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MOTES ZOOMORFICOS

Gordón tiene 17 pueblos, repartidos en una extensión geográfica de 157 km².


Todos ellos tienen su propio apodo común, de la más diversa índole: debidos a su
actividad real o ficticia, por un hecho histórico , por la abundancia de sus límites de
algún producto, por alguna cualidad circunstancial ..... Y en muchos casos, por la
relación metafórica con algún animal. Las metáforas zoomórficas, como ocurre con
todo lenguaje metafórico, es algo inherente al propio lenguaje; más, al común o
popular por su enorme carga connotativa. Si añadimos como hecho de fácil
contratación, que la referencia a los animales es una realidad básica en la
tradicional cultura rural, no nos puede extrañar, por ejemplo, que alguno de los
desquites femeninos dijesen cosa como ésta:

Cuando vengas a verme,

ven por lo oscuro,

para que crea mi madre

que eres el burro.

¿Tiene, pues, algo de extraño que llamasen ratones a los de La Vid, mosquitos a
los de Villasimpliz, a los habitantes de Paradilla pájaros, gatos a los de Pola o
zorros a los de Santa Lucía?

DE GATOS Y RATONES

Los habitantes de la Vid eran conocidos como pardos, pardillos y pardales,


siempre utilizando el tono irónico del sentido figurado:

Como en La Vid crían

muchas peras y perales,

en sus calles siempre pían

las pardalas y pardales.

Pero eran conocidos, sobre todo, y son, como ratones. Nadie sabe muy bien la
razón, pero todo parece apuntar a que la causa está en su problema de rivalidad de
pendones: la presunta pequeñez y debilidad de sus pendonistas y remadores. Y en
concreto la idea parece ser que nació en La Pola. Digo esto porque en las rogativas
de Junio de 1905, por razón de la sequía, desfiló en Buen Suceso una «abigarrada
multitud siguiendo en pos de los pendones desplegados al viento y demás insignias
de la parroquia». Y hubo un enfrentamiento verbal, al parecer con música festiva,
entre ambas poblaciones: Así decían los de Pola:

Señor cura, señor cura,

no sacaremos pendones

porque puede que los roan

aquellos viejos ratones.

Y los de La Vid contestaban:

Señor cura, señor cura

esperará usted poco rato:

que es fácil cortar las garras

a tantas gatas y gatos.

Y es que a los de Pola todos los conocen como gatos. Todos los pueblos,
especialmente los de la zona norte, menos vinculados a esa población, solían
recitar:

Se defienden panza arriba

y no se manchan la cola.

Cuando llegues a La Pola,

por ver de explicar la intriga,

no te preocupes, paisano:

después de esperar un rato,

verás a cualquier aldeano

vestido de pobre gato.

Aclarando previamente la sinonimia existente entre «rabo» y «cola», hay que


decir que estos versos populares recalcaban lo de «gato» y «aldeano», más
molesto esto último, sin duda, en este caso, en aquellas rencillas de antaño, hoy
inexistentes.

Sobre todo por su actividad y por su vivir en la capital del municipio, los
habitantes de La Pola fueron tildados de «señoritos», pues se creían, según el sentir
de los gordoneses, los reyes de Gordón, como el león lo es de la selva.
Basados en esta comparación, y minusvalorando esa condición -parte esencial del
mote-, lo de león quedó en gato, en una clara y progresiva ironía. Por eso se hizo
célebre aquella pregunta retórica final de estrofa:

En tierras de Gordón, por mucho que lo busquemos, no vemos ningún


león. ¿Será un gato venido a menos?

El lenguaje popular es contradictorio a veces. Digo esto porque si es cierta la


referencia a la debilidad de los ratones, hace muy poco tiempo, por otra parte, en
septiembre de 1990, oía esto en Ciñera. Una persona, mientras tomaba café,
bromeaba con uno de Villasimpliz - a los que llaman mosquitos, como veremos, y
vecinos de La Vid - en este tono:

Me gustan los mosquitos, por los valientes que son. Se juntan quince o
veinte para matar un ratón.

¿Se puede explicar que fuerza, belleza, tamaño .... o sus contrarios son
elementos a los que recurre según las conveniencias del momento?

