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Antología de textos

jurídicos de Roma
E d ic ió n d e
Xavier d ’Ors

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AKAL/CLÁSICA

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ANTOLOGÍA DE TEXTOS
JURÍDICOS DE ROMA
Edición de
Xavier d’Ors

Thi© On©
XUQE-HUK-7X13

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Indice

Introducción..................................................................... 7

I. Historia del Derecho Romano ................................ 13

II. La Ley de las XII Tablas ........................................ 41

III. Diálogo entre un filósofo y un jurista ................... 61

IV. Conceptos fundamentales: de Gayo a Justiniano ... 79


A. El derecho............................................................. 80
B. Las personas...........................................................100
C. Las cosas ............................................................. 108
D. Las fuentes de las obligaciones ......................... 117
E. Las acciones...........................................................127
F. Los interdictos .......................................................149

V. Fuentes .....................................................................167
A. El Edicto del pretor .............................................. 171
B. Los senadoconsultos.............................................. 187
C. Las leyes comiciales.............................................. 197
D. Las leyes coloniales ymunicipales ...................... 206
1. Ley colonial de Urso (o Ley Ursonense).
Ley de la colonia Genetiva Julia ............... 207
2. Ley Flavia municipal ......................................213

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6 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

E. La Jurisprudencia ................................................ 230


1. Libros «de respuestas» ..................................234
2. Libros «de cuestiones» ..................................241
3. Libros «de digestos» ......................................248
4. Libros de comentarios «al Edicto»............... 253
5. Libros «de instituciones» ..............................258
6. Libros «de reglas» .......................................... 261
7. Literatura monográfica ..................................264
8. Recopilaciones post-clásicas
de Jurisprudencia .......................................... 270
9. Algunos puntos controvertidos entre
las escuelas Sabiniana y Proculiana .............279

VI. Gestas del divino Augusto ....................................287

VII. Ley llamada del Imperio de Vespasiano...............314

VIII. Legislación imperial ............................................. 320


A. Rescriptos ...........................................................320
B. Leyes imperiales.................................................. 339
C. Constitución de confirmación del Digesto....... 367
a

Indice temático ......................................................... 389

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Introducción

* _
Este no pretende ser, no es, un libro para especialistas. Es
más, quiere ser un libro para lectores profanos en derecho, y
en particular en Derecho Romano, pero a quienes interesa el
mundo jurídico romano, en el marco de la cultura clásica
griega y romana, para cuyo conocimiento tan buen servicio
está prestando, con sus traducciones, esta colección de clási­
cos de la Editorial Akal.
Queda así resuelta a priori la primera cuestión que siem­
pre suscita la elaboración de cualquier antología: la de la
finalidad pretendida con ella, en función del tipo de lectores
a los que va dirigida. En nuestro caso, al tratarse de una anto­
logía de textos jurídicos romanos dirigida a lectores profa­
nos, parecía claro que era conveniente hacer una selección en
la que estuviesen representados, en un amplio abanico tanto
temático como cronológico, distintos textos de derecho,
siempre con un cierto carácter elemental.
Una vez resuelta ésta, sursía a continuación una secunda
cuestión: ¿qué obras o qué fragmentos debían ser seleccio­
nados para cumplir la finalidad propuesta? La respuesta
tenía, desde luego, mucho de discrecional.
En primer lugar, nos pareció adecuado, para esc lector
profano pero interesado, una primera parte, a modo de intro­
ducción, acerca de los orígenes del Derecho Romano. Para
ello, nada mejor que el Enchiridion de Pomponio (I), del

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8 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

cual se conserva en el Digesto de Justiniano un largo frag­


mento, que trata precisamente de «los orígenes»: del derecho
mismo, de los magistrados, y de la Jurisprudencia. Resulta­
ba así una introducción histórica, con referencias tanto al
derecho público como al privado, que serviría para adentrar
al lector en el mundo jurídico-político de Roma.
Después de esta primera parte, parecía conveniente que
la antología contuviese también algo de la que ha sido lla­
mada «fuente de todo el derecho público y privado», es
decir, de la Ley de las XII Tablas (II). De ella, hemos selec­
cionado un considerable número de preceptos, atendiendo
principalmente a los que nos han sido transmitidos con pre­
tensiones de literalidad, pero excluyendo de éstos aquellos
de los que sólo se han conservado algunas palabras literales
insuficientes.
A continuación, y en relación con la Ley de las XII
Tablas, hemos incluido en la antología un pasaje de las
«Noches Áticas» de Aulo Gelio, en el que se recoge la dis­
cusión, a propósito precisamente de algunos preceptos más
rudimentarios de la mencionada ley, entre el filósofo Favori-
no y el jurista Sexto Cecilio Africano (III). En esa discusión,
Favorino manifiesta las críticas de un no-jurista, a las que
contesta Africano como jurista.
Seguidamente, para introducir al lector en los aspectos ya
más propiamente jurídicos, nos pareció oportuno dedicar un
capítulo a algunos conceptos fundamentales (IV), y para ello
hemos recogido algunos pasajes de dos obras escolares, más
distantes por su fecha que por su contenido: las «Institucio­
nes» de Gayo y las de Justiniano, de modo que el lector se
inicie en el mundo jurídico romano a través de los mismos
conceptos con los que se iniciaban los estudiantes de dere­
cho de la época.
Así, dentro de este capítulo, hemos dedicado un printer
apartado a los conceptos jurídicos generales (A); a continua­
ción, otros tres, al derecho de «las personas» (B), a la clasi­
ficación de «las cosas» (C), y a la clasificación de las fuen­
tes de «las obligaciones» (D), coincidiendo con los tres
grandes bloques temáticos de los mencionados libros de

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INTRODUCCIÓN 9

«Instituciones». También hemos considerado conveniente


ocuparnos de la organización procesal, habida cuenta de la
importancia que el derecho procesal tenía en el sistema jurí­
dico romano, caracterizado muchas veces como «un sistema
de acciones procesales». Dos han sido los apartados dedica­
dos a ello: uno, a «las acciones» (E) y otro, a «los interdic­
tos» (F). En el primero, recogemos los pasajes de las «Insti­
tuciones» de Gayo referentes al primitivo procedimiento de
las «acciones de la ley», que completamos con algunos
ejemplos de fórmulas de acciones utilizadas en el procedi­
miento que sustituyó a éste, es decir, el «formulario». Y lo
mismo respecto a los interdictos, donde acudimos de nuevo
a los libros de «Instituciones» (de Gayo y Justiniano), y
completamos esos pasajes con un elenco de fórmulas inter­
díctales diversas.
Uno de esos conceptos fundamentales es el de «fuentes
del derecho», es decir, los modos de creación del derecho,
que, en el sistema romano, tenían una mayor diversidad que
actualmente, y por ello también una mayor importancia,
hasta tal punto que no es posible entender bien el sistema
jurídico romano sin conocer cada una de sus fuentes y, sobre
todo, la relación existente entre ellas. Así, pues, a las fuentes
del derecho hemos dedicado los cuatro siguientes apartados,
uno para cada uno de los tipos principales de fuentes: Edic­
to (A), Senadoconsultos (B), Leyes comiciales (C) -con un
apartado especial dedicado a las leyes coloniales y munici­
pales (D)-, y Jurisprudencia (E).
Un tratamiento especial nos pareció que merecía esta
última, en cuanto fuente principal del derecho privado roma­
no. Por ello, hemos introducido ahí subapartados relativos a
los distintos tipos literarios en los que se manifestaba la acti­
vidad de la Jurisprudencia: 1) libros «de respuestas»; 2) «de
cuestiones»; 3) «de digestos»; 4) «de comentarios al Edicto
del pretor»; 5) de «instituciones»; 6) «de reglas jurídicas»; 7)
literatura monográfica; y 8) recopilaciones post-clásicas. El
apartado se cierra con una selección de textos (9) que tratan
de algunos puntos discutidos por las escuelas doctrinales de
juristas (Sabinianos y Proculianos). Por lo demás, hemos

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10 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DK ROMA

buscado la diversidad de juristas y de temas en los fragmen­


tos seleccionados.
Llegados a este punto, la antología sufre un cambio de
escenario, alejándonos un poco del ámbito del derecho, para
introducir un texto no-jurídico -en cuanto no está escrito por
un jurista, ni su temática es propiamente jurídica-, pero que
nos pareció de particular interés, sobre todo, para el derecho
político, por cuanto procede del principal personaje de la his­
toria política romana. Nos referimos a las «Gestas» de Octa­
vio Augusto (VI), instaurador del Principado: una especie de
autobiografía política que Augusto dejó escrita a su muerte
para que fuese grabada y exhibida en su Mausoleo. Así, aun­
que, corno decimos, no es, en sentido estricto, un texto jurí­
dico, pensamos que puede servir para facilitar una mejor
comprensión de la figura de Octavio Augusto, cuya impor­
tancia es también indiscutible para la historia del derecho.
Y en la misma línea anterior de derecho público, aunque
éste sí con un texto propiamente jurídico, es el siguiente
capítulo, dedicado a los fragmentos conservados de la ley
(aunque, en realidad, no está claro que sea una ley y no un
senadoconsulto) por el que se le concede el imperio a Ves-
pasiano (VII).
Después de este breve paréntesis de carácter publicístico,
que nos sitúa cronológicamente en el momento mismo de la
instauración del Principado (Augusto) y después de su pri­
mer siglo (Vespasiano), parecía de interés atender a los efec­
tos que las reformas políticas de Augusto habían tenido en el
derecho, y particularmente en el sistema de fuentes. A algunos
de esos cambios (codificación del Edicto del pretor, conver­
sión de los senadoconsultos en discursos del Príncipe, desa­
parición de las leyes comiciales) se hace ya referencia al tra­
tar de cada una de esas fuentes. Pero también en este caso
hemos querido detenernos en la Jurisprudencia, para dedicar
un nuevo capítulo a la que será la principal actividad de los
juristas a partir de la burocratización introducida por Adria­
no: los rescriptos (VIII), que constituyen, en esta segunda
fase del Principado (hasta Diocleciano), la fuente viva de
creación del derecho. En la selección de los rescriptos, hemos

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INTRODUCCIÓN 11

procurado reflejar, no sólo una variedad cronológica, desde


Adriano hasta Diocleciano, sino también temática.
Con la instauración del Dominado por Diocleciano, se
abre una nueva etapa en la historia política de Roma, y tam­
bién en la historia jurídica, en ésta, sobre todo, a partir de su
sucesor Constantino. Con él, se consuma la desaparición de
la única de las fuentes de la época anterior que había sobre­
vivido hasta ese momento, los rescriptos, produciéndose su
sustitución por las leyes imperiales. A éstas, hemos dedicado
el siguiente capítulo (IX) de esta antología, buscando tam­
bién en su selección una representación lo más amplia posi­
ble de los distintos emperadores hasta Justiniano, y una
diversidad temática que abarque aspectos tanto de derecho
privado como público, aunque con predominio de éstos, que
parecen haber preocupado más a los legisladores.
La antología se cierra con Justiniano. Puesto que, a lo
largo de los capítulos anteriores, se han venido recogiendo
fragmentos de las distintas partes del Corpus Iuris (Institu­
ciones, Digesto, Código), hemos preferido incorporar a esta
antología una de las constituciones de Justiniano referentes
al Corpus Inris, concretamente, la constitución Tanta, por la
que se promulga el Digesto (X).
Cada uno de estos capítulos y apartados que componen
nuestra antología va precedido de una breve introducción
acerca del autor, las características del texto seleccionado y
otras circunstancias que puedan servir para una mejor orien­
tación del lector no-especialista. Por otra parte, nos hemos
esforzado en aclarar, con abundantes notas a pie de página,
todas aquellas cuestiones, tanto jurídicas como históricas,
que nos pareció necesario para mayor facilidad de ese lector
previsible al que venimos refiriéndonos desde el principio.
Una breve referencia a las traducciones. Consecuente­
mente con la orientación que hemos querido dar a esta anto­
logía, hemos sacrificado en parte el rigor de la traducción a
su comprensión. Por ello, hemos preferido muchas veces
acudir a una traducción más libre, pero más accesible, que a
otra más literal, pero menos comprensible. Por otra parte,
hemos suplido con palabras o frases entre paréntesis angula­

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12 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

res aquello que no figura en el texto, pero que es convenien­


te para su mejor comprensión.
En cuanto a la bibliografía, figura al comienzo de cada
apartado, después de las páginas introductorias. Para estos
elencos bibliográficos generales, hemos aplicado los siguien­
tes criterios: prescindir de la literatura anterior a nuestro
siglo, salvo en casos especiales, y siempre que hubiese ree­
diciones posteriores; dar prioridad a la literatura monográfi­
ca, prescindiendo, con excepciones, de artículos de revistas, de
obras colectivas, etc.; por último, procurar, en la medida
de lo posible, aunque dando preferencia a la bibliografía cas­
tellana, que en esos elencos bibliográficos estuviesen repre­
sentados los idiomas más habituales en la romanística actual.
La publicación de una antología lleva siempre consigo,
además de los riesgos de cualquier publicación, el añadido
del acierto en la selección. Un problema éste que ya se plan­
teaba, a propósito de esa gran antología jurídica que es el
Digesto, el emperador Justiniano en la constitución Tanta
(reproducida en IX) §16, cuando se pregunta si quis hoc
adprehendere recto animo possit, si alguien puede censurar
con buena intención los posibles olvidos de los Compilado­
res en su labor de selección. Nosotros nos acosemos de
nuevo a las razones de la respuesta negativa del emperador:
primo quidem propter ingenii mortalis exiguitatem, en pri­
mer lugar, por la limitación del ingenio humano; deinde
propter ipsius rei vitium, además, por las dificultades del
mismo asunto; debí quod multo utilius est pauca idónea effu-
gere, quam multis inutilibus homines praegravari, finalmen­
te, porque es preferible perder algunas cosas idóneas que
abrumar a los hombres con muchas inútiles.
No quiero terminar esta presentación sin manifestar mi
agradecimiento a mi padre, que atendió, con tiempo e interés
generosos, todas las*consultas que le hice mientras prepara­
ba esta antología, y que leyó después atentamente el original,
haciéndome valiosas correcciones y sugerencias.

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I

HISTORIA DEL DERECHO ROMANO


(Pomponio, Enchiridion -D . l,2,2pr.-53)

Sexto Pomponio es uno de los juristas clásicos de cuya


vida y actividad apenas tenemos hoy noticias. Este silencio
histórico llevó incluso a mantener que fueron dos los juristas
romanos que ostentaron ese nombre, pero, en la actualidad,
la opinión se inclina unánimemente a defender que existió un
solo Sexto Pomponio.
Contemporáneo de Juliano, de Africano y del mismo
Gayo, Pomponio vivió bajo Adriano y la dinastía de los
Antoninos (Antonino Pío y los divi fratres: Marco Aurelio y
Lucio Vero), en el siglo n d.C. No parece que haya desem­
peñado ningún cargo público, ni tampoco pertenecido a la
cancillería imperial (consilium principis) de ninguno de los
Príncipes antes mencionados. Probablemente, Pomponio
desarrolló sobre todo su actividad de maestro de derecho y
de prolífico escritor de obras jurídicas.
Pese a vivir, cronológicamente hablando, en un período
todavía clásico, su figura es más representativa del nuevo
estilo que había de consagrarse en la Jurisprudencia poste­
rior. En efecto, el carácter enciclopédico de sus obras, llenas
de referencias a la literatura jurídica anterior, así lo testimo-

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14 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

nia. No obstante, debe considerársele superior, en agudeza y


originalidad, a Gayo, quien, de modo particular por sus «Ins-
titutiones», constituye el principal precursor de los nuevos
planteamientos jurídicos escolásticos, propios de la etapa
post-clásica.
Su actividad como escritor jurídico fue muy fecunda.
Además del Enchiridion, al que nos referiremos enseguida,
Pomponio escribió las siguientes obras:
- 35 (o 36) libros de «Comentarios a Sabino» (adSabinum)
- 39 libros de «Comentarios a Quinto Mucio» (ad Q.
Mucium)
- 7 libros de «Comentarios a Plaucio» (ex Plautio)
- un número incierto (150?) de libros de «Comentarios al
Edicto del pretor» (ad edictum)
- una obra, cuya existencia es dudosa, de «Notas a los
Digestos de Aristón» (Notae ad Aristonis Digesta)
- 5 libros «Sobre los fideicomisos» (de fideicommissis)
- 5 libros «Sobre los senadoconsultos» (de senatus con­
sults)
- varios libros (8?) «Sobre las estipulaciones» (de stipu­
lation ibus)
- un libro único «De reglas jurídicas» (liber singularis
regularían)
- 41 libros, por lo menos, de «Lecturas varias» (variarían
lectionum), y un número desconocido de libros (12, por
lo menos) de «Epístolas» (epistularum), obras que,
según parece, fueron resumidas y unificadas, en época
post-clásica, bajo una sola, en 20 libros, titulada «Epís­
tolas y lecturas varias» (libri epistularum et variarían
lectionum)
De todas sus obras, destaca, por su especial peculiaridad,
el Enchiridion, que constituye un ejemplar único, un «uni-
óum», en la tradición de la literatura jurídica clásica. Dejan­
do ahora al margen la discusión técnica acerca de la relación
existente entre el liber singularis enchiridii y los libri dúo
enchiridii, esta obra es una exposición de la historia jurídica
romana. Es cierto, desde luego, que los juristas clásicos men­
cionaban con frecuencia opiniones de antiguos jurispruden­

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 15

tes, pero no hacían tales citas con una mera intención histo-
ricista, sino propiamente por el valor presente que para ellos
tenían las opiniones de los antepasados; en otras palabras,
esas citas tenían valor de autoridad y no de simple dato his­
tórico. Pomponio, por su parte, va a romper con esta tradi­
ción al escribir una introducción histórica al Derecho Roma­
no, que se recoge precisamente en su Enchiridion. El título
de la obra, Enchiridion, procede del griego, y significa
«breve libelo» o, mejor aún, «manual». Así, pues, Pomponio
escribe, desde el punto de vista meramente histórico, un
«manual» de historia del Derecho Romano. Y en ello radica
precisamente su novedad frente a la literatura jurídica tanto
de sus predecesores como de sus contemporáneos, excepción
hecha de Gayo.
Los fragmentos de este Enchiridion conservados en
el Digesto de Justiniano recogen, en su parte más extensa,
una exposición histórica dividida en tres grandes apartados:
I) «Sobre el origen y el desarrollo del Derecho» (de origine
et processu iuris), II) «Sobre los nombres y el origen de los
magistrados» (de magistratuum nominibus et origine), y III)
«Sobre la relación de los jurisprudentes» (de auctorum sue-
cessione). Esta breve historia del Derecho Romano termina
con Adriano (117-138), época en la que presumiblemente
fue escrita esta obra.
Se ha conjeturado que Pomponio utilizó como fuentes de
información para elaborar su Enchiridion algunas obras
de autores de finales de la República; de modo especial, los
hoy perdidos 15 libros «Del derecho civil» (de hire civili) de
Varrón, así como también obras de Cicerón, tales como
«Bruto» (Brutus), «Sobre el orador» (de oratore) y «Sobre la
república» (de república), sin excluir tampoco la posible
influencia de obras como las «Conjeturas» (Coniectanea) de
Capitón, «Sobre los retóricos y los gramáticos» (de rhetoñ-
cis et grammaticis) de Suetonio, y otras similares de Vitru-
vio, Cornclio Celso o Quintiliano.
No hace falta decir que el Enchiridion no está exento de
simplificaciones y reiteraciones -como cabría esperar en una
obra de esa naturaleza-, e incluso de inexactitudes y errores.

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16 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Pero, pese a ello, el valor del Enchiridion de Pomponio sigue


siendo de una importancia fundamental, desde muchos pun­
tos de vista, para el romanista moderno.
Precisamente por tratarse de una historia elemental del
Derecho Romano hemos elegido este fragmento para iniciar
esta selección de textos jurídicos romanos, introduciendo así
al lector profano en el mundo jurídico de Roma.

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1968.]

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18 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

1. Sobre el origen y el desarrollo del derecho

Así, pues, nos parece necesario exponer el origen y el de­


sarrollo del derecho mismo. (1) Y ciertamente, en el comien­
zo de nuestra ciudad1, el pueblo decidió vivir, en principio,
sin una ley determinada, sin un derecho determinado, y todas
las cosas eran gobernadas por el poder de los reyes. (2) Des­
pués, habiendo crecido algo la ciudad, el propio Rómulo,
según la tradición, dividió al pueblo en treinta grupos, a los
que llamó «curias», a causa de convenir el cuidado de la repú­
blica12 de acuerdo con las opiniones de aquellos grupos3. Así,
incluso él mismo propuso al pueblo algunas leyes curiadas, y
también las propusieron los reyes siguientes4. Todas estas

1 Según la tradición, Roma fue fundada el año 754 a .C , siendo Rómulo


su primer Rey, tras haber dado muerte a su hermano Remo en los combates
surgidos a raíz de la interpretación de los augurios realizados para decidir
cuál de los dos hermanos había de dar nombre y regir la nueva ciudad.
2 No debe entenderse aquí «república» en referencia a una concreta
forma de organización política, que sería incompatible con la monarquía,
sino simplemente como res publica, es decir, asunto público o gestión
pública. Sobre el tema, véase el prólogo de A. d ’O rs a su traducción del
diálogo «Sobre la república» de Cicerón (Madrid, 1984).
3 Esta división del pueblo en 30 curias, 10 por cada una de las tres tribus:
Ramnes, Tifies y Laceres, es la base de los llamados «comicios curiados»
(comida curiata), asambleas populares en las que el pueblo romano se orga­
niza precisamente según su distribución en dichas curias, y cuyas funciones
eran votar las «leyes regias o curiadas» (leges regiae o curiatae), elegir al rey,
a propuesta del interrex (véase infra nota siguiente), y conferirle el poder
(imperium) por medio de la lex curiata de imperio. Quizá tuvieran también
funciones judiciales a través de la provocado ad populum (véase infra n. 7).
4 No se daba una transmisión hereditaria del poder regio, sino que, vacan­
te el trono, el Senado designaba de entre sus miembros un interrex, que
gobernaba Roma durante cinco días, al cabo de los cuales se procedía a la
designación de un nuevo interrex, y así sucesivamente hasta que uno de ellos
propusiera a los comicios curiados un nuevo rex. De este modo, a Rómulo, a
quien la tradición atribuye, por el fenómeno de la «concentración histórica»,
la autoría de las instituciones políticas, le sucedió Numa Pompilio, conside­
rado por esa misma tradición el organizador de la religión romana. Siguen
luego Tulio Hostilio y Anco Marcio. Con Tarquino Prisco, ocupa el poder en
Roma la usurpadora dinastía etrusca, la cual, tras el paréntesis del reinado de
Servio Tulio, de quien la tradición hace proceder las garantías de la libertad
ciudadana, reaparece en Tarquino el Soberbio, último de los reyes romanos.

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 19

leyes se encuentran recogidas por escrito en un libro de


Sexto Papirio5, que fue uno de los hombres principales
de aquellos tiempos en que reinó <Tarquino> el Soberbio,
hijo de Demarato Corintio. Este libro, como decimos, se
denomina «Derecho Civil Papiriano», no porque Papirio
pusiera en él algo suyo, sino porque reunió en un libro las
leyes dadas sin orden. (3) Expulsados después los reyes6,
todas estas leyes cayeron en desuso por una ley tribunicia, y
de nuevo comenzó el pueblo romano a regirse más por un
derecho indeterminado y por alguna costumbre que por una
ley propuesta, sufriendo esto durante casi veinte años. (4)
Después, para que esta situación no se prolongase más tiem­
po, pareció bien nombrar por pública autorización diez per­
sonas, por medio de las cuales se pidiesen leyes a las ciuda­
des griegas, y así Roma se fundase sobre leyes: escritas éstas
en tablas de marfil, se expusieron en la plaza pública, para
que pudiesen ser conocidas más fácilmente. Durante aquel
año, les fue dado a los decenviros el máximo poder en la
ciudad, para que corrigiesen las leyes, si fuese necesario, y
las interpretasen, y no hubiese apelación contra ellos, como
se permitía contra los demás magistrados7. Estos mismos

5 A este mismo Papirio (de finales del siglo vi a.C.?) vuelve a referirse
Pomponio infra §36, aunque allí le llama Publio, y aquí Sexto. Hay otro
Sexto Papirio, discípulo de Quinto Mucio Escévola (cfr. infra §42), que no
debe ser confundido con éste.
6 También según la tradición, la expulsión de Turquino el Soberbio, y con
ello la desaparición de la organización política monárquica (aunque Turqui­
no intentó restaurarla unos años después), se produjo el 509 a.C., a conse­
cuencia de la rebelión promovida por Colatino, al ver que el propio Turqui­
no había deshonrado a su mujer Lucrecia, y encabezada por Junio Bruto
(cfr. infra §15).
7 Una de las formas de garantizar la ¡iberias ciudadana era impedir el
abusivo ejercicio del poder (potestas-imperium) por parte de los magistra­
dos. Este sentido tenía la posibilidad de apelar al pueblo, reunido en comi­
cios, contra las decisiones de los magistrados: la «apelación al pueblo» (pro-
vocatio ad popuhun). De este modo, el populas Romanus, fundamento
último de la potestas de los magistrados, podía controlar el ejercicio de la
misma. Esta provocado ad populuni es la que aquí queda suspendida res­
pecto a estos diez magistrados -decenviros- encargados de redactar las
leyes (decemviri legibas scribundis). a fin de facilitarles su misión. Más

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20 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

decenviros advirtieron que faltaba algo en estas primeras


leyes, y por ello, al año siguiente, añadieron a estas <diez>
tablas otras dos: y así, por ese añadido, son denominadas
«Leyes de las XII Tablas»8. Algunos afirmaron que quien
había inspirado a los decenviros el dar estas leyes había sido
un tal Hermodoro de Éfeso9, que estaba entonces desterrado
en Italia. (5) Dadas estas leyes, comenzó a hacerse necesaria
(como naturalmente suele suceder, puesto que la interpreta­
ción requería la autoridad de los jurisprudentes) la discusión
en el foro. Esta discusión y este derecho que, sin estar escri­
to, fue establecido por los jurisprudentes, no es designado con
ningún nombre propio, como se designan con sus nombres
las restantes partes del derecho, sino que es designado con el
nombre común de «Derecho Civil»101. (6) Después, en virtud
de estas leyes, se establecieron, casi al mismo tiempo, las
acciones, mediante las cuales los hombres litigasen entre sí:
estas acciones, para que el pueblo no las estableciese a su
gusto, quisieron que fueran determinadas y solemnes: y esta
parte del derecho se denomina «acciones de la ley», es decir,
acciones legítimas11. Y así, casi en la misma época, nacieron
estos tres derechos: la Ley de las XII Tablas, de las que

tarde, una vez instaurada una verdadera República, las magistraturas serán
siempre anuales y colegiadas, con posibilidad de que un magistrado pueda
interponer el «veto» (intercessio) frente a las decisiones de su colega, evi­
tando así el riesgo de una potasteis unipersonal absoluta.
8 Sobre la génesis de la Ley de las XII Tablas y sobre su contenido, véase
infra sub II y III.
9 Nacido en Éfeso a comienzos del siglo v a.C., había intentado gober­
nar su ciudad, pero sus conciudadanos, temerosos de perder sus libertades,
lo enviaron al exilio. Venido entonces a Roma, colaboró, según la tradición,
en la elaboración de la Ley de las XII Tablas, siendo recompensado con una
estatua en el foro.
10 De ki Ley de las XII Tablas emana, por vía de interpretación jurispru­
dencial, el «derecho civil» (ius civile). Los jurisprudentes, interpretando
analógica y extensivamente los preceptos decenvirales, van elaborando el
ius civile. Sobre la relación del ius civile con el derecho creado por otras
fuentes, véase infra sub V introd.
11 Las «acciones de la ley» (legis actiones) son modos procesales, de
acentuado carácter formalista, que los ciudadanos deben observar en el de­
sarrollo de sus reclamaciones procesales; véase infra sub IV.E.

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 21

comenzó a manar el derecho civil, y en virtud de las mismas


se establecieron las acciones de la ley. Sin embargo, de todas
estas partes <del derecho>, tanto la ciencia de la interpreta­
ción como las acciones eran competencia del colegio de pon­
tífices12, de los cuales era designado uno que cada año se ocu­
pase de los asuntos privados. Y el pueblo siguió esta
costumbre durante cerca de casi cien años. (7) Más tarde,
habiendo Apio Claudio recogido y puesto por escrito estas
acciones, Gneo Flavio, su escriba, hijo de un liberto, sustrajo
el libro y lo hizo público, y hasta tal punto fue grato al pue­
blo este regalo, que le nombró tribuno de la plebe, senador y
edil curul. Este libro, que contiene las acciones, se llama
«Derecho Civil Flaviano»13, como aquel otro «Derecho Civil
Papiriano», pues tampoco Gneo Flavio añadió al libro nada
suyo. Habiendo crecido la ciudad, y dado que faltaban algu­
nos tipos de reclamación, Sexto Elio, no después de mucho
tiempo, estableció otras acciones, y publicó un libro, que es
llamado «Derecho Ebano»14. (8) Posteriormente, teniendo la
ciudad la Ley de las XII Tablas y el derecho civil, y teniendo
también las acciones de la ley, sucedió que la plebe entró en
discordia con los patricios, se retiró <de la ciudad> y estable­
ció derechos para ella, los cuales son llamados «plebiscitos».
A continuación, habiendo regresado la plebe <a la ciudad>,
puesto que surgían muchas discordias de estos plebiscitos, se
admitió por la ley Hortensia que éstos fueran considerados

12 Era competencia del colegio de pontífices el declarar qué podía consi­


derarse lícito o ilícito, tanto desde el punto de vista religioso o moral
(fas-nefas), como del jurídico (ius-iniuria) (véase infra sub V.E introd.). Pero
esta unidad de competencia no significaba confusión de materias, pues esta­
ban bien diferenciados ambos órdenes, religioso y secular. No obstante, el ius
civile conservará siempre, en su carácter formal, la huella de su primitiva
vinculación con el ámbito religioso. En efecto, la exigencia de formalidades
es característica común al orden religioso y al jurídico. Por otra parte, el jura­
mento (iusiurandum) seguirá teniendo relevancia en el orden civil.
13 Este «Derecho Civil Flaviano» o Ius Flavianuni suele datarse hacia
el año 300 a.C.
14 De Sexto Elio vuelve Pomponio a hablar más adelante (cfr. infra §38),
a propósito de otro libro suyo titulado «Tripartitos». El «Derecho Civil Eba­
no» o Ius Aelianum se sitúa a comienzos del siglo n a.C.

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22 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

como leyes; y así quedó establecido que, entre los plebiscitos


y la ley, hubiese diferencia en la forma de darse pero que su
valor fuera el mismo15. (9) Después, dado que la plebe empe­
zó a reunirse con dificultad, y el pueblo, con tanta muche­
dumbre de hombres, ciertamente con mucha mayor dificul­
tad16, la misma necesidad transfirió al Senado el cuidado de
la república: así comenzó el Senado a intervenir, y todo lo que
acordaba, se observaba, y este derecho se llamaba «senado-
consulto»17. (10) En la misma época, también los magistrados

15 Las disensiones patricio-plebeyas se remontan a unos siglos antes, y son


consecuencia del intento plebeyo de conseguir su equiparación con los patri­
cios. Según la hipótesis que nos parece más probable, la separación entre patri­
cios y plebeyos se debía, en su origen, a razones étnicas, derivadas de su per­
tenencia a distintos pueblos, y no a razones económicas, aunque éstas pudieran
haber surgido luego, implicadas en las anteriores. Como arma para conseguir
sus pretensiones, la plebe tiene la de abandonar la ciudad, retirándose a las coli­
nas circundantes (secesiones de la plebe), y paralizar con ello la vida ciudada­
na. Como hitos históricos de la equiparación patricio-plebeya, podemos desta­
car los siguientes: ley Canuleya, del 445 a.C., que levanta la prohibición de
matrimonios entre patricios y plebeyos; las leyes que regulan el acceso de los
plebeyos a la magistratura máxima del consulado (leyes Licinias Sextias, del
367 a.C. [véase infra sub III n. 35], y Genucia, del 342 a.C.) y al Senado (ley
Ovinia, del 312 a.C.); las leyes Publilias de Filón, del 339 a.C., que reconocen
como magistrados ciudadanos a los tribunos y ediles de la plebe y, al mismo
tiempo, admiten que las asambleas de la plebe o «concilios» (concilia plebis)
puedan tomar decisiones, con el nombre de «plebiscitos» (plebis scita), cuyo
valor será el mismo que las decisiones, «leyes» (leges), de la asamblea, «comi­
cios» (comitia), de todos los ciudadanos, patricios y plebeyos, siempre que los
plebiscitos cuenten con el refrendo del Senado. Esta última exigencia es supri­
mida por la ley Hortensia, del 286 a.C , que aquí menciona Pomponio.
16 El «pueblo romano» (populas Romanus) está formado por todos los
«ciudadanos» (cives), tanto patricios como plebeyos; así, la plebe es sólo
una parte, aunque numéricamente mayor, del populas: la de quienes no son
patricios. Como consecuencia de la guerra que Roma mantuvo con sus alia­
dos (socii), llamada por ello «Guerra Social», entre los años 91 y 88 a.C., se
extendió la ciudadanía a todos los habitantes de la península itálica. Ello
determinó que las estructuras políticas republicanas, y particularmente las
asambleas populares (comicios y concilios), resultasen ya inadecuadas. Por
tal razón, dejaron de reunirse los ciudadanos, ocupándose el Senado, a par­
tir de entonces, de regular aquellos temas sobre los que antes legislaban
comicios y concilios; véase infra sub V.B y C introd.
17 Los «senadoconsultos» (senatus consulta), en cuanto emanados de un
órgano político dotado de autoridad (auctoñtas), pero carente de potestad
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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 23

otorgaban derechos, y para que los ciudadanos supieran qué


derecho había de declarar cada uno acerca de cada asunto, y
se precaviesen, proponían «edictos»18. Estos edictos de los
pretores constituyeron el «derecho honorario»: se llama
honorario porque procede del honor del pretor. (11) Ultima­
mente, como parecía que las vías de establecer el derecho
habían pasado a muy pocos, obligados por las mismas cir­
cunstancias, sucedió que se hizo necesario para la república
el ser gobernada por uno solo (pues el Senado no podía
gobernar bien todas las provincias): por consiguiente, nom­
brado un Príncipe19, se le concedió el derecho de que fuese
válido lo que estableciera. (12) Así, pues, en nuestra ciudad,
están establecidos por derecho, es decir, por ley: el propio
derecho civil, el cual, sin estar escrito, consiste en la sola
interpretación de los jurisprudentes; las acciones de la ley,
que contienen la forma de litigar; el plebiscito, el cual se esta­
blecía sin la autoridad de los patricios; el edicto de los magis­

(potestas), como era el Senado, no tenían por sí mismos fuerza coactiva. Era
necesario que los magistrados, con su potestas, dieran a tales consejos, a tra­
vés de los recursos propios de su jurisdicción, la coactividad precisa para su
observancia por el pueblo romano; véase infra sub V.B introd.
,K El «Edicto» (edictum) era un bando que los magistrados, ordinaria­
mente al comenzar el año de su magistratura, hacían público para exponer
los criterios a seguir en su actividad jurisdiccional. En cuanto emanados de
la potestas de los magistrados, los edictos sí eran derecho coactivo (ius
cogeos), que debía ser conocido y observado por todos. Adriano (117-138
d.C.) ordenó al jurista Juliano la «codificación» del edicto, que hoy cono­
cemos como «Edicto Perpetuo». Sobre el Edicto y su relación con el ius
civile, véase infra sub V introd.
19 El segundo triunvirato, surgido después del asesinato de César (el 44
a.C.), estaba formado por Lépido, Marco Antonio y Octavio. Este último,
después de vencer a sus colegas, instaura una nueva forma de organización
política que suele denominarse Principado. Conservando las apariencias
republicanas, que eran garantía de la libertas ciudadana, Octavio asume en
su persona la auctoritas (de ahí el sobrenombre de Augustus), la potestas
(título de ¡/operator) y la niaiestas, conviniéndose así en el Princeps o pri­
mer ciudadano. Las innovaciones políticas introducidas por Octavio Augus­
to provocarán un progresivo deslizamiento del Principado hacía un poder
monárquico absoluto, que comienza a insinuarse en Adriano (117-138 d.C.)
y se hace patente a partir de Diocleciano (284-305 d.C.), con el Dominado.
Sobre Octavio Augusto y las Res gestae divi Angustí, véase infra sub VI.

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24 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

trados, de donde deriva el derecho honorario; el senadocon-


sulto, que, establecido solamente por el Senado, se introduce
sin una ley; y la constitución imperial, es decir, lo que el
mismo Príncipe determina que se observe como ley.

2. Sobre los nombres y el origen de los magistrados

(13) Después de conocido el origen y el desarrollo del


derecho, es consecuente que conozcamos algo acerca de los
nombres de los magistrados y de su origen, porque, como ya
dijimos, por medio de los que presiden la jurisdicción se
practican los asuntos: pues ¿qué importa que haya derecho
en la ciudad, si no hay quienes puedan aplicarlo? Después de
esto, hablaremos acerca de la sucesión de autores, porque no
puede subsistir el derecho a no ser que haya algún jurisperi­
to por medio del cual pueda ser perfeccionado cada día. (14)
Por lo que se refiere a los magistrados, en el comienzo de la
ciudad consta que los reyes habían tenido toda la potestad.
(15) En esta misma época, consta también que existió el tri­
buno de los céleres20: éste era el que estaba al frente de la
caballería y ocupaba en cierto modo el segundo lugar des­
pués de los reyes. Entre ellos estuvo Junio Bruto, que fue el
autor de la expulsión de los reyes21. (16) Expulsados después
los reyes, se nombraron dos cónsules: se aprobó por ley que
en éstos residiera el poder máximo; son llamados así a causa
de que siempre consultaban para gobernar la república22. Sin

20 Los «céleres» eran soldados de caballería que constituían la guardia


personal de los reyes; cfr. también infra §19.
21 Sobre el tema, véase supra n. 6.
22 El consulado era la magistratura suprema (suprema potestas-maius
imperium) en la organización republicana. A los cónsules competía funda­
mentalmente la dirección de la política interna y de la guerra (imperium
domi y militiae). Eran elegidos anualmente por el populus Romanus reuni­
do en comicios militares (comida centuriata). Cada uno de los dos cónsules
tenía, respecto a las decisiones de sus colegas o de los magistrados de rango
inferior, el derecho de veto (intercessio: véase supra n. 7). Eran signos dis­
tintivos de la dignidad consular la silla curul (sella curulis). la toga purpú­
rea (toga praetexía) y el acompañamiento de doce líctores que portaban un

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 25

embargo, a fin de que no reclamaran para sí la potestad regia


total, se estableció mediante una ley que hubiese apelación
contra ellos23, y que no pudiesen castigar con pena capital
a un ciudadano romano sin el consentimiento del pueblo: sola­
mente les fue concedido que pudiesen castigar <de otro
modo> y mandar recluir en prisiones públicas. (17) Más tarde,
cuando ya el censo hubo de hacerse en un tiempo más largo,
y los cónsules no podían atender también este menester, se
nombraron unos censores24. (18) Al aumentar después la
población, y suscitarse frecuentes guerras y hacer los pueblos
vecinos algunas más violentas, se admitió, exigiéndolo algu­
nas veces la situación, que se nombrase un magistrado de
mayor potestad: y así se nombraron dictadores, contra las
decisiones de los cuales no había el derecho de apelar, y a
quienes se les concedió también la facultad de pena capital. A
este magistrado, puesto que tenía la máxima potestad, no le
era lícito mantenerse en el cargo más de seis meses25. (19) Y a

haz de varas que rodeaba un hacha (fasces y segur), que dentro de Roma
habían de llevar cubiertas en señal de sumisión del imperíum consular a la
maiestas del pueblo romano.
23 Sobre esta apelación al pueblo contra las decisiones de los magistra­
dos, véase supra n. 7.
24 Los censores se elegían cada cinco años, en los comicios centuriados,
de entre los excónsules. Sus funciones eran la confección del censo de ciu­
dadanos (census) y la elaboración de la lista de senadores (lectio senatus), a
través de las cuales ejercían un efectivo control de la moralidad, pública
y privada, de los ciudadanos. También era de su competencia la asignación del
terreno público (ager publicus) a los particulares, de las obras públicas,
del cobro de los impuestos, etc., mediante concesiones arrendaticias quin­
quenales (locationes censoriae). No podían permanecer en la magistratura
más de dieciocho meses, y solemnizaban el final del censo con una ceremo­
nia religiosa llamada lustrum, que se cerraba con el sacrificio expiatorio de
un cerdo, una oveja y un toro (suovetaurilia).
25 El nombramiento de un dictador (dictator) significa la ruptura excep­
cional del principio de colegialidad de las magistraturas. Habitualmente, se
procedía a nombrar un dictator en situaciones de crisis política, a fin de que
una sola persona, investida del máximo imperium, pudiese superar más
fácilmente esas situaciones críticas. Era nombrado por uno de los cónsules,
con la conformidad del Senado, y su nombramiento recaía principalmente
entre senadores de rango consular, es decir, entre los senadores que hubie­
sen desempeñado con anterioridad la dictadura, la censura o el consulado

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26 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

estos dictadores se les unían los maestres de la caballería, del


mismo modo que a los reyes, los tribunos de los céleres; este
cargo era casi como el actual prefecto del pretorio, aunque
eran considerados como magistrados legítimos26. (20) En
esta misma época, como la plebe se apartase de los patri­
cios27, casi en el año decimoséptimo después de la expulsión
de los reyes, creó para sí, en el monte Sacro, los tribunos2829,
que habían de ser los magistrados plebeyos. Son llamados
tribunos porque en otro tiempo el pueblo estaba dividido en
tres partes, y de cada una se nombraba uno de ellos; o por­

(senatores consulares). Gozaba de intercessio (véase supra n. 7) frente a


todos los magistrados; en cuanto a la prohibición de apelación contra sus
decisiones y a la posibilidad de imponer a los ciudadanos penas capitales,
cfr. supra §16 e infra §23. Le acompañaban veinticuatro líctores, que porta­
ban descubiertas, incluso dentro de la ciudad, las fasces y la segur (véase
supra n. 22). Esta magistratura fue suprimida por una ley de Marco Anto­
nio, después de la muerte de César (Cicerón, Phil. 5,4,10).
26 Para evitar el excesivo poder del dictator, el mando directo de las tro­
pas de caballería no se le concedía a él, sino al «maestre de la caballería»
(magister equitum), que el dictator podía elegir a su discreción. Sobre los
«céleres», véase supra n. 20. En época de Augusto, aparece el «prefecto del
pretorio» (praefectus p raetorio), al qu« se encomienda el mando de las
cohortes praetoriae, que constituyen la guardia personal del Príncipe. Con el
paso del tiempo, las competencias atribuidas al praefectus praetorio le con­
virtieron en la más influyente magistratura del Principado. En el siglo m, lle­
garon a tener el máximo poder judicial en nombre del Príncipe (vice sacra).
27 Sobre las secesiones de la plebe, véase supra §8 y n. 15.
28 Los tribunos eran los jefes políticos de la plebe, los cuales, hasta las
leyes Publilias de Filón (véase supra n. 15), no tuvieron rango de magistra­
dos ciudadanos. Los tribunos de la plebe gozaban de una especial protección
sagrada (sacrosanctitas), según la cual podía ser muerto impunemente por
cualquiera quien hubiera hecho violencia a un tribuno de la plebe, en el ejer­
cicio de su potestas tribunicia. Podían plantear la intercessio (véase supra
n. 7) frente a las decisiones de cualquier magistrado.
29 Las tribus son las.divisiones intemas de los ciudadanos que sustituye­
ron a las antiguas curias (véase supra n. 3): los comicios organizados en
curias (comida curiata) fueron desplazados por los comicios reunidos por
tribus (comida tributa). En la época de apogeo republicano, eran 35 tribus,
de las cuales 31 eran rústicas, y 4, urbanas. A las primeras se asignaban los
propietarios de tierras (adsidui), y a las urbanas, el resto más numeroso de
los ciudadanos (proletarii). La votación era personal dentro de cada tribu,
pero el escrutinio total, por tribus, lo cual daba el control de los comicios a

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 27

que eran nombrados por votación de las tribus29. (21) Asi­


mismo, para que hubiera quien cuidara del templo en el que
la plebe depositaba todos sus plebiscitos, nombraron dos de
la plebe, que fueron llamados así ediles30. (22) Después,
como el erario del pueblo hubiese comenzado a aumentar,
para que hubiera quien se ocupase de él, fueron nombrados los
cuestores31, llamados así porque habían sido nombrados para
conseguir y conservar el dinero. (23) Y puesto que, como ya
dijimos, no permitía la ley que los cónsules, sin la autoriza­
ción del pueblo, condenaran a la pena capital a un ciudada­
no, por esta razón fueron nombrados por el pueblo <otros>
cuestores que juzgasen sobre las penas capitales: éstos eran
llamados cuestores del parricidio32, a los que también men­
cionaba la Ley de las XII Tablas. (24) Y como también pare­
ciese oportuno que se dieran unas leyes, se propuso al pue­
blo que todos abdicasen de la magistratura, para que fuesen
nombrados decenviros durante un año. <Como éstos> se
prorrogaron a sí mismos la magistratura, gobernaron con
injusticia, y no quisieron después que volvieran a gobernar
los magistrados -con la intención de tener, ellos mismos y su
grupo, dominada perpetuamente la república con abusiva y
dura dominación-, llevaron las cosas hasta tal extremo que

las tribus rústicas, mayores en número que las urbanas. Son funciones de los
comicios: la elección de los magistrados, la aprobación de las leyes (roga-
tiones) de éstos, y la actuación judicial en los casos de provocatio adpopu-
luni (véase supra n. 7). AI lado de estas asambleas comiciales estaban los
«concilios de la plebe» (concilia plebis), en los que participaban sólo
los plebeyos, quedando excluidos los patricios. Se organizaban también por
tribus, y tenían casi las mismas funciones que los comicios.
30 Los «ediles» (aediles; de aedes = templo, casa) eran magistrados
menores cuya función era mantener el orden dentro de la ciudad. Aunque en
su origen fueron magistraturas plebeyas, no tardaron en aparecer otros ediles
elegidos por* los patricios, que son los ediles curules (véase infra §26 y n. 37).
31 También eran magistrados menores los «cuestores» (cpiaestores\ de
quaestus = beneficio, negocio), cuya misión era ayudar a los cónsules en las
cuestiones financieras.
32 Los «cuestores del parricidio» (cpiaestores parricida) eran magistra­
dos cuya misión consistía en juzgar los crímenes de parricidio. Según pare­
ce mas probable, por «parricidio» (parricidium) ha de entenderse, en esa
época, el homicidio de un pater familias.

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28 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

el ejército se apartó de la república33. Se dice que el motivo


de la secesión había sido que un tal Virginio, al ver que Apio
Claudio -en contra del derecho que él mismo, tomándolo del
derecho antiguo, había recogido en las XII Tablas- le había
negado la libertad provisional de su propia hija y se ha­
bía pronunciado a favor de otro, puesto por él, que la recla­
maba como esclava -confundiendo Apio Claudio lo lícito y
lo ilícito, cegado por su pasión por la doncella-, indignado
<Virginio> porque la antiquísima observancia del derecho se
había infringido en la persona de su hija (en tanto que Bruto,
que fue el primer cónsul de Roma, se había pronunciado a
favor de la libertad de Vindex, esclavo de los Vitelios, que
había descubierto con su testimonio una conjura de traición),
y considerando <Virginio> que la honra de su hija había de
ser preferida incluso a la vida de ella, tomó un cuchillo de
la tienda de un carnicero y la mató, a fin de impedir con la
muerte de la doncella la afrenta del estupro. Acto seguido,
tras haberle dado muerte, y húmeda todavía la sangre de su
hija, se refugió entre sus camaradas de armas. Todos éstos,
desde el Álgido, donde entonces estaban las legiones a causa
de la guerra, abandonados los anteriores jefes, trasladaron
sus enseñas al Aventino; a continuación, toda la plebe urba­
na se reunió allí mismo, y, con el consentimiento del pueblo,
parte <de los decenviros> fueron muertos en la cárcel <y otra
parte fueron al exilio>34. Así, la república recuperó de nuevo
su orden. (25) Más tarde, pasados algunos años desde que se
dieron las XII Tablas, estando enfrentada la plebe con los
patricios -pues aquélla quería que hubiera cónsules también

33 Volvemos a encontrar el episodio del nombramiento de los decenviros


(cfr. supra §4) para la redacción de la Ley de las XII Tablas, aunque ahora
con más detalles históricos, especialmente respecto al intento de poder tirá­
nico de los decenviros. Es significativo el paralelismo que se puede obser­
var entre la historia de Lucrecia, que motivó la expulsión de Tarquino el
Soberbio (véase supra n. 6), y la de la hija de Virginio, que provocó la rebe­
lión contra el poder tiránico de los decenviros, narrada a continuación.
Sobre la Ley de las XII Tablas, véase infra sub II y III.
34 Los editores del Digesto suelen, razonablemente, añadir esta frase
para completar el sentido del texto.

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 29

de su propio orden, pero los patricios lo rechazaban-, suce­


dió que se nombraron tribunos militares, parte de la plebe y
parte de los patricios, con potestad consular. Estos fueron
nombrados en número variable: unas veces fueron seis33*35;
otras, más, y alguna vez, menos. (26) Después, habiéndose
admitido el nombramiento de cónsules también de la plebe36,
comenzaron a ser nombrados de uno y otro cuerpo. Enton­
ces, para que los patricios tuvieran cierta ventaja, se admitió
que se nombraran dos cnuevos magistrados> de entre los
patricios: asi se establecieron los ediles curules37. (27) Como
los cónsules se encontraban absorbidos por las guerras con
los vecinos, y no había en la ciudad quien pudiera ocuparse
del derecho, sucedió que se nombró también un pretor, que
es llamado urbano porque se ocupa del derecho de la urbe38.
(28) Algunos años después, no siendo suficiente aquel pre­
tor, porque había venido <a vivir> a la ciudad una gran
población, también de extranjeros, se nombró además otro
pretor, que es denominado peregrino39, en razón de que ordi-

33 Aunque en el texto se lee «veinte», aceptamos la corrección, propues­


ta por Cuyacio, de «seis».
36 véase supra n. 15, sobre las leyes Licinias, que permitieron el acceso
de los plebeyos al consulado.
37 Estos ediles curules (véase supra n. 30), a diferencia de los plebeyos,
tenían el derecho de usar la silla portátil (sella curulis)t propia de los magis­
trados mayores. Particularmente, tenían a su cargo la vigilancia del buen
orden en los mercados, a cuyo fin daban un edicto (véase infra sub V.A
introd.) y tenían jurisdicción para los litigios referentes a las compraventas de
esclavos y animales realizadas en los mercados; véase infra sub V.E.4 y n. 71.
38 Los «pretores» (praetares; de prae-ire = ir delante) eran, junto con los
cónsules, magistrados mayores. Eran los magistrados que tenían más rela­
ción con el derecho, no sólo por sus edictos, sino también porque ante su
jurisdicción habían de plantearse todos los litigios entre los ciudadanos. Es
dudoso, no obstante, que esta magistratura apareciese ya desde su origen en
relación con la actividad jurisdiccional, tal como afirma aquí Pomponio.
Los pretores iban acompañados por dos líctores en Roma, y por seis fuera
de la ciudad. La creación del pretor urbano suele colocarse en el 367 a.C.
39 Su aparición data del 242 a.C. Traducimos por «extranjero» la palabra
peregrinus, pues ésta se refiere a quienes, sin tener la ciudadanía romana ni
tampoco la condición de «latinos», habitan, sin embargo, dentro de los con­
fines del territorio romano: véase infra sub II n. 35. sobre el sentido primi­
tivo de Iwsris.

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30 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

nanamente se ocupa del derecho entre los extranjeros. (29)


Después40, siendo necesarios unos magistrados que presidie­
sen las subastas públicas, fueron nombrados decenviros que
juzgasen en estos litigios41. (30) También se nombraron en la
misma época los cuatorviros, que se encargasen del cuidado
de las carreteras42, y triunviros de las monedas, para acuñar
bronce, plata y oro43, y triunviros capitales, que se ocupasen
de la custodia de la cárcel, de modo que, cuando fuese nece­
sario ejecutar una pena <capital>, se hiciese con interven­
ción de ellos44. (31) Y como resultaba inconveniente para los
magistrados el estar en público en las horas nocturnas, se
nombraron quinqueviros a uno y a otro lado del Tiber, que
pudieran sustituir a los magistrados45. (32) Una vez conquis­
tada Cerdeña, después Sicilia y España, y luego la provincia

40 Hasta ahora, Pomponio ha mencionado los magistrados republicanos


ordinarios: censor, cónsul, dictador, pretor, edil y cuestor; las que siguen son
magistraturas extraordinarias.
41 Son los decemviri litibus iudicandis cuya misión era presidir el tribu­
nal de los centumviri, un tribunal especial en el que cien ciudadanos actua­
ban como jueces, y que tenía competencia reservada para determinadas cau­
sas procesales.
42 Los quattuorviri viarum que, subordinados a los ediles, cuidaban del
estado de las carreteras dentro y fuera de Roma. En realidad, en la época
anterior al Principado, existían dos tipos de magistrados diferentes: los
quattuorviri viis in urbe purgandis y los duoviri viis extra urbem purgandis,
pero Augusto suprimió estos últimos.
43 Los tresviri monetales se ocupaban de la acuñación de moneda, ini­
cialmente de bronce; después, a partir del 268 a.C., de plata; y finalmente,
desde la época de Sila, también de oro.
44 Los tresviri capitales eran colaboradores de los magistrados que presi­
dían la jurisdicción criminal. Además de las funciones mencionadas, cum­
plían asimismo otras relativas al orden y a la seguridad de la ciudad, espe­
cialmente durante la noche: por esta razón son denominados también tresviri
nocturni.
45 Estos quinqueviri cis et ultis Tibe rini, o cistíberes-, como más ade­
lante (cfr. infra §33) los denom ina el mismo Pomponio, son colaborado­
res de los tresviri capitales (véase nota anterior) para mantener la tran­
quilidad nocturna de la ciudad, y en especial ocuparse de la extinción de
los incendios que pudieran declararse durante la noche. Probablemente,
cada uno de estos quinqueviros se ocupaba de vigilar uno de los cinco
barrios que componían la ciudad: cuatro a un lado del Tiber, dentro de la
ciudad, y uno al otro, fuera de ella.

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 31

Narbonense, fueron nombrados tantos pretores cuantas pro­


vincias se habían sometido al dominio romano, de modo que
unos atendieran los asuntos urbanos, y otros, los provincia­
les. Después, Cornelio Sila estableció los tribunales crimina­
les públicos46, como el de falsificación, el de homicidio, el de
asesinato, y añadió otros cuatro pretores. Más tarde, Cayo
Julio César estableció dos pretores y dos ediles, llamados
«cereales» por la diosa Ceres47, que cuidasen del aprovisio­
namiento de trigo. Así, fueron introducidos doce pretores y
seis ediles. Finalmente, el divo48Aususto estableció dieciséis
pretores; y todavía después, el divo Claudio añadió otros dos,
encargados de la jurisdicción en materia de fideicomisos49,
de los cuales el divo Tito suprimió uno, y el divo Nerva aña-

46 Aunque el tema es discutido actualmente, Pomponio afirma que fue


Sila quien introdujo estos «tribunales criminales públicos» (quaestiones
perpetuae), especializados en el conocimiento judicial de determinados crí­
menes; así, el tribunal de falsificaciones (quaesdo defalsis), de exacciones
ilícitas por parte de los magistrados (de repetundis), de homicidios y enve­
nenamientos (de sicariis et veneficiis), de traición (de maiestate), de violen­
cia (de vi), de actuaciones electorales ilícitas (de ambitu), de apropiación de
dinero público (de peculatu). Las penas impuestas en estos juicios públicos
no eran necesariamente pecuniarias, como sucedía en los juicios privados,
sino que podían ir desde la simple multa pecuniaria hasta la pena de muer­
te (summum supplicium). véase infra sub V.E.7.
47 Ceres es la primitiva diosa romana de la vegetación, y particularmen­
te del cultivo de la tierra, de la agricultura. Su culto fue desplazado por el de
la equivalente diosa griega Deméter, por consejo de los Libros Sibilinos,
cuando Porsenna, rey de los etruscos, a instancias del depuesto Tarquino el
Soberbio (véase supra n. 6), asedió, en el 496 a.C., la ciudad de Roma, pro­
vocando una grave carestía de víveres.
48 Durante el Principado, se introdujo la costumbre de celebrar la canse-
erado, equivalente a la «apoteosis» griega, de los emperadores difuntos que
no hubiesen sufrido la damnatio memoriae (en virtud de la cual sus nom­
bres eran borrados de todos los lugares públicos en que estuviesen escritos,
para hacer desaparecer con ello cualquier vestigio de su memoria). En el
campo de Marte, se quemaba una estatua de cera del emperador difunto, al
tiempo que se dejaba en libertad un águila, que simbolizaba la nueva divi­
nidad que se elevaba al cielo. Las alusiones a los emperadores difuntos que
habían sido objeto de esta consecrado iban siempre precedidas del califica­
tivo divus (divus Augustus, divus Claudius, etc.).
49 Los «fideicomisos» (fideicommissa) son encargos de confianza, para
después de su muerte, que un fideicomitente hace a un fiduciario, que ha

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32 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

dio otro, encargado de la jurisdicción en las causas entre el


fisco y los particulares. Así, pues, dieciocho pretores tienen
jurisdicción en la ciudad. (33) Todo esto se observa así en
tanto los magistrados se encuentran en la ciudad, pero cuan­
do se ausentan de ella, se deja uno encargado de la jurisdic­
ción: éste es llamado prefecto de la ciudad50. Este prefecto se
nombraba ya desde antiguo, pero después se estableció a
causa de las Ferias Latinas51, y así se observa todos los años.
En cambio, el prefecto de abastecimientos52 y el de los vigi­
lantes nocturnos53 no son magistrados, sino que fueron nom­

recibido algo de aquél, en beneficio de un fideicomisario. Precisamente por


estar fundados en la lealtad (fídes), carecían de cualquier formalidad y de
sanción jurídica. Será Augusto quien introduzca esta sanción, y Claudio
quien cree una jurisdicción especial ante la que puedan sustanciarse las
reclamaciones de fideicomisos, véase infra sub V.B n. 19.
50 En caso de ausencia de la ciudad de los cónsules, uno de ellos debía
nombrar al «prefecto de la ciudad» (praefectus urbi) de entre los senatores
consulares (véase supra n. 25), para atender durante esa ausencia la custo­
dia urbiSy y convocar y presidir el Senado. Augusto modificó la naturaleza
de esta magistratura al nombrar praefectus urbi mientras los cónsules, e
incluso él mismo, permanecían en la ciudad. Así, Mésala Corvino, el primer
praefectus urbi nombrado por Augusto el 26 a.C., renunció al cargo a los
seis días, alegando, según Suetonio, de vir. ill. (citado por san Jerónimo,
Chron. ab Abr.) que se trataba de una incivilis potestas, es decir, de una
potestad contraria al orden republicano; en cambio, Tácito, Aun. 6,11, afir­
ma que justificó su renuncia porque se consideraba «incapaz de desempe­
ñarla» (quasi nescius exercendi).
51 Las «ferias latinas» eran las solemnes celebraciones religiosas en
honor de Júpiter «Lacial» que, durante tres días, reunían a las ciudades de
la Liga Latina en el monte Albano. En estas ferias latinas tenían que parti­
cipar los supremos magistrados romanos, y, para ello, ausentarse de Roma.
52 El cuidado del aprovisionamiento de trigo para la ciudad (cura anno-
nae) había sido competencia, en época republicana, quizás a partir del
299 a.C., de los ediles. César nombró para esta función, el 46 a.C., a los
aediles plebis Cereales (cfr. supra §32), e incluso los pretores fueron en oca­
siones encargados de la misma.*Augusto asumió en su persona, el 22 a.C.,
durante un período de grave carestía (véase infra sub VI nn. 11, 12 y 30), la
cura annonae, que desarrollaba a través de los curatores o praefecti frumen-
ti dandi, que fueron finalmente sustituidos por el «prefecto de abastecimien­
tos» (praefectus annonae) el 7 d.C.
53 El «prefecto de los vigilantes nocturnos» (praefectus vigilum) surge
como consecuencia de la reforma llevada a cabo por Augusto en el servicio
de vigilancia nocturna de la ciudad, a fin de unificar en una sola persona las

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 33

brados con carácter extraordinario por razón de utilidad


pública. Sin embargo, aquellos cistíberes <o transtiberinos>
de los que hemos hablado54, fueron nombrados después edi­
les, en virtud de un senadoconsulto. (34) Por tanto, de todos
estos magistrados, tenían jurisdicción en la ciudad diez tri­
bunos de la plebe, dos cónsules, dieciocho pretores y seis
ediles.

3. Sobre la relación de los jurisprudentes

(35) La ciencia del derecho civil la han profesado


muchos e importantes hombres, pero ahora ha de hacerse
mención de aquellos que tuvieron, ante el pueblo romano,
la máxima consideración, para conocer los nombres y las
cualidades de las personas que han dado vida y
nos han transmitido estos derechos55. Ciertamente, de todos
aquellos que alcanzaron esa ciencia, se dice que nadie
la enseñó públicamente antes de T ib e r io C o r u n c a n io ; los
restantes hasta él pretendían mantener el derecho civil en
secreto, y accedían sólo a responder a quienes les consul­
taban, más que a quienes querían aprender. (36) Fue uno
de los primeros expertos P u b l io P a p ir io , que reunió en un
libro las leyes de los reyes56. Después de éste, A p io C l a u ­
d io , uno de los decenviros, cuya opinión fue la más auto-

funciones que se encontraban repartidas anteriormente entre los tresviri


capitales (véase supra n. 44) y los quinqueviri cis et ultis Tiberim o cistí­
beres (véase supra n. 45). El nuevo cargo debió de llegar a tener gran rele­
vancia, lo que explicaría que Paulo y Ulpiano hayan escrito sendas obras
dedicadas al estudio de las funciones de este praefectus vigilum: de officio
praefecti vigilum.
54 Cfr. supra §31 .y n. 45.
55 Éstos son los jurisprudentes, quienes, en virtud de su personal aucto-
ritaSy daban «respuestas» (responso} a las consultas que los ciudadanos les
hacían acerca de los problemas jurídicos. El derecho elaborado mediante
estos responso era el ius civile. Sobre la Jurisprudencia como fuente del
Derecho, véase infra sub V.E introd., y sobre su relación con las otras fuen­
tes. infra sub V introd.
56 Sobre Publio Papirio, véase supra §2 y n. 5.

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34 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

rizada para los que escribieron las XII Tablas57. Después


de éste, otro A p io C l a u d io de la misma familia tuvo la
mayor ciencia: éste fue llamado C e n t e m m a n o : construyó la
Vía Apia, trajo a la ciudad la conducción del Agua Claudia,
y aconsejó que no debía recibirse en la ciudad a Pirro58; se
dice también que éste había escrito por primera vez acerca de
las interrupciones de usucapión59, libro éste que ya no exis­
te. Igualmente, otro A p io C l a u d io , que parece descender de
éste, inventó la letra R, de modo que en lugar de «Valesios»
fuesen «Valerios», y en lugar de «Fusios», «Furios». (37)
Después de éstos, tuvo la mayor ciencia S e m p r o n io , al cual
el pueblo romano llamó «el Sabio» [en griego], sin que nadie
más, antes o después de él, haya sido calificado con este
nombre. G a y o E s c ip ió n N a s i c a , denominado «Óptimo» por
el Senado, al cual incluso le fue dada por decisión pública
una casa en la Vía Sacra, a fin de que se le pudiera consultar
más fácilmente. Después, Q u in t o M u c io , el cual, enviado
como legado a los cartagineses, como le hubieran presenta­
do dos téseras, una de paz y otra de guerra, dejando a su

57 No sabemos si este Apio Claudio es el mismo que provocó, con el inci­


dente con la hija de Virginio (cfr. supra §24 y n. 33), la caída de los decem­
viri legibus scribundis.
58 Pirro, rey del Epiro, acudió en auxilio de la ciudad de Tarento, ven­
ciendo al ejército romano en Heraclea (280 a.C.) a causa del terror que pro­
vocó la presencia de elefantes, animales desconocidos hasta entonces para los
romanos (Varrón, de ling. lat. 7,39; Plinio, not. hist. 8,6; Vegetio, epit. rei
milit. 3,24). Al año siguiente, una nueva victoria sobre los romanos en Asco-
li, pone a Pirro a las puertas de Roma. Después de intentar sobornar a C.
Fabricio, enviado del Senado romano para tratar del rescate de prisioneros,
Pirro pide al Senado, por medio de Cineas, que le permita la entrada en
Roma, para negociar personalmente la paz. Apio Claudio, que a causa de su
ceguera llevaba ya tiempo sin acudir a las sesiones del Senado, se opone a que
Pirro entre en la ciudad, y consigue que el Senado decida en este sentido.
59 La* «usucapión» (usucapió) es un modo de adquisición de la propiedad
por la posesión continuada durante los plazos establecidos (uno o dos años,
según se trate de cosas muebles o inmuebles), y siempre que el poseedor
tenga justo título y buena fe para aquella posesión. Para interrumpir la usu­
capión y evitar así la adquisición de la propiedad, se procedía a privar de la
posesión al que estaba usucapiendo (usurpado), que quedaba entonces impo­
sibilitado para llegar a convertirse en propietario. Véase también infra sub
V.A n. 21; sobre el probable origen de la usucapión, véase infra sub II n. 35.

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 35

elección cuál de las dos quería llevar a Roma, cogió las dos y
replicó que eran los cartagineses quienes debían decidir cuál
de las dos preferían recibir. (38) Posterior a éstos fue T iberio
C oruncanio, quien, como ya dije60, empezó por primera vez
a enseñar, pero del cual no se conserva nada escrito, aunque
sus respuestas fueron muchas y memorables. Después tuvie­
ron la máxima ciencia en la enseñanza S exto E lio61 y su her­
mano P ublio E lio, y P ublio Atilio, de modo que los dos
Elios fueron incluso cónsules, y Atilio fue llamado por el pue­
blo, por vez primera, «el Sabio» [en latín]. Incluso Ennio
alabó a Sexto Elio, y se conserva un libro suyo titulado «Tri­
partitos», el cual contiene como los orígenes del derecho, y se
llama «Tripartitos» porque a la Ley de las XII Tablas, recogi­
da en primer lugar, se añade la interpretación, y lo completa
después la acción de la ley. De éste mismo se dice que había
otros tres libros, aunque algunos niegan que fuesen suyos; a
éstos sigue algo después C atón. Más tarde, M arco C atón,
hombre principal de la familia Porcia, del cual también se
conservan libros, aunque muchísimos más de su hijo, de los
que derivan los demás. (39) Posteriores a éstos fueron P ublio
M ucio, B ruto y M anilio, fundadores del derecho civil. De
ellos, Publio Mucio dejó diez obras, Bruto, siete, y Manilio,
tres: también se conservan unos volúmenes titulados «Monu­
mentos de Manilio». Aquéllos dos [Publio Mucio y Manilio]
fueron cónsules, Bruto, pretor, y Publio Mucio, incluso pon­
tífice máximo. (40) A éstos siguieron P ublio R utilio R ufo,
que fue cónsul en Roma y procónsul en Asia, A ulo62 V irgi­
nio y Q uinto T uberón, aquel estoico discípulo de Panecio63,

60 Cfr. supra §35.


61 Véase supra §7 y n. 14.
Aunque en el texto aparece como Paulo, seguimos la corrección habi­
tual por Aulo, fundada en Cicerón, luiel 27,101.
Panecio de Rodas (1857-109 a.C.) es una de las figuras más relevantes
de la llamada «estoa media», caracterizada por la moderación -consecuen­
cia de las influencias eclécticas del propio Panecio y de su discípulo Posido-
nio- del rigorismo ético de la estoa primitiva. Ambos fueron los principales
difusores en Roma de ese estoicismo moderado. En el perí toú kathékontas
«Sobre el deber» de Panecio se inspiró Cicerón para escribir su de pifiáis.

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36 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

que también fue cónsul. También S exto P ompeyo, tío pater­


no de Gneo Pompeyo, fue de la misma época; y C elio A nti-
patro, que escribió libros de historia, pero que se dedicó más
a la elocuencia que a la ciencia del derecho; también Lucio
C raso, hermano de Publio Mucio, que es llamado M uciano :
Cicerón llama a éste el más elocuente de los jurisconsultos64.
(41) Después de éstos, Q uinto M ucio, hijo de Publio, pon­
tífice máximo, el primero que decidió ordenar en partes el
derecho civil, en dieciocho libros65. (42) Los discípulos
de Mucio fueron muchos, pero los de mayor autoridad
son Aquilio G alo, B albo L ucilio , S exto Papirio66, G ayo
J uvencio: de éstos, dice Servio que Galo había sido el de
mayor autoridad popular. Todos éstos, sin embargo, son cita­
dos por Servio Sulpicio; por lo demás, no se conservan de
ellos libros tales que todos los deseen, ni tampoco andan en
las manos de los hombres sus escritos, sino que Servio com­
pletó sus libros, y gracias a la obra de éste también se tiene
memoria de aquéllos. (43) S ervio S ulpicio, habiendo alcan­
zado el primer lugar en la oratoria forense, o con seguridad
el segundo, después de Marco Tulio <Cicerón>, había ido,
según se dice, a consultar a Quinto Mucio acerca de un asun­
to de un amigo suyo, y habiéndole respondido aquél acerca
del asunto jurídico, Servio entendió muy poco; de nuevo
interrogó a Quinto, y fue respondido por éste, pero tampoco
le entendió, y entonces fue reprendido por Quinto Mucio,
quien <le> decía que era vergonzoso para un patricio y noble
y orador forense ignorar el derecho del que discutía67. Ser­

64 Cicerón, Brut. 39,145.


65 Quinto Mucio Escévola sigue, en su sistematización del ius civile, el
siguiente orden de materias: herencia, personas, cosas y obligaciones. Este
orden sistemático será alterado más tarde por Sabino, quien pospone las
«cosas» a las «obligaciones».
66 Este Sexto Papirio, discípulo de Quinto Mucio Escévola, es distinto
del autor del lus Papirianum mencionado por Pomponio supra §§2 y 36
(véase supra n. 5).
ft7 Este episodio de la reprensión de Quinto Mucio Escévola a Servio Sul­
picio Rufo puede servir para ilustrar la diferencia existente entre un jurista
y un abogado. El jurista es un conocedor del derecho, cuya misión es acon­
sejar privadamente, bien a los litigantes, bien al propio juez, o bien incluso

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 37

vio, herido por aquella especie de ofensa, se dedicó al dere­


cho civil y escuchó a muchos de aquellos de los que hemos
hablado; iniciado por Balbo Lucilio, fue principalmente ins­
truido por Galo Aquilio, que estaba en Cercina: por eso se
conservan muchos libros de él escritos en Cercina. Habien­
do perecido cuando formaba parte de una embajada, el pue­
blo romano colocó, en la plaza pública, una estatua suya, que
hoy se encuentra en el Foro de Augusto. Se conservan
muchas obras suyas: dejó, en efecto, cerca de ciento ochen­
ta libros. (44) De él proceden muchísimos discípulos, pero
casi sólo escribieron libros los siguientes: A lfeno Varón,
A ulo O filio, T ito C esio, A ufidio T uca, A ufidio N amusa,
F lavio P risco, G ayo Ateyo , Pacuvio L abeón, padre de
L abeón A ntistio, C inna, P ublio G elio. De estos diez, ocho
escribieron libros, de los cuales todos los que se conservaban
fueron recogidos ordenadamente por Aufidio Namusa en
ciento cuarenta libros. De estos discípulos, tuvieron la máxi­
ma autoridad Alfeno Varón y Aulo Ofilio, de los cuales
yarón fue cónsul, y Ofilio permaneció en el orden ecuestre68.
Éste fue muy amigo de César, y dejó muchos libros acerca
del derecho civil, que sirvieron de base a todas las partes de
la materia. En efecto, fue el primero en escribir acerca de las
leyes <del impuesto hereditario> de la vigésima69; respecto a

a los abogados que intervienen en el juicio, acerca del fundamento jurídico


de la cuestión litigiosa. Por su parte, el abogado desconoce habitualmente el
derecho, pues su función es meramente retórica: convencer con su discurso
al juez de la veracidad de los hechos alegados por su cliente. Así, como con­
secuencia de este episodio, Servio Sulpicio abandonó la abogacía para
hacerse jurista.
68 Frente al orden senatorial, Augusto organiza el «orden de los caballe­
ros» (ordo et/uester, equites), formado por la nueva burguesía ciudadana, en la
que Augusto se apoya de modo particular para la instauración de sus reformas
políticas. De hecho, los nuevos funcionarios introducidos por Augusto, los
pmefecti (véase supra nn. 26, 50, 52 y 53), llamados a desplazar a los magis­
trados republicanos, son fundamentalmente miembros de este ordo ec/uestei:
69 La lex Iulia de vicésima hereditatum de Augusto (quizá del 5 d.C.)
regulaba la apertura de los testamentos y el pago de un impuesto (vicésima)
del 5% sobre el valor del caudal hereditario, siempre que éste superase cier­
ta cuantía. También quedaban exentas del impuesto las transmisiones de
padres a hijos. Para facilitar el cobro de este impuesto, los testamentos de­

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38 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

la jurisdicción, también por primera vez ordenó con diligen­


cia el edicto del pretor, pues, antes de él, Servio había deja­
do escritos dos libros, pero muy breves, de comentarios al
Edicto, dedicados a Bruto. (45) De la misma época fue tam­
bién T rebacio, discípulo de Cornelio Máximo; A ulo C as-
celio , discípulo de Volusio, <discípulo, a su vez, de> Quinto
Mucio, en cuyo honor instituyó heredero en su testamento al
nieto Publio Mucio. Fue también cuestor, pero no quiso
ascender más, pese a que Augusto le ofrecía incluso el con­
sulado70. De éstos, se dice que Trebacio fue más experto que
Cascelio, pero Cascelio más elocuente que Trebacio, y Ofilio
más docto que ambos. Los libros de Cascelio no se conservan,
a no ser uno de dichos ingeniosos; de Trebacio, muchos, aun­
que son menos celebrados. (46) Posterior a éstos fue también
T uberón, que se dedicó a estudiar a Ofilio: fue patricio, y
pasó de las causas forenses al derecho civil71, especialmente
después de que acusó a Quinto Ligario y no ganó el juicio
ante Cayo César. Quinto Ligario es aquel que, gobernando
el territorio de África, no permitió que Tuberón, enfermo, de­
sembarcase e hiciese provisión de agua, razón por la cual éste
le acusó, defendiéndole Cicerón: se conserva un discurso de
éste muy hermoso titulado «En defensa de Quinto Ligario».
Tuberón fue ciertamente considerado muy docto en derecho
público y privado, y dejó muchos libros de uno y otro tema;
se afanaba en escribir con palabras de uso antiguo, y por ello
sus libros resultan poco aceptados. (47) Después de éste, fue­
ron de máxima autoridad Áteyo C apitón , que siguió a Oñ-
lio, y A ntistio L abeón, que escuchó a todos éstos, aunque
fue iniciado por Trebacio. De ellos, Ateyo fue cónsul, pero
Labeón, habiéndole ofrecido Augusto el consulado, para que

bían ser solemnemente abiertos en la oficina encargada de recaudarlo (sta-


tio vicesimae).
70Aunque Augusto, al instaurar el Principado, había respetado las magis­
traturas republicanas, éstas no eran elegidas en los comicios, ya desapareci­
dos, y de ahí que el Príncipe pudiera disponer de esas magistraturas a su
arbitrio. Así, vemos que Augusto ofrece el consulado a Aulo Cascelio, como
más tarde ofrecerá a Antistio Labeón el ser cónsul sustituto (cfr. infra §47).
71 Sobre el significado de este cambio, véase supra n. 67.

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HISTORIA DEL DERECHO ROMANO 39

fuera cónsul sustituto, no quiso aceptar la magistratura, sino


que se dedicó exclusivamente al estudio: había dividido todo
el año de modo que permanecía en Roma seis meses con sus
discípulos, y se marchaba otros seis para dedicarse a escribir
libros. Así, dejó cuatrocientos volúmenes, de los cuales
muchos andan de mano en mano. Estos dos, por primera vez,
instituyeron como dos escuelas distintas72, pues Ateyo Capi­
tón se mantenía en aquellas opiniones que le habían sido
transmitidas, mientras que Labeón enseñó a innovar muchas
cosas, gracias a la calidad de su ingenio y a la seguridad de
su doctrina, pues también se había dedicado a otros campos
de la sabiduría. (48) Y así, a Ateyo Capitón le siguió M asu-
rio S abino, y a Labeón, N erva, que todavía aumentaron más
las discrepancias. Este Nerva fue también muy amigo del
César. Masurio Sabino perteneció al orden ecuestre, y por
primera vez respondió públicamente a las consultas; después,
comenzó a darse este beneficio, pero a él se lo había conce­
dido Tiberio César73. (49) Y digamos de paso que antes de la
época de Augusto el derecho de dar respuestas públicamente
no era dado por los Príncipes, sino que quienes gozaban de
un mayor prestigio por sus conocimientos, respondían a
quienes les preguntaban, y no daban, en efecto, sus respues­
tas firmadas, aunque la mayoría de las veces ellos mismos las
escribían para los jueces o las atestiguaban aquellos que les
consultaban. Por primera vez, el divo Augusto determinó,
para que hubiese una mayor autoridad del derecho, que res­
pondiesen en virtud de su propia autoridad74, y desde aquel

72 Estas dos escuelas son conocidas como «escuela Sabiniana o Casiana»


(nombres tomados de Masurio Sabino y Cayo Casio Longino) y «Serviana
o Proculiana» (o «Proculeyana») (de Sendo Sulpicio Rufo y Próculo). Pero
estas filiaciones doctrinales parecen algo anteriores a los juristas a quienes
Pomponio atribuye su comienzo; véase infra sub V.E.9 y n. 116.
73 Sobre Tiberio, véase infra sub VI n. 58.
74 Es el llamado «derecho de responder públicamente en virtud de la
autoridad de Príncipe» (ius publice respondendi ex auctoritate principis).
Antes de Augusto, el valor de las respuestas (responso) de los juristas
dependía de su menor o mayor auctoritas personal, en la que aquéllas se
fundamentaban. Pero Augusto asumió la auctoritas jurisprudencial en su
persona, concediendo dicha autoridad, mediante el ius respondendi, a los

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40 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

momento comenzó esto a ser solicitado como beneficio. Y así,


el óptimo Príncipe Adriano, habiendo solicitado de él unos
varones pretorios que les permitiese dar respuestas, les replicó
que esto no se solicitaba, sino que solía concederse, y que, por
tanto, si alguno tenía confianza en sí mismo, él se complacía
de que se preparase para dar respuestas al pueblo. (50) Así, fue
concedido a Sabino por Tiberio César el que respondiese al
pueblo, y fue admitido en el orden ecuestre, ya de edad avan­
zada, casi de cincuenta años. No tuvo muchos bienes, sino que
fue mantenido casi siempre por sus discípulos. (51) A éste le
sucedió C ayo C asio L ongino, hijo de la hija de Tuberón, que
era nieta de Servio Sulpicio: por ello llamaba bisabuelo a Ser­
vio Sulpicio. Casio fue cónsul junto con Cuartino, en tiempos
de Tiberio, y tuvo en la ciudad la máxima autoridad, hasta que
el César <Calígula>75 le expulsó de ella. (52) Desterrado a
Cerdeña, murió después de serle revocado el destierro por Ves-
pasiano. A Nerva le sucedió P róculo. De la misma época fue
también N erva hijo, y también otro Longino, del orden ecues­
tre, que después incluso llegó a la pretura. Pero la autoridad de
Próculo fue mayor, pues tuvo mucha influencia, y así son lla­
mados unos Casianos y otros Proculianos, aunque esto venía
de Capitón y Labeón. (53) A Casio le sucedió C elio S abino,
que influyó mucho en tiempos de Vespasiano; a Próculo,
P egaso, que en esa misma época fue prefecto de la ciudad; a
Celio Sabino, P risco Javoleno; a Pegaso, C elso, a Celso
padre, C elso hijo y P risco N eracio, los cuales fueron cónsu­
les ambos, y Celso, dos veces; a Javoleno Prisco, A burnio
Valente y T usciano, y también Salvio J uliano.

juristas que consideraba oportuno, de modo que éstos diesen sus responso
avalados por la auctoritas príncipis. No obstante, no será Augusto, sino su
sucesor Tiberio, quien ponga en práctica esta especie de licencia jurispru­
dencial. véase infra sub V.E introd.
75 Al morir Tiberio le sucedió Caligula, hijo de Germánico, sobrino de Tibe­
rio, al que éste había adoptado como hijo. Por otra parte, Caligula era también,
por línea femenina, bisnieto del propio Augusto. Pero como gobernante no fue
grato al pueblo romano, y de ahí que a su muerte, en lugar de procederse a su
divinización, sufrió la danmatio memoriae (véase supra n. 48). Esto puede
explicar que Pomponio evite aquí mencionar expresamente su nombre.

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II

LA LEY DE LAS XII TABLAS

«Fuente de todo el derecho público y privado» (fans omtiis


publici privatique est inris), en expresión de Tito Livio1, la
Ley de las XII Tablas constituye el núcleo original del cual
deriva, por vía de interpretación jurisprudencial (interpreta-
tio), el ius civile Romanorum, es decir, el Derecho propio y,
en cierta medida, exclusivo de los cives Romani12.
Noticias sobre las circunstancias históricas y sobre el
procedimiento de elaboración de esta Ley de las XII Tablas
nos han sido transmitidas por escritores bastante posteriores,
principalmente Tito Livio, en términos cuya fiabilidad histó­
rica ha sido puesta en tela de juicio por la crítica contempo­
ránea. Hay que decir, sin embargo, que, tanto en ésta como
en otras cuestiones relativas a la protohistoria de Roma,
las investigaciones más recientes van imponiendo una cier­
ta superación del hipercriticismo, y la vuelta *a una más
generosa aceptación de tales noticias. Veamos, pues, lo que

1 Livio 3,34,6.
2 Sobre el derecho pretorio y su relación con el ius civile, véase infra sub
V introd.

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42 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

nos dice Livio, en su Ab urbe condita, acerca de la Ley de


las XII Tablas.
En el marco general de las disensiones patricio-plebeyas,
motivadas por los intentos plebeyos de alcanzar la equipara­
ción jurídica y política con los patricios, los tribunos de
la plebe rogaron a los patricios «que pusieran término a sus
disensiones, y que, si las leyes plebeyas (los plebiscitos)
les desagradaban, permitiesen el nombramiento de legisla­
dores comunes, tanto de la plebe como de los patricios, los
cuales diesen leyes útiles para unos y otros, y equiparasen la
libertad de todos. Los patricios no rechazaron la propuesta,
pero alegaban que nadie podía dar leyes, a no ser los patri­
cios. Así las cosas, estando de acuerdo acerca de las leyes,
pero discrepando tan sólo acerca del legislador, son enviados
a Atenas como legados Sp. Postumio Albo, A. Manlio y P.
Sulpicio Camerino, y encargados de copiar las célebres leyes
de Solón3, y enterarse de las instituciones, costumbres, y
derechos de otras ciudades griegas»4. El envío de esta emba-
jada, así como la esperanza de las leyes que habían de traer,
sirvieron, entre otras causas, para apaciguar los ánimos de
los plebeyos5. Habiendo regresado de Grecia los legados,
durante el consulado de C. Menenio y P. Sextio Capitolino
(año 452 a.C.), «los tribunos pedían insistentemente que se
comenzase a escribir las leyes. A tal fin, se admitió el nom­
bramiento de decenviros cuya decisión fuera inapelable (sine
provocatione), y que aquel año no hubiese ningún otro magis­
trado <ordinario>. Se produjo entonces una larga discusión
acerca de si, <como decenviros,> serían también admitidos

3 Solón fue uno de los nueve magistrados supremos (o arcontes) que


gobernaron Atenas a comienzos del siglo vi a.C. (594-593). A él se le enco­
mendó la elaboración de un código de leyes que sustituyeran a las que, en la
segunda mitad del siglo vn a.C., había dado Dracón. Frente a las leyes de éste,
tenidas tradicionalmente como prototipo de leyes severas y crueles, las de
Solón destacaron proverbial mente por su humanidad, lo que les dio un gran
renombre entre los pueblos de la Antigüedad. De ahí que la tradición romana
haga depender la Ley de las XII Tablas de esas leyes de Solón. Por todo lo
dicho, Solón fue considerado como uno de los siete sabios de Grecia.
4 Livio 3,31,7-8: cfr. también supra sub I §§4 y 24.
5 Livio 3,32,1.

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LA LEY DE LAS XII TABLAS 43

plebeyos. Estos finalmente cedieron ante los patricios, pero


a condición de que no abrogasen ni la lex Icilia de Aventino6
ni las otras leyes sagradas <de la plebe>»7. Y asi se procedió
a la elección de los decenviros, entre los cuales figuraron
«los tres que habían sido enviados a Atenas como legados,
por un lado, para que este honor sirviese de recompensa a
una misión tan lejana, y, por otro, porque consideraban que,
conocedores de las leyes extranjeras, habían de ser útiles
para establecer el nuevo derecho»8.
Los decenviros, «después de trabajar en la redacción de
las leyes, las propusieron en diez tablas, con gran expecta­
ción del pueblo, y, convocada una asamblea popular, manda­
ron, por el bien, la gloria y la felicidad de la república, de los
ciudadanos y de sus hijos, que todos acudieran y leyeran las
leyes propuestas. Ellos, <los decenviros,> en la medida en
que podía hacerlo el ingenio de diez hombres, habían esta­
blecido un derecho igual para todos, los más importantes y
los menos; pero mucho más cabría esperar del ingenio y las
sugerencias de todos. Así, todos debían reflexionar en sus
ánimos acerca de aquellas leyes, discutirlas después con
palabras, y manifestar finalmente qué había de más y qué de
menos en cada una de ellas. De este modo, aquellas leyes
habían de ser consideradas, no sólo como aprobadas por el
pueblo romano, sino incluso como propuestas por él»9.
«Cuando a cada una de las leyes propuestas se le hicieron
las correcciones que la opinión general consideró necesarias,
se presentaron a los comicios centuriados, que aprobaron la
Ley de las X Tablas, la cual, en el confuso y desordenado

6 Aunque la cuestión no es clara, parece lo más probable que la lex Ici­


lia ele Aventino, del 456 a.C., sea un plebiscito propuesto por el tribuno de
la plebe L. Icilio Ruga, y ratificado por el Senado, aunque a su pesar. En vir­
tud de esta lex, se atribuían a los plebeyos las tierras situadas en el monte
Aventino, a fin de que los ciudadanos con menos recursos económicos
pudieran construir sus viviendas en esos terrenos. Se explica así el interés de
los plebeyos por conseguir que los patricios respeten la lex Icilia, como tam­
bién las restantes leyes dadas en beneficio de la plebe.
7 Livio 3,32,6-7.
8 Livio 3,33,5.
9 Livio 3,34,1-5; cfr. también supra sub I y 24.

