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LUCHA DEL PROLETARIADO, ORIGEN

DELSOCIALISMO E INFLUENCIAS EN
LATINOAMERICA Y BOLIVIA

Paraiso “Don Bosco”

Integrantes:

- Selena Katia Jopa Villca

- Mishel Lipo Quispe

- Dianiela Kopa Oña

- Celeste Diego Averanga

- Talia Sirpa Quispe

- Gabriela Cochi Mamani

- Frany Ines Villavicencio

- Damaris Yamile Cuavas Pari

CURSO: 5TO. “A DE SECUNDARIA”


Gestión: 2018
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LUCHA DEL PROLETARIADO, ORIGEN DELSOCIALISMO E INFLUENCIAS EN
LATINOAMERICA Y BOLIVIA

INTRODUCCION.-

Durante la Revolución de 1848, que se extendió por buena parte de Europa


(Francia, Alemania, Imperio Austro-húngaro e Italia) la clase obrera apareció por
primera vez como clase diferenciada de la burguesía en lo ideológico, lo político y
lo organizativo. Como una clase con intereses propios. Como un nuevo sujeto
político. Ese papel del proletariado como clase independiente se pondría de
manifiesto aún con mayor evidencia con motivo de la breve experiencia de la
Comuna de París (18 de marzo a 28 de mayo de 1871) que, de hecho, fue la
primera revolución proletaria.

De ella diría Carlos Marx: “El París de los obreros con su Comuna, será
eternamente ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus
mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera” [La Guerra Civil
en Francia]. Desde entonces, el poder de la clase obrera y la actitud hacia esta
cuestión se han convertido en un elemento esencial para todo el movimiento
revolucionario.

En vísperas de la Revolución de Octubre en Rusia, Lenin lanzó la consigna de


“todo el poder a los soviets”. En ella se sintetizaba, de forma magistral, la idea de
implantar un nuevo poder político que estuviera en manos de la clase obrera o, lo
que es lo mismo, de implantar la dictadura del proletariado.

JUSTIFICACION.-

“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el periodo de


transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este periodo
corresponde también un periodo político de transición, cuyo Estado no puede ser
otro que la dictadura revolucionaria del proletariado” [1].

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1.- Necesidad de la dictadura del proletariado

Ahora, vamos a analizar con algo más de detenimiento este concepto clave de la
teoría marxista. No vamos a ocultar que se trata de un término un tanto
controvertido. Sin embargo, podemos decir que es la “piedra angular” de la teoría
marxista. Refiriéndose a este concepto, Lenin dijo que:

“Marxista sólo es el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al


reconocimiento de la dictadura del proletariado. En ello estriba la más profunda
diferencia entre un marxista y un pequeño (o un gran) burgués adocenado”.

Pero, ¿por qué es necesaria la dictadura del proletariado? Imaginémonos, por un


momento, que un partido obrero, un partido comunista, llegase al gobierno en un
país capitalista. ¿Qué capacidad de acción tendría? ¿Cómo podría impulsar la
transformación revolucionaria de la sociedad, en el terreno económico, en el
político y en el social?

La respuesta es evidente. En el marco de un Estado burgués sólo podría limitarse


a ser un gestor (más o menos eficaz) de los intereses del capital. Y, en caso de
que se atreviese a sobrepasar los límites impuestos por el Estado burgués, y por
su legalidad, sería desplazado del gobierno, ya sea pacíficamente o, si fuese
preciso, por la fuerza. Tenemos varios ejemplos de ello en la historia, y eso que no
se trataba de gobiernos revolucionarios sino tan sólo de gobiernos progresistas,
de izquierda.

Actuando dentro de los estrechos márgenes impuestos por el poder de la


burguesía, por muy democrático que este fuese, la clase obrera no podría nunca
alcanzar una correlación de fuerzas plenamente favorable para modificar las
relaciones de producción capitalistas ya que se vería constreñida por la propia
organización de la burguesía como clase dominante.

Sólo destruyendo esa madeja de relaciones burguesas, desarticulando esa


organización social y política, podrá abordar la clase obrera las tareas históricas
que le corresponden en virtud del lugar que ocupa en el proceso de producción.

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Para ello es necesario que el poder de la burguesía sea sustituido por el poder
revolucionario del proletariado.

