. El crítico coherente del anarquis­
mo debe no obstante, atacar con igual fuer/a a lodos aquellos que su|X)nen
que los grandes grupos, siem pre que .se presente la necesidad, organiza­
rán voluntariam ente un grupo de presión para hacer frente al Eslado o un
sind icato para enfrentar a un patrón. Bentley, Truman, Commons, Latham
y muchos de los pensadores piuralislas y corporatistas son tan culpables de
la “falacia anarquista” como los anarquistas mismos. Los anarqui.stas .supu­
sieron que la necesidad o el incenlivo para la cooperación organizada o
coordinada, una vez que el Estado fuera derrocado, garantizaría que sobre­
vendría la necesaria organización y acción de grupo. ¿Sigue siendo plausible
el punto de vista dc que los trabajadores .so.stendrán voluntariamente a un
sindicato y que cualquier grupo grande organizará un grupo de presión para
asegurarse de que sus inlercses sean protegidos por el gobierno?
En vista de la contradicción, la falacia anarcjuisia, cn la teoría (pluia-
li.sta) predominante dc los grupos de presión, esa leoría no es suficicnie. I >a
“teoría de grupo” que domina los estudios de los grupos de presión es
inadecuada para los grandes grupos económ icos por lo menos, y se requie­
re por lo tanto una nueva leoría. El capítulo que sigue se dedicará al desa­
rrollo de esa teoría.

65. M ik h a il A. B a k u n in , Bakunin Scicniifir Anarchism, ccl. G. P. M a x i m o f f ( G l e n ­


coe, III.: Free Press. 1953). págs. Í12.
66. Ibid., pág. 273 y lambién Ins 259, 293-300, 309.* V¿nsc la m b i í n dc Paul E llzbachcr
Anarchism, Irad. S l c v c n T . Bynglort (N u eva York: L ibertar ian Book Club. 1960).
67. P. Kropotkin. Mutual Aid, A^Factor o f •'Evolution, cd. rev. (Londres: W illiam
H eincm ann . 1904), pág. 277.
VI
Las teorías de
‘^producto secundario”
y de “interés especial”

A. L a teorIa dh "pRonucro sixundario” df· los


GRANDRS (ÎRUP0S DH PRKSIÓN

Si las personas que forman parle de un gmpo grande no lienen incenlivo


para organizar un gmpo de presión con el Un de obtener un bencñcio
colectivo, ¿cómo se puede explicarel hecho de que algunos gmpos gran­
des estén organizados? Si bien m uchos grupos que tienen intereses co­
m unes, por ejemplo los consumidores, los empleados de oficina y los
trabajadores agrícolas migratorios no están organizados,* otros gmpos gran­
des, como son los obreros sindicados, los granjeros y los médicos tienen
por lo menos algún grado de organización. El hecho de que hay muchos
gmpos que, pese a sus necesidades, no están organizados, parece contra­
decir la “teoría de gm po” de los pluralistas analíticos; pero, por otra parte,
el hecho de que otros gmpos grandes se han organizado parecería contra­
decir la teoría de “grupos latentes” ofrecida en este estudio.
Pero los grandes gmpos económicos que están organizados tienen una
característica común que los distingue de los grandes grupos económicos
que no lo están y que al mismo tiempo tiende a apoyar la teoría de gmpos la­
tentes presentada en este trabajo. Esa característica común, sin embargo,
requerirá una explicación o adición a la icoría dc gmpos desarrollada cn el
presente estudio.
/ La característica común que distingue a todos los grandes gm pos cco-
'nóm icos que cuentan corf organi/acione§ importantes de presión es (juc
esos gm pos se han organizado también para algún otro fin. Los grupos
económicos de presión gr&ndes y fuertes son cn realidad productos se-
1. "Al cxHmitiar las lisias dc es as org an izacion es, lo qnc inAs im p re sio n a al e s t u ­
dioso cs que el sistema es muy pequeño. La gam a dc gru po s con ocid o s, o rg an izad o s e
idenlificables cs aso m b rosam cn le reducida; no hay nada ni rcm o la m c n ic univer sal M
rcspcclo*’. E. E. S challschncidcr, The Semi sovereign P eople York: Molí, Riiic-
harl A. W insion, 1960), pág. 30.

147
i tm i f o f í ñ i t t f t 0t u H t f ñ t t o " ^ t t f 9 %i *0t iñl "

cúndanos dc organizaciones (|iic olilIcDcn podci y n|ioy(» | mm(|(h· tlcNfiitiH·


ñan alguna función además dc cnblldcHr pnni lonnir hlciicH » llv<»·*
Los grupos dc presión dc los grandes grupos rconrtnilcos son los put
duelos secundarios dc organizaciones que licncn lii poslhilldiul dc "moví
lizar" a un grupo laicnic orrecicndo "inccniivos sciccilvos". I.iis ilniras
organizaciones que disponen de esos “inccniivos sclcciivos" son aiiucllas
ue I) tienen aulondad y capacidad para scrcocrcilivas.oquc 7.) licncn una
vfucnic dc cslím ulos posilivos que pueden ofrecerles a los micmi)ros dc un
grupo lalcnte.
/ * Una organización puramente política (una que no tiene otra función
además de cabildear) no puede obviam ente obligar a las personas cn for­
ana legal a convenirse en miembros. Un partido político, o cualquier orga­
nización puramente política, con m embresía cautiva u obligaloria, sería
sumamente rara cn un sistema político democrático. Pero si por alguna
razón no política, si debido a alguna otra función que desempeña una or­
ganización está justificada al tener una membresía obligatoria, o si gracias
a esa 01 ra función ha obtenido la fuerza necesaria para hacer que su mem ­
bresía sea obligaloria, cnlonces e.sa organización csiará cn situación de
obtener los recursos necesarios para sostener un grupo dc presión. Este lil-
limo será por lo tanlo un produelo secundario dc la función que esa orga­
nización desempeña y que le permite tener una membresía cautiva.
' Una organización que no haga nada adem ás de cabildear con cl fin
dc obtener un bien coIcctivo para algún grupo grande no tendrá una fuente
dc recompensas o dc inccnl ivos selectivos positivos que pueda ofrecer a los
miembros cn potencia. Sólo una organización que lambién venda produc­
ios privados o no colcclivos, o que proporcione beneficios sociales o re­
creativos a los miembros individuales tendrá una fuente dc esos cslím ulos
positivos ’ Sólo una organización como esa podría hacer una oferta con-
'jííñta o "venta condicionada" dc un bicn colectivo y uno no colectivo capaz

2. En un m erendó p erfc clam entc com pclilivo y cn equilibrio, unn organización e c o ­


nómica que no tuviera una ventaja com pelitiva especial capaz de producirle una cantidad
elevada dc "rcnla*’ no tendría “ ulilidad cs” ni oíros re cu rso s ad icionales qu e pudiera usar
como incentivos scleclivos para un grupo dc presión. Existen no obslanie m u ch as o r ­
ganizaciones que sí licncn rendim ientos disponibles que pu ed en usar co m o incentivos
scleclivos. En primer lugar, los mercados con cierto grado dc po der dc m o no jw lio son
mucho mÄs co m u nes que los m ercad os p crre ciam cn tcco m p clitiv o s. En segundo lugar, a
veces hay co m p lcm en iarid adcs importa ntes entre las actividades eco n ó m icas y polílicas
dc una organización. La ram a política puede obtener inipiie.sios mÄs bajos u otras p o l í t i ­
cas guber namentales favorables par« la rama económ ica, y cl btien n om bre gan ad o por la
ram a política puede ayudnr tam bién a la económ ica. Por m / o n c s un tanto similares, una
organiz.ación social puede ser también una fuente dc ex cedentes que se pu eden usar co m o
incentivos selectivos.
I M À0 · · ! u m t t m t i o “ i l t f f t u p o i < ·· p r # i M i i 149

(Ic fNlImiilni ii iiiiii iiicloiinl (|uc Tormn parte dc un grupo grande


|)ar« <)uc pngur unn piulc del costo dc obtención dc un bien colectivo.’ A es­
to nc debe (itic haya muchas organizaciones que desempeflan funciones de
cabildeo y económ icas, o de cabildeo y sociales, e incluso las tres fun­
ciones a la v ez/A sí pues, además de los cabilderos de los gm pos grandes
que dependen dc la coacción, tenemos los que están asociados con organi­
zaciones que proporcionan beneficios no colectivos o privados que pueden
ofrecer a cualquier partidario potencial que pagará su parte dcl costo del
cabildeo por el bicn colectivo.
^ La teoría de producto secundario de los gm pos de presión sólo ha de
aplicarse al gmpo grande o latente. No tiene que aplicarse a los gm pos
privilegiados o interm edios, porque esos grupos más pequeños pueden con
frecuencia proporcionar cabildeo, o algún otro beneficio colcctivo. sin in­
centivos selectivos, como se dijo en el capítulo L Se aplica a los gm pos la­
tentes porque la persona que forma parte de uno de ellos no tiene incentivo
para sacrificar voluntariam ente su tiempo o su dinero con el fin dc ayudar
a una organización a obtener un bien colectivo. No puede por sf sola de­
term inar si ese bien colectivo se obtendrá o no; pero, si se obtiene gracias
a los esfuerzos de los demás, podrá inevitablem ente disfm tar de él de todos
modos. De manera que sólo apoyará a la organización que trabaja por bie-

Una organización que no sólo cs política, sino también económica o social, y que tiene
un excedente que ofrece incentivos selectivos, puede ser capaz de conservar sus miembros
y su fuerza política, en ciertos casos, aun cuando sus líderes sc las arreglen para usar una
parte de la fuerza política o económica de la organización para alcanzar objetivos distintos
de los que desean los miembros, ya que estos últimos tendrán un incentivo para seguir
pertenéciendo a la organización, aunque no estén dc acuerdo con su política. Esto puede
explicar por qué muchas organizaciones de presión adoptan posturas que pueden ser
desagradables para sus miembros y por qué las organizaciones cuyos líderes favorecen
venalmente sus propios intereses a costa de la organización siguen sobreviviendo.
3. El valor del beneficio no colectivo o privado tendría que exceder a su costo en
cantidad mayor que las cuotas que se pagan a la rama cabildera de la organización, ya que
de otro modo la oferta conjunta no sería suficiente para atraer miembros. Recuerde el
lector que en la página 51, nota 72, los incentivos selectivos se derinieron como valores
más grandes, en magnitud abiloluta, que la parte que corresponde a una persona de los
costos del bien colectivo.
4. Una organización que ci^bildeara para proporcionar un bien colectivo a un grupo
grande podría incluso obtener sus incentivos selectivos cabildeando también por bienes
''políticos** no colectivos, por ejemplo excepciones individuales (o interpretaciones
ventajosas) de una regla o ley general, patrocinio para determinadas personas, ctc. El
punto no cs que la organización deba ser también económica o social además dc política
(aunque así es por lo general), sino más bien que, si la organización no tiene capacidad
para coaccionar a los miembros en potencia, tiene que ofrecerles algiln beneficio no
colectivo; es decir, selectivo.
150 ¡MS teorías dr ^producto secundario** y de interés especia r

ncs colcclivos cn caso dc que 1) sea obligada a pagar cuotas a la organiza­


ción cabildera, o que 2) lenga que apoyar a ese grupo con el fin de obtener
algún otro beneficio no colectivo. Sólo estando presente una de esas condi­
ciones, o ambas, se podrá m ovilizar la Tuerza política potencial de un grupo
latente.
En este capítulo se tratará de dem ostrar la fonna en que los más grandes
gruposeconóm icos de presión de los Estados Unidos se explican realmente
por la teoría de producto secundario. Se aducirá que los tipos principales
de grandes grupos económicos de presión (los sindicatos de irabajadores.
las organizaciones agrícolas y las organizaciones profesionalcss) obtienen
apoyo debido, principalm ente, a que desempeñan alguna función aparte de
cabildear. Se argumentará que los sindicatos dc trabajadores son una fuerza
política dominante porque tratan también con las empresas, que pueden ser
obligadas a em plear únicamente a miembros del sindicato; que las organi­
zaciones agrícolas atraen principalm ente a sus miembros a iravés de las
cooperativas y de las dependencias del gobiemo, y que las asociaciones
profesionales recurren en parle a formas sutiles de coacción y en parte a la
provisión de servicios no colcclivos para conseguir miembros. Se argüirá
|K>r úliimo que las muchas organizaciones que representan a industrias con
un número reducido de empresas se explican mediante una teoría de “inte­
reses especiales“, basada en la capacidad especial dc los gmpos pequeños
j)ara la acción organizada.

B. G r u po s dp: TRAnAJAix)Rns

El sindicato de trabajadores es probablemente el tipo aislado más im por­


tante de organización como gmpo de presión y merece por lo tanlo el
primer lugar en lodo estudio de las grandes organizaciones cabilderas.
Aunque quienes se oponen a los sindicatos exageran al decir que los can-
didnios demócralas dc los estados industriales no son más que tíiercs de los
líderes laborales, es evidente que en esos estados los dem ócratas por lo ge­
neral simpatizan mucho con los trabajadores, m ientras que norm alm ente
los republicanos ven a los sindicatos de trabajadores como la fuente prin­
cipal de fuerza enemiga. El número de miembros de la AFL-CIO es varias
veces mayor que c\ dc cualquier otra organización de presión. Los sindica­
tos de irabajadores cuentan además con una im presionante red organizativa
que responde a su número; hay más o menos de 6(),(K)() a 70,000 secciones
locales cn este país.^lfos líderes sindicales han afinnado que podrían in-

5. V. O. Kcy. Politirs, Pariies, and Prcssure Groups, 4a cd. (Nueva York: Crowcll.
\ m y pág. 62.
Grupos de trabajadores 151

fluir cn unos 25 millones dc votantes.® Sus desembolsos puramente polí­


ticos son del orden dc m illones de dólares.’ En 1958, algunos candidatos
pudieron haber sido elegidos como resultado del gran número dc votos dc
trabajadores debido a los erectos producidos cn la elección por las propues­
tas de “derecho al trabajo” cn algunos estados industriales. En M ichigan,
el partido Demócrata salió de la murria a medida que la organización la­
boral creció.' Había alrededor dc 200 sindicalistas que eran delegados o de­
legados suplentes a la Convención Nacional Demócrata de I952.’ E1 finado
Sumner Slichter decía que "la economía norteam ericana es una econom ía
laborista, o por lo menos se está convirtiendo rápidamente cn una”. Con
ello quería decir "que los empleados son el grupo más influyente dc la co­
munidad y que la econom ía es manejada de acuerdo con sus intereses más
que con los de cualquicrotro grupo económ ico”. '“El profesor Slichtcr pudo
haber estado equivocado; pero de ser así sc debe únicamente a que muchas
organizaciones com erciales, profesionales y agrícolas se han unido cn in­
mensa oposición a lo que consideran demandas excesivas dc los trabajadores.
Así como apenas puede dudarse dc que los sindicatos son una (ucr/a
política importante, tampoco .sc puede dudar dc que esa fuerza polílica cs
un producto secundario dc las actividades puramente industriales (|uc los
sindicatos consideran como su función principal. Como se dijo en cl capí­
tulo III, sólo cuando los sindicatos comenzaron a concentrarse en la ne­
gociación colectiva con los empleadores, y abandonaron la orientación
principalmente política de los primeros sindicatos norteamericanos, logra­
ron alguna estabilidad y fuerza. Sólo comenzaron a prosperar cuando ini­
ciaron el trato con los patrones, los únicos que tenían el poder de obligar a
los trabajadores a unirse al sindicato. Además, es difícil ver cómo los sin­
dicatos hubieran podido lograr y mantener el "establecim iento si ndicado’' cn
una nación democrática como los Estados Unidos si hubieran sido orga­
nizaciones políticas exclusivamente. Los sindicatos .sólo llegaron a desem­
peñar un papel importante en la lucha polílica mucho después dc que habían
renunciado a la acción política como meta principal. Vale la pena hacer notar
que la Ley Wagner, que hizo mucho más fácil la organización de un sindicato
mediante la membresía obligatoria y que dio lugar al aumento más gratule de!
número de miembros, fue aprobada antes de que los sindicatos vinieran a de-

6. Dayion David M cKcan, Party and P ressure P olitics (noslon: Houghlon M ifílin,
1949), pág. 464.
7. Por ejem plo, fhid., págs. 47;5-476.
8. Kcy. pág. 73.
9. Ibíd.
10. Sum ner II. SHchlcr. The A m erican Econom y (Nueva York: Alfrcd A. Knopf.
1950), pág. 7.
152 L a t t f o r í m He " p t f i l a r l o %ei f He " / « / # » / ♦ e i p e t t n l "

scmpcflarun papel verüadcramenie Impoiianic cn políilca. I unihli^í la ox


pcricnciadclaGranBrelanadem ueslraqueunanncIrtiHleniocrrtlUarsirtiniiy
dispuesta a pasar por alto la membresía obligatoria cn unn organi/ación <)ue
se entrega a la negociación colectiva, pero se muestra vacilante cn |)cnnltlr
que la membresía en una organización política sea automática en gratio al­
guno. Aunque, como se explicó en el capítulo III, en la Gran Bretaña se ha
dado por sentado desde hace tiempo que los sindicalistas no trabajarán con
quienes no sean miembros del sindicato, ha habido gran controversia
respeclo a si los del sindicato deben contratar “dentro” o “fuera” de una con­
tribución al partido Laborista. (Dicho sea de paso, la gran mayoría de los
miembros de esc partido son un producto secundario de las actividades de
los sindicatos. Todos, con excepción de una pequeña minoría, han llegado a
6\ a iravés de los sindicatos.)” Entonces, si es cieno que una nación demo­
crática no querrá normalmente que la membresía en un sindicato puramente
político sea obligatoria, y que la obligatoriedad es esencial para un m ovi­
miento laboral estable de cualquier magnitud, se infiere que la fuerza política
de los sindicatos es un producto secundario dc sus actividades no políticas.

C. G ru p o s de PRoresioNAi.Es

Muchos de quienes critican la mano de obra organizada en vista de la coac­


ción que existe en los sindicatos son ellos mismos miembros de organi­
zaciones profesionales que dependen de la compulsión lanto como los
sindicatos. Muchas organizaciones que representan a profesiones próspe­
ras y de prestigio como el derecho y la medicina, han tratado también de
alcanzarlos frutos prohibidosde la membresía obligatoria. Existe de hecho
una lendencia penetrante a la compulsión en las asociaciones profesiona­
les en general. “La tendencia”, escribe Frances Delancey, *'es hacia el gremio
profesional”.’^Eso es lo que muchos oíros eruditos han observado también.
“Una caracleríslica de la política de la asociación profesional” , según V. O.
Kcy, “es su tendencia a buscar la realidad, si no invariablem ente la forma,
de un sistema de grcm ios”.’M. A. C. Grant sostiene que el gremio “ha

11. B. C. Roberts, Trade Union Government arid Administration in Great Britain


(Cam bridge, Ma«;s.: H arvard U niversity Press, 1956), págs. 369-380 y .^51-5.S3; G. D. H.
Cole, A Short History of the British Workirtg Class Movement, 1789 19^17, nueva cd.
(lan d res: George Allen & Unwin. 1948), págs. 296-299, 310 3IÎS. 423 424; Charles
Mowal, Britain Between the Wars (Chicago: U niversity of C hicago Press, 19.*)5), págs.
336-337, y M arlin H arrisoi^ Trade Unions and the Labour Party Since ¡945 (Lx>ndres:
Ruskin House, George Allen A Unwin, 1960),pd.T.ti/n
12. Frances Priscilla D c L anccy, The Licensing o f P rofessions in VVrvf Virginia
(Chicago: Foundation Press, 1938), pág. 140.
13. Key, pág. 136.
tl0 ¡iin/fíionalet 153

retom ado. Sus propósitos son los mismos que cn la Edad M cdia”.'H .a
organización en fonna dc j^rcmio cs adoplíida a menudo no sólo por las
profesiones antiguas y liberales, sino lambién por los em presarios de pom ­
pas fúnebres, los barberos, los “especialistas en belleza*’, los “vendedores
(le productos de belleza”, los fontaneros, los optom etristas y otros gmpos
interesados cn la categoría profesional.'^ Esa adopción de la organización
cn forma de gremio constituye evidencia cn favor de la teoría de producto
secundario de los grandes gmpos de presión, porque la membresía obl igatori a
ha sido siem pre, señala Grant. “la primera regla** del sistem a de gremios.*^
El gremio autorregulado con membresía obligatoria ha alcanzado su
m ayor grado de desarrollo en muchos colegios dc abogados estatales. Las
legislaturas de muchos estados han sido inducidas a exigir/;or ley que todo
abogado en ejercicio debe ser miembro dcl colegio de abogados del es­
tado.'^ Esos colegios tienen establecim ientos cerrados im puestos por cl
gobiem o. de manera que deben dc ser la envidia de todo sindicato dc
trabajadores.
Además, las m odemas asociaciones o gremios profesionales cstíln lle­
gando a parecer “gobiem os cn m iniatura”.’*Tienen “todos los lipos de
poder ejercidos normalmente por el gobiemo*’.” Los gobiem os de los es­
tados confieren a los gmpos profesionales autoridad para gobem arse a sí
mismos (y hasta cierto punto a sus clientes) y a disciplinar a los miembros
que no observen las normas “éticas” que a la profesión lo parezcan conve­
nientes y adecuadas. De aquí résulta que, aun cuando la membresía en esas
asociaciones no sea un requisito legal, la persona que ejerce la profesión
sabe que le conviene m antener la membresía en buenos térm inos con la
asociación profesional.
Las ventajas de m antener la membresía y las buenas relaciones con una
asociación profesional pueden ser ilustradas por el hecho de que no se con­
sideró conveniente revelar el nombre de un médico que había escrito a un
com ité del Congreso declarando que “la organización central de la AMA
en Chicago no tiene idea de lo que el médico típico quiere darles a sus pa­
cientes”.^®O liver Garceau, autor de la obra clásica sobre la American
j
14. J. A.C.Grant,*ThcCfikl RciumsloAmcr¡ca”,yí?í<r/ifl/í/ro/i/tt:.í, lV(3gosiodc 1942). 316.
15. G rant, “T he G ild Rcturns lo A m erica. 11", ibid., IV (noviem bre dc 1942). 463-476.
16. Prim er fascículo dc G ranl (»¿oslo dc 1942). 304.^
17. M. Louise R uthcrford, The ínfluence o f the A m erican Dar A ssociaton on Public
O pinión and L egislation (Filadclfia^ 1937), págs, 32-34; M cKcan, pág. 568.
18. G rant (agosto dc 1942), 324.
19. Ibid.
20. C ongreso de los EE.UU., C om ité dc la C ím ara para cl Com ercio Intercslrtlal y Ex le-
rlor, 83ava. Leg„ 2a. Sesión, Itealih lnquiry,Paríe7{IQ 54), pág. 2230, citado cn Kcy, pág. 139.
154 ¡Mt teorías de **proéucto secundario** y de "interés especial"

