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La oración salesiana

Meditación durante el Triduo de la Visitación en el Monasterio de Annecy


2 de junio de 2018
P. Jean-Claude Mutabazi

Introducción
Se me ha pedido que os acompañe hoy en torno al tema de la oración salesiana, partiendo
del gran tema de este Triduo (tres días de oración, de tiempo fuerte) de la Visitación: La alegría
del encuentro, en el corazón de la Visitación.
Mis intervenciones estarán divididas en cuatro enseñanzas intercaladas por momentos de
oración personal o de intercambios entre dos o más personas. Los cuatro puntos son:
1. Para Francisco de Sales: ¿Qué es la oración? ¿Por qué orar? ¿Cómo orar?
2. Una oración que se alimenta de la Palabra de Dios
3. Una oración que se alimenta de la vida y sus acontecimientos
4. Un ramillete para la jornada: oración de la mañana, de la tarde y examen de conciencia

1. Algunas claves salesianas sobre la oración. ¿Qué es la oración? ¿Por qué orar?
¿Cómo orar?
No se encuentra en San Francisco de Sales una definición personal propia de la oración.
El tema se había tratado desde mucho tiempo antes y él se contenta con hacer suyas las
definiciones de sus predecesores.
Se trata menos de oraciones recitadas que de oraciones meditativas. Un niño pequeño no
hace más que repetir lo que dicen papá y mamá. La señal de la edad adulta es que ese niño es
capaz de formular sus propias frases, y expresa su propia opinión. Al mismo tiempo que necesitó
repetir al principio lo que decían los adultos y construir sus propias palabras a fuerza de repetir,
en un cierto momento debe ir más allá de la simple repetición para reflexionar por sí mismo y
construir palabras que sean fruto de la madurez de su pensamiento.
Al comienzo del libro VI del Tratado del Amor de Dios, Francisco de Sales recuerda que
san Buenaventura agrupaba bajo el vocablo oración (=oración silenciosa) “todos los actos de
contemplación”, san Gregorio de Nisa, “un coloquio del alma con Dios”, san Juan Crisóstomo,
“una conversación familiar con la Divina Majestad”, y san Agustín, “una subida o elevación del
espíritu en Dios”. Después de lo cual concluye:
“Si la oración es un coloquio, una plática, una conversación del alma con Dios, en ella, por
tanto, nosotros hablamos a Dios y recíprocamente, Él nos habla a nosotros. Nosotros aspiramos
a Dios y respiramos en él, y mutuamente, Él inspira y respira en nosotros” (TAD VI, 1). Se trata,
pues, de un intercambio vital entre Dios y el hombre, el hombre y Dios, una actividad entre dos
personas. Lo que supone en primer lugar, por parte de quien quiere orar, un acto siempre
necesario, sobre el que Francisco de Sales vuelve constantemente y que subraya con fuerza:
“Comenzad todo tipo de oraciones, sean mentales o vocales, por la presencia de Dios, y ateneos
a esta regla sin excepción, y veréis en poco tiempo qué provechosa es”1 .

1
IVD, parte II, cap. 1

1
Pero ¿por qué orar?
“Verdaderamente, por medio de la oración se llega a la perfección, y san Bernardo,
después de haber señalado otros medios, dice que este los sobrepasa a todos… Todos, de
cualquier condición que sean, deben rezar y hacer oración, pues es ahí donde principalmente nos
habla el Divino Maestro. No digo que tengamos que hacer tanta oración unos como otros, pues
no sería conveniente que los que tienen muchos negocios estuvieran tanto tiempo en oración
como los religiosos. Digo, sin embargo, que si queréis hacer bien vuestro deber es necesario que
oréis a Dios, pues en la oración aprendemos a hacer bien lo que hacemos. Cuando Nuestro Señor
quería realizar algo grande, se ponía en oración, pero no una oración cualquiera sin preparación;
se retiraba a la montaña y entraba en la soledad”2.
“La oración, inundando el entendimiento de luz divina y templando la voluntad con el
fuego del amor celestial, purifica al primero de sus ignorancias y libra a la segunda de los afectos
depravados; es como agua de bendición que, mediante su riego, hace reverdecer y florecer las
plantas de nuestros buenos deseos, limpia nuestras almas de sus imperfecciones, y apaga en
nuestros corazones la sed de las pasiones”3.
“La oración es de tal manera útil y necesaria, que sin ella no podríamos llegar a ningún
bien; pues por medio de la oración, se nos enseña a hacer bien nuestras acciones y a disponernos
mejor para recibir la gracia”4.
Pero esta visión pareció a muchos de sus contemporáneos francamente quimérica.
Pretender que hicieran oración las personas del mundo, e incluso los hombres del pueblo llano
y los soldados, parecía propio de un dulce soñador, poco al corriente de la lentitud y pereza del
cristiano de la calle. Hubo incluso un obispo ilustre, Mons. Fenouillet, de Montpellier, que
después de haber leído la Introducción a la Vida devota, escribió a Francisco una larga carta para
reprocharle llevar a Filotea “demasiado adelante” en las vías interiores. No se puede, pensaba,
darse a la oración sin haber recibido ese don. Francisco respondió que todo el mundo, más o
menos, puede recibir este don. Y en la última edición de la Introducción a la vida devota, en
1619, afirma en el último capítulo:
“El mundo dirá que yo supongo gratuitamente en Filotea el don de la oración mental que
no todos poseen. Cierto es sin duda alguna; lo he supuesto, y también es verdad que no todos
han recibido el don de la oración mental; mas no es menos verdadero que todos lo pueden
adquirir, aun los más ignorantes, con tal que tengan buenos guías y quieran trabajar para
adquirirlo”5.
¡Daba pruebas de un buen optimismo! Pero para juzgar bien, hay que ver lo que Francisco
de Sales entiende por oración y las condiciones que propone para facilitarla. Entonces, ¿cómo
hacer? ¿Cuáles son esas condiciones?