UNA DE ZORROS

Si usted pregunta en Santa Lucía por qué les llaman zorros, es fácil que alguien,
entre sonrisas irónicas, le contesta que «porque tienen mucho rabo». Otros
marcarán las tintas en las cualidades del animal: «Es que son hombres muy
astutos». Los versos conocidos, sin embargo, no concretaban razones, hablaban
sólo de hechos:

Cambie de noche o de día,

cambie cara, ropa o gorro,

siempre habrá en Santa Lucía

monte, carbón y zorro.

La falta de razones motivó la curiosidad. Y de ésta, a la anécdota que parece


definitiva.

Perteneciente al duque de Rivas, Ángel de Saavedra, el conocido dramaturgo


romántico, existió en la zona conocida como Valdeperales, un castillo-caserón con
un buen rebaño. Es posible que algunos de los pueblos (poblados) desaparecidos
-Villar de Frades, San Juan de la Casa, La Fayica y San Miguel- fuese el lugar de
residencia de alguno de sus criados.
Aunque no se puede asegurar que el duque hubiese estado allí nunca, hay quien
afirma su presencia al menos una vez. Se basa en su estancia en León capital,
donde, parece ser, contó con un nutrido grupo de seguidores románticos. Se habla,
incluso, de que creó escuela.

Quienes afirman su presencia en estas tierras, dicen que vino a conocer las
propiedades que aquí tenía. Cuando el administrador le presentó las cuentas,
peores que el año anterior, se excusó:

-Señor duque, hemos perdido varias cabezas de ganado por culpa del zorro...

Y dicen que el duque, lacónico, contestó:

-Sí, del zorro de dos patas...

Y dicen que desde entonces los habitantes de este pueblo se quedaron con el
mote. Dicen también que los habitantes de los cuatro pueblos (poblados) referidos,
especialmente vinculados con Santa Lucía, el resto también a medida que el tiempo
hizo extenderse la anécdota, solían decir:

Los zorros de cuatro pies

son malos, que vive Dios.

Más malo, sin duda, es

el zorro que apoya en dos.

A todo esto ni quito ni pongo rey. Sólo sé que el lenguaje popular, tan rico e
imprevisible, es como un laberinto. Nunca se sabe dónde están principio y final,
realidad o ficción. Pero lo curioso es que sirvió en su momento y divierte ahora el
acercamiento a su interpretación popular, a medio camino entre la fantasía y la
creencia.

Paradilla es, sin duda, el pueblo más antiguo del municipio, prácticamente
despoblado hoy, famoso antaño por sus exquisitas lentejas. Las antiguas
descripciones de la zona, y es claro el testimonio de Mourille, lo citaban como
«lugar situado entre rocas, donde solamente a caballo o a pie se puede llegar».
Enrique García -«el tío Pipa»- me decía que el pueblo había sido fundado por un
cabrero. El hecho de vivir aislados y a gran altura parece la razón última de su
apodo: pájaros.

Villasimpliz es la patria del primer bandolero leonés, Vaca Moca. Los habitantes
de este pueblo de origen románico, igual que los de La Vid, no pertenecieron
siempre a Gordón, al contrario que, curiosamente, ocurrió con Casares y Cubillas.

Este último hecho era la base para que los de Villasimpliz amenazaran, en
algunos casos con alguna insistencia, con reintegrarse al municipio de Rodiezmo.
Ante esta actitud, comenzaron a llamarlos mosquitos, mote que, en este contexto,
quería subrayar dos cosas. Primero, su poca fuerza, con un claro sentido
despectivo, como quedó señalado al final de la primera parte del anterior artículo.
Segundo, porque quienes lo utilizaban hacían clara referencia al hecho de que, a
pesar de su «pequeñez», siempre estaban «picando». No es de extrañar, pues, que,
especialmente los de Buiza, con quienes guardaban mayor relación, les dijesen:

Sólo si pican y pican


se sienten los hombres felices.
¿Los mosquitos? No, qué va.
Serán los «villasemplices».

(Subrayo que «villasemplices» aparece documentado como antopónimo en El


León de España, de Pedro Vecilla Castellanos, escritor leonés del siglo XVI).

DISTINTAS ACTIVIDADES

Las actividades, reales o ficticias, son las razones de otros apodos. Entre las
reales, el caso de Cabornera. Ejemplo de las segundas son Beberino, Ciñera y
Geras.

En cualquier caso, quizá por esta razón, el tono del mote, al menos en algún
momento, pierde fuerza en su acritud para ganarla en un cierto humorismo
elemental.

