Está en la página 1de 17

REVISTA DE CRÍTICA LITERARIA LATINOAMERICANA

Año XXX, Nº 60. Lima-Hanover, 2do. Semestre de 2004, pp. 27-42

LA CARTA DE PÊRO VAZ DE CAMINHA


AL REY DON MANUEL

Rodolfo A. Franconi
Dartmouth College

La Carta de Pêro Vaz de Caminha, cuyo original se encuentra


en Lisboa, en el “Arquivo Nacional da Torre do Tombo, Gaveta 15,
Maço 8, n.º 2”, que da noticia a “El-Rey D. Manuel” del “hallamien-
to’’ (“achamento”)1 de la tierra que vendría a llamarse Brasil, se
inscribe en la particular expresión cultural portuguesa entre fines
del siglo XIV y comienzos del XVI con los viajes y descubrimientos
marítimos. De tales empresas derivan muchos documentos y obras
que constituyen aquello que se puede considerar el corpus del más
característico género literario portugués: la “literatura de viajes”.
(Castro: 28, 29).
Heredera de una tradición historiográfica realista y pragmática
de ver el mundo –ya perfectamente establecida a partir de las
crónicas de Fernão Lopes en las primeras décadas del siglo XV– la
Carta, al registrar el potencial económico y catequético del territo-
rio descubierto, demuestra un intento de acercamiento objetivo y
directo frente a la nueva tierra. Escrita en forma de “diario de via-
je”, constituye documento valioso para el estudio del “encuentro”
de esa tierra. Por sus características estilísticas, da pruebas de su
valor como documento perenne de la cultura humanística de Por-
tugal y atestigua el primer encuentro entre portugueses e indíge-
nas, aportando, además, una dimensión literaria a la narrativa ri-
gurosa del humanismo lusitano al dar cabida al asombro ante el
nuevo paisaje y sus gentes. Al mismo tiempo que se extasía frente
al espectáculo de lo nuevo, incurre en notas de suposición, antici-
pación, deseo, sospecha y cierta condescendencia, registrando, de
esa forma, el primer momento de una “mirada oblicua” hacia el
otro cultural de las tierras “halladas”2. Por el hecho de ser un texto
informativo que también expresa valoraciones, juicios, emociones y
sugerencias es, sobre todo, como apuntó Malheiro Dias, “una na-
rrativa impresionista”3, que, de modo directo, registra las impre-
siones del observador respecto a sus vivencias frente a los natura-
les. Así son de precisas las abundantes informaciones sobre los
Tupiniquim, pueblo que fue diezmado pocas décadas después, y las
28 RODOLFO A. FRANCONI

apreciaciones que de ellos tiene el escritor. De esta manera, la


Carta se inserta en el esfuerzo conjunto de los europeos –
concretado en los textos de viaje de la época– de construir alteri-
dades al mismo tiempo que entraban en contacto con diversas tie-
rras y pueblos, con los cuales sería necesario convivir de allí en
adelante. (Amado y Figueiredo: 120). El inicio de la confrontación
del hombre europeo frente a otros hombres completamente desco-
nocidos por él, le impone pensarse a sí mismo. Fue ese el momento
decisivo de la creación de la alteridad del hombre occidental: la re-
velación de que había no sólo otras tierras, sino otras gentes en el
mundo hasta entonces conocido. (Todorov: 3-9).
Sin embargo cuando el europeo echó los ojos por primera vez a
la tierra que más tarde se llamó América, su mirada no registró la
imagen objetiva que se fijaba en sus retinas, de paisajes y gentes
de la tierra desconocida a la que acababa de llegar. Al contrario, su
mirada, cargada de expectativas y nociones construidas a priori,
no pudo captar directamente, sino de manera oblicua, lo que se
presentaba frente a él. Por estar desprovisto de una experiencia
previa, filtró la Naturaleza y el Otro a partir de sus expectativas
de autor, de su imaginación y voluntad. Los textos que registraron
esos primeros encuentros fueron, entonces, retratos tergiversados
–por esa mirada oblicua– de lo nuevo. Como el propósito funda-
mental de las navegaciones era el establecimiento de acuerdos co-
merciales y la sumisión del “infiel” a la doctrina cristiana, las tie-
rras desconocidas favorecieron el proceso colonizador, que implica
esencialmente trasformar el otro en “diferente”, para, de ese modo,
dominarlo. Así “la confrontación de la alteridad está en el centro
mismo de toda la problemática de la constitución del sujeto colo-
nial” y “en la conquista [de América por los españoles] el proceso
de moldeamiento de la propia identidad aparece con frecuencia,
para los conquistadores, ligado a objetivos económicos y políticos
inmediatos y esto explica, en parte, el carácter deliberado de sus
estrategias de caracterización. Pero la toma de conciencia de la
propia identidad como algo no dado sino creado, moldeado en res-
puesta a unas circunstancias específicas, se relaciona en América
con la dialéctica mismo/Otro en que aparece enmarcado todo el
proceso del descubrimiento”. (Pastor: 51).
Eso lo demuestra en forma paradigmática la carta de Colón a
Santángel. En ese documento Colón tiene que dar cuenta a los in-
versionistas españoles y, por extensión, como se comprueba en las
cartas que escribe a los Reyes Católicos Fernando e Isabel, tiene
que reasegurarlos de la abultada inversión que le confiaron gra-
cias a su certeza de que se podía ir a las Indias por Occidente –no
se debe olvidar que Colón no había conseguido apoyo en Portugal
para este mismo proyecto. Por esa razón las cartas de Colón están
comprometidas con ese propósito comercial y, desde que no llegó a
las Indias, sino a tierra desconocida –el Nuevo Mundo– son docu-
LA CARTA DE CAMINHA AL REY DON MANUEL 29