Medical Association, ha declarado que cl médico recalcitranicquclicnc pro­


blemas con la medicina organizada puede encarar “una auténtica am ena­
za económ ica".” Cuando la American Medical Association bloqueó el
programa dcl ayuntamiento de D enverparael Ocnvcr General Hospital en
1945, un concejal dc esa ciudad, según la revista Time, sc vio obligado a
exclam ar; "Nadie puede tocar a la American Medical A ssociation.. . Se
habla dcl establecim iento sindicado dc la AFL y el CIO, pero .sólo son un
montón de m iedosos".”
Sin embargo, cl papel dc la coacción, hasta en sus formas más sutiles,
en la American Medical Association cs probablemente menos im portante
como fuente de membresía que los bencncios no colectivos que la orga­
nización proporciona a sus miembros. Según Garceau, hay “un servicio
fonnal de la sociedad del cual el médico apenas puede pre.scindir. La
defensa cn caso de negligencia sc ha convertido en un requisito primordial
para cl ejercicio particularde la profesión”.” Un médico que había fundado
un hospital cooperativo, y perdido la membresía cn una sociedad m édica,
descubrió que no sólo había perdido la posibilidad dc que otros médicos
prestaran testimonio en su favor durante las demandas por negligencia,
sitio que también había perdido su seguro.*' Las muchas publicaciones
técnicas de la Atncrican Medical Association, y las sociedades m édicas
eslalalcs y locales, le ofrecen también al médico un incentivo considerable
pata afiliarse a la medicina organizada. La American Medical As.sociation
no sólo publica su aplaudido Journal, sino también muchas otras revistas

21. Oliver GarccBii, The Politicai Life o f the American Medical Association (C am bridge,
M im .: Harvard U niversily Press. 1941). p íg s. 95, 103.
22. Time (19 dc íeb. dc 1945). pág. 53. ciiado cn M cKcan. pág. 564.
23. G arceau. pág. 103.
24. Ibid., pág. 104. Q uienes no son m iem bros dc sus sociedades m édicas locales pue­
den norm alm enie oblener, al menos por ahora, un seguro conlra negligencia, aunque
parece que licncn que pagar prim as muy alias. Un estudioso de la econom ía dc la m edi­
cina. Reuben Kessel, describe la situación cn esta forma:
"La sociedades m édicas m unicipales desem peñan un papel crílico en cuanlo a proteger
a sus m iem bros conlra las dem andas por negligencia. Los m édicos acusados de esa falta
son som etidos a juicio por sus asociados en el sistem a judicial privado dc la m edicina
organizada. Si resulla inocenle, los m iem bros d c la sociedad local están dispuestos a com ­
parecer como testigos expertos cn defensa de los acusados de negligencia. H uelga dccir
que cn esos juicios no se encucnlrnn igualm ente disponible.«; los servicios dc los m iem ­
bros dc esa sociedad en favor dc los quejosos. En vista dc ese m onopolio de los servicios
dc icsligos expertos, y de la coalición láciia dc los m iem bros de una sociedad cn defensa dc
los acusados de negligencia, es sum am ente difícil ganar una demanda en conlra de ellos.
"En cam bio, en el caso dc los m édicos que son persona non grata con respecto a la
medicina organizada, la situación sc presenta al revés. Los lesligos expertos provenienles
de las filas de la medicina organizada abundan cn favor dc los quejosos, pero no de los
Grupos de profesionales X55

técnicas sobre diversas especialidades médicas. Desde el siglo diecinueve,


el Journal ha constituido “un atractivo tangible para los m édicos“.^’ La
im portancia de ese atractivo la indica tal vez una encuesta realizada cn
M ichigan, la cual reveló que el 89 por ciento dc los médicos recibían el
Journal o f the American Medical Association y cl 70 por cienlo leían la
revista de una sociedad estatal, mientras que menos del 30 por ciento leían
cualquier otro tipo de literatura m édica.A dem ás, el Journal ha sido “la
principal fuente de ingresos de la organización’’.^^Gran parte de esos in­
gresos, según Garceau, proviene dc los anuncios dc las compañías de
productos farm acéuticos, anuncios que. según piensa Garceau, penniiic-
ron que esas compañías obtuvieran el sello de aprobación de la AMA para
sus productos.” También las convenciones de la American M edical
Association y de muchas de las organizaciones que la componen propor­
cionan información técnica que los médicos necesitan, y le dan por lo lanto
al miembro un “rendimiento directo en educación’’” por la inversión en
cuotas, como lo hacen también las revistas médicas.
En suma, proporcionando una útil defensa contra las demandas por
negligencia, publicando revistas médicas que los miembros necesitan y
haciendo que sus convenciones sean educativas a la vez (|uc políticas, la
American Medical Association les ha ofrecido a sus miembros actuales y
en potencia diversos benencios selectivos o no colectivos; benencios que.
a diferencia de los logros políticos de la organización, les pueden ser ne­
gados y constituyen por lo tanlo un incenlivo para unirse a la organización.

acusados; dc m anera que la posición dc un quejoso cn unn dem anda contra un medie o que
no cs m iem bro dc la sociedad es m ucho m ás firme que cuando se iriita de un m iem bro de
la m ism a.
“ Por consiguienlc, no debe sorprender que en el caso dc quienes no son m iem bros de
una sociedad m édica los coslos del seguro contra negligencia sean sustjm cialm ente m;is
elevados que para los m iem bros. A pareniem enlc, algunos que no son m iem bros han tenido
dificultades para obtener ese seguro al precio que sea”.
Kessell afirm a lam bién que quien no sea fuiem bro de la sociedad m édica m unicipal
puede lencr dificuliadcs para ser adm itido como m iem bro del persona! dc un hospital.
“ Ese conlrol de los hospitales pomparle dc la AMA tiene por objeto inducirlos a acatar
la Resolución M undl. Esa resolución recom ienda » los hospitales habilitados para la
capacitación de internos que constituyan su personal exclusivam ente con miembr<is dc las
sociedades m édicas locales. C om o'rcsultado de ese conlrol dc la AMA sobre los h os­
pitales, el pcrienccer a las sociedades m édicas focales cs,asunto dc enorm e im portancia
para los m édicos en ejercicio. La falla dc m em bresía im plica la im posibilidad de conver
liíse en m iem bro del personal dc un hospilal”. Reuben K essell, “ Pricc D iscrim ination in
M ci\\c\r\e\ Journal o f Law arui Rrf)tv)mics, | (ocuibrede 1958). 2 53, csp. las 30-31 y AA 45.
?5. G arceau, pág. 15. 26. Ibid., pág. 99.
27. Ibid^pÁ g. 16. 28./fe/rf..pág. 89.
29. /fe/d/.,págs.66.
156 t r m í n i He " p r o H u r l o nr t umHnr l ·»* ' v H 0^'énlftén

Dc manera que la American Medical Associiillnn consli^ii’ ml<Mnl·ιo1


recurriendo en parle a lonnas sutiles dc coacción y cn pailo w lii provisión
de beneficios no colcclivos. No lendría una Tucr/n coerclllva (|uc cjorccr,
ni beneficios no colcclivos que vender, si fuera exclusivam enir una orfta
nización cabildera. De donde resulla que la impresióname (uer/a polílica
de la American M edical Associalion y de los grupos locales que la com po­
nen cs un producto secundario de las aclividades no políticas dc la m edicina
organizada.
Es interesante preguntar por qué ninguna organización de profesores
universitarios ha adquirido nada que se parezca a la fuerza política de la
Amencan Medical Associalion. Probablemente el factor más importante
cs que. en la profesión académica, las sociedades culturales son indepen­
dientes dcla asociación políiica.*'Si la American A ssociationof University
Professors pudiera usurpar las funciones de las sociedades culturales, po­
dría rivalizar con la AMA. Si las su.scripciones a las revistas eruditas y la
asistencia a las convenciones de las sociedades culturales se lim itaran a los
miembros de la AAUP, los profesores estarían probablem ente lan bien
organizados y serían lan fuertes como los médicos. Si la AAIIP publicara
tamas revistas lécnicas como la American M edical Associalion, casi cada
miembro del profesorado lendría un incentivo para afiliarse y la membresía
dc la AAUP sobrepasaría probablemente el nivel actual,^’mienlras que las
cuotas y la participación tal vez podrían aumentar también.

D. L a thoría di·: " in n-Rf-s nspnciAL” v i.os grupos nMPRi-sARiALHS

El segmento de la sociedad que liene el mayor número de grupos de presión


trabajando en su favores la comunidad em presarial. El Lohhy fndex,^^ que
es un índice de las organizaciones y las personas que presentan informes

30. "R xisic una difcrcncin cslru cu iral im porlante enlrc la AAUP y la AM A. La
AMA realiza dos clases de funciones para sus m iem bros. Adem ás de servir a los m édi­
cos com o grem io, cs dccir, protegiendo y m ejorando sus iniereses económ icos, p ropor­
ciona los servicios dc una organización cicn tíñ ca sobrcsalienlc. Por ejem plo, publica
revistas cicnliTicas, estandariza los m edicam entos, protege al público de las m edicinas
perjudiciales y proporciona una tribuna para los trabajos cien lífico s. La AAUP, cn
cam bio, liene sólo una dim ensión: cs un grem io de profesores universilarios. Para ob-
icncr servicios cienlíficos. sus m iem bros recurren ■ las organizaciones profesionales
que sirven a sus especialidades”. M elvin L urie, "P rofessors, Physicians, and U nionism ”,
AAUP Dutietin. XLVIII (scpiicm brc dc 1962), 274.
31. Al lo. dcencrode 1965,1a A A U Plcnía66,645m iem bros./\> 1W /?u//r/i>iL I (m arzo
dc 1965), 54.
32. Congreso de los EE. UU. Com ité Seleclo dc 1« CUmara para A clividades de
C a b i l d e o , Index, 1946 49. Inform e nOm.3197, a. Leg., 2a. Ses,, 1950, H.R. 298.
*> " Iñ lK ft u r t r l i ,! " f ffup«! , m r n i » t U l ^ t IS7

(Ic Rcurnlocon In I ry dr ( 'iililldco dc 1946 y 1949. revela que (excluyendo


n In» liilniN IihIIiin) H?.5, dc iiti total dc 1,247 organi/.acioncs, representan a
cnipresns.” AndloRamenle, un vistazo al índice de la Encyclopedia o f
Asxociallons Indicn quc las "O rganizaciones Com erciales" y las “Cámaras
dc Com ercio” sumadas llenan más de diez, veces el número de páginas que
corresponden, por ejem plo, a las “Organizaciones de Bienestar Social”.’^
La m ayoría de los libros sobre cl tem a están de acuerdo en este punto. “El
caráctercom ercial del sistem a de presión”, de acuerdo con Schattschneidcr,
“lo indican casi todas las listas disponibles”.” Este alto grado de organi­
zación entre los hom bres de negocios, piensa Schattschneidcr, es particu-
latm ente im portante en vista del hccho de que la mayoría de los otros
grupos están muy mal organizados: “sólo una cantidad minúscula" de los ne­
gros del país son miembros de la Asociación Nacional para el Pm grcso de
la Gente de Color; “sólo dieciséis centésim os del 1 por ciento de los con­
sum idores” se han afiliado a la Liga Nacional de Consumidores: “sólo el
6 por ciento dc los conductores estadounidenses” son m iem bros dc la
American Autom obile Association y sólo “alrededor del 15 por ciento dc
los veteranos” pertenecen a la American Legion.’*Otro observador erudito
piensa que “de los muchos grupos organizados que tienen oficinas cn la
capital, no hay intereses más com pleta, general y encientem entc represen­
tados que los de la indu.stria norteam ericana”.” Bums y Peltason diccn cn
su libro que “las ‘uniones’ de hombres de negocios son las más variadas y
num erosas de todas”.” V. 0 . Key seflala que “casi cada renglón dc ac­
lividad industrial y com ercial tiene su asociación”.” Key expresa tam bién
su sorpresa ante la am plitud de la fuerza de las em presas organizadas en la

33. Schaltschncider, Semi-Sovereign P eo p le (nota 1 anterior), pág. 30.


34. EncycAopedia o f A ssociations, 3a. cd. (Dclroil: Gale Research Co.), 1, 3. Ver
también Secretaría de Comercio de los EE. UU., D irectory o f Trade Associations
(Washington, 195), pág. Ill; ver además W.J. Donald, T rade A ssociations (Nueva York;
McGraw-Hill, 1933); Benjamin S. K\T$h,Trade A ssociations in Law and Business {f^ucvñ
York: Central Book Co., 1938); Clarence E. Bonnett, Employers' Associations in the
United States (Nueva York: Macmillan, 1922) y H istory o f Employers' A ssociations in
the United Slates (Nueva York: Vantage Press, 1956), y División de Asociaciones Comer­
ciales, Cámara de Comercio dj| los Estadps Unidos, "Association Activities” (Washing­
ton. 1955), mimeografiado.
35. Schattschneider, S m : Sovereign P eople, pág. 31.
36. ibid., págs. 35-36.
37. E. Pendleton Herring, su comentario" en Group Representation before Congress
(Washington: Brookings Institution, 1929), pág. 78, citado aprobatoriamente por McKcan,
págs. 485-486.
38. James MacGregor Bums y Jack Walter Peltason, Government by the P eople. 4a. cd.
(Englewood Cliffs, N.J.: Prentice-Hall, 1960), pág. 293.
39. Key. pág. 96.
158 t^ s teorías de '‘producto secundario**y de '‘interés especial**

democracia norteamericana: “El poder que ejercen las em presas en la po­


lílica norteamericana puede desconcertar a la persona cuyas predilecciones
son democráticas: una minoría comparativamente pequefia ejerce un poder
enorm e”.^
El número y la fuerza de las organizaciones de presión que representan
a las empresas norteamericanas son en verdad sorprendentes en una demo­
cracia que funciona de acuerdo con las decisiones de la mayoría. La fuerza
que los diversos segmentos de la comunidad empresarial ejercen en este
sistema democrático, a pesar de lo reducido dc su número, no hr sido expli­
cada debidamente. Ha habido muchas generalizaciones un tanto vagas y
hasta místicas respecto al poder de las empresas y los iniereses acaudalados;
pero normalmente esas generalizaciones no explican por qué los grupos em ­
presariales poseen la influencia que tienen en las democracias. Sólo afirman
que siempre lienen esa influencia, como si fuera evidente que debe ser así.
"En ausencia de la fuerza mililar", dijo Charics A. Beard, parafraseando a
Daniel Webster, "el poder polílico cae natural y necesariamente en manos de
quienes lienen los bien es"/' Pero, ¿porqué? ¿Porqué es "natural” y “nece­
sario" en las democracias basadas cn las decisiones dc la mayoría que el
poder político caiga en manos de quienes tienen los bienes? Esta clase de
afimiaciones audaces puedendecimos algo acerca de laorienlación ideológi­
ca dcl autor, pero no nos ayudan a entender la realidad.
El alto grado de organización de los intereses comerciales, así como
cl poder dc los mismos, sc debe en buena parte al hecho de que la comu­
nidad empresarial está dividida en unaseriedeindustrias" (generalmen­
te oligopolistas), cada una dc las cuales sólo contiene un pequeño número
dc empresas. Como a menudo cl número de empresas de cada induslria no
es mayor que el que compondría a un grupo “privilegiado”, y raram ente es
mayor que el que compondría a un grupo “interm edio’*, resulla que esas in­
dustrias serán normalmcnic lo bastante pequeñas para organizarse volun­
tariamente a fm de procurarse un grupo de presión activo con la fuerza
polílica que "natural y necesariamente*’ corresponde a quienes controlan
los negocios y los bienes de la nación. M ienlras que casi cualquier subdivi­
sión abarca a miles dc trabajadores, y m ientras que casi lodo gm po ocupa­
cional dc la agricultura abarca lambién a miles de personas, nonnalm enle
los intereses com erciales dcl país sc congregan en grupos o industrias a
nivel de oligopolio. Sc infiere que los inlercses laborales, profesionales y
agrícolas de la nación c'K)mponcn grandes gru|X)s latentes que sólo pueden

40. Ibid., pÁg. 83.


41. Charics A. RcarcI, Ih e Economic Oasis o f Politics {Nucy/z York: A lfred A. Knopf,
1945). pág. 103; ver tam bién M cKcan, png. 482.
Uoria Í9 *‘lnteris especiar y grupos empresarlatet 1S9

organizarse y actuar encazm ente cuando su fuerza latente es cristalizada


por alguna organización que puede proporcionar fuerza política como
producto secundario, y en cambio los intereses m ercantiles pueden por lo
general organizarse voluntaria y directamente* y actuar para favorecer sus
intereses comunes sin esa ayuda adventicia. La multitud dc trabajadores,
consum idores, em pleados de oficina, granjeros, etc., sólo se organizan en
circunstancias especiales, m ientras que los intereses m ercantiles están or
ganizados por regla general.”
Las ventajas políticas de los pequefíos grupos de las grandes unidades
-lo s intereses com erciales- pueden explicar algo del interés por los “inte­
reses especiales”. Como sc dijo cn el capítulo V, puede haber un sentido cn
el que los reducidos “intereses especiales” del gnipo pequeño tienden a
triunfar sobre los intereses (a menudo desorganizados c inactivos) dc "cl
pueblo”. A veces, el contraste establecido entre los “intereses espccialcs”
y el “pueblo” no es más que un ardid retórico cómodo para los políticos y
los periodistas. Otras veces, sin embargo, los observadores práclicos
pueden estar percibiendo el hecho de que el interés organizado y activo dc
los grupos pequeños tiende a triunfar sobre los intereses desorganizados y
desprotegidos de los grupos más grandes. Con frecuencia un gnipo o
industria relativam ente pequeños obtendrán una tarifa o una evasiva fiscal
a expensas de m illones dc consum idores o contribuyentes, a pesar del
deseo ostensible de la mayoría. Esto es lo que la distinción entre los grupos
privilegiados e intem iedios por un lado, y los grandes grupos latentes por
el otro, nos induciría a esperar.
El tipo principal de organización que representa a los intereses m ercan­
tiles es la asociación com ercial, y no es difícil dem ostrar cuán pequeños y
“especiales” son los intereses representados por las asociaciones com er­
ciales. El profesor Schattschneider señala lo pequeflo del número dc

42. La ventftja de tener un pequeño número de unidades grandes en un grupo sc puede


ilustrar muy simplemente considerando el caso extremo de una empresa muy importante
que tiene un interés político especial para sí misma. Esa empresa cs un "grupo de uno”,
análogo al monopolio o al monopsonio en cl mercado. Cuando una gran empresa sc
interesa por legislación o disposiciones admini.slrativas dc importancia particular parn
ella, no cabe duda de que actuará para favorecer su interés. Está cn mejor situación «úr
que las empresas del grupo privilegiado. En el caáo de la gran empresa aislada tienden
a aplicarse las reglas ordinarias 6el mercado. Los mercados evolucionan. Se dicc que
Washington hospeda a muchos abogados, antiguos funcionarios y congresistas retirados
que se dedican a ayudar a las empresas individuales a conseguir lo que desean dcl
gobiemo. Esos servicios sc prestan oiediantc honorarios: ha surgido un mercado. Esm
forma de expresión cs santo y seña del hecho dc que cn esta esfera de la política no hay
bienes colectivos que se manejen y que existe un sistema dc precios informal y a vecc.«;
oscuro: considérese al “vendedor de influencias”.
IM t^as t e o r í a i H r ' ’p r o H u r t o n r c u n H a r t o * * y He " / « / / f V i r i / » r r / < i / * '

miembros con quc cucninn I«t mayoría dc csas asociaciones: De '121


asociaciones com erciales de la induslria de producios m etálicos que
Hguranenel rcg\s[ro National Associations o f the U nitedStales, 153 llenen
menos de 20 miembros. El promedio era de 24 a 50. La proporción es
aproximadamenle la misma en las industrias dc la madera, del mueble y dcl
papel, donde el 37.3 por ciento de las asociaciones que aparecen cn las
lisias tenían menos de 20 miembros y el promedio era de 25 a 50.
Las estadísticas de eslos casos son representativas de casi todas las
demás clasificaciones de la industria.^^
“ La política de presión“, concluye Schattschneidcr, “es esencialm ente
la política de los gmpos pequeños”.^^ V. O. Key seflala que la membresía
efectiva o de apoyo dc esas asociaciones com erciales es con frecuencia
mucho m enor de lo que podría esperarse. “En casi la mitad de ellas“, dice,
“cerca del 50 por ciento de los costos es pagado por un puñado de
miem bros“.^’
De manera que normalmente las asociaciones com erciales son bastan­
te pequeñas, y esa pequeñez debe ser la razón principal de que existan
tantas de ellas. Muchas, sin embargo, son capaces de lograr míis fuerza to­
davía porque prestan a sus miembros algunos servicios no colectivos ade­
más del cabildeo. Proporcionan bcncficios no colectivos o no públicos
como lo hacen muchas organizaciones no com erciales, de manera que no
sólo tienen la ventaja de eslarcom puestas de ün número bastante pequeño
de miembros muy sustanciales y acaudalados, sino también todas las
oportunidades que otras organizaciones tienen de proporcionar un bien no
coleclivo para atraer miembros. Muchas asociaciones com erciales distri­
buyen estadísticas, proporcionan referencias de crédito de sus clientes,
ayudan a cobrar facturas, proporcionan servicios técnicos de investigación
y asesoría, etc. Merle Fainsod y Lincoln Gordon mencionan diecisiete
funciones diferentes desempeñadas por las asociaciones com erciales,
además de .sus tareas polílicas o de cabildeo.^*Desempeñando esas fun­
ciones adicionales les ofrecen un incentivo más a sus miembros.

