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Métodos de

investigación
histórica
libros
MÉTODOS DE INVESTIGACIÓN
HISTÓRICA

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C olección S íntesis • H istoria

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MÉTODOS
DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA

Francisco Alía Miranda

EDITORIAl
SINTESIS
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índice

Introducción.................................................................................................. 7

1. El trabajo de investigación.................................................................. 11
1.1. La investigación y el investigador.............................................. 11
1.2. Las partes y divisiones de un trabajo de investigación............ 15
1.3. La redacción.................................................................................. 19
1.4. Las citas y las referencias bibliográficas..................................... 22

2. El método y las técnicas de investigación h istórica........................ 29


2.1. El método de investigación histórica: definición,
condiciones y procedimientos..................................................... 29
2.2. Las operaciones del método de investigación histórica........... 35
2.3. Las técnicas de investigación...................................................... 38
2.4. El documento y las fuentes.......................................................... 53

3. D é la biblioteca tradicional a la biblioteca d ig ita l......................... 61


3.1. Las bibliotecas y los centros de documentación....................... 61
3.2. La recuperación de información:
técnicas de búsqueda bibliográfica............................................. 67
3.3. Las fuentes de información bibliográfica.................................. 75
3.4. Las bases de datos bibliográficas................................................ 79
3.5. Las bibliotecas digitales............................................................... 89
3.6. Los repositorios y los recolectores de documentación digital.. 93
6 Métodos de investigación histórica

4. E l archivo, principal laboratorio de investigación .......................... 97


4.1. Los archivos y sus documentos................................................... 97
4.2. Los objetivos y la organización de los archivos........................ 100
4.3. Los instrumentos de descripción................................................. 102
4.4. Las bases de datos archivísticas y la documentación digitalizada.. 107
4.5. El sistema archivístico español y las clases de archivos.......... 110

5. Las fuentes bibliográficas.................................................................... 127


5.1. El libro antiguo, fuente para el estudio histórico..................... 127
5.2. La descripción de la realidad social: corografías, diccionarios
geográfico-históricos y enciclopedias........................................ 131
5.3. La estadística oficial..................................................................... 139
5.4. Los anuarios y las g u ía s............................................................... 150
5.5. Las colecciones documentales..................................................... 156
5.6. La literatura y la historia............................................................. 160

6. Las fuentes documentales ................................................................... 171


6.1. La documentación de la Administración Central
y el origen de los archivos............................................................ 171
6.2. Las fuentes fiscales........................................................................ 175
6.3. Las fuentes jurídicas..................................................................... 188
6.4. Las estadísticas vitales.................................................................. 195

7. L a prensa ............................................................................................... 199


7.1. Las posibilidades de la prensa para el historiador................... 199
7.2. La metodología de la prensa....................................................... 202
7.3. La prensa digitalizada en Internet: las hemerotecas virtuales .. 211

8. Las fuentes orales ................................................................................. 215


8.1. La metodología de las fuentes orales......................................... 215
8.2. La construcción social de la memoria: los archivos orales
y los principales proyectos en Internet...................................... 224

9. Las fuentes iconográficas y audiovisuales ....................................... 229


9.1. La imagen como documento histórico...................................... 229
9.2. La fotografía y la historia........................................................... 233
9.3. La cartografía histórica............................................................... 241
9.4. La numismática y la filatelia....................................................... 250
9.5. La relación historia y cine........................................................... 256

Bibliografía seleccionada............................................................................. 265


Introducción

Aunque tradicionalmente los investigadores españoles no hayan prestado ex­


cesiva atención a enseñar y aprender cuestiones de metodología histórica, en
los últimos años se han publicado algunos estudios que han incidido en esta
temática, de gran importancia para los alumnos oficiales de grado, máster y
doctorado y para todos aquellos egresados que quieren iniciarse en el laborioso
camino de la investigación científica. Entre ellos destacan los de los profesores
Moradiellos (ediciones sucesivas entre 1994 y 2013), Aróstegui (1995 y 2001),
Hernández Sandoica (1998), Alted y Sánchez Belén (2005 y 2011) y Alía (2005
y 2008), que han actualizado la metodología de la historia haciendo olvidar las
enseñanzas ya desfasadas de los principales manuales con los que aprendían
los historiadores del siglo xix y de gran parte del xx, como los de Langlois y
Seignobos y Cardoso y Pérez Brignoli.
La recuperación de lo que la profesora Hernández Sandoica ha denominado
como la “tensión del método” ha venido a coincidir con un cambio profundo
en el trabajo del historiador por la incidencia de Internet. La red de redes nació
oficialmente en 1983 a partir de la interconexión de las tres redes del Departa­
mento de Defensa de los Eátados Unidos que las sustentaban (ARPANET, CS-
NET y MILNET), aunque su nombre lo adoptó en 1988. Un año despúes se de­
sarrolló la web (World Wide Web), gracias al ingeniero Timothy J. Berners-Lee.
En noviembre de 1989 estableció la primera comunicación entre un cliente y un
servidor usando el protocolo HTTP (Hypertext Transfer Protocol), o protocolo
de transferencia de hipertexto, y el sistema de localización de objetos en la web
URL (Uniform Resource Locator).
8 M étodos de investigación histórica

La red mundial ha revolucionado casi todos los aspectos de la sociedad, ha


modificado la enseñanza de la historia, como vienen poniendo de manifiesto
distintos especialistas (Fernández Izquierdo, 2006; Fernández García, 2002;
Montesi, 2011; Moradiellos, 2013a) y, por supuesto, hace necesario replantear­
se muchas cuestiones en la investigación histórica. Este libro tiene como prin­
cipal objetivo enseñar a investigar en la era de Internet y de las humanidades
digitales, sin olvidar, por supuesto, la explicación de la base y sustancia científi­
ca, con nociones sobre el método, las técnicas y las fuentes de investigación que
guíen de la mejor manera posible al historiador en la elaboración de cualquier
trabajo de investigación histórica, desde el más simple al más especializado.
Por eso los primeros capítulos están dedicados a explicar estos aspectos más
teóricos, cuyo conocimiento es básico para comprender el resto de apartados y
la práctica investigadora.
Dentro de las fuentes históricas, la atención prioritaria está dirigida hacia la
documentación digitalizada que nos ofrece Internet, porque viene cambiando
considerablemente en los últimos años, lo que añade un componente novedoso
y “misterioso” que se quiere analizar para evitar el miedo a lo desconocido
mientras se informa sobre las tendencias actuales. Si algo se desconoce, hay
muy pocas probabilidades de encontrarlo. Por eso este libro se plantea como
una obra útil y práctica, más que como un trabajo puramente reflexivo de di­
fícil comprensión para alumnos e investigadores, que son a quienes va dirigida
principalmente.
La especial dedicación que se presta a las fuentes en soporte electrónico,
tanto en lo referido a su forma de acceso y búsqueda como a su contenido, nos
obliga a detenernos en algunas cuestiones clave de varias de nuestras principa­
les ciencias auxiliares, como la archivística, la biblioteconomía y la documen­
tación. Todas ellas han experimentado recientemente un cambio sustancial en
sus bases científicas de la mano de las posibilidades que vienen ofreciendo las
nuevas tecnologías de la información, especialmente los catálogos colectivos
automatizados en red, las bases de datos y los procesos de digitalización de las
bibliotecas virtuales o digitales, términos que se usan indistintamente por ser
similares en sus objetivos. El historiador tiene que saber moverse con agilidad
por ese mundo tan enigmático y, a primera vista, tan complicado de los archi­
vos, bibliotecas y centros de documentación, tanto reales como virtuales, para
poder sacar el máximo provecho a los “tesoros” (o documentos útiles) que
muchos de estos centros albergan.
El análisis y descripción de las fuentes y de la documentación con la que
trabaja el investigador ocupa un espacio importante por tratarse de la base
científica y práctica que sustenta el oficio del historiador. En cada una de estas
fuentes se procura realizar un análisis de sus posibilidades metodológicas, se
describen sus principales modelos y se explican los proyectos de digitalización
más importantes que se pueden consultar en Internet. Como fuentes biblio­
Introducción 9

gráficas se han considerado aquellas publicadas que están depositadas en las


bibliotecas. Las fuentes documentales son las inéditas y únicas, conservadas en
los archivos. Posteriormente se analizan algunas de las fuentes más frecuentes
con las que trabaja el historiador, como las orales, la prensa y las iconográficas
y audiovisuales. Estas tres pueden estar conservadas en centros propios (heme­
rotecas, fonotecas, cartotecas, fototecas, filmotecas, etc.) o estar integradas en
bibliotecas.
Hay que hacer diversas advertencias previas a la lectura de esta obra. El es­
tudio de todas las fuentes disponibles en la actualidad resulta inabarcable en un
número limitado de páginas, por lo que se ha profundizado especialmente en las
más utilizadas por los investigadores y en las fuentes de la historia de España.
También en el análisis realizado de los archivos y de las bibliotecas el objetivo
fundamental ha sido los centros de información españoles, aunque los forma­
tos, soportes, tecnología y normativa que utilizan son de rango internacional,
lo que hace que las cuestiones básicas sobre su ciencia que se explican aquí sean
válidas en cualquier país. El Ministerio de Cultura ha sido el emprendedor de
gran parte de bases de datos y de proyectos de digitalización españoles. Aunque
posteriormente cambió su denominación por Ministerio de Educación, Cultura
y Deportes, la mayor parte de las citas a este organismo se referirán a su deno­
minación original, para evitar cambios de denominación posteriores y porque
han sido siempre proyectos de carácter cultural.
No se ofrecen direcciones de páginas web en Internet porque cualquier cam­
bio en ellas repercutiría negativamente en la lectura de este libro a los pocos
meses de publicarse. Tampoco resulta una cuestión trascendente, porque cual­
quier buscador general nos lleva a ellas de forma bastante directa y fiable. Se ha
preferido ofrecer el número de registros en las bases de datos o de documentos
en las bibliotecas digitales con el fin de que el lector se haga una idea cuantita­
tiva de su importancia, a sabiendas de que estas cifras pueden variar día a día.
Estos datos numéricos, cuando no se especifique lo contrario, se refieren al año
2016. La información que se ofrece de las bases de datos y bibliotecas digitales
puede resultar muy desigual, en función de la que ellas mismas facilitan.
Otra cuestión importante para finalizar esta breve introducción: se ha pre­
tendido hacer un libro práctico y, como tal, el número de sus páginas tenía que
ser limitado. Siendo conscientes de que muchos temas de interés podían que­
darse fuera, se ha decidido ofrecer el enlace a una información más amplia y
detallada de algunos temás concretos y especializados, que se anuncia al final
de algunos capítulos.
A pesar de la importancia de Internet en el ámbito de la investigación histó­
rica y en el de los centros de información y documentación, resaltada a lo largo
de todo este trabajo, intentamos que este libro sirva de aviso claro y contunden­
te hacia todos aquellos que ingenuamente piensan que el trabajo del historiador
se puede hacer ya casi en su totalidad desde los despachos. Ni mucho menos.
10 M étodos de investigación histórica

Los archivos y bibliotecas van a seguir por bastante tiempo constituyendo la


base de nuestra investigación. Las tecnologías complementan la labor, pero ni
mucho menos la sustituyen. Hay que estar alerta ante el ascenso de lo que
Broncano (2013) define como “ la cultura tecnológica inmediatista” , que privi­
legia la novedad y la inmediatez por encima del bagaje patrimonial, y que en
consecuencia reemplaza las instituciones de conservación de la memoria histó­
rica (archivos, bibliotecas, museos) por prácticas privadas de almacenamiento
masivo y compulsivo de información trivial o de relevancia no discernida.
Mi agradecimiento más sincero al profesor, amigo y compañero Jorge On-
rubia Pintado, director del Laboratorio de Arqueología, Patrimonio y Técnicas
Emergentes del Instituto de Desarrollo Regional de Castilla-La Mancha, que
ha redactado el texto dedicado a las técnicas arqueológicas dentro del aparta­
do 2.3 “Las técnicas de investigación” . A la Universidad de Castilla-La Man­
cha, que me permite enseñar y aprender. La mayor parte del contenido de este
libro es fruto de la experiencia docente e investigadora llevada a cabo en su
Facultad de Letras y en el Departamento de Historia. También a la Editorial
Síntesis por haberme confiado la redacción de una obra tan importante para
cualquier investigador como esta, dirigida a todos los que se sienten atraídos
por la elaboración de cualquier tipo de trabajo de investigación histórica.
Muchas gracias también a todos los lectores, esperando que este libro
les “ ilumine” en ese momento difícil y de enormes dudas que es el del inicio
de una investigación: “ El planteamiento es como entrar en un laberinto, sa­
bemos dónde comenzamos, pero no dónde habremos de terminar. Entramos
con convicción, pero sin un mapa preciso” (Hernández, Fernández y Baptista,
2006: 525).
El trabajo de investigación

1.1. La investigación y el investigador

“Investigación es simplemente recoger la información que se necesita para res­


ponder una pregunta y así contribuir a resolver un problema” (Booth, Colomb
y Williams, 2005: 24-25). Desde luego no se trata de una tarea tan simple, pues
cualquier investigación conlleva “ un conjunto de procesos sistemáticos y empí­
ricos que se aplican al estudio de un fenómeno” (Hernández, Fernández y Bap-
rista, 2006: 22). Ni tampoco es tan difícil de aprender como pueda deducirse de
muchos libros sobre metodología complicados de entender.
Investigar es un arte que, en gran parte, se aprende haciéndolo. Para llevarlo
a cabo, el investigador debe tener una buena preparación que favorezca el de­
sarrollo de sus habilidades: “Una mente abierta y predispuesta para el análisis,
intentar dejar de lado posibles prejuicios y concatenar pesquisas, observacio­
nes y resultados” (Tortosa, 2014: 26), y múltiples cualidades, ni mucho menos
innatas. Entre ellas destacan: curiosidad, imaginación, paciencia, constancia,
tesón y un ansia continuá por aprender.
El investigador debe ser una persona curiosa, porque la curiosidad hace ver
las cosas de otra manera y replantearse muchas cuestiones, condición previa a
cualquier investigación. La imaginación es creación; añade nuevos componen­
tes al investigador al dotarle de habilidad para crear a partir de imaginar cues­
tiones que le resultan curiosas o con aquellas con las que no está satisfecho. El
trabajo de investigación no es sencillo ni debe ser rápido y precipitado, aunque
12 M étodos de investigación histórica

esté bien planeado. Por eso el investigador debe tener mucha paciencia para lle­
varlo a cabo y para ir solventando todos los problemas que se presentarán, que
a buen seguro serán numerosos. Hay que tener constancia en el trabajo, hacer
de este un esfuerzo continuo, sin altibajos ni sobresaltos. Al principio parece
que no se avanza. Las lecturas previas pueden cansar. Pero el investigador debe
saber que solo la constancia, el esfuerzo y el tesón pueden llevar a una meta que
está lejana, porque nunca se termina de apreiider. Ni cuando se da por finaliza­
da la investigación. Ningún tema tiene punto final.
A pesar de todas las cualidades y habilidades que se precisan, no hay que
tener “ miedo escénico” . Todas las personas son investigadoras natas que han
llevado a cabo investigaciones informales toda la vida (Walker, 2000: 32-33).
El desarrollo vital, desde la edad más temprana a la adulta, es un mero pro­
ceso de aprendizaje a través de la experiencia y del conocimiento. Desde que
comenzamos a hablar y escribir hasta que vamos a la universidad o al trabajo,
tenemos que aprender a discriminar, a elegir qué preguntas parecen ser las más
importantes para avanzar día a día.
En la investigación científica el investigador es determinante. De ahí la im­
portancia de su preparación y de sus cualidades. Su papel es de verdadero pro­
tagonista y lo debe asumir desde el principio. Tiene que ser una persona activa,
porque tiene muchas cosas que hacer y muchas decisiones que asumir. “ La in­
vestigación es como la búsqueda de oro: debe excavar mucha materia prima, se­
leccionar un poco y descartar el resto” (Booth, Colomb y Williams, 2005: 189).
La investigación se origina por ideas, sin importar qué tipo de paradigma
fundamente nuestro estudio ni el enfoque que habremos de seguir. “ Para iniciar
una investigación siempre se necesita una idea; todavía no se conoce el sustituto
de una buena idea. Las ideas constituyen el primer acercamiento a la realidad
objetiva que habrá de investigarse (desde la perspectiva cuantitativa), o a la
realidad subjetiva (desde la perspectiva cualitativa)” (Hernández, Fernández y
Baptista, 2006: 34).
El investigador cuando busca algo hace una investigación consultando las
investigaciones de otros y añadiendo sus propios descubrimientos. Por ello es
indispensable comenzar por leer, conocer el estado del conocimiento científico
del tema (lo que se conoce como estado de la cuestión). Cuanto más se lea, me­
jor se diferenciarán las buenas investigaciones de las que muestran poca solidez.
No hay que aceptar sin más lo que cualquier investigador diga sobre el tema,
aunque sea una personalidad de reconocido prestigio. Hay que poner casi todo
en duda y realizar un gran trabajo crítico nada conformista.
Las lecturas previas nos ayudan a conformar el denominado marco teórico,
que es tanto un proceso como un producto. Un proceso de inmersión en el
conocimiento existente y disponible. Un producto porque el investigador tiene
que elaborar ese marco teórico exponiendo y analizando las teorías, las con-
ceptualizaciones, las perspectivas teóricas, las investigaciones y los antecedentes
El trabajo de investigación 13

en general, que se consideran válidos para el correcto encuadre del estudio.


“ El marco teórico proporciona una visión de dónde se sitúa el planteamiento
propuesto dentro del campo de conocimiento en el cual nos moveremos” (Her­
nández, Fernández y Baptista, 2006: 64).
A partir de estas lecturas previas y de la adopción de una teoría (que debe
ser capaz de describir, explicar y predecir) se pueden lanzar hipótesis, preguntas
sobre lo que se quiere averiguar. Estas preguntas serán las que guíen la investi­
gación y señalen el problema que se intentará resolver. “Plantear el problema no
es sino afinar y estructurar más formalmente la idea de investigación” (Hernán­
dez, Fernández y Baptista, 2006: 46). Las buenas ideas de investigación intri­
gan, alientan y excitan al investigador; no tienen que ser necesariamente nuevas
pero sí novedosas, y deben servir para elaborar teorías y solucionar problemas.
Las preguntas representan el qué de la investigación. Por ello deben formu­
larse claramente y de forma concreta y precisa, evitando aquellas generales.

Desde el punto de vista de la creatividad, te darás cuenta de que si siem­


pre tienes en la cabeza la pregunta que se supone que tienes que contestar,
incluso cuando estés leyendo sobre una cuestión que no parezca referirse a
ella, encontrarás, sin demasiado esfuerzo, paralelismos y diferencias que te
ayudarán a entender mejor el tema planteado. (Warburton, 2012: 45)
No todo problema es científico. Para que un problema se sitúe en el punto
de mira de un investigador debe tener una serie de características (López Yepes,
1995: 82). La primera es que debe ser un problema objetivo: un problema cuya re­
solución sea factible y facilite la solución de otros problemas en su campo de cono­
cimiento. La segunda es que el problema científico debe estar bien concebido y bien
formulado desde sus orígenes hasta su conformación en el tema de la investigación.
En toda investigación siempre habrá un “problema principal” y otros secun­
darios. Una formulación completa de un problema de investigación tiene dos
partes: la primera parte formula alguna condición de conocimiento incompleto
o comprensión errónea; la segunda formula las consecuencias de ese conoci­
miento o comprensión errónea, mediante sus costes o los beneficios de resolver­
lo. Resulta necesario explicar las condiciones que lo ocasionaron: la ignorancia,
el error, el enigma, la contradicción, la falta de comprensión o la discrepancia
particular. Ello ayudará a valorar la importancia de la investigación (Booth,
Colomb y Williams, 2005: 259-261).
Además de leer las investigaciones de otros, a la hora de planificar la investi­
gación es importante saber a quién va dirigida, si es un trabajo académico o no,
tener en cuenta las necesidades y expectativas de los posibles lectores: “Apren­
der a investigar desempeñando el papel de un investigador e imaginando el
papel de su lector” (Booth, Colomb y Williams, 2005: 32).
Pensando en el “usuario final” de la investigación sabremos explicar nues­
tro trabajo, como si los lectores hicieran preguntas. Hay que saber anticipar
14 M étodos de investigación histórica

esas preguntas y responder con pruebas evidentes, afirmaciones rigurosas y jus­


tificadas. La innovación que conlleva la investigación debe estar firmemente
asentada, probada y razonada. Las dudas que queden, si las hubiera, deben
explicitarse en las conclusiones del trabajo, para que estas mismas, cuando le
surjan al lector, encuentre al menos la explicación de por qué no se han resuelto
a lo largo de las páginas del trabajo.
El lector espera que el trabajo de investigación por el que se interesa le pre­
sente y explique afirmaciones novedosas y lo suficientemente importantes. El in­
vestigador le debe convencer para evitar una decepción general o, en su caso,
pequeñas pero importantes decepciones. El investigador debe siempre formular
explícitamente las afirmaciones y las evidencias que las apoyan. La afirmación
formula lo que quiere que sus lectores crean; la evidencia o fundamentos son
las razones por las que deberían creerla. Toda investigación debe constar de
una afirmación principal, que es la tesis general del trabajo, y de afirmaciones
secundarias o complementarias, que contribuyen a explicar la primera.

La afirmación principal debe ser sustantiva (los lectores quieren que les
ayuden a comprender algo importante), discutible (debe inducirlos a pensar)
y explícita (los lectores esperan que las afirmaciones estén formuladas en un
lenguaje lo suficientemente detallado y específico para que puedan reconocer
los conceptos centrales que desarrollará a lo largo de su trabajo). (Booth,
Colomb y Williams, 2005: 117-119)
En el largo proceso de la investigación científica no debe dejarse casi nada
al azar. El investigador debe planificar el trabajo desde el principio. Saber qué
lecturas precisa, cuáles serán las fuentes que debe consultar, qué quiere averi­
guar... Antes de dirigirse a la biblioteca, el investigador debe realizar una pla­
nificación cuidadosa. Se “ha de pasar algún tiempo buscando y leyendo tan solo
para descubrir dónde está y adonde va” (Booth, Colomb y Williams, 2005: 49).
La improvisación no es buena compañera de viaje. Un cirujano no comienza una
operación sin conocer todo lo posible sobre la enfermedad, el organismo del en­
fermo y cómo extirpar el mal. El detective reúne todas las pruebas y las estudia
detenidamente antes de comenzar la labor de comprobación e investigación.
Algunos aspectos nuevos se presentarán en el trascurso de la investigación
y se deberán ir incorporando aunque motiven el replanteamiento de cuestiones
ya pensadas. Hasta cierto punto esto es normal en todas las disciplinas científi­
cas. En el campo de las humanidades los centros de información y documenta­
ción guardan muchas sorpresas. Pero solo debemos pensar en ellos como algo
impredecible al planificar la investigación, aspectos verdaderamente incontro­
lables y a los que por eso daremos la bienvenida cuando se presenten. La buena
preparación hace incorporar, asumir y controlar esas sorpresas con garantías.
La investigación, en contra de lo que pudiera pensarse, no suele presentar
una serie de etapas fijas y lineales. Es cíclica, puede comenzar por cualquier
El trabajo de investigación 15

punto. Se trata de un proceso continuo que tal vez obligue a replantear su


práctica, o incluso lleve a un punto de partida diferente (Blaxter, Hughes, Tight,
2000: 27). El proceso de investigación consiste “ en la aparición continua de
un determinado número de actividades más que en el cumplimiento estricto
de unas normas prescritas a priori” (López Yepes, 1995: 71). El plan de trabajo
es la consecuencia natural del carácter ordenado y sistemático de toda investi­
gación científica. Por lo general, existe más de una forma de organizar el mismo
material. “El principio organizador podría surgir inconscientemente mientras
usted lucha con el material” (Walker, 2000: 202).
Resulta recomendable ir escribiendo según se van descubriendo cuestiones
interesantes en las lecturas y en las fuentes. Así se recuerda continuamente el
estado del conocimiento y se va ampliando o modificando. Además, de esta ma­
nera, el control de la investigación es más fácil que si se deja la escritura para el
final de la investigación, donde el exceso de información puede colapsar la men­
te y la imaginación para proceder a una interrelación de ideas, acontecimientos,
etcétera. “Escribir induce a pensar” (Booth, Colomb y Williams, 2005: 27).
A medida que vamos descubriendo cosas, dando respuestas a nuestras pre­
guntas, vamos comprendiendo el problema. Pero no solo nos podemos quedar
en la mera comprensión, hay que explicar y convencer. La mayor parte de las
investigaciones en el campo de las humanidades no tienen una repercusión prác­
tica inmediata. No resuelven un problema social del momento. Las preguntas
que plantean no tienen respuestas con una aplicación directa en la vida cotidia­
na. Por ello son más difíciles de explicar. Pero el investigador debe hacer com­
prender que su trabajo puede contribuir a explicar los acontecimientos actuales,
porque la mayor parte de los problemas que nos rodean son muy similares a los
de épocas pasadas o, si no lo son, su resolución puede servirnos de ejemplo.
Para Umberto Eco (2001: 43-47) una investigación es científica cuando
cumple los siguientes requisitos:

• La investigación versa sobre un objeto reconocible y definido de tal modo


que también sea reconocible por los demás.
• La investigación tiene que decir sobre este objeto cosas que todavía no
han sido dichas o bien revisar con óptica diferente las cosas que ya han
sido dichas.
• La investigación tiene que ser útil a los demás.
• La investigación debé suministrar elementos para la verificación y la re­
futación de las hipótesis que presenta y, por tanto, tiene que suministrar
los elementos necesarios para su seguimiento público.

1.2. Las partes y divisiones de un trabajo de investigación

Las principales partes de un trabajo de investigación son las siguientes:


16 M étodos de investigación histórica

• Título: se recomienda que sea corto, sugerente y que exprese sin ambi­
güedad el contenido del trabajo. Un buen título puede definirse como
“el menor número posible de palabras que describen adecuadamente el
contenido” (Day y Gastel, 2008: 45). Se deben evitar títulos inconcretos,
incluso excesivamente ambiciosos (Muñoz-Alonso, 2003: 44). Si nece­
sita algún tipo de aclaración, puede utilizarse un subtítulo. A través del
título, el lector va a obtener la prirrtera impresión de la investigación, ge­
neralmente la más importante, porque si es negativa tal vez no haya más
oportunidad. La norma ortográfica determina que los títulos y subtítulos
no llevan nunca punto final.
• Introducción: en ella el autor explica los motivos de la elección del tema,
estado de la cuestión, objetivos del trabajo, hipótesis planteadas, metodo­
logía empleada, técnicas de investigación utilizadas, fuentes consultadas
y agradecimientos. “ Su función es proporcionar una orientación clara y
precisa de la índole y finalidad de la investigación: qué (tema de investi­
gación, origen y alcance), por qué (justificación) y para qué (objetivos y
finalidad)” (Regueiro y Sáez, 2013: 82). En la elección del tema, aparte de
que la investigación pueda ser viable y relevante, el asunto debe ser tras­
cendente para la ciencia por su novedad o porque venga a tratar asuntos
ya estudiados pero desde nuevos puntos de vista. Elegir el tema es, proba­
blemente, la decisión más importante que tendrá que tomar el investiga­
dor. El estado de la cuestión nos explica en qué lugar está el conocimiento
científico hasta el momento. Se trata de una descripción crítica de los
estudios existentes en la materia por investigar. En los objetivos hay que
determinar el problema central y los problemas secundarios que la inves­
tigación pretende resolver, incidiendo en el valor y las consecuencias que
tiene afrontarlos o seguir ignorándolos. Resulta importante explicar de
qué va el trabajo y cuál es su pretensión. El lector necesita saberlo cuanto
antes. Debemos exponer las preguntas que guiarán nuestra investigación,
qué queremos averiguar y cómo, lo que nos da paso directamente a co­
mentar la metodología, técnicas de investigación y fuentes que emplea­
remos para llevar a cabo la tarea de ir demostrando o rechazando las
hipótesis previas. La introducción, en palabras de Muñoz-Alonso, debe
ser concisa y de lectura cómoda. No es un mero preámbulo que el investi­
gador debe rellenar de cualquier manera, sino el lugar y el momento para
dialogar con el lector e invitarle a él y a futuros investigadores a compartir
la aventura de la investigación realizada (2015: 49-50).
• Cuerpo del trabajo: en esta parte se desarrolla la investigación; resulta
aconsejable dividirla en capítulos. “ La unidad capítulo no solo es una
unidad expositiva de carácter lógico, tiene que tener también una pro­
porcionada longitud, de manera que el material se halle repartido equi­
libradamente” (Alcina, 1994: 207). Por lo general, los lectores prefieren
El trabajo de investigación

moverse desde lo que saben hasta lo que desconocen. De manera que un


buen principio para ordenar el cuerpo del trabajo es comenzar con una
breve revisión de lo que los lectores saben para que puedan moverse ha­
cia lo que pensarán que es nuevo. Por eso es útil comenzar dedicando el
primer capítulo a una aproximación al tema principal, para facilitar su
comprensión, describiendo un contexto que ubique el problema dentro
de un entorno relevante. Los distintos capítulos “ son Ínterdependientes y,
aunque en un primer momento puedan redactarse de forma aislada, han
de integrarse finalmente en un cuerpo único y en consonancia unos con
otros” (Muñoz-Alonso: 2015, 54). Un capítulo plantea y resuelve uno o
más problemas del tema objeto de estudio.
Conclusiones: el autor analiza los principales logros conseguidos con su
investigación y el grado en que se han resuelto las hipótesis planteadas.
No se trata de un mero resumen del trabajo de investigación, sino de
unas páginas fundamentales para lograr explicar qué resultados ha obte­
nido la investigación, cómo se ha superado el conocimiento científico y
cuáles siguen siendo los problemas irresolubles tras el trabajo realizado
y por qué. El trabajo “tendrá que comunicar algo que constituya un co­
nocimiento nuevo” (Martínez, 2009: 24), esta es la principal misión que
corresponde aclarar en la conclusión. Para Muñoz-Alonso, esta parte es
la culminación de la investigación. Su redacción es difícil y exige, más
que ninguna otra, inteligencia y tranquila meditación. En ella se trata de
utilizar los resultados para sacar de ellos un conocimiento nuevo. Aquí el
investigador se plantea las cuestiones principales sobre lo que buscaba,
sobre lo que ha encontrado, sobre qué hipótesis se confirma o rechaza, so­
bre qué conocimiento establecido se pone en duda o se declara falso. En
suma, se trata de ver qué es lo que dicen los resultados del trabajo (2003:
56). En cierto sentido, es un regreso a la introducción. Se cierra sobre el
comienzo.
Fuentes y bibliografía: se describen los documentos utilizados en la in­
vestigación separando las fuentes primarias de las secundarias o tercia­
rias. En las primeras, basta con relacionar los archivos, secciones y series
consultadas. En las referencias bibliográficas deben aparecer todas las
publicaciones leídas, por orden alfabético de los apellidos de los autores.
Se trata de una parte muy importante del trabajo científico porque en ella
hacemos explícitos ríuestros procedimientos de análisis, ofrecemos los
instrumentos y herramientas que nos han servido como evidencias para
sustentar nuestras argumentaciones y afirmaciones.
Apéndice o anexo: están justificados en algunos casos para incluir infor­
mación complementaria a la investigación que puede resultar de interés
para apoyar la demostración y la explicación. En el cuerpo del texto
interrumpen el relato, por lo que se sitúan al final de este. Pueden tra­
18 M étodos de investigación histórica

tarse de tablas estadísticas, reproducción de documentos, fotografías e


imágenes, etcétera.
• índice: con el fin de facilitar el manejo del trabajo resulta imprescindi­
ble realizar un índice general, con indicación de la página de inicio de
cada capítulo y apartado. En él deben constar todas las divisiones de la
obra con las mismas palabras y de forma uniforme, de tal modo que a
divisiones semejantes, siempre corresponda el mismo tipo de letra. Debe
colocarse al principio de la obra, pues se trata de su presentación. Puede
estar acompañado por otra serie de índices, como el onomástico, que
nos lleva a las páginas donde aparecen los nombres, entidades y lugares
geográficos citados. Este se colocaría al final de la obra.

Cuando se utilicen frecuentemente siglas y abreviaturas de nombres de institu­


ciones, organizaciones, etcétera, resulta conveniente incluir un listado de todas las
utilizadas, colocado al principio o al final del texto, donde a continuación de cada
sigla o abreviatura, por orden alfabético, se indique el nombre a que corresponda.
Puede prescindirse de él si en el texto se pone el nombre de la sigla o abreviatura
entre paréntesis detrás del nombre completo, por lo menos en la primera ocasión
que se cita. En las notas suele ser habitual en el caso de archivos utilizados fre­
cuentemente que la primera vez que se citan se ponga tras su nombre oficial, en
paréntesis, el nombre empleado a partir de entonces en siglas o abreviado.
Las partes de un trabajo de investigación pueden dividirse a su vez en varias
subpartes. La norma UNE 50-132-94, “Numeración de las divisiones y subdi­
visiones en los documentos escritos” (ISO 2145: 1978), establece la numeración
arábiga en las divisiones y subdivisiones de los documentos escritos, importante
a la hora de dividir y subdividir los distintos capítulos. Entre sus postulados
principales se establece:

• Las divisiones principales (en el primer nivel) de un escrito deben nume­


rarse correlativamente a partir de 1.
• Puede atribuirse la cifra 0 a la primera división, cuando constituya una
introducción, un prefacio, un prólogo, un preámbulo o cualquier otra
parte de tipo similar.
• Cada división principal puede subdividirse (en el segundo nivel) en un
número cualquiera de subdivisiones numeradas correlativamente a partir
de 1. Esta forma de división y numeración puede continuar hasta cual­
quier nivel (tercer nivel o sucesivos). No obstante, es conveniente limitar
el número de niveles a fin de que los números de las distintas partes sean
fáciles de identificar, leer o citar.
• La separación de las diversas subdivisiones que forman parte de una mis­
ma división principal se realiza intercalando un punto entre sus cifras
representativas:
18 M étodos de investigación histórica

tarse de tablas estadísticas, reproducción de documentos, fotografías e


imágenes, etcétera.
• índice: con el fin de facilitar el manejo del trabajo resulta imprescindi­
ble realizar un índice general, con indicación de la página de inicio de
cada capítulo y apartado. En él deben constar todas las divisiones de la
obra con las mismas palabras y de forma uniforme, de tal modo que a
divisiones semejantes, siempre corresponda el mismo tipo de letra. Debe
colocarse al principio de la obra, pues se trata de su presentación. Puede
estar acompañado por otra serie de índices, como el onomástico, que
nos lleva a las páginas donde aparecen los nombres, entidades y lugares
geográficos citados. Este se colocaría al final de la obra.

Cuando se utilicen frecuentemente siglas y abreviaturas de nombres de institu­


ciones, organizaciones, etcétera, resulta conveniente incluir un listado de todas las
utilizadas, colocado al principio o al final del texto, donde a continuación de cada
sigla o abreviatura, por orden alfabético, se indique el nombre a que corresponda.
Puede prescindirse de él si en el texto se pone el nombre de la sigla o abreviatura
entre paréntesis detrás del nombre completo, por lo menos en la primera ocasión
que se cita. En las notas suele ser habitual en el caso de archivos utilizados fre­
cuentemente que la primera vez que se citan se ponga tras su nombre oficial, en
paréntesis, el nombre empleado a partir de entonces en siglas o abreviado.
Las partes de un trabajo de investigación pueden dividirse a su vez en varias
subpartes. La norma UNE 50-132-94, “Numeración de las divisiones y subdi­
visiones en los documentos escritos” (ISO 2145:1978), establece la numeración
arábiga en las divisiones y subdivisiones de los documentos escritos, importante
a la hora de dividir y subdividir los distintos capítulos. Entre sus postulados
principales se establece:

• Las divisiones principales (en el primer nivel) de un escrito deben nume­


rarse correlativamente a partir de 1.
• Puede atribuirse la cifra 0 a la primera división, cuando constituya una
introducción, un prefacio, un prólogo, un preámbulo o cualquier otra
parte de tipo similar.
• Cada división principal puede subdividirse (en el segundo nivel) en un
número cualquiera de subdivisiones numeradas correlativamente a partir
de 1. Esta forma de división y numeración puede continuar hasta cual­
quier nivel (tercer nivel o sucesivos). No obstante, es conveniente limitar
el número de niveles a fin de que los números de las distintas partes sean
fáciles de identificar, leer o citar.
• La separación de las diversas subdivisiones que forman parte de una mis­
ma división principal se realiza intercalando un punto entre sus cifras
representativas:
El trabajo de investigación 19

Primer nivel Segundo nivel Tercer nivel


1 1.2 1. 2.1

Ejemplo de un índice de materias:

0 Introducción
1 La II República
1.1 Elecciones y partidos políticos
1.1.1 Las elecciones de abril de 1931
1.1.2 Las elecciones constituyentes de junio de 1931

1.2 La cuestión agraria


1.2.1 La legislación de reforma agraria
1.2.2 Las repercusiones de la reforma agraria
[...]
2 La Guerra Civil
[...]

1.3. La redacción

Lo que se escribe sin esfuerzo, en general, es leído sin placer. (Samuel


Johnson, siglo xvm)

No es fácil escribir bien. Una minoría parece haber nacido con ese don, pero
los demás seguimos aprendiendo, debemos dedicar tiempo y energía a tal ac­
tividad. La escritura requiere un esfuerzo y una organización. Hay que pensar
antes de ponernos a escribir: qué queremos explicar y a quién dirigimos la
explicación. “ Escribir es una forma de pensar” (Warburton, 2012: 21). Hay
que planificar la escritura. Si la planificación de todo el trabajo se ve inicial­
mente como algo imposible, se debe comenzar a fragmentarlo en pequeñas
tareas que sean más comprensibles. La actividad más conocida del proceso de
planificación es probablemente la de generar ideas: “ Sin haber generado una
cierta cantidad de ideas resulta prácticamente imposible ponerse a escribir”
(Castelló, 2009: 61).
Aquello que comienza tomo un escrito vago y disperso irá convirtiéndose
gradualmente en un texto preciso y claro si la planificación está bien hecha. Si no
se planifica, puede darse una situación inicial de bloqueo, aunque a veces esta es
irremediable. Cuando empezamos a escribir sabemos del tema, hemos leído mu­
cho sobre él, queremos ponernos rápidamente a escribir. “Pero antes de empezar,
o en la mitad del proceso, aparecen toda suerte de pensamientos negativos que
se reafirman cuando nos percatamos de lo poco y mal que hemos conseguido
20 M étodos de investigación histórica

escribir, entonces el miedo y la ansiedad nos dominan y es fácil que empecemos


a sentirnos bloqueados” (Castelló, 2009: 139). Esta situación solo se corrige
trabajando: a medida que se avanza en la escritura se va cogiendo seguridad y
se va viendo dónde hace falta investigar más, qué cambios hay que introducir,
etcétera. No percibimos lo que sabemos de un tema hasta que intentamos poner­
lo por escrito.
Cuando se escribe es preciso pensar en el lector constantemente, ponernos
en su lugar y sensibilizarnos con él para evitar que pierda el interés en cualquier
fase del relato. Cuanto más tiempo nos tomemos para ordenar los elementos
fundamentales, más rápido y mejor escribiremos. La escritura más importante
se realiza muchas veces fuera de la mesa de trabajo, lejos del ordenador. En
ocasiones pensamos con más libertad y con menos condicionamientos andando
por la calle, paseando o sentados en el parque que cuando parecemos forzados
a concentrarnos delante de la pantalla.
El comienzo es la parte más importante de la obra. “ Lo que está bien comen­
zado ya está medio hecho” escribió Horacio. Si algunos aspectos nos cuestan
más trabajo que otros, se puede comenzar por los que se abordan con más
facilidad y seguridad. Pero una vez que se comience, ya no se puede parar, sal­
vo los descansos habituales y necesarios que nos permiten elevar el grado de
concentración. Los cortes largos nos desconcentran, hacen olvidar asuntos ya
pensados, con ellos se pierde ritmo y frescura. Continuamente hay que estar
razonando y escribiendo. Hay que gestionar bien el tiempo, pues lo contrario
es una fuente de estrés y de ansiedad.
Lyon (2014) nos ofrece una serie de recomendaciones para hacer de la es­
critura “ algo transparente” , que evite la confusión y el desorden y convierta el
texto en un escrito atractivo, aunque sea de carácter científico:

• Evitar las frases largas, que generalmente restan claridad. Cuanta más
larga sea la oración, peor se comprende. Usar frases cortas y directas, en
las que no se utilicen palabras superfluas. Cuantas más palabras super-
fluas se eliminen, más gana la escritura en fuerza y nitidez. No escribir
más palabras de las estrictamente necesarias. Ser concisos.
• El desorden sintáctico crea ambigüedad o doble sentido y puede confun­
dir al lector. Usar pocos adjetivos y no abusar de las comas. Utilizar la
puntuación adecuada.
• No recargar en exceso los párrafos. Un párrafo largo resulta poco atrac­
tivo para el lector. Cada párrafo tiene una extensión ideal que varía según
la información que queremos comunicar en ese momento. Cada punto
y aparte concede al lector la oportunidad de “recobrar el aliento” , de
pensar en lo que lee.
• Para ayudar al lector son importantes las transiciones entre párrafo y pá­
rrafo. Se facilitan con palabras como “pero” , “por otra parte” , “ sin em­
El trabajo de investigación 21

bargo” , “no obstante” , “por eso” , “ mientras tanto” , “ en cambio”, “por


ejemplo” , “ además” , etcétera. Pero las mejores transiciones son internas,
lógicas. Una idea debe conducir a otra directamente.
• Escribe con sencillez, nadie se va a quejar jamás porque hayas hecho
algo demasiado fácil de entender. Ante la necesidad de explicar temas
complicados, se intentará dejar al lector con una sola idea, una única
impresión. Pero no hay que pasarse en pos de la sencillez. Como dijo
Einstein, “intenta que todo sea lo más simple posible, pero no más simple
de lo que es” .
• El texto debe ser riguroso, pero a la vez ameno y con buen ritmo en la
exposición. En los textos científicos, como en los creativos, hay que es­
cribir con claridad, así se entiende mejor el desarrollo y la demostración
de los argumentos. Y hay que contestar a las preguntas planteadas, de lo
contrario cometeremos un grave error en la exposición.
• Omitir tópicos y expresiones demasiado simples o populares. No usar
un lenguaje excesivamente coloquial, aunque tampoco caer en uno tan
“científico” que impida entender el mensaje. Evitar las frases hechas.
• Al final de la redacción, repasar el texto sin prisas para evitar erratas,
fallos ortográficos y contradicciones. Todos estos errores son signos evi­
dentes de apresuramiento y de poco pensamiento. Como recomiendan
muchos expertos, hay que leer lo que se ha escrito en voz alta o voz baja.
Así leemos más despacio y es más fácil encontrar errores, repeticiones,
contradicciones, palabras sobrantes, frases huecas o desangeladas.

El lenguaje académico es el que se emplea en los textos orales y escritos


característicos de la vida universitaria, elaborados por los miembros de la co­
munidad académica (profesores, investigadores y alumnos) que se constituyen
en comunidad discursiva. El lenguaje académico presentará características in­
herentes a la ciencia respectiva; pero también rasgos generales comunes: léxico
especializado, objetividad, verificabilidad (Regueiro y Sáez, 2013: 15-17).
Este tipo de lenguaje utiliza lo que se denomina estilo académico, que se
refiere no solo al uso de un lenguaje especial, sino también de adecuación a la
situación comunicativa peculiar de interpretación y de expresión, de coherencia
interna y de cohesión textual. El estilo académico es fundamentalmente espe­
cializado, utilizado por la comunidad científica, pero existe un estilo académico
divulgativo empleado para coYnunicar los resultados científicos al resto de la so­
ciedad, más subjetivo porque se relaciona más directamente con el lector. Entre
uno y otro, en una gradación que va de la subjetividad a la objetividad, se sitúa
el estilo académico formativo, empleado por los investigadores y científicos en
su papel de profesores, en el aula, en manuales y libros de texto. Sea del estilo
que sea, la característica fundamental de la redacción científica es la claridad.
“El éxito de la experimentación científica es el resultado de una mente clara que
22 M étodos de investigación histórica

aborda un problema claramente formulado y llega a unas conclusiones clara­


mente enunciadas” (Day y Gastel, 2008: 3-4).
Un texto académico tiene varias propiedades, según Ana Teberosky (Castelló,
2009: 21). La primera es la textura, que implica relaciones de construcción de
las partes del texto en el todo y se expresa a través de las relaciones discursivas
de carácter global, que tienen que ver con la cohesión y la coherencia del texto.
La segunda propiedad es la finitud. Todo texto tiene límites, a diferencia del
lenguaje como sistema, que es de extensión indefinida. De allí viene nuestra
tendencia a pensar el texto escrito como producto más que como proceso. Esta
propiedad a veces se convierte en un verdadero “ calvario” para el investigador,
al que le resulta más difícil reducir el tamaño del texto que dar rienda suelta a la
escritura. Pero es un esfuerzo añadido al que está obligado y para el que está pre­
parado, a pesar de que él mismo no lo crea, sobre todo el investigador novato.

1.4. Las citas y las referencias bibliográficas

Nos decía Umberto Eco que uno de los requisitos que debe cumplir una inves­
tigación para que pueda considerarse científica es que debe suministrar elemen­
tos para la verificación y la refutación de las hipótesis que presenta, y por tanto
tiene que suministrar los componentes necesarios para su seguimiento público.
Esto, en el campo de las humanidades y ciencias sociales, se hace con las citas y
las referencias de fuentes y bibliografía.
Las citas y referencias bibliográficas son imprescindibles en la investigación
científica para hacer explícitos los procedimientos de trabajo. Son las pruebas
de nuestras afirmaciones. Previamente a su definición y explicación podemos
establecer algunas recomendaciones metodológicas sobre su uso:

• Las citas sirven para pagar deudas. Citar un libro del que se ha extraído
una frase o idea es pagar una deuda de agradecimiento a ese autor. La
cita supone que se comparte la idea del autor citado, a menos que se ex­
prese lo contrario.
• El hecho de reconocer o documentar las fuentes mediante las corres­
pondientes citas y referencias no solo denota la honradez y generosidad
del autor, sino que también refuerza los argumentos expuestos. Al citar
una fuente se remite al lector al lugar donde se proporcionan los datos
de publicación de la fuente, de forma que pueda encontrar la misma in­
formación que ha manejado el autor. Esta constituye la base del trabajo
científico, la base de la demostración.
• Cuando aceptamos una idea y la utilizamos para construir nuestros ar­
gumentos, la cita nos ahorra volver a demostrar su validez. Con ello
estamos poniendo de nuestro lado a la autoridad de dicha idea. Si, por el
El trabajo de investigación 23

contrario, cuestionamos o reinterpretamos una idea, la cita de la fuente


aumenta el interés de nuestros argumentos en cuanto que rebaten o pun­
tualizan una postura ya publicada.
• La cita tiene que ser exacta y fiel. Nos tiene que llevar a una página o
páginas concretas de un libro determinado o a un documento específico.
Para Eco (2001: 169-170), citar es como aportar testigos en un juicio.
El investigador tiene que estar siempre en condiciones de encontrar los
testimonios y de demostrar que son aceptables. Por eso la referencia tiene
que ser exacta, puntual (no se cita a un autor sin decir qué libro y qué
página) y verificable por todos.
• El número de las citas no puede establecerse de antemano. Toda cita debe
justificar su existencia.
• Hay que citar siempre que se utilicen datos e información objetiva pro­
cedentes de una fuente, cuando se reproducen literalmente palabras o
frases de otro autor y al resumir, parafrasear o emplear de cualquier otra
forma las ideas, opiniones, interpretaciones y conclusiones de otras per­
sonas.
• No hay que citar cuando la fuente y la localización resultan obvias o ya
mencionadas con anterioridad, al escribir sobre cuestiones de conoci­
miento universal o general y de dominio público.
• Hay que evitar reiteraciones continuas de las mismas citas y las autocitas.

Según la norma UNE 50-104-94, “Referencias bibliográficas. Contenido,


forma y estructura” (ISO 690: 1987), cita es la reproducción literal o abreviada
de ideas de otros que el autor intercala en su propio texto. Referencia biblio­
gráfica es el conjunto de datos bibliográficos con que se registra o identifica un
documento, de acuerdo con unas reglas.
El Real Decreto 1/1996, de 12 de abril, por el que se aprueba el texto re­
fundido de la Ley de Propiedad Intelectual, dedica el artículo 32 a la “ Cita e
ilustración de la enseñanza” . En su apartado primero dice:

Es lícita la inclusión en una obra propia de fragmentos de otras ajenas


de naturaleza escrita, sonora o audiovisual, así como la de obras aisladas de
carácter plástico o fotográfico figurativo, siempre que se trate de obras ya
divulgadas y su inclusión se realice a título de cita o para su análisis, comen­
tario o juicio crítico. Tal utilización solo podrá realizarse con fines docentes
o de investigación, en la medida justificada por el fin de esa incorporación e
indicando la fuente y el nombre del autor de la obra utilizada.

Hay dos clases de citas: cita textual y cita bibliográfica. En la cita textual
la reproducción es literal. La cita es conveniente intercalarla en el texto entre
comillas cuando se trata de pocas líneas; si excede su número, es preferible
ponerla en párrafo independiente con tamaño menor de letra, mayor margen
24 M étodos de investigación histórica

y menor interlineado. En este caso se puede prescindir del entrecomillado, por


quedar claro que es una copia textual. Las palabras se han de transcribir tal
y como están. La cita textual proporciona precisión y seguridad y, por tanto,
debe respetar al máximo la sintaxis. No se puede eliminar parte del texto sin
señalarlo (con tres puntos suspensivos entre paréntesis o entre corchetes). Si se
interpola, debe quedar bien claro que es un comentario o aclaración del autor,
por lo que es aconsejable que figure entre cofchetes o guiones. Se debe tener
cuidado de no exagerar su uso.
La cita bibliográfica es la forma abreviada de referencia inserta entre pa­
réntesis en el texto o añadida como nota a pie de página, al final del capítulo o
al final de todo el texto. La cita sirve para identificar la publicación de la que
fue tomado el tema referido en el texto, una idea, una información, etcétera, y
para especificar su localización exacta en la publicación fuente. Si se trata de un
documento de archivo, nos debe remitir a la ubicación en él.
Hay varios métodos de citas bibliográficas, como estipula la normativa
internacional (ISO 690: 1987) y nacional (UNE 50-104-94), siendo los más
utilizados el método del primer elemento y fecha y el método de las notas se-
cuenciales. En el primero, conocido popularmente como el método americano,
se indica en el texto el primer elemento (primer apellido del autor o autores)
y el año de publicación del documento citado. Si el primer elemento forma
parte del texto, se indica a continuación, entre paréntesis, el año, pero si el
primer elemento no forma parte integrante del texto, se ponen entre paréntesis
el primer elemento y el año. Si es necesario, se puede indicar el número de las
páginas después del año y dentro del paréntesis, separado el número del año
por dos puntos, y si son varias las páginas, se separan la primera y la última
con un guión. Por ejemplo: (Graham, 2014: 20-21). Si dos o más obras tienen
el mismo autor y año, se distinguen entre sí con letras minúsculas a continua­
ción del año y dentro del paréntesis, comenzando desde la a a la z. Por ejemplo:
(Ruiz, 2013a: 45). Si el primer elemento es un nombre común y repetido en la
investigación debe aclararse añadiendo el segundo apellido u otra circunstancia
que evite el error de envío.
En este método las referencias de la bibliografía final se ordenan por el pri­
mer elemento. Después de los apellidos y nombre se especifica el año de pu­
blicación. A continuación el título de la publicación, el lugar de edición y la
editorial. En el caso de varias publicaciones de un mismo autor, se alfabetizan
entre ellas cronológicamente por el año de publicación. Si un autor tiene varias
publicaciones del mismo año, se ordenan según la letra que se inserta junto al
año. He aquí algunos ejemplos de referencias bibliográficas:

G a rcía G o n z á l e z , Patricia (2000). La historia de Grecia. Madrid: Cátedra.


S er r a n o R o m e r o , Juan (2001a). “Estudio histórico social de Jaén” . Historia
Social, n.° 40, pp. 35-46.
El trabajo de investigación 25

S er r a n o R o m e r o , Juan (2001b). Fama y decadencia en el Siglo de Oro. M a­


drid: Cátedra.
S er r a n o R o m e r o , Juan (2010). Origen de los Borbones en España. Barcelona:
Crítica.
R odríguez Benito , Carlos y M olina Segura , Susana (1989). “ La economía
medieval de la provincia de Zamora” . En I Congreso de Historia de Castilla
y León. Valladolid: Junta de Castilla y León, vol. 1, pp. 122-145.
Toole , John F. (2007). “ La revolución técnica y cultural del siglo x ix ” . En Peter
Burke (dir.): La historia cultural. 2.a ed. Barcelona: Planeta, pp. 49-65.
T u ñ ó n d e L ara , Manuel, (dir.) (1980). Estudios de la España del siglo xx. Bar­
celona: Labor.

En el método de las notas secuenciales, conocido popularmente como el mé­


todo tradicional, los números en forma de supraíndices que siguen a las citas en
el texto se refieren a las notas ordenadas numéricamente por orden de aparición
en este. Las notas son aclaraciones marginales al texto y se colocan al final del
libro, del capítulo o a pie de página. Hay tres tipos de notas: bibliográficas, de
refuerzo y de contenido. Las notas bibliográficas indican el origen de las citas.
Contienen una o varias citas bibliográficas. Las notas de refuerzo añaden a un
tema discutido en el texto otras indicaciones bibliográficas de refuerzo; envían
a otro documento, normalmente con las abreviaturas vid. (vide, ‘véase’) o cfr.
(confer, ‘compárese’). Las notas de contenido amplían o aclaran conocimientos
no trascendentales. El texto que se introduce en ellas sirve para evitar inte­
rrumpir la narración, para ampliar las aseveraciones que se han hecho o para
corregir las afirmaciones con opiniones contrarias a la mantenida por el autor.
Hay que tener cuidado de no pasar a estas notas informaciones importantes y
significativas. Las ideas relevantes y las informaciones esenciales deben apare­
cer en el texto. Estos dos últimos tipos de notas pueden utilizarse también en
el denominado método americano, a pie de página. Incluso hay versiones de él
que sacan del texto también las citas bibliográficas para ponerlas correlativa­
mente como notas a pie de página, y así dejar “ más limpio” el texto.
En este método de notas secuenciales, la primera cita referida a un determi­
nado documento debe contener los elementos suficientes que aseguren la exacta
correspondencia entre la cita y la entrada apropiada en la lista de referencias
bibliográficas. En la cita bibliográfica es aconsejable, como mínimo, poner el
autor o autores, título, lugar de edición, año de publicación y páginas, en su
caso (ejemplo: E. Sánchez Sánchez: La dictadura de Primo de Rivera. Barcelona,
2014, p. 34).
Si un documento determinado se cita más de una vez, las citas sucesivas re­
ciben números distintos. Cuando una nota se refiere a un documento citado en
una nota anterior, puede evitarse repetir la cita completa, utilizándose para notas
no consecutivas las abreviaturas op. cit. (opus citatum, ‘obra citada’) y las pági­
nas, tras el nombre y apellidos del autor (ejemplo: E. Sánchez Sánchez: op. cit.,
26 M étodos de investigación histórica

pp. 67-68). Si se han citado varias obras o artículos del mismo autor, la utili­
zación de esta abreviatura puede generar confusión, por lo que se recomienda
especificar el autor, título (seguido de puntos suspensivos) y páginas (ejemplo:
E. Sánchez Sánchez: La dictadura..., p. 22). Para notas consecutivas del mismo
autor y título se utiliza ibid. o ibidem (‘en el mismo lugar’), sin necesidad ya
de indicar el autor; solo las páginas si cambian (ejemplo: Ibid., pp. 45-46). La
norma UNE 1-068-81, “Unificación internacional de las nociones y de los tér­
minos” , dice que para abreviaturas es preferible usar palabras latinas.
En las notas bibliográficas, los nombres y apellidos de la cita bibliográfica
pueden ponerse en orden inverso o directo, los apellidos en mayúsculas o en
minúsculas. Los nombres de pila pueden abreviarse poniendo solo la inicial o
ponerse de forma extensa. Estos aspectos apenas tienen importancia porque, al
ser las notas correlativas, su contenido no conlleva orden alfabético. La nume­
ración es opcional y no tiene excesiva importancia separar con comas, con pun­
tos o con dos puntos los campos de la referencia bibliográfica. Lo importante es
la coherencia: seguir un mismo criterio en todas ellas.
Las notas bibliográficas pueden comprender documentos que no sean libros
o monografías. A la hora de su confección siempre hay que tener en cuenta que
la cita deber ser exacta y fiel y remitirnos perfectamente al documento origen.
Por lo tanto, cuando no tengamos un ejemplo claro, el sentido común nos tiene
que guiar para ponerlo de la misma manera en la que el que quisiera buscar el
documento lo encontrara fácilmente.
Los artículos o capítulos de obras colectivas se citan por el autor de ellos,
seguido del título del artículo o capítulo entre comillas, el título de la revista
o del libro en cursiva, el número, año y páginas en el caso de revistas, y lugar
de publicación, año de publicación y páginas en el de monografías. Ejemplo:
J. Martínez Bos: “ Historia casual” . Hispania, n.° 78 (2000), pp. 89-99 o
P. Grass: “La inteligencia humana” . En J. Carpentier (dir.): La historia del cere­
bro. Madrid, 2000, p. 44.
Para artículos periodísticos se sigue el mismo método que en las revistas
pero se añade antes del año el día y el mes. Si la información no va firmada, se
comienza por el título del periódico en cursiva, número, día, mes, año y pági­
nas. Ejemplo: J. Andreu: “ La causa de Ferrer” . El Liberal, n.° 1333, 5-8-1909,
p. 3. Para el segundo supuesto: El Sol, n.° 232,23-12-1918, p. 5.
Para citar documentos de archivos debe establecerse un orden de lo general
a lo particular, que corresponda con el orden de instalación de la documenta­
ción en los depósitos: archivo, sección, serie, legajo, etcétera (ejemplo: Archivo
Histórico Nacional, Fondos Contemporáneos, Hacienda, Legajo 445). Cuando
un archivo se va a citar en varias ocasiones su nombre se puede sustituir por
una abreviatura que debe indicarse en la primera cita (ejemplo: Archivo His­
tórico Nacional, en adelante AHN) o en el índice de abreviaturas. Las páginas
web se citan con la dirección de URL y la fecha de consulta, entre paréntesis.
El trabajo de investigación 27

Si se trata de una publicación electrónica, la cita se hace como la impresa, sin


importar el soporte, aunque puede ponerse entre paréntesis la dirección URL o
indicar que se trata de una edición electrónica.
Las referencias de la bibliografía final en el método de las notas secuenciales
se deben ordenar alfabéticamente por apellidos. Para los autores españoles, se
posponen las preposiciones y contracción de preposición y artículo, pero no
el artículo. Si hay más de tres nombres, solo hay que indicar el primero o los
primeros dos o tres. Los restantes se pueden omitir. Si se omiten uno o más
nombres, se añade al último la abreviatura et al. (et alii, ‘y otros’) precedida
de tres puntos suspensivos. Si el trabajo no tiene autor o autores se omitirá
este elemento y se hará constar el título como primer elemento de la referen­
cia. No se debe usar la palabra “ anónimo” como sustituto del nombre de un
autor desconocido. Tampoco las palabras “varios autores” , “ autores varios” o
sus abreviaturas (W . AA. o AA. W .). Si no figuran autores pero sí directores,
coordinadores o editores, estos pueden encabezar la descripción, pero hay que
aclarar tras su nombre su responsabilidad, entre paréntesis y con abreviatura:
(dir.), (coord.), (ed.).
Los campos obligatorios de descripción en las referencias bibliográficas son
apellidos y nombre, título, lugar de publicación, editorial y año de edición. Para
referencias consecutivas del mismo autor, estas se alfabetizarán por la primera
palabra del título que no sea artículo. También a partir de su segunda referen­
cia, los apellidos y nombre se pueden sustituir por un guión largo que da entra­
da al título. Ejemplos:

G a rcía G o n z á l e z , Patricia. La historia de Grecia. Madrid: Cátedra, 2000.


R o d r íg u e z B en it o , Carlos y M o l in a S eg u r a , Susana. “La economía medieval
de la provincia de Zamora” . En I Congreso de Historia de Castilla y León.
Valladolid: Junta de Castilla y León, 1989, vol. 1, pp. 122-145.
Sá n c h e z G a r c ía , Miguel... et al. La época dorada. Madrid: Alfaguara, 2003.
S er r a n o R o m e r o , Juan. “Estudio histórico social de Jaén” . Historia Social,
n.° 40 (2001), pp. 35-46.
S erra n o R o m e r o , Juan. Origen de los Borbones en España. Barcelona: Críti­
ca, 2010.
T o o l e , John F. “ La revolución técnica y cultural del siglo x ix ” . En Peter Burke
(dir.): La historia cultural. 2.a ed. Barcelona: Planeta, 2007, pp. 49-65.
T u ñ ó n d e L ara , Manuel (dir.). Estudios de la España del siglo xx. Barcelona:
Labor, 1980. *

El tercer método de citas que establecen la ISO y la UNE mencionadas es el


denominado método de las referencias numéricas. Los números intercalados en
el texto, en forma de supraíndices o entre paréntesis, se refieren a documentos
por el orden en que se citan. Las citas sucesivas de un documento determinado
reciben el mismo número que la primera. Si se citan partes concretas de un do­
28 M étodos de investigación histórica

cumento, se pueden indicar las páginas después de los números. Las referencias
bibliográficas se presentan en una lista ordenada por el número de la cita, por
orden de aparición, no por orden alfabético del primer elemento.

