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UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE YUCATÁN

FACULTAD DE CIENCIAS ANTROPOLÓGICAS

HISTORIA DE MÉXICO MODERNA Y CONTEMPORÁNEA

LA PRESENCIA DEL PASADO PREHISPÁNICO EN LA CONSTRUCCIÓN


DE LA IDENTIDAD NACIONAL: MÉXICO, SIGLO XIX

ALUMNOS

NICTE-HA GUADALUPE CORTÉS CUJ

SERGIO QUINTANAR GARCÍA

TERCER SEMESTRE DE LA LICENCIATURA EN HISTORIA

PROFESOR

DR. JUSTO FLORES ESCALANTE

FECHA DE ENTREGA

JUEVES, 28 DE NOVIEMBRE DE 2018

1
Introducción

La figura del indio, y, concretamente, la del indio prehispánico, ha sido una presencia a la

vez constante y polifacética en la historia de la nación mexicana. Ora ensalzado como

auténtico constructor de civilización, ora tildado de bárbaro, salvaje y hereje; unas veces

elevado a la categoría de héroe mítico, otras culpado del atraso económico y cultural que

cierra a México las puertas del “Progreso”, el indio es esa idea que se afirma y esa realidad

que se anula, es el “Indio” que se reivindica y el “indio” que se niega. Por paradójico que

suene, estas actitudes han coexistido e interactuado en diferentes momentos de nuestra

historia, dando lugar a interesantes tensiones que evidencian el carácter contradictorio del

proceso de construcción de la identidad nacional mexicana.

A este respecto, el siglo XIX es particularmente fascinante y rico en información, en

cuanto muestra el nacimiento y los años formativos de un país necesitado no sólo de un

modelo de Estado, sino también de una identidad que lo cohesione, que lo defina, que le

instruya sobre su pasado para conducirlo a un futuro promisorio. Desde luego que en esta

búsqueda identitaria la inmanente presencia del pasado indígena no pasó desapercibida, y,

como no podía ser de otra forma, hubo de entrar en contradicción con la presencia igualmente

fuerte de los modelos occidentales de Estado y nación adoptados por la élite mexicana.

Dicho lo anterior, el presente escrito tratará de analizar las variaciones en el lugar que

se le dio al pasado prehispánico en el proceso de construcción de la identidad nacional

mexicana durante el siglo XIX, para lo cual se estudiarán, por un lado, los discursos

nacionalistas políticos e historiográficos y, por otro, aunque en menor medida, los discursos

visuales del arte y el diseño editorial. Como se ha sugerido, estos discursos fueron formulados

y promovidos por las élites, por lo que se dejará momentáneamente de lado —quizá para un

2
futuro trabajo— la comparación de las ideas de las élites con los discursos nacionalistas

“populares” y con la situación real de los indígenas decimonónicos.

La estructura general del trabajo responderá a las diferentes etapas que ha atravesado

el nacionalismo mexicano a lo largo del siglo XIX: la independentista, la del primer

liberalismo y la del Porfiriato, incluyendo, para poder entender a cabalidad este proceso, su

antecedente directo, esto es, el patriotismo criollo que se desarrolló durante la época virreinal.

No obstante, el análisis estaría incompleto si no se definieran primero algunos términos

esenciales, por lo que se empezará a continuación con unas breves pero necesarias

consideraciones en torno a los conceptos de “patria”, “nación” y “Estado” en el contexto

hispanoamericano.

3
Conceptos de patria y nación

En el habla cotidiana estos dos términos se suelen emplear casi indistintamente, quizá por la

estrecha relación que han mostrado en sus respectivos desarrollos históricos. No obstante,

para los efectos de este trabajo merecen ser precisados y diferenciados entre sí, aun de manera

general. El término más fácilmente aprehensible, en cuanto se corresponde con una realidad

concreta o material, es el de “patria”, que alude al sentimiento de lealtad y filiación con un

determinado territorio, con la tierra natal de los padres.1 Si bien el ámbito de operación del

sentimiento patriótico puede variar ⸺por ejemplo, desde el nivel de una ciudad hasta el de

un país⸺, establecer sus límites conceptuales no resulta demasiado complicado en cuanto su

naturaleza es meramente territorial.