43. SchRll<:chnci(lcr, Semi-Sovereign People, pág. 32.


44. IhiH., p íg . 35.
45. Kcy. pág. 96.
46 Mcric Fninsod y Lincoln G ordon. CovernmenI andihe American Ecnr\nmy. cd. rev.
( N u e v a York: W. W. N orion. 1948). pjígs. 529-530. E. Pcndiclon H erring, cn Group
Representation Before Congress, pág. 98, describe en csln form« I«« divprsns funciones
dc las Bsociacioncs com crci:ilcs: *‘Ln asociacicSn com crclil bii tenido íx ito según sus
m(5r¡los. Llena una necesidad dcfinidíi cn la indujlria. Hny lanías cuestiones en las cu a­
les la cooperación cs ínn ncccsaria y cconóm icn, que un« bolsa de conipensación. com o
la asociación com ercial, se considera conveniente” .
I m »t é ” l n i 0 t é t • a p t r l n l ” y g r u p o t 0m p r0 §a rim ¡0 § Iftl

Sin embnrKo, In lupr/n |K>l(tlca desproporcionada de los “Intereses


especiales" y dc los Intereses comerciales particulares tro debe Inducimos a
suponer que loda la comunidad empresarial tiene necesariamente una fuer­
za desproporcionada en relación con la fuerr.a de trabajo, las profesiones
o la agricultura organizadas. SI bien notmalmente ciertas Industrias tienen
una fuerza desproporcionada en asuntos de importancia particular para
ellas, no quiere decir que la comunidad empresarial tenga un poder fuera
de proporción cuando sc trata dc cuestiones generales de interés nacional,
porque la comunidad empresarial no está bien organizada en cl sentido
en que lo están ciertas Industrias. En conjunto, la comunidad empresarial
no es un pequeflo grupo privilegiado o intermedio: es definitivamente un
grupo grande latente. Tiene por lo tanto los mismos problemas de organi­
zación que otros segmentos de la sociedad.
Las dos organizaciones más importantes que supuestamente hablan en
nombre dc las empresas cn conjunto, la Asociación Nacional de Fabrican­
tes y la Cámara de Comercio de los Estados Unidos, Ilustran bastante bicn
este punto. Ninguna de ellas tiene una fuerza desproporcionada si sc com­
paran con la AFL-CIO, la AMA o la American Farm Bureau Fcderation.
La Cámara de Comercio de los Estados Unidos es sólo una "federación
de federaciones".^’ Sus miembros principales son las muchas cámaras de
comercio locales y otras organizaciones similares de todo el país. Esas cá­
maras de comercio locales son normalmente gmpos pequeflos y por ello
pueden por lo general organizarse con relativa facilidad. Resultan más
atractivas para los miembros por el hecho de que son buenos lugares para
que los hombres de negocios hagan “contactos" e Intercambien Informa­
ción. La Cámara de Comercio de los Estados Unidos está compuesta de
esas cámaras locales de acuerdo con el principio de federación; pero gran
parte de la fuerza se pierde cn cl proceso dc federación. La organización na­
cional presta varios servicios Informativos y organizativos a las locales;
pero dc todos modos cl miembro Individual e incluso la cámara de co­
mercio local individual sólo son esencialmente unidades Individuales en
un grupo latente. No pueden hacer una contribución decisiva al éxito de la
organización nacional; pero obtendrán los beneficios de cualquier lo ­
gro de esta última, hayan b no participado. Varias empresas muy impor­
tantes ganarán o perderán tanto con los cambios ocurridos en la política
nacional, que les convendrá hacer contribuciones sustanciales -y la Cám a-
ra ha visto que es necesario vender mcmbresías Individuales especiales a
esas grandes cmpresas.‘*El dinero obtenido de las grandes empresas, así
%

47. Bum5 y Peltason, pág. 293.


48. M cKean, pág. 486.
162 / ^ f teorías de " p r o d u c t o se cu n d a rio '* y de '^interés especial·*

como una vaga conexión ícclcral con las cámaras cic comercio locales, pue­
den darle a la Cámara dc Comercio dc los Estados Unidos cierta cantidad
de poder, que cicrtam cnie no es desproporcionada.
También la Asociación Nacional dc Fabricanics (N AM) está basada cn
cl grupo pequeño. En realidad está basada cn un solo grupo pequeño dc em ­
presas muy grandes. Aunque nominalmente la NAM tiene varios miles de
miembros, en la práctica es sostenida y controlada por un puñado dc em ­
presas verdaderam ente grandes. Scgiin la dcscribc Dayton M cKcan:
“El presidente de la Asociación cs normalmente un pequeño labricantc
cuyos puntos dc vista .son muy conservadores y que desem peña el cargo
por uno o dos años. Los prcsidenics dc las corporaciones gigantescas,
que por acuerdo general dominan a la Asociación porque sus negocios
aportan los fondos con los cuales funciona, no fungen como su presidente.
Alrededor de un 5 por cienlo dc los miembros aportan aproximadamenle
la mitad dcl dinero".^’ Unas ocho décimas del uno por cienlo de los
miembros de la NAM han desempeñado cl 63 porcienio de todos los cargos
de director.^^Aunque esas pocas grandes em presas han hccho posible que
la NAM gaste hasla 5.3 millones de dólares por año con fines políticos,’’
dc lodos modos son un grupo pequeño y dc ninguna manera más poderoso
que las organizaciones im porlanics que representan a los trabajadores, a
las profesiones o a los agricultores. La NAM no ha podido im pedir la
apn)bación dc medidas a las cuales se opone, y su apoyo a una causa es
considerado a veces como “el beso dc la m uerte“.”
Dc manera que la comunidad empresarial en conjunlo, que ciertam ente
es un grupo grande latente, no está plenamente organizada. Tiene dos or­
ganizaciones que tratan dc repncsenlaiia; pero éstas obtienen gran parte dc
su apoyo dc un pequeño grupo de empresas gigantescas: no atraen el apoyo
directo de loda la comunidad em presarial. Un grupo pequeño es fuerte en
cuesiiones relacionadas con una industria cn particular porque en esc caso
cs normalmenlc la única fuer/.a organizada; pero es menos formidable
cuando se trata de cuestiones que dividen a toda la nación, porque entonces
tiene que medirse con los trabajadores y olms grandes grupos organizados.
Por osla razón, la comunidad empresarial en conjunlo noesexlraordinaria-
mcnlc cí ica/. como gmpo de presión.
La opinión dc que los “iiucrescs especiales” (los gmpos individuales
de la induslria) tienen un poder desproporcionado, aunque la comunidad

49. Ihid., pág. 4K9; Rohcrl A. Fírady. Bu sin ess as a S ystem n f P ow er (N ue va York:
Coimnbia Univcr^ity l’fcss. 1941). p;ígs. 2 1 1 212.
50. Alfrcd S. Cleveland. “ NAM : Sjiokcsman for \r\(\w^\.TyT' H a r v a r d fíu s in c s s R eview,
X X V K m a y o dc 1948). .353 37 1.
51. Key. pág. 100.
I’’omento, p o r el gobierno, dr In presión políli ca IM

empresarial cn conjunlo no lo líenc, cslil aparenlcmcnlc dc acuerdo con la


Icndcncia general dc los aconlecim ienios actuales; porque parece que los
intereses particulares sí logran oblener evasivas riscales, tarifas favora­
bles. disposiciones fiscales especiales, políticas reguladoras generosas,
etc.; pero lambién que la comunidad empresarial en conjunto no ha tenido
éxito en sus intentos de detener la tendencia a la legislación de bienestar
social y al impuesto progresivo.

E. F omiíntü. pok i:i. (•ohiiírno, dií la priísión poi.ítica

El hecho más asombroso respecto a la organización política dc los agri­


cultores en los Estados Unidos es que haya habido lan poca unión. En
conjunlo, los agricullores no han estado bicn organizados, excepluando tal
vez los aflos más recientes, y la organización que han logrado ha tendido
a ser inestable. Muchas organizaciones agrícolas han aparecido y desapa­
recido y sólo unas pocas han continuado.
En este país no hubo ninguna organización agrícola o grupo dc presión
impórtame y duradero sino después de la Guerra Civil,'^auncjue los agri­
cultores consliluyeron el grupo más grande de la población a lo largo de
la hisioria inicial de la nación. La primera organización agrícola que vale la
pena m encionar fue la Grange (Hacienda), los Patrocinadores de la A gri­
cultura. La Grange fue iniciada en 1867 y en sus primeros aflos de vida se
propagó como un incendio por las llanuras del país.^^ Pronto había ad­
quirido un Impresionante númem de miembros y una fuerza considerable;
pero pronto lambién se vino abajo lan rápidamente como había crecido.
Para el decenio de 1880 era ya insignillcante.’Mla sobrevivido hasta ahora
con un pequeílo número de miembros; pero jam ás recuperó la fuerza y la
gloria de sus primeros años. Parece (jue el descenso precipitado que sufrió
afectó al espíritu y al cueipo de la Grange, porque desde entonces ha elu­
dido por lo general las controversias económ icas o políticas. Sc ha conver­
tido en buena medida en una organización .social y ha dejado dc ser agresiva
y de presión, aunque cabildea un poco en tono bajo.^^’

52. R. W. G ablc, "NAM : Innucnlial Lobby or Kiss of D caih?" Journal o f P o litics,


X V (I9 5 1 ), 253 273. ''
.53. A. Shanmm, Am erican Farm ers' M ovem ents(VTWK üUm. N.J.: D. Van Nosirarul,
19.57). págs. 8 48.
54. ¡hid., pig.s. 54 57; C harles M. G ardncrt The G range Friend o f the Farmer
(W ashington. D.C.: N ational G range, 1949), págs. 3-12.
55. Solon J. B uck, 7/ie A f¡rarian ^'ru sa d e (New H aven. C onn.: Yale U niversity
Press. 1920). págs. 60-76.
56. Gi\n\i]CT, passim ; David Lindstroni,/\m rrir«A i F arm ers’ and Rural Orf)anÍ7atic .
iC hani|)aign. III.: G arrard Press, 1948), pág. 177.
/M L a t t r v t i n n He " p r o H u r l o t e r u ñ H ñ r i o ' \ f He " i n t f t é % e i p e i l n l "

El logro notable dc In GVj/t^fCS quc SClas ha nrrcglnddpnrii Nnbirvlvir,


mientras quc muchas otras organizaciones ngrícoins formndn^ di*»dc <|uc
ella comenzó han pasado a la hisioria. Las alianzas dc agriculloro«, rl mo
vimicnlo Greenback, cim ovim icnlo Free Silver, cIA gricuhural Wheel, los
Gleaners, cl populismo, la Equity, los Brothers of Freedom y otras
organizaciones sem ejantes murieron a los pocos aflos dc haber nacido.^’
Esc ha sido cl patrón general.
Las uniones dc agricultores Farmers Union y Farm Burean son dos
claras cxecpcioncs dc ese patrón; pero también han tenido sus dificulladcs.
La primera dc ellas cs la más antigua de las dos; fue iniciada cn Texas cn
1902.-^" Duranlc sus primeros aflos adquirió un número importante dc m iem ­
bros en el sur. Esa membresía se perdió después dc la Primera Guerra M un­
dial y la organización casi sucumbió a esa tragedia.^’ Comenzó una vida
nueva en los estados de las Grandes Planicies durante los aflos entre gue­
rras; pero cn ese período cl número dc miembros fue muy reducido. Sin em ­
bargo, a Tmalcs dc la década dc 1930 y a principios dc la siguienic construyó
una base más firme de apoyo en los estados del valle dc M issouri, y dc esa
región es dc donde oblicnc actualm ente la mayor parte dc su fuerza.^*®
La Farm Bureau, que es actualmente la más grande de las organizaciones
agrícolas y la única que cuenta con miembros en lodo el país, fue desde sus
principios completamente di fercnte de las otras organizaciones agrícolas, ya
que fue creada porcl gobiemo. La Ley Smilh-Lcver dc 1914 estipulaba que
cl gobiemo federal comparii ría con los estados el costo dc los programas para
proporcionar lo que ha venido a llamarse “agentes del condado’*, que les dan
a los agricultores infonnación sobre métodos mejorados de cultivo desarro­
llados por las escuelas y las estaciones experimentales de agricultura.·*
Muchos dc los gobiernos estatales decidieron que ningún condado podría
recibir dinero del gobiemo para un agente del condado a menos que
organizara una asociación de agricultores que mostrara interés por obtener
más información sobre los métodos modernos de cultivo. A esas organiza­
ciones se les denominó **Farm Bureaus”.** Fueron el principio del movi­
miento de Oficinas Agrícolas que existe ahora. Había, cs cierto, un puflado
57. Carl C. T aylor. The F arm ers' M ovemerít, 1620-1920 (Niicvn York; A m erican
Book Co., 1953). passim
5S. Tlicodorc Snlonlos. F arm er M ovem ents in the South, IS65 I933 (B erkeley y Los
Angeles: University o f C olifornia Press. 1960), pl^gs. 184-212.
59. Lindstrom . p íg . 208; T aylor, p ígs. 335-364.
60. Kcy, p<g. 43; T heodore Saloulos y John D. Hicks, A gricuttural D iscontent in the
M iddle ¡900 39 (M adison: U niversity o f W isconsin Press, 1951), p ig s. 219-254.
61. Cilndys L. B nker, Ih e C ounty A gent (C hicngo: U n iv ersity of C hicago Press,
1939), págs. 36-40.
62. /6irf..pAg. 16
t In i*oUtirn 16S

(Ic csn« o lli’liuiM d r coimIiuIo uno o dos aHos antes dc quc cl gobierno conricn-
7.nra n |)ix)|x)ix:i0nai d ln r ix) para los agonies dc condado “ pero eran tan pocas
(|uc rcsullnhan lolnlnicnic Insignincanlcs y cn lodo caso sc parecían a las O H -
cinas Agrícolas iniciadas |X )r cl gobierno cn que su finalidad era sim plcm cn-
le oblener m ejor irifonnación sobre métodos agrícolas.*'^
El desembolso dc fondos dcl gobiem o para “trabajos dc extensión”, o
sea para los agentes de condado, aumentó mucho duranlc la Primera Guerra
M undial, de manera que el número de oficinas agrícolas de condado au­
mentó naturalm ente pari passu. Esas Oficinas Agrícolas de condado, que
norm alm ente estaban bajo la dirección dcl agenie del condado (quien con
frecuencia tenía que m antener esa oficina en su condado so pena de perder
el em pleo), pronto se combinaron para formar oficinas agrícolas que abar­
caban lodo el estado. Esas organizaciones estatales formaron a su v e/ una
organización nacional, la American Farm Bureau Federation, cn 1919.^^
Para entonces esa federación era. en prim er lugar, una organización
casi oficial, creada cn respuesta a los incentivos financieros ofrecidos por
el gobiem o, y en segundo lugar una organización que proporcionaba be­
neficios individualizados o no colectivos a sus miembros. El segundo pun­
to es particularm ente importante. El agricultor que sc afiliaba a la oficina
agrícola de su condado recibía a cambio asistencia técnica y preparación,
y norm alm ente se le inscribía en la lista de personas a quienes se m anda­
ban publicaciones técnicas; el que no se afiliaba no recibía nada. El afilia­
do recibía prim ero los servicios del agente del condado; el no afiliado era
por lo general atendido al últim o o no era atendido. De manera que un
agricultor tenía un incenlivo específico para afiliarse. Las cuotas que tenía
que pagar eran una inversión (y probablem ente una buena inversión) en
preparación y mejoramiento.
Con el estím ulo de los crecientes desem bolsos del gobiem o para tra­
bajos de extensión agrícola, el número de miembros de las oficinas agrí­
colas del condado y del eslado, y por lo tanto dc la American Farm Bureau
Federation, aumentó con mucha rapidez. Para 1921. la federación contaba
con 466.000 miembros.^‘^Sin embargo, al año siguiente era considerable­
m ente m enor y siguió dism inuyendo más o menos constantem ente hasta
1933. siendo entonces de 163.(X)0 únicamente.^^

63. O rv illc M erton K ile, The Parm D uretju M ovem ent (M ueva Y ork: M acm illan,
1921 ),pág.«;. 94-112.
64. págs. 94-112.
65. ¡bid., págs. 113-123; G rani M cConncll, The D ecline o f Aforarían Dem ocracy
(R erkcicy y Los A ngeles: U niversily o f C alifornia Press. 1953). págs. 44-54.
66. M cC onell, pág. 185.
67. Ibid.^pig. 185.
166 Las teorCas de " p r o d u c to secundarlo*' y de "in teré s expecial"’

Juslamcnic cuando su membresía estaba disminuyendo, hal)ía toda


clase dc razones para suponer que el valor de los servicios que la federa­
ción proporcionaba a los agricullores iba en aum ento/’*Estaba asumiendo
nuevas Funciones. Había ayudado a crear el poderoso “bloque agrícola"
y estaba logrando la aprobación de muchas leyes que eran populares y
beneficiosas para los agricultores. Al mismo tiempo, con ayuda de los
agentes de condado, estaba promoviendo varias cooperativas destinadas a
procurarles ahorros a los agricultores. ¿Por qué entonces siguió dism inu­
yendo el número de sus miembros? La respuesta es, casi con certeza, que
a medida que asumió esas nuevas funciones hizo aum entar naturalm ente
la competencia de las organizaciones políticas y com erciales que ya fun­
cionaban. El resultado fue que la nación comenzó a advertir que la Fann
Bureau era a la vez un grupo de presión y una organización comercial
(cooperativa) subsidiada con fondos públicos. La situación era tan anó­
mala que naturalmente provocó una reacción negativa. La crítica dio lugar
al acuerdo “TrueHoward”, que restringía la medida en que el agente de
condado podía trabajar para la oficina agrícola como organización o para
sus miembros.^’ Ya no se suponía que cl agente del condado debía “organizar
oficinas agrícolas u otras organizaciones sim ilares, dirigir campañas de
membresía, solicitar mcmbresías, recibir cuotas, manejar los fondos de la
oficina agrícola, editar y manejar sus publicaciones”, etc.’” Aunque la am­
plitud con que cl gobiem o podía subsidiar a la oficina agrícola quedó
limitada, los subsidios no se interrumpiemn dcl lodo. Los agentes de con­
dado siguieron auxiliando a las oficinas agrícolas, pero lo hacían con me­
nos regularidad y menos conspicuamente a medida que transcurría el
tiempo.^'
Es dc suponer que esa limitación a la ayuda que el agente de condado
podía proporcionar a las oficinas agrícolas explica la dism inución dcl
número de miembros precisamente cuando la organización estaba am­
pliando sus programas. A medida que a los agricullores que no eran m iem ­
bros les resultaba más cómodo obtener la ayuda técnica del agente del
condado, y que a la organización sc le hizo más difícil obtener el trabajo
dcl agente subsidiado porcl gobierno, el incentivo para afiliarse disminuyó.
Esa disminución dcl número dc miembros dc la Fann Bureau Fcderation
ccsó cn 1933. En e.se año la adm inistración Roosevelt inició un amplio

6X. Kilc, F a r m f íu re a u Mnv cm cnt , passim


69. Orvillc Mcrion ¥<\\Q,Jhe F a r m Bureau Throuff h'lfi ree De( a dr a ¡\vcr\y
Press. 1948), págs. 110-111.
70. Ibid , pAg. no.
71. W illiam J. Block, I he Se pa ra ti on of the F a r m B u r ea u a n d the Extensión Servi ce
(Urbano, III.: U niversily of Illinois Press, 1960).
r o m e n t o , p o r el gobierno, de in presión potítica l(»7

programa dc ayuda a la agricullura dc acuerdo con la Ley de Ajiislcs cn la


A gricultura. Para que cl program a se pusiera en m archa rápidam enic,
esa adm inistración tuvo que recurrir al único sistem a adm inistrativo (|uc
tenía alguna experiencia en materia dc agricullura: el Agricultural Exicii-
sion Service, con sus agentes cn cada condado. Los agentes dc condado
asumieron cnlonces la larca dc adm inistrar los programas que controlaban,
qué tanto podían sem brar los agricultores, cuánto tenían que arar y cuál
sería el importe dc sus cheques de subsidio. Naturalm ente, ese aconteci­
miento favoreció a la Farm Burcau y cl número dc sus miembros aum en­
tó.^* Aunque las historias acerca de los agentes dc condado que enviaban
a los agricultores sus cheques dcl gobiem o cn cl mismo sobre cn que
remitían cl recibo de las cuotas dc la Farni Burcau^\son sin duda excep­
cionales, no cabe dudar dc que, cn una época cn que cl agente de condado
era cl canal a través dcl cual obtenía el agricultor lanto la ayuda dcl
gobierno como la educación cn agricultura, a menudo era conveniente
unirse a la organización dcl agente: la Fann Burcau. Dc manera que cn ese
período disfrutó dc un aumento moderado dcl número de m iembros,
aunque no alcanzó el nivel que tenía cn 1921.'^^
Posteriorm ente, en la década de 1930, la Farm Burcau perdió esa
fuente particular de fuerza. Había cooperado entusiastam ente con cl pro­
grama agrícola del Nuevo Trato (New Dcal) y con cl secretario dc agri­
cultura Hcnry Wallace en los primeros aflos de la administración Roosevelt;
pero esa cooperación se volvió más difícil con cl transcurso dcl licmpo.
Pronto la adm inistración Roosevelt estableció un sistema adm inistrativo
indepcndicnle dcl agente de condado, para adm inistrar la Ley de Ajustes
cn la Agricullura. Se creó una nueva jerarquía federal y en cada condado
esa m aquinaria adm inistrativa federal fue auxiliada p o r‘‘miembros dc un
comité elegidos por los agricultores”. Esos miembros de comité eran
agricultores elegidos por sus vecinos para que ayudaran a adm inistrar cl
programa agrícola en cl país y que tral^ajaban tiempo parcial pagados por
el gobierno. El establecim iento de ese nuevo sistema adm inistrativo no
sólo debilitó al agente de condado y por lo lanto a la Farm Burcau, sino que
lambién dio lugar a lo quc^inevilablemcntc había dc venir, especialm ente
durante la adm inistración Truman: otra organización agrícola. Los m iem ­
bros dc comité elegidos p(tr los agricultores estaban constantem ente cn
contacto con la Secretaría dc Agricultura, y pronto comenzaron a fonnar,