P ara saber más

Se recomienda consultar el documento “ Referencias bibliográficas” disponible


en la página web de la editorial: www.sintesis.com.
El método y las técnicas
de investigación histórica

2.1. El método de investigación histórica: definición,


condiciones y procedimientos

Alemania fue el primer escenario donde la historia alcanzó un estatus científico,


lo que ha llevado a muchos a calificar el siglo xix como el siglo de la historia,
al romper con la pura acumulación erudita y prolija de hechos y con la especu­
lación histórica al estilo del ensayo filosófico. La disciplina de la historiografía,
en el sentido moderno de este término, fue fundada en ese siglo en el seno de la
universidad, a través de un primer cuerpo de reglas y preceptos metodológicos
establecidos bajo la influencia del positivismo, a través principalmente de dos
escuelas historiográficas: la Escuela Histórica Alemana y la Escuela Metódica
Francesa. La preceptiva historiográfica, nuevo tipo de reflexión sobre la his­
toria, cuyo lugar central lo ocuparía la ciencia, conlleva la publicación de los
primeros grandes tratados metodológicos que establecían las características de
esta nueva historia científica, desde sus premisas teóricas hasta su modo de in­
vestigación. Entre estos textos metodológicos destacan los de Buchez, Lacombe,
Ranke, Droysen, Bernheim y Langlois y Seignobos, que avanzaron fórmulas
científicas y objetivas (o positivas) que han influido en muchas generaciones de
historiadores, y no solo de alemanes y franceses.
30 M étodos de investigación histórica

Para Ranke, creador del oficio de historiador, la tarea del investigador con­
sistía básicamente en reunir un número suficiente de hechos, apoyados en do­
cumentos seguros. A partir de estos hechos se organiza y se deja interpretar el
propio relato histórico. Toda reflexión teórica es inútil, incluso perjudicial, por­
que introduce un elemento de especulación. La ciencia positiva puede alcanzar
la objetividad y conocer la verdad de la historia. La condición es que todo debe
ser comprobable, “he aquí lo que funda la historia como una ciencia positiva”
(Carbonell, 1993: 118-119).
El nacimiento del historiador profesional tuvo lugar en Alemania en la pri­
mera mitad del siglo xix. A finales de siglo comenzó a extenderse por el con­
tinente europeo. El primer país en el que se difundió fue en Francia, donde se
sintió con mucha fuerza la influencia del historicismo a través de la Escuela
Metódica. Sus principios básicos se exponen en dos textos-programas: el ma­
nifiesto, escrito por G. Monod, para lanzar La Revue Historique en 1876, y el
manual que Charles-Victor Langlois y Charles Seignobos publicaron en 1898
con el título de Introduction aux études bistoriques, que sirvió de guía de in­
vestigación no solo a los estudiantes, objetivo primero, sino a muchos historia­
dores de todo el mundo durante muchos años, y que recogía la mayor parte de
presupuestos defendidos desde la revista en los veintitrés años previos. La pre­
tensión principal de la Escuela Metódica era la de imponer una investigación
científica objetiva, imparcial, dejando de lado cualquier especulación filosófica,
procurando alcanzar tal fin aplicando técnicas rigurosas en lo que respecta al
inventario de las fuentes, la crítica de los documentos y la organización de las
tareas profesionales.
El método científico de la historia ha evolucionado y se ha enriquecido
ampliamente desde su configuración gracias a las múltiples corrientes y escue­
las historiográficas y filosóficas desarrolladas en el siglo xx, como Annales, el
marxismo o el posmodernismo, por citar solo algunas. El papel pasivo que
asignaba al historiador el historicismo alemán y los metódicos franceses está
hoy día ampliamente superado, como la ingenuidad de que en un manual del
estilo de la Introducción a los estudios históricos (1898) de Langlois y Seigno­
bos se encontraba el único camino para llevar a cabo una buena investigación
científica. El sistema de la cómoda a que aludía Febvre en su combate contra el
positivismo, que impedía comprender y explicar la historia por la falta de inte­
rrelación de los hechos históricos, encerrados en cajones estancos, nos parece
mejor definido como el sistema cómodo: no había interpretación, no había
compromiso.
La tarea y el oficio del historiador es mucho más complicada que la de li­
mitarse a buscar las fuentes, a hacer una crítica exhaustiva de ellas y a agrupar
los datos por categorías que ayuden a preparar la síntesis final. Y su papel es
mucho más protagonista. En las operaciones que tiene que realizar para alcan­
zar un conocimiento científico, la mayor parte depende de sus propias deci-
El método y las técnicas de investigación histórica 31

sones. Por eso nos parece adecuada la definición de método de investigación


que ofrece Julio Aróstegui (1995: 52), quien lo entiende como “el conjunto de
prescripciones y de decisiones que una disciplina emplea para garantizar, en la
medida que alcance, un conocimiento adecuado” . Prescripciones porque han
de llevarse a cabo una serie de operaciones reguladas, obligatorias. Decisiones,
porque un método es un sistema abierto: dentro de su orden de operaciones, el
investigador debe decidir muchas veces por sí mismo.
La preparación del historiador es fundamental para ejecutar esas operacio­
nes con las decisiones más apropiadas. Desde el planteamiento de las hipótesis
basta su verificación (o demostración de su falsabilidad), pasando por la des­
cripción y observación de las fuentes y terminando por la explicación de la his­
toria, debe hacerse con un gran protagonismo del investigador. Las fuentes no
hablan por sí mismas. El historiador no puede pensar que los hechos históricos
se reflejan como en un espejo. Tiene que construir esos hechos sabiendo interro­
gar a la documentación partiendo del planteamiento de hipótesis.
Hipótesis es la suposición o conjetura que se hace sobre algo y de la cual se
infiere una consecuencia. Hipótesis de trabajo es una proposición que da una
respuesta tentativa a un problema en la fase de planteamiento de la investi­
gación. Toda investigación parte de preguntas y las preguntas la dirigen, y las
posibles respuestas, aún poco elaboradas, asaltan al investigador a cada paso
de su investigación. El historiador, aunque sea de forma implícita y aun incons­
ciente, busca sus hechos del pasado sirviendo al intento de explicar por qués.
Construir hipótesis es una tarea que va ligada siempre a la formulación de las
preguntas y que se hace necesaria desde que se reúnen los primeros hechos per­
tinentes en el fenómeno que se investiga.
Pero sin la construcción de hipótesis no es posible dar cuenta al final de
una investigación de las razones por las que una situación histórica es como
es. El ideal de una ciencia es que una hipótesis sea un instrumento que nos
permita ir coleccionando datos, que oriente la búsqueda de nuevas evidencias
empíricas, que ilumine la lectura de los documentos o determine las preguntas
que hacer a las fuentes. Una hipótesis es algo que, por definición, sirve para
ser enfrentada a los datos y que debe ser sistemáticamente puesta a prueba.
Rara vez una primera hipótesis explicativa de un problema, fenómeno o grupo
de fenómenos, en cualquier ciencia y también en la historiografía, pervive a lo
Largo de la investigación. Las hipótesis primeras suelen ser erróneas en todo o
en parte. Investigar es justamente ir destruyendo esas hipótesis primeras y, si
es preciso, cambiar toda la orientación de la búsqueda de nuevas realidades
y verdades.
Al formular sus hipótesis, el investigador está armándose de una herramien­
ta indispensable. En la fase de recolección de datos, son las hipótesis las que le
preparan para penetrar en la masa de fuentes y datos, a veces muy considerable.
Por esto la hipótesis resultará útil aun cuando la afirmación que contiene esté
32 M étodos de investigación histórica

equivocada, con la condición, evidentemente, de saber corregirla, de no preten­


der mantenerla contra toda evidencia de lo contrario.
Por tanto, como en cualquier disciplina, el método científico en historia con­
siste básicamente en seguir ciertos procedimientos para plantear problemas y
verificar las soluciones propuestas. Este es el primer requisito metodológico. La
construcción de la historia como ciencia depende sobre todo de la solución de
dos problemas: cómo enunciar y comprobar la*s hipótesis y cómo garantizar la
construcción teórica adecuada mediante generalizaciones controladas.
Los instrumentos disponibles más importantes para estas dos finalidades
(que en el fondo se reducen a una sola, la superación de la tendencia de los
historiadores a preocuparse excesiva o exclusivamente con la singularidad de
los procesos, secuencias y estructuras que estudian) son el método comparativo,
que conceptualiza la problemática histórica a través de la ruptura de los marcos
geográficos y cronológicos habituales, en favor del estudio de temas bien defi­
nidos, y la construcción de modelos, considerando el modelo como una repre­
sentación simplificada de una estructura o sistema real: “construcción mental
a partir de la realidad en la que se reproducen los principales componentes y
relaciones del segmento de realidad analizada” (Alcina, 1994: 85).
El avance científico de la historia exige que hipótesis, explicaciones y gene­
ralizaciones se expliciten. Esta es la manera de poder ejercer un control y una
verificación adecuada de ellas que tienda a garantizar un conocimiento obje­
tivo. El positivismo fundamentó el carácter científico de la historia haciendo
explícitos sus procedimientos y sus documentos. Las nuevas aportaciones histo-
riográficas del siglo xx han asentado ese conocimiento científico y han amplia­
do su condición, siguiendo ciertos procedimientos para plantear problemas y
verificar las soluciones y asumiendo que el resultado nunca puede considerarse
un conocimiento definitivo, irrebatible. Como apunta Aróstegui, es necesario
que el historiador haga siempre explícitos sus procedimientos de trabajo de
forma que procure, como procura cualquier práctica científica, presentar una
imagen exhaustiva de los elementos de la argumentación y de las fuentes -de
sus evidencias- que le conducen a determinadas conclusiones. O, dicho en otras
palabras, que tampoco serán nuevas: para que un discurso pueda considerarse
científico debe presentar siempre la posibilidad de que sus propias conclusiones
puedan ser rebatidas. El investigador debe hacer explícitos sus procedimientos.
Este es el segundo requisito del método científico.
No hay historia definitiva y esta no se agota ni con las fuentes ni con las
interpretaciones. El resultado, por tanto, nunca puede ser considerado un cono­
cimiento definitivo, irrebatible. La ciencia progresa gracias a la discusión de los
conocimientos. Solo así podremos mantener viva la ciencia histórica. Este es el
tercer requisito que deber presentar el método para ser considerado científico.
El camino es difícil de seguir, tal vez por la falta de reglas o conocimientos
exactos, fijos e inmutables. También por la multitud de errores que se cometen,
El método y las técnicas de investigación histórica 33

en muchos casos, tan comunes en la investigación histórica que son difíciles


de observar. Las “trampas que evitar en la investigación” (Thuillier y Tulard,
1988) son las siguientes:

• Anacronismo: solemos razonar en función del presente, con la psicología


de una persona actual, y no en función del pasado.
• Voluntarismo: consiste en querer demostrar a cualquier precio una teo­
ría, trasplantando una doctrina sobre lo real. Para ello se seleccionan
los documentos (no se los interroga) en función de esta tesis planteada a
priori. Si es necesario se hará el silencio sobre los documentos molestos.
• Nominalismo: esta trampa nos alerta de la tentación del historiador, que
se basa en un gran porcentaje en el documento escrito, a olvidar lo no di­
cho, lo no escrito: el rol de los hombres, la manera en que viven, etcétera.
Prisionero de sus fuentes, de su doctrina, de su ausencia de experiencia,
el historiador pasa a menudo por la superficie de las cosas y hace una
historia sin sensibilidad, sin vida.
• Ingenua creencia de que lo sabemos todo: tendemos a pensar que lo sabe­
mos todo y que hay que demostrarlo. Cualquier trabajo es necesariamen­
te imperfecto, provisional, pero son raros los historiadores que declaran
honestamente: “no sabemos lo que ha pasado, existen unas hipótesis A,
B y C, pero, de hecho, no sabemos realmente lo que ha podido pasar” .
El historiador debe tener conciencia de los límites de lo que cree saber y
esforzarse en delimitar las zonas oscuras, los márgenes de incertidumbre,
en intentar adivinar -más allá de los documentos- lo que no es compren­
sible. Esta reflexión es indispensable, pues puede conducirnos a explorar
nuevos caminos de búsqueda, al planteamiento de nuevos interrogantes
o a descubrir nuevas fuentes. Un libro de historia, como dice Paul Veyne,
“peca menos por lo que afirma que por lo que no ha osado plantear” .

El documento, decía Marc Bloch, es como un testigo, habla cuando le pre­


guntamos y le planteamos cuestiones (“ Los textos, o los documentos arqueoló­
gicos, aun los más claros en apariencia y los más complacientes, no hablan sino
cuando se sabe interrogarlos” ). Y el historiador, podemos añadir nosotros, es
como un detective; este parte de diversas hipótesis en su investigación y tiene
que ir comprobando su veracidad con sus distintos testigos, con sus fuentes.
Haciendo preguntas, intertrogando a esos testigos, sabe ir por el camino ade­
cuado a la solución del caso, debiendo probar y demostrar sus argumentos. El
historiador hace lo mismo para llegar a la historia demostrable y, por tanto,
científica. Como también escribía Bloch, “para decirlo todo en una palabra, las
causas, en historia más que en cualquier otra disciplina, no se postulan jamás.
Se buscan...” . Para buscar y demostrar es indispensable una buena prepara­
ción, pero también una abundante dosis de imaginación.
34 M étodos de investigación histórica

La investigación histórica es habitualmente una aventura más confiada a la


improvisación que asentada en una preparación rigurosa. “ Buscad atentamente
y encontraréis... otra cosa”, dice una expresión popular que bien puede aplicar­
se en muchos casos a la investigación científica. Un factor de azar se encuentra
en centenares de descubrimientos importantes realizados en investigaciones que
perseguían objetivos distintos. Esto se designa, en el argot científico, con la pa­
labra serendipia, que procede de un cuento de tradición oriental denominado
Los tres príncipes de Serendip, quienes tenían el don de descubrir las cosas más
insólitas, mediante una combinación de azar e inteligencia, cuando viajaban
buscando otras.
La investigación se inicia a partir de la selección de un tema con la elabo­
ración de un proyecto, al menos en esbozo, del procedimiento para abordarlo.
El historiador tiene que establecer un plan que sirva de guía para su trabajo y
de orientación en la búsqueda de conclusiones sobre un objeto histórico bien
definido. Planificar una investigación es prever los momentos cognoscitivos y
técnicos por los que el trabajo habrá de pasar. Pero, de forma más práctica,
planificar sería la previsión de adaptación del trabajo a los problemas concretos
del objeto investigado. Una planificación tendrá que atender a tres niveles: el
de lo que se quiere conocer, el de cómo conocer y el de la comprobación de lo
conocido. Ello conllevaría la previsión del conjunto de problemas relaciona­
dos con investigar -por qué un proceso es como es-, sus límites cronológicos,
la inteligibilidad y justificación de ellos y la pregunta que hay que formular.
El cómo articular una investigación habría de atender a las fuentes, la organi­
zación de la información, su tipología y su uso, así como la relación con otras
investigaciones. Ninguna investigación puede permanecer aislada de las demás
de su misma área. Pues bien, el diseño es la planificación que se hace una vez
que tenemos claro el problema -y sus fuentes-, el método y las técnicas.
La investigación histórica surge de insatisfacciones con los conocimientos
existentes, insatisfacciones que, a su vez, están provocadas por la aparición de
nuevos puntos de vista, de nuevas teorías o de nuevas curiosidades sociales.
También puede surgir por “hallazgos” de novedosas conexiones entre las co­
sas, de comparaciones o, simplemente, de nuevas fuentes. Los archivos todavía
guardan muchos secretos. La suerte, la perseverancia y la catalogación de los
fondos y los procesos de digitalización, iniciados ya de forma masiva, pueden
hacer ir descubriendo esos documentos perdidos que no eran tales.
Las fuentes y la documentación son fundamentales para el planteamiento y
desarrollo de la investigación histórica, pero no lo son todo, como nos alerta
Topolski (1992: 298-329). Este no se opone al uso y abuso de las fuentes, sino
a la confusión que el positivismo establecía entre la investigación empírica y la
totalidad del método histórico. Por una parte, cuando elegimos el campo por
estudiar o las hipótesis de trabajo, y más tarde cuando formulamos explicacio­
nes causales o establecemos leyes, nos apoyamos sobre todo en marcos teóricos,
El método y las técnicas de investigación histórica 35

en el conocimiento de los códigos pertinentes a los mensajes, que son las fuentes
históricas, en el conocimiento de otros hechos y procesos, en la comparación.
Por otra parte, cuando establecemos los hechos y procesos históricos que inte­
resan específicamente a la investigación que se está realizando -y que depende
de la crítica externa e interna de los testimonios de todo tipo-, también inter­
vienen conocimientos externos al examen de las fuentes. No bastan ni estas ni
la erudición histórica sola. Tenemos que percibir que la información extraída
es más instructiva si hacemos preguntas más variadas, cosa que exige un vasto
conocimiento.

Cuadro 2.1. Conocimiento basado y no basado en fuentes,


en los procedimientos investigadores del historiador

Conocimiento Conocimiento
Tipo de proceso de investigación basado no basado
en fuentes en fuentes
- Elección del campo de investigación +
- Formulación de la pregunta (problema) +
- Establecimiento de las fuentes para tal problema +
- Lectura (y descodificación) de datos +
- Estudio de la autenticidad de las fuentes (crítica externa) + +
- Estudio de la confiabilidad de las fuentes (crítica interna) + +
- Establecimiento de los hechos sobre los cuales las fuentes +
proveen información directa
- Establecimiento de los hechos sobre los cuales las +
fuentes no proveen información directa (incluyendo la
comprobación)
- Explicación causal (incluyendo la comprobación) +
- Establecimiento de leyes (incluyendo la comprobación) +
- Interpretación sintética (respuesta al problema de la +
investigación)
- Apreciación (adecuada) de los hechos históricos +
Fvente: Topolski (1992: 324).

2.2. Las operaciones del método de investigación histórica

Las operaciones lógicas de la investigación no deben entenderse como secuen­


cias sucesivas u obligatorias, cronológicas y ordenadas, del proceso de conocer,
como lo entendían Bernheim y Langlois y Seignobos. Pero sí es necesario tener
36 M étodos de investigación histórica

un planteamiento en el que se-piense en ellas. Las principales operaciones del


método de investigación son las siguientes:

• Elección del tema y justificación. Los criterios que pueden orientar la


selección de un tema de investigación son de varios tipos: de interés per­
sonal, de relevancia social o científica, de viabilidad o de originalidad. El
rendimiento de una investigación s’erá mayor si se emprende con gran
interés por parte del investigador, interés por la cercanía geográfica, ideo­
lógica, etcétera. Pero además de ese interés la investigación tiene que
responder a las demandas sociales y científicas del momento. Aparte de
saber si un tema es relevante, debemos averiguar si es posible llevar a
buen término su investigación. Para ello tenemos que analizar los re­
cursos documentales, los recursos humanos (número y formación), los
recursos materiales y el tiempo disponible. Debe evitarse tratar temas ya
trabajados por otros investigadores, salvo si se hace con métodos renova­
dos o para refutar opiniones anteriormente admitidas. Una vez elegido el
tema es frecuente, conforme avanza la investigación, hacer cambios en él
y en el título; acotaciones geográficas o cronológicas, sobre todo. Esto no
debe preocuparnos si los cambios se hacen para mejorar el objetivo final.
• Construcción de las primeras hipótesis: hipótesis previas. En esta fase se
fundamenta el origen de una investigación: la fijación de los problemas de
partida, las primeras explicaciones tentativas o los ensayos de explicación
de ciertos fenómenos o anomalías. Debemos tratar de delimitar el proble­
ma, la cuestión por investigar, formulándolo de modo que quede planteado
en términos que puedan hacerlo verificable y fecundo. Posteriormente debe
comenzar la construcción de un modelo teórico partiendo del cuerpo de
teorías disponibles, o de una de ellas. También es posible que se trate de la
proposición de una teoría nueva. Con base en la opción teórica que se haya
hecho, será preciso identificar los factores pertinentes para el problema en
estudio (o las variables, si se trata de una investigación cuantitativa). En
seguida interviene la invención de hipótesis centrales y accesorias, o sea, la
formulación de suposiciones que traten de explicitar y explicar los nexos
que se supone existen entre las variables o factores pertinentes. Por ello es
imprescindible la lectura previa de la bibliografía básica para ponernos
al día del estado de la cuestión. En contra lo que muchas veces se cree,
la ciencia no parte de observaciones de hechos, entendiendo por ello reali­
dades establecidas, sino de problemas o de preguntas sobre los hechos y de
la formulación de explicaciones tentativas; la investigación científica deberá
tender a ponerlas a prueba. Conviene que la hipótesis esté claramente for­
mulada. De las hipótesis formuladas depende la elección de la metodología
y de las técnicas que serán empleadas en la investigación. También del tema
escogido, del estado de la documentación y de los recursos disponibles.
El método y las técnicas de investigación histórica 37

Descripción y observación sistemática: análisis. El investigador tiene que


planear cómo someterá las predicciones hechas a partir de las hipótesis
a verificaciones, mediante experimentos, observaciones y mediciones. En
seguida realizará las operaciones programadas, recolectando en esta fase
una serie de datos empíricos que serán criticados, evaluados, clasificados,
analizados, procesados y finalmente interpretados a la luz del modelo
teórico planteado anteriormente. Hay que empezar por localizar la bi­
bliografía y documentación a través de todos los instrumentos de traba­
jo disponibles (bibliografías, catálogos, inventarios, etc.) y seguir por la
consulta de todas las fuentes, primarias, secundarias y terciarias. La ob­
servación de la historia es la observación de las fuentes, el análisis docu­
mental, entendido este como el conjunto de principios y de operaciones
técnicas que permiten establecer la fiabilidad y adecuación de cierto tipo
de informaciones para el estudio y explicación de un determinado proce­
so histórico. La fiabilidad y la adecuación son las dos grandes caracterís­
ticas que una fuente debe poseer para poder ser considerada como tal en
una determinada investigación. Podemos decir que son fuentes adecua­
das para un tema aquellos conjuntos documentales capaces de responder
a mayor número de preguntas, con menos problemas de fiabilidad, de
menos equivocidad o mejor adaptación a los fines de la investigación y
susceptibles de usos más cómodos. Pero el conocimiento de la historia no
se reduce exclusivamente a la explotación de las fuentes, sino que se apo­
ya también en conocimiento no basado en ellas, como ha dicho Topolsky,
lo que es una manera simple de afirmar que las fuentes no funcionan sin
un aparato teórico-crítico. Por eso resulta imprescindible antes de aden­
trarse en el misterioso mundo de la documentación conocer el estado de
la cuestión, saber de los principales autores y trabajos científicos que han
escrito sobre nuestro tema, de forma central o tangencial, para conocer
en qué estado se encuentra la investigación. Solo así se puede recono­
cer lo novedoso, lo que se puede aportar a la ciencia.
Validación o contrastación. El investigador debe tratar de comparar los
resultados de la prueba con las consecuencias que había deducido de sus
hipótesis, considerando entonces si estas resultan confirmadas o refuta­
das (en su totalidad o en parte). Si quedan comprobadas es preciso ver
qué consecuencias trae para el cuerpo del saber: cambios teóricos, exten­
sión eventual de laS conclusiones de la investigación a temas o campos
contiguos, etcétera. Si resultan refutadas, se harán las correcciones perti­
nentes en el modelo teórico, incluyendo la corrección o sustitución de las
hipótesis, y se reemprenderá el proceso de predicción de consecuencias y
verificación, después de identificar posibles errores y lagunas en el modelo
y en los procedimientos de contrastación. El intento de destruir hipótesis,
el proceso de la conjetura y la refutación del que habló Popper, o, como
38 M étodos de investigación histórica

se ha llamado también, de ensayo y error, es lo que lleva al momento de


la contrastación o validación. Para aceptar que una hipótesis explica real­
mente unos hechos es preciso contrastarla con la realidad empírica para
que resulte validada. La validación de las hipótesis es, en definitiva, un
momento crucial del método, probablemente el definitivo, porque la hi­
pótesis validada es la que consideramos una verdadera explicación cien­
tífica. Pero la verdad es que una hipótesis no puede considerarse nunca
definitivamente validada. La validación del conocimiento es considerada
hoy por todas las metodologías como un asunto no concluyente y la cosa
afecta aún más a las ciencias sociales. El proceso de la validación, según
las tesis popperianas, es el de la falsación, la búsqueda de nuevos hechos
para intentar mostrar que la explicación propuesta no puede dar cuenta
de ellos. Si no da cuenta de uno solo de ellos, la propuesta de explicación,
la hipótesis, se revelará como inadecuada, como falsa.
• Explicación. Una explicación verdadera tiene que trascender el orden de
proposiciones que se refieren al cómo de los fenómenos para dar cuenta
de su porqué. Y, también, de su por qué no...-, es decir, por qué sucedie­
ron unos hechos y otros alternativos no, por qué fueron las cosas como
fueron y no pudieron ser de otra manera.

Enfocar así la explicación es la única manera de hacer posible la falsa­


ción de una hipótesis. Este es también el sentido profundo de la com­
paración en el análisis histórico. No solo existe la comparación entre las
condiciones necesarias y suficientes que han hecho posible la materializa­
ción de un proceso y aquellas que han impedido la materialización de otros,
o que son favorables para un proceso concreto y desfavorables para otro.
(Aróstegui, 2001: 305)

La historia, por tanto, además de contar los acontecimientos, debe


interpretarlos y explicarlos. Y, quizá todavía más importante, en esta ex­
plicación debe mostrar el proceso metodológico que la ha producido.
Esta será la base científica de la investigación.

2.3. Las técnicas de investigación

El término método deriva del griego méthodos (‘camino hacia’), que signifi­
ca, de manera general, el modo o la manera de hacer o de producir algo, el
sistema de proceder para obtener o alcanzar el fin perseguido. La técnica no es
el camino, como el método, sino el arte o manera de recorrer ese camino. Las
técnicas son, pues, instrumentos a disposición de la investigación y organiza­
dos por el método con este fin. Con el método conocemos los problemas, y las
técnicas son medios de tratar esos problemas cuando ya han sido concretados.
El método y las técnicas de investigación histórica 39

“ Las técnicas no son sino las operaciones que el investigador realiza para trans­
formar los hechos en datos” (Aróstegui, 1995: 360). Mediante las técnicas, los
contenidos temáticos de los legajos de un archivo se convierten en tablas de va­
lores de precios, en resultados electorales, en listas de represaliados, en escenas
de la vida cotidiana, etcétera. Podemos establecer unas características generales
sobre las técnicas de investigación:

• La relación estrecha, necesaria e insustituible entre la teoría, el método y


las técnicas en cualquier disciplina.
• La técnica sin método no basta y tampoco este sin aquella.
• Las técnicas son “ operaciones de campo” que acostumbran a cambiar
con frecuencia en función del progreso de las tecnologías.
• Las técnicas son limitadas en número y comunes a la mayoría de las
ciencias sociales.
• Una técnica puede ser común a muchos métodos y un método admitir
muchas técnicas.
• Las técnicas de investigación no pueden enseñarse solo con su descrip­
ción; con su práctica adquirimos verdaderamente su total dimensión.

La elección de las técnicas que serán empleadas en la investigación depende


estrechamente del tema escogido y de las hipótesis de trabajo planteadas. De­
pende también del estado de la documentación accesible y de las disponibilida­
des humanas, de recursos, de tiempo y de otras muchas circunstancias.
Las técnicas de investigación histórica se dividen en dos tipos:

• Técnicas cualitativas. Contribuyen a buscar y observar los documentos.


No aspiran a medir en la construcción de datos. Se clasifican, a su vez, en:

- Búsqueda y localización de información.


- Observación documental.
- Observación directa.
- Técnicas arqueológicas.

• Técnicas cuantitativas. Miden variables. Se dividen en:

- Técnicas matemáticas.
- Técnicas gráficas.

La división entre cuantitativo y cualitativo no quiere decir ni mucho menos


oposición, como reconoce R. Lourau (1979): “ Oponer lo cuantitativo a lo cua­
litativo procede de un acto estéril, ya que los cuantificadores reconocen, tarde o
temprano, que lo que organiza la materia cifrable, las finalidades, pertenece al
40 M étodos de investigación histórica

dominio de la cualidad, y los fanáticos de la cualidad están obligados a medir


diariamente aunque solo sean sus medios de supervivencia” .
Los datos cualitativos están esencialmente cargados de significado pero,
aparte de eso, muestran una gran diversidad. No incluyen recuentos ni las me­
didas, pero sí cualquier forma de comunicación (escrita, en audio o visual) o
comportamientos humanos, símbolos o artefactos culturales.

El análisis cualitativo implica dos actividades: en primer lugar, desarro­


llar un conocimiento de las clases de datos que es posible examinar y del
modo en que se pueden describir y explicar y, en segundo lugar, una cierta
cantidad de actividades prácticas que sirvan de ayuda en el manejo del tipo
de datos y las grandes cantidades de ellos que es necesario examinar. (Gibbs,
2012 : 20 -21 )
La historia, como las ciencias sociales, como todas las ciencias, parte de los
hechos. La investigación científica presenta dos vertientes distintas: el descu­
brimiento de hechos y la creación de hipótesis y teorías; en este sentido se pue­
de hablar de ciencia descriptiva y ciencia teórica. Ahora bien, la construcción
teórica sirve a dos fines principales: predecir la ocurrencia de acontecimientos
o de resultados experimentales y prever así nuevos hechos y explicar o hacer
inteligibles hechos ya registrados. “ En ese sentido es muy común considerar que
el progreso científico consiste, fundamentalmente, en la acumulación sucesiva
de descubrimientos de hechos, con independencia de la existencia de teorías”
(Alcina, 1994:71). La teoría es el inicio del proceso científico, ya que el paso
siguiente es la constrastación de esta mediante los datos o los hechos.
Buscar y observar los hechos es el elemento primordial de su método y, por
tanto, la primera de las técnicas de investigación. “ La primera tarea del oficio
de historiador es descubrir, identificar y discriminar esas reliquias dispersas,
que pasarán a ser las pruebas, evidencias y fuentes informativas primarias so­
bre las que levantará su relato, su construcción narrativa del pasado histórico”
(Moradiellos, 2013b: 36). La labor del historiador no consistirá en una mera
descripción de los hechos del pasado, sino en la construcción o reconstrucción
del propio pasado, que no es el pasado real, sino el que él interpreta, “ el pasado
imaginado” .
En la búsqueda de fuentes de información debemos proceder a una rigu­
rosa planificación, con el fin de reducir lo más posible los frecuentes casos de
serendipia en la investigación científica, motivada en múltiples ocasiones por
considerar el historiador la investigación como una aventura más confiada a la
improvisación, a la intuición y a su buen sentido, que a un proceso guiado por
unos conocimientos y técnicas rigurosas.
Buscar la información se ha convertido en una tarea complicada, tanto por
el continuo incremento de la documentación como por la cada vez mayor de­
pendencia de los ordenadores. Por ello, el historiador debe conocer aspectos bá­
El método y las técnicas de investigación histórica 41

sicos de las técnicas de otras ciencias, como la documentación y la informática.


Los instrumentos de descripción de archivos (guías, inventarios, catálogos) y las
fuentes de información de las bibliotecas (bibliografías, catálogos y boletines)
se encuentran actualmente en proceso de automatización, más incipiente en los
archivos y más desarrollado en el campo bibliotecario. Este proceso facilita la
búsqueda y localización de documentación, pero a base de conocer las técnicas
documentales e informáticas utilizadas por archiveros, bibliotecarios y docu­
mentalistas.
En el ámbito de las ciencias sociales y de las humanidades, el desarrollo de
la automatización y de los recursos y servicios electrónicos es más recatado
que en otros ámbitos científicos, por la importante suma de dinero que mueve
la investigación experimental o sanitaria y, en consecuencia, su información y
documentación. Por ello, el historiador ha de dar más rodeos para llegar a la
información, y debe manejar tanto repertorios generales como especializados,
impresos y electrónicos. No olvidemos que el periodo de obsolescencia de la
bibliografía histórica (en torno a veinte años) es mucho más amplio que el de
otras ciencias, por lo que la información electrónica en la mayor parte de los
casos no llega a periodos de cobertura tan elevados. Estas dificultades le exigen
una mayor preparación en la búsqueda y localización de sus fuentes de infor­
mación y documentación.
La observación documental consiste, básicamente, en analizar las fuentes
y documentación de la historia para comprender el significado del documento
y contrastar la información con el fin de validar o no las hipótesis planteadas.
Se lleva a cabo sobre los documentos en los que los hechos han dejado huella.
Durante los últimos años, los historiadores han ampliado de forma conside­
rable sus intereses, hasta incluir en ellos no solo los acontecimientos políticos,
Las tendencias económicas y las estructuras sociales, sino también los sucesos y
el transcurrir de la vida cotidiana, el desconcertante mundo de las mentalidades,
la historia de la cultura, etcétera. La investigación en estos nuevos campos no
se habría podido realizar si se hubieran limitado exclusivamente a las fuentes
tradicionales, a la documentación de archivo y, especialmente, a los documentos
oficiales.
La tradicional consideración de las “fuentes de la historia” como las referi­
das casi en exclusiva a la documentación original de archivo debe ser sustituida
por una concepción mucho más amplia. La “fuente de archivo” que ha sido la
pieza esencial de la documéntación histórica en la tradición positivista, y que
vino a reemplazar a la historia que se componía siempre sobre relatos histó­
ricos anteriores, es hoy un tipo más, y no necesariamente el más importante,
entre los medios de información histórica. Las fuentes de la historia tienen una
variadísima procedencia. El archivo histórico constituye hoy uno de los depó-
snos fundamentales de la documentación histórica, pero en modo alguno las
mentes históricas tienen en exclusiva esa procedencia. Fuente para la historia
42 M étodos de investigación histórica

es cualquier tipo de documento existente, cualquier realidad que pueda aportar


testimonio, huella o reliquia, cualquiera que sea su lenguaje.
La revolución documental de nuestros tiempos, debida en gran parte al de­
sarrollo de la historiografía durante el siglo xx y a su interrelación con otras
ciencias sociales, ha venido a sumar al documento de archivo nuevas fuentes.
La literatura siempre ha sido compañera de la historia, pero en los últimos años
se ha producido una reconsideración del pasado mediante el análisis minucioso
de textos literarios. También se ha presenciado un mayor recurso a la evidencia
visual como respuesta a la toma de conciencia de que los documentos también
pueden incluir pinturas, edificios y multitud de objetos realizados por hombres
y mujeres. Nuevos campos de especialización, como la arqueología industrial
y la arqueología submarina, han producido una nueva cosecha de evidencias
documentales que bien pueden confirmar antiguas conclusiones o bien plantear
nuevas cuestiones.
A pesar de la buena acogida de estas nuevas fuentes, todos los documen­
tos (nuevos y tradicionales) presentan parecidos problemas de selección y de
interpretación. Los historiadores, como los fotógrafos, los directores de cine,
los pintores... no ofrecen un reflejo de la realidad sino representaciones de
esta. Los documentos no hablan por sí mismos. Los hechos raramente vienen
preparados de antemano, y ningún historiador puede escapar de ciertos con­
dicionamientos, como las ideas preconcebidas individuales, las preocupaciones
contemporáneas y el conocimiento de la historiografía previa sobre el tema.
Nuestra vinculación con el pasado es, y no debe dejar de ser -según Hayden
White (2003)- emotiva, por lo que la dimensión poético-expresiva del escrito
histórico no solo aparece como inexpugnable sino, más aún, como determinan­
te de todas las demás. Los conflictos valorativos no pueden dirimirse apelando
exclusivamente a la evidencia; siempre será la conformidad o no con nuestros
intereses, compromisos y temores lo que captará nuestra adhesión a uno u otro
relato en conflicto.
Nuestra mente no refleja la realidad de manera directa. Esta la percibimos
a través de una red de convenciones, esquemas y estereotipos, red que varía de
una cultura a otra. Además, siempre analizamos el pasado desde el presente,
conocemos el futuro del pasado, en palabras de Koselleck (1993), lo que tiene
que influir forzosamente en esta representación.
Conocemos el futuro únicamente por el pasado que proyectamos en él, pero
el pasado es algo que nunca podemos capturar, ya que en el momento en que
nos damos cuenta de lo que ha ocurrido, esto nos es inaccesible: no podemos re­
vivirlo, recuperarlo ni volver a ello como podríamos hacer con un experimento
de laboratorio. Solo podemos presentar el pasado como un paisaje próximo o
distante, sin saber nunca con seguridad cómo fue realmente. Los historiadores
representan lo que no pueden reconstruir (Gaddis, 2004: 19).
El método y las técnicas de investigación histórica 43

Una vez asumida la naturaleza de la investigación histórica y el amplio elen­


co de fuentes que la sustentan, el problema está en que la crítica y la observa­
ción de muchos de estos nuevos documentos no han corrido pareja. Como dice
Burke (2003: 31), tal vez lo que necesitamos es una nueva “ diplomática” . Este
fue el término empleado por Jean Mabillon en su guía para la utilización de
documentos oficiales a finales del siglo xvn, cuando este nuevo tipo de prueba
levantaba las sospechas de los historiadores más tradicionales. ¿Quién será el
Mabillon de la estadística, la fotografía o la historia oral?, se pregunta el pres­
tigioso historiador americano.
La observación de todo documento depende de tres factores. El primero de
ellos se puede denominar lecturas previas. El análisis riguroso del documento
solo puede obtenerse en la puesta al día de la bibliografía, que nos permite
saber interrogar al documento de la mejor manera posible. Toda investigación
es imposible de realizar sin un correcto y suficiente apoyo bibliográfico. No es
posible definir un proyecto de investigación o planificar su estrategia sin un co­
nocimiento lo más exhaustivo posible del estado de la cuestión científica en un
determinado campo temático y en un determinado momento.

La bibliografía existente sobre un tema es no solo la primera y fundamen­


tal fuente de información, cuya consulta puede tener, justamente, el resultado
de descubrirnos que un determinado tema o no ha sido tratado o lo ha sido
insuficientemente, sino que la bibliografía existente y la que se va produ­
ciendo es siempre un imprescindible control para el proceso de investigación
propio. (Aróstegui, 1995: 366)

La lectura de la bibliografía permite al historiador conocer el estado científi­


co del asunto que investiga y la documentación que ha de manejar, para poder
enfrentarse a ella en las mejores condiciones posibles.
El segundo factor lo denominamos el uso de las técnicas y ciencias auxiliares
u la historia. Para proceder a observar los documentos, nos valemos a su vez
ce distintas técnicas y ciencias auxiliares de la historia, entre las que destacan
as siguientes:•

• Arqueología: disciplina que estudia los restos de las civilizaciones y de


todo lo que a ellas se refiere, con el fin de reconstruir su historia, la vida
de sus pueblos y sus costumbres. Las técnicas arqueológicas, muy desa­
rrolladas en los últimtos años, contribuyen al estudio de restos de la Anti­
güedad y medievales, como objetos, útiles, instrumentos y monumentos.
Pero no solo analiza restos de civilizaciones primitivas, la arqueología
industrial y la arqueología submarina, por ejemplo, están ofreciendo im­
portantes avances en la reconstrucción de la historia económica, econó-
mica-militar y cultural de los últimos siglos.
44 M étodos de investigación histórica

• Criptografía: técnica imprescindible para descifrar los signos, símbolos y


escrituras enigmáticas o con clave secreta.
• Cronología: ciencia que tiene por objeto determinar el orden y las fechas
de los sucesos históricos.
• Documentación: las técnicas documentales contribuyen a localizar, com­
prender, interpretar y sintetizar el documento, sobre todo el escrito.
• Epigrafía: estudio de las inscripciones incisas en distintas materias con el
fin de descifrarlas e interpretarlas.
• Filología: estudio profundo acerca de la interpretación y comprensión de
un texto. Las técnicas filológicas ayudan a analizar y observar los docu­
mentos a través del lenguaje y del mensaje.
• Genealogía: por medio del estudio de documentos fidedignos, se ocupa
de establecer el parentesco entre personas y familias y el origen, descen­
dencia y alianzas de estas.
• Gliptografía: ciencia que estudia las piedras grabadas antiguas.
• Heráldica: ciencia y arte que enseña a componer, interpretar y describir
los escudos de armas de cada linaje, ciudad o persona.
• Iconografía: descripción de imágenes, retratos, cuadros, estatuas o mo­
numentos.
• Iconología: ciencia que estudia e interpreta el significado simbólico de las
imágenes representadas en las artes visuales.
• Numismática: estudia la figura, el metal y el peso de las monedas para
situarlas dentro de su contexto histórico.
• Paleografía: ciencia que estudia las escrituras en su forma y en su desa­
rrollo histórico.
• Paleontología: ciencia que analiza los seres que han vivido en la superficie
del globo terrestre en el curso de los tiempos geológicos; se basa en la
información que proporcionan los fósiles.
• Sigilografía: estudio del sello como medio de autenticidad de documentos.

El tercer y último factor de la observación documental es el conocido como


la interrelación con otras ciencias. El conocimiento, la comprensión y la expli­
cación de la historia solo puede hacerse a través de la interrelación con otras
ciencias sociales y humanas. La observación de los documentos exige un am­
plio conocimiento de estas ciencias, porque en la realidad se nos presentan
todas unidas en la vida social, aunque en la vida académica estén bien definidas
las fronteras. Entre ellas, destacan la antropología, el arte, la demografía, el
derecho, la economía, la geografía, la literatura, la política, la psicología y la
sociología.
El documento escrito sigue siendo el principal documento del historiador,
aunque ni mucho menos el único, por lo que buena parte del trabajo de ob­
servación se lleva a cabo con él. La principal técnica documental al respecto
El método y las técnicas de investigación histórica 45

es el denominado análisis documental de contenido (ADC), definido por M a­


ría Pinto (2002) como el “ proceso cognitivo de reconocimiento, descripción y
representación del contenido documental” . Este análisis permite superar hoy
día el viejo concepto de crítica interna y externa, que tan de moda pusieron
los historicistas y metódicos en el siglo xix. Todos los documentos tienen un
contenido relativamente permanente, pero un número variable de significados,
incluso para un mismo analista, de acuerdo con la utilización particular de ese
contenido sustancial en un momento determinado.
En lugar de plantear normas y principios para analizar el contenido de un
texto, resulta más apropiado que el analista asuma su protagonismo, adoptan­
do las estrategias necesarias para cada situación dependiendo de los enlaces o
relaciones entre la unidad textual, los diferentes contextos, la función del texto
origen y la función del producto en sus respectivas situaciones culturales. El
papel del historiador-analista, por tanto, está lejos de aquel ente pasivo que
señalaba Ranke. Su labor ante el análisis documental debe ser fundamental. Y
esta labor será, principalmente, la de seleccionar (datos, ideas y situaciones).
Para ello resulta básica una buena preparación.
Aunque no haya normas rígidas que faciliten el trabajo (como creían in­
genuamente los metódicos), sí se precisa una metodología para el desarrollo
adecuado del ADC. Esta se realiza durante tres fases:•

• Lectura-comprensión: cuando el analista lee, está decodificando, inter­


pretando y representando la información. La lectura, por tanto, es un
proceso de naturaleza interactiva, que depende tanto del texto como de
la persona que lo lee, que tiene por finalidad hacernos comprender el tex­
to. Para llegar a la comprensión, el analista o lector no necesita utilizar
todos los datos textuales, pues el proceso se inicia aprovechando dicha
información extratextual para plantear hipótesis que faciliten la com­
prensión-interpretación.
• Análisis: una vez comprendido, el texto debe ser analizado mediante un
proceso cognitivo o mental. El primer paso del análisis es la segmenta­
ción, que consiste en descomponer provisionalmente el texto en mag­
nitudes más manejables mediante la división en segmentos o unidades
sintagmáticas provisionales. Una vez segmentado el texto en unida­
des más pequeñas, pero de gran interés, tenemos más fácil el segundo
paso, la selección. Cónsiste en eliminar las unidades de significación (fra­
ses y palabras) que son consideradas irrelevantes para el análisis. Tras
este paso y, por tanto reducido el texto, este debe interpretarse, asignán­
dole un contenido (interpretación). Se trata de la fase más subjetiva del
análisis de contenido, puesto que en ella participan importantes factores
extratextuales, como son el conocimiento base del analista, los objetivos
del análisis y el contexto. La función de un texto es su uso o aplicación
46 M étodos de investigación histórica

en un determinado contexto o situación, por lo que no hay un análisis


adecuado fuera de ese contexto.
• Síntesis: al final del proceso se encuentra la síntesis o arte de compo­
ner la información resultante del análisis, del contenido extraído como
consecuencia de la interpretación. Se trata de expansionar la estructura
profunda obtenida durante el proceso analítico, aunque esta expansión
deberá quedarse en los primeros niveles de descripción superficial, en vir­
tud de la brevedad exigible. Esta fase finaliza con la escritura del texto, en
la que se presta especial atención a su estructura o composición interna,
estilo, requisitos y extensión.

Mientras la observación documental se aplica a los documentos, las técnicas


de observación directa construyen ellas mismas los documentos. La observación
directa puede ser extensiva o intensiva. De la primera, la forma más difundida
es la de las encuestas por sondeos, en las que se estudia una porción escogida
de una gran comunidad humana y se extienden las conclusiones a las que se ha
llegado al conjunto de la comunidad, lo que es válido si la muestra elegida es
realmente representativa. La observación directa extensiva presenta tres fases
fundamentales: la determinación de la colectividad por interrogar (la selección
de las muestras), el interrogatorio de esta colectividad (encuesta propiamente
dicha) y la interpretación de los resultados y sus consecuencias.
La observación directa intensiva se efectúa sobre pequeñas comunidades,
incluso sobre individuos. La observación es menos extensa, pero más profunda.
Hay técnicas propias, aunque con una sencilla adaptación previa pueden utili­
zarse en la observación extensiva. Entre estas técnicas destacan:•

• Entrevistas: en el campo de la investigación histórica, /a entrevista es el


fundamento de la denominada fuente o investigación oral, tal vez la fuen­
te más discutida por los historiadores tradicionales porque, obsesionados
por la documentación, se interesan en sus fuentes por tres cualidades
que no posee el documento oral (Prins, 2003: 151-152). En primer lugar,
insisten en la precisión formal, en ver la naturaleza estable de la eviden­
cia, en tratar a un documento como un objeto. La segunda cualidad es
la precisión cronológica; los documentos pueden proporcionar detalles
escrupulosos en esta dimensión. En tercer lugar, en el documento escrito
en muchas ocasiones se entiende el mensaje gracias a la lectura de textos
adicionales, mientras que en la fuente oral la comunicación se encuentra
a veces sin otras fuentes de referencia. A estos aspectos, algunos críticos
añaden más, como los temas tangenciales preferidos por la historia oral o
la poca importancia de la microhistoria. Efectivamente, estas cualidades
no son características de la fuente oral, pero tiene otras muchas, como el
acercamiento más estrecho a la historia más humana, a la historia de la
El método y las técnicas de investigación histórica 47

vida cotidiana, a la historia de las mentalidades, a los recuerdos perso­


nales y, sobre todo, a los recuerdos personales de los protagonistas de la
historia que casi nunca aparecen en la historia.
La entrevista puede clasificarse en diversos tipos. Según el contenido,
hay entrevistas de opinión (tienen como finalidad conocer la opinión o la
actitud de la persona o personas interrogadas) y entrevistas documenta­
les (se interroga a un personaje o personajes sobre lo que saben), aunque
pueden combinarse unas y otras. Por el tipo de persona al que se inte­
rroga, pueden ser de líderes o de “gente corriente” , de la calle. Según el
número de entrevistados, la entrevista puede ser individual o colectiva.
Por el medio técnico utilizado, la entrevista sería grabada (solo la voz),
en soporte óptico o casete; de imagen y sonido (vídeo, película) o escrita
(para los casos en que no se permita ningún tipo de mecanismo que per­
dure). La técnica de realizar la entrevista puede ser libre, semidirigida o
dirigida, según se trate de cuestionarios abiertos o más o menos cerrados.
• Test: están constituidos por una serie de preguntas o pruebas por medio
de las cuales se investiga indirectamente la personalidad o mentalidad
del individuo o grupo. No se le interroga directamente, no se recurre a su
análisis consciente, sino que lo revelador es su comportamiento frente a
las pruebas del test. Pueden clasificarse en test de aptitudes y conocimien­
tos y tests de personalidad.
• Observación-participación: consiste en examinar el grupo en sí mismo,
en cuanto colectividad. Es en cierta manera una observación global,
opuesta a los atomísticos procedimientos de observación individuales.
Se la denomina observación-participación porque implica que el obser­
vador intervenga en la vida del grupo, participe en sus actividades. Por
una parte, esta participación a veces es pasiva, limitándose al papel de
espectador, si bien de un espectador que se ve, por la fuerza de los acon­
tecimientos, incorporado al espectáculo, que se encuentra en escena entre
los actores. Por otra parte, la participación es a menudo más activa, y se
pueden distinguir dos tipos diferentes: en el primero se trata de un obser­
vador, en principio, externo al grupo y que se mezcla en su vida a fin de
poder realizar sus observaciones, y en el segundo se trata de un miembro
del grupo que se esfuerza en adquirir la cualidad de observador, desdo­
blándose en cierto modo.
«

Las técnicas arqueológicas en sus orígenes estuvieron casi exclusivamente


centradas en el estudio de la prehistoria y la Antigüedad, pero en la actualidad
el concurso de la arqueología se ha extendido, ventajosamente, para aportar luz
a la totalidad de los periodos y secciones en que, de forma bastante artificial,
solemos compartimentar el devenir histórico. Se han desarrollado así pujantes
arqueologías de la Edad Media, de la Edad Moderna, que algunos autores se
48 M étodos de investigación histórica

obstinan en calificar con el redundante término de “ arqueología histórica” , o


incluso de la contemporaneidad.
Esta extensión de la práctica de la arqueología permite comprobar que, si
su contribución resulta insustituible a la hora de acercarnos al estudio de las
sociedades sin escritura, su aportación no es en absoluto desdeñable para los
periodos en los que se dispone de fuentes escritas. Y es que es evidente que la
arqueología permite acceder a datos que los textos no siempre pueden, o quie­
ren, decir. Así las cosas, no es extraño comprobar cómo las técnicas y fuentes
arqueológicas se han convertido, con el tiempo, en una de las principales venta­
nas a través de las que contemplar y traer al presente a todos esos “ desposeídos
de la historia” que hoy solemos etiquetar como grupos subalternos: mujeres,
pobres, esclavos...
Sin duda, la principal característica de la arqueología como disciplina histó­
rica descansa en la naturaleza de su propio objeto de estudio, no siempre fácil
de desligar de su medio de información: los registros materiales de la actividad
humana pretérita, la “materialidad” de los procesos históricos. Por su carácter
no verbal, la metodología del estudio de los objetos, de las “cosas” y sus resi­
duos, difiere considerablemente del estudio de los textos, de las “palabras” . Y
eso que la separación entre “cosas” y “palabras” no resulta, en el fondo, tan
radical. Por un lado y pese a que a menudo hoy se nos escape su significado, sa­
bemos que los artefactos tenían sentido para sus usuarios y por ello aportaban
información que podía ser “ leída” por ellos, y, de otra parte, lo que llamamos
textos siempre pueden ser estudiados desde la perspectiva de su materialidad
(soportes, escrituras, gestualidades...). Además, unos y otros están significativa­
mente constituidos y por eso mismo contribuyen activamente a los procesos de
producción y reproducción social. Dicho de otro modo, los seres humanos fa­
bricamos y usamos objetos y redactamos textos, y las “ cosas” que producimos
y utilizamos y las “palabras” que escribimos y leemos aportan, a su vez, una
contribución decisiva a la hora de “ fabricarnos” y de “narrarnos” como seres
sociales, como personas.
Una de las principales tareas de la metodología arqueológica consiste en des­
velar los procesos de formación del registro arqueológico; es decir, la manera en
que los restos materiales de la actividad humana han llegado hasta nosotros. Y
esto es así porque la fiabilidad de las interpretaciones arqueológicas descansa
en buena medida en la posibilidad de identificar estos procesos que van desde
la manera en que se produce el abandono, la pérdida o la ocultación de los
objetos, hasta las circunstancias y condiciones de su hallazgo, pasando por la
probabilidad de su conservación.
Aunque a menudo hablamos de yacimientos arqueológicos para referirnos
al lugar donde es posible rastrear las trazas materiales de la actividad humana,
no hay que olvidar que el término puede resultar simplificador y equívoco. Por
una parte, la entidad del registro arqueológico es variable y, en consecuencia,
El método y las técnicas de investigación histórica 49

.a información que puede suministrar depende de su naturaleza, de su contex­


to y de su escala. Es un hecho que no es lo mismo estudiar una herramienta
de piedra aislada en medio de una terraza fluvial que un paisaje agrario, que
puede considerarse con toda propiedad un yacimiento arqueológico en la me­
dida en que se trata de la sedimentación espacial de un tiempo “ fosilizado” .
Por otra parte, pese a que el uso de la palabra yacimiento parezca remitir,
invariablemente, a una dimensión “ estratigráfica” del registro arqueológico,
muchos vestigios arqueológicos no están enterrados. Y es que no escasean las
evidencias que se encuentran a flor de tierra, en “ superficie” , por emplear la
■ erga de la disciplina, o, como sucede por ejemplo con el castillete abandonado
áe una antigua mina en desuso, se elevan considerablemente sobre la rasante
del suelo.
La localización de los yacimientos arqueológicos exige el desarrollo y la
¿plicación de métodos de exploración cuya sofisticación y coste aumentan en
ei caso de aquellos que están completamente enterrados. Las técnicas y herra­
mientas utilizadas en estas prospecciones arqueológicas van desde los sistemas
de teledetección (fotografías aéreas, imágenes de satélite...) hasta el reconoci­
miento a pie de la zona de estudio, pasando por el empleo de radares terrestres
a otras técnicas geofísicas. Los datos obtenidos en estas indagaciones deben ser
convenientemente tratados y almacenados en bases de datos especiales, como
los sistemas de información geográfica (SIG), que permiten una manipulación y
un uso más eficaces de esta información.
Una vez localizados, los yacimientos se estudian siguiendo un protocolo y
ana metodología de análisis que ha de adaptarse a sus características y a la na­
turaleza de los vestigios que encierran. En el caso de los yacimientos enterrados,
>e impone el estudio estratigráfico cuyo fin es identificar, mediante sus caracte­
rísticas físicas y arqueológicas, cada uno de los depósitos y entidades (unidades
¡stratigráficas) que constituyen estos “ archivos del suelo” , relacionándolos a
continuación mediante una serie de principios que ayudan a conformar la se­
cuencia completa de su evolución. Los principios y protocolos de este método
estratigráfico pueden aplicarse también, a través de lo que denominamos ar­
queología de la arquitectura, al patrimonio construido no enterrado para deter­
minar las diferentes fases y episodios constructivos que jalonan la historia de
cualquier edificación.
Todas las observaciones y acciones realizadas en el curso de estas tareas
can de ser convenientemente documentadas y registradas utilizando distintos
upos de soportes y bases de datos. El progreso de las técnicas de captura y
anáfisis de imagen ha contribuido a que a la información textual y gráfica (pla­
nimetrías, fotografías, etc.) tradicionalmente utilizada se hayan sumado, en los
—tunos años, toda una serie de herramientas (escaneado láser y fotogrametría,
mitre otras) que permiten la generación de modelos 3D de gran utilidad para el
mgistro, tratamiento y anáfisis de la información arqueológica.
50 M étodos de investigación histórica

Junto a los inmuebles (restos de edificios, estructuras de todo tipo...) que


aparecen y son documentados en el curso de estos trabajos, menudean los ob­
jetos muebles, los materiales arqueológicos, que han de ser convenientemente
tratados a fin de poder obtener toda la información que atesoran. Además de
registrar con precisión su localización y posición durante los trabajos de campo,
es importante conocer qué límites ofrece su manipulación en función de su es­
tado de conservación y de los análisis a lo¿ que ulteriormente serán sometidos.
Cuando existen, los propios sedimentos arqueológicos que engloban, “fosilizán-
dolos”, a los restos inmuebles y muebles deben someterse también a toda una
serie de manipulaciones destinadas a obtener muestras o a recuperar, mediante
su tamizado, cualquier tipo de vestigio que haya podido pasar inadvertido.
Cuando, por diferentes razones, no son enterrados o trasladados a otro lu­
gar, los restos de inmuebles se quedan sobre el terreno y es allí donde, en su
caso, son estudiados y analizados. Por su parte y una vez extraídos, los objetos
y todos los demás restos materiales localizados se llevan a laboratorios y mu­
seos para examinarlos en lo que se suele denominar trabajo de gabinete. En
el caso de lo que comúnmente llamamos artefactos estas labores comportan
toda una serie de estudios morfológicos y tipológicos que se completan, cuan­
do procede y los medios acompañan, con análisis arqueométricos destinados
a averiguar la composición de los materiales. Los resultados de estas tareas,
unidos a los datos suministrados por la arqueología experimental, permiten
realizar inferencias sobre los procesos de fabricación, uso y amortización de
estos objetos. Estas inferencias pueden, a su vez, suministrar información re­
levante a la hora de reconstruir los procesos de trabajo y los escenarios so­
cioeconómicos de los hombres y mujeres que han producido y utilizado estos
artefactos. En el caso de aquellas otras entidades arqueológicas que no enca­
jan en sentido estricto en la categoría de artefactos (huesos humanos, restos
de plantas y de animales, sedimentos, etc.), su manipulación y estudio puede
arrojar también informaciones relevantes para reconstruir los modos de vida
y las prácticas sociales de las poblaciones que habitaban los yacimientos de
los que proceden.
Aunque, al igual que sucede con la historia, la arqueología no sea una “cien­
cia del tiempo” , una “cronometría” , el tiempo, en realidad la temporalidad, es
una variable esencial de la interpretación arqueológica. De ahí que, en lo que
tiene de disciplina histórica, la arqueología haya tratado de dotarse, desde sus
inicios, de técnicas y procedimientos con los que garantizar la atribución cro­
nológica de las trazas y entidades materiales que constituyen el registro arqueo­
lógico. El desarrollo a partir de mediados del siglo xx de las técnicas de datación
fisicoquímicas, como el carbono 14, han facilitado la elaboración de calendarios
que, pese a su dificultad para ser a veces traducidos en términos de calenda­
rios históricos, han permitido fechar de manera autónoma muchos materiales
y, en consecuencia, los procesos históricos a los que se asocian. Se ha podido,
El método y las técnicas de investigación histórica 51

xsí, superar las limitaciones que imponían la disponibilidad de materiales bien


contextualizados y fechados (monedas, inscripciones...) o las cronologías com­
paradas basadas en las tipologías.
En cuanto a las técnicas cuantitativas, las técnicas matemáticas son formas
perfeccionadas del análisis comparativo. La traducción de los fenómenos en
afras y en símbolos permite comparar muchos a la vez, confrontar sus respec­
tivas características con gran precisión y llevar muy lejos el análisis. El análi­
sis matemático supone, ante todo, que los fenómenos por estudiar hayan sido
traducidos en cifras, expresando estas aquellos caracteres comunes que sirven
de base a su comparación. La expresión matemática, según Duverger (1996),
comprende dos fases: la traducción en cifras propiamente dicha, llamada cuan-
:rfcación, y la identificación, a partir de las series de cifras así obtenidas, de
anos valores que la expresen sintéticamente (características e índices).
La estadística es la técnica por excelencia en el estudio de las variables cuan­
titativas o cuantificadas. Se suele considerar a William Petty como su fundador;
en su obra Essays in Political Aritmetic (1679), en la que no solo describe un
innumerable conjunto de datos económicos, sino que refleja el nuevo método
de investigación que preconiza la aritmética política o, como él mismo definió,
'el arte de razonar con cifras sobre hechos relativos al gobierno” . El desarro­
llo progresivo de la ciencia estadística tuvo lugar desde el inicio del siglo xix,
con la formación de un cuerpo de técnicas matemático-estadísticas, agrupadas
genéricamente bajo la denominación de “economía cuantitativa” . Su despegue
definitivo se ha generado a lo largo del siglo xx, en particular, a partir de los
años treinta con la aparición del moderno campo de la economía empírica,
bautizado bajo el nombre de econometría.
Los datos estadísticos no tienen por qué ser números. El único requisito es
que la información se refiera a características de las distintas unidades y que sea
homogénea. Las características que son susceptibles de una expresión numérica
>e denominan variables, y las cifras que presenta una variable a propósito de
las distintas unidades se conocen como valores. Cuando, por el contrario, una
característica no es numérica se denomina atributo. Los atributos no presentan
valores, sino modalidades.
El primer paso del historiador que emplea materiales cuantitativos consiste
en examinar los datos y clasificarlos de tal manera que le ayuden en su análisis.
La clasificación que cumple este objetivo (Floud, 1975: 22-26) divide los datos
en tres tipos: nominales, ordinales e intervalos:•

• Datos nominales. La forma primera y más sencilla de los datos cuantita­


tivos es la que se utiliza en el lenguaje común cuando damos nombres a
los objetos para dividirlos en clases genéricas y luego contamos el núme­
ro de veces que aparece cada nombre. El orden en que se relacionan las
características no tiene ningún propósito determinante.
52 M étodos de investigación histórica

• Datos ordinales. En muchos casos el volumen de información de que dis­


ponemos, o el número de hipótesis que estamos dispuestos a establecer
sobre los datos nos permite ir algo más allá de la mera enumeración de
las características. Es posible imponer cierto orden en las categorías y de­
cir que estas consisten en partes que son más grandes, más antiguas, más
pequeñas o más ricas que las partes comprendidas en otras categorías. Si
se puede hacer dicha afirmación sobre las relaciones entre las categorías
que hemos establecido, entonces los datos pueden ser considerados como
ordinales. Mientras que cuando se tratan de datos nominales el orden
de relación de las categorías carece de importancia, y daría lo mismo si
estuviesen mezcladas. En los datos ordinales el orden, como la misma
palabra ordinal indica, es fundamental.
• Intervalos o proporciones. Lo mismo que la información adicional que
ofrece la ordenación de las categorías distingue los datos ordinales de
los nominales, también una mayor información sobre la relación pre­
cisa entre las categorías es la característica diferencial de los datos de
intervalos o proporciones. Con estos datos no solamente se conoce el
orden de disposición de las categorías, sino también el tamaño de los
intervalos entre ellos, lo que puede utilizarse para ulteriores análisis.
La mayor parte de los datos manejados en el análisis cuantitativo de
los materiales históricos son intervalos o proporciones, y los ejemplos
más conocidos son los datos sobre la renta, estadísticas electorales,
cifras de votaciones, estadísticas de población y rendimientos de las
cosechas.

Una vez clasificados los datos, procede utilizar las técnicas del análisis ma­
temático, que son dos:•

• El análisis de las asociaciones y de las correlaciones: el análisis de la aso­


ciación se puede presentar mediante tablas de doble entrada, llamadas
tablas de contingencia, que permiten obtener una imagen sintética de la
respectiva distribución de los caracteres en cuestión. Cuando se dispone
de dos series de caracteres cuantitativos asociados en una misma colec­
tividad, se puede tratar de medir la correlación que exista entre ellos. El
método más simple para medir la eventual correlación entre dos fenóme­
nos es el método de las nubes de puntos (diagramas de dispersión), por
medio de la representación gráfica de cada uno de ellos respecto de dos
ejes de coordenadas.
• El análisis factorial: se basa en el estudio de las intercorrelaciones y se
utiliza sobre todo en psicología social para el estudio de las aptitudes.
Hay distintos métodos, como el método bifactorial de Spearman y el
método multifactorial de Thurstone.
El método y las técnicas de investigación histórica 53

Las técnicas gráficas consisten en representar los fenómenos con figuras, las
cuales son cómodamente comparables entre sí por yuxtaposición o superposi­
ción (Duverger, 1996). Representan aplicaciones perfeccionadas del método com­
parativo y permiten, con simplicidad y precisión, confrontar numerosos hechos y
deducir, al propio tiempo, las semejanzas y las diferencias. Existen dos grandes
categorías de gráficos, según la forma de ser construidos:

• Los gráficos matemáticos: enteramente construidos sobre la base de da­


tos numéricos (por tanto, todos pueden ser medidos). Entre ellos desta­
can los diagramas de coordenadas, de barras y de superficies, estereogra-
mas, gráficos triangulares y cuadrados, histogramas, polígonos y curvas
de frecuencia.
• Los gráficos no matemáticos: en los que los datos numéricos solo inter­
vienen parcialmente o no intervienen en absoluto. Los principales gráfi­
cos no matemáticos son los mapas geográficos y las figuras imaginarias.

En relación con estas grandes categorías, los principales tipos de represen­


tación gráfica en ciencias sociales son las distribuciones, la comparación entre
categorías, la representación de series, las diferencias, similitudes y asociacio­
nes y los pictogramas, siguiendo la clasificación de Antonio Alaminos (1993).
En las distribuciones destacan los histogramas, polígonos de frecuencia, ojivas,
‘ tallos y hojas”, “cajas con bigotes” y curva de Lorenz. Entre las principales
representaciones en comparación entre categorías están los diagramas de ba­
rras de columnas simples, de columnas múltiples, de columnas compuestas, de
columnas en base 100%, de sectores, de sectores comparados, y las variantes
ce barras dobles y en estrella. La representación de series está integrada por
eneas simples, líneas múltiples, líneas compuestas o estratos, líneas compuestas
o estratos en base 100% y variante de gráfico en Z. Los principales tipos de
diferencias, similitudes y asociación son el diagrama de puntos (scatter plot),
EH-LO (high-lower), trilineal, dendrograma e iciplot y densidades. Las repre­
sentaciones iconográficas pueden ser de dos tipos: pictogramas y cartogramas.
Gráficos mixtos y misceláneos son los mapas con diagramas y pictogramas
sobrepuestos, combinaciones de gráficos de barras y líneas, diagramas de flujos
r organigramas, gráficos de jerarquías, perfiles y gráficos de Gantt.

