Está en la página 1de 2

FABIÁN ESPEJEL SAINZ DE LA PEÑA

Sobre “Beatus ile…” de Salvador Díaz Mirón

En 1901, el poeta veracruzano Salvador Díaz Mirón publica su obra más emblemática,
Lascas. El poemario es considerado parte de la segunda época poética del autor, vista por la
crítica como su faceta modernista. Es bien conocido el esmero formal del poeta, cualidad que
se puede asociar con el parnasianismo. Además de este preciosismo en las formas, en esta
etapa se halla la presencia de la sensualidad y la plasticidad, aunadas a las características
estéticas de Díaz Mirón (“su subjetivismo meditativo, su tristeza soledosa, su preocupación
por el destino”).1 En el presente texto, se realizará un breve análisis sobre el poema “Beatus
ille…”, que figura dentro del poemario ya mencionado.
El poema hace alusión directa al epodo de la segunda oda horaciana. Los epodos son
estrofas hechas de dísticos con distintos metros. Como regla, el primero siempre será más
largo que el segundo. Muy probablemente inspirado por la traducción en rima cruzada
(AbAb) de fray Luis de León, por su “Vida retirada” y por la “Oda a la flor de Gnido” de
Garcilaso de la Vega, Díaz Mirón decidió recrear el tema de Horacio a través de la lira
(aBabB), emulando de esta manera el molde métrico de los epodos.
Las primeras estrofas del poema exaltan la paz de los campos, aludiendo a sus virtudes
de descanso y provecho obtenidas por el ejercicio y disfrute de la vida bucólica. Esta “paz
agreste” es un locus amoenus para el pecho hecho “¡ay!, a torturas y a furores!”. En la cuarta
estrofa, la voz lírica apela a un sujeto, refiriéndose a un tal “Gay”, aludiendo con este
pseudónimo seguramente al autor del epodo, Quinto Horacio Flaco. El pseudónimo parece
aludir también al adjetivo francés gai, que significa ‘alegre’, y que guarda una relación
semántica con Horacio, el beatus (‘dichoso’).
La mesa que tiene el apelado se conecta con el discurso de la paz agreste en lo
referente a la comida, pues, a pesar de que en el poema horaciano la carne y el vino forman
parte del menú del “retirado”, el yo lírico expresa la preferencia del trabajo de campo a través
de la leche de oveja y cabra que menciona ésta en las estrofas dos y tres. La estrofa parece
describir al apelado como un juez, pues tiene una “mesa digna de un justo” en la que los

1
Manuel Sol, “Presentación de la obra poética” en Salvador Díaz Mirón, Poesía completa, México, FCE,
1997.
alimentos ausentes eliminan las posibilidades de “perder el tino” o el destino de las víctimas
(o juzgados), que recuerdan al cargo que desempeñó Horacio como cuestor.
Es oportuno añadir que el autor tiende a omitir los artículos, dando mayor
contundencia a las enunciaciones de la voz lírica. En la siguiente estrofa, el seno (de Horacio)
abre y enraíza en su propia heredad las tradiciones poéticas anteriores referentes a la vida en
el campo, tomando como modelo a Virgilio y sus Églogas (conocidas también como
Bucólicas), cuya reminiscencia deja en la boca (los cantos) del invocado un sabor a campo.
La referencia concreta de la “égloga virgiliana” puede remitir tanto a la influencia poética de
Publio Virgilio Marón, como a la primera égloga de sus Bucólicas, referente a la confiscación
de tierras, hecho que corresponde a las tareas del cuestor.
En la sexta estrofa, el claro vestigio (el epodo que dice Beatus ille…) del vate no
someterá o humillará una prez antigua (el encomio de la vida retirada) a la “torpe
muchedumbre. En su poema (su “claro vestigio”) se justifica el brillo de su ingenio como la
luz de un sol al ocaso, pues aunque muerto Horacio, sigue brillando “en levantada cumbre”.
A partir de la séptima estrofa, se observa una digresión con respecto al interlocutor, pues la
voz lírica vuelve a sí misma para ejemplificar las virtudes de dicha paz en el yo lírico.
Los “hálitos que menean las frondas” resultan plácidos a la frente de la voz lírica. Sin
embargo, en la octava estrofa, estos hálitos, encarnados en Favonio, nombre latino del Céfiro,
no envanecen el laurel (metonimia de la corona de los poetas) que porta este “yo”,
presuntamente llamado Salvador Díaz Mirón, sino todo lo contrario: calma zozobras y se ríe
“de la ceñida palma […] con un desprecio que perfuma el alma”. La novena estrofa canta,
como un estribillo o un leitmotiv, las virtudes de la paz agreste aludidas al inicio del poema.
En las últimas estrofas, la voz lírica habla sobre la marca que la paz en cuestión deja
en la “culta o salvaje corriente del vivir”, una clara alusión a las vidas como ríos de Jorge
Manrique, pues “por arenas blondas”, la paz agreste lleva a la vida “en sosegadas ondas” a
la “mar que es el morir” manriqueño. La voz lírica sugiere, incluso, el entierro en este locus
amoenus, pues “la madre tierra es leve/al cadáver que allí se desmorona”. Un sauce será el
único en darle a la tumba que lo abona un plañido y una corona de flores (o de hojas).
El rigor formal, los vocablos cultos y los temas y recreaciones de los clásicos, aunado
a situaciones antipreciosistas como la muerte y los cadáveres hacen de la poesía de Salvador
Díaz Mirón un emblema del modernismo mexicano.