mentos que incurren –que tienen que incurrir– en la más flagrante


“mirada oblicua”, en el sentido en que empleo acá esa expresión.
La transformación del otro en diferente no ocurre, pues, de mo-
do parejo. Entre la carta de Colón a los Reyes Católicos sobre su
llegada a las “Indias” y la de Caminha a Don Manuel sobre el
hallamiento de una nueva tierra –a la que nombra “Isla de Vera
Cruz”– hay diferencias fundamentales, que no sólo provienen de
los ocho años que las separan, sino de las distintas inserciones de
sus autores en la historia, de una visión humanística del mundo
por parte de los portugueses, y de los modos peculiares de relatar
viajes y contactos allende el mar (“além-mar”). Colón tiene una
responsabilidad grande ante su propio proyecto, ante el financia-
miento sustancial que había conseguido y ante la gente que tiene
bajo su mando. Su carta a Santángel tiene que contemplar y apa-
ciguar todos estos aspectos. No puede menos que urdir arteramen-
te su discurso y tiene que seleccionar unos hechos, silenciar otros y
distorsionar no pocos (así enfatiza las maravillas de la tierra, calla
la destrucción de la Nave Santa María y dice que ha tomado pose-
sión de una ciudad a la que llama Navidad y que no es sino el fuer-
te construido con los restos del naufragio para defensa de sus so-
brevivientes). Caminha, en cambio, no tiene esas presiones, ni es-
cribe por obligación o urgencia. Su voluntad de escritura es libre, o
casi (busca contentar a su Rey para pedirle un menudo servicio a
favor de su yerno). Por lo tanto su pluma puede aceptar los ideales
del humanismo portugués y las retóricas del género de la crónica
de viajes, que son modos de escritura profundamente arraigados
en la tradición cuatrocentista portuguesa de las crónicas de viajes,
como ya dijimos al principio. Se inclina, entonces, por la verdad
vista u oída. Y hace que su texto marque expresamente lo que pre-
senció personalmente, lo que oyó, y lo que caviló a partir del dato
recibido. Sin embargo, pese a estos valores, adelanto acá que se fil-
tran también en el discurso de Caminha, aunque de modo menos
flagrante, las ideas preconstruidas, el deseo por el cuerpo o las po-
sesiones del otro, la superioridad del punto de vista europeo y la
consiguiente condescendencia, es decir, no pocos de los elementos
de los que llamo “mirada oblicua”.
Volviendo a las distancias entre las cartas de Colón y Caminha,
apunto acá una breve pero fundamental diferencia, a modo de
ejemplo. En la carta de Colón a los Reyes Católicos de 4 de marzo
de 1943, a cierta altura se lee:

En ninguna parte d’estas islas e conocido en la gente d’ellas seta ni ido-


latría ni mucha diversidad en lengua de unos a otros, salvo que todos se
entienden. Conoçí que conoçen que en el çielo están todas las fuerças, y
generalmente, en cuantas tierras yo aya andado, creyeron y creen que
yo con estos navíos y gente venía del çielo, y con este acatamiento me re-
çebían. Y oy en el día están en el mesmo propósito, ni se an quitado
d’ello, por mucha conversación que ayan tenido con ellos; y luego, en lle-
30 RODOLFO A. FRANCONI

gando a cualquier poblazón, los hombre y mugeres y niños andan dando


bozes por las casas: ‘Benid, benid la gente del çielo’. Cuanto tienen y ten-
ían davan por cualquier cosa que por ello se le diese, hasta tomar un pe-
dazo de bidrio o de escudilla rota o cosa semejante, quiera fuese oro
quier fuese otra cosa de cualquier valor. Por los cavos de las agujetas de
cuero ovo un marinero más de dos castellanos y medio. Y d’estas cosas
ay diez mill de contar4.

En cambio, en la carta de Caminha al Rey Don Manuel, el en-


cuentro entre los hombres de la armada de Cabral y los autóctonos
se relata con objetividad, precisión y sin necesidad de satisfacer las
expectativas del Rey, puesto que el encuentro recién ocurrido, o
“hallamiento”, no era el propósito mismo del viaje que estaba en
curso:

Y después que hubimos comido vinieron enseguida todos los capitanes a


esta nao, por orden del Capitán Mayor5, con los cuales él se apartó; y yo
en la compañía. Y preguntó a todos si nos parecía bien mandar la nueva
del hallamiento de esta tierra a Vuestra Alteza por el navío de los man-
tenimientos, para mejor mandarla descubrir y saber de ella más de lo
que nosotros podíamos saber, por ir en nuestro viaje.
Y entre el mucho hablar que sobre el caso se hizo fue dicho, por todos o
la mayor parte, que sería muy bueno. Y en esto estuvieron de acuerdo. Y
tan pronto la resolución fue tomada, preguntó más, si sería bueno tomar
aquí por la fuerza un par de estos hombres para mandarlos a Vuestra
Alteza, dejando aquí en lugar de ellos otros dos de estos deportados.
Y sobre esto estuvieron de acuerdo en que no era necesario tomar por la
fuerza hombres, porque costumbre era de los que así a la fuerza lleva-
ban para alguna parte decir que hay de todo cuanto les preguntan; y que
mejor y mucha mejor información de la tierra darían dos hombres de
esos deportados que aquí dejásemos que aquéllos darían si los llevasen,
por ser gente que nadie entiende. Ni ellos temprano aprenderían a
hablar para saber tan bien decirlo como estos otros no lo digan cuando
Vuestra Alteza lo mande.
Y por lo tanto no cuidásemos de aquí por la fuerza tomar a nadie, ni de
hacer escándalo; pero sí, para del todo amansarlos y apaciguarlos, úni-
camente de dejar aquí a los dos deportados cuando de aquí partiésemos.
Y así quedó determinado por parecerle mejor a todos. (Carreiro: 35, 37).

El simple cotejo de los dos fragmentos es suficiente para perci-


bir los propósitos e intenciones de cada narrador6. Caminha relata
lo que ocurrió durante aquellos días en que la armada estuvo an-
clada en las costas de aquella tierra, entre el 22 de abril y el 1o de
mayo, día en que firma su carta, la cual sale hacia Lisboa junto a
otras en el “navio dos mantimentos”. Así comienza su carta:

Señor,
Puesto que el Capitán Mayor de esta Vuestra flota, y así los otros capi-
tanes escriban a Vuestra Alteza la noticia del hallamiento de esta Vues-
tra tierra nueva, que ahora en esta navegación se ha encontrado, no de-
jaré también de dar de ello cuenta a Vuestra Alteza, así como mejor pu-
diere, ¡aunque –para bien contarlo y hablarlo– lo sepa peor que todos
hacer! (Carreiro: 15).
LA CARTA DE CAMINHA AL REY DON MANUEL 31