2.4. El documento y las fuentes

El término documento procede del latín, documentum, derivado del verbo “ do-
cere” : enseñar, instruir. La Ley del Patrimonio Histórico Español (1985) lo de-
cne como “toda expresión en lenguaje natural o convencional y cualquier otra
expresión gráfica, sonora o en imagen, recogidas en cualquier tipo de soporte
54 M étodos de investigación histórica

material, incluso los soportes informáticos” . Los elementos que lo caracterizan


son el soporte, que le confiere corporeidad física; la información, es decir, la
noticia que transmite, y el registro, o sea, la fijación de la información en el
soporte.
A lo largo de la historia el soporte ha sido el principal fundamento del do­
cumento y lo que ha determinado su evolución. Desde los primeros soportes
(madera, arcilla, piedra, papiro, pergamino, papel...) hasta el documento elec­
trónico de la era de la informática, el documento ha cambiado de forma impor­
tante y ha modificado sustancialmente el trabajo del historiador. Pero todavía
no se ha llegado al final. A partir de la creación de la web, algunos autores
(Marzal y Gonzáles, 2010) hablan de un documento superior, fruto de la evo­
lución natural y tecnológica del documento: el hiperdocumento. Se trata de un
documento inteligente, no solo muy apto para la recuperación de información
sino para generar contenidos, por su facilidad para la “ asociatividad” . No solo
tiene un contenido, sino que puede tener contenidos asociados: todos los nodos
de información que contiene y los vínculos a los que se une o es unido. Entre sus
caracteres o propiedades destacan las siguientes: interactividad, dinamicidad,
asociatividad, multisecuencialidad y virtualidad.
“Tout est document” , escribió en 1998 Pierre Toubert en referencia a la
concepción de documento en la nueva historia científica nacida en el siglo xx. La
historia debe estar abierta a todo tipo de documentos, no solo el escrito. La fuen­
te oral, el documento literario y el artístico, incluso el cine, son válidas para la
comprensión de la historia. Se venía así a acabar con el monopolio del documen­
to escrito implantado con el positivismo del siglo xix. Para los historicistas y
metódicos, las fuentes aparecían como una realidad objetiva, nunca elaborada
por el historiador. La Escuela Metódica deja de plantear preguntas a sus fuen­
tes, recomendando la desaparición del propio historiador detrás de los textos.
La misión del historiador era la de establecer los hechos. El documento era el
punto de partida. Lucien Febvre, de Annales, lanzó duros ataques hacia la his­
toria positivista, lanzando su pluma combativa a veces con ironía, como en este
párrafo de sus Combates por la historia:

Recoged los hechos. Para ello id a los archivos, esos graneros de hechos.
Allí no hay más que agacharse para recolectar. Llenad bien los cestos. De­
sempolvadlos bien. Ponedlos encima de vuestra mesa. Haced lo que hacen
los niños cuando se entretienen con cubos y trabajan para reconstituir la
bella figura que, a propósito, nosotros les hemos desordenado... Se acabó el
trabajo. La historia está hecha. ¿Qué más queréis? Nada. Solo: saber por qué.
¿Por qué hacer historia? ¿Y qué es, entonces, la historia? (1953)

Actualmente, la nueva concepción de documento viene acompañada de una


nueva crítica de este. El documento no es inocente, no dimana solo de la opción
El método y las técnicas de investigación histórica 55

del historiador, a su vez parcialmente determinado por su época y su entorno,


sino que lo producen consciente o inconscientemente las sociedades tanto para
imponer una imagen del pasado como para definir “ su verdad” . La crítica tra­
dicional de lo falso es insuficiente, y es preciso desestructurar el documento
para descubrir sus condiciones de producción en la línea definida por Michel
Foucault (1970). El problema no reside en contradecir al documento, sino en
interpretarlo, desmontarlo y leerlo como un producto complejo de la sociedad:
‘ No basta con darse cuenta del engaño, hay que descubrir sus motivos” (Bloch,
1988: 75). Al mismo tiempo, hay que delimitar y explicar las lagunas y los si­
lencios de la historia y asentar esta lo mismo sobre estos vacíos que sobre los
_enos que han sobrevivido.
El sistema metodológico de la Escuela de Anuales descansa sobre dos postu­
lados básicos: la constitución del objeto de su investigación por el historiador
j la necesidad de elaborar una historia total o global. Frente a lo que creía el
positivismo o la historia que los annalistes denominan de forma despreciativa
“tradicional” , no existe una realidad histórica que se ofrezca por sí misma.
Como un científico más, el historiador debe construir su propia historia, debe
nacer su “elección” , lo que no significa ni arbitrariedad ni simple “recolección” ,
smo construcción científica del documento, cuyo análisis debe llevar a la re­
constitución, comprensión y explicación del pasado. La simple descripción de
los fenómenos sociales no les basta. Frente a la superficial historia-relato, abo­
nan por la historia-problema.
La historia-problema reconstruye el pasado a partir de hechos y experien­
cias contemporáneas, suponiendo que existe una conciencia que piensa y valora
ca realidad. La nueva historia no se puede limitar al simple establecimiento
de los hechos, sino que debe plantear hipótesis, tiene que dirigir preguntas y
crlizar modelos para la comprensión y explicación del pasado. El historiador
construye y reconstruye, mediante la comprobación o refutación de las hipóte­
s i, “su verdad” , “su historia” .
En los últimos años, la nueva historia cultural introduce el término de re­
presentación referido a una historia que investiga más las nociones no expresa-
cus en los documentos que las ideas formuladas conscientemente. Para Roger
Chartier, las producciones intelectuales y estéticas, las prácticas sociales y las
representaciones mentales están siempre gobernadas por mecanismos y depen­
dencias desconocidos por los sujetos mismos. El nuevo concepto de representa­
ban permite, para él, designa* y enlazar tres grandes realidades:

Primero, las representaciones colectivas que incorporan en los individuos


las divisiones del mundo social y que organizan los esquemas de percepción
y de apreciación a partir de las cuales las personas clasifican, juzgan y ac­
túan; después, las formas de exhibición del ser social o del poder político,
tales como los signos y actuaciones simbólicas las dejan ver (por ejemplo, la
56 M étodos de investigación histórica

imagen, el rito o lo que Weber llamaba la estilización de la vida)-, finalmen­


te, la presentización en un representante (individual o colectivo, concreto o
abstracto) de una identidad o de un poder dotado asimismo de continuidad
o de estabilidad. (1996: 29)

La influencia del historicismo literario ha sido importante también en la in­


vestigación histórica de los últimos años y en el uso y ampliación de las fuentes,
como ha puesto de manifiesto Paul Hamilton (1996). Los antropólogos históri­
cos, como Natalie Z. Davis y Hans Medick, entre otros, han llegado al historicis­
mo a través de la atracción sentida hacia la obra de Geertz y Turnen Frente al
antiguo y estereotipado historicismo que, supuestamente, mantenía una noción
elitista e ingenuamente evolucionista del cambio histórico, buscan en los grupos
marginales sus indagaciones, escuchando las voces suprimidas que se pueden
descubrir en los textos literarios.
Sus principios teóricos y sus métodos de investigación son muy similares a
la nueva historia cultural, por lo que en ocasiones no suele ser fácil clasificar a
uno u otro autor en cada una de las historias de la cultura. En cuanto a la teoría,
quieren restringir expresamente su influencia, a fin de no violentar el objeto de
la investigación, por lo que se dejan en manos de la descripción densa de Geertz.
Esta exige que el investigador no se aproxime a su objeto con planteamientos
guiados por la teoría, sino que deje que el sujeto de su investigación hable por
sí mismo. La descripción densa arranca de un conjunto de sucesos o signos
significativos y procura encajarlos en una estructura inteligible, de tal manera
que se puedan interpretar ser insertarlos en un contexto, en el flujo del discur­
so social. Este procedimiento logra con éxito utilizar el análisis microscópico
de los acontecimientos más irrelevantes como medio de llegar a conclusiones
de mayor alcance. Pero no se trata de buscar leyes y conceptos generales, sino de
hacer una interpretación a la búsqueda del significado. No de generalizar más
allá de los casos, sino de hacerlo en el seno de ellos. El lenguaje, el discurso, se
hace más complejo y ambiguo. Ya no es posible reconstruir el significado de los
conceptos a partir de los textos clásicos, como hacen Pocock y Skinner, sino que
hay que examinar sus formas simbólicas.
Fuente histórica, como ya se ha visto, es cualquier tipo de documento, cual­
quier realidad que pueda aportar testimonio, huella o reliquia, cualquiera que
sea su lenguaje. Hace referencia, sobre todo, a conjuntos documentales unidos
por el mismo origen, forma, soporte, difusión o problemática. Este agrupamien-
to, natural o ficticio, facilita el trabajo metodológico al historiador al clasificar
los documentos para reducir su tipología y, por tanto, normalizar su estudio,
análisis y descripción.
La clasificación de las fuentes históricas debe contribuir hoy en día, al me­
nos, a explicar cinco aspectos o criterios básicos de cada una de las fuentes,
tres internos y dos externos: su forma de elaboración (criterio posicional), su
El método y las técnicas de investigación histórica 57

intención en la elaboración (criterio intencional), su grado de elaboración (cri­


terio de la originalidad), su procedimiento empleado para transmitir o alma­
cenar la información (clase) y su medio de divulgación (difusión). Ninguno es
excluyente. Una fuente puede clasificarse en virtud de estos cinco criterios o
solo de alguno de ellos, aunque cuanto más conozcamos sobre la tipología de
la fuente y sobre su propia historia -no olvidemos este aspecto sustancial-, más
fácil será poder contrastar su información y su mensaje y, por tanto, conocer su
adecuación o no adecuación. En la actualidad cada vez se hace más complicado
establecer una clasificación por el medio en el que se divulga la información,
especialmente porque las bibliotecas virtuales o digitales no tienen fronteras e
intentan trabajar con todo tipo de fondos y de fuentes.
Teniendo en cuenta estos aspectos, un intento de clasificación de las fuentes
históricas puede quedar de la siguiente forma:

1. Clasificación por los caracteres internos de las fuentes:

a) Según el criterio posicional (forma de elaboración) puede dividir­


se en:

- Fuentes directas: escrito o relato de algún testigo presencial de


un hecho, de un protagonista, de una documentación.
- Fuentes indirectas: información basada en otras informaciones
no testimoniales. Por tanto, la información recogida por la fuen­
te es más lejana a los hechos narrados que en las fuentes direc­
tas, donde se recoge la información de primera mano.

b) Según el criterio intencional (intención en la elaboración) pueden


distinguirse:

- Fuentes intencionales (testimoniales): proceden de un acto inten­


cionado. Es la fuente clásica, aquella en la que durante siglos se
ha basado la historia, como las crónicas, las tradiciones orales,
los textos literarios, las memorias, etcétera. Presumiblemente,
su propia intencionalidad la ha convertido en más manipulable.
- Fuentes no intencionales (no testimoniales): fuentes involunta­
rias que comprenden todos aquellos vestigios del hombre que se
han conservado sin que este se haya propuesto su realización y
conservación como testimonio histórico. Se incluyen en este tipo
todos los restos arqueológicos y etnográficos y la documenta­
ción de la Administración principalmente; en fin, la mayor parte
de los documentos que componen la memoria de la sociedad. Al
no ser creadas como testimonio, parecen fuentes más objetivas,
58 M étodos de investigación histórica

por lo que sirvieron de base a la historia científica del historicis-


mo a partir del siglo xix.

c) Según el criterio de la originalidad (grado de elaboración) pueden


ser:

- Fuentes primarias: son loS materiales en bruto de la investiga­


ción. En la historia las principales fuentes primarias son aquellas
fuentes originales que nos ayudan a construir nuestra historia:
los documentos de archivo, las páginas de los periódicos de la
época, etcétera.
- Fuentes secundarias: son los materiales en los que otros investi­
gadores informan de los resultados de su investigación sobre la
base de datos o fuentes primarias. Pueden ser libros, artículos,
tesis doctorales, películas, novelas y otros muchos materiales bi­
bliográficos.
- Fuentes terciarias: son libros y artículos basados en fuentes se­
cundarias, acerca de la investigación de otros. Las fuentes ter­
ciarias sintetizan y explican investigaciones en un área para una
audiencia distinta o simplemente reformulan lo que otros han
dicho. “ Las fuentes terciarias pueden ser útiles en las primeras
etapas de su investigación, pero constituyen una base débil para
su argumento porque con frecuencia simplifican y generalizan
excesivamente, rara vez están actualizadas y por lo general a
los expertos no les resultan fiables” (Booth, Colomb y Williams.
2005: 89).

2. Clasificación por los caracteres externos de las fuentes:

a) Según la clase (procedimiento o soporte empleado para transmitir


la información), puede dividirse en:

- Fuentes monumentales: comprenden los restos arqueológicos,


objetos y monumentos artísticos que transmiten la información
a través de distintos procedimientos, formas y soportes.
- Fuentes textuales o impresas: transmiten la información me­
diante texto escrito, sea manuscrito, mecanografiado o impreso,
como un libro tradicional, un periódico, un documento archi-
vístico, etcétera.
- Fuentes iconográficas: emplean la imagen, signos no textuales,
colores para representar la información, como mapas, planos,
dibujos, fotografías, diapositivas, un cuadro, etcétera.
El método y las técnicas de investigación histórica 59

- Fuentes sonoras: ofrecen la grabación y reproducción de cual­


quier sonido, como discos, cintas magnéticas, discos compactos,
etcétera.
- Fuentes audiovisuales: combinan la imagen en movimiento y el
sonido, aunque los primeros ejemplos carecían de este último
aspecto, como filmes, cintas de vídeo, etcétera.
- Fuentes electrónicas y digitales: se han generado en el entorno
de la informática (disquetes, CD-ROM, DVD, ficheros informá­
ticos, páginas web, etc.) o se ha modificado el soporte para di­
vulgarlo por las redes y ordenadores.

b) Según la difusión (medio por el que se divulga la información para


conocimiento general), presenta la siguiente tipología:

- Fuentes monumentales: restos arqueológicos, objetos y monu­


mentos artísticos que ofrecen información sobre la sociedad y
mentalidad de su tiempo. Se suelen conservar en el exterior, al
aire libre o en los museos.
- Fuentes documentales: comprenden los documentos originales,
inéditos y únicos, aunque pueda existir copia (limitada) de ellos.
Se trata de la documentación de archivo.
- Fuentes bibliográficas: documentación textual publicada, tanto
en monografías como en publicaciones seriadas (anuarios, me­
morias, series monográficas, series de informes, series de actas),
publicaciones periódicas (revistas científicas y divulgativas) y
tesis doctorales. Generalmente comprende el denominado mate­
rial bibliográfico, conservado en las bibliotecas.
- Fuentes gráficas y audiovisuales: documentación no textual que
utiliza como medio de expresión la imagen o la imagen y el
sonido, como los filmes, los mapas, los planos, las fotografías,
los sellos, la pintura, los dibujos, etcétera. Suelen conservarse
en filmotecas, fonotecas, cartotecas, fototecas y museos, tanto
independientes como integrados en bibliotecas u otros centros
de información y documentación.
- Prensa: fuente que incluye los periódicos, publicación periódica
que contiene artículos y noticias sobre diversas materias, y las
revistas divulgativas y de información general. Se depositanen
hemerotecas, tanto independientes como integradas en biblio­
tecas.
- Fuentes orales: fuente grabada a partir de una entrevista, in­
dividual o colectiva, de algún personaje sobre el que se quiere
extraer información o algún tipo de opinión.
60 M étodos de investigación histórica

- Fuentes informáticas y digitales: documentos realizados en el


entorno de la informática o difundidos a través del ordenador
como CD-ROM, DVD, ficheros informáticos, páginas web, do­
cumentos de archivos, periódicos, revistas, tesis doctorales y li­
bros electrónicos.
De la biblioteca tradicional
a la biblioteca digital

3.1. Las bibliotecas y los centros de documentación

La Ley del Patrimonio Histórico Español de 1985 define las bibliotecas como
tas instituciones culturales donde se conservan, reúnen, seleccionan, inventa­
rían, catalogan, clasifican y difunden conjuntos o colecciones de libros, ma­
nuscritos y otros materiales bibliográficos o reproducidos por cualquier medio
para su lectura en sala pública o mediante préstamo temporal, al servicio de la
educación, la investigación, la cultura y la información.
El Sistema Español de Bibliotecas, regulado por la Ley 10/2007, de 22 de ju­
nio, de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas, comprende el conjunto de órga­
nos, centros y medios que, mediante relaciones de cooperación y coordinación,
reman conjuntamente con la finalidad de desarrollar los servicios bibliotecarios.
Forman parte del Sistema Español de Bibliotecas el Ministerio de Cultura, la
Siblioteca Nacional y el resto de las bibliotecas de titularidad estatal; el Consejo
re Cooperación Bibliotefcaria y los sistemas bibliotecarios autonómicos, provin-
nales y locales y de todo tipo de entidades privadas en función de las relaciones
re cooperación basadas en el principio de voluntariedad que se establezca.
Una biblioteca nacional, según la American Library Association (ALA), es la

biblioteca designada como tal por el organismo nacional adecuado y sos­


tenida por el Estado. Sus funciones comprenden la recopilación de toda la
62 M étodos de investigación histórica

producción impresa en- el país (frecuentemente como depositaría del Depó­


sito Legal), la compilación y conservación de la bibliografía nacional, la re­
copilación y organización de publicaciones internacionales de valor para los
estudiosos, la producción de medios para elaborar la bibliografía, la coor­
dinación de una red nacional de bibliotecas, la prestación de servicios de
biblioteca a la Administración del Estado o a algunos de sus organismos y
otras responsabilidades establecida^ oficialmente.

La Biblioteca Nacional de España es una de las mejores del mundo por la


calidad histórica, científica, literaria y artística de sus fondos. Fue fundada por
Felipe V en 1712 como Biblioteca Pública de Palacio. Por un privilegio real, pre­
cedente del actual Depósito Legal, los impresores debían depositar un ejemplar
de los libros impresos en España. En 1836, la Biblioteca dejó de ser propiedad de
la Corona y pasó a depender del Ministerio de la Gobernación, tomando por
primera vez su denominación de Biblioteca Nacional. En 1896 se abrió al pú­
blico la Biblioteca Nacional en su nueva sede, el Palacio de Museos, Archivos y
Bibliotecas Nacionales situado en el paseo de Recoletos, de Madrid, proyectado
por el arquitecto Francisco Jareño Alarcón. Ocupaba la planta principal d¿
edificio con 35 salas y un gran salón de lectura con capacidad para 320 lectores
En 1983 este edificio fue declarado Monumento Histórico-Artístico de carácter
nacional. Diez años después se inauguró la segunda sede de la Biblioteca Nacio­
nal en un edificio de nueva planta situado en Alcalá de Henares, con seis torres
que contienen más de 250 kilómetros de estanterías.
Según las estadísticas publicadas en la web de la propia Biblioteca, en mayo
de 2016 el total de registros bibliográficos era de 4.454.372 títulos correspon­
dientes a 10.230.391 ejemplares. De esos títulos, 3.029.281 son monografías
modernas; 168.482 libros antiguos hasta 1830; 48.247 manuscritos y docu­
mentos; 347.729 grabaciones sonoras; 274.876 fotografías, grabados y dibu­
jos; 200.103 partituras; 98.805 mapas y planos; 170.048 revistas y periódicos,
y 116.801 videograbaciones. La mayor parte del fondo ha ingresado en virtud
del Depósito Legal. Además, la Biblioteca compra los libros sobre España edi­
tados en el extranjero, con el fin de conservar toda la producción bibliográfica
del país y sobre el país.
Como servicios principales, de los que se puede beneficiar cualquier inves­
tigador, destacan la consulta en sala de todos los materiales; el préstamo inter­
bibliotecario, que pone al alcance del investigador todos los libros y artículos
de publicaciones periódicas depositados en cualquier biblioteca del mundo y
facilita a cualquier biblioteca española y extranjera sus fondos, tanto originales
como en copia; la reproducción de documentos, tanto en régimen de autoser­
vicio como por encargo, y el Servicio de Información Bibliográfica, en el que
destaca la sala de información bibliográfica, que contiene una de las más im­
portantes colecciones impresas de repertorios bibliográficos y los catálogos de
las principales bibliotecas del mundo, en libre acceso.
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 63

A través de su página web ofrece acceso a su catálogo y a sus fondos digi­


talizados, estos últimos englobados en la Biblioteca Digital Hispánica y en la
Hemeroteca Digital. La Biblioteca Nacional es la responsable de la realización
te. Directorio de Bibliotecas Españolas y de la Bibliografía Nacional Española.
Entre los proyectos elaborados en colaboración con otras instituciones desta­
can el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español, el Catálogo
Colectivo de Publicaciones Periódicas y la Biblioteca Digital del Patrimonio
Iberoamericano.
Las bibliotecas públicas del Estado están situadas en todas las capitales de
provincia (a excepción de Barcelona, Bilbao, Pamplona y San Sebastián) y en
ocras importantes ciudades españolas (Gijón, Mahón, Mérida, Orihuela y San-
nago de Compostela). Sus orígenes se remontan al primer tercio del siglo xix, y
en la actualidad forman una red de 53 bibliotecas de titularidad estatal adscritas
i. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte a través de la Dirección General
Je Bellas Artes y Bienes Culturales y de Archivos y Bibliotecas. Su gestión está
transferida a las correspondientes comunidades autónomas, salvo la Biblioteca
Pública del Estado en Vitoria, integrada en la Diputación Foral de Álava.
Como conjunto de centros bibliotecarios, las bibliotecas públicas del Estado
constituyen una de las redes más importantes de cuantas existen en España
debido a su presencia y extensión por todo el territorio nacional, el volumen de
sus fondos, la amplitud de sus usuarios y servicios y la riqueza de su patrimonio
bibliográfico. En el año 2014 estos 53 centros tenían un conjunto de 9.745.244
labros, folletos y manuscritos (según la “Panorámica de las 53 bibliotecas públi­
cas del Estado” , publicada en la web del Ministerio).
Las bibliotecas más numerosas de todo el país son las bibliotecas públicas,
definidas por la Ley de la Lectura, el Libro y las Bibliotecas como aquellas sos­
tenidas por organismos públicos o privados, que “ se ofrecen abiertas a todos
los ciudadanos, sin discriminación por ninguna circunstancia personal o social,
a través de una colección de documentos publicados o difundidos de carácter
general” . Las bibliotecas públicas son el medio por el que los poderes públicos
posibilitan el ejercicio efectivo del derecho de todos los ciudadanos para acceder
a la información, la educación y la cultura en el contexto de la sociedad de la in­
formación y el conocimiento. En 2013, las 4.695 bibliotecas públicas existentes se
conformaban como el servicio cultural más accesible al ciudadano, con un 97%
de la población con servicio bibliotecario en su localidad. Su colección en ese año
estaba compuesta por 69.248.707 unidades físicas de documentos, como libros,
manuscritos, documentos audiovisuales, electrónicos, cartográficos, etcétera (“Bi­
bliotecas públicas españolas en cifras” , página web del Ministerio).
El fondo más especializado para la investigación lo tienen las bibliotecas uni­
versitarias, definidas por la ALA como aquellas establecidas, mantenidas y admi­
nistradas por una universidad para cubrir las necesidades de información de sus
estudiantes y apoyar sus programas educativos, de investigación y demás servicios.
64 M étodos de investigación histórica

Las bibliotecas universitarias españolas han experimentado en los último


años un gran desarrollo en cuanto a infraestructuras, equipamiento, aplicaciói
de nuevas tecnologías, servicios y fondo bibliográfico. La cooperación Ínter
bibliotecaria ha resultado clave en este proceso. En 1988 se fundó la Red d<
Bibliotecas Universitarias Españolas (REBIUN), que actualmente se organiza
como sección de la Conferencia de Rectores de la Universidades Españolas
(CRUE). Desarrolla una intensa labor cooperativa en cuanto al establecimien­
to de normativa, catálogo colectivo y préstamo interbibliotecario. Su objetive
fundamental consiste en constituir un organismo estable de cooperación que re­
presente a todas las bibliotecas universitarias españolas para mejorar servicios
e infraestructuras, emprender acciones cooperativas y favorecer la formación e
intercambio de profesionales.
REBIUN está formada por las bibliotecas de las 76 universidades miembros
de la CRUE (50 de ámbito universitario público y 26 de ámbito universitaric
privado) y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Los últimos da­
tos disponibles publicados son los que nos ofrece su Anuario Estadístico de
2012. En diciembre de ese año el fondo bibliográfico moderno se componía
de 30.374.379 títulos de monografías en papel; 741.484 de monografías au­
diovisuales; 457.280 de materiales especiales; 714.409 títulos de publicacio­
nes periódicas en papel; 6.983.228 de monografías electrónicas de pago o con
licencia; 1.459.234 de publicaciones periódicas de pago o con licencia; 6.292
bases de datos de pago o con licencia; 2.009.459 de recursos electrónicos pro­
pios, y 1.193.591 de otros recursos electrónicos de libre acceso seleccionados
por la biblioteca. El fondo antiguo estaba compuesto por 18.372 manuscritos;
3.995 incunables; 741.183 impresos publicados entre 1501 y 1800, y 857.448
impresos publicados entre 1801 y 1900.
Entre los principales servicios de REBIUN destacan dos: el catálogo colecti­
vo y el préstamo interbibliotecario. El catálogo colectivo, accesible a través de
su página web, reúne los registros bibliográficos de las 76 bibliotecas univer­
sitarias y del CSIC. En el catálogo se incluyen además registros bibliográficos
de la Biblioteca Nacional de España y Biblioteca Nacional de Cataluña, entre
otras bibliotecas asociadas. Con una actualización bimensual, es posible con­
sultar más de 15 millones de registros bibliográficos con sus correspondientes
ubicaciones.
El servicio de préstamo interbibliotecario se responsabiliza del préstamo de
ejemplares, originales o copias, entre bibliotecas de la red, previo pago de las
tarifas estipuladas, a petición del usuario. El préstamo se realiza de biblioteca a
biblioteca, nunca de biblioteca a particular, por lo que para su gestión el inves­
tigador debe acudir a su biblioteca universitaria para realizar la solicitud.
A nivel internacional hay redes y consorcios que facilitan el préstamo in­
terbibliotecario, como Online Computer Library Center (OCLC). El consorcio
OCLC, fundado en 1967, es una organización sin ánimo de lucro en la que
64 M étodos de investigación histórica

Las bibliotecas universitarias españolas han experimentado en los últimos


años un gran desarrollo en cuanto a infraestructuras, equipamiento, aplicación
de nuevas tecnologías, servicios y fondo bibliográfico. La cooperación inter-
bibliotecaria ha resultado clave en este proceso. En 1988 se fundó la Red de
Bibliotecas Universitarias Españolas (REBIUN), que actualmente se organiza
como sección de la Conferencia de Rectores de la Universidades Españolas
(CRUE). Desarrolla una intensa labor cooperativa en cuanto al establecimien­
to de normativa, catálogo colectivo y préstamo Ínterbibliotecario. Su objetivo
fundamental consiste en constituir un organismo estable de cooperación que re­
presente a todas las bibliotecas universitarias españolas para mejorar servicios
e infraestructuras, emprender acciones cooperativas y favorecer la formación e
intercambio de profesionales.
REBIUN está formada por las bibliotecas de las 76 universidades miembros
de la CRUE (50 de ámbito universitario público y 26 de ámbito universitario
privado) y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Los últimos da­
tos disponibles publicados son los que nos ofrece su Anuario Estadístico de
2012. En diciembre de ese año el fondo bibliográfico moderno se componía
de 30.374.379 títulos de monografías en papel; 741.484 de monografías au­
diovisuales; 457.280 de materiales especiales; 714.409 títulos de publicacio­
nes periódicas en papel; 6.983.228 de monografías electrónicas de pago o con
licencia; 1.459.234 de publicaciones periódicas de pago o con licencia; 6.292
bases de datos de pago o con licencia; 2.009.459 de recursos electrónicos pro­
pios, y 1.193.591 de otros recursos electrónicos de libre acceso seleccionados
por la biblioteca. El fondo antiguo estaba compuesto por 18.372 manuscritos;
3.995 incunables; 741.183 impresos publicados entre 1501 y 1800, y 857.448
impresos publicados entre 1801 y 1900.
Entre los principales servicios de REBIUN destacan dos: el catálogo colecti­
vo y el préstamo interbibliotecario. El catálogo colectivo, accesible a través de
su página web, reúne los registros bibliográficos de las 76 bibliotecas univer­
sitarias y del CSIC. En el catálogo se incluyen además registros bibliográficos
de la Biblioteca Nacional de España y Biblioteca Nacional de Cataluña, entre
otras bibliotecas asociadas. Con una actualización bimensual, es posible con­
sultar más de 15 millones de registros bibliográficos con sus correspondientes
ubicaciones.
El servicio de préstamo interbibliotecario se responsabiliza del préstamo de
ejemplares, originales o copias, entre bibliotecas de la red, previo pago de las
tarifas estipuladas, a petición del usuario. El préstamo se realiza de biblioteca a
biblioteca, nunca de biblioteca a particular, por lo que para su gestión el inves­
tigador debe acudir a su biblioteca universitaria para realizar la solicitud.
A nivel internacional hay redes y consorcios que facilitan el préstamo in­
terbibliotecario, como Online Computer Library Center (OCLC). El consorcio
OCLC, fundado en 1967, es una organización sin ánimo de lucro en la que
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 65

participan más de 72.000 bibliotecas de todo el mundo, que realiza el catá­


logo colectivo WorldCat, el catálogo en línea con mayor número de registros
bibliográficos, más de 273 millones en 2012. El origen de la mayor parte de
consorcios puede encontrarse en los proyectos cooperativos surgidos en los
años setenta del siglo xx.

Si en los setenta su objetivo giraba en torno al ahorro de los gastos de­


rivados de la automatización, a lo largo de los ochenta se vuelca hacia el
aprovechamiento de los primeros beneficios de esta (el préstamo interbiblio­
tecario y la catalogación cooperativa derivadas de la existencia de los catá­
logos colectivos). A principios de los ochenta atraviesan una breve crisis que
se salda con una eclosión en la segunda mitad de la década, que se extiende
en los noventa, vinculada al desarrollo de Internet y las aplicaciones infor­
máticas al mundo de la información, sobre todo en el ámbito de la edición
electrónica y el desarrollo de bases de datos. Este resurgimiento se vincula
a nuevas funciones que giran, básicamente, sobre la adquisición conjunta y
disposición al público de recursos electrónicos. (Magán, 2002: 142-143)

Las bibliotecas especiales o especializadas son aquellas establecidas, man­


tenidas y administradas por una firma comercial, una corporación privada,
una asociación, un organismo estatal u otro grupo o entidad que tiene interés
por una materia específica para atender las necesidades de información de sus
miembros o personal y alcanzar los objetivos de la organización. El ámbito de
las colecciones y de los servicios se limita al interés en la materia de la organi­
zación que mantiene la biblioteca.
Entre las bibliotecas especializadas españolas en el ámbito de la historia
podemos destacar la Biblioteca Hispánica y la de la Real Academia de la His­
toria, situadas en Madrid. La primera, dependiente de la Agencia Española de
Cooperación Internacional para el Desarrollo, tiene su origen en 1941, y está
especializada en historia de América. Actualmente está compuesta por unas
600.000 monografías, 12.000 títulos de publicaciones periódicas y 1.500 recur­
sos audiovisuales. Además, tiene una importante colección de fondo antiguo,
con impresos europeos sobre América y algunas primeras ediciones en el confi­
tente americano. Entre las principales colecciones de esta sección destacan las
ce Graiño (1.200 títulos sobre América desde el siglo xvi al xx y una completa
colección de catecismos en lenguas americanas), Velarde (360 ejemplares de
rtbliografía filipina) y Chatón (biblioteca particular del polígrafo cubano, con
cunas y documentos).
La segunda, la Real Academia de la Historia fue creada en 1738 en el marco
ce la corriente cultural de la Ilustración, que pretendía establecer centros de in­
vestigación y progreso donde se desarrollasen de un modo práctico y crítico las
testintas ciencias. Su biblioteca-archivo cuenta con un importante fondo biblio­
gráfico compuesto por unos 400.000 libros, 202 títulos de publicaciones perió­
66 M étodos de investigación histórica

dicas especializadas, 200 incunables y 11.000 manuscritos. También posee un


interesante fondo documental, integrado en más de cien colecciones donadas
por particulares, entre ellas la más conocida es la colección Salazar y Castro,
aunque merecen citarse además los archivos particulares de Francisco Serrano,
conde de Romanones, Ramón María Narváez y Eduardo Dato, Natalio Rivas,
el de la Institución Libre de Enseñanza, y los legados de Pedro Laín Entralgo,
Fernando María Castiella y Jaime de Pirtiés Rubio.
A fin de paliar la pasividad atribuida a las tareas realizadas por muchas
bibliotecas, cuyos servicios de información no corrían paralelos a los avances
de la ciencia, se crearon a mitad del siglo xx los denominados centros de do­
cumentación. El centro de documentación es definido como el “ organismo que
adquiere, organiza, almacena, recupera y difunde documentación para atender
a demandas concretas de información” (García Ejarque, 2000: 83).
En los archivos, la vocación conservadora es determinante. En las biblio­
tecas es importante (imprescindible en los fondos que forman parte del patri­
monio bibliográfico y del Depósito Legal; en el resto, las bajas por pérdidas
o deterioro constituyen una servidumbre que debe aceptar toda biblioteca).
En los centros de documentación, ni determinante ni importante. Suelen tener
biblioteca o hemeroteca, pero su fin no es conservar. Para el documentalista la
conservación material no cuenta. Los documentos se usan y se abandonan e
incluso se destruyen, por cuanto el almacenamiento es de la información y no
de los documentos. Su principal misión es facilitar información, tengan o no los
ejemplares. Para ello elaboran una serie de documentos terciarios, sobre todo
bases de datos, que es la principal diferencia con el resto de centros informati­
vos, al trabajar tanto archivos como bibliotecas principalmente con documen­
tos primarios y secundarios. Sin embargo, hay que significar que en los últimos
años las bibliotecas especializadas (sobre todo las universitarias), han puesto
muy difícil averiguar dónde termina una buena biblioteca y dónde empieza un
centro de documentación.
En los centros de documentación la información a demanda normalmente
se paga, por estar hecha a medida. El investigador informa sobre lo que desea
y la información se le entrega elaborada, mientras que en el archivo y en la bi­
blioteca la búsqueda la debe realizar personalmente el usuario, aunque puede
consultar, si lo desea, con el apoyo del personal en el servicio de información.
Suelen contar con el servicio de Difusión Selectiva de la Información (DSI), que
informa puntualmente de las novedades que se van publicando sobre el tema o
los temas de especialización del investigador que se suscribe.
Entre los investigadores de todo el mundo los centros de mayor prestigio
son el Instituí de l’Information Scientifique et Technique, del Centre National
de la Recherche Scientifique, de París, que desde 1972 elabora la base de datos
Francis; el Institute for Scientific Information (ISI), actualmente conocido como
Thomson Reuters ISI, de Filadelfia, creado en 1960 y que publica en su Web of
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 67

Science las bases de datos Science Citation Index, Social Sciences Citation Index
y el Journal Citation Report, que lista el factor de impacto de las revistas que
controla, y el British Library Document Supply Service (BLDSS), que pone a
disposición de los investigadores los 150 millones de documentos de la British
Library.
En España podemos destacar en el campo de las humanidades y ciencias
sociales el Centro de Información y Documentación Científica (CINDOC) y el
Centro de Información Documental de Archivos (CIDA). El primero aglutinó
en 1991 el Instituto de Información y Documentación en Ciencia y Tecnología
ICYT) y el Instituto de Información y Documentación en Ciencias Sociales y
Humanidades (ISOC). El CINDOC es el encargado de elaborar las bases de
datos del Consejo Superior de Investigaciones CientíficasSIC. Además, elabora
las bases de datos del CSIC.
El CIDA es un órgano dependiente de la Subdirección General de los Archi­
vos Estatales que fue creado en 1977. En octubre de 1979 se puso en marcha
con dos objetivos fundamentales: recopilar bibliografía archivística e informar
sobre todo tipo de fondos documentales. Actualmente tiene como misión prin­
cipal difundir y dar a conocer el patrimonio documental español, para lo que
elabora, entre otras, las bases de datos Censo-Guía de Archivos, Guía de Fuen­
tes Documentales de Archivos, Portal de Archivos Españoles (PARES) y Legisla­
ción Histórica de España. A través del catálogo de los fondos de su biblioteca se
accede a una de las más importantes colecciones especializadas en archivística,
fuentes y documentación, y archivos españoles y extranjeros. Está compuesta
por unas 11.000 monografías, 690 títulos de revistas, 236 recursos electrónicos
y 4.588 folletos y publicaciones menores.

Para saber más

Se recomienda consultar el documento “Vocabulario básico de bibliotecono-


mía” disponible en la página web de la editorial: www.sintesis.com.

3.2. La recuperación de información:


técnicas de búsqueda bibliográfica

El conocimiento puede ser de dos tipos. O bien conocemos un tema per­


sonalmente o bien sabemos dónde podremos encontrar información sobre él.
(Samuel Johnson, s. xvm)

Con el fin de obtener el máximo grado de satisfacción ante la búsqueda de ma­


teriales bibliográficos se hace preciso conocer las técnicas del proceso y análisis
68 M étodos de investigación histórica

documental y los lenguajes documentales. El proceso documental está consti­


tuido por una serie de operaciones que se realizan en la biblioteca o centro
de documentación en cadena, por lo que puede definirse como “ el conjunto de
fases concatenadas, a través de las cuales se da entrada y se analiza el docu­
mento para extraer de él la información y poder difundirla” (Garrido, 2002:
337). Estas fases son:

• Entrada: selección del documento, adquisición y registro.


• Tratamiento: análisis y búsqueda o recuperación del documento.
• Salida: difusión del documento.

Los centros de información tienen una función transformadora. En la fase


de tratamiento, el especialista analiza el documento a fin de extraer de él los
elementos informativos que lo individualizan. El análisis documental se nos
presenta, pues, como la fase decisiva para la recuperación de la información.
Para Pinto Molina (1993: 61), el análisis documental está

constituido por un conjunto de operaciones (unas de orden intelectual y


otras mecánicas y repetitivas) que afectan al contenido y a la forma de los
documentos originales, reelaborándolos y transformándolos en otros de ca­
rácter instrumental o secundario que faciliten al usuario la identificación
precisa, la recuperación y la difusión de aquellos. No obstante, esa transfor­
mación es el resultado de un proceso general de carácter analítico, aunque
con un momento sintetizador, o creativo, que permite la conformación defi­
nitiva del documento secundario.

El análisis documental se compone de distintas operaciones, según su ob­


jetivo:•

• Descripción documental (análisis externo). La principal forma de des­


cribir el material bibliográfico es la catalogación, entendida esta como el
proceso de describir los elementos informativos que permiten identificar
un documento, y de establecer los puntos de acceso que van a permi­
tir recuperarlo por los autores, materias, título, etcétera. Catalogar un
documento es, por tanto, realizar un proceso que obliga a ejecutar una
serie de operaciones, unas identificativas, otras analíticas y otras de or­
denación y localización documental, que finalizan con la confección de
un producto: el asiento o registro bibliográfico o documental.
• Análisis de contenido (análisis interno). Se trata de leer, comprender,
analizar, interpretar y sintetizar el contenido del documento. Entre las
operaciones analítico-documentales del análisis de contenido podemos
destacar la clasificación, la indización y el proceso de resumir. La clasifi­
cación puede entenderse como la operación que trata de discernir el con-
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 69

tenido fundamental de los documentos para formalizarlo y representarlo


con la ayuda de un lenguaje preestablecido (lenguajes documentales). La
indización es la técnica de caracterizar el contenido de un documento re­
teniendo las ideas más representativas para vincularlas a unos términos
de indización adecuados, procedentes del lenguaje natural empleado por
los autores o de un lenguaje documental previamente seleccionado. La
clasificación detecta el tema principal; la indización, los conceptos clave
representativos del documento. El resumen, sin embargo, no incorpora
nuevos lenguajes documentales, sino que se limita a transformar el texto
en otro que lo represente con un tamaño más reducido.

En 1895 se creó en Bruselas el Instituto Bibliográfico bajo la dirección de


Otlet y La Fontaine, con el fin de controlar la producción mundial de publica­
ciones, en un momento en el que su crecimiento se comenzaba a sentir ya no
solo continuo, sino prácticamente de carácter exponencial. En 1926 nació la
Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecas e Instituciones (IFLA)
con el objeto básico de impulsar la cooperación internacional que habría de
comenzar por la máxima unificación de las normas y prácticas catalogadoras
del mundo, salvando las normas e instrucciones que cada país solía tener, con
el fin de facilitar el intercambio internacional de información bibliográfica.
Por ello se aprobó, en 1973, el programa de Control Bibliográfico Universal
CBU), dentro del marco de la IFLA, cuyo eje principal de actuación consistía
en fomentar el intercambio internacional de descripciones bibliográficas nor­
malizadas, establecidas y distribuidas por las agencias nacionales en el país de
origen de la publicación. Y estas normas eran las ISBD (International Standard
Bibliographic Descriptions), en las que se venía trabajando desde 1969; están­
dar utilizado en la mayor parte de los países para proceder a la elaboración del
registro bibliográfico mediante la técnica de la catalogación (cuyo propósito
es crear y organizar la información bibliográfica para proporcionar acceso a
hs colecciones de las bibliotecas o la información bibliográfica en general), lo
que supone la existencia de un lenguaje catalográfico universal comprensible
r utilizado por todos. En España las ISBD se publicaron en 1985 por primera
Tez como Reglas de catalogación, editadas por el Ministerio de Cultura y esta­
blecidas desde entonces como normas fundamentales en todas las bibliotecas
del país, que cuentan con sucesivas reediciones.
Las normas ISBD prescriben los elementos obligatorios que deben figurar en el
registro o asiento bibliográfico, el orden en que deben consignarse, la puntuación
que debe separarlos y las fuentes de información de la publicación de donde pue­
den obtenerse. Divide la descripción en diferentes áreas, separadas entre sí por un
punto y una raya, y cada una de ellas formada por uno o varios elementos, sepa­
rados por una puntuación determinada prescrita por las normas para cada caso.
Un registro bibliográfico se compone básicamente de tres partes:
70 M étodos de investigación histórica

• Descripción bibliográfica: consigna todos los elementos necesarios para


poder diferenciar un documento de otro similar. Se divide en las siguien­
tes áreas: título y mención de responsabilidad, edición, publicación, des­
cripción física, serie y número normalizado (ISBN).
• Puntos de acceso: recoge las formas normalizadas tanto de los autores o
responsables que han hecho posible la realización del documento descrito
como de su materia o materias fundamentales. El primer caso figura en el
denominado “encabezamiento” , que precede al área de título. En el segun­
do se establece en la clasificación, tras el área de “número normalizado”.
• Localización: la signatura nos indica la ubicación del documento (biblio­
teca, sala, estantería).

En los últimos años, la expansión de la automatización a los procesos de


descripción bibliográfica ha traído dos consecuencias principales en cuanto a
la catalogación bibliográfica: la primera, la incorporación de formatos de ca­
talogación por ordenador (MARC) que facilitan el intercambio de registros,
basados en las ISBD; la segunda, la mejora de los sistemas de recuperación bi­
bliográfica y documental. El formato MARC tuvo su origen en la Biblioteca del
Congreso de los Estados Unidos en 1966; ofrece un código común que antecede
a todos los elementos de la descripción bibliográfica y facilita una lectura única
por cualquier tipo de ordenador. En España se creó en 1976 el formato IBER-
MARC, adaptación del formato americano.
Estos códigos internos, de uso exclusivo por el catalogador, imperceptibles
para el usuario demandante de información, son de gran importancia porque
facilitan el intercambio de información pero también porque hace más eficaz la
recuperación de la información a través de los catálogos automatizados, tanto
en la búsqueda en campos determinados (materia, autor, título, etc.) como en
las búsquedas generales en todo el registro bibliográfico. Esta, sin duda alguna,
es la máxima ventaja de la informatización de los registros, que hace salvar las
diferencias catalográficas (a pesar de las ISBD) y, sobre todo, las diferencias de
la clasificación, que, como podremos ver, no solo no se unifica, sino que cada
vez se abunda más en la diferenciación, con sistemas a la carta para cada tipo
de biblioteca.
El lenguaje documental es un sistema artificial de signos normalizados que
facilitan la representación formalizada del contenido de los documentos para
permitir la recuperación, manual o automática, de información solicitada por
los usuarios (Gil Urdiciaín, 2002: 339). Se trata de una herramienta de trabajo
fundamental para el bibliotecario y documentalista, en el momento de indizar y
clasificar los documentos, y un instrumento imprescindible para el investigador
o usuario del servicio de información para recuperar esta temáticamente. El
lenguaje documental completa el proceso técnico de catalogación dotando a la
descripción catalográfica de puntos de acceso temáticos.
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 71

El lenguaje documental es un lenguaje no natural, aunque utiliza los signos


ie este. Esos signos adquieren valor semántico por medio de su normalización
t de las reglas morfosintácticas que lo articulan. El lenguaje documental, por
tanto, es lenguaje controlado, y este, una simplificación del lenguaje natural,
atil para facilitar la búsqueda de información y documentación, por manejar
ana pequeña parte del léxico de una lengua. Su dificultad, sin embargo, consiste
en que debe reducir el léxico, pero ha de incluir en su terminología el mayor
número posible de equivalentes para acercarse al lenguaje natural.
El lenguaje controlado encuentra diversas dificultades, entre las que desta­
can la polisemia (el mismo término se utiliza en diferentes sentidos en distintas
disciplinas) y la sinonimia (palabras distintas con el mismo significado). Para
controlar ambas se hace preciso fijar una terminología inequívoca, eligiendo
ano de los términos posibles pero sin olvidar el resto. Para ello hay que estable­
cer una serie de aclaraciones y relaciones. Por ejemplo:

• Árbol (genealogía).
• Computadora USE ordenador.
• Conflicto militar TR guerra.

El lenguaje documental presenta una variada tipología. El criterio de clasifi­


cación más generalizado es el que lo divide según el control ejercido sobre el vo­
cabulario, según el grado de coordinación de los términos o según su estructura.
Según el primer tipo, los lenguajes pueden dividirse en dos categorías:

• Libres: se componen de un vocabulario no predefinido que se va gene­


rando a partir de la realización de procesos de indización. Como ejem­
plos destacan los descriptores libres y las palabras clave.
• Controlados: presentan una terminología previamente elaborada y difícil
de modificar o ampliar en el momento de su utilización. Los principales
son las listas de encabezamientos de materia y los tesauros.

La sistematización de los lenguajes documentales según el criterio de coordi­


nación se realiza en función del momento en el que se combinan los elementos
cue los componen.
Así se pueden distingqir dos tipos:•

• Precoordinado: si los términos se combinan en el momento de la des­


cripción. Las clasificaciones y las listas de encabezamientos son lenguajes
precoordinados.
• Poscoordinado: si lo hace en el momento de la recuperación de la in­
formación. Los tesauros, listas de palabras clave y listas de descriptores
libres pertenecen a este grupo.
72 M étodos de investigación histórica

Basándose en la estructura, el lenguaje documental puede dividirse en dos tipos:

• Jerárquico: los lenguajes jerárquicos presentan una estructura arbores­


cente en la que cada concepto depende de uno superior. Un ejemplo de
este tipo son las clasificaciones jerárquicas, como la Clasificación Deci­
mal Universal (CDU).
• Combinatorio: los términos se relacionan unos con otros, lo que permite
una gran cantidad de combinaciones entre ellos y le dota de una gran
flexibilidad, cuestión en muchas ocasiones de agradecer en el complicado
panorama de la recuperación documental. El lenguaje combinatorio es
típico de todo tesauro.

Las listas de encabezamiento de materia, lenguaje documental más usado en


las bibliotecas, presentan un lenguaje precoordinado, de estructura asociativa
o combinatoria, que consiste en listas alfabéticas de palabras o expresiones
del lenguaje natural capaces de representar los temas de los que trata un do­
cumento (Gil Urdiciaín, 1996: 31). Estas listas de términos se componen de
encabezamientos y subencabezamientos. Por los primeros, mediante una o más
palabras (encabezamientos simples o compuestos, respectivamente) se repre­
sentan conceptos que condensan el tema sobre el que trata un documento. Los
subencabezamientos sirven para aclarar los conceptos, y pueden usarse tantos
cuantos sean precisos, puesto que no vienen predeterminados como los enca­
bezamientos. Pueden ser de materia o tema, topográficos, cronológicos y de
forma. Por ejemplo, el encabezamiento y subencabezamientos de un diccionario
sobre la economía de España en el siglo xix sería:

• Economía - España - s. xix - Diccionarios.

- Economía: encabezamiento simple.


- España: subencabezamiento topográfico.
- S. xix: subencabezamiento cronológico.
- Diccionarios: subencabezamiento de forma.

El tesauro es un lenguaje documental de estructura combinatoria, de ca­


rácter especializado, que se compone de una lista de palabras, denominadas
descriptores (palabra o grupo de palabras escogidas de entre un conjunto de
términos equivalentes para representar sin ambigüedad una noción contenida
en un documento), estructuradas de forma que unas se relacionan con otras
(relaciones semánticas). Se trata de un vocabulario controlado y estructurado al
que se llega mediante la selección de términos del lenguaje natural.
El descriptor puede clasificarse, entre otras variantes, por su composición y
por su cobertura temática. Con relación al primer caso, puede componerse de
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 73

una palabra (unitérm ino o sim p/e) o de varias (sintagm ático o com puesto). En
cuanto al segundo, puede referirse a un nombre (onomástico), a un lugar geo-
gráfico (geográfico), a un tema (temático o de materia), a un periodo de tiempo
cronológico o temporal). Por ejemplo:

• Unitérmino: historia.
• Sintagmático: historia moderna.
• Onomástico: Inquisición.
• Geográfico: Europa.
• Temático: conflictividad social.
• Cronológico: trienio liberal.

En el tesauro, con cada descriptor aparece el conjunto completo de sus re­


laciones semánticas, incluida toda su jerarquía, es decir, todos los niveles de
términos más genéricos y más específicos. Estas relaciones suelen expresarse
por medio de signos alfabéticos o de símbolos:

• Relación de equivalencia: USE [use) - En inglés: USE


• Relación de equivalencia: UP (usado por) = En inglés: UF
• Relación jerárquica: TG (término genérico) < En inglés: BT
• Relación jerárquica: TE (término específico) > En inglés: NT
• Relación asociativa: TR (término relacionado) - En inglés: RT

Ejemplo: Meteorología

• UP Ciencias de la atmósfera.
• TG Ciencias de la tierra.
• TE Climatología.
• TR Geografía física.
• TR Precipitaciones.

Ciencias de la atmósfera
USE Meteorología

Un sistema de clasificación o simplemente clasificación es un conjunto or­


denado de conceptos que sé presentan distribuidos sistemáticamente en clases
conformando una estructura. Los principales sistemas de clasificación biblio­
gráfica y documental datan de finales del siglo xix y comienzos del xx, y hoy
día se utilizan tanto para recuperar información por materias a través del orde­
nador como para base de la ordenación de los fondos bibliográficos en libre ac­
ceso en las bibliotecas. Actualmente hay muchos sistemas de clasificación y mu­
chas clasificaciones que responden a una variada tipología. Por su contenido,
74 M étodos de investigación histórica

las clasificaciones más utilizadas son las enciclopédicas. Se presentan a modo


de listas de términos normalizados de todas las ramas del saber. Este carácte:
lo tienen las grandes clasificaciones: Clasificación Decimal Dewey, Clasificación
Decimal Universal y Library of Congress Classification.
Generalmente, los sistemas de clasificación se componen de tablas princi­
pales (contienen todas las materias del campo abarcado por la clasificación),
tablas auxiliares (no abarcan materias, sino términos de lugar, tiempo, forma
y lengua, y sirven para concretar la materia), un índice (lista alfabética de to­
dos los términos incluidos con su notación que guía a la tabla principal) y un
procedimiento de notación que varía según las clasificaciones. La notación es
un sistema de números, símbolos o combinación de ambos, que se asigna a los
términos de la clasificación. Cuando se utiliza un solo tipo de símbolo para
formar la notación, se habla de notación pura.
La notación de la mayor parte de clasificaciones utilizadas en las principales
bibliotecas (y que sirven, además de contribuir a la recuperación bibliográfica,
a la ordenación de los libros en libre acceso) son jerárquicas. Dividen las disci­
plinas o ramas del conocimiento en clases de nivel jerárquico inferior, estas en
subclases, etcétera, tantas veces como niveles de especificidad se requieran para
abarcar todos los posibles supuestos que pueden darse en el momento de clasi­
ficar los documentos. La Clasificación Decimal Universal (CDU), prototipo de
clasificación jerárquica, se sirve, además, del principio decimal para su estruc­
turación, de manera que consigue un grado de especialización muy alto agre­
gando cifras a la derecha, divididas cada tres dígitos con un punto. Por ejemplo:

• 9 Historia
• 93
• 930.9

Además, permite la agregación de números auxiliares, introducidos con dis­


tintos símbolos:

• Punto de vista: 00
• Lugar: (1 ...19...)
• Tiempo: “ ...”
• Forma: (0..)
• Lengua: =
• Razas y pueblos: (=)

En el siguiente ejemplo podemos ver una notación completa, cuyo número


principal ha necesitado de varios auxiliares; se trata de un anuario sobre la eco­
nomía española en el siglo xix, cuya notación completa sería:

33 (460) “ 18” (058)


De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 75

- 33: Economía
- (460): España
- “ 18” : siglo xix
- (058): anuario

La CDU es el sistema de clasificación más usual en las bibliotecas españolas.


Ideada por dos discípulos de Dewey, Otlet y La Fontaine, en 1905 se publicó
su primera edición.
Los sistemas de clasificación, sobre todo los que emplean notaciones puras,
presentan como principal ventaja la generalidad de su comprensión, por ser los
números arábigos umversalmente aceptados. Por tanto, la clasificación de un
documento debe ser similar en cualquier lugar geográfico del planeta. Los len­
guajes documentales basados en palabras cuentan con las limitaciones propias
ie los idiomas.
En los últimos años, con la proliferación de documentos electrónicos, se
nan implantado los metadatos, con el fin de contribuir a la recuperación de la
información. Se entiende por metadato, según el Real Decreto 1708/2011 por
el que se establece el Sistema Español de Archivos, cualquier descripción estan­
darizada de las características de un conjunto de datos.

En el contexto del documento electrónico cualquier tipo de información


en forma electrónica asociada a los documentos electrónicos, de carácter
instrumental e independiente de su contenido, destinada al conocimiento in­
mediato y automatizable de alguna de sus características, con la finalidad de
garantizar la disponibilidad, el acceso, la conservación y la interoperabilidad
del propio documento.

3.3. Las fuentes de información bibliográfica

Con la finalidad de difundir sus fondos, las bibliotecas elaboran las denomi­
nadas fuentes de información, bibliografías, catálogos y boletines, tanto en so­
porte impreso como en microficha o en soporte electrónico (base de datos). El
investigador debe iniciar la búsqueda de bibliografía a partir del conocimiento
jo más completo posible de estas fuentes para saber adentrarse entre los muros

reales o virtuales de las bibliotecas y los centros de documentación.


La bibliografía busca, identifica, describe -siempre bajo algún punto de vista
determinado- conjuntos de libros u otra clase de materiales bibliográficos, que
no forman una colección determinada y cuyas noticias se presentan debidamen­
te ordenadas por medio de algunos de los elementos de la noticia. La bibliogra-
zz tiene una tipología muy variada. Por su contenido se dividen en bibliografías
i¿ bibliografías, generales y especializadas, pudiendo a su vez dividirse, en vir­
76 M étodos de investigación histórica

tud de la actualidad o vigencia de la información que dan, en retrospectivas al


en curso, según relacionen obras de épocas anteriores o documentos a medica
que van apareciendo. Las bibliografías de bibliografías dan relación de reper­
torios bibliográficos, por lo que debe ser el primer tipo de bibliografías quí
consultar, por la gran información que nos suministran para iniciar el laboriosc
proceso de búsqueda bibliográfica. Las bibliografías generales son aquellas ei
las que los libros u otros materiales bibliográficos recopilados pueden tratar ck
todas las materias sin distinción, y abarcar cualquier ámbito geográfico. La-
bibliografías especializadas o especiales tratan de manera específica los docu­
mentos. La especialización puede ser por múltiples casos, a destacar por razó:
de la forma del documento, de la materia que tratan o del tiempo que abarcan
El catálogo identifica y describe libros y documentos que forman una colec­
ción concreta. A diferencia de las bibliografías, no buscan los libros y documen­
tos que describen, puesto que ya están en una determinada colección, sino qu:
en cambio ofrecen datos para su localización que las bibliografías no aportan
Los catálogos son también de distintos tipos. El catálogo comercial presenta
el fondo bibliográfico de una librería, editorial, etcétera, o las novedades que
salen al mercado en las materias en las que están especializadas. El catálogo di
biblioteca es una publicación secundaria que recopila listas de obras y publi­
caciones conservadas en una biblioteca. Pueden ser de bibliotecas individuales,
normalmente de grandes bibliotecas o de colecciones valiosas, y colectivos, que
ofrecen los fondos de varias bibliotecas.
El boletín e índice bibliográfico es una publicación periódica que realizar
las bibliotecas especializadas y los centros de documentación, con amplia gama
de variedad, que suelen informar de un elevado número de publicaciones, nor­
malmente artículos de revista. Contienen las referencias bibliográficas de ur
conjunto de documentos, ordenadas o seleccionadas en función de alguna ca­
racterística esencial o formal, como tratarse de las novedades bibliográficas de
una biblioteca, tener una materia común, etcétera.
El boletín de sumarios contiene la reproducción de los sumarios de las revis­
tas, con una periodicidad determinada. Hasta la consolidación de las bases de
datos, constituía una publicación de gran importancia, porque venía a cubrir
un vacío bastante importante de casi todas las fuentes y centros de información:
el vaciado (catalogación analítica) de las publicaciones periódicas. El boletín o
revista de resúmenes incluye, además de la referencia bibliográfica, el resumen
del artículo o la obra realizado por documentalistas especializados o por el pro­
pio autor. El título resulta en muchas ocasiones insuficiente para decidir sobre el
interés de un documento. El boletín de índices da una mayor importancia a los
índices, tanto de autores como de materias, fundamentalmente, para conseguir
mayor flexibilidad que los boletines anteriores en la búsqueda bibliográfica.
Está acompañado de boletines bibliográficos, de sumarios o de resúmenes, a
cuyas referencias remiten los índices.
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 77

El boletín de citas, también conocido como boletín de citaciones o índice


ie citas consiste fundamentalmente en un índice de autores con sus correspon­
dientes trabajos, bajo cada uno de los cuales aparece el conjunto de artículos y
obras en que han sido citados. Está concebido como un instrumento de recupe­
ración de información, partiendo de la idea de que los trabajos que citan a otro
deben referirse al mismo tema que este último. Si se conoce un determinado
trabajo, buscando su autor en el índice de citas se obtendrán todos los trabajos
que han citado a aquel. A su vez, por cada uno de los trabajos encontrados
cuya referencia completa se halla en el índice de fuentes que junto al de ma­
terias suelen acompañar a los índices de citas) se puede repetir la operación, y
ampliar de este modo sucesivamente la búsqueda. También es posible comenzar
búsqueda por materias, por el índice temático.
Para la historia de España, el primer planteamiento científico sobre la elabo­
ración de una bibliografía general de la historia del país en la línea de las que
se venían publicando en otros (Alemania, en 1830; Austria, en 1858; Francia,
1888; Bélgica, en 1893) fue llevado a cabo en 1919 por Benito Sánchez
Alonso, con sus Fuentes de la historia española e hispanoamericana: ensayo
ie bibliografía sistemática de impresos y manuscritos que ilustran la historia
política de España y sus antiguas provincias de ultramar (Madrid, Centro de
Estudios Históricos, 1919. 2 vol.). En 1927 se publicó, también en dos volúme­
nes, la segunda edición revisada y ampliada, con un total de 13.172 referencias,
divididas por periodos históricos. Dispone de completos índices que facilitan
-a búsqueda por autores, lugares geográficos y materias, principalmente. La
tercera y última edición, de 1952, llega a los 21.000 registros distribuidos en
tres volúmenes. Con posterioridad fue continuada en la Bibliografía histórica
española 1950-54, de María Dolores Gómez Moheda (Madrid, Instituto Je­
rónimo Zurita de Historia e Instituto Nicolás Antonio de Bibliografía, 1955),
elaborada con motivo del X Congreso Internacional de Ciencias Históricas,
celebrado en Roma en 1955. En 491 páginas ofrece la relación de 6.095 libros
publicados por historiadores españoles entre 1950 y 1954.
Tras la primera edición de la recopilación de Sánchez Alonso se publicó otro
repertorio de gran importancia para nuestra historia: Bibliografía de la historia
ie España: catálogo metódico y cronológico de las fuentes y obras principales
-ilativas a la historia de España desde los orígenes a nuestros días, de Rafael
Sallester Castell, editado en Barcelona en 1921. Comprende la bibliografía his­
tórica desde la prehistoria hasta el reinado de Carlos IV. A pesar de estos inten­
tos y de los realizados por otros autores, como Georges Desdevises, Zacarías
García Villada y José Vives Gatell -publicados en Revista de Aragón (1905),
Razón y Fe (1918) y Analecta Sacra Tarraconensia, respectivamente-, en Espa­
ña durante la primera mitad del siglo xx se carecía de la tradición bibliográfica
pala, que conectaba su Repertoire methodique de l’histoire moderne et contem-
poraine de la France (publicado en once volúmenes entre 1898 y 1913) y el Re-
78 M étodos de investigación histórica

pertoire bibliographique de l’histoire de France (publicado en cinco volúmenes


entre 1920 y 1929) con la Bibliographie genérale du travaux bistoriques et ar-
chéologiques, publicado por la Sociétés Savantes de France entre 1910 y 1940.
antecedente inmediato de la Bibliographie annuelle de l’histoire de France.
Después de la Guerra Civil, el Consejo Superior de Investigaciones Cientí­
ficas, a través del Instituto Nicolás Antonio y del Patronato José María Cua
drado, comenzó a impulsar la recopilación bibliográfica, que dio importantes
frutos para la historia local y la general. Una buena muestra de las iniciati­
vas provinciales puede verse en la Bibliografía de bibliografías locales (1987).
Otras pueden seguirse en la revista Hispania (sobre todo las aportaciones de
Ramón Paz) o en la Bibliotheca Hispana. Revista de Orientación e Informa­
ción Bibliográfica, en cuya sección tercera se incluían las obras sobre historia.
En los últimos años ha habido diversas iniciativas que no han podido man­
tenerse en el mercado, como el Anuario bibliográfico de materias: historia, edi­
tado en Granada por Promoción &c Comunicación, o los Cuadernos de biblio­
grafía histórica, de Sabín-Ediciones. Al final, la mejor obra al respecto ha sido
el Indice Histórico Español (bibliografía histórica de España e Iberoamérica),
boletín de resúmenes publicado por el Centro de Estudios Históricos Interna­
cionales de la Universitat de Barcelona, primero con carácter cuatrimestral y a
partir del número 97, de 1992, con periodicidad semestral. Fundado en 1953
por Jaime Vicens Vives, comenzó a perder regularidad a finales de los años
ochenta, y se dejó de publicar -por cuestiones económicas- entre 1 9 88y l991.
Posteriormente ha publicado algunos números, pero sin regularidad definida.
En los últimos números se ofrecen entre 1.500 y 2.200 reseñas con resumen
por número de artículos, libros y tesis de historia de España (con predominio
de los primeros), aunque el primer apartado se dedica a las obras generales
de historia universal. Trata todos los periodos históricos, como principal vir­
tud, pero es una publicación irregular y no exhaustiva, y carece, además, de
criterios claros a la hora de seleccionar los artículos o libros. De los últimos
números se dispone de edición en CD-ROM, algo que facilita en gran manera
la consulta.
Además de las bibliografías generales, hay multitud de repertorios impresos
de carácter especializado por periodos históricos o acontecimientos determind-
nados, como puede verse en obras especializadas sobre la materia (Alía, 1998:
141-177). Cabe destacar el realizado por el CINDOC del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC): Bibliografía histórica de España (BIHES),
editado periódicamente entre 1992 y 2007, con números monográficos dedica­
dos a distintos temas: “El franquismo” , “ El Camino de Santiago” , “Las muje­
res en la historia de España” , “ Los nacionalismos” , “ Historia contemporánea
de Andalucía” , “ Relaciones Iglesia-Estado” , “ La Guerra Civil” , “ La crisis del
98” , “ La España de Carlos V y Felipe II” , “ En torno al año mil” , “ La nobleza
en España” , “Los Reyes Católicos y su mundo” y “ El carlismo” .
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 79

Una última cuestión, pero importante para conseguir búsquedas bibliográ-


~cas satisfactorias y exhaustivas, es que actualmente las fuentes de informa­
ción se publican de forma prácticamente exclusiva en soporte electrónico, por
su elevado volumen y facilidad de utilización, pero lo repertorios impresos
agüen siendo de imprescindible consulta para muchas búsquedas, porque las
rases de datos no cubren todas las necesidades informativas, sobre todo para
bibliografías no muy recientes. No podemos pensar que con consultar alguna
rúente de información en soporte electrónico ya tenemos toda nuestra biblio­
grafía, sobre todo en un trabajo de investigación riguroso y amplio, como
n a tesis doctoral. Necesitamos hacer diversas consultas en distintas fuentes
¿e información en varios soportes. Solo así tendremos seguridad de los resul­
tados obtenidos. Si además observamos detenidamente la bibliografía de las
acras publicadas más cercanas a nuestro tema de investigación, aseguraremos
aún más la esencia de un buen trabajo de investigación histórica: las fuentes
y bibliografía consultada. Estas deben ser apropiadas, amplias y actualizadas.

3.4. Las bases de datos bibliográficas

íegún la Federación Internacional de Documentación, la base de datos es un


conjunto de datos homogéneos, ordenados de una forma determinada, que se
rresenta normalmente en forma legible por ordenador y se refieren a una orga­
nización, materia o problema determinado.
Las bases de datos bibliográficas, que describen documentos, pueden divi-
utrse en dos tipos principales, según la presentación de la información:

• Referenciales: remiten a otra fuente (documento, organización, etc.) para


completar la información. A su vez, estas bases se subdividen en biblio­
gráficas (contienen referencias, a veces con resumen, de la literatura im­
presa: libros, artículos de revista, patentes, informes, etc.) y directorios
(contienen referencias, algunas veces con extractos, de información no
publicada, y remiten generalmente a organizaciones, individuos, material
audiovisual, etc.).
• Fuente: proporcionan el dato original o el texto completo de la fuente
primaria. A su vez, estas bases se subdividen en numéricas (contienen
datos de encuestas o representaciones estadísticas de datos), textual-nu-
méricas (combinan unos campos de su registro con información textual
y otros con datos numéricos) y textuales (contienen los textos completos
de un documento).

