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IV Trimestre de 2009

Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah


Roy Gane

Introducción

i hija, que está en la adolescencia, y sus amigas, manifiesta

M gran interés en el carácter de Dios, especialmente tal como se


revela en el Antiguo Testamento. Cuando se sientan a conversar
acerca de su relación personal con Dios, con frecuencia sus
preguntas giran alrededor de la forma en que actuaba. ¿Por qué era tan du-
ro con los israelitas y con otros pueblos de la antigüedad? ¿Era justo al or-
denar a los israelitas que exterminaran naciones enteras, incluyendo mujeres
y niños inocentes? ¿Podemos confiar en un Dios así y sentirnos cómodos
con él?
La forma en que los jóvenes serios responden a esas preguntas tiene un
enorme impacto sobre su decisión de creer que existe un Dios amante y per-
mitirle que sea parte de sus vidas, o no hacerlo. Para ellos, las opciones no
se plantean entre una u otra denominación cristiana, sino entre el cristianis-
mo y el agnosticismo o el ateísmo práctico.
El presente volumen analiza un libro del Antiguo Testamento que desem-
peña una parte central en el debate sobre el carácter de Dios: Números.
El libro de Números es sumamente importante para nuestra experiencia ac-
tual, mientras viajamos hacia la vida que nunca terminará en la tierra prome-
tida: la tierra nueva, el paraíso restaurado (Apocalipsis 21; 22). Los seres hu-
manos tenemos la tendencia a descuidarlo o ignorarlo, quizá, en parte, por-
que su nombre es poco atractivo para todos, salvo para los matemáticos y
los contables. “Números” se refiere a las listas de los censos que mencionan
los capítulos 1-4 y 26, los cuales muestran cómo todos los integrantes de la
primera generación de israelitas que salieron de Egipto, excepto Josué y Ca-
leb, murieron en el desierto a causa de su rebelión contra Dios.
El nombre hebreo del libro se deriva de su primer versículo: “En el desierto”.
Este título se refiere al escenario en que transcurrieron las décadas en que Dios
condujo a los israelitas de lugar en lugar por las regiones desérticas ubica-
das entre el monte Sinaí y la tierra de Canaán, la tierra que Dios les había
prometido. Aunque debería haber sido el libro que registrara la conquista
de Canaán, registra, más bien, la historia de la demora. Los israelitas po-
drían haber entrado en la tierra de Canaán cuarenta años antes, pero la ge-
neración adulta no confió en Dios ni fue leal a él, ni siquiera después de las
maravillas que el Señor había obrado en favor del pueblo.
La tierra prometida era un regalo de Dios para los israelitas. Dios les había
dado el título de propiedad de aquella tierra (Éxodo 6:4; 32:13). Es cierto que
ellos debían esforzarse en cooperar con él a fin de poseerla, pero ya era pro-
piedad suya (Números 13:30). Sin embargo, su falta de fe y lealtad les impi-
dió recibir el don de Dios. Por ello, la nación tuvo que esperar en el desier-
to hasta que la siguiente generación estuviera lista y la generación adulta
hubiese muerto.
El libro de Números es uno de los más dramáticos y trágicos libros de la
Biblia. La emocionante expectación de un viaje rápido a la “tierra que fluye
leche y miel” se disipa en quejas acerca de la comida y en el paralizante te-
mor de los gigantes cananeos y las ciudades amuralladas. Una comunidad
muy bien organizada de repente estalla en una peligrosa revuelta contra el
liderazgo de Dios a través de sus siervos, Moisés y Aarón. Los dirigentes de
un motín y sus familias son tragados vivos por la tierra, y los levitas que tra-
taban de usurpar las funciones sacerdotales quedaron calcinados por el fue-
go divino. Las plagas de Dios contra los rebeldes se vuelven progresiva-
mente más severas, hasta que mueren veinticuatro mil en la peor plaga
porque fueron seducidos a caer en la inmoralidad y la adoración idolátrica
al dios pagano Baal de Peor. Incluso Moisés desobedeció a Dios golpeando
la roca en vez de hablarle para obtener agua, por lo cual Dios no le permi-
tió entrar en la tierra prometida.
En medio de todas las innecesarias peleas y luchas, la shekina de Dios (“mo-
rada”, “residencia”) estaba presente en la nube de gloria que cubría el san-
tuario y hacía guardia para proteger a su errático pueblo y le proporcionaba
constantemente el alimento milagroso del cielo (el maná) de manera coti-
diana. Dios los organizó para que pudieran tener éxito, los disciplinó, con-
testó misericordiosamente sus oraciones intercesoras a favor de ellos cuan-
do se rebelaron, les proporcionó los medios para recibir expiación y sani-
dad, los protegió contra las maldiciones, y les dio la victoria sobre sus
enemigos quienes, si no, los habrían destruido.
Mientras los israelitas viajaban bajo la sombra de la shekina, ¿cómo era po-
sible que alguien cuestionara la presencia de Dios entre ellos? Sin embargo,
los israelitas lo hicieron reiteradamente. Eran unos alumnos con una capa-
cidad de aprendizaje increíblemente lenta. Les llevó muchos años obtener
el aprobado en los sencillos rudimentos de la fe. Mientras no aprendieran
esas lecciones fundamentales, Dios no podía llevarlos a la tierra prometida,
atravesando el río Jordán. Allí la nación debía vivir de acuerdo con los prin-
cipios divinos a fin de poder revelar su carácter a todos los pueblos de la
tierra. Debían estar dispuestos a ser testigos fieles de Dios para poder reci-
bir sus bendiciones. Si los hubiera bendecido cuando se rebelaron contra
él, les habría enviado un mensaje equivocado, reforzando así la deslealtad.
La peregrinación de los cristianos es similar a la de los israelitas, como reco-
noció el apóstol Pablo: “No quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros pa-
dres estuvieron todos bajo la nube, y todos pasaron el mar; que todos, en
unión con Moisés, fueron bautizados en la nube y en el mar, todos comie-
ron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiri-
tual, porque bebían de la roca espiritual que los seguía. Esa roca era Cristo.
Pero de la mayoría de ellos no se agradó Dios, por lo cual quedaron tendidos
en el desierto. Estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para
que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras,
como algunos de ellos [...]. Ni tentemos al Señor, como también algunos de
ellos lo tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como al-
gunos de ellos murmuraron, y perecieron por mano del destructor. Todas
estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amones-
tarnos a nosotros, que vivimos en estos tiempos finales” (1 Corintios 10:1-
11).
El libro de Números nos enseña cómo vivir y caminar con Dios, incluso ba-
jo las circunstancias más difíciles. Dios es bueno, y digno de nuestra con-
fianza, y quiere darnos grandes bendiciones con su asombroso poder. Nun-
ca nos dejará perecer si lo seguimos de todo corazón y reconocemos nuestra
total dependencia de él. Pero nos tiene por responsables de la forma como
lo representamos delante del mundo, al cual él quiere salvar. Si lo repre-
sentamos mal, no podrá atraerlo. Él es paciente con los habitante de nues-
tro planeta y les da mucho tiempo para que se arrepientan (cf. Génesis
15:13-16), pero se ha propuesto purificar al mundo de toda especie de mal y
opresión para poder convertirlo en un lugar seguro, regido por el amor ab-
negado (Apocalipsis 19: 22).
Del mismo modo que el antiguo Israel, nosotros también tenemos crisis de
fe, luchas por el liderazgo, y engaños que nos inducen a comprometer nues-
tra relación con nuestro Salvador. Nuestro objetivo es grande y nuestras espe-
ranzas elevadas, pero nosotros también nos dejamos distraer con mucha fa-
cilidad. Como los israelitas, nosotros también hemos demorado nuestra en-
trada a nuestra patria eterna. Nuestro progreso no siempre ha sido hacia
adelante. Para mirar hacia Dios necesitamos una visión nueva de la imagen
de conjunto de sus planes, para seguir avanzando. Él suple todas nuestras
necesidades cotidianas, y nos guía paso a paso hacia una tierra mejor. Pero
él no nos obliga a avanzar, ni a ir más rápido de lo que estamos dispuestos a
avanzar. Antes bien, nos fortalece diciéndonos que el hogar que nos ha
prometido es una buena tierra y que con su ayuda somos capaces de con-
quistarla (Números 13:30; 14:7-9).
El libro que el lector tiene en sus manos es un repaso de Números para el
lector contemporáneo, y tiene el propósito de iluminar algunos aspectos
clave del carácter de Dios y su forma de dirigir a su pueblo errante. No es
un comentario completo. Si el lector quiere un comentario completo, lo invito
a leer, de este mismo autor, Leviticus, Numbers (NIV Application Commen-
tary. Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 2004), el cual presenta muchos
otros detalles y más aplicaciones para la vida. Presenta también extensa bi-
bliografía de otras obras. Para una introducción al significado del santuario
israelita y sus servicios, véase Altar Call (Berrien Springs, Michigan: Dia-
dem, 1999), de este mismo autor.
Para este libro se ha utilizado fundamentalmente la versión Reina-Valera
revisada en 1995 para las citas bíblicas; cuando se citan otras versiones, se
indican en el texto en cuestión. La elección de esta versión en particular no
implica un respaldo incondicional de una versión en español, porque todas
las versiones, en todas las lenguas, no son más que una especie de comenta-
rio resultante de una interpretación erudita.
Deseo expresar mi gratitud a Rebeca Noble, mi ayudante en el trabajo de in-
vestigación, por reunir muchas de las ilustraciones incluidas en este libro.
IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah


Roy Gane

Capítulo Uno

Una nación bajo la dirección


de Dios
(Números 1-4)

La religión organizada
Después de liberar a los israelitas, Dios los mantuvo en el desierto del Sinaí
durante casi un año antes de dirigirlos hacia Canaán (cf. Éxodo 19:1; Números
10:11, 12). La región que rodeaba al monte Sinaí estaba lejos de cualquier
amenaza militar y de las tentaciones de las sociedades paganas. Allí el Señor
organizó a su pueblo como una nación funcional, con un espectacular siste-
ma de adoración, para que sus integrantes pudieran colaborar con él y entre sí
para llevar a cabo su misión (Éxodo 29-Números 10).
Dios dio a los israelitas un tipo de «religión organizada». Son muchas las
personas que han rechazado la religión organizada:
 «Este mundo sería el mejor de los mundos posibles si no hubiera re-
ligión» —John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos de
América.
 «La religión es el opio del pueblo» —Karl Marx.
 «¿Religiones? Argumentos interminables sobre contradicciones triviales
en libros escritos por salvajes ignorantes para explicar los truenos en las
tinieblas» —Autor desconocido.
 «Una sociedad sin religión es como un demente psicópata sin una pis-
tola del calibre 45 cargada» —Autor desconocido.
 «La religión organizada es un simulacro y una muleta para débiles
mentales que necesitan fortalecerse en grupos. Dice a la gente que vaya a
meter las narices en los asuntos de otras personas» —Jesse Ventura, go-
bernador de Minnesota, 1999.
 «La religión no es muy eficiente únicamente en lo que respecta a la inver-
sión de tiempo. Yo podría hacer muchas cosas más el domingo por la
mañana» —Bill Gates.
Por desgracia, quienes hacen esas declaraciones pueden hallar apoyo en mi-
les de años de historia religiosa. Para muchos, aunque deseen servir a Dios,
la organización destruye la verdadera espiritualidad y la devoción hacia él.
Como evidencia pueden citar numerosos grupos religiosos cuyo interés se
centra más en el poder y en la justificación propia que en la pieda4y el servi-
cio. Tales personas obtienen una mayor bendición para ellos mismos o con
los miembros de su familia o con amigos íntimos cuando adoran a Dios en
su hogar o en el campo, en la naturaleza creada por Dios, que la que obtie-
nen cuando asisten a reuniones rígidas, superficiales, o aburridas, o cuando
soportan la exclusión y la crítica de camarillas tóxicas.
Comprendo las inquietudes de quienes rechazan la religión organizada. Mi
esposa Connie y yo estudiarnos durante dos años en Jerusalén, centro y lugar
de nacimiento de las tres grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el cris-
tianismo y el islamismo. Tenemos amigos en los tres grupos y encontramos
muchos aspectos positivos en sus creencias y prácticas. Sin embargo,
aunque amamos a la ciudad de Jerusalén, fuimos testigos de un enorme an-
tagonismo religioso, de arrogancia y egoísmo entre las tres confesiones. En
vez de amarse unos a otros, las tradiciones religiosas fomentan los prejuicios
profundamente arraigados que infectan a las personas desde la niñez. Pare-
cen empaparse de una sensación beligerante de «nosotros» contra «ellos»
desde el seno materno.
Nuestra experiencia más perturbadora en Jerusalén fue «la ceremonia del fue-
go sagrado» el fin de semana de la semana santa, en la Iglesia del Santo Se-
pulcro. Quince mil «cristianos» abarrotan la antigua iglesia, que es el sitio tradi-
cional de la crucifixión, la sepultura y la resurrección de Cristo.
El día era sábado, entre el viernes santo y el domingo de resurrección. Un
«sumo sacerdote» cristiano estaba por entrar a la tumba de Cristo, donde se su-
pone que el Espíritu Santo enciende su vela y luego él comparte el «fuego
sagrado» con los miles de adoradores que sostienen las suyas.
Connie, un amigo, y yo, fuimos a la iglesia temprano y encontramos un lu-
gar en un balcón que dominaba la entrada. Estuvimos confinados allí duran-
te seis horas. Durante las primeras dos horas, mientras las puertas exteriores de
la iglesia estaban abiertas, observamos a la gente entrar al recinto. Pertenecían a
dos grupos diferentes de «cristianos», cada uno de los cuales resentía la pre-
sencia del otro. De hecho, alguien nos dijo que era tal animosidad que existía
entre las diferentes denominaciones cristianas orientales que comparten la
Iglesia del Santo Sepulcro, que el custodio de las llaves del lugar sagrado es
un musulmán. Esa medida evita que los «cristianos» traten de arrebatarse las
llaves mutuamente en forma violenta.
La policía israelita ha colocado barreras en el centro de la entrada de la igle-
sia para separar a los adoradores que pertenecen a los dos grupos. Cada fac-
ción tenía una línea de jóvenes fornidos a lo largo de las paredes opuestas de
la entrada para proteger sus derechos territoriales. Más o menos cada quince
minutos se producía una trifulca entre aquellos jóvenes, y más o menos ca-
da media hora se libraba una verdadera batalla. ¡Para que luego se hable de
«cristianismo en acción»!
Una anciana menudita entró por el lugar equivocado. El imperioso sacerdo-
te que tenía la jurisdicción sobre ese lado la echó de forma reiterada, pues,
por algún motivo, ella se negaba a entrar por el otro lado. Finalmente, él la
agarró y le dio un fuerte empujón. Ella cayó y quedó tirada sobre el suelo de
piedra, gritando.
No quiero andarme por las ramas. Si cuanto supiera de religión fuera lo que
experimenté en Jerusalén, la llamada «ciudad santa», es muy probable que
fuera ateo o agnóstico. Gran parte del «cristianismo» organizado se ha aleja-
do de los principios divinos del amor y ha pasado a alimentarse de los prin-
cipios satánicos del egoísmo y el odio. Otras formas de religión se han vuelto
gravemente paganas, o politeístas, o han glorificado el ocultismo.
Sin embargo, ¿significa todo esto que la organización, por sí misma, destru-
ye necesariamente la religión? ¿Es la religión desorganizada o no organizada
una mejor alternativa? ¿Deberíamos ser cristianos caóticos? ¿O el problema
radica en la corrupción de la organización religiosa?
En la Biblia el pueblo de Dios disfrutó la comunión y el apoyo resultante de
la pertenencia a un grupo. Los israelitas viajaron juntos. Jesús llamó a un
grupo de discípulos, no a ermitaños aislados. Se relacionaban entre ellos y
con él. Unidos somos más fuertes en nuestra vida espiritual y en nuestros
vivir de lo que somos cuando estamos aislados. «Y considerémonos unos a
otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de con-
gregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto
más, cuanto veis que aquel día se acerca» (Hebreos 10:24, 25).
Los grupos de personas son más felices y más efectivos cuando hacen las co-
sas de forma ordenada que cuando las hacen desordenadamente. Cuando
los cristianos se reúnen para hallar aliento mutuo, aprovechan más si hablan
por turnos que si lo hacen a la vez (1 Corintios 14:26-32). «Pues Dios no es
Dios de confusión, sino de paz» (versículo 33). Dios concede mucho valor a la
armonía y al orden, tal como se muestra en el orden de su cuartel general celes-
tial (Apocalipsis 4, 5) y en su creación en el planeta Tierra (Génesis 1, 2).
Para cooperar con Dios, los miembros de un grupo deben estar dispuestos a
trabajar armoniosamente unos con otros. Solo cuando los seguidores de Cristo
estuvieron unidos pudieron recibir el poder del Espíritu Santo para llevar el
evangelio a todo el mundo (Hechos 2).
La comisión de Cristo de ir y hacer discípulos a todas las naciones, bautizándo-
los y enseñándolos (Mateo 28: 19, 20) es demasiado grande para que la pueda
llevar a cabo una sola persona. Para cumplirla nos necesitamos unos a otros
con toda la riqueza de nuestra diversidad, exactamente igual que las partes del
cuerpo humano se ayudan mutuamente para poder cumplir su tarea de preser-
var la vida. Así, la iglesia cristiana primitiva organizó a sus miembros según
los dones espirituales o talentos con los que el Espíritu Santo había dotado a
cada cual (1 Corintios 12; cf. Hechos 6:1-7).
Cuanto más grande sea la tarea y más numeroso sea el grupo que la lleva a ca-
bo, más se requiere una organización efectiva. Los israelitas constituían un
enorme grupo, y su tarea de conquistar la tierra de Canaán era monumental. Por
lo tanto, necesitaban una organización efectiva que los mantuviera realizando
sus esfuerzos de forma coordinada. Por ello, Dios indicó a Moisés que realiza-
se un censo militar que contara a los hombres aptos para la lucha, con veinte
años de edad como mínimo (Números 1). El propósito no era simplemente sa-
ber cuál era el número de los israelitas, sino organizar un ejército.
El censo militar no incluía a la tribu de los levitas (Números 1:47-54). Los di-
rigentes los contaron en un censo separado que contaba a los hombres que
tenían entre los treinta y los cincuenta años de edad, la edad dorada de la
madurez, para suplir las diversas necesidades del santuario (Núm. 4). Las ins-
trucciones de Dios relacionadas con los deberes de los levitas fueron muy deta-
lladas. Era una religión organizada en sentido global, y Dios mismo la institu-
yó.
La organización no es inherentemente mala. Es un instrumento neutral que uno
puede utilizar con buenos o malos propósitos. La gente puede reunirse para
ayudar a las víctimas de un huracán, un maremoto, o una sequía. O puede ex-
plotar a otras personas. Los dirigentes y los objetivos de una organización, in-
cluyendo una organización religiosa, determinan su carácter.
El tipo acertado de organización
La naturaleza de una organización debería adaptarse a su propósito. La organi-
zación de un club de fútbol puede ser relativamente sencilla, con límites flexi-
bles para llegar a ser miembro, un cómodo sistema de seguridad y algunas re-
glas para asegurarse de que cada uno sea tratado justamente. Un ejército o una
nación constituyen una cuestión totalmente diferente. La organización debe ser-
vir a los complejos intereses de muchas personas y abordar el peligro real que
le plantean los enemigos, quienes son, por lo general, externos, aunque algu-
nos podrían ser internos.
Los lectores modernos del libro de Números tienen la tendencia a creer que la
disciplina impuesta a los israelitas en su peregrinación por el desierto era de-
masiado severa. Pero la nación entera llegó a ser un ejército en marcha. Nece-
sitaban disciplina militar para alcanzar sus objetivos con tanta seguridad como
fuera posible. Cualquiera que se negara a cooperar podía poner en peligro la
seguridad de todo el grupo.
¿Suena familiar? La gente que viaja en avión en estos días debe observar estric-
tas reglas para la seguridad de cada cual. «No deje su equipaje desatendido».
«No acepte paquetes de ningún desconocido». «Limite los líquidos en su equi-
paje de mano». Esas precauciones son prácticas, no legalistas.
El sistema de organización de Dios era más de lo que se necesitaba incluso pa-
ra un ejército nacional, era nada menos que el ADN de un nuevo orden mun-
dial. El éxito y la prosperidad del pueblo escogido de Dios, gobernado por leyes
sabias y justas en armonía con su amante carácter, tenía el propósito de atraer a
otros pueblos (Deuteronomio 4:5-8; cf. 1 Reyes 10:1-13).
El sistema de organización divinamente ordenado, diseñado para apoyar el
progreso hacia resultados radicales, se valió de las estructuras sociales existentes
hasta donde fue posible. Si bien el Señor quería transformar a la gente en armo-
nía con su carácter, no se involucró en una revolución social. Del mismo
modo, cuando llevamos el evangelio a gente de otras culturas, podemos
trabajar con sus sociedades y con su estilo de hacer las cosas mientras no
entren en conflicto con los principios divinos. Evangelizar no significa oc-
cidentalizar ni colonizar. El apóstol Pablo reconoció el valor de esa adap-
tabilidad. «Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a to-
dos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos» (1 Co-
rintios 9:22).
La sociedad israelita era tribal, no democrática. Sus dirigentes eran jefes o
caudillos de grandes grupos de familias, no cargos electos. Por ello, las di-
visiones del ejército, el campamento y el orden de marcha se establecían
por tribus, subunidades tribales mayores y familias dentro de ellas (Núm.
1, 2). Del mismo modo, el campamento y las responsabilidades de los
miembros de la tribu de Leví estaban en armonía con sus relaciones como
sacerdotes pertenecientes a la familia de Aarón, o como descendientes de
Gersón, Coat y Merari (Números 3, 4).
Toda la gran familia de Israel debía vivir, trabajar, viajar y luchar en la guerra
unida, en estrecha cooperación. Siendo que los miembros estaban relaciona-
dos, se comprendían entre sí y tenían poderosos intereses creados para coope-
rar en pro del bienestar, la seguridad y el éxito de cada cual. En nuestras socie-
dades occidentales, individualistas y caracterizadas por una elevada movili-
dad, hemos perdido en gran medida el fuerte sentido de pertenencia, apoyo e
identidad que la parentela puede proporcionar.
Israel estaba unificado por una forma representativa de gobierno. Los dirigen-
tes de unidades sociales menores eran responsables ante los líderes de las
unidades mayores, quienes estaban bajo la dirección de Moisés, el portavoz de
Dios, el Rey divino (cf. Núm. 23: 21). Moisés no había sido elegido, y tam-
poco Dios lo había sido. Los representantes no actuaban como un parlamen-
to o como un congreso que promulgara o decretara leyes. Más bien, tenían
la responsabilidad de ver que la nación llevara a cabo las instrucciones del
Señor. Él se encargaba de todo. Por ello, el gobierno israelita era una teocra-
cia gobernada por Dios.

El gobierno de Dios
Cuando visitamos la capital de un país, no es difícil, por lo general, saber
quién está al frente. Los poderes gobernantes tienen sus sedes, generalmente,
en el centro de la ciudad, en un imponente capitolio, en el palacio legislati-
vo, o en el palacio ejecutivo. Abu Simbel, localidad situada en el sur de
Egipto, tiene una antigua pintura de un campamento de guerra egipcio, con
la enorme tienda del faraón Ramsés II (que gobernó de 1279 a 1212 a.C.)
en el centro. En la representación, no queda ninguna duda de quién tenía la
autoridad suprema.
La tienda del faraón estaba estructurada como el santuario israelita, con un
cuarto interior cuadrado y un cuarto exterior el doble de grande. En la pintu-
ra, el sello oval que contenía el nombre del Faraón está en el centro del «lu-
gar santísimo». Es precisamente el equivalente del lugar santísimo en el
santuario israelita, donde el Señor estaba entronizado en medio de los queru-
bines sobre el arca del pacto (Éxodo 25:22; 1 Samuel 4:4; 2 Reyes 19:15).
Egipto pretendía ser una teocracia, y los faraones eran re-yes-dioses. Pero el
gran Ramsés II no era más que un ser humano, como puede constatar cual-
quiera que observe su arrugada momia en el Museo de El Cairo. Solo Israel
contaba con el verdadero Dios-rey.
¿Se ha preguntado el lector alguna vez lo que sería tener a Dios como el Jefe
de Estado de su país? No un presidente, un primer ministro, un monarca o
un dictador vitalicio, que no son más que débiles seres humanos, sino al
Señor mismo. Él tendría la sabiduría y el poder para resolver todos los pro-
blemas y sería totalmente justo (Salmo 96). Dios gobernaría por medio del
amor, equilibrando la justicia con la misericordia (Salmo 85:10; 89:14).
Ningún interés especial podría inducirlo a venderse, y no toleraría la corrup-
ción en su gobierno. Y jamás tomaría vacaciones, y ni siquiera dormiría,
sino que protegería constantemente a su pueblo (Salmo 121:4). ¿Quién no
votaría por un líder así?
Dios era el Jefe de Estado en el antiguo Israel, y comunicaba su voluntad a
Moisés, su representante. «Cuando entraba Moisés en el tabernáculo de
reunión para hablar con Dios, oía la voz que le hablaba de encima del pro-
piciatorio que estaba sobre el Arca del testimonio, de entre los dos querubi-
nes. Así hablaba con él» (Números 7:89). El contenido de esa comunica-
ción eran las instrucciones para los israelitas (Éxodo 25:22; Levítico 1:1, 2).
Moisés era algo así como el primer ministro de Dios, en el sentido de que era
responsable de que se realizara la voluntad de Dios y de encargarse de todos
los detalles. Pero él no era el encargado de la formulación de las políticas
como jefe de Estado. Esa era la función de Dios. El gobierno de Israel era
una teocracia dirigida por Dios.
En otras épocas, incluyendo nuestros tiempos, muchos grupos que pertenecen
a las religiones monoteístas (por ejemplo, los talibanes) han pretendido esta-
blecer gobiernos civiles dirigidos por la deidad. Pero esas no son verdaderas
teocracias, porque no tienen la presencia de Dios morando entre ellos y dirigién-
dolos. Han tenido la tendencia a arrogarse la posesión de la autoridad divina pa-
ra obligar a otros a observar sus tradiciones humanas. Con frecuencia los resul-
tados han sido opresivos, y a veces peores que eso.
La verdadera iglesia cristiana de Dios sobre la tierra carece tanto de gobierno
civil como de la presencia del Señor entronizado en el lugar santísimo del san-
tuario terrenal o templo. Solo tenemos una comunidad de fe. Pero la cabeza
de esta comunidad es el Cristo divino (Juan 14:26; 16:12-15).
Por ello, la verdadera iglesia tiene que ser una teocracia. Por lo tanto, como en
el antiguo Israel, los representantes del Señor son los responsables de que todo
se haga de acuerdo con su voluntad. Deben aplicar los principios divinos, no
alterarlos o ^reemplazarlos de acuerdo con el razonamiento humano. Hacer tal
cosa seria usurpar arrogante y neciamente el lugar de Dios, lo cual seria una
blasfemia. Por supuesto, deben resolver y administrar muchos detalles, pero, al
hacerlo, nunca deberían pasar por alto o comprometer el conjunto de principios
que Dios ha revelado a través de los profetas que hablaron en su nombre.
Cuando la verdadera iglesia administra la disciplina a sus miembros, lo hace en
armonía con la voluntad de Dios, tal como está revelada a través de la Biblia y la
conducción del Espíritu Santo. Jesús dijo: «Les aseguro que todo lo que aten en
la tierra quedará atado en el cielo; y todo lo que desaten en la tierra quedará
desatado en el cielo» (Mateo 18:18, Nueva Biblia Española). La versión NASB
(traducida del inglés), dice: «En verdad os digo, que cualquier cosa que atéis en
la tierra, habrá sido atada en el cielo; y cualquier cosa que desatéis en la tierra,
habrá sido desatada en el cielo». Esta versión, a diferencia de las demás, expresa
correctamente el tiempo verbal griego, el cual indica que el cuerpo organizado
de creyentes toma decisiones en armonía con lo que Dios ya ha decidido. No
significa que la iglesia tiene la autoridad y que el cielo hace la voluntad de ella.
Debemos someternos humildemente a la voz que habla entre los querubines
celestiales.
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Bajo la sombra de la Shekinah


Roy Gane

Capítulo Dos

Un pueblo santo
(Números 5, 6)

Ayuda divina para recuperar la confianza


Un pueblo santo se compone de familias. Las familias están unidas por el
vínculo matrimonial. Los matrimonios están unidos por la confianza. Cuando
se debilita la confianza en el matrimonio, el lienzo de la sociedad comienza a
deshilarse. En la actualidad vemos que esto está ocurriendo a una escala sin
precedentes en las sociedades occidentales.
Dios unió en matrimonio a Adán y Eva para que fueran «una sola carne» (Gé-
nesis 2), pero mantener esa identidad en un mundo caído como el nuestro pue-
de ser un desafío. Tan pronto como Adán y Eva pecaron, se dañó la confianza
entre ellos. Cuando Dios los confrontó con lo que habían hecho, Adán culpó a
Eva (Génesis 3:12). Culparse mutuamente en el matrimonio ha dañado la con-
fianza desde entonces.
Es sumamente grave que un miembro de la pareja matrimonial acuse al otro de
ser infiel por haber cometido adulterio. Si esa acusación es verdad, se justifica
la disolución del matrimonio (Mateo 5:32). Aunque la acusación sea infundada,
la sospecha destruye las bases sobre las cuales descansa la relación. Cuando se
trata de asuntos íntimos, o privados, puede ser difícil para uno de los cónyu-
ges saber lo que ocurre, y a la otra persona puede costarle explicarlo.
A Dios le interesa todo lo que se relaciona con los matrimonios de sus hijos.
Números 5:11-31 muestra hasta dónde puede llegar Dios, en sus esfuerzos
por ayudar a los matrimonios israelitas a superar las sospechas de infidelidad
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matrimonial, algo que podía destruir sus hogares, aunque ninguno de los
cónyuges hubiera hecho nada malo. Sin embargo, varios aspectos del pasaje
parecen extraños e, incluso, ofensivos al lector moderno. Es muy perturbador el
hecho de que el Señor estableciera un procedimiento para encauzar la sospecha
que un hombre pudiera tener de su esposa; sin embargo, no hay instruccio-
nes homologas para los casos en que una esposa sospechara del adulterio de
su esposo. Esto parece injusto, particularmente porque la descripción del ri-
tual al que se sometía a la esposa sospechosa de adulterio parece ame-
nazante y humillante. El ritual es peculiar, especialmente la parte en la cual
la esposa debía beber el agua mezclada con el polvo del suelo del santuario
(versículos 17, 24).
Para entender lo que Dios está tratando de hacer, debemos recordar prime-
ro que en la sociedad israelita los asuntos legales eran básicamente prerroga-
tiva de los hombres. Esto no quiere decir que las mujeres no fueran impor-
tantes. Tampoco significa que debamos excluir a las mujeres cristianas de la
esfera legal en nuestros días. El Señor estaba sencillamente entendiéndose con
un grupo de personas exactamente como eran. Los hombres controlaban
los tribunales que juzgaban las acusaciones de adulterio. Así que habría
sido muy fácil que un tribunal completamente masculino hubiese podido ser
parcial, inclinándose a dar la razón al esposo. Por ello, una esposa sobre la
que recayera, habiendo sido fiel a su esposo, la sospecha de haber cometido
adulterio podía correr el peligro de ser condenada injustamente a la pena de
muerte.
Las mujeres inocentes, acusadas injustamente de adulterio, necesitaban una
protección especial; así, los tribunales totalmente masculinos no podrían
lincharlas. Los hombres acusados de adulterio no necesitaban tal protec-
ción, y por eso no hay ritual para un hombre sospechoso de adulterio. Es
verdad que el sistema judicial israelita requería por lo menos dos testigos
antes de imponer la pena capital (Deuteronomio 17:6; 19:15) y el amante de
una mujer adúltera era ejecutado con ella (véanse Levítico 20:10; Deutero-
nomio 22:22). Aquellas leyes protegían tanto a las mujeres como a los hom-
bres de acusaciones no comprobadas. Sin embargo, un esposo podría estar
convencido en su mente de la conducta inapropiada de su esposa, aunque
no pudiera probarlo o identificar al otro hombre. El esposo podría sentirse
tentado a urdir un testimonio contra su esposa; en tal situación, aunque
permaneciera con ella, el matrimonio no sería feliz. Para proteger a las mu-
jeres bajo sospecha y los matrimonios de las mismas, Dios arrebató este
tipo de casos de las manos de los tribunales humanos, pues los juzgaba él
mismo. Este es el único tipo de caso que el Señor mismo decidía en el marco

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del santuario. Estableció una «audiencia del tribunal supremo» solo para
mujeres.
Dios no necesitaba un ritual elaborado para condenar o absolver mujeres
bajo sospecha de adulterio. Conocía las verdaderas circunstancias y fácil-
mente podría haber comunicado su veredicto de una forma más simple;
por ejemplo, a través del sacerdote con el oráculo del Urim y el Tumim
(Éxodo 28:30; Números 27:21). Sin embargo, una ceremonia solemne en el
santuario impresionaría a un hombre que albergase sospechas, de modo que
llegase a la convicción de que la justicia se había cumplido totalmente y que
el veredicto del Señor era justo. Si Dios condenaba a su esposa, sus sospechas
se confirmarían, y ella sería castigada. Sin embargo, si el Señor vindicaba su
inocencia, él podría tranquilizarse y aceptarla como fiel esposa sin vacila-
ción. Así, su matrimonio podría salvarse.
Para disipar la sospecha, el esposo traía a su esposa al sacerdote en el santua-
rio del Señor, con una ofrenda de cereal. Su ofrenda no debería llevar ni
aceite ni incienso (Números 5:15), a diferencia de una ofrenda de cereal
normal (Levítico 2:1) que se ofrecía en una ocasión más feliz. El sacerdote
hacía que la mujer se pusiera de pie delante del Señor, como su juez. Ella
descubría su cabeza como señal de humildad delante del Señor, y el sa-
cerdote colocaba la ofrenda en sus manos (Números 5:16, 18). Luego el sa-
cerdote le indicaba que jurara que no había sido infiel a su esposo y que una
maldición cayera sobre ella si no decía la verdad (versículos 19-22). El sa-
cerdote escribía la maldición en un libro y borraba las palabras con agua
santa (vers. 23), en la cual había mezclado polvo del suelo del santuario
(versículo 17). ¡Era un brebaje muy potente! A continuación el sacerdote
ofrecía la ofrenda de cereal delante de Jehová y, finalmente, hacía que la
mujer bebiera el agua (versículos 24-26).
Cuando el líquido entraba en el cuerpo de la mujer bajo sospecha de adul-
terio, la presencia o ausencia de castigo de parte de Dios revelaba el veredicto
divino. Si ella resultaba culpable, sus órganos reproductores se dañaban y
quedaba incapacitada para concebir y dar a luz. Si resultaba inocente, nada le
acontecía, y conservaba su fertilidad (versículos 27, 28).
El procedimiento era algo parecido a una prueba de fuego. Se basaba en el
principio de que la pureza y la santidad son compatibles, pero la impureza
y la santidad son antagónicas. Compárese Levítico 7:20, 21, donde dice que
cualquiera que comiere un sacrificio santo mientras estaba en estado de
impureza física ritual sufriría la penalidad divina de ser «cortado», lo cual
quería decir que tal persona perdería la vida futura (al perder la línea de des-

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cendientes, etc.). En Números 5 la sustancia probatoria era el agua santa. El
polvo del suelo del santuario realzaba su santidad, y su función probatoria se
ponía de relieve al poner la maldición condicional sobre ella. Una mujer
que era moralmente pura no tendría ningún problema poniéndose en con-
tacto con la sustancia santa. Pero la mujer culpable sufriría por la mala
reacción «química» entre su impureza moral y la santidad de Dios.
No hay ninguna duda de que el ritual de la esposa sospechosa de adulte-
rio servía como elemento disuasorio del adulterio. Aunque no hubiera
ningún testigo humano, Dios lo ve todo y tiene por responsables a las per-
sonas. Una mujer que evadía el castigo en un tribunal humano podía, sin
embargo, sufrir una profunda incomodidad física, la tristeza por la esterili-
dad (un castigo muy serio para una mujer hebrea), y el estigma permanente
de una resplandeciente letra «A» de color escarlata, que quería decir «adúl-
tera» (Números 5:27). La declaración de culpabilidad de una mujer en esta
forma conducía, con toda seguridad, al arresto de la parte masculina en el
pecado.
Por otra parte, una mujer exonerada por Dios podía continuar su vida con su
reputación inmaculada y su matrimonio plenamente restaurado. Esta sería
una notable bendición para ella y para su esposo. Con frecuencia, en la vida
humana la sospecha se arrastra durante toda la vida e, incluso, durante muchas
generaciones. A veces aunque sea totalmente infundada, tiende a crear una
realidad por sí misma, destruyendo todo lo que toca. Pero Dios quería que las
familias de su pueblo quedaran libres de sospecha para que fueran fuertes,
unidas por un amor basado en la confianza. Para los israelitas que eran fieles
a Dios era bueno saber que él los conocía íntimamente. Nada le queda oculto.
Así que la única postura sensata es decir con David: «Examíname, Dios, y co-
noce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Ve si hay en mí ca-
mino de perversidad y guíame en el camino eterno» (Salmo 139:23, 24). Para
aquellos que confían en el Señor esto es una señal de tranquilidad, no una
amenaza. Aun cuando David cometió adulterio en circunstancias trágicas (2
Samuel 11), Dios pudo llevarlo al arrepentimiento y a un nivel más alto de
pureza moral (Salmo 51). Hannah Senesh anhelaba tener un amigo que
todo lo supiera. Esta mujer era miembro de la resistencia húngara de la
juventud judía. Fue capturada por los nazis y sometida a un interrogatorio
con tortura y, finalmente, ejecutada por un pelotón de fusilamiento. Hannah
escribió el siguiente poema en 1942 (traducida del hebreo moderno por el
autor).

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«Soledad»
«Si yo pudiera encontrar a alguien que lo comprendiera todo...
Sin palabras, sin búsqueda,
Confesión o mentira,
Sin preguntar por qué.
Yo extendería delante de él, como una tela blanca,
El corazón y el alma.
La suciedad y el oro.
Siendo perspicaz, comprendería.
Y después de que le hubiera abierto el corazón,
Cuando todo se hubiera vaciado y abandonado,
No sentiría ni angustia ni dolor,
Pero sabría cuan rica había llegado a ser». 1
Otra mujer tenía un amigo así. Ella había sido pecadora, no meramente
sospechosa de pecado. Cuando supo que el Señor estaba comiendo en
casa de un fariseo, fue a verlo. No fue su esposo quien la llevó allí. Lo que
hizo fue llevarle una ofrenda al Señor: un perfume muy costoso. Lo de-
rramó sobre los pies del Señor y luego los enjugó humildemente con sus
propios cabellos.
Luego el fariseo la calificó mentalmente como la gran pecadora que había
sido (Lucas 7:37-39). Jesús sabía todo lo que ella había hecho. Y también
sabía todo lo que el fariseo había hecho. Incluso leyó sus acusadores pen-
samientos y les dio contestación, para asombro del fariseo, que no había
dicho nada en voz alta. El Señor no dijo que la mujer era inocente, como si
vindicara a una mujer inocente sospechosa de adulterio, al estilo de Núme-
ros 5. Ella, ciertamente, había sido culpable. Más bien, le dijo: «Tus peca-
dos te son perdonados [...]. Tu fe te ha salvado, ve en paz» (versículos 48-
50).

Santidad especial para gente ordinaria


Únicamente varones israelitas, descendientes de Aarón, podían acercarse al
Señor para servirle como sacerdotes consagrados en su santuario (Levítico 8).
La mayoría de los israelitas jamás podría alcanzar ese nivel de santidad. Sin
embargo, Dios dio la oportunidad, tanto a los hombres como a las muje-
res, de disfrutar una clase especial de santidad por un período de tiempo
tomando el voto de nazareo. Este voto mostraba una devoción excepcio-

1Traducción del hebreo de Ruth Finer Mintz, en Hannah Senesh: Her Life and Diary (Nueva York:
Schocken Books, 1971), p. 253.
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nal al Señor mediante un estilo de vida de abstinencia y por el ofrecimiento
de varios sacrificios (Núm. 6). De esta forma el Señor afirmaba que ellos
pertenecían a «un reino de sacerdotes» y «a una nación santa» (Éxodo 19:6).
Muchos cristianos consideran a sus ministros profesionales como personas
especialmente santas, aunque no los llamen «Reverendo» o «Su Santi-
dad» ni los consideren sacerdotes. Ciertamente, la profesión ministerial es
un elevado y santo llamamiento al liderazgo espiritual y a una vida ejemplar.
Pero es importante recordar que todos los cristianos son «un real sacerdocio»
y «una nación santa» (1 Pedro 2:9). «De acuerdo con Pedro, todos los cris-
tianos pertenecen al sacerdocio. En el Nuevo Testamento, la iglesia no tiene
un sacerdocio; es un sacerdocio». 2
Así que todos los cristianos, hombres y mujeres, jóvenes o ancianos, son
ministros en un sentido más amplio, aunque no sean ministros profesionales
que reciban salario. Nuestro único sacerdote en el sentido especial de un me-
diador ante Dios es Cristo (véase especialmente en Hebreos 7-10). De modo
que todos los cristianos deben ser santos: «Sino, así como aquel que os lla-
mó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir,
porque escrito está: "Sed santos, porque yo soy santo"» (1 Pedro 1:15, 16;
citando Levítico 11:44). Aunque ya no es posible cumplir un voto de naza-
reo, porque el sistema sacrificial ya no existe, las instrucciones dadas a los
nazareos muestran cómo valora Dios la devoción especial de los hombres y
mujeres que no son ministros profesionales.
Durante el tiempo de su voto, el nazareo debía abstenerse de tres cosas:
1. Comidas y líquidos hechos con jugo de uva y otros frutos dulces si-
milares susceptibles de fermentación (Números 6:3, 4).
2. Cortarse el cabello (versículo 5).
3. Acercarse a un cuerpo muerto, incluso en el entierro de familiares muy
cercanos (versículos 6, 7).
El primero y el tercero eran como un eco de prohibiciones observadas por
los sacerdotes. Sin embargo, a los sacerdotes se les prohibía beber vino y
cualquier otro tipo de bebida de frutos dulces (en este caso fermentado)
solo cuando entraran al santuario (Levítico 10:9) y solo el sumo sacerdote
tenía prohibido participar en los funerales de sus familiares más cercanos
(Levítico 21:11; cf. versículos 1-4 para los sacerdotes ordinarios o comunes).
El estilo de vida de los nazareos, cuyo cabello era dedicado al Señor, era

2 Russel Burrill, Revolution in the Church (Fallbrook, California: Han Research Center, 1979), p. 24.
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muy semejante al del sumo sacerdote, cuya cabeza estaba especialmente
consagrada (Levítico 8:12; 21:10).
El punto culminante del período votivo del nazareo llegaba al final, cuando
la persona ofrecía varios sacrificios. Estos incluían una ofrenda de purifica-
ción, una ofrenda encendida, y una ofrenda de paz, junto con un canastillo
de tortas sin levadura, acompañados con sus libaciones (Números 6:13-17,
19, 20). La combinación de ofrendas era bastante costosa (Hechos 21:24).
Con ellas, el nazareo ofrecería todo lo demás que hubiera ofrecido, de
acuerdo con lo que él o ella pudieran financiar.
Los sacrificios del nazareo eran similares en varios sentidos a los que Israel
ofrecía para consagrar a los sacerdotes: una ofrenda de purificación, una
ofrenda encendida, y una ofrenda de ordenación que se parecía mucho a la
ofrenda de paz. Con la ofrenda de ordenación estaba un canastillo con panes
sin levadura (Levítico 8). Sin embargo, si bien los rituales de consagración
de los sacerdotes ocurrían al principio de su larga vida de servicio al Señor,
los sacrificios de un nazareo se ofrecían al final de su período temporal de
consagración.
Como parte de la ceremonia de conclusión, el nazareo debía trasquilarse la
cabeza, que estaba dedicada al Señor, y quemar el cabello en el fuego con la
ofrenda de paz (Núm. 6: 18). Como el cabello representaba la dedicación de
toda la persona a Dios, ofrecerlo era lo más cerca que el sistema ritual de los
israelitas llegaba al sacrificio humano. Señalaba hacia el sacrificio de un ser
humano dedicado: Cristo, quien se ofreció a sí mismo para quitar los peca-
dos: «porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar
los pecados. Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no
quisiste, mas me diste un cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado
no te agradaron. Entonces dije: "He aquí, vengo, Dios, para hacer tu voluntad,
como en el rollo del libro está escrito de mí"» (Hebreos 10:4-7, citando Sal-
mo 40:6-8).
Para prometer la liberación de su pueblo, Cristo apareció a Manoa y a su
esposa como el «Ángel del Señor» y les dio instrucciones para el estilo de
vida de nazareo que iba a vivir Sansón. Se identificó a sí mismo como el
Único cuyo nombre es «Maravilloso». Entonces ascendió al cielo en la llama
de la ofrenda encendida, anunciando la ofrenda de sí mismo (Jueces 13:9-
23).
Cristo era de Nazaret, pero no era nazareo (Mateo 11:19). No existe ningu-
na conexión lingüística entre las dos palabras, aunque tienen sonido seme-
jante en español. Por lo tanto, es muy improbable que él tuviera el cabello
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largo de un nazareo que los artistas con frecuencia representan. Sin embargo,
Cristo, como un nazareo, ofreció su sacrificio al final de su periodo de vida
consagrado sobre la tierra. Este sacrificio lo capacita para ser nuestro perma-
nente Sumo Sacerdote en el cielo, quien vive «siempre para interceder» por
nosotros (Hebreos 7:25). Así, su sacrificio sobre la cruz se situó entre su vida
terrenal y su ministerio celestial.
Cuando los nazareos habían terminado de presentar sus ofrendas, estaban
libres de beber vino de nuevo (Números 6:20). Pero Jesús se negó este pri-
vilegio, diciendo justo antes de su muerte: «Desde ahora no beberé más de
este fruto de la vid, hasta aquel día que lo beba nuevo con vosotros en el
reino de mi Padre» (Mateo 26:29). Hasta que él pueda disfrutarlo con noso-
tros, no lo disfrutará en absoluto.

