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Artemisa café

Israel Terrón Holtzeimer

FondoEditorial Tierra Adentro

Israel Terrón Holtzeimer

N

ARTEMISA CAFÉ

o

N

ISRAEL TERRÓN HOLTZEIMER \Veracruz, 1982). Es licenciado en pslcoloqta por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Músico, fotógrafo profesional y dibujante de cómics. Artemisa café es su primera novela.

FONDO EDITORIAL TI ERRA ADENTRO 466

.

Este libro obtuvo el Premio Binacionalde Novela Joven Frontera de Palabras/ Border ofWords 2012,convocado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, a través del Programa Cultural Tierra Adentro, y el Centro Cultural Tijuana. El jurado estuvo integrado por Héctor Anaya,Julián Herbert y Guadalupe Nettel.

Programa Cultural Tierra Adentro Fondo Editorial

Primera edición, 2012 © Israel Terrón Holtzeimer ©Juan Antonio Rodríguez por ilustración de portada

D. R.© 2012, de la presente coedición:

Consejo Nacional para la Cultura y las Artes Dirección General de Publicaciones Av.Paseo de la Reforma 175,Col. Cuauhtérnoc,

CP 06500,México D. F.

Centro Cultural Tijuana Paseo de los Héroes núm. 9350, Zona Urbana Río, CP 22010,Tijuana, Baja California

ISBN 978-607-516-097-9

Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/ Dirección General de Publicaciones

Impreso y hecho en México

Índice

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l. Colisión de cinco estrellas

IS

II. Especie en extinción

.!3

III. Te doy mi brazo

.U

IV. Fuera de este

mundo

41

V. Esto es Juárez,

amigo

S3

VI. Somos los que nunca duermen

63

VII. El monstruo de la señora Lammermoor

75

VIII. Luna versus Diana en las páginas del Cosmopolitan

87

IX. Ella, el gélido abismo y mi estómago vacío

107

X. Purgatorio federal

133

XI. Las balas en mi revólver y las ideas en mi cabeza

147

XII. Una caja de zapatos del futuro

J65 XIII. La retribución de Artemisa

185 XIV. El cielo en los pisos de en medio

J97

215

227

XV. Lluvia

XVI. Daño cerebral XVII. Expiación desde el fondo de la Tierra

de pólvora sobre mi nariz rota

7

Mi obra existe porque existe el caos

[osé Luis Cusvss

1

Colisión de cinco estrellas

1)1cE QUE LA HABITACIÓN es fría, pero yo no la siento. Los edificios de Polanco lucen tan muertos, parecen cadáveres que sonríen apilados en una fosa clandestina. Soy como el café de las mañanas, sólo trato de morir en su pecho antes que me duela el estómago. En la puerta. Tal vez lo que vea

sea sólo un reflejo, un destello en este

cigarro se acaba, como la vida; las cenizas caen al suelo, como mi vida. Diana está sentada en la fina alfombra de una de las doscientas noventa y nueve habitaciones del hotel JW Marriott. A ella parece importarle poco lo que sucede en la Torre Bicentenario, sólo trata de mantener el equilibrio de la cuchara sobre el encendedor. Ella está más indi- ferente que yo, después de todo el amor es sólo para los tontos. La adicción de Diana a la heroína es tanta que no pasa- rá mucho tiempo antes que ésta la mate; pero ella es heroí- na pura. Esperar que muera por sobredosis sería como ma- tar a un tiburón blanco ahogándolo en un estanque o de hipotermia a un oso polar dentro de un refrigerador; pero nadie permanece tanto debajo del agua ni soporta por mu- cho tiempo el frío. Ella me pide un cigarro, reviso mi bolsillo y la cajetilla está vacía. Me acerco, le ofrezco lo que queda del mío. Apenas y me reconozco en el reflejo de sus lentes de arma- zón azul. Voltea a verme, exhala y deja el cigarro sobre la cama con la ceniza al aire. Desliza su mano por la alfombra y recoge algunas lunetas para llevarlas a su boca.

cuarto sin luz. El

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Sumerge la aguja hipodérmica en lo más profundo de la cuchara, jala con la boca el émbolo hasta asegurarse de que el líquido canela haya quedado dentro del tubo. Golpea y las burbujas suben. Aprieta el cinturón con los dientes como torniquete y palma su brazo, sus venas se exponen. Entonces introduce la jeringa con delicadeza, tratando de que duela lo menos posible; pero lo menos posible es casi demasiado. Jala un poco de sangre al interior de la so- lución y después la inyecta, no desperdicia nada. Sus em- palidecidos labios secan todo lo que pudiera quedar en la punta de la aguja no esterilizada. En menos de diez segundos la heroína recorrerá todo su torrente sanguíneo hasta llegar a su cerebro, como una corriente eléctrica. Balbuceos y ya no puede mantener sus ojos abiertos y se desploma como si en cada brazo sostuvie- ra un elefante efervescente. Algunos secuaces se inyectan en la garganta para reducir el tiempo de efecto, directa- mente a la arteria carótida, ¿izquierda o derecha? Es cues- tión de ser zurdo o diestro. Una vez en el cerebro, la heroína reprime el sistema nervioso central, inhibiendo el dolor y disminuyendo el rit- mo respiratorio y la presión arterial. Entonces, aquello que tanto le importaba deja de hacerlo: la jeringa rueda vacía entre los colores de M&M's regados en la alfombra. Su cu- chara de plata yace en el suelo; después que pasen las bur- bujas de su euforia se preocupará por ella; pero mientras, que se vaya al diablo junto con todas las cosas que existen dentro de esta habitación, incluyéndome como pocas veces me incluye en sus pensamientos. No dejo de impresionarme: la bandera del Campo Marte nunca había ondeado tanto. El águila devora a la serpien- te entre el verde y el rojo; parece que ondeará para siempre. El piso veintitrés se incendia, cuando la Torre Bicentena- rio arda por completo será una postal impresionante. Ni

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"'

iodos los kilómetros de la ciudad serán lo suficientemente lejos para no verla. Diana parece somnolienta. No sé si es el efecto de la heroína o si en realidad tiene sueño. Desde que la cono- l'i he dormido como cuatro horas a su lado. Seguramente 1Jiana no ha dormido nunca, al menos desde que nació de 1111cvo.A ella no le gusta soñar lo mismo, por eso llena su sangre con toda la droga del mundo.

lJ n día que me dolía muy fuerte la cabeza tomé diez aspirinas en menos de una hora; no dormí en toda la noche. !'ara Diana, diez aspirinas son el desayuno de las seis de la mañana. Muchos días sólo la vi alimentarse de lunetas y cocaína. Ahora la miro con su semblante de sueño, distraí- da con las partículas de polvo que cruzan su mirada, tan distraída, seguramente pensando en todas las cosas que no 1iene que pensar. Trato de comprenderla, siempre: sus locuras, su violen- cia, su retorcida visión del mundo, y es que Diana es capaz de destruirlo todo. Todo lo que le importa le importa un carajo. Ya ni siquiera sé si eso me importa. Es como amar a la persona que más odias, como esa mezcla de resentimien- to y lástima, de lluvia y lágrimas.

todo con dolor; dice que el dolor lo justi-

fica todo, pero en diez días que he estado a su lado pienso que se trata de soledad, que siempre fue soledad

Diana justifica

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Especie en extinción

1h:snE HACE TIEMPO que las personas ignoran todas mis pa- labras, aseguran que mis recuerdos se distorsionan como señales análogas en una noche de tormentas eléctricas. Tal vez sí. Mi memoria es como una vieja cinta VHS arruinada de tantas veces que he tratado de reproducirla. Por eso no pensaba despertar; no quería sufrir otra resaca, otra dosis más de esto en mis negros pulmones:

Ti tititi-ti tititi-ti tititi-ti tititi-ti tititi. Abrí los ojos, miraba mi cuarto: todo flotaba. Sólo arrojé al maldito despertador contra la pared. Tititiuuuoooo. Las cosas se desplomaron a su lugar de siempre, se des- plomaron sin moverse. Me sentía ahogado en una ruidosa marea de emociones grisáceas y sensaciones difusas que nunca comienzan y nunca se acaban. La sangre coagulada se caía cuando pasaba mis dedos por la cara, temblaba y mi cerebro estaba a punto de estallar. Miré en el piso mi san- gre, sentía mis dedos pegajosos. Caminé hacia el baño esquivando el vómito y los crista- les rotos. La presión escasa en la regadera, las ganas de arrancarme la cabeza y arrojarla por el excusado. Trozos de pan tostado con mermelada de fresa. La ropa tirada en el piso. Yame habían sugerido que hiciera algo por mi aparien- cia personal; poco me importaba. Mi jefe me apreciaba, pen- saba en mí como alguien inteligente, aunque destructivo. Era como jugar a la ruleta, me decía; conmigo a veces se gana'y a veces se pierde. El problema son las rachas, y ésta era una mala.

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Comencé desde abajo en la seguridad pública. Era oficial de la PGJ, patrullaba calles atendiendo chismes de vecinda- rio. Mi primera compañera fue la oficial Fuentes. En ese primer día de patrullaje, aparte de fumar y llamar a su no- vio por celular, no hizo otra cosa que hablarme del asco de la profesión: combates contra delincuentes, si no los atra-

pas no sirves para nada, y si los atrapas tienes que ser ama-

ble con

mejillas porque Aristegui hace un escándalo en la radio. -El principal problema de la institución -me expli- có-, es la pésima imagen que las personas tienen de los oficiales. No confían en nosotros y eso lo complica todo. -Tal vez no estamos haciendo las cosas bien -comen- té sin importancia. -No, no, claro que no -respondió algo indignada-, todo esto es culpa de los medios de comunicación: sólo tie- nen espacio para la tragedia y parece que tratan de eliminar cualquier resquicio de esperanza a los mexicanos. -Tal vez tiene razón, oficial. -¡Claro que tengo razón! -golpeó el volante con sus manos-. Nos juzgan sin darse cuenta de que son ellos quienes nos exigen ser así. Me dejó pensando un momento. Mi cabeza era una sopa de letras con palabras de impunidad y corrupción, de represión y abuso. Y fueron muchas las cosas que pensé en setenta y un segundos:

ellos, así que no puedes apagar tu cigarro en sus

-¿Sabe, oficial? -comenté-. Ahora que recuerdo, en todo lo que he leído siempre se habla mal de los cuerpos de seguridad pública. En verdad nos hace falta un buen publi- cista, algo de mercadotecnia. Digo, lo narcotraficantes tie- nen sus corridos, los anarquistas a Molotov y las FARC a la UNAM, pero nadie habla por nosotros, nadie dice algo bueno sobre nosotros. -Exacto, Rascón, ése es el punto, alguien debería ha- blar bien sobre nosotros.

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La Norma Oficial Mexicana exige que cualquier jugue- 1t· q11csea reproducción de arma de fuego debe ser en co- lores tluorescentes; pero en México es muy difícil seguir lo1snormas por idiosincrasia. Así que persigues a un tipo que asaltó un minisúper y amenazó violentamente a un diente, se esconde en un callejón y te apunta de manera desafiante con un arma. Disparas, cae muerto. Eres encar- 1'eludo por asesinar a una persona desarmada. Eso le pasó al oficial Tabera, el antiguo compañero de la oficial Fuentes. -Demasiado impulsivo -me decía la oficial-, una vez estrelló su patrulla contra unos presuntos culpables. '1uvirnos que pagar el choque y traje un collarín por días. 1•:11esta vida todos tienen lo que se merecen, llámalo re- tribución.

-¿Retribución?

-Sí

-pregunté.

-me

aseguró-,

la retribución nos alcanza tarde

q 11etemprano A estas fechas el oficial Tabera debe seguir pagando su condena. Yo lo suplí por un tiempo, pero no tardaron en darse cuenta de que las calles no eran para mí. Llegamos a un incendio, una niña de once años yacía muerta en el interior de la casa, calcinada; sólo quedaron sus huesos. Seguramente una horrible muerte; los vecinos alre- dedor del siniestro: llorando, gimiendo. La madre aún no llegaba del trabajo. Bien, miradas en los rostros y en el com- portamiento de los chismosos. Analiza los rasgos de conduc- ta, tres preguntas, una respuesta incorrecta. En cinco mi- nutos di con el responsable. Después de una putiza estilo Jalisco lo confesó todo: des- de la ventana la veía llegar de la escuela, se masturbaba pen- sando·en ella. La mamá se fue a trabajar, brincó la cerca y la violó, se asustó y la mató, se asustó y prendió fuego a la casa. Yomismo me encargué de rasurarle la ceja izquierda.

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En el Reclusorio Oriente lo esperaba el Sietepilas, cuya leyenda entre rejas aseguraba que su miembro era propor- cional al de siete pilas alineadas. Cuando una persona ingresaba con la ceja rasurada, se sabía que era por viola- ción. Lo último que supe del imbécil fue que lo hospitali- zaron por una infección masiva en el orto. Cuando los padres te dicen llorando que su hijo de cua- tro años fue robado, basta hacer unas pequeñas observacio- nes, como un colado recién hecho en menos de la mitad del patio. Hablas con las vecinas, platicas con los niños que juegan en la calle: descubres que lo hacían lavar su ropa, hacerse de comer y cuidar de su hermano. Cuando algo salía mal lo castigaban golpeándolo. Así fue hasta que lo mataron. Después creyeron que el colado de su patio sería una tumba digna para su hijo. Estoy seguro de que siguen llorando en prisión; no por el niño, sino por las cucarachas que muerden sus oídos mientras duermen. Una chica aborda su auto, un tipo se acerca, la baña en gasolina y la prende en fuego. El padre está más preocupa- do por hacer válido el seguro del auto; el novio luce inocen- te, tonto más bien, definitivamente enamorado. Qué tal el ex novio, la hostigó por mucho tiempo al terminar la rela- ción. No es normal que las personas tartamudeen para de- cirte "buenas tardes" o que suden como cerdos cuando hablan, mucho menos que se desmayen para explicarte dónde estaban durante el homicidio. No fue violador, pero ya que estaba inconciente aproveché para rasurarle la ceja izquierda

-¿Sabes,

Rascón? -me

decía la oficial Fuentes-.

Creo que tienes condiciones para el Departamento de In- teligencia de la Policía Federal. Es un desperdicio que es- tés patrullando calles. "¡Ay!" Alguien gritaba de dolor. Después de ayudar a la oficial a reincorporarse, me subí a las barras tubulares de la patrulla.

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-He escuchado que sólo con influencias puedes entrar ;1hí -comenté. "¡Ay!" Alguien volvió a gritar de dolor. La oficial se su- lii<'>al tubular.

creo que puedo ayudarte con eso.

-Conozco a personas

"¡Ay!" Gritaron de dolor otra vez. Me subí al tubular. -¿De verdad cree que vayan a aceptarme en la "elite" de la inteligencia federal? "¡Ay!" La oficial ya no subió al tubular, se veía cansada,

destapó una botella de agua. -Lo difícil es encontrar a alguien inteligente en ese lugar -se echó agua en el cuello-. No creas en todo lo que dicen, no todo está tan podrido. He visto lo bueno que

eres -tomó más agua, escupió un poco-

que agarramos; esa pinche vieja me había convencido con

sus lágrimas, pero tú no te dejaste engañar y la hiciste con- fesar. En verdad que no sé cómo lo haces. -No creí que fuera para tanto -dije algo sonrojado-. Hace unos años alguien me dijo que nunca creyera en las

lágrimas de una mujer. La oficial encendió un cigarro, después miró al tipo que estaba tirado en la jaula de la camioneta. Mientras me su-

Los robacasas

bía al tubular de nuevo, la oficial lo tomó del cabello:

-Nos vemos mañana; pero en privado -dijo apagando

el cigarro en su mejilla. "¡Ay!" Gritó por el cigarro. Yo le caí encima con los pies "¡Ay!" Gritó de nuevo

desde el tubular:

Ese día llegué tarde, como todo el último año. En la recep- ción de la oficina central, la linda Lucifer me comunicaba que el director Anchando quería verme. Admito que lo pri- mero que pensé fue en un viaje a Cancún con el dinero de

mi liquidación; podría acostarme con una puta de acento

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CAFÉ

diferente cada noche. Pero al estar sentado frente a su es- critorio, sólo me habló de los Leopardos. Hace dos años comenzó esto: un tipo se mató tratando de explotar las oficinas de la Secretaría de Seguridad Públi- ca, pero el artefacto estalló antes de lo previsto: le voló la mano y sacó sus vísceras del cuerpo. Tiempo después, un grupo armado surgió bajo el nombre de los Leopardos. Una líder, autonombrada Artemisa, se encargó de darles la pro- moción y causa de que tanto carecían. Su imagen se comen- zó a difundir, todos los diarios la ponían en sus portadas, todos los noticieros hablaban de ella y en las universidades se discutía sobre su causa. Rápidamente se convirtió en la bandera de un movimiento que puso a la capital de cabeza. La PGR había detectado varías células de los Leopardos, el brazo armado de Artemisa. La investigación pasó al Departamento de Investigación e Intervención de la Poli- cía Federal. Las órdenes eran encontrar a Artemisa viva o muerta. Ése fue el problema, ya que Artemisa era como un fantasma. Todos hablaban de ella, pero nunca alguien la había visto. Recuerdo su mirada, veía mi estado y se preguntaba si estaba cuerdo. Sabía que era capaz de encontrar a Artemi- sa. Fue como una amenaza: o daba con ella o perdía el em- pleo. Esa vez fue la última que Anchando me reivindicaría. Digamos que me estimaba todavía por haber encontrado a su hijo cuando todos lo daban por muerto. Miré el retrato familiar sobre su escritorio, el director con su uniforme de gala, su esposa e hijo. Pasó dos semanas en el hospital recu- perándose de la golpiza que recibió. No quiso rendir decla- ración contra sus captores. Después fue diagnosticado con el Síndrome de Estocolmo. Seguramente apreció cuando puse a su hijo en sus bra- zos; pero más agradeció cuando lo dejé solo con los secues- tradores en una de las salas de las oficinas centrales. Los até de pies y manos, los amordacé y me hice el desatendido.

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'1uvimos que tomar sus huellas dactilares para identificarlos de nuevo, Anchando les había desfigurado la cara. Me dio una caja con toda la información que se había recolectado sobre Artemisa, en realidad sólo eran algunas líneas de investigación con una gran cantidad de produc- los comerciales sobre ella: videos apócrifos de mala cali- dad, cintas distorsionadas de sus incomprensibles discur- sos, afiches, pins, playeras, pulseras, figuritas de acción. El movimiento de los Leopardos tenía una dependencia ab- soluta al liderazgo de Artemisa. Arrojé el contenido de la cija en mi casillero. Llamó mi atención una muñeca que movía constantemente su cabeza, la puse de pie y la accio- né, cerré el casillero. El miedo por los Leopardos era justificado, las víctimas por el movimiento seguían en aumento. Hacía dos días que ( liudad de México estaba paralizada. El Jefe Tirantes ha- bía tomado medidas drásticas: toque de queda a las nueve de la noche, el cierre de lugares de aglomeración pública. La ciudad estaba militarizada. La paranoia por Artemisa era tanta que aparecía en quince lugares diferentes al mismo tiempo; pero encontrar- la en la ciudad más grande del mundo, donde subsisten veinte millones de personas, no sería sencillo. Y es que sa- lir de las oficinas y ver la monstruosidad de la ciudad me hizo suspirar. No tenía sentido. Encendí mi iPod: "Pobre soñador". Encendí un cigarro "No siempre las cosas son como debieran ser. No siem- pre se puede tener la razón."

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III

Te doy mi brazo

1'11EDES VAGAR SIN RUMBO por los lugares más absurdos de la ciudad. Así fui conociendo a gente con pruebas de crimino- logía que los condenarían de por vida. Pero ellos no me importaban, sólo pensaba en Artemisa. Existen mercados que sólo se ponen de noche, los clientes tienen que llegar con linterna en mano para ver la mercancía. Otros son laberintos que parecen llevarte a nin- gún lado. Sótanos, vecindades, azoteas. Pasaron algunos días entre agujeros y rascacielos, entre huesos y sombras. Muchas personas decían conocerla, ha- ber conversado con ella, verla en alguna ocasión; pero todo era mentira. Jamás entenderían las estupideces que dicen sólo por sentirse importantes. Uno de esos domingos, había conseguido una lista de antros que seguían operando, la mayoría con conocimiento

de

chos se ampararon, otros acordaron cuotas por ganancias. Caminé por la Condesa, poco bullicio. La "A" anarquis- ta estaba pintada por todas las paredes, pero ahora signifi- caba la "A" de Artemisa. Llegué hasta la Zona Rosa. El

Amberes estaba en la lista, exclusividad sin límites. Dejé caer

mi cigarro al piso.

la policía. Cuando el Jefe Tirantes cerró los bares, mu-

Y en lugares así la gente siempre parece enemistarte

con la mirada, tratan de escanearte para ver la marca de tu camisa o la talla de tu calzado. ¿Eres activo o pasivo? Lo

más chicahora es ser bisexual. Y si ya estás enfermo:

bienve-

nido al charcogusarapo. Pero para todo hay niveles, no im- porta que sea dentro del agua estancada. Si te guiñan el ojo

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o te murmuran un beso, seguramente te ofrecerán un tra- go, pero antes de aceptar, fíjate bien en el llavero de su

auto. Entre empujones me abrí paso. Llegué hasta la barra de quince metros. Comencé a tomar tratando de pensar en Artemisa, intentando reflejar su rostro en la superficie de

mi trago. En ese momento quería ser Artemisa, tal vez por

eso fui a ese sitio. Empecé con un trago: los chicos parecían chicas. Tomé otro trago: las chicas eran como los chicos. ¿Ysi Artemisa es hombre? Ojalá las luces no brillaran tanto, ojalá la música

no estuviera tan alta. No le pongas éter a mis hielos, maldi- to chango. Fui al baño. Me acerqué al mingitorio, recargué mi ca- beza en la pared, el orinal se sentía como terciopelo. Me miré en el espejo, estaba hinchado como sapo. Medio pei-

né mi cabello. Abrí la llave del lavabo y un tipo a lado me

enjuagué las manos

ofreció jabón líquido antibacterial. Me

y me eché agua en la cara. Entonces me extendió una ser- villeta para secarme. La sujeté. Después me señaló su va-

sito desechable de propinas:

-Con lo que guste cooperar, caballero -me dijo.

Lo miré mientras buscaba en mi bolsillo la moneda de

la lámpara de techo se caye-

ra y matara al idiota. Saqué mi cajetilla de cigarros. -¿Tienes fuego? -pregunté con el cigarro en la boca.

-Lo siento, señor, la Ley Antitabaco prohíbe fumar en espacios cerrados. -No será la única ley que estén violando -comenté con poca paciencia. Con algo de resignación, sacó un encendedor y puso el fuego frente a mí. -Ni que fuera vieja, pendejo -dije retrayéndome. -Lo siento, señor -respondió ya con algo de frus- tración.

menor valor.Sólo deseaba que

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Le arrebaté el encendedor de las manos y encendí mi

cigarro.Arrojé el humo entre los dos. Dicen que esto hace más daño a los no fumadores. -¿Tienes algo de fragancia?-pregunté con mis ma- nos en las bolsas.

-Claro que sí, señor -se volteó hacia sus cosas-.

¿Al-

guna en especial que desee, señor? ¿Señor ¿Señor

?

?

Regresé a la barra. Quería dejar de sentirme mareado, pero pedí otro vaso de whisky. En las cantinas le echaba la culpa a la puta que se sentaba a mi lado a platicarme obsce-

nidades; antes que se vaciara mi cerveza ya me estaba sir- viendo otra, pero en esos lugares las putas se habían con- vertido en estúpidas mocosasde clase media que buscaban a alguien mayor para financiar su consumo de tachas:

-Mejor métete el veneno de ratas con todo y frascopor la garganta -mencioné. -Ah, okay. ¡Qué te importa! -me reclamó. Se fue ca- minando golpeando todo a su paso. Recargué mi cara contra mis manos; la música y las lu- ces eran ya insoportables, la gente, un fastidio. Pegué la cabeza en la barra. Necesitaba ir al baño de nuevo. -Malditos sean mis ojos si esa perra

A la mañana siguiente, el rifle de un policía en mis costillas me despertaba tirado en el pabellón de la avenida Álvaro Obregón. Un impresionante dolor acompañaba mi males- tar de cabeza y estómago. Tenía sangre en la nariz, un ojo morado y el labio reventado. El policía me jaló del brazo, pero mi brazo estaba entumido. Pudo haberlo serruchado y la sensación sería la misma. Me subieron a una vagoneta. Sólo pensaba en vomitar. Es ahí cuando, tirado y esposado, reflexionas sobre la efectividad de posaren una vitrina de objetos orgullosamen- te olvidados.Sólo quisiera que en lugar de suero me inyec-

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ARTEMISA CAFÉ

taran alcohol. Ni siquiera percibía el vaivén de la camioneta por el temblar de mis huesos. Y quisiera que los buitres sa- caran mis ojos y dejar de ver la maldita luz que se filtraba por el pequeño enrejado. Y cada rechinido de llantas reventaba

mi cabeza. ¡Al carajo con esto! Morderé mis muñecas hasta

desgarrarme las venas. En el Departamento de Inteligencia una estruendosa

reprimenda del director Anchondo casi me saca del caso.

Su voz era tan lejana que apenas y podía escuchar lo que

decía. Tenía un zumbido en el oído. La molestia de Anchondo no era por mi estado, estaba furioso porque los Leopardos dispararon en un antro de la Zona Rosa. En las noticias se hablaba de corrupción poli- cíaca, de ineptitud por parte de las autoridades y de la im- popularidad del Jefe Tirantes; pero nadie hablaba de un policía ebrio disparando.

-¡Nadie puede confiar en un alcohólico! -ese día Anchondo me gritó azotando su pisapapeles contra el es- critorio. Tenía una cobija de cuadros alrededor de mis hombros.

Apestaba

ber seguido pensando en la noche anterior, pero sólo me retorcí y vomité la alfombra de la oficina del director.

Mil veces preferiría esa pesadilla donde tratas de correr y no puedes, donde algo te persigue y no puedes verlo. Cuan-

a cigarro, tenía asco, temblaba. Bien, quisiera ha-

Israel Terrón Holtzeimer

Ahora, cuando despierto y veo a un monstruo encima de mí que me vomita mientras me estrangula, me siento tan in- defenso, al igual que la alfombra, que absorbía poco a poco

los residuos de mi hígado. Aún sigo sin entender por qué Anchondo no me sacó del caso. Cuando caminaba entre mis compañeros, nadie se re- signaba a saludarme, ni siquiera de lejos. Evitaban verme distrayéndose con cualquier cosa: leer sus mensajes de tex- to, platicar sobre la puta de las donas o echarle azúcar a su café era más importante que darme una palmada en la es- palda o desearme un buen día. Masticaba una goma de mas- car mientras los miraba, recordando los días en los que yo

era la estrella. Eran las once de la mañana cuando me bañaba con agua

fría en mi departamento. Me había tomado todas las pasti-

llas detrás del espejo para dejar de temblar. Había decidido

dejar de tomar, pero tener una botella de whisky en lugar

de shampoo en el ordenador de baño no era buen comien-

zo. Tal vez un poco, sólo un poco. Empinaba la botella y

dejaba entrar agua de la regadera en mi boca. Café negro sin azúcar y cuatro pastillas de paracetamol. Juro que no hay mejor desayuno que pueda pagar el IMSS. Sólo quería recostarme y ver televisión. Algunos momen- tos regresaron incipientemente. Repasé mi mano por la

cara tratando de acordarme, pero estaba en blanco, no así

do

era niño, tenía un compañero en la escuela que estaba

mi

brazo derecho, puntos morados. Me asomé por la venta-

enorme, era muy gordo. Siempre soñaba que íbamos de ex-

na

con mi taza de café por un tiempo.

cursión a Teotihuacan y que un derrumbe le cortaba la cabe-

Los rascacielos de Insurgentes sur eran el paisaje de

za, pero el gordo no moría. Corría detrás de nosotros y, en

algún momento de mi pesadilla, me quedaba solo escapan-

do de él, corriendo por toda la Calzada de los Muertos.

Pasé muchas noches sin dormir por su culpa, sin querer estar en mi recámara a obscuras. Mi madre, que todo lo sabía, me enseñó a rezar con los ojos bien cerrados y los sueños se fueron. En aquel tiempo era lindo creer en algo.

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a una chica que se aventó desde el sex-

to piso del edificio ovalado. Nunca dejé de verla: cómo se

descomponía, cómo se mezclaba con el viento. Era una tar-

de nublada cualquiera, pero ella quedó deshecha en el pa-

vimento. A veces creo tener todo controlado y no soy más que un pobre diablo. A veces a nada del precipicio, en otras

ocasiones colgado del abismo.

siempre. Recuerdo

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ARTEMISA CAFf:

Sin nada qué hacer, decidí recuperar mi memoria de esa noche. Sujeté mi chaqueta y me bañé en desodorante sa- bor chocolate, casi me enveneno. Mis heridas ardieron como azufre. Primera estación, semáforo en rojo: el pabellón de Álva-

ro Obregón. Era fácil encontrar el lugar donde los policías

me habían detenido. chas de sangre que

hallarle formas a las nubes. Me imaginaba en un restau- rante de bombillas apagadas, veintiséis cristos en oferta y caricaturescos retratos fundamentalistas. Cualquiera dimi- tiría: en las calles los cristales rotos maximizando la escena, esperando que de la tierra llana surgieran montañas, que por cada ideología cercenada, un universo de treinta y dos estrellas. Mejor levanté la mirada.

Sólo tenía que pararme sobre las man- se encontraban en el piso, era como

SÁTIRO Y AMOR

Réplica de la escultura realizada por el mexicano Miguel Noreña en 1854, cuyoyeso original se conserva en la Academia de San Carlos

Cuando los policías me levantaron estaba inconciente enfrente de esa escultura. Me asomé hacia adentro de la estructura y encontré una peluca abandonada, era de color rosa. La sujeté con algo de asco, el cabello era como un entramado de serpientes tratando de morderme. La dejé caer. Suspiré, me dolía hasta respirar. Me senté en la base de la escultura. Encendí un cigarro. No entendí ni una sola palabra. La lente se agudizó, ya ha- bía visto esos cristales antes, pero no les había encontrado forma alguna. Comenzaron a arrastrarse hasta que se reor- ganizaron por completo. Definitivamente eran los pedazos de una jeringa. Desde niño siempre sorprendí por mi gran capacidad para armar rompecabezas. Una pequeña jeringa no repre-

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Israel Terrón Holtzeimer

sentó mayor dificultad. No así la noche; para armar una hora se necesitan sesenta minutos, cada sueño son como sesenta segundos. El problema es que las piezas no embo- uan porque el perímetro está desecho. Entonces puedes g11iarte por los colores. Todo se complica si tus recuerdos son en blanco y negro. No queda nada. Excepto la sangre, la sangre siempre es roja. Ahí estaban, pequeñas gotas de sangre por todo el pabellón. Por supuesto que sonreí, sólo tenía que seguirlas. Con la mirada en el piso, por Tonalá hasta Insurgentes, así llegué hasta la glorieta: estaba desolada. Seguí mi cami- no por el Andador Génova. La estatua de Tin Tan. Doblé en Hamburgo y llegué hasta Amberes; realmente no me sorprendió que ahí comenzara todo. Me senté en la acera de enfrente. Encendí otro cigarro; esperaba que las cosas poco a poco se fueran recuperando conforme repasaba los lugares de anoche. El lugar tenía su cinta amarilla de PRECAUCIÓN. No pensaría que las cosas fueran así de fácil, sólo que ya me había cansado de espe- rar, porque un loco que dispara contra personas en un antro después de todo no está tan loco. Tomé whisky de mi pe- queña cantimplora, cada trago me ardía el labio. Había una página de periódico en el suelo, leí el encabe- zado: "Ríos de sangre en la Zona Rosa"; era el artículo que hablaba sobre la masacre en el Amberes. "No estaría mal una pequeña Venecia en la ciudad", me dije en voz baja al tiempo que dejé que se fuera volando. Apagué mi cigarro contra la acera y lo eché en el bolsillo de mi saco. Caminé hacia el lugar. Antes de cruzar la cinta amarilla, saludé de lejos a un antiguo compañero de la universidad, se encon- traba de turno en la PGJ; sólo le sonreí por cortesía. Ya en la puerta, me detuve algunos segundos, algo con- fundido bajé la mirada: la silueta dibujada de la primera víctima estaba a mis pies. Era del tipo que cuidaba la entra- da. De haber seguido caminando hubiera pisado la zona

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ARTEMISA CAFf:

1srael Terrón Holtzeimer

donde cayó su cuerpo. Seguí sin entender, la profanación

todos lados, la guardé en mi bolsillo. Caminé entre las tizas

nunca había carcomido mi conciencia. Mi dolor de cabeza

de

los cuerpos y los casquillos enumerados con carpetitas

regresó como punzadas electromagnéticas.

amarillas.

