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Geografía económica

La lógica espacial del capitalismo global

Ricardo Méndez

EDITORIAL ARIEL

Este material se utiliza con fines


exclusivamente didácticos
ÍNDICE

Introducción .......................................................................................................................................... XI

Capítulo 1. Economía y organización territorial .................................................................................


1. El análisis geográfico de la actividad económica .................................................................. 1
2. Definición y contenidos de la geografía económica .............................................................. 4
3. El carácter dinámico de las interrelaciones economía-espacio .............................................. 7
4. Metodología de investigación en geografía económica ....................................................... 18

Capítulo 2. Organización espacial del sistema económico .............................................................. 23


1. La organización de la actividad económica ......................................................................... 23
2. Estructura y dinamismo del sistema productivo ................................................................... 32
3. Lógica espacial del sistema capitalista: mecanismos de funcionamiento
y fases de desarrollo ................................................................................................................ 40
4. Lógica del beneficio y estrategias espaciales de las empresas .............................................. 3
5. Competencia y concentración empresarial .......................................................................... 48
6. Excedente, inversión y crecimiento desigual ....................................................................... 54
7. Mercado, precios y usos del suelo ....................................................................................... 59
8. División del trabajo y especialización territorial ................................................................. 65

Capítulo 3. Dinámica capitalista, crisis y reestructuración territorial ........................................... 71


1. Transformaciones recientes en la economía mundial .......................................................... 71
2. Ciclos económicos y crisis en el capitalismo ....................................................................... 75
3. Capitalismo mercantil y modelos territoriales dispersos ..................................................... 84
4. Transformaciones económico-espaciales asociadas a la primera evolución industrial ....... 89
5. El modelo productivo fordista y el reforzamiento de la concentración espacial ................. 94
6. Hacia una nueva era neofordista de capitalismo global ..................................................... 100

Capítulo 4. Efectos espaciales de la globalización económica ....................................................... 107


1. Desarrollo del capitalismo y proceso de globalización ..................................................... 107
2. Dimensiones del proceso de globalización económica ...................................................... 112
3. Las empresas multinacionales como agentes de la globalización ...................................... 126
4. Geografía de las multinacionales ....................................................................................... 133
5. Empresas multinacionales y desarrollo regional ............................................................... 152

Capítulo 5. Innovación tecnológica, sistema productivo y territorio ........................................... 157


1. Geografía de la innovación: significado y principales contenidos .................................... 157
2. Componentes y características de la revolución tecnológica.............................................. 161
3. Los espacios de la innovación ........................................................................................... 167
4. Impactos territoriales de la innovación tecnológica .......................................................... 180
5. Un espacio y una economía de redes.................................................................................. 188

Capítulo 6. La nueva división espacial del trabajo......................................................................... 207


1. Bases para el estudio del mercado de trabajo en geografía ............................................... 207
2. Tendencias recientes del empleo y el paro ........................................................................ 219
3. La multiplicidad de factores explicativos y sus diferencias territoriales ........................... 226
4. El empleo de la era neofordista y la nueva división espacial del trabajo .......................... 233
5. Políticas de empleo y debates sobre el futuro del trabajo .................................................. 250

Capítulo 7. Organización espacial de las actividades económicas ............................................... 255


1. La localización de las actividades económicas: principios generales ............................................. 255
2. Un contexto interpretativo para la localización de actividades ...................................................... 275
3. Una perspectiva dinámica: difusión espacial de innovaciones y actividades ................................. 290
4. Tendencias actuales de localización de las actividades productivas .............................................. 297
5. Crecimiento y contrastes en la localización de los servicios .......................................................... 310

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Capítulo 8. Desarrollo desigual, medio ambiente y territorio ...................................................... 321
1. El desarrollo desigual como temática para la geografía económica .................................. 321
2. La medición de las desigualdades y el problema de los indicadores ................................. 327
3. Crecimiento económico y desigualdad espacial: principales explicaciones ...................... 334
4. Políticas de desarrollo regional y local .............................................................................. 350
5. Crecimiento económico, medio ambiente y desarrollo sostenible ..................................... 355

Bibliografía......................................................................................................................................... 363

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CAPÍTULO 4. EFECTOS ESPACIALES DE LA GLOBALIZACIÓN
ECONÓMICA
1. Desarrollo del capitalismo y proceso de globalización

1.1. Hacia una economía global

Una de las tendencias actuales que mayor acuerdo suscita entre las interpretaciones procedentes de
diversas ciencias sociales es la referente al proceso que suele denominarse de globalización o
mundialización, que, si en una definición descriptiva corresponde a la “aceleración planetaria de la
circulación de flujos de intercambios, tecnologías, culturas, informaciones y mensajes” (Benko, G., 1996,
41), en un plano más general y abstracto puede asociarse a un verdadero “proceso de unificación del
mundo”, fruto de la compresión espacio-temporal que hoy vivimos. Se trata, pues, de un movimiento
histórico de amplio alcance que desborda la dimensión estrictamente económica para incluir otras no menos
significativas (desde la globalización de ciertos problemas medioambientales, a la de la información
transmitida por los medios de comunicación de masas), pero que tiene en ésta uno de sus vectores
principales. Como afirma Taylor, “los problemas mundiales y las cuestiones globales están en el orden del
día de la ciencia social moderna” (Taylor, P. J., 1994, l).
El concepto de economía global apareció a mediados de los años ochenta en las obras de diversos
consultores internacionales vinculados a las principales escuelas de negocios estadounidenses (Harvard,
Stanford, Columbia ... ), como Levitt (1983), o Porter (1986). El objetivo central que presidía esos trabajos
pioneros era destacar la progresiva evolución hacia un mundo sin fronteras (Ohmae, K., 1990), apoyada en
las nuevas tecnologías de información y la paralela eliminación de barreras al comercio y al desarrollo de los
negocios internacionales, lo que debía favorecer una reformulación de las estrategias empresariales con el fin
de rentabilizar en mayor medida las oportunidades abiertas por esta nueva situación.
Desde entonces, y hasta la actualidad, la rápida difusión y vulgarización del término, convertido ya
en un tópico social de uso indiscriminado y, en ocasiones, abusivo, ha desdibujado en cierto modo sus
contornos, pero aún pueden identificarse los rasgos básicos de esta nueva era de capitalismo global que
ahora inicia su andadura:
a) Ante todo, se avanza hacia el sometimiento pleno de la actividad económica a la lógica de un
sistema capitalista que alcanza por vez primera una escala verdaderamente planetaria, tras la crisis y práctica
desaparición de los sistemas de planificación centralizada en los inicios de la actual década, junto al
retroceso constante de las economías cerradas, basadas en el autoconsumo, confinadas en áreas marginales
del globo y progresivamente desarticuladas.
b) Aumenta la interdependencia entre un número creciente de sistemas productivos, vinculados
mediante redes cada vez más densas de flujos, tanto de carácter material (mercancías, personas), como
inmaterial (capital financiero, información, tecnología), que atraviesan las fronteras estatales.
c) Pero, más allá del simple reforzamiento de las relaciones económicas internacionales, el rasgo
esencial que diferencia esta etapa de las precedentes es la generalización progresiva de una lógica
mundializada que orienta la actuación de cada vez más empresas e instituciones a la hora de delimitar sus
mercados, buscar sus proveedores, dirigir sus inversiones o localizar sus establecimientos. De este modo,
tanto la producción, como la circulación y la distribución se organizan a esa escala, al tiempo que los
espacios nacionales pierden parte de su importancia como elemento clave para la acumulación de capital.
d) En el plano del consumo, parece evolucionarse también hacia una mayor uniformización de las
preferencias, ante la masiva difusión realizada por las grandes empresas en favor de ciertos modelos de
comportamiento a través de la publicidad y los medios de comunicación audiovisual, que generan un efecto
demostración sobre poblaciones y grupos sociales de características heterogéneas.
e) Respecto al trabajo, en cambio, la pervivencia de niveles salariales y condiciones de reproducción
social, así como normas de regulación laboral muy variadas según países y regiones, favorece una
redistribución espacial de actividades según su coste, productividad, flexibilidad, etc., que acentúa la pugna
por el empleo entre trabajadores de lugares muy distantes, pero cada vez más interrelacionados.
f) Con relación a los territorios, esa creciente proximidad entre los componentes de los diversos
sistemas productivos supone también un reforzamiento de la competencia en función de las ventajas
comparativas que cada uno pueda ofrecer a las empresas, con la especialización y jerarquización
consiguientes. De este modo, “la economía mundial emergente puede ser considerada como un mosaico de

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regiones productivas especializadas, con procesos complejos de crecimiento localizado, cada vez más
dependiente, a pesar de todo, de las otras regiones” (Benko, G., 1996, 68).
g) Finalmente, la globalización también se convierte a menudo en coartada que justifica la necesaria
adaptación de las sociedades y territorios a las nuevas exigencias y limitaciones impuestas por unas fuerzas
externas sobre las que la capacidad de incidir por parte de los agentes locales parece cada vez menor.
Además de limitar la autonomía y, hasta cierto punto, la soberanía de los Estados frente a decisiones y
estrategias aplicadas por grandes grupos empresariales y organismos internacionales (Fondo Monetario
Internacional, Banco Mundial ... ), esta situación fuerza también una revisión de las funciones y formas de
intervención de los poderes públicos en materia económica.
Todo este conjunto de transformaciones comenzó a ser objeto de atención específica en geografía
económica a partir de obras como las de Dicken (1986), o Knox-Agnew (1989), ante la creciente aceptación
de que el proceso de globalización aparece asociado a cambios espaciales de primer orden, que definen la
nueva organización del territorio a escala planetaria, pero también en ámbitos más próximos. Baste ahora
recordar la recomposición de los mapas económicos y geopolíticos del mundo, la relocalización de empresas
como respuesta al nuevo contexto, o la formalización de un espacio de flujos, de geometría en constante
cambio, que resulta intangible y tal vez demasiado abstracto para ser objeto de estudio geográfico según
algunas opiniones, pero que afecta de forma muy concreta y tangible al dinamismo o declive de numerosos
territorios.
Pero la evolución actual no es sino continuación de un proceso secular de expansión que ha marcado
las diferentes fases de desarrollo del capitalismo desde sus orígenes. Por esa razón, una verdadera
comprensión de las novedades que incorpora el presente exige un comentario, siquiera breve, sobre las
situaciones del pasado que sirve de base a un tratamiento pormenorizado de sus principales componentes y
efectos territoriales.

1.2. Ciclos económicos y expansión de las relaciones capitalistas

Tal como ya se estableció en el capítulo anterior, la evolución cíclica del sistema capitalista se ha
visto acompañada por diversos tipos de transformaciones, entre las que debe mencionarse un proceso de
creciente internacionalización. Esto supuso la progresiva incorporación de la lógica capitalista a nuevas
áreas, junto a un desplazamiento de los centros de poder económico y geopolítico en el mundo, así como
cambios en la densidad y tipo de relaciones entre las diferentes partes del sistema, o en la identidad de los
principales agentes promotores. El cuadro 4.1, que intenta trasladar al plano geoeconómico algunas de las
ideas de Wallerstein (1979) sobre la evolución del sistema mundial, adaptadas al ámbito geográfico por
Taylor (1985), resume los rasgos principales del proceso en sus diversas etapas, separadas por períodos de
inestabilidad en el escenario internacional.
La transición del feudalismo al capitalismo mercantil se inició con la Edad Moderna en algunas
regiones de Europa occidental, desde donde la lógica capitalista se extendió a otras áreas del continente, así
como a los territorios ultramarinos que cayeron bajo la dominación de las potencias europeas, si bien en un
contexto internacional dominado aún por otros sistemas económicos Durante los tres siglos que se asocian a
la denominada onda logística, el centro de gravedad de esa economía-mundo capitalista aún incipiente se
desplazó desde las ciudades del norte de Italia (Venecia, Génova) y la península Ibérica, en dirección al mar
del Norte, donde los Países Bajos (Brujas, Amberes y, más tarde, Ámsterdam) se convirtieron en el foco de
actividad más denso y próspero, así como en vértice desde el que se establecían buena parte de los flujos de
mercancías y capitales de más largo alcance. En posición subsidiaria quedaron tanto una Europa
mediterránea, que iniciaba su declive histórico, como diversas regiones de Europa central y algunos puertos
del Báltico integrados en la Liga Hanseática que, por el contrario, dinamizaron su actividad. Por su parte, las
colonias americanas y los enclaves portugueses del Indico se integraban al sistema como periferias
dependientes y el resto del mundo se mantenía como región exterior al sistema. En este largo período, los
débiles intercambios entre esos territorios se establecían, casi en exclusiva, a través del comercio marítimo,
asociado a un número restringido de productos de alto valor (desde metales preciosos y especias, a lana, trigo
o esclavos) y realizado por compañías mercantiles, vinculadas con frecuencia a sociedades financieras.

