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LAS GRANDES LÍNEAS

DE LA ESPIRITUALIDAD DE SAN FRANCISCO


por Thaddée Matura, OFM

Conferencia pronunciada en Asís a los asistentes del Instituto Franciscano Secular -


Misioneros de la Realeza de Cristo (junio 1997).

En nota el autor, P. Matura, dice: “La síntesis que presentamos aquí está
ampliamente desarrollada y documentada en nuestra obra: Francisco de Asís, otro
Francisco. El mensaje de sus escritos. (Col. Hermano Francisco, 31). Ed. Aránzazu, Oñati
1996”.

I. ALGUNAS ANOTACIONES PREVIAS

1.1. Como indica el título de este artículo, no trataré de la


espiritualidad franciscana, gran río donde confluyen, a lo largo de los
siglos, tantos afluentes; me limitaré a su manantial primero, su fuente,
la espiritualidad de san Francisco de Asís. Trataré más tarde sobre la
distinción entre la espiritualidad franciscana y la espiritualidad de
Francisco, que implica continuidad y diferencias. Lo que quiero
subrayar en principio es que no se trata de una exposición completa y
detallada, como exigiría un tratado; presentaré únicamente las líneas
fundamentales de la visión espiritual de Francisco.
1.2. Para hablar con propiedad, es necesario precisar al
principio su relación con la espiritualidad cristiana en general, así como
con la diversidad de corrientes espirituales que se dan en el interior del
cristianismo.
¿Qué es una espiritualidad cristiana?
1.3. La espiritualidad cristiana es una visión global de todo lo
real: Dios, hombre, mundo, visión en la que el hombre se inserta y que
se expresa en una manera de vivir. Esta visión y esta manera de vivir
provienen de y descansan sobre la manifestación de Dios, cuya cima
es la venida en la carne del Hijo, el Verbo del Padre, y la efusión
universal del aliento de Dios, el Espíritu de santidad. La espiritualidad
cristiana es, pues, una vida en el Espíritu; don de Dios, es visión y
experiencia a la que accedemos por la fe, los sacramentos y el esfuerzo
personal. Reposa sobre la totalidad de la revelación contenida en la
Escritura y la Tradición de la Iglesia, y se expresa en una vida nueva
que el Espíritu produce en nosotros.
«Las espiritualidades»
1.4. La espiritualidad cristiana es un todo autosuficiente, una
plenitud. Ahora bien, nosotros constatamos, en el pasado y en el
presente, la existencia de numerosas corrientes llamadas
espiritualidades. Así, espiritualidad patrística, monástica, carmelitana,
ignaciana, la de los Focolares, por mencionar algunas. ¿Qué significa
esta multiplicidad, cómo se sitúa y se justifica ésta con relación al
fundamento único, el evangelio de Cristo? ¿Estas espiritualidades
aportan algo, presentan unas jerarquías o unos equilibrios diferentes?
Cuestiones que merecen plantearse.
1.5. En efecto, las corrientes espirituales que aparecen en el
curso de la historia, no quieren ser más que un redescubrimiento de la
riqueza inagotable del tesoro espiritual cristiano. Al comienzo existe
casi siempre una figura, que suscitada por el Espíritu, escucha, como
si fuera por vez primera, la palabra que le llama a la plenitud de la vida
anunciada e inaugurada por el Señor. Bien sea Antonio padre de los
monjes, Agustín el doctor y el místico, Bernardo, Ignacio de Loyola,
Teresa de Avila, todos ellos quieren asumir la totalidad del mensaje en
su jerarquía interna y en su equilibrio. Ellos se impregnan de él, se
esfuerzan por vivirlo: por lo que son y lo que, habitualmente,
transmiten en sus escritos, trazan un camino espiritual -una
espiritualidad- a los otros.
1.6. Se puede interrogar entonces, con toda razón, sobre la
originalidad de tales espiritualidades. Si no son más que el re-
descubrimiento y la toma en serio de la visión cristiana fundamental,
¿en qué son diferentes, originales? Si ignoran elementos importantes,
o introducen otros que no tienen relación con el evangelio, y hasta lo
contradicen, ¿pueden ser llamadas todavía espiritualidades cristianas?
Y si no insisten más que sobre algunos puntos de la herencia cristiana,
la desequilibran y se convierten, en el mejor de los casos, en una
devoción que es muy distinto a una espiritualidad.
1.7. Además, me parece que la originalidad de una forma de
espiritualidad no puede consistir en tal o cual elemento particular. Si
quiere ser plenamente cristiana, debe abarcar toda la riqueza, la
armonía y el equilibrio de la totalidad. No se puede decir que el centro
de tal espiritualidad es la liturgia, o la pobreza, o la oración; no puede
haber otro centro que Dios el Padre, su Cristo y el Espíritu, que llaman
al hombre a la comunión de su vida desbordante.
1.8. Para mí, esta originalidad consiste en una cierta
sensibilidad propia de la figura fundadora, que le hace presentar la
totalidad de la visión cristiana según una coherencia particular. Dicho
de otra forma, los elementos constitutivos de una espiritualidad
auténtica han de ser siempre los mismos; sólo su organización -
presentación, disposición, etc.- puede ser diferente. Una imagen
ilustrará esta afirmación abstracta: la de un arreglo floral. Con una
decena de flores idénticas entregadas a varios artistas, se lograrán
tantos ramilletes distintos como artistas.
La espiritualidad de Francisco
1.9. Ahora podemos situar mejor la espiritualidad franciscana
en su origen primigenio, en cuanto visión y experiencia personal de
Francisco. Como tantos otros testigos de Dios antes y después de él,
Francisco redescubre, por pasos sinuosos y ante todo por una
revelación de Dios, lo que es la «vita evangelii Jesu Christi» [vida del
evangelio de Jesucristo], vida que el evangelio de Cristo anuncia y trae
al mundo. Laico sin cultura clerical, como él tiene un corazón de pobre
y de pequeño, él recibe del «Padre, Señor del cielo y de la tierra», la
plena revelación del misterio de Dios y de su amor por el mundo de los
hombres. Él la acoge, la vive, y -esto es una paradoja para alguien que
se llama «ignorans et idiota» (ignorante e indocto) (CtaO 39)- deja
escritos, que, sin ninguna voluntad ni pretensión de síntesis, ofrecen
una visión suficientemente amplia, y en todo caso profunda, de aquello
que se puede llamar un camino espiritual, una espiritualidad. Lo que
voy a presentar a continuación se apoya no sobre los relatos de la vida
de Francisco como nos la describen -e interpretan- los biógrafos
antiguos y modernos, sino sobre los mismos escritos de Francisco. La
diferencia es grande, porque para los biógrafos es la figura de
Francisco, sus gestos y sus dichos lo que priman, mientras que el
centro de los escritos es Dios, el hombre y el camino que va de uno al
otro.