La escribe espontáneamente, disculpándose de su desconoci-


miento en los asuntos a tratar –su función no era la de escribano
oficial de la armada, que le correspondía a Gonçalo Gil Barbosa,
sino la de futuro escribano de la factoría (“feitoria”) de Calcuta, en
la India. Lo hace, como dije, para complacer al Rey, previniéndole:
“Todavía tome Vuestra Alteza mi ignorancia por buena voluntad,
la cual bien cierto crea que, para hermosear ni afear, aquí no ha de
poner más que aquello que he visto y me ha parecido”. Entretanto
guarda una intención personal, solamente expuesta en el último
párrafo de la carta: pedirle al Rey la “singular merced” de mandar
“venir de la isla de Santo Tomé a Jorge de Osorio, [su] yerno”, que
allí estaba degradado.
Por el contrario, Colón “–después de haber traducido e inter-
pretado con toda libertad durante su primer viaje las palabras que
los nativos decían en lenguas que él no comprendía, y de haberse
arrogado el derecho de corregirles la pronunciación de sus propias
lenguas– acabó, ya en el segundo viaje, por cuestionar su compe-
tencia lingüística en el sentido más amplio, sugiriendo que fueran
a España a “aprender a hablar”. (Pastor: iv).
La Carta de Caminha es, por lo tanto, un documento raro en
cuanto a la llegada del europeo a las tierras del Nuevo Mundo y el
inicio de la creación de la alteridad que eso fatalmente implicó, es-
pecialmente para el otro que vivía en ese espacio hallado, que
pronto fue el espacio brasileño. Además es el “certificado de naci-
miento” de esa nueva tierra incorporada a las posesiones portu-
guesas y su primer texto literario, como lo entiende gran parte de
la historiografía y la crítica literaria brasileñas. (Coutinho: 23). De
ese modo, es igualmente importante tanto para la historia como
para la literatura.
A diferencia de otros documentos de la época, adulterados a lo
largo del tiempo o infieles al manuscrito original, la Carta está in-
tacta; quizá porque ha estado por casi tres siglos perdida en los ar-
chivos de la Torre del Tombo7. Se compone objetivamente de siete
hojas, cada una de cuatro páginas –dicho de otro modo “catorce
páginas in-folio” de algo más de treinta líneas cada una– con un
total de veintisiete de texto y una que se usa con la dirección y el
resumen, actuando a modo de “sobrescrito” o “sobrecarta”, con me-
dida de cerca de 296 por 299 mm, típica de la época, conforme lo
afirma Jaime Cortesão8, y escritas en caracteres de los siglos XVI y
XVII. (Castro: 13; Carreiro: 7). En el “Índice das gavetas” organi-
zado en 1765 aparece ya catalogada, constando que se hizo una co-
pia el 19 de febrero de 1713 por orden del “guarda-mor” del Archi-
vo Nacional de la Torre del Tombo, José Seabra da Silva, quien,
así, no sólo tuvo conocimiento del documento sino que supo valo-
rarlo. (Amado y Figueiredo: 118-19). Fue estudiada, pocos años
más tarde, por el historiador español Juan Bautista Muñoz. (Ca-
32 RODOLFO A. FRANCONI

rreiro: 7-8). Se publicó por primera vez solamente en 1817, o sea


más de trescientos años después de haber sido escrita por Ca-
minha el 1º de mayo de 1500, como parte del libro Corographia
Brasílica ou Relação Histórico-Geográphica do Brasil, de Manuel
Aires do Casal, editado en Río de Janeiro. Todavía así, como aclara
Manuel de Sousa Pinto, “ou porque o copista a houvesse truncado,
ou porque a susceptibilidade do Padre Aires do Casal se melin-
drasse com o realismo de certas passagens, a primeira versão dada
à luz da carta de Caminha é uma versão mutilada e inexata, de-
pois repetida na reedição que Corographia Brasílica teve em
1933”9. El autor de la Corographia Brasílica aclaró que supo de la
existencia de la carta por una comunicación del Archivo Real de la
Marina, en Río de Janeiro. Eso hace creer que una copia de la Car-
ta haya sido trasladada de Portugal a Brasil cuando el viaje del
príncipe portugués, después rey, D. João VI, a tierra americana, o
durante la estada en ella. (Amado y Figueiredo: 118).
Su utilización, en ese momento, fue fundamental como testi-
monio de una incipiente brasileñidad –semilla latente del senti-
miento nativista que recorre el período colonial hasta emparejarse
con el sentimiento nacionalista, ya presente en la Inconfidencia
Minera de finales del XVIII y que eclosiona con la Independencia
(1822) y el Romanticismo (1836), que es doble ruptura con la Colo-
nia– y atestado de nacimiento de una nación. Y no sólo eso: más
allá de su importancia histórica “quase toda a Carta é uma
esplêndida página de antologia, cujas qualidades literarias um
Oswald de Andrade sabe sentir ao retirar dela sugestões poéticas
transpostas para Pau-Brasil, e um Mário de Andrade ao parafra-
seá-la em Macunaíma”10. Pau-Brasil es de 1925, y Mário de An-
drade glosa a Pêro Vaz de Caminha en la “Carta pràs Icamiabas”,
inserta en la referida obra, publicada en 1928. (Moisés: 23). Varios
textos siguieron a éstos, glosando la carta, parafraseándola o pa-
rodiándola, especialmente algunos surgidos en ocasión de la con-
memoración de sus quinientos años, como “Nova carta do Cami-
nha”, de Luís Fernando Veríssimo (Folha de Londrina, 22.04.00).
Acercarse a la Carta de Caminha para comprender su valor
implica también cotejarla con sus dos congéneres inmediatos: la
Carta del bachiller Mestre João Faras, cuyo original está en el Ar-
chivo Nacional de la Torre del Tombo, Cuerpo Cronológico, Parte
3ª, Mazo 2, No. 2, y la Relación del Piloto Anónimo, de la cual se
conservan cuatro manuscritos en dialecto veneciano, uno en la Co-
lección Sneyd (Newcastle-on-Tyne, Inglaterra), probablemente el
más antiguo, dos en una encuadernación de la Biblioteca Marciana
(Venecia), donde están los dos manuscritos juntos, nombrados
Contarini A y Contarini B, y el cuarto en una obra llamada Viggia-
tori Antichi, escrita después de 1523, que se encuentra también en
la Biblioteca Marciana. El original portugués se perdió (Amado y
Figueiredo: 138). Esos tres documentos, las únicas fuentes hoy
LA CARTA DE CAMINHA AL REY DON MANUEL 33