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CUADRO 4.1. Ciclos económicos y expansión de las relaciones capitalistas
Etapa Centro Áreas dependientes Tipo de relaciones
CAPITALISMO Norte Italia Europa Mediterránea – Comercio ultramarino
MERCANTIL Países Bajos Europa central/Báltico (productos lujo, lana,
(Amberes, ..... trigo tráfico esclavos...)
Ámsterdam) Colonias de América/ Índico – Compañías mercantiles
y sociedades financieras
Onda logística
CAPITALISMO Gran Bretaña Resto de Europa – Extracción de materias
INDUSTRIAL (Londres) Estados Unidos, Japón, Rusia primas y alimentos.
.... – Exportación de
manufacturas y capitales
Colonias de poblamiento en zonas – Compañías mercantiles,
templadas: América, Oceanía mineras, ferroviarias,
Colonias de explotación en áreas bancos (relación
tropicales: África, Asia, América metrópolis-colonias)
Latina
CAPITALISMO Estados Unidos Europa occidental, Japón – Empresas
MONOPOLISTA (Nueva York) Australia y Nueva Zelanda multinacionales
Desconexión de URSS, Europa (instalación en múltiples
oriental y China países)
....... – Estrategias
multidómesticas
– Flujos de mercancías,
Kondratiev III-IV América Latina capitales y tecnología
África y Asia (nuevos países) (relaciones centro-
periferia)
CAPITALISMO Tríada Australia y Nueva Zelanda – Mundialización-
GLOBAL (EE.UU./ Rusia y Europa oriental globalización
Japón/UE) Este y sudeste Asia – Apertura/desregulación
Pacífico vs. ..... de mercados
Atlántico América Latina Sur Asia y China – Nueva división
Kondratiev V África internacional del trabajo
– Corporaciones/grupos
transnacionales:
estrategia global

El paso al capitalismo industrial (primer y segundo ciclos de Kondratiev) supuso un nuevo impulso
al proceso de internacionalización, con la incorporación de los imperios coloniales europeos en África y
buena parte de Asia, así como el imperio ruso, que se posicionaron como espacios periféricos. No obstante,
debe marcarse una clara diferencia entre las colonias de poblamiento, situadas en zonas templadas y
ocupadas por inmigrantes europeos que pusieron en valor su territorio a costa de la escasa población
autóctona (América del Norte, Cono sur latinoamericano, Australia y Nueva Zelanda), y las colonias de
explotación, localizadas en zonas tropicales, donde éstos nunca superaron una exigua minoría, que
controlaba, no obstante los resortes económicos y la administración de la colonia (Isnard, H., 1971)
Junto a esta expansión territorial, el período estuvo caracterizado por un traslado del centro de poder
a Gran Bretaña, convertida en potencia industrial hegemónica (y Londres en principal metrópoli mundial),
que alcanzó su cenit durante la era victoriana en la segunda mitad del siglo XIX (el 23 % de la producción
industrial del mundo en 1880). Ese movimiento ascendente contrasta con la posición subsidiaria de otras
potencias continentales (Francia, Alemania ...), el carácter de semiperiferia ostentado por otra áreas de
Europa, donde, como en España, fracasó la revolución industrial, el surgimiento de tres nuevas potencias
industriales de desarrollo tardío: Estados Unidos, Japón y, en menor medida, Rusia.
En un contexto económico internacional dominado por el proteccionismo, unos flujos comerciales
más densos que en el pasado continuaron siendo el principal vehículo de integración económica, al tiempo
que compañías procedentes de los países dominantes iniciaban la explotación sistemática de las riquezas
naturales existentes en otras regiones del mundo y la construcción de las infraestructuras necesarias para su
transporte, con objeto de abastecer la creciente demanda de su industria. Aun a riesgo de ser demasiado

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esquemáticos, puede afirmarse que una buena parte de las relaciones económicas internacionales se atenían
al clásico modelo de intercambio desigual entre metrópolis y colonias, en el que las primeras exportaban sus
manufacturas y capitales para realizar inversiones productivas, recibiendo a cambio materias primas,
alimentos y las plusvalías procedentes de los negocios emprendidos por compañías nacionales en el exterior.
Por esta razón, junto a las sociedades mercantiles y los bancos, algunas grandes empresas mineras,
ferroviarias, etc., también alcanzaron una posición destacada como promotoras del proceso.
La transición al capitalismo monopolista o fordismo en los inicios del siglo XX trajo consigo una
nueva aceleración en el movimiento de internacionalización, iniciándose entonces un largo período (tercer y
cuarto ciclos de Kondratiev) definido por nuevas coordenadas.
El final del ciclo de hegemonía británico supuso la emergencia de Estados Unidos como primera
potencia económica mundial indiscutible (Nueva York como metrópoli mundial), con un 45 % de la
producción industrial del mundo en 1950, frente a la bipolaridad dominante en el plano geopolítico. Al
tiempo, en este período se produjeron diversos intentos de desconexión del sistema, primero en la Unión
Soviética, más tarde en la Europa del Este, China y algunos países periféricos donde se produjeron
revoluciones socialistas, instaurándose en todos ellos un modelo económico que sustituía las leyes del
mercado por la centralización de decisiones ejercida desde un organismo estatal de planificación y dejaba lo
esencial de la producción en manos de empresas públicas. Finalmente, la descolonización supuso la
progresiva desaparición de unos imperios donde las relaciones de dependencia económica y política eran
convergentes, y su sustitución por un modelo neocolonial donde ambos aspectos se disocian.
Pero la novedad más significativa de esta fase fue el rápido aumento, sobre todo tras la crisis de
1929, de empresas multinacionales que abandonaron la exportación de mercancías, en favor de una
inversión directa de capital en otros países, para realizar allí su actividad con objeto de abastecer al mercado
interno o exportar. Mientras en las áreas subdesarrolladas su instalación buscaba, ante todo, la extracción de
recursos naturales con destino al mercado internacional, en el resto predominaron las de carácter industrial,
productoras de bienes que sustituyen las anteriores importaciones de estos países, sobre todo en sectores
avanzados. De este modo, la división internacional del trabajo se vio reforzada, pues a los flujos de
mercancías dominantes hasta entonces se sumaron ahora, con un peso cada vez mayor, los de capital y
tecnología, con un carácter disimétrico según los territorios, tal como intentó reflejar en su día el modelo
centro-periferia descrito en el segundo capítulo.
La crisis del fordismo inaugura ahora la era del capitalismo global, que de nuevo transforma
algunos de los rasgos establecidos y hace surgir nuevas realidades, desconocidas hasta el presente. La
formación de una sola economía-mundo de ámbito planetario (desapareciendo la región exterior), la
sustitución de la hegemonía de Estados Unidos por una multipolaridad con vértices en lo que Ohmae
(1985) calificó como Tríada (Estados Unidos-Japón-Comunidad Europea), la consolidación de una nueva
división internacional del trabajo, propiciada por la rápida expansión de las empresas y grupos
multinacionales, sobre todo en los servicios, que modifican en bastantes casos sus estrategias espaciales
anteriores, sintetizan los principales cambios del momento. La evolución de los flujos que materializan la
internacionalización de las diversas formas de capital resulta un buen indicador de esas tendencias.

2. Dimensiones del proceso de globalización económica

Cuando se intentan medir y valorar las verdaderas dimensiones del proceso en curso ya sea en el
plano internacional o a escala de países concretos, la evolución seguida por los flujos de mercancías, capital
y tecnología que atraviesan las fronteras interestatales resulta un primer indicador de la creciente apertura
exterior que caracteriza a buena parte de las economías, así como de algunos desequilibrios asociados. Las
migraciones internacionales, ante todo las vinculadas a motivos laborales, resultan un aspecto
complementario de especial importancia desde una perspectiva social.

2. l. Expansión y desequilibrios en el comercio internacional

Las redes de intercambios que conectan las diferentes empresas, sectores y territorios bajo la forma
de capital-mercancía constituyen un vehículo tradicional de internacionalización económica, que ha
experimentado importantes cambios en las dos últimas décadas, tanto en lo referente a su volumen total,
como a la naturaleza de los productos intercambiados, la jerarquía de los principales países
importadores/exportadores, o la dirección e intensidad de los flujos.
En lo referente al primero de tales aspectos, las cifras del comercio internacional no han dejado de
crecer a un ritmo muy superior al registrado por la producción mundial de bienes y servicios, más allá de las

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oscilaciones cíclicas de la economía mundial desde el inicio de la reestructuración, con valores anuales
medios del 3,7 % entre 1971-1985, del 6,1 %, en la fase expansiva 1986-1990, y próximos al 6 % en el
último lustro, pese a la contracción del ritmo de actividad. La progresiva eliminación de barreras al libre
comercio, reflejadas en la creación del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT. General
Agreement on Tariffs and Trade) en 1947, sustituido desde 1994 por la Organización Mundial del Comercio,
junto a la constitución de uniones aduaneras y zonas de libre cambio en determinadas regiones del mundo
(Comunidad Europea y EFTA en Europa, Mercosur, Pacto Andino o NAFFA en América, etc.) establecieron
un marco favorable al desarrollo comercial, sobre todo en el interior de tales bloques, al eliminar
restricciones al intercambio entre sus miembros. El uso del dólar como moneda habitual de referencia, la
progresiva normalización de reglamentaciones técnicas y el abaratamiento de los transportes han ejercido un
impulso complementario, al que se suman las nuevas estrategias de las grandes empresas que serán
comentadas más adelante (véase fig. 4.1).
Esa tendencia supone una creciente extraversión de numerosos sistemas productivos, reflejada en dos
coeficientes de uso frecuente como son:

– El coeficiente de dependencia, que mide la proporción de las importaciones con relación al PIB
anual.
– El coeficiente de apertura externa, complementario del anterior, que mide la relación entre
exportaciones generadas y PIB anual.

FIG. 4.1. Evolución del comercio internacional, 1981-1995 (FUENTE: F.M.I. World Economic Outlook)

El aumento de los flujos comerciales externos puede saldarse, según las condiciones de cada
territorio, de forma favorable (las exportaciones superan a las importaciones) o desfavorable, aspecto que
queda reflejado en la balanza comercial y mediante el cálculo de la tasa de cobertura, que es el cociente
exportación/importación medido en tantos por ciento.
Así, por ejemplo, la progresiva inserción internacional de la economía española, acentuada tras el
ingreso en la Comunidad Europea en 1986, resulta patente en los indicadores estadísticos del cuadro 4.2. De
este modo, el simple aumento del volumen absoluto de entradas y salidas de mercancías queda matizado por
esos cuatro índices, que mejoran la precisión del diagnóstico:
– el coeficiente de dependencia se elevó de forma lenta y constante del 16,11 hasta el 20,52 %;
– el coeficiente de apertura externa lo hizo con mayor rapidez, del 9,82 al 16,37 %;

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– el saldo negativo de la balanza comercial se acentuó tras la integración en la CE, para atenuarse
levemente en los últimos años;
– la tasa de cobertura ha sufrido importantes oscilaciones cíclicas, con valores del 60,93 y 79,78 % en
los años del inicio y final del período, tras el aumento de las exportaciones subsiguiente a las
devaluaciones de la peseta posteriores a 1992.

Con relación a los productos comercializados, la tradicional primacía de las manufacturas en el


comercio internacional se mantiene, representando aún dos terceras partes de los intercambios totales. No
obstante, la novedad más destacada de los últimos años es la mayor rapidez con que crece el comercio
internacional de servicios, frente a la pérdida progresiva de importancia que experimentan los recursos
naturales, con excepción de los hidrocarburos.
Mayor interés geográfico tiene la localización de las áreas de origen y destino de estos productos,
que han conocido también algunas modificaciones de importancia, tal como muestra el cuadro 4.3. Por una
parte, los países desarrollados aún representan más de dos terceras partes de las importaciones y
exportaciones del mundo, recuperando en este último apartado la posición perdida en los años setenta tras los
ascensos sucesivos en el precio del petróleo y otras materias primas. En su interior, lo más destacado es, sin
duda, el cambio en la posición de Estados Unidos, que de mostrar cierto superávit comercial en 1970 pasó a
tener el mayor saldo negativo en 1993 (-138.665 millones de dólares), con una tasa de cobertura de tan sol(el
77 %, en abierta oposición con la evolución seguida por Japón (+ 120.636 millones y una tasa del 150 %) y
el relativo equilibrio de la Unión Europea, que mantiene su liderazgo como primera potencia comercial.
Por otra, los países subdesarrollados o en desarrollo aumentan de forma lenta y constante su
participación en las importaciones mundiales (a costa, en ocasiones, de desequilibrar su balanza comercial),
pero pierden desde comienzos de los años ochenta las posiciones exportadoras ganadas en la década anterior,
lo que origina un saldo final negativo. No obstante, bajo esa tendencia general se oculta una enorme
disparidad de comportamientos, pues mientras los países del este y sureste asiáticos aumentaron sus
exportaciones un 10,9 % de promedio anual entre 1981-1993, duplicando con ello el promedio mundial,
América Latina sólo lo hizo a razón de un 3,2 %, el África subsahariana un 3,4 % y el norte de
África/Oriente. Próximo un 0,7 %. La crisis generalizada en los países del antiguo bloque del Este redujo,
por su parte, una participación que en 1970 era de un 10 % del comercio internacional a poco más del 3 % en
el último año considerado (Banco Mundial, 1995).
Finalmente, si se analizan las direcciones que sigue el tráfico de mercancías se comprueba que casi la
mitad del total tiene como origen y destino a los países desarrollados, que exportan otro 20 % hacia el resto
del mundo (cuadro 4.4). Por el contrario, las exportaciones de los países en desarrollo, equivalentes al 32,4
% de las contabilizadas, se dirigen de forma mayoritaria hacia las áreas más prósperas del planeta, que son
los principales clientes para buena parte de sus productos, lo que refleja una relación asimétrica orígenes
pueden remontarse en bastantes casos al período colonial. De nuevo llama la atención el auge comercial de
los nuevos países industriales asiáticos que generan ya más del 17 %, de las exportaciones mundiales
proporción sólo superada por la Unión Europea (34,8 %), pero muy superior a la de los Estados Unidos (12,4
%) o Japón (9,7 %). El hecho de que Hong Kong, China Taiwán, Corea del Sur Y Singapur se sitúen ya entre
las 15 mayores potencias comerciales refleja ese desplazamiento del centro de gravedad en los intercambios
mundiales hacia el margen occidental del Pacífico.
Los cambios en la capacidad exportadora se acompañan de otros no menos importantes en su
contenido. La teoría neoclásica del comercio internacional de Heckscher y Ohlin, basada en el principio de
la ventaja comparativa, suponía que en una economía abierta cada territorio tiende a especializarse en
aquellos bienes que son intensivos en el uso de recursos abundantes y baratos existentes en esa área, ya sean
materias primas, mano de obra, capital, conocimiento, etc. Esto permitió justificar el tradicional intercambio
entre manufacturas y servicios de alto valor procedentes de las áreas desarrolladas, frente a la exportación de
recursos naturales (minerales Y agrarios) y otros de carácter banal con origen en las áreas más atrasadas
(Krugman, P y Obstfeld, M., 1993). Aunque el desigual valor de los bienes intercambiados cuestiona la
supuesta generación de beneficios equitativos para todos los participantes, tal como destacó en su día la
teoría del intercambio desigual (Amin, S., 1975), la idea de una división internacional del trabajo basada
en la diversa dotación de factores productivos se mantuvo vigente.