¿Cómo orar?
En la Introducción a la vida devota parte II, cap. 2 dice:
“Pero, quizá, Filotea, no sabes cómo se hace oración mental; es cosa que en nuestro
tiempo pocas personas conocen. Por eso te presento un método breve y sencillo para conseguirlo,
con la esperanza de que, por la lectura de los buenos y numerosos libros que han sido escritos
con este objeto, y, especialmente, con la práctica, llegues a instruirte mejor sobre la materia.
Ante todo, has de cuidar la preparación, que abarca dos puntos: ponerse en la presencia de Dios

2
Sermón para el segundo domingo de Cuaresma, 23 de febrero de 1614
3
IVD parte II, cap. 1
4
Saint François de sales, Tous doivent prier, p. 12. Sermón tercer domingo de cuaresma, marzo 1615
5
IVD parte V, cap. 17

2
e invocar su asistencia. Para ponerte en la presencia de Dios te ofrezco cuatro medios principales
de los cuales podrás servirte al principio.
El primero consiste en formarte idea viva y completa de esa presencia; es decir, pensar
que Dios está en todas partes y que no hay lugar ni cosa en este mundo que escape al influjo de
su verdadera presencia, de suerte que, como los pájaros encuentran aire en todas partes hacia
donde vuelan, a cualquier parte que nosotros vayamos nos encontremos con la presencia de
Dios. Todos conocen esta verdad; pero no todos, su alcance. Los ciegos, al no ver al príncipe en
cuya presencia están, no se comportan respetuosamente si no se les advierte de ella; y es lo cierto
que, como no le ven, pronto se olvidan de su presencia y fácilmente le pierden el respeto. Filotea,
nosotros no vemos a Dios, que está presente en todas partes; la fe nos advierte de la realidad de
esta presencia, pero no le vemos con nuestros ojos… Por esto, siempre, antes de la oración, es
necesario incitar a nuestra alma para que fije su atención en esta verdad de la presencia de Dios.
Tal fue el pensamiento de David6, cuando escribía: Si subo al cielo, ¡oh Dios mío!, allí estás; sí
bajo a los infiernos, allí te encuentras. Y así debemos usar las palabras de Jacob, el cual, habiendo
visto la escala santa, exclamó: ¡Oh, cuán terrible es este lugar! Verdaderamente Dios está aquí
y yo no lo sabía7… Volviendo a la oración, es necesario que digas con todo el corazón: «¡Oh
corazón mío, Dios está aquí verdaderamente!».
El segundo medio de ponerse en esta santa presencia consiste en pensar que Dios está
no solamente donde tú estás, sino también, de una manera especial, en el fondo de tu corazón
y de tu alma, que vivifica con su divina presencia, siendo allí como el corazón de tu corazón y el
espíritu de tu espíritu; pues, así como el alma, repartida por el cuerpo, se encuentra presente en
todas y cada una de sus partes, y reside en el corazón de manera particular, Dios, presente en
todas las cosas, se halla con preferencia en nuestro espíritu; por eso David le llama Dios de su
corazón8, y San Pablo afirma que vivimos, nos movemos y somos en Dios9. Ponderando esto,
avivarás en tu corazón los sentimientos de reverencia hacia Dios, que se encuentra en él
íntimamente.
El tercer medio es considerar al Salvador, cuya humanidad contempla desde el cielo a
todas las personas del mundo, y especialmente a los cristianos, hijos suyos, y más especialmente
a aquellos que se entregan a la oración, cuyas acciones y movimientos escudriña. Esto no es
simple imaginación, sino verdad irrefutable; pues, aunque no le vemos, es cierto que él nos mira
desde allá arriba. Así le vio San Esteban mientras era martirizado10. De forma que también
nosotros podemos decir con la Esposa: Vedle detrás de la pared, mirando a través de las ventanas
y de las celosías11.
El cuarto medio consiste en servirse de la imaginación, representándonos al Salvador
en su humanidad sagrada como si estuviese junto a nosotros, como solemos representarnos a
nuestros amigos, diciendo: «Me parece estar viendo a fulano que hizo esto y esto; me parece
contemplarlo», o cosa semejante. Mas si el Santísimo Sacramento del Altar está expuesto,
entonces la presencia es real y no puramente imaginaria; pues las apariencias y especies del pan
son como un velo a través del cual Nuestro Señor nos ve y observa, aunque nosotros no le veamos
en su propia forma corporal.
Puedes usar de uno de estos cuatro medios para situar tu alma en la presencia de Dios
antes de la oración; no es necesario que los emplees todos juntos, sino uno cada vez, de manera
breve y sencilla”.