La bendición sobre el pueblo de Dios


Los sacerdotes israelitas fueron una bendición para el pueblo de Dios
como representantes de los israelitas. Oficiaban en los rituales, como los de
la pureza o la impureza por sospecha de adulterio de la esposa (Números
5:11-31), o en el voto del nazareo (Números 6:1-21). Los sacerdotes, como
mediadores del pueblo, también bendecían a la congregación al orar en su
favor cuando invocaban a Dios. Así, Aarón bendijo al pueblo al final del
servicio inaugural (Levítico 19:22; cf. versículo 23).
La bendición del pueblo era tan importante que, en Números 6:24-26, Dios
mismo dio a sus sacerdotes las palabras para hacerlo, al igual que Jesús
presentó a sus discípulos el Padrenuestro, como ejemplo de cómo orar (Ma-
teo 6:9-13). La «bendición sacerdotal» de Números 6, que podríamos consi-
derar como la «Oración del Señor del Antiguo Testamento», dice así:
«Jehová te bendiga y te guarde. Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti
y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro y ponga en ti paz»
(Números 6:24-26). 3
Esta breve y hermosa bendición está estructurada como una poesía. Dado
que es expresada por un ser humano que pide a Dios que bendiga a su pueblo,
la oración es una solicitud (cf. Salmo 115:15; 134:3). El hecho de que el
representante del Señor la pronunciara, utilizando las palabras que él había
dado, da la seguridad de que Dios está listo y quiere contestar. Él invita a soli-
citarle: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallareis; llamad, y se os abrirá» (Mateo
7:7). El pueblo de Dios no debe ser tímido para pedirle sus beneficios, por-

3 Roy Gane, Leviticus, Numbers, NIV Application Commentary (Grand Rapids: Zondervan, 2004), p. 539.
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que el Rey del universo mismo los insta a venir audazmente ante su trono de
gracia (Hebreos 4:16). Dios ama a su pueblo y está ansioso de colmarlos de
bendiciones, especialmente protección y bienestar. Ellos no necesitan ganar-
se su favor: solo necesitan aceptarlo.
La bendición sacerdotal pide que el rostro del Señor resplandezca sobre su
pueblo y sea alzado hacia ellos. Ambas imágenes expresan la actitud positiva
de misericordia y buena voluntad hacia ellos, de aquel de quien fluye toda
bendición. Ellos no tienen que esforzarse para obtener sus beneficios, uno
por uno. Solo necesitan centrar su atención en el único que lo da todo.
Como dijo Jesús: «buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y
todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33).
Números 6: 27 dice que cuando los sacerdotes bendijeran a los israelitas,
«pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré». La segu-
ridad de las bendiciones surge de la posesión del «nombre» de Dios. Aque-
llos que tienen su nombre le pertenecen como su pueblo santo. Les pro-
porciona su identidad, y ellos están bajo su cuidado.
El nombre del Señor también representa su carácter y su reputación (Éxodo
9:16; Ezequiel 36:23). Así que llevar su nombre es tanto un privilegio como
una responsabilidad. Todo lo que somos y hacemos está relacionado con su
nombre. Al permitirle trabajar en nosotros y a través de nosotros, le permi-
timos glorificar su nombre en el mundo para que así otros sean atraídos
hacia él. Por otra parte, si proclamamos su nombre, pero no cooperamos
con la obra de su gracia en nuestras vidas, tomamos su nombre en vano
(Éxodo 20:7).
El favor y la buena voluntad de Dios están disponibles para todos los habitan-
tes del planeta Tierra a través del don de su Hijo. Cuando Jesús nació, los
ángeles cantaron: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena vo-
luntad para con los hombres!» (Lucas 2:14). Al ser levantado sobre la cruz para
proporcionar la salvación a todo aquel que acepte su gracia, Cristo invita a
todas las personas a acudir a él (Juan 12: 32). Es el sacerdote de todos, no
solamente de los israelitas, y sus bendiciones están preparadas para todos.
Cualquiera haya sido su nombre en el pasado, él tiene un nuevo nombre para
usted, una nueva identidad y un nuevo carácter que significa que pertenece a
Dios por la eternidad (Apocalipsis 3:12).

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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah


Roy Gane

Capítulo Tres

El servicio de Dios
(Números 7, 8)

Dones para servir a Dios


Un maravilloso sábado, durante el verano, mi familia fue a un parque, al la-
do de un pequeño lago, en el sur de Michigan. Estaban con nosotros los pa-
dres de mi esposa y algunos amigos de nuestra hija adolescente. Después de
extender un mantel sobre una mesa del parque, servimos la comida. Había
muchas cosas para comer. Sin embargo, para nuestra profunda desilusión,
descubrimos que habíamos olvidado traer tenedores y cucharas. Cuando tra-
tamos de comer los frijoles con papilas fritas, estas se quebraban antes de
llegar a nuestra hambrienta boca. Alguien sugirió que comiéramos con pali-
llos, que podíamos hacer cortando ramitas de los árboles cercanos, pero no
estábamos acostumbrados a comer con ellos. Cada momento que pasaba
nos sentíamos más frustrados. La muerte por inanición parecía inevitable, y
estábamos en peligro de codiciar los relucientes tenedores de otros que co-
mían en la mesa de al lado.
Finalmente, pedimos ayuda. Mi esposa se acercó a la mesa vecina, cuyos
integrantes disfrutaban de su comida de forma civilizada, y con mucha pena
les pidió que nos prestaran algunos tenedores extra que les hubieran sobra-
do. Les sobraban algunos y con mucha bondad nos los dieron. De hecho,
fueron tan amables que no se rieron de nosotros. Nosotros procedimos a
comer nuestra comida y pronto nos recuperamos de la vergüenza y del
hambre.
Cuando uno realiza una actividad con un grupo de personas, se necesitan
herramientas y equipo. Lo mismo ocurrió con los israelitas encargados de la
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adoración en el santuario. ¿Qué debería ofrecerse sobre el altar a favor de
Israel cada mañana y cada tarde (Éxodo 29:38-42)? ¿Cómo recogerían los
sacerdotes la sangre de los animales sacrificados y qué contenedores utiliza-
rían para las libaciones? ¿Quiénes cargarían el santuario portátil cuando hi-
ciera falta transportarlo? Números 7 responde estas preguntas presentando
una lista de ofrendas que los jefes representantes de las doce tribus de Israel
dieron para el santuario del Señor, incluyendo el altar, cuando fue consa-
grado.
Levítico 8 describe primero la ceremonia de consagración. Pero Números 7
registra la lista de las ofrendas, probablemente porque estaban relacionadas
con el equipo y las provisiones para el santuario y no con la realización del
ritual. El equipo y las provisiones eran importantes para la realización de
todas las actividades del santuario.
El primer grupo de ofrendas de los jefes de las tribus consistía de seis carre-
tas cubiertas y dos bueyes para tirar de ellas. Las dos divisiones de levitas
(descendientes de Gersón y de Merari) los necesitaban para transportar el
santuario desarmado de lugar en lugar. Sin embargo, los levitas coatitas no
recibieron carretas porque debían transportar los artículos o los muebles so-
bre sus hombros (Números 7:2-9; cf. Números 4).
Al transportar los objetos sagrados sobre los hombros se los protegería del
inevitable maltrato que sufrirían en una carreta. Recuérdese que los anti-
guos vehículos carecían de ruedas de caucho y suspensiones suaves y que
los caminos no estaban pavimentados. Fue una desgracia que la primera vez
que David intentó transferir el arca del pacto a Jerusalén la pusieron sobre
una carreta, en vez de llevarla debidamente mediante barras sobre los hom-
bros de los sacerdotes (cf. Deuteronomio 31:9; Josué 3:3, 5, 6, 8, etc.).
Cuando los bueyes que tiraban de las carretas la pusieron en peligro, Uza
agarró el arca para mantenerla en su lugar, pero el Señor lo hirió de muerte
(2 Samuel 6:3-7). Sus intenciones eran buenas, pero eran irrelevantes por-
que la profunda santidad del arca estaba completamente fuera de sus lími-
tes, del mismo modo que una línea eléctrica de alto voltaje o la radiación
nuclear lo está para alguien que no está protegido apropiadamente.
El segundo grupo de ofrendas de los jefes de las tribus israelitas fue para la
dedicación del altar. Los utensilios para las sagradas actividades relaciona-
das con el altar incluían fuentes y sartenes de plata y oro (incluyendo las
que se utilizaban para las libaciones y para recoger la sangre), materiales
para las ofrendas, incienso, y animales para los sacrificios públicos en bene-
ficio de toda la nación (cf. Números 28, 29). Al parecer, para poder dar el

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debido reconocimiento a las ofrendas de cada una de las tribus y prolongar
la celebración, los jefes hicieron su contribución, uno cada día, durante un
período de doce días (Números 7:10-88).
Las ofrendas de las doce tribus fueron impresionantes y costosas (vers. 84-
88). Deben haber recibido muchas de estas cosas, así como de los materia-
les para la construcción del santuario (Éxodo 35), de los egipcios (Éxodo
12:35, 36), como compensación parcial por el trabajo forzado de los israeli-
tas del que Egipto se había beneficiado (Éxodo 1:2; 5).
¿Por qué quería Dios que tales riquezas, ganadas con el sudor de los escla-
vos, brillaran suntuosamente sobre su santuario y sobre su altar? ¿No habría
sido mucho mejor dar todas esas riquezas a los pobres? Jesús contestó ese
tipo de preguntas cuando una mujer ungió su cabeza con un ungüento muy
costoso. «Al ver esto, los discípulos se enojaron y dijeron: ¿Para qué este
desperdicio?, pues esto podía haberse vendido a buen precio y haberse dado
a los pobres. Al darse cuenta Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mu-
jer? Lo que ha hecho conmigo es una buena obra, porque siempre tendréis
pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis, pues al derramar es-
te perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepul-
tura. De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en
todo el mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para memoria de
ella» (Mateo 26: 8-13).
Darle directamente al Señor no reemplaza la obligación hacia los pobres
(Levítico 25:35). Pero él merece especial honor, lo mejor de lo que su pue-
blo tenga disponible. Cualquier cosa que ofrezcan al Señor no es más que
una muestra o señal de que le devolvemos una pequeña porción de todo lo
que nos ha dado. Al honrarlo a él, dirigen la atención de otros hacia su
grandeza.
La mujer honró a Jesús en tal forma que señaló hacia su sacrificio. Lo mis-
mo hizo el santuario israelita y sus sacrificios sobre el altar.
Los israelitas concentraron los recursos para su adoración hacia un solo san-
tuario, o templo, en el cual realizaban los sacrificios y otros ritos. En la ac-
tualidad tenemos muchos templos para la oración, la alabanza, la enseñanza
y la predicación de la Palabra de Dios. Si bien nuestras iglesias también son
centros de adoración, no son lo mismo que el antiguo santuario/templo. Por
tanto, no deberíamos edificar templos excesivamente costosos. Pero Dios
merece lo mejor que podamos razonablemente ofrecerle. Ahora que Cristo
ya ha realizado su sacrificio, es todavía más digno de honor.

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Permita que su luz brille en la dirección debida
La luz es una necesidad para muchas actividades humanas, no es meramen-
te un lujo. Hace años un estudiante de una universidad me dijo que su padre
y su madre eran trapecistas en un circo. Una de sus peligrosas exhibiciones
acrobáticas era que la madre soltaba el trapecio y volaba por el aire hacia su
esposo, que la agarraba por las manos. Todo esto se realizaba muy alto, en
el aire, sin ninguna red de seguridad abajo.
Pero en una ocasión, según mi alumno, en el preciso momento en que la
mujer había soltado el trapecio, las luces se apagaron de repente. La oscuri-
dad era total, y ella no podía ver nada en absoluto. Volando por el aire, no
vio a su esposo, pero dio con uno de los elevados postes que sostenían la
gigantesca carpa del circo. Con el relampagueante reflejo de una acróbata
profesional rodeó con sus brazos el poste y se deslizó hacia el piso que es-
taba muy abajo. En el instante en que ella tocaba el piso, las luces se encen-
dieron de nuevo. La multitud le rindió una ovación de pie. ¡Creyendo que fe
increíble proeza era un truco arreglado, le pidieron a gritos que la realizara
de nuevo! Sin embargo, ella sabía que era muy afortunada de estar viva y
nunca trató intencional-mente de realizar ese truco sin luz.
Cuando el ejército del faraón encajonó a los israelitas junto al mar Rojo, la
luz del Señor ayudó a los israelitas. Sin embargo, las tinieblas que él les en-
vió impidieron que los egipcios atacaran a su pueblo. «El ángel de Dios,
que iba delante del campamento de Israel, se apartó y se puso detrás de
ellos; asimismo la columna de nube que iba delante de ellos se apartó y se
puso a sus espaldas, e iba entre el campamento de los egipcios y el campa-
mento de Israel; para aquellos era una nube tenebrosa, pero a Israel lo
alumbraba de noche; por eso, en toda aquella noche nunca se acercaron los
unos a los otros» (Éxodo 14:19, 20).
No fue la única ocasión que la nube de gloria de Dios proporcionó luz y se-
guridad a su pueblo. Cada noche su nube adquiría la apariencia de fuego y
descansaba sobre su santuario (Éxodo 13:21; Números 9:15, 16, 21). Nin-
gún enemigo podía aproximarse encubierto por las tinieblas, y el brillo so-
brenatural que se cernía sobre ellos intimidaría a cualquiera que intentara
molestarlos. A diferencia de las modernas luces de seguridad, la luz de Dios
era cien por cien fiable, porque su fuente de energía nunca se apagaba.
Otra luz brillaba en el lugar santo del santuario, pero la encendían seres
humanos. Un sacerdote era responsable de limpiar las lámparas del candele-
ra cada mañana y encenderla cada tarde para que ardiera toda la noche

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(Éxodo 27:21; 30: 78). La luz de Dios siempre estaba encendida porque «no
se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel» (Salmo 121:4).
Tener luz no es suficiente. Se le debe permitir brillar en la dirección correc-
ta para proporcionar una iluminación útil. Por eso, el Señor instruyó a Aa-
rón: «Habla a Aarón y dile: Cuando enciendas las lámparas, las siete lámpa-
ras del candelabro alumbrarán hacia adelante» (Números 8:2; cf. Éxodo
25:37). Es decir, las lámparas debían dirigirse hacia el centro del lugar san-
to, para que iluminara el recinto completo.
Jesús también habló de permitir que la luz de nuestra vida vaya hacia donde
debe hacer su labor: «Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada
sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone de-
bajo de una vasija, sino sobre el candelero para que alumbre a todos los que
están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que
vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los
cielos» (Mateo 5:14-16).
Nuestra luz proviene de Dios y debiera ser reflejada hacia él. Lo que se
busca es llamar la atención hacia el Señor, a quien se le debe dar toda la
gloria, y no a nosotros. Cuando otros reconocen y aceptan a Dios como la
fuente de su luz, no tropezarán ni andarán vagando en las tinieblas.

Obreros capacitados
Los sacerdotes israelitas provenían de la tribu de Leví, y otros hombres de
la misma tribu debían asistirlos en el cuidado del santuario. Los otros levi-
tas no eran consagrados como sacerdotes, pero debían ser purificados y
puestos aparte del resto de los israelitas para que pudieran aproximarse con
seguridad a las cosas santas en el cumplimiento de sus deberes (Números
8:5-22). Su purificación los libraba de la impureza física ritual, especial-
mente de la contaminación con cadáveres. Esa contaminación los había
afectado varias veces en el pasado, como cuando participaban en funerales.
Pero no habían tenido medios o razones para purificarse hasta ahora.
La impureza física ritual implica una forma de pensamiento muy extraña
para nosotros en este tiempo. Cuando yo tenía nueve años de edad, mis
compañeros varones de una escuela elemental de Lincoln, Nebraska, se ne-
gaban a tocar cualquier cosa que perteneciera, o hubiera sido tocada, por las
niñas. Se suponía que las integrantes de la «especie» femenina^ disemina-
ban una forma de contagio llamada «cooties", proveniente de una especie de
insecto mítico, que era una amenaza para su masculinidad en desarrollo.
Evitar los «cooties» y advertir a los demás ruidosamente del peligro era un
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juego muy divertido. Por supuesto, la tontería de los «cooties» no sobrevi-
vió a nuestra pubertad, cuando las letales hormonas mataron nuestro deseo
de mantenernos alejados de los «cooties».
Solo al llegar a la edad adulta supe que la palabra «cooties» significa lite-
ralmente «piojos». No puedo imaginar ni por un momento que las adorables
niñas de cuarto grado estuvieran infestadas con un solo piojo. Para los mu-
chachos, los «cooties» eran una categoría conceptual que simbolizaba una
cualidad transferible de la feminidad. Indudablemente, los especialistas en
el desarrollo de la psicología humana podrían explicar este tipo de pensa-
miento que parece representar una etapa más bien insegura en la cual un ni-
ño necesita reafirmar su género. Pero para nuestros propósitos es suficiente
señalar que la categoría de los «cooties» implicaba una fuente humana físi-
ca (una niña) y cosas especialmente asociadas con ellas por propiedad o por
el tacto. Los muchachos lo considerábamos como un tipo de «impureza»
que necesitábamos evitar.
Los «cooties» proporcionan un sencillo ejemplo que puede ayudarnos a
comprender el profundo concepto bíblico de la impureza física ritual huma-
na. Esa impureza no era consecuencia de la suciedad ordinaria. Tampoco
era una enfermedad, aunque ciertas enfermedades podían hacer impuras a
las personas. Tampoco era pecado, en el sentido de violar un mandato di-
vino. Más bien, la impureza israelita era una categoría conceptual asociada
con el ciclo nacimiento-muerte, es decir, el ciclo de la mortalidad, que es el
resultado del pecado (Génesis 3; Romanos 5:12; 6:23). Así que la impureza
que enfatiza y recalca la mortalidad podía provenir de los cuerpos muertos
(Números 19), de la muerte viviente de una enfermedad que causaba dete-
rioro de la piel (Levítico 13, 14; Números 12), y de diversos flujos de los
órganos reproductores masculinos y femeninos, que servían para generar
nueva vida mortal (Levítico 15). Aunque el nacimiento daba origen a una
nueva vida, era una vida mortal; por eso, los flujos sanguíneos posparto de
la madre la hacían impura (Levítico 12).
A cualquier persona o cosa que estuviera «impura» no se le permitía poner-
se en contacto con las cosas o lugares santos. Por tanto, más que separar lo
«masculino» de lo «femenino», la impureza física ritual separaba lo «di-
vino» de la «humanidad caída». El hecho de tener una impureza no quería
decir que un israelita era menos digno que otras personas. De hecho, era
bueno y obligatorio hacerse impuro para poder disfrutar de la intimidad del
matrimonio y darle continuidad a la raza humana mediante la recepción de
la bendición divina: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y someted-
la» (Génesis 1:28; 9:l).También era necesario llegar a ser impuro al sepultar
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a los padres, en cumplimiento parcial del mandato: «Honra a tu padre y a tu
madre» (Éxodo 20:12).
Podemos llamar a esto «impureza ritual» porque la santidad de la cual debía
separarse era la santidad del santuario y su sistema ritual, en el cual residía
la presencia divina en la tierra. Y esa división no era un asunto trivial. Al
hacer un resumen de una serie de instrucciones concernientes a las impure-
zas rituales y la purificación de ellas, Dios advirtió: «Apartaréis de sus im-
purezas a los hijos de Israel, a fin de que no mueran a causa de sus impure-
zas, por haber contaminado mi tabernáculo, que está en medio de ellos»
(Levítico 15:31). Como el campamento israelita era la sede del santuario,
era santo. Por esa causa las personas seriamente impuras tenían que salir del
campamento (Números 5:1-4).
El Dios de Israel insistía en distanciarse de la mortalidad. La muerte nunca
fue parte del plan divino original. Esta perspectiva es contraria a la filosofía
humana, que se remonta hasta los antiguos egipcios. En Egipto cada tumba
era un templo, porque la muerte era un pasaje sagrado a la siguiente fase de
la vida inmortal con los dioses. Pero lo que necesitamos es redención de la
muerte, no reencarnación (¿o encarcelamiento de nuevo?) para entrar a otro
estado vital.
El Dios santo de Israel es el Señor de la vida (Mateo 22:32). Él rechaza la
idea de que la muerte es santa y, por lo tanto, asociada con él. En la Biblia
un cadáver era impuro y, por lo tanto, excluido del contacto con las cosas o
las personas santas (Levítico 21:10-12; Números 6:6-9; 19: 11-22). La
muerte es mala; es el resultado del pecado (Génesis 3; Romanos 6:23). Dios
quiere restaurar la vida eterna en nosotros (Juan 3:16), no meramente perpe-
tuar un «alma inmortal" que es una noción ficticia inventada por su enemigo
(Génesis 3:4).
Ahora el santuario y el templo israelitas ya no existen. El ministerio de
Cristo se realiza en un mejor santuario que hay en el cielo (Hebreos 7-10).
La presencia de Dios en la shekina ya no reside en una morada terrenal. Por
lo»tanto, ya no existe un lugar santo en la tierra, en el sentido en que el san-
tuario y el campamento israelita que lo rodeaba eran santos. Por tanto, ya no
tenemos por qué pelear para ganar o mantener el control de territorios sa-
grados, con el propósito de realizar ritos en un lugar designado para tener
especial acceso a Dios. ¡Qué alivio! Y tampoco tenemos por qué observar
las leyes bíblicas relacionadas con la impureza física ritual para separar tal
impureza de una esfera de santidad terrenal.

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Algunos cristianos bien intencionados están tratando de revivir las leyes de
pureza como requerimientos obligatorios, incluyendo el trato diferente a las
mujeres en ciertos períodos del mes; pero están equivocados, imponiendo
cargas y confusión innecesarias. También son incoherentes al elegir y adop-
tar esas leyes sin reconocer adecuadamente que pertenecían a un sistema
que los israelitas debían observar como un todo.
Nadie, sea judío o cristiano, puede guardar el sistema de impureza ritual y
sus leyes de purificación en forma apropiada en la actualidad, porque este
sistema requiere sacrificios de purificación y un santuario/templo en fun-
ciones (Levítico 12:6-8; 14:10-20, etc.), algo que ya no existe. Sin las ceni-
zas de la vaca alazana (bermeja) para purificar a cualquiera que se hubiera
contaminado con cuerpo muerto (Números 19), todos están, simplemente,
impuros, como estaban los levitas antes de sus rituales de purificación
(Números 8). Pero para nosotros esto no importa, como tampoco les impor-
taba a los levitas antes del establecimiento del santuario.
Aunque no necesitamos guardar las leyes de pureza, pueden enseñarnos al-
go acerca de la naturaleza humana en relación con la naturaleza divina y la
forma como Dios nos sana de la mortalidad, además de perdonar nuestros
pecados (Salmo 103:3). Los sacrificios para purificar a los israelitas de la
impureza física ritual señalaban hacia el sacrificio de Cristo, como lo hacían
los sacrificios por los pecados. Nos enseñan que Cristo murió, no solo para
perdonarnos nuestros actos pecaminosos, sino también para librarnos de
nuestra condición mortal por causa del pecado. Jesús dijo a Nicodemo: «De
tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que
todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan
3:16). En consecuencia, cuando Cristo venga otra vez, cambiará la mortali-
dad de todos los que lo acepten para obtener la inmortalidad (1 Corintios
15:51-54).
La purificación de los levitas de la impureza física ritual incluía la aspersión
del «agua de purificación» sobre ellos —la cual quitaba la contaminación
por un cuerpo muerto (Números 19)—, raer completamente el cabello y el
vello de todo el cuerpo, y el lavado de su ropa. Además debía ofrecerse por
él una ofrenda de purificación y una ofrenda encendida (Números 8:6-8; 12,
21). El propósito de los dos sacrificios era «purificarlos» (versículo 21). Por
ello, su purificación ocurría a través de los sacrificios de agua y sangre, pre-
figurando así el sacrificio de Cristo, quien vino «mediante agua y sangre»
(1 Juan 5:6).

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No es mera coincidencia que cuando Cristo murió y un soldado le abrió el
costado con una lanza, «al instante salió sangre y agua» (Juan 19: 34). Y
tampoco es accidental que el primer milagro de Jesús consistiera en conver-
tir el agua de purificación en vino, el cual representa la sangre (Juan 2:6-11;
cf. Mateo 26:27, 28). El agua y la sangre eran los dos agentes purificadores
más importantes del sistema ritual israelita, y una alusión a la purificación
suprema que es Cristo.
La purificación de los levitas los capacitaba para llevar a cabo sus deberes
sagrados. Esos deberes sagrados los realizaban a favor de los demás israeli-
tas, en lugar de los primogénitos, como sus representantes (Números 8:16-
18). Para separar de este modo a los levitas, los israelitas debían poner sus
manos sobre ellos (versículo 10), del mismo modo que uno que traía una
ofrenda debía colocar sus manos sobre la cabeza del animal para el sacrifi-
cio (Levítico 1:4). Luego Aarón, el sumo sacerdote, realizaba un gesto sim-
bólico (literalmente «elevarla como una ofrenda elevada») para dedicar los
levitas al Señor (versículos 11, 13, 21).
En un sentido, los levitas eran una ofrenda sacrificial presentada por el pue-
blo de Dios, quien los entregó a los sacerdotes (cf. Levítico 7:34) para asis-
tirlos en la obra del santuario. De este modo, los levitas eran un tipo de «sa-
crificio viviente». Un sacrificio es algo o alguien dedicado al uso de las co-
sas santas de Dios. Aunque fue necesario que Cristo muriera como el sacri-
ficio que se requería para salvarnos del pecado y de la muerte, los integran-
tes de su pueblo pueden ser «sacrificios" dedicados a Dios, morir. Pablo hi-
zo el siguiente llamamiento a los cristianos: «Por lo tanto, hermanos, os
ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como
sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que vuestro verdadero culto. No os
conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de
vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de
Dios, agradable y perfecta» (Romanos 12:1, 2).
Del mismo modo que los antiguos levitas, nosotros también podemos ser
sacrificios vivientes dedicados a Dios, para ayudar en la obra evangélica de
nuestro Sumo Sacerdote, Cristo Jesús. No nos necesita para cuidar utensi-
lios o para transportar objetos sagrados de lugar en lugar. Pero quiere que
invitemos a otros a acudir a él al templo del cielo por la fe, invitación des-
crita en la Epístola a los Hebreos: «Así que, hermanos, mediante la sangre
de Jesús, tenemos plena libertad para entrar en el lugar santísimo, por el
camino nuevo y vivo que él nos ha abierto a través de la cortina, es decir, a
través de su cuerpo; y tenemos además un gran sacerdote al frente de la fa-
milia de Dios. Acerquémonos, pues, a Dios con corazón sincero y con la
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plena seguridad que da la fe, interiormente purificados de una conciencia
culpable y exteriormente lavados con agua pura» (Hebreos 10:19-22, NVI).

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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah


Roy Gane

Capítulo Cuatro

La preparación para la mudanza


(Números 9, 10)

El día de la independencia
Muchos países celebran su independencia de gobiernos extranjeros con días
festivos. Las fechas varían, pero el tema es parecido: el gozo de la victoria
que ha traído la oportunidad para la autodeterminación y la liberación de la
explotación. La gente considera que esos días festivos son ocasiones felices
para comer y beber con los amigos y la familia, asistir a desfiles, o escuchar
discursos patrióticos. Cuando yo era niño, disfrutaba especialmente los fuegos
artificiales del día de la independencia. Observar los fuegos artificiales era
emocionante, pero aún más emocionante era encender nuestras propias lu-
ces, nuestros propios cohetes.
La Pascua es el «día de la independencia» para Israel, la conmemoración de
su liberación de la opresión de Egipto y el nacimiento de la nación. Los
pueblos de muchas naciones han creído que Dios los ayudó en su lucha por
la liberación, pero la historia hebrea de la divina y milagrosa intervención a
favor de su nación de esclavos es única. Así que el día de la independencia de
Israel era un festival religioso para celebrar la liberación realizada por Dios.
Poco antes de que los israelitas partieran del desierto de Sinaí, celebraron su
segunda Pascua. Era su primera celebración de la salida de Egipto. Un año
antes, habían observado la Pascua en el momento exacto en que Dios estaba
por completar la liberación final de su pueblo (Éxodo 12). Esa celebración
del «día de la independencia» era un acto de fe de que Dios estaba a punto
de darles la libertad.

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Más adelante, en la Biblia, vemos de nuevo este modelo de celebración de
fe, anticipando lo que Dios estaba a punto de hacer. Cuando los israelitas
marcharon alrededor de Jericó siete veces, los sacerdotes tocaron las trom-
petas y el pueblo gritó. Entonces las paredes cayeron (Josué 6:20). Cuando
yo era niño, imaginaba que el poderoso estruendo había agrietado las mura-
llas de la ciudad. Pero después de ver las antiguas murallas en los lugares
arqueológicos del Oriente Próximo, ya no creo que fue el sonido el que obró
la proeza en Jericó. Fue Dios. Fue un milagro. Todo lo que los israelitas hi-
cieron fue celebrar lo que Dios estaba a punto de hacer.
Es muy interesante notar que la misma palabra hebrea que se usa para re-
ferirse al «grito» de los israelitas (versículo 20) aparece en Números 23:21,
donde dice que Balaam miró hacia el campamento israelita y observó que
«su Dios, está con él, y ellos lo aclaman como rey». Es una proclamación
del Señor como el divino Rey de los israelitas. En Jericó ellos gritaron para
celebrar exactamente eso.
Siglos después, cuando una gran multitud de enemigos marchó contra el rey
Josafat de Judá, este invitó a su pueblo al ayuno para buscar la ayuda de
Dios (2 Crónicas 20:1-13). Entonces el Espíritu del Señor vino sobre
Jahaziel, quien dio al pueblo un mensaje del Señor, que incluía la orden:
«No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no
es vuestra la guerra, sino de Dios» (véanse los versículos 14-17). Josafat acep-
tó la promesa y adoró al Señor, y los levitas se pusieron de pie para alabar al
Señor con voz alta y fuerte (versículos 18, 19). ¡La celebración ya había
comenzado!
Al día siguiente Josafat alentó a su pueblo con estas palabras: «Creed en
Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prospe-
rados» (versículo 20). Es de crucial importancia creer en las promesas de
Dios, entregadas por medio de sus profetas, para aceptar la salvación de
Dios por medio de la fe basada en su Palabra como si ya se hubiese
cumplido.
Para confirmar sus palabras de fe, Josafat hizo algo notable: «Y habido con-
sejo con el pueblo, puso algunos que cantasen y alabasen a Jehová, ves-
tidos de ornamentos sagrados, mientras salía la gente armada, y que dijesen:
"glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre"» (versículo
21). Contra esta clase de fe, los enemigos del pueblo de Dios no tuvieron
oportunidad de vencerlos. El Señor los puso unos contra otros, y se destru-
yeron entre ellos mismos. El ejército de Judá no tuvo que pelear en absoluto
(versículos 22-24).

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En el Nuevo Testamento sigue dándose el mismo modelo de una fe antici-
pada. En la Última Cena, Jesús observó la Pascua con sus discípulos y la
transformó en una celebración de la liberación del gobierno opresivo de
Satanás, que es mucho más poderoso y peligroso de lo que había sido el
dominio del faraón (Mateo 26:17-30). Su celebración de la independencia
del perverso «príncipe de este mundo» (cf. Juan 12:31) descansaba sobre el
sacrificio de Cristo (Mateo 26: 26-28), que estaba a punto de realizarse
(Mateo 27).
La primera Pascua y la primera Cena del Señor se realizaron antes de la libe-
ración que celebraban. Pero luego el pueblo de Dios las observaría regular-
mente para conmemorar los acontecimientos salvíficos después de que estos
se hubiesen realizado. Si bien estas ceremonias recordaban experiencias pa-
sadas en las que habían recibido la gracia de Dios por medio de la fe, tam-
bién los invitaban a mirar hacia adelante por medio de la fe a la conclusión
futura de la salvación. Siendo que el Señor había librado de Egipto a los is-
raelitas, estos podían confiar que cumpliría su promesa de llevarlos con se-
guridad a su nuevo hogar en la tierra prometida. De igual manera, el hecho
de que el Cristo crucificado hiciera añicos el derecho de Satanás al planeta
Tierra (Juan 12:31) es apoyo poderoso de nuestra fe en su futuro retorno
para reclamar lo que le pertenece y hacer nuevas todas las cosas (Apocalip-
sis 19-22).
Al ver lo que Dios ya ha hecho por nosotros, tenemos confianza en que
cumplirá lo que ha prometido. Y esto se aplica incluso en el ámbito de la ex-
periencia individual. Cuando nos sentimos abrumados por gravísimos pro-
blemas, fuerzas, o tentaciones que parecieran estar a punto de desunirnos es
el tiempo de recordar los enemigos que Dios venció fácilmente en beneficio
de su pueblo en el pasado. Podemos hacer nuestras sus promesas, como lo
hicieron Josafat y su pueblo, y celebrar su inminente cumplimiento. Aunque
Dios decidiera no intervenir en esta vida, como cuando decidió no rescatar a
Juan el Bautista (Mateo 14:3-12), la liberación permanente vendrá pronto en
la vida futura (Job 19:25-27).
Los israelitas estaban a punto de salir de la seguridad y de la relativa como-
didad del campamento junto al monte Sinaí y emprender un viaje escabro-
so, en el que poderosos enemigos saldrían a su encuentro. Observar la Pas-
cua para alabar a Dios por la forma como los había salvado del faraón forta-
lecería su fe en lo que el Señor estaba a punto de hacer por ellos. De esta
manera se animarían a cooperar valerosamente con él. La alabanza fortalece
la fe, y esta, a su vez, desarrolla el valor.

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Los israelitas celebraron su segunda Pascua en la fecha señalada, el día ca-
torce del primer mes, que era en la primavera (Números 9:1-5; cf. Éxodo
12). Fue en «el primer mes del segundo año de su salida de la tierra de Egip-
to» (Números 9:1). Note que esto fue un par de semanas antes de que el
Señor mandara a Moisés a realizara el censo militar «el primer día del se-
gundo mes, el año segundo de su salida de la tierra de Egipto» (Números
1:1). Aquí la organización de los registros en el libro de Números es temáti-
ca más que un informe estrictamente cronológico de eventos en el orden en
que ocurrieron. Al volver a narrar el ejercicio de fe de la Pascua en Números
9, poco antes de la salida del Sinaí (Números 10:11-13), el libro da a en-
tender que existe un paralelo con la partida de Egipto un año antes. El pue-
blo continuaba su viaje de fe con Dios.
En la Pascua, antes de comenzar su penosa marcha hacia Canaán, algunos
israelitas tuvieron un problema. Pero su queja no se debía a la falta de fe.
Lo que ocurría era que habían deseado disfrutar la celebración de la Pascua
y estaban frustrados porque, como estaban inmundos por haber estado en
contacto con cadáveres, no habían podido participar (Números 9:6, 7).
Parte de la celebración de la Pascua consistía en el consumo de la carne
del sacrificio sagrado en el hogar (Éxodo 12). Pero cualquiera que había es-
tado cerca de un muerto quedaba ritualmente impuro durante una semana
(Números 19:11). En consecuencia, no se les permitía comer comida santi-
ficada (cf. Levítico 7:20, 21) y tenían que permanecer fuera del campamen-
to durante su período de impureza, lejos de sus hogares (Números 5:1-4).
Esas leyes todavía no habían entrado en vigor el año anterior, en el tiempo
de la primera Pascua, porque el santuario, que era el lugar donde se manifes-
taba la presencia de Dios, todavía no existía.
Ahora algunas personas se veían excluidas de la Pascua por circunstancias
ajenas a su voluntad. Sus parientes habían muerto, y habían tenido que se-
pultarlos. La muerte no puede ser programada. Así que, además del dolor
que sentían por sus seres amados muertos, se sentían excluidos de la co-
munidad. El Señor comprendió su contrariedad y reconoció su validez. Por
ello, estableció una segunda fecha para la Pascua, un mes más tarde, el día
catorce del segundo mes, para todos aquellos que habían estado contami-
nados por haber estado en contacto con un muerto. Y también hizo la
misma provisión para todo aquel que había estado en un largo viaje, que le
impidiera estar en casa para el festival en el primer mes (Números 9:9-12).
En Números 9 vemos el carácter de Dios en acción. Su solución fue prácti-
ca y mostró la necesaria flexibilidad para incluir a tantos como fuera posi-

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ble en una ocasión de regocijo comunitario. También incluyó a los extran-
jeros que desearan celebrar la independencia nacional de Israel en la fiesta
de la Pascua. Dios trató a aquellas personas como si fueran ciudadanos is-
raelitas (vers. 14; cf. Éxodo 12:48, 49). En esta forma el Señor incluyó a los
extranjeros que tenían fe y que se identificaban con su pueblo escogido, a
través del cual él había prometido bendecir a todas las naciones (Génesis
12:3; 22:18).
Sería maravilloso si el pueblo de Dios aprendía de él cómo tratar a los de-
más. Entonces respetaríamos los sentimientos y limitaciones válidas de otras
personas, mantendríamos las reglas y su propósito en la perspectiva equi-
librada, ¡e incluiríamos a tantos como pudiéramos en nuestra adoración y
en la celebración de la salvación!

Permanecer juntos
Cuando mis padres, mi hermano y yo nos mudamos de Nebraska a Cali-
fornia, en 1974, tomamos la autopista número 80. Mi hermano, de 16 años,
y descontento por la mudanza, prefirió viajar solo, conduciendo su antiguo
pero clásico Cadillac color café. El resto de la familia viajó en un Plymouth
que tenía el aspecto de una gran caja azul. El Cadillac tenía control de cru-
cero. El Plymouth no.
Así que, además de la frustración que sentía por alejarse más y más de sus
amigos, con cada kilómetro que avanzaba, mi hermano tuvo que lidiar con
la irritación de tener que ir siguiendo a otro vehículo, que a veces aceleraba
y a veces disminuía la velocidad.
Ya sea que vayamos conduciendo un vehículo, o trotando, o trabajando en
un proyecto, es difícil ir al paso de otra persona. Unos van demasiado rápi-
do, o muy lentamente; con mucha regularidad, o con demasiados imprevis-
tos; se detienen con demasiada frecuencia, o no se detienen tanto como uno
quisiera. Pero si nos apoyan, nos guían o nos protegen, vale la pena hacer
amoldarse a su ritmo y permanecer con ellos.
Los israelitas necesitaban viajar con Dios. Era el Rey de la supervivencia. Así
que, después de observar la primera Pascua, al salir los israelitas de Egipto,
«Jehová iba delante de ellos, de día en una columna de nube para guiarlos
por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos, a fin
de que anduvieran de día y de noche» (Éxodo 13:21). Cuando el ejército
egipcio persiguió a los israelitas, la nube del Señor los separó de sus anti-
guos cautivos (Éxodo 14:19, 20). Durante la Segunda Guerra Mundial los
barcos hacían cortinas de humo para evitar que los aviones enemigos los
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vieran. Pero la «cortina de humo» del Señor era mejor, porque al mismo
tiempo daba luz a su pueblo y oscuridad a sus enemigos.
Más tarde, la presencia del Señor se posó sobre el monte Sinaí en una nu-
be que protegía a los israelitas de su gloria (Éxodo 19:16; 24:15, 16, 18).
Sin embargo, después que ellos construyeron el santuario, la gloria del Se-
ñor lo llenó y su nube se colocó sobre él. La nube quedaba allí hasta que
llegaba el momento de levantar el campamento y continuar el viaje (Éxodo
40:34-38).
Después de informar de la celebración de la segunda Pascua, el libro de
Números nos habla nuevamente de la nube de gloria del Señor (Números
9:15-23). Este pasaje dice con énfasis que los israelitas seguían el movi-
miento de la nube, no importa cuan largo o corto fuera el tiempo que per-
maneciera sobre el santuario: «Al mandato de Jehová acampaban, y al
mandato de Jehová partían. Así guardaban la ordenanza de Jehová, como
Jehová lo había dicho por medio de Moisés» (Números 9:23).
Es cierto que Dios estableció el ritmo de la marcha, pero la realidad es que
fue para beneficio de su pueblo. La marcha hacia Canaán podría haber sido
mucho más rápida, pero ellos no estaban preparados. Debían potenciarse
su fe en Dios y su cooperación con él antes de que estuvieran listos para en-
frentarse a sus intimidantes enemigos. Si la dirección del Señor no les pare-
cía lógica algunas veces, era para enseñarlos a confiar en él y seguirlo en
todo momento. Él sabía lo que hacía.
Así que no era suficiente que los israelitas estuvieran donde el Señor había
estado en el pasado, o donde era probable que estuviera en el futuro. Tenían
que estar donde el Señor estuviera en ese momento.
Por desgracia, muchos grupos religiosos a través de los siglos han consa-
grado santuarios, o creencias, para conmemorar el lugar donde piensan
que el Señor estuvo en algún tiempo. Trágicamente, no están dispuestos a
que él los guíe a una nueva verdad, porque se aferran resueltamente a una
ortodoxia momificada. No consideran a Dios como una persona, sino co-
mo una idea confinada a un nicho que ellos han creado. Adornan el nicho,
lo besan, y periódicamente desfilan a su alrededor, pero es en realidad algo
así como un ataúd; y el Dios vivo no está adentro.
Otros están impacientes con la conducción de Dios en el presente. Como él
está tratando de mantener junto un rebaño muy diverso, es demasiado
lento para ellos. Ellos son la minoría selecta, la que va al frente, la que
abre el camino, la que cambia los paradigmas.

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Pero solamente estaremos seguros si estamos con Dios donde él está ahora.
Necesitamos movernos con él y detenernos con él. Sí, él puede ir mucho
más rápido; pero él sabe qué es lo mejor para nosotros.