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CUADRO 4.2. Inserción internacional de la economía española, 1980-1995 (pesetas corrientes)
Años Importaciones % Exportaciones % Saldo Tasa de Inversión exterior directa Inversión española Saldo final Tasa de
(mill.ptas.) PIB (mill.ptas.) PIB Comercial(mill.pta.) cobertura en España (mill. Ptas.) exterior (mill.ptas) (mill. Ptas.) Cobertura
1980 2.450.653 16,11 1.493.187 9,82 –957.466 60,93 85.415 25.735 +59.680 331,9
1981 2.975.966 17,41 1.889.716 11,12 –1.086.250 63,50 78.604 30.078 +48.526 261,3
1982 3.474.813 17,76 2.233.934 11,42 –1.240.879 64,30 182.842 65.525 +117.317 279,0
1983 4.177.034 18,79 2.846.749 12,80 –1.330.285 68,15 158.179 34.439 +123.740 459,3
1984 4.630.106 18,44 3.743.453 14,91 –886.654 80,85 267.007 49.014 +217.993 544,8
1985 5.114.687 18,14 4.108.751 14,57 –1.005.936 80,33 280.085 43.810 +236.275 639,3
1986 4.954.607 15,33 3.815.793 11,80 –1.138.814 77,01 400.903 66.857 +334.046 599,6
1987 6.051.382 16,74 4.211.838 11,65 –1.839.544 69,60 727.279 100.597 +626.682 723,0
1988 6.989.398 17,40 4.659.503 11,60 –2.329.895 66,66 849.500 229.707 +619.793 369,8
1989 8.396.372 18,64 5.134.537 11,40 –3.261.835 61,15 1.244.998 280.384 +964.614 444,0
1990 8.898.366 17,74 5.630.559 11,23 –3.267.807 63,28 1.819.851 454.814 +1.365.037 400,1
1991 9.636.773 17,55 6.064.709 11,05 –3.572.064 62,93 2.300.996 676.904 +1.624.092 339,9
1992 10.104.760 17,13 6.657.585 11,28 –3.547.175 65,89 1.914.494 518.058 +1.396.436 369,5
1993 10.131.020 16,63 7.754.612 12,73 –2.376.408 76,54 1.855.170 443.668 +1.411.502 418,1
1994 12.348.738 19,09 9.796.334 15,14 –2.552.404 79,33 2.347.806 1.019.976 +1.327.830 230,2
1995 14.318.256 20,52 11.423.081 16,37 –2.895.175 79,78 1.748.100 948.178 +799.922 184,4
Fuente: Ministerio de Economía y Hacienda
Cuadro 4.3. Evolución regional del comercio internacional, 1970-1993
Países Año 1970 (mill. Dólares) % total Año 1980 (mill. Dólares) % total Año 1993 (mill. Dólares) % total
Importaciones
Países desarrollados 235.319 76,1 1.415.194 71,7 2.535.475 68,1
Estados Unidos 42.806 13,8 256.984 13,1 603.438 16,2
Union Europea (12) 124.160 40,2 766.304 38,8 1.296.363 34,8
Japón 18.883 6,1 140.522 7,1 241.652 6,5
Otros 49.470 16,0 251.384 12,7 394.022 10,6
Paises en desarrollo 73.799 23,9 558.680 28,3 1.186.997 31,9
Total mundial 309.118 100 1.973.874 100 3.722.472 100
Exportación
Países desarrollados 223.646 71,3 1.276.886 63,5 2.538.553 69,8
Estados Unidos 43.762 13,9 225.566 11,2 464.773 12,8
Union Europea (12) 115.684 36,9 685.642 34,1 1.310.026 36,0
Japón 19.319 6,2 129.810 6,4 362.288 10,0
Otros 44.881 14,3 235.868 11,8 401.446 11,0
Países en desarrollo 90.146 28,7 734.496 36,5 1.096.061 30,2
Total mundial 313.792 100 2.011.382 100 3.634.614 100
Saldo
Cobertura Cobertura Cobertura

10
Países desarrollados –11.673 95,04 –138.308 90,22 3.078 100,12
Estados Unidos 956 102,23 –31.418 87,77 –138.665 77,02
Union Europea (12) –8.476 93,17 –80.622 89,47 13.663 101,05
Japón 436 102,31 –10.712 92,38 120.636 149,92
Otros –4.589 90,72 –15.516 93,83 7.424 101,88
Países en desarrollo 16.347 122,1 175.716 131,47 –90.936 92,34
Total mundial 4.674 101,51 37.508 101,90 –87.858 97,64
Fuente : Naciones Unidas, International Trade Statistics Yearbook.

CUADRO 4.4. Dirección de comercio mundial de mercancías, 1993 (% comercio mundial) Fuente: Naciones Unidas., International Trade Statistics Yerbook
Países exportadores Estados Unidos Unión Europea Japón Otros países desarrollados Total países desarrollados
Países desarrollados 9,1 27,2 2,6 8,7 47,6
Estados Unidos – 2,6 1,3 3,3 7,2
Unión Europea 2,6 19,5 0,7 3,8 26,6
Japón 2,9 1,5 – 0,6 5,0
Otros 3,6 3,6 0,6 1,0 8,8
Países en desarrollo 6,5 6,8 3,2 1,5 18,0
África 0,4 0,9 0,1 0,1 1,5
Asia 3,7 2,5 2,1 0,8 9,1
Europa Este 0,1 1,5 0,1 0,3 2,0
Oriente Próximo 0,4 1,1 0,7 0,1 2,3
Hemisferio occidental 1,9 0,8 0,2 0,2 3,1
Total mundo 15,5 34,0 5,8 10,2 65,6
Países exportadores África Asia/Oriente Próximo Europa Este América Latina Total países en desarrollo
Países desarrollados 1,6 11,6 2,7 3,7 19,6
Estados Unidos 0,2 2,8 0,3 2,2 5,5
Unión Europea 1,1 3,6 2,0 0,9 7,6
Japón 0,2 4,0 0,1 0,4 4,7
Otros 0,1 1,2 0,3 0,2 1,8
Países en desarrollo 0,7 9,2 1,4 1,8 13,1
África 0,2 0,2 0 0,1 0,5
Asia 0,3 7,0 0,3 0,5 8,1
Europa Este 0 0,4 0,7 0 1,1
Oriente Próximo 0,1 1,3 0,4 0,3 2,1
Hemisferio occidental 0,1 0,3 0 0,9 1,3
Total mundo 2,3 20,8 4,1 5,5 32,7

11
Pero esas ventajas comparativas no son estáticas, sino dinámicas, y pueden verse alteradas, tanto por
actuaciones públicas llevadas a cabo en países/regiones concretos para su potenciación (política educativa,
mejora de infraestructuras ... ), como por transformaciones en el conjunto del sistema o en las estrategias
empresariales. Ese dinamismo puede explicar dos de las novedades más representativas de los últimos años.
Los países en desarrollo se especializan ya en la venta de manufacturas, que en 1992 representaron el 55 %
de sus exportaciones totales (sólo un 7 % en 1960 y el 20 % en 1980), si bien concentradas en unos pocos
países (diez de ellos sumaron un 85 % de ese total) y, como contrapartida, los países desarrollados aumentan
su presencia entre los principales exportadores de materias primas minerales y alimentos, con Estados
Unidos y Canadá a la cabeza. Además, los intercambios cruzados entre territorios con similar dotación de
factores productivos, sede de empresas que se compran y venden productos de características parecidas,
aumentan con rapidez al tiempo que lo hace el comercio entre establecimientos de una misma empresa, lo
que no puede ser explicado por las teorías convencionales. El hecho de que entre las 25 mayores empresas
exportadoras de España en 1993 un total de 15 fueron grandes multinacionales, de las que 13 se situaron
también entre las 25 mayores importadoras, es buen exponente de una tendencia que alcanza su mayor
desarrollo en ramas como el automóvil o la electrónica.
La geografía del comercio internacional, interesada en analizar los flujos de mercancías que
desbordan las fronteras, su diversa geometría y su evolución en el tiempo, refuerza por todo ello la vigencia
actual de sus contenidos tradicionales. Resulta, en cambio, menos estudiado hasta el momento el efecto que
de la desigual apertura de las regiones al comercio exterior puede tener sobre la aparición de nuevos
contrastes interterritoriales, especialmente ahora que tales flujos cobran creciente importancia. Puede
establecerse así una tipología regional según dos criterios complementarios: el mayor o menor grado de
apertura externa, considerando la proporción de exportaciones e importaciones sobre el PIB, así como su
balance favorable o desfavorable mediante el uso del saldo comercial o la tasa de cobertura. El diagrama de
dispersión de la figura 4.2 recoge esa diversidad de situaciones para el caso español, identificando a las
regiones exportadoras con balanza positiva con aquellas de sólida base industrial y/o asiento de alguna gran
empresa multinacional del sector del automóvil (País Vasco, Aragón, Valencia, Navarra), frente al fuerte
predominio de las importaciones en aquellas otras que cuentan con las principales aglomeraciones
metropolitanas de¡ país (Madrid, Cataluña).

Fig. 4.2. Tipología regional según relaciones comerciales exteriores en 1993.


(FUENTE: Ministerio de Economía y Hacienda.)

2.2. Inversiones de capital y globalización financiera

Mayor importancia alcanzan hoy las inversiones de capital, que, al ser el factor de producción dotado
de una más alta movilidad potencial, han registrado un proceso de globalización acelerado.

12
Aunque su origen puede remontarse a la actuación de grandes sociedades que invertían en minas,
plantaciones o ferrocarriles de los dominios coloniales, su importancia fue tan sólo subsidiaria hasta hace
apenas medio siglo. Desde entonces se ha logrado la creación de un mercado de capitales único, que
funciona de forma ininterrumpida las 24 horas del día y a escala planetaria, en el que se estima que cada
jornada se mueve alrededor de un billón de dólares.
Los avances técnicos en el terreno de la informática y las telecomunicaciones, que permiten conectar
las Bolsas de valores de Tokio, Hong Kong, Frankfurt, Londres, Zurich, Madrid, Nueva York o San
Francisco en un mercado continuo, sirven como infraestructura a un proceso que también se apoya en otros
factores de impulso complementarios. La eliminación de reglamentaciones y todo tipo de restricciones al
movimiento del dinero por parte de las autoridades monetarias de numerosos países, comenzando por
Estados Unidos, y el creciente recurso directo de los operadores internacionales a los mercados financieros
sin necesidad de intermediarios para efectuar sus operaciones de préstamo o inversión, son dos de los
principales.
Las inversiones que llegan a un determinado país procedentes del exterior pueden revestir formas
diversas, con significados también muy diferentes desde una perspectiva geográfica:

– Inversión en cartera, que supone la compra en el mercado de valores de activos financieros


(acciones, obligaciones, letras, bonos...) de empresas privadas u organismos públicos, con objeto de
obtener beneficios a corto/medio plazo y sin intentar el control de sus actividades, lo que las hace
muy volátiles.
– Inversión exterior directa, que es aquella realizada por una empresa matriz con objeto de implantar
una filial para operar en otro país (crecimiento interno), o comprar/absorber una empresa local
(crecimiento externo), siempre que se controle más del 10 % del capital y se influya sobre su gestión
de forma efectiva.

A éstas debe añadirse la progresiva importancia alcanzada desde hace algo más de una década por
las nuevas formas de inversión (Oman, C., 1984) en donde la simple aportación de capital se sustituye por
alianzas estratégicas entre empresas de diversos países que participan en ciertos proyectos, acuerdos de
cooperación, inversiones conjuntas (joint ventures), franquicias, etcétera, que permiten a una compañía
penetrar con rapidez en mercados de otros países aprovechando la imagen y las redes de distribución ya
establecidas por las empresas autóctonas, reduciendo al mínimo la aportación de capital y el riesgo, lo que
las ha hecho especialmente atractivas en períodos de inestabilidad como los actuales.
Los flujos de capital monetario que atraviesan a diario los circuitos financieros internacionales
resultan de escaso interés geográfico, tanto por su ya señalada volatilidad y escasa permanencia, como por su
falta de reflejo en términos territoriales. No obstante, su espectacular crecimiento en los últimos tiempos,
muy por encima del correspondiente a la producción real de bienes y servicios, genera algunas consecuencias
de evidente importancia. De una parte, se observan cambios significativos en la forma o geometría de esos
flujos, que en los años sesenta y setenta seguían una dirección prioritaria norte-sur, con inversiones y
préstamos por parte de los países desarrollados generadores de una elevada deuda externa por parte de los
países de la periferia, en especial los latinoamericanos, para reorientarse luego en dirección norte-norte, pues
los excedentes de capital japoneses y europeos se dirigen sobre todo a financiar el déficit de Estados Unidos,
mientras se reducen los préstamos e inversiones en los países del sur, con la sola excepción del Sureste
asiático y China. Al tiempo, el crecimiento de la economía financiera, muy por encima y al margen de la
economía productiva (se estima que el volumen de transacciones financieras es 50 veces superior al
comercio internacional de bienes y servicios), favorece un aumento de los movimientos especulativos a gran
escala, que pueden poner en riesgo las monedas y las economías de numerosos países, reforzando con ello la
inestabilidad económica internacional en beneficio de unos pocos grandes operadores, con gran influencia
sobre los mercados de capitales y divisas, planteando una necesidad cada vez más acuciante de restablecer
cierto grado de control por parte de las autoridades monetarias internacionales. Lo que, en todo caso, resulta
indudable es que “el sector financiero es un sector global, entendiendo por ello que la posición competitiva
de una entidad financiera cualquiera en un país se ve particularmente afectada por su posición en otros
países” (Canais, J., 1994, 97).
Pero sin duda es la inversión exterior directa (IED) el componente del proceso de globalización
que mayor interés presenta para la geografía económica. A diferencia del comercio exterior o la inversión en
cartera, la IED se traduce en un trasvase de capacidad productiva y empleo, es origen de diversos flujos
espaciales (mercancías, capitales, trabajadores, tecnología, información) y tiene cierta permanencia temporal,