6
Sal 138, 28.
7
Gen 28, 16-17.
8
Sal 72, 26.
9
Hch 17, 28.
10
Hch 7, 55.
11
Cant 2, 9.

3
Sin embargo, a estos cuatro medios propuestos por Francisco de Sales para ponerse en
presencia del Señor, podemos añadir otro. En resumen, consiste en tomar conciencia de que
soy miembro del Cuerpo de Cristo. Y, por tanto, cuanto me siento pequeño ante la grandeza
del Hijo de Dios, en lugar de pretender tenerle dentro de mí, me dejo, más bien, contener por
él. Un miembro no puede contener el cuerpo que le lleva, al contrario, es el cuerpo el que lleva
y puede contener al miembro. De la misma manera, Jesús es quien me contiene a mí. ¡Él mismo
que ha querido también hacerse tan pequeño para estar en mí!
En cuanto a la invocación de su asistencia, dice en la Introducción a la vida devota, parte
II, cap. 3:
“La invocación se hace de esta manera: tu alma, al sentirse en la presencia de Dios, se
postra ante El en señal de reverencia, reconociéndose indigna de permanecer ante la suprema
grandeza de Dios, no obstante saber que su divina Bondad lo quiere; solicita la gracia de servirle
y de adorarle en esta meditación. Si lo deseas puedes emplear ciertas frases breves y afectivas,
como éstas del profeta David: No me rechaces, Señor, de tu presencia ni me niegues el favor de
tu Espíritu. Proyecta tu rostro sobre tu siervo y consideraré las maravillas de tu ley. Dame
entendimiento y consideraré tu ley y la guardaré con todo mi corazón: Siervo tuyo soy;
concédeme tu espíritu. Y otras semejantes.
También te ayudará el invocar la protección de tu ángel custodio y de las sagradas
personas que intervienen en el misterio que vas a meditar; y así, considerando la muerte del
Salvador, podrás invocar a Nuestra Señora, a San Juan, a la Magdalena y al buen ladrón, para
que te comuniquen los sentimientos y mociones internas que ellos experimentaron”.
O bien, si atravesáis un período parecido al que atravesó algún personaje de la Biblia, …
de una manera digna, implorad su asistencia. Es lo que se llama la comunión de los santos.

En resumen
Como dije antes, San Francisco de Sales, propone esto: “Comenzad todo tipo de oraciones,
ya mentales o vocales, por la presencia de Dios”. Se trata pues, de reconocer la presencia de
Dios y ponerse en esta presencia. Continúa: “Pongámonos en la presencia de Dios”. Se podría
incluso definir la oración tal como la entiende Francisco de Sales por estas sencillas palabras:
presencia del hombre ante Dios presente. Para él, finalmente, la oración mental no consiste
más que en ponerse y mantenerse en la presencia de Dios, aunque tenga que alimentar esta
presencia con consideraciones útiles pero no necesariamente indispensables. Escribía a una
señora: “Permaneced fielmente invariable en esta resolución de manteneros en la presencia de
Dios por un completo despojo y una entrega de vos misma entre los brazos de su santísima
voluntad, y todas las veces que veáis que vuestro espíritu está fuera de esta agradable morada,
llevadle de nuevo allí suavemente”. ¡Las distracciones son normales!
Sobre este tema, escribirá un día a la Madre de Chantal:
“Estar en la presencia de Dios y ponerse en la presencia de Dios son, a mi parecer, dos
cosas distintas; pues para ponerse en ella, hay que quitar del alma todo otro objeto y hacer que
esté atenta a esta presencia actualmente… Pero después que se ha puesto en ese estado, se
mantiene allí siempre, mientras que, o mediante el entendimiento o por la voluntad, se hacen
actos como mirar a Dios, o mirar alguna otra cosa por amor suyo; o no mirando nada, sino
hablándole; o no mirándole ni hablándole, sino sencillamente estando donde Él nos ha puesto,
como una estatua en su nicho. Y cuando, a este simple estar ahí, se une algún sentimiento de
que somos de Dios y Él es nuestro Todo, debemos… dar gracias a su Bondad.
Si una estatua que se ha colocado en una hornacina en una sala pudiera hablar y se le
preguntara: ¿por qué estás ahí? -Porque, diría, el escultor me ha puesto aquí.