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44 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

conglomerado de leyes, constituye todavía la fuente de todo


el derecho público y privado. Después <de aprobada esta Ley
de las X Tablas>, corrió el rumor de que existían dos tablas
más, con las cuales se completaría el cuerpo de todo el Dere­
cho Romano. Esta expectación, estando próxima la elección
de magistrados <en los comicios>, motivó el deseo de que se
nombrasen de nuevo decenviros, <y no magistrados ordina­
rios»»101. Todo esto ocurría, según la datación que permite la
obra de Livio, en el año 451 a.C.
Pero este segundo decenvirato fue degenerando hacia un
poder absoluto y dictatorial, especialmente a partir del
momento en que «las dos nuevas tablas de leyes se añadie­
ron a las diez anteriores, ya que, una vez aprobadas las nue­
vas leyes por los comicios centuriados, no había ya razón
alguna para mantener en sus cargos a los decenviros»11, y no
volver a las tradicionales magistraturas ordinarias. Según la
misma narración de Livio, la aprobación definitiva de estas
XII Tablas de leyes tuvo lugar el año 449 a.C.
Finalmente, conseguida por medio de una revolución popu­
lar la renuncia de los decenviros12, se procedió a la elección de
magistrados. Los cónsules, antes de abandonar la ciudad para
hacer la guerra a los sabinos, los equos y los volscos, «hicieron
exponer en público, grabadas en bronce, las leyes decenvirales,
denominadas Ley de las XII Tablas, menester del que, según
algunos, se encargaron los ediles, por orden de los tribunos»13.
La Ley de las XII Tablas fue destruida, según testimonia
el propio Livio14, el año 390 a.C., en el incendio gálico de
Roma. Pero su contenido se transmitió, por tradición oral,
de generación en generación, hasta que Sexto Elio Peto hizo
los primeros comentarios a esta ley15. Según Cicerón16, en su

10 Livio 3,34,6-7; cfr. también supra sub I §§4 y 24.


11 Livio 3,37,4.
12 Cfr. supra sub I §24.
13 Livio 3.57.10.
14 Livio 6,1,10.
15 Cfr. supra sub I §§7 y 38.
16 Cicerón, de legibiis 2,23,59; cfr. 2,4,9: a parvis didicinius... En este
diálogo, Cicerón pretende hacer como una nueva ley fundada en la decenvi-

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LA LEY DE LAS XII TABLAS 45

juventud el texto de esta Ley era recitado de memoria por los


jóvenes como lección obligada (ut carmen necessarium),
pero luego, a mediados del siglo i a.C., se había perdido ya
esa costumbre (quas iam nemo disc it).
De su contenido tenemos información por diferentes
fuentes. Las más importantes son: las obras de los juristas clá­
sicos, que citan algunos preceptos decenvirales, los escritos
de Cicerón -discursos forenses y obras filosóficas-, y Aulo
Gelio, quien, en sus Noctes Atticae, refiere una discusión
entre el jurista Sexto Cecilio Africano y el filósofo Favorino17
sobre la Ley de las XII Tablas, con frecuentes citas, aparente­
mente literales, de preceptos de dicha ley. No obstante, hay
abundantes razones, tanto lexicográficas como sintácticas,
para sospechar que las citas de los preceptos decenvirales
transmitidos habían sufrido ya un proceso de modernización.
Hemos seleccionado en este apartado unos cuantos pre­
ceptos de la ley decenviral recogidos por fuentes posteriores;
de éstos, algunos aparecen en el mencionado diálogo de
Africano con Favorino, en las «Noches Aticas» de Aulo
Gelio, que reproduciremos en el apartado siguiente. Al trans­
cribir los preceptos, incorporamos, con letras minúsculas,
algunas palabras aclaratorias.

ral, y de ahí que nos suministre una información apreciable, pero no siem­
pre absolutamente fiable, sobre aquella antigua ley.
17 Aulo Gelio, Noeles Atticae 20.1: recogemos este diálogo infra sub III.

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46

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LA LEY DE LAS XII TABLAS 47

Tabla I

1. SI SE CITA a alguien A JUICIO, ACUDA. SI NO


ACUDE, LLAME el demandante TESTIGOS. ENTONCES,
APODÉRESE DE ÉL.
2. SI RECHAZA la citación O HUYE, ECHE el deman­
dante LA MANO SOBRE ÉL18.
3. SI el citado ajuicio ESTÁ IMPEDIDO POR ENFER­
MEDAD O POR EDAD, PÓNGALE el demandante UN
JUMENTO. SI NO LO QUIERE, NO SE LE PONGA UN
CARRO CUBIERTO19.
4. DEL ADSIDUO, SEA GARANTE OTRO ADSIDUO.
DEL PROLETARIO ya ciudadano, SEA GARANTE
CUALQUIERA QUE LO DESEE20.
8. DESPUÉS DEL MEDIODÍA, ADJUDIQUESE EL
LITIGIO A FAVOR DEL QUE ESTÉ PRESENTE21.

18 La «citación del demandado» (in ius vocatio) en un proceso privado,


en la época arcaica (procedimiento de las acciones de la ley; véase infra sub
IV.E introd.), como también en la clásica (procedimiento formulario), fue
siempre a cargo del demandante (actor). En su forma más primitiva, la recla­
mación procesal podía adoptar este modo de apoderamiento del demandado
contumaz mediante la aprehensión corporal (numus iniectio). Cuando, pos­
teriormente, se introdujo el procedimiento declarativo mediante «promesa
de comparecencia» (vadinionium), la numus iniectio subsistió como trámite de
ejecución personal de la sentencia condenatoria; pero también esta forma
de ejecución personal fue sustituida por la patrimonial.
19 Sobre este precepto decenviral, cfr. infra sub III §§11 y 25-30, el diá­
logo entre el jurista Sexto Cecilio Africano y el filósofo Favorino.
20 Todo el ordenamiento jurídico romano, no sólo arcaico, sino también
clásico, presupone la existencia de garantes, lo que implicaba ordinariamen­
te una estructura social fundada en la necesidad de contar con protectores sol­
ventes. En este precepto decenviral se determina, como es natural, que sólo
quien tiene una solvencia similar a la del demandado puede salir garante de
él en el litigio. De ahí la distinción entre los «propietarios inmobiliarios»
(adsidui) y los «proletarios» «que sólo tienen su propia prole» (proletarii).
21 El proceso privado requiere la presencia de las dos partes litigantes. Si
una de ellas no comparece antes del mediodía -ordinariamente, el demanda­
do contumaz-, debe adjudicarse la causa a favor de la que está presente
-ordinariamente, mediante condena del demandado ausente-; esta «adjudi­
cación» (addictio) se remonta a una época en la que era el mismo magistra­

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48 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

9. SI AMBOS ESTÁN PRESENTES, SEA EL OCASO


DEL SOL EL MOMENTO ÚLTIMO del litigio22.

do quien tenía que fallar el juicio. Que este mismo régimen subsistiera en el
orden procesal clásico, en el que es un juez privado quien debe dar la sen­
tencia, resulta inseguro. En todo caso, en la época clásica, una vez concerta­
do el planteamiento del juicio ante el magistrado (litis contestatio), el juez
privado, elegido por las partes, podía dar una sentencia en contumacia, pero
no necesariamente a favor del litigante presente; véase infra sub VIII.A n. 6.
22 Como es natural, los trámites procesales, en la plaza pública, no podían
seguir después de la puesta del sol; cuando hacía falta celebrar una nueva
sesión debía asegurarse la nueva presentación del demandado, mediante una
promesa de comparecencia formulada ante el mismo magistrado (vaclimo-
nium in iurel

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LA LEY DE LAS XII TABLAS 49

Tabla II

1. La pena de la apuesta sacramental era de quinientos o


de cincuenta <ases>. En efecto, acerca de los asuntos de mil
o más <ases>, se litigaba con una apuesta sacramental de
quinientos ases, pero acerca de los menores, de cincuenta
ases, pues así estaba establecido en la Ley de las XII Tablas.
Pero si el litigio era acerca de la libertad de un esclavo, aun­
que el esclavo fuese valiosísimo, sin embargo se preveía en
la misma ley que se litigase con una apuesta sacramental de
cincuenta ases... (Gayo 4,14)23.
3. AQUEL A QUIEN SE NEGASE EL TESTIMONIO,
VAYA DURANTE TRES DÍAS A PROTESTAR A GRITOS
DELANTE DE SU CASA24.

23 La controversia de propiedad, o de otro derecho sobre una cosa, se tra­


mitaba antiguamente mediante «apuestas juradas» (sacramenta) de la can­
tidad que determinaba la ley. Quien perdía el litigio, perdía igualmente la
cantidad a favor del Erario, y podían incluso perderla las dos panes, puesto
que ambas podían no probar suficientemente su derecho.
24 La prueba testifical tenía en la Roma antigua mucha mayor importancia
que la documental. La negativa a dar testimonio de un acto al que se había
asistido como testigo era considerada como una falta grave; véase infra n. 42.
La pena que aquí establecen las XII Tablas equivale a una privación de la
reputación social mediante esta protesta pública de la obvagulatio.

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50 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Tabla III25

1. PARA la ejecución de UNA DEUDA DE DINERO


RECONOCIDA JUDICIALMENTE por el demandado O
PARA LAS CAUSAS LEGALMENTE JUZGADAS, SEA
DE TREINTA DÍAS EL PLAZO JUSTO.
2. DESPUÉS de este plazo, HÁGASE EL APODERA-
MIENTO del deudor. LLÉVESELE ANTE EL MAGISTRADO.
3. SI NO CUMPLE LA CONDENA, O NO SALE
ALGUIEN COMO DEFENSOR SUYO ANTE EL MAGIS­
TRADO, LLÉVESELO el demandante CONSIGO. SUJÉ­
TELE CON ATADURAS O CON CADENAS. SUJÉTELE
con cadenas DE QUINCE LIBRAS DE PESO, NO DE
MÁS, PERO SÍ DE MENOS, SI QUIERE2526.
4. SI el condenado QUIERE, VIVA A SU COSTA. SI NO
VIVE A SU COSTA, QUIEN LE TIENE ATADO DÉLE
CADA DÍA UNA LIBRA DE PAN FÁRREO. SI QUIERE,
DÉLE MÁS.
6. AL TERCER día de MERCADO27*,SEA PARTIDO EN
TROZOS por los acreedores. SI los acreedores son varios y
HAN PARTIDO MÁS O MENOS, QUEDE ESTO SIN
SANCIÓN para ellos.

25 Todos los preceptos de esta tercera tabla son ampliamente comentados


en el ya mencionado diálogo entre el jurista Sexto Cecilio Africano y el filó­
sofo Favorino infra sub III §§19 y 39-53.
26 El texto transmitido por Aulo Gelio habla literalmente de que las
cadenas podían ser de un peso superior a las quince libras, si el deman­
dante así lo quería, pero no inferior. Siguiendo la opinión de no pocos
autores, invertimos el planteamiento, por entender que así resulta más
coherente el precepto.
27 La palabra nundinae (= nonus dies) significaba «a los nueve días». Al
margen de otras aplicaciones posibles, en este contexto se refiere al «mer­
cado» (que llega también a denominarse con el mismo término) que se cele­
braba en Roma cada nueve días, y al que acudían los campesinos para ven­
der sus productos. Probablemente, antes de la ley Hortensia (286 a.C.) esos
días de mercado eran considerados dies nefasii y, por lo tanto, inhábiles para
la administración de justicia y la actividad política. Según el testimonio de
Macrobio (Sat. 1,16,30), la mencionada ley los consideró dies fasti non
comiiiales: se podían celebrar juicios, pero no comicios.

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52 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Tabla V

3. TAL COMO SE DECLARÓ ACERCA DE LOS


BIENES Y DE LA TUTELA DEL PATRIMONIO PROPIO,
AST SFA FT D FR FC H O 29
4. SI MUERE INTESTADO QUIEN NO TIENE HERE­
DERO DE PROPIO DERECHO, RECIBA EL AGNADO
PRÓXIMO EL PATRIMONIO30.
5. SI NO TIENE AGNADO, RECIBAN EL PATRIMO­
NIO LOS GENTILES31.
6. A quienes en el testamento no les ha sido dado un
tutor, tengan éstos por tutores a los agnados, en virtud de la
Ley de las XII Tablas (Gayo 1,155)32.

29 Este precepto se refiere al acto de mancipación (véase infra n. 35),


precedente del testamento (véase infra sub V.E.8b), por el que un pater
familias podía disponer singularmente de sus bienes para después de su
muerte, mediante una «declaración solemne» (nuncupatio) en un acto de
enajenación formal de todo su patrimonio a un «comprador» de éste (emp-
tor familiae), al que se encargaba, a modo de ejecutor testamentario, de
cumplir la voluntad del difunto. El verdadero testamento había de surgir
después, cuando la Jurisprudencia vino a exigir que el disponente nombra­
ra un heredero, con lo que el comprador fiduciario quedó convertido en un
testigo más del acto mancipatorio, sin derecho alguno sobre el patrimonio.
30 Quien muere sin testamento tiene como «herederos de propio dere­
cho» a los descendientes legítimos que se hallan bajo su potestad directa en
el momento de la muerte (heredes sui), sin distinción por razones de edad o
de sexo. Si no tiene tales descendientes, el patrimonio del difunto es para los
colaterales más próximos, según el orden parental agnaticio (adgnati), es
decir, dentro de la familia que estaría bajo un ascendiente común en el
supuesto de no haber éste premuerto; así, en primer lugar, los hermanos y
hermanas, luego los tíos paternos y los sobrinos hijos de hermanos (aunque
no de hermanas, pues el vínculo familiar agnaticio se rompe por la interpo­
sición de una mujer, cuyos hijos se hallan bajo la potestad del marido y no
pertenecen a la familia agnaticia materna).
31 Cuando estos parientes por agnación se hallan en un grado de paren­
tesco incierto, la ley los incluye sin distingos dentro del concepto amplio y
vago de gentiles, es decir, de personas con el mismo apellido (twmen genti-
licium). Pero ya en el Principado la relevancia social de este grupo gentili­
cio se había debilitado, y con ello el derecho sucesorio de los gentiles.
32 Los hijos menores de catorce años (impúberes) deben quedar, a la
muerte del pater familias, sometidos a un tutor hasta que alcancen la puber­

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LA LEY DE LAS XII TABLAS 53

7. SI ESTÁ LOCO, TENGAN LOS AGNADOS O LOS


GENTILES LA POTESTAD SOBRE ÉL Y SUS BIENES33.

tad. La tutela viene a ser, de este modo, una anormal sustitución de la potestad
paterna. Las funciones del tutor se referían más a la conservación del patri­
monio del pupilo (del cual, en un principio, el tutor era potencial heredero)
que al cuidado de su persona, que correspondía a los parientes de sangre o
cognados (parentesco cognaticio). Hasta la época del Principado, también
las mujeres necesitaban de la asistencia de un tutor, cuando no estaban
sometidas a la potestad de su padre (patria potestas) o de su marido (nianus).
33 El incapaz por razón de enfermedad mental -lo mismo que quien, por
malgastar su patrimonio, era declarado «pródigo» (prodigus)- debía estar
sometido a un «curador» (curator). Cicerón (disputaciones TuscuUmas
3,5,11) dice que las XII Tablas llamaban furiosus al privado de razón, y este
término parece haber prevalecido incluso en el lenguaje técnico; pero es
dudoso que esta palabra figurase ya en el texto decenviral, a pesar del testi­
monio de Cicerón: es posible que la ley utilizara otro término que, caído en
desuso, fuese sustituido por el de furiosus.

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54 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Tabla VI

1. CUANDO ALGUIEN HACE UN ACTO DE VINCU­


LACIÓN DE DEUDA O UNA MANCIPACIÓN, TAL
COMO LA LENGUA DECLARÓ SOLEMNEMENTE, ASÍ
SEA EL DERECHO34.
4. RESPECTO AL EXTRANJERO, SEA PERPETUA
LA GARANTÍA del vendedor35.
8. NO SE SEPARE LA VIGA UNIDA A LOS EDIFI­
CIOS O A LA VIÑA36*.

34 Se refiere este precepto a la nuncupatio en un acto libral, sea de man­


cipación para transmitir una cosa (véase nota siguiente), sea para vincular­
se él personalmente con todos sus bienes para cumplir una deuda. El efecto
real o personal deriva de la misma declaración solemne del disponente. El
alcance exacto del acto de nexum por el que se vinculaba un deudor es
incierto, pues este acto dejó de practicarse en la época clásica.
35 El precepto se refiere al acto solemne de la «mancipación» (mancipado),
exclusivo de los ciudadanos romanos, celebrado ante cinco testigos y un encar­
gado (librípens) de verificar, en una balanza (libra), el peso del metal (aes) que
sirve de precio de adquisición. Servía para transmitir la propiedad y otros dere­
chos sobre cosas mancipables (res mancipi: véase infra sub IV.C n. 2). El adqui-
rente (mancipio accipiens) recibía el poder sobre la cosa transmitida y el enaje­
nante (mancipio dans) respondía con su autoridad (auctoritas) de que lo
enajenado le pertenecía. Si el adquirente resultaba luego vencido por un terce­
ro que probaba un mejor derecho, el enajenante debía abonarle el doble del
metal recibido a cambio de la cosa por él transmitida. Pero si el adquirente rete­
nía la cosa durante dos años (si era un inmueble) o un año (en otro caso), que­
daba defendido frente al verdadero propietario, que resultaba así expropiado por
no haber reclamado a tiempo. De esta limitación temporal de la responsabilidad
del enajenante derivó probablemente más tarde la usucapión (véase supra sub I
n. 59). Cuando la ley quiere excluir este riesgo, declara que la auctoritas no se
extingue por el simple paso del tiempo (usus): aetenrn auctoritas esto. Aunque
el sentido de este precepto decenviral ha sido discutido, parece evidente que se
refiere de algún modo al interés de un extranjero, probablemente para excluir
de la usucapión los bienes pertenecientes a éste. La palabra Iwstis, que luego iba
a concretarse en el sentido de «enemigo», significaba todavía «extranjero» en
la época de las XII Tablas; véase supra sub I n. 39, sobre peregrinus.
36 De este precepto decenviral (que se refiere también a la utilización de
rodrigones ajenos para sostener las cepas propias) deriva toda una serie
de sucesivos preceptos legales encaminados a evitar la demolición de edifi­
cios. La propiedad de los materiales ajenos -bajo el nombre omnicompren-
sivo de «viga» (lignum)- utilizados en la propia construcción quedaba en

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LA LEY DE LAS XII TABLAS 57

24. SI EL DARDO MÁS BIEN SE ESCAPÓ DE LA


MANO QUE FUE INTENCIONADAMENTE LANZADO,
entregúese un macho cabrío*43.

vocar ellos mismos testigos para la realización de algún acto solemne. De


este modo, quedaban excluidos de la celebración de actos jurídicos solem­
nes, algunos tan importantes como el testamento. Véase supra n. 24.
43 Se presenta aquí, en una forma todavía primitiva, el reconocimiento de
la no responsabilidad por el homicidio involuntario. Liberado el autor mate­
rial. la venganza se sustituye por la muerte del chivo expiatorio.

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58 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Tabla IX

1. NO SE PROPONGAN LEYES PARTICULARES44.

44 Las «leyes particulares» (privilegia) que prohíbe este precepto son,


ante todo, las dadas, no a favor, sino en contra de persona determinada. De
un modo mas general, impone este precepto el requisito de la generalidad
para las leyes comiciales y los plebiscitos.

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LA LEY DE LAS XII TABLAS 59

Tabla X

1. NO SE ENTIERRE NI SE INCINERE DENTRO DE


LA CIUDAD A UN HOMBRE MUERTO45.
4. QUE LAS MUJERES NO SE ARAÑEN LAS MEJI­
LLAS, NI SE LAMENTEN CON PLAÑIDOS EN EL
FUNERAL46.
5. NO SE SAQUEN LOS HUESOS DEL MUERTO,
PARA HACERLE LUEGO otro FUNERAL.
7. QUIEN GANÓ UNA CORONA, ÉL EN PERSONA
O CON SUS BIENES, SEA INCINERADO CON EL PRE­
MIO DE SU HONOR O SU VALOR...47
8. ... NO SE META NADA DE ORO. PERO EL QUE
TIENE DIENTES UNIDOS CON ORO, SI CON ÉL SE LE
ENTIERRA O SE LE INCINERA, QUEDE SIN PENA.

45 La prohibición legal va dirigida a defender el aspecto urbano, y, en su


caso, a evitar el riesgo de incendio (cfr. Cicerón, de legibus 2,23,58). Los
dos ritos funerarios de incineración e inhumación convivieron, sin que
pueda apreciarse un criterio de preferencia social o religioso. Si el cristia­
nismo optó por la inhumación, esto se debe a la tradición judia.
“ Esta limitación del duelo, y en concreto para excluir las plañideras,
corresponde a la sobriedad tradicional romana. La misma ley contenía otros
preceptos similares, como los siguientes.
47 La conservación fragmentaria del precepto (Plinio, nal. hist. 21,3,7)
hace difícil una interpretación segura. Cfr. Cicerón, de legibus 2.24,60, que
hace extensiva la autorización también al padre del que gana la corona.

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Ill

DIÁLOGO ENTRE UN FILÓSOFO Y UN JURISTA


(Aulo Gelio, Noctes Atticae 20,1)

Poco cabe decir con seguridad acerca de la vida de Aulo


Gelio, autor de las «Noches Aticas», donde se recoge este diá­
logo entre Favorino y Sexto Cecilio Africano. Nacido proba­
blemente en el primer tercio del siglo n d.C., es discutida,
sobre la base de algunos datos autobiográficos, la fecha con­
creta, asi como su lugar de origen. Incluso su propio nombre
no fue bien entendido en la Edad Media, siendo conocido
entonces como Agellius.
En todo caso, lo encontramos, todavía muy joven, en
Roma, frecuentando la escuela del gramático Sulpicio Apo­
linar1, y las lecciones de algunos retóricos de renombre,
como Antonio Juliano12 y Tito Castricio3, e incluso del más
importante de todos, Cornelio Frontón4. También contrajo,
durante este período, lazos de amistad con el filósofo Favo-
riño5, uno de los protagonistas de este diálogo.

1 Gelio, NA. 7,6,12; cfr. también 18,4,1 y 20,6,1.


2 Gelio, NA. 9,15,1; 15,1,1, y 18,5,1.
3 Gelio, NA. 13,22,1.
4 Gelio, NA. 19,8,1.
5 Gelio, NA. 16,3,1.

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62 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

En una fecha incierta, aunque probablemente antes del


165 d.C. (¿143? ¿151?), viaja, por razones de estudio, a Ate­
nas, donde permanece quizá más de un año. Allí tiene como
maestros, entre otros, al filósofo platónico Calvisio Tauro6,
al cínico Peregrino Proteo7 y al sofista Herodes Ático8, de
cuya hospitalidad gozó con frecuencia Aulo Gelio.
Durante su estancia en Atenas, aprovechando las largas
noches del invierno9, concibe el proyecto de componer una
obra miscelánea, en la que recoger los frutos de sus estudios,
de sus conversaciones con sus maestros, de sus lecturas, sobre
los más variados argumentos: gramática y lengua latina (mor­
fología, fonética, sintaxis, semántica, etimología...), literatura
(citas de autores antiguos o clásicos; discusiones sobre el uso
de una palabra, la construcción de una frase o la traducción de
un texto griego...), historia (anécdotas de personajes históri­
cos...), derecho (instituciones arcaicas; derechos de las Vesta­
les o del flamen de Júpiter; derecho privado...), ciencias
(nombres de los astros, de las venas y de las arterias; duración
de la puesta de sol...), filosofía (teoría de Aristóteles sobre la
memoria; controversia entre un estoico y un peripatético;
diferencias entre los escépticos y los peripatéticos; y, sobre
todo, cuestiones morales...). Luego, evitando cualquier acti­
tud pretenciosa, titula la obra sencillamente «Noches Áticas».
Así, por ejemplo, pueden encontrarse en las «Noches
Áticas» noticias sobre los epitafios redactados por Nevio,
Plauto y Pacuvio para sus propios sepulcros10; cuestiones
referentes a los nombres de las estrellas y de las constelacio-
nes11; diferenciación entre las palabras morbus y vitium,2; o
argumentos en favor de la conveniencia de que las madres
'mamantón ellas mismas a sus hijos13. En definitiva, como se

6 Gelio, NA. 12,5,1 y ss.


7 Gelio, NA. 12,11,1.
8 Gelio, NA. 1,2,1.
* Celio, NA. praef. 4.
10 Gelio, NA. 1,24.
11 Gelio, NA. 2,21.
12 Gelio, NA. 4.2; véase infra n. 40.
15 Gelio, N.A. 12,1.

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DIÁLOGO ENTRE UN FILÓSOFO Y UN JURISTA 63

puede apreciar, las «Noches Aticas» constituyen una fuente


riquísima de noticias de curiosidades de la Antigüedad.
La obra consta de 20 libros, de los cuales no se han con­
servado el comienzo del prefacio y el final del libro 20,
así como todo el libro 8, salvo el índice y pequeños frag­
mentos.
✓ Fue comenzada a redactar, como hemos dicho,
en Atica, y concluida después del regreso de Aulo Gelio a
Roma; en todo caso, en época de Antonino Pío (138-161)
y Marco Aurelio (161-180)14.
Como complemento del texto de las XII Tablas, nos
ha parecido interesante recoger también, en este tercer apar­
tado, el diálogo entre el filósofo Favorino y el jurista Sexto
Cecilio Africano precisamente sobre algunos preceptos de
la mencionada ley decenviral. El diálogo, salvo en lo que
tiene de fuente de información acerca del tenor literal de
algunos preceptos de las XII Tablas, no ofrece un especial
interés desde el punto de vista jurídico. Es cierto, desde
luego, que en él interviene un jurista eminente, como es
Sexto Cecilio Africano, pero no lo es menos que las argu­
mentaciones de éste, por un lado, van dirigidas a un retóri­
co escéptico, y, por otro, nos llegan a través de la versión de
otro no-jurista, como Aulo Gelio, con las consiguientes sim­
plificaciones. Sólo así cabe explicar algunas de las inter­
venciones de Sexto Cecilio Africano.
Pese a ello, a los efectos de alcanzar una visión general y
diversificada del mundo jurídico romano, consideramos sig­
nificativo este diálogo.

14 Gelio se refiere siempre a Adriano (117-138) como ya muerto (divus);


véase supra sub I n. 48.

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DIÁLOGO ENTRE UN FILÓSOFO Y UN JURISTA 65

(1) Sexto Cecilio fue célebre por su conocimiento del dere­


cho, y por su ciencia, práctica y autoridad en el conocimiento y
la interpretación de las leyes del pueblo romano15. (2) Casual­
mente, mientras esperábamos para saludar al César, en el patio
Palatino, se le acercó el filósofo Favorino16, y entabló conver­
sación con él, en mi presencia y de otros muchos17. (3) Enton­
ces, en aquella conversación entre ellos, se hizo una mención de
las leyes decenvirales, que los decenviros, nombrados a tal efec­
to por el pueblo, compusieron y escribieron en doce tablas18.
(4) Como Sexto Cecilio, que había estudiado y examina­
do las leyes de muchas ciudades19, dijera que aquellas leyes

15 Sexto Cecilio Africano es conocido como discípulo del gran jurista de


la época del emperador Adriano (117-138), Salvio Juliano, a quien el empe­
rador ordenó la labor de dar una ordenación definitiva al Edicto del pretor
(véase infra sub V.A introd.). De Africano se conservan fragmentos de
nueve libros de quaestiones en los que se recoge doctrina de su maestro,
aunque en algunos puntos manifieste su personal discrepancia con él. Así,
suelen referirse siempre a su maestro Salvio Juliano los verbos ait, dixit,
respondió placet, etc. sin sujeto expreso que aparecen en sus obras. Se trata
de un escritor caracterizado por un estilo conciso y lacónico, que puede
resultar muchas veces de difícil comprensión. De ahí, el comentario de uno
de los glosadores medievales: Africani lex. id est difficilis.
16 Favorino de A rdate (Arlés), en la Galia, filósofo y retórico, maestro
y amigo de Aulo Gelio, fue relegado por Adriano, por causas desconocidas, a
la isla de Quíos, de donde regresó a Roma con la subida al poder de Antoni-
no Pío, entrando a formar parte del orden ecuestre. Escribió, en griego, obras
de divulgación, pero no se conserva ninguna. Se le atribuyen dos discursos
recogidos en el corpus de su maestro Dión de Prusa, y tenemos noticias, ade­
más, de otras dos obras. En 1931, se han encontrado, en un papiro griego,
fragmentos de su obra «Sobre el exilio» (de fuga). Muere hacia el 160 d.C.
Favorino es el personaje más destacado de la vida intelectual de la Roma de
su tiempo. Durante su estancia en Éfeso, su rival como orador fue Polemón.
17 El diálogo terminará (§55) cuando toque el tumo a los dialogantes de
ser recibidos por el emperador.
,K Sobre la Ley de las XII Tablas, véase supra sub I §§4 y 24 y sub II.
19 De un estudio de Africano sobre derecho comparado no tenemos otra
constancia, y no debe excluirse que esta referencia de Aulo Gelio sea debi­
da al deseo de ponderar la categoría del jurista dialogante. En general, los
juristas romanos, conscientes de la superioridad de su propio derecho, no
solían interesarse por el derecho comparado, como tampoco, salvo excep­
ciones como la del singular Gayo (véase infra sub IV.Á.l introd.) y la de
Pomponio (véase supra sub I introd.), por la historia de su propio derecho.

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66 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

estaban escritas con una elegante y sencilla brevedad de


palabras, replicó Favorino: «Es cierto esto que tú dices en la
mayor parte de aquellas leyes; en efecto, he leído estas Doce
Tablas no menos ávidamente que los doce libros De las leyes
de Platón20. Sin embargo, algunas de éstas me parece que
son, bien oscurísimas, <bien durísimas>21, o, por el contra­
rio, excesivamente suaves e indulgentes, o en absoluto con­
sistentes tal como están escritas».
(5) «Las oscuridades», respondió Sexto Cecilio, «no
hemos de achacarlas a la culpa de los redactores, sino a la
ignorancia de los que no las comprenden, aunque también
esos mismos que no entienden lo que está escrito carecen
de culpa. (6) En efecto, el transcurso del tiempo ha hecho
olvidar las palabras y las costumbres antiguas, con las cua­
les palabras y costumbres está expresada la sentencia de las
leyes. Las Tablas fueron compuestas y escritas en el año
trescientos después de la fundación de Roma, y desde aquel
momento hasta la época actual parece que no hay mucho
menos de seiscientos años22. (7) ¿Puede considerarse que
algo en estas leyes ha sido escrito con dureza, a no ser que juz­
gues que es dura la ley que castiga con la pena capital al
juez o al árbitro nombrados con autorización del magistra­
do cuando se le prueba haber recibido dinero por una sen­

20 Esta obra -«Las Leyes» (Nómoi)- de Platón viene a ser un comple­


mento de su anterior «Política» (Politeia). En ésta, expone Platón su ideal
de organización política, en tanto que en aquélla, las normas jurídicas que
debían regir en esa «polis» ideal. Un planteamiento formalmente semejan­
te, aunque con importantes diferencias de fondo, puede encontrarse en los
diálogos «Sobre la república» (de re publica) y «Sobre las leyes» (de ledi­
bits) de Cicerón. Sobre el tema, véase A. d ’O rs, en su introducción (Madrid,
1953) a este último diálogo.
21 Aparece aquí la calificación de una lex como dura. Esta lectura se
debe a*Jacobo Gronovio, pero parece cierta; cfr. infra §7. Vid. sobre la
historia de la frase «dura lex, sed lex», A. d ’O rs, «Dura lex, sed lex»,
AHDE 51(1981), pp. 683 s., e Iglesia F erreirós, «Dura lex sed servanda»,
AHDE 53 (1983), pp. 537 ss.
22 En efecto, si este diálogo pudo haberse celebrado pocos años después
del 138, en el que Antonino Pío sube al poder y regresa a Roma Favorino,
entonces poco más de 589/587 años separan ese momento de la fecha atri­
buida tradicionalmente a las XII Tablas (451-449 a.C.).

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DIÁLOGO ENTRE UN FILÓSOFO Y UN JURISTA 67

tencia23; o la que entrega al ladrón flagrante como esclavo


de aquel a quien le hurtó24, o da la facultad de matar al
ladrón nocturno25? (8) Dime, pues, te ruego, dime, tú que
eres tan sabio, ¿no consideras que es digna de la pena capi­
tal la perfidia de aquel juez que, contra todo derecho divi­
no y humano, vende por dinero su juramento26, o la intole­
rable audacia del ladrón flagrante, o la insidiosa violencia
del ladrón nocturno?».
(9) «No quieras preguntarme lo que yo opino», repli­
có Favorino. «Ya sabes que yo estoy acostumbrado, por la
disciplina de escuela que practico27, a preguntar más que a

23 No se ha conservado el tenor literal de este precepto, del que, por lo


demás, sólo tenemos noticias a través de esta referencia de Aulo Gelio. Los
editores de las XII Tablas lo colocan en XII Tab. 9,3. Una pena tan grave se
explica mejor cuando se trata de un juicio capital que en un simple juicio
civil, aunque Gelio no parece hacer tal reducción.
24 Tampoco conocemos el tenor literal de este precepto, al cual se refie­
re el mismo Gelio en NA. 11,18,8, y que los editores colocan en XII Tab.
8,14; cfr. también Gayo 3,189 y Paráfrasis de Teófilo 4,12pr.
25 Cfr. supra sub II, XII Tab. 8,12. El tenor literal nos lo transmite Macro­
bio, Saturnalia 1,4,19, y hay bastantes otras referencias a un precepto así,
tanto en fuentes jurídicas (por ejemplo, Gayo, «al Ed. prov.»-D. 9,2,4,1)
como literarias; cfr. también Gelio, NA. 11,18,6 y 7.
26 Los jueces, en los juicios privados de la época clásica (sobre el proce­
dimiento formulario, véase infra sub 1V.E introd.), eran elegidos por los liti­
gantes, de una lista (album imlicum) de personas con capacidad para ello
(véase infra sub V.D n. 37), y antes de comenzar su actuación en el juicio,
recibiendo y valorando las pruebas aportadas, debían dar un juramento de
actuar en todo conforme a la verdad y al derecho.
27 Favorino se encuadra dentro del escepticismo. Los escépticos mantení­
an que no existía un criterio que sirviese para distinguir lo verdadero de lo
falso, y, en consecuencia, que la duda era algo consustancial al hombre.
Como precursores de la filosofía escéptica son considerados Pirrón y su
escuela (siglo iv-m a.C.). Al hacerse cargo Arcesilao de la dirección de la
Academia (entre 268-264 a.C.: Segunda Academia o Media), se introduce en
ésta la tendencia escéptica (aunque con un escepticismo alejado del de
Pirrón) y antidogmática. Con Carnéades (siglo u a.C.) se inicia la Tercera o
Nueva Academia, que continúa la misma tendencia de escepticismo mode­
rado. El 86 a.C.. cuando Sila conquista Atenas, es destruido el edificio de la
Academia y, con él, su biblioteca. Se habla de una Cuarta Academia, con
Filón de Larisa, e incluso de una Quinta, con Antíoco de Ascalón, que tratan
de apartar la Academia del escepticismo, sustituyéndolo por una tendencia
ecléctica. Por lo demás, entre el siglo i a.C. y el siglo ni d.C., se producen

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68 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

resolver. (10) Pero no carece de importancia ni es desprecia­


ble la opinión del pueblo romano, al cual ha parecido que
estos delitos habían, sí, de ser castigados, pero que esas
penas eran demasiado duras, y por eso dejó morir por desuso
inveterado esas leyes con un castigo tan desproporcionado28.
(11) Incluso rechazó como inhumanamente escrito aquello
de que, si un hombre es citado a juicio y está impedido, por
enfermedad o vejez, para comparecer, ‘NO SE LE PONGA
UN CARRO CUBIERTO’29, sino que se le levante y monte
en un jumento y sea conducido desde su casa hasta el pretor,
en el comicio, en una nueva forma de cortejo fúnebre. ¿Por
qué razón, en efecto, el que está enfermo y no puede valerse
por sí mismo, es conducido ajuicio, por el adversario, atado
a un jumento? (12) Y respecto a lo que he dicho de que algu­
nas leyes eran muy blandas en cuanto a la pena pecuniaria,
¿no te parece también que es excesivamente leve lo que está
escrito para castigar la afrenta personal: ‘SI SE INFIERE A
OTRO UNA INJURIA, SEA LA PENA DE VEINTICINCO
ASES’30? ¿Quién es, en efecto, tan pobre, que por veinticin­
co ases se prive del capricho de afrentar a otro? (13) Y así,
vuestro Labeón31, al reprobar esta ley, en los libros que escri­
bió ‘Sobre las XII Tablas’, decía que ‘había un cierto Lucio
Veracio, hombre muy desvergonzado y desquiciado, que
tenía como diversión abofetear con la palma de su mano a
cualquier ciudadano. Iba acompañado de un esclavo con una

intentos de vuelta a los planteamientos más radicales de Pirrón, por parte, por
ejemplo, de Enesidemo, Agripa y Sexto Empírico. El escepticismo modera­
do, o combinado eclécticamente con otras doctrinas, fue dominante en los
grupos intelectuales romanos de los primeros siglos del Principado.
28 La Ley de las XII Tablas no fue nunca objeto de derogación formal,
pero muchos de sus preceptos fueron cayendo, quizá desde muy pronto, en
desuso.
2VCfr. supra sub II, XII Tab. 1,3.
30 Cfr. supra sub II, XII Tab. 8,4.
31 Sobre Antistio Labeón, cfr. supra sub I §47. Había nacido hacia el 43
а. C., y muerto antes del 22 d.C. De esta obra de Labeón «Sobre las XII
Tablas», sólo se conservan tres referencias expresas, procedentes todas ellas
de pasajes de las «Noches Áticas» de Gelio: aparte de éste, N.A. 1,12,18, y
б, 15,1. Se dice que escribió alrededor de 400 libros.

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DIÁLOGO ENTRE UN FILÓSOFO Y UN JURISTA 69

bolsa llena de ases, al que mandaba que pagase al momento


veinticinco ases, de acuerdo con las XII Tablas, a quien él
hubiera abofeteado’. A causa de ello», continuó <Favorino>,
«los pretores, luego, consideraron conveniente dejar caer
esta ley por olvido, y establecieron en el edicto nombrar
ellos unos recuperadores para la estimación de las injurias32.
(14) Y algunas cosas de estas leyes no parecen, como dije,
tener sentido, como aquella ley del talión, cuyas palabras, si
la memoria no me falla, son éstas: ‘SI <alguien> ROMPIÓ
UN MIEMBRO <a otro>, A NO SER QUE PACTE CON
ÉL, HAYA TALIÓN’33. (15) Pues, aparte la crueldad de la
venganza, tampoco puede procederse a la ejecución de un
talión justo, pues <aquel> a quien le fue roto un miembro por
otra persona, si quiere romperle a esta misma cotro miem-
bro> de igual manera, en virtud del talión, me pregunto si
puede haber exacta igualdad de miembro a miembro, y, a
este propósito, tal dificultad resulta ya insalvable. (16) ¿Y
qué ocurre», prosiguió, «si se hubiese roto un miembro a
otro por imprudencia? Pues lo que se hizo por imprudencia,
debe ser vengado <por la ley del talión> mediante impru­
dencia, pues es claro que un golpe fortuito y uno premedita­
do no son iguales a efectos del talión. ¿Cómo puede imitar al
imprudente quien, para cumplir con el talión, no tiene facul­
tad de hacerlo queriendo, sino por imprudencia? (17) Pero
incluso si se ha roto intencionadamente, tampoco se permiti­
rá que le haga una herida más profunda o extensa, y no veo
manera de que pueda estar previsto un peso y una medida de
esta naturaleza. (18) Es más: si se ha realizado algo excesi-

32 En el Edicto aparece una nueva acción pretoria - la actio iniuriaritm-,


cuya pena consistía en la cantidad estimada por el juez en consideración a
la gravedad del acto y de las circunstancias. Varios edictos especiales la
extendieron a nuevos tipos de afrenta personal (contumelia). Véase infra
sub IV.D n. 6. Cuando una causa debe ser juzgada por un tribunal, en lugar
de por un juez único, a los miembros de ese tribunal se les llama «recupe­
radores» (recuperatores).
33 Cfr. supra sub II, XII Tab. 8,2. En este precepto se refleja un momen­
to histórico del derecho penal, en el que la venganza, limitada por el
«talión», puede quedar sustituida por la composición pecuniaria convenida
entre el ofendido y el ofensor.

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70 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

vo o distinto, la cosa resulta de una atrocidad ridicula, al ori­


ginarse una acción contraria para el talión recíproco, y
seguirse una infinita reciprocidad de taliones. (19) Pues de
aquella crueldad de cortar y repartir el cuerpo humano, cuan­
do un deudor, a causa de una deuda de dinero, había sido
condenado y adjudicado a varios acreedores, vale más no
acordarse, y da pena hablar de ello. ¿Qué puede parecer más
salvaje y más contrario a la conciencia humana que el que
fuesen repartidos el cuerpo y las extremidades de un deudor
pobre, despedazándole tan cruelmente, como ahora se repar­
ten los bienes con una venta?»34.
(20) Entonces dijo Sexto Cecilio, cogiendo a Favo-
rino con sus dos manos: «Tu eres verdaderamente, que
yo recuerde, el más experto, no sólo en temas griegos sino
también en los romanos. En efecto, ¿qué filósofo ha
sido tan profundo conocedor de las leyes de su ciencia de
un modo tan sabio y docto como tú lo has sido de nuestras
leyes decenvirales? (21) Pero, te lo ruego, desciende un
momento del plano académico de vuestras discusiones, y,
renunciando al afán de refutar o defender cualquier cosa
arbitrariamente, considera más a fondo cómo es lo que
vienes censurando, (22) y, así, no condenes lo que hay
de pretérito en estas leyes, por el hecho de que el mismo
pueblo romano haya dejado ya de usarlas en su mayor
parte. Pues, en verdad, no ignoras que la oportunidad y los
remedios de las leyes cambian, acomodándose a las cos­
tumbres de los tiempos, a los distintos tipos de repúblicas
y a las exigencias prácticas actuales, según la gravedad de
los defectos a los que debe ponerse remedio, y que no per­
manecen en el mismo estado, sino que, del mismo modo

34 Cfr. supra sub II, XII Tab. 3,6. La* interpretación de este precepto
decenviral, si es que se nos conserva el tenor auténtico, resulta todavía hoy
enigmática, y no hay que excluir que esa interpretación inhumana que reco­
ge Gelio (cfr. infra §§48 ss.) no correspondiera al verdadero sentido de la ley.
Según la referencia que nos da, la ley habría eximido de responsabilidad a los
acreedores que no hubieran repartido el cuerpo del deudor en exacta propor­
ción a sus créditos contra el desgraciado insolvente: «Si d o s acreedores son
varios y> han partido más o menos, quede esto sin sanción <para ellos>».

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DIÁLOGO ENTRE UN FILÓSOFO Y UN JURISTA 71

que el aspecto del cielo y del mar, varían según las cir­
cunstancias de las cosas y de la fortuna. (23) ¿Qué parece
más saludable que aquella ley de Estolón35 acerca del deter­
minado número de yugadas <que pueden poseerse>? ¿Qué
más útil que el plebiscito de Voconio36 para restringir que
hereden las mujeres? ¿Qué se consideró tan necesario para
reprimir el lujo de los ciudadanos como la ley Licinia37

35 Gelio parece referirse aquí a Cayo Licinio Estolón, colega en el tribu­


nado de la plebe, durante diez años, de L. Sextio Laterano, promotores
(según Livio 6,34-42) de las leyes Licinias Sextias, en el 377 a.C., si bien
no pudieron hacer prosperar sus propuestas, a causa de la oposición de los
paires, hasta diez años más tarde, el 367 a.C. (véase supra sub I n. 15). Dejan­
do al margen distintos problemas que plantean estas leyes Licinias Sextias,
e incluso el de la fiabilidad de las noticias de Livio sobre ellas, suelen dis­
tinguirse tres leyes distintas: «sobre las deudas» (de aere alieno), para ali­
viar la situación de los deudores; «sobre el cónsul plebeyo» (de consule ple-
beio), para permitir el acceso al consulado de los plebeyos, y establecer que
uno de los cónsules fuese siempre plebeyo (cfr. supra sub I §26); y «sobre
la medida de los campos» (de modo agrorum), para prohibir que se pudie­
ran poseer más de 500 yugadas de terreno público (ager publicus), y apa­
centar en terreno público más de 100 cabezas de ganado mayor y 500 de
menor; y también para obligar a los terratenientes a utilizar como trabaja­
dores a un cierto número de personas libres. A esta última ley, de la cual hay
referencias en otras muchas fuentes literarias (Livio, Varrón, Catón, Cice­
rón, Columela, Veleyo Patérculo, Valerio Máximo, auctor de viris illustri-
bus, Plutarco y Apiano) es a la que parece referirse Gelio; cfr. también
Gelio, N.A. 6,3,37 y 40.
36 La ley Voconia (plebiscito del tribuno Q. Voconio Saxa, del 169 a.C.)
excluía a las mujeres de la herencia de los testadores que tenían un patri­
monio de más de 100.000 sestercios (cfr. Gayo 2,274), y prohibía además
que esos testadores dispusieran legados por un valor superior al de lo reci­
bido por el heredero o ios herederos. El inspirador de esta ley fue el antife­
minista Marco Porcio Catón, el Censor.
37 De la ley Licinia suntuaria (a la que se refiere el propio Gelio en N.A.
2,24,7, y 15,8), propuesta por P. Licinio Craso Dives, desconocemos con
seguridad la fecha, e incluso ehcontenido. Respecto a la primera cuestión,
parece anterior al 103 a.C., fecha de la muerte del poeta Lucilio, que la men­
ciona (cfr. Gelio, N.A. 2,24,10). En cuanto al contenido, según el propio
Gelio (N.A. 2,24,7), esta ley Licinia habría venido a mitigar las prohibicio­
nes de la ley Fania (véase nota siguiente), ampliando el límite máximo de
gasto en los banquetes (todo lo contrario, según Macrobio, Sat. 2,13) e
introduciendo además otras limitaciones en la cantidad de carnes y salazo­
nes, aunque no de los productos de la tierra, la vid y los árboles.

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72 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

y la Fania38 y las otras leyes suntuarias? Sin embargo, todas


estas leyes fueron olvidadas y enterradas por la opulencia de
la ciudad, como por unas olas ardorosas. (24) Pero ¿por qué
te parece inhumana la ley -en mi opinión, la más humana de
todas- que ordena que se deje una caballería al enfermo o al
anciano citados ajuicio? (25) Éstas son las palabras de la ley
‘SI SE CITA <a alguien> A JUICIO: SI <el citado a juicio>
ESTÁ IMPEDIDO POR ENFERMEDAD O POR EDAD,
PÓNGALE <el demandante> UN JUMENTO. SI NO LO
QUIERE, NO SE LE PONGA UN CARRO CUBIERTO’39.
(26) ¿Acaso piensas tú que aquí ‘enfermedad’ quiere decir la
que es grave, con fiebre alta y temblor, y que ‘jumento’ sig­
nifica una sola clase de animal para que se cabalgue en él?
¿y a causa de ello consideras que es menos humano arrancar
de su casa al enfermo postrado y llevarlo en un jumento ante
el magistrado? (27) Ésto, querido Favorino, no es así en
absoluto. ‘Enfermedad’, en esta ley, no se refiere a una febril
y excesivamente grave, sino a cierto impedimento de flaque­
za y debilidad, y no al peligro de muerte, porque a la enfer­
medad más fuerte, que puede resultar más grave, los autores
de estas leyes la llaman, en otros lugares, no simplemente
‘enfermedad’, sino ‘enfermedad maligna’40. (28) Asimismo,

38 Esta ley Fannia cibaria fue propuesta por el cónsul C. Fannio, el 161
a.C., y en ella se establecía: la limitación de gasto para los banquetes; la pro­
hibición de comer aves, salvo gallinas no cebadas; y la reducción a tres
(cinco en los días de mercado) del número de convidados a los banquetes;
cfr. también Gelio, N.A. 2,24,2s., que menciona un senadoconsulto, anterior
a la ley, siendo cónsules C. Fannio y M. Valerio Mésala, por el que se exi­
gía a los principes civitatis, con ocasión de los Indi Megalenses, que jura­
sen solemnemente ante los cónsules que no gastarían más de 120 ases por
cada comida, sin contar legumbres, harina y vino; que no servirían vinos
extranjeros; y que no pondrían sobre la mesa más de 100 libras de plata.
39 Cfr. supra sab II, XII Tab. 1,1 y 3.
40 La Jurisprudencia distingue, en efecto, entre el defecto físico ( viíium),
la simple enfermedad (morbus) y la enfermedad más grave (morbus sonri­
áis). Cfr. Modestino 9 «de diferencias»-D. 50,16,101,2: morbus es «debi­
lidad temporal del cuerpo» (temporalis corporis imbecillitas) y vitiuní,
«defecto perpetuo del cuerpo» (perpetuum corporis impedimentum)\ y
Venuleyo 5 «de acciones»-D. 21,1,65,1: morbus sonticus es la enfermedad
impeditiva (Javoleno 14 «de los comentarios a Casio»-D. 50,16,113) y per­

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DIÁLOGO ENTRE UN FILÓSOFO Y UN JURISTA 73

‘jumento’ no significa sólo lo que ahora se llama así, sino


también el carro arrastrado por animales uncidos al yugo;
pues nuestros antepasados derivaron ‘jumento’ del ‘yugo para
uncir’. (29) ‘Carro cubierto’ era denominado un carro cerra­
do por todas partes y guarnecido, como una especie de arca
grande, recubierto con mantas, en el cual solían ser llevados
acostados los muy enfermos y los ancianos. (30) ¿Qué cruel­
dad te parece que hay entonces porque al hombre pobre o
indigente citado a juicio, que, bien porque tuviese los pies
enfermos, bien por alguna otra razón, no pudiese andar, deci­
diesen que debía proporcionársele un carro y, en cambio, no
ordenaron que se preparase un carro cubierto delicadamente,
porque para un inválido de este tipo era suficiente un carro
cualquiera? E hicieron esto con el fin de que la enfermedad
corporal no fuera pretexto para una excusa perpetua de los
que incumplen su deber rehuyendo las acciones judiciales.
(31) Y puedes ver que es lo mismo con las injurias que cas­
tigaron con veinticinco ases: no todas las injurias, queri­
do Favorino, se saldaban con este poco dinero -aunque
incluso este escaso número de ases equivalía a un gran peso
de metal, pues en aquella época el pueblo usaba el as que
pesaba una libra41- , (32) sino que las injurias más atroces,
como la de hueso roto, hechas no sólo a los libres sino tam­
bién a los esclavos, eran castigadas con un daño más grave,
y para otras injurias impusieron la pena del tabón, (33) el
cual, ciertamente, tú, varón óptimo, con hábil ingenio verbal,
has censurado un poco injustamente diciendo que no tenía
sentido, por no haber paridad en el tabón, ni puede haber
fácil ‘proporción’, como tú dices, entre romper un miembro
y la ruptura de otro42. (34) Es cierto, querido Favorino, que
muy difícilmente se hace un tabón exactamente igual, pero

manente que recae en el hombre después de su nacimiento. Cfr. también


Gelio, N.A. 4,2.
41 Los veinticinco ases de las XII Tablas podían equivaler a unos 8 kg
de bronce, en tanto en la época imperial, a unos 272,5 gr.
42 La pena del tabón -del «ojo por ojo y diente por diente»-, que apare­
ce en otros derechos primitivos, suponía, por lo demás, un cierto progreso,
por cuanto venía a limitar los excesos de la venganza por paite del ofendido.

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74 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

los decenviros, queriendo disminuir y eliminar con el talión


la violencia de esta clase de golpes y heridas, consideraron
que los hombres debían quedar inhibidos incluso por el
miedo a ello, y no juzgaron que hubiese de tenerse tanta con­
sideración a aquel que hubiese roto un miembro a otro y no
quisiera hacer un pacto para evitar el talión, como para andar
distinguiendo si lo había roto a sabiendas o no, o comparar
exactamente o pesar en la balanza el talión contra él; quisie­
ron más bien que se diese la misma intención y la misma
fuerza para romper la misma parte del cuerpo, pero no tam­
bién el mismo resultado, porque puede preverse la misma
voluntad, pero no el resultado del golpe. (35) Si esto es así
como digo y como prueba la misma práctica de la justicia,
entonces aquellos recíprocos tabones tuyos serían en reali­
dad más ingeniosos que verdaderos. (36) Pero, puesto que
también juzgas que este tipo de pena es cruel, ¿dónde -te
pregunto- está esa crueldad, si se hace contra ti lo que tú
hiciste contra otro?, especialmente teniendo la facultad de
pactar y no siendo necesario sufrir el talión, a no ser que tú
lo prefieras. (37) Y ya que consideras que el edicto de los
pretores acerca de la estimación de las injurias es más acep­
table, no quiero que ignores que también este talión se acos­
tumbraba someterlo a la estimación del juez. (38) Así, si el
reo, que no había querido pactar, no obedecía al juez que
ordenaba el talión, entonces, hecha la estimación del litigio,
el juez condenaba al hombre a una cantidad de dinero, y de
este modo, si al reo le parecía excesivo el pacto y a la vez
cruel el talión, entonces la severidad de la ley se reducía a
una multa pecuniaria43. (39) Falta que te responda a aquello
de la división y el reparto del cueipo, que te parecía que era
lo más cruel. Por la observante práctica de todo género de
virtudes, el pueblo romano pasó rápidamente de su insignifi­
cante origen a una grandeza de tan gran magnitud, pero de

43 Esta información complementaria que nos da Gelio muestra cómo los


preceptos aparentemente primitivos de las XII Tablas se aplicaban, en la
práctica, más razonablemente de lo que permitiría pensar una interpretación
literal del texto legal.

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DIÁLOGO ENTRE UN FILÓSOFO Y UN JURISTA 75

todas d a s virtudes> cultivó máxima y principalmente la leal­


tad44, y la consideró inviolable, tanto privada como pública­
mente. (40) Por ello, entregó a los enemigos a cónsules, hom­
bres ilustrísimos, a fin de confirmar la lealtad pública45; por
ello, se decidió que el cliente recibido bajo la lealtad fuera
considerado más estimable que los familiares, y que debía ser
protegido frente a los parientes de sangre, y no se consideró
haber otro crimen peor que si se probaba que <un patrono>
había roto <su lealtad respecto> a su cliente46. (41) Nuestros
antepasados, no sólo sancionaron esta lealtad en asuntos de
deberes, sino también en la realización de negocios, y espe­
cialmente en el uso y tráfico del dinero prestado; pensaban,
en efecto, que se imposibilitaría este remedio de la indi­
gencia pasajera, del cual necesitaba la vida común de
todos, si la deslealtad de los deudores escapase sin grave
pena47. (42) Así, pues, a los que han confesado su deuda y

44 El concepto de fides es realmente fundamental para todo el pensa­


miento jurídico romano, partiendo especialmente del principio moral del
cumplimiento de la palabra dada. Una virtud de la que siempre se jactaron
los romanos como algo muy propio, en contraposición a la per-Fidia de los
griegos. Véase supra sub II n. 41.
45 Quizá Gelio se refiera al caso, previamente mencionado por él mismo
(N.A. 17,21,36), de los cónsules Tiberio Veturio y Espurio Postumio, los
cuales, en la guerra de Roma con los samnitas, en el 321 a.C., se vieron
rodeados por éstos en posición desventajosa, por lo que tuvieron que ren­
dirse en condiciones humillantes, después de pasar por debajo de un yugo
(el famoso episodio de las «horcas caudinas») para poder regresar a Roma.
Por este motivo, los cónsules siguientes, con la autorización del pueblo,
decidieron entregar, por medio de los feciales, dichos cónsules a los samni­
tas, los cuales no quisieron aceptarlos. Otro caso similar es el del general
Cayo Hostilio Mancino, el cual, el 137 a.C., se vio obligado a firmar, sin la
autorización del Senado, un tratado de paz con Numancia. Pero éste no fue
aceptado por el Senado, que ordenó que Cayo Hostilio Mancino fuese entre­
gado a los numantinos, los cuales tampoco quisieron aceptarlo. Cuatro años
después (133 a.C.), Numancia fue sitiada y destruida por el cónsul Publio
Cornelio Escipión Emiliano.
46 Véase supra sub II, XII Tab. 8,21 y n. 41; y supra n. 44. El tenor lite­
ral es transcrito por Servio, ad Aen. 6,609; cfr. también Plutarco, Rom. 15.
47 El negocio de préstamo se fundaba en la confianza que inspiraba la
fieles del que recibía la cantidad prestada; los contratos, en la observancia de
la fules recíproca (bona fules).

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76 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

a los condenados por ella se les conceden treinta días para


conseguir el dinero que han de pagar, (43) y a estos días los
decenviros los denominaron ‘justos’48, como una especie de
plazo judicial, esto es, como un intervalo y suspensión entre
ellos, durante los cuales días nada puede ser reclamado en
derecho contra ellos. (44) Después, a no ser que hubiesen
pagado, eran citados ante el pretor y eran adjudicados por él
a favor de aquellos frente a quienes habían sido condenados,
y eran sujetos con ataduras o con cadenas. (45) Así son, en
efecto, según creo, las palabras de la ley: ‘PARA d a ejecu­
ción de> UNA DEUDA DE DINERO RECONOCIDA
JUDICIALMENTE <por el demandado> O PARA LAS
CAUSAS LEGALMENTE JUZGADAS, SEA DE TREIN­
TA DÍAS EL PLAZO JUSTO. DESPUÉS <de este p la z o ,
HÁGASE EL APODERAMIENTO <del deudorx LLÉVE­
SELE ANTE EL MAGISTRADO. SI NO CUMPLE LA
CONDENA, O NO SALE ALGUIEN COMO DEFENSOR
SUYO ANTE EL MAGISTRADO, LLÉVESELO <el
dem andante CONSIGO. SUJÉTELE CON ATADURAS O
CON CADENAS. SUJÉTELE <con cadenas> DE QUINCE
LIBRAS DE PESO, NO DE MÁS, PERO SÍ DE MENOS,
SI QUIERE. SI <el condenado> QUIERE, VIVA A SU
COSTA. SI NO VIVE A SU COSTA, QUIEN LE TIENE
ATADO DÉLE CADA DÍA UNA LIBRA DE PAN
FÁRREO. SI QUIERE, DÉLE MÁS’49. (46) Entretanto,
había el derecho de llegar a un pacto, pero, si no se hacía,
eran retenidos atados durante sesenta días. (47) Durante
éstos, en tres días consecutivos de mercado, se los conducía
ante el pretor, en el comicio, y se anunciaba públicamente la
cantidad a la que habían sido condenados. En la tercera feria,
se le aplicaba la pena capital o se le vendía más allá del
Tiber50. (48) Pero, para defender la lealtad, como dije, hicie­

48 Cfr. supra sub II, XII Tab. 3,1; cfr. también Gelio, N.A. 15,13,11.
49 Véase supra sub II, XII Tab. 3,1-6, y n. 26, sobre el cambio de lectu­
ra introducido.
50 La venta del deudor trans Tiberim se explica teniendo en cuenta, por
un lado, que el río Tiber era el límite de Roma, y, por otro, que un ciudada­
no romano no podía caer en esclavitud dentro de la misma Roma.

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DIÁLOGO ENTRE UN FILÓSOFO Y UN JURISTA 77

ron que esta pena capital resultase aún más intimidante por
la amenaza atroz de nuevos terrores, pues, si eran varios <los
acreedores> a favor de los que el reo había sido condenado,
les permitían cortar, si querían, y repartirse el cuerpo del
hombre que se les había adjudicado51. (49) Y ciertamente
citaré las mismas palabras de la ley, para que no pienses que
quizá me atemoriza esta dureza: ‘AL TERCER <día de>
MERCADO -dice d a ley>-, SEA PARTIDO EN TROZOS
<por los acreedores>. SI d o s acreedores son varios y> HAN
PARTIDO MÁS O MENOS, QUEDE ESTO SIN SANCIÓN
<para ellos>\ (50) Nada en verdad más feroz, nada más cruel,
si no fuera porque, como pone de manifiesto el mismo asun­
to, tan gran crueldad de la pena denuncia la intención de que
nunca se llegue a ella. (51) Actualmente vemos que muchos
son adjudicados y atados, porque los hombres más malvados
no temen la pena de las ataduras, (52) pero no he leído ni oído
que en la antigüedad alguien haya sido repartido ciertamente,
porque tal crueldad de la pena no podía ser despreciada. (53)
¿No crees, Favorino, que si no se hubiese olvidado también
aquella pena de las XII Tablas acerca de los falsos testimo­
nios52, y que si incluso ahora, como antes, el convicto de
haber prestado falso testimonio fuese arrojado desde la roca
Tarpeya53, mentirían en su testimonio tantos como vemos
<que lo hacen>? Muchas veces la crueldad para castigar un
crimen es ejemplo para vivir buena y prudentemente. (54) No
nos resulta desconocida, para quienes leemos bastantes libros
de esta naturaleza, la historia de Meto Fufecio Albano, el
cual, porque había roto pérfidamente el pacto acordado con el
rey del pueblo romano, fue atado a dos carros dirigidos en
sentido contrario, y despedazado54; ¿quién niega que éste fue

51 Sobre este procedimiento de «partes secan to », véase supra n. 34.


52 Los editores de las XII Tablas colocan esta referencia de Gelio en XII
Tab. 8,23, pero de un precepto similar falta cualquier otra noticia.
53 La roca Tarpeya estaba situada probablemente en la parte suroeste del
Capitolio, y desde ella se arrojaba, para ejecutar las sentencias de muerte, a
los asesinos y a los traidores.
54 El episodio se sitúa, en época del rey Tulo Hostilio, en el marco de la
guerra entre Roma y Alba, narrada en Livio 1,22 ss. El cruel suplicio, nunca

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78 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

un nuevo y cruel suplicio?, pero mira lo que dice el más ele­


gante poeta:‘pero tú, Albano, deberías haber mantenido lo
acordado’»55.
(55) Cuando Sexto Cecilio hubo dicho todas estas cosas
y otras más, aprobándolas y alabándolas todos los presentes
e incluso el mismo Favorino, se anunció que había empeza­
do la recepción del César, y nos separamos.

antes aplicado, ni tampoco después, lo justifica el rey romano porque Meto


Fufecio es incapaz de observar la lealtad y cumplir los pactos (Livio 1,28).
5-s El verso procede de Virgilio, Aen. 8,643.

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IV

CONCEPTOS FUNDAMENTALES:
DE GAYO A JUSTINIANO

Dejando ya atrás las cuestiones históricas, dedicamos


este nuevo apartado a la explicación de algunos conceptos
fundamentales del sistema jurídico romano. Para esta expo­
sición, hemos elegido algunos pasajes de dos obras de carác­
ter eminentemente didáctico: las «Instituciones» de Gayo y
las de Justiniano, dos libros destinados, en sus correspon­
dientes momentos históricos, a la enseñanza elemental del
Derecho. Nos encontramos así con los primeros conceptos
jurídicos que un estudiante de Derecho, bien en la época
anterior a Justiniano, bien en la posterior, debía aprender,
antes de adentrarse en el estudio de instituciones jurídicas
concretas. Por otra parte, la confrontación de los pasajes
paralelos de estos dos libros de «Instituciones» puede servir
también para observar las diferencias entre uno y otro, que
vienen a reflejar el desarrollo del derecho operado desde el
siglo II d.C., época en la que probablemente Gayo escribe su
«manual», hasta el siglo vi d.C., concretamente el año 533,
momento en el que se publican las Instituciones de Justinia­
no, casi al mismo tiempo que el «Digesto».

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80 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

A. El derecho

En este primer apartado, recogemos los pasajes iniciales,


tanto de las Instituciones de Gayo como de las de Justiniano,
en los que se trata de los conceptos básicos del derecho, así
como de sus fuentes; pero de éstas, nos ocuparemos específi­
camente en el capítulo siguiente.
Gayo reduce su exposición de esos conceptos básicos a
dos: el «derecho civil» (ius civile) y el «derecho de gentes»
(ius gentium), inspirado por la «razón natural», e identificado
por ello, en cierto modo, con el «derecho natural» (ius natu-
rale). La exposición de Justiniano, por su parte, es mucho
más elaborada y completa, pues da una definición de la Justi­
cia y la Jurisprudencia, enuncia los conocidos «tres preceptos
del derecho» (tria iuris praecepta), y trata de la distinción
entre derecho público y privado; entre derecho natural, de
gentes y civil; y entre derecho escrito y derecho no escrito o
consuetudinario.

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81

Bibliografía

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T orrent, Conceptos fundamentales del ordenamiento jurídico
romano, Salamanca, 1973.

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82 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

1. G a y o , « I n s t it u c io n e s » 1 ,1 -8

La figura de este Gayo (se desconoce incluso su nombre


completo) es enigmática, sin duda por no haber sido conoci­
da su persona ni su obra por sus contemporáneos, a causa
quizá de haber vivido él en una provincia, probablemente
oriental, donde parece haber ejercido funciones docentes,
pero todavía en latín. En efecto, no se conservan de él res­
puestas, como sucede con los juristas urbanos, y su obra
principal, las «Instituciones», parecen ser una obra mera­
mente escolástica, o tal vez incluso unos apuntes tomados de
sus lecciones. Fue precisamente ese carácter elemental de su
obra la que le procuró gran fama a partir del siglo iv d.C., dos
siglos después del tiempo en que él vivió; y su obra se con­
virtió en libro de texto del primer año de los estudios de
Derecho en las escuelas de Oriente (Berito [actual Beirut] y
Constantinopla [actual Estambul]). Por esa misma difusión
de su obra, se ha conservado ésta mucho mejor que las de
juristas muy superiores, que conocemos tan sólo por la selec­
ción que de ellas se hizo para componer el Digesto, la parte
principal del Corpus Iuris de Justiniano1. Además de las
«Instituciones», de las que hablaremos a continuación, Gayo
escribió las siguientes obras:
- un «Libro singular acerca de los casos» (liber singula-
ris de casibus)
- 10 libros de «Comentarios al Edicto del pretor urbano»
(acl edictum praetoris urbani)
- 32 libros de «Comentarios al Edicto provincial (y al
Edicto de los ediles cumies)» (ad edictum provincial [et ad
edictum aedilium curulium])
- 2 libros «Sobre los fideicomisos» (de fideicommissis)
- un «Libro singular sobre la fórmula hipotecaria» (liber
singularis de formula hypothecaria)
- 6 libros de «Comentarios a la Ley de las XII Tablas»
(ad legem duodecim tabularían)

1 Véase infra sub VIII.C.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 83

- un «Libro singular de comentarios a la ley Glicia»2


(liber singulcuis ad legem Glitiam)
- 15 libros de «Comentarios a la(s) ley(es) Julia y Papia»
(ad legem luliam et Papiam)
- 3 libros «Sobre las manumisiones» (de manumissionibus);
- un número incierto de libros de «Comentarios a Quin­
to Mucio» (ex Quinto Mudo)
- 3 libros «De reglas» (regularían)
- un «Libro singular de reglas» (liber singularis regularían)
- 7 libros «De las cosas cotidianas o áureas» (rerum cot-
tidianarum sive aureorum)
- un «Libro singular de comentarios al senadoconsulto
Orficiano» (liber singularis ad senatus consultant Oifitianum)
- un «Libro singular de comentarios al senadoconsulto Ter­
tuliano» (liber singularis ad senatus consultum Tertulliamun)
- un «Libro singular sobre los fideicomisos tácitos» (liber
singularis de tacitis fideicommissis)
- 3 libros «Sobre las obligaciones verbales» (de verbo-
rum obligationibus).

Hasta 1816, sólo se conocían los pasajes de las «Institu­


ciones» de Gayo recogidos en el Digesto de Justiniano, en
número bastante limitado (sólo 14), y los muy simplificados
del «Epítome de Gayo» (Epitome Gai), recogidos en la «Ley
Romana de los Visigodos» o «Breviario de Alarico» (Lex
Romana Wisigothorum). En esa fecha, Niebuhr descubre un
codex rescriptas, el llamado «palimpsesto (de «palin» = de
nuevo, y «psao» = raspar) de Verona», un pergamino del
siglo vi d.C. en el cual se habían copiado, en el siglo ix, unas
epístolas de san Jerónimo sobre el texto borrado de las «Ins­
tituciones» de Gayo. Este descubrimiento permitió recuperar
un ejemplar bastante completo de la obra gayana. Posterior­
mente, nuevos hallazgos en Egipto, en 1927 (Papiros*de

2 De esta ley Glicia no tenemos ninguna otra referencia ni en fuentes


jurídicas ni en literarias. Sólo D. 5,2,4 recoge un único pasaje de los comen­
tarios de Gayo a dicha ley. Ello ha llevado a algunos autores, quizá con
razón, a pensar en una simple corrupción del nombre de esta ley.

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84 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Oxyrrinco, del siglo ill d.C.) y 1933 (Pergamino de El Cairo


o de Antinoe, de donde se supone que procedían, del siglo m
d.C.), permitieron completar algunas de las lagunas del Gayo
veronés. Otras lagunas se pueden suplir sobre la base de las
«Instituciones» de Justiniano y del «Epítome de Gayo». Gra­
cias a este hecho, tenemos muchas noticias del derecho arcai­
co y clásico que fueron eliminadas como anticuadas por los
Compiladores del Corpus Iuris, en especial, sobre el procedi­
miento formulario, al que Gayo dedicaba el último de los cua­
tro libros de sus «Instituciones».
Permanece, sin embargo, la incertidumbre acerca de la
naturaleza de la obra y de su relación con los libros «De las
cosas cotidianas o áureas» (rerum cottidianarum sive aureo-
rum), otro libro gay ano que coincide, en muchos pasajes,
literalmente con las «Instituciones», aunque incrementando
el número de ejemplos ilustrativos.
Pero, en todo caso, sí parece bastante indiscutible
que Gayo es un pionero, todavía en época clásica, de lo que
habían de ser los planteamientos post-clásicos. De ahí que A.
d’Ors le haya caracterizado, con expresión afortunada, como
«pre-post-clásico». Por eso, cuando Justiniano decidió hacer
un nuevo libro de texto del mismo tipo, tomó como base el
de Gayo, siguiéndole continuamente, de ordinario al pie de
la letra, excepto cuando se trataba de noticias anticuadas, y
completándolo con otros antiguos libros de «Instituciones».
Las «Instituciones» constan de cuatro libros. El primero,
aparte de una breve introducción general, está dedicado al
derecho de las «personas»; el segundo y el tercero, a las
«cosas», donde, aparte de la propiedad y de los demás dere­
chos reales, Gayo va a tratar también de las «sucesiones» y
las «obligaciones»; y el último, a las «acciones». Esta divi­
sión sistemática escolástica ha tenido eran transcendencia en
la historia del derecho. Su redacción, aunque la cuestión no
es pacífica, se puede datar bajo Antonino Pío (138-161).

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85

Bibliografía

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86 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

(1,1) Todos los pueblos que se rigen por leyes y costum­


bres3 usan en parte de su derecho propio, en parte del común
de todos los hombres, pues el derecho que cada pueblo esta­
blece para sí mismo, ése es propio de ellos mismos y es
denominado derecho civil, en cuanto derecho propio de la
ciudad; pero el que la razón natural establece entre todos los
hombres, ése es observado igualmente en todos los pueblos
y es denominado derecho de gentes, en cuanto todos los pue­
blos usan de ese derecho4. Así, el pueblo romano usa en parte
de su derecho propio, en parte del común de todos los hom­
bres. Cómo sea cada uno, lo trataremos en sus lugares5.

3 La contraposición de leyes y costumbres no tiene aquí un sentido muy


técnico, y corresponde al concepto griego de nómoi. Gayo tiene presente la
realidad de otros pueblos y no sólo la romana, a pesar de utilizar luego el
término propiamente romano de iits civile, de modo que las fuentes princi­
pales del derecho en Roma -la Jurisprudencia y el E dicto- no encajan bien
ni entre las «leyes», ni entre las «costumbres». Un concepto técnico de
«costumbre» (consuetudo) como fuente distinta del derecho sólo aparecerá
en la época tardía, en contraposición a la nueva legislación imperial; véase
infra sub V introd. y VIII.B introd.
4 El «derecho de gentes» (ius gentium) es propio del pensamiento roma­
no, y no se contrapone allí al «derecho civil» de una manera excluyeme,
sino que se concibe como aquella parte del «civil» que se puede aplicar tam­
bién a los extranjeros; es, pues, un derecho de origen romano y no importa­
do de la práctica internacional; por ejemplo, el contrato de compraventa por
el simple consentimiento es de origen exclusivamente romano, y, sin embar­
go, es típico del «derecho de gentes», pues servía para el comercio interna­
cional. Gayo, como en tantos otros lugares, tiende a un esquematismo esco­
lástico extraño al pensamiento de los juristas romanos, aunque la idea de
que ese «derecho de gentes» lo es por depender de una razón natural y no
de una tradición ritual romana proceda ya de los filósofos influidos por la
teoría griega del nomos physikos. De ahí resulta una cierta identificación del
«derecho de gentes» romano con el «derecho natural» griego, que perdura
en el pensamiento romano, a pesar de que el cristianismo había logrado dis­
tinguir entre lo que es natural por existir entre todos los pueblos, como es la
esclavitud, y lo que es natural por corresponder al orden divino de la Crea­
ción, por el que todos los hombres son libres. Por lo demás, el término
«derecho de gentes» iba a identificarse en la ulterior tradición europea con
el Derecho Internacional Público, como «Derecho de la Guerra y de la Paz»,
en un sentido muy distinto ya del de Gayo.
5 En realidad, Gayo no cumplirá este proyecto, pues no va a tratar sepa­
radamente el «derecho civil» y el «derecho de gentes», sino que, a propósi­
to de algunas prácticas jurídicas, dirá que son de uno u otro tipo.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 87

(1,2) Los derechos del pueblo romano están formados


por las leyes, los plebiscitos, los senadoconsultos, las consti­
tuciones de los Príncipes, los Edictos de aquellos que tienen
el derecho de dar Edictos, las respuestas de los prudentes6.
(3) Ley es lo que el pueblo autoriza y establece7. Plebiscito
es lo que la plebe autoriza y establece. La plebe se distingue
del pueblo en que, bajo la denominación de pueblo, están
comprendidos todos los ciudadanos, incluidos también los
patricios; pero bajo la denominación de plebe se compren­
den los restantes ciudadanos, sin los patricios; por esto, en
otro tiempo, los patricios afirmaban que ellos no estaban
obligados por los plebiscitos, porque se habían hecho sin la
autoridad de ellos; pero después se dio la ley Hortensia, por
la cual se estableció que los plebiscitos obligasen a todo el
pueblo: y así, de esc modo, fueron equiparados a las leyes8.
(4) Senadoconsulto es lo que el Senado autoriza y estable­
ce; y así obtiene fuerza de ley, aunque se haya discutido
<sobre esta cuestión>9. (5) La constitución del Príncipe es
lo que el emperador establece por decreto, por Edicto o por
epístola. Nunca se ha dudado de que ésta tiene fuerza de
ley, dado que el mismo emperador recibe el poder por

6 Sobre las fuentes, véase infra sub V.A, B, C, D y E.


7 Esta definición puede resultar desorientadora, pues la ley, como pro­
puesta (rogado), la hace el magistrado, y no siempre necesitó la aprobación
de la asamblea popular, que, en ningún caso, tuvo iniciativa legislativa, ni
pudo introducir enmiendas a la rogado del magistrado, sino sólo rechazarla
por la declaración mayoritaria de preferir «lo antiguo». La función del pue­
blo es así, propiamente, de simple homologación; véase infra sub V.C introd.
8 Los plebis sciia tuvieron así el mismo valor que las leyes populares; véase
supra sub I §8 y n. 15, también para la distinción entre patricios y plebeyos.
9 Sobre senadoconsultos véase supra sub I n. 17, e infra sub V.B. Esa dis­
cusión, en realidad, no es más que el reflejo del cambio producido en la
época de Adriano, cuando los senadoconsultos se convienen en los meros
«discursos del Príncipe» {orationes Principis). En todo caso, esto no quiere
decir que se equiparen los senadoconsultos con las leyes, sino simplemente
que aquéllos tienen una vigencia similar a la de éstas (vicem legis optinent).
La misma expresión es utilizada a continuación (§5), a propósito de las
«constituciones imperiales» (consiiiudones principis), y de nuevo (§7) al
tratar de las «respuestas jurisprudenciales» (responso prudentium), cuando
éstas son coincidentes.

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88 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

medio de una ley101. (6) El derecho de dar Edictos lo tienen


los magistrados del pueblo romano. Pero este derecho está
más ampliamente en los Edictos de los dos pretores, del
urbano y del peregrino, cuya jurisdicción en las provincias
la tienen los gobernadores de ellas; igualmente, en los Edic­
tos de los ediles curules, cuya jurisdicción la tienen los
cuestores en las provincias del pueblo romano, pues a las
provincias del César no se envían generalmente cuestores,
y por ello este Edicto no se publica en tales provincias11. (7)
Las respuestas de los prudentes son los pareceres y opinio­
nes de aquellos a los cuales se les permitió establecer los
derechos. Si los pareceres de todos éstos coinciden en uno,
aquello que así opinan tiene fuerza de ley; pero si disienten,
al juez le es lícito seguir el parecer que quiera; y esto se con­
tiene en un rescripto del divo Adriano12.

10 La idea de que el poder del emperador procede de una concesión


popular - la lex de imperio- no pasa de ser una construcción más o menos
fundada en una legendaria ley constituyente del poder de los antiguos reyes,
que se reaviva en algunos momentos del Principado en que parece dudosa
la legitimidad de un nuevo Príncipe, como ocurre con Vespasiano. De
hecho, sin embargo, el fundamento del poder imperial depende de la adhe­
sión del ejército. Sobre la llamada «ley del imperio de Vespasiano» (lex de
imperio Vespasiani), véase infra sub VII.
11 Sobre estas magistraturas, véase supra sub I §§26-28 y nn. 37-39;
sobre el edicto de los ediles curules, véase infra sub V.E nn. 70s. A partir de
Augusto, se distinguió entre provincias imperiales y senatoriales. Las pri­
meras dependían directamente del Príncipe, que las gobernaba a través de
sus «legados» (legati) personales; las segundas, del Senado, aunque some­
tidas también al imperio proconsular del Príncipe, y eran regidas por pro­
cónsules, ayudados por otros magistrados, como los cuestores; véase infra
sub IV.C n. 6. Esta distinción desaparecerá con la reforma territorial de Dio-
cleciano; véase infra sub VIII.B n. 1.
12 La referencia que aquí nos da Gayo sobre la Jurisprudencia está ya
incongruentemente modificada por el «derecho de dar respuestas pública­
mente en virtud de la autoridad del Príncipe» (ius publice respondendi ex
auctoritate Principis), que se concedía, desde Tiberio, a los juristas amigos
del Príncipe, y el mencionado rescripto de Adriano, que vino a reducir la tra­
dicional autoridad de los responso jurisprudenciales a la opinión común,
con supresión del ius respondendi, puesto que, en ese momento, los juristas
activos de prestigio se hallan ya como asesores al servicio del emperador;
véase supra sub 1 n. 74, e infra sub V.E introd.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 89

(1,8) Todo el derecho que usamos, o se refiere a las per­


sonas, o a las cosas, o a las acciones...13.

13 Gayo anuncia aquí lo que va a ser el orden sistemático de su libro: per­


sonas (libro 1), cosas, que comprenden propiedad y derechos reales, suce­
siones y obligaciones (libros 2 y 3), y acciones (libro 4).

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90 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

2. I n s t it u c io n e s d e J u s t in i a n o l,lpr.-4; y l,2pr.-12

Avanzados los trabajos de la comisión que, bajo la presi­


dencia de Triboniano, estaba elaborando el Digesto, Justi­
niano convoca al propio Triboniano, a Teófilo y a Doroteo
para encargarles la elaboración de un libro de Instituciones
(constitución Imperatoriam §3) que contenga «los conceptos
elementales de toda la ciencia del Derecho» (§4). Aunque el
tema es discutido, fueron, al parecer, Teófilo y Doroteo quie­
nes se ocuparon de realizar el encargo del emperador. La
obra es publicada el 21 de noviembre del 533, por medio de
la constitución Imperatoriam, que Justiniano dirige expresa­
mente a la «juventud amante del Derecho» (cupida legum
iuventus). Esta misma constitución nos informa, en su §6, de
cuáles fueron las obras que se utilizaron para la redacción
de las nuevas Instituciones: todos los libros de Instituciones
de juristas anteriores, especialmente el de Gayo, asi como
sus res cottidianae, y también otros muchos comentarios,
añade genéricamente el emperador.
Por lo que podemos hoy conocer, Teófilo y Doroteo
tomaron como base las de Gayo, cuyo orden sistemático
general (personas, cosas y acciones) aceptan, aunque
siguiéndolas de un modo desigual en cada uno de sus cuatro
libros. Además de las mencionadas obras gayanas, utilizaron
también otros libros de Instituciones, como los de Ulpiano,
Florentino, Calístrato y, sobre todo, el de Marciano. Además,
parece que tuvieron presentes los libros ya terminados del
Digesto, como se puede deducir de la coincidente secuencia
de fragmentos de distintas obras de diferentes autores, así
como de las variantes comunes al Digesto y a las Institucio­
nes de Justiniano respecto a las de Gayo.
Casi un mes más tarde, el 16 de diciembre del año 533
-el mismo día en el que se promulgaba también la constitu­
ción Tanta, «sobre la confirmación del Dieesto»14- Justinia-
no dirige a ocho profesores (Teófilo, Doroteo, Teodoro,
Isidoro, Anatolio, Taleleo, Cratino y Salaminio) una nueva

14 Véase infra sub VIII.C.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 91

constitución, la Omnem, en la que aborda una profunda reno­


vación de los estudios de derecho, comenzando por lo que
podríamos llamar una «reforma del plan de estudios» (§§2 a
5), que desde entonces pasa a organizarse, a lo largo de cinco
años -según algunas opiniones, aumentando en un año su
duración-, del siguiente modo. En el primer año: Institucio­
nes de Justiniano y «primera parte de las leyes» (prima pars
leguni), es decir, los cuatro primeros libros del Digesto. En el
segundo: alternando según los años, los siete libros «sobre
los juicios» (de iudiciis), esto es, libros 5 a 11 del Digesto, o
los ocho libros «sobre las cosas» (de rebus), libros 12 a 19
del Digesto;
o 7 además,1 cuatro «libros singulares»
c»» referentes a
la dote, tutela y cúratela, testamentos, y legados y fideicomi­
sos (libros 23, 24, 28 y 30 del Digesto). En el tercer año: los
libros de iudiciis o de rebus que no hubiese correspondido
leer el año anterior; y también otros tres «libros singulares»
relativos a la fórmula hipotecaria, al Edicto de los ediles
curules, a la acción redhibitoria y a las estipulaciones por
evicción, que se encuentran en los libros 20-22 del Digesto.
En el cuarto año: los restantes diez «libros singulares», que
debían ser leídos repetidamente (lectitare), correspondientes
a los libros 24, 25, 27, 29 y 31-36 del Digesto. Por último, el
quinto año, dedicado a leer y comprender «sutilmente» (tam
legere cjuam suptiliter intellegere) las constituciones impe­
riales recogidas en el Código de Justiniano. Estos estudios,
según la previsión de Justiniano (§6), habrían de conseguir
hacer de los estudiantes «óptimos oradores, servidores de la
justicia, óptimos defensores y jueces en los juicios, y felices
en todo lugar y tiempo».
Por otra parte (§7), Justiniano ordena la desaparición de
las Escuelas de Derecho de Alejandría, Cesárea y de otras
ciudades no concretadas, alegando que, en ellas, algunos
individuos ignorantes enseñan a sus discípulos doctrina adul­
terada; y autoriza, en cambio, sólo las de Constantinopla y
Berito. Asimismo (§8), reitera el emperador la prohibición
de que se utilicen abreviaturas en los libros de Derecho, y de
que se hagan resúmenes que puedan provocar dudas o malin-
terpretaciones.

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92 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Por último (§9), se va a referir Justiniano al comporta­


miento de los estudiantes, prohibiéndoles que «practiquen
diversiones indignas y de pésimo gusto, más propias de
esclavos, y cuyo efecto es la injuria», y ordenándoles que se
abstengan de «perpetrar otros crímenes contra los mismos
profesores o contra sus compañeros, especialmente contra
los que, siendo todavía incultos, inician sus estudios de
Derecho». Todo ello, concluye el emperador, «porque con­
viene que, primero, sean educados, y luego, instruidos» (cum
oportet prius animas et postea linguas fieri eruditos).
Como ya hemos dicho, las Instituciones de Justiniano
están divididas en cuatro libros, los cuales, a su vez, se divi­
den en títulos, encabezados por sus correspondientes rúbricas.

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93

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?4 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

I. Justicia es la
D e la ju s t ic ia y d e l d e r e c h o . ( l , l p r . )
constante y perpetua voluntad que atribuye a cada uno su
derecho. (1) La Jurisprudencia es el conocimiento de las
cosas divinas y humanas, la ciencia de lo justo y lo injusto15.
(1,1,2) Conocidas con carácter general estas cosas, y
comenzando Nosotros a exponer los derechos del pueblo
romano, parece que puede enseñarse con mucha más facili­
dad si se enseñan, en primer lugar, las cosas generales y sim­
ples, y después cada una de ellas con la más diligente y pre­
cisa interpretación. De otro modo, si ya desde el comienzo
cargásemos el todavía rudo y débil ánimo del estudiante con
una multitud y diversidad de cosas, provocaríamos una de
dos: o que deserte de sus estudios, o que con gran esfuerzo
suyo, incluso frecuentemente con desconfianza, la cual
muchas veces aleja a los jóvenes, alcancemos más tarde
aquello a lo que podría llegarse antes, a través de un camino
más fácil, sin gran esfuerzo, y sin ninguna desconfianza16.
(1,1>3) Estos son los preceptos del derecho: vivir hones­
tamente, no perjudicar a otro, dar a cada uno lo suyo17. (4)
Son dos los planteamientos de este estudio: público y priva­
do. Es derecho público el que atiende a la situación de la
república romana; privado, el que se refiere a la utilidad de
los particulares. Y así, ha de decirse, del derecho privado,
que es tripertito: está compuesto, en efecto, por preceptos
naturales, de gentes y civiles18.

15Ambas definiciones proceden de Ulpiano 1 «de reg.»-D. 1,1,1 Opr. y 2.


Ift Téngase en cuenta, para comprender este pasaje, que las Instituciones
de Justiniano -com o, en general, todos los libros de «instituciones»- son un
libro destinado a la enseñanza del Derecho. En cieno modo, se encuentran
recogidos aquí los planteamientos pedagógicos de Justiniano: hay que
comenzar la enseñanza por las cosas más generales y asequibles, para pasar
luego a las concretas y más difíciles; de este modo, se evitará el abandono
de los estudiantes.
17 Véase Ulpiano 1 «de reg.»-D. 1,1,10,1.
,KVuelven de nuevo los redactores de las Instituciones a utilizar un pasa­
je de Ulpiano, esta vez del libro 1 «de inst.»-D. 1,1,1,2, aunque con supre­
siones y ligeras variantes formales.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 95

II. D el derecho natural, del de gentes y del civil .


(l,2pr.) Es derecho natural el que la naturaleza enseñó a
todos los animales. En efecto, este derecho no es exclusivo
del género humano, sino de todos los animales que nacen en
el cielo, en la tierra y en el mar. De aquí deriva la unión del
macho y la hembra, que nosotros llamamos matrimonio; de
aquí, la procreación y educación de los hijos: vemos, en
efecto, que se considera que los restantes animales <tienen>
experiencia de este derecho19. (1) El derecho civil y el de
gentes se distinguen así: todos los pueblos que se rigen por
leyes y costumbres usan en parte de su derecho propio, en
parte del común de todos los hombres, pues el derecho que
cada pueblo establece para sí mismo, ése es propio de su
ciudad, y es denominado derecho civil, en cuanto derecho
propio de su ciudad; pero el que la razón natural establece
entre todos los hombres, ése es observado igualmente en
todos los pueblos y es denominado derecho de gentes,
en cuanto todos los pueblos usan de ese derecho. Así, el pue­
blo romano usa en parte de su derecho propio, en parte del
común de todos los hombres. Cómo sea cada uno, lo tratare­
mos en sus lugares20. (2) Pero el derecho civil es denomina­
do en función de cada ciudad, por ejemplo, de los atenienses:
en efecto, si alguien quisiera llamar a las leyes de Solón o de
Dracón21 derecho civil de los atenienses, no erraría. Y así
también al derecho que utiliza el pueblo romano lo llamamos
derecho civil de los romanos, o derecho de los quirites, por­

19También con pequeñas variantes formales, el pasaje procede asimismo


de Ulpiano 1 «de inst.»-D. 1,1,1,3.
20 Salvo la frase inicial, este pasaje está tomado del comienzo de las
«Instituciones» gayanas (1,1), que fue recogido también en D. 1,1,9, aun­
que con variantes entre sí. Dos de esas variantes son comunes a la versión
del Digesto y de las Instituciones; una tercera, a los dos libros de «Institu­
ciones». El estudio de estas, y otras muchas, variantes, junto con el de otros
indicios -com o, por ejemplo, el orden de colocación de fragmentos de
otros juristas, que coincide a veces con el orden en que aparecen en el
Digesto- podrían servir para aclarar si los redactores de las Instituciones
de Justiniano utilizaron siempre las obras originales, y si tuvieron ya a la
vista, al menos, parte del Digesto.
21 Sobre las leyes de Dracón y Solón, véase supra sub II n. 3.

