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La Herencia Maldita

Un crujido en el techo hizo que los cuatro amigos miraran hacia


arriba y se mantuvieran en suspenso un momento. La inmensa casona
parecía muy sólida pero todos sabían que era muy vieja. La estaba
haciendo temblar la tormenta enloquecida que bramaba afuera. Era de
noche y llovía copiosamente. La naturaleza se volcaba con furia sobre
los campos y arboledas de aquella solitaria región. La luz de un rayo
reclamó la atención de todos y voltearon hacia la ventana que daba al
jardín. El viento se empeñaba en arrancar unos jazmineros y estos se
resistían inclinándose hacia un lado. Más allá se retorcían otros
árboles,y un fogonazo repentino mostró
fugazmente parte de una edificación blanca que
se ocultaba detrás de estos. La tormenta dominaba la
escena y ninguno había hablado desde hacía rato. Habían estado
contando cuentos de terror y eso había tensado la atmósfera.
Entonces David habló sobresaltando a todos...

—Que este tiempo no empañe la celebración —dijo levantando su


copa—. Brindemos por Mauricio, que ahora es un hombre rico.
—Por nuestro amigo —dijeron los otros a la vez. Mauricio agradeció
inclinando la cabeza y brindó también.

Acababan de cenar y estaban sentados en torno a la mesa más


pequeña de la sala, que en realidad era bastante grande, la otra era
enorme, muy larga. El grupo de amigos estaba formado por Adrián,
Sergio, Mauricio, que era el anfitrión, y David. Los cuatro rondaban los
treinta y eran amigos desde la infancia. David era detective, y como el
oficio ya se le había metido en el carácter le preguntó de nuevo a
Mauricio:

—Así que tu tío nunca fue a tu casa y prácticamente no lo conociste,


¿no?
—Exactamente. Por eso imagínense mi sorpresa cuando me dejó todo
esto, no lo podía creer.
—Dime una cosa —insistió David—, ¿qué crees que diría tu padre
sobre esto si él estuviera vivo?
—Seguramente desconfiaría. Aunque él y el tío Basile eran hermanos
y muy parecidos físicamente, ya lo ven ustedes por ese retrato, sus
personalidades no podrían ser mas diferentes. Papá directamente lo
creía un loco malvado.
—Eso supuse —dijo David.
—Ahora estoy viendo al detective —intervino Sergio en tono de
broma—. Ya encontró un misterio en todo esto.
—No es eso, lo que pasa es que, bueno, sí, me resulta raro.