1.10. Al principio he hecho rápidamente la distinción entre
espiritualidad de Francisco y la espiritualidad franciscana; me es
necesario ahora precisar lo que entiendo por aquélla. La espiritualidad
de Francisco reposa sobre su experiencia y su visión personal, como lo
muestran sus escritos, que son su expresión más fiel, si no la más
completa. Esta experiencia y esta visión han sido acogidas,
comprendidas y vividas de diversas maneras por aquellos que han
querido seguir el mismo camino. Ellos les han aportado añadiduras,
desarrollos, acentos y cometiendo a veces omisiones, y todo esto a lo
largo de los siglos. Estas añadiduras, estas evoluciones, estas
influencias son debidas a la vida misma y también a las grandes
personalidades -pensamos en san Buenaventura, Duns Scoto, Angela
de Foligno, Harpius, los místicos franciscanos españoles (Osuna) o
franceses (Benito de Canfeld)-; he aquí lo que forma el gran río de la
espiritualidad franciscana. Pero, como he dicho al principio, lo que
describiré aquí es la fuente: la visión misma de Francisco. Esto no
significa que estos desarrollos y evoluciones no hayan tenido en el
pasado y no tengan hoy más significación, sino que, para alcanzar la
frescura y el vigor de la corriente espiritual franciscana, nos es
necesario volver a la fuente. La fuente primitiva y original dará nueva
pureza a las aguas del río, permitirá eliminar lo que las contamina, e
infundirá un nuevo dinamismo a la espiritualidad franciscana.
Pasos que voy a seguir
1.11. Después de esta entrada en materia que ha permitido
ver mejor cuál es la cuestión, cuando se habla de la espiritualidad
franciscana, es necesario entrar en lo vivo del sujeto y presentar las
grandes líneas de esta espiritualidad. Lo haré utilizando, si es posible,
las palabras y las experiencias mismas de Francisco.
1.12. En el centro de la visión de Francisco se encuentra el
misterio de Dios en su dimensión trinitaria: el Padre, fuente y culmen
de todo, el Verbo del Padre, que ha tomado carne de nuestra
humanidad y de nuestra fragilidad, el Espíritu Paráclito, que no cesa
de actuar en nosotros. La primera parte de la exposición estará
dedicada a este Dios que «ningún hombre es digno de nombrar», hacia
el que el corazón del hombre debe estar vuelto sin cesar en la
adoración y la acción de gracias, a Él que es infinitamente deleitable y
por encima de todo deseable.
1.13. Seguirá, en segundo lugar, la visión contrastada del
hombre, imagen de Dios de una incomparable elevación y al mismo
tiempo de una inagotable miseria, como individuo y como miembro de
la comunidad humana y eclesial.
1.14. Después de esto que se podría llamar la teología y la
antropología de Francisco, se describirá el itinerario cristiano propuesto
al hombre. Este es un camino de amor y de adoración de Dios, de
comunión en la Iglesia, de amor y de humilde servicio a todo hombre-
hermano, de pobreza radical del ser y de su expresión material, de
camino en seguimiento de Jesús y de su resultado de felicidad.

II. «¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?»


DIOS TRINIDAD EN LA VISIÓN DE FRANCISCO
El Padre Santo; su primacía
2.1. En el centro de la visión de Francisco, como atestiguan
textos muy importantes (Adm 1; 1 R 23; 2CtaF 2-15; AlD y otros más),
figura aquel que «ningún hombre es digno de nombrar». Francisco
habla de él con reverencia, y para significar su misterio insondable e
inefable le atribuye más de 80 nombres diferentes, como para mostrar
que ninguno de ellos es suficiente para «definirlo». Este Dios-Padre, a
quien el mismo Hijo y el Espíritu no cesan de dar gracias, es
soberanamente elevado: el Altísimo por excelencia. «Exaltado por
encima de todo, sublime», se hace sin embargo totalmente cercano.
«Suave, amable, deleitable y sobre todas las cosas todo deseable» (1
R 23,10), Él es la felicidad absoluta del hombre, su «sola y suficiente
riqueza» (AlD 4). El hombre es invitado a «servirle, amarle, honrarle y
adorarle, con limpio corazón y mente pura, de la mejor manera
posible» (1 R 22,26). El objetivo del itinerario espiritual es llegar a
causa de Él mismo y «por sola su gracia, hasta Él, el Altísimo» (CtaO
52), y así convertirse en su hijo.
2.2. El Padre tiene la iniciativa en todo: es Él quien, con el Hijo
y el Espíritu, crea el mundo y al hombre, su imagen; es El quien hace
nacer a su Hijo en la carne, nos salva por su cruz, y lo manifestará el
último día. Es a Él a quien se dirige la oración final de Jesús en los 15
salmos compuestos por Francisco; es Él a quien aun Francisco invoca
en casi todas las oraciones que nos ha dejado. Como en el evangelio
de Juan del que Francisco es fuertemente deudor, el Padre ocupa la
única y primera plaza; Él tiene la primacía. Esta perspectiva tan limpia
en los escritos de Francisco nos obliga a revisar cierta concepción del
cristocentrismo que nos presentaron como propia de la espiritualidad
franciscana. Cierto, nosotros, los cristianos, no podemos sino ser
«cristocéntricos», sin olvidar por ello que el Cristo-camino está
centrado, él mismo, en el Padre.
«El Verbo del Padre, tan digno, santo y glorioso»
2.3. «Por el santo amor con que nos amaste» (1 R 23,3), el
Padre nos dio a su Hijo y lo hizo nacer de la gloriosa y pobre Virgen
María. Este hijo «tan digno, tan santo y glorioso» tomó la carne de
nuestra humanidad y de nuestra fragilidad y, con su Madre, eligió la
pobreza (2CtaF 4-5). Él es el camino que nos conduce al Padre (Adm
1,1); la llamada del amor que nos manifestó es nuestro pan de cada
día (ParPN 6).
2.4. Francisco tiene una visión teológicamente muy justa del
misterio de Cristo. Cristo es «verdadero Dios y verdadero hombre» (1
R 23,2). Él es el Señor del universo, igual al Padre, Dios e Hijo de Dios.
Al oír su nombre «Señor Jesucristo, Hijo del Altísimo, hemos de
adorarlo con temor y reverencia, postrados en tierra» (CtaO 4).
Tratándose de su verdadera humanidad, Francisco insiste en dos
momentos de su itinerario humano: su venida en la carne, como
misterio de pobreza y de humildad divina; su pasión y muerte
salvadora, manifestación del amor que ha tenido por nosotros (ParPN
6). Conviene destacar que si la enseñanza de Jesús, sus palabras, son
muy citadas, hace pocas menciones a los hechos de su vida terrestre.
Incluso cuando habla de la Pasión, la insistencia se sitúa en las
actitudes interiores de Jesús: su oración confiada, su entrega al Padre,
más que sobre los trazos exteriores: ultrajes, cruz, etc.
El hoy de Cristo
2.5. El misterio de Cristo se desarrolla en la historia -
encarnación, pasión gloriosa, resurrección-, sin embargo él está
siempre presente y nos alcanza en nuestro hoy. El buen pastor, escribe
Francisco citando a Juan, que cuida de nosotros después de haber dado
su vida por nosotros, está siempre con nosotros hasta el fin de los
tiempos. También nos es necesario acudir a Él, apretarnos alrededor
de Él para formar una verdadera comunidad fraternal (1 R 22,32-34).
Aunque esto no está hecho de manera sistemática, con una intuición
penetrante, Francisco señala cuatro formas de cómo Cristo está hoy
presente en nosotros.
2.6. Él está primero en la comunidad reunida en su nombre.
«Donde hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos; nosotros permanecemos en él y sus palabras -espíritu
y vida- permanecen en nosotros y nos hacen vivir» (1 R 22,36-40).
