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Capítulo 1

LA CITACIÓN

Hablar es una tautología.


, D/zb^O
(Borges, La bibÜoieca ae d
¿'écol®
II faut étre ignorant comme un maítre
Pour se flatter de diré une seule parole
Que personne ici-bas n'ait pu diré avant
(A. de Musset, La coupe el
Écnre. car c'est toujours récrire, ne
e citer. Lacitation, gráce a la confusión
mjque á laquelle elle préside, est lecture
"re. Lire ou écrire. c'est faire acte de
(Antoine Compagnon, La second^ ^
Todo gran poeta, señora, nos plagia-
(Ortega y Gasset, Estafeta rorrt^^^'

A-
lodo discurso cforma parte de ' INTERTEXTüAI-*^^to
do discurso es la continuación de^'du. discursos*
explícita o implícita de textos previos la
tibie, a su vez, de ser injertado en nuevos
parte de una clase de textos, del corpus
La intertextualidad, junto con la coherencin^ i una
la adecuación,
La citación 43

intencionalidad comunicativa, es requisito indispensable del fun


cionamiento discursivo
lo ^^i'ácter
,...^^^808 citativo del dediscurso
fundamentales es manifestación
los sistemas de launoposi-
semiológicos: de
^ íiecesaria de que un signo pueda repetirse, la iterabili-
^ • Posibilidad necesaria: constitutiva de su ser signo. Un sig-
' para serlo, debe ser iterable. Esta observación parece obvia,
no lo es tanto si se trata de dar un lugar teórico a los
^cursos ficticios. En efecto, los discursos ficticios, y con ellos
1?.^.^ aquí nos concierne, el literario, son exponentes de la ite-
lingüística, de la posibilidad y de la necesidad de que
^^gno, y por lo tanto una secuencia de signos, se repita, se
'Produzca, «citándose» a sí misma. Ningún acto lingüístico de
®^.Ue Austin ha llamado «serios» podría cumplirse, como ob-
se^a Derrida si no contuviera, como tal acto lingüístico, la po-
ilidad obligada de ser «no serio». En contra de la idea, soste-
Por Austin de que la promesa hecha en un escenario de
pende lógicamente de las promesas «serias» hechas fuera del
tm, de (ías del Derrida
serias) teatro son promesas
afirma «parásitas»,
que ninguna según
promesa Aus-
«seria»,
° acto de habla «serio» podría producirse sin la posi-
rasgaos de la textualidad. véase R. A.f,jew
de York,
Beaugrande y V/.
Longman, U.
1981;
Teoría del íexlo. Madrid. Cátedra, 1978 (Texttheorie,
Münche^ ®8f"ed '
disf «texto» y «discurso» varía según las perspectivas teóricas;
Para textual», «texto» es un complejo comunicativo que inclu-
int, tstico (cfr. por ejemplo Schmidt, o. c., p. 22); para la «lin-
H surgida en Francia en la década del 70, «texto» equivale
® discurso» sentido más preciso: es el enunciado visto
desde ^^do», y " jgl mecanismo discursivo que lo condiciona (cfr. por
""Vroblématique des travaux sur le discours politiquea. Lan-
S^Sss, ' ^uespin. " ^ trabajos menos comprometidos con la definición técni-
de ' ^^71, p. ^'^^.^gurso» en cuanto unidades de análisis, ambos términos
suelej^ o de j^glentes. En este libro no interesa tampoco una distin-
ción est verá que en ciertos pasajes «texto» y «discurso» son
interc^i^if^®' ^ Sin
^*^bles. .'^^rnbargo, la palabra producto
,^g„saje codificado', «texto» retendrá su sentido
de la actividad quizá
comunicati-
va as «discurso» designará la transacción lingüística comple
ta. el a "^*®"^Iicación que incluye un texto, escrito u oral.
cje cornuO'
44 Polifonía textual
bilidad de su reproducción en la escena (o en otras formas de
mimesis, en simulaciones, repeticiones, citas), pues tal posibili
dad es un rasgo inherente, constitutivo, del signo (y, en su teo
ría, del carácter «grafemático» de toda marca). Lejos de ser un
aspecto de la actividad lingüística accesorio o secundario, la li
teratura, junto con los discursos ficticios que ponen en juego
el juego continuo de la iteración, es una parte del objeto de es
tudio —los actos de habla, la lengua— en cuanto exponente de
la iterabilidad del signo, y por lo tanto de los textos. Cito a De-
rrida (obedeciendo a la fatalidad del texto; poder engendrar otros
textos, en otros contextos):
Toüt signe, linguistique ou non linguistique, parlé ou écrit (au sens
courant de cette opposition), en petite ou en grande unité, peut étre
cité, mis entre guillemets: par la il peut rompre avec tout contexte
donné, engendrer á rinfini de nouveaux contextes, de fagon absolu-
ment non saturable. Cela ne suppose pas que la marque vaut hors
contexte, mais au contraire qu'il n'y a que des contextes sans aucun
centre d'ancrage absolu. Cette citationnalité, cette duplication ou du-
plicité, cette itérabilité de la marque n'est pas un accident ou une
anomalie, c'est ce (normal/anormal) sans quoi une marque ne pour-
rait méme plus avoir de fonctionnemenl dit «normal». Que serait une
marque que Ton ne pourrait pas citer?

La obra literaria, por sí misma, se constituye como ejercicio


de intertextualidad: hemos dicho ya que el discurso literario ana-
^ Marges de ¡a philosophie, París, 1972, p. 381. Véase también J. Derrida,
«Limited Inc.», Clyph 2, 1977, pp. 61 ss. Explicando la noción de iterabilidad,
a propósito de Derrida, Jonathan Culler afirma que los actos de habla «serios»
no son más que casos especiales de los «no serios»: «We are certainly accusto-
med to thinking in this way: a promise I make is real; a promise in a play is
a fictional imitation of a real promise, an empty iteration of a formula used
to make real promises. But in fact one can argüe that the relation of dependency
works the other way as well. If it were not possible for a character in a play
to make a promise, there could be no promises in real life, for what makes it
possible to promise, as Austin tells us, is the existence of a conventional procedu-
re, of formulas one can repeat. For me to be able to make a promise in «real
life», there must be iterable procedures or formulas, such as are used on stage.
'Serious' behavior is a special case of role playing» (On Deconstruction. Theory
and Crilicism after Structuralism. Ithaca, New York, Cornell University Press,
1982, p. 119.)
La citación 45

liza (explota, tergiversa, remeda, cuestiona, exacerba) los modos


de ser del discurso que llamamos «normal», o al menos no ficti
cio. La intertextualidad no es un rasgo de la literatura, sino una
condición sine qua non de todo texto, pero en la literatura, en
lugar de funcionar de modo automático y no siempre percepti
ble, como en otros textos, la intertextualidad es puesta en evi
dencia como tema de la escritura. La literatura se refiere al mun
do y también se refiere a la literatura, aunque sólo sea por ins
cribirse en un género {acepte o quebrante sus postulados). Des
de la alusión más sutil hasta la repetición literal, desde la
elección de una fórmula (sea «había una vez»...) hasta la parodia
de un sistema literario íntegro, en todo texto literario hay otros
—muchos, los identificables y los no identificables— textos lite
rarios. Se ha llegado a considerar que la obra literaria, y espe
cialmente el poema, no se refiere a un objeto o a un mundo,
aunque aparente hacerlo, sino a otros textos, incluidos los luga
res comunes que, semejantes a cristalizaciones de la intersec
ción de textos, han ido quedando, como marcas de sistemas con
ceptuales, a lo largo de la historia de una cultura ^ En cual
quier caso, la literatura es un resultado de la iterabilidad y un
espejo de aumento de los procesos de iterabilidad que gobier
nan todos los mecanismos lingüísticos.
Por el momento, el estudio de la intertextualidad literaria
se centra en el análisis de obras particulares; tal análisis permi
te hacer explícitas ciertas operaciones de la recepción textual
por medio de las cuales el lector discrimina o puede discrimi
nar las referencias de un texto a otros, atendiendo a las formas
de la deixis intertextual. Las bases teóricas de este análisis son

3 Véase Michael Riffaterre, Semiotics of Poeíry, Indiana University Press,


1978; del mismo autor, La produciion du texle, Paris, Seuil, 1979. Véase también,
sobre la concepción de intertextualidad en Riffaterre, la reseña de Paúl de Man,
«Hypogram and Inscription: Michael Riffaterre's Poetics of Reading», Diacritics.
11, 4, 1981, pp. 17-35. En ese mismo número de Diacriíics Riffaterre hace un
interesante análisis de la intertextualidad en la novela: «Flaubert's Presupposi-
tions», pp. 2-11. Un estudio del modelo intertextual, de las dificultades de su
aplicación y de ciertos modos elementales de intertextualidad en el discurso se
encontrará en Jonathan Culler, The Pursuit of Signs. Semiotics, Literature, De-
conslruction, Ithaca. New York, Cornell University Press, 1981, capítulo 5.
46 Polifonía textual

todavía confusas, y quizá lo sean siempre, porque el fenómeno


es demasiado vasto como para que se lo pueda someter a un
rigor teórico definitivo \
El propósito de este capítulo es analizar el fenómeno de la
citación o representación de un enunciado en otro, las caracte
rísticas y las limitaciones de los simulacros verbales. La cita
ción es un mecanismo imprescindible para el funcionamiento
discursivo. No hay discurso que carezca de alguna dimensión
intertextual: en todo texto hay otro texto. Pero la operación de
recuperación y transvase textual acarrea siempre tergiversación.

2. LA CITA COMO PERVERSIÓN

Dijinios en la Introducción que escribir literatura es citar


lenguaje y también citar lenguaje ya citado: otros textos litera-
4 J Culler, The Pursuit of Signs, o. c., pp. 111 y 119. Pero Riffaterre (quien,
manejando un concepto muy amplio de intertextualidad, ha logrado análisis im
cables y sorprendentes), no duda de la eficacia de su modelo: véase «Henme-
neutic Models». Poetics Today, IV, 1, 1983, pp. 7-16. Transcribo el primer párra
fo donde Riffaterre reafirma yresume su teoría: «One of the toughest questions
• criticism, or in theory of literature. is; Why, despite diversity of cultures, chan-
times, evolving ideologies —why do readers so often agree upen the inter-
.jqjj of a líterary work of art? My tentative explanation is that every lite-
text contains certain subliminal components that guide the reader towards
ig stable interpretation of that text. These components enable him to find
® loffues of the text under scrutiny within his mental archives, within the
stores of myths and stereotypes
verbal sequences,that make up or
descriptive his narrative
linguistic or
competence. These
both, fragments
resentation that exist potentially within the sociolect or actually wiihin
^^^tertext. They spell out fully what the text says oniy incompletely; or they
'"early what the text says obscurely; or they provide the context within which
make sense. The sociolect or the intertext thus offers a frame of
Qj. a signifying system that tells the reader how or where to Jook for
thougt_^^ or angle the text can be seen as decipherable. This frame.
^ "^tem,
o*"
or angle of visión, I cali the hermeneutic model (p. 7).
gy reciente libro' Palimpsestes (París, Seuil, 1982) G. Genette nos ofrece
nífico escrutinio de zonas problemáticas de la intertextualidad, o, como
un jg la transtextualidad: parodia, pastiche, transposición. Sobre el con-
él 'jj-anstextualidad, y sus modos de manifestarse en la literatura, véanse
íll£Í£acíón 47
literatura se expone y analiza el proceso de intertex-
^ idad. La incorporación de otros textos literarios en el texto
puede aparecer como no premeditada, o mostrar diver
la plagio, homenaje, parodia, sátira. Hay en
te Genette llama «transfusión perpetua»^ de
hJ' a esta intertextualidad interior (que incluye como
de^*^^ no sólolugares
otros comunes,
textos literarios, sino los sistemas
que forman parte de núes-
^^^Pstencia lingüística, y que son presupuestos por pala-
^xpresiones o tropos literarios), otra proliferación; la de
to iterario, diseñando
crítica reconstruye,
una red demanipula, cita y re-cita
intertextualidades el tex-
posibles,
ausibles, deseables, para poner el texto estudiado en relación
infl ^ simultáneamente en relación con su comentario (que
tu texto analizado, puesto que puede alterar sus lec-
da^t^ Podría afirmarse que la tarea de la crítica literaria reme-
en P? ámbito impune
escritura
de otroliteraria,
modo de así
ser,como ésta mimetiza,
los mecanismos del
f^guaje humano (y a la vez los de sus citas literarias...). De mo-
o que, invirtiendo los términos, podría también argüirse que
a literatura es comentario de textos. Dentro de la literatura
contemporánea, no hay mejor ejemplo de transfusión textual
Ji todos los sentidos apuntados, que la obra de Borges, donde
® proceso de escribir se presenta como equivalente al de citar
yeste consiste en una inevitable perversión. Un análisis, aunque
sea reve, de la reflexión de Borges, nos permitirá delimitar
mejor el fenómeno de la citación.
Los cuentos de Borges suelen estar construidos sobre un tex-
o anterior, literario o no, del que el cuento es una nueva ver-
«resumen», un comentario, una supuesta reseña. El na
rrador indica su fuente en el texto mismo, oen notas, prólogos
y epílogos. Creo que la intención es notoria: mostrar el mecanis
mo, buscar la confabulación irónica, hacer recordar al lector
que lo que va a leer, ha leído o está leyendo es un ya dicho
porque todo texto lo es, debe serlo y de eso se trata. En el
J ^

® PaUmpsestes, o. c., p. 453.