4
¿Por qué no de mueves? – Porque él quiere que esté inmóvil.
¿Para qué sirves? ¿Qué provecho sacas de estar así? – No estoy aquí para contentarme a
mí, sino para servir y obedecer a la voluntad de mi dueño.
Pero tú no le ves. No, diría ella, pero él me ve y se alegra de que esté donde él me ha
puesto.
¿Pero no querrías tener movimiento para ir cerca de él? – no, a no ser que él me lo
mande.
¿No deseas nada? – No, pues estoy donde mi dueño me ha puesto, y agradarle es mi
única alegría.
¡Dios mío! ¡Qué buena oración y qué buena forma de estar en la presencia de Dios es
mantenerse en su voluntad y su beneplácito! 12

2. Una oración que se alimenta de la Palabra de Dios


Si Dios existe, ¿cómo imaginar que no hable? ¿Puede haber una existencia sin signos, sin
palabras, sin comunicación? Nosotros que creemos en el Dios de la Alianza, creemos en Dios el
comunicador perfecto, un Dios autor de la comunicación, pues da la palabra al hombre: Dios
creador de comunicación, de relaciones, de comunión. La Biblia es el libro del diálogo entre
Dios y los hombres. Dios se revela en ella progresivamente, al ritmo de nuestra comprensión.
El mismo Dios, aun permaneciendo trascendente, por supuesto, se hace cercano a los
hombres, a la humanidad. Es lo que se dice en la Escritura: “La Palabra está cerca de ti…” Dios,
en Jesús, se acerca a nosotros, ¡incluso se mete en nosotros! Nos revela progresivamente su
proximidad. Al comienzo, Dios está en las alturas celestes, después desciende sobre el Sinaí. Sus
palabras se ponen en el arca de la Alianza depositada en el Templo. Más adelante, Jesús se
presenta a sí mismo como Dios en medio de nosotros. El Emmanuel. Él, Verbo de Dios, Palabra
de Dios, Expresión de Dios, “verdadero rostro de la misericordia del Padre”13. Y Él mismo nos
dice que Dios está en nosotros cuando acogemos y vivimos esta Palabra “Si alguno me ama,
guardará mi Palabra, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23).
Dios presente mediante su Palabra… ¿Pensamos en ello?
Francisco de Sales confió un día a Juana de Chantal que no había nada bueno en él,
excepto que le gustaba mucho escuchar la Palabra de Dios14. Leía la Biblia, la estudiaba, la
conocía perfectamente, Antiguo y Nuevo Testamento. Prueba de ello son sus escritos y
sermones que están llenos de citas. Le son familiares hasta los hechos más insignificantes de la
Biblia. Dice: “Ama la palabra de Dios; ya la escuches en conversaciones familiares con tus amigos
espirituales como en sermones, óyela siempre con atención y reverencia; saca de ella provecho
y no permitas que caiga a tierra; recíbela como un precioso bálsamo en tu corazón, a imitación
de la Santísima Virgen, que conservaba cuidadosamente en el suyo todas las palabras que se
decían en alabanza de su Hijo. Recuerda que Nuestro Señor recoge las palabras que le decimos
en nuestras oraciones en proporción a como nosotros recibimos las que él nos dice por medio de
la predicación”15. En resumen, cuando escuchamos la Palabra de Dios, que nuestro corazón se
abra al don inaudito que Dios quiere hacernos. San Francisco de Sales lo dice con estas palabras:
Quisiera que tengamos la intención de recibir en nuestro corazón a Jesucristo”.

12
Carta a la M. de Chantal 1611-1612. Œuvres. XV, p. 321
13
Papa Francisco, Misericordiae Vultus, 1
14
Conversaciones espirituales. Compilación de las preguntas que se hicieron en nuestro Monasterio de
Lyon a nuestro Bienaventurado Padre.
15
IVD parte II, cap. 17