72. Ihid., págs. 15-16.


73. Snin B. Hall, The Truth About the Farm Bureau (Ciolcicn, Colo.: Golden Roll Pres«;.
1954). págs. 10 12.
74. M cConncll, pág. 185.
169 / .at UrtfUt ttf ‘'pfiHfyrltt itrumilarlft’*jf Hi '* lñhtéi 9if*0rlnt"

junio con sus amigos y vccinos. una organlz.ncirtn nurlcohi miHI, | hmo
rcl.'Uivamcntc influyente que a menudo sc oponía a la oflrlnit H^iirnliiV'

F, C(K) im;r a t i v a s y gr u p o s a o r í c o i . a s ^

Había entretanto un eslado en cl cual la Fami Bureau estaba dcsariollaiulo


nuevas lécnicas organizativas importantes y logrando sus mayores progre­
sos. Esas técnicas organizativas, que desde entonces han sido ampliamente
copiadas, lamentablemente jam ás han sido explicadas o analizadas en una
sola publicación, y como resultado los problemas de las organizaciones
agrícolas cn general, y de la Farm Bureau cn particular, han sido con fre­
cuencia mal inierpretados. En cl transcurso dc la década dc 1930 y la si­
guiente, la Farm Bureau de Illinois estaba adquiriendo más y más miembros
en relación con los otros estados agrícolas importantes. La Farm Bureau de
Illinois (a la que en rigor debería llamársele "Illinois Agricultural Asso­
cialion") tenía una décima parte menos de miembros que la Farm Bureau de
lowa (la organización más comparable) cn 1925; pero en 1933 tenía dos
veces más miembros que la dc lowa y la aventajaba más aún para 1938.^^
Los progresos de la Farm Bureau de Illinois se debían al extenso
sistema de organizaciones com erciales cooperativas que había establecido
cn ese eslado; pero esas cooperativas no eran dcl tipo "Rochdale” que se
encuentran nonnalm enle en este país, sino dc un lipo nuevo al que apro­
piadamente se le llama tipo "K irkpatrick” de "cooperativa” porque fue di­
señado primordialmcntc por Donald Kirkpatrick, asesor jurídico general
de la Asociación Agrícola de lllinois.^^Las cooperativas "K irkpatrick” di-
Ticrcn de las demás, en prim er lugar, cn que están controladas no por sus

* La mayor parle dc lo que diré cn c.sla sección cslá basado en muc»'os cientos de
entrevistas con líderes y m iem bros dc la Farm B ureau y de la Farm ers U nion, así com o
cn un extenso exam en dc algunas dc las publicaciones y docum entos dc esas dos
organizaciones y dc sus cooperativas y dc otras filiales c o m e rc iH les . Hasta donde yo sé,
la relación de las organizaciones agrícolas y sus filiales nunca ha sido explicada, por lo
menos en detalle. Yo había planeado (y todavía espero) escribir detalladam ente sobre este
tem a, y por esa razón em prendí un estudio porm enorizado de algunas dc las fuentes
prim ariiis pertinentes.
75. Sobre loda esta cucslión de la relación entre las unidades y dcpcndcnciais del
gobiem o y el poder de cabildeo véase la obra dc C harles M. Hardin The P olitics o f
A griculture (G lencoe. III.; Free Press. \9 5 2 ),p a ssim y tam bién dc John I). Black, F e­
deral State-Local R elations in A griculture, National Planning A ssociation, Planning
Pam phlet No. 70 (febrero de 1950).
76. Tomado de una serie dc cifras mimeograHadas sin fccha intitulada “M em berships Paid
to American Farm Bureau Federation”, preparad· por la Am erican Farm Bureau Fcderation.
77. Illinois A gricultural K%%oc\ñ{\on, G uardians o f Tom orrow, panncto sin fecha pu­
blicado por lAA insurance service, pág. 10.
I noit^ntUvni y g tu fn n n/fiín tlñí 1 6^

palroclnndoiv^, xino |)or \in:t organi/ación separada Icgalmcnlc. Todo cl


malcrliil olrc lornl (|uc oxlsio cn los iicgocios coopcralivos y cn las coinpa-
fiins do seguro muluo asociadas con la asociación dc Illinois no cslá cn m a­
nos dc sus patrocinadores, sino cn las dc la propia Asociación, que cs la
organización política dc cabildeo.^* Dc manera que las em presas coopera­
tivas dc m ercadeo, dc abastecim iento y de seguros asociadas con la Fann
Burcau dc Illinois están manejadas por una organización totalm ente se­
parada cn forma legal y cuyos objetivos son legislativos y de cabildeo en
vez de ser los objetivos com erciales o económ icos que persiguen nonnal-
mente las cooperativas y las compañías de seguro mutuo. El sistem a fue
establecido en forma tal, que las Tmalidades com erciales de las partes
puramente económ icas del mismo estarían siempre enteram ente subor­
dinadas a la parte política. Como lo señala un panfleto oficial sobre la
historia de las compañías dc seguros de la Farm Bureau dc Illinois, “hom­
bres de visión estuvieron elaborando polílicas y sistemas de control que
colocaban para siempre a las com pañías de seguros bajo la dirección dc la
organización m atriz’*.^’ (Las cursivas son mías).
La prueba de que el interés de la rama política dc la Farm Burcau cs
im portante incluso en la dirección dc la parte comercial dcl m ovim iento la
tenemos cn el hecho dc que a varias de las empresas comerciales no se les
permite vender su producto a nadie que no sea o no llegará a ser miembro
de la organización política. Así cs fundamentalmente en las com pañías dc
seguros mutuos contra accidentes. Las cooperativas de mercadeo y abas­
tecim iento agrícola controladas por la Farm Bureau en Illinois negocian
norm alm ente con cualquiera, pero por lo general no pagarán un ‘'divi­
dendo por patrocinio" a quien no sea miembro de la Illinois Agricultural
Association. Significa que muchos agricultores se encuentran con que, si
no se unen a la Farm Bureau, pierden dividendos por patrocinio u otros be­
neficios com erciales no colectivos que representan mucho más dinero que
el im porte de las cuotas a la Farm Bureau; de modo que cl m antenerse fuera
les costará dinero y cn ocasiones mucho dinero. Así pues, las cuotas pro­
vienen a menudo indirectam ente dc las ganancias de las em presas comcr-
j ··
78. "B usiness Services D eveloped”, The Illinois A gricultural A ssociation R ecord
(enero dc 1941), págs. 34-42; W ilfred Shaw, "The farm Bureau as Parent O rgani/.afion”
(texto m ecanografiado sin fechrf escrito por Shaw com o m iem bro del personal de la
Illinois A gricultural A ssociation)!
79. G uardians o f Tom orrow , p/ígs. 8-9. Para conocer algvmos com entarios inlere-
santes sobre la Illin o is A griculturnJ A ssociation, ver dc A rthur M oore The F arm er and
the R est o f Us (Boston: L ittle, Brown, 1945), págs. 80-98. En esta sección de mi libro he
aprovechado las críticas hechas por W .E. Ham ilton, director dc investigación de la
A m erican Farm Bureau Federation, quien piensa no obstante que ciertos aspectos de
este estudio están equivocados o son engaf^osos.
170 ÍMi if arias de "produrio sfcundario'* y d f "interés fxpeciat'*

ciííics dc la Farm Bureau. Obviamcnlc, esa cla.sc dc arreglos no existen


primordialmcntc por ra/oncs com crciales. El requisito de que los benen-
cios dcl patrocinio dc un negocio dc la Farm Bureau sólo los reciban los
miembros de la misma sc mantiene para favorecer los intereses de la or­
ganización política. Las publicaciones de la organización lo admiten. Por
ejemplo: "En cl área dc los servicios com erciales se estaba explorando otro
camino dc visión y espcran/.a con la idea de que ofreciéndolos a través dé
la asociación estatal sc obtendría una mayor participación de los miembros
. . . Así pues, el estudiar las posibilidades dc establecer servicios com er­
ciales para que la asociación estatal los ofreciera, sc hacía con la esperan­
za dc que esos servicios sólo sc prestarían a los miembros dc la Farm
Bureau”."'^
Dc manera que la cooperativa dcl tipo Kirkpatrick se distingue dc las
dem,is, en primer lugar, cn que cst»i controlada por una organización cabil­
dera o legislativa, y cn segundo lugar por cl hecho dc que generalm ente
los bcncficios derivados dc comerciar con esa cooperativa sc ümitan a los
miembros de esa organización. Ciertamente, el plan Kirkpatrick ha funcio­
nado muy bien cn Illinois. En años recientes, la membresía dc la Illinois
Agricultural Associalion ha llegado a incluir a casi todos los agricultores del
eslado (y a un número sustancial dc no agricultores que han tenido tratos con
sus organizaciones com erciales). Sc dicc a vcccs (aunque sin duda es una
exageración) que económ icam ente cs casi imposible operar una granja cn
Illinois sin patrocinar a alguna empresa dc la Farm Bureau y por lo tanto sin
convertirse cn micmbrx) dc la misma. Las empresas dc esta última cn Illinois
manejan una gran variedad dc productos."’Para 1951, la Illinois Farm Supply
Company, que cs sólo una dc las organizaciones comerciales dc la Farm
Bureau, había pagado (junto con sus filiales locales) más de 41.5 millones
dc dólares cn dividendos por patrocinio.” La Country Mutual Casualty
Company, otra empresa de la Farm Bureau cn Illinois, tenía 337,()(K) pó­
lizas dc seguros en vigor. Como cl número dc agricultores cn cl estado no
.sc aproxima siquiera a esa cifra,"^ilgunos deben dc tener más de una póliza
y muchos no agricultores deben dc haber tratado con la compañía. O bvia­
mente, han inducido a una gran proporción dc los agricultores del estado
a unirse a la Illinois Agricultural A.ssociation, En esta organización, la
membresía ha crcck\o fyaripassu con la expansión dc sus filiales comerciales.

80. (tuardians o f Tom orrow , 5-6.


81. Illinois A griciilliiral A ssoci.iiion, "The Farm Burean Iden", .s.f., niim eogr{ifiado;
Illinois Farm Supply Co., Men o f H tinois Farm Supply C o., 1^26 1951 (1^)51).
82. Men o f Illinois Farm Supply Co., ¡926 195 J. Vcr tam bién dc la Illinois Farm
Supply Co. 32nd A nnual R eport, Chicngo: 18 dc nov. dc 1958.
RV (tu a rd ia n so flo m f/rro w , p;ig. 19.
Cooperaíivas y grupox agrícotas 171

El éxilo dc la organización comercial dcl tipo Kirkpatrick cn Illinois


provocó la im itación cn las oficinas agrícolas estatales por lodo cl país.'*^
Actualmente, las organizaciones com erciales, de una u otra clase, dc las
oficinas agrícolas están funcionando cn casi lodos los estados. Esas or­
ganizaciones siguen, general pero no invariablem enie, cl patrón exaclo dc
las dc Illinois. Normalmente están controladas por las oficinas agrícolas
estatales y generalm ente limitan sus beneficios a los miembros dc la Farm
Burcau. Por lo general han sido muy rentables. Esa rentabilidad se debe cn
parte al iratamienlo fiscal favorable que se da a las cooperativas, auncjuc
esa no es la única explicación. La Faiin Bureau ha creado un número
particularm ente grande de compañías dc seguros de autom óvil, las que tal
vez se han beneficiado con cl hecho de que sus clientes eran cn su mayoría
rurales y posiblem enie estaban menos habituados a conducir cn áreas con­
gestionadas y estaban más propensos a los accidentes dc tráfico. Es inlc-
rcsanlc que las dos compañías más im portantes de seguros dc auiomóvil
del país. Stale Farm y Nationwide, comenzaron vendiendo seguros a agri­
cultores afiliados a la Farm Bureau.’’^
A medida que la organización comercial dcl tipo Kirkpatrick ha sido
adoptada por las oficinas agrícolas estatales de todo cl país, el número dc
sus miembros se ha multiplicado. El de la American Fann Bureau Federation
era de 163,(K)() en 1933. de 444.()()() en 1940. de 828,()()() en 1944 y de
l,275,()(K)en 1947. Desde 1953 ha pasado del millón y mcdio.^^El aum en­
to se debe a la expansión de las organizaciones com erciales que tienden a
lim itar sus beneílcios a los miembros de la Fann Bureau. La American
Fann Bureau Federation liene ahora lo que ninguna organización agríco­
la de los EE.UU. ha tenido nunca: un número de miembros grande, estable
y que abarca loda la nación.
De manera que el lamaño y la estabilidad relativa dc la American Farm
Bureau Federation han sido el resultado dc dos factoirs. Uno es que dui an­
te mucho tiempo fue el canal natural a través del cual podían los agricul­
tores obtener ayuda técnica y preparación del gobierno. E:1 otro cs c|uc

j
84. Con respeclo a la ompliliui con que las compaTií.'is de seguros de la Farm Rnrcau
abarcan al país, ver Am erican AgrjculUiral MiiUial Insurance Cornpaíiy, ‘‘D ircciory of
State Farm Burcau Insurance C om jjanics", 25 de m ar/o de 1959, m im eografiado, y
“Sim imary of Insurance in Farm Bureau C om panies", h v dc ocl. de 1948.
85. M unay D. Lineóla Vire Prrsidctú in Clutr ge o f Revolution (Nueva York: McC»raw II ¡II.
I960); K.'irl Scliriftgiesser. The fa n n er fr^m M erm : A Hiography f)f (]eorgr J M crhrric atvl A
History o f the Stale Farm Insuratue Cotnfjo/iies (Niicva York: RuikIoítí House, 1955).
86. “M emberships Paid” (nota 76 anterior). Hay aquí un contrasic inlcresanlc eulrc It^s
éxitos de las organiziu:iones agrícolíis al recurrir a insiiuiciones comerciales p;ira pro|X)rcionar
beneficios no colectivos y la incapacidad de la m ayoría de los sindicatos de trabajadores
172 l . a i Ir o t í n t i h " i m u l u t lo %tt u m l n t h t ” »■ Hf

coiilrola una gran variedad dc inslilucioncs comcrcialos (|uo noinnilMUMV


te proporcionan beneficios especiales a los miembros dc In i iiin» Huirmi.
Ésta es por supuesto lambi(5n una organización de cabildeo; una de las inrts
grandes dcl país; pero casi no hay evidencia de que el cabildeo (|ue ha lie
vado a cabo explique gran parte de su membresía. Evidentem ente, sus íluc
tuaciones no pueden ser explicadas por los cambios ocurridos cn sus
pol íticas legislativas o en la popularidad de las mismas. Por el contrario, la
Farm Bureau parece haber crecido con mucha rapidez cn los períodos cn
’os que, si hemos dc creer en los resultados dc las encuestas y las elecciones,
sus políticas eran menos populares. La teoría dc grupos latentes sugeri­
ría que las actividades cabilderas dc una organización tan grande como la
Farm Bureau no ofrecen un incentivo que induzca a las personas raciona­
les a unirse a la organización, aunque estén completamente dc acuerdo con
sus políticas. Por lo tanlo, las grandes organizaciones dc grupo de presión
deben derivar su fuerza como producto secundario dc algunas funciones no
políticas. La fuerza de cabildeo dc la Farm Bureau parece entonces haber
sido un producto secundario de los agentes dc condado, por un lado, y de
las organizaciones com erciales de la Farm Bureau por el otro.
Pero ésta no es la única organización agrícola cuya fuerza política es
un producto secundario de sus funciones no políticas. La Farmers Union,
cuya existencia fue problem ática e inestable hasta finales dc los años dc la
década dc 1930, ha encontrado ahora una membresía estable y sólida en las
Grandes Planicies y ha logrado esa estabilidad a través dc las cooperativas
agrícolas y las compañías de seguros con las cuales está asociada. La
Fanners Union ha patrocinado algunas compañías dc seguro mutuo que sc
parecen a las compañías de seguros de la Famri Bureau cn que norm alm en­
te sólo hacen negocios con quienes son o serán miembros de la rama po­
lítica del movimiento. Además, tiene con varias cooperativas agrícolas
arreglos que acrecicnlan su fuerza. Normalmente, las cooperativas aso­
ciadas con la Farmers Union “marcan” la membresía en la Farmers Union;

para proporcionnr beneficios no colcclivos medinnle »clividadcs comcrcÍMlcs que bastnn para
maniencf su membresía. Es dc suponer que la explicación principal dc ese conlrasu*. cs que los
agricullores (cspecialmenie los más imporlanlcs, que lienen más probabilidades de pericnecer
a organizaciones agrícolas) licncn necesid ades especiales isociada.s c o n ri nej»(KÍo agrícola
y que las cooperativas pueden saiisfacer. El agricultor necesita Tacilidades para vender su
producción, así como una gran variedad dc suministros, y no hay unn dem anda cspecini similar
por parte dc los asalariados d c la industria. Olro factor que puede ayudar nexplicar el contraste
cs que los agricultores tienen experiencia en cl manejo de »us negocios y por lo tanto son capaces
de manejar cooperativas más eficiencia que los trabajadores indusirialrs, Es tal vez signifi-
caiivo que los sindicatos que lian establecido empresas comerciales con ^xito rq^resmlnn por lo
general a irabajailoTCS rclaiivnmonte csj^rcializnctos.
1 fiftii/totngr/rotnf 17.^

vnic (Icclr, jilrnplcmciMr drsi urninn Ins cuoias dc la Farmers Union dc los
dividendos por pntroclnlo (juo cl agiiciillor gana patrocinando a la coopc-
raiiva. Adcmils, csns coopcraiivas pagan normalmcnic un cinco por cicnio
dc sus ganancias a un "fondo educacional” que la Farmers Union gasia en
cabildeo, Irabajo organizativo, ele."’
Por los beneficios recrcaiivos y sociales que la Grange proporciona a
sus m iem bros, y debido al cardcler limitado dc sus actividades de cabildeo,
probablem ente necesita las em presas com erciales menos que la Fann
Bureau o la Farm ers Union. No obstante, tiene lambién una variedad con­
siderable de organizaciones com erciales asociadas y muchos dc esos ne­
gocios constituyen un incentivo para ser miembro de la Grange."*
Hay una organizíicirtn agrícola que ha tratado de no recurrir a las
instituciones com erciales ni a las dependencias dcl gobiem o para conse­
guir miembros. Es nueva y pequefia: la National Fanners Organization. Ha
anunciado que “la NFO asegura sus ingresos en vez dc su auto”,'’’ criti­
cando im plícitam ente las actividades com erciales de la Farm Bureau. Pcm
ha tenido müchos problemas para conseguir miembros, y tal vez su política
esté cam biando. Cosa im ponante, la National Fanners Organization ha
fracasado hasta ahora en sus “actos de sujeción”, o huelgas, para im pedir
que los productos agrícolas lleguen al mercado. El fracaso dc esas huelgas
fue exactam ente lo que la teoría de gmpos latentes habría inducido a
esperar. Si algún día la National Farm ers O rganization lograra, sin recu­
rrir a la violencia ni a otros incentivos selectivos, m antener los precios ha­
ciendo que los agricultores no Ileyen algunos de sus productos al increado,
eso tendería a refutar la teoría expuesta aquí.

