Está en la página 1de 4

El cacique Diriangén

Los maribios son del oeste de Nicaragua y adoraban al jaguar como símbolo divino de
poder. Existe una leyenda sobre la muerte del cacique Diriagén que cuenta que un día
él subió de noche al cerro Casitas para hacer una ceremonia que lo haría convertirse en
el dios Sol.

El cacique subió a punta del cerro y se dejó caer hacia las tinieblas. La mitología cuenta
que el cacique murió al caer por el despeñadero, pero que su espíritu voló hacia el cielo
y siempre surca hacia el oeste.

La serpiente iracunda de Catedral

Dicen que una serpiente gigante habita debajo de las aguas de la zona de Catedral. Es
tan grande que su parte posterior se guarda en la iglesia de Sutiaba, en la localidad de
León.

La Virgen de la Merced es quien tiene sujetada por un pelo a este serpiente rebelde para
que no destruya la ciudad. Cuentan que la serpiente es fiera y se sacude, pero la Virgen
hace su mayor esfuerzo para controlarla.

Cuando la serpiente logre soltarse, la Tierra temblará y se inundarán las calles para que
esta pueda salir a la superficie.

El Punche de Oro de los sutiabas

Cuentan que en la región de Sutiaba hay un tesoro escondido cuyo espíritu se materializa
en un enorme cangrejo dorado y brillante que sale del océano y “enciende las playas de
Peneloya”.

La mitología indígena señala que todo aquel que intente agarrar al Punche de Oro se
quedará sin habla. Y si alguien logra atraparlo alguna vez, se desencantará al cacique
Anahuac, a quien los colonizadores asesinaron en un palo de árbol de tamarindo que
aún se exhibe en Sutiaba.

El Punche de Oro también sale para que un sutiaba lo agarre, encuentre el tesoro y se
haga rico.

La Cegua

Ésta es una anciana noctámbula con aspecto de bruja que va espantando a los hombres
mujeriegos. Tiene unos silbidos de ultratumba y su cabello es largo hasta la cintura.

Su voz es hueca. Cuando ataca junto a otras ceguas, golpea, pellizca y le arranca los
cabellos a su víctima hasta dejarlo inconsciente en la intemperie.

Los Cadejos

La leyenda del Cadejo es conocida en varios países de Centroamérica. Estos son dos
perros de ojos encendidos, uno negro y otro blanco, uno malo y otro bueno.

El bueno escolta a los hombres honrados que deben trabajar de noche. El malo espanta
a los que se trasnochan por irse de juerga.

Cuando alguien exclama “lo jugó el Cadejo”, quiere decir que a alguien lo dejaron
moribundo en el piso.

La Mocuana de Sébaco

Según el relato, a las tierras del cacique de Sébaco llegaban muchos españoles a
quienes este trataba con cordialidad y les regalaba oro con una condición: que se fueran
de sus dominios y nunca más regresaran.

Como era de esperarse, los españoles hicieron lo contrario y quisieron robarlo. El


cacique, enterado, escondió toda su fortuna confiándole el secreto solo a su hija.
Años después la hija del cacique se enamoró de un español y huyó de la comunidad. El
europeo resultó ser un loco que la encerró dentro de una cueva, pero la muchacha,
conocedora del lugar, logró escapar por un boquete.

Dicen que esta muchacha se aparece a los transeúntes y los invita a que la sigan hasta
la cueva. Nadie le ha podido ver su cara, pero sí su larga cabellera y su esbelta figura.

La coyota de El Viejo

Cuentan que en un pueblo llamado El Viejo vivió Teodora Valdivieso, una mujer coyota.
Después de que su esposo se dormía, ella se iba detrás de su rancho, pronunciaba el
conjuro “abajo carne, abajo carne”, y se transformaba para ir a reunirse con una manada.

Una noche de esas su marido la espió y le echó un puño de sal justo antes de que dijera
el conjuro para volver a ser humana, acto que la dejó con su forma de coyota para
siempre.

Algunos dicen que aún se oyen sus alaridos de lamento y que, en ocasiones, se la ve
avanzar por la llanura acompañada de sus cachorros.

Chico Largo del Charco Verde

Cerca de las aguas de la laguna Charco Verde se pasea el Chico Largo.

Dicen que si las personas se meten en la laguna durante jueves y viernes santo, corren
el riesgo de ser atrapados por el Chico Largo y ser apresados en su cueva, lugar de
donde solo pueden salir transformado en vacas que luego serán vendidas a un matadero.

Los Duendes
No hay una sola persona que no haya escuchado hablar sobre los duendes. De esas
pequeñas criaturas con las que las madres amedrentan a los niños: “Te van a llevar los
duendes”.
Cuando era pequeño me daba miedo de encontrarme con ellos. Los duendes son unos
pequeños hombres en miniatura que miden como medio metro de altura, usan boina
grande y visten lujosamente, con trajes de colores. La mayor parte del tiempo andan
juntos. Andan por los potreros, cafetales y caminos solitarios, no les importa si es noche
o de día con tal de andar vagabundos.

Al visitar una casa se hacen invisibles, molestan demasiado, echando cochinadas en las
comidas, tiran lo que se encuentre en sus manos. Pero lo que más persiguen es a los
niños de corta edad, los engañan con confites y juguetes bonitos; así se los llevan de sus
casas para perderlos. Si el niño no quiere irse, se lo llevan a la fuerza; aunque llore o
grite. Una vez un señor, quién me merece todo respeto, contó que una noche, cuando él
iba a caballo con otro amigo vio saltar un chiquito a la orilla del camino. Al ver esa figurilla
en ese camino tan solitario y en horas tan inoportunas ambos se extrañaron; bajaron el
ritmo de los caballos para preguntarle hacia donde se dirigía. Voy a hacer un mandadillo
dijo el pequeñín. Pero a pesar de que apresuraban el paso, el pequeñín los seguía a
cierta distancia, con una habilidad increíble. Aquel espectáculo los puso como piel de
gallina, y no querían mirar hacia atrás; y cuando quisieron mirar, había desaparecido.

Algo muy parecido a esta historia anterior le sucedió al hijo de un amigo. Sus padres lo
buscaron por todos lados, se había perdido hacía dos días, quién estaba en un potrero
lejano del pueblo.

Cuando se le pregunto como había llegado allí, dijo que unos hombrecitos muy pequeños
se lo habían llevado dándole confites y juguetes; pero cuando estaban lejos del pueblo,
pellizcaban y molestaban y mientras lloraba, aquella jerga de chiquillos reían y bailaban.

Este suceso se comentó mucho en aquel pueblo y es digno de estudiarse por lo


misterioso del caso.

Dicen las gentes que para ahuyentar los duendes de una casa, aconsejan poner un baile
bien encandilado con música bien sonada.