48 Polifonía textual

dicho hay una colección, en principio infinita, de locutores y


sus correspondientes interlocutores. Lo ya dicho es un ya leído
(u oído) ante todo por el mismo que ahora lo reescribe, y que
entonces se confunde con los infinitos locutores e interlocuto
res anteriores, ocupa su lugar en el espacio ilimitado de la pro
ducción textual y hace caer en él al lector. Sujeto, tiempo y es
pacio se confunden, pero como se confunden por medio de otro
discurso, uno más en la cadena, paradójicamente se reestable-
cen como entidades reales, reales porque sujeto, espacio y tiem
po sólo existen en virtud de la emisión lingüística, según la clá
sica teoría de Benveniste.
Tanto las reflexiones de Borges sobre literatura como su pro-
. jjteratura (que se dan conjuntamente) son, en efecto, refle-
^'^ones sobre la citación, reflexiones que tienen, para el estudio-
de la literatura, un interés intrínseco: la obra de Borges está
-fruida a conciencia en el uso y el abuso —en el agota-
j^tQ. de la cita. La literatura de Borges trata de la literatu-
ternas ya tratados, de problemas ya muchas veces expues-
de personas que son personajes. Sin embargo, Borges es
Su originalidad no reside sólo en el estilo, ni en la
cía de géneros, ni en las maneras de su ironía, ni en ciertos
de su pensamiento y su escritura (todo ello muy bien
^ rliado por la crítica). La más importante originalidad de Bor-
geSí omoliteraria
sugirió de
hace añossobre
valor JohnunBarth es haber levantado
cuestionamiento corrosivo
"^literatura. En efecto, si, como se medita, se prueba y se
^nieba hasta el cansancio en ensayos y narraciones, escri-
comP^^^^Qj-ablemente reescribir, ¿para qué escribir? ¿Vale la
bir ggucitar una vez más el ya dicho y ya leído? Mostrar el
^smo es, entonces, la otra vuelta de tuerca, la afirmación
jj^ecaiJi rotura, acatamiento yexhibición de los mecanismos
de
— - — « T h e Literature of Exhaustion», The Atlanric, Boston, agosto
6 ] 220. N.° 2, pp. 29-34. (Artículo recogido enJaime Alazraki, ed., Jorge
¿e 1967' V •j^gjj-id. Taurus, 1976.) Valle Inclán (acusado ensu tiempo de plagio)
l,ui^ idea, que llevó audazmente a la práctica, de una literatura hecha
jefendi<^ y¿ase por ej. Gustavo Fabra Barreiro. «Otra víctima de Valle Inclán:
¿e 5/ discurso interrumpido, ed. de Mauro Armiño. Madrid, Akal, 1977.
paroja" ®
La citación 49

de la textualidad, la implícita admisión de los elementos que


la lengua instaura; sujeto, espacio, tiempo. Los ensayos y «fic
ciones» de Borges, ejercicios de devoción y escepticismo sobre
los textos, que quieren probar la inexistencia del tiempo, y por
lo tanto del discurso, y confunden el acto de leer y el de escribir
en una única re-citación, amalgama de sujeto y texto, esos ensa
yos que descartan la originalidad, son originales porque se cons
tituyen en el escepticismo, lo analizan, lo agotan, para, de he
cho, negarlo. Siguiendo una venerable tradición literaria, en los
textos de Borges (donde abundan los espejos) la trama y los hi
los de la trama se nos presentan simultáneamente, y nuestra
propia actividad de lectores queda al descubierto: la voz narra
tiva nos hace notar que está citando otras situaciones de enun
ciación —autores, sus textos, sus lectores...— y que nosotros
al leer, debemos entrar en el mismo juego. Porque leer y escri
bir coinciden: Borges se muestra escritor y lector a la vez, autor
de otra versión de algo ya leído, copista, traductor, editor, intér
prete. Escribe leyendo y su lector, sometido al espectáculo de
esa doble operación, re-lee, imitando, como en un espejo, la re
lectura que dio origen a la escritura misma. Asu vez los críticos
de Borges (que cumplen en cierto modo el papel de continuado
res de sus textos) hacen de esa relectura una nueva escritura
lo releen citándolo: arman un (nuevo) mosaico de citas, se sir
ven de la frase de un ensayo para explicar un cuento y vicever
sa, del destino o las palabras de un personaje para ilustrar una
preocupación metafísica expuesta en un ensayo o en un poema
Obedeciendo a una imposición que surge, en este caso con espe
cial claridad, del ser mismo de la literatura, los escritos sobre
Borges suelen estar saturados de citas de Borges. (Creo que
rasgo digno de atención del estilo de Borges es que ofrece uni
dades discursivas cerradas, autosuficientes y poéticamente con
cisas; perfectamente aptas para ser citadas. Al ofrecer su text
al fácil desmembramiento, a la mutilación de la cita, Borges
completa, no sé si con premeditación o no, la lección que n
da sobre la citación inevitable y perdurable. Por otra parte
repetición textual —puede pensar el lector asiduo de Borgeg.^
es la única forma posible de eternidad en el universo como dis
POLIF. TEXTUAL. — 4
50 Polifonía textual
curso: al protagonista de «El inmortal», que había principiado
por ser Homero, y que era todos y era nadie, sólo le habían
quedado palabras al cabo de aquel inmenso tiempo de su vida,
«palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros,
fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos». Pala
bras de otros, mutiladas, desplazadas: citas. Al ofrecerse a la
cita, Borges el escritor se ofrece a una eternidad, la que instau
ra el incesante engendramiento de unos textos en otros, de la
palabra propia, que a su vez fue ajena, en la del otro, que cum
plirá el mismo destino, la misma supervivencia.)
Borges trata los problemas más acuciantes del fenómeno de
la citación: el problema de la polifonía del sujeto, del carácter
histórico del discurso, de las consecuencias de la manipulación
de unos textos por otros. Dos de sus cuentos más famosos {y
citados) tienen por tema la citación: «Los teólogos», incluido en
El Aleph, y «Fierre Menard, autor del Quijote», de Ficciones''.
«Los teólogos» es la historia de la rivalidad entre dos teólo
gos, Aureliano y Juan de Panonia. Aureliano detesta a Juan de
Panonia porque éste ha tratado un tema de la especialidad de
Aureliano, el tema de la eternidad. Enfrentados para refutar la
teoría de los monótonos o anulares, que sostienen que la histo
ria es cíclica, que nada sucede que no sea repetición y que no
haya de repetirse infinitamente, Aureliano tiene que admitir que
' Antoíne Compagnon, en su excelente estudio histórico de la citación (La
seconde main ou le travail de la citalion. Paris, Seuil, 1979) elige los mismos
cuentos para ejemplificar la anomalía que él llama de la «déraison suffisante»;
«La citation est la raison suffisante dans l'écriture ei de récríture, une raison
dont le fondament reste obscur. Sans citation —sérieuse, mesurée el fidéle, c'est-
á- diré raisonnable el discemable—, mon écriture n'a pas de raison, pas de titre
á l'existence; elle est possible, mais elle n'a nulle raison d'étre: elle pourrait tout
aussi bien ne pas étre. C'est bien lá toute l'aporie au fond de l'écriture, telle
que Borges la révéle, qu'elle ne soit pas necessaire, qu'il ne lui suffise pas de
ne pas étre contradictoire avec elle-méme pour exister. En définitive, la question
qui se pose á chaqué mot est celle de sa raison d'étre en tant qu'il est contingent.
L'économie périgraphique répond en renvoyant la question: ce mot est actuel,
il existe, il n'y a qu'a le répéter, le citer; Borges dit seulement que ce mot est
possible, qu'il dépend de l'absolue subjectivité de chacun de le rendre actuel.
En quoi ¡1 rejoint le baroque qu'il définit lui-méme comme 'toute création qui
tente d'épuiser ses possibles'» (p. 378).
La citación ^
el texto de la refutación de Juan es muy superior; el texto de
Juan es «límpido, universal; no parecía redactado por una per
sona concreta, sino por cualquier hombre, o, quizá, por todos
los hombres»®. Este texto, que consta de sólo veinte palabras,
es el único texto conservado de Juan de Panonia: se conserva
como una cita en la obra de Aureliano. Aureliano cita a Juan
cuando ambos, otra vez enfrentados, refutan una nueva herejía,
la de los histriones, que surge cuando ya se ha extinguido la
de los monótonos. Entre las muchas variantes de esta herejía,
dos nos importan: para algunos histriones, este mundo es un
reflejo del mundo superior, y por lo tanto «cada hombre es dos
hombres»; para otros, precisamente los histriones de la diócesis
de Aureliano, el tiempo es lineal y nada se repite, de modo que
el mundo ha de terminar cuando se agoten todas las posibilida
des: los histriones cometen, para eliminarlos, los actos más atro
ces. Aureliano describe, en su informe a Roma, la herejía e
los histriones con el mismo texto con que Juan de Panonia ha
bía refutado a los monótonos. Indica que el texto es una cita,
y aunque no dice de quién, Juan es descubierto y condena o
a la hoguera. Muchos años después, todavía obsesionado por
su rival (ahora por la justificación de la denuncia que lo evo
a la muerte), Aureliano muere en un incendio: «pudo morir co
mo había muerto Juan». El final de la historia sucede en e cíe
lo. El narrador advierte que en el cielo no hay tiempo y q^^
por lo tanto lo que allí sucede sólo puede relatarse me lan e
metáforas. En el cielo Aureliano descubre que para la mente
divina no hay diferencia alguna entre él y Aureliano, que am os
son uno solo. . / o ^
«Los teólogos» es una reflexión (una metáfora, diría Borges)
sobre la naturaleza de los textos. La oposición entre los riva es
es enfrentada, especularmente, a la oposición de dos herejías,
es decir, dos textos aparentemente distintos, ambos divergentes
respecto de una supuesta verdad. Dos concilios representan a
los enunciadores del texto verdadero, los que deciden si los prin
cipios de los monótonos, y luego de los histriones, son o no son

8 p. 38. Cito por la edición de Buenos Aires, Emecé, 1957.