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96 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

que lo usan los quirites, pues los romanos eran llamados qui­
ntes, por Quirino22. Pero siempre que no añadimos de qué
ciudad se trata, nos referimos a nuestro derecho, del mismo
modo que, cuando hablamos del poeta y no añadimos su
nombre, se sobrentiende, entre los griegos, el egregio Home­
ro, y, entre nosotros, Virgilio. En cambio, el derecho de gen­
tes es común a todo el género humano, pues por la exigencia
de la práctica y de las necesidades humanas, las gentes esta­
blecieron para sí ciertos <derechos> humanos; así, son <de
derecho de gentes> las guerras entabladas, y los consiguien­
tes cautiverios y esclavitudes, que son contrarios al derecho
natural (en efecto, por derecho natural, desde el comienzo
todos los hombres nacían libres). En virtud de este derecho
de gentes, también se introdujeron casi todos los negocios,
como la compraventa, el arrendamiento, la sociedad, el depó­
sito, el mutuo y otros innumerables.
(1,2,3) Nuestro derecho está fundado o en lo escrito o en
lo no escrito, como entre los griegos: [en griego] «de las
leyes, unas escritas, otras no escritas»23. Es derecho escrito la
ley, los plebiscitos, los senadoconsultos, lo que place a los
Príncipes, los edictos de los magistrados, las respuestas de
los prudentes24. (4) Es ley lo que el pueblo romano estable­
cía, al ser interrogado por un senador o por un magistrado,
por ejemplo, por el cónsul25. Es plebiscito lo que la plebe

22 No es claro el origen de esta denominación de quirites, con la que se


designaba también a los ciudadanos romanos. Podría derivar, como se dice
aquí, de Quirino (de donde también en Monte Quirinal), que es una de las
más antiguas divinidades romanas, quizá de origen sabino, cuyo nombre
procedería, a su vez, de la ciudad sabina de Curi o de la palabra quiris
(«lanza»); según otra etimología, quirites derivaría de la palabra curia, deri­
vada de coviria («reunión de hombres»), en clara relación con los comicios.
De «quirites» deriva el verbo español «gritar», pues la convocatoria de los
ciudadanos y su misma asamblea no puede prescindir del hablar gritando.
23 El pasaje también procede, con variantes formales iniciales, de Ulpia-
no 1 «de inst.»-D. 1,1,6,1.
24 Una enumeración esencialmente igual en Gayo 1,2. Donde Gayo
habla de «constituciones de los Príncipes» (constitutiones principian), Jus-
tiniano se refiere a «lo que place a los Principes» (principum placita).
25 Gayo 1.3 ofrece una definición de ley mucho más lacónica, sin hacer
mención de la existencia de una propuesta anterior. Por lo demás, no pare­

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 97

establecía, al ser interrogada por el magistrado plebeyo, por


ejemplo, por el tribuno. La plebe se distingue del pueblo en
lo mismo que la especie del género, pues, bajo la denomina­
ción de pueblo, están comprendidos todos los ciudadanos,
incluidos también los patricios y los senadores; pero bajo la
denominación de plebe se comprenden los restantes ciuda­
danos, sin los patricios ni los senadores26. Pero los plebisci­
tos, una vez dada la ley Hortensia, comenzaron a valer no
menos que las leyes27. (5) Senadoconsulto es lo que el Sena­
do autoriza y establece28, pues cuando el pueblo romano
aumentó de tal modo que era difícil reunirlo en un solo lugar
a fin de sancionar la ley, pareció justo consultar al Senado en
lugar de al pueblo29. (6) Pero también tiene fuerza de ley lo
que agradó al Príncipe, puesto que, por una ley regia, que fue
dada acerca de su imperio, el pueblo, a él y para él, cedió
todo su imperio y potestad30. Y así, todo lo que el emperador
estableció mediante una epístola, o decretó suscribiendo u
ordenó mediante Edicto31, consta que es ley. Éstas son las
que se llaman constituciones32. Claro que, de éstas, algunas
son personales, que no citamos ni a título de ejemplo, porque

ce que, en la época republicana y en la del Principado, un senador pudiera


hacer una propuesta a los comicios.
26 Esta aclaración de la diferencia entre pueblo y plebe procede también
de Gayo 1,3, pero con dos variantes: la referencia a la especie y al género,
que no se encuentra en ese lugar de Gayo (aunque sí en otros); y la un tanto
sorprendente mención de los senadores, para incluirlos expresamente en el
pueblo, y excluirlos de la plebe.
27 Cfr. Gayo 1,3 i.f.; y véase supra sub I §8 y n. 15.
2S Hasta aquí, literalmente igual al comienzo de Gayo 1,4.
29 Véase supra sub I §9 y n. 17.
30 Cfr. Gayo 1,5 i.f., y supra n. 10.
31 En el correspondiente pasaje de Ulpiano (D. 1,4,1,1) aparece una
enumeración más completa: «... estableció mediante una epístola o una
subscripción [=rescripto], o decretó previa cognición [=como*juez], o
decidió sin formalidades (de plano) u ordenó mediante Edicto». En cam ­
bio, en Gayo 1,5, aparecen, aunque en distinto orden, los mismos tres
tipos de disposiciones imperiales que en este pasaje.
32 La denominación de «constituciones», que, según Ulpiano, no tenía
carácter técnico: «que llamamos vulgarmente (vulgo) constituciones»,
parece haberlo adquirido después, a tenor de la supresión de la palabra
«vulgarmente».
w

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98 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

no quiso esto el Príncipe: en efecto, lo que a alguno conce­


dió indulgentemente a causa de sus méritos, o si a alguno le
impuso una pena, o a alguno, sin precedente, le favoreció,
esto no va más allá de la persona. Pero las otras, al ser gene­
rales, obligan sin duda a todos33. (7) También los edictos de
los pretores tienen no pequeña autoridad de derecho. A éstos
también solemos llamarlos «derecho honorario», porque quie­
nes desempeñan los honores, esto es, los magistrados, dieron
autoridad a este derecho. También los ediles curules daban
un Edicto para algunos casos, y este Edicto es parte del dere­
cho honorario34. (8) Las respuestas de los prudentes son los
pareceres y opiniones de aquellos a los cuales se les había
permitido establecer los derechos35. En efecto, en la antigüe­
dad estaba establecido que hubiese quienes interpretasen
públicamente los derechos, que eran llamados jurisconsul­
tos, a los cuales les fue concedido por el César el derecho de
dar respuestas. Los pareceres y las opiniones de todos éstos
tenían tal autoridad que al juez no le estaba permitido apar­
tarse de sus respuestas, como se decidió mediante una cons­
titución36. (9) El derecho no escrito procede de lo que com­
probó el uso. En efecto, las costumbres duraderas comprobadas
por el consentimiento de los usuarios, imitan la ley37. (10) Y
no sin elegancia, el derecho civil aparece dividido en dos
especies, pues su origen parece proceder de las instituciones

33 Salvo la frase final, y algunas otras variantes además de las mencio­


nadas en las dos notas anteriores, este § procede de Ulpiano 1 «de inst.»-
D. l,4,lpr.-2.
34 Sobre los pretores y los ediles curules, véase supra sub I §§26-28 y
nn. 37-39. Justiniano habla, por dos veces, de la «autoridad del derecho»
(inris auctoritas) del Edicto pretorio, porque, desde Adriano, el Edicto valía
ya como libro y no como «ley anual» del magistrado; en su origen, sin
embargo, el Edicto era una fuente del derecho procedente de la «potestad»;
sobre el Edicto, véase infra sub V.A introd.
35 Se reproduce literalmente Gayo 1,7, salvo el pequeño cambio del pre­
sente «se les permitió» de Gayo, al pasado «se les había permitido», pues,
en época de Justiniano, la Jurisprudencia ya había perdido toda la impor­
tancia que había tenido en la época clásica.
36 Parece aludir al rescripto.de Adriano mencionado en Gayo 1,7.
37 Gayo, en cambio, no mencionaba la costumbre, pues ésta, en la época
clásica, no tenía ninguna importancia como fuente del derecho fuera del

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 99

de dos ciudades, a saber, de los atenienses y de los lacede-


monios, pues en estas ciudades se solía actuar de tal modo
que los lacedemonios aprendían de memoria más bien aque­
llo que se observaba en lugar de leyes; los atenienses, en
cambio, conservaban aquello escrito que habían recogido
en leyes.
(1.2.11) Pero ciertamente los derechos naturales, que son
observados igualmente en todos los pueblos38, constituidos
por cierta divina providencia, permanecen siempre firmes e
inmutables; en cambio, aquello que cualquier ciudad esta­
blece para sí misma, suele cambiar frecuentemente, sea por
el tácito consentimiento del pueblo, sea por otra ley aproba­
da posteriormente.
(1.2.12) Todo el derecho que usamos, o se refiere a las
personas, o a las cosas, o a las acciones...39

ámbito local; sólo comenzará a tenerla cuando se generaliza la legislación


imperial general, a partir de Constantino; véase supra n. 3.
Véase Gayo 1,1.

w Véase Gayo 1.8.

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100 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

B. Las personas

Después de la introducción inicial, comienza, tanto en las


«Instituciones» de Gayo como en las de Justiniano, que
siguen el mismo orden de materias, la parte dedicada a «las
personas», en la que se trata de las diferentes posiciones (sta­
tus) que puede ocupar una persona. De esta parte, hemos
seleccionado los pasajes generales, y prescindido, en cambio,
de aquellos otros que desarrollan aspectos colaterales.
También en este caso, la comparación entre la obra de
Gayo y la de Justiniano permite observar, por ejemplo, no sólo
la práctica desaparición de la potestad marital (manus), sino
también el debilitamiento de la patria potestad sobre los hijos.

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101

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102 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

1. G a y o , «Instituciones» 1,9-12; 48-52; 55; 97; y 108-109

(1,9) Ciertamente la primera división acerca del derecho


de las personas es la de que todos los hombres o son libres o
esclavos. (10) Por su parte, de los hombres libres, unos son
ingenuos, otros, libertos. (11) Son ingenuos los que han naci­
do libres; libertos, los que han sido manumitidos1 de una
esclavitud conforme a derecho12. (12) Por otra parte, existen
tres tipos de libertos: o son ciudadanos romanos o latinos
o se encuentran entre los dediticios...
(1,48) Sigue otra división acerca del derecho de las per­
sonas, pues algunas personas son independientes, otras están
sujetas a una potestad ajena3. (49) Pero, por su parte, de aque­
llas personas que están sujetas a una potestad ajena, unas
están bajo potestad paterna, otras, bajo potestad marital,
otras, bajo potestad dominical4. (50) Tratemos ahora acerca
de aquellos que están sujetos a una potestad ajena, pues al
saber quienes son estas personas, comprenderemos simultá­
neamente quienes son independientes. (51) Y, en primer
lugar, ocupémonos de aquellos que están bajo potestad ajena.

1 Se llama «manumisión» (mcmiimissio) el acto jurídico mediante el cual


el dueño concede la libertad a su esclavo. Había distintas formas de manu­
misión: la manumisión vindicta, mediante un reclamación judicial (fingida)
de la libertad (véase infra sub IV.E n. 13, sobre el adsertor libertatis); la
manumisión por el censo (manumissio censu), consistente en inscribir al
esclavo en el censo de ciudadanos; y por disposición de libertad en el testa­
mento del dueño (manumissio testamento), cuando el dueño disponía en su
testamento la libertad de su esclavo. También podía encargarse una manumi­
sión mediante un fideicomiso (fideicommissa libertas), para que el fiduciario
procediese él a manumitir. Posteriormente se introdujeron otros modos
informales de manumisión (manumisiones pretorias); véase infra sub V.E n.
104. Augusto restringió, mediante diferentes leyes, la libertad de manumitir.
2 Sobre estos «libertos», que el dueño ha liberado de la esclavitud por un
acto de manumisión, el manumitente adquiere el «derecho de patronato»
(ius patronatus).
3 La expresión técnica para designar a las personas «independientes» es
la de sui iuris; para referirse a los «sometidos», la de alieni iuris.
4 La patria potestas. la manus, y la dominica potestas son las tres formas
principales de sometimiento a una potestad ajena, aunque haya, entre las dos
primeras y la tercera, diferencias esenciales.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 103

(1,52) Así, bajo la potestad de sus dueños están los escla­


vos. Ciertamente, esta potestad es de derecho de gentes, pues
podemos observar igualmente entre todos los pueblos que
los dueños tienen potestad de vida y muerte sobre los escla­
vos, y que todo lo que se adquiere por medio del esclavo, se
adquiere para el dueño.
(1,55) Igualmente están bajo nuestra potestad nuestros
hijos, los que hemos engendrado en matrimonio legítimo5.
Este derecho es propio de los ciudadanos romanos (pues no
existen casi ningunos otros hombres que tengan sobre sus
hijos una potestad similar a la que nosotros tenemos), y esto
se afirma en un edicto del divino Adriano, que promulgó
acerca de aquellos que solicitaban de él, para sí y para sus
hijos, la ciudadanía romana. Y no olvido al pueblo de los
gálatas, que considera que los hijos están bajo la potestad de
los padres.
(1,97) Pero no sólo los hijos por nacimiento, según lo que
ya dijimos, están bajo nuestra potestad, sino también aque­
llos que adoptamos6.
(1,108) Tratemos ahora de aquellas personas que están
bajo nuestra potestad marital, el cual derecho es también
propio de los ciudadanos romanos. (109) Mientras que bajo
la patria potestad suelen estar ciertamente tanto varones
como mujeres, en cambio, bajo la potestad marital tan sólo
se encuentran las mujeres.

5 El «matrimonio» (nupiiae) era en Roma simplemente la situación de


hecho de convivencia marital honorable de un hombre y una mujer que
tuviesen el ius conubi.
6 La «adopción» (adoptio) consiste en la adquisición de la patria potes­
tad sobre un alieni iuris que estaba sometido a otro pater familias. Signifi­
ca la ruptura del parentesco agnaticio de la familia originaria, para incorpo­
rarse a la del adoptante. Puede adoptarse a alguien en condición de hijo o de
descendiente de grado ulterior, en este caso, con el consentimiento del des­
cendiente intermedio. Un tipo especial de adopción es la llamada «arroga­
ción» (admgatio), que consiste en la adopción de un sui inris, en virtud de
la cual el adrogante adquiere el patrimonio del adrogado y la potestad sobre
los que éste pudiera tener sometidos a la suya.

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104 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

2. I n s t it u c io n e s de J u s t in ia n o l,3pr>5; l,4pr.; l,5pr.;


l,8pr.-l; y l,9pr.-3

III. D e l d e r e c h o d e l a s p e r s o n a s . (l,3pr.) Así,


pues, la primera división acerca del derecho de las perso­
nas es la de que todos los hombres o son libres o escla­
vos7. (1) Y ciertamente la libertad, en virtud de la cual
son llamados libres, es la facultad natural de hacer aque­
llo que a uno le parece bien, a no ser aquello que es impe­
dido por la fuerza o por el derecho. (2) La esclavitud, por
su parte, es una institución del derecho de gentes, en vir­
tud de la cual alguien está sometido, en contra de la natu­
raleza, al dominio ajeno. (3) Y son denominados «escla­
vos» por el hecho de que los generales mandan vender a
los prisioneros, y por esto suelen conservarlos y no
matarlos. También son llamados mancipios porque son
capturados por los enemigos con la mano8. (4) Los escla­
vos nacen o se hacen. Nacen de nuestras esclavas; se
hacen o por derecho de gentes, es decir, en virtud del
cautiverio de guerra, o por derecho civil, como cuando un
hombre libre mayor de veinte años permite que se le
venda ccomo esclavo> a fin de participar en el precio. (5)
Dentro de la condición de los esclavos no hay ninguna

7 Con variantes meramente formales, este §pr. coincide con Gayo 1,9,
recogido también en D. 1,5,3. Obsérvese la coincidencia existente entre el
orden de estos §§ de las Instituciones y el de los fragmentos del Digesto,
pese a proceder de diferentes autores: Inst. l,3pr. = D. 1,5,3 (Gayo); Inst.
1,3,1-3 = D. 1,5,4 (Florentino); Inst. 1,3,4-5 = D. l,5,5pr.-l (Marciano);
Inst. l,4pr. = D. 1,5,5,2-3 (Marciano); Inst. l,5pr. = D. 1,5,6 (Gayo) + D.
1,1,4 (Ulpiano) [que es el único que rompe la secuencia]; Inst. l,8pr.-l = D.
1,6,1 pr.-2 (Gayo); Inst. l,9pr. = D. 1,6,3 (Gayo); Inst. 1,9,3 = D. 1,6,4
(Ulpiano). Sobre el tema, véase supra sub IV.A.2 introd.
8 Los §§1-3 coinciden con Florentino 9 «de inst.»-D. 1,5,4. Las explica­
ciones etimológicas mencionadas en los §§1 y 3 parecen muy simples: la
primera (de la palabra libertas deriva el nombre de los liberi) no figura en el
texto original de Florentino; la segunda (del verbo servare = conservar deri­
va el nombre de los serví = esclavos, y de manu capere = coger con la mano,
el de mancipium), sí era ya recogida por Florentino; la idea iusnaturalística
de ser la esclavitud algo contra la naturaleza, propia de alguna corriente filo­
sófica. resulta especialmente acogida por el legislador cristiano.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 105

diferencia; entre los libres, <en cambio,> hay muchas


diferencias: o son ingenuos o libertos910.
IV. D e l o s in g e n u o s . (l,4pr.) Es ingenuo aquel que
inmediatamente, desde el momento que nace, es libre, sea por
haber nacido del matrimonio entre dos ingenuos, sea entre
libertos, sea entre un liberto y un ingenuo. Y también si
alguien nace de madre libre, pero padre esclavo, nace igual­
mente ingenuo, del mismo modo que si ha nacido de madre
libre y padre desconocido, porque fue concebido de cual­
quiera. Es suficiente que la madre sea libre en el momento en
que nace, aunque lo concibiera siendo esclava; y por el con­
trario, si concibiera siendo libre y después diera a luz siendo
esclava, se admitió que el nacido nace libre, porque no debe
la desgracia de la madre perjudicar a aquel que está en su
seno. Por esto también se ha planteado la cuestión de si una
esclava embarazada es manumitida y luego convertida de
nuevo en esclava, y da a luz, ¿da a luz un libre o un esclavo?
Y Marcelo afirma que nace libre, pues le es suficiente, a aquel
que está en el vientre, haber tenido una madre libre en el
tiempo intermedio, lo que es cierto,l).
V. D e l o s l i b e r t o s . (l,5pr.) Son libertos los que han
sido manumitidos de una esclavitud conforme a derecho11.
La manumisión es la concesión de libertad, pues mientras
alguien permanece en esclavitud está sometido al poder y a
la potestad <de otro>, y <mediante la manumisión> el manu­
mitido es liberado de la potestad. Esta institución tiene su
origen en el derecho de gentes, de modo que, cuando todos
los hombres nacían libres por derecho natural, no era cono­
cida la manumisión, al ser desconocida la esclavitud. Pero
después de que, por derecho de gentes, surgió la esclavitud,
le siguió el beneficio de la manumisión. Y aunque, por dere­
cho natural, designamos a los hombres con un solo nombre,
por derecho de gentes comenzaron a’ existir tres tipos de

9 Los §§4 y 5 parecen tomados, con variantes y en orden inverso, de


Marciano 1 «de inst.»-D. l,5,5pr.-l.
10 Cfr. Marciano 1 «de inst.»-D. 1,5.5.2 y 3.
11 Esta frase, tomada de Gayo 1.11, esta recogida a su vez en D. 1,5,6.

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106 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

hombres: los libres, y, contrarios a éstos, los esclavos, y un


tercer grupo, los libertos, que dejaron de ser esclavos12.
VIII. D e a q u e l l o s q u e s o n i n d e p e n d i e n t e s o s o m e ­
t i d o s . ( l , 8 p r . ) Sigue otra división acerca del derecho de las
personas, pues algunas personas son independientes, otras
están sujetas a una potestad ajena. Pero, por su parte, de
aquellas personas que están sujetas a una potestad ajena,
unas están bajo potestad paterna, otras, bajo potestad domi­
nical. Tratemos ahora acerca de aquellos que están sujetos a
una potestad ajena, pues al saber quienes son estas personas,
comprenderemos simultáneamente quienes son independien­
tes. Y, en primer lugar, ocupémonos de aquellos que están
bajo potestad dominical. (1) Así, bajo la potestad de sus due­
ños están los esclavos. Ciertamente, esta potestad es de dere­
cho de gentes, pues podemos observar igualmente entre
todos los pueblos que los dueños tienen potestad de vida y
muerte sobre los esclavos, y que todo lo que se adquiere por
medio del esclavo, se adquiere para el dueño13.
IX. D e l a p a t r ia p o t e s t a d . (l,9pr.) En nuestra potestad
están nuestros hijos, los que hayamos engendrado en matri­
monios legítimos14. (1) Las nupcias o matrimonio es la unión
de un hombre y una mujer que implica una única costumbre
de vida. (2) Este derecho de potestad que tenemos sobre los
hijos, es propio de los ciudadanos romanos, pues no existen
ningunos otros hombres que tengan sobre sus hijos una
potestad similar a la que nosotros tenemos15. (3) Así, pues, el
que nace de ti y de tu mujer, está bajo tu potestad; igual­
mente, el que nace de un hijo tuyo y de su mujer, es decir,
tu nieto o nieta, asimismo están bajo tu potestad; también

12 Salvo la frase inicial, el pasaje procede, resumido en su comienzo, de


Ulpiano 1 «de inst.»-D. 1,1,4.
13 Aunque con modificaciones, algunas de fondo, como la supresión de
las referencias a la potestad marital, el pasaje está tomado de Gayo 1,48-53,
repetido también en D. 1,6,1pr.-2.
14 Con variantes formales, esta tomado de Gayo 1,55, recogido también
en D. 1,6,3.
15 Tras haber intercalado la definición de matrimonio, continúa la coin­
cidencia con el pasaje de Gayo antes mencionado.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 107

tu bisnieto o bisnieta y todos los restantes descendientes16.


Pero el que nace de tu hija, no está bajo tu potestad, sino bajo
la de su padre17.

Ift Cfr. Ulpinno 1 «de inst.»-D. 1,6.4.


17 Véase supra sub U n. 30.

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108 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

C. Las cosas

La segunda parte de sus respectivas «Instituciones» las de­


dican Gayo y Justiniano a «las cosas», en concreto, a los
derechos reales. La propiedad (dominium), prototipo de
los derechos reales, no es, en Roma, un derecho abstracto,
sino un derecho que se acomoda a las características concre­
tas de las cosas (res) sobre las que recae. Así, no es igual la
propiedad sobre los inmuebles que sobre las cosas muebles,
ni, dentro de éstas, es lo mismo la propiedad sobre el gana­
do mayor (de tiro y carga) que sobre el mobiliario de una
casa, o sobre aquellas cosas que se consumen al primer uso
que se hace de ellas, como los alimentos o el dinero. Por eso,
la clasificación de las cosas es presupuesto necesario para el
estudio de los derechos reales.
Lo mismo que en los apartados anteriores, también aquí
pueden apreciarse algunas diferencias entre Gayo y Justinia­
no, entre las que cabe destacar la desaparición de la clasifi­
cación «cosas mancipables» (res mancipi)-«cosas no manci-
pables» (res nec mancipi), que respondía al punto de vista
de una economía agraria primitiva, ya superada en época de
Justiniano.

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109

Bibliografía

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110 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

1. G ayo, «Instituciones» 2,1-22

(2.1) En el comentario anterior hemos expuesto el dere­


cho de las personas; tratemos ahora acerca de las cosas: éstas
o están en nuestro patrimonio o se encuentran fuera de nues­
tro patrimonio.
(2.2) La primera división de las cosas distingue dos apar­
tados: en efecto, unas son de derecho divino, otras, de <dere-
cho> humano. (3) Son de derecho divino, por ejemplo, las
cosas sagradas y las religiosas. (4) Son sagradas las que
están consagradas a los dioses superiores; religiosas, las
que están dedicadas a los dioses Manes. (5) Pero ciertamen­
te tan sólo se considera sagrado lo que ha sido consagrado en
virtud de la autoridad del pueblo romano, por ejemplo,
dando una ley acerca de ese asunto o haciendo un senado-
consulto. (6) Pero hacemos religioso <un lugar> por nuestra
voluntad, enterrando un cadáver en un terreno nuestro, siem­
pre que nos competa el entierro de ese muerto. (7) Pero se
admite por la mayoría que, en el suelo provincial, el lugar
<del enterramiento> no se hace religioso, porque sobre ese
suelo la propiedad es del pueblo romano o del César, y nos­
otros parecemos tener tan sólo la posesión o el usufructo;
ciertamente, sin embargo, aunque no sea <un lugar> religio­
so, es tenido por religioso. Asimismo, lo que en provincias es
consagrado, <pero> no en virtud de la autoridad del pueblo
romano, no es propiamente sagrado, y sin embargo, es teni­
do por sagrado. (8) Las cosas santas, como las murallas o las
puertas <de la ciudad>, son, en cierto modo, de derecho divi­
no. (9) Lo que es de derecho divino, eso no está en los bien­
es de nadie; pero lo que es de derecho humano está ordina­
riamente en los bienes de alguien, aunque puede no estar en
los bienes de nadie; en efecto, las cosas hereditarias, antes de
que exista un heredero, no están en los bienes de nadie ...
(laguna) ... (10) Estas cosas que son de derecho humano, o
son públicas o privadas. (11) Las que son públicas no pare­
cen estar en los bienes de nadie, pues se considera que son
de la misma colectividad. <Por otra parte>, son privadas las
que son de los hombres particularmente.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 111

(2,12) Además, algunas <cosas> son corporales, y algu­


nas, incorporales. (13) Son corporales aquellas que pueden
ser tocadas, como un fundo, un esclavo, una vestimenta, el
oro, la plata y, en fin, otras cosas innumerables. (14) Son
incorporales las que no pueden ser tocadas, como son aque­
llas que consisten en derechos, como la herencia, el <derecho
de> usufructo1, <y> las obligaciones contraídas de cualquier
modo. Y no afecta al asunto el hecho de que en la herencia se
contengan cosas corporales, y que los frutos que se obtienen
de un fundo <en virtud del derecho de usufructo> sean cor­
porales, y que aquello que, en virtud de alguna obligación,
nos es debido a nosotros, sea frecuentemente corporal, como
un fundo, un esclavo o dinero, pues el mismo derecho de
sucesión, el mismo derecho de usar y disfrutar, y el mismo
derecho de obligación, es incorporal. En el mismo grupo
están las servidumbres urbanas y rústicas ... (laguna) ...
(2,14a) Además, las cosas son mancipables o no manci-
pables12 ... (laguna) ... las servidumbres3 de los predios urba­
nos son no mancipables. Igualmente, los predios estipendia­
rios y los tributarios4 son no mancipables. (15) Pero lo que
dijimos de que aquellos animales que suelen ser domados

1 El «usufructo» (ususfructus) es el derecho real de usar y disfrutar de


una cosa ajena, respetando siempre la integridad de ésta (salva reí substan­
tia). El dueño se ve así privado del uso y disfrute de lo que le pertenece, por
lo que es denominado «nudo propietario» (nudus proprietarius), en favor
del usufructuario. Es precisamente en este contexto donde aparece el térmi­
no «propiedad» (proprietas), que se refiere a la «nuda propiedad», pero que
terminaría por desplazar, en la terminología jurídica posterior, al de «domi­
nio» (dominium). Pese a su carácter real, es un derecho personalísimo, lo
que determina su extinción a la muerte del usufructuario, así como su
intransmisibilidad.
2 Son «cosas mancipables» (res mancipi) los bienes más estables dentro
de un patrimonio en una economía agraria, es decir, la tierra (fundos itáli­
cos), los animales grandes de tiro y carga, y los esclavos; son «no mancipa-
bles» (res nec mancipi) las cosas destinadas al cambio.
3 Las servidumbres (iitra praediorum) son derechos reales, que afectan
siempre a inmuebles, por los que un fundo sirviente facilita un determinado
uso a otro dominante. En atención a su utilidad, pueden ser rusticas y urba­
nas: véase infra sub IV.F nn. 1 y 25, y sub V.E.5.
4 Para esta distinción, véase infra §21.

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112 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

son mancipables ... (laguna) ... inmediatamente que nacen,


piensan que son mancipables; pero Nerva y Próculo y los res­
tantes autores de la escuela contraria5 piensan que no son
mancipables más que si han sido domados, y si, a causa de la
gran ferocidad, no pueden ser domados, entonces parece que
comienzan a ser mancipables cuando llegan a aquella edad en
la que suelen ser domados. (16) Pero los animales salvajes
son no mancipables, como los osos, los leones, e igualmente
aquellos animales que se cuentan entre los animales salvajes,
como los elefantes y los camellos, y por lo tanto no afecta a
la cuestión el hecho de que estos animales suelan ser doma­
dos por el cuello y el lomo, pues ciertamente no se tenía noti­
cia de estos animales en aquella época en la que se estableció
que algunas cosas fuesen mancipables y otras no mancipa-
bles. (17) Pero igualmente casi todas las cosas que son incor­
porales son no mancipables, excepto las servidumbres de los
predios rústicos, pues éstas consta que son mancipables, aun­
que se cuenten entre las cosas incorporales.
(2,18) Hay una gran diferencia entre las cosas mancipa-
bles y las no mancipables. (19) En efecto, las cosas no
mancipables se hacen de pleno derecho de otro por la
misma entrega, siempre que sean corporales y por ello
admitan la entrega. (20) Así, pues, si yo te entregase a ti
una vestimenta, oro o plata, sea a causa de una venta o de
una donación, sea de cualquier otra causa, inmediatamente
esa cosa se hace tuya, siempre que yo fuese dueño de ella.
(21) En la misma situación están los predios provinciales,
de los cuales llamamos a unos estipendiarios, y a otros tri­
butarios. Son estipendiarios los que se encuentran en aque­
llas provincias que se considera que son propias del pueblo
romano; son tributarios los que se encuentran en aquellas
provincias que se considera que son propias del César6.

5 Aunque en la época de Gayo la distinción entre las escuelas doctrina­


les Sabiniana y Proculiana (véase supra sub I n. 72) había sido ya superada,
él se considera Sabiniano.
* Vid. supra sub IV.A n. 11. Las provincias senatoriales debían pagar un
impuesto llamado «estipendio» (stipendium); las imperiales, otro llamado «tri­
buto» (tributum). El primero gravaba a las ciudades; el segundo, a las personas.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 113

(22) Son cosas mancipables las que se transfieren a otro por


medio de una mancipación, de donde son llamadas manci­
pables.

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114 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

2. I nstituciones de J ustiniano 2,lpr.-10 y 2,2pr.-2

(2,lpr.) En el libro anterior, hemos expuesto el derecho


de las personas; tratemos ahora acerca de las cosas: éstas o
están en nuestro patrimonio o fuera de nuestro patrimonio7.
En efecto, algunas son por derecho natural comunes a todos,
otras, públicas, otras, de la colectividad, otras, de nadie, y la
mayoría, de los particulares, las cuales son adquiridas por
alguien de diferentes modos8, tal como aparecerá a conti­
nuación.
(2, 1 4 ) Y ciertamente son comunes a todos, por derecho
natural, las siguientes: el aire, el agua corriente, el mar y,
por ello, las orillas del mar. A nadie, en efecto, puede
impedírsele acceder a la orilla del mar, siempre que respe­
te las casas de campo, los monumentos y los edificios, por­
que éstos no son de derecho de gentes, como lo es el mar9.
(2) Por otra parte, todos los ríos y los puertos son públicos,
y, por lo tanto, el derecho a pescar en los puertos y en los
ríos es común a todos. (3) Se considera orilla del mar hasta
donde llega la marea más alta del invierno. (4) También el
uso público de las orillas <de los ríos> es de derecho de
gentes, como el del mismo río, y así está permitido a cual­
quiera atracar en ellas una embarcación, atar las amarras a
los árboles allí existentes, o colocar en ellas alguna carga,
como también navegar por el mismo río. Pero la propiedad
de esas orillas es de los dueños de los fundos ribereños;
por esta razón, también los árboles nacidos en ellas son de
los mismos10. (5) También el uso público del litoral del
mar es de derecho de gentes, como cl del mismo mar. Y
por ello puede cualquiera construir allí una cabaña en la
cual refugiarse, como también secar las redes o sacarlas
del mar. Pero la propiedad de esos litorales puede enten­
derse que no es de nadie, sino que se les aplica el mismo

7 Véase Gayo 2,1


8 Véase Marciano 3 «de inst.»-D. l,8,2pr.
v Véase Marciano 3 «de inst.»-D. 1.8,2,1 y 4pr.
10 Véase Gayo 2 «de las cosas cotidianas»-D. l,8,5pr.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 1\5

derecho que al mar o a la tierra y arena que están en el


fondo del mar.
(2.1.6) Son de la colectividad, no de los particulares, por
ejemplo, las cosas que hay en una ciudad, <como> los tea­
tros, los estadios y otras similares, y también si hay otras
cosas que son comunes de los ciudadanos11.
(2.1.7) Son de nadie las cosas sagradas, las religiosas, y
las santas, pues lo que es de derecho divino, eso no puede
estar en los bienes de nadie. (8) Son cosas sagradas las que
ritualmente y por los pontífices han sido consagradas a Dios,
como los edificios sagrados y las ofrendas que ritualmente
han sido dedicadas al servicio de Dios, las cuales también
mediante una constitución nuestra hemos prohibido enajenar
e hipotecar, excepto a causa de la redención de cautivos [...].
(9) Cualquiera puede hacer religioso por su voluntad un
lugar cuando entierra un muerto en un terreno suyo. Sin
embargo, en un terreno puro común <a varios propietarios>
no es lícito enterrar en contra de la voluntad de otro, pero en
un sepulcro común sí es lícito enterrar incluso contra la
voluntad de los otros [...]. En terreno ajeno, permitiéndolo el
dueño, es lícito enterrar, y, aunque el permiso lo concediera
después de haber sido enterrado el muerto, el lugar se hace
religioso112. (10) También las cosas santas, como las murallas
y las puertas de las ciudades, son, en cierto modo, de dere­
cho divino, y por lo tanto no están en los bienes de nadie13.
En consecuencia, decimos que las murallas son santas por­
que ha sido establecida la pena capital para aquellos que
hubiesen hecho also contra las murallas...
(2,2pr.) Además, algunas cosas son corporales, y otras,
incorporales. (1) Son corporales aquellas que, por su propia
naturaleza, pueden ser tocadas, como un fundo, un esclavo,
una vestimenta, el oro, la plata y, en fin, otras cosas innume­
rables. {2) Son incorporales las que no pueden ser tocadas,
como son aquellas que consisten en derechos, como la

11 Véase Marciano 3 «de inst.»-D. 1,8,6,1.


12 Véase Marciano 3 «de inst.»-D. 1,8,6.4. con añadidos.
13 Véase Gayo 2,8 = 1). 1.8,1 pr.

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116 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

herencia, el «derecho de> usufructo, <y> las obligaciones


contraídas de cualquier modo. Y no afecta al asunto el hecho
de que en la herencia se contengan cosas corporales, y que
los frutos que se obtienen de un fundo <en virtud del dere­
cho de usufructo> sean corporales, y que aquello que, en vir­
tud de alguna obligación, nos es debido a nosotros, sea fre­
cuentemente corporal, como un fundo, un esclavo o dinero,
pues el mismo derecho de herencia, el mismo derecho de
usar y disfrutar, y el mismo derecho de obligación, es incor­
poral. En el mismo grupo están los derechos de los predios
urbanos y rústicos, que se llaman también servidumbres14.

14 Véase Gayo 2,12-14 = D. 1,8,1,1.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 117

D. Las fuentes de las obligaciones

Por último, la «clasificación de las fuentes de las obliga­


ciones», es decir, de aquellos comportamientos o actos jurí­
dicos de los que derivan esos «vínculos jurídicos» (iuris vin­
cula), que llamamos «obligaciones» (de ob-ligare), en virtud
de los cuales un deudor queda «vinculado» u «obligado» a
su acreedor. Esta primera clasificación gayana, que se apar­
ta ya de la tradición jurisprudencial anterior, fue posterior­
mente modificada, quizá por el propio Gayo, en las res cot-
tidianae, y sobre la base de esta nueva clasificación
estableció Justiniano la suya propia.
La clasificación gayano-justinianea se aparta, como
decimos, de la clásica en la «contractualización» de todas
las obligaciones no delictuales, de modo que convierte en
«contratos» las obligaciones «reales», las «verbales» y las
«literales», que no constituían para los clásicos verdaderos
«contratos».

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118

Bibliografía

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de una crítica de Albanese)», REHJ 1 (1976), pp. 17 ss., III.
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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 119

1. G a y o , « I n s t it u c io n e s » 3,88-90, 92-93, 128-130; 135-


137, y 182

(3.88) Pasemos ahora a las obligaciones, cuya primera


división distingue dos grupos: en efecto, toda obligación o
nace de contrato o de delito1.
(3.89) Y ocupémonos primero de aquellas que nacen de
contrato. De éstas, hay cuatro géneros: toda obligación se
contrae por d a entrega de> una cosa, o por las palabras, o
por las letras, o por el consentimiento.
(3.90) La obligación se contrae por d a entrega de> una
cosa, por ejemplo, en la dación en mutuo; esta dación en mutuo
se produce propiamente casi <sólo> respecto a aquellas cosas
que se determinan por el peso, el número o la medida, como el
dinero, el vino, el aceite, el trigo, el cobre, la plata, el oro. Estas
cosas las damos o contándolas o midiéndolas o pesándolas, de
modo que se hagan de quienes las reciben y que nos sean
devueltas más tarde, no las mismas cosas, sino otras de la
misma naturaleza. De donde también es llamado mutuo, porque
aquello que a ti te ha sido dado por mí, de mío se hace tuyo12.
(3,92) La obligación por las palabras surge de una pregun­
ta y una respuesta, como «¿PROMETES SOLEMNE-'
MENTE QUE SE DÉ?» «PROMETO SOLEMNEMENTE».
«¿DARÁS?» «DARÉ». «¿PROMETES?» «PROMETO».
«¿PROMETES POR TU LEALTAD?» «PROMETO POR MI
LEALTAD». «¿TE HACES FIADOR?» «ME HAGO FIA­
DOR». «¿HARÁS?» «HARÉ». (93) Pero ciertamente esta
obligación por las palabras «¿PROMETES SOLEMNEMEN-

1 Gayo, siempre preocupado por la sistemática, clasificó, en un primer


momento, las fuentes de las obligaciones en dos grandes grupos: las nacidas «de
delito» (ex delicto) o «de contrato» (ex contractu), distinguiendo, dentro de los
contratos, los «reales» (re), «verbales» (verbis), «literales» (iitteris) y «consen­
súales» (consensu). En las res cottidianae, suprime de su clasificación los contra­
tos literales (ya inexistentes en su época), e introduce una tercera categoría, al lado
de las obligaciones ex delicto y ex contractu, que son las nacidas «de diferentes
figuras de causas» (ex variis causarían Jiguris). Sobre la crítica de la clasificación
gayana y la defensa de la clásica, véase la bibliografía de A. d’O rs citada supra.
2 El origen del nombre del «mutuo» aparece aquí explicado por la unión
de ineunt (mío) y tuu/n (tuyo).

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120 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

TE QUE SE DÉ?» «PROMETO SOLEMNEMENTE» es pro­


pia de los ciudadanos romanos; las restantes son de derecho de
gentes, y, por lo tanto, valen entre todos los hombres, sean ciu­
dadanos romanos, sean peregrinos.
(3,128) La obligación por las letras surge, por ejemplo,
en las transcripciones de créditos. Se hace la transcripción de
crédito de un doble modo: o de la cosa a la persona, o de una
persona a otra persona. (129) Se hace la transcripción de la
cosa a la persona, por ejemplo, cuando aquello que tú me
debes a mí a causa de compra, o de arrendamiento o de
sociedad, eso te lo anoto <en los libros de cuentas> como ya
pagado. (130) La transcripción de una persona a otra perso­
na se hace, por ejemplo, cuando aquello que a mí me debe
Ticio, eso te lo anoto <en los libros de cuentas> como paga­
do a ti, es decir, cuando Ticio delega en ti <la deuda que
tiene> respecto a mí.
(3,135) Las obligaciones surgen por el consentimiento en
las compraventas, los arrendamientos, las sociedades, los
mandatos. (136) Así, pues, decimos que de estos modos las
obligaciones se contraen por el consentimiento, porque no se
plantea ninguna exigencia ni de palabras ni de escritura, sino
que basta que consientan aquellos que realizan el negocio.
De donde resulta que incluso entre ausentes pueden con­
traerse tales negocios, por ejemplo, por medio de una carta o
por un nuncio, mientras que la obligación por las palabras no
puede realizarse entre ausentes. (137) Asimismo, en estos
contratos, uno queda obligado con el otro acerca de aquello
que uno debe pagar al otro según lo que es bueno y justo,
mientras que en las obligaciones por las palabras una estipu­
la y otro promete, y en las transcripciones de crédito, uno
anotando una deuda <en los libros de cuentas> obliga y el
otro queda obligado...
(3,182) Pasemos ahora a las obligaciones que nacen* de
delito, por ejemplo, cuando alguien comete un hurto3, roba

3 El «hurto» (fuman) es el principal de los delitos civiles (véase supra


sub II n. 40), consistente en el hecho de apoderarse, desplazándola, de una
cosa ajena, contra la voluntad de su dueño (amtrectatio rei fraiulu losa). La

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 121

unos bienes4, produce un daño5 o infiere una lesión6. La obli­


gación de todos estos supuestos constituye un único tipo,
mientras que, como más arriba expusimos, las obligaciones
nacidas de contrato comprenden cuatro tipos.

exigencia del desplazamiento hace que sólo las cosas muebles puedan ser
objeto de hurto. La acción ordinaria (véase infra sub IV.E) era por el doble
del valor de la cosa hurtada; en caso de hurto flagrante, del cuádruplo; y
había además otras acciones para otros casos especiales. Existen otros tipos
de hurto, como el «hurto de uso» (furtum usus), el «de posesión» (furtum
possessionis), y el «de cosa propia» (furtum ret suae).
4 La figura especial de hurto con violencia o «robo» (rapiña) había de
ser introducida después por el pretor, que concedía una acción por el cua­
druplo. Además de los delitos tipificados por el derecho civil -hurto, daños
y lesiones-, que constituyen los «delitos civiles», otros comportamientos ilí­
citos no previstos por el ius fueron sancionados por el pretor, dando lugar a
los «delitos pretorios»; véase infra sub V.A n. 22.
5 El delito de «daño» (damnum) estaba tipificado por la ley Aquilia de
daño. Este plebiscito, quizá del 286 a.C., sancionaba como daño la muerte
de un esclavo o animal grande, y cualquier otro tipo de daños a esclavos,
animales o cosas. La «acción de la ley Aquilia» (actio legis Aquiliae) susti­
tuyó una anterior manus iniectio.
6 Constituye un delito de «lesiones» (iniuriae) cualquier ofensa, tanto
física como moral, hecha a un hombre libre: véase supra sub II, XII Tab.
8,4, y sub HI n. 32.

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122 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

2. I nstituciones de J ustiniano 3,13pr.-2; 3,14pr.; 3,15pr.-l;


3,21; 3,22pr.-3; 3,27pr.-l; 4,lpr.; y 4,5pr.

(3,13pr.) Pasemos ahora a las obligaciones7. La obliga­


ción es un vínculo jurídico en virtud del cual nos atamos por
la necesidad de pagar alguna cosa, según los derechos de
nuestra ciudad. (1) La primera división de todas las obliga­
ciones abarca dos grupos, pues o son civiles o pretorias. Son
civiles las que se constituyen por las leyes o son comproba­
das con certeza por el derecho civil. Son pretorias las que el
pretor constituye en virtud de su jurisdicción, que son llama­
das también honorarias. (2) La siguiente división abarca cua­
tro tipos: o son en virtud de un contrato, o como de un con­
trato, en virtud de un maleficio, o como de un maleficio8. Lo
primero es que tratemos de aquellas que surgen en virtud de
un contrato. De éstas, a su vez, existen cuatro tipos, pues o
se contraen por d a entrega de> una cosa, o por las palabras,
o por la letras, o por el consentimiento. Trataremos de cada
una de ellas separadamente9.
(3,14pr.) La obligación se contrae por d a entrega de>
una cosa, por ejemplo, en la dación en mutuo; esta obligación
de mutuo se refiere a aquellas cosas que se determinan por el
peso, el número o la medida, como el vino, el aceite, el trigo,
el dinero, el cobre, la plata, el oro. Estas cosas las damos o
contándolas o midiéndolas o pesándolas, de modo que se
hagan de quienes las reciben y que nos sean devueltas más
tarde, no las mismas cosas, sino otras de la misma naturale­
za y calidad. De donde también es llamado mutuo, porque
aquello que a ti te ha sido dado por mí, de mío se hace tuyo10.

7 Véase Gayo 3,88.


s Justiniano toma como base la clasificación gayana de las res cotidianae
(véase supra n. 1), pero adaptando la categoría de los contratos literales al caso
de estipulación documentada no impugnable, y desdoblando las obligaciones
ex variis causarían figuris en dos grupos, según se aproximen más a los deli­
tos o a los contratos: obligaciones o"asi ex delicto y quasi ex contractu, de
donde proceden los cuasi-delitos y los cuasi-contratos de la tradición posterior.
9 Véase Gayo 3,89.
10 Véase Gayo 3,90. con alteraciones.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 123

De este contrato nace una acción que se denomina condic­


ción.
(3,15pr.) La obligación por las palabras se contrae en vir­
tud de una pregunta y una respuesta, cuando estipulamos que
se nos dé o se nos haga algo. De ella surgen dos acciones:
tanto la condicción, si la estipulación es determinada, como
la acción de la estipulación, si es indeterminada11. La estipu­
lación es llamada con ese nombre porque, entre los antiguos,
el «estipulo» era denominado «firme», quizá derivado de
«tronco».
(3,15,1) Para este asunto, las palabras utilizadas en otro
tiempo eran las siguientes: «¿PROMETES SOLEMNEMEN­
TE?» «PROMETO SOLEMNEMENTE». «¿PROMETES?»
«PROMETO». «¿PROMETES POR TU LEALTAD?»
«PROMETO POR MI LEALTAD». «¿TE HACES FIA­
DOR?» «ME HAGO FIADOR». «¿DARÁS?» «DARÉ».
«¿HARÁS?» «HARÉ»12. Y era indiferente que la estipula­
ción se expresara en latín o en griego, o en cualquier otra len­
gua, siempre que ambas partes comprendiesen esa lengua. Y
ni siquiera es necesario que ambos utilicen la misma lengua,
sino que basta que se responda congruentemente a lo pregun­
tado. Por ello, incluso dos griegos pueden contraer la obliga­
ción en lengua latina. Estas palabras solemnes estuvieron en
otro tiempo en uso, pero después se promulgó una constitu­
ción del emperador León13, la cual, suprimida la solemnidad
de las palabras, exige tan sólo la comprensión y el consenti­
miento de una y otra parte, aunque sea expresado con cuales­
quiera palabras.

11 Véase Gayo 3,92, y Gayo 2 «de las cosas cotidianas»-D. 44,7,1,7. La


«estipulación» (stipulatio) es un acto formal para contraer obligaciones por
medio de palabras solemnes (verbis). Consiste en la pregunta que un estipu­
lante formula a un promitente, el cual, al responder congruentemente, queda
obligado. Se diferencia de los contratos, no sólo por su forma solemne, sino
porque sirve para engendrar una sola obligación, exigible mediante la
correspondiente acción, en tanto de los contratos nacen obligaciones recí­
procas entre los contratantes. Las obligaciones estipulatorias se pueden can­
celar por un acto formal inverso que se llama «aceptilación» (acceptilatio).
Cfr. Gavo 3.92.
*•' Cfr. CJ. 8,37(38), 10.

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124 A N T O L O G ÍA D E T E X T O S JU R ÍD IC O S D E R O M A

(3,21) En otro tiempo, la obligación se contraía por


medio de la anotación escrita que se decía hecha en los libros
de cuentas; <pero> estos libros de cuentas no están hoy día
en uso. Claro que si alguno afirmase por escrito que él debe
una cantidad que en realidad no le ha sido entregada, no
puede oponer, después de mucho tiempo, la excepción14 por
esa cantidad no entregada: esto, en efecto, ha sido establecí-
do muy frecuentemente en constituciones imperiales. Suce­
de así que incluso hoy, cuando ya no puede reclamarse, se
queda obligado por lo escrito, y de ahí nace una condicción,
es decir, al extinguirse la obligación por las palabras. Para
esta excepción, incluso antes de las constituciones imperia­
les, el largo plazo se extendía hasta el quinquenio, pero, para
que los acreedores no puedan durante tanto tiempo ser
defraudados quizá en sus créditos pecuniarios, el plazo ha
sido acortado por nuestra constitución15, de modo que la
excepción de este tipo no se prolongue más allá del bienio.
(3,22pr.) Las obligaciones surgen por el consentimiento
en las compraventas, los arrendamientos, las sociedades, los
mandatos. (1) Así, pues, decimos que de estos modos la obli­
gación se contrae por el consentimiento, porque no se exige
en absoluto ni la escritura ni la presencia, y ni siquiera es
necesario que se dé una cosa para que la obligación adquie­
ra contenido, sino que basta que consientan aquellos que rea­
lizan el negocio. (2) De donde resulta que incluso entre
ausentes pueden contraerse tales negocios, por ejemplo, por
medio de una carta o por un nuncio. (3) Asimismo, en estos
contratos, uno queda obligado con el otro acerca de aquello
que uno debe pagar al otro según lo que es bueno y justo,
mientras que en las obligaciones por las palabras una estipu­
la y otro promete16.

14 La «excepción» (exceptio) era, en época clásica, una cláusula de la fór­


mula procesal (véase infra sub IV.E introd.) que servía para neutralizar la
pretensión del demandante sin negar lo fundado de ésta según el derecho
civil. Fue, así, el expediente principal por el que el pretor superaba los efec­
tos inconvenientes del antiguo derecho.
15 Véase CJ. 4,30,14.
16 Véase Gayo 3,135-137, con añadidos y supresiones = D. 44,7,2pr.-3.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 125

(3,27pr.) Después de enumerados los diferentes tipos


de contratos, tratemos también de aquellas obligaciones
que no se entiende propiamente que nacen de un contrato,
pero que sin embargo, puesto que tampoco adquieren su
contenido de un delito, parecen nacer como de un contra­
to. (1) Y así, cuando alguien gestiona los asuntos de un
ausente, nacen entre ellos acciones recíprocas, que son
llamadas de negocios gestionados: al dueño del negocio
gestionado le compete, contra aquel que hizo la gestión, la
acción directa, y al gestor de los negocios, la contraria
ccontra el dueño del negocio>. Es evidente que estas
acciones no nacen propiamente de ningún contrato, pues
estas acciones nacen si alguien, sin mandato <para ello>,
se ofrece para gestionar negocios ajenos, en virtud de lo
cual, aquellos cuyos negocios han sido gestionados, inclu­
so ignorándolo, quedan obligados. Esto ha sido admitido
a causa de utilidad, a fin de que no queden abandonados
los negocios de los ausentes que, forzados por una repen­
tina urgencia, sin haber confiado a nadie la administración
de sus negocios, emprenden un viaje, pues, en efecto,
nadie cuidaría de esos negocios si, por aquello que hubie­
sen gastado, no tuviesen ninguna acción. Y así como
aquel que gestionó útilmente los negocios, tiene obligado
al dueño de los negocios, del mismo modo también él
queda obligado frente a éste, para que rinda cuentas de su
administración...17
(4,lpr.) Expuestas ya, en el libro anterior, las obligacio­
nes nacidas de un contrato y como de un contrato, hemos de
tratar ahora de las obligaciones
o*
nacidas de delito. Pero mien-
tras aquéllas, tal como en su lugar expusimos, se dividen en
cuatro tipos, éstas, sin embargo, son de un único tipo, pues
todas ellas derivan de un hecho, esto es, del mismo delito, ya
sea del hurto, el robo, el daño o la lesión.

17 Cfr. Gayo 3 «de las cosas cotidianas»-D. 44,7,5,1. Esta «acción de


gestión de negocios» (actio negotiorum gestorum) fue originalmente una
acción pretoria «por el hecho» (in factum; véase infra sub V.A n. 22), pero
terminó por añadirse a ella una acción in ius y ex fule bono.

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126 A N T O L O G ÍA D E T E X T O S JU R ÍD IC O S D E RO M A

(4,5pr.) Si un juez ha hecho suyo el litigio, no parece pro­


piamente obligado en virtud de un delito. Pero como tampo­
co está obligado en virtud de un contrato, y ciertamente se
entiende que ha faltado en algo, aunque haya sido por impru­
dencia, parece quedar obligado como en virtud de un delito18,
y soportará una condena en la cuantía que, sobre ese asunto,
le parezca justo a la conciencia del juez19.

18 Véase Gayo 3 «de las cosas cotidianas»-D. 44,7,5,4.


Iv A propósito de estos cuasi-delitos, Justiniano no da propiamente una
definición, sino que se limita a exponer los supuestos concretos que consti­
tuyen cuasi-delitos, de los que reproducimos uno como ejemplo.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 127

E. Las acciones

En la terminología jurídica, se entiende por «acción»


(actio) el modo procesal mediante el cual entablar una
reclamación. A diferencia del planteamiento moderno, en el
cual la acción es una consecuencia del «derecho subjetivo»
(tengo acción «porque» tengo derecho), en el Derecho
Romano lo primordial era la acción, y el derecho, una con­
secuencia de la victoria procesal (tengo derecho «porque»
he vencido en la acción). En este sentido, se ha caracteriza­
do el Derecho Romano como «un sistema de acciones», a
diferencia de lo que ocurre en las modernas codificaciones
civiles, que contienen declaraciones de derechos (subjeti­
vos), sin determinar el procedimiento. De hecho, el Edicto
del pretor no era, en una buena parte, más que una oferta o
denegación de acciones.
Por otra parte, las acciones en Roma, durante la época
clásica, eran acciones típicas: cada causa de reclamación
tenía una acción específica. Así, si se reclamaba la propie­
dad de una cosa, era necesario hacerlo mediante una acción
concreta, distinta de la utilizada en otra reclamación para
exigir el cumplimiento de una promesa estipulatoria, que
era, a su vez, diferente de la adecuada para reclamar por un
contrato de compraventa, por un préstamo de uso o por la
comisión de un delito.
A lo lareo de la historia de Roma, se conocieron tres for-
mas generales de organización de los juicios privados: el pro­
cedimiento de las «acciones de la ley» (legis actiones), el
«formulario» (per formulas), y el «cognitorio» o «extraordi­
nario» (cognitio extra ordinem). El primero se aplicó, con
carácter general, hasta que Augusto, en el año 17 a.C., publi­
ca la «ley Julia de los juicios privados» (lex lidia iudicioruni
privatorum); el formulario se inició, para reclamaciones con­
cretas, con la ley Ebucia (lex Aebutia), hacia el 130 a.C., y se
generalizó con la legislación de Augusto para toda Italia1, al

1 Véase infra n. 34.

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128 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

mismo tiempo que se introducía, también para supuestos


especiales de reclamación, el procedimiento cognitorio, el
cual, a partir de Adriano, irá desplazando al formulario, hasta
convertirse en único a finales de la época clásica (final de los
Severos).
Del primero de estos procedimientos -el de las acciones
de la ley- casi toda la información que tenemos nos ha llega­
do a través de las «Instituciones» de Gayo, pues los juristas
con cuyas obras se elaboró principalmente el Digesto se refe­
rían ya, por razones cronológicas, al procedimiento formula­
rio o al cognitorio, y, además, las escasas referencias que
pudiera haber, habrían sido suprimidas por los Compiladores,
como superfluas. Recogemos a continuación los pasajes de
las «Instituciones» de Gayo -que, por razones obvias, no tie­
nen paralelo en las de Justiniano- en los que se describen los
distintos trámites de cada una de las acciones de la ley.
En segundo lugar, reproducimos algunas de las fórmulas
escritas -conservadas completas o reconstruidas con cierta
seguridad- típicas del procedimiento formulario. Estas
fórmulas se concebían como instrucciones del pretor dirigi­
das al juez (privado) designado por los litigantes, para que
éste condenase o absolviese, según comprobase o no la hipó­
tesis contenida en la fórmula escrita. Esquemáticamente, el
trámite sería como sigue: después de que el demandante
hubiese citado ajuicio de modo privado (in ius vocatio) al
demandado, y éste hubiese comparecido, el primero solicita­
ba del pretor la concesión de la acción (postulado actionis).
El pretor, tras (ordinariamente) un somero examen de la cues­
tión (causae cognitio), concedía o denegaba la acción
(dado-denegado actionis)f que se redactaba por escrito en
unas tablillas, en el momento del «atestiguamiento del liti­
gio» o «litiscontestación» (litis contestado), entregándose
esas tablillas al demandante. Con ello terminaba la primera
parte del juicio ante el pretor (fase in hire) y comenzaba la
intervención del juez (fase apud iudiceni) que los litigantes
hubiesen acordado. Este, después de recibir las distintas prue­
bas presentadas por los litigantes, de ordinario con interven­
ción de los abogados, y de valorarlas, daba su opinión (sen-

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 129

tentia) sobre la cuestión litigiosa. Para dar la sentencia, refe­


rida siempre a una cantidad de dinero, el juez tenía un plazo
de tiempo a partir de la litiscontestación, que variaba según el
tipo de juicio, pero sin exceder nunca de dieciocho meses. La
sentencia del juez era, en principio, inapelable. La tramita­
ción de estos juicios formularios era, salvo la misma fórmula
de la acción, siempre oral. Por lo demás, los litigantes no tenían
que pagar nada, ni existía tampoco condena en costas.
En el procedimiento cognitorio, en cambio, desaparece la
bipartición del juicio. Un funcionario judicial lo conduce
desde sus inicios (la citación del demandado se hace ya ofi­
cialmente) hasta la sentencia, la cual, al existir una organiza­
ción judicial jerárquica, era apelable ante los jueces superio­
res y, en última instancia, ante el emperador. La tramitación
pasó a ser escrita y protocolizada, y la administración de jus­
ticia, a ser costosa.

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130

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132 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

1. G a y o , « I n s t it u c io n e s » 4,1-33

(1) Resta que tratemos de las acciones2. Y si nos pregun­


tamos cuántos géneros de acciones existen, parece más cier­
to que son dos: sobre una cosa y sobre una persona, pues los
que afirmaron que había cuatro, según los géneros de prome­
sas solemnes3, no advirtieron que algunas especies de accio­
nes se habían contado entre los géneros4. (2) Una acción per­
sonal es con la que litigamos contra alguien que nos está
obligado por un contrato o por un delito, es decir, cuando pre­
tendemos que <el demandado> debe dar, hacer o prestar5. (3)
La acción es real cuando pretendemos que es nuestra una
cosa corporal o que nos compete cierto derecho, por ejemplo,
de uso, o de usufructo, de paso, de sacar y conducir agua,
o de edificar más alto, o de vistas, o, por el contrario, cuando
el adversario tiene la acción negatoria <para negar nuestro
derechox (4) Distinguidas así las acciones, es cierto que nos­
otros no podemos reclamar de otro una cosa nuestra de este
modo: «SI RESULTA QUE ÉL DEBE DAR»; en efecto, lo

2 Gayo, que divide la materia en personas, cosas y acciones, dedica el


cuarto libro a las «acciones», es decir, al procedimiento; véase supra sub
IV.A.l introd.
3 La «esponsión» (sponsio) es un tipo de promesa de carácter religioso,
precedente, en cierto modo, de las estipulaciones; véase supra sub IV.D n. 11.
4La distinción entre género y especie no es muy clara entre los antiguos; tam­
poco lo es la nomenclatura de las acciones, pero es posible que esos antiguos
autores que pensaron en los cuatro géneros de promesas, se refirieran a las accio­
nes personales, que, para Gayo, eran especies de estas últimas; pero, en todo
caso, no se identificarían con la cuatripartición de las obligaciones -reales, ver­
bales, literales, y consensúales (véase supra sub IV.D)-, que es una invención
exclusivamente gayana, y tampoco se aviene al concepto de promesa.
5 Gayo se refiere aquí a los posibles contenidos de una obligación:
«dar» (dare), que significa hacer propietario al acreedor (dare rent), cons­
tituir a su favor otro derecho real (dare usumfructum), o rendirle unos ser­
vicios (dare operas); y «hacer» (facere), observar un comportamiento,
activo o pasivo, que interesa al acreedor. «Prestar» (praestare), que apare­
ce como tercera posibilidad, junto a «daré» y «facere», hace referencia al
deber de hacerse responsable del propio comportamiento, lo cual puede
entenderse, bien como pago efectivo de una indemnización (lo que equi­
valdría a dare), bien como promesa de una eventual indemnización futura
(lo que sería un facere).

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 133

que es nuestro no puede dársenos, porque se entiende que se


nos da aquello que es dado para que se haga nuestro; y la cosa
que ya es nuestra, no puede hacerse más nuestra6. Claro que
por la aversión a los ladrones, para que queden obligados
mejor con muchas acciones, se admitió que, además de la
pena del duplo o del cuádruplo, los ladrones, a fin de poder
recuperar la cosa hurtada, también queden obligados por esta
acción: «SI RESULTA QUE ELLOS DEBEN DAR», aunque
haya también contra ellos esa acción por la que pedimos una
cosa que es nuestra7. (5) Las acciones reales son llamadas
vindicaciones, y las acciones personales, con las cuales pre­
tendemos que debe darse o hacerse <algo>, condicciones8.
(6) A veces reclamamos para conseguir sólo una cosa, a
veces sólo una pena, otras, una cosa y una pena. (7) Perse­
guimos solamente una cosa, por ejemplo, en las acciones con
las cuales reclamamos en virtud de un contrato. (8) Solamen­
te perseguimos una pena, por ejemplo, con la acción de hurto
o de lesiones y, según la opinión de algunos, con la acción de
los bienes arrebatados violentamente; así, nos compete, en
virtud del mismo asunto, la vindicación y la condicción9.

6 En efecto, «daré» quiere decir producir un aumento patrimonial, y por


eso el «entregar» algo (tradere) es un «facete», que sólo produce un dare
cuando hay una efectiva adquisición.
7 Gayo da aquí una explicación algo trivial del hecho conocido de que
contra el ladrón se dé, aparte la acción penal por el hurto, la condictio, lla­
mada furtiva , para recuperar el valor de lo sustraído, en cuya fórmula se pre­
supone que el ladrón ha adquirido la propiedad, y por ello puede decirse que
«debe dar» al que ha sufrido el hurto. En realidad, se trata de que cuando la
cosa hurtada no puede identificarse como algo presente -p o r ejemplo, el
dinero-, el que ha sufrido el hurto renuncia a su propiedad y recurre a recla­
mar el valor, como si el ladrón se hubiera hecho propietario y debiera devol­
ver lo adquirido por él.
8 La simplificación escolástica ha llegado al extremo de falsear total­
mente la naturaleza de la condictio, acción de derecho estricto, que puede
nacer de los préstamos y de las estipulaciones de objeto cierto, pero nunca
de los contratos y mucho menos de los delitos y otras causas de acciones
personales.
9 Aunque la reivindicatoría, acción real, no se acumula nunca con la con­
dictio, sino que ésta se da cuando aquélla no es posible por no poder iden­
tificarse la cosa: véase supra n. 7.

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134 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

(9) Perseguimos la cosa y la pena, por ejemplo, en aquellos


casos en los cuales reclamamos al doble contra el que se
resiste obstinadamente; lo que sucede en la acción de la eje­
cución de la sentencia, en la de rembolso del fiador ccontra
el deudor principal, en la del daño injusto de la ley Aquilia,
o en concepto de legados <de efecto personal>, en los que
han sido dejadas cosas determinadas por damnación101.
(10) Hay además otras acciones, que se refieren a la
acción de la ley; otras, que valen por su fuerza y potestad.
Para que esto quede claro, es necesario que, en primer lugar,
hablemos de las acciones de la ley11.
(11) Las acciones que utilizaron los antiguos eran lla­
madas acciones de la ley, bien porque habían aparecido en
leyes (pues entonces los Edictos del pretor, por los cuales
fueron introducidas muchas acciones, todavía no estaban en
uso), o bien porque se acomodaban a las palabras de las
mismas leyes, y por tanto se aplicaban inmutables, como si
fuesen leyes. Por ello, aquel que reclamase acerca de unas
vides cortadas de modo que en la acción mencionase las
«vides», se respondió <por los juristas> que había perdido
el litigio, puesto que habría debido hablar de «árboles»,
dado que la Ley de las XII Tablas, en virtud de la cual com­
petía la acción acerca de las vides cortadas, hablaba en
general de «árboles cortados». (12) En virtud de la ley, se
reclamaba de cinco modos: por la apuesta sacramental, por
petición de juez, por condicción, por apoderamiento perso­
nal, por toma de prenda.

10 Gayo parece confundir aquí, siempre por simplificación sistemática,


las acciones penales, cuya condena es a un múltiplo -p o r ejemplo, la acción
de hurto al doble- y aquellas otras acciones no propiamente penales, proce­
dentes de la antigua manus iniectio, que crecen al doble por la «resistencia»
(infitiatio) del demandado, como, sobre todo, la acción para ejecutar las sen­
tencias condenatorias (acciones con «litiscrescencia», que adversus infi-
l¡an leni crescunt in duplum).
11 Gayo nos va a dar la única información algo sistemática que tenemos
sobre el antiguo procedimiento de la tegis actiones, la cual, precisamente
por ser única, no permite una comparación que nos permita descubrir lo que
tiene de incompleta, trivial y hasta inexacta, pues para el mismo Gayo era
also
w del todo antiauo.
w

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 135

(13) La acción de apuesta sacramental era general: por


todos aquellos asuntos en los que no estaba previsto en la
ley que se reclamase de otra manera, en estos, se reclama­
ba mediante la acción de apuesta sacramental; y esta
acción era tan arriesgada ... (laguna) ... como arriesgada es,
en la actualidad, la acción de deuda de cantidad de dinero
determinada, a causa de la apuesta procesal a la que se
arriesga el demandado, si se opone temerariamente, y a
causa de la apuesta contraria, a la que se arriesga el deman­
dante, si reclama lo no debido. Así, el que era vencido
pagaba la suma de la apuesta sacramental, en concepto de
pena; y ésta se abonaba al Erario público, y por esta razón
se daban fiadores al pretor, no como ahora en que la pena
de la apuesta y contra-apuesta se abona en lucro del adver­
sario que ha vencido12. (14) La pena de la apuesta sacra­
mental era de quinientos o de cincuenta <ases>. En efecto,
acerca de los asuntos de mil o más <ases>, se litigaba con
una apuesta sacramental de quinientos ases, pero acerca de
los menores, de cincuenta ases, pues así estaba establecido
en la Ley de las XII Tablas. Pero si el litigio era acerca de
la libertad de un esclavo, aunque el esclavo fuese valiosísi­
mo, sin embargo se preveía en la misma ley que se litigase
con una apuesta sacramental de cincuenta ases, para favo­
recer la libertad y que no se gravase a los que intervenían
como defensores de la libertad de una persona13
... (laguna) ... (15) ... (laguna) ... llegaran para el nombra­
miento de juez. Después, sin embargo, se nombraba
<juez> al presentarse de nuevo <ante el magistradox Se

12Gayo hace aquí una aproximación bastante superficial entre la «apues­


ta sacramental» (sacramentunt) antigua, que revertía al Erario (véase supra
sub II n. 23), y la «promesa y contrapromesa de la tercera parte» (spansia et
restipulatio tertiae partis) de la candictia clásica,«que obligaba al que había
litigado sin razón a pagar, a favor del adversario, una tercera parte de la
cuantía controvertida; véase infra n. 26.
13 Véase supra sub II, XII Tab. 2,1. Según se dice, en los procesos de
libertad, tanto en los que se reclamaba la libertad de un aparente esclavo, o
la situación de esclavitud de un aparente libre ( vindicado in ¡ibertatem y
vindicaría in servitutem), los interesados no podían actuar en el litigio, por
lo que eran sustituidos por estos «defensores» (adseriares).

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136 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

estableció por la ley Pinaria14, que se nombrase juez a los


treinta días; pero antes de esta ley, el juez era nombrado
<inmediatamente>. De lo dicho antes, se entiende que, si se
litigaba por un asunto de menos de mil monedas, se acos­
tumbraba litigar con una apuesta sacramental de cincuenta,
y no de quinientos. Después de que el juez hubiese sido
nombrado, d o s litigantes> notificaban el día fijado para
comparecer ante el juez; luego, habiendo comparecido ante
el juez, antes de exponer la causa en un discurso ante él,
solían exponerle el asunto litigioso brevemente y como
mediante un índice; esto se llama sumario de la causa,
como una exposición abreviada de la propia causa.
(16) Si se ejercitaba una acción real sobre cosas muebles
o semovientes, que podían ser llevadas o conducidas ante el
pretor15, se reclamaba ante el pretor de este modo: el que
reclamaba tenía una vara <en la mano>; luego, asía la misma
cosa litigiosa, por ejemplo, un esclavo, y decía así: «YO
AFIRMÓ QUE ESTE ESCLAVO ES MÍO SEGÚN EL
DERECHO DE LOS QUÍRITES16 POR CAUSA LEGÍTI­
MA; TAL COMO HE DICHO, AQUÍ, ANTE TI, IMPUSE
MI VARA», y simultáneamente ponía la vara sobre el escla­
vo17. El adversario, por su parte, hacía y decía lo mismo.
Cuando ya ambos habían reclamado, el pretor decía: «SOL-

14 Son desconocidos el autor y la fecha de esta ley Pinaria de legis acrio­


lle, de la que sólo tenemos noticias directas a través de este pasaje de Gayo.
En virtud de ella, el nombramiento de juez no se hacía inmediatamente, sino
después de un período de 30 días.
15 En este procedimiento arcaico, la identiftcabi 1idad de la cosa, presu­
puesto permanente de toda «reivindicatoría» (reí vindication se manifesta­
ba mediante la presencia real de la cosa - o de algo que la representara (cfr.
infra §17), si era un inm ueble- ante el magistrado; en el procedimiento de
la época clásica, la presencia de la cosa dejó de ser imprescindible, pero
subsistió la necesidad de la certeza de la cosa reclamada; cuando la cosa no
era ya identi ficable, la acción real resultaba imposible, y debía ejercitarse la
acción personal referida a su valor (condictio); véase supra n. 7.
16 Véase supra sub IV.A n. 22.
17 La «vara» (festuca) que interviene en este rito procesal es un símbolo
de la lanza (hasta), la cual, a su vez, es el símbolo del poder dominical; cfr.
infra §16 i.f.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 137

TAD AMBOS EL ESCLAVO», y ellos lo soltaban. El que


había reclamado en primer lugar preguntaba así al otro:
«EXIJO QUE DECLARES POR QUÉ CAUSA HAS
RECLAMADO»; y el otro contestaba: «EJERCITÉ DERE­
CHO18 CUANDO IMPUSE LA VARA». Entonces, el que
había reclamado en primer lugar decía: «PUESTO QUE
HAS RECLAMADO CONTRA DERECHO, TE PROVO­
CO A UNA APUESTA SACRAMENTAL DE QUINIEN­
TOS ASES»; el adversario decía lo mismo por su parte: «Y
YO A TI»; o si el asunto litigioso era inferior a mil ases, se
mencionaba una apuesta sacramental de cincuenta. Asimis­
mo, se observaban estos trámites cuando se reclamaba con
una acción personal. A continuación, el pretor declaraba la
adjudicación <de la cosa en litigio> a uno de ellos, es decir,
constituía interinamente a uno en poseedor, y ordenaba que
éste diera al adversario fiadores del litigio y la adjudicación,
esto es, de la cosa y de los frutos19; además, el mismo pretor
recibía de ambos otros fiadores a causa de la apuesta sacra­
mental, pues ésta se abonaba al Erario público. La vara se
usaba como en sustitución de la lanza, en señal precisamen­
te de la propiedad legítima, pues pensaban que estaban espe­
cialmente en propiedad legítima aquellas cosas que habían
tomado de los enemigos; de ahí que en los juicios ante los
centunviros se ponía a la vista la lanza20. (17) Si el objeto
<del litigio> era tal que no podía ser llevado o conducido
ante el pretor sin gran incomodidad, por ejemplo, si fuese
una columna o una nave o un rebaño de cualquier ganado,
entonces se tomaba alguna parte de ella y se llevaba ante el

18 «Ins fed»: «hice derecho». Ésta es una de las expresiones en las que
se ve claramente cómo la palabra ius no puede entenderse en el sentido
objetivo de norma, ni en el subjetivo de facultad, sino en un sentido diná­
mico ambivalente que revela el origen adjetival del término: «algo justo».
19 Se entiende por «frutos» los rendimientos mas o menos periódicos a
los que está destinada una cosa, siempre respetando la integridad de la
misma cosa productora (salva reí substantia). Por eso, no son frutos los res­
tos que se obtienen de la destrucción de una cosa. Los frutos pueden ser
naturales (resultado de un proceso natural) o civiles (rentas pecuniarias).
20 De ahí que la venta pública de los prisioneros de guerra como escla­
vos se hiciera sub hasta, de donde la «subasta» por licitación.

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138 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

pretor, y entonces se hacía la reclamación sobre aquella parte


como si estuviese presente la cosa entera; y así, de un rebaño,
<era tomada> y conducida ante el magistrado una oveja o una
cabra, e incluso se tomaba y llevaba ante el magistrado un
vellón de lana; de una nave o de una columna se arrancaba
alguna parte; igualmente, si el litigio era acerca de un fundo
o de una casa o de una herencia, se tomaba alguna parte de
ellos y se llevaba ante el magistrado, y se hacía la reclama­
ción sobre aquella parte como si estuviese presente la cosa
entera; por ejemplo, de un fundo se cogía un terrón, y de un
edificio, una teja, y si el litigio era acerca de una herencia,
igualmente ... (laguna) ... fue restituido por la acción de la ley.
(17a) Se reclamaba mediante la acción de petición de
juez, si la ley había ordenado que se reclamase así acerca de
algún asunto, como la Ley de las XII Tablas acerca de aque­
llo que se reclama en virtud de una estipulación21. El trámite
era aproximadamente de este modo: el que reclamaba decía
así: «AFIRMO QUE TÚ DEBES DARME DIEZ MIL SES-
TERCIOS A CAUSA DE UNA PROMESA: EXIJO QUE
LO AFIRMES O LO NIEGUES». El adversario afirmaba que
no debía. El demandante decía: «PUESTO QUE TÚ LO NIE­
GAS, A TI, PRETOR, TE PIDO QUE NOMBRES UN JUEZ
O UN ÁRBITRO». Así, en este tipo de acción, cualquiera
negaba sin pena22. Igualmente para la división de herencia
entre los coherederos, la misma ley mandó que se reclamase
mediante la acción de petición de juez. Lo mismo estableció
la ley Licinia23, cuando se reclamaba para la división de algu­
na cosa común. Y así, una vez mencionada la causa por la que
se reclamaba, de inmediato se pedía un árbitro24.

21 Véase supra sub IV.D n. 11.


22 Es decir, sin el riesgo de perder la apuesta jurada del sacramentum.
23 Esta ley Licinia es de fecha desconocida, pero de alrededor del año
210 a.C.
24 El «árbitro» (arbiter) interviene cuando hay que hacer una estimación
en dinero, pero, en la época clásica, no hay una diferencia estricta entre el
index y el arbiter, puesto que toda condena presupone una estimación del
litigio, y sólo resulta innecesaria ésta cuando la reclamación es ya de una
cantidad determinada de dinero.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 139

(17b) Mediante la condicción se reclamaba asi: «AFIR­


MO QUE TÚ ME DEBES DAR DIEZ MIL SESTERCIOS;
EXIJO QUE LO AFIRMES O LO NIEGUES». El adversa­
rio decía que no debía. El demandante decía: «PUESTO QUE
TÚ LO NIEGAS, TE EMPLAZO PARA ELEGIR JUEZ
DENTRO DE TREINTA DÍAS». Después, a los treinta días,
debían presentarse para la elección de juez. Condicción sig­
nifica emplazamiento en el lenguaje antiguo. (18) Y así esta
acción era llamada propiamente condicción, pues el deman­
dante emplazaba al adversario para que se presentase a los
treinta días para la elección de juez; pero ahora llamamos
impropiamente condicción a la acción personal en la que
pretendemos que debe dársenos <algo>. En efecto, actual­
mente no se hace ningún emplazamiento por esta razón. (19)
Esta acción de la ley fue establecida por la ley Silia y por la
Calpurnia: por la ley Silia, para las cantidades determinadas
de dinero, y por la ley Calpurnia, para cualquier objeto deter­
minado25. (20) Se pregunta muchas veces por qué esta acción
resultó necesaria, siendo así que aquello que debía dársenos
podía reclamarse, bien por la apuesta sacramental, bien
mediante la petición de juez26.
(21) Mediante el apoderamiento personal se reclamaba
igualmente acerca de aquellos asuntos, de los cuales estaba
previsto por alguna ley que se reclamase así, como en la Ley
de las XII Tablas para la ejecución de la sentencia. Esta
acción era de este modo: el que reclamaba decía así: «PUES­
TO QUE TÚ HAS SIDO SENTENCIADO O CONDENA-

25 La ley Silia, del siglo ni a.C., parece haberse referido a deudas, no sólo
de dinero, sino también de cantidades de otro género, bajo el nombre de pecu­
nia. La ley Calpurnia, del siglo n a.C., habría extendido la condicho arcaica a
Las deudas determinadas de otros objetos específicos (aliae certae res).
26 Esta pregunta de Gayo demuestra cómo no había llegado a entender
bien que la novedad de la condicción había consistido en eximir al deman­
dante de la prueba de la causa de la estipulación, y agravar, en todo caso, la
reclamación por la sponsio y restipulatio tertiae partis; véase supra n. 12.
Es la acción crediticia por excelencia, que vino a ser necesaria a causa del
desarrollo económico del tráfico comercial romano tras la expansión de su
poder a las provincias orientales.

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140 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

DO <a darme> A MÍ DIEZ MIL SESTERCIOS, Y PUESTO


QUE NO HAS PAGADO, POR TAL MOTIVO YO ME
APODERO DE TI A CAUSA DE LA SENTENCIA DE
DIEZ MIL SESTERCIOS», y simultáneamente agarraba
alguna parte de su cuerpo; y no era lícito al condenado libe­
rarse del poder y reclamar en su defensa en virtud de la ley,
sino que presentaba un defensor27, el cual solía reclamar en
su lugar. El que no presentaba un defensor, era conducido
por el demandante a su casa y atado con cadenas. (22) Pos­
teriormente, algunas leyes, en algunos otros casos, concedie­
ron el apoderamiento personal a título de sentencia judicial
contra otros <deudores>, como la ley Publilia contra aquel
deudor por el cual el fiador había pagado, si en los seis meses
posteriores al momento en que pagó por él, no le pagaba la
cantidad al fiador; también la ley Furia sobre la fianza, con­
tra aquel <acreedor> que había exigido del fiador más de la
cuota proporcional, y finalmente otras muchas leyes conce­
dieron esta acción en otros muchos casos. (23) Pero otras
leyes, para algunos casos, establecieron estas acciones por
apoderamiento personal, pero puro, esto es, no a título de
sentencia judicial, como la ley Furia testamentaria contra
aquel que había recibido a título de legados o por causa de
muerte más de mil ases, siempre que no estuviese excluido
en virtud de esta ley, de modo que le fuese lícito recibir más;
igualmente la ley Marcia contra los prestamistas, para que, si
exigían intereses <excesivos>, se reclamase contra ellos por
medio del apoderamiento personal para la devolución de
esos intereses28. (24) Cuando se reclamaba en virtud de estas

27 Es el llamado vindex, cuyas funciones no resultan todavía del todo cla­


ras.
2KLa ley Publilia sobre la fianza es de mediados del siglo iv a.C., y la ley
Furia sobre lo mismo, y la Furia testamentaria y la Marcia son del siglo u
a.C. La primera introdujo la acción de regreso (actio depensi) contra el deu­
dor cuya deuda había pagado el fiador; la segunda no introdujo propiamen­
te una división de la deuda entre los cofiadores, sino una reclamación con­
tra el acreedor que había cobrado de uno de ellos más de la parte que le
correspondía; la tercera autorizó una reclamación del cuadruplo contra el
legatario que había cobrado un legado de mas de mil ases; la cuarta, una
acción contra los usureros, también por el cuadruplo del exceso. Estas

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 141

leyes, y si hubiese otras leyes que fuesen semejantes, era líci­


to al demandado liberarse y reclamar en su defensa en virtud
de la ley. Pues el demandante, en esta misma acción de la ley,
no añadía la expresión «A TÍTULO DE SENTENCIA JUDI­
CIAL», sino que, mencionada la causa por la que reclamaba,
decía así: «POR TAL MOTIVO YO ME APODERO DE TI»,
mientras aquellos a los cuales la acción les había sido con­
cedida a título de sentencia, mencionada la causa por la que
reclamaban, añadían así: «POR TAL MOTIVO YO ME
APODERO DE TI A TÍTULO DE SENTENCIA JUDI­
CIAL». Y no es que se haya omitido insertar en la fórmula
de la ley Furia testamentaria la expresión «A TÍTULO DE
SENTENCIA JUDICIAL», cuando ésta no se encuentra en
la misma ley; no se entiende por qué razón se ha hecho así29.
(25) Más tarde, en virtud de la ley Valia30, excepto para el
condenado y para aquel <deudor> por el cual <el fiador>
pagó, en todos los restantes casos en los que se reclamaba <a
alguien> con el apoderamiento personal, se permitió liberar­
se y reclamar en propia defensa. Y así el condenado y aquel
<deudor> por el cual <el fiador> pagó, incluso después de

acciones crecían al doble contra el que se resistía en ellas (véase supra n.


10) porque lo mismo ocurría con el vindex que salía en defensa del deman­
dado por la manus inieciio de que viene hablando Gayo. Este efecto de litis-
crescencia depende de la damnatio, sea de una sentencia condenatoria,
como en el caso de la acción ejecutiva (actio iudicati), sea de una ley, como
las mencionadas, y también la ley Aquilia de daños patrimoniales (véase
supra sub IV.D n. 5), sea de una ley privada, como es el testamento (actio
ex testamento, por legados; véase infra sub V.E n. 9), o la mancipación
(actio de modo agri, por defecto de la medida declarada del fundo vendido).
29 Parece lo más probable que la manus iniectio, que originariamente
presuponía una sentencia ejecutiva, se fue extendiendo, como por ficción
legal, a otros casos, pero acabó por darse legalmente sin necesidad de tal fic­
ción. Gayo, como en tantos otros casos, confiesa su perplejidad.
M) Esta lex Vailia, de autor y fecha desconocidos, flexibilizó el procedi­
miento de la manus iniectio, permitiendo que el deudor pudiera defenderse
por sí mismo, y haciendo innecesaria, excepto en los casos señalados (la
actio iudicati, para la ejecución de una sentencia, y la actio depensi, para
que el fiador [adpromissor] que pagó pueda repetir del deudor principal lo
pagado por él), la intervención de un vindex, de modo que el riesgo de la
litiscrescencia recayó sobre el mismo demandado, garantizado por fiadores.

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142 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

esta ley, debían presentar un defensor, y, si no lo presenta­


ban, eran conducidos a casa <del demandantes Y estas
cosas, mientras las acciones de la ley se utilizaban, siempre
se observaron así; de ahí que actualmente aquel contra el que
se reclama a título de sentencia judicial o de pago al acree­
dor <por el fiador>, esté obligado a garantizar el pago de la
condena.
(26) Según la ley, se reclamaba con la toma de prenda, en
ciertos casos, según las costumbres, en otros, en virtud de la
ley. (27) Fue introducida por las costumbres para el litigio
militar, puesto que, a causa del estipendio, era lícito al solda­
do coger una cosa en prenda de aquel que pagaba la soldada,
a no ser que se la pagase; aquel dinero que se daba a título
de estipendio se denominaba «metal militar». Igualmente,
era lícito tomar en prenda a causa del dinero con el cual
había de comprarse un caballo; este dinero se llamaba
«metal ecuestre». Asimismo, a causa de aquel dinero con el
cual había de comprarse el forraje para los caballos: este
dinero se llamaba «metal de forraje». (28) Por la ley fue
introducida la toma de prenda, por ejemplo, por la Ley de las
XII Tablas, contra aquel que había comprado una ofrenda
<para un sacrificio> y no había pagado el precio; también
contra aquel que no había pagado la merced por la caballería
que alguien le había arrendado para destinar el dinero reci­
bido de ello a un banquete, esto es, a un sacrificio; igual­
mente, por una ley censoria, se concedió a los publicanos31
la toma de prenda de los impuestos públicos del pueblo
romano, contra aquellos que debían el impuesto en virtud de
alguna ley. (29) En todos estos casos, se tomaba la prenda
con determinadas palabras, y por esto a la mayoría le pare­
ció bien que esta acción fuese también una acción de la ley;
a algunos, sin embargo, les parecía que no era una acción de
la ley, en primer lugar, porque la torna de prenda se ejecuta­

31 El cobro de los impuestos era arrendado a los «publicanos» (publica-


ni), que se integraban en unas sociedades públicas (societas pitblicanonun)
con personalidad jurídica. Contra los abusos de los publicanos preveía el
pretor recursos especiales.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 143

ba fuera de la jurisdicción, es decir, no ante el pretor, e inclu­


so la mayor parte de las veces, ausente el demandado, mien­
tras que de las restantes acciones no puede alguien hacer uso
más que ante el pretor y presente el demandado; además,
porque incluso en un día nefasto32, esto es, en el cual según
la ley no era lícito reclamar, podía ser tomada la prenda33.
(30) Pero todas estas acciones de la ley poco a poco lle­
garon a ser aborrecidas, pues por el excesivo rigor de los anti­
guos, que en su época habían fundado los derechos, se llega­
ba hasta el punto de que quien errase lo más mínimo, perdía
el litigio. Así, por medio de la ley Ebucia y de dos leyes Julias
fueron suprimidas estas acciones de la ley, y se estableció que
litigásemos mediante palabras escritas, es decir, mediante
fórmulas escritas34. (31) Tan sólo en dos casos se permitió
reclamar según la ley: a causa del daño temido35 y si ha de ser

32 Los «días nefastos» (dies nefasti) eran aquellos en los cuales los magis­
trados no podían ejercer su jurisdicción, es decir, pronunciar las «tres palabras
solemnes» (tria verba sollenmia): «concedo, declaro y adjudico» (do, dico,
addico), frente a los «días fastos» (dies fasti), en que sí podían hacerlo. Marco
Aurelio reformó el calendario judicial estableciendo unos días judicialmente
hábiles (dies iudiciarii), que eran 230, y los festivos (dies ferian).
33 La información que nos da Gayo sobre la pignoris tapio es del todo
insuficiente, a pesar de enumerar varios casos en que procedía. Él mismo
alude a las dudas sobre la inclusión de este procedimiento entre las legis
actiones. De hecho, vemos que subsiste en la legislación colonial y munici­
pal (véase infra sub V.D n. 25), a pesar de la abolición de las «acciones de
la ley», y para casos muy ordinarios no enumerados por Gayo.
34 La ley Ebucia suele colocarse alrededor del 130 a.C., y se limitó a
introducir la condictio formularia. Las dos leyes Julias que generalizaron las
fórmulas procesales (salvo, como se dice en el §31, algún caso excepcional
en que subsistieron acciones de la ley, como también, según hemos dicho,
la pignoris capio), son la del 17 a.C. sobre los juicios privados y la poco
posterior sobre la organización de los municipios itálicos, ambas, por tanto,
de Augusto.
35 «Daño temido» (damnum infection) es el daño que se teme pueda pro­
venir de una finca vecina, por un defecto de una construcción o del terreno.
Como por los daños causados por cosas inanimadas no responde el dueño
de ellas, era necesario forzar al propietario de la finca ruinosa a prometer
mediante estipulación (cantío damni infecti) la indemnización del daño que
eventual mente se llegara a producir. El edicto del pretor sobre el daño temi­
do está recogido infra sub V.A.

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144 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

un juicio centunviral36. En efecto, cuando se acude a los cen-


tunviros, se reclama previamente, según la ley, con la apues­
ta sacramental, ante el pretor urbano o el peregrino; pero a
causa del daño temido nadie quiere reclamar según la ley,
sino mejor mediante una estipulación, que esté propuesta en
el edicto, obliga a su adversario, y esto resulta más cómodo y
más seguro. Por medio de la toma de prenda ... (laguna) ...
aparece. (32) Por el contrario, en aquella acción que se pro­
pone para el publicano, hay la ficción de que se condena a
tanto dinero en cuanto, en otro tiempo, si se había tomado
una prenda, debería liberar esa prenda aquel <deudor> del
cual se tomó37. (33) Pero ninguna acción se refiere a la ficción
de la condicción. En efecto, si reclamamos como debida a
nosotros, bien una cantidad bien alguna cosa determinadas,
pretendemos que se nos debe dar eso mismo y no añadimos
ninguna ficción de condicción; así, pues, entendemos que
aquellas acciones, con las cuales pretendemos que se nos
debe dar o una cantidad o una cosa, valen por su propia fuer­
za y potestad. De la misma naturaleza son las acciones del
comodato, de la fiducia, de la gestión de negocios, y otras
innumerables.