5
Y para hablar más concretamente, nuestra Diócesis de Annecy ha recibido las nuevas
orientaciones para la catequesis (…). En estas orientaciones, nuestro obispo, el P. Yves
Boivineau, insiste sobre el lugar capital de la Palabra de Dios en nuestra vida. Nos recuerda que
dejarnos alimentar por la Palabra de Dios, es “ir a la fuente de nuestra vida, de nuestra fe” en la
persona de Jesús y en el amor que nos tiene y que nos trae. Nos recuerda así lo esencial de
nuestro camino, como han hecho sus predecesores, entre ellos, san Francisco de Sales.
Francisco de Sales tenía la preocupación de la interpretación correcta de la Palabra de
Dios, pero aún más de abrirse a la luz del Espíritu Santo: “La Escritura es clara en sus palabras,
pero el espíritu del hombre es oscuro y, como la lechuza, no puede ver esta claridad. El Espíritu
de Dios es el que nos ha dado la Escritura y es el mismo Espíritu el que nos da su verdadero
sentido”16.
En la época de Francisco de Sales, los fieles no tenían acceso directo a la Biblia. No
conocían la Palabra de Dios más que por las predicaciones, por algunos libros de espiritualidad
y muchas vidas de santos. Y a propósito de estos últimos, Francisco encontró una sentencia
digna de resaltar: “¿El algo distinto la vida de los santos y el Evangelio puesto en práctica? No
hay más diferencia entre el Evangelio escrito y la vida de los santos que entre una pieza de música
escrita y una pieza de música cantada” 17.
La Palabra no es para el vecino, es para mí. “Hay quienes echan siempre para los otros lo
que dice el predicador. Cuando nos invitan a un banquete, cada uno coge para sí, pero aquí
somos extremadamente educados, pues no dejamos de dar a los demás” 18. La Palabra no es
tampoco para satisfacer nuestra curiosidad, ni siquiera intelectual. “¿Dónde están los que no van
a la predicación más que por curiosidad de ver los gestos y las palabras? ¿Qué diríais de un
enfermo que sabiendo que en un jardín hay una hierba que puede curarle, sólo va para ver las
florecillas…?”19. Escuchar las palabras y no practicarlas es ser como un enfermo que se
contentara con mirar la caja que contiene la medicina que podría curarlo.20
A esta lectura y escucha de la Palabra de Dios, san Francisco de Sales une el ejercicio de
la oración o meditación, ¡qué importante es esto para que esta Palabra nos hable! ¡Para que
llegue hasta nosotros! Sin este ejercicio, la Sagrada Escritura se reduce a un conjunto de cartas
para nosotros. Diría que la Sagrada Escritura que no es meditada no es para nosotros una
Palabra. Es un texto, no una Palabra. Es como la leche en polvo. Si no se pone agua, no se puede
beber. ¡A menos que se la chupe! 21 Otra comparación: por mucho que vuestro hijo vaya al
colegio o al instituto y asista a las clases, si nunca saca tiempo para estudiar y hacer suya la
materia enseñada en la escuela, difícilmente podrá aprobar. Nuestro santo Patrón dice así:
“La oración, inundando el entendimiento de luz divina y templando la voluntad con el
fuego del amor celestial, purifica al primero de sus ignorancias y libra a la segunda de los afectos
depravados; es como agua de bendición que, mediante su riego, hace reverdecer y florecer las
plantas de nuestros buenos deseos, limpia nuestras almas de sus imperfecciones, y apaga en
nuestros corazones la sed de las pasiones.
Pero sobre todo te aconsejo la oración mental afectiva principalmente sobre la vida y
pasión22 de Nuestro Señor Jesucristo; considerando estos temas frecuentemente, tu alma se

16
Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 18, p. 403.
17
Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 12, p. 306.
18
Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 7, p. 136.
19
Ibidem, p. 134.
20
Ibidem, p. 135.
21
Comparación que ponía a menudo el P. Boivineau, obispo de Annecy, para invitar a la meditación de la
Palabra
22
Testigos del amor en la vida pública de Jesús y de su amor supremo, que da y se da hasta el fin. Pasión:
amor fuerte.

6
llenará de él; aprenderás su manera de conducirse y todos tus actos se inspirarán en los suyos.
Él es la luz del mundo; en él, pues, por él y para él debemos ser iluminados; es el árbol apetecible
a cuya sombra debemos buscar nuestro refrigerio; es la fuente viva de Jacob, que lava todas
nuestras inmundicias. Los niños pequeños, a fuerza de oír hablar a sus madres y de balbucir
vocablos con ellas, aprenden a hablar; nosotros, permaneciendo junto a nuestro Salvador,
mediante la meditación, considerando sus palabras, sus acciones y sus afectos, aprenderemos,
mediante su gracia, a hablar, a obrar y a querer como él”23.
Insisto en que eso se hace a partir de la Palabra de Dios. Nuestra oración se alimenta de
la Sagrada Escritura. Es elocuente a este respecto el testimonio de personas y grupos que leen
y comparten la Palabra de Dios. Varias vidas se han sentido tocadas y renovadas, por el contacto
con las Palabras de Jesús o las que nos hablan de este Apasionado por la humanidad a la que
tanto ha amado que ha llegado a dar su vida por ella.
Debemos saborear, rumiar, la Palabra de Dios. Así podemos convertirnos nosotros
mismos en palabra de Dios. No sólo hay que escuchar y meditar la palabra de Dios, hay que
digerirla y transformarla en nosotros mismos24. De tal suerte que ya no sea solo palabra, sino
que llegue a ser vida. Si os preguntan, no os contentéis con responder: soy cristiano, o con
cantarlo, incluso, sino vivid de manera que se pueda decir que se ha visto a un hombre que ama
a Dios y a su prójimo con todo su corazón. De este modo, nuestro buen ejemplo dará a los
hombres la gracia de sentir un poco de aroma de Evangelio25. En fin, ser palabra de Dios es, en
alguna manera, imitar a Cristo, Él que era el Verbo eterno del Padre, que escogió encarnarse en
nuestra historia: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). ¡Es accesible,
podemos seguirle!
Si nuestra oración se alimenta de la palabra de Dios, sin duda nuestra vida tendrá sabor a
Evangelio (¡cuando hemos comido pescado, puede ser que los otros lo noten!). Una oración que
se alimenta de la Palabra de Dios no puede no transformar la vida de la persona que se impregna
de ella. De algún modo, nos convertimos en lo que comemos.