 

Ahí seguían los de forense. Sangre por todos lados. Las tizas señalaban el lugar donde los cadáveres habían

Me hinqué frente a la tiza de una chica, el flash de ella dándome un cabezazo me llegó de repente. Toqué

caído. Era como jugar encantados para siempre. Me senté

mi

nariz, el pequeño dolor que sentí me mostró su ros-

en uno de los bancos de la barra de quince metros, había

tro

desfigurado. Ahora estaba muerta. Salí del Amberes.

sido el mismo de la noche anterior. Los forenses hacían

Caminé rumbo

a Paseo de Reforma.

Me senté en una

toda la recreación según la colocación de los cuerpos. Pa- recían agentes de aseguranza catalogando los daños de un

banca con forma de serpiente. Me quedé cabizbajo un momento.

vehículo. En su reporte informaron que posiblemente un escua- drón de tres a cuatro personas había entrado por los dife- rentes accesos del lugar. Dispararon al azar. Los elementos balísticos encontrados señalaron tres armas de distintos ca- libres, un muerto por arma blanca. Una chica ebria que se- guía inconciente en el baño. Comencé a golpearme la frente contra la barra de quin- ce metros. No recordaba mucho, creo no haberme movido de ahí. Traté de cerrar los ojos mientras escuchaba los flas- hes de las fotos de archivo: [Flash! Trataba de recordar

Un teléfono público de monedas estaba frente a mí. Estaba destrozado a batazos, lo habían vaciado, tenía pinta- da la "A" de Artemisa en un costado. Me levanté y descol- gué la bocina, al menos tenía línea. Cuando deposité la moneda ésta se cayó a la caja desfondada, sólo la tomé y la eché en mi bolsillo. Sonó, sonó de nuevo. Me arrepentí, colgué la bocina. ¿Qué diablos? Descolgué, marqué, sonó, sonó, sonó, so -M ochi, mochi. -¿Diana? -Hai.

algo. ¡Flash! Podía imaginarlo. ¡Flash! ¡Flash! ¡Flash!

-Hola,

qué tal, habla Federico

el

el chico de ano-

-Malditos sean mis ojos si esa perra no es lo más

che

-mencioné

al azar.

Abrí lo ojos. Miraba a la gente muerta bailando. Baila- ban con el rostro desfigurado, me sorprendieron, pero no

-¿Federico? Mmmm. ¡Ah, sí! ¡Claro! ¡El chico de ano- che! -se soltó riendo.

me asustaron. Sólo era eso. Se reían de mí, todos se reían

Era Diana, muy risueña, eso parecía. Me quedé ensilen-

de mí. Me miré en el espejo, me imaginé con esa estúpida

cio

esperando que terminara de reír; no recuerdo el tiempo,

peluca rosa. Sólo sacudí mi cabeza y regresé al presente.

pero el tiempo pasó y Diana seguía riendo. Podía seguir en

Suspiré con mis manos en los ojos. Cuando mis manos se desvanecieron alcancé a ver una servilleta arrugada a un

línea depositando la misma moneda en el teléfono. Saqué un cigarro y lo encendí. Estar en Paseo de la Re-

lado de mí. La barra estaba hecha un desorden. Varias per-

forma era como estar en Campos Elíseos. Son pocas las co-

sonas se aventaron hacia el interior y muchos vasos se rom-

sas

que realmente me impresionan. Me imaginaba los pasos

pieron, pero esa servilleta seguía ahí. Estiré mi brazo y la sujeté. La extendí. Venía un núme- ro de celular escrito en ella, también su nombre. Miré a

en un vals para Carmen o paseando en el fastuoso carruaje de Carlota, o tal vez sólo disparando contra cada estúpida protesta que bloqueaba la avenida.

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ARTEMISA CAFÉ

Finalmente se detuvo, sólo quedaban los espasmos por el desgaste de su risa. Su voz era dulce. Hablamos bastan- te, nunca creyó que un ridículo como yo la llamara; pero la forma en la que me insultaba no me molestaba

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IV

Fuera de este mundo

DIANAFUE COMO una revolución para mí, un oasis en medio del desierto, una señal de radio dentro de la Zona de Silen- cio. Su risa, su extroversión multicolor, sus lentes obscuros de armazón azul, como el cielo. Le encantaba acostarse en el pasto, cantar canciones infantiles, dar vueltas hasta ma- rearse, hablar con los animales, trepar a los árboles, le gus- taban los Icees de cereza, siempre tenía los labios y lengua rojos por ello. Diana era como regresar a las portadas de 1966: colori- do, gafas enormes, piernas flacas, flores silvestres dibujadas en su brazo, vestidos cortos y peinados de raya a lado. Vani- dosa como Gray y cínica como Wotton, envolvente como el terciopelo subterráneo, estólida como la noche estrellada, fría como princesa de un cuento de hadas y lunática como

el Apolo Once.

Conocer a Diana me devolvió la vida. "Ser siempre jo- ven", Diana decía todo el tiempo. Desde ese momento fuimos el uno para el otro, un complemento perfecto: ella lo tenía todo y yo nada

-¿Qué opinas de Artemisa? -Está muy bien, digo, ya era tiempo que alguien pues que se enfrentara a nuestros gobernantes corruptos ya era justo. -¿Te identificas con el movimiento, entonces? -Sí, sí, claro. No mames, güey, hay un chingo de po- bres en el país, y muy pocos quieren quedarse con todo el dinero. Que no mamen, güey.

.

.

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ARTEMISA CAFÉ

-¿Justificas las decenas de muertos en la ciudad?

-No, güey, o sea, es que se trata de que te hagan caso,

pues, por ejemplo, un movimiento pacífico,

nadie te voltea a ver; puedes desnudarte en medio de Re-

cuando haces

forma y lo único que consigues es que te saquen a patadas

en diez minutos, ¿no? Y así pues está pelón

y bueno,

siempre se han librado batallas por las cosas que uno quiere.

O sea, mira a Cuba, se fueron a la guerra y ganaron, ahora

mira

la gente en Cuba es feliz. -¿Has estado en Cuba?

-Sí, una vez

fui de vacaciones y, güey, o sea, nunca

había visto a gente tan feliz en mi vida.

-¿Te gustaría un régimen como el de Cuba en México?

México es el

país más desigual del mundo, ¿no? Una forma, pues sería

el comunismo, así como es en Cuba, para que todos tenga-

mos los mismos privilegios. Porque, por ejemplo, una vez fui con mi novio a Oaxaca, y la gente ahí es muy pobre, o

sea

por ejemplo en Lomas, ¿no? Ahí la gente vive en un lujo muy grande ¿no? Y me ha tocado conocer a indios tam-

bién en Quintana Roo, que viven muy pobres, y no es jus-

to, y esa gente no tiene nada qué comer y vas a Cancún y

pues te cobran en dólares, y, güey, es una mamada. -¿No has tenido problemas por usar accesorios de Ar- temisa, como la playera que vistes, por ejemplo?

-Sí, sí, definitivamente. O sea, México

me refiero a que no es justo que haya gente

como

-Bueno, siempre existe gente cerrada

que dice puras

estupideces, como un tipo que

meses estaba en Starbucks con unos amigos, y un fascis-

ta me decía que los Leopardos eran terroristas, que Arte-

pues lo mejor es igno-

Es lo que yo hago, ese día sólo le subí a mi

misa asesina y cosas así, ¿no? Pero

rar a gente así

iPhone y ya, dejé

por ejemplo, hace unos

dejé de escucharlo

mejor.

-Bueno, mil gracias por tu tiempo. -Sí, a ti. Bye

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Israel Terrón Holtzeirner

Qué horrible día. Cuando te asomas por la ventana y sólo piensas en quedarte en cama por el resto de la semana, viendo películas de terror que no asustan o leyendo el libro menos vendido de la librería, ése del que te enorgulleces de hablar porque nadie más lo conoce. Diana podría contarme ese día minuto por minuto, pensamiento por pensamiento. Caminaba de la mano con su mamá, iba rumbo a la es- cuela y el cielo se desplomaba sobre la tierra. La lluvia sua- vizó el pavimento y se tragó a Diana cuando tenía once años. En el drenaje pluvial, un marginado la rescató de mo- rir ahogada. El tipo sucio que todos evitaban ver, que cau- saba repulsión, que nadie trataba de comprender. El vagabundo la llevó a su madriguera, la limpió, la secó, la alimentó. La violó doscientas diecinueve veces. La mantenía dentro de un estrecho pozo bajo tierra, respi- rando un aire contaminado que llegaba por pedazos a través de un sucio tubo de PVC. Dime veinte millones de razones para no fusilarte, para no degollarte, para no desollarte. Todas esas primeras noches que no pudo dormir, trata- ba de espantar a las ratas con sonidos fuertes, nunca creyó que fueran tan grandes, podrían comerse a un gato. A veces lo lograba, se lastimaba la mano, pero las ratas se acostum- braron a ella. Odiaría que se comieran sus zapatos. Intentó entablar todos los acuerdos posibles: compartiremos la co- mida, compartiremos el espacio, prometo dormir siempre sentada para que no beses mis labios. Sólo no te comas mis zapatos. Con la mugre en sus uñas trazaba elaborados planes en las paredes sucias de su pozo. Por donde pasaba su dedo, ella lo recordaba perfectamente. Puedo convertirme en la reina de las alcantarillas, fantaseaba en cada trazo, y que todas las ratas me obedezcan. Sociedades estructuradas y ordenadas de peste a mis servicios. Y se lo comerían. Qué horrible muerte. Sentir sus dientes masticando tu cuerpo. Verlo sufrir, yo reiría demasiado.

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ARTEMISA CAFÉ

Sonrió satisfecha, el croquis estaba terminado. Era todo el pozo un ensamblaje perfecto de piezas incompletas, de pasos contados al revés, de suposiciones pensadas una y otra vez. ¿Cada cuánto regresan las ratas? Si cortas su oreja con los dientes y ella regresa, puedo contar los días que tar- dó en volver. Ellas saben nadar muy bien. Tienes que restar algunas horas si llegan con el pelo húmedo. Hoy hubo un gran banquete. Me puse en cuclillas y la miré de frente. Hoy no tengo hambre, todo el plato, todo es tuyo. Haz lo que quieras, compártelo o muérete de indigestión. Sólo tra- to de compensarte por tu oreja. No sé si estamos a mano, tal vez algún día lo corrija. La verdad, te digo la verdad, no creo que vuelva a verte Siete meses después Diana regresó a casa. Su familia la daba por muerta. Diana no comentó lo que pasó. Esa noche se cortó el cabello frente al espejo de su cuarto. A través del espejo se miraba. Pero en el espejo parecía no haber nadie. Cuando sus padres se separaron, su madre se juntó con un judicial. Tenía dieciséis años cuando Diana encontró un revólver en uno de los cajones de la alacena. Lo sujetó, lo revisó, le dio vueltas al carrusel. Apuntaba hacia las fotos de la familia en la sala. El judicial la encontró con el arma en las manos, se la arrebató y la abofeteó con el revés de su mano. Ella nunca le dirigió la palabra de nuevo. "Ese día me senté recargada en la puerta", me decía, "mi mejilla todavía estaba roja. Escuché sus pasos varias veces. De todas formas nunca pensé en abrirle". Una tarde miraba por la ventana de su cuarto, usaba unos lentes de armazón azul. El judicial llegaba a casa y la vio desde la calle. Se escuchó un rechinido de llantas y el sonido silencioso de catorce balas, el judicial quedó casi desecho sobre la entrada. Diana sólo levantó sus lentes de armazón. En todo ese tiempo, Diana no lo perdió de vista. La sangre se desbordó de la banqueta. Se imaginó en un barco de papel navegando a través del Mar Rojo.

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Israel Terrón Holtzeimer

"Sé que no era una mala persona", me contaba, "pero hacía feliz a mi madre, yo no quería eso. Sólo quería que fuera justo". Diana casi no veía a su madre. Habían pasado cerca de tres días desde la última vez que se habían visto, donde muy apenas y se saludaron con una mirada escondida por

una taza de café y la revista de los corazones rotos. Diana todavía no cumplía los dieciocho años cuando entró a la ha- bitación de su madre. Ésta yacía con los brazos abiertos so- bre la cama y una bolsa de plástico alrededor de su cabeza. Había una mosca adentro, entró por la boca y salió por la nariz. Ni siquiera sabía si eso era posible. Fueron como cinco minutos en los que ella se quedó parada debajo del marco, viendo su postura: brazos extendidos parecerían no decir suicidio. Diana ni siquiera se lo cuestionó, no le im- portó, ella estaba muerta y nada más. Sólo cerró la puerta y

se fue de casa

Finalmente llegaron los bomberos, se escuchan las sirenas en todo el poniente de la ciudad. El piso treinta y cinco está ya en llamas y Diana sigue perdida en la euforia de su heroína. Me pregunto si son estos momentos los que su- planta por sus sueños, pero sus sueños son pesadillas. Está tirada en el suelo en uno de los hoteles más lujosos de Po- lanco. Mira el techo distraída, pero los candelabros no re- presentan las constelaciones que tanto le gustan. He sopor- tado esto todos los días, dosis tras dosis, comprando jeringas con mis manos temblorosas. Suspiro, a estas alturas puedo olvidarme de respirar y ni siquiera así me asfixiaría

La única vez que Diana se enojó estando conmigo fue cuando creyó haber perdido su cuchara de plata. Una per- sona que conoció en Monterrey le dijo que la heroína se

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ARTEMISA CAFÉ

cocina mejor en cucharas de plata. Ese día usó una lata; pero estaba enojada. Decía que con una lata se perdía el

glamour de ser adicta. Ese día, que las flores estaban muertas, me dijo que cuando las jacarandas anunciaran la primavera, las buganvi- lias pintarían el cielo de violeta. Con mis manos en las bol- sas me paré en medio del pasillo incrustado entre las rocas de Ciudad Universitaria. Diana tocó con sus dedos una de las enredaderas, volteó a verme. "¿Eres tan estúpido para vivir siempre en la realidad?", me dijo. Antes de poder responder, los botones comenzaron a

florecer cubriendo por completo al pequeño

so cielo azul, entre rayos de sol que se filtraban por la pros- titución de las flores con el viento. Me sentí tan vulnerable, incapaz de calentar al insecto más pequeño. Había que reinventar a una ciudad que se estaba extinguiendo; ella fue perfecta para eso. Diana dijo esa vez que fue su cena más romántica: no había estrellas, el puente no dejaba verlas, el platillo no era gourmet, las velas eran focos que colgaban ilegalmente, los manteles eran de papel debajo de cada orden, la música provenía de una vieja radio, el mesero era un tipo sucio con delantal que afilaba su cuchillo. Pero ella era todo lo nece- sario para hacer de una noche cualquiera algo especial. En su melancolía, el silencio de Diana era brutal. Trata- ba de no dormir y a veces dejarla sola; buscaba entretener-

me con lo que fuera. Una noche se pasó dando vueltas por horas en la Fiesta de las Tazas; yo combatí contra el hijo de Kriptón, di un paseo por Ciudad Gótica y convertí a Medusa en piedra no mirando hacia abajo. En realidad sólo recordaba mi adoles- cencia, cuando creía que la felicidad se comparaba con dar vueltas hasta vomitar. Regresé a la Fiesta de las Tazas, pero Diana ya no estaba en ellas. Preocupado, me quedé parado buscando en todas

cerro. El esca-

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Israel Terrón Holtzeimer

direcciones. Estaba pensando en varias opciones cuando al- guien tapó mis ojos con sus manos. Ni siquiera tuve que preguntar para saber que se trataba de Diana. Sin darme cuenta me dormí; estábamos en la cima del Cerro de la Estrella. Fue como media hora, tal vez veinte minutos. Desperté en sus piernas, miré sus ojos obscure- cidos por el intencional insomnio. Se había quitado sus lentes de armazón azul, me sonrió apenas perceptiblemen- te, acarició mi mejilla. Me pregunté si alguna vez había llorado, si su corazón latía, si su sangre era cálida o si sim- plemente algo le importaba. Fueron muchas las cosas que prometí a Diana, como casarnos en la gran Catedral Metropolitana, ella con un corto vestido blanco y yo con el uniforme militar del ge- neral Zaragoza; que todo México nos aventaría pétalos y arroz en una pletórica Plaza de la Constitución; que vivi- ríamos en el Castillo de Chapultepec; que legalizaríamos las drogas; que descubriríamos Europa; que conquistaría- mos España; que recuperaríamos los viejos estados del

Norte, que adoraríamos a nuestros antiguos dioses

desde el primer momento que cruzamos las miradas, ella supo que jamás las cumpliría

Pero,

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V

Esto es Juárez, amigo

N1 SIQUIERA RECUERDO el nombre de la pizzería. Eran tres palabras que parecían un trabalenguas. Era Ciudad Juárez. Éramos cuatros los agentes federales que nos detuvimos a comer ahí. Íbamos de civiles. Había más de cuarenta gra- dos de temperatura. El agente Guzmán hizo un desastre de la mesa. Nunca pude explicarme las manchas de pizza en lugares donde

era

físicamente imposible, como un pedazo de pepperoni

en

su frente. Los agentes Lara y García se doblaban de

la risa. Estábamos satisfechos, abrí la puerta para que todos sa- lieran del lugar. Entonces volteé a la mesa, una chica que trabajaba en la pizzería no sabía por dónde comenzar cuan-

do vio el desastre.

Cruzamos miradas, nunca había visto unos ojos tan lin- dos en toda mi vida. Me sentí tan mal que decidí regresar y dejarle propina.

Tal vez sólo quería ver sus ojos de cerca. Buscaba dinero en

mi bolsillo cuando el sonido de AKs 47 me hizo tirar al sue-

lo. Algunos cristales se rompieron, los gritos se escucharon. Ella también lo hizo, pecho tierra cubriéndose la cabeza con sus manos. Yotrataba de encontrar mi reflejo en cada cristal que yacía en el piso. El rechinido de llantas se escuchó, to- dos respiraron de nuevo, algunos comenzaron a levantarse. Ella alzó la mirada y sus ojos se cruzaron con los míos. Tenía que reaccionar, salí. Mis tres compañeros estaban muertos en el asfalto del estacionamiento. La sangre, los casquillos, el calor. Parecían jitomates aplastados con sal-

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ARTEMISA CAFÉ

monelosis. Guzmán se había manchado de pizza la espalda también. La gente salíaasustada, otros morbosos se acercaban, yo me quedé parado mientras los miraba. Volteé hacia el inte- rior de la pizzería y crucé la mirada con la chica de los ojos azules. Ella estaba al otro lado de la puerta de cristal, soste- niendo al mundo sobre sus hombros. No entendí su mira- da, su gesto, no la volví a ver, ni siquiera en la pizzería, a la que volví tres veces tratando de encontrarla

-¿Qué piensas de Artemisa?

-No

pos' cada quien su rollo, carnal.

-¿Estás de acuerdo con este movimiento? -Pues mira, carnal, la verdad no sé muy bien pues más que nada de qué se trata el pedo, pues como chambeo

todo el día, no tengo tiempo de ver las noticias y no me

entero

pues así bien

de cómo están las cosas.

-¿No han bajado tus pasajeros por la situación actual de la ciudad? -Al contrario, carnal, como suspendieron el metro y las peceras, pues la raza que se mueve tiene que hacerlo en taxi, y pues como ando en un bocho, la raza sabe que co- bro menos, y así, pues por ese lado sí me ha ido bien sobre todo acá en el sur hay mucha raza que busca taxis. -¿Tienes hijos? -Simón, dos chavos. -¿Qué piensas de los días que están perdiendo en la escuela?

-¡N' hombre! Esos cabrones están rete contentos, pin- ches mocosos, na' más andan viendo qué travesura hacer. -¿Estás de acuerdo con los muertos que ha arrojado este movimiento? -No, pues no. No se debe matar a gente así como así más que nada pues que la raza no tiene la culpa, pues

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Israel Terrón Holtzeimcr

también andan rifándose en la vida, y pos' como que de- berían matar a los que tienen la culpa, sí, eso pos' eso sí está mal, eso de matar a la raza como que no. -¿Denunciarías a Artemisa de saber en dónde está? -Estaría chido, el Tirantes ofrece como diez melones por ella, ¿no? -¿Lo harías sólo por el dinero? -Pos' es que, carnal, la neta está cabrón, y una feria no le cae mal a nadie. Y es que esta chava como que le vale queso Si luchara por nosotros, los amolados, chansón y uno la alivianaba, pos' estaría bien, pero pos' como que anda en otro rollo. -Aquí está bien. -¿Aquí mero? -Sí, sí, ¿cuánto te debo? -Son ciento veinte, carnaval. -¿Ciento veinte? El taxímetro dice sesenta. -¡Oh, carnal! ¿No ve como está la situación?, si todo sube pos tenemos que subir las tarifas, y pos' también el riesgo que uno se toma pa' salir a chambear -Nada más traigo cien. -Échelos, valedor

Dos meses después, el agente Aura me preguntaba si Mon- tes Urales era la misma calle que Avenida Jilotepec. Le respondí que de Juárez sólo conocía tres cosas: que la ciu- dad no necesitaba un transporte semimasivo, que el Cami- no Real no servía para nada y que la figura luminosa en el Cerro Bola no era Homero Simpson, sino Benito Juárez. Lo constató con un payaso vestido de edil que hacía pésimos malabares en el crucero. Retracé el respaldo de mi asiento mientras comentaba al agente Aura lo extraño que era que un payaso portara un Nextel en su cinturón. Sólo alzó lo hombros.

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ARTEMISA CAFÉ

Mientras miraba los faroles que iluminaban la calle, el sueño comenzó a ganarme. Cerré los ojos un instante, sólo fue un instante Un fuerte sonido me despertó, me encontraba de cabe- za. Tenía esquirlas en mi pierna derecha y al agente Aura le faltaba un pedazo de su cráneo. El automóvil estaba destro- zado en el desnivel con Avenida Tecnológico. Una camio- neta se nos emparejó y disparó haciendo que el agente Aura perdiera el control. Nuestro automóvil se impactó contra el de ellos. Los pequeños cristales rompieron mi piel. Dolor, eso era dolor. Me arrastré afuera, salí de entre los hierros retor- cidos de la unidad; trataba de asegurarme que seguía con vida, de asimilarme mejor. Apenas me liberaba del auto cuando me encontré fren- te a frente con uno de los sicarios. También se sorprendió de verme. Estaba más lastimado que yo, éramos los únicos sobrevivientes. Era un bastardo que no pasaba de los quin- ce años.

A esa edad no existe

forma de que elijas una vida, simple-

mente vives la que tienes en las manos. Ahora me pregunta- ba si un chico así tenía la culpa de intentar matarme. ¿Hasta dónde era culpa mía? Pero es que verlo desarmado, más he-

rido que yo, me hizo tratar de entender una situación que no tenía explicación. Sólo tomé mi escuadra nueve milímetros y le metí tres balazos al pendejo: el primero impactó en su mejilla, su frente azotó contra el asfalto; el segundo le voló la tapa de los sesos; el tercero fue en su hombro, prácticamente inne- cesano. Me arrastré hasta sentarme contra el borde, prendí un cigarro, no me importaba la gasolina en el piso. En poco tiempo llegaron los municipales a poner sus cintas ama- rillas. Reían, hablaban de su vida como si estuvieran to- mando el té: sus putas, sus pedas, sus bonos, sus huelgas.

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Israel Terrón Holtzeimer

Después de todo otra persona había sido ejecutada en

Ciudad Juárez. En el hospital contenía la respiración cada que la puerta se abría. Olía la comida que me daban para revisar si estaba envenenada, exigía botellas purificadas selladas. Discutí fuertemente con el capitán por no dejarme tener una pisto- la en la habitación. Acordé con las enfermeras una clave secreta para tocar la puerta. Atrancaba la cama contra la en- trada por las noches. Escuchaba con un vaso las conversa- ciones por las paredes. Estábamos a treinta y seis grados centígrados cuando esperaba en el Aeropuerto de Ciudad Juárez regresar al Distrito Federal. Pedí whisky en las rocas, conversaba con el barman. El tipo estaba indignado por la violencia en Ciudad Juárez ese año. -A mí no me importa que les vendan droga a los ga- bachos -me decía-, por mí se pueden meter la droga por el culo si quieren. Lo que me encabrona es que estos güe- yes crean que la ciudad les pertenece, que se sientan caga- dos por Dios. -Como si Dios cagara esas cosas --comenté en voz baja antes de sorber un trago. -Y para colmo --continuaba el barman-, la policía trabaja para ellos, los escoltan y les limpian el camino. Y uno que quiere trabajar honradamente, ¿hacia dónde se hace? La gente ya no sale a la calle, mi esposa vive encerra- da, ya ni siquiera lleva a mi hija a la escuela desde que amenazaron con hacerle daño a los niños si no pagábamos cuota; pero en las noticias de la capital no hablan de eso, pues qué chingados les va importar. -¿Me sirves otro, por favor?

-Aquí tiene, señor -continuaba el barman-

En

eso han convertido nuestras ciudades, dentro de poco ya no quedará nadie aquí en Juaritos. La gente ve todo eso; ¿pero qué dices? Si dices algo te cochan. ¿De qué nos sirve

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ARTEMISA CAFÉ

denunciarlos si es la misma policía quien te pone dedo? Ya han cerrado la mitad de los negocios por extorsiones y ame- nazas, y luego te reclaman por no querer cooperar con las autoridades. Miraba cautelosamente a todas las personas del restau- ran bar. Para mí todos eran sospechosos, propensos a cargar un arma y tratar de vaciármela. Regresé mi mirada a la barra y mi vaso ya estaba vacío. Rasqué mi cabeza. El barman no dejaba de hablar. -Y a huevo, qué chingaos van a hacer diez horas jalando de maqui/ocas. Pos' mejor vendo droga y me la paso chingón,

no valen madre. Digo, si los pinches policías no quieren pro- tegernos, que nos den las armas y nosotros lo hacemos. Es

más -bajó la voz y se acercó-, hay que organizarnos

como en un comando ciudadano. Uno que sea por Juárez. Con que matemos a un delincuente por día y ya verá si no. Hasta podríamos hacer una página de internet pa' que la raza suba sus denuncias, ¿o usted como la ve? Lo miré, le extendí mi vaso para que me sirviera más whisky.

así

-Lo

siento, señor, ya no puedo servirle más bebidas

antes de abordar su avión. "Imbécil", pensé. Me di la media vuelta sobre el asien- to, ya no tenía por qué seguir aguantándolo. En la Terminal 11 del aeropuerto de la Ciudad de Méxi- co, las personas se emocionan cuando ven llegar a sus fami- liares, incluso con regalos. Ese día entendí que me sentía vacío. Tenía veintiocho años y sentía que nada había suce- dido, que todo eso por lo que me había esforzado no me recompensaba en nada. La gente pasaba con sus maletas, hablando en idiomas que jamás había escuchado. Yo tan estático como nunca había estado

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1iiuna parece reaccionar; pero sólo fue un reflejo en su mano izquierda. Recuerdo la primera vez que toqué sus manos, su piel era tan suave, como nieve fina, como algodón de azúcar. Me gustaría pensar que esto no es su culpa, pero pensar con diez días sin dormir es complicado. Me recargo contra la ventana mientras el piso cuarenta comienza a incendiarse. Las sirenas ya se escuchan en todo Polanco. El teléfono suena en la habitación, lo levanto, es la administración del hotel. Me avisan que cerrarán sus puertas por la posibilidad de un atentado, que pierda cui- dado, que el hotel cuenta con seguridad privada para pro- teger nuestra estancia. Me señala un mapa en el cajón del

buró donde redacta la forma rápida y segura de ~alir del ho-

tel en caso de una contingencia. "Cualquier pregunta no dude en llamarnos", me dice después de disculparse trece veces por las incomodidades producidas. Yo no pronuncio palabra alguna, sólo dejo caer el teléfono mientras escucho

su voz aguda por la bocina. Prendo la televisión y en las noticias ya están hablando del incendio en la torre. Hablan de un posible atentado de los Leopardos. ¿Qué demonios nos pasó? ¿De qué se trata todo esto? Ocultaron tanta mierda debajo de la alfombra que ya no se puede ni caminar. Me levanto y veo esas bo- tellitas de licor en el mueble de televisión: tequila, ron, brandy, aviento las botellas al piso. Whisky finalmente

Cuando regresé me recibieron como héroe, con una de esas medallas que manchan la camisa si no la quitas a tiem- po. Fue mi justa recompensa por salvar la vida dos veces, era la estrella del Departamento de Inteligencia y el con- sentido de Anchondo. Decidí que para recuperarme no había mejor lugar que la casa de mis padres: mi antiguo cuarto y mis antiguos dis- cos. Caminaba por el barrio donde había crecido. Todo

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ARTEMISA CAFÉ

aquello que era inmenso se había vuelto pequeño. La se-

ñora que atendía la tienda de la esquina no había cambiado en nada, aun seguía con su proselitismo a favor del PRI e interesada en la vida de todos menos en la suya, que si Lupita se escapó con el novio o si Manuel embarazó a su pnma. Cuando éramos niños no hacíamos otra cosa que jugar futbol en la calle; mochilas como porterías y una botella vacía como balón. Por supuesto, todos soñábamos con lle- gar al Real Madrid. El sueño duraba hasta que nuestras madres nos gritaban por las ventanas:

"¡Juventino, a bañarse!" "[Daniel, ya es muy tarde!" "[Federico, ya métete a hacer la tarea!"

En aquellos tiempos la colonia brillaba. Las casas bien

pintadas, los árboles cuidados, los parques bien podados. Pero después del efecto tequila todo se fue al diablo: el gra- fiti tapizó las paredes, los columpios se oxidaron, la tierra se desbordó a las calles.

La emotividad de abrazar a mi madre nunca se extin-

guió, pero se convirtió en algo nostálgico sentir sus manos cansadas por todos esos años estancados en lo opaco de sus ojos, en su cabello canoso, la pasividad de sus movimien- tos, los viejos aparatos y las fotografías de revelado. Desde que mis hermanas se casaron con misioneros ex- tranjeros de su Iglesia, se fueron a Estados Unidos y no volvieron. En cada abrazo mi madre me agradecía que si-

guiera cerca. Construyó una enorme casa para todos sus hijos y nietos, pero estaba sola, ella y el viejo en una casa que los mataba lentamente con su obscuridad y silencio.

Mi padre, sin dejar de ver la televisión, me exigía a cada

momento una esposa e hijos. Le preocupaba que fueran a matarme y no quedara nadie a quién heredarle su playera del América firmada por todos los jugadores de la época dorada de los ochentas.

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Israel Terrón Holtzeimer

Una vez lo acompañé a tomar pulque, siempre me criti- caba por tomarlo con avena. "No seas maricón", me decía, "el pulque se toma natural o no se toma". Se enojaba más cuando le echaba canela, casi me desconocía con sus ami- gos; eso en lugar de enojarme me hacía reír. En verdad fue deprimente ver a señoras de cincuenta años que no podían ni sostenerse en pie tratando de sacar- me a bailar, las mesas desiguales, las cubetas sucias, las pa- redes desgastadas. Era como una cueva dónde sólo allí po- dían sentirse bien con una vida que se les estaba escurriendo de las manos. Yo simplemente me quedé en silencio; be- biendo de manera discreta acompañaba sus hilarantes risas con una mueca disfrazada de sonrisa. Sin darme cuenta comencé a beber más. Compraba las botellas de whisky y cada vez me duraban menos. Encerra- do en mi cuarto, apenas y escuchaba la voz de mamá lla- mando del otro lado de la puerta cuando la comida estaba lista, pero sólo estiraba mi brazo para buscar un cigarro en- tre las cosas del buró. Me sentaba en medio de la habitación a revisar todas las libretas que había utilizado desde la secundaria. Entre notas de español y operaciones matemáticas, encontraba dibujos que ya había olvidado. El de Rosa, la chica que me gustaba en la facultad. Pasaron más de cuatro años y nunca pude decirle nada. Siempre llevaba su catálogo de Avón. Cada mes le compraba un lápiz labial de color diferente. Le argumentaba que eran para mi madre, pero en realidad era la única excusa que tenía para platicar con ella. Pasado el tiempo me la encontré en el Metro, estaba embarazada y con un hijo de dos años a su lado. Su belle- za se había ido para siempre. Parecía que no le iba nada bien, se debió haber enamorado de un imbécil que no tenía ni para llevarla a las playas artificiales de chapopote. Lo único que pude pensar fue en lo tonto que es el amor.

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ARTEMISA CAFÉ

Ni siquiera me tomé la molestia de saludarla. Me bajé en la siguiente estación. Arranqué la hoja del cuaderno y me comí el dibujo a pedazos. Me dejé caer sobre el piso mientras seguía masti- cando. Miré debajo de la cama y recordé el miedo que te-

nía de niño: cerraba los ojos y no los abría hasta la mañana,

a veces no dormía. Seguí respirando, parecía que mi cuarto se había encogido.

Un día simplemente tomé una cubeta y tiré todas las libretas. Las rocié con algo de whisky y arrojé un cerillo adentro. Me quedé hipnotizado con el fuego. Mi madre preguntó desde la ventana de la cocina:

-¿Qué haces, corazón?