87. Ver dc M ildred K. Slollz 77ii> is Yours - l'he M ontana Farm ers Union and lis
C ooperative AssocAales (M inneapolis: Lund Press, s.í.); Hnrold V. Kniglil, G rass roots -
The Story o f the N orth D akota Farm ers Union (Jam cslow n. N.D.: Norlli Dakota Farm ers
U nion. 1947); Ross B .Talt^ol, "A grarian Politics in the N orthern Plains”, disertación no
publicada, U niversidad dc C hicago.
88. N ational F ederation o f G range M utual Insu rance C om panies, Jo u rn a l o f
P roceedings, Tw enty-Sixth A nnual C onvention. 12 de sept, de I960; carta del 2 de agosto
de 1961 d irig id a al autor por Sherm an K. Ives. S ecrelario dc la N ational F ederation
o f G range M utual Insurance Com pafiics. Sobre la im p9riancia dc las cooperativas para
la m em bresía de la G range a principios del decenio de 1870, ver el artículo de G eorge
C erny "C o o p eratio n in the M id w elt in the G ranger Era. 1869-7.5", A gricultural
H istory, XXXVII (octubre de 196.1), 187-20.S. Parjrestadísticas do m em bresía dc lodas las
principales organizaciones agrícolas ver dc koberl L. Tontz. "M em bership o f G eneral
F arm ers’ O rganizations. U nited Stalesr, 1874 1960". A gricultural H istory, XXXVIII
(julio de 1964), 143 1.56.
89. NFO R eporter, I (noviem bre de 1956), 3. Ver lam bién G corgc B ranílsbcrg, The
Two S ides in N F O 's B attle (Am es, Iowa: Iowa Slate U niversity Press, 1964).
174 l.as leoríax de ''p rod u elo secundario** y de 'Unieres especiaí"

G. G r m ’o s d i·: p r i -sió n " no i -c o n ó m ic o s ”

La leoría cic produelo secundario dc los grupos dc presión parece explicar


las organizaciones dc cabildeo que rcprescnian a la agricullura lo mismo
que a las que rcprescnian a la mano dc obra y a las profesiones. Y, en rela­
ción con la leoría de "inierés especiar’ dc los pequeflos grupos cabilderos,
ayuda a explicar las organizaciones que rcprescnian a los inlcreses com er­
ciales. Dc manera que las icorías desarrolladas cn esle csludio parecen
explicarlas principales organizaciones económicas que rccurrcn al grupo
dc presión.
Si bicn la mayoría dc los grupos dc presión con sede cn W ashinglon,
y la loialidad dc los más lucrlcs, licncn objclivos económ icos, hay lambién
algunos cuyos objclivos son sociales, políticos, religiosos o lllanlrópicos.
¿Deben aplicarse las icorías desarrolladas en esle libro a cualquiera de
esos lipos de grupo de presión? Lógicamenle, la leoría puede abarcar lodos
los lipos. Es general cn cl sentido dc que no está limitada a ningún caso es­
pecial. Se puede aplicar dondequiera que haya personas racionales intere­
sadas en una meta común. Como .se explicó cn cl capítulo II, la teoría dc los
grandes grupos, por lo menos, no se limita siquiera a las situaciones cn que
hay un comportamicnlo egoísta o en las que están enjuego los intereses
monetarios o m ateriales únicamente. Por lo tanto, la generalidad de la
teoría cs clara. Por otra pailc es cierto que esta teoría, como cualquier olra,
cs cn algunos casos menos útil que cn otros casos. Resultaría dem asiado
largo aquí exam inar detalladam ente algunos dc esos grupos dc presión cu­
yos inlcreses son "no económ icos"; pero cs evidente que la teoría arroja
nueva lu/. .sobre algunas organizaciones esencialm ente sociales y polílicas,
como las de veteranos,’^’y que no es parliculanTienle útil para el csludio dc

90. Las organi/acioncs dc volcrnnos no son prim ordialm enlc o rg a n i/a c io n c s cconrt-
niicM’; o «;i(|ii¡cra polílicas. Sus luncioncs principales son sociales y airacn a la m ayoría dc
sus m iem bros debido a los beneficios sociales que proporcionan. l>os anuncios dc neón
(|iic se ven en m uchas ciutladcs osladounidenscs dan Icslirnonio dc que los capítulos l o ­
cales dc las o r g a n i / a c i o n c s de veteranos han creado innum erables clubs, tabernas y salas
(le b;iile. Por lo general sólo se adm ite a los m iem bros y a sus invitados. Al unirse a una
organización, el veterano no S()lo disfruta de las instalaciones físicas dc un club, sino que
encuentra cam aradería y reconocim iento por su servicio cn tiem po dc guerra. C ualquiera
que haya visto una convención de la Am erican Legión sabe que los legionarios no se p a ­
san lodo cl tiem po discutiendo solem nem ente los males dc las N aciones U nidas ni d eba­
tiendo si()uiera los niveles dc los beneficios de los veteranos. T am bién realizan desfiles
y otras actividades rccrcalivjjs y sociales ilivcrsas. Además, la Legión ofrece a sus m iem ­
bros los beneficios dcl seguro de gnqx). Todos esos beneficios sociales y de olra clase sólo
los disfrutan los afiliados; re|)resentan incentivos selectivos. En cam bio, las g ratifica­
ciones y otros beneficios (pie los grupos de presión dc la A m erican Legión o dc los
V e t e r a n o s de Ciucrra obtienen del gobierno le^ corresponden a lodos los veteranos, estén
Grupos de ftresión " n o ec on ómicos" 175

algunos oíros gm pos dc presión no económicos. La teoría no cs cn absolu­


to suficiente cuando sc trata dc grupos Iliantrópicos, cs decir, aquellos que
expresan su preocupación por otro distinto dcl que apoya la presión, o dc
grupos religiosos.” En los grupos dc presión í ilantn^picos y religiosos, las
relaciones entre las finalidades y los intereses dcl m iem bro individual
y las finalidades e intereses de la organización pueden ser tan variadas y
confusas que una teoría como la que sc expone aquí no puede arrojar m u­
cha lu/..’^
La teoría desarrollada aquí tampoco es muy úlil para cl análisis dc
grupos que .se caracteriza por un bajo grado dc racionalidad, en cl sentido
cn que se em plea aquí la palabra. Tomemos por ejemplo, cl grupo ocasio­
nal dc personas interesadas que siguen trabajando a travCs dc sus organi­
zaciones para favorecer causas que .se sal)cn perdidas. Esa labor por amor
a la causa no es racional, al menos desde cl pumo dc vista económ ico, por-

O n o afilintlos a u n a organi/Jición. Dc niMncra (iiic la fm !r/a polílica dc los grupos dt· pn·
sión dc vclcranos cs un produelo socunilario de los servicios sociales y ecotn)niico'< ijiie
prcslan esas organizaciones.
91. M uchos Icóricos siiponcn siinplcrncnlc (¡iie lodo coinporlainieiilo individual, cu
cualquier conlcxlo, cs racional cn cl senlido <|uc sc da a esa palabra on los m odelos
económ icos. Siem pre que una persona aclúa, se supone que lo h i/o racionalm cnlc para
favorecer algún "in lcrés” suyo, incluso si la acción fue filanlrópica; porcjuc quiere dccir
que obluvo más "u tilid ad “ (o, m ejor dicho, alcan/.ó una curva de indiferencia mas alia)
actuando cn form a filantrópica que haciéndolo cn cualquier olra forma. Todas las sihia-
ciones analizadas hasta ahora cn cslc libro no rc(|uicrcn esa definición general y dudosa
dc la racionalidad; pero la aplicación dc csla Icoría a nlgunns organizaciones no econó­
m icas podría requerirla. Una organización de beneficencia sc podría analizar m ejor si la
teoría fuera interpretada en csla form a. La persona que h i/o una contribución inodcsla a
ima beneficencia im portante organizada nacionalm cnic lo hizo, según csla inicrprcia-
ción, no porque pensara ajiiivocadanicnlc que su contribución iba a auincniar pcfccpiihlc-
m cnte los recursos dc aquella, sino porípic obluvo una satisfacción ifulividual, no rolcríivn,
cn forma de una sensación dc valor moral personal, o por un deseo dc rcsix.Mabilidad o
alabanza. Si bicn cn esta fonna la teoría se puede aplicar incluso a las beneficencias, en ose
contexto no parece ser espccialm cnle úlil. Porque cuando loda acción (incluso los acios
caritativos) sc define como racional o sc supone que lo es, csla Icoría (o cualcjuicr olra) sc
vuelve correcta en virtud sim plem ente de su congruencia lógica y ya no cs susccplible de
refutación em pírica.
92. Una organización religiosa cpie prom eliera algúg beneí icio últim o, por ejem plo una
reencarnación favorable, a sus fieles seguidores, y algún castigo a las persona.«; t|ue no
ayudaran a sostener la institución, «staría de acuerdo con la leoría í|ue se oficce acpií.
Tam bién la idea pesim ista de la naiur.ilcza humaifa basada cn el "pecado original", común
a m uchas religiones, es consecuenle con la leoría. Lógicam cnle sería muy posible explicar
algunos grupos religiosos de presión com o producios secundarios dc organizaciones (|iie
ofrecen incentivos selectivos a sus m iem bros en poicncia. Dc acuerdo con csla inlcrprc
tación, la fam osa Liga Conlra las Tabernas habría sido un producto secundarit) de la
función religiosa prim aria dc las iglesias proicslanies, cjiie cían su principal fuenie de
176 /,« f t f f l f f ñ t r /f 9 f r i iñ 4 ti th * * f é i **inl9tét

que no tiene objclo hacer sncrilkios que pordcdnlclrtti «crin Incllcacc«.


D ecirque una situación cslíl •'perdida’*o cs desesperada c(|ulvnle cn cierto
sentido a decirque es perfecta, porque cn ambos casos los csfucr/os por
mejorarla no pueden dar resultados positivos. De manera (|iic In cxlstcncld
dc grupos dc personas que trabajan por "causas perdidas" coiiiradicc la
teoría orrecida en este estudio (si bicn la insigniflcancin dc esos grupos cs
por supuesto con.secucntc con la teoría).”
Cuando cl comportamiento irracional es la base dc un grupo dc pre­
sión, tal vez sería m ejor recurrir a la psicología o a la psicología social, cn
VC7, dc la econom ía, cn busca dc una teoría pertinente. Los principios dc esa
teoría pueden existir ya en el concepto de "movim ientos dc masas"**(los
que normalmente, dicho sea de paso, no son muy masivos). Los adherentes
de los "movim ientos dc m asas" se explican por lo general cn térm inos dc
su "aislam iento” dc la sociedad.” Esc aislam iento produce un trastorno o

sosfcnirnicnlo. Aunque lógicíim cnlc corrcclo. este enfoque no rcsulla muy úlil, porque
parcrc pasar por alio algunas caracleríslica.^ fundam cnlalcs dc la m olivación religiosa.
Sobre cl cabildeo por parle de las iglesias vdasede Luke EbcrsolcC /ií<rr/i Lobbying in the
N ation .s C apital (Nueva York: M acm illan, 1951). Sobre la relación de la Liga C onlra las
T abernas con las iglesias, ver dc Pelcr H. Odegard P ressure P olitics (Nueva York: C o­
lum bia U niversity Press, 1928).
93. Probablem ente cn los gru|X)s no económ icos hay m enos racionalidad que cn los
económ icos, por lo menos cn cl scnlido que se le da a la palabra cn econom ía. Las
relaciones fácilm ente calculables y las norm as objetivas del éxito y el fracaso en la vida
económ ica desarrollan probablem ente las facultades racionales cn m ayor grado que las
actividades no económ icas; de m anera que la teoría desarrollada aquf se ajustaría a loS
gruidos económ icos en general m ejor que a los no económ icos. Para un estudio dc esle
pumo, ver dc Joseph Schum peter C apitalism . Sociali.sm. and D em ocracy, 4a. ed. ( l a n ­
dres: G eorge Alien & Unwin, 1954). p íg s. 122-123. Ver tam bién de T alcoll Parsons
E.ssay.s in Sociological Theory, cd. rev. (G lcncoc, 111.: Free Press. 1954), plígs. 50-69.
Sobre la irracionalidad políiica ver de Graham ^ñ\\a% Human N ature in P olitics {Lincohv.
U niversity o f N ebraska Press, 1962).
94. Los movimientos dc mas;w tienen a menudo un carácter utópico. Hasta los grupos
grandes (juc liabnjan por una utopía ix)drían tener una r«7.ón para actuar como grupo, incluso
cn térm inos dc la teoría .que se ofrece aquí. Las utopías son paraísos sobre la tierra a los
ojos de sus defensores; dicho de otro modo, se espera que traigan bcncficios incalculable-
mcnic grandes y probablemente inHnitos. Si el beneficio que se derivaría del establecim iento
de una iiiopíaes infinito, sería racional que hasta cl miembro dc un grupo grande contribuyera
voluntariamente al logro dc la meta del gmpo (la utopía), Una parte insignificante de un
beneficio inTinito, o un aumento m inúsculo de In probabilidad de obtenerlo, podría exceder
a la parte dcl coslo del esfucr/o dc gni|w corresporidietite a una pcr«m«, Un beneficio
incnlculablcmcnic grande o infinito |XKlría, por decirlo nsí, convertir un grupo bastante grande
en un "gm po irrivilcgiado". Tjunbicn los gru|X)S religiosos p<HÍríiin ser analizados en esta
fomia. Pero, repelimos, no está claro que esa sea la mejor manera de teorÍ7ar sobre los grupos
utópicos o los religiosos.
95. W illiam The P olitics o f M ass Society {G ]cm nc, I I I : Free Press, 1959).
Íini/MM í/r ftrrxión " n o tronómlcos** 177

desequilibrio psIcoMgico. Por lo lanío, cl apoyo a los “movimicnlos dc


m asas” sc puede explicar principalm cnic cn térm inos psicológicos, aunque
a su ve/, los Iraslornos psicológicos sc relacionan con diversas caraclcrís-
licas de la csiruclura social. 1.a devoción Íanítlica por una ideología o por
un líder es común cn los movimicnlos dc masas, y con frecuencia se dice
que esos movimicnlos son ‘‘cxlrcm islas”.’^Esla clase de grupo de presión
es más común en los períodos de revolución y agitación, lo mismo que cn
los países inestables, que en las sociedades estables, bien ordenadas y apí\-
licas que han contemplado cl ‘‘Un dc la ideología”.’’
Sin duda existe siempre algún comportamiento ideológicamente orien­
tado cn toda sociedad e incluso entre los grupos más estables y bicn ajustados.
En los Estados Unidos, por ahora, gran parte dc esc comportamiento sc centra
en tomo de los partidos políticos. Sin embargo, es sorprendente lo insigni-
ficantcs que son relativamente los sacrificios ideológicos en favor dc esos
partidos. Los cientíncos dc la política hacen comentarios frccucntcs sobrc la
debilidad organizativa de los partidos políticos. Los partidos políticos norte­
americanos son por lo general importantes sólo como nombres y categorías,
no como organizaciones fonTiales. Como dijo un conocido científico dc la
polílica, ‘‘la creación cuadrienal dc partidos presidenciales cs un ejercicio dc
improvisación”.”*No negamos el papel decisivo que los partidos dcsempe-
f\:xn en la polílica norteamericana. Incluso cn los estados de dos partidos, la
mayoría de los votos que obtiene un candidato provienen posiblemente de
personasque votaron porél debido a su aniiación partidi.sta más bien que por
sus cualidades personales. En muchos estados, un candidato no podrá lograr
que su nombre Tigurc cn la papeletn a menos que tenga la nominación dc un
partido importante. Pero, a pesar del papel importante de los dos partidos
principales, no representan gran cosa como organizaciones fonnalcs: no
cuentan con muchos “miembros”: muchos que asistan con regularidad a las

96. Eric HoTfcr, 77i^ YVur/?c/<>vrr (Nueva York: New Aincricim Librtiry, 1958); PcMcr
F. D ruckcr, th e End o f Econom ic M an - A Study o f the New Tolalilarianism (N ueva York:
John Day, 1939); Seym our M arlin Lipscl, P otiiical M an: I he Social R ases o f P olitics
(G arden C ily. N.Y.: D oubleday. I960).
97. Diinicl Bell, The End o f id/^ology (CJcncoe, 111.: Free Press. I960); vcr tam bién
Harold D. Lii^s'wcW, P olitics - Who G ets What, W hen, I fow {Uucv a York: W hilllesey House,
1936). Un csludio detallado de unn com unidad del sur de llalin, un área cuya cultura
polílica es profundam ente diferente jle la de los^Esiados Unidos, subiere no obstante que
la icoría presentada aquí se adapta muy bien a esa culturan ver dc Edward C. Banfield The
M oral B asis o f a B ackw ard Society (G lencoe. 111.: Free Press. 1958).
98. David B. Trum an. 1 he G overfunental P rocess (N ueva York: A lfrcd A. Knopf.
1958), pág. 532. El finado V. (). Kcy afirm ó que. a nivel dc partido estatal, la situación
• típica "es la ausencia casi total de una orgnni/ación que funcione en lodo cl eslado. Pue­
de haber cam arillas in fo rm a le s (|ue operan en general en segundo plano. Puede haber
I7H t ^ s teoríaj de "producto secundario**y de *Uníerés esp ecia r

jumas dcl disirilo clccloral o que contribuyan a la tesorería del partido (con
excepción dc las "maquinarias” polílicas de algunas ciudades grandes). Los
partidos políticos tampoco cuentan con mucho personal administrativo si se
comparan, por ejemplo, con los sindicatos de trabajadores.” Entre 1924 y
1928, cl partido Demócrata no tenía siquiera oficinas generales naciona­
les.'"” Sin embargo, una "c.stimación muy coaservadora” hecha por una
autoridad calculaba cl número de organizaciones con grupos dc presión per­
manentes cn Washington hacia finales dc la década dc 1920 cn "bastantes
mds de 5(X)" (en la actualidad hay muchas mtls).^”' El que uno cualquiera dc
un gran número dc grupos dc presión, cada uno de los cuales representa una
porción relativamente pequeña de la población estadounidense, signifique
m is como organización fonnal que cualquiera dc los grandes partidos
políticos cuya suerte inlluyc. entre otras cosas, cn las perspectivas dc cada
grupo dc presión, cs sin duda una paradoja.
Una explicación cs que los partidos políticos buscan norm alm ente
beneficios colectivos: luchan por polílicas gubernam entales quc. según
diccn. tx!ncficiar.1n a todas las personas (o por lo menos a un gran número
dc ellas). Si bien la m ayoría dc las personas piensan que estarían cn
mejor situación si su partido estuviera cn el poder, reconocen que, si su
partido va a ganar, igualm ente ganará sin su concurso y ellas obtcndnin
los Ix'ncficios dc todos inodos. El norteamericano medio muestra hacia su
partido político la misma aclilud que. según dijo el Dr. Johnson, mostró el
pueblo inglés hacia los Esluardos en el exilio en cl siglo XVIII. Johnson
dijo que "si Inglaterra volara imparcialincnte, cl rey actual sería destrona­
do esta noche y sus partidarios colgados maf^ana". El pueblo, sin embargo,
"no arriesgaría nada para restaurar a la familia exiliada. No darían veinte
chelines para lograrlo; pero, si un simple voto pudiera hacerlo, la propor­
ción sería dc veinte a u n o " .E l punto es que la persona media i'.o cslarí
dispuesta a hacer un sacrificio importante por cl partido que favorece.

org:ifiÍ7.ncii>ncj; locales cjuc cjcrccn poder; pero las orgnni/ocioncs prcparaclíis para hncer
frcnie responsablem ente n Ijis ciicsiioncs estatales con un punto de vista estatal son la
cxcc|KÍón. C'on frccuencin el pariido es cn cierto sentido una ficción”. C ita tom ada dc la
obra dc Kcy Am erican State P olitics: An Introduction (Nueva York: A lfred A. Knopf,
1956): pág. 271.
99 Tnl vc7. una razón dc que los partidos |>oIíticos empleen poco personal cs que m uchos
dc sus trabajadores y líderes profesionales son funcionarios o em pleados dcl gobierno.
100. Arthur Schlcsingcr, Jr .. Ί he C risis o f the O ld Order (Boston: H oughton M ifHin,
1957). pág. 273.
101. Herring (nota 37 anicrior), pág. 19.
102. El punto que Johnson m encionó m uestra por cl lado del coslo una siniiliuid con los
bcneficio5 ‘’inadvertidos” o *‘im pcrcepiibles” discutidos a 1« largo dc este csludio. y esa si­
m ilitudes imporlantc p:ira una explicación del voto. La acción dc una empresa cn cl merca-
Grupox de presión **no económicos" 179

pucslo que una victoria de su partido proporciona un bicn colectivo. No


contribuirá a las arcas del partido ni asistirá a las juntas dcl distrito. Hay
en cambio muchas personas con ambiciones políticas personales, y para
ellas el partido proporcionará beneficios no colectivos en forma de cargos
públicos. Como cn este país se elige a 700,(KX) funcionarios, ese último
grupo es muy importante. Hay también muclios hombrcs dc negocios (pie
colaboran con los partidos políticos con el fm de lograr acceso individual
a los funcionarios cuando sc presenten problemas de importancia para sus
propias empresas.
Las “m aquinarias” políticas, por olra parte, lienen estructuras
organizativas masivas; pero no trabajan por bienes colectivos. Una macjui-
naria se interesa, en el mejor de los casos, por el patrocinio y cn el peor de
los casos por el soborno. Los trabajadores que mantienen los distritos
controlados cn favor de una macjuinaria se interesan nonnalmenle en ob­
tener empleos en el ayuntamiento, y cada mercenario dcl partido sabe (|uc no
obtendrá un empleo si no ayuda a la maquinaria. De manera que las ma­
quinarias políticas pueden establcccrcsiruclurasorgani/aiivas bicn articula­
das porque luchan principalmente por beneficios que recaerán cn personas
particulares en vez de favorecer los intereses comunes de un grupo grán­

elo pcrfcciam cnle com pctilivo producirá algún cfcclo cn cl precio dc mcrcado; pero ese
cfcclo cs lan pequeño que la empresa individual lo pasa por «lio o no los percibe cn absoluto.
El miem bro lípico dc un sindicato, que no pagará voluntariam ente sus cuotas, pero que sin
l’Krnsarlo soportará cl “coslo” dc em itir un voto cn favor de un eslablccim icnlo sindicado, cslá
actuando cn la misma forma. L^) mismo haccn los m illones de personas (|ue no a)X)rtan
licmfw ni dinero a su partido político pero que sin em bargo votan a vcccs por 6\. l^> mismo
sc puede decir dc quienes voinn en un día soleado, pero no cuando llueve. El coslo dc votnr
y firmar |Xíliciones cs por lo tanlo insignificante e im perceptible para muchas personas, así
com o, dc m anera un tanto parecida, el efecto que una cm|Tresa com peliliva produce en el
precio es insignificante c im perceptible para ella. El punió cs que existe un “um bral’*arriba
del cual los coslos y los rendim ientos influyen en los acios de una pcrsonn y debajo del cual
no lo hacen. Esc concepto de “um bral" puede ser explicado lam bién m ediante \ma analogía
física. Supongam os que la mano de un hom bre es colocada en un lom illo de banco y éste es
apretado. El hom bre sentirá dolor y a m edida que se aprielc más el lom illo el dolor será más
intenso y cs de .suponer que cl hombre irainrá dc liberar su mano. Pero si bien la mucha pre­
sión conlra la mano es d o lorosa^ provocajm a reacción, un nivel muy bajo de presión no
producirá ese efeclo. Norm alm ente la pc(|ueña prcsiim dc un apretón dc manos no causará
dolor alguno y no dará lugar a ninguna reacción sim ilar a la producidn por la canlidad dc
presión aplicada con el tornillo dé banco. La presión debe llegar a cicrio nivel, o um br.il.
para que haya una reacción. ,
Algunas invesligaciones em píricas delallad.is del voto en una comunid.'id nortéam e
ricana produjo resultados consccucm es con el análisis que antecede. Los investigadores
encontraron que “la m ayoría de las personas votan; pero en general no dan señales dc
un inlcrés sostenido . . . incluso los trabajadores del partido no son m otivados típicam em e
por los aspectos ideológicos ni por cl solo deber cívico” . Rernard R. B ercison. Paul F.
l . ai trotina Hr "ftnttlui lo t f t y ñ d n t i o “ y i h ’

Es sin duda s¡gniíic;ilivo (|uc, cn cl lenguaje de la políili a dc los


partidos norteamericanos, la palabra “organi/.aclón" se empica a menudo
como sinónimo de "maíjuinaria |X)líl¡ca”. y se supone que una "mai|uinaria
polílica” esleí inicresada principaimcnie cn los bcncficios individuales que
puede obiener para sus miembros.