Algunas aclaraciones necesarias

Habitualmente, el término “dictadura” suscita ideas relacionadas con el


autoritarismo y la arbitrariedad, con el despotismo y la tiranía, o con el
totalitarismo. Se relaciona inmediatamente con la falta de libertades y derechos
democráticos más elementales. Por eso, de entrada, conviene dejar bien claro
que, cuando en la teoría marxista se utiliza el término “dictadura del proletariado”,
es para hacer referencia al poder revolucionario de los trabajadores. De hecho, se
emplea dicho término para expresar la esencia, la naturaleza del Estado y para
resaltar la diferencia radical (esencial) que existe entre un Estado burgués y un
Estado socialista. Sobre esta cuestión, Lenin dijo con toda claridad que:

“Las formas de los Estados burgueses son extraordinariamente diversas, pero su


esencia es la misma: todos esos Estados son, bajo una forma o bajo otra, pero, en
última instancia, necesariamente, una dictadura de la burguesía. La transición del
capitalismo al comunismo no puede, naturalmente, por menos de proporcionar
una enorme abundancia y diversidad de formas políticas, pero la esencia de todas
ellas será, necesariamente, una: la dictadura del proletariado”.

Como vimos en el artículo anterior, sobre los aspectos generales del socialismo,
las condiciones concretas (económicas, políticas, sociales, culturales,
psicológicas, etc.) que hoy tenemos en Euskal Herria, son muy diferentes a las
que había en aquellos países en los que triunfó la revolución. Por eso, el
socialismo que desarrollaremos en Euskal Herria, tendrá unas características
específicas, unos rasgos propios. Sin embargo, su esencia también será,
necesariamente, la dictadura del proletariado.

La concepción marxista del socialismo, difiere sustancialmente de eso que


algunos denominan “socialismo identitario”. Para estos, de lo que se trata es de
“construir un modelo de desarrollo alternativo para Euskal Herria”, un modelo que
consideran “posible” y diseñado, “sobre todo, no desde parámetros maximalistas
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e irrealizables”, como al parecer pretendemos quienes queremos acabar de raíz
con el capitalismo. En definitiva que de lo que tratan, quienes defienden ese
pretendido “socialismo identitario”, es de cambiar el modelo, pero sin cambiar el
sistema.

2.- Democracia burguesa o democracia socialista

A priori, podríamos afirmar que al igual que la dictadura de la burguesía se puede


dar bajo distintas formas (desde las democrático parlamentarias a las más
autoritarias e incluso fascistas), sin perder por ello su esencia; la dictadura del
proletariado, también podría manifestarse bajo diversas formas, desde las más
rígidas a las más flexibles y democráticas. Sin embargo, esta afirmación aunque
aparentemente cierta, es profundamente falsa y puede inducir a peligrosos e
irreparables errores. Ello es así porque, a diferencia del capitalismo y de la
dictadura burguesa, que no requieren necesariamente de formas de dominación
democráticas, el socialismo y la dictadura del proletariado necesitan,
imprescindiblemente, de la democracia.

Lenin era muy consciente de la importancia de la democracia en la lucha por el


socialismo, tanto en el periodo anterior a la toma del poder por el proletariado
como una vez que hubiese triunfado la revolución. En ese sentido, dijo:

“…, así como es imposible un socialismo victorioso que no realizara la democracia


total, así no puede prepararse para la victoria sobre la burguesía un proletariado
que no libre una lucha revolucionaria general y consecuente por la democracia”.

El hecho de que, históricamente, en los países socialistas no haya ocurrido así,


responde a unas determinadas circunstancias concretas y, precisamente el que
esos regímenes políticos no fueran suficientemente democráticos es una de las
razones fundamentales que posibilitaron que en ellos se constituyese una nueva
clase explotadora, la burguesía burocrática (o burguesía de Estado) que acabó
haciéndose con el poder y restaurando en ellos el capitalismo. Por ese motivo, la
dictadura del proletariado debe ir indisolublemente ligada a la más amplia y
profunda democracia socialista.
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El marxista francés Charles Bettelheim, que dedicó gran parte de su vida a
estudiar las experiencias revolucionarias en los antiguos países socialistas,
especialmente en la URSS y en China, nos dice sobre esta cuestión:

“De una manera general, las limitaciones a la libertad de expresión, de información


y de discusión (en el partido y en el conjunto de la sociedad) concebidas como una
“protección” del carácter revolucionario del poder se transforman muy fácilmente
en su contrario. Permiten, no sólo la formación de camarillas y el desarrollo de la
corrupción y el nepotismo sino, más grave aún, son favorables a la toma del poder
por la burguesía de Estado. Un golpe de Estado realizado por esta última le
permite utilizar fácilmente las limitaciones impuestas a la democracia para reprimir
a los revolucionarios. Hoy, la experiencia de China, después de la de la URSS, no
pueden dejar ninguna duda a este respecto”.

Como sabemos, “la emancipación de los trabajadores solo puede ser obra de los
trabajadores mismos”. Por eso no se puede obstaculizar la actividad de las masas,
ni poner impedimentos a la libre organización de los trabajadores.