-Nada,

-¿No estarás quemando otro gato, verdad?

-Madre -volteé a verla-

madre

nada.

ya no tengo diez años.

En Nochebuena mi madre invitaba a todas las herma- nas de su Iglesia que no tuvieran dónde pasar Navidad. Hacía comida como si fuera a alimentar a todo el Frente Popular Francisco Villa. Durante la larga oración, mi padre era incapaz de bajarle siquiera el volumen al televisor. Yo sólo cerraba los ojos, pensaba en cualquier tontería. Enton- ces la escuché pidiendo a Dios por los políticos secuestra- dos. Abrí los ojos, la miré, sólo pude pensar que el Reino de los Cielos tenía que ser de mi madre.

A.mediados de enero tuve que regresar al Departamento de Inteligencia de la Policía Federal. Los casos se fueron amontonando en mi escritorio. En plena expectación por las investigaciones de los personajes públicos que estaban sien- do secuestrados y asesinados, comencé a seguir líneas y fui dando con personas que cada vez me acercaban más a los

Leopardos.

de los Leopardos nadie decía saber nada. Fue tan desespe-

rante terminar en algún cementerio de la ciudad siguiéndole

la pista a un muerto. Fui el hazmerreír de la oficina.

Encarcelamos a varios funcionarios públicos, pero

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Israel Terrón Holtzeimer

Argumentando mi poca seriedad en la investigación, me relevaron a casos menores. La relevancia de los casos es completamente correlaciona! al poder adquisitivo de la víc- tima. En todos terminé incriminando a gente inocente. Dejé de ver aquellas cosas que te resuelven la vida, sim- plemente señalaba a la primera persona sospechosa que encontraba y le rompía los dedos para que confesara. De- mandas, contrademandas

El cigarro que di a Diana se consumió y no me había per- catado. El edredón de la cama se estropeó. Diana movió su brazo, como si sujetara a alguien. Me recuesto a un lado de ella y la tomo de la mano, pego mi cabeza a la suya, pero al parecer, las mismas cosas ya no lucen tan interesantes. Aca- ricio en su brazo las heridas de las agujas y deseo como nunca poder sanarla con sólo tocarla. Puedo experimentar en cada alebrije las mil y una for- mas de curarla, pero con ella todo es inútil, y se duerme, y ellos vuelven: Camaleón Cósmico, Cocodrilo de la Maña- na, Vigilante de las Montañas, Editor de Sueños, Fundador del Caos. Me enfurezco siempre y los fulmino a todos como un jodido androide de Notre Dame, entre sus hue- sos. Pero nada vuelve a la normalidad. Desde hace mucho tiempo que lo normal me ha convertido en esto. Siempre digo a mis hermanas que Dios no es más que un niño psicópata jugando con animales torturados, como cuando tomas el martillo y le rompes la cabeza a la rata del laboratorio o simplemente subes los voltios de la jaula has- ta que apeste a pollo frito

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VI

Somos los que nunca duermen

ENTREFINALESDENOVIEMBREy principios de diciembre de

2008 fueron secuestrados los dirigentes nacionales de los

principales partidos políticos. En plena expectación por el rescate, el año terminó sin noticia alguna sobre los secues- tradores. Un sombrío video fue subido a internet el 6 de enero de

2009 por un usuario que se hizo llamar Artemisa1620 con el

título El infierno de Artemisa. En el video, una chica con boi-

na y vestimenta paramilitar golpea y tortura hasta la muerte a personas que aparecen atadas de pies y manos. Antes de destrozar sus caras, enseña sus credenciales electorales con huellas de sangre donde se perciben los nombres de los asesinados, quienes son claramente identi- ficados como los políticos secuestrados. El video, de nueve

minutos y siete segundos

acercándose a la cámara. Dice susurrando: "Bienvenidos al

infierno de Artemisa, hijos de puta". Tres bolsas negras fueron abandonadas en las puertas de la Iglesia de la Concepción, en la Plaza Tlaxcoaque. En

ellas se encontraron los restos descuartizados de los funcio- narios, con una manta firmada por Artemisa donde citaba:

"Volemos al combate, a la venganza,/ y el que niegue su

pecho a la esperanza,/ hunda

El movimiento se volvió público y declaró la guerra a la alta corrupción del país. El brazo armado de Artemisa reci- bió el nombre de Leopardos por parte de los medios. A lo largo de 2009, los asesinatos contra distintas figuras siguie- ron: jueces, secretarios, senadores, diputados, líderes sindi-

de duración, termina con la chica

en el polvo su cobarde frente".

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ARTEMISA CAFÉ

cales, consejeros, coordinadores, policías. Todos comenza- ron a irse de la capital. Episodio que se conoció como El éxodo de las ratas. En marzo de ese mismo año, Artemisa dio su discurso más célebre en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM: apareció sin previo aviso, tomó el micrófono,habló y desapareció. El video grabado desde un celular se comer- cializóen los pasillosde filosofíay en varios puntos de ven- tas para personas de izquierda y comunistas. En internet se comenzó a distribuir un ensayo escrito por Artemisa. En el manuscrito describe las bases para un país utópico y la Teo- ría de la Raza Comonfort. El gobierno del Jefe Tirantes ofreció una recompensa paraaquellapersonaque dierainformaciónsobre laubicación de Artemisa, pero la imagen y causa de ésta subieron como espuma de cerveza. Grupos similares surgieron en distintas partes del país. Marchasen contra y a favordel movimiento fueron tabloides para los noticierospor variosmeses. Para principios de 2010, todo parecía haberse tranqui- lizado; el Éxodo de las ratas había calmado la furia de los Leopardos, pero sólo fue el ojo del huracán, porque el con- traataque de Artemisa sería totalmente desproporcionado

Para Diana la vida era simple, sencilla. Las cosas en las que pensaba eran tan ligeras que nunca batalló para elevarse con ellas. Era así que a veces me preguntaba si me creía un tonto o tal vez sólo enamorado. -Sí -me dijo-, si el próximo M&M es rojo, iremos a la playa -estrujó la bolsa cual si fueran dados y dejó caer una luneta en su mano-. ¡Lo sabía! -expresó emociona- da-. El color rojo nunca me ha fallado. Miré su blanca mano contrastando con el color rojo del M&M. Lo llevó a su boca. Yotenía tanto sueño no quería pensar en un viaje a la playa.

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Israel Terrón Holtzeimer

Desde la Operación limpieza tuve que ocultar varias co- sas que no podía comprobar con mi salario. Tuve que ir a casa de un amigo por mi motocicleta. Quité la sucia lona cubierta de ceniza del Popocatépetl y la piel se me erizó de verla. Era acordarme de días que creí que jamás volverían. La segunda vez que vi los ojos de Diana fue cuando se levantó los lentes de armazón azul al verme sobre mi moto- cicleta. Ella traía una paleta en la boca, tragando dulces

como siempre. Cruzamos la Ciudad de México entre sonidos de sire- nas y calles vacías. Llegamos a la salida, un cerco de segu- ridad nos detuvo en el distribuidor vial de La Concordia; había una fila de carros que trataban de salir y estancaban el tráfico. Muchos, al no conseguirlo, hacían campamentos a las orillas de la carretera. Había familias que llevaban una semana ahí varadas. El Jefe Tirantes colocó enormes car- pas y comedores populares. "Es lo bueno de usar motocicleta", Diana se burlaba de todos, "puedes pasar entre los carros mientras éstos te mientan la madre". -¿Van a salir los dos?-preguntó uno de los soldados. Asenté con la cabeza. -¿Quién te golpeó, amigo? -preguntó otro soldado mientras ponía su pie en la salpicadera frontal de mi moto- cicleta.

chica -respondí sin quitarle la vista a su bota en-

lodada. -¿Tu chica? -Sí, tú sabes, me gusta sufrir un poco en el sexo -lo miré a los ojos. -No, amigo, yo no sé nada de eso. Muéstrame una identificación -bajó su pie. -Sí, claro, ¿por qué no? -contesté con desprecio.

-Mi

-Rascón

¿Taibo

?

¿Jaubert

?

¿Krauze -trataba

?

de leer mientras sus labios se descomponían por la incapa-

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ARTEMISA CAFÉ

cidad- ¿Cómo se pronuncia su segundo apellido, amigo?

-preguntó mientras me comparaba con la foto. -Como se pueda, "amigo" -respondí. -Usted, señorita, quítese los lentes y muéstreme una identificación. Diana tenía esa sonrisa de maniquí de aparador que uti-

lizaba con gente extraña. Sacó una identificación y se la mostró, tan cordial como encantadora. -¿Indalecia Madero González? -leyó el soldado, la

miró- ¿Qué hace tan lejos de casa, señorita?

-Prácticas universitarias en cu -Diana seguía con su sonrisa de fotografíainstantánea. Sacó una credencial de la Facuitad de Veterinaria. -¿Qué? -preguntó el soldado riendo-. ¿No hay ani- males en Coahuila? -Sí; pero no de tan buena calidad. La risa del soldado se detuvo en seco. -Le pedí que se quitara los lentes -dijo más serio. -¿Qué crees que pensaría el general si se enterara de cómo nos estás tratando? -dijo Diana sin perder su son- risa;el soldado volteó a ver a su general, quien cruzaba mi- rada con Diana y le sonreía-. Seguramente lo respetas, ¿no? Seguramente le tienes miedo. Cuando te deja sin agua debajo del sol por horas, cuando te hace correr hasta vomitar, cuando introduce agua mineral en tu nariz y mete tu cabeza en una cloaca con ratas y excremento. Dime, ¿le guardas respeto? El soldado hizo una mueca tratando que pareciera una sonrisa; revoloteó su mano en el aire para que nos dejaran pasar. Suspiré de alivio. Citlaltépetl lucía imponente, como si rasgara el cielo con su altura. Se necesita tener agallas para ser el cemen- terio más alto de México. Paraliza con su sonrisa de dien- tes blancos y eres un fantasma más a quién temerle. La innumerable cantidad de altares a la orilla de la carretera.

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Israel Terrón Holtzeimer

Cuántos barrancos, cuántos acantilados, cuántas notrcias sobre cerros desgajados y autobuses sin frenos. No digas que no duele, Diana, tú siempre me dices que todo en esta vida duele. Diana estaba algo ansiosa por el viaje. La verdad sólo necesitaba drogarse de nuevo. Nos detuvimos en la ciudad

de Córdoba para rentar una habitación. Decidí esperarla afuera mientras fumaba un cigarro. Del cuarto de junto sa- lió una prostituta tan horrible como vulgar, tras de ella un chico con una playera del Bayern Müchen. Me vio y me saludó. Esbocé una pequeña sonrisa. -Eres contador, ¿cierto? -pregunté fumando mi cigarro.

-Sí, bueno, apenas estoy estudiando

-se

quedó

pensativo un momento- ¿Cómo diablos sabes eso? -Bueno -respondí arrojandola colillade mi cigarro-, necesitarías labios mucho más sensuales para estudiar De-

recho Regresé al cuarto, Diana estaba tendida en el piso, des- mayada. Me acosté en la cama mientras la miraba desde la orilla. En algún momento debí pensar que me acostumbra- ría a eso, pero seguido pienso muchas cosas

Yme siento tan tonto esperando por ella siempre, mientras la veo entumida; cada que despierta se sorprende de ver- me. Soy de lo más patético. Cada que ella sale espera re- gresar y encontrar la casa vacía. Pero ahí está Federico, con la oreja pegada a la puerta tratando de escuchar la cerradu- ra dando vueltas

Veracruz fue tan diferente, el mar tan impresionante, era

como mirar el cielo de cabeza mientras pies en las barras del parque.

me sostenía con los

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ARTEMISA CAFÉ

Diana se divertía como una niña pequeña. Compré glo- bos que sujetó en su muñeca y hacía burbujas de jabón en cada respirar. Cuando llegamos a la playa, se emocionó tan- to que se metió con todo y ropa; tuve que entrar por ella. Me abrazó mientras recuperaba el aire. Después rió, rió mucho, casi como el día que la esperé por teléfono. Pero la antítesis de la risa es tan inevitable como la antítesis del día, y la noche se derrumbó sobre el Golfo de México y el mar se polarizó como sus sentimientos. Diana no recordaba nada de él, sólo su olor. Cada vez que lo escuchaba llegar cerraba sus ojos deseando que no le hiciera daño, se hacía la dormida o fingía dolor de estó- mago, pero aun así el andrajoso abría sus piernas e introdu- cía su maloliente pene dentro de ella. Siempre permanecía con los ojos cerrados, no lo veía a la cara, pero cuando el viejo eyaculaba la jalaba del cabello y la abrazaba contra su pecho. Su desagradable olor a peste bubónica era lo único que recordaba. Estábamos sobre un rompeolas. De repente comenzó a vomitar, vomitaba sangre, no había comido nada en todo el día, tampoco el día anterior, ni siquiera recordaba la última vez que la había visto comer algo, sólo tragaba M&M's todo el maldito día. Quise acercarme pero se adentró al mar. Diana flotaba con sus ojos rojos en las estrellas. Sus lentes de armazón navegaban a unos centímetros de sus pálidos dedos, sus brazos abiertos, tarareando melodías como canciones de cuna. El mar pletórico. Las olas amuralladas, el glamour de la espuma de mar, peces fluorescentes volaban el aire y gaviotas transparentes nadaban el océano, coronada de húmedos recuerdos, auroras de algas marinas y el sangui- nario espectáculo de los opiáceos. Yo podría dejar toda mi vida por Diana. Porque yo era como una roca entre las rocas esperando por ella

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Israel Terrón Holtzeimer

-¿Qué te parece Artemisa?

-¡Ay

no!, o sea, nada qué ver con esta tipa.

-¿Estás en desacuerdo con el movimiento? -O sea, we, sólo míralos, son unos proletariados muertos de hambre, ni siquiera saben hacer combinaciones de ropa. -Más allá de su forma de vestir, ¿qué piensas de su

lucha?, ¿crees que es justa o está sustentada en algo? -Claro que no, qué oso, nosotros no tenemos la culpa de que estos nacos no puedan ser felices, ¿sí sabes cómo? O sea, que lloren con su mami y bye, que no molesten. -¿Qué le dirías a Artemisa si la tuvieras enfrente? -Princesa, ¡helio!O sea, todos tenemos problemas, we, no te claves, sigue adelante, por Dios. -¿Has escuchado alguno de sus discursos o leído algo de ella? -No, no, qué oso, claro que no. -¿Tienes amigos que la apoyen?

o sea, los chicos así, equis o sea, sí son así como

-Ay sí, pero son como que de la escuela, ¿sí sabes cómo? Y

amigos; pero no de mis mejores amigos y nada más ésos sí llegan con sus cosas de Artemisa y así, pero igual, equis,

nada qué ver conmigo. -Gracias por tu tiempo, linda.

-Okay, chiao

Se supone que soy hombre, y como todo hombre quería hacerle el amor como ningún hombre se lo había hecho:

besarla y compartir mi cigarro. Acomodaría su fleco detrás de su oreja y enredaría mis dedos en su cabello. Por eso la besaba, su oreja, su cuello, no sentía que le importara. Su blusa, su piel era tan suave, su cabello tan delgado. Quería ser el mejor, quería hacerla gemir, hacerla gritar, hacerla llorar, hacerla arañar mi espalda, hacerla golpear mi pecho, hacerla pedir clemencia por todos mis pensamientos.

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ARTEMISACAFÉ

Penetrar a una vaca muerta sería más excitante de lo que fue hacerle el amor a Diana. Ni siquiera pude termi- nar, simplemente me hice a un lado para abrazarla y pensar que la vida sin sexo a su lado no estaría del todo mal Pero no por mucho tiempo. Ella jugaba con el cuchillo deportista, pero le pareció pequeño. Sujetó el pescador y voló la palanca. Entonces me tenía atado en el asiento. Cuando me llevaba a cortarme el cabello, mi madre siem- pre me sostenía de la mano. -Dime -dijo Diana-, ¿por dónde quieres que co- mience? Pasaba el cuchillo por el cuero afilador. Negué con la cabeza, obvio. =-Tienes que decidirte- sentenció con un ¡oh! de la

audiencia. -Te doy mi brazo -murmuré con resignación. Aplausos. -Te dije que algún día te arrancaría el brazo -susurró en mi oído para que nadie la escuchara. Fue como un pinchazo, en realidad no dolió demasiado. Me dolía más el estómago. La sangre salpicó en parte al público. Las señoras elegantes reían discretamente. -¡Él nunca muere! -Diana gritó levantando mi brazo cercenado. Aplausos. Eligió un cuchillo, el de quesos. Esta vez no preguntó. Sólo cortó el aire, como si fuera una cuchara de helado, mis vísceras estaban en su mano. Era una de esas pequeñas y potentes licuadorasdonde preparó un batido en tres segun- dos con mis intestinos. No era tonta, ella no comía.La gente sorprendida embutía sus dedos en todo lo que fuera gratis. Y Diana gritó:

-¡Él nunca muere! Aplausos. Se acercó con el cuchillo para pan.

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Israel Terrón Holtzeimer

-¿Estás jodido, verdad? -me dijo en voz baja. -He tenido días peores -comenté restándole im- portancia. -¿Sabes, Federico?, la gente siempre se queja del do- lor. Para muchos la felicidad es equivalente a la ausencia de dolor. La verdad es, tonto Federico, que no hay nada

más estúpido. ¿Sientes cómo te aniquilo? ¿Cómo nado en tu sangre? Porque el dolor lo justifica todo. Y sin dolor, nunca sabes cuándo parar. Y si esto no duele, no significa que estés feliz, sino que estás completamente jodido. -Desensibilización sistemática -trataba de darle la última lección de mi vida-; la exposición constante a un mismo estímulo provoca que el cuerpo deje de percibirlo, definitivamente ésa es una forma de felicidad, Diana. Miró en sus brazos todos esos años de arponazos; la euforia, elevarse y tocar las nubes dejó de ser impresionan- te. Fue un fastidio, se molestó. Comenzó a destazarme con más violencia. El estudio era verde y yo lo había vuelto rojo. Su sonrisa era blanca y yo la convertí en roja.No espe- res que me ría de esto. Simplemente no puedo correr. Dia- na, empapada, se dio la media vuelta con su sonrisa de pre- sentadora de televisión, fingida, por supuesto:

'

-1El

.,

-espeto Diana.

,

.

-jNUNCA MUERE!Remató al unísono la aristocrática multitud de gente estúpida. No la perdía de vista, mi cabeza era todo lo que quedaba sobre esa silla giratoria.Qué diarrea tan sentimental ésta. Abrí los ojos,otra vez el monstruo en el techo, se aventó contra mí y sujetó mis brazos y piernas. No sé cómo. Trata- ba de arrancarme la cabeza, enterraba sus dedos en mi cue- llo, quería comerse mi cabeza. Mi dedo meñique se movió. El aire regresó. Me enderecé en la azulada obscuridad de la habitación. Desesperado busqué a Diana en el vacío de la cama. Se encontraba de espalda viendo la televisión, cambiaba los

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ARTEMISA CAFÉ

canales constantemente, pero en todos estaban los info- merciales de la noche: un tipo que vendía treinta y dos cu- chillos de cocina por un precio inigualable, otros promocio- naban pequeñas licuadoras con gran potencia, una plancha portátil, una súper aspiradora y todos esos idiotas que se sorprenden por cada función. Diana no durmió, había cocaína mal cortada en un pe- dazo de papel sobre el buró. Por alguna extraña razón son- reí mientras la abrazaba. No me abandonó, siempre creí que si dormía ella se iría, pero no lo hizo. -Estás temblando -me dijo. -Sólo necesito café -respondí balbuceando Conté nueve tazas de café en la mesa, estábamos en los Portales. Diana estaba seria, sin esa sonrisa de figura de cera. Yo vertía alcohol en mi café mientras Diana le daba vueltas al suyo y le echaba más azúcar. Le dio un sorbo para esperar que no estuviera tan caliente, entonces me dijo sin voltear a verme:

-Es tiempo de volver a la capital. -¿Por qué? ¿No prefieres quedarte aquí? ¿Aunque sea unos días?

-No

-dijo

sin dejar de sorber su café-, tenemos que

volver antes del bicentenario.

-¿Antes

del bicentenario? -pregunté

extrañado-.

Todos quieren salir de México por el maldito bicentenario, todos esperan el infierno de Artemisa -sorbí de mi café, me había pasado de alcohol-. Sería mejor quedarnos aquí

por un tiempo.

México me

gusta hasta pa' morirme

-No

me importa -dijo

sin mirarme-,

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VII

El monstruo de la señora Lammermoor

PARAMEDIADOSDE 2010, el Jefe Tirantes daba discursos en las plazas y sobre cada reforma constitucional opinaba. El escándalo de venganza contra la corrupción perdía espa- cio en los diarios. El 13 de agosto de 2010, a las dieciocho horas con diez minutos, veinte estaciones del Transporte Colectivo Metro explotaron sincronizadamente. Los Leopardos publicaron en su página de internet la autoría de los atentados tres mi- nutos con veinte segundos antes de las explosiones. Todo el Sistema Colectivo fue suspendido inmediatamente, mu- chas personas tuvieron que caminar kilómetros para salir del subterráneo. Todas las fuerzas de seguridad pública fueron convo- cadas para acudir a las estaciones atentadas. Tardé diez mi- nutos en llegar a Centro Médico; los agujeros en el piso parecían máquinas de humo. Trataba de bajar por las esca- leras. La gente salía ensangrentada a un lado de mí, algu- nos mutilados, otros llorando, algunos las dos cosas. Abajo no se distinguía nada. Cubrí mi boca y nariz con un pañuelo para poder respirar. Seguí caminando con cui- dado para no tropezar. Entonces alcancé a ver un pequeño brazo que salía de entre los escombros de un pilar que se había desmoronado. ¿Una muñeca abandonada? Creo que no, parecía de carne y hueso, sentí que presionó mi dedo. Estaba viva. Fue extraño. Comencé a quitar los escombros. Trataba de no las- timarme y no respirar, quería mover piedras que pesaban más que yo. Comencé a acomodarlas en el piso, como tra-

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ARTEMISA CAFÉ

tando de armar un rompecabezas, mis dedos comenzaron a sangrar. Finalmente la piedra se movió y sujeté el brazo, sólo era eso: un brazo, no el resto de su cuerpo. Con la respiración acelerada y el brazo de un pequeño desconocido, me quedé en medio del polvo, pero todo era confuso. Sólo dejé caer el brazo, ni siquiera rebotó. El Jefe Tirantes despidió a todo su gabinete. La capital se convirtió en un lugar sin ley, la delincuencia se dispa- ró, familias enteras comenzaron a abandonar la ciudad. Las autopistas estaban saturadas. Explosiones en ferias, universidades, mercados, en estaciones del Metrobús, en autobuses, en televisaras, radiodifusoras, estadios de fut- bol y centros comerciales. Se declaró estado de sitio. Estaba en Palacio Nacional. Para el gran comunicado fueron invitadas todas las cor- poraciones de seguridad pública. Por supuesto la Policía Federal. Así que ahí estábamos con nuestro espectacular armamento. Aún recuerdo el discurso, el del Jefe Tirantes, diecio- cho días después del ataque pidió disculpas a familiares de las víctimas por los atentados de los Leopardos. Y es que pude ver su boca moverse, pero sólo eso, hablaba en terce- ra persona para decir lo siento, y sólo porque la Comisión de Derechos Humanos se lo había recomendado. Ese día hubiera sido capaz de tomar mi AR-15 y volarle los sesos; entonces su costoso traje se arruinaría con su sangre. Pero una bala no sería tan dolorosa, entonces que entrara una turba y lo linchara o que una estampida de ado- lescentes lo aplastara. Ni muriendo quince veces ajustaría cuentas. Regresé a mi apartamento y me sentí mal, mucho peor que los días anteriores; todo era una mierda; di vueltas, pa- recía un león enjaulado, le subí el volumen a la música, prendí un cigarro, prendí otro. Cuando empiné la botella y ésta se acabo, la agarré del cuello y la rompí contra mi

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Israel Terrón Holtzeimer

cabeza, pero lo que se rompió fue mi cabeza. Me dormí creyendo que moriría desangrado, pero el maldito desper- tador sonó:

Ti tititi-ti tititi-ti tititi-titititi-ti tititi-ti titiu uooo

Parece que no despertará nunca. Me paro en la ventana y el incendio en la torre arde intensamente. Ya se dieron cuenta de que hay gente adentro, eso dicen las noticias. Los bom- beros no pueden llegar hasta lo alto de las llamas. El lugar está verdaderamente inundando con luces rojas y azules. Es normal que las personas de la Ciudad de México odien a los Leopardos, pero el odio de Diana por los Leo- pardos es irracional. He llegado a pensar que sólo odia a Artemisa. Me pregunto si piensa en eso. Tal vez las drogas son su salvavidas, lo único que pueda protegerla de sus pensamientos

Ver la nube de esmog no me entusiasmó mucho, me detu-

ve. La fastuosa capital del país, tan cotidiana y predecible. -Ya estamos en México -le anuncié, inclinó la cabeza. -¿Sabes? -me dijo-, me encanta cuando haces cosas por mí -me abrazó con fuerza. Arranqué de nuevo y ella me sujetó más fuerte, lucía feliz. Entonces comentó que quería visitar a alguien, a al- guien que no sabía si seguía con vida -¿Te gustaría morir aquí? -me preguntó en la puerta del Panteón Dolores. -¿Morir? -encendí un cigarro. -Me refiero a ser enterrado aquí. -¿Por qué no? -exhalé la primera bocanada de humo

mientras apagaba el fósforo agitándolo-

Sería distintivo.

-¿Crees

muera?

que Artemisa será enterrada aquí cuando

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ARTEMISA CAFÉ

-¿Artemisa? ¿Bromeas? -mencioné con un esbozo

de risa. Volteó a verme, seria, tan seria como no la había visto.

-Yo lo haría -comentó dándome la espalda de

nuevo.

Hacía variasconversaciones tenía la impresión que Dia- na estaba ligada en algocon los Leopardos. Tenía miedo de preguntar; pero sabía situaciones que en el Departamento de Inteligencia muy apenas y conocíamos. Brincó la reja, suspiré y fui tras de ella. Mis zapatos An-

drea estaban sucios. No quería verme torpe brincando las rejas de la rotonda;hice mi mejor esfuerzo pero tropecé y caí como costal. Me levanté en seguida esperando que nadie

me hubiera visto. Mis zapatos Andrea estaban

Caminé hacia el interior de la Rotonda de los Hombres Ilustres mientras limpiaba mis manos de la tierra. Diana paseaba entre las tumbas en silencio, era como verla bailar

con ese tonto vestido de lentejuelas. -¿Por qué los mexicanos estamos tan fascinados con la muerte? -preguntó. -¿A qué te refieres? -Me pregunto si existe otro país en el mundo que ado- re tanto a la muerte. -¿Eso crees? -pregunté con algo de incredulidad. -Bailamos con los muertos, les preparamos comida, los adornamos con flores, les pedimos por los nuestros -¿Y cuál es el problema? -pregunté a la ligera. -Que es una gran estupidez: los muertos no deberían tener derecho a ser recordados. -No lo sé, Diana, tal vez no te gusta ser mexicana, eso es todo. -No es eso, tonto. A mí me gusta ser mexicana -miró

las criptas-

lo que no me gusta es que ellos sean me-

xicanos. -N adíe puede elegir en qué lado del ríonacer-comen- té con poca importancia, pero Diana me volteó a ver algo

más sucios.

66

Israel Terrón Holtzeimer

extrañada. Desvió su mirada, reflexiva, y siguió mirando las tumbas. -Solamente pido que se lleven sus recuerdos consigo -me dijo con un tono de voz más suave-, eso es todo y eso sería justo. Mientras veía a Diana molesta por nuestra cultura in- framundista, me preguntaba si los sueños no son como la muerte en episodios cortos. Tal vez la muerte sea un sueño sin final, donde el Infierno sea una larga pesadilla y el Pa- raíso como dejar de soñar. El cigarro se acababa de nuevo, cada vez más rápido. Y Diana que giraba, que flotaba Sobre las olas de Rosas marchitas. Y mi juventud que pestañea y se escurre en- tre sus dedos. Y en el mausoleo de Melchor Ocampo yo habría jurado protegerla del mundo, pero ella seguía gi- rando, como si diera vueltas Junto al manantial en un día soleado. -Creo que quieres preguntarme algo, pero no te atre- ves, ¿verdad?-me dijo. Me quedé callado, no quería decir nada, quería que todo siguiera igual. -Dime, ¿quieres? -insistía-. Prometo decirte la ver- dad, siempre lo hago, ¿no? No podía morder mis labios para siempre, mis dientes eran una máquina letal de carne humana. -¿Sigues a los Leopardos? -pregunté sin rodeos. -¿A los Leopardos? -Sólo quiero saber si perteneces a los Leopardos de Artemisa. -No. -¿No? -Sí. -¿Sí? -¡No! -Diana, deja de jugar, ¿quieres?

67

ARTEMISA CAFÉ

-No estoy jugando, una doble negación es una afirma- ción. Ésa es una clásica artimaña que utilizan los policías para poner nerviosos a los sospechosos que interrogan. Me quedé en silencio; mi sueño, hambre y ganas de discutir desaparecieron. -¿No vas a confesarme que eres policía?-preguntó. -¿Policía?¿ De qué hablas?¿Porqué lo dices?-comen- té con algo de inquietud. -Bueno. No todas las personas traen en su billetera una credencial acreditada por la Policía Federal. -¿Mi billetera? ¿Revisaste mi billetera? -Oye, no esperes que me acueste con alguien sin ver

dentro de su billetera. -¿Pero cuando la viste? ¿Cuándo revisaste mi -Duermes mucho, la vi cuando dormías. -Ni siquiera he dormido en estos días. -Media hora ayer, veinte minutos el sábado, treinta y cinco el viernes, cuarenta -Olvídalo, ¿quieres? -interrumpí-. Sólo olvídalo. Me senté como un niño de preescolar tratando de revi- sar mi billetera sin que ella se diera cuenta. No esperaría que faltara algo, sólo que ya no sabía qué esperar de ella. Cuando levanté la cabeza, Diana ya no estaba en la ro- tonda, siempre desaparecía. Comencé a caminar por las avenidas del Panteón Dolores, pero ni siquiera las sombras se parecían a ella. Brinqué el enrejado del Cimitero Italiano; como carta de presentación: la exclusivailápida de Tina Modotti. In- mortalízame instantáneamente por cada flor revolucionaria que pise intencionalmente. Por fin la encontré en el Deuts- cher Friedhiof: drogada hasta los huesos, pero sus huesos no eran anchos. Me senté frente a ella. -¿Sabes? -me dijo algo entumida-, alguna vez escu-

las estrellas que brillan ahora murieron hace mucho

tiempo, algo tonto, ¿no?Han brillado desde hace miles de

?

ché que

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Israel Terrón Holtzeimer

años y brillarán por miles más, pero no son más que un reflejotardío de lo que fueron, ¿nolocrees, Federico?Dime, ¿qué nos hace pensar que este mundo no desapareció hace miles de años? Nada, absolutamente nada. Miré el cielo, no había estrellas, era de día todavía. Bajé la cabeza y sujeté un puñado de tierra, ésta comenzó a des- vanecerse en mi mano, caía lentamente como un reloj de arena. Diana habló sobre los árboles, sobre las rocas, sobre el viento, sobre las hormigas. Era como una inyección de adrenalina cuando se levan- taba y comenzaba a caminar.Caminaba entre los árboles de la tercera sección del Bosque de Chapultepec; empezaba a obscurecer. -Diana -pregunté-, ¿por qué caminas en medio de la nada? -¿En medio de la nada? [Estamos en medio de la ciu- dad más grande del mundo! No dejó de caminar entre la maleza. Yotenía que ir casi corriendo, ya me estaba cansando, el bosque parecía inter- minable. Yde repente se detuvo, me detuve detrás de ella:

una enorme casa estaba frente a nosotros. Diana siguió su camino sin decir palabra alguna, se aco- modó su vestido de lentejuelas y medio peinó su cabello. Guardó sus lentes de armazón azul, eso me sorprendió bas- tante. En la entrada se dispuso a tocar el timbre, esperó algunos minutos, alguien respondió por el interfaz. -¿Sí? -se escuchó una voz de anciana. -Hola, buenas tardes -respondió Diana por el inter- faz-, quisiera tomar algo de té con leche y mucha miel, por favor. Me quedé con mi mirada de reserva, la puerta se abrió en seguida y Diana entró a la casa. Me quedé con las manos en las bolsas; cada vez desconfiaba más que Diana me es- tuviera diciendo la verdad. Y es que un mentiroso sabe reconocer a otro mentiroso

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ARTEMISA CAFÉ

Quisiera que pasara algo, lo que fuera, yo siempre quise conquistar al mundo, pero siempre estuve a un mundo de hacerlo. Ahora me siento en una vitrina, en una tribuna sin nadie de mi lado. Siguiente expediente: El Pueblo de México contra el ciudadano Federico Rascón. Esto ha sido siempre, ¿por qué ahora me siento vulnerable? Deben ser lo peores diez días en la historia de México y yo quisiera que esto comenzara de nuevo, y verla fresca, como una fru- ta científica en un jardín secreto

La señora Lammermoor sirvió a Diana una taza de té con leche en la mesa; tenía un elegante recipiente para la miel. Diana se puso el pañuelo como babero y tomaba el té con una extraña elegancia, como si se burlara de la elegancia siendo elegante. La refinada señora puso una taza de té frente a mí, des- pués puso varias piezas de pan dulce en el centro y Diana comenzó a comer. Pieza tras pieza se acabó el pan ella sola; no la había visto comer así desde el primer día que la lleve al bufet de la colonia Roma. La señora Lammermoor, que no dejaba de hablar, puso más piezas de pan y Diana siguió comiendo mientras la escuchaba. ¿Cuántos metros cúbicos de té con leche puede absorber un panqué? ¿Cuántos una mantecada? La señora Lammer- moor contaba historias tan inverosímiles: fantasmas, hom- bres lobos, vampiros, momias. Era como transportarnos al México colonial. Comencé a sentir mucho sueño, tenía la cabeza apoya- da sobre mi mano izquierda y cerré los párpados. A veces pensaba en esconderme de Diana, las ondas cerebrales co- menzaban a descender sus hercios. Me sentía tan pesado que hasta en una servilleta podría sostenerme; sí, sólo de- seaba algo de morfina, un poco de MOR, No MOR, alguien fingió toser. Abrí los ojos, Diana y la señora Lammermoor

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Israel Terrón Holtzeimer

me miraban fijamente desde el otro extremo de la mesa. Me enderecé en seguida. -Holgazán -murmuró Diana sorbiendo su té. -¿Y el monstruo, señora Lammermoor? -pregunté tratando de demostrar que no había dejado de escuchar la conversación.