II. Los “ cmiipos ()i.vinAix)s’‘, AQur.Li.os giir· sin ri:n i*n sii i-ncio

Ahora que los principales grupos de presión económicos han sido estudia­
dos y se han esbozado las elaciones de las Icorías desarrolladas aquí con
los gmpos no económicos y los partidos políticos, sólo nos Talla considerar
un lipo importante de grupo. Por desgracia, cs aquél dcl que se sabe menos
y dcl cual se puede decir muy poco. Se trata del grupo no organizado, cl que
río cuenta con grupo de presión ni emprende la acción. Los grupos dc esla
clase se ajustan mejor c|uc ninguno al argumento principal dc la presente
obra. Musirán su punto central: que los gmpos grandes o latcnics no tienden
a aduar voluntariamente para favorecer sus intereses comunes. Este pun­
to fue presentado cn la introducción y con él debe concluir cl csludio.
Porque los gmpos no organizados, los que no cabildean ni ejercen presión,
figuran entre los m is grandes de la nación y tienen algunos de los inlerc­
ses comunes mds vitales.
Los irabajadores agrícolas m igratorios son un gmpo im portante con
inlcreses comunes urgentes, y no tienen una representación para exponer
;rtís necesidades. Los empleados dc oficina son un gmpo grande con inte­
reses comunes; pero no licncn una organización que cuide sus inlcreses.

L a/ar’jfcld y W illiiim N Mi Phcc. Voting (C hicago: U niversity of C'hicago Press, 19.54),


p;íg M )l.
El hecho dc (jvic con frcciicncia los coslos dc volar qiicdnn |>or debajo dcl um bral y son
pasados por alio sugiere la form a cn que la "leoría dc grupo” dc B enllcy-Tr\inian podría
ser niodiñcada y corregida. Si los grupos dc presión o cabilderos que han sido su m ayor
preocupación se dejaran fuera dc la leoría y sólo se considerarA cl volo, la !eoría podría
ser coRccta. Esloy agradecido con Edward C. Banficid |xir llam ar mi alención hacia esle
punto y por sugerir la cita dc Johnson en cl texto. Esa cita proviene de Jam es R osw ell.
The U fe o f Sam uelJohnson (Londres: N avarrc Socicly Lim ited, 1921), II, 393-394.
103. La importancia dc las m iujuinariasdc las grandes ciudades (y a veces tambi(<n de la.s
cam arillasniralcsdel Palacio de Justicia) sugiere olra fuenlcdc la sustancia orgim i/aliva que
poseen los partidos estatales y nacionales. Estos sacan alguna fucr/a organizativa dcl hccho
dc que son cn parte federaciones de un número bastante |K*<|UcAo de ma<piinaria de ciudad
y cam;villas dc palacio dc jíisticia. Harold Laski indicó (exagerando un poco) (|uc *‘los
partidos jiolíiicos de los Estados Unidos rK) son organizaciones parii fofuenlar ideas, sino
federaciones imprecisas de ma()uinari;is polílicas dcdicndas a obtener volos suficientes (jUC
les]K*Tn\ilan alosparlidnsi^oner l:i^ manos enel bolín” .T om adode''T he Auu*fi(nn Political
Scene: 11.The BanVruptcy of Panics”, Thr N atinn.C LW W (23 de noviem bre de l ‘)46). 583.
1.01 ''grupot olvidados** |Rl

Los contrihuycnics son un grupo grande con un interés común cvidenle;


pero cn un scni Ido im|X)rtante les falta todavía obtener representación. Los
consum idores son por lo menos tan numerosos como cualquier otro gmpo
dc la sociedad; pero no cuentan con una organización que contrarreste el
poder de los productores organizados o monopolistas.*®^ Hay m ultitudes
que sc interesan por la paz, pero no tienen un grupo dc presión que haga
frente a los dc los “intereses especiales” que pueden en ocasiones intere­
sarse por la guerra. Hay muchos que tienen un interés común en im pedir la
inflación y la depresión; pero no cuentan con organizaciones para expresar
esc interés.
Tampoco sc puede esperar que esos gmpos sc organicen y actúen sim ­
plem ente porque los bencncios derivados de la acción de gm po exce­
derían a los costos. ¿Porqué se habría dc organizar políticam ente la gente
de este país (o de cualquier otro) para evitar la inflación, si pueden servir
igualm ente bien a su interés común por la estabilidad de los precios gas­
tando menos como personas? Prácticam ente nadie sería lan absurdo como
para esperar que, en un sistem a económ ico, las personas reduzcan vo­
luntariam ente su gasto para poner alto a una inflación, por mucho que,
como gm po, ganaran haciéndolo. Típicam ente, sin em bargo, se da por
sentado que esas mismas personas, en un contexto político o social, se
organizarán y actuarán para favorecer sus intereses colectivos. En un
sistem a económ ico, la persona racional no reduce su gasto para im pedir la
Inflación (ni lo aumenta para Impedir la depresión) porque sabe, en prim er
lugar, que sus propios esfuerzos no producirían un efecto perceptible, y cn
segundo lugar que de todos modos obtendrá los beneficios de cualquier
estabilidad de precios lograda por o tr o s .P o r esas mismas dos razones la
persona individual, en el gmpo grande y en un contexto sociopolítico, no
estará dispuesta a hacer sacrificio alguno para lograr los objetivos que
com parte con otras. No se puede suponer, por lo tanto, que los grandes
gmpos se organizarán para actuar en favor dc su interés común. wSólo cuan­
do los gm pos son pequeños, o cuando son lo bastante afortunados para
tener una ñientc independiente de incentivos selectivos, se organizarán y
actuarán para alcanzar esés objetivos.

104. E. E. Schaltschneider, P olitics, P ressures, and the T a riff (N ueva York: Prentice-
Hall. 1935). ^
105. El punto dc que cn una econom ía las personas pueden im pedir la depresión o la in­
flación sim plem ente gastando más oimenos, pero como personas no lienen incentivo parj^
hacerlo, llam óm i atención en la obra de William J. Baumol W elfare Econom ics and the Theor y
o f th éS ta te (C tm b ñ d g t, M ass.: Harvard Universily Press, 1952), págs. 95 99. Ver tam bién
cl artículo de Abba P. Lemer “On GeneralizJng the General Theory”, Am encan Economic
Review, H m ñT7jodt 1960), 121-H 4. esp. la 133.
IW I j it teorías de "producto secundarlo** f de "interés especial"

La cxislcncia dc grandes grupos no organizados que licncn intereses


comunes cs por lo tanto dcl todo consecuenle con cl razonamiento básico
de este esludio. Pero esos grandes gmpoS no organizados no srtlo consti­
tuyen evidencia cn favor dcl argumento básico dc este estudio: también
sufren de ser cierto.
Apéndice
(Agregado en 1971)

Como se dijo én la Introducción, en esle apéndice se hace un breve estudio


de los artículós que he escrito (o dc lós que he sido coautor) relacionados
con la presente obra y se estudia unä idea, respecto a un estudio afín, pro­
puesta por otros.
Los artículos que se van a considerar aquí son de dos lipos di fercntes.
Los que verem os prim ero se publicaron en revistas destitiadas a mis cole­
gas econom istas y están redactados por lo tanlo cn cl lenguaje especiali­
zado de la econom ía. Aunque a prim era vista podrán parecerles
inaccesibles a los lectores ajenos a esa disciplina, de hecho deben tener
Sentido para el lector interesado que haya seguido IbS razonam ientos
expuestos en este libro. Además, si esos trabajos son correctos, tendrán
(al igual que otros escritos sobre bienes colectivos) aplicación en diversas
áreas de las ciencias sociáleS. Espero por lo tanto que no sólo los econo­
m istas, sino tamblért quienes laboran en otros cam pos, los hallarán
interesantés. Los ärticulos dèi segundo tipoi dc los qUe nos ocuparem os
después, fueron escritos teñiettdo en metile a los lectores de diversas d is­
ciplinas: de m anera que lös usos que se les puedan dar serárt evidentes de
Inm ediato para todos. ' ' '
El primero de los artículos eli cuestión lleva por título "AH Economic
Theory of Alliances"' y fue escrito en colaboración con Richard Zeckhauser.
Sé refiere a la forma en que sé puede esperar que reaccionen e interactúen
los miembros de ün grupo péc|ueflo Irtteresados en un bien o externalidad
colectivos. Desartx)lla el arguftiétíto de que en la mayoría de los casos un
grupo pequeño interesado en uh bien colectivo proporcionará una provisión
menos que óptima de esc bien y qlie tehderS a haber una desproporción en la
distribución de las cargas que Implica propofciohat-lo. En este libro, a esa
1. R eview o f E conom ics and S la tisiics, X L V Ilí (agosto de l9 6 6 ), 266-279. Este
«rtfrülo e s tí reproducido tim b ién , junto con una parle de este libro, cn B ruce R ussell,
ed., E coiióm ics Theoriex o f Intern atio n al P o litics (C hicago: M arkham Tublisliing
C om jiany, 1968), págs. 25-50.

1X3
184 A pèndici

desproporción sc le llama ‘‘explotación de los grandes por los pequeños**.


En cl libro sólo se dedican unas cuantas frases a esa desproporción, pero el
artículo desarrolla un modelo detallado, lo aplica a situaciones reales y pone
n prueba los pronósticos dcl modelo comparándolos con los datos perti­
nentes. Aunqueel libro rcsume también IoS**efectos enei ingrcso’*, el artículo
los tiene plenamente cn cuenta.
El modelo elaborado cn el artículo entra en conflicto con la famosa
' teoría voluntaria del intercambio público” de Erik Lindahl y, en menor
grado, con la versión actualizada del modelo de Lindahl,^de Leif Johansen,
y puede servir para dem ostrar algunos defectos im portantes dcl enfoque
adoptado por Lindahl y Johansen. Las formulaciones de eslos últim os no
son criticadas explícitam ente en cl artículo; pero se habla de ellas en und
versión más amplia del estudio publicada en una monografía por separa­
do.’ Aunque las aplicaciones y las pruebas em píricas mencionadas en el
.artículo y cn la monografía se refieren únicamente a organizaciones in*
icniacionales y alianzas m ililarcs, el modelo se puede aplicar igualm ente
bicn a otros grupos formales o informales que tengan un número lim itado
dc miembros.
Los trabajos teóricos sobre bienes y exterioridades colectivos han ten^
dido a pasar por alto no sólo la desproporción del sacrificio explicada en
cl estudio que acabamos de describir, sino también el grado de eficiencia
con que los bienes y exterioridades colectivos son generados o producidos
por las diferentes partes. E.sas difcrcnclas dc eficiencia son a menudo de
im portancia decisiva para la política pública. Además, el no tenerlos ert
cuenta, ha llevado a la confusión lógica a algunos de los más diestros escri­
tores sobre el tema, especialm ente James Buchanan. Milton Kafoglis y
William Baumol. Eso queda dem ostrado en “The Efficient Production of
External Economics’\^que también escribí junto con Richard Z^ckhauscf.
Nuestro razonamiento está expuesto en forma mucho más completa y cs
aplicado a uncaso práctico cn “Collective Goods, Comparative Advantage,
and Alliance Efficiency”.*
Otro aspecto de la teoría dc bienes colectivos que parccc lialxrr sido
pasado por alto cs cl que se refiere a lo que podría llam arse su esfera,
dominio o clientela. Muchos autores suponen implícitamente que cada

2 . L eif Johnnscn, "S om e Nolcs on ihc L indahl T heory of D rlcrnílnutlon of Public


Expcndiiurc**, In tern a tio n a l Econom ic R eview , IV (xcplicm brr dc 346-358.
3. Economic Theory o f A lca n ces (Siinla M onica, C itif.: The Rand (‘orporalion. Rm
4297-lSA . 1966). csp. las p ig s. 13-15.
4. American Econom ic Review, LX (junio dc 1970), 512*517.
5. Roland N. M cKcan, có .Jssu es in Defense Econom ics, U nivcr«lllf f N allonal ftu rcili
ConfcTcncc Scries, N. 20 (Nueva York: Colum bia Ufiivem ily P io ··, 1967). >
Apéndice 185

bien colcciivo llega n lodos lo.s miembros dc la nación-Eslado que lo pro­


porciona y a nadie que sc cncucnlre fuera de ella. Dc hecho algunos bienes
colectivos (por ejemplo el conirol dc la conlam inación en coberliz.os ven­
tilados locales, o los parques públicos en un área) pueden producir sólo un
im pacto local, m ientras que oíros (como los bencncios no paleniablcs dc
la investigación pura o los dc una organización internacional) pueden a
veces abarcar práclicam enlc a lodo el planeta. Gcncralm enle queda enien-
dido enire los econom istas que normalmcnic no sc puede esperar que un
gobiem o proporcione bienes colcclivos a un nivel siquiera aproxim ada­
mente óptim o cuando los beneficios dcl bicn coleclivo, que se espera que
proporcione, caen en proporción impórtame fuera dc sus lím ites, porque cl
gobiem o verá que le conviene pasar por alto los beneficios que se derra­
man sobre otras jurisdicciones y producirá por lo tanlo una canlidad m e­
nos que óptima de ese bien. Yo he sostenido cn un artículo“sobre esle tem a
que existe un problem a sim ilar, aunque generalm ente no reconocido cuan­
do sólo una m inoría de los ciudadanos dc una jurisdicción resultan benefi­
ciados con un bien colcctivo que podría proporcionar. Si la jurisdicción va
a proporcionar bienes colcclivos cn grado óptim o, proporcionará bienes
o proyectos que produzcan ycnlajas mayores que sus coslos. Pero incluso
un proyecto que im plique más ganancia que coslo dejará más perdedores
que ganadores si las ganancias recaen en una m inoría de los miembros de
la jurisdicción y cl coslo sc paga mediante im puestos que afectan a loda la
jurisdicción. Cuando un bicn colectivo sólo beneficia a una m inoría dc los
miémbros de una Jurisdicción, no obtendrá (en ausencia de una negocia­
ción afortunada) el apoyo de la m ayoría, y sólo se proporcionará, si .se
proporciona, cn grado menos que óptimo.
Si hay problem as cuando una jurisdicción es ya sea dem asiado pe­
queña para abarcar a todos los que sc bcncfician con sus servicios o bien
tan grande que una buena parle de sus ciudadanos no sc benefician con al­
gún bien coleclivo que se espera que proporcione, sc pre.senia enionccs la
necesidad de una jurisdicción o gobiem o por separado para cada bien co­
leclivo, con un área de captación o dominio especial. Existe, dicho de otro
modo, ta necesidad de lo qu¿yo he llamado "El Principio de ‘Equivalencia
F iscal"'.’ Desde luego, la cuestión es dethasiado com plicada para que
puedan sacarse conclusiones fcspcclo a políticas basándose únicam ente en

6. “The Principlc o f ‘Fiscal Ecjuivjilcnce’: The D ivisión of Rcíp<^nsibiiit¡c?; Among


D iffcrcnl Lcvcls of G ovcrnm cni", Amelfiran Fxonom ic R eview : Papcrs and P roceedings,
LtX (m ayo dc 1969), 479-487» publicado de nuevo cn form a ligeram ente alterada en The
A nalysis and E valuation o f Public E xpenditures: The PPÚ System , vol. I, p íg s. 321 331,
publicado por cl Joini Econom ic C om m iltce, U. S. Congreso, 91 a. Lcg., 1a. Sesión, 1969.
7. Ibid.
IW A péndi ce

esas consideraciones. Pero los argumentos presentados en el arlículo antes


mencionado son suncicnles para dem ostrar que lanío la ideología que
reclama la completa centralización del gobiem o como la que recom ienda
la descentralización máxima posible son poco satisfactorias y que el go­
biemo enciente exige muchas jurisdicciones y niveles de gobiem o. Los
argumentos que aparecen en esc trabajo ofrecen también un marco para cl
análisis de algunas propuestas actuales respecto a la descentralización de
varios servicios urbanos en las grandes ciudades cuya población está se­
gregada cn ghettos.
Los tipos de bienes y extem alidades colectivos que los gobiem os lie­
nen que considerar no .sólo son diversos en su esfera y su escenario, sino
que supuestamente sc vuelven más numerosos e im portantes con el tiempo.
A medida que aumcnia la población, la urbanización y el apifiamicnto, las
de.scconomías extemas aumentan también casi con certeza. Por ejem plo, el
agricultor que reside cn un área escasam ente ocupada y que no hace desa-
parecersu ba.sura.oticne una familia ruidosa, odecide salira trabajarcuan-
do lodos los demás lo haccn, no crca problemas para nadie, m ientras que
esc mismo comportamiento en una ciudad densamente poblada les im pon­
drá coslos a los demás. A medida que cl desarrollo económ ico prosigue
y que la tecnología .se vuelve más avanzada, es probablem ente cierto
también que la educación y el estudio se vuelven relativam ente más im ­
portâmes y que muchos lipos de preparación e investigación parecen pro­
porcionar bencncios im portantes a la sociedad, además dc aquellos por
los cuales se remunera financieramenle a la persona o investigador cultos.
Dc manera que lam bién las econom ías extem as pueden (aunque eslo no
es seguro) eslar aumentando cn im portancia. En todo caso, cl porcentaje
dcl producto nacional que los gobiem os gastan en los países desarrolla­
dos para haccr frente a lo que por lo menos sc percibe como exterioridades
y bienes públicos ha aumentado notablemente. Yo he sostenido por lo
lanío, en dos artículos semipopulares,*que las exterioridades y los bienes
colectivos están evidentem ente adquiriendo una mayor im portancia re­
lativa en los Estados Unidos (y tal vez en otros países desarrollados) con
el transcurso del tiempo. Si esle razonamiento cs corrccto, tiene 1res im­
plicaciones im portantes que aquí son pertinentes.
En primer lugar, significa que cl número de problemas que requieren
la acción del gobiemo csiá aumentando. No quiere decir que el tamaño del

8. "The Plan and Purpo<;c of a Social R epon”, Public Interest (prim avera dc 1969),
pág»;. 85-97, y *‘New Problem s for Social Policy: T he R ationale o f Social Indicators
and Social RepoTling", Internnlional Instiiuie o f Labour Studies D ullrtin {jy\Ti\o óc 1970),
p.igs. 18-40. Esos dos artículos nb:ircan aproxim adam ente cl m ism o cam po.
Apéndice 1R7

scclor público tiene pronto que crcccr más allá de los niveles actuíilcs,
puesto que los gobiernos pueden ahora hacer cosas que sería m ejor dejar
en m anos del sector privado, pero sí que ha habido un increm ento sccu-
larcn lo que los gobiernos necesitan hacer y que, si el crecim iento aparen­
te de la im portancia relativa de las exterioridades y los bienes colectivos
continúa, la carga que los gobiernos deben finalmente soportar se volverá
m ayor aún.
En segundo lugar, un aumento dc la im portancia relativa dc los b ie­
nes colectivos y las exterioridades significa que cl ingreso nacional y
otras m edidas del producto nacional, si bicn extraordinariam ente útiles,
se están volviendo menos satisfactorias como m ediciones dcl ‘‘bienestar".
Hay por lo tanto una necesidad creciente de m edidas adicionales su­
plem entarias del “bienestar” o el “m alestar”, como son las estadísticas de
superpoblación, los niveles dc contam inación, los índices de crim inali­
dad, el estado de la salud, etc. Yo he definido esas m edidas dcl bienestar
o de la “calidad de vida” como “indicadores sociales”. En su m ayoría son
m ediciones del volumen o cantidad (pero no dcl valor m onetario) dc una
econom ía (o dcscconom ía) externa o dc un bicn (o un mal) coIcctivo. I .os
usos dc los indicadores sociales se explican cn los dos artículos citados
e ilustrados en Toward A Social /?6vwr/,’documento dcl gobiemo dcl cual
tuve la responsabilidad inm ediata durante un período de .servicios cn cl
gobiem o.
En tercer lugar, un aumento dc los bienes colectivos y las exterioridades
puede hacer aum entar la divisióny el conflicto cn una sociedad. Esto puede
suceder, como dije en otro artículo,'^porque las necesidades o valores di­
versos con respecto a un bien colectivo son la base dc un confliclo, m ientras
que las necesidades diferentes con respecto a los bienes individuales o
privados no lo son. Todos los que forman parte dcl dominio dc un bicn co­
lectivo detcnninado tienen que confonnarsc más o menos con la misma
cantidad o tipo de bicn colectivo, m ientras que con gustos diferentes cn
cuanto a los bienes privados cada persona puede consum ir la combinación
dc bienes que prefiera. Si este razonamiento cs corrcclo, se infiere que la
explicación dc la cohesión o ánnonía Social ofrecida por muchos sociólo­
gos, muy notablem ente Talcoll Parsons, es poco satisfactoria.