Las bases de datos referenciales nos ofrecen algunos de los datos fundamen­
t e s del registro bibliográfico, como autor, título y año de publicación. Además
80 M étodos de investigación histórica

nos dan la posibilidad de poder obtener el registro completo, con otros campos
bibliográficos: lugar de publicación, editor, colección ISBN, materia, CDU...
Con estos datos nos podemos hacer una idea del interés que tiene para nuestra
investigación el material bibliográfico descrito. A veces se acompaña un resu­
men, lo que facilita aún más la tarea de comprender su idoneidad sin necesidad
de solicitar el ejemplar para hojearlo. La mayor parte de catálogos de bibliote­
cas automatizados son bases de datos refefenciales que nos permiten obtener
registros bibliográficos completos.
Las bases de datos fuente están adquiriendo en los últimos años un gran de­
sarrollo, a partir de los procesos de digitalización y creación de bibliotecas vir­
tuales. Ya son muchas las bases de datos, sobre todo catálogos y bibliografías
que nos enlazan el registro bibliográfico con el texto completo del documento.
Este es el medio “profesional” de ofrecer la información: a través de una fuent:
realizada por bibliotecarios o documentalistas especializados. Los buscadores
generales de Internet nos permiten encontrar mucha información, pero también
mucha mala información. Las herramientas profesionales solo nos ofrecen in­
formación científicamente elaborada, por lo que el investigador debe ir a ellas
directamente y saber manejarse a pesar de las distintas interfaces de consulta
(pantalla de búsqueda). Adentrándonos en varios catálogos y bibliografías au­
tomatizadas podremos observar rápidamente que, a pesar de tener los datos de
distintas maneras y colores, los campos bibliográficos y los sistemas de recupe­
ración son siempre similares porque están basados en la ciencia de la bibliote-
conomía y de la documentación.
El acceso a las bases de datos puede realizarse de forma individual o colec­
tiva. En el primer caso, hay muchas que se editan de manera libre y gratuita,
a través de la web; es el caso, por ejemplo en España, de las del Ministerio de
Cultura o de la mayor parte de catálogos de biblioteca, individuales o colecti­
vos. Pero la mayoría se distribuye mediante conexión en línea bajo compra o
suscripción. Casi todas las bibliotecas universitarias y centros de investigación
permiten el acceso simultáneo a sus usuarios por medio de claves que garan­
tizan la propiedad intelectual de la obra. Los usuarios externos solo tienen la
posibilidad de entrar en ellas desde ordenadores conectados a su red, es decir
desde sus instalaciones.
Aparte de este acceso colectivo pero al mismo tiempo individual, los prin­
cipales distribuidores internacionales facilitan el acceso a un conjunto de tí­
tulos a la vez, con la misma interfaz de consulta, lo que hace más sencilla la
búsqueda aunque más cara. Recientemente se han puesto al servicio de los
investigadores varias alternativas al acceso colectivo de bases de datos y docu­
mentación digitalizada mediante una única interfaz por medio de recolectores
y repositorios.
Desde el punto de vista formal, las bases de datos contienen bibliografías,
catálogos o boletines de resúmenes, principalmente. La primera y la tercera sue-
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 81

ten tener un periodo de cobertura (año de publicación de la bibliografía) corto,


referido a los últimos cincuenta años, a lo sumo, lógico por ser los años de ex­
pansión de la informatización, y los autores de tales repertorios, normalmente
■ rasados en prestigiosas obras impresas, han decidido mirar más hacia el futuro
que hacia el pasado. En muchos campos científicos esto no causa casi ningún
problema, porque trabajan de forma mayoritaria con bibliografía publicada
en los últimos cinco años, pero en historia el elevado grado de obsolescencia
en torno a 20 años) y la innumerable cantidad de fuentes, provoca importan­
tes lagunas informativas. A través del ordenador, estas solo pueden cubrirse a
partir del complemento de los catálogos, pues su periodo de cobertura suele ser
indeterminado, como los propios fondos impresos de sus bibliotecas. Debemos
tener en cuenta que el instrumento científico de carácter bibliográfico es la bi­
bliografía, que aporta un trabajo de investigación que tiende a la exhaustividad.
La exhaustividad del catálogo depende de la riqueza documental de los fondos
de la biblioteca que describe. Solo describe (y localiza) el material que contiene
el centro de información. No se puede pedir más.
En historia resulta difícil tener que acudir solamente a una base de datos por
1a especialización de esta. La más especializada a nivel internacional es Histori­
a l Abstracts, pero los registros bibliográficos que ofrece son fundamentalmen­
te del ámbito anglosajón y, aunque incluye algo de bibliografía española, no es
ni mucho menos exhaustiva. Para buscar bibliografía sobre España lo mejor
es acudir a bases de datos españolas. La mayor parte de búsquedas exige inte­
rrogar primero a las bases de datos generales, de todas las materias, y después
a las especializadas en ciencias sociales y humanidades. Más especialización es
difícil de encontrar, por lo menos para bibliografía española. La rentabilidad
económica de la ciencia parece la principal culpable. Los productores de la in­
formación invierten sobre todo en disciplinas científicas que manejan grandes
sumas económicas en su investigación, y la historia no está entre ellas.
Una vez dentro de la base de datos, los campos de búsqueda suelen ser
similares: autor, título, materia (donde se introducen descriptores o palabras
clave) y fecha de publicación, como principales. Algunas ofrecen campos de
búsqueda general (denominados “cualquier campo” , “ búsqueda general” , etc.),
recomendados por hacer la búsqueda en todo el registro, lo cual aumenta las
posibilidades de recuperación, aunque también puede incrementarse el denomi­
nado ruido (el documento se corresponde a lo buscado, pero no a lo deseado).
En algunas bases de datos esté campo general se ofrece a modo de único casille­
ro de búsqueda, sin denominación, pero siempre se da la opción de “ búsqueda
avanzada” , donde se puede delimitar por campos bibliográficos (autor, título,
editorial, fecha de publicación, materia, etc.). Este es el más recomendable para
búsquedas pertinentes.
La búsqueda puede hacerse en un solo campo o combinando varios. Por
ejemplo, puede rellenarse el de materia y el de fecha de publicación cuando lo
82 M étodos de investigación histórica

que queremos es simplemente estar al día de las últimas publicaciones de una


materia determinada. En muchos casos la búsqueda es libre (permite introducá
cualquier término), pero en otros es guiada (a través de control de autoridades
tesauros, etcétera, o sea, de relaciones de términos ya preestablecidos). Caca
una tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pero en general una base de datoi
cuidada desde el punto de vista documental garantiza la recuperación a travá
de búsquedas guiadas por términos establecidos, en unos casos aparecen de for­
ma automática al comenzar la búsqueda, en otras se ofrece como opción en la
campos de autores y materias (control de autoridades). En la búsqueda libre es
recomendable usar palabras clave; es decir, términos significativos, y prescinda
de artículos, preposiciones, etcétera, lo que se denomina palabras vacías. En la
búsqueda guiada, los términos empleados en la descripción del contenido o os
los autores puede verse, lo que evita perderse con facilidad, algo común en d
resto de búsquedas, por lo menos en las primeras.
La imprecisión en las interrogaciones a bases de datos se traducen en dos
tipos de errores característicos: el ruido o recuperación de documentos, cuya
contenido no se corresponde con la estrategia de búsqueda, y el silencio o au­
sencia de recuperación, cuando el número de hallazgos es menor de lo qu-:
podría proporcionar la base si se hubiera ejecutado una búsqueda correcta
La existencia de uno u otro está sujeta a factores como el conocimiento dd
contenido y tema de la base de datos, el dominio del software de recuperación
e interfaz y la experiencia en el manejo de bases de datos y de los operadora
habituales de búsqueda.
Para búsquedas complejas, donde se tenga que especificar más de un des­
criptor o término, es aconsejable la utilización de operadores, que son capaca
de recuperar documentos de acuerdo a sus atributos semánticos, combinando
conceptos expresados mediante palabras o frases. Hay de dos tipos:•

• Operadores booleanos: denominados así por el matemático George Boo


le, precursor de la lógica simbólica y del álgebra de conjuntos, se utili­
zan para representar relaciones entre conceptos, expresando estas come
relaciones entre conjuntos, lo que da como resultado un conjunto di
documentos que, en principio, reúnen las condiciones impuestas en lj
estrategia de búsqueda. Hay de tres tipos: intersección (AND o Y, segú:
se utilice la nomenclatura inglesa o española), unión (OR u O) y exclu
sión (NOT o NO). Los primeros se utilizan cuando se requiere recuperar
registros que contengan los distintos descriptores expresados en la bús­
queda. Por ejemplo: conflicto social Y crisis económica. El resultado de
la búsqueda sería la intersección del conjunto A (conflicto social) con el B
(crisis económica), que equivaldría a los registros indizados mediante los
dos descriptores. Este operador funciona por defecto en la mayor pane
de bases de datos; El operador de unión o suma se utiliza para recuperar
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 83

el conjunto de registros que contengan cualquiera de los términos expre­


sados, no los dos juntos como en el caso anterior. El uso del operador
de exclusión o resta excluye los registros en los que aparece el término
precedido por NO. En el caso de conflicto social NO crisis económica,
buscaría los documentos sobre el conflicto social pero solo aquellos que
no hablaran de crisis económica. En las bases de datos de artículos de
revistas puede resultar muy útil para delimitar los títulos; por ejemplo, la
base ISOC (CSIC) nos permite buscar artículos en un campo por revistas,
con lo cual accedemos a los sumarios de los distintos títulos de una forma
rápida y eficaz. Si ponemos como palabra clave en este campo Hispania,
nos busca todos los artículos contenidos en Hispania, en Hispania Sacra
y en Hispania Antiqua. Si solo queremos ver el sumario de la primera,
podemos delimitar la búsqueda con el operador de exclusión: Hispania
NO Sacra NO Antiqua. Estos operadores pueden utilizarse solos o com­
binados entre sí. Por ejemplo: conflicto social Y crisis económica NO
historia, localizaría los documentos que hablen de conflicto social y crisis
económica, simultáneamente, pero no de historia.
• Operadores de proximidad o adyacentes: permiten paliar algunas de las
limitaciones del álgebra de Boole en la recuperación de la información,
sobre todo el ruido (documentos no pertinentes) o el silencio que pro­
vocan los operadores OR y AND. Tienen en cuenta el lugar que ocupan
las palabras empleadas en la estrategia de búsqueda dentro del contexto,
porque la cercanía de los términos es relevante a la hora de expresar un
determinado concepto. Entre los principales operadores de proximidad
podemos destacar CON (o WHIT, en inglés), para unir términos en el
mismo orden, y CERCA (NEAR), para buscar términos próximos, pero
sin importar el orden.

Por materias, las búsquedas deben tener en cuenta los términos de indiza-
aón. Indizar consiste en asignar términos a un documento con el objeto de re-
rresentarlo temáticamente para facilitar la estrategia de búsqueda, es decir, para
recuperar documentos. Los términos de indización pueden ser de dos tipos:•

• Términos controlados: cuando los términos forman parte de un lenguaje


de indización o conjunto controlado. Pueden tratarse de descriptores o
palabras clave (descriptor, key words, Índex terms) o de materias con
uno o varios términos que conforman el encabezamiento y subencabeza­
mientos (subject headings). Los descriptores forman parte de los tesauros
o listas de descriptores donde se establecen relaciones semánticas entre
ellos. Las materias se incluyen en las denominadas listas de encabeza­
mientos de materia, en las que se ofrece relación de todas las aceptadas
y no aceptadas.
84 M étodos de investigación histórica

• Términos no controlados: cuando los términos no forman parte de dicho


lenguaje. Se trata de identificadores (identifiers, supplementary terms).

La búsqueda por materias resulta más fácil y exhaustiva cuando las bases dt
datos están bien hechas documentalmente, es decir, cuando han trabajado la in-
dización, sobre todo con lenguaje controlado, descriptores o materias. El investi­
gador lo debe agradecer. En el caso contrario, la fortuna guía las búsquedas m i
de lo aconsejable, debiendo completarse en el campo de materias con la intro­
ducción de términos en el campo de título. En la mayor parte de los casos, este
resulta más preciso que el de materias, porque la mayor parte de la bibliografía
incluye en el título del trabajo los términos más significativos del contenido.
El número de términos de indización en un registro bibliográfico varía entre
las bases de datos. Cuando aumenta su número, la exhaustividad en la búsque­
da aumenta también, pero disminuye la precisión. A la inversa, cuantos menos
términos tiene un registro o referencia, mayor probabilidad hay de seleccionar­
la por su precisión.
Para el historiador, la información bibliográfica contenida en las bases de
datos tiene un enorme interés, principalmente, por tres causas:

• Desde el punto de vista de los materiales descritos, una buena parte de las
bases de datos se han dirigido, desde los primeros momentos, a cubrir
las lagunas más importantes de los repertorios impresos: los artículos
de las revistas y la considerada hasta entonces como literatura gris (ac­
tas de congresos y tesis doctorales, fundamentalmente).
• Después de varios años de armónica convivencia, las bases de datos han
venido a sustituir a los principales repertorios bibliográficos impresos
de carácter periódico. El soporte electrónico en este tipo de obras re-
copilatorias muestra visiblemente una clara superioridad, porque ofrece
mayores posibilidades de almacenamiento y facilidades de recuperación.
Pero por el periodo de cobertura de la mayor parte de bases de datos,
bastante reciente, todavía se hace imprescindible consultar determinadas
bibliografías impresas, sobre todo de carácter especializado.
• El avance de los catálogos colectivos automatizados ha sido y sigue sien­
do muy destacado, facilitado por la incorporación de las nuevas tecno­
logías al mundo de las bibliotecas, tanto a las generales como a las es­
pecializadas. Para el usuario suponen una gran ventaja pues permiten
interrogar a varios catálogos a la vez con una misma interfaz de consulta.

El historiador tiene que conocer y manejar estos recursos bibliográficos au­


tomatizados por la facilidad y rapidez que ofrecen en las búsquedas de do­
cumentación y en su localización. Para la historia de España o de cualquiera
de sus territorios regionales, provinciales o locales, existen tres bases de datos
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 85

que nos ofrecen la descripción de la mayor parte de materiales bibliográficos


publicados, aunque casi exclusivamente de forma referencial. Deben ser los
primeros objetivos del investigador: el catálogo de la Biblioteca Nacional; las
cases de datos del CSIC, especialmente ISOC, y Teseo. La primera está dedicada
fundamentalmente a describir libros, manuscritos y materiales especiales de la
Biblioteca, la segunda a artículos de revistas especializadas, y la tercera a tesis
doctorales leídas en las universidades españolas desde 1976.
El catálogo de la Biblioteca Nacional nos ofrece una de las mejores oportu­
nidades para conocer todos los materiales bibliográficos publicados en España
desde el siglo xvm , pues los ha ingresado en virtud del Depósito Legal. Ade­
más ha ido adquiriendo colecciones y fondos especiales anteriores o publicados
fuera del país. Todo ello hace que sea la fuente de información más exhaustiva
para bibliografía española. Comprende unos 4.454.000 de registros bibliográ-
rcos que corresponden a 10.230.000 ejemplares (cada registro o título puede
contener varios volúmenes o ejemplares, por lo que el registro bibliográfico es
d mismo, pero varía la localización o signatura). La búsqueda sencilla se hace
en todos los campos del registro bibliográfico. Para búsquedas más exhaustivas
es recomendable utilizar la opción de “ búsqueda avanzada” , donde pueden es­
cogerse los campos oportunos, incluido el de “fecha de publicación” .
La base de datos de sumarios ISOC, una de las incluidas en CSIC, es una bi­
bliografía que vacía el contenido de la mayor parte de las revistas de ciencias so­
ciales y humanidades publicadas en España desde 1976. Actualmente se calcula
que describe los artículos de unos 1.472 títulos que se publican anualmente,
canto en soporte impreso como electrónico. En junio de 2016 tenía 774.214 re-
astros procedentes de 2.988 revistas. Se estima un crecimiento anual de 30.000
referencias. ISOC permite hacer una búsqueda simple (en cualquier campo del
registro) o acceder a “ búsqueda por campos” , donde se pueden seleccionar de­
terminados campos del registro (autor, título, revista, año de publicación...). Su
receso es libre a través de la página web del Consejo Superior de Investigacio­
nes Científicas y, además, permite la opción de compra de documentos descritos
referencialmente. En caso de no adquirirse por esa vía, al investigador le queda
2 opción de acudir a catálogos de bibliotecas a buscar la localización de los
ejemplares. Aunque se trata principalmente de una base de datos referencial,
proporciona el texto completo de algunos artículos, sobre todo de aquellos
publicados en revistas electrónicas de libre acceso.
Teseo es una base de dátos del Consejo de Universidades que tiene su origen
m la Orden de 16 de julio de 1975 (BOE del 1 de septiembre), que dispuso que
2 Dirección General de Universidades e Investigación y la Secretaría General
Técnica del Ministerio de Educación y Ciencia constituirían y mantendrían un
rchero mecanizado de tesis doctorales. En función de esta normativa, la Se­
cretaría General Técnica, a través del Centro de Proceso de Datos, afrontó la
urea de crear la base de datos en la que se incorporan las descripciones de las
86 M étodos de investigación histórica

tesis doctorales aprobadas desde del curso 1976-1977. Desde 1997 la base di
datos se distribuye en línea, con acceso gratuito, a través de la página web de
Ministerio de Educación. Aunque documentalmente la calidad deja mucho qui
desear, pues no olvidemos que nace como un mero registro burocrático, sis
pretensiones bibliográficas, tiene gran interés para los investigadores porqu;
describe todas las tesis leídas en las universidades españolas, un conjunto dí
unas cien mil tesis doctorales. Además de los datos bibliográficos habituales nos
ofrece un breve resumen del contenido, el nombre del director de la tesis, de los
miembros del tribunal que la juzgaron y el de la universidad donde se presentó.
Una vez consultadas estas tres, debemos prestar atención a otra serie d;
bases de datos que nos permiten ir ampliando los objetivos de nuestras bús­
quedas. En primer lugar, recomendamos Dialnet y después toda una amplu
gama de catálogos colectivos. Dialnet es una bibliografía especializada er
ciencias sociales y humanidades creada por la Universidad de La Rioja en 2001.
En este proyecto colaboran numerosas bibliotecas universitarias, públicas t
especializadas, que hacen que en tan pocos años se hayan alcanzado los cinco
millones de documentos, una buena cantidad de ellos con enlace al texto
completo (5.154.960 en junio de 2016). Fundamentalmente se trata de artícu­
los de revista, aunque también hay actas de congresos, libros y 45.000 tesis
doctorales. El periodo de cobertura es reciente, por lo que es difícil encon­
trar registros publicados anteriormente. Permite dos opciones de búsqueda
“ buscar documentos” , casilla donde se introducen las palabras clave que nos
permitan recuperar los registros, y “ buscar revistas” , para localizar títulos de
publicaciones periódicas (9.742 en total). Hay otras opciones directas para
buscar “ tesis” y “ congresos” .
REBIUN es el catálogo colectivo en línea de la Red de Bibliotecas Universi­
tarias Españolas que permite el acceso a la descripción de unos 15 millones de
registros bibliográficos pertenecientes a unos 30 millones de ejemplares, fun­
damentalmente monografías (modernas y antiguas) y manuscritos. Resulta de
gran interés tanto por el periodo de cobertura indeterminado (no olvidemos
que algunas bibliotecas universitarias nacieron en la Edad Media) como por la
calidad científica de sus fondos, pues comprende las colecciones de 95 biblio­
tecas universitarias y especializadas. Permite la consulta sencilla y la avanzada
por campos del registro bibliográfico.
El Catálogo de las Bibliotecas Públicas es el catálogo colectivo de las bi­
bliotecas públicas del Estado que puede consultarse a través de la página wet
del Ministerio. En abril de 2016 contenía 14.529.656 registros bibliográficos
de 53 bibliotecas y de otras muchas de 17 redes de comunidades autónomas
más las dos ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Muchas de estas bibliote
cas contienen un fondo antiguo de gran interés para el historiador. La consulta
se tiene que hacer por campos del registro bibliográfico, aunque hay una prime
ra opción de “ cualquier campo” que busca en todos ellos.
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 87

El Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español responde a un


Trayecto conjunto del Ministerio de Cultura y las comunidades autónomas, de
accerdo con la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico, que describe y localiza
Erros y otros fondos bibliográficos depositados en bibliotecas e instituciones
scañolas públicas o privadas, que por su antigüedad, singularidad o riqueza
reman parte del Patrimonio Bibliográfico Español. En la actualidad la mayor
Tarte de los registros describen distintas ediciones de obras impresas entre los
sedos xv y xx (hasta 1958). En mayo de 2016 tenía 1.193.680 registros biblio-
p-ificos pertenecientes a 3.295.011 ejemplares de 814 bibliotecas, las mejores
reí país con fondo antiguo e histórico. La búsqueda puede hacerse por un cam­
po general o por “ búsqueda avanzada” .
El Catálogo Bibliográfico del CSIC es uno de los mayores catálogos colecti-
to s automatizados de España. Comprende los registros bibliográficos de las 63

Tibliotecas especializadas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas


idemás de 13 archivos científicos. También incluye cinco bibliotecas externas
pertenecientes a fundaciones relacionadas con la investigación (Residencia de
Estudiantes, Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Funda­
ción Ortega y Gasset, Fundación García Lorca y Museu de Ciencies Naturals
ie la Ciudadella). Entre todas estas bibliotecas poseen más de un millón y me­
dio de monografías en papel, 70.000 colecciones de revistas impresas, más de
200.000 libros electrónicos y alrededor de 9.000 títulos de revistas electrónicas,
además de mapas, fotografías, etcétera. El fondo antiguo está integrado por 12
incunables, 431 manuscritos y 11.361 obras anteriores al siglo xix y 60.780 de
ese siglo.
Por último, cabe mencionar otra base de datos que puede resultar de interés
para completar la información bibliográfica. Se trata de la base de datos de li­
bros editados en España (International Standard Book Number, ISBN), con la
descripción de los títulos editados desde 1972. Está gestionada por la Agencia
Española del ISBN. La calidad documental del producto no es buena, porque se
trata más de un registro de control hecho público a través de la web que de una
base de datos construida por profesionales con objetivos científicos. El propio
editor es quien proporciona los datos a través de un formulario de solicitud
del número normalizado. Aun con todo, nos permite acceder al conocimiento
de bibliografía publicada en España y, lo que tal vez resulta más original, al
precio de los libros y saber si están en venta o agotados. Existen dos opciones
de búsqueda: una sencilla f otra avanzada. Actualmente tiene alrededor de un
millón de registros.
La mayor parte de las bases de datos españolas tienen iniciativas parecidas
en los países más desarrollados. Entre las bases de datos generales de carácter
internacional destaca WorldCat, catálogo colectivo y en línea de OCLC que
comenzó a funcionar en 1971 con la contribución de 54 bibliotecas de Ohio.
Actualmente participan 72.000 de unos cien países. En su página web anuncia
88 M étodos de investigación histórica

“ dos billones de elementos disponibles” . A su cuantiosa colección de monogra


fías (273 millones en 2012) ha sumado en los últimos años multitud de recu:
sos web, artículos, etcétera. Permite una búsqueda sencilla y otra avanzada. Al
realizar la primera búsqueda, se despliega a la izquierda un menú con los tipo¡
de materiales, idiomas, y otras alternativas, para poder seleccionar por ellos.
Muchos de los documentos descritos están enlazados a su texto completo, so­
bre todo los artículos de las revistas electrónicas. El número de referencias, e
amplio periodo de cobertura y la posibilidad de localización de ejemplares pan
solicitar el préstamo interbibliotecario convierten a esta base de datos en une
de los principales títulos existentes en el mercado internacional.
Google Books es uno de los proyectos de digitalización más ambiciosos de
momento. En una base de datos en línea almacena trabajos en dominio públicc
y otros materiales sin derechos de autor para que puedan ser descargados ei
formato PDF. Además, convierte el texto por medio de reconocimiento óptice
de caracteres (OCR) para facilitar las búsquedas en el texto completo. Presenta­
do en 2004, en octubre de 2009 el número de libros digitalizados se encontraba
por encima de los 10 millones, aunque desde entonces el proyecto ha pasade
por dificultades legales que lo han paralizado durante varios años. En abril d;
2016, el Tribunal Supremo de Estados Unidos avaló Google Books al rechaza:
que viole las leyes de derechos de autor, como afirmaba el Sindicato de Autora
del país.
La base de datos internacional especializada en historia más interesante e<
Historical Abstracts. Se trata de un boletín de resúmenes que conforma una
importante bibliografía sobre la historia mundial desde 1450. Describe los ar­
tículos publicados desde 1953 en más de 2.690 revistas en unos 40 idiomas. S;
excluye expresamente la historia de Estados Unidos y Canadá, que está recog:
da en otra base de datos (America: History and Life).
Periodicals Archive Online es una base de datos que ofrece más de 700 tí­
tulos de revistas electrónicas a texto completo, es decir, supone un archivo d:
unos tres millones de artículos completos especializados en humanidades i
ciencias sociales.
La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) gestión:
para las universidades y centros de investigación españoles las licencias de la
dos principales bases de datos mundiales de referencias bibliográficas y cita:
de publicaciones periódicas: Web of Science, propiedad de Thomson Reuters
y Scopus, propiedad de Elsevier. Web of Knowledge ofrece información sobr:
el contenido de 12.000 revistas y libros de actas de congresos publicadas en 8(
países por 3.300 editores. A través de este portal se accede a bases de datos d¡
gran prestigio internacional, como Art & Humanities Citation Index, que facili
ta la descripción, resumen o texto completo de las principales revistas especial:
zadas en humanidades desde 1975, y Journal Citation Reports, que incluye JCF
Social Science Edition, con las revistas de mayor impacto del mundo. Entre ella
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 89

*e incluyen 87 revistas de historia que han adquirido la categoría JCR, máximo


galardón según el factor de impacto y visibilidad.
Scopus es una base de datos de resúmenes, citas de artículos de revistas
científicas y libros. Contiene alrededor de 60 millones de registros diversas ma­
terias, entre ellas humanidades y ciencias sociales, de más de 5.000 editores de
todo el mundo.

3.5. Las bibliotecas digitales

*The doors of the digital library never cióse” , apunta William Y. Arms (2000:
4-7) como principal rasgo de las bibliotecas digitales o virtuales. Pero podría­
mos añadir más: las puertas no solo no se cierran nunca, sino que no se cierran
a nadie. Para que pueda denominarse biblioteca, y no quede convertida en un
mero almacén de libros, aunque sus documentos sean digitales, hacen falta dos
componentes básicos de cualquier biblioteca: organización y servicios. Así, la
Ley 10/2007, de 22 de junio, de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas, define
a las bibliotecas digitales como “colecciones organizadas de contenidos digitales
que se ponen a disposición del público. Pueden contener materiales digitalizados,
tales como ejemplares digitales de fibros u otro material documental procedente
de bibliotecas, archivos y museos, o basarse en información producida directa­
mente en formato digital” . Para Sorli y Merlo (2000a: 91), la biblioteca digital
se configura sobre los mismos pilares de la biblioteca tradicional: colección,
organización y difusión.

En el caso de las bibliotecas digitales el marco es el mismo, ya que se trata


de formar colecciones de documentos electrónicos, organizarías con criterios
biblioteconómicos y ponerlas a disposición de los usuarios a quienes puede
interesar. No se trata tan solo de digitalizar textos, imágenes o sonidos y
ponerlos en red, sino que, además, es necesario un sistema de organización
de fondos y de acceso a ellos. Este detalle es lo que hace que muchas de las
llamadas bibliotecas digitales no sean más que colecciones de documentos
electrónicos.

Aunque la edición electrónica no es el final de la galaxia de Gutenberg, sino


que forma parte de ella, y áunque debemos crear la biblioteca del futuro sin
disminuir la biblioteca del pasado, los cambios que han traído las bibliotecas
digitales son importantes, tanto para sus profesionales como para los usua­
rios (Alía, 2005: 400):•

• Siguiendo la definición de biblioteca digital de Arms, las bibliotecas aho­


ra nunca cierran sus puertas. ¡Ni a nadie!
90 M étodos de investigación histórica

• Los usuarios, como las bibliotecas, no tienen fronteras ni barreras.


• El lector asume mayor protagonismo; de su actividad depende buenz
parte de la información localizada.
• El espacio virtual de la biblioteca, su web, cada vez adquiere más impor­
tancia, pues ya no es solo una pasarela a la colección, sino la colecciór
misma. De ser el medio publicitario de la biblioteca, ha pasado a cons-
tituir el medio esencial por donde se ofertan sus colecciones y servicios.
• Los materiales más valiosos de las bibliotecas, sus fondos históricos (li­
bros, manuscritos, cartografía, fotografías...) son ahora más asequibles
De estar encerrados con amplias medidas de seguridad han pasado ac­
tualmente, a partir del cambio de soporte, a ser los protagonistas de mu­
chas iniciativas de bibliotecas virtuales y de edición electrónica, tanto po:
su valor histórico como por la libertad de derechos de autor.
• La nueva biblioteca digital es una biblioteca transparente. Una buena y
completa biblioteca digital se asemeja a una buena y completa biblioteca
en libre acceso: todo está al alcance de la vista y de la mano, y esto et
información es decir mucho. Hojear el documento cuando y como st
quiera es uno de los mayores placeres del usuario, harto en muchos caso?
de mecanismos intermedios que normalmente no entiende, como los ca­
tálogos. El problema de la sociedad de la información no es la escasez de
información ni su transferencia, sino decidir qué es útil y correcto, y esto
se consigue mejor al exponer la documentación de forma libre y abierta,
y que el usuario protagonice la búsqueda informativa.
• La nueva biblioteca digital ha reforzado la cooperación. La biblioteca ha
pasado de la autosuficiencia que ha caracterizado a las tradicionales a la
cooperación y colaboración entre redes, sistemas y consorcios. La infor­
mación electrónica y el entorno digital y virtual hacen más fácil las cosas
más difíciles hasta ahora, como compartir recursos.
• Las bibliotecas virtuales están unificando los centros de información.
Cada vez se hace más difícil apreciar las fronteras entre una biblioteca
virtual y un archivo virtual. Las nuevas tecnologías están igualando los
servicios y fondos. La biblioteca digital ha incorporado a sus fondos el
único documento que no poseía entre sus materiales: el documento pri­
mario o de archivo.
• Las nuevas bibliotecas están constituyendo un importante acicate para
la investigación científica e informática. Las jornadas tanto a nivel na­
cional como internacional de carácter especializado en bibliotecas digi­
tales que se vienen desarrollando en los últimos años son una muestra:
en ellas se presentan aportaciones de bibliotecarios, informáticos, docu­
mentalistas y otros muchos científicos (filólogos, historiadores, antropó­
logos). Todos juntos investigando los nuevos desarrollos que la sociedad
de la información y del conocimiento demanda.
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 91

Pero no todo es tan positivo. El importante cambio producido en tan pocos


años por la introducción del soporte electrónico ha generado un alto grado de
confusión entre los bibliotecarios-documentalistas y usuarios de los servicios
de información automatizados. Este confusionismo viene dado, principalmen-
:e, por el exceso de información, por eso cada día se valora más la información
cmitada, pertinente y filtrada; por la convivencia de documentos (muchas veces
'os mismos) en distintos soportes, y por la variada gama de proyectos de biblio­
tecas virtuales, que en ocasiones repiten documentos. La sensación de confu­
sión y desconcierto ha llevado a algunos especialistas a hablar de “el desorden
digital” (Pons, 2013).
Las bibliotecas digitales tienen una limitación muy importante por la edad
de la documentación que comprenden, por eso la mayor parte de ellas se di­
rigen hacia obras del patrimonio y fondo antiguo, con más de setenta años
de antigüedad, con el fin de salvaguardar los derechos de autor. El Real De­
creto 1/1996, de 12 de abril, por el que se aprueba el texto refundido de la
ley de Propiedad Intelectual, establece en su artículo 26 que “los derechos de
explotación de la obra durarán toda la vida del autor y setenta años después
de su muerte o declaración de fallecimiento” . La extinción de los derechos de
explotación determinará su paso al dominio público. Las obras de dominio
rúblico, según el artículo 41, “podrán ser utilizadas por cualquiera, siempre
cae se respete la autoría y la integridad de la obra” . Las bibliotecas digitales que
•^producen obras actuales deben pagar importantes sumas por derechos de autor,
jo que limita su acceso generalmente hacia investigadores o personal especiali­
zado de la institución que las patrocina.
Entre los principales proyectos de bibliotecas digitales en España podemos
destacar varios, empezando sin duda alguna por la Biblioteca Digital His­
pánica, la biblioteca digital de la Biblioteca Nacional de España. Comenzó
i formarse en 2008 con diversos objetivos, entre ellos los de conservar y
difundir el patrimonio cultural español. En el momento de su presentación
ofrecía unas 10.000 obras. En mayo de 2016 incorporaba 177.754 títulos de
codas las materias y tipologías documentales: 71.802 monografías impresas;
12.850 manuscritos; 35.400 dibujos, grabados y fotografías; 31.211 partitu­
ras; 6.876 material cartográfico; 18.460 registros sonoros, y 1.155 de prensa
Y revistas.
La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes nació en 1999 a iniciativa de la
Universidad de Alicante y del Banco Santander. El objetivo de su creación era
ngitalizar las mejores y más representativas obras de autores clásicos de Espa­
ña y Latinoamérica. Está dividida en distintas áreas, entre las que destacan Bi-
rüoteca Española, Biblioteca Americana, Biblioteca Joan Lluís Vives, Bibliote­
ca das Letras Galegas, Historia, Archivos y Hemeroteca. La de Historia integra
terrales especializados sobre arqueología, historia antigua, Edad Media y la
rstoria moderna y contemporánea. Dedica monográficos a temas y personajes
92 M étodos de investigación histórica

como Cristóbal Colón, Isabel la Católica, la monarquía hispánica, la expulsión


de los jesuítas de los dominios españoles, la Constitución de Cádiz, los viajen»
españoles y el exilio español. Ha recopilado archivos particulares como los oc
Carlos Esplá y Mariano José de Larra.
La Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico nació como un proyecto
cooperativo del Ministerio de Cultura y las comunidades autónomas con d
objetivo de conservar y difundir los principales manuscritos y libros impre*,
sos que integran el patrimonio histórico español. Ha conseguido digitalizar
las colecciones de los monasterios de Santa María de Huerta, Santes Creus c
Poblet, depositadas en las bibliotecas públicas de Soria y Tarragona, respec-|
tivamente; la colección Borbón-Lorenzana, que se encuentra en la Biblioteca
de Castilla-La Mancha; las colecciones de impresos antiguos de las bibliotecas
públicas del Estado en Cádiz, Córdoba, León y Orihuela o las coleccione*
lulianas de la Biblioteca Pública del Estado en Palma de Mallorca. También
posee fondos sobre la guerra de la Independencia y de la independencia de las
repúblicas latinoamericanas procedentes de la Biblioteca Central Militar y dr
la Biblioteca Hispánica, respectivamente. En total, hay obras procedentes de 10"
bibliotecas.
La Real Academia de la Historia tiene una biblioteca-archivo especializada
en códices, incunables, manuscritos e impresos desde la Edad Media hasta la
actualidad. Resulta un fondo fundamental para el estudio y la investigación
de la historia de España y de Iberoamérica. De este fondo, 22.838 obras estár
digitalizadas a texto completo.
Además de estas de carácter nacional hay numerosos proyectos de bibliote­
cas digitales de ámbito regional, provincial y local, y otros muchos de biblio­
tecas especializadas, sobre todo universitarias y del CSIC, y de organizaciones
culturales, científicas, etcétera. De los primeros podemos mencionar los siguien­
tes: Biblioteca Virtual de Andalucía, Biblioteca Virtual de Aragón, Biblioteca
Virtual del Principado de Asturias, Biblioteca Digital de Castilla-La Mancha
(de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha), Biblioteca Virtual de
Castilla-La Mancha (iniciativa del Centro de Estudios de Castilla-La Mancha
de la Universidad de Castilla-La Mancha), Biblioteca Digital de Castilla y León.
Biblioteca Digital de Catalunya, Biblioteca Virtual Galega, Biblioteca Digital
de la Comunidad de Madrid, Biblioteca Navarra Digital, Biblioteca Valenciana
Digital y Liburuklik: Biblioteca Digital Vasca.
A nivel internacional podemos resaltar algunas de sumo interés para los
historiadores por sus fondos históricos especializados, que en diversas ocasio­
nes tienen también relación con la historia de España. La Biblioteca Digital
Mundial, iniciativa de la Unesco, pone desde 2009 a disposición de los investi­
gadores, en formato multilingüe, importantes materiales (documentos, manus­
critos, libros raros, mapas, fotografías, etc.) fundamentales de culturas de todo
el mundo.
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital 93

American Memory, la biblioteca digital de la Biblioteca del Congreso de los


Litados Unidos, contiene más de cien colecciones sobre la historia y la cultura
imericana. Más de nueve millones de documentos, sobre todo manuscritos,
npresos antiguos, libros modernos, fotografías, registros sonoros y mapas.
Pira la historia de España podemos destacar las colecciones referidas a la
ruerra hispano-americana de 1898 y el portal “ Spain, the United States, &
ne American Frontier: Historias Paralelas” . Este último, realizado en cola-
oración con la Biblioteca Nacional de España y la Biblioteca Colombina y
Capitular de Sevilla, se dedica a la historia de la expansión española a partir
ae 1492 en América del Norte, Florida, Georgia y las Carolinas a través del
continente, de Luisiana y Tejas al sureste, California y Alaska. Se incluyen
rapas, manuscritos, cartas, ediciones antiguas de libros impresos, grabados y
:tros materiales ilustrados.

3.6. Los repositorios y los recolectores de documentación digital

Un repositorio es un sitio centralizado (depósito) donde se almacena y man-


~ene documentación digital. Se trata de un mero almacén de información, sin
:rganización ni servicios, por lo que no debe confundirse con una biblioteca
digital. Normalmente son promovidos por algunas instituciones como un serví-
no adicional para el investigador, al incluir en él los trabajos de sus profesores
; investigadores con el fin de aumentar su visibilidad e índice de impacto.
Los repositorios institucionales se han desarrollado en los últimos años ge­
nialmente ligados a las universidades y centros de investigación. En España
destaca Digital.CSIC, repositorio científico multidisciplinar de documentos di-
g^ales que recoge los resultados de la labor investigadora realizada en todos
1 cada uno de los centros e institutos del Consejo Superior de Investigaciones
Uentíficas, en acceso abierto; un conjunto de más de 120.000 trabajos. Digital.
L5IC se creó en 2006 como resultado de la firma de la Declaración de Berlín
ccc parte de la presidencia del CSIC mediante la que este organismo se compro­
metió a difundir la investigación de su comunidad científica en acceso abierto.
Lite repositorio ha comenzado 2016 en el puesto 19 en la clasificación mundial
ce repositorios institucionales de un total de 2.297.
Recolector es un servidor externo a los repositorios o bibliotecas digitales
míe permite que el usuario busque, localice y acceda a través de una única
nterfaz y de forma simultánea a la información y los materiales depositados
=r varios de ellos. El recolector no contiene documentos originales, solo sus
retadatos, y dirige al usuario al repositorio correspondiente para la consulta
aá documento original completo. Para los repositorios o bibliotecas digitales
cpone un gran avance porque consigue incrementar notablemente la visibili­
dad de su documentación, y para los usuarios de información también porque
94 M étodos de investigación histórica

con un único sistema de búsqueda trabaja sobre distintas plataformas y obtien


multitud de documentos adicionales a los que conseguiría consultando de un¡
en una. Se puede decir que los recolectores digitales ofrecen las mismas ventaja
que los catálogos colectivos en las bibliotecas. El amplio desarrollo de las tec
nologías de la información, la necesidad de cooperación para ofrecer mejore
servicios y el desarrollo de diversos aspectos técnicos documentales, como la
metadatos, han posibilitado el nacimiento y rápido crecimiento de estas herré
mientas imprescindibles para la búsqueda y consulta de documentación dígita.
En España destaca Hispana, que reúne las colecciones digitales de archivos
bibliotecas y museos españoles. Entre las colecciones que recolecta destacan lo
repositorios institucionales de las universidades españolas y las bibliotecas digi­
tales de las comunidades autónomas, que ofrecen acceso a conjuntos creciente
de todo tipo de materiales (manuscritos, libros impresos, fotografías, mapas
etc.) del patrimonio bibliográfico español. Hispana también incorpora los cor
tenidos de CER.es, el catálogo colectivo de la Red Digital de Colecciones d
Museos de España. Esta red reúne museos que comparten un sistema unificad:
de documentación y gestión de sus colecciones. Hispana actualmente ofrec
acceso a 6.339.131 objetos digitales procedentes de 207 repositorios. Adema
ofrece el “ directorio de colecciones digitales de España” , una herramienta mu1
útil para el investigador porque le facilita información de los principales pro
yectos de digitalización que se están llevando a cabo (más de 600) y para lo
centros de información y documentación porque permite la coordinación y ev)
ta la digitalización de obras repetidas y el establecimiento de una estrategia
común de las distintas administraciones y entidades privadas ante el reto de L
digitalización.
Hispana además de recolector español es el agregador nacional de conte
nidos a Europeana, el recolector promovido desde 2008 por la Comisión Eu
ropea con la pretensión de convertirse en la gran biblioteca digital de Europa
multilingüe y multicultural, en la “ plataforma del patrimonio cultural europeo
(Ramos y Arquero: 2014). Actualmente facilita el acceso a más de 50 millone
de objetos digitales. Europeana utiliza la denominada “web semántica” (Mo
yano: 2013) que transforma el concepto tradicional de web, entendida comí
recursos, por un modelo de acceso a datos, independientemente de los sis
temas, recursos o direcciones donde se ubiquen, gracias a la coexistencia d
información destinada a seres humanos y a máquinas (metadatos o metainfoi
mación) en el mismo objeto. Un recurso, además de estar localizado en la rec
está definido e identificado, lo que permite a las máquinas saber qué es y cóm
ofrecerlo. La esencia de la web semántica consiste en acompañar a la informa
ción de descripciones explícitas de su significado, descripciones de su estructur
interna y descripciones globales de relaciones y contenido.
Otra de las más interesantes iniciativas es Recolecta o Recolector de Cienci
Abierta, plataforma que agrupa a todos los repositorios científicos nacionale
De la biblioteca tradicional a la biblioteca digital

y que provee de servicios a los gestores de repositorios, a los investigadores y a


los agentes implicados en la elaboración de políticas públicas de investigación.
Este recolector nació fruto de la colaboración, desde 2007, entre la Fundación
Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) y la Red de Bibliotecas Uni­
versitarias (REBIUN) de la CRUE con el objetivo de crear una infraestructura
nacional de repositorios científicos de acceso abierto. Actualmente ofrece do­
cumentación digitalizada de 80 repositorios. Sus objetivos, como explica en su
página web, son:•

• Impulsar y coordinar la infraestructura nacional de repositorios científi­


cos digitales de acceso abierto y garantizar que sean interoperables según
los estándares de la comunidad mundial.
• Promover, apoyar y facilitar la adopción del acceso abierto por todos los
investigadores de las universidades y centros de I+D españoles, principa­
les productores de conocimiento científico en nuestro país.
• Dotar de una mayor visibilidad tanto nacional como internacional a los
resultados de la investigación que se realiza en España.
El archivo, principal
laboratorio de investigación

4.1. Los archivos y sus documentos

la Ley del Patrimonio Histórico Español de 1985 define los archivos como
‘‘ conjuntos orgánicos de documentos, o la reunión de varios de ellos, reunidos
ror las personas jurídicas, públicas o privadas, en el ejercicio de sus actividades,
al servicio de su utilización para la investigación, la cultura, la información y
a gestión administrativa” . Asimismo, archivos son las instituciones culturales
conde se reúnen, conservan, ordenan y difunden para los fines anteriormente
“ endonados.
La producción documental tiene un fin en sí mismo: resolver asuntos de la
actividad humana en sus múltiples actividades. El documento es el testigo de
esos asuntos y de las relaciones de comunicación que se han tenido que esta-
decer para ello. “El documento es, esencialmente, comunicación y testimonio
ie esa comunicación” (Núñei, 1999: 113). El documento de archivo constituye
a fuente principal de información del trabajo del historiador, aunque por sí
nismo no habla; hay que saber interrogarle para que nos cuente cosas. Los
archivos hablan, pero solo si se les pregunta. Al acercarse al archivo, el histo­
riador debe tener primero claro sus hipótesis y objetivos de la investigación,
rorque estos serán los que le ayuden a delimitar sus búsquedas. También es
recesado antes de consultar la documentación archivística leer la bibliografía
98 M étodos de investigación histórica

principal del tema que se investiga, conocer el estado del conocimiento en ese;
momento para así apreciar mejor lo novedoso de lo que no lo es; lo importan^
de lo intrascendente. Puede que entre tanta información contenida en cualquier
archivo se vean documentos de gran interés, que llamen la atención... pero para
el investigador el interés del documento solo radica en su capacidad para dar
respuesta a nuestros numerosos interrogantes.
También es recomendable como paso* previo a la consulta archivística co­
nocer las características del documento de archivo; los objetivos, funciones v
organización archivística; los instrumentos de descripción que realiza el archi­
vero con el fin de informar al usuario de la información que contiene el archiva]
En suma, resulta imprescindible una buena preparación antes de poner camir.:
hacia el archivo.
En la sociedad actual, dominada por Internet y la digitalización, el histo­
riador debe saber el estado actual de la documentación digitalizada y de lz
informatización de los instrumentos de descripción, pues si no puede llevarst
muchos desengaños y, lo que es más importante, fallar en muchas estrategias de
búsqueda. Son millones y millones los documentos que conservan los archivos:
tantos que en todos ellos el volumen de la documentación no se cuenta por
unidades documentales, sino por metros o kilómetros lineales de estantería quí
ocupan. De toda esa ingente masa documental es muy poca la que se ha digitali­
zado y puesta al servicio libre en Internet. Al historiador, que nadie se engañe, le
quedan muchos años todavía de tener que ir deambulando archivo por archiva
La investigación desde el despacho es aún muy limitada. Mucho se ha avanza­
do en los últimos años, pero queda muchísimo camino por recorrer. Lo mismo
sucede con la descripción de los documentos a través de los inventarios y los
catálogos automatizados que nos permiten acceder a su conocimiento desde e'
ordenador, a través de la web. Algo se está consiguiendo, pero la cantidad dt
documentos es tan enorme y los recursos necesarios para realizarlo son tantos
que aún faltan muchos años para conseguir búsquedas exhaustivas sin salir de-
despacho.
El documento de archivo, definido como “ ejemplar en cualquier soporte,
testimonio de las actividades y funciones de las personas físicas y jurídicas,
públicas o privadas” por el Real Decreto 1708/2011 que establece el Sistema
Español de Archivos, está caracterizado, como cualquier otro documento, por
elementos como el soporte, la información y el registro, pero posee, además,
ciertos elementos diferenciadores, como apunta Cruz Mundet (2001: 97):

• El carácter seriado: los documentos se producen uno a uno y con el paso


del tiempo constituyen series (correspondencia, actas, etc.).
• La génesis: los documentos se producen dentro de un proceso natural de
actividad, surgen como producto y reflejo de las tareas de su productor,
no son algo ajeno a él.
El archivo, principal laboratorio de investigación 99

• La exclusividad: la información que contiene rara vez se encuentra en


otro documento con idéntica extensión e intensidad; es exclusiva (salvo
en las copias).
• La interrelación: las piezas aisladas (documentos sueltos) generalmente
no tienen mucho sentido por sí mismas; su razón de ser viene dada por
su pertenencia a un conjunto -la unidad archivística o expediente- y
por las relaciones establecidas entre sí.

El documento de archivo puede ser singular y único (pieza documental) o


compuesto (unidad archivística). Esta constituye una agrupación de documen­
tos que no deben ser separados porque responden a una tramitación adminis­
trativa que hay que respetar y da unidad al conjunto. Unidades archivísticas son
ios expedientes. El expediente es un conjunto de documentos que se forma para
resolver un determinado asunto o materia. La mayor parte de los documentos
que consultamos en un archivo se nos presenta bajo esta forma. Sus componen­
tes estructurales son:

• Carpetilla o guarda exterior: contiene y agrupa los documentos. Puede


o no contener información, como el nombre de la oficina tramitadora,
fecha de iniciación y de finalización, resumen del asunto, número de do­
cumentos y signatura de instalación.
• Extracto o resumen: elaborado por la oficina que lo ha tramitado, sinte­
tiza el contenido y asunto de referencia.
• Relación de contenido: breve descripción de cada documento, con su
fecha y número de orden.
• Documentos: se producen e insertan de manera sucesiva en el transcurso
de la tramitación. Por su tradición pueden ser originales (en principio,
no han sido elaborados en la oficina, sino recibidos del exterior), no
originales (suelen corresponder a la oficina tramitante, y se conservan a
efectos de referencia) o marginales (tales como diligencias y notas). Por
su contenido pueden tratarse de documentos esenciales (recogen la in­
formación más cualificada del procedimiento administrativo: informes,
dictámenes, resoluciones, etc.) o de enlace (su finalidad es servir de nexo
y dejar constancia de los trámites realizados: oficios de remisión, notas
internas, etc.).
«
A veces se han reunido para su conservación documentos sueltos que no
~;sponden a un único proceso administrativo, pero que se refieren al mismo
rsunto o tema, que es lo único que les da unidad. Es lo que se denomina dosier.
Aparte de este, entre el documento simple (pieza documental) y el expediente
íxiste un estadio intermedio que es el documento principal con anejos. Por
=emplo, una carta acompañada de algún documento al que se alude en ella.
El archivo, principal laboratorio de investigación 99

• La exclusividad: la información que contiene rara vez se encuentra en


otro documento con idéntica extensión e intensidad; es exclusiva (salvo
en las copias).
• La interrelación: las piezas aisladas (documentos sueltos) generalmente
no tienen mucho sentido por sí mismas; su razón de ser viene dada por
su pertenencia a un conjunto -la unidad archivística o expediente- y
por las relaciones establecidas entre sí.

El documento de archivo puede ser singular y único (pieza documental) o


compuesto (unidad archivística). Esta constituye una agrupación de documen­
tos que no deben ser separados porque responden a una tramitación adminis­
trativa que hay que respetar y da unidad al conjunto. Unidades archivísticas son
jos expedientes. El expediente es un conjunto de documentos que se forma para
resolver un determinado asunto o materia. La mayor parte de los documentos
cue consultamos en un archivo se nos presenta bajo esta forma. Sus componen­
tes estructurales son:

• Carpetilla o guarda exterior: contiene y agrupa los documentos. Puede


o no contener información, como el nombre de la oficina tramitadora,
fecha de iniciación y de finalización, resumen del asunto, número de do­
cumentos y signatura de instalación.
• Extracto o resumen: elaborado por la oficina que lo ha tramitado, sinte­
tiza el contenido y asunto de referencia.
• Relación de contenido: breve descripción de cada documento, con su
fecha y número de orden.
• Documentos: se producen e insertan de manera sucesiva en el transcurso
de la tramitación. Por su tradición pueden ser originales (en principio,
no han sido elaborados en la oficina, sino recibidos del exterior), no
originales (suelen corresponder a la oficina tramitante, y se conservan a
efectos de referencia) o marginales (tales como diligencias y notas). Por
su contenido pueden tratarse de documentos esenciales (recogen la in­
formación más cualificada del procedimiento administrativo: informes,
dictámenes, resoluciones, etc.) o de enlace (su finalidad es servir de nexo
y dejar constancia de los trámites realizados: oficios de remisión, notas
internas, etc.).
«

A veces se han reunido para su conservación documentos sueltos que no


“ísponden a un único proceso administrativo, pero que se refieren al mismo
istmio o tema, que es lo único que les da unidad. Es lo que se denomina dosier.
Aparte de este, entre el documento simple (pieza documental) y el expediente
existe un estadio intermedio que es el documento principal con anejos. Por
remplo, una carta acompañada de algún documento al que se alude en ella.
100 M étodos de investigación histórica

Los documentos se reúnen en agrupaciones naturales (históricas) o artificia­


les (resultado de la voluntad del archivero o del donante). Entre las primera
podemos mencionar las siguientes:

• Fondo: engloba la totalidad de la documentación producida y recibías


por una institución; por lo que fondo se puede identificar con un archiva!
• Sección: se trata de una subdivisión del fondo identificada con la produc­
ción documental de una unidad o división administrativa o funcional a:
la institución que produce el fondo.
• Serie: cada sección se divide en series formadas por piezas documéntala
o unidades archivísticas, que son el testimonio documental y continuada
de actividades repetitivas desarrolladas por un órgano o en virtud de ura
función.

4.2. Los objetivos y la organización de los archivos

En la etapa prearchivística el objetivo del archivo es recoger la documentación.


La principal forma de ingreso de los documentos en los archivos es la transfe­
rencia, el paso gratuito, programado y preparado de la documentación de une
institución u organización al archivo. El documento, en contra de lo que se
piensa, viaja, pasa de una unidad administrativa al archivo, y de un archivo ¿
otro, según la edad de la documentación, hasta “ reposar” definitivamente en c£
archivo histórico. Una vez comprobada la documentación y firmada el corres­
pondiente acta de recepción, el archivo ya es el nuevo propietario y responsable
de los documentos recibidos. Y con ellos corresponde actuar para cumplir cor
los dos objetivos de la etapa plenamente archivística:•

• L a conservación: el fin y el objetivo fundamental del archivo y del ar­


chivero es conservar la documentación. Una vez recogidos y recibidos
los documentos, el archivero debe guardar y conservar materialmente la
documentación sobre la que más tarde hará una valoración y selecciói
para decidir la que conserva de manera definitiva. La conservación debe
estar presidida por la seguridad y el orden y tiene dos perspectivas: una
referida a las instalaciones (edificios, estanterías, etc.) y a la prevención r
restauración, y otra a la organización documental (clasificación y ordena­
ción). Esta permite organizar la conservación para el siguiente objetivo.
• La difusión de la información: archivos y archiveros no deben olvida:
nunca que la conservación solo tiene sentido para informar. Difícilmentr
se puede informar sobre algo que no existe, efectivamente, pero la con­
servación solo tiene sentido si sirve para algo, y ese algo es cubrir la-
demandas informativas de la sociedad, misión que corresponde en esta
El archivo, principal laboratorio de investigación 101

materia al historiador. La razón de ser del archivo está en facilitar la ges­


tión administrativa e institucional y la investigación científica.

La organización interna de un archivo responde tanto a la necesidad de


proporcionar una estructura lógica al fondo documental como de facilitar la lo­
ralización de los documentos. El primer fundamento teórico de la organización
archivística es el principio de procedencia o respect des fonds, creado por el ar­
chivero e historiador francés Natalis de Wally, jefe de la sección administrativa
ie los Archivos Departamentales del Ministerio del Interior en 1841. Este siste-
na, enriquecido con el Registraturprinzip (término coetáneo que disponía que
j o s documentos de cada fondo debían mantenerse en el orden que les hubiera

cado la oficina de origen) vino a acabar con otros basados en criterios ideológi­
cos, cronológicos o temáticos, que provocaban la mezcla de unos documentos
con otros, en virtud de su adscripción a temas, lugares o fechas, criterios en
ruena parte de los casos muy variables, subjetivos y de dudosa utilidad.
La organización archivística se realiza mediante tres operaciones:

• Clasificar los fondos: se trata de reunir los documentos en función de su


procedencia, es decir, del autor, de las acciones o fines para los que fue­
ron creados o del asunto o tema que traten. Así, pueden ser de tres tipos:
clasificación orgánica (las series se agrupan de acuerdo con las diferentes
divisiones administrativas o estructura orgánica de la entidad), clasifica­
ción funcional (toma en consideración las funciones de la entidad que ha
generado el fondo), y clasificación por materias (resultado del análisis
del contenido de los documentos, es decir, del asunto o materia sobre la
que tratan, según el archivero). La más utilizada es la segunda, porque
se sustenta en la naturaleza de los documentos, de acuerdo con la cual
define las series; evita, como en el primer caso, las dificultades que entra­
ñan los constantes cambios de la Administración. La menos utilizada, la
tercera, porque se antoja como el sistema más subjetivo e independiente
del proceso que da lugar a los documentos.
• Elaborar el cuadro de clasificación: consiste en un esquema de la clasifi­
cación en el que se evidencia la estructuración dada al fondo. Refleja las
funciones y las actividades de una organización, funciones que generan la
creación o la recepción de documentos. El cuadro de clasificación supone
una estructuración jerárquica y lógica de los fondos (de lo general a lo
concreto) y los agrupa según su acción, función y actividad.
• Ordenar los documentos: una vez clasificado el fondo, se tienen que or­
denar los documentos dentro de cada agrupación o serie documental. Se
trata de una tarea material que consiste en relacionar unos elementos con
otros, de acuerdo con un criterio establecido de antemano, principalmen­
te cronológico o alfabético (nombres de personas, de lugares o materias).
102 M étodos de investigación histórica

4.3. Los instrumentos de descripción

El archivero pone sus fondos a disposición del investigador a través de la des­


cripción de sus fondos mediante la elaboración de lo que se denomina instr,la­
mentos de descripción. La descripción es el análisis realizado por el archiven
sobre los fondos y los documentos de archivó agrupados natural o artificia,
mente, a fin de sintetizar y condensar la información para ofrecerla a los intere
sados. Equivale a dar al documento de archivo o sus agrupaciones sus señas ce
identidad, aquellos rasgos que los definen con precisión (eligiendo los elemer-
tos que mejor los identifiquen) y que permitirán y facilitarán la comunicado:
(consulta y recuperación). La descripción, por tanto, es el puente que com una
el documento con el investigador (Heredia, 1995: 299-300).
La descripción de los documentos constituye la culminación del traba-:
archivístico. La clasificación y ordenación de los documentos conservados not
lleva a la necesidad de su descripción con el fin de difundir la informador
que contienen. La base de todo sistema documental de descripción es la nor­
malización. El campo de la archivística ha estado tradicionalmente menos
normalizado que el de las bibliotecas, donde en casi todo el mundo rigen I2.
mismas normas desde hace muchos años. El intento más efectivo al respecto es
el Proyecto ISAD (G): Norma Internacional General de Descripción Archivís-
tica, auspiciado por el Consejo Internacional de Archivos (CIA). Sus inicios sí
remontan a 1990, cuando se decidió elaborar una norma general. En 1995
se aprobó, aunque se estableció un periodo de cinco años para contrastz:
su validez. En 1999 el Comité de Normas de Descripción adoptó ¡a versiór
definitiva a partir de las sugerencias presentadas desde varios países, y fuí
aprobada de forma definitiva en el marco del XIV Congreso Internación:,
de Archivos celebrado en Sevilla en septiembre del año 2000. Esta norma in­
ternacional necesita para su adecuada aplicación el complemento de norma?
nacionales que resuelvan la casuística producida por su interpretación, fase er
la que estamos en la actualidad, aunque el uso de la ISAD (G) se está felizmen­
te generalizando. En España la adaptación a esta normativa internacional se
denomina Norma Española de Descripción Archivística (NEDA), proyecto
ambicioso y conjunto de la administración archivística estatal, autonómica t
redes de archivos que se está implantando en varias fases con objetivos deter­
minados (Oliva, 2013).
Los elementos de descripción previstos por la ISAD (G) son 26, aunque solo
seis de ellos son considerados obligatorios e imprescindibles:•

• Área de identificación: incluye el código de referencia o signatura, que


sirve para localizar la ubicación de los documentos; el título que iden­
tifique la unidad de descripción transcribiendo el nombre si lo tiene o
asignándole uno si no lo tiene; la fecha, expresada como una fecha simple
El archivo, principal laboratorio de investigación 103

o como un periodo cronológico, indicando las fechas extremas, según los


casos, separadas por un guión (sobre todo en el caso de los expedientes,
cuyos documentos deben ordenarse por orden de tramitación); el nivel
de descripción, indicando el nivel de la unidad (expediente, serie, etc.), y
el volumen y soporte de la unidad de descripción, en el que debe especi­
ficarse el volumen de las unidades en cifras arábigas y la denominación
específica del soporte documental.
• Área de contexto: se compone del nombre del productor o productores
de la unidad de descripción, el cual se señala siempre que no aparezca en
el título; la historia institucional o breve reseña biográfica del productor
de la documentación; la historia archivística por la que se proporciona
información sobre los cambios de propiedad y custodia más significa­
tivos de la unidad de descripción, y la forma de ingreso, que señala la
procedencia, método y fecha de ingreso.
• Area de contenido y estructura: contiene el alcance y contenido, que
identifica la forma y contenido de la unidad de descripción para lo
que los investigadores juzguen su interés potencial (en los expedientes
debe incluirse una relación de contenido de todos los documentos); la
valoración, selección y eliminación, que se proporciona cuando se ha
producido alguna acción de este tipo que afecte a la interpretación de
los documentos; los nuevos ingresos, por los que se informa sobre el
cambio de volumen de la unidad en concepto de ingresos, transferencias
o depósitos adicionales, y la organización, que ofrece datos relativos a la
organización de la unidad.
• Área de condiciones de acceso y utilización: comprende las condiciones
de acceso, que informan de las posibles restricciones indicando el perio­
do de tiempo o la fecha límite de tales condiciones; las condiciones de
reproducción, donde se informan de las normas al respecto; la lengua o
escritura de los documentos, en la que se especifican, además de las len­
guas, los tipos de escritura y sistemas de símbolos utilizados; las caracte­
rísticas físicas y requisitos técnicos, que proporcionan información sobre
aquellas que afectan a la utilización de la unidad, y los instrumentos de
descripción, donde se indican todos cuantos proporcionen información
relativa al contenido de la unidad de descripción.
• Area de documentación asociada: consta de la existencia y localización
de los documentos originales, que se identifica cuando la unidad de des­
cripción sea una reproducción; la existencia y localización de copias, in­
dicando el nuevo soporte y la ubicación; unidades de descripción rela­
cionadas, por si la unidad de descripción está formada por documentos
que tengan una relación directa e importante con otra unidad, y nota de
publicaciones, donde se identifican las publicaciones que se hayan basa­
do en la utilización, estudio o análisis de la unidad de descripción.
104 M étodos de investigación histórica

• Área de notas: las notas aportan información adicional que no se pued


incluir en ninguno de los elementos de descripción definitivos, pero qu;
sin embargo, se consideran importantes. La nota del archivero identifia
al autor de la descripción; las reglas o normas indican la normativa en i¡
que se basa la descripción, y la fecha de la descripción sirve para indica
la fecha de elaboración o revisión de la descripción.
»

Posteriormente se ha publicado una norma internacional complemento á


la ISAD (G): la ISAAR (CPF), “Norma Internacional sobre Encabezamiento!
Autorizados Archivísticos para Entidades, Personas y Familias” . Sirve pan
establecer los encabezamientos autorizados que describan las entidades, per
sonas o familias que aparezcan como productores en la descripción, enviand:
referencias de los no aceptados a los primeros. Estos encabezamientos auto­
rizados son entradas o puntos de acceso a la información, registros de autori­
dades con nombres de persona, organismos, funciones, geográficos, material
acrónimos, etcétera, muy similares a los desarrollados en las bibliotecas a;
todo el mundo.
A través de la descripción archivística, el archivero elabora los instrumente
de descripción, que son tres: la guía, el inventario y el catálogo. La guía pro­
porciona información sobre todos o parte de los fondos de uno o más archivos,
describe de forma general las grandes agrupaciones documentales, esboza k
historia de los organismos productores y facilita información auxiliar acercr
del archivo o archivos tratados, así como de los servicios que ofrecen. Las guías,
por tanto, tienen la misión de orientar, haciendo valoraciones globales y desta­
cando lo más importante. Esta orientación puede darse sobre un solo archive
o conjunto de documentos (guía especial) o sobre un conjunto temático o geo­
gráfico de archivos (guía general). José Ramón Cruz (2001) ha establecido una
nueva clasificación, que creemos no acaba con la anterior -seguida entre otros
por Theodore Schellenberg y Antonia Heredia-, sino que la complementa. Di­
ferencia los siguientes tipos de guías:•

• Censo-guía: se utiliza para informar acerca de un gran número de archi­


vos, como pueden ser todos los de un país o una región.
• Guía de fuentes: recopila datos de todos los fondos documentales qut
contengan información relativa a un tema o a un área geográfica deter­
minada.
• Guía orgánica: recoge información de varios archivos relacionados por
su pertenencia a un organismo determinado, ya sea nacional o interna­
cional.
• Guía de archivo: centra su atención en un único archivo, posea uno o
más fondos. La información que proporciona sobre su historia, organi­
zación y contenido es más detallada.
El archivo, principal laboratorio de investigación 105

El inventario se realiza sobre un fondo documental o una sección de archivo


o de fondo para describir las unidades que componen las series documentales,
dispuestas según el orden que tienen en el cuadro de clasificación y reprodu­
ciendo su estructura. El inventario presenta variedades más o menos abundan­
tes según los países y según los autores. En Francia distinguen el numérico, el
sumario y el analítico. En Italia lo reducen al sumario y analítico. En España,
Antonio Matilla distingue entre esquemático, sumario, analítico y analítico de
resúmenes. María del Carmen Pescador habla de cuatro tipos: somero, des­
criptivo, analítico y mixto. Para Antonia Heredia solo existe uno: el inventario
como tal. José Ramón Cruz establece dos tipos:

• Inventario somero: describe las unidades de instalación. Se usa de for­


ma interna como procedimiento de control sobre las existencias. Para
los investigadores apenas tiene importancia porque ofrece una informa­
ción excesivamente genérica y apenas les orienta acerca de la documen­
tación que pueden encontrar. A pesar de las carencias, por su función
controladora se constituye en un primer procedimiento para la descrip­
ción de grandes volúmenes documentales.
• Inventario analítico: describe las unidades archivísticas, los expedientes.
Detalla los fondos con mayor profundidad al descender hasta los expe­
dientes, y ofrece información suficiente para localizar la documentación
en el tiempo, en su ubicación física y conocer su organización.

El catálogo tiene la finalidad de describir exhaustivamente las piezas docu­


mentales (documentos sueltos) y las unidades archivísticas (expedientes), tanto
en sus caracteres internos como externos. Dada su especialización, suele apli­
carse a grupos de documentos que presentan un interés especial o limitado a un
periodo cronológico concreto, pero no a una agrupación documental (fondo,
sección, serie), salvo que sea muy pequeña. Partiendo del tipo de ordenación
que requiera la serie catalogada, Antonia Heredia (1995) establece dos tipos de
catálogo:

• Catálogo cronológico: es el más frecuente, como consecuencia lógica de


que la ordenación de ese tipo es la más usual.
• Catálogo alfabético: se utiliza en aquellas series que requieren una orde­
nación alfabética, porque interese destacar el nombre de la persona, el
lugar geográfico o la materia. En estos casos el dato onomástico o geo­
gráfico encabezará la ficha, en lugar de la fecha.

Como trabajo del archivero, a estos instrumentos de descripción se vienen a


sumar los considerados como instrumentos de control, de uso interno del servi­
cio, que pueden dividirse en dos tipos, según María del Carmen Pescador (1993):
106 M étodos de investigación histórica

• Sobre el contenido: registro de fondos, relaciones de entrega, relaciones


de contenido e inventario cuantitativo de los fondos.
• Sobre el servicio: registro de usuarios, identificación de usuarios y bole­
tines de consulta.

Hasta hace pocos años la planificación de la búsqueda documental se debú


hacer a partir de la consulta de guías impresas que editaban los archivos o con­
juntos de ellos con el fin de ofrecer una información general sobre sus fondos
y servicios. Había algunas iniciativas que intentaban informar del conjunto <k
archivos, como la de Francisco José Gallo León: Archivos españoles. Guía de.
usuario (Madrid: Alianza, 2002). En ella se incluían casi 400 archivos tanto pú­
blicos, como semipúblicos, como privados. Una vez consultados en las biblio­
tecas los instrumentos de descripción editados correspondía acudir al archive
seleccionado para manejar allí mismo todo su repertorio de instrumentos cfc
descripción impresos.
En la actualidad, la web ha revolucionado el acceso a la información y docu­
mentación archivística. Ahora apenas se publican guías, inventarios o catálogos
impresos. Las guías han sido suplidas por la información que aparece en La
portada de la página web de cada archivo, constantemente actualizada, sobrí
su historia, fondos, servicios, horarios y actividades.
En conjunto, la mejor iniciativa para el conocimiento general de los archi­
vos españoles es el Censo-Guía de Archivos de España e Iberoamérica. Se trata
de una guía electrónica y directorio de archivos españoles e iberoamericanos,
elaborada a iniciativa del Ministerio de Cultura de España, que permite a los
investigadores la localización de los centros de archivo, así como los fondos y
colecciones que custodian y los servicios que prestan. El Censo-Guía es un ins­
trumento interno de control, enfocado a la defensa del patrimonio documenta
y también un instrumento de difusión básico para el conocimiento de los archi­
vos por parte de la Administración, los ciudadanos y los usuarios.
Desde el punto de vista de los contenidos, el Censo-Guía proporciona infor­
mación sobre:

• Los Archivos, es decir, la institución, unidad administrativa o persona


privada encargada de la custodia y servicio de la documentación. Se trata
de un directorio de 36.035 archivos de España y 15.803 de Iberoamérica
• Los fondos/colecciones documentales que custodia cada archivo, descri­
tos de acuerdo a las normas ISAD-G.
• El fichero de autoridades con información de contexto sobre los produc­
tores de la documentación.