52 Polifonía textual
heréticos. Pero estos enunciadores de la verdad condenan suce
sivamente ambas herejías no por contraposición con un único
texto verdadero, sino esgrimiendo como verdad, la primera vez,
lo que ha de ser condenado como herejía la segunda vez. Sospe
chamos que esa alternancia puede repetirse infinita y «monóto
namente»... Los refutadores de las herejías son dos teólogos que
libran entre sí una batalla textual: ambos defienden lo mismo,
la ortodoxia, y por eso escriben textos que, postulada una orto
doxia, deberían significar lo mismo. Pero no es así. En el inci
dente de los histriones, el texto de Juan, que había servido de
modelo de ortodoxia, se vuelve, en virtud de la citación, modelo
de herejía. Las herejías se confunden, sus textos y los de sus
refutaciones se confunden. Inevitablemente, las identidades de
sus locutores se confunden también. El cuento renueva el miste
rio de la identidad Esa identidad sólo puede definirse en tér
minos discursivos: yo es el «yo» de una enunciación, el sujeto
que existe en cuanto existe en el texto que ha proferido o escri
to. Para un Dios que está más allá del tiempo y por lo tanto
del discurso —el discurso es un acontecimiento que ocurre, co
mo todos, en el tiempo y el espacio— para ese Dios no hay tal

En «El tiempo circular», ensayo incluido en Historia de la eternidad, Bor-


ges comenta laconcepción cíclica del tiempo enMarco Aurelio, la implícita nega
ción de toda novedad, y dice: «La conjetura de que todas las experiencias del
hombre son (de algún modo) análogas, puede a primera vista parecer un mero
empobrecimiento del mundo. Si los destinos de Edgar Alian Poe, de los vikings,
e Judas Iscariote y de mi lector secretamente son el mismo destino —el único
destino posible— la historia universal es la de un solo hombre. En rigor, Marco
Aurelio no nos propone esta simplificación enigmática. (Yo imaginé hace tiempo
un cuento fantástico, a la manera de León Bloy: un teólogo consagra toda su
vi a a confutar a un heresiarca: lo vence en intrincadas polémicas, lo denuncia,
lo hace quemar; en el cielo descubre que para Dios el heresiarca y él forman
una sola persona)» (Obras Completas. Buenos Aires, Emecé, 1954, p. 96). Como
la crítica ha señalado repetidamente, el tema del yo y el otro, o yo y el mismo,
es central en la obra de Borges, está relacionado con el tema de la paternidad
(véanse «Las ruinas circulares», el poema «El golem», etc.) ycon el de la paterni
dad literaria, la autoría. Ambas formas de paternidad son «abominables» porque
multiplican el universo abominable (así en «Tlón, Uqbar, Orbis Tertius», de Fic
ciones. Buenos Aires, Emecé, 1956, p. 14). Véase infra. a propósito de «Fierre
Menard, autor del Quijaíc.
La citación ^
distinción entre sujetos. Fuera del tiempo, fuera de sus enuncia
ciones, los dos teólogos son una sola persona.
Ninguna de las dos herejías cuenta, pues, en la intemporali-
dad (que aquí es el Paraíso); ninguna es herejía (al fin de cuen
tas, Aureliano y Juan ganan el cielo de los justos). La repetición
proclamada por los monótonos se verifica en la sucesión de con
denas y fuegos, y también se verifica la doctrina de los histrio
nes: un discurso podrá mantenerse literalmente idéntico, pero
cada enunciación nueva de ese discurso, cada cita, será diferen
te, porque se producirá en otro momento del tiempo, en otro
contexto, y pervertirá el discurso original. Juan de Panonia es
condenado a muerte no por hereje, sino por no reconocer esta
ineludible verdad: su texto era sin duda rigurosamente ortodo
xo, tal como él tozudamente defiende en el juicio, pero su texto
citado, es decir, la nueva enunciación de su texto, ya no es orto
doxa. La cita era escrupulosa, y fatalmente, fiel, era una repro
ducción ad pedem litterae, pero ya no quería decir lo mismo,
puesto que ya no interesaba combatir a los monótonos. No hay
ortodoxia, es decir, no hay texto que no esté sometido a la per
versión de ser leído o citado en otro tiempo; esa evocación o
alterará inevitablemente. No hay pureza textual; el texto es con
taminable, porque está hecho de textos y ha de servir para nue
vos textos.

Todo el cuento es un ejercicio de citas, una ejempli icacion,


ciertamente humorística, de esta teoría de la textualidad. Tanto
los discursos ortodoxos como los heréticos se confeccionan an e
nuestros ojos; cada texto es cita —perversión— de otro uotro^
La herejía de los monótonos nace de un misreading e
de San Agustín que se menciona en el primer párrafo del cuen
to. La refutación de Aureliano está hecha de citas de autores
cristianos y gentiles; el primer autor mencionado es Agustm.
El narrador informa que Aureliano aprovechó la ocasion para
«cumplir» con muchos libros que tenía en su biblioteca pero
que no había leído hasta entonces: los usó para «engastar» pa^
jes en su texto. Juan de Panonia, en su famosa refutación e
veinte palabras, también acude a autoridades, pero su texto es
más sobrio, más eficiente, porque las citas no están engastadas.
54 Polifonía textual
fjiyi amalgamadas,fifi faJ mndn que su texto parece hecho por
cua/quíer hombre ypor todos los hombres; suena, para el ren
cor de Aureh'ano, como la voz universal de la verdad. Pero no
io es; Aureiiano pudo destruir esa verdad universal, simplemen
te citándola, desplazándola en el tiempo. Todos los textos men
clonados en «Los teólogos» están hechos de otros textos tani
bién minuciosamente indicados. Las citas probablemente apo
crífas del narrador remedan (citan) las de teólogos y herejes,
y de paso advierten que un texto puede ser dos textos, o que
un texto significa dos cosas opuestas, según quién lo descifre
(es decir, según cuándo se lo descifre); los libros sagrados de
los histriones han desaparecido, se dice, pero se conservan las
injurias contra los histriones, y un erudito sugiere que esas in
jurias conservadas son precisamente los evangelios de los his
triones.
El tema de «Fierre Menard, autor del Quijote», es también
la citación, pero esta vez se trata de una cita que no es repro
ducción, sino producción, una empresa «meramente asombro
sa»; volver a escribir el Quijote, sin copiarlo, y sin intentar ser
Cervantes.
Fierre Menard es un poeta simbolista francés. El narrador
del cuento se propone rectificar ciertos malentendidos sobre su
memoria. Enumera prolijamente los textos conservados del poe
ta, su obra «visible» (que revela una notable propensión a la
perversidad literaria: un vocabulario de conceptos poéticos sin
relación con el lenguaje común, la versión del «Cimetiére ma-
rin» en alejandrinos, una invectiva contra Valéry que debe ser
leída como una alabanza, etc.), y luego explica que su obra invi
sible consiste en el «nuevo» Quijote literalmente idéntico al de
Cervantes. El propósito de volver a escribir el Quijote (el Quijo
te, no un Quijote) es una perversidad que no quedará cumplida
porque su autor es mortal. «Mi empresa no es difícil, esencial-
niente», dice Fierre Menard, «me bastaría ser inmortal
varia a cabo» Debemos tomar en serio esta observación; se
trata, otra vez, del tiempo y de la identidad, a través del análisis

pág. 53 en la edición de Buenos Aires, Emecé, 1956.


La citación 55

de la urdimbre de dos procesos complementarios de constitu


ción del texto, la escritura y la lectura. Lectura y escritura no
son, escribe Manuel Alvar, «menesteres contrapuestos. Porque
escribir no es otra cosa que pensar sobre un recuerdo» Fie
rre Menard quiere recuperar, intacto, ese recuerdo: revertirlo,
repetirlo, retenerlo. Con ello demostraría que el acto de hablar
es tautológico y que la literatura es obra de todos y de nadie.
Genette, en un artículo temprano sobre Borges, describió su
visión de la literatura como «un espacio homogéneo y reversible
en el que las particularidades individuales y los datos cronoló
gicos no tienen cabida; la literatura, en la «utopía» de Borges,
es «una vasta creación anónima donde cada autor no es mas
que la encarnación fortuita de un Espíritu intemporal e imper
sonal, capaz de inspirar, como el dios de Platón, el más bello
de los cantos al más mediocre de los cantores» La idea de
un espíritu intemporal productor y consumidor de literatura es,
precisamente, de Valéry, transpuesto y repudiado por Menard.
En ese «espacio homogéneo» no hay Cervantes ni Menard, sino
una infinita re-composición de textos en una algarabía de lectu
ras y escrituras.
Lo descabellado de la empresa de Menard es que crea una
relación imposible entre un texto al que, cierto que con comi
llas, se llama «original» (p. 52) y una reescritura
texto. En cuanto se postula un texto original, la tarea de -
nard debe verse como citación, y en cuanto se presenta su resu
tado como un texto nuevo que es el Quijote, la tarea se mués ra
como imposible e inútil. Es inútil e imposible volver a escn
el Quijote, por más que hacerlo pudiera demostrar que to o o
bre debe ser capaz de todas las ideas y que la literatura u
obra anónima y colectiva. Ytambién es imposib e, y quiz
querer mencionar la lengua sin usarla, liberarse de la enuncia
ción, estar fuera del tiempo: el Quijote de Pierre Menar es ^
balmente idéntico al de Cervantes (en la lectura de su resena-

" «De tópicos y lecturas», en ABC. 24 de septiembre de 1983.


'2 «Borges y la utopía literaria», en Jaime Alazraki. ed., Jorge Luis Borges,
o. c., p. 54.
Polifonía textual
dor, al menos), pero como Fierre Menard se resistió a dejar de
ser Fierre Menard, y quiso producir el Quijote «a través de las
experiencias de Fierre Menard», el Quijote de Fierre Menard sig
nifica de manera diferente, es otro texto:
Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el
de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, Primera
Parte, noveno capítulo):
...la verdad, cuya madre es ¡a historia, émula del tiempo, depósito
de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente,
advertencia de lo porvenir.

Redactada en el siglo xvii, redactada por el «ingenio lego» de Cer


vantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia.
Menard, en cambio, escribe;
...la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito
de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente,
advertencia de lo porvenir.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard.


contemporáneo de William James, no define la historia como una in
dagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, pa
ra él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. [...] Tam
bién es vivido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Me
nard, extranjero al fin, adolece de alguna afectación. No así el del
precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su épo
ca (p. 57).

La imagen del regressus ad infinituyn es cara a Borges. El


cuento que analizamos es la historia de una lectura (el narrador-
reseñador lee el Quijote inexistente de Fierre Menard) y en esta
lectura se crea otra (Fierre Menard lee el Quijote de Cervantes)
en la cual se postulan lecturas infinitas. Además, el reseñador
convierte su lectura de Menard en escritura (es el narrador de
la historia disfrazada de reseña, que es la historia ficticia de
una lectura), reflejando la empresa de Menard, cuya lectura del
Quijote quiso ser, palabra por palabra, su escritura del Quijote.
Esta escritura permaneció invisible para todo el mundo menos
para el reseñador, que cita a Menard con total seguridad, citan-
La citación ^
do a Cervantes... No nos interesa analizar o ponderar este vérti
go, sino señalar la revelación que este vértigo multiplica: el acto
de leer un texto es esencialmente idéntico al de re-citarlo, y leer
y re-citar son actos a su vez idénticos, esencialmente, al acto
de escribir («componer», dice Borges).
Leer o recitar, y escribir (componer), en cuanto actividades
citativas, son distorsiones de un original inapresable. «La cita-
tion la plus littérale est déjá dans une certaine mesure une pa
rodie», dice Michel Butor Es nuestra materia temporal, nues
tro ser en el tiempo, lo que pervierte cada texto retomado por
otro texto en la lectura o en la escritura. Borges insiste, en un
poema reciente: «Tu materia es el tiempo, el incesante / Tiempo.
Eres cada solitario instante» '•*. La independencia de los mo
mentos, la independencia de los sujetos de enunciación, sean
una misma persona o varias, explica la posibilidad de una lectu
ra a contratiempo (en términos de Genette, el espacio unitario
de la lectura es también reversible). El narrador-reseñador de
«Fierre Menard, autor del Quijote» nos informa que el Quijote
de Fierre Menard consta de dos capítulos y parte de un tercero
del Quijote de Cervantes, pero que él es capaz de leer todo el
Quijote como si lo hubiera escrito Menard. De ia misma mane
ra, podemos pervertir ad libitum el significado de los textos,
mediante la famosa «técnica del anacronismo deliberado y las
atribuciones erróneas», y leer la Odisea como si fuera posterior
a la Eneida, y la Imitación de CHsto como si fuera obra de Louis
Ferdinand Celine o James Joyce. Podemos leer el Quijote, en
suma, como si lo hubiera escrito Menard. Los libros mas cono
cidos e interpretados se llenarán de novedades, porque ca ^
tura (reescritura, cita) será diferente, anclada en un sitio dite-
rente del tiempo, y el juego sólo confirmará que la enunciación
es irreductible, que no hay texto ortodoxo, verdadero tuera de
su enunciación, o eterno: todo texto, por su aptitu para ser
citado, está sujeto a una inagotable perversión.

'3 Répertoires III, Paris, Minuit, 1968, p. 18.