El término de “nación”, por otro lado, es más escurridizo, pues se trata

fundamentalmente de un constructo cultural. En efecto, se partirá aquí del concepto de nación

propuesto por Benedict Anderson, quien la entendía como una “comunidad imaginada”, es

decir, como la construcción ⸺esencialmente discursiva⸺ de un conjunto de símbolos, mitos,

pautas culturales y lingüísticas, etc., dirigido a lograr la identificación de una colectividad

con un tiempo y un espacio comunes2. Ahora bien, incluso las construcciones imaginarias no

son producto de la sola imaginación, sino que necesariamente cuentan con referentes “reales”

o materiales. En el caso de la nación, dichos referentes han sido principalmente dos: el

territorio de la patria y, a partir del siglo XIX, la institución del Estado, de donde se puede

1
Quijada, 2003, p.
2
López Caballero, 2011, p. 138.

4
afirmar, como lo ha hecho Quijada, que la nación, además de su acepción cultural, presenta

otras dos dimensiones: una territorial y una institucional.3

Desarrollo histórico de la patria y la nación en México e Hispanoamérica

En Hispanoamérica, tanto el concepto de patria como el de nación experimentaron

importantes mutaciones entre el momento de su aparición, en las centurias iniciales de la

época colonial, hasta las primeras décadas del siglo XIX. Las causas, coinciden los autores,

fueron dos fenómenos que habrían de ser determinantes en los procesos de independencia de

las colonias hispanoamericanas: la difusión de las ideas ilustradas y revolucionarias francesas

y la invasión napoleónica a España en 1812. Ambos marcan el tránsito de los conceptos

tradicionales de patria y nación ⸺limitados, durante los siglos XVI y XVII, a los ámbitos

locales del pueblo y la ciudad o la provincia y el reino⸺ a los conceptos modernos de patria

y nación americanas, con los que se buscaría justificar tanto la participación de los colonos

en las juntas metropolitanas como los ulteriores movimientos de emancipación política.4

Sin embargo, ya liberadas de la sujeción hispánica, es decir, habiendo derrotado a ese

enemigo común que era la Monarquía española, las colonias atravesaron por un proceso de

diferenciación nacional. En el caso de México, el concepto antes americano de nación

empezó a incorporar el concepto de patria local tradicional, con lo que se pudo constituir

una nación específicamente mexicana sobre la base de las viejas fronteras territoriales

novohispanas.5 Pero quizá más importante que la definición territorial fue el sentimiento de

3
Quijada, 2003, pp.
4
Ibídem, pp.
5
Ibídem, pp.

5
patriotismo que desde el siglo XVI venía germinando entre la élite criolla, toda vez que

aportó los elementos simbólicos fundamentales para los tempranos discursos nacionalistas

del siglo XIX.6

Naturalmente, el efecto inmediato de esta reducción de las escalas nacionales fue la

necesidad de crear instituciones que gobernasen a los nuevos territorios, que los protegiesen

de amenazas extranjeras, y, como no es de extrañar, la solución parecía ofrecerla la

Revolución francesa con su modelo de Estado-nación. Si en el párrafo anterior se aludió a la

incipiente definición territorial y cultural de la nación mexicana, la adopción del modelo de

Estado europeo puso el acento en su dimensión institucional. Así, la nación dejó de aludir al

conjunto de lazos históricos que unían a los miembros de una ciudad, un estamento o una

corporación determinados, para referirse a una “comunidad política”, independiente de los

desarrollos históricos particulares de los diversos habitantes del territorio mexicano.7

En este sentido, la pertenencia a la nación mexicana estaría condicionada por la

aceptación del proyecto de nación promovido por el Estado y, en especial, por las élites que

ostentaban el poder. Con todo y las constantes guerras intestinas, cuartelazos y golpes de

Estado que asolaron el siglo XIX, la ideología que imperó entre la clase gobernante

decimonónica fue el liberalismo, bajo cuya bandera se propugnó la inclusión de todos los

pobladores del país al nuevo Estado y, por ende, su igualación jurídica en calidad de

“ciudadanos libres”. No obstante, como afirma Florescano, “la homogeneización de la

sociedad se realiza sobre todo a nivel cultural”8, por lo que aunado a la acción de las

instituciones y la educación, era necesario crear un discurso que a partir de imágenes, ritos,

6
Brading, 1988, pp. 15-43.
7
Florescano, 2001, p. 557
8
Ibídem, p. 561.

6
virtudes cívicas y éticas, un panteón de héroes y, sobre todo, un mito de origen generara la

identificación de la colectividad con el gran proyecto liberal de nación mexicana.

El patriotismo criollo y los inicios de la identificación con el pasado prehispánico

En su célebre búsqueda por los orígenes del temprano nacionalismo mexicano, el historiador

británico David A. Brading postula lo que llama “patriotismo criollo” como su antecedente

directo, enunciando entre sus principales temas la denigración de la Conquista, el rechazo

xenofóbico hacia los españoles peninsulares, la devoción por la Virgen de Guadalupe y, lo

más importante, la exaltación del pasado azteca.9 Es justamente en este último punto, esto es,

en el proceso de valorización del pasado indígena y en la paulatina vinculación de los grupos

criollos con él, en el que se pondrá aquí el acento.