13
aspectos que la dotan de una consistencia desde el punto de vista territorial inexistente en los casos
anteriores.
El primer aspecto a destacar es su fuerte ritmo de crecimiento desde el inicio de la reestructuración
productiva, que ha duplicado el registrado por el comercio internacional. Según el Fondo Monetario
Internacional, si en la década de los setenta la IED en el mundo alcanzó los 290.000 millones de dólares, en
la siguiente se elevó hasta los 870.000, moderándose luego con la recesión económica internacional a
comienzos de los noventa. En consecuencia, su volumen en 1990 multiplicó por ocho el de 1975, mientras el
comercio lo hizo por 3,8 y el PIB mundial por 3,5 veces. Los datos correspondientes a España del cuadro 4.2
confirman esta tendencia creciente, que ya no sólo afecta a la capacidad de nuestro territorio para atraer
inversiones procedentes del exterior, sino que también incluye una creciente presencia de empresas
españolas en otros países.
La consolidación de bloques comerciales de ámbito regional que abren sus fronteras internas pero
aún mantienen ciertas barreras proteccionistas frente al exterior, lo que anima a muchas empresas a buscar
una posición ventajosa en esos mercados localizándose dentro, junto a la inestabilidad de los cambios
monetarios, o el deseo de aprovechar los bajos costes salariales en algunos países son algunas de las
principales razones para ese crecimiento.
Tal como ya ocurría con el comercio internacional, aunque la IED destinada a actividades
industriales sigue siendo predominante, el aumento más rápido se produce hoy en servicios como los
financieros, transporte aéreo o medios de comunicación, todos ellos afectados por la desaparición de
monopolios estatales y reglamentaciones restrictivas en numerosos países, junto a otros servicios de rápido
crecimiento actual como la publicidad, consultorías y auditorías, telecomunicaciones, turismo o cadenas de
distribución comercial.
Junto con esto, un tercer aspecto a destacar es la reorganización del mapa correspondiente a los
principales países inversores y receptores, que refuerza los comentarios realizados sobre la creciente
multipolaridad de los flujos comerciales (véase cuadro 4.5):

– Mientras que en la segunda mitad de los años setenta Estados Unidos era, con diferencia, el principal
inversor internacional, con 15.900 millones de dólares anuales de promedio, equivalentes a casi la
mitad del total mundial y por encima de los países de la Comunidad Europea, que con 14.200
millones de dólares era el segundo foco emisor, en 1985-1990 su proporción se vio reducida al 16,5
% del total, un tercio de la realizada por la CE (43,9 % de la inversión mundial), más de un 10 %
inferior a la de Japón (18,6 %) y casi igual a la alcanzada ya por los restantes países desarrollados
(15,9 %). Lo que no cambia apenas es el control casi absoluto que este conjunto privilegiado del
mundo ostenta sobre la inversión de capital, del que sólo escapan los tantas veces mencionados
países asiáticos, que del 0,85 % en 1975-1979 (300 millones de dólares anuales) alcanzan ya un 4,42
% del volumen total en 1985-1990 (6.600 millones anuales).
– La situación también se modifica en lo referente a las principales áreas receptoras, pues si hace dos
décadas la CE atraía el 40 % de esos flujos de capital, seguida a bastante distancia por Estados
Unidos y los países latinoamericanos, tradicionales receptores de inversiones procedentes de
empresas originarias de su poderoso vecino del norte, en los veinte años siguientes las inversiones en
la CE continuaron su crecimiento con la incorporación de nuevos países y la evolución hacia el
Mercado único (cuadro 4.5). Pero lo más llamativo es ahora el fuerte aumento de la atracción
ejercida por el territorio de Estados Unidos como mercado atractivo para la inversión de empresas
europeas y japonesas, en tanto este último país sigue siendo un baluarte casi inexpugnable para las
empresas foráneas. Sí en los años sesenta algunos europeos consideraban que la excesiva presencia
de empresas norteamericanas podía llegar a constituir un reto para su plena soberanía, hoy comienza
a ocurrir algo similar en ciertos sectores de opinión en Estados Unidos, alarmados por el hecho de
que las empresas extranjeras controlasen el 5 % del empleo total en 1990, proporción que alcanzaba
el 11 % en el sector industrial, y hasta el 14 % en electrónica/informática o el 29 % en la química,
por sólo un 3 % en los servicios, valores que duplican los existentes sólo diez años antes (Jungnickel,
R., 1995).
– Esa reordenación también afecta al Tercer Mundo, donde la pérdida de posiciones (del 26 % de las
entradas totales en 1970 al 16,6 % entre 1985-1990) se suma el ya conocido auge del continente
asiático frente a la década perdida que padeció el iberoamericano durante los años ochenta, junto a
la marginación casi absoluta del resto. Baste señalar, por ejemplo, que toda África recibió en este
último período el mismo volumen de IED que un solo país asiático como Singapur o Malasia, o que
la provincia de Guandong, en el sur de China, reabriendo así un debate sobre las ventajas e

14
inconvenientes de unos flujos de capital que pueden generar problemas de dependencia externa y
crisis de algunas empresas locales allí donde se producen, pero que abocan a la exclusión de los
circuitos económicos internacionales cuando desaparecen de un área por considerar las empresas que
los riesgos son excesivos y/o la rentabilidad escasa.
– Crece, pues, la importancia absoluta y relativa de los flujos cruzados de inversión entre los tres polos
de la Tríada, generadores de lo que Erdilek (1985) calificó como un proceso de invasión recíproca,
pero con una distribución bastante asimétrica por la escasa apertura de Japón a la instalación de
empresas procedentes del exterior. La matriz de stocks acumulados de IED en 1993 correspondiente
al cuadro 4.6 es una buena síntesis de todo lo comentado hasta el momento, además de poner en
evidencia la delimitación de áreas de influencia para esos flujos de capital que responde con bastante
aproximación al modelo de panregiones globales propuesto en el ámbito de la geopolítica durante el
período de entreguerras: tras Europa, las inversiones norteamericanas se dirigen hacia América
Latina, mientras que las europeas lo hacen hacia África y Oriente Próximo, en tanto las japonesas se
concentran en los países ribereños del Pacífico.

CUADRO 4.5. Evolución de los flujos de inversión exterior directa, 1975-1990


Conjuntos regionales 1975-1979 1980-1984 1985-1990
(miles de millones de dólares anuales de promedio)
Salidas totales 35,3 42,4 149,5
Paises desarrollados 34,7 41,0 141,9
Estados Unidos 15,9 9.6 24,6
Japón 2,1 4,3 27,8
Comunidad Europea 14,2 20,9 65,7
Otros 2,5 6,2 23,8
Paises en desarrollo 0,6 1,4 7,6
Asia 0,3 0,8 6,6
América Latina 0,1 0,2 0,5
Otros 0,2 0,4 0,5
Entradas totales 26,9 52,6 127,9
Paises desarrollados 19,9 36,2 106,6
Estados Unidos 6,1 18,6 46,4
Japón 0, 1 0,3 0.4
Comunidad Europea 11,4 14,2 46,3
Otros 2,3 3,1 13,5
Países en desarrollo 7,0 16,4 21,3
Asia 1,9 4,7 12,3
América Latina 3,6 5,4 6,0
Otros 1,5 6,3 3,0
Fuente: UNCTC y FMI (tomado de R. Jungnickel, 1995, 74).

Un último aspecto a destacar es la contribución de la IED a la evolución de los desequilibrios


regionales en el interior de los países receptores. Mientras que en aquellos casos en que la inversión se asocia
a la explotación de materias primas o el desarrollo de las actividades turísticas, su localización está
condicionada por la de los recursos a explotar, en los restantes predomina su ubicación en regiones prósperas
y con una buena dotación de recursos productivos que favorezcan una mayor rentabilidad, por lo que suele
contribuir al reforzamiento de los contrastes preexistentes. El ejemplo español, donde un 42,4 % de la IED
recibida entre 1988-1994 se localizó en Madrid y un 30,1 % en Cataluña, en tanto Andalucía, País Vasco,
Valencia y Navarra sumaban otro 16,4 %, dejando apenas una décima parte del total para las restantes
Comunidades Autónomas, es fiel reflejo de esa lógica espacial (Molina, M. y Martín Roda, E., 1995), más
allá de la posible sobredimensión de las cifras derivada de la localización de las sedes sociales de las
empresas en las dos principales metrópolis del país (véase fig. 4.3).

15
CUADRO 4.6. Stocks cruzados de inversión exterior directa, 1993 (miles mills. dólares)
Hacia América América Comunidad Resto Europa Europa Este África/Próximo
Desde Norte Latina Europea occidental Oriente
América Norte 117,6 111,1 238,6 42,8 1,6 12,6
Europa Occidental 310,0 81,5 496,7 70,3 4,8 514,9
Japón 111,6 30,1 47,3 2,7 0,4 7,1
Resto Asia 8,0 0,6 3,0 0,5 0,1 0,2
ANZAS 11,0 0,6 14,5 0 0 0,1
Resto mundo 4,4 0,9 1,2 0,5 0 1,1

Total 562,6 202,3 801,3 116,8 6,9 36,0


Hacia Japón NPIs Resto Australia/ Sin datos Total
Desde Asia Asia Nueva Zelanda
América Norte 33,1 32,7 11,0 76,8 3,8 628,0
Europa occidental 15,1 29,0 13,0 57,1 39,4 1.103,9
Japón 0 25,3 14,9 40,2 0,4 254,3
Resto Asia 0 2,5 35,5 38,0 0,6 58,0
ANZAS 0,4 4,0 0,1 4,5 3,8 41,0
Resto mundo 0 0,3 0,7 1,0 4,0 13,9
Total 48,6 93,8 75,2 217,6 52,0 2.099,1
FUENTE: OCDE (tomado de F. Hatem, 1995,86).

2.3. La jerarquización de los flujos tecnológicos

Un indicador adicional al que se presta una atención creciente es el referido a la exportación de


tecnología, convertida en elemento explicativo de primer orden de la desigual capacidad competitiva de
empresas y territorios en el escenario internacional.
La transferencia tecnológica entre países puede realizarse mediante dos vías de acceso
complementarias:
– Por una parte, está la tecnología incorporada en los productos importados, en especial la
maquinaria y bienes de equipo.
– Por otra, está la tecnología no incorporada, que puede adquirirse en forma patentes, o servicios de
asistencia técnica prestados por empresas del exterior, o bien por establecimientos de la misma
empresa localizados en un país distinto.
La concentración espacial del esfuerzo en investigación y desarrollo tecnológico (I+D) a escala
mundial supera con creces la relativa a la capital de producción consumo, pues la acción combinada de los
grandes grupos empresariales y del Estado en la realización de inversiones, que exigen para ser eficaces unas
infraestructuras técnicas y unos recursos humanos cualificados, ofreciendo rentabilidad sólo a largo plazo,
está limitada a un reducido número de países, que coinciden esencialmente con los de la Tríada, sin que esa
situación cambie de forma sustantiva con el paso del tiempo. El grado de descentralización espacial de este
tipo de tareas en el seno de las grandes empresas es, por el momento, muy inferior al registrado por otro tipo
de actividades y así, por ejemplo, Patel y Pavitt (1994) estimaron la proporción de gastos de I+D realizados
por un total de 587 grandes firmas fuera de su país de origen entre 1985-1990 en tan sólo un 1 % en el caso
de las japonesas, el 7,8 % en las de Estados Unidos, el 13,4 % en las francesas, el 15,3 % en las alemanas,
etc.

16
FIG. 4.3. Distribución regional de la IED, 1988-1994. (Fuente: Ministerio de Economía y Hacienda)

Por su parte, una buena muestra del creciente peso de las exportaciones de tecnología incorporada y
de sus fuertes contrastes espaciales nos lo ofrece el estudio de Alcorta y Peres (1996), que analizan la
evolución de las exportaciones realizadas a la OCDE por diversos grupos de países entre 1977 y 1994,
identificando la proporción correspondiente a sectores de alto contenido tecnológico (electrónica,
informática, telecomunicaciones, química ligera, material eléctrico, aeronáutica, automóvil), con los
resultados que muestra el cuadro 4.7. Los países que forman el club de los Siete Grandes o G-7 (Estados
Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Canadá e Italia) son los que muestran una mayor presencia
de este tipo de bienes en sus exportaciones, creciendo del 44,4 % al 56,7 %, pero ese valor apenas supera ya
el de los nuevos países industriales asiáticos de la primera generación (Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur,
Singapur), que mostraron un mayor dinamismo que las nuevas economías industrializadas de Europa
(España, Grecia, Irlanda, Portugal y Turquía) o los países latinoamericanos, mientras el resto del mundo
quedó prácticamente al margen del proceso.
En todas estas transformaciones las grandes empresas que operan en diversas regiones del mundo
son los protagonistas esenciales, por lo que sólo el estudio de su evolución y comportamientos o estrategias
puede dar cuenta de la lógica subyacente a muchos de los fenómenos descritos hasta este momento.