Sus palabras -su evangelio-, que son también palabras vivificantes y
dinámicas del Espíritu (2CtaF 3) y cuyas infinitas riquezas es necesario
descubrir en el gozo y la alegría (Adm 20,1), nos salvan al mismo
tiempo que el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo (2CtaF
34). Ellas son, en efecto, el segundo lugar de la presencia del Señor,
esforzándose en acogerlas, en comprenderlas espiritualmente, en vivir,
es al Señor mismo que se encuentra y honra (CtaO 34-37).
2.7. El lugar por excelencia de la actualidad de Cristo y de su
misterio es la Eucaristía, celebración y comunión. De Jesucristo
Encarnado-Muerto y Resucitado nada se nos ofrece hoy a nuestros
sentidos, sino la celebración eucarística -rito y elementos materiales
del pan y del vino-. En estos elementos, tan ordinarios que son
banales, se propone a nuestra fe el Hijo de Dios, que se humilla cada
día como en la Encarnación; cada día él viene a nosotros bajo las
humildes apariencias. Su presencia en el sacramento manifiesta su
humildad -su kénosis- al mismo tiempo que la del Padre; «diariamente
desciende del seno del Padre al altar, en manos del sacerdote» (Adm
1,18). Francisco no olvida nunca que aquel que se humilla en este
anonimato eucarístico, es el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios,
no más mortal, sino viviente y glorificado eternamente (CtaO 22).
2.8. En fin, Cristo, todavía hoy, como en su gran oración la
tarde de su pasión (Jn 17), no cesa de orar por nosotros y nos revela
el nombre del Padre (1 R 22,41-55). Esta oración «sacerdotal» de
Cristo es tres veces citada en los escritos de Francisco, y él conserva
las peticiones en favor nuestro que el Hijo dirige al Padre: unidad,
alegría, guarda del mal, conocimiento del amor de Dios por nosotros,
participación en el destino del Hijo y en su gloria.
Los caminos de la experiencia de Cristo
2.9. Mas ¿cómo descubrir, más allá de las palabras y de los
signos materiales, la realidad del Señor viviente, cómo
experimentarlo?
En la primera Admonición, verdadero pequeño tratado del
conocimiento espiritual, se plantea esta cuestión. Queda trazado un
camino: parte del conocimiento del Hijo «según el espíritu y la
divinidad», para ir a parar, por el Espíritu que habita en los fieles, al
Padre invisible. Comienza por tratar lo que es o permanece visible de
Cristo: humanidad, carne, sacramento, que se puede ver y tomar.
Pero esto no es más que la superficie; para entrar dentro de la
realidad es necesario dejarse conducir por el Espíritu que nos da
«ojos espirituales». Somos entonces introducidos en la interioridad
misma de Cristo y Él nos revela, por su ser divino y humano a la vez,
el rostro del Padre. El camino del conocimiento de Cristo conduce, en
el Espíritu, a las profundidades del Padre.
2.10. La cima de la experiencia espiritual es admirablemente
descrita en un texto dirigido, no a los hermanos, sino a los cristianos
que viven en el mundo (2CtaF). Cuando persiguen con tenacidad el
camino del evangelio, el Espíritu del Señor reposará sobre ellos y hará
en ellos una habitación y morada. Toman parte entonces en la
comunión trinitaria; el Espíritu hace de ellos los hijos del Padre
celestial, esposos, hermanos y madres de Jesucristo. Hijos del Padre,
son, por ello, hermanos de Jesús, mucho más, llegan a ser esposos -
tema místico por excelencia- cuando el Espíritu une el alma fiel a
Cristo. Por su fe y sus obras, son madres de Cristo, llevándolo en el
secreto de su corazón y manifestándolo al mundo por sus actos. La
«mística» de Francisco, audazmente propuesta a todos los creyentes,
es ciertamente crística, pero siempre dentro de una perspectiva
trinitaria: es el Espíritu quien nos hace hijos del Padre, hermanos,
esposos y madres de Jesús.
El Espíritu Paráclito y sus «operaciones»
2.11. Cuando en sus textos mayores Francisco bosqueja una
visión global de Dios Padre y de su obra, encuentra siempre, cerca y
con el Hijo, la presencia del Espíritu. Este, el Santo por excelencia, el
Paráclito, es decir defensor y consolador, es llamado a menudo «el
Espíritu del Señor», como para subrayar sus lazos con el Padre y el
Hijo. Fuego, luz, soplo, inspiración, gratuidad de Dios, es Él ante todo
«el Santo Amor» con que el Padre nos ama. Es a Él a quien se aplican
en primer lugar las cualidades atribuidas por Francisco a Dios; tierno,
modesto, amado, amigo, dócil, inocente, exquisito, amable, delectable,
deseable.
2.12. El Espíritu, siendo lo más profundo y misterioso que hay
en Dios, todo discurso sobre él se queda corto; Él es lo inexpresable
de Dios. Antes que balbucir engañosas palabras para describir su ser,
Francisco va a poner de relieve, a lo largo de sus escritos, el dinamismo
del Espíritu, sus actividades o, como él las llama, «sus operaciones».
Las «operaciones del Espíritu»
2.13. Ahora bien, estas operaciones son múltiples y variadas:
ellas se ejercen en Dios mismo, así como en los hombres en los que
habita el Espíritu. Hemos de estar atentos a lo que Francisco nos dice;
comprendiéndolas y dejando al Espíritu actuar en nosotros,
aprendemos lo que es la vida «espiritual», lo que es una
«espiritualidad» franciscana.
2.14. El Espíritu, dice san Pablo, escruta las profundidades de
Dios (el Padre), él es el único que las conoce (2 Cor 2,10-11). Francisco
vislumbra algo de este papel del Espíritu en el interior de Dios. Dios es
Espíritu, nadie ha visto jamás a Dios, sólo se le puede ver en el Espíritu
(Adm 1,6). Así, es el Espíritu quien ve a Dios; él es de alguna manera
la visibilidad de Dios que Él comunica a aquellos en quienes reposa.
Más aún, es él quien hace vivir la palabra de Dios; las palabras de
Cristo, Él mismo Palabra del Padre, son igualmente palabras del
Espíritu y poseen en efecto un dinamismo de vida (2CtaF 3). Y con el
Hijo, venido y dependiente del Padre como él mismo, es el celebrante
y el liturgo del Padre de quien todo proviene (1 R 23,5-6).
2.15. Lo que se juega en un perpetuo manantial en el seno de
la Trinidad, se expresa en la historia de la salvación. Con el Padre, que
tiene la iniciativa, el Espíritu y el Hijo intervienen en la creación, en la
encarnación redentora (1 R 23,1-3), y actúan en la celebración
eucarística (CtaO 33).
2.16. En cuanto a la vida del cristiano fiel, ella está animada
continuamente por las energías del Espíritu, sus «operaciones». El
creyente renace a la vida por el agua y por el Espíritu (1 R 16,7), es el
Espíritu quien le permite reconocer y confesar la divinidad de Cristo
(Adm 8,1). Sin Él, es imposible «ver y creer, según el espíritu y la
divinidad, en el cuerpo y en la sangre de Cristo en la Eucaristía, y sobre
todo recibirlos en verdad», porque, escribe con fuerza Francisco, «es
el Espíritu del Señor, que habita en sus fieles, el que recibe el santísimo
cuerpo y sangre del Señor» (Adm 1,9.12).