9. Sccrclaría dc Síiliid, Educnción y Ricnc.clnr de los UU., Tow ard A S o rinl Report
(W ashington, D.C.: G ovcrnm cni Prim ing O ffice, Superintendent of Dociim cnts, 196^).
10. "Economic.^, Sociology, nnd lli6 Best of All Possible W orlds”, P ublic Interest
(verano dc 1968), págs. 96-118. publicado dc nuevo con algún m aterial adicional como
'T h e R elationship o f E conom ics to the O ther Social S cien ces” cn Seym our M arlin
Lipsct, cd.. P olitics and the Social Sciences (N ueva York: O xford U niversity Press,
1969), p.igs. 137-162.
líW Af t / n H i c f

El contraste entre mi razonamiento respecto al conflicto y la cohesión,


desarrollado con ayuda de los instrumentos de la teoría económica y los
trabajos del tipo parsoniano en sociología y ciencias políticas, me indujo
a señalar algunos puntos más generales cn cl mismo artículo acerca de la
relación entre el enfoque del econom ista y el que se sigue en algunas otras
partes de la ciencia social. Sostuve que no son prim ordialm cntc ¡os objetos
dc la investigación, sino principalm ente el método y los .supuestos, lo que
distingue a la economía de las otras ciencias sociales. El método dcl econo­
mista ha sido aplicado con éxito no .sólo a los mecanismos de los mercados
en las sociedades occidentales modemas. sino lambién a sociedades y sis­
temas económicos rundamcnlalmenle diferenles y a problemas de gobier­
no, dc política y dc situación social. La icoría microeconómica es ciertamente
pcnincnle siempre que cl comportamiento tiene un propósito y no hay re­
cursos suficicnics para lograr lodos los propósitos. La .sociología par.soniana
cs antilogamcnie sim ilar en sus preocupaciones y a menudo recalca la im-
poriancia de sus conclusiones para el desarrollo económico dc las socie­
dades. El hecho de que la econom ía moderna y la sociología parsoniana
puedan .servir para atacar algunos de los mismos problemas, adoptando no
ot)sianic métodos y supuestos diferentes, hace que sea posible m ostrar el
coniraslc entre los dos enfoques en la práctica. Esto nos lleva hacia algu­
nas perspectivas nuevas de ciertos problemas prácticos y al mismo tiem ­
po pone de maniriesto algunas deficiencias m etodológicas dc trabajos bien
conocidos, que no siempre sc hicieron evidentes anteriorm ente.“
El contraste entre los enfoques económico moderno y sociológico par­
soniano ha sido expuesto, en forma relacionada y mucho más com pleta, en
un libro dc Brian Barry, autor británico sumamente claro. El libro dc Barry,
Sociologists. Economists, and D í/riocracy’^com para a varios autores que
siguen la tradición sociológica par.soniana con la Economic Theory o f
Democracy^^ ik Anthony Down y con mi Logic o f Collective Action.
Aunque Barry y yo discrepam os cn varios puntos, él encuentra un contra.ste
cn los métodos y supuestos dc los dos enfoques así como un nivel dc
generalidad que coincide más o menos con lo que yo he observado.
May muchos ejemplos dc conceptos desan’ollados dentro de una dis­
ciplina que han sido aplicados con éxito a problemas clásicos de otra
disciplina. Me gustaría hablar aquí dc unodc c.sos ejem plos, no sólo porque

11. Ver cualquiera dc las versiones dcl artículo cilMdn^ cn In nolii ni pie nnierior y
lam bién *‘An Analyiic Fram ework íor Social R cpoiling nnd IN)liry A n nn h o /
Am ericon Academy o f P olitical and Social Science, CCTLX XXV III (m nr/o dc 1970),
112 126.
12. Publicñdo cn Nueva York y rn Londres por C ollirr M m m lllnn rn 19 /0 .
n . Nueva York: M nrprr nnd Broihers.
Apéndirr 189

llu.slra cl puiilo (|iic acabamos dc prcscnlar, sino principaim cnie porque nos
lleva a un cnfo(|uc para csludio adicional, sugerido por oíros aulorcs, si­
guiendo las paulas dc csic libro.
Esc enfoque propuesto deslaca el papel dcl “em presario”. Cuando
Joseph Schum|x?lcr desarrolló la idea dcl em presario, se concentró cn cl
hombre dc negocios que hacía cosas adelantadas como productor o ven­
dedor dc bienes individuales o privados. Algunos aulorcs rccientcs, cn los
esludios dc la dificultad que implica proporcionar bienes colectivos a gru­
pos no organizados, han introducido la idea del em presario que podría ayu­
dar a un grupo a obtener un bicn coleclivo del que carece. Un aspccio dc
esa idea fue bosquejado porcl economista Richard W agncr en su artículo
de antilisis sobre este libro’^y otros aspectos han sido desarrollados y ela­
borados ¡ndcjXindicnlemcnic por Robert Salisbury’^así como por Noiman
Frohlich'*y Joc Oppenhcim er’^’y cn una obra sustancial por los dos úllim os
autores con Oran Young.'^Sc podría di.sculir los errores de lógica y las con­
clusiones no válidas'^de esos trabajos; pero los errores son cosa común cn

14. “ Pressure G roups htkI P olilical E nlrcprcncurs: A R eview A rlicle". P apers on


N on-M arket D ecision M aking, 1966. p igs. 161-170. En osle nrlículo generoso y esliinu
lam e, W agncr lince hincapié cn que. con insliiuciones dem ocrálicas adecuadas y líderes
o em presarios políticos ansiosos por ganar volos, un grupo grande puede ser capaz de
obiener alguna consideración del gobierno, aunque cl gru|>o esl<5 com plelam enle, desor­
ganizado. M icnlras los m iem bros del.gru|>o volen, los líderes |V)Iílicos pueden pro|>oner
m edidas que favorezcan los inlercses del grupo, para obiener sus volos. Así, los co n su ­
m idores o los Irabajadores del cam po, por ejem plo, pueden lograr leyes aprobadas en su
favor sin ningún grupo de presión jM)deroso que los represenle. Esle punió es cieriam enie
co n eclo . Es lam bién perfeclam enle com paiible con cl argum enlo del presenle libro, el
c m l Irala dc explicar por qué algunos grupos tienen la ventaja de esiar organizados y otros
no; pero no exam ina a fondo la form a en que im sistem a político dem ocrático puede darles
algún grado de representación a los grupos no (»rganizados. La observación m/ís casual dc
las dem ocracias m odernas, y particularm ente de la legislación de inierés cspecial que
han aprobado, indica claram ente (¡uc im porta m ucho el (|ue un grupo esté organizado o no.
Las diferencias en el grado de organización entre grupos dan lugar con frecuencia a la
ineficiencia lo m ismo que a la falla de e(|uidad. Pero, desde luego, W agner liene razón al
recalcar que hasla los grupos totalm cnle desorganizados pueden producir algún im pacto
cn las decisiones políticas.
15. "A n Exchange Theory of Irflerest Círíflips", M idwesl Journal o f P olitical Scicnrc.
XIII (febrero de 1969), 1-32.
16. "I Get Ry with a I .ittle Help from My Friends", W orld P olitics (octubre de 1970),
págs. 104 120. ^
17. Political Leadership and Collective Goods (Princeton: Princeton University Press, 1971).
18. El Irabajode Norm an Fröhlich, Joe O ppenheim er y O ran Young so b reesté tema se
distingue en mi opinión tanto por su calidad eslim ulanie y úlil como por algunos errores
im porlanics. Eslos úllim os son más significativos en el artículo de W orld P olitics citado
con anterioridad; pero parle de la culpa es mía y de otros críticos anteriores a la p ublica­
ción por haber hecho com entaricís inoportunos o incorreclos.
190 Apéndice

las nuevas áreas dc invcsiigación, y la larca más imporlanlc cs iclcnlincar


y subrayar las ideas üiiics conlcnidas en esos esenios. Sc podría lambién
hablar exlcnsamcnlc de las dirercncias sustanciales cnirc los trabajos cn
cucslión; pero, nuevamente, eso cs menos importante que cl hecho dc que
lodos ellos recalcan cl papel del em presario o líder que ayuda a organizar
los esfuerzos dedicados a proporcionar un bicn colcctivo y tienden a lla­
marle "em presario polílico”.
Tal como yo lo veo, un análisis del papel dcl em presario interesado en
la oblcnción de bienes dclxiría com enzar con las dincullades especiales
que implica proporcionar esos bienes. Es dc esperar que la presente obra
haya demostrado que la mayoría de los grupos no pueden proveerse dc can-
lidadcs óptimas de un bicn colectivo, si cs que obtienen alguno, cn ausen­
cia dc lo que en el libro hemos llamado “incentivos selectivos”. Los que sí
pueden deben ser lo bastante pequeños para que .sus miembros tengan un
incentivo que les induzca a negociar unos con otros; pero no quiere decir
de ninguna manera que hasla los grupos más pequeños, m ediante la nego­
ciación entre sus miembros, obtendrán neccsariam cnlc una canlidad ópti­
ma de un bicn colectivo. Si pasan por alto los coslos dc la negociación,
tendrán un incenlivo para seguir negociando hasta lograr la optimalidad;
pero los miembros dcl grupo licncn lambién con frecuencia un incentivo
para "resistirse” duranlc algún licmpo cn espera de una ganancia mayor.
Los negociadores individuales tendrán incluso a menudo un incentivo
para amenazar con no participar jamás a menos que .se satisfagan sus con­
diciones, así como la necesidad de cum plir su amenaza para conservar
credibilidad. En todo ca.so, los costos de negociación no se pueden pasar
por alto. La acción dc negociar lleva tiempo. Cosa más im poilantc, los
miembros de un gmpo pierden algo cada día tran.scurrido sin tener una
canlidad óptima dc un bicn colcctivo y, cn un mundo de tasas positivas dc
interés, tienen que descontar los bcncficios dc un resultado óptimo futuro.
Por úliimo, cl incentivo c|uc los miembros dc un grupo pequeño tendrían pa­
ra seguir negociando hasta lograr a la larga la oplim alidad puede tener
poca importancia dc lodos modos, ya que cn un mundo cam biante lo que
parece óplimo variará una y olra ve/ y quizá la negociación tenga que co­
menzar de nuevo. Por lodas esas razones sucederá a menudo que ni siquiera
los grupos pequeños tendrán una provisión óptim a de un bien colcctivo,
si cs que obtienen alguna.
Quiere dccir que un Iíder o em presario en quien por lo general se confía
(o al cual se teme), o que puede adivinar quiénes están alardeando cn la ne­
gociación, o que simplemente puede ahorrar tiempo dc negociación, pue­
de a vcccs encontrar un arreglo que para todos los interesados cs mejor que
cualquier resultado (|uc pudiera lograrse sin liderazgo empresarial u orga­
Ap / n í l t c e

nización. Si cl em presario siente que cl resultado será más encicntc si cada


miembro del grupo paga una parte del costo marginal dc tas unidades adi­
cionales del bicn colectivo, igual a su parte del beneíicio derivado dc cada
unidad adicional, y otros no lo perciben, cl líder podrá (como resulta evi­
dente por lo que se dice cn las páginas 40 y 41 anteriores) sugerir arreglos
que pondrán cn mejores condiciones a todos los miembros del grupo. Si la
situación no es óptima antes de que cl em presario aparczxa o intervenga,
se infiere que él podrá sacar también algo para sf mismo dc los beneficios
que ayuda a conseguir. Debido a ese beneficio personal y a que a muchas
personas les gusta ser líderes, políticos o prom otores, con frecuencia hay
una oferta amplia de em presarios políticos. No se tiene la certe/,a, y a m e­
nudo ni siquiera la presunción, de que un em presario será capaz a vcccs dc
proponer un arreglo que sea conveniente para las partes interesadas, y cn
ocasiones la dificultad y cl gasto dc concertar las negociaciones necesarias
serán demasiado grandes para que cl empresario tenga éxito o esté dispues­
to a intcntario siquiera.
Cuando el grupo que necesita un bicn colcctivo cs lo suficientem ente
grande (o sea, que es un "grupo latente”), un cmptiesario no puede pi opor-
cionar una canlidad óptima del bien mediante negociaciones o convenios
dc pago voluntario dc los costos con los miembros del grupo. F,n realidad,
cn esa forma no puede norm alm ente” proporcionar ninguna cantidad del
bicn. Como se dem uestra en este libro, ninguna persona tendrá un incenti­
vo para contribuir con algo al logro del bien colectivo, con o sin cl em pre­
sario, puesto que en ese grupo grande una persona sólo obtendría una parte
infinitesim al de cualquier beneficio qvie resulte de su contribución. Se re­
quiere p orlo tanto la coacción o alguna recom pensa que pueda ser ofreci­
da únicamente a quienes contribuyan al csfuer7,o de grupo (cs dccir, un
“incentivo selectivo") para satisfacer la necesidad de un gnipo grande o
latente de un bicn colcctivo. Puesto que la ausencia dc optimalidad cs lan
notable y que el número de personas que intervienen es lan grande, los be­
neficios que sc pueden oblener organizando un grupo grande que iicccsitc
un bien colectivo son con frecuencia enormes. De manera que los em pre­
sarios lucharán a fondo para organizar grupos grandes. Muchos dc los es­
fuerzos em presariales cn esfa área, ai igual que cn los mercados dc bienes
privados, se reducirán a nada; pero cn algunos casos, como se indica cn cl
capítulo sexto de la presente obra, los em presarios im aginativos serán ca-
J

19. En cuanto a la única excepción lógicam ente posible en que hny coniporinm icnio tr-
cional, v erla larga nota al picdela.^ páj^ina.s48 y 4 9 d e este libro. Píiedo estar equivocado;
pero la posibilidad lógica esbozada ahí me parece que se da tan raram ente cn In priírtica.
si cs que se da, que apenas vale la pena m encionarla. He llam ado ahora la alotición hacia
esa nota porque prevé una linca dc argum entación en algunos com entarios sobre esle lib ro ,
192 A fté ñ tlh f

pnccs (le encontrar o crcar iiucnlivos sclinilvos (|ik' pticdiiii «losicnci iiiiii
orgiinizacirtn importünlc y establo (|iic proporcione un hlen coloríIvo ii nn
gm po grande. De manera que cn el casodcl gm po grinido ol onipiosai lo ex i­
toso cs antes que nada un innovador con incentivos solocllvos. C’onio los
grupos grandes son, con frccucncia, parto de coaliciones m ayores y pue­
den contener m uchos subgrupos dcnlro de sí m ism os, el em presario en cl
grupo grande se rí tanibi(5n a m enudo un productor de tratos, com o lo cs
cuando sólo existe cl gm po pequefio.
Fin sum a, la incorporación dcl concepto dc em presario en la provisióti
de bienes colectivos al m odelo desarrollado cn este libro no contradice su
lógica ni invalida sus conclusiones, sino que más bicn enriquece el argu­
m ento y lo convierte cn un m ejor instm m ento para cl estudio dcl lideraz­
go y cl cam bio en las organizaciones. Aquí, como ocurre norm alm enlc cn
las ciencias, las contribuciones dc los diferentes autores son acum ulativas.
índice

Acción de retención, 173 Bakke, E. Wight, 87


Adamic, l.ouis, 81 Bakunin, Mikhail A.. 145
Adminiitración Rooicveli (F. D.), 166-167 Bales, Robert F., 18,27, 28,69
Administración Truman, 167 Banfield, Edward C .,7 ,7 1 , 177, 180
AFL. 91, 93-95. 154 Barber, Bernard, 29
AFL CIO, 150 Barker, Ernest, 103,126
Agente! del condado, 164-167 Barnard, Chester L, 71
Agricultural Extensión Service, 164-167 Barone. Enrico, 115
Agricultural Wheel, 164-165 Bastiat, Frédéric, 115
Aislamiento, 172-177 Baumol. William J., 8, 111, 112, 115, 181
A lianzj de agricultores, 164 Bayley. David, 8
Alianzas m iliUres, 46,50 Beard. Charles A., 27, 158
Amalgamated Society of Enginners, 83 Beard, John, 50
Am erican A gricultural Mutual Insurance Beard, Mary R., 27
Company, 171 Beer, Samuel, 7
American Association of University Profe­ Bell, Daniel, 28, 82,177
ssors, 156 Benavie, Arthur, 8
American Automobile Association, 157 Beneficios "imperceptibles”, 179. Ver tam­
American Farm Bureau Federation, ver Farm bién Interdependencia evidente
Bureau Bendix, Reinhard, 27
American Federation of Labor, ver AFL Bentley, Arthur: su teoría dc gmpos, 131-145;
American Legion, 157, 175 citado, 18, 26, 27-28, 180
American Medical Association, 21, 152-157, Berelson, Bernard R., 179
161 Berle. Adolph A.. 66,128
Amcry, L. S., 127 Berlin. Isaiah. 105
Anarquía, 82, 144-145 Bernstein. Irving. 89, 90. 92. 93
Anchen, Ruth Nanda, 103, 104 Bien coleclivo: definición. 24-26; relación
Anrod, Charles W.. 87 con el bien público puro. 24, 30, 50-51;
Arant, Willard D., 38 "bien colectivo exclusivo’*, 36,46-53; "bien
Areas m etropolitanas, 46 colectivo inclusivo”, 46-53; alcance de la
Aristóteles J 6 , 17. 27,103 "unión cn la oferta” , 24-25.50-51 ; historia
Arthur, P. M.. 128 del concepto. 111-115
Asistencia en las juntas, 96-99 Bien ptiMico puro, ver Bien colectivo
Asociación, 65 Bien pdblico, ver Bien coleclivo
Asociación comercial. 159-163 \ Black. John D . 168
Asociaciones de abogados, 153 Block. William J., 133. 166
Asociaciones profesionales, 150, 152-156, Bober. Mandell M , 116, 117
160 161, 164 Bonnett, Q arence R., 157
Atchisort, T. ¿t S. F. Ry. Co. contra Gee, 82 Borgatta. Edward F., 18, 27.69
Ayuda recíproca, 54, 136
Boulding, Kenneth. 315
Bradley, Philip D., 80, 87, 92, 93. 99
Back. Knri. 69 Brady. Robert A , 21. 125, 162
Baker. G ltdyi L . 164 Brandsberg, George. 173
194 lod ict