existentes escritas por integrantes de la escuadra de Cabral, nos


dan una visión al mismo tiempo diversa y complementaria del
“hallamiento”. La carta de Mestre João Feras, de apenas dos pági-
nas, escrita en portugués españolizado –por el texto se sabe que el
autor, físico, cirujano y estudioso de astronomía, trabajaba en Lis-
boa como médico del rey– contiene las primeras observaciones as-
tronómicas del territorio brasileño. En una síntesis admirable,
describe las estrellas de la constelación de la Cruz del Sur, que fi-
guran como emblema de la bandera del Brasil, y las estrellas
próximas al Polo Sur, de modo que se puede decir que “estas duas
páginas, dirigidas a El-Rei Dom Manuel I, permitem situar Mestre
João como o narrador de novos céus e Péro Vaz como o etnógrafo
de novas terras.” (Pereira: 72).
Caminha nació en Porto, probablemente en la antigua Rua No-
va (hoy Rua do Infante D. Henrique), donde en la época vivían
aristócratas y burgueses adinerados, como su padre, Vasco Fer-
nandes de Caminha. En la Casa da Balança (actual Casa do Infan-
te), ejerció Pêro Vaz de Caminha el cargo de Mestre da Balança da
Moeda. Caballero de la Casa Real, embarcó el 9 de marzo de 1500
en la flota de Pedro Álvares Cabral, camino a la India, donde iba a
ocupar un lugar de administrador. Falleció el 16 de diciembre de
1501, durante el asalto de los moros a la factoría de Calcuta, y el 3
de diciembre del año siguiente el Rey Don Manuel escribe a su nie-
to Rodrigo de Osorio: “visto como el dicho su abuelo murió a nues-
tro servicio” (Carreiro: 9). Caminha, como prosador, puede haber
sido uno de esos autores de una única obra. La Carta, escrita con
el cuidado de quien no quiere ni “aformosentar nem afeiar”11, cuen-
ta, momento tras momento y con minucioso pormenor, los prime-
ros indicios de la proximidad de tierra: “Y así proseguimos nuestro
camino, por este mar adelante, hasta que el martes de la Octava
de Pascua, que eran los 21 días de abril, estando la dicha Isla obra
de 660 o 670 leguas, según decían los pilotos, dimos con algunas
señales de tierra”, “El miércoles siguiente, por la mañana, encon-
tramos aves a las que llaman fura-buxos”12, y la efectiva llegada de
la flota del Capitán Mayor a aquella tierra desconocida: “Ese mis-
mo día, a la hora de vísperas,13 tuvimos vista de tierra! A saber,
primeramente de un gran monte, muy alto y redondo; y de otras
sierras más bajas al sur de él; y de tierra llana, con grandes arbo-
ledas; al cual monte alto el Capitán puso por nombre O Monte Pas-
coal y a la tierra A Terra de Vera Cruz”14. Allí, echadas las anclas,
se quedaron toda la noche. “Y el jueves, por la mañana, hicimos ve-
la y seguimos en dirección a la tierra, yendo los navíos pequeños
delante –diecisiete, dieciséis, quince, catorce, doce, nueve brazas–
hasta media legua de tierra, donde todos lanzamos anclas, frente a
la boca de un río. Y llegaríamos a este anclaje a las diez horas, po-
co más o menos”.
Su lectura proporciona una emocionante incursión en las peri-
34 RODOLFO A. FRANCONI

pecias y sorpresas de esa llegada, y de los primeros encuentros en-


tre la curiosidad de los autóctonos y la de los recién aportados. La
descripción de Caminha es lo más exacta posible, ateniéndose a lo
que él mismo declara como su intención: dar una “información de
la tierra”. De esa forma tuvo que limitarse a las funciones de fiel
cronista de todo lo que sus compatriotas experimentaban al con-
tactar con la tierra nueva. “Mas o escritor, que ele é, alvorece na
pele do escrivão. Seus raros dotes de narrador, sua profunda in-
tuição humana não conseguem libertar-se dos vincos profissionais
e limitações do ofício”15. (Moisés: 20-21).
Es aquel mismo día que avistan a los primeros autóctonos. La
narración del primer encuentro y la descripción detallada de los
habitantes de la “Isla”, los Tupiniquim, inauguran una serie de
pasajes de gran alcance a lo largo de la Carta, tanto de carácter
etnográfico, solventados por las detenidas observaciones del cro-
nista, como de índole literaria, claramente conferibles a la emoción
que el escritor no consigue contener frente a lo que le relatan y a lo
que él mismo ve: “Y allí avistamos hombres que andaban por la
playa unos siete u ocho, según dijeron los navíos pequeños, porque
llegaron primero”. Vale fijarse en el cuidado con que Caminha na-
rra los hechos: huyendo de imaginar o inventar, las informaciones
vienen acompañadas de verbos que apuntan grados de veracidad.
Así, cuando no presenció lo que narra, echa mano a un único
bordón: “según decían esos que allá fueron”, “según ellos decían”,
“decían”, etc. (Moisés: 22).
Al segundo día de estar la flota en las costas de la “Isla”, Cabral
pide al piloto Afonso Lopes que vaya a sondear por el puerto y
haga nuevo contacto con sus habitantes. Éste trae a la nao capita-
na “dos de aquellos hombres de tierra que estaban en una almadía:
mancebos y de buenos cuerpos”, allí “fueron recibidos con mucho
placer y fiesta”. Caminha, como los otros que estaban ahí presen-
tes, vio y observó todo durante ese importante momento del primer
contacto “oficial” entre esos dos tupiniquim y los altos funcionarios
de la flota. Así los describe:

La facción de ellos es ser pardos, un tanto abermejados, de buenos ros-


tros y buenas narices, bien hechos. Andan desnudos, sin cobertura algu-
na. Ni hacen más caso de encubrir o dejar de encubrir sus vergüenzas
que de mostrar la cara. Acerca de eso son de gran inocencia. Ambos tra-
ían el labio de abajo agujereado y metidos el ellos sendos huesos verda-
deros, del tamaño de una mano16 atravesada, y del grosor de un huso de
algodón, agudo en la punta como un perforador. Los meten por la parte
de dentro del labio; y la parte que les queda entre labio y los dientes está
hecha a modo de roque de ajedrez. Y lo traen allí encajado de suerte que
no los lastima, ni les pone estorbo en el hablar ni en el comer y beber.
Sus cabellos son resbaladizos. Y andaban trasquilados, de trasquiladura
alta más que de sobre peine, de buena grandeza, rapados todavía por
encima de las orejas. Y uno de ellos traía por debajo de la covachuela, de
fuente a fuente en la parte de atrás, una especie de cabellera, de plumas
LA CARTA DE CAMINHA AL REY DON MANUEL 35

de ave amarilla, que sería de la largura de un coto17, muy vasta y muy


cerrada, que le cubría la nuca y las orejas. Y andaba pegada a los cabe-
llos, pluma por pluma, con una confección blanda como cera (pero no era
cera)18, de manera tal que la cabellera era muy redonda y muy vasta y
muy igual y no hacía falta más lavado para levantarla”. (Carreiro: 21-
23).

