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LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS

Los supervivientes del destacamento de Baler fotografiados el 2 de septiembre de 1899

La admiración del enemigo por los Últimos de Filipinas: «Los españoles han hecho una
epopeya digna del Cid»

El presidente de la república Emilio Aguinaldo decretó que los españoles fueran considerados
amigos por resistir durante un año el asedio de las tropas tagalas en Baler

Carlos Ovejas, responsable de la Ponencia de Ultramar dentro del Instituto de Historia y


Cultura Militar, desvela a ABC los pormenores de una defensa en la que los rebeldes llegaron a
usar la guerra psicológica contra los hombres de Saturnino Martín Cerezo

Emilio Aguinaldo, el primer presidente de la República de Filipinas, le dio a los héroes de


Baler lo que la España del 98 no pudo ofrecerles por culpa de la convulsión que reinaba tras la
pérdida del imperio colonial: reconocimiento. Y es que, aunque nadie puede negar que estos
valerosos héroes obtuvieron pensiones y medallas, lo cierto es que su gesta quedó en parte
enterrada bajo una ingente cantidad de enfrentamientos políticos y tensiones entre partidos.
El líder rebelde, por el contrario, honró su memoria con un decreto en el que reconocía que se
habían hecho «acreedores de la admiración del mundo» y habían demostrado un valor solo
propio «de los hijos del Cid y de Pelayo».

Nada raro para Aguinaldo. El mismo general que, a pesar de orquestar la rebelión que se hizo
con el poder en Filipinas a costa del maltrecho imperio español, declaró en una entrevista a
ABC su cariño por nuestro país. «La madre patria. La madre España. Después de a Filipinas, yo
amo a la madre España y querría ir algún día a ella», afirmó. Lo cierto es que demostró ese
amor platónico después de la capitulación de los héroes de Baler, pues ordenó a sus soldados
que les tratasen como amigos y que les permitieran llegar hasta la península sin sufrir daño
alguno. La buena relación se ha mantenido hasta la actualidad. No en vano, el país sigue
celebrando el Día de la Amistad Hispano-filipina la misma jornada en la que se publicó el
decreto en honor de los hombres de Saturnino Martín Cerezo, teniente artífice de la
resistencia.

Así lo confirma a ABC el coronel Carlos Ovejas, responsable de la Ponencia de Ultramar dentro
del Instituto de Historia y Cultura Militar. En sus palabras, con aquel decreto del 30 de junio
de 1899 «el presidente reconoció a los españoles como héroes y, y no como prisioneros».
«Capitularon con los términos más honrosos posibles», completa. Y todo ello, a pesar de que,
durante el asedio a la pequeña iglesia de Baler, los rebeldes recurrieron a la guerra psicológica
para intentar que capitularan. «Hicieron que los pocos desertores que hubo les gritaran desde
las trincheras que se rindieran. Les decían que, si salían de allí, podían disfrutar de fiestas y de
bellas mujeres», desvela a este diario.

Tiempo de revueltas

El origen de este respeto y de la gesta de Baler hay que buscarlo en los últimos años del siglo
XIX. La misma época en la que la lealtad de las colonias de ultramar que todavía aguantaban el
envite de los rebeldes pendía de un hilo muy fino. Las cosas pintaban mal por entonces para
nuestro país. En 1895 una sublevación cubana (la enésima) provocó la caída de los liberales y la
llegada de los conservadores al poder; y otro tanto acaeció en Cuba allá por 1898. La situación
terminó de tensarse el 15 de febrero de ese mismo año, cuando la explosión del acorazado
norteamericano «Maine» provocó que el país de las barras y las estrellas declarara la guerra a
España.

En Filipinas la situación no era mejor. La primera sublevación se sucedió el 21 de agosto de


1896. España logró resistir el golpe, pero no ocurrió lo mismo dos años después, cuando
algunos grupos locales se levantaron en armas. Aunque, en principio, no parecía que la
sublevación pudiese llegar a nada, pues no estalló con la misma fuerza en toda la región.

La primera sublevación se sucedió el 21 de agosto de 1896. España logró resistir el golpe, pero
no ocurrió lo mismo dos años después, cuando algunos grupos locales se levantaron en armas

Precisamente una de las comarcas en las que la sedición llegó con algo de retraso fue
Baler, una pequeña localidad ubicada al noreste de Filipinas. «Baler está situado cerca del
mar, sobre un recodo, al sur de la ensenada o bahía de su nombre, distante de la playa unos
1.000 metros. […] Como todas las poblaciones filipinas, de vida puramente rural y escaso
número de habitantes, reducíase a la iglesia rectoral; […] y alguna casa de tablas y argamasa»,
afirmó Saturnino Martín Cerezo (presente posteriormente en la defensa de este pueblo) en su
diario de operaciones editado en 1904. Esta región, defendida por el 2º Batallón
Expedicionario de Cazadores de nuestro país, iba a ser testigo de una heroicidad al alcance de
muy pocos países.