La descripción pormenorizada de los fondos puede seguirse a través de


distintos instrumentos publicados en la web de cada archivo. El primero, más
El archivo, principal laboratorio de investigación 107

eeneral, es el cuadro de clasificación, un instrumento de descripción interno


rué los archiveros hacen público por la utilidad que pueden tener para que
d. investigador comprenda rápidamente la estructura y contenido general del
rondo. Hay archivos que además ofrecen la posibilidad de buscar y localizar
rocumentación a través de inventarios o catálogos automatizados. No hay
—uchos, porque la descripción informatizada de series y de documentos sim­
pes o compuestos no ha avanzado mucho, por el elevado número de docu­
mentos que conservan la mayor parte de ellos y la insuficiencia de personal
rara abordar el trabajo. En el caso de que no se encuentren estos instrumentos
más especializados en la red, el historiador tiene que acudir físicamente al
irchivo para poder hacer las búsquedas directamente en sus instrumentos de
descripción externa.

4.4. Las bases de datos archivísticas y la documentación digitalizada

—os instrumentos de descripción de los archivos, especialmente los inventarios y


jos catálogos, no acostumbran a ofrecerse libremente por Internet. Los procesos
de automatización de los catálogos suelen ir muy lentos. La mayor parte de ar­
chivos realizan bases de datos que guardan celosamente en sus servidores espe­
rando que los investigadores acudan a sus recintos. El proyecto más ambicioso
rara poner en la red el catálogo colectivo de algunos de sus más importantes
archivos lo realiza el Ministerio de Cultura. Se trata del Portal de Archivos Es­
pañoles (PARES), instrumento interno de trabajo para los archiveros, en el que
catalogan los documentos de sus archivos, y un instrumento externo de descrip­
ción que se ofrece a los investigadores y ciudadanos de forma abierta y gratuita
por Internet. Actualmente, como catálogo, describe y localiza los documentos
informáticamente (siguiendo las normas ISAD) de once archivos.
PARES contiene documentación del Archivo Histórico Nacional, Archivo
General de Simancas, Archivo de la Corona de Aragón, Archivo General de In­
dias, Archivo General de la Administración, Archivo de la Real Chancillería de
Yalladolid, sección “Nobleza” del Archivo Histórico Nacional, Centro Docu­
mental de la Memoria Histórica, Archivo Histórico Provincial de Álava, Archi­
vo Histórico Provincial de Bizkaia y Archivo Histórico Provincial de Gipuzkoa.
Esta base de datos comprende 5.217.750 registros descriptivos, de los cuales
300.000 tienen imágenes Vinculadas; estas imágenes son un total de 30 millo­
nes, que ofrecen el texto completo de documentos digitalizados procedentes
de diversas colecciones, portales o catálogos especializados como “ Catastro de
Ensenada” , “ Causa General”, “ Carteles de la Guerra Civil” , “Archivo Foto­
gráfico de la Delegación de Propaganda de Madrid durante la Guerra Civil” ,
'Guerra de la Independencia” , “ El Sello Medieval” y “M apas, Planos y Dibujos
en los Archivos Estatales” , entre otros.
108 M étodos de investigación histórica

Entre las últimas incorporaciones de PARES destacan 61.824 imágenes a


documentos del Archivo General de Indias que en su mayor parte corresponder
a la serie de cartas y expedientes de la Audiencia de Manila vistas en el Consen
de Indias (1700-1738), complementando las cartas de los siglos xvi y xvn 5»
disponibles. También se han reproducido varios Libros de armadas, del fon­
do de la Casa de Contratación, que contienen los asientos correspondientes i
gastos de la preparación de Juan de la Cosa, Fernando de Magallanes y Blascr
Núñez Vela entre otros. Y el expediente de la visita de Pedro Cortés y Larrm
arzobispo de Guatemala, a su diócesis (1768-1770). Producto del viaje cp:
realiza es la obra Descripción geográfico-moral de la diócesis de Goathema_
que contiene las descripciones y 113 mapas de los curatos visitados que se en­
cuentran también descritos y reproducidos en la Colección de Mapas y Planos.
Serie de Guatemala.
También es reciente la incorporación de 35.431 nuevas imágenes, corres­
pondientes a 1.004 documentos, de la colección de pergaminos del Archivo át
la Real Chancillería de Valladolid, que se empezó a formar a partir de 1975 y
que ya tiene digitalizados todos sus documentos. En esta colección se encuentn
el testimonio documental más antiguo que conserva este archivo: un fragmen::
de un códice del monasterio de San Román de Entrepeñas (Palencia) datado át
la segunda mitad del siglo vm.
La interfaz de consulta de PARES permite buscar en todos los registros,
registros digitalizados o no digitalizados. Si en el documento encontrado apa­
rece, en la parte derecha del registro, la imagen de una cámara fotográfica, x
indica que ese documento dispone de imágenes digitalizadas. La búsqueda óf
documentos puede hacerse a partir de tres opciones: “ búsqueda sencilla” (per­
mite buscar por medio de palabras clave en todos los campos del registro a trs-
vés de una sola casilla de búsqueda; ofrece la opción de restringir por fechas
“ búsqueda avanzada” (la búsqueda puede delimitarse, además, por archive*,
signaturas e índices de descripción de materia, onomásticos, geográficos e ins­
tituciones) e “ inventario dinámico” (la localización de documentación se tiem
que hacer dentro de cada uno de los archivos incluidos en el portal a través <k
su cuadro de clasificación).
Un buen complemento para localizar documentación histórica es la Guía di
Fuentes Documentales de Archivos, base de datos del Ministerio de Cultura. Esti
dividida en varias secciones, aunque existe una opción para la búsqueda conjun­
ta: “historia de España” , “guerra civil española” , “ historia de Europa”, “ historia
de América” y “ciencia y tecnología” . La última información sobre el contenido d;
la base de datos se publicó con motivo de su 25.° aniversario, en 2009. Entonces
tenía 202.501 referencias descriptivas sobre unidades documentales (simples o
compuestas) de España, Argentina, Chile, Costa Rica, Cuba, Francia e Italia.
De España la información procede del Archivo Histórico Nacional, Archivo
de la Real Chancillería de Valladolid, Archivo General Militar de Segovia, Ar­
El archivo, principal laboratorio de investigación 109

chivo General Militar de Madrid, Archivo General de Palacio, Archivo del Con­
greso de los Diputados, Archivo del Banco de España, Archivo-Biblioteca Fran­
cisco Zabalburu, Centro Documental de la Memoria Histórica y otros archivos
diocesanos, municipales, de fundaciones, sindicatos y centros sanitarios. La do­
cumentación europea procede, además, del Archivo de Estado de Florencia y de
la Biblioteca Nacional de Francia, fundamentalmente. Y la de Iberoamérica del
Archivo Nacional de Chile, Archivo Nacional de Costa Rica, Archivo Nacional
de Cuba y Archivo General de la Provincia de Santa Fe (Argentina).
Otra de las más interesantes bases de datos del Ministerio de Cultura es la
de la Legislación Histórica de España, ambicioso proyecto coordinado por el
profesor Miguel Artola que permite acceder al texto completo de las principales
leyes y disposiciones legales de la historia de España, desde los códigos góticos
hasta 1868. La monarquía anterior a 1810 producía dos tipos fundamentales
de normas: las leyes hechas por consentimiento y las leyes hechas con consejo.
Las primeras corresponden a las leyes hechas en Cortes, relativamente fáciles
de conocer. Las leyes con consejo, en cambio, son mucho más abundantes y
difíciles de encontrar, por lo que constituyen la aportación más importante de
esta base de datos. Las fuentes principales utilizadas en la recuperación docu­
mental son la Gazeta de Madrid (1661-1813), Diario de Madrid (1758-1918),
Correo Mercantil de España y sus Indias (1792-1808), Guía o Estado General
de la Real Hacienda (1799-1850) y documentación procedente del Archivo de
b Corona de Aragón, Archivo General de Palacio, Archivo Histórico Nacio­
nal, sección “Nobleza” del Archivo Histórico Nacional, Archivo General de
Mmancas, Archivo del Reino de Valencia y Biblioteca Nacional, principalmente.
La cuarta edición de Legislación Histórica de España contiene 35.355 normas
referenciadas. De ellas se ofrece la imagen digital de 26.831.
La consulta se puede realizar por dos medios: por “tesauro” y por “consulta
directa” . En ambos casos la búsqueda se realiza por medio de un descriptor de
jos que contiene el tesauro. En la consulta por tesauro se selecciona el descrip­
tor de un menú desplegable, y en la consulta directa lo debe escribir el propio
isuario. Por los dos caminos se puede acotar la cronología de la búsqueda,
señalando un año concreto o un intervalo de fechas. Si se prefiere, la consulta
timbién puede realizarse solo por fecha.
La búsqueda y consulta del texto completo de la legislación española puede
completarse con dos bases de datos del BOE. Gazeta: Colección Histórica con­
dene las disposiciones y ndticias publicadas en los diarios oficiales desde 1661
casta 1959. Legislación ofrece las disposiciones de carácter general de ámbito
estatal, autonómico y europeo desde 1960.
Uno de los pocos archivos virtuales o digitales existentes en España como
mies en la actualidad es el Archivo Virtual de la Edad de Plata de la Cultura
Española Contemporánea (1868-1936). Se trata de un proyecto de la Resi­
tencia de Estudiantes (CSIC) y la Fundación Marcelino Botín comenzado en
110 M étodos de inve:

1999. Tiene pe
la historia de 1
gitalización de
las generacione
presentó públi<
2003 a su aper
lizados y 750.0
artículos de re\
personales que
convenios con
Estudiantes.
En una primera lase se tormo un catálogo colectivo donde se integraba
materiales que iban desde manuscritos y documentos a revistas y libros y s
localizaban en las instituciones que participaban en la red: Fundación Federic
García Lorca, Fundación Francisco Giner de los Ríos, Archivo de Prensa Es­
pañola, Biblioteca de Menéndez Pelayo, Fundación M ax Aub, Legado Buñur
(Filmoteca Española) y Residencia de Estudiantes. La base de datos reúne, entr.
otros, los legados de instituciones como la Junta para Ampliación de Estudios,
el Museo Pedagógico, la Institución Libre de Enseñanza o El Colegio de Méxia
y los archivos personales de Federico García Lorca, Luis Buñuel, Luis Cernuda
Benjamín Jarnés, Emilio Prados, José Moreno Villa, Rafael Altamira, León Sán­
chez Cuesta, M ax Aub, Fernando de los Ríos, Jesús Bal y Gay, Gustavo Dnrá-
Adriano del Valle o Francisco Grande Covián. En conjunto, permite acceder
en la actualidad a 13 instituciones, 60 archivos personales y 35 colecciones
bibliográficas.

4.5. El sistema archivístico español y las clases de archivos

El Sistema Español de Archivos, establecido por Real Decreto 1708/2011, de 1»


de noviembre, comprende el conjunto de órganos, centros, sistemas y medio*
que, mediante relaciones de cooperación y coordinación, actúan conjuntamente
con la finalidad de desarrollar los servicios archivísticos para facilitar el accesc
de los ciudadanos a los archivos públicos en los términos establecidos en la
normativa general. Forman parte del Sistema Español de Archivos el Sistema dí
Archivos de la Administración General del Estado y sus organismos públicos:
los sistemas archivísticos autonómicos, provinciales, locales, en función de las
relaciones de cooperación, basadas en el principio de voluntariedad, que se
establezcan, y sin perjuicio de la aplicación de su respectiva normativa, y los
archivos de todo tipo de entidades públicas y privadas incorporadas al sistema
mediante los correspondientes acuerdos y convenios.
El archivo, principal laboratorio de investigación 111

Los archivos del Sistema de Archivos de la Administración General del Esta-


¿o, atendiendo al ciclo vital de los documentos, se clasifican en:

• Archivos de oficina o de gestión. Son aquellos archivos existentes en to­


dos los órganos y unidades administrativas para la custodia de los do­
cumentos en fase de tramitación o sometidos a continua utilización y
consulta administrativa. Estos documentos, una vez concluida su trami­
tación o su etapa de utilización y consulta, serán objeto de transferencia
al archivo central del departamento respectivo, de acuerdo con los plazos
establecidos durante el proceso de valoración. Estos archivos cumplirán
las siguientes funciones: apoyar la gestión administrativa; acreditar las
actuaciones y actividades de la unidad productora; organizar los docu­
mentos producidos por sus respectivas unidades; transferir los documen­
tos al archivo central, en la forma y tiempo establecidos en el correspon­
diente calendario de conservación elaborado de manera conjunta con el
archivo central, una vez agotado su plazo de permanencia en la unidad
productora, y eliminar los documentos de apoyo informativo antes de la
transferencia al archivo central.
• Archivos generales o centrales de los ministerios y de los organismos pú­
blicos dependientes de ellos. Estos archivos son aquellos existentes en los
ministerios y organismos públicos para la custodia de los documentos,
una vez finalizada su tramitación y transcurridos los plazos estableci­
dos por la normativa vigente o en los calendarios de conservación. Entre
otras, el archivo central cumplirá las siguientes funciones: coordinar y
controlar el funcionamiento de los distintos archivos de gestión, así como
proporcionar el asesoramiento técnico necesario a las unidades y a su
archivo de gestión, con el fin de conseguir la correcta conservación y el
tratamiento técnico de los documentos de archivo, de acuerdo con las
normas específicas que correspondan a cada serie documental; llevar a
cabo el proceso de identificación de series y elaborar el cuadro de clasifi­
cación; llevar a cabo procesos de valoración documental, a fin de elevar
las correspondientes propuestas de eliminación, o en su caso, de conser­
vación permanente de documentos, y realizar las transferencias precepti­
vas y periódicas de documentos al archivo intermedio, acompañadas de
su correspondiente relación de entrega.
• Archivo intermedio. Esté archivo es la institución responsable de la
custodia de los documentos generados y reunidos por los diferentes
departamentos ministeriales y sus organismos públicos, una vez fina­
lizada su fase activa conforme a lo establecido en los calendarios de
conservación. El Archivo General de la Administración es el archivo
intermedio de la Administración General del Estado, según la nor­
mativa vigente. Entre sus funciones destacan conservar los documen­
112 M étodos de investigación histórica

tos que son transferidos desde los archivos centrales de los ministí-
rios; aplicar, en su caso, las resoluciones adoptadas por la Comisio¿
Superior Calificadora de Documentos Administrativos relativas a a
eliminación de documentos, garantizando su efectiva destrucción,
tramitando los preceptivos expedientes de eliminación, conforme lo
dispuesto en la legislación vigente; identificar y llevar a cabo procesas
de valoración documental, a fin de*elevar a la comisión calificado:*
departamental o grupo de trabajo propuestas de eliminación o, er
su caso, de conservación permanente de documentos, y llevar a cabo
las transferencias preceptivas y periódicas de documentos al archivo
histórico, acompañadas de los correspondientes instrumentos de des­
cripción elaborados.
• Archivos históricos. Los archivos históricos son las instituciones res­
ponsables de la custodia, conservación y tratamiento de los fondos pe:
tenecientes al patrimonio histórico documental español que sean reílen
de la trayectoria de la Administración estatal a lo largo de la historia :
que en todo caso resulten altamente significativos por su valor históri­
co, su singular importancia o su proyección internacional. Son archivas
históricos los de titularidad y gestión estatal adscritos al Ministerio dí
Cultura. El Archivo Histórico Nacional ejerce las funciones de archiv:
histórico de la Administración General del Estado. Entre otras, tiern
las siguientes funciones: conservar los documentos con valor historie:
que le son transferidos desde el Archivo General de la Administración
aplicar programas de reproducción de documentos en soportes alter­
nativos para garantizar la conservación de los documentos originales
y fomentar su difusión; completar las descripciones elaboradas por t
Archivo General de la Administración sobre las agrupaciones documen­
tales recibidas, especialmente de las unidades documentales, conform;
a las normas internacionales y nacionales de descripción archivística,;
impulsar programas de difusión y gestión cultural del patrimonio docu­
mental custodiado. En el ámbito de los servicios periféricos del Estado,
desempeñan idénticas funciones a las de los archivos intermedio e histó­
rico los archivos históricos provinciales.

Hay que tener en cuenta, en todo momento, que el sistema archivísticc


español, a pesar de los intentos, sigue teniendo enormes carencias y deficien­
cias, y una de ellas es la de la política de transferencias, que impide respeta:
como sería deseable la clasificación de los documentos en función de su eda:
y finalidad. La edad de la documentación estipulada en cada tipo de archive
(hasta 5 años en el de oficina, de 5 a 15 años en el central, de 15 a 30 años ei
el intermedio y a partir de 30 años en el histórico) apenas se respeta, por lo qu:
es difícil seguir el rastro de los documentos.
El archivo, principal laboratorio de investigación 113

Cuadro 4.1. Clasificación de los archivos


según la edad de la documentación
E d a d de la Local
Tipo Características
docum entación de conservación
Gestión u - Documentación viva, en fase de Hasta 5 años Oficina o
oficina tramitación. dependencia
- La documentación está bajo la productora.
responsabilidad y manejo direc­
to de la unidad administrativa.
Administrativo - En las organizaciones admi­ De 5 a 15 años Archivo central de
nistrativas de gran volumen y la institución.
complejidad, se distinguen unos
locales acondicionados como
archivos administrativos. En la
mayoría, es el propio archivo
de la institución el que acoge
esta y las demás etapas.
- La documentación apenas tiene
uso administrativo. Las trami­
taciones están conclusas, pero
un recurso puede hacer que se
vuelva a consultar.
intermedio - La documentación ha perdido De 15 a 30 años Archivo central
prácticamente la utilidad por de la institución o
la cual había sido creada: la archivo fuera de la
gestión. institución.
- Se procede a la valoración,
selección y expurgo, a fin de
conservar lo pertinente.
Histórico - La documentación, selecciona­ A partir de 30 Archivo histórico
da por su valor informativo, años de la institución o
histórico y cultural, se conserva archivo histórico
para su difusión a los historia­ general fuera de la
dores. institución.
-t&ue: A d ap tado de C ru z M undet (2 0 0 1 : 95-96).

Según la titularidad de los archivos españoles, estos pueden clasificarse en


ios tipos: públicos y p r i v a d o Dentro de los primeros tenemos:

• Estatales:

- Archivos generales: Archivo Histórico Nacional, Archivo General de


Simancas, Archivo General de Indias, Archivo General de la Corona
de Aragón, Archivo General de la Administración, sección “Nobleza”
114 M étodos de investigación histórica

del Archivo Histórico Nacional y Centro Documental de la Memoro


Histórica.
- Axchivos históricos de distrito: Archivo de la Real Chancillería de W
lladolid y Archivo de la Real Chancillería de Granada.
- Ministerios.
- Delegaciones de Hacienda.
- Audiencias territoriales.
- Archivos históricos provinciales.

• Administraciones Autonómica, Provincial y Local:

- Generales de las comunidades autónomas.


- Diputaciones provinciales (en las autonomías no uniprovinciales).
- Municipales.

Los archivos privados se clasifican en:

• Eclesiásticos:

- Arzobispales.
- Diocesanos.
- Parroquiales.
- Catedralicios.

• Particulares:

- Personales.
- Nobiliarios.
- Empresas.

El Archivo Histórico Nacional (Madrid) se creó en 1866 con el fin de or­


ganizar y conservar la abundante documentación desamortizada a las órdenes
eclesiásticas, convirtiéndose desde su nacimiento en un completo archivo donde
cohabitan fondos procedentes de la Administración del Estado, de instituciones
religiosas y civiles, archivos nobiliarios, familiares, etcétera. Entre sus secciones
destacan las siguientes:•

• Clero secular y regular: documentación procedente en gran parte de


monasterios y conventos, iglesias catedralicias y parroquiales, colegios,
hospitales, cofradías y otras instituciones eclesiásticas sobre las que in­
cidieron las leyes desamortizadoras del siglo xix (fechas extremas: si­
glos ix-xx).
El archivo, principal laboratorio de investigación 115

• Órdenes Militares: esta sección la integran los archivos generales de las


ordenes militares españolas: Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa,
y los particulares de diversos conventos de la orden de Santiago, así como
los fondos documentales del Consejo de las Órdenes. También conserva
documentación de las órdenes extranjeras: Temple y San Juan de Jeru-
salén, principalmente (fechas extremas: 902-1987).
• Estado: constituyen esta sección los fondos documentales producidos, en
su mayoría, por el Consejo de Estado y la Secretaría de Estado durante el
siglo xvin y primer tercio del xix, aunque hay documentación anterior y
posterior a este periodo. Fundamentalmente los documentos se refieren a
la historia exterior española y sus relaciones con todas las potencias del
mundo (fechas extremas: siglos xvi-xix ).
• Inquisición: documentación procedente principalmente del Archivo del
Consejo de la Suprema Inquisición y de algunos tribunales de distrito
(fechas extremas: siglos xv-xix).
• Consejos suprimidos: contiene el fondo documental de cinco consejos:
Castilla, Aragón, Indias, Hacienda y Cruzada (fechas extremas: 1250-
1893).
• Ultramar: fondos del Archivo del Ministerio de Ultramar y organismos
de él dependientes, con documentación básicamente del espacio cronoló­
gico del ministerio: 1863-1899.
• Fondos contemporáneos: se creó en 1960 con los documentos proceden­
tes de diversos ministerios (Presidencia del Gobierno, Interior, Obras Pú­
blicas, Justicia, Hacienda) y de algunos organismos de la Administración
de Justicia desde el siglo xix hasta el comienzo de la Guerra Civil (1936).
Tiene como fondo especial el de las minas de Almadén.

Además, hay cincuenta y dos archivos personales y familiares, de persona-


idades de los siglos xv al xx correspondientes al ámbito científico (como Isaac
Peral y Caballero), político (Margarita Nelken, Marcelino Pascua, Antonio Cá­
novas del Castillo, Diego Martínez Barrio, Emilio Castelar y Ripoll, Manuel
Izaña Díaz, Manuel Ruiz Zorrilla, etc.), literario (Luis Rosales Camacho, Juan
Limón Jiménez, entre otros), diplomático (Juan Antonio Rascón Navarro y
rcros muchos) y militar (Vicente Rojo, Valeriano Weyler y Nicolau, etc.).
También destacan las treinta colecciones de documentos textuales y figu-
“ ñvos de los siglos x al xx*, que han ingresado por compra o donación y, en
i-gunos casos, se han formado en el propio archivo por cuestiones de conser­
vación. Entre ellas sobresalen las colecciones de códices, las sigilográficas y las
ortográficas.
La sección “Nobleza” del Archivo Histórico Nacional fue instalada en Tok­
io entre 1994 y 1995. Custodia doscientos cuarenta y tres archivos familiares
je muy diversas características, contenido y ámbito geográfico, que han ingre­
11 6 M étodos de investigación histórica

sado por compra, donación o depósito. Estos archivos comprenden a su ve


un número mayor de títulos nobiliarios que se han incorporado a los linaje
principales por matrimonio o herencia. En la actualidad se han identificad
más de 700 archivos de títulos de nobleza. Por su volumen e importancia des­
tacan los archivos de los duques de Osuna, duques de Frías, duques de Ferna:
Núñez, duques de Baena, marqueses de Mendigorría, condes de Luque y el o:
los condes de Bornos.
En la ciudad vallisoletana de Simancas se halla ubicado un archivo de gra:
importancia para la historia moderna de España por el fondo documental qu;
conserva. El Archivo General de Simancas está dividido en diversas secciones,
con su documentación reducida a los ocho grupos siguientes:

• Patronato Real: colección miscelánea, organizada por Diego de Ayala


entre 1564 y 1567, a base de una selección de documentos originales
de gran valía, a la cual se han incorporado algunos documentos sueltos
posteriores.
• Secretarías del Consejo de Estado (siglos x v -x v i i ) y correspondencia di­
plomática del siglo x v i i i .
• Secretarías de los consejos de Flandes, Italia y Portugal (siglos xvi-xvnL
• Secretarías y escribanías del Consejo y de la Cámara de Castilla (si­
glos x v -x v i i ).
• Registro del Sello de Corte (1475-1689).
• Casa Real-Obras y Bosques (siglos x v -x v i i ).
• Secretarías del Consejo de Guerra (siglos x v -x v i i ), Secretarías del Despa­
cho de Guerra (siglo x v i i i ) y del Despacho de Marina (siglo x v i i i ).
• Hacienda: vasto negociado, que constituye más de la mitad del volumen
del archivo, cuyos miembros son secretarías y escribanías del Conseje
de Hacienda (siglos x v -x v i i ), Secretaría del Despacho de Hacienda (si­
glo x v i i i ), Contaduría Mayor de Hacienda (siglos x v -x v i i ), Contadurías
Generales de Valores, Distribución y Millones (siglo x v i i i ), Contaduría
Mayor de Cuentas (siglos xv-xvm), Dirección General de Rentas (siglo
x v i i i ) y Comisaría de Cruzada (siglos x v i -x v i i ).

Para el estudio de la historia de Hispanoamérica es imprescindible la con­


sulta del Archivo General de Indias, en Sevilla. Fue creado por Carlos III y su
ministro Gálvez con la documentación del Consejo de Indias y de la Casa de
Contratación. Tiene documentos de tres siglos de historia, que abarcan desde el
estrecho de Magallanes hasta California y Florida. Entre sus secciones destacan:•

• Patronato Real: la mayor parte de sus documentos proceden de Siman­


cas, aunque algunas series, como la de Colón y sus descubrimientos, fue­
ron incorporadas con posterioridad.
El archivo, principal laboratorio de investigación 117

• Contaduría General del Consejo de Indias: a la Contaduría venían a pa­


rar, para su revisión y aprobación, las cuentas de todas las cajas reales de
Indias, las del propio Consejo de la Casa de Contratación, del Consulado
de Sevilla y Depositaría de Cádiz.
• Casa de Contratación de Indias: documentación del primer organis­
mo administrativo creado para las nuevas tierras, por las ordenanzas
de 1503.
• Gobierno: abarca casi la mitad de la documentación de todo el archivo.
Procede de Simancas, del Consejo de Indias y de varios ministerios.
• Capitanía General de Cuba: documentación de gobernadores y capitanes
generales de la isla de Cuba.

Los orígenes del Archivo de la Corona de Aragón (Barcelona) se remontan a


a. Alta Edad Media y se forman a partir de las primitivas escribanías y registros
te los condes de Barcelona, aunque fue a partir de la compilación en el Liber
reudorum Maior, en tiempos de Alfonso II, cuando se reorganizó la Cancillería
t se ordenó el archivo como real. Las primeras series completas se remontan
ii siglo x i i , durante el reinado de Jaime I, gracias a la difusión del papel. Jai-
~e II ordenó concentrar toda la documentación de la Cancillería, dispersa entre
lirias instituciones, en un único Arxiu Reial de Barcelona. En 1419 se creó el
Archivo Real de Valencia y en 1461 el de Aragón, lo que supuso una dispersión
te parte de los fondos del archivo de Barcelona. Está dividido en las siguientes
iecciones:•

• Cancillería Real: con pergaminos, volúmenes, papeles sueltos y docu­


mentos de la Cancillería Real.
• Consejo Supremo de Aragón: documentación administrativa propia de la
institución que tiene su origen en 1494.
• Real Audiencia: los fondos de este organismo están divididos en procesos
antiguos, procesos modernos, sentencias y conclusiones, audiencia públi­
ca y Consulado del Mar.
• Real Patrimonio: con el Archivo del Maestre Racional, Archivo de la Bai-
lía General de Cataluña e Intendencia Superior del Principado.
• Generalidad de Cataluña: recoge los fondos de la antigua Diputación
General de Cataluña.
• Órdenes religiosas y militares: contiene la documentación de distintas
instituciones religiosas desamortizadas y del Gran Priorato de Cataluña
de las órdenes del Temple y del Hospital.
• Fondos notariales: custodia los protocolos notariales recogidos por el
Servicio de Recuperación del Monasterio de Pedralbes tras la Guerra
Civil.
• Hacienda: documentación de la Delegación de Hacienda de Barcelona.
118 M étodos de investigación histórica

El Archivo General de la Administración, situado en Alcalá de Henares (M>


drid), fue creado en 1969, aunque sus primeros fondos ingresaron en 1972 y se
inauguración oficial fue en 1976. Nació como archivo intermedio de la Admim-
tración, heredero del desaparecido Archivo General Central de Alcalá de Henares.
De los seis archivos nacionales, es el que conserva nuestra memoria historia
más reciente, ya que sus fondos se refieren fundamentalmente al siglo xx, y át
manera especial desde 1939, aunque también custodia un importante volumen
de fondos de la segunda mitad del siglo xix. En lo que se refiere a volumen ot
documentación es el tercer archivo del mundo (lo superan los Archivos Federa
les de Washington y la Cité des Archives de Fontainebleau) y su consulta es obli­
gada para obtener cualquier antecedente sobre la arquitectura, el urbanismo
las obras públicas, la educación, la cultura, el turismo, la economía, la haciendo
la justicia, etcétera, en la etapa contemporánea, ya que recibe periódicamen^
los documentos en los que se plasma la actividad de los diferentes organismo*
de la Administración General del Estado cuando ya no son necesarios para U
gestión diaria de las oficinas. La mayor parte de sus documentos han sido pro­
ducidos por la Administración Central, aunque también hay procedentes de h
Administración Periférica, de la Administración española en el norte de África,
la Administración de Justicia, sociedades estatales y empresas mixtas y, sobre
todo, los producidos por las instituciones del periodo de 1939-1975.
Entre sus secciones, las más importantes son las siguientes:•

• Obras Públicas: fondos del Ministerio de Obras Públicas, de la Secreta­


ría de Fomento General del Reino, Ministerio de Transportes, Dirección
General de Regiones Devastadas (importante en la reconstrucción de Es­
paña después de la Guerra Civil), Ministerio de la Vivienda y Dirección
General de Arquitectura.
• Cultura: documentos del Ministerio de Información y Turismo (todos los
expedientes de censura del franquismo), el archivo gráfico de los Medios
de Comunicación Social del Estado, las publicaciones de la Editora Na­
cional y todo lo relativo a la Sección Femenina.
• Presidencia: la documentación del Ministerio de Presidencia del Gobier­
no, de la Secretaría General del Movimiento y del Consejo Nacional dei
Movimiento.
• Asuntos Exteriores: fondos del Ministerio de Asuntos Exteriores, de las
embajadas y consulados (siglos xix y xx).
• Industria: documentos del Ministerio de Industria y los organismos au­
tónomos, del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y
Tecnológicas y de las empresas punteras de cada sector.
• Justicia: Ministerio de Justicia (1884-1988), Audiencia Territorial de Ma­
drid, Tribunal de Orden Público, Tribunal de Responsabilidades Políti­
cas, Tribunal Supremo, etcétera.
El archivo, principal laboratorio de investigación

•Agricultura: Ministerio de Agricultura, Ministerio de Fomento (1851),


Ministerio de Agricultura, Industria y Comercio (1900), Secretaría General
de Pesca Marítima y otros organismos.
• Africa: todos los documentos sobre la colonización del antiguo protectorado
español en Marruecos, la Dirección General del Sahara, Ifni y Guinea y la
Dirección General de plazas y provincias africanas.
• Sindicatos: fondos de la Delegación Nacional de Sindicatos y delegaciones
provinciales y obras sindicales.
• Trabajo: Ministerio de Trabajo (1920-1981), Tribunal Central del
Trabajo y Magistraturas del Trabajo de Madrid.

El Centro Documental de la Memoria Histórica, ubicado en Salamanca, ha


¿do creado por Real Decreto 697/2007 con la finalidad de reunir los fondos
relativos al periodo comprendido entre 1936 y 1978. Su núcleo documental
nindamental es el existente en el Archivo General de la Guerra Civil Española,
creado en 1999 con la finalidad de conservar y disponer sus fondos documen­
t e s para la investigación, la cultura y la información. Su documentación se
iivide en dos secciones principales: la Especial o Masónica, constituida por
r s fondos documentales incautados a las logias y obediencias masónicas, do­
cumentación que abarca un espacio cronológico entre mediados del siglo xix
t 1939, y la sección Político-Social, formada con los documentos incautados
m los locales de las organizaciones del Frente Popular, partidos políticos o
andicatos, así como de entidades culturales vinculadas a la izquierda política
a de instituciones de la Administración Central, Autonómica o Local. Se halla
rvidida en series según el lugar de requisa.
Además, en “Fondos Incorporados” contiene los documentos que han in­
gresado en el Centro a partir de 1979. Destacan el Archivo de la Segunda Sec-
-ón del Estado Mayor del Ejército de la República y el Archivo del Comisario
--eneral de la Flota de la República, Bruno Alonso. También están incluidas
= él algunas de las colecciones de fotografías más conocidas e importantes de
2. guerra civil española, como las de Robert Capa, Kati Horna y Albert-Louis
leschamps, que nos muestran los dos bandos de la contienda. Los archivos de
ios asociaciones pueden servir para ilustrar el exilio: Federación Española
:e Deportados e Internados Políticos y Liga de Mutilados, Inválidos y Viudas de
a Guerra de España (1936-1939) en Francia. Además se han reproducido en
rrcrofilme los archivos personales cíe algunos de los exiliados más notables que
•esidieron en Argentina o de los filósofos que se asentaron en México, país en el
me se realizó un proyecto de historia oral con exiliados españoles que también
* encuentra en el centro. Las imágenes de muchas de estas personas se pueden
zxontrar también en las fotografías realizadas por los hermanos Mayo.
El centro conserva una de las mejores colecciones de carteles de la Guerra
Cvil del mundo. Especialmente rica y completa respecto a los producidos por
120 M étodos de investigación histórica

la República, ha sido ampliada posteriormente con la incorporación de otrc


carteles significativos editados en su día por el bando nacional. En la actualida
la colección consta de 2.280 carteles que se pueden consultar a través de ur:
base de datos. En su página web, el Centro Documental de la Memoria Histc
rica facilita el acceso a otras dos bases de datos:

• Militares y miembros de las Fuerzas de Orden Público al Servicio de .


República (1936-1939): incluye a las personas que estuvieron destinada
en las fuerzas militares y cuerpos de seguridad al servicio de la República
con, al menos, el grado de suboficial y cuyos nombramientos aparecieras
publicados durante los años del conflicto en la Gaceta de la República.
Diario Oficial del Ministerio de Defensa, Boletín Oficial de la Genercd-
tat de Catalunya, Boletín Oficial del Instituto de Carabineros y Boletzr
Oficial del Ministerio de Marina y Aire.
• Desaparecidos, Muertos e Inútiles del Ejército de Tierra de la República
Española (1936-1939): contiene una relación de los miembros del Ejérci­
to Popular de la República con derecho a pensión por muerte, desaoar:-
ción o inutilidad.

Los archivos de las Reales Chancillerías de Valladolid y de Granada cons­


tituyen los denominados archivos históricos de distrito. La Chancillería estab*
constituida por el conjunto de personas que tenían como misión expedir las
documentos reales. Al frente se encontraba el canciller o chanciller, que adema,
custodiaba el sello real, símbolo supremo del monarca. Este oficial se encargaba
de supervisar los documentos emanados de los organismos oficiales, de cance­
lar (de ahí su nombre) o anular los que no se ajustaban a la ley, y de poner e
sello a aquellos que reunían los requisitos legales. Aunque existe una cancille­
ría plenamente organizada desde Alfonso VII, el origen de esta institución esu
en la creación de un tribunal de oidores por Enrique II. Juan II fijó su sede er
Valladolid. Ante las necesidades de acotar territorialmente sus funciones parí
dotarla de mayor operatividad, los Reyes Católicos crearon otra para el sur de.
Tajo, en Ciudad Real (1494). Problemas de salubridad, entre otros, motivaron
su traslado a Granada, en 1505.
Los orígenes del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid se remontar
al año 1489, fecha en el que fue creado en las Ordenanzas de Medina del Cam­
po por los Reyes Católicos. Hasta 1607 no ingresó sus primeros documentos,
los pleitos que hasta entonces se conservaban en poder de los escribanos de
cámara. Funcionó como archivo administrativo al servicio del Tribunal de la
Real Chancillería hasta 1834, año de su supresión.
El Archivo de la Real Chancillería de Valladolid conserva la documenta­
ción generada por la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid (1371-1834),
máxima instancia judicial de la Corona de Castilla durante el Antiguo Régimen
El archivo, principal laboratorio de investigación 121

para los territorios situados al norte del río Tajo, sin perjuicio de las compe­
tencias de la Sala de Justicia del Consejo de Castilla. Además, conserva los
rondos producidos por la Audiencia Territorial de Valladolid (1834-1988), tri­
bunal que sustituyó a la Chancillería tras su supresión, y por otros organismos
judiciales aún vigentes, como la Audiencia Provincial de Valladolid, la Sala de
lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León y los Juzgados
de lo Social de Valladolid, que continúan enviando sus fondos al archivo. Tam­
bién se encuentran depositados en el archivo los fondos de otros órganos con
función judicial, como el Juzgado de Guerra de Valladolid (siglo xvm).
El Archivo de la Real Chancillería de Granada nació en 1904 como institu­
ción del patrimonio. En ese año, el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas
Artes recibió en custodia el fondo de la Chancillería, hasta entonces en poder del
Ministerio de Gracia y Justicia. El fondo de la Real Audiencia y Chancillería de
Granada había sido completado en 1854 con los protocolos de los escribanos y
m 1923 se incorporaron los documentos producidos por los tres oficiales de la
Tabla del Sello: el teniente de chanciller, el registrador y el contador de la razón.
Este archivo se transfirió a la Administración Autonómica en 1984, integrán­
dose en el Sistema Andaluz de Archivos. La Ley 7/2011, de 3 de noviembre,
sobre los archivos y el patrimonio documental andaluz, lo designa como el ar­
chivo del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Actualmente comprende
é4 fondos y colecciones de diferentes procedencias, fundamentalmente de la Ad­
ministración de Justicia.
Los archivos de los ministerios poseen en general documentación muy re­
mente, ya que son, como su denominación indica, archivos centrales, es de-
or, archivos intermedios que recogen los documentos del archivo de oficina
t los mantienen hasta que pierde vigencia administrativa. La documentación
rae custodia cada archivo ministerial responde a su ámbito competencial y su
estructura suele ser parecida: Ministro-Secretaría de Estado-Subsecretaría-Se-
tretaría General Técnica-Direcciones Generales-Organos extinguidos-Otros
rondos (generalmente fondos históricos). El Archivo Central de Cultura y el
.Archivo Central de Educación, Cultura y Deporte están gestionados, como to­
ros los generales, por la Secretaría de Estado de Cultura.
El Ministerio de Defensa tiene un sistema propio, el Sistema Archivístico
re la Defensa (SAD), definido en el Reglamento de Archivos Militares de 1998
Real Decreto 2598/1998, de 4 de diciembre). El SAD, a su vez, se divide en cua­
tro subsistemas: Ejército de Tierra, Armada, Ejército del Aire y Organo Central,
rada uno de los cuales cuenta con una red de archivos de gestión, centrales,
rrermedios e históricos.
En la actualidad, el Ministerio de Defensa gestiona un conjunto de ocho
irchivos históricos de carácter nacional, como son los Archivos Generales
Militares de Segovia, Madrid, Guadalajara y Avila, el Archivo Cartográfico y
x Estudios Geográficos del Servicio Geográfico del Ejército, el Archivo General
122 M étodos de investigación histórica

de la Marina Alvaro de Bazán, el Archivo del Museo Naval y el Archivo Histé­


rico del Ejército del Aire. A ellos se han añadido el Archivo General e Históna
de la Defensa y 17 archivos intermedios, correspondientes a los de los tres re?
pectivos cuarteles generales y a los de las antiguas circunscripciones territona-
les de los ejércitos. También están bajo su competencia los archivos de los da
establecimientos científicos de la Armada, el Real Instituto y Observatorio de k
Armada y el Instituto Hidrográfico de la Marina.
Los archivos históricos provinciales fueron creados en 1931 con el fin de qnt
custodiaran los protocolos que tuvieran más de cien años de antigüedad, aur-
que pronto comenzaron a recibir la documentación generada por las distinta,
instituciones provinciales. A esto se sumaba la documentación desamortizad
que se acumulaba en las delegaciones de Hacienda de las provincias. En 1947 e
Decreto sobre Ordenación de los Archivos y Bibliotecas y del Tesoro Historia
Documental y Bibliográfico establecía el ingreso en los archivos históricos pro­
vinciales de la documentación histórica de Audiencias y Juzgados, de las delega­
ciones de Hacienda y de otras dependencias oficiales de la provincia. Por order
de 1957 los libros de las Contadurías de Hipotecas se entregaban a los archivos
históricos provinciales. En 1969, por el decreto que se creaba el Archivo Genera,
de la Administración, se determinaba que recibirían los fondos documentales sn
vigencia administrativa con más de 15 años de antigüedad, producidos por los
servicios periféricos y provinciales de la Administración Central. Con este últirn:
decreto, este tipo de archivos quedaba plenamente configurado, custodiand:
tres tipos esenciales de documentación pública: la generada por las instituciones
judiciales de la provincia, las de la Fe Pública (notariales y registros) y las de la
Administración Central Periférica (delegaciones ministeriales).
Como puede comprenderse por la documentación que conservan, estos archi­
vos resultan esenciales para estudios de ámbito provincial, entre los que destacar
el estudio territorial e, incluso, la averiguación legal de los deslindes de terrenos,
al poseer el Catastro los amillaramientos, los padrones de rústica y de urbana,
los protocolos, etcétera. Por esta razón su documentación en muchas ocasiones
trasciende el mero estudio histórico para convertirse en una fuente para defensa
de los derechos de primer orden, aunque hay diferencias territoriales. Las pro­
vincias que son capitales de Colegio Notarial generalmente no poseen este tipo de
archivos. De esta manera, para consultar su documentación propia en Madrid, se
debe acudir al Archivo Histórico Nacional, al Archivo General de la Administra­
ción y al Archivo de Protocolos; en Barcelona, al Archivo de la Corona de Aragór.
y al Depósito Regional de Cervera; en La Coruña, al Archivo del Reino de Gali­
cia; en Baleares, al Archivo del Reino de Mallorca, y en Valencia, al Archivo dei
Reino de Valencia. Actualmente los archivos históricos provinciales son propie­
dad del Estado pero tienen transferida su gestión a las comunidades autónomas.
Los archivos de comunidades autónomas presentan una gran heterogenei­
dad, tanto en la antigüedad de la documentación como en la propia puesta
El archivo, principal laboratorio de investigación 123

en marcha de los archivos. Mientras en comunidades de carácter histórico los


archivos del organismo autónomo tienen gran tradición, e incluso una intensa
actividad para intentar recuperar fondos históricos depositados en otros archi­
vos nacionales, en muchas de las comunidades autónomas más recientes apenas
sí se han puesto en marcha. En muchos casos, se conciben como meros archivos
intermedios de las distintas consejerías o administraciones regionales. Catalu­
ña ha sido la primera comunidad que estableció su sistema archivístico con la
creación, en 1980, del Arxiu Historie Nacional de Catalunya, la aprobación de
ana ley de archivos en 1985 y la regulación de la red de arxius histories comar­
cáis en 1988, donde se integran también los provinciales cuya gestión ha sido
transferida por el Estado. La Comunidad de Madrid ha creado un subsistema
de archivos del Gobierno, Asamblea y Administración de la Comunidad, a par­
ir de un plan sectorial elaborado en 1992. Como el de otras comunidades, se
estructura en Archivo General de la Asamblea de Madrid y Archivo Regional de
Madrid, que recogen la documentación no solo de las consejerías, organismos
autónomos y empresas públicas, sino también de delegaciones territoriales y
de archivos municipales y privados (iglesia y empresas) que se integren ya sea
voluntariamente o por la participación del ente público en su presupuesto.
Los archivos de las diputaciones provinciales se crearon con esta institución
provincial, durante el advenimiento del Régimen Liberal, entre 1812 y 1835,
fundamentalmente. Las diputaciones fueron desde un principio organismos que
dependían del poder central, por lo que sus competencias estuvieron subordi­
nadas a las directrices del Estado, al que servían como intermediarios (sobre
nodo recaudatorios) con los municipios. La autonomía provincial se consiguió
alcanzar en plena dictadura del general Primo de Rivera, con el Estatuto Pro­
vincial de 1925. Con la promulgación de la Constitución de 1978 y la Ley
Reguladora de Bases del Estatuto de Régimen Local, la provincia se constituye
llenamente como entidad llamada a cumplir fines de carácter local en temas
rae las corporaciones locales no tienen capacidad de gestionar. Estos cambios
ce competencias producidos en la corporación provincial hace que los fondos
cecumentales que albergan sus archivos sean a veces muy variados, pero en
reneral se centra en la documentación de la propia institución (pleno, personal,
cresupuestos, correspondencia) y en series de beneficencia y servicios sociales,
-rcaudación, contratación, vías y obras, estadística, educación, instrucción pú­
nica y cultura, transporte y comunicaciones, etcétera.
Los archivos municipale's constituyen una fuente básica para la historia lo­
cal, pues el Ayuntamiento es el reflejo de la vida cotidiana del municipio, sus
problemas y necesidades, las soluciones que se adoptan, la opinión pública que
zs valora, etcétera. Los libros de actas de los plenos reflejan todas estas inquie-
cedes, aunque el detalle depende de la generosidad del escribano y más tarde
jei secretario, a quien corresponde levantar fe de lo tratado. En los archivos
municipales podemos ver reflejada la historia de una población desde sus orí­
124 M étodos de investigación histórica

genes más o menos remotos como concejo durante los siglos xi y xn, al abrisr
del crecimiento demográfico, del resurgimiento de las actividades mercantil*,
y de la consolidación de los reinos cristianos, donde la influencia del Derech;
Romano hará que surjan los primeros archivos porque este basaba el valer
probatorio en el documento escrito.
Entre los tipos documentales más antiguos que conservan están las cartas óe
inmunidad y las cartas-puebla, documentos fundacionales que son custodiado-
cuidadosamente. También suelen aparecer en todos los fueros, que regulaba;
toda la vida jurídica local, constituyendo los antecedentes de las ordenanza
municipales, propias de la Edad Moderna, en las que se establecían las dis­
posiciones del concejo, que obligaban a todos los vecinos. Estas ordenanza
comprendían todas aquellas competencias propias del municipio y regulaban k
organización del concejo, la policía urbana y rural, los abastos y los precios, la*
obras municipales, las fiestas populares, la moral y las buenas costumbres, k
beneficencia, la instrucción, etcétera. En general, las competencias del concejo
y ayuntamiento han experimentado profundas variaciones a lo largo de la his­
toria, en una tendencia clara a centralizar la vigilancia sobre estos hasta queda:
en intermediarios de las resoluciones de la Administración Central, sobre todo
con los Borbones, en los siglos xvm y xix. Con la promulgación del Estatuto
Municipal de 1925, aprobado por la dictadura de Primo de Rivera, los ayunta­
mientos van a recuperar su entidad autónoma propia y de carácter representati­
vo de sus ciudadanos, autonomía reafirmada y profundizada por la Constitución
de 1978 y por la Ley Reguladora de Bases del Régimen Local de 1985.
Los archivos de la Iglesia no conservan toda la documentación eclesiásti­
ca propiamente dicha. El Archivo Histórico Nacional y los archivos histórico*
provinciales custodian la mayor parte de los documentos de la desamortización
eclesiástica. En los archivos de las diputaciones provinciales está depositada la
documentación de muchas instituciones religiosas de beneficencia y de enseñan­
za. Entre los principales archivos de la Iglesia podemos citar los capitulares, lo*
episcopales o diocesanos y los parroquiales.
Los archivos capitulares (también denominados catedralicios) guardan la
documentación generada por el cabildo de la iglesia catedral de una diócesis,
institución que surge en la Alta Edad Media, presidida por el deán. Se trata de
una documentación variada, con libros litúrgicos (misales, breviarios, cantora­
les), libros de ciencia teológica, jurídica y filosófica, y documentos, principal­
mente aquellos referidos a la propiedad o administración de los bienes patri­
moniales poseídos o administrados por el cabildo. Suelen contar con secciones
como Secretaría (con las actas capitulares), Correspondencia, Mesa Capitular
o Mayordomía (gestión de los bienes patrimoniales, actividad confiada al ma­
yordomo o a los claveros), Heredades (con los libros en los que se asentaban,
a modo de catastro, las fincas rústicas deí cabildo), Fábrica (obras de reforma
de la catedral), Liturgia o Ceremonial (actividades del cabildo en este campo.
El archivo, principal laboratorio de investigación 125

como servicios de Altar, Diarios de Ceremonias, etc.), Patronatos o Fundaciones


Pías (administrados por el Cabildo) y Contaduría o Tazmías (con documenta­
ción de los impuestos, como el diezmo).
Los archivos episcopales o diocesanos custodian la documentación produci­
da o recibida en la curia episcopal en el ejercicio de las actividades pastorales y
de gobierno, que competen al obispo diocesano. Por lo general, esta documen­
tación es más moderna que la de los archivos capitulares, aunque hay excep­
ciones de archivos episcopales con documentos más antiguos que los archivos
ce las catedrales. Los archivos parroquiales, creados en el Concilio de Trento
1545-1563) constituyen la base de la organización eclesiástica, al recoger la
cocumentación generada en cada parroquia. Entre su documentación más va-
cosa y más utilizada por los historiadores están los libros de bautismo, matri­
monio y defunciones. También suelen contar con los libros de tazmías, donde se
¡notaba la recaudación del diezmo en el territorio de la parroquia.
Pero los archivos públicos, por lo menos en España, no conservan todos los
cocimientos de la historia más reciente, y sobre todo los archivos particulares
ce algunas de las más altas personalidades de la política del siglo xx y de los
cirtidos y organizaciones políticas y sindicales. Las fundaciones acogen hue­
ca parte de ellos tras el amparo que les concedía la Constitución de 1978. La
Fundación Nacional Francisco Franco, creada en Madrid en junio de 1977 por
iniciativa de 227 personalidades de la vida pública de entonces, custodia un
irchivo de más de 30.000 documentos del general, actualmente en proceso de
rigitalización. En Alcalá de Henares se encuentra la Fundación Pablo Iglesias,
rué acoge la documentación del fundador del Partido Socialista Obrero Espa-
iol y la de otros líderes del PSOE y de la UGT, como Julián Besteiro y Amaro
reí Rosal. También toda la documentación oficial del Partido Socialista y de
a UGT, material que en 1939 salió hacia México y que volvió a España entre
1977 y 1981. En total, ofrece a todos los investigadores un conjunto de más de
ros millones de documentos sobre el socialismo español, a los que se pueden
añadir los depositados en la Fundación Largo Caballero.
El 19 de junio de 1980 llegó a la Fundación Largo Caballero, procedente
re Toulouse (Francia), la documentación generada por la Comisión Ejecutiva de
a Unión General de Trabajadores de España en el Exilio. Este hecho supuso el
mcimiento de su archivo histórico, inaugurado oficialmente el 20 de abril de
1982. Desde ese momento el fin primordial del Archivo de la Fundación Fran­
cesco Largo Caballero ha sido recoger y describir los fondos llegados a través de
irganizaciones sindicales, políticas, humanitarias y donaciones de particulares.
La documentación anarquista se encuentra dispersa entre España y Holan-
ca, entre la Fundación Anselmo Lorenzo y el Instituto de Historia Social de
ñcnsterdam, adonde llegaron muchos documentos después de 1939 tras una
=apa en Francia. La Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo po­
see un extenso archivo de documentos, fotografías, carteles y otros materiales
126 M étodos de investigación histórica

relacionados con el pensamiento anarquista, la historia de las ideas anarquista


o las ideas libretarias. Tiene copia de toda la documentación del Archivo CN~
(1936-1939) del Instituto de Historia Social de Ámsterdam y la documentad®:
original del archivo de la CNT desde 1939 hasta la actualidad.
Las fuentes bibliográficas

5.1. El libro antiguo, fuente para el estudio histórico

Los fondos bibliográficos antiguos o históricos constituyen una importante


fuente para el conocimiento de la historia hasta periodos cercanos. Crónicas,
memorias, descripciones, etcétera, resultan determinantes para conocer ciertos
icontecimientos, personajes y organizaciones de nuestro pasado, sobre todo
porque ofrecen una alternativa casi única a la documentación oficial que se
conserva en los archivos.
La forma de libro más antigua que se conoce son las tablillas, pequeñas
placas de arcilla, madera, marfil, oro u otra materia que servían de soporte a la
escritura en la Antigüedad. En Asiria y Babilonia se usaron de arcilla, y se escri­
bía en ellas con un estilete de metal, marfil o madera. Los griegos y romanos, sin
embargo, las utilizaron de madera dura. Se ahuecaban, cubrían de cera o yeso y
*e escribía con un estilete o con un buril. En uno de los bordes de la tablilla se
tacían dos agujeros por los que se pasaba un alambre o una cinta para sujetar­
as, y se protegían colocándblas entre dos placas.
La segunda forma del libro corresponde al rollo o volumen, así denominado
porque el papiro (planta de las familias de las ciperáceas) o el pergamino (piel
ie res) del que estaba hecho se envolvían en torno a una o dos varillas cilín-
iricas de madera o metal. Las dimensiones de los rollos eran de unas veinte
hojas de media, pegadas unas a otras, y de 15 a 17 cm de altura. La longitud
media era de seis a diez metros, pero se han conservado algunos de hasta cien.
128 M étodos de investigación histórica

Su antigüedad no se conoce suficientemente, pero se cree que es anterior al año


2400 a. C.
La tercera forma histórica del libro es el códice, que vino a sustituir al re­
lio a partir del siglo i por los numerosos inconvenientes que presentaba esn
(principalmente su consulta incómoda y su fácil deterioro a causa del continuo
enrollado y desenrollado). Se trata de una derivación de las tablillas de maden.
de los romanos, ya que al adoptar como soportes el papiro o el pergamino k>
utilizaron de la misma manera. Este último acabó imponiéndose porque perm.-
tía escribir en las dos caras. Sus hojas aparecen dobladas y agrupadas en forrar
cuadrada o rectangular y al conjunto de ellas se le ponían tapas de madera. Cor
el tiempo el códice se ha tomado como sinónimo de manuscrito, y efectivamen­
te lo era, pero también los libros de épocas anteriores. Su soporte era el papirc
(códice papiráceo) o el pergamino.
La revolución vino con un nuevo soporte, el papel (inventado en el siglo xr
y fabricado mecánicamente desde mediados del siglo xvm ), y con la impremí,
que permitía la fiel reproducción cuantas veces se quisiese de un mismo ejem­
plar, superando ampliamente la escasa difusión que podían tener los ejempla­
res únicos manuscritos. Esta revolución fue la que permitió llegar a la cuarc
forma: el libro impreso, que no es sino el códice hecho con papel en vez de coi
papiro o pergamino e impreso en lugar de manuscrito. El papel se elaboró er
sus primeros momentos a partir de los trapos. Posteriormente se fabricó o;
fibra de cáñamo, esparto y algodón. En 1857 se comenzó a fabricar a partr
de celulosa de madera. Ya en el siglo xx se han introducido componentes sinté­
ticos y químicos.
La invención de la imprenta ocurrió en Maguncia (Alemania), gracias a Gu-
tenberg, entre 1440 y 1450, aunque ya se habían usado tipos movibles de ma­
dera para imprimir en China en el año 960. El desarrollo y evolución del libre
impreso en estos primeros años es lento, pero seguro. Entre la invención di
la imprenta y 1500 se imprimieron unos veinte millones de libros (denominados
incunables), ejemplares correspondientes a unos 35.000 títulos, especialmentí
de materia litúrgica y religiosa.
El fondo bibliográfico antiguo se haya enormemente disperso en todos los
países europeos. España no es una excepción. La Biblioteca Nacional es la prin­
cipal depositarla de los tesoros bibliográficos españoles (unos 25.000 manuscri­
tos, 3.009 incunables y 237.970 volúmenes de impresos raros), pero no la única
Para Sánchez Mariana (2002: 166-190), después de la Nacional, las bibliotecas
españolas con fondos históricos relevantes son, en este orden, y agrupadas por
núcleos según su carácter: las universitarias, las eclesiásticas, las públicas de!
Estado, las del Patrimonio Nacional, las de las reales academias, las de las ca­
beceras de autonomía, las parlamentarias, las de fundaciones de origen privado
pero de uso público, las de instituciones privadas (ateneos, círculos, etc.) y, por
último, las privadas o particulares.
Las fuentes bibliográficas 129

El primer grupo de bibliotecas en cuanto al volumen de fondos bibliográfi­


cos antiguos lo constituyen las universitarias. Las universidades de varios siglos
de antigüedad cuentan con materiales bibliográficos que fueron de uso docente
e investigador en su momento y que hoy día constituyen un valioso fondo de
investigación para los historiadores. Entre estos materiales destacan los ma­
nuscritos, las publicaciones impresas de los siglos xv al xix y los materiales
especiales de diferente naturaleza, como dibujos, grabados, mapas, partituras,
etcétera, anteriores al siglo xx. Unos procedían de las propias adquisiciones de
las universidades; otros, de las incautaciones y desamortizaciones a institucio­
nes religiosas realizadas en los siglos xvm y xix. También han sido frecuentes
las donaciones de eruditos locales. Esto explica en gran parte la heterogeneidad
de los fondos, que sobrepasan frecuentemente lo que cabría esperar de coleccio­
nes estrictamente universitarias.
Un estudio de la especialista en este tipo de fondos, Remedios Moralejo
1998: 227-259), calcula en unos 600.000 los volúmenes anteriores al siglo xix,
más unos 370.000 del siglo xix, depositados en las bibliotecas universitarias
españolas. Un 90% de los fondos anteriores al siglo xix y un 80% de los de este
siglo, corresponden a las doce universidades que podemos calificar como “his­
tóricas” : Barcelona, Granada, La Laguna, Complutense de Madrid, Murcia,
Oviedo, Salamanca, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza.
Las universidades Complutense de Madrid, y las de Salamanca, Valencia y
iarcelona son las que cuentan con colecciones más numerosas de manuscritos,
ronque las restantes tienen fondos de gran interés, a veces con piezas destaca-
tas, como los Comentarios al apocalipsis de san Juan, de Beato de Liébana,
te Valladolid; el Libro de horas de Fernando I de Santiago; los Comentarios
izblicos de Nicolás de Lyra de Sevilla; el Codex Granatensis de Granada... Una
roena muestra de estos y otros ejemplares únicos fueron expuestos en el año
IX)0 en la Ex-Libris Universitatis, organizada por la Universidad de Santiago
te Compostela con la colaboración de REBIUN, y que puede seguirse actual­
mente en su cuidado catálogo.
La Biblioteca de la Universidad de Salamanca es la única cuyos fondos se
mmontan a la Edad Media. La Universidad de Valladolid conserva algún que
tco códice donado por el cardenal Pedro González de Mendoza, su fundador,
-r Biblioteca de Santa Cruz, sección del fondo antiguo de la universidad, fue
" d a d a en 1483 como parte integrante del Colegio Mayor de Santa Cruz, para
a o de los colegiales que estudiaban en la Universidad de Valladolid y residían
a este colegio mayor. Actualmente está formada por unos 24.000 volúmenes,
ae ellos 521 manuscritos, 200 incunables y 4.400 folletos de los siglos xvm
T h x . La Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense, trasladada de
-_calá a Madrid en el siglo xix, es en realidad una creación de principios del
se o xvi, por lo que los códices de su fondo parecen proceder de adquisiciones
* esa época, y no quedan ejemplares del estudio de la época medieval anterior
130 M étodos de investigación histórica

a la fundación de Cisneros. La colección bibliográfica está compuesta por una


3.000 manuscritos, 725 ejemplares incunables y un volumen de impresos a;
los siglos xvi a x v i i i que se aproxima a los 1 0 0 .0 0 0 , a los que hay que sume-
una pequeña pero valiosa colección de grabados sueltos y libros de estampa
(Sánchez Mariana, 2000: 13). En incunables solo es superada por la Biblioteca
de la Universidad de Barcelona, con 960 ejemplares.
Fuera del ámbito de las universidades, merecen destacarse de forma indivi­
dual la colección Borbón-Lorenzana, de la Biblioteca de Castilla-La Manche
situada en el Alcázar de Toledo, y la Real Biblioteca del Monasterio de El Es­
corial, fundada por Felipe II en 1565. La primera se trata de una de las mejo­
res colecciones de fondo antiguo de España, compuesta por 379 incunables.
101.140 libros impresos entre los siglos xvi al xix y unos 1.000 manuscritos de
los siglos xi al xix. La segunda contiene 6.000 manuscritos, 700 incunables t
25.000 libros impresos entre los siglos xvi y x v i i i , además de colecciones espe­
ciales, únicas, como la de cantorales. Entre sus fondos destacan Las cantigas
Santa María, de Alfonso X el Sabio, obras autógrafas de Santa Teresa de Jesús,
códices mozárabes, el Códice Aureo y una gran cantidad de manuscritos persa.-
y árabes, obtenidos del rey de Marruecos.
La forma más sencilla de conocer y buscar ejemplares de fondo antiguo es i
través de la base de datos del Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Es­
pañol, que ofrece el registro bibliográfico de más de un millón de títulos de libros
históricos, impresos de los siglos xv a principios del siglo xx, de 800 bibliotecas
las mejores en la especialidad. Entre ellas están gran parte de bibliotecas uni­
versitarias, Biblioteca Nacional, Biblioteca del Monasterio de El Escorial, Bibliote­
ca del Ateneo de Madrid, Biblioteca de la Real Academia de la Historia, Biblioteca
de Castilla-La Mancha, etcétera. También se puede realizar la búsqueda a partir de
los catálogos individuales u otros colectivos, como el de REBIUN.
El fondo antiguo o histórico es quizá el material bibliográfico mejor repre­
sentado en las bibliotecas digitales por varios motivos. Uno de ellos es el de
garantizar su preservación, pues la copia digital evita el deterioro que provoca
su uso. El otro no menos importante es que por la edad de sus documente*
todos ellos están liberados de la protección legal de derechos de autor. Las
bibliotecas no tienen que pagar ningún derecho por su reproducción por ser
de dominio público, lo que facilita su digitalización masiva. Para ver los ejem­
plares disponibles digitalizados se recomienda consultar la Biblioteca Virtual
del Patrimonio Bibliográfico, por la que se accede al texto completo de más de
127.000 obras procedentes de 107 bibliotecas; la Biblioteca Digital de la Real
Academia de la Historia, que ha digitalizado casi 23.000 obras; la Biblioteca
Digital Hispánica, que ofrece más de 12.800 manuscritos y unos 71.000 impre­
sos, y el recolector Hipana, que facilita el acceso conjunto a la mayor parte de
obras digitalizadas en cualquier biblioteca española. Además puede resultar
de gran interés la consulta de la Biblioteca Digital Dioscórides, de la Biblioteca
Las fuentes bibliográficas 131

de la Universidad Complutense. Su principal objetivo es ofrecer acceso público


a un fondo bibliográfico histórico, de gran valor para la historia de la ciencia y
de las humanidades. Incluye casi 3.000 libros digitalizados a texto completo del
rondo antiguo, de incalculable valor, accesibles libremente. Incorpora, también,
más de 47.000 grabados e ilustraciones.

5.2. La descripción de la realidad social: corografías, diccionarios


geográfico-históricos y enciclopedias

Un documento geográfico o corografía presenta una zona geográfica de acuer­


do con ciertos criterios que reflejan la variada tipología que ofrecen:

• Itinerarios y derroteros: panorámica general, completada con diferentes


anotaciones, que nos van señalando unas rutas determinadas (itinerarios
si son terrestres, derroteros si son marinas).
• Libros de viajes: señalan las vivencias personales o grupales de una serie
de individuos.
• Vecindarios: descripción de las instituciones sobre aspectos que pueden
ayudar al conocimiento de la organización del territorio y que comple­
menta trabajos cartográficos.
• Diccionarios: obras de eruditos que aportan todo tipo de información
estadística, geográfica e histórica, más o menos documentada, presentada
en orden alfabético por lugares geográficos.