-Está

encerrado -respondió

con ese hilo quebradizo

de su voz. -¿No tiene miedo que se escape?

-Le diré algo, joven --colocó su taza sobre el plato con

su el tiempo necesario para enamorarte necesario son sólo unos cuantos días

y algunas veces una fulminante mirada es más que suficiente. Pero si se excede, joven -me miró agudamente-, ese dul- ce sentimiento de amor se convertirá en una letal obsesión. Me quedé confundido, su respuesta no respondía a mi pregunta en lo absoluto. Lo que menos necesitaba era que una anciana solitaria me hablara de amor. Intenté seguir con la conversación. -¿Se enamoró del monstruo, señora Lammermoor? -pregunté con cierto grado de estupidez. La señora Lammermoor y Diana comenzaron a reírse de mí. Me sentí como una mascota moviendo la cola por un hueso de plástico. Me levanté y me excusé para ir al baño. Caminaba entre todos sus recuerdos, los de la señora Lammermoor: su difunto marido, su difunto hermano. Al parecer descendían de escoceses. Desde que se quedó sola en el mundo no había vuelto a la ciudad. Vivía encerrada en esa casa en medio de la tercera sección del bosque. Un día, Diana caminaba sin sentido y dio con la man- sión. Desde entonces Diana la visitaba para escuchar sus historias de seres sobrenaturales que rondan el bosque. En cambio, la señora Lammermoor le daría té con leche siem- pre que lo quisiera.

sólo tienes que pasar a veces, el tiempo a veces unas horas

mano temblando-. En esta vida

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ARTEMISA CAFÉ

No tardé mucho en encontrar al monstruo de la señora Lammermoor. Se escucharon varios lamentos por los pasi- llos de la casa. Rebotaban. Entonces un lamento se escu- chó con mucha fuerza; me retraje por la impresión. Co- mencé a caminar, los lamentos parecían escucharse en todos lados. Caminaba tratando de no hacer ruido, pero la madera del piso crujía demasiado. Encontré unas escaleras al sótano. Estaba muy obscuro, encendí una vieja linterna colgada en la baranda de los escalones. Bajé lentamente abriéndome paso entre las tela- rañas. Un elegante vestido de novia colgaba en el aire, manchado con sangre. Una carta en el piso, semiarrugada, leída tantas veces que perdió el sentido. Había una antigua puerta de madera, tenía una escritura. Reconocí las letras, pero no pude leerlas. De repente la puerta se azotó desde el otro lado dándome un susto del carajo. Recordé la conversación de la señora Lammermoor, hablaba de haber encerrado a ese monstruo en el sóta- no. La puerta se azotaba con violencia mientras alguien sollozaba, como una niña. Con algo de miedo traté de acercarme. -¡Federico! Abrí los ojos, Diana llamaba desde el otro lado de la puerta. Me había dormido en el baño, tal vez algunos mi- nutos, tal vez nada. Salí y encontré a Diana en la terraza de la mansión; el viento sopló levemente y ella cruzó los brazos para prote- gerse del frío; contemplaba la aplastante obscuridad del bosque. En ese momento lo vi todo a blanco y negro. Sólo sus OJOS eran roJOS. Puse mi saco sobre sus hombros y me paré a un lado de ella. Su velada no era romántica, sus estrellas, su luna, todo era indiferente. No había héroes ni príncipes azules, sólo estaba yo, que siempre fui el antagónico de cada histo- ria no publicada.

.

.

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Israel Terrón Holtzeirner

-¿Y bien? -pregunté-. Querías regresar antes del bicentenario. Mañana es quince de septiembre, ¿qué

sigue? -¿Qué hora es? -preguntó. -Las diez, creo son menos de las diez -me extrañé un poco-. Nunca te había importado la hora, ¿cuál es el problema? -Necesito llegar al hornabeque -respondió sin cam- biar su postura distraída. -¿Hornabeque? -¿Vas a repetir todo lo que digo?-me recriminó. Me quedé en silencio un momento.

si no

bajas aquí ya no podrás hacerlo, ya no hasta la terminal. -Quisiera dormir algo, en verdad siento que mi cabeza

va a explotar. No me respondió. No esperaría que hiciera algo dife-

rente por ello, siempre fui como su llavero antiséptico. -Sólo quiero saber si volveré a verte -pregunté. -No soy una caja de zapatos, no esperes que hable del futuro -finalmente movió sus ojos para mirarme-. ¿Crees

en el futuro, Federico? -me preguntó y caminó hacia la

puerta de la terraza. Antes de cruzar el marco plegó sus hombros para desha-

cerse de mi saco; éste cayó al piso. Diana se esfumó entre la obscuridad de la casa y sus muebles anticuados. Desvié

mi mirada, no podía imaginar el resto de mi vida sin escu-

char el dulce sonido de su voz. Cerré los ojos, diez segun-

dos; mañana serían diez días desde la masacre en el Ambe- res. Abrí los ojos, todo era a color de nuevo. Levanté mi saco y corrí tras de Diana

Ésta es la última estación, Federico -me dijo-

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VIII

Luna versus Diana en las páginas del Cosmopolitan

-¿CÓMO VEAARTEMISA?

-¿Y esa quién es o qué? -La líder de los Leopardos.

?

-Artemisa ha sido la causante de los atentados en la

-¿Los qué

ciudad.

-Ah,

sí, claro ya sabía quién era, sólo que no me

acordaba. -Bien, ¿y qué piensa de ella? ¿por qué lo hace o cómo está el rollo? -Bueno, ella dice que por la dignidad del pueblo, y que de esta manera piensa erradicar la corrupción en el

país. -¡Uh! Eso quisiera verlo, pues si las ratas no cambian, sólo se disfrazan, y por más alas que se pongan, de murcié- lagos no pasan pos' si yo aquí lo veo con los pinches poli- carpios cabrones que na' más andan viendo cómo chingar a una.

-¿No

cree que logre hacerlo, entonces?

-Pos'

estaría bien que lo lograra, pero, pos' estos ti-

pos se la han mascado así siempre. -¿A usted como le va con el

sabe? -¿Con mi qué o qué? -Discúlpeme, me refería, más que nada, me refiero a su trabajo en el sentido de los clientes. -Pos' mis clientes son fieles.

con el bueno, usted

-¿Sí

sí la han buscado aún con la situación actual?

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ARTEMISA CAFÉ

-Pos' hasta eso que sí me han bajado los ingresos,

digo, pero pos' ahí la llevo, mientras me alcance pa' com- prarle su leche a m' hija y unpasecillo pa' mí, no tendría por

Digo, pues me ha ido mucho peor en otros

tiempos y la he librado.

-¿No tiene algún resentimiento por este movimiento? -Pos na' más que no me toquen a mi niña y chupare- mos tranquilos.

qué quejarme

-¿Chup

? Ah, claro, tomar, beber, ¿verdad?

-Ay, güerito, cuando quieras, ya sabes. Mis labios es- tán bien delineaditos, mira.

-No, no, sólo fue una pequeña entrevista para reco-

lectar diferentes opiniones sobre los Leopardos tengo

que

tengo que irme, gracias por todo -Adiós, muñeco, vuelve pronto

Era impresionante el dominio que Diana tenía de la ciu- dad, era como si toda la metrópolis fuera su vecindario. El miedo, la tristeza, la incertidumbre de cada colonia. Vivir en la calle es una opción rentable, las ganancias superan dos veces el salario mínimo. Pero el costo por un pedazo propio en la tierra de nadie es tan brutal como denigrante. Diana conocía a cada niño de la calle, no dudaba que supie- ra el apodo de los diez mil que habitaban las coladeras y registros de Ciudad de México. -¡Dianita! -emocionada la saludó una niña. -Qué hay de nuevo, Pecas -contestó Diana. -Nada que la salve, apenas ayer me enteré que se car- garon al Caco.

Diana sin dejar de

cammar. -Pues el Caco, dicen que le echaron montón y que le dieron sus piquetes.

-¿Y ése quién es? -preguntó

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Israel Terrón Holtzeimer

Diana alzó los hombros. La Pecas lucía intangible, con la mirada en otra dimensión. Tenía en su mano una bolsa con mona, la mona los hace felices. En realidad sólo acepta- bles: los solventes suprimen el hambre y el frío, entonces su abrumadora soledad se vuelve alucinante, como luces de bengala a medianoche. Lamentablemente las bengalas no duran para siempre. Cada día en la vida de la Pecas parecía un fósforo consumiéndose. Se despidió de Diana. Seguimos caminando, a mí me dolían los pies, pero Diana parecía nunca cansarse. Siempre tenía la impresión de que se deslizaba sobre el asfalto como una bruja de Ca-

temaco sobre un cementerio

-Nunca menciones que eres policía -me advertía-, si empiezan a destazarte, no moveré un solo dedo. -Aunque no lo creas eso ya es ganancia -respondí. Estábamos sobre el registro de una coladera. Diana aventó su cigarroy se agachó para mover la tapa. -¿Sabes por qué las tapas de los registros son redon-

prohibido

das? -preguntó. -No, nunca se me había ocurrido preguntarme eso. -De esta forma aseguran que la tapa no se vaya hacia adentro.

por cierto, ¿no se necesita una herra-

mienta para poder mov ? Diana movió la tapa. Terminé de bajar las pegajosas es- caleras; el lugar apestaba y era obscuro, pero a Diana no le importaba, más aún con sus lentes de armazón azul, ella sabía el camino de memoria. Caminábamos por una tubería del sistema del drenaje pluvial, yo tomaba su brazo para no perderme, la obscuridad era muy pesada. -Este sistema fue comenzado por el gobierno anterior -me contaba-; pero el Jefe Tirantes canceló la construc- ción argumentando falta de presupuesto. -Bueno, nadie notaría un sistema pluvial a cincuenta metros de profundidad.

-Interesante

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ARTEMISA

CAFÉ

Israel Terrón Holtzeirner

Diana seguía caminando, parecía ir a ningún lugar, pero

Un helicóptero de la PGR parece que trata de comunicarse

seguridad entraron, encontraron el cadáver en estado de

con Diana ningún lugar era propio. Era como si los lugares perdieran su identidad para ser identidad de ella. Finalmente la obscuridad del drenaje terminó con un marco de luz que se dibujaba en la pared. Entramos, todos

descomposición. Levantaron el reporte como suicidio, a pesar de que las evidencias señalaban todo lo contrario. Cuando fueron in- formados de la existencia de una joven que vivía a su lado,

se nos quedaron viendo. Era el sótano de una casa, una casa

la

dieron como desaparecida. Cerraron la puerta de la casa

de esas antiguas, era como entrar a un laboratorio en las pe-

y

clausuraron. Antes de eso se llevaron todas las cosas de

lículas de El Santo: muy improvisado, cintas, televisores, cables, computadoras y demás estupideces tecnológicas. Ante el silencio y la mirada de todos, Diana caminó en- tre ellos y se sentó en una enorme silla imperial, aunque construida con materiales reciclados. Todos me seguían mirando y se cuestionaban con los ojos. En realidad sólo _eran seis tipos, tan raros que parecían normales. -Qué hay -saludé incipientemente, nadie contestó

con las personas dentro de la torre, los ilumina con su faro. Tal vez comience el rescate; una vez abajo serán arresta- dos, entonces hablarán y el movimiento habrá terminado. Estoy seguro de que la imagen del Jefe Tirantes mejorará si muestra las cabezas de los Leopardos en la Alhóndiga de Granaditas. El helicóptero pierde altura, sólo fue un destello desde la ventana, se desploma sobre la avenida. Es increíble, mo- rirán antes de ser capturados. Suspiré de incredulidad, miro a Diana, parece dormida. No puedo creer que se esté perdiendo esto

valor que encontraron. Con el dinero que Diana sacó del dobladillo de la corti- na, que era donde su madre escondía sus ahorros, tenía pensado ir hasta Québec, aprender algo de francés y des- pués embarcarse rumbo a Luxemburgo como polizonte de un barco de carga. Pero lo que tenía sólo le alcanzó para llegar hasta Monterrey. Caminaba por la Avenida Miguel Alemán con la intención de llegar a la frontera de aventón. Con unas monedas en el bolsillo de su overol, creyó le alcanzaría para comer en un pe- queño restaurante, así que entró y ordenó. Cuando se dieron cuenta de que no podía pagar la comida, el tipo que rostizaba los pollos se ofreció a liquidar la cuenta por ella. Así fue como Diana conoció a Meme; nunca supo su nombre realmente. Meme tenía casi cincuenta años, un aspecto muy des- alineado, pelo chino algo crecido, bigote mal rasurado, bra- zos fuertes con tatuajes de mala calidad, panza de cerveza, cicatrices por heridas de arma blanca y alguna por arma de fuego; era lo más parecido a un oso que Diana había visto. En el lugar todos le tenían respeto, más bien miedo. Cuando un borracho se ponía impertinente, le hablaban a Meme para sacarlo del restaurante. Una vez sacó a tres ti-

Cuando Diana abandonó su casa después de hallar asuma-

pos él solo, otra, le rompió la pierna a un sujeto por haberlo pisado mientras bajaban las escaleras. Ese día, mientras Meme rostizaba pollos y fumaba ma-

dre muerta, lo hizo sin pensar realmente en lo que seguía

rihuana en la cocina del establecimiento, Diana platicó con

por delante.

Después de cinco días, los vecinos se quejaron

él. A Meme se le hizo gracioso escucharla, hablaba de todo

del olor y llamaron a la policía. Cuando los elementos de

sin importancia. Se dio cuenta de que no tenía a nadie ni a

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ARTEMISA CAFÉ

dónde ir, que sus planes eran muy vagos y que no contaba con un solo céntimo. Por eso le ofreció el sofá de la casa de su hermano. Y es que Meme vivía con su hermano, quien ya llevaba meses tratando de echarlo. Diana no se separaba de Meme en todo el día. Lo espe- raba afuera del restaurante; cuando el jefe se iba, entraba y lo ayudaba en todo lo que podía; lo acompañaba en la noche cuando administraba a las putas que protegía, cuando com- praba y vendía droga. Las primeras noches Diana durmió en el sofá de la sala, después metió el sofá a la recámara de Meme. Se iba con él en la mañana y regresaba con él en la madrugada. Cuando Meme metía putas a su cuarto, Diana veía la televisión hasta que éstas se iban. A veces se hacía la dor- mida y Meme la cargaba y acostaba en el sofá: con sus mo- vimientos torpes, provocados por tantos años de abusos, tardaba hasta diez minutos en colocar el ventilador en la posición que más lo convenciera fuera mejor para Diana. Meme le enseñó muchas cosas a Diana: le mostró cómo enterrar una navaja de la forma más letal: "Una vez aden- tro, reina", le decía con su voz rasposa, "gírala para que la herida no cicatrice y el infeliz muera desangrado". Puso en sus manos un revólver, y mientras fumaba su churro de marihuana hecho con boletos de autobús, le in- dicaba cómo dispararle a las latas de cerveza: para los hom- bres que no le tienen miedo al infierno. Le explicó cómo rebajar la cocaína, cómo refinar la heroína. Siempre le dijo que el negocio de las drogas era no ser un drogadicto, que por eso no era rico; que el negocio de las putas era no acos- tarse con ellas, que por eso nunca tenía dinero. Diana caminaba equilibrándose sobre el riel del ferro- carril que dividía las colonias Linda Vista y Adolfo Prieto; la diferencia entre una y otra era notable. Meme comentó:

"Aquí se aplica perfectamente la frase de 'nacer en el lado equivocado de las vías"'.

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Israel Terrón Holtzeimer

Meme seguía tratando de aguantar la respiración que contenía para darse bien el toque. Finalmente Diana per- dió el equilibrio, sacó un cigarro y lo puso en su boca. Antes de poder encontrar el encendedor en su bolsi- llo, Meme, con todo el pesar de su panza, se levantó del tablón en donde estaba sentado y encendió el cigarro de Diana. -No entiendo -comentó Diana exhalando la primera bocanada de humo-, no te gusta que fume, pero siempre te levantas a encender mi cigarro. -Ante mi presencia ---contestó Meme mientras se sentaba en su tablón de nuevo-, ninguna reina encenderá su cigarro, para eso estamos los hombres: para dar fuego. Así ha sido desde las cavernas. Sin duda a Meme le asombraba la insensibilidad que Diana mostraba para la violencia, y es que cuando iba a ajustar cuentas con personas endeudadas, Diana podía mi- rar sin una sola reacción adversa cuando Meme golpeaba a sus clientes para escarmentarlos. Una vez se le pasó la mano con un tipo al que llamaban Rolas. La sangre llegó hasta los pies de Diana. -¿Está muerto? -preguntó Diana como si preguntara por el clima. -Sabrá Dios -respondió Meme soltando el cuerpo in- consciente del Rolas-. Mira huerquillo, si no tienes cómo pagar, mejor no te andes metiendo esta mierda porque aca- barás de la chingada -Rolas ya no podía escuchar a Meme, pero a Meme siempre le gustaba dar consejos a personas inconscientes. -¿Puedo picarlo con una vara? -Diana preguntó con el asombro de una niña a la que le enseñan un truco de magia nuevo. Meme volteó a verla algo extrañado, encendió un ci- garro manchado con sangre que sostenía en sus dedos y sonrió exhalando el humo de su boca.

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ARTEMISA CAFÉ

Meme con su

voz rasposa. -No lo sé, pero sería genial. Meme se hizo a un lado, Diana se acercó y comenzó a punzar la cara del Rolas: su mejilla, levantó su labio supe- rior, abrió su parpado izquierdo. -Qué asco ser un tipo así -dijo Diana dejando la vara insertada en la nariz del Rolas. Después de pensarlo tanto, y con tanta cocaína frente a ella, simplemente enrolló un billete irrompible de veinte pesos e inhaló el polvo. Se quedó un tiempo esperando el efecto, pero poco lo entendió: sólo comenzó a sentir un sabor raro en la garganta, pasó su lengua por los labios. "No es la gran cosa", comentó. Tomó la navaja de afeitar de nuevo y cortó más. Cuando Meme estaba demasiado intoxicado, de repen- te le invitaba algo de su marihuana envuelta con papel do- rado de su cajetilla de cigarros. Esa noche Diana se maravi- lló con la televisión, con el ecualizador del estéreo, con los colores de los discos compactos puestos al revés y con la lámpara de lava que yacía sobre el buró. Pasaron los meses bajo el infernal calor de Monterrey. Los problemas de Meme con su hermano eran insostenibles:

discutían a diario, por la comida, por el olor a marihuana, por la luz, por la limpieza del baño y por todas las cosas que fue- ran pretexto para discutir. Diana sólo escuchaba recargada en la puerta. Comenzó a inhalar cocaína con más frecuencia. Ella se encargaba de cocinar la heroína que se inyectaba Meme. Una vez pensó que la cuchara estaba demasiado sucia e intentó cambiarla por una limpia del escurridor de trastes, pero Meme la detuvo y le comentó que el opio se cocina mejor en cucharas de plata. Viejo secreto de los ca- zadores de osos. A veces, Diana sólo se quedaba contemplando la venta- na mientras Meme roncaba y el ventilador giraba pávida-

-¿Eso

te divertiría, reina? -preguntó

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Israel Terrón Holtzeimer

mente, pero era insuficiente para las sulfúricas noches de Monterrey. Meme solía levantarse de madrugada y meter- se a la regadera para acostarse mojado; roncaba de nuevo. Diana se hacía la dormida, pero apenas escuchaba sus ron- quidos, abría los ojos. Una noche la luna había desaparecido, estaba más obs- cura de lo normal, el farol frente a la casa se había fundido por las altas temperaturas. Era la canícula de agosto. Meme se extrañó por esa inusual obscuridad, tenía la espalda su- dada y pensó en darse otro regaderazo. Simplemente se enderezó en su cama para levantarse, entonces vio unos ojos rojos dentro de su habitación que escapaban a la obs- curidad. -¡Ay, Diosito! -gritó del susto. Encendió la lámpara de inmediato. Suspiró aliviado cuando vio que se trataba de Diana. Sus ojos brillaban como los de un gato a medianoche. -Reina -preguntó Meme recuperando el aliento-, ¿no sabes quién se robó la luna? En la última discusión, Meme golpeó a su hermano y éste casi le saca los ojos con un tenedor oxidado. Meme viviría en casa de su hija, que no aceptaría a drogadictas bajo su techo, donde muy apenas y aceptó a Meme. Era en la carretera a Cadereyta donde Meme daba a Diana veinte dólares para que se embarcara rumbo a Reynosa, donde un amigo suyo le conseguiría trabajo en una maquiladora. Ahí estaría hasta que juntara el dinero suficiente para llegar a Québec. Meme no sabía dónde quedaba Québec, pero Diana había comentado que era hacia el norte, así que se despidió dándole su bendición. Diana no mencionó palabra alguna, sólo miraba sus manos torpes tratando de atinarle a la santa trinidad por sus parpados hinchados: "En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, amén". Fue como fue- go, cada punto en su pecho, sus labios.

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ARTEMISA CAFÉ

En la orilla de la carretera, sentada sobre una piedra, a ninguna persona miraba, ni un carro transitaba. Pasaron al- gunos minutos, Diana no encontraba explicación. Era la salida de la ciudad más industrializada del norte y sólo ella seguía sentada bajo el sol que poco a poco comenzaba a debilitarse. Suspiró, pensó en la soledad, en lo ridículo que sería ser una piedra; pensó en la posibilidad de que toda

la civilización se hubiese extinguido sin darse cuenta.

vez sea la única sobreviviente", se decía en voz baja, "tal vez

haya alguien más en el mundo creyendo que es el único sobreviviente".

En esos días de soledad podría tomar cualquier automó- vil y acelerar por las calles, podría dormir en las tiendas

departamentales y ver las enormes televisiones

"Tal

de electró-

nicos al mismo tiempo. Manejaría hasta Los Cabos para presenciar el espectáculo de las ballenas grises y cruzaría a California para subirse a todos los juegos de Disneylandia. Cuando levantó la mirada, un autobús estaba estaciona- do frente a ella con la puerta abierta. Sujetó su mochila y subió. Diana movió su cabeza y vio que el autobús estaba vacío. Caminó entre los asientos. Se sentó. Era la autopista número cuarenta y empezaba a obscurecer por la ventana

de Diana; no sabe si parpadeó, si fue un destello o si se asustó, pero cuando abrió los ojos el autobús se encontraba varado en China, un pequeño pueblo del estado de Nuevo León. Bajó, varias personas discutían: el camión se había descompuesto. Se dio cuenta de que iba con sobrecupo. -Podríamos dormir en el parque -alguien mencionó a su lado. -¿Y tú quién eres?-preguntó Diana sin voltear a verlo. -Me llamo Said -respondió-. Pero ya nos habíamos presentado, ¿recuerdas? Fui el que te cedió el asiento. Diana volteó a verlo, era un tipo muy flaco, cabello muy largo y barba crecida, con aretes en las orejas, vestía una playera negra de Pink Floyd.

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-¿Fumas?

-Said

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preguntó sacando una cajetilla de

cigarros. Caminaron rumbo al parque donde ya algunas personas se ordenaban para dormir en el pasto, otros en las bancas. Con las mochilas como almohadas, Diana y Said platicaban sobre música, sobre películas, sobre libros. En realidad sólo Said hablaba, Diana muy apenas y escuchaba. -¿Qué disco te gusta más? -preguntó Said- ¿The

Dark Said OfThe Moon o Wish You WereHere?

-Mientras sea Pink Floyd, para mí es lo mismo. -No ~respondió Said-, lo mismo es una enfermedad que te da en el lomo Finalmente la cajetilla de cigarros se acabó y Said se quedó dormido. Diana se levantó y comenzó a caminar sin rumbo por el pueblo; el silencio era tan atroz que el canto de los grillos era todo lo que se escuchaba de fondo. Las calles ya no eran pavimentadas y se convirtieron en cami- nos mal trazados de tierra. Por cada paso que daba, era como si polvo eléctrico de estrellas saliera de sus botas. Se encontró de frente con un cerro, pero la luz que bro- taba de la cúspide era inusual. Pensó en extraterrestres pla- neando cómo destruir el mundo. Buscó en el piso una pie- dra, un palo, algo con qué atacarlos. Comenzó a subir con mucha determinación; escalaba el cerro con las piernas y manos, tropezó dos veces. Ya en la cima se quedó sin palabras; la piedra que había recogido se cayó de su mano. Nunca había visto tanta agua en su vida, mucho menos una luna tan inmensa como la de esa madrugada. Había escuchado que la luna se alejaba de la Tierra tres centímetros al año, pero acercarse a esa distancia hubiera sacado de órbita al planeta colisionando en contra de ella. Entonces pensó que la única forma de seguir viviendo se- ría desapareciendo el pasado, destruyéndolo con sus pro- pias manos. Pensó que sería tan difícil como dejar su ima-

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ARTEMISACAFÉ

gen plasmada en la luna; pero si la luna fuera ella, no intentarlo sería ocultarse del sol, sabiendo que siempre la encontraría, en algún extraño rincón, escondida detrás de un farol. Caminó sobre el agua de la presa hasta que cayó de ro- dillas, cada lágrima se perdía en la inmensurable cantidad de agua. Con sus manos golpeaba la superficie, de impo- tencia, de rabia, pero las lágrimas seguían cayendo y nadie se daba cuenta:

¿Dónde diablos está lo lejos de aquí? ¿Ningún lugar es tan lejano como para no sentirse cerca? ¿Me escuchas, estúpida luna? ¡Dime que me escuchas! Habían pasado algunas estaciones desde que cruzó la puerta de su casa. Las ventanas estaban rotas, las paredes con grafiti, latas aplastadas de cerveza por todo el suelo. De todos los muebles que había sólo encontró algunos desva- lijados. Subió las escaleras para entrar a su cuarto, el polvo, la mugre; sólo se encontraba el tocador sin espejo. Abrió el primer cajón y encontró sus lentes de armazón azul, los limpió con su playera y se los puso. Fueron muchas las noches recorriendo los bajos mun- dos del Distrito Federal en busca de su pasado: entre dro- gas, alcohol y cigarros; entre sangre, saliva y semen

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IX

Ella, el gélido abismo y mi estómago vacío

SENTADOEN LAPENUMBRAde un jardín de

en agua brillante entre insectos de cobre y partículas de sonido envuelto con suave terciopelo. Diana parecía dormida, como si descansara sobre la at mósfera de Venus, colgada de los anillos de Saturno, prote gida por las tormentas de Neptuno, simplemente era la luna más encantadora de Júpiter, iluminada por el suave brillo de Urano, rodeada por los volcanes de Marte y des- pertando dos veces en Mercurio. Y yo como Coloso de Ro- das a su lado: frío e invisible, cayéndome a pedazos, vigi- lándola silenciosa y torpemente. Ésa era su habitación por debajo de la tierra; con una ligera brisa que nos alimentaba de aire simulaba la estela de un cometa. Había rosas de acrílico, libélulas de cobre, mariposas de tela, nubes de celofán y constelaciones de grafiti. La cama era de plástico translúcido llenada con gel de brillantina. La luna estaba a punto de colapsar contra la Tierra; pero jamás lo haría, era tan estática. -¿Te quedarás contemplando el cielo para siempre1 -preguntó. Bajé la mirada, Diana ya había vuelto de su viaje alrede- dor del Sistema Solar. Seguía acostada en su iluminadi cama. Yo, con cierta actitud de melancolía, comenté:

-¿Sabes?, la confusión a tu lado es el estado natural de las personas. Diana sólo me sonrió y se estiró en su cama de luz opa· ca. Entonces se sentó frente a mí, me veía con sus ojos ro- jos. Me dijo:

metal, flotando

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ARTEMISA CAFÉ

-No puedes reclamarme por nada, te he perdonado a

ti más que a nadie. Bajé la mirada y seguí enfrascado en mi guerra contra la cutícula de mis uñas. Con tanta ansiedad, sin sueño, mis dedos sufrían por el filo de mis dientes. Dientes de carnicero. Entonces tocó mis manos con las suyas. Sólo bastaba eso, sus suaves manos; nunca había sentido algo tan suave.

con su

dulce voz. Como si fuera un viejo reloj gigantesco, cuyo obsoleto mecanismo recobrara su funcionalidad con dificultad, las constelaciones y planetas sobre nuestras cabezas comenza- ron a girar lentamente hasta recobrar su normalidad. Era como ver el mundo a través de sus ojos, pero no quise im- presionarme con la rústica ostentación de su universo. La miré de nuevo. -Sólo tenía que helenizarte -comenté. -Hubiera sido sencillo pensarlo, así como se piensa en una receta de cocina sin apuntar los ingredientes. -Yo sólo -Soy lo mejor que te ha pasado en la vida, tonto -sen-

pedazo bueno que queda en tu po-

drida alma. Trataba de ver más allá de su vanidad. Se recostó sobre su translúcida cama, contemplaba las estrellas artificiales de su cuarto. Yo me rehusaba a verlas, no quería comenzar

-¿Puedes

ver todo lo que yo veo? -preguntó

tenció-, soy el único

a justificarla.

sólo no

me lo pidas. Me acosté a su lado, la tomé de la mano; una lluvia de basura espacial parecía apabullarnos y éramos como dos sa- télites artificiales estrellándonos en la estratosfera. De to- dos nuestros impulsos sólo prevalecería el más fuerte. Fuerte apreté su mano. Ella reía, y su risa lo era todo.

-¿Sabes? -me

dijo-. Yo puedo darte todo

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Israel Terrón Holtzeimer

"Heroin, be the death of me "

Heroin, it's my wife and

it's my life

Nos deslizamos entre el Cinturón de Asteroides, sortea- mos las saturadas órbitas de los gigantes exteriores, asamos bombones en la larga estela del cometa Ha/ley. Dijo que llegaríamos hasta el Ojo de Dios, no, hasta el Pilar de la Creación; pero la Nube de Oort fue tan densa que dimos la vuelta. La vida en armazón. Cruzando el Universo. En el parabrisas rosa, los sueños halados se impactaban impa- cientemente. Dijo que sacara mi cabeza para reírnos de los enanos, desde Haumea hasta Ceres. Lluvia de meteoritos chocando nuestros cascos. Esperamos tanto por una zona habitable, pero Fobos apareció de repente. Violando su masa deforme, [qué horror! Reímos ¡Cuánto temor! A car- cajadas. [Hijos de Laputa! ¡Crash! Quedamos esparcidos alrededor del Planeta Rojo sin poder poner los pies sobre la Tierra, nunca los pies sobre la Tierra; sólo de rodillas, sólo si te atreves a decir lo siento "Then thank God that I just don't care. And I guess I "

just don't know

El fuego sigue subiendo. Tras el colapso del helicóptero de la PGR, las cosas lucen más precipitadas, y es que ya están seguros de que los Leopardos están detrás de todo esto. Veo a Diana desmayada en la alfombra de un lujoso hotel de Polanco. A veces pienso que mis palabras no dicen nada y me pregunto qué tanto quiero decir. Suspiro sobre el cris- tal de la ventana y pienso en cómo terminará esto

Había amanecido ese 30 de julio cuando el agente Aura tomó la radio, pero antes de poder comunicarse lo detuve:

-¿No

recriminó.

creerás que haremos esto sin refuerzos? -me

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ARTEMISA CAFÉ

Israel Terrón Holtzeimer

-Claro que no -le extendí mi celular-, pero pídelos con esto. -¿Estás seguro, Rascón? -me cuestionó-. Nos va-

mos a echar encima a toda la policía municipal y, si estás

derramada. El líder, que seguía debajo de mis pies, prolife- raba una cantidad innumerable de maldiciones y amenazas. -¡Hijo de tu puta madre! -gritaba mientras force-

mal, será una estupidez que abramos la Caja de Pandora.

jeaba conmigo-. ¡Vasa ver quién manda en esta pinche ciudad, cabrón! ¡Yate cargó la chingada, pendejo!