2.17. La «oración de un corazón puro» es, por así decir, su
obra principal en el hombre. Según las palabras de Jesús, que Francisco
cita tres veces, hay que adorar al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn
4,23-24). El Espíritu, el solo verdadero adorador del Padre, porque sólo
Él escruta sus profundidades «con un tremendo asombro», enseña al
hombre lo que quiere decir adorar. Según expresión de Francisco, es
el «Espíritu de la santa oración y devoción», es decir el que suscita en
el corazón del hombre el deseo y la búsqueda de Dios, y le enseña el
verdadero culto espiritual que consiste en la obediencia y el servicio
(devoción) (2 R 5,2). También hay que desear más que nada su
presencia, dejar todo el espacio a su actividad en nosotros. El primer
fruto de su operación será la oración de un corazón puro, después la
humildad, la paciencia y, como cima, el amor a los enemigos (2 R 10,7-
10). Porque es Él quien lleva el amor al prójimo hasta el absoluto (1 R
5,13).
2.18. El Espíritu acompaña al hombre en su itinerario espiritual
que parte del conocimiento de nuestra miseria, se continúa en el
descubrimiento del proyecto de Dios sobre nosotros y sobre su puesta
en práctica. Mas para que nosotros podamos seguir las huellas de
Jesús, el Hijo Bien-Amado, y llegar hasta el Padre Altísimo, a fin de
tener parte en la vida gloriosa de la Trinidad, la intervención del
Espíritu es necesaria. Lo que el esfuerzo y las fuerzas del hombre son
incapaces de cumplir: la purificación de las ambigüedades que nos
habitan, la luz de un conocimiento total y en fin la quemadura del amor,
sólo el Espíritu lo podrá hacer. También es necesario rogar que
nosotros seamos «interiormente purgados, iluminados interiormente y
encendidos por el fuego del Espíritu Santo», el único capaz de tal
operación (CtaO 50-52).
2.19. La consumación de la obra del Espíritu es lo que nosotros
hemos llamado el reposo del Espíritu sobre los fieles y la intimidad del
Padre y del Hijo en la que él introduce, ya en esta vida, a aquellos que
se dedican a seguir el camino evangélico. Esta experiencia propuesta
a todos -y que se ha realizado en primer lugar y plenamente en María
(OfP Ant) y también en las hermanas pobres de santa Clara (FVCl)-, es
en cierto modo la cima de las operaciones del Paráclito. Lo que el
evangelio de Juan atribuye al Padre y al Hijo -«vendremos a él y
haremos morada en él» (Jn 14,23)-, Francisco lo pone primero en la
cuenta del Espíritu. Cuanto éste reposa sobre los fieles, como reposa
sobre la figura mesiánica (Is 11,2), sobre Jesús en el bautismo (Jn
1,32) y sobre aquellos que sufren (1 Pe 4,14), hace habitación y
morada y abre en ellos el acceso a la comunión trinitaria. De una
manera audaz y nueva Francisco presenta el papel del Espíritu en la
unión mística bajo la forma nupcial. El Espíritu es vínculo que une el
alma fiel a Cristo para hacerla su esposa; más bien Él es el esposo de
la Virgen María y también de las hermanas pobres.
2.20. Se comprende mejor así el uso frecuente que hace
Francisco de los términos «espiritual, espiritualmente». En su boca es
espiritual el que está bajo la influencia del Espíritu y que sigue sus
mociones. Obrar espiritualmente quiere decir discernir, juzgar según
el Espíritu, para inmediatamente encarnarlo en lo concreto de la vida.
2.21. Tal es, indicada a grandes trazos, la visión que Francisco
tiene del «Padre Altísimo, de su Hijo bien-amado y del santísimo
Espíritu Paráclito» (Test 40), visión que ha inspirado y guiado su vida
y sobre la que debe fundamentarse la nuestra.

III. «¿QUIÉN SOY YO?»


LA GRANDEZA DEL MISERABLE
3.1. El misterio de Dios, Padre-Hijo-Espíritu, no es sólo un
espectáculo propuesto a nuestra contemplación; es la plenitud de vida
y de amor a la que somos invitados a participar. «Como a hijos se nos
brinda el Señor Dios», escribe Francisco (CtaO 11) citando Heb 12,7.
El hombre es creado por amor para ser el compañero de Dios. El gran
capítulo 23 de la Primera Regla, síntesis de la visión que Francisco tiene
de la realidad de Dios y del hombre, señala tanto el sitio del uno como
del otro. Para él, igual que no hay hombre sin Dios, tampoco hay Dios
sin hombre. Sus escritos, aunque de una manera fragmentaria, se
interesan mucho por el hombre y dan una visión contrastada. El
hombre es, a la vez, de una grandeza única y de una miseria indecible.
Estos son los dos aspectos de la antropología de Francisco que vamos
a considerar. De esta forma podremos conocer mejor la grandeza y la
miseria de aquel al que Dios llama a su comunión.
«En cuán grande excelencia Dios te creó»
3.2. Lo que pone al hombre en la existencia es el amor que
Dios quiere derramar fuera de Él. Dios no está egoístamente centrado
sobre sí; «a causa de él mismo y de su santa voluntad» él creó la
realidad (las cosas) corporal y espiritual y, en la cima, el hombre
creado «a su imagen y semejanza». Dios ha amado a este hombre
hasta el punto de hacerle un cuerpo a la imagen del de su propio Hijo,
y de destinarlo a la felicidad paradisíaca. Sí, por la creación Él nos ha
dado y nos da siempre «todo nuestro cuerpo, toda nuestra alma, toda
nuestra vida». Después de la culpa, «por el santo amor con que nos
ha amado», él nos ha arrancado de la esclavitud, y aunque nosotros
seamos «miserables y míseros, ingratos y malos, él no nos ha hecho
más que bien y nos salvará por su sola misericordia» (1 R 23). El
hombre, deseo y sueño de Dios, el hombre su compañero; tal es según
Francisco el fundamento de la incomparable dignidad humana y la
fuente de los valores y dinamismos que se derivan.
3.3. Estos valores que constituyen el ser humano y por los que
debemos dar gracias sin cesar, son realidades elementales, concretas,
vulgares, se podría decir. Es nuestro cuerpo formado a imagen del
Hijo lo que valoriza el cuerpo y relativiza el ascetismo, hasta el
menosprecio del cuerpo, tan a menudo atribuido a Francisco; nuestra
alma -semejanza y atracción de Dios- nuestra vida. La belleza del
cuerpo, las capacidades intelectuales: sutileza, saber, experiencia, los
carismas espirituales, en una palabra: el «tener», el «poder», el
«saber» (2CtaF 83), todo aquello que constituye al hombre es llamado
a la comunión divina. Ciertamente, todo ello puede ser pervertido si
uno se lo apropia y se lo apunta a su cuenta, pero, independientemente
de los dones divinos más elevados, estos son los primeros bienes con
que Dios nos colma.
