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Poéticas de la narración

Nicolás Rodríguez Sanabria


Lo que Chejov descubrió

Entre las tantas frases memorables que dejó el escritor Charles Bukowski, viene una a
la mente cuando se habla de Antón Chejov: “Un intelectual dice una cosa sencilla de
una manera difícil. Un artista dice una cosa difícil de una manera sencilla”. Por
supuesto, el ruso cae en el segundo grupo. Pero artistas hay muchos, si Chejov
sobresale entre ellos es porque supo decir, no una, sino todas las cosas difíciles de una
manera sencilla, es decir, descubrió para qué sirve el cuento.
Todo se deriva de los dos principios del autor: la verdad y la responsabilidad artística.
Buscando la verdad, Chejov desechó las florituras y los excesos hasta que quedó lo que
es imposible suprimir: lo vital y eterno. Deja al mundo desnudo para que se muestre
vulnerable, para que enseñe sus mecanismos. De ahí su brevedad, “la escritura concisa
es transparente”, decía. El artista no es un creador, no hace, más bien deshace.
Los personajes de Chejov no son artificiales, no son criaturas suyas, son personas de
carne y hueso, tal vez no como existieron, si no como él las vio existir. Tampoco son
personajes repletos de detalles o historias, carecen de pasado o futuro, existen solo en
el presente que Chejov descubre para nosotros. Son escenas de la vida común y
corriente las que se nos presentan, sosas y llanas, pero como diría Wislawa
Szymborska: “El aburrimiento debe ser descrito con gusto. ¿Cuántas cosas están
ocurriendo en un día en el que no pasa nada?”.
Chejov supo hacerlo con mucho gusto, supo encontrar todo aquello que ocurría en la
cotidianidad porque notó que era allí donde los grandes cambios se daban: “Las gentes
se sientan y, mientras cenan, tal vez se decide su porvenir de felicidad o se destruyen
sus vidas sin remedio”. Halló allí lo que Borges llamó “el momento en que el hombre
sabe para siempre quién es”. Ya que no tiene los alcances de la novela para desplegar
la historia de un personaje, el cuento muestra el momento en que se revela su verdad.
La verdad, para ser auténtica y genuina, requiere del segundo principio: la integridad
artística. Chejov recoge la vida con sus impurezas y manchas sin hacer de filtro, las
pone en sus escritos sin miedo a estar presentando una tontería. El escritor ruso exige
a los artistas madurez y libertad personal para ser capaces de presentar al pueblo el
pueblo mismo, sin adulterarlo ni decorarlo. No hay espacio para la subjetividad, el
único papel del autor en su relato es escoger qué mostrar, qué resaltar.
Por esta razón Chejov fue optimista para algunos y pesimista para otros, porque jamás
metió la mano en las historias que narró. El ruso no describe lo que hay detrás de la
ventana, simplemente la abre para que el lector vea por sí mismo y decida qué hay.
Con la vista que sugiere, Chejov nos abre la posibilidad de lo que la vida debería ser y
no es, tomarlo como algo esperanzador o lo contrario será decisión del espectador.
Por último, la herramienta con la que Chejov maneja sus dos principios: el humor. Tal
vez la usaba para lograr cuentos más raros, para huir de lo trillado, como sugería que
debía hacerse. Tal vez para aligerar sus relatos porque la vida es ligera y es el hombre
quien la agrava. Tal vez porque entre el mugre con el que viene la vida se encuentra
siempre el ridículo humano. Tal vez porque lo necesitaba, porque, como Thomas Mann
aseguraba, “los pensamientos profundos deberían hacernos sonreír”. Y Chejov fue
profundo porque para encajar todo la complejidad esparcida por el mundo en el
pequeño y sencillo espacio que eran sus cuentos, tuvo que cavar hondo.
Esta fue la proeza de Chejov, la razón de su prestigio, lo que justifica que lo llamen “el
padre del cuento moderno”. Chejov aprendió a crear en sus cuentos rincones desde
donde mirar la realidad, supo que el artista debía hallar una manera de revelar el viejo
mundo de siempre como uno nuevo y diferente. En cada personaje suyo nos
encontramos todos nosotros; en cada momento breve, la vida entera. Al simplificar y
llegar al límite sin trastocar nada, Chejov encuentra en sus relatos el arquetipo de la
realidad. En pocas palabras, descubrió la habilidad única del cuento.
Chejov descubrió que, mientras la novela emprende la proeza de capturar el mar
entero contándolo gota por gota, el cuento escoge capturar sólo la caracola que está al
pie de éste y que lo contiene entero, para ponerla al oído del lector y dejar que
escuche.