36 El tribunal de los «centunviros» (centumviri) era un tribunal especial, for­


mado por cien jueces, que tenía competencia en algunas causas particulares.
37 Esto debe entenderse en el sentido de que, después de la ley Ebucia,
se seguía para otros casos distintos de la condictio el nuevo procedimiento
formulario, pero con ficción de haberse celebrado la «acción de la ley».
Gayo no da buena cuenta de la limitación cronológica de este procedimien­
to de ficción de legis actio , que hacía mucho tiempo que había dejado de
practicarse. Por lo demás, en el caso del daño temido (véase supra n. 35),
no se entiende que hubiera sido posible ejercitar una acción de la ley, aun­
que sí la pignoris tapio , precedente quizá del régimen pretorio de la missio
in possessionem.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 145

Fórmulas de acciones

Acción reivindicatoría38
«Si se comprueba que la cosa, de la que se trata, es de
Aulo Agerio39 según el derecho de los Quirites, y que esa
cosa no ha sido restituida a Aulo Agerio conforme al arbitrio
del juez40, tú, juez, condena a Numerio Negidio41 a <darle>
a Aulo Agerio tanto dinero cuanto valdrá esa cosa; si no se
comprueba, absuélvele».

Vindicación del derecho real de usufructo42


Para que el usufructuario reclame su derecho: «Si se
comprueba que Aulo Agerio tiene, sobre ese fundo del que
se trata, un derecho de uso y disfrute, y que esa cosa no ha
sido restituida a Aulo Agerio según el arbitrio del juez, tú,
juez, condena a Numerio Negidio <a darle> a Aulo Agerio
tanto dinero cuanto valdrá esa cosa; si no se comprueba,
absuélvele».
Para que el propietario niegue el derecho de usufructo:
«Si se comprueba que Numerio Negidio no tiene, sobre
ese fundo del que se trata, un derecho de uso y disfrute, en
contra de la voluntad de Aulo Agerio, y que esa cosa no ha
sido restituida a Aulo Agerio según el arbitrio del juez, tú,
juez, condena a Numerio Negidio <a d a r lo a Aulo Agerio

38 La «acción reivindicatoría» (rei vindicado) es la acción típica del pro­


pietario civil. Quien afirma ser propietario de una cosa identificable (véase
supra n. 15 y §§16 y 17), pero de la que ha perdido la posesión, la puede
ejercitar contra el actual poseedor de la misma.
39 «Aulo Agerio» (Aldus Agerius = A. A.) es un nombre convencional
mediante el cual se suele designar al demandante, caricaturizado como «el
rico exigente».
40 Ésta es la llamada «cláusula arbitraria», en virtud de la cual se supe­
ditaba la condena pecuniaria a la no restitución, por parte del demandado,
de la cosa reclamada. Si restituía, era absuelto; si no, el demandante hacía
una estimación pecuniaria del valor de la cosa (litis aestimatio), y se con­
denaba al demandado a esa cantidad.
41 Por su pane, «Numerio Negidio» (Numerius Negidius = N. N.) sirve
para designar irónicamente al demandado como «el pobre insolvente».
42 Sobre el usufructo, véase supra sub IV.C n. 1.

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146 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

tanto dinero cuanto valdrá esa cosa; si no se comprueba,


absuélvele».

Acción por el hurto ordinario43


«Si se comprueba que se ha cometido un hurto a Aulo
Agerio por parte de Numerio Negidio, o por obra y consejo44
de Numerio Negidio, a causa de lo cual deba, como ladrón,
sufrir la condena, tú, juez, condena a Numerio Negidio <a
p ag arlo a Aulo Agerio el doble de tanta cantidad de dinero
cuanto valía esa cosa cuando se cometió el hurto; si no se
comprueba, absuélvele».

Condicción45
«Si se comprueba que Numerio Negidio debe dar a Aulo
Agerio 10.000 sestercios (o el esclavo Estico), tú, juez, con­
dena a Numerio Negidio <a p ag arlo a Aulo Agerio 10.000
sestercios (o lo que valga esa cosa); si no se comprueba,
absuélvele».

Acción pigneraticia personal46


«Si se comprueba que Aulo Agerio había dado en prenda a
Numerio Negidio la cosa de la que se trata a causa de una
deuda de cantidad de dinero, y que esa cantidad ha sido ya
pagada o satisfecho <el acreedor> por esa razón, o que depen­
dió de Numerio Negidio que no se pagase, y que esa cosa <pig-
norada> no ha sido devuelta a Aulo Agerio, tú, juez, condena
a Numerio Negidio <a pagarle> a Aulo Agerio tanto dinero
cuanto valdrá esa cosa; si no se comprueba, absuélvele».

43 Sobre el hurto, véase supra sub II n. 40, y sub IV.D n.3.


44 Mediante la incorporación de esta expresión (ope cousiliove), se hacía
posible que esta acción de hurto pudiera entablarse, no sólo contra el autor
material, sino también contra los que habían participado de algún modo
-instigador, cooperador, etc - en la comisión del mismo.
4;' La «condicción» (condictio) es la acción que sirve para recuperar la
propiedad previamente dada, cuando el adquirente carece de causa para rete­
nerla. Es la acción típica de los préstamos civiles y, en general, de los casos
que nías tarde fueron caracterizados como de «enriquecimiento injusto».
4ft La «prenda» (pií>nus) es la forma ordinaria de garantía real de las obli­
gaciones. Consiste en la entrega que hace un «pignorante» a un «acreedor

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 147

Acciones del depósito47


Acción in factum: «Si se comprueba que Aulo Agerio
había dejado en depósito a Numerio Negidio una mesa de
plata, y que ésta no ha sido devuelta a Aulo Agerio por dolo
malo de Numerio Negidio, tú, juez, condena a Numerio
Negidio <a pagarle> a Aulo Agerio tanto dinero cuanto val­
drá esa cosa; si no se comprueba, absuélvele».
Acción in ius: «Puesto que Aulo Agerio le dejó en depó­
sito a Numerio Negidio una mesa de plata, de la que se trata,
todo lo que, por ese asunto, Numerio Negidio deba dar o
hacer <a favor> de Aulo Agerio en virtud de la buena fe, tú,
juez, condena por ello a Numerio Negidio <a p agarlo Aulo
Agerio; si no se comprueba, absuélvele».

Acciones de la compraventa48
«Puesto que Aulo Agerio compró a Numerio Negidio el
esclavo de que se trata, por este asunto del que se trata, todo

pignoraticio» de la posesión pretoria de una cosa (pignus) como garantía del


cumplimiento de una obligación, propia o ajena. Una vez cumplida, o extin­
guida de otro modo, la obligación garantizada, el acreedor pignoraticio
queda obligado a restituir la prenda al pignorante. Para exigir esa restitución
se utilizaba la presente acción. Si la obligación no se cumplía, el acreedor
pignoraticio podía vender la prenda y cobrarse la deuda, quedando entonces
obligado a restituir el sobrante (superfhium), que podía ser exigido también
mediante esta acción. Sobre la hipoteca, véase infra sub V.E n. 24.
47 El «depósito» (depositiim) es un negocio en virtud del cual un deposi­
tante confía una cosa mueble a un depositario, para que éste la guarde tem­
poralmente y la devuelva en el plazo previsto. Aunque inicialmente estaba
sancionado sólo con la «acción de hurto» (actio furti) y luego con una
acción pretoria in factum (actio depositi in factum : véase infra sub V.A el
edicto por el que el pretor anuncia esta acción), terminaron por aparecer
acciones civiles de buena fe (actio depositi in ius), que determinaron la con-
tractualización del depósito. El que ha recibido una cosa para guardarla gra­
tuitamente hasta que se la pida el que se la dejó en depósito responde sólo
cuando ha perdido aquella cosa a causa de su propia conducta dolosa; cuan­
do el depósito se hizo con ocasión de una emergencia, sin tiempo para ele­
gir diligentemente al depositario (depósito necesario o «miserable»), la res­
ponsabilidad del depositario crece al doble del valor de la cosa depositada.
Sobre el depósito, véase también infra sub VIII.A n. 32.
4K La «compraventa» (emptio-venditio) era un contrato consensual de
buena fe del que surgían obligaciones recíprocas para ambos contratantes.

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148 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

lo que por este asunto Numerio Negidio debe dar o hacer a


<favor de> Aulo Agerio en virtud de la buena fe, tú, juez,
condena por ello a Numerio Negidio <a p ag arlo a Aulo
Agerio; si no se comprueba, absuélvele».
«Puesto que Aulo Agerio vendió a Numerio Negidio el
esclavo de que se trata, por este asunto del que se trata, todo
lo que por este asunto Numerio Negidio debe dar o hacer a
<favor de> Aulo Agerio en virtud de la buena fe, tú, juez,
condena por ello a Numerio Negidio <a p ag arlo a Aulo
Agerio; si no se comprueba, absuélvele».

La obligación del vendedor (venditor) de entregar la mercancía (merx)


podía ser exigida por el comprador (emptor) mediante la «acción de com­
pra» (actio empti), que es la primera de las fórmulas que siguen. Recípro­
camente, la del comprador de pagar el precio, la podía exigir el vendedor
mediante la «acción de venta» (actio empti).

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 149

F. Los interdictos

Los interdictos ( in te r d ic ta ) son ju n to con los embargos


(missiones in possessionem), recursos especiales de la juris­
dicción pretoria, que complementan los ordinarios de conce­
sión o denegación de acciones o excepciones. Consisten en
órdenes provisionales y sumarias que puede dar el pretor
para hacer que se respeten las situaciones de hecho estable­
cidas y evitar que los particulares pretendan tomarse la justi­
cia por su mano, manteniendo de este modo la paz pública
en tanto no se dilucida, mediante la correspondiente acción,
el derecho por ellos pretendido.
En su origen, las órdenes interdíctales se referían siempre
a una prohibición de hacer violencia (vim fieri veto) para alte­
rar una determinada situación actual. Más tarde, se diversifi­
có el contenido de la orden pretoria, para referirse, además,
a una restitución (restituas) o a una exhibición (exhibeas).
El pretor anunciaba en el Edicto la concesión de cada uno
de estos interdictos, y reproducía también la fórmula de los
mismos. De ahí que, a propósito de los interdictos, lo mismo
que de las acciones pretorias, se puedan distinguir dos tipos
de cláusulas edictales: las que anuncian, en general, la con­
cesión de un interdicto, que suelen contener una descripción
objetiva del supuesto de hecho y, a veces, terminar con el
anuncio de concesión del interdicto (interdiction dabo o simi­
lar); y las que contienen la fórmula de la misma orden inter­
dicta!, redactada siempre de modo personal, con referencia a
un tu (destinatario) y a un Ule (solicitante), y que concluye
con la orden pretoria de que se trate, según el tipo de inter­
dicto. Los Compiladores conservaron en el Digesto ordina­
riamente las segundas, y algunas de las primeras, como
puede verse en el elenco de fórmulas interdictales recogido al
final de este apartado; otras veces, las confundieron.
Cuando la orden interdictal no produce el efecto deseado,
se concede contra el que la ha desobedecido una «acción del
interdicto» (actio ex interdicto), que da lugar a dos juicios
que pueden acarrear sendas condenas del desobediente: un

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150 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

juicio de pena por infracción, en el que se sanciona el desa­


cato a la orden pretoria, y otro de indemnización por incum­
plimiento, en que se condena a indemnizar a la otra parte los
perjuicios patrimoniales sufridos a causa del incumplimiento.
En la época tardía, la diferencia entre interdictos y accio­
nes se desvanece, al desaparecer, junto con el procedimiento
formulario, los presupuestos procesales que la justificaban.
De ahí que Justiniano rubrique el título 1 del libro 43 del
Digesto: «acerca de los interdictos o de las acciones extraor­
dinarias que competen por ellos» (de interdictis sive extraor-
dinariis actionibus quae pro his competunt), idea que apare­
ce también añadida en el comienzo del título 15 del libro 4 de
las Instituciones de Justiniano, como puede verse más abajo.
Además del elenco de fórmulas interdíctales, hemos
seleccionado también parte de los §§ del libro 4 de las «Ins­
tituciones» de Gayo en los que trata, con carácter general, de
los interdictos, y los equivalentes de las Instituciones de Jus­
tiniano, a fin de que se puedan comparar las distintas con­
cepciones de uno y otro.

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151

Bibliografía

A dame, «El procedimiento “ex interdicto” en el Derecho


Romano clásico», en Revista de Investigaciones Jurídicas 2
(1978), México, pp. 254 ss.
B etancourt, El libro anónimo «de interdictis». Codex Vatica­
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Padua, 1938.
COLLINET, La nature des actions, des interdits et des exceptions
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L abruna, «Vim fieri veto». Alie radici di una ideología, Nápo-
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LUZZATTO, 11 problema d'origine del processo «extra ordinem.
1. Premessa di método. I cosidetti rimedi pretori, Bolonia,
1965.

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152 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

1. G ayo, «I nstituciones» 4,138-143, y 156-160

(4.138) Resta que tratemos de los interdictos.


(4.139) En efecto, en algunos casos, el pretor o el pro­
cónsul principalmente interponen su autoridad para poner fin
a las controversias, lo cual se hace de modo especial cuando
se discute entre algunos acerca de la posesión o de la cuasi-
posesión1. Y, en definitiva, o manda que se haga algo o pro­
híbe que se haga. Las fórmulas y las palabras escritas de las
que se usa en este asunto, interdictos ... (laguna) ... o decre­
tos. (140) Se denominan decretos cuando manda que se haga
algo, por ejemplo, cuando ordena que se exhiba algo o que
se restituya; interdictos, en cambio, cuando prohíbe que se
haga, por ejemplo, cuando ordena que no se haga violencia
al poseedor sin vicio, o que no se haga algo en lugar sagra­
do. De ahí que todos los interdictos se denominen o restitu-
torios o exhibitorios o prohibitorios12. (141) No obstante, ni
siquiera cuando hubiese mandado que se hiciera <algo>, o
hubiese prohibido que se hiciese <algo>, se completa inme­
diatamente el asunto, sino que se va al juez o a los recupera­
dores, y allí, establecidas las fórmulas, se plantea si algo ha
sido hecho contra el edicto del pretor, o si no ha sido hecho
lo que aquél había mandado que se hiciera. Y a veces se

1En el término de «cuasi-posesión» (cjuasi-possessio) se insinúa en Gayo


lo que va a ser, a partir de Justiniano, la posesión, no de cosas corporales, sino
de derechos. Esta innovación gayana venía favorecida por el hecho de que
también para defender el uso de las servidumbres (véase supra sub IV.C n. 3,
e infra n. 25) ofrecía el Edicto pretorio determinados interdictos que, aunque
no propiamente posesorios, podían parecer semejantes a ellos.
2 «Restituir» (restituere) es volver a poner las cosas en una situación ju rí­
dica anterior; no exactam ente lo mismo que «devolver» (reddere)
una cosa, pues puede haber restitución sin devolución material. «Exhibir»
(exhibere) significa presentar ante el magistrado una cosa o persona
de la que se puede disponer. Prohíbete quiere decir propiamente «impedir»,
y no simplemente «anunciar que algo no se haga» (vetare); lo que los inter­
dictos llamados prohibitorios hacen es mandar que no se haga (vetare) un
acto impeditivo (prohibido); el pretor dice en ellos: «vim (la fuerza impedi­
tiva o prohibido) fieri veto», como cuando ordena que no se impida la entra­
da en una finca.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 153

reclama con una pena; otras, sin pena: con pena, por ejem­
plo, cuando se reclama por medio de la promesa; sin pena,
por ejemplo, cuando se solicita un árbitro. Y ciertamente
por los interdictos prohibitorios siempre suele reclamarse por
medio de la promesa; en cambio, por los restitutorios y los
exhibitorios, se reclama a veces por medio de la promesa,
a veces mediante una fórmula que se llama arbitraria3.
(4,142) Asi, pues, la principal clasificación está en que
los interdictos o son prohibitorios, o restitutorios, o exhibito­
rios. (143) La siguiente clasificación está en que sirven para
adquirir la posesión, o para retenerla, o para recuperarla.
(4,156) La tercera división de los interdictos está en que
o son simples o dobles. (157) Son simples, por ejemplo,
aquellos en los que uno es demandante, y otro, demandado,
como son todos los restitutorios o los exhibitorios; en efec­
to, es demandante aquel que pide o que se exhiba o que se
restituya, y es demandado aquel a quien se pide que exhiba
o restituya. (158) De los interdictos prohibitorios, unos
son dobles, otros, simples. (159) Son simples, por ejemplo,
aquellos en los que el pretor prohíbe que el demandado haga
algo en un lugar sagrado o en un río público o en su orilla;
pues es demandante quien pide que no se haga algo, y
demandado aquel que intenta hacer algo. (160) Son dobles,
por ejemplo, el interdicto «para que poseáis” y el «cuál de
las dos partes»4. Así, se denominan dobles porque en ellos
la situación de ambos litigantes es la misma, y no se entiende
que alguno sea principalmente demandado o demandante,
sino que cada uno soporta los papeles tanto de demandado
como de demandante, de modo que el pretor habla a ambos
con las mismas palabras...

3 Las promesas que se cruzan entre los litigantes a causa de un interdic­


to valen para asegurar una pena por haber litigado sin razón.
4 Estos dos interdictos -«uti possidetis» y «utnibi»- servían para defen­
der al poseedor, respectivamente, de inmuebles y de muebles; véase infra
nn. 13 y 14.

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154 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

2. I nstituciones de J ustiniano 4,15pr.-2,7 y 8

III. D e los interdictos . (4,15pr.) Sigue que tratemos de


los interdictos o de las acciones que son ejercitadas en su lugar.
En efecto, los interdictos eran formas o palabras escritas, con
las cuales el pretor o mandaba que se hiciese algo, o prohibía
que se hiciese. Esto lo hacía principalmente cuando se discutía
entre algunos acerca de la posesión o de la cuasi- posesión5.
(4,15,1) La división primera de los interdictos es ésta:
o son prohibitorios, o restitutorios, o exhibitorios6. Son pro­
hibitorios aquellos en los que prohíbe que se haga algo, por
ejemplo, violencia contra el poseedor sin vicio, o contra el
que entierra el cadáver, que él tenía el derecho de enterrar,
o que se edifique en lugar sagrado, o que se haga algo en un
río público o en su orilla, de modo que se navegue peor7. Son
restitutorios aquellos en los que manda que algo sea restitui­
do, por ejemplo, <que se restituya> al poseedor de los bien­
es <hereditarios> la posesión de aquellas cosas que alguien
posee de aquella herencia a título de heredero o de simple
poseedor, o cuando manda que sea restituida la posesión a
aquel que fue expulsado con violencia de la posesión de un
fundo. Son exhibitorios aquellos por medio de los cuales
manda que se exhiba, por ejemplo, aquel de cuya libertad se
discute judicialmente, o el liberto, al cual su patrono quiere
exigirle unos servicios, o <que se exhiban> al padre los hijos
que están bajo su potestad. Hay, sin embargo, algunos que
piensan que propiamente son denominados interdictos aque­
llos que son prohibitorios, porque interdictar significa
denunciar y prohibir; los restitutorios y los exhibitorios, en
cambio, son denominados propiamente decretos, pero se
admitió que todos fuesen llamados interdictos, porque se dan
entre dos personas8. (2) La siguiente división de los inter­

5 El comienzo y el final de este § están tomados de Gayo 4,138 y 139,


respectivamente.
6 Cfr. Gayo 4,142.
7 Cfr. Gayo 4,140.
KJustiniano explica la etimología de la palabra inter-dictum (inter-dice-
re): «porque se da entre dos <personas»> (quia inter duos dicunrur).

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 155

dictos es ésta: que algunos sirven para adquirir la posesión,


otros, para retenerla, otros, para recuperarla9.
(4.15.7) La tercera división de los interdictos es ésta: que
son simples o dobles...101 •
(4.15.8) Acerca del orden y del antiguo efecto de los
interdictos hoy es superfluo hablar: en efecto, siempre que el
derecho es declarado en un juicio extraordinario, como son
hoy todos los juicios11, no es necesario que se dé un inter­
dicto, sino que se juzga sin interdictos, como si hubiese sido
concedida, a causa del mismo interdicto, una acción útil.

■'Cfr. Gayo 4,143.


10 Sigue casi literalmente Gayo 4,156.
11 En época de Justiniano habían ya desaparecido hacía siglos los últi­
mos vestigios del procedimiento formulario, y se aplicaba sólo el cognito-
rio; véase supra sub IV.E introd.

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156 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Fórmulas interdíctales

Interdictos de defensa de la posesión


Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia
para que no poseáis aquella casa, de la que se trata, tal
como la poseíais sin violencia ni clandestinidad ni en pre­
cario12 el uno del otro. No daré este interdicto respecto a
las cloacas. Permitiré reclamar dentro del año, durante el
que se tenga la potestad de reclamar, pero no por más del
valor del asunto» (Ulpiano 69 «al Ed.» -D . 43,17,lpr.)13.
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para
que no se lleve este esclavo, del que se trata, aquel de los
dos que lo tuvo la mayor parte de este año» (Ulpiano 72
«al Ed.» -D . 43,31,lpr.)14.
Dice el pretor: «<Restituirás> a él en el lugar del cual tú
le expulsaste con violencia, o tu servidumbre le expulsó con
violencia, y en todo lo que entonces él tenía allí. Tan sólo en
el plazo de un año; después del año daré una acción por
aquello que hubiese enriquecido a aquel que expulsó con
violencia» (Ulpiano 69 «al Ed.» -D . 43,16,lpr.)15.

12 Ésta es la llamada «cláusula de posesión viciosa» (nec vi nec clam nec


precario), en virtud de la cual no puede prevalecer en este interdicto el pose­
edor actual (véase nota siguiente) que ha obtenido su posesión (posesión
viciosa) por alguna de las causas enumeradas en la cláusula. Ésta aparece
también en otros interdictos de los que se mencionan a continuación.
13 El interdicto «uti possidetis» parece haber sido el único en cuya fór­
mula aparecía el término «posesión». Se defendía con él al actual poseedor
de un inmueble.
14 El interdicto «utrubi» sirve para retener la posesión de las cosas
muebles.
15 Servía este interdicto {«unde vi») para recuperar la posesión de un
inmueble del que se había sido expulsado por la fuerza. Otra variante del
mismo (interdicto «unde vi armata»), pero sin cláusula de posesión viciosa
ni limitación temporal de un año, preveía el caso de expulsión por gente
armada. Justiniano fundió en uno ambos interdictos.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 157

Dice el pretor: «Restituirás a él aquello, de lo que se


trata, que tienes de él en precario, o hiciste con dolo malo por
dejar de tener» (Ulpiano 71 «al Ed.»-D. 43,26,2pr.)16.

Interdicto «de estos bienes»17


Dice el pretor: «Restituirás a aquél, a quien ha sido dada
la posesión de estos bienes <hereditarios> en virtud de mi
edicto, todo lo que de esos bienes, a título de heredero o de
poseedor, poseas o poseerías, si nada se hubiese usucapido,
y todo lo que, con dolo malo, hiciste por dejar de poseer»
(Ulpiano 67 «al Ed.»-D. 43,2, lpr.).

Interdicto «de la exhibición de las tablas testa m en ­


tarias> » 18
Dice el pretor: «Le exhibirás a él aquellas tablas que,
según se dice, Lucio Ticio ha dejado, pertenecientes a su tes­
tamento, si están en tu poder o se hizo por tu dolo malo que
dejaran de estarlo. Igualmente, si se dice que ha sido dejado

16 El precarista (precario accipiens) retiene la posesión gratuitamente,


pero sólo en tanto el propietario concedente no revoca su concesión; en caso
de retención abusiva, el que dio en precario (precario dans) dispone de este
interdicto «quod precario».
17 El interdicto «quorum bonorum» servía para que pudiera entrar en
posesión de los bienes de una herencia aquel a quien el pretor le hubiera
concedido por decreto tal derecho de poseerlos, fuera o no fuera heredero
por el derecho civil, pues la bonorum possessio establece un orden suceso­
rio de derecho pretorio (véase infra sub V.E.Sb, y nn. 105 y 112) que refuer­
za, pero también suple y rectifica, el orden sucesorio civil (véase supra sub
II, XII Tab. 5, y nn. 30 y 31). Este interdicto se completaba con otro («quad
legatorum») por el que el «poseedor de los bienes» del orden pretorio podía
pedir la posesión efectiva de los bienes que se hallaran en poder de los lega­
tarios a quienes un testador se los hubiera dejado, pues podía suceder que
tales legados (véase infra sub V.E n. 9) hubieran de ser reducidos a causa de
la reserva de la cuarta parte de la herencia que la ley Falcidia (véase infra
sub V.E n. 55) había concedido a los herederos; así, pues, sin perjuicio del
derecho del legatario, el «poseedor de los bienes» tenía derecho a impedir
que aquél se adelantara a apoderarse de lo que le había sido legado.
18 Cualquier persona podía pedir que el que tenía en su poder el testa­
mento de un difunto lo exhibiera ante el pretor para comprobar si en él se le
había dejado algo. Para pedir tal exhibición daba el pretor este interdicto «de
tabulis exhibendis».

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158 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

un libelo o algún otro «documento escrito>, lo incluiré en el


decreto interdictal» (Ulpiano 68 «al Ed.»-D. 43,5, lpr.).

Interdicto «para que no se haga algo en lugar sagrado»™


Dice el pretor: «Prohíbo que se haga algo en lugar sagrado
o que en él se arroje algo» (Ulpiano 68 «al Ed.»-D. 43,6,lpr.).

Interdictos «del enterramiento del cadáver y de la edifi­


cación del sepulcro»1920
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se permita a él sepultar y enterrar el cadáver allí donde
tiene derecho a sepultarlo en contra de tu voluntad» (Ulpia­
no 68 «al Ed.»-D. 11,8,lpr.).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se permita a él construir sin dolo malo un sepulcro en
aquel lugar en el cual él tiene derecho a sepultar el cadáver
en contra de tu voluntad» (Ulpiano 68 «al Ed.» -D .
11,8,1,5).

Interdictos de defensa del uso público de vías y ríos21


Dice el pretor: «No hagas algo en lugar público o arrojes
algo en ese lugar, a consecuencia de lo cual se cause a él
algún daño, excepto lo que te ha sido concedido por una ley,
un senadoconsulto, un edicto, o un decreto de los Príncipes.
Por aquello que ya haya sido hecho, no daré interdicto»
(Ulpiano 68 «al Ed.»-D. 43,8,2pr.).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga o se arroje algo en
la vía pública o en el camino público, de modo que esa vía o
ese camino se deteriore o llegue a deteriorarse» (Ulpiano 68
«al Ed.»-D. 43,8,2,20).
Dice el pretor: «Restituirás lo que en la vía pública o en
el camino público hayas hecho o arrojado, de modo que esa

19 «Lugar sagrado» es un templo, y «cosas sagradas», en general, las que


están dedicadas a una divinidad.
20 Las sepulturas están dedicadas a las deidades subterráneas, y se con­
sideran «cosas religiosas».
21 Estos interdictos servían para impedir cualquier tipo de acto que fuera
a entorpecer el uso público de vías y ríos.

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 159

vía o ese camino se deteriore o llegue a deteriorarse» (Ulpia-


no 68 «al Ed.»-D. 43,8,2,35).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se permita a él ir o conducir ganado por la vía pública o
por el camino público» (Ulpiano 68 «al Ed.»-D. 43,8,2,45).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que no
se permita a él limpiar o reparar la vía pública o el camino
público, siempre que esa vía o ese camino no lleguen <con
ello> a deteriorarse» (Ulpiano 68 «al Ed.»-D. 43,ll,lpr.).
Dice el pretor: «No hagas algo en un río público o en su
orilla, ni arrojes algo en el río público ni en su orilla,
de modo que se deteriore o llegue a deteriorarse el fondeo
o la navegación de la balsa» (Ulpiano 68 «al Ed.»-
D. 43,12,lpr.).
Luego añade el pretor: «Restituirás lo que se ha hecho en
un río público o en su orilla, o lo que has arrojado en ese río
o en su orilla, de modo que se deteriore o llegue a deterio­
rarse el fondeo o la navegación de la balsa» (Ulpiano 68 «al
Ed.»-D. 43,12,1,19).
Dice el pretor: «Prohíbo hacer <algo> en un río público
o en su orilla, o arrojar <algo> en ese río o en su orilla, de
modo que el agua Huya de manera distinta a como fluía en el
anterior verano» (Ulpiano 68 «al Ed.»-D. 43,13,1 pr.)-
Luego añade el pretor: «Restituirás lo que has hecho en
el río público o en su orilla, o lo que has arrojado en el río o
en su orilla, si a causa de ello el agua fluye de manera dis­
tinta a como Huía en el anterior verano» (Ulpiano 68 «al
Ed.»-D. 43,13,1,11).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se permita a él llevar una nave o una balsa por el río públi­
co o cargar y descargar en la orilla. Asimismo, daré un inter­
dicto para que se permita navegar en un lago, embalse o
estrinque público» (Ulpiano 68 «al Ed.»-D. 43,14,lpr.).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se permita a él realizar una obra en un río público o en su
orilla, a fin de proteger la misma orilla o el terreno que está
junto a la orilla, mientras no se llegue a deteriorar a causa de
ello la navegación, si te prometió o garantizó con fiadores

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160 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

indemnizar el daño temido22, durante los diez años próxi­


mos, según el arbitrio de un buen varón, o no dependió de él
el no haber prometido o garantizado según el arbitrio de un
buen varón» (Ulpiano 68 «al Ed.»-D. 43,15,lpr.).

Interdictos de defensa del disfrute de lugares públicos


Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se permita a aquel que lo arrendó, o a su socio, disfrutar,
conforme a lo establecido en el arrendamiento, del lugar
público que, quien tenía el derecho de arrendarlo, se lo arren­
dó para su disfrute» (Ulpiano 68 «al Ed.»-D. 43,9, lpr.)23.
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no disfrutéis del derecho de superficie24, del que se trata, tal
como disfrutábais, en virtud de lo establecido en el arrenda­
miento, sin violencia ni clandestinidad ni en precario el uno
del otro. Si se pidiese alguna otra acción acerca del derecho
de superficie, la concederé previa cognición de causa»
(Ulpiano 70 «al Ed.»-D. 43,18,lpr.).

Interdictos de defensa de las servidumbres25


Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no uses del camino o del paso privado de ganado, del que se

22 Sobre la caución de daño temido, véase supra sub IV.E n. 35


23 Este interdicto «de loco publico fruendo» defendía a los arrendatarios
del disfrute de tierras públicas.
24 La «superficie» (superficies) era un tipo especial de arrendamiento de
cosa (véase infra sub V.E n. 46), mediante el cual las ciudades arrendaban, a
muy largo plazo o incluso a perpetuidad, solares de su propiedad para que el
arrendatario edificase y disfrutase de lo edificado, a cambio de una renta
(solarium); en época post-clásica, se consideró como un caso de «propiedad
útil», y terminó por convertirse, en el derecho justinianeo, en un derecho real
especial. Sim ilares la «enfiteusis» (emphyteusis o ius enfiteuticum), median­
te la cual se cedía el uso y el disfrute de terrenos privados, a cambio de una*
renta (pensio o canon); en virtud de este contrato el enfiteuta adquiría un
derecho del que podía disponer inter vivos (previa comunicación al propie­
tario para que pudiese redimir el derecho o cobrar un porcentaje del precio)
o mortis causa. El emperador Zenón, en el siglo v, lo consideró un contrato
autónomo, independiente tanto del arrendamiento como de la compraventa.
25 Aunque las servidumbres (siempre convencionales y no «legales») no
eran objeto de «posesión», sino de «uso», el pretor defendía mediante inter­

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 161

trata, o de la senda, de los cuales usabas durante este año, sin


violencia ni clandestinidad ni en precario del otro» (Ulpiano
70 «al Ed.»-D. 43,19,lpr.).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no repares el camino o el paso de ganado, tal como tengas
derecho, del cual camino o paso de ganado has usado duran­
te este año sin violencia ni clandestinidad ni en precario del
otro. El que quiera utilizar este interdicto, dé caución al
adversario acerca del daño temido que se provoque por un
defecto suyo» (Ulpiano 70 «al Ed.»-D. 49,19,3,11).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no traigas el agua, de que se trata, tal como la traías durante
este año, sin violencia ni clandestinidad ni en precario del
otro» (Ulpiano 70 «al Ed.»-D. 43,20, lpr.).
Luego añade el pretor: «Prohíbo que se haga violencia
para que no traigas el agua, de que se trata, tal como la
traías el verano anterior, sin violencia ni clandestinidad ni en
precario del otro. Daré el interdicto entre los herederos, los
compradores y poseedores de los bienes <hereditarios>»
(Ulpiano 70 «al Ed.»-D. 43,20,1,29).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que no
traiga, tal como se le permitió, el agua del depósito que se le
permitió traer por quien tenía derecho sobre ese asunto. Cuan­
do el interdicto sea para hacer obras, mandaré que se dé la cau­
ción de daño temido» (Ulpiano 70 «al Ed.»-D. 43,20,1,38).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se le permita a él reparar o limpiar las acequias, los cana­
les cubiertos y las presas a causa de la traída de agua, con tal
de que no traiga el agua de modo distinto a como la traía
durante el verano anterior, sin violencia ni clandestinidad ni
en precario de ti» (Ulpiano 70 «al Ed.»-D. 43,21,lpr.).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no uses aquella fuente, de que se trata, tal como usaste el agua

dictos al que venía usando de tales derechos sobre una finca vecina, sin per­
juicio de que el propietario de ella pudiera discutirlos en un proceso espe­
cial de negación
w de servidumbre. Como en los demás casos, el interdicto
servía para mantener pacíficamente las apariencias jurídicas, en tanto no
recaía una sentencia judicial contraria a ellas.

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162 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

durante este año, sin violencia ni clandestinidad ni en preca­


rio del otro. Asimismo, daré el interdicto acerca del depósito,
pozo o piscina» (Ulpiano 70 «al Ed.»-D. 43,22, Ipr.).
Luego añade el pretor: «Prohíbo que se haga violencia
para que no limpies o repares la fuente, de que se trata, de
modo que puedas siempre contener el agua en ella, mientras
no la uses de otro modo a como la usaste durante este año,
sin violencia ni clandestinidad ni en precario del otro»
(Ulpiano 70 «al Ed.»-D. 43,22,1,6).
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se permita a él limpiar o reparar la cloaca, de que se trata,
que se extiende desde su casa a la tuya. Mandaré que se dé
caución por el daño temido que se produzca por un defecto
de la obra» (Ulpiano 71 «al Ed.»-D. 43,23, lpr.).
Luego añade el pretor: «Restituirás lo que has hecho en
la cloaca pública, o lo que has arrojado en ella, de modo que
su uso se deteriore o llegue a deteriorarse. Asimismo, daré un
interdicto para que nada se haga o se arroje» (Ulpiano 71 «al
Ed.»-D. 43,23,1,15).

Interdictos contra construcciones indebidas26


Dice el pretor: «Restituirás lo que se hizo con violencia
o clandestinidad en el asunto del que se trata, y ello mien­
tras haya facultad de reclamar» (Ulpiano 71 «al Ed.»-D.
43,24, lpr.).
Dice el pretor: «Restituirás, en aquel terreno al que se ha
denunciado para que no se haga la obra nueva, de que se trata,
aquello que fue hecho en ese lugar antes de que la denuncia
fuese remitida o estuviera en tal situación que debiera remi­
tirse» (Ulpiano 71 «al Ed.»-D. 39,l,20pr.)27.
Luego añade el pretor: «Prohíbo que se haga violencia
para que no se le permita a él realizar una obra en aquel lugar

26 Contra la construcción en suelo ajeno dispone el propietario de éste de


un interdicto para impedir su prosecución (interdicto «quad vi am clam»).
27 La «denuncia de obra nueva» (novi operis mtníiaíio) se realiza ante el
pretor en aquellos casos en los que el propietario de un fundo dominante sos­
pecha que las obras que se han iniciado en el fundo sirviente pueden impedir
el ejercicio de la servidumbre. El magistrado, previo examen del asunto (cau-

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 163

al que se ha denunciado para que no se haga la obra nueva,


de que se trata, si se garantizó suficientemente por ese moti­
vo lo que de él se estipuló, o si depende de ti el que no se
haya garantizado» (Ulpiano 71 «al Ed.»-D. 39,1,20,9).

Interdictos de tala de árboles28


Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se le permita arrancar y tener para sí el árbol que desde tu
casa se inclina sobre la suya, si depende de ti el no haberlo
arrancado» (Ulpiano 71 «al Ed.»-D. 43,27, lpr.).
Luego añade el pretor: «Prohíbo que se haga violencia
para que no se le permita a él podar y tener para sí la leña del
árbol que desde tu campo se inclina a su campo, si depende
de ti el no haberlo podado por debajo de los quince pies
desde el suelo» (Ulpiano 71 «al Ed.»-D. 43,27,1,7).
Interdicto de la recogida de la fruta 29
Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se permita a él en días alternos recoger y llevarse la fruta
que desde su campo ha caído en el tuyo» (Ulpiano 71 «al
Ed.»-D. 43,28,lpr.).

Interdictos contra la retención de personas libres30


Dice el pretor: «Exhibirás al hombre libre que retienes
con dolo malo» (Ulpiano 71 «al Ed.»-D. 43,29,lpr.).

sae cognitio), podra conceder un interdicto ( interdictum «demolitomim»)


para demoler lo que se ha empezado a construir; esto, siempre que no se haya
dado promesa de indemnizar el perjuicio injusto que resulte haberse causado.
Sobre servidumbres, véase supra sub IV.C n. 3.
28 Estos dos interdictos defienden al propietario, dándole facultad de talar
él mismo, cuando los árboles de una finca vecina se entrometen en la suya.
29 Cuando la fruta de un árbol propio cae en terreno del vecino, puede
recogerla su dueño, entrando un día sí y otro no en aquel terreno, para lo que
dispone, en caso de que se lo impidan, de este interdicto «de glande legen­
da». La palabra glans se refiere, en su sentido más estricto, a la bellota de
las encinas (y por la semejanza de formas se habla también de glandes en el
sentido de proyectiles de honda, y de «glándulas»), pero la Jurisprudencia
interpreta que ese término abarca la fruta de cualquier árbol.
30 Se dirigen estos interdictos contra el que tiene secuestrada a una per­
sona libre, aparte de que ese delito se tipifica en el derecho criminal como

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164 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Dice el pretor: «Exhibirás al hijo o a la hija que están


bajo la potestad de Lucio Ticio, si él o ella están bajo
tu poder, o se hizo <algo> con tu dolo malo para que
no estuviesen bajo tu poder» (Ulpiano 71 «al Ed.»-D.
43,30, lpr.).
Luego añade el pretor: «Prohíbo que se haga violencia
para que no se le permita a Lucio Ticio llevar a Lucio
Ticio, si éste está bajo la potestad de Lucio Ticio» (Ulpia­
no 71 «al Ed.»-D. 43,30,3pr.).

Interdicto para que se restituyan las cosas que han sido


hechas en fraude de acreedores31
Dice el pretor: «Daré un interdicto32, dentro del año,
en el cual hay facultad de reclamar, al curador de los bie­
nes o a quien, por ese motivo, deba dar la acción, por
aquellas cosas que han sido realizadas a causa de fraude
con quien no ignorase el fraude» (Ulpiano 66 «al Ed.»-D.
42,8,lpr.).
Dice el pretor: «Restituirás a aquel a quien por ese
motivo, del que se trata, debe competer o tener la acción
en virtud de mi edicto, aquellas cosas que Lucio Ticio, a
causa de fraude, sabiéndolo tú, hizo en los bienes de los
que trata el asunto, si no ha transcurrido más de un año
desde que se tiene la facultad de reclamar por ese asunto,
del que se trata» (Ulpiano 73 «al Ed.»-D. 42,8,10pr.).

«plagio» (plagium). «Secuestro», en cambio, se refiere, en Derecho Roma­


no, al depósito que se hace de una cosa en litigio, en tanto no se sabe quién
tiene derecho a ella, y, en la tradición jurídica post-romana, al depósito judi­
cial; sólo en época muy reciente ha pasado a significar el apoderamiento ilí­
cito de una persona, a la vez que «plagio», el apoderamiento de la autoría
de una obra original.
31 Tras la ejecución patrimonial, los acreedores pueden perseguir con
este interdicto, para completar el cobro de sus créditos, aquellos bienes que
el deudor en concurso hubiera extraído de su patrimonio antes del «embar­
go» (missio in bona), cuando ya era deudor de los acreedores que no han
quedado debidamente satisfechos.
32 Aunque el tenor actual de este edicto habla de una acción (actionem
dabo), ello parece deberse a una intervención compilatoria para sustituir el
interdicto fraudatorio por una acción revocatoria del fraude (acción Pauliana).

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CONCEPTOS FUNDAMENTALES: DE GAYO A JUSTINIANO 165

Interdicto para sacar los muebles de la vivienda33


Dice el pretor: «Prohíbo que se haga violencia para que
no se permita a aquel que lo introdujo a título de prenda,
sacar aquel esclavo del que se trata, si éste no es de aquellas
cosas, acerca de las cuales entre tú y el actor se convino que
las cosas introducidas, llevadas, nacidas o hechas en aquella
vivienda, de la que se trata, quedasen como garantía por el
pago de la pensión de aquella vivienda* o que siendo de esas
cosas, ya se te pagó la pensión o se te dio garantía de pago
suficiente, o depende de ti el no haberse pagado» (Ulpiano
73 «al Ed.»-D. 43,32, lpr.).

33 El interdicto «de migrando» sirve para impedir que el arrendador de


una vivienda retenga las cosas introducidas en ella sobre las que no existe
un derecho de garantía por el cobro de la renta.

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V

FUENTES

Utilizando una metáfora que se remonta al propio


mundo jurídico romano -y a hemos visto1 cómo Tito Livio
hablaba de las XII Tablas como «fuente» de todo el dere­
cho- se entiende por «fuente» cada uno de los distintos
lugares de los que mana o fluye el derecho, es decir, los
diferentes modos de producción del mismo.
En la Roma republicana, estas fuentes estaban muy
diversificadas, si bien con el Principado se va a iniciar un
proceso, por una parte, de desaparición de algunas de esas
fuentes, y, por otro, de concentración en manos del Prínci­
pe de las restantes, proceso que culminará en la época del
Dominado.
Las fuentes del Derecho de la época republicana se cla­
sificaban en dos grandes grupos: las que, directa (leyes,
plebiscitos, edictos) o indirectamente (senadoconsultos),
tenían su fundamento en la potestad de los magistrados:
fuentes procedentes de la potestas\ y las que se apoyaban
en la autoridad de la Jurisprudencia (respuestas jurispru­
denciales): fuentes derivadas de la auctoritas.

1Véase su p ra su b II introd.

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168 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Las primeras, por contener «derecho coactivo» (ius


cogens), debían ser publicadas para general conocimiento,
pues su ignorancia no excusaba de su cumplimiento, y
constituían por ello «derecho público», en el sentido más
originario de esta expresión: el derecho que era objeto de
publicación. Las segundas, en cambio, carecían de aquel
carácter coactivo, y constituían «derecho privado», en la
medida en que no requerían publicación alguna.
El sistema jurídico romano resulta así conformado por un
doble «ordenamiento» (despojando este término de toda con­
notación moderna): por un lado, el ius, verdadero «ordena­
miento» jurídico, creado por la autoridad jurisprudencial, y,
por otro, el derecho pretorio u honorario, que constituye un
«ordenamiento» de hecho, procedente de la potestad de los
magistrados, y, particularmente, del Edicto del pretor, pues,
como veremos, la consideración del interés público impide
una interferencia frecuente de la ley en el ius, y excluye la del
senadoconsulto. El derecho pretorio, según la explicación de
Papiniano 2 «de defmiciones»-D. 1,1,7,1, «es el que introdu­
jeron los pretores a fin de reforzar, suplir o corregir el ius
(civile), a causa de la utilidad pública».
Surge entonces un doble plano que abarca casi todas las ins­
tituciones del derecho privado. Así, por ejemplo, al lado de la
«propiedad civil» (dominium ex hire Quiritium), situación jurí­
dica de quien tiene el derecho dominical sobre una cosa, nos
encontramos con la «propiedad pretoria» o «bonitaria» (in
bonis habere), situación de hecho de quien tiene materialmen­
te una cosa con la protección del pretor, incluso, en ocasiones,
frente al verdadero propietario civil, pudiendo darse, por
supuesto, la coincidencia de ambas «propiedades» (dominium
pleno hire) en la misma persona. Y lo mismo cabria decir de la
posesión pretoria (possessio ad interdicta) y la civil (possessio
ad usucapionem); los herederos civiles (heredes) y los pretorios
(bonorum possessores); los delitos civiles y los pretorios2, etc.

2 Véase infra sub V.E.8b, sobre herederos y poseedores de los bienes


hereditarios; sobre delitos civiles y pretorios, véase supra sub IV.D n. 4, e
infra sub V.A n. 22.

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FUENTES 169

Gracias a esta original construcción, el pretor, unas


veces, reforzaba con su imperium el ius; otras, suplía las
lagunas de éste; otras, en fin, como no podía modificar el
ius, regulaba su aplicación mediante los expedientes de su
jurisdicción (excepciones y acciones ficticias), cuando con­
sideraba que la aplicación estricta del ius podía tener resul­
tados injustos.
Como se puede fácilmente observar, todas las fuentes
de creación del derecho y especialmente el Edicto del
pretor y las respuestas de los jurisprudentes, estuvieron,
durante toda la época clásica, directamente enraizadas en la
realidad práctica de la sociedad, para dar una adecuada res­
puesta jurídica a las nuevas situaciones que el desarrollo
económico, social, etc. de la sociedad iba planteando. Eran,
en ese sentido, unas fuentes «vivas» que se iban adecuando
a las necesidades de los ciudadanos. Ello explica por qué,
en ese período de finales de la República y comienzos del
Principado, la costumbre no tiene cabida, como fuente
autónoma de creación del derecho, en el sistema romano de
fuentes.
Con las reformas políticas de Augusto y, sobre todo,
con el desarrollo de las mismas llevado a cabo por Adriano,
esta distinción entre «fuentes de potestad» y «fuentes de
autoridad» va a carecer de sentido por haber el Príncipe
reunido en su propia persona tanto la auctoritas como la
potestas, y, por eso, estar todas las fuentes concentradas
en él. Aparece así, a partir de Adriano, y en relación con
la promoción del procedimiento cognitorio3, el llamado
«derecho nuevo» (ius novum), que viene a superar la dis­
tinción ius civile - derecho pretorio.
Este será el panorama de las fuentes del derecho hasta
Constantino, quien introdujo, en el ámbito jurídico, las inno­
vaciones consecuentes con la reforma política realizada por
Diocleciano con la instauración del Dominado. A partir de
entonces, la única fuente viva del derecho va a ser la voluntad
del emperador, manifestada en forma de «ley imperial», y una

* Véase infra su b IV.E introd.

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170 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

voluntad imperial, además, desconectada muchas veces de la


realidad social práctica: en esa medida hay espacio para que
aparezca la costumbre como fuente del derecho4.
Tratamos a continuación de cada una de las fuentes clá­
sicas de creación del derecho: A. Edicto, B. Senadoconsul-
tos, C. Leyes comiciales, con una especial referencia a
D. Leyes coloniales y municipales, y E. Jurisprudencia.
Como se podrá observar, es considerable la diferencia de
estilo entre el resto de las fuentes y los textos jurispruden­
ciales: éstos se caracterizan por su sencillez y concisión,
aquéllas, por ser farragosas y reiterativas.

4 Véase infra s u b VIII.B introd.

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FUENTES 171

A. El Edicto del pretor

Todos los magistrados romanos de la época republicana


podían, incluso después del advenimiento del Principado,
publicar bandos (edicta) para dar a conocer sus decisiones.
Los que publicaban los pretores al comienzo de su magistra­
tura anual tenían, para el derecho, la mayor importancia, pues
en ellos se anunciaban los expedientes procesales de que dis­
ponían aquellos magistrados en su función jurisdiccional.
Aunque el pretor urbano hubiese aparecido el año 367
a.C., y el peregrino, el 242 a.C.5, los Edictos, sin embargo,
parece que no tuvieron en una primera fase una importancia
relevante, a consecuencia del rígido formalismo del exclusi­
vo procedimiento de las acciones de la ley6. Presumiblemen­
te, sólo después de la ley Ebucia, de alrededor del año 130
a.C., que rompió la exclusividad de las acciones de la ley al
crear una fórmula escrita para la «condicción» (condictio),
el Edicto comenzó a cobrar realmente importancia. Más
tarde, una ley Cornelia de la jurisdicción (lex Cornelia de
iurisdictione), del 67 a.C., obligó a los pretores a atenerse, en
el ejercicio de su función jurisdiccional, a lo establecido en
sus Edictos.
El texto del Edicto se publicaba, para general conoci­
miento, en unas tablillas encaladas -de ahí que se denomine
al Edicto también album (= blanco)- dentro de la propia
Roma, y Augusto ordenó que también estuviese expuesto en
los municipios itálicos. En previsión de eventuales corrup­
ciones del album (tachaduras, falsificaciones...), el propio
Edicto preveía una acción popular por una elevada multa.
Gran parte del contenido de estos Edictos anuales era
recogido, al año siguiente, por el nuevo pretor, por lo que
esas partes repetidas se denominaban «Edicto tralaticio»
(edictum tralaticium). Sólo en época de Adriano se fijó un
texto definitivo del Edicto, que es lo que luego se llamó el
Edicto Perpetuo.

5 Véase supra sub I §§27 y 28 y nn. 38 y 39.


6 Véase supra sub IV.E.

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172 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

El texto del Edicto estaba dividido en títulos, y éstos, a su


vez, en rúbricas, las cuales podían comprender varios edic­
tos, con una o varias cláusulas cada uno.
El orden de materias seguido por éste es el orden más
completo del ordenamiento jurídico romano, y el que más
influencia tuvo en otras compilaciones del derecho. Se reco­
gen a continuación algunos ejemplos de cláusulas de ese
Edicto conservadas por los juristas que escribieron sobre él
amplios comentarios. Los de Ulpiano, así como los de su
contemporáneo Paulo, constituyen la base principal de la
selección de Jurisprudencia que nos ofrece el Digesto, y gra­
cias a ellos podemos tener una idea del orden de materias del
Edicto Perpetuo. En esos comentarios al Edicto, cuando el
jurista hace transcripciones literales de cláusulas edictales,
suele comenzarlas con la expresión «dice el pretor» (ait
praetor) u otras semejantes.
En la época tardía, este Edicto codificado siguió teniendo
vigencia como «libro jurídico antiguo», con un valor similar
al de la tradición jurisprudencial. Quizá por ello, Justiniano
habla, en sus Instituciones, de la «autoridad» del Edicto7.
Al margen del pretor, publicaban Edictos los Ediles, aun­
que con un ámbito más limitado: regular la actividad de los
mercados.
Asimismo, parece que también los gobernadores de las
provincias publicaban sus propios Edictos -los Edictos pro­
vinciales-, que eran probablemente una mera adaptación del
Edicto urbano. Algunos juristas, como, por ejemplo, Gayo,
escribieron comentarios a ese Edicto provincial.
Después de la desaparición del Imperio de Occidente, el
476, algunos caudillos bárbaros, considerándose en cierto
modo los continuadores de los antiguos magistrados roma-
nos, adoptaron el Edicto como forma de legislar.

7 Véase su p ra su b IV.A n. 34.

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173

Bibliografía

D e M a r t in o , La giurisdizione nel diritto romano, Padua, 1937.


DOMINGO, Estudios sobre el primer título del Edicto pretorio I,
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D ’O r s , A., El Código de Eurico. Edición, Palingenesia, Indi­
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451 ss.].
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und Niedergang der romischen Welt. Geschichte und Kultur
Roms in Spiegel der Neueren Forschung 11.13, Berlín-
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174 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

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1979.
V ismara, Edictum Theodorici, Milán, 1967.

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FUENTES 175

Sobre los pactos


Dice el pretor: «Mantendré los pactos convenidos8 que
no hayan sido hechos ni con dolo malo, ni contra las leyes,
los plebiscitos, los senadoconsultos, los decretos y los edic­
tos de los Príncipes9, ni mediante los cuales se haga fraude a
alguno de éstos» (Ulpiano 4 «al Ed.»-D. 2,14,7,7).

Sobre la reclamación procesal


Dice el pretor: «Quienes, en virtud de una ley, un plebiscito,
un senadoconsulto, un edicto o un decreto de los Príncipes tie­
nen prohibido reclamar, a no ser en favor de determinadas per­
sonas, éstos no reclamen ante mi jurisdicción por otro distinto de
por quien le está permitido»10 (Ulpiano 6 «al Ed.»-D. 3,1,1,8).
Luego añade el pretor: «No reclamen por otro, excepto
por su ascendiente, el patrono o la patrona, los descendien­

8 Con la expresión «pacta conventa servaba», el pretor decía, de una vez


por todas, que allí donde hubiera un acuerdo lícito, es decir, no contrario a las
disposiciones legales o similares, ni en fraude de ellas, es decir, contrarias a
su intención aunque no lo fuesen a su tenor literal, él protegería, mediante una
excepción procesal (véase supra sub IV.D n. 14), a la parte interesada contra
la reclamación de la otra. Los pactos tenían así una función puramente defen­
siva, pues los convenios que daban lugar a una posible reclamación no eran
propiamente pacta, sino negocios que engendraban obligaciones, ya civiles,
ya pretorias. Así, por ejemplo, un pacto de perdón de deuda, defendía al deu­
dor mediante una excepción, y un pacto de interés por el capital prestado
defendía al prestamista al que voluntariamente le hubiesen sido pagados, con­
tra el que, después de haberlos pagado, pretendiera reclamarlos como indebi­
damente cobrados.
9 Se enumeran las normas que los pacta no deben contravenir ni defrau­
dar: aparte las leyes populares y los scita de la plebe, que siguen vigentes en
la época del Principado, la nueva legislación senatorial (véase infra sub V.B)
y los decretos y edictos imperiales. No se habla de rescripta porque éstos
empiezan a existir como respuestas imperiales con valor de precedente nor­
mativo tan solo a partir del emperador Adriano. A estas decisiones y otras
similares emanadas de la Cancillería imperial se las suele denominar cons­
tituciones imperiales (véase infra sub VIII.A introd.), como también a las
leyes generales que promulgan los emperadores a partir de Constantino, a
principios del siglo iv d.C. (véase infra sub VIII.B introd.), hasta las del
mismo Justiniano, que hace la compilación del derecho y las leyes, el Cor­
pus Inris (véase supra sub IV.A.2 introd., e infra sub VIII.C introd.).
10El Edicto excluía de la reclamación procesal a determinadas personas, y los
emperadores ampliaron todavía esta inhabilitación para la postulatio actionis.

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176 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

tes o ascendientes del patrono o la patrona»... Igualmente


añade: «O por sus propios descendientes, el hermano o la
hermana, la mujer, el suegro o la suegra, el yerno o la nuera,
el padrastro o la madrastra, el hijastro o la hijastra, el pupilo
o la pupila, el loco o la loca» (Ulpiano 6 «al Ed.»-D. 3,1,1,11);
«a quien de ellos hubiera sido concedida la tutela, o la cúra­
tela por el ascendiente o por decisión de la mayor parte de
los tutores, o por aquel que tenga la jurisdicción sobre el
asunto»11 (Ulpiano 6 «al Ed.»—D. 3,l,3pr.).
Las palabras del pretor dicen: «Es tachado de infamia
quien, por causa deshonrosa, fuese expulsado del ejército por
el emperador o por aquel que tuviera en este asunto la potes­
tad de decidir; quien hubiese aparecido en un escenario
como actor o declamador; quien hubiese cometido lenocinio;
quien hubiese sido condenado en juicio público por haber
hecho algo a causa de calumnia o prevaricación; quien, en su
propio nombre, hubiese sido condenado o hubiese pactado a
causa de hurto, robo, injurias, dolo malo y fraude; quien
hubiera sido condenado en nombre propio en la acción de
sociedad, tutela, mandato, o depósito, pero no en la acción
contraria; quien a aquella hija que estaba bajo su potestad,
muerto el yerno y sabiendo él que había muerto, dentro del
tiempo en el que es costumbre llevar luto por el marido, y
antes de terminado el luto por el marido, la hubiera dado en
matrimonio; y quien a sabiendas la hubiera tomado como
esposa, no con la autorización de aquel bajo cuya potestad
estaba; y quien hubiese permitido que aquel, al que tenía
bajo su potestad, tomara como esposa a aquella de la que se
ha hablado más arriba; y quien, en su propio nombre, no con
la autorización de aquel en cuya potestad estaba, o en nom­
bre de aquel o de aquella que tenía bajo su potestad, hubiese
contraído al mismo tiempo dos esponsales o dos matrimo­
nios»112 (Juliano 1 «al Ed.»-D. 3,2, ípr.).

11 En este otro edicto se trata de las inhabilitaciones procesales relativas.


12 Se excluía de la habilitación procesal a los que habían incurrido en
alguna de las causas de infamia que se enumeran en este edicto, que supo­

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FUENTES 177

S o b r e l a s r e s t it u c io n e s p o r e n t e r o 13

Sobre lo realizado a causa de coacción14


Dice el pretor: «No tendré por válido lo que se haya
hecho a causa de coacción» (Ulpiano 11 «al Ed.»-D. 4,2,1).

Sobre el dolo malo 15


Las palabras del edicto son estas: «Daré acción por aque­
llo que se dice que ha sido hecho con dolo malo, si no hubie­
se otra acción para tales asuntos y pareciese existir una justa
causa» (Ulpiano 11 «al Ed.»-D. 4,3,1,1).

nen una actitud ilícita de algún tipo. La «calumnia» (calumnia) se refiere a


la acusación injusta de un reo, y la prevaricación a la connivencia con el
autor de un crimen para conseguir que salga injustamente absuelto, median­
te una frustración deliberada de la acusación. Los «esponsales» (sponsales,
de sponsio, promesa, de donde sponsus y sponsa = esposo y esposa) eran
promesas de matrimonio futuro, privadas de sanción civil, si bien llegaron a
tener efectos patrimoniales al introducirse las arras esponsalicias. El supues­
to de bigamia que figura al final resulta poco congruente con el régimen del
matrimonio romano (véase supra sub IV.B n. 5), pues la cohabitación no
podía considerarse honorable si no era monogámica.
13 Las «restituciones por entero» (restitutiones in integrum) pueden ser
decretadas por el pretor cuando éste considera que algún efecto jurídico
válido debe ser rescindido por lesionar injustamente al patrimonio de algu­
na persona. Para hacer efectivos esos decretos pretorios, se utilizaban, según
los casos, acciones rescisorias o excepciones: cuando el efecto rescindible
había consistido en una merma de los bienes, el pretor facilitaba su recupe­
ración mediante una acción rescisoria ficticia (como si tal acto no hubiera
existido); cuando, en cambio, se trataba de que el minor había contraído una
deuda, el pretor le defendía mediante una excepción.
14 La «coacción» (metus) no invalida el acto por derecho civil, pero hace
rescindibles sus efectos: el pretor anuncia la posible «restitución» diciendo
«no lo tendré por válido»: ratum non habebo. Daba además una acción pro­
cesal de carácter penal contra el que se negaba a devolver los bienes que otro
había perdido por un acto de coacción, aunque ésta no la hubiera causado
él. La palabra para designar la coacción es metus («intimidación»), pero se
usa también la expresión vis metusve: la violencia por parte del que la actúa
y la intimidación por parte del que la sufre.
15 El derecho civil no consideraba nulo el acto causado por «engaño
intencionado» (dolus malus), pero el pretor, cuando el efecto no puede sub­
sanarse de otro modo, da una acción penal contra el causante del engaño. En
los actos regidos por el principio de la buena fe, como ocurre en los contra­

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178 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Sobre los menores de veinticinco años 16


El pretor dice en el edicto: «Lo que se dice que ha sido
realizado con un menor de veinticinco años, según sea cada
asunto, lo sancionaré» (Ulpiano 11 «al Ed.»-D. 4,4,1,1).

Sobre los capitidisminuidos17


Dice el pretor: «Daré acción contra aquellos o aquellas
que, después de que se realizó o contrató algo con ellos o con
ellas, se dice que han sufrido una capitidisminución, como si
esto no hubiera sucedido» (Ulpiano 12 «al Ed.»-D. 4,5,2,1).

Lo que se dice que ha sido realizado con la autorización


de un falso tutor18
Las palabras del edicto son éstas: «Si con la autorización
de aquel que no era tutor <se hubiese realizado algo>»

tos, es claro que las mismas acciones del contrato sirven contra el contra­
tante doloso, y no se requiere la acción de dolo, ni tampoco la restitución
por entero (restitutio in integrum).
16 «Menores» (minores) son los que, habiendo llegado a la pubertad (que
acabó por fijarse a los catorce años para los varones), eran capaces civil­
mente, pero no habían alcanzado aún la edad de veinticinco años. Cuando
un minor salía perjudicado por un acto propio imprudente, el pretor podía
rescindir tal acto civilmente válido mediante los recursos ordinarios de la
restitutio in integrum. Una ley Letona, de principios del siglo n a.C., san­
cionó a quienes se aprovechasen de la inexperiencia negocial de estos mino­
res, y declaró rescindióles sus actos, siempre que hubiesen actuado sin la
asistencia de un «curador» (curator minoris); en la última época, estos
minores fueron asimilados a los impúberes, considerándolos también como
incapaces, que necesitaban actuar con la intervención de un curador, en todo
semejante al tutor de los impúberes no sometidos a la patria potestad.
17 La «capitidisminución» (capitis deminutio) es la pérdida de su actual
personalidad civil por parte del individuo (caput); por ejemplo, cuando un
hijo era emancipado, o dado en adopción a otro padre. Gayo (1,159 ss.), en
su afán sistematizador, aún a costa de la exactitud, distinguió tres tipos de
capitis deminutiones: maxima, cuando afecta al status libertatis por la pér­
dida de la libertad y la consecuente conversión en esclavo, por ejemplo, en
algunas condenas criminales; media, cuando afecta al status civitatis por la
pérdida de la ciudadanía, que también puede producirse en condenas crimi­
nales; y minima, cuando afecta al status familiae por algún cambio en la
posición familiar, como, por ejemplo, con la adrogatio.
,x El pretor concede la restitución por entero para rescindir los actos del
que actuó como tutor de un impúber sin serlo realmente. Aunque el acto no

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FUENTES 179

(Ulpiano 12 «al Ed.»-D. 27,6,1,1-2). Dice el pretor: «Si esto


lo ignorase el demandante, daré una restitución por entero»
(Ulpiano 12 «al Ed.»-D. 27,6,1,6). Finalmente dice el pre­
tor: «Daré una acción contra aquel que, no siendo tutor, se
dice que autorizó con dolo malo, para que sea condenado a
tanta cantidad cuanto valga el asunto» (Ulpiano 12 «al
Ed.»-D. 27,6,7pr.).

Por qué causas son restituidos por entero los mayores


de veinticinco años*19
Las palabras del edicto son éstas: «Si algo <se hubiese
hecho> en los bienes de alguien, cuando éste estuviese
ausente por coacción o por un asunto público sin dolo malo;
o estuviese en esclavitud, <preso> con cadenas20 o bajo la
potestad de los enemigos; o se dij ese que ha transcurrido el
plazo de alguna acción suya; igualmente si alguien hubiese
hecho suyo por usucapión algo o hubiese recuperado lo que
perdió por falta de uso21; o se hubiese liberado de una acción
a causa de que hubiese transcurrido el plazo porque el
ausente no se defendiese o estuviese en cadenas, o porque
no diese la posibilidad de reclamar contra él, o porque no
fuese licito citarlo ajuicio en contra de su voluntad o no se
defendiese, o porque se hubiese apelado al magistrado en
contra de este asunto; o se dijese que por el magistrado
había sido impedida una acción de alguien, sin dolo malo de
éste; en todos estos casos, daré una acción dentro del año,
en el que hubiese poder de reclamar por este asunto; e igual­

fuera válido para el mismo incapaz, el tercero que hubiera perdido algo
a causa de este acto, podía solicitar esa restitución.
19 Se enumeran en este edicto otros supuestos de rescindibilidad distin­
tos de los del minor.
20 Sobre las penas a las que se puede condenar en un juicio público,
véase infra sub V.E.7.
21 La usucapión, además de servir para adquirir la propiedad de algo
ajeno mediante la posesión continuada durante cierto tiempo (véase supra
sub I n. 59, y sub II n. 35), servía también para extinguir ciertos derechos
sobre cosas ajenas cuando no se hacía uso de tales derechos durante el
mismo tiempo. Cuando esta usucapión era en perjuicio de quien no había
podido reclamar, tal usucapión podía quedar rescindida.

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180 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

mente, si me pareciese que existía alguna otra justa causa,


restituiré por entero lo que de ello fuese permitido por las
leyes, los plebiscitos, los senadoconsultos, los edictos y los
decretos del Príncipe» (Ulpiano 12 «al Ed.»-D. 4,6,1,1).

A c c io n e s p r e t o r ia s v a r ia s 22

Sobre aquellos que hubiesen vertido o arrojado algo <a


la calle> 23
Dice el pretor acerca de aquellos que hubiesen arrojado o
vertido <algo>: «Daré una acción por el doble del daño que,
con tal motivo, se hubiera causado o provocado, contra aquel
que habitase24 allí desde donde se hubiese arrojado o vertido
algo al lugar por el que pasa la gente o en el que se reúne. Si
se dice que, a consecuencia de esa herida, hubiese perecido
un hombre libre, daré una acción por cincuenta áureos25. Si
vive, pero se dice que ha sido lesionado, daré una acción por

22 El expediente más ordinario por el que el pretor sanciona un resulta­


do indebido no previsto por el derecho civil es el de la «acción por el hecho»
(actio in factum). Los comportamientos ilícitos no previstos por el ius, pero
sancionados por el pretor, dieron lugar a la aparición de la categoría de los
«delitos pretorios»; véase supra sub IV.D n. 4. Los que se mencionan a con­
tinuación son algunos de esos delitos pretorios. De éstos, derivaron, en la
tradición jurídica posterior, los llamados «cuasi-delitos».
23 Este edicto «sobre las cosas vertidas o arrojadas» a la calle (edictum
de effusis vel deiectis), junto con el «de las cosas puestas o colgadas » en las
fachadas de las casas (edictum de positis vel suspensis), que puedan, con su
caída, causar daños a los transeúntes (que se reproduce a continuación); y el
«de animales peligrosos» (de ferís) que puedan atacar a las personas, eran
medidas dispuestas por el pretor para garantizar la circulación sin riesgos
por las calles de Roma.
24 Se presenta en este edicto de cosas vertidas o arrojadas a la calle un caso
de responsabilidad objetiva (es decir, sin necesidad de que haya culpa) del
que habita la vivienda desde la cual se vertió el líquido o arrojó el sólido.
25 La mención del «áureo» (aureus) en el Digesto suele atribuirse siem­
pre a interpolación, pues los juristas clásicos solían referirse o a cantidades
en general, sin especificación de la moneda concreta, o a sestercios. Como
su mismo nombre indica, se trata de una moneda de oro cuyo peso fue
variando a lo largo de la historia. El áureo fue sustituido por el «sueldo»
(solidus); véase infra n. 27.

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FUENTES 181

tanto cuanto al juez le parezca justo que el demandado sea


condenado por ese asunto. Si se dijese que el esclavo lo
había hecho ignorándolo el dueño, añadiré en la acción: o
que se entregue <al esclavo> por el daño»26 (Ulpiano 23 «al
Ed.»-D. 9,3, lpr.).

Sobre aquellos que tuviesen algo colocado o colgado


<en el tejado o en el alero>
Dice el pretor: «Que nadie en el tejado o en el alero,
sobre aquel lugar por el que pasa la gente o en el que se
reúne, tenga algo colocado cuya caída pueda dañar a alguien.
Daré una acción por el hecho, contra aquel que actuara en
contra de esto, por diez sueldos27. Si se dijese que el esclavo
lo había hecho ignorándolo el dueño, mandaré <añadir en la
acción:> o que se entregue <al esclavo> por el daño»28
(Ulpiano 23 «al Ed.»-D. 9,3,5,6).

Sobre el esclavo corrompido29


Dice el pretor: «Daré una acción por el doble del valor
del asunto, contra aquel que, según se dice, ha encubierto o
persuadido con dolo malo a un esclavo ajeno o a una escla­

26 La posibilidad de «entrega noxal» (noxae deditio) es característica de


las acciones penales, cuando el delito ha sido cometido por un hijo o un
esclavo: contra quien tiene la potestad sobre el delincuente, se da la acción
penal como noxal, supeditando la condena pecuniaria del padre o dueño a
la no entrega, a la víctima, del autor del delito. De este modo, el padre o
dueño podía eludir toda responsabilidad. En algunos casos, se podía excluir
esta posibilidad de entrega noxal (acüones sine noxae deditione). Ya en
época clásica se tendió a excluir de la noxae deditio a los hijos.
27 También esta referencia al «sueldo» (solidus) es de Justiniano;
véase supra n. 25. Había sido introducido por Constantino en su reforma
del sistema monetario y acuñado por primera vez el 312 d.C. Tenía un
peso de 4,55 gramos de oro. Se mantuvo en circulación hasta el siglo xi,
incluso en los nuevos reinos bárbaros.
28 También es éste un caso de responsabilidad objetiva: por el simple
hecho de tener colocados objetos que, al caer a la calle, pueden causar un
daño. E igualmente se admite la posibilidad de entrega noxal.
29 La «corrupción» de un esclavo puede ser de distintos tipos, pero nunca
se refiere a daños corporales, que ya estaban sancionados por la acción de
la ley Aquilia (véase supra sub IV.D n. 5).

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182 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

va ajena, de modo que él o ella se hagan <moralmente> peo­


res» (Ulpiano 23 «al Ed.»-D. 11,3,1 pr.).

Sobre los jugadores de azar30


Dice el pretor: «Si alguien hubiese azotado a aquel en
cuya casa, según se dice, hay juegos de azar, o le hubiese
causado algún* daño, o hubiese sido sustraído algo con dolo
malo en aquel momento <del juego>, no daré acción. San­
cionaré a aquel que hubiese realizado violencia a causa del
juego de azar, cualquiera que sea el asunto» (Ulpiano 23 «al
Ed.»-D. 11,5, lpr.).

Sobre el sepulcro violado31


Dice el pretor: «Daré una acción por el hecho contra
aquel de quien se dice que ha violado con dolo malo un
sepulcro, para que sea condenado, frente a aquel a quien per­
tenecía, al valor de lo que parezca justo por ese asunto. Si no
hay nadie al que pertenezca, o no quiere reclamar, daré a
cualquiera que desee reclamar una acción por cien áureos32.
Si quieren reclamar varios, daré la potestad de reclamar a
aquel cuya causa parezca más justa. Si alguien habitase con
dolo malo un sepulcro o retuviese otra construcción que ha
sido hecha a causa del sepulcro, contra él, si alguien quiere
reclamar por tal motivo, daré una acción por doscientos áure­
os» (Ulpiano 25 «al Ed.»-D. 47,12,3pr.).

30 Los juegos de azar se consideran ilícitos, y por eso las deudas de juego
no son judicialmente reclamables, pero, además, el pretor retira su protec­
ción procesal a los posibles perjudicados con ocasión del juego, excepto si
hubo un acto de violencia.
31 La sepultura (también la de un esclavo) queda protegida por una san­
ción religiosa, pero además el pretor da, contra el que de algún modo las
profana, una acción «de sepulcro violado» (de sepulchro violato), populare
in factum; se trataba de una acción «in aeqiium conceptúe», que permitía al
juez una estimación más libre de la condena. Sobre el tema, véase también
la constitución del emperador Juliano infra sub VIII.B.
32 Se concede, en este caso, una «acción popular», que puede ser ejerci­
tada por cualquiera, aunque no tenga un interés directo en el asunto. Al caso
de concurrencia de varios demandantes, se refiere la frase siguiente de este
edicto. Sobre los áureos, véase supra n. 25.

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FUENTES 183

Sobre los gastos de enterramiento33


Dice el pretor: «Daré una acción por los gastos que hayan
sido realizados a causa de un enterramiento, con el fin de
resarcirlos, contra aquel a quien pertenezca el asunto» (Ulpia-
no 25 «al Ed.»-D. 11,7,12,2).

Sobre la acción de depósito34


Dice el pretor: «Por lo que ha sido depositado sin ser a
causa de tumulto, ni de incendio ni de derrumbamiento, ni de
naufragio, daré una acción al simple; pero si <ha sido depo-
sitado> por alguna de estas causas mencionadas, <daré
acción> al doble contra el mismo <depositario>; y contra su
heredero, por lo que se dice que ha sido hecho con dolo malo
por el que ha muerto, <daré acción> al simple, y por el
<dolo> suyo, al doble» (Ulpiano 30 «al Ed.»-D. 16,3,1,1).

Sobre la inspección del vientre y la custodia del parto35


Acerca de la inspección del vientre y de la custodia del
parto, dice asi el pretor: «Si una mujer, al morir el marido,

33 Dada la urgencia de enterrar a los muertos, cualquier persona puede asumir


el gasto del deber de darles sepultura, en la seguridad de disponer luego de una
acción pretoria (actiofuneraria) contra la persona que hubiera debido asumir ese
gasto (véase infra sub V.E n. 44). Se trata, por lo tanto, de un supuesto muy pró­
ximo al de la acción de gestión de negocios ajenos; véase supra sub IV.D n. 17.
34 Sobre el depósito, véase supra sub IV.E n. 47, e infra sub VII1.A n. 32.
35 Este edicto se reproduce aquí por ser la cita edictal más larga que nos
ofrece la Jurisprudencia romana conservada, aunque su importancia para el
derecho es muy limitada, pues se trata de una descripción muy pormenori­
zada de las precauciones que deben tomarse para evitar la suposición de
parto. El término venter (el vientre) sirve para designar al feto. Otros edic­
tos del pretor preveían lo relativo a la custodia de los bienes que podían
corresponder al hijo que iba a nacer (nasciturus). Por lo demás, la moral
romana siempre reprobó las prácticas abortivas como criminales, aunque no
con una legislación específica, sino en relación con el suministro de póci­
mas nocivas: en el siglo u d.C. aparece también una sanción imperial más
específica: la idea estoica de que el feto es una simple porción del cuerpo
materno no tuvo influencia en los juristas romanos. El aforismo utilizado
por éstos de que «al feto se le tiene por ya nacido» (conceptus pro iam nato
habetur), no implica una ficción, sino simplemente una equiparación técni­
ca a electos de la mencionada salvaguarda de las expectativas hereditarias;
si el feto no llega a nacer, tal equiparación no tiene consecuencia alguna.

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184 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

afirma que ella está encinta, cuide de comunicárselo a aque­


llos a quienes interese el asunto o a sus procuradores, en el
plazo de dos meses, para que éstos, si lo desean, envíen
quienes inspeccionen el vientre. Pero sean enviadas sólo
cinco mujeres libres, y todas ellas inspeccionen simultánea­
mente, sin que ninguna de ellas, mientras inspecciona, toque
el vientre en contra de la voluntad de la mujer. La mujer dé
a luz en la casa de una honestísima mujer, que yo determi­
naré. La mujer, treinta días antes del que piensa que dará a
luz, comuníquelo a aquellos a quienes interesa el asunto o a
sus procuradores, para que envíen, si lo desean, quienes cus­
todien el vientre. En la habitación en que la mujer ha de dar
a luz, allí no se entrará por más accesos que por uno; si
hubiese más, se atrancará con tablas por ambas partes. Ante
la puerta de la habitación, custódienla tres hombres libres y
tres mujeres libres, con dos acompañantes cada uno; cada
vez que la mujer vaya a aquella habitación o a otra, o al
baño, los guardianes, si lo desean, inspeccionen antes las
habitaciones y expulsen a quienes hubieran entrado en ellas.
Los guardianes que están colocados delante de la puerta, si
lo desean, expulsen a todos los que entren en la habitación o
en la casa. La mujer, al comenzar a dar a luz, avise a aque­
llos a quienes interesa el asunto o a sus procuradores, para
que envíen quienes estén presentes al dar a luz. Envíense
sólo cinco mujeres libres, de modo que, aparte de las dos
comadronas, no haya, en aquella habitación, más de diez
mujeres libres y seis esclavas. Las demás que estuviesen
dentro, sean todas expulsadas de esa habitación, para que no
haya otra mujer encinta. Ha de haber allí por lo menos tres
luces «...», y muéstrese lo que haya nacido a aquellos a quie­
nes interesa el asunto o a sus procuradores, si quieren exa­
minarlo. Sea llevado a la casa de aquel que hubiera dispues­
to su padre. Pero si el padre no hubiera dispuesto nada, o
aquel, a cuya casa quería que fuese llevado, no acepta su cui­
dado, yo determinaré, previa cognición de la causa, a casa de
quien ha de ser llevado. Aquel a cuya casa ha sido llevado,
muestre al que ha nacido, en el lugar que quiera, dos veces
al mes, hasta que tenga tres meses; una vez al mes, desde ese

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FUENTES 185

momento hasta que tenga seis meses; en meses alternativos,


desde los seis meses hasta que cumpla un año; una vez cada
seis meses desde el año hasta que pueda hablar. Si se hubie­
ra impedido a alguien inspeccionar y custodiar el vientre o
estar presente en el parto, o se hubiese hecho algo para que
estas cosas no se hicieran del modo establecido más arriba,
a aquel que ha nacido no le daré, previa cognición de la
causa, la posesión de los bienes chereditariosx Y si no se
hubiese permitido examinar al que ha nacido tal como arri­
ba está establecido, esas acciones que prometo que daré a
aquellos a quienes en virtud de mi edicto ha sido concedida
la posesión de los bienes <hereditarios>, esas acciones, si
me pareciese que hay justa causa, no se las daré a él» (Ulpia-
no 24 «al Ed.»-D. 25,4,1,10).

Sobre el daño temido36


Dice el pretor: «Mandaré que, por el daño temido, se pro­
meta, si es en nombre propio, o se prometa con fiadores, si
es en nombre ajeno, a aquel que hubiese jurado que él no
había pedido eso a causa de vejación, y que aquel en cuyo
nombre actúa también lo hubiera pedido, dentro del plazo
que determinaré, previa cognición de la causa. Si hubiese
controversia acerca de si es propietario o no quien da la cau­
ción, mandaré que, bajo excepción, se prometa con fiadores.
Acerca de aquella obra que se hace en un río público o en su
orilla, mandaré que se prometa con fiadores para diez años.
Mandaré que aquel a quien no se le hubiese dado caución de
este modo, entre en posesión de aquella cosa por razón de la
cual se había pedido que se diera caución, e incluso, si pare­
ciera existir justa causa, <mandaré> que posea37. Contra
aquel que ni diese caución ni permitiese estar en posesión ni

16 Sobre el daño temido, véase supra sub IV.E n. 35. El mismo régimen
se aplicaba para la defensa del uso público de ríos y vías públicas.
37 La coacción establecida por el pretor para obtener la promesa decre­
tada consiste en un «embargo» (missio in possessionem) de la finca ruino­
sa, que, en caso de contumacia, puede reforzarse como posesión suficiente
para dar, después de dos años, la propiedad de la finca al que no hubiera
conseguido la promesa de indemnización. Esta promesa debe asegurarse

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186 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

poseer, daré una acción para que sea condenado a tanto cuan­
to él debería pagar, si hubiese dado caución acerca de ese
asunto en virtud de mi decreto, o del de aquel que tuvo, acer­
ca de este asunto, la jurisdicción que <ahora> es mía. Si a
causa de aquella cosa, en cuya posesión hubiese mandado
entrar, aquel que estuviese en posesión no hubiese prometi­
do38 con fiadores por el daño temido, a aquel, a quien no se
ha prometido con fiadores, le ordenaré que entre en posesión
de inmediato» (Ulpiano 53 «al Ed.»-D. 39,2,7pr.).

con fiadores cuando la da quien no es el propietario de la finca, sino otra


persona en su lugar; por ejemplo, un procurador o el que tiene la finca en
usufructo o en prenda.
38 Siguiendo a Brenkmann, corregimos el nomine original del texto
(dcnnni infect i nomine) por un non, por exigirlo así el sentido del texto.

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FUENTES 187

B. Los senadoconsultos

El Senado, órgano de autoridad, y no de potestad o impe­


rio, se limitaba a dar consejos (consulta) a los magistrados
gobernantes, bien por propia iniciativa, bien por consultas
de éstos, que solían seguir tales consejos por proceder de la
máxima autoridad pública, que radicaba en el Senado.
Durante la República, el Senado no intervenía en el orden
jurídico privado, encomendado éste a la autoridad de los pru­
dentes y defendido por el poder coactivo de los pretores,
sino en el político, en el religioso, en el financiero y en el de
las relaciones internacionales, así como en del gobierno de las
provincias. Cuando, al comienzo del Principado, cesó la legis­
lación del magistrado con el pueblo, se vino a dar aquella
función legislativa al Senado, y por eso sólo a partir de ese
momento encontramos senadoconsultos que interesan al dere­
cho privado. Con este reforzamiento de las competencias
del Senado, por otra parte, Augusto confirmaba su imagen de
«restaurador de la República», pues el Senado era el órgano
que simbolizaba la libertad republicana, y alejaba así cual­
quier sospecha de que pretendiese cambiar el orden republi­
cano, acusación que precisamente la había costado la vida a
su padre adoptivo Julio César.
Todo esto puede apreciarse con el ejemplo de los sena­
doconsultos que siguen: los dos primeros tratan temas de
carácter religioso o, mejor, de control moral de la sociedad;
el tercero cabe considerarlo de carácter político, por lo que
encierra de reconocimiento a Augusto; y en los tres últimos,
referentes ya a temas de ámbito privado, cabe observar
cómo el Senado, aunque hubiera asumido la función legis­
lativa de los antiguos magistrados ante los comicios popula­
res, no podía modificar directamente el orden del derecho
civil, sino que sus decisiones debían ser aplicadas de modo
práctico por medio de los expedientes pretorios de la
«excepción» y la «ficción».
Sólo a partir de Adriano los senadoconsultos se convier­
ten en «discursos del Príncipe» (orationes principis), que los
senadores aprueban por aclamación, y llegan a ser conside­

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188 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

rados como suficientes para modificar directamente el dere­


cho civil, en un momento en que el Edicto pretorio, ya codi­
ficado, no podía adaptarse a las nuevas circunstancias. El últi­
mo senadoconsulto conocido es de comienzos del siglo ni
d.C. (la orado Antonini, del 206, sobre la convalidación, por
muerte del donante, de las donaciones entre cónyuges), y,
aunque hay alguno posterior, del final de la dinastía de los
Severos (del 239, sobre la duración del luto legal de las viu­
das), han perdido ya la gran importancia que habían tenido
durante la época anterior.

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189

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190 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

SENADOCONSULTO ACERCA DE LOS BACANALES1

Q. Marcio, hijo de Lucio, <y> Sp. Postumio, hijo de


Lucio, cónsules, consultaron al Senado, en las nonas de octu­
bre12, <reunido> en el templo de Duelona3.
Para la escritura <del senadoconsulto> estuvieron pre­
sentes M. Claudio, hijo de Marco, L. Valerio, hijo de Publio,
y Q. Minucio, hijo de Cayo.
Sobre los Bacanales, si algunas personas se hubiesen
asociado, <los senadores> decidieron que se diera un edicto
en los siguientes términos:

1Los «bacanales» (bacchanalia) eran celebraciones orgiásticas de culto a


Dioniso (dios griego del vino y de todo lo referente a éste), bajo el nombre de
Baco (Bacchus). Según el testimonio de Livio (39,8-19), se habían introduci­
do en Etruria, procedentes de la Magna Grecia, y desde allí se extendieron
a otros lugares, y también a Roma. En su origen, eran fiestas reservadas sólo
a las mujeres, que se celebraban tres veces al año; pero, por influencia de la
sacerdotisa Annia Paculla, cambió su naturaleza y su ritual, convirtiéndose en
fiestas nocturnas y desenfrenadas, admitiéndose también en ellas a los hom­
bres. Su carácter secreto las hizo pronto sospechosas de promover, no sólo
comportamientos licenciosos (embriaguez, promiscuidad de sexos), sino
incluso verdaderos crímenes (envenenamientos, asesinatos, falsificación de
testamentos, conspiración política). Todo ello condujo a que en el 186 a.C.,
como consecuencia de la delación de Publio Ebucio -al que su madre y su
padrastro querían iniciar en esos ritos para deshacerse de é l- y de la liberta
Híspala Fenecía, el cónsul Espurio Postumio iniciase una investigación que
concluyó en un juicio público en el que fueron juzgadas siete mil personas, y
condenadas, una parte, a prisión perpetua, y otra -la de quienes fueron decla­
rados culpables de los crímenes-, a la pena capital. Al mismo tiempo, un
senadoconsulto -cuyo texto se ha conservado en una tabla de bronce encon­
trada en Calabria en 1640- prohibió la celebración de ese tipo de ritos dioni-
síacos, no sólo por considerarlos contrarios a la religión y a la moral públi­
cos, sino también a la seguridad de la República. Quedaron excluidos de la
prohibición algunos ritos de mayor antigüedad, y, aun en estos casos, cum­
pliendo determinados requisitos.
2 Es decir, el 7 de octubre.
3 Duellona, llamada posteriormente Bellona (de bellum = guerra), es
una antigua diosa romana de la guerra. Su templo, construido el 296 a.C.
por el cónsul Apio Claudio el Ciego después de la guerra contra los etrus-
cos y los samnitas, estaba situado en las afueras de Roma, en un extremo
del Campo de Marte. Allí solía reunirse el Senado para otorgar los honores
del triunfo a los generales vencedores (véase infra sub VI n.8) y también
recibir las embajadas de pueblos extranjeros. Delante de su templo, los

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FUENTES 191

«Que ninguno de ellos quiera celebrar un Bacanal. Si


hubiese algunos que dijesen que para ellos era necesario
celebrar un Bacanal, que ellos acudan en Roma al pretor
urbano, y acerca de estas cosas, una vez que hayan sido oídas
las razones de ellos, que nuestro Senado dé un decreto, siem­
pre que estén presentes no menos de cien senadores cuando
se delibere sobre el asunto.
Que ningún varón, ni ciudadano romano ni latino, ni nin­
guno de los socios, quiera participar en un Bacanal, a no ser
que hubiesen acudido al pretor urbano y éste les autorizase,
de acuerdo con la opinión del Senado, siempre que estén pre­
sentes no menos de cien senadores cuando se delibere sobre
ese asunto. Así se aprobó.
Que ningún varón sea sacerdote <de Baco>*4. Que no sea
maestre5 <de las ceremonias de Baco> ningún varón ni nin­
guna mujer. Que nadie quiera tener en común algún dinero
con ellos. Que nadie quiera elegir maestre o promaestre <de
Baco>, ni hombre ni mujer. Que, después de esto, nadie quie­
ra asociarse entre sí con juramentos, votos, esponsiones6 o
promesas, ni nadie quiera contraer mútuamente vínculos de
lealtad. Que nadie quiera celebrar ceremonias secretas, ni en
público ni en privado, ni quiera nadie celebrar ceremonias
fuera de la ciudad, a no ser que hubiese acudido al pretor
urbano, y que éste lo autorizase de acuerdo con la opinión del
Senado, siempre que estén presentes no menos de cien sena­
dores cuando se delibere sobre ese asunto. Así se aprobó.

feciales realizaban la ceremonia de declaración oficial de guerra, clavando


en el suelo una lanza.
4 Se prohíbe sólo que sean sacerdotes de Baco los varones, quizá en con­
sideración al original carácter femenino de ese culto. En Livio 39,17, no se
hace una distinción semejante: «Que nadie sea maestre de ceremonias ni
sacerdote».
5 Traducimos como «maestre» y «promaestre» las palabras magister,
magistratum y pro magistratum , para evitar cualquier posible confusión
con los magistrados. En Roma, el culto a las distintas divinidades estaba
atendido por una «corporación» o «asociación» (collegium) de carácter
religioso, al frente de la cual estaba un nuigister o presidente de la corpo­
ración (cfr. D. 50,16,57).
6 Sobre la sponsio, véase supra sub 1V.E n. 3.