3.4. En cuanto a los dinamismos, energías o capacidades de
acción, el hombre está abundantemente provisto. Cuerpo material
evidentemente, pero cuerpo habitado por el alma, principio de vida, y
dotado de un corazón, que no es, como a menudo para nosotros, un
símbolo del sentimiento, sino, según su rico significado bíblico, el
centro más profundo de la persona. Este corazón está acompañado por
lo que Francisco llama mens en latín, y que se traduce mejor por lo
mental, entendimiento, inteligencia. Así dotado, el hombre es capaz
de desplegar y de poner en obra inmensas posibilidades. En una
urgente invitación a amar a Dios (1 R 23,8), Francisco enumera en una
sola frase hasta doce, añadiendo a las expresiones bíblicas términos
de su cosecha. Sí, hay que amar a Dios con todo el corazón, con toda
el alma, con todo el espíritu, pero esto no es suficiente. Hay que añadir
otros dinamismos interiores: poder, fuerza, inteligencia, energías,
empeño, afecto, entrañas, deseos, quereres. Después de esto, ¿cómo
acusar a Francisco de pesimismo antropológico?
3.5. Si se es invitado a tales explosiones de energías, es que
se es capaz de utilizarlas. Sí, «Dios hace, dice y obra en nosotros y por
nosotros, buenas palabras y obras buenas», repite Francisco varias
veces (1 R 17,6; Adm 2,3; 8,3; 12,2; 17,1). Ciertamente, si no es
necesario apropiárnoslas y glorificarse de ellas como si esto proviniera
de nuestro interior, queda que esto existe y se ve. Estamos llamados
a hacer «más y mayores cosas» (2CtaF 36). Lo esencial de este hacer,
lleva a dos movimientos: experiencia de Dios, nuestro objetivo central:
«no desear, no querer, no deleitarse en nada más que en Dios» (1 R
23,9); amor al prójimo, a quien hay que amar como Jesús lo ama, es
decir con un amor humilde, concreto, semejante al de una madre,
amor que se extiende a todo hombre-hermano, aunque sea «inútil y
enemigo».
3.6. La más grande nobleza y dignidad del hombre reside en la
llamada que le ha sido hecha de «llegar al Padre Altísimo, y de
compartir la vida, el reino y la gloria que Él goza con el Hijo y el
Espíritu» (CtaO 50-52). Una aproximación y un pregustar esta
comunión se experimenta ya en esta vida por la fe. Tener sobre sí el
Espíritu, saber que morando en nosotros como en un templo, Él hace
de nosotros Hijos del Padre celestial, hermanos, esposos y madres de
Jesús, aunque sea todavía de noche, ese es el resultado de la vida del
cristiano, signo y prueba de su incomparable grandeza. Lo que hoy,
bajo el régimen de la gracia, es vivido en la oscuridad y búsqueda de
fe, será desvelado en plenitud cuando «nuestro Padre nos haga llegar
a su Reino. Allí será manifestada la visión, perfecto el amor, dichosa la
compañía, eterna la fruición» de lo que Él es (ParPN 4).
«A nosotros no nos pertenecen sino los vicios y pecados» (1 R
17,7).
3.7. Tras la faz positiva y luminosa de la realidad humana, he
aquí, en contraste violento, su lado sombrío. Cuando mira atentamente
la situación actual del hombre, donde nosotros nos encontramos desde
que «caímos por nuestra culpa» (1 R 23,2), Francisco recurre, para
describirla, a expresiones fuertes que nos cuesta trabajo aceptar y
comprender, tan despiadadas nos parecen: «A nosotros no nos
pertenecen sino los vicios y pecados» (1 R 17,7); «por nuestra culpa,
somos hediondos, míseros y opuestos al bien, y, en cambio, prestos e
inclinados al mal» (1 R 22,6). La pareja diabólica «vicios y pecados»
es casi un lugar común en los escritos (12 veces).
3.8. ¿Es necesario ver en ello, renovado y exagerado, un
pesimismo antropológico de origen agustiniano, agravado por la
retórica del Medioevo y por la experiencia personal de Francisco? ¿No
es más bien, lenguaje aparte, una constatación y una descripción
realista de la condición humana? Francisco no inventa nada;
extremadamente sensible a lo que el Señor dice en el evangelio: «de
dentro, del corazón de los hombres proceden y salen todos los males»
(Mc 7,21), él cita esta frase hasta cuatro veces. Si es cierto que el
adversario, el diablo, quiere arrebatarnos el amor de nuestro Señor
Jesucristo, y busca establecerse en nuestro corazón manchado, él no
es el principal responsable del mal; éste es responsabilidad nuestra.
Las manifestaciones del mal
3.9. Existe en el hombre una tendencia incoercible a hacer el
mal, «a deleitarse, como escribe Francisco, en vicios y pecados»
(Adm 5,3). En sus escritos, que no obstante se proponen describir en
primer lugar el camino de la santidad y de la salvación, él no vacila en
designar con precisión las múltiples manifestaciones del mal que
amenazan a todo hombre, sobre todo tal vez en aquellos y aquellas
que se empeñan en la vida según el evangelio. En primer lugar, la
indiferencia y el olvido de Dios: incluso una vez «dejado el mundo»,
puede uno volverse, sin darse cuenta, sordo a la palabra, que no halla
en nosotros tierra fértil donde arraigar (1 R 22). Y el corazón, que
debería estar siempre vuelto hacia el Señor para la espera despierta y
la oración, se deja acaparar por los cuidados, preocupaciones,
impedimentos... Y qué decir de las relaciones interpersonales,
amenazadas sin cesar por las querellas, disputas, reprobaciones,
críticas, juicios, condenaciones, turbaciones y cóleras sobre todo, que
destruyen la paz interior y exterior, así como la caridad (1 R 11).
Codicia y avaricia, vagabundeo, dureza de corazón (Adm 27), codicia
carnal; es una larga lista que muestra que Francisco no albergaba
ilusión alguna sobre la naturaleza humana y que tenía un fino
conocimiento psicológico.
3.10. Sin embargo, lo más grave no está allí donde el mal
evidente es reconocido como tal. Aquello que hay que temer por
encima de todo es el apropiarse el bien de Dios. Lo hemos visto más
arriba: el hombre ha sido colmado por Dios de dones muy diversos,
materiales y espirituales. Estos dones, hay que reconocerlos, alegrarse
de ellos, promoverlos, pero después hay que «devolverlos», restituirlos
en un acto de alabanza, de acción de gracias. Quien se considere
propietario de lo que es y de las buenas obras y palabras que Dios hace
en él y por él, roba la gloria de Dios. Rehace por su cuenta el pecado
de Adán que quería ser como Dios (Adm 2), se hace ladrón como judas
(Adm 4), se infla y se exalta por aquello que no le pertenece. Además,
no contento de arrebatar lo que no es de él, sino de Dios, se entristece
del bien del otro, le envidia y se hace celoso, volviéndose culpable de
blasfemia, porque envidia a Dios mismo (Adm 8). Se está aquí en el
mismo corazón del mal; es la negación radical de la verdadera pobreza,
que consiste en reconocer que todo bien viene de Dios, y en
devolvérselo en acción de gracias.
3.11. No es sorprendente que, en el seguimiento del evangelio
y para resaltar la gravedad del objetivo, cuando se empeña en el
camino de la fe, Francisco hable también de la posibilidad de rechazar
a Dios y de precipitarse en la pérdida eterna (infierno). Aunque este
punto no es un tema central ni siquiera importante en su visión, sin
embargo no por ello deja de estar presente, como invitación que ha de
tomarse con seriedad extrema, la llamada al seguimiento de Cristo.