Una nueva democracia

La democracia socialista y la democracia burguesa son, por definición,


cualitativamente distintas. Ello se debe a que ambas son diferentes en su esencia,
en su naturaleza. Por esa razón, la democracia socialista no puede ser una
democracia formal, en la que simplemente se reconozcan unos derechos y
libertades (de asociación, de reunión, de expresión, de manifestación, etc.) como
ocurre en la democracia burguesa, en la que aparentemente todos los ciudadanos
somos “iguales ante la ley” y todos gozamos de “los mismos derechos y deberes”,
pero donde esa igualdad legal oculta y refuerza la desigualdad real entre los
pobres y los ricos, entre los explotados y los explotadores.

En la democracia burguesa, quienes verdaderamente pueden ejercer su derecho


de asociación y de reunión son los representantes de la clase dominante, que son
quienes cuentan con los mejores locales para celebrar sus reuniones (salones de
los clubs sociales y de los hoteles de lujo, sedes patronales, etc.) y no se ven
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obligados a pedir prestados los locales parroquiales, o a celebrar las reuniones en
lonjas destartaladas y muchas veces insalubres, en bares y cafeterías, o a
realizarlas en el monte.

En la democracia burguesa, se confunde interesadamente la libertad de expresión


con la intoxicación informativa, la manipulación de la opinión pública, etc., cuando
los principales medios de comunicación (prensa, radio, tv, etc.) son propiedad de
grandes grupos financieros que controlan y monopolizan la difusión de las noticias
y de las opiniones favorables al sistema. Cuando todos esos medios de
comunicación ignoran deliberadamente todas aquellas cuestiones que afectan
verdaderamente a las masas trabajadoras y son de interés general para el pueblo,
o presentan únicamente su visión distorsionada y partidista de cualquier
acontecimiento.

En lo que respecta a los medios de comunicación denominados “públicos”, por


estar en manos del Estado burgués (en sus diferentes niveles administrativos:
central, regional, local, etc.), también se puede decir que cumplen la misma
función que los que se encuentran en manos de grupos de capitalistas privados,
aunque formalmente traten de guardar algo más la apariencia de “imparcialidad”.

En general, los sindicatos obreros de clase, los colectivos juveniles, los grupos
ecologistas, los movimientos de mujeres, etc. etc., no cuentan con medios propios
para difundir sus ideas y propuestas entre las masas y deben recurrir a los
carteles, a los blogs de contra-información en Internet, etc., para hacerse oír de
alguna manera, pero con una capacidad de difusión incomparablemente menor de
la que tienen los grandes medios en poder de la burguesía.

A diferencia de este tipo de “democracia”, el socialismo y la dictadura del


proletariado deben garantizar una democracia real y efectiva para las masas, para
el conjunto del pueblo trabajador. Sin embargo, la historia nos enseña que, en los
antiguos países socialistas, la democracia no fue tal como la pintaba la
propaganda oficial, sino que fue bastante efímera.

3.- La experiencia rusa


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Es sabido que, a pesar de las durísimas condiciones que tuvieron que afrontar el
proletariado y el partido bolchevique, los primeros años del poder revolucionario
fueron los más democráticos de la historia soviética.

En primer lugar, debemos referirnos a la alianza inicial entre bolcheviques y social-


revolucionarios de izquierda, que se puso de manifiesto a partir del Segundo
Congreso de los Soviets de toda Rusia (26/27-10-1917) y con la entrada de los
eseristas de izquierda en el gobierno soviético (18-11-1917).

Sin embargo, la firma del Tratado de Brest Litovsk (3-3-1918) con Alemania, al que
se opusieron firmemente los eseristas de izquierda, y las diferencias con los
bolcheviques acerca de la cuestión campesina (los primeros se apoyaban en los
campesinos, en general, sin distinguir en ellos a sus distintas capas; mientras que
los bolcheviques se apoyaban en los campesinos pobres, más cercanos al
proletariado), les llevaron a abandonar el gobierno revolucionario, coincidiendo
con la ratificación del Tratado de Brest Litovsk por parte del IV Congreso de los
Soviets (15-3-1918) y a asesinar al embajador alemán, conde Mirbach (6-7-1918),
desencadenando un intento de golpe de Estado contra los bolcheviques, que sería
aplastado después de varios días de combates. Motivos por los que el partido
eserista de izquierda fué ilegalizado en agosto de 1918. De esta manera, las
circunstancias históricas condujeron al unipartidismo en Rusia, ya que el resto de
los partidos burgueses y reformistas, entre ellos lo eseristas de derecha, se habían
unido a la contrarrevolución.