Cabornera es el único pueblo cuyos habitantes reciben un mote relacionado con


una de las actividades tradicionales. Se les conoce como camberos porque hacían
cambas, «pieza del carro leonés antiguo» (Francisco Escobar García, Gordón.
Apuntes para la historia del Municipio, p.349). Aquí se dedicaba mucha gente al
trabajo de estas piezas y otras, también en madera, como las gargantas del arado,
calzaduras para los forcaos, etc.

Los de Beberino tienen dos motes.

El primero, y fundamental, es el de descalzos. Así se llamaba, lógicamente por


su descalcez, a los franciscanos, de cuya orden religiosa existió una abadía, según
cuenta Jovellanos en sus Diarios, dependiente, al parecer, del Monasterio de
Guadalupe y que, aún conservada parte de su estructura, vivió algunas
peculiaridades curiosas e historias singulares.

También, y relacionado con lo anterior, se les conoce como capones. Hubo


algunos momentos, especialmente en la Edad Media, en que los frailes tuvieron
fama de glotones. Y justamente cuando el pollo se convirtió en rey de la mesa, un
capón -«pollo que se cebaba para comerlo»- era un manjar. Nada tiene de extraño
que, en este juego popular de relaciones, derivasen hacia el mote. Hace años un
anciano vecino de Beberino me comentaba recordar de niño que a veces les
«tomaban el pelo» con estos versos:

Descalzos y frailes son.


En esta casa tan pía,
de tanto silencio ni pía
el más hermoso capón.
Cuando dicen el sermón
del domingo en la mañana
al pollo de la semana
otorgan su bendición.

¿No sobra cualquier comentario?

Ciñera es el pueblo más joven de Gordón, puesto que perteneció a La Vid hasta el
1 de enero de 1925 (Alfonso García Rodríguez, tesina inédita: Aspectos sociales de
Gordón en el año 1905, según la prensa leonesa), lo que supone, como pueblo, el
mote más moderno y, seguramente, el más desconocido.

La historia de «Los Casetones» -unas casas/barracones en pleno monte, cerca de


las explotaciones mineras que aquí empezaron a dar trabajo pasada la mitad del
anterior siglo- es una de las más apasionantes aventuras para estudiar con
detenimiento. Para llegar desde aquí al pequeño núcleo del poblado de Ciñera, un
racimo de casas en torno a la antigua iglesia, se exigía un esfuerzo, pues la
distancia era larga, y el camino de vuelta duro y empinado. Los pocos días que el
trabajo dejaba libre, los vecinos de «Los Casetones» solían bajar hasta la cantina
próxima a la iglesia. Alguien puso un día como disculpa para no hacer este paseo
que los vecinos de «allá bajo» son «unos brujos». Durante algún tiempo los
llamaron así, aunque fue un mote que, al no echar verdaderas raíces, no llegó a
extenderse, en parte, sobre todo, por lo moderno del pueblo, tan recientemente
segregado de La Vid. Esto no quiere decir que este núcleo no existiese desde muy
antiguo.

Lo que quizá no supo el, para nosotros anónimo autor de la disculpa, es que en
aquel pequeño racimo de casas en torno a la ermita sí hubo, en algún momento,
cierta proximidad a los encantos de la brujería.

UNA MOSCA TUVO LA CULPA

Acabamos nuestro itinerario de hoy en ese hermoso pueblo que es Geras, tan
conocido ahora por sus excelencias gastronómicas, siempre uno de los más celosos
guardianes de las costumbres y tradiciones de Gordón, una de las cuales cuento en
La Cruz de Mayo.

Los habitantes de Geras son conocidos en toda la comarca como los de la


mosca, moscardones o, sobre todo, moscos, sinónimos que apuntan al mismo
hecho, muy comentado en los pueblos de la comarca. Cuentan que había una
mosca en cierta ocasión que picaba a todas las vacas, lo que llegó a convertirse en
un auténtico problema. Y decidieron reunirse en concejo para ver qué solución
podían tomar. La decisión fue andar todos con la boca abierta a ver si la mosca
entraba en la de alguno y así quedaría atrapada. Así ocurrió. Pero el hombre,
deseoso de comunicar la buena noticia a los demás, tuvo que hablar: «Chá está»,
exclamó, momento que aprovechó la mosca para volver a campar a sus anchas. No
se sabe cuánto, pero durante mucho tiempo la mosca siguió siendo una auténtica
pesadilla para los habitantes de Geras.