Señales de coordinación
Para coordinar un grupo de personas es muy útil tener señales. En el peque-
ño pueblo de Angwin, California, donde viví varios años, el excelente De-
partamento de Bomberos Voluntarios usaba una potente sirena como sis-
tema de alarma para convocar a los que se necesitaban para atender dife-
rentes clases de emergencias. Mientras más alarmas sonaban, más grande
era la emergencia. Cinco alarmas eran para algo grande, como, por ejem-
plo, un incendio peligroso, que requería el rápido despliegue de todos los
miembros. Cuando ocurría eso, muchos obreros salían precipitadamente de su
trabajo, saltaban a sus vehículos, y hacían rechinar los neumáticos mientras
avanzaban a toda velocidad por la carretera. Este enérgico cuerpo de bom-
beros, caracterizado por su excelente formación y dedicación, ha salvado
muchas vidas y hogares.
Antes de que los israelitas partieran del Sinaí hacia Canaán, establecieron
un sistema de señales para coordinar sus movimientos rápida y efectiva-
mente. Si debían reunirse para recibir instrucciones, o salir a otra etapa de
su viaje, o hacer frente a la amenaza de un enemigo, pasar el mensaje por
palabras o verbalmente resultaría demasiado lento. Recuérdese que no te-
nían altavoces, teléfonos celulares ni localizadores. Sin una coordinación
apropiada, resultaría el caos. Los miembros de las tribus de Judá, Isacar,
Zabulón, etcétera, irían de un lado a otro, chocando unos con otros y gri-
tando de rabia. Si además tenían que movilizar a sus animales, rebaños y
manadas, estas chocarían unas contra otras, lo cual enojaría más a sus due-
ños. Una cacofonía de berridos, balidos y mugidos completaría la enorme
confusión.
El Señor requiere el orden que contribuye al cumplimiento de sus propósi-
tos. «Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz» (1 Corintios 14:33).
Así que Dios mandó a Moisés tener a mano dos trompetas de plata, que los
sacerdotes tocarían de cierta manera, dependiendo de la necesidad que se
presentara (Números 10:1-10). Ahora que los arqueólogos han encontrado
una antigua trompeta egipcia perfectamente conservada (la hallaron junto
con otros objetos de la tumba del faraón Tutankamón), tenemos una idea
muy clara de cómo era aquel instrumento. Con el agudo sonido de aquellas
trompetas sería fácil llamar la atención de los israelitas para convocarlos a
todos (o solamente a los representantes y dirigentes), controlar el comienzo
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de una marcha para que las tribus se colocaran en el orden correcto, decla-
rar la guerra, o celebrar ocasiones de gozo.
El hecho de que fueran los sacerdotes quienes tocaran las trompetas refor-
zaba el hecho de que las señales representaban la voluntad de Dios. Los sa-
cerdotes trabajaban en el santuario, donde recibían instrucciones del Señor
a través de Moisés o al observar el movimiento de la gloria de Dios en la
nube. En armonía con todo ello, tocaban las trompetas para dar las señales al
pueblo.
Dios dijo a los israelitas que si los enemigos los atacaban, el sonido de
alarma de la trompeta tocada por los sacerdotes sería como un tipo de oración
a su divino Rey, «Cuando salgáis a la guerra en vuestra tierra contra el enemi-
go que os ataque, tocaréis alarma con las trompetas. Así seréis recordados
por Jehová, vuestro Dios, y seréis salvos de vuestros enemigos» (Números
10:9). Los líderes posteriores, que no eran sacerdotes, también tocaban
trompetas (pero cuernos de carnero) para reunir a los israelitas para la bata-
lla en la cual Dios les daría la victoria (véase, por ejemplo, Jueces 3:27;
6:34).
Las trompetas de plata de los sacerdotes tenían otra función: que los israeli-
tas fueran recordados delante de Dios en ocasiones de gozo. «En vuestros
días de alegría, como en vuestras solemnidades y principios de mes, tocaréis
las trompetas sobre vuestros holocaustos y sobre los sacrificios de paz, y os
servirán de memorial delante de vuestro Dios. Yo, Jehová, vuestro Dios»
(Números 10:10). La necesidad de tal recordatorio no significaba que Dios
los hubiera olvidado. Más bien, esos toques de trompeta eran oraciones en
ocasiones especiales para reconocer su dependencia de él y alabarle.
Mi familia y yo caminábamos por un sendero hacia una playa en el lago
Michigan. De repente escuchamos una poderosa sirena. Aquello nos puso
nerviosos porque estábamos a corta distancia de la planta de energía nu-
clear Cook, la cual es, naturalmente, un blanco potencial para los terroris-
tas. Preguntamos a otros caminantes si sabían qué estaba sucediendo, y
ellos nos dijeron que era una alarma de prueba que sonaba una vez por
mes. No es necesario decir que nos sentimos muy aliviados.
Los israelitas también tenían señales regulares en ocasiones programadas,
inclusive al principio de cada mes; pero se podía distinguir su sonido del de
las señales de emergencia. Sin embargo, había una excepción: el recuerdo
(ante el Señor) de sonidos de trompeta al principio del séptimo mes (lo
que se denominaba la «fiesta de las Trompetas», Levítico 23:24) tenía el
mismo sonido que el usado para reunirse para la guerra (Números 10:9).
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Este era un recordatorio anual de que su líder era un Rey (aclamado con el
mismo sonido en Números 23:21) que era poderoso y estaba listo para ayu-
dar a su pueblo.
El sonido de las trompetas israelitas evocaba una amplia gama de emo-
ciones, incluyendo la curiosidad por saber la razón de una convocación di-
vina, la emoción por la partida para ver nuevos lugares a lo largo del ca-
mino hacia la tierra prometida, la preocupación y la inyección de adrenalina
cuando enfrentaban las posibilidades de una batalla y el regocijo de celebrar
el pacto con el Señor como miembros de su pueblo elegido. El elemento co-
mún en todo esto era el papel protagonista de Dios, quien los guiaba, los
protegía, y suplía todas sus necesidades en todas las circunstancias.
Más tarde en la historia del pueblo de Dios, los profetas utilizaron las trompe-
tas (cuernos de carneros) para proclamar tiempos de emergencia y arrepen-
timiento (Isaías 58:1; Joel 2:1, 15). Del mismo modo, cuando tenemos pro-
blemas deberíamos reconocerlos y enfrentarnos a ellos. Una crisis es una cri-
sis, ya sea que los líderes lo admitan o no. En vez de escondernos en la apa-
tía y la negación, pretendiendo que todo está bien, para proteger nuestra
posición e imagen, deberíamos juntar a todas las personas afectadas, y bus-
car honestamente a Dios juntos, admitiendo plenamente nuestros errores, y
redamar las promesas divinas de perdón (1 Juan 1:9) y ayuda (por ejemplo,
Santiago 1:5 contiene una promesa de sabiduría).
Hace mucho tiempo que desaparecieron las trompetas israelitas, pero en el li-
bro de Apocalipsis un ángel tocando una séptima trompeta anuncia el reino
de Dios y, en consecuencia, su juicio, y se ve el arca del pacto en su templo
celestial (Apocalipsis 11:15-19). Este es el equivalente escatológico de la
trompeta que tocaba al principio del séptimo mes como memorial delante
de Dios (Levítico 23:23-25), seguida por el juicio de lealtad hacia Dios en el
Día de Expiación (versículos 26-32), cuando el sumo sacerdote veía el arca
del pacto israelita (Levítico 16). Otra trompeta, la última, convocará al ver-
dadero pueblo de Dios, no a un santuario en el campamento del desierto, sino
para salir de la tumba y disfrutar la vida eterna en su presencia sin velo en la
perpetua paz del paraíso (1 Corintios 15:52; 1 Tesalonicenses 4:16; cf. Ma-
teo 24:31).

En marcha
Alistarse para un largo viaje exige siempre mucho trabajo para la familia.
Hay mucho trabajo, aunque la casa ya esté limpia, la ropa lavada y doblada,
las cuentas pagadas, los documentos en la computadora estén archivados,

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el aceite del coche cambiado recientemente y los neumáticos inflados debi-
damente, ya haya suficiente alimento para los perros y los gatos, y se hayan
hecho los arreglos para que alguien cuide de los animales. Generalmente
tendemos a dejar todas estas cosas para el último minuto, junto con una
corriente interminable de correos electrónicos, tareas universitarias que no
pueden esperar hasta que regresemos (entrega de calificaciones, revisión de
tesis, etc.). Agreguemos el fin de un plazo para la publicación de un artículo
o un libro, y nos quedará poco tiempo para dormir, o nada. Cuando, por
fin, subimos a nuestro vehículo, salimos de nuestra casa y nos ponemos en
marcha, sentimos una abrumadora sensación de alivio y expectativa.
Los israelitas llevaban casi un año preparándose para este momento. Les to-
mó mucho tiempo porque no eran una sola familia, sino muchas familias
que formaban una nación entera. Habían llegado al Sinaí como una pandilla
de esclavos huyendo de sus amos, habían necesitado una constitución na-
cional (la ley de Dios), un centro de gobierno y adoración (el santuario), y
una organización que abarcaba muchísimas cosas. Ahora todo estaba en su
sitio. Por fin, la nube de gloria divina se levantó de su lugar sobre el santua-
rio, y salieron, como se planificó, en un orden militar preciso (Números
10:11-28).
La emoción aumentaba. Los israelitas no iban solamente a un viaje de ne-
gocios o de vacaciones: iban rumbo a un lugar nuevo y permanente, donde
morarían en una hermosa tierra de su propiedad que nunca habían visto. Te-
nían razones para creer que en corto tiempo estarían en ella.
Los israelitas ansiaban «aquella tierra buena y ancha, [...] una tierra que
fluye leche y miel» (Éxodo 3:8). Pero aquella tierra no era nada, compara-
da con la que está preparada para nosotros: una tierra enteramente nueva,
en la cual comeremos del árbol de la vida y beberemos del agua de vida.
«Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han
subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que
lo aman» (1 Corintios 2:9). Esperamos en el futuro una tierra sin sufrimien-
to, ni dolor, ni tristeza, con hogares magníficos, diseñados y construidos
por Dios mismo. Lo mejor de todo es que no necesitaremos un santuario o
templo para tener un acceso limitado al Señor, porque podremos acercarnos
a él cara a cara (Apocalipsis 21; 22; véase también Juan 14:1-3).

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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah


Roy Gane

Capítulo Cinco

Retos en el camino
(Números 11, 12)

Advertencia para los inconformes


Unas pocas horas después de iniciar un viaje que duraría muchos días, una
vocecita preguntó: —Papi, ¿ya casi llegamos?
—No, querido, acabamos de salir de la casa —fue la respuesta.
Una hora más tarde:
—Papi, ¿ya casi llegamos?
—No, este viajará nos llevará mucho tiempo.
Media hora más tarde, volvió a oírse la voz quejumbrosa e impaciente:
—Papi, ¿ya casi llegamos?
—No, querido.
Finalmente, un grito de protesta:
— ¡Ya estoy harto de todo esto! ¡Quiero ir a mi casa ahora!
Los israelitas marcharon durante algunos días, con el arca del pacto del Se-
ñor al frente y su nube encima de ellos (Números 10:33, 34). Sin embar-
go, viajar por el terreno escabroso de la península del Sinaí era mucho
más difícil que acampar en una planicie despejada frente al monte del
Señor. Así que algunos comenzaron a quejarse, culpando a Moisés por su
incomodidad y cuestionando la sabiduría de su liderazgo. Su reacción no pa-
só desapercibida para el Señor, quien consideró aquello como una ofensa
personal, porque él estaba al frente de todo y hacía cuanto era menester a
favor de su pueblo. Así que prendió fuego al campamento y quemó uno de
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los extremos (Números 11:1; cf. Éxodo 3:2, una zarza ardiendo que no se
consumía). Por eso, Moisés puso por nombre al lugar Tabera, «porque el
fuego de Jehová se encendió en ellos» (Números 11: 3).
El fuego del Señor podía ser amigable, como cuando consumió los sacrifi-
cios inaugurales sobre el altar (Levítico 9: 24). Pero los israelitas sabían muy
bien lo que su potente fuego era capaz de hacer cuando Dios estaba airado.
Había ejecutado trágicamente a dos de sus sacerdotes cuando no siguieron
importantísimas instrucciones (Levítico 10:1, 2). Así que el fuego que
prendió en medio del campamento debe de haberlos turbado gravemente.
El texto no dice lo que el fuego del Señor quemó en uno de los extremos
del campamento. Sin embargo, está claro que aquella sección, fuera del
centro del campamento de las doce tribus, era donde la «multitud mixta» te-
nía sus tiendas. Así que, al parecer, podemos deducir que eran ellos los más
dados a las quejas.
La multitud mixta, que había salido de Egipto junto con los israelitas (Éxodo
12:38), no estaba compuesta por israelitas ni de descendencia de israelitas
casados con egipcios (Levítico 24:10). Al parecer, la demostración del poder
de Dios a favor de su pueblo los había impresionado, y habían decidido echar
su suerte con Israel. Su falta de «pedigrí» que los identificara para estar en-
tre los elegidos, los descendientes de Jacob, no era un problema para Dios,
y Dios les permitió unirse a los israelitas en la búsqueda y disfrute de las
bendiciones del pacto. Pero una vez que hicieron su decisión de seguirlo, él
esperaba que vivieran bajo su liderazgo como el resto de la comunidad del
pacto.
La multitud mixta no había sufrido los rigores de la esclavitud, como los is-
raelitas. Así que ellos no se habían acostumbrado a las pruebas y al esfuer-
zo físico excesivo que tuvieron que enfrentar en el camino a Canaán.
Además, su cosmovisión y su religión eran, mayormente, egipcias y paganas.
La cultura y el pensamiento egipcio también habían afectado a Israel, por lo
cual habían perdido aspectos importantes de su herencia singular. Pero
habían permanecido suficientemente separados como para preservar en
alguna medida su identidad especial como pueblo de Dios. La multitud
mixta no tenía mucho de esto, o nada. Así que el Señor era un extraño para
ellos, y todavía no habían desarrollado su lealtad hacia él.
Tabera no fue el primer lugar donde la comunidad israelita se quejó. Cuan-
do en el mar Rojo apareció en el horizonte el ejército del faraón, ellos cla-
maron al Señor (Éxodo 14:10) y entonces dijeron a Moisés: «¿No había se-
pulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto?
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¿Por qué nos has hecho esto? ¿Por qué nos has sacado de Egipto? Ya te lo
decíamos cuando estábamos en Egipto: Déjanos servir a los egipcios, por-
que mejor nos es servir a los egipcios que morir en el desierto» (versículos
11, 12).
¿Tumbas en Egipto? Por supuesto. Egipto estaba lleno de tumbas, algunas de
las cuales ya eran antiguas entonces y todavía siguen siendo las más desta-
cadas del mundo: las pirámides. Era una tierra que veneraba la muerte. La úl-
tima de las diez plagas que envió Dios, que hirió a los primogénitos de Egip-
to, produjo suficientes muertos para venerar y para llenar una enorme can-
tidad de tumbas (Éxodo 12:29, 30).
Las palabras «¿No había sepulcros en Egipto?» eran una forma retórica de
acusar a Moisés de ser un necio al llevarlos fuera de Egipto solo paja sepul-
tarlos. Fue una acusación que Moisés escucharía muchas veces después: Se-
gún la multitud mixta, el liderazgo de Moisés estaba conduciendo al desastre
a los israelitas, y todos habrían estado mejor siendo esclavos bajo el domi-
nio del faraón. La ausencia de la patria hace que el corazón aumente el deseo
de estar en su tierra: «¡Quiero irme a mi casa ahora!»
Al culpar a Moisés, los israelitas ignoraban el hecho de que él solo estaba si-
guiendo las órdenes de Dios. Así que en realidad insinuaban que Dios era
un necio. No es necesario decir que aquello era una gravísima blasfemia.
Quejarse contra Dios, el hecho mismo, no es necesariamente malo. Hom-
bres de Dios, como Job, David y Habacuc, expresaron su descontento, su
irritación, su frustración e, incluso, su violento enojo (Job 3; Salmo 109;
Habacuc 1:1-2:1) contra Dios. Nuestra confianza en la sabiduría y el amor de
Dios puede fallar, pero él comprende que el estrés severo puede confun-
dirnos. Si llevamos a él nuestros problemas, no importa cuál sea nuestro
estado mental, reconocemos su liderazgo en nuestra vida y entonces puede
ayudarnos.
Un terrible choque en la autopista, cerca de San Francisco, en 1982, causa-
do por un joven drogado y ebrio, casi nos mató a mi esposa y a mí. Su
Chevy Nova cruzó la franja central de la autopista 580 y se estrelló contra un
Volkswagen. El choque mató instantáneamente a la conductora, aplastó a
sus dos hijas, y lanzó su automóvil sobre el maletero de nuestro pequeño
Datsun B-210. Luego otro vehículo, que venía detrás de nosotros, hizo un
surco profundo en un arcén elevado al lado de la carretera, gracias a lo cual
no nos pasó por encima. Su enorme estructura se sacudió violentamente y se
detuvo a escasos cinco metros de nuestro destrozado vehículo. Sobresalta-

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dos, Connie y yo nos abrazamos, comprendiendo que un milagro divino
nos había permitido sobrevivir, por fracciones de segundo, a aquel desastre.
Connie sufrió conmoción cerebral; a mí se me fracturó una costilla; y ambos
teníamos traumatismo cervical y lesiones en la espalda. Pasó bastante
tiempo para que se disiparan los efectos completos de nuestro trauma.
Éramos solo estudiantes y llevábamos tiempo luchando por sobrevivir a
duras penas. El accidente acabó con nuestros nervios y con nuestra energía
física, y ya no pudimos mantenernos a flote económicamente. Mi objetivo
de hacer un doctorado, como preparación para la carrera a la que Dios me
había llamado, parecía imposible de alcanzar. Yo estaba confundido, y me
sentía frustrado, enojado, profundamente deprimido e indignado al culpar
a Dios por la situación. Sin embargo, mis quejas, al menos implícitamente,
las presentaba ante Dios como el Señor de mi vida, y él nos sacó adelante.
Aprendí a confiar en él porque nunca nos abandonó, ni cuando las cosas se
pusieron difíciles.
En el mar Rojo los israelitas enfrentaron un peligro mortal, y ellos clama-
ron a Dios (Éxodo 14:10). Eso era completamente comprensible. Sin em-
bargo, cuando se volvieron a culpar a Moisés, sus quejas tomaron un rumbo
desagradable porque estaban negando el liderazgo de Dios (versículos 11-
12). No obstante, él pasó por alto el insulto y los libró de manera espectacu-
lar (versículos 19-30). Fue paciente con ellos porque eran «bebés» en la fe; y
su estrategia tuvo el efecto deseado: «Al ver Israel aquel gran hecho que
Jehová ejecutó contra los egipcios, el pueblo temió a Jehová, y creyeron a
Jehová y a Moisés, su siervo» (versículo 31).
Por desgracia, aquello no fue el final de sus quejas. Entre el mar Rojo y el mon-
te Sinaí los israelitas se quejaron contra Moisés (o Moisés y Aarón) varias ve-
ces más, cuando les faltó agua y comida. En cada caso, el Señor atendió mila-
grosamente su necesidad y no los disciplinó (Éxodo 15:22-25; 16:2-36; 17:1-
7). En la última de estas ocasiones, los israelitas «tentaron a Jehová al decir:
"¿Está, pues, Jehová entre nosotros o no?"» (Éxodo 17:7). Aquí está la pre-
gunta básica que sobreentendían cada vez que se quejaban. Ahora estaba cla-
ro. Sabían lo que estaban haciendo, y la próxima vez serían responsables de
ello.
Sucedió un año después en Tabera (Números 11:1). El Señor había hecho
mucho por los israelitas durante ese año. Los había ayudado a ganar la vic-
toria sobre los amalecitas en Refidim (Éxodo 17:8-16), proclamó sus Diez
Mandamientos desde el monte Sinaí (Éxodo 20), promulgó leyes adicionales
por medio de Moisés (Éxodo 21-23), estableció su pacto con ellos como un
pacto sellado con sangre (Éxodo 24), dio los planos para la construcción del
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santuario (Éxodo 25-31), y renovó el pacto con ellos (Éxodo 33; 34) des-
pués de que ellos lo hubieran quebrantado adorando a un becerro de oro
(Éxodo 32). Cuando los israelitas terminaron el santuario y el Señor se ins-
taló allí (Éxodo 35-40), les dio instrucciones detalladas para el culto y la pu-
reza (Levítico 1-17) y para un estilo de vida santo y saludable (Levítico 18-
27). Organizó al pueblo y su campamento y les dio más instrucciones en
preparación para su conquista de Canaán (Números 1-10). Mientras tanto,
ellos dependían totalmente de él para su provisión diaria de alimento, por
medio de un milagro: el maná (Éxodo 16).
Los israelitas ya no eran una pandilla de esclavos fugitivos. Ahora eran una
nación bien constituida, responsable ante Dios de guardar su parte del pac-
to que voluntariamente habían contraído. Él los había defendido y alimen-
tado, y les había dado de beber. Y había morado entre ellos. Por ello, no te-
nían ninguna excusa ni siquiera para insinuar la pregunta: «¿Está el Señor
entre nosotros o no?»
Todo lo anterior es el trasfondo para la respuesta del Señor a sus quejas en Ta-
bera, donde los disciplinó por primera vez por sus murmuraciones. Si leemos
este episodio aislado de su contexto podemos tener la impresión de que el
Señor reaccionó en una forma exageradamente dura. En realidad, fue mise-
ricordioso al darles un «toque de advertencia» que tardarían en olvidar.
Irónicamente, el fuego divino se apagó únicamente cuando los israelitas
clamaron a Moisés por ayuda, y él oró al Señor por ellos (Números 11:2).
Si sus quejas habían seguido el patrón usual, estas estaban dirigidas contra
Moisés. Como ocurrió a los amigos de Job (Job 42:7-9), descubrieron que
dependían de uno a quien habían malinterpretado para que intercediera
por ellos. Antes de que Dios aceptara su arrepentimiento, tuvieron que con-
fesar humildemente ante Moisés que se habían equivocado.
Si tenemos problemas con alguien, no podemos evitar la reconciliación con
esa persona yendo directamente a Dios. Jesús dijo: «Por tanto, si traes tu
ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja
allí tu ofrenda delante del altar y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y
entonces vuelve y presenta tu ofrenda» (Mateo 5:23, 24). No era un concepto
nuevo. De acuerdo con las instrucciones de Dios, los israelitas que defrau-
daban a otra persona eran responsables de devolver lo que habían tomado o
guardado indebidamente, más el veinte por ciento (Levítico 6:1-5). Hacer
ese tipo de reparación requería, naturalmente, la confesión a la persona
ofendida (cf. Levítico 5:5). Solo después de arreglar las cosas con esa per-
sona se le permitía al pecador ofrecer un sacrificio al Señor y recibir el per-
dón (Levítico 6:6, 7).
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Zaqueo comprendió que obtener el perdón de Dios no significaba decla-
rarse en quiebra para no pagar nuestras obligaciones con otras personas.
Por eso prometió: «Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en
algo he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado» (Lucas 19:8).
Jesús aceptó su promesa, al responder: «Hoy ha venido la salvación a esta
casa, por cuanto él también es hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre
vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (versículos 9, 10).
Ciertamente, ¡la confesión es buena para el alma! Dios enseñó eso a los is-
raelitas en Tabera, donde a duras penas escaparon del fuego divino. También
da al resto de la raza humana una oportunidad de aprenderlo antes que el
fuego llegue a nuestro vecindario, el planeta Tierra, y consuma a aquellos
que rechazan la intercesión de su Hijo unigénito (Hebreos 4:14-16; 7:25; 1
Juan 1:9; Apocalipsis 14:9-12; 19:20; 20:9-15; 21:8).

Deseo desordenado por las ollas de carne


Por desgracia, la terrible advertencia de Tabera no fue suficiente para los is-
raelitas. Cuando las cosas se enfriaron, volvieron a lo mismo. «La gente ex-
tranjera que se mezcló con ellos se dejó llevar por el hambre, y los hijos de
Israel también volvieron a sus lamentos, diciendo: "¡Quién nos diera a co-
mer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde,
de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos. ¡Ahora
nuestra alma se seca, pues nada sino este maná ven nuestros ojos!"» (Núme-
ros 11:4-6).
Los quejumbrosos eran la «multitud mixta» (cf. Éxodo 12:38). La Biblia
apenas declara el papel que desempeñaron en Tabera (ver arriba), pero aquí
está claro. Aquella multitud mixta incitó el motín de la glotonería. No es
que estuvieran hambrientos. Ya habían tenido abundancia de deliciosa y nu-
tritiva comida, perfectamente diseñada para su salud por el dietista divino
(véase Éxodo 16:31 y Números 11:8 en lo que respecta al sabor). Él prome-
tió que si cooperaban con todas sus indicaciones, no sufrirían ninguna de las
enfermedades que afligían a los egipcios (Éxodo 15:26). Tampoco había
nada malo en el servicio: Dios mismo era el proveedor, y siempre servía a
tiempo.
La chusma se quejó cuando su estómago empezó a exigir «la comida de
mamá en la vieja tierra de Egipto». ¡Oh, sí!, había pescado, melones y ver-
dura sanísima. Pero aquellos eran los platos secundarios. El tema principal
era la carne. Olvídense de la granola celestial aquí en el desierto. Dennos
McDonald's, Kentucky Fried Chicken, y carne asada casera. ¡No estamos

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obteniendo nuestro requerimiento mínimo diario de colesterol y carcinóge-
nos! Innecesario es decir que hacer el feo al maná de Dios fue un enorme
insulto contra él.
Los israelitas habían vivido una vida más dura en Egipto que la multitud
mixta, así que no recordaban tanto lujo. Pero muy pronto el descontento se
esparció entre ellos, y el gimoteo se transformó en llanto, como si estuvie-
ran muriéndose de hambre.
El pueblo no necesitó ninguna publicidad comercial que le dijera que satis-
ficiera su apetito, en lugar de satisfacer sus necesidades con lo que era
bueno para ellos. Aquella preocupación por la dieta era glotonería. Glo-
tonería no solo es comer demasiado en general, sino también desentenderse
de la salud en aras del gusto y del apetito, que fácilmente pueden llegar a
pervertirse. Por ello, la glotonería es uno de los pecados cardinales de algu-
nas acaudaladas sociedades modernas, como la de Estados Unidos. El costo
en sufrimiento, pérdida de trabajo y tratamiento médico es extraordinario.
También es problemático seguir deseando algo que podría ser nutricional-
mente bueno, pero que no está disponible, a no ser que seamos indiferentes
a la conducción del Señor. Dios hizo el «árbol del conocimiento del bien y
del mal» en el jardín del Edén. Eva tenía razón, indudablemente, cuando vio
que el árbol era bueno para comer (Génesis 3:6). Pero eso no hacía que co-
merlo fuera correcto, porque Dios lo había prohibido (Génesis 2:17). La
multitud mixta y los israelitas desearon algunos alimentos saludables: pepi-
nos, melones, puerros, cebollas y ajo. Pero quedaban atrás en Egipto y no
crecían en el desierto por donde el Señor los estaba guiando. Desearlos sig-
nificaba desear Egipto, lo cual significaba, a su vez, no querer ir con Dios a
la tierra prometida.
Era natural que el Señor se enojara. Moisés también se enojó (Números
11:10). Ahora los israelitas estaban en peligro mortal. Después del incidente
del becerro de oro, Moisés había intercedido por ellos al decir a Dios: «Te
ruego que perdones ahora su pecado, y si no, bórrame del libro que has es-
crito» (Éxodo 32:32). En Tabera de nuevo había orado para intervenir a fa-
vor de ellos (versículo 2). Ahora, ciertamente, habló con el Señor, pero su
interés en la intercesión había muerto de muerte natural. El pueblo había si-
do totalmente irrazonable. Su falta de disposición a aprender era intolera-
ble, aun para el hombre más paciente. Moisés culpó al Señor por poner la
carga de toda esa inmadura multitud sobre él. Para salir de esa miserable
situación, deseó morir también, pero no de muerte natural (versículos 11-
15).

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Moisés no ha sido el único pastor desanimado en la historia. Elías, quien
huyó de la reina bruja Jezabel, se sentó bajo un enebro, y oró para que Dios
le quitara la vida (1 Reyes 19:4). Isaías estaba angustiado por el estado mo-
ral de su nación que «desde la planta del pie hasta la cabeza no [había en
ella] cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga» (Isaías 1:6).
El Señor se preocupa por sus ministros desalentados, y es admirablemente
bondadoso con ellos. Sabe, por experiencia, lo que sienten cuando la gente
les hace pasar momentos difíciles. En lugar de rechazarlos, les da con sen-
sibilidad lo que necesitan para animarlos a fin de que continúen. Después
de la aflicción del episodio del becerro de oro, dio a Moisés una vislumbre
de su gloria (Éxodo 33:18; 34:8). Y después de la huida extenuante de
Elías, un ángel le trajo dos veces comida y agua (1 Reyes 19:5-8), y el Señor
mismo le reveló su plan para él con una voz suave y apacible (versículos 12-
18). Cuando Isaías era joven y su motivación para el ministerio casi había
perecido ante obstáculos aparentemente insuperables, Dios recargó su bate-
ría espiritual con una maravillosa visión de la gloria divina en el templo
(Isaías 6).
Dios también se preocupa de sus pastores modernos. Bill Allison llegó a ser
pastor a la edad de veintidós años y tuvo un difícil comienzo. Cuenta así lo
que pasó:
«En la primera semana en aquella iglesia como pastor juvenil, cada una de
las personas que habían votado contra mi venida a la iglesia decidieron visi-
tarme en casa. Acudieron a mi despacho uno a uno, y dijeron las cosas más
hirientes que nadie pueda imaginar, haciendo cuanto podían por desanimarme.
(¿Ha notado que algunas personas en la iglesia parecen creer que intimidar y
criticar son sus dones espirituales, y que quieren usarlos contra usted?) "Us-
ted nunca gustará a los estudiantes", bufó uno, mientras yo imaginaba que ya
veía cuernos incipientes que comenzaban a salirle en la cabeza. Una señora
me dijo, en términos indeterminados, que yo "no estaba haciendo la volun-
tad de Dios" al aceptar aquella responsabilidad, y estaba tan enfadada que
logró que el rabo se le enredara en la puerta de mi despacho cuando salió
como un ventarrón. Mientras sostenía bien agarrado su tridente, otro me dijo
terminantemente: "Usted va a arruinar esta iglesia". Con excepción de los
cuernos, el rabo y el tridente, todo en esta historia ocurrió como lo he conta-
do».

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En lugar de darse por vencido, Allison pidió al Señor específicamente que le
diera lo que necesitaba para continuar en su obra. Dios suplió esas necesida-
des desde entonces. 1
En respuesta a la amarga queja de Moisés cuando los israelitas se quejaron
del maná y demandaron carne (Números 11: 1-16), el Señor les dio dos so-
luciones prácticas: ambas requerían su intervención milagrosa. Primero, pu-
so su Espíritu sobre setenta ancianos escogidos, individuos reconocidos por
su gente como líderes. Ellos ayudarían a Moisés a llevar la carga de la admi-
nistración (vers. 16, 17, 24-30). Así Moisés podría delegar responsabilida-
des, facilitar la comunicación con los diferentes segmentos de la nación is-
raelita por medio de sus representantes, y permitir al amplio y poderoso
comité compartir la culpa cuando los israelitas vinieran con sus quejas con-
tra su liderazgo. Ya no sería la de Moisés la única vara relampagueante ob-
jeto de toda crítica.
Cuando el Espíritu vino sobre los ancianos, profetizaron en el momento,
pero no después (vers. 25-30). La Biblia no registra lo que dijeron. Lo im-
portante era el hecho de profetizar, más que lo que dijeron. Ello mostraba
que Dios los había aceptado en su nueva función de asistentes de Moisés.
Los líderes asociados y apartados por Dios y validados por el Espíritu San-
to son buenos también para la iglesia cristiana moderna (cf. con los setenta
discípulos de Jesús, Lucas 10). No es bueno colocar demasiada carga sobre
nadie. Los que son elegidos ya deberían ser líderes acreditados entre los
grupos que representan. Nunca han de ser personas desconocidas, artifi-
cialmente impuestas sobre esos grupos.
La segunda solución práctica de Dios fue dar a los israelitas lo que pedían:
carne, y en abundancia. Cuando le dijo a Moisés que planeaba darles más
carne de la que ellos podrían comer cada día durante un mes, Moisés no
lo podía creer. La logística para proveer esa cantidad de carne para los seis-
cientos mil hombres, más las mujeres y los niños, estaba más allá de su
comprensión (Números 11:18-22). Sin embargo, él era el mismo Moisés
que, de pie junto a la orilla del mar Rojo, había anunciado: «No temáis; es-
tad firmes y ved la salvación que Jehová os dará hoy, porque los egipcios
que hoy habéis visto, no los volveréis a ver nunca más» (Éxodo 14:13). Moi-
sés había estado involucrado en asombrosos milagros, así que debiera ha-
ber sabido ahora que nada era imposible para Dios cuando había una nece-
sidad verdadera. Sin embargo, ¿por qué el Señor querría obrar un milagro
de tal magnitud solo para contestar una queja trivial?

1 http://timschmoyer.com/2008/01/15/leading-when-you-want-to-quit-1-de-4/
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El milagro no fue simplemente por la comida. El Señor no podía guiar a
su pueblo a la victoria en la tierra prometida mientras todavía estaban
deseando la vida en Egipto, bajo un gobierno opuesto a él. Un ejército que
no estuviera contento con la comida huiría ante un poderoso enemigo. Si los
israelitas no podían vivir sin carne ahora, pronto llegarían a ser carne muerta.
Así que necesitaba enseñarles una lección de proporciones bíblicas al darles
lo que ellos querían, de modo que se dieran cuenta de su propia insensatez.
Envió a Moisés a anunciarles que tendrían carne para un mes, «hasta que os
salga por las narices y la aborrezcáis, por cuanto menospreciasteis a Jehová,
que está en medio de vosotros, y llorasteis delante de él, diciendo: "¿Para qué
salimos de Egipto?"»
La estrategia del Señor fue como la que usó un padre cuyo hijo joven quería
probar el cigarrillo. El padre decidió curar de una vez y para siempre su
curiosidad de fumar. Así que encendió un cigarrillo, lo puso en la boca del
muchacho, y le ordenó que lo aspirara profundamente. Rápidamente el
muchacho trató de quitárselo, pero su padre lo obligó a que fumara todo el
cigarrillo hasta que sus ojos y narices parecían ríos, jadeando por falta aire y
tosiendo violentamente. La experiencia fue tan horrible que nunca más in-
tentó volver a fumar.
La carne vino en forma de codornices, que llegaron en inmensa cantidad y
volando lo suficientemente bajo, cerca del suelo (aproximadamente a un
metro), en todo el campamento de los israelitas, para que estos pudieran
cazar fácilmente a las indefensas aves. El pueblo estaba tan ansioso de co-
mer carne que las estuvieron matando todo el día, toda la noche, y todo el
día siguiente. Cada uno de ellos juntó un mínimo de «dos toneladas» (Nú-
meros 11:32, NVI). Si cada uno juntó dos toneladas, entre todos recogieron
más de un millón doscientas mil toneladas. Hay quienes calculan que los is-
raelitas mataron ¡más de seiscientos sesenta mil millones de codornices!
Debe de haber habido aves muertas alrededor del campamento más allá de
donde alcanzaba la vista.
Es cierto que muchas codornices migran sobre la península del Sinaí, la cual
forma un puente entre África y Asia. Con sus pesados cuerpos, dependen
de los vientos para ayudarse en sus prolongados vuelos, que las agotan. Se
sabe que a principios del siglo XX los árabes de esa región cazaron de uno
a dos millones de codornices con redes. Pero solo un viento del Señor (ver-
sículo 31) podría traer la cantidad de codornices que se informa en Números
11.
Entonces los israelitas (con la multitud mixta) se sentaron y comenzaron a
atracarse. Tenían suficientes codornices para comer un mes (cf. versículo
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20), pero el Señor no perdió tiempo dejándolos disfrutarlas. Había probado
su lealtad hacia ellos, dándoles lo que querían, pero ellos habían fracasado
miserablemente, así como Adán y Eva habían fracasado ante la prueba de
lealtad en el Edén (Génesis 3).
Dios advirtió a Adán y a Eva que si comían el alimento prohibido morirían
(Génesis 2:17). Sin embargo, aunque llegaron a ser mortales el mismo día
que desobedecieron, misericordiosamente les permitió continuar viviendo
por un tiempo. Pecaron, pero como no comprendían completamente las
implicaciones de lo que habían hecho, había esperanza para ellos si se arre-
pentían. A diferencia de Adán y Eva, los israelitas habían recibido abundan-
cia de oportunidades de saber exactamente lo que estaban haciendo. Mu-
chos de ellos ya habían mostrado que estaban fuera del alcance de la reden-
ción. Por ello, el Señor los cortó de la comunidad. En el mismo día que co-
mieron las codornices, murieron.
«Aún tenían la carne entre sus dientes, antes de haberla masticado, cuando
la ira de Jehová se encendió contra el pueblo, y lo hirió Jehová con una pla-
ga muy grande. Y llamaron a aquel lugar Kibrot-hataava, por cuanto allí
sepultaron al pueblo codicioso» (Números 11:33, 34).
El texto no describe la naturaleza de la plaga ni dice cuántas personas murie-
ron, pero parece que el número de los muertos fue muy elevado. El nombre
del lugar significa «los sepulcros de los codiciosos».
En armonía con el hábil anuncio de la serpiente en el Edén, el mundo nos
dice que el deseo justifica todo. Juan, el discípulo amado de Cristo, no está
de acuerdo:
«No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al
mundo, el amor del Padre no está en él, porque nada de lo que hay en el
mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la
vida, proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos,
pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Juan 2:15-
17).
Jesús nos mostró el camino. Incluso después de ayunar durante cuarenta
días, y de estar desesperadamente débil por el hambre, se negó a ser desleal
a su Padre transformando una piedra en pan (Mateo 4:1-4). Realizar un mi-
lagro tal no era difícil para él; más tarde Jesús hizo algo parecido cuando
multiplicó los panes y los peces para dar de comer a una multitud (Mateo
14). El problema era el origen de la sugerencia: el diablo, quien expresó
sus dudas de que Jesús fuera el Hijo de Dios y, por ello, le pidió que lo
probara. Pero Jesús, replicó: «Escrito está, "No solo de pan vivirá el hom-
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bre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"» (Mateo 4:4). Aque-
llos que viven por la Palabra del Señor, la fuente de la vida, no terminarán
en las tumbas de los codiciosos.

El poder y el racismo
La crítica dura es difícil de soportar, pero es especialmente hiriente cuando
viene de los miembros más íntimos de la familia. Son las personas a quie-
nes amamos y en quienes confíanos, y se supone que tienen un interés per-
sonal en nosotros. Como han estado con nosotros durante mucho tiempo,
quizá desde que nacimos, nos conocen por dentro y por fuera.
Cuando los israelitas se quejaron de la comida, estaban atacando indirecta-
mente el liderazgo de Dios y de Moisés, quien los sacó de Egipto (Números
11:4-6, 18, 20). Eso molestó grandemente a Moisés, quien deseó morir y
pronunció un amargo discurso ante el Señor (versículos 11-15).
Ahora el pobre de Moisés enfrentó algo peor: la crítica directa de su lide-
razgo de parte de María y Aarón, sus propios hermanos. «María y Aarón
hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado, pues
él había tomado una mujer cusita. Decían: "¿Solamente por Moisés ha ha-
blado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?"» (Números 12:1,
2).
La actitud de ellos perturbó tanto a Moisés que lo dejó sin palabras. Él era
muy manso (versículo 3). Por eso Dios podía usarlo sin que su ego se inter-
pusiera en el camino. ¿Podemos imaginar cómo sería la iglesia y el mundo si
todos fuéramos como él, si los egos no obstaculizaran la paz, la coopera-
ción, y el progreso? Moisés defendería poderosamente el honor de Dios,
hasta con furia justificada (Éxodo 32:19-30, por ejemplo). Pero por ningún
motivo inclinaba la balanza en su propio favor, ni en el de sus hermanos.
María era la hermana mayor, la que había vigilado al bebé Moisés cuando
flotaba entre los juncos en el río Nilo (Éxodo 2:4, 7, 8). «María la profetisa»
había guiado a las mujeres de Israel en el regocijo después de la liberación
en el mar Rojo (Éxodo 15:20, 21). Aarón había sido el profeta de Moisés ante
los israelitas y ante el faraón en Egipto (Éxodo 4:14-16, 29, 30; 5:1), y era el
que Moisés había ungido como sumo sacerdote (Levítico 8:12). Siglos
después, el Señor confirmó el papel importante de María y Aarón como
compañeros de Moisés al guiar a los israelitas: «Te hice subir de la tierra de
Egipto, te redimí de la casa de servidumbre y envié delante de ti a Moisés, a
Aarón y a María» (Miqueas 6:4).

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¿Qué había fallado? El hecho de que Números 12:1 mencione a María an-
tes que a Aarón sugiere que ella instigó la crítica de Moisés por haberse casa-
do con «una mujer cusita». Es verdad que Moisés se había casado con una
mujer no israelita por las circunstancias en que se encontró después de ha-
ber huido de Egipto (Éxodo 3). Pero Séfora era madianita, y no encontra-
mos evidencia en ninguna parte de que fuera cusita en absoluto. Tampoco
la Biblia dice que Séfora hubiera muerto, ni indica claramente que Moisés
se casara con una segunda esposa mientras ella vivía.
Parece que María, apoyada por Aarón, se refirió a Séfora como si hubiese
sido etíope o sudanesa. Esto podría haber sido una calumnia racial exage-
rando el color más oscuro de la piel de Séfora, considerarla como inferior
por esa razón y, por lo tanto, rebajar a Moisés uno o dos grados. Parece que
los celos motivaron a la hermana. Séfora nunca había soportado la opresión
en Egipto, y no volvió a reunirse con Moisés sino hasta después de que los
israelitas estuvieron a salvo en el desierto (Éxodo 18:1-6). Ahora sería consi-
derada como la «primera dama» de Israel, desplazando a María.
Sin embargo, ¿por qué María y Aarón querían reducir a Moisés al nivel de
ellos? El motivo principal en esta rivalidad entre hermanos era el poder: el
poder del liderazgo a través del don profético. «Decían: "¿Solamente por
Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?"» (Nú-
meros 12:2). ¿Por qué surgió esto ahora? De acuerdo con el capítulo ante-
rior (Números 11), Moisés había nombrado setenta ancianos para que lo
ayudaran a gobernar al pueblo. El Señor había tomado algo del Espíritu
que había en Moisés y lo puso en ellos; así, ellos compartieron su don pro-
fético (versículos 16-17, 24-30). Por lo tanto, era una idea de Dios, no de
él. Sin embargo, María y Aarón se sentían desplazados por los setenta an-
cianos, a quienes Moisés había llamado sin consultarlo con ellos.
El Señor escuchó lo que María y Aarón estaban diciendo, lo cual era una crí-
tica indirecta a él (Números 12:2). Dios los llamó para que vinieran con
Moisés a la sede de su santuario para arbitrar su disputa doméstica (versícu-
los 4, 5). Dios no negó que había dado el don de profecía a Aarón y a María
(versículo 6). Pero les recordó que había asignado a Moisés una función es-
pecial. Su hermano era más que un profeta: «Mi siervo Moisés, que es fiel
en toda mi casa. Cara a cara hablaré con él, claramente y no con enigmas, y
verá la apariencia de Jehová. ¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar
contra mi siervo Moisés?» (versículos 7, 8). Moisés era único entonces, y si-
guió siéndolo después. Después de su muerte, «nunca más se levantó un
profeta en Israel como Moisés, a quien Jehová conoció cara a cara» (Deu-
teronomio 34:10).
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María y Aarón ya sabían que el Señor había escogido a Moisés para usarlo
de forma especial. Así que la pregunta lógica para ellos era: «¿Por qué, pues,
no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?» Cuando el Señor se fue
enojado, María vio horrorizada que su piel era escamosa; era una enfermedad
que le daba la blancura de la nieve (versículos 9, 10; para un castigo divino
semejante, ver 2 Reyes 5:27; 15:5; 2 Crónicas 26:20).
«Como nieve» podría referirse a una textura escamosa, pero también podría
describir a una piel blanca brillante. El castigo de María estaba de acuerdo
con su delito. Había menospreciado a la esposa de Moisés por su piel.
Ahora su piel era un desastre. De hecho, probablemente era mucho más
blanca de lo normal, como si Dios le estuviera diciendo: «¿No piensas que
el color oscuro es hermoso? Muy bien. ¡Veremos cuánto te gusta lo opuesto!»
Eso es lo que Dios piensa del racismo. Es lepra moral. Por desgracia, el ra-
cismo todavía existe entre nosotros en los tiempos modernos. La película
Hotel Ruanda, rodada el año 2004, cuenta la historia verídica de Paul Ru-
sesabagina en sus esfuerzos por salvar a más de mil personas del genocidio
de Ruanda de 1994. El racismo fue la raíz de los conflictos de ese país, que
llevó a la muerte a más de ochocientas mil personas.
Como Moisés y Séfora, Paul y su esposa Tatiana eran de diferentes grupos
étnicos. Paul era hutu y Tatiana era tutsi. Los colonizadores belgas habían re-
saltado las diferencias entre las dos tribus hacia 1900, cuando denominaron
«tutsis» a las personas de nariz larga y piel clara (de apariencia más euro-
pea), y los llamaron a desempeñar funciones de liderazgo sobre el resto de
la población, a quienes apodaron «hutus». De este favoritismo, y del sub-
siguiente antagonismo, surgió una lucha encarnizada. Paul Rusesabagina, al
principio solo quería proteger a su esposa tutsi y a sus hijos, y terminó sal-
vando a más de mil tutsis y hutus moderados en el hotel que él administra-
ba. 2
El racismo, como el pecado mismo, es universal. Existe en toda la tierra y
en todas las épocas, y no solamente provoca una rápida limpieza étnica bru-
tal, sino que se esparce muy sutilmente en los lugares de trabajo, las escue-
las y las iglesias. No solo es injusto porque las personas nacen con su raza y
no pueden cambiarla (Jeremías 13:23), sino que es un insulto a Dios,
quien creó a todos sus hijos humanos de un origen común (Hechos 17:26).
Es el poder el que da excusas para marginar, explotar, oprimir o culpar a

2http://news.nationalgeographic.com/news/2004/12/1209_hotel_rwanda.html;
http://en.wikedia.org/wiki/Tutsi
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aquellos que no son exactamente como nosotros para posicionarnos o pro-
tegernos a sus expensas.
Rosa Parks y Martin Luther King, Jr., descansan en paz. Sin embargo, su obra
todavía no está terminada, ni siquiera en la iglesia cristiana. Es fácil y cómo-
do vivir negando la realidad, descartando el racismo como algo pasado o
remoto. No obstante, comenzando en nuestro propio corazón, necesitamos
desarraigar los callados pero mortíferos prejuicios, las discriminaciones y la
esclavitud que se encuentran entre nosotros. En vez de abogar por la sim-
ple «tolerancia», debemos gozarnos en la riqueza del don de la diversidad
dado por Dios, aprovechando todos nuestros puntos fuertes en la dinámi-
ca del cuerpo unido de Cristo (cf. 1 Corintios 12).
La unidad en nuestra comunidad mundial multicultural, que puede testifi-
car de forma espectacular sobre el poder de Cristo entre nosotros, requiere
tiempo, pensamiento, sensibilidad, así como mucha comunicación honesta
y abierta. Por medio de la cooperación con Dios, aceptamos su don de amor
a través del Espíritu Santo (Romanos 5:5). Y nos abre la intercesión de Jesús,
quien oró a favor de todos sus seguidores poco antes de que fuera traicio-
nado por ser el tipo de persona diferente que era: «Para que todos sean uno;
como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, pa-
ra que el inundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que me
diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en
mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú
me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has ama-
do» (Juan 17:21-23).
Hay redención, incluso para el pecado de racismo. Aarón, el sumo sacerdote,
era intercesor señalado para su pueblo. Sin embargo, imploró el perdón a fa-
vor de sí mismo y de María, y por la salud de su hermana, cuya apariencia
descompuesta reflejaba la actitud que había expresado hacia Séfora y Moi-
sés (Números 12:11, 12). Corno en Tabera, Moisés intercedió (versículo 13;
cf. 11:2). María fue sanada. Sin embargo, como ella se contaba entre los di-
rigentes, su pecado y restauración constituían un asunto público. Habiendo
intentado excluir a Séfora para dañar el liderazgo de Moisés, el siervo del
Señor; fue separada del campamento durante siete días antes que los israe-
litas continuaran su viaje. Muchos años antes María había esperado para ver
lo que le ocurriría a Moisés en la ribera del río Nilo. Esta vez, él y toda la
comunidad la esperaron a ella (Números 12:14, 15).