Después del triunfo de la Revolución de Octubre, el gobierno soviético diferenció


entre los partidos burgueses y los de la pequeña burguesía. Mientras contra los
primeros se establecieron limitaciones y fueron objeto de vigilancia e, incluso, a
partir del inicio de la guerra civil, debido a que optaron por apoyar abiertamente la
contrarrevolución, fueron prohibidos; no ocurrió lo mismo con los segundos. De
cara a estos últimos, y con objeto de eliminar su influencia sobre las masas,
únicamente se planteó la lucha ideológica y política.

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A pesar de todo, Lenin consideraba que la restricción de derechos a la burguesía
debía ser limitada. Por ejemplo, se dio el caso del partido demócrata
constitucionalista (cadete), que continuó existiendo legalmente hasta finales de
noviembre de 1917. Pero, además, después de haber sido ilegalizado, debido al
apoyo que prestó a la insurrección contrarrevolucionaria de Kaledin, el periódico
de este partido (Svoboda Rosii) continuó publicándose legalmente hasta finales
del verano de 1918, en plena guerra civil y sólo fue prohibido cuando esta alcanzó
su mayor agudeza.

Sobre la cuestión de la restricción de los derechos a la burguesía, Lenin escribía


en octubre-noviembre de 1918, lo siguiente:

“Pero sería un error asegurar por anticipado que las futuras revoluciones
proletarias de Europa, todas o la mayor parte de ellas, originarán necesariamente
una restricción del derecho de voto para la burguesía. Puede suceder así..., pero
no es indispensable para el ejercicio de la dictadura, no constituye un rasgo
imprescindible del concepto lógico de dictadura, no es condición indispensable del
concepto de dictadura en el terreno histórico y de clase”.

Más tarde, con ocasión de la celebración del X Congreso del Partido Comunista
(8/16-3-1921), y ante la situación de inestabilidad surgida a raíz de la sublevación
de la guarnición de Kronstadt (2/17-3-1921), la dirección del partido prohibió la
formación de corrientes y plataformas fraccionales en el seno de éste. Esa
resolución no iba dirigida a impedir el libre debate dentro del partido, sino que se
trataba de una medida coyuntural, meramente transitoria, y que únicamente se
justificaba por las graves circunstancias del momento.

Sin embargo, esa restricción de la libertad de expresión se interpretó de forma


abusiva y unilateral, aplicándose desde ese momento como una norma general de
funcionamiento del partido e, incluso, se hizo extensiva a otros partidos de la
Internacional Comunista.

Por otra parte, la democracia soviética había quedado seriamente debilitada como
consecuencia de la guerra civil y la dureza de las medidas económicas adoptadas
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durante el periodo del “comunismo de guerra”. Sobre esta cuestión, Charles
Bettelheim dice que:

“El sistema de los soviets –en tanto que organizaciones impulsadas por las masas
populares- queda paralizado. La administración del país está, a todos los niveles,
en manos de aparatos que ya no se encuentran bajo el control directo de los
trabajadores”.

4.- La experiencia china

En abril de 1956, Mao se pronunció abiertamente a favor de la existencia de una


pluralidad de partidos:

“¿Qué es mejor: que haya un solo partido o varios partidos? Por lo que hoy
parece, es preferible que haya varios. Esto no sólo es válido para el pasado, sino
que puede serlo también para el futuro; significa coexistencia duradera y
supervisión mutua.

En nuestro país, siguen existiendo los numerosos partidos democráticos que se


formaron durante la resistencia al Japón y la lucha contra Chiang Kai-shek y que
se componen principalmente de elementos de la burguesía nacional y de su
intelectualidad. En este punto, nuestra situación difiere de la que existe en la
Unión Soviética. De manera consciente permitimos que subsistan los partidos
democráticos, les brindamos oportunidades para expresarse y aplicamos para con
ellos la política de unidad y lucha”…

“… Puesto que subsisten en China las clase y la lucha de clases, es imposible que
no exista la oposición en una u otra forma”.

Los partidos democráticos tuvieron una vida lánguida y, prácticamente, se fueron


extinguiendo. Pero, a raíz de la muerte de Mao (septiembre de 1976), los nuevos
dirigentes chinos los volvieron a reavivar, con objeto de dar una apariencia
democrática formal a la vía de restauración capitalista que habían emprendido.

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En el caso de China, se puede afirmar que la democracia socialista alcanzó su
máximo desarrollo durante los primeros meses de la Revolución Cultural, que se
desarrolló entre 1966 y 1976. Sin duda alguna, la eclosión de todo tipo de
organismos populares de masas, la proliferación de críticas abiertas hacia muchos
de los cuadros dirigentes (que seguían la línea burguesa), tanto en la prensa y en
la radio como en panfletos, carteles murales (dazibaos), etc., constituyeron la
prueba más evidente de ello. Pero su mejor exponente fue el episodio de la
Comuna de Shanghai.