3.12. Al término de este recorrido antropológico, advertimos el
equilibrio y realismo humano y evangélico de las perspectivas trazadas
por Francisco. Ahora comprendemos mejor el título dado a esta parte:
«la grandeza del miserable», grandeza fundada sobre el incomparable
amor de Aquel que, «a nosotros, miserables y míseros, pútridos y
hediondos, ingratos y malos, no ha hecho y no hace más que bien» (1
R 23,8).
La comunidad de los pecadores y de los santos
3.13. Lo que precede atañe al hombre en cuanto individuo.
Pero todo hombre y todo cristiano forma parte de un conjunto,
sociedad o comunidad. Francisco tiene un sentido muy vivo de la
inserción de cada uno en la comunidad de la Iglesia, sea terrestre,
estructurada por los ministerios, o celeste, reunida con los ángeles y
los santos en torno a la gloriosa Señora la Virgen María. Cada vez que
él se dirige a Dios -y se cuenta una veintena de oraciones en sus
escritos- no se trata nunca de una oración individual que se escucha,
sino siempre de un nosotros plural y comunitario.
3.14. De la Iglesia de la tierra, «la santa Iglesia católica y
apostólica, nuestra madre», con su centro romano, su jerarquía y sus
personas, él celebra su misterio. Como María, virgen hecha Iglesia, la
comunidad cristiana, formada por un pueblo de todas las categorías,
sexos, razas y de todos los tiempos (1 R 23,7), no es más que una
realidad social; ella es «elegida por el Padre, consagrada por la
Trinidad, y toda la plenitud de la gracia reside en ella. También es
palacio, tabernáculo, casa y vestidura de Dios, al mismo tiempo que
su madre y sierva» (SalVM). Teniendo en cuenta esta dimensión,
Francisco discierne y presenta las diferentes funciones de la Iglesia. Su
primer servicio es ser el espacio de la fe y de la conversión: en ella
y por ella recibimos la llamada a la fe y comenzamos a cambiar de
vida. Es también el lugar de la presencia del Hijo de Dios, porque
en ella, por el ministerio de los sacerdotes, se hacen presentes el
Cuerpo y la Sangre de Cristo. Criterio de la verdadera fe, nos
permite verificar dónde estamos en nuestra fe personal. Puesto que es
también norma de conducta, nos hemos de ajustar a sus exigencias
disciplinarias. «Santa madre Iglesia», institución humana social, con
sus torpezas y sus deficiencias, ella es, más fundamentalmente, lugar
de presencia de Dios, de Cristo, de su evangelio y de sus sacramentos.
De ahí la fe humilde y profunda que le lleva Francisco.
3.15. La Iglesia de la tierra tiene su paralelo glorioso en el cielo.
Más allá del tiempo y del espacio, aquellos y aquellas que nos han
precedido, viven ya en presencia de Dios una vida plena y
bienaventurada. La Iglesia del cielo, aunque escape a nuestra
experiencia, está en contacto con nuestro presente; estamos en
comunión con ella y podemos alcanzarla por la contemplación y la
intercesión. Está compuesta por los santos, nuestros hermanos -
Francisco conoce y enumera los nombres y las diferentes categorías-,
así como por ángeles innumerables con su jefe Miguel.
3.16. Ellos forman una maravillosa corona a la Virgen María,
que ocupa el centro. En la espiritualidad de Francisco, María ocupa, en
efecto, un lugar eminente. Santa, gloriosa, virgen, madre, reina y
sierva, Hija del Padre, Esposa del Espíritu, Virgen hecha Iglesia, ella
está presente cada vez que Francisco evoca el misterio de Dios y de su
obra en el mundo. Ella es como una línea divisoria que señala el antes
y el después, la puerta por donde la salvación ha entrado en el mundo.
Francisco le dedica dos oraciones-poemas (OfP Ant; SalVM). Él admira
las grandezas de María, fundadas sobre su elección por el Padre y su
santificación por el Hijo y el Espíritu. Ella, que ha vivido sirviendo, ha
dado a su Hijo «nuestra carne de humanidad y de fragilidad y, con Él,
ha elegido la pobreza» (2CtaF 5), sigue siendo para nosotros como un
modelo a seguir. Francisco la contempla en su gloria y le canta,
pidiéndole a María que ore por nosotros.
3.17. Entre estas dos Iglesias, existe un permanente
intercambio, familiaridad incluso. Iglesia terrestre, aunque pecadora,
posee una dimensión divina que se manifiesta plenamente en la
gloriosa comunión de los santos gravitando alrededor del majestuoso
icono de María, «la más humilde y la más elevada de las creaturas».
El hombre forma parte, inseparablemente, de una y de la otra.

IV. «VIDA SEGÚN EL SANTO EVANGELIO»


UN ITINERARIO
4.1. Hemos entrevisto algo de la vida desbordante del Dios-
Trinidad, lo que es Él mismo y sus manifestaciones en el mundo:
encarnación, pasión, resurrección, efusión del Espíritu. Este Dios quiere
darse abriendo el acceso a las riquezas de su ser, y por esto Él crea,
por una necesidad de amor, las realidades espirituales y corporales,
con el hombre, su compañero, en el centro. Este es un ser de grandeza,
llamado a un destino inimaginable, provisto de dones y de energías
múltiples. Al mismo tiempo, está inacabado, frágil, quebrado. Plagado
de pulsiones egoístas, tentado de afirmarse autosuficiente, se
abandona demasiado a menudo y desfigura de esta forma la imagen
según la que él ha sido formado. Un camino de conversión, un itinerario
le es propuesto entonces: volver su corazón hacia Dios en el amor, la
adoración y la alabanza; amar al prójimo con un amor maternal; vivir
en la comunión de la Iglesia y de sus sacramentos; experimentar y
asumir la radical pobreza del ser; seguir las huellas de Cristo para
alcanzar la felicidad de las bienaventuranzas.
«El corazón vuelto hacia el Señor»
4.2. «Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y
mente pura, porque esto es lo que sobre todo desea... Y dirijámosle
alabanzas y oraciones día y noche... porque es preciso orar siempre y
no desfallecer» (2CtaF 19-21). Cuando, en su Carta a todos los Fieles,
Francisco traza un itinerario espiritual, indica en primer lugar el paso
más fundamental: amar y adorar a Dios. Esta es la dimensión
contemplativa de la vida franciscana, a la vez su raíz y su objetivo
último. Si Dios se abandona a nosotros como a hijos, por un
movimiento de santo amor donde Él nos da todo lo que Él es y todo lo
que arde en su corazón, Él «desea sobre todo» que nosotros le
respondamos por medio de nuestro amor, nuestra adoración, nuestras
alabanzas, nuestro servicio. Tener «el corazón vuelto hacia el Señor»,
es una fórmula que ama Francisco. Quiere decir esto: lo que es más
central, más profundo, más unificador en nosotros: nuestro corazón,
debe siempre permanecer despierto al deseo y a la búsqueda de Dios.
Este deseo, esta búsqueda, no deben quedar en vanas palabras: se
expresan por medio de múltiples impulsos y movimientos de nuestra
vida: amor, donde todas nuestras energías se revisten; adoración,
actitud de estupefacción, de extrema reverencia, de posternamiento
interior; alabanza, donde el hombre se maravilla ante Dios y su obra,
balbucea la inexpresable quemadura del encuentro, y convoca a toda
la creación al júbilo. En esto consiste la oración de un corazón puro.
En el principio de toda oración se encuentra el Espíritu del Señor que
habita en los fieles y que, perfecto adorador del Padre, produce en el
corazón del creyente un impulso hacia Dios, un movimiento «de santa
oración y de don de sí mismo» (2 R 5,2).