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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah


Roy Gane

Capítulo Seis

Arrebatar la derrota de las garras


de la victoria
(Números 13-15)

«Inteligencia» militar
Después de entrar al desierto de Paran (Números 12:16), los israelitas se
acercaban a Canaán. ¡Era tiempo de comenzar a preparar la invasión! El Se-
ñor ya conocía todos los pormenores de la tierra, pero quería involucrar al
pueblo en el proceso de planificación para que supieran lo que podían espe-
rar y no se sorprendieran tanto que se aterrorizaran. Debían comprender la
fortaleza del enemigo y decidir la victoria con el Señor antes de entrar en la
batalla, cuando replantearse las cosas podía resultar desastroso. Además,
podía resultarles alentador recibir un informe positivo sobre calidad supe-
rior de la tierra prometida. Según el Señor, era tierra que «fluye leche y
miel» (Éxodo 3:8; 17; 13:5), pero ninguno de ellos la había visto jamás.
La gran pregunta era: ¿Tenían los israelitas suficiente fe en Dios para permi-
tirle que los dirigiera a través de las dificultades y los obstáculos? Ya los ha-
bía sacado milagrosamente y con seguridad de Egipto, habían pasado en
seco por el mar Rojo y los había conducido sabiamente a través del de-
sierto. Pero ellos habían preguntado reiteradamente si estaba realmente con
ellos o no. ¿Harían lo mismo otra vez?
Dios estaba ansioso de entregar la tierra prometida a un pueblo fiel, que le
serviría como un canal de revelación al mundo. Los había formado, orga-
nizado y disciplinado en la relativa tranquilidad del desierto para este mo-
mento. Pero la formación había terminado. Había llegado el momento de la
verdad.
Una vez que los israelitas tomasen posesión de su propia tierra, entrarían
en el escenario del mundo. La forma como actuaran allí tendría una pode-
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rosa incidencia en la interpretación que tuvieran terceras personas sobre el
carácter de Dios. Él no permitiría que israelitas desleales poseyeran la tierra
de Canaán. De hacerlo, destruiría cualquier esperanza de que reflejaran
apropiadamente su carácter de amor (incluyendo su justicia y su miseri-
cordia) a los otros habitantes del planeta Tierra, para que se volvieran a él y
se salvaran.
Lo que los sacerdotes aarónicos eran para los israelitas, eran los israelitas
para las otras naciones: «Un reino de sacerdotes y gente santa» (Éxodo
19:6). Y del mismo modo que Dios no toleraba que los sacerdotes aarónicos
lo representaran mal, pues ello enviaría un mensaje equivocado a su pueblo
(Levítico 10, Nadab y Abiú), tampoco permitiría que su pueblo lo repre-
sentara falsamente ante el resto del mundo. No podría bendecirlos a menos
que todas las familias de la tierra pudieran ser bendecidas a través de ellos
(Génesis 12:3; 22:18).
Con el propósito de dar a los israelitas la oportunidad de tomar una deci-
sión firme y bien informada de ir y poseer la tierra, el Señor ordenó a Moisés
que enviara exploradores, quienes debían traer un informe detallado con
respecto a diversos aspectos de ella. Los hombres tenían que ser dirigen-
tes representantes de cada tribu, personas cuyas opiniones fueran aceptables
para los diversos sectores de la comunidad israelita (Números 13:1-20).
Siendo que el camino del corazón del pueblo pasaba por el estómago, era
un momento estratégico para la misión de los espías: «Era el tiempo de las
primeras uvas» (Números 13:20).
Según Deuteronomio 1:22, 23, el pueblo mismo sugirió la idea de enviar
espías para reconocer la tierra, y a Moisés le encantó la sugerencia. Cuando
ponemos esta información al lado de Números 13, llegamos a la conclu-
sión de que, al parecer, Dios aprobó entonces el plan, y dijo a Moisés que
siguiera adelante con el proyecto. La dirección divina no necesariamente ex-
cluye la iniciativa humana, siempre que el pueblo coopere con Dios. Poco
antes, cuando los israelitas habían salido del Sinaí bajo la dirección del
Señor, Moisés pidió a su suegro madianita que los acompañara, porque él
conocía el territorio y podía darles consejos prácticos (Números 10:29-34).
Los espías, o exploradores, no fueron simplemente a echarle una mi-radita a
la tierra. Dedicaron cuarenta días para cubrir un extenso itinerario. Luego
volvieron al campamento israelita en Cades, en el desierto de Paran, para
«dar su informe». Y trajeron muestras de los frutos de la tierra: granadas,
higos, un solo racimo de uvas tan grande, que tuvieron que cargarlo entre
dos hombres con un palo (Números 13:21-26). La gente debe de haber que-

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dado asombrada. ¡Olviden las ollas de carne, las cebollas y los ajos de Egip-
to! Su tierra seria dulce de verdad. Por sus frutos ya la conocían.
Los espías confirmaron la afirmación del Señor de que Canaán era real-
mente tierra que «fluye leche y miel». Pero la mayoría de ellos hicieron
mucho hincapié en el poderío militar de las naciones cananeas y en el hecho
de que sus habitantes llenaban la tierra (versículos 27-29). Daban a entender
con ello que intentar una invasión sería temerario.
El explorador de la tribu de Judá expresó una opinión minoritaria: «Suba-
mos a conquistar esa tierra. Estoy seguro de que podremos hacerlo» (versícu-
lo 30, NVI). Para Caleb, el «podremos» incluía a Dios. Lo que hizo fue secun-
dar la moción de Moisés, quien, antes de que los espías salieran a cumplir
su misión, había dicho a los israelitas: «Mira, Jehová tu Dios te ha entrega-
do la tierra; sube y toma posesión de ella, como Jehová el Dios de tus padres
me ha dicho; no temas ni desmayes» (Deuteronomio 1:21).
Los otros exploradores replicaron en abierta contradicción: «No podremos
combatir contra esa gente. ¡Son más fuertes que nosotros!» (Números
13:31, NVI). Para ellos, el «nosotros» excluía a Dios. Para ganar el voto del
pueblo, que estaba encantado con el fruto que había visto, los exploradores
exageraron el aspecto negativo. Declararon que la tierra era peligrosa para
cualquiera que viviera en ella, que toda la gente que vieron era enorme, y
que ellos eran como langostas delante de los gigantes cananeos (versículos
32, 33).
La actitud incrédula de los espías provocó una reacción de quejas, murmu-
ración y dolor, así como una rebelión abierta y sin precedentes. Olvídense
de Dios y de Moisés. «Escojamos un cabecilla que nos lleve a Egipto» (Nú-
meros 14:4, NVI). Atascados en la actitud mental a la que estaban acostum-
brados, todavía eran esclavos de corazón. Si fijaban la vista en su propia
fortaleza, pronto estarían de vuelta en la esclavitud.
Siglos más tarde, en un claustro alemán, el joven monje Martín Lu-tero
también era esclavo en su corazón. Mediante ayunos, vigilias y azotes, trata-
ba desesperadamente, pero en vano, de lograr la liberación espiritual. Pero
luego encontró el camino a la libertad y la tranquila seguridad aceptando la
capacidad de Dios en vez de la suya propia. ¡Si tan solo los israelitas hubie-
ran tenido una experiencia como la de Lutero!
Dos exploradores hicieron un apasionado llamamiento, que se convirtió en
el llamamiento final. Eran Josué, de la tribu de Efraín, quien era el asis-
tente de Moisés y el líder militar que había guiado a Israel en la victoria
sobre Amalec (cf. Éxodo 17:9, 10, 13; 24:13; 33:11; Números 11:28), y Ca-
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leb. Rasgando sus ropas para expresar su aflicción, ensalzaron la gloria de la
tierra prometida, instaron al pueblo a no rebelarse contra el Señor, e insis-
tieron en que, siendo que Dios estaba con ellos, no tenían nada que temer. No'
tenían nada que temer de los infelices cana-neos (versículos 6-9). Los fieles
Josué y Caleb no recibieron por su fidelidad más que el unánime clamor que
pedía que fueran apedreados (versículo 10).
Eso, ni más ni menos, fue lo que ocurrió. Punto. La gloria de Dios apare-
ció e intervino. Detuvo el apedreamiento. Al condenar a los verdaderos
siervos del Señor, la apóstata comunidad adulta pronunció sobre ella una
sentencia irrevocable (cf. Hechos 7:54-60, donde se habla del apedrea-
miento de Esteban, que sí se efectuó). Dios no podría utilizarlos jamás co-
mo sus canales de revelación. Por lo tanto, nunca podrían entrar a Canaán.
Como había ocurrido después del desastre del becerro de oro (Éxodo
32:10), el Señor dijo a Moisés que destruiría al pueblo y que a él lo pon-
dría como cabeza de una gran nación (Números 14:10-12). De nuevo,
Moisés intercedió. Dijo a Dios que era necesario que él preservara su repu-
tación entre las naciones (versículos 13-16; cf. Éxodo 32:11, 12) y su ca-
rácter misericordioso (Números 14:17-19), que él mismo había proclamado
(Éxodo 34:6, 7).
Dios perdonó a Israel en conjunto (Números 14:20), lo cual significa que
permitiría que la nación continuase su existencia a causa de su reputación.
Sin embargo, también por la necesidad de mantener su gloria en el mundo,
toda aquella generación adulta que había salido de Egipto, excepto los fieles
Josué y Caleb, moriría en el desierto. Solo sus hijos menores de veinte
años entrarían en la tierra prometida cuando crecieran (versículos 21-35).
Para que el castigo fuese proporcional a la falta, los israelitas vagarían por
el desierto durante cuarenta años, un año por cada día que los exploradores
anduvieron explorando la tierra (versículo 34). Como «primeros frutos» de
la muerte, para que supieran que el Señor se proponía hacer lo que había di-
cho, los diez exploradores infieles que habían dado pie a la rebelión mu-
rieron inmediatamente por una plaga (versículos 36-38).
Cuando Moisés informó al pueblo la sentencia divina y anunció que se en-
caminarían de nuevo rumbo al desierto (versículos 25, 39), los israelitas no
quisieron aceptar el desarrollo de los acontecimientos. Declararon que
ahora estaban dispuestos a obedecer las anteriores indicaciones de Dios de
ir y conquistar la tierra. Así que trataron de invadir la tierra de Canaán
con sus propias fuerzas, sin la aprobación o la ayuda divina. Por supuesto,
fracasaron miserablemente (versículos 40-45). Se habían negado de toda

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forma posible a cooperar con el Señor. Cuando él dijo «Vayan», se detu-
vieron; y cuando él dijo «¡Deténganse!», se lanzaron hacia adelante. Su an-
terior mandato ya no estaba vigente. Habían perdido su oportunidad.
Nuestra tardanza para entrar en la «tierra prometida»
celestial
Si nos tomamos un tiempo para hacer una pausa en nuestros frenéticos hora-
rios y nuestras atestadas agendas con el fin de reflexionar en la historia bí-
blica, sus implicaciones para nosotros son muy aleccionadoras. Si pertene-
cemos a Cristo, somos descendientes espirituales de Abraham, y «herederos
según la promesa» (Gálatas 3:29). ¿Herederos de qué? Dios prometió a
Abraham que sus descendientes se convertirían en una gran nación, ten-
drían su propia tierra y serían una bendición para todas las naciones (Géne-
sis 12:1-3; 22:17, 18).
Ahora la invitación a recibir la salvación va directamente a los gentiles que
creen en Cristo, de modo que su conexión con Abraham es espiritual, más que
carnal, mediante la pertenencia a una raza (Hechos 15). La «gran nación»
de Abraham es más grande de lo que jamás se imaginó, pues abarca a todas
las naciones de la tierra. Su misión es ser una bendición para todos los ha-
bitantes del planeta al compartir con ellos la Fuente de bendiciones: Jesús,
el descendiente de Abraham (Gálatas 3:16).
Por lo tanto, ¿cuál es la tierra que los israelitas espirituales heredarán? Su
pueblo de fe anhela «una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto,
Dios no se avergüenza de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad»
(Hebreos 11:16, NVI). Los dos últimos capítulos de la Biblia describen esta
ciudad celestial, que desciende a una gloriosa tierra nueva que Dios prepara
para su pueblo (Apocalipsis 21:22). Es nuestro hogar final, nuestra tierra
prometida, muchas veces más grande y mejor que el antiguo país prometido
a los israelitas.
Canaán fluía leche y miel, pero en la tierra nueva fluye el agua de la vida y
no fluyen lágrimas allá. Canaán tenía enormes racimos de uvas, pero la tie-
rra nueva tiene el árbol de la vida. Canaán tenía ciudades, pero la tierra nueva
tiene la nueva Jerusalén. Canaán tenía luz solar, pero la tierra nueva tiene la
gloria de Dios.
Dios ya nos ha prometido un hogar (véase Juan 14:1-3), del mismo modo
que prometió Canaán a los israelitas. Por lo tanto, la tierra nueva ya nos per-
tenece, así como Canaán pertenecía a los israelitas. Lo único que tenemos
que hacer es seguir sus indicaciones de subir y poseerla, del mismo modo
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que los israelitas debían seguir la dirección de Dios para poseer Canaán. Él
nos ha provisto de cuanto necesitamos: un nuevo pacto, instrucciones, pro-
mesas de victoria, organización y conducción profética, del mismo modo
que ofreció todo lo necesario a los israelitas.
Entonces, ¿por qué no estamos todavía en nuestra tierra prometida? Quizá
los paralelismos continúan. ¿No será que han muerto muchas generaciones
de los nuestros mientras andábamos «vagando por el desierto» del mundo ac-
tual? ¿Compartimos algunos problemas con los israelitas como, por ejemplo,
fijarnos demasiado en los obstáculos, poca fe en la presencia y dirección de
Dios entre nosotros, e insistencia en las comodidades materiales y la gratifi-
cación sensual? Es fácil ver esas faltas en otros, pero, ¿qué pasa en nuestro
propio corazón y en nuestra vida?
¿Qué está esperando el Señor? ¿Qué debería ocurrir para poder ir a nuestro
hogar? Se suponía que los israelitas debían seguir las indicaciones divinas
para poder realizar la invasión. También nosotros tenemos instrucciones.
Para ellos la invasión era militar: librar una guerra con armamento militar.
Para nosotros la guerra es espiritual: librar una guerra con el amor. Jesús nos
ha dado nuestras órdenes de marcha:
«Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden
todas las cosas que os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo. Amén» (Mateo 28:19, 20). «Y será predicado este
evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones, y
entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14).
Cuando Jesús dijo «y entonces vendrá el fin», quiso decir que en ese tiempo
vendría el fin. «Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a
mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis» (Juan 14:3).
En otras palabras, cuando todas las naciones hayan tenido la oportunidad de
escuchar el mensaje del evangelio, Jesús vendrá por segunda vez para lle-
varnos a nuestro hogar celestial. Eso es lo que Dios está esperando.
Dios no espera que todos se conviertan. El Señor respeta el libre albedrío de
todas sus criaturas, y solo entrará aquel cuyo corazón esté dispuesto a re-
cibirlo (Apocalipsis 3:20). Pero él no «quiere que nadie perezca sino que to-
dos se arrepientan» (2 Pedro 3:9, NVI). Por lo tanto, quiere dar a cada uno la
oportunidad de hacer una decisión bien informada a través de los testigos
del evangelio que testifican de su amor (Juan 3:16; 1 Juan 4: 8). Si los ha-
bitantes de la tierra escuchan o no, es asunto de ellos (cf. Ezequiel 2:5, 7),
pero deberían ser alcanzados con el mensaje.
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Si alguien duda de que Dios considere seriamente dar a todas las personas
una oportunidad justa y adecuada para responder, debería recordar que dio
al mundo antediluviano ciento veinte años (Génesis 6:3). De hecho, les
concedió a los habitantes de Canaán cuatrocientos años mientras su pueblo
escogido tenía que esperar en Egipto (Génesis 15:13-16). Pero cuando Dios
ya no puede hacer nada por la gente (Isaías 5:4) y ellos han tomado se-
riamente su decisión (Apocalipsis 22:11), viene prestamente con su recom-
pensa (versículo 12). No hay nada misterioso aquí. Dios ha revelado clara-
mente su agenda que se basa en su carácter de justicia y misericordia (Éxodo
34:6, 7).
Si todo está tan claro, ¿a qué se debe la demora? Pensemos simplemente en
la logística. ¿Cómo se supone que debemos alcanzar a todos los habitantes
de la tierra con el evangelio? ¿Se hace el lector una idea de la rapidez con que
está creciendo la población mundial? ¿Sabía que varios países tienen seve-
ras leyes contra el proselitismo, de modo que convertirse a otra religión es,
no solo difícil, sino, incluso, peligroso? ¿Y qué decir sobre el idioma y las ba-
rreras culturales, la falta de recursos suficientes, el materialismo y el post-
modernismo, que han destruido el interés en el Dios de la Biblia y el tre-
mendo crecimiento de las tentaciones a través de avenidas como internet? De
muchas maneras, la tarea que nos espera se va haciendo cada vez más difícil,
del mismo modo que la demora de los israelitas dificultó la conquista de
Canaán, porque sus enemigos se fortalecieron.
¿Cuál es la solución? Para poseer la tierra de Canaán los israelitas ne-
cesitaban muchos milagros. De manera similar, necesitamos milagros para
llevar el evangelio a todo el mundo. En realidad, los milagros ya están ocu-
rriendo, lo cual nos alienta a creer que Dios puede hacer las grandes cosas
que ha prometido. Nuestra fórmula para el éxito es la misma que Dios dio a
los primeros discípulos de Cristo. Unirnos en la confianza en Dios, recibir
su poder, y avanzar bajo su liderazgo, siguiendo de todo corazón al Señor,
como hizo Caleb (Números 14:24). Los seguidores de Jesús se unieron en
oración, obtuvieron el poder del Espíritu Santo (Hechos 1:2) y entonces sa-
lieron y predicaron el evangelio «a toda criatura bajo el cielo» (Colosenses
1:23. NBE).
En los tiempos del Antiguo Testamento, el Espíritu de Dios le dio a su pue-
blo el valor y la fortaleza que necesitaban para la batalla (Jueces 3:10;
6:34; 11:29; 14:19; 15:14). Fue el mismo Espíritu el que dotó a los creyentes
del Nuevo Testamento con el poder del amor para la guerra espiritual contra
las fuerzas del egoísmo: «Y la esperanza no nos defrauda, porque el amor de
Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que
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nos fue dado» (Romanos 5:5). El amor es el carácter de Dios (1 Juan 4:8)
y, por lo tanto, el fundamento de su ley (Mateo 22:37-40). Dios nos pone
en armonía consigo mismo y con su tipo de amor a través de su Espíritu,
como un don de gracia recibido a través de la fe.
El amor totalmente libre de egoísmo de Dios es la fuerza motivadora más
poderosa y permanente del universo (1 Corintios 13:7, 8). «De tal manera
amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel
que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16). Esto
es lo más grande que jamás ha ocurrido, y fue motivado por su amor.
El don del amor de Dios hacia nosotros, que recibimos a través de su Espíri-
tu, nos dota de poder para realizar obras de fe (Gálatas 5:6) y nos re-concilia
y nos une con los demás. Una unidad genuina, profunda y duradera es mi-
lagrosa y santa, y despliega ante el mundo lo que el evangelio es capaz de
lograr (Salmo 133; Malaquías 4:5, 6; Juan 17:20-23; Hechos 1; 2). El amor
divino nos impulsa a participar juntos en la misión redentora de Dios, sa-
cándonos de nuestras pequeñas y cómodas burbujas e ignorando los obs-
táculos, las irritaciones, el ridículo y la persecución, porque estamos apa-
sionadamente ansiosos de que los demás disfruten de la salvación a través
de Cristo.
La fuerte motivación del amor no significa que nuestro llamamiento a acep-
tar el evangelio debe ser insensible, abrasivo y odioso, como los que em-
plean algunos vendedores agresivos, incluyendo algunos «vendedores» de
religión. «El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia; el amor
no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo su-
yo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, sino que se
goza de la verdad» (1 Corintios 13:4-6).
Dios ha puesto la tierra prometida a nuestro alcance. Por el bien de todos,
incluyéndonos a nosotros mismos, podemos adoptar como lema las inmor-
tales palabras de Caleb: «Tenemos que subir y apoderarnos de ella, porque
podremos con ella» (Números 13:30. NBE).

¿Servir al tiempo o tiempo de servir?


Esperar a alguien durante mucho tiempo es difícil, incluso bajo condiciones
ideales. Pero es aun más difícil si lo tienen a usted esperando por causa de
un torpe error.
Cuarenta años son muchos años. Las condiciones de vida en un desierto es-
tán muy lejos de ser ideales. Rebelarse contra Dios es la forma suprema del

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error. Pero fue el tipo de demora que Josué y Caleb tuvieron que soportar.
Sin embargo, su situación fue mucho mejor que la de cualquier otro de su
generación, porque solo ellos lograrían vivir para entrar en la tierra prome-
tida. Durante cuatro largas décadas soportaron el castigo de los israelitas
mientras vagaban de lugar en lugar en un camino que no conducía a ninguna
parte. No avanzaban. El único vestigio de su existencia era el reguero de
tumbas que iban dejando tras ellos.
Durante aquellos cuarenta años, Josué y Caleb deberían haber estado en Ca-
naán con Moisés, Aarón y María, quienes pertenecían a una generación de
más edad que ya llevaba esperado mucho tiempo antes de que los israelitas
salieran de Egipto (Éxodo 2:15-25; 7:7). Josué y Caleb habían hecho planes de
dedicar algún tiempo a expulsar a los cananeos y construir sus casas para
ellos y sus familias. Luego esperaban sentarse en paz bajo la sombra de sus
parras y sus higueras. Pero allí estaban los ganadores atados a un equipo de
perdedores irremisibles. Su situación era ideal para inducir un ataque de
depresión crónica.
Podría haber sido una tentación para Josué y Caleb, los guías ma yores,
organizar un grupo de adolescentes forzudos que pertenecían a la siguiente
generación, formar una tropa de avanzada, dirigirse a Canaán, y conquistar
una sección del territorio para establecerse. Podrían haber sentido que salir
de la comunidad israelita en aquellas condiciones era algo parecido a salir
de Egipto o de Babilonia. Pero ellos permanecieron con su errática nación y
su cortejo fúnebre.
Durante aquellos cuarenta años, Josué y Caleb no permanecieron ociosos.
Tenían que formar a otra generación, y su trabajo tuvo éxito. La gente más
joven no era perfecta, pero cuando llegó el tiempo de tomar la tierra de Ca-
naán, estaban listos, dispuestos, y fueron capaces de seguir a Dios (ver el li-
bro de Josué). Más que instrucción militar, era la formación de una actitud
de fe, una educación teológica para la nueva vida que surgiría de la nación
condenada a muerte: un seminario erigido sobre un cementerio.
Martín Lutero también sabía lo que era esperar aparentemente aislado de la
obra de su vida. En 1521, cinco años después de clavar sus famosas 95 tesis
sobre la puerta de la iglesia de Wittenberg, e inmediatamente después de
pronunciar su célebre discurso sobre sus escritos en la Dieta de Worms, Lute-
ro fue «secuestrado». Uno de sus más firmes partidarios, el elector Federico
de Sajonia, hizo arreglos para que un grupo de caballeros enmascarados lle-
vara a Lutero al remoto castillo de Warburg, en Eisenach, por su propia se-
guridad.

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Aunque Lutero vivió como prisionero durante casi un año, utilizó ese tiempo
como un periodo de servicio. Junto con otros escritos, realizó su famosa
traducción del Nuevo Testamento al alemán durante su experiencia del «de-
sierto» o de «Patmos», como denominaría más tarde a su confinamiento en
el castillo de Warburg. Fue una de sus mayores y más duraderas contribu-
ciones a la causa del evangelio.
Si nos encontramos «esperando en el desierto», hay muchísimas cosas posi-
tivas que podemos hacer para prepararnos para nuestra entrada' en la «Ca-
naán» celestial. Hay familias e iglesias que necesitan unirse, niños y adultos
que necesitan enseñanza, hay muchas palabras de aliento que pronunciar,
vecinos y amigos que alcanzar, y oraciones intercesoras que ofrecer. Por
encima de todo, podemos fortalecer la fe y abrirnos al don del amor por me-
dio del Espíritu Santo. Mientras estemos abiertos a la dirección de Dios,
diciéndole sí, y siguiéndolo de todo corazón hasta las últimas consecuen-
cias, estamos en la ruta de la tierra prometida.

Todavía existe el futuro


A primera vista, Números 15:1-16 parece fuera de lugar, como si perteneciera
al libro de Levítico. Allí hallamos instrucciones para las ofrendas de cereal
(NVI) y se habla de vino para acompañar todas las ofrendas encendidas (cf.
Levítico 1) y los «sacrificios», es decir, los tipos de sacrificios de los cuales po-
día comer el oferente (Levítico 3; 7). Estos acompañamientos a las ofrendas
de sacrificios de animales completaban las «viandas» simbólicas para el Se-
ñor, del mismo modo que Abraham había ofrecido al Señor y sus ángeles
una comida completa que incluía panes de harina y bebidas junto con la
carne (Génesis 18; cf. 19:1).
Abraham no se dio cuenta de que eran visitantes sobrenaturales ni de que la
hospitalidad que ofreció al Señor era en realidad un sacrificio. El libro de
Hebreos hace una aplicación práctica: «No os olvidéis de la hospitalidad,
porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (Hebreos 13:2).
Jesús dio un paso más al declarar que cualquier cosa que hagamos en favor
de otros, lo hacemos a él mismo (Mateo 25:34-40).
La introducción a Números 15 indica por qué están aquí esas instrucciones
rituales: «Jehová habló a Moisés y le dijo: Habla a los hijos de Israel y diles:
Cuando hayáis entrado en la tierra que yo os daré por habitación» (versícu-
lo 1:2). Siendo que viene después de la trágica historia narrada en el capí-
tulo anterior, estas palabras están llenas de ánimo y confirman que Dios ya
estaba planeando dar la tierra prometida a (la nueva generación de) los is-

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raelitas. Su gracia todavía estaba disponible a través de los sacrificios que
señalaban al sacrificio supremo de su Hijo (Juan 1:29).
En otra instrucción, que entraría en vigor cuando los israelitas entraran a la
tierra prometida y comieran «de lo que ella produce» (Números 15:17-
21), hallamos más palabras de aliento. ¡Eso era lo que ellos habían estado
deseando hacer! Para recordar su dependencia de Dios y agradecerle su po-
der sustentador (cf. Salmo 145:15, 16), debían ofrecerle una «contribu-
ción» al Señor de la primera hornada de masa de pan que hicieran con el
grano que cosecharan cada año.
Es igualmente alentador recordar que si la comunidad israelita, o una perso-
na concreta, violaba inadvertidamente cualquiera de los mandamientos de
Dios en el futuro, sus pecados podían ser eliminados y perdonados (Núme-
ros 15:22-29; cf. Levítico 4). Pero luego Números 15:30, 31 lanza una po-
derosa advertencia. En marcado contraste con las personas que cometieran
pecados por yerro, a los pecadores desafiantes no se les daba la oportunidad
de recibir el perdón a través de un sacrificio animal. Como se habían rebe-
lado contra el Señor y despreciado su palabra, llevaban su propia culpa y
eran «cortados», es decir, condenados a extinguirse en su posteridad. Es cier-
to que algunos pecados deliberados podían recibir perdón a través de un sacri-
ficio animal (Levítico 5:1, 5, 6; 6:1-7), pero no los pecados cometidos desa-
fiantemente.
Siendo que venía después de la rebelión ocurrida con motivo del informe de
los exploradores (Números 13, 14), la fuerza de la advertencia era eviden-
te: ¡La generación más joven nunca más debería pecar desafiantemente co-
mo la comunidad de sus padres había pecado! Ese tipo de pecado resulta
en un castigo irrevocable, y no hay ningún ritual disponible para impedirlo.
En caso de que los israelitas necesitaran un ejemplo de un pecado desafiante
en el ámbito individual, durante su estancia en el desierto un hombre salió
a recoger leña durante el sábado (Números 15:32). Su acción era una viola-
ción flagrante de uno de los Diez Mandamientos que Dios mismo había
proclamado desde el monte Sinaí (Éxodo 20:8-11) y repetido en otras oca-
siones (Éxodo 23:12; 31:12-17; 34:21; véase también Éxodo 16:23-30). Y
Dios ordenó que toda la comunidad lo apedreara hasta que el hombre mu-
riese (Números 15:33-36).
El hombre representaba la actitud de su generación. Había salido de Egipto,
pero Egipto no lo había abandonado a él. Aunque Dios los había libertado,
todavía actuaba como un esclavo del faraón, recogiendo leña (cf. Éxodo 5:4-
12) en el día que celebraba la redención, la libertad del trabajo, y la depen-
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dencia del Creador, quien hizo y sostiene toda vida (Éxodo 20: 8-11; Deutero-
nomio 5:12-1; cf. Daniel 5:23). 1 Al negarse a recibir y a celebrar el don de la
vida, rechazó a Dios y eligió el camino de la muerte. Irónicamente, la comu-
nidad que lo ejecutó estaba compuesta, de manera mayoritaria, por la genera-
ción que él representaba. Todos podían verse en él.
¿De modo que no hay esperanza para la gente que comete pecados desa-
fiantes? ¿Qué decir del rey Manases, el más malo de los malos, el monarca
que perpetró más violencia de la que podemos imaginar, aparte de idolatría,
sacrificio de niños, prácticas de ocultismo, y quien merecía más que todos
«ser cortado» (2 Crónicas 33; cf. Levítico 20:2, 3)? ¿Cómo lo perdonó Dios?
¡Aquí se trata de una gracia asombrosa!
Hechos 13:39 da la respuesta: A través del sacrificio de Cristo, el único que tie-
ne poder real para perdonar (Hebreos 10:1-18), existe la oportunidad para
recibir justificación de los pecados para los cuales la ley de Moisés (inclu-
yendo el sistema de sacrificios animales) no poseía ningún remedio. El sis-
tema ritual, a través del cual los israelitas obtenían misericordia aceptando
el sacrificio de Cristo por la fe, era para enseñar al pueblo cómo opera la
salvación. Pero tenía sus límites.
Hacía tiempo Dios había dicho a Moisés que él podía perdonar la «trans-
gresión», es decir, pecados de rebelión (Éxodo 34:7), pero no a través de sacri-
ficios animales. Es verdad que los pecados de rebelión del profeso pueblo de
Dios afectaban su santuario (Levítico 20:3; Números 19:13, 20; cf. Daniel
8:12), el cual representaba su reputación, y eran limpiados durante el Día de
Expiación (Levítico 16:16; cf. Daniel 8:14). Pero la purificación no produ-
cía ningún beneficio a los pecadores rebeldes (cf. Levítico 16:30; Daniel
8:25).
Todos los habitantes del planeta Tierra, en todas las épocas, se han salvado
de la misma manera: a través del don del Hijo de Dios: «Para que todo
aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).
«Todo aquel» significa «todo aquel», sin excepciones. Los únicos que son re-
chazados son los que definitivamente se niegan a creer. Por eso, incluso el
perverso e impío Manases pudo ser arrebatado a escasos centímetros de la
puerta del infierno, a donde se dirigía sin billete de regreso, cuando creyó en
el prometido sacrificio de Cristo. Esto no significa que los pecadores pue-
dan, necesariamente, escapar de las consecuencias de sus acciones (quizá in-

1
Expreso mi gratitud por esta idea a mi estudiante Mathilde Frey, quien actualmente está escribiendo su tesis
doctoral en Religión, en la Universidad Andrews, sobre «El sábado en el Pentateuco: Estudio exegético y teoló-
gico».
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cluso la muerte) en la vida actual. La promesa de salvación de Cristo es para
la vida venidera, que es eterna.
Cuando observamos el mundo, a la gente a la que Cristo quiere salvar, nos es-
tremecemos. Tomemos como ejemplo a Ron Halverson. Ron creció en un
vecindario de grandes edificios de apartamentos en Brooklyn, Nueva York.
En su escuela secundaria los estudiantes se mataban con navajas para obte-
ner dinero para el almuerzo. Desde muy tierna edad aprendió a valérselas
por sí mismo, y más tarde se convirtió en campeón de boxeo de peso ligero,
a quien la prensa llamaba «el matón Halverson». También aprendió a vivir
por «la fuerza de las balas».
Sus héroes, sus modelos, eran los violentos miembros de la mafia y las
pandillas. Cuando se unió a la pandilla de los Beach Combers, robó auto-
móviles y cometió todo tipo de delitos a la tierna edad de dieciséis años.
Vio morir a sus amigos por heridas de arma blanca y pasó un tiempo en la
cárcel. Pero eso no lo detuvo. Se abrió camino hasta llegar a ser vicepresi-
dente de la pandilla de los Beach Combers.
Ron y un amigo faltaban con frecuencia a la escuela para ir a jugar y pasear.
Un día, sin embargo, decidieron visitar a un amigo de ambos que había si-
do internado en una escuela cristiana del barrio de Queens. Cuando llegaron
a la escuela, descubrieron que estaba celebrándose una semana de oración.
Durante toda la semana siguieron faltando a la escuela para asistir a la serie
de reuniones. El orador hizo un llamamiento al final de la última reunión.
Ron, vestido con una chamarra de cuero negro, con el emblema de su pan-
dilla grabado en la espalda, y con una navaja automática en su bolsillo, pasó
al frente y entregó su vida a Cristo. Razonó que si Cristo podía salvar al la-
drón en la cruz, podía salvarlo a él también. En la actualidad Ron Halverson
es un evangelista reconocido internacionalmente. 2

2«From Gangs to God», sermón de Ron Halverson.


http://www.wordoftruthradio.com/audio/view.php?speaker=6&sermon=71.
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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah


Roy Gane

Capítulo Siete

Crisis por el liderazgo


(Números 16, 17)

Motín
Ocurrió en 1842. La armada de Estados Unidos estaba utilizando el U.S.S.
Somers como buque escuela. La tripulación incluía varios cadetes adoles-
centes. El barco zarpó hacia el continente africano, y, poco después de zar-
par, el capitán, el comandante Alexander Mackenzie, escuchó rumores de
que se planeaba un motín. El cabecilla era un alférez de diecisiete años lla-
mado Philip Spencer, hijo del ministro de Defensa John C. Spencer. Él y
otros dos marineros planearon apoderarse del Somers y convertirlo en un
barco pirata, matando a cualquiera que se interpusiera en su camino.
Una revisión del camarote de Spencer dio con pruebas comprometedoras,
incluyendo una lista de nombres, escritos en griego, de miembros de la tri-
pulación que serían retenidos después del motín, y un dibujo del Somers lu-
ciendo una bandera pirata. Una corte marcial declaró, por unanimidad, cul-
pables a los marineros. Tres días más tarde la tripulación colgó a Spencer y
a sus compañeros del aparejo del barco. Así terminó el único ejemplo de
motín que se ha registrado en la historia de la armada de Estados Unidos.
El motín es una rebelión contra las autoridades legalmente constituidas, es-
pecialmente por personal militar que se niega a obedecer a sus oficiales, y
que puede llegar a atacarlos. Es un delito muy serio. En Estados Unidos,
llegar a ser condenado de un delito tal puede resultar en la pena capital. En
el Reino Unido, el castigo era la pena de muerte hasta 1998. 1
Era el segundo año después de la salida de los israelitas de Egipto, nación
ubicada en el continente africano. Los israelitas constituían un ejército.

1http://militaryhistory.suite101.com/article.cfm/uss_somers_mutini_1842;
http://www. pbs.org/wiki/Mutiny#United_kingdom.
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Dios era el comandante en jefe, y Moisés y Aarón eran sus generales. Un día
Moisés escuchó el rumor de que se tramaba un motín:
«Coré hijo de Izhar hijo de Coat hijo de Leví, con Datan y Abiram hijos de
Eliab, y On hijo de Pelet, descendientes de Rubén, tomaron gente y se levan-
taron contra Moisés con doscientos cincuenta hombres de los hijos de Israel,
príncipes de la congregación, miembros del consejo, hombres de renombre»
(Números 16:1, 2).
Así comienza uno de los más dramáticos episodios que se registran en la Bi-
blia. Pero aquí no se trataba de un adolescente imprudente y temerario y un
par de sus torpes amigos tratando de apoderarse de un barco. Se trataba de un
golpe de gran envergadura, dirigido por un grupo de líderes maduros, inteli-
gentes, experimentados y bien organizados. De hecho, casi podían garantizar
el éxito en su plan de apoderarse de la nación israelita lanzando una revolu-
ción que tenía abrumador apoyo popular. La razón era que Moisés había dicho
a la generación adulta que estaba sentenciada a vagar por el desierto hasta la
muerte (Números 14:26-39). Desde su punto de vista, Moisés y Aarón eran
los enemigos, y el pueblo estaba condenado de todas maneras, así que no te-
nían nada que perder. Estaban sumamente motivados para deshacerse de sus
líderes, y su motín no era una aventura en busca del propio beneficio en el
mar como corsarios, ¡sino un intento de sobrevivir en la tierra!
La trifulca contra Moisés y Aarón comenzó con la idea de que todos los israeli-
tas eran santos y que el Señor estaba entre ellos. En realidad, era cierto que
Dios mismo había llamado al pueblo «un reino de sacerdotes y gente santa»
(Éxodo 19:6; cf. Levítico 11:44, 45; 19:2). De hecho, los flecos cosidos en sus
vestiduras por orden de Dios les recordaba constantemente que debían ser
santos para el Señor (Números 15:37-41). También era cierto que Dios es-
taba en medio de ellos. El Señor había tratado de convencerlos de que acepta-
ran la realidad de su presencia (cf. Éxodo 17:7; Números 11:20).
El grito de guerra de Coré y sus asociados era: Moisés y Aarón no están mos-
trando respeto al pueblo santo, y han concentrado demasiado poder en ellos
mismos. Su argumento era un eco de lo que Aarón y María habían dicho contra
Moisés: Todos estamos en realidad en un nivel similar; ¿qué les hace pensar
que ustedes son especiales (Números 12:2)? La que obviamente daban a en-
tender los amotinados era: «¡Quítense de en medio! ¡Dejen de decir a los
demás lo que tienen que hacer! ¡Bájense de su pedestal! ¡Renuncien ahora!»
No se detuvieron a pensar en lo que le había ocurrido a María (Números
12:10).

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Cuando Moisés escuchó las desafiantes palabras, cayó sobre su rostro (Nú-
meros 16:4). Debe de haberse sentido devastado por varias razones:
El conflicto después del episodio de los espías (Números 14) debería ha-
ber terminado, pero aquí estaba otra vez, peor que nunca.
Si Coré y sus asociados tenían éxito y se apoderaban de la nación, ¿perde-
ría también la nueva generación la entrada a la tierra prometida? ¿Dejaría Is-
rael simplemente de existir?
Moisés y Aarón habían encumbrado a los levitas, entre los que se contaban
Coré y muchos de los que lo apoyaban, a su exaltada posición. De hecho,
Coré estaba estrechamente emparentado con Moisés y Aarón (eran levitas
coatitas, Éxodo 6:20; Números 3:19). De modo que esta era alta traición a una
escala colosal.
Un intento de esta naturaleza por hacerse con el poder, es con frecuencia le-
tal para la parte perdedora, porque casi siempre implica una lucha a muerte.
Moisés era humilde (cf. Números 12:3), pero podía defender el honor de Dios
y responder al desafío que hacía Coré al liderazgo de Aarón como sumo sa-
cerdote. De modo que se levantó de sus rodillas e hizo frente a los conspirado-
res. Coré y sus colegas, los levitas, ya eran siervos altamente honrados del
Señor. Pero, al parecer, consideraban su posición insignificante, y exigieron
su promoción al sacerdocio, donde residía realmente el poder. ¡Si querían
competir con Aarón por el puesto, debían presentarse al día siguiente con
instrumentos sacerdotales (incensarios con incienso) y ver si Dios los acepta-
ba (Números 16:5-11)!
El desafío era sencillo y muy atractivo, un ofrecimiento que Coré y sus asocia-
dos no desaprovecharon. Aunque Nadab y Abiú habían sido hijos de Aarón,
habían muerto instantáneamente cuando ofrecieron incienso delante de Dios
(Levítico 10:1, 2). ¿Qué podían esperar los levitas si se acercaban demasiado a
su gloriosa presencia? ¡No estando autorizados para el servicio sacerdotal, no
tenían la menor posibilidad! Dios había advertido explícitamente que cual-
quier persona que intentara usurpar la función sacerdotal sería muerto (Nú-
meros 3:10, 38). Los levitas eran santos, pero no escogidos por Dios para ser
sus sacerdotes. ¡Sin los trajes protectores de su especial consagración (Levítico
8), serían fulminados!
Luego Moisés convocó a Datan y Abiram, de la tribu de Rubén. A diferencia de
la oposición de Coré y de los demás levitas, que ambicionaban el sacerdocio
de Aarón, el antagonismo de Datan y Abiram estaba casi exclusivamente di-
rigido contra Moisés. Estaban amargados y se negaron a comparecer, pero le
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enviaron un mensaje fulminante que resumía directamente el espíritu de re-
belión contra el liderazgo de Moisés:
«¿Es poco que nos hayas hecho venir de una tierra que destila leche y miel,
para hacernos morir en el desierto, sino que también te quieres enseñorear de
nosotros imperiosamente? Tampoco nos has metido tú en tierra que fluya le-
che y miel, ni nos has dado heredades de tierras y viñas. ¿Sacarás los ojos de
estos hombres? ¡No subiremos!» (Números 16:13,14).
Esta acusación era verdaderamente monstruosa. Moisés nunca había prome-
tido llevar a los israelitas a Canaán por iniciativa propia. Lo que había he-
cho era ponerlos en contacto con Dios, cuyo liderazgo y poder eran lo único
capaz de realizar aquella tarea imposible. Los israelitas habían rechazado
la dirección de Dios y estaban sufriendo las consecuencias naturales. Pero
ellos insistieron en culpar a Moisés por todo y se negaron a aceptar cualquier
responsabilidad personal.
Guy Cotter, guía alpinista que ha llegado a la cumbre del monte Everest
tres veces, explica las funciones respectivas del guía y de aquellos a quienes di-
rige:
«Es responsabilidad de los dientes cuidarse por sí solos. Es decir, es su vida;
ellos deben ayudarnos a ayudarlos. Y eso es algo que recalcamos a nuestros
clientes [...]. Un guía es alguien que hace que la expedición tenga éxito para
los dientes y que abre el camino hasta la cumbre, por así decirlo, pero no
lleva a los dientes hasta ella, no los arrastra hasta llegar. Y si ellos cometen
errores, no se puede decir, en la mayoría de los casos, que sea responsabili-
dad del guía». 2
Las palabras de Datan y Abiram, «¿Sacarás los ojos de estos hombres?»,
eran difamatorias, acusando falsamente a Moisés de ser un tirano cruel. Se
hacían eco del espíritu de un esclavo hebreo que golpeaba a otro hebreo al día
siguiente a aquel en que Moisés dio muerte a un egipcio para salvar a un
esclavo. Cuando Moisés preguntó por qué hacía aquello, el hombre le res-
pondió: «¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Pien-
sas matarme como mataste al egipcio?» (Éxodo 2:14). Pero si Dios no hubiera
hecho a Moisés príncipe y juez sobre los israelitas, todavía seguirían siendo es-
clavos en Egipto.
Moisés se enojó tanto con las palabras de Datan y Abiram que se convirtió en
lo contrario a un intercesor. Pidió al Señor que rechazara a los dos hombres
no aceptando ninguna ofrenda presentada por ellos (Números 16:15).

