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Música de fondo

Posted on 14 agosto, 2018


No se puede mirar nada. A menos que se tengan los ojos cerrados, y a veces
ni así. A pesar de esa certeza, la necesidad de dejar la mirada perdida en la
nada, con frecuencia, subsiste: pero como satisfacerla es imposible, los ojos
suelen registrar dos, tres, cuatro puntos equis del escenario que nos rodea (en
general, los primeros que vimos) y recurrir a ellos cuando quieren descansar,
cuando quieren, digamos, darse el lujo de mirar nada.

Una vida en presente, la primera novela de Paula Puebla, cuenta la historia de


María Guevara, una escort treintañera que pasa sus días entre la satisfacción
de una cartera fija de clientes (un abogado, un senador y un psiquiatra) y los
pijama party que gestiona los viernes para sus sobrinas. Durante esos festejos
privados, vestida igual que ellas y sin maquillar, María se permite prescindir de
los cuidados estéticos que su trabajo requiere y dejarse llevar por la orgía de
pizza, helado, Coca Cola y Playstation que se despliega sobre su cama al ritmo
del guión de Legalmente rubia. En el transcurso de la novela, María también se
va a relacionar con Julia (su hermana, madre de las mellizas y estereotipo
materno-burgués), con Guillermo, su cuñado (el clásico marido goma que en
algún momento muestra los dientes), con un imprentero falsificador que usa
ojotas con medias, con un escribano y con alguna que otra madre de Belgrano
R.

Una vida en presente puede leerse como una novela sobre los vínculos
cotidianos y las relaciones que sostenemos con aquellos a quienes vemos a
menudo: los roles, las expectativas, lo explícito, lo implícito, lo secreto, los
reproches, la manipulación… Y es una lectura que se sostiene varios días
después de finalizado el libro, hasta que uno de sus clientes empieza a tomar
más relevancia: el Dr. Seligman, un psiquiatra obsesionado con la posibilidad
de alterar químicamente la memoria y que, además de pagarle a María por sus
servicios, también la trata y la medica (he aquí una digresión que contiene
spoilers: si el lector quiere leerla, puede clickear acá; de lo contrario, pase al
siguiente párrafo).
Pero tal vez lo más atinado sea decir que la novela propone conocer a un
personaje a través de su propio proceso de autoconocimiento y recuperar la
potencia del testimonio de alguien en una época que colectiviza la experiencia
a un precio que resultará, sin dudas, demasiado caro.

Después del primer cuarto de novela, se vuelve notoria la presencia de una


serie de recursos que nos van a acompañar, como una tenue pero constante
música de fondo, durante toda la lectura: las descripciones de la ropa que tiene
puesta María, el registro y clasificación de los colores que observa, el esfuerzo
por expresar las texturas de los objetos que toca, la contundencia con la que
revela la materialidad e historicidad de sus pertenencias… dos, tres, cuatro
puntos equis donde la mirada de Puebla descansa de las ganas de decir cosas
y del devenir de los acontecimientos que narra, ofreciéndonos la mejor versión
de su precisa y gélida escritura.

Si nos dejáramos llevar por algunas lecturas de la novela en las que se acentúa
el carácter heroico de María Guevara o en las que, incluso, se agradece que no
sea una víctima o mártir, podríamos decir de ella lo mismo que Martín
Rodríguez dijo sobre la novela en Tiempo Argentino: que es un libro que no
registra la lucha por el poder sino que lo ejerce. Pero ¿tendríamos razón?
¿Hasta qué punto esa lectura, al tiempo que celebra, no reduce el lugar que un
libro puede ocupar en los discursos públicos de una sociedad?
María no es, o no debería ser, para nadie, ni heroína ni mártir, a la vez que Una
vida en presente, como cualquier otra novela escrita por cualquier persona de
cualquier género, es un registro de la lucha por el poder a la vez que es un
ejercicio del mismo.

Si el Narciso Falopio de J. P. Zooey es un personaje eminentemente literario


(no se puede concebir una representación cabal de su conflicto por fuera de la
literatura), la María Guevara de Paula Puebla es un personaje con un drama
universal: podría representarse en una serie, en una película, en una obra de
teatro, en un unipersonal, en un refinado monólogo de stand-up, y en ninguno
de los casos se vería reducido. Es un personaje inacabable, difuso: abordable
desde los matices más relevantes de la coyuntura, pero también desde la
intemporalidad en la que viven esos personajes que lo han resistido todo. Es
uno de esos personajes que los malos críticos pueden pasarse décadas
analizando, por todo lo que en ellos se entrecruza. Y si digo malos críticos es
porque tengo la convicción de que lo peor que puede hacerse con un personaje
como el que ha sabido componer Puebla es analizarlo, desmenuzarlo,
descomponerlo en unidades de las cuales extraer sesudos razonamientos para
decir lo que según la época conviene o para decir, a través del personaje, lo
que el escriba no se atreve a decir bajo su propia firma.
No, yo no voy a hacer eso con María.
Es uno de los personajes más vivos que he leído en los últimos años y no voy a
ser yo quien la convierta en palabras muertas con la excusa de escribir una
reseña.

Una vida en presente


de Paula Puebla
por 17 Grises (2018)
198 páginas

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