En la Antigüedad se publicaron diversas obras con referencias corográfi-


^ s sobre la península ibérica. El relato más antiguo fue escrito hacia el si­
do vi a. C. Se trata de Ora Marítima, de Rufo Festo Avieno, derrotero que
reflejaba la ruta costera, señalando los accidentes físicos y los núcleos hu­
manos. Presenta de forma breve la Península en sus aspectos físicos (islas,
tolfos, cabos, ríos, montañas, etc.) y humanos (núcleos de población, sistema
económico, político, cultura y costumbres). En los inicios del siglo i, Estrabón
escribió, en el libro III de su Geografía, la primera obra geográfica acerca
re la Península cuyo esquema corográfico es bastante sistemático, y divide el
contenido en dos partes, una física y otra humana. En la primera delimita las
mgiones geográficas, el relieve, la hidrografía y las costas con sus accidentes,
taciendo alusión además a las formaciones botánicas y a la fauna. En la segun-
ia especifica los grupos étnicos, las actividades económicas y comerciales con
sis vías de comunicación.
Los romanos nos han legado distintos itinerarios que utilizaron para su domi-
xadón, explicando los caminos terrestres, las distancias que mediaban entre nú­
ceos de población y los principales accidentes geográficos existentes. El itinerario
132 M étodos de investigación histórica

más conocido sobre la península ibérica es el Itinerario de Antonino, escrito en


siglo iii , que refleja todos los caminos de Hispania y sus conexiones con Roma
Durante la Alta Edad Media la producción corográfica del mundo Cristian
se reduce a la simple información de la obra de Isidoro de Sevilla. En cambk
en el ámbito musulmán la producción corográfica y cartográfica fue abundann
entre la que destaca la obra geográfica de Al Idrisi, en el siglo x i i . Aunque ca
algunas deficiencias, presenta información sobre las vías de comunicación, i
relieve, la hidrografía, determinados aspectos económicos y un mapamundi d
lo mejor de su época. En la Baja Edad Media comenzó el resurgir cultural d<
mundo cristiano. Inicialmente los aspectos corográficos fueron apareciendo du
persos y complementarios en obras de contenido histórico, como las Crónica
de Jaime I en Aragón y Alfonso X en Castilla.
En la Edad Media comenzaron a tomar importancia los libros de viajes, coi
dos tipos principales: uno de viajeros extranjeros por la Península y otro de vía
jes al extranjero de autores hispanos. Entre los primeros destaca el Líber Sanci
lacobi, del clérigo francés Aymerico Picaud, compilación en cinco libros sobn
el Camino de Santiago, donde se detallan los pueblos por los que habían de pa
sar los peregrinos franceses. Entre los segundos merece mencionarse el Libro dt
viajes de Benjamín de Tudela, que relata el viaje que inicia el autor entre 1165 «
1166 hasta la costa catalana, donde embarca hacia Oriente, pasando por Fran­
cia e Italia, y regresa entre los años 1173 y 1174. Señala con gran precisión las
rutas comerciales entre Oriente y Occidente.
Las crónicas y libros de viajes perduraron en la Edad Moderna, acompaña­
das de los primeros diccionarios geográficos. Fernando Colón, hijo del descu­
bridor de América, fue quien primero emprendió la tarea de realizar un diccio­
nario geográfico en España, según muestran los cuatro volúmenes inéditos ot
su Descripción y cosmografía de España que conserva la Biblioteca Colombina
Una real carta fechada el 16 de junio de 1523 declaró los trabajos del iniciado
Diccionario geográfico inconvenientes al servicio del emperador.
A la muerte de Fernando Colón pasó su biblioteca a la catedral de Sevilla,
donde sus documentos inéditos de la Descripción y cosmografía de España
pudieron ser utilizados por Florián de Ocampo para su Crónica y por Pedro ck
Medina, cosmógrafo y cartógrafo de la Casa de Contratación de Sevilla, para
su Libro de las grandezas y cosas memorables de España. Este fue impreso er
Sevilla en 1549 con una portada que incluía, por primera vez, un mapa de Espa­
ña salido de prensas tipográficas. En 1566 se volvió a imprimir en Alcalá, dada
la importancia y repercusión de la obra tanto en el interior como en el extcrio:
de las fronteras españolas, pues ejerció notable influencia en el extranjero, po:
ejemplo en la obra de Braun titulada Theatrum Urbium, donde aparecen bellas
estampas iluminadas de ciudades españolas y extranjeras. La obra de Medina
se completa con el Repertorio de todos los caminos de España, de Pedro Juar
Villuga, impreso en Medina del Campo en 1546.
Las fuentes bibliográficas 133

El intento de Colón no sería el único en este tipo de obras que se viera


truncado. Sucedería lo mismo, medio siglo más tarde, con el vasto plan de
las Relaciones topográficas de Felipe II, y en el siglo xvm con el Diccionario
geográfico-histórico de España que comenzó a publicar en 1802 la Real Aca­
demia de la Historia y del que salieron tres volúmenes, dos con Vascongadas y
Navarra (1802) y otro con Logroño (1846). La primera época fue dirigida por
Campomanes, y participaron como articulistas Marina, Traggia, Abella y Gon­
zález Arnao. Las fuentes que prepararon en la organización de tan ambicioso
proyecto fueron la documentación de las Relaciones ordenadas por el rey Felipe
II, el Censo español de 1787 de Floridablanca, el Catastro de Ensenada, además
de los Interrogatorios que se repartieron por todo el país. Pero tan magnífico
intento no llegó a más. Constituía, sin embargo, el principio de superación de
aquellas meras listas de lugares a que se limitaba cualquier nomenclátor de la
¿poca o la Población general de España de Juan Antonio de Estrada (1748),
o a las descripciones cronísticas geográficas del Repertorio de los caminos de
España de Villuga, del Libro de las grandezas y cosas memorables de España de
Medina o del Viaje por España de Antonio Ponz.
Aunque no dispuesto en el orden alfabético de un diccionario, sino en el de
itinerarios diversos, el Viaje por España de Ponz contiene una profunda des­
cripción de pueblos y accidentes de la tierra, aunque lamentablemente quedó
acompleta. Faltan Galicia, Asturias, Santander, País Vasco, Navarra, La Rio-
•a, Murcia, Andalucía oriental, Baleares, Canarias, Huelva y Zamora. Antonio
Ponz era secretario del rey y de la Real Academia de San Fernando. Publicó su
obra, en dieciocho tomos, en el último tercio del siglo xvm.
En el siglo xix se extiende la moda por la lectura y la consulta de amplias
obras de referencia, principalmente enciclopedias especializadas y diccionarios
ceográfico-históricos. Entre las primeras podemos destacar la Enciclopedia es­
tañóla del siglo xix. Biblioteca completa de ciencias, literatura, arte, oficios
Madrid: Boix, 1842-1845, 4 vols.), la Enciclopedia moderna-diccionario uni­
versal de literatura, ciencias, artes, agricultura, industria y comercio de Francis­
co de Paula Mellado (Madrid, 1851-1855, 34 vols.) y el Diccionario enciclopé­
dico hispano-americano de literatura, ciencias y artes (Barcelona: Montaner y
¿anón, 1887-1898, 24 vols.).
Entre los diccionarios, el primero fue el Diccionario geográfico-estadístico
España y Portugal de Sebastián Miñano, publicado en Madrid entre 1826
t 1829 en 11 volúmenes. El presbítero Sebastián Miñano era director del Ga-
rmete de Geografía, establecido por el gobierno de Manuel Godoy con el fin
cir.damental de preparar la edición del diccionario, obra que no fue muy bien
•cdbida desde el principio por la crítica, que acusaba a la obra de contener
enumerables errores y lagunas y de no contar con importantes especialistas
.2 ¿ momento. Especialmente fue muy crítico con la obra Fermín Caballero,
actor en 1844 del Manual geográfico-administrativo de la monarquía española,
134 M étodos de investigación histórica

que la calificaba de “prematura, precipitada y fuera de los alcances de un soic.


hombre” .
El siguiente título dedicado a España fue el Diccionario geográfico, estadísz-
co, histórico de España y sus posesiones de ultramar, dirigido por Pascual Ma-
doz y publicado en Madrid en 16 volúmenes entre 1845 y 1849. Las distintas i
sucesivas ediciones que se realizaron en su época prueban el enorme interés que
despertó la obra, así como las tiradas, entre *8.000 y 10.000 ejemplares, cifn
muy elevada en el Madrid de mediados de siglo (se publicaban por entonces e:
toda España unos 500 libros al año) y solo igualada por la colección “ Bibliote­
ca Popular Económica” .
El político progresista, coronel del ejército y humanista, dedica el dicciona­
rio a su reina en 1843. El objetivo principal de la publicación, como aclara er
la introducción, es el de “ dar a conocer con la extensión posible lo que es, k
que en su día podrá ser, y lo que fue en otro tiempo el país que se describí
cosa que no puede conseguirse sino por medio de la geografía, de la estadísti­
ca y de la historia” . Madoz comenzó a trabajar en él en 1833. Lo primero que
hizo fue reunir todas las obras estadísticas, históricas y descriptivas del pak
entresacar de ellas los datos convenientes y estudiar en ellas las cuestiones mái
importantes, habiendo realizado como trabajo previo un nomenclátor de to­
dos los pueblos de España. Posteriormente procedió a consultar documenta­
ción de los principales archivos generales del Estado y de varios particulares,
entre ellos los de la biblioteca del Escorial y el de Simancas, para consultar las
Relaciones topográficas de Felipe II. También fueron básicas la Matrícula ca­
tastral y el Censo de Frutos y Manufacturas de España de 1799. En tercer lugar
preparó un completo cuestionario que envió a una amplia red de colaboradores
repartidos por las 49 provincias del país: “ Pasan de mil los ilustrados españoles
que con el mayor desinterés me han favorecido y me favorecen con su corres­
pondencia, remitiendo noticias, enviando artículos, corrigiéndolos después, po:
si alguna equivocación pudo haberse padecido” , aclara en la introducción.
El diccionario de Madoz superaba al de Miñano tanto en rigor científicc
como en volumen: “ solo las cuatro primeras letras de mi diccionario compren­
derán aproximadamente los veinte y siete mil artículos que el Miñano emplee
al describir la España y Portugal en todas las combinaciones alfabéticas” , alar­
deaba el autor en la introducción. Pero también era más completo que los que
le sucedieron en la misma centuria, especialmente el de Pablo Riera y Sans
(Diccionario geográfico, estadístico, histórico, biográfico, postal, municipal, mi­
litar, marítimo y eclesiástico de España y sus posesiones de ultramar, Barcelona.
1881-1887. 12 vols.) y el de Rafael del Castillo (Gran diccionario geográfico,
estadístico e histórico de España y sus provincias. Cuba, Puerto Rico, Filipi­
nas y posesiones de Africa, Barcelona, 1889-1894. 4 vols.), pues los de Juan
Mariana (Diccionario geográfico, estadístico, municipal de España), Mariano
Díaz Valero (Diccionario geográfico-judicial y estadístico de todos los ayunta­
Las fuentes bibliográficas 135

mientos...) y Gaspar Roig (Biblioteca ilustrada) eran escuetos nomenclátores.


Tampoco faltaron los diccionarios universales, o “ de todas las partes del mun­
do” , como se subtitulaban algunos de ellos (Diccionario universal de historia y
geografía de Francisco de Paula Mellado y Diccionario geográfico-histórico de
todas las partes del mundo).
Una de las obras de mayor influencia en el siglo xix fue Elementos de la geo­
grafía astronómica, natural y política de España y Portugal, de Isidoro de Anti-
llón. Entre las novedades de esta obra destacan su concepción pedagógica, que
sigue el método intuitivo de Pestalozzi, y su concepción de la geografía, enten­
dida como ciencia de la comparación y de la relación. “ Esta nueva concepción
de la geografía va unida en Antillón a la antigua y tradicional línea corográfica
de facilitar una información, lo más detallada posible, acerca del país, tanto en
su vertiente física como en la humana” (Garrigós, 1993: 36). La obra se divide
en dos partes. En la primera se estudia el conjunto de España y Portugal, con
un capítulo dedicado a los aspectos físicos y otro a los humanos. En esta última
parte destacan las interesantes informaciones sobre la producción minera, in­
dustrial y agropecuaria, las comunicaciones y el régimen político. En la segunda
parte de la obra se analizan las regiones, utilizando la división tradicional: Gali­
cia, Asturias, Castilla la Vieja, León, Castilla la Nueva, Extremadura, Córdoba,
Jaén y Murcia, Sevilla y Granada, Aragón, Navarra, Vascongadas, Valencia,
Cataluña y Baleares.
A todas estas corografías podemos añadir las abundantes memorias e iti­
nerarios de carácter militar realizados por los Cuerpos de Oficiales Generales,
Ingenieros Militares o Estado Mayor del Ejército. Se conservan en el Archivo
Histórico del Servicio Geográfico del Ejército completamente catalogados y el
catálogo lo publicó en 1990 el propio Servicio (Cartoteca histórica. índice de
memorias e itinerarios descriptivos de España). Los itinerarios más antiguos
¿atan de la guerra de la Independencia (1810) y los más frecuentes se realizaron
entre 1847 y 1864, entre los que se encuentran los originales manuscritos del
monumental Itinerario descriptivo militar de España, que comprende 1.200
.cinerarios extendidos a lo largo de 70.300 km y fue publicado en ocho tomos
entre 1866 y 1867. Estos itinerarios se refieren en su casi totalidad a las ca­
rreteras y caminos, pero no faltan los descriptivos de ferrocarriles y líneas de
navegación, con los derroteros de estas cuando unen dos puertos nacionales.
También durante el siglo xix proliferaron los libros de viajes. Uno de los más
nzeresantes es el Viaje por España del danés Hans Christian Andersen, realizado
m 1862. El recorrido que realizó en los tres meses y medio que duró su viaje fue
é siguiente: entró a España por Perpiñán, siguió a Barcelona, Valencia, Almansa,
Alicante, Elche, Murcia, Cartagena, Málaga, Granada, Gibraltar, norte de Áfri­
ca, Cádiz, Sevilla, Córdoba, Santa Cruz de Múdela, Madrid, Toledo, Madrid,
Burgos, Vitoria, San Sebastián e Irún. Hace un detallado relato, a veces poético,
ne los paisajes y núcleos de población por donde pasa. Los historiadores no po­
136 M étodos de investigación histórica

demos olvidar los recuerdos del viajero inglés George Borrow, que en La bibfi
en España o viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difuná
las escrituras por la Península, retrata la situación política y social de la Espaü
convulsa que conoció el viajero inglés entre enero de 1836 y abril de 1840.
En el siglo xx abundan las obras y descripciones geográficas, entre las qa
destacan sin duda alguna por su volumen y esfuerzo de investigación el conod
do como Diccionario del movimiento, que contó con los auspicios del régima
franquista. Pasado un siglo de la publicación del Madoz se pensó en ponerlo ¡
día con un nuevo diccionario que viniera a cubrir el conocimiento de la nuev
realidad del país, pues obras publicadas en tiempos recientes no dedicaban a
profundidad necesaria a tal fin, como el Diccionario geográfico universal di
Fernando Villalba y Rubio (1953). Nació así el Diccionario geográfico de Es­
paña, editado en Madrid por Prensa Gráfica y Ediciones del Movimiento enm
1956 y 1961, con un total de 17 volúmenes. Como explican los editores en c
prólogo:
A la vista de la realidad comprobaron, sin embargo, que no bastaba con
rectificar datos de población, cifras estadísticas, número de edificios, etcétej
ra; un siglo ha sido decisivo para cambiar no solo el punto de partida de la
labor, sino también la fisonomía geográfica del país. Han surgido elemente*
científicos para conseguir una mayor precisión, y, en cien años, la geología.
cartografía y otras ciencias afines a la vasta rama geográfica han progresad!
de manera insospechada para los románticos del xix.

En febrero de 1955, a instancias del ministro-secretario general del Movi­


miento, Raimundo Fernández-Cuesta, la Junta Política, bajo la presidencia de.
jefe del Estado, aprobó la publicación del diccionario. La dirección técnica fue
encomendada a Germán Bleiberg, que en 1952 había dirigido el Diccionanc
de historia de España, el primero especializado de la historia de un país que se
publicaba en el mundo. La metodología empleada en la elaboración del diccio­
nario fue similar a la utilizada por Pascual Madoz un siglo antes. Los autores
manejaron la bibliografía fundamental de la época y remitieron un complete
cuestionario, que puede verse en el prólogo de los editores del primer volumen,
a los maestros nacionales, profesores de Geografía e Historia de los centros
de enseñanza media y profesional y secretarios de municipios, cuyos nombres
figuran en los artículos redactados por cada colaborador.
El resultado global es un diccionario de calidad similar al de Madoz, que
ofrece innumerables detalles de la realidad política, social, económica y cultura-
de la época, aunque como todo este tipo de obras colectivas, presenta importan­
tes disparidades entre los artículos, debido, como el mismo editor reconoce, a
la diferencia de criterio de los colaboradores. Unos constituyen verdaderas m o
nografías; otros adolecen de un excesivo esquematismo. La dirección técnica,
siempre intentando respetar la fuente original, procuró dar la máxima unidad a
Las fuentes bibliográficas 137

los artículos sobre núcleos de población, cuya descripción se ha dividido en tres


grandes apartados: geografía física, geografía económica y geografía humana.
Especialmente resulta valioso el diccionario en la nomenclatura de los acciden­
tes geográficos. Un equipo de especialistas procedió a inventariar nombres de
ríos, arroyos, barrancos, montes, caminos, etcétera, para lo que siguieron la
de los mapas topográfico nacional, agronómico y geológico, escala 1:50.000, y
el geológico, escala 1:400.000, fuentes de las que carecía Madoz, lo que llevó a
su obra a importantes omisiones y equivocaciones al respecto.
Del siglo xx hay que resaltar la publicación de la primera gran enciclopedia
de España: la Enciclopedia universal ilustrada europeoamericana. A principios
del siglo xx la hegemonía de Barcelona en el sector de la edición es clara, tanto
en cantidad como en calidad. Editoriales como Montaner y Simón, Salvat o Es-
pasa cuentan con las instalaciones técnicas más modernas del mercado español.
En su manifiesta competitividad, todas se apresuran a publicar una obra que, en
formato enciclopédico, recoja todo el saber de la época, como se había hecho en
otros países el siglo anterior. Comienza la carrera, en 1903, la editorial Rovira
y Chiqués con su Enciclopedia española. Siguen en 1906 la editorial Salvat, con
la publicación de su prestigioso diccionario (Diccionario Salvat, enciclopédi­
co, popular, ilustrado...), y la editorial Seguí, con su diccionario enciclopédico
dustrado (Enciclopedia ilustrada Seguí, diccionario universal con todas las vo­
ces y locuciones usadas en España y en la América Latina). En 1907 la casa
Espasa comenzó la publicación -primero por fascículos, a partir de enero de
1908 como volúmenes encuadernados- de la enciclopedia que a la postre se
convertiría en la obra más vendida en su género (la tirada de la primera edición,
15.000 ejemplares, fue cinco veces superior a las tiradas medias de la época) y
punto obligado de referencia de la cultura española e hispanoamericana con­
temporánea, incluso hasta la actualidad: Enciclopedia universal ilustrada euro-
: soamericana. Su prestigio y calidad la ha llevado a ser conocida por todo el
mundo por su nombre y primer apellido: Enciclopedia Espasa.
El cuerpo de la obra ocupa 70 tomos presentados en 72 volúmenes de unas
1.500 páginas cada uno, a los cuales se han añadido 10 volúmenes de apén­
dices, completados a su vez por los suplementos publicados desde 1934 hasta
noy. Este conjunto monumental contiene unos 9 millones de artículos, 165.000
trabados, 2.800 láminas y 46.000 biografías. En conjunto, solo los 82 volú­
menes primeros tienen un peso total de unos 164 kilogramos y ocupan una
longitud de 6 metros lineales.
El proyecto comenzó cuando José Espasa adquirió los derechos de adapta­
ron de los Konversations-Lexikon de los editores alemanes Brockhaus, Meyer
t Herder. Con su enciclopedia, Espasa no crea un nuevo estilo lexicográfico.
Más bien se puede decir que adapta el modelo germánico a las exigencias del
pupo social para el cual edita: la burguesía española e hispanoamericana. Pero,
i diferencia del resto de enciclopedias europeas contemporáneas, se ofrece una
138 M étodos de investigación histórica

presentación más generosa de la realidad española e hispanoamericana y um


mayor abundancia y calidad de las ilustraciones. Hay que responder al desee
de los lectores contemporáneos, ansiosos por descubrir la realidad del mundo
gracias a los numerosos procedimientos de reproducción que la prensa ilustrada
ha popularizado.
El primer director artístico de la obra fue el intelectual catalán Miguel Utri-
11o i Morlius, encargado de la búsqueda de redactores y colaboradores y dí
la reunión del material iconográfico. En 1919 le sustituirá hasta el final de la
elaboración de la obra, en 1934, Eudald Canivell i Masbernat. A diferencia dí
Pierre Larousse, infatigable lexicógrafo, José Espasa va a preferir contar con lo?
mejores redactores posibles entre los intelectuales de Barcelona. Puede decirse,
por tanto, que la enciclopedia es una obra de la burguesía catalana, ligada al
auge y desarrollo que vive Barcelona a principios del siglo xx, lo que nos lleva a
destacar la importancia de esta clase social en la constitución de la imagen cul­
tural de España. En 1926 la fusión de Espasa con la madrileña editorial Calpe y
el paulatino desplazamiento del esfuerzo editorial a Madrid refleja la incidencia
de las luchas sociales en Barcelona y, a la vez, el auge y prosperidad de la capital
y la preponderancia de los capitales vascos, que estuvieron en la raíz de la eco­
nomía nacional después de la I Guerra Mundial.
En total hay identificados más de 600 colaboradores y redactores, aunque
los artículos no están firmados. De ellos 34 son historiadores y arqueólogos,
que contribuyen a la riqueza en detalles y precisiones históricas que no apa­
recen en ningún otro sitio. Hay que añadir la colaboración de la Real Aca­
demia de la Historia tanto como institución intermediaria de la búsqueda de
colaboradores especializados como con la participación directa de algunos
de sus miembros. El grupo de colaboradores más numeroso es el clero, con 147
(22,75% del total), que parece corresponder al nuevo periodo de actividad de
las órdenes religiosas en España y particularmente en Cataluña, dedicadas ma-
yoritariamente a la enseñanza.
La parte de la enciclopedia que más ha resistido el paso del tiempo y que si­
gue constituyendo hoy día la causa principal de su consulta son los artículos de
historia, geografía, arquitectura, crítica literaria y crítica artística y, sobre todo,
las muy numerosas biografías. Para los historiadores no pueden olvidarse, por
supuesto, las descripciones históricas de cada una de las poblaciones y provin­
cias españolas, punto cronológico intermedio entre el diccionario de Madoz y el
del Movimiento. También hay que tener en cuenta la iconografía: algunas de las
imágenes son fuente documental para estudios actuales, como las fotografías de
la época referidas al trabajo de la mujer, al mundo industrial y al ámbito rural, a
los pueblos y ciudades, a los personajes y la pintura histórica, pues se reprodu­
cen los mejores cuadros clásicos y contemporáneos.
Tiene un discurso persuasivo, especialmente en los artículos de política, sin­
dicalismo, religión y sociedad. En ellos el redactor intenta imponer su veracidad
Las fuentes bibliográficas 139

al lector. Este acto de persuasión se nota en la valoración (positiva o negativa)


de los objetos, de las ideas y de los hombres. Patriotismo y modernidad son
dos de sus rasgos más pronunciados en cuanto a su contenido. La enciclope­
dia nace en pleno regeneracionismo, como respuesta a la humillante derrota de
1898 frente a los Estados Unidos de América. Los calificativos del título de la
obra, Universal, Europeoamericana, parecen devolver al lector al Siglo de Oro
de la historia de España. Las armas del espíritu querían sustituir la derrota y la
desmoralización con el brillo de nuevo de la gloria cultural de la madre patria.
Los ingenieros hacen una propuesta técnica y científica ambiciosa para sustituir
los valores tradicionales por la apología de la ciencia y de sus aplicaciones téc­
nicas. Tomando como ejemplo la vitalidad de Barcelona y Cataluña, pretenden
exportarlo al resto del país, para modernizar también sus estructuras políticas y
económicas. Se muestran contra el caciquismo y a favor de la descentralización,
en contra de las organizaciones obreras y a favor del mantenimiento del orden
tradicional y de la jerarquía. En economía, siguen las líneas del catalanismo de­
cimonónico y apuestan a favor del proteccionismo.
“Al contrario de lo que ocurre con la Encyclopédie de Diderot o con el Dic-
úonnaire de P. Larousse, -escribe Philippe Castellano- la Enciclopedia Espasa no
quiere ser un instrumento de liberación para los lectores a los que se dirige, sino
que desempeña más bien el papel contrario de afirmación y consolidación de los
^alores de la Restauración en España. Asustados por la aparición de la cuestión
social y la subida del sindicalismo, estos lectores de la Enciclopedia Espasa en­
cuentran en esta obra, un léxico depurado, y la imagen de una sociedad exenta de
conflictos en la que la Iglesia sigue teniendo un papel primordial, sobre todo en la
teneficencia. Para alejar esos temores, los valores de la religión católica guiarán
a mayor parte de los artículos y serán utilizados como efecto de marca, utilizan­
do incluso las frases de ánimo del Papa, para la difusión de la obra” .
A pesar de todo, y como conclusión, podemos suscribir el significado que para
ac principal estudioso tuvo el enorme esfuerzo editorial que conllevó la Espasa:
‘ co se ha limitado a ser una mera recopilación de conocimientos adquiridos don-
je las palabras y las cosas se adecúan totalmente, sino que también se ha converti-
ac en un lugar de memoria para la sociedad española contemporánea. Un lugar de
temoria que, según la definición del historiador P. Nora, ofrece una dimensión
nstoriográfica, etnográfica, psicológica y política” (Castellano, 2000: 19).

?3. La estadística oficial

-i estadística moderna surge en España a mediados del siglo xix ante la ne­
cesidad del nuevo Estado liberal de contar con datos fiables, principalmente
amográficos, para su utilización con fines políticos, económicos y sociales, fun-
jinentalmente. La riqueza de las fuentes cuantitativas y, sobre todo, su conti­
140 M étodos de investigación histórica

nuidad en la publicación y la estabilidad que en términos generales presentai


las variadas clasificaciones estadísticas permiten conocer mejor nuestra socx-
dad. En 1856 se creó la Comisión de Estadística General del Reino, que pasó a
llamarse en 1861 Junta General de Estadística, en 1873 Instituto Geográfico i
Estadístico y en 1931 Instituto Geográfico Catastral y Estadístico. En 1945 x
crearon, a partir de este, el Instituto Geográfico Nacional y el Instituto Nacio­
nal de Estadística, organismo que ha logrado mantener la continuidad de la
principales recuentos estadísticos españoles, en línea con los de los principala
países occidentales.
La estadística oficial nace con el primer objetivo de conocer los datos demo­
gráficos del país, y su obra cumbre es el Censo, conjunto de operaciones que
consisten en recoger, recopilar, evaluar, analizar y publicar o divulgar los date*
demográficos, económicos y sociales relativos a todos los habitantes de un paj*
y de sus divisiones administrativas, en un momento o periodo dado.
En el tercer milenio a. C. ya se conocen recuentos de la población, antece­
dentes de los censos. Uno de los primeros de los que ha quedado constanoa
es el que se efectuó bajo la primera dinastía faraónica, hacia el año 3000 a. C
También por las mismas fechas se sabe de otros recuentos en Babilonia. L:
Roma el censo adquirió gran importancia, con datos de los ciudadanos (nom­
bre, edad, miembros de la familia) y de su patrimonio (propiedad mobilian*
e inmobiliaria, esclavos). Durante la Edad Media proliferó este tipo de publi­
caciones, que seguían los tres sistemas básicos de ordenación administrativa:
civil, feudal y eclesiástica. Entre ellas adquirió un lugar preferente el Domesdsy
Book, realizado por mandato de Guillermo I en 1086. Durante el siglo xviii se
efectuaron recuentos en países como Islandia, Prusia, Suecia, Inglaterra, España
y los Estados Unidos.
A mediados del siglo x ix aparecieron los que se han considerado “censos
modernos” , basados en la recopilación de información a partir de datos indi­
viduales y no de hogares. El primer país que efectuó un censo de este tipo fue
Bélgica (1846). Siguieron los Estados Unidos (1850), España (1857), Portugal
(1864) y Argentina (1865). En los últimos años del siglo xix se fueron aña­
diendo la mayor parte de países europeos. En 1897, el Instituto Internaciona.
de Estadística publicó una normativa relativa a la unificación de criterios para
elaborar los censos y presentar sus resultados. Durante el siglo siguiente el cen­
so se ha extendido por América Latina, Asia, África y Oceanía, aunque en 1970
todavía quedaban 36 países que nunca habían realizado un moderno censo de
población.
El origen de los censos en España se produce en el siglo xvi. La Corona de
Castilla realizó el primer censo entre 1528 y 1536 con la finalidad de facilitar
el prorrateo del impuesto denominado “ Servicio Ordinario y Extraordinario”,
por lo que excluía a la población exenta de su pago, como clérigos, hidalgos y
miembros de determinadas profesiones. El segundo censo, el más importante
Las fuentes bibliográficas 141

del siglo, se realizó en 1591 para asegurar el reparto de un nuevo impuesto, el


“Millones” . Ofrece información sobre el número total de vecinos, divididos por
pecheros, hidalgos, clérigos seculares y regulares; lista de conventos en la que
suele aparecer el lugar donde están enclavados, el nombre del establecimiento
religioso, orden a que pertenece y número de sus componentes. Este censo es
conocido como el Censo de Tomás González en recuerdo a quien lo descubrió
entre los legajos del Archivo de Simancas en 1829. Los resultados de este Censo
han sido publicados por el Instituto Nacional de Estadística (Censo de Castilla
de 1591. Madrid: INE, 1984).
Después de distintos recuentos realizados especialmente para recaudar im­
puestos en plena decadencia económica del siglo x v i i , en el siglo x v i i i se pu­
blica el primer censo propiamente dicho, el Censo de Aranda, efectuado entre
1768 y 1769. Este recuento, organizado por los obispados, es el primero que
relaciona “ almas” y no vecinos; es el primero que comprende todo el territorio
español, con excepción de las tierras de las órdenes militares; también es el
primero en clasificar la población por sexo y grandes grupos de edad. No fue
publicado, y la documentación original se encontraba en el Archivo Histórico
Nacional y en la Biblioteca de Palacio, y una copia en la Real Academia de la
Historia. “No existe unanimidad respecto a la fiabilidad de los datos del Censo
ie Aranda, o más bien la opinión general es que no resulta fácil apreciar su cali­
dad. El hecho de que esté organizado por diócesis, lo que dificulta las compara­
ciones con los censos posteriores y con el de Ensenada, y el carácter incompleto
de la documentación de detalle, contribuyen a explicar la indeterminación de
a s valoraciones” (Pan-Montojo, 1993: 358).
El Censo de Floridablanca (1787) es el primero realizado en España por
notivaciones demográficas, no fiscales, y su calidad es similar a la de los me­
jores censos europeos del Antiguo Régimen. Proporciona información sobre
a distribución de la población por sexo, edad (siguiendo los mismos grupos
cue el censo anterior) y estado civil (donde se incluyen los viudos, olvido inex­
plicable en el Censo de Aranda). Se incluye además la población eclesiástica,
ma incipiente clasificación socioprofesional y una relación de instituciones de
reneficencia, de reclusión y de enseñanza. Los resultados de este censo también
u n sido publicados por el INE {Censo de 1787 “Floridablanca”. Madrid: INE,
1987-1991; 6 vols.). La documentación original y primaria del censo se encuen­
tra en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia.
El último censo del siglo* fue el Censo de Godoy (1797), que siguió la me­
todología del de Floridablanca aunque con algunas novedades. Los grupos de
siad se ampliaron, incluyendo grupos de 10 en 10 años desde los 50 hasta
es 100 años de edad, y a seglares, eclesiásticos y población institucional. La
gasificación socioprofesional se amplió también de forma considerable, con
*3 epígrafes. En 1992 el Instituto Nacional de Estadística realizó una edición
tsesímil de este censo.
142 M étodos de investigación histórica

Entre el Censo de 1797 y el de 1857 se produjo una considerable lagum


causada por la inestabilidad política de la época. Aun así destacan diversa
trabajos, como el Censo General de Vecinos (1810), el Padrón de Extranjera
(1836), el Censo General de Población (1837), las Estadísticas sobre Rentas -i
Contribuciones (1838-39) y los recuentos de 1842 y 1846.
El Censo de 1857 es considerado como el primer censo de población mode:
no, aunque para algunos demógrafos este calificativo corresponde al Censo ó*
Floridablanca. Los modernos censos han observado desde 1857 una periodici­
dad bastante regular, en los años acabados en cero (y los padrones, por los qa:
se recoge la información, en cinco), a fin de homologar los años censales cor
los de otros países del contorno europeo y de los Estados Unidos, y en los últi­
mos tiempos en uno: 1857,1860,1877, 1887, 1897, 1900, 1910,1920,1931
1940, 1950, 1960, 1970, 1981, 1991, 2001 y 2011. El de 1870 no se llevó í
cabo por los efectos de la revolución de 1868. Una vez restaurada la monarqiui
se decidió no esperar hasta 1880 para realizar el siguiente recuento, y se vohn
a la costumbre iniciada en el primer censo de proceder al recuento en los añoí
terminados en siete, fruto de lo cual fueron los censos de 1 877,1 8 8 7 y l8 9 7 . Dt
este último solo se publicaron los Resultados Provisionales, ya que se decidí:
ajustarse nuevamente a las fechas recomendadas por la Conferencia Internacic-
nal de Estadística celebrada en 1895 en Berna.
La mayor parte de la información censal es demográfica, con clasificaciones
de todo tipo, de la población de hecho y de derecho (esta distinción establecida
a partir de 1877). Pero además se recogen datos acerca de la alfabetización t
grado de instrucción de la población, dividida en tres categorías: “ saben leer t
escribir” , “saben leer” y “no saben leer” , clasificación un tanto ambigua que ha
ido mejorando con el tiempo, pasando de las tres categorías citadas al grade
de alfabetización, al nivel de escolarización y al de los estudios realizados. Los
censos españoles dedican también una parte importante a datos de población ac­
tiva o estructura económica. El número y complejidad de las clasificaciones so-
cioprofesionales aumentan con el tiempo, pasando de los once oficios recogidos
en el Censo de 1857, a los 25 en 1860 y a los 139, por ejemplo, de 1940. Esta
falta de uniformidad complica su utilización para análisis de larga duración. Po:
otra parte, de 1900 a 1920 no aparecen diferenciados los patronos y asalariados,
un dato de indudable importancia para el análisis socioprofesional. Desde 1860
se comienzan a distinguir los oficios por sexo, y desde 1900 por estado civil. De
forma general aunque breve, los censos del siglo xx recogen información sobre
la vivienda. A partir de 1950, la información se amplía con datos pormenoriza­
dos sobre características ellas, como el destino del edificio, número de viviendas,
clase de vivienda, régimen de tenencia, número de habitaciones, grado de equi­
pamiento, superficie útil y otros. En censos posteriores se ha disminuido el grado
de información debido a que a partir de 1970 se inició la publicación del Censo
de Viviendas y Edificios, realizado de forma conjunta con el Censo.
Las fuentes bibliográficas 143

A partir de la información censal han salido otra serie de publicaciones ofi­


ciales de carácter periódico, entre las que destaca el nomenclátor, que recoge,
fundamentalmente, la distribución de las entidades de población por el terri­
torio nacional según sus respectivos hábitats, clasificados según sus categorías
administrativas (municipios, entidades de población, aldeas, parroquias, luga­
res, etc.) y modalidad de sus construcciones. Esta fuente se concibió como inde­
pendiente del Censo, aunque durante el siglo xix se hizo paralela, pasando con
posterioridad a incluirse como una parte más de la operación censal.
Aunque los orígenes de esta fuente se remontan a las Relaciones topográfi­
cas de Felipe II, el primer nomenclátor moderno se publicó en 1858, fruto del
Censo de 1857. Recogía 48.220 entidades de población por provincias, parti­
dos judiciales y municipios. La información se fue mejorando y ampliando en
los nomenclátores posteriores, hasta el de 1900, con el que se abre una nueva
serie caracterizada por la homogeneidad de su contenido. Durante el siglo xx se
han publicado en 1916 (correspondiente al Censo de 1910), 1924 (1920), 1933
(1930), 1944 (1940), 1952 (1950), 1962 (1960), 1973 (1970), 1984 (1980)
y 1991, todos ellos con una detallada distribución de la población de hecho
por el territorio según su forma de hábitat en municipios y, dentro de ellos, en
entidades de población, según el tipo de vivienda o alojamiento. Asimismo se
incluye una relación de las carreteras de distintas categorías por provincias, y
otra de ferrocarriles según tipo de vía. Además se ofrece la superficie, la población
de hecho y el número de habitantes por km2 y una variada gama de información
complementaria (mapas, datos meteorológicos, distancias kilométricas, clasifi­
cación de los edificios por el uso: agrícola, industrial, religioso, educativo, peni­
tenciario, de vivienda, etc.).
Las estadísticas vitales básicas, documentación que conserva el Registro Ci­
vil, a efectos de su uso y análisis, dan lugar a una publicación periódica deno­
minada Movimiento Natural de la Población, que recoge los datos de base,
agregándolos por determinadas unidades territoriales y presentándolos según
diferentes criterios de clasificación. Antes del establecimiento definitivo del Re­
gistro Civil se elaboró un recuento precedente del Movimiento Natural de la
Población, la Memoria sobre el movimiento de la población de España en los
años 1858,1859 y 1861, realizado por la Comisión Estadística General del Rei­
no a partir de los datos de los registros parroquiales, y publicada en 1863 con
los resultados de 1862 y un resumen del quinquenio 1858-1862, consignándose
datos para provincias y cdpitales acerca del número de nacimientos, defuncio­
nes, matrimonios y defunciones por estado civil. El primer Movimiento Natural
de la Población de España realizado a partir de los datos del Registro Civil
aunque algunos siguieron siendo tomados de los archivos parroquiales) se pu­
blicó en 1877, debido al Instituto Geográfico y Estadístico creado ese mismo
iño. El volumen contiene datos de los años 1861-1870 sobre nacimientos (por
sexo, legitimidad, meses y nacidos muertos), matrimonios (por meses, edad y
144 M étodos de investigación histórica

estado civil) y defunciones (por sexo, periodos, edad, estado civil y causas). Ei
1886 se publicaron los datos correspondientes al periodo 1878-1884. En 1895.
los de 1886-1892. A partir de 1900 las publicaciones del Movimiento Natura,
de la Población aparecen con una regularidad tanto en el formato (solo altera­
do en los últimos años, para dar cabida a la nueva organización autonómica ó:
Estado) como en el tiempo (periodicidad anual).
En 1858 salió el primer número de otra publicación periódica de caráctr
estadístico y oficial, el Anuario Estadístico de España, aunque no tuvo unr
continuidad verdaderamente anual hasta 1943. Este anuario presenta cada añ:
una gran cantidad de información estadística de carácter demográfico, soda-
cultural y económico. La estructura del anuario nos permite comprender k
importancia de los datos que ofrece, por su riqueza y por continuidad, más es­
timable en los casos en que un mismo anuario nos ofrece series retrospectivas.
El historiador, a través de esta fuente, puede conocer y analizar desde la estruc­
tura social de la población a la actividad política (principalmente en periodos
electorales), la situación macroeconómica, la denominada economía social (in­
cluye información sobre la acción huelguística, por ejemplo), la actuación de k
justicia, la política de acción social y de beneficencia, el nivel de infraestructu­
ras y comunicaciones, número y clasificación de asociaciones, pasando por k
situación educativa y la actividad cultural (lectura, edición de libros y prensa,
bibliotecas, etc.), aspecto este de gran importancia para el estudio de las menta­
lidades y de la vida cotidiana.
Para el estudio de la estructura social, refleja las cifras globales del persona,
de la Administración Civil del Estado en los anuarios entre 1858 y 1865 yer
las series posteriores a 1915. El personal militar también tiene una informado::
especializada. En la década de 1860 se incluyen estadísticas detalladas de k
oficialidad, incluso por estado civil y por provincias (a partir de 1915 se editar
regularmente estadísticas militares que enlazan con las actuales publicaciones
de la Unidad de Estadística de la Secretaría General Técnica del Ministerio d;
Defensa. Destaca fundamentalmente el Anuario Estadístico Militar, del cual s í
publicaron 29 ediciones entre 1954 y 1986).
Los anuarios incluyen desde 1858 datos específicos sobre la estructura ad­
ministrativa, categorías y efectivos en general del clero secular y regular, in­
formación que se confirma en los anuarios posteriores a 1915. Los datos de!
anuario pueden ser completados para épocas más recientes con los del Anuaric
Católico Español, que se edita desde 1953, y los de la Guía de la Iglesia er.
España (a partir de 1954), que suceden a iniciativas anteriores que no tuvierot
la misma continuidad, como la Guía del Estado Eclesiástico, Regular y Secular
(1818-1833, 1868), el Anuario Eclesiástico (1934) y la Guía de la Iglesia y cu
la Acción Católica de España, publicada en 1943 por Acción Católica.
La prensa ocupa en todos los anuarios una destacada importancia. Las rela-
ciones de periódicos publicados están disponibles en casi todos los anuarios a
Las fuentes bibliográficas 145

partir de 1861 conforme a una clasificación temática, aunque sin datos referen­
tes a la tirada, cuestión que puede calcularse en los primeros años a través del
derecho del timbre abonado por las empresas a la administración de Correos
en razón del franqueo. Posteriormente esta información ha sido facilitada por
otros recuentos estadísticos y anuarios especializados, como la Estadística de la
Prensa Periódica de España formada por el Ministerio de Instrucción Pública
y Bellas Artes desde 1913, o el Anuario de la prensa periódica desde 1943, el
Anuario de la Prensa Española a partir de 1965 y el Anuario Estadístico de
Prensa desde 1975.
Recopilación oficial estadística es también la Reseña geográfica y estadística,
elaborada en su primera edición en 1888 por funcionarios a las órdenes del di­
rector general del Instituto Geográfico, y reeditada en 1912. En los aspectos fí­
sicos, describe la orografía, climatología, hidrología y botánica, aportando gran
variedad de datos estadísticos en cuanto a las altitudes, materiales geológicos e
imágenes de perfiles, relaciones de índices barométricos, publiométricos y eóli-
cos, cursos fluviales y en botánica establece una regionalización y cartografía.
En los aspectos humanos estudia la demografía (población, evolución vegetati­
va, migraciones, etc.) y la organización territorial y sus instituciones (divisiones
e instituciones civiles, eclesiásticas y militares) de ámbito estatal. La Reseña ha
renido una destacada importancia historiográfica en el tema de la estructura y
riqueza de la tierra, al publicar un avance de los estudios catastrales que provo­
có la paralización del Catastro en España hasta el siglo xx, como se ha podido
estudiar en el capítulo anterior.
La preocupación del Estado por la denominada “cuestión social” llevó a la
creación de la Comisión de Reformas Sociales en 1883, antecedente del Institu­
to de Reformas Sociales (1903), organismos que van a generar una importante
labor de realización y divulgación de estadística social, indispensable para la in­
tervención del Estado en tan delicada cuestión y, para los grupos más conflicti­
vos, la organización de su control y castigo. Ello hace que exista una abundante
documentación para el estudio de los pobres y grupos marginados en general,
con la salvedad de que la estadística suele dejar fuera de su información la po­
breza no asistida y determina una visión sesgada por la expresión de los grupos
dominantes y de sus instituciones. La pobreza real entre finales del siglo xix y la
primera mitad del siglo xx era mucho mayor de la que reflejaban las estadísticas
oficiales. Diferentes trabajos de investigación han corroborado la gran distancia
cue separa los cálculos oficiales de la realidad, y el permanente desfase entre la
imitada atención asistencial y la desmesurada demanda.
La principal atención al respecto la ha ocupado la beneficencia, cuyos datos
rueden localizarse para mediados del siglo xix en el diccionario de Madoz,
y con posterioridad a 1858 en los anuarios estadísticos de España y en los
Datos Estadísticos de la Dirección General de Beneficencia y Sanidad, que pue­
den completarse con estudios contemporáneos, pródigos en datos estadísticos.
146 M étodos de investigación histórica

A partir de 1904 el Instituto de Reformas Sociales sacó una interesante serie es


publicaciones periódicas, entre las que destacan el Boletín del Instituto de Re­
formas Sociales, Estadística de Huelgas, Estadística de Accidentes de Trabajo t
la Estadística de la Asociación Obrera. Estudiadas en detalle por Sebastián Col
y Juan Antonio Carmona (1992-1993: 196-198), tratan como temas predomi­
nantes las condiciones de vida de los trabajadores, por lo que incluyen seris
salariales y series de precios, una cuantificación ’de los accidentes de trabaje
atendiendo a su tipología y el número y resultados de las inspecciones de tra­
bajo que realizaba el Instituto. También proporcionan abundante información
sobre el desarrollo de las huelgas, tema central para el análisis de la conflicti»
dad de la época. Por último, ofrecen datos sobre las asociaciones y sociedades
obreras y patronales. Esta información cuantitativa puede ser completada cor
la abundante y dispersa documentación sobre la materia que alojan numerosos
archivos, desde los de la Administración Local a los de la Administración Ge­
neral, pasando por los propios de las organizaciones obreras e, incluso, los de
empresas, muy poco consultados todavía en nuestro país.
En España, durante el siglo xix se pusieron de moda las publicaciones des­
criptivas y estadísticas sobre nuestro país. Aparte de los diccionarios y atlas de
este tipo, se editaron multitud de recopilaciones estadísticas sobre la historia
de España, entre las que pueden mencionarse, por orden cronológico, las de
Abrea, Paula, Llopis, Bitini y Monreal, además de diversos manuales, como e’
Manuel geographique et stadistique de l’Espagne et du Portugal (Paris, 1810) y
el Manual descriptivo y estadístico de las Españas, considerado bajo todas sus
fases y condiciones (Madrid, 1859).
En el siglo xx han continuado las recopilaciones de estadísticas históricas.
Una de las primeras publicaciones de interés es la Síntesis estadística de las
principales actividades de la vida española en la primera mitad del siglo xx.
publicada en 1952 por el Instituto Nacional de Estadística como suplemento
al Anuario de 1950. Hubo que esperar hasta 1975 para la aparición de otra
completa compilación, que incorpora veinte años más de datos estadísticos,
las Estadísticas básicas de España, 1900-1970, editadas por la Confederación
Española de Cajas de Ahorro.
Pocos años después comenzó a prepararse una obra más ambiciosa, que se
adentraba en el siglo pasado. Vio la luz en 1989, publicada por la Fundación
Banco Exterior bajo el título Estadísticas históricas de España. Siglos xix-xx.
Preparada por destacados especialistas españoles de historia económica, coor­
dinados por Albert Carreras, se compone de estadísticas históricas propiamente
dichas, una introducción a la historia económica de la España contemporánea z
través del comentario de las principales series cuantitativas, una guía de fuentes
estadísticas y una extensa bibliografía. Las estadísticas históricas son funda­
mentalmente de historia económica, y desprecian la historia política, la historia
cultural y, en menor medida, la historia social. Aunque los primeros capítulos
Las fuentes bibliográñcas 147

se centran en el clima y la población, la mayor parte son series económicas


sobre los sectores productivos con la agricultura, la ganadería, la silvicultura
T la pesca, la industria y la construcción, los transportes y las comunicaciones,
rarte del comercio (el exterior), el sector público y las actividades financieras y
—onetarias. Aunque es importante el esfuerzo estadístico, quedan fuera muchos
servicios, como la enseñanza, la sanidad, la beneficencia, los servicios persona-
es, el comercio interior, el turismo, etcétera.
De carácter especializado, el campo más estudiado y el que mayores logros
la obtenido es el de la historia agraria, gracias al esfuerzo que viene realizan­
do el Grupo de Estudios de Historia Rural, cuya publicación más interesante
son las Estadísticas históricas de la producción agraria española, 1859-1935
Madrid: Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, Secretaría General
Técnica, 1991: 1231). La obra se divide en dos partes. En la primera se descri-
x a y valoran las estadísticas agrarias españolas. En la segunda se ofrecen, por
provincias, las principales estadísticas de la producción agrícola en el periodo
scudiado.
El Instituto Nacional de Estadística presenta libre y gratuitamente en su pá-
rna web su colección de publicaciones históricas en soporte electrónico. Entre
Mas destacan las siguientes:•

• Censo de Pecheros 1528: la obra, dividida en dos tomos, es una trans­


cripción resumida y elaborada de los documentos que forman el legajo
768 de las Contadurías Generales del Archivo General de Simancas. En
ellos se recoge la revisión que el emperador Carlos I ordenó realizar de
los padrones de pecheros, es decir, de los vecinos obligados a atender los
impuestos denominados “Servicios a su Majestad” (impuestos aproba­
dos por las Cortes de los que estaban exentos la nobleza y la Iglesia), es­
tableciendo que se examinara, pueblo por pueblo, el número de pecheros
y la cantidad que pagaban y se recalculara cuánto debían pagar para que,
teniendo en cuenta su número y la riqueza de cada lugar, se repartieran
con equidad las cáñamas o contribuciones de cada pueblo. La recopila­
ción duró casi ocho años, pero los datos se refieren a los pagos realizados
en los años 1527 y 1528.
• Censo de la Sal de 1631: ofrece una transcripción del manuscrito original
junto a las tablas estadísticas que recogen los datos correspondientes a
cada uno de los partidos salineros. Comenzó a realizarse el 3 de enero
de 1631, cuando Felipe IV emitió una real cédula para que se iniciasen
las averiguaciones necesarias para la implantación de un nuevo sistema
impositivo sobre el estanco de la sal.
• Censo del Conde de Aranda 1768: este censo es considerado como el
primer censo moderno realizado en Europa. El conde de Aranda preten­
día con su puesta en marcha averiguar la verdadera población del reino,
148 M étodos de investigación histórica

según el sexo y la edad. La realización del Censo del Conde de Arandi


se encomendó a los obispos, que recibieron instrucciones para recoge:
a través de los párrocos de sus respectivas diócesis, los datos requerida
de los diferentes lugares de estas; en una tabla de doble entrada se debía
resumir la población de acuerdo con seis grupos de edad, el sexo y e
estado civil. Para un mejor estudio de los datos, el INE ha reclasificad:
la información de los pueblos, que en origen estaban ordenados pcr
circunscripciones religiosas, organizándola de acuerdo con la divisiói
provincial vigente y completando las tablas estadísticas con cartografía
actual.
• Anuarios Estadísticos de España, siglos xix-xx: el Anuario Estadístico ¿i
España es una de las obras más emblemáticas del INE, que se edita des­
de el año 1858. Se trata de una obra de información estadística genera
que recopila datos procedentes de diversas fuentes, internas y externas a
INE y que tiene como objetivo ofrecer un reflejo cuantitativo de la rea­
lidad económica, social y demográfica de España. Cada edición incluye,
además, una pequeña síntesis de datos internacionales. La serie presentí
grandes lagunas en los primeros años de su historia, con algunos salta
de más de veinte años, durante los cuales no se publicaron anuarios. Li
serie no se ha interrumpido desde 1943. Para el periodo 1858-1997 li
consulta de las obras se realiza a través de la biblioteca virtual del INE
INEbase Historia, donde aparecen reproducidos los índices originales d;
las publicaciones y sus correspondientes tablas en formato PDF. El anua­
rio de 1998 está disponible en ficheros Excel comprimidos por apartada
en formato ZIP. Los anuarios posteriores a esta fecha están disponibles er
ficheros PDF.
• Censos de población siglos xix-xx: los censos de población constituyen
la operación de mayor rango dentro de la actividad estadística oficiaL
Desde esta sección se ofrece acceso a las publicaciones editadas sobre la
censos oficiales realizados entre 1857 y 1970; la consulta de los censa
posteriores a 1970 puede realizarse a través del correspondiente aparta­
do de INEbase.
• Censos agrarios y ganaderos siglos xix-xx: el Censo Agrario es una ope­
ración estadística a gran escala, realizada periódicamente para reunir
procesar y difundir datos sobre la estructura del sector agrario en Espa­
ña. Los principales datos recolectados son tamaño de las explotaciones,
régimen de tenencia y aprovechamiento de las tierras, áreas cultivadas,
riego, ganado, mano de obra y otros insumos agrarios. En esta sección
se ofrece acceso a los censos realizados en el periodo correspondiente al
siglo xix y su continuación en el siglo xx. La obra que da comienzo a esta
sección es el Censo de la Ganadería de 1865, el único de estas caracte­
rísticas que se realizó en la etapa de la estadística oficial en el siglo xix.
Las fuentes bibliográficas 149

• Movimiento Natural de la Población, siglos xix y xx: las estadísticas del


Movimiento Natural de la Población, que se refieren básicamente a los
nacimientos, matrimonios y defunciones ocurridos en territorio español,
constituyen uno de los trabajos de mayor tradición en el Instituto N a­
cional de Estadística. El primer volumen se publicó en el año 1863 por
la Junta General de Estadísticas del Reino y contiene datos relativos al
periodo 1858 a 1861, obtenidos a partir de los registros parroquiales.
Desde entonces se publica en España información de los fenómenos de­
mográficos sin más interrupción que durante el periodo 1871 a 1885,
época de implantación del Registro Civil, de donde se obtendrían en lo
sucesivo datos para estas estadísticas. La fuente administrativa de los da­
tos de la Estadística del Movimiento Natural de la Población es el Regis­
tro Civil. Las unidades de observación son los nacimientos, matrimonios
y defunciones que se inscriben en los libros del Registro Civil.

Además de las publicaciones históricas, el INE ofrece sus datos estadísticos


más actuales a través de su base de datos INEbase. INEbase es el sistema que
utiliza el INE para el almacenamiento de la información estadística en Internet.
Contiene toda la información que el INE produce en formatos electrónicos. La
organización primaria de la información sigue la clasificación temática del Inven­
tario de Operaciones Estadísticas de la Administración General del Estado (IOE).
La unidad básica de INEbase es la operación estadística, definida como el conjun­
to de actividades que conducen a la obtención de resultados estadísticos sobre un
determinado sector o tema a partir de datos recogidos de forma individualizada.
A las operaciones estadísticas se puede acceder directamente a través de la lista
completa de operaciones de INEbase o a través de los menús temáticos. Estos
menús permiten conocer toda la información disponible de cada tema: operacio­
nes para las que se presentan resultados, junto con una pequeña descripción de
las variables publicadas, la periodicidad y disponibilidad de los datos y el ámbito
geográfico; publicaciones y estudios relacionados; enlaces a otras web donde am­
pliar la información de fuentes externas, y un enlace al IOE para conocer todas
las operaciones del Sistema Estadístico Español relacionadas con el tema.
Para cada operación estadística en INEbase existe una página que da acceso
a toda la información relativa a ella: los resultados detallados completos, la úl­
tima nota de prensa publicada, el calendario de disponiblidad de datos y toda
la información metodológica o descriptiva que ayuda a la mejor comprensión
e interpretación de los datos (metodologías, cuestionarios, clasificaciones, notas
explicativas, etc.). Los resultados detallados incluyen los últimos resultados pu­
blicados y, además, la historia reciente de la estadística. Los ficheros de datos se
pueden visualizar directamente desde INEbase o descargar en formato Pc-Axis
para un tratamiento posterior utilizando el programa Pc-Axis, cuya descarga
puede hacer de forma gratuita.
150 M étodos de investigación histórica

5.4. Los anuarios y las guías

A partir de las primeras ediciones del Anuario Estadístico de España, a media­


dos del siglo xix, el formato de anuario se fue imponiendo entre las publica­
ciones periódicas por la necesidad rápida de actualización de la información. A
partir del primer tercio de dicho siglo se asiste en España a un incremento de
la demanda social de lectura, gracias a un conjunto *de fenómenos simultáneos
e interrelacionados, que confluyen en el establecimiento de la sociedad ÜberaL
Avances técnicos y relativa industrialización, por un lado, y liberalización de las
leyes de imprenta y el aumento de la alfabetización, por otro, son componentes
esenciales de la causa/efecto del desarrollo editorial.
Conforme iba creciendo la necesidad de información, el anuario estadístico
general ha ido conviviendo en mayor medida con anuarios estadísticos especia­
lizados, tanto en función de la materia (estadística de la producción agraria o de
la pesca marítima, por mencionar algunos ejemplos) o de un lugar geográfico.
Pero sobre todo, queremos destacarlo, en otro tipo de anuarios donde la mera
cuantificación estadística se sustituye por una información detallada de alguna
de las ramas de la actividad económica, política, social o cultural, siguiendo
el ejemplo de algunas guías de prestigio, como la Guía de Forasteros y Guía
Oficial de España.
A finales del siglo xix y principios del xx fueron muchas las iniciativas al
respecto, entre las que merecen citarse por su continuidad y calidad el Anuario
de las Minas y Fábricas Metalúrgicas de España (comenzado a editar por la So­
ciedad de Ingenieros en Madrid en 1894; en 1896 pasó a titularse Anuario de la
Minería, Metalurgia y Electricidad de España, y en 1913, Anuario de Minería,
Metalurgia, Electricidad y Demás Industrias de España, del cual hemos loca­
lizado ejemplares hasta 1931), el Anuario General de Información: Banca, co­
mercio, Industria, Navegación, Seguros (fundado en 1914, se publicó en Madrid
por “Puig, Zunzunegui y Cía.” hasta 1936, interrumpiéndose definitivamente la
edición, como tantas otras, con la Guerra Civil), el Anuario Técnico e Industrial
de España (el primer ejemplar localizado data de 1911; el último, de 1919) y el
Anuario Industrial y Artístico de España (publicado en Madrid por la Sociedad
Industrial y Artística de España en la década de los veinte y los treinta del siglo
xx). En buena parte de los casos, la edición corría a cargo de editoriales y libre­
rías privadas, que veían en la necesidad que de ellos tenían los profesionales una
buena fuente de ingresos a la siempre difícil supervivencia en el mundo editorial.
El anuario se caracteriza por una variada gama tanto en la materia como en
la presentación de su contenido. En cuanto a la primera, puede oscilar entre los
de carácter general a los especializados en función de una actividad (Anuario
de Estadística Agraria, Anuario de Construcción, Anuario de Minería, Metalur­
gia, Electricidad y demás industrias de España, Anuario Industrial y Artístico
de España), de un espacio geográfico (país, comunidad autónoma, provincia o
Las fuentes bibliográficas 151

localidad), de una clase social (Anuario de la Aristocracia y Alta Sociedad Espa­


ñola) o de todas (Anuario Económico-Estadístico de España para Uso de Todas
las Clases Sociales) o incluso un periodo de tiempo. Respecto al contenido, los
hay desde los que son exclusivamente estadísticos hasta otros que ofrecen una
descripción, normalmente cronística, de la sociedad. Entre estos últimos pode­
mos destacar por su ámbito internacional el Book ofthe Year, de la Enciclope­
dia Británica, y en el marco nacional los anuarios de Difusora Internacional,
con algunos títulos de gran tradición en el mercado editorial español, como las
Décadas (desde 1898), Anuario de los Hechos (desde 1967), Anuario de los
Temas (desde 1980), Anuario de los Protagonistas (desde 1980) y, más recien­
temente, Anuario Estadístico Universal y Anuario Autonómico.
Entre los anuarios generales podemos resaltar por su tradición, continuidad
y calidad el Anuario General de España Bailly-Bailliére. La prestigiosa libre­
ría-editorial francesa Bailly-Bailliére se estableció en España en 1848, ante las
posibilidades de desarrollo cultural y comercial que se empezaba a vislumbrar a
mediados del siglo xix. Por entonces Madrid tenía 72 imprentas y 57 librerías,
generalmente mal provistas y con escasas iniciativas, a tenor de las impresiones
de viajeros e intelectuales de la época (Martínez Martín, 1991: 27-33). Charles
Frangois Jean-Baptiste Bailly llegó ese año a Madrid con el fin de completar su
vasta red de librerías repartidas por el mundo, haciéndose cargo de la Librería
Extranjera, Científica y Literaria de la calle del Príncipe.
Pronto logró situarse entre los primeros libreros españoles, especializándose
en la distribución de obras y periódicos extranjeros, principalmente de Francia,
Alemania e Inglaterra. “ En 1856, solo ocho años después de su instalación en
Madrid, Carlos Bailly-Bailliére es el cuarto librero madrileño en cuanto a los
impuestos que paga, con 1.640 reales anuales, igual que Ayguals de Izco (calle
Leganitos, 47), y después de Gaspar Roig, Francisco de Paula Mellado y Ángel
Calleja. A partir de 1864, será él quien ocupe el primer lugar con una contribu­
ción de 2.600 reales, más de tres veces superior a la contribución media (800
reales)” (Botrel, 1993: 556).
La venta fue afianzándose, convirtiéndose en proveedor oficial de diver­
sas instituciones, entre otras la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y
Puertos, el Observatorio Astronómico, la Biblioteca Nacional, el Congreso de
los Diputados, la Academia de Jurisprudencia y Legislación y la Universidad
Central. Con una situación económica sólida, Carlos Bailly-Bailliére comenzó
a simultanear la venta cón la edición de libros, especialmente de obras útiles
destinadas a sectores profesionales relacionados fundamentalmente con la me­
dicina y con el comercio.
En este sentido, hacia 1877 comenzó a preparar la edición de un anuario del
comercio e industria, siguiendo el ejemplo de publicaciones similares extranje­
ras, principalmente del Annuaire-Almanach de Didot-Bottin. El editor solicitó
información, por escrito, a secretarios de ayuntamiento y de colegios profesio­
152 M étodos de investigación histórica

nales, administradores de correos, etcétera, los cuales, en su mayoría, colabora­


ron con el editor y con el primer director de la publicación, Carlos de Ochoa
Para completar los listados de datos recabados por correo y obtener aquellos
de los que respondieron simplemente con su silencio (de lo cual se lamentaba
el editor en la advertencia contenida al comienzo del primer volumen, porque
no habían sido capaces de ver “ su importancia y utilidad” ), a mediados de ese
año el editor insertaba un anuncio en los boletines oficiales. En ellos solicitaba
la colaboración ciudadana ante tan vasta empresa:

La Casa Bailly-Bailliére, plaza de Santa Ana, núm. 10, Madrid, está pre­
parando un Anuario con todas las señas de todos los habitantes de España r
Ultramar por profesiones. Después de estudiado bien este asunto, cree haber
tomado todas las precauciones convenientes para llevar a cabo este libra
y que sea digno de España y pueda compararse con los del extranjero...
Todo el que quiera figurar en el Anuario puede mandar bajo sobre una nou
que diga su nombre, apellido, profesión, señas de la habitación y punto dt
residencia, y quedará inscrito en el Anuario gratis. Si además de lo indicadc
quiere el interesado añadir algunos detalles acerca de su profesión, comercio
o industria, se insertará a razón de una peseta la línea.