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192 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Que nadie quiera celebrar ceremonias, reunidas más de


cinco personas, varones o mujeres, ni quieran participar en
ellas más de dos varones ni más de tres mujeres, a no ser
de acuerdo con el pretor urbano y la opinión del Senado,
tal como está escrito más arriba.
Para que se haga público lo acordado en no menos
de tres días de mercado7, y para que seáis conocedores de
la opinión del Senado, la opinión de los senadores fue la
siguiente:
“Si hubiese algunos que actuasen en contra de aquello
que se ha escrito más arriba, se aprueba que a ellos se les
aplique la pena capital”. Y que esto lo grabéis en una tabla
de bronce, igualmente el Senado lo consideró justo. Y que
mandéis que se fíje donde pueda ser conocida más fácil­
mente. Y que aquellos Bacanales, si hay algunos, al mar­
gen de lo que sea una ceremonia de acuerdo con lo previs­
to más arriba, en los diez días <siguientes> a aquel en el
cual las tablas os hayan sido entregadas, hagáis que sean
desconvocados». En el Campo Teurano.

S e n a d o c o n s u l t o a c e r c a d e l o s f il ó s o f o s y l o s r é t o r e s 8

Siendo cónsules C. Fanio Estrabón y M. Valerio Mésala,


se dio un senadoconsulto acerca de los filósofos y los rétores:
«El pretor M. Pomponio consultó al Senado. Después
de deliberar acerca de los filósofos y los rétores, d o s sena-
dores> han acordado acerca de este asunto lo siguiente: que
el pretor M. Pomponio se ocupe y cuide, tal como a él le
parezca conforme al interés de la República y a su lealtad,
de que no permanezcan en Roma»9.

7 Sobre los «mercados» (mtndinae), véase supra sub II n. 27.


8 Tanto el texto de este senadoconsulto, como el del edicto de los cen­
sores, nos han sido transm itidos por Aulo Gelio, N.A. 15,11,1-2; también
por Suetonio, de rhet. 25,1. Aunque el segundo no es un senadoconsulto,
sino un edicto de los censores, lo recogemos aquí por razón de afinidad
de materia.
v Del 161 a.C.

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FUENTES 193

Unos años después de este senadoconsulto, los censores


Cn. Domicio Ahenobarbo y L. Licinio Craso dieron un edic­
to para reprimir a los rétores latinos, en los siguientes tér­
minos:
«Nos ha sido comunicado que existen hombres que han
establecido un nuevo género de enseñanza, alrededor de los
cuales la juventud se reúne en las escuelas; ellos se han dado
a sí mismos el nombre de rétores latinos; allí los jovencitos101
pasan ociosos los días enteros. Nuestros antepasados habían
establecido las cosas que querían que sus hijos aprendieran
y a qué escuelas querían que asistieran. Estas novedades,
que se introducen al margen de la costumbre y la moral de
los antepasados, ni las aprobamos ni nos parecen correctas.
Por esta razón, nos pareció que debíamos hacer algo para
manifestar, tanto a aquellos que tienen esas escuelas, como
a aquellos que acostumbran a acudir a ellas, nuestra opinión
de que no las aprobamos»11.

S enadoconsulto acerca del mes de A ugusto 12

«Puesto que el emperador César Augusto, en el mes Sex-


til, inició su primer consulado, y celebró tres ceremonias de
triunfo en la ciudad, y fueron traídas las legiones desde el
Janículo, y celebrados sus auspicios y <el juramento> de
lealtad; pero además, en ese mes, Egipto fue sometido a la
potestad del pueblo romano, y en ese mes se puso fin a las
guerras civiles, y por estas razones este mes es felicísimo
para este Imperio y lo ha sido, ha parecido bien al Senado
que este mes se denomine Augusto».

10 Traducimos así la expresión «homines adulescentuli» para reflejar el


sentido despectivo que ésta tiene.
11 Del 92 a.C.
12 El texto lo reproduce Macrobio, Sat. 1,12,35; cfr. también Suetonio,
Aug. 31; y Dión Casio 55,6,6-7. Data del 8 a.C. Véase infra sub VI.

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194 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

S e n a d o c o n s u l t o V e l e y a n o 13

(pr.) Primero ciertamente en época del divo Augusto, y


luego en la de Claudio, se había prohibido en sus edictos que
las mujeres intercedieran14 en favor de sus maridos. (1) Pos­
teriormente se dio un senadoconsulto por el cual se protegió
a todas las mujeres más plenamente. Las palabras de este
senadoconsulto son éstas:
«Puesto que los cónsules Marco Silano y Veleo Tutor15
pronunciaron un discurso acerca de las obligaciones de las
mujeres, que se hacen deudoras en favor de otros, y de qué
se debe hacer en este asunto, d o s senadores> decidieron así
sobre ello: por lo que respecta a las fianzas y a las daciones
en mutuo en favor de otros, por los que las mujeres hubiesen
intercedido, aunque parece que con anterioridad ya se había
declarado como derecho que no se concediera por esa razón

13 Reproducido en -D . 1 6 ,l,2 p r.-l- Ulpiano 29 «al Ed.».


14 La «intercesión» ( intercessio) es el acto jurídico -q u e puede reali­
zarse de distintas form as- mediante el cual una persona asume una deuda
ajena, bien obligándose solidaria o subsidiariamente (intercesión cumulati-
va), bien liberando por novación al deudor principal (intercesión privativa),
bien evitando que éste llegue a quedar obligado (intercesión tácita). Así,
dentro de la intercesión entraban los actos de garantía de deuda ajena,
tanto de garantía real (prenda e hipoteca) como personal (fianza y otros
modos similares). Los actos de intercesión fueron prohibidos a las muje­
res, primero a favor de sus maridos (en época de Augusto y Claudio), y
luego a favor de cualquier persona, por el senadoconsulto Veleyano, de
época de Nerón. En consecuencia, el pretor defendía a la mujer mediante
una excepción procesal contra la eventual reclamación del acreedor, sin
perjuicio de que éste pudiera reclamar del deudor intercedido, pero, cuan­
do éste había quedado liberado mediante una estipulación novatoria, el
pretor restituía la acción extinguida mediante una ficción procesal de no
haber intervenido la novación; por el mismo recurso de una ficción, daba
la acción de préstamo contra la persona que no había llegado a recibir
directamente del acreedor cantidad alguna, sino de la mujer que había que­
dado obligada en su lugar. Esta intercessio de derecho privado es distinta
del veto entre magistrados (véase supra sub I n. 7).
15 La fecha de estos consulados es incierta, pero debe colocarse después
de Claudio y antes del 64 d.C. El nombre «Veleo» se corrompió en «Vele-
yo» ya en la misma época del Principado, y de ahí que se hable de senado-
consulto «Veleyano».

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FUENTES 195

reclamación contra ellas ni acción contra ellas, pues no es


justo que ellas desempeñen oficios viriles y se obliguen con
obligaciones de este género, el Senado considera que han de
obrar recta y ordenadamente aquellos ante quienes por esta
causa se presente la reclamación, si procuran que en este
asunto se observe la voluntad del Senado»16.

S e n a d o c o n s u l t o T r e b e l ia n o 17

(1) Se dio un senadoconsulto en época de Nerón, ocho


días antes de las calendas de septiembre, siendo cónsules
Anneo Séneca y Trebelio Máximo18, cuyas palabras son
éstas: (2) «Siendo muy justo que, en todas las herencias
fideicomisarias19, si quedan pendientes algunas reclamacio­
nes acerca de aquellas cosas20, las sufran aquellos a quienes
se transfieren el derecho y los frutos, más que aquel a quien
resultaría gravosa su lealtad, pareció conveniente que las
acciones, que suelen darse contra el heredero y a favor de los
herederos, no se den ni contra aquellos ni a aquellos a quie­
nes se encomendó por su lealtad que, tal como se les había
rogado, restituyesen d a herencia>, sino que se den a aque-

16 El Senado no podía alterar el ius civile, sino que se limitaba a aconse­


jar, con su ciuctoritaSy al pretor, para que éste, con los medios propios de su
jurisdicción, evitara que las mujeres intervinieran en estos negocios de
«intercesión» a favor de otros deudores (no cuando se hicieran ellas deudo­
ras en propio interés).
17 Reproducido en -D . 36,1,1,1-2- Ulpiano 3 «de los fideicomisos».
18 El 25 de agosto del 56/57 d.C.
19 Sobre fideicomisos, véase supra sub I n. 49. La herencia fideicomisa­
ria, o fideicomiso universal, tenía por objeto una herencia entera o una cuota
de ella, sin determinación de bienes determinados. Este senadoconsulto se
completaba con el Pegasiano, que establecía el derecho del heredero fidu­
ciario a retener para sí la cuarta parte de la herencia fideicomisaria, e impo­
nía la aceptación forzosa en caso de no que no quisiera adirla. Justiniano
(véase infra sub. VIII n. 24) eliminó este segundo senadoconsulto, atribu­
yendo sus efectos al Trebeliano.
20 Los créditos y las deudas del difunto podían quedar pendientes de
liquidación, y era justo que unos y otras correspondieran al fideicomisario,
fuese enteramente, fuese en proporción a su cuota.

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196 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

líos y contra aquellos a quienes, en virtud del testamento, se


hubiese restituido el fideicomiso, a fin de que en el futuro se
aseguren del todo las últimas voluntades de los difuntos»21.

S enadoconsulto M acedoniano22

Las palabras del senadoconsulto Macedoniano son las


siguientes23: «Puesto que entre las diferentes causas de cri­
men, que la naturaleza le proporcionaba, Macedón hubiese
incluido también las deudas, y que frecuentemente ofrecie­
se a las malas costumbres motivo de delinquir quien pres­
tase dinero con créditos dudosos, por no decir más cosas, se
admitió que no se le concediera acción ni reclamación a
quien hubiese dado dinero en préstamo a un hijo de fami­
lia, ni siquiera después de la muerte del padre bajo cuya
potestad hubiese estado, de modo que supiesen quienes con
pésimo ejemplo prestaban dinero con interés, que en modo
alguno podrán cobrar el ventajoso crédito del hijo de fami­
lia, ni después de la esperada muerte del padre»24.

21 El Senado no podía convertir al fideicomisario en heredero, pero el


pretor podía impedir, mediante una excepción procesal, la atribución de los
créditos y deudas al heredero, a la vez que atribuirlos al fideicomisario
mediante una ficción de que era heredero.
22 Reproducido en -D . 14,6,1 pr.—Ulpiano 29 «al Ed.». Este senadocon­
sulto es también del siglo i d.C., de la época de Vespasiano.
23 Macedón parece haber sido un hijo de familia, que, apremiado por los
prestamistas y no pudiendo pagarles por carecer de bienes a causa de hallar­
se bajo la potestad de su padre, optó por matar a éste, con el fin de poder
heredarle y disponer de sus bienes.
24 Los créditos no podían quedar anulados por decisión del Senado, pero
el pretor paralizaba las eventuales reclamaciones judiciales de los presta­
mistas mediante una excepción procesal a favor del hijo, después de haber
muerto su padre, y también a favor del mismo padre que, por otros expe­
dientes pretorios, podía ser demandado a causa de los préstamos hechos a
su hijo y condenado por ellos en la medida de los bienes cuya administra­
ción hubiera encomendado a su hijo (peculio; véase infra sub V.E n. 7).

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FUENTES 197

C. Las leyes comiciales

Los magistrados podían presentar textos de ley (rogado-


nes) al pueblo, reunido en comicios, para que éste se pro­
nunciase sobre ellos, bien aceptándolos (uti rogas), bien
rechazándolos (antiquo), pero en ningún caso introduciendo
en ellos modificaciones, pues la función del pueblo no era la
de elaborar la ley, sino sólo la de autorizarla (iussum). Si
la propuesta era aceptada, se convertía en ley (lex) comicial,
que vinculaba a todos los ciudadanos -patricios y plebeyos-
así como a las generaciones posteriores. Los peregrinos, en
cambio, al no haber tomado parte en los comicios, no que­
daban vinculados por las leyes, aunque algunas les fueron
extendidas por medio de senadoconsultos. Las leyes comi­
ciales contenían, pues, «derecho coactivo» (ius cogens), y
era, por ello, necesaria su publicación para que fuesen cono­
cidas por todos. A estas leyes comiciales llegaron a equipa­
rarse los plebiscitos1.
Durante la época republicana, las leyes comiciales no
solían referirse a temas de las relaciones entre particulares,
sino más bien a cuestiones de orden político y criminal.
Sólo excepcionalmente algunas leyes -de ordinario, plebis­
citos- se ocupaban de temas de ámbito privado, cuando
éstos tenían una importante trascendencia social.
Este sistema legislativo de aprobación popular pudo fun­
cionar sin especiales problemas mientras los ciudadanos se
encontraban concentrados, en su mayoría, en un área geo­
gráfica reducida. Después de la Guerra Social12 y de la con­
secuente extensión de la ciudadanía romana a los aliados de
la Italia peninsular, y después también de la concesión
de ciudadanía hecha por César a los de la Italia Cisalpina
(norte de Italia), los comicios se volvieron inoperantes al no
poderse contar ya con la presencia en los mismos de todos
los ciudadanos. De ahí que Augusto trasladase al Senado los

1Véase supra sub I §8 y n. 15; sub IV.A.l § 1.3 y n. 8; sub IV.A.2 §1,2,4.
2 Véase supra sub I n. 16.

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198 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

ámbitos de competencia que hasta entonces habían corres­


pondido a la legislación comicial.
El texto legal propuesto por el magistrado se denomina
rogado, y está dividido en capítulos. Suele ir precedido de
una praescripdo, en la que figura el nombre del magistrado
proponente, la asamblea comicial en que se aprobó y la fecha
de ésta, y la primera tribu3 y el primer ciudadano que la vota­
ron. Al final de la rogado, la sancdio declara que ésta no
valga si va en contra de las leyes juradas de la plebe4 o el ius.
Posteriormente, la sancdo se limitó a imponer sanciones por
la infracción de las disposiciones legales.
Las leyes reaparecerán en época post-clásica, concreta­
mente con Constantino, pero ya en forma de leyes imperiales5.

3 Véase supra sub I n. 29.


4 Véase supra sub I n. 15.
5 Véase infra sub VIII.B.

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199

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200 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

L e y s o b r e l a s p r o v in c ia s p r e t o r i a s , y p e r s e c u c ió n
DE LOS PIRATAS6

(Inscripción de Cnido, línn. 28-41)


El primer cónsul que sea elegido envíe cartas a los pue­
blos y ciudades que le parezca, <diciendo> que el pueblo
romano cuidará de que los ciudadanos romanos, los aliados,
los latinos y los de pueblos extranjeros que tienen amistad
con el pueblo romano, puedan navegar con seguridad; y que
Cilicia, por esta causa, ha sido hecha, en virtud de esta ley,
provincia pretoria.

6 Entre 1893 y 1896, se descubren en Delfos, grabadas en un monumento


dedicado a Emilio Paulo, unas inscripciones griegas que, pese al estado frag­
mentario de su conservación, se identifican como la versión griega de una ley
romana. Las primeras disposiciones del texto conservado se referían a la lucha
contra los piratas que infestaban el Mediterráneo, razón por la cual pasó a
designarse como «ley para la persecución de los piratas» (lex de piratis perse-
quendis), y como tal figura en alguna de las más antiguas colecciones de fuen­
tes [así, en FIRA. I, n° 9, pp. 121 ss.], aunque no faltó también quien defen­
diese, sin éxito, su identificación con la «ley Gabinia sobre la guerra contra los
piratas» (lex Gabinia de bello pirático). La cuestión de la fecha, en la que tam­
bién se implicaba la del nombre, ha sido y sigue siendo objeto de discusión, si
bien se admite comúnmente la del 100/101 a.C. Además de la ya mencionada
cuestión de la represión de los piratas, las inscripciones de Delfos contienen
también disposiciones sobre el cobro de los arrendamientos de impuestos (vec-
tigalia) por parte de los magistrados de Asia y Macedonia; sobre el juramen­
to que han de dar estos mismos magistrados; sobre la publicación de la ley; y,
por último, sobre la sanción prevista contra los que la incumplen. Posterior­
mente, en 1970, se descubre en Cnido una nueva inscripción griega, que pare­
ce estar evidentemente relacionada con la misma ley que la de Delfos. En efec­
to, aunque la mayor parte de la inscripción de Cnido resulta nueva, sin
embargo, más de la mitad del texto de la columna III y el comienzo y el final
de la IV son coincidentes con la inscripción de Delfos, si bien no con una coin­
cidencia estrictamente literal, sino sólo de contenido. Esta circunstancia ha
hecho pensar a los editores de la inscripción de Cnido que se trata de dos dife­
rentes versiones griegas de un mismo original latino. Una edición integradora
de ambas inscripciones puede encontrarse en C rawford et alii, Roman Statu­
tes I Londres, n.° 12, 1996, pp. 231 ss., que consideran que el texto latino ori­
ginal era de una «ley sobre las provincias pretorias» (lex de provinciis praeto-
riis). Seguimos para nuestra traducción la edición de éste, pero limitándola
sólo a lo referente a la lucha contra los piratas; por otra parte, omitimos, por
razones de comodidad del lector, la indicación de las partes del texto que son
reconstruidas por no haberse conservado en las inscripciones.

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202 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

El pretor o el procónsul, al cual le correspondiera la pro­


vincia de Asia, en el consulado de Gayo Mario y Lucio Vale­
rio, envíe cartas a los pueblos y ciudades, y a aquellos reyes
antes mencionados, e igualmente a aquellos a quienes el cón­
sul considera, en virtud de esta ley, que debe escribir, según
lo considere conveniente ... Y envíe una copia de esta ley a
las urbes y ciudades, a las cuales, en virtud de la ley, deba
enviar cartas, y cuide, en la medida de lo posible, que esas
cartas, que en virtud de esta ley les envía, sean entregadas en
virtud de esta ley, y que, tal como tengan costumbre aquellos
a los cuales se envían estas cartas conforme a esta ley, esas
cartas sean grabadas en una tabla de bronce, o, al menos, en
un bloque de mármol o incluso en una tabla blanqueada, para
que sean expuestas en las ciudades públicamente, sea en un
templo, sea en el foro, donde puedan ser leídas fácilmente
desde la calle. Y que éste no escriba de otro modo más que
con el fin de que en todas partes se cumpla esto, y los otros
a quienes se manda, lo cumplan. Quienes, en virtud de esta
ley, tienen el cuidado <de esto>, cuiden de que se haga así.

(Inscripción de Delfos, línn. 10,24)


Los magistrados que ahora hay, excepto los tribunos
y aquellos que gobiernan las provincias, éstos, en los cinco
días siguientes a aquel en el que el pueblo hubiese aprobado
esta ley; y los que posteriormente desempeñen las magistra­
turas, excepto aquellos que gobiernan las provincias, éstos,
en los cinco días siguientes a aquel en el cual cada uno de
ellos iniciara la magistratura, todos los que, de ellos, estén en
Roma, juren por Júpiter y por los dioses Penates8 que ellos
habrán de hacer todas las cosas que están comprendidas en
esta ley, y que cuidarán de que así se haga, y que nada harán

8 Los Penates eran divinidades protectoras de la familia y del hogar


doméstico (ámbito privado) y de la res publica (ámbito público), éstos,
identificados con los Dióscuros y con los dioses que Eneas había traído
de Troya. Antes del Principado, la fórmula ordinaria del juram ento era
«por Júpiter y los dioses Penates» (per lovem deosepte Penates); luego, se
incorporaron a esta fórmula los nombres de los príncipes «divinizados»
(véase supra sub I n. 48).
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FUENTES 203

contra esta ley, ni harán que algún otro lo haga, y que no


harán que se haga de otro modo distinto al que está estable­
cido en esta ley.
Que nadie haga nada, a sabiendas, con dolo malo, contra
esta ley, y haga todo lo que, en virtud de esta ley, deba hacer.
Y que nadie haga nada de modo que se cometa fraude a esta
ley, a sabiendas, con dolo malo; ni que nadie haga ni inter­
ceda9 para que no se haga lo que se debe <hacer> en virtud
de esta ley. Y los que deban hacer o jurar, hagan y juren que
no se hará algo ni <se hará> de otro modo distinto al que está
establecido en esta ley. Y quien hiciese <algo> o intercedie­
se en contra de esta ley, o no hiciese lo <establecido> en vir­
tud de esta ley, o el que no jurase en virtud de esta ley, no se
permita que quede impune, y sea lícito a quien quiera recla­
mar contra él.
Si alguien hiciese algo contra esta ley; o si los que, en
virtud de esta ley, deben hacer algo o jurar, no lo hicieran o
no juraran; o si alguien hiciese fraude a esta ley o si, de algún
otro modo, hiciese, intercediese o permitiese <algo> con
dolo malo contra lo que está establecido en esta ley, ése
quede obligado a dar doscientos mil sestercios por cada una
de las veces que lo hubiese hecho. Y por lo que no hiciese,
en contra de lo que está escrito en esta ley, y por lo que hicie­
se de otro modo distinto al que está establecido en esta ley,
deba dar al pueblo esa cantidad. Y, acerca de esa cantidad, el
que quiera, que haya nacido libre en esta ciudad, de aquellos
a quienes en virtud de esta ley le está permitido imponer o
reclamar la sanción, que reclame, exija y denuncie ante aquel
de quien sea la jurisdicción.

9 Sobre la intercession véase supra sub I n. 7.

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206 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

D. Las leyes coloniales y municipales

La organización romana de las provincias consideraba


especialmente las ciudades existentes en aquéllas. Las ciu­
dades fueron los verdaderos cauces a través de los cuales se
produjo el fenómeno de la romanización, de modo especial
en la parte occidental del Imperio, más permeable a la cultu­
ra romana que la oriental, precisamente por carecer de una
tradición cultural autóctona importante.
Hay que distinguir básicamente dos tipos de ciudades: las
colonias (coloniae) y los municipios (municipia). Las prime­
ras eran, ordinariamente, ciudades de nueva creación, pobla­
das por veteranos del ejército -lo cual les daba también una
función de defensa militar- o, en general, por ciudadanos
romanos trasladados desde otros lugares (así, según Suetonio,
«Julio César» 42,1, César trasladó ochenta mil ciudadanos
desde Italia a las colonias transmarinas), y destinadas al cul­
tivo de la tierra (colonus = qui terram colit, el que cultiva la
tierra). Por su parte, los municipios eran ciudades ya existen­
tes, que recibían de Roma un estatuto especial, cuyos habi­
tantes habían recibido la ciudadanía romana o, al menos, el
«derecho de latinidad» (ius Latii), y participaban en las car­
gas públicas (imaniceps - niunia ccipere, asumir las cargas).
La organización interna de unas y otros era imitación de
la propia de Roma: tenían sus magistrados locales (dunviros,
ediles y cuestores), su senado municipal (curia), integrado
por los decuriones, y sus asambleas populares o comicios.
Esta organización, así como los diferentes aspectos de su
funcionamiento, era lo que se establecía en la ley colonial o
municipal que se concedía a cada colonia o municipio a
modo de «estatuto local».
Incorporamos a esta antología unos capítulos de la ley
colonial de Urso, y otros de la ley Flavia municipal, conoci­
dos a través de las copias malacitana, salpensana e irnitana.
También un índice general de todos los capítulos conocidos
de esta ley Flavia municipal.

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FUENTES 207

1. L e y c o l o n ia l d e U r s o ( o L e y U r s o n e n s e )
L e y d e l a c o l o n ia G e n e t iv a J u l ia

En 1870, se descubren en Urso (actual Osuna), en la


Bética, dos tablas -una incompleta- de bronce, a las que se
sumará, en 1873, una tercera, y en 1925, una serie de peque­
ños fragmentos, procedentes probablemente todos de una
misma tabla, hallados en El Rubio, cerca de Osuna. Todos
estos bronces se conservan actualmente en el Museo Arqueo­
lógico Nacional de Madrid.
Contienen estos bronces la ley dada a la colonia Geneti­
va lidia, nombre «oficial» de la colonia que, por mandato de
Julio César (cap. 106: quae iussu C. Caesaris dictatoris
deducía est) y mediante una ley Antonia (cap. 104: qui iussu
C. Caesaris dictatoris imperatoris et lege Antonia ... ager
datus atsignatus est), fue fundada en Urso (lex coloniae
Genetivae luliae o lex Ursonensis).
Dejando ahora al margen la muy discutida historia de la
fundación (deductio) de esa colonia, y los no menos discuti­
dos detalles del proceso de redacción de esta ley colonial, es
aceptado habitualmente que la grabación del texto legal en
las tablas conservadas se realizó a finales del siglo i d.C.,
coincidiendo así con el momento de grabación de las leyes
municipales a las que a continuación nos referiremos.
Reproducimos cinco capítulos de esta ley colonial.

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208

Bibliografía

AA.VV., Estudios sobre «Urso»: colonia Iulia Genetiva, Sevi­


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Estudios sobre la «Tabula Siarensis», Madrid, 1988, pp.
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reimp. Granada, 1995.
— Los nuevos bronces de Osuna, Málaga, 1876; reimp. Grana­
da, 1995.
R o d r íg u e z N e il a , Sociedad y administración local en la Béti-
ca romana, Córdoba, 1981.

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FUENTES 209

A lgunos de los capítulos conservados

Cap. 621
Los dunviros, cualesquiera que sean, esos dunviros, cada
uno de ellos, tengan derecho y potestad de tener dos lfctores,
un ordenanza, dos escribas, dos recaderos, un escribiente, un
pregonero, un harúspice y un flautista. Quienes fuesen ediles
en esa colonia, esos ediles, cada uno de esos ediles, tengan
derecho y potestad de tener un escriba, cuatro esclavos públi­
cos de mandil, un pregonero, un harúspice y un flautista.
Téngalos de entre quienes sean colonos de esa colonia. Esos
dunviros y ediles, mientras desempeñen esa magistratura,
tengan derecho y potestad de usar togas pretextas, antorchas
y cirios. A quienes cada uno de ellos tenga como escribas,
líctores, ordenanzas, recadero, flautista, harúspice y prego­
nero, todos éstos, durante el año en el que cada uno de éstos
sirva, tengan exención del servicio militar y que nadie,
durante el año en que sirva a los magistrados, le haga solda­
do contra su voluntad ni ordene que le hagan ni le obliguen
ni le tomen juramento ni ordene que se lo tomen, ni le pida
juramento militar ni ordene que se lo pidan, salvo a causa de
sublevación itálica o gálica. Y las retribuciones para cada uno
de los que sirven a los dunviros serán tanto: para cada escri­
ba, mil doscientos sestercios; para cada ordenanza, setecien­
tos sestercios; para cada líctor, seiscientos sestercios; para
cada recadero, cuatrocientos sestercios; para cada escribien­
te, trescientos sestercios; para cada harúspice, quinientos
sestercios; para cada pregonero, trescientos sestercios. Quie­
nes sirvan a los ediles, para cada escriba, ochocientos sester­
cios; para cada harúspice, cien; cada flautista, trescientos
sestercios; para cada pregonero, trescientos sestercios.
Y esto séales licito recibirlo impunemente12.

1A diferencia de lo que ocurre en la ley municipal, los capítulos de la


ley colonial no están encabezados por rúbricas.
2Éste es el primero de los capítulos íntegramente conservados de la ley
de Urso. En él se trata, en primer lugar, de los «subalternos» (a p p a rit o re s )
a los que tienen derecho los magistrados municipales, tanto los dunviros
como ¡os ediles, pues los cuestores, al ser ellos mismos asistentes de los

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215

Bibliografía
o

A bbott y Johnson, Municipal Administration in the Roman


Empire, Princeton, 1926; reimp. Nueva York, 1968.
C urchin, The Roman Magistrates of Roman Spain, Toronto, 1990.
D’ORS, A., Epigrafía jurídica de la España romana,
Madrid, 1953.
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Estudios en homenaje a D. Claudio Sánchez Albornoz en sus
90 años I, Buenos Aires, 1983, pp. 271 ss. = AHDE 5 (1983),
pp. 179 ss.
— La ley Flavia municipal (Texto y comentario), Roma, 1986.
D’O rs, A. y D’O rs, X., Lex Imitana (texto bilingüe), Santiago
de Compostela, 1988.
F ernández G ómez, «Nuevos fragmentos de leyes municipales
y otros bronces epigráficos de la Bética en el Museo
Arqueológico de Sevilla», ZPE 86 (1991), pp. 121 ss.
F ernández G ómez y del Á lamo, La «lex Imitana» y su con­
texto arqueológico, Sevilla, 1990.
G onzález, «The “lex Imitana”. A New Copy of the Flavian
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— Bronces jurídicos romanos de Andalucía, Sevilla, 1990.
Lamberti, «Tabulae irnitanae»: municipalitá e «ius romano-
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L eón y C anales, Lex Flavia Malacitana, Málaga, 1972.
M entxaka, El senado municipal en la Bética hispana a la luz
de la «lex Imitana», Vitoria. 1993.

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216 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

RODRÍGUEZ DE B erlanga, Estudios sobre los dos bronces


encontrados en Málaga a fines de octubre de 1851, Mála­
ga, 1853.
RODRÍGUEZ N eila, Sociedad y administración local en la Béti-
ca romana, Córdoba, 1981.
S pitzl, Lex municipii Malacitani, Munich, 1984.

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FUENTES 217

I ndice de capítulos conservados de la ley F lavla


MUNICIPAL

Caps. 1-18 No se conservan.


19 <Sobre el derecho y potestad de los ediles>8.
20 Sobre el derecho y potestad de los cuestores.
21 Cómo se consigue la ciudadanía romana en
ese municipio9.
22 Que los que consiguen la ciudadanía romana
permanezcan bajo el poder marital, mancipio
o potestad paternal en que estaban.
23 Que los que consiguen la ciudadanía romana
retengan los derechos sobre los libertos.
24 Sobre el prefecto del emperador César Domi-
ciano Augusto.
25 Sobre el derecho del prefecto dejado por un
dunvir.
26 Sobre el juramento de los dunviros, los ediles
y los cuestores.
27 Sobre el veto de los dunviros, ediles y cuestores.
28 Sobre la manumisión de esclavos ante los dun­
viros.
29 Sobre el nombramiento de tutores101.
30 Sobre la constitución de decuriones y cons­
criptos.
31 Sobre la convocatoria de los decuriones, por
edicto, para la elección de nuevos decuriones.
32-38 No se conservann.

8Este cap. 19, salvo la rúbrica (que es conjetural) es el primero de los con­
servados en la copia imitana de la ley Flavia municipal, cuya tabla III (prime­
ra de las conservadas) comprende hasta el cap. 31 (aunque éste, incompleto).
v Desde casi la mitad de este cap. 21, hasta el final del cap. 29, además
de por la copia irnitana, conocemos el texto legal también por la copia sal-
pensana.
10Al final de este cap. 29 acaba lo conservado en la copia salpensana.
11 De los caps. 32-38, no se ha conservado nada del texto legal en nin­
guna de las copias hasta ahora conocidas.

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218 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Caps. 39 <Sobre la propuesta de asuntos a la delibera­


ción de los decuriones y conscriptos>12.
40 En qué orden deben pedirse las opiniones <de
los decuriones>.
41 Sobre la publicación de los decretos de los
decuriones y su depósito en el archivo muni­
cipal.
42 Cuando hay que revocar algunos decretos,
cómo se han de revocar.
43 Que no se disuelva ni se traslade la sesión de
los decuriones.
44 Sobre la distribución de los decuriones en tres
decurias que desempeñen sucesivamente las
legaciones.
45 Sobre el envío de legados y la aceptación de
excusas.
46 Qué cantidad ha de darse a los legados.
47 Sobre el <legado> que no hubiera desempeña­
do su legación conforme al decreto de los
decuriones.
48 Quiénes no deben tomar en arriendo, ni com­
prar, ni ser socios cuando se arriendan o ven­
den bienes públicos.
49 Del aplazamiento de asuntos.
50 Que los dunviros presidentes de la jurisdicción
establezcan sólo 12 curias13.
51 <Sobre la proclamación de candidatos>14.
52 Sobre la celebración de los comicios.
53 En qué curia han de votar los íncolas.
54 Con quiénes se puede contar <como candida­
tos para la elección> en los comicios.

12La tabla V de la copia irnitana (segunda de las conservadas) comien­


za en este cap. 39, del que faltan tanto la rúbrica como un número indeter­
minado de líneas iniciales.
13 De este cap. 50, sólo se conservan la rúbrica y cinco líneas iniciales,
pues ahí termina la tabla V de la copia irnitana.
14En las primeras palabras de este cap. 51 comienza el texto conserva­
do en la copia malacitana, que se extiende hasta el comienzo del cap. 69.

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FUENTES 219

Caps. 55 Sobre la votación.


56 Qué debe hacerse con los que empatan en votos.
57 Sobre el sorteo de las curias y los que empatan
en el número de curias.
58 Que nada se haga para que no se celebren los
comicios.
59 Sobre el juramento de los que hubieren obte­
nido <el voto favorable de> la mayor parte del
número <total> de curias15.
60 Que los candidatos al dunvirado y la cuestura
den garantía de <la administración de> fondos
públicos.
61 Sobre la cooptación de patrono.
62 Que nadie destruya los edificios que no vaya
a reedificar.
63 Sobre los arriendos y las condiciones de
arriendo que han de anunciarse, y de su regis­
tro en el archivo municipal.
64 Sobre la obligación de los garantes, de los inmue­
bles <hipotecados> y de los certificadores de éstos.
65 Que la jurisdicción se ajuste a las condiciones
dictadas para la venta <de los bienes> de los
garantes y de los inmuebles <hipotecados>.
66 Sobre la multa irrogada.
67 Sobre los fondos comunes de los munícipes
y sobre las cuentas de éstos.
68 Sobre la constitución de patronos de la causa,
cuando se rinden cuentas16.
69 Sobre el juicio de fondos comunes17.
70 Sobre el nombramiento del encargado de
demandar en nombre de los munícipes, y del
premio o retribución <que se le ha de dar>.

15 Con el comienzo de este cap. 59 (salvo la rúbrica) se inicia la tabla VII


(tercera de las conservadas) de la copia irnitana.
16 La tabla VIII (cuarta de las conservadas) de la copia irnitana se inicia
en las primeras líneas de este cap. 68.
17 En las primeras líneas de este cap. 69 acaba lo conservado en la copia
malacitana.

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220 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Caps. 71 Que los que demandan <en nombre de los


munícipes> a causa de fondos comunes pue­
dan citar testigos.
72 Sobre la manumisión de esclavos públicos.
73 Sobre los escribas, su juramento y su sueldo.
74 Sobre reunión, asociación y colegio.
75 Que nada se acapare, ni retire <de la ventax
76 Sobre el recorrido para reconocimiento de los
límites de los terrenos municipales en conce­
sión; si parece oportuno o no que sean recorri­
dos para reconocimiento, y por qué personas y
cómo hayan de ser recorridos para reconoci­
miento.
77 Sobre los gastos en ceremonias religiosas,
espectáculos y cenas.
78 Que se consulte a los decuriones acerca de qué
esclavo público debe encargarse de una ges­
tión.
79 A qué número de decuriones y conscriptos
debe hacerse la propuesta sobre el gasto de
fondos comunes de los munícipes18*.
80 Sobre el dinero tomado en préstamo por el
municipio.
81 Sobre el orden de los espectáculos.
82 Sobre las carreteras, caminos, cauces, canales
y cloacas.
83 Sobre la contribución para obras públicas.
84 Sobre qué asuntos y hasta qué cantidad hay
jurisdicción en ese municipio.
85 Que los magistrados tengan expuesto al públi­
co el edicto del gobernador de la provincia, y
que ejerzan su jurisdicción conforme
a él.
86 Sobre la elección y publicación de d o s nom­
bres de los> jueces.

18Comienza, a mitad de este cap. 79, la tabla IX (quinta de las conser­


vadas) de la copia irnitana.

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222 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

A l g u n o s d e l o s c a p ít u l o s c o n s e r v a d o s d e l a l e y F l a v ia
MUNICIPAL

Cap. 19. <SOBRE EL DERECHO Y POTESTAD DE LOS EDILES>21


Los que han sido nombrados ediles en ese municipio
<antes de la presente ley> en virtud del edicto del emperador
Vespasiano César Augusto, del emperador Tito César Vespa-
siano Augusto o del emperador César Domiciano Augusto22, y
se hallan actualmente en esa edilidad, estos ediles, hasta el día
para el que fueron nombrados, y los que, conforme a la pre­
sente ley, se nombren allí después, hasta el día para el que sean
nombrados, sean ediles del municipio Flavio Irnitano23. Ten­
gan éstos derecho y potestad de exigir y repartir d a s contri­
buciones para> suministro, templos, lugares sagrados y reli­
giosos, villa, calles, barrios, cloacas, baños, mercado, pesas y
medidas, y de pedir <que se nombren> guardias, cuando sea
necesario, y, por lo demás que los decuriones y conscriptos24
aprobaran que hicieran los ediles, el derecho de cuidar y hacer
todas esas cosas; otrosí, <el derecho y potestad> de tomar una
prenda25 de los munícipes e íncolas26, por cada persona y día,
sin exceder de diez mil sestercios; otrosí, de multar y penarles
hasta con cinco mil sestercios por cada persona y día. Tales

21 La rúbrica es reconstruida sobre la base de la del cap. 20: «Sobre el


derecho y potestad de los cuestores».
22 Los tres Principes m encionados -V espasiano, Tito y D om iciano-
debieron de dar algunos edictos que afectaban al régimen jurídico de los
municipios provinciales en general, o quizá de los héticos en particular.
El de Vespasiano podría referirse al que concedió el ius Latii a Hispania,
en el 73-74.
23 Estos magistrados municipales, lo mismo que los urbanos, eran elegi­
dos sólo para un año.
24 Aunque a lo largo de todo el texto legal se hable de «decuriones y
conscriptos» (decuriones conscriptive) para referirse a los miembros de la
curia municipal, en realidad se trata de una expresión pleonástica, que no
encierra una distinción real entre dos tipos de miembros de la curia.
25 Se reconoce a los ediles del municipio el derecho y la potestad de eje­
cutar una pignoris copio, sobre la cual véase supra sub IV.E n. 33.
26 Son munícipes los que tienen en el municipio su origen (origo) y su
domicilio (doniicilium); íncolas, los que sólo tienen allí su domicilio.

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FUENTES 223

ediles, así como los que sean nombrados después conforme a


la presente ley, tendrán jurisdicción y facultad de dar y conce­
der juez y recuperadores conforme a la presente ley para aque­
llas causas y personas para las que tienen jurisdicción los dun-
viros hasta doscientos sestercios. Podrán estos ediles tener
adscritos esclavos comunes de los munícipes de ese municipio
que les sirvan como auxiliares. Tengan derecho y potestad
siempre que nada de todo lo supraescrito se haga contra las
leyes, plebiscitos, senadoconsultos, edictos, decretos y consti­
tuciones del divo Augusto, de Tiberio Julio César Augusto, de
Tiberio Claudio César Augusto, del emperador Galba César
Augusto, del emperador Vespasiano César Augusto, del empe­
rador Tito César Vespasiano Augusto, del emperador César
Domiciano Augusto, pontífice máximo, padre de la patria27.

Cap. 21.CÓMO SE CONSIGUE LA CIUDADANÍA ROMANA EN


ESE MUNICIPIO
Aquellos magistrados que, entre los senadores, decurio­
nes y conscriptos del municipio Flavio Irnitano, han sido o
serán nombrados como se establece en la presente ley, éstos,
al cesar en su cargo, serán ciudadanos romanos, juntamente
con sus padres, cónyuges y los hijos habidos de matrimonio
legítimo que se hallen bajo la potestad de sus padres, así
como los nietos y nietas habidos de un hijo que se hallen,
ellos o ellas, bajo la potestad de sus padres, siempre que no
resulten más ciudadanos romanos del número de magistra­
dos que se pueden nombrar en virtud de la presente ley28.

27 Todo este capítulo, como se puede ver, es una enumeración de las


competencias de los ediles, dejando a salvo, en la parte final, las diferentes
disposiciones de los Príncipes precedentes. Obsérvese que, en la relación de
éstos, faltan Caligula, Nerón, declarado en vida «enemigo público» (hostis
publicas) por el Senado, Galba, Otón y Vitelio, los tres usurpadores ante­
riores a Vespasiano (véase infra sub VII introd.).
28 Tanto los que han desempeñado las magistraturas locales, como sus
familiares más directos, adquieren la ciudadanía romana al cesaren sus car­
gos. De este derecho quedan excluidos los prefectos (véase supra n. 5),
según establece expresamente el cap. 25 de la ley. Esta concesión de la ciu­
dadanía, además de los, al parecer, frecuentes abusos que se produjeron en
este tema, explica su rápida difusión en Hispania.

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224 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Cap. 27. S obre el veto de los dunviros, ediles y


CUESTORES
Los que sean dunviros, ediles o cuestores de ese munici­
pio, los dunviros entre sí y cuando cualquiera de los dos o
ambos apelaran contra un edil o los ediles, o contra un cues­
tor o los cuestores, asimismo los ediles entre sí, tendrán dere­
cho y potestad de vetarse dentro del plazo de tres días, des­
pués de hacerse la apelación, en los que se pueda vetar, no
siendo contra la presente ley y con tal de que contra ninguno
de ellos se apele más de una vez en el mismo asunto; y, al ser
vetado, nadie haga nada en contra29.

Cap. 41. Sobre


la publicación de los decretos de los
DECURIONES Y SU DEPÓSITO EN EL ARCHIVO MUNICIPAL
Que el <dunvir> que lo hizo, o su colega, o el que haga
las veces de cualquiera de ellos, dé lectura públicamente
ante los decuriones y conscriptos, el mismo día en que se
hubiera hecho <el decreto>, de lo decretado en ese munici­
pio por los decuriones y conscriptos. Si no se hubiera dado
lectura en ese mismo día, hágalo en la primera sesión de los
decuriones y conscriptos, antes de que se trate algún otro
asunto, y si aquel con cuya propuesta se hubiera hecho ese
decreto hubiera dejado de ser dunvir, entonces, que le dé
lectura el que fuera dunvir en ese momento, y luego mánde­
lo depositar, dentro de los diez días próximos, en el archivo
común de los munícipes de ese municipio, tal como ha sido
leído y aprobado30.

29 También en los municipios existía un derecho de veto (intercessio:


véase supra sub I n. 7) entre los magistrados municipales: los dunviros podí­
an vetarse entre sí, o vetar a los ediles y cuestores; los ediles sólo podían
hacerlo entre sí, pero no a los dunviros, por ser éstos de mayor rango, ni
tampoco a los cuestores, por tratarse de simples colaboradores de los dun­
viros; los cuestores, por último, no tenían derecho de veto.
30 Los decretos aprobados por la curia municipal debían ser guardados
en el archivo municipal. Para ello, el dunvir proponente debía someter a los
decuriones, en la misma sesión de la curia en la que se había aprobado o, lo
mas tarde, en la inmediatamente siguiente, el texto definitivo del decreto
aprobado, antes de depositarlo en el archivo. El capítulo también prevé
quién debe actuar cuando no puede hacerlo el dunvir proponente.

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FUENTES 225

Cap. 48. Q u ié n e s n o d e b e n t o m a r e n a r r ie n d o , n i
COMPRAR, NI SER SOCIOS CUANDO SE ARRIENDAN O VENDEN
BIENES PÚBLICOS
En cualesquiera arriendos o ventas de bienes públicos y
de contribuciones por obras públicas u otras causas que se
arrienden o vendan en el municipio Flavio Irnitano, ningún
dunvir, edil o cuestor tomará en arriendo ni comprará nada
de esto, ni el hijo o nieto de cualquiera de ellos, ni su padre
o abuelo, ni su hermano, ni su escriba o subalterno; ni sea
socio en ningún negocio de éstos, ni participe en ninguno de
ellos, directa o indirectamente, o por representación, ni haga
otra cosa alguna a conciencia con dolo malo para obtener
participación alguna de ninguno de ellos, directa o indirec­
tamente, o por representación en tal negocio. Si alguien
contraviniere esto, quede obligado a dar a la caja de los
munícipes del municipio Flavio Irnitano el valor de cual­
quier negocio que hubiera hecho en contra, más otro tanto;
y por esta cantidad y a causa de la misma tenga acción, peti­
ción y persecución el munícipe del municipio Flavio Imita-
no que quiera, y le sea lícito por la presente ley31.

Cap. 55. S o b r e l a v o t a c ió n
El que convoque los comicios en virtud de esta ley, éste
convoque a los munícipes, por curias, para que depositen su
voto, de modo que, en una única convocatoria, convoque a
todas las curias para la votación, y que cada una de estas
<curias>, en cada uno de sus rediles, depositen su voto
mediante la tablilla. Cuide igualmente que, para la cesta de
cada curia, haya tres de los munícipes de ese municipio, que
no sean de esa curia, que vigilen los votos, y los cuenten, y
de modo que, antes de que hagan esto, jure cada uno que él

31 Este capítulo legal, referente a la contratación del municipio, forma


parte de las medidas de represión de los posibles abusos de los magistrados
municipales, aprovechándose de lo que hoy podríamos llamar «tráfico de
influencias». La disposición legal es exhaustiva en cuanto a sus previsiones,
pues prohíbe que contraten con el municipio, no sólo personalmente los
magistrados, sino cualquier persona de sus familias, sus subordinados, sus
socios o incluso un «testaferro» en su nombre.

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226 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

hará de buena fe el cómputo de votos y lo comunicará. Y no


impida que también quienes aspiran a las magistraturas pon­
gan un vigilante en cada una de las cestas. Estos vigilantes
<nombrados> por aquel que convocó los comicios y los
designados por aquellos que aspiran a las magistraturas, cada
uno de ellos, depositen su voto en aquella curia, en la cesta
de la cual fue puesto como vigilante, y los votos de ellos sean
tenidos como justos y válidos como si cada uno hubiese
depositado su voto en su propia curia32.

Cap. 62.
Q u e n a d ie d e s t r u y a l o s e d if ic io s q u e n o vaya
A REEDIFICAR
Que nadie, dentro de la ciudad del municipio Flavio Irni-
tano y los edificios adjuntos a ella, haga destejar, destruir ni
demoler un edificio, a no ser con la aprobación de los decu­
riones y conscriptos, con presencia de la mayor parte de
ellos, cuando no vaya a reedificarlo dentro del año próximo.
El que esto contraviniere quede condenado a dar a los muní-
cipes del municipio Flavio Irnitano la cantidad en que se
estime el asunto, y por esta cantidad y a causa de la misma
tenga acción, petición y persecución el munícipe de ese
municipio que quiera, y le sea lícito por la presente ley33.

Cap. 66. S o b r e l a m u l t a ir r o g a d a
El dunvir que presida la jurisdicción ordene registrar en
el archivo comunal de los munícipes de ese municipio las
multas irrogadas en ese municipio por los dunviros o el pre­
fecto, así como las de los ediles que éstos, los dos o cual­

32 El procedimiento de votación en los comicios de los munícipes para


elegir nuevos magistrados municipales aparece regulado en este cap. 55,
procedente de la copia malacitana. Para depositar el voto, en lugar de urnas,
hay cestas, las cuales se encuentran vigiladas por tres munícipes designados
por el dunvir, a los que pueden sumarse los designados por cada uno de los
candidatos. Se prevé incluso en qué cesta deben votar estos vigilantes de
una «cesta electoral».
33 La prohibición recogida en este capítulo es paralela, no sólo a la esta­
blecida en XII 6,8 (véase supra sub II), sino, más próximos en el tiempo, a
los senadoconsultos Hosidiano (44 a.C.) y Volusiano (56 a.C ). Se daba con­
tra el infractor la habitual «acción popular».

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FUENTES 227

quiera de ellos, hubiera comunicado al dunvir haber ellos


irrogado. Si aquel a quien se hubiere irrogado una multa u
otra persona en su nombre pidiera la intervención, acerca de
esa multa, de los decuriones y conscriptos, tengan éstos un
juicio sobre ella. Y las multas que no sean juzgadas injustas
por los decuriones y conscriptos, exíjanlas los dunviros para
la caja pública de los munícipes de ese municipio34.

Cap. 75. Q ue nada se acapare ni retire < de la venta>


Que nadie en ese municipio acapare algo ni retire <de la
venta>, ni se junte con alguien, convenga o haga sociedad
con el fin de que se venda algo más caro, o para que no se
venda o venda con más escasez. Quien hubiera hecho algo en
contra de esto, quede, por cada vez, obligado a dar a los
munícipes del municipio Flavio Irnitano diez mil sestercios,
y por esa cantidad y a causa de la misma tenga acción, peti­
ción y persecución el munícipe de ese municipio que quiera,
y le sea lícito por la presente ley35.

Cap. 82. S obre las carreteras, caminos, cauces,


CANALES Y CLOACAS
Los dunviros, ambos conjuntamente o cada uno de ellos,
tengan derecho y potestad para construir o reformar las
carreteras, caminos, cauces, canales y cloacas de ese muni­
cipio que los dunviros, ambos conjuntamente o cada uno de
ellos, quieran hacer, siempre que sea por decreto de los decu­
riones y conscriptos, dentro de los límites de ese municipio*3

34 Tanto los dunviros como los prefectos que los sustituyen, así como
también los ediles -aunque éstos con la obligación de informar de ello a los
dunviros-, tienen la facultad de imponer multas a los munícipes. Las mul­
tas impuestas deben ser registradas en el archivo municipal, y contra ellas
cabe apelar ante los decuriones. Si éstos juzgan procedente la multa, deben
los dunviros encargarse de exigir su pago e ingresar la cantidad en la caja
pública del municipio.
33 Se reprime, en este capítulo de la ley, cualquier intento, bien de hacer
desaparecer del mercado una determinada mercancía (acaparándola o reti­
rándola de la venta), bien de asociarse con otros para provocar, por los mis­
mos medios, un alza del precio, y evitar o limitar su venta. Contra el infrac­
tor, volvemos a encontrar la misma «acción popular».

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228 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

y sin perjuicio de los particulares. Lo que así se haya cons­


truido o reformado, será conforme a derecho el tenerlo y
mantenerlo en esa forma36.

Cap. 87. S o b r e l a r e c u s a c ió n y n o m b r a m ie n t o d e ju e c e s
Si entre dos personas entre las que haya un litigio o
controversia sobre asunto privado, y sobre el que deba
darse un juez o árbitro en virtud de la presente ley, no se
conviene qué juez o árbitro van a tener, el que preside la
jurisdicción haga que, previa recusación de las decurias, el
que demanda o pide, o, si ambos demandan o piden, el que
demanda mayor cantidad o pide cosa mayor, haga él la
recusación en primer lugar de d o s jueces de> la decuria
que queda <sin recusar>, y vayan recusando alternativa­
mente, de modo que el que demanda o pide, o, si ambos
demandan o piden, el que demanda mayor cantidad o pide
cosa mayor, recuse primero los impares <de la lista de jue-
ces>, y el demandado o aquel del que se pide, o, si ambos
demandan o piden, el que demanda menor cantidad o pide
cosa menor, recuse primero los pares, hasta que quede uno
de ellos; y si alguno <de los litigantes> no quisiera recusar
las decurias o los jueces, que <el dunvir> nombre, asigne
y autorice juzgar entre aquellos <litigantes> y sobre aquel
asunto al que quiera el adversario tener como juez o árbi­
tro, de entre los de la lista anunciada, o al munícipe fuera
de ella en que los litigantes se pongan de acuerdo en tener
como juez o árbitro, siempre que no sea dunvir, edil o
cuestor, y siempre que aquel en que se hayan puesto de
acuerdo no tenga una enfermedad que le impida atender
los juicios, ni tenga más de 65 años y no quiera juzgar
aquel asunto. El juez así nombrado, asignado y autorizado
a juzgar, juzgue y estime el litigio, y como él hubiere juz-

•*6 Es competencia de los dunviros, previo decreto de la curia municipal,


el construir o reformar tanto las vías de comunicación como las de sumi­
nistro de agua y de desagüe del municipio, con dos limitaciones: que, lógi­
camente, sólo pueden realizarse esas obras dentro del territorio del munici­
pio, y que no causen perjuicio alguno a los particulares.

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FUENTES 229

gado o estimado el litigio conforme a la presente ley, sea


conforme a derecho y válido37.

Cap: 95. S o b r e l a g r a b a c ió n e n b r o n c e d e l a l e y
El dunvir que presida la jurisdicción en ese municipio
haga que esta ley se grabe en bronce cuanto antes, y que se
fije en el lugar más frecuentado de ese municipio, de modo
que se pueda leer fácilmente desde la calle38.

37 Como ya se ha dicho (véase supra sub IV.E introd.), en los juicios pri­
vados, los jueces eran elegidos por los particulares. Este capítulo de la ley
municipal nos informa acerca del procedimiento de elección de juez, sobre
la base de una lista (album iudicum) confeccionada por los dunviros, a la
que se refiere en capítulo anterior. Los posibles jueces deben ser agrupados
en tres decurias homogéneas, de las cuales el demandante recusará una, y
otra el demandado. Luego, de la decuria restante, los litigantes, comenzan­
do por el demandante, podrán ir recusando alternativamente los nombres
que deseen, hasta que sólo quede uno, que será quien actúe como juez.
38 El penúltimo capítulo ordinario (véase supra n. 20) se refiere a la gra­
bación en bronce del texto legal y a su exposición en un lugar accesible del
municipio, donde cualquier munícipe la pueda leer fácilmente (ut de plano
recte legi possit). El dunvir debe ocuparse de que ambas cosas se hagan. El
texto de la ley municipal de Irni, por ejemplo, habría sido grabado en diez
tablas, de 57-58 cm de altura, y 90-91 cm de largo, cada una de ellas con
tres columnas de texto. Las diez tablas, clavadas en un muro situado en un
lugar público, vendrían a formar una larga banda horizontal de poco más de
nueve metros, que venía a reproducir la misma disposición del rollo de papi­
ro que tenía a la vista el grabador del bronce. Gracias precisamente a esas
tablas de bronce, se ha conservado todo lo que conocemos de las distintas
copias de la ley Flavia municipal.

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230 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

E. La Jurisprudencia

Frente a las tres fuentes de potestad ya mencionadas


-edictos, senadoconsultos y leyes-, la Jurisprudencia, avala­
da por la auctoritas, es la que crea el verdadero ius de los
romanos. De ahí la ya vista afirmación de Pomponio1de que
«el ius ... consiste en la sola interpretación de los jurispru­
dentes» (in sola interpretatione prudentium consistit).
Así, pues, la Jurisprudencia se interesa por encontrar las
soluciones justas para los conflictos patrimoniales entre parti­
culares, esto es, encontrar el ius, la «posición justa», de esos
conflictos. Frente a la posición justa, está la que no lo es, es
decir, la que constituye un comportamiento in-iustiim o una
iniuria, del mismo modo que, en el ámbito religioso y moral,
lo lícito, lo que es fas, se contrapone a lo que no lo es, o ne-fas.
En una primera época, ambos ámbitos, el patrimonial o
secular y el religioso o moral, se encontraban unidos, aunque
no confundidos, y eran los pontífices los encargados de decla­
rar lo que era fas y lo que era ius. Producida más tarde, a fina­
les del siglo ii a.C., la secularización del ius, éste pasó a
depender de ciudadanos particulares que se especializaban pro­
fesionalmente en el conocimiento del ius, o jurisprudentes,
que emitían privadamente sus responsa a petición de los ciu­
dadanos que les consultaban. El valor de esos responsa depen­
día de la auctoritas, el prestigio, del jurista que los daba.
La instauración del Principado por Augusto va a tener una
incidencia importante en la actividad de la Jurisprudencia con
la creación del llamado «derecho de dar respuestas pública­
mente en virtud de la autoridad del Príncipe» (ius publice res-
pondendi ex auctorítate principis), que significaba privar a los
jurisprudentes de su personal auctoritas, sustituida por la del
Príncipe. Así, los juristas podían seguir dando sus responsa,
pero, cuando gozaban de esa «licencia jurisprudencial» que
era el ius publice respondendi, fundados en la autoridad del
Príncipe. De este modo, los responsa jurisprudenciales, que

1Cfr. s u p r a sub I §12.

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FUENTES 231

hasta entonces tenían distinto valor, en función de la personal


auctoritas del jurista que los daba, se verán ahora -al menos
en teoría- igualados por la autoridad del Príncipe que los res­
palda. Esta innovación de Augusto, sin embargo, no la llevará
él a la práctica, sino que será su sucesor, Tiberio, el primero
que la aplica, concediendo esa «licencia jurisprudencial» al
jurista Sabino. No obstante, pese a ser esta innovación la que,
a la larga, provocará la desaparición de la Jurisprudencia, la
posterior a Augusto será la época de su mayor esplendor.
La actividad propiamente doctrinal, de una Jurisprudencia
creadora, desaparecerá con Adriano, como consecuencia de la
tecnificación burocrática llevada a cabo por éste con la creación
de la Cancillería imperial (consilium principis). La Jurispru­
dencia creadora da paso entonces a la Jurisprudencia burocráti­
ca, y los responso jurisprudenciales, a los rescriptos imperiales2.
A continuación, hemos seleccionado, con un criterio dis­
crecional, fragmentos procedentes de distintas obras de dife­
rentes juristas, casi todos ellos de la época de Adriano o algo
posteriores. Esta limitación cronológica viene determinada,
en gran medida, por la circunstancia de que, de los juristas
anteriores, el número de fragmentos conservados en el
Digesto de Justiniano es muy escaso. Son, por este orden,
Ulpiano y Paulo, Juliano y Papiniano los juristas que más
material han aportado para la elaboración del Digesto, en
parte por la sencilla razón práctica de que eran sus obras las
mejor conservadas, por simple proximidad histórica, en
época de Justiniano; y en parte también por el carácter enci­
clopédico de las obras de los dos primeros.
Agrupamos los fragmentos seleccionados según el tipo
de literatura: 1. libros «de respuestas»; 2. «de cuestiones»; 3.
«de digestos»; 4. de comentarios «al Edicto»; 5. «de institu-
dones»; 6. «de reglas»; 7. literatura monográfica; y 8. reco­
pilaciones post-clásicas. Cierra el conjunto 9. algunos textos
referentes a puntos controvertidos entre Sabinianos y Procu-
lianos. Cada uno de estos apartados va precedido, en nota, de
una breve explicación.

2Véase in fra sub VIII.A.

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232

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234 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

1. L ib r o s « d e r e s p u e s t a s » ( l ib r i r e s p o n s o r u m )*

Marcelo, libro singular «de resp.»-D. 26,7,21


Lucio Ticio nombró en su testamento tutor de su hijo34 a
Gayo Seyo, <que era> hijo de familia5. Gayo Seyo, sabién­
dolo y consintiéndolo su padre, administró la tutela. Pregun­
to si, muerto Gayo Seyo, compete la acción de la tutela con­
tra su padre, y en qué medida6. Marcelo respondió: de
acuerdo con lo que se ha propuesto, el padre queda obligado
por la acción de peculio y de provecho obtenido, pues no
parece afectar mucho en este caso el conocimiento y con-

3 Los libri responsorum son colecciones, ordenadas por materias, de las


respuestas (responsa) que los juristas daban a quienes les consultaban. Los
pasajes de este tipo de obras tienen una estructura similar: el supuesto de
hecho -m ás o menos resum ido- sobre el que se consulta al jurista, la cues­
tión (quaestio) concreta que se le plantea, y, por último, la respuesta (res-
ponsum) del jurista. En algunos casos, este esquema aparece menos claro,
bien por haberlo simplificado el propio autor, bien por tratarse de obras ree­
laboradas en épocas posteriores. Por otra parte, al jurista no le preocupa la
veracidad de los hechos ni la prueba de éstos, sino que da su responsum par­
tiendo de que es cierto lo expuesto por quien le consulta. Algunos juristas
introducen sus responsa con frases del tipo de «según lo que se ha propues­
to...». La prueba de los hechos alegados deberá realizarse en el juicio, y es
función propia de los abogados (véase supra sub I n. 67). Cabe también
señalar, por último, que el responsum del jurista suele ser bastante lacónico,
y en ningún caso expone las razones que lo justifican. De los diferentes
libros de respuestas, hemos seleccionado algunos fragmentos de diferentes
autores, para que sirvan como muestra de este tipo de literatura jurídica.
4 Entre las distintas disposiciones que puede contener un testamento,
está la «dación de tutor» (datio tutoris), por la que el paterfamilias nombra
tutores para los sometidos a su potestad que los vayan a necesitar, es decir,
sus hijos impúberes y (con cierta acomodación desde el Principado) su
viuda y sus hijas. Véase supra sub II n. 32.
5 Que Gayo Seyo sea «hijo de familia» (filiusfamilias o alieni inris) no
significa nada acerca de la edad de éste, sino sólo acerca de su sometimien­
to a la potestad de su padre (patria potestas). En Roma, la patria potestad
era duradera y se mantenía mientras viviese el paterfamilias, salvo que
mediase una emancipación o alguna otra causa excepcional de extinción de
la patria potestas. Véase supra sub II n. 28.
6 Los filiifamilias, al no tener patrimonio propio, no pueden hacer fren­
te a las obligaciones que contraigan, y por eso es su paterfamilias quien
debe responder por ellos, aunque esa responsabilidad sea de diferente alcan­
ce, sesún los casos.

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236 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

la misma casa, había un huerto y un cenáculo, que no fue­


ron legados a Olímpico. Pero al huerto y al cenáculo
siempre se había accedido a través de la casa, cuya vivien­
da había sido dejada <a Olímpico». Se preguntó si Olím­
pico debía permitir el acceso. Respondí: desde luego, no
hay una servidumbre101, pero el heredero puede pasar, a
través de la casa, a aquellos lugares mencionados, mien­
tras no perjudique al legatario. (1) Lucio Ticio, abierta
una pared de su casa, en la medida en que lo permitía el
respeto del estilicidio11 y la protección de las vigas, abrió
una puerta a la vía pública. Pregunto si el vecino Publio
Mevio tiene alguna acción para impedirlo, habida cuenta
de que no afectaba a las luces del vecino Publio Mevio, ni
al camino del vecino, ni el estilicidio caía en la casa del
vecino. Respondí: según los hechos que se proponen, no
tiene ninguna.

Papiniano, 8 «de resp.»-D. 33,l,10pr.-3


(pr.) «Quiero que a mi fidelísimo amigo Seyo se le den
seis áureos12 anuales y la vivienda que usa, si quisiera, igual
que intervenía en mis negocios, intervenir del mismo modo en
los de mis hijos»13. Se admitió que no dejan de deberse a Seyo
las anualidades en <proporción a> la cuota hereditaria de la
hija supérstite, por el hecho de que, de los tres hijos de Ticia,
dos hubiesen muerto habiendo instituido otros herederos,
puesto que tanto los servicios como las cantidades admiten

10 El derecho de paso es, desde luego, contenido habitual de derechos de


servidumbre (véase infra 5: Ulpiano 2 «de inst.»-D. 8,3,lpr.-2), pero estos
derechos exigen unas determinadas formas de constitución, que no se dan
en este caso,
11 El estilicidio, en general, se refiere a la posibilidad de regular la caída,
desde el tejado de una casa, del agua de la lluvia. Puede ser objeto de una
servidumbre (ius stillicidii), en virtud de la cual una casa puede verter sobre
la finca vecina el agua de su tejado.
12 Sobre los áureos, véase supra sub V.A n. 25.
13 Se trata de una disposición fideicomisaria condicional. Ticia (fideico-
mitente) encarga a sus tres hijos (fiduciarios) que cumplan el fideicomiso a
favor de Seyo (fideicomisario), siempre que éste (condición; véase infra
n. 39) administre los negocios de aquéllos.

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FUENTES 237

división14. (1) «Quiero que se dé al médico Sempronio lo


mismo que le pagaba en vida». Parecen dejadas aquellas cosas
que tuvieron una forma determinada de pago anual, y no una
voluntad indeterminada de liberalidad. (2) «Quiero que a mi
mujer, además de aquello que recibía de mí, mientras estaba
vivo, en concepto de anualidad, se le den cien áureos». Parece
haber dejado la anualidad y, sólo una vez, los cien áureos15.
(3) «Quiero que se dé a mis libertos lo que les daba en vida».
Se les dará también la vivienda; no se les deberán los gastos de
los jumentos que la mujer <testadora> solía pagar al adminis­
trador a causa de su interés; y, por lo tanto, tampoco el liberto
médico puede reclamar rectamente los gastos de medicamen­
tos, que recibía para curar a la patrona y a la familia de ésta.

Paulo, 15 «de resp.»-D. 40,5,40pr.-l


(pr.) Lucio Ticio donó a su hija natural Septicia su escla­
va Concordia. Asimismo, después, en el testamento, legó a
su hija, junto con algunas otras, la mencionada esclava, para
que la manumitiese. Pregunto si la hija natural Septicia
puede ser obligada a manumitir a la mencionada esclava.
Paulo respondió: si la donación de la esclava se hizo en vida
del padre natural y la hija no aceptó la última voluntad del
padre natural en los restantes legados, no puede ella ser obli­
gada a manumitir a una esclava propia a causa de un fidei­
comiso16. (1) Lucio Ticio legó el esclavo Estico a Mevio, y

14 Puede sorprender que nada se diga acerca del uso de la vivienda (habí-
tatio). Éste, como todo uso, es jurídicamente indivisible, y, en consecuencia,
se mantiene mientras siga viviendo alguno de los herederos de Ticia.
15 La disposición se interpreta en el sentido de que el heredero del mari­
do debe pagar la anualidad mientras viva la viuda, pero que los cien áureos
sólo queda obligado a pagarlos una única vez, en el momento en que el tes­
tamento sea eficaz.
16 El hecho de que Septicia haya rechazado los legados dispuestos a su
favor por su padre natural es precisamente lo que le libera de la obligación
de manumitir a la esclava Concordia, pues, aunque es verdad que ésta ya era
suya en virtud de la anterior donación, el fideicomiso puede referirse tam­
bién a cosas propias del fiduciario, o incluso de otras personas, pero siem­
pre que el fiduciario haya recibido algo del testador fideicomitente. Si no
recibe nada, como en este caso, el fideicomiso es ineficaz.

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238 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

le pidió que, ni por él mismo ni por su heredero, fuese nunca


manumitido. Paulo respondió: el testador podía conceder
después la libertad a ese esclavo, porque no se había impues­
to una ley a sí mismo, sino al legatario17.

Ulpíano, 1 «de resp.»-D. 46,3,45pr.-l


(pr.) Respondió a Calipo que, aunque el marido, a la
mujer que estipulaba, le hubiese prometido dar como pago,
una vez concluido el matrimonio, unos predios que habían
sido dados en prenda por la dote, sin embargo, es suficiente
que ofrezca el valor de la dote18. (1) Igualmente respondió a
Frontón que se podía pagar al tutor que perseveraba en la
administración de la tutela, pese a ser reo de pena capital,
aquello que se le debía de buena fe al pupilo19.

Modestino, 4 «de resp.»-D. 20,l,26pr.-2


(pr.) Un fiador consiguió, aprovechando una ocasión20,
incluso antes de pagar, poseer él mismo las prendas como si
fuese a satisfacer a los acreedores, pero no les satisfizo; luego,
el heredero del deudor estuvo dispuesto a pagar a los acree­

17.Paulo parece identificar un fideicomiso de no manumitir con una ley


(privada) con el mismo objeto. Aunque en su origen eran muy diferentes en
su naturaleza jurídica y sus efectos, terminaron por aproximarse.
18 La «dote» (dos) son los bienes que la mujer, o alguien en su nombre,
da al marido como aportación económica al matrimonio. Una vez finaliza­
do éste, por muerte o por divorcio, el marido puede tener que restituir, en
mayor o menor medida, los bienes dótales, que, mientras tanto, le pertene­
cen, aunque sean «cosas de la mujer» (res uxoriae). En el caso que se con­
sulta a Ulpiano, el marido, como garantía real del cumplimiento de su obli­
gación de devolver la dote, había pignorado unos predios, prometiéndole a
su mujer que, en su caso, se los daría en pago de la dote. Sobre la «dación
en pago» (datio in solution), véase infra n. 129. En este caso, se deben los
bienes dótales, pero se promete «dar en pago» los predios pignorados. Pese
a la promesa, el marido puede siempre restituir los bienes dótales.
19 Sobre tutela, véase supra sub II n. 32.
20 Traducimos de este modo la expresión a potestate, apoyándonos para
ello en la lectura de los Basílicos (versión griega del Digesto), donde se lee
[en griego]: «katii psephon». Que aquí potestas pudiera referirse, como
sucede habitualmente, al magistrado, parece muy difícil, pues éste no tiene
facultades para esa adjudicación al fiador de las prendas.

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FUENTES 239

dores21. Pregunto si el fiador debe ser obligado a restituir las


prendas. Modestino respondió: ha de obligársele. (1) Un
padre, habiendo recibido de su acreedor Septicio una cantidad
en mutuo22, persuadió fácilmente a su hijo emancipado Seyo,
para que éste firmase con su propia mano el documento qui-
rográfico23, porque él mismo estaba impedido para escribir,
<dejando> constancia de que se daba en prenda una casa per­
teneciente al hijo24. Se preguntaba si Seyo, entre los restantes

21 Se trata de una obligación garantizada simultáneamente con prendas


(garantías reales) y fiadores (garantías personales), más concretamente,
mediante la forma de fianza llamada «fideiusión» (fideiussio). Esta tiene,
entre otras, la particularidad de que, cuando el fiador paga a los acreedores,
no dispone de una acción de regreso para reclamar contra el deudor princi­
pal (aunque fueron introduciéndose medios indirectos para subsanar esta
limitación). En previsión de esto, el fiador, que parece dispuesto a satisfacer
a los acreedores, consigue por su cuenta el traspaso de las prendas que éstos
poseían, para que queden en su poder y garanticen así el pago por el deudor
principal. Pero, finalmente, es el heredero del deudor principal el que paga
a los acreedores. Llama la atención, en este pasaje, la oscilación terminoló­
gica entre «pagar» (solvere) y «satisfacer» (satisfacere) para referirse a una
misma obligación, pues el primer término suele aplicarse a las obligaciones
de «dar» (clare), y el segundo, a las de «hacer» (facete), aunque éste tiene
un sentido más amplio que el de «pagar», que incluye otras posibilidades
distintas del pago. Véase supra sub IV.E nn. 5 y 6.
22 El «mutuo» (mutui daño) es el préstamo más característico de dinero
o, en general, de cosas fungibles y consumibles. El mutuario queda obliga­
do, desde el momento en que recibe la cantidad, a restituirla al mutuante, el
cual dispone de una «condicción» (condictio) para reclamar esa restitución.
23 Los «documentos» (instrumenta) no tienen una particular importancia
en el procedimiento formulario, en el cual es más relevante la prueba testifi­
cal que la documental. Un documento quirográfico (del griego cheirographon
= escrito a mano) es aquel redactado en primera persona por el interesado.
24 Parece tratarse aquí de una «hipoteca» (hypotheca), que es, en realidad,
una «prenda» (pignus), pero cuyo desplazamiento posesorio a manos del
acreedor no es inicial, sino que queda diferido al momento del incumpli­
miento de la obligación. El acreedor hipotecario, a diferencia del pignorati­
cio, no se convierte en poseedor, sino en el simple titular de un derecho real
de garantía. No hay ningún inconveniente para que la garantía real sea cons­
tituida por una tercera persona distinta del deudor. A estos efectos, el hijo
emancipado (sobre emancipación, véase supra sub II n. 28) es, respecto a su
padre, un tercero más, pues el parentesco de sangre o «cognaticio» (cogna-
tio) es irrelevante a efectos del ius civile, que atiende sólo al parentesco fun­
dado en la patria potestad o agnaticio (agnado); véase supra sub II n. 30.

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240 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

bienes, también podía poseer de pleno derecho esa casa, sien­


do así que se había abstenido de la herencia del padre, y no le
preocupaba el simple hecho de que, por mandato de su padre,
hubiese firmado con su propia mano el documento quirográ-
fico, no habiendo prestado su consentimiento al padre, ni con
su firma, ni con otra escritura25. Modestino respondió: puesto
que Seyo había escrito con su propia mano que su casa había
de quedar en prenda, es evidente que él había dado su con­
sentimiento a la obligación. (2) Lucio Ticio obligó <en garan­
t i d unos predios y los esclavos que estaban en esos predios26.
Sus herederos, divididos entre sí los predios, sustituyeron por
otros los esclavos difuntos. Posteriormente, el acreedor ven­
dió <por derecho de garantía> los predios con los esclavos27.
Se pregunta si aquellos mismos esclavos, que habían sido
introducidos más tarde en los predios, es decir, en las hipote­
cas, podía el comprador rectamente reivindicarlos. Modestino
respondió: si esos mismos esclavos no habían sido pignora­
dos28, ni habían nacido de las esclavas pignoradas, en absolu­
to estaban en garantía para los acreedores.

25 Seyo había sido instituido heredero en el testamento de su padre, pero


había repudiado la herencia. Por esta razón, no se subroga en la posición
jurídica de su padre, por lo que aquí interesa, a efectos de la obligación de
éste como mutuario. Por otro lado, Seyo confiaba en que no podía probarse
que él había consentido en la constitución de aquella hipoteca, de modo que
su casa no habría quedado gravada por el derecho real, y, en consecuencia,
seguiría poseyéndola «de pleno derecho», es decir, sin ninguna limitación.
26 También aquí parece tratarse de la modalidad de hipoteca, mejor que
de una prenda con desplazamiento posesorio. Es frecuente que la hipoteca de
una finca comprenda también las cosas muebles (invecta) -p o r ejemplo, los
aperos de labranza- y los semovientes (Mata) -com o animales y esclavos-,
introducidos en esa finca para su mantenimiento y cultivo.
27 Una vez comprobado el incumplimiento de la obligación garantizada,
el acreedor hipotecario puede, en virtud del «derecho de venta» (ius ven-
dendi), proceder a la venta de las cosas hipotecadas, para cobrarse con el
precio obtenido. Si éste fuese superior a la cuantía de la deuda, la diferen­
cia se convertiría en «superfluo» (supeifluum), que el acreedor hipotecario
queda obligado a restituir al que había constituido la hipoteca.
28 Puesto que, como acabamos de decir (n. 23), la hipoteca es una moda­
lidad de prenda, no hay inconveniente para designar como «pignorado» lo
que en realidad está «hipotecado», como hace aquí Modestino.

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FUENTES 241

2 . L ib r o s « d e c u e s t io n e s » ( l ib r i q u a e s t io n u m ) 19

Africano, 5 «de cuest.»-D. 7,l,36pr.-2


(pr.) Quien había legado el usufructo2930 de un solar,
edificó allí una casa de pisos31. Ésta, en vida de él, se
derrumbó o se quemó. Estimó32 que se debía el usufructo.
Pero, en cambio, no se aplica el mismo derecho si, legado
el usufructo de la casa, <después, al desaparecer ésta,
quedó sólo>33 el solar34, y después se construyó <otra>
casa de pisos. Y es lo mismo también si se ha legado el
usufructo de unas copas, que después son fundidas como
masa, y de nuevo hechas copas. Aunque, en efecto, les
haya sido restituida la primitiva condición de copas, sin
embargo no son aquellas mismas cuyo usufructo se legó.
(1) Estipulé35 de Ticio el fundo36 Corneliano, deducido el

29 Los lib r i q u a e s t io n u m son colecciones de casos prácticos, reales


o imaginarios, destinados probablemente a la enseñanza. A diferencia de los
anteriores lib r i r e s p o n s o r u m , en los que se recogía la respuesta a la consul­
ta concreta planteada, sin aludir a posibles variantes del supuesto de hecho,
en estos «libros de cuestiones» es frecuente que el autor, partiendo de un
caso concreto, vaya analizando distintas variantes de éste, para darles la
solución oportuna. Similares a estos lib r i q u a e s t io n u m son los «libros de
disputas» ( lib r i d is p u t a t io n u m ) y, en cierto modo, también los «de epísto­
las» ( lib r i e p is t u la r u m ). Pero, por considerar que los «de cuestiones», junto
con los «de respuestas», son los más representativos de la llamada «litera­
tura jurídica problemática», nos hemos limitado sólo a algunos fragmentos
de estos libros.
30 Sobre el usufructo, véase s u p r a s u b IV.C n. 1.
31 En el texto se habla de in s u la , es decir de una casa de varios pisos para
vivienda, y no de a e d e s, que es la denominación genérica para la casa. La
v illa es la edificación hecha en una finca rústica.
32 Como ya hemos dicho, cuando Africano, en sus escritos, utiliza estos
verbos sin sujeto expreso, se está refiriendo siempre a su maestro Juliano
(véase s u p r a s u b III n. 15).
33 Añadimos estas palabras, apoyándonos también en la analogía con el
supuesto siguiente del legado de las copas, para dar sentido a la frase.
34 Traducimos por «solar» la palabra area, que designa la parte de un
terreno urbano que está sin edificar. La equivalente de un terreno rústico
sería el a g e r.
35 Sobre la estipulación, véase s u p r a s u b IV.D n. 11.
36 La palabra «fundo» (f u n d u s ) es el término genérico con el que se
designa cualquier inmueble.

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242 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

usufructo37. Ticio murió. Se preguntó qué debía darme a


mí su heredero. Respondió: hay que atender a con qué
intención fue deducido el usufructo. Pues si ciertamente
se hizo eso para que se constituyese el usufructo a favor
de cualquier persona, el heredero deberá sólo la nuda pro­
piedad. Pero si se hizo eso para que el usufructo fuese
deducido tan sólo en favor del promitente, su heredero
deberá la plena propiedad. Que esto es así aparece más
claro en materia de legados38, pues, en efecto, si el here­
dero, a cargo del cual se ha legado la propiedad deducido
el usufructo, hubiese muerto antes de que <el legatario>
reclamase su legado, no ha de dudarse que su heredero
deberá la plena propiedad. Y lo mismo también si igual­
mente se legó bajo condición39 y, pendiente la condición,
muriese el heredero. (2) Se legó a Ticio el usufructo de un
esclavo. Habiendo dependido del heredero el que no se
cumpliese <el legado>, murió el esclavo. Dijo que no
puede afirmarse algo diferente a que el heredero está obli­
gado en la medida en que interesó al legatario que no
hubiese habido mora40, de modo que el usufructo se esti­

37 La «deducción del usufructo» (deductio ususfructus) es una de las


posibles formas de constituir ese derecho real (véase supra sub IV.C n. 1).
Consiste en la reserva que el propietario disponente hace, para sí o para otro,
en un acto de disposición sobre un objeto, tanto inter vivos -enajenación-
como mortis causa -leg ad o -, del derecho de usar y disfrutar.
38 Sobre legado, véase supra n. 9.
39 En el lenguaje técnico-jurídico, se llama «condición» (condicio) el
hecho futuro e incierto a cuya realización se supeditan los efectos jurídicos
de un acto, de modo que éste no es eficaz mientras no se cumpla la condi­
ción. Éstas son las condiciones llamadas «suspensivas», únicas que admite el
Derecho Romano; las condiciones «resolutorias» (el acto produce efectos
jurídicos hasta que se cumpla la condición) no fueron admitidas como tales
en Roma. Hay algunos actos que no toleran condiciones, que reciben el nom­
bre de «legítimos» (legitimi). Distinto de la condición es el «plazo» (dies cer­
tas), que es el hecho futuro pero cierto de cuya llegada dependen los efectos
jurídicos de un acto. El dies incertus es un hecho futuro que no se sabe si se
cumplirá, pero que, de cumplirse, es sabido el momento; por ejemplo, el
cumplimiento de una determinada edad. Equivale a una condición.
40 Se llama «mora» (mora) el retraso en el cumplimiento de una obligación.
Puede ser debida al deudor (mora debitaris o solvendi) o al acreedor (mora

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FUENTES 243

me desde aquel momento <de la mora> hasta el día en que


murió el esclavo. Con esto es también consecuente aque­
llo otro de que, si muriese el propio Ticio, igualmente se
pagará a su heredero la estimación del usufructo desde el
momento en que se produjo la mora hasta el día de la
muerte <de Ticio>.

Escévola, 2 «de cuest.»-D. 11,7,46pr.-2


(pr.) Si alguien tenia varios predios y hubiese legado sepa­
radamente el usufructo de todos, podrá ser enterrado en uno
de ellos41, y la elección corresponderá al heredero, y habrá
lugar a gratificación <por los gastos de entierro»42. Pero ha de
dársele al usufructurario una acción útil43 contra el heredero,
para obtener ccomo indemnización> aquello en lo que, a
causa de esa elección <del heredero», disminuyó el cvalor
del> usufructo. (1) Si el heredero de una mujer enterró a la
muerta en un fundo hereditario, ha de conseguir del marido,
que debe ocuparse del entierro, cuna indemnización> según
la estimación del cvalor del> lugar. (2) Se admitió que a aquel
a quien se habían legado los vestidos, si éstos se hubiesen uti­
lizado para el entierro, había de dársele una acción útil contra
el heredero, además del privilegio funerario44.

cre d ito ris o a c c ip ie n d i), y produce distintos efectos según se trate de una
u otra, y según la naturaleza de la relación obligacional en la que se produce.
41 Salvo la prohibición decenviral (véase s u p r a s u b II, XII Tab. 10,1 y
n. 45) de enterrar dentro de la ciudad, es lícita la inhumación en cualquier
otro lugar, pero el lugar de enterramiento se convierte en lugar religioso
( lo c u s r e lig io s u s ), quedando así excluido del comercio jurídico (re s extra
c o m m e r c iu m ) ; véase s u p r a s u b IV.C.l §2,6.
42 El pretor introdujo una «acción funeraria» (a c tio f u n e r a r ia ) , sobre la
cual véase s u p r a s u b V.A n. 33; e in fra n. 44.
43 Se llama «útil» (a c tio u tilis ) aquella acción que, para ser aplicada a un
supuesto que no es exactamente el previsto, debe ser modificada su fórmu­
la por el pretor mediante ficción.
44 La acción funeraria (véase s u p r a n. 42) tenía el privilegio de prefe­
rencia ejecutiva en caso de concurso de acreedores. Aquí parece extenderse
tal privilegio, no al que se ocupó del entierro, sino a un legatario que, a
causa de haber sido utilizados para enterrar al difunto, se vio privado de los
vestidos que éste le había legado.

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244 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Papiniano, 10 «de cuest.»-D. 24,l,52pr.-l


(pr.) Si el marido, a causa de donación45, hubiese arren­
dado46 a su mujer una cosa a bajo precio, el arrendamiento es
nulo47; pero cuando el depósito48 entre esas personas se esti­
ma en menos a causa de donación, hay depósito. Y esto es
tan distinto porque el arrendamiento no puede contraerse sin
un precio cierto, y el depósito, sin embargo, sí puede darse
incluso al margen de una estimación <en dinero>. (1) Una
mujer <quiso que> se diera a su marido, a cargo de su here­
dero, el disfrute de un fundo, y, por si no se lo diera, se cuidó
de que le prometiera, a causa de muerte49*,una cierta cantidad

45 La «donación» (d o n a t io ) es un acto jurídico en virtud del cual un


donante realiza una atribución patrimonial definitiva en beneficio de un
donatario. Es el prototipo de los actos jurídicos lucrativos, es decir, de aque­
llos que suponen el empobrecimiento patrimonial de uno (del donante) y el
correspondiente enriquecimiento patrimonial de otro (del donatario). En la
época clásica, la donación no constituyó un negocio sustantivo, con entidad
propia, sino que era la causa de cualquier negocio que producía los anterio­
res efectos. Puede también el donante subordinar la donación al hecho de su
propia muerte, en cuyo caso se aproxima a la liberalidad testamentaria, y, de
hecho, en el derecho «vulgar» o inculto, llega a confundirse con ella.
46 Mediante el contrato de «arrendamiento» (lo c a t io c o n d u c t io ), un
arrendador cede temporalmente a un arrendatario el uso o el uso y disfrute
de una cosa: arrendamiento de cosa (lo c a t io c o n d u c t io rei), o encarga a un
arrendatario una actividad que éste debe realizar sobre el material que aquél
le entrega a tal efecto: arrendamiento de obra ( lo c a t io c o n d u c t io o p e n s ) . El
carácter oneroso de este contrato determina que siempre deba intervenir una
merced que, en el primer caso, pagará el arrendatario, y en el segundo, el
arrendador. Si ésta no existe, no puede haber arrendamiento.
47 Una prohibición muy antigua de origen desconocido, que se mantuvo
a lo largo de todo el período clásico, declaraba la nulidad de las donaciones
entre cónyuges. Tal vez surgió para evitar las desventajas de las mujeres que
se casaban a u n m a n u , y por ello careciendo de capacidad patrimonial, res­
pecto a las que lo hacían s in e m a n u , manteniendo, si eran s u i iu r is , su pro­
pio patrimonio. En este caso, la donación que el marido hace a su mujer al
arrendarle a bajo precio resulta nula, y esta nulidad arrastra como conse­
cuencia la misma nulidad del contrato de arrendamiento.
48 Sobre el depósito, véase s u p r a s u b IV.E n. 47, y VIII.A n. 32. A dife­
rencia del arrendamiento, el depósito es esencialmente gratuito, si bien se
llegó a admitir en época tardía que el depositario pudiera reclamar, por vía
extraordinaria, una gratificación por su actividad.
4VLos actos «a causa de muerte» (m o r t is c a u s a ) son aquellos en los que
la previsión de la muerte actúa como móvil del acto, y la muerte misma

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246 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

indem nización a aquellos que las perdieron en la nave,


porque la echazón lleva a contribuir <sólo> cuando se salva
la nave. (1) Pero si la nave, que quedó aligerada en medio
de la tempestad por la echazón de las mercancías de uno
solo de los mercaderes, se hundió <después> en otro lugar,
y las mercancías de algunos de los otros mercaderes fueron
recuperadas por medio de buzos, pagándoles una merced,
respondió igualmente Sabino que aquellos que después sal­
varon las suyas por medio de los buzos deben tener en cuen­
ta <a efectos de indemnización> a aquel cuyas mercancías
habían sido arrojadas durante la navegación a fin de alige­
rar la nave. En cambio, aquel que sufrió la echazón durante
la navegación no debe tener recíprocamente en cuenta <a
efectos de indemnización> a quienes salvaron de ese modo
sus mercancías, si <sólo> algunas de aquellas mercancías
hubiesen sido recuperadas por medio de los buzos, pues las
mercancías de éstos no pueden entenderse arrojadas <al
mar> para conservar la nave, que pereció51. (2) Cuando se
hizo la echazón <de mercancías> de la nave, y las cosas de
algún otro, que permanecieron en la nave, se deterioraron,
hay que plantearse si debe ser obligado a contribuir, puesto
que no debe ser gravado con un doble daño, el de la contri­
bución y el de que sus cosas se hayan deteriorado. Pero ha
de mantenerse que éste debe contribuir en función del pre­
cio actual de sus cosas, y así, por ejemplo, si las mercancías
de dos valían veinte <mil cada una>, y las de uno de ellos,
por la mojadura, comenzaron a valer diez <mil>, aquel
cuyas cosas se conservaron íntegras ha de contribuir con
veinte <mil>, y éste, con diez <mil>. Puede, sin embargo,
defenderse también aquella otra opinión, según la que

51 La segunda parle de este § 1 resulta, en su tenor actual, muy oscura, pro­


bablemente como consecuencia de alguna corrupción del texto. Ya Momm­
sen propuso intercalar un non («a quienes <no> salvaron de este modo <sus
mercancías»»), pero esta corrección no resuelve los problemas exegéticos.
Por otra parte, se echa de menos también alguna consideración acerca del
precio pagado a los buzos. En nuestra opinión, el texto parece abreviado,
bien voluntariamente por pane de los Compiladores del Digesto, bien a causa
de algún error mecánico de un copista que omitió algunas frases.

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FUENTES 247

hemos de distinguir en función de la causa por la que d a s


mercancías> se deterioraron, es decir, si porque, como con­
secuencia de la echazón, quedando a descubierto las cosas,
se produjo el daño, o si por alguna otra causa, como porque
las mercancías yacían en algún rincón y <por allí> penetra­
ron las olas. Entonces, en efecto, deberá contribuir. <Pero>
¿acaso no debe soportar la carga de la contribución por la
primera causa, porque la echazón también le perjudicó a él?
¿Hasta qué punto, si las cosas, acaso, se deterioraron por la
mojadura producida por la echazón? Ha de añadirse una
distinción más sutil. ¿Qué es mayor, el daño o la contribu­
ción? Si, por ejemplo, esas cosas valían veinte <mil>, la
contribución es de diez <mil>, y el daño, de dos <mil>,
deducido aquello que soportó como daño, el resto debe
aportarlo. ¿Y qué, entonces, si es mayor el daño que la con­
tribución? Por ejemplo, si las cosas se deterioraron por
valor de diez áureos, pero la contribución es de dos? Indu­
dablemente no debe soportar ambas cargas. Pero pregunté­
monos ahora si acaso no deba contribuirse a su favor. Pues
¿qué diferencia hay entre que yo haya perdido mis cosas por
la echazón, o que, al quedar al descubierto, comenzara a
tenerlas deterioradas? Pues del mismo modo que se subven­
ciona a aquel que las había perdido, así también debe sub­
vencionarse a aquel que comenzó a tener las cosas deterio­
radas a causa de la echazón. En este sentido respondió
Papirio Frontón.