2 http://www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/everest/stories/leadership.html.
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Siguiendo las instrucciones de Moisés, al día siguiente Coré y sus colegas
se reunieron a la puerta del santuario para la confrontación con Moisés y
Aarón. Doscientos cincuenta rebeldes sostenían sus incensarios con incienso
ardiendo. Entonces la gloria del Señor apareció ante todos (versículos 16-
19). Aquello era ominoso. El juicio ejecutivo de Dios estaba en sesión en el
santuario sagrado (cf. Números 12:4-5; 14:10).
El Señor no discutió sus planes con Moisés y le ofreció hacer de él una gran
nación en lugar de los israelitas (contrastar Números 14:11, 12). Sim-
plemente ordenó a Moisés y Aarón que le dejaran libre el camino para que
pudiera destruir instantáneamente a la comunidad entera. La mecha de su
ira estaba acabándose. Sin embargo, en vez de correr buscando dónde pro-
tegerse, Moisés y Aarón cayeron de rodillas en el mismo lugar donde es-
taban e intercedieron por la comunidad en su conjunto. Pero Dios insistió en
que se apartaran de los jefes rebeldes (versículos 20-24). Aunque los rebel-
des estaban en el campamento israelita, debían dejarlos solos para que el
castigo no cayera sobre los demás.
En vez de buscar su propia seguridad, Moisés fue con los ancianos a advertir
al pueblo que vivía en el vecindario de Datan y Abiram, que se alejaran de
sus tiendas. Coré vivía cerca del santuario (Números 3:29), de modo que la
gente que vivía allí ya había escuchado la advertencia.
El duelo de los incensarios estaba a punto de decidir la lucha entre Coré y
sus colegas y Aarón y sus hijos. Pero ante las tiendas de Datan y Abiram
Moisés anunció la prueba divina de su propio liderazgo, la cual decidiría de
forma concluyente sus acusaciones.
«Moisés dijo: En esto conoceréis que Jehová me ha enviado para que hiciera
todas estas cosas, y que no las hice de mi propia voluntad. Si como mueren
todos los hombres mueren estos, o si al ser visitados ellos corren la suerte de
todos los hombres, Jehová no me envió. Pero si Jehová hace algo nuevo, si la
tierra abre su boca y se los traga con todas sus cosas, y descienden vivos al
Seol, entonces conoceréis que estos hombres irritaron a Jehová» (Números
16:28-30).
Por supuesto, era totalmente imposible para Moisés dar origen a un fenó-
meno geológico sin precedentes. Si aquello ocurría, sería un nuevo tipo de
milagro destructivo realizado por el Dios creador. Al lanzar a los rebeldes a
las regiones inferiores, el lugar de los muertos, el celestial Señor de la vida
mostraría dramáticamente que los había rechazado porque ellos lo habían re-
chazado a él.

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Nadie tuvo tiempo para ponderar el escalofriante desafío. Como si la tierra
fuera un gigantesco monstruo viviente, abrió su descomunal boca bajo los
pies de los rebeldes, con sus posesiones y sus familias, y se los tragó ente-
ros. Sus gritos de terror se desvanecieron con un sonido sordo y profundo
cuando la tierra se cerró sobre ellos (versículos 31-33).
Al tratar de exaltarse a sí mismos se hundieron. Al arrojar cieno sobre Moi-
sés, toneladas de tierra cayeron sobre ellos. Moisés no les sacó los ojos
(versículo 14), el Señor los quitó de la vista. Habiendo aceptado previamente
el mensaje de que la tierra prometida «se traga a sus habitantes», ellos fueron
literalmente devorados por el desierto.
Los israelitas que fueron testigos de la ejecución sísmica pensaron que ellos
serían los siguientes y huyeron despavoridos. Mientras tanto, en el santuario,
el fuego divino consumió a los doscientos cincuenta aspirantes al sacerdocio,
como cabía esperar (Números 16:34, 35). Todo terminó en pocos minutos.
Cuando el polvo se asentó, el fuego santo se apagó, y toda la basura se limpió,
pareció que el motín había sido aplastado. Con una asombrosa demostra-
ción de justicia y poder, el Señor había aniquilado a los cabecillas. Los dos-
cientos cincuenta incensarios de bronce habían recibido fuego santo, aunque
sus dueños no autorizados no habían sobrevivido. Por lo tanto, los incensa-
rios eran santos y pertenecían a Dios y al santuario. El Señor ordenó que
fueran batidos con martillo y convertidos en láminas para cubrir el altar
como una señal prominente, visible, para cualquiera que, no siendo sacer-
dote, se viera tentado a compartir su destino en el porvenir (versículos 36-
40).
La historia de Coré, Datan y Abiram y sus colegas es una demostración pa-
radigmática de lo que Dios piensa de la rebelión contra los dirigentes que él
ha designado. El Señor utiliza seres humanos para llevar a cabo su obra en el
mundo en vez de comisionar a los ángeles para hacer el trabajo. Ciertamen-
te, sus dirigentes humanos tienen defectos, pero, hasta donde disciernen su
voluntad y la siguen, lo representan. Por tanto, la rebelión contra sus dirigen-
tes es una rebelión contra él.
Es muy fácil para aquellos que no llevan la pesada carga del liderazgo Imaginar
que ellos podrían hacer mejor las cosas, especialmente si poseen vigorosos egos
y desean destacarse. Sin comprender todos los distintos factores que afectan la
obra de Dios, uno puede suponer que las soluciones a los problemas son más
sencillas de lo que son en realidad, y creemos que si nosotros estuviéramos al
cargo, las cosas mejorarían rápidamente. Pero solo la captación de la imagen
de conjunto da una perspectiva equilibrada. Cuando surge una crisis y las cosas
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van mal, es natural pedir un «cambio». Sin embargo, el cambio de liderazgo
no siempre es para bien.
También es fácil que los que se erigen dirigentes, incluyendo aquellos que
manipulan los métodos autorizados para obtener el control y mantener posi-
ciones de autoridad legítima, pretendan que siguen las huellas de las sanda-
lias de Moisés y Aarón como representantes autorizados del Señor. Pero,
con frecuencia, son más fieles a sí mismos y a sus propios intereses que a la
agenda de la misión evangélica de Dios, con su sagrada tarea de llevar tantas
personas como sea posible de forma segura a la tierra prometida. Puesto que
no permiten ninguna oposición a su voluntad egoísta y orgullosa, citan la
historia de Coré y sus colegas para defender su liderazgo, y proclaman con
tono de elevada justicia propia: «¿Quién puede impunemente alzar la mano
contra el ungido del Señor?» (Véanse 1 Samuel 24:6, 10; 26:9, 11, 23; 2 Sa-
muel 1:14, 16, NVI). Pero la herencia de su liderazgo es la de Coré y los otros
que intentaron usurpar el lugar de Moisés y Aarón y secuestrar a Israel.

Entre los vivos y los muertos


Mi esposa y yo escalamos el monte Lassen, pico volcánico en la zona norte
de California, cuando nuestra hija tenía menos de dos años de edad. Así
que yo llevaba a Sara en un portabebés a la espalda. Por desgracia, a ella no le
gustó la experiencia a causa del fuerte e intenso viento que nos azotó cuan-
do ascendíamos. A manera de juego, pero con la esperanza de que aquello la
alegrara un poco, nos metimos detrás de una enorme roca que bloqueaba el
viento y ordené: «¡Viento, detente!» Por supuesto, el viento se detuvo de
momento, hasta que salimos de detrás de la roca.
Mi plan me salió mal. Sara pensó que yo podía detener el viento y que podía
hacerlo todo el tiempo. Así que siguió insistiendo, con una voz muy nítida:
«¡Papi, para el viento!» Por supuesto, el viento estaba fuera de mi control, de
modo que ni siquiera intenté ejercer mi voluntad sobre sus violentas ráfagas.
Cuando no logré decir las palabras mágicas y, por lo tanto, no pude hacer nada
contra la molesta situación, Sara se enojó conmigo. Así que sus grandes gritos
de protesta acompañaron nuestro ascenso a la cumbre del monte Lassen.
Los hijos de Israel también culparon a sus dirigentes de algo que estaba más
allá del control de ellos. Al día siguiente de la muerte de Coré y sus colegas,
¡toda la comunidad israelita acusó a Moisés y a Aarón de dar muerte a los
rebeldes, a quienes llamaron «el pueblo del Señor» (Números 16:42)! ¡Esta
sí era una rebelión a gran escala! No eran simplemente unos doscientos re-
beldes; ahora muchos miles compartían el espíritu de Coré y sus colegas, y

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se negaron a reconocer el papel que Dios había desempeñado, a pesar de la
naturaleza milagrosa de los acontecimientos. ¿Se había tragado la tierra a fa-
milias enteras por el poder de Moisés? ¿Había encendido Aarón el fuego que
había literalmente freído a los doscientos cincuenta aspirantes al sacerdocio?
La gloria de Dios apareció una vez más. Y, de nuevo, Dios ordenó a Moisés
y Aarón que se apartaran para poder consumir instantáneamente a los israeli-
tas. Como estaban con Coré y compañía, compartirían su destino (cf. vers. 19-
21). Una vez más, Moisés y Aarón cayeron sobre su rostro (versículos 42-45,
cf. versículos 19-22). Pero ahora ya no podían defender al pueblo pidiendo a
Dios que limitara su retribución a ciertos líderes rebeldes (cf. versículos 22-
24). Los israelitas habían destruido cualquier argumento que los intercesores
pudieran utilizar a su favor.
A Dios ya no le quedaban medios para salvar a aquellos rebeldes. Moisés
sabía que esa era la realidad. Tan pronto como el fatal decreto salió de los la-
bios divinos, los que habían llamado a los mundos a la existencia, una plaga
mortal cayó sobre la comunidad para borrar de la existencia a la nación is-
raelita. La gente ya había comenzado a morir.
Sin una expiación inmediata, todos los israelitas perecerían. No había tiempo
para ofrecer un sacrificio; debía hacerse de inmediato una expiación y alcan-
zarlos donde estuvieran. Por tanto, Moisés ordenó a Aarón, el sumo sacerdote,
que tomara su incensario, quemara incienso y lo llevara inmediatamente al
pueblo para hacer expiación por ellos. El enérgico octogenario (que ahora te-
nía unos ochenta y cinco años, Éxodo 7:7) corrió para salvar a tantos como
fuera posible (Números 16:46, 47). Doquiera llegó su incensario, la gente se
salvó. Donde no llegó, murieron. «Luego se puso entre los muertos y los vi-
vos, y cesó la mortandad» (Números 16:48).
Para catorce mil setecientos era demasiado tarde (versículo 49). Lo único que
hicieron los demás fue agradecer la compasión y la rápida acción de Moisés
y Aarón, y la misericordia de Dios que había hecho posible su supervivencia.
Por su malvado falso testimonio contra Moisés y Aarón, a quienes habían
acusado de asesinato, los israelitas merecían la pena capital por asesinato (cf.
Deuteronomio 19:16-19). Pero el mismo a quien habían ofendido tanto,
había salvado sus vidas, diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo
que hacen» (Lucas 23:34). Y al aceptar el ritual de intercesión de Aarón, el
mediador que él había nombrado, Dios mostró una gracia asombrosa.
Según el apóstol Pedro, los cristianos pertenecen a Dios como un «real sacer-
docio» (1 Pedro 2:9). Una de las principales funciones de un sacerdote es ser
mediador del pueblo. Dios no nos pide que intercedamos llevando incensa-
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rios, corno Aarón, sino que oremos con la ayuda del Mediador que está en el
cielo: «Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de
oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los san-
tos sobre el altar de oro que estaba delante del trono» (Apocalipsis 8:3).

La prueba del sacerdocio


Los israelitas habían recibido una prueba milagrosa de que Dios había elegido
a Aarón y a sus hijos exclusivamente para ejercer el sacerdocio. Otros habían
perecido mientras ofrecían incienso, pero Aarón y sus hijos habían sobrevi-
vido. No solo eso, sino que Dios había reconocido el incienso ofrecido por
Aarón y había protegido a la nación.
Después de la terrorífica plaga, Dios quiso reforzar aún más su elección de la
familia de Aarón para el sacerdocio; esta vez, mediante una positiva demos-
tración de su poder creativo. Por tanto, ordenó a Moisés que hiciera una prue-
ba con las varas de madera de los jefes de familia representantes de las doce
tribus. La vara de Aarón representaba a la tribu de Leví. La vara de cada
hombre simbolizaba su identidad (Génesis 38:18), y Moisés también escribió
sus nombres en las varas. Dios haría que la vara de madera seca perteneciente
al hombre que él escogiera para el sacerdocio floreciera milagrosamente. De
esta forma tan señalada esperaba poner punto final para siempre a las dudas
relacionadas con la exclusiva autoridad del sacerdocio aarónico (Números
17:1-5).
Moisés colocó las varas delante del Señor, en el santuario. Al día siguiente,
la vara de Aarón no solo había florecido, sino que había echado almendras
maduras. Moisés mostró al pueblo todas las varas para que pudieran ver la
evidencia por ellos mismos. Luego puso la vara de Aarón de nuevo en el san-
tuario, enfrente del «testimonio», es decir, frente al arca que contenía los Diez
Mandamientos, que eran un compendio del pacto entre Dios y los israelitas.
La vara especial serviría como una señal permanente para aclarar cualquier
pregunta relacionada con el derecho de Aarón y sus descendientes a dirigir la
adoración en Israel (versículos 6-11). Al controlar el sacerdocio, Dios regula-
ba la adoración de los israelitas. Protegía a los israelitas de caer en prácticas
litúrgicas que lo representarían mal a él ante el mundo.
Todo estaba claro, excepto una cosa: ¿Por qué decidió el Señor hacer que la
vara de Aarón floreciera y produjera almendras? Por una cosa. Flores de al-
mendras, de oro, grabadas con las palabras «Santidad a Jehová» decoraban el
frente de la mitra del sumo sacerdote (Éxodo 28:36; 39:30). Además, las lám-
paras del candelera del santuario tenían la forma de flores de almendro (Éxodo

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25:33, 34; 37:19, 20). De modo que existían fuertes conexiones entre el mi-
lagro y lo que significaba: Aarón serviría como sumo sacerdote en el santua-
rio.
Y existe un detalle más. La palabra hebrea «almendra» viene de una raíz que
significa «vigilar» o «mantenerse vigilando». En el Oriente Próximo, los árbo-
les de almendro son los primeros en florecer cada año. De modo que la gente
ha llegado a considerarlos como «vigilantes». Esta conexión entre el almendro
y los vigilantes explica un perfecto ejemplo que Dios le dio al joven Jeremías:
«La palabra de Jehová vino a mí, diciendo: "¿Qué ves tú, Jeremías?" Yo res-
pondí: 'Veo una vara de almendro". Me dijo Jehová: "Bien has visto, porque
yo vigilo sobre mi palabra para ponerla por obra"» (Jeremías 1:11, 12).
Ahora podemos comprender el simbolismo de las flores de almendro en las
lámparas del candelabro, que proporcionaba luz toda la noche para mostrar
que Dios siempre vela por su pueblo (Salmo 121:4; cf. Salmo 127:1). Tam-
bién podemos reconocer la advertencia implicada en las flores de almendro
en la vara de Aarón: Dios vigilaría para guardar el sacerdocio de Aarón,
como lo advirtió explícitamente: «Y Jehová dijo a Moisés: 'Vuelve a colo-
car la vara de Aarón delante del Testimonio, para que se guarde como señal
para los hijos rebeldes. Así harás cesar sus quejas delante de mí, para que
no mueran"» (Números 17:10).

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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah


Roy Gane

Capítulo Ocho

Cómo arreglárselas
ante el peligro y la muerte
(Números 18, 19)

El «reactor nuclear» de Dios


Hace muchos años, un granjero del Estado norteamericano de Minnesota
llevó su trigo a un silo de cereales. Durante el viaje, fue andando junto al
caballo mientras el animal tiraba del carro. Cuando ya llegaban, el lento y
cansado caballo levantó la vista y vio el silo. En ese preciso instante un te-
rrible tornado levantó al caballo, junto con el carro y el campesino, y los
depositó a una considerable distancia. El pobre animal no quedó herido,
pero sí, comprensiblemente, traumatizado. El grano, por supuesto, había
desaparecido.
Al año siguiente, el mismo granjero usó el mismo caballo y el mismo carro
para transportar otra carga de trigo al mismo silo. Cuando ya casi habían
llegado, el caballo levantó la vista y vio el silo. Recordando lo que le había
ocurrido la primera vez que había estado allí, se estremeció y se paró en se-
co, dio media vuelta y se alejó a galope tendido, a la mayor velocidad que
sus cascos eran capaces de transportarlo. ¡No había poder humano que lo
obligara a pasar por aquella terrible experiencia otra vez!
Los israelitas habían visto la terrible rapidez de la espada del Señor en mu-
chas ocasiones, pero esta última ocasión había estado a punto de alcanzarlos
a ellos, y la cuenta de los cadáveres era alta (catorce mil). ¡De ninguna
manera querían pasar por aquella experiencia otra vez! «Entonces los hijos
de Israel dijeron a Moisés: "¡Nos estamos muriendo! ¡Estamos perdidos!
¡Todos nosotros estamos perdidos! Cualquiera que se acerque, el que se

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llegue al tabernáculo de Jehová, morirá. ¿Acabaremos por perecer todos?"»
(Números 17:12-13).
La generación adulta de israelitas estaba condenada a morir en el desierto
(Números 14), pero al menos esa sería una muerte natural. Ahora ellos
temían haber ofendido tanto a Dios que no estañan seguros ni siquiera al
acercarse al santuario para llevar sus ofrendas. Por supuesto, la razón por la
cual habían experimentado tantos problemas no era porque hubieran ejer-
cido su legítimo privilegio de venir al atrio del santuario a presentar sus
sacrificios: era a causa de su rebelión.
El Señor comprendió y les proporcionó una nueva regla para calmar los te-
mores del pueblo: «Jehová dijo a Aarón: "Tú, tus hijos y tu casa paterna carga-
réis con el pecado del santuario; y tú y tus hijos cargaréis con el pecado de
vuestro sacerdocio"» (Números 18:1). Significaba que si uno que no perte-
necía al sacerdocio cometía un error en el santuario, los sacerdotes, como
mediadores y representantes de los israelitas, llevarían la responsabilidad. Pe-
ro esa situación nunca más haría que Dios hiciera recaer la retribución sobre
toda la comunidad (cf. Números 16:19-21, 41-49).
Como Dios había dicho específicamente-antes, los levitas debían asistir a los
sacerdotes (Números 8). Pero si los levitas trataban de actuar como sacerdo-
tes, como Coré y sus asociados habían intentado (Números 16), ellos, y al
menos algunos sacerdotes, morirían (Números 18:2-7). Para protegerse de la
ira de Dios, los sacerdotes que estaban de guardia, bien motivados y bien ar-
mados, protegerían el recinto sagrado (véase Números 25:7). Recibieron auto-
rización para matar a cualquiera, incluso a un levita, que intentara usurpar la
función sacerdotal en el santuario. De modo que nunca más sería necesario
tener un duelo de incensarios (Números 16). Cualquier rebelión contra el
sacerdocio que pudiera poner en peligro la seguridad de la comunidad se-
ría inmediatamente cortada de raíz.
Matar a los transgresores de forma sumaria puede parecer en extremo «anti-
cristiano», hasta que uno recuerda la imponente y terrible gloria del Señor.
Él creó a los mundos de la nada, y trajo a la existencia nebulosas y galaxias
en el espacio como si fueran juguetes. Dios puede imponer su voluntad a
tallones y trillones de toneladas de materia dando sencillamente una orden
(Génesis 1). Su gloria es fuego consumidor (Éxodo 24:17; Deuteronomio
4:24; 9:3; Hebreos 12:29). De modo que cuando residía en el santuario is-
raelita, el poder concentrado allí lo hacía similar a un reactor nuclear. Debía
haber guardias especiales a fin de que la comunidad que rodeaba al santua-
rio pudiera sobrevivir.

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Un buen día, Chris, joven de diecisiete años, y sus amigos andaban en bus-
ca de aventuras y decidieron explorar las orillas del lago Michigan. Cami-
nando como a dos kilómetros de la playa Grand Mere, encontraron un anun-
cio que decía: «Prohibido el paso. Los infractores serán sancionados».
Pronto se dieron cuenta de que habían llegado a la central nuclear Cook.
Suponiendo que el anuncio solo prohibía el acceso por tierra, decidieron
acercarse dando la vuelta por el agua. Tenían una lancha neumática para
dos personas, y el tercero disponía de una tabla para deslizarse en el agua.
Después de remar durante media hora, los adolescentes solo habían llegado
a mitad de camino de la central nuclear y ya se estaban cansando. De repente
el adolescente que iba deslizándose en la tabla saltó alarmado dentro de la
lancha, porque el agua bajo sus pies estaba revuelta y agitada, y hacía bur-
bujas como el agua caliente de una bañera. ¡Comprendieron que debían
salir de allí de inmediato! Pronto vieron un guardacostas, que los rescató,
salvándolos del agua hirviente.
La tripulación del bote procedió a informar a Chris y a sus amigos que ha-
bían estado en una zona restringida, y que era un milagro que no hubieran
sido absorbidos por el gran poder de succión del sistema de enfriamiento
de la central nuclear cercana. ¡Más tarde los padres supieron que los franco-
tiradores los habían visto desde el principio, pero decidieron que los ado-
lescentes no parecían demasiado peligrosos y no los mataron a balazos!
Es prudente defender una central nuclear de las visitas no autorizadas con el
propósito de proteger a la gente que vive cerca (¡incluyendo a mi familia!).
¡Con cuánta más razón debía protegerse el santuario, en el cual residía el
poder infinitamente superior de Dios! Él podía controlar su poder, por su-
puesto, pero deseaba que los israelitas respetaran su grandeza para que
pudieran confiar en su capacidad para ayudarlos y librarlos.
En la actualidad no tenemos la presencia de Dios en una shekina ubicada
en una iglesia o templo. Por lo tanto, no necesitamos proteger nuestros
templos con armas para que la gente se aleje. Sin embargo, todavía es im-
portante proteger reverentemente los límites morales de la santidad de
Dios en su iglesia. Cuando un miembro de la iglesia de Corinto estaba vi-
viendo en abierto pecado con su madrastra, lo cual difamaba la santa repu-
tación de Cristo en aquella ciudad (1 Corintios 5:1), Pablo recomendó que
la iglesia lo quitara de la feligresía: «En el nombre de nuestro Señor Jesu-
cristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesu-
cristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de
que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús» (1 Corintios 5:4, 5).

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Bajo la teocracia del Antiguo Testamento, el acto de eliminar a una perso-
na de la comunidad era algo más dramático y permanente. Por ejemplo:
«Cualquiera que se acueste con la mujer de su padre, la desnudez de su pa-
dre descubrió; ambos han de ser muertos: su sangre caerá sobre ellos» (Le-
vítico 20:11). Ahora tenemos una iglesia, no una nación; por lo tanto, se
aplica la desfraternización a los casos en que en las leyes del Antiguo Testa-
mento se aplicaba la pena de muerte.
Muchos cristianos de la actualidad no tienen la más mínima disposición a
proteger los límites de la santidad de Dios. En nombre del «amor» cris-
tiano, que es como un indefinido sentimiento de misericordia no complica-
do con la justicia, todo se admite. Hace varios años un pastor me dijo que
cuando comenzó a trabajar en una congregación, halló la necesidad de
aplicar la disciplina eclesiástica en un caso muy claro de pecado abierto que
exigía la expulsión. Pero hasta donde recordaban los miembros, nunca se
había ejecutado una disciplina así. De modo que cuando el pastor presen-
tó el caso en una reunión administrativa de la iglesia, los miembros se ne-
garon a apoyar sus recomendaciones de que la iglesia borrara de sus regis-
tros a la parte culpable. La misericordia desenfrenada a expensas de la jus-
ticia daña la santa causa de Dios en el mundo. Y hiere a la gente también.
Cuando no se exigen responsabilidades, la gente piensa que las cosas mar-
chan bien, y que hay paz, cuando no hay paz (Jeremías 6:14; 8:11). Una
actuación tal pone en peligro su salvación eterna. Pablo dejó bien claro que
es mucho mejor, y potencialmente redentor, reconocer una crisis y desper-
tar a una persona culpable entregándola «a Satanás para destrucción de la
carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús» (1 Corin-
tios 5:5).
La misericordia desenfrenada que permite los comportamientos destructivos
daña también a las víctimas inocentes. Entre ellas están los niños de padres que
están divorciados debido a una relación extramarital que no habría ocurrido
si la iglesia hubiera elevado las normas morales. Otras víctimas sufren de
acoso sexual, difamación, abusos económicos, y cosas por el estilo. La lista
puede ser interminable. Los infractores conocidos pueden echar el anzuelo
de nuevo y atacar otra vez, o sencillamente son transferidos a otras iglesias,
donde pueden poner en práctica nuevamente sus malas artes. Puede ser que
la iglesia escriba cartas y celebre reuniones para tratar la situación, pero na-
da cambia. ¿No hay alguien que tenga el valor de poner punto final a esto?
Hemos encontrado que la historia del trato de Dios con el antiguo Israel
registrada en el libro de Números ilustra con mucha claridad el hecho de
que existe lo que se conoce como responsabilidad colectiva. La comunidad
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del pueblo de Dios es responsable ante él por el apoyo de los líderes de Dios
en la tarea de proteger su santidad en el mundo. Por desgracia, muchas co-
munidades eclesiales modernas están fracasando miserablemente, y las esta-
dísticas del estilo de vida familiar no son mejores que las de la «civiliza-
ción» impía que las rodea. Como dijo Pablo a los corintios, ya es tiempo de
que los así llamados «santos» de Dios comiencen a vivir de acuerdo con el
elevado nombre que portan (1 Corintios 1, etc.).

Compensación por el cumplimiento de deberes peligrosos


El personal de formación muy especializada que cumple deberes peligrosos
para beneficiar y proteger a una comunidad entera debiera recibir una justa
compensación. Por ello, como acuerdo permanente («pacto de sal»), Dios
asignó a los sacerdotes israelitas una buena fuente de ingresos de las ofren-
das que el pueblo ofrecía al Señor (Números 18:8-19).
Como asistentes de los sacerdotes, los levitas también participaban en el
cumplimiento de deberes peligrosos en beneficio de los israelitas (versícu-
los 22, 23; cf. Números 8:19), aunque era menos peligroso que el mi-
nisterio sacerdotal. La tribu de Leví en su totalidad, incluyendo los sa-
cerdotes, no tendría ninguna herencia de territorio con la que ganarse la vida.
Antes bien, debían sostenerse del servicio a Dios: Los israelitas debían dar
sus diezmos (una décima parte de los productos agrícolas; cf. Deuterono-
mio 14:22) a los levitas, quienes, a su vez, debían entregar una décima parte
de todo a los sacerdotes (Deuteronomio 14:20-32).
Al dar a los sacerdotes y a los levitas un ingreso bueno y regular, Dios hi-
zo que fuera innecesaria la preocupación por el sustento. Así podían dedi-
car todo su tiempo y energía al servicio del Señor.
Cuando Cristo envió a sus setenta discípulos afirmó que aquellos que se de-
dican al servicio de Dios para beneficiar a otros merecen el sustento mate-
rial: «Quedaos en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den,
porque el obrero es digno de su salario. No os paséis de casa en casa» (Lu-
cas 10:7). Pablo aplicó el mismo principio: «¿No sabéis que los que traba-
jan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que sirven al altar,
del altar participan? Así también ordenó el Señor a los que anuncian el
evangelio, que vivan del evangelio» (1 Corintios 9:13, 14).
En la actualidad no tenemos levitas ni sacerdocio ritual. Y tampoco la mayoría
de nosotros tiene como medio de vida la agricultura; por lo tanto, no podemos
presentar a Dios el diezmo de nuestros productos agrícolas para que se sos-
tengan sus obreros. Sin embargo, un sistema adaptado de diezmos y ofrendas
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es una forma práctica de sostener a las personas que se dedican exclusivamente
a la obra de Dios.
Como descubrió la viuda cuando dio de comer a Elías, el Señor no permite
que aquellos que apoyan generosamente a sus ministros pierdan lo que dan (1
Reyes 17:8-16). Más bien, su fe en la capacidad de Dios para proveer para
sus necesidades y su dedicación a la misión divina permite que el Señor de-
rrame sus bendiciones generosamente sobre ellos: «Traed todos los diezmos
al alfolí y haya alimento en mi Casa: Probadme ahora en esto, dice Jehová de
los ejércitos, a ver si no os abro las ventanas de los cielos y derramo sobre voso-
tros bendición hasta que sobreabunde» (Malaquías 3:10).
¿Y si los ministros de Dios no usan los diezmos sagrados y las ofrendas como
debieran? De eso ellos son responsables ante Dios y ante su iglesia. Pero una
situación tal no disminuye las bendiciones para el miembro que devuelve
fielmente al Señor lo que le pertenece.

Provisión para la purificación futura


Mi esposa Connie enseña arqueología en el Seminario Teológico Adventis-
ta del Séptimo Día en la Universidad Andrews. Hace poco sirvió como co-
directora de una gira de estudios a Egipto, haciéndose cargo de muchos de-
talles prácticos. Uno de ellos consistía en mantenernos a los miembros del
grupo, tanto maestros como estudiantes (incluyéndome a mí) en buen esta-
do físico. En Egipto, hoy esto sigue suponiendo todo un reto (cf. Éxodo
15:26). Naturalmente, en cierto momento del viaje varios participantes en la
gira contrajeron una variedad de la enfermedad que los turistas llaman, por
lo general, «La venganza del rey Tut» (equivalente a «la venganza de Moc-
tezuma», que sufren algunos turistas que visitan México). Además de debi-
lidad, desfallecimientos y náuseas, otro efecto de esta enfermedad la hace
sumamente incómoda para viajar por regiones donde escaseen los retretes.
Para remediar la situación, Connie pidió al conductor que detuviera el autobús
junto a una farmacia. Entró a la botica y compró los medicamentos que nuestro
grupo necesitaba. Cuando salió, cargada de paquetitos, proporcionó a cada uno
de los enfermos los medicamentos que necesitaban. Afortunadamente, todos
se recuperaron inmediatamente y el viaje prosiguió con éxito y sin nuevas inte-
rrupciones.
Cuando uno viaja con mucha gente, necesita mayor provisión de todo. Y si
quiere que un lote de provisiones dure mucho tiempo, se aprovisiona bien.
Es lo que los israelitas hacían cuando necesitaban limpiar el cuerpo de la
impureza ritual por contaminación con un cadáver. Bajo la dirección de un
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sacerdote hacían un enorme montón de cenizas sacrificiales que pudiera du-
rar mucho tiempo. Más tarde, añadían agua a las cenizas y rociaban la mix-
tura sobre las personas o cosas contaminadas por contacto o proximidad con
cadáveres (Números 19).
Cuando estudiamos Números 8 encontramos el «agua de la purificación o
expiatoria» que purificaba a los levitas de contaminación con cadáveres
(versículo 7). Pero las indicaciones para producir la mixtura de agua y ceni-
za aparecen en Números 19. Esto tiene sentido a la luz del desarrollo de la
historia, la cual había registrado hacía poco la existencia de muchos cadáve-
res (Números 14; 16; 17).
El procedimiento para obtener la ceniza era un tipo especial de ofrenda de
purificación (erróneamente llamada «ofrenda por el pecado»; Números
19:9) de una vaquilla roja, que tenía el propósito de hacer posible la purifi-
cación de personas y objetos de la impureza física ritual. La New Revised
Standard Versión traduce correctamente «ofrenda de purificación». Pero en
español, la NVI la presenta como «sacrificio expiatorio»; la RVR 1960,
como «es una expiación»; la NBE como, «agua lustral, de expiación»; la
NRV1995 como «un sacrificio de expiación»; la Versión de Juan Straubin-
ger como «es un sacrificio por el pecado»; y la DHH como «todo esto es un
sacrificio por el pecado». En todos estos casos, la versión es errónea porque
indica que incurrir en impureza ritual por contacto con un cadáver era un
acto de pecado, es decir, una violación de un mandamiento divino, lo cual no
era así (excepto para los sacerdotes en ciertos casos bien definidos, Levítico
21).
Las impurezas físicas rituales, como la contaminación con un cadáver, en-
fermedades de la piel, y descarga de semen, ocurría a través de procesos fí-
sicos, con frecuencia sin elección humana (véase también Levítico 12-15).
De modo que confundir las categorías, haciendo que el pecado sea lo mismo
que la impureza física ritual, transmite el mensaje equivocado de que el
pecado ocurre automáticamente todo el tiempo y no podemos hacer nada al
respecto. Por eso el gran predicador Charles Spurgeon malinterpretó el ri-
tual de la vaca roja. «¿Quién ha vivido durante un solo día en este bajo
mundo sin descubrir que en todas sus acciones comete pecado, que en todo
aquello en que pone su mano, recibe, y al mismo tiempo imparte, algún
grado de contaminación?». 1

1
Charles H. Spurgeon, The Treasury of the Old Testament (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 1951),
tomo 1, p, 359. Es verdad que en un sentido más amplio los aspectos clave de este sacrificio nos enseñan
acerca de la redención en Cristo de toda contaminación, incluyendo la que resulta de la comisión de peca-
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Incluso los pecados inadvertidos implican un grado de elección, aunque
aquellos que los cometen no comprendan, sino hasta más tarde, que han
violado los mandamientos de Dios (Levítico 4).
Si suponemos que estamos pecando, sencillamente, todo el tiempo, igual
que respiramos, perderemos nuestra perspectiva bíblicamente equilibrada.
Por una parte, podemos hundirnos en la desesperación y pasar todo el
tiempo confesando nuestros pecados, como hada Martín Lutero antes de
comprender el evangelio. Por otra parte, podemos tratar, al menos parcial-
mente, sacudirnos la responsabilidad de nuestras acciones, esperando que la
gracia barata nos declare justos en el cielo a pesar de nuestra condición de
pobreza espiritual en la tierra.
Ninguno de los dos extremos es necesario. El pecado no es automático co-
mo el proceso físico involuntario, aunque el pecado puede llegar a conver-
tirse en un hábito. Cuando cometemos un error de un tipo que viola un
mandamiento divino, somos responsables cuando comprendemos que
nuestra elección ha violado la ley de Dios (Levítico 4:27, 28; cf. Santiago
4:17). En ese momento el Señor nos da la oportunidad de confesarlo para re-
cibir el perdón a través de la mediación de Cristo, cuyo sacrificio fue hecho a
favor de todos nosotros (1 Juan 1:9-2:2).
Los detalles para sacrificar y quemar la vaca roja (Números 19:1-10) eran
apropiados para su función. Aunque era una ofrenda de purificación, era
realizada fuera del campamento para evitar al santuario la intensidad de la
impureza que remediaba. Como era un sacrificio, tenía que realizarlo un sa-
cerdote. Este asperjaba la sangre hacia el santuario (versículo 4) para esta-
blecer una conexión con el lugar usual de los sacrificios.
La víctima era una vaca, el animal sacrificial hembra más grande. Las ofren-
das de purificación en beneficio de los israelitas individuales eran animales
hembras (Levítico 4:28, 32; 5:6; Números 15:27). Se requería un animal
grande para que hubiera una provisión suficiente de cenizas que podía uti-
lizarse en pequeñas porciones para las personas de toda la comunidad du-
rante un largo período. Los israelitas aumentaban la cantidad de cenizas
añadiéndole madera de cedro (Números 19:6).
La madera aromática del cedro era apropiada para la purificación, espe-
cialmente porque era rojiza, y el rojo es el color de la sangre. El color rojo de
la vaca y la tela roja que también se añadían al fuego (versículo 6) reforzaban

dos. Reconocer que este en un sentido ampliado nos ayuda a evitar la confusión de categorías por las
cuales el aspecto «automático» de la impureza física ritual sobrecarga incorrectamente los pecados come-
tidos.
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la asociación con la sangre. Las cenizas podían funcionar como sangre des-
hidratada, a la cual se añadía agua más tarde para reconstituirla como un lí-
quido que podía asperjarse como si fuese sangre (versículos 12, 13, 17-20).
Un aspecto especial del singular ritual de la vaca roja ha dejado perplejos a
los intérpretes de este pasaje: Los participantes (puros) en la quema de la
vaca y en el almacenamiento de la ceniza, así como la persona pura que más
tarde asperjaba la ceniza disuelta en agua, todos quedaban impuros a causa
de estas funciones (versículos 7, 8, 10, 21). A la inversa, la ceniza disuelta
en agua purificaba a aquellos que eran impuros (versículos 12, 19). ¿Por
qué tenía la misma sustancia efectos tan opuestos sobre las personas?
La respuesta es que los israelitas consideraban a la vaca como una unidad,
tanto en espacio como en tiempo. Por ello, lo que les ocurría a partes de
ella más tarde, como la aplicación de pequeñas porciones de cenizas sobre
personas y cosas impuras, lo consideraban como si hubiese ocurrido ya cuan-
do se realizó la quema de la vaca. Por lo tanto, las cenizas absorbían las impu-
rezas de las personas y los objetos impuros, de modo que cuando una per-
sona pura las tocaba o estaba involucrada en su producción, esa persona
recibía la contaminación de las cenizas.
Compare esta situación: Si una persona sucia toma un baño y se vuelve limpia
o pura, y luego una persona limpia se mete en el agua que lleva la suciedad
de la primera persona, se ensucia. La diferencia es que en el ritual de la vaca
roja, una persona limpia se volvía impura incluso antes de purificar la sus-
tancia contactada que era impura. Sería como un individuo limpio que se
vuelve impuro por tocar el agua en la cual una persona impura se bañaría
más tarde.
Esto parece extraño, pero recordemos que el mundo simbólico de los ritua-
les no depende de limitaciones de causa y efecto físico. Señala a una realidad
mayor, y como es un sacrificio, señala al sacrificio de Cristo.
El ritual de la vaca roja destacaba únicamente el hecho de que el sacrificio
de Cristo supliría los medios de purificación para muchas personas que lo
necesitarían después de la cruz. ¡Eso nos incluye a nosotros! Nosotros he-
mos nacido muchos siglos después de la muerte de Cristo en la cruz.
¿Cómo podemos recibir la vida eterna a través de lo que hizo entonces?
La respuesta es que en la cruz Jesús hizo amplia provisión para todos, y luego
distribuye los beneficios hasta nosotros mediante su ministerio sacerdotal
en el santuario celestial. Las cenizas de la vaca roja solo remediaban la im-
pureza física ritual en la vida actual, pero la sangre de Cristo proporciona
la purificación moral que necesitamos para la vida eterna.
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«Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros, y la ceniza de la
becerra rociada sobre los que se han contaminado, santifican para la purifi-
cación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu
eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará vuestra con-
ciencia de obras muertas para servir al Dios vivo?» (Hebreos 9:13. 14).
El ritual de la vaca roja, que purificaba la impureza a través del servicio de
aquellos que se volvían impuros como resultado de administrarlo, revela
otro profundo aspecto del sacrificio de Cristo: «Al que no conoció pecado,
lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en
él» (2 Corintios 5:21).

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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah

Roy Gane

Capítulo Nueve

Éxitos y fracasos
(Números 20-21)

El poder de la misericordia
Una vez que Números 19 proporciona las instrucciones para el tratamiento
de la contaminación por el contacto con un cadáver, el capítulo 20 registra
más muertes. En este caso no es una gran cantidad de los miembros de la
comunidad los que mueren, sino María y Aarón. Moisés sigue vivo, pero él
también está condenado a morir antes de que los israelitas entren en la tierra
prometida. De los adultos que salieron de Egipto, solo Josué y Caleb termina-
rían la peregrinación hasta la tierra de Canaán (véase Números 14:30;
26:65).
María murió primero (Números 20:1). La Biblia no declara la razón por
la que no se le permitió entrar en la tierra prometida. Quizá fue a causa de
su deslealtad en Hazerot (Números 12)
Muy poco después de la muerte de María, los israelitas culparon a Moisés
y a Aarón, especialmente a Moisés, por la falta de agua (Números 20:2). Era
algo similar a lo que había ocurrido en Refidim, antes de que llegaran al
monte Sinaí. Allí habían cuestionado si Dios estaba entre ellos o no, pero
él les había mostrado su presencia haciendo que saliera agua de la roca
cuando Moisés la golpeó con su vara (Éxodo 17:1-7).
En esta ocasión el pueblo añadió un horrible detalle a su acusación. Lee-
mos: «El pueblo contendió con Moisés y le habló, diciendo: "¡Ojalá hubié-
ramos perecido cuando nuestros hermanos murieron delante del Señor!
¿Por qué, pues, has traído al pueblo del Señor a este desierto, para que
nosotros y nuestros animales muramos aquí? ¿Y por qué nos hiciste
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subir de Egipto, para traernos a este miserable lugar? No es lugar de semen-
teras, ni de higueras, ni de viñas, ni de granados, ni aun hay agua para be-
ber"» (Números 20:3-5).
¡No habían aprendido nada acerca de la fe, y desearon haber compartido el
destino de Coré, Datan y Abiram, y los otros rebeldes (Números 16:17)! De
hecho, sus palabras no eran más que un eco de la amarga actitud de Datan
y Abiram (Números 16:13, 14).
Afligidos, y sin saber qué hacer, Moisés y Aarón fueron al santuario y caye-
ron sobre su rostro. Luego apareció la gloria del Señor (Números 20:6), como
había ocurrido en anteriores ocasiones de rebelión (Números 14:10; 16:19,
42). Esta señal era ominosa, pues venía después de la escalada de los casti-
gos divinos registrados antes en el libro de Números, que casi habían culmi-
nado con la aniquilación de la nación (capítulos 11; 14; 16). ¿Se había acaba-
do finalmente la misericordia de Dios para Israel?
Lo que ocurrió esta vez fue mucho más sorprendente que la destrucción de
muchos, o incluso la destrucción de todo el pueblo, algo que podríamos con-
siderar bien merecido. Cuando el Señor apareció a Moisés y Aarón, les dijo
que tomaran la vara, congregaran a toda la comunidad, y hablaran a la roca.
Como resultado, la roca daña milagrosamente agua para suplir la necesidad
de todo el pueblo y sus ganados (Números 20:7, 8).
¿Eso fue todo? ¿Ningún castigo para el pueblo? ¿Simplemente una repeti-
ción del milagro realizado en Refídim? ¿Pura misericordia que paga bien por
mal? ¿Qué sentido tiene todo esto? Mucho. Max Lucado ha escrito:
«Jamás me ha sorprendido el juicio divino, pero todavía estoy maravillado
por su gracia. El juicio de Dios nunca ha sido un problema para mí. De he-
cho, siempre me ha parecido justo. Relámpagos estallando sobre Sodoma.
Fuego sobre Gomorra. ¡Bien hecho, Señor! Los egipcios anegados en el mar
Rojo. Ya lo veían venir. ¿Cuarenta años vagando en el desierto para aflojar la
dura cerviz de los israelitas? Yo también lo hubiera" hecho. ¿Ananías y Safira?
Imagínese usted.
«Es fácil para mí digerir la disciplina. Es lógica y puedo asimilarla. Es ma-
nejable y apropiada. Pero, ¿la gracia de Dios? Todo menos eso». 1
A nosotros nos encanta cantar el himno «Sublime gracia», pero, ¿la damos
por sentado? Lo que hace asombrosa la gracia es el hecho de que es inmere-
cida y, por lo tanto, inesperada. ¿Por qué la da Dios? Por una cosa: porque la

1 Max Lucado, When God Whispers you Name (Dallas, Texas: Word, 1994), p. 52.
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gracia es parte integral de su amante carácter (Éxodo 34:6, 7). Y por otra: porque
la gracia puede ser una poderosa herramienta de «amor duro» para romper la
resistencia de corazones empecinados:
«Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de
Dios, porque escrito está: MÍA ES LA VENGANZA, YO PAGARÉ, dice el
Señor. PERO SI TU ENEMIGO TIENE HAMBRE, DALE DE COMER; Y
SI TIENE SED, DALE DE BEBER, PORQUE HACIENDO ESTO, CAR-
BONES ENCENDIDOS AMONTONARÁS SOBRE SU CABEZA. No
seas vencido por el mal, sino vence con el bien el mal» (Romanos 12:19-
21).
Dios había dado a los israelitas amplia demostración de que él tiene el de-
recho y el poder para tomar venganza. Ahora que ya lo habían compren-
dido, volvió al modus operandi anterior al Sinaí de responder a la actitud
antagónica del pueblo tratándolo con inesperada bondad. Además, ahora
su atención estaba centrada en la enseñanza de la nueva generación, que ne-
cesitaba comprender su gracia.
En la actualidad sigue funcionando el enfoque divino de castigar a sus
enemigos con bondad, que estaba diseñado para avergonzarlos por su ho-
rrible comportamiento. Hace tiempo, un cantante judío (un director de
canto en la adoración) y su esposa, que vivían en Lincoln, Nebraska, fue-
ron víctimas de llamadas telefónicas antisemitas y obscenas. Las llamadas
venían de un mago (líder) de la organización racista Ku Klux Klan. La pare-
ja hizo algunas investigaciones para saber quién estaba expresando su odio
hacia ellos de esa manera. En el proceso descubrieron que el desagradable
agresor, alguien a quien no conocían, era un paralítico que no podía ir con
facilidad a hacer sus compras de alimentos.
La pareja judía preparó una deliciosa comida para el mago del KKK y se la
llevó a su casa. Cuando abrió la puerta, el hombre se quedó tan pasmado,
que los invitó a entrar. Ellos siguieron viniendo, y el mago aceptaba con
mucha gratitud su amistad. La pareja, en vez de procurar destruirlo, había
erradicado la tóxica actitud del mago del KKK.
Esta historia no constituye un caso aislado. George Wallace, gobernador de
Alabama, trató de bloquear el movimiento de los derechos civiles en los Es-
tados Unidos. El arma de un asesino puso fin a su carrera política incapaci-
tándolo físicamente. Hacia el fin de su vida, cuando ya no podía valerse por
sí mismo, el hombre negro que lo cuidaba lo trató con tanta ternura y bon-
dad, que renunció a su racismo. El prejuicio simplemente no podía sobre-
vivir en una atmósfera de amor y bondad como aquella.
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Por supuesto, todos tienen la libertad de elección. Algunos insistirán ingrata
e ilógicamente en ser nuestros enemigos, independiente de lo que hagamos.
Pero después de hacer nuestra parte, y habiendo orado: «Padre, perdónalos,
porque»no saben lo que hacen» (Lucas 23:34), podemos confiarlos al Señor
de la justicia y la misericordia. No necesitamos tomar en nuestras manos la
responsabilidad de asegurarnos de que la venganza retributiva se cumpla.
Dios puede hacer un trabajo mejor de lo que nosotros jamás podríamos rea-
lizar.