En enero de 1879, la casa Bailly-Bailliére iniciaba su ambiciosa publi­


cación con el título de Anuario-Almanaque del Comercio, de la Industria,
de la Magistratura y de la Administración o Directorio de las 400.000 Señas di
España, Estados Hispano-Americanos y Portugal. El anuario tuvo rápida­
mente una amplia difusión por todo el país -apoyada sin titubeos desde la
prensa-, e importante repercusión internacional. En este sentido son signifi­
cativos sus numerosos y preciados galardones: medalla de oro en las exposi­
ciones universales de Matanzas (1881) y de Barcelona (1888), y de plata en la
de París de 1889. En palabras de Botrel, el anuario supone, acaso por primera
vez, el medio de tomar conciencia explícita y científicamente, del mercado
nacional en la Península y ultramar, una “ minirrevolución” de las prácticas
comerciales y, especialmente, una apertura hacia los mercados exteriores, ya
que se difunde con profusión en Portugal, Francia, Inglaterra, Alemania y los
Estados Unidos.
La calidad de su información, la necesidad de sus contenidos en una econo­
mía en continua expansión y la intensa labor propagandística que acompañó al
anuario en sus primeros años constituyeron los ejes fundamentales del éxito df
la obra. Por ejemplo, la edición de 1881 se agotó al mes de ponerse a la venta; k
del año siguiente necesitó una segunda tirada. En la Gaceta de Madrid y en los
boletines oficiales de las provincias, así como en los periódicos de la época, po­
dían leerse reiteradamente anuncios con los que se conseguía un gran eco pre­
sentando las características, galardones, cualidades y provechos principales de
la obra: “Haré ver la utilidad real que su uso proporciona, el tiempo que ahorn
Las fuentes bibliográficas 153

en un escritorio, el auxilio poderoso que presta al comerciante y al industrial,


y la multiplicidad de sus aplicaciones” , escribía el editor en el prospecto de la
edición correspondiente a 1883. “ Obra útil e indispensable para todos. Evita
pérdida de tiempo. Tesoro para la propaganda industrial y comercial” , decía un
anuncio de la época en los boletines oficiales.
El Anuario Bailly-Bailliére presenta en varios volúmenes (dos, de 1879 a
1918) multitud de datos referidos a los profesionales de las más variadas acti­
vidades comerciales, industriales y de servicios, recabados a través de una vasta
red de corresponsales, normalmente pertenecientes a las clases más instruidas
(maestros, secretarios de ayuntamientos, notarios, libreros, impresores, perio­
distas, médicos, farmacéuticos y agentes de negocios, principalmente). Para su
más fácil manejo incorpora al principio de la obra una explicación de los signos
y abreviaturas utilizados. Al final del último tomo, habitualmente en páginas
de distinto color, una serie de índices especializados (anunciantes, profesiones y
localidades) y un índice general.
Por su temática, la obra se divide en dos partes bien diferenciadas. En la pri­
mera se presentan los datos identificativos de todos los funcionarios y responsa­
bles de las instituciones del Estado español: monarquía, Consejo de Ministros,
cuerpos colegisladores (Congreso de los Diputados y Senado), Consejo de Es­
tado, Tribunal de Cuentas del Reino y todos los ministerios. En la segunda, los
datos se refieren a todas las provincias españolas y, en sus primeros tiempos, a
colonias, Hispanoamérica y Portugal.
El esfuerzo había sido ímprobo; la acogida, extraordinaria. El editor, sin
embargo, no se conformó. En su mente siempre estuvo presente no solo algo
tan fundamental en la calidad de una obra práctica como la actualización de los
datos, sino también la mejora de la obra, cuestión necesaria en una publicación
periódica de tal envergadura. En la advertencia preliminar del anuario de 1880,
Carlos Bailly-Bailliére mencionaba con orgullo algunas de estas mejoras, como
la de ofrecer en Barcelona una lista general, por orden alfabético, de todos los
profesionales, como ya ocurría en Madrid (en 1882 se incorporarán Valencia,
La Habana y Lisboa) y, sobre todo, completar la relación de profesionales en
algunas provincias, como Álava, Albacete, Alicante, Almería, Cádiz, Castellón,
Ciudad Real, Granada, Jaén, Madrid, Málaga, Murcia, Sevilla, Valencia, Va-
üadolid, Vizcaya y Zaragoza. Todo ello se traducía en un incremento de las
páginas. Así, por ejemplo, el anuario de 1881 ocupaba 1.914 páginas, más 343
ie anuncios. *
A finales de siglo el anuario dio origen a dos nuevas obras. La primera, la
Guía Comercial de Madrid, ofrecía una información puntual a la pujante bur­
guesía madrileña. Debido a que el anuario era extenso, caro (en 1881 y 1882,
a suscripción anual costaba la nada despreciable cantidad de 15 pesetas en Es­
taña y Portugal, y 20 en ultramar y extranjero) y difícil de manejar, a partir de
IS85 Bailly-Bailliére se decidió a publicar la guía, que contenía los mismos da-
154 M étodos de investigación histórica

tos que el anuario, pero referidos únicamente a Madrid capital, en un principia


y a toda la provincia, con posterioridad. Desde 1912 fue editada conjuntamente
por la editorial Riera, pasando a denominarse Guía-Directorio de Madrid y sk
Provincia, que va a mantener hasta 1959, último año de publicación. La segun­
da, el Almanaque Bailly-Bailliére, estaba concebido como una pequeña enci­
clopedia popular de la vida práctica, que trataba en su breve contenido temar
como el universo, medicina e higiene, derecho usual, economía, historia, juegos,
moda, música, ferrocarriles, correos, telégrafos y teléfonos, entre otras materias
habituales, muchas de las cuales aparecían dispersas en el vasto contenido de
anuario. Se publicó en 42 volúmenes, entre 1895 y 1936.
A partir de 1912, cuando el anuario gozaba de un prestigio y éxito comer­
cial extraordinarios (que había llevado a trasladar los talleres y oficinas de.
pequeño local que la casa editorial tenía en la plaza de Santa Ana a un edificio
propio, de nueva construcción, en la calle Núñez de Balboa), se hizo cargo de so
publicación la sociedad anónima «Anuarios Bailly-Bailliére y Riera Reunidos»
con sede en Barcelona, nacida de la fusión de las editoriales Bailly-Bailliére y
Riera. Esta última, fundada en 1896, editaba diversos anuarios de gran éxito
en el mercado, como el Anuario Riera: Guía Comercial de Cataluña, posterior­
mente extendido al ámbito nacional como Anuario Riera. Guía Práctica de L
Industria y el Comercio de España.
El título varió pasando a denominarse Anuario General de España “Ba:-
lly-Bailliére-Riera”, pero la estructura siguió siendo similar. El formato conti­
nuó igual, aunque en 1919 tuvo que ampliarse el número de tomos a tres debi­
do tanto al incremento de la actividad comercial e industrial en el país como ai
prestigio de la obra, en la que todos los profesionales querían aparecer. En 1930
se pasó a cuatro tomos.
Los cambios más sustanciales del anuario se produjeron en su última etapa
(cuarta época), a partir de 1966. Eran fruto del sustancial incremento de la acti­
vidad comercial e industrial y, por ende, de la cada vez menos práctica informa­
ción facilitada por la publicación, quizá por el exceso de datos y su voluminoso
formato. Ello hacía triunfar en el mercado anuarios más especializados y poce
más tarde obras en otros soportes no impresos. Síntomas de decadencia, en el
más absoluto olvido. La prensa española y extranjera, que tanto había aupado
al anuario en sus comienzos, ignoraba totalmente su decadencia y muerte.
La periodicidad anual se fue perdiendo. En 1966 se publicó la primera edi­
ción de esta nueva época; en 1968, la segunda; la tercera, en 1970; la cuarta,
en 1972; tres años después la quinta, y la sexta y última, en 1978, dirigida esta
por el ingeniero industrial Luis Creus Vidal. La cantidad de volúmenes pasa
en la edición de 1970 a ocho, número en el que se mantuvo hasta el final. Pero
la reforma más importante ocurrió en su estructura y contenido. Desde 1879
no se había variado, cuestión de agradecer para los historiadores a la hora de
manejar una fuente, y más en estudios cuantitativos y evolutivos. En 1966 se
Las fuentes bibliográficas 155

comenzó a ofrecer la información de los profesionales ya no por provincias,


partidos judiciales y municipios, sino por profesiones, y dentro de estas, por
provincias y municipios. “Directorio por orden alfabético de epígrafes, provin­
cias y nombres” , era el título que agrupaba la información principal del anua­
rio, que se completaba con diversos índices.
El anuario ha sido una obra que tenían en su poder la mayor parte de
comerciantes, industrias e instituciones en España y, sin embargo, son muy
pocos los ejemplares que se han conservado en la actualidad. A tenor de esto,
podemos afirmar que constituye una fuente infravalorada, desconocida y ape­
nas utilizada por los historiadores. Incluso en los pocos pero buenos trabajos
generales sobre las fuentes de nuestra historia contemporánea, como los de
Juan Pan-Montojo o Sebastián Coll y Juan Antonio Carmona, apenas sí es
mencionada. Pero en los últimos años ha permitido abrir diversas líneas de in­
vestigación en torno a la historia del comercio, asociacionismo y sociabilidad
e historia de la prensa. La vasta serie de datos de cada uno de los municipios
del país convierten al anuario en una voluminosa e importante fuente para
recabar información y llevar a cabo estudios, básicamente cuantitativos, de la
política, la sociedad, la cultura y la economía española debido a su principal
cualidad: la continuidad. Un siglo, año a año (con la excepción de los tres
años de la Guerra Civil y las lagunas ya comentadas de su última época), de
nombres y direcciones de los principales políticos, comerciantes, industriales,
asociaciones, sociedades, periódicos, etcétera, de todo el país, pueblo a pueblo,
provincia a provincia.
A semejanza de los anuarios, otras publicaciones, como las guías, gozaron
del favor de la burguesía, y ofrecían información general de tipo descriptivo
sobre una amplia gama de temas y lugares geográficos. De ellas, nos parece
especialmente útil para la historia social la Guía de Forasteros, por la infor­
mación que nos ofrece sobre las élites (civiles, militares, eclesiásticas, nobleza).
Publicada anualmente desde 1722, figuran todos los cargos y los diferentes titu­
lares de los distintos organismos e instituciones civiles, eclesiásticas y militares.
Además incluye relaciones completas de grandes de españa, títulos del reino,
grandes cruces y caballeros pertenecientes a las órdenes militares. De 1872 a
1935, año en el que interrumpiría su publicación, pasaría a denominarse Guía
Oficial de España, de contenido similar. Apenas menciona las élites económicas
ni las de ámbito local o provincial, una laguna subsanable en algunas locali­
dades por medio de las guías de forasteros locales disponibles, a partir de las
listas de mayores contribuyentes publicadas en los boletines oficiales de cada
provincia, de diversos anuarios financieros y, por supuesto, de la información
documental que proporcionan los protocolos notariales y la matrícula de co­
mercio e industria. Las guías y anuarios apenas se ocupan de la riqueza y élites
agrícolas, más difíciles de seguir incluso en las fuentes documentales. El estudio
de la nobleza, grupo al que se ha dedicado más atención (entre otras razones,
156 M étodos de investigación histórica

por las puramente fiscales, de control del Estado), puede seguirse además per
otro tipo de publicación periódica que el Instituto Salazar y Castro edita deset
1950: el Elenco de Grandezas y Títulos Nobiliarios Españoles, que incluye e
destinatario y las fechas de concesión de los títulos nobiliarios, el nombre ck
titular y los más inmediatos sucesores.

5.5. Las colecciones documentales

El origen de la publicación de las colecciones documentales puede establecer*;


en el Renacimiento, debido tanto al estímulo del humanismo como a los con­
flictos religiosos, que intentaban unos recordar la grandeza de la cultura clásia
y otros, corroborar la autenticidad de lo expuesto en las obras históricas por
medio de la publicación de las propias fuentes.
Las dos primeras recopilaciones documentales sobre la Historia de Españi
se publicaron en Alemania. En 1579 se editó en dos volúmenes Rerum Hisps-
nicarum Scriptores aliquot, colección que venía a completar la Rerum Anghcz
norum... o la Rerum Hungaricarum... Entre 1603 y 1608 se publicó también
en Fráncfort, esta vez en cuatro volúmenes, Hispaniae Illustratae, con obra;
inéditas de la historia española y de las Indias. A finales del siglo x v i i se public:
la documentación de los concilios españoles, recopilados por el cardenal Josepr
Sáenz de Aguirre. En el siglo x v i i i se editó la España sagrada del agustino P. En­
rique Flórez, que había tomado como modelos la Italia sacra y la Gallia cris­
tiana. La exposición histórica fue acompañada por el padre Flórez con abun­
dante documentación, que constituye una de las partes más importantes dí
la obra, como anales, diplomas, hagiografías, actas de concilios, crónicas de k
Alta Edad Media, etcétera, procedentes de archivos hoy desaparecidos o que ya
no conservan algunos de los documentos originales. Todo ello hace de esta obra
un libro de consulta imprescindible para el estudio e investigación de gran partí
de la historia de España, por lo que se ha intentado continuar con la publica­
ción por todos los medios posibles. En vida del padre Flórez se publicaron Ib
tomos. A partir de su muerte, en 1773, su discípulo el padre Manuel Risco edi­
tó los tomos X X a XLII. Los padres Merino y La Canal publicaron los tomos
XLIII a XLVI; Vicente de la Fuente se hizo cargo de los restantes hasta el LI er
1879, último publicado por la orden. Los tomos LII a LIV fueron publicados
en 1961 por la Real Academia de la Historia.
En el siglo x v i i i también se publicaron otra serie de recopilaciones de cróni­
cas, tanto de América como de la Baja Edad Media, principalmente. En el primer
caso resaltaba la primera colección americanista, debida a González de Barcia,
titulada Historiadores primitivos de las Indias occidentales. En el segundo, des­
tacaron las ediciones del impresor Sancha, preparadas unas por los eruditos Lla-
guno y Amírola, Cerdá y Rico y J. M. de Flores (Alfonso VIII, Alfonso XI), otras
Las fuentes bibliográficas 157

por el canciller Ayala (Pedro I, Enrique II, Enrique III) o Enríquez del Castillo
(Enrique IV). A ellas podían sumarse el Victorial de Diez de Games, la Historia
del gran Tamorlán de González de Clavijo y la Crónica de don Alvaro de Luna.
En el siglo xix, a raíz del crecimiento de la influencia de la Escuela Histórica
Alemana y del positivismo, la historia se asentaba en las universidades, se gene­
ralizaba la apertura o creación por parte de los Estados de archivos y bibliote­
cas como depositarios de la materia prima del trabajo histórico. Surge un nuevo
modo de escribir la historia que parte de dos ideas. En primer lugar, tiene que
llegar al pueblo y, por lo tanto, ser didáctica y, en segundo, tiene que ser libre,
ya que la libertad por sí misma engendra la objetividad. Este afán de objetivi­
dad explica en gran medida la publicación y recopilación de fuentes, condición
indispensable para escribir la historia. En 1826, con patrocinio oficial prusiano,
se inició la publicación de los Monumenta Germaniae Histórica, recopilación
en más de doscientos volúmenes de documentos referentes a la historia de la
mayor parte de los países del occidente medieval, distribuidos en cinco sec­
ciones: “Escritores” , “ Leyes” , “ Epístolas” , “Diplomas” y “Antigüedades” . En
Francia, desde 1830, el historiador y político Frangois Guizot promovió las Co-
llections de documents inédits sur l’histoire de France. En España, desde 1842,
la Real Academia de la Historia (fundada en 1738) salió de su letargo secular
con la publicación de la Colección de documentos inéditos para la historia de
España, que ya contaba con 43 volúmenes dos décadas después.
La Real Academia de la Historia constituía la máxima expresión académica
del saber erudito. Entre sus cometidos se especificaba la reunión de materia­
les históricos, así como la adquisición de documentos. Pero, sobre todo, debía
cumplir una misión, la edición de obras históricas, que no cumplió con gran
celo. Durante el reinado de Fernando VI, Burriel y De Santiago Palomares fue­
ron comisionados para examinar los archivos del reino, copiar y formar una
colección de manuscritos, colección que fue depositada en la Biblioteca Nacio­
nal pero que no llegó a editarse. Bajo los reinados de Carlos III y Carlos IV se
emprendieron viajes y se recopilaron muchos documentos, como así lo atesti­
guan las colecciones de Abella, Traggia, Velásquez, Muñoz, Navarrete, Sans,
Vargas Ponce y Villanueva, que, lamentablemente, nunca llegaron a imprimirse
de forma completa. Posteriormente también intentaron trabajar en este sentido
los académicos Campomanes, Jovellanos y Villamil, pero también la numerosa
documentación recopilada no fue finalizada ni publicada, en buena parte por el
conflicto bélico comenzado* en 1808.
La Real Academia tendrá que esperar prácticamente un siglo para ver una
de sus etapas de máximo esplendor, al llevar a cabo una encomiable tarea de re­
copilación de crónicas, de conservación de monumentos históricos y de edición
de documentos. Consecuencia de esta actividad fue la publicación de los reper­
torios bibliográficos de Dionisio Hidalgo, del Memorial Histórico Español o de
a Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España (CODOIN).
158 M étodos de investigación histórica

El Memorial Histórico Español. Colección de Documentos, Opúsculos y'


Antigüedades que Publica la Real Academia de la Historia, se inició en 1851
y su primera etapa concluyó con el tomo 47 en 1915. Entre 1947 y 1963 * '
publicaron los tomos 48, 49 y 50. En sus primeros volúmenes se incluían ar­
tículos, disertaciones y documentos. Pero derivó hacia la publicación de obra;
históricas antiguas (especialmente de los siglos xv al xvn), inéditas, como, p x
ejemplo, la Historia de Chile, de Góngora Marmolejo; la Vida de don Alonso a
Monroy, de Alonso Maldonado; la Historia de Carlos IV, de Muriel; la Hist:~
ria de las comunidades, de Danvila, y la Crónica de los muchos sucesos dignat
de memoria que han ocurrido en Barcelona y otros lugares de Cataluña enrs
los años 1626 a 1660, de Miguel Parets. La Colección de Documentos Inédi­
tos..., gran parte procedentes del Archivo de Simancas, fue iniciada por M am
Fernández Navarrete, Miguel Salvá y Pedro Sainz de Baranda, “ individuos as
la Academia de la Historia” , como eran presentados en la portada del prime:
tomo, dedicado a Hernán Cortés. El último (113) fue editado en 1895, cuyi
responsable de la edición fue el académico marqués de la Fuensanta del Valjf.
Entre 1964 y 1975 ha realizado una edición facsímil de los 113 volúmenes k
editorial alemana Kraus Reprint.
A pesar de la tendencia de la época, interesada en la Edad Media, la mayorír
de los documentos de esta colección pertenecen a los siglos xvi y xvn, una grar
parte referidos a América. No existió un plan metódico y se fueron publicand:
los documentos según llegaban las copias o se disponía de los originales, a ur­
que se insertaron series completas o muy amplias, sin una rigurosa selección
es especial en los últimos tomos, en que se dieron repeticiones y extractos poc:
exactos. Por no tratarse de documentos medievales se modernizó la ortografía,
aunque muchos nombres extranjeros resultan poco reconocibles.

Las series más abundantes pertenecen a Westfalia; procesos como los ós


Carranza, Antonio Pérez y fray Luis de León, cartas de Carlos V y Felipe I
a virreyes y gobernadores, documentos sobre Lepanto, sobre el príncipe dcc
Carlos, el Saco de Roma, Juan de Austria, la conquista de Portugal, la prin­
cesa de Eboli y otros muchos sucesos desde los Reyes Católicos a Felipe IV i
algo del reinado de Carlos II. También se publicaron obras históricas comí
la aún inédita Historia de las Indias de Bartolomé de las Casas, con una viái
de este por Fabié, crónicas de Jiménez de Rada, las de Juan II, la historia ce
Felipe III y la de Felipe IV por Matías de Novoa, con un estudio de Can ovan
crónicas del Perú de Cieza, la historia de Filipinas del P. Aganduru, los suce­
sos de Flandes de Alonso Vázquez, etcétera, e incluso algunas monografía:
modernas. (Esteve, 1993: 480)

Otras series coetáneas a la anterior fueron la Colección de Documenta


Inéditos del Archivo General de la Corona de Aragón y la Colección de Docu­
mentos Inéditos de Indias. La iniciativa de la primera correspondió a su arcb-
Las fuentes bibliográficas 159

vero Próspero de Bofarull; comprende 40 volúmenes publicados entre 1847 y


1876, aunque su hijo y nieto han continuado preparando nuevos volúmenes,
dado el interés para la historia de Cataluña y de los monarcas de la aragonesa.
La segunda se componía de 42 volúmenes publicados entre 1864 y 1884, con
documentos extraídos de los archivos de Indias, Simancas y de la Biblioteca N a­
cional, principalmente. Contiene documentación sobre todo referida al descu­
brimiento, conquista y comienzo de la colonización (siglos xv y xvi), con abun­
dante legislación. Un año después de cesar la publicación, la Real Academia de
la Historia continuó la colección bajo el título de Colección de Documentos
Inéditos de Ultramar, publicando 25 tomos hasta 1931.
En el siglo xx no se han publicado en España colecciones tan amplias como
en el siglo precedente, aunque se han enriquecido los soportes documentales. Al
soporte impreso le acompañan la microforma y, en los últimos años, el electró­
nico. Las recopilaciones impresas siguen centrando la mayor parte de su temá­
tica en las edades Media y Moderna, aunque hay algunas excepciones (Fontes
Hispaniae Antiquae y Documentos del Reinado de Fernando VII, por ejemplo),
con títulos como:

• Colección de Documentos para la Historia de Aragón. Dirigida por


Eduardo Ibarra, desde 1904 a 1920, que editó documentos de Ramiro I
y Sancho Ramírez.
• Fuentes para la Historia de Castilla (Burgos, 1906-1910). De la que solo
se llegaron a editar tres cartularios de monasterios por el padre L. Serra­
no, quien años después publicó otro más.
• Textos Latinos de la Edad Media Española. Colección del Centro de
Estudios Históricos de la Junta para Ampliación de Estudios, que pre­
viamente había diseñado unos Monumenta Hispaniae Histórica como
la famosa colección alemana, que no llegó a iniciar la publicación, a
pesar de contar con la dirección de Claudio Sánchez-Albornoz. Los
Textos latinos (Madrid, 1918-1924) recogen, en cuatro volúmenes, va­
rias de las crónicas altomedievales ya publicadas en la España sagrada
de Flórez.
• Archivo Histórico Español. Colección para la Historia de España y de
sus Indias. Edición en cinco volúmenes de la Academia de Estudios His-
tóricos-Sociales de Valladolid (1928-1932), dedicados a Felipe II, con do­
cumentos sobre el Concilio de Trento, la Armada Invencible y Consultas
del Consejo de Estado.
• Archivo Documental Español. Publicación iniciada en 1950 por la Real
Academia de la Historia y finalizada, en 39 tomos, en 1981. Incluye do­
cumentos sobre las relaciones con Francia en tiempos de Felipe II, sobre
Carranza, La Gasea, Gonzalo Pizarro y correspondencia del conde de
Tendilla.
160 M étodos de investigación histórica

• Colección de Crónicas Españolas. Reedición, a cargo de Juan de M. C¿-


rriazo, de las principales crónicas de la Baja Edad Media, acompañada
de un buen estudio crítico.
• Corpus Documental de las Cortes de Castilla (1475-1517). Publicador
de las Cortes de Castilla-La Mancha de 1993, preparada por Juan Ma­
nuel Carretero Zamora.
• Corpus Documental de Carlos V. Edición crítica dirigida, prologada »
anotada por Manuel Fernández Álvarez. Cinco volúmenes reeditados er
Madrid en 2003.

En soporte electrónico, una de las más interesantes iniciativas de recopilado


nes documentales la viene realizando en España la Fundación Histórica Tavera. i
través de su Biblioteca Digital Clásicos Tavera, nacida en 1997. Presenta diversa
colecciones con documentos de la historia de España e Iberoamérica, como:

• Iberoamérica en la Historia.
• Temáticas para la historia de Iberoamérica.
• Historia de España.
• Historia de España en sus regiones históricas.
• Temáticas para la historia de España.
• Historia y lingüística portuguesa.
• Lingüística y antecedentes literarios de la península ibérica.
• Fuentes lingüísticas indígenas.
• Ciudades representativas del mundo ibérico.
• Clásicos Tavera de la bibliografía iberoamericana.

La colección “Historia de España” , por ejemplo, contiene Textos clásicos


sobre los Austrias (siglo xvi y siglo xvn), Texto y obras clásicas sobre la presen­
cia del islam en la historia de España, Textos clásicos sobre los Reyes Católi­
cos, Tratados internacionales de España (1598-1902) y Textos clásicos sobn
los primeros Borbones hispanos. La colección “Temáticas para la historia de
España” se compone de Obras clásicas sobre literatura del vino-, Obras clási­
cas sobre numismática ibérica-, El pensamiento político español en el siglo xdc-
textos-, Juegos, fiestas y diversiones: textos históricos; Textos clásicos de cetre­
ría, montería y caza; La Iglesia en España: textos históricos; Tratados de artes
figurativas, y Tratados de arquitectura, urbanismo e ingeniería.

5.6. La literatura y la historia

L a literatura y la historia se han desarrollado paralelamente desde los tiempos


m ás rem otos hasta m ediados del siglo x ix , cuando ya se perfilan las lindes
Las fuentes bibliográficas 161

que hoy las separan. La historia comenzó por entonces a desprenderse de los
elementos épicos, míticos y dramáticos para intentar ofrecer una exposición
interpretativa de los hechos utilizando un lenguaje científico. Resulta curioso
constatar que en Europa ese proceso coincidió cronológicamente con la eclo­
sión de la novela histórica, que permitió a la historia y a la literatura continuar
avanzando juntas en un nuevo subgénero literario. Pero la novela histórica no
es el único subgénero literario que se ha relacionado con la historia. Hay otros
muchos: la épica, la leyenda, la novela de caballería, la novela bizantina, la poe­
sía narrativa, la crónica, la novela gótica, los libros de viajes, las biografías, las
autobiografías, diarios y cartas, las memorias, etcétera.
En la historiografía de los últimos años se ha producido un “giro hacia la
literatura” , un retorno a la narrativa que hace que una parte importante de
los libros de historia publicados desde los años setenta del siglo xx estén más
próximos a la literatura, tanto por su estilo como por su temática, que a las
grandes obras de historia de décadas anteriores. Sin embargo, en este apartado
queremos destacar la importancia de la literatura en otra vertiente, como fuente
histórica. Según Avilés (1988-1989: 69), son varios los motivos por los que se
ha producido este reciente reacercamiento de la historia a la literatura:

Porque trata de llegar a un público amplio cuya atención hay que cap­
tar. Porque vuelve a contar historias y lo hace de manera mucho más comple­
ja. Porque ha renunciado en parte a las generalizaciones en beneficio de casos
concretos. Porque aborda temas, como las actitudes ante el amor, el matri­
monio y la muerte, que desde hace siglos han fascinado a poetas, novelistas
y dramaturgos. Y porque recurre a fuentes literarias en busca de información
sobre temas acerca de los cuales no es fácil encontrar documentos.

En 1984, el historiador Manuel Tuñón de Lara reclamaba la necesidad por


parte de la historia de superar el concepto de “fuente auxiliar” que la vieja
historiografía tenía de la creación literaria, para reconocer la historicidad de
la obra literaria, y en primer lugar de la novela, de su aportación esencial a la
construcción de la historia social. Esta aportación la concibe estructurada en
ios vertientes: una, la obra literaria como fuente directa del conocimiento, es
decir, su inserción en las fuentes básicas de la historia social, la manera que
rene el autor de captar y de transmitir las condiciones de la vida cotidiana, las
ictitudes de los grupos sociales; otra, el escritor se convierte en una especie de
*nediador de ideologías y mentalidades de su tiempo, cuya imagen así transmi-
rda es igualmente fuente de la historia (Granja y Reig Tapia, 1993: 404).
Un año después, tres historiadores (Belmonte, Betegón y Avilés) publicaban
n a recopilación de textos literarios (no solo novela, sino también de otros
géneros, como poesía, teatro y memorias) con la idea de que había llegado el
nomento de introducir el texto literario en la enseñanza de la historia, para
:írecer al estudiante “una historia viva, encarnada en hombres y mujeres, que
162 M étodos de investigación histórica

complemente la imagen, necesariamente abstracta y a menudo fría, que propo:


cionan los manuales de historia” .
Desde el momento en que el historiador no solo pretende registrar unos ha­
chos, sino que intenta comprender cómo los imaginaron y, por tanto, cómo 1»
vivieron, las fuentes literarias adquieren una gran importancia. La historia <k
las mentalidades se alimenta naturalmente de los documentos imaginarios, *
de ello nos han brindado significativos ejemplos historiadores como Duby o Lí
Roy Ladurie, por citar algunos de los casos más destacados.
Las obras literarias son una fuente imprescindible para determinadas temá­
ticas históricas y para distintos periodos históricos, como la Edad Antigua t
M edieval. En la Alta Edad Media, los documentos escritos más abundantes sor
de carácter literario. Entre las obras más importantes que se han conservad:
podemos destacar las de san Agustín, Casiodoro y Boecio, de contenido teológ;-
co-filosófico; las de Sidonio Apolinar, epistolares; las Vidas de los santos padres
emeritenses, hagiográficas; las Etimologías de Isidoro de Sevilla, de carácter
científico. Quizá los más abundantes sean los textos religiosos, doctrinales t
litúrgicos, como La regla de san Benito, una de las más difundidas durante k
Edad Media. También tuvieron amplia repercusión los textos jurídicos, coro:
los distintos códigos bárbaros conservados, entre los que se encuentra el Libr
Iudiciorum de los visigodos. Los textos propiamente literarios son más bier
escasos, aunque se conocen epopeyas como la del héroe anglosajón Beouml-
por ejemplo.
Pero sin duda, lo más destacado son las crónicas, anales y otros textos histo
riográficos de la época, entre los que se pueden mencionar las primeras historia:
nacionales, como la de los visigodos, escrita por Isidoro de Sevilla. También
inició por entonces el registro de los hechos de los papas, el Líber Pontificalis.
Dentro del marco del Renacimiento carolingio, entre las fuentes narrativas te­
nemos textos políticos como el De Institutione Regia, de Jonás de Orleáns o c
De Ordine Palatii de Hincmar de Reims. También se escribieron obras históri­
cas de carácter oficial, como la Crónica de Reginón, de Priim, o los anales, entre
los que sobresalen los Anales reales y los Anales de Eginardo. Fuera del Impen:
carolingio se redactaron otros anales, como los Anales nortumbricenses, sobre
la Northumbria anglosajona; también genealogías, como las de Roda y Mellas
sobre el antiguo reino de Pamplona y el condado de Aragón. La crónica dí
Nithard resulta el retrato más importante de la época. La Vida de Carlomagnc.
de Eginardo, demuestra la importancia del género biográfico. Estas dos última;
obras muestran la influencia del pensamiento clásico, Tácito y Suetonio espe­
cialmente. Aunque textos de Alcuino y Abbon tratan de imitar a Horacio y z
otros poetas clásicos. A todas estas obras habría que sumar las eclesiásticas,
especialmente colecciones de sínodos y concilios, y las jurídicas, sobre todo los
capitulares (colecciones de textos legislativos) y los polípticos (inventarios dí
bienes y rentas).
Las fuentes bibliográficas | 163

Las fuentes en la Edad Media clásica son mucho más abundantes que en la
etapa anterior, debido principalmente al desarrollo institucional de los estados,
al perfeccionamiento de la administración señorial, al crecimiento económico
de Occidente y al progreso de la cultura. Junto a los monumentos y los docu­
mentos de archivo siguen apareciendo las fuentes literarias. En los siglos xi
y xii se produjo una verdadera eclosión cronística de los príncipes y señores
feudales europeos (por ejemplo, la Crónica Adefonsi Imperatoris, de los tiem­
pos de Alfonso VII), que conviven con textos doctrinales (sermones, relatos
hagiográficos, teológicos y filosóficos) y textos literarios propiamente dichos,
que nos ofrecen las primeras grandes joyas de la literatura medieval (Canción
de Roldan, Poema del Cid).
Las Crónicas de Indias constituyen una fuente de indudable valor para la
reconstrucción histórica de la conquista y colonización de América. Los cronis­
tas, al acercarse a un objeto nuevo y desconocido, hicieron del conocimiento
directo e inmediato la fuente del nuevo saber histórico, basado, como en la
Antigüedad, en la observación y en la identificación del “ver” con el “saber” . En
ata familia textual se incluyen relaciones, cartas, diarios (como el de Cristóbal
Colón), crónicas e historias propiamente dichas. Desde los relatos de testigos a
os cuales se ha interrogado directamente, al resumen de las relaciones de otros
en los compendios históricos, el texto colonial refleja una intensa preocupación
retórica, propia del humanismo historicista renacentista.

La historia se ve como un género literario al servicio de la voluntad de


consignar hechos y datos verosímiles que pueden o no ser verídicos, y don­
de la imaginación libremente consentida se reconoce en la combinación de
leyenda, mito, epopeya de los libros de caballería, tal como la refleja la rica
historiografía de las Crónicas de Indias. (Ainsa, 1997: 120)
Las fuentes literarias no solamente son necesarias cuando se pretenden es-
cadiar siglos para los que otro tipo de fuentes no son abundantes. En la histo­
ria contemporánea, por ejemplo, la lectura atenta de nuestra literatura resulta
imprescindible para la reconstrucción de la mentalidad y de la vida cotidiana
le la época, para el análisis global de la historia social. Autores como Larra,
Mesonero Romanos, Antonio Flores, Galdós, Clarín, Pardo Bazán, Palacio Val-
íes, Unamuno, Blasco Ibáñez, Azorín, Baroja, Joaquín Dicenta, Camilo José
lela, y tantos y tantos otros, son de obligada consulta para el conocimiento y
comprensión de nuestra historia contemporánea. De igual forma, no podemos
coy día prescindir de las grandes obras maestras de la literatura universal para
irreciar una realidad más amplia.
Ha de tenerse en cuenta, además, que la literatura no juega solamente un
capel pasivo de reflejo de una realidad, sino que a su vez constituye un ele-
ciento activo, como difusora de determinadas concepciones y actitudes entre el
rúblico lector. La literatura ayuda a globalizar aspectos interrelacionados que
164 M étodos de investigación histórica

generalmente se abordan desde temas diferentes y que a veces son percibid»


como compartimentos estanco (Salvador Marañón, 1997: 19-21).
De igual forma que el valor de la fuente literaria se debe tratar como el »
cualquier otra fuente, la objetividad que de ellas esperamos es también cor»
la del resto de documentación. No hay verdad absoluta. Por tanto, no ex st
una diferencia epistemológica entre las fuentes que describen acontecimient»
supuestamente reales y aquellas que revelan ideas, sentimientos o valores.
debemos excluir a lo imaginario del campo de la historia, como se ha venia;
realizando desde ciertas concepciones metodológicas ingenuas o determinista
El historiador siempre interpreta, sea la fuente que sea sobre la que traban
Para E R. Ankersmit existe un entrelazamiento permanente de la literatura y at
la historia para bien o para mal. Los componentes de la narrativa histórica sor
verdaderos, pero al mismo tiempo la historiografía también contiene un ejn
mentó de ficción. No podemos distinguir entre lo que pasó realmente, el hechz.
y las interpretaciones que más tarde se dieron.

Si el lenguaje es un objeto en el mundo como los objetos de los que tras


el lenguaje, la categoría de los objetos del mundo no puede ya, como se a i
ma tradicionalmente, distinguir entre el hecho y la ficción -o entre el escnr
histórico y la novela. El simple hecho de que se use el lenguaje, ya sea en ¿
historia o en la novela (o en cualquier otro sitio), es suficiente para otorgare
una categoría ontológica. El salto entre el lenguaje y la realidad no puede n
funcionar como un criterio fiable para distinguirlos. Lo que se escribe o se hs
escrito, tanto si es un hecho como una ficción, es tanto una fuente de verca;
como lo puedan ser otros objetos del mundo. (1996: 53)

Mario Vargas Llosa ha hablado de la verdad de las mentiras para detallar


cómo lo imaginado puede contener un ejemplo revelador, que sin haberse dad:
ontológicamente en el mundo externo ilumina y aclara la realidad y la verdac.
El régimen de funcionamiento de la literatura, de la novela, sería semejante a
de los cuentos infantiles. Son pura ideación, son estricta invención, son mentira
en fin, pero nos ilustran con una parábola de nuestra propia identidad (Sema
2003: 229).
Las memorias habitualmente han sido calificadas como una de las más sos­
pechosas fuentes de la historia. Las memorias solo son sospechosas como fuer­
te de información cuando se refieren a cosas sabidas de segunda o tercera man:
o en lo referido a sus propios autores. En este caso, incluso, ofrecen muchas i
valiosas pistas, aunque no sea más que a través de sus silencios. El autor suee
estar preocupado ante todo por justificarse a sí mismo, pero puede, y con fre­
cuencia necesita, decir las verdades acerca de los demás.
La estrecha relación de la historia y la literatura que se inicia en el siglo xix
durante el Romanticismo, da lugar al nacimiento de lo que se conoce come
novela histórica, que puede definirse “como una novela en que la historia -er
L as fuentes bibliográficas 165

cualquiera de sus múltiples facetas- es una preocupación que estructura, de


manera más o menos explícita (como objeto principal o como enfoque interpre­
tativo), el texto, convirtiéndose en tema principal” (Lefere, 2013: 41-42). Para
que obras tan dispares como Ivanhoe, La cartuja de Parma, Guerra y paz, El
último mohicano, El conde de Montecristo o El señor de Bembibre puedan ser
reunidas bajo esa etiqueta de “novela histórica” , deben darse ciertas condicio­
nes, según Mata Induráin (1995b):

• Para que una novela sea verdaderamente histórica debe reconstruir o, al


menos, intentar reconstruir la época en que sitúa su acción.
• Debe mezclar la invención y la realidad. Esa mezcla de elementos históri­
cos y literarios convierte a la novela en una obra de ficción. Lo sustantivo
es la novela, lo adjetivo la historia.
• Lo que hace histórica a una novela es una cuestión de contenido, de tema
o argumento. Para conseguir el equilibrio deseado entre historia y litera­
tura, lo más habitual consiste en colocar la parte histórica como telón de
fondo general. La historia constituye así un elemento secundario sobre el
que se desarrolla la trama inventada.
• La novela histórica puede ser fiel a la historia sin ser fiel a los hechos; es
decir, puede no ser cierta en los detalles, pero sí en el espíritu respetando
el marco y alterando el cuadro.
• Este respeto necesario a la verdad histórica exige del novelista un es­
fuerzo de documentación más o menos minucioso. No se trata solo de
colocar a unos personajes sobre un fondo histórico, sino de reconstruir
en la medida de lo posible una época pasada, con sus costumbres, sus
modos de vida, etcétera. Pero después de llevar a cabo su tarea de do­
cumentación, el novelista se debe esforzar por difuminar y aligerar esa
carga erudita que impediría el normal desarrollo narrativo de la novela.

Antes del siglo xix la literatura y la historia habían caminado juntas en


numerosas ocasiones. Recordemos las primeras manifestaciones épicas de la
cultura occidental, los poemas homéricos, que, al tiempo que magnifican unos
reroes y un pueblo, cantan un suceso con base histórica probada, la guerra de
Troya. El Cantar de Mió Cid resulta también un monumento literario y una
rrente histórica. Pero la novela histórica surge realmente cuando la literatura
T la historia siguen caminos separados, como subgénero narrativo cuyo patrón
básico fue fijado por Walter Scott.
La mayor parte de autores hablan de dos etapas y tipos de la novela histó-
~ca. Unos, como Marco Aurelio Larios, las denominan vieja novela histórica
» nueva novela histórica. Otros, entre los que destaca Kurt Spang, distinguen
~tre novela histórica ilusionista y novela histórica antiilusionista. Coinciden
=i la primera como la novela del siglo xix y la segunda la que comienza con
166 M étodos de investigación histórica

el siglo xx. A estos tipos otros especialistas (Ferreras, 1997) vienen a añadir s
episodio histórico contemporáneo o novela histórica de tema contemporánea
para referirse a la novela histórica realizada durante el transcurso de los acon­
tecimientos históricos que narra.
La novela histórica clásica, la vieja novela histórica, nace a principios oe
siglo xix como consecuencia de una serie de circunstancias histórico-socials.
como los cambios sociales que conlleva la Revolución francesa y el surgimienr
del nacionalismo y del Romanticismo, con un pueblo que comienza a tomar
conciencia de su importancia histórica. Waverley, la primera novela de Waltr
Scott, es de 1814, un año después de la caída del Imperio de Napoleón Boca-
parte en 1815.
Scott, partiendo de la tradición narrativa inglesa del siglo xvm e influid:
por las tesis del historiador Macaulay, crea el patrón y deja fijadas las carac­
terísticas de lo que iba a ser un nuevo subgénero literario. Scott es ante too:
un narrador, un escritor que sabe contar historias. En sus novelas destaca a
exactitud y minuciosidad en las descripciones de usos y costumbres de tiempos
ya pasados, haciendo ver la influencia de esos hechos en el presente. Su noven
Ivanhoe fue la que más influyó en la novela histórica romántica. Nos traslada i
un mundo de ensueño, a una Edad Media idealizada.
La vieja novela histórica, la novela histórica del siglo xix, no tuvo verdade­
ras pretensiones científicas por la historia, ya que construyó su narración mane­
jando los dos niveles (uno de ambientación, que era rigurosamente el histórico,
y otro dramático, que era el novelesco), sin más intención que corroborar cor
sus personajes los ideales románticos que circulaban en la época. Al menos en e
orden consciente de su generación, no busca ninguna interpretación posible de
pasado que recrea; no fundamenta ni aventura causas que pudieran explicar k
situación del presente como emanado del pasado que narra. En pocas palabras,
el narrador no asume condición alguna de historiador. El pensamiento historie:
se haya presente puesto que el narrador no puede desprenderse de su propia
idea de la historia. La vieja novela histórica se deja influenciar por Johann Go-
ttfried Herder, quien en Ideas sobre la filosofía de la humanidad enuncia qu;
cada historia particular era el producto del espíritu de cada pueblo. El pensa­
miento de Herder motivó a historiadores y novelistas románticos a buscar en ¿
pasado los rasgos de la identidad encontrados en una supuesta alma colectiva
(Volksgeist), y convertir el pasado histórico en un instrumento de exaltación
nacionalista. De este modo, la vieja novela histórica tiene que observarse como
un metarrelato de legitimación. Por esta necesidad de certificar con sus perso­
najes los ideales románticos, los autores de este género, como señalara Lukács.
utilizaron personajes de segunda fila como protagonistas, para evitar disputas
historiográficas con personajes históricos bastante conocidos o reputados.
Uno de los rasgos más destacados del tipo ilusionista es el afán de los auto­
res de crear la ilusión de autenticidad y de veracidad de lo narrado. Se crea la
Las fuentes bibliográficas 167

ficción de que coinciden historia y ficción, se ignora, por tanto, o por lo menos
se esconde, el hiato entre los dos ámbitos de la historia y la literatura. Es el tipo
que corresponde a la novela histórica elaborada por Scott que tuvo tanta popu­
laridad en su época y tantos imitadores. En España, pertenecen a este grupo El
señor de Bembibre de Gil y Carrasco o Doña Blanca de Navarro de Navarro
Villoslada. Con este tipo de novela el hombre es el motor de la historia, se acen­
túan los aspectos personales e individuales en el relato y se explica el desarrollo
histórico y los cambios sociales a través de ingerencias personales e individuales
en el transcurso de los acontecimientos. Y estos individuos, únicos protagonis­
tas del cambio social, son presentados como buenos unos, otros como malos.
En El señor de Bembibre, por hablar de un caso, solo hay puros y virtuosos,
por un lado, y malvados y perversos, por el otro; se echan de menos las mati-
zaciones. En esta tendencia a la exaltación del individuo no se debe ignorar la
influencia del ideario romántico; la exaltación del yo y de sus relaciones con
la realidad constituye una de sus principales preocupaciones. El hecho de la
individualización de la novela histórica se refleja ya en los títulos de muchas de
ellas, que suelen llevar el nombre de los protagonistas como títulos (Waverley,
Sancho Saldaña, Doña Blanca de Navarra, El señor de Bembibre, Henri Qua-
tre, Witiko).
Las minuciosas y exhaustivas descripciones de figuras, espacios y aconteci­
mientos, el paulatino avanzar de la acción, los prolijos diálogos, todo ello está
encaminado a crear la ilusión de un mundo total y autárquico en el que el lector
puede entrar y olvidarse del suyo. Algunos de los instrumentos utilizados para
revivir el pasado es la evocación de los lugares de los hechos, la reconstrucción
de las mentalidades de la época y el narrar como si todavía no se supieran las
consecuencias de los acontecimientos históricos plasmados en la narración. En
suma, la creación y la recepción se convierten en una especie de readquisición
del saber histórico ya conseguido.
En el tipo ilusionista del siglo xix se advierte el gusto romántico por el pai­
saje. La naturaleza se convierte en espejo y reflejo de las emociones y pasiones.
En este aspecto también El señor de Bembibre puede tomarse de ejemplo: en
esta novela abundan las largas descripciones de El Bierzo en los que el autor
i menudo echa mano de la naturaleza para reflejar en ella los sentimientos de
sus figuras.
La nueva novela histórica, aquella que se comenzó a hacer en el siglo xx,
sobre todo a finales de la centuria, y que adquirió en Hispanoamérica un fuerte
:esarrollo, sí tiene una pretendida “cientificidad” , alcanzada por un laborioso
¿copio de documentación que le permite no supeditar el nivel histórico al nove-
esco, incluso, las más de las veces, este cede a la construcción histórica. Cual­
quier reconstrucción imaginativa del pasado tiende a reconstruir el pasado del
rresente. La nueva novela histórica es contraria a los predicamentos de Lukács:
sis personajes históricos son de primera fila, pues los prefiere conocidos para
168 M étodos de investigación histórica

que le permitan establecer una profunda red intertextual de conocimientos pre­


vios. Pero las interpretaciones son muy distintas.
La nueva novela histórica, inserta en la condición posmoderna, se nos revek
como un descreimiento del pasado histórico. Por esta incredulidad posmoder­
na, la nueva novela abandona las desavenencias de los descubridores (Cristó­
bal Colón, Hernando de Magallanes), la intocabilidad de los reyes (Isabel k
Católica, Felipe II), la condena feroz de los conquistadores (Lope de Aguirre.
Hernán Cortés). Los personajes protagonistas los rescata de su única visiór
legitimadora y les otorga la existencia imaginativa, el diálogo, la humanidad
que el relato de legitimación nacional les negó para encubrir el pasado históricc
de una retórica maniquea de buenos y malos, de héroes y antihéroes, de gran­
des y pequeños hombres. Por ejemplo, la figura de Cristóbal Colón es tratada
por Carpentier (El arpa y la sombra), Abel Posse (Los perros del paraíso), Au­
gusto Roa Bastos (La vigilia del almirante), Vicente Muñoz Puelles (El últimc
manuscrito de Hernando Colón), entre otros, en cuyas obras el descubrido:
es recreado, recuperado, inventado, imaginado, impugnado y comprendido de
formas totalmente diferentes. Este descreimiento posmodemo es el que facilita
la invención imaginativa, porque esta invención se hace siempre en el disenti­
miento, porque para entender y no solamente percibir se ha de fabricar aquello
que se desea conocer.
La novela histórica antiilusionista tiene dos objetivos: crear un mundo fic­
ticio y, paralelamente, presentar historia. Esta doble función no se oculta ante
los receptores como ocurre en la novela ilusionista, sino que se insiste en ella; se
abandona la pseudoobjetividad del tipo anterior para acentuar la subjetividad
del narrador. La actitud del autor/narrador es la de un observador impasible
y distanciado, lo que se manifiesta en su aparición e identificación como tai
narrador (como ocurre en Los negocios del Sr. Julio César de Bertolt Brecht
o, por el contrario, se despersonaliza, no se declara como persona (La guerrs
carlista) o desaparece casi totalmente (Los idus de marzo, de Thornton Wilder).
El objetivo es evitar que se produzca en el lector la ilusión de autenticidad y
totalidad del contenido presentado.
Otro de los recursos utilizados para conseguir el mismo efecto es subrayar
la discontinuidad y la heterogeneidad de los acontecimientos. La historia na­
rrada deja de ser un fluir continuo y unitario, un relato lineal y cronológico, y
sobre todo autónomo para convertirse declaradamente en una especie de puzle
cuyas piezas tienen una cohesión intencionalmente precaria. La tendencia es la
de una presentación de historias en plural, no de la historia o, por lo menos, de
una historia.
La novela antiilusionista presenta la historia desde abajo, frente a la visión
desde arriba que ofrecían las novelas del siglo xix. Ya no son tanto las haza­
ñas de nobles y soberanos o destacados héroes las que provocan los cambios
sociales, ni se desarrollan en reales sitios y gloriosas batallas. Ahora ya no hay
Las fuentes bibliográficas 169

un protagonista del cambio, sino muchos, y todos con una acción conjunta,
aunque no tiene porqué ser uniforme. El mundo cotidiano, la gente corriente,
las masas, comienzan a aparecer en la novela histórica.
La novela histórica de tema contemporáneo está escrita con los ojos puestos
en los problemas nacionales que de su mundo y de su sociedad tiene el autor,
por lo que se puede considerar como una interpretación personal de la historia
del momento. Compromiso con la sociedad del momento, realismo en la des­
cripción, estos son los objetivos principales que buscan los autores. Los autores
de novelas históricas tradicionales, sin embargo, buscaban la imparcialidad ale­
jándose en el tiempo del tema. Pueden distanciarse del tema que tratan, pueden
sentir la nostalgia, muy personal, de un tiempo pasado, como en el caso de El
señor de Bembibre de Gil y Carrasco, o pueden también sentir toda la rebeldía
de un imposible como en El doncel, la conocida novela de Larra.
En España la novela histórica nacional o de tema contemporáneo apareció
antes que la novela histórica. La primera novela histórica que se publicó en el
país (sin tener en cuenta las traducciones de novelas históricas inglesas y fran­
cesas) fue Ramiro, conde de Lacena, de Rafael Húmara y Salamanca, de 1823.
La primera novela histórica de tema contemporáneo parece ser que apareció
en 1813, según Juan Ignacio Ferreras. Se trataba de El héroe y las heroínas
de Montellano. Memorial patriótico. En ella Pablo Rincón narra en boca de
varios viajeros cómo los franceses atacaron la localidad sevillana y cómo se
defendieron sus habitantes. Más novela y con intenciones muy precisas es la
titulada Rafael de Riego o la salvación de España, de Francisco Brotons, que
narra con entusiasmo el papel de Riego frente al absolutismo de Fernando VIL
Pero sin duda, para este especialista, será Benito Pérez Galdós, “por su altura” ,
el creador de la novela histórica de tema contemporánea o episodio nacional,
con sus dos primeras novelas, La fontana de oro (1870) y El audaz (1871) y,
sobre todo, con su serie de los Episodios nacionales (1873-1912), que narran
la historia de España desde la batalla de Trafalgar (1805) hasta 1880, con el
nuevo sistema parlamentario de la restauración que apodó los tiempos bobos.
Galdós no solamente posee una visión política del momento, visión que
cambia a lo largo de los años, sino que se sale de esta visión política, siempre
que puede, para adentrarse por el más amplio camino de la historia; para ello,
viaja y se documenta, busca el dato y busca el contacto. El autor encuentra
cierta facilidad a la hora de separar lo histórico y la ficción, puesto que el plano
histórico está presente en lá mente del lector, por lo que a veces basta solo con
sugerirlo, incluso, en ciertos casos, prescindir de él.
A diferencia de la novela histórica contemporánea, la novela realista de­
cimonónica cuenta una historia cotidiana que nada tiene que ver con la gran
historia, aunque esta historia narrada haya de integrarse, con más o menos pre­
cisión, en un cuadro histórico fácilmente identificable. El universo novelesco y
universo social presentan muchas analogías, por lo que el historiador encuen-
170 M étodos de investigación histórica

tra en este tipo de novela una fuente imprescindible para la historia social. L_-
Regenta, de Clarín, o El sabor de la tierruca, de José María de Pereda, retratar
como pocas obras la sociedad española del siglo xix.
En España, el auge de la novela histórica tuvo lugar con el Romanticismo,
aunque la crítica no mostrara mucho entusiasmo por esta novela histórica ro­
mántica, a la que acusaban de serviles imitaciones de las novelas de Walter Scor
(sobre todo de Ivanhoe), de escasa o nula calidad literaria. Resulta evidente quí
la gran novela española del siglo xix es la realista, cultivada en el último tercie
de siglo, pero no debemos olvidar que fueron los románticos (1830-1844) quie­
nes continuaron la espléndida tradición novelesca del Siglo de Oro. Por medio
de la temática histórica fue fundamentalmente como los novelistas románticos
consiguieron tanto elevar la categoría literaria del género novela en España
como educar a un público lector hasta entonces escaso.
Ya en el siglo xvm y primeros años del xix habían aparecido algunas nove­
las que constituyen claros antecedentes del género histórico que se cultivará con
profusión desde 1830, como Historia de Lisseno y Fenissa (1701), de Párrago
y Martel, novela de tipo bizantino; Historia verdadera del conde Fernán Gon­
zález, su esposa doña Sancha y los siete infantes de Lara (1750), de Juan Rodrí­
guez de la Torre; El Valdemaro (1792), de Martínez Colomer; El emprendedor
o aventuras de un español en África (1805), de Jerónimo Martín de Bernardo, y
Anastasia (1818), de Marqués y Espejo. Pero la primera novela histórica puede
considerarse a Los bandos de Castilla, de Ramón López Soler (1830). Aunque
no es la primera que se escribe en España y en español tomando como asunto
el pasado nacional, sí que es la primera en manifestar la intención de crear, imi­
tando conscientemente a Scott, una escuela novelesca nueva. Y este subgénero
llamó la atención de los principales autores españoles de la época, como Larra
(El doncel de don Enrique el Doliente) o Espronceda (Sancho Saldaña o El
castellano de Cuéllar). Pero hay que concluir diciendo que la importancia de la
novela histórica romántica no reside tanto en su calidad (que repite constante­
mente los mismo tópicos) como en su cantidad. La enorme producción de títu­
los consigue inundar de novelas el país, consolidando de esta manera la afición
por lo novelesco. Sin esta novela histórica no se podría explicar el magnífico
florecimiento de la novela realista en el último tercio del siglo xix.
En el siglo xx se ha incrementado tanto la cantidad, especialmente referi­
das a periodos contemporáneos como la Guerra Civil (1936-1939), aunque sin
olvidar la Edad Antigua y medieval, especialmente, como la variedad (novela
histórica femenina, biográfica, de ficción, de intriga, etc.) y la calidad, como
apuntan Romera, Gutiérrez y García-Page (1996).
Las fuentes documentales

6.1. La documentación de la Administración Central


y el origen de los archivos

La gestión administrativa ha dejado múltiples huellas (documentos) que nos


permiten seguir su rastro en los archivos, sobre todo a partir de la Edad Moder­
na, cuando se configura el Estado como tal y nace la burocracia y los archivos
en los que guardar la documentación que genera su actividad. Hasta la Alta
Edad Media las fuentes escritas son menos abundantes, generalmente tienen
carácter literario, contando con un buen complemento en los restos arqueoló­
gicos disponibles. En la Baja Edad Media las fuentes escritas sufren una gran
transformación al adoptarse de forma general el empleo del papel, que sustitu­
yó al pergamino a lo largo del siglo xiv, y el uso de las lenguas vernáculas con
carácter oficial, mientras que el latín quedó relegado al ámbito eclesiástico y a
ios círculos cultivados de la alta intelectualidad.
La documentación producida por el Estado es un fiel reflejo de su estructura
rrganizativa a través del tiempo. La administración de los Estados hispanocris­
tianos de la España medieval deriva de la organización administrativa visigoda.
El jefe supremo era el rey o el conde, que dirigía todos los órganos de la Admi­
nistración Central, territorial y también local desde que los núcleos de población
crbanos empezaron a constituirse, a partir del siglo xi, en concejos o muñid­
nos. No obstante, las grandes propiedades territoriales o señoríos quedaron
mera de la acción directa de la Administración Pública, pues el señor era el que
administraba y organizaba su territorio.
172 M étodos de investigación histórica

El centro político y administrativo de la España medieval era la corte, inte­


grada por los grandes del reino, que aconsejaban al rey en sus decisiones, per
su séquito de vasallos armados, que actuaba como guardia personal, y por lo»
oficiales, que se encargaban de la administración. Algunos de estos oficíale
eran el alférez real, el notario del rey, el mayordomo (encargado de los asunto»
económicos de la casa real y de la hacienda pública) y el canciller (que dirigía la
Cancillería regia con todos los notarios y escribanos reales). Entre 1252 y 1284.
Alfonso X el Sabio reorganizó la Cancillería castellana a partir de la recepciói
del derecho romano, y se mantuvo hasta 1474. En Navarra hubo Cancillería
entre 1234 y 1516. En la Corona de Aragón, de 1213 a 1492. La documenta­
ción de esta, formada por 6.704 registros, se conserva en el Archivo de la Co­
rona de Aragón, colección casi única en Europa y solo comparable a la de lo»
archivos vaticanos. A través de sus documentos podemos ver cómo el cargo de
canciller, creado por Jaime I, estaba vinculado generalmente a un obispo, era e.
principal consejero del rey y tenía a su cargo la conservación y aplicación d¿
sello real. Desde el reinado de Alfonso X se inició la separación definitiva entre
las cancillerías como productoras de documentos públicos y los escribanos pú­
blicos que redactan los documentos privados.
A partir de la implantación del Estado moderno por los Reyes Católicos,
la organización de este se hace cada vez más compleja, acorde con las necesi­
dades cada vez mayores de la acción del Gobierno, se produce una explosión
documental en todos los sentidos, se organizan y legislan los libros registro
y se crean e institucionalizan los archivos. El proceso lo iniciaron los Reyes
Católicos en 1489, cuando ordenaron la concentración de sus archivos en la
Chancillería de Valladolid, iniciativa que seguirá Maximiliano de Augsburgo al
organizar en Innsbruck los archivos del Imperio. En 1545, Carlos I transfiere
la documentación del reino castellano al castillo de Simancas, donde Felipe E
finalizará la concentración definitiva de los archivos procedentes de todos los
consejos, audiencias, chancillerías, tesorería y secretarías del Estado. En 1588
queda rubricado el proceso con la aprobación del Reglamento para el Gobierno
del Archivo de Simancas, primero de una larga sucesión de archivos de Estado.
España se convierte en país pionero en la organización de los primeros archivos
del Estado, modelo que se extenderá a otros países a lo largo de ese siglo y del
siguiente.
La Cancillería Real desaparece como única institución encargada de la ex­
pedición del documento real, y se autoriza la emisión de documentos públicos a
autoridades delegadas. Comenzó a funcionar el Registro del Sello de Corte, que
llevaba a cabo el registro de todos los documentos emitidos en la corte. En la
documentación del Registro del Sello de Corte, conservada en el Archivo Gene­
ral de Simancas (2.400 legajos), solamente se encuentran aquellos documentos
que eran autorizados con el sello mayor o grande de placa. La documentación
del Registro entre 1690 y 1893 se conserva en el Archivo Histórico Nacional,
Las fuentes documentales 173

en el fondo correspondiente al Consejo y Cámara de Castilla, dentro de la sec­


ción de “ Consejos Suprimidos” . El resto de documentos expedidos por el rey o
por los organismos oficiales, como las cédulas, los privilegios en pergamino con
sello de plomo o los documentos emanados de organismos que tenían sello pro­
pio, como la Chancillería, la Audiencia y los consejos, no se conservan en la sec­
ción de Simancas. Los consejos habían nacido a partir del siglo xiv, cuando la
complejidad de la organización política hizo que el rey se rodeara de consejeros,
formando el Consejo Real, como institución consultiva de carácter permanente.
En la España de los Austrias, los consejos se especializan en territoriales
(consejos de Indias, Flandes, Navarra, Italia, Portugal, Órdenes) y consejos au­
xiliares de asuntos gubernativos y administrativos, como los de Santa Herman­
dad, Inquisición, Cruzada y Hacienda. Asimismo, en el siglo xvi se organizó la
Cámara de Castilla, como sección aparte del Consejo de Castilla, para aquellas
cuestiones de gracia o merced vinculadas a la persona del monarca. Por último,
el Consejo de Estado, que tenía carácter suprarregional, dedicado a los asuntos
de política exterior. De él procedió el Consejo de Guerra, creado por Felipe V
en 1714, con consejeros militares en toda la época borbónica.
La variada documentación de los consejos se encuentra repartida entre el
Archivo General de Simancas y el Archivo Histórico Nacional, aunque sin un
corte cronológico ni temático lógico. En el primero destacan 680 legajos del
Consejo Real de Castilla, el más primitivo. En el segundo se conservan unos
53.000 legajos y 3.800 libros del resto de consejos en la sección denominada
“Consejos Suprimidos” , la más voluminosa del archivo. El Archivo del Consejo
de la Suprema Inquisición forma otra sección del Archivo Histórico Nacional,
con 1.876 legajos y 720 libros, en los que se puede estudiar la organización,
competencias y la actividad de este organismo desde el siglo xv hasta el xix a
través de informes y memoriales, pleitos civiles y fiscales, proceso criminales de
fe, informaciones genealógicas, etcétera. Lo mismo sucede con los fondos del
Consejo de las Órdenes, de gran importancia para los estudios genealógicos,
pues conservan los expedientes de pruebas de nobleza, informaciones de casa­
miento, datas de hábito de caballeros, expedientes de pruebas de religiosos y
libros genealogías de las órdenes de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa.
También se conservan los documentos judiciales del Consejo, de interés para
los estudios jurídicos, económicos, sociales y artísticos de los siglos xvi y xvn.
Además se conserva documentación de los consejos (siglos xvi al x v iii ) en la
sección “Fondos Contempóráneos” , que han llegado a ella a través de los archi­
vos centrales de los Ministerios, sobre todo del de Hacienda. En 1785 la docu­
mentación del Consejo de Indias pasó al Archivo General de Indias, en Sevilla.
A la dispersión de la documentación de los consejos entre los archivos ge­
nerales y entre sus distintas secciones, se añade la dispersión en instituciones
apañólas y extranjeras, como ocurre con cierta documentación originaria de
os consejos que perteneció a la Casa de Altamira, que se encuentra repartida
174 M étodos de investigación histórica

entre la British Library, la Biblioteca de Ginebra, la Fundación Zabálburu y s


Instituto Valencia de Don Juan. En la Biblioteca Real de Copenhague está dep>
sitada la colección Moldenhawer, teólogo holandés que, en misión diplomática
por España, se llevó documentos del Consejo de las Órdenes.
Con los Borbones se burocratiza más la Administración, al tiempo que s
produce una profunda centralización, de donde nacen las secretarías de desptr
cho, origen de los actuales ministerios, que veníah a sustituir a los consejos oc
los Austrias, aunque algunos siguieron subsistiendo. Entre ellas destacaron las
de Estado y Asuntos Extranjeros, Gracia y Justicia, Marina e Indias, Hacienac
y Guerra. En 1823, Fernando V13 creó el Consejo de Ministros, con la misión o:
que todos los asuntos de interés de cada ministerio fueran dictados de comer
acuerdo para conseguir una mayor eficacia en su cumplimiento. A partir de en­
tonces se ha mantenido este sistema organizativo de la Administración, aunqte
han variado continuamente el número, las funciones e incluso las d e n o m i n a c i o ­
nes de los ministerios.
En la primera mitad del siglo xix los organismos de la Administración Cen­
tral dejaron de enviar su documentación a Simancas, como era habitual, guar­
dándola en sus propias dependencias. En 1858 se creó el Archivo Central ck
la Administración, instalado en Alcalá de Henares. Recogió la documentación
de los organismos del Antiguo Régimen que no había podido ser enviada a
Simancas y además comenzó a recibir la documentación producida por los m>
nisterios que se iban creando. En 1866 se creó el Archivo Histórico Nacional
adonde se llevaron buena parte de los fondos históricos de Alcalá, salvándose
así del posterior incendio la documentación de “ Inquisición” , “ Cámara de Cas­
tilla” , “ Órdenes Militares” , “Universidad Complutense” , “Jesuitas” , “Estado*
y “Audiencia de M adrid” . En 1939 se incendió el Archivo de Alcalá, y se perdió
toda la documentación que conservaba, unos 140.000 legajos repartidos en
tres secciones: “ Clero” , con los documentos de la Iglesia Magistral de Alcalá ck
los siglos xv a x v iii ; “Ministerios” , con los fondos de Fomento, Gobernación-
Guerra y Hacienda, de 1759 a 1895, y “Tribunal de Cuentas” , con información
de todos los ministerios y de las posesiones ultramarinas desde 1779 a 1886.
Ante la imposibilidad física de recoger más documentación por parte d&.
Archivo Histórico Nacional, en 1969 se creó el Archivo General de la Adminis­
tración, en Alcalá de Henares, que recibió la documentación que se amontonaba
en los archivos centrales de los ministerios. La organización de sus secciones
se corresponde con los ministerios remisores de documentación: “Presidencia
del Gobierno” , junto con las de “África” y “ Sindicatos” , “Ministerio de Traba­
jo ”, “Agricultura” , “Asuntos Exteriores” , “ Comercio” , “ Cultura” , “ Educación
y Ciencia” , “Hacienda” , “Industria”, “Interior” , “Justicia”, “Marina” y “ Obras
Públicas” . Como archivo intermedio, el destino final de la documentación histó­
rica es recalar en el Archivo Histórico Nacional, pero las limitaciones de espacio
han provocado la imposibilidad de realizar oportunamente las transferencias.
Las fuentes documentales 175

Sin embargo, el Archivo Histórico Nacional conserva documentación de al­


gunos ministerios, que han evitado el paso intermedio de Alcalá. En la sección
de “ Fondos Contemporáneos” se depositan los documentos de Presidencia del
Gobierno (desde la dictadura de Primo de Rivera hasta los años cincuenta),
Ministerio de Justicia (siglo xix), Hacienda (sobre todo del siglo xix, Minas de
Almadén y Caja General de Reparaciones), Tribunal Supremo (con los procesos
desde 1847 a 1947) y Audiencia Territorial de Madrid (1860-1942). En la sec­
ción de “Ultramar” se conservan los documentos del Ministerio de Ultramar y
organismos de él dependientes desde su creación, en 1863, hasta su supresión,
motivada por la pérdida del imperio colonial, en 1899.
Parte de la documentación de estos archivos que custodian los documentos
de la Administración Central puede buscarse y verse en la base de datos PA­
RES, el Portal de Archivos Españoles que cuenta con más de cinco millones de
registros de los archivos generales del país y de algunos histórico-provinciales.
Además ofrece 30 millones de imágenes digitalizadas de sus principales colec­
ciones documentales y de algunos de sus documentos más interesantes.