4.3. Nada resume mejor la actitud global que debemos
observar para con Dios, que este pasaje de Francisco, en donde se
dirige una vez más a todos los hombres y no a una sola categoría
especializada: «En todo... y continuamente, creamos verdadera y
humildemente y tengamos en el corazón y amemos, honremos,
adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y
sobreexaltemos, engrandezcamos y demos gracias al altísimo y sumo
Dios eterno, Trinidad y Unidad, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo» (1 R
23,11). Fe humilde, memoria del corazón (meditación), amor
verdadero, respeto profundo, exuberancia en la alabanza y la acción
de gracias, todo es dicho en este texto, teología y poesía a la vez. Esta
es la actitud contemplativa franciscana.
«Amar y nutrir a su hermano como una madre»
4.4. Francisco no separa nunca el amor a Dios del amor al
prójimo. Éste le resulta incluso como la primera exigencia de una vida
«de penitencia», conversión y cambio. La voluntad de Dios a nuestra
consideración es «que nosotros le amemos y que amemos a nuestros
prójimos como a nosotros mismos» (ParPN 5).
4.5. El prójimo no es únicamente el hermano cercano al que se
está unido por la vocación y la vida común. Es todo hombre que se nos
acerca: amigo o enemigo, ladrón o bandido, que hay que acoger con
bondad. Es el rico que no se debe juzgar ni menospreciar; son los
pobres, los enfermos, los leprosos, los mendigos cuya compañía nos
debería alegrar; los pecadores que hay que tratar con misericordia, sin
cólera ni turbación, y también aquellos que nos fastidian y nos hacen
mal y que nosotros consideramos como enemigos.
4.6. El amor no es sólo un sentimiento, y menos aún un
discurso: «no amemos de palabra ni de lengua»; auténtico, se
manifiesta primero por la familiaridad y la ternura, con algo de
maternal: atención al otro, hecho de afecto y de bondad eficaz. Con
respecto a todo hombre-hermano se mostrará «dulce, artesano de paz,
bondadoso, agradable, humilde, cortés» (2 R 3,11), sin voluntad de
poder, como un hermano y «siervo inútil» (1 R 23,7). Esta
benevolencia de fondo se encarna en gestos concretos muchas veces
materiales: ocuparse de las necesidades cotidianas del prójimo,
ponerse en su lugar, alegrarse de su bien como del mío, amar a aquel
que no me es más útil.
4.7. Amar al otro no es nunca fácil, sobre todo cuando el otro
trastorna y contradice nuestras convicciones y nuestros caminos -el
pecador- o cuando amenaza e hiere: «enemigo». En el primer caso, al
mal que perturba y suscita la cólera, opondrá un paciente silencio, sin
juicio ni condenación, considerando sus propios pecados y debilidades;
practicará sobre todo el perdón y la misericordia, a propósito de las
cuales Francisco escribió la desconcertante carta a un Ministro. El amor
a los enemigos es la cima de este amor al prójimo.
En los textos de Francisco existe sobre este punto una grandísima
insistencia. Jesús amó a sus enemigos, llamó amigo a quien le
traicionó. Llegar a este amor -amar, soportar, perdonar a aquel que
nos irrita, cansa, molesta e hiere- es presentado como el mejor fruto
de la presencia y de la acción del Espíritu en nosotros.
Vida en Iglesia
4.8. La cuestión de la Iglesia como misterio; hablaremos aquí
de la actitud que hay que tener al respecto, con relación sobre todo a
aquellos que son los representantes oficiales y los primeros servidores,
los sacerdotes. Francisco pone también el acento sobre los principales
sacramentos de la Iglesia: eucaristía y penitencia-reconciliación.
4.9. Los escritos de Francisco hablan con frecuencia de los
sacerdotes. Su situación intelectual y moral no era brillante en su
época. No obstante, los cristianos deben «venerar y reverenciar a los
clérigos, no tanto por ellos mismos si fueren pecadores, sino por razón
del oficio» (2CtaF 33). Hay que amarlos y considerarlos como nuestros
«señores». No sólo por tolerancia, por diplomacia eclesiástica, sino por
exigencia de fe. «Yo lo hago por este motivo, escribe él, porque en este
siglo nada veo corporalmente sino su santísimo cuerpo y santísima
sangre, que ellos reciben y sólo ellos administran a otros, y porque
proclaman la palabra de Dios, espíritu y vida» (Test 10.13). Los
ministros ordenados constituyen el esqueleto del cuerpo de la Iglesia,
delimitan el lugar en donde resuena la auténtica palabra de Dios y
donde el misterio sacramental de Cristo se celebra. La comunión con
ellos es indispensable, porque ellos son los garantes auténticos de los
bienes salvíficos.
4.10. La Eucaristía, cuya recepción era muy poco frecuente
en tiempos de Francisco, es recomendada con insistencia a todos los
cristianos. «Os aconsejo que, posponiendo toda preocupación y
cuidado, recibáis en grande humildad, en santa recordación suya, el
santísimo cuerpo y la santísima sangre de nuestro Señor Jesucristo»
(CtaA 6). Por ella, se recuerda, se venera y se comprende el amor que
Cristo tuvo por nosotros (ParPN 6). A ella hay que acercarse con «gran
humildad y veneración», o sea, puramente, orientando toda la
voluntad hacia Dios para agradarle, «no reteniendo nada para sí, para
que nos reciba enteros el que todo entero se nos entrega» (CtaO 29).
Sin olvidar lo principal, según la aportación original de Francisco: el
papel del Espíritu Santo en la recepción del sacramento. «El Espíritu,
que habita en sus fieles, es el que recibe el santísimo cuerpo y sangre
del Señor» (Adm 1,12).
4.11. La penitencia-confesión de los pecados tiene también
un espacio en la visión de Francisco. Sabiendo que el hombre es frágil
y pecador, recomienda la práctica frecuente de la penitencia, sin
olvidar que la acogida del pecador debe hacerse con gran misericordia,
que hay que esconder bien el pecado de los otros, porque «no
necesitan de médico los sanos, sino los enfermos» (1 R 5,8).
La radical pobreza del ser
4.12. Se afirma siempre que la pobreza es el punto central y
la característica propia de la espiritualidad franciscana. La perspectiva
global que yo presento, según la cual una espiritualidad es un sistema
formado por múltiples elementos articulados según una cierta
coherencia, excluye una afirmación tan tajante. Tanto más que la
pobreza que se atribuye así al camino franciscano suele verse
principalmente, por no decir exclusivamente, en su realidad material,
social. Ahora bien, si es cierto que Francisco hizo, para él y para sus
hermanos, una opción radical por la pobreza social: rechazo de toda
propiedad, del dinero, etc., se equivocaría gravemente sobre su visión
profunda quien no se percatara también que este aspecto no lo
propone a los cristianos que viven en el mundo. Su concepción de la
verdadera pobreza que toca las raíces mismas del ser se entreabre a
profundidades insospechadas. Antes de manifestarse en la pobreza
material de la que es una especie de sacramento visible, la pobreza
consiste en tres pasos radicales: reconocer 1) que todos los bienes son
de Dios; 2) que sólo nuestro mal y nuestra desdicha nos pertenecen;
3) que hay que llevar cada día la cruz de Cristo, que consiste en la
sumisión a todos, y en la aceptación del rechazo, la enfermedad y la
muerte.