-No

-¿Quién ordenó la ejecución de los federales hace dos

se trata de abrir la Caja de Pandora -recorté car- sino de cerrarla de una puta vez.

Nos bajamos, empuñamos nuestras armas y entramos a la casa. Precisamente habían tres sujetos; cuando nos

tucho-,

-¡Hey! -le grité-. ¿Sabes cuál es la diferencia entre

meses? -le pregunté jalándolo del cabello. -¡Cómo quieres que sepa, pendejo! ¡Ejecutamos a una docena de cabrones al día!

vieron se alarmaron y la situación se volvió caótica. So-

-Entonces

no habrá evolución para ti esta noche

metí al líder colocándolo boca abajo con mi rodilla en su espalda. -¡Tranquilo, vato, tranquilo! -me gritaba-. ¡Soy policía! -¿De verdad? -¡Puedo probarlo! -me decía desesperado-. ¡Sólo busca en mi cartera y verás mi identificación oficial! -¡Ya sé que eres policía, imbécil! -lo sujeté del cabe- llo-. ¡Ytambién sé en cuántas nóminas aparece tu nom- bre! -lo azoté contra la alfombra. El agente Aura no sabía a quién apuntar entre los otros dos. Cuando uno comenzó a correr disparé a su pierna, exactamente en la rodilla; ésta exploto en mil pedazos. El que quedaba tomó su pistola y se encañonó mutuamente con el agente Aura. -¡Baja el arma! -exigía Aura-. [Bájala! El tipo se veía tan nervioso que en cualquier momento dispararía.

un policía municipal y uno federal? -me miraba nervio- so-. [Punto sesenta y nueve segundos! -dije disparando en su brazo exactamente punto sesenta y nueve segundos antes que pudiera jalar del gatillo. Soltó el arma y el agente Aura lo sometió con más tran- quilidad. La alfombra seguía estropeándose por la sangre

-crack, rompí su dedo pulgar. -¡No mames, cabrón, no mames! -¡Quién ordenó la ejecución de los federales, cabrón! -¡Puta madre, cabrón, fue Cabeza de Vaca, él deci- de quién vive y quién muere en todo el pinche estado, no mames! -¿Dónde lo encuentro? -grité estrujándolo. -¡No lo sé, cabrón! [Tiene un rancho en Villahumada! ¡Eso es todo lo que sé! Azoté su cabeza contra el piso. Seguía proliferando mal- diciones por su dedo pulgar. Se escucharon las sirenas de refuerzos, luces rojas y azules en la ventana. El agente Aura respiró de nuevo. -¿Eso es cierto? -preguntó Aura algo más tranquilo. -Eso parece -me reincorporé-. Cabeza de Vacacon- trola gran parte del norte del país; no me sorprendería que de él saliera la orden. -No me refiero a Cabeza de Vaca,me refiero a lo de punto sesenta y nueve segundos. ¿De verdad somos más rápidos que ellos? -Sabrá la chingada -alcé los hombros-, pero este idiota se lo creyó -pateé el brazo del tipo al que había disparado. Saqué mi navaja y comencé a rasurarle la ceja. El agen- te Aura sonrió de resignación. Me levanté, guardé mi nava-

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111:

ARTEMISA CAFÉ

ja y fui al refrigerador. Tenían jamón y queso, comencé a prepararme un emparedado, destapé una botella de cerve- za. Mientras mis compañeros subían bruscamente a los po-

en nuestra frecuencia

licías a las camionetas, alguien entró

de comunicación con acento vulgar:

-¡Ey, pinches chotas! Suelten a esos compaz o los ba-

mos a serposo/e. El agente Aura volteó a verme. -¿Se puede hablar con faltas de ortografía?-preguntó.

Sólo me encogí de hombros y mordí

mi emparedado

-¡Policía come policía!-gritaba el tipo que vendía el Diario de la Tarde en el crucero. Era la portada, la noticia del día. Invité al agente Aura a

comer pizza en el mismo establecimiento donde mataron a Lara, García y Guzmán. El motivo era celebrar; yo en realidad me retorcía en mi asiento buscando a la chica de los ojos lindos, pero jamás di con ella. El día pasó y, como todos los días, se hizo de noche.

entiendo por qué no fueron tras de ti cuando ma-

-No

taron a Lara -me decía mientras conducía por la Óscar Flores. -Ya te dije que fue suerte, regresé a dejar propina cuando los emboscaron. -Pero ellos sabían que también formabas parte de la investigación, ¿o no? -No lo sé -le respondí con poco interés-, debieron creer que me asustaría. -Pues fueron muy pendejos -me dijo en tono de bur- la-, si supieran que eres más rencoroso que Chespirito no te la hubieran perdonado. -¿Sabes?, a veces no entiendo cómo son capaces de matar a sangre fría-hice el comentario recargadocontra el cristal de mi puerta. -Por favor -el agente Aura rió un poco-, tú eres la persona con más sangre fría que conozco.

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Israel Terrón Holtzeimer

-¿A qué te refieres? -Eres el federal que más ha asesinado a delincuentes durante sus operaciones. -Seguramente se lo merecían -comenté sin mucha importancia en la plática. -Nadie cuestiona eso, pero deberías ver tu rostro cuando lo haces -volteé a verlo-, realmente asustas. Tan sólo recuerdo cuando fue lo de Ateneo -¿Ateneo? -interrumpí-. El maldito me arrojó una piedra a la cara. ¿Qué esperabas que hiciera? -¡Asesinaste a cinco ejidatarios! -¡El bastardo me arrojó una piedra a la cara! -insis- tí-. [Venían a la guerra y guerra tuvieron! ¿Somos o no autoridad? Aura se quedó un momento en silencio, un minuto tal vez, tal vez lo hizo por respeto; su ánimo no daba para más. -De verdad pienso que no es tu culpa -me dijo-, y no lo digo porque estés a un lado de mí; si nos agraden te- nemos que responder. Sólo que a veces envidio la facilidad con que superas toda esta mierda. -Menos floresy más aeropuertos, es lo que siempre he dicho. Aura esbozó una pequeña risa. Finalmente se había re- lajado. -¿No sabes si Montes Urales es la misma calle que Avenida Jilotepec? -preguntó checando el mapa. -De Juárez sólo conozco tres cosas: que la ciudad no necesita un transporte semimasivo, que el Camino Real no sirve para nada y que la figura luminosa en el Cerro Bola no es Homero Simpson, sino Benito Juárez

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Doscientos años desde que Hidalgo gritó por nuestra inde- pendencia. Pareciera ser mucho tiempo, pero si lo medimos en generaciones no luce tan lejano. No entendí la brutali-

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ARTEMISA CAFÉ

dad de la colonización hasta que vi el mural de Diego Ri- vera en Palacio Nacional. El gran Elefante de México se sentía ofendido y lo expresó explícitamente en los cuerpos de cada indígena torturado, en la cara de los españoles de- formada por la codicia, en los ojos verdes de los hijos de cada indígena violada. Usaba mi más espectacular uni- forme y armamento de policíafederal, trescientos mil pesos sobre mis hombros para proteger alJefe Tirantes durante su discurso redentor en los jardines de Palacio Nacional. Esa vez recuerdo quitarme el pasamontañas para apreciar mejor y cerrar mi puño con fuerza; fue la única forma en que pude poner mi coraje a los pies de Cuauhtémoc

Era una noche tranquila. Diana y yo estábamos sentados sobre cajas apiladas de refrescos. Fue una suerte encontrar un puesto abierto. Diana tomaba mucho refresco, de dos tacos sólo comió la mitad de uno. Yoestaba en plena guerra contra la salsa roja. -Cuánta tranquilidad -comentó Diana-, finalmente se respira algo de paz en esta ciudad, ¿nolo crees, Federico? -El año pasado la ciudad estaba igual de vacía que ahora, ¿no recuerdas la paranoia de abril? -Pues sí, pero en ese entonces no se podía respirar -cubrió su boca con una servilleta. Reí un poco. Extraño era que Diana no cantara, sólo escuchaba la música de la vieja radio que estaba encendida en el puesto. Ponía especial atención, ella no ponía atención a nada. "Alimaña, culebra ponzoñosa, deshecho de la vida, te odio y te desprecio." -¿Has visto a las ratas almorzar por las madrugadas? -preguntó-. He escuchado que comen de todo. Pueden comerse tu avena de las mañanas o tus piernas cuando duermes, pero eso no es su culpa. Dicen que son una plaga, pero no tienen que ser malas, ¿o sí?

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Israel Terrón Holtzeimer

Mi madre siempre me dijo que no hablara con la boca

llena, así que no contestaba a ninguna de sus preguntas. -¿Estás llorando? -preguntó-. ¿Te sientes triste por

las ratas? -Es la salsa roja -contesté pasando todo por la gar-

ganta-,

arde como el infierno. por qué diablos sigues tragando?

-¿Y

-Es cuestión de orgullo-respondí tajantemente. -¿Alguna vez has llorado de tristeza? -No creo no que yo recuerde. -¿En serio? ¿Nunca? ¿De amor? ¿Jamás? -No -me limpiaba con la manga-. El amor es sólo para los tontos. -Eres un cabezadura, ¿losabías?Si yo quisiera te haría llorar como niña. -Créeme -le dije con una sonrisa-, desde que te co- nocí me he preparado para tu abandono. -¿Tienes miedo de que te deje? ¿Lo tienes? -pre-

guntó con la emoción de una niña al desenvolver un regalo de cumpleaños.

La miré algo más serio. No quería verme vulnerable

frente a ella:

-No es que tenga miedo; pero tarde o temprano lo espero. Sonrió satisfecha, seguía escuchando. De repente re- flexionaba, de repente preguntaba cosas tristes. -¿Nunca te has sentido indefenso? ¿Tan incapaz de hacerle frente a una miserable mosca? -me preguntó como si estuviera en otro mundo-. ¿Sabes? Si hubiera sido fuerte, hubiera podido llorar por mi mamá. Creo que fue una buena madre. Nunca he tenido otra, pero realmen- te creo que ella fue buena. Me quedé contemplando su comentario, esperando una reacción distinta a la acostumbrada, pero Diana era la persona menos acostumbrada del mundo. Recordé la ma-

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ARTEMISA CAFÉ

ñana que mi madre llamó a las siete de la mañana para de- cirme que el viejo había muerto. Estaba tan molesto por- que tendría que levantarme temprano en un día que no era necesario. Con sueño busqué ropa para ponerme. Mi traje

negro, mi corbata mal anudada. Cuando llegué al velorio, lo único que pude pensar era en el hambre que tenía. Ese día, mientras mi madre derra- maba lágrima tras lágrima, sentí que no lloraba por su au- sencia, puesto que el viejo fue la persona más ausente de la casa. Sentí que sus lágrimas eran por todas las promesas que el viejo no cumplió. Tal vez tenía la lejana esperan- za que las cumpliría algún día, pero ahora eso se había ido al diablo. Apenas me vio parado en la puerta corrió para

abrazarme; al parecer la estafeta como el hombre era ahora mía. Miraba a cada una de las personas

ban: hermanas de la iglesia, tías, primas, vecinas:

¿Quiénes son ustedes? ¿Quiénes se creen para llorar a muertos que no les per- tenecen? ¿Si el mundo fuera de papel, cuántas lágrimas innecesa- rias derramarían? Vuelos directos desde Salt Lake Ciry salieron rumbo a Mexico City. Ahí estaban mis hermanas, gimoteando con sus lágrimas de Gatorade sobre mi hombro. No llorar por los muertos es una falta de respeto. Ni siquiera me ofrecí a ayudar cuando el féretro casi se les caía de las manos a los cavadores del cementerio. Cada margarita de la ciudad lloró la partida del viejo, que se fue sin despedirse, y sin despedirme miraba cada pala de tierra que caía sobre el féretro, mis manos en las bolsas, mi corbata ondeando en el viento. Los hombres no lloran, lo que siempre me decía fue mi excusa perfecta Sin darme cuenta me distraje, fue sólo poco tiempo. Diana estaba alimentando a un perro callejero con las so- bras de sus tacos. Me quedé mirando contrariado.

de la casa que llora-

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Israel Terrón Holtzeimer

-Perro

cuerda algo.

come perro --comenté

al aire-,

eso me re-

-¿En

nada te dolió la muerte de tu padre? -me

pre-

guntó.

-No

lo sé, no creo.

-Algo tuvo que dolerte. Todo en esta vida duele. Ésa es una ley más sólida que la manzana que cayó en la cabeza de Newton. -La verdad creo que me dolió más cuando mi madre se fue a Estados Unidos con mis hermanas.

dijo mientras pateaba al

perro para ahuyentarlo-. Ésta es la cena más romántica que he tenido

-¿Sabes,

Federico? -me

Siento que me duele la cabeza, es sólo un remordimiento, tal vez un preludio, no lo sé. Detrás del espejo del baño hay algunos analgésicos, cuatro para empezar, dos más, seis aspirinas en total con algo de whisky. Miro a Diana mientras termino de pasarlas por la garganta, sus lindas piernas flacas, siempre con banditas en ellas; recuerdo que fue lo primero que vi aquel día en las escalinatas del Monumento a la Independencia, y recuerdo lo bien que se veía

-Qué hay-saludé incipientemente. Nadie respondió. No quería ni siquiera pensar que todos ellos eran una bola de pendejos a los que Diana recolectaba para no

aburrirse, y mucho menos que yo sería el nuevo inquili- no en el condominio de sus divagaciones.

uno de ellos

aparentando tranquilidad.

en todos lados más

que en nmguno.

-¿Dónde

-Por

ahí

estabas, Diana? -preguntó

-respondía

Diana-

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ARTEMISA CAFÉ

-Más de una semana sin saber de ti -insistía el tipo-,

¿crees que eso está bien? Diana lo miró con su sonrisa de muñeca inflable, menos aire esta vez. Sus ojos parecían desbordar sus lentes de ar- mazón azul para no ocultar la expresión de su mirada. -Creer o no creer -dijo-, ésa es la cuestión. -¡Sabes todo lo que hemos trabajado! -le reclamaba más alterado-. ¡No voy a dejar que todo esto se vaya al diablo por tus estúpidas banalidades!

-¿Me estás diciendo banal? -preguntó

Diana en tono

de burla. Un tonto en silencio con una culpa que no le cabía en el pecho. Es como ofrecerle una copa de vino a un alcohó- lico. Pero ver mágica a Diana flotando en una sábana de fresa sobre su enrizado cabello crespo era algo que hacía para celebrar la estupidez de no saber escuchar la diferen- cia entre la S y la Z. Por eso Rodríguez, que vestía siempre de negro, se mantenía en silencio, pero no por mucho

tiempo. -¿Por qué no te llevaste el celular? ¿Por qué regresas hasta ahora? ¿Qué demonios pasa contigo, Diana?

-No,

no

no hay por qué enojarse -interrumpió

Ro-

dríguez-, tenemos tiempo suficiente aún, por eso regresó.

¿Verdad, Diana?, dile que por eso regresaste. Quintino, el tipo regordete que reclamaba, se sentó sin dejar de ver despectivamente a Diana, que ni siquiera cambió su postura ante el reclamo de ese más viejo del círculo.

de la puerta, no había dado un

Yo seguía parado debajo

solo paso hacia ellos. Miré a Diana sentada en su silla im- perial reciclada; era como si la distancia entre ella y yo se hubiera multiplicado, como si todo lo que nos mantenía se hubiera devaluado. En esos momentos no quería pensar nada, porque todo lo que hubiera pensado sería en lasti- marla. Era como si sólo quedáramos ella y yo en medio de

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Israel Terrón Holtzeimer

un inmenso abismo, sin color, sólo lo rojo de sus ojos, lo

cínico de su sonrisa, sus uñas pintadas, su universo podrido capaz de podrir todas las manzanas de la canasta. -La idea de los fuegos artificiales me parece estupen- da -decía un tipo con atuendo paramilitar, con esa apa- riencia de bañarse en un río contaminado con detergente para platos-, lo que no entiendo es por qué tenemos que hacerlo nosotros mismos.

Diana-, es la cereza

en un pastel de ese rico chantilly que tanto te gusta, no querrás que alguien más se quede con el crédito, ¿o sí? -¿De qué hablas? -continuaba Servín restándose im- portancia, como si necesitara la razón de algo que le había sido negado-. Si quisiéramos presumir este movimiento -miró lascivamente a Quintino-, no hubiéramos gestio-

-Mi querido Servín -respondía

nado nuestras muertes

-¿Qué pasa contigo, viejo? -preguntó Franco sobre mi hombro.

-Pediré

que exhumen el cadáver para realizarle prue-

bas de ADN -respondí

tas del cementerio.

sentado sobre una de las tantas crip-

-Estás

loco si crees que Anchando aceptará semejante

estupidez.

-¿Por

qué no?

-Es

la segunda vez que una línea de investigación

tuya nos trae a un cementerio.

-Todo

el perfil encaja perfectamente

-comenté

arrojando una piedra contra la cruz; ésta rebotó en el epi-

tafio. -No tienes ni una sola evidencia para que te autoricen esta profanación.

-La

mocencia.

.

.

ausencia de evidencias no es una evidencia de

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ARTEMISA CAFÉ

-Debes aprender a ser más humilde, Rascón, y a en- tender que no siempre se puede tener la razón -quitó la piedra del epitafio-, nunca siempre se puede tener la razón. -¿Sabes, Franco? Definitivamente este mundo sería un lugar mucho mejor si los muertos pudieran hablar -balbuceé mordiendo el aire que pasaba. Suspiré mientras me dejaba caer sobre la tumba con los brazosabiertos. La cruz de cabeza, no, de cabeza yo. Cada palabra disfrazada era un clavo oxidado que atravesaba mis manos. Estaba tan acostumbrado a esto que ya ni siquiera sangraba. Entonces leí el epitafio:

Hay cosas conocidasy cosas desconocidas. Y en el medio están las puertas

En el Departamento de Inteligencia parecían celebrar

cada vez que me equivocaba. Desde ese momento ya cual- quiera se creía capaz de contradecirme. A veces me queda- ba parado en medio de la agencia. Los veía a todos hacién- dose pendejos como siempre. Entendí que las puertas se

habían escondido de mí desde

hacía ya tiempo

-Sé que esto va a sonar raro -decía Martínez-, pero creo que estoy de acuerdo con Servín. Nunca nos arriesga- mos tanto, por eso el montaje hasta del tonto discurso en Ciencias Políticas. ¿No lo recuerdan? -Martínez -respondía Diana-, ¿Cuántos píxeles me- nos necesitas para arriesgarte por una solavez en tu vida? Martínez tenía la sangre liviana, el tipo agradaba, era como el Elmo de Plaza Sésamo, todos quieren a Elmo, lo apachurras y se ríe. Creo que por eso le arrojó una sonrisa pizpireta a Diana, como conformándose a vivir el resto de su vida en esa analogía poco argumentada

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Israel Terrón Holtzeimer

Estaba tragando papas fritas mientras destapaba una lata

de refresco, tenía mis piernas sobre la mesa de mi escritorio

y veía el discurso de la Facultad de Ciencias Políticas en internet. -¿Y bien? -preguntó Anchondo-. ¿Qué me pueden decir sobre el video?

-Hemos contactado a ciento treinta y dos personas que estuvieron ese día, señor --contestó Huitrón-, no hemos podido sacarmucha informaciónsobre la salidade Artemisa de Ciudad Universitaria o de su llegada; todos dicen que cuando se dieron cuenta ya estaba hablando sobre la tarima

y que desapareció tan rápido que no pudieron percatarse. -Tampoco hemos podido conseguir una copia de me- jor calidad para encontrar más datos sobre el video -agre- gó Solís. Anchondo no tardó en darse cuenta de que en su equi- po faltaba alguien. Buscó en los escritorios y me encontró tratando de sacar hasta el último pedazo de fritura que se hallaba en el fondo de mi bolsa de papas. -¡Rascón! -llamó-. ¿Qué demonios estás haciendo? Algo sorprendido bajé los pies del escritorio y arrojé la bolsa de frituras al cesto.

-Nada, señor-respondí-, -¿Y bien?

sólo analizando el video.

-Pues, pensándolo un poco, creo que el video es falso, señor. Todos voltearon a verme.

escuchaste las entrevistas de los testigos?

-cuestionó Huitrón algo fastidiado. -No, no las escuché; pero las leí, hasta la última pala- bra -azoté la pila de hojas sobre el escritorio-. Ciento treinta y dos pendejos diciendo lo mismo, que no hablan de nada que no se vea en el video. -¿Y en eso basas tu argumento? -preguntó Silva con sarcasmo.

-¿No

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-Bueno, verás -les expliqué con cierto grado de iro- nía-, las reacciones deberían tornarse más emotivas en las partes sobresalientes de su discurso, nunca se escucha un solo grito de aliento o a favor de ella. Francamente parece que están escuchando un aburrido mensaje del rector Na- rro bautizando la explanada de rectoría. -También pensábamos que los videos de tortura eran falsoshasta que llegaron las bolsas con los restos a la Seme- fo --comentó Vela. -Yo creo que estaban confundidos -dijo Silva-, no creo que muchos de los que estaban ahí supieran o creye- ran estar enfrente de Artemisa. -Eso está en el reporte de los testigos -aseguró Hui- trón-, la mayoría dijo que no supieron de quién se trataba hasta que el video fue publicado. Discretamente me enfadé, incluso hasta golpeé mi es- critorio con la pierna, y es que sabía que debí haber com- prado la bolsa de papas más grande

-Imagínense -Diana hablaba con alquímica fascina- ción-: sólo nosotros celebraremos el bicentenario en la torre más lujosa, en el piso más alto, con el mejor espec- táculo de pirotecnia jamás visto en el país. Y lo mejor de todo, pagado por el Jefe Tirantes. El plomo se había convertido en oro, pero sólo era cues-

tión de enterrar un poco las uñas para darse cuenta del co- bre. El Jefe Tirantes había preparado un espectáculo sin precedentes para las celebraciones del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana;

agosto tuvo que cancelar-

lo, no obstante ya tenía todo listo para la inauguración de la

pero desde el atentado del 13 de

torre más alta de Latinoamérica. -¿Y crees que con eso el Jefe Tirantes vaya a renun- ciar?-insistía irónicamente Servín-. Es capaz de correr a

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Israel Terrón Holtzeimer

todo su gabinete, pero él no se va, volamosveinte estacio- nes del Metro y ahí sigue.

-Tal

vez necesitábamos volar veintiuna -respondió

Diana-,

vez cualquier cosa

-Qué tal si mejor intervenimos su línea -argumentó Rodríguez, todos voltearon a verlo-. Sí, lo grabamos di- ciendo groserías y contratamos a una mujer para que haga un escándalo en televisión. -Ésa es una manera muy poco heroica de purificar a nuestro gobierno -despreció Servín.

tal vez necesitábamos a más idiotas suicidas, tal

-Bueno

-lo increpó Rodríguez-, para barrer el

aserrín no hace falta ser carpintero

El Departamento de Inteligencia estaba de cabeza, era como si un tsunami de café con leche semidescrema- da hubiera barrido con los escritorios de todos los agen- tes. Todos hablaban tan desordenadamente y a mí me dolía tanto la cabeza que cuatro aspirinas no fueron su- ficientes. -No hay un patrón coherente de las explosiones -de- cía Dávalos marcando en el mapa-. Al parecer los Leopar- dos se dividen en varias células que muestran independen- cia de acción en sus ataques. No están siguiendo objetivos específicos, ni siquiera claros. -Hay desde bastardos que se hacen explotar hasta bas- tardos que explotan a control remoto -agregaba Landa-, algunos buscan víctimas específicasy otros, masivas. Están por todos lados, señor. -Ya capturamos a dos -añadía Silva-, y sólo asegu- ran ser parte de los Leopardos, pero no hablan de la forma en que operan o de nombres o de alguna maldita ubica- ción de su centro de mando. Vela casi mató uno a golpes, pero ni así dijo algo el perro maldito.

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Cuando escuché eso me sorprendí un poco, dirigí mi mirada hacia Vela,y es que parecía ser la chica más feliz del mundo. Nunca imaginé que sería capaz de matar a alguien a golpes; creo que no imagino muchas cosas de todas las que pienso. Tal vez era una máquina de sexo. Le guiñé el ojo, se quedó algo confundida por ello. -Artemisa los prepara psicológicamente para soportar cualquier clase de tortura o presión -mencionó Dáva- los-. Hemos manejado la teoría de que los entrenan en Afganistán antes de formar parte de los Leopardos, señor. -Por favor-no pude aguantar mi silencio. -¿Qué sucede, Rascón?-preguntó Anchondo. -Imitadores, señor, simples imitadores. -¿A qué te refieres?-cuestionó Dávalos. -¿Saben la cantidad de personas que andan allá afuera

y que se sienten defraudadas por el gobierno? ¿Saben cuánta gente desea vengarse de esta sociedad tan podrida que tanto les ha fallado? ¿Lo saben? -continué con mi ar- gumento levantándome de mi asiento-. Explosiones en Ciudad Universitaria, en el Politécnico y en la UAM, ¿saben cuántos estudiantes fueron rechazados este año? ¿No?Más de ciento cincuenta mil. Explosiones en corporaciones y bancos, ¿saben la cantidad de personas que son despedidas injustamente? ¿La cantidad de personas que pagan seguros que los bancos hacen hasta lo imposible para no hacer efec- tivos? ¿O qué tal todos esos que prometen paraísosfiscales

y que desaparecen sin dejar rastro? ¿Lo saben

-¿Crees que somos unos jodidos infelices como tú, Rascón? -apeló Huitrón-. Esas injusticias han sucedido siempre, ¿por qué hasta ahora estarían tomando venganza? -Dime, Huitrón, si fueras una puta, ¿cuántas piedras necesitaría arrojarte para que todos los misóginos de la ciu-

dad comiencen a apedrearte? -¿Por qué mejor no regresas al cementerio a inculpar a los muertos? -dijo dándome la espalda.

?

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Israel Terrón Holtzeimer

-¿Por qué mejor no me chupas las bolas, pendejo? -¿Por qué mejor no te rompo la maldita cara de una buena vez? -se dio la vuelta. -Se te rompen las uñas, maricón. -¡Suficiente contigo! -Huitrón se balanceó sobre mí para agredirme; algunos agentes lo detuvieron. -¡Cálmate, viejo! ¿Cuál es tu maldito problema? -in- tervino Solís. -¿Que cuál es mi maldito problema? -gritaba Hui- trón forcejeando con Solís-. [Este imbécil es mi maldito problema! -me señaló-. [Admite que fuiste tú quien en- vió los videos de Cieneguillas al Reforma! -¿Para qué haría eso? ¡No mames! -cuestionó Solís sujetándolo. -¡Porque Anchondo me encargó a mí arreglar la maldi- ta fuga y este hijo de perra sólo quiere joderme! -Reconoce que la cagaste y ya, pendejo -hice una sonrisa de satisfacciónque sólo Huitrón reconocería. -¡Ya déjense de mamadas y váyanse a vestir! -ordenó Anchondo-. ¿Yaolvidaron el discurso del Jefe Tirantes? [Tenernos guardia en Palacio Nacional! ¡Así que muevan el maldito culo! Todos pasaron a un lado de mí, desviaron su mirada para no verme. Alguien palmeó mi hombro, fue Anchondo; el viejo todavía confiaba en mí

-Y además -Diana mencionó sostenida en el aire-, es Quintino quien aparece en los créditos finales como idea original. ¿Alguienva a contradecir a Quintino? Era Diana sobre las nubes de Nunca jamás devorando a los inútiles niños perdidos, así como Cronos se comió a sus hijos. Quintino se sorprendió un poco. Todos lo miraban esperando su respuesta.

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-Pues, bueno -hablaba Quintino-, me gustan los fuegos artificiales. Diana giró en el aire satisfecha, como si hubiera recupe- rado su reloj en el estómago de un cocodrilo hambriento. -Sólo falta una cosa -preguntó Diana-, ¿qué carajos haremos con Artemisa? Yo seguía debajo de la puerta. Cuando Diana mencionó a Artemisa, levanté la mirada, todos voltearon a verme. Miré a Diana y ella me sonrió con esa sonrisa infantil que a veces amaba y en otras odiaba tanto. Sólo trataba de entender la naturaleza del magnetismo, de las energías obscuras, la implosión de los planetas, el poder de la antimateria. Sentía como si cayera en un abis- mo, sin campo gravitacional, sin oxígeno, sin una sola po- sibilidad de morir antes de tocar fondo. Comprendí que Diana era de nadie, transnacional, sin bandera: el águila devorando a la serpiente, la hoja de Maple, las barras y las estrellas para ella eran la misma mierda

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X

Purgatorio federal

"CUÁNTOMALDITORUIDO,cuánta pérdida de tiempo", pen- saba con mi manos cubriendo mis oídos. Así que decidí salir de El Clandestino, un foro en el Estado de México. Desde el movimiento, todas las bandas de punk anarquistas usa- ban el nombre de Artemisa para titularse: La Nostalgia de Artemisa, La Furia de Artemisa, Artemisa Movimiento. Anchondo me había encargado encontrarla y buscaba en

cualquier lugar por estúpido que pareciera, como leer unfla-

yer pegado en un poste donde decía: "Artemisa en El

Clan-

destino". En realidad decía: "El Infierno de Artemisa en El Clandestino"; pero parte del flayer estaba desprendido. Salí y encendí un cigarro. La peste era impresionante. Caminé por el puente de Río de los Remedios, el desagüe de la Ciudad de México. A ese río llega la mierda de veinte millones de capitalinos. Tal vez sólo la mitad; pero la mitad es bastante cuando hablamos de mierda. Lo miraba tan caudaloso, a nada del borde. Casas y comercios en las ori- llas. Se acostumbraron a la peste como se acostumbraron al

matrimonio. Me quedé a la mitad del puente. Recordé una conver- sación de mi padre en la mesa, yo acababa de llegar de la secundaria. En plena comida hablaba de un tipo que se suicidó aventándose desde ese mismo puente a las aguas de Río de los Remedios. La muerte fue provocada por el excremento que encontraron en sus pulmones. Yo ya no quise comer esa tarde. El tipo había perdido al amor de su vida, corrió de sus brazos y simplemente no pudo soportarlo.

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ARTEMISA CAFÉ

Su ropa rasgada ondeaba en el viento, sus lágrimas caían en las aguas negras. El regalo de Dios que echaste a perder. Sus zapatos rotos envueltos en bolsas de plástico. Parado en el borde, listo para recibir el castigo divino. Me lo diste todo y te fuiste. [Adiós, mundo de mierda! ¡Splash! Nadie puede flotar sobre las aguas negras. Me subí a la baranda del puente, abrí mis brazos para equilibrarme; el olor insoportable, miraba el agua burbu- jeante. Cerré los ojos, quise pensar por un momento. ¿Qué sería de mi muerte? Nadie sabe lo que existe después de la muerte, pero seguro es mejor que ser viejo. -¡Oye, primo! -me gritó un viejo que pasaba-. [No ensucies más el caño, coño! Bajé mis brazos y abrí los ojos. Siempre dicen que estoy loco, pero eso era demasiado: morir en Río de los Reme- dios definitivamente no era mi estilo

Faltan pocos pisos, los bomberos apenas pudieron llegar hasta el piso veinte. Los Leopardos estarán más allá del piso sesenta, están completamente desahuciados. Sorpren- dido, miro cómo uno de ellos se lanza al vacío. Traté de tomar el tiempo que demoró en estrellarse contra el piso, pero me fue imposible. La imagen de su cuerpo en televi- sión es como la de un huevo estrellado con demasiada salsa kétchup. Desearía que Diana lo hubiera visto. Ha pasado mucho tiempo, me pregunto si se quedó dormida

Ya le habían advertido al viejo que ni una gota de

o su hígado reventaría como globo de agua. Fue la última noche del 2009 cuando no pudo soportar la tentación de un trago.

licor más

Habían pasado pocos días en realidad, seguramente fue como una semana, pero el brillo en la mirada de mi madre

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Israel Terrón Holtzeimer

era tan distinto. Parecía como si hubiera renacido, su dina- mismo se había acelerado. Por primera vez en mucho tiem- po la televisión de la sala estaba apagada, y estaba seguro de que nadie volvería a prenderla. Mi madre estaba tan nerviosa, era la primera vez que iba a subirse a un avión, por fin podría conocer el templo más grande que tenía su Iglesia en el mundo. No quería olvidar nada mientras mis hermanas la apuraban, yo mismo me encargué de llevar sus maletas hasta el taxi. Con las prisas ni siquiera le alcanzó el tiempo para despedirse for- malmente de mí, sólo me gritó desde la ventanilla del auto mientras ondeaba su mano:"¡Federico, m' hijo! [Renta tu corazón; pero no lo vendas nunca!".

