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27 Ene 2019 - 12:00 AM

Por: Humberto de la Calle

Los extremos se ayudan


El acto demencial del Eln favorece de manera categórica a aquellos que desean
proscribir el diálogo como solución al conflicto. Mejor servicio no le pudieron
haber prestado a la derecha. De hecho, casi sin fisuras, toda la sociedad apoya
una respuesta dura del Estado, aplicando a la lucha contra el terrorismo toda la
fuerza de las instituciones. Que no quede duda para los insultadores: apoyamos a
Duque en la ruptura de la mesa, lo apoyamos en sus exigencias sobre la
liberación de los secuestrados y ninguna palabra nuestra significa
condescendencia con un acto terrorista de esa magnitud.

Pero no compartimos la decisión del gobierno de exigir a Cuba el rompimiento


de los protocolos de salida. Estos instrumentos han sido usados siempre porque,
de lo contrario, las conversaciones serían imposibles. El propio Uribe los
cumplió al clausurar sus conversaciones con el Eln. Deliberadamente se ha
creado un espejismo: se califican como acuerdos internos con una guerrilla que
no los merece. Error. Son acuerdos con los países garantes. Es la seriedad
internacional de Colombia la que está en juego. Los protocolos, aunque su
tipificación jurídica sea precaria, en todo caso son compromisos del Estado con
países cuya única misión era la de colaborar con la paz de Colombia. Se dirá que
quedarle mal a Cuba y su régimen socialista no tiene problema. Es más de lo
mismo. Falso. Desde la época de Fidel, Cuba ha colaborado lealmente en el
empeño de la paz. Incluso el libro famoso de Fidel fue recibido con furia por las
Farc porque desaconsejó el uso de la violencia en Colombia. Y si no conmueve
este argumento, la actitud de un país de la seriedad y la tradición de Noruega nos
deja pegados de la brocha. Noruega ha desnudado la debilidad de la posición del
Gobierno. Su argumento inicial, sin embargo, era poderoso aunque equivocado.
Lo que había era un enfrentamiento entre dos valores éticos. La condena del
crimen atroz y el valor de la palabra empeñada. El Gobierno le dio prevalencia al
primero. Pero de allí en adelante, el eslabonamiento de argumentos del Gobierno
ha venido deteriorando cada vez más su posición. La condena del Consejo de
Seguridad tenía carácter general. El Gobierno quiso leerla como una exigencia a
Cuba. Falso. A la siguiente reunión del Consejo, no solo se guardó silencio sobre
el protocolo, sino que a pesar de condenar el atentado, se agregaron dos
invitaciones: a no desistir de la vía dialogada y a garantizar el cumplimiento del
Acuerdo con las Farc. Un escenario que podía ser favorable para el Gobierno se
convirtió en un serio fracaso diplomático. Con el agravante de que hemos
dividido el bloque de países garantes y creado una situación que va a dificultar en
el futuro vías distintas a la respuesta militar. A eso hay que agregar las patéticas
disquisiciones jurídicas, pedazos de sentencias, el yo no firmé, fue Santos,
radiografía de un país que cree resolver todo creando un mundo paralelo de
ejercicios pseudojurídicos.

Imagino que a Duque lo movió, al ingresar a este laberinto sin hilo de Ariadna, el
deseo de distinguirse de la política anterior, mostrarse fuerte en un momento en
que lo necesitaba y consolidar su coalición. Aunque es un error, ojalá sólo sea
eso. Que no hayamos terminado metidos en este berenjenal por cuenta del eje
Trump-Duque-Bolsonaro, como una especie de movida para desacreditar a Cuba.