De acuerdo con Brading, el patriotismo criollo hunde sus raíces más profundas en el

sentimiento de despojo que pesaba sobre los criollos desde finales del siglo XVI. Ya para

entonces, los descendientes de los primeros conquistadores habían perdido sus antiguas

posiciones de poder, como resultado de la drástica disminución de la población indígena y,

consecuentemente, de la reducción del valor de las encomiendas. Por si fuera poco, nuevos

grupos de inmigrantes españoles llegaban constantemente a la Nueva España, no sólo para

enriquecerse con las nuevas y redituables actividades productivas —como la minería de la

plata y el comercio ultramarino—, sino también (y esta fue la gota que colmó el vaso) para

ocupar los cargos administrativos que los criollos demandaban para sí en cuanto nacidos en

esta tierra.10

9
Brading, 1988, p. 15.
10
Ibídem, pp. 15-17.

7
Así, no tardó en difundirse la imagen del criollo como “heredero desposeído”, —

peregrino en su propia patria—, que vino a constituir uno los primeros pasos hacia la

identificación con la figura del indio, igualmente despojado de su tierra y sus creencias por

los conquistadores y evangelizadores europeos. Por supuesto que tal identificación no podía

ser inmediata, ya que, a pesar de que las obras de misioneros como Bartolomé de Las Casas

habían contribuido a la desmitificación de la Conquista y la valorización de los logros

civilizatorios de los aztecas, aún gravitaban sobre el imaginario criollo innumerables

prejuicios con respecto a la “demoníaca” religión prehispánica.11

Fue hasta el siglo XVIII que aparecieron las primeras comparaciones explícitas entre

criollo e indio. Ante las teorías, llegadas de Europa, que denigraban a los nacidos en Nueva

España hasta extremos inauditos, como las muy infames declaraciones del danés Cornelius

de Pauw, los criollos tendieron cada vez más a distanciarse culturalmente de los europeos,

encontrando la forma más efectiva en la reivindicación, aunque suene a oxímoron, de un

“nuevo pasado”. Éste, sin embargo, ya no sería el de una conquista sanguinaria y destructora,

sino el de las gloriosas civilizaciones precolombinas12: Italia tenía su Roma, la Nueva España,

su Tenochtitlan. Fue entonces cuando numerosos intelectuales, de la talla del humanista

Carlos de Sigüenza y Góngora, el italiano Lorenzo Boturini, el jesuita Francisco Xavier

Clavijero y el dominico Servando Teresa de Mier, se consagraron como nadie antes a la

revalorización del pasado prehispánico, algunos recuperando las llamadas “antigüedades

mexicanas”, otros escribiendo portentosas obras históricas en las que, por primera vez,

11
Ibídem, pp. 18 y 21-23.
12
Krauze, 2004, p. 43.

8
aparece el pasado prehispánico como mito de origen, y el indio, como sujeto protagonista de

ese pasado.13

El pasado prehispánico y la legitimación de la Independencia de México

Si bien es cierto que, como ya se ha visto, la guerra de Independencia se trató de legitimar

con base en las dimensiones territorial e institucional de la nación, esgrimiendo la existencia

de una nación americana (o novohispana, en algunos casos) en cuyos habitantes recayese la

soberanía, también se buscó justificarla recurriendo a la dimensión cultural.

Los deseos de emancipación de los independentistas criollos hicieron más intensa su

identificación con el pasado prehispánico, al grado de asumirse a sí mismos como

descendientes de los grandes emperadores mexicas y como herederos de su cultura. Lo que

esto suponía era la idea de una nación mexicana existente desde antes de la Conquista y que

mantenía una continuidad con el presente novohispano14, por lo que, en este sentido, la

Independencia quedaba justificada, por un lado, como la necesaria liberación de una nación

anquilosada en su desarrollo histórico por el dominio colonial y, por otro, como una suerte

de desagravio en favor de aquellos caudillos que, como Cuauhtémoc, sufrieron una muerte

dolorosa a manos de los conquistadores españoles.15

Las ideas anteriores se dejan entrever con especial claridad en las siguientes palabras

proferidas por Morelos durante la apertura del Congreso de Chilpancingo, en septiembre de

1813: “Al 12 de agosto de 1521, sucedió el 14 de septiembre de 1813. En aquél se apretaron