4.13. Lo que uno es, lo que se puede cumplir, sobre todo
cuando se trata de realidades espirituales, es grande y bueno; es
legítimo alegrarse y fiarse de ello. Pero entonces una sutil tentación se
insinúa: yo soy aquello, esto es mío, yo soy suficiente, yo soy como
Dios. Para no sucumbir en ello, es necesario desprenderse de este
embargo sobre los bienes de los que nosotros no somos propietarios.
Sí, «no nos gloriemos, ni nos exaltemos interiormente de las palabras
y obras buenas, ni de ningún bien que Dios hace o dice y obra alguna
vez en nosotros y por nosotros: restituyamos todos los bienes al
Señor Dios... reconozcamos que todos son suyos, y démosle
gracias por todos ellos» (1 R 17,6.17). Reconocer lo bueno que hay en
nosotros es un primer paso. Dado éste, es necesario apresurarse a
devolverlos, a restituirlos a su único propietario. Dios, el solo bueno.
La verdadera y más profunda pobreza es poseerlo todo por el don de
Dios, sin tener nada para sí.
4.14. «Tengamos la firme convicción de que a nosotros no
nos pertenecen sino los vicios y pecados» (1 R 17,7). Cuando
hemos reconocido los innumerables dones y bienes que somos y que
tenemos como propiedad de Dios y que se los devolvemos en un
movimiento de acción de gracias, ¿qué nos falta? Ciertamente, Dios
nos lo vuelve a dar de nuevo, como un don puro y gratuito, pero
entonces nada es nuestro. Nada sino, según estas fuertes y duras
palabras de Francisco, «nuestros vicios y pecados», o también, según
la cita de san Pablo, «nuestras flaquezas» (Adm 5,8). Hemos visto,
cuando tratamos la cuestión del mal del hombre (3.7; 3.12), cuán
grandes eran estas flaquezas o dolencias y cuánto podemos ser
juguetes de nuestras pulsiones y tendencias. Nuestra pobreza consiste
en la aceptación humilde y misericordiosa de esta parte oscura de
nosotros mismos. Reconocerla, sufrirla como una enfermedad, buscar
su curación, saber que no se llega nunca al final, gritar a Dios nuestra
angustia y esperar que el médico celestial nos libere de ella, he aquí la
otra faz de la verdadera pobreza.
4.15. La Admonición 5 de Francisco, tan cerca en su contenido
al relato de la perfecta alegría, después de haber descartado todo
motivo de orgullo, que descansan sobre los resultados humanos y
sobre los dones espirituales aun los más elevados, termina así: «Es en
esto en lo que podemos gloriarnos: en nuestras flaquezas y en llevar
a cuestas diariamente la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo».
Sabemos lo que hay que entender por flaquezas, veamos en qué
consiste llevar a cuestas diariamente la santa cruz de Cristo.
«Debemos gozarnos cuando nos veamos asediados de diversas
tentaciones y al tener que sufrir en este mundo toda clase de angustias
o tribulaciones de alma o de cuerpo por la vida eterna» (1 R 17,8). El
horizonte que evoca Francisco está marcado por el sufrimiento al que
nadie puede escapar y que el creyente debe asumir en seguimiento de
su Señor crucificado.
4.16. Este sufrimiento, este mal-estar del hombre, se
encuentra cada día en toda clase de circunstancias. También, si se
quiere ser «menor y sometido a todos», no faltará ser herido por la
incomprensión, la oposición hasta la persecución. Ocurre que se llega
al mismo, como Francisco mismo, al rechazo extremadamente
doloroso de los cercanos, como se cuenta en el relato de la perfecta
alegría. Y la misma vida está amenazada por la enfermedad y la
muerte, dos compañeras inevitables de todo hombre, que pronto o
tarde nos visitan.
«Ir tras las huellas de Nuestro Señor»
4.17. «Seguir las huellas de Jesucristo», he aquí otro tema
apreciado por Francisco. Se dice que la marcha en el seguimiento de
Cristo, «sequella Christi», caracteriza a la espiritualidad franciscana.
Es verdad, con la condición de que se dé a esta expresión un contenido
justo. Este tema, tomado de la primera carta de san Pedro, no habla
de los hechos y gestas de la vida terrestre de Jesús que se trataría de
reproducir. Es una invitación a entrar, con suavidad y paciencia en el
misterio de la bienaventurada pasión del Señor, y a compartir también
todo su destino doloroso y glorioso. Ir tras las huellas de Cristo es vivir
según todas las exigencias del evangelio, sufrimiento y muerte
comprendidas, y abrirse a las promesas que este evangelio proclama.
Las bienaventuranzas y su fruto
4.18. El camino descrito es duro, exigente; ¿cómo recorrerlo
sin nerviosismo, sin sucumbir a una cierta tristeza? Francisco
responde: por medio de la paciencia, la humildad y la alegría que
Dios mismo posee y que es Él. Esta alegría se experimenta en la
meditación de la palabra de Dios, ella es compañera de la pobreza
(Adm 27,3), ella puede ser tan fuerte que permanece y mantiene al
hombre en paz cuando todo lo demás le abandona. Francisco invita a
sus hermanos a estar «gozosos en el Señor, alegres y debidamente
agradables» (1 R 7,16). Quince admoniciones comienzan con la
exclamación: dichosos, bienaventurados. Ser dichosos en medio de las
dificultades y pruebas de la vida no es posible sin la presencia de una
misteriosa realidad interior: «la humildad, la paciencia, la pura
simplicidad y la verdadera paz del Espíritu» (1 R 17,15).
4.19. Llegado a este punto, animado en adelante no por el
espíritu de la carne, sino por las «santas virtudes difundidas por la
gracia y la iluminación del Espíritu Santo en el corazón de los
creyentes», el hombre puede mirar el mundo que le rodea con los ojos
purificados como lo hizo Francisco cuando compuso, hacia el fin de su
vida y en horas dolorosas, su Cántico de las Criaturas. Este Cántico -
alabanza dirigida al Todopoderoso y buen Señor, a quien ningún
hombre es digno de nombrar, a quien sólo pertenece la gloria y la
bendición- vuelve nuestra mirada -una mirada distinta- sobre el orden
y la belleza del mundo fraterno. Allí todo irradia belleza y armonía; las
heridas humanas, las pruebas, la enfermedad, la muerte misma, hallan
su sentido, transfiguradas por una invisible luz.
El itinerario, que comienza con el esfuerzo y la pena, se abre en este
mismo camino a la alegría de la resurrección.
A MODO DE CONCLUSIÓN
4.20. He tratado de presentar, siguiendo de cerca los textos
mismos de Francisco, las grandes líneas de su visión espiritual y los
pasos que de ellas resultan.
No he tocado más que los ejes esenciales, sin deducir todas las
consecuencias concretas. No he hecho aplicaciones a los estados de
vida y a las situaciones personales. Francisco mismo, si se exceptúan
algunas prescripciones particulares respecto a la orden de los
hermanos, nos presenta un itinerario cristiano fundamental,
dirigiéndose a todo creyente y apelando a su responsabilidad
personal, para aplicarlo a lo cotidiano de la vida, al tiempo, al lugar, a
la opción de vida.
[En Selecciones de Franciscanismo, vol. XXVII, núm. 81 (1998) 345-
365]