CUADRO 4.7. Exportaciones de alto contenido tecnológico en total a la OCDE, 1977-1994 (%)
Años Siete Grandes NPIsa-Asia NEIsb-Europa América Latina
1977 44,4 21,3 19,4 5,7
1980 45,1 25,9 23,1 6,5
1985 52,4 33,3 27,5 12,3
1990 55,0 42,9 33,3 19,4
1994 56,7 53,3 37,1 26,3
a. NPI: nuevos países industriales.
b. NEI: economías de reciente industrialización.
Fuente: CEPAL (tomado de L. Alcorta y W. Peres, 1996,15)

3. Las empresas multinacionales como agentes de la globalización

Hace ahora un cuarto de siglo, Stephen Hymer llamaba la atención sobre el progresivo aumento de
escala que dominaba el funcionamiento de la actividad económica. Según su planteamiento, “desde el inicio
de la revolución industrial ha existido una tendencia al incremento del tamaño de la empresa, pasando del
taller a la factoría, a la compañía nacional y a la compañía multidivisional, hasta llegar, en la actualidad, a
la compañía multinacional. Este crecimiento ha sido cualitativo a la vez que cuantitativo. Con cada uno de
estos pasos, la empresa ha ido adquiriendo una estructura administrativa más compleja que coordina sus
actividades, así como una gran capacidad de control para planificar su supervivencia y su crecimiento”. Y, a
partir de esa constatación, pronosticaba: “Si las tendencias actuales se mantienen, el proceso de
multinacionalización se incrementará en gran medida en la próxima década al competir los gigantes de
ambas partes del Atlántico por penetrar en sus respectivos mercados y por establecer bases en los países
subdesarrollados, donde existen muy pocas concentraciones interiores de capital capaces de operar a escala
mundial”, lo que “tenderá a producir una división jerárquica del trabajo entre las distintas regiones
geográficas similar a la división vertical del mismo existente en el interior de la empresa” (Hymer, S., 1982,
92-93).
Desde entonces, en efecto, la presencia de este tipo de empresas en la economía mundial no ha
dejado de crecer. Junto a sus evidentes consecuencias en el plano de la concentración del capital o en el
reparto del poder, este hecho tiene un interés geográfico paralelo, pues, si por una parte un número creciente
de firmas, que operan en ámbitos muy extensos y cambiantes, se ven obligadas a organizar estrategias
espaciales más o menos complejas con fines competitivos, por otra se produce una fuerte dependencia de los
territorios que las albergan respecto de decisiones que poco o nada tienen que ver, en bastantes ocasiones,
con su situación interna. Eso justifica el cada vez mayor interés suscitado por desarrollar una geografía de
las multinacionales como la propuesta por Taylor y Thrift (1982), interesada en describir y explicar su
evolución e importancia, las razones que subyacen a su expansión, la distribución de sus establecimientos,
los diversos tipos de estrategias espaciales aplicadas y sus efectos sobre el empleo o el desarrollo regional.
Éstos son, precisamente, los aspectos que aquí serán abordados, a partir de una definición previa de sus señas
de identidad fundamentales.

17
3. 1. La empresa multinacional: definición y significado actual

Suele atribuirse a Vernon (1966) la primera identificación de una multinacional como aquella
empresa de grandes dimensiones que contaba con filiales en, al menos, seis países, criterio bastante arbitrario
que fue posteriormente modificado por la OCDE, ampliando el concepto a toda aquella que cuente con uno o
más establecimientos productivos en algún país diferente al de origen. Ésa es la visión mantenida desde
entonces y que queda patente en definiciones como la de Michalet, para quien se trata de “una empresa (o
grupo), generalmente de gran tamaño, que a partir de una base nacional ha implantado en el extranjero
diversas filiales, con una estrategia y una organización concebidas a escala mundial” (Michalet, C. A., 1985,
11), lo que permite destacar toda una serie de atributos esenciales:
a) Son empresas, privadas o públicas, de carácter multinacional, por localizarse en más de
un país, y transnacional, por generar diversos tipos de flujos que atraviesan las fronteras
estatales, lo que justifica el uso indiscriminado de ambos términos.
b) Suelen basar su crecimiento en el mercado interno para luego extenderse a otros,
comenzando habitualmente por los más próximos, lo que explica la directa relación que
suele darse entre el potencial económico de los países y la importancia de sus empresas
multinacionales.
c) Tienen un carácter de empresa multilocalizada, con diversos establecimientos que
organizan su actividad en función de una estrategia de conjunto, decidida en lo esencial
desde una sede social que centraliza las funciones y empleos de mayor rango.
d) Suelen presentar una estructura interna relativamente compleja y variable según el sector
en que operan, su tamaño y su propia evolución, pero en donde suele producirse una
estricta división y jerarquización de tareas según los departamentos y funciones, que con
creciente frecuencia presentan localizaciones específicas y diferenciadas.

Aunque existan precedentes históricos, se trata de un fenómeno de nuestro siglo, que comenzó a
adquirir importancia tras la depresión de 1929, cuando determinadas empresas –sobre todo de Estados
Unidos– se plantearon la búsqueda de nuevos mercados emergentes para compensar la debilidad del propio y
superar las barreras proteccionistas impuestas por numerosos países frente a las importaciones. Desde ese
momento y hasta mediados los años setenta puede hablarse de una fase de expansión, marcada por toda una
serie de rasgos bien definidos:

– una identificación con empresas o corporaciones de gran tamaño, en sectores con fuertes exigencias
de capital y economías de escala asociadas a la producción en serie;
– un marcado predominio de las compañías estadounidenses, que primero crecieron dentro del mayor
mercado de consumo del mundo para luego extenderse, sustentadas en su dominio tecnológico, su
capacidad organizativa y el apoyo –explícito o implícito– de su gobierno;
– una relativa dispersión de sus filiales, que en 1970 repartían la inversión realizada entre Canadá (30
% del total), Europa occidental (30 %) y América Latina (20 %), con muy escasa presencia en otras
partes del mundo, tal como refleja el mapa de la figura 4,4 (Dicken, P., 1986);
– un dominio generalizado en las estrategias multidomésticas (Porter, M., 1986) o plurinacionales
(Hamill, J., 1995), basadas en el establecimiento de filiales que realizaban actividades –industriales o
de servicios– similares a las de su país de origen, adaptadas al tamaño y peculiaridades de los
mercados receptores, con un alto grado de autonomía.

Esa fisonomía se ha visto alterada en el marco de las transformaciones estructurales que ha


experimentado el sistema desde entonces. Un fuerte aumento de su número e importancia, la consolidación
de grandes grupos que operan en forma de red y una presencia cada vez más destacada en el sector de
servicios son tres de las principales novedades, junto a las modificaciones referentes a su organización
espacial, que serán objeto específico de un apartado posterior.
Como respuesta al nuevo contexto económico internacional se ha elevado el número de compañías
que optan por localizar parte de su actividad fuera de su país de origen, ya sea a la búsqueda de nuevos
mercados o de una mejora en su actividad productiva mediante la reducción de costes o un aumento en la
calidad/diferenciación de sus productos. En consecuencia, y según el Centro de Naciones Unidas para las
Compañías Transnacionales (UNCTNC), desaparecido en 1993, si en 1970 se contabilizaban unas 7.000
empresas de estas características en el mundo, con 40 millones de puestos de trabajo, a comienzos de los
años noventa su número se elevaba ya a más de 37.000 (unas 4.000 originarias de países subdesarrollados),

18
dando empleo a 70 millones de trabajadores, de los que casi dos terceras partes se sitúan en sus países de
origen y el resto en el exterior. Además, los bancos multinacionales suman otros 5 millones de empleos, si
bien sólo la décima parte de éstos se localiza fuera del país originario (Parisotto, A., 1995).

FIG. 4.4. Evolución del empleo en filiales de empresas multinacionales de capital estadounidense. 1966-1977.
(FUENTE: P. Dicken. 1986)

Ese importante aumento en el número de multinacionales supone que ya no se precisa una gran
dimensión previa para salir al exterior, sino que son muchas las empresas de tamaño medio que han iniciado
ese camino. No obstante, la escala alcanzada por las principales puede calificarse de gigantesca, a juzgar por
algunas de las cifras que recoge el cuadro 4.8a y b. Así, por ejemplo, las tres mayores empresas industriales
(General Motors, Ford, Exxon), junto a las seis primeras corporaciones bancarias y comerciales
(identificadas con los keiretsu japoneses) superaron unos ingresos de 100.000 millones de dólares en 1994,
cifra que sólo resultó inferior al PNB de 32 países en el mundo (aunque se trate de conceptos distintos,
reflejan el volumen de recursos que mueven unos y otros). Si se suman los ingresos de esos nueve grupos
empresariales, resulta un volumen total de 1,3 billones de dólares, equivalente al PNB de Francia y tan sólo
superado por Estados Unidos (6,7 billones), Japón (4,3 billones) y Alemania (2,1 billones), en tanto
multiplica por 2,5 veces el español.
Por lo que afecta al empleo, 47 de los 100 mayores grupos empresariales superan los 100.000
trabajadores, con General Motors, Wall-Mart y Pepsi-Co a la cabeza. Por su parte, tan sólo entre las 20
mayores empresas industriales del cuadro 4.8a y b reúnen un total de 4,6 millones de trabajadores
contratados, cifra que casi duplica el empleo industrial español (2,5 millones) en esa fecha. La capacidad
negociadora de una empresa que cuenta con una cifra de negocios y una nómina de empleados comparables
muchas veces con los de la región en que se instala parece así fuera de toda duda.
No obstante, suele aceptarse que todas estas cifras infravaloran el poder efectivo de estas grandes
corporaciones, al menos por dos tipos de razones. En primer lugar, su presencia resulta tanto mayor cuanto
más elevadas son las exigencias de capital o tecnología en un sector, que imponen barreras a la entrada de
empresas y favorecen situaciones de oligopolio. Esto explica que entre las 100 mayores empresas del mundo
en 1994 las ramas más representadas sean las industrias del automóvil (13 empresas), los bancos comerciales
(12), la electrónica e informática (12) y los hidrocarburos (12). En segundo lugar, muchas de estas empresas
se encuentran integradas en grupos que configuran redes de estructura más o menos compleja, articuladas
muchas veces en torno a un holding financiero (véase capítulo 2). pero que operan de forma sistémica, con
estrechos vínculos entre sus consejos de administración. Además, la reciente oleada de acuerdos de
cooperación y participaciones cruzadas entre empresas de un mismo sector para afrontar proyectos conjuntos
compartiendo riesgos hace aún más difusos sus límites externos.

19
CUADRO 4.8.a. Mayores empresas del mundo según ingresos en 1994 (millones dólares)
Empresas Industriales País Sector Ingresos Nº empleos
General Motors EE.UU Automóvil 154.951 692.800
2. Ford Motor EE.UU. Automóvil 128.439 337.778
3. Exxon EE.UU. Petróleo 101.459 86.000
4. R. Dutch Shell R. U./P. B. Petróleo 94.881 106.000
5. Toyota Motor Japón Automóvil 88.159 110.534
6. Hitachi Japón Electrónica 76.431 331.673
7. AT & T EE.UU. Telecomunicaciones 75.094 304,500
8. Nippon Telegr. Japón Telecomunicaciones 70.844 194.700
9. Matsushita Japón Electrónica 69.947 265.397
10. General Electric EE.UU. Electrónica 64.687 221.000
11. Daimler Benz Alemania Automóvil 64.169 330.551
12. IBM EE. UU. Informática 64.052 243.039
13. Mobil EE.UU. Petróleo 59.621 58.500
14. Nissan Motor Japón Automóvil 58.732 145.582
15. Philip Morris EE.UU. Alimentación 53.776 165.000

CUADRO 4.8.b. Mayores empresas del mundo según ingresos en 1994 (millones dólares)
Banca/comercio País Ingresos Nº empleos
1 .Mitsubishi Japón 175.836 36.000
2. Mitsui Japón 171.491 80.000
3.Itochu Japón 167.825 7.345
4. Sumitomo Japón 162.476 22.000
5. Marubeni Japón 150.187 9.991
6. Nissho Iwai Japón 100.876 17.008
7. Wall-Mart EE.UU. 83.412 600.000
8. Nippon Life Japón 75.350 90.132
9. Tomen Japón 69.902 3.192
10. Nichimen Japón 56.203 2.591
11. Kanematsu Japón 55.856 8.431
12. Dai-ichi Insurance Japón 54.900 71.797
13. Sears Roebuck EE.UU. 54.825 360.000
14. US Postal Serv. EE.UU. 49.383 728.944
15. Allianz Holding Alemania 40.415 69.859
FUENTE: Fortune

Por último, si en sus primeras etapas la presencia de multinacionales ligadas a la extracción de


recursos minerales fue muy destacada, para evolucionar luego hacia un dominio absoluto de las industriales,
hoy el crecimiento mayor se registra en los servicios, que, de representar sólo el 25 % del stock de inversión
exterior directa en los países desarrollados en 1970, supera ya el 50 %. La presencia de multinacionales se
concentra aquí en actividades que exigen fuertes inversiones de capital o un alto nivel tecnológico, pero
también aparecen en otros segmentos de fácil estandarización. Los sectores financiero (banca, seguros), de
telecomunicación y transporte (aéreo, marítimo), la distribución comercial (hipermercados, centrales de
compras, tiendas franquiciadas), los servicios a las empresas, o el sector de hostelería (hoteles, restaurantes
de comida rápida), son los más afectados por el proceso.

3.2. Factores explicativos del crecimiento de las multinacionales

La decisión de traspasar las fronteras nacionales e iniciar una actividad en otros países ha sido una
etapa habitual en el proceso de crecimiento de muchas grandes empresas, sobre todo en los países más
avanzados. Lo que resulta nuevo es la rápida difusión actual del proceso, que implica a empresas cada vez
más pequeñas y numerosas, originarias de lugares muy diversos y que operan en sectores múltiples. Reducir
las razones de un fenómeno de tal envergadura a unos cuantos factores obliga, por tanto, a una inevitable
simplificación de la realidad, que puede sistematizarse diferenciando la influencia conjunta ejercida por los
factores de oferta y demanda.

20
Más allá del efecto ejercido por las nuevas tecnologías de información, que hacen más posible que en
el pasado operar a escala mundial, existen otros factores que lo hacen rentable a las empresas. Entre los
relativos a la oferta, que buscan en la internacionalización de la empresa una mayor racionalización y
eficiencia de su actividad productiva, pueden mencionarse tres principales:

a) En ciertas actividades se ha producido un cambio tecnológico que ha elevado la escala


óptima de producción para ser rentable y poder financiar los elevados gastos en I+D,
publicidad, etc., que ahora se necesitan, lo que ha obligado a ampliar los mercados. Es,
por ejemplo, lo que Jarillo y Martínez Echezárraga (1992, 7) señalan en el caso de la
fabricación de televisores: si en los años sesenta una fábrica eficiente producía 50.00
unidades al año, el desarrollo de la televisión en color y los circuitos integrados en los
años setenta supuso una revolución que elevó la escala óptima a más de medio millón de
televisores por año, lo que eliminó a muchos pequeños fabricantes nacionales en beneficio
de una docena de grandes empresas que abastecen ahora el mercado mundial desde
establecimientos situados en diversos países.
b) Repartir las operaciones de la empresa entre diversos países permite una eliminación de
las fluctuaciones cíclicas, al poder compensar los períodos de declive, absoluto o relativo,
de algunos mercados con la presencia en otros más dinámicos y en expansión, tal como
ocurre ahora con Asia.
c) Tener un carácter multinacional permite, asimismo, aprovechar al máximo las ventajas
comparativas de cada territorio (recursos, costes, subvenciones, marco legal ... ),
localizando las tareas banales e intensivas en trabajo/energía en áreas de bajos niveles
salariales y/o sin controles medioambientales, mientras las de mayor calidad y valor
pueden ubicarse en otras mejor dotadas de mano de obra cualificada, infraestructuras
tecnológicas y servicios de apoyo, aprovechando el saber hacer y la experiencia allí
acumulada, razón que explica la deslocalización de empresas hacia los nuevos países
industriales.