Durante todo el año 1967, tuvieron lugar importantes y decisivos acontecimientos.

En algunas ciudades industriales como Shanghai, Tientsin y el Nordeste de China,


se multiplicaban los comités de fábrica. Se asiste a la creación de un “doble poder”
en numerosas empresas, en las que estos comités se enfrentan a los “grupos de
producción”, formados especialmente por cuadros y técnicos. A finales de
diciembre, se produciría el desmoronamiento de estos últimos.

En Shanghai, junto a los comités de fabrica, también surgen los llamados


“cuarteles generales”, enfrentados al Comité Municipal del PCCh, al que acusaban
de revisionismo. Sin embargo, los “cuarteles generales” no lograban entenderse y
llegar a acuerdos entre ellos. A principios de enero de 1967 y tras haberse
realizado varios mítines gigantescos, alguno de ellos con una participación de más
de un millón de trabajadores, se logra la dimisión del Comité Municipal del Partido
[16].

El 11 de enero de 1967, treinta y dos organizaciones revolucionarias llegaron a un


acuerdo y publicaron un “Comunicado urgente” a toda la población de la ciudad,
en el que se hacía una propuesta en diez puntos, manifestando su intención de
asestar un duro golpe a la “línea reaccionaria burguesa”, y en el que se derogaban
muchos de los decretos que habían sido promulgados anteriormente por el Comité
del Partido y el Gobierno municipal de la ciudad. El documento fue publicado y
comentado por la mayoría de la prensa china. Hasta el propio Mao lo presentó
como un modelo.

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Pero la situación se alarga. El 5 de febrero, en un mitin en el que llegaron a
participar un millón de trabajadores, los oradores declararon que tanto el Comité
municipal del partido, como el Gobierno de la ciudad habían sido destituidos, y que
habían sido sustituidos por un nuevo órgano de poder, la Comuna. Pero, a
diferencia de lo ocurrido con ocasión de la publicación del “Comunicado urgente”,
la mayor parte de la prensa china no celebra y apenas comenta la creación de la
Comuna de Shangai, ni de otras que se constituyeron posteriormente, como la de
Taiyuan. El poder central no desautoriza la creación de la Comuna de Shanghai
pero, tampoco la “reconoce” oficialmente. Unos veinte días después de su
constitución, la Comuna dejó de existir y fue sustituida por un “Comité
Revolucionario”.

Este nuevo organismo estuvo presidido por Chang Chun-chiao, que hasta ese
momento había trabajado en la organización de la Comuna, siguiendo las
indicaciones del Grupo del Comité Central Encargado de la Revolución Cultural, y
contando con la aceptación de todas las organizaciones fundadoras. Al igual que
en Shanghai, también se abandona la forma organizativa de la Comuna en las
otras ciudades en las que se habían llegado a constituir. ¿A qué fue debida esta
marcha atrás?

La única explicación parece hallarse en el discurso que pronunció Chang Chun-


chiao el 24 de febrero de 1967, en el que daba cuenta de las observaciones de
Mao sobre la creación de la Comuna de Shanghai. Según este, Mao no se
cuestionaba los principios en base a los que se constituyó la Comuna, sino que se
interrogaba sobre si el proceso seguido para su formación había sido correcto.
Mao dudaba sobre la viabilidad que podría tener la aplicación del modelo de la
Comuna de París a una ciudad industrial como era Shangai, que en aquella época
era el núcleo obrero más importante de China. Además, también se preguntaba
sobre los problemas internacionales que podría plantear el que por toda China se
extendiese y se generalizase la nueva forma de poder. En realidad, lo que
planteaba Mao no era un “condena” de la forma organizativa de la Comuna, sino
que estaba haciendo un llamamiento a la prudencia.

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Pero la mayor duda de Mao, lo que más le inquietaba, era la cuestión del Partido.
El adoptar una nueva forma de poder político, como era la de la Comuna, unido a
la tendencia de algunos sectores radicales a “derrocar a todas las personas
responsables”, le llevaba a hacerse una pregunta sobre si el Partido todavía
seguiría siendo necesario. En ese sentido, Mao consideraba que hacía falta “un
núcleo de bronce, para reforzarnos en el camino que nos queda por recorrer”.

En realidad, en los meses de enero-febrero de 1967, se produjo un “punto de


inflexión” en el desarrollo de la Revolución Cultural. Mao y el resto de dirigentes
que la impulsaban, no se atrevieron a profundizar más en ella, pues las
consecuencias eran imprevisibles. De esta manera, en 1967 se inicia un proceso
de “involución” que, en palabras de Bettelheim, se caracteriza por “una serie de
retrocesos jalonados de contraofensivas parciales, cada vez menos eficaces”.