Mucho del inventario de diferencias de la carta de Caminha se


basa en analogías con lo conocido, o sea, con los modelos europeos,
pero también con lo observado en tierras y pueblos de África, don-
de la presencia portuguesa se impone desde 1419, cuando el infan-
te Dom Henrique, el Navegante, hijo de Dom João I, coordinó la
navegación lusitana por el litoral occidental del continente. Es esta
aproximación de lo desconocido –lo recién “hallado” al otro margen
del Atlántico– con lo conocido, incluyéndose aquí lo “exótico” afri-
cano, lo que va a distinguir la mirada portuguesa de las demás mi-
radas europeas. En ciertos momentos ese conocimiento, adquirido
a lo largo de los encuentros en África, les asegura no anticipar ex-
pectativas, como el pasaje sobre la existencia de oro en la “isla”:

El Capitán, cuando ellos vinieron, estaba sentado en una silla, a los pies
una alcatifa por estrado; y bien vestido, con un collar de oro, muy gran-
de, al pescuezo. (…) Y ellos entraron. Pero ni señal de cortesía hicieron,
ni de hablar al Capitán, ni a nadie. Aunque uno de ellos miró el collar
del Capitán, y comenzó a hacer señas con la mano en dirección a tierra,
y después hacia el collar, como si quisiese decirnos que allí había oro.
(…) Eso tomábamos nosotros en ese sentido, ¡porque así lo deseábamos!
(Carreiro: 23, 25).

En otros pasajes les hace certificar que no están en tierras po-


bladas por moros, pues estos “hombres de la tierra” no están cir-
cuncidados: “Y entonces se estiraron de espaldas en la alcatifa, a
dormir, sin buscar maneras de encubrir sus vergüenzas, las cuales
no estaban circuncidadas”. “Ninguno de ellos estaba circuncidado,
sino todos así como nosotros.” (Carreiro: 25, 31)
En virtud de compararlos al imaginario europeo-cristiano –”Ese
que lo abrigó era ya de edad, y andaba, por galantería, lleno de
plumas, pegadas por el cuerpo, que parecía saetado como San Se-
bastián” (Carreiro: 29)– Caminha, poco a poco, va conformando el
gentío hacia una potencial predisposición a convertirse al cristia-
nismo: “Me parece gente de tal inocencia que, si nosotros entendié-
semos su habla y ellos la nuestra, luego serían cristianos, visto que
no tienen ni entienden creencia alguna, según las apariencias”.
(Carreiro: 55). Sin embargo, al mismo tiempo que les confiere con-
dición de hombres listos para recibir a Dios y admira su aseo y be-
lleza, no alcanza a comprender las reacciones de ellos frente a la
novedad del contacto o la diferencia de comportamientos, pues es-
pera que se porten según normas de civilidad:
El Capitán al viejo con el que habló le dio una caperuza bermeja. Y con
36 RODOLFO A. FRANCONI

toda la conversación que con él tuvo, y con la caperuza que le dio, tanto
que se despidió y comenzó a pasar el río, se fue recatando. Y no quiso
volver del río hacia acá. Los otros dos que el Capitán tuvo en las naos, a
los que le dio lo que ya quedó dicho, nunca más aquí aparecieron –hecho
de los que deduzco que es gente bestial y de poco saber, y por eso tan es-
quiva. Pero a pesar de todo eso andan bien cuidados, y muy limpios. (…)
sus cuerpos son tan limpios y tan gordos y tan hermosos que no puede
ser más!” (Carreiro: 43).

Aquí podemos detectar una mirada oblicua, que no ve directa-


mente –sino presuponiendo antes que efectivamente averiguando.
Se puede argüir que Caminha no está preparado para interpretar
lo que ve: al fin y al cabo éste es su primer viaje, él no es un cronis-
ta de viajes sino un escribano de asuntos administrativos, y no
está encargado oficialmente de hacer el relato de los encuentros.
En realidad, “tan imbuido estaba el cronista de las matrices cultu-
rales y sociales de la Edad Media que venía despreparado para el
descubrimeinto del mundo primitivo”, (Moisés: 22). Y eso se com-
prueba en que el hecho de que los nativos acompañen el ritual de
las dos misas celebradas en la nueva tierra él lo interpreta como
que éstos estarían llanos a seguir la fe cristiana. Con lo que se re-
vela su ingenuidad en asuntos de –nítidamente– religión, como lo
denota el siguiente pasaje: “Y cuando levantaron a Dios, que nos
pusimos de rodillas, ellos se pusieron todos así como nosotros está-
bamos con las manos levantadas, y de tal manera sosegados que
certifico a Vuestra Alteza que nos hizo mucha devoción”. (Carreiro:
57)
Ese doble carácter ingenuo del narrador lo apunta Massaud
Moisés de esta manera: “de um lado, acreditar no significado e na
importância do ato que praticavam os indígenas, pois tratava-se de
pura imitação infantil, e de outro, a própria ingenuidade do cronis-
ta em matéria de prática religiosa. Talvez por conseqüência dessa
mesma ingenuidade, ou de uma intuição mais ou menos divinató-
ria, o escrivão parece antecipar-se a Rousseau no elogio do bom
selvagem: ‘esta gente é boa e de boa simplicidade’”. (Moisés: 22,
23). En aguda observación Amado y Figueiredo afirman: “Na carta
de Caminha estão também registradas as primeiras tentativas de
manejar categorias para apreender esse outro ainda tão novo. (…)
as duas mais importantes categorias européias futuras, relativas
aos índios – tanto a do “bom selvagem” quanto a do “selvagem in-
ferior e bestial” (à qual se associou, muitas vezes, a característica
“demoníaco”) –, já estão sugeridas na carta”. Y concluyen: “Ca-
minha, portanto, construiu não só um inventário das diferenças
entre europeus e índios, mas também insinuou categorias impor-
tantes para começar a pensar o diferente e com ele lidar”. (Amado
y Figueiredo: 121)
Entre las varias “visiones” que la nueva tierra le proporcionó,
quizá la más comentada en antologías y sin duda la más conocida
LA CARTA DE CAMINHA AL REY DON MANUEL 37

en el ámbito de la cultura popular fue la revelación causada por la


desnudez de las nativas:

Y andaban entre ellos tres o cuatro mozas, bien jovencitas y gentiles,


con cabellos muy negros y largos por las espaldas; y sus vergüenzas tan
altas y tan cerraditas y tan limpias de las cabelleras que, de nosotros
bien mirarlas no se avergonzaban.
También andaban entre ellos cuatro o cinco mujeres, jóvenes, desnudas
como ellos, que no parecían mal. Entre ellas andaba una, con un muslo,
de la rodilla hasta el cuadril y la nalga, toda teñida de aquella tintura
negra; y todo el resto de su color natural. Otra traía ambas rodillas con
las curvas así tintas, y también los cuellos de los pies; y sus vergüenzas
tan desnudas, y con tanta inocencia descubiertas, que no había en ello
desvergüenza alguna.” (Carreiro: 29, 39)

En portugués, “E suas vergonhas tão nuas, e com tanta inocên-


cia descobertas, que não havia nisso vergonha nenhuma”. Como se
puede ver en el original, Caminha hace un juego de palabras con el
doble sentido de la palabra “vergüenza” en portugués. Ese tono, o
mejor, esa libertad que toma al describir al Rey la “vergüenza” de
las nativas, nos da una exacta dimensión de la distancia que sepa-
raba a Colón de los Reyes Católicos españoles, que lo contratan
para llegar a la India, y la existente entre Caminha y el Rey por-
tugués. La forma misma de dirigirse al Rey en la carta de Ca-
minha, apenas con el vocativo de “Señor”, que es a un tiempo signo
de simplicidad y de veneración, resulta completamente distinta del
rebuscamiento empleado por Colón: “Serenísimos y muy altos y
muy poderosos príncipes Rey e Reina, Nuestros Señores”19.
En la carta de Caminha también está, de manera implícita, la
mirada del otro, el natural, que le hace al cronista reflexionar (mi-
rar oblicuamente) sobre su propia realidad europea. En ese senti-
do, tal vez sea Caminha el primero en registrar esa mirada del
otro y de sí mismo, que todavía no pueden comprender del todo ni
él ni el otro, pues el momento de la mirada es extático y el registro
anotado por el cronista no duró lo suficiente para descubrir que el
uno se está reflejando críticamente en el otro20. Sus dotes de na-
rrador, una vez más, acaban por alcanzar, por medio de la natura-
lidad expresiva, fluidez y cierta ironía maliciosa –frutos del des-
lumbramiento frente a lo nuevo–, que no logran desvirtuar un es-
tado de “visión del Paraíso”:21 “E uma daquelas moças era toda
tingida, de baixo a cima, daquela tintura; e certo era tão bem feita
e tão redonda, e sua vergonha (que ela não tinha) tão graciosa,
que a muitas mulheres de nossa terra, vendo-lhes tais feições, fize-
ra vergonha, por não terem a sua como ela”. [“Y una de aquellas
mozas estaba toda teñida, de arriba abajo, de aquella tintura, y
cierto era tan bien hecha y tan redonda, y su vergüenza (¡que ella
no tenía!) tan graciosa que a muchas mujeres de nuestra tierra,
viéndole tales facciones, las avergonzaría, por no tener las suyas
como ellas”. (Carreiro: 31)] (Moisés: 21). Este pasaje es curiosísimo
38 RODOLFO A. FRANCONI

y marca, a mi modo de ver, el momento preciso de la mirada obli-


cua tornada sobre el que mira, o de una inversión de posiciones en-
tre el que observa y el observado, en la que, a pesar del silencio del
otro, su cuerpo habla por él y se impone sobre el cuerpo del sujeto
que lo describe.
Mas luego prevalece su exaltación por los nativos y la Natura-
leza e inserta con todas sus letras el motivo edénico que venía as-
perjando a lo largo del relato:

Así, Señor, la inocencia de esta gente es tal que la de Adán no sería ma-
yor –con respecto al pudor.

Las aguas son muchas: infinitas. De tal manera es graciosa [la tierra]
que, queriéndola aprovechar, en ella se dará todo, ¡por causa de las
aguas que tiene! Con todo, el mejor fruto que de ella se puede coger me
parece que será salvar a esta gente. Y ésta debe ser la principal semilla
que Vuestra Alteza en ella debe lanzar. Y que no hubiese más que el te-
ner Vuestra Alteza aquí esta posada para esa navegación de Calcuta,
bastaba. Cuanto más, disposición para en ella cumplir y hacer lo que
Vuestra Alteza tanto desea, a saber acrecentamiento de nuestra santa
fé”. (Carreiro: 61, 63 –mi énfasis).

Sin embargo, al final, el hombre práctico que es el “Mestre da


Balança da Moeda”, en Oporto, el “vereador do Concelho” (“Conse-
jal del Ayuntamiento”), el escribano encargado por el Rey para
cuidar de los apuntes de la más dispendiosa escuadra comercial
portuguesa en camino a la India, el funcionario, en suma, que vive
en Caminha, prevalece sobre el escritor y el europeo maravillado
por los diez días que estuvo en aquella “isla afortunada”22. Como
bien lo observan los autores de Brasil 1500: quarenta documentos,
“O escrivão viu o diferente, apreendeu-o segundo sua própria men-
talidade e, porque fez isso, foi capaz de dar o terceiro passo: suge-
rir ao monarca os caminhos do futuro, que eram os caminhos da
desigualdade entre visitantes e habitantes, os caminhos da domi-
nação portuguesa”. (122)
Caminha, como todos los europeos que vinieron al Nuevo Mun-
do, vio la tierra y sus habitantes con ojos de maravilla y espanto,
pero la fruición de la alteridad recién experimentada fue sustitui-
da rápidamente por la imposición de la diferencia. La mirada obli-
cua se impuso en él al goce de lo nuevo. “Los acontecimientos rela-
tados en la Carta –el tiempo presente de la llegada a la tierra–
podían incluir –como efectivamente incluyeron– congraciamientos
y danzas colectivas entre navegantes portugueses e indios, además
de actitudes legítimas de curiosidad, espanto y tolerancia, profun-
damente humanas, por parte del escribano o de otros tripulantes,
delante de la bella tierra y su gente agreste. Pero el futuro impor-
taba, y fue con el ojo en el futuro que Caminha escribió su carta”.
(Amado y Figueiredo: 122 –mi traducción).
LA CARTA DE CAMINHA AL REY DON MANUEL 39

