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Poéticas de la narración

Nicolás Rodríguez Sanabria


La sinceridad de lo fantástico

Uno puede estar de acuerdo con Jorge Luis Borges cuando afirma que “toda literatura
es fantástica”, o tener la opinión diametralmente opuesta: ninguna literatura es
fantástica. No hay una opción media, no existe conciliación que valga entre la una y la
otra, nada de que a veces la literatura es fantástica y a veces no.
Alguien que quisiera afirmar tal cosa podría poner de ejemplo a un unicornio y a un
tigre, atribuyéndole al primero lo fantástico y al segundo lo real, cuando cualquiera de
los dos puede ser tan real o fantástico como se quiera. Lo explica Tzinacán, el
personaje de La escritura del dios, cuando dice: “decir el tigre es decir los tigres que lo
engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los
ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra”.
De esa manera cada palabra implica al universo entero, cada una es un aleph por
donde se asoman infinitas concatenaciones. El tigre también es su mito: el animal que
se jacta de su piel naranja e inmaculada hasta que los dios lo castigan con los trazos
negros que ahora lo recorren. El unicornio también es su explicación racional: el origen
en relatos antiguos de animales unicornudos como rinocerontes o corzos de un solo
cuerno, en la estafa de quienes en realidad vendían cuernos de narval.
La idea es la misma que expone Marco Flaminio Rufo, otro personaje, esta vez el de El
inmortal, al sugerir que “fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que
nada es real”. O todo es real o nada lo es, no hay punto medio. Así es como el realismo
no es más que el razonamiento de los mitos y los mitos son los juegos que se hacen
con la realidad.
Gabriel García Márquez desechaba el término fantasía, que para él era todo aquello
que no tenía nada que ver con la realidad del mundo en que vivimos. Lo que usaba el
nobel colombiano era la imaginación, “la facultad especial que tienen los artistas para
crear una realidad nueva a partir de la realidad en que viven”. La literatura, aun siendo
ficción, intenta capturar la realidad; un escrito que no tenga nada que decir de la
realidad estaría más cerca del discurso de alguna dictadura que de la literatura.
Ahora, a pesar de que toda literatura es fantástica (prefiero esta opción para no
contradecir a Borges), hay una clara división que la parte y deja de un lado, por decir
algo, a Balzac, y del otro, a García Márquez. Dicha partición lo da el sentimiento de lo
fantástico como lo entiende Cortázar, esa “impresión de que las leyes, a las que
obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una
manera parcial, o están dando su lugar a una excepción”.
Lo “fantástico” expone ese sentimiento, pero no escapa de la realidad. La cola de
cerdo con la que nace el último de los Buendía se nos antoja extraña, ajena a las leyes
que rigen el mundo, esa era la intención de García Márquez, pero una vez publicada la
novela le llegaron cartas de admiradores que confesaban haber nacido con cola de
cerdo. Ahí está el sentimiento fantástico, por eso Borges aclara: “el autor sabe o cree
que son invenciones”, porque puede ser parte de la realidad también.
Dudo que Borges, o Cortázar, o García Márquez, se descubrieran pensando “y bueno,
¿qué fantasía me cabe acá?”, lo más seguro es que simplemente se rigieran por lo que
decía el primero, eso de soñar y ser fiel al sueño, “contarlo sinceramente sin agregar
nada para adornarlo”. En esa suspensión de la que habla Borges, el escritor,
interviniendo lo menos posible, tiene el deber de transmutar en belleza aquello que
sueña. Es en esa necesidad de sinceridad donde se expone lo fantástico.
Los escritores tienen una responsabilidad con aquello que reciben de la memoria del
género humano, eso esencial que viene siempre en distintas formas, esto dice Borges
a quien le llegaba en forma se principio y final. Por esta responsabilidad de fidelidad se
expone lo fantástico; lo inexplicable se toma la casa antigua de Irene y su hermano
porque Cortázar sabe que fue así, Borges sabe que el aleph estaba en el decimonoveno
escalón del sótano de la casa en la calle Garay, no podía ser el décimo ni el primero.
Un ejemplo: si me fuera necesario escribir un cuento sobre esta tarea tendría que
describirme a mí imprimir estas hojas minutos antes de clase y al perro que me espera
a la entrada del edificio de clases, un perro hambriento que saliva al ver lo que tengo
en la mano, así sería y así lo escribiría: “el perro, más ágil que nunca por el hambre
insoportable, me arrebata y se come mi tarea”, luego la profesora no me creería la
ironía de estar defendiéndome con una fantasía en vez de haber escrito sobre ella.
Ahora me acuerdo una última vez de García Márquez y de su sentencia: “la realidad es
mejor escritor que nosotros”, mejor imprimo dos copias de esto y guardo una.