En otros casos, en cambio, lo ocurrido debe explicarse ante todo por ciertos factores que afectan a la
demanda de las empresas:

a) Implantarse en un determinado país facilita una mejor adaptación al mercado local, es


decir, a los gustos y peculiaridades de sus consumidores, además de evitar posibles
restricciones a la importación en forma de aranceles, normas técnicas, etc., frenar el
crecimiento de posibles competidores en ese mercado y aumentar el prestigio de la
empresa.
b) En ocasiones, esa búsqueda de nuevos mercados permite una prolongación del ciclo de
vida de ciertos productos, que pueden haber envejecido en los lugares de origen, pero
mantienen su vigencia en otros hacia los que se difunden en fechas posteriores.
c) Finalmente, segmentar la actividad posibilita a las empresas una disminución de riesgos
mediante la creación de un mercado interno constituido por la firma matriz y las filiales,
que opera sin las incertidumbres del mercado externo, al tiempo que también facilita
eludir controles gubernamentales en materia fiscal o financiera mediante un sistema de
compras internas que puede conducir a un desplazamiento de las plusvalías hacia aquellos
establecimientos donde más interese.

No obstante, tampoco debe olvidarse que, si una parte de las empresas aplican de forma voluntaria
una estrategia de transnacionalización, otras se ven inducidas a ello al hacerlo sus principales clientes o
aumentar las dificultades en el mercado donde operaban por la llegada de nuevos competidores
internacionales, aspectos que son de especial importancia en el caso de las pequeñas y medianas empresas,
con lo que se eleva el número total.

4. Geografía de las multinacionales

La geografía empresarial es en la actualidad una vertiente de la geografía económica que se


encuentra en plena expansión y se interesa por identificar la lógica espacial que preside los comportamientos
de las firmas que constituyen los sistemas productivos, las configuraciones resultantes, así como las redes de

21
relaciones que establecen con el entorno y sus cambios temporales. En consecuencia, una geografía de las
multinacionales “debe incorporar no sólo una referencia a la distribución territorial de sedes centrales y
filiales en el mundo, a la jerarquización espacial de sus diversas actividades o a su evolución en el tiempo,
sitio también a las relaciones que las interconectan como reflejo de una determinada estrategia. Espacio
concreto y espacio abstracto son, por tanto, complemento necesario para lograr una explicación satisfactoria
de las tendencias actuales” (Méndez, R. y Caravaca, I., 1996, 137).

4.1. Pautas de localización y estrategias espaciales

Un estudio sobre la localización de las multinacionales como el realizado por Grou (1990) debe
distinguir entre una panorámica global, a escala macro, que presente el mapa de distribución de las empresas
matrices y sus filiales, y otra complementaria, a escala micro, capaz de identificar las estrategias espaciales
de las empresas y su reflejo en el territorio.
Por lo que se refiere al primero de estos aspectos, las sedes centrales de las grandes firmas
multinacionales mantienen, desde los orígenes del proceso, una indudable concentración en los países
desarrollados, donde se sitúan aún el 90 % de todos los centros de dirección. No obstante, esa permanencia
se rompe cuando se analiza con más detalle lo ocurrido en las últimas décadas, pues si hasta mediados los
años setenta se producía una incontestable hegemonía de Estados Unidos –en respuesta a su carácter de
potencia dominante durante el período fordista–, frente a la posición intermedia de los países europeos y la
escasa importancia de las multinacionales japonesas, desde entonces se evoluciona hacia una localización
paritaria entre los tres vértices de la Tríada, al tiempo que también crece la presencia de multinacionales
originarias de otros países, principalmente del Sureste asiático. Así, por ejemplo, entre las 100 mayores
empresas industriales del mundo en 1974, ,ni total de 48 tenían su sede en Estados Unidos, por 35 en Europa
(Alemania, 12; Reino Unido/Países Bajos, 11; Francia, 6), 13 en Japón y sólo 4 en el resto del mundo; dos
décadas después, la presencia de multinacionales estadounidenses se limitan a 32, por 37 europeas
(Alemania, 14; Reino Unido/Países Bajos, 7; Francia, 6), 23 japonesas y 8 de otros países (Corca del Sur 4).
La situación en el sector bancario es algo diferente, pues 18 de los 50 mayores bancos del mundo por su
volumen de activos en 1994 son japoneses, por 20 europeos y sólo 9 estadounidenses.
Mayores aún han sido los cambios que han tenido lugar en el mapa de distribución de las filiales,
reducidas aquí a tres tendencias de particular interés. En primer lugar, se ha reforzado la concentración en los
países de Europa occidental y en Estados Unidos, tanto de actividades industriales orientadas al mercado de
consumo como, sobre todo, de las filiales pertenecientes a empresas de servicios, que escasean en el resto del
mundo, particularmente en los países más pobres. Al tiempo, se observa la existencia de fenómenos de
difusión por contigüidad –desde la instalación de filiales en los países más próximos, que es dominante en
el caso de empresas pequeñas o medianas, a una mayor dispersión en fases más avanzadas o empresas
mayores– y de difusión jerárquica o en cascada, desde países desarrollados, de altos costes pero con
importantes mercados de consumo, hacia otros con niveles de consumo y salariales inferiores; así, por
ejemplo, en 1990 sobre una muestra de 2.000 empresas de Hong Kong, un total de 532 habían construido ya
fábricas en el exterior en busca de una mano de obra cada vez más barata, con especial atención hacia los
territorios cercanos de China, donde se contabilizaban ya dos millones de empleos directos asociados a esas
inversiones (Parisotto, A., 1995, 105).
Pero, sin duda, el rasgo más destacado es la progresiva delimitación de áreas de influencia para las
multinacionales procedentes de los diferentes países de la Tríada, que tienden a localizarse de forma
desigual, dando preferencia a países próximos y estables, con los que se mantienen estrechos vínculos
económicos y culturales, o que cuentan con amplios mercados finales/empresariales en expansión, siendo los
bajos costes otro factor de importancia en el caso de ciertas actividades tradicionales.
Se constituyen así grandes mercados regionales, tal como reflejan los mapas de la figura 4.5:

– las filiales de empresas estadounidenses concentraron tradicionalmente su interés en el propio


continente (Canadá, México, Brasil ... ) y en Europa occidental, a las que se suman cada vez más los
países ribereños de¡ Pacífico, en tanto su presencia es mínima y tiende a reducirse en África o en el
sur de Asia, a excepción de enclaves concretos ligados a la extracción de recursos naturales o
consideraciones geoestratégicas (Sudáfrica, India, Nigeria, Arabia Saudita ... );
– por el contrario, la salida al exterior de las empresas japonesas fue mucho más tardía y se concentró
inicialmente en la región Asia-Pacífico con objeto de abastecerse de materias primas y energía, muy
escasas en el archipiélago, o descentralizar tareas/productos de escaso valor hacia países con mano
de obra barata; el cambio sustancial experimentado en los años ochenta fue la rápida ampliación de

22
sus operaciones en el extranjero y su creciente interés por los mercados de la CE y Estados Unidos,
que hoy atraen la mayor parte de sus inversiones;

FIG. 4.5. Localización de filiales en el extranjero de empresas multinacionales (tomado de P.Grou, 1990)

23
FIG. 4.5. (Continuación)
– las empresas de capital europeo son las que muestran una mayor dispersión espacial, pues a la ya
mencionada invasión recíproca en el seno de la Unión Europea, que concentra lo esencial de su
actividad e inversión, se sumó desde los años setenta un progresivo avance mediante la compra de
empresas estadounidenses y una tímida instalación en los países emergentes de Asia, sin olvidar una

24
presencia superior a la del resto en el continente africano, reflejo del pasado colonial y la pervivencia
de ciertos vínculos neocoloniales con esos países, frente a una cierta debilidad en lberoamérica; el
desplazamiento hacia los países de Europa oriental y la antigua Unión Soviética tras la caída del
muro de Berlín pareció abrir un nuevo frente a comienzos de los años noventa, pero la inestabilidad
política y los drásticos programas de ajuste emprendidos por estos países han limitado por el
momento la inversión efectiva en esa dirección,
– finalmente, las escasas empresas procedentes de los nuevos países industriales -asiáticos y, en menor
medida, iberoamericanos- localizan sus filiales en países cercanos al originario pero con menores
costes laborales, o bien en los grandes mercados de consumo de la Tríada, aunque sin alcanzar aún
niveles comparables a los anteriores.

Pese a su valor descriptivo, estos mapas no son sino un reflejo estático de unos procesos
enormemente dinámicos y cambiantes, guiados por las estrategias competitivas puestas en práctica por las
empresas, que suponen una utilización del espacio con fines de rentabilidad, aplicando criterios racionales,
pero sin excluir otras motivaciones presentes en la toma de decisiones de cualquier organización. De ahí el
interés que tienen los modelos descriptivos que intentan sistematizar esos comportamientos y deducir
consecuencias de interés para la intervención pública, entre los que merecen destacarse los de Dicken (1986)
o Savary (1991), recogidos de forma gráfica en las figuras 4.6 y 4.7, que pueden sintetizarse en la
coexistencia actual –según empresas, sectores y territorios– de tres tipos de estrategias principales, cuya
importancia relativa ha cambiado en el transcurso de las últimas décadas.

4.1.1. Estrategias exportadoras

Suelen ser dominantes en las fases iniciales del proceso de internacionalización de las empresas,
manteniéndose luego en el caso de actividades primario-extractivas o en algunas industriales que se
benefician de elevadas economías de escala en grandes factorías (aeronáutica, maquinaria agrícola ... ); fue
también el comportamiento habitual seguido por buena parte de las empresas japonesas hasta bien entrados
los años setenta.
Tal como muestra la figura 4.6, se caracteriza por concentrar la producción en el país de origen (o
allí donde se obtienen los recursos), desde donde se abastece al mercado mundial mediante exportaciones
(fase I). La posible ampliación de la capacidad productiva se realiza in situ, localizándose en otros países
simples delegaciones comerciales, que a veces pueden acompañarse por la firma de acuerdos con empresas
locales para que puedan producir o distribuir sus productos mediante concesión de licencias, franquicias,
etcétera (fase II).

4.1.2. Estrategias plurinacionales o multidomésticas

Fueron las dominantes en la mayor parte de los casos durante la fase fordista, y aún lo siguen siendo
en el caso de las empresas de servicios (banca, comercio, hostelería...) y en actividades industriales donde los
elevados costes de transporte no hacen rentable el desplazamiento de sus productos a grandes distancias.
Se basan en la instalación de filiales en otros países para abastecer desde allí su mercado interno,
reproduciendo las mismas actividades que realiza la empresa matriz, de la que son simples réplicas, pero
adaptadas al tamaño o la capacidad de compra del mercado nacional con un incremento del empleo. Suelen
mantener un alto grado de autonomía, salvo para algunas decisiones estratégicas que se toman en la sede
central (control financiero, I+D, marketing ... ), y se localizan de forma prioritaria en grandes ciudades,
regiones prósperas o grandes ejes de transporte, que favorecen una mayor accesibilidad a los consumidores
del país, por lo que suelen contribuir a reforzar los desequilibrios interterritoriales. En las dos últimas
décadas, esa implantación de nuevos establecimientos ha cedido en importancia frente a la compra o fusión
con empresas locales (fases III y IV), que aseguran una más rápida penetración en esos mercados al tiempo
que eliminan competidores, a costa de generar efectos sobre el empleo que con frecuencia son ahora
negativos.

4.1.3. Estrategias globales o en sectores mundiales

Se trata de las más recientes y expansivas en la actualidad, y ya han sido aplicadas por numerosas
empresas industriales que buscan una mejor adaptación al nuevo contexto de globalización económica,
mediante el aprovechamiento de las condiciones o ventajas existentes en cada país o región para realizar

25
actividades específicas, con un aumento del porcentaje destinado a la exportación y ampliación de la escala
para adaptarla ahora al mercado mundial y no a cada uno de los mercados nacionales.

FIG.4.6. Fases evolutivas en la organización espacial de las empresas multinacionales (tomado de P. Dicken,1986, 215)

26
FIG. 4.7. Estrategias espaciales de las empresas multinacionales (tomado de J. Savary, 1991, 83).

Supone fragmentar la cadena de producción de la empresa entre establecimientos múltiples y


especializados, que trabajan en red (fase V) de forma coordinada, por lo que su éxito resulta mayor en
aquellas actividades donde esa segmentación es fácil (automóvil, electrónica, maquinaria ... ), reduciéndose
donde se exige mayor integración espacial de los procesos (química, alimentación). La necesaria integración
favorece una mayor jerarquización funcional de establecimientos y empleos, que implica otra paralela de los
territorios en que se asientan, además de contribuir a la expansión del comercio internacional, que en una

27
tercera parte corresponde a flujos intraempresariales y en casi dos terceras partes tiene como origen o destino
una empresa multinacional (UNCTAD, 1995).
Según muestra la figura 4.7, la integración en esas empresas-red puede revestir dos formas
principales. En unos casos, se trata de una integración de sentido horizontal, con establecimientos dedicados
a fabricar distintas líneas de productos acabados para el mercado global y/o piezas que se intercambian entre
los centros de trabajo de los diversos países. En otros, puede hablarse de una integración vertical, pues cada
establecimiento se especializa en una fase del proceso, fabricando tan sólo partes o componentes que luego
se ensamblan en otros establecimientos, cercanos por lo general a los principales mercados de consumo. La
lógica que preside esa geografía empresarial se pone de manifiesto en el ejemplo de IBM (figura 4.8), una
empresa que emprendió hace años un proceso de relativa descentralización interna, y que, dentro de su red de
centros en el mundo, organiza las actividades correspondientes a Europa a partir de una sede central en París,
desde donde se controlan una serie de centros de investigación situados en áreas de alto desarrollo
tecnológico de Alemania, Suiza y Francia, mientras, que las fábricas se dispersan por regiones periféricas (en
Italia, Escocia, Suecia, Francia o España) y los centros logísticos/delegaciones comerciales se mantienen en
grandes ciudades que actúan como plataformas redistribuidoras (Duong, P., 1993).