Los vecinos de Buiza y Folledo mantuvieron desde siglos un enfrentamiento. Los


primeros vendieron a los de Folledo el pastizal de Las Campas, pagado en cántaros
de vino y azúcar, por lo que los de Buiza recibieron el nombre de azucareros, sin
duda por el que eran más conocidos. Esta venta dio origen a un pleito que algunos
no pensaban prescrito y que creían encerrado en el arca misteriosa de Folledo
desde la época de Felipe II. Prescrito y nada misteriosa. Sólo quedó de cierto
durante largos años el enfrentamiento y el mote.

Por eso los de Buiza se encargaron bien de airear los motes de sus vecinos, a los
que se les llamó los de la viga atravesá, atravesaos, y, sobre todo, turcos.

Los dos primeros motes, sinónimos, le vinieron porque querían meter en la iglesia
una viga atravesada.

El caso de turcos viene de un hecho que ha llegado a través de muchas


generaciones. Un grupo de habitantes de Folledo fue comisionado por el Concejo
para comprar una imagen de Cristo crucificado. Como les dieron un Cristo
«muerto» y no habían consultado este extremo con el pueblo, lo pidieron «vivo», y
ellos mismos se encargarían de matarlo. De ahí el mote de turcos, en doble
acepción: judío, bruto.

Éste es uno de los pocos casos de motes que recoge Francisco Escobar García en
Gordón. Apuntes para la historia del Municipio. (Pág. 310).

No es de extrañar, pues, el regocijo de los de Buiza al decir:

En Folledo, señores, verán


lo nunca visto:
son tan brutos que matan
al mismo Cristo.

Los de Folledo tenían respuesta:

Si en azúcar os pagamos,
os llaman «azucareros».
Si supiesen lo del vino,
¿os llamarían vineros?
Borrachos, antes y luego.

Lo cierto, de cualquier forma, es que los de Buiza recibían otros dos motes,
aunque sea lo de azucareros algo así como el oficial: gitanos y burros. Desconozco
la razón de los dos últimos, aunque, con referencia al segundo, he oído en muchas
ocasiones:

A los que veas con serón


sin duda de Buiza son.

Un hecho histórico, con todos los componentes legendarios que se quiera, fue la
razón de estos apodos.
LA ABUNDANCIA, UNA RAZÓN

Peredilla es, sin duda, y por razones debidas a su situación, el pueblo más
desvinculado del resto, excepto con Puente de Alba cuando éste perteneció a
Gordón (Juan J. Sánchez Badiola, Orígenes históricos de la Tierra de Alba, en
«Tierras de León», y con Nocedo, con cuyos habitantes mantuvieron en algunos
momentos una cierta tensa relación.

Su apodo es raneros. Y es que a la entrada de Peredilla había unos praos que


estaban siempre encharcados. Y llenos de ranas, que croaban casi de forma
permanente. No es de extrañar, pues, lo del mote.

Los de Llombera fueron conocidos, y en alguna medida lo son, como los de


Tamba, porque en la línea de los tesoros propios, alardeaban frecuentemente con
lo de

Entre Tamba, Tambica y Tambicón


hay un tesoro que vale más
que la ciudad de León.

Incluso hablaban de otro, en la zona de La Portilla, que ha de salir

a punta de reja
o a resbalón de oveja.

Este fenómeno, o muy parecido, se da en otros pueblos de Gordón. Así, María


Rodríguez, de Santa Lucía, me recitó:

De Peña Cuchillar
a Peña Boracá
hay un tesoro
que se puede sacar
con punta de reja,
con pata de oveja,
con garbo de moza
que se llama Sinforosa.