5.- La percepción de estas experiencias en Occidente

En Euskal Herria, al igual que en una buena parte de los países que constituyen
su entorno geográfico (que actualmente forman parte de la UE) existe una
arraigada tradición democrática. En Europa Occidental tuvieron lugar las
revoluciones burguesas inglesas (1648 y 1688) y francesa (1789), las revoluciones
liberales de 1820 y 1830, así como la revolución de 1848, de la que ya hemos
hablado antes.

En varios de estos países se desarrolló una fuerte lucha de resistencia antifascista


durante la ocupación alemana e italiana. En el caso de Euskal Herria, además de
la lucha de resistencia contra la ocupación nazifascista en Iparralde, en Hegoalde
se desarrolló una larga y dura lucha contra la dictadura franquista. Sin embargo, a
pesar del peso indudable que en todos estos movimientos tuvo la clase obrera de
los distintos países europeos, ha sido la burguesía quien ha patrimonializado la
lucha por las libertades democráticas y la que trata de aparecer como la
abanderada de la democracia. Por eso, en estos países se considera a la
democracia burguesa como la “democracia” por antonomasia.

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La principal percepción que se tenía en los países de Europa Occidental sobre la
situación política en los llamados países socialistas, era su falta de libertades
democráticas. Y, aunque en buena medida esta imagen era producto de la intensa
propaganda burguesa, también hay que decir que los propios PC europeos
contribuyeron mucho a la creación de dicha imagen ya que durante muchos años
identificaron la dictadura del proletariado con el régimen político que existía en la
URSS. Justificaban el unipartidismo recurriendo al término peyorativo de
“partitocracia”, que usaban para definir (despectivamente) a los regímenes
democrático burgueses de algunos países capitalistas occidentales. Así, con ello,
“hacían de la necesidad virtud”.

Por eso, la propaganda burguesa (que generalmente aprovecha todos los


defectos, errores, fallos, limitaciones y deformaciones que pudiera haber, y que
hubo, en la URSS y en el resto de los antiguos países socialistas, para
desprestigiar y combatir al socialismo), lo tuvo muy fácil. Además, una serie de
hechos históricos como la “desestalinización”, llevada a cabo a partir del XX
Congreso del PCUS (febrero de 1956), la intervención rusa en Hungría (octubre-
noviembre de 1956), la invasión de Checoslovaquia (agosto de 1968), que fueron
hábilmente utilizados por la burguesía, contribuyeron a crear esa imagen que
identificaba el socialismo con la imposición y la falta de libertades democráticas y
nacionales.

Pero, si ocurría esto con las noticias que llegaban procedentes de los países del
este de Europa, a fin de cuentas relativamente próximos a nosotros, la imagen que
los trabajadores occidentales tenían de lo que ocurría en otros países socialistas
más lejanos, como China o los del Sudeste de Asia, estaba aún más deformada.
Ese es el caso de todo lo concerniente a la Revolución Cultural china.

La ideología dominante, ha sido capaz de ocultar la esencia del poder de la clase


explotadora (la dictadura de la burguesía), mientras que por otra parte ha ido
dando un significado negativo al término de dictadura del proletariado y lo ha ido
diluyendo en el concepto general de “dictadura”, identificando esta con la falta de
libertad y con el dominio de la fuerza, la coerción y la violencia. Y lo ha conseguido
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de tal forma que la sola idea de la dictadura del proletariado suene mal a los
trabajadores, logrando que identifiquen la democracia burguesa con la libertad y
la dictadura del proletariado con dictadura.

6.-Democracia socialista para Euskal Herria

La realidad social, política, económica y cultural de Euskal Herria, es muy distinta


de la que había en Rusia y China cuando en esos países se hizo la revolución.
Pero, además, la sensibilidad democrática de nuestro pueblo, desarrollada y
enriquecida a través de largos años de lucha contra el franquismo, por la
construcción nacional y la transformación social, no es proclive a implantar un
poder revolucionario que no esté basado en la más amplia democracia socialista.

En Euskal Herria, al igual que en otros países de nuestro entorno, debemos tener
muy en cuenta que para ganar a los trabajadores y trabajadoras para la causa
revolucionaria, no sirve el promover el recuerdo y la nostalgia de unos regímenes
que, en su momento, tuvieron una escasa aceptación en el proletariado occidental.

Aunque es completamente necesario estudiar esas experiencias, para aprender


de ellas (tanto de sus aciertos como de sus errores), no nos sirven como modelo a
emplear en nuestro trabajo político. Debemos tener muy claro que para ganarnos
a las masas trabajadoras, el socialismo tiene que ser un proyecto político que
resulte atractivo e ilusionante, y los regímenes del “socialismo real” no lo eran, en
modo alguno, salvo para una exigua minoría.