Paulo, 9 «de cuest.»-D. 28,5,82pr.-l


(pr.) Clemente Patrono había dispuesto en el testamento
que, si hubiese tenido un hijo, fuese <éste> heredero; si dos
hijos, fuesen herederos en partes iguales; si dos hijas, lo
mismo; si un hijo y una hija, se diese al hijo dos <terceras>
partes, y a la hija, la otra tercera <parte>. Habiendo tenido
dos hijos y una hija, se preguntaba de qué modo había de
repartirse en el caso planteado, teniendo en cuenta que los
hijos deben quedar igualados, y también que cada uno de
ellos debe recibir el doble que la hermana. Así, pues, deben
hacerse cinco partes, de modo que, de ellas, <cada uno de>

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248 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

los hijos varones reciba dos, y una la hija52. (1) Si un testa­


dor hubiese dispuesto así: «En aquella parte en la que yo
declare haber sido instituido heredero por Ticio, en esa parte
sea Sempronio mi heredero», no es una institución captato­
ria53. Claro que no habiendo sido declarado por el mismo tes­
tador ningún testamento <a su favor>, la institución será
nula, rechazada cualquier sospecha de institución captatoria.

3. L ibros « de digestos» ( l i b r i d ig e s t o r u m ) 54

Celso, 6 «de dig.»-D. 12,l,42pr.-l


(pr.) Si yo, habiendo estipulado diez <mil> de Ticio, esti­
pulé después de Seyo lo que no pudiese conseguir de Ticio55,
y hubiese reclamado los diez <mil> de Ticio, Seyo no queda
liberado, pues, en otro caso, nadie me garantizaría a mí. Pero
si Ticio hubiera cumplido la condena, no quedará obligado
Seyo a nada más. Pero si reclamase contra Seyo por aquello

52 Este pasaje de Paulo es uno de los ejemplos paradigmáticos de inter­


pretación jurisprudencial del testamento, tratando de buscar, detrás de las
palabras del testamento (v e r b a testa m enti), la voluntad del testador ( v o l u n ­
tas testatoris).
53 Se denomina «captatoria» aquella institución de heredero que el testa­
dor supedita al hecho de recibir algo del instituido. Un senadoconsulto des­
conocido la declaró inmoral y, por lo tanto, nula.
54 Los lib r i d ig e s t o r u m (de d ig e r e r e = ordenar) son, en cierto sentido,
obras de síntesis, en las que se reúnen r e s p o n s o y q u a e s t io n e s para formar
una exposición sistemática y exhaustiva de todo el derecho privado. Es pre­
cisamente en este tipo de obras en las que se materializa mejor el esfuerzo
sistemático de la Jurisprudencia clásica, del que, en cambio, carecen los
libros «de respuestas» y «de cuestiones». Solían seguir el orden del Edicto
del pretor, en su primera parte, que se completaba, en la segunda, con
comentarios a leyes, senadoconsultos, etc. Similares a estos libros «de
digestos» son también los «de pandectas» ( lib r i p a n d e c t a r u m ), palabra de
origen griego (p a n d e k t a i) que tiene el mismo significado que d ig e s t ía n :
«materias ordenadas». Recogemos a continuación algunos fragmentos ilus­
trativos de este tipo de literatura.
55 Seyo se convierte así en un fiador, pero no solidario, sino subsidiario,
en la medida en que sólo cabe reclamarle cuando y en la medida en que
Ticio, deudor principal, no cumpla lo prometido: es la llamada «fideiusión
de indemnidad» (f id e iu s s io in d e m n ita tis).

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FUENTES 249

que no hubiese podido exigir de Ticio en el momento en el que


se hubiese aceptado el juicio entre yo y Seyo, eso no podré
después reclamarlo de Ticio. (1) Dice Labeón que cuando tú
has estipulado que se procurase que se te dieran diez <mil>, no
puedes pretender que te deba dar diez <mil>, porque también
el promitente puede liberarse dando un fiador más solvente, lo
cual quiere decir que él no ha de ser obligado a aceptar el jui­
cio, si ofrece un fiador solvente56.

Juliano, 15 «de dig.»-D. 19,l,24pr.-2


(pr.) Si un esclavo, sobre el cual era tuyo el usufructo,
hubiese comprado un fundo57 y, antes de entregar el dinero
<del p re c io , hubieras tú sufrido una capitidisminución58,
aunque pagues el dinero, no tendrás, a causa de esa capiti­
disminución, la acción de la compra, pero tendrás la acción
por lo indebido contra el vendedor59. Sin embargo, antes de
la capitidisminución, no importa si pagas tú o el esclavo con
aquel peculio que te pertenece60, pues en uno y otro caso ten­
drás la acción de compra. (1) Imprudentemente compré de
buena fe al ladrón un esclavo tuyo. Este, con el peculio que
te pertenecía a ti, compró otro esclavo61, que me fue entrega­
do a mí. Sabino dijo que tú puedes reclamarme con la con­
dicción ese esclavo; pero si a mí el negocio que él había rea­

56 A este pasaje de Celso se remite expresamente Ulpiano 2 «al Ed.»-D.


45,1,67,1, al citar esta misma opinión de Labeón.
57 A los esclavos, aunque a algunos efectos tengan la consideración jurídi­
ca de «cosas», se les reconoce la capacidad de realizar negocios, siempre, eso
sí, en representación de sus dueños para todos los efectos positivos. De hecho,
los casos de representación «directa» que, en principio, reconoce el Derecho
Romano son precisamente a través de los a lie n i iu rís y de los esclavos.
58 Sobre «capitidisminución», véase s u p r a s u b V.A n. 17.
59 El texto habla de una in d e b iti a c tio para recuperar el precio indebida­
mente pagado al vendedor, que no puede ser otra acción que la c o n d ic t io .
60 Sobre el peculio, véase s u p r a n. 7. También a los esclavos puede su
dueño concederles un peculio. Además, si ese esclavo es objeto de un dere­
cho de usufructo, puede también el usufructurario concederle otro peculio,
de modo que el esclavo en usufructo (s e r v u s f r u c t u a r iu s ) puede tener dos
peculios diferentes.
61 Dentro del peculio de un esclavo puede haber, a su vez, otro esclavo:
es el llamado «esclavo vicario» (s e r v u s v ic a riu s).

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250 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

lizado me hizo perder algo, yo podré a mi vez reclamar con­


tra ti en la medida del peculio. Casio consideró verdadera la
opinión de Sabino, con la cual también yo estoy <de acuer-
do>62. (2) Habiendo vendido un esclavo otro esclavo, el fia­
dor de la venta debe responder por todo aquello por lo que se
obligaría si hubiese garantizado a una persona libre. Pues
también contra el dueño se da una acción, de tal modo que el
comprador consiga lo mismo que debería conseguir si hubie­
se vendido una persona libre; pero el dueño no debe ser con­
denado por encima del valor del peculio.

Marcelo, 9 «de dig.»-D. 35,2,52pr.-l


(pr.) Un liberto instituyó heredero a su patrono por el
todo63, teniendo un patrimonio de doscientos áureos64, y legó
a su hijo ciento veinte, y a un extraño, el resto. La reducción
del legado65, con la que se paga al extraño su legado, apro­
vecha al hijo para conseguir por entero todo lo que se le ha
legado. (1) Los legados que, por alguna causa, no se pagan,
se imputan a la cuarta parte del heredero que, en virtud de la
ley Falcidia, debe quedar en su poder.

62 Véase Paulo,, 17 de los «comentarios a Plaucio» ( a d P l a u t i u m ) - D.


12,1,31,1, donde se plantea, casi con idénticas palabras, el mismo supuesto,
citando también las opiniones de Sabino y Casio, y la del propio Juliano.
63 Uno de los contenidos patrimoniales más importantes del derecho de
patronato es la expectativa hereditaria, variable según las circunstancias, del
patrono sobre los bienes del liberto, cuando éste muere sin descendencia.
Según el derecho civil, el patrono sólo hereda cuando su liberto muere intes­
tado sin dejar herederos de propio derecho (h e r e d e s su i), en sustitución de
unos imposibles agnados del liberto. Según el derecho pretorio, el patrono
tiene derecho a la mitad de los bienes (d e b ita p a r s ) de su liberto en la «pose­
sión de los bienes hereditarios a falta de testamento» ( b o n o r u in p o s s e s s io
s in e ta b u lis) o en la «en contra del testamento» (b. p. c o n t r a ta b u la s ), siem­
pre que el liberto no deje hijos por nacimiento. Pero en el caso que aquí se
plantea Marcelo, no parece que se trate de exigencias del derecho de patro­
nato, pues el liberto ha instituido heredero a su patrono, y además tiene un
hijo, sino de aplicación de la ley Falcidia (véase in fra n. 65).
64 Sobre los áureos, véase s u p r a s u b V.A n. 25.
65 La reducción del legado se realiza en virtud de la ya mencionada ley
Falcidia, un plebiscito del 40 a.C. que viene a resolver de modo definitivo
un problema que las anteriores leyes Furia testamentaria (de principios del

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FUENTES 251

Escévola, 22 «de dig.»-D. 34,2,18pr.-2


(pr.) Quien había legado a su mujer la décima parte de
sus bienes, los esclavos y los objetos de plata que señalaba,
pidió a los herederos que devolviesen a la mujer los anillos y
la vestimenta, como si fuesen propios de la mujer. Se pre­
guntó si, de no ser de la mujer, acaso debían ser pagados en
virtud del legado. Respondió: esas cosas parecen haber sido
dadas con intención de legado, a no ser que el heredero prue­
be lo contrario. (1) Igualmente, el testador encomendó a la
lealtad66 de su mujer que todo lo que a ella le llegase del tes­
tamento de él, se lo restituyera a un alumno común67. Se pre­
guntó si también aquellas cosas que el testador sabía que
eran propias de su mujer y que dispuso que le devolvieran
a ella, deben ser pagadas al alumno. Respondió: si fuesen
propias <de la mujer>, no se deben; si fuesen adquiridas
mediante el legado, se deben. (2)68 Una mujer, en su testa­
mento y después en codicilos69, dejó expresamente por fidei­

siglo ii a.C.) y Voconia (del 169 a.C.) no pudieron solucionar: evitar que el
exceso de legados pudiera dejar sin contenido patrimonial la condición de
heredero. Según esta ley Falcidia, el heredero tiene siempre derecho a la
cuarta parte de los bienes hereditarios, y, para respetar este derecho, los
legados, cuando excedan de las tres cuartas partes restantes, se reducen en
virtud del propio derecho (ipso iure) en la proporción necesaria para respe­
tar la cjitarta Falcidia; y quedan sin efecto si agotan la herencia y no cabe
tal reducción.
66 La expresión utilizada: fidei committere es la habitual con la que los
juristas se refieren a los fideicomisos; sobre éstos, véase supra sub I n. 49.
67 Se denomina «alumno» (alumnus) el niño abandonado que es recogi­
do por alguien y que viene a quedar en una situación de sometimiento pare­
cida a la esclavitud.
68 En D. 34,2,38pr., de Escévola, 3 «de resp.», éste plantea el mismo
caso, aunque en el mismo designando como Ticia a la testadora; por otra
parte, falta aquí la referencia a su declaración de haber confeccionado ella
misma esos objetos, que quizá deba aplicarse sólo a las prendas de vestir, y
no a los objetos de plata.
M Un «codicilo» (codicilli, ordinariamente en plural, diminutivo de
codex) es una declaración escrita que puede hacer un testador para comple­
tar su testamento (codicilos testamentarios), aunque también a falta de éste
(codicilos ab intestato). Los testamentarios, a su vez, pueden ser confirma­
dos o sin confirmar, según el testador los haya o no previsto en su testa­
mento. Suelen, en general, contener fideicomisos, y los confirmados, tam­

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252 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

comiso muchos objetos de vestir <y> de plata, que declara­


ba haber confeccionado ella misma o tener en su poder.
Se preguntó si no entraban para los legatarios más que aque­
llas cosas encontradas en la herencia. Respondió: entran
aquellas que han sido encontradas.

Modestino, 6 «de pandectas»-D. 37,8,4


Un padre, habiendo emancipado a su hijo, retuvo bajo su
potestad a los nietos <hijos> de éste. El hijo emancipado,
habiendo tenido después <otros> hijos, murió. Se admitió
que los que permanecían bajo la potestad del abuelo junto
con aquellos que nacieron después de la emancipación, reci­
ben por decreto la posesión de los bienes <hereditarios>,
manteniéndose aquello de que si el abuelo quiere adquirir
para sí por medio de los nietos, colacione sus <propios>
bienes; <si no>, emancipe a los nietos, de modo de <éstos>
adquieran para sí las ventajas de la herencia paterna. Y esto
lo estableció así por rescripto el divo Marco.70

bién legados y manumisiones. En la época post-clásica, se confundieron tes­


tamento y codicilo, que sólo Justiniano volvió a diferenciar, aunque con
nuevos criterios.
70 Los comentarios ad edictum son una de las obras más características
de la Jurisprudencia clásica tardía, consistentes en extensos comentarios (el
de Paulo tiene 78 libros; el de Ulpiano, 81) al Edicto del pretor urbano, aun­
que también hay comentarios al Edicto de los ediles curules (véase supra
sub I §§26-28 y nn. 37-39) y al Edicto provincial. Gracias a los dos grandes
comentarios ad edictum, el de Paulo y, sobre todo, el de Ulpiano, de los que
los Compiladores del Digesto extrajeron abundante material, se han podido
conocer, total o parcialmente, muchas cláusulas del Edicto (véase supra sub
V.A), y reconstruir con cierta seguridad el orden edictal. Frente a estos
comentarios ad edictum, que contienen básicamente derecho pretorio u
honorario -aunque no faltan tampoco, como en el mismo Edicto, cuestiones
de derecho civil-, hay otras obras que se refieren sólo al derecho civil, como
son los comentarios «a Quinto M udo» o «a Sabino». Para ejemplificar este
tipo de literatura jurídica, hemos seleccionado tres pasajes: dos, de los
comentarios de Paulo y de Ulpiano al Edicto del pretor urbano, y un terce­
ro, de los de Gayo al Edicto provincial.

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FUENTES 253

4. L ibros de comentarios « al E dicto» ( a d e d i c t u m ) 10

Paulo, 80 «al Ed.»-D. 21,l,44pr.-2.


(pr.) Con toda justicia, no quisieron los ediles71 que un
esclavo fuese accesorio respecto a aquella otra cosa que es de
menos valor, para que no se hiciese ningún fraude, ni al Edic­
to ni al derecho civil, <y también>, como dice Pedio, a causa
de la <mayor> dignidad de los esclavos; en otro caso, habría
la misma razón también para las restantes cosas, y así sería
ridículo que un fundo fuese accesorio de una túnica. Por lo
demás, es lícito añadir lo que se quiera a la venta de un escla­
vo, pues también frecuentemente tiene más valor el peculio
que el esclavo, y algunas veces un esclavo vicario, que es
accesorio <del otro esclavo>, es de más valor que aquel escla­
vo que se vende. (1) En virtud de este edicto, se propone una
acción contra aquel que tiene la cuota mayor en la venta, por­
que los vendedores de esclavos forman con frecuencia una
sociedad, de modo que todo lo que hacen parecen hacerlo en
común. En efecto, les pareció justo a los ediles que las accio­
nes edilicias compitieran contra aquel de ellos de quien fuese
la cuota mayor o no fuese menor que ninguna otra, a fin de que
el comprador no se viese obligado a litigar con muchos, aun­
que la acción de compra sea contra cada uno por la cuota en la
que fuesen socios, pues este tipo de gentes es propenso a con­
seguir el mayor lucro, incluso torpemente. (2) En la acción
redhibitoria o estimatoria cabe dudar si, el que vendió un
esclavo ajeno, puede quedar obligado simultáneamente tanto
por la evicción72 como quizá por una enfermedad o por una

71 En los dos últimos libros (79 y 80) de su comentario «al Edicto»,


Paulo trata del Edicto de los ediles curules (véase supra sub I §26 y n. 37)
acerca de las ventas de esclavos, y más concretamente de la responsabilidad
del vendedor por los vicios ocultos que pudiera tener el esclavo vendido
(vicios redhibitorios). Esta responsabilidad dependía de las declaraciones
(dicta) o las promesas (promissa) acerca de la ausencia de determinados
defectos o de la existencia de ciertas cualidades que el edil exigía que hicie­
ra el vendedor.
72 La «responsabilidad por evicción» (evictio) surge también en relación
con la compraventa, cuando el comprador se ve reclamado y vencido en una

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254 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

fuga, pues cabe decir que nada interesa al comprador que esté
sano o que no sea fugitivo aquel <esclavo> que fue objeto de
evicción. Pero interesaba al comprador el haber poseído un
<esclavo> sano, a causa de los servicios, y la obligación no
desaparece por algo posterior; en efecto, en el mismo momen­
to en el que es entregado el esclavo, se incurre en la estipula­
ción en la medida del interés del comprador.

Ulpiano, 14 «al Ed.»-D. 4,9,lpr.-8, y D. 4,9,3pr.-573


(pr.) Dice el pretor: «Daré acción contra aquellos mari­
neros74, posaderos y dueños de establos por lo que hubieran
recibido de cualquiera para ser custodiado, si no lo restituye­
sen». (1) Es máxima la utilidad de este edicto, porque a
menudo es necesario confiar en la lealtad de éstos y enco­
mendar cosas a su custodia. Y que nadie piense que esto ha
sido establecido con más severidad contra ellos, pues queda
a su arbitrio que no reciban nada, y si esto no estuviese así

reivindicatoría de alguien distinto del vendedor, o, posteriormente, en la


reclamación de algún derecho real limitativo de la propiedad (servidumbre,
usufructo, garantía real). Aunque, en una primera época, era necesario esti­
pularla, pues no estaba incluida entre las responsabilidades contractuales del
vendedor, más tarde pasó a ser considerada un elemento natural del contra­
to de compraventa. También terminó por aproximarse a la responsabilidad
por vicios redhibitorios.
73 Este largo fragmento de Ulpiano comenta el edicto relativo a las
«declaraciones de ampliación de responsabilidad» (recepta) que pueden
hacer los empresarios de transporte marítimo, de establecimientos de hospe­
dería y de establos. El contrato que se realizaba en estos casos era un arren­
damiento de obra (véase supra n. 46), en el cual el cliente era el arrendador
y el empresario el arrendatario. A efectos de ampliar la responsabilidad del
arrendatario, éste podía hacer una declaración (receptum), en virtud de la
cual asumía una responsabilidad que se extendía también a las cosas acceso­
rias (equipajes) que el cliente llevaba consigo.
74 Para una mayor claridad, adelantamos algunos criterios terminológi­
cos observados en la traducción. Hemos traducido la palabra nautae por
«marineros», aunque, como advierte el mismo comentario de Ulpiano (§2),
este edicto no se refiere a los simples «marineros». Otros términos mas
específicos que aparecen en relación con el transporte marítimo son los
siguientes: navicularius, que hemos traducido por «armador»; exercitor, tra­
ducido por «empresario de transporte marítimo» o simplemente «empresa­
rio»; y magister naris, que traducimos por «patrón».

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256 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

be Pomponio, en el libro treinta y cuatro, que importa poco


que hayamos introducido cosas nuestras o ajenas, siempre
que sea nuestro el interés de su conservación, pues, en efec­
to, nos deben ser devueltas a nosotros más que a aquellos de
quienes son. Por consiguiente, si yo hubiese recibido en
prenda unas mercancías a causa de un préstamo de dinero
para transporte marítimo, el naviero, si las recibió de mí,
quedará obligado frente a mí más que frente al deudor
<mutuario>. (8) Pero «recibir para ser custodiado» ¿<se
re fie ro a si las cosas introducidas en la nave le fueron con­
signadas a él, o también se entienden recibidas, aunque no
hayan sido consignadas, por el simple hecho de haber sido
introducidas en la nave? Y considero que él acepta la custo­
dia de todas aquellas cosas que han sido introducidas en la
nave, y debe hacerse responsable, no sólo del comporta­
miento de los marineros, sino también del de los pasajeros.

(4,9,3pr.) Y así, acerca del comportamiento de los pasa­


jeros, también escribe Pomponio, en el libro treinta y cuatro.
Igualmente dice que, aunque las cosas que ya había acepta­
do todavía no hubiesen sido introducidas en la nave, sino que
perecieron en el litoral, el riesgo le corresponde a él.
(1) Dice el pretor: «Si no restituyesen, daré acción contra
ellos». De este edicto deriva una acción por el hecho. Pero
hay que preguntarse si es necesaria, porque podría reclamar­
se, por esta misma causa, con una acción civil: si hubiese
intervenido un precio, mediante la acción de locación y de
conducción; pero si hubiese sido arrendada la nave entera, el
arrendatario puede reclamar con la acción de conducción,
también por las cosas que faltan. Y si el naviero arrendó el
transporte de cosas, será reclamado con la acción de locación,
y si las cosas hubiesen sido recibidas gratuitamente, dice
Pomponio que puede ser reclamado con la acción de depósi­
to. Es sorprendente, por lo tanto, por qué se introdujo una
acción honoraria, cuando hay <otras> civiles, a no ser quizás
-añade <Pomponio>- para que el pretor diese a conocer el
cuidado que este tipo de hombres han de poner para reprimir
sus improbidades. Y puesto que en las acciones de locación y

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FUENTES 257

de conducción se responde por culpa, y en el depósito, tan


sólo por dolo, en virtud de este edicto el que recibió <las
cosas> responde en todo caso, aunque la cosa haya perecido
sin su culpa o se le haya causado un daño, a no ser que algo
le sucediera por accidente inevitable. Y por eso escribe Labe-
ón que, si algo hubiese perecido en un naufragio o a causa de
la violencia de los piratas, no es injusto darle <al navierc»
una excepción. Y lo mismo ha de decirse también si en el
establo o en la posada se produjese un caso de fuerza mayor.
(2) Del mismo modo quedan obligados los posaderos y los
dueños de establos que reciben <algunas cosas> mientras
explotan su negocio; porque si las recibieron al margen del
negocio, no quedarán obligados <por este edictox (3) Si
hubiese recibido un hijo o un esclavo, y hubiese intervenido
el consentimiento del padre o del dueño, ha de reclamarse <a
éstos> por el todo. Asimismo, si un esclavo del «empresario»
sustrajo cuna cosa> o causó un daño, cesará la acción noxal,
porque el dueño será reclamado a causa de lo recibido en su
propio nombre; si, en cambio, <el hijo o el esclavo> ejercen
el negocio sin el consentimiento cdel padre o del dueño>, se
dará la acción con la limitación del peculio. (4) Esta acción
se refiere a la persecución de la cosa, como dice Pomponio, y
por lo tanto se dará también contra el heredero y a perpetui­
dad. (5) Finalmente, ha de plantearse si, a causa de un mismo
asunto, ha de reclamarse por lo recibido con la acción hono­
raria y con la de hurto, y Pomponio lo duda, pero es mejor
que deba contentarse con una u otra, bien por el propio minis­
terio del juez, bien por medio de una excepción de dolo.

Gayo, 7 «al Ed. prov.»-D. 9,2,8pr.-l


(pr.) Y lo mismo se aplica si se hubiese usado mal de un
medicamento75. Pero si <el médico> hubiese operado bien,

75 La frase inicial de este pasaje está en relación con la final del anterior,
éste de Ulpiano, 18 «al Ed.»-D. 9,2,17,8: «Dice Próculo que si un médico
hubiese operado con impericia a un esclavo, compete la acción de locación o
la de la ley Aquilia». Los servicios de los médicos -especialmente si éstos eran
esclavos o libertos, como solía ocurrir- se contrataban mediante un arrenda­
miento de obra (locatio condueño opens), y de ahí la acción de locación. En

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258 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

pero <luego> abandonó la convalecencia, no estará exento


<de responsabilidad>, sino que se le considera reo de
culpa767. (1) También si un mulero no hubiese podido conte­
ner, por impericia, el ímpetu de las muías, y éstas hubiesen
arrollado a un esclavo ajeno, se dice ordinariamente que
queda obligado a título de culpa. Y lo mismo se dice también
si, a causa de debilidad, no hubiese podido retener el ímpetu
de las muías, pues no parece injusto que la debilidad se valo­
re como culpa, pues nadie debe aceptar algo en lo que sabe
o debería saber que su debilidad va a ser peligrosa para otros.
Y lo mismo se aplica a la persona de aquel que no hubiese
podido controlar, a causa de impericia o debilidad, el ímpe­
tu de un caballo en el que cabalgaba.

5. L ibros « de instituciones» ( i n s t it u t io n u m ) 11

Florentino, 8 «de inst.»-D. 45,l,65pr.-l


(pr.) Lo extrínseco que añadas a una estipulación, y que
en nada se refiera al acto presente, se tendrá por superfluo,

algunos casos, además, cabía también, alternativamente, la acción de la ley


Aquilia (véase supra sub IV.D n. 5), aunque, en principio, no se aplicaba a los
daños causados a personas libres, por no tener éstas valor patrimonial.
76 La culpa es una medida de responsabilidad que comprende los casos
de actuaciones negligentes. Surgió este concepto precisamente a propósito
de la ley Aquilia -superando así la primitiva exigencia de comportamiento
doloso (es decir, consciente y voluntario) para poder delinquir- para sancio­
nar penalmente los daños ocasionados por negligencia. Más tarde, la culpa
se extendió al ámbito de los contratos, donde alcanzó su mayor desarrollo.
Se distingue así la culpa contractual de la extra-contractual o aquiliana.
77 Producida con Adriano la burocratización de la Jurisprudencia y, en
general, de toda la organización política, se inició un progresivo desliza­
miento hacia su empobrecimiento técnico y consiguiente desaparición. Al
lado de los juristas al servicio del Príncipe en la Cancillería imperial, apa­
recen una nueva figura de profesionales del derecho, que son los «maes­
tros», así como de obras destinadas a la enseñanza del derecho, que son las
«Instituciones» (institutiones). Aunque el libro de «Instituciones» más
característico es el de Gayo, como ya hemos recogido antes algunos frag­
mentos de éste, y volveremos a hacerlo enseguida, prescindimos ahora de
esta obra, para seleccionar fragmentos de algunos libros de «Instituciones»
de otros juristas.

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FUENTES 259

pero no viciará la obligación; por ejemplo, si dices «canto a


las armas y al héroe78, <y> prometo», no por eso deja de
valer <la estipulaciónx (1) Pero también se admite que no es
obstáculo si se cambia algo en la designación de la cosa que
se promete o de la persona, pues prometiendo áureos en la
misma cantidad al que estipula denarios, quedarás obligado;
y también quedarás obligado si, al esclavo que estipula a
favor de su dueño Lucio, prometes que tú darás a Ticio, que
es la misma persona.

Paulo, 2 «de inst.»-D. 44,7,3pr.-2


(pr.) La esencia de las obligaciones no consiste en que
alguien haga nuestra alguna cosa o una servidumbre, sino en
que otro se obligue frente a nosotros, a dar algo, o a hacer o
a indemnizar. (1) Y no es suficiente, para que nazca la obli­
gación, que las monedas sean del que las da y que se hagan
del que las recibe, sino también que se den y se reciban con
la intención de que se constituya la obligación. Y así, si
alguien me diera una cantidad suya a causa de donación,
aunque fuera del donante y se hiciese mía, sin embargo, no
me obligaré frente a él, pues no es eso lo que se hizo entre
nosotros. (2) También surge la obligación verbal si entre los
que contraen <la obligación> se hace así, pues, en efecto, no
nacerá la obligación si, por ejemplo, por juego o a causa de
demostración de ingenio, yo te dijera «¿prometes?», y tú res­
pondieras «prometo».

Ulpiano, 2 «de inst.»-D. 8,3,lpr.-279


(pr.) Las servidumbres de los predios rústicos son éstas:
senda, paso, camino, y acueducto. La senda es el derecho de
ir, de pasar andando un hombre, pero no también de condu­
cir un jumento. El paso es el derecho de conducir un jumen­
to o un vehículo, y así, el que tiene la senda, no tiene el paso,
<pero> el que tiene el paso, tiene también la senda, incluso

78 Son las primeras palabras (1,1) de la Eneida de Virgilio.


79 Los §§pr. y 1 de este pasaje de Ulpiano fueron aprovechados en las
Instituciones de Justiniano 2,3pr. y 2 (con variantes).

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260 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

sin jumento. El camino es el derecho de pasar, tanto condu­


ciendo <ganado o un vehículo> como andando; en efecto, el
camino contiene en sí tanto la senda como el paso80. El acue­
ducto es el derecho de conducir el agua a través del fundo
ajeno. (1) Entre las rústicas han de contarse también la de
sacar agua, la de llevar el ganado al agua <para abrevar>, el
derecho de pasto, de fabricación de cal y de extracción de
arena. (2) La entrega y la tolerancia de las servidumbres
requiere la protección del pretor.

M arciano, 1 «de inst.»-D. l,5,5pr.-381


(pr.) Ciertamente la condición de los esclavos es única;
sin embargo, de los hombres libres, algunos son ingenuos,
algunos libertos. (1) Los esclavos entran en nuestro domi­
nio o por derecho civil o por <derecho> de gentes. Por
derecho civil, si alguien mayor de veinticinco años permi­
tió que se le vendiese <como esclavo> a fin de participar en
el precio. Por derecho de gentes son esclavos nuestros quie­
nes son capturados de los enemigos o quienes nacen de
nuestras esclavas. (2) Son ingenuos quienes han nacido de
madre libre. Es suficiente que <la madre> sea libre en el
momento del nacimiento, aunque chubiese sido> esclava
en el de la concepción. Por el contrario, si hubiese conce­
bido siendo libre, pero da a luz después de convertirse en
esclava, se admitió que el que nace, nace libre (y no impor­
ta si lo concibió en un matrimonio legítimo o ilegítima­
mente), porque no debe la desgracia de la madre perjudicar
a aquel que está en el vientre. (3) A propósito de esto, se
preguntó: si una esclava encinta fue manumitida, y des­
pués, hecha de nuevo esclava, o expulsada de la ciudad, dio
a luz, ¿da a luz un libre o un esclavo? Y se aprobó como

80 Según Gayo, 7 «al Ed. prov.»- D. 8,3,8, las XII Tablas exigían, para la
servidumbre de camino {via), una anchura de ocho pies en los tramos rec­
tos, que aumentaba al doble en las curvas. De todos modos, no resulta indis­
cutible el alcance exacto de cada una de estas tres servidumbre de «senda»
{iter), «paso» (actus) y «camino» (via).
81 Los §§2 y 3 se reproducen (con variantes) en las Instituciones de Jus-
tiniano l,4pr. i.f.

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FUENTES 261

más correcto que nace libre y le basta, al que está en el


vientre, haber tenido una madre libre, <al menos> en el tiem­
po intermedio.

6 . L ib r o s « d e r e g l a s » ( lib r i r e g u l a r u m )*2

Neracio Prisco, 6 «de reg.»-D. 41,l,13pr.-l


(pr.) Si mi procurador, por mandato mío, hubiera com­
prado para mí una cosa, y le fuese entregada a él en mi nom­
bre, el dominio, es decir, la propiedad, es adquirida para mí,
incluso ignorándolo yo. (1) E igualmente, el tutor del pupilo
o de la pupila, al comprar, como <si fuera> un procurador, en
nombre del pupilo o de la pupila, adquiere la propiedad para
ellos, incluso ignorándolo éstos.

Ulpiano, 1 «de reg.»-D. 50,16,213pr.-2


(pr.) «Ceder el día» significa que comienza a deberse la
cantidad; «llegar el día» significa que ha llegado aquel día
en el cual la cantidad puede ser reclamada. <Así,> cuan­
do alguien ha estipulado puramente, «cede» y «llega el día»
<simultánea e inmediatamente>; cuando a plazo, «cede el
día», pero todavía no «llega»; cuando bajo condición, ni
«cede» ni «llega el día» mientras está pendiente la condición8283.
(1) «Dinero ajeno» es lo que nosotros debemos a otros; «dine­

82 Por otra parte, la actividad de los nuevos funcionarios de la creciente


burocracia post-adrianea exigía también, además de los anteriores libros de
«Instituciones», obras sencillas y asequibles, que recogieran principios prácti­
cos del derecho. Suige así, en esta época, un tipo de literatura práctica y ele­
mental, en la cual destacan los libros «de reglas» (libri regularum), junto a otros
muchos de similar naturaleza, como son los «de definiciones» (libri definitio-
num), «de diferencias» (libri differentiarum), «de opiniones» (libri opiniomun),
etc. Justiniano rubricó el último título del último libro del Digesto «Sobre las
diferentes reglas del derecho antiguo» (de diversis regulis inris antiqui).
83 Toda esta cuestión de «ceder el día» (dies cedens) y «llegar el día»
(dies veniens) surgió en relación con la eficacia de los legados, pero se
extendió posteriormente a las obligaciones en general (especialmente las
estipulatorias), para determinar el momento del nacimiento de la obliga­
ción y el de su exigibilidad judicial. El dies cedens determina que la obli­

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262 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

ro propio» es lo que otros nos deben a nosotros. (2) «Culpa


lata» es una gran negligencia, esto es, no comprender lo que
todos comprenden.

Marciano, 2 «de reg.»-D. 29,7,7pr.-l


(pr.) Algunas cosas de los codicilos84 no se refieren <al
momento de> su confirmación, por ejemplo, si alguien
hubiese confirmado unos codicilos antes de la cautividad
<de guerra>, y <luego>, en cautividad, escribe los codicilos,
pues no valen. Lo mismo sucede si se dejase de tener, de
algún modo, el derecho de hacer testamento85*. (1) Por lo
demás, en aquellas cuestiones que no son de derecho, sino
de hecho, no ha de considerarse lo que se escribe en los
codicilos como si hubiese sido escrito en el momento de
la confirmación, por ejemplo, si se hubiese escrito así en los
codicilos «el vestido que es mío», ha de entenderse en el
momento de <escribir> los codicilos, no en aquel en el que
se confirmaron. Asimismo, si se legó a Seyo en unos codi­
cilos <añadiendo> «si Ticio está vivo» o «si tiene tantos
años», ha de atenderse al momento de <escribir> los codi­
cilos, no a aquel en que se hace el testamento.

gación ya existe; el dies veniens, que ya es exigible. Así, cuando una esti­
pulación se somete a una condición (véase supra n. 39), la obligación no
nace hasta que aquélla se cumpla: en ese momento «cede» y «llega el día»
simultáneamente; cuando se somete a un plazo (véase supra n. 39), «cede
el día» desde el primer momento, y ya hay obligación, pero ésta no es exi­
gible judicialmente hasta que «llegue el día» al cumplirse el plazo; cuan­
do, por último, la estipulación se hace de modo puro y simple (sin condi­
ción ni plazo), entonces «cede» y «llega el día» simultáneamente desde el
primer momento, es decir, la obligación existe y es exigible desde que se
celebra la estipulación.
84 Sobre codicilos, véase supra n. 69.
85 Se llama «testamentifacción» (testamentifactio) el derecho que una
persona tiene para hacer testamento. Puede ser «activa», para hacerlo, o
«pasiva», para recibir algo por testamento de otra persona. La primera la
tienen, en principio, todos los ciudadanos sui iuris, mayores de 14 años, y
que no hayan sido incapacitados; la pasiva, cualquier persona, incluidos
los alieui iuris y los esclavos, aunque adquieran para quienes los tienen
bajo su potestad.

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264 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

7. L iteratura monográfica87

Calístrato, 6 «de los juicios extraordinarios»-D. 48, 19,


28pr.-16
(pr.) Los grados de las penas capitales son los siguientes:
la última pena parece ser la condena a la horca; también la de
ser quemados vivos, la cual, aunque con razón se comprende
bajo la denominación de última pena, sin embargo, puesto
que este género de pena fue introducido más tarde, se consi­
dera posterior a la otra; asimismo, la decapitación. Además,
próxima a la muerte <es> la pena del encierro en la mina;
después, también la deportación a una isla. (1) Las restantes
penas se refieren a la honra, no al peligro de muerte, como la
relegación temporal o perpetua, o a una isla, o cuando
alguien es condenado a ctrabajar en> una obra pública, o
cuando se le somete al apaleamiento. (2) No todos suelen ser
apaleados, sino sólo los que son libres y ciertamente hom­
bres de clase baja; los de clase alta no son sometidos al apa­
leamiento, y esto se dice expresamente en los rescriptos
imperiales. (3) Suelen algunos, que vulgarmente se llaman
«jóvenes», secundar en algunas ciudades las turbulentas
revueltas del pueblo. Quienes no fuesen responsables de
nada más, y con anterioridad no hubiesen sido amonestados
por el gobernador, son liberados una vez apaleados, o inclu­
so se les prohíbe <la asistencia a> los espectáculos. Pero si

87 Otro tipo de literatura jurídica que, aunque presente ya en épocas ante­


riores, adquiere una mayor importancia en la época tardía, es la monográfica:
obras, generalmente de poca extensión (o incluso libri singulares), dedicadas
a temas específicos de particular interés. Así, podemos encontrar algunas
dedicadas a las competencias y deberes de diferentes magistrados o funcio­
narios, como son los libros «sobre los deberes» (de officiis: de officio consu-
lis, proconsulis, praefecti [urbi, vigiluni, praetorio/, praesidis, etc.); otras, a
cuestiones judiciales (de cognitionibus, de appellationibus, etc.); otras, a dere­
chos especiales (de iure fisci, de re militan , etc.); otras, en fin, a instituciones
concretas de derecho privado (de nianumissionibiis, de fideiconwtissis, etc.).
De esta literatura monográfica, hemos seleccionado tres fragmentos: uno de
Calístrato, del libro «de los juicios extraordinarios»; otro de Ulpiano, «sobre
los deberes del procónsul»; y el tercero, de Arrio Menander, «sobre la com­
petencia militar».

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FUENTES 265

los así sancionados son sorprendidos en las mismas cosas,


han de ser castigados con el destierro, y a veces con la pena
capital, a saber, cuando se hubiesen comportado con fre­
cuencia sediciosa y turbulentamente, y, detenidos algunas
veces y tratados con clemencia, perseverasen en la misma
temeridad de su propósito. (4) Los esclavos suelen ser
devueltos a sus dueños, <después de ser> apaleados. (5) Y,
para decirlo de modo general, todos los que se prohíbe que
sean apaleados deben tener la misma reverencia de honor
que tienen los decuriones. Y es incongruente afirmar que
aquel a quien las constituciones imperiales prohibieron que
fuese sometido al apaleamiento, pueda ser condenado a una
mina. (6) El divo Adriano dio un rescripto con estas palabras:
«Nadie debe ser condenado temporalmente al trabajo <for-
zado> de la mina. Pero el que ha sido condenado temporal­
mente, aunque realice el trabajo de la mina, no debe enten­
derse que ha sido condenado a una mina: en efecto, éste
conserva la libertad, lo mismo que aquellos que son conde­
nados al trabajo <forzoso> perpetuo». Por lo tanto, también
las mujeres condenadas a esta pena dan a luz hijos d ib re sx
(7) Se prohíbe acogerse a las estatuas o a los bustos de los
Príncipes en perjuicio de otro. En efecto, puesto que las leyes
conceden seguridad a todos los hombres por igual, con razón
se entendió que el acogerse a las estatuas o a los bustos de
los Príncipes <se hace> más bien en perjuicio de otro que
en defensa propia, a no ser que se acogiera a una protección
de este tipo quien estuviera retenido por los más poderosos
con cadenas o en cárcel: a éstos, en efecto, ha de concederse
el permiso. El Senado decidió que nadie debe acogerse a las
estatuas o bustos <de los Príncipesx Y el divo Pío estableció
por rescripto que aquel que pusiese delante la imagen del
César en afrenta de otro, debía ser castigado a prisión públi­
ca. (8) Todos los crímenes contra el patrono o el hijo del
patrono, el padre, un familiar cercano, el marido, la mujer y
demás parientes, han de ser castigados con más severidad
que d o s crímenes contra> los extraños. (9) Los fabricantes
de venenos han de ser castigados con la pena capital o, si
debiera prestárseles respeto de dignidad, han de ser deporta­
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266 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

dos. (10) Los salteadores, que lo hacen a causa de robo, son


considerados semejantes a los bandidos. Si realizaron el
asalto y el expolio con armas, son castigados con la pena
capital, siempre que cometieran esto frecuentemente o en los
caminos; los restantes son condenados a <trabajo forzoso
en> la mina o relegados a islas. (11) Generalmente son que­
mados con fuego los esclavos que atentaron contra la vida de
sus dueños, e incluso algunas veces los libres plebeyos88 y
personas de clase baja. (12) Son castigados con la pena capi­
tal los incendiarios que, a causa de enemistad o con el fin de
robo, incendiaron dentro de la ciudad; generalmente son
quemados vivos; pero los que <incendiaron> una choza o
una casa de campo <son castigados> con una pena más leve.
Los incendios fortuitos, si, pudiendo ser evitados, por negli­
gencia de aquellos en cuyas fincas comenzaron, provocaron
daño al vecino, son reclamados civilmente (de modo que
quien sufrió las pérdidas valore el daño) o son castigados
levemente. (13) En un edicto del divo Adriano están estable­
cidos los grados de las penas respecto a los desterrados, de
modo que, quien fue relegado temporalmente, si vuelve, sea
relegado a una isla; el relegado a una isla que hubiese esca­
pado de ella, sea deportado a una isla; y el deportado que se
evadiese, sea castigado con pena capital. (14) El mismo Prín­
cipe estableció por rescripto que ha de observarse la gradua­
ción también respecto a las penas de prisión, de modo que
quienes habían sido condenados temporalmente, <si se esca­
pasen^ sean condenados a perpetuidad; quienes habían sido
condenados a perpetuidad, sean condenados a ctrabajos for­
zosos en> una mina; <y> quienes condenados a ctrabajos
forsosos en> una mina hicieran lo mismo, sufran la pena
capital. (15) Pareció bien a muchos que los bandidos famo­
sos hayan de ser ahorcados en aquellos lugares donde asal­
taron, para que su vista amedrente a otros criminales simila­

XKEvidentemente, estos «plebeyos» que aquí se mencionan nada tienen


que ver con los opuestos a los patricios (véase supra sub In. 15) de los pri­
meros siglos de la historia de Roma. En esta época tardía hay que entender
por plebeyos, en general, las personas de nivel social y económico bajo.
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FUENTES 267

res, y sea consuelo para los parientes y allegados de los ase­


sinados, aplicada la pena en el mismo lugar en el que los bandi­
dos cometieron los homicidios; algunos incluso condenaron a
éstos a las fieras. (16) Nuestros antepasados, en cualquier
pena, castigaron más severamente a los esclavos que a los
libres, a los malfamados que a los hombres de buena fama.

Ulpiano, 1 «sobre los deberes del procónsul» -D. l,16,4pr.-6.


(pr.) El procónsul debe cuidar de no gravar la provincia
con la prestación de hospedajes, conforme a lo que nuestro
emperador89 con su padre dispusieron en un rescripto a Aufí-
dio Severiano. (1) Ningún procónsul puede tener sus propios
palafreneros, sino que, en lugar de éstos, desempeñen los sol­
dados ese ministerio en las provincias. (2) Es mejor que el
procónsul vaya <a la provincia> sin su mujer, aunque tam­
bién puede <ir> con ella, con tal de que sepa que el Senado,
siendo cónsules Cota y Mésala90, decretó que, si las mujeres
de aquellos que van a provincias hubiesen cometido algún
delito, se les exigirá cuenta y castigo. (3) Antes de que el pro­
cónsul haya entrado en el territorio de la provincia asignada
a él, debe enviar un edicto acerca de su llegada, que conten­
ga alguna recomendación de sí mismo, si él tiene alguna
amistad o relación con los provinciales, y, especialmente,
excusando que no acudan a su encuentro ni pública ni priva­
damente, pues es congruente que cada uno le reciba en su
propia patria. (4) Actuará recta y ordenadamente, si envía el
edicto a su predecesor y le comunica qué día va a entrar en
el territorio <de la provincia>, pues con frecuencia estas
cosas inciertas e inesperadas perturban a los provinciales e
impiden los actos. (5) Conviene también que él cuide la
entrada, de modo que entre en la provincia por aquella parte
por la cual es costumbre entrar, y cuide también a qué ciudad
llega o arriba en primer lugar, las que los griegos llaman [en
griego] «epidemias» o «kataplun», pues los provinciales dan

89 Se refiere a Antonino Caracala, que gobernó con su padre Septimio


Severo entre los años 198 y 211; véase infra sub VIII.A n. 20.
90 Año 20 d.C.

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FUENTES 269

determinarse las circunstancias de ese asunto, de modo que si


prefirió morir por la intolerancia del dolor, o por el tedio de
la vida, o por enfermedad, o por locura, o por vergüenza, no
se le castigue, sino expúlsesele <del ejército> con deshonra;
y si no pone como excusa nada semejante, sea castigado con
pena capital. A los que incurren en este delito a causa del vino
o del desenfreno, debe serle remitida la pena capital e
impuesto el cambio de destino. (8) El que, pudiendo, no pro­
tegió a su jefe, ha de ser tenido en igual situación que el autor
<de la agresión>; pero si no pudo resistirla, ha de perdonár­
sele. (9) También se admitió que debía castigarse a aquellos
que abandonaron al prefecto de la centuria cuando estaba ro­
deado de bandidos.91

91 Suele fijarse la fecha de la muerte de Ulpiano (224), asesinado por la


guardia pretoriana bajo Alejandro Severo, como el hito simbólico que marca
el final de la Jurisprudencia romana. A partir de entonces, ya no puede
hablarse de una verdadera Jurisprudencia, y la literatura jurídica de la etapa
post-clásica se concreta fundamentalmente en obras de recopilación de
autores anteriores, afectadas, además, por dos fenómenos típicos del dere­
cho de esa época: la «provincialización» y el «vulgarismo». El primero con­
siste en la contaminación del derecho romano y los derechos locales, que se
agrava cuando, cuando consecuencia de la extensión de la ciudadanía con­
cedida por Caracala («constitución Antoniniana»; véase in fra s u b VIII.A
n. 22), todos los provinciales, convertidos ya en ciudadanos romanos, apli­
can el derecho romano interpretado desde la perspectiva de su propio dere­
cho y mezclado con éste. El fenómeno del vulgarismo, en cambio, se debe
a la degradación técnica del propio derecho romano, producida, entre otras
razones, por la falta de preparación de los mismos juristas. Algunas de estas
recopilaciones contienen sólo rescriptos imperiales, como los Códigos Gre­
goriano y Hermogeniano; otras, sólo fragmentos de Jurisprudencia, como
las «Sentencias de Paulo» o el «Epítome de Ulpiano»; otras, en fin, mezclan
unos y otros, e incluso leyes imperiales, como los «Fragmentos Vaticanos»,
la «Comparación de las leyes mosaicas y romanas» ( M o s a i c a n u n et R o m a ­
n a r ía n le g u m co lla tio ), o la «Consulta de cierto antiguo jurisconsulto»
( C o n s u l t a d o veteris c u iu s d a m iu r is c o n s u lt i); véanse traducciones castella­
nas de Vargas Valencia, C o n s u lt a d e u n j u r is c o n s u lt o a n tig u o , México,
1991, y M ontemayor Aceves, C o m p a r a c ió n d e le ye s m o s a ic a s y ro m a n a s,
México, 1994. Hemos seleccionado fragmentos de tres de estas recopila­
ciones, que sirvan como ejemplo de esa literatura vulgarizada.

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270 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

8. R e c o p il a c io n e s p o s t - c l á s ic a s d e J u r is p r u d e n c ia 91

a) « S e n t e n c ia s d e P a u l o » (Pa u u sententiaead fiu u m )92

1,1a,12 = D. 50,2,7,2. Aquel que no es decurión, no puede


desempeñar el dunvirado ni las otras magistraturas cmunici-
pales>93, porque está prohibido que los plebeyos94 desempe­
ñen las magistraturas de los decuriones.

2,10,1. Quien, contra la prohibición de amplísimo orden,


hubiese prestado una cantidad de dinero en mutuo a un hijo de
familia, después de la muerte del padre de aquel que, en vida
de su padre, recibió en préstamo, no puede reclamar contra él95.
Interpretación.
Quien, contra las prohibiciones de las leyes, hubiese
comodado96 un dinero a un hijo de familia, ignorándolo el

92 La obra titulada «Los cinco libros de las sentencias <dirigidas> al hijo»


(sententiarum ad filium libri V) y atribuida al jurista Paulo, no suscitó, hasta
hace algunos decenios, ningún especial problema. Si, por un lado, se conser­
vaban en el Digesto de Justiniano un considerable número de fragmentos de
esa obra, por otro, un número todavía mayor era recogido en la Lex Romana
Wisigothorum o «Breviario de Alarico», aunque después de haber sido drás­
ticamente abreviados, y completados, buena parte de esos fragmentos, con
una interpretado destinada a aclarar el sentido del texto original. Además,
transmiten más fragmentos de las «Sentencias de Paulo» otras obras post­
clásicas de recopilación, como los Fragmenta Vaticana, la Mosaicaram et
Romanarum legum collado, o la Consultado veteris cuiusdam iurisconsuldy
sin mencionar ahora otras fuentes de menor importancia. La obra, por lo
demás, había sido expresamente confirmada como válida por Constantino,
en el 327/328 (CTh. 1,4,2), y reiterada esa confirmación, un siglo después,
en la llamada «Ley de Citas» (CTh. 1,4,2; véase infra sub VIII.B): «También
mandamos que las Sentencias de Paulo valgan siempre». Actualmente, es
opinión generalizada que las «Sentencias de Paulo» no son una obra de este
jurista, sino una recopilación heterogénea de fuentes diversas, elaborada en
diferentes momentos. Traducción castellana (incompleta) de Irigoyen T ro-
conis, Sentencias a su hijo, con interpretado, libros I2 y II, México, 1995.
93 Sobre la organización municipal, véase supra sub V.D introd.
94 Véase supra n. 88. En el ámbito de los municipios provinciales, hay
que entender por plebeyos los que no pueden, por imposibilidad patrimo­
nial, desempeñar las magistraturas locales.
95 Véase supra sub V.B, sobre el senadoconsulto Macedoniano.

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FUENTES 271

padre, esa cantidad, ni viviendo ni muerto el padre, podrá


reclamarla de aquél.

2,27,1. Las enemistades graves, que alguien tuvo con un


padre difunto, excusan de las tutelas, para que el pupilo no
sea confiado al enemigo paterno.
Interpretación.
Si se supiese que alguien había tenido graves enemista­
des con el padre de los menores, con razón se le excusa de la
tutela de los pupilos, para que la defensa de los pequeños no
se confíe al enemigo paterno.

3,2,5 = D. 37,14,20. Así como, habiendo muerto el


liberto después de hacer testamento, se da al patrono
la facultad de reclamar, o bien las cargas impuestas por la
manumisión, o bien la posesión de parte de los bienes
<hereditarios>, así también, cuando <el liberto> muere
intestado, permanece para el patrono la elección entre esas
<dos> posibilidades.

4,5,5. El <hijo> instituido heredero en el total <de la


herencia> no puede alegar <que el testamento es> inofi­
cioso9697; y no importa que la herencia haya quedado
exhausta o no, puesto que la cuarta parte ha de permane­

96 Mientras que el texto de las «Sentencias de Paulo» habla de «prestar


en mutuo una cantidad de dinero» ( p e c u n ia m n u itu a m cred ere), la in te rp re ­
ta d o se refiere a «dejaren comodato una cantidad» ( p e c u n ia m c o m m o d a r e ),
siendo así que el comodato, como préstamo de simple uso, no hubiese per­
mitido disponer de la cantidad recibida en préstamo. Pero en la terminolo­
gía vulgar de la época «comodar» significaba «prestar».
97 Se entiende por «inoficioso» (te sta m e n tu m in q ffic io su m ) aquel testa­
mento que, por ser contrario al «deber» (o fficiu m ) del padre respecto a sus
descendientes y parientes más allegados (o fficiu m pietatis), puede ser impug­
nado por éstos cuando el testador los ha desheredado injustamente, o también,
más tarde, cuando no les ha dejado una cuota suficiente, que llegó a fijarse en
la cuarta parte de los bienes hereditarios (cjuarta legitim a). Para impugnar el
testamento inoficioso se utilizaba una acción especial: la q u e re lla in o fficio si
testam enti, con una tramitación particular. Justiniano aplicó esta reclamación
para los casos de olvido (preterición) y desheredación injusta, y creó una
nueva acción (a ctio a d s u p p le n d a m le g itim a m ) para los de cuota insuficiente.

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272 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

cer en su poder en virtud del beneficio, bien de la ley Fal-


cidia989, bien del senadoconsulto Pegasiano".
Interpretación
Si el padre instituye heredero a su hijo en el total <de
la herencia>, y por medio de fideicomisos o de legados
distribuye a otros toda la misma herencia, el hijo no puede
reclamar contra el testamento de su padre por inoficioso,
pues retendrá para sí la cuarta parte o por la ley Falcidia
o por el beneficio del senadoconsulto.

b) « E p ít o m e d e U l p ia n o » (E p it o m e U l p ia n i ) 100

20, 1-9. <Acerca de los testam entóse (1) Testamento


es el justo atestiguamiento de nuestra voluntad, hecho
solemnemente para que valga después de nuestra muerte.
(2) Hubo tres tipos de testamentos, que fueron llamados:
uno, «<testamento> reunidos los comicios»; otro, «<testa-
mento> en orden de batalla»; y el tercero, «<testamento>
por el bronce y la balanza». Desaparecidos estos dos <pri-
meros> testamentos, hoy sólo está en uso el que se hace
por el bronce y la balanza, es decir, mediante una manci­

98 Véase supra n. 65.


99 Véase supra sub V.B n. 19.
100 «Títulos de la recopilación de Ulpiano» (Tituli ex corpore Ulpia­
ni), «Libro singular de las reglas» (Liber singularis regularum) y «Epíto­
me (= resumen) de Ulpiano» (Epitome Ulpiani) son denom inaciones
diferentes de una misma recopilación post-clásica, encontrada, en un
códice de pergamino del siglo x, en la Biblioteca Vaticana. Han sido muy
discutidas tanto la autenticidad ulpianea de la obra como las fuentes uti­
lizadas para su composición. Aunque con excepciones, la opinión mayo-
ritaria se inclina a negar que se trate de una obra de Ulpiano -s e habría
atribuido a este jurista sólo para prestigiarla- y a afirmar su origen post­
clásico, datándose su elaboración en el siglo iv d.C. Esta recopilación fue
realizada, en veinticinco títulos, sobre el esquema general de las «Insti­
tuciones» de Gayo, y aprovechando fragmentos extraídos de esa obra
gayana, de los siete libros «de reglas» de Ulpiano y de sus «Institucio­
nes», así como, en menor medida, de los doce libros «de pandectas» de
Modestino y de otras obras menores. Traducción castellana de H ernán -
dez-T ejero , Reglas de Ulpiano, Madrid, 1946.

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FUENTES 273

pación101 imaginaria. En este testamento está presente el


portador de la balanza, el comprador del patrimonio fami­
liar102 y no menos de cinco testigos, con los cuales haya
testamentifacción103. (3) Quien está bajo la potestad del
testador o del comprador del patrimonio familiar, no puede
estar presente como testigo o portador de la balanza, por­
que la mancipación del patrimonio familiar se hace entre
el testador y el comprador del patrimonio familiar, y por
ello los sometidos no pueden estar presentes como testi­
gos. (4) Cuando es comprador del patrimonio familiar un
hijo <sometido>, su padre no puede ser testigo. (5) Si, de
dos hermanos que se encuentran bajo la potestad del
mismo padre, uno es comprador del patrimonio familiar, el
otro no puede ser testigo, porque lo que uno de ellos reci­
be por mancipación lo adquiere para el padre, para el cual
un hijo no puede ser su testigo. (6) Un padre y el hijo que
está bajo su potestad, e igualmente dos hermanos que están
bajo la potestad del* mismo padre, pueden ser testigos
ambos, o uno testigo y otro portador de la balanza, cuando
otro es el comprador del patrimonio familiar, porque en
nada perjudica que, en un negocio ajeno, están presentes
varios testigos de una misma casa. (7) El mudo, el sordo,
el loco, el pupilo o la mujer no pueden ser compradores del
patrim onio familiar, ni hacerse testigos o portadores de la
balanza. (8) El Latino Juniano104 puede hacerse comprador

101 Véase sobre la mancipación, s u p r a s u b II n. 35; sobre el antiguo tes­


tamento mancipatorio, s u p r a s u b II n. 29.
102 En ese momento, tanto el «portador de la balanza» (lib r ip e n s ) como
el «comprador del patrimonio familiar» (e m p t o r f a m ilia e ) han perdido ya
sus funciones originales, para convertirse simplemente en dos testigos más,
que se suman a los cinco habituales de la mancipación. No obstante, con­
servan un régimen especial de inhabilidad, como se expone a continuación.
103 Sobre testamentifacción, véase s u p r a n. 85.
104 Es discutido quiénes eran estos «Latinos Junianos» ( L a t in i lu n ia n i).
Probablemente, se trataba de esclavos a los que sus dueños concedían la
libertad de hecho, sin un acto de manumisión legítima, de modo que, sin
dejar de ser jurídicamente esclavos, vivían como libres (m o r a n t e s in lib é r ­
tate). La ley Junia Norbana. del 19 d.C., reguló la situación de estos Latinos
Junianos, de los que, siglos más tarde, decía Salviano («Contra la avaricia»

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274 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

del patrimonio familiar, y testigo y portador de la balanza,


puesto que con él hay testamentifacción.

28,1-12. <Acerca de la adjudicación de la posesión de los


bienes hereditariosx (1) La posesión de los bienes cheredi-
tarios> se da contra las tablas del testamento, o según esas
tablas, o de modo intestado105.
(2) La posesión de los bienes <hereditarios> se da contra
las tablas a los hijos emancipados preteridos en el testamen­
to, aunque no les pertenezca a ellos la herencia legítima. (3)
La posesión de los bienes <hereditarios> contra las tablas se
da a los hijos, tanto por nacimiento como adoptivos; pero
ciertamente a los por nacimiento <que han sido> emancipa­
dos <por el adoptante>, y no también a aquellos que perma­
necen en la familia de adopción; pero a los adoptivos sólo a
aquellos que permanecieron bajo la potestad <del testador
adoptante>. (4) A los hijos emancipados se les da la posesión
de los bienes <hereditarios> en virtud del Edicto, si están
dispuestos a garantizar a sus hermanos que permanecieron
bajo la potestad <del padre>, que ellos colacionarán los
bienes que tienen al morir el padre106.

3,7) que «viven como libres y mueren como esclavos» (u t v iv a n t s c ilic e t


q u a s i i n g e n u i et m o r ia n t u r ut se rv í).
105Al lado del régimen sucesorio civil de la h e r e d it a s , el pretor crea su
propio orden sucesorio mediante la «posesión de los bienes hereditarios»
( b o n o r u m p o s s e s s i o). El i u s c iv ile otorga la condición jurídica de heredero
(h e v e s ); el pretor, por su parte, la situación de hecho de poseedor efectivo de
los bienes ( b o n o r u m p o s s e s s o r ). Unas veces coincide en la misma persona
la condición jurídica de h e v e s y la fáctica de b o n o r u m p o s s e s s o r ; otras, hay
discrepancia. Lo mismo que la herencia civil, el pretor concede esta b o n o ­
r u m p o s s e s s io , bien a falta de testamento ( b o n o r u m p o s s e s s io s in e ta b u lis),
bien de acuerdo con el testam ento ( b o n o r u m p o s s e s s i o s e c u n d u m
ta b u la s), bien, por último, en contra de éste ( b o n o r u m p o s s e s s io c o n tr a ta b u ­
la s). En todo caso, la b o n o r u m p o s s e s s io debe ser solicitada (a g n it io ) por el
interesado, dentro de unos plazos, distintos según los casos.
106 La posesión de los bienes hereditarios en contra del testamento es la
forma pretoria de sucesión forzosa. Se da en los casos en los que el testador
ha olvidado (preterición) mencionar en el testamento, bien para instituirlos
herederos, bien para desheredarlos, a los lib e r i , que son tanto los sometidos
directamente a su potestad (al mismo tiempo herederos civiles) como los

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FUENTES 275

(5) La posesión de los bienes <hereditarios> según las


tablas se da a los herederos instituidos, a saber, si no hay
ninguno de aquellos a los que compete la <posesión de los
bienes hereditarios> contra las tablas, o <,habiéndolos,> no
quieren solicitarla. (6) Incluso si, según el derecho civil,
no vale el testamento, quizá porque faltó la mancipación
del patrimonio familiar o la declaración solemne, si el tes­
tamento ha sido firmado con los sellos de no menos de siete
testigos ciudadanos romanos, se da la posesión de los bienes
<hereditarios>107.
(7) Se da la posesión de los bienes hereditarios intestada a
siete grados <de personas>108: en primer grado, a los hijos; en
segundo, a los herederos legítimos; en tercero, a los cognados

hijos emancipados por el testador (sobre emancipación, véase s u p r a s u b II


n. 28) y los dados en adopción y emancipados luego por el adoptante (que
no serán herederos civiles, sino sólo b o n o r u m p o s s e s s o r s ) . El ofrecimien­
to de la b o n o r u m p o s s e s s io a los emancipados venía así a superar la consi­
deración exclusiva de la familia civil o agnaticia - a la que atendía el iu s c iv i­
l e - para dar entrada a la familia de sangre o cognaticia; pero, al mismo
tiempo, suscitaba una desigualdad injusta entre los hijos que habían perma­
necido bajo la potestad del testador -que carecían de capacidad jurídica para
formar un patrimonio propio- y los emancipados -que, por ser s u i i n r i s , sí
podían tener su propio patrimonio-. Para remediar esto, el pretor exige a los
emancipados, como requisito para concederles la b o n o r u m p o s s e s s io , que
aporten el valor de su propio patrimonio al de los bienes hereditarios (la lla­
mada «colación de bienes»: c o lla t io b o n o r u m o e m a n c ip a t i), para, sobre ese
valor global resultante, determinar la cuantía de las cuotas que corresponda
a cada uno de los lib e ri.
107 La posesión de los bienes hereditarios según el testamento la conce­
de el pretor de acuerdo con la voluntad del testador manifestada en el testa­
mento, si bien por «testamento» (t a b u la e ) el pretor no entiende el acto man-
cipatorio, exigido por el derecho civil, sino simplemente un documento
escrito y firmado por el testador y siete testigos (los cinco de la mancipa­
ción, más el «portador de la balanza» y el «comprador de los bienes heredi­
tarios»). Resulta así la existencia de dos tipos de testamento: uno civil, oral,
y otro pretorio, escrito. También concede el pretor esta b o n o r u m p o s s e s s io
en otros casos en los que un testamento civil se convierte en nulo.
108 La posesión de los bienes hereditarios a falta de testamento es ofrecida
por el pretor en el Edicto a los siguientes grupos de personas: los lib e ri (véase
s u p r a n. 106), los le g itim i , que comprendía los que eran herederos civiles:
h e r e d e s s u i y agnados próximos (véase s u p r a s u b II n. 30), los cognados, y el
cónyuge supérstite. Sobre la herencia del liberto, véase s u p r a n. 63.

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FUENTES 279

9. A lgunos puntos controvertidos entre las escuelas


SABINIANA Y PROCULIANA116

Gayo, «Instituciones» 2,79117


También en otros casos es exigida la razón natural: por lo
tanto, si con uvas o aceitunas o espigas mías hubieses hecho
vino o aceite o trigo, se pregunta si ese vino o aceite o trigo es
mío o tuyo. Igualmente, si con oro o plata míos hubieses
hecho algún vaso, o con tablas mías hubieses fabricado una
nave o un armario o una silla; asimismo, si con lana mía
hubieses hecho un vestido, o si con vino y miel hubieses
hecho la mezcla, o si con mis medicamentos hubieses hecho
un emplasto o un colirio, se pregunta si eso que has hecho con
lo mío es tuyo o mío. Algunos piensan que ha de atenderse a
la materia y a la sustancia, es decir, que la cosa que ha sido
hecha parece pertenecer a aquel de quien era la materia, y esto
pareció bien a Sabino y a Casio principalmente. Pero otros
piensan que la cosa es de aquel que la ha hecho, y esto pare­
ció bien a los autores de la otra escuela principalmente: pero
aquel de quien había sido la materia y la sustancia tiene la
acción de hurto contra el que la había sustraído; y también le
compete contra el mismo la condicción, porque, extinguidas
las cosas, aunque no puedan ser reivindicadas, pueden sin

1.6 Ya a finales de la época republicana comienzan a aparecer discrepan­


cias doctrinales entre juristas, que se consolidarán en los comienzos del Prin­
cipado, dando lugar a las que hoy llamamos «escuela Casiana o Sabiniana»
y «escuela Serviana o Proculiana». A mediados del siglo n d.C., con la pér­
dida de importancia de la Jurisprudencia, provocada por la creación de la
Cancillería imperial adrianea, y con la consecuente absorción, por parte del
Principe, de las fuentes de creación del derecho, esa división en «escuelas»
desaparece de hecho en la práctica, aunque se sigue hablando de ellas, como
hace Gayo en los textos seleccionados. La raíz de las discrepancias doctrina­
les entre «escuelas» no debe endilgarse a motivos ideológicos, sino que se
trata de una simple cuestión de adhesión personal a un maestro. Hemos
seleccionado algunos pasajes, tanto de las «Instituciones» de Gayo como del
Digesto de Justiniano, en los que se plantean algunos de los puntos doctri­
nales en los que sabinianos y proculianos mantenían opiniones divergentes.
1.7 Cfr. Inst. de Justiniano 2,1,25. v Gayo 2 «De las cosas cotidianas»-
D. 41,1.7,7.

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280 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

embargo ser reclamadas mediante la condicción a los ladrones


y a algunos otros poseedores118.

Gayo, «Instituciones» 2,123119


Igualmente, el que tiene un hijo bajo potestad debe tener
cuidado, o de instituirle heredero, o de desheredarle expresa­
mente; en otro caso, si le hubiese preterido con el silencio,
habrá testado inútilmente, hasta tal punto ciertamente que
nuestros maestros estiman que, incluso si el hijo ha muerto
en vida del padre, nadie puede ser heredero en virtud de ese
testamento, a saber, porque desde el mismo inicio la institu­
ción <de heredero> no es válida. Pero los autores de la otra
escuela reconocen que si el hijo vive en el momento de la
muerte del padre, es verdad que él es impedimento para los
instituidos herederos y que él se hace heredero legítimo; pero
si él muere antes de la muerte del padre, piensan que la
herencia puede ser adida en virtud del testamento, no siendo
ya impedimento el hijo, porque consideran que el testamen­
to, a causa de la preterición del hijo, no se hace inútilmente
desde el principio120.

Gayo, «Instituciones» 2,193-95 y 200


(193) Legamos por vindicación de este modo: «DOY Y
LEGO A TICIO», por ejemplo, «EL ESCLAVO ESTICO»;

1.8 La «especificación» (s p e c if ic a t io ) es una de las modalidades de la


«ocupación» (o c c u p a t io ), en virtud de la cual se puede adquirir la propiedad
de las cosas. Consiste la especificación en la creación de algo nuevo (una
n o v a s p e c ie s , de donde el nombre de especificación) por la transformación
de materiales ajenos. Respecto al régimen jurídico aplicable, disienten
Sabinianos y Proculianos: para los primeros, debe prevalecer la considera­
ción de los materiales, de modo que el propietario de éstos adquirirá la n o v a
s p e c i e s ; para los Proculianos, en cambio, lo que prevalece es la actividad del
especificador, que se convierte en propietario del resultado, sin perjuicio de
tener que indemnizar al de los materiales. En estos casos, queda excluida la
reivindicatoría de los materiales originarios por convertirse éstos en una
n o v a s p e c ie s distinta, y fallar así el requisito de la identificabilidad (véase
in fr a s u b IV.E n. 15).
1.9 Reproducido, con variaciones, en In s t it u c io n e s de Justiniano 2,13pr.
120 La cuestión discutida se centra básicamente en el alcance absoluto
o relativo de la preterición (véase s u p r a n. 106). Para los sabinianos, ésta
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FUENTES 281

pero incluso si se ha puesto una u otra palabra, como «DOY


o LEGO», igualmente se ha legado por vindicación. Asimis­
mo, tal como pareció mejor, también si se hubiese legado así:
«TOMA», o así: «TENGA PARA SÍ», o así: «COGE»,
igualmente se ha legado por vindicación. (194) Por tanto es
denominado legado por vindicación porque, después de
adida la herencia, inmediatamente la cosa se hace del legata­
rio según el derecho quiritario, y si el legatario reclama esa
cosa, bien del heredero, bien de cualquier otro que la posea,
debe reivindicarla, es decir, alegar que la cosa es suya según
el derecho de los quirites. (195) Los jurisprudentes disienten
sólo en esto: que Sabino y Casio y nuestros demás maestros
piensan que lo así legado se hace del legatario inmediata­
mente después de adida la herencia, aunque ignore que le ha
sido legado, pero que si después lo sabe y no acepta el lega­
do, es como si no hubiese legado; pero Nerva y Próculo y los
restantes autores de esa escuela piensan que la cosa se hace
del legatario tan sólo si quisiera que esa cosa le pertenecie­
ra; pero hoy, en virtud de una constitución del divo Antoni-
no Pío, usamos más ese derecho que pareció bien a Próculo,
pues como un latino hubiese legado por vindicación a una
colonia, dijo <el emperador>: «Deliberen los decuriones si
quieren que les pertenezca, como si se hubiese legado a un
<particular>»*121 (196) ... (200) Se pregunta de quién es lo

tiene efectos absolutos: si, al hacer el testamento, se incurrió en preteri­


ción de un hijo, ese testamento será radical y definitivamente nulo, aun­
que ese hijo preterido premuera a su padre; para los proculianos, en cam ­
bio, sólo si el preterido sigue vivo en el momento de la muerte de su padre
podrá ser anulado el testamento.
121 Sobre el legado vindicatorio, véase supra n. 9. El punto discutido es
el de la eficacia de este tipo de legado. Para los Sabinianos, hay una adqui­
sición inmediata del derecho real legado por parte del legatario, desde el
momento en el que el heredero hace adición de la herencia, sin perjuicio de
que pueda repudiar el legado, en cuyo caso el legado quedaría a posteriori
sin efecto. Para los Proculianos, en cambio, el efecto adquisitivo del legado
se supedita ab initio a su aceptación por el legatario, de modo que, mientras
no declare que lo acepta, no se convierte en titular del derecho real legado,
y si se lega la propiedad de una cosa, ésta queda mientras como «cosa sin
dueño» (res sine domino).

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282 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

que ha sido legado por vindicación bajo condición, mientras


la condición está pendiente. Nuestros maestros piensan que
es del heredero, a ejemplo del estatulibero, esto es, de aquel
esclavo que ha sido manumitido en el testamento bajo algu­
na condición, el cual consta que entretanto es esclavo del
heredero. Pero los autores de la escuela contraria consideran
que entretanto aquella cosa es de nadie; y con más razón lo
dicen de aquello que ha sido legado puramente y sin condi­
ción, antes de que el legatario acepte el legado122.

Gayo, «Instituciones». 2,216-17 y 221


(216) Legamos por precepción de este modo: «QUE
LUCIO TICÍO COJA CON ANTELACIÓN EL ESCLAVO
ESTICO». (217) Pero nuestros maestros piensan que no
puede legarse de este modo a ningún otro sino a aquel que ha
sido instituido heredero en alguna cuota <hereditaria>, pues
«precepción» es «tomar con antelación», lo cual tan sólo pro­
cede en la persona de aquel que ha sido instituido heredero en
alguna cuota <hereditaria>, porque éste, además de la por­
ción de herencia, ha de tener con antelación lo legado (218)
... (221) Pero los autores de la escuela contraria juzgan que
también puede legarse por precepción a un extraño, como
cuando se dispone así: «QUE TICIO COJA EL ESCLAVO
ESTICO», siendo superflua la sílaba añadida «pre»; y así esa
cosa parece legada por vindicación: esta opinión se dice que
ha sido confirmada por una constitución del divo Adriano123.

122 Un segundo punto discutido, a propósito del mismo legado vindica­


torio, se refiere a la incidencia en éste de la condición (véase supra n. 39):
¿a quién pertenece, mientras la condición no se cumple, el objeto del lega­
do? Para los Sabinianos, pertenece al heredero, como los restantes bienes de
la herencia; para los Proculianos, nadie es temporalmente titular del objeto
del legado, que, de ser una cosa, sería una res sine domino.
123 También fue objeto de discusión la naturaleza del legado «precepto-
rio» (per praeceptionem, de prae-capere = «apoderarse con antelación») o
«prelegado». Los Sabinianos, manteniendo la concepción originaria, defien­
den que ese tipo de legado sólo puede ser dispuesto a favor de un coherede­
ro, pues era el cauce para beneficiar a un coheredero con un bien determi­
nado de la herencia, al no ser posible la institución «en cosa determinada»
(e.\ re certa). Los Proculianos, por su parte, prescinden de esta limitación,

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FUENTES 283

Gayo, «Instituciones» 3,140s.124


(140) El precio <en la compraventa> debe ser determina­
do, pues, en otro caso, si entre nosotros hubiésemos conve­
nido que sea comprada una cosa en tanto cuanto Ticio la
haya estimado, Labeón negó que este negocio tuviera alguna
eficacia, cuya opinión aprueba Casio. Ofilio cconsideró que
era también> eso una compraventa, cuya opinión siguió Pró-
culo125126. (141) Asimismo, el precio debe consistir en dinero
acuñado. ... Se pregunta frecuentemente si el precio puede
consistir en otras cosas, por ejemplo, si un esclavo o una toga
o un fundo <pueden ser> el precio de otra cosa. Nuestros
maestros piensan que el precio puede consistir también en
otra cosa, de donde aquello que generalmente se piensa, de
que se contrae una compraventa por medio de la permuta de
las cosas, y que ésta es el tipo más antiguo de compraventa;
usan como argumento al poeta griego Homero, el cual dice
asi en alguna parte [en griego]:
y a l l í l o s g r i e g o s ele l a r g a c a b e l l e r a s e p r o c u r a r o n v i n o
u n o s p o r co b re, o tro s p o r b r illa n t e a ce ro ,
o tro s p o r cu e ro s, o tro s p o r lo s m is m o s b u e y e s
y o t r o s p o r e s c la v o s , ... etc .,26

Los autores de la escuela contraria disienten, y estiman que


una cosa es la permuta de cosas y otra la compraventa. En caso
contrario, no se podría explicar, en las permutas de las cosas,
qué cosa parece haberse vendido y cuál haber sido dada en con­
cepto de precio, sino que, por el contrario, parecería absurdo
que ambas cosas parecieran vendidas y ambas dadas en con­
cepto de precio. Pero dice Celio Sabino que si a ti, que tienes

defendiendo que podía ser dispuesto a favor de cualquier persona, lo que


facilitó la identificación de este legado preceptorio con el vindicatorio.
124 En Instituciones de Justiniano 3,23,1-2, se reproduce estos pasajes
con alteraciones, supresiones y añadidos.
125 En relación con el precio en el contrato de compraventa se plantea un
nuevo motivo de discrepancia. Para los Sabinianos, el precio debe estar
determinado desde el principio, no pudiendo dejarse a la estimación de un
tercero, cosa que, en cambio, sí admiten los Proculianos.
126 Los versos proceden de la /liada 7,472-475.

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FUENTES 285

las cosas son naturalmente indivisibles, o no puede hacerse


su división sin daño, ha de ser pagada, en todo caso, la esti­
mación por el heredero130.

D. 41,2,3,3-Paulo, 54 «al Ed.»


Neracio y Próculo <dicen> que no podemos adquirir la
posesión sólo con la intención, si no antecede la posesión
natural. Por lo tanto, si yo supiera que en mi fundo había
oculto un tesoro, yo lo poseería de inmediato desde que
tuviese la intención de poseerlo, porque lo que falta a la
posesión natural, eso lo suple la intención. Por lo demás, no
es verdad lo que piensan Bruto y Manilio de que aquel que
ha adquirido un fundo por la larga posesión131, ha adquirido
también el tesoro, aunque ignore que está en el fundo. En
efecto, aquel que lo ignora, no posee el tesoro, aunque posea
el fundo; pero incluso si lo sabe, no lo adquiere por la larga
posesión, porque sabe que es ajeno. Algunos, a los que me
adhiero, juzgan que es más cierta la opinión de Sabino de
que quien lo sabe no lo posee, mientras no lo haya cambia­
do de lugar, pues no está bajo nuestra custodia132.

130 Una nueva cuestión discutida a propósito de legados, en concreto,


del legado «de partición» (p a rtitio lega to), mediante el cual el testador grava
al heredero (efecto personal, véase s u p r a n. 9) con la obligación de trasmitir
al legatario una cuota de la herencia. En este caso, ¿el heredero debe al lega­
tario una parte de cada uno de los bienes hereditarios, o simplemente una
estimación pecuniaria del valor de la cuota? Los Proculianos se inclinan por
la primera opción; los Sabinianos, por la segunda. Pomponio aplica un crite­
rio intermedio que hace depender la solución del caso de la voluntad del
heredero y de la naturaleza -divisible o indivisible- de las cosas hereditarias.
131 En el texto original de Paulo se hablaba probablemente de la usucapión,
pero ésta fue sustituida por la «larga posesión» (la n g a p o s s e s s io n que debe
identificarse con la «prescripción de largo tiempo» ( lo n g i te m p o ris p r a e s c r ip -
tio; véase infra s u b VIII.B n. 37), utilizable, en el derecho justinianeo, para los
inmuebles, en tanto que la usucapión quedaba limitada para las cosas muebles.
132 En el marco general de la problemática de la adquisición de la pose­
sión «sólo por la intención» ( a n im o ta n tu m ), se plantea la cuestión concre­
ta de la adquisición del tesoro. A este respecto, tanto Proculianos como
Sabinianos excluyen que baste la simple intención para adquirir el tesoro
oculto, pues es necesario la previa posesión natural, es decir, la tenencia
efectiva (c o r p u s ), pero surgen las discrepancias en el desarrollo de este prin-

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VI

GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO

Según Suetonio1, el tercer día de las nonas de abril, es


decir, un año y cuatro meses antes de su muerte, en Ñola, el
19 de agosto del 14 d.C., Augusto hizo testamento, escri­
biéndolo en parte él mismo y en parte sus libertos Pólibo e
Hilarión, y se lo confió, junto con otros tres documentos,
sellados todos ellos, a las Vestales, quienes lo entregaron al
Senado después de la muerte de Augusto. De los tres docu­
mentos complementarios, el primero eran instrucciones
acerca de sus honras fúnebres; otro contenía «un índice de
las gestas realizadas por él» (index re rum a se gestarum),
«que quería que se grabase en tablas de bronce que se colo­
casen ante su Mausoleo» (quem vellet incidí in aeneis tabu-
lisf quae ante Mausoleum statuerentur); el tercero, era un
inventario de la situación del ejército y de la economía en
todo el Imperio.
En 1555, durante la guerra de Austria con los turcos,
una embajada del emperador germánico Fernando I -hijo
de Felipe el Hermoso y de Juana la Loca, y hermano del
emperador Carlos V - al sultán Solimán el Grande encontró,

1 Suetonio. Augustus 101.

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288 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

grabada en las paredes de una mezquita de Ancyra (la


actual Ankara), antigua capital de la Galacia, una inscrip­
ción bilingüe, en latín y en griego. Dicha mezquita había
sido con anterioridad un templo romano dedicado a la diosa
Roma y al mismo Augusto. La inscripción -conocida por la
posteridad como Monumentum Ancyranum- contenía pre­
cisamente aquel «índice» al que se refería Suetonio y del
que se había perdido la memoria: una autobiografía de
carácter político y militar, redactada en primera persona
por el propio Augusto. Siglos después, se han encontrado
dos nuevas copias de esa misma inscripción, también en
sendos lugares de la antigua Galacia, región muy adicta a
Augusto, que la había convertido en provincia el año 25 a.C.:
unos fragmentos de una copia griega, grabada en mármol
entre el 14 y el 19 d.C., encontrados en Apolonia de Pisi-
dia, y cuya traducción parece haber sido obra de un perso­
naje local llamado Olimpio de Apolonia; y además, otros
nuevos fragmentos, éstos del texto latino, hallados en
Antioquía de Pisidia, en 1914 y 1924.
Según parece, el texto habría sido escrito por el propio
Augusto, entre los años 12 y 14 d.C. -aunque esta cuestión
es discutida-, pues en el §35 Augusto declara tener ya seten­
ta y seis años. Asimismo, cabe conjeturar que Tiberio cum­
plió la voluntad de Augusto, ordenando la grabación del
texto del «índice» en dos columnas de bronce situadas delan­
te del Mausoleo que el mismo Augusto había hecho construir
el año 28 a.C., en el Campo de Marte, y permitió además que
se hiciesen copias del texto para ser colocadas en templos
y aras erigidos en las provincias en honor de Augusto.
El texto aparece estructurado internamente, en líneas
generales, según la división tradicional de los «elogia»: los
cargos políticos desempeñados y distinciones recibidas
(ihonores: §§ 1- 14), es decir, lo que podríamos llamar el
«curriculum» político; los gastos realizados, a costa de su
patrimonio personal, en beneficio de la República y de todos
los ciudadanos (impensae: §§ 15- 24); y, por último, las haza­
ñas militares llevadas a cabo por él (res gestae: § § 25- 35),
esto es, el «curriculum» militar.

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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 289

Tres ideas generales -que quizá fueron las que motiva­


ron, con evidentes fines de propaganda política, la redacción
de un documento así- parecen deducirse de esta autobiogra­
fía: su exquisito respeto por las instituciones políticas repu­
blicanas; su generosidad con la República y con todo el pue­
blo romano; y su labor de pacificación interna del Imperio.
En suma, la grandeza personal de Augusto.
Estas R e s g e s t a e d i v i A u g u s t i no tienen, desde luego, un
excesivo interés para el derecho privado, aunque sí lo tienen,
desde el punto de vista historiográfico y político, para cono­
cer y comprender el personaje que, quizá, más influyó en la
historia de Roma. Por esta razón hemos seleccionado este
texto en esta antología.

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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 291

C o p ia d e l a s in s c r ip c io n e s g r a b a d a s e n d o s c o l u m ­
n a s DE BRONCE, QUE ESTÁN COLOCADAS EN ROMA, QUE
HACEN RECORDAR LAS GESTAS DEL DIVO AUGUSTO, MEDIAN­
TE LAS CUALES SOMETIÓ EL ORBE DE LA TIERRA AL DOMINIO
DEL PUEBLO ROMANO, Y LOS GASTOS QUE HIZO EN BENEFICIO
DE LA REPÚBLICA Y DEL PUEBLO ROMANO

(1,1) A la edad de diecinueve años, por propia iniciativa y


a mi propia costa, reuní un ejército, con el cual reclamé la
libertad de la República de la dominación de un grupo2. (2)
Por esta razón, siendo cónsules C. Pansa y A. Hirtio, el Sena­
do, con decretos honoríficos, me incluyó en su orden, otor­
gándome la dignidad consular para manifestar mi opinión, y
me concedió el imperio3. (3) Me ordenó cuidar a mí, propre­
tor, junto con los cónsules, de que la República no sufriese
ningún daño4. (4) Y en el mismo año, el pueblo me nombró
cónsul, habiendo muerto ambos cónsules en la guerra,
y triunviro para restablecer la República5.

2 Cuando César es asesinado, el 15 de marzo del 44 a.C., Octavio no


había cumplido aun los 19 años: había nacido el 23 de septiembre del 63
a.C. (Suetonio, Aug. 5). Cuando le llega, en Grecia, la noticia del asesinato
de César, Octavio vuelve a Italia, recluta un ejército entre los veteranos de
César, y hace valer sus derechos de sucesión como hijo adoptivo de César.
Aunque el sobrenombre de «Augusto» (Augustus) no le es concedido por el
Senado hasta el 27 a.C. (véase infra §36,2 y n. 70), lo utilizaremos para refe­
rimos a él, con independencia de la cronología.
3 El 1 de enero del 43, el Senado le incorpora con rango consular y le
concede el poder militar como proprctor. Conviene subrayar que Augusto no
sólo respetó la autoridad del Senado, símbolo de la libertad republicana,
sino que incluso, al menos en apariencia, reforzó su dignidad y sus compe­
tencias. No parece ajeno a esta actitud el hecho de que la conjuración que
terminó con la vida de César tuviera su foco principal en el Senado, con el
pretexto de que quería subvertir el orden republicano, implantando una
monarquía de tendencia oriental.
4 Mediante un senatus amsultuni ultinuun, también le encomienda la defen­
sa de la República, junto con los cónsules de ese año, C. Pansa y A. Hirtio.
5 Al morir los dos cónsules en la guerra contra Marco Antonio (sobre los
rumores acerca de que había sido el propio Augusto quien los había elimina­
do, véase Suetonio, Aug. 11), y ante una posible reconciliación de éste con
el Senado, Augusto avanza sobre Roma con sus legiones, y envía al Senado
una delegación que solicite el consulado para él. Según Suetonio, Aug. 26,

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292 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

(II) A quienes habían asesinado a mi padre, los envié al


exilio, vengando su crimen en juicios legítimos, y después
vencí dos veces en batalla a quienes hacían la guerra a la
República6.
(Ill,1) Muchas veces, por tierra y por mar, hice guerras
civiles y externas en todo el orbe de la tierra y, vencedor, per­
doné a todos los ciudadanos que pedían indulgencia7. (2)
Preferí conservar más que exterminar a los pueblos extranje­
ros a los que se podía perdonar sin peligro. (3) Alrededor de
unos quinientos mil ciudadanos romanos estuvieron bajo mi
juramento cmilitar de fidelidadx De éstos, a algunos más de

ante la indecisión del Senado, el centurión Comelio, jefe de esa delegación,


apartando el capote militar, mostró la empuñadura de la espada mientras
decía: «Ésta lo nombrará, si no lo hacéis vosotros» ( h i c faciet, s i v o s n o n
feceritis). Fue elegido cónsul el 19 de agosto del 43 a.C., teniendo como
colega a Q. Pedio. En octubre del mismo año, Augusto se reúne con Marco
Antonio y Lépido en una isla del río Lavinio. En ese encuentro se acuerda
constituir el segundo triunvirato, que es reconocido oficialmente el 27 de
noviembre, mediante la le x Titia d e I l l v i r i s r e ip u b lic a e c o n s t it u e n d a e , que
les concedía el poder consular para cinco años, con facultad de nombrar a los
magistrados. La finalidad del triunvirato era, según el testimonio de estas R e s
G e s t a e , el restablecer la República. No deja de ser significativo, sin embar­
go, que, para restablecer la República, se acudiera a una solución política
extraña al mismo orden republicano. De nuevo vuelve a manifestarse el inte­
rés de Augusto por aparecer como restaurador de la República, y así es de
destacar su insistencia en la «normalidad» política del triunvirato, recalcan­
do que todo se hace contando con la intervención de los cónsules.
6 La «ley Pedia sobre los asesinos de César» (le x P a e d ia d e in te ife c to ri-
b u s C a e s a r is ), del 43 a.C., fue propuesta, a sugerencia de Augusto, por el
cónsul sufecto Q. Pedio. Mediante ella, se creó una q u a e stio e x tra o rd in a ria
para castigar a los asesinos de César con el exilio ( a q u a et ig n i in te rd ic tio ) y
la confiscación de los bienes. Cicerón, en cambio, había propuesto una
amnistía. Las victorias a las que aquí se refiere Augusto son las de Filipos (el
23 de octubre y el 14 de noviembre del 42 a.C.), contra Marco Junio Bruto
y Cayo Casio, asesinos de César, en la primera de las cuales Augusto estuvo
a punto de ser hecho prisionero en un asalto a su campamento por parte de
las tropas de Bruto. Derrotado éste, Augusto envió su cabeza a Roma para
que fuera colocada al pie de la estatua de César; cfr. Suetonio, A u g . 13.
7 Según Suetonio, A u g . 9, Augusto intervino en cinco guerras civiles: la
de Módena, contra Marco Antonio, antes de la constitución del triunvirato;
la de Filipos, contra los asesinos de César; la de Perusa, contra Lucio Anto­
nio, hermano del triunviro; la de Sicilia, contra Sexto Pompeyo, hijo de
Gneo Pompeyo; y, por último, la de Accio, de nuevo contra Marco Antonio.