Milagros y errores
«Tomó Moisés la vara de la presencia del Señor, tal como él se lo había or-
denado» (Números 20:9). Era lavara de Moisés (versículo 11), no la que
pertenecía a Aarón, que había florecido y producido almendras, y que él
mismo había depositado en el santuario (Números 17). La vara de Moisés,
que también debe de haber depositado en el santuario (en «la presencia del
Señor»), era la que Dios había utilizado como instrumento para realizar sus
maravillas en Egipto, al librarlos del ejército del faraón en el mar Rojo, en
el milagro del agua que fluyó de la roca en Refidim, y en la victoria sobre
los amalecitas (Éxodo 4. 7-10, 14 17).
La vara de Moisés representaba su identidad (cf. Génesis 38:18). Si hubiera
sido rey, habría sido su cetro, símbolo de su autoridad y su poder. Sin em-
bargo, Moisés se refirió a ella como «la vara de Dios» (Éxodo 17:9). Perte-
necía a Moisés, pero él pertenecía a Dios. Cuando Moisés apareció ante los
israelitas con aquella notable vara, recibieron la fuerte impresión de que al-
go terrible estaba a punto de ocurrir. ¿Utilizaría la vara para golpear la roca
para darles agua otra vez, o los aniquilaría a todos?
En esta ocasión Dios quería que Moisés y Aarón simplemente hablaran a la
roca, mientras Moisés sostenía la vara como un recordatorio de lo que Dios
había hecho en el pasado (Números 29:8). Al involucrar a Aarón en el mi-
lagro, el Señor afirmaría una vez más el liderazgo del sacerdocio aarónico,
que el pueblo debería mantener en el futuro. Hablar a la roca, en vez de gol-
pearla, sería un milagro todavía mayor que el que Dios había realizado en
Refidim. Era teóricamente posible que cuando Moisés golpeó la roca allí
(Éxodo 17:6), el golpe hubiera despegado alguna costra de la roca, abriendo
así una fuente subterránea. Si así fuera, podría argüirse que el milagro había
consistido en golpear la roca en el lugar preciso. Hablarle, sin embargo, no
podría tener ningún efecto físico sin la intervención directa del Señor para
mover el material físico.

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Moisés había sido increíblemente humilde, paciente y perdonador con aquel
pueblo. Dos veces se había negado a aceptar el ofrecimiento divina de hacer
de él una gran nación en vez de ellos (Éxodo 32:10-13; Números 14:12-19).
Incluso había intercedido pidiendo a Dios que borrara su nombre de los re-
gistros divinos si no perdonaba al pueblo (Éxodo 32:32). Ahora Moisés es-
taba de pie frente a la roca, con la vara de Dios en su mano, mirando a toda
la comunidad israelita que reiteradamente había rechazado a su bondadoso
Señor y había frustrado los gloriosos planes que tenía para ellos. El recuer-
do de su acumulado egoísmo, estupidez, ingratitud y traición abrumaron al
gran dirigente.
De repente, perdió el control y gritó: «Oíd, ahora, rebeldes. ¿Sacaremos
agua de esta peña para vosotros? Entonces Moisés levantó su mano y gol-
peó la peña dos veces con su vara, y brotó agua en abundancia, y bebió el
pueblo y sus animales» (Números 20:10, 11).
El milagro ocurrió, muy bien, y se resolvió el problema inmediato del agua.
Pero no era esa la maravilla que Dios esperaba, la cual lo habría glorificado
como resultado de la confianza plena de Moisés y Aarón. En vez de hablar
a la roca, Moisés la golpeó, no una, sino dos veces. Aarón no participó en el
milagro. Peor aún, lo que ocurrió no envió el mensaje de la misericordia de
Dios para su pueblo. Moisés ni siquiera dio el crédito a Dios. Ni él ni Aarón
habían logrado llevar a cabo los deseos de Dios como sus siervos y repre-
sentarlo como santo delante de su pueblo.
Por lo tanto, Dios dijo que ellos no meterían a los israelitas en la tierra pro-
metida (versículo 12). Morirían en el desierto junto con toda la infiel gene-
ración adulta que había salido de Egipto. El lenguaje de Números 20:11 im-
plica la seriedad de la ofensa de Moisés: «Moisés levantó su mano y golpeó
la peña dos veces». Este es el lenguaje que describe un pecado desafiante,
para el cual el sacrificio de animales no proporcionaba ningún remedio
(Números 15:30, 31). Aunque Moisés rogó al Señor que le permitiera entrar
en Canaán, la sentencia divina era definitiva y terminante (Deuteronomio
3:23-27).
Aarón murió primero, a los cuarenta años de la salida de Israel de Egipto,
cuando contaba 123 años de edad (Números 33:38, 39). A pesar de su fraca-
so, Dios lo honró, llevándolo a la montaña a morir, muy cerca de él. Antes de la
muerte de Aarón, Moisés transfirió los ropajes sumo sacerdotales de su
hermano a Eleazar, el hijo del sumo sacerdote, evitando de ese modo que las
vestimentas sagradas se contaminaran con el cadáver de Aarón. Cuando Moi-
sés y Eleazar bajaron de la montaña sin Aarón, los israelitas hicieron duelo

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por él durante treinta días (Números 20:23-29). El largo período de un mes
les dio ocasión de reflexionar. Ellos deberían haber resultado muertos, pero
en vez de eso, su intercesor sacerdotal era el que había perecido.
Aarón había sido el primer sumo sacerdote de Israel, y Moisés estaba más
cerca de Dios de lo que cualquier ser humano había estado jamás (Núme-
ros 12:7, 8; Deuteronomio 34:10), excepto Cristo. El hecho de que Dios ni
siquiera perdonara a Moisés y a Aarón cuando violaron su sagrada confianza
es una lección que debe hacer pensar a todos los cristianos, especialmente a
los dirigentes de la obra de Dios. Nunca habrá excusa para desviarse de la
senda que Dios ha trazado para nosotros; y cuanto mayores sean nuestros
privilegios, nuestro puesto y nuestra influencia, mayores son nuestras respon-
sabilidades.
Cuando yo trabajaba en la construcción en California para ganar dinero para
mis estudios, aprendí la diferencia entre un carpintero que tenía un elevado
salario y un operario como yo: el carpintero es responsable de cosas que
son mucho más costosas de reparar si no las hace bien. Por supuesto, un
líder nacional puede cometer errores millones de veces más costosos que
los de un carpintero, como enseña la historia con lujo de detalles. Eso era
precisamente Moisés: un líder nacional. La forma en que él representaba a
Dios delante del pueblo tenía un enorme impacto en la fe de los israelitas,
la cual necesitaban desesperadamente de cara a la supervivencia de su na-
ción.
Aunque no seamos líderes como ellos, nuestra influencia afecta la fe de
otros, la cual necesitan desesperadamente si esperan ser salvos por la gracia
de Dios (Efe. 2:8, 9). ¿Pensamos en eso? ¿Aprovechamos las oportunidades
para desarrollar la fe de otros alabando a Dios por lo que ha hecho por no-
sotros, o nos quejamos como si no estuviera con nosotros? Cuando enfren-
tamos un problema, ¿tratamos de resolverlo con nuestras propias fuerzas, o
invitamos a otros a buscar al Señor en oración porque la carga del liderazgo
«reposará sobre sus hombros» (Isaías 9:6, NVI)? ¿Suscitamos preguntas en
mentes inmaduras, sin dar respuestas, incitando a quienes nos escuchan a
volverse agnósticos? Después de experimentar durante dos años ese tipo de
enseñanza, un pariente mío que cursaba estudios de posgrado en teología
en una «universidad cristiana» no estaba seguro de seguir creyendo en
Dios. ¿O mostramos cómo desarrollar un firme marco de fe, dentro del cual
las personas pensantes pueden procesar las inevitables dudas y preguntas
que es posible que no se resuelvan antes de la segunda venida de Cristo
(Deuteronomio 29:29)?

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¡En cierto sentido vivimos nuestra vida de pie, frente a la roca, con Moisés!
Agarremos con firmeza la vara que nos recuerda lo que Dios ha hecho por
nosotros en el pasado, mientras escuchamos lo que quiere que hablemos pa-
ra que otros puedan recibir el «agua de la vida» a través de Cristo (Juan
7:37, 38). El agua no procede de nosotros, sino de Cristo: «Y tomaron la
misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los acompa-
ñaba, y la roca era Cristo» (1 Corintios 10:4, NVI).
La explicación del Nuevo Testamento de que la roca representa a Cristo
suscita una cuestión importante: para proveer agua vivificante, Dios solo
mandó a Moisés golpear la roca una vez: en Refidim (Éxodo 17:6). Esto
guarda relación con el hecho de que, a fin de poder proporcionar la vida
suprema, «Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de
muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salva-
ción de los que ansiosamente le esperan» (Hebreos 9:28). En lo sucesivo solo
necesitamos hablarle para recibir la vida.

Guerra santa
Un hombre que viajaba por una carretera en Estados Unidos, recogió a un
adolescente que hacía autoestop. Pocos kilómetros más adelante, el mucha-
cho sacó una navaja y pidió al hombre que le diera su cartera. El conduc-
tor, tranquilamente, replicó: «A Charlie no le gustará eso». Un tanto confuso,
el adolescente acercó más la navaja al costado del hombre, e insistió: «Deme
su cartera». De nuevo el hombre contestó con toda calma: «A Charlie no le
gustará eso».
En ese momento, el aprendiz de ladrón sintió un aliento cálido detrás de su
cuello y comenzó a escuchar un gruñido lento y sordo. Lentamente giró el
cuello para fijarse en el asiento trasero. Horrorizado, se encontró frente a
frente con una enorme pantera negra, mascota del conductor. Lleno de te-
rror, le suplicó: «¡Por favor, bájeme de aquí!» El conductor disminuyó la
marcha del vehículo y el muchacho saltó antes que se detuviera y, temeroso
de perder la vida, huyó a campo través. El último vestigio que el socarrón
conductor vio del ladrón fue la espalda que, a toda velocidad, desaparecía
detrás de una colina.
El adolescente tenía una navaja, pero el conductor tenía a Charlie. Del
mismo modo, el rey cananeo de Arad tenía un ejército, pero los israelitas
tenían algo o, mejor dicho, a Alguien, con quien Arad no había contado:
Dios.

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Cuando los israelitas salieron del monte Sinaí y se aproximaron por primera
vez a Canaán por el lado de Cades, podrían haber tomado la tierra prome-
tida por el sur si hubieran cooperado con Dios. Debido a su falta de confian-
za en él, perdieron aquella oportunidad (Números 14). Casi cuarenta años
más tarde, entrar por el sur ya no era una buena opción, porque, al parecer,
la situación política en aquella región había cambiado. Por lo tanto, tuvie-
ron que tomar una ruta más larga para invadir Canaán desde el este, a tra-
vés del río Jordán.
Un obstáculo en la ruta de los israelitas era el reino de Edom. Los israelitas
eran parientes de los edomitas, quienes eran descendientes de Esaú, el her-
mano gemelo de Jacob/Israel (Génesis 25, 26). Así que Moisés rogó al rey
de Edom que permitiera a los israelitas pasar por su territorio. Carente de
toda hospitalidad fraternal, apoyó su negativa con una demostración de
fuerza militar (Números 20:14-21). Los israelitas simplemente se dieron la
vuelta y se fueron por otro lado en vez de atacar Edom. Dios dijo a Moisés
que él había dado a los edomitas su territorio, así que los israelitas no debían
provocarlos ni apoderarse de parte alguna de su tierra (Deuteronomio 2:5).
La historia fue muy diferente cuando el rey de Arad atacó a los israelitas du-
rante su viaje y capturó y retuvo como prisioneros a algunos de ellos (com-
párese Éxodo 17 con el castigo correspondiente de 1 Samuel 15). Él y su
pueblo eran cananeos, no parientes de Israel; pertenecían a las naciones a quie-
nes los israelitas debían despojar para tomar posesión de la tierra de Canaán
(Éxodo 34:11-16). Fue el último error del rey de Arad.
«Entonces Israel hizo un voto al Señor y dijo: Si en verdad entregas a este
pueblo en mis manos, yo destruiré por completo sus ciudades. Y oyó el Señor
la voz de Israel y les entregó a los cananeos; y ellos los destruyeron por
completo a ellos y a sus ciudades. Por eso se llamó a aquel lugar Horma»
(Números 21:2, 3).
Después de todos los fracasos que los israelitas habían experimentado, in-
cluyendo la derrota a manos de los amalecitas y de los cananeos allí mismo
en Horma cuando trataron de invadir Canaán sin Dios (Números 14:45), esta
era una importante victoria obtenida por la fe. ¡Dio la esperanza a la nueva
generación de que podía conquistar la tierra prometida!
El nombre «Horma» viene de la misma raíz hebrea del verbo que se traduce
como «destruir totalmente». Esta raíz se debe a la completa e irrevocable
dedicación de personas o cosas al Señor, lo que puede significar que pertene-
cen al santuario o que son totalmente destruidas (cf. Levítico 27:21, 28, 29;
Deuteronomio 2:34; 3:6; 7:2). La naturaleza de tal dedicación explica por qué
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Acán se metió en problemas más tarde. Cometió sacrilegio al tomar objetos
de Jericó que habían sido dedicados al Señor con propósitos de destrucción;
así que compartió la destrucción (Josué 7).
Sin ninguna duda, en ciertos tiempos y lugares, el antiguo Israel libró «gue-
rras santas». Según la Biblia, el Dios viviente que residía con Israel, ordenó,
o dio permiso, para aquella destrucción total. La limitó a ciertos enemigos
de Israel, quienes habrían destruido a su pueblo si hubieran podido, y cuya
iniquidad era completa y total (cf. Génesis 15:16). Dios podría haberlos ani-
quilado con fuego, como lo hizo con Sodoma y Gomorra (Génesis 19) y
como destruirá a los impíos en el tiempo del fin (Apocalipsis 20). Pero de-
cidió usar a los israelitas como sus instrumentos con el propósito de probarlos
y enseñarlos a confiar en él (Jueces 3:1-4).
La guerra santa bíblica es similar, en cierta medida, a la yihad (incluyendo el
así llamado «terrorismo» que Occidente está combatiendo), la cual también
implica total destrucción de las personas que pertenecen a un grupo religioso
llevada a cabo con toda su capacidad y todos sus recursos porque creen que
su deidad lo ha sancionado. Sin embargo, hallamos una diferencia crucial: la
yihad contra todos los «infieles», en todas partes, no tiene limitaciones de
tiempo y espacio. En cambio, el Dios de la Biblia controló personalmente la
guerra santa, no haciendo de ella un mandato bíblico, y la limitó a Palestina
en el período en que la nación de Israel estaba tomando su territorio y esta-
bleciéndose allí. Siendo que la shekina, símbolo de la presencia de Dios ya no
mora en la tierra, y siendo que el cristianismo es una iglesia, no una nación,
no puede haber tal cosa como una legítima guerra santa cristiana en un sen-
tido literalmente militar.

Mira y vive
Los israelitas tuvieron que rodear Edom porque no podían pasar a través de
su territorio (cf. Números 20:18-21), prolongando mucho su viaje hasta la
frontera oriental de Canaán. El pueblo se impacientó y elevó su queja acos-
tumbrada de que Dios y Moisés los habían sacado de Egipto para matarlos en
el 'desierto, donde no había ni alimentos ni agua. Además, añadieron su
disgusto por el maná que Dios les había proporcionado cada día: «Ya esta-
mos hartos de esta pésima comida» (Números 21:5, NVI).
En Tabera el Señor había enviado fuego para advertir a los murmuradores
(Números 11:1). Ahora envió «serpientes venenosas» para castigar al pue-
blo, y muchos de los que fueron mordidos murieron. En otras versiones
se las llama «serpientes ardientes», que probablemente describe el intenso

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dolor causado por su veneno. Como en Tabera, los aterrorizados israelitas
suplicaron a Moisés que orara por ellos, lo cual él se apresuró a hacer (Nú-
meros 20:67; cf. Números 11:2). Durante el incidente en Tabera, Dios había
apagado inmediatamente el fuego para beneficio de todos (Números 11:2),
pero esta vez condicionó el remedio a la fe de la persona. «Y el SEÑOR di-
jo a Moisés: Hazte una serpiente abrasadora y ponía sobre un asta; y aconte-
cerá que cuando todo el que sea mordido la mire, vivirá. Y Moisés hizo una
serpiente de bronce y la puso sobre el asta; y sucedía que cuando una ser-
piente mordía a alguno, y este miraba a la serpiente de bronce, vivía» (Nú-
meros 21:8, 9).
Solo «cuando miraba» podía una persona recuperarse. Si alguien que había
sido mordido se negaba a creer en el poder de Dios revelado a través de la
obra de su siervo Moisés, tenía completa libertad para decir: «¡ Ni piensen
que voy a hacer esa estupidez y pretender que voy a sanar simplemente mi-
rando un pedazo de bronce!» No hay problema. Puedes seguir adelante y
simplemente morirte de dolor. La elección es tuya. Pero si cambias de modo
de pensar antes que sea demasiado tarde, simplemente mira. ¡ Era un pode-
roso incentivo, al menos para dar una oportunidad a la fe!
La serpiente de metal no tenía poder mágico en sí misma (aunque más
tarde erróneamente el pueblo la adoró; 2 Reyes 18:4). Mirarla resultaba en
la curación de la mordedura de las serpientes solo porque Dios hizo de-
pender el milagro de esa acción, del mismo modo que hizo depender la sa-
nidad de la piel de Naamán de la condición de que se zambullera siete ve-
ces en el río Jordán (2 Reyes 5). Realizar tal acción para ser sanado parecería
estúpido (y, de hecho, Naamán lo consideró así, versículos 11, 12) a una
persona que no creyera en la palabra de Dios.
Sin embargo, ¿por qué hizo Moisés una escultura de una serpiente, la criatu-
ra que mordía a los israelitas? En primer lugar, venían frente a frente su
problema mirando la representación de él. La clave del asunto no estaba en
Dios o Moisés, sino, más bien, en las serpientes que los israelitas habían
atraído sobre sí mismos. De hecho, si Dios no los hubiera protegido durante
todos aquellos años por todo el camino, habrían sido mordidos por las ser-
pientes o picados por escorpiones en muchísimas ocasiones (Deuteronomio
8:15).
El significado de la serpiente de bronce tiene todavía más profundidad. Una
noche, Jesús explicó a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que ba-
jó del cielo, es decir, el Hijo del Hombre que está en el cielo. Y como Moi-
sés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el

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Hijo del Hombre, para que todo aquel que cree, tenga en él vida eterna.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para
que todo aquel que cree en él, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan
3:13-16).
Igual que los israelitas en el desierto, todos hemos sido mordidos y estamos
muriendo, pero si decidimos creer, podemos vivir. Sin embargo, Jesús esta-
ba hablando de la vida y de la muerte eterna, y él está en lugar de la serpien-
te de bronce.
Jesús dijo que él debía ser «levantado» como Moisés levantó la serpiente de
bronce. Se cumplió cuando los soldados romanos lo clavaron y lo levanta-
ron en una cruz de madera, hecha de un árbol. En la ley israelita, el conde-
nado a pena de muerte mediante colgamiento en un árbol, para que quedara
suspendido entre el cielo y la tierra, era considerado «maldito de Dios»
(Deuteronomio 21:22, 23). Uno pensaría que los apóstoles evitarían la im-
plicación de que Cristo fue maldito de Dios. Pero Pablo lo destaca nítida-
mente: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho
maldición por nosotros (porque escrito está: MALDITO TODO EL QUE
CUELGA DE UN MADERO)» (Gálatas 3:13).
Sin embargo, ¿por qué una serpiente representa a Cristo? ¿No representa,
más bien, al pecado y a la muerte, porque Satanás usó a esa criatura para
engañar a Eva (Génesis 3)? Precisamente. Porque Dios «al que no conoció
pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de
Dios en él» (2 Corintios 5:21).
«¡Imaginemos eso! ¡En cierto sentido, Cristo llegó a ser pecado! Él llevó to-
das las malas pasiones y la degradación egoísta de todos los millones y mi-
llones de personas que han vivido en algún momento en este planeta. Con
ese abrumador diluvio de miseria derramado sobre él, e identificado con él,
como si él fuera la personificación de todo ese mal, se entregó a sí mismo a
la destrucción a fin de erradicar el pecado y todas sus consecuencias». 2
El remedio de Dios para la mordedura de la serpiente y del más serio pro-
blema de la falta de fe debe de haber tenido éxito, porque los israelitas
avanzaron para obtener una serie de grandes victorias. La primera victoria
implicaba la fe en que el Señor les daría agua y su cooperación cavando un
pozo en Beer, que significa «pozo» (Números 21:16-18). Fe, cooperación y
agua. ¡Qué refrescante fue eso!

2
Roy Gane, Altar Call (Berrien Springs, Michigan: Diadem, 1999), p. 77.
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Las siguientes victorias fueron los grandes triunfos sobre Sehón, rey de los
amorreos, y Og, rey de Basan, cuyos reinos estaban al este del río Jordán
(versículos 21-35). Ambos gobernantes atacaron a los israelitas, quienes de-
rrotaron a sus ejércitos a pesar del hecho de que las fuerzas cana-neas eran
superiores y de que Og era un gigante (Deuteronomio 3:11). Así, los israelitas
tomaron y retuvieron los territorios de ellos. Ahora el pueblo de Dios tenía
una base desde la cual marchar a través del río Jordán a la tierra prometida.
¡Ya habían llegado! ¡Por fin!

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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah


Roy Gane

Capítulo Diez

Armas de destrucción masiva


(Números 22-24)

Maldiciones mesopotámicas
Es desconcertante cuando uno intenta decir una cosa, pero le sale otra. En
una ocasión, una jovencita norteamericana se comprometió a predicar en
una iglesia de habla hispana. Una vez que el pastor la presentó con mucha
amabilidad, ella se puso de pie para comenzar a hablar. En su cabeza anglo-
hablante, se propuso decir: «I’m embarrassed and it's the pastor's fault», lo
que en español se diría: «Estoy abochornada, y el pastor tiene la culpa». Sin
embargo, en su rápida traducción mecánica, confundió la palabra inglesa
«embarrassed» con la española «embarazada». Por ello, lo que en realidad
dijo fue: «¡Estoy embarazada y el pastor tiene la culpa!»
También Balaam tenía problemas con sus palabras, pero las dificultades de
traducción no le impidieron decir algo positivo: Dios no le permitió decir al-
go negativo porque tomó el control de su boca. La historia de Balaam (Nú-
meros 22-24) es una de las más extrañas de toda la Biblia.
La Escritura no nos dice mucho acerca de la historia de Balaam, pero en al-
gún momento fue profeta del verdadero Dios. Al parecer, era originario del
norte de Mesopotamia (Números 22:5; cf. Números 23; Deuteronomio 23:4; el
noreste de Siria en la actualidad), donde Abraham y su parentela habían vivido
durante un tiempo después de salir de Ur de los caldeos, localidad ubicada
en el sur de Mesopotamia (Génesis 11:31). Los parientes de Abraham per-
manecieron allí (Génesis 24; 25; 28; 31), y quizá Balaam había conocido al
Señor a través del contacto con ellos.
En consecuencia, parece haber sido un hombre fundamentalmente bueno y
ministro de Dios, hasta que cedió a la avaricia. Su fama como persona en
contacto con el poder divino llegó hasta Balac, rey de Moab, que se llenó de
terror cuando supo lo que los israelitas habían hecho a los reyes Sehón y Og
(cf. Números 21).
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Los israelitas estaban emparentados con los moabitas, pues estos eran des-
cendientes de Lot, el sobrino de Abraham (Génesis 12; 19). De modo que
Dios dijo a los israelitas que no atacaran a los moabitas ni tomaran su tierra,
el mismo mandato que les había dado con respecto a los edomitas (Deutero-
nomio 2:4-9). De este modo, Dios trataba a los moabitas paciente y miseri-
cordiosamente como parientes de su pueblo, a pesar del hecho de que ellos
se habían alejado de él, hundiéndose en la idolatría. Pero Balac, como el rey
de Edom, solo veía a Israel como un peligroso enemigo.
Suponiendo que Moab era la siguiente víctima, ya elegida como blanco en la
estrategia israelita, Balac se aterrorizó. En el antiguo Próximo Oriente, por
lo general, un rey derrotado tenía poca esperanza de vida. Para salvarse a sí
mismo, y a su propia nación, Balac decidió asestar un golpe preventivo. Ata-
car a los israelitas con las armas convencionales era inútil, porque ya habían
derrotado a Sehón, que había sido más fuerte que Moab (Números 21:26-
29). Pero Balac detonaría «un arma de destrucción masiva»: Balaam, a quien
emplearía para maldecir a Israel. Había otros individuos que podrían lanzar
maldiciones, pero Balaam haría el mejor trabajo.
En la actualidad pensamos que una maldición es la que lanza un obrero
cuando se da un martillazo en un dedo en vez de darlo en el clavo. La con-
sideramos como un «lenguaje obsceno» o, en algunos casos, «tomar el nom-
bre de Dios en vano» (violar el tercer mandamiento, Éxodo 20:7). Sin em-
bargo, Balac no consideraba la maldición de esa manera, como si Balaam
fuera a gritar a Israel una serie de palabras impublicables o improperios anti-
semitas. Esa forma de expresar el desdén podría desahogar un poco los sen-
timientos de Balac y hacerlo sentir bien de momento, pero no resolvería el
problema. Más bien, el rey moabita consideraba la maldición como un arma
real, porque podría desencadenar poderes sobrenaturales y dirigirlos contra
sus enemigos, de tal manera que los dañara en realidad (compárense las mal-
diciones en la ley bíblica: Éxodo 22:28; Levítico 19:14; 24:14-16; Números
5:18-27).
Distinguidos representantes de Moab y de Madián, que era aliada de Moab,
visitaron a Balaam con la solicitud del rey Balac y una atractiva oferta eco-
nómica. El mensaje no nombró a Israel, sino que se refirió a cierto pueblo
que había salido de Egipto. Balac expresó su confianza de que una maldi-
ción proferida por Balaam podría ablandar al enemigo: «pues yo sé que el
que tú bendigas bendito quedará, y el que tú maldigas maldito quedará»
(Números 22:6).

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La oportunidad era sumamente atractiva. Además de la halagadora con-
fianza manifestada por un monarca de lejanas tierras y la oportunidad de
ayudar a una nación entera a mitigar su angustia, estaba la oferta de remune-
ración. Esa noche Dios dio instrucciones a Balaam respecto a lo que había de
decir a los mensajeros de Balac: «No vayas con ellos ni maldigas al pueblo,
porque bendito es» (Números 22:12). En realidad, Dios había prometido a
Abraham: «Haré de ti una nación grande, te bendeciré, engrandeceré tu
nombre y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te
maldigan maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra»
(Génesis 12:2, 3). Más tarde, después de que Abraham hubiese obedecido la
voz de Dios casi hasta el extremo de sacrificar a su hijo Isaac, el Señor con-
firmó la bendición sobre el patriarca y sus descendientes a través de un so-
lemne juramento por sí mismo (Génesis 22:1-18). ¡Difícilmente puede haber
una bendición más firme y permanente que esa!
Aunque Balaam no hubiera estado al tanto de las noticias internacionales ni
identificara a Israel como el enemigo de Balac, e, incluso, si no hubiera sa-
bido nada de la bendición de Dios sobre los descendientes de Abraham, el
breve mensaje del Señor era suficiente para decidir el asunto en la mente del
profeta. Por ello, informó a los mensajeros de Balac la negativa del Señor y
los envió de regreso a Moab (Números 22:13). Ese debería haber sido el fin
de la historia de Balaam.
Desesperado, Balac no tomó la negativa como respuesta definitiva. Decidió
enviar una delegación más numerosa a Balaam con un cheque en blanco pa-
ra que él pusiera en él la cantidad que quisiera: «Pues sin duda te honraré
mucho y haré todo lo que me digas. Ven, pues, ahora, y maldíceme a este
pueblo» (versículo 17). Sin embargo, Balaam replicó: «Aunque Balac me die-
ra su casa llena de plata y oro, no puedo traspasar la palabra de Jehová, mi
Dios, para hacer cosa chica ni grande» (versículo 18). ¡Desde luego, ahí re-
suena la voz de un hombre íntegro y de elevados principios!
Balaam ya tenía la respuesta de Dios y debiera haber devuelto inme-
diatamente a los emisarios de Balac. Pero los invitó a quedarse en la ciudad
esa noche, dando a entender así su esperanza de que Dios cambiara de opi-
nión y le permitiera aprovechar la más promisoria comisión de su carrera
profética.
Fue un gozo para Balaam escuchar a Dios decir: «Si vinieron para llamarte
estos hombres, levántate y vete con ellos; pero harás lo que yo te diga»
(versículo 20). Fijémonos en la palabra «si». Balaam habría de ir única-
mente si los mensajeros de Balac lo visitaban por la mañana. Esa era la se-

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ñal. Pero ellos no lo visitaron. De modo que no tenía razones para ir. Sin
embargo, el profeta ignoró la condición que Dios le impuso, enalbardó su
asna y se dirigió hacia el palacio del rey moabita. Así desobedeció a Dios y
fracasó en la prueba divina de su carácter.
Balaam viajó con sus dos siervos, no con los moabitas, porque, al parecer,
no los había alcanzado. Tenía mucha prisa por recuperar el tiempo perdido,
porque no quería desaprovechar aquella gran oportunidad. De modo que,
casi con seguridad, obligó a su asna a ir lo más rápido posible.
Dios estaba airado contra Balaam, así que «el ángel de Jehová se puso en el
camino como un adversario suyo» (versículo 22). Aquí la palabra hebrea
«adversario» es satán, refiriéndose a una función antagonista. El texto no
usa la palabra como el nombre propio de Satanás, es decir, el diablo. En
otras partes de la Biblia el ángel o mensajero del Señor que aparece a los se-
res humanos puede ser el Señor mismo (por ejemplo, Jueces 6:13). Cuando
así ocurre, el ángel debe ser Cristo (Jueces 13:18: su nombre es «Admi-
rable»; cf. Isaías 9:6) porque él es el miembro de la Trinidad divina que se
ha sumergido en la historia (Miqueas 5:2) para comunicarse con los seres
humanos (Juan 1: «el Verbo»). De modo que es muy posible que Balaam se
haya encontrado con Cristo, el guardián divino de Israel.
En todo caso, el poderoso ser sobrenatural que estaba de pie en el sendero
frente a Balaam tenía una espada desenvainada en su mano, lista para dejar-
la caer sobre el profeta que tan entusiastamente iba rumbo a Moab a hablar
en nombre de Dios sin su permiso. El Señor es duro con los falsos profetas
y con los falsos ministros que hacen eso porque hieren a las personas ha-
blándoles falsamente en su nombre, tomando su nombre en vano (cf. Éxodo
20:7). Tales personas son peligrosas porque cometen el delito de «robo de
identidad» contra Dios mismo, usando su nombre y autoridad para hacer
creer a muchas personas cosas que de otra manera no creerían. El Señor los
tiene por responsables bajo una seria acusación. Por ejemplo: «Entonces di-
jo el profeta Jeremías al profeta Hananías: "¡Escucha ahora, Hananías!
Jehová no te envió, y tú has hecho confiar en mentira a este pueblo. Por tan-
to, así ha dicho Jehová: "Yo te quito de sobre la faz de la tierra; en este año
morirás, porque has hablado rebelión contra Jehová" En el mismo año mu-
rió Hananías, en el mes séptimo» (Jeremías 28:15-17).
Balaam, que se suponía era profeta de Jehová y, por lo tanto, «vidente», es
decir, alguien que ve lo que otros no ven (cf. 1 Samuel 9:9), iba muy deprisa
a encontrarse con la muerte porque no vio al ángel del Señor. La humilde
asna, sin embargo, sintió la presencia del ser celestial y trató de evadirlo

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tres veces. Como Balaam no estaba dispuesto a permitir que los moabitas se
fueran sin él, golpeó al animal, forzándolo a seguir adelante.
En el preciso instante en que la ira del profeta se encendió, al punto de que
estaba golpeando al asna sin misericordia con un palo, el animal le preguntó
por qué lo había golpeado. Sin detenerse a pensar en el hecho de que estaba
hablando con un asno, Balaam replicó: «Porque te has burlado de mí —
respondió Balaam al asna—. ¡Si tuviera una espada en mi mano, ahora
mismo te mataría!» (Números 22:29). ¡Oh, ironía! Alguien esperaba muy
cerca con una espada, y él sería el juez para decir quién estaba abusando de
quién.
Contra la acusación de Balaam de que el animal le estaba haciendo trampas,
el asno respondió: «¿No soy yo tu asna? Sobre mí has cabalgado desde que
tú me tienes hasta este día ¿Acaso acostumbro a portarme así contigo? No,
respondió él» (versículo 30). ¡Así, el poderoso y brillante Balaam, que se
encaminaba a destruir a una nación entera con una sola maldición proferida
por sus labios, había perdido una discusión con una asna! El asna podía ver
lo sobrenatural, como un profeta. Él no. El animal había dicho la verdad que
el Señor había puesto en su boca. Él no. El asna había reaccionado inteli-
gente y lógicamente. Balaam había respondido neciamente, como un asno.
Uno esperaría oírlo rebuznar en cualquier momento.
La apabullante y sarcástica ironía de esta historia, en la cual Balaam y su
asna intercambian sus papeles, es verdaderamente hilarante. Pero también
transmite un poderoso mensaje a quienes neciamente tienen la presunción
de ponerse en una ruta de colisión con Dios procurando dañar a su pueblo
por cualquier razón (cf. Ester 6, donde Aman se porta como un necio e in-
tercambia sus papeles con Mardoqueo). Dios ha puesto la bendición de su
nombre/identidad sobre su pueblo (cf. Números 6:22-27), de modo que
cualquiera que trate de maldecirlo se coloca en plan de ataque contra él.
Cuando Dios abrió los ojos de Balaam y este vio al ángel, cayó sobre su ros-
tro. El ángel del Señor lo reprendió por golpear a su asna y le dijo que el
animal le había salvado la vida (Números 22:31-33). Al tratarla mal, Balaam
había dado a conocer el lado malo de su carácter: «El justo cuida de la vida de
su ganado, pero el corazón de los malvados es cruel» (Proverbios 12:10). La
vida es sagrada, y quienes cuidan y preservan la vida animal harán lo mismo,
casi con seguridad, con la vida humana. En cambio, aquellos que no tienen
escrúpulos en herir a los animales tienden a infligir sufrimientos sobre las
personas con más facilidad. Balaam golpeó a su asna porque interfirió con su

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avaricia; por el mismo motivo, tampoco se preocupaba mucho por los milla-
res de israelitas cuyo mal buscaba el rey de Moab.
El asna de Balaam protestó: «¿No soy yo tu asna? Sobre mí has cabalgado
desde que tú me tienes hasta este día. ¿Acaso acostumbro a portarme así con-
tigo?» (versículo 30). Quizá el principio del milagro de que el asna hablara
podría aplicarse a la forma en que las personas se tratan entre sí. «¿No soy tu
esposa/esposo/empleado, con quien has vivido/trabajado desde que llegué a
ser tuya/tuyo hasta este día? ¿Había yo tenido la costumbre de hacer esto?»
En vez de tratar mal a nuestros fieles ayudantes porque pensamos que se han
equivocado, ¿por qué no les damos el beneficio de la duda? Quizá tienen ra-
zones para hacer lo que hicieron que no hemos visto todavía. ¡Si escuchá-
ramos, quizá aprenderíamos algo!
Ahora que estaba atrapado, Balaam le confesó al ángel inmediatamente:
«He pecado, porque no sabía que tú te ponías delante de mí en el camino; pe-
ro ahora, si te parece mal, yo regresaré» (Números 22:34). «¡Si te parece
mal!» ¿Hay alguna pregunta? ¿Qué quiere decir con ese «si», señor Balaam?
El falso profeta simplemente debería haberse dado la vuelta y regresado a su
casa. Pero a pesar de su casi fatal encuentro con la muerte, en realidad quería
seguir su camino hacia Moab.
Sorprendentemente, el Señor permitió a Balaam continuar y hacer lo que
quería, pero insistió: «Ve con esos hombres; pero la palabra que yo te diga,
esa hablarás. Así Balaam se fue con los príncipes de Balac» (versículo 35; cf.
versículo 20). No sería bueno que el avaricioso Balaam obtuviese cuanto que-
ría, del mismo modo que los montones de codornices no fueron buenos pa-
ra los israelitas en Kibrot-hataava (Números 11). Dios les permitió seguir
adelante para instruirlos (si era posible), y probarlos, no porque su voluntad
fuera débil. En el proceso el Señor podía contrarrestar las maldiciones de
Balaam y revelar a otras naciones lo que significaban las bendiciones de su
pueblo.

Bendiciones inesperadas
Cuando Balaam se encontró con su cliente, Balac, se protegió muy bien
contra la posibilidad del fracaso en alcanzar las elevadas expectativas del
rey. Curándose en salud, expresó lo que podría servirle como una cláusula
protectora en el contrato: «Mira, ya he venido ante ti; pero ¿podré ahora decir
alguna cosa? La palabra que Dios ponga en mi boca, esa hablaré» (Números
22:38). Sería algo parecido a un médico diciendo a un paciente: «Bien, ha-

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remos lo mejor que podamos, pero hay factores que están fuera de nuestro
control; por tanto, no podemos garantizar los resultados».
Balaam debería haber dicho: «¡Dios ha bendecido a los israelitas y me ha
prohibido maldecirlos; por tanto, los dos estamos perdiendo el tiempo y tú
estás perdiendo tu dinero!» ¿Qué pensaba? ¿Que Dios cambiaría su forma de
pensar? ¿O que Balac se satisfaría con algo menos que una maldición que
realmente dañara a Israel? Atado por los grilletes de la avaricia, Balaam se
estaba entrampando en una situación sumamente peligrosa. ¡La avaricia es
capaz de hacer que una persona sea peligrosamente ilógica!
El profeta recibió y, según parece, participó, de los sacrificios paganos de
Balac, y al día siguiente el rey lo llevó a un lugar pagano llamado Bamot-
baal, que significa «el lugar alto de [l dios] Baal» (versículos 40, 41). Parti-
cipando en sus prácticas religiosas, Balaam estaba comprometiendo sus
principios al conformarse con las formas de adoración de los incrédulos.
Obrar así es hacer lo políticamente correcto. Es también la resbaladiza pen-
diente que conduce con toda seguridad a la idolatría.
No deja de tener interés que los arqueólogos hayan encontrado un antiguo
grupo de inscripciones que hablan de Balaam. Datan del siglo VIII a.C. (du-
rante el tiempo de la monarquía israelita), y fueron halladas en paredes de ye-
so en el sitio llamado Tell Deir Alla, al este del Jordán. El texto recuerda a Ba-
laam como un profeta de los dioses, quienes, de noche, le comunicaban alar-
mantes mensajes por medio de visiones. El registro lo describe como partici-
pante de la religión y la adivinación pagana politeísta. Las similitudes con el
registro bíblico son asombrosas.
Bamot-baal era un lugar elevado desde el cual Balaam podía ver un extremo
del campamento israelita (versículo 41). ¡Por medio de la «vista» podía di-
rigir sus maldiciones hacia su objetivo! Con el propósito de invocar favora-
blemente al Señor, Balaam pidió a Balac que ofreciera un costoso grupo de
sacrificios. Por supuesto, Dios dio a Balaam un mensaje que debía proclamar
en presencia del rey moabita y sus príncipes. Dios estaba siguiendo el juego
a Balaam para lograr sus propios propósitos. Estaba haciendo que todas las
cosas resultaran en el bien de su pueblo (véase Romanos 8:28).
El primer discurso inspirado de Balaam se refirió a la petición de Balac de
maldecir a Israel, y continuó: «¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldi-
jo? ¿Por qué he de execrar al que Jehová no ha execrado?» (Números 23:8).
El profeta señaló a continuación que Israel era especial y que su gente era
numerosa. Luego concluyó: «¿Quién contará el polvo de Jacob o el número

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de la cuarta parte de Israel? Que muera yo la muerte de los rectos y mi fin
sea como el suyo» (Números 23:10), identificándose así con el justo Israel.
El rey Balac se enojó muchísimo, pero Balaam simplemente citó su cláusula
exculpatoria: únicamente podía decir lo que Dios le indicara. Ahora Balac
comprendió lo que quería decir, pero estaba tan desesperado que se negó a
darse por vencido. Quizá la cosa iría mejor desde otro lugar, desde el que el
profeta pudiera ver menos el campamento israelita para que no quedara im-
presionado. Así que llevó a Balaam al pico de una montaña (Fisga), y ofre-
ció otro costoso sacrificio de animales.
Balac creía la idea pagana de que podía manipular a las deidades haciendo
diversas cosas en diferentes lugares. Pero eso no cambiaría nada. Eso me re-
cuerda aquella ocasión en que mi esposa y yo tratamos de disfrutar de una
plácida caminata un sábado por la tarde en un bosque en el norte de Cali-
fornia. Yo llevaba a nuestra hijita en un portabebés a mis espaldas, pero, por
alguna razón, ella no quería estar allí en aquella particular ocasión, y siguió
llorando fuertemente. Yo me volví hacia mi esposa y le dije en tono lastime-
ro: «¡Vámonos de aquí a otro lugar más tranquilo!»
No podemos manipular a Dios. El Señor ve y posee todas las cosas, en todo
lugar. De modo que los dones, que no necesita de ninguna manera, no lo in-
ducen a pasar por alto las violaciones que los hipócritas hacen de su divina
voluntad (Salmo 50:16-23). El rey moabita quería maldecir a sus parientes,
los israelitas, y suponía que Dios era como él (cf. Salmo 50:21: «Pensabas
que de cierto sería yo como tú; ¡pero te reprenderé y las pondré delante de
tus ojos!»). Pero la verdadera senda de la salvación era el arrepentimiento y
la aceptación del señorío del verdadero Dios.
Balaam profirió las palabras que el Señor puso en sus labios una vez más. La
primera vez había sido una breve advertencia. Como la había ignorado, Ba-
lac recibió ahora una dosis mayor. El profeta comenzó afirmando que las
bendiciones de Dios son inalterables porque él no es como los seres humanos
mudables (Números 23:19, 20). Las siguientes palabras fueron sorprenden-
tes: «No ha notado iniquidad en Jacob ni ha visto perversidad en Israel.
Jehová, su Dios, está con él, y ellos lo aclaman como rey» (versículo 21). ¿Y
qué pasó con las terribles rebeliones de los israelitas? ¿Ya las había olvidado
el Señor? En un sentido, sí, porque él había perdonado a su pueblo como na-
ción. No eran perfectos, pero le pertenecían, y él estaba con ellos. Podía disci-
plinar a su pueblo, pero no lavaba la ropa sucia delante de los extraños. Del
mismo modo deberían arreglar sus problemas y disputas entre ellos los in-
tegrantes del pueblo de Dios para evitar, en todo lo posible, difamar a su

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comunidad y, por lo tanto, ser un baldón para el nombre de Dios en el
mundo (cf. 1 Corintios 6).
Para Balac era ominosa la expresión: «ellos lo aclaman como rey». Las doce
tribus no eran una horda desorganizada de desaliñados matones, con más
arrogancia que capacidad para rugir. Constituían un poderoso ejército, con
la coordinación central de un gran gobernante. ¡Su Rey era el mismísimo
Dios, que los había sacado de Egipto! Por tanto, ningún encantamiento o
adivinación podía levantarse contra Israel, que era fuerte como un buey y letal
como un león (Números 23:22-24). La advertencia divina era poderosa. Co-
mo dijo el salmista: «Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no
sea que os despedace y no haya quien os libre» (Salmo 50:22).
Alarmado, Balac pidió a Balaam, si no maldecía a Israel, que no lo bendije-
ra. En otras palabras: «Mejor cállate, no sea que hagas más daño». De nue-
vo Balaam le recordó al rey su cláusula suspensiva. Pero Balac quería can-
tarle tres faltas a Balaam antes de echarlo. Quizá la cosa iría mejor en otro
lugar: la cumbre de Peor, que dominaba el desierto de Jesimón. Así que más
animales murieron en vano (Números 23:25-30).
Balaam vio que su oportunidad de disfrutar el estilo de vida de los ricos y
famosos se le escapaba de las manos. Así que esta vez no trató de encon-
trarse con Dios para no recibir un mensaje de él; trató, más bien, de produ-
cir un cortocircuito en la conexión divina que le impedía hablar. Quizá po-
dría finalmente pronunciar una maldición, aunque Dios no la apoyara, para
hacer creer a Balac que estaba haciendo la labor para el cual había sido con-
tratado. Pero el Espíritu de Dios no tuvo ningún problema para encontrarlo
y controlarlo (Números 24:1, 2), del mismo modo que el Espíritu había des-
cendido sobre Eldad y Medad, que profetizaron aunque estaban lejos del
santuario (Números 11:26).
Mirando desde lo alto del monte Peor al organizado campamento de los is-
raelitas, que no sospechaban nada, Balaam pronunció un oráculo profético
que lo identificaba a él primero: «Dice Balaam hijo de Beor, dice el varón de
ojos abiertos; dice el que oyó los dichos de Jehová, el que sabe la ciencia del
Altísimo, el que vio la visión del Omnipotente; caído, pero abiertos los ojos»
(Números 24:15, 16). Parece un recordatorio de la forma en que vio y escu-
chó al ángel de Dios y cayó postrado ante sus pies (Números 22:31, 35).
Sometido a Dios de esta forma, Balaam podía hablar la verdad. ¡Oh, si hu-
biera vivido a la altura de estas palabras cuando el Espíritu de Dios no esta-
ba controlando su voluntad (cf. 1 Samuel 19:20-24 y el caso del rey Saúl)!

