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Manuela Zárate

Leí la Montaña Mágica cuando mi hijo menor tenía tres meses y estábamos tratando de organizarle el
sueño. Una de las grandes obras de la literatura, conmovedora, una conmoción absoluta, fue mi
compañera del insomnio forzado al que te somete la maternidad. Ahora, en este exilio en México lejos de
mi país intento entender qué pasó y cómo llegamos a esto. Mucho lo encuentro en los libros de historia,
pero una gran parte está en las novelas de la Europa de principio de siglo, la que cuenta el drama privado,
cotidiano, personal, común y extraordinario de los personajes reales o ficticios que describen cómo
cambió el mundo en el Siglo XX. Novelas como Moura o La impaciencia del corazón de Stefan Zweig me
enseñaron la cara humana del mundo que se desmorona ante la guerra. A la vez obras como Frankenstin y
Drácula te abren el mapa del alma humana. Aunque los llamen monstruos no son muy diferentes a
nosotros.

Para que haya vida en un planeta hace falta mucho más que oxígeno y agua, hacen falta mentes abiertas.
La literatura es la llave de esa expansión. Novelas, cuentos, versos, no se los lleva el viento, sino que el
huracán que arrasa con tus prejuicios, que se planta y te demuestra, aunque a veces te aferres, que tu
perspectiva no es la única, que no existe una última palabra y no todo está dicho, ni lo estará jamás. La
literatura te demuestra que la educación es más que años de pupitre coronados con un título, que el
cerebro es un músculo que se atrofia con el desuso. Te permite viajar y conocer otras realidades,
transformarte, adaptarte, evolucionar y así logras superar muchas de las pruebas que te pone la vida, pero
sobre todo te vuelves alguien muy difícil de manipular con argumentos vacíos como los de un candidato
populista o una pareja abusiva.

La literatura es el hilo conductor de la permanencia de la humanidad en la Tierra. Somos la historia, el


cuento que va del homo sapiens que superó al Neandertal, del hombre que pintó las cuevas de Lascaux,
peleó la guerras Napoleónicas, recorrió la Ruta de la Seda y dio la vuelta al mundo de Magallanes. Nuestra
historia no es sólo un documento firmado por próceres, es también las mariposas, los hilos de sangre, los
recorridos hacia la eternidad de los personajes de García Márquez. Somos un cuento, a veces fantástico, a
veces realista, a veces trágico. A través de historias, de fábulas, de crónicas, de versos, desarrollamos la
imaginación y la memoria y así construimos la identidad. Estamos hechos de carne, huesos e historias
somos un Odiseo en Medellín volviendo a su Ítaca. Somos Sísifo en México empujando su piedra una y
otra vez. Somos París en Nueva York con su manzana de discordia. Un Aquiles en Caracas con ese talón
del que se aprovecha la delincuencia, la dictadura. Somos Medusa petrificando a todo el que nos cruza.
Perseo tratando luchando contra un minotauro, tratando de salir del laberinto, con o sin hilo. Somos
Medea olvidada, triste, cada vez que nos han roto el corazón.

La literatura es fundamental para la vida en sociedad, para la democracia. Porque sin empatía no hay
respeto al otro, y no puede prosperar un sistema en el que un ciudadano asume la responsabilidad de sus
deberes y la defensa de sus derechos. De allí que estos sistemas de libertades aún imperfectos, aún en
creación, hayan comenzado a surgir luego del siglo de las luces, y que no terminen de surgir mientras haya
altísimos números de pobreza que no permiten una educación real, la que está basada en el desarrollo del
pensamiento critico cuya piedra angular es precisamente la lectura.

La muerte, la ruptura, la felicidad máxima, los extremos del sentimiento humano todos tienen un registro
en la literatura. No una respuesta, sino más preguntas. Incluso los grandes momentos de la ciencia
tuvieron como motor un sueño literario. Hombres como Hubble y Einstein fueron grandes lectores, pues
quien no sabe de magia no puede imaginar el universo, mucho menos explicarlo.

La literatura es la herramienta de la libertad. No es coincidencia que las tiranías controlen y asfixien las
humanidades, porque entienden que quien no lee no vive, pero nunca se da cuenta.