13
Ibídem, pp. 46-56.
14
López Caballero, 2010, p. 141.
15
Ibídem, p. 141.

9
las cadenas de nuestra servidumbre en México-Tenochtitlán, en éste se rompen para siempre

en el venturoso pueblo de Chilpancingo.”16 Lucas Alamán diría que, dado su tono

providencialista, el discurso no fue escrito realmente por Morelos, sino por su compañero

criollo Carlos María de Bustamante (1774-1848). La declaración, por lo demás, no es difícil

de acreditar, ya que, además de ser un activo difusor del conocimiento del pasado

prehispánico, Bustamante recurría constantemente en su obra a la vinculación entre la guerra

de Independencia y la resistencia indígena a la Conquista española: así, Hidalgo y Morelos

se aparecían ante él como los nuevos Moctezuma y Cuauhtémoc, y, al presenciar la entrada

del Ejército Trigarante a la Ciudad de México en septiembre de 1821, diría conmovido: “la

sombra de los antiguos emperadores mexicanos entiendo que salieron de sus tumbas,

construidas en el antiguo panteón de Chapultepec, para preceder al ejército de los libertadores

de sus hijos”.17

Dicho lo anterior, no es de extrañar que en las representaciones visuales de la nación

hayan tenido un papel importante, e incluso protagónico, la figura del indio o elementos

iconográficos relativos al pasado prehispánico. Quizá el caso más representativo sea la

adopción del águila devorando una serpiente, símbolo mítico de la fundación de Tenochtitlán,

como escudo nacional. No obstante, hubo una imagen bastante más anterior que ilustra como

ninguna otra la confluencia del espíritu criollo y el indígena: la llamada “alegoría de la

patria”, que representan a ésta como una mujer indígena o mestiza. Entre sus rasgos

esenciales, que se consolidaron en el siglo XVIII y se mantuvieron relativamente invariables

a partir de entonces, está el tocado de plumas, la indumentaria “nativa” y el arco, las flechas

y el carcaj, aunque también podía aparecer acompañada por animales exóticos, como un

16
Krauze, 2004, p. 57.
17
Ibídem, p. 64.

10
cocodrilo, o sosteniendo una cornucopia o cuerno de la abundancia como símbolo de la

prodigalidad de las tierras americanas.18 Naturalmente, las alegorías de la patria se tratan de

superfluos intentos por integrar “lo indio” al universo visual de los criollos, mas no dejan de

revelar la significativa asunción del pasado prehispánico como elemento constitutivo de la

nación en ciernes.

Alegoría del patronato de la


Virgen de Guadalupe sobre la
Nueva España (detalle),
Joseph S. Klauber, s. XVIII
(izquierda) [tomado de
Velásquez, Erick, Enrique
Nalda et al., Nueva historia
general de México, p. 310].

Alegoría de México, anónimo,


s. XIX (derecha) [tomado de
Florescano, Enrique,
Imágenes la patria, p. ]

El pasado prehispánico bajo la hegemonía liberal

Desafortunadamente, el triunfo de la Independencia y el ascenso tan esperado de los criollos

al poder no significaron la continuidad de ese nacionalismo basado en la vinculación con el

pasado prehispánico, sino, por el contrario, su abandono y sustitución. En efecto, el discurso

que conectaba las gestas heroicas de los aztecas con las hazañas de los insurgentes resultó

innecesario una vez consumado el movimiento que se trataba de legitimar19, con lo que

18
Florescano, 2006, p.
19
Krauze, p. 58.

11
quedaron sentadas las bases para la disputa por la instauración de una nueva ideología que

dirigiese la acción del Estado. Y, al menos durante la primera mitad del siglo XIX, la que se

alzó casi ininterrumpidamente como vencedora fue el liberalismo.

Sus principales representantes, como José María Luis Mora y Lorenzo de Zavala,

fueron a su vez los más acérrimos opositores de la exaltación del indio (tanto del prehispánico

como del coetáneo), ya que veían en su figura la conjunción de los vicios —ignorancia,

amoralidad, pasividad— de un régimen colonial que, no estando completamente disuelto,

obstaculizaba la modernización del país.20 Imbuidos como estaban, pues, por la idea de

“Progreso” y por una concepción evolucionista del desarrollo de las naciones, los liberales

alejaban la mirada del pasado y la dirigían hacia el futuro, al cual sólo se accedería mediante

la integración del indio a la nueva nación y, en general, la uniformidad nacional.21 En este

punto, coincide el liberalismo con los antedichos deseos del Estado-nación por homogeneizar

a la población bajo la etiqueta de “ciudadanos libres”, regidos por una misma legislación y

por un mismo sistema económico de producción individualizada.