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Balaam siguió expresando alabanzas al campamento de los israelitas y al
Rey de Israel; luego repitió que Dios había sacado a su pueblo de Egipto, y
advirtió que aquel pueblo era fuerte para aplastar a sus enemigos (Números
24:5-8). Concluyó haciéndose eco de la promesa de Dios dada a Abraham:
«Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré; y serán
benditas en ti todas las familias de la tierra» (versículo 9; cf. Génesis 12:3).
Furioso, Balac dijo a Balaam que se largara de allí. El Señor le había impe-
dido recibir honores y riquezas. Pero el profeta le recordó de nuevo al rey su
cláusula de escape. Sí, se iría a su tierra, pero primero quería dar a Balac
otro oráculo gratuito. El rey había sido advertido de que era peligroso meter-
se con Israel. Ahora Balaam profetizó explícitamente lo que los israelitas
harían a los moabitas (y a otros pueblos) más tarde (Números 24:10-14).

Predicciones del futuro distante


Bajo la inspiración divina, Balaam se identificó de nuevo a sí mismo como
el hombre cuyos ojos están abiertos, etcétera. Pero en esta ocasión su vista
profética penetró varios siglos en el futuro con asombrosa precisión: «Lo veo,
mas no ahora; lo contemplo, mas no de cerca: Saldrá estrella de Jacob, se le-
vantará cetro de Israel, y herirá las sienes de Moab y destruirá a todos los hijos
de Set. Será tomada Edom, será también tomada Seir por sus enemigos. Is-
rael realizará grandes prodigios. De Jacob saldrá el vencedor y destruirá lo
que quede de la ciudad» (Números 24:17-19).
Como Balaam predijo, el rey David conquistó Moab y Edom (2 Samuel 8). Y
mil años más tarde, otra «Estrella» real apareció. De hecho, una estrella seña-
ló su nacimiento (Mateo 2). En el mundo antiguo una estrella podía repre-
sentar o ser una divinidad. Por ejemplo, entre los primeros sumerios (que
habitaron en el sur de Mesopotamia antes de Abraham), el símbolo que re-
presentaba a un dios tenía la forma de una estrella. De modo que la estrella
de Belén anunciaba con toda propiedad el momento en que el Hijo de Dios
entró a formar parte de la raza humana.
David fue un glorioso y exitoso conquistador y gobernante durante varias
décadas. Pero a Cristo, el Hijo divino de David, «el Señor Dios le dará el
trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su
reino no tendrá fin» (Lucas 1:33). Triunfará no solo sobre una pequeña
porción del Oriente Próximo, sino sobre todo el mundo (Apocalipsis 19:11-
21).
Es asombroso que Dios diera a Balaam una profecía tan extraordinaria, que
debe de haber dejado mudos al rey Balac y a los príncipes moabitas. Obvia-
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mente, el Señor estaba alcanzando misericordiosamente a las naciones gen-
tiles a través de Balaam, a pesar de sus motivaciones y su carácter. Si él, los
moabitas y sus aliados madianitas podían aprender algo acerca de Israel y de
su Dios, ellos, y otros dentro de su esfera de influencia, tendrían la oportuni-
dad de aceptar el señorío del Altísimo y recibir sus bendiciones.
Siendo que Dios pudo utilizar a Balaam, con todas sus faltas, quizá pueda
emplear a otras personas inverosímiles de nuestro mundo moderno para llevar
a cabo sus propósitos y preparar el camino para que reciban el evangelio
completo de Cristo. Si esto ocurriera, el pueblo de Dios haría bien en fijarse
en la imagen de conjunto y aprovechar las oportunidades y no centrar su
atención en detalles para condenar y criticar cuando las cosas no se hacen
exactamente como nosotros queremos.
Por ejemplo, cuando Mel Gibson produjo la película La pasión de Cristo, el
hecho de que la película fuera violenta, demasiado mística, o no completa-
mente exacta bíblicamente, ofendió a algunos cristianos. Pero aquella repre-
sentación impactante, un tanto antihigiénica, conmovió profundamente a la
gente, incluyendo a muchos incrédulos, y los llevó a pensar en lo que Jesús
sufrió en términos de la característicamente horrible forma de tortura y eje-
cución de los romanos (aunque no incluía adecuadamente la «segunda
muerte», la separación de su Padre, que no se podía filmar), dándoles así
ocasión para salvarse del dominio de Satanás. Hablar a otros de Cristo era
muy fácil después de la aparición de la película. Mantuve una conversación
con el barbero que me corta el pelo, y otra con el mecánico que cambia el
aceite de mi coche.
Balaam acabó su discurso pronunciando una sentencia sobre varias naciones
(incluyendo los enemigos de Israel), que, a diferencia de Israel, no eran ben-
ditas. Después se volvió a su tierra (Números 24:20-25). Su intento de alcan-
zar la gloria y las riquezas había fracasado. El plan de Balac de salvar a Moab
no solo se había venido abajo, sino que le había salido el tiro por la culata:
Israel fue bendecido y Moab fue maldecido. Ahora Balac necesitaría encon-
trar una forma de supervivencia para su territorio con una estratagema no
profética.
Parecía que habíamos llegado al fin de su historia cuando Balac y Balaam
se fueron, cada cual por su camino. Sin embargo, por desgracia para Israel y
para ellos, no había terminado (véase Números 25:31).

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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah

Roy Gane

Capítulo Once

Armas de distracción masiva


(Números 25)

Comida y sexo
Cuando uno está programado para un día D —que señala una invasión—,
es señal de prudencia estar centrado y preparado para lo que hay que ha-
cer. Los israelitas descansaban junto a la ribera oriental del río Jordán, lis-
tos para cruzarlo e invadir la tierra prometida. Sin embargo, en lugar de
ejercitarse, se desorientaron y casi fracasó la misión porque fueron demasia-
do amigables con los aparentemente inofensivos vecinos, quienes, en reali-
dad, eran enemigos mortales.
Los israelitas estaban acampados en Sitim («árboles de acacia») cuando algunas
muchachas moabitas se presentaron para invitarlos a sus fiestas. ¡Qué bonda-
dosas y qué hospitalarias eran con los viajeros! La comida no vegetariana
fue muy bienvenida (¡en la variedad está el gusto!) para sustituir el conocido
maná, y las fiestas con aquellas atractivas visitantes resultaron muy entrete-
nidas.
¡Ah!, un par de detalles: La comida era parte de los sacrificios a los dioses
moabitas. Para ser corteses, los israelitas no solamente disfrutaron la comi-
da; también se inclinaron ante las imágenes de varios dioses. Era, obviamen-
te, lo que había que hacer. Seguramente esto no podría ofender a nadie. Pe-
ro lo que realmente hacía deseable el culto idolátrico era el hecho de que la
liturgia de adoración incluía mantener relaciones sexuales con aquellas se-
ductoras muchachas. ¡Comida y sexo: los caminos de siempre que van direc-
tamente al corazón del hombre! Dios creó legítimos deseos por ambas co-
sas, pero el pecado los secuestra para llevarlos lejos de Dios.

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Números 25:1 dice que los israelitas comenzaron a prostituirse con las
moabitas. Obviamente se refiere a que se dejaron llevar por su lujuria. Pe-
ro, de paso, también adulteraron espiritualmente. Se vincularon con el dios
local, Baal-peor, y por lo tanto, violaron su pacto de relación exclusiva, ín-
tima, con el Señor (versículo 3), al quebrantar el primero de los Diez
Mandamientos: «No tendrás dioses ajenos delante de mí».
Los israelitas estaban a punto de dejar el desierto y entrar en contacto con los
pueblos idólatras, que fácilmente podrían corromperlos. Su contacto con los
habitantes locales supondría un reto constante para su fidelidad a Dios. Su
primera prueba había llegado, y ya habían fracasado miserablemente. Inme-
diatamente después de la apostasía con el becerro de oro, el Señor advirtió a
los israelitas de este mismo peligro: «Por tanto, no harás alianza con los habi-
tantes de aquella tierra, no sea que cuando se prostituyan siguiendo a sus dio-
ses y les ofrezcan sacrificios, te inviten y comas de sus sacrificios» (Éxodo
34:15). Más tarde el Señor aseguró a los israelitas que tendrían más proble-
mas con la idolatría en el futuro, después de muerto Moisés: «He aquí que
vas a dormir con tus padres, y este pueblo se levantará para prostituirse tras
los dioses ajenos de la tierra adonde va para vivir en medio de ella. Me deja-
rá e invalidará el pacto que he concertado con él» (Deuteronomio 31:16).
La rebelión dirigida por los espías infieles había hecho que Dios indicara a
los israelitas que se pusieran flecos, incluyendo unos cordones azules (o co-
lor violeta), en sus vestimentas o túnicas (Números 15:37-40). Explicó que
los ayudaría a mantener su relación santa con él al acordarse y obedecer to-
dos sus mandamientos en lugar de seguir las tentaciones de sus ojos y su co-
razón (versículo 39). Tenían una fuerte tendencia a poner su propio corazón
y sus propios ojos, así como las representaciones de sus mentes, emociones,
y sentimientos, en lugar de Dios. Las cosas que eran atractivas para ellos
eran mortalmente peligrosas, como el fruto de cierto árbol fue para Eva. El
pueblo de Dios solamente podría estar seguro si seguía su conducción divi-
na por fe.
¡Nada ha cambiado! Con todo el desarrollo de nuestra educación y nuestro
conocimiento, y con la explosión de tentaciones de los sentidos que nos
vienen a través de los medios de comunicación, no estamos en menor pe-
ligro de seguir nuestros pensamientos y nuestro corazón en lugar del Se-
ñor y su voluntad revelada. Es fácil tomar nuestra decisión primero y lue-
go racionalizar cualquier indicación de la Palabra de Dios que sea contra-
ria. Después de todo, nosotros somos mucho más ilustrados que aquellos
antiguos profetas hablando a su cultura primitiva. Nadie que haya vivido
en otro siglo, ni siquiera el que acaba de terminar, podría entender nues-
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tra situación, ni hablar adecuadamente de ella. Los antiguos proyectos
simplemente están obsoletos.
¡No! El hombre sabio dijo correctamente: «¿Qué es lo que fue? Lo mismo
que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará, pues nada
hay nuevo debajo del sol» (Eclesiastés 1:9). Esto no es abogar por una vi-
sión global de la historia, sino reconocer que las personas son personas.
Así que los adelantos en el conocimiento y la tecnología no alteran la na-
turaleza básica del ser humano. Los detalles pueden cambiar, pero tenemos
el mismo tipo de tentaciones y respuestas. Por eso Cristo pudo ser «tentado
en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15), pese a
que vivió hace dos milenios, durante la época del Imperio romano, antes de
los cigarrillos, de los automóviles, y de la Internet. El hecho de que todavía
poseamos los mismos rasgos explica cómo la Biblia puede ser una revela-
ción intemporal de los principios divinos, que son tan aplicables a nosotros
como lo fueron para las personas de los siglos pasados. Ignorarlos, pasarlos
por alto, darles menos énfasis, es miopía, arrogancia y, sencillamente, estu-
pidez.
Ni que decir tiene que, cuando Israel «se acostó» con Baal-peor, despertó la
justa indignación del esposo divino (Números 25:3). Cualquiera que pre-
gunta por qué Dios se enojó debería hacerse la pregunta: ¿Cómo me sentiría
si llegara a casa y encontrara a mi esposa en la cama con otro? «Porque el
hombre enfurecido por los celos no perdonará en el día de la venganza; no
aceptará compensación alguna, ni querrá perdonar aunque le aumentes el
pago» (Proverbios 6:34, 35). Tales «celos» no son simple envidia. Están jus-
tificados. La protección celosa de la intimidad exclusiva en la que ambas
partes han consentido es un pacto de amor solemne y permanente. «Ponme
como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque
fuerte como la muerte es el amor y duros como el Seol los celos. Sus bra-
sas son brasas de fuego, potente llama. Las muchas aguas no podrán apa-
gar el amor ni lo ahogarán los ríos. Y si un hombre ofreciera todos los bie-
nes de su casa a cambio del amor, de cierto sería despreciado» (Cantares
8:6, 7).

Hacer responsables a los dirigentes


Cualquiera que escucha las noticias o lee un libro de historia se da cuenta
de que las personas política o económicamente poderosas con frecuencia
se imaginan que están por encima de la ley y creen que pueden asesinar im-
punemente. Es como en la antigua Mesopotamia durante el tiempo de los pa-
triarcas. El Código de Hammurabi permitía que los ciudadanos de las clases
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sociales altas solo pagaran una penalidad monetaria si mataban a una perso-
na de estatus inferior; pero si un miembro de una clase inferior asesinaba a
uno de alto rango, el asesino debía morir. La ley israelita nivelaba el campo
de ejecución con el término que podríamos llamar, en el campo de la juris-
prudencia criminal, «igualdad de oportunidad de castigo» (Levítico 24:17,
19-22; Números 35:31). Bajo la ley religiosa, un dirigente tenía una respon-
sabilidad adicional ante Dios cuando pecaba, como se muestra en el hecho
de que debían traer una ofrenda diferente por el pecado (Levítico 4:22-26, un
macho cabrío). La responsabilidad más grande por el pecado recaía en el
sumo sacerdote, quien ejercía la mayor influencia religiosa. Su ofrenda por
el pecado era equivalente a lo requerido a toda la comunidad (versículos 3-
12, 13-21).
Cuando los líderes israelitas cometían equivocaciones dañaban la repu-
tación de Dios o hacían extraviar al pueblo, Dios los hacía responsables por
su influencia. Así que Nadab y Abiú, siendo sacerdotes, fueron «quemados»
(Levítico 10), María fue castigada con una enfermedad de la piel (Números
12), Coré y sus asociados fueron enterrados vivos o quemados (Números
16), y a Moisés y Aarón se les impidió entrar a la tierra prometida (Núme-
ros 20). Así que la respuesta del Señor a la apostasía en Sitim junto al río
Jordán no sorprende. Dios dijo a Moisés: «"Toma a todos los príncipes del
pueblo y ahórcalos ante Jehová a plena luz del día, para que el ardor de la ira
de Jehová se aparte de Israel"». Moisés dijo á los jueces de Israel: "Matad
cada uno a aquellos de los vuestros que se han juntado con Baal-peor"»
(Números 25:4, 5).
La respuesta de Moisés al mandato de Dios deja aclarado que los israelitas
fueron los ejecutores de sus líderes tribales (literalmente «cabezas de fami-
lias») porque los habían conducido en el camino de la apostasía. Compáre-
se con lo que pasó cuando el pueblo adoró al becerro de oro: Los hombres
de la tribu de Leví, quienes eligieron estar del lado del Señor, ejecutaron a
sus hermanos israelitas (Éxodo 32:26-28).
El pueblo del pacto de Dios siempre debía desarraigar cualquier idolatría
que apareciera entre ellos, sin moderación o compasión con sus parientes
(Deuteronomio 13). A primera vista esto puede parecer duro, pero la idola-
tría quebranta el pacto con Dios que hace posible la supervivencia de la na-
ción. Cualquier israelita que se volvía a otros dioses, o que no decía nada si
sabía que otros lo habían hecho, siendo participante silencioso del pecado,
ponía en peligro al pueblo entero. Por lo tanto, los demás israelitas tenían
que detener a tales individuos en sus caminos, como si fueran un Osama
bin Laden blandiendo un arma de destrucción masiva en la ciudad de Nue-
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va York. Cualquier israelita que practicaba la idolatría sabía muy bien que
solo podría ser enemigo de Dios. Así que cuando él o ella eran detectados,
era el momento de una ejecución, no de un estudio bíblico.
Hoy, el pueblo de Dios pertenece a una iglesia, no a un Estado. Así que,
obviamente, jamás deberíamos pensar en ejecutar, o tratar de hacerlo, a los
miembros de nuestra comunidad espiritual que se extravían e intentan lle-
varse a otros con ellos. Sin embargo, la reputación del Señor y la integridad
de su pueblo y su misión todavía importan. A nadie se le debería permitir
descarriamos del camino de Dios, o inducirnos a asimilarnos, por conve-
niencia, a otras «comunidades de fe», que marchan al son de tambores dife-
rentes.
Debiéramos seguir el debido proceso (Mateo 18:15-20) para ser res-
ponsables, al punto de cortar lazos, si es necesario, con cualquiera que trate
de apartarnos de nuestra lealtad al Señor y su misión evangélica para nues-
tro tiempo (ver especialmente Mateo 28:19, 20; Apocalipsis 14:6-12). Los
pastores, maestros, y administradores, en la medida de su influencia, son
más responsables. Ellos no son los dueños de la iglesia: solamente trabajan
en ella. La iglesia pertenece a Dios y él la gestiona a su manera.
El Señor dijo a Moisés, «Toma a todos los príncipes del pueblo y ahórca-
los ante Jehová a plena luz del día, para que el ardor de la ira de Jehová se
aparte de Israel» (Números 25:4). La palabra «ahorcar» no significa «estran-
gular» con una soga, sino «empalar». Era exponer un cuerpo muerto a la vis-
ta de todos («a plena luz del día»), como hicieron los italianos con el dic-
tador Mussolini y su amante cerca del fin de la Segunda Guerra Mundial;
no es una visión muy agradable y su objetivo era causar una mayor impre-
sión. Compárese con la forma en que los filisteos expusieron el cuerpo
decapitado de su enemigo, el rey Saúl, al colgarlo en el muro de Bet-sán,
junto con los cuerpos de sus hijos (1 Samuel 31:10, 12).
También encontrarnos otra historia en la que cuerpos colgados delante del
Señor sirvieron para apartar su ira de Israel. Durante el reinado de David hu-
bo una terrible hambre durante tres años consecutivos. Una consulta al Señor
reveló que el hambre era resultado de que el rey Saúl había tratado injusta-
mente de exterminar a los gabaonitas, quienes estaban protegidos por un
pacto a pesar de ser cananeos (2 Samuel 21:1, 2; Josué 9). Para hacer expia-
ción en el sentido de quitar la culpa a favor de la tierra y su pueblo, Saúl fue
castigado después de muerto con la pérdida de algunos de sus hijos y nietos
(compárese con el castigo de David: murió su hijo recién nacido de Betsabé
en 2 Samuel 12:15-18). Era el castigo de Saúl, pero su familia continuó lle-

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vando la culpa, porque su familia era la continuación corporal de él (cf. 1
Reyes 2:31-33). Una vez que fueron colgados y expuestos a la vista de to-
dos, el Señor escuchó el ruego por la tierra, insinuándose ron ello' que la
hambruna había llegado a su fin (2 Samuel 21:3-14).
Las trágicas historias de Sitim y de Saúl tienen en común varios elementos
importantes:
1. Los dirigentes recibieron el castigo por los pecados de la comunidad.
2. El castigo consistía en exponer los cuerpos en lugar de sepultarlos in-
mediatamente.
3. El castigo de los ofensores servía como una clase de «expiación» para
aplacar la ira divina.
Esto no era sustitución expiatoria en el sentido de Cristo, quien era comple-
tamente inocente y descendía de una «familia» inocente. Él murió en nuestro
lugar. Sin embargo, podríamos tomar la ejecución de los descendientes de
Saúl en lugar de él como un indicio de sustitución. Durante la década de
1980, yo estaba estudiando el libro de Números en un seminario de hebreo
avanzado, en el campus de Berkeley de la Universidad de California. El
profesor era Jacob Milgrom, que era rabino. Cuando llegamos a Números
25:4, se sorprendió de poder comprender por qué los seguidores de Jesús
podían interpretar el hecho que él fue colgado (sobre una cruz), como un
medio de expiación.
Cuando la sentencia del Señor acerca de los dirigentes de Israel estaba a
punto de ejecutarse, Moisés y el pueblo lloraron a la puerta del tabernáculo.
Lamentaban la caída de aquellos hombres; no la festejaban. Siempre es una
tragedia terrible cuando un dirigente elegido, o dirigentes elegidos, son en-
gañados y caen (cf. Mateo 24:24).

Expiación a través de la ejecución


Pero había alguien que, lejos de llorar, tenía una actitud muy diferente. A la
vista de todos los que lloraban a la puerta del tabernáculo, llegó al campa-
mento un israelita de la mano de una madianita, al campamento (Números
25:6). Obviamente, tenía el propósito de tener relaciones sexuales con ella. El
hombre era Zimri, hijo de un jefe de la tribu de Simeón, y ella era Cozbi,
hija de un príncipe madianita (versículos 14, 15). Recordemos que los ma-
dianitas se habían aliado con los moabitas (Números 22:4-7).

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La flagrante e irrefrenable lujuria de Zimri llevó la crisis de la apostasía a
una culminación trágica. En el momento en que Zimri llevó a Cozbi al in-
terior de una tienda y comenzaron a estimularse sexualmente entre sí, Finees
se levantó y tomó una lanza en su mano. Como hijo de Eleazar, el nuevo
sumo sacerdote (ahora que Aarón había muerto), Finees estaba al mando
de los levitas guardianes del santuario (cf. Números 3:32). Así que sabía qué
hacer con un arma. Siguió a la pareja hasta el interior de la tienda y atravesó
el cuerpo de ambos con la lanza (Números 25:7, 8). En este punto el texto
bíblico da cuenta de las terribles noticias de que, entretanto, el Señor había
desatado una plaga, y veinticuatro mil hombres ya habían muerto. Este
fue el mayor número de muertos en una sola ocasión en todo el viaje de los
israelitas desde Egipto hasta Canaán. Las cosas que estaban en juego eran
más elevadas cuando la segunda generación estaba a punto de entrar a la
tierra prometida. Tan pronto como Finees ejecutó a Zimri y a Cozbi, la plaga
cesó (versículos 8, 9). Como había sucedido años antes, cuando Aarón co-
rrió entre el pueblo con el incensario, la acción rápida de un sacerdote hizo
expiación para detener una plaga y salvó a la comunidad (Números 16:46-
50).
El Señor anunció, a través de Moisés, una recompensa especial para Finees,
quien había salvado a su pueblo mediante una acción pronta y señalada.
«Finees hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, ha hecho apartar mi fu-
ror de los hijos de Israel, porque ha mostrado entre ellos un celo como el
mío; por eso yo no he consumido en mi celo a los hijos de Israel. Diles,
por tanto: "Yo establezco mi pacto de paz con él. Será para él, y para su des-
cendencia después de él, el pacto del sacerdocio perpetuo, por cuanto tu-
vo*celo por su Dios e hizo expiación por los hijos de Israel"» (Números
25:11-13).
Aunque ya era sacerdote, el Señor le hizo una promesa de que heredaría el
sumo sacerdocio, y que pertenecería a sus descendientes para siempre
(compárese con Jueces 20:28, donde es sumo sacerdote durante la primera
etapa de los jueces). Él había hecho expiación por la comunidad israelita, no
ofreciendo un sacrificio que representara la muerte vicaria de Cristo, sino en
un sentido, más básico, no sustitutivo, eliminando a los ofensores de la co-
munidad. Zimri y Cozbi no se beneficiaron de este tipo de expiación.
Como Cristo, Finees fue consumido con el celo del Señor (cf. Juan 2:14-
17). Ser celoso no es necesariamente algo bueno. Uno puede estar sincera y
ardientemente equivocado, como ha pasado con muchos fascistas, comunistas
y fanáticos religiosos. Algunas personas son tan celosas que casi echan es-

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puma por la boca, y uno se pregunta si han descuidado ponerse la vacuna
contra la rabia. Pero está bien permitir al Señor que inspire y controle el celo
que esté de acuerdo con sus principios y el adelanto de su misión en el mundo,
y necesitamos mucho más de eso. Ahora nuestro celo no involucra empalar a
las personas con lanzas; por la gracia de Dios, podemos ayudarlas a com-
prender las cosas de otras maneras.
El Señor tenía buenas noticias para Finees, pero malas noticias para los ma-
dianitas: «Atacad a los madianitas y heridlos, por cuanto ellos os afligieron a
vosotros engañándoos con sus ardides en lo tocante a Baal-peor, y en lo to-
cante a Cozbi, hija del príncipe de Madián, hermana de ellos, la cual fue
muerta el día de la mortandad que vino por lo de Baal-peor» (Números
25:17, 18). ¡Pero un momento! ¿Qué es esto de los «ardides», refiriéndose a
los engaños o supercherías? Hay que tener en cuenta que el verbo hebreo ksb,
«mentira/engaño», suena parecido a «Cozbi». Los moabitas y los madianitas
deben de haber cooperado en una conspiración para poner en peligro a los
israelitas seduciéndolos a la inmoralidad y la idolatría. ¡Qué brillante idea:
abrir una brecha entre los israelitas y su Dios! ¡Así él los destruiría!
¿Quién podría ser la mente maestra que concibió tal complot astuto y dia-
bólico? ¿Quién conocía tan bien esa relación entre el Señor y su pueblo?
Más tarde encontraremos toda la información. Cuando los israelitas ataca-
ron a los madianitas, ¿quién cree el lector que andaba entre ellos? «También
mataron a espada a Balaam hijo de Beor» (Números 31:8). ¿Qué hacía él allí?
Lo último que escuchamos de él, es que se había ido a su casa (Números
24:25).
Después de que fracasó al no poder maldecir a Israel, Balaam debe de ha-
ber reflexionado mucho sobre la forma de conseguir su recompensa de otra
manera: sin la interferencia de Dios. Para Balac, maldecir a Israel solo era
un medio potencial para un fin. Lo que realmente le preocupaba era cómo
debilitar a Israel para ponerlo a un nivel militarmente asequible. Así que Ba-
laam les ofreció a él y a sus aliados los madianitas otra clase de arma de des-
trucción masiva: la ira de Dios sobre los israelitas que violaran su pacto
(Números 31:16). Todo esto sedujo a veinticuatro mil israelitas a precipitar-
se hacia sus tumbas a causa de la distracción provocada por algunas mujeres
de ojos entornados y comida deliciosa. Y ahora conocemos el resto de la his-
toria.
El éxito final del profeta los condujo a su destrucción. Es como cuando un
gran alce macho ataca a un tren en marcha: temporalmente tiene éxito des-
carrilando las ruedas delanteras. Sin embargo, ese es el final del alce.

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Balaam murió hace mucho tiempo, pero el legado de sus peligrosas tácticas
todavía pervive. El apóstol Pedro nos previene de personas que «han dejado
el camino recto y se han extraviado siguiendo el camino de Balaam hijo
de Beor, el cual amó el premio de la maldad» (2 Pedro 2:15). Juan registra
un mensaje de Cristo a la iglesia de Pérgamo, que incluye la advertencia: «Pe-
ro tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doc-
trina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Is-
rael, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos y a cometer fornicación»
(Apocalipsis 2:14).
Nosotros somos tan vulnerables como lo fueron los israelitas. Los peligros no
disminuyen a medida que nos acercamos a nuestra tierra prometida. Más
bien, a medida que disminuye el tiempo del enemigo, este presenta grandes
incentivos para destruirnos por cualquier medio a su disposición (Apocalip-
sis 12:12). Está librando una «batalla decisiva» y disparando «Ave Marías»
por todos lados. Nuestra única seguridad está en permanecer con el Señor.
Si él está con nosotros, «¿quién contra nosotros?» (Romanos 8:31). Nada ni
nadie puede separarnos de su amor (versículos 35-39).

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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah

Roy Gane

Capítulo Doce

Una nueva generación


(Números 26-30)

Reagruparse y avanzar
Un ejército que sufre muchas bajas debe reagruparse y avanzar. Después de
la terrible plaga en Sitim, los israelitas necesitaron más organización e ins-
trucciones antes de apoderarse de la tierra prometida. El primer paso fue la
repetición de lo que había ocurrido cuarenta años antes, al principio del libro
de Números. En ese tiempo el Señor había ordenado la confección de un
censo militar de todos los varones israelitas de veinte años o más (Números
1). El total fue 603,550, sin contar a los levitas (versículo 46). Un ejército de
ese calibre, por muy esclavos que hubieran sido, debería haber conquistado
Canaán.
Dios demostró su poder a favor de la generación que había salido de Egipto
con una concentración de milagros más grande de lo que podemos hallar en
cualquier otra parte del Antiguo Testamento. Por desgracia, el pueblo nunca
desarrolló confianza personal en Dios. Cuando el informe de los diez es-
pías los aterrorizó, se negaron a creer que Dios era capaz de darles por he-
rencia la tierra. Por lo tanto, les dio el desierto que eligieron: «En este desier-
to caerán vuestros cuerpos, todo el número de los que fueron contados de en-
tre vosotros, de veinte años para arriba, los cuales han murmurado contra
mí. A excepción de Caleb hijo de Jefone y Josué hijo de Nun, ninguno de
vosotros entrará en la tierra por la cual alcé mi mano y juré que os haría habi-
tar en ella» (Números 14:29, 30).
Al final de los cuarenta años en el desierto debía efectuarse otra vez el censo
con el propósito de organizar un nuevo ejército con una generación más jo-
ven. No incluiría a ninguno de la generación anterior, excepto Josué y Caleb.
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Y, ciertamente, cuando los dirigentes de Israel tabularon los 601,730 hom-
bres de veinte años para arriba, no se contó ninguno del censo anterior,
excepto Josué y Caleb, los dos espías fieles (Números 26:64, 65). Todos
los demás estaban en sus tumbas en el desierto.
En Egipto, la población israelita había experimentado una verdadera explo-
sión, para consternación del faraón (Éxodo 1). Pero en el desierto el nú-
mero de adultos disminuyó durante los cuarenta años de peregrinación a
causa de factores como las plagas por la rebelión contra Dios. A algunas tri-
bus les fue mejor que a otras. La tribu de Simeón, a la cual pertenecía el re-
belde Zimri (Números 25:14), menguó muchísimo: de cincuenta y nueve
mil trescientos (Números 1:23) a veintidós mil doscientos (Números 26:14).
Esto significaba que Simeón recibiría un territorio más pequeño en Canaán,
mientras que otras tribus, que habían sido más fieles a Dios y conservaron su
número de miembros en el desierto, recibirían una herencia mayor (vers.
52-66).
El informe del censo de la tribu de Rubén nos recuerda que Datan y Abi-
ram, dos representantes rubenitas, se rebelaron contra Moisés como parte
del grupo de Coré (que era levita). Murieron como señal de advertencia y
ejemplo cuando la tierra se los tragó, y el fuego consumió a los doscientos
cincuenta aspirantes al sacerdocio (versículos 9, 10). Ya sabíamos todo eso
(ver Números 16). Pero ahora aprendemos algo nuevo e inesperado: «Pero
los hijos de Coré no murieron» (Números 26:11). Las familias enteras de
Datan y Abiram perecieron con ellos (Números 16:27, 32), así que sus lí-
neas de descendencia fueron instantáneamente interrumpidas como castigo
divino. Los hijos de Coré, por otra parte, continuaron viviendo. La Biblia no
nos dice la razón. Quizá se debió a que ya habían mostrado su fidelidad a
Dios. Esta posibilidad recibe apoyo del libro de los Salmos, en el cual más
tarde aparecen descendientes de Coré como autores de algunos de los
grandes himnos de fe y alabanza en la Biblia.
Una de sus composiciones es el Salmo 46, que comienza: «Dios es nuestro
amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no
temeremos, aunque la tierra sea removida y se traspasen los montes al co-
razón del mar» (Salmo 46:1, 2). El pasaje sirvió como inspiración a Martín
Lutero para componer el famoso himno «Castillo fuerte es nuestro Dios».
Vemos esperanza para el futuro cuando los hijos de un viejo rebelde eligen
seguir exactamente la dirección opuesta y siguen lealmente al Señor. Con su
gracia y su sabiduría asombrosas, Dios sabía lo que hacía cuando conservó
la vida a los hijos de Coré. Durante miles de años el pueblo de Dios ha sido
más fuerte a causa de sus elocuentes palabras de ánimo.
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Mantener cerrado el círculo
Las personas que han legado su nombre a un lugar son recordadas mucho
tiempo después de su muerte. Alejandría, Colombia y Washington, D.C.,
mantienen vivos los nombres de personas específicas. El nombre de al-
guien a quien no se erija un monumento que preserve su memoria, o cuya
conexión con un lugar se acabe borrando, puede perderse en el olvido. Por
eso, muchos eruditos no creían que un rey Sargón hubiera gobernado el Im-
perio neoasirio, como dice Isaías (20:1). Eso se subsanó cuando los arqueó-
logos desenterraron la ciudad llamada «La fortaleza de Sargón», que tenía
su nombre escrito por todos lados.
Un israelita de nombre Zelofehad tenía un problema que lo persiguió incluso
después de muerto. Lo normal habría sido que sus hijos perpetuaran su
nombre, que quedaría ligado a una parcela de tierra que ellos heredarían en
la tierra prometida. Zelofehad fue bendecido con abundante descendencia,
pero el problema es que todas eran hijas. La costumbre israelita no permi-
tía que las mujeres heredaran la tierra. Esa práctica mantenía la propiedad
intacta dentro de un clan familiar. De no ser así, una mujer que se casara
fuera de su clan llevaría la propiedad a la familia de su esposo, disminu-
yendo con ello la propiedad de su clan de origen. La tierra era crucial para
cada clan, porque les proporcionaba los recursos para vivir en un medio
agrícola.
Zelofehad no tendría herencia en la tierra prometida para mantener la me-
moria de su nombre (Números 27:1-4). Los antiguos israelitas consideraban
a sus hijos como una prolongación de su vida, en el sentido de que eran
portadores de su identidad. La sociedad consideraba tan importante la
descendencia que si un hombre moría sin hijos, su hermano debía tener un
hijo con la esposa de su difunto hermano, y todos considerarían al hijo co-
mo si fuera del hombre muerto (véase Génesis 38; Rut 4). De hecho, una
ley del Señor sostenía y regulaba la costumbre del matrimonio del cuñado
(Deuteronomio 25:5-10).
En la moderna cultura occidental aplicamos correctamente los principios de
Dios de respeto a los muertos y el cuidado de las viudas en otras formas.
Cuando estudiamos las leyes bíblicas, nos metemos en problemas si solo
leemos y obedecemos. Debemos leer y pensar antes de hacer algo, como
aconsejó Pablo al joven Timoteo cuando le pidió que usara correctamente la
palabra de verdad (2 Timoteo 2:15).
Naturalmente, el destino que le esperaba a Zelofehad fue causa de preocu-
pación para sus hijas, quienes consideraron que aquello era una injusticia.
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Era verdad que el padre de ellas había pertenecido a la generación que Dios
había condenado a morir en el desierto, pero los descendientes de los de-
más que habían perecido tendrían su propiedad. No deberíamos confundir
a las jóvenes hijas de Zelofehad con las modernas feministas de la actuali-
dad: las primeras luchaban, fundamentalmente, por los derechos de su pa-
dre.
Las hijas se sintieron suficientemente confiadas como para presentar su caso
ante Moisés y los otros líderes de Israel, quienes las escucharon res-
petuosamente. Los dirigentes no decretaron una decisión contra ellas sim-
plemente siguiendo las costumbres antiguas. Lo que hicieron fue buscar el
consejo del Señor. Y Dios coincidió de inmediato con la solución propuesta
por las hijas de Zelofehad, es decir, que la herencia de su padre debía adju-
dicárseles a ellas, como si fueran varones. De hecho, Dios convirtió el caso
de ellas en un precedente de lo que debería hacerse en el futuro si un hom-
bre moría sin un hijo varón (Números 27:4-11). En Números 36 Dios
añadió que las hijas de un hombre que muriera sin hijo varón deberían ca-
sarse dentro de su propio clan con el propósito de preservar la propiedad
dentro de ese grupo.
Es fácil para una lectora moderna desestimar la importancia de este pasaje
bíblico, a no ser que sea africana. Según la ley consuetudinaria africana,
una mujer no puede heredar, ni siquiera de su esposo. De modo que si una
mujer enviuda, los parientes de su esposo toman la propiedad que ella
compartía con su esposo, la cual es, con frecuencia, su única fuente de in-
gresos para vivir. Ella puede regresar a vivir con sus propios parientes de
sangre, si ellos están dispuestos a sostenerla. En muchos casos, sin embar-
go, no tiene ningún lugar adonde ir y se ve obligada a hacer frente a dos te-
rribles opciones: o morirse de hambre o entregarse a la prostitución, con el
riesgo de morir de sida mientras contribuye a la difusión de la terrible en-
fermedad. Un cambio en las leyes de la herencia, en armonía con los prin-
cipios legales internacionales de no discriminación reconocidos por los tra-
tados a los cuales los gobiernos africanos se han adherido, salvaría muchos
miles o, quizá, millones de vidas. Pero los tribunales rutinariamente fallan
contra las mujeres siguiendo las leyes consuetudinarias.

Una tranquila sucesión del liderazgo


El legado de Zelofehad estaba asegurado, pero, ¿qué decir en cuanto al de
Moisés? En este caso, no se trataba de la herencia de una propiedad, sino de
la continuación del liderazgo después de su muerte, que se produciría muy
pronto. Fiel a su naturaleza, Moisés estaba más preocupado por su pueblo
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que por él mismo. Por tanto, pidió al Señor que señalara un líder, «que
salga delante de ellos y que entre delante de ellos, que los saque y los in-
troduzca, para que la congregación de Jehová no sea como rebaño sin pas-
tor» (Números 24:17).
Habiendo sido pastor durante muchos años (Éxodo 2, 3), Moisés sabía que
las criaturas necesitan alguien responsable que las guíe, alguien que no fuera
él, quien, por accidente, había llevado un rebaño de ovejas fuera de su redil y
trató en vano de volverlas a meter. Moisés también había pastoreado a Israel
en el desierto durante varias décadas. Sin él, habrían perecido varias veces.
Como hombre sabio colocado en una posición de autoridad, podría sim-
plemente haber seleccionado a alguien cercano a él. Pero no confió en su
propia sabiduría para tomar una decisión tan importante. No debería haber
nepotismo ni política barata. Más bien, Dios mismo nombró al hombre que
había elegido, como lo había hecho con Moisés.
Josué, el ayudante de Moisés, fue el hombre que Dios eligió (Éxodo 24, 32,
33; Números 11). Su hoja de servicio era impresionante, pero Dios lo nom-
bró por una cualidad mucho más importante: «Toma a Josué, hijo de Nun,
hombre en el cual hay espíritu, y pon tu mano sobre él» (Números 27:18).
Aquello indicaba que ya había estado permitiendo que el Señor lo guiara y lo
dotara de poder a través de su Santo Espíritu mientras llevaba las cargas y
hacía frente a los desafíos de sus responsabilidades. No estaba recibiendo el
Espíritu ahora para calificarlo para el trabajo (cf. Números 11). Su hoja de
servicios con el Espíritu mostraba que conduciría a los israelitas al lugar don-
de Dios quena, no en otra dirección. Josué sería un fiel pastor, como lo había
sido Moisés.
Una ceremonia elegantemente sencilla, pero poderosa, confirió el liderazgo a
Josué. Moisés puso sus manos sobre Josué, transfiriéndole simbólicamente la
autoridad para que comenzara inmediatamente a compartir el poder con el
viejo líder (Números 27:18-23), sistema que aseguraría una suave transición
después de la muerte de Moisés, sin dar ocasión a que nadie intentara usur-
par el poder, como habían intentado Coré y sus asociados.
Si Moisés hubiera sido rey, Josué habría sido corregente con él. Pero los dos
recibían sus órdenes del Rey divino. Josué no hablaría cara a cara con Dios
como lo había hecho Moisés (cf. Números 12:8; Deuteronomio 34:10), pe-
ro recibiría indicaciones a través del oráculo divino de Urim y Tumim admi-
nistrado por el sumo sacerdote (Números 27:21; cf. Éxodo 28:30). Dicho
procedimiento implicaría una estrecha colaboración entre las autoridades ci-

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viles y religiosas como modelo para el futuro liderazgo después de la muerte
de Josué.
Moisés quería evitar una situación en la cual los israelitas quedarían como
ovejas sin pastor. Más de un milenio más tarde, Jesús encontró a su pueblo
en esa condición: «Al ver las multitudes tuvo compasión de ellas, porque
estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor» (Mateo
9:36). Jesús, el Buen Pastor, que ha dado su vida por sus «ovejas», invita a
todos a acudir a él y a entrar en su «redil» (Juan 10), y rescata a los que es-
tán perdidos (Lucas 15:4-7). También comisiona dirigentes que cuiden de sus
«ovejas» (Juan 21:16, 17). Quiera Dios que, al participar en el ministerio
pastoral, tengamos el corazón fiel, la conducción del Espíritu, la fortaleza
protectora y la ternura nutricia para el rebaño como la tuvieron Moisés, Jo-
sué y Jesús.