3. Una oración que se alimenta de la vida y de sus acontecimientos


Los que asistieron a Misa el pasado jueves26 escucharon el Evangelio del día, ¡si no
dormían o no estaban distraídos! ¿Cuál era? El relato de la visita de María a su prima Isabel.
¿Dónde? A las montañas de Judea.
Y si no seguisteis bien el Evangelio, tenéis suerte, pues es un relato muy conocido. Se lee
varias veces al año en las diferentes celebraciones de la Misa, sobre todo en las fiestas de María
o las celebraciones en las que se resalta el papel de María.
Conocemos este relato que nos ha dado la hermosa y gran alabanza de María, el
Magníficat. Esta alabanza de María inspirada por la alabanza de otra mujer que había vivido
varios siglos antes, Ana, la madre de Samuel, cuando da gracias al Señor por el don de la
maternidad que tanto había esperado y deseado.
En nuestro famoso Magníficat hay una frase que me toca siempre y que resuena siempre
de un modo nuevo en mí cada vez que leo o escucho el relato. Es esta frase de María: “El
Poderoso ha hecho por mí maravillas; su Nombre es Santo” (Lc 1, 49) ¡El Poderoso ha hecho por
mí maravillas!

23
IVD parte II, cap. 1
24
Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 9, p. 361.
25
Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 7, p. 75.
26
Era la solemnidad de la Visitación, 31 de mayo de 2018.

7
Y, sin embargo, María debía hacerse muchas preguntas sobre de la nueva misión que el
ángel le había anunciado. No todo era claro para ella. Lo será progresivamente, pero hasta el
final, tuvo que descubrir quién era realmente ese niño que ella misma había llevado en su seno.
Y, sin embargo, María sabía bien que su proyecto de matrimonio con José, ese hermoso y
gran proyecto con el que toda joven sueña, María sabía que ese proyecto podía trastornarse por
la inesperada revelación de un proyecto más grande, de un proyecto que les invitaba, a ella y a
su esposo José, a ir mucho más allá de su simple aventura de novios y de esposos, para acabar
siendo un proyecto, una aventura de alcance universal.
María debía, por tanto, hacerse muchas preguntas, pero la confianza que la inundaba la
hacía exultar de alegría y la impulsaba a estallar en un canto de agradecimiento, el Magníficat.
María, a pesar de todo lo que podía turbarla, sabía reconocer que todo era obra de la bondad
del Señor. Por eso dice: “El Todopoderoso ha hecho por mí maravillas”.
Nuestros interrogantes, nuestras preocupaciones, nuestras dificultades, nuestras
pruebas, nuestros fracasos… pueden impedirnos reconocer, en medio de todo ello, la mano de
Dios que, no obstante, está ahí. Nuestra trayectoria, nuestra historia no es santa porque
nosotros somos santos, sino porque Dios, que es Santo, habita en nuestra historia y nos
acompaña. ¡Poco importan nuestros caminos o nuestras decepciones!
Francisco de Sales nos propone un método para entrar en la consideración de los
beneficios que Dios derrama con abundancia en medio de nuestras mismas miserias. Lo hace en
una de sus meditaciones sobre los Beneficios de Dios. Me refiero a una de sus obras bien
conocida, La Introducción a la vida devota (IVD parte I, cap. 11).
Ante todo, Francisco de Sales está convencido de que “el conocimiento engendra
reconocimiento”. Esta parte de mi conferencia es una llamada a darnos cuenta de los beneficios
de Dios; esto alimenta nuestra oración de alabanza y de acción de gracias. Decir “gracias” forma
parte de la educación básica que recibimos de nuestros padres. Si no sacamos tiempo para mirar
hacia atrás y reparar en los beneficios que Dios nos ha concedido y fijarnos en ellos, no nos
daremos cuenta de cuán grande es su amor para con nosotros. No nos daremos cuenta jamás
de la manera en que somos amados. Nos dejaremos llevar, guiar por nuestros resentimientos o
las apariencias de nuestra vida, sin poder ir más lejos para discernir y reconocer cuántas
maravillas se ocultan en el corazón de nuestra existencia y jalonan, a pesar de todo, nuestra vida
cotidiana.
Hace poco preparaba a una pareja para el matrimonio. Ella decía cuánto le había costado
hacerle ver a él que estaba enamorada. Hacía de todo para mostrárselo, sin poder decírselo,
pero él no notaba nada. Las pasó canutas para conseguirlo. Hoy, puede decirse: “Uff, ¡le tengo!
¡Le he demostrado mi amor, él lo ha constatado, se ha dejado seducir y amar!” Hoy todo va bien;
son felices juntos.
Lo mismo, si no tenemos tiempo para reparar y discernir ese amor de Dios por nosotros,
corremos el riesgo de pasar de largo junto a lo esencial. Corremos el riesgo de pasar de largo
ante lo que habría podido hacernos felices, más felices.
Entonces, ¿cómo hacer para entrar en el conocimiento de los beneficios de Dios para con
nosotros? ¿Y después, cómo ser agradecidos? ¿Cómo vivir y ser más felices?
Francisco de Sales nos propone un itinerario para entrar en una oración meditativa, una
oración que alimente nuestra vida cotidiana. Nos propone una triple consideración
(contemplación): la de las gracias físicas, la de los dones del espíritu y de la inteligencia, y la de
las gracias espirituales.
1º. Considerad las gracias físicas que Dios os ha concedido:

8
*Vuestro cuerpo y todo lo necesario para vuestra existencia: el agua, el sueño, la vivienda,
el alimento, el deporte…
*La salud: el estar en forma, incluso si a veces podemos pasar por rachas de cansancio y
de enfermedades, incluso largas… Considerad entonces la medicina, que nos permite ya
diagnosticar la enfermedad y cuidarla en la medida de lo posible.
*Vuestros amigos y todos los que os ayudan.
Comparaos a tantas otras personas que valen más que vosotros y que se han visto
privadas de todos esos bienes; unas sufren en su cuerpo, no tienen salud, han perdido sus
miembros o su uso, otros se ven sometidos a la vergüenza, al desprecio o al deshonor; otros
están agobiados por la pobreza. Y Dios no ha querido que vosotros seáis tan miserables.
Por el contrario, en la vida espiritual o en la santidad, es contraindicado compararse con
los demás; si no, ¡seríamos como el fariseo que oraba creyéndose más justo que el publicano!27
2º Considerad los dones del espíritu y de la inteligencia:
*En el mundo, cuántos dementes, insensatos, locos, ¿por qué no vosotros? Dios os ha
favorecido.
*¿Cuánta gente sin instrucción, que no ha podido ir a la escuela o estudiar? Mientras que
la Providencia divina ha querido que vosotros tengáis una instrucción que os honre.
3º Considerad las gracias espirituales:
*Estáis bautizados, sois miembros de la Iglesia. Tenéis una (segunda) familia.
*Dios os enseñó a conocerle ya en la juventud.
*¿Cuántas veces os ha concedido sus sacramentos? ¿Cuántas veces sus inspiraciones,
luces interiores, correcciones, el perdón? ¿Cuántas veces os ha salvado de la tentación a la que
estabais expuestos?...
Ved cuántas veces Dios se ha mostrado amable con vosotros, vez cuánto os ha favorecido.
Después:
1º ¡Admiraos de su bondad!
2º ¡Admiraos de vuestra ingratitud! “¡He respondido al abismo de tu misericordia, Señor,
con el abismo de mi ingratitud!”
3º ¡Ejercitaos en el agradecimiento! 28
4º Tomad una resolución: en agradecimiento haced alguna obra en servicio de Dios,
conocedle mejor y dadle gracias más a menudo, usad los medios que me propone la Iglesia para
mi salvación y mi verdadera dicha. Practicar la oración, recibir los sacramentos (Eucaristía y
Confesión sobre todo…), la Palaba, poner en práctica las buenas inspiraciones, y seguir los
buenos consejos que me dan.
Finalmente:
1º Todo eso, ofrecédselo al Señor.
2º Pedidle la fuerza para cumplirlo.

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“Cuando me miro, me entristezco, pero cuando me comparo, ¡me consuelo!
28
Un pequeño testimonio personal: He tenido que hablar en el funeral de mi madre. El hecho de no haber
hablado de la que perdíamos, de la que iba a faltarnos, sino de la que habíamos recibido, que había sido
un don para nosotros, me permitió vivir bien ese momento de duelo.

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3º Implorad la ayuda de María y de los santos.
4º Rezad el Padrenuestro.
Haced un pequeño ramillete (lo que se ha recogido en este tiempo de oración) para
tenerlo presente durante el día.

4. Un ramillete para la jornada: la oración de la mañana, la de la tarde y el examen


de conciencia.
¿Qué hay que entender por oración? San Francisco de Sales nos ha dado la ocasión de
precisarlo, o al menos de entenderlo a su manera. Pero conviene aún, para seguir en la
perspectiva de Francisco de Sales de una “espiritualidad para todos”, recoger su pensamiento
sobre la necesidad de oración para cada cristiano. En este punto, se muestra categórico. ¿Por
qué? Lo explica en una página recogida en el último volumen de sus Obras, los Opúsculos, en la
que hace depender la búsqueda de la perfección cristiana de tres elementos: la oración mental
(oración o meditación), los sacramentos y la práctica cotidiana de las virtudes cristianas,
centradas en el amor de Dios y del prójimo. Esta práctica no se puede obtener más que mediante
la oración. “Comoquiera que la perfección del alma consiste en la caridad, y la caridad es el don
principal del Espíritu Santo, el primer medio para obtener la perfección es pedirla humilde,
constante e insistentemente”29.
“Todas las personas pueden rezar, y ninguno puede excusarse de no hacerlo, ni siquiera
los herejes. El diablo es el único que no puede rezar, porque es el único incapaz de amar”30.