NOTAS
1. En la traducción de la Carta al español que utilizaré en este artículo, la tra-
ductora explica el empleo de “hallamiento”: “Traducimos literalmente el
término arcaico “Achamento” conservado en su transcripción por D.a Caro-
lina Michäelis de Vasconcelos. El autor utiliza el término cuatro veces. La
ilustre filóloga dice mantenerlo porque: “Descubrimientos y sobre todo
hallazgos pueden ser casuales. Hallamiento, por el contrario, es acción prac-
ticada por quien antes buscó –fiándose o no en el axioma bíblico, populari-
zado como proverbio entre todas las naciones”. Por lo demás, Corominas, en
los derivados de “hallar”, dice “Hallazgo, antes también hallamiento o
hallada”. (En María Tecla Portela Carreiro. Primera Carta desde el Brasil,
Glosario, 69). Todas las transcripciones de la Carta al español, incluso las
notas explicativas sobre el texto, a partir de aquí son de esta reciente ver-
sión española, citada en la bibliografía.
2. Vengo trabajando desde 1997 en lo que he llamado la mirada oblicua, que
consiste en la percepción y representación del vecino cultural de las Améri-
cas: Brasil-Hispanoamérica, Caribe-Latinoamérica, Latinoamérica-Estados
Unidos, etc. Este concepto crítico surgió originalmente en el estudio en pro-
ceso de cómo en las literaturas brasileña e hispanoamericana se construyen
imágenes del otro bajo notas de desconocimiento, estereotipificación, descon-
fianza, antagonismo, desdén, sublimación ... notas de inadecuada percepción
y representación del otro, en suma, de cómo el uno ve al "otro". En realidad
creo que se trata de una categoría del estudio cultural, como lo he propuesto
en otros lugares, que, por eso mismo, resulta aplicable a todas las otras mi-
radas oblicuas. No sólo las de las tres Américas, sino, incluso, las que resul-
tan del primer momento en que el europeo se confronta con lo “nuevo”, tal
como registra la literatura de los viajes durante el período del Descubri-
miento. De ahí que la emplee acá como un marco general, sin necesidad de
restringirla a la visión que se encuentra en los textos literarios de una cul-
tura hacia la otra y viceversa. Propongo, por lo tanto, utilizar la expresión
“mirada oblicua”, así definida, como un recurso epistemológico para la ave-
riguación del modo en que nos percibimos los unos a los otros, no sólo brasi-
leños e hispanoamericanos, como lo utilicé por primera vez, sino, de modo
general, americanos y europeos, occidentales y orientales, etc.
3. Dias, Carlos Malheiro. “A Semana de Vera Cruz” In Dias, Carlos Malheiro
(dir. y coord.). História da colonização portuguesa do Brasil. V. II. Porto: Li-
tografia Nacional, 1923, 283-303. In Amado, Janaína; Figueiredo, Luiz Car-
los. Brasil 1500: quarenta documentos.
4. http://www.cervantesvirtual.com/historia/colon/doc10.shtml (Biblioteca Vir-
tual Miguel de Cervantes). Consultado en 10/10/2004.
5. Capitán Mayor (Capitão-mor). Mantenemos la traducción literal para desig-
nar al “Capitán de Capitanes” o “Capitán General” de la flota, por la belleza
del término y por no prestarse a equívocos. Pedro Álvares Cabral fue nom-
brado para esa función mediante carta regia de 15 de febrero de 1500, des-
pués del regreso de Vasco da Gama, si bien entonces era designado todavía
por el apellido materno, Gouveia, y tan sólo en la carta de presentación al
Samorim (1 de marzo de 1500) recibe su apellido paterno: Cabral. La noble-
za de su estirpe, su amplia cultura, y sus cualidades de jefe militar y de di-
plomático, pesaron, sin duda alguna, en el ánimo de Don Manuel para ese
nombramiento.
6. “Nas relações entre portugueses e indígenas uma preocupação ressalta ao
longo da narração do seu encontro: a de uns e outros buscarem um entendi-
40 RODOLFO A. FRANCONI

mento mútuo, através dos signos gestuais que compensam a impossibilidade


de comunicação verbal. Mesmo se por vezes, como observa Pêro Vaz de Ca-
minha, não era possível perceber o que os ameríndios queriam dizer ”por a
berberia deles ser tamanha que se não entendia nem ouvia ninguém”, ele
não desespera de virem um dia os portugueses a aprender essa linguagem
estranha para poderem transmitir-lhes a fé cristã”. José Augusto Seabra. “A
Descoberta do Outro na Carta de Pêro Vaz de Caminha”, Revista Camões.
N.º 8, Janeiro-Março de 2000.
7. “O escrivão português foi minucioso na elaboração do seu inventário de dife-
renças, incluindo não somente pessoas, mas animais, plantas, relevo, vege-
tação, clima, solo, produtos da terra, etc. O Estado lusitano soube recon-
hecer a importância de tal inventário: a carta de Caminha ficou bem guar-
dada em Portugal, não se tendo, à época, notícias de seu conteúdo, apesar da
poderosa e eficiente rede de informantes montada em Lisboa por genoveses
e florentinos”. (Amado y Figueiredo: 121)
8. Cortesão, Jaime. A Carta de Pero Vaz de Caminha. 2.a ed. Lisboa: Portugá-
lia, 1967, 133-34.
9. Pinto, Manuel de Sousa. A Carta de Pero Vaz de Caminha. Edições de Lei-
turas. Separata de Miscelânea de estudos em honra de D. Carolina Michaë-
lis de Vasconcelos. Coimbra: Editora da Universidade de Coimbra, 1930, 4.
10. Castelo, José Aderaldo. Manifestações Literárias da Era Colonial. Vol. I de
A Literatura Brasileira. 2.a ed., rev. e aum. São Paulo: Cultrix, 1965, 34.
11. Ni “hermosear ni afear”.
12. Fura-buxos. Se refiere a un ave acuática, especie de garza marina existente
en las costas del Brasil (Puffinus anglorum), que, no obstante, Caminha re-
laciona con otras aves marinas de las costas portuguesas.
13. Vísperas. Hora del Oficio Divino, después de Nona, que se reza al caer de la
tarde.
14. Terra de Vera Cruz. La designación dada por Pedro Álvares Cabral no duró
mucho, a pesar de que la utilizan todos los componentes de la expedición. Al
llegar la noticia a Lisboa, se recordó al rey Don Manuel que no era correcto
puesto que Vera-Cruz sólo podía ser la “Cruz do Marmelar” (que llevaba el
prior de la orden de São João do Hospital en la batalla del Salado, en 1340)
ya que contaba con una satilla de la auténtica Cruz de Gólgota. Se sugirió,
pues, la denominación de Santa Cruz, que se impuso ante la de “terra de
papagaios…”
15. Jaime Cortesão, op. cit., 23.
16. Mano atravesada (mão-travessa). Ancho de la mano, excluido el dedo pul-
gar. Posiblemente, medida que equivalía a medio palmo.
17. Coto. Antigua medida. Quizás, equivalente a medio palmo.
18. Cera. Seguramente sustancia resinosa similar a la almáciga, que servía pa-
ra mantener la cabellera de plumas pegada a la cabeza.
19. En la interpretación de Donaldo Schüler, “Sñor (Senhor), essa é a saudação.
Sem a pompa de epítetos majestáticos, Sñor sobrevoa a carta entre intimi-
dade e respeito. Nas evoluções feitas pelo S, a saudação lembra a assinatu-
ra, em que a personalidade do signatário se revela. Sñor, na saudação de
Caminha, alcança presença ideogrâmica. Epítetos, se os há, fazem-se vi-
suais”. Donaldo Shüler, “A retórica da subordinação e da insubordinação na
carta do achamento”:
http://www.schulers.com/donaldo/barsil500/caminha.htm Consultado en
23/07/2004.
20. “A esse encontro com aquilo que, de modo indefinido, se sabia faltar, embora
não se soubesse exatamente o que era, podem ser atribuídos muitos nomes,
LA CARTA DE CAMINHA AL REY DON MANUEL 41