Comienza el asedio

La revolución llegó a Baler en verano y, para su desgracia, pilló al medio centenar de cazadores
españoles de improviso. El 1 de julio, mientras el calor asfixiante golpeaba con fuerza a
nuestros militares, se dio el primer disparo de un asedio que duraría 337 días. Éste salió de un
fusil filipino cuando Cerezo patrullaba, como hacía a diario con otra docena de hombres, las
inmediaciones de la iglesia de la región. El enemigo acababa de llegar y, sabedor de que era
imposible plantarle cara en mitad de la meseta, el oficial español tocó a retirada. Todos los
militares partieron entonces hacia la seguridad del templo, edificio en cuya torre ondeaba la
bandera rojigualda. El último territorio español en la colonia.

«Me había cabido en suerte contestar a los primeros disparos y debía contestar con el último.
Estábamos sitiados», explica el hispano en su diario. Esa misma tarde, los nuestros se
dispusieron a defender hasta el último hombre un edificio húmedo, estrecho y desprovisto de
cualquier comodidad. Para ello, tapiaron las ventanas dejando sólo unos pequeños resquicios
por los que poder disparar sus fusiles. Por otro lado, arrancaron varias baldosas del suelo para
fabricar un horno con el que cocinar pan, hicieron una letrina en un corral anexo al recinto e,
incluso, socavaron la tierra para construir un pozo en el que encontraron agua. Una suerte que
les permitió mantenerse en pie durante casi un año sin morir de deshidratación.

Respeto inicial y guerra psicológica

En principio, y según Ovejas, los filipinos destacaron por su caballerosidad. Así lo corroboró el
propio Cerezo en su diario en repetidas ocasiones. Un ejemplo fue la anotación sobre el 8 de
julio de 1898, jornada en la que uno de los líderes del ejército enemigo, Cirilo Gómez Ortíz,
ofreció un cese preventivo de las hostilidades «a fin de que la tropa descansara de los
combates». Y no solo eso. «El hombre quiso echarlas de generoso y, diciendo que por
(nuestros) desertores había tenido noticias de la escasez que padecíamos en cuestión de
alimentos, nos ofrecía lo que quisiéramos (y) una cajetilla de cigarrillos para el capitán y un
pitillo para cada uno de la tropa», completó el teniente.

Firma de Paz entre los Estados Unidos de América y el Reino de España

Sin embargo, y como señala Ovejas, la educación inicial fue pronto sustituida por todo tipo de
curiosas argucias para lograr que los españoles se rindieran: « de que se iniciara el asedio) se
quedaron con los filipinos y les gritaban, desde las trincheras, que se rindieran. Les decían que
con los filipinos podrían comer, celebrar fiestas y disfrutar de las mujeres. Les animaban, en
definitiva, a abandonar sus puestos en la iglesia».

No fue lo único. Tal y como explica el militar a ABC, también «solían disparar sus cañones a
altas horas de la noche para impedir dormir a los españoles» y «les recordaban de una manera
o de otra que la “buena vida” estaba fuera de aquella iglesia». También insistían en que
«España se había rendido» y en que «era absurdo que siguieran resistiendo». En esto último
no les faltaba razón. Al fin y al cabo, tras el Tratado de París (firmado el 10 de diciembre de
1898) el viejo imperio cedió Filipinas a Estados Unidos a cambio de 20 millones de dólares.
Una cifra irrisoria, pero justa en vista de que el país se hallaba en plena efervescencia
independentista.

El centro de la defensa

Sin embargo, y según el militar, los españoles lograron permanecer unidos en torno a una
figura: la de su teniente. «Saturnino Martín Cerezo dio muestras de un valor y un liderazgo
absoluto. Tomó el mando en una situación muy comprometida, con enfermos de beriberi.
Quedaban apenas una decena de soldados que no tenían la enfermedad, los alimentos se
estaban acabando, se estaban terminando todas las raciones... Consiguió mantener unido el
bloque, animarles, salir a por fruta y verduras frescas… Demostró el orgullo español sacando
de quicio a los sitiadores en varias ocasiones», añade Ovejas.

El coronel también insiste en que, a pesar de que en los últimos años se ha mostrado a Martín
Cerezo como a un loco, la realidad es que era un patriota que no podía entender que el
imperio tocase a su fin. «Él quería defender su bandera, la soberanía española. No se creía que
se hubiera perdido la soberanía ni el territorio en tan poco tiempo. Sí es cierto que tenía
constancia de que, en Cavite, había habido una batalla naval que se había perdido
estrepitosamente, pero no le cabía en la cabeza que toda Filipinas hubiera podido caber en tan
poco tiempo. Para él no podía ocurrir», completa en declaraciones a ABC.