FIG 4.8. Localización de los principales establecimiento europeos de IBM (tomado de Ph.Doung, 1993)

En bastantes casos, las multinacionales integran en su estrategia todo un conjunto de proveedores y


firmas subcontratadas, generalmente próximos, que deciden su localización y organizan su actividad en
función de las decisiones tomadas por la empresa que domina la red. Es bien conocido, por ejemplo, el caso
de la empresa italiana Benetton, que a comienzos de los años noventa controlaba, junto a sus propios centros
de trabajo en el nordeste de Italia (850 empleos directos), un conjunto de 450 talleres y pequeñas empresas
de confección dispersas (25.000 empleos), junto a más de 4.500 tiendas franquiciadas en 52 países del
mundo (40.000 empleos).
En resumen, el cambio en las estrategias empresariales modifica la importancia relativa de los
diversos factores de localización, refuerza la competencia entre territorios a veces lejanos y favorece una
nueva división internacional del trabajo, que redefine los mapas económicos del mundo.

28
4.2. Ciclo de vida del producto y nueva división internacional del trabajo

La nueva lógica organizativa que aplican un buen número de empresas m0inacionales en el actual
contexto de economía global favorece una redistribución de actividades, sobre todo las industriales, que
refuerza la división espacial del trabajo a escala mundial. A partir de obras ya clásicas como la de Fröbel,
Heinrichs y Kreye (1977), se ha desarrollado una amplia bibliografía que insiste tanto sobre las razones que
guían la deslocalización de actividades en dirección a las periferias o las etapas que sigue el proceso, como
sobre el dinamismo actual de los nuevos países industriales, o la importancia adquirida por las zonas
francas de exportación.
En un informe de la Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (UNIDO) sobre
la evolución de la industria en el mundo desde 1960, publicado en 1979, se destacaba el hecho de que en esa
fecha inicial los países desarrollados aún tenían el monopolio de la actividad manufacturera, con el 93 % de
la producción obtenida: 75 % los países capitalistas, con Estados Unidos a la cabeza (37,8 %), seguido de
Europa (31,6 %,), frente a la debilidad de Japón (3,9 %o), por un 18 % de las economías, planificadas. No
obstante, el informe también apuntaba el inicio de un tímido proceso difusor en la década de los sesenta, que
permitió elevar la participación de los países subdesarrollados al 7,3 % en 1970 y hasta el 9 %, en 1977, con
un claro predominio de América Latina (5,1 %.) sobre el resto.
Al hacer una extrapolación de las tendencias observadas en ese período, la UNIDO auguraba que en
el año 2000 este conjunto de países alcanzaría el 13,9 % de la producción mundial, con una mayor presencia
de América Latina (7,1 %) y el sureste de Asia (5,1 %), frente a la atonía del Oriente Próximo (1 %) y Africa
(0,7 %), en función de su desigual dotación de recursos naturales y humanos, el tamaño de sus mercados y la
capacidad de consumo de la población (UNIDO, 1979). El secular dualismo que enfrentaba a las áreas
desarrolladas de economía industrial y a las subdesarrolladas de economía agraria permanecía esencialmente
intacto, con la sola excepción de algunos grandes países latinoamericanos que iniciaron a mediados de siglo
un proceso industrializador basado en la sustitución de importaciones, que les situaba en una posición
intermedia (Fajnzylber, F, 1984).
Quince años después de esas previsiones, los datos de la propia organización (UNIDO, 1995)
permiten constatar dos importantes desviaciones sobre la imagen propuesta: los países subdesarrollados/en
desarrollo sólo tardaron cinco años en alcanzar la participación dentro de la producción industrial del mundo
que la UNIDO les otorgaba para el final del siglo, generando ya el 16,7 % del producto total en 1992; entre
ellos, la primacía del sur y este de Asia resulta ya incontestable (7,8 % del total), desbordando con claridad la
participación de América Latina (6,1 %) al haber registrado las mayores tasas de crecimiento industrial del
mundo, cifradas en un promedio anual acumulativo del 8 % entre 1975-1992, muy por encima de Japón (6
%), América del Norte (2,4 %) o la Unión Europea (1,5 %). Ambos fenómenos exigen una breve
justificación.
Una de las transformaciones estructurales que más ha contribuido a renovar algunos de los clichés
heredados sobre las relaciones económicas internacionales es el proceso de deslocalización industrial.
Supone el traslado de una parte de la capacidad productiva originaria de países centrales en dirección a otros
periféricos, ya sea mediante la relocalización de empresas que abren nuevas factorías en estas áreas –apertura
a veces acompañada por un ajuste laboral y una reorientación de su actividad en el país de origen–, o bien
mediante la creación de empresas autóctonas, que ganan cuotas de participación en los mercados exteriores o
actúan como subcontratadas de las anteriores.
La búsqueda de menores costes de producción suele considerarse el principal factor explicativo, lo
que conduce a una progresiva disociación entre los espacios de la producción (allí donde resulta más barata)
y del consumo (allí donde existe mayor capacidad de compra), con el consiguiente aumento de las
exportaciones, tanto de productos acabados como de piezas o componentes para su posterior montaje en
algún país. En efecto, la enorme distancia que separa los salarios/hora de los trabajadores industriales de
Alemania (25 dólares en 1993), Japón y Estados Unidos (17 dólares) e, incluso, España (12 dólares),
respecto de los habituales en Brasil o México (3 dólares), hasta llegar a los existentes en países asiáticos
como Filipinas, Indonesia o China (en torno a un dólar), resulta la razón clave, pese a la existencia de una
distinta productividad que atenúa algo esos contrastes (véase fig. 4.9). Tal como señaló Aydalot en una de las
primeras referencias al proceso, “la movilidad de los procesos productivos puede considerarse como una
gran invención del capitalismo para enfrentarse a la disminución del beneficio” y, en tal sentido, “la
deslocalización permite liberar los factores de producción incorporados, disminuye el alza de los costes de
producción y mantiene la tasa de beneficio” (Aydalot, P, 1976, 296).

29
FIG. 4.9. Costes salariales por hora de los obreros industriales en 1993 (dólares).
(FUENTE: U.S. Department of Labor; tomado de D.Delalande, 1995.)

30
En consecuencia, el modelo de industrialización sustitutiva de importaciones, que fue dominante
durante décadas en países semiperiféricos del sur de Europa o América Latina, cede su protagonismo a una
industrialización sustitutiva de exportaciones, que pretende reducir las ventas de recursos naturales y
alimentos en beneficio de las manufacturas, fenómeno que alcanza ahora su mejor representación en
numerosos países de Asia.
El proceso clásico de deslocalización suele seguir un movimiento de contagio, que se inicia por las
actividades más tradicionales, rutinarias y de escaso valor, intensivas en el uso de trabajo poco cualificado o
con fuerte impacto medioambiental, afectando a países próximos y con fuertes vínculos respecto al de
origen, para difundirse luego a actividades más complejas y territorios más alejados. La lógica del proceso se
intentó describir y explicar a partir de la teoría sobre el ciclo de vida del producto.
Propuesta inicialmente por Vernon (1966), para interpretar la evolución de las exportaciones
estadounidenses, esta teoría parte del supuesto de que la mayoría de sectores siguen una secuencia que puede
ser descrita mediante la metáfora del ciclo de vida, tan apreciada por los enfoques evolucionistas en las
ciencias sociales. En su fase inicial, o de nacimiento, esa actividad surge normalmente asociada a empresas
con capacidad innovadora, que deben realizar un esfuerzo prolongado y costoso, no siempre acompañado por
el éxito, y deben situar los nuevos productos en un mercado en principio restringido, condiciones que sólo se
dan en los países más desarrollados y, dentro de ellos, en regiones con densa infraestructura tecnológica,
mano de obra cualificada y alta capacidad de consumo (véase fig. 4.10). Si el proceso se consolida,
aumentará con ello la capacidad exportadora de esos países/regiones centrales, en paralelo con un aumento
de la demanda externa que complementa la anterior.
Sólo en fases más avanzadas de evolución, cuando la tecnología se difunde, aumenta el número de
empresas competidoras y el consumo atenúa sus anteriores tasas de crecimiento, se hace necesario abaratar
costes, lo que favorece un aumento de escala y un trasvase progresivo hacia espacios semiperiféricos y, más
tarde, periféricos, que equilibran así sus saldos comerciales hasta acabar convirtiéndose con frecuencia en
exportadores netos para productos maduros. Por su parte, los países centrales conocerán la aparición de
nuevas generaciones de bienes que sustituyen a los anteriores, junto a la crisis y necesaria reconversión de
sectores y territorios que tuvieron éxito en períodos precedentes.

FIG. 4.10. Localización industrial y comercio internacional según ciclo de vida de producto.

Es indudable que la idea del ciclo de vida no está exenta de ciertas limitaciones: existen sectores
cuya evolución se ve influida por factores no tecnológicos (por ejemplo, materias primas), que condicionan
el mantenimiento de su localización a lo largo del tiempo, otros pueden rejuvenecerse mediante una
renovación técnica u organizativa que posibilite su pervivencia e, incluso, relocalización en países centrales
(por ejemplo, mediante automatización o creación de una nueva gama de productos) y, finalmente, un mismo

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producto puede presentar una amplia gama de posibilidades según diseño, calidad, imagen de marca, etc.,
que hace posible su coexistencia en localizaciones muy diversas.
Con estos matices, tampoco puede negarse su capacidad explicativa para interpretar datos como los
del cuadro 4.9, que refleja la evolución de los principales exportadores de diversos productos industriales
entre 1984 y 1993. La pervivencia de una fuerte polarización en favor de los países desarrollados para
actividades como la aeronáutica o los productos farmacéuticos, frente a la deslocalización atenuada en el
caso de productos intermedios como los ordenadores (hardware) o el acero, y prácticamente total en sectores
como los aparatos de radio o los tejidos de algodón, se encuadra perfectamente en la hipótesis del ciclo de
vida, la estabilidad de otras ramas como la fabricación de papel y cartón, muy ligada a los recursos
forestales, o la diversa composición del sector de confección, donde la exportación de países con alto
componente de diseño y moda coexiste con la de ropa barata por parte de otros, cubriendo diferentes
segmentos del mercado, completa la imagen anterior evitando caer en un excesivo reduccionismo.
Tal como se ha repetido en diversas ocasiones, esta reordenación, selectiva y limitada, de la
producción mundial ha propiciado un crecimiento sin precedentes en una serie de países y enclaves asiáticos
hacia los que se volvieron las miradas de buena parte del mundo desde hace ya más de dos décadas. El paso
del tiempo ha permitido la sucesión de varias generaciones de nuevos países industriales: desde Corea del
Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur, que son el origen del proceso en los años cincuenta-sesenta (a los que
se califica con cierta frecuencia como los cuatro dragones o tigres asiáticos), hasta Indonesia, Malasia,
Filipinas, Tailandia, la India o China, que lo iniciaron más tarde y de modo más limitado.
En sus primeras fases, la industrialización de estos países se basó en una fuerte especialización en
productos maduros, intensivos en mano de obra y destinados a la exportación (textil/confección, calzado y
artículos de piel, material eléctrico, componentes electrónicos, componentes mecánicos del automóvil...), a
partir de unos costes laborales muy bajos, una elevada flexibilidad y rotación de la mano de obra, y un
evidente apoyo público que alcanza su mejor representación en las llamadas zonas francas de exportación.
Se trata de emplazamientos creados para la instalación de actividades industriales, logísticas y de
distribución, que actúan como plataformas exportadoras para el mercado mundial por lo que suelen situarse
en localizaciones litorales, hacia los que se intenta atraer la inversión de empresas multinacionales mediante
concesiones de diversa índole: eliminación de aranceles aduaneros y libre circulación del capital, exención
de cargas fiscales, ayudas financieras, mejores infraestructuras, legislación especial en materia laboral
(limitación a derechos sindicales y de huelga, supresión de límites horarios o salariales, etc.). Suelen
constituir, por ello, verdaderos enclaves, poco integrados con el territorio circundante salvo por la atracción
de, población que provocan. De las alrededor de 200 zonas francas de exportación existentes hoy en unos 60
países del mundo (Parisotto, A., 1995; Chen, X., 1995), el área Asia-Pacífico reúne un 40 % del total, pero
hasta el 67 % de los puestos de trabajo (2,7 millones), con una importancia relativa que sólo tiene
comparación posible en la frontera norte de México, asiento de la industria maquiladora que destina su
producción a Estados Unidos, y en algunos países del Caribe.

CUADRO 4.9. Principales países exportadores según productos, 1984-1993 (% total mundial)
Aeronáutica 1984 1993 Productos farmacéuticos 1984 1993
Estados Unidos 42,0 45,9 Alemania 13,8 14,6
Francia 10,6 14,2 Estados Unidos 17,7 11,3
Alemania 14,5 11,4 Suiza 9,6 11,0
Reino Unido 10,8 8,5 Reino Unido 10,5 10,6
Países Bajos 2,0 4,1 Francia 8,9 9,6
Canadá 3,8 3,1 Bélgica-Luxemburgo 4,1 5,2
Italia 4,1 2,8 Italia 4,8 5,1
España 0,7 1,7 Suecia 2,4 4,2
Ordenadores 1984 1993 Acero (lingotes) 1984 1993
Estados Unidos 29,9 20,9 Alemania 18,2 10,5
Japón 18,9 19,6 Brasil 3,8 8,6
Singapur 2,6 13,9 Bélgica -Luxemburgo 12,3 8,3
Reino Unido 7,5 8,4 Japón 15,2 7,3
Alemania 8,2 5,9 Francia 12,7 6,8
Países Bajos 3,1 5,3 Corca del Sur 6,2 6,1
Francia 4,3 3,9 Reino Unido 3,4 4,1
Corea del Sur 1,1 3,0 Países Bajos 7,5 3,5
Aparatos de radio 1984 1993 Tejidos de algodón 1984 1993

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Hong Kong 11,5 18,3 Hong Kong 11,0 15,0
Japón 45,8 16,0 China 0 13,8
Malasia 2,2 15,0 Alemania 13,1 8,5
Singapur 8,7 11,1 Italia 5,5 6,8
China 0 9,5 Francia 7,1 5,6
Corea del Sur 8,8 6,6 Japón 9,9 5,5
Estados Unidos 3,1 3,1 Paquistán 4,6 5,2
Países Bajos 0,6 2,2 Estados Unidos 2,8 4,0
Papel y cartón 1984 1993 Confección femenina 1984 1993
Canadá 21,5 15,6 Hong Kong 19,7 16,9
Finlandia 13,3 11,8 China – 15,0
Alemania 9,8 10,0 Italia 8,7 7,4
Estados Unidos 8,9 9,8 Alemania 9,8 7,8
Suecia 11,5 9,7 Francia 6,8 4,9
Francia 4,6 5,9 India 4,5 4,7
Reino Unido 2,9 4,3 Corea del Sur 7,9 3,0
Austria 2,8 3,7 Tailandia 2,1 2,6
FUENTE: Naciones Unidas, International Trade Statistics Yearbook.