Cumplimiento de nuestra cita con Dios


Cuando yo era estudiante en la universidad (teología, con especialidad en
música) en el Pacific Union College, de Angwin, California, estaba previsto
que hablase una noche en el servicio de consagración en la capilla anexa a
uno de los internados de señoritas. Como no tenía una agenda formal para
anotar mis compromisos, escribí la información en algún lugar, pero, de al-
guna manera, le perdí la pista y olvidé mi compromiso. Pocos meses más
tarde yo estaba practicando el piano en mi casa y recibí una inquietante
llamada telefónica: el culto ya había comenzado, pero ¿dónde estaba el
orador? Les pedí que cantaran unos pocos himnos más mientras llegaba.
Me cambié rápidamente de ropa, y, de un salto, me metí en mi Saab de
1967. Pero el viejo coche no quiso ponerse en marcha. Lleno de pánico, co-
rrí a toda velocidad por el sendero que conducía al lugar de reunión, as-
cendí jadeante la colina sobre la cual se encontraba la capilla y llegué enoja-
do, resoplando ruidosamente y sudando a chorros, justo a tiempo para ver a
un centenar de estudiantes abandonando la capilla. Entre ellas estaba la
hermana de una señorita a quien yo estaba cortejando. Completamente
mortificado, evité encontrarme con ella y con cualquier otra persona, me
dirigí a mi casa, e inmediatamente puse el Saab en venta.
Cuando uno concierta una cita, especialmente con el Señor, es preciso que
sea organizado. Es muy útil tener una agenda en forma de libro con un ca-
lendario de citas. Eso es precisamente Números 28, 29. Levítico 23 ya había
dado instrucciones para la observancia de los sábados semanales y, espe-
cialmente, para las fiestas anuales. Números 28, 29 proporciona una lista

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completa de sacrificios que la comunidad israelita debía ofrecer al Señor
cada día, cada sábado, el día primero de cada mes, y en los festivales anua-
les.
La adoración sacrificial regular en tiempos sagrados fijos recordaría a los is-
raelitas su relación de pacto con Dios. El hecho de poner esa lista en el libro
de Números refuerza la idea de que la generación más joven, que estaba a
punto de entrar a poseer la tierra prometida, debía mantener a su justo y
misericordioso Señor en un lugar supremo en su mente y su corazón.
Algo fundamental para todo el sistema sacrificial eran las ofrendas encendidas
de un cordero macho cada mañana y otro, como el último sacrificio del día,
por la tarde (Números 28:1-8; como un eco de Éxodo 29:38-42). Ofrendas de
cereales y libaciones acompañaban a cada uno de esos sacrificios para pre-
parar una comida completa para el Señor (cf. Números 15). Cualquier otro
sacrificio que se ofreciera era algo adicional a la ofrenda encendida regular.
Servía como el «alimento» diario del Señor (Números 28:2), del mismo
modo que los antiguos pueblos del Oriente Próximo servían a sus dioses
dos comidas cada día, el mismo número de veces que los seres humanos
comían en aquellos días. Sin embargo, los no israelitas pensaban que sus
dioses necesitaban en realidad el alimento humano:
«En el mito ugarítico de Baal, cuando el dios Ilu (El) ve a la diosa Atiratu
viniendo hacia él, le dice: "¿Tienes hambre de verdad?, pues has estado cami-
nando". En la épica babilónica Atrahasis, los dioses sufrieron de hambre y
sed durante el gran diluvio porque no había seres humanos que les ofrecie-
ran los sacrificios. Así que cuando, con posterioridad, Atrahasis (el símbolo
de Noé) ofrece su sacrificio, los dioses huelen la ofrenda (compárese Géne-
sis 8:20-21) y se amontonan como moscas. A diferencia de Yahveh, disfrutan
el olor porque les promete el fin de su hambre. En una oración, el rey hitita
Mursil usaba la necesidad que los dioses tenían de comida como argumento
para pedir que quitaran una plaga de su tierra, pues de otra manera sufrirían
porque no habría seres humanos que los sirvieran. En cambio, el Dios de Is-
rael no necesita que los seres humanos ofrezcan sacrificios para alimentarse
(Salmo 50:12, 13)». 1
A diferencia de las ofrendas paganas, las que los israelitas presentaban eran
solamente una prueba simbólica de fe en él y de comunión con él. Él es la
fuente y el sustentador de toda vida física, mental y espiritual. Por ello, las

1
Roy Gane, «Leviticus», en Zondervan Illustrated Bible Backgrounds Commentary on the Old Testament
(Grand Rapids, Michigan: Zondervan, Forthcoming), tomo 1, sobre Levítico 1: 9.
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almas de los hijos de Coré tenían hambre y sed de él (Salmo 42:2) y sus co-
razones y su carne cantaban de gozo (Salmo 84:2).
El sacrificio fundamental era un cordero. De modo que no sorprende que el
exaltado «Poema del Siervo Sufriente» de Isaías compare al Mesías sufriente
de Dios con un cordero que sufre en silencio por todos nosotros que nos
hemos apartado como ovejas (Isa. 53:6, 7). También fue muy apropiado
que Juan el Bautista anunciara primero públicamente a Jesús como «El
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Es como si
hubiera dicho: «¡Aquí está el que cumple todo el sistema sacrificial israeli-
ta!»
El descanso sabático fundamental en el séptimo día de cada semana no era
una observancia ceremonial dependiente del sistema ritual. Precedía al sis-
tema ritual y celebraba el «cumpleaños» de la creación del planeta tierra (Gé-
nesis 2:2-3; Éxodo 16:22-30; 20:11; 31:17). Sin embargo, el sistema ritual
honraba el sábado mediante el sacrificio de dos corderos adicionales (Núme-
ros 28: 9, 10) y por la renovación de los «panes de la proposición» dentro del
santuario (Levítico 24:8).
Cada luna nueva, que daba el comienzo a los meses, los sacerdotes presen-
taban un grupo de ofrendas quemadas adicionales y una ofrenda de purifi-
cación. Junto con sus acompañamientos de cereales y libaciones eran, al pa-
recer, como un suplemento de la ofrenda encendida de la mañana (Núme-
ros 28:11-15). Las lunas nuevas eran muy significativas porque el calen-
dario israelita era, básicamente, lunar, construido sobre la órbita mensual
de la luna alrededor de la tierra (Éxodo 12:2); no obstante, se ajustaba pe-
riódicamente al ciclo anual de la tierra alrededor del sol.
En el cuarto día de la creación el Señor había asignado a los cuerpos celestes
la función de estructurar el tiempo humano sobre el planeta Tierra, sir-
viendo «para separar el día de la noche, que sirvan de señales para las esta-
ciones, los días y los años» (Génesis 1:14). Por tanto, la adoración en las
lunas nuevas celebraría al Señor como creador y sustentador de nuestro sis-
tema solar y del tiempo. Si bien los sábados también honran al Creador y
estructuran el tiempo (semanas), tuvieron su origen en el ejemplo y la pala-
bra de Dios (Génesis 2:2, 3; Éxodo 20:8-11) y no en el movimiento de nin-
gún cuerpo celeste.
Era importante para los israelitas reafirmar periódicamente el señorío creador
de Dios sobre los cuerpos celestes porque otros pueblos del antiguo Oriente
Próximo adoraban al sol, la luna, los planetas, y las estrellas como deida-

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des. De hecho, la familia de Abraham provenía de una sociedad adoradora
de la luna en Mesopotamia.
Isaías 66:22, 23 profetiza que todo el pueblo de Dios vendrá a adorarlo en
las lunas nuevas y en los sábados en «los cielos nuevos y la nueva tierra».
Siendo que el significado básico de las lunas nuevas y los sábados semana-
les era la celebración de Dios como Creador, su relevancia sobrevivirá al
problema del pecado. En su visión de la tierra nueva, Juan vio otro aconte-
cimiento natural mensual, don del Creador: «En medio de la calle de la ciu-
dad y a uno y otro lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce
frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de
las naciones» (Apocalipsis 22:2).
Números 28:16 hasta el final del capítulo 29 presenta una lista adicional de
sacrificios que debían realizarse en los festivales anuales (cf. Levítico 23:4-
43). El festival de primavera incluía la Pascua, la fiesta de los Panes sin leva-
dura y la fiesta de las Semanas (Pentecostés). Los festivales de otoño consis-
tían de la fiesta de las Trompetas, el Día de la Expiación y la fiesta de las
Cabañas. Cada festival tenía sus ofrendas encendidas adicionales y sus
acompañamientos, más una ofrenda de purificación para hacer expiación
por el pueblo. Las ofrendas quemadas también proporcionaban expiación
(Levítico 14; 16:24), pero las ofrendas de purificación se centraban espe-
cialmente en la eliminación del pecado (por ejemplo, Levítico 4).
Las ofrendas encendidas a favor de la toda la comunidad israelita cada día
del año, más las ofrendas adicionales de purificación durante los festivales
anuales (incluyendo el Día de Expiación), proporcionaban al pueblo de
Dios algo así como una cubierta expiatoria. Es cierto que los individuos
también debían traer sus propios sacrificios al santuario y recibir el perdón
de Dios (Levítico 4; 5), pero los sacrificios públicos los cubrían antes de que
pudieran llegar al santuario. Recuérdese que cuando los israelitas se distri-
buyeron en la tierra de Canaán, Dios requirió que todos los varones compa-
recieran ante él tres veces al año: La fiesta de los Panes sin levadura, la fiesta
de las Semanas y de la cosecha, y la fiesta de las Cabañas (Éxodo 23:14-17;
34:22-24).
La relación entre la expiación de la comunidad, en sentido colectivo, y del
individuo que enseñaba el sistema sacrificial israelita nos ayuda a compren-
der la conexión que existe entre la cubierta expiatoria que Cristo nos propor-
cionó gratuitamente a todos cuando murió en la cruz (Romanos 5:15, 16; 2
Corintios 5:19) y nuestra experiencia individual de expiación cuando reci-
bimos el don de Cristo por la fe (Romanos 5:17; 2 Corintios 5:20; Efesios

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2:8). Cuando Cristo murió, compró de nuevo nuestro mundo (Juan 12:31)
para que sus habitantes pudieran sobrevivir y dar a todos la oportunidad de
tener la vida eterna, bajo la condición de creer personalmente en él (Juan
3:16). Si Cristo no hubiera muerto así, no habrían existido bases para que
la raza humana siguiese existiendo. Los que rechazan a Cristo y se ríen de
él, por lo general no se dan cuenta de que sin su sacrificio ni siquiera esta-
rían vivos.
Cuando pecamos, nos encontramos bajo la obligación de confesar el pe-
cado para que podamos recibir perdón y purificación (Levítico 5:1,5, 6; 1
Juan 1:9). Sin embargo, lo que Cristo hizo en la cruz por todos nos protege
antes de que tengamos la oportunidad de reconocer nuestra culpabilidad.
Esto contesta una pregunta que ha dejado perplejas a muchas personas:
¿Qué ocurre si muero inmediatamente después de pecar, sin tener la opor-
tunidad de confesar el pecado? Suponga que usted va conduciendo su coche
y alguien se le atraviesa de forma tosca y peligrosa. Dominado por una justa
indignación, usted hace un gesto o dice algo que no debería decir o hacer.
Luego, sobreviene un choque, y su vida termina en un trágico accidente.
¿Está usted eternamente perdido porque la última cosa que hizo fue un pe-
cado, y no lo confesó porque usted murió en ese mismo instante? No, si
usted ha continuado aceptando a Cristo como su Salvador. Su sacrificio lo
cubre a usted hasta que pueda confesar. Si usted no puede confesar, no es-
taría perdido por eso. Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito
(Juan 3:16). Él no está esperando que cometamos un error para dejarnos
caer el hacha al instante, frotarse las manos con entusiasmo, y decir: «¡Los
pillé!»
Los festivales celebraban aspectos agrícolas e históricos de las relaciones
entre Dios y su pueblo. Mediante su poder creador, les proporcionaba ali-
mento en la cosecha temprana (la fiesta de las Semanas) y la cosecha tardía
(la fiesta de las Cabañas). La generosa cantidad de sacrificios ofrecidos du-
rante la fiesta de las Cabañas era una acción de gracias especial al final de la
época de la cosecha. Por su poder redentor, que incluía su control sobre la
creación, Dios los había libertado de Egipto (las fiestas de la Pascua y los
Panes sin levadura) y sostenido en el desierto (la fiesta de las Cabañas).
Dios era aclamado como su Rey divino (Trompetas), y él juzgaba entre sus
súbditos leales y los desleales cuando era vindicada la justicia de su trato
con los que se equivocaban (Día de la Expiación). Los israelitas mostraban su
lealtad al Señor en el Día de Expiación humillándose con abnegación
(ayuno, etc.) y centrando su atención en la fase final de la expiación por
ellos, absteniéndose de todo tipo de trabajo (Números 29:7; cf. Levítico
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16:29-31; 23:26-32). El sábado ceremonial del Día de Expiación era como
el sábado semanal en que los israelitas no debían hacer ninguna obra ser-
vil. Otros sábados ceremoniales permitían hacer algunos tipos de trabajos
(como el trabajo doméstico) que no eran parte de la ocupación de la per-
sona (Números 28:18, 25, 26; 29:1, 12, 35).
Si bien nosotros no podemos guardar los festivales bíblicos en la actualidad,
porque el sistema ritual al cual pertenecían ya no existe; podemos aprender
mucho de ellos. Sería bueno que apartásemos tiempo especial para cele-
brar la soberanía de Dios y el cuidado sostenedor y la liberación que nos
proporciona. Jesús ya nos ha provisto la Pascua transformadora, la Cena del
Señor, para ayudarnos a recordar la redención que él nos ha provisto a tra-
vés de su sacrificio, hecho una vez para siempre. Al participar del cereal y
las libaciones que acompañaban a los sacrificios, que lo representaban a él,
aceptamos su sacrificio como nuestro Cordero pascual (Mateo 26:17-19,
26-29; 1 Corintios 11:23-26; 5:7; cf. Éxodo 12).

Cuando las promesas no pueden cumplirse


La joven, hija de padres misioneros, se había mudado de la India a los Estados
Unidos. Ahora era novia de un buen joven y estaba segura de que se casa-
rían en un futuro no muy lejano, cuando hubieran terminado su formación
académica. Entusiasmada, la joven prometió a una amiga hindú que ella se-
ría la dama de honor en la boda. El romance prosperó mucho más rápido de
lo que habían esperado, y la pareja se casó menos de un año después. En
ese momento de su vida, los contrayentes no tenían dinero más que para lo
mínimo, y no pudieron traer a la amiga desde la India para que participara
en la boda. Así que la novia escribió una carta pidiendo disculpas porque
había pedido a otra amiga que fuera la dama de honor. La muchacha hindú
no contestó y nunca más se comunicó con ella.
¿Qué ocurre si hacemos una promesa y luego descubrimos que no podre-
mos cumplirla? Esa situación produce muchas frustraciones y hiere muchos
sentimientos. Si la promesa se ha hecho a Dios, la situación es todavía más
seria. Números 30 ayuda a las personas a resolver este tipo de problemas.
Para un lector moderno las instrucciones divinas que se encuentran en Nú-
meros 30 podrían parecer sexistas. Si un hombre o una mujer independiente
(viuda o divorciada) hacían un voto al Señor, debían cumplir indefectible-
mente su promesa. Sin embargo, el voto o juramento de una mujer joven
que todavía viviera en la casa de su padre, o de una esposa que viviera con
su esposo estaba sujeto a la aprobación del padre o del esposo el día que él

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lo escuchaba. Si no decían nada en ese momento, ellas estaban ligadas por
su obligación. Pero si él presentaba objeciones y no permitía que ella cum-
pliera su voto o su juramento, la liberaba de su promesa y el Señor prome-
tía perdonarla de inmediato. Es el único caso de perdón estatutario en la ley
israelita.
¿Está la Biblia influida por algún prejuicio contra la mujer aquí? El hecho
de que las mujeres independientes sean tratadas como hombres indica que
el asunto no se trata simplemente de géneros. Es, más bien, la relación so-
cial entre una mujer y su padre o su esposo, quienes tienen jurisdicción so-
bre ella en lo tocante a un voto que podría afectarlos.
La sociedad israelita consideraba al hombre responsable de los asuntos lega-
les, incluyendo las transacciones que tenían que ver con la propiedad. Por
ello, si una hija o una esposa hacían un voto relacionado con una transfe-
rencia de propiedad, incluso una transferencia al Señor, necesitaba contar
con la aprobación del hombre bajo cuya autoridad estaba para poder cum-
plir su promesa. Si ella lo presionaba para que aceptase, pero él lo hacía de
mala gana, podrían producirse problemas y resentimientos en el hogar. Si él
se negaba a cooperar, y ella no podía cumplir su promesa, sería culpable de
un grave pecado. Dios previo ese problema liberando a las mujeres de las
obligaciones si el hombre bajo cuya autoridad estaban no estaba dispuesto a
cooperar con ellas.
«El esposo tiene la autoridad de confirmar o de anular cualquier voto o ju-
ramento de abstinencia que ella haya hecho» (Números 30:13, NVI). El pasa-
je se refiere al voto de abstinencia física, que podía incluir un voto de abste-
nerse de relaciones sexuales por un tiempo. Obviamente, el cumplimiento de
esa promesa requeriría la disposición del esposo y él podría resentirse si se
sintiera forzado a una situación que no aceptaba. De nuevo, Dios creó una
forma de evitar problemas entre hombres y mujeres. Similarmente, el após-
tol Pablo reconoció la necesidad de que los esposos y las esposas cooperen
en el aspecto de la sexualidad:
«El marido debe cumplir con su mujer el deber conyugal, y asimismo la mu-
jer con su marido. La mujer no tiene dominio sobre su propio cuerpo,
sino el marido; ni tampoco tiene el marido dominio sobre su propio cuer-
po, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de
mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración. Luego
volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra
incontinencia» (1 Corintios 7:3-5).

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Hay dos cosas notables en Números 30. En primer lugar, el Señor podría
haber insistido en su derecho, como Dios y Rey, a requerir el cumplimien-
to de los votos hechos a él y de los juramentos realizados en su nombre, sin
importar las consecuencias para los demás miembros de la familia. Pero él
estaba más preocupado por la armonía en los hogares israelitas que por sus
propios derechos.
En segundo lugar, el Señor estaba trabajando con una sociedad antigua. Él
no hizo la sociedad, pero la reguló con el propósito de mejorar las condi-
ciones y resolver los problemas. Aunque él es supremamente poderoso, no
se involucra en la ingeniería social, tratando de derribar la forma patriarcal
de hacer las cosas. En los tiempos modernos hemos visto cuan destructiva
puede ser la ingeniería social. El hecho de forzar a las sociedades rusa o chi-
na a amoldarse al comunismo destruyó la vida de muchos millones de per-
sonas. Se estima que bajo el liderazgo de Mao murieron setenta y cinco
millones de ciudadanos chinos. Mientras enseñábamos cursos de extensión,
mi esposa y yo pasamos hace poco varias semanas en Rumania, y vimos
que este hermoso país y su sociedad todavía no se han recuperado de los es-
tragos del comunismo, al que puso fin una revolución ocurrida en 1989.
Al tratar de alcanzar a personas de diversas culturas con el mensaje del
amor de Dios, podemos aprender mucho de la sabia y generosa actitud divi-
na. En el proceso de recibirlo a él y vivir según sus principios, los demás no
necesitan llegar a ser exactamente como nosotros. La lealtad genuina a Dios
puede florecer en una amplia variedad de contextos culturales.

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IV Trimestre de 2009
Libro Complementario

Bajo la sombra de la Shekinah

Roy Gane

Capítulo Trece

Una mirada hacia el pasado


y otra hacia el futuro
(Números 31-36)

Venganza divina
Él Señor quiso que, antes de morir, Moisés ultimase ciertos asuntos que es-
taban pendientes: «Ejecuta la venganza de los hijos de Israel contra los ma-
dianitas; después irás a reunirte con tu pueblo» (Números 31:2). El mandato
de Dios suscita dos preguntas. Primera, ¿por qué caería la justicia retributi-
va sobre los madianitas con exclusión de los moabitas? Segunda, ¿por qué
debía Moisés hacerse cargo de esta operación?
Con respecto a la primera pregunta, las mujeres moabitas habían participado
en la seducción de los israelitas a la inmoralidad y a la adoración idolátrica
en Baal-peor (Números 25:1-3). Pero las mujeres madianitas, representadas
por la hija de uno de los caudillos madianitas, tuvieron un papel estelar en la
culminación de la apostasía, y, al parecer, eso precisamente precipitó la pla-
ga que mató a veinticuatro mil israelitas (vers. 6-9, 14-18). Los israelitas
que murieron fueron parte de la comunidad culpable, pero, por tentar al
pueblo de Dios, las madianitas compartieron la culpabilidad y la responsa-
bilidad por la muerte de ellos. Dios había dicho a los israelitas que no les
hicieran daño a los moabitas, quienes habrían de retener sus tierras como
vecinos de Israel (Deuteronomio 2-9), pero no había protegido a los madia-
nitas de la misma forma.
Al responsabilizar a los madianitas y ordenar que cayera la justicia retribu-
tiva sobre ellos, el Señor mostró lo que piensa de quienes destruyen a su
pueblo tentándolo y engañándolo para que caiga en el pecado. El gran

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maestro de todos los tentadores es el mismísimo Satanás (Apocalipsis 12:9;
cf. Génesis 3; Mateo 4), quien perecerá finalmente en el lago de fuego (Apo-
calipsis 20). Nadie que «haga abominación y mentira» o «ame o practique
la mentira» será salvo al final (Números 21:27; 22:15). La condenación
también incluye a quienes se benefician del engaño de los placeres vene-
nosos, incluyendo los productores y los consumidores de drogas ilegales,
bebidas alcohólicas y tabaco. También elimina a aquellos que seducen a la
gente a practicar la inmoralidad, como las prostitutas, los productores de
pornografía y muchos que están involucrados en la industria del cine. Otro
engaño destructivo es lo oculto (prácticas relacionadas con las fuerzas so-
brenaturales de las tinieblas), que está alcanzando con sus tentáculos satáni-
cos muchos hogares a través de promotores de distintos medios de comuni-
cación y de sistemas religiosos.
La gracia de Dios puede redimir a los tentadores humanos, y lo hace (pues
también ellos son engañados), si están dispuestos a aceptar el don de la
vida y la purificación a través del sacrificio de Cristo. Pero si persisten en
arruinar a otras personas, su destrucción es segura. La advertencia es tam-
bién para nosotros, aunque no seamos tentadores de profesión, quizá tam-
bién descamemos a otros de vez en cuando. Haríamos bien en preguntarnos
si la gente es mejor o peor como resultado de nuestra influencia.
Ahora nos volvemos a la cuestión de por qué Moisés tenía que hacerse cargo
de aquella operación de represalia. ¿Por qué tenía Moisés que dirigir la des-
agradable tarea de castigar a los madianitas y eliminar la amenaza que repre-
sentaban para Israel? Una razón sería que los madianitas habían cometido su
fechoría contra los israelitas cuando Moisés los estaba dirigiendo. Así, tenía
sentido que el pueblo, bajo su dirección, los castigara, para que todos pudie-
ran ver la conexión entre los dos acontecimientos.
Podría estar en juego un factor adicional. Los madianitas eran des-
cendientes de Abraham a través de Cetura, la esposa que tomó Abraham des-
pués de la muerte de Sara (Génesis 25:1-2, 4). Por tanto, eran parientes de
los israelitas, igual que los moabitas y los edomitas. Pero Moisés estaba más
estrechamente relacionado con al menos una rama del ampliamente exten-
dido pueblo madianita a través de su esposa Séfora, la hija de un sacerdote
de Madián (Éxodo 2), que era adorador del verdadero Dios (Números 18).
Al castigar a los idólatras madianitas él mismo, Moisés demostraría que
cuando el Señor manda quitar un mal que amenaza a su pueblo, los seguido-
res leales de Dios no pasan por alto ni siquiera a sus parientes (cf. Éxodo
35:25-29). Antes bien, tienen la primera responsabilidad de poner coto al pe-

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ligro. Moisés articuló más tarde este principio con respecto a aquellos que
tratan de seducir al pueblo de Dios a la idolatría:
«Si te incita tu hermano, el hijo de tu madre, o tu hijo, tu hija, tu mujer o tu
amigo íntimo, diciéndote en secreto: "Vayamos y sirvamos a dioses ajenos",
que ni tú ni tus padres conocisteis, los dioses de los pueblos que están en
vuestros alrededores, cerca de ti o lejos de ti, desde un extremo de la tierra has-
ta al otro extremo de ella, no consentirás con él ni le prestarás oído, tu ojo no
lo compadecerá, no le tendrás misericordia ni lo encubrirás, sino que lo ma-
tarás; tu mano se alzará primero sobre él para matarlo, y después la mano de
todo el pueblo. Lo apedrearás hasta que muera, por cuanto procuró apartarte
de Jehová, tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de la casa de servidum-
bre, para que todo Israel lo sepa y tema, y no vuelva a hacer en medio de ti
cosa semejante a esta» (Deuteronomio 13:6-11).
La campaña contra los madianitas era una guerra santa para llevar la justicia
retributiva al nivel internacional, no una agresión de conquista a sangre fría.
Sería una advertencia para otras naciones que se sintieran tentadas a aniqui-
lar al pueblo escogido, canal de revelación divina en el mundo. Para mostrar
lo que era una guerra santa, Finees, el sacerdote, acompañó a las tropas con
algunos utensilios sagrados y las trompetas de la señal sacerdotal (Números
31:6). La presencia de Finees, quien había puesto fin a la apostasía en Baal-
peor, ejecutando a Zimri y a su amante madianita (Números 25), ligaba es-
pecíficamente este suceso con la guerra de Madián.
Los israelitas atacaron a los madianitas y mataron a todos los varones, in-
cluyendo a cinco reyes de la confederación tribal madianita, así como a
Balaam (Números 31:7-8; pero otros madianitas deben de haber sobrevi-
vido, véase lúe. 6-8). Debido a la protección de Dios, ni un soldado israelita
murió en esta guerra, como reconocieron los oficiales con una ofrenda es-
pecial de gratitud a Dios (Números 31:48-54).
Las tropas israelitas salvaron a las mujeres y a los niños madianitas, pero
Moisés ordenó que solo a las jóvenes vírgenes se les conservara la vida. Las
mujeres eran peligrosas y culpables, porque ellas habían seducido a los israeli-
tas para que entraran en una letal apostasía por consejo de Balaam (Números
31:9-18). Los jóvenes eran peligrosos porque podían preservar la identidad
madianita y vengarse más tarde (compárese a Aman, al parecer descendiente
de Agag, el rey amalecita, 1 Samuel 15; Ester 3-7). Por otra parte, Israel po-
día asimilar con seguridad a las jóvenes vírgenes en la nación a través del
matrimonio (en cuanto al matrimonio con mujeres cautivas, véase Deutero-
nomio 25:10-14).

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Todo este episodio nos parece terrible y brutal. Desde Arad, al principio, has-
ta Jericó y otros lugares, más tarde, la dedicación a la destrucción total no per-
donó la vida ni siquiera a las jóvenes vírgenes (Números 21:1-3; Josué 6;
etc.; Israel destruyó a los animales junto con sus dueños, así como otras pro-
piedades). Algunos intérpretes modernos quieren negar esto, diciendo que
Moisés y los israelitas estaban equivocados cuando pensaban que era la vo-
luntad de Dios que destruyeran a grupos enteros de naciones. Pero si Moisés
y otros profetas malinterpretaron a Dios en este caso, ¿cómo podemos creer
en otras afirmaciones y enseñanzas bíblicas, como la creación, la fe de
Abraham, la historia del éxodo, y otras? Pablo dijo que toda la Escritura es
inspirada y provechosa (2 Timoteo 3:16). Es todo o nada. Si comenzamos a
tomar esto y dejar lo otro, eligiendo lo que nos gusta, como hacemos en un
restaurante autoservicio, creamos mayores problemas y al final terminare-
mos no creyendo nada.
El Señor tiene el derecho de poner fin a grupos corruptos de personas (So-
doma y Gomorra, Génesis 19) e incluso a civilizaciones enteras (los mun-
dos antediluviano y del fin, Génesis 7; Apocalipsis 19; 20) por cualquier
medio que elija, ya sea por agua, por fuego, o por medio de los israelitas. Sus
ejecuciones colectivas han incluido mujeres y niños. Quizá incluso aquellos
niños estaban manchados moralmente más allá de toda posibilidad de re-
dención, o quizá haya otra razón. Dios sabe todo lo que se necesita para
adoptar una decisión correcta teniendo en cuenta la visión de conjunto los
resultados a largo plazo. Nosotros no tenemos ese conocimiento. Por lo tan-
to, no estamos calificados para juzgar la justicia de Dios (cf. Job 38-42) y hu-
mildemente deberíamos dejarle las cosas secretas (Deuteronomio 29:29) has-
ta que tengamos acceso a sus registros celestiales (1 Corintios 6:2, 3; Apoca-
lipsis 20:4). Fe es aceptar que él sabe mejor lo que conviene y que podemos
confiar con total seguridad en él. Job afirmó: «Aunque él me mate, en él espe-
raré» (Job 13:15).

El arte de resolver conflictos


Los capítulos restantes del libro de Números contienen planes para el esta-
blecimiento de los israelitas: la colonización de los territorios del lado
oriental del Jordán (Números 32); la necesidad de desposeer completamente
a todos los cananeos (Números 33); la distribución del territorio de Ca-
naán entre las tribus israelitas (Números 34); el establecimiento de las ciu-
dades de los levitas, incluyendo ciudades de refugio (Números 35); y el re-
querimiento de que las hijas que heredaran a sus padres debían casarse den-
tro de sus clanes para mantener las tierras intactas (Números 36). Los israe-

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litas destruyeron los establecimientos de los madianitas (Números 31:10),
pero no ocuparon sus territorios. La nación de Israel estaba a punto de cru-
zar el Jordán para poseer la tierra de Canaán, que estaba al oeste del río.
Sin embargo, ya habían tomado posesión de los territorios de Sehón, rey de
los amorreos, de Og, rey de Basan (Números 21). Siendo que estos territo-
rios estaban al este del Jordán, no eran parte de la tierra prometida. Una vez
que los israelitas hubieran ocupado la tierra de Canaán, tenían el plan de
abandonar las tierras de Sehón y de Og. Pero las tribus de Rubén y Gad es-
taban compuestas por ganaderos y vieron que aquellas tierras eran perfectas
para criar ganado. Por tanto, le pidieron a Moisés y a los otros dirigentes
que les permitieran hacer sus ciudades en aquel lugar, y no establecerse en
Canaán (Números 32:1-5).
Era cierto que si algunas tribus se establecían al este del Jordán, dejarían más
espacio para las otras tribus en el lado occidental. Pero Moisés los reprendió
severamente porque inicialmente tomó la propuesta como cobardía y como
rebelión para no ayudar a los otros israelitas a conquistar Canaán. Aquella
acción desalentaría al resto del pueblo, del mismo modo que los diez espías
lo habían desanimado en Cades; y otra generación tendría que perecer (ver-
sículos 6-15). Los rubenitas y los gaditas comprendieron las preocupacio-
nes de Moisés y propusieron que ellos dejaran a sus familias y a su ganado
establecidos al este del Jordán, y entonces los hombres cruzarían el río y se-
guirían a los otros israelitas a la guerra para ayudarlos a conquistar la tierra
prometida (versículos 16-19).
A Moisés le parecieron bien las condiciones propuestas y dio las tierras del
este del Jordán a las tribus de Rubén, Gad y a media tribu de Manases (ver-
sículos 20-42). Sin embargo, Moisés les advirtió severamente: «Pero si así
no lo hacéis, entonces habréis pecado ante Jehová, y sabed que vuestro pe-
cado os alcanzará» (Números 32:23). Con aquello quería decir: «Sepan que
Dios los considerará responsables y que estará pendiente para ver que el pe-
cado de violar la promesa que han hecho sea debidamente castigado». Es
posible que su advertencia nos parezca severa, pero, una vez que algunas
tribus hubieran recibido su herencia, el único incentivo para arriesgar su vi-
da a fin de ayudar a las otras tribus sería la lealtad al Señor y a la nación.
Sena como pagar a un obrero antes de hacer el trabajo.
Números 32 es una lección en el arte de resolver conflictos a través de los
principios de la comunicación franca y directa, el respeto por las perspecti-
vas de los demás, y la flexibilidad. Algunas personas tuvieron una idea bri-
llante. Pero otros leyeron la motivación como egoísmo y vieron un resul-
tado peligroso. Sin embargo, en vez de rebelarse, tratando de llevar a cabo
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sus propósitos por otros medios, o enojarse y criticar, el grupo con la idea
continuó comunicándose trayendo una propuesta modificada y ampliada,
que tenía en cuenta los legítimos temores de la otra parte, y mostraba que la
motivación, después de todo, no era egoísta. Su propuesta, que no ponía en
peligro el bienestar de nadie, fue aceptada e implementada con excelentes
resultados.
Necesitamos conocer las perspectivas de los demás, especialmente cuando
ven cosas que nosotros no vemos. También necesitamos unidad y una moral
elevada. Cuando (no si) tenemos diferencias, sea en el hogar, en la iglesia,
en la escuela, o en otras instituciones, la forma en que las abordamos tie-
ne un enorme impacto en nuestro éxito e, incluso, en nuestra supervivencia.
Es cierto que hay algunas circunstancias en las cuales escuchamos a las per-
sonas y consideramos sus razones, y, aun así, debemos adoptar decisiones
que no les agradan. Sin embargo, no deberíamos permitir que nuestro yo o
nuestros deseos de ganancia personal se interpongan en el camino y nos im-
pidan resolver conflictos cuando es posible una resolución pacífica. ¿Se ha
propuesto el lector ganar algo grande? Pues recuerde que es posible que su
grandeza no se pueda comparar con los hogares de todas las tribus israeli-
tas. ¿Es usted una persona importante con una gran autoridad? Pues, desde
luego, no será usted tan importante ni tan poderoso como Moisés. Por tan-
to, no incline la balanza a favor de algo porque el mero hecho de que tenga
el poder de hacerlo. Ser razonable y flexible no pondrá en riesgo su lideraz-
go.

La forma en que Dios nos ha conducido en el pasado


Al planificar el futuro, es sabio recordar nuestras experiencias pasadas,
exactamente del mismo modo en que siempre echamos una mirada al espejo
retrovisor mientras conducimos nuestro vehículo. Al avanzar en el camino
de la vida, es fácil perder de vista la imagen de conjunto. Tenemos trabajos
que terminar para una fecha fija, compromisos que cumplir, servicios y
deudas que pagar, reparaciones en la casa que debemos realizar, y así sucesi-
vamente. El estrés puede ser deprimente. Pero detengámonos a recordar
cómo nos sentíamos cuando éramos estudiantes y no teníamos un solo cen-
tavo, ganando apenas lo mínimo para comer, con bajos salarios en largas
horas de agotadora labor, alquilando apartamentos diminutos, y tratando
continuamente de mantenernos al día con la implacable presión de los estu-
dios. Si lo hacemos, ¡nos daremos cuenta de lo mucho que hemos avanza-
do!

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En medio de los planes para poseer la tierra de Canaán, Números 33:1-39
resume el increíble viaje de los israelitas de Egipto a las fronteras de la tierra
prometida. La larga lista de lugares, que Moisés registró en su diario, sirve
como recordatorio de la dirección de Dios. Fue más largo de lo que Dios
habría querido, pero su pueblo necesitó mucho tiempo extra dedicado a la-
bores de educación y reparación antes de que pudiera considerarse adecua-
da su formación en la fe. A la hora de dar calificaciones, Dios no se apartó
de la rectitud, ni pasó de curso a sus estudiantes simplemente porque ya hu-
biesen alcanzado cierta edad. Su fe debía alcanzar cierta norma mediante la
recepción de sus dones, y debían aprender a cooperar con él. Sin una fe lo
suficientemente fuerte, fracasarían por no confiar en él en tiempos de peli-
gro, y todos podían perderse. Llevar a un ejército a la batalla antes de que
estén listos es una receta ideal para la derrota y el desastre.
Aunque los israelitas ganaban batallas, todavía podían perder la guerra y
arruinar cuanto habían logrado con su ardua peregrinación si no podían
seguir las indicaciones del Señor para terminar la obra de expulsar total-
mente a los cananeos y destruir todos sus lugares de adoración (Números
33:50-54). «Pero si no echáis a los habitantes del país de delante de voso-
tros, sucederá que los que de ellos dejéis serán como aguijones en vuestros
ojos y como espinas en vuestros costados, y os afligirán en la tierra sobre la
que vais a habitar. Además, haré con vosotros como pensaba hacer con
ellos» (Números 33:55, 56).
Cualquiera que cuestione la sabiduría de Dios necesita leer el libro de los
Jueces, que registra lo que ocurrió después de que los israelitas, bajo la di-
rección de Josué, conquistaran la mayor parte de la tierra. Las tribus israeli-
tas perdieron la ocasión propicia y, confiando en su propia sabiduría, a sus
miembros les pareció más fácil convivir con los restos de los cananeos que
terminar la tarea de expulsarlos. En consecuencia, el pueblo de Dios cayó
en la apostasía y fue oprimido, exactamente como Dios había dicho que
ocurriría. Aquello postergó centenares de años la posibilidad de una paz
sólida.
El pueblo de Dios está en el mundo con el propósito de que sus integrantes
sirvan al Señor como canales de revelación para la humanidad; pero no de-
ben ser del mundo (Juan 15:19; 17:14-16). Deben ser distintos, o el mundo
no verá la diferencia. Los israelitas tuvieron muchos problemas para acotar
sus lindes. Ya era de por sí difícil vivir rodeados por naciones idólatras, pero
cuando toleraron a los idólatras que vivían en su medio, e incluso se hicie-
ron amigos de ellos, la tentación de asimilarlos y ser como todos los demás
fue, sencillamente, demasiado grande.
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En la actualidad muchos acusan a Dios de ser demasiado duro. Sin embar-
go, no toman en cuenta la situación ala que Dios tenía que hacer frente, in-
cluyendo el nivel inmaduro de la fe de su pueblo. Quizá una analogía nos
ayude algo. ¿Quiere el lector que sus hijos sean drogadictos? No. Las dro-
gas pueden destruir su vida. ¿Desea, entonces, que sus hijos sean amigos de
los traficantes de drogas, que tienen el propósito de reclutar a sus hijos para
que sean adictos a las drogas? ¡Por supuesto que no! ¿Permitiría usted que
un traficante de drogas viviera en su casa junto con usted y sus hijos? «¡No
sea ridículo!», dirá usted. ¡Por supuesto que no lo permitiría!
Sin embargo, ¿qué ocurriría si el traficante de drogas viviera en la casa antes
de que usted se mudara a ella? ¿Se tomaría usted el trabajo de echarlo de
allí? Pues bien, esa persona es peligrosa y procuraría vengarse. Entonces,
¿pediría usted a la policía que lo metiera en la cárcel para que no hiciera da-
ño a nadie? ¡Por supuesto! ¿Y qué ocurriría si usted supiera que había ase-
sinado a otras personas y que sería condenado a muerte si lo metían en la
cárcel? ¿Persistiría en su empeño de denunciarlo a la policía? ¿Quién debe-
ría ser protegido: el depredador humano o los hijos de usted? Es imposible
defender a ambos. Antes el criminal tenía derecho a vivir en la casa, pero ya
no lo tiene.
Tengo la esperanza de que el lector encuentre ahora un poco más de sentido
a lo que Dios ordenó. Ahora, piense: ¿a qué autoridad humana más elevada
podría volverse Dios para entregar a los criminales que vivían con los israe-
litas, que eran sus hijos? No había ninguna otra, y no había cárceles tam-
poco. La autoridad más elevada era Dios, de modo que era él quien tenía
que juzgar y ordenar la ejecución. Sus hijos necesitaban un lugar seguro pa-
ra vivir, y los cananeos habían usurpado el derecho de continuar viviendo
en la tierra. Si los israelitas se volvían adictos a los vicios de los cananeos,
ellos también perderían la tierra (cf. Levítico 18:24-30; 20:22-26).

Refugio hasta que la muerte del sumo sacerdote trajera la


libertad
Dos tribus y media ya tenían su herencia al lado oriental del Jordán (Nú-
meros 32). Nueve tribus y media recibirían su territorio en Canaán cuando
los israelitas la conquistaran. La división de la tierra entre ellos sería equita-
tivamente determinada por suerte y administrada por los dirigentes naciona-
les y tribales (Números 34; cf. Josué 13-19). Pero a la tribu de Leví, en vez de
recibir territorio, le serían asignadas varias ciudades, rodeadas por campos
de pastoreo, dentro de los territorios de otras tribus (Números 35:1-8). Los
levitas obtendrían su sustento del servicio del santuario (Números 18:20-
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24); por lo tanto, no necesitaban grandes campos de pastoreo o de cultivo.
La distribución de los dirigentes religiosos entre todas las tribus ayudaría a
unificar a la nación bajo la dirección de Dios.
Dios designó seis de las ciudades levíticas en varias partes de la nación co-
mo ciudades de refugio a las cuales podrían huir los que dieran muerte a
alguien por accidente. Tres de las ciudades estaban en el lado este y tres en
el lado oeste del Jordán (Números 35:6. 9-15).
Los accidentes ocurren. Un día, mientras trabajaba para un contratista de
construcción (para pagar mis estudios y los de mi novia) estaba yo ayudando
a desmontar un atracadero provisional construido de madera. Mientras su-
daba al blandir un enorme martillo de casi un kilogramo de peso, se me
escapó la herramienta, que salió volando por el aire hacia la cabeza de otro
trabajador. Él vio venir el proyectil y lo esquivó en el instante preciso para
evitar una muerte instantánea. Nunca lo vi moverse con tanta rapidez, antes
o después del incidente. ¡Uf! ¡La tragedia estuvo muy cerca!
Si un israelita mataba por accidente a alguien, podía huir a la ciudad de re-
fugio más cercana para ser sometido a un juicio justo. Pero si no huía, un
pariente cercano del muerto podía vengar la muerte, hubiera sido esta inten-
cional o por accidente. Los que llegaban a una ciudad de refugio y eran de-
clarados inocentes de un asesinato intencional estarían a salvo del vengador
si permanecían dentro de la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sa-
cerdote. Después de eso podían regresar a su hogar (versículos 22-28).
Quienes cometían un homicidio premeditado, probado por las cir-
cunstancias (uso de armas, recurso a emboscadas, enemistad previa, etc.),
no recibían asilo ni podían ser rescatados. La ley requería la pena capital en
tales casos (versículos 16-21, 31). «No contaminaréis la tierra donde viváis,
porque esta sangre mancillará la tierra, y la tierra no puede ser purificada
de la sangre derramada en ella si no es por la sangre del que la derramó»
(Números 35:33).
Varios aspectos de este pasaje nos suenan extraños a nosotros. En primer
lugar, ¿por qué eran necesarias las ciudades de refugio? ¿Por qué no prohibía
la ley simplemente la venganza de parte de los parientes? Una vez más,
vemos que Dios resolvió los problemas dentro del marco de una cultura
existente en vez de realizar ingeniería social (cf. Números 30 con respecto
a los votos de la mujer). El papel del vengador de la sangre —un pariente
con un fuerte interés en que se hiciera justicia— estaba profundamente arrai-
gado en la cultura y en la cosmovisión de la gente. Sería difícil desarraigar
aquella costumbre, de modo que el que diera muerte a alguien por acciden-
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te estuviera seguro. No había nada erróneo si el vengador ejecutaba al cul-
pable de homicidio premeditado (Números 35:21). El problema era cómo
salvar al asesino por accidente. No era seguro confiar que el vengador, movi-
do por la pasión o el dolor, distinguiera entre la muerte accidental y la inten-
cional. Habría conflicto de intereses si este fiscal cumplía al mismo tiempo
el papel de abogado defensor.
En segundo lugar, ¿en qué sentido contaminaba la tierra un asesinato? Era
contaminación moral, como la idolatría o la inmoralidad sexual (cf. Levítico
18; 20 con respecto a la adoración de Moloc, el adulterio, el incesto, la ho-
mosexualidad, y el bestialismo), no impureza física ritual que pudiera re-
mediarse a través de un ritual (como la contaminación con un cadáver,
Números 19). La tierra se «contaminaba», por ejemplo, en este sentido: si
un grupo de personas cometía demasiadas transgresiones morales mientras
vivían allí, la tierra los «vomitaría», es decir, Dios vería la manera de que fue-
ran expulsados (Levítico 18:24-30; 20:22-26). Eso fue lo que ocurrió final-
mente, por lo cual Israel fue llevado en cautiverio a Babilonia (2 Reyes 17,
25; 2 Crónicas 36; los libros de Jeremías y Ezequiel).
En tercer lugar, ¿por qué quedaba el asesino accidental confinado en la ciu-
dad de refugio, y por qué la muerte del sumo sacerdote lo libertaba (Núme-
ros 35:25-28)? Aunque el daño causado por uno que mataba a alguien fue-
ra accidental, de todos modos había quitado la vida a un hombre hecho a
la imagen de Dios. La vida humana es sagrada, lo cual explica por qué un
ataque que causaba un defecto físico permanente fuera un delito tan serio
en la legislación israelita, castigado con la ley del talión (Levítico 24:19,
20). La misma palabra que se traduce como «defecto permanente» en la ley
en otra parte se refiere a defectos que disminuían la vida sagrada y, por lo
tanto, descalificaban a un varón descendiente de Aarón para ocupar una
responsabilidad sagrada como sacerdote (Números 21:16-23). Un pecado
por descuido o accidente era pecado de todos modos, pero Dios propor-
cionaba expiación por él (cf. Levítico 4). Incluso en el caso de muerte acci-
dental, la vida es tan valiosa que solo una muerte humana puede hacer ex-
piación por ella. Pero en vez de la muerte del asesino por accidente (cf.
Números 35:33), el Señor aceptaba la muerte natural del sumo sacerdote.
La muerte de un sumo sacerdote como un tipo de expiación que provee li-
bertad se encuentra en el Nuevo Testamento, pero en esta ocasión no es una
muerte por causas naturales: «Pero estando ya presente Cristo, Sumo sa-
cerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto taber-
náculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de
machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez
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para siempre en el lugar santísimo, habiendo obtenido eterna redención»
(Hebreos 9:11, 12).

CONCLUSIÓN
El libro de Números termina con el matrimonio de las hijas de Zelo-
fehad (Números 36). Después del intenso drama de conflictos en el desier-
to, la victoria sobre las naciones, y la distribución de los territorios entre las
tribus, parece como un anticlímax. Pero es apropiado centrar la atención
aquí en la conexión entre el pasado de Zelofehad y su generación, y la nue-
va generación de sus hijas, quienes estaban a punto de entrar a poseer su he-
rencia. ¡De las cenizas de los errores dejados atrás en el desierto surge un
glorioso futuro para las familias del divino Redentor!
Nos encontramos en los límites de nuestra tierra prometida. Nosotros tam-
bién tenemos muchos años de errores que dejar atrás. Y también tenemos el
privilegio de cruzar el umbral de un hogar mejor. ¿Llevaremos nuestra fa-
milia con nosotros? ¿Seguiremos al Señor de todo corazón, como hicieron
Josué y Caleb? ¿Deseamos nuestras mansiones celestiales lo suficiente co-
mo para dejar nuestras tiendas atrás? ¿Deseamos hablar con nuestro Señor
de la shekina cara a cara por encima de cualquier otra cosa en el mundo?

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