mas um dos que melhor o definem é, sem dúvida, alteridade, pois que ele dá
conta, com precisão, de uma das mais fundamentais necessidades do
homem, aquela de saber-se, de ver-se a si, coisa só possível de acontecer
através da interexperiência, como bem a definiu Laing (A política da expe-
riência e a ave do paraíso. Petrópolis: Vozes, 1978, 14.), com vocabulário ca-
racterístico dos tempos áureos da antipsiquiatria: “Experencio a mim mes-
mo como experenciado por você. E experencio a você como experenciando a
si mesmo como experenciado por mim.” In Francisco Ferreira de Lima. O
outro livro das maravilhas: A Peregrinação de Fernão Mendes Pinto, 60.
21. Sérgio Buarque de Holanda. Visão do Paraíso, Os Motivos Edênicos do Des-
cobrimento e Colonização do Brasil. Rio de Janeiro: José Olympio, 1959.
22. “Islas Afortunadas”, en celta “O Brazil”, fue la fantástica isla de San
Brandán, monje irlandés del siglo VI que tendría navegado en búsqueda del
paraíso terrenal, dando origen a la leyenda de la Navegación de San
Brandán, muy difundida en la Edad Media. El monje existió, y fue incluso
canonizado, pero la tal isla integraba el imaginario europeo sobre los “otros”
mundos, aunque figurase en varios mapas, fuesen portulanos, fuesen del ti-
po imago-mundi. Esas “islas Brasil”, entre 1351 y 1508, tendrían conocido
múltiples variaciones y grafías: Brazi, Bracir, Brasil, Brasill, Brazil, Brazi-
lee, Brazille, Brazill, Braxili, Braxill, Braxyilli, Bracil, Braçil, Braçill, Ber-
sill, Bresilge. Es posible así, como sugirió Jaime Cortesão, que la idea de
una “ilha Brasil” haya sido concebida por los portugueses bajo la forma de
un “mito geopolítico”, a lo que se añadió el llamado comercial del “pau ver-
melho”, que superó, al mismo tiempo, a Santa Cruz y los Papagaios. Triunfó
el Brasil en el habla de los navegantes del quinientos y en el vocabulario de
las autoridades metropolitanas, pues fue llamado de Estado do Brasil el te-
rritorio portugués en la América cuando ocurre la creación del gobierno ge-
neral, en 1548. (Vainfas: 81-82, mi traducción).

BIBLIOGRAFÍA:
Amado, Janaína y Luiz Carlos Figueiredo. Brasil 1500: quarenta documentos.
São Paulo, SP: Imprensa Oficial SP; Brasília, DF: Editora UnB, c2001.
Carreiro, María Tecla Portela. Primeira Carta desde el Brasil, Pêro Vaz de Ca-
minha. Traducción, glosario y bibliografia de María Tecla Portela Carreiro.
Madrid: Celeste Ediciones, S.A., 2001.
Castro, Sílvio. A Carta de Pêro Vaz de Caminha. O Descobrimento do Brasil. In-
trodução, atualização e notas de Sílvio Castro. 2.a ed. Porto Alegre: L&PM
Editores, 1987.
Coutinho, Afrânio. Conceito de Literatura Brasileira. Rio de Janeiro: Acadêmica,
1960.
Ferreira de Lima, Francisco. O outro livro das maravilhas: A Peregrinação de
Fernão Mendes Pinto. Rio de janeiro: Relume Dumará; Salvador, BA: Fun-
dação Cultural do Estado da Bahia, 1998.
Moisés, Massaud. História da Literatura Brasileira.Vol. 1. 2.a ed. São Paulo:
Cultrix, 1985.
Pastor Bodmer, Beatriz. El jardín y el peregrino. Ensayos sobre el pensamiento
utópico latinoamericano, 1492-1695. Amsterdam - Atlanta, GA: Ediciones
Rodopi B.V., 1996.
Pereira, Paulo Roberto. Os três únicos testemunhos do descobrimento do Brasil.
Organização, introdução, comentário, notas e bibliografia de Paulo Roberto
Pereira. Rio de Janeiro: Lacerda Ed., 1999.
Seabra, José Augusto. “A Descoberta do Outro na Carta de Pêro Vaz de Ca-
minha”, Revista Camões. N.º 8, Janeiro-Março de 2000.
42 RODOLFO A. FRANCONI

Todorov, Tzevan, A conquista da América. A questão do outro. 3.a ed. Tradução


de Beatriz Perrone Moisés. São Paulo: Martins Fontes, 1993.
Vainfas, Ronaldo. Direção. Dicionário do Brasil Colonial (1500-1808). Rio de
Janeiro: Editora Objetiva, 2000.
LA CARTA DE CAMINHA AL REY DON MANUEL 43

1.

2.

3.

4.