«El ápice», La cifra, Madrid, Alianza, 1981, p. 63.
58 Polifonía textual

3. REPRESENTACIÓN Y SIMULACRO

Llamaremos citación a la operación que consiste en poner


en contacto dos acontecimientos lingüísticos en un texto, al pro
ceso de representación de un enunciado por otro enunciado
Puesta en contacto, puesta en relación, o fricción: esta última
metáfora sugiere colisiones y engranajes Las variaciones de
la citación, así entendida (nótese que mi concepto de citación
es mucho más amplio que el corriente de 'transcripción literal',
mención de un enunciado') son tantas cuantos sean los criterios
con que se intente distinguirlas. Un esquema gramatical, que
arranca de las primeras reflexiones sobre los modos de presen
tar una historia, sirve de fundamento explícito o implícito tanto
a los estudios gramaticales como a los de la poética: el esquema
de los estilos directos e indirectos (luego se verá la razón del
plural que utilizo). Antes de reconsiderar este sistema, sobre el
que trabajaremos a lo largo de este libro, una última reflexión
sobre el acto de citar.
La iterabilidad es constitutiva del ser del signo y del discur
so. Todo signo y todo discurso debe ser repetible. Pero, paradó-
El intertexto etimológico de cita es sumamente esclarecedor. Remito al
artículo íntegro de Corominas, s. v. citar; pero resumo, porque no pueden dejar
de ser mencionadas en este punto, algunas acepciones. El latín citare significaba
poner en movimiento, 'hacer acudir', 'llamar, convocar'; de ahí el sentido, hoy
corriente, de citar en citar a una reunión, concertar una cita, pedir cita. En cuan
to 'hacer venir', en lenguaje taurino citar significa llamar la atención del toro
(Barthes usa citación con este significado en su análisis de las connotaciones;
cfr. S/Z, París, Seuil, 1970, cap. XIII). A las acepciones señaladas se agrega la
de 'repetir palabras', es decir, citar, convocar un texto, con sus sinónimos y deri
vados mencionar, hablar de, referirse a, tocar, traer, etc. (véase el Diccionario
de uso del español de María Moliner, í. v. citar.) Citación (que. según M. Moliner,
significa acción de citar (llamar), es decir, algo semejante a convocatoria), no
se usa, actualmente, fuera del lenguaje jurídico; la mantengo en este segundo
sentido de 'convocatoria textual' para diferenciar el proceso de su resultado, la
cita, y también para que no se pierda de vista la acepción 'hacer venir', ligada
a un segundo intertexto formado por los derivados de citare: concitar, excitar
(de excitare, 'despertar'), incitar, suscitar, resucitar, solicitar... y el modesto reci
tar, 'hacer venir otra vez', 'repetir', 'leer en alta voz', o. como propondría Pierre
Menard, simplemente 'leer'.
La metáfora es de Compagnon, o. c., p. 42.
La citación ^
jicamente, la repetición total (la cita total) es imposible. El dis
curso sólo puede repetirse en parte: representarse. Un acto de
habla —la parte verbal de un acto de habla— es susceptible de
convertirse en una imagen dentro de otro acto de habla. Esta
representatividad es el pivote de la economía discursiva.
La citación produce la imagen verbal de otro objeto verbal,
real o inventado, anterior, posible, futuro. Ya sabemos que esta
imagen nunca será completa y fiel, ya que su producción se efec
túa mediante una inevitable recontextualización del texto cita
do. Ni aun en el caso de una reproducción que pudiera ser, fan
tásticamente, una creación a novo (Menard intentando escribir
el Quijote sin dejar de ser Menard, sin citar), ni aun así la repro
ducción sería una réplica exacta del original (el Quijote de Me
nard no es el Quijote, es otro Quijote).
En efecto, cada texto, en cuanto enunciado, esto es, producto
de una enunciación, es sólo una parte —nadie duda que
fundamental— de un acontecimiento lingüístico que incluye al
productor o sujeto de la enunciación y a la situación de enun
ciación o entorno. El entorno consta de elementos lingüísticos
(que forman el «contexto», donde caben todos los textos suscita
dos, aludidos, transcritos) y elementos extralingüísticos, oigani-
zados en torno al aquí y ahora de la enunciación. Al poner en
contacto dos textos, la citación pone en contacto, pues, dos acon
tecimientos lingüísticos independientes e «intraducibies» uno por
el otro en forma completa (la condenación de los monotonos
por Juan de Panonia es independiente de la condenación e uan
de Panonia por Aureliano, aunque el texto de ambos aconteci
mientos lingüísticos tenga una parte, io citado, verbalmente i en
tica). El texto original aparece en el texto citador como una ima
gen desprovista de gran parte de su entorno, por lo cua su sig
nificado puede ser diferente e incluso opuesto al que tenia en
su situación original. De ahí la distorsión de la imagen, que,
sin embargo, debe ser reconocible: de otro modo, no que ana
rastro del proceso de citación.

" Véase el análisis del «complejo comunicativo» completo en S. Schmidt,


Teoría del texto, o. c., pp. 25 ss.
60 Polifonía textual
Las citas literarias por imitación, copia, pastiche, alusión,
plagio, parodia, y todos los mecanismos para citar palabras, tanto
en el relato literario como en la lengua corriente, ofrecen algún
tipo de representación del texto y situación de enunciación ori
ginales. La representación o mimesis es, como observa Meir
Stemberg, un «universal» de la cita. Así, dos estructuras for
malmente idénticas como (1) y (2), que consisten en una oración
principal y una subordinada objetiva,
(1) Prometo que iré.
(2) Prometí que iría.

se distinguen claramente por su valor representativo: (1) es una


promesa, y (2) refiere {reports) un acto de habla, en estilo indi
recto, representando, reconstituyendo, su contenido preposicio
nal (y, quizá, también, en parte, la forma literal que tuvo la pro
mesa: trataremos esto en su momento). Hay una relación mimé-
tica indudable, en todo caso, entre la promesa original y su ver
sión en (2), que falta en la expresión inmediata de la promesa,
ejemplificada en (1)'®. La relación representativa entre el tex
to citado y su original es independiente de la forma directa o
indirecta que adopte la cita. Si reconocemos el «otro» texto, es
porque se nos da alguna imagen de él; puede ser una palabra,
un modo de entonar, un rasgo estilístico, una transcripción com
pleta, o la reformulación de sus contenidos. Dice Volosinov (o
Bajtin):
Reportad speech is regarded by the speaker as an utterance belon-
ging to someone else, an utterance that was originally totally índe-
pendent, complete in its construction, and lying outside the given con-
text. Now, it is from this independent existence that reported speech
is transposed into an authorial context while retaining its own refe-
rential content and at least the rudiments of its own linguistic inte-
grity, its original constructionai independence. The author's utteran
ce, in incorporating the other utterance, brings into play syntactic,
stylistic, and compositional norms for its partial assimilation —that
is, its adaptation to the syntactic, compositional, and stylistic design
'8 Meir Stemberg, «Proteus in Quotation-Land. Mimesis and the Forms of
Reported Discourse», Poetics Today, III, 2, 1982. p. 153.
La citación 61

of the author's utterance, while preserving (if only in rudimentary


form) the inilial autonomy (in syntactic, compositional, and stylistic
terms) of the reported utterance, which otherwise could not be gras-
ped in full

Cuando leemos en El otoño del patriarca


...vio sin ser visto al minotauro espeso cuya voz de centella mari
na [...] lo dejó flotando sin su permiso en el trueno de oro de los
claros clarines de los arcos triunfales de Martes y Minervas de una
gloria que no era la suya mi general, vio los atletas heroicos de los
estandartes los negros mastines de presa los fuertes caballos de gue
rra de cascos de hierro las picas y lanzas de los paladines de rudos
penachos...

descubrimos, nítida, hecha con los ritmos y las palabras, la ima


gen de los versos de Darlo. Cuando leemos

Una tarde de enero habíamos visto una vaca contemplando el crepús


culo desde el balcón presidencial, imagínese, una vaca en el balcón
de la patria [...] pero se hicieron tantas conjeturas de cómo era posi
ble [...] que al final no supimos si en realidad la vimos o si era que
pasamos una tarde por la plaza de armas y habíamos soñado cami
nando que habíamos visto una vaca en el balcón presidencial (p. 9),

reconocemos, no ya expresiones atribuibles a un sujeto particu


lar, sino un sistema de pensamiento, un conjunto de proposicio
nes ajenas que emergen en la reformulación del narrador. Se
trata, aquí, de una representación de ideas sobre el mundo, de
un «discurso social» donde se admite soñar con vacas en balco
nes presidenciales, o hasta verlas y decir que se las ha soñado.

Marxism and the Philosophy of Language, New York and London, Semi
nar Press, 1973, p. 116. Se cree actualmente que este libro es obra de Bajtin,
aunque lleve la firma de su discípulo Volosinov. M. Holquist. traductor y estu
dioso de Bajtin, anuncia una biografía de éste donde quizá se aclaren estospun
tos. Trataré algunos aspectos de las teorías de Bajtin en el capítulo siguiente,
donde incluiré una bibliografía actualizada.
20 El otoño del patriarca, Barcelona, Plaza y Janés, 1975, p. 194. Es éste un
caso de lo que en retórica se llama allusio. Sobre la relación entre alusión, eco
y cita véase John Hollander, The Figure of Echo. A Mode of Allusion in Milton
and after. Berkeley, Uníversity of California Press, 1981. cap. IV.
62 Polifonía textual

(En el Cap. 3 analizo este tipo, no siempre fácilmente aprehensi-


ble, de cita.)
Suele atribuirse a la cita directa un mayor porcentaje de re-
presentatividad, viéndosela como una imagen más fiel del texto
original, pero recordemos que el desplazamiento contextual pue
de alterar el sentido de la transcripción más exacta (la ortodo
xia de Juan de Panonia convertida en herejía). Buen ejemplo
de los efectos del desplazamiento contextual son los epígrafes,
en los cuales se reproduce escnapulosamente un texto, pero no
su sentido original: suele haber un juego de voces entre locutor
citador y locutor citado, lo que lleva a una buscada ambigüe
dad. El estilo indirecto, por el contrario, representa, en princi
pio, el contenido de un texto (como en (2)), y no sus palabras.
Pero en toda fricción intertextual hay algún grado de mimetis
mo; este mimetismo no difiere, en sus posibilidades, sus inten
ciones, sus carencias, de las representaciones de objetos no ver
bales hechas también mediante el lenguaje. Dice Sternberg:
...Quoting consists in a representation, one that differs of other
acts of representing the world only in the represented object. For
Its object is itselfa subject or manifestation of subjective experience:
speech, thought, and otherwise expressive behavtour; in short, the
world of discourse as opposed to the world of things. [...] Just as the
opening of Pére Goñot represents a parisian boarding house, so do
certain elements in a text [...] represent expressive, subject-oriented
pieces or aspects of reality [...] In no form of quotation, therefore,
not even in the direct style, may we identify the representation of
the original act of speech or thought with that act itself; to do so
would be comparable to equating Balzac's rendering of the Vauquer
pensión with the pensión itself^'.

Toda cita es un simulacro, «imagen hecha a semejanza de


una cosa o persona, especialmente sagrada», y «especie que for
ma la fantasía»", ambas acepciones en el Diccionario de la Real
Academia. No encuentro término más adecuado que simulacro,
asociado a lo sagrado, a ciertos productos de dudosa autentici
dad, a ciertas formas despreciables de comportamiento, y tam-

Art. cit., pp. 107-108.


La citación 63

bién a los usos militares, para designar ese tipo de imagen, nun
ca réplica o copia exacta, aparente transcripción de lo que no
se puede transcribir por completo, que la citación produce, y
su cualidad de arte, convención, y mendacidad. Simulacro su
giere, además, la equivalencia entre cita como imagen de dis
curso y la literatura misma.
Observa Genette que el narrador literario no reproduce, sino
que produce discurso, al «citarlo». Mientras los textos históri
cos, por ejemplo, reproducen discursos que efectivamente han
tenido lugar, la novela y el cuento fingen reproducir discurso
que es, en realidad, inventado, y que por lo tanto no puede ser
«reproducido». Es cierto, agrega Genette, que las convenciones
genéricas del relato histórico o del novelesco no se cumplen siem
pre: el historiador puede inventar un discurso, el novelista re
producir uno verdadero. Si se deja a un lado esta anomalía, con
tinúa Genette, y se admite que en el relato literario no hay re
producción sino producción, esta producción ha de verse, de to
das maneras, como reproducción ficticia. Ficticia porque, en pri
mer lugar, el acto de narrar, la situación de enunciación del
relato literario lo es, y porque los discursos citados suelen ser
imaginarios, o solemos tomarlos por tales A mi juicio, tanto
da «reproducción ficticia» como «producción» de discurso en
el relato literario, una vez postulado el carácter ficticio de la
literatura. Lo que sí importa, y Genette no deja de señalarlo,
es que la reproducción ficticia de discurso se atiene a las mis
mas convenciones y presenta las mismas dificultades que la no
ficticia. El contrato de reproducción fidedigna, por ejemplo, só
lo vale para la letra de un enunciado, y presenta dificultades
idénticas en el relato histórico y en el literario: puede tratarse,
por ejemplo, de una traducción en lugar de una versión «lite
ral» ". Dentro y fuera de la literatura, pues, la representación
de palabras es obligadamente simulacro: imagen y artificio.
Analicemos ahora los mecanismos discursivos de ese simu
lacro.