Brínion. C rine, 119 Coopertiivas. 125.130,131,150,166,168 173


Bronfenbrermer, M artin, 104, 105 Coopcrativai "Kirkpatrick”. 168-172
Brookingi Initim iion, 8 “Costoi Imperceptibles”, 179. Ver también
BrolheffKxsd of Ijocomolive Rngineeri, 84 Interdependencia evidente
Broihen of Frecdom, 164 Country Mutual Casualty Company. 170
Brown. Emily Citric. 92 Coomot, Augustin. 36
Brown, J. Douglii, 84 C oyIc.O rice, 16
Bryce. Jim « . 27 Cranston, Maurice, 106
Buchinin. Jim ei M.. 8.42.48.51,55.75,101 C nw ford, Kenneth G.. 125
Buck. Solon !.. 163 CuoUs, deducción de, 87, 172
Bureiu of l^hor S titntics, 91. 92. 93
Bums. Jim cf M icGregor. 139.157, 161
Chamberlain, Neil W.. 66, 83. 86
Chamberiin. Edward Ι Γ . 20. 81. 100
Cimar* He Comercio de los EE.UU.. 157.161
Carteles. 17.50. 107-108
Cartwrighi, Dorwin. 16. 27. 69 Dahrendorf. Ralf. 116. 120
C alteli, Raymond, 18. 69 Darwinismo social. 81
f emy. George, 173 Davis, R. L., 16
CIO. 49.92. 154 De Gaulle. Charles. 128
Civiliwiciones. 66 De Lancey. Frances Priscilla. 152
Claibom. Edward. 8 Deducción de cuotas. 87. 172-173
Clark, J. M. 19 Denney. Reuel. 97
Clark. PrlcrB . 71 Derber, Milton. 90
Claies, ver Clases sociales Derechos de antigüedad. 84
Clases sociales. 11.13. 49.1 15-123. 125. 129 Deutsch. Karl. 61
Cleveland, Alfrcd S.. 162 Dewey. John. 104. 127
Clubes. 47, 48. 70 Diferenciación estrticlural, teoria de. 28-30,
Coker. Francis W . 126 68-69.136
Cole.G . D. 1 1 .7 7 .7 8 .8 4 .1 2 8 .1 5 2 Dividendo por patrocinio. 169
Colm. Gerhard. 25, 113 Donald. W. J., 157
Colusión, ver Carteles Dotson. Floyd. 31, 69
Comhs. C. M., 15 Dowling. R. E.. 134
Comisión de Estudios de las Ciencias vSocia- Downs. Anthony. 75. 106
les. 8 Dulles. Foster Rhea. 78
Comités. 63-64 Dunlop, John T ..9 4 .9 5
Commons. John R.: sobre los lindicitos dc Durkleim, Emile, 127
Irahijadores, 78, 80, 95. 104; lobre la ac­
ción de clases, 119; sobre los gmpos de
presión, 128 129. 139. 143, 145 Ebersole. Luke, 176
Competencia; pura. 19-22, 24, 26. 46-53. Eckstein, Harry. 126
58 59. 71, 148, 179; monopoli »dora. 46 53, Eckstein. Otto. 7
59 60. 137; atomística. 59-60, 120, 122. Efectos en el ingreso, 39
148, 178-179 Ver lambién Oligopolio Egoísmo: supuesto por lo general. 11 -13. 23;
Competencia atomística, ver Competencia sus implicaciones. 11-13. 16 61; ausencia
Competencia monopolistica, ver Competen­ de. II. 12.71-72.74-75.119.174-177; dis­
cia, Oligopolio y Monopolio tinto dc la racionalidad. 74-75. 174-177;
Competencia perfecta, ver Competoncia supuesto en Marx, 116-117; 121 -123; im­
Congreso. FE UU., 21, 64, 144. 153. 156 plícito cn la "teoría de grupo” . 140-141;
Congresodelos EE.UU..21.64.144.153.156 y grupos de presión no económicos, 71.
Conscripción. 101-102. 108 174-177. Ver también Motivos ideológi­
Consenso, 69-70. Ver también Unanimidad cos. Filantropía y Racionalidad
Consumidores. 134. 142. 147. 158. 181 Elbow, Mathew IL. 127, 128
“Contratación dentro” y "contratación fuera”, E ldridgc.Seba.29
151 152 Ehzbachcr.Paul, 145
Convenio "True-lloward”. 166 Empresa: control administrativo. 65 66; pú­
Convenios dc tenencia. 41 blica conlr* privada, 106-107, y pluralis­
Cooley. Charles II . 28 mo, 128; mencionada. 16. 17. 131
Indice 195

nngcls, Friederich, 116, 117. 120. 122 nacionalista, 22-24, 73-74; propoTciona
Equidad, la organización. 164 bienes pdblicoi, 22-26, 111-115. y la li­
Fquipos, icoria de, 15. Ver lambién Teoría de bertad económica, 103* 124; en la hisioria
juegos del pensamiento económico. 125-127; cn
Establecimiento sindicado, ver Membresía el pluralismo, 125-127; como lo ven los
obligatoria anarquistas, 144-145; promoviendo gmpos
EsUdo, ver Gobierno de presión o reaccionando ante ellos. 29,
Eslado corporalivo. 129, 128-130. 144 136-137, 164-168; ejercicio por asocia­
Eslrategia. ver Negociación ciones privadas, 153. Ver también Im­
Exclusión de no compradores, 23. 48 puestos, Interés prtblico y Bienes colectivos
"Explolación”, 13. 39, 45, Ver también Parte Gobiernos locales que comparten bienes co
desproporcionada de las cargas comunes lectivos, 46
Goldhamer, Herbert. 29
Golembiewski. Robert T.. 133
Farm Bureau. 161, 164-173 Gompers. Samuel, 95. 96. 128
Organizaciones agrícolas: promovidas por el Gordon, Lincoln, 160
gobiemo, 163-168; relación con las coo­ Gould. Jay. 81
perativas. 168-173; mencionadas, 16-17, Gouldner. Alvin W.. 29
20,74, 130. 131, 137, 147 Gran Bretafla. 77, 78, 79. 83, 115, 117, 129,
Fainsod, Merle, 166 137, 152. 153, 178
“Falacia anarquista*', 145 Grant. J. A. C.. 153
Fascismo. 128, 130. 144 Gremios, 80. 128-129, 139, 152 156
Fergussoh, Harvey, 128 Griffith, Ernest S.. 64
Festinger. Leon. 16, 69 Gross, Bertram M., 64
Filantropía. 16, 23, 74-75, 140, 174-177. Ver “Grupo··, su definición. 18. 57 61. 133 134.
lambién Egoísmo Ver también “Grupo privilegiado*' “Grupo
Finegan, Aldrich. 8 intermedio” y "Grupo latente*·
Firey, Walter, 29 ••Gmpo federar, el. 72-73.86.144.161,180I8I
Flanders. Allan, 80 “Grupo intermedio’*: su definición, 58-60; e
Fleming. R. W., 91 “intereses eipedales”, 158-163; mencio
Florence. P. Sargent, 66 nado, 63 ,6 7 ,6 8 , 73, 140-142. 149
Follett. M. P.. 126 **Gnipo latente”; su definición, 58-61; y 1«
Foner. Phillip S.. 95 teoría del “producto secundario**, 147 150;
Fourt, Louis, 8 mencionado. 65,67,68,70-72,74,87. 89,
Francia, 127-128 106,119-120,140-143,158-163,172,174.
Fromm, Erich, 108, 122 180
Fundación Shinner, 8 “Grupo movilizado”, 148-149
Funcionalismo, leoría del. 28-30.68-69, 136 Grupos de presión, 150,156-163, 174
Furstenberg, George von. 7 “Grupos exclusivos**, 46-53, 59. 95.98
“Grupos inclusivos”. 43-53, 58,78-79, 87-101
Grupos potenciales, 142-143
Gable, R. W.. 162 Gmpos primarios, 28-30, 68. 72 73. 141
Gabor, Andre, 104 “Grupos privilegiado**: definición, 58 60; e
Gabor, Denis, 104 “intereses especiales**, 149, 158-163;
Gabe, l.yman J.. 128 mencionado. 63. 66. 67. 68. 73. 140-143.
Galbraith, J. Κ . : poder compensador. 15.130, 175-177
180; "esplendor privado y misejia piSbli- Guessous. Mohammed. 8
ca”. 41. 106; mencionado. 7, 106
Galenson. Walter, 80, 82
Garceau, Oliver, 29, 154, 155 Hacienda. la (the Grange), 131, 164, 173
Gardiund, Torsten, 101, 107 Haire, Mason, 15
Gardner, Charles M., 163 Hale, Myron Q., 133
Gervey. Gerald, 8 Hall. Sam B., 167
George, Hemy, 83 Hamihon, W. E . 8, 169
Gierke, Otto von. 126 Hardin, Charles M., 168
GUzer. Nathan. 97 Hardman, J. B. L., 84
Gleamers, los 164 Hare, A. Paul, 18,26, 64,67
Gobiemo. el: igual que otras organizaciones, Harris, Herbert, 81
16-17, 23-26, 28, 101-103; y el motivo Harrison, Martin, 152
196 Iniltr*

HiiTod, Sir Roy, 162 Kain, John, 7


Hauiknecht. M um y, 31, 69 Karsh. Bernard. 85, 8?
Htyck, Friederich A.. 103, 105, 106 Kaysen,Car1. 7
Hctd, Johri G.. 24. 40. 42, 48, 79 K eire, Douglas. 7
Heady. Rirl 0 .41 K e h rb eri.n .W ..4 l
Heard, Alexander. 21 Kelley. Harold H .,67
Hegel, G eon W. F.. 102 103. 118, 122, 126 Kelley, Stanley, 8
Hermandadefl ferrocarrileraf, 84. 93-94 Kerr, aarV , « 7 ,96
Herring, E. Pendleton, 157. 166. 178 Kesiel, Reuben, 154
M ickvJohn D .164 Kcy. V. O., 121,142,143,150,151.152,153.
r offer, Fric. 125 157,160, 162, 177, 178
/ olbrook. Sfewart II , 81 Keynei. John Maynard. 102
Holmani, Alan. 7 Kile. Orville Merton. 165,166
Homani, Gcorgc C., 28, 66, 67, 108 Kirkpatrick, Donald. 168. 170. 171
Hume, David, 43 Kirsh, Benjamin S.. 157
Humphrey, Richard, 128 K nighl.FranklL . 19.106
Knight. Harold V.. 173
Kninghtf o fU b o r. 77.99
Iglesias, yer Religión Komaraviki, Mirra, 31,69
Illinois Agricultural Asiocialion, 168-171 Korhauscr. W illiam. 122, 126. 176
Illinois Farm Bureau. Vtr Illinoii Agricultu- Kropotkin, Principe, 145
ral Association Kropp. Sherman, 60
Illinois Farm Supply Company. 170 Kuhn. Alfrcd, 61
Tmpiiestos. 23 26, 48, 98-99, 99 108, 111-115,
120. 141, 148, 162 163, 171, 180
"Incentivos icicctívos”: dcRnidón, 61.148-149; Laski, Harold. 16, 17, 104, 126, Í80
negativos (ver Membresía obligatoria); U ssw cll. Harold D , 177
positivos, 61. 70-74, 83-87. 99. 148-149, U tham , EaH. 103, 131,-133. 140. 141, 145
154-156,160-161,164,168-173.181 ;e in­ Liutcrbach. Albert, 104
centivos sociales, 70-74. 78, 85, 92-93, U zerifeld. Paul F.. 179
148-150. 163. 172-175; e inceniivoi mo­ I ^ i n , V. I., 119, 121
rales. sicológicos y religiosos. 71. 174 Lemer, Abba P., 181
Incentivos socialci. 70-74. 78, 85-86. 92. U ster, Richard A., 7, 78. 87. 96
148-150, 163, 172-175 Lewin. Kurt, 67
Industria, su definición, 59 Lewis. John L., 50
Innación. 181 I^y de ajustes en la agricultura, 167
Inglaterra, ver Gran Bretaña Ley de Cabildeo, 156
Ingreso i un grupo o induslria, 46-53,78-79, Ley Eich-Cummins, 93
88 99 Ley Smith-I>ever. 164
Interdependencia evidente, 55, 59. Ver tam­ Ley Tafl-Hartley. 97
bién Beneficios imperceptibles y Costos \jty Wagner. 90, 151
imperceptibles Leyei del derecho al trabajo, 87-88,100-103,
Interés prtbiico, cl. 136, 138-139 108-109, \5 \.V e r también Sindicatoi
Intereses comunes y las organizaciones, 15-18, Liberalismo, 102 109, 115, 125, 126, 127
24-26 Liderazgo cn los precios. 46
"Intereses especiales", 53, 135-136, 139, Liga contra las Tabernas, 175
141 142, 150, 156 163, 174, 181 Lincoln, Murray D., 171
Intemnational Association of Machinists, 98 Lindahl, E rik.40, 42, 113
Iowa Farm Bureau, 168 Lindsay, A. D., 103, 126
Irracionalidad, ver Racionalidad Lindstrom. David. 163, 164
Italia, 127-128. 177 "Línea de inspección de cuotai", 87, 94
Ives, Sherman K., 173 Lipsct, Seymour Martin, 120, 122, 177
List, Friedrich. 115
Livingston, J. A., 66
James. John, 63, 64 Ivocofocos, 99
Johansen, Leif, 40, 43 Ixjndon, Jack, 85, 87
Johnson, Glirjbcth, 108 lx>wlc, Rohffl, 37
Johnson, Samuel. 178, 179, 180 Liibell, Samuel. 121
Jorgenson. Dale, 7 Luce. Robtfi, 125
Kahn. Robert L.. 96 ü irie, Melvin. 156
Indice 197

M tclvfr. R. W . 1«. 23. 2R. 29 National Framers Organization. 173


M aJlion, Jim rii. 116 National Federation of Grange Mutual insu­
MaltUnd, P. W.. 126. 127 rance Companies. 173
MaqnUvelo. NiroUs, 117 National Labor Relations Board, 97
Miqiilniriii.poW»*«^·»* *29, 143,149,178 179 National War Labor Board, 93
••Mil póblico··. 2.V26 Nationwide Insurance Company, 171
Malone, Ditmaii. 83 Negociación. 39, 52-57, 101, 129
Mann, Thoma«, 104 Neufcld. Maurice F.. 84
M innhclm, Karl, 104 Neutralismo, 45-46
March, Jam ei O., 15
M argolii, J u1ìih N ..25 .4 1 .4 2 . 114
Marschak, Jacob, 15 Odegard. Peter 11.. 139, 176
M an, Kart, 13, 115 125 Oferta conjunta, 24. 48, 50
Mai:rx>la, Ugo, 112, 113 Oficina dc Estadística Ijiboralcs dc los FF.UU.,
McCarthy. W. n. J.. 80. 85 91.92. 93
McConncll. Grant, 165, 167 Oligopolio: solución de Coumot, 35-37; men
M cCulloch.J. R.. 115 cionido, 32. 38, 46*55, 58 60. 71, 132.
McFarland, David. 20. 59 142, 158. Ver también Competencia y
M cOuirc.C. B.. 15 Monopolio
McKcan. Dayton David. 151.154.158.161,162 OIson. Mancur, Jr.. trabajos citados, 20, 46.
McKcan. Roland N.. 8, 42 59.67. 137
M cPhcc,W ilbam N .,80 Optimalidad de Pareto, 37-41
Means, Gardiner C.. 66 Oregon, 64
Membresía obligatoria: en los sindicatos, 49, Organización: el propósito dc proporcionar
79-83. 84. 87-103. 108-109, 151-152; en bienes colectivos, 15-18,24-26; cuando se
las organizaciones cn general, 148; en las requiere. 54, 56-57; costos dc, 20-21, 56-
asociaciones profesionales, 152-153 57; importancia dc la, 20, 143, 159; cn la
Mennell, W illiam, 66 “teoría dc grupos”. 137-140; y “maquina­
Michcls, Robert, 21 ria". 179-180; ghipos en desventaja sin.
Michigan. 135, 155 180-182
Micbros dc comités elegidos por los agricul­ Organizaciones internacionales, 46, 50
tores. 167-168 OTAN. 45
Mill, John Stuart. 80, 115 Ozünne, Robert, 78. 94
Mills. C. W right. 117. 118
M illis, Harry. A., 92
Monopolio. 59, 148, 149, 188. Ver también Parkinson, C. Northcote, 64
Oligopolio y Competencia Parsons, Kenneth, 130
Monopolio puro, 59 Parsons, Talcott, 7.1 6 , 24,28. 98. 118, 126
M ontemartini. Giovanni, 115 Parte desproporcionada de las cargas comu­
Moore. Arthur. 169 nes, 13 37-42. 44-46
Morgan, J. Pierpont, 128 “Participante··, el, 27, 31. 68-69, 157
M orgcnstem. Oskar, 15 Partido demócrata. 151. 178
Mosca, Gaetano, 27 Partido Laborista. 151
M otivos ideológicos. 22-23. 81. 99. 117, partidos, políticos. 148-152, 177-180
174-188 Patrocinadores de la Agricultura, ver Hacien­
Movimientos Free Silver, 164 da (Grange)
Movimiento Greenback, 164 Paul- Boncour, Joseph, 127
"Movimiento en masa". 126, 176-177 Peacock, Alan T . 101, 112
Mowat. Charles. 152 frheips. Orme W., 87, 97
Musgrave. Richard, vii, 8. 40. lOf, Peltascw, James W alter. 139. 157, 161
112.113 Pcrlman, Scling. 88-90, 93-96. 99
Mussolini, Benito. 130 Pigou. A. C . 115
Pío XI, 128
Piquetes dc guardia, 82 83, 87
NAACP, 157 P1ura1ismo:filosófico, 125-128,137. 145;
Naciones Unidas. 46. 175 analítico, 132-145
National Association of Manufacturers, 21. Poder compensador, 11. Π 0 131. 181
90, 162 Populismo, 164
National Consumers’ Ijeaguc, 157 Posición social. 70, 72, 116, 140-141
m índice

Presión sociil, ver Incenlivos sociitei Scidman, Joel, 85, 87


Profiigindi, 21, 73 Shannon, Fred A., 163
Provisión subópiim · de bienes colectivos, Shaw, Wilfred, 169
37-40, 44-46, 58-59 Shils, Edward A., 28
Shfster. Joseph, 96
Sidgwick, Henry, 80, 115
Ricioníilid«d, supiie^fo de: distinta del egoís­ Simmel, Georg, 2 7 .3 1 .6 0 . 64
mo, 74-75; muí interpretud·, 98; implica­ Simon. Herbert. 15.71
ciones de In Rtitenciii de racionalidad. 12, Sindicalismo, 81. 128
99, 177-178; su papel en la leoría de Mar?», Sindicalismo, ver Sindicatos de trabajadores
117 11Q, 121 123; más fuene en la vida Sindicatos de "Modelo Nuevo”, 83
ecmómic·, Ver también ítgoísmo, Sindicatos de trabajadores; exclusivos o in­
Filantropía y Motivos ideológicos clusivos, 49; como los explica Lógica de la
Radner, R., 15 Acción Colectiva, 77-104; sindicalismo
Rawls, John, 43 cn las empresas, 82, 95-96; cn la política,
Rayback. Joseph G . 91, 92. 93, 95 79,95-97,147,150-152,158-159,160-161,
Rees, Albert. 85 173,177; en el pensamiento de Marx, 120;
Regla de “conservación de la membresía”, 92 mencionados, II, 13, 16-17. 21. 22, 28.
Reichurdl, Robert, 8 125,126,130.137, 171, \19. Ver también
Reino Unido, ver Gran Rrctafla Membresía obligatoria
Religión. 16.117.122.125-126,140.174-177 Slichtcr. Sumner H.. 86. 151
Representación funcional, 127-131, 139, Smciscr, Ncil. 24, 29
143 144 Socialismo. 64, 82. 103 109, 118-119, 129
Republicanos, 150 Sociedad John Brich, 122
Resolución Mundt, 155 Somers, Gerald E.. 78
Revolución, 118, 119 122, 177 Sorel, Georges, 82
Reynolds. Lloyd G., 79, 87 Spengler, Oswald, 66
Rideout, R .W ,. 103 Stale Farm Insurance Company, 171
Riesman, David, 97. 122 Stockton, F. T., 80, 92
Riker. William II., 50 Sloltz. MUdredK.. 173
Ritschl, lUns, 100-101, 113-114 Storch, Henri, 111
Roosevelt, Theodore. 90 Strauss, George, 85, 97
Rose. George, 85 Stubblcbinc, Craig. 8
Rosen, Hjalmer. 96 Succia. 107
Rosen. R. A. Hudson. 96 Suprema Corte. 82; 90
Rosenfarb, Joseph, 92, 104
Rothenberg. Jerome. 8, 56
Rusia. 107 Taft, Philip. 90. 93
Russell, Berlrand, 104 Talbot.Ross B.. 173
Rutherford, M. Louise. 153 Tannenbaum, Arnold L.. 96
Taylor. Carl C.. 164
‘•Teoria dc gnipo", 11.13.18.26-32.61.132-145,
Sabtne. Gcorgc H., 103 180
Saloutos, liieodorr, 164 Teoria de juegos, 15,54
Samüelson. Paul A., 24, 25. 38. 50. 113 Teoria dc oligopolio, dc Coumoi, 35-37
Sax. Fmil, 112 Teoria de “producto secundario” dc los grupos
Say, Jean Raptiste, 111, 112 depresión. 13. 147-154, 158, 172, 174-175
Saylcs, I>conard R. 85. 86. 97 Teoría sociológica: y los intereses de givpo,
Scott, John C . 31. 69 15,16,18 y cl suptiesio de egoísmo, 23; de
Secretaría dc Agricultura. 167-168 las asociaciones voluntarias, 26-31,68-69,
Secretaría dc Comercio dc los EE.UU., 156 136. 142; dc la diferenciación cstnictural,
Secretaría dc la Marina de los EE.UU.. 93 28-30, 68-69, 136; y cl tamaño dcl grupo,
Schacter, Stanley. 69 26-32,60.61 69.99.136; en Marx.115-118.
Schattjchneidcr. E. E., 147,157, 160.181 120-123; y cl déclassé, 122; dcl pluralis­
Schelling. Thomas C., 7, 105 mo, 126; délos movimicnlos enmasa, 122,
Schlesinger, Arthur M., Jr., 91. 178 126, 175-177. Ver también Teoría de gru­
Schriflgicscr, Karl, 171 pos e Incentivos sociales
Schumpeter, Joseph, 123, 176 Teoría tradicional dc las asociaciones volun­
Seguros, 83 84. 86. 99. 155, 168 175 tarias. 26 32, 68-69, 136, 141
Indire

Teoría voluntariii del inlcrcambio público, Violencia. 81-83,87, 116. 173


40,42, 113 Volo, 98, 178
Texes, 164
Thibaul, John W., 67
Thom, Richard S., 106 Wagncr. Adolph. 112
Thrall, R. Μ . , 15 W allace, llenry. 167
Tocqueville, Alexis de, 27 Wallas, Graham, 176
Toner, Jcrorne, 80, 84, 87,94 Ware, Norman J , 78. 95
Tonlz, Robert L., 173 Washington, Bookcr T., 128
Toynbee, Arnold J., 66 Wcbb. Bcatricc, 79
Trabajadores Mineros Unidos, 49-50 Wcbb. Sidney, 79
Trotsky, Leon, 119 Weber. Max. 16. 24.98
Truman. David B , 18,27-28,69,90.131 i 45, Webster, Daniel, 158
177,180 Whelan, T. P , 84
Tuilock, Gordon, 8, 51, 55, 75. 101 W icksell, Knut, 101. 102. 107. 113
Wieser, Friederich von, 111. 112
Williams, Alan. 8. 46
Ulman, Lloyd, 78-79, 95 Wilson. Fdmund. 119
"Umbral" de percepción, 179 Wilson. James Q . 71
Unanimidad, 50-54, 105, 107. Ver también Wilson, Thomas, 104
Consenso Wirth, Louis, 29
Unión dc Agricultores, 164, 168, 172 173 Wolman, Leo. 89.90
Wooton, Barbara. 106. 107
Valicano, el, 128
Vcblcn, liiorsicin, 118,131 Young, Rdwing, 90
**Vcnla condicional", ver "Incentivos selecti­
vos" (posilivos)
Verba, Sidney, 18, 27, 28,68, 72 Zander, Alvin. 16. 27, 69
Veteranos dc Guerra, 175 Zeckhauser. Richard, 8. 39. 46

—oOo—
E S T A O B R A S E T E R M IN O D E IM PRIMIR EL DIA 2 7 DE A G O S T O DE 1992
EN L O S T A L L E R E S D E G R U P O IM P R E S A
L A G O C H A L C O 2 3 0 , C O L, AN A HU A C
M ÉX IC O . D.F.

LA ED ICIÓ N C O N S T A D E 3 0 0 0 E J E M P L A R E S
Y S O B R A N T E S P A R A R E P O S IC IÓ N

518