Pero los de Llombera eran conocidos, sobre todo, como fayuqueros, por la
abundancia de hayas y de sus frutos (hayucos/fayucos), que comían, en algunos
casos, en éste y otros pueblos de la comarca.
No llevaban mal lo del mote. Incluso lo aprovecharon para jugar lingüísticamente
con él y llamar poéticamente «animales de bellota» al resto de los pueblos. Tal se
desprende de los versos de un anónimo alumno de la que fuera importante
Preceptoría de Llombera -que necesita un estudio detenido-, escritos a principios de
siglo:

Si por fayas, «fayuqueros»,


y a los que trabajan la camba
llaman todos «camberos»,
y llegan los de Huergas y andan
diciendo que son «gorgueros»,
¿por qué de nombre no cambian
los que se dicen mundanos?
Si viven en el mundo, hermanos,
será su nombre «munderos».
Y si viven de las manos,
habrán de ser muy «maneros»,
que no llamarlos manitas,
pues parecen mariquitas
a pesar de ser muy toreros.
Si nosotros nos decimos,
con mucho honor, «fayuqueros»,
seremos hoy los primeros
en poner orden sin cuento:
como no es nuevo el invento
de que recojáis la bellota,
seremos también los primeros
en llamaros «belloteros».
¿O será mejor, hermanos,
que os llaméis bellotanos?

HAY OTRAS RAZONES

Vega y Nocedo reciben el mote, compartido por primera vez, de gallegos, aunque
no sean las mismas razones las que lo sustentan. Eso sí, en el fondo del mismo hay
una clara intención despectiva.

Eran gallegos los de Vega por ser considerados «tozudos» por los de Los Barrios y
los de La Pola principalmente. Los primeros no admitían oír decir que el «fundador»
de su famoso castillo -junto con los de Alba y Arbolio, importante baluarte contra
los moros- fuese de Vega, de la familia de los Tusinos. Los de La Pola tampoco
admitían que Vega fuese la causa del nombre de Gordón. Unos y otros les decían:
«Ni caso, sois unos gallegos». Creo que ningún mote como éste fue puesto con
tanto despecho.

Eran gallegos los de Nocedo pensando más en su aislamiento que en otra cosa.
Los de Peredilla, con quienes guardaban mayor relación de vecindad, con pros y
contras, les hacían rabiar con el asunto. Una vecina de este pueblo me decía que
recuerda -y el presente se remonta a principio de los ochenta- que, sin conocer el
origen del mote, les cantaban desde el Camporeto de la ermita mientras guardaban
las vacas:

Los gallegos de Galicia,


cuando van de procesión
llevan un gato de santo
y una vieja de pendón.

El recuerdo de esta mujer llega a 1915.

Los de Nocedo, sin embargo, recibieron un segundo mote, que tiene más que ver
con los expuestos en el apartado anterior. Eran apodados nogueroles, por la
abundancia de nogales, clara razón toponímica de Nocedo/ Nucetum (Vicenta
Fernández Marcos, Los vegetales en la toponimia leonesa, en «Tierras de León».

Aunque se les llamó también sardineros -nunca he llegado al porqué-, los de


Huergas fueron conocidos fundamentalmente como gorgueros. Y es que, según
cuentan, los vecinos de este pueblo se creyeron muy «importantes» al haber sido
«villa por sí» y tener un buen archivo desde el siglo XVI. Esto les hizo pensar que
se trataba del pueblo más importante del municipio. Incluso era el pueblo que más
canciones «típicas» hacía del ¡Viva!, como ésta:

En la peña del escobio


ha florecido un sardón
con un letrero que dice:
¡Viva Huergas de Gordón!

Todo ello hace que alguien le buscase el mote de gorgueros, con clara referencia
metafórica a la gorguera, ese adorno del cuello, de lienzo plegado y alechugado. Y,
además, tenía cierto parecido fonético con el posible gentilicio vulgar de Huergas.

Parecida actitud de principio tenían los habitantes de Los Barrios, aunque por
distintas razones. La historia de Gordón estuvo en buena parte ligada a la historia
del castillo de Los Barrios. Esto, unido a su aislamiento, les dio también ciertos
aires. Por eso, como el resto, insultaban a todos, pero, como única excepción, se
sentían exentos de cualquier tipo de calificativo. Hasta el punto que eran frecuentes
actitudes como ésta:
Los de La Pola son gatos,
los de Beberino, capones;
los de Huergas, sardineros,
los de Los Barrios... no hay cojones.

Alguien, cansado igualmente de esta situación, comenzó a llamarlos projuros. Y


con el mote se quedaron. Detrás de la palabra, según me apuntan, se escondía la
intención de llamarles renegados, blasfemos.

Nota: Articulo “motes colectivos en tierras de Gordón” extraído de


www.comarcadegordon.net
y publicado por Diario de León 1992 por Alfonso García.

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