" G. Genette, Nouveau discours du récií, Paris, Seui!, 1983, p. 34.


23 ibiá.
64 Polifonía textual

4. uso Y MENCIÓN DE LA LENGUA

Un vistazo a cómo el discurso construye simulacros de dis


curso, en constante ejercicio de su iterabilidad, nos hará ver
el vaivén entre uso y mención de la lengua, y los procedimientos
por los que se comparten, asumen o atribuyen las responsabili
dades de hablar o escribir.
Principiemos por un caso elemental de.intertextualidad, al
que O. Ducrot ha denominado «polifonía». Según Ducrot, en cier
tos enunciados puede advertirse la presencia de otra voz, u otras
voces, aunque no haya marcas gramaticales de cita. Se trata,
pues, de citas subyacentes. Aunque el locutor sea uno, muchos
son o pueden ser los que dicen en el texto, muchos son o pueden
ser los hablantes citados (hablantes individuales, o coros). Si no
citados, explícitamente, con marcas gramaticales o comillas, pre
supuestos como hablantes, es decir, como responsables de cier
tas proposiciones (en términos semánticos, los contenidos de las
afirmaciones, o lo que una oración dice sobre el mundo). En
(3), por ejemplo,
(3) Lamento que X sea un malvado.

se presupone (según la tradicional concepción de presuposición


lógica) que X es un malvado, cosa que el locutor lamenta, no
afirma, enuncia que lamenta: lo da por afirmado antes, ya sea
porque ha sido efectivamente afirmado antes, ya sea porque se
lo impone a su interlocutor como afirmado antes. ¿A quién se
atribuye la afirmación presupuesta «X es un malvado»? Proba
blemente a un consenso, en enunciados como éstos,, que impli
can juicios de valor y suelen apoyarse en la vox publica. O, qui
zá, a lo que acaba de decir el interlocutor, que puede haber sido
«X es un malvado», o «X es una mala persona», o «X hizo o
dijo tal cosa odiosa», y que el locutor de (3) cita mediante repro
ducción literal o paráfrasis. Aunque nadie hubiera dicho ni su
gerido que X es un malvado, ni siquiera el locutor mismo, en
(3) tal proposición se presenta como presupuesta y citada. La
polifonía de (3) consiste en la presencia simultánea de un locu-
La citación 65

tor y de otro sujeto suscitado por el locutor, al que llamaré,


siguiendo a Ducrot, anunciador El anunciador es la persona
a la que se atribuye la responsabilidad de un acto ilocucionario,
explícito, o presupuesto; en (3) el enunciador podría ser la vox
publica, o el interlocutor, o el grupo formado por locutor e in
terlocutor, o el mismo locutor, pero en otra enunciación. En
todo caso, el enunciador de la proposición presupuesta «X es
un malvado» no coincide con el locutor de (3). El locutor de
(3) cita. Citar, como he dicho en la Introducción, no exime de
la responsabilidad de la intención comunicativa; suscitar otra
voz no es perder la propia, repetir es decir, en la medida que
sea. Desde el punto de vista de la intertextualidad elemental
del discurso, todo decir es a su vez un repetir —signos, fór
mulas— y todo texto es obligadamente polifónico, pues un signo
o una secuencia son reconocibles por ya dichos. En esa dimen
sión los locutores son indistinguibles, y el discurso es de nadie
por ser propiedad de todos, y es verdad que, como quería Me-
nard, todo hombre debe ser capaz de todas las ideas.
La distinción locutor-enunciador es especialmente útil para
analizar aquellas formas de intertextualidad en que las señales
que suelen distinguir sujeto citador de sujeto citado son ambi
guas o inexistentes, caso de las citas encubiertas, de la ironía,
de ciertas formas de estilos indirectos. En la teoría de Ducrot,
tal distinción forma parte de una concepción del sentido según
la cual el sentido de un enunciado es la descripción o represen
tación de su enunciación, tal como es provista por ese enuncia
do. El enunciado transmite, o, más exactamente, muestra, una
imagen de su enunciación (enunciación ha de entenderse en e
más general de sus significados, el de ocurrencia lingüistica,
acontecimiento histórico), lo cual no quiere decir que el enun
ciado contenga obligatoriamente una aserción metalingüistica
sobre su enunciación, sino que contiene una afirmación so re
su enunciación mostrada y constitutiva de su sentido. Cuan o
se pregunta algo, la enunciación se muestra como pregunta, aun-

" Cfr. Oswald Ducrot et al., «Analyse de textes et linguistique de 1énoncia-


tion», en Les mois du discours, París, Minuit, 1980.
POLIF. TEXTUAL. — 5
—- Polifonía textual
que no se indique «esto es una pregunta». Austin nos enseñó
que, uera del hecho de su enunciación, un enunciado está ilo-
cucionanamente indeterminado: sólo gracias al acontecimiento
e su enunciación, un enunciado es una promesa o una pregunta,
a concepción del sentido como imagen de la enunciación
en e enunciado se basa en la consideración del enunciado como
producto de la acdvidad verbal de un locutor, señalado por los
pronom res ydesinencias verbales correspondientes. El interlo-
cutor está también inscrito en el enunciado. Pero así como pue-
pue
^ e ser distinto del que diferente
Ducrot considera «verdadero»
del interlocutor, agente
el locutor
del acto de habla, el locutor suscitado, el enunciador. Discrimi
nar os es esencial para comprender un enunciado, si se admite
que no se puede describir el sentido de un enunciado sin especif
icar que sirve para el cumplimiento de diversos actos ilocucio-
narios: aserción, orden, promesa, etc. Reconocer esto, dice Du-
crot, es reconocer que un enunciado describe su propia enun-
ciacion presentándola como creadora de derechos y deberes. Si
os eberes y derechos se constituyen en virtud de la enuncia
ción yen la enunciación (en el sentido de que no son preexisten-
tes) resulta indispensable distinguir a los participantes del acto
mguistico. Para el estudio de la citación debemos centrarnos
en e modo de presentarse (de asumirse o de disfrazarse) en un
enuncia o el locutor citador, cuya polifonía presupone la «po-
Iiaudicion» de que hablábamos en la Introducción.
En un enunciado polifónico el locutor o «yo» textual usa un
enunciado para referirse al mundo, ylo atribuye al mismo tiem
po a otro locutor (personalizado, múltiple o vago), el enuncia
dor. Lo atribuye y se lo apropia: este vaivén entre la atribución
y la apropiación es el movimiento característico de toda activi
dad citativa. cualquiera sea su intención y su forma. Ducrot su
giere que el pensamiento propio y el ajeno —la palabra propia
y la ajena no pueden separarse radicalmente: uno es constitu
tivo del otro

" Ducrot, «Analyse de textes», o. c., p. 45. Compárese con la perspectiva


sociológica de Bajtin, que escribe: «As a living. socio-ideological concrete thing,
as heteroglot opinion, language, for the individual consciousness, lies on the
La citación 67

Analicemos ahora algunos enunciados citativos. En todos los


textos que siguen, numerados (4)-(9), puede verse marcada la re
lación entre el texto presente y un texto ausente, citado:
(4) Galileo dijo: «La tierra se mueve».
(5) El pueblo la considera una «santa» y le ha levantado altares.
(6) Ellos creen que los muertos se aparecen por la noche. Como los
muertos tienen frío, buscan el abrigo de las camas. Antes del ama
necer se van. A veces se los oye toser un poco.
(7) Galileo dijo que la tierra se movía.
(8) Antonio viene hoy, a las 9 de la noche: avisó ayer.
(9) Lo amaba, oh Dios, sí, lo amaba. Ahora que él estaba lejos se
daba cuenta.

La cita de (4) es directa y la de (5), porque parece literal,


le es afín; la de (7) es claramente indirecta, y las de los restantes
ejemplos son semidirectas o semiindirectas en diversos grados.
Las ocurrencias (4)-(9), y todas sus posible variantes, han de opo
nerse ante todo a enunciados como (10):
(10) «La tierra se mueve» es una oración.

En (10) no se cita una enunciación, sino el nombre metalingüis-


tico de la frase actualizada discursivamente en (4), una frase
tipo, abstración de sus posibles ocurrencias. (10) cita, en cierto
sentido, la lengua misma, una instancia del código, mantenién
dola en estado virtual. La expresión citada en (10) carece de re
ferencia en el enunciado (10), y el argumento del que es predica
do es una aserción metalingüistica porque se refiere a elementos
borderline betureen oneself and the other. The word in language is half someone
else's. It becomes 'one's own' only when the speaker popúlales it with is own
intention, his own accent, when he appropriates the world, adapting it to is
own semantic and expressive intention. Prior to this moment of appropnation,
the word does not exist in a neutral and impersonal language (it is not, a ter
all, out of a dictionary that the speaker gets his words!), but rather it exists
in other people's mouths, inother people's contexts, serving other people s inten-
tions; it is from there that one must take the word, and make it one's own.»
(The Dialogic Imagination, ed. por M. Holquist, trad. por C. Emerson y M. Hol-
quist, Austin, University of Texas Press, 1981, pp. 293-294.)
68 Polifonía textual
del sistema de la langue, elementos que reproduce pero que no
usa referencialmente. En (10) se menciona la lengua. En todos
los demás ejemplos (4)-(9), por el contrario, la cita consiste en
el simulacro de otra enunciación. No interesa ahora si esa enun
ciación reproducida es «real» (ha tenido lugar en el mundo em
pírico) o si es posible o ficticia; admitiremos, como es regla en
la ficción de la ilustraciones gramaticales, que todos los discur
sos reproducidos en (4)-(9) son idénticos a enunciaciones reales,
y aún más, los considerarernos producto de enunciaciones rea
les, de ocurrencias lingüísticas particulares y únicas. (Para en
tender así (9) debemos imaginar un locutor que se expresa lite
rariamente, una parodia por ejemplo).
Mientras en (10) la referencia al mundo de la expresión cita
da ha sido abolida, en (4)-(9) la distinción tradicional entre uso
y mención de la^ lengua no es tan clara: en todos los casos hay
citas, y por lo tanto algún grado de mención, pero en ninguno
podríamos aventurarnos a distinguir mención pura. El uso de
una expresión de modo que esa expresión tenga referencia im
plica comunicación y por lo tanto significación lingüística. Por
el contrarío, mención —de una instancia del código, de una
enunciación es la transformación de ese segmento lingüístico
en el objeto de un comentario En casos como (4)-(9) encon
tramos uso y mención simultáneas de expresiones lingüísticas.
Hemos dicho en la Introducción que la cita de discurso en
el discurso permite reconstruir el espacio de una nueva situa
ción de comunicación lingüística, real o ficticia. F. Martínez Bo-
nati ha señalado que la posibilidad de hacer del lenguaje icono
de lenguaje, de ponerlo por encima de toda situación de comu
nicación concreta, fuera de funcionamiento, y dejando intacto
Sobre la distinción tradicional entre uso y mención véase John Searle,
Speech Acís. An Essay in íhe Philosophy of Language. Cambridge University Press,
1969, cap. 4. Pero es especialmente interesante la polémica entre Searle y Derri-
da a propósito de la iterabilidad y de la oposición entre lenguaje «serio» y len
guaje «no serio»; véase J. Derrida, «Signature Event Context», Glyph I, 1977; J.
Searle, oReply to Derrida», Glyph I, 1977; y J. Derrida, «Limited Inc.», Glyph
II, 1977. (La revista editó en el mismo año un suplemento con la versión original
francesa de este trabajo de Derrida, Limited Inc. Véase la p. 53 de este suplemen
to para la distinción entre usar y mencionar.)
La citación 69

su significado inmanente, es lo que hace posible el discurso lite


rario En todo discurso citado hay un contexto ausente: ni
«yo» citado es yo correferencial con el locutor, ni «aquí» es aquí.
En (11)

(11) Me dijo: «Quiero que vengas».