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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 293

trescientos mil los instalé en colonias o los devolví a sus


municipios, después de cumplir su servicio militar, y a todos
les asigné tierras o les di dinero como recompensas por el
servicio militar. (4) Capturé seiscientas naves, sin contar las
que eran menores que las trirremes.
(IV,1) Dos veces celebré triunfos con ovación, y tres cele­
bré triunfos cumies, y veintiuna veces fui proclamado empe­
rador, decretando para mí el Senado muchos más triunfos, de
todos los cuales me abstuve. Deposité en el Capitolio el lau­
rel de los fasces, cumpliendo los votos que solemnemente
había hecho en la guerra8. (2) A causa de las hazañas feliz­

8 La «ovación» (ovatio) era una forma menos solemne de celebrar las


victorias bélicas, cuando faltaba algún requisito para un «triunfo»: el gene­
ral entraba en Roma, a pie o a caballo, vestido con la toga pretexta, corona­
do con mirto, sin portar el cetro, y acompañado de un pequeño cortejo. Por
su parte, el «triunfo» (triumphus) sólo era concedido en las victorias más
importantes, cuando habían sido muertos más de cinco mil enemigos. El
general vencedor esperaba, fuera de Roma, la decisión del Senado. Cuando
éste reconocía el triunfo, se formaba el cortejo triunfal en el Campo de
Marte, y entraba armado en la ciudad a través de la Puerta Triunfal. Abrían
el cortejo los magistrados y los senadores; seguían las trompetas y los cuer­
nos, los espolios capturados a los enemigos, los sacerdotes con las víctimas
para los sacrificios, los prisioneros de cierto rango, y las insignias y trofeos
de los vencidos; cerraba el cortejo, precedido de los líctores, el triunfador,
vestido con la túnica palmata (con palmas bordadas) y la toga picta (con
púrpura y oro), una corona de laurel en la cabeza, llevando en la mano el
cetro rematado por el águila, y la cara teñida de rojo. A su lado, un esclavo
le recordaba repetidamente: «Recuerda que eres hombre» (hominem te esse
memento), para evitar una excesiva divinización. Le seguían sus soldados,
con ramos de laurel, aclamándole. Llegado al Capitolio, el triunfador entre­
gaba a Júpiter Capitolino la corona de laurel -cum pliendo así los votos
hechos antes de comenzar la guerra-, y celebraba un solemne sacrificio,
seguido de un banquete para magistrados y senadores. Augusto (cfr. Sueto-
nio, Aug. 22) celebró dos ovaciones: el 42 a.C., tras vencer a Marco Junio
Bruto y Cayo Casio en Filipos, y después de que Agripa venciese en Sicilia
definitivamente a Sexto Pompeyo (36 a.C.); y tres triunfos, que se celebra­
ron en días sucesivos, en agosto del 29 a.C., para festejar su victoria en Dal-
macia sobre distintos pueblos bárbaros, la de Accio, y la dominación de
Egipto. Estas dos últimas, aunque habían sido sobre su colega Marco Anto­
nio (y, por lo tanto, no merecedoras de un «triunfo»), Augusto las presentó
como victorias sobre Cleopatra y el pueblo egipcio, y, de hecho, la esfinge
de Cleopatra fue incluida en el cortejo triunfal, junto con sus hijos Alejan­
dro Helios y Cleopatra Selene (Dión Casio 51,21,8).

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294 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

mente realizadas por mí, o por mis legados bajo mis auspi­
cios9, por tierra y por mar, el Senado decretó, en cincuenta y
cinco ocasiones, que debían dirigirse súplicas a los dioses
inmortales, y los días en los que se hicieron súplicas en vir­
tud del senadoconsulto fueron ochocientos noventa. (3) En
mis celebraciones triunfales, fueron llevados delante de mi
carro ccomo prisioneros> nueve reyes o hijos de reyes. (4)
Al escribir estas cosas, he sido cónsul trece años y che esta­
d o treinta y siete en la potestad tribunicia101.
(V,l) Siendo cónsules M. Marcelo y L. Arruntio, no acep­
té la dictadura que me era ofrecida, presente o ausente yo,
tanto por el pueblo como por el Senado11. (2) Cuando la
máxima escasez de alimentos, no rechacé el cuidado del abas­
tecimiento, que administré de tal modo que, en pocos días,
libré a toda la ciudad del miedo y del peligro inminente, a mi
costa y cuidado12. (3) Asimismo, no acepté el consulado,
tanto anual como perpetuo, que me era ofrecido.
(VI, 1) Siendo cónsules M. Vinicio y Q. Lucrecio, y des­
pués P. Léntulo y Cn. Léntulo, y por tercera vez Paulo Fabio
Máximo y Q. Tuberón, estando de acuerdo el Senado y el
pueblo romano para nombrarme a mí solo cuidador de las
leyes y de las costumbres con potestad máxima, no acepté

9 Hay que tener en cuenta que Augusto era quien obtenía los auspicios
para el éxito de las guerras, y, por lo tanto, aunque éstas las llevasen a cabo
-e l ductus- sus legados, el honor de la victoria era para él.
10 Augusto había sido cónsul por primera vez el 43 a.C.; luego, el 33 y
después, sin interrupción, entre en 31 y el 23; más tarde, el 5 y el 2, en
ambos casos coincidiendo con que sus nietos vistieron la toga viril y fueron
presentados en el foro; véase infra n. 28.
11 El 22 a.C., Augusto emprende su segundo viaje a las provincias orien­
tales. Apenas iniciado, es llamado a Roma para poner remedio al hambre y
la escasez que asolaba la ciudad, afectada además por inundaciones, rayos,
y una epidemia de peste (Dión Casio 54,1). Se endilgaron estos desastres al
hecho de que Augusto había abandonado ese año el consulado, después de
nueve años consecutivos desempeñándolo. Por esta razón, el pueblo preten­
dió nombrarle dictador o cónsul perpetuo, pero Augusto consiguió eludir tal
intento, pues el ademán de rechazar el poder que se ofrece es una modali­
dad de propaganda política personal.
12 En efecto, aceptó, en cambio, la cura annonae para ocuparse, a su
costa, del abastecimiento de Roma.

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296 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

(VIII,1) En mi quinto consulado, aumenté el número de


patricios, con la autorización del pueblo y del Senado*18. (2)
Tres veces hice la lista del Senado, y en mi sexto consulado,
siendo mi colega M. Agripa, hice el censo del pueblo. Des­
pués de cuarenta y un años, celebré el lustro, en el cual fue­
ron censados cuatro millones sesenta y tres mil ciudadanos
romanos19*. (3) Después, siendo cónsules C. Censorino y C.

la de aconsejar al Senado y a los magistrados en los asuntos religiosos y cul­


tuales, supervisar el rito de las ceremonias y mantener las tradiciones religio­
sas, y fijar el calendario de las fiestas oficiales. Pese a la importancia del cargo,
estaba jerárquicamente subordinado al rex s a c r o r u m y a los tres Flámines
mayores (fla m e n D ia lis, M a r t ia lis y Q u irin a lis). Sobre su nombramiento como
Pontífice Máximo, véase infra n. 23. Los «augures» (a u g u r e s ) eran los encar­
gados de la adivinación oficial, consistente en interpretar, a través de diferen­
tes signos (el vuelo y el canto de las aves, la comida de los pollos sagrados, los
truenos y los rayos, etc.) la voluntad de Júpiter respecto a la conveniencia de
determinados actos oficiales, antes de los cuales debían ser consultados los
augures. Augusto fue nombrado augur el 41 a.C. Los «quindecenviros para
celebrar los ritos sagrados» (q u in d e c e m v ir i s a c r is f a d u n á i s ) estaban encarga­
dos de la custodia de los Libros Sibilinos y de controlar los ritos extranjeros
introducidos en Roma. Parece que Augusto accedió a este cargo entre el 37 y
el 35 a.C. Los «septenviros de los convites sagrados» (se p te m v iri e p u lo n u m )
debían organizar los banquetes públicos en honor de los dioses. Augusto se
incorporó a ellos alrededor del 15 a.C. Los otros cargos religiosos citados a
continuación tienen menor importancia: los «hermanos Arvales» (fratres A n a ­
les), que celebraban cada mayo un antiguo rito en honor de la diosa de la fecun­
didad de la tierra; los «cofrades Ticios» (s o d a le s Titius), de los que ignoramos
casi todo; y los «feciales» (fetiales), encargados de las solemnes declaraciones
de guerra y de la redacción de los tratados internacionales.
18 Mediante la ¡ex S a e n ia d e p le b e is in p a t r i a o s a d le g e n d is , de finales
del 30 a.C., propuesta por C. Senio, cónsul sufecto, se admitieron en el
patriciado algunas familias plebeyas, a fin de garantizar la continuidad de
los patricios, muy diezmados por las guerras civiles anteriores y las corres­
pondientes proscripciones. Según Dión Casio 49,43,6, ya había hecho lo
mismo con anterioridad, autorizado por el Senado.
19 Aunque Augusto sólo menciona aquí tres, parece que fueron cinco las
renovaciones del Senado, que pueden datarse los años 28, 18 y 8 a.C., y 4
(llevada a cabo por una comisión del propio Senado) y 14 d.C., es decir,
cada diez años. Mediante «la lista del Senado» ( l e a i o s e n a t u s ) se procedía
a la renovación del Senado. Era competencia ordinaria de los censores, pero
a Augusto, sin serlo, se le había concedido la potestad censoria. La confec­
ción del censo de ciudadanos era también competencia de los censores, que
lo realizaban de ordinario cada cinco años (véase s u p r a s u b I n. 24). El úiti-

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298 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

(X,l) En virtud de un senadoconsulto, mi nombre fue


incluido en el himno Saliar, y se sancionó por ley que yo
fuese sacrosanto a perpetuidad y que, mientras viviese,
tuviera la potestad tribunicia*22. (2) Para que no me nombra­
ran pontífice máximo, en lugar de un colega mío vivo, ofre­
ciéndome el pueblo este sacerdocio que mi padre había teni­
do, lo rechacé. Después de unos años, muerto aquel que lo
había ocupado con ocasión de una revuelta civil, y habiendo
confluido en los comicios, desde Italia entera, una multitud
como, según se dice, nunca hasta entonces se había reunido
en Roma, acepté ese sacerdocio, siendo cónsules P. Sulpicio
y C. Valgio23.
(XI) Con motivo de mi regreso, el Senado consagró el
altar de la Fortuna Redux, delante de los templos del Honor
y de la Virtud, en la Puerta Capena, en el cual ordenó que los
pontífices y las vírgenes Vestales celebrasen un sacrificio
anual aquel día en el que, siendo cónsules Q. Lucrecio y
M. Vinicio, había regresado a la ciudad, desde Siria, y llamó
a este día «Augustal» por nuestro cognomen24.

Casio 53,1,4, dice que el propio Augusto, junto con Agripa, organizó los
primeros el 28 a.C., para celebrar la victoria de Accio sobre Marco Anto­
nio. Hay constancia de otros posteriores. También según Suetonio, Aug. 44,
Augusto excluyó a las mujeres de las competiciones de atletismo.
22 El Himno Saliar lo componían invocaciones a los dioses oficiales de la
República, y plegarias a algunos en particular, para asegurar la salvación de
Roma en la guerra. En cierto modo, la incorporación de Augusto a este himno
significaba hacer una misma cosa su seguridad personal y la de Roma; más
tarde, fueron introducidos en esos himnos otros Principes. Por otra parte,
vuelve Augusto a referirse a la sacrosanctitas perpetua que le había sido
concedida el año 36 a.C., al finalizar las guerras civiles, y a la posterior con­
cesión de las restantes facultades de la potestad tribunicia (véase supra n. 14).
23 César había sido Pontifex Maximus. A su muerte, fue designado de un
modo irregular, con ocasión de una revuelta civil (civilis ntoíus occasioned
Lépido. En vida de éste, pese a tratarse de un cargo vitalicio, el pueblo ofre­
ció a Augusto ese cargo sacerdotal, que éste rechazó; pero tras la muerte de
Lépido, probablemente el 12 a.C., una gran multitud procedente de toda Ita­
lia acudió a los comicios para forzar a Augusto a aceptar el cargo, como así
ocurrió.
24 El 19 a.C. Roma vivió una situación política delicada. Augusto lle­
vaba fuera de Roma desde el 22 a.C. -S icilia, Grecia, Asia, Siria-, y, en
previsión de que él quisiera aceptar el consulado, se decidió elegir ese
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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 299

(XII, 1) Por la autoridad del Senado, parte de los pretores


y de los tribunos de la plebe, junto con el cónsul Q. Lucrecio
y varones principales, fue enviada a mi encuentro en Cam­
pania, honor que, hasta ese momento, no había sido conce­
dido a nadie excepto a mí25. (2) Cuando desde Hispania y
Galia, llevados a término prósperamente los asuntos en estas
provincias, regresé a Roma, siendo cónsules Ti. Nerón y P.
Quintilio, el Senado decidió que, con ocasión de mi regreso,
debía ser consagrado el altar de la Paz Augústea, en el
Campo de Marte, en el cual ordenó que los magistrados, los
sacerdotes y las vírgenes Vestales celebrasen un sacrificio
anual26.
(XIII) Siendo yo Príncipe, el Senado decidió cerrar en
tres ocasiones el ctemplo de> Jano Quirino, que nuestros
antepasados quisieron que estuviese cerrado cuando en todo
el Imperio del pueblo romano, en tierra y en mar, se hubiese
alcanzado la paz con las victorias, mientras que antes de
nacer yo, desde la fundación de la ciudad, se conserva
memoria de que se hubiese cerrado sólo dos veces27.

año sólo un cónsul. Uno de los candidatos, Egnatio Rufo, planeó el ase­
sinato de Augusto, pero, descubierto su propósito, fue condenado a muer­
te. Inquieto el pueblo por estos acontecimientos, prepara para el 13 de
octubre el recibimiento triunfal de Augusto, pero éste adelantó su llega­
da a la noche del 12, desbaratando con ello una entrada apoteósica. Así
las cosas, el Senado decide concederle múltiples honores, de los cuales
sólo acepta la proclamación como sagrados del lugar y del día de su
regreso a Roma.
25 Sigue hablando Augusto del episodio anterior. El Senado había dis­
puesto que una comisión ciudadana saliese a recibirle, entre otras cosas,
para pedirle que aceptase el consulado o que propusiese un candidato. Pero
Augusto rechazó su designación y nombró como segundo cónsul a Q.
Lucrecio Vespillo, pese a haber estado proscrito (Dión Casio 54,10,2).
26 Durante tres años (del 16 al 13 a.C.), Augusto volvió a estar fuera de
Roma, esta vez en Hispania y la Galia, y regresó a Roma el 4 de julio del 13 a.C.
27 Antes de Augusto, las puertas del templo de Jano, según la tradición,
se habían cerrado sólo dos veces: en tiempos del rey Numa, y durante el
consulado de T. Manlio, después de finalizar la Primera Guerra Púnica (235
a.C.). En vida de Augusto, se cerraron tres veces (cfr. Suetonio, Aug. 22):
después de la batalla de Accio, de la victoria sobre los Cántabros, y una ter­
cera desconocida.

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300 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

(XIV,1) A causa de mi honor, a mis hijos Gayo y Lucio


Césares, a quienes la fortuna me arrancó todavía jóvenes, el
Senado y el pueblo romano los designaron cónsules, cuando
tenían quince años, para que ellos desempeñaran la magis­
tratura un quinquenio después; y desde aquel día en que fue­
ron llevados al Foro, el Senado decretó que fueran distingui­
dos en los consejos públicos28. (2) Y todos los caballeros
romanos los declararon príncipes de la juventud, obsequian­
do a uno y a otro con escudos y lanzas de plata29.
(XV,1) En cumplimiento del testamento de mi padre,
entregué a la plebe romana trescientos sestercios por perso­
na, y durante mi quinto consulado, di en nombre propio cua­
trocientos sestercios de los botines de guerra; y en mi déci­
mo consulado, de nuevo entregué, de mi patrimonio personal,
cuatrocientos sestercios como congiario; y en mi undécimo
consulado, distribuí doce avituallamientos de trigo compra­
do privadamente; y en mi duodécima tribunicia potestad, di
por tercera vez cuatrocientas monedas por persona. Estos
congiarios míos llegaron a no menos de doscientos cincuen­
ta mil hombres30. (2) En mi décima octava tribunicia potes-

28 Gayo y Lucio eran hijos de Marco Vipsanio Agripa y de Julia, hija de


Augusto, y, por lo tanto, nietos de éste, nacidos respectivamente los años 20
y 17 a.C. Augusto los adoptó como hijos (17 a.C.) y los tuvo a su lado,
incluso enseñándoles él mismo, según Suetonio (Aug. 64), a leer y a escri­
bir. Cuando les llegó el momento de vestir la toga viril (el 5 y el 2 a.C., res­
pectivamente), Augusto quiso volver a ser cónsul, a fin de participar como
tal en la presentación de sus nietos en el Foro. Fueron entonces nombrados
cónsules para cinco años después, pero sólo Gayo llegó a desempeñarlo.
Éste fue gravemente herido en Oriente, durante una entrevista traidora, junto
al fuerte de Artagira, en septiembre del 2 d.C., muriendo en Limyra (Licia)
el 21 de febrero del 4 d.C., mientras regresaba por mar a Italia. Lucio había
muerto en Marsella el 20 de agosto del 2 d.C. Estas muertes desbarataron
los planes sucesorios de Augusto y le llevaron a adoptar a Tiberio, hijo de
su mujer Livia (véase infra n. 58), que se había retirado a Rodas, celoso de
los honores que se dispensaban a los jóvenes.
29 El título honorífico de princeps iuventutis no había existido hasta enton­
ces, y recuerda el de princeps senatus concedido al mismo Augusto. Con este
§ se cierra la primera parte de las Res Gestae dedicada a los honores.
30 El primero de estos repartos tiene lugar el 44 a.C., cuando entra en
Roma al frente de su ejército; el segundo, el 29 a.C., tras la victoria de Accio

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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 301

tad y décimo segundo consulado, di sesenta denarios por


persona a trescientos veinte mil <hombres> de la plebe urba­
na31. (3) Y en mi quinto consulado, di mil monedas de los
botines <de guerra>, por persona, a las colonias de mis sol­
dados; recibieron en las colonias este congiario triunfal alre­
dedor de ciento veinte mil hombres32. (4) En mi décimo ter­
cer consulado, di sesenta denarios a la plebe, que entonces
recibía trigo público; éstos fueron poco más de doscientos
mil hombres33.
(XVI,I) Pagué dinero a los municipios por las tierras que,
durante mi cuarto consulado y después, siendo cónsules M.
Craso y Cn. Léntulo Augur, adjudiqué a los soldados; la
suma que pagué por las tierras itálicas fue alrededor de seis­
cientos millones de sestercios, y alrededor de doscientos
sesenta millones lo que pagué por las tierras provinciales.
Hice esto por primera vez y sólo yo, de todos los que funda­
ron colonias de soldados en Italia o en las provincias, para
recuerdo de mi época34. (2) Y después, siendo cónsules Ti.
Nerón y Cn. Pisón, y también siendo cónsules C. Antistio y

y de apoderarse de un gran botín en Egipto; el tercero, el 24 a.C., después


de la victoria en Hispania; el cuarto, los avituallamientos de trigo, el 22 a.C.,
cuando se produce la ya mencionada carestía en Roma (véase supra n. 11);
el último, el 12 a.C., al ser nombrado Pontífice Máximo. Se denomina «con­
giario» (congiarius) la distribución de monedas al pueblo por parte de los
emperadores: una costumbre que introdujo precisamente Augusto, y que
habían de mantener los emperadores posteriores.
31 El 5 a.C., cuando su nieto e hijo adoptivo Gayo recibe la toga viril
(véase supra n. 28).
32 El texto retrocede cronológicamente, para referirse de nuevo al 29 a.C.,
después de la victoria de Accio.
33 El 2 a.C., cuando su otro nieto e hijo adoptivo Lucio toma la toga viril
(véase supra n. 28).
34 Una vez concluidas las guerras civiles, reducidos por ello drásticamen­
te los ejércitos, Augusto se encontró con un gran número de veteranos licen­
ciados que exigían sus recompensas mediante la asignación de tierras, según
era habitual. Para ello, se vio obligado a comprar tierras a los municipios,
tanto itálicos como provinciales (a este fin responde, en parte, la antes men­
cionada estancia en Galia e Hispania; véase supra n. 26), hasta que creó el
Erario militar (véase infra n. 37). Augusto se refiere aquí a dos fechas: su
cuarto consulado, el 30 a.C., y el de M. Craso y Cn. Léntulo, el 14 a.C. El 13
a.C., Augusto reduce el tiempo de servicio militar: dieciséis años en las legio­

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302 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

D. Lelio, y siendo cónsules C. Calvisio y L. Pasieno, y sien­


do cónsules L. Léntulo y M. Mésala, y siendo cónsules L.
Caninio y Q. Fabricio, a los soldados que, concluido su ser­
vicio militar, envié a sus municipios, les pagué los premios
en dinero, para lo cual gasté alrededor de cuatrocientos
millones de sestercios35.
(XVII,1) Cuatro veces ayudé con mi dinero al Erario
público, para lo que ofrecí ciento cincuenta millones de ses­
tercios a quienes estaban al frente del Erario36. (2) Y siendo
cónsules M. Lépido y L. Arruntio, ofrecí ciento setenta
millones de sestercios de mi patrimonio al Erario militar, que
había sido constituido por mi consejo, para que de él se die­
sen premios a los soldados que hubiesen servido militar­
mente veinte o más años37.
(XVIII) Desde aquel año en que fueron cónsules Cn. y P.
Léntulo, como fallasen los impuestos, saqué de mis hórreos
y de mi patrimonio contribuciones de avituallamiento y
pecuniarios, unas veces para cien mil hombres, otras para
muchos más38.

nes y doce en las cohortes pretorianas, que fue aumentado, el 5 d.C., respec­
tivamente a veinte y dieciocho.
35 Se hace aquí referencia a cinco licénciamientos de veteranos, que tuvie­
ron lugar los años 7, 6, 4, 3 y 2 a.C. A la vista de la ya aludida escasez de tie­
rras para premiar a los veteranos licenciados, Augusto decide recompensarlos
con dinero, para lo cual creará el llamado Erario militar (véase infra n. 37).
36 En la época anterior a Augusto, la fuente principal de ingresos del
Erario eran los distintos tributos procedentes de las provincias. Con la
división de éstas en senatoriales e imperiales, una parte de ellas pasó a
depender del Príncipe, por lo cual el Erario perdió buena parte de sus
ingresos, sin disminuir, en cambio, sus gastos. Así, cuando el déficit se
hacía particularmente grave, Augusto remediaba la situación con genero­
sas aportaciones.
37 El 5 d.C., por consejo de Augusto, se desgajó del Erario público el
Erario militar, cuya función era la de hacer efectivos los pagos a los solda­
dos que se licenciaban. Al crearse ese nuevo Erario, Augusto contribuyó con
la cantidad indicada, al mismo tiempo que destinaba a ese Erario las canti­
dades de distintos impuestos. Al frente de ese Erario militar puso tres pre­
fectos de rango pretorio, cuyo nombramiento se reservó él mismo.
38 Se refiere al 18 a.C. El estado lagunoso de este pasaje ha provocado
interpretaciones diversas.

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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 303

(XIX,1) Construí la Curia y el <pórtico> Calcidico conti­


guo, el templo de Apolo con sus pórticos en el Palatino, el
templo del divo Julio, el Lupercal, el pórtico hasta el circo
Flaminio, el cual consentí que fuera llamado con el nombre
de quien había construido el anterior en el mismo suelo, <es
decir, Pórtico> Octavio, el palco del Circo Máximo39, (2) los
templos de Júpiter Feretrio y de Júpiter Tonante en el Capi­
tolio, el templo de Quirino, los templos de Minerva, de Juno
Reina y de Júpiter Libertador en el Aventino, el templo de los
Lares en lo más alto de la Vía Sacra, el templo de los dioses
Penates en Velia, el templo de la Juventud, <y> el templo de
la Gran Madre en el Palatino40.

39 Se inicia ahora un apartado dedicado a las obras públicas realizadas a


su costa. Augusto concluyó la edificación de la Curia Julia, iniciada por
César para sustituir a la Curia Hostilia. Contiguo a la Curia estaba el Chal-
cidium, del que se ignoran las características concretas y las razones del
nombre; más tarde se llamó «Atrio de Minerva». El templo de Apolo fue
consagrado en octubre del 28 a.C., con unas grandes fiestas a las que aluden
Propercio (3,29) y Horacio (Od. 1,31), aunque se había iniciado su construc­
ción al acabar la guerra de Sicilia contra Sexto Pompeyo (36 a.C.); descono­
cemos con exactitud su emplazamiento (quizá estaba unido a la domus
Augusta) y su forma, pero sabemos (Suetonio, Aug. 29, y Dión Casio 53,1,3)
que estaba rodeado por un pórtico en el que Augusto había instalado una
biblioteca latina y otra griega; en él se celebraron algunas sesiones del Sena­
do, según Suetonio (Aug. 29) y Tácito (Aun. 2,37). Augusto erigió el templo
del divino Julio, en agosto del 29 a.C., en el lugar donde había sido incine­
rado el cadáver de su padre adoptivo. El Lupercal correspondía a la cueva en
la que, según la tradición, Rómulo y Remo habían sido amamantados por una
loba. Restauró, tras la guerra contra los dálmatas, el 33 a.C., el Pórtico de
Octavio, que había sido construido por Cn. Octavio después de su victoria
sobre el rey Perseo, el 168 a.C. y destruido por un incendio; al parecer, era el
primer edificio construido con columnas corintias. El 31 a.C., un incendio
destruyó el Circo Máximo, que Augusto reedificó, y al que hizo añadir una
especie de palco o galería, desde el cual solía contemplar los juegos.
J,) El templo de Júpiter Feretrio era el más antiguo del Capitolio, que la
tradición atribuía a Rómulo, que había depositado en él los primeros botines
de guerra: spolia opima (Livio 1,10); Augusto lo restauró el 31 a.C. En sep­
tiembre del 22 a.C., se consagró el templo dedicado a Júpiter Tonante, que
Augusto había edificado, según Suetonio (Aug. 29), en agradecimiento por
haber salvado la vida cuando, en la campaña contra los cántabros, cayó una
noche un rayo sobre su litera, matando a un esclavo que portaba la antorcha.
Terminó el 16 a.C. la total reedificación del templo de Quirino, que se había

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304 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

(XX,I) Reparé el Capitolio y el teatro de Pompeyo con


grandes gastos, y una y otra obra sin ninguna inscripción de
mi nombre41. (2) En muchos lugares, reparé los cauces de los
ríos, deteriorados por el tiempo, y dupliqué el agua que es
llamada Marcia con una nuevo canal <de suministro> conec­
tado en su cauce42. (3) Terminé el Foro Julio y la basílica que

visto afectado por un rayo el 206 a.C., y destruido totalmente por un incen­
dio el 49 a.C.; el origen de este templo es dudoso, por las noticias diferentes
que da el propio Livio: en 10,46, lo atribuye al cónsul L. Papirio, del 293
a.C., pero en 4,21, habla de una sesión del Senado celebrada en ese templo
el 435 a.C. También restauró Augusto los templos de Minerva, cuyo origen
se remonta a antes de la Segunda Guerra Púnica; de Juno Reina, cuya fun­
dación, según Livio 5,22, se debe a Camilo, quien, después de la conquista
de Veyes, trasladó a Roma, construyendo para ella un templo en el Aventino,
la imagen de madera de la diosa que allí se veneraba, que sería sustituida, el
218 a.C., por otra de bronce ofrecida por las mujeres romanas (Livio 21,62);
y de Júpiter Libertador, cuya identificación con el templo de la diosa Liber­
tad, construido por el cónsul Graco el 238 a.C., es discutida. El templo dedi­
cado a los Lares públicos, protectores de la ciudad de Roma, terminó
dedicado a los Lares Augusti. Otro estaba dedicado a los dioses Penates del
pueblo romano (véase supra sub V.C n. 8). Los Lares eran divinidades pro­
tectoras del hogar doméstico, en el ámbito privado (lares familiares), y de la
ciudad, en el político (lares publici); al parecer, estaban vinculados propia­
mente a la tierra. El templo de la diosa Juventud fue dedicado el 193 a.C. por
Licinio Lúculo; destruido por un incendio el 16 a.C., fue reconstruido
por Augusto. El 205 a.C., los Libros Sibilinos indicaron que fuera llevada a
Roma la imagen de la Gran Madre Cibeles, para lo cual se comenzó a edifi­
car un templo en el Palatino, que se concluyó el 191 a.C., siendo dedicado
por M. Junio Bruto; pasto de las llamas ochenta años después, fue restaura­
do por Metelo; incendiado otra vez el 1 d.C., lo reedificó Augusto.
41 La tradición hace remontar a los Tarquinos la fundación del Capitolio,
aunque no se concluye su edificación hasta el 509 a.C., recién instaurada la
República, siendo dedicado por el cónsul Horacio; destruido por un incendio
en el 83 a.C., Sila comenzó su reedificación, que terminó Q. Lutacio Catulo;
Augusto, por su parte, reparó los daños causados por un rayo. El 55 a.C.,
durante el segundo consulado de Pompeyo, se concluyó este teatro, que fue la
primera edificación del Campo de Marte, y el primer teatro construido en pie­
dra; fue restaurado por Augusto de los daños que le causó un rayo en el 32 a.C.
42 Eran cuatro los acueductos que suministraban agua a Roma: el Apia­
no o Claudio, del 312 a.C.; el Anio, del 273/1 a.C.; el Marcio, del 143 a.C.;
y el Tepula, del 125 a.C. Agripa restauró el acueducto Marcio y construyó
el Julio (33 a.C.) y el Virgo (19 a.C.), además de setecientas cisternas, qui­
nientas fuentes y ciento treinta depósitos (Plinio, na!, hist. 36,121). Augus­
to mejoró, con un nuevo canal, el caudal de agua del acueducto Marcio, y

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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 305

se halla entre el templo de Cástor y el templo de Saturno,


obra comenzada y casi terminada por mi padre; y también
comencé <a reconstruid, con el título del nombre de mis
hijos, la misma basílica, destruida por un incendio, amplian­
do su superficie, y ordené que, si no lo hubiese terminado en
vida, fuese completada por mis herederos43. (4) Durante mi
sexto consulado, con la autorización del Senado, reparé en la
ciudad ochenta y dos templos de los dioses, sin omitir nin­
guno que en aquel momento debiera ser reparado44. (5) En
mi séptimo consulado, reparé la vía Flaminia desde la ciudad
hasta Rímini, y todos los puentes, excepto el Mulvio y el
Minucio45.
(XXI,1) Construí, en suelo privado, el templo de Marte
Vengador y el Foro Augústeo, con los botines <de guerra>.
En un terreno comprado en gran parte a particulares, cons­
truí, junto al templo de Apolo, un teatro que estuviese bajo el
nombre de mi yerno M. Marcelo46*. (2) Con los botines <de
guerra> consagré dones en el Capitolio y en el templo del
divo Julio y en el templo de Apolo y en el templo de Vesta y

construyó otro nuevo para suministrar agua para el foso en el que se cele­
braron las naumaquias (cfr. infra §23).
43 El Foro Julio fue comenzado el 54 a.C., e inaugurado, aun sin concluir,
el 46 a.C.; Augusto lo terminó de edificar. Lo mismo sucedió con la Basíli­
ca mencionada: comenzada e inaugurada en las mismas fechas y circuns­
tancias, la concluyó Augusto; destruida después por un incendio, Augusto
vuelve a edificarla con la intención de dedicarla con los nombres de sus
hijos adoptivos Gayo y Lucio, aunque terminó por llamarse Basílica Julia,
dedicada por Augusto pocos meses antes de su muerte.
44 El 28 a.C. Según Suetonio, Aug. 30, Augusto reconstruyó todos los
templos derruidos por el paso del tiempo o destruidos por incendios. Tam­
bién según Suetonio (Aug. 28), Augusto se ufanaba de haber recibido una
ciudad de ladrillo y dejar una de marmol.
43 Al parecer, la vía Flaminia y la mayor parte de sus muchos puentes se
encontraban en un estado deplorable, que hacía urgente una reparación, que
Augusto acometió el 27 a.C.
46 El templo de Marte Vengador había sido prometido por Augusto antes
de la batalla de Filipos. El Foro Augústeo, donde habían de celebrarse los
juicios privados, no fue concluido hasta agosto del 2 a.C. En cuanto al tea­
tro de Marcelo, fue proyectado por César, pero terminado por Augusto, que
lo dedicó en mayo del 11 a.C., con el nombre de su yerno Marcelo, falle­
cido el 23 a.C.

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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 307

(XXIII) Más allá del Tiber, en el lugar en que ahora está


el bosque de los Césares, habiendo cavado en el suelo <un
foso de> mil ochocientos pies de largo y mil doscientos de
ancho, ofrecí al pueblo un espectáculo de batalla naval, en el
cual combatieron entre sí treinta naves con espolón, trirre­
mes o birremes, y muchas más menores; en estos combates
navales, lucharon alrededor de tres mil hombres, sin contar
los remeros*50.
(XXIV,I) Como vencedor, repuse, en los templos de
todas las ciudades de la provincia de Asia, los ornamentos
que aquél contra quien hice la guerra poseía privadamente,
después de expoliar él esos templos51*. (2) Se levantaron en la
ciudad alrededor de ochenta estatuas mías de plata, pedes­
tres, ecuestres y en cuádrigas, las cuales yo mismo retiré y
con aquel dinero ofrecí, en el templo de Apolo, dones de oro
en mi nombre y en el de aquellos que me hicieron el honor
de las estatuas.
(XXV,1) Libré el mar de piratas. En esta guerra, hechos
prisioneros alrededor de treinta mil de los esclavos que ha­
bían huido de sus dueños y habían cogido las armas contra

guerra civil entre César y Pompeyo. Pero los quindecenviros, encargados


de organizados, los justificaron afirmando que los anteriores habían sido el
126 a.C., y no el 146, y que además el saeculum, tiempo máximo de vida de
un hombre, no era de cien, sino de ciento diez años. El poeta Horacio com­
puso para estos juegos del 17 a.C. su Carmen Saeculare. En cuanto a los
«Juegos Marciales» (Ludí Maníales) habían sido instituidos por Augusto
' para celebrar que había obligado a los partos (20 a.C.) a devolver las insig­
nias y los trofeos romanos arrebatados a Craso y a Marco Antonio.
50 Las naumaquias o combates navales se celebraron posteriormente más
veces, pero ésta, del 2 a.C., con motivo de la dedicación del templo de
Marte, parece ser la primera. El agua fue traída, por una conducción espe­
cial, de 33 km de largo, desde los lagos Alsietino y Sabatino. En el comba­
te naval se enfrentaron naves persas y atenienses, como queriendo repre­
sentar la batalla de Salamina. Posteriormente, Augusto donó al pueblo
romano, en nombre de sus hijos adoptivos Gayo y Lucio, el bosque dentro
del cual se encontraba ese lago artificial, que fue llamado por ello «Bosque
de los Césares» (nemus Caesarum).
51 Sin nombrarlo expresamente, se refiere aquí Augusto a Marco Anto­
nio, que había expoliado en su beneficio particular los templos de la ciuda­
des de la provincia de Asia.

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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 309

por tierra ni por mar había llegado antes de ese momento


ningún romano; y los cimbrios y los cárides y los semnones
y otros pueblos germanos del mismo territorio pidieron, por
medio de legados, mi amistad y la del pueblo romano55. (5)
Por mi mandato y bajo mi auspicio, fueron conducidos dos
ejércitos, casi al mismo tiempo, a Etiopía y a la Arabia que
es llamada Feliz, y fueron muertos en combate una enorme
cantidad de enemigos de uno y otro pueblos, y capturadas
muchas ciudades fortificadas. En Etiopía, se llegó hasta la
ciudad fortificada de Nabata, a la que está próxima Meroe;
en Arabia, el ejército avanzó, dentro de los territorios de los
sabeos, hasta la ciudad fortificada de Mariba56.
(XXVII,1) Incorporé Egipto a la dominación del pueblo
romano57. (2) Pudiendo convertir, después de muerto su
rey Artaxes, la Armenia Mayor en una provincia, preferí,
siguiendo el ejemplo de nuestros antepasados, entregar
aquel reino a Tigranes, hijo del rey Artavasdes y nieto del
rey Tigranes, por medio de Tiberio Nerón, que entonces era
mi hijastro58. Y ese mismo pueblo, alejado y rebelado des­

55 Esta expedición marítima, llevada a cabo por Tiberio, tuvo lugar el


5 a.C , y llegó hasta los territorios de los semnones, entre los ríos Elba y Weser.
56 Se refiere Augusto a la expedición -fracasada- de Aulo Galo, prefec­
to de Egipto, para conquistar la Arabia Feliz, el 24/23 a.C., y a la de Petro-
nio, sucesor del anterior en la prefectura, contra Etiopía, los años 23-21 a.C.
57 Después de la batalla de Alejandría, y de la muerte de Marco Antonio
y de Cleopatra, reina de Egipto, este territorio fue incorporado al dominio
romano como un patrimonio dependiente personalmente de Augusto, que lo
administraba por medio de un representante suyo, hasta tal punto que pro­
hibió que fuese visitado, sin su permiso, por ningún senador o caballero
ilustre (Tácito, Ann. 2,59).
58 Tiberio Claudio Nerón, mencionado aquí por Augusto como «hijas­
tro», era hijo de Tiberio Claudio Nerón y Livia Drusila, la cual se divorció
de aquél para casarse con Augusto, después de haber éste repudiado a
Escribonia. Inducido por el propio Augusto, Tiberio, tras divorciarse de
Vipsania Agripina, se casó con Julia (hija de Augusto y Escribonia), que
había previamente enviudado de Marco Claudio Marcelo (hijo de Octavia,
hermana de Augusto) y de Marco Vipsanio Agripa (general del ejército de
Augusto), y a la que Tiberio, por su vida disoluta, terminó repudiando y
expulsando de Roma (5 d.C.). Después de la muerte de Gayo y Lucio
(véase supra n. 28), Augusto adoptó a Tiberio, que había de sucederle, y a

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310 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

pués, y sometido por medio de mi hijo Gayo, lo entregué al


rey Ariobarzanes, hijo del rey de los medos Artabaces, para
que lo gobernara, y, después de su muerte, a su hijo Árta-
vasdes; muerto éste, envié a este reino a Tigranes, que era
oriundo de la estirpe real de los armenios59. (3) Reconquis­
té todas las provincias que, más allá del mar Adriático, se
extienden hasta el Oriente y Cirene, poseídas ya en gran
parte por reyes, y antes <reconquisté> Sicilia y Cerdeña,
ocupadas por la guerra servil60.
(XXVIII,1) Establecí colonias de soldados en África,
Sicilia, Macedonia, ambas Hispanias, Acaya, Asia, Siria,
Galia Narbonense, y Pisidia61. (2) Italia tiene veintiocho
colonias fundadas por mi autoridad, que, mientras vivo, han
sido muy celebradas y concurridas.
(XXIX,l) Después de vencer a los enemigos, recuperé, de
Hispania, de Galia y de los dálmatas, muchas enseñas mili­
tares, perdidas por otros generales. (2) Obligué a los partos a
devolverme los expolios y las enseñas de tres ejércitos de los
romanos, y a pedir suplicantes la amistad del pueblo roma­
no. Estas enseñas las repuse en el santuario que hay en el
templo de Marte Vengador62.

Agripa Postumo, hermano menor de aquéllos. De este modo cuasi-dinásti-


co, por vía de adopción, se resolvió el problema de la sucesión en el poder
durante el Principado.
59 En Armenia, se disputaban la influencia, con éxitos alternativos, los
romanos y los partos. Llama la atención la prolijidad con la que Augusto se
refiere aquí al problema de la dominación de Armenia. Quizá deba explicarse
esta circunstancia por la necesidad de Augusto de justificar su decisión, con­
traria a un sentir muy extendido en Roma, de no convertir Armenia en pro­
vincia.
60 Las primeras provincias habían sido perdidas por Marco Antonio;
Sicilia y Cerdeña habían estado en poder de Pompeyo.
61 Las colonias provinciales constituían un eficaz instrumento de roma­
nización de los territorios anexionados, así como de defensa militar de los
mismos, pues solían estar formadas por veteranos licenciados del ejército;
véase supra sub V.D introd.
62 Las enseñas militares romanas habían sido perdidas, en Hispania, por
los hijos de Pompeyo, y recuperadas por Augusto en sus campañas cánta­
bras, el 25 a.C. De las perdidas en la Galia, no tenemos otras noticias. Las
de Dalmacia se habían perdido el 48 y el 44 a.C., en las derrotas, respecti­

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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 311

(XXX,1) Vencidos por Tiberio Nerón, que era entonces


hijastro y legado mío, sometí a la dominación del pueblo
romano los pueblos de los panonios, que, antes de ser yo
Príncipe, el ejército del pueblo romano ni siquiera había
encontrado, y extendí las fronteras del Ilírico hasta la orilla
del río Danubio63. (2) Habiendo cruzado a la parte de acá este
río un ejército de los dacios, fue vencido y puesto en fuga
bajo mis auspicios, y llevado después mi ejército más allá del
Danubio, obligué a los pueblos de los dacios a soportar la
dominación del pueblo romano64.
(XXXI,1) Me fueron enviadas con frecuencia embajadas
desde la India, no vistas antes de ese momento por ningún
general de los romanos65. (2) Buscaron nuestra amistad por
medio de legados los reyes de Bastarna, Escitia y de los sár-
matas, que están a uno y a otro lado del río Tanais, y el rey
de los albanos y el de los hiberos y el de los medos66.
(XXXII,1) Acudieron a mí, suplicantes, los reyes de los
partos tiridates y después Frates, hijo del rey Frates; Artavas-

vamente, de Gabinio y Vatinio. Augusto las recuperó el 35/34 a.C. Los par­
tos habían derrotado en tres ocasiones a los ejércitos romanos: Orodes a
Craso, en el 53 a.C., y Frates dos veces a Marco Antonio, en los años 40 y
36 a.C. Augusto consigue del rey Frates IV, el 20 a.C., la devolución de las
enseñas de las legiones vencidas -que repondrá en el templo de Marte Ven­
gador-, y de los soldados prisioneros de guerra. Precisamente para celebrar
este acontecimiento se instauraron los Juegos Marciales (véase supra n. 49).
63 La conquista de Panonia la inició Agripa el 13 a.C., y, al morir éste al
año siguiente, la continuó Tiberio, quedando pacificada el 9 a.C. Por esta
victoria, el Senado le concedió a Tiberio el triunfo, pero, por actuar como
legado de Augusto, éste no permitió que celebrara más que una simple ova­
ción (Dión Casio 54,31,4).
64 La D ada no llegó a ser conquistada hasta la época de Trajano. Augus­
to se refiere aquí probablemente a la expedición de Léntulo, cónsul el
14 a.C., que le valió el triunfo. Pero esta expedición no supuso la incorpo­
ración de la Dacia al Imperio.
65 Hay constancia de dos embajadas de la India: la primera, mientras
Augusto estaba en Hispania, el 26/25 a.C., en Tarragona (Suetonio, Aug. 21:
Orosio 6,21,19); y la segunda, en Samos, el 20 a.C.
66 Los bastamos estaban situados en la boca del Danubio; los escitas, al
sur de Rusia; los sármatas ocupaban ambas orillas del río Tanais (el actual
Don); los albanos vivían en el entorno del mar Caspio; los hiberos, en la
actual Georgia; y los medos, en la Media.

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312 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

des, <rey> de los medos; Artajares, <rey> de los adiabenos;


Dumnobelanno y Tincommio, <reyes> de los británicos;
Meló, <rey> de los sugambros; ... <rey> de los marcomanos
suevos67. (2) El rey de los partos Frates, hijo de Orodes, envió
ante mí a Italia todos sus hijos y nietos, no habiendo sido ven­
cido en la guerra, sino solicitando nuestra amistad mediante la
entrega como garantía de sus hijos. (3) Siendo yo Príncipe,
experimentaron la lealtad del pueblo romano muchísimos
otros pueblos, que antes no tenían ninguna relación de emba­
jadas o de amistad con el pueblo romano.
(XXXIII) Los pueblos de los partos y de los medos,
habiéndome pedido reyes por medio de legados, recibieron
de mí príncipes de aquellos pueblos: los partos, a Vonones,
hijo del rey Frates, nieto del rey Orodes; los medos, a
Ariobarzanes, hijo del rey Artavazdes, nieto del rey Ario-
barzanes68.
(XXXIV,1) Durante mi sexto y séptimo consulados, des­
pués de haber concluido las guerras civiles, obtenido por
general consenso el poder sobre todas las cosas, transferí <el
gobierno de> la República de mi potestad a la del Senado y
el pueblo romano69. (2) Por este mérito mío, fui llamado

67 Con esta relación de reyes que solicitaron de Augusto ayuda y protec­


ción, quiere éste poner de manifiesto su personal prestigio ante esos reinos
no sometidos a Roma.
68 En la misma línea de realzar su personal prestigio «internacional», se
presenta aquí designando reyes para los partos y los medos, pero, como se
ve, tanto Vonones como Ariobarzanes, eran ya hijos y nietos de reyes.
69 El sexto y séptimo consulados de Augusto corresponden al 28 y
27 a.C. El triunvirato se había constituido en noviembre del 43 a.C., y debía
mantenerse hasta finales del 38 a.C. En el verano del 37 a.C., unos meses
después de expirar ese plazo, en una nueva reunión de Augusto y Marco
Antonio en Tarento acuerdan prorrogar el triunvirato (no convalidado legal­
mente) por otros cinco años, hasta finales del 33 a.C. El 32 a.C., Augusto
declara la guerra a Cleopatra (y Marco Antonio), a los cuales vencerá en
Accio (septiembre del 31 a.C.) y Alejandría (agosto del 30 a.C.). Un año
después, esta de nuevo en Roma, y celebra el triunfo sobre Cleopatra en
agosto. El 28 a.C., Augusto es elegido cónsul por sexta vez, y lleva a cabo
el censo de ciudadanos y la renovación del Senado. Al año siguiente, duran­
te su séptimo consulado, anuncia solemnemente en el Senado, el 13 de
enero, que renuncia a los poderes extraordinarios y restituye el poder al

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GESTAS DEL DIVINO AUGUSTO 313

Augusto en virtud de un senadoconsulto, y las columnas de


mi casa fueron revestidas públicamente con laureles, y fue
fijada sobre mi puerta una corona cívica, y colocado en la
Curia Julia un escudo de oro, que el Senado y el pueblo
romano declaró, por medio de la inscripción de este escudo,
que me lo concedía a causa del valor, la clemencia, la justi­
cia y la piedad70. (3) Desde ese momento, superé a todos en
autoridad, pero no tuve más potestad que los demás que fue­
ron colegas míos en la magistratura71.
(XXXV,1) Mientras cumplía mi décimo tercer consula­
do, el Senado, el orden de los caballeros y todo el pueblo
romano me declararon padre de la patria, y decidieron que
debía escribirse esto en el vestíbulo de mi casa, en la Curia
Julia y en el Foro Augústeo, bajo las cuádrigas que me fue­
ron colocadas en virtud de un senadoconsulto. (2) Cuando
escribí estas cosas, cumplía mi septuagésimo sexto año72.

Senado y al pueblo, para que vuelva a restablecerse la ordinaria organiza­


ción republicana.
70 En correspondencia a este gesto, el Senado buscó, en esa sesión de tres
días de duración, nuevos honores con los que honrarle. Así, se propuso darle
el sobrenombre de Rómulo, para reconocerle como fundador de la nueva
Roma, pero las connotaciones regias de ese nombre hicieron desistir de la
propuesta. En su lugar, Munacio Planeo propuso la concesión del sobre­
nombre de «Augusto» (A u g u s t u s ) . Según Suetonio, A u g . 7, ese nombre se
justifica «porque también los lugares religiosos y aquellos en los que, una
vez celebrados los augurios, algo es consagrado, son llamados augustos,
bien por el aumento que lleva consigo la consagración (a b a c t u , del verbo
a u g e o ) , bien por los movimientos y el apetito de las aves (a b a v iu m g e s tu
g u s t u v e )» . Derivada etimológicamente del verbo a u g e o , la palabra a u g u s t u s
podría traducirse como fundador, promotor, garante.
71 Esta frase resume la imagen que Augusto pretende dar de sí mismo
como restaurador del orden republicano: una vez alcanzada la paz, se aban­
donaron los poderes extraordinarios, volviéndose a las magistraturas ordi­
narias. Augusto no tuvo, a partir de ese momento, más potestad que la de sus
esporádicos consulados y, sobre todo, su perpetua potestad tribunicia; pero
sí gozó de una autoridad superior a la de cualquiera.
72 Estando Augusto ausente de Roma, una delegación de la ciudad fue a
visitarle para ofrecerle el nombramiento como «padre de la patria» (p a te r
p a tria e ), que rechazó. Cuando, pocos días después, regresa a Roma, una
gran muchedumbre del pueblo le aclama con ese título. En el Senado, Vale­
rio Mésala le saluda también con el mismo título, que Augusto aceptó
entonces emocionado; cfr. Suetonio, A u g . 58. Esto ocurría el año 2 a.C.

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V II

LEY LLAMADA DEL IMPERIO DE VESPASIANO

A mediados del siglo xiv, es hallada en Roma una gran


tabla de bronce con un inscripción, que, dos siglos más tarde,
en 1576, es trasladada al Museo Capitolino, donde hoy se
encuentra.
El contenido de la inscripción se refiere a la concesión a
Vespasiano de distintos poderes, similares a los que habían
tenido sus antecesores Augusto, Tiberio y Claudio. Pero, for­
malmente, el texto suscita no pocos problemas, pues, si, por
una parte, tiene un estilo muy parecido al de los senadocon-
sultos (uti... liceat...), por otra, la presencia de una sanctio, típi­
ca de las leyes, y la circunstancia de que el mismo texto se
autocalifique como «ley» («antes de la aprobación de esta ley»
y «a causa de esta ley»), hacen pensar en una verdadera ley.
Para tratar de dar una explicación de su redacción con el
estilo de los senadoconsultos, se ha conjeturado que se trata­
ba, en efecto, de una resolución del Senado (que, según Táci­
to, había tenido lugar después de la muerte del usurpador
Vitelio, en diciembre del 69 d.C.) confirmando a Vespasiano
como Príncipe, y que había sido después sometida a la apro­
bación del pueblo, en los comicios o en los concilios de la
plebe. Queda, sin embargo, la duda de si los comicios (o los

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LEY LLAMADA DEL IMPERIO DE VESPASIANO 315

concilios de la plebe) continuaban su actividad en esas


fechas, pues no parece haber leyes en esa época.
Además, Gayo, en «Instituciones» 1,5!, habla de que el
Príncipe recibía el imperium por medio de una ley (cum ipse
impe rato r per legem imperium accipiat); y también en
Ulpiano 1 «de instituciones»-D. l,4,lpr. (= Instituciones de
Justiniano 1,2,6), donde se añade, sin duda por interpolación
compilatoria, que se trata de una «ley regia», idea que vuel­
ve a repetirse en la constitución Deo Auctore «acerca de la
confirmación del Digesto», en cuyo §7 se dice que «en vir­
tud de una antigua ley, que es llamada regia, todo el ius y
toda la potestas del pueblo romano es transferida a la potes­
tad del emperador». Así las cosas, se concluyó que dicha ins­
cripción correspondía a la llamada «ley acerca del imperio
de Vespasiano» (lex de imperio Vespasiani), aprobada a
comienzos del año 70 d.C.
Digamos ahora algo acerca del acceso al poder de Vespa­
siano. Para sofocar la rebelión de los judíos (67 d.C.), produ­
cida mientras Nerón se encontraba en Grecia, fue enviado Fla-
vio Vespasiano. Al año siguiente, estando ya el Príncipe en
Roma, se subleva el legado de la Galia Lugdunense, Gayo
Julio Vindex, secundado por los legados de la Tarraconense,
Servio Sulpicio Galba, y de la Lusitania, Marco Salvio Otón,
y por el cuestor de la Bética, Aulo Cecina Alieno. El 9 de
junio, el Senado declara «enemigo público» (hostis publicus)
a Nerón, que es abandonado por los pretorianos, y proclama
como nuevo Príncipe a Servio Sulpicio Galba, uno de los
sublevados. Nerón se suicida. Galba llega a Roma en otoño
del 68, pero sus primeras medidas de gobierno le enemistan
con el Senado, el ejército y los pretorianos. En enero del 69,
las legiones del Rin se rebelan contra Galba -que ha adoptado
como sucesor a Lucio Calpurnio Pisón- y proclaman nuevo
emperador al legado de la Germania Superior Aulo Vitelio; al
mismo tiempo, Marco Salvio Otón, compañero de subleva­
ción de Galba, es también proclamado emperador por los pre­
torianos, que dan muerte a Galba y a Pisón. Otón es apoyado

1Cfr. supra sub IV.A. n. 10.

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317

Bibliografía

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P a r si , Désignation et investiture de Tempereur romain au:c I et
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V a n n ella , Uadventus di Vespasiano nei suoi aspetti mistico-
religiosi e giuridico-costituzionali, Nápoles, 1965.

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318 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

... y le sea lícito hacer alianza con quienes quiera, del


mismo modo que les fue lícito al divo Augusto, a Tiberio
Julio César Augusto, y a Tiberio Claudio César Augusto
Germánico2.
Igualmente, que le sea lícito convocar al Senado,
hacer una propuesta o devolverla, hacer aprobar senado-
consultos por medio de propuesta y votación, del mismo
modo que les fue lícito al divo Augusto, a Tiberio Julio
César A ugusto, y a Tiberio C laudio C ésar A ugusto Ger­
mánico.
Igualmente, que, cuando por su voluntad o autoridad,
por su autorización o mandato, o por él en persona, se
reúna el Senado, téngase y obsérvese el derecho de todo
como si el Senado hubiese sido convocado y reunido en
virtud de una ley.
Igualmente, que si hubiera propuesto al Senado y al
pueblo romano candidatos a una magistratura, con potes­
tad o con imperio, o a una administración, y a los cuales
él hubiera dado y prometido su apoyo, sean tenidos en
cuenta por vía extraordinaria en todos los comicios.
Igualmente, que le sea lícito prolongar o ampliar los
límites del pomerio3 cuando considere que es <en inte-
rés> de la república, del mismo modo que le fue lícito a
Tiberio Claudio César A ususto Germánico.
Igualmente, que tenga derecho y potestad de realizar
y hacer todo lo que considere que es en utilidad de la
república y majestad de las <cosas> divinas o humanas,
públicas o privadas, del mismo modo que les fue lícito al
divo Augusto, a Tiberio Julio César Augusto, y a Tiberio
Claudio César Aususto Germánico.

2 De esta relación de príncipes, que se repite varias veces a lo largo del


texto, han sido suprimidos, como consecuencia de la damnatio memoriae
(véase supra sub I n. 75), Caligula y Nerón, así como, por supuesto, los tres
usurpadores Galba, Otón y Vitelio.
3 El «pomerio» (pomerium) es el terreno comprendido dentro de los
límites sagrados de la ciudad, señalados por una muralla que cumplía, al
mismo tiempo, funciones defensivas. Claudio lo amplió notablemente, y por
eso, a continuación, sólo se hace referencia a él.

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V III

LEGISLACIÓN IM PERIAL

A. Rescriptos

Como ya hemos dicho1, el ius publice respondendi de


Augusto supuso el primer cambio importante -al menos en
el plano de la teoría- en la actividad jurisprudencial en el
Principado: los juristas quedaban despojados de su auctori-
tas personal, que era sustituida por la del Príncipe, en virtud
de la cual valían los responsa. El definitivo golpe de muer­
te lo asestará Adriano con sus reformas. En efecto, la tecni-
ficación y burocratización llevadas a cabo por Adriano se
manifiestan, entre otros modos, en la creación de la «Canci­
llería imperial» (consilium principis) y de la «Secretaría de
los libelos» (a libellis) en las que se integran los juristas
y los nuevos funcionarios (praefecti). Si, hasta entonces, los
particulares acudían directa y personalmente a los juristas
para las consultas oportunas, ahora, con la creación de la
Cancillería a libellis, pueden elevar a ésta un libelo formu­
lando por escrito la consulta correspondiente, la cual será
atendida por los juristas de la Cancillería, que, en nombre

1Véase su p ra s u b V.E introd.

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 321

del Príncipe, darán la solución oportuna al problema consul­


tado, en la misma instancia en la que se formuló la consulta.
De aquí el nombre de «rescriptos» (rescripta). Ahora, como
se puede comprobar en los rescriptos aquí seleccionados,
quien responde a las consultas es el propio Príncipe, aseso­
rado por sus juristas, que quedan de este modo relegados
a un segundo plano, se convierten en unos funcionarios anó­
nimos, despersonalizados. Así, de una primera época, en la
que los responsa valían en función de la personal autoridad
del jurista que los daba, se ha llegado, a través del paso inter­
medio del ius publice respondendi, al nuevo régimen en el
que los rescriptos proceden de la autoridad del Príncipe, a
través de unos juristas anónimos que se integran en la Can­
cillería imperial.
Los rescriptos, convenientemente resumidos, eran objeto
de una exposición pública (propositio libellorum), para que
todos los interesados pudieran tener conocimiento de la deci­
sión del Príncipe respecto a una consulta, además del destina­
tario al que se dirigían, que podían hacer de ellos el uso que
consideraran oportuno ante la instancia judicial. Los rescrip­
tos así conservados podían servir también como precedentes,
y la Jurisprudencia no deja de citarlos en sus obras. Al margen
de los seleccionados en el Código de Justiniano o en otras
fuentes (Digesto, «Fragmentos Vaticanos», etc.), se nos han
conservado algunos otros en papiros -entre los que destaca
una serie de rescriptos dados por Septimio Severo durante su
estancia en Alejandría, los días 14 a 16 de marzo del 200 d .C -
e inscripciones.
Los rescriptos se refieren principalmente a casos origina­
dos en provincias, en todo caso, dentro del procedimiento de
la cognición oficial2; llama la atención que muchos solici­
tantes son mujeres.
Distintas de los rescriptos son otras disposiciones impe­
riales: «epístolas» (epistulae), mediante las que el Príncipe
comunicaba sus decisiones; «mandatos» (mandata), para
transmitir a sus administradores las correspondientes órde­

2 Véase supra sub IV.E introd.

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322 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

nes; «edictos» (edicta), que seguían la tradición de los


magistrados republicanos; y «decretos» (decreta), que resol­
vían causas judiciales. Todas estas disposiciones, junto con
los rescriptos -más numerosos e importantes-, eran llamadas
«constituciones imperiales».
Este nuevo régimen de rescriptos, introducido por Adria­
no, va a mantenerse hasta Constantino, quien da ya el paso
definitivo hacia la legislación general mediante leyes imperia­
les. Todavía en época de Diocleciano, aparecen dos coleccio­
nes de rescriptos, probablemente de carácter privado, que son
los llamados, por el nombre de sus respectivos autores, «Códi­
go Gregoriano» (Codex Gregorianus) y «Código Hermoge-
niano» (Codex Hermogenianus). El primero recoge rescriptos
desde Adriano hasta el 292, bajo Diocleciano; el segundo
completa el anterior, con rescriptos de los años 293-294. En el
Corpus luris de Justiniano, los rescriptos son recogidos, junto
con las leyes imperiales, en el Código, lo que implica ya un
cambio en la consideración de tales rescriptos, al ser asimila­
dos a las leyes imperiales. Estas leyes imperiales, sin embar­
go, enlazan, también por su estilo literario, con la tradición, no
de los rescriptos, que son casuísticos, sino de los edictos, que
tienen el carácter de disposiciones generales.

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324 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Del Emperador Adriano Augusto3 a Catonio Vero-


CJ. 6,23,1
Si los testigos fueron esclavos o libres, no debe ser trata­
do en esta causa, puesto que, en aquel momento en el que el
testamento era firmado, fueron tenidos por libres, con el con­
sentimiento de todos, y nadie hasta ahora ha promovido con­
tra ellos un juicio acerca de su estado [sin fecha]4.

3 Al regresar de su fracasada expedición contra los partos, muere Traja-


no en Selinunte (Cilicia) el 10 de agosto del 117, sin haber resuelto la suce­
sión al trono. La afirmación de su viuda Plotina, en el sentido de que Tra-
jano había adoptado en el lecho de muerte a su pariente Publio Elio
Adriano, también originario de la Bética, fue suficiente para que éste con­
siguiese el reconocimiento por parte del Senado, aunque no faltó cierta
oposición de generales consulares, que Adriano superó condenando a
muerte a los principales dirigentes. El nuevo emperador (117-138) renun­
ció a la política expansionista de su predecesor, abandonando las nuevas
provincias incorporadas por éste, salvo la Dacia, y optó por otra puramen­
te defensiva. Desde el punto de vista jurídico, Adriano introdujo importan­
tes innovaciones: por un lado, la organización administrativa y burocrática;
en relación con esto, la creación de un «consejo imperial» (consilium prin-
cipis) (véase introd.); la fijación del texto definitivo del Edicto del pretor
en el llamado «Edicto perpetuo», que supuso la conversión del Edicto en
un «libro» (véase supra sub V.A introd.); y, finalmente, el reforzamiento
del valor de los senadoconsultos, que, por otra parte, consistieron, a partir
de él, en discursos del propio em perador (oratio principis) (véase supra
sub V.B introd.). En el 136, Adriano, con vistas a resolver el problema de
su propia sucesión, adoptó y nombró César y sucesor a un desconocido
miembro de la nobleza senatorial llamado Lucio Ceionio Cómmodo, que
murió dos años después, antes que el propio emperador. Fue entonces
designado como sucesor, por medio de la habitual adopción, un pariente
del mismo Adriano, Tito Aurelio Fulvio Boionio Arrio Antonino, pero
imponiéndole la adopción, a su vez, de otro pariente de Adriano, Marco
Annio Vero, y la del hijo del mencionado Ceionio Cómmodo, Lucio Elio
Cómmodo. Adriano murió el 18 de julio del 138. El que sigue es el único
rescripto de Adriano conservado en el Código de Justiniano. Por otra parte,
es citado expresamente en Instituciones de Justiniano 2,10,7.
4 Un esclavo nunca podía actuar como testigo, tampoco en un testamento,
no sólo por su consideración jurídica de cosa, sino también porque no podría,
en su caso, prestar testimonio, que es la función principal del testigo; pero
además, en este caso, la aparente libertad de los testigos no debía ser discuti­
da mucho tiempo después. Sobre otros casos de inhabilidad para ser testigo en
un testamento, véase supra sub V.E.8b).

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 325

Del Emperador Tito Elio Antonino5 a Publicio-CJ.


7,43,1
No siempre estás obligado a dar sentencia contra el
ausente6 a causa del rescripto de mi padre, en el cual se
declaró que también suele darse sentencia contra los ausen­
tes. Esto, en efecto, se refiere a que puedes condenar al
ausente, no a que en todo caso tengas la necesidad <de
hacerlo> [sin fecha].

Del Emperador Tito Elio Antonino Augusto a Segun­


d a d . 6,26,1
Cuando han sido instituidos herederos en cuotas desigua­
les, y nombrados reciprocamente sustitutos7, pero sin hacer

5 A la muerte de Adriano, su sucesor asumió el poder con el nombre de


Tito Elio Adriano Antonino, al que se añadió el sobrenombre de Pío, con­
cedido por el Senado. Durante su gobierno (138-161), predominó la paz y
la seguridad, con excepción de algunos problemas fronterizos -so n de des­
tacar las defensas fortificadas en Britania (120 km), la Germania Superior
(400 km) y otras regiones del Im perio- y las operaciones militares de la
campaña británica, lo que hizo que el gobierno de Antonino Pío fuese tradi­
cionalmente considerado como la época más feliz del Imperio. Desde el
punto de vista administrativo, reforzó la organización burocrática de su pre­
decesor. Cabe mencionar, en este sentido, el llamado «Gnomon del Idiólo-
go», conjunto de instrucciones dadas al administrador de los bienes impe­
riales de Egipto. Murió el 161, en su finca de Lorium, cerca de Roma. De él
proceden los tres siguientes rescriptos, el tercero de ellos bajo el nombre de
«divino Pío» (véase supra sub I n. 48).
6 En la Ley de las XII Tablas 1,8 (véase supra sub II), se establecía que,
cuando no se presentase ajuicio, antes del mediodía, uno de los litigantes,
se resolviese el litigio a favor del presente.
7 La «sustitución hereditaria» vulgar consiste en el nombramiento de un
segundo heredero, condicionado a que el instituido en primer lugar no quie­
ra o no pueda «adir», es decir, aceptar la herencia (aditio hereditatis). En tal
caso, se hará un nuevo ofrecimiento («delación», deludo) a favor del susti­
tuto o sustitutos sucesivos, pues puede haber varios. Hay también un segun­
do tipo de sustitución, la llamada «sustitución pupilar», que se da cuando es
instituido, o incluso expresamente desheredado, el propio hijo impúber, y
designado un susbtituto para el caso de que éste muera antes de llegar a la
pubertad y, por lo tanto, sin capacidad para hacer testamento (testamenti
factio). Pero en este caso, a diferencia del anterior, el hijo impúber sí llega
a convertirse en heredero, y el sustituto, en una especie de heredero sucesi­
vo, pues, a unos efectos, lo es del padre, y a otros, del hijo.

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326 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

en la substitución ninguna mención de las cuotas, es verdad


que el testador no ha introducido tácitamente en la substitu­
ción otras cuotas distintas de las que manifestó expresamen­
te en la institución (año 146)8.

Del divino Pío a Severo-CJ. 2,12(13), 1


La caución de ratificación9 tan sólo se exige del procura­
dor procesal cuando es incierto si el juicio se le ha encarga­
do a él (el 4 de las idus [día 12] de octubre del 150).

De los Emperadores Antonino y Vero Augustos10 a


Tauro-CJ. 8,10,1
También puedes, como deseas, construir un baño y
superponerle un edificio, respetando, sin embargo, la forma
en la que a los demás se les permite edificar sobre un baño,
es decir, de modo que lo construyas sobre abovedado, y que
abovedes el mismo <edificio>, y que no excedas la acostum­
brada medida de altura [sin fecha].

8 También este rescripto de Antonino Pío es expresamente mencionado


en Instituciones de Justiniano 2,15,2.
9 Cuando un «procurador» ( p r o c u r a t o r ) actuaba como representante pro­
cesal de un demandante, no se consumía la acción, y por ello se exigía de
aquél, para evitarle al demandado los eventuales perjuicios de una segunda
reclamación, una promesa (con fiadores) de que su representado tendrá por
válida la actuación del procurador (c a n t ío re m ra ta m d o m in u m h a b it u r u m o
c a u t io « d e r a to » ). Cuando el demandado dudaba del mandato del deman­
dante, podía defenderse con una e x ce p tio p r o c u r a t o r ia , y salir absuelto si no
se probaba el mandato. Este rescripto presenta un régimen simplificado,
según el cual, la caución es innecesaria si no se discute el mandato del
demandante.
10 Según los deseos del propio Adriano, el Senado nombró emperador, a la
muerte de Antonino Pío, a su hijo adoptivo Marco Annio Vero, que tomó el
nombre de Marco Aurelio Antonino (161-180), perteneciente a una familia
senatorial originaria de la Bética. Éste, una vez investido emperador, asoció al
poder, también según lo previsto por Adriano (véase s u p r a n. 3), a su hermano
adoptivo Lucio Elio Cómmodo, que pasó a llamarse Lucio Aurelio Vero
(161-169). Se trata de los emperadores hermanos Marco Aurelio y Lucio Vero,
que gobernaron conjuntamente desde el 161 hasta la muerte de Lucio Vero, el
169. Otras veces, como se puede ver en el siguiente rescripto, aparecen
mencionados como «los divinos hermanos» (d iv i fra tre s).

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 331

puede enajenar ni siquiera su parte, no consintiéndolo los res­


tantes propietarios de la misma cosa23 (en Roma, el 4 de las
calendas de marzo [día 26 de febrero] del 213).

Del Emperador Antonino Augusto a Nepociana-CJ.


4,29,2
En vano trataste de utilizar la excepción del senadocon-
sulto, que se dio acerca de las intercesiones de las mujeres24,
porque tú misma fuiste la deudora directa. En efecto, la
excepción del senadoconsulto se le da a la mujer cuando ella
nada debe directamente, sino que intercede en favor de otro
deudor ante el acreedor de éste. Pero si se obligaron cmuje-
res> ante otros en favor de un acreedor suyo, o consintieron
que, por éste, ellas mismas o un deudor suyo fueran delega­
dos, no tienen el auxilio de este senadoconsulto (el 3 de las
idus de agosto [día 11] del 213).

Del Emperador Antonino Augusto25 a Severo-CJ.


2,18,8
Contra aquellos que gestionaron tus negocios, reclama
civilmente con la acción de gestión de negocios26; y no te lo

23 Las acciones divisorias servían para que los copropietarios pusieran fin
a la situación de copropiedad, es decir, la concurrencia de varios derechos de
propiedad sobre un mismo objeto. En la época clásica, cada copropietario
tenía una cuota ideal de derecho sobre la cosa común. Eran dos acciones: la
«de división de cosa común» (adió communi dividundo) y la «de división de
la herencia» (actio familiae erciscundae), y conducían a la división efectiva
de la cosa, cuando ésta era materialmente divisible (§1), o, en caso contrario,
el juez podía vender esa cosa mediante subasta (§pr.), repartiendo el precio
obtenido.
24 Sobre el senadoconsulto Veleyano y los actos de intercesión de las muje­
res, véase supra sub V.B n. 14. Pero ese senadoconsulto no se aplicaba si la
mujer era ella deudora, pues entonces no se trataba de un acto de intercesión.
25 El 8 de abril del 217, moría asesinado Antonino Caracala, en una con­
jura promovida, al parecer, por su prefecto del pretorio Marco Opilio Macri-
no, al cual el ejército eligió como sucesor en la dignidad imperial. A fin de
dar legitimidad a su designación, el propio Macrino tomó el cognomen
de Severo, y nombró César a su hijo Diadumeno, que adoptó el sobrenombre de
Antonino. Pero se encontró con la oposición de buena parte del ejército, leal
a la dinastía de los Severos, que desembocó, en mayo del 218, en la procla-

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332 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

impedirá, si a causa de las ocupaciones militares, hubieses


planteado el litigio más tarde, pues este tipo de acción no
puede ser excluida pór la prescripción de largo tiempo (el 6
de las calendas de agosto [día 27 de julio] del 218).

Del Emperador Alejandro Augusto2627* a Rufo-CJ.


9,l>3pr.-l
(pr.) Quienes se disponen a entablar un juicio criminal
público, no han de ser admitidos a ello más que si antes ade­
lantasen el escrito de inscripciones y añadiesen también un
fiador para el ejercicio del litigio. (1) Pero si, después de la
fianza, no hubieran estado presentes, han de ser citados por
edicto, a fin de que se presenten para continuar el juicio; y si
no se presentasen, no sólo han de ser castigados por proce­
dimiento extraordinario, sino que además serán obligados a

marión como emperador de Avito Basiano, hijo de Soemia, sobrina de la


viuda de Septimio Severo, Julia Domna. Abandonado por sus propios solda­
dos, Macrino se refugió en Asia Menor, donde fue asesinado poco después.
El nuevo emperador abandonó su propio nombre y adoptó el de Heliogába-
lo (218-222), en honor de una divinidad indígena de la ciudad de Emesa, de
la cual él era sacerdote. Sus extravagancias religiosas, así como la fama
de una vida aberrante, provocaron, en marzo del 222, un motín de los preto-
rianos, que proclamaron emperador a Alejandro Severo, y asesinaron al
emperador y a su madre Soemia. El rescripto que aquí recogemos es atribui­
do, por razón de su fecha (julio del 218), a Heliogábalo, aunque en él apa­
rezca como Antonino.
26 Sobre la acción de gestión de negocios, véase supra sub IV.D n. 17.
27 El 221, en los momentos de su mayor impopularidad, Heliogábalo
adoptó, quizá por influencia de su abuela Julia Mesa, a su primo Alexiano
Basiano, hijo de su tía Julia Mammea. Poco después, el 12 de marzo del
222, un motín de los pretorianos asesinaba a Heliogábalo y a su madre Soe­
mia, y confería la dignidad imperial a Alexiano, que contaba tan sólo trece
años, y que adoptó el nombre de Marco Aurelio Alejandro Severo (222-
235). Este dejó el gobierno de Roma en manos de su madre Julia Mammea
y del prefecto del pretorio Ulpiano, uno de los grandes juristas de la época,
que fue asesinado al año siguiente (224) en una conjura de los pretorianos.
Alejandro Severo hubo de enfrentarse a las ambiciones expansionistas del
primer rey persa de la dinastía de los sasánidas Ardashir I y a las invasiones
bárbaras en las fronteras del Danubio y del Rin. Precisamente cuando se
enfrentaba a los invasores germánicos, un motín de su ejército, en febrero
del 235, acababa con su vida y la de su madre. Comienza entonces la época
que ha sido caracterizada como «Anarquía militar».

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334 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Del Emperador Gordiano Augusto31 al soldado Timó-


crates-CJ. 4,34,4
Si, depositada una cantidad32, aquel que la recibió usó de
ella, no hay duda de que también debe pagar los intereses.
Pero si, cuando ejercitaste la acción de depósito, tan sólo se
hizo una condena por el capital, ya no puedes volver a recla­
mar de nuevo por los intereses. En efecto, no hay dos accio­

31 En los primeros meses del 235, un motín del ejército de Germania aca­
baba con la vida del emperador Alejandro Severo y proclamaba nuevo
emperador al prefecto de los soldados Cayo Julio Vero Maximino, llamado,
por razón de su procedencia, Maximino el Tracio, que contó pronto con la
aprobación del Senado. Maximino (235-238) decretó la d a m n a t io m e m o r ia e
(véase s u p r a s u b I, n. 75) de su antecesor, y hubo de reprimir, a los pocos
meses de su proclamación, dos intentos sucesivos de rebelión encabezados
por los consulares Magno y Quartino. En el 236, nombra César a su hijo
Máximo, en un intento de iniciar una nueva dinastía. En el 238, mientras tra­
taba de asegurar la frontera del Danubio frente a invasores bárbaros, estalla
en el África Proconsular una revuelta civil contra Maximino, en la que se
proclama emperador al gobernador de la provincia Marco Antonio Gordia­
no, un viejo senador de casi ochenta años, el cual asoció al poder a su hijo
Gordiano II, siendo reconocidos ambos por el Senado, enemigo de Maxi­
mino. Pero el ejército leal a éste derrotó al de los rebeldes, muriendo en la
batalla Gordiano II, y optando su padre por el suicidio. Una comisión de
veinte consulares nombrados por el Senado con el encargo de velar por la
república (vigintiviri ex s e n a t u s c o n s u lt o re i p u b lic a e c u r a n d a e ) designó
como nuevos Augustos a Pupieno Máximo y Celio Calvino Balbino, que se
vieron obligados por el pueblo a asociar al trono, en calidad de César, al
nieto de Gordiano I, Marco Antonio Gordiano III, de trece años de edad.
Cuando Maximino intenta someter a los rebeldes, un motín de su ejército
acaba con su vida y la de su hijo. A principios de junio del 238, los preto-
rianos asesinan a Pupieno y Balbino y proclaman único emperador a Gor­
diano III (238-244). En el 240 estalla en África una sublevación, al mando
de Sabiniano, sin mayores consecuencias. Ante la ofensiva del persa Sapor I
contra Siria, Gordiano III se ve obligado a hacerle frente. Tras varios éxitos
iniciales, el ejército romano es vencido en la batalla de Mesiqué, en la que
muere Gordiano, convertido así en el primer emperador que moría a manos
de los enemigos exteriores.
32 Aunque el contrato de depósito (véase su p ra s u b IV.E n. 47) se refería,
en principio, sólo a cosas muebles sin que el depositario pudiera usarlas, sin
embargo se llegó a aceptar un tipo especial de depósito -«depósito irregu­
lar»-, que tenía por objeto cantidades de dinero, que el depositario podía
usar, debiendo restituir la misma cantidad, aunque con intereses, que es pre­
cisamente lo que más diferencia este depósito irregular del simple mutuo.

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 335

nes, una por el capital y otra por los intereses33, sino una sola,
hecha la condena de la cual, es rechazada, mediante la excep­
ción de cosa juzgada, una nueva acción repetida [sin fecha].

De los Emperadores Filipo Augusto y Filipo César34 a


Antíoco-CJ. 8,42(43),7
Es claro que no puede ser reclamado el interés de aquella
cantidad cuya reclamación está excluida por razón de com­
pensación35 (el 6 de las calendas de agosto [día 27 de julio]
del 244).

Del Emperador Decio Augusto36 a Marcelino-CJ.


8,53(54),3
No sin razón se admitió que interviniendo la plena volun­
tad del donante, se puede transferir <a otro> la esperanza de
una acción futura37 (en las nonas de marzo [día 7] del 250).

33 Como ocurre, en cambio, en el mutuo, en el que es necesaria una esti­


pulación de intereses, de modo que la cantidad prestada se reclama median­
te una condictio y los intereses mediante la acción de la estipulación. En el
depósito, la actio depositi acumula ambas cosas, dado su carácter de acción
de buena fe.
34 A la muerte de Gordiano III, el ejército proclamó emperador a Julio
Vero Filipo, llamado Filipo el Arabe (244-249), que había sido nombrado
prefecto del pretorio en sustitución del anterior, el influyente Timesitio. El
244 nombra César a su hijo Filipo el Joven, y tres años más tarde, Augusto.
Firmó una paz humillante con el persa Sapor I, y hubo de hacer frente a fre­
cuentes incursiones bárbaras a lo largo de las fronteras del Rin y del Danu­
bio. Sufrió dos intentos de usurpación: el de Jotapiano, en Oriente, y el de
Pacatiano, jefe del ejército del Danubio. Filipo el Árabe muere en la batalla
de Verona frente a Cayo Mesio Quinto Decio, prefecto de la ciudad de
Roma, que había sido enviado por él a Mesia y Dacia para contener a los
bárbaros, y al que el ejército había proclamado emperador. Filipo el Joven,
por su parte, muere asesinado poco tiempo después.
35 La «compensación» (compensado) era inicialmente propia de las
acciones de buena fe, pero más tarde se generalizó a cualquier reclamación
en la que hubiese deudas recíprocas entre los litigantes: el juez debía con­
denar al demandado al saldo entre ambas obligaciones.
36 Gobernando todavía Filipo el Árabe y su hijo Filipo el Joven. Pacatia­
no, senador y jefe del ejército del Danubio, es proclamado emperador por el
ejército. Aprovechando la circunstancia, diversos grupos de godos del bajo
Danubio penetran en territorio romano. Para arreglar la situación, Filipo

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336 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Del Emperador Galieno Augusto3738 a Munacio-CJ.


9,16,3(4)
Si, como alegas, diste muerte a un ladrón armado, no hay
duda de que parece muerto con derecho aquel que se había
adelantado en la intención de ocasionarte la muerte (el 13 de
las calendas de febrero [día 18 de enero] del 265).

envía al también senador y prefecto de Roma, Cayo Mesio Quinto Decio.


Derrotados los invasores, el ejército proclama emperador a Decio, tras haber
asesinado a Pacatiano. Al tratar de reprimir al usurpador, Filipo el Árabe fue
vencido y muerto en la batalla de Verona (otoño del 249). Poco después
moría asesinado Filipo el Joven, y el Senado reconocía a Decio como nuevo
emperador, quien adoptó el sobrenombre de Trajano. A principios del 250,
nombró Césares a sus dos hijos Herenio y Hostiliano, recurriendo también
para el gobierno de Roma a la colaboración del importante senador Publio
Licinio Valeriano, que había de ser el siguiente emperador. El mantenimien­
to de la paz con el persa Sapor I, le permitió acabar con la usurpación de
Jotapiano, iniciada bajo el reinado de los Filipos. Cuando los visigodos, al
mando de Kniva, cruzan el Danubio y entran en territorio romano, el propio
Decio y su hijo Herenio se ponen al frente del ejército para detener la inva­
sión, muriendo primero Herenio y después el propio Decio. Éste había teni­
do un gobierno muy breve: desde septiembre del 249 hasta junio del 251.
37 Se admite la cesión de un acción futura a título de donación, para que
en su caso el donatario pueda ejercitarla y retener como donada la cantidad
de la condena. En realidad se trata de donación de una expectativa (spes).
38 La época de Licinio Valeriano (253-260) y su hijo Galieno (253-268)
suele ser considerada como el momento culminante de la «Anarquía mili­
tar». Al morir Decio en la batalla de Abrito contra los visigodos, en el 251,
el ejército proclamó emperador a Cayo Vibio Treboniano Galo, el cual aso­
ció como Augusto al hijo de Decio, Hostiliano, y, tras la muerte de éste, víc­
tima de la peste, a su propio hijo Volusiano, al que antes había nombrado
César. Nuevos ataques visigodos son reprimidos por el gobernador de Mesia
y legado de Treboniano Galo, Marco Emilio Emiliano, que es proclamado
nuevo emperador por su ejército en el verano del 293, mientras que, por su
parte, el ejército de Retía proclama emperador a Publio Licinio Valeriano.
Treboniano Galo y su hijo Volusiano mueren al enfrentarse al usurpador
Emiliano, el cual, a su vez, es asesinado por sus propios soldados al tratar
de oponerse a Valeriano. Como éste tenía ya setenta años, asocia al poder,
con la aprobación del Senado, a su hijo Galieno, el cual, a su vez, nombra
César a su hijo Valeriano el Joven. Al morir éste, el ejército proclama empe­
rador a Ingenuo, jefe de las tropas del Danubio. Galieno abandona la Galia
para luchar contra el usurpador, dejando al frente a su hijo Salonino, nom­
brado también César, asistido por Silvano y Postumo. Ingenuo es denotado
por Aureolo, jefe de la caballería de Galieno. Mientras tanto, en Oriente, el

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 337

De los Emperadores Diocleciano y Maximiano Augus­


tos y Césares*39 a Soter-CJ. 4,22,2
Los documentos simulados que, por ejemplo, no uno
mismo, sino su mujer se hubiese procurado, no pueden cam­
biar la sustancia de la verdad. Así, pues, la cuestión de hecho
será examinada por el gobernador de la provincia (el 10 de
las calendas de mayo [día 22 de abril] del 294).

rey de los persas Sapor conquista y saquea Antioquía, encontrando la opo­


sición de un jefe local que usurpa el título imperial con el nombre de Ura­
nio Antonino. Al llegar Valeriano, restablece la situación en Asia Menor
y Siria, pero es vencido y hecho prisionero en la batalla de Edesa, murien­
do en prisión el 260, lo cual supuso una gran humillación para Roma.
Macriano, Ballista y Odenato completan la expulsión de los persas. Los dos
primeros proclaman emperadores a sus respectivos hijos Macriano el Joven
y Quieto. Los dos Macrianos son derrotados y muertos por el ejército de
Galieno, al mando de Aureolo, y Quieto es eliminado por Odenato, que
había recibido, en el 258, las insignias consulares, y que recibirá de Galie­
no el título de jefe de todas las fuerzas romanas en la región (dux Romano-
rum), e incluso, aceptando la situación de hecho, Galieno nombra a Odena­
to «co-gobemador de todo el Oriente» (corrector totius Orientis). En
Egipto, se proclama emperador L. Musió Emiliano, pero es vencido el 262
por Aurelio Teodoto, enviado por Galieno contra el nuevo usurpador. Otra
nueva usurpación se produce en Panonia, donde Regaliano es proclamado
emperador, si bien muere defendiendo la ciudad de Sirmio ante los bárba­
ros. Por su parte, el ejército del Rin proclama emperador a Postumo, al tiem­
po que son asesinados el hijo de Galieno, el César Salonino, y Silvano. Aun­
que el nuevo usurpador Postumo estuvo a punto dos veces de ser derrotado
por Galieno, éste no consiguió poner fin a la situación. Finalmente, en el
267, el ejército de Milán, aprovechando la ausencia de Galieno, proclama
emperador a su jefe Aureolo, el cual reconoce también como tal a Postumo.
Cuando Galieno se dispone a sitiar Milán para reprimir la usurpación, es
asesinado, al parecer, por una conjura de sus propios generales el 268.
39 Tras el asesinato del emperador Marco Aurelio Probo (276-282), en un
motín del ejército, en septiembre del 282, es proclamado emperador, por el
mismo ejército, el ilírico Marco Aurelio Caro, que nombra a sus hijos Cari­
no y Numeriano, primero, Césares, y poco después, Augustos. En el verano
del 283, mientras se encontraba con su hijo Numeriano en guerra con el
imperio sasánida, muere Caro, y poco después es asesinado el propio Nume­
riano por su prefecto del pretorio Aper. El ejército proclamó nuevo empera­
dor al también ilírico Diocles -que adoptó el nombre de Cayo Aurelio Vale­
rio Diocleciano-, tras haber dado muerte al asesino de Numeriano, a finales
del 284. Carino, que había permanecido en Occidente, intenta sofocar la
usurpación, pero muere asesinado por uno de sus oficiales. Acaba así el

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 339

B. Leyes imperiales

Aunque fue Diocleciano el instaurador de la nueva


organización política que, por evitar la nomenclatura
regia, es conocida por Dominado, sin embargo, sus refor­
mas se refieren fundamentalmente al ámbito político, al
territorial1 y al burocrático. En el ámbito jurídico, de las
fuentes de creación del derecho, en cambio, Diocleciano
respetó, en lo esencial, la situación anterior. Si, antes del
medio siglo de la «Anarquía militar», la más importante
fuente viva de creación del derecho eran las constituciones
imperiales -y en especial, los rescriptos-, junto con los
senadoconsultos bajo la forma de orationes principis (pues
las leyes comiciales y los plebiscitos habían desaparecido
en los primeros años del Principado, y el Edicto había sido
«codificado» por Adriano), en época de Diocleciano se
van a mantener aquéllas como fuente única, una vez de­
saparecidas las orationes principis, aunque no el Senado
mismo.
Será el sucesor de Diocleciano, Constantino, quien intro­
ducirá en el ámbito jurídico las reformas coherentes con el
nuevo orden político del Dominado. Así, Constantino aban­
donará la práctica anterior de los rescriptos para introducir
en su lugar la legislación imperial, las leges. De este modo,
aquellas leyes primeras, aprobadas por el pueblo a propues­
ta de los magistrados (leyes comiciales y plebiscitos), vuel­
ven a aparecer de nuevo, pero como mera manifestación de
la voluntad del emperador (leyes imperiales). Esta práctica
de la legislación imperial se mantendrá después, a lo largo de
toda la restante historia del Imperio Romano, tanto en Occi­
dente como en Oriente.

1 Diocleciano va a dividir el territorio del Imperio en provincias, agru­


padas a su vez en diócesis, y éstas, en prefecturas. Según esta nueva distri­
bución, Italia pasa a ser una provincia más, y Roma, una ciudad más, per­
diendo así la consideración predominante que tenían en las épocas
anteriores, en las que se distinguía Roma y, por extensión, toda Italia, por un
lado, y las provincias, por otro.

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340 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

El texto de las nuevas leyes, como se podrá apreciar en su


lectura, está redactado con un estilo ampuloso y reiterativo,
que contrasta fuertemente con la lacónica sobriedad de los
textos jurisprudenciales y edictales. Por otra parte, se produ­
ce también un insuperable distanciamiento entre la voluntad
del emperador y la vida real que las leges pretenden regular.
Éstas establecen el «deber ser», pero el pueblo no está en
condiciones de adaptarse a ello, y continúan con las prácti­
cas jurídicas tradicionales.
Por esta razón, se va a producir, como ya hemos apunta­
do antes, la irrupción de una nueva fuente que, hasta enton­
ces, no había tenido cabida en el anterior sistema de fuentes
heterogéneas. Se trata de la costumbre, que llega a ser admi­
tida como fuente del derecho, no sólo cuando es coincidente
con la ley (costumbre secundum legem) o a falta de precepto
legal aplicable (costumbre praeter legem), sino incluso en
contra de lo dispuesto en la ley (costumbre contra legem).
En el 438, Teodosio II, en el marco de un proyecto frus­
trado más ambicioso, ordena una recopilación de leyes impe­
riales desde Constantino hasta él mismo. Es el llamado
«Código Teodosiano» (Codex Theodosianus = CTh.), al que
se unirán, en años posteriores, las nuevas leyes del mismo
Teodosio («Novelas [Novellae = Novae leges] teodosianas»)
y de sus sucesores («Novelas post-teodosianas»). El conteni­
do del CTh. se conserva, aparte algunos restos manuscritos,
porque fue ampliamente utilizado para el Código de Justi-
niano (Codex lustinianus = CJ.), y en parte también para la
«Ley Romana de los Visigodos» o «Breviario de Alarico»
(Lex Romana Wisigothorum), muchas veces, con las corres­
pondientes «interpretaciones».
Casi un siglo después, Justiniano, como primer paso en
la elaboración del Corpus Iuris, ordena la preparación del
Código, con una selección de leyes imperiales, desde Cons­
tantino hasta él mismo, y también -y en ello radica la prin­
cipal diferencia con el CTh - de rescriptos, desde Adriano
hasta Diocleciano. Para las primeras, los Compiladores
pudieron utilizar el CTh. y las «Novelas teodosianas» y
«post-teodosianas»; para los segundos, tenían a su disposi­

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 341

ción los Códigos «Gregoriano» y «Hermogeniano». El Códi­


go fue publicado el 529. Después de la publicación del
Digesto y de las Instituciones (533), se hizo necesaria una
revisión del anterior Código, que tuviera en cuenta las leyes
aclaratorias que Justiniano había ido dando mientras se ela­
boraba el Digesto (Quinquaginta decisiones), y surge así la
segunda edición del Código o Codex repetitae praelectionis,
que es el conservado actualmente.
Las leyes que recogemos a continuación están sacadas,
bien sólo del CTh., por no haber sido recogidas después en
el CJ.; bien del CTh., pero señalando las diferencias con la
versión del CJ., cuando han sido repetidas en éste; bien
directamente del CJ., las posteriores al CTh. La selección ha
sido del todo discrecional, intentando abarcar un arco crono­
lógico y temático lo más amplio posible.