«Aquel día Martín Cerezo leyó un artículo en el que se decía que un amigo suyo había sido
destinado a Málaga tras volver de Cuba. Al ver esa información supo que no se lo estaban
inventando. En ese momento cayó en la cuenta de que todo lo que había pasado era verdad y
que España había perdido Filipinas»

Martín Cerezo, de hecho, no creyó ni siquiera los recortes de periódico que les hacían llegar los
filipinos. Artículos en los que se explicaba que España había abandonado la región. Según
Ovejas, para él no eran más que falsificaciones muy bien trabajadas. «Le llamaban la
atención, pero para él no podían ser reales. Decía que los tagalos eran muy buenos imitando
los periódicos peninsulares y le sorprendía la exactitud con la que lograban reproducirlos»,
completa.

No obstante, todo cambió cuando, en pleno verano de 1899, recibieron un ejemplar de «El
Imparcial». «Aquel día Martín Cerezo leyó un artículo estaban inventando. En ese momento
cayó en la cuenta de que todo lo que había pasado era verdad y que España había perdido
Filipinas», completa.
Les hicieron lo que hoy podríamos llamar guerra psicológica. Los pocos desertores (cuatro en
total, dos de ellos antes

Rendición honrosa y respeto

El 2 de junio de 1899, tras defender la iglesia de Baler durante más de 300 días, los hombres de
Cerezo se rindieron. Salieron de allí sin apenas ropa, cansados y enfermos… pero con la honra
intacta. «Los filipinos les respetaron por la valentía demostrada. Se llegó al acuerdo de que no
serían hechos prisioneros, sino que se les facilitaría la llegada a la unidad española más
cercana», señala el militar. También les permitieron llevar consigo su armamento, pero Martín
Cerezo ordenó que lo dejaran allí «para evitar imprevistos indeseados durante el camino».

en el que se decía que un amigo suyo había sido destinado a Málaga tras volver de Cuba. Al ver
esa información supo que no se lo

Al final capitularon, pero con los términos más honrosos posibles. «Lograron que no se
perdiera el honor español en Filipinas», completa el militar. La demostración de que habían
llevado a cabo una gesta increíble fue que el mismo Aguinaldo así lo dejó patente en un
decreto que hizo las veces de salvoconducto para que los supervivientes pudiesen arribar
primero a Manila y, a la postre, a su país de origen:

«Habiéndose hecho acreedoras á la admiración del mundo las fuerzas españolas que
guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con aquel puñado de
hombres aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su Bandera por espacio de
un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del
Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares, é interpretando los sentimientos del
Ejército de esta República, que bizarramente les ha combatido; á propuesta de mi Secretario de
Guerra, y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno. Vengo en disponer lo siguiente: Artículo
único. Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como
prisioneros, sino por el contrario, como amigos; y en su consecuencia, se les proveerá, por la
Capitanía General, de los pases necesarios para que puedan regresar á su país».

1-¿Se trató bien a los supervivientes en España?

Se les concedieron recompensas militares. Al capitán Las Morenas y al teniente Martin Cerezo
les otorgaron una Laureada de San Fernando, la más alta condecoración que hay en el ejército.
A todos los supervivientes, por su parte, dos Cruces al Mérito Militar con distintivo rojo.
Además, a todos les reconocieron una pensión. Pero el problema es que el Estado quiso
olvidar el tema y no abundó en esa gesta heroica.

2-¿Por qué trató se olvidó España de la gesta?

Por la situación que tenía España. La pérdida del imperio, el enfrentamiento entre políticos y
militares que se estaba produciendo en el país… No era el contexto más adecuado para hacer
un reconocimiento a los héroes de Baler. Pero no se olvidaron totalmente de ellos. Poco a
poco les fueron dando sus recompensas. Hay que tener en cuenta que, para obtener
condecoraciones y pensiones, tiene que haber unos juicios contradictorios con testigos y, a la
vista de toda la información, se conceden o no.

3-¿Fueron justas las pensiones?

Al teniente Martín Cerezo y al médico Vigil de Quiñones, por ejemplo, no se les dio la misma
pensión que al capitán. Las diferencias políticas hicieron que hubiera este pequeño agravio
comparativo.

4-¿Cómo nos recuerdan en Filipinas?

Filipinas celebra mucho más esta gesta que nosotros. En 2002 hizo el decreto del Día de la
amistad y, en 2003, lo celebraron por primera vez.

Manuel P. Villatoro@ABC_Historia Actualizado:25/02/2019 19:06h