Ya antes se había comentado que tal homogeneización debía realizarse primero al

nivel de la cultura, por lo que, además de promover la generalización de los sistemas

económico, administrativo y jurídico, se creó un discurso nacionalista a partir de emblemas,

símbolos, ritos, un calendario cívico, un panteón de héroes —quienes expresaban con sus

actos las virtudes que se esperaba emulasen los habitantes de la nación— y una historia

nacionalista que asimilase los diversos desarrollos de los grupos étnicos particulares en un

sólo discurso historiográfico.22 Desde luego, las representaciones de la nación tampoco

20
López Caballero, p.141.
21
Quijada, 2003, pp.
22
Florescano, 2001, pp. 561-563.

12
estuvieron exentas de esa voluntad de uniformidad nacional, tal como lo demuestra la

desaparición casi absoluta de la figura del indio y hasta de elementos iconográficos que

remitan siquiera a él. Proliferan en su lugar símbolos cívicos —generalmente tomados de la

Revolución francesa— como el gorro frigio y la corona de laurel, y aún en los casos en que

se mantiene la vieja alegoría de la patria, ésta recuerda más a la Marianne de los

revolucionarios galos que a la india/mestiza original.23

Alegoría de la
patria, anónimo, s.
XIX (izquierda)
[tomado de
Florescano, Enrique,
Imágenes de la
patria, p. ]

Alegoría del escudo


nacional, Jesús
Corral, 1844
(derecha) [tomado de
Florescano, Enrique,
Imágenes de la
patria, p. ]

El Porfiriato y el resurgimiento del pasado prehispánico en la construcción nacional

En este orden de cosas, la figura del indígena y el pasado prehispánico debieron permanecer

a la espera del último cuarto del siglo XIX para reaparecer en el proceso de construcción de

la nación mexicana. A este hecho contribuyeron varios hechos de ligados al contexto

23
Florescano, 2006, p.

13
internacional, entre los que destacan, en primer lugar, el sentimiento todavía palpable de

disconformidad por los múltiples ataques al territorio nacional con la anexión de Texas y las

invasiones francesas y, en segundo, la imperiosa necesidad, bastante común entre los países

poscoloniales de la época, por hacerse de un lugar en el llamado “concierto de las naciones”

europeas.24 Con estos objetivos en mente, se da pie a una indagación más profunda a la

historia del país, que se materializaría con las primeras obras de historia prehispánica, como

la Historia antigua y de la conquista de México (1881) de Manuel Orozco, y, sobre todo, con

el monumental México a través de los siglos de Vicente Riva Palacio, nada menos que el

primer intento objetivo (es decir, sin sesgos político-ideológicos) de unificar, en una misma

línea de continuidad espacio-temporal, todas las etapas de la historia del país, desde la época

prehispánica hasta la de la Reforma.25

El arte, por otro lado, estaría encaminado a mostrar la imagen de México como un

país íntimamente anclado en sus raíces históricas, pero, a la vez, tendiente a la

modernización. De ahí esas interesantes amalgamas de temas indígenas con técnicas

pictóricas y constructivas neoclásicas que caracterizarán la producción artística de la época,

y cuya expresión más acabada serán los pabellones mexicanos en las exposiciones

universales.26

24
López Caballero, 2011, pp. 142-144.
25
Florescano, 2006, pp.
26
Florescano, 2006, pp.

14
La fundación de México. Joaquín Pabellón mexicano en la Exposición
Ramírez, 1889 [tomado de Florescano, Internacional de París de 1889, anónimo,
Enrique, Imágenes de la patria, p. ] s. XIX [tomado de Florescano, Enrique,
Imágenes de la patria, p. ]

Conclusión

15
Bibliografía

Brading, David. 1988. Los orígenes del nacionalismo mexicano. 2ª ed. Ciudad de México:

Era.

Florescano, Enrique. 2001. Memoria mexicana. Ciudad de México: Taurus.

————. 2006. Imágenes de la patria a través de los siglos. Ciudad de México: Taurus.

Krauze, Enrique. 2004. La presencia del pasado. Ciudad de México: Clío-BBVA Bancomer.

López Caballero, Paola. 2011. “De cómo el pasado prehispánico se volvió el pasado de todos

los mexicanos”, en Escalante Gonzalbo, Pablo (coord.). La idea de nuestro patrimonio

histórico y cultural. Ciudad de México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Quijada, Mónica. 2003. “¿Qué nación? Dinámicas y dicotomías de la nación en el imaginario

hispanoamericano”, en Annino, Antonio y François Xavier-Guerra (coords.). Inventando la

nación: Iberoamérica siglo XIX. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

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