Metí mis manos a las bolsas, fruncí las cejas. Nunca en- tendí lo que quiso decir ese día. El taxi se fue finalmente y yo sería el encargado de cerrar la casa de los viejos para siempre. Entonces me quedé solo: entré y vi cada uno de los recuerdos sepultados a propósito: cada grito, cada dis- cusión, cada abrazo, cada pelotazo contra la puerta atorada del garaje. Bueno, algún día se tenían que ir para siempre. Eso era lo que esperaba desde que crecí.

Encontré sobre la mesa de centro la foto de

matri-

monio de los viejos. Mi padre con su camisa a medio desabrochar y pantalones acampanados, y ella con su cor- to vestido blanco y su peinado de los sesentas. La psico- delia del pastel se opacó por el poco brillo de las fotogra- fías Kodak. La saqué del marco, la doblé y la puse en mi billetera

-Bueno, licenciado, pues podría decirme todo lo que piensa de Artemisa.

te puedo decir? Es una tontería, comienza un

movimiento por los pobres que lo único que hace es joder a los pobres. Está sucediendo lo mismo que la revolución

-¿Qué

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ARTEMISA CAFÉ

de hace cien años. Esto lo único que provocará será más retroceso rumbo a la igualdad y justicia social. -¿De qué manera cree que podría terminar esto? - Te puedo decir que es un movimiento destinado al

fracaso. Vamos era mucho más

ba más peligrosa a la Liga Comunista Veintitrés de Sep- tiembre, con más orden, más presencia a lo largo del país. Los Leopardos son un problema que yo llamo exclusivo de la capital. En el norte ni les interesa y en el sur ni se enteran. Y pues bueno, en aquella, no sé si bien llamada guerra sucia mexicana, terminaron con la Liga Comunista. La diferencia ahora es que México es un país muy distinto al que era hace cuarenta y tantos años. En aquellos tiempos el Estado era fuerte; ahora, con esa rara idea de la democra- cia, el Estado se encuentra muy débil, por lo que el movi- miento de los Leopardos nos tomó muy mal parados a to- dos. En el presidencialismo del PRI, te aseguro que esto no

o al menos yo considera-

hubiera durado más de tres días.

-Aunando

la debilidad del Estado, como usted nos

acaba de mencionar, licenciado, ¿se puede esperar que este movimiento radical se extienda por un tiempo indefinido y, pues no sé, que pasen los años y sigamos sufriendo de estos sangrientos atentados como en el caso de España?

-No

la verdad es que México es un país secuestrado

por la inversión extranjera. No hay forma de ganarle al mundo hoy en día. Eso de la "soberanía" no es más que una palabra para adornar la Constitución. La globalización no da más para las soberanías, y sobre todo si hablamos de

países emergentes.

alguna similitud con otros movimientos en el

mundo, no sé, como lo es ETA en España o Sendero Lumi- noso en Perú? -No, ninguna, no se trata de ideología o separación, se trata de derrocar a un gobierno. Y más que nada, te digo, se trata de México. Fuera un país olvidado de ésos en

-¿Hay

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Israel Terrón Holtzeimer

Medio Oriente o del Cono Sur, podría pensarse, pero estás

hablando de un país cuya ubicación atenta contra la seguri- dad de la primera potencia del mundo, más allá de su big

siendo de enorme influencia en

todo lo que sucede en México.

de pla-

no se hará legal como en el caso de Marcos y la vere- mos desfilando en su caravana por todo el país? ¿Real- mente seguiremos escuchando de Artemisa por mucho tiempo?

mira, es cierto que el mexicano, que los mexica-

mac crisis -risas-

-¿Artemisa

sigue

será capturada o

asesinada o

-No

nos somos mucho a perdonar: perdonamos a Mario Marín, perdonamos a Ulises Ruiz, bueno, perdonamos hasta a

Gloria Trevi -risas-

misa; el movimiento ha sido violento y costoso en extremo. A diferencia del EZLN, Artemisa nunca ha buscado un diá- logo o representar a una minoría, nunca ha intentado un

cese al fuego. El Subcomediante Marcos -risas-

no, no era más que un tipo con pasamontañas que hacía comunicados desde un jardín en el Distrito Federal. Pero Artemisa, realmente pienso que ha excedido muchos lími- tes, tanto así que la gente que la apoyaba, hoy en día le

tiene miedo. Bueno, puedes verlo hasta en las publicacio-

nes de Machetearte -risas-

papel y tinta y ahora la desaprueban por completo. Creo que en el mejor de los casos, para ella por supuesto, será condenada a cincuenta años de prisión, ahí seguirá reci- biendo cartas de todo el país de personas que la apoyarán, ya sabes que nunca faltan los niñatos sin identidad que le gritan "espurio" al presidente -risas -Bueno, licenciado, creo que las palabras no hacen tanto daño como los zapatos.

sí, antes la defendían a

Pero

no creo que suceda con Arte-

bue-

pues

un zapatazo cualquier dip-

sómano puede esquivarlo; pero una mala palabra, ni cómo

agachar la cabeza -risas-

-No,

no

no lo creas tanto,

pero

bueno, regresando a

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ARTEMISA CAFÉ

Artemisa, definitivamente pienso que dejará de llamar la atención de los medios. Se escribirán ensayos sobre super- sonalidad, se publicarán libros sobre su filosofía,se harán infinidad de reportajes, programas especiales y todo eso para conseguir un poco más de rating Es más, no faltará el escritor fracasadoque trate de justificarlaescribiendo sobre su vida -risas. -¿Qué sucederá con el Jefe Tirantes? -Pues no mucho. No creo que este señor siga siendo parte de la vida pública del país seguramente terminará su periodo y seguirá de parásito en su partido. Tal vez ten- ga un sueldo de cincuenta mil pesos al mes en su cuenta de

realmente no creo que pase mu-

Banorte-risas- pero

cho con este señor ya. -Quisiera ponerlo, licenciado, en uno de esos casosex- traños, y bueno, no lo sé, pero que sucediera algo extraor- dinario y Artemisa ganara y la viéramos entrar a Los Pinos. Licenciado, ¿cómose imagina este escenario?

-Bueno

realmente sería algo difícil de imaginarse

pero, bueno, lo que yo vería sería una guerra por el poder que no tendría final, exactamente lo mismo que pasó cuan- do los revolucionarios entraron a la capital. Siguió una ola de traiciones, de asesinatos, de todo lo más podrido que puede acarrear la lucha por el poder. Lo más alarmante de todo, como lo estamos viendo aquí, sería la fuga del capital extranjero que, como siempre, afectaría a los más pobres. Nos atrasarían otros cien años y, en esta era globalizada, si

te atrasas ya no alcanzas a nadie. -Pues muchas gracias por su tiempo, licenciado.

-Para nada,

un placer como siempre, camarada

-Tu madre era muy bonita -me decía viendo la fotogra- fía de boda de los viejos-, muy delgadita Tu padre se parecía a Mick Jagger.

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Israel Terrón Holtzeimer

-Le gustaba mucho que le dijeran eso -comenté con una sonnsa. -Son idénticos -seguía sorprendida-, igual de feos los dos. Me quedé pensando un momento, no podría ser tan di- ferente a él después de todo. Pero decidí relajarme. -¿Y así son las ceremonias de la religión esa que dices? -preguntó. -No, en aquel tiempo mi madre todavía era católica. Bueno -volteé a verla-, aunque ser católico en México es más un topónimo que una religión. -¿Y por qué cambió de religión? -No lo sé nunca se lo pregunté realmente. Estaba boca arribaviendo las nubes entre el espacioque los árbolesme dejaban; Diana sobre una inmensa rama,boca abajo,con lospies colgando.Era el Edén de Ciudad Universi- taria,donde tantas veces me burlé de aquellosidiotasque se acostabanbajola sombrade losárbolesa enamorasemás.Creo que me habíaconvertidoen un completoidiota,platicandode películasque nadie conocey consumiendobrownies de mota. -No creí que fueras tan accesible-me dijo doblando la foto. -¿Por qué lo dices? -Desde aquella noche, en el Amberes, lo primero que pensé fue que eras un borracho homosexual confundido. Me refiero a que la gente siempre dice, tú sabes, que la primera impresión es la que cuenta; pero yo siempre he dicho que es la única. Sin embargo, ahora pienso que eres sólo un borracho confundido. -Dos de tres sigue siendo malo -traté de encontrar- me en su mirada-. ¿Qué sucedió en el Amberes? -No lo sé, no recuerdo, no me importa. Diana era tan genial, era como un helado de vainilla en un día soleado. Pensé si sería ella la que me esperaría en el aeropuerto cada vez que llegara.

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ARTEMISA

CAFÉ

-¿Piensas en casarte conmigo?-preguntó. -¿Qué? ¿Porqué lo dices?---comenté algosorprendido. -Esa cara de estúpido nunca te la había visto. -Bueno, no creo en este momento sería difícil----con- testaba tratando de salir ileso-; tal vez, cuando capturen a Artemisa y todo vuelva a la normalidad, podría pensarlo. -¿Cómo van a capturar a alguien que no existe? -¿Tú también lo piensas? -pregunté bastante ex- trañado. -Quiero vivir en el Castillo de Chapultepec. -¿En el Castillo? -Sí, y que la ceremonia sea en la Catedral Metropoli-

tana y la fiesta en

árbol-.

tución, uno de esos vestidos cortos como el de tu madre.

Sería realmente impresionante, ¿no lo crees? Yosólo sonreía.y la escuchaba hablar, no tenía que decir nada. Durante sus conversaciones, Diana se preguntaba y contestaba sola. Mis intervenciones poco le importaban. -Sí, yo vestiré con el uniforme de un general mexica- no durante la intervención francesa -comenté. -No lo hagas -dijo mirándome de frente

Bellas Artes. ¿Te imaginas?-se bajó del

Salir vestida de blanco hacia la Plaza de la Consti-

Golpeo mi cabeza contra la ventana, la torre arde, quisiera que Diana despertara. Camino en círculos, azoto la puerta del mueble donde está la televisión, llevo mis manos a la cabeza, me golpeo contra la alfombra, camino de un lado para otro. Odio este cuarto, en verdad lo odio, tengo ganas de gritar, de maldecir, de romper el cristal y cortarme en pedazos. Odio este país, odio ser mexicano, odio a Diana, la odio tanto, me siento tan enfermo, con tanto sueño, mal en verdad. Diana inconsciente, Diana no consciente. Yodemonio: Puedes hacerlo, lo que quieras. Recuerda lo puta que era, cuando la viste de rosa. La viste y pensaste

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Israel Terrón Holtzeirner

en cogerla como puerco. Pensabas en abofetearla mientras la obligabas a besarte. En su boca. Lo sacudías en su cara. Venirte en su. Yo ángel: Tantos pensamientos. Su dulce voz, su risa cínica. El corazón no da para más. La imaginabas flotando en tela fina. Caramelos y palabras tontas. Eso de enamo- rarse no es tan tonto después de todo, ¿es lo que piensas realmente? Yodemonio: Embarrar sus lágrimascon tu. Eso querías. Excita, ¿no? Que te suplicara. Entonces tú. Duro como piedra y te odia. Te pediría perdón por todo y estarías más duro que una piedra. Que lo hicieras como un animal, que la trataras como una perra. Yoángel: La mitad del cielo por sus ojos. Y vendiste tu alma. Eres ahora. Y mira. Tan inútil siquiera para hacerle daño. Nunca le harías daño. Así tengas que purgarte. Los días y la noche. Espinas inmaculadas. Emasculado antes de pensar en Agua fría y estas ojeras no se quitan. Diana sigue dormi- da, parece que dormirá para siempre. Dicen que siempre y nunca es lo mismo. Todo y nada igual hacen daño

Caminaba a la oficinadel director Anchondo. Realmente me preguntaba qué haríacon el dinero de mi liquidación.Tantas cosasque había hecho me parecían estar cobrando factura. -Director Anchondo, ¿quería verme? -Pasa, Rascón, siéntate. En realidad se miraba preocupado. Poco podría impor- tarme de verdad. -Escuché que dejaste de ir a Alcohólicos Anónimos -comentó. -Sí, verá, los Leopardos explotaron el lugar donde nos reuníamos. -¿De verdad?

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ARTEMISA CAFÉ

-No -reí un poco-, sólo que integrarme.

creo que nunca pude

-Bueno,

Rascón, la integración nunca ha sido tu fuerte.

Creo que reímos, al menos lo aparentábamos. -Encuentra a Artemisa -me dijo. -¿Qué? -reaccioné con algo de risa. -¿Ahora vas a decirme que no eres capaz de hacerlo? -Director, tiene a todo el Departamento de Inteligen- cia trabajando en ello. -Por favor -alzó la voz-, esos tipos son tan estúpidos que no encontrarían una cucaracha en su sopa Maruchan. Nos quedamos un poco en silencio, en realidad no po- día creer que me estuviera pidiendo eso. En verdad estaba desesperado; mientras la ciudad explotaba por todos lados, él buscaba las respuestas del crucigrama del diario de la mañana. -Trabajarás solo -me decía-, no compañeros, no horarios, no informes, no perfiles. Es lo que siempre has deseado, ¿no? Sólo te pido que me traigas a Artemisa, viva o muerta, no me importa. -Director -comenté a manera de resignación-, ¿sabe?, realmente dudo que Artemisa exista. Se levantó de su asiento de piel y dejó caer sobre el es- critorio una caja con afiches relacionados con ella. -¡Entonces, invéntala y me la traes! Suspiré. "Inventar a un monstruo", pensé, "en eso so- mos los mejores". Sujeté la caja, me levante y me dirigí hacia la puerta.

-Esto será lo último que haga por ti, Rascón -me dijo

antes de salir. Sólo me detuve, no

no quiero deberte nada. Encontraste a mi hijo y ahora esta-

mos a mano

Sólo lo miré por arriba del hombro. Él trataba de encon- trar las respuestas a su crucigrama. Salí y caminé por el pa- sillo con la caja en mis manos

lo miré de frente-

Ya

esto es todo, Rascón.

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Israel Terrón Holtzeimer

Fue un operativo en una exótica mansión, una narcofiesta, eso fue lo que nos dijeron. Entonces interrumpimos, some-

timos a todos. Ahí estaba Junior, uno de los más buscados por la SIEDO. Aseguramos todo lo que encontramos: armas, drogas, animales en peligro de extinción y prostitutas con acento argentino. Después llegó Anchondo con el Zanaho- rio, su patrón, y la narcofiesta se convirtió en una orgía fede- ral con drogas y alcohol. Algunos no quisieron participar. Lara hablaba sobre in- fecciones, García sobre una novia japonesa y Guzmán que necesitaba de un masaje especial primero. Yono me hubie-

ra interesado tanto, pero el ganado era muy bueno y esta-

ban asustadas, y eso me echaba a andar como locomotora en el porfiriato. No cabe duda de que lo mejor de penetrar a una puta por atrás es cuando te suplica que dejes de hacerlo; la sujetas

fuerte del cabello para ver sus lágrimas de rimel barato. Has-

ta sólo entonces se vuelve redituable embarrarse de mierda.

No fue fácil encontrar un baño desocupado en esa enor- me casa; tuve que caminar por varios pasillos, pero ahí estaba finalmente, tratando de lavarme sobre un lavabo con acabados de mármol. La voz del Zanahorio se escucha-

ba alterada, hablaba por teléfono en el pasillo; creía estar solo. Dejé de hacer ruido y puse especial atención. -¡Tengo a Junior, güey, no me vas a poner condiciones

ya te dije, güey! Sólo

a mí, pendejo! (Inaudible) ¡Pues

échale quinientos mil a la cuenta secreta y yo mismo te mando a Junior pa' Bogotá (Inaudible). ¡No te hagas pen- dejo, güey, ¡dólares! ¿Pa' qué chingaos quiero tus mugres pesos? (Inaudible). Ya sé, güey, que siempre son doscien-

tos; pero ahora no estoy sólo, me están pidiendo cuentas

no, no, le voy a dejar la mitad a An-

(Inaudible). Le voy

chondo ahí pa' que se reparta entre sus muchachos tam- bién (Inaudible). ¡Pues el aguinaldo, cabrón! Tengo que tener contenta a la perrada si no se me alebrestan (Inaudi-

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1~

ARTEMISA CAFÉ

ble) Pues tienes dos horas, güey (Inaudible). No, no, aquí ni qué la chingada, cabrón: cooperas o cuello. Así de simple (Inaudible). Órale pues, te espero Tal vez me precipité un poco; pero comencé a imaginar

en cómo gastar mi narcoaguinaldo

Creo que nadie tenía por qué saberlo, mucho menos Lara, que no sabía guardar un secreto. Dos semanas después de que La Jornada publicó en primera plana la orgía federal, Anchando recibió una llama- da solicitando doscientos mil dólares por su hijo de dieci- séis años. Nunca supe si Anchondo en realidad no tenía para pagar o si simplemente no quiso hacerlo, pero el tiem- po pasó y los secuestradores se notaban muy impacientes. Un mes y para todos él estaba muerto; aseguraban que las pruebas de vida que seguían mandando eran pregrabadas. Anchondo pasó muchos días buscando a su hijo en las cajuelas de los autos que encontraba abandonados. En aquellas semanas fue ejemplo de integridad como líder de seguridad pública al no ceder ante las demandas de los delincuentes. Sólo era cuestión de escuchar las palabras correctas, esas que se esconden entre líneas y que dicen tantas pendejadas que no queremos decir. El Departamento estaba preparado para combatir con- tra profesionales, por lo que unos principiantes representa- ban una complejidad mayor. Sólo era cuestión de saber que en un día seminublado la lluvia no cae en todos lados al mismo tiempo. Estaba sentado en el parabús del Centro Comercial Santa Fe, mirando los enormes ventanales de los lujosos edificios de enfrente. Mi refresco de lata y mi cigarro, la lluvia fría me hacía temblar un poco. Digamos que, en cier- ta y extraña manera, me sentía culpable. En la radio escuchaba las negociaciones en vivo y en directo, mientras que en el penúltimo piso del lujoso edi- ficio, un chico caminaba de un lado para otro de la venta-

pero éste nunca llegó.

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Israel Terrón Holtzeimer

na. ¿Desesperado? ¿Alterado? Colgó y arrojó su teléfono. Definitivamente frustrado. ¿Casualidad? El tiempo no es casualidad para nadie. Arrojé mi cigarro al piso, se fue en la corriente de agua por la calle. El complejo habitacional tenía vigilancia, así que entrar sería sencillo. Subí por el ascensor. Decía "No fumar", así que encendí un cigarro. Me abrió la puerta con molestia; sus modales no fueron buenos a pesar de ser un niño rico. Yo tenía una sonrisa en

mi rostro, después de todo sólo era el que arreglaba el aire

acondicionado. -¿Qué coños quieres? -me dijo con cara de arro- gancia. Puse el cañón de mi Prieto Beretta en su frente. Él, y el otro chico sentado en la sala, comenzaron a llorar. Los amarré como puercos, guardé los cien billetes de a qui- nientos que estaban sobre la mesa; era todo lo que había pagado Anchando por su hijo, pero dijeron que no era sufi- ciente. Sus berridos comenzaron a fastidiarme, así que puse un calcetín sucio en sus bocas para dejar de escuchar- los. Los gritos que todavía se escuchaban me indicaron el cuarto en el que se encontraba el plagiado. Abrí la puerta, no se percataba de mí, tenía los audífo- nos de su iPod puestos mientras gritaba cada que acertaba un golpe en su videojuego. Cerré la puerta con seguro, pisé el cable de sus auriculares con mis zapatos Andrea. Hasta entonces se dio cuenta de que me encontraba en la habitación. -¿Qué te pasa, imbécil? ¿Quién chingados eres? -preguntó doliéndose sus oídos. No recuerdo en cuál golpe perdió el conocimiento. Cierto es que no me había divertido tanto en mucho tiem- po, ni siquiera cuando arrojé al perro de mi vecina desde el

cuarto piso. Según yo nada más le había roto tres costillas,

no cinco, según yo nada más le había roto un dedo, no todo

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ARTEMISA

CAFÉ

el brazo; pero creo que los doctores saben más de esas co- sas que yo. Puse una cinta en sus bocas para que los otros mocosos no hablaran; los dejé en un cuarto de las oficinascentrales para que Anchando se encargara de ellos. Después de me- dia hora, sus gritos amordazados dejaron de escucharse. Finalmente salió limpiándose con una toalla la sangre de sus manos, sólo palmeó mi hombro agradeciéndome por todo. Sólo hice un gesto de correspondencia. Estaba a la mitad del pasillo, entonces se paró y se dio la media vuelta para mirarme con agudeza. -¿Y mis cincuenta mil pesos? -preguntó. -¿Mande? -respondí algo confundido. -Los cincuenta mil pesos que pagué a estos pendejos -se acercó a mí nuevamente-, ¿no estaban en la casa de seguridad? -Negativo, jefe. -Hijos de puta -expresó molesto y escupió los cuer- pos inconscientes

Estrellé mi cabeza contra el casillero, parecía ser todo en la vida de un agente de la policía federal. Abrí el casillero y arrojé la caja con todos los afiches de Artemisa adentro. Antes de cerrar la puerta, me llamó la atención una muñe- quita de cabeza de globo, la puse de pie y la accioné, esbo- cé una pequeña sonrisa y cerré el casillero

Otro día miraba con cierto detenimiento ese horrible dedo morado: le daba vuelta; vertical, horizontal. La mugre en la uña, no cortarse las uñas podría representar algunas venta- jas a veces. -¿Estás loco?-preguntó Solís-. Llevas como veinte minutos viendo eso.

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Israel Terrón Holrzeimer

-¿Ves esta incisión?-le mostré-, el cuchillo no tenía filo,justo en esta parte se atoró. El tipo sacó la hoja, metió el cuchillo en la misma incisión, pero no en la misma direc- ción -volteé a verlo-. Eso debió doler. -¡Hey! -dijo Ponce saliendo del laboratorio. Voltea- mos-. Las células encontradas pertenecen a un tal Daniel Ríos Almazán. -¿Estás segura?-preguntó Solís algo incrédulo. -Rascón tenía razón -continuaba Ponce-, resultó ser agente de la Dirección General de Tránsito; su informa- ción está en la base de datos de la Secretaría de Seguridad Pública. -Es tan clásico-comentó Solís-, empiezan aceptan- do mordidas y terminan secuestrando personas. -Bueno -mencioné despreocupado-, al menos ya tenemos un posible ganador Pasaron dos días. Siempre dicen que preguntando se llega a Roma, nada que la vecina de la tienda de la esquina no supiera. Estábamos en Ojo de Agua, en el Estado de México, en la puerta de una casa, no muy ostentosa, una casa como todas.

decirme qué demonios hacemos aquí?

-¿Puedes

111

-preguntó Solísalgo desesperado. -Haciéndolos víctimas de su propia injusticia -co-

menté en voz baja.

- Tú pagarásla caseta de regreso -me recriminó.

Toqué la puerta, no salió nadie, toqué de nuevo. Se es-

cuchó algo de ruido. Finalmente salió una muchacha, muy

humilde, un niño en

¿Es usted la señora de

Ríos? -Sí, ¿qué se les ofrece? -Bueno, verá -trataba de ser amable con ella Estaba sentado en el comedor de la familia Alce, esa gente en verdad sabíavivir bien. La pura mesa tal vez valía

brazos y otra niña detrás de su falda.

-Buenos tardes -saludé-.

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ARTEMISA CAFÉ

más que mi apartamento completo. Por fin sonó el teléfo- no. El señor Alce lo contestó con ímpetu; lo dejé hablar por un tiempo. Yo trataba de hacer una enorme bomba con mi chicle mientras la señora de Alce trataba de seducirme con su mirada de alquiler. Finalmente me desesperé y le arre- baté el teléfono al señor Alce. -Éste es el trato, Mochadedos -le dije-: me das a la chica y yo te doy a tu familia, una mujer y dos niños, una ganga, ¿no lo crees? En poco más de una hora, la familia Alce tenía a su prin- cesa de nueve dedos de vuelta. Y sus ojos llorosos se pre- guntaban sobre todos los que ahí estaban levantándose su sucio cuello blanco para salir en el noticiero de Dóriga. Siempre despotrican por mi aplanamiento emocional, me dicen insensible o me dicen inhumano. Pero ver a ese mastodonte que era el señor Alce derrumbarse en lágrimas

al ver la mano gangrenada

lástima. Al mismo tiempo que de lejos me miraba y gesti- culaba su agradecimiento en silencio, yo trataba de com- prender las parafilias que me encendían como lapicero de luz halógena

de su hija me hizo sentir algo de

Tenía pase libre para hacer lo que quisiera, no había nada para qué quedarme. En la recepción me encontré a Lucifer algo extrañada. -¿Qué sucedió?-me preguntó-. ¿Por qué te vas tan pronto?

-Anchando quiere

que encuentre

a Artemisa, así

que

me dio libertad de acción.

-¿En serio? ¿Y si no la encuentras?

-Pues

creo que será el fin de Federico Rascón en el

Departamento de Inteligencia. -Pues en verdad que eres una especie en extinción -me dijo.

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Israel Terrón Holtzeimer

-Deberías conservarme en alcohol, Luci, en una linda

vitrina. -Ay, Federico, eres la única persona inteligente que pertenece a este lugar. Si alguien puede encontrar a esa tipa, ése eres tú. Esbocé una sonrisa. Lucifer era linda. -Escuché que dejaste de ir a Alcohólicos Anónimos -comentó. -Sí, los Leopardos explotaron el lugar donde nos re- uníamos. -¿En serio?

sólo me dijeron que no po-

-No -sonreí

de nuevo-,

dían ayudarme.

que necesitas es una mujer que le ponga orden a

tu vida. Volteé a verla. El teléfono sonó y lo atendió. Caminé

con disimulo hasta la salida. La lluvia se desvanecía lenta- mente. Encendí un cigarro. Prendí el iPod del hijo de Anchando. En realidad sentí que Artemisa no podría es- conderse de mí por mucho tiempo

-Lo

"Tú eres como soñador "

un sueño y yo tan sólo soy un pobre

Me acerco a Diana y me arrodillo frente a ella, la miro de cerca; cual si fuera un famélico perro pego mi frente a la suya y la olfateo: huele a madera de pino. Me gustaría saber por qué no despierta. Me deslizo hasta su corazón y éste late, lentamente, su respiración es como un suspiro. Me recargo en el buró de la cama y comienzo a encen- der y a apagar la luz de la lámpara. Dejo caer la lámpara del buró; esperaba que Diana despertara con el ruido, pero no lo hace. Jalo el edredón de la cama y me tapo por completo.

123

ARTEMISA CAFÉ

Desde que recuerdo me sentaba atrás, desde primaria has- ta universidad. Las voces de los maestros apenas eran per- ceptibles, las lámparas no alumbraban lo suficiente. Así que esa ocasión no tendría por qué ser diferente. Ahí esta- ba, hasta el final de la sala, con un enorme gafete donde tenía que escribir mi nombre.

Más patético que llevar una vida patética es consolarte escuchando vidas patéticas. Uno a uno pasó y contó sus ex- periencias, cómo el alcohol los hizo tocar fondo. Lloraron, vanagloriaron a sus familias. Era tiempo de la dinámica. Di- simuladamente traté de escaparme; sólo llevaba once pasos hacia la salida cuando alguien me sujetó del brazo. -¿Ya tienes pareja? -miró mi gafete- ¿José Cuervo? ¿Yatienes pareja para la dinámica, José?

Ah, bueno, es que, verás, tengo algo qué hacer y

no puedo

-¿Yo?

¿No eres tú

Federico Rascón?

Me quedé sin saber qué contestar. Estaba apunto de negarme cuando -Técnica Uno-me decía-, grupo "D". ¿No?

-¿Federico?

-me

señaló con el dedo-.

-Bueno,

yo

creo

creo que sí.

-Sí, recuerdo que tenías un apellido impronunciable, ¿verdad?

-Bueno, de hecho todavía lo tengo. -¿No te acuerdas de mí? -preguntó brazos. -Sí, sí, claro, ¿cómo has estado?

No tenía la más puta idea quién diablos era, sólo me dijo que se llamaba Rafael, pero ni siquiera recordé la for- ma en que habría de torturarlo en mi cuaderno.

extendiendo sus

En-

tonces me contó su historia: cómo había acabado en ese lugar, cómo había tirado su vida a la basura, cómo había alejado a todas las personas que lo amaban de su lado. Qui-

Me senté frente a él, tenía que mirarlo a los ojos.

124

Israel Terrón Holtzeimer

so ser luchador profesional, pero todos sus esfuerzos para llegar a la Triple A sólo le alcanzaron para la "doble A". -Pero, cuéntame -me decía palmeando mi rodilla; era mi turno-, ¿por qué comenzaste a beber en exceso? ¿Cuál fue tu detonante? -Trataron de matarme. -¿En serio? -Dos

veces

Una espiral de tiempo, flotando en lo más profundo de las Grutas de Cacahuamilpa, ahogado en líquido amniótico, estrangulado por el cordón umbilical. Podría llevarme al Purgatorio. A la mitad de un túnel obscuro entre el juzgado y el reclusorio. El oxígeno es tan escaso. Una intensa lluvia de averiguaciones previas, de cuotas por consignación, de bonos por disposición. Caigo de rodillas y bajo la mirada; no sé decir lo siento, por todas las mujeres que abusé, por todos los que fueron procesados, los que amontoné en una pequeña celda por una motocicleta de marca japonesa, cada vez que le guiñé el ojo a un ministerio público para ponernos de acuerdo. El túnel es frío y húmedo. Entonces un punto luminoso me indica el camino, voy a él, como si estuviera muerto. Mi redención, mi salida, de esas estú- pidas cosas que esperas se solucionen sin mover un solo dedo, sin pagar por ello. Pero sólo se trata del agujero que dejó el cigarro de Diana en.el edredón, el que abandonó antes de perderse en la euforia de su inyección. Siento que el aire se acaba, me destapo, pero ella no despierta

La oficial Fuentes discutía por celular con su novio, era el tercero consecutivo de menor edad que ella. Cuando estu- vo casada fue maltratada por su esposo, la violó varias veces estando ebrio. Finalmente, después de años de una turbu-

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ARTEMISA CAFÉ

lenta relación, lo dejó. Me decía que su ex esposo había desaparecido. Volteéa verla y me pregunté cuántos metros bajo tierra seguiría desaparecido. Desde entonces sólo se relacionaba con hombres menores que ella. Acudíamos a un reporte de violencia intrafamiliar y ella lucía muy molesta: "¡Es un inmaduro! [No entiende nada!". Me hablaba de su novio después de colgar su celu- lar. Yosólo la escuchaba en silencio. Por fin llegamos a la casa, parecía una batalla campal, los trastes se rompían. Va- rias vecinas persignándose. Nos abrimos paso entre ellas mientras miraban al cielo agradeciendo a Dios por nuestra presencia. Yo caminaba con mis manos en las bolsas. La oficialtocó a la puerta, pero nadie atendía, sólo se escucha- ban los gritos de la señora y varios insultos. La oficial se asomó por la ventana. -¡Es la policía!-les gritaba-. ¡Abranla puerta! El esposo comenzó a insultarnos, yo seguía con las ma- nos en las bolsas. La señora, con toda la cara ensangrenta- da, se asomó por la ventana. -¿Qué chingados quieren? -Señora, recibimos el reporte de que está siendo abu- sada físicamente, estamos aquí para protegerla. -¡Qué protegerme ni qué la chingada! -nos gritó. -Señora, tiene sangre en toda la cara --comenté con mis manos en las bolsas. -¡Y qué chingados te importa lo que tengo en la cara, pendejo! -me respondió. -Su esposo va a matarla, señora -dijo la oficial. -¡Y qué te importa si me mata, pendeja, para eso es mi marido! ¡Ala chingada de aquí los dos! -Bueno, allá usted -mencionó la oficial alzando los hombros. Comenzamos a caminar hacia la unidad, pero la oficial sólo estaba tomando distancia, se perfiló contra la puerta y la abrió de una patada. Sólo negué con la cabeza de resig-

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nación. Con las manos en las bolsas me paré debajo del marco de la puerta. La señora, con toda la cara golpeada y cubierta de sangre, quiso encarar a la oficial, pero ésta de un codazo la mandó al suelo. El gordo señor sacó un ma- chete para hacerle frente y lo zarandeaba tratando de inti- midarla. La oficialsacó su gas pimienta y lo agitó.El regor- dete señor comenzó a burlarse de ella con los brazos abiertos para retarla. -¿Qué? -le decía riendo-. ¿Vasa rociarme los ojos, perra? ¿Eh? La oficial le lanzó el gas, pero con todo y lata. Exacta- mente en la nariz. Cuando era niña jugaba en las ligas infantiles de béisbol y pitcher era su posición. El señor se tiró al suelo del dolor, inmediatamente la oficiallo sometió y lo esposó, después recogió su gas pimienta y lo colocó en su cinturón de nuevo. -¡Me rompiste la nariz, maldita perra! -gritaba el se- ñor mientras lo sacaba. Yosólo me hice a un lado cuando pasaron por la puerta, seguía con mis manos en las bolsas. Subió al tipo a la parte posterior de la unidad. Siempre que subíamos a delincuen- tes a la parte trasera de la camioneta, la oficialFuentes fre- naba y aceleraba violentamente. Los tipos se golpeaban contra los tubos de la jaula. Se detuvo en un extenso bal- dío. Bajó de I~unidad y le dio un toletazo al detenido. -¿Qué sucede? -pregunté contrariado abriendo la puerta de la unidad. -Sube a la parte alta de la jaula y cáele con los pies al pendejo éste -ordenó. -¿Por qué? ¿De qué se trata? -seguía confundido. -¿Quieres que lo llevemos a la jefatura para que rinda su declaración? -me recriminaba-. ¿Para que la esposa no lo denuncie y en menos de cinco horas esté afuera el cabronazo éste? -le pellizcó una mejilla-. ¿Yentonces sí regrese a matar a la pendeja ésa? ¿Eso es lo que quieres?