el «yo» de la cita {quiero) no es correferencial con el yo que


enuncia (11), ni el «aquí» de la cita («vengas») tiene por qué coin
cidir con el aquí del yo que el enunciado (II) presenta como
locutor. Si el contexto ausente no es real, sino imaginario, la
enunciación será ficticia (noción que recubre, según queda ex
plicado en la Introducción, la de literatura; pertenezca o no per
tenezca al Corpus que llamamos literatura, es ficticio todo texto
cuya situación de enunciación carezca de predeterminaciones
contextúales). El discurso que se cita, sea real o imaginario, es,
en principio, una imagen a partir de la cual tenemos que re
construir su correspondiente situación de enunciación, que pue
de haber tenido lugar en el tiempo y en el espacio o ser inventa
da. En todos los casos, comprender el discurso citado es poner
lo en una situación comunicativa diferente de la situación co
municativa en que se encuentra el marco (o modus, en la distin
ción modus/dictum) de la cita, que funciona metadiscursivamen-
te, puesto que contiene otro discurso y, en alguna medida, trata
de él, lo evalúa.
Pero el discurso citado —también lo hemos dicho en la
Introducción— no carece siempre de valor comunicativo en el
contexto de la citación: no siempre es, en efecto, como sucedía
en nuestro ejemplo (10), imagen de la abstracción de sus posi
bles ocurrencias. El discurso citado, por el contrario, retiene
una duplicidad semántica fundamental, la de ser usado y men
cionado a la vez. En palabras de M. Bajtin, la cita se comporta
«como una persona que sigue haciendo su trabajo sin saber que
la están observando» El grado de mención y uso de la len-
" La estructura de la obra literaria, o. c., capítulo 13. Cfr. supra.
Introducción.
M. Bakhtin, Problems of Doestoevsky's Poetics, trad. de R. W. Rotsel, Ann
Arbor, 1973, p. 156.
70 Polifonía textual

gua en expresiones citadas depende de las intenciones comuni


cativas del hablante en cada caso, y por lo tanto del tema {tapie)
de su discurso. (4)-(9) podrían ilustrar distintos porcentajes de
uso y mención. En (4), si el hablante se ampara en la autoridad
de Galileo para emitir una observación, su cita equivale a decir
por boca de otro lo que él mismo quiere decir (función habitual
de la «cita de autoridad» en textos teóricos). Pero si el tema
del discurso ya no es la tierra, sino Galileo (la genialidad de
Galileo, por ejemplo), la cita será la mención de una frase, o,
más exactamente, la repetición de una enunciación, y no el uso
de la frase para decir que la tierra se mueve, a cuenta del locu
tor. El locutor evoca las palabras de Galileo en una predicación
sobre Galileo (Galileo es el tema y dijo: «La tierra se mueve»
el predicado remático de la oración)". En este caso no cabe
una interpretación polifónica, en términos de Ducrot, puesto que
el locutor de (4) no suscita otro enunciador. Si, en cambio, el
tema de (4) fuese el movimiento de la tierra, la afirmación «se
mueve» es atribuida a otro, a Galileo. (4) podría presentarse en
tonces con un añadido del tipo del que tiene (4'):
(4') Galileo dijo: «La tierra se mueve». Las teorías sobre la centrali-
dad de la tierra eran erróneas.

(4') muestra el movimiento de atribución, marcado por las comi


llas, y, a la vez, de apropiación de la palabra ajena para su uso
en el discurso propio, que ha sido engarzado en el de Galileo.
La mención continúa: las comillas aislan, dejan espacio para el
comentario, exhiben la palabra. Pero lo exhibido ha sido tam
bién usado para hacer una afirmación {Las teorías sobre la cen-
tralidad de la tierra eran erróneas) y el discurso ajeno se ha inte
grado en el propio. Hay que hacer notar aquí que el usufructo
de la palabra o el pensamiento ajenos se produce con mucho
mayor frecuencia por medio de los estilos indirectos, especial
mente la variante que utiliza la expresión citativa según, como
" Sobre los criterios para distinguir tema y rema oracionales véase mi tra
bajo «Orden de palabras y valor informativo en español», Philologica Hispanien-
sia, In honorem Manuel Alvar, tomo II: Lingüística, Madrid, Credos, 1984, pp.
507-528.
La citación ^
veremos. Por otra parte, el problema de la polifonía del estilo
directo, el hecho de mencionar y usar simultáneamente una ex
presión puesta entre comillas, está ligado al problema de la pre
sunta objetividad de esta forma de citar. Cuanto más fiel la re
transmisión, mayor la distancia del locutor, y por lo tanto más
limpia parecería la cita de las intenciones comunicativas de ese
locutor. Aserto desmentido, en el plano de lo fantástico pero
no de lo ilógico, por el uso —fiel a la letra— que hizo Aureliano
de su mención del texto de Juan de Panonia. Ejemplo modélico,
el de Aureliano, de uso y mención simultáneos de una cita directa.
La cita es mención en la medida en que permite un comenta
rio sobre sí misma, comentario que toda cita permite en algún
grado, aunque no sea evidente siempre en los estilos indirectos,
como en nuestro ejemplo (7) [Galileo dijo que la tierra se movía),
donde las palabras de Galileo se relatan, no se repiten. En el
caso de (4), cita con comillas de la misma proposición, la expre
sión citada se ha cosificado, como un elemento que conserva
cierta independencia semántica dentro del discurso reproduc
tor. Para un análisis semántico tradicional, atento al valor de
verdad de las expresiones, el cambio de la tierra, en (4), por una
expresión nominal equivalente en términos referenciales, por
ejemplo el planeta que habitamos, altera el valor de verdad de
(4). Desde ese punto de vista no es lo mismo (4) que (4a):
(4) Galileo dijo: «La tierra se mueve».
(4a) Galileo dijo: «El planeta que habitamos se mueve».

La independencia de lo citado en estilo directo es uno de los


rasgos que suelen aducirse como fundamentales para distinguir
el estilo directo del indirecto: el estilo directo aparece como el
más mimético.
En (5), que repito,
(5) El pueblo la considera una «santa» y le ha levantado altares,
las comillas señalan, más que una reproducción verbatim, un
comentario. Las comillas, signos gráficos que corresponden a
ciertas entonaciones de la lengua hablada, aislan lo que dicen
72 Polifonía textual
otros de lo que yo digo, y me dejan el espacio necesario para
que yo muestre una actitud hacia el dicho ajeno, sea devoción,
burla, ironía. En (5) nada indica si el hablante también la consi
dera una santa, o si sólo menciona lo que cree el pueblo; otra
vez el grado de mención y uso depende del tema del discurso
reproductor. En este caso, podemos imaginarnos un contexto
en el cual esta enunciación sería irónica: las comillas achaca
rían el calificativo «santa» a otro enunciador, abriendo dos con
textos, el del otro enunciador y el propio, que se contraponen,
de modo que el contexto del locutor sería distinto e incluiría
una evaluación del texto citado y de su enunciador; éste, a su
vez, mantendría su carácter de agente del acto de habla citado:
es él, y no el locutor de (5) el que dice, si interpretamos (5) poli
fónicamente, que ella era una santa, pero el locutor dice algo
sobre eso, da un juicio negativo, por ejemplo. También es posi
ble que el locutor se limite a informar, de manera objetiva y
sin abrir juicio alguno, que ella era una santa. En todo caso,
las comillas señalan un enunciador individual o colectivo, ya
sea que el contexto lo designe explícitamente, ya sea que se su
giera el carácter de cosa dicha por otros y repetida. Las comi
llas cautelosas con que encerramos enunciados que, por algún
motivo (generalmente por ser expresiones aproximativas, inven
tadas, o vagamente ya oídas) no queremos asumir del lodo equi
valen a un «por decirlo así», o «como dicen», de modo que dan
lugar a otro acto de habla, esta vez figurado, y su correspon
diente evaluación. Este tipo de comillas «por timidez» (mis pro
pias comillas en la expresión que acabo de escribir ejemplifican
el caso) son habituales en los textos teóricos, que, aunque no
tengan por objeto la lengua, deben reflexionar siempre sobre
su lenguaje

En este sentido, el discurso teórico, como el literario, se articula' sobre


la «literalidad» (valor intensional) de sus enunciados: T. Todorov, «Poética», en
¿Qué eselestructuralismo?. Buenos Aires, Losada, 1971. (Versión original: Qu'est-ce
que le structuralisme?, Paris, Seuil, 1968.) Véase también Hayden White, Tropics
ofDiscourse. Essays in Cultural Crilicism, Baltimore and London, Johns Hopkins
University Press, 1978.
73
La citación
En (6) las comillas han desaparecido, junto con su correspon
diente entonación aislante:

(6) Ellos creen que los muertos se aparecen por la noche. Como los
muertos tienen frío, buscan elabrigo de las camas. Antes del ama
necer se van. A veces se los oye toser un poco.

En las oraciones segunda y tercera de este texto hay,


cha probabilidad, cita de un discurso ajeno. El contexto e e
indicarnos, para verificar esto, si el locutor de (6) afirma o no
afirma su creencia en la aparición nocturna de los muertos, bm
embargo aun sin tal contexto, o con el contexto que o ^
primera oración tan sólo, se percibe creo una citación,
de unos contenidos, unas creencias ajenas al hablante (por fan
tásticas) reproducidas en su propia voz. Doble voz en un iscur
so que no presenta la fisura del texto puesto aparte, entrecom
liado, sino, por el contrario, la apropiación y la atri ucion
multáneas. El enunciador suscitado en (6) no es tanto e
de un acto de habla (podría serlo en otro
refiriendo lo que un miembro de cierta comunida ar ,
al locutor) como una entidad más o menos vaga, sus
de ciertas creencias que el locutor de (6) relata y en
medida— reproduce lingüísticamente. Pero no se Hebe-
producción ad litteram de un discurso (que, en to o
mos presuponer). Hay, propiamente, citación, en a ,
que se percibe la reproducción de un tribuidas
este caso de unas proposiciones atribuidas a «e os».
y también asumidas por el locutor, que enga!"za esas p
nes con las que él mismo afirma. Si admitimos que ^
en (6) son, fundamentalmente, proposiciones sonie i
mulación lingüística, la diferencia entre (6) y ( )•
(7) Galileo dijo que la tierra se movía.

que es un ejemplo típico de discurso indirecto, . w•


cia sintáctica a la que no corresponde ninguna i e
ca: en los dos casos se reproducen proposiciones. i a
Polifonía textual
trucción conceptual de (6) le agregáramos una expresión citati-
va del tipo de según, por ejemplo (6'):
(6') Los muertos tienen frío, según ellos.

la diferencia entre (6) y (7) se reduce a una diferencia de articu


lación sintáctica; en los dos casos se citan, de manera explícita,
discursos.
(8) ejemplifica el mismo procedimiento de cita, en el contex
to de una conversación:
(8) Antonio viene hoy, a las nueve de la noche: avisó ayer.
El verbo avisar indica el acto de habla; su contenido, el aviso,
está reproducido de tal modo que se adecúe totalmente al con
texto de comunicación de los interlocutores. Si Antonio avisó
ayer, probablemente dijo Iré mañana. En la traslación del dis
curso, los deícticos (los adverbios y el sema deíctico del verbo)
se refieren a la situación de comunicación del locutor de (8),
no a la situación de comunicación previa entre Antonio y el lo
cutor de (8). En (6) el otro contexto (conjunto de proposiciones
que pertenecen a un mundo en el que es posible que los muer
tos aparezcan de noche, tengan frío, etc.) se puede distinguir
como otro discurso social, como otro sistema de creencias. En
(8) el procedimiento es el mismo, asunción de un discurso sin
marca sintáctica alguna que indique traslación. Una presuposi
ción pragmática (conjunto de proposiciones sobre el mundo com
partidas por los participantes del acto de habla, como condición
e entendimiento) hace posible percibir en ambos enunciados,
especialmente en (6), una forma enmascarada de cita, en que
se verifica la atribución y asunción de proposiciones ajenas sin
as señales gramaticales que se usan habitualmente para citar.
( ) y (8) son variantes de un mismo tipo de traslación, cuya for
ma canónica es (7). (Podríamos reescribir (6) como Ellos creen
(piensan, dicen) que los muertos tienen frío... y (8) como Antonio
avisó ayer que vendría hoy a las nueve de la noche.) Pero en
(8) el discurso ajeno ha sido asumido al máximo, hasta el punto
de que podría afirmarse que locutor y enunciador coinciden;
aunque la fuente de la noticia sobre la llegada de Antonio es
La citación 75

Antonio, y tal fuente está nombrada, el locutor reformula de


tal modo el enunciado previo que, haciéndolo suyo, garantiza
su valor de verdad. Veremos en detalle casos como los de (6)
y (8), variantes del estilo indirecto canónico, en el Capítulo 3.
(9) ilustra la forma de citar que se ha llamado «estilo (o dis
curso) indirecto libre»:
(9) Lo amaba, oh Dios, si, lo amaba. Ahora que él estaba lejos se
daba cueata.