Por eso, a la hora de explicar una cuestión tan esencial como es la de la dictadura
del proletariado, además de hacer hincapié en que con ese término se hace
referencia al poder de los trabajadores, debemos recalcar de forma especial el
aspecto de la democracia socialista.

NOTAS:

1.- Carlos Marx. “Crítica del programa de Gotha”. O.E. de Marx y Engels (Tomo 2).
Editorial Fundamentos. Madrid, 1975. Pág. 25.

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2.- V. I. Lenin. “El Estado y la revolución”. O.E. (Tomo 2). Editorial Progreso.
Moscú, 1970. Pág. 320.

3.- En la filosofía marxista (Materialismo dialéctico), la esencia es una categoría


filosófica que se presenta constituyendo una unidad (mediante una relación
dialéctica de mutua interdependencia, es decir formando parte de una
contradicción) con la de fenómeno, de tal forma que la primera de ellas es el
aspecto principal de la misma. La esencia constituye el conjunto de las
propiedades más profundas y estables, y de las relaciones del objeto (ya
pertenezca éste al ámbito de la naturaleza o al de la sociedad). Es determinante
de su origen, de su carácter y de la dirección en que se desarrolla. Por su parte, el
fenómeno constituye un conjunto de propiedades y relaciones diversas del objeto,
externas, móviles, cambiantes, inmediatamente accesibles a los sentidos, y
representa el modo en que se manifiesta o se revela la esencia.

El hecho de que la esencia y el fenómeno constituyan una unidad, hace que no


puedan existir esencias “puras”, que no se manifiesten, o que tampoco haya
fenómenos que carezcan de esencia, que no sean una manifestación de una
esencia. La unidad dialéctica (contradicción) entre esencia y fenómeno se revela
en que, en determinadas condiciones, la una se pueda transformar en el otro y
viceversa.

El que ambas categorías formen parte de una contradicción, hace que una de
ellas (la esencia) aparezca como lo determinante y la otra (el fenómeno) como lo
determinado. Esta última, se da de manera inmediata, mientras que la primera
está más oculta, no aparece de inmediato. En cuanto a los rasgos que presenta
cada una de estas categorías, hay que decir que el fenómeno es más “rico” y
variado que la esencia y que ésta es más “profunda” que aquel. Por ejemplo, es el
caso de las distintas manifestaciones con que se puede presentar el poder de la
burguesía. Una misma esencia (la dictadura de la burguesía) que se puede
manifestar desde unas formas autoritarias o fascistas hasta otras democrático-
parlamentarias.

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La esencia de un objeto es siempre la misma, aunque se manifieste en una
multiplicidad, en una diversidad, de fenómenos. Por su parte, el fenómeno es más
móvil, cambiante y versátil, que la esencia. Puede ocurrir que un mismo fenómeno
sea manifestación de esencias distintas y hasta opuestas. Por ejemplo, es el caso
de la Revolución Cultural en China y la lucha de líneas que se dio en ella, era una
manifestación de las contradicciones que se daban en el seno de la sociedad
entre las fuerzas que trataban de proseguir la transformación social y las que
trataban de restaurar el capitalismo.

También puede ocurrir que el fenómeno pueda expresar la esencia de manera


inadecuada o tergiversada. En ese caso, nos encontraríamos ante una apariencia.
Por ejemplo, es el caso de los llamados países de “socialismo real”, que eran
socialistas en apariencia pero que, en esencia, eran países de capitalismo
burocrático de Estado.

Sin embargo, no sólo existe una contradicción entre la esencia y el fenómeno, sino
que también existe en el interior de la propia esencia. Este tipo de contradicción es
la más profunda y, por tanto, fundamental, del objeto y por ello es la que determina
su desarrollo general. Por ejemplo, es el caso de la contradicción entre la
burguesía y el proletariado, que se sigue dando durante el periodo de transición y
que hace que durante el mismo se siga desarrollando la lucha de clases.

4.- V. I. Lenin. Obra citada. Pág. 321.

5.- Ver el artículo de Eusebio Lasa Altuna: “Independencia: necesidad económica”


(GARA 13-12-2010). El autor de este artículo, también es colaborador en el libro
de Nekane Jurado “Independencia, de reivindicación histórica a necesidad
económica”. Editorial Txalaparta. Tafalla, 2010.

6.- V. I. Lenin. “La revolución socialista y el derecho de las naciones a la


autodeterminación” (1916). De la colección de folletos: Tres artículos de Lenin
sobre los problemas nacional y colonial. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Pekín,
1975.