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-¿Qué más podemos hacer? -pregunté con algo de pesimrsmo.

víctimas de su propia injusticia, Rascón. Es

la única forma en la que cabrones como éste aprenderán algo realmente -la oficial lo golpeó de nuevo con el quie-

brahuesos que sostenía en sus manos. "¡Ay!". Suspiré. "Te adaptas o mueres",

parte alta de la jaula tubular, después le caí con los dos pies

encima.

-Hacerlos

pensé. Me subí a la

"¡Ay!"

Tal vez sea el frío, tal vez el frío la haya

hacer una fogata para calentarla. Analizo cada uno de los muebles y pienso en cuál arderá mejor. Una mesita con vista a la ventana, la volteo y comienzo a despedazarla; es madera comprimida, de poco servirá realmente. La silla, también la destruyo. Comienzo a juntar la madera y la api- lo como si fuera leña. Ahora busco con qué encenderla. En la alfombra yace el encendedor de Diana, lo tomo presta- do, trato de encender los muebles destrozados, pero si ella lo necesitara y no tuviera gas se enojaría conmigo. Suspiro, apago el encendedor, pienso que tal vez no sea tan buena idea. Me acerco a la ventana, las cortinas son muy gruesas, muy blancas. Las desprendo, tapo a Diana con ellas. Seguramente la calentarán lo suficiente como para re- gresar. Podría contarle un cuento para niños, podría leerle un libro, tal vez escribírselo, podría platicarle lo aburrido

entumido; debo

que estoy sin ella

Era como si quisiera tocar al sol en cada brinco. Me pre- guntaba si mi cama resistiría, pero era tan flaca que no per- día tiempo en preocuparme. La miraba entre cada camisa

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Israel Terrón Holtzeimer

que recogía del piso de mi habitación. Al final cayó boca arriba. Con los brazos y piernas extendidas trataba de recu- perar el aire mirando el techo.

-¿Qué

es eso que tienes sobre la cama? -preguntó

mirando de cabeza la pared.

-¿Eh? Ah, es un atrapasueños.

-¿Y

qué

se supone

que hace? -miraba

bastante

extrañada. -Según la leyenda -le platicaba mientras se lo mos- traba-, sirven para atrapar todos los sueños y los buenos deseos. A través de sus redes se filtra cualquier clase de energía hostil que quiera hacerte daño -me miraba bas- tante interesada-. Es un aro fabricado de sauce envuelto

con cuero de animal, tejido a mano con hebra simulando una telaraña, y las plumas que lo adornan deben ser únicas y obsequiadas por un indio de la tribu de los Ojibwa, entre más anciano y más sabio, mucho mejor. -¿Dónde lo conseguiste? -preguntó sorprendida. -En un mercado de Ciudad Juárez.

-¿De esos mercados de magia negra? -preguntó susurrando.

-No -le conté ya sin misticismo-, curiosidades.

-¿Y en verdad funcionan? -cuestionó desanimada. Sólo alcé los hombros. En mi cuarto nada estaba en su lugar. Encontré un ras- trillo oxidado y un pedazo de jabón. Encendí la televisión, quería escuchar noticias, pero sólo encontré una película de Pedro Infante y Tin Tan. No sabía que habían compar- tido pantalla.

en un mercado de

casi

perdí la noción del

tiempo. Pasé mi mano por el espejo tratando de limpiarlo, las heridas estaban sanando. Me quedé pensativo, Diana no hacía ruido, sólo se escuchaba la película. Pensé que se había ido. Atrabancadamente me vestí y salí del baño.

El baño era tan reconfortante

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-¿No te gusta? -preguntó Diana mientras dibujaba más rosas en una esquina. Me acerqué, una figura de mi misma altura con la cara rayada. Había dibujado mi rostro, pero lo rayó. Seguía in- crédulo contemplado la pared, no sabía cómo sentirme. -Ése eres tú -me dijo. -¿Por qué rayaste mi rostro? -Pienso que así te recordaré mejor. -No tiene sentido, el rostro es lo que más se recuerda de una persona. -Pero los rostros envejecen -me decía sin dejar de dibujar-, también los ojos; entonces sólo recordaré tu for- ma de vivir el mundo. Nunca podría enojarme con Diana, y es que siempre decía las palabras correctas en el momento correcto. Me senté en el piso, de frente a la pared, esperando que ella terminara de hacer todo lo que quisiera hacer. Simplemen- te veía cómo los cascos de lápiz labial vacíos se iban acu- mulando de manera dispareja en el piso. Rosas, nubes, el sol sonriendo con lentes de armazón, yo saludando de frente. No me parecía en lo más mínimo, pero dicen que el león no es como lo pintan. Me pregunta- ba si todo lo que se esforzaba en recordarme serviría de algo realmente. Las neuronas se mueren rápido, Diana, también las neuronas se pudren y se apestan con los ojos abiertos. Y si te gastas todas mis infecciones en dibujarme, moriré como una sirena en un pozo. Cuando terminó se sentó a mi lado. Aventó el último casquillo de lápiz labial al piso con un gran suspiro. -¿Por qué tenías una caja llena de lápiz labial?-pre- guntó. -Eran de mi mamá -respondí

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Me dejo caer sobre la cama con los brazos abiertos. Co- mienzo a cambiar los canales sin sentido, todos hablan del incendio en la Torre Bicentenario. Aviento el control remo- to contra el espejo. Los pedazos del espejo hacen mucho ruido. Miro a Diana a través del espejo, de los pedazos, si- gue sin movimiento. Suspiro

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1

I

1

/

XI

Las balas en mi revólver y las ideas

en mi cabeza

-¿YA VISTELALISTAde los agentes que enviarán al Opera- tivo Juárez? -me preguntó Franco recargado sobre el casi- llero de junto. -Hace un momento -contesté mientras me cambiaba de playera. -Prácticamente son todos lo que participaron en el operativo de la narcofiesta. -Te equivocas, son todos los que corrieron el rumor de los quinientos mil dólares en la narcofiesta.

sólo yo lo había notado -me decía algo más

discreto-. Tal parece que Anchondo ya comenzó con su persecución. -Pues la verdad ya se estaba tardando en hacerlo. Por el pasillo pasó Lara; cuando nos vio se regresó para saludarnos.

-Oye, Rascón -me dijo-, quería disculparme por apuntarte con mi rifle el otro día en la Nicolás Romero. Tenía tiempo que no te veía y no había podido hablar contigo. -Descuida, esas cosaspasan---comenté sin importancia. -¿Ya tienes todo listo para irte a Juárez? -preguntó Franco a Lara. -Pues algo, apenas ando viendo qué puedo llevarme. Lara se despidió y siguió su camino. Franco seguía re- cargado contra el casillero. -Nada más los quieren para tomarse la foto en la fron- tera --comentó Franco. -Eso parece -mencioné cerrando el casillero.

-Creí que

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i

',]]

;

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1

-Escuché que Cara Chueca vendió la p ¡ za de Ciudad

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'

Juárez a Cabeza de Vaca,así que el cártel de a Frontera se

está defendiendo como gato patas pa' arriba. -El problema es que el pinche gato es la policía muni- cipal -comenté sentándome en los banquillos. -¿Y qué vas a hacer? -Pues hablaré con Anchondo -lo miré con una sonri- sa-, después de todo soy su consentido, ¿no? -Ya empiezo a creer que estás loco de verdad -Fran- co se despidió. Knock knock knock. -¡Adelante! -Director, ¿está muy ocupado? -¿Qué quieres, Rascón? -Director -me senté frente a su escritorio-, quiero ofrecerme como voluntario para el Operativo Juárez. -¿Estás loco? Las mismas calles, los mismos amigos, los mismos pro- blemas, cada principio con su final de siempre. De cierta forma quería estar en otro lugar.Por eso pensaba en irme del Distrito Federal, quería enfrentarme a otra psicología de delincuentes, quería conocer a otra clase de mexicanos, ese país distinto que es México por todos lados. Pero el sol de Ciudad Juárez es implacable, no se pue- de estar bajo el sol por mucho tiempo, y mucho tiempo son cinco minutos, los mismos que llevaba a un lado de los cadáveres de Lara, García y Guzmán. Parecía que se derre- tían en el pavimento del estacionamiento. Yo pensaba en tantas cosas, una de ellas era si la chica de los ojos lin- dos tendría novio, porque la veía a través del cristal y pen- saba en esos momentos pocos oportunos para conocer a alguien. Me acerqué un poco a la espalda de Guzmán, definiti- vamente esa mancha no era sangre, era salsa de pizza. Co- mencé a dar vueltas buscando algo, cualquier cosa, una

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maldita explicación; pero sólo encontré ese mensaje en el Cerro de las Letras:

Cd. Juárez la biblia es la verdad léela

-¿A quién buscas?-preguntó Aura. -¿Eh? No, a nadie-seguía con mi mirada a todos lados. -¿Seguro?

-Bueno, a una chica que trabaja aquí, pero creo que no está en turno. -¿Una chica? ¿Yqué harás si llega?

-No lo sé -contesté comesy te vas.

ya con poco interés-, pero tú

-¿Y yo por que?-me confrontó con sus cejas. Miraba la pizza, extra queso derramándose por todos la- dos. Se dicen tantas cosas sobre los carbohidratos, sobre las calorías.Veíaa la obesa señora de junto reclamando porque el expendio de refresco de dieta estaba vacío;su mesa esta- ba repleta de esqueletos de alitas de pollo. En las noticias siempre dicen que México es el segundo país más obeso del mundo, sólo después de Estados Unidos. Creo que de- finitivamente faltan más expendios de refrescos de dieta. -No puedo creer que hayamos salido librados de ésta -Aura me dijo mordiendo su pedazo de pizza.

-No

le veo lo increíble -comenté.

-Me

refiero que hasta el alcalde nos respaldó -habla-

ba con la boca llena-. Pensé que se iban a deslindar o no sé, pero que aceptaran la corrupción en la policía munici- pal, de verdad me sorprendió.

-Creo que nadie puede defender lo indefendible -hice el comentario desprendiendo el pedazo más grande de pizza.

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1

/

-No me digas -exclamó irónica. Un burrito de barbacha, una soda helada y cigarrosame- ricanos. Los elotes en vaso y los doggos gigantes, los lon- ches de colita de pavo. Menonitas vendiendo queso en alemán y rarámuris pidiendo kórima; narcos, cholos y de- portados. Sólo trataba de entenderme en el rostro asustado de la gente que miraba por la ventana. -Odio que se haga de noche -comentó Aura-, todos parecen sospechosos.

Lo cierto es que de noche cada automóvil se vuelve

más escurridizo, cada "cuerno de chivo" más fácil de es- conder, pero qué ganaba con estresarme. Sólo quité el se-

guro de mi rifle. -¿No sabes si Montes Urales es la misma calle que Avenida Jilotepec? -preguntó.

que

la ciudad no necesita un transporte semimasivo, que el Ca- mino Real no sirve para nada y que la figura luminosa en el Cerro Bola no es Homero Simpson, sino Benito Juárez. -Déjame le pregunto al payasoéste -detuvo la unidad. -No sé que es más extraño: que el payaso esté vestido

de alcalde o que traiga un Nextel en el cinturón. -Pues francamente se vería más ridículo vestido de diputado federal -comentó con ironía. -Touché -pronuncié jalando el respaldo del asiento hacia atrás. Aura me agradaba, tenía siempre esos detalles

-De Juárez sólo conozco tres cosas -respondí-:

irónicos de la vida. Casi acostado,miraba los faroles amarillosde la avenida, los letreros apagados de los comerciosextorsionados,los ca- bles de luz, las tímidas estrellas. Cerré los ojos; entonces pensé un momento, fue un instante, era la hora de lossustos. -¿Un Nextel?-abrí los ojos-. [Un Nextel! -me re- incorporé de inmediato.

Vi por el retrovisor las luces de una camioneta encima

de nosotros. Aura apenas estaba volteando a verme cuando

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giré el volante ante su asombro. Sólo fueron pocas las mu- niciones que alcanzaron a dispararnos antes de que la uni- dad los impactara de lleno. Ellos chocaron de frente contra las paredes del desnivel después de brincar el pequeño pa- bellón, mientras que nosotros nos volteamos con el borde. El monstruo arrancándome la cabeza, ¿no te cansas de joderme? Abrí los ojos ante la desesperación, no podía res- pirar. Comencé a enterrarme los dedos, caí de cabeza. Al- gunos cristales se enterraron en mi antebrazo al tratar de

enderezarme. -Aura -trataba de llamarlo-. ¿Aura? Entonces pude enfocarlo, la cuarta parte de su cara es- taba colgando. Una bala calibre treinta y cinco le había ex- plotado en la cabeza. Me arrastré hacia fuera de la unidad. -Hija de puta -decía en voz alta-, hija de puta. Alcé un poco la mirada y me encontré de frente con uno de los sicarios, tenía como catorce años. Si lo apresaba en ese momento, pasaría cuatro años en la correccional para menores, saldría con licenciatura en delincuencia organiza- da a los dieciocho, que es la edad perfecta para que las co- sas no tengan el valor que se merecen. -¿Sabes? -le dije-, debería arrestarte y llevarte fren- te a un juez, pero -saqué mi fusca de nueve milíme-

tros- esto es Juárez, amigo.

Desde la Cementera hasta el Mundo Acuático, desde Lomas de Poleo hasta los Arenales, desde el Umbral del Milenio hasta el WelcomeTo Mexico. Bang, bang, bang: esto

es Juárez, amigo. Seguí arrastrándome mientras los cristales ensangrenta- dos se desprendían de mi brazo. Estaba tan furioso, me sentía ultrajado, traicionado. -¡Hija de su puta madre! -dije bastante alterado mientras me recargaba en la pared del desnivel. Saqué un cigarro que se manchó con mi sangre. Desesperado lo en- cendí para tratar de calmarme.

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Yono me arrojé al suelo porque escuchara las "cuerno de chivo", me arrojé porque la maldita perra se arrojó.Sólo pensaba en encontrarla y sodomizarla brutalmente mien- tras la acuchillaba cuarenta y cuatro veces. Cuando cruza- mos las miradas, ella me veía detrás de la puerta de cristal, tenía sus manos pegadas a ésta y en una de ellas cargaba un Nextel. Miraba a las personas que se asomaban desde el puente hacia el desnivel. Cada vez eran más. -¡Qué chingados miran! -les gritaba-. [Veinte eje- cutados al día y no pueden acostumbrarse! ¡Qué diablos pasa con ustedes, gente! Estaba tan molesto. El lugar era como los restos del In- fierno, llamaradas y trozos ardiendo. Alguien con la camisa de la Cruz Roja y un maletín en medio de todo eso. -A ése lo mataste tú, ¿verdad? -comentó desempa- cando sus cosas y mirando al sicario de catorce años-. Po- bre güey, lo hiciste caca. -He cagado mejores cosas -respondí sin dejar mi ci- garro, ya llevaba como cinco. -Te voy a decir cómo puedes salvar una vida -dijo quitándome el cigarro de la boca, lo arrojó. -¿Cuál es tu nombre? -pregunté sujetándolo de la camisa. -Asdrúbal; pero todos me dicen Asdru. -Estrúal, ¿tienes Nextel? -No, señor sólo celular. Lo solté de la camisa. Nunca pude perder el cono- cimiento, recuerdo llegar a la habitación del hospital y pa- rarme de mi cama ante la insistencia del doctor de que permaneciera tranquilo. Revisé cada maldito rincón del cuarto, cada ángulo de la ventana. -Cualquier cosa que necesite sólo oprima este botón y vendré a atenderlo -dijo la enfermera. -¿Cuál es tu nombre? -le pregunté antes que cerrara la puerta.

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-Ely, señor. -¿Tienes Nextel, Ely? -No, señor, de todas formas no le puedo dar mi núme- ro de teléfono, con este botón es más que suficiente. Con permiso. Simplemente no podía dormir; cada ruido, cada paso que se escuchaba era sospechoso. Atranqué la cama contra la puerta. Me recosté debajo de la ventana. Apretaba en mis manos un tenedor, era todo lo que tenía para defender- me en ese rincón del mundo. Comencé a desvanecerme, sacudía mi cabeza para no dormirme; lentamente cerraba los ojos y tardaba más en abrirlos

Abrí los ojos, Diana ya no estaba a mi lado, sólo las estrellas tan estáticas como siempre, las rosas y todos esos insectos sin movimiento. "Taste the whip, in love not given lightly. Taste the whip, now plead for me." Me levanté y apagué la radio. Salí del cuarto y me en- contré de frente con Rodríguez. Yosólo pensaba en lo ton- to que se veía vestido todo de negro. Cuando quise pasar a un lado de él me sujetó de la playera y me puso contra la pared. El desgraciado tenía mucha fuerza. -Si rompiste tan sóloel pétalo de una floro el ala de un insecto -me decía-, te destriparé lentamente antes de asesinarte, ¿entendiste? Tenía que entenderlo si quería respirar de nuevo, así que asenté con la cabeza. Me bajó poco a poco sin quitar- me la mirada. Me reajusté la camisa. Entré a la habitación principal, caminé entre ellos, todos ocupados en sus asun- tos. Diana empacaba algunas cosas. -Pensé que no despertarías nunca -me dijo. -¿Por qué? ¿Qué hora es? -busqué dónde ver la hora, había un reloj de Félix El Gato colgado en una de las pare-

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1

des del cuarto-. ¿Veinte minutos? -la miré extrañado-. No fueron ni veinte minutos.

-El

tiempo vale una mierda cuando hablamos en pasa-

do -se

quedó algo reflexiva-, de hecho nunca importa

el tiempo. -¿A qué te refieres? -La cronología es buena, ¿sabes?;pero a veces es me- jor dislocar el tiempo para contar una historia -se mostra- ba conforme-. Sí, apunta eso para cuando escribas algo. La miré de arriba abajo. -Bonito vestido -comenté casi en su oído-. El ama- rillo te sienta bien.

-Lleva esto -puso en mis manos una mochila. -¿Qué es? -Qué te importa. Coloqué la mochila en mi hombro. Caminé tras de ella. Después de todo, era lo que siempre hacía desde que la conocí: caminar tras de ella. Martínez sujetó una bandera y se la puso como capa. Sin duda era el más decidido en todo eso. Sentía que lo hacía por un ideal, no como los demás. Caminaba a un lado de Diana. Martínez orgulloso con la bandera ondeando hasta el frente, cantaba y marchaba:

"Se levanta en el mástil mi bandera, como un sol entre céfiros y trinos. Muy adentro en el templo de mi venera- ción, oigo y siento contento latir mi corazón ". Finalmente salimos a la superficie. Sentí respirar de nuevo. -Debe haber demasiada seguridad -mencionó Servín. -No creo que tanta -comentó Paniagua-, muchos policías han renunciado y lo que queda en pie de la fuerza pública está destinado a la seguridad del Jefe Tirantes. La protección de lugares públicos pasó a segundo término. -Si caminan con seguridad no los detendrá nadie, la actitud lo es todo-agregó Diana.

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Asíque caminamos. Las palabrasfueron escasasy las mi- radas asesinas. Ellos desconfiabande mí. A mí no me impor-

taba, yo sólomiraba a Diana. El impresionante colosoestaba frente a nosotros. Diana sonrió como si estuviera enfrente de su propio templo, el mismo que destruyó Eróstrato.

lugar -dijo Ferrer aco-

modándose sus orejas de zorro. -He pasado varias veces por aquí -aseguró Pania- gua-, nunca hay nadie, ni soldados ni policías. Después de todo no era normal; no creí que hubiera mucha seguridad, pero ni un solo guardia para proteger seiscientos millones de dólares, por supuesto que eso no era normal. Entonces sopló un frío viento que me erizó hasta los huesos, una brisa helada con olor a flores marchi- tas de panteón. Diana volteó a verme, pero sólo yo pude verla. Su sonrisa era tan vacía como el cielo. -Muy bien -dijo Quintino-, contemplar a este monstruo embarazado no encenderá los fuegos artificiales. Entramos, todo parecía funcionar. Rayando lo surreal. Desde hacía tiempo, con tanto sueño, que sentía como si esta realidad no fuera mi realidad. Todos estábamos impre- sionados con el lujo de la torre. Subíamos por los ascenso- res y mirábamos con asombro cada piso, cada parque, cada tienda departamental; los restaurantes, las oficinas,los mu- seos, los gimnasios, los paneles reflejantes de cristal. Sólo pudimos llegar hasta el piso sesenta y ocho. Ahí se encon- traban los controles para activar la pirotecnia. Había una cantidad impresionante de cohetes destinados a la celebra- ción del bicentenario. -Con esto podríamos volar toda la maldita atmósfera -mencionó Quintino riendo. Servín comenzó a destapar algunas botellas de cer- veza y las comenzó a repartir. Por supuesto que yo me quedé con la mano extendida. ¿De qué murieron los que- mados?

-No hay una sola alma en este

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Sujeté una barra de metal que había en el suelo, era de lo más inflexible. Me asomé por la ventana. Ciudad de México, una ciudad sobre otra. Ojalá la Noche Triste hu- hiera durado para siempre. Rodríguez no me perdía de vista; a veces volteaba a ver- lo, pero ni así dejaba de mirarme. Finalmente se levantó, tomó otra cerveza, la destapó y me la ofreció. La sujeté con cierto recelo. -¿Y bien?-me dijo. -Y bien, ¿qué? -¿Dónde conociste a Diana? -¿Por qué no se lo preguntas a ella? -dije dándole un sorbo a la cerveza. -Lo hice. -¿Y luego? -No entendí una sola palabra de lo que dijo

Knock, knock, knock. -Adelante -dijo con pocas ganas Rodríguez. -¡Konichiwa! -mencionó Diana abriendo la puerta. Rodríguez brincó como resorte. Estaba acostado en su cama, pero al ver a Diana en la puerta trató de acomodar su rizado cabello. Fue inútil. -¿Estás bien? ¿Necesitas algo?¿Puedo ayudarte? -Sí, sí y sí. -¿Qué se te ofrece?-Rodríguez preguntaba algotorpe. -Préstame algunos botes de pinturas, ¿sí? -Sí, sí, claro. Los que quieras. Diana comenzó a agitar las latas. Rodríguez la veía y se ponía rojo de pensar que Diana estaba en su habitación, porque la quería más que a sus ojos, pero quería más a sus ojos porque sus ojos la vieron entre esa espesa obscuridad del drenaje profundo. Se acercó tímidamente a su espalda y le preguntó:

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-Diana, ¿dónde? -tragaba saliva-. ¿Dónde -¿Dónde qué?

?

-¿Dónde conociste a ese a ese sujeto? ¿Tienes al-

¿Algún interés en él? -preguntó con

miedo a la respuesta. Diana se levantó y comenzó a cami- nar hacia la puerta mientas recitaba:

-Oiga usted, señor Rodríguez, déjemecuidar su perro. Se lo

cuido con esmerro y hasta le compro un cenicerro.Se lo lleva- ré para el cerropara que coma su berro, y hasta le arrimo su jarro para que tome currado. Para que no le agarre el perro, le asegurose lo amarro. Ya verá, señor Rodríguez, qué seguro está

gún

?

¿Algún

?

su perro -cerró la puerta

-Y yo ni perro tengo -me dijo Rodríguez algo contra- riado. -Suele pasar-comenté con apatía acabándome casi la cerveza. Diana platicaba discretamente con Quintino; estaban sentados mientras bebían cerveza, recargados en uno de los pilares. -¿Qué le ves a ese tipo? -preguntó Quintino. -Lo mismo que le ves tú: una enorme nariz, un cuerpo escuálido, cabello despeinado. -¿Por qué andas con él? ¿Por qué lo llevaste al horna-

beque? Nunca habías llevado a alguien al hornabeque. Sa- bes que eso es muy delicado. -Creo que me acostumbré a él -Diana alzó sus hom-

bros- y huele a chocolate, eso me agrada.

-¿Huele a chocolate? -preguntó Quintino incrédu- lo-. ¿Cómo puede alguien oler a chocolate? -No lo sé, nunca se lo he preguntado, pero Paniagua huele a sangre y Servín a queso el queso no me gusta. Quintino se quedó algo confundido, miraba a Diana de reojo mientras tomaba su cerveza. Se daba cuenta de que

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cada vez la comprendía menos, cada vez era más difícil sos- tener una conversación coherente con ella. -Creo que está de mal humor -divagaba Diana-, debe tener sueño. El sueño cambia el humor de las perso- nas todo el tiempo, ¿verdad? -Eso creo no debería estar aquí, Diana. -Sí, tienes razón -Diana empinó la botella mientras se levantó del suelo-. Me desharé de él. -¿Qué vas hacer? Diana le guiñó el ojo; Quintino la miró con descon- fianza, se recargó aún más en el pilar para tener un mejor ángulo de ella. Sin duda una muñeca tan siniestra a la que él había dado cuerda. Diana se dio cuenta de la aguda mirada de Quintino. Con una mueca de conformidad lo sentenció:

-Oye, pusiste las balas en mi revólver y las ideas en mi cabeza, ésta es mi revolución desde ahora, ¿de acuerdo? Quintino siguió tomando de su cerveza mientras veía a Diana alejarse. Siempre se mostró cauteloso con ella; era muy inestable, pensaba. Pero a veces lo hacía por miedo

Diana saltó sobre mí desde el basamento del Templo del Fuego Nuevo. Sólo sonreía de verla, la sostuve en mis bra- zos. Mis movimientos ya eran muy torpes. -Estás más dormido que despierto -me dijo. -Para nada -respondí interrumpiendo mi bostezo-,

ya te dije -tallé mis ojos-

pierto que tú. -Recuerda, Federico, si te duermes me voy-senten- ció tan fría como siempre. Algunos minutos pasaron y Diana comenzó a cantar; era como una princesa con insomnio. Parecía que no iba a ama- necer nunca. La madrugada fue tan larga.Sentía las manos entumidas por el frío, utilicé el encendedor para calentar-

puedo estar más tiempo des-

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las un poco. A Diana no le importaba el frío. Cantaba como si peleara contra el horizonte, desafiando al alba. Y entonces el amanecer: los rayos del sol atravesaron al

cerro. Pero no a Diana, tan imperturbable con sus brazos abiertos. Su enorme sombra cubría de tinieblas toda la Ciu- dad de México; Diana era capaz de ocultar el sol con un dedo. Un eclipse, una parvada de instrumentos de cuerda surcando el cielo. Ella era el hombre del Cosmovitra!, re- presentando el día y la noche, la vida y la muerte. Yosólo la miraba, su linda cara iluminada. Cayó de rodillas, como si estuviera exhausta, derro-

tada. Yo, tan tonto como fui, nunca hubiera resuelto

tres acertijos para liberarla, salvarla de sí misma. Era ca-

paz de luchar contra el mundo entero, pero ella me hacía sentir como un insecto. Sólo me tocaba quedarme y ven- der mis sueños. Entonces volteó a verme, se balanceó so- bre mí y, sin darme cuenta, me arrebató el encendedor de las manos. -¡No te acabes el gas, pirómano! -¿Qué? -pregunté extrañado. -Si estoy cocinando y se acaba el gas, te haré mucho, pero mucho daño. ¿Capisci? Tronó los dedos frente a mis ojos. Cuando la privación del sueño es tan extrema, se pue- den presentar alucinaciones y paranoias recurrentes. Tam- bién la memoria a corto plazo deja de funcionar. A veces veía telarañas entre mis dedos o gusanos brotando de mi comida. A veces de verdad escuchaba a los animales con-

los

versar con Diana. Sacudía mi cabeza. A veces platicaba con

ella y me quedaba

do. "Suele pasar", me decía todo el tiempo. Y suele pasar que los párpados se cierran sin darse cuen- ta; entonces me imagino despierto en mi sueño. Con un movimiento ocular rápido mi cabeza se desconecta y la lo- comoción se vuelve imposible. El cerebro no discrimina la

callado, olvidaba de qué estaba hablan-

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ARTEMISACAFÉ

información que procesa, es incapaz de distinguir entro la realidad y los sueños. Entonces me despierto y todas las pesadillas se vuelven realidad: me aplastan, me asfixian, me hacen pedazos el d(a sin haber siquiera amanecido. Mi abuela me decía: "Se te subió el muerto, m' hijo". En realidad se trataba de una parálisis del sueño. Y es que es desesperante estar despier- to y no poder moverse, es igual que estar dormido y no po- der despertar, exactamente como tener sueño y no poder dormir. Dormir y no soñar y soñar despierto. Abrí lenta· mente los ojos; estaba recostado sobre sus piernas, me di la vuelta para verla de frente. No usaba sus lentes de armazón azul. Sus ojos eran rojos, llenos de planetas poco habitables. -Te dije que algún día tenías que dormir -sonrió ape- nas perceptiblemente. -Pensé que te irías. Acarició mi mejilla

Acaricio su mejilla. Su sonrisa a veces me derretía y a veces me helaba. Cuánto quisiera verla ahora; pero sigue perdida en su euforia. Me levanto y miro la torre de nuevo, el in- cendio ya luce espectacular. Miro mis manos: ¿Pirómano? Recuerdo sus palabras. Volteo a verla, me pregunto si a esto se refería. Tal vez sólo soy tan predecible

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XII

Una caja de zapatos del futuro

TANTASVECESESCUCHÉ:"Si quieres ser alguien en la vida, tienes que estudiar". Seguramente tienen toda la boca lle- na de razón. Pero cuando miras esa costosa fotografía don- de apareces con una sonrisa fingida, una toga rentada, un birrete chueca y una banda dorada en la penúltima fila de la generación puma, puedes creer que todo lo que sigue será fácil. Piensas en encontrarte a todos lo perdedores de la preparatoria vendiendo chicles en los cruceros mientras los saludas desde tu deportivo descapotado. Entonces te das cuenta de que un payaso de crucero vestido de edil gana más que un licenciado de oficina. Bue- no, ahora dicen que ya no es suficiente, que tienes que es- tudiar más. Cerré los ojos, respiré y respiré de nuevo. Abrí los ojos, busqué una, busqué dos, ¿por qué no tres? Defini- tivamente mi nombre no aparecía en la lista de aceptados en postgrado. Me senté en Plaza Loreto. Pensé en entrar al cine, no

quería llegar a casa. Revisé mi bolsillo y sólo tenía catorce

ojos, jalé mi

pesos y un boleto para el Metro. Tallé mis

cabello. Alcé la vista, un tipo de la facultad salía del cine. Truncó en quinto semestre, no había vuelto a saber de él. Bajé la mirada, no quería que me reconociera, pero sí lo hizo. Se notaba feliz de verme. Yocon mi sonrisa simulada escucha- ba su conversación. Me presentaba a su chica, me pregun- taba por compañeros de la facultad, me hablaba de lo bien que le iba. -¿Y a qué te dedicas o qué? -preguntó.

147

ARTEMISA CAFÉ

-¿Yo? Pues cero, no mucho, sobreviviendo nada más. -¿No estás chambeando? -No, apenas apenas ando viendo qué sale.

-Pos'

cáele ahí donde estoy yo, güey.

-¿De

policía? -respondí sorprendido-. No, no creo

que eso sea para mí. -No seas güey, si te pones trucha ahí te alivianas un buen. -Me imagino -seguía excusándome-, pero no la verdad no lo creo. -Ahí como veas, güey. De todas formas te dejo mi nú- mero por si te animas. Me apuntó su número en la parte posterior de su ticket para el cine.

Pasaron como tres semanas levantándome tarde, el vie- jo me reclamaba a toda hora que consiguiera un trabajo. Esa vez comíamos en la mesa cuando me dijo que me lle- varía con un amigo suyo a un taller mecánico, que ahora sí aprendería a trabajar como los hombres. Yosóloveía la sopa de papas que mamá había preparado, no la probaba. El vie- jo seguía hablando, me enseñaba sus manos callosasy con mugre en las uñas: "Éstas son las manos de un hombre", me decía.