Los rasgos sintácticos son peculiares: la tercera persona es co-


rreferencial con quien piensa o experimenta, en lugar de la pri
mera persona, y los adverbios que indican presente coexisten
con el imperfecto verbal. La cita de exclamaciones (como oh Dios),
excluida, como veremos, del estilo indirecto canónico, aproxima
estas formas a las de reproducción directa del tipo de (4), pese
a las traslaciones de tiempos y personas propias del estilo indi
recto. Lo que importa señalar ahora es que en casos como el
que ilustra (9) se percibe siempre la voz de un enunciador, y
se la percibe con inmediatez, reducido al máximo el intermedia
rio: a través de un locutor «silencioso», el enunciador habla,
o piensa, o percibe, o siente, ante el lector, con su propio dis
curso.

(9) ejemplifica una forma de citar en la que se mezclan los


procedimientos de atribución y asunción propios de los estilos
directos e indirectos. La «monstruosidad» sintáctica a que esto
da lugar es una licencia propia de la literatura, que refleja una
fantasía epistemológica: cuando se trata de reproducción de pen
samientos y no de discursos (caso frecuente), para dar cuenta
de esta reproducción hay que postular individuos dotados de
poderes sobrenaturales (lo que no significa que no adjudique
mos pensamientos a los otros constantemente, y que también
los citemos; lo que no podemos afirmar, fuera de la ficción lite
raria, es que estos pensamientos han ocurrido realmente y que
han tenido tal forma lingüística): en el caso de la reproducción
de palabras, lo fantasioso del estilo indirecto libre es el estar
en el ahora del personaje y en el antes de la narración, en un
aquí y en un allá simultáneamente, y, por fin, en no distinguir
ZÉ Polifonía textual
identidades y discursos, en la autoeliminación del locutor para
dar lugar al enunciador fantásticamente autor del discurso y,
en fusión con el locutor, de la narración misma.

Hemos visto, en los enunciados (4)-(9), simulacros de discur


sos. Los simulacros verbales se insertan en un discurso jerár
quicamente más alto, que realiza la operación de reproducirlos,
configurarlos, actualizarlos... pervertirlos. Por la citación se pro
duce la apertura de un discurso dentro del otro; palabras di
chas, pensadas, «sentidas», atribuidas a alguien, características
de algún modo de hablar, etc.; palabras reales, imaginarias o
posibles (coherentes con una visión del mundo, por ejemplo, aun
que jamás hayan sido pronunciadas o escritas). La atribución
y la asunción varían de contexto a contexto. En la literatura,
el discurso que el autor atribuye a un narrador puede contener
elementos que delaten el sistema conceptual del autor, y tam
bién puede, y suele, denunciar su propio lenguaje, una manera
de decir que delatará a su vez una manera de percibir y evaluar.
En todo caso, el discurso literario, por simulacro, siempre es
mostrado: de ahí su carácter citativo, de ahí su libertad de sig
nificar incansablemente, suprasituacionalmente. Todo discurso
citado es discurso exhibido, expuesto a la observación, al co
mentario, al placer (en la literatura, voyerismo del lector, goce
de la palabra en el acto de cumplir su destino de ser ajena y
propia). Pero no siempre es exhibido como lenguaje, es decir,
como la imagen del lenguaje; las más de las veces es exhibido
y usado a la vez para comunicar. Citaciones indirectas como
las de (5), (6) y (7), que mantienen la fuerza ilocucionaria de los
enunciados reproducidos y su referencia (aunque abierta, en (5)
y (6), a posibles contextos antagónicos), ilustran el límite preca
rio del discupo en el discurso: aunque pueda distinguirse locu
tor de enunciador dos discursos— el pasaje a un discurso úni
co es natural e inevitable, propio del modo de funcionamiento
de la lengua y de la configuración de nuestro pensamiento; ese
pasaje continuo, esa violación de fronteras entre mi palabra y
la palabra del otro se resiste a toda sistematización definitiva
de los modos de citar.
La citación ^7

5, LOS ESTILOS DIRECTOS E INDIRECTOS

Como es bien sabido, en el libro III de la República, cuando


trata de la lexis, Platón distingue tres modos de representación
Oestilos. Todo poema es la narración, o representación narrati
va, de hechos pasados, presentes o venideros, y puede presentar
las siguientes formas: puramente narrativa (haplé diégésis), mi-
mética (dia miméseós), y forma mixta o alternada. En el relato
puro el autor habla en su propio nombre; en la narración mime-
tica el autor imita a sus personajes, es decir, finge hablar como
si fuera ellos; y en la forma mixta (cuyo ejemplo es Homero)
el autor habla por momentos en su propio nombre, y por mo
mentos reproduce los diálogos de sus personajes. Esta distin
ción, que sirve para condenar a los poetas que fingen hablar
como otros (formas mimética y mixta) ha dado origen a la dis
tinción entre el género épico, lírico y dramático, distinción que
no se encuentra ni siquiera sugerida en Platón o en Aristóteles,
pero que les ha sido atribuida probablemente a partir de la re
formulación de Diomedes, en el siglo iv^'.
De la misma tripartición platónica arranca el sistema de los
estilos directos e indirectos, entendidos como modos de referir
un tipo especial de acontecimiento, el discurso. El estilo directo
corresponde a la mimesis platónica, en la cual el poeta trata
de crear la ilusión de que no es él quien habla, sino otro (la
forma más condenable moralmente). La diegesis, en cambio, co
rresponde, en el sistema platónico, al relato puro, en el cual
el poeta no simula ser otra persona. En el poema épico alternan
mimesis y diegesis, alternancia heredada por las formas moder
nas de narración en prosa

Véase G. Genelte, L'Architexte. París, Seuil, 1979. sona-


32 Mimesis, en el sentido platónico, equivale a citación directa e i
jes, a diálogo. Como es sabido, para Aristóteles mimesis es la categoría ^ I
bajo la cual se incluyen todas las formas literarias: de ahí que, ice y
«pour toute la tradition classíque, [...] imitation n'est pas reproduction,
fiction: imiter, c'est faire semblant {L'Architexte, o. c., p. 42.) Véase tam
nette, Nouveau discours du récit, o. c., pp. 11 y 28-29.
Polifonía textual
La distinción gramatical entre estilo directo e indirecto se
encuentra pues en el origen de la reflexión sobre los modos de
representación narrativos. En estilo directo se reproducen los
diálogos entre personajes. El discurso no mimetizado, sino na
rrado, deja de ser, en la teoría platónica, mimético (puesto que
el poeta no se hace pasar por otro, habla en propia voz): el estilo
indirecto, como parte de lo que modernamente se llama «texto
del narrador», correspondería a la diegesis platónica.
Entre las más afortunadas sistematizaciones de la traslación
de discurso en la narración literaria figura la de Genette, que
distingue, dentro de lo que él llama «relato de palabras» (por
oposición al «relato de acontecimientos»), tres modos de repro
ducción (o producción, véase supra) de discurso o pensamiento
de los personajes: a) «discours rapporté», que es el de la cita
ción directa; b) «discours transposé», que incluye las transposi
ciones en estilo indirecto o indirecto libre, y c) «discours narra-
tivisé», o discurso tratado como un acontecimiento, sin repro
ducción alguna del texto original (frente a la forma transpuesta
«Je dis á ma mere qu'il me fallait absolument épouser Alberti-
ne», la forroa narrativizada sería «J'informai ma mére de ma
écision dépouser Albertine»). El discours rapporté es el más
mimético (se presenta, en la primera versión de la teoría de Ge
nette, como una pura transcripción) y el narrativisé el más die-
getico y más reductor". En el discurso «narrativizado» no pue
de percibirse citación alguna, por lo cual queda fuera de nues-
tro interés en este libro. Para los casos en que la cita sea perci-
1 e, partiremos del esquema tradicional de los estilos directos
e m irectos, que debemos, ahora, analizar desde un punto de
vista sintáctico.
Las citaciones que hemos presentado en (4)-(9) se diferencian
un amentalmente, desde ese punto de vista, por la presencia
o igatoria, la presencia facultativa o la ausencia de un verbo
intro uctor de comunicación. En el esquema tradicional de los
tres modos de citar discurso, el estilo directo (ED), como en el
caso (4), que repito bajo nuevo número:
Véase Figures III (Paris, Seuil, 1972), cap. IV (Mode), y Nouveau discours
du récit, o. c., pp. 34 ss.
La citaci^ ^
(12) Galileo dijo: «La tierra se mueve».
presenta un verbo de comunicación dijo, aquí antepuesto pero
que podría estar pospuesto o sobreentendido. El estilo indirecto
(El) como (13),

(13) Galileo dijo (creyó, pensó) que la tierra se movía.

exige siempre un verbum dicendi antepuesto y seguido de la con


junción subordinante que (o si).
El estilo indirecto libre (EIL) puede o no enmarcar la cita
con un verbo que, en todo caso, ha de ir pospuesto:
(14) La tierra se movía, pensó (dijo, creyó) Galileo.

El ED del tipo de (12) suele ser considerado, como hemos


dicho ya, la reproducción literal de un discurso: mimetiza, con
supuesta fidelidad, la forma de una expresión Hemos visto
que el cambio de la expresión nominal de (12) por otra de refe
rencia equivalente como el planeta que habitamos alteraría el
valor de verdad del enunciado, pues, según este razonamiento,
en (12) se afirma que Galileo dijo «la tierra» y no «el planeta
que habitamos». De modo que los enunciados del tipo de (12)
son casos paradigmáticos de aserciones metalingüísticas que exi
gen una lectura de dicto Distinción correcta y que nos sera
muy útil, pero sin olvidar que el contrato de literalidad no se
cumple siempre, no sólo en la literatura, donde el texto origina
Marie-Laure Ryan analiza las diferencias entre citas directas e indirectas
apartir de la distinción de Searle entre acto de enunciación (utterance ac^o
preposicional y acto ilocucionario (cfr. Searle, Speech Acts, o. c.,
citas directas el hablante ha reproducido el utterance act (con fideli a .
Ryan especifica que «direct quotation commits the speaker toan exact repro uc
tion»): en las citas indirectas se reproduce el acto proposicional y e ' ,?y
cionario, y la elección de las palabras corre por cuenta del citador. («
is "Un Autre". Fiction, Quotation, and the Performative Analysis», Poetics o ay,
2, 2, 1981, p. 133.)
" Véase Barbara Hall Parttee, «The Syntax and Semantics of
en P. Kiparsky y S. Anderson, eds., Festschrift for Morris Halle, New Yor , o ,
Rhinehart, Winston, 1973, pp. 410-418. Sobre la distinción de re / de dicto, vease
aquí. Cap. 3.
80 Polifonía textual
se considera inventado (por lo que es ficticio el acto de transcri
birlo), sino en cualquier tipo de comunicación oral o escrita,
en las cuales no se puede pedir cuentas de la exactitud de la
versión directa, incluso a causa de sus limitaciones naturales
(una voz, un gesto, no pueden imitarse «al pie de la letra»).
El ED aparece siempre en contextos narrativos; la expresión
que se cita está enmarcada por otro discurso, del que depende
lógica y comunicativamente, pues el discurso citado funciona
como una mención que se usa en mi discurso como tal mención,
pero que también puedo usar, comprometiéndome con la ver
dad de sus proposiciones; discurso más o menos violentado, per
vertido, dotado de nuevo significado en el contexto de la cita
ción. En el texto narrativo literario, el ED de los diálogos marca
la zona del «discurso del personaje», que suele oponerse en blo
que al del narrador; en distintos niveles, los citadores pueden
ser o bien el narrador básico, o un narrador momentáneo (un
personaje en funciones narrativas). Estas citas, marcadas por
niedios gráficos y sintácticos (guiones, comillas, cursivas y ver
bo introductor) se diferencian de otras citas que también pue
den considerarse directas pero que no están formalizadas, como
las representaciones de expresiones y lenguajes que trataremos
en el capítulo siguiente.
En el El el discurso se narra, lo que no quiere decir que
la cita sea enteramente reformulada, sino que aquí no se trata
de reconstruir una secuencia de palabras, el utterance act, sino
de reconstruir el acto proposicional. En el El la exactitud de
la traslación consiste en no tergiversar, pues, un acto proposi
cional, pero la forma del enunciado citado, cualquiera sea el
grado de su probable reproducción, está perdida, pues no puede
reconstruirse a partir de su traslación (lo veremos en el Capítu
lo 3, § 2). De ahí que todas las expresiones de un discurso narra
do como (13) {Galilea dijo que...) han de atribuirse al citador:
el cambio de la tierra por el planeta que habitamos no afecta
el valor de verdad de (13), ya que (13) no se propone, en princi
pio, sino retransmitir el contenido de las palabras de Galileo.
Pero en toda clase de textos es muy común que la expresión
citada indirectamente, cuyos rasgos lingüísticos sólo pueden atri-
La citación 81

buirse al citador, mimetice, en parte o por completo, el lenguaje


de la fuente citada. A veces la transcripción se marca con comi
llas, como en (13'):
(13") Galileo dijo que la tierra «xse movía».