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7.- Charles Bettelheim. “China hoy: cambios políticos y lucha de clases (Segunda
parte)”. Publicado en Monthly Review-Selecciones en castellano (julio/agosto
1978). Barcelona. Nota (65). Pág. 136.

8.- La guerra civil (1918-1920) ya había comenzado. Se había producido la


sublevación de los cosacos contra el gobierno soviético (6 de mayo) y también se
había levantado en armas la “legión checoslovaca” (25 de mayo).

9.- Ver: Charles Bettelheim. “Las luchas de clases en la URSS. Primer periodo
(1917-1923)”. Editorial Siglo XXI. Madrid, 1976. Págs. 231-233.

10.- V. I. Lenin. “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”. O.E. (Tomo 3).
Editorial Progreso. Moscú, 1970. Págs. 85-86.

11.- Sobre esta cuestión, así como sobre la relación entre los bolcheviques y
Socialistas Revolucionarios de izquierda y, en general, sobre la evolución de la
democracia soviética, se pueden consultar las siguientes obras:

Umberto da Cruz. “Lenin y el partido bolchevique”. Miguel Castellote Editor.


Madrid, 1976.

· Gerard Walter. “Lenin”. Ediciones Grijalbo. Barcelona, 1972.

· Charles Bettelheim. “Las luchas de clases en la URSS. Primer periodo


(1917-1923)”. Editorial Siglo XXI. Madrid, 1976.

· Charles Bettelheim. “Las luchas de clases en la URSS. Segundo periodo


(1923-1930)”. Editorial Siglo XXI. Madrid, 1978.

12.- Charles Bettelheim. “Las luchas de clases en la URSS. Primer periodo (1917-
1923)”. Editorial Siglo XXI. Madrid, 1976. Pág. 463.

13.- Mao Tse-Tung. “Sobre diez grandes relaciones”. O.E. (Tomo 5). Editorial
Fundamentos. Pág. 321-323.

14.- Estos partidos son: el Comité Revolucionario de Kuomingtan de China


(Minge), la Liga Democrática de China (Minmeng), la Asociación de la
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Construcción Democrática de China (Minjian), la Asociación para la Promoción de
la Democracia de China (Minjin), el Partido Democrático Campesino y Obrero de
China (Nonggongdang), el Zhigongdang de China, la Sociedad Jiusan (3 de
Septiembre), y la Liga para la Democracia y Autonomía de Taiwan (Taimeng).

15.- Para estudiar los dos primeros años de la Revolución Cultural, resulta
imprescindible el libro de K. H. Fan: “La revolución cultural china”. Ediciones ERA.
México, 1970. En él se recogen los documentos, circulares y resoluciones más
importantes del PCCh en dicho periodo, así como otros documentos polémicos. El
autor ha situado todos ellos en las condiciones, ambiente y circunstancias
concretas del momento.

16.- Charles Bettelheim. “China hoy: cambios políticos y lucha de clases (Segunda
parte)”. Publicado en Monthly Review-Selecciones en castellano (julio/agosto
1978). Barcelona. Págs. 126-127.

17.- K. H. Fan. Obra citada. Págs. 207 a 215.

18.- Charles Bettelheim. Artículo citado. Pág. 127.

19.- Idem.

20.- De hecho, si la forma organizativa de la Comuna se hubiese extendido por


todo el país, el Estado chino podría haber desaparecido como forma de
organización política centralizada. En una situación internacional como la que
existía en aquellos momentos, con el imperialismo yanqui interviniendo
militarmente en Indochina y con el peligro potencial de estallido de un conflicto
entre China y EEUU, como una posible consecuencia de aquel conflicto; con un
enfrentamiento cada vez más radical con la URSS, con la que China mantiene una
extensa frontera; y con un conflicto fronterizo latente con la India, con la que ya
había tenido varios enfrentamientos armados en el pasado, es lógico pensar que
cualquiera de estas potencias, o tal vez varias de ellas al mismo tiempo, podrían
haber aprovechado la situación política interna china, el “vacío de poder” que se

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hubiera creado como consecuencia de la posible desaparición del Estado chino,
para invadir y tal vez desmembrar aquel país. Ese era un peligro real.

Pero, otra posibilidad es que la generalización de una forma política de


organización basada en la comuna, podría haber contribuido a la profundización
de la democracia socialista y haber dado lugar a una nueva forma de dictadura del
proletariado. De hecho, muchas de las organizaciones revolucionarias de masas
que surgieron en aquellos momentos, como el Cuartel General de los
Trabajadores Revolucionarios, el Comité Unido Rebelde de los Obreros de
Shanghai, el Comando Unido Revolucionario de los obreros de Shanghai, etc.,
aunque se autodenominaban como “organizaciones de masas”, en realidad
funcionaban como partidos revolucionarios.

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