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342

Bibliografía

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delPdttivitci normativa impértale, Nápoles, 1992.

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346 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

cada caso. A los esclavos que hubiesen delatado esto, los


premiamos con la ciudadanía romana, de modo que sus due­
ños reciban del fisco el precio <de esos esclavos como indem­
nización^. (2) Y si alguno de los soldados hiciera escapar de
la prisión a una persona de este tipo <que estaba> encarcela­
da, sea castigado con pena de muerte. (3) Deniégúese también
a un particular el permiso para apelar, pero si un soldado o el
promovido hubiese cometido un crimen de esta naturaleza,
infórmesenos acerca de su nombre y grado9101. (4) Si el dueño
del fundo o de la casa se probase que era conocedor <del cri-
men>, deberá ser deportado a una isla, habiéndosele confisca­
do sin más todos sus bienes; pero si el crimen se hubiese
cometido ignorándolo él, debe perder la posesión o la casa, en
la cual ese crimen se cometió. El administrador del fundo, el
esclavo, el inquilino o el colono, que permitió esa actividad, ha
de ser condenado a la pena capital, junto con aquel que la rea­
lizó, siendo reclamado también el fundo o la casa para los
bienes del fisco. (5) Pero si el dueño, que antes lo ignoraba,
hubiese delatado el crimen perpetrado en cuanto lo hubiese
descubierto, su posesión y su casa no quedará sometida al per­
juicio de la confiscación, pero el autor y el ayudante soporta­
rán la pena capital11 (en Roma, el 12 de las calendas de
diciembre [20 de noviembre] del 321).

9 Esta última frase fue segregada del texto legal al incorporarla a CJ. y
llevada a CJ. 7,13,2, por lo que tuvieron que completar su inicio para faci­
litar su comprensión.
10 La información que, en el texto original de Constantino, debe enviar­
se al propio emperador, en el CJ., ha de hacerse a «los jueces competentes».
11 Los §§4 y 5 son sustituidos en el CJ. por lo siguiente: (4) «Pero la casa
y el fundo donde se perpetraron estas cosas, si el dueño, cuya incuria y
negligencia debe ser castigada, estaba residiendo en un lugar próximo, aun­
que lo ignore, sea reclamada para el fisco, a no ser que el dueño, que antes
lo ignoraba, hubiese delatado el crimen perpetrado en cuanto lo hubiese des­
cubierto: entonces su posesión y su casa no quedará sometida al perjuicio de
la confiscación. Pero si estuviese muy lejos de aquella casa o posesión, no
sufra ningún detrimento; claro que el administrador del fundo, los esclavos,
los inquilinos o los colonos, que permitieron esa actividad, han de ser con­
denados a la pena capital, junto con aquel que la realizó. Pero hemos consi­
derado dignos de especial indulgencia a las viudas y a los pupilos, de modo
que las viudas, ni siquiera las que residan en un lugar próximo, no queden

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 347

De los Emperadores Constancio y Constante Augus­


tos*12*a Leoncio-CTh. 13,4,3 = CJ. 10,66(64),2
Con la presente declaración, instamos, tanto para un dili­
gente aprendizaje como para la enseñanza, a los ingenieros,
aparejadores y arquitectos que se dedican al estudio de todas
las piezas mecánicas y de sus ajustes, y observan las medidas
y los planos al hacer una obra, así como a los que muestran
cómo aprovechar de la mejor manera los cauces y caudales de
las aguas <subterráneas> alumbradas. Y así, gocen de inmu­
nidades y acepten alumnos los que tienen capacidad para
enseñar (el día anterior a las nonas [día 6] de julio del 344).

privadas de su casa o de su posesión, siempre que no hubiera en ellas nin­


gún delito de complicidad tan grave; y que los impúberos, aunque fueran
conocedores, no sufran ningún detrimento, porque su edad ignora lo que ve.
Sin embargo, los tutores de éstos, si están en un lugar próximo, puesto que
no conviene que ellos ignoren lo que se hace en el patrimonio del pupilo,
aguarden esta pena, de modo que, de su patrimonio, si fueran solventes, se
entregue al fisco tanto cuanto debiera haberse entregado del <patrimonio
del> pupilo». Este nuevo § lo han formado los Compiladores justinianeos
intercalando algunos pasajes de la ley que nos ocupa con otros de otra del
mismo Constantino dirigida a Elpidio el 4 de las nonas [día 4] de mayo del
329, recogida también en CTh. 9,21,4, junto con algunas frases propias.
12 Después de la muerte de Constantino el 337, el esquema sucesorio
diseñado por éste se vio impedido por las rivalidades entre los Principes.
Los hijos de Constantino deciden, en la reunión de Viminacio, en Mesia,
tomar sólo ellos el título de Augustos, dejando al margen a sus primos Dal-
macio y Hanibaliano, hijos del hermano de su padre Flavio Dalmacio (que
son asesinados poco después en un motín militar en Constantinopla, del que
se salvan sólo dos hijos de Julio Constancio -el otro hermano de Constanti­
no-, Galo y Juliano), y repartirse los territorios: a Constantino II (337-340)
le corresponde Occidente, a Constancio II (337-361), Oriente, y a Constan­
te (337-350), bajo la tutela de Constancio II, el Ilírico. Insatisfecho con este
reparto, Constante se enfrenta, en la primavera del 340, a su hermano Cons­
tantino II, que es derrotado y muerto en la batalla. De este modo, Constan­
te pasa a gobernar Occidente, mientras Constancio II sigue en Oriente. En
el 350, el ejército de la Galia proclama nuevo Augusto a Magnencio, en una
conspiración tramada por Marcelino, conde del patrimonio privado del
emperador. Al intentar huir a Hispania, Constante es asesinado. En esas mis­
mas fechas, instigado por Constancia, hija de Constantino y viuda del ase­
sinado Hanibaliano, se proclama emperador, en la zona del Danubio, Vetra-
nio, que termina por someterse a Constancio II. Éste, por su parte, después
de nombrar César a Galo (sobrino suyo, hijo de Julio Constancio y uno de
los supervivientes de la matanza de Constantinopla), marcha con su ejérci-
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LEGISLACIÓN IMPERIAL 349

gente y con gran cantidad de asistentes, lo cual ciertamente


ofende los ojos de los hombres con nefastas escenas. ¿Qué
día es propicio para el entierro o de qué modo se puede acu­
dir a los dioses y a los templos? En consecuencia, puesto que
el dolor en los entierros prefiere <quedar> oculto, y para los
difuntos no hay diferencia entre ser llevados de noche o de
día, conviene liberar a todo el pueblo de este espectáculo, a
fin de que parezca que en los entierros hay dolor, y no pompa
ni ostentación en las honras fúnebres (en Antioquía, el día
anterior a las idus [día 12] de febrero del 363).

De los Emperadores Valentiniano, Valente y Graciano


Augustos16 a Olybrio, Prefecto de la ciudad-CTh. 14,9,1
Todos los que acuden a la ciudad a causa de su deseo de
estudiar, han de enviar al maestre del censo, desde su lugar

16 A la muerte de Juliano (363), la rivalidad entre los ejércitos de Orien­


te y de la Galia encontró una solución de compromiso en Secundino Salus-
tio, pero éste rechazó el ofrecimiento. En su lugar, fue elegido un oficial ilí­
rico, el panonio Flavio Joviano. Éste firmó con los persas un tratado de paz
muy desventajoso y ordenó la retirada del ejército de aquel escenario,
durante la cual se produjo la muerte de Joviano, al parecer por causas natu­
rales, el 17 de febrero del 364. Antes, Joviano había revocado ya la política
anticristiana de Juliano. De nuevo volvieron los ejércitos a proponer para la
dignidad imperial a Secundino Salustio, que volvió a rechazar, siéndole
ofrecida a continuación a otro oficial ilírico, el también panonio Flavio
Valentiniano (364-375), que designó como co-emperador a su hermano
Valente (364-378), también prestigioso militar, repartiéndose, respectiva­
mente, el Occidente y el Oriente del Imperio. Valentiniano tuvo que ocu­
parse de defender las fronteras occidentales de las invasiones de los atama­
nes, y, por medio de su general Teodosio el Viejo, poner orden en Britania
y África, donde Teodosio fue juzgado y ejecutado, víctima, al parecer, de
una conjura imperial. En el 367, Valentiniano había proclamado Augusto a
su hijo Flavio Graciano. Cuando se encontraba en el Ilírico, dirigiendo una
operación militar contra los sármatas y los cuados, le sorprendió a Valenti­
niano la muerte el 17 de noviembre del 375. Por su parte, Valente hubo de
enfrentarse al problema de la usurpación de Procopio, que contaba con las
simpatías de los partidarios de Juliano. Aunque en un primer momento obtu­
vo algunas victorias sobre Valente, sin embargo, traicionado por su ejército,
murió en mayo del 366. Además, Valente tuvo también que reprimir las
penetraciones visigodas en el Danubio, y las persas en el frente oriental. En
agosto del 378, en las cercanías de Adrianópolis, moría Valente en una bata­

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350 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

de origen, los documentos de sus correspondientes jueces


provinciales, por los que debe dárseles el derecho a venir a
la ciudad, en los que constará el lugar de su procedencia, la
filiación y la relación de méritos. En segundo lugar, tan pron­
to lleguen <a la ciudad>, <los estudiantes> declararán a qué
estudios principalmente piensan dedicarse. En tercer lugar,
el encargado del censo investigará cuidadosamente sus alo­
jamientos, para que se dediquen realmente a aquellos estu­
dios que declararon haber elegido. Los mismos encargados
del censo advertirán <a los estudiantes> que deben compor­
tarse en sus reuniones como deben hacerlo las personas que
consideran que ha de evitarse una reputación mala y vergon­
zosa, y las malas asociaciones, que Nosotros consideramos
casi como delictivas, y que tampoco deberán asistir dema­
siado a menudo a espectáculos, ni mezclarse en banquetes
desordenados17. Es más, también os concedemos la facultad
de que, si alguno de estos <estudiantes> no se comportase en
la ciudad según requiere la dignidad de una educación libe­
ral, sea azotado públicamente, puesto de inmediato en un
barco, expulsado de la ciudad y devuelto a su casa. Claro que
a aquellos estudiantes que se dedican aplicadamente a los
estudios, le será lícito permanecer en Roma hasta los veinte
años de edad. Pero si, después de este plazo, alguno, por su
propia voluntad, se despreocupase de regresar <a su casa>,
sea devuelto a su patria por orden de la prefectura, incluso
vergonzosamente. Y para que estas medidas no se observen
acaso negligentemente, que tu Excelsa Sinceridad advierta al
maestre del censo que, cada mes, recoja en unos informes
qué estudiantes <están en la ciudad> y de dónde vienen, y
quiénes deben ser devueltos, por razón <de haber transcurri-
do> el plazo, a Africa o a las restantes provincias, excep­
tuando tan sólo aquellos que soportan las cargas de las cor­

lla frente a los hunos, a los que tres años antes había autorizado a cruzar el
Danubio y asentarse en la Tracia.
17 A una época muy pocos años posterior a la promulgación de esta ley
corresponde la estancia en Roma, como maestro de Retórica, de san Agus­
tín. En sus «Confesiones», puede encontrarse una descripción del agitado
ambiente estudiantil de la ciudad.

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 351

poraciones <por estar incorporados a un oficio>. Unos infor­


mes semejantes deben ser elevados también, cada año, a las
oficinas de Nuestra Mansedumbre, con el fin de que, exami­
nados los méritos y la formación de cada uno, juzguemos si
y cuándo Nos resultan necesarios (en Tréveris, el 4 de las
idus [día 12] de marzo del 370).

De los Emperadores Graciano, Valentiniano y Teodosio


Augustos18a Eutropio, Prefecto del pretorio-CJ. 12,7,lpr.-l
(pr.) Es especial la consideración de nuestro afecto hacia
el nombre de los notarios19. Por ello, si alguna vez los varones

18 Flavio Graciano (367-383), hijo mayor de Valentiniano I, había sido pro­


clamado Augusto por su padre el 367. A la vista de su reconocida incapacidad
para el gobierno, a instancias del franco Merobaudes, maestre de la infantería,
para evitar la sublevación del ejército de la Galia, fue también proclamado
Augusto el hijo menor del emperador difunto, Valentiniano II, de tan sólo cua­
tro años de edad. AI margen de los habituales problemas fronterizos en Galia
y Panonia, es de destacar el asentamiento, en esta última, de vándalos y godos,
con la autorización de Graciano. En el 383, mientras Graciano combatía a los
alamanes en Retía, el ejército de Britania proclamaba emperador al hispano
Máximo, al que se unieron también las tropas de Germania. Huyendo del
usurpador, Graciano fue asesinado en Lyon el 25 de agosto del 383. En Orien­
te, por su parte, después de la muerte de Valente (378), Graciano había pro­
clamado Augusto, en Sirmio, en enero del 379, a Flavio Te<>dosio (379-395),
hijo de aquel Teodosio el Viejo que había sido ejecutado en África en una con­
jura a la que no eran ajenos los emperadores Valentiniano I o el propio Gra­
ciano. Durante el gobierno de Teodosio I, y de acuerdo con éste, los godos se
instalaron en tierras situadas entre el Danubio y los Balcanes, siendo la pri­
mera nación autónoma asentada dentro del Imperio Romano y ligada a éste
por un pacto (foedus). Por otra parte, Teodosio pactó también con los persas,
cediéndoles buena parte de Armenia a cambio de la paz. En el 383, Teodosio
designa Augusto a su hijo mayor Arcadio. En el 387, Valentiniano II se ve
obligado a huir de Máximo, buscando refugio en la corte de Teodosio. Ambos
emperadores se unen para enfrentarse al usurpador Máximo, que es vencido
y ejecutado después de entregarse. Desde el 388 hasta el 391, Teodosio resi­
de en Milán, capital imperial de Occidente, y Valentiniano II es enviado a la
Galia, bajo la vigilancia del general galo Argobasto. En el 392, se produce, en
oscuras circunstancias, la muerte de Valentiniano II. Argobasto incita al ejér­
cito a proclamar emperador al rétor Eugenio, que es vencido por Teodosio,
cuyo segundo hijo, Honorio, es proclamado Augusto por el Senado de Roma.
El 17 de enero del 395, muere Teodosio I en Milán, repartiendo el Imperio
entre sus hijos Arcadio y Honorio.

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352 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

de esta profesión cambiaran el trabajo por el descanso, o lo


abandonaran por la ancianidad, o cuando desempeñaran, des­
pués de ésta, otra dignidad cualquiera, no pierdan el título de
su anterior cargo, sino que añadan el honor del nuevo. (1) Y si
alguien de la oficina de Tu Sublimidad les inquietara temera­
riamente por el pago del censo, revisiones, compensaciones, o
cualquier otra cosa, sepa su oficio que, descubierta la ofensa
<aun> de culpa leve, ha de ser castigado con la pena de una
grave multa, y que la corporación de los recaudadores queda­
rá disminuida al expulsarse al autor de la injuria (en Tesalóni-
ca, el 15 de las calendas de julio [día 16 de junio] del 380).

De los Emperadores Graciano, Valentiniano y Teodo-


sio Augustos1920 a Richomeres, Conde y Maestre de ambas
milicias-CTh. 7,1,13 = CJ. 12,35,12
Como toda una multitud de legiones está acampada en las
verdes orillas de algunos ríos, decretamos con Nuestra Provi­
dente Autoridad, que absolutamente nadie ensucie el agua
potable de la corriente con el sucio excremento de la inmun­
dicia, ni ofenda la vista de la gente desnudándose demasiado
expeditivamente para lavar el sudor de los caballos, de modo
que corrompa el agua potable con sucio cieno, y escandalice a
los que los ven21, sino que, en las partes bajas de los ríos22, es
decir, más allá del campamento, lejos de las miradas de todos,

19 La palabra que originalmente designaba al «notario» era la de tabellio,


«el que escribe las tablillas (tabulae)» en las que se documentaban los actos
jurídicos, mientras que notarius era el encargado -frecuentem ente un escla­
v o - de redactar las actas de ciertos trámites. Más tarde se extendió el térmi­
no notaríi a los tabelliones. Sobre los notarios, véase D ’O rs, A., «Docu­
mentos y notarios en el derecho romano post-clásico», en Centenario de la
ley del Notariado I, Madrid, 1964, pp. 81 ss.
20 La atribución de esta ley a los tres emperadores parece deberse a un
error, pues Graciano había muerto ocho años antes (383). En CJ., la ley apa­
rece atribuida a Teodosio, Arcadio y Honorio, pero tampoco esa atribución
es correcta, pues Honorio no es proclamado Augusto hasta después de la
muerte de Valentiniano II, el 392. Arcadio, en cambio, sí era Augusto desde
el 383. Quizá la atribución correcta sea Valentiniano II, Teodosio y Arcadio.
21 Las dos frases últimas han sido suprimidas en el CJ.
22 Todo lo que sigue del texto legal ha sido substituido en CJ por «haga
esto mismo».

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 353

realice esa tarea del baño libre de los animales, como le parez­
ca bien. Así, pues, Tu Sublime Magnificencia hará cumplir
esto con el celo de su diligencia y el imperativo de su admo­
nición, de manera que cada tribuno militar sepa que se expo­
ne a un grave castigo si se prueba que en su zona se ha des­
obedecido lo que él sabe que está mandado (el 6 de las
calendas de junio [el 27 de mayo] del 391).

De los Emperadores Teodosio, Arcadio y Honorio


Augustos23 a Rufino, Prefecto del pretorio-CTh. 9,4,1 =
CJ. 9,7,lpr.-l
(pr.) Si alguien, ignorante de la modestia y desconocedor
del pudor, creyese que había de ofender nuestros nombres
con reprobable y petulante maldición, o, agitado por la
embriaguez, hubiese censurado la situación del momento pre­
sente, no queremos que ése sea sometido a una pena, ni
soporte algo duro o aflictivo, puesto que, si eso procediese de
la ligereza, debe ser despreciado; si de la locura, es muy
digno de compasión; si de <ánimo> de injuriar, debe ser per­
donado. (1) Por lo tanto, póngase en nuestro conocimiento de
una manera completa, para que sopesemos las palabras en
consideración de la personalidad de cada uno, y decidamos si
debe ser olvidado o debidamente castigado (en Constantino-
pla, el 5 de las idus [día 9] de agosto del 393).

De los Emperadores Arcadio y Honorio Augustos24 al


Senado y al pueblo-CJ. 4,40,3
Puesto que se dice que algunas veces, en diferentes luga­
res del litoral, se vende trigo del canon público, sepan quie­
nes lo venden y lo compran, que quedan sometidos a la pena
capital, y que se castigan los comercios realizados en fraude

23 En el 383, Teodosio I había designado Augusto a su hijo mayor, Arcadio,


y en el 393, fue también proclamado Augusto, por el Senado de Roma, Hono­
rio, su segundo hijo. Al morir su padre, en enero del 395, el primero tenía die­
ciocho años, y once, el segundo. Esta ley corresponde al período de corregen­
cia de los tres.
24 En su testamento (395), Teodosio I asignó a su hijo mayor Arcadio
la pane Oriental del Imperio, asistido por Rufino, y al segundo, Honorio, la

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354 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

público (en Milán, el 17 de las calendas de mayo [15 de


abril] del 397).

De los Emperadores Honorio y Teodosio Augustos*25 a


Probiano, Prefecto de la ciudad-CTh. 14,10,4
Mandamos abstenerse de las largas cabelleras y de las
indumentarias de cuero, incluso a los esclavos, dentro de esta
sacratísima ciudad, y que nadie, después de esta ley, pueda

Occidental, bajo la supervisión de Estilicón (casado con una sobrina de Teo­


dosio I, y estando prometidos sus hijos María y Euquerio con el emperador
Honorio y con su hermana Gala Placidia, respectivamente). La división se
consumó al año siguiente, para formar, a partir de entonces, dos Imperios
independientes: el de Oriente, con capital en Constantinople y el de Occi­
dente, en Rávena. El primero comprendía la Prefectura del Ilírico, con capital
en Tesalónica, y la de Oriente, con sede en la capital del Imperio; el segundo,
la Prefectura de las Galias, cuya sede estaba en Milán, y la de Italia, con sede,
primero, en Tréveris, y más tarde, en Arlés. Pese a la formal independencia,
era frecuente que cada emperador extendiese a su Imperio las leyes dadas por
el otro, e incluso que las promulgasen conjuntamente, como puede verse en la
que aquí se reproduce. Además, el emperador que sobreviviese al otro, tenía
derecho a nombrar sucesor del fallecido. Arcadio (395-408), en Oriente, dejó
el gobierno imperial en manos, primero,' de Rufino, y luego, de Eutropio y de
la emperatriz Eudoxia. Con los bárbaros que presionaban sobre sus fronteras
siguió la política de desviarlos hacia Occidente. Al morir, el 408, le sucederá
su hijo Teodosio II. Por su parte, Honorio (395-423) pudo detener las inva­
siones bárbaras (vándalos, suevos, alanos) mientras vivió Estilicón, si bien
perdió definitivamente Britania, después de que el ejército de allí proclamase
emperador a su jefe, con el nombre de Constantino III. A partir del asesinato
de Estilicón (408), los ejércitos de Honorio ceden ante los visigodos que, al
mando de Alarico, llegan varias veces hasta la misma Roma. A juzgar por el
lugar de promulgación de esta ley (Milán), debió de haber sido iniciativa de
Honorio, emperador de Occidente.
25 El 409, Alarico impone como nuevo emperador de Occidente al pre­
fecto de Roma, Prisco Atalo, haciendo que éste le nombre «general de
ambos ejércitos» (magister utriusque militiae), si bien lo depuso poco des­
pués. En otoño del 410, Alarico saquea Roma, y muere poco después, sien­
do sucedido por Ataúlfo, que se casa con Gala Placidia, hermana de Hono­
rio, aunque es asesinado cinco años más tarde, en Barcelona. Durante este
tiempo, se suceden las usurpaciones del título imperial: en la Galia, sigue
Constantino III, que asocia al poder a su hijo Constante; en Tarragona, Máxi­
mo; en Germania, Jovino (apoyado por los burgundios), que asocia a su her­
mano Sebastián; en África, Heracliano, el que había asesinado y sucedido a
Estilicón; y también Atalo, que vuelve a ser proclamado por los visigodos.

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 355

impunemente hacer uso de esa vestimenta. Y si alguien des­


cuidase la vigencia de nuestra ley, si es ingenuo, no evitará las
penas de la ley; si es esclavo, será condenado a trabajos for­
zosos. Ordenamos que se publique que esto no es lícito, no
sólo directamente dentro de la ciudad, sino incluso en las
regiones vecinas26 (en Rávena, el día anterior a las idus [día
12] de diciembre del 416).

De los Emperadores Teodosio Augusto y Valentiniano


César27 a Teófilo, Prefecto de la ciudad-CJ. 12,15,1 =
CTh. 6,21,1
Los profesores de gramática, tanto griegos como latinos,
de oratoria y de Jurisprudencia que ejercen su profesión en
esta regia ciudad, y que se cuentan entre los registrados,28*si
hubiesen demostrado que su vida es loable por sus buenas

Después de enviudar, Gala Placidia se casa con el general de la Galia, Cons­


tancio, siendo ambos asociados al trono por Honorio. Muerto éste (421),
Gala Placidia se ve obligada a refugiarse, junto con su hijo Valentiniano, en
Constantinopla, en la corte de Teodosio II. Honorio muere el 15 de agosto
del 423. En cuanto a Teodosio II (408-450), consigue desviar la atención de
los bárbaros, especialmente de los hunos, mandados por Atila, hacia Occi­
dente, y, para defenderse de las invasiones, construye una sólida fortificación
alrededor de Constantinopla. Al morir Honorio, impone como sucesor al hijo
de Gala Placidia, Valentiniano III, que tenía entonces seis años.
26 Lo mismo que la anterior, esta ley dada en Rávena, capital entonces
del Imperio de Occidente, parece ser iniciativa de Honorio. El tema de la
vestimenta utilizada en Roma había sido ya objeto de otras dos leyes ante­
riores del mismo Honorio: en la primera (CTh. 14,10,2, de agosto del 397)
prohibía el uso de botas (tzangae) y calzones (braccie) de estilo bárbaro,
amenazando al infractor con la confiscación de todos sus bienes y el exilio
perpetuo; en la segunda (CTh. 14,10,3, de junio del 399), reiteraba la pro­
hibición, agravando las penas al infractor.
27 A partir del 425, Valentiniano III (425-455) reina en Occidente y Teo­
dosio II (408-450), en Oriente. Desde el punto de vista jurídico, el hecho
más relevante de este período es la publicación del Codex Theodosianus,
sobre el cual véase supra introd.
28 Lo que, en el Código de Justiniano, es una disposición de carácter
general, el texto original de Teodosio y Valentiniano recogido en CTh. lo
refería a unas personas determinadas, concretamente a los profesores grie­
gos de gramática Heladio y Syriano, y al latino, Teófilo; a los de retórica,
Martino y Máximo, y al de Jurisprudencia, Leoncio, y sólo después de estas
referencias personales, venía la disposición general que recogió Justiniano.

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 357

valor las sentencias de Paulo31 (en Rávena, el 7 de las idus


[día 7] de noviembre del 426).

Interpretación
Esta ley muestra los jurisconsultos cuyas opiniones
valen, esto es, de Papiniano, Paulo, Gayo, Ulpiano,
Modestino, Escévola, Sabino, Juliano y Marcelo; de éstos,
si se hubiesen aducido opiniones contrarias, prevalezca
aquella en la que coincidan mayor número <de estos juris-
tas>. Y si por casualidad hay un número igual de una y otra
opinión, preceda la autoridad de aquella opinión en la que
coincida Papiniano con un número igual, porque, así como
Papiniano vence a cada uno individualmente, cede ante
dos <de los otros>. Escévola, Sabino, Juliano y Marcelo
no se encuentran en sus propias recopilaciones, sino que
son considerados insertados en las recopilaciones de los
antes mencionados. Pero esta ley no se refiere al Grego­
riano y al Hermogeniano porque ya quedaban confirmados
como autoridades en virtud de una anterior ley, bajo el
título de las constituciones y de los edictos de los Prínci­
pes. Pero de todos estos jurisconsultos, hemos elegido las
cosas que eran necesarias para los juicios de los tiempos
presentes, del Gregoriano, del Hermogeniano, de Gayo,
Papiniano y Paulo32.

31 Esta ley de Valentiniano es la llamada «Ley de Citas», en virtud de la


cual se limitaban las obras jurisprudenciales alegables enjuicio, previo cote­
jo con los ejemplares oficiales (collado codician), a las de los cinco juristas:
Papiniano, Paulo, Gayo, Ulpiano y Modestino. El fin de esta reducción de
autoridades fue el de paliar en alguna medida uno de los problemas más gra­
ves del mundo jurídico de la época: el de la autenticidad de los libros jurí­
dicos clásicos que podían ser alegados ante los jueces. Al parecer, el tenor
original de la ley (promulgada, en Rávena, por Valentiniano III) se refería
sólo a los cinco mencionados al principio, pero la reducción resultó dema­
siado drástica, y, al incluirse en el CTh, fue ampliada en el ¿entido que
puede verse en el texto, lo cual hizo disminuir la eficacia de la reducción
legal.
32 Esta última frase parece un añadido de Alarico II, al recoger esta ley
en la Lex Romana Wisigodwnun, anunciando que en ésta, aparte de las leyes
del CTh., sólo se incluyen fragmentos de esos autores.

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358 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Del Emperador Marciano Augusto33 a Constantino,


Prefecto del pretorio-CJ. 4,41,2pr.-l
(pr.) Que nadie se atreva a vender corazas, escudos,
arcos, flechas, espadas, dagas o armas de cualquier otro
género a los bárbaros extranjeros de cualquier pueblo que, a
título de embajada o con cualquier otro pretexto, vienen a
esta sacratísima ciudad o cualesquiera otras ciudades. Y que
no le sea vendido por nadie a estos mismos absolutamente
ninguna arma ofensiva, ni tampoco nada de hierro, bien ya
preparado, bien todavía sin preparar. Pues es pernicioso para
el Imperio Romano y próximo a la traición proveer a los bár­
baros, que conviene de carezcan <de ellas>, de armas ofen­
sivas, para que se vuelvan más fuertes. (1) Y si alguien, en
cualquier lugar, hubiese vendido algún género de armas a los
bárbaros extranjeros de cualquier pueblo contra las prohibi­
ciones de Nuestra Piedad, ordenamos que de inmediato
todos sus bienes sean confiscados y adjudicados al fisco,
y que sufra él mismo también la pena capital, [año 455-457].

De los Emperadores León y Zenón Augustos34 al con­


sular Epinico-CJ. 10,15,lpr.-4
(pr.) Que nadie en el futuro se atreva a molestar los benig­
nos oídos de Nuestra Piedad elevando súplicas acerca de la

33 A la muerte de Teodosio II, el 450, es elevado al trono, ya en edad


avanzada, Marciano (450-457), casado con Pulquería, hermana del difunto
emperador. Lo más destacado de su época son las disputas teológicas y la
celebración del Concilio de Calcedonia, que definió, en contra de los mono-
fisitas, el dogma de las dos naturalezas en la persona única de Cristo, que
había de acarrear importantes consecuencias en el orden político. A la muer­
te de Marciano, el 457, se extingue la dinastía teodosiana.
34 Después de la muerte de Marciano, sube al trono León I (457-474), cele­
brándose por primera vez la consagración y coronación del emperador por el
Patriarca de Constantinopla, como para reforzar con ello la legitimidad del
poder de quien carecía de tradición dinástica. Durante su gobierno, se produ­
ce un enfrentamiento, por alcanzar mayor influencia ante el emperador, entre
el grupo germánico y el isáurico, que prevaleció, uno de cuyos jefes, Tarasi-
codissa, después de cambiar su nombre por el de Zenón, se casa con Ariadne,
hija de León I. Al morir éste (474), le sucede su nieto de corta edad, hijo de
Zenón y Ariadne, León II, y, como co-emperador, el propio Zenón. León II

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360 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

Egipto, o en cualquiera de las provincias de nuestro Imperio,


o en sus campos, o en cualquier <otro> lugar, practicar la cus­
todia de la cárcel en casa privada, debiendo el respetable
varón que sea en ese momento prefecto augustal, y los muy
esclarecidos varones gobernadores de todas las provincias,
cuidar y tener siempre en observación para que sea reprimida
por todos los medios la frecuentemente mencionada arrogan­
cia de hombres tan nefandos. (1) Así, pues, tras esta muy
saludable constitución, tanto el respetable varón que sea en
ese momento <prefecto> augustal, como cualquier goberna­
dor de una provincia, que, conocido un crimen de esta natu­
raleza, no hubiese vindicado la majestad lesionada, incurrirá
sin duda en crimen de lesa majestad, quedando también obli­
gados por los vínculos de ese mismo crimen los funcionarios
superiores de sus oficinas que, en el mismo momento en que
tuvieran conocimiento de que, en cualquier lugar, se comete
el mencionado crimen prohibido, no se cuidasen inmediata­
mente de dar instrucciones a los propios jueces para que sea
reprimido tan nefandísimo crimen. (2) Pues es manifiesto que
aquellos que cometiesen este tipo de crimen, en virtud tam­
bién del tenor de las antiguas leyes y constituciones, han de
ser sometidos al último suplicio como reos de lesa majestad
(en Constantinopla, en las calendas de julio [día 1] del 486).

Del Emperador Anastasio Augusto*36 a Leoncio, Pre­


fecto del pretorio-CJ. 7,39,6pr.-l
(pr.) Ha tenido conocimiento Nuestra Serenidad de que
algunos intentan aplicar la sacratísima constitución de Nues-

cían en Oriente, con su jefe Teodorico el Amalo. En el terreno religioso,


continua el problema monofisita, que Zenón intenta resolver, sin éxito.
Muere el 491.
36 Al morir Zenón, es elevado al trono un alto dignatario de la corte,
Anastasio 1 (491 -518). El 502 tuvo que hacer frente a los ataques de los per­
sas sasánidas, que concluyeron tres años más tarde con una tregua provisio­
nal. Por otra parte, los eslavos y los búlgaros inician su penetración en los
Balcanes. Movido, en parte, por el problema religioso del monofisismo,
Anastasio inicia una política de orientalización del Imperio, favoreciendo a
los monofisitas. En los últimos años de su reinado tuvo que hacer frente

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362 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

tintos, déseles la elección de cuál consideran mejor que han


de retener para sí, y cuál entienden que han de abandonar, de
manera que permanezcan firmemente en aquel que eligieron,
y sean separados sin duda de aquel que rechazaron. (1) Y para
el futuro, que absolutamente a nadie le sea ofrecida la facultad
de, al mismo tiempo, aspirar a más que el empleo de un orden,
prohibiéndoles a todos, en general, como se ha dicho, dos o
más empleos, y no concediéndoles unir la dignidad a cualquier
otro cíngulo, de modo que, incluso quienes habían pensado
suplicamos acerca de este asunto prohibido, sean castigados
con la pena de diez libras de oro por su temeridad, aunque
resulte ésta inútil, y quienes hubiesen recibido una augusta
autorización conseguida subrepticiamente, lo que alguna vez
sucede, sean castigados con multa de diez libras de oro. Y tam­
bién han de ser sancionados con el pago de diez libras de oro
las secretarías y las oficinas, de las cuales depende este asun­
to, si no se hubiesen resistido, haciendo valer esta ley prag­
mática*40*.(la) Y si se hubiese perpetrado algo contra esta ley,
sepan todos que lo que se admitió más allá de lo permitido o
se hizo, o se inscribió en escrituras públicas, será considerado
igual que si no hubiese sido solicitado ni tampoco declarado,
ni inscrito en ninguna escritura. (2) Y todos los que, ocupando
cargos militares o civiles, hubiesen ya obtenido u obtengan en
el futuro con nuestra autorización, un nombramiento para
administrar las provincias o mandar algunas fuerzas, deben
saber también que, para que se les reserve el grado, por medio
de una merecida sanción augusta, han de solicitar para sí una
similar licencia, tras haber abandonado el cargo, o para conti­
nuar sin interrupción en el primer cíngulo, no reclamando nin­
gún título de dignidad, que les hubiese concedido el cargo

imperial se modeló sobre la base de la organización militar -d e ahí la deno­


minación de militia civilis-, y todos los funcionarios, de cualquier grado,
tenían un uniforme característico del que formaba parte el cíngulo, que se
convertía así en la señal distintiva del cargo desempeñado. El cíngulo es,
pues, el símbolo del rango administrativo y de la dignidad de los funciona­
rios civiles del Dominado.
40 Mediante las «leyes pragmáticas» (pragmaticae sanctiones) se exten­
dían a la otra las leyes dadas para una de las partes del Imperio.

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364 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

do un divino rescripto especial de Nuestra Divinidad que les


permitiese eso. (1) Y rehúsen, en todo caso, las donaciones,
sabiendo que éstas no son válidas, con independencia de su
objeto y de su valor, a no ser que, después de haber cesado en
el cargo, o el donante ratificara expresamente por escrito aque­
lla donación, o hubiese transcurrido un plazo quinquenal,
durante el cual no se hubiese planteado ninguna reclamación
respecto a aquellas donaciones, ni por el mismo donante ni por
sus herederos. (2) A los que gobiernan las provincias, les pro­
hibimos totalmente, no sólo las donaciones, sino también las
compras de cualesquiera cosas muebles o inmuebles, excepto
de aquellas que se refieren al sustento y a la vestimenta; y las
edificaciones, aunque las Sagradas Coronas hubiesen permitido
alguna de estas cosas. Y no será válido lo que a ellos les fuera
dado por donación o venta, aunque haya transcurrido el plazo
quinquenal después de cesar en el cargo, o se haya ratificado el
consentimiento del donante o del vendedor, después del cese en
el cargo. (3) Todas estas cosas, además, consideramos necesa­
rio extenderlas a los empleados y consejeros de aquéllos, aña­
diendo también a esto que ni siquiera a través de una persona
interpuesta puede perpetrarse sin riesgo alguna de estas cosas.
(4) Y disponemos que estas cosas se apliquen también a los
negocios pasados, a no ser que se hayan resuelto por medio de
transacciones o de sentencias judiciales, (en Constantinopla, el
5 de las idus [día 9] de diciembre del 528).

Del Em perador Justiniano Augusto a Juliano, Prefec­


to del pretorio-C J. 3,33,13pr.-4*44
(pr.) Como la antigüedad dudaba <a propósito> del lega­
do de usufructo de habitación, en primer lugar, de a cuál era

tionem ... g e re re ), en los jueces y funcionarios judiciales. En los §§3 y 4, se


refiere a los gobernadores de las provincias ( p r o v in c ia s vero m o d e r a n t ib n s :
§3) -que eran los jueces de esos territorios- y a sus empleados y consejeros
( a d d o m é s t ic o s e l c o n s ilia r io s : §4). En todo caso, se trata de una ley dirigi­
da a reprimir eventuales abusos de los funcionarios.
44 Esta es una de esas leyes (Q u in c ju a g in t a d e c is io n e s ; véase su p ra
intro d j dadas por Justiniano mientras se estaba elaborando el Digesto para
aclarar aleunas dudas doctrinales.
w

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 365

similar, si al uso o al usufructo, o a ninguno de los dos, sino


que a la habitación le correspondía un derecho propio y una
naturaleza especial; y después también <dudaba de> si podía
aquel a quien se ha legado la habitación, arrendar ésta o vin­
dicar para sí la propiedad, Nosotros, decidiendo las disputas
de los autores, atajamos con una breve respuesta toda duda
respecto a este asunto. (1) Si alguien hubiese dejado <por
legado> la habitación, a Nosotros nos ha parecido cconve-
niente> inclinamos por la opinión más humana, y dar al
legatario también el permiso de arrendamiento. En efecto,
¿qué diferencia hay entre que se la quede el mismo legatario,
o que la ceda a otro para recibir un renta? (2) Y mucho más
aún, si se hubiese dejado por legado el usufructo de la habi­
tación, ya que parece haberse satisfecho una exagerada suti­
leza al añadir el nombre del usufructo. (3) Queremos, en
efecto, que valga la habitación en tanto no aventaje al usu­
fructo, y que el legatario no espere la propiedad de la habi­
tación, a no ser que el propio legatario pueda demostrar
expresamente, con evidentísimas pruebas, que también se le
dejó la propiedad de la casa: entonces ha de acatarse en todo
la voluntad del testador. (4) Esta decisión queremos que
tenga lugar en todas las modalidades en que se constituya la
habitación (el 18 de las calendas de octubre [13 de septiem­
bre] del 530).

Del Emperador Justiniano Augusto a Juliano, Prefecto


del pretorio-C J. 6,22,10pr.-6
(pr.) Distinguidos el sordo y el mudo, porque no siempre
concurren en el mismo defectos de esta naturaleza, estable­
cemos que, si alguien sufre simultáneamente ambas enfer­
medades, esto es, que ni puede oír ni hablar, y esto lo tiene
por la misma naturaleza, no le sea permitido ni hacer testa­
mento ni codicilos, ni dejar un fideicomiso ni realizar una
donación a causa de muerte, ni disponer una manumisión,
sea mediante la vindicta sea de otro modo, ordenando
que obedezcan a esta ley tanto los varones como las mujeres.
(1) Pero cuando la calamidad de los defectos de esta natura­
leza afecta, sea al varón sea a la mujer, no naturalmente, sino

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366 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

que una enfermedad sobrevenida le priva de la voz y le cie­


rra los oídos, si suponemos que la persona de estas caracte­
rísticas conoce las letras, todo lo que al anterior le prohibi­
mos, todo eso se lo permitimos a él, escribiéndolo de su
propia mano. (2) Pero si el infortunio fue separado, lo que
acontece así raramente, a los sordos, aunque este sentido
haya sido alterado por naturaleza, les permitimos hacer todo
respecto a los testamentos, y a los codicilos, y a las donacio­
nes a causa de muerte, y a las manumisiones, y a todo lo
demás. (3) Pues si la voz articulada le fue concedida por la
naturaleza, nada impide que él haga todo lo que quiera, por­
que sabemos que algunos jurisperitos habían pensado esto
más sutilmente, y concluyeron que no hay nadie que no oiga
nada en absoluto, si alguien le habla cerca de su oído, según
lo que le pareció bien a Juvencio Celso. (4) Pero respecto a
aquel, al cual una enfermedad sobrevenida le privó tan sólo
del oído, no cabe dudar de que puede hacerlo todo sin nin­
gún obstáculo. (5) Y si los oídos estuvieran ciertamente
abiertos, y oyera la voz, pero tuviese del todo impedida la
lengua, aunque entre los antiguos autores se discutió fre­
cuentemente acerca de esto, sin embargo, si suponemos que
también éste tiene letras, nada impide que también él, escri­
biendo, haga todo, sea que el infortunio le afectó por natura­
leza, sea por la intervención de una enfermedad de este géne­
ro. (6) En toda esta constitución, no ha de observarse
ninguna distinción, ni respecto a los varones ni a las mujeres
(en Constantinopla, el 10 de las calendas de marzo [20 de
febrero] del 531).

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 367

C. Constitución de confirmación del Digesto

Antes de morir Justino I (527), éste había asociado al


trono a su sobrino Justiniano, el cual va a quedar como único
emperador del Imperio de Oriente. Como objetivo de su rei­
nado se propone la unificación de todo el Imperio Romano,
objetivo que va a desarrollar en un triple plano. En primer
lugar, la unificación territorial, mediante la recuperación de
lo que había sido, hasta medio siglo antes, el Imperio
de Occidente. Así, con el general Belisario al frente de su
ejército, consigue la reconquista de Italia, el sur de la Galia,
el levante hispánico y buena parte del Africa mediterránea.
No obstante, esas conquistas no durarán mucho más que la
vida del propio Justiniano.
En segundo lugar, la unificación religiosa, para lo cual
interviene directamente en las disputas teológicas y apoya
con su potestad civil las reglas y cánones de la autoridad
eclesiástica. De ahí que un considerable número de leyes de
Justiniano se refieran a cuestiones de disciplina eclesiástica,
e incluso a cuestiones dogmáticas.
Por último, la unificación jurídica, a través de la promul­
gación de su «Cuerpo de Derecho» (Corpus Iuris), en el que
se recoge ordenadamente todo el derecho vigente de su
época, quedando sin valor todo lo que quedase al margen de
esa magna obra. Ya hemos hecho antes alusión al problema
que, en la época del Dominado, se plantea en relación con la
autenticidad de los textos jurídicos1. Teodosio II había inten­
tado remediarlo con su proyecto de reunir en una sola obra
todo el derecho vigente, pero hubo de contentarse con la sola
recopilación de las leyes imperiales (Codex Theodosianus),
pues su ambicioso proyecto inicial resultaba, en su época,
aun irrealizable. Casi un siglo después, sin embargo, sí será
factible para Justiniano.
Así, el 13 de febrero del 528, Justiniano dirige una cons-
titución al Senado de Constantinopla (const. Haec, qucie
necessario) designando la comisión encargada de elaborar

1Véase supra sub VIII.B y n. 31.

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368 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

un nuevo Código, que viniera a ser, en cierto modo, una sín­


tesis de los anteriores Codex Theodosianus, por una parte, y
Codex Gregorianus y Codex Hermogenianus, por otra, es
decir, que contuviese leyes y rescriptos imperiales. La comi­
sión, presidida por Juan de Capadocia, estaba formada por
Leoncio, Focas, Basílides, Tomás, Triboniano, Constantino,
Teófilo, Dióscoro y Presentino. Poco más de un año después,
el 7 de abril del 529, Justiniano puede ya, mediante una
nueva constitución imperial (const. Sum m a rei p u b lica e ),
promulgar su nuevo Código (Codex lustinianus).
El 15 de diciembre del 530, un año después de que Tri­
boniano fuera nombrado quaestor sacri palatii, Justiniano le
dirige una nueva constitución (const. Deo auctore) enco­
mendándole la preparación de una antología de fragmentos
de obras jurisprudenciales de épocas anteriores, actualizada
en la medida necesaria para reflejar el derecho vigente. Los
nombres de los miembros de la comisión que se encargó de
la ejecución de este proyecto, elegidos por el propio Tribo­
niano, son los que aparecen mencionados en la constitución
Tanta que se reproduce a continuación.
En una fecha desconocida, mientras esta comisión se
encontraba todavía trabajando, Justiniano convoca de nuevo
a Triboniano y a otros dos miembros de la misma (Teófilo y
Doroteo), para transmitirles el nuevo encargo de elaborar
una obra elemental y escolástica que venga a sustituir, para
la enseñanza del Derecho, a las «Instituciones» de Gayo. El
21 de noviembre del 533, la constitución Imperatoriam
maiestatem, publicaba las nuevas Instituciones.
Apenas un mes más tarde, el 16 de diciembre del 533,
Justiniano promulgaba el Digesto por medio de la constitu­
ción Tanta (que se recoge a continuación), exactamente tres
años después de haber encargado su elaboración. Juntamen­
te con esta constitución, Justiniano promulga otra (const.
Omnem), por la que reforma los planes de estudio de Dere­
cho en las universidades de Constantinopla y Berito.
Después de publicadas las Instituciones y el Digesto, y a
la vista de toda una serie de leyes aclaratorias (Quinquagin-
ta decisiones), publicadas con posterioridad a la promulga­

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 369

ción del Código (años 530-531), Justiniano encarga el


mismo Triboniano su revisión, para corregir las posibles dis­
crepancias con sus propias leyes y con el Digesto. El 16 de
noviembre del 534, la constitución Cordi promulga la nueva
versión del Código: Codex repetitae praelectionis.
Tenemos ya así las tres partes originales del Corpus Inris,
a las que posteriormente se unirá una cuarta: las Novelas, que
recogen leyes posteriores (Novellcie), tanto del mismo Justi­
niano (posteriores al 534), como de emperadores posteriores.
No conocemos con exactitud el método de trabajo utili­
zado para elaborar el Digesto, que permitió, en un plazo de
tres años, realizar algo en lo que había fracasado Teodosio II,
y que el propio Justiniano consideraba poco menos que
imposible. Es probable que los miembros de la comisión se
repartieran en cuatro subcomisiones, encargándose cada una
de ellas de leer, seleccionar y depurar determinados grupos o
«masas» de libros jurisprudenciales (masa edictal, sabiniana,
papiniana y apéndice).
El Digesto o, en griego, Pandectas es la parte principal, y
también la más extensa (50 libros, frente a los 12 del Códi­
go de las constituciones imperiales) del Corpus Inris. Reco­
ge, ordenados por materias, fragmentos de los libros de los
juristas clásicos, preferentemente los clásicos tardíos, como
Ulpiano y Paulo, que son los mejor representados en esa
antología jurisprudencial. Los Compiladores no dejaron de
introducir retoques («interpolaciones») en los antiguos tex­
tos, para acomodarlos al derecho de su tiempo.
El año 554, reconquistada Italia, Justiniano extenderá, a
petición del papa Vigilio, el Corpus luris y sus otras leyes a Ita­
lia (Pragmática sandio pro petitione Vigilii).

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372 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

pero en modo alguno posible para la debilidad humana.


Y así, Nosotros, según la costumbre habitual, acudimos al
auxilio de la Inmortalidad, e invocada la Suma Divinidad,
quisimos que Dios se hiciera autor y protector de toda la
obra, y confiamos todo el trabajo a Triboniano6, varón excel­
so, maestre de los oficios y ex-cuestor de nuestro sagrado
palacio y ex-cónsul, y a él le encargamos todo el trabajo de
semejante ordenación, para que él mismo, junto con otros
ilustres y prudentísimos varones, realizase nuestro deseo.
También Nuestra Majestad7, siguiendo siempre y estudiando
a fondo aquello que era compuesto por ellos, corregía y
reconducía a su oportuna forma todo lo que encontraba
dudoso e incierto, ayudada por la Divinidad Celestial. Así,
pues, todas las cosas fueron realizadas por Jesucristo, Señor
y Dios nuestro, que nos concedió esta posibilidad, tanto a
Nosotros como a nuestros auxiliares en esto. (1) Ya anterior­
mente habíamos reunido las principales constituciones, reco­
piladas en doce libros, en un Código que es famoso por nues­
tro nombre8. Después, acometiendo el trabajo máximo,
permitimos al mismo excelso varón tanto reunir como poner
en cierta moderación las mismas obras doctísimas de la anti­
güedad, ya casi mezcladas y confundidas. Y mientras se con­
sultaban todas estas obras, fue dado a conocer por el men­
cionado excelso varón que habían sido escritos por los
antiguos casi dos mil libros, conteniendo más de tres millo­
nes de líneas, todos los cuales era necesario leer y estudiar a
fondo, y de ellos, si algo fuese óptimo, recogerlo. Con la
Gloria Celestial y la ayuda de la Suma Trinidad, esto se llevó

6 Así como el personaje principal de las gestas militares había sido Beli-
sario, para la obra jurídica lo fue Triboniano, aunque para el primer Código
lo fue Juan de Capadocia.
7 La maiestas, que significa el poder del que es más, había correspondi­
do primeramente al populus Romcmus, pero, en la época imperial, acaba por
atribuirse al emperador, de donde ha derivado el uso de llamar «Majestad»
a los reyes.
8 Se refiere a la primera edición del Código, promulgada el 529 (dos
años después de subir Justiniano al trono), pero que quedaría desplazada por
la nueva edición del 534.

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 375

de los privados como de los militares20: este libro se deno­


mina «Sobre los testamentos». Sobre los legados y los fidei­
comisos21 se añadieron cinco libros. (6a) Y puesto que nada
había tan específico como, para los legados, una explicación
de la ley Falcidia22, y para los fideicomisos, del senadocon-
sulto Trebeliano23, añadidos sendos libros a cada uno de
ellos, toda la parte quinta queda compuesta por nueve libros.
Consideramos que sólo había de incluirse el senadoconsul-
to Trebeliano, pues rechazando las complicaciones capcio­
sas y odiosas, incluso para los mismos antiguos, del sena-
doconsulto Pegasiano24, y las diferencias entre ambos
senadoconsultos, tan inútiles como escrupulosas, decidimos
que todo el derecho sobre estas cuestiones se fundase en el
senadoconsulto Trebeliano. (6b) Pero en estos libros no ha
sido recogido por nosotros nada acerca de las herencias
caducas25, a fin de que la causa, que en los asuntos no prós­
peramente realizados y en los tiempos tristes aumentó las
calamidades romanas, unida a la guerra civil, no permanez­
ca en nuestros tiempos, los cuales el favor del Cielo afianzó
con la fuerza de la paz y puso en los peligros bélicos por
encima de todas las naciones, para que al luctuoso recuerdo
no se le permita ensombrecer nuestro feliz siglo. (7) Apare­
ce luego la sexta parte del Digesto, en la cual están coloca­

20 D. 28-29. Sobre testamentos, véase s u p r a s u b II n. 29; sobre codici-


los, véase s u p r a s u b V.E n. 69.
21 D. 30-34. Sobre legados, véase s u p r a s u b V.E n. 9; sobre fideicomisos,
véase s u p r a s u b I n. 49.
22 D. 35,2-3. Sobre la ley Falcidia, véase s u p r a s u b V.E n. 65.
23 D. 36,1. Sobre el senadoconsulto Trebeliano, véase s u p r a s u b V.B.
24 El senadoconsulto Pegasiano (de la época de Vespasiano) se refería,
como el Trebeliano, a la herencia fideicomisaria, pero la coordinación de
estas dos disposiciones presentaba gran complejidad, que Justiniano resuel­
ve atribuyendo al Trebeliano lo que sólo había sido introducido por el Pega­
siano; por ejemplo, la «cuarta Trebeliánica» a favor del heredero, por ana­
logía con la «cuarta Falcidia» (véase s u p r a s u b V.E n. 65).
25 Sobre la legislación caducaría, véase s u p r a s u b V.E n. 110. Era con­
gruente que un emperador cristiano no coaccionara de ese modo, como
había hecho Augusto, para contraer matrimonio, y por eso omite todo lo
referente a esas leyes.

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376 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

das todas las posesiones de los bienes hereditarios26, tanto


las que se refieren a los ingenuos como a los libertos27, de
modo que todo el derecho que afecta a los grados de paren­
tesco y a las afinidades28, las herencias legítimas y toda la
sucesión intestada29, y los senadoconsultos Tertuliano y
Orficiano30, en virtud de los cuales la madre y los hijos se
hacen herederos recíprocamente, lo recogimos en dos libros,
reuniendo toda la multitud de cuestiones relativas a la pose­
sión de los bienes hereditarios en una ordenación breve y
clara. (7a) Después de estas cosas, reunimos en un solo
libro lo que les pareció bien a los juristas antiguos acerca de
las denuncias de obra nueva31, y el daño temido32, y la
demolición de edificios y sus peligros, y la contención del
agua de lluvia33, así como también lo que encontramos pre­
visto en las leyes acerca de los recaudadores de impuestos34
y de las donaciones, tanto realizadas en vida como a causa
de muerte35. (7b) Otro libro corresponde a las manumisio­
nes y al proceso de libertad36. (7c) Del mismo modo, se han
reunido en un solo volumen muchas y diversas lecturas acer­
ca de la adquisición tanto de la propiedad como de la pose­

26 D. 37-38. Sobre la b o n o r u m p o s s e s s i o , véase s u p r a s u b V.E n. 105.


27 Sobre los libertos, véase s u p r a s u b IV.B.l §1,10-12.
28 La «afinidad» (a d fin ita s ) es el parentesco de un cónyuge con los
parientes del otro.
29 Sobre sucesión legítima o ab intestato, véase s u p r a s u b II n. 30.
30 El senadoconsulto Tertuliano (de la época de Adriano) vino a mejorar
la posición sucesoria de la madre respecto a los hijos muertos sin descen­
dencia; el Orficiano (del 178 d.C.) daba a los hijos un derecho sucesorio res­
pecto a su madre difunta. Ambos senadoconsultos continuaron la tendencia
abierta ya por el Edicto pretorio de superar los límites del parentesco paren­
tal o de agnación que había mantenido el derecho civil.
31 Sobre la «denuncia de obra nueva», véase s u p r a s u b IV.F n. 27.
32 Sobre la «caución de daño temido», véase s u p r a s u b IV.E n. 35.
33 La «acción de contención del agua de lluvia» (a c tio a q u a e p lu v ia e
a r c e n d a e ) servía para defender la integridad de una finca contra el vecino
que hubiera causado una afluencia inusitada del agua de su propio fundo
sobre el del vecino.
34 Sobre los publícanos, véase s u p r a s u b IV.E n. 31.
35 D. 39.1-6. Sobre donación, véase supra sub V.E n. 45.
36 D. 40,1-16. Sobre manumisiones, véase s u p r a s u b IV.B n. 1.

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 377

sión, y de los títulos37 que llevan a ella38. (7d) Otro libro está
dedicado á aquellos que han sido condenados o han confesa­
do enjuicio, y a las detentaciones y ventas de patrimonios, y
para que no se haga algo en fraude de acreedores39. (7e) Des­
pués de estas cosas, han sido reunidos todos los interdictos40,
y luego otro libro singular que comprende las excepcio­
nes41, y los plazos, y las obligaciones y las acciones42, de
modo que esta mencionada sexta parte de todo el Digesto
comprenda ocho libros del volumen. (8) El séptimo y último
artículo del Digesto43 está formado por seis libros. En un
volumen doble está escrito todo el derecho que se refiere las
estipulaciones u obligaciones verbales44, a los fiadores y a los
mandantes45, así como a las novaciones46 y a los pagos y a las
aceptaciones47 y a las estipulaciones pretorias48, todo lo

37 En la época de Justiniano, una vez desaparecidas las antiguas formas


solemnes de adquirir la propiedad, ésta debe transmitirse por la simple
entrega posesoria (traditio) a causa de un acto que justifique tal transmisión
-p o r ejemplo, la compraventa, el pago, la donación, e t c y estas «justas
causas» reciben desde el siglo iv d.C. el nombre de «títulos», porque corres-
ponden a las rúbricas de los libros de derecho que las distinguen.
38 D. 41,1-10.
39 D. 42,1-8.
40 D. 43,1-33.
41 En la época de Justiniano, la «excepción» (véase supra sub IV.D n. 14)
conservó el mismo carácter de razón especial que oponer al demandante,
aunque hubiera dejado de ser una cláusula formularia, pues ya habían des­
aparecido las fórmulas procesales.
42 D. 44,1-7.
43 Véase s u p r a n. 9.
44 D. 45,1-3.
45 No se trata del contrato de mandato en general, sino del «mandato de
crédito» (m a n d a t u m p e c u n ia e c r e d e n d a e , llamado después «mandato cuali­
ficado»), por el que el que mandaba prestar a un tercero se hacía garante de
la deuda del prestatario.
46 La «novación» ( n o v a d o ) es el acto por el que, mediante estipulación,
se extingue una deuda para sustituirla por otra con el mismo objeto pero con
algún cambio, especialmente con sustitución del deudor por otro nuevo
(«expromisión»).
47 Sobre la aceptilación, véase s u p r a s u b IV.D n. 11.
48 D. 46,1-8. Se llaman «pretorias» a las fórmulas de estipulación que el
pretor tenía previstas en su Edicto, y servían para asegurar la buena tramita­
ción de un proceso actual o para asegurar una eventual indemnización futura.

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378 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

cual, en los libros antiguos, ni siquiera era posible enumerar.


(8a) Y después de estos dos, están colocados los dos libros
«terribles»49 sobre los delitos privados y los extraordina­
rios50, y también los crímenes públicos51, los cuales contie­
nen toda la severidad y crueldad de las penas. Con ellos está
mezclado todo aquello que está previsto para los hombres
audaces que intentan esconderse y son declarados contuma­
ces; también sobre las penas que se inflingen o se perdonan
a los condenados, así como sobre el destino de sus patrim o­
nios. (8b) Un libro único fue pensado por nosotros sobre las
apelaciones contra las sentencias que ponen fin a los juicios
tanto civiles como criminales52. (8c) Todas las restantes
cosas que se encuentran en los antiguos y han sido regular­
mente definidas sobre los munícipes o los decuriones53, y
las contribuciones54 u obras públicas55 o mercados56, y las
promesas57 y las diferentes jurisdicciones58 y los censos59 o
la significación de las palabras60, todo está recogido en el
libro cincuenta, último de toda la Compilación.
(9) Todas estas cosas fueron realizadas por el excelso
varón y prudentísimo maestre, ex-cuestor y ex-cónsul T ribo-
niano, el cual está ornado igualmente por las artes de la elo­
cuencia y de la ciencia jurídica, y sobresalió en la misma rea­
lización de estas cosas y nada tuvo nunca por más importante

49 « L i b r í era una designación algo popular para los libros 47


t e r r ib ile s »
y 48 del Digesto, correspondientes al Derecho Penal.
50 D. 47,1-23.
51 D. 48,1-24.
52 D. 49,1-13.
53 D. 50,1-3.
54 D. 50,4-9.
55 D. 50,10.
56 D. 50,11.
57 D. 50,12.
58 D. 50,13-14.
59 D. 50,15.
60 D. 50,16: «sobre la significación de las palabras» (d e v e r b o r u m s i g n i ­
fic a n t); pero el último título del Digesto es «sobre las diferentes reglas del
derecho antiguo» (d e d iv e r s is r e g u lis iu r ís a n tiq u i). Una traducción caste­
llana del título 16: Irigoyen T roconis, S o b r e e l s ig n if ic a d o d e la s p a la b r a s ,
México, 1997.

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 379

y más querido que nuestras órdenes; y también fueron reali­


zadas por otros magníficos y muy sabios varones, a saber:
C onstantino, varón ilustre, conde de «las larguezas imperia­
les» y «maestre de la secretaría de instancias y juicios impe­
riales», el cual siempre se acreditó ante Nosotros por su
buena fama y gloria; y T eófilo, varón ilustre, maestro y juris­
perito, que enseña laudablemente en esta magnífica ciudad el
óptimo gobierno de las leyes; y D oroteo, varón ilustre y el
más elocuente de los cuestores, que en la magnífica ciudad de
Berito61 enseña las leyes a los discípulos, a causa de cuya
fama y gloria le trajimos con Nosotros y le hicimos partícipe
de esta obra; y A natolio, varón ilustre y maestro, el cual tam­
bién fue elegido para esta obra por ser renombrado intérprete
del derecho en Berito, varón que procede de una antigua estir­
pe de juristas, pues también su padre Leoncio y su abuelo
Eudoxio dejaron un óptimo recuerdo en las leyes; y C ratino,
varón ilustre y conde de «las larguezas imperiales», renom­
brado óptimo maestro de esta venerable ciudad; todos ellos
fueron elegidos para la mencionada obra junto con E steban,
M ena, P rosdocio, E utolmio, T imoteo, L eónides, L eoncio,
P latón, Jacobo, C onstantino, J uan, varones prudentísimos,
que son también abogados de las causas ante el más alto tri­
bunal de la prefectura, que preside los pretorios orientales,
fueron elegidos por Nosotros para la realización de tan gran
obra, después de haber recibido en todas partes el testimonio
de su valía. Y habiéndose reunido todos en un lugar, bajo la
dirección del excelentísimo varón Triboniano, para poder lle­
var a cabo tan gran obra en virtud de nuestra autoridad, con
la ayuda de Dios, se concluyó la obra en los mencionados cin­
cuenta libros. (10) Tan grande es la reverencia tenida por
Nosotros hacia la antigüedad, que de ningún modo permiti­

61 Berito (actual Beirut) fue famosa por su escuela de Derecho, inicia­


da ya en el siglo m d.C., que destacó, junto con la de la capital, Constan-
tinopla, en la cultura jurídica que hizo posible la Compilación de Justi-
niano, la cual hubiera sido absolutamente imposible en Occidente, donde
el nivel de la cultura jurídica era ínfimo. Justiniano menciona aquí a las
grandes figuras jurídicas de su época que colaboraron en la Compilación
bajo la dirección de Triboniano.

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380 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

mos que los nombres de los juristas pasaran al silencio, sino


que cada uno de aquellos que fue autor de una ley, fue nom­
brado en nuestro Digesto62. Solamente fue ordenado por Nos­
otros que, si algo en las leyes de ellos pareciese superfluo o
imperfecto o menos adecuado, reciba el necesario añadido o
supresión, y se transmitan las reglas más justas. Y lo que
parecía ser más correcto en muchas repeticiones y contradic­
ciones, eso se ha puesto en lugar de las otras cosas, y funda­
do todo en la misma autoridad, de modo que todo lo que allí
está escrito, aparezca como nuestro y establecido en virtud de
nuestra voluntad, y que nadie se atreva a comparar aquellas
cosas que la antigüedad mantenía y las que nuestra autoridad
introdujo, porque son muchas e importantes las cosas que, a
causa de la utilidad de las mismas, han sido modificadas63.
Hasta tal punto, que incluso si en los libros antiguos se halla­
ba recogida alguna constitución imperial64, no la respetamos,
sino que consideramos que debía ser corregida y retocada
para mejorarla. Así, manteniendo los nombres de los antiguos
juristas, hemos conservado con nuestras correcciones aquello
que era conveniente y necesario para la veracidad de las
leyes. Por esta razón, si algo entre ellos era objeto de duda,
eso ya ha llegado a una segurísima tranquilidad, no dejando
nada dudoso65*.

62 No se trataba de «leyes», sino de fragmentos de obras doctrinales;


pero la diferencia entre derecho y ley se había desvanecido al valer aquél
por la voluntad promulgadora del legislador; véase supra n. 4. Efectiva­
mente, cada fragmento aparece con la correspondiente inscñptio que indica
el autor y libro de procedencia.
63 La labor de actualización de los textos -los menos antiguos, anterio­
res en tres siglos- fue, como reconoce en mismo Justiniano, muy intensa,
pero no siempre del todo perfecta, a causa de la gran rapidez con que se hizo
la labor. Las alteraciones introducidas en los textos reciben el nombre de
«interpolaciones». Sólo mediante la crítica de éstas pueden ser utilizados
esos textos para el conocimiento del derecho romano clásico.
64 Los últimos juristas clásicos citaban con frecuencia rescriptos imperiales,
y también estas citas fueron objeto de corrección actualizadora, como también
ocurrió en el Código, donde se recogen los rescriptos (de Adriano a Diocleciano)
junto con las leyes imperiales (desde Constantino hasta el mismo Justiniano).
65 Las ambigüedades podían provenir, en efecto, de las divergencias doc­
trinales existentes entre los clásicos, pero muchas veces se deben a las expli-

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382 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

(12) Concluida, pues, toda la ordenación del Derecho


Romano, y compuesta en tres volúmenes, a saber, las INSTI­
TUCIONES, el DIGESTO o PANDECTAS y las CONS­
TITUCIONES67, y terminada en tres años, aunque cuando se
comenzó a ordenar no se esperaba acabarla ni en todo un
decenio, ofrecimos con piadoso ánimo al Omnipotente Dios
esta obra dirigida a la ayuda de los hombres, y dimos abun­
dantes gracias a la Suma Deidad, que nos concedió llevar
felizmente las guerras y gozar plenamente de una honrosa
paz, y promulgar óptimas leyes, no sólo para nuestra época,
sino para todo tiempo, tanto próximo como remoto. (13)
Hemos considerado necesario hacer pública a todos los hom­
bres esta sanción, para que sea conocido por ellos a qué
moderación y legítima verdad han llegado, liberados de tan
gran confusión y extensión; y para que tengan en el futuro
unas leyes tan claras como concisas, puestas al alcance de
todos, e idóneas en cuanto a la facilidad de tener los libros de
las mismas, de modo que no tengan los hombres que adquirir
los volúmenes de una inútil multitud de leyes, gastando gran
parte de sus bienes, sino que resulte fácil la compra de esos
volúmenes por una pequeñísima cantidad de dinero, tanto a
los más ricos como a los más pobres, comprando por un míni­
mo precio una gran prudencia. (13/14) Si, por casualidad, en
alguna ocasión, se encuentra algo repetido en una tan gran
ordenación de las leyes, que ha sido ex-traída de un inmenso
número de libros, nadie considere que eso ha de ser censura­
do, sino que lo atribuya, en primer lugar, a la debilidad huma­
na, que por naturaleza está presente, puesto que el tener
memoria de todas las cosas y el no equivocarse nunca en nada
es más propio de la Divinidad que de los mortales, lo cual ya
fue dicho por los antepasados. Por otra parte, sepa que la
repetición recogida en algunos textos, y además muy breves,
no es inútil, y que ni siquiera esto se hizo al margen de nues­
tra intención, o bien porque la ley era necesaria, de modo que
convenía aplicarla en diferentes títulos a causa de la afinidad
de materias, o bien porque, al estar mezclados diferentes

67 Las «constituciones imperiales» constituyen la materia del Código.

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 383

temas, era imposible aplicarla en partes sin que se confundie­


ra toda la ley. Y en aquellas partes, en las cuales se exponían
las completísimas opiniones de los antiguos, lo que particu­
larmente en ellas estaba diseminado, eso era completamente
incivil dividirlo y separarlo, para no perturbar con ello ni el
sentido ni los oídos de los lectores. (14) Del mismo modo, si
algo estaba ya dispuesto en las constituciones imperiales, eso
en modo alguno permitimos que fuera recogido en el volu­
men del Digesto, por ser suficiente la exposición de las Cons­
tituciones: a no ser, y esto en raras ocasiones, en aquellos
casos en los que se admitió la repetición. (15) Nada contra­
dictorio afirmará para sí un lugar en este código, ni se encon­
trará, si se analizan con ánimo sutil las razones de la diversi­
dad, pues siempre se encuentra algo nuevo o algo ocultamente
puesto que resuelve el agravio de la disonancia e introduce
alguna circunstancia nueva que evita el dar lugar a la discor­
dia. (16) Y si algo, por casualidad, fue olvidado por estar
escondido como en lo profundo de tantos miles de libros, y,
aunque fuese idóneo el recogerlo, fue abandonado necesaria­
mente a causa de la oscuridad que lo envolvía, ¿quién puede,
con ánimo recto, censurar esto? En primer lugar, ciertamente,
a causa de la limitación del insenio humano; además, a causa
del defecto del mismo asunto, porque lo mezclado con
muchas cosas inútiles no ofrece demasiada facilidad para des­
cubrirlo; por último, porque es mucho más útil dejar escapar
algunas pocas cosas idóneas que abrumar a los hombres con
muchas inútiles. (17) Algo, sin embargo, resulta admirable en
estos libros: que la antigua multitud de libros resulta más
pobre que la presente brevedad. En efecto, los hombres que
anteriormente actuaban en los litigios, aunque existían
muchas leyes, no obstante, con muy pocas llevaban adelante
los litigios, bien a causa de la escasez de libros, los cuales era
imposible comprar, bien a causa de la misma ignorancia, y así
los litigios se dirimían por la voluntad de los jueces más que
por la autoridad de las leyes68. En la presente recopilación de

M Justiniano alude aquí a un problema característico de la práctica judi­


cial del Bajo Imperio, que era la dificultad para comprobar los textos alega-

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386 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

sea del todo manifiesto con qué legisladores y con cuáles de


sus libros y con cuántos miles ha sido edificado este templo
de la justicia romana71. (20a) Hemos elegido aquellos legisla­
dores o comentaristas que son dignos de tan gran obra, y a los
que incluso los divos Príncipes anteriores, no consideraron
indignos de ser admitidos, concediendo a todos la misma
medida de dignidad sin que ninguno pueda reclamar para si
ninguna prerrogativa. En efecto, al establecer que estas leyes,
en cuanto promulgadas por Nosotros, tengan la misma vigen­
cia que las constituciones, ¿qué se entiende que hay de más o
de menos en ellas, si ha sido concedida a todas la misma dig­
nidad y la misma potestad?
(21) Nos parece oportuno ordenar ahora, lo mismo que
nos pareció desde el comienzo, cuando ordenamos, con la
ayuda de Dios, que se hiciese esta obra, que ninguno de
aquellos que actualmente tengan el conocimiento del dere­
cho, ni de los que lo tengan en.el futuro, se atreva a añadir
comentarios a estas leyes, a no ser tan sólo si quiere tradu­
cirlas a la lengua griega en el mismo orden y colocación en
el que están colocadas las palabras latinas (eso que los grie­
gos llaman «kata poda»72), o si prefieren quizás anotarlas por
la agudeza de los títulos y componer aquello que se llama
«paratitla»73. Pero no les permitimos publicar cualesquiera
otras interpretaciones de las leyes, o mejor, perversiones,
para que la verbosidad de ellos no provoque en nuestras
leyes la vergüenza de la confusión. Esto ya ocurrió con los
antiguos comentadores del Edicto Perpetuo74, los cuales cen­
suraron aquí y allá una obra moderadamente hecha, alargán­
dose hasta el infinito con opiniones contradictorias, de modo
que todo el Derecho Romano resultó confuso. Y si no hemos
tolerado a éstos, ¿cómo se admitirá la vana discusión de la

71 En el Digesto figura, en efecto, esta lista de las obras utilizadas. Sobre


el calificativo de «legisladores» que se da a los antiguos juristas, véase
supra nn. 4 y 62.
72 Literalmente traducido: «al pie de la letra».
73 Elencos de los títulos de las secciones de los distintos libros que com­
ponen el Digesto.
74 Sobre los comentarios aci edictum, véase supra sub V.E n. 70.

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LEGISLACIÓN IMPERIAL 387

posteridad? Y quienes se atrevieran a hacer una cosa seme­


jante, sean reos de falsedad, y sus libros sean destruidos
totalmente. Pero si, como se dij o más arriba, algo pareciera
ambiguo, llévese a través de los jueces a la superioridad
imperial y aclárase en virtud de la autoridad imperial, a
quien le ha sido concedido en exclusiva establecer e inter­
pretar las leyes75. (22) La misma pena de falsedad establece­
mos también contra aquellos que se atrevan en el futuro a
transcribir nuestras leyes mediante abreviaturas ininteligi­
bles76. Todo, es decir, también los nombres de los jurispru­
dentes, y los títulos y los números de los libros, queremos
que se exprese con letras completas, y no con abreviaturas,
de modo que quien comprase un libro semejante, en el que
han sido escritas abreviaturas en cualquier lugar del libro o
del volumen, sepa que es dueño inútil de ese código: en efec­
to, no daremos licencia para alegar en juicio algo de un libro
que en cualquier parte contenga la perversidad de las abre­
viaturas. Y el propio copista que se atrevió a escribir esas
abreviaturas, no sólo será castigado con la pena criminal
(según lo ya dicho), sino que también devolverá al dueño el
doble de la estimación del libro, si el propio dueño hubiese
comprado, sin saberlo, tal libro o hubiese encargado copiar­
lo, lo cual fue ya dispuesto por Nosotros anteriormente, tanto
en la constitución latina como en la griega, que dirigimos a
los profesores de leyes.
(23) Estas leyes nuestras, que incluimos en estos códigos,
esto es, en las Instituciones o Elementos y en el Digesto o
Pandectas, ordenamos que obtengan su vigencia desde nues­
tro felicísimo tercer año de consulado, el día tercero de las

75 También los comentaristas e intérpretes son amenazados con la pena de


los falsarios. Sin embargo, la amenaza era inútil, pues es inevitable, en cual­
quier lugar y momento, que el estudio del Derecho se manifieste en forma de
comentarios interpretativos. Los mismos colaboradores de Justiniano fueron
los primeros en infringir la prohibición.
76 También el uso de siglas es prohibido bajo pena de crimen falsi. Era
un hábito casi inevitable, el de las abreviaturas, que continuó en los libros
científicos impresos, pero que había dado lugar a frecuentes confusiones en
los manuscritos jurídicos.

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388 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

calendas de enero de la presente duodécima indicción, y que


valgan para siempre, siendo eficaces junto con nuestras
Constituciones, y que muestren su vigor en los juicios, para
todas las causas judiciales, sea para las que se planteen pos­
teriormente, sea para los juicios todavía pendientes y que no
se interrumpieron de forma judicial o amistosa. Aquellas
causas que ya han sido resueltas por sentencia judicial o inte­
rrumpidas por un pacto amistoso, éstas no queremos en
modo alguno que se vuelvan a plantear. Con razón nos apre­
suramos a publicar estas leyes en nuestro tercer consulado,
porque éste lo concedió a nuestra república el auxilio felicí­
simo del Sumo Dios y de Nuestro Señor Jesucristo, ya que
en este consulado se acabaron las guerras párticas y se llegó
a una paz perpetua, y la tercera parte del mundo se añadió a
Nosotros (en efecto, después de Europa, también Asia y
Libia entera se añadieron a nuestro Imperio), y se dio
comienzo a una tan gran obra de leyes, dones celestiales
todos concedidos en nuestro tercer consulado. (24) Así, pues,
que todos nuestros jueces reciban estas leyes para su juris­
dicción, y manténganlas y aplíquenlas tanto en sus juicios
como en esta regia ciudad, y de modo especial el Excelentí­
simo varón Prefecto de esta venerable ciudad. Será compe­
tencia de los tres excelentísimos Prefectos pretorios, tanto
orientales como ilíricos, y también libios, el darlas a cono­
cer, por medio de sus autoridades, a todos los que estén
sometidos a su jurisdicción.
Dada el día décimo séptimo de las calendas de enero [16
de diciembre], siendo cónsul por tercera vez Nuestro Señor
Justiniano (año 533).

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389

I n d i c e t e m á t ic o

abandono de cosas V .E n . 1 3 3
abogados I n. 6 7
acción IV .E in tr o d .
- contra los usureros IV . E n. 2 8
- de compra IV .E y n . 4 8
- de contención del agua de llu v ia V I I I .C n . 3 3
- de depósito IV .E y n. 4 7 ; V .A n. 3 4
- de dolo V . A n. 15
- de gestión de negocios IV .D n. 17
- de injurias III n . 3 2
- de la estipulación IV .D n . 11
- de la ley Aquilia IV . D n . 5
- de locación V . E n. 7 5
- de regreso (del fiador) IV . E n . 2 8
- de servidumbre V .E n . 9
- de venta IV .E y n. 4 8
- del interdicto IV .F in tr o d .
- del testamento inoficioso V .E n. 9 7
- del usufructo V .E n. 9
- funeraria V . A n. 3 3
- para completar la legítima V .E n. 9 7
- Pauliana IV . F n. 3 2
- pigneraticia personal IV .E y n. 4 6
- por coacción V . A n. 14
- por defecto de la medida
del fundo vendido IV.E n. 28

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390 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

acción (cont.)
- por hurto ordinario I V .D il 3; IV .E y il 44
- por legados V .E i l 9
- por robo IV . D xl 4
- por utilización de materiales
de construcción ajenos I I i l 36
- por violación de sepultura V . A y n . 31
- reivindicatoría IV .E y n n . 1 5 y 3 3
acciones de la ley IV .E
- divisorias V I I I . A il 2 3
- noxales V . A il 2 6
- populares V .A il 3 2
- por el hecho V .A il 2 2
- rescisorias V .A y il 1 3
- útiles V .E il 4 3
aceptilación I V .D il 1 1
actos a causa de muerte V .E il 4 9
adición de la herencia V I I I .A il 2
adjudicación judicial II il 2 1
adopción IV . B il 6
afinidad V I I I .C il 2 3
agnados II il 3D
agrimensores V . C il ID
alumno V .E il 6 2
apelación al pueblo I il 2
apuestas juradas o sacramentales II il 2 3
arrendamientos V .E il 4 6
arrogación IV .B il ó
ases III IL A l
augures vi il n
Aulo Aserio IV . E IL 3 9
áureo V . A il 2 5

bacanales V .B il 1
banquetes electorales V .D il I
botines de guerra V I n. 4 0

caída de la monarquía I il 6
calumnia V .A il 1 2
capitidisminución V .A il 1 2

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ÍNDICE TEMÁTICO 391

ceder el día V.E n. 83


céleres In. 20
censores In . 24
centunviros IV.E n. 36
cíngulo VIII.B n. 39
citación del demandado II n. 18
ciudadanía I n. 16
cláusula arbitraria IV.E n. 40
- de posesión viciosa IV. Fn. 12
clientela II n. 41
coacción V. A n. 14
codicilo V.E n. 69
Código Gregoriano VIII.A introd.
- Hermogeniano VIII.A introd.
colación de bienes V.E n. 106
comicios curiados In . 3
- por tribus In. 29
comodato V.E n. 96
compensación VIII.A n. 35
compra de cargos y oficios VIII.B n. 41
compraventa IV.E n. 48
concilios de la plebe I. n. 29
condición V.E n. 39
- captatoria V.E n. 53
condicción IV.E n. 45
- furtiva IV.E n. 7
congiario VI n. 30
constituciones imperiales VIII.A introd.
cónsules In. 22
contratos consensúales IV.D n. 1
literales IV.D n. 1
- reales IV.D n. 1
- verbales IV. D n. 1
corrupción de esclavo V. A n. 29
cosas mancipables IV.C n.2
- no mancipables IV.C n.2
costumbre IV.A n. 3; VIII.B introd.
cuasi-posesión IV.F n. 1
cuasi-contratos IV.D n. 8
cuasi-delitos IV.D nn. 8

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392 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

cuestores In . 31
- del parricidio In . 32
curador del menor V.A n. 16
cúratela II n. 33
curias In . 3

dación de tutor V.E n. 4


dación en pago V.E n. 129
daño temido IV.E n. 35
declaraciones solemnes II n. 29
- de ampliación de responsabilidad V.E n. 73
decretos imperiales VIII.A introd.
decuriones y conscriptos V.D n. 24
defecto físico III n. 40
delación hereditaria VIII.A n. 7
delito de daños IV.D n. 5
- de hurto II n. 40; IV.D n. 3
- de lesiones IV.D n, 6
delitos civiles IV.D n. 4
- pretorios IV.D n. 4
demolición de edificios II n. 36
denuncia de obra nueva IV.F n. 27
depósito IV.E n. 47
- irregular VIII.A n. 32
Derecho civil I n. 10; IV.A n.4
- Civil Eliano In. 14
- Civil Flaviano I n. 13
- de gentes IV.A n. 4
- de responder públicamente I n. 74; IV.A n. 12
días fastos IV.E n. 32
- nefastos IV.E n. 32
dictador I n. 25
documentos V.E n. 23
dominio IV.C n. 1
donación V.E n. 45
- entre cónyuges V.E n. 47
dote V.En. 18

echazón de mercancías VE n. 50
Edicto I n. 18; V.A

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ÍNDICE TEMÁTICO 393

edicto de animales peligrosos V.A n. 23


- de las cosas puestas o colgadas V.A nn. 23 y 28
- de las cosas vertidas o arrojadas V.A nn. 23 y 24
edictos imperiales VIII. A. introd.
edificaciones V.E n. 31
ediles I n. 30
- curules In. 37
emancipación II n. 28
embargo IV.F introd. y n.31; V.A n. 37
enfermedad III n. 40
- mental II n. 33
enfiteusis IV.F n. 24
engaño intencionado V.A n. 15
entrega noxal V.A n. 26
epístolas imperiales VIII. A. introd.
Epítome de Ulpiano V.E n. 100
escepticismo III n. 27
especificación V.E n. 118
esponsales V.A n. 12
esponsión IV.E n. 3
estatulibero VIII.A n. 19
estilicidio V.E n. 11
estipendio IV.C n. 6
estipulación IV.D n. 11
—pretoria VIII.C n. 48
excepción procesal IV.D n. 14
exhibir IV.F n. 2

favor de la libertad VIII.A n. 13


ferias latinas I n. 51
fideicomisos In. 49;V.B n. 19
fideiusión V.E n. 21
- de indemnidad V.E n. 55
Fragmentos Vaticanos V.E n. 113
frutos IV.E n. 19
fuentes V
fundación de Roma I n. 1

gentiles II n. 31
gestión de negocios ajenos IV.D n. 17

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394 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

glosemas VIII.C n. 65
gromáticos V.C n. 10
Guerra Social I n. 16

herederos de propio derecho II n. 30


hijos de familia V.E n. 5
himno Saliar VI n. 22
hipoteca V.E nn. 24 ss.
homicidio involuntario II n. 43
hurto II n. 40; IV.D n. 3

impúberes II n. 32
íncolas V.D n. 26
intercesión V.B n. 14
intereses VIII.A n. 30
interdictos IV.F
interpolaciones VIII.C n. 63
“interrex” In . 3
intimidación V. A n. 14

jueces III n. 26
juegos de azar V.A n. 30
Juegos seculares VI n. 49
jurisprudentes In. 55

Lares VI n. 40
lealtad II n. 41; III n. 44
legados V.E n. 9
- de partición V.E n. 130
- preceptorios V.E n. 123
legados (del Príncipe) IV. A n. 11
lesiones IV. D n. 6
llegar el día V. E n. 83
ley IV.A nn. 3; V.C.
- Calpurnia IV.E n. 25
- Canuleya I n. 15
- colonial de Urso V.D.l introd.
- Cornelia de la jurisdicción V. A introd.
- curiada sobre el imperio I n. 3

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396 ANTOLOGÍA DE TEXTOS JURÍDICOS DE ROMA

lib r o s d e « c o m e n t a r io s al E d ic t o » (cont.)
- « d e e p ís t o la s » V .E il 29
- « d e in s t it u c i o n e s » V .E m 7 7
- « d e o p in io n e s » V .E il 32
- « d e p a n d e c ta s» V .E il 54
- « d e r e g la s » V .E il 32
- « d e r e sp u e sta s» V .E il 3
- lib r o s m o n o g r á f ic o s V .E il SI
- « s o b r e lo s d e b e r e s » V .E il 37
lis t a d e j u e c e s V .D rL 3 7
litis c r e s c e n c ia I V .E n . ID

m a e s t r e d e la c a b a lle r ía I il 2 6
m a estro s d e d ere ch o V .E il 7 7
m a n c ip a c ió n II il 35
m a n d a t o d e c r é d it o V I I I .C il 45
m a n d a t o s im p e r ia le s V I I I .A in tr o d .
m a n u m is ió n I V .B il 1
m a t r im o n io I V .B il 5
m enores V .A n . 1 6
m ercados II il 27
m ora V .E il 4D
m u lt a s V .D il 34
m u n íc i p e s V .D il 2 6
m u tu o I V .D il 2] V .E il 2 2
n a u m a q u ia s VI il 5D
n o v a c ió n V I I I .C il 46
n u d o p r o p ie ta r io IV .C IL 1
N u m e r io N e g i d i o I V .E n. 4 1

o b l i g a c i o n e s c o n t r a c t u a le s I V .D jl 1
- d e dar IV .E n . 5 ] V . E il 2J
- d e hacer IV .E n . y , V .E il 2J
- d e p r e sta r IV .E il 5
- d e d if e r e n t e s fig u r a s d e c a u s a s I V .D il 1
- d e lic t u a le s I V .D il 1
- e x i g i b i l i d a d d e la s V .E il 3 3
- n a c im ie n t o d e la s V .E il 33

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ÍNDICE TEMÁTICO 397

o r d e n d e lo s c a b a lle r o s I n. 68
o v a c ió n V In.B

p a c to s V .A il 8
pago V .E il 2 1
p a r r ic id io I il 3 2
p a tr ia p o te s ta d II il 2 8 ] IV .B il 4 ; V .E il 5
p a tr ic io s I n . L5
p a tr o n a to II il 4 1 ; IV .B il 2] V . E i l 6 3
p e c u lio V .E n n . 1 y 6 0
P e n a te s V .C il & V I il 4 0
p e r m u ta V .E il 1 2 7
p e r s o n a s in d e p e n d ie n t e s IV .B il 3
- s o m e t id a s IV .B il 3
p la g io IV .F il 3 0
p la z o V .E i l 3 9
p le b e y o s I il 15: V .E n . 3 8
p le b is c it o s I il 15; I V .A il 8
p o m e r io V II m 3
p o n t íf ic e m á x im o V I il 1 7
p o s e s i ó n d e lo s b ie n e s h e r e d ita r io s V .E n n . 1 0 5 s s .
p o te s ta d d o m in ic a l IV .B il 4
- m a r ita l IV .B i l 4
p r e c a r io IV .F il 16
p r e f e c t o d e a b a s te c im ie n t o s I il 5 2
- d e la c iu d a d I n. 5 0
- d e lo s v ig ila n t e s n o c tu r n o s In . 53
- d e l m u n ic ip io V .D n 5
- d e l p r e to r io I n . 26
pren d a IV .E il 4 6 ] V .E il 2 4
p r e s c r ip c ió n d e la r g o tie m p o V .E il 131; V I I I . B i l 3 7
p r é s ta m o a la g r u e s a V I I I .C il 15
p r e s u n c io n e s V I I I .C n . 16
p r e te r ic ió n V .E n . 1 0 6
p r e to r e s 'In. 38
P r ín c ip e d e la ju v e n tu d V I il 29
P r ín c ip e d e l S e n a d o V I il 16
p r o c ó n s u le s I V .A il 11
p rocu rad or V I I I .A il 9
p r o d ig a lid a d II il 33

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a presente Antología de textos jurídicos de Roma no

L pretende ser un libro para especialistas, sino una obra para


un público profano en Derecho, al que, sin embargo,
le interese el mundo jurídico romano, dentro del marco de la
cultura clásica.
Contiene una selección de obras de naturaleza heterogénea y
gran variedad temática, que abarcan un amplio arco cronoló­
gico, a fin de que el lector pueda encontrar en ellas desde los
conceptos jurídicos elementales del derecho privado hasta
textos de interés para la historia del derecho público. La tra­
ducción de cada uno de los fragmentos va acompañada de
una introducción, así como de abundantes notas aclaratorias
de carácter jurídico e histórico.

Xavier d ’O rs es catedrático de Derecho Rom ano en la Facultad de Derecho


de la U niversidad de Santiago de Com postela. Es autor de diversos traba­
jos de investigación sobre el tem a de su especialidad.

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