Mi madre pasó tras de mi asiento, acarició mi cabello,

puso sobre la mesa las cosas que había encontrado en mi ropa que acababa de lavar.Ahí estaba el ticket de cine todo arrugado, estiré mi brazo para alcanzarlo; el viejo seguía hablando

Estaba en las oficinas de la Policía Federal; el amigo de la oficialFuentes me hizo esperar más de dos horas para aten- derme. En su oficinaactuaba con prepotencia. "Demasiado ego para alguien tan insignificante", pensé, pero seguido pienso muchas cosas. Sólo me dijo que iba a ser difícil, que

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Israel Terrón Holtzeimer

la situación estaba complicada. "Pues tú dime, ¿cómole ha- cemos?", preguntó mientras se hacía el imbécil. No pude dejar de pensar en cómo descuartizarlo para mantenerlo con vida el mayor tiempo posible. Salí de su oficina. Llevaba mis papeles bajo el brazo, ya estaban algo maltratados. Estaba a punto de dar el primer paso hacia la puerta cuando alguien mencionó mi nombre. Volteé de in- mediato. Era una maestra de la facultad. Había llevado una

clase con ella. Bastante estricta, nunca creyó en las lágri- mas de todas sus alumnas que reprobaba. -¿Maestra? -pregunté algo tonto. -Qué milagro verte, muchacho -me dijo. -Sí, bueno -respondí algo sorprendido de verla toda- vía-, es que no soy muy devoto -comenté con mi sonrisa de cortesía. -¿Qué haciendo por estos rumbos? -Vine a meter mis papeles para la Policía Federal-le contesté-, es que ando ahí en la PGJ y pues acabo de ter- minar el curso de introducción también. -¿Y qué tal? -Pues creo que no hay convocatorias abiertas para el reclutamiento de agentes. -¿Quién te dijo eso? -Un tal Román -le respondí-, ni siquiera recuerdo bien su nombre, me dijo que había más de mil doscientos aspirantes.

-Ese

viejo nada más quiere dinero.

-Eso

pensé -comenté sin sorpresa.

Hizo una mirada periférica. -Deja tus papeles ahí con Rosario-me dijo un poco más discreta-, la chica de cola de caballo; deja ver si pue- do hacer algo. -¿En serio? -Sí, pero no te prometo nada. -Está bien, no se preocupe -agradecí algo torpe.

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ARTEMISA CAFÉ

-Pásame tu teléfono para cualquier cosa. -Sí, sí, claro. Cualquier cosa era cualquier cosa: tuve que follarla cuatro veces antes de que hiciera algo realmente. Solloza-

ba como gato a media noche: había leído en sus revistas de

secretos de mujeres que

tenía que disimular la risa cuando la escuchaba. Para tener una erección con esa mujer desnuda tenía que pensar en una orgía con todas las putas de Televisa y TV Azteca juntas. Una de esas noches, mientras roncaba y no me dejaba dormir, me levanté y traté de limpiarme en el lavabo del baño el asco que sentía. Encendí un cigarroy me senté en el pequeño escritorio que tenía a un lado de la ventana. Hojeaba las revistas: Oosmopolitan y sus mil consejos para el sexo; seguirlos con la chica de la portada debe ser senci- llo, porque el principal problema de la realidad es la inefi-

cacia del photoshop en la cama. Suspiré. Alcé la mirada hacia la ventana mientras le daba vuelta a la página. No recuerdo haber visto una luna tan grande como la de esa noche, parecía impactarse contra la Tierra. Me quedé observándola, en silencio. Era inmen- sa en realidad, pero parecía tan indiferente, como si su pensamiento estuviera en otro lado

eso excitaba a los hombres, pero yo

Siento que Diana está sufriendo, es como un presentimien- to, tal vez quiere despertar. Me siento a un lado de ella, trato de observar sus reflejos. Paso mis dedos por su piel espe- rando una reacción. Su antebrazo, su cara,su linda y maltra- tada cara. Golpeo la alfombra.Me levanto. La Torre Bicen- tenario ya casi arde por completo y siento que Diana arde más que el cielo de la Ciudad de México

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Israel Terrón Holtzeimer

La señorita Salmón leía los reportes de noticias que tenía qué informar; le comunicaron que haría un enlace con Rico, que ya se encontraba en el lugar del incendio. Le señalaban que ya era tiempo de regresar al aire. Cuatro, la señorita Salmón se acomodó en su asiento, tres, arregló un poco su blusa, dos:

-Gracias por seguirnos acompañando en esta noche, prácticamente ya madrugada del dieciséis del septiembre. Seguimos con la cobertura del incendio en la todavía no inaugurada Torre Bicentenario. Se dicen muchas cosas todo parece indicar que el incendio fue intencional y, bue- no, tal parece que es un mensaje más por parte de este

movimiento que

que tiene de cabeza a la ciudad. Vamoscon mi compañero,

Rico, que

Adelante, Rico, ¿me escuchas

-Sí, sí, pues mira, Salmón,me encuentro aquí, desde la Zona Cero, prácticamente a los pies de este enorme edificio, pues que precisamente se pensaba inaugurar hoy con un impresionanteespectáculode pirotecniay que, comoya sabe- mos,fue canceladodespués de pues del lamentable atenta- do el pasado trece de agosto en el transporte subterráneo. Como ya mencionaste,todo parece indicarque se trata de un atentado más por parte de pues de los Leopardos,este gru- po radical,muy radical,liderado por Artemisa,pero, te infor- mo, Salmón,que esto no se ha corroboradooficialmente. -Oye, Rico, se especulaba que podría haber gente adentro, ¿esto es cierto? -Mira, pues es algo que se trata de confirmar.Preci- samente en estos momentos un helicóptero de la PGR está sobrevolando exactamente encima de nosotros. Están tra- tando de comunicarse con pues con quien sea que pudie- ra estar adentro del inmueble y así pues comenzar un rescate que te digo la verdad, se ve muy, pero muy com- plicado en estos momentos.

bueno, usted ya sabe, este movimiento

que ya se encuentra en el lugar de los hechos.

?

151

ARTEMISA CAFÉ

-Sí, me imagino. Rico, ¿qué más puedes apreciar ahí? ¿Ha habido arrestados por manifestarse a favor del movi- miento, así como en pasadas ocasiones?

pues mira, este de hay algunas personas gri-

tando consignas a favor, o más bien, en

-Eh

contra del Jefe Ti-

rantes, pero están muy lejos, todos los cuerpos de seguri- dad pública están aquí, la PGR, la PGJ por supuesto, y tienen acordonada toda la zona y muy, muy vigilada -¿Algo más que quieras agregar, Rico? -No, pues nada más invitar a tus televidentes para que mañana nos sintonicen en un programaespecial que hemos preparado llamado Artemisa Café. He estado recolectando una serie de testimonios a lo largode la semana y te puedo decir que realmente me he sorprendido con la desinforma- ción que hay sobre el movimiento, hay una hay una enor- me cantidad de verdades a medias y mentiras redondas en las que son tan expertos los imbéciles, pero, bueno, tratare- mos de ver el movimiento a través de las personas que están afuera, a través de gente común y corriente, de esa gente que formamosla mayoría de los mexicanos -Sí, sí, claro -risas---'-. ¿Aqué hora, Rico? ¿Aqué hora te vemos? -Sí, mira, es a las Un griterío interrumpió el comentario de Rico,que miró hacia arriba al ver la alteración de las personas a su alrede- dor. Antes de que se perdiera la señal en la transmisión, lo último que se alcanzó a escuchar fue su voz diciendo:

-Mierda Shhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh. La señal se perdió inmediatamente, sólo se percibía es- tática en la transmisión. La cámara regresó a pantalla com- pleta con la señorita Salmón. -¿Rico?-llamaba la señorita Salmón reacomodándose el chícharo en el oído-. ¿Me escuchas? ¿Rico? Bueno, al parecer tuvimos un pequeño problema con el enlace, ¿sí?

152

Israel Terrón Holtzeimer

-se acomodabael chícharode nuevo-. No, ¿verdad?Bue- no, le pedimos disculpas, una pequeña falla con el satélite seguramente Le recuerdo que le estamos transmitiendo en vivo y en directo para tenerlo lo mejor informado posi- ble, pero, pues a veces algunas cosas se escapan de nuestro

control. Iremos a una pausa comercial en lo que tratamos de restablecer nuestro enlace desde la Torre Bicentenario. Quédese con nosotros, esto es Punto final -golpeó con la

punta de

su pluma el escritorio

Caminaba por el borde del segundo piso del Periférico con los brazos extendidos para equilibrarse. Yo iba a un lado de ella, por la calle, tratando de estar atento por si trastabillaba. -Los Leopardos sólo quieren llamar la atención -le comenté. -¿No crees que esto cambie al país? -preguntó. Alcé los hombros, seguía atento a su caminar. Yo ya había aprendido a no imponerle nada, ni mi seguridad; ése fue el trato, yo nunca le diría qué hacer. Pero para cada locura de Diana, yo encontré algunos límites que ella no.

Después de que me detuve, vi que ella seguía su cami- no. Seguí sus pasos, no pudieron ser muchos. Reaccioné de inmediato jalándola de su blusa, perdió el equilibrio y cayó encima de mí. Era la primera vez que estaba tan cerca de ella, se reincorporó sentándose sobre mis piernas. -Se trata de que en México haya democracia de ver- dad -me decía-, y no lo que vende el IFE en televisión, ¿no lo crees? -La democracia no es del todo buena si la mayoría no

está en lo correcto, y en

-Ésa es una tontería -me alegaba-, no puedes espe- rar que todos piensen igual que tú para poder avanzar.

México la mayoría no lo está.

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ARTEMISA CAFÉ

-No espero que todos piensen igual, Diana, sólo que lo hagan con coherencia sin importar si eres de izquierda o derecha. -¿No crees que sería mejor un gobierno de centro? -No lo sé, igual sería la misma mierda de siempre. Por cierto -le comenté reincorporándome-, qué madrazo te hubieras puesto. -¿Madrazo?-mencionó confundida. Con la mirada le indiqué que volteara; se hizo a un lado de mí-. [Para de

mamar! -gritó sorprendida-

¿Qué le pasó al segundo

Israel Terrón Holtzeimer

-Sí, somos una especie frágil -encendí mi cigarro acompañando su mirada. -¿Especie? ¿Qué especie somos?-se quedó unos se- gundos en silencio mirando el humo de mi cigarro; des- pués me dijo-: Estaría bien una ClasificaciónOrientada al Mejoramiento de Organismos Neonatos a Favor del Orden Racial Transgénico, ¿no lo crees, Federico? -No entendí una sola palabra de lo que dijiste. -Suele pasar ¿Me das un cigarro?

piso del Periférico? -¿No lo habías visto? -¿Cómo iba a verlo? -¿Caminabas con los ojos cerrados? -pregunté

in-

Comienzo a buscar en el suelo las botellitas de Don Pedro y Bacardi; es lo único que queda en esta fría habitación. Empino una, la aviento, empino otra, la aviento. Mataría

crédulo.

-Todo cambia. Algún día no habrá nada A partir de hoy

por

algo de mezcal, por ese asqueroso pulque que tomaba

-Pues tendría que ser muy valiente para hacerlo con

mi

papá, lo que sea. Humedezco un poco los labios de

los ojos abiertos. ¿Por qué se cayó el segundo piso del Peri- férico?-preguntó.

Diana, sus labios secos, pálidos. Me rasco la cabeza deses- peradamente. Reacomodo la cortina que la cubre, la corti-

-Los Leopardos explotaron varias columnas, varias partes colapsaron. -Bueno, de todas formas no iba a durar mucho con la

na blanca. Me balanceo de un lado a otro, como si fuera un loco en la esquina del cuarto exigiendo un momento de lucidez

pésima licitación. Se levantó, comenzó a dar vueltas alrededor de sí. Que- dó bastante cautivada al ver el caótico paisaje de la ciudad. Entonces recitó en voz baja:

esto ya no se llamará segundopiso, sino Piso cero. Es buena idea, ¿no lo crees, Federico? -Como se llame, el tráficoserá terrible. Después se sentó a la orilla de la parte derrumbada, abrió una bolsita de M&M's. Me levanté y me senté junto a ella como si estuviéramos en el borde del fin del mundo, donde nuestros pies colgaban a la orilla del vacío. -¿Te has dado cuenta de que cualquier cosa puede

Tratar de ser una roca entre las rocas fue algo incómodo. Me levanté y me recosté en la arena de la playa. Estaba a punto de quedarme dormido; entonces Diana apareció de cabeza. -¿Qué haremos hoy?-preguntó, tan fresca,como si la

noche no hubiera pasado. -Lo que quieras -respondí algo contrariado. Ese día fue especial. Diana nunca había estado tan feliz. Debía ser la única persona en el mundo que se ve tan genial con un overol. El glamour de Diana sobre todas las cosas. Por más que tallaba mis ojos, todo se veía como fotogra-

matarnos?-comentó mirando el vacío.

fía

polaroid:cada escenario, cada pose; con ese tono sepia y

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ARTEMISA CAFÉ

líneas de filmación. A todos los lugares donde subía me sa- ludaba con su globo inflado de helio amarrado en su mu- ñeca. Yo no me cansaba de hacer burbujas de jabón para que ella las reventara. Aunque era lunes, parecía la mañana de domingo. Diana era como la mañana de domingo, donde toda la gente está de buenas; pero las mañanas de domingo no son para siempre, ni siquiera para toda la semana. Estábamos sentados en el borde de la playa. Diana es- taba en realidad cansada, nunca la había visto agotarse an- tes. Se dolía de sus pies y se recargaba en mi hombro. Sus- piró profundamente. Sin nada más, sin pensar en otra cosa, la besé. Aire sala- do. Me dijo que besaba feo; ya estaba acostumbrado a sus desplantes, no me importó, sólo la abracé. Dijo que prefe- riría una cama, así que la levanté para llevarla al hotel. La llevé cargando en mi espalda, caminé con ella por todo el boulevard. Podría llevarla por todo el litoral mexi- cano con tal de que la noche nunca terminara. Después de todo somos los que nunca duermen. Ella me abrazaba, ella me sostenía

Trato de establecer los parámetros de la muerte con una

voz lejana de melancolía. [No camines a la luz! Te prome-

te la vida

nada más infame, porque cuando hayas cruzado el túnel, te habrás dado cuenta de que estás más muerta que Pedro Infante

eterna. Nada más infame. Te juro que no hay

En la casa de la familia Balbina definitivamente las cosas ya no eran las mismas:

"[Era tu responsabilidad llevarla ese día! [Pero no, el señor tenía una junta muy importante, tenía que llegar temprano al trabajo!"

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Israel Terrón Holtzeimer

"[Ahora resulta que tengo la culpa por tener que tra-

bajar! ¡Tú ibas con ella! [Tú fuiste la que cruzaste por la maldita calle! ¡Si tan sólo hubieras respetado los cruces

peatonales!"

Y al día siguiente:

"Todo esto es por mi culpa, nunca debí soltarla, debí tener la fuerza suficiente para sostenerla."

"No digas eso, yo les fallé, mi deber era protegerla y no

lo hice."

Lo más confuso de la situación era que Diana ya había regresado a casa. Cuando la creían muerta nunca se pre- ocuparon por saber de quién era la responsabilidad. Sólo compartían el luto y se consolaban. Pero el silencio de Dia- na los estaba volviendo locos. En las mañanas, su madre se pasaba horas preparándo-

la para la escuela. De frente al espejo, trataba de arreglarle

el cabello que ella misma se había cortado. Mientras in-

tentaba que se viera lo más femenina posible, buscaba mil

y una formas de preguntarle sobre lo sucedido: ¿Dónde

había estado? ¿Qué había hecho? Pero Diana simplemen- te no hablaba. Un día su madre colapsó, azotó el cepillo contra el piso

y

corrió a su habitación para llorar sobre la cama. La prime-

ra

mañana a su regreso, ella entró a su habitación y encon-

tró todo su lindo y largo cabello regado en la alfombra. La

sensación que sintió en su pecho fue horrible. Con un nudo en la garganta, y derramando lágrimas discretas, le-

vantó todo el cabello y lo guardó en una caja redonda sobre su clóset antes de que Diana despertara. Mientras seguía llorando en su cama, a veces tenía la osadía de pensar que todo estaría mejor si Diana hubie-

ra muerto, incluso para ella misma, y por ello se castigaba

más. Vio a Diana parada en la puerta de la habitación. "¿Por qué lloras?", dijo Diana inexpresiva. "Si estás llo- rando por mí, no te doy ese derecho."

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ARTEMISA CAFÉ

La madre, bastante molesta, se levantó, sacó la caja y le arrojó su cabello a la cara. Después le cerró la puerta y lloró más mientras se deslizaba hasta el suelo. Duro y frío suelo alfombrado. ¿Qué has hecho? Las discusiones entre sus padres seguían; día con día Diana las escuchaba detrás de la puerta. Algunas noches pasaron y su padre ya no podía conciliar el sueño. Soñaba que Diana le hacía daño, que amanecía y veía su cuerpo desmembrado sobre una sucia mesa de cirugía clandestina, su pequeña niña a su lado con un hacha de carnicero para cortarle la cabeza. Se despertaba asustado y miraba debajo de la cama que ella no estuviese escondida allí. Respira- ba de nuevo. Conducía sin sentido, rentaba a mujeres para conversar, se confesaba con ellas mientras le daban sexo oral. Era recon- fortante que siempre le dieran la razón. Pasaba las noches en hoteles baratos. Cada vez eran menos los días que llegaba a casa, y cuando lo hacía, todo era discutir casi sin hablar. Cada vez que tropezaba con Diana, sentía un gélido va- cío. Lo que daría porque ella le gritara reclamándole por

todo lo que dejó de

pudo lastimarla, por no defenderla, por no enseñarle el mundo, por nunca decirle que la vida no era fácil. Pero a cambio, ese silencio suyo que le daba escalofríos, esa mira- da que lo hacía quedarse estático y contener el aire. Sentía que tarde o temprano Diana se vengaría de él. Esa vez que le dijo que se iba, su esposa no salió de la habitación para nada, se encerró e inútiles fueron todas las palabras para que abriera. Él había preparado pocas cosas para irse, sólo tenía un par de maletas en la puerta. Trató de hacer el menor ruido posible, lo más rápido posible. Cuan- do se disponía a cerrar, alcanzó a ver a Diana parada en el pasillo. Se quedó frío, sin aire, en el inmenso vacío de un pequeño departamento semiamueblado. La vio por un ins- tante, después cerró la puerta lentamente.

hacer como padre, por todo lo que

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Israel Terrón Holtzeimer

Como dijo Nervo: "Todas las cosas llegan, le hacen daño a uno y se van". Así fue para la madre de Diana cono- cer a su nueva pareja, un judicial que siempre trató de comprenderla y aceptarla. Incluso, entre los dos, planearon cómo reintegrar a Diana, cómo hacerla sentir mejor, ser la niña que se supone debería ser. Y entonces vivieron juntos:

Se mudaron a una casa que compraron. Una casa, final- mente una casa. Una maleta de promesas y corazones de

repuesto, fue todo lo que la dulce señora tomó de su anti- guo departamento. Las cortinas, los muebles, los arreglos, de arriba abajo, la madre de Diana parecía otra. Sonreía, preparaba la comida, le compraba ropa, salían los domingos a pasear como una familia normal. Inútiles, tan inútiles fueron esas palabras, todos los re- galos, todas las comidas. Para Diana, él era como un fantas- ma en la casa, muy apenas y lo saludaba cuando se encon- traban por los pasillos o cuando él llegaba y ella veía

televisión en

esperado por llamar su atención le enseñó todo el mecanis- mo de la misma. La guardó en el cajón y le dijo que estaba prohibido sujetarla si no estaba él presente. Había recibido varias amenazas de muerte, quería ser diferente. Ya había rechazado ofertas de corrupción y eso enfadaba hasta a sus propios jefes. Estaba perturbado, te- nía miedo a la muerte, pero no accedería a ninguna presión por parte del crimen organizado, algo que su padre le había enseñado. Esa vez llegó nervioso, un tipo se le emparejó y lo asus- tó. Llegó algo alterado a la casa. Cuando entró, vio a Diana sujetando el arma que guardaba en el cajón. Ella lo vio, le apuntó y simuló disparar. El judicial sostuvo la respiración, se había quedado pasmado. Avanzó rápido, se la arrebató de las manos y la abofeteó. Diana corrió a su habitación y se encerró. En menos de una hora, fueron cinco las veces

la sala. Ya le había mostrado un arma; tan des-

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ARTEMISA CAFÉ

que el judicial intentó tocar a su puerta para disculparse.

Israel Terrón Holtzeimer

¿Cuántos cabellos sujetas

cada vez que deslizas tu

Justamente

en la quinta casi lo logra, pero sus nudillos se

mano?

En todo el día, Diana caminó sin sentido por la ciudad.

quedaron a unos milímetros de la madera. Desde enton- ces, Diana ni siquiera lo saludaba, evitaba verlo desviando su mirada. Miradas que no se cruzan son personas que no existen. Encontrarme contigo es estrellar mi cabeza contra la pared. Hacía unas horas había capturado a dos hermanos que vendían droga en unos condominios de la Guerrero. Llega- ba agotado, exhausto de tantas presiones. Antes de entrar a la casa vio por la ventana a Diana, que usaba unos lentes de armazón azul. Sonrió, esos lentes se los había regalado hacía dos años, cuando la llevó a la feria junto con su ma- dre. Se los ganó en un concurso de tiro al blanco e inme- diatamente se los había obsequiado. Esperaba que se los pusiera en ese momento, pero Diana sólo dijo "gracias" y los guardó en su mochila. Tal vez representaba un acercamiento entre ellos, por- que quería ayudarla y no sabía cómo. Tal vez era un paso, un pequeño paso verla con esos, lentes puestos. Alzaba la mano para saludarla cuando nueve balas silenciosas atra- vesaron su cuerpo en un abrir y cerrar de ojos. Su sangre salpicó las rosas del jardín y desbordó la banqueta. Desde entonces el silencio en la casa fue tan brutal como las mismas balas. La enfermedad de Diana había con- tagiado a su madre. No compartían el almuerzo, no compar- tían los horarios, no se compartían ni las horas de sueño. Sentada en la orilla de la cama, el camino parece más largo y sinuoso de lo normal. Nadie dijo que dolería tanto, ni siquiera se atrevieron a mencionarlo. Cuando la madrugada comienza, los antidepresivos parecen suficientes, pero al

¿Cuántas veces lo has pensado? Esa mañana, un fuerte zumbido despertó a Diana. Era un zumbido diferente, como un vuelo de moscardón. Se quedó un tiempo estática y siguió escuchando. Se levantó, agudizó el oído para seguirlo. Provenía del cuarto de su ma- dre. Tocó la puerta, la tocó de nuevo, después la abrió. Ahí estaba, esa maldita mosca, no soportaba el zumbido de sus alas. Se miraban, tallaba sus manos con un cente- nar de Dianas en sus ojos cuadriculados. Pensó en matarla, porque ya era bastante tener que ser una sola Diana, pero no supo cómo, no pudo ni siquiera dar un paso hacia ella. Era obvio que la casa era muy pequeña para las dos. Así que prefirió irse antes que escuchar ese zumbido por el resto de su vida.

Así llegó hasta la Alameda, donde un tipo vendía abrazos por un peso; intentó abrazarla, pero Diana se apartó rápida- mente. Siguió su camino por el Centro Histórico. Estatuas de carne y hueso y músicos callejeros. En la Plaza de Ar- mas se sorprendió con un robot que se ganaba la vida. Se acercó y la asustó; mientras se alejaba, el tipo dijo adiós mecánicamente. Siguió caminando y encontró a un tipo vestido todo en dorado con una capa que lo cubría hasta los pies. En sus manos cargaba una caja de zapatos con la palabra futuro es- crita en la tapa. No se movía, parecía inmutable en una ciudad que no dejaba de moverse. Diana se le quedó vien- do de frente. No fue hasta que una niña arrojó una moneda dentro de

desfilar las horas por el reloj-despertador, te das cuenta que

la

lata que yacía a sus pies, entonces el dorado señor brincó

el frasco está vacío. Buscas en la bolsa más pastillas, pero en

y

abrió la caja de zapatos para que la niña metiera la mano.

la bolsa ya no queda nada, sólo el escaso aire de ésta:

El movimiento asustó a Diana que, después de

ver a la

¿Cuántas lágrimas pueden secarse consecutivamente?

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niña, se acercó y echó un vistazo a la lata. Sacó una moneda

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ARTEMISA CAFÉ

de su bolsa y la depositó. El dorado señor brincó de nuevo y con el mismo movimiento le abrió la caja de zapatos. Dia- na metió la mano y sacó un pequeño papel. Lo desdobló, leyó: "este año viajarás mucho". Diana lo miró. El tipo era como una enorme galleta de la suerte.

-¿A dónde? -le preguntó. Pero el dorado señor no se movía, seguía estático. Sacó otra moneda y la depositó en la lata. El señor brincó y abrió la caja de nuevo. Ella metió la mano y sacó otro papel. Lo desdobló: "conocerás a muchos amigos". -¿Los conoceré aquí o allá donde viaje?-preguntó de nuevo. El señor no decía nada, sólo la miraba de reojo. Final- mente Diana comenzó a correr. Cruzó toda la Plaza de Ar- mas, cruzó Circunvalación, San Lázaro, entró a la Tapo para comprar un boleto de autobús. -¿A dónde viaja, señorita? -preguntó la señora de la línea de autobuses. -A Québec, por favor. -No tenemos boletos internacionales, sólo al interior de la República. -¿Y cómo puedo llegar a Québec? La señora de la línea seguía algo extrañada. Ella pensa- ba que Québec estaba en Estados Unidos, tal vez en algún lugar de Texas. -Bueno, pues puedes comprar un boleto a Mon- terrey, de ahí sí salen autobuses para Estados Unidos.

Diana-. Déme un boleto para

Monterrey, por favor

-Está

bien -dijo

Yya muerta no haces otra cosa que vigilar a los vivos.Algu- na vez mencionaste que la eternidad es sólo para los perde- dores, porque ni con todos esos años de existencia harían

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Israel Terrón Holtzeimer

algo para ser recordados. Si Ordaz hubiera sido eterno, el "milagro mexicano" ya nos tendría en el primer mundo. En la facultad existía la leyenda urbana de que yo era quien aparecía en la portada de la Gaceta de octubre. Du- rante la marcha de la Plaza de las Tres Culturas al Zóca- lo, íbamos gritando consignas contra el autoritarismo con pancartas de: EL 2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA. Yollevaba mi letrero donde claramente se leía: ASESINOS. Caminaba con un antifaz blanco para resaltar lo pacífico del movimiento y una cinta canela que cubría mi boca para reclamar por la opresión a la libre expresión. Cuando la chica de la Gaceta se adelantó para tomarnos la foto, al momento del flash yo le di la vuelta a mi letrero para mostrar la parte del reverso. En la portada de la Gaceta de octubre salía una mu- chedumbre indignada con pancartas contra el gobierno y gritando estupidez y media y, hasta adelante, un chico inexpresivo con un antifaz blanco y una cinta canela en la boca sosteniendo un letrero que decía: jSE LO MERECÍAN!

163

XIII

La retribución de Artemisa

A PANIAGUAPOCO le importaba lo que ellos festejaban, no lo

compartía, se sentía apático. Desde hacía tiempo se cues- tionaba si lo que estaba haciendo era lo correcto. Estaba decidido a largarse de la ciudad después de los atentados al Metro, pero Sonia nunca llegó; la esperó más de cinco ho- ras, pero nada, Sonia no apareció. Desde ese día no supo más de ella y se cuestionó hasta el último segundo de su vida si ella lo odiaba.

Paniagua tenía trece años cuando viajaba en el asiento

posterior del auto de su familia, un Tsuru blanco, bastante económico. Era tarde, venían de una posada de casa de sus abuelos. Cuando la luz se puso en verde, su padre avanzó lentamente. Todavía reían con las cosas que recordaban de

la cena. Entonces una camioneta Hummer los impactó a

más de ciento cincuenta kilómetros por hora. Mientras le ponían el collarín, escuchó a los paramédi- cos hablar del milagro que era que siguiera con vida, plati- caban relajados de ver que la sangre que lo bañaba no era de él. Estaba lo suficientemente despierto para darse cuen- ta de las cosas. Una de ellas fue ver al conductor de la Hummer, un chico como de su edad, tal vez un par de años más grande. Vio todo, cuando los policías lo tenían bajo custodia, cuando reían con él, cuando lo dejaron ir en otra camioneta de lujo que llegó por él.

Al otro día, en el hospital, sus abuelos, sus tíos, todos le hablaban al mismo tiempo. ¿Sus padres? Una masa deforme de carne trenzada entre el Tsuru económico y la estatua de Juan Pablo Segundo. ¿El culpable? Nunca lo encontraron.

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ARTEMISA CAFÉ

Conoció a Quintino porque trabajaba en el café donde éste rentaba internet. Cuando vio su simpatía para con- seguir amigos en línea se asentó más dentro del grupo. Mu- chos de esos mamíferos efervescentes que se hacían ex- plotar en nombre de Artemisa en realidad ni siquiera la conocían; Paniagua los contactaba con algo de ingeniería social, se hacía pasar como seguidor de los Leopardos y los convencía de apoyarlos explotando cualquier cosa, lo que

fuera sería bueno. La promesa de Quintino a Paniagua desde un principio fue vengarse de los judiciales. Le habló de reestructurar al país desde sus cimientos, de encontrar al conductor de la Hummer. Cada vez que Paniagua dudaba, Quintino se en- cargaba de abrir más la herida, porque todavía se desperta- ba por las noches gritando creyendo que el sudor que lo empapaba era la sangre de sus padres. Entonces conoció a Sonia; eso que sintió cuando la vio no se lo dijo a nadie, pero quería sentirlo siempre. Él no la quería en esto, pero Sonia estaba convencida, unida a una causa que no era su causa, y decidió hacerlo. "Cuando esto termine te veré en el café y me iré contigo a donde nadie nos encuentre", le dijo, y Paniagua estuvo ahí hasta que el café cerró, pero Sonia no llegó Mientras todos chocaban sus botellas de cerveza, Pania- gua se levantó y miró el paisaje, la interminable Ciudad de México. "¿Cuántas cosas tuvieron que pasar para terminar en esto?", se preguntó. Bajó la mirada y vio el fuego en los pisos inferiores. El diseño mismo de la torre le daba esa visión sin ningún problema.

-Hey

-llamó,

pero no lo escucharon-.

¡Hey! -to-

dos voltearon-.

Todos lo miraban incrédulos. No creyeron hasta que comenzaron a levantarse uno tras otro. El primero en aso- marse fue Servín, que desde un principio se mostró en des-

acuerdo con ir a la torre.

¡La torre! ¡La torre se está incendiando!

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Israel Terrón Holtzeimer

-¡Mierda! -gritó azotando sus manos sobre el cristal de la ventana-. ¿Qué mierda es esto? -gritó mientras to- dos pasaban junto a él para ver el incendio. -¿Qué demonios pasa? -preguntaba Ferrer después de ver por la ventana-. ¿Qué demonios sucede, Quin tino? Quintino miraba la situación y buscaba mil explicacio- nes distintas para lo que estaba pasando, pero no encontra- ba ni una sola.

Rodríguez mar-

cando en su celular Rodríguez tenía dieciocho años cuando fue con su padre a

comprar una camioneta. Había unos tipos que tenían un lote

y las vendían a precios económicos. Con la compra, el padre

de Rodríguez pensaba solventar su posición económica, ya que tenía varios planes para mejorar sus ingresos con ella. Brillaba más que cualquier otra. Era la camioneta entre

las camionetas. Todos sus ahorros por esa preciosa máqui- na. No pasaron ni dos días cuando la policía tocó a su puer- ta para decomisarla. Estaba reportada como robada. La mañana siguiente, el padre de Rodríguez fue a le- vantar la denuncia. Tenía toda la determinación para meter

a esa gente a prisión y exigir la devolución de su dinero.

Presentó todos los papeles legales para que procediera. Esa misma tarde, personas encapuchadas entraron a su casa y lo sacaron a la fuerza. Rodríguez nunca supo más de él. El lote de autos siguió funcionando. Desde entonces, en el mundo sólo estaban él y su ma- dre. Ella limpiaba casas, lavaba y planchaba ropa. Rodrí- guez hacía rosas de acrílico, mariposas de tela e insectos de cobre, y los vendía en el Tianguis del Chopo. Con eso muy apenas y lograban subsistir. Pocos años después su madre se deterioró y murió. Ro- dríguez siempre creyó que fue de tristeza. Se quedó solo, no tuvo para pagar la renta en el cuarto donde vivían, así que lo echaron. Buscó alojo con sus familiares, pero nadie

-Hay que hablarle a Diana -comentó

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ARTEMISA CAFÉ

lo recibió. Pasó algunas noches durmiendo en las bancas de un parque detrás de la casa de Quintino, con una bolsa donde cargaba rosas de acrílicopara vender, que por el aje- treo ya estaban muy estropeadas. Cuando Quintino le ofreció la oportunidad de vengarse, Rodríguez no lo pensó dos veces. No tanto por su odio con- tra la policía, sino porque