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el amor 
en la 
experiencia
analítica
No juegues con fuego que te podés quemar.
Refrán popular
No juegues con fuego que lo podés apagar.
Leo Masliah

Una peculiar pareja amorosa ha acompañado al

psicoanálisis desde su invención. Esa pareja, com-

puesta por la bella joven histérica enamorada de su

analista ya mayor y poco agraciado, ha atravesado

la historia como paradigma de la transferencia, a

veces sordamente y otras, como advertencia. Una

arqueología revelaría que el Dr. Joseph Breuer y la

llamada Anna O. fueron quienes por primera vez

encarnaron y al mismo tiempo dieron origen a esos


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partenaires. Y una genealogía de esta pareja podría


n
mostrar una continuidad en la historia del amor en
á
occidente, donde el obstáculo al amor ha oficiado
c
de lazo. Giorgio Agamben ha señalado que, más
a
que en las teorías y leyes, las ciencias se han apo-
t
yado en los ejemplos para su consolidación y des-
e
arrollo.
¿Habrán cumplido la joven histérica y su analista

mayor una función semejante en el campo freu-

diano? Tal vez podría constatarse que la pareja ha

sido ejemplo de la “falsedad” del amor en la expe-

riencia analítica, al mismo tiempo que, como ejem-

plar, habría puesto un límite a la exploración de

los avatares de la práctica analítica y a su produc-

ción teórica.

“En el comienzo de la experiencia analítica, recordémoslo, fue el


amor.” Esta afirmación de Lacan en la primera sesión de su
seminario sobre la transferencia1 refiere explícitamente a Anna
O. y Breuer. Se podría afirmar que fue el saber (Dr. Breuer) un
elemento que hizo surgir el amor en la joven partenaire (Anna,
¡Oh!) pero de un modo que se volvió irrealizable para un buen
doctor (Joseph Breuer). A Freud le correspondió delinear un
lugar que permitiera acoger ese nuevo tipo de amor. Cuando
más tarde Lacan arrojó su formidable ternario Simbólico,
6 Imaginario y Real al campo freudiano, la transferencia exigió ser
considerada de otro modo. Una prueba de ello es la lectura del
diálogo El banquete de Platón, que no sólo demostró las varieda-
n des del amor trastocando el reduccionismo al que se lo sometía
en los medios psicoanalíticos, sino que también sacudió al dis-
á
curso filosófico. La lectura de Lacan se continuó tras las huellas
de otros nombres del amor, sus figuras, sus fenómenos; se detu-
c
vo largamente en ellos durante su recorrido, incluso necesitó
inventar nuevos nombres en el intento de dar cuenta de esa
a
experiencia fundamental del sujeto. Asimismo la literatura, la
t pintura, los mitos fueron visitados una y otra vez, para luego
fabricar nuevos mitos, otras fórmulas, incluso eslóganes con los
e que trató de cercar al amor. Es pertinente reconocerlo, fue nece-
sario Lacan para que la clínica misma del psicoanálisis no se
ahogara en la repetición infinita del cliché, aun en esos lugares
donde su nombre ha sido escamoteado.

Las indagaciones de Jean Allouch en el recorrido de Lacan le


dieron otra relevancia y produjeron nuevos giros hasta culmi-
nar en un nuevo nombre para el amor: “amor Lacan”. Esta figu-
ra es finamente mostrada por Allouch con la imagen de un
puzle, un puzle sin imagen ni bordes definidos previamente, 7
pero que al irse juntando ciertas piezas va perfilando alguna
imagen, algún margen, de modo que tal vez se pueda identifi-
car una figura, evanescente. ¿Esa misma idea de puzle podría n
aplicarse a la experiencia de cada análisis? ¿Qué efectos tiene
formular la regla de juego en el fuego del amor? ¿Qué distancia á

media entre el “dejarse consumir” y el sacrificio? ¿Cómo se


c
juega la tensión entre el “deseo de ser analista” y el “deseo de
analista”? ¿Cuál es esa forma de amar que vuelve posible el
a
“hacer saber”? viejas preguntas que se reeditan de otro modo,
nuevas preguntas que parecen las mismas. t
Estas intervenciones son una invitación a explorar como quien
se dirige a esa misteriosa materia inanimada y movediza llama- e
da mar para pescar, es decir, a lanzar un anzuelo una y otra vez
sin saber si habrá algún resultado al otro extremo del hilo, pero
que al final de la tarde, el propio ejercicio de la pesca será haber
sacado algo; o para surfear, aprovechando el impredecible
impulso de alguna ola para hacer un recorrido, con mayor o
menor suerte, pero siempre para luego volver a empezar.