Pero esa imagen plana sólo es válida ya para describir la situación de los, nuevos países industriales
de segunda generación, con una estructura productiva simple y poco articulada, una elevada presencia de
multinacionales y una sobre explotación de su fuerza de trabajo que disocia el económico de un efectivo
aumento del bienestar social. Por el contrario, los países asiáticos que han recorrido un mayor número de
etapas presentan algunos rasgos diferenciados que, sin anular la caracterización anterior, obligan a
interpretaciones más complejas (Bustelo, P., 1990 y 1994):

– Presentan una mayor diversificación de actividades, reflejada también en sus exportaciones, pues
sobre la base de industrias productoras de bienes de consumo simples y sectores intensivos en mano
de obra (desde confección a material eléctrico), ha crecido la presencia de maquinaria, bienes de
equipo y sectores más capitalizados, con mayor componente tecnológico (construcción naval,
electrodomésticos, automóvil...), tal como mostraba el cuadro 4.7. Esto ha diversificado la estructura
M empleo y ampliado el abanico salarial hasta valores medios equivalentes a la mitad del salario por
hora en España en 1993 (véase fig. 4.9).
– Junto a una presencia de multinacionales, que salvo en Singapur nunca fue dominante, se han
consolidado grandes grupos empresariales que, en cierto modo, reproducen los keiretsu japoneses, de
lo que resultan buen exponente empresas coreanas como Daewoo, Samsung o Goldstar, situadas ya
entre los gigantes mundiales y con filiales tanto en otros países asiáticos como en Estados Unidos o
Europa.
– Pese a la frecuente utilización del éxito de estos países como exponente de las virtudes inherentes a
un capitalismo sin restricciones, basado en la ortodoxia neoliberal más estricta y una total apertura
exterior, todos los analistas que han profundizado en la industrialización de estos países coinciden en
señalar un fuerte intervencionismo público en apoyo del proceso, sobre todo en sus fases iniciales.
Los incentivos a la exportación o a la inversión extranjera, la presencia de empresas públicas en
sectores básicos para asegurar suministros a bajo precio (acero, energía ... ), o los controles salariales
y sindicales deben entenderse como exponente de esa presencia de un Estado autoritario, apoyada
por una elevada ayuda exterior (estadounidense en Corea y Taiwán, de capital chino y británico en
Hong Kong ... ), que dificulta la exportación del modelo a otras áreas.

4.3. Hacia un sistema de ciudades globales

La redistribución de actividades productivas y empleos entre los diferentes países y regiones no es la


única consecuencia visible de la nueva división internacional del trabajo. El proceso de mundialización es
también excluyente, dejando al margen a una parte de territorios, mientras las corrientes de capital,
información o mercancías se concentran en unas cuantas áreas cuya interconexión no deja de aumentar,
apoyada por los ingentes gastos en infraestructuras de transporte y telecomunicación.
En un ámbito tan aficionado a las metáforas como el de las ciencias sociales, este proceso de
integración-exclusión ha sido descrito repetidas veces acudiendo a la imagen del archipiélago mundial,

33
constituido por unas cuantas islas con fuerte dinamismo económico y demográfico, junto a una
concentración de funciones de rango internacional, rodeadas por un amplio conjunto de áreas sumergidas,
que sólo reciben los efectos indirectos del proceso. Eso establece una nueva dicotomía espacial no
coincidente con la tradicional oposición entre centros y periferias, que marca los extremos de un continuo
con gran variedad de situaciones intermedias. Como señala Dollfus de manera muy expresiva, “el sistema
que produce el espacio-mundo crea a la vez formas de participación en la mundialización y formas de
exclusión... Una nueva forma de exclusión nace con la economía y el mercado mundial: la exclusión de los
inútiles, de los que no pueden o no quieren vender sus aptitudes y su fuerza de trabajo, que no tienen una
capacidad de compra suficientemente interesante para el mercado a causa de su pobreza. Esos inútiles se
localizan tanto en regiones enteras del mundo como en el interior de sociedades consideradas como
prósperas” (Dollfus, O., 1994,9).
Un exponente privilegiado, aunque no único, de esos espacios conectados a la economía mundial son
un conjunto de ciudades globales, convertidas en “punto de encuentro de intereses lejanos y próximos,
mundiales y locales” (Santos, M., 1995, 19).
Según Castells (1989) o Sassen (1991), se trata de grandes metrópolis desde donde se dirigen, en
buena parte, los destinos de la economía mundial, es decir, donde se agrupan los centros de decisión de los
grandes grupos, empresas y organismos con mayor poder y capacidad de influencia, junto a una elevada
densidad de servicios especializados, dedicados a la generación, tratamiento y difusión de conocimiento e
información, así como al control de los flujos financieros, manteniendo entre sí una densa malla de
interacciones. Son, pues, las encargadas de hacer posible la coexistencia de una producción cada vez más
dispersa, con una coordinación e integración también mayores. En otras palabras, “más allá de su historia –a
veces larga– como centros del comercio y de la banca mundiales, estas ciudades funcionan actualmente
como puntos de mando en la organización de la economía mundial; como lugares y mercados claves para los
sectores predominantes de este período, las finanzas y los servicios especializados para empresas: y como
centros para la producción de innovaciones en dichos sectores” (Sassen, S., 1992, 35).
La plasmación física de estas características funcionales es la expansión en su interior de los centros
de negocios, donde el precio del suelo para oficinas alcanza valores desorbitados, junto al desarrollo de otros
espacios productivos también característicos en sus periferias (parques empresariales, tecnológicos, etc.). La
plasmación sociolaboral será una presencia de gestores, técnicos y profesionales de alto nivel en proporción
superior a la de cualquier otro tipo de espacio.
Si en un principio Sassen identificó como tales a Nueva York, Londres y Tokio, la calificación se
extendió posteriormente a otras metrópolis de estructura económica bastante similar (París, Frankfurt, Los
Angeles... ) e, incluso, se ha utilizado para definir a otras de rango intermedio dentro del sistema mundial de
ciudades (como Madrid o Barcelona en España), si bien a veces de forma abusiva al utilizar como
indicadores el simple tamaño urbano y la presencia de una amplia base de actividades de servicios.
Pero el dinamismo reciente de las ciudades globales como centros neurálgicos que articulan los
nuevos modelos de organización territorial tiene como contrapunto el reforzamiento de un creciente
dualismo interno, generador de tensiones y de un profundo malestar urbano: contrastes entre los espacios de
oficinas en expansión y el abandono de una parte de sus espacios industriales, entre una elite de empleados
altamente cualificados y bien pagados en los servicios empresariales avanzados frente a la paralela expansión
de empleos de baja remuneración y precarios en toda una serie de servicios personales, así como del
desempleo, etc., generadores de crecientes bolsas de marginación y violencia urbanas. De este modo, según
Fernández Durán (1993), estas metrópolis también se constituyen en “espacios de la crisis global”, donde se
agudizan hasta el extremo las actuales contradicciones del sistema.

5. Empresas multinacionales y desarrollo regional

La controversia sobre las oportunidades y riesgos que conlleva para un territorio la instalación de un
elevado número de empresas multinacionales ha sido una constante desde hace décadas, oponiendo a quienes
ven en ellas el mejor exponente de eficiencia productiva y quienes desconfían del excesivo poder con que
cuentan, así como del previsible reforzamiento de las desigualdades derivado de su actuación.
Los defensores de las ventajas asociadas al proceso de globalización y a la creciente importancia
adquirida por este tipo de empresas suelen basar su valoración positiva en una serie de razones genéricas:
– Las multinacionales son una fuente de capital y de creación de empleo directo para las economías
receptoras, que dinamiza su economía y potencia su desarrollo.
– Suponen también una transferencia de tecnología, conocimientos, experiencia de gestión y métodos
avanzados de trabajo, que pueden mejorar la eficiencia del sistema productivo en donde se instalen.

34
– Generan un efecto modernizador que se difunde al conjunto del sistema, reforzando la mentalidad
competitiva del empresariado, elevando las exigencias de control de calidad para sus proveedores,
etc.
– Impulsan un aumento de las exportaciones, con lo que favorecen una mejor inserción internacional
de las economías regionales.
– Aumentan la renta y el nivel de consumo globales en la región, lo que induce el crecimiento de otras
empresas industriales y de servicios, así como de empleo indirecto.

En ese contexto, la atracción de multinacionales se considera una medida eficaz de promoción


económica, lo que debe traducirse en la eliminación de todas aquellas restricciones que puedan desanimar su
instalación.
Otras opiniones son, en cambio, mucho más críticas, pues a esos posibles beneficios contraponen
toda una serie de costes y riesgos que suelen provocar un balance final negativo en bastantes ocasiones.
Entre estos últimos pueden mencionarse los siguientes:

– Su efecto sobre el empleo cada vez es menos favorable, pues el predominio actual de las estrategias
de crecimiento externo (compra de empresas locales frente a instalación de nuevas filiales), supone,
con frecuencia, un ajuste de la plantilla laboral, al que debe sumarse la destrucción indirecta de
empleo derivada de un aumento de la competencia, que puede provocar la desaparición de empresas
locales.
– La transferencia de capital y tecnología suele ser menor de lo que se afirma, si se tienen en cuenta la
repatriación de beneficios o los pagos tecnológicos que revierten en favor de la empresa matriz, así
como el freno que pueden provocar al desarrollo tecnológico de empresas autóctonas.
– En bastantes ocasiones constituyen enclaves poco relacionados con su entorno, pues sus relaciones
tanto con proveedores como con clientes se producen en el ámbito internacional, por lo que los
posibles efectos multiplicadores resultan limitados.
– Junto al posible aumento de exportaciones, también favorecen otro paralelo de las importaciones,
acompañado a veces por una imposición de pautas culturales y de consumo, con lo que el saldo
comercial no se ve demasiado favorecido y puede desestructurarse el sistema productivo regional.
– Supone un aumento de la dependencia respecto a decisiones externas, ajenas a los intereses y
necesidades de la región, al tiempo que se reduce la capacidad de influencia de las políticas públicas.
Según recuerda Paul Kennedy, “la realidad hoy es que cualquier gobierno que perjudique la
demanda de las finanzas internacionales de unos beneficios sin restricciones, encontrará que el
capital se desvanece y la moneda se debilita... El mensaje es claro: si no sigue las reglas del mercado,
su economía se resentirá. Pero el mensaje del mercado hace caso omiso de importantes
consideraciones... Por su naturaleza misma, al mercado racional no le interesa la justicia social”
(Kennedy, P, 1993, 86-97).
– Al concentrar las inversiones en aquellas áreas con mayor densidad de población, empresas e
infraestructuras, o en enclaves portuarios orientados a la exportación, que actúan de espaldas a su
hinterland o espacio circundante, favorecen un reforzamiento de los desequilibrios territoriales
preexistentes.
Desde tal perspectiva, la necesidad de establecer ciertos controles, tanto a la inversión como a la
actuación de tales compañías, ha sido una demanda repelida a lo largo del tiempo, que hoy parece encontrar
menos eco que en el pasado.
Pero cualquier valoración genérica y a priori sobre el impacto de las empresas multinacionales
parece fuera de lugar, pues, como recuerda Ferrão (1992, 327), “la inversión extranjera no es, por su propia
naturaleza. positiva o negativa; sus impactos pueden ser muy diversos, conforme al modo en que se integra
en los territorios que escoge para localizarse”. En tal sentido, su implantación en un territorio concreto podrá
evaluarse a partir de cuatro criterios complementarios.

1. Método de implantación: Debe tenerse en cuenta si se trata de la apertura de un


nuevo establecimiento, con generación neta de empleo, o bien de la compra de
alguna empresa existente; además, deberá valorarse la posible existencia de
cooperación con empresas locales o, por el contrario, el posible cierre de algunas
provocado por el aumento de la competencia.
2. Tipo de actividades: Debe considerarse si realiza una simple extracción de
recursos naturales o una producción de escaso valor, frente a la posibilidad de

35
actividades más complejas y que utilizan recursos de mayor calidad; también
puede tenerse en cuenta si orientan lo esencial de su actividad hacia la
exportación o el mercado interno.
3. Características del empleo: Un indicador esencial en cualquier evaluación será la
cantidad y calidad del empleo generado, así como el tipo de relaciones laborales
y su grado de estabilidad, siendo más difícil incluir alguna referencia al impacto
indirecto sobre el entorno (empleo inducido o destruido).
4. Componente tecnológico y medioambiental: Un último criterio puede referirse al
esfuerzo tecnológico propio o la colaboración en proyectos con empresas e
instituciones locales, frente a la simple adquisición de tecnología importada, así
como una evaluación del impacto ambiental derivado de su actividad.

En resumen, se hace cada vez más necesario profundizar en la geografía de este nuevo orden
mundial, inherente a la actual fase de capitalismo global, capaz de interpretar la nueva lógica productiva y
espacial que se consolidará en los próximos años, junto a sus contradictorios efectos sobre los diversos
territorios y las sociedades que los habitan.

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