Este tipo de cita mixta (cita directa dentro de la cita indirecta)


es frecuente en textos en los que importa la exactitud de la re
transmisión, pero que no pueden, por la razón que sea, reprodu
cir íntegramente los discursos ajenos, como sucede en textos
teóricos y periodísticos, y en la conversación. Otras veces el in
tento de reproducción literal no se señala (por ejemplo con co
millas en los textos escritos, como en nuestro ejemplo), pero
se evoca un enunciador mediante la imitación de expresiones
suyas engastadas en el relato de su discurso, con alguna inten
ción evaluativa. En el El los límites entre el relato de palabras
y la reproducción de palabras son inciertos, y nos llevan a plan
tearnos si es posible trasladar proposiciones, contenidos, en un
lenguaje completamente diferente del que se usó para enunciar
esos contenidos. Hasta cierto punto, sí; pero, como ha mostrado
Bajtin, una forma de hablar es también una forma de concebir
el mundo; cada lenguaje delata un «horizonte ideológico», unos
contenidos que la reproducción de ese lenguaje actualiza. (Vol
veré sobre esto en el Capítulo 2). Dejemos dicho ahora que la
lectura de re que exige, en principio, el El, tendrá siempre cier
ta ambigüedad. Veremos la fecundidad literaria de esa ambi
güedad en el Capítulo 3, a propósito de García Márquez.
En los restantes ejemplos presentados en el apartado ante
rior, que repito con nuevo número, el verbo introductor está
ausente:

(15) El pueblo la considera una «santa» y le ha levantado altares.


(16) Ellos creen que los muertos aparecen por la noche. Como los
muertos tienen frío, buscan el abrigo de las camas. Antes del
amanecer se van. A veces se los oye toser un poco.
(17) Antonio viene hoy, a las nueve de la noche: avisó ayer.

Las comillas o la entonación sirven de marcas de traslación dis


cursiva en (15). La expresión entrecomillada puede ser entendi-
POUIF. TEXTUAL. — 6
82 Polifonía textual
da como transcripción fiel o como una versión de io dicho; las
comillas sirven también, no se olvide, para indicar citas figura
das o posibles. En (15) podría tratarse de un punto de vista y
no de una expresión, o de una expresión típica (de cierto modo
de ver el mundo, quizá) y con ella un punto de vista.
En (16) y (17) el contexto debe indicar, y es posible inferirlo
aun sin contexto, que el enunciador de parte de los enunciados
es diferente de su locutor, como ya hemos visto. En casos como
(16), las marcas de citación podrían reponerse, pero no sin afec
tar el sentido del texto, en el que aparentemente se han suprimi
do las conexiones sintácticas entre citador y citado, ya sea para
señalar identificaciones, ya sea para marcar ironías. Las tres
últimas oraciones de (16) no se presentan sintácticamente (ni
gráficamente) como dichas por otro. En un texto descriptivo,
sea, por ejemplo, el estudio de las creencias de cierta comuni
dad, real o novelesca, la ausencia de marcas se produce más
bien por cierta economía en la enunciación —supresión de «di
cen que», «creen que» sobreentendidos—, la distancia entre lo
cutor y enunciador se minimiza pero no se pierde, y el locutor
no ejerce comentario alguno sobre el discurso tan laxamente
citado.
En (17) el discurso citado ya no es un cuerpo extraño en el
discurso que lo contiene. El locutor de (17) se ha hecho cargo
de la añrmación, según revela su modo de manipular el discur
so original (que desconocemos, pero que, como ya hemos dicho,
no pudo contener los mismos deícticos).
El proceso de absorción de discurso ajeno ha llegado tan le
jos en casos como (16) y (17) que todo intento de poner límites
altera la significación del enunciado. En ambos casos hay un
enunciador al que se le atribuyen en alguna medida las afirma
ciones sobre los muertos y sobre el anuncio de la visita. Las
atribuciones se perciben por señales del contexto, que no son
sintácticas. En (16) y (17) hay dos señales de la cercanía de dis
curso trasladado: los verbos de comunicación creery avisar, res
pectivamente, que no funcionan como introductorios, es decir,
que no cumplen la función sintáctica que les corresponde en
los estilos directos e indirectos, pero que aluden a actos de ha-
Q-2

La citación zz.
bla de otros individuos distintos del locutor (ellos, en (16); [él],
en (17)). (16) y(17) muestran, según la interpretación hecha arri
ba, distintos grados de apropiación de discurso, pero el procedi
miento de citación es el mismo. Se trata, básicamente, de un
El sin la articulación sintáctica canónica {dice que... y la corres
pondiente subordinación y traslaciones de deícticos): llamare a
esta variedad de El oratio quasi-oblicua.
En efecto, tanto el El canónico del tipo Galilea dijo que la
tierra se movía como el El de (16) y (17) reproducen actos propo
sicionales, reformulando la expresión original: desde un punto
de vista lógico, no se diferencian. Es cierto que en casos como
{16} y (17) la reformulación puede ir más lejos, puesto que el
discurso es asumido por el locutor, especialmente en el ^
traslación que ilustra (17). En (17), el «citado» Antonio pu o a
ber dicho Iré mañana a las nueve de la noche, o Llego mañana
a la hora de cenar. Caigo a las nueve, I'm coming tomorrow,
etc., pero cualquier relato de sus palabras encabezado por
nio avisó que, en El, está sujeto a reformulación, como en ( )•
En la oratio quasi obliqua la voz del enunciador es más tenue,
o no se oye, y de ahí su uso (abundante) en enunciaciones en
las que el locutor asume el acto proposicional ajeno.
El condicional, en su función de atenuar afirmaciones, sirve
en ciertos casos para que el locutor, apropiándose de un tex o
ajeno y reformulándolo, no se comprometa del todo con a v
dad de esa afirmación: el locutor asume el discurso, pero en
funciones de retransmisor; así en (18), que reproduce un titu ar
periodístico:

(18) Aumentarían el precio del pan.

Se cita aquí la afirmación ajena Aumentarán el precio del pan.


El tema {topic) del titular es sin duda el aumento del
del pan, que el titular anuncia, pero ese anuncio está atri ui o
a otro, en este caso a alguna fuente de información. Si compara
mos el anuncio de (17) con el de (18) veremos que, con la misma
sintaxis {oratio quasi obliqua, en (18) sin mención de fuente), en
(17) se asume la afirmación trasladada, mientras en (18) se a
Polifonía textual
atenúa con el condicional. El condicional pone bajo la responsa
bilidad de otro anunciador (no tan fidedigno, o no tan seguro
de su anuncio como el de (17)) la verdad del aumento. De modo
que en (18) el locutor marca su condición de retransmisor, sin
dejar de transmitir, esto es, de afirmar: de hacer enunciación
propia una enunciación ajena.
En suma, (16), (17) y (18), tanto como el caso canónico de
El representado en (13), son paráfrasis de otros textos; (16), (17)
y (18), sin marcas de cita literal y sin ninguna traslación sintác
tica propia de la cita indirecta, presentan sin embargo los ras
gos lógicos y pragmáticos (y, en (18), también una marca sintác
tica, el condicional) de la oratio obliqua: reproducción de una
proposición y de un acto ilocucionario, acomodación de la enun
ciación ajena a la enunciación propia.
En el EIL, finalmente, se observa el proceso inverso; en lu
gar de trasladar el aquí y ahora del sujeto citado al aquí y ahora
del citador, y de reproducir básicamente proposiciones, el na
rrador que cita en EIL se traslada, sintácticamente, al aquí y
ahora de su personaje, e intenta reproducir, en alguna medida,
sus expresiones;

(19) Lo amaba, oh Dios, sí, lo amaba. Ahora que él estaba lejos se


daba cuenta.

El narrador adopta las categorías temporales y espaciales del


personaje: ahora y lejos se refieren al tiempo y espacio del per
sonaje. La manera de decir, o de pensar, o de percibir (articu
lándola verbalmente, en ese caso) aparece mimetizada: oh Dios,
si, es expresión del personaje y no del narrador. El imperfecto
verbal señala, a su vez, la confluencia de dos puntos de vista
y de dos discursos: en cuanto tiempo pasado, corresponde a la
perspectiva del narrador, y en cuanto imperfecto (y no pretérito
perfecto simple) abre en el pasado narrativo el ahora de una
conciencia.
El EIL es, pues, una forma mixta de narración y reproduc
ción literal de discurso, que presenta rasgos del ED y rasgos
del El, y es forma propia de la literatura (o de relatos que admi
ten «literaturización»). A causa de su carácter mimético y de
La citación 85

la frecuente ausencia de señales sintácticas inequívocas para ca


racterizarlo, resulta fácil asimilarlo a otras formas de trasla
ción directa no formalizadas, y suele hablarse de EIL al tratar,
por ejemplo, la imitación de maneras de hablar del personaje
en el discurso del narrador. Se ha llegado a considerar EIL la
traslación de los contenidos de otro discurso o sistema concep
tual, cuando tal traslación no tiene las marcas sintácticas de
los estilos directos e indirectos canónicos. En este caso no ha
bría diferencia entre el EIL y lo que he llamado oratio quasi
obliqua. En los Capítulos 3 y 4, al estudiar ambos fenómenos,
trataré de distinguirlos y de mostrar las ventajas de tal distin
ción, Por ahora, el EIL queda presentado como una forma de
citar caracterizable, en principio, sintácticamente, pese a que,
como veremos, las señales sintácticas pueden ser ambiguas, o
estar elididas.

En suma, hemos visto, al lado del ED y del El, variantes que


pueden estudiarse gramaticalmente: el EIL y (hasta cierto pun
to) la oratio quasi obliqua, cuyas formas más libres se asimilan
a la oratio obliqua sobre la base de datos del contexto lingüísti
co o situacional, que también sirven para caracterizar —más
allá de la sintaxis— las formas de reproducción directa de dis
curso no marcadas por comillas, entonaciones, verbos introduc
torios. Aunque sin duda pueden proponerse otras variantes, o
puede descartarse, por inadecuado, el sistema de los estilos di
rectos e indirectos tal como lo ha fijado la tradición, y proponer
otro en su lugar creo que la vieja distinción, matizada por
Así lo hace, por ejemplo, Brian McHale («Free Indirect Discourse: a Sur-
vey of Recent Accounts», PTL: A Joumal for Descriptiva Poelics and Theory of
Literature, 3, 1978, pp. 249-287) que subdivide en nuevas categorías los estilos
directos e indirectos. Su nueva clasificación, más completa y sin duda alguna
correcta, tiene la desventaja de multiplicar la nomenclatura sin ofrecer ninguna
solución al problema de la correspondencia entre estilos gramaticales y su carác
ter más o menos reproductivo, que explica en gran parte la funcionalidad de
los modos de trasladar palabras en el discurso corriente y en la literatura. Lo
mismo puede decirse del esquema de Norman Page, Speech in the English Novel,
London, Longman, 1973, pp. 31-35.
Martínez Bonati esboza una clasificación general de las formas discursivas,
que se propone servir de fundamento al estudio de la actividad del homo na-
86 Polifonía textual
el análisis de variantes lógica y pragmáticamente definibles, es
útil para estudiar el universo polifónico de la narración literaria.

rrans. Con el objeto de caracterizar formas narrativas y su predominio en deter


minadas épocas de la historia literaria, Martínez Bonati distingue un discurso
anatural o fundamental» {en el que coinciden «yo» textual, sujeto de la enuncia
ción, su aquí y ahora y su experiencia vivida), que es discurso epistemológica
mente válido, y discurso con el que se reformulan discursos ajenos, que es dis
curso de variable legitimidad epistemológica. Esta última categoría incluye los
discursos directos e indirectos, con que se reproducen voces, estilos y experien
cias ajenas que pueden ser remotas y cuestionables, y en todo caso dudosas (ex
cepto en la literatura y en el mito; cfr. aquí, infra, Cap. 3). Sostiene Martínez
Bonati que la sistematización de los modos de narrar es tarea, no de la lingüísti
ca textual, sino de una fenomenología de la imaginación («El sistema del discur
soy la evolución de las formas narrativas», Dispositio, V-VI, 15-16, 1980-81, pp- 1-18).