Entonces, ¿cómo hacer? Por la mañana, antes de alimentar vuestro cuerpo (o después,
según vuestro ritmo de vida o planning de la jornada), alimentad vuestra alma con la oración o
la meditación a partir de un texto bíblico.
Esquema: 1º Reconocer que el Señor está ahí. Reconocerse en su presencia. 2º
Reconocerse a sí mismo allí, y ponerse en su presencia. 3º Invitarle a habitar en nuestra
intimidad. Reconocer que desea morar en el hombre, en nosotros. Después, un texto bíblico.
Sacar una resolución inspirada por la Palabra de Dios, para la jornada o para el futuro. Por último,
recibir cada día como un regalo, en acción de gracias.
Así también, antes (o después) de cenar, hay que tomar una pequeña cena o al menos
una colación espiritual. Poneos unos momentos de rodillas (si podéis, y si no podéis, poneos en
una postura corporal favorable a la oración) y recogeos pensando en Jesucristo crucificado, con
una simple mirada del alma. Reavivad vuestra meditación de la mañana mediante algunos
impulsos del corazón hacia el Salvador de vuestra alma. O bien, recordad los puntos que más
hayáis saboreado en vuestra meditación, o aplicad vuestro espíritu a algún tema nuevo, un
acontecimiento del día, como prefiráis.
Y después, pasad al examen de conciencia que siempre debe practicarse antes de
acostarse. Todos saben cómo hacerlo. Si no, San Francisco de Sales nos propone este método
sencillo:
1. Damos gracias a Dios por habernos conservado en vida durante este día.
2. Examinamos cómo nos hemos portado durante la jornada, pensando dónde, en
compañía de quién hemos estado, qué asuntos hemos tenido entre manos…

29
Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 26, pp. 188-189.
30
Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 9, pp. 50.52.

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3. Si hemos hecho algo bien, damos gracias a Dios. Si al contrario, hemos hecho algo mal,
en pensamientos, palabras, acciones, pedimos perdón a su divina Majestad, tomando
la resolución de confesarse lo antes posible y procurar corregirse.
4. Después de lo cual encomendamos nuestro cuerpo, nuestra alma, la Iglesia, nuestros
familiares y amigos, a la divina Providencia. Pedimos a nuestra Señora, a nuestro ángel
custodio, a los santos que velen por nosotros, que intercedan por nosotros. Por último,
con la bendición de Dios tomaremos nuestro descanso, puesto que Él ha querido que
lo necesitemos.
El ejercicio de la tarde, como el de la mañana, no se debe olvidar jamás. “Por el de la
mañana, abrís las ventanas de vuestra alma al Sol, por el de la tarde, las cerráis a las tinieblas”31.
La calidad de la oración no depende del tiempo que dure, sino de su densidad. Francisco
de Sales lo explica con estas palabras: “Dios no mide nuestras oraciones, las pesa”. Está bien
tener una gran libertad en lo que se refiere a los ejercicios espirituales. No constituyen un fin en
sí mismos, sino solamente un medio para encontrar a Dios o dejarse encontrar por Él.
Por ejemplo, escribía a una señora que estaba esperando un hijo: “Puesto que vuestro
estado os dificulta mucho para hacer la oración mental larga y ordinaria, hacedla corta e intensa.
Reparad esta falta por frecuentes impulsos de vuestro corazón en Dios… tened buenos
pensamientos mientras os paseáis, orad poco y a menudo”32.
La oración jaculatoria es la única posible cuando no se puede hacer las otras oraciones.
“Dirigid a menudo jaculatorias a Nuestro Señor, y eso en todos los momentos que podáis y en
compañía de cualquier persona, mirando siempre a Dios en vuestro corazón y vuestro corazón
en Dios”33. En caso de enfermedad se impone este género de oraciones; entonces basta emplear
las jaculatorias. Pues, ya que el dolor nos hace suspirar, no cuesta nada suspirar en Dios, y a Dios
y por Dios. Esto es mejor que suspirar con quejas inútiles34.
La oración estará siempre impregnada de esperanza. “Terminad siempre vuestras
oraciones con la esperanza… Y tened como regla perpetua que jamás debéis terminar vuestra
oración más que con un acto de confianza, pues esta es la virtud más necesaria para ser
escuchados por Dios y la que más le honra”35.
La oración lleva a la vida y a la acción. “Tenemos dos principales ejercicios de nuestro amor
hacia Dios: uno afectivo y otro efectivo o activo. Por uno ponemos a Dios sobre nuestro corazón…
por el otro le ponemos bajo nuestro brazo”36.
Para terminar nuestro recorrido en torno al tema de la oración salesiana, una anécdota:
Un sabio músico decía: “Cuando paso un solo día sin tocar mi instrumento de música, ¡al día
siguiente lo noto! Cuando paso dos días sin tocar, ¡al día siguiente lo notan todos mis amigos! Y
cuando paso tres días sin tocar, al día siguiente ¡todo el mundo se da cuenta!”. Lo mismo se
puede decir de la oración.

31
IVD parte II, cap 11.
32
Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 16, p. 64.
33
Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 12, p. 269.
34
Cf. Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 14, p. 3.
35
Œuvres de Saint François de Sales, Ed. Annecy, tome 12, p. 334.
36
Tratado del Amor de Dios, parte VI, cap. 1.

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