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Capitalismo y esclavitud – Eric Williams

Capítulo 11 “Los <<santos>> y la esclavitud”.

Los humanitarios fueron la punta de lanza del ataque que destruyó el sistema de las Antillas y
que liberó a los negros. Su importancia ha sido, no obstante, muy mal comprendida,
groseramente exagerada por hombres que sacrificaron la erudición al sentimentalismo. La
falta de entendimiento surge, en parte, del deliberado intento, por parte de los
contemporáneos, de presentar una visión desfigurada del movimiento abolicionista. El
humanitarismo británico estaba constituido por un brillante grupo.
Clarkson personifica lo mejor del humanitarismo de la época. Clarkson era un trabajador
infatigable, entregado a interminables y peligrosas investigaciones sobre las condiciones y
consecuencias del tráfico de esclavos, un prolífico panfletista, cuya historia del movimiento
abolicionista es todavía un clásico. Estaban después James Stephen, padre, y James Stephen,
hijo. El padre había sido abogado en las Antillas y conocía la situación de primera mano. El hijo
llegó a ser el primer subsecretario permanente de importancia en el Departamento Colonial.
Gracias a esta capacidad, sostuvo una cuidadosa inspección de sus indefensos constituyentes,
los esclavos negros. Constantemente estimuló a Wilberforce para que hiciera mayores
esfuerzos y más públicos en lugar de practicar la política de memoriales y entrevistas con
ministros. Uno de los abolicionistas más tempranos, más capaces y más diligentes, fue James
Ramsay, quien, como párroco en las Antillas, tenía una experiencia de veinte años de
esclavitud. Estos eran los hombres a quienes los colonos llamaban iluminados y fanáticos,
comparándolos con hienas y tigres. Con la ayuda de otros, como Macaulay, Wesley, Thornton y
Brougham, lograron despertar los sentimientos anti-esclavistas en Inglaterra casi hasta un
nivel de religiosidad. Los abolicionistas no eran radicales. En su actitud hacia los problemas de
su país, fueron reaccionarios. El error inicial en el que muchos han caído es creer que los
abolicionistas no ocultaron, desde un principio, su intención de trabajar por la completa
emancipación. Los abolicionistas eludieron y negaron repetidamente y durante largo tiempo
cualquier idea de emancipación. Su interés se dirigía solamente al tráfico de esclavos, cuya
abolición, pensaban, conduciría a la libertad sin intervención legislativa. No fue sino hasta 1823
que la emancipación se convirtió en el propósito declarado de los abolicionistas. La razón
principal fue la persecución de los misioneros en las colonias. Ésta era la situación en 1830,
cuando la Revolución de Julio estalló en Francia avivando las llamas de la reforma
parlamentaria en Inglaterra. Era necesario, entonces, que otra categoría de hombres, de
naturaleza más audaz y robusta, aunque algo menos refinada, aparecieran para hacerse cargo
de la tarea, no tanto para reemplazar como para completar los esfuerzos de sus más
cautelosos y vacilantes colegas. Los abolicionistas apremiaban a sus simpatizantes para que
boicoteasen los productos cultivados por esclavos en favor de los productos cultivados por
trabajadores libres de la India.
Pero los hombres sabios de Oriente no eran más impecables que los pecadores colonos de
Occidente. El acta que emancipaba a los esclavos en las Antillas Británicas fue aprobada en su
tercera lectura el 7 de agosto de 1833. Cuarenta y ocho horas antes, se presentó una Carta de
la Compañía de la India Oriental para su renovación en la Cámara de los Lores. Este vínculo
entre los súbditos de la India Oriental y ciertos abolicionistas no ha sido todavía debidamente
apreciado. El verdadero significado, sin embargo, del apoyo prestado por los abolicionistas a la
India Oriental, y más tarde al azúcar brasileño, es que los elementos implicados no eran sólo la
inhumanidad de la esclavitud de las Antillas, sino la inutilidad del monopolio de las Antillas.
Después de 1807 se prohibió el tráfico de esclavos a los colonos de las Antillas Británicas, y
después de 1833, la mano de obra de esclavos. En la medida en que los abolicionistas habían
recomendado el azúcar de la India, basándose equivocadamente en el principio humanitario
de que era producido por hombres libres, era su deber, para con sus mismos principios y su
religión, boicotear el azúcar, producido por esclavos, de Brasil y Cuba. Los abolicionistas, con
posterioridad a 1833, continuaron oponiéndose a los colonos de las Antillas que ahora
empleaban mano de obra libre. Donde, antes de 1833, habían boicoteado al negrero británico,
después de 1833 abrazaron la causa del negrero brasileño.
Los abolicionistas boicotearon los productos, cultivados por esclavos, de las Antillas Británicas,
manchados con la sangre de los negros. Pero la propia existencia del capitalismo británico
dependía del algodón, producido por esclavos de Estados Unidos, igualmente vinculado con la
esclavitud y mancillado con sangre. ¿Era necesario el azúcar brasileño? Los capitalistas
sostenían que sí; era necesario para mantener al capitalismo inglés. Los abolicionistas se
inclinaron hacia el lado delos capitalistas. La cruel separación de los negros del África continuó
durante al menos veinticinco años después de 1833, en las plantaciones de azúcar de Brasil y
Cuba. La economía brasileña y cubana dependía del tráfico de esclavos. Sólo la coherencia
exigía que los abolicionistas británicos se opusieran a este comercio. Pero eso retardaría el
desarrollo brasileño y cubano, y por consiguiente trabaría el comercio británico. El deseo de
obtener azúcar barato después de 1833 sofocó toda aversión por la esclavitud.