6.2. Las fuentes fiscales

En la Edad Media, la Hacienda del Estado y la Hacienda del rey apenas se dis­
tinguían, por lo que los ingresos públicos y los procedentes de los dominios del
patrimonio real se aplicaban indistintamente a las necesidades públicas y a las
personales del monarca y de su corte. Además, era frecuente que el rey eximiera
del pago de rentas y tributos a algún noble, iglesia o monasterio. En su territo­
rio, estos percibían las rentas privadas e incluso algunos impuestos de carácter
público. El principal recurso de la Hacienda real medieval era proporcionado
por los dominios patrimoniales, las tierras de “realengo”, con las “regalías”, o
derechos que correspondían exclusivamente al soberano, y, por supuesto, con
las contribuciones ordinarias (“caloñas” , “fonsadera” , “yantar” o redención
en metálico del servicio militar, tasas de Cancillería por la expedición de docu­
mentos, impuestos indirectos por el tránsito de personas y mercancías, como la
‘ alcabala” , etc.) y extraordinarias (“ bulas de las Cruzadas” y “juros” o deuda
pública).
En la Edad Moderna, el sistema fiscal del Antiguo Régimen contaba con
as rentas ordinarias, las extraordinarias y las procedentes de las operaciones
¿e crédito. Entre las primeras destacaba la alcabala, que gravaba la ven­
ia de bienes muebles e inmuebles. La Corona monopolizó la producción y
Tenía de mercancías como la sal (desde 1338) o el tabaco (en Castilla desde
1636, en Aragón desde 1707), eliminando así cualquier competencia. Este siste­
ma del “estanco” o de las “rentas estancadas” dio origen a ciertos servicios que
d Estado creó para obtener nuevos ingresos: el papel sellado, desde 1636, y la
176 M étodos de investigación histórica

Real Lotería, en 1763. Entre los ingresos extraordinarios destacó el conoció:


como de los “servicios” de Corte, institucionalizado bajo el reinado de Felirc
II, cuando en las Cortes de 1590 se votó el primer servicio de “Millones”, pe:
petuado en posteriores reinados. Pero la mayor parte de los ingresos extraor­
dinarios fue proporcionada por los “juros” , antecedente directo de la deudi
pública, que consistían en una participación concedida por los reyes sobre la*
rentas de la Corona. Uno de los aspectos más importantes de esta época sucedí:
en el siglo xvm , cuando se consiguió unificar el sistema fiscal en todo el terri­
torio español.
El Archivo Histórico Nacional conserva unos 2.000 legajos en la sección di
“Juros” , con documentos comprendidos entre el siglo xvi y xix. Tienen un inte­
rés extraordinario para el investigador pues al ser nominativos, los juros apor­
tan gran cantidad de datos biográficos sobre personas e instituciones benéficas
En este mismo archivo se conserva la documentación del Consejo de Hacienda
y de la Secretaría de Estado y del Despacho, incluida una interesante colecciór
legislativa de esas instituciones, series de contribuciones y rentas, deuda públi­
ca, industria, comercio, etcétera. En el Archivo General de Simancas, la docu­
mentación de Hacienda (época medieval y moderna) constituye algo más de 1¿
mitad del volumen total de sus fondos. Destacan los documentos procedentes
de organismos directivos (Consejo y Juntas de Hacienda, Escribanía del Conse­
jo, Secretaría y Superintendencia de Hacienda), los de organismos contabiliza-
dores (Escribanía Mayor de Rentas, Contadurías Generales, Dirección General
del Tesoro) y los de organismos inspectores (Contaduría Mayor de Cuentas y
Tribunal Mayor de Cuentas), con cantidad de cuentas detalladas, acompañadas
de justificantes, de los más variados asuntos.
La documentación de carácter fiscal que surge a partir de la Edad Moderna
supone una de las fuentes principales para el historiador porque el estableci­
miento o reforma de impuestos ha generado estudios previos muy ambiciosos
para conocer la realidad del país. Un ejemplo lo tenemos en uno de los estudios
pioneros, conocido como Relaciones topográficas de Felipe II. Así se denomina
al vasto plan de estudio de la compleja realidad histórica y presente de España,
sus regiones, sus pueblos y sus gentes, proyectado por la Administración de
Felipe II. Las relaciones son las respuestas (pliegos redactados por el escribano
respectivo de la localidad) que se enviaron a los cuestionarios que, precedidos
de sendas instrucciones y cédulas reales, se remitieron a corregidores, goberna­
dores, alcaldes, concejos, etcétera, para que en breve plazo respondieran con
verdad y lo mejor que supieran a las preguntas que se les hacían.
Juan Páez de Castro, cronista de Carlos V y de Felipe II, fue el inspirador de
la obra, y llegó a realizar un primer interrogatorio compuesto de 49 preguntas.
En 1570, Felipe II dispuso que los papeles de Páez pasasen a manos de Ambro­
sio Morales, cuando ya Medina había publicado muchas relaciones históricas
de ciudades y pueblos de España, con sus correspondientes grabados, en el Li-
Las fuentes documentales 177

bro de las grandezas y cosas memorables de España, impreso en Sevilla (1548)


primero y después en Alcalá (1566).
En 1574 el rey remitió otro interrogatorio o cuestionario, que constaba de
24 preguntas, a los obispos para que los párrocos hiciesen las relaciones. Dicho
cuestionario no se imprimió. Poco satisfecho el monarca del resultado de estas
investigaciones, el 27 de octubre de 1575 despachó una cédula a los gobernado­
res y corregidores de los pueblos con el mismo objeto. La Real Cédula iba acom­
pañada de un tercer interrogatorio impreso de 59 preguntas. En 1578 se tuvo
que insistir ante la demora en el comienzo de las encuestas de muchos pueblos.
El cuestionario enviado en 1575 se componía de 59 preguntas y el de 1578
de 45, atraque no existen diferencias notables en su contenido, que abarcaba un
amplio campo: geografía, historia, economía, sociedad, religión, demografía, cultu­
ra, costumbres, instituciones, etcétera, bastante completo y ajustado a los intereses
concretos de conocer en amplitud y profundidad todos los pueblos y ciudades.
Las respuestas que se conservan (originalmente en ocho gruesos volúmenes
de la biblioteca laurentina, Real Biblioteca de El Escorial), unas 714, son mayo-
ritariamente de Castilla la Nueva. También hay algunas, aunque pocas, de pue­
blos pertenecientes a las provincias de Albacete, Ávila, Cáceres, Jaén y Murcia.
En 1772 se concedió autorización a la Real Academia de la Historia para
trasladar los originales a Madrid, con el fin de realizar una copia que se emplea­
ría en el proyecto de redacción del Diccionario geográfico de España. Parece que
las copias no son exactas, por diferenciaciones lingüísticas generadas al no haber
tenido en cuenta los copistas las normas técnicas de transcripción paleográfica.
La totalidad de las respuestas han sido publicadas a partir de la copia de
la Real Academia de la Historia. La primera publicación correspondió a las
relaciones de Guadalajara, a cargo de los académicos Juan Catalina y Manuel
Pérez Villamil, dentro del Memorial histórico español. Años después, J. Zarco se
encargaba de la edición de las de Cuenca. Guiado por el esquema de Catalina
y Villamil, incluye una amplia introducción, anota el texto y lo completa con
unos documentos afines sobre la provincia de Cuenca en el siglo xvi.
La guerra civil de 1936 y la dura posguerra repercuten en la cantidad de
publicaciones, y ello afectó a la laboriosa empresa de la publicación de las
relaciones. Por fin, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, a través
de los Institutos Balmes y Elcano, decidió reemprender el proyecto. Se creó
un Patronato de Historia Social de España, que contaba entre sus fines princi­
pales con el de finalizar la publicación de las Relaciones, tarea encomendada
i Carmelo Viñas y Rafael Paz. Con lentitud, pero de forma ininterrumpida,
iparecieron las tres provincias restantes: Madrid, Toledo y Ciudad Real. Por
in, tras 68 años de vicisitudes, la obra de transcripción y edición quedaba ter­
minada. A estas ediciones completas hay que añadir la antología y selección de
-as respuestas consideradas de mayor interés histórico publicadas en 1918 por
uan Ortega Rubio (Relaciones topográficas de los pueblos de España). En el
178 M étodos de investigación histórica

prólogo de esta obra se pueden consultar los tres interrogatorios que sirvieren
de base a las Relaciones.
Uno de los principales impuestos de la Edad Moderna fue el diezmo. Se
trataba de una exacción antiquísima destinada al sostenimiento del clero, qu:
consistía en la décima parte del producto bruto de la agricultura, aunque ex
algunas zonas también gravaba los salarios. Los diezmos se anotaban en las
denominados libros de tazmías, en los que figuraban los contribuyentes y si
contribución año a año. Su continuidad en el tiempo hasta mediados del xn
podría ofrecer la posibilidad de realizar series largas de la producción agraria,
pero las lagunas espaciales y temporales lo impiden. Se conservan pocos libros
de tazmías anteriores al siglo xvi. En el siglo xvn se pueden ya obtener datos ck
todo el país.
Como compensación a la falta de libros de tazmías, su contenido se encuen­
tra resumido en otros libros, como los de los distintos partícipes en la exacción
del diezmo (cabildos, sillas episcopales, partícipes legos). También permiten k
reconstrucción de las series de producción los libros de fábrica de las iglesias.
obligatorios desde el Concilio de Trento, en los que se indican los ingresos
procedentes de los diezmos -en general un noveno de estos- destinados a las
obras de mantenimiento de los edificios religiosos. En contraste con los siglos
precedentes, la percepción del diezmo fue irregular a partir de 1800, pues estos
ya no reflejan con fiabilidad los movimientos del producto agrario, y desapare­
cen definitivamente en 1841. Esteban Canales (1982) ha estudiado la diferencia
de recaudación entre 1799, tomada del Censo de Frutos y Manufacturas, y el
cobro del diezmo en 1837/1838. Este se situaba muy lejos de la décima parte de
la producción, alcanzando el 4,2%.
El diezmo, por su continuidad, meticulosidad y generalidad, así como tam­
bién por la ausencia de otras series de producción, se ha convertido en una
fuente imprescindible para el estudio de la agricultura española hasta el si­
glo xix, con enormes posibilidades espaciales y temporales. Pero, como todas
las fuentes, también tiene su problemática. Una podríamos decir que común a
todas las fuentes fiscales: el fraude, como prueban los continuos pleitos entre la
Iglesia y los cultivadores. Otra, propia de esta fuente, como es

la variabilidad de las demarcaciones territoriales de las dezmerías y, sobre


todo, la variación de la tasa de percepción en el tiempo. Ésta fue alterada
en 1494 con la aprobación pontificia de las tercias reales, o 2/9 del diezmo
cedido a la Corona. Si efectivamente ésta hubiera cobrado las tercias en todo
el país, contaríamos con una fuente inestimable y centralizada, pero en rea­
lidad las tercias fueron enajenadas o condonadas en muchos pueblos, y er
algunas provincias eran encabezadas junto con otras contribuciones, como
las alcabalas. Una nueva alteración tuvo lugar en 1800 con la concesión a la
Corona del noveno decimal. Este fue recaudado en unas dezmerías por los
Las fuentes documentales 179

colectores de las tercias, mientras que en otras siguió los cauces normales del
diezmo. (Pan-Montojo, 1993, VII: 347)

Los Vecindarios del Donativo Real fueron confeccionados en su mayoría


durante el segundo cuarto del siglo x v ii , y forman actualmente una serie espe­
cial conservada en el Archivo General de Simancas, en su sección Contadurías
Generales. Se trata, en palabras de José C. Rueda (1991: 239-261), de una
fuente desigual, de interés y resultados variables, puesta incluso en cuestión por
algunos de quienes la han manejado, pero también una fuente, pese a todo, de
indudable valor para el estudio de esa Castilla de los años mil seiscientos, sobre
cuyas realidades económicas, sociales, culturales, etcétera, parece que aún tene­
mos importantes lagunas.
La práctica fiscal del donativo real se inició en 1590, cuando Felipe II so­
licitó este donativo para hacer frente a la crisis financiera provocada por el
desastre de la Armada Invencible. Con Felipe IV este donativo se convirtió en
un impuesto más de su política hacendística, dadas las dificultades económicas
ante los continuos conflictos béficos en el escenario centroeuropeo. Durante el
siglo x v ii se conoce la existencia de esta práctica del donativo real en 1603, en
cinco ocasiones entre 1649 y 1640 y al menos en dos más entre 1649-1651 y
1671-1677.
Aunque en teoría el donativo mantuvo su condición de contribución volun­
taria, el procedimiento utilizado en su cobranza acabó por convertirlo en un
repartimiento más o menos forzoso, imponiéndose a todo el espectro social del
reino: nobles e hidalgos, clérigos, pecheros, viudas y menores, pobres y ricos,
con la única excepción del clero regular. Los comisarios, con la asistencia de un
escribano, irían convocando a los vecinos de cada localidad para que hicieran
entrega de sus contribuciones, y se confeccionó el correspondiente registro o
vecindario.
A través del vecindario del donativo real conocemos el nombre y apellido
(s) de cada vecino, la cuadrilla, barrio o arrabal en que residía, su ocupación o
condición social, la cantidad aportada y la especie monetaria (plata o vellón) en
que se hizo y, por último, si reunía o no las habilidades necesarias para firmar el
asiento. De esta variada gama de datos se deducen las amplias posibilidades de
trabajo que nos brinda el documento como fuente para el estudio de la pobla­
ción, de la estructura socioprofesional y de los niveles y el reparto de la riqueza.
En el trabajo antes citado,"el autor realiza un ejemplo práctico con el caso de la
ciudad de Zamora en 1637, que merece la pena leer.
Pero quizá la fuente fiscal más completa sea el Catastro. Su historia se re­
monta a los egipcios y caldeos, que idearon un sistema para describir y valorar
!as propiedades y poder fijar así los impuestos. En Europa, el primer catas­
tro se realizó con el emperador Augusto, quién ordenó confeccionar un Ca­
tastro General del Imperio Romano. En la Baja Edad Media se elaboraron
180 M étodos de investigación histórica

distintos catastros locales, principalmente en Italia: Macerata (1268), Orviet:


(1292), Ascoli (1381) y Toscana (1427). En Francia, Colbert intentó, sin éxite.
organizar un catastro para todo el Estado (1666). Esta experiencia constituye e
antecedente más inmediato del establecimiento de la contribución directa en a
Corona de Aragón por Felipe V. En Inglaterra nunca existió un verdadero catas­
tro, pero presenta, en cambio, la contribución más antigua sobre la propiedad
de la tierra, la Latid Tax de 1689.
En España, en 1749 se iniciaba la creación de una de las fuentes más utiliza­
das y valoradas por los historiadores: el Catastro del Marqués de la Ensenada
En ese año Fernando VI ordenaba iniciar las averiguaciones tendentes a refor­
mar el complejo sistema fiscal castellano, basado en la desigual contribución
de los distintos grupos sociales, mediante la implantación de la única contribr,<r-
ción. El punto de partida de la operación informativa serían las declaraciones
efectuadas por los vecinos, hechas públicas para evitar abusos y favorecer las
reclamaciones, y comprobadas por un equipo de peritos y funcionarios depen­
dientes de la Real Junta de Unica Contribución, organismo encargado de las
averiguaciones.
Este procedimiento catastral se había impuesto sobre el de Amillaramienta
que también contó con valedores por parecer más fiable en sus resultados. Y
este sería uno de los problemas principales con que contaría su realización. Los
estamentos privilegiados no querían que se conociera realmente la riqueza de
país, y más la suya propia, sobre la que apenas recaían impuestos. Pese a todas
las resistencias, en 1757 se había concluido la impresionante operación estadís­
tica. Pero para entonces la situación política había cambiado. El responsable de
la iniciativa y secretario de Estado de Hacienda, marqués de la Ensenada, había
sido destituido en 1754. El entusiasmo reformista se había apagado. El procese
de reforma hacendística quedaba interrumpido. Con Esquilache al frente de la
Hacienda y con Carlos III como monarca se volvió a emprender el intento dí
reforma fiscal, pero en 1776 se abandonó de forma definitiva, después de con­
tarle el puesto incluso al propio marqués de Esquilache. La sociedad del Antigüe
Régimen no quería ningún tipo de novedad social, y menos de tipo económico.
A pesar de que el objetivo por el que se realizaron las averiguaciones no se
llevó a cabo, de aquel intento de reforma quedó una impresionante masa do­
cumental-estadística de enormes posibilidades para el investigador, sobre todc
en los campos de la economía y situación social. Además, aunque su finalidac
no era demográfica, los datos recogidos al respecto son tan minuciosos qu£
constituye la fuente más importante para el estudio de la población castellana
durante el Antiguo Régimen. En conjunto, se trata de un retrato completo t
minucioso de la España de mediados de siglo: actividades económicas, produc­
tividad, impuestos, nivel de riqueza y pobreza, etcétera. Sus datos suelen gozar
de gran aceptación entre los investigadores, dada la minuciosidad con que se
realizó la recogida. Pero no podemos olvidar que, como todas las fuentes fisca-
Las fuentes documentales 181

les, presentan algunos problemas, sobre todo por las ocultaciones de riqueza,
calidades y superficies, por lo que es necesario contrastar sus datos con los de
otras fuentes, como los protocolos notariales o la documentación de los archi­
vos parroquiales.
Desde el punto de vista geográfico se refería a los núcleos de población de
todas las provincias de la Corona de Castilla, a excepción de los territorios vas­
cos, el Reino de Navarra y las islas Canarias: Ávila, Burgos, Córdoba, Cuenca,
Extremadura, Galicia, Granada, Guadalajara, Jaén, León, Madrid, La Mancha,
Murcia, Palencia, Salamanca, Segovia, Sevilla, Soria, Toledo, Toro, Valladolid y
Zamora.
La documentación del Catastro del Marqués de la Ensenada está formada
por las siguientes partes:

• Respuestas generales: son las respuestas que un equipo de peritos nom­


brado en cada localidad dio al interrogatorio de cuarenta puntos pro­
puesto por la Administración y con el que se pretendía conseguir una
visión general de la situación socioeconómica del pueblo. Se conservan
copias de todas ellas en el Archivo General de Simancas y hay resúmenes
fragmentarios de la mayor parte en la Biblioteca de la Real Academia de
la Historia.
• Respuestas particulares: se trata de las averiguaciones completas de cada
entidad de población. Se conservan en los Archivos Históricos Provincia­
les. Se componen de los siguientes libros o cuadernos:

- Autos generales. Recogen toda la documentación local relativa a la


confección del Catastro: autos, notificaciones notariales, nombra­
mientos, juramentos de los peritos y otras informaciones y declara­
ciones emitidas por estos, así como las posibles incidencias surgidas
durante su elaboración. Además, incluyen las respuestas locales al in­
terrogatorio (respuestas generales).
- Libros de relaciones, memoriales o declaraciones (de eclesiásticos y
seglares, por separado). Contienen las declaraciones de bienes de to­
dos los vecinos (propietarios o no), forasteros con propiedades en el
término y eclesiásticos (a título individual e institucional). A veces
cuentan con multitud de añadidos, correcciones y rectificaciones rea­
lizadas por los* peritos. Una vez comprobadas, constituirían la base
para confeccionar los libros siguientes.
- Libros de familias (de eclesiásticos y seglares, por separado). En ellos
se detallan las familias existentes en el pueblo.
- Libros de haciendas (de eclesiásticos y seglares, por separado). Reco­
gen y sistematizan las propiedades de cada titular: localización, lími­
tes, extensión, calidad, producción (en fincas rústicas o actividades
182 M étodos de investigación histórica

económicas) y posibles cargas. Al margen se añadía un dibujo apro­


ximado de su forma, su clasificación según la escala de calidades y c
producto que se le atribuye en función de esta (en fincas rústicas). En
las fincas urbanas se hacía un exhaustivo análisis de ellas, con medi­
das de frente y fondo, alturas y dependencias.

• Resúmenes. Al final de estos libros, existen unos estados o resúmenes


estadísticos de la operación en la localidad, basados las respuestas gene­
rales (A) o en las particulares (B):

- Estado C: recoge el producto en dinero que corresponde a cada medi­


da de tierra en función de su calidad, clase y dedicación. Puede apare­
cer encabezando los libros de hacienda.
- Estado D: número de medidas de tierra existentes en la localidad
clasificadas en función del producto metálico que se les ha regulado.
- Estado E: recoge el valor total de los alquileres de edificios y rentas
de industrias y capitales, así como de los beneficios que producen las
rentas enajenadas de la Corona.
- Estado F: valor global de los beneficios estimados que se derivan de
comercio y profesiones liberales.
- Estado G: número de individuos que debían pagar personal, con dis­
tinción de categorías profesionales y jornal diario estimado.
- Estado H: número de cabezas de ganado de las distintas especies y
colmenas.

En PARES se encuentra digitalizada la documentación de las respuestas


generales del Catastro del Marqués de la Ensenada, que puede consultarse a
través de la base de datos general o como portal monográfico, a partir de un
buscador por localidades. La digitalización se ha realizado sobre la documen­
tación microfilmada de los 545 libros de respuestas generales que se guardan
en Simancas, copia compulsada completa de las contestaciones de las 13.000
localidades de la Corona de Castilla. El resultado de la digitalización ha dado
lugar a 350.000 imágenes de unos documentos con una letra caligráfica muy
cuidada, de fácil lectura y sin apenas abreviaturas.
El Catastro supone un censo completo de la riqueza mueble e inmueble,
elaborado entre 1749 y 1757, en el que sus lagunas principales son de tipo geo­
gráfico. Estas son cubiertas por el Registro de Cadastre, para Cataluña, vigente
desde 1716 hasta 1845; la Talla General, contribución impuesta por Felipe V en
1717 en Mallorca, y en Valencia por los libros padrones de riqueza, confeccio­
nados para el cobro del Equivalente, instaurado por Felipe V a partir de 1715
con un sentido similar al del Cadastre catalán, manteniéndose hasta 1845. El
impuesto del Equivalente era distribuido por la Intendencia General según la
Las fuentes documentales 183

estimación que se hacía de la riqueza de cada municipio. Las autoridades loca­


les, a su vez, repartían dicha cantidad entre todos aquellos que poseían propie­
dades y rentas en el término municipal. Hasta el momento, la utilización gene­
ralizada de la fuente por geógrafos e historiadores ha puesto de manifiesto que
el grado de ocultaciones, tanto del número de propiedades como de superficies,
resulta poco significativo. Más que ocultaciones de bienes debieron producirse
infravaloraciones de estos.
En las provincias castellanas, sin embargo, las fuentes hasta 1845 son menos
numerosas y fiables. Los libros de paja y utensilios, que registraban la con­
tribución sobre los ingresos de los propietarios y usufructuarios de la tierra
desde 1719, carecen de la continuidad, accesibilidad, riqueza y fiabilidad de
las fuentes fiscales que los preceden y suceden. Junto a estos, merecen señalarse
los cuadernos de riqueza territorial, industrial y comercial, que constituyen la
base del nuevo sistema de exacción tributaria establecido por el ministro de
Hacienda, Martín de Garay (Real Decreto de 30-V-1817). Intentaron establecer
la contribución única sobre la riqueza, en sustitución de las denominadas rentas
provinciales, adelantándose así a la definitiva reforma de 1845. Los cuadernos
son un completo padrón de utilidades que se calculaba a cada vecino por las
cosechas obtenidas, prados y ganados de cada especie. Pero presentan una li­
mitación insalvable: se hicieron en pocos municipios. Para Pan-Montojo, los
cuadernos fueron elaborados a partir de 1818 con el objeto de servir de base a
la Contribución General. Se trataba de registros de los patrimonios individuales
elaborados por juntas municipales de notables (supervisadas por otras de parti­
do y por unas terceras provinciales), siguiendo en parte el modelo del Catastro
de Ensenada. El peso de los ayuntamientos antiguorregimentales en las juntas
periciales y la falta de funcionarios de Hacienda en los trabajos de confección
de los cuadernos son razones para suponer que no se obtuvieron documentos
muy fidedignos para el análisis de la propiedad, de la producción o de las rentas
agrarias (rentas que eran el objeto del impuesto).
La pobreza y limitación de las fuentes sobre la propiedad territorial y pro­
ducción de la tierra no pueden generalizarse para todo el siglo xix. Su segunda
mitad cuenta con documentación abundante y de rico contenido -pese a los
conocidos problemas de fiabilidad-, capaz de ofrecernos un conocimiento más
que aceptable de la distribución de la tierra y de las formas de explotación. Se
mata de los amillaramientos, padrones de riqueza, repartimientos y registros de
incas de la reforma tributafia de 1845, vigente más de siete décadas. La Refor­
ma Agraria Liberal trajo consigo una nueva distribución de la propiedad de la
uerra que habría de permanecer virtualmente intocada hasta los años de la Se­
gunda República, y se nos escapa la magnitud real del cambio. Los documentos
escales procedentes de la reforma de 1845 nos permiten una aproximación sin­
crónica a la estructura de la propiedad. Y aunque presentan algunos problemas
m cuanto a la fiabilidad de sus datos, de su estudio a escala local se obtienen
184 M étodos de investigación histórica

resultados muy aceptables, según el Grupo de Estudios de Historia Rural (Ce­


rreras, 1989: 96). El Estado liberal nos quitaba una fuente fiscal importante, e
diezmo, y nos ofrecía otra, la contribución de bienes inmuebles, cultivo y gañir
dería que, aunque no constituye un auténtico catastro (este se comienza a rea­
lizar en 1906), sí ofrece una abundante documentación municipio a municipio
La Contribución de Bienes Inmuebles, Cultivo y Ganadería, fijada por ley ¿
23 de mayo de 1845, combinaba una distribución de cupo con una recaudación
de cuota. El cupo que Hacienda asignaba a cada provincia se repartía por las
diputaciones entre los ayuntamientos, y estos lo hacían entre sus propietarios,
método que favorecía la ocultación de riqueza por parte de los propietarios
más poderosos, ligados férreamente a las estructuras políticas locales, a las que
dejaba la Hacienda nacional todo el sistema recaudatorio. Del complicado en­
tramado impositivo destacan para la investigación histórica dos documentes,
elaborados durante la operación recaudatoria: la cartilla de evaluación y e.
Amillaramiento, conservados habitualmente en los archivos municipales.
La cartilla, elaborada por las juntas periciales, ofrece un cuadro de los pro­
ductos obtenidos en promedio de una hectárea de cada clase de cultivo y cali­
dad de tierra, valorados de acuerdo con el precio medio en el mercado más in­
mediato en los 10 años precedentes (8 desde 1859), con mención expresa de los
gastos medios de explotación estimados (las bajas). Pero presenta un problema
la falta de actualización por campaña de los distintos productos líquidos de les
cultivos, según la marcha anual de las partidas de gastos e ingresos.

Que sepamos, tales cartillas se modificaron a partir de 1850 tan solo ez


dos ocasiones, en 1860 y en el año económico 1885-86, con lo que resilla
prácticamente imposible proceder mediante ellas a estudios locales de coyun­
tura de las distintas variables implicadas en su confección (precios unitarios
de productos, salarios, costes de producción en general, renta de la tiern.
etc.). (Mata y Romero, 1988: 233)

El Amillaramiento propiamente dicho es un cuaderno en el que se consig­


naba la relación de parcelas pertenecientes a cada propietario, basada en las
declaraciones juradas de estos y comprobadas por los peritos (nombrados po:
los propios ayuntamientos) en los casos que estimasen oportuno. Las juntas
periciales, una vez evaluada la riqueza agraria, urbana y pecuaria, procedían a
la elaboración del denominado por la ley de 23 de mayo de 1845 Padrón Ge­
neral de Riqueza Inmueble, sustituido por Real Orden de 9 de junio de 1853
por el Amillaramiento de la Riqueza Individual Contribuyente. Según este, la
corporación realizaba el repartimiento individual del cupo tributario impuesto
a cada pueblo.
La descripción de este documento parece indicarnos una gran valía por se
completa información. Padrones y amillaramientos proporcionan en primer
término, como es obvio, la identificación de los titulares de riqueza inmueble
Las fuentes documentales 185

rústica y urbana y de ganadería, ya sea en propiedad o bajo regímenes de tenen­


cia indirectos. Constan, junto al nombre del sujeto, su domicilio -información
nueva en comparación con los libros de lo real de Ensenada- y en ocasiones
también el número que le corresponde en la relación de contribuyentes. Apa­
recen siempre separados los vecinos -incluidos en primer término- y los foras­
teros, estos y aquellos relacionados alfabéticamente y sin mucho rigor por la
primera inicial del nombre de pila, hasta que el reglamento de 1885 estableció
definitivamente la alfabetización rigurosa por apellidos. Figura a continuación
en el espacio formalizado al efecto la relación de objetos de imposición, o sea,
fincas sujetas al pago de la contribución de inmuebles. Junto a la descripción
de las parcelas o masas de cultivo, tanto padrones como amillaramientos brin­
dan valiosa información sobre el régimen de tenencia, indicando, en su caso, la
identidad del que cultiva, ya sea en arrendamiento o bajo cualquier otra forma
de cesión. Algunos padrones incluyen, además, datos muy estimables sobre la
procedencia y propiedad de las tierras. Incluyen finalmente información sobre
los resultados económicos de cada contribuyente, desglosados, en el caso de los
bienes inmuebles rústicos, por grupos de aprovechamientos o finca a finca.
Desde 1845 la documentación se desglosa en tres apartados: el producto ín­
tegro, las denominadas bajas por gastos naturales y, como resto, la riqueza o el
líquido imponible, sobre el que se procedía al repartimiento de la contribución.
La Real Orden de 9 de junio de 1853 vino a enriquecer este capítulo informa­
tivo, estableciendo que, junto a las tres partidas ya consignadas, se añadieran
otras dos más en las que constase, para las fincas arrendadas o cedidas bajo
cualquier otro régimen de tenencia, la distribución del verdadero producto lí­
quido entre colono y propietario. Queda constancia, pues, a partir de entonces
no solo de la riqueza que se estima a cada tierra, sino también de la parte del
excedente que el propietario retiene en concepto de renta, y de aquella otra que
va a parar a manos del colono como cultivador directo o como empresario.
Sin embargo, los datos totales de superficie, producción y rendimientos a
nivel municipal fueron sistemáticamente distorsionados u ocultados, porque se
sospechaba que podían servir de base para elevar los cupos del término. La ocul­
tación de superficies es quizás el aspecto más conocido y denostado de la fuente,
puesto de manifiesto ya desde el siglo pasado, por autores como Juan Piernas,
Lora, Sánchez Massía y Soto Marugán. Pero probablemente fuera el informe so­
bre la riqueza agrícola de la Reseña Geográfica y Estadística de 1888 el que, tras
la comparación de las mediciones llevadas a cabo por el Instituto Geográfico y
Estadístico y las que obraban en poder de la Dirección General de Contribucio­
nes, procedentes de los amillaramientos, puso de manifiesto el lamentable esta­
do de la cuestión: ocultaciones del 33% en la provincia de Córdoba, del 12%
en la de Cádiz y del 15% en Jerez son suficientemente significativas.
Los últimos estudios ponen de manifiesto, además, otras ocultaciones menos
conocidas, pero al menos tan importantes como las anteriores. A partir del va­
186 M étodos de investigación histórica

ciado de los datos del Amillaramiento de 1870 de Córdoba y de su cotejo car


los datos planimétricos del Instituto Geográfico para 1872, Rafael Mata Obm
llega a la conclusión de que la ocultación mayor no se produce en las superfice
ni en los usos del suelo, si no que los problemas de fiabilidad más destacados 2
centran en las calidades atribuidas al suelo, observándose a lo largo del xix ini
progresiva caída en la declaración de tierras de primera calidad, en beneficio oe
las de segunda como mecanismo de fraude fiscal, a la vez que se observa uní
progresiva devaluación de los líquidos imponibles de las tierras de segunda *
tercera calidad.
El balance, pues, de los padrones y amillaramientos no es ni homogéneo n
definitivo. Las diferencias regionales (en Galicia, según Ramón Villares, apena;
se hizo), comarcales, incluso municipales, o según colectivos de propietarios,
son evidentes. Pese a todo, opinan Mata y Romero (1988: 246), su empleo,
cuando sea posible, resulta de sumo interés; “ no hay otra fuente que de fornu
global y sintética permita la reconstrucción de las formas de propiedad y tenen­
cia de la tierra en etapa tan fundamental de la historia agraria contemporánea*.
A finales del siglo xix, dos especialistas latinoamericanos recorrieron Euro­
pa por separado para informar en sus respectivos países sobre los sistemas dí
catastro existentes, observando la generalización de este sistema de recaudación
directa sobre la propiedad inmobiliaria salvo en dos países: Inglaterra y España
(Campbell, 1895 y Echegaray, 1898). En nuestro país, en 1906 se decidió aco­
meter el Catastro de Rústica y la Contribución Territorial Urbana.
La realización del primero llevó un ritmo excesivamente lento, dependiendo
de las dotaciones presupuestarias y, sobre todo, de la fuerza de los propietarios
ante las altas instancias políticas (es el caso, por ejemplo, de la dictadura de
Primo de Rivera, en la que se frenó el proceso) o de los intereses de los Gobier­
nos (los republicanos, por ejemplo, dieron prioridad a la reforma agraria frente
a la reforma fiscal). Cuando en 1928 se suspendieron los trabajos de avance
catastral, se encontraba catastrada aproximadamente la mitad de la superficie
nacional, unos 21 millones de hectáreas. El mayor impulso se dio entre 1944 y
1959, año este en el que se consiguió prácticamente su finalización. El Catastro
venía a dotar a la Hacienda Pública de un mecanismo para valorar la riqueza
de una forma más equitativa y realista que el de las valoraciones que hasta en­
tonces venían realizando los propios ayuntamientos tras la reforma tributaria
de Alejandro Mon. “ La falta de catastro es una de las armas más poderosas
del caciquismo” , decía con razón la Junta del Catastro en el proyecto final que
sirvió de base a la Ley de 13 de marzo de 1906.
A finales del siglo xix los propietarios se habían asustado al hacerse pú­
blicos varios avances catastrales, como el ya visto de la Reseña Geográfica y
Estadística de España de 1888 referido a las provincias de Albacete, Cádiz.
Córdoba, Jaén, Madrid, Málaga, Sevilla, casi toda la de Toledo y gran parte
de la de Ciudad Real. Las conclusiones eran contundentes: ocultación de las
Las fuentes documentales 187

superficies y de la riqueza en los amillaramientos. La primera, en un 33% de


media en las provincias aludidas. Sobre la segunda, la Reseña publicaba un
estudio comparativo de la riqueza imponible que resultaba de las evaluaciones
alzadas hechas por la Dirección General de Contribuciones y de la reconocida
en los amillaramientos para todo el país, en 1879. Las primeras suponían una
cantidad de 1.372.589.575 pesetas. Las segundas, 769.622.297. La diferencia,
602.967.278 pesetas, suponía el 56%. Más o menos era el mismo porcentaje
que la riqueza comprobada a través de los catastros de rústica, ejecutados a
partir de 1906. En 1945, con algo más de la mitad de la superficie nacional
catastrada, la riqueza comprobada era de 1.064.765.620,91 pesetas, mientras
la amillarada había sido para esas mismas provincias de 563.811.983,59. La
diferencia era de 500.953.637,32 pesetas, casi el 53%.
La evolución y vicisitudes de la Contribución Territorial Urbana y de la
documentación catastral que debía servirle de base viene marcada entre 1906
y 1979 por las dificultades de aplicación del cúmulo de normativas dictadas
al efecto, las cuales únicamente lograron tener una función meramente fiscal.
Entre 1906 y 1932 se realizarán numerosos proyectos y debates en torno a
cuestiones fiscales y a la propiedad inmueble. El fin de la Guerra Civil nos
introduce en una etapa de carácter regresivo que se prolonga hasta la reforma
fiscal de 1964. Se avanza poco en la aplicación de la normativa vigente y aún
menos en la tarea de introducir mejoras legislativas y mecanismos administrati­
vos para llevar a cabo el catastro de urbana. A partir de 1966, en el marco de un
fuerte crecimiento urbano, se realizará el primer intento serio de llevar a cabo
un verdadero catastro urbano, aunque será una realidad a partir del cambio
de régimen político de 1976, que supone vencer ciertas dificultades técnicas y
adm inistrativas.
A partir del siglo xix aparecen nuevas fuentes fiscales ante el incremento de la
actividad comercial e industrial, entre las que destaca la Matrícula o Contribu­
ción Industrial y de Comercio. Las matrículas industriales son los listados elabo­
rados anualmente sobre personas naturales o jurídicas que ejercen industria, co­
mercio o profesión y que son la expresión contable de la contribución industrial.
Tras la promulgación del Código de Comercio de 1829, todos los estableci­
mientos industriales y comerciales quedaban registrados en las matrículas co­
merciantes, responsabilidad de los ayuntamientos, sobre quienes recaían los tri­
butos que gravaba. Esta información se completaba con los libros de sociedades
de los registros mercantiles abiertos en cada capital de provincia, en virtud del
Código de Comercio de 1885. La dictadura de Primo de Rivera volvió a regular
la contribución o matrícula industrial y comercial, por Real Decreto de 11 de
mayo de 1926. A partir de esta nueva regulación fiscal disponemos de un estu-
dm sobre la ciudad de Zamora, modelo de la utilización de esta fuente para el
anáfisis de la distribución espacial de la actividad económica y de la distribución
de la riqueza durante la Segunda República (González Gómez y Redero, 1980).
188 M étodos de investigación histórica

La matrícula constituye una fuente importante para el historiador de temai


económicos y también para la investigación en historia social. Los datos qu;
aportan son de carácter fiscal y en ellos está implícita, a pesar de muchas limita­
ciones, una cierta jerarquización económica de los contribuyentes que nos per­
mite medir y cuantificar con alguna aproximación los niveles socioeconómicos
de los sectores incluidos en ellas.
La contribución aspira a gravar los rendimientos obtenidos mediant;
el ejercicio de cualquier industria, comercio, profesión, arte u oficio. Para ello e.
decreto de 1926 dividía la matrícula en cuatro tarifas. La primera estaba dedi­
cada al comercio en general, la segunda a las profesiones y a algunas industrias
especiales (establecimientos de enseñanza, espectáculos públicos, transportes t
balnearios), la tercera comprendía la industria manufacturera y la cuarta se re­
fería a las artes y oficios. Por tanto, se nos presenta como un catálogo completo
de la actividad económica del municipio.
Pero esta fuente presenta también una problemática que es preciso conocer
como alertan González y Redero (1991). Muchos rendimientos no se hallan
mediante la directa determinación de gastos e ingresos totales, sino a través de
un sistema basado en varios signos e indicios a los que la ley considera como
válidos para acercarse a la potencialidad económica de los diferentes negocios.
El primer signo en cuestión es el volumen de los cobros llevados a cabo por el
sujeto tributario que tiene que hacer uso en muchos casos de un libro de ventas
y operaciones, con el fin de llevar alguna forma de contabilidad sujeta a inspec­
ción administrativa. Un segundo signo es de índole geográfica o demográfica,
que hace que el industrial o comerciante tribute más o menos en función del
lugar donde desarrolle su actividad, contemplándose el caso de varios contri­
buyentes que con el mismo negocio, en localidades diferentes, abonan cuotas
distintas. Un tercer signo es el de los elementos de fabricación que las cuotas
toman como punto de referencia en las tarifas, factor muy relacionado con k
capacidad de producción y los procesos de orden técnico.

6.3. Las fuentes jurídicas

A partir del siglo xm la Administración de Justicia pasó a ser fundamental­


mente una atribución del Estado, en cuanto que se había reservado la exclu­
siva competencia en materia criminal. La curia del rey se concibió como un
tribunal colegiado de jueces permanentes. Por el Ordenamiento de las Cortes
de Zamora de 1274 se instituyó en la curia los alcaldes de corte, para atender
en los casos reservados al Tribunal Real, y los alcaldes de las alzadas, como
jueces de apelación en los asuntos civiles. Las Cortes de Toro de 1371, bajo
el reinado de Enrique II, crearon el Tribunal de Oidores o Chancillería, para
atender los asuntos de justicia ordinaria. Los Reyes Católicos establecieron su
Las fuentes documentales 189

sede en Válladolid, en 1489, creándose simultáneamente el Archivo de la Real


Chancillería, que sigue la clasificación de la organización de la institución que
se mantuvo con muy pocas variaciones hasta 1834: cuatro salas de lo civil (con
dieciséis oidores), una sala de lo criminal (con tres alcaldes del crimen), una sala
de hijosdalgo (con dos Alcaldes de hijosdalgo) y una sala de vizcaya (para los
nacidos en esa tierra).
Debido al incremento de litigantes que acudían a este tribunal y del avance
de la Reconquista, en 1494 se creó otro similar en Ciudad Real, que en 1500
sería trasladado a Granada, origen del Archivo de la Real Chancillería de esta
ciudad. Aunque la estructura de la institución originó la clasificación de los fon­
dos según las salas de justicia, en el archivo actual se han formado dos grandes
secciones que representan las grandes etapas de la Chancillería (1394-1834) y
la de su heredera, la Audiencia (1834-1950). La sección de Chancillería, de la
que se han perdido los libros del Real Acuerdo, está compuesta principalmente
por pleitos, que se remontan al siglo xv. Resultan de gran interés las series de
“Hidalguía y Mayorazgos” , y “Vínculos” , esta con información sobre los liti­
gios que las personas originaban al fundar, heredar o recuperar la propiedad de
determinados bienes y sus consecuencias en la transmisión familiar, figurando
entre la documentación árboles genealógicos de indudable valor. Existió un ter­
cer Tribunal en Galicia, a partir de 1494, de limitadas funciones. Conserva su
documentación en el Archivo del Reino de Galicia, desde 1522 a 1834.
Los problemas derivados del amplísimo ámbito jurisdiccional de las chanci-
llerías trataron de resolverse mediante la creación de audiencias: Galicia (1480),
Sevilla (1525) y Canarias (1526). En su ámbito territorial cumplían una función
similar a la de las chancillerías, aunque eran de rango ligeramente inferior, y se
podía apelarse a estas algunas de sus sentencias.
Con independencia de la jurisdicción ordinaria, desde la Edad Media y hasta
el siglo xix se mantuvieron diversas jurisdicciones privativas, como la señorial,
correspondiente al ejercicio de atribuciones judiciales por parte de los señores
de dominios inmunes; la mercantil, a cargo de los consulados de mar o de mer­
caderes, para cuestiones de comercio; la inquisitorial, para delitos contra la fe,
a cargo del Tribunal de la Inquisición en sus diversos grados, y otras muchas,
como la Militar, la de la Mesta, Santa Hermandad, etcétera.
La documentación señorial se conserva fundamentalmente en los archivos
privados de las casas nobles, muchos de ellos depositados en la sección “No­
bleza” del Archivo Histórico Nacional, ubicada en Toledo. En Madrid puede
consultarse la sección “ Órdenes Militares” del Archivo Histórico Nacional,
que conserva la documentación de las órdenes militares que, en cuanto señores,
ejercieron jurisdicción en extensos territorios de la Península, desempeñando
an papel fundamental en la reconquista y repoblación durante la Edad Media
r en la vida económica y social de la Edad Moderna. El denominado Arcbi-
vo judicial reúne 135.000 expedientes con pleitos y causas de dichas órdenes,
190 M étodos de investigación histórica

principalmente de los siglos xvi y x v i i . También en Simancas se encuentra de-


cumentación de las órdenes en varias secciones, como “ Patronato Eclesiástico’
“ Secretaría de Despacho de Gracia y Justicia” , “ Secretaría de Guerra” y “ Coi-
taduría Mayor de Cuentas” . En el Archivo de la Corona de Aragón existe:
fondos documentales medievales de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalér.
Los consulados del mar desaparecieron en el siglo xix, con la unificado:
del derecho y jurisdicción mercantil, realizada a través del Código de Comer­
cio de 1829, y fueron sustituidos por las juntas de comercio y los tribunales
reales de comercio. El Archivo General de Indias y el de la Cámara Oficial ¿t
Comercio, Industria y Navegación de Sevilla conservan la documentació:
de los consulados de Sevilla y Cádiz, que jugaron un papel trascendental en e.
comercio con América, con documentos como quiebras y pleitos, carga y des­
pacho de naos, averías, etcétera. El de Barcelona está depositado en su mayor
parte en el Archivo de la Corona de Aragón, en la sección “Real Audiencia*.
En el Archivo del Reino de Mallorca se conservan los documentos procedentes
del antiguo Consulado del Mar y los del Colegio de la Mercadería de la ciudad,
creados en 1326 y 1403, respectivamente.
El fondo documental más importante para el estudio de la Inquisición se
encuentra en el Archivo Histórico Nacional, compuesto por 5.300 legajos y cas:
1.500 libros. Los fondos se agrupan en los papeles del Consejo de la Suprema
Inquisición, por una parte, y en los de las relaciones de este con los tribunales
de España y América, por otra. Su inmensa riqueza se debe a que reflejan todas
las actividades de la institución, sus competencias, las concordias entre la juris­
dicción real y la suya propia, procesos y pleitos, visitas, informes y memoriales,
secuestros y embargos de bienes.
Con la instauración del Estado liberal, a partir de la muerte de Fernan­
do VII, se produjo una profunda reforma del sistema judicial, y se acabó defi­
nitivamente con las instituciones anteriores y las jurisdicciones especiales sepa­
rando el poder judicial del administrativo y gubernamental. En 1834 se crearon
las reales audiencias, con lo que se establecía una división judicial que coincidía
con la administrativa realizada un año antes por Javier de Burgos y que divi­
día al país en 49 provincias. Se restablece el Tribunal Supremo, ideado en la
Constitución de 1812, con la consiguiente supresión del Consejo Real. Se or­
ganiza un sistema judicial basado en tres grandes leyes: la Ley Orgánica del
Poder Judicial de 1870, la Ley de Enjuiciamiento Civil de 1881 y la Ley de
Enjuiciamiento Criminal de 1882, sistema que ha permanecido prácticamente
inalterado hasta nuestros días.
La evolución de la organización del Tribunal Supremo ha variado constan­
temente según los distintos regímenes políticos. Por eso, sus fondos reflejan cla­
ramente la actividad que ha desarrollado. El Archivo del Tribunal Supremo fue
creado en 1870, y actualmente está formado por las secciones correspondientes
al Pleno, la Sala de Gobierno, las salas de justicia (Primera de lo Civil, Según-
Las fuentes documentales 191

da de lo Penal, Tercera, Cuarta y Quinta de lo Contencioso-Administrativo y


Sexta de lo Social, más una Especial de Revisión de lo Contencioso-Administra­
tivo). Todas ellas cuentan con la colección de sentencias correspondiente y un
volumen de aproximadamente 17.000 legajos y 7.000 libros. Se han realizado
transferencias de documentación al Archivo General de la Administración, so­
bre todo de las Salas de lo Civil y de lo Criminal y lo Contencioso-Administrati­
vo. En la organización central del poder judicial destacan, además, la Audiencia
Nacional, organizada por el Pleno, Sala de Gobierno, tres salas de lo penal y
cinco de lo contencioso-administrativo, y por el Tribunal Central de Trabajo,
con sede en Madrid, que recoge la documentación de su competencia, que es
el conocimiento y fallo de los recursos de suplicación tanto de reclamaciones
generales, como despidos y seguridad social, según la Ley de Procedimiento
Laboral.
En la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985 se organiza el sistema judicial
actual, aunque ha sido modificada parcialmente por la Ley Orgánica7/2015,
de 21 de julio. El Poder Judicial cuenta con las siguientes instituciones: audien­
cias territoriales, formadas por una Sala de lo Civil, otra de lo Penal y otra de
lo Contencioso-Administrativo; audiencias provinciales, con sede en la capital
de cada provincia; juzgados centrales de instrucción, con sede en Madrid; los
juzgados decanos, para coordinar la actividad de los servicios judiciales y orga­
nizar el servicio de guardia, teniendo su sede en la población cabeza de partido
donde haya dos o más juzgados de primera instancia e instrucción, salvo en
Madrid y Barcelona, donde el juez decano no tiene adscrito ningún juzgado
y sus jueces tienen la consideración de presidentes de la audiencia provincial;
juzgados de primera instancia e instrucción, con sede en la población cabeza
de partido judicial; juzgados de peligrosidad y rehabilitación social y vigilancia
penitenciaria, en las capitales de provincia; juzgados de paz y los de distrito, he­
rederos de los antiguos juzgados municipales y comarcales, y las magistraturas
de trabajo, para asuntos de despido y sanciones, seguridad social y conflictos
colectivos. La Ley de Enjuiciamiento Civil ha creado los tribunales superiores
de justicia, uno por cada comunidad autónoma, desaparecen las audiencias
territoriales y las provinciales asumen todas las competencias en materia civil.
Entre los archivos de las audiencias territoriales y provinciales, destacan
por el volumen de su documentación los de Barcelona, Sevilla y Valencia. Cada
audiencia comprendía en su territorio los juzgados de primera instancia e ins­
trucción. La mayor parte de sü documentación se ha depositado en los archivos
históricos provinciales, aunque por su grandioso volumen gran parte permane­
ce en los archivos propios de Audiencias y Juzgados.
El Archivo del Ministerio de Justicia fue creado en 1714, pero fue a partir
de 1836 cuando recibió los fondos más valiosos, procedentes del Consejo de
Castilla, como los del Patronato Eclesiástico, cruzadas, expolios y vacantes
de sedes episcopales, Real Sello de Castilla, Registro Civil de la Propiedad y del
192 M étodos de investigación histórica

Notariado, y, con posterioridad, la documentación de la Dirección General i


Prisiones (mientras, la mayor parte de los centros penitenciarios conservan si
propia documentación). De todos ellos, los documentos del Real Consejo y Sell*:
de Castilla pasaron al Archivo Histórico Nacional y al Archivo General de la Ac-
ministración, en Alcalá de Henares, ha pasado documentación de 1930 a 1980.
De toda la documentación jurídica una de las más interesantes para el traba­
jo de investigación del historiador es la notarial. Las actas y protocolos notaria­
les permanecen dando fe no solo de contratos y disposiciones, sino de todo ur
sistema de relaciones sociales y económicas desde hace muchos siglos. El escri­
bano y el notario, desde el siglo xn, han sido testigos y parte esencial en el desa­
rrollo mercantil, social y urbano de nuestra sociedad. Esta profesión empezó a
dibujarse con el singrapho griego y el tabularlo romano, pero nació como tal ez
el siglo xii en la Universidad de Bolonia, donde se creó una escuela notarial ck
renombrada fama. En España, las Partidas de Alfonso X el Sabio consideraren
ya al notario como funcionario público. En el siglo xix se fijó completamente el
perfil profesional de este cuerpo.
Los protocolos notariales han sido hasta hace pocos años coto tradicional
de los modernistas porque para la Edad Media existe escasa documentación
notarial. Los historiadores especializados en la Edad Contemporánea los incor­
poran poco a poco a la investigación del siglo xix, pues no olvidemos que los
protocolos permanecen cerrados a la consulta de los investigadores durante el
último siglo.
Las principales características de los protocolos se pueden resumir en los
siguientes puntos, siguiendo a López-Salazar (1996: 38-40):

• Una abrumadora masa documental que refleja, por encima de todo, lo


cotidiano.
• Esta documentación se genera no solo en todo el territorio español, sino
en el resto del mundo occidental. En todas las sociedades de la moderni­
dad, de una forma u otra, siempre fue necesario dar fe de los actos jurídi­
cos. En el caso de Castilla, tenemos una temprana organización de las es­
cribanías. Los Reyes Católicos, en 1480, ordenaron que las escrituras de
contratos, obligaciones y testamentos pasaran ante los escribanos reales.
• Las actas notariales tienen la virtud de la globalidad. Afectan a una parte
sustancial de la sociedad y están relacionadas con gran parte de su ac­
tividad vital, sobre todo la de carácter material. Naturalmente, siempre
generaron mayor número de documentos los miembros de los estratos
más elevados, aunque ante el escribano, de una forma o de otra, pasó la
mayor parte de la población. Solo los registros parroquiales superan en
representatividad social a los protocolos.
• Las actas de los escribanos gozan de una destacada homogeneidad for­
mal y tipológica, lo que facilita su estudio. Las variantes formales son
Las fuentes documentales 193

mínimas. En cambio, el contenido refleja las características socioeconó­


micas de la localidad a la que pertenecen.
• Se trata de una fuente serial, a través de la que discurren, año a año, mes
a mes y día a día, los actos jurídicos de los individuos que componen una
determinada sociedad.
• Los antiguos escribanos eran testigos y daban fe de muchos más actos
jurídicos que los actuales notarios. Todo asunto importante de cualquier
localidad, por pequeña que fuera, pasaba ante su firma. En el siglo xix,
con la organización del notariado contemporáneo, las materias sobre las
que el notario tenía que dar fe pública quedaron considerablemente re­
ducidas.
• La documentación notarial presenta una notable versatilidad y, en conse­
cuencia, sirve para prácticamente todos los temas históricos, exceptuan­
do la política exterior.

Los inventarios post mortem, contratos de compra y venta, capitulaciones


matrimoniales o la constitución de sociedades, por citar algunos de los tipos
más frecuentes de documentos notariales, empezaron siendo una fuente para
el estudio de biografías, después para la vida material y hoy prácticamente se
utilizan para todo. El análisis evolutivo de la propiedad de la tierra no se agota
con las fuentes fiscales. Las principales fuentes notariales sobre propiedad de la
tierra son los apeos de fincas, escrituras de arrendamiento, compraventa de
fincas, créditos hipotecarios, inventarios de testamentarías y constitución, con­
versión y redención de foros y de censos enfitéuticos.
Otra fuente complementaria de los protocolos, que permite seguir el movi­
miento de compraventas de tierras en los municipios donde se conservan, son
los libros del registro antiguo de hipotecas, los cuales incluyen únicamente cier­
to tipo de actas (compraventas, cartas de obligación, formación de compañías);
ello agiliza el seguimiento del proceso, su cuantificación y el establecimiento de
la estrategia adquisitiva de los principales inversores.
Los fondos del oficio o contaduría de hipotecas han sido hasta la fecha muy
raramente utilizados pese a la riqueza que ofrecen en información para el estu­
dio evolutivo de la propiedad territorial en el periodo que transcurre entre 1769
y 1862, aunque su voluminosa documentación solo es susceptible de empleo
para estudios de ámbito local. Este organismo puede considerarse precedente
inmediato del actual Registró de la Propiedad, nacido con la Ley Hipotecaria
de 1861, pues la Real Pragmática de 31 de enero de 1768, que establecía su
constitución, determinaba que habrían de inscribirse en los libros-registro del
Oficio las escrituras de imposición, redención o enajenación de cargas sobre
a propiedad, las ventas de bienes hipotecados y todos los contratos con cláu­
sula de hipoteca general. Las oficinas de los registros de hipotecas registraban
a constitución de censos o hipotecas sobre fincas, con vistas a su gravamen,
194 M étodos de investigación histórica

pero también asentaban en sus libros derechos de propiedad y transmisiones


de estos.
La consulta de la documentación del citado organismo presenta múltiples
ventajas (Mata y Romero, 1988: 270-273). La primera, el amplio número os
contratos que tienen cabida en el Oficio. La segunda, que la Contaduría se cons­
tituye por cada pueblo cabeza de partido; de esa forma el tratamiento geográfi­
co de cualquier tipo de información (compraventas, hipotecas, arrendamientos,
etc.) no solo resulta más fácil y asequible, sino también más exhaustivo, al apa­
recer agrupados territorialmente contratos con frecuencia escriturados fuera
de la zona de estudio. La tercera ventaja, que en buena medida la Contaduría
acaba convirtiéndose en un archivo notarial abreviado, que contiene un ex­
tracto de gran parte de las escrituras que interesan al estudio de la propiedad j
tenencia de la tierra. Cierto es que los asientos no incluyen información tan rica
y detallada como las escrituras de las que proceden, pero sí aportan los aspec­
tos más relevantes de aquellas. Siempre figura la identificación notarial, por lo
que si se considera oportuno, puede acudirse a los fondos de protocolos. Como
principal problema de esta documentación puede apuntarse la dispersión de
fondos en los archivos históricos provinciales, en los municipales y en los de los
registros de la propiedad, pese a que la Orden Ministerial de 14 de diciembre dí
1957 autorizaba a los registradores de la propiedad la entrega de los libros de la
contaduría de hipotecas al archivo histórico de su respectiva provincia.
Una fuente de naturaleza jurídica de gran importancia para el estudio de
la Guerra Civil (1936-1939) es la Causa General. En abril de 1940 el régimen
franquista ordenaba al fiscal general del Estado proceder a instruir la Causa
General para conocer “ los hechos delictivos cometidos en todo el territorio na­
cional durante la dominación roja” . Con la investigación subsiguiente, apoyada
en cada provincia en los fiscales provinciales, se reunió una vasta colección do­
cumental compuesta por más de 1.500 legajos, imprescindible hoy en día para
el conocimiento de la guerra en casi todos los rincones del territorio español y
en casi todas sus temáticas.
Aunque su finalidad era meramente informativa, su documentación fue utili­
zada con fines propagandísticos para resaltar la benevolencia del Régimen ante
los horrores del gobierno republicano, también para documentar y justificar la
represión de los dirigentes republicanos o para conceder alguna reparación a al­
gunas de las víctimas de la violencia física y económica del régimen republicano.
Hoy día, sin embargo, la Causa General constituye una fuente fundamental
para el estudio e investigación de la guerra, a pesar de la intencionalidad con
que se realizó. El contraste de la información con otras fuentes y la preparación
del historiador son, como ante cualquier otra fuente, la única garantía de su
utilidad. Y esta puede ser grande, porque puede dar respuesta a muchos inte­
rrogantes, como vienen manifestando sus principales investigadores (Sánchez
Recio y Santacreu, 1986; Gil Vico, 1998, y Sánchez, Ortiz y Ruiz, 1993), sobre
Las fuentes documentales 195

todo los referidos a la conspiración y rebelión, la represión física y económica,


la destrucción del patrimonio y la revolución socioeconómica.
A la documentación recogida durante la elaboración de la Causa General se
le dio la forma de sumario judicial, dividido en piezas. Se formó un sumario por
cada provincia, tanto de la zona republicana como de la franquista. En unas y
otras se comenzaba por la denominada Pieza Principal, donde figuraban distin­
tos estadillos estadísticos de muertos y actos violentos (quizá la documentación
menos fiable, donde se quieren incorporar muertos como sea, aun a costa de
mezclar las muertes violentas con las de los campos de batalla) y un resumen
global de los principales hechos delictivos sucedidos en la provincia. El resto de
las piezas se componían de declaraciones de testigos, informes de autoridades e
instituciones y de pruebas documentales. En la zona franquista solo se realizó
la Pieza Principal. En la zona republicana cada sumario estaba constituido por
once piezas: “Principal”, “Alzamiento Nacional” , “ Cárceles y Sacas”, “ Checas” ,
“Justicia Roja” , “Prensa” , “Actuación de las Autoridades Gubernativas Locales” ,
“Delitos Contra la Propiedad” e informes de las Cámaras Oficiales de Comercio
e Industria, Banca, Persecución religiosa, y Tesoro Artístico y Cultura Roja.
Este fondo documental, que se distribuye por provincias y dentro de estas
por partidos judiciales y municipios, está compuesto por 532 legajos. A él hay
que añadir otro fondo relativo a la justicia militar (Ejércitos del Norte y del
Centro), integrado por 418 legajos, y otro conjunto de documentos en el que
se recogen la constitución, composición, actuaciones y funcionamiento de los
distintos tipos de tribunales populares, que se enviaron por los fiscales de las
provincias como anejo a la Pieza Quinta (600 legajos).
Actualmente esta ingente cantidad de documentos que contiene la Causa
General están depositados en el Centro Documental de la Memoria Histórica
Salamanca) y puede consultarse a texto completo en PARES, aunque en esta
rase de datos todavía aparece bajo el Archivo Histórico Nacional, su anterior
ubicación, en el apartado “ Fiscalía del Tribunal Supremo” .

6.4 . Las estadísticas vitales

Durante la Edad Moderna, a los gobernantes les comenzaron a preocupar, ade­


más de los hechos, los números. Les preocupaba saber sobre todo cuántos ha­
bitantes vivían en sus dominios. A partir del último cuarto del siglo xvm , el
censo nacional se fue convirtiendo en un acontecimiento regular en cada uno
de los países occidentales. Detrás quedaban muchos intentos locales por contar
su población con fines tributarios. En 1769 se llevaron a cabo los censos de
Dinamarca y de Noruega. Ese mismo año se hizo también en España y, a con­
tinuación, en los Estados Unidos de América (1790), el Reino Unido (1801) y
Francia (1806). Los censos tienen la mayor parte de sus resultados publicados,
196 M étodos de investigación histórica

aunque la enorme documentación que generan se encuentra depositada en le»


archivos de la Administración.
También empezó a recogerse información sobre nacimientos, matrimonios i
muertes. Un estímulo para la recogida de estos datos fueron las epidemias qu;
afectaron, por ejemplo, a Italia en 1575 y 1630 y a Londres en 1665. Hube
otras razones de este interés por la demografía. A mediados del siglo x v i i , ez
Holanda el estadista Jan de Witt ya utilizó las tasas de mortalidad para organi­
zar un sistema de renta vitalicia administrado por el Gobierno.
Información individualizada de las denominadas estadísticas vitales (regis­
tros de nacimientos, defunciones y matrimonios) de todos los españoles puedí
seguirse a través de la documentación de la Iglesia y del Registro Civil, con­
siderado este como el archivo estadístico legal, donde se recogen, compilan t
presentan los datos referentes a sucesos o acontecimientos vitales. En los países
de tradición cristiana, el primer registro de los acontecimientos vitales corrió a
cargo de la Iglesia, que desde el siglo xvi impuso la obligatoriedad de ser bau­
tizado, casado y enterrado dentro de su seno, en virtud de las prescripciones de
Trento (en España se reglamentó por la Real Cédula de 12 de julio de 1564). E
proceso de secularización del Registro Civil surgió a raíz de la adaptación del
Código Napoleónico en Francia en 1804, que dejaba en manos del Estado la
responsabilidad de la recogida de los nacimientos, defunciones y matrimonios
de la población. En Inglaterra la secularización y organización del Registro Ci­
vil llegó en 1836 y en España en 1870.
La Iglesia sigue manteniendo hasta nuestros días sus registros de bautismos,
defunciones y matrimonios. La mayor parte de los registros de bautismos y ma­
trimonios datan de las décadas de 1540 y 1550. Los de defunciones aparecieron
a principios del siglo x v i i . Los libros de bautismo recogían al principio poco
más que la fecha del bautizo y el nombre de los padres. Con el paso del tiempo
la información se incremente y aparece la fecha de nacimiento hacia principios
del siglo x v ii; el origen de los padres, entre finales del x v ii y principios del x v m ,
y los nombres y origen de los abuelos en la segunda mitad de ese mismo siglo.
La información básica del registro de matrimonios se amplió en el siglo x v m
con la incorporación del origen de los novios y los nombres de los padres. A
partir del segundo tercio del siglo x ix empezó a figurar la edad de los contra­
yentes y en el siglo x x los oficios de los novios. Los registros de defunciones
experimentaron en el siglo x ix un notable enriquecimiento, al completar los
datos básicos que mantenían con la incorporación de la edad del fallecido y las
causas de la defunción. Todos estos registros se suelen depositar en los archivos
parroquiales o en los diocesanos.
Los libros del Registro Civil -depositados en sus propias dependencias admi­
nistrativas- se han mantenido ininterrumpidamente debido a la obligatoriedad
legal de los ayuntamientos de inscribir todos y cada uno de los acontecimientos
vitales, aunque el Registro Civil es una dependencia del Ministerio de Justicia.
Las fuentes documentales 197

Los informantes son los propios interesados y la autoridad competente, lo que


garantiza su fiabilidad. Los datos de los nacimientos y abortos se obtienen a
partir de 1980 del Boletín Estadístico de Parto (nacimientos y aborto), que in­
cluye la fecha, el lugar, la clase de parto, el sexo, el peso, la legitimidad y datos
acerca de los padres (edad, estado civil, profesión, residencia, número de hijos).
Los matrimonios se registran en el Boletín Estadístico de Matrimonio, que in­
cluye información sobre el lugar y la fecha de la celebración, la modalidad y la
residencia del nuevo matrimonio, nombre, edad, estado civil anterior, actividad
y residencia de los contrayentes. La información sobre las defunciones se obtie­
ne a través del Boletín Estadístico de Defunción, que recaba datos sobre la fe­
cha y el lugar del óbito, edad, sexo, estado civil, actividad y lugar de residencia
del fallecido y causa de la muerte, siendo esta una información variable porque
la Lista Internacional de Causas de Defunciones se va adaptando a las nuevas
enfermedades.
Durante 2015 se ha puesto en marcha un proyecto piloto para inscribir los
nacimientos en el Registro Civil directamente desde el hospital del nacimiento.
La inscripción de los recién nacidos, que antes debía realizarse personalmente
en las 72 horas posteriores al alumbramiento en las oficinas del Registro, se
hará a partir de esta experiencia en los propios hospitales entregando única­
mente el Certificado de Nacimiento, un documento facilitado por el centro y el
DNI de los progenitores.
Un proyecto muy interesante para los historiadores en el que están traba­
jando los registros civiles es el denominado Registro Civil en Línea, programa
que aprovecha el potencial que ofrecen las tecnologías de la información y la
comunicación (TIC) para lograr un servicio más moderno y eficaz en los regis­
tros civiles y en los juzgados de paz. Entre sus actuaciones principales podemos
destacar las de digitalización de expedientes de nacionalidad, digitalización de
los libros manuscritos desde 1950 en los registros civiles municipales, digitali­
zación y grabación de los libros de los registros civiles y grabación de los datos
de cada inscripción y el envío de toda la información para su integración en la
aplicación informática de gestión de inscripciones registrales del Ministerio de
Justicia (Inforeg). El plan comenzó en 2007 con un proyecto piloto en tres re­
gistros civiles del país. Desde ese año se ha alcanzado una digitalización media
de 180.000 hojas al día, trabajando de forma simultánea en 30 registros de las
distintas comunidades autónomas.
La prensa

7.1. Las posibilidades de la prensa para el historiador

En 1631 apareció la primera publicación de carácter periódico en todo el mun­


do, la Gazzete de France. Treinta años después comenzaba a publicarse el con­
siderado primer periódico español, la Gaceta Nueva, cuya regularidad no se
fijaría hasta 1697, año en que pasó a denominarse Gaceta de Madrid. En esta
primera centuria de historia de la prensa se publicaron muchas gacetas más por
España, aunque habrá que esperar al siglo siguiente para el nacimiento de los
primeros periódicos diarios.
En el siglo xvm la prensa experimentó un gran desarrollo, especialmente
tras la aparición, en 1702, del primer periódico diario, el Daily Gourant. En
España también se produjo un avance considerable tanto en la temática cultu­
ral y científica como en la prensa política, en consonancia con lo que sucedía
en países como Gran Bretaña, Francia, Holanda y Alemania. Durante toda la
centuria se publicaron 135 periódicos de diversa índole y periodicidad, algunos
con una existencia efímera. La mayoría, 107, correspondieron a la segunda mi­
tad del siglo y de ellos, 69 aparecieron en Madrid (Pizarroso, 1994: 262 y 269).
El siglo xix supuso el impulso definitivo de la prensa y su consolidación co­
mo medio de comunicación de masas, gracias tanto al incremento de títulos
como al de la calidad técnica, contenido y difusión. La Revolución francesa dio a
la prensa un impulso extraordinario a medida que se desarrollaban los aconte­
cimientos y se despertaba la curiosidad de todos. De 1789 a 1800 aparecieron
200 M étodos de investigación histórica

en Francia más de 1.500 nuevos títulos,'o sea, en once años, dos veces ma­
que en los ciento cincuenta años anteriores (Albert, 1990: 36). En España a5:
tras año fue aumentando el interés por la prensa, sobre todo tras la consolida­
ción del liberalismo a partir de 1833, lo que produjo un incremento constan^
y espectacular en el número de títulos. En el último año del siglo se alcanzaba
la cifra récord de 1.347 cabeceras editadas por todo el país (Estadística de L
prensa, 1990). Además del aspecto cuantitativo hay que resaltar el cualitativa
La prensa puede ser calificada ya como medio de masas, con elevadas tiradas,
renovación temática, precio asequible, lenguaje popular, buena distribución y
mejora continua de la técnica de la información y comunicaciones (teléfona
telégrafo, sistema postal, ferrocarril, agencias de noticias). También hay qu;
destacar que se crea la empresa periodística autónoma con las principales ca­
racterísticas organizativas y económicas que la definen en la actualidad, come
sociedades mercantiles anónimas, abiertas a un numeroso accionariado; lo cual
permite traspasar los cortos objetivos de la empresa de carácter familiar. Loí
límites de la expansión vienen dados por otra razón más intrínseca a la propia
sociedad española, como era el modesto desarrollo de dos variables esenciales:
la urbanización y la alfabetización (Fuentes y Fernández, 1997: 147 y Sánchez
Illán, 2001: 399-401).
Durante el siglo xx se produjo una importante ruptura en la publicación de
la prensa en España debido a la Guerra Civil (1936-1939). Esta se ha llevado
consigo a la mayor parte de las principales cabeceras del siglo anterior. Durante
el franquismo fueron incorporándose a la escena pública nuevos títulos, sobre
los que el régimen tenía establecido un férreo control ideológico y político. “En
1943, 37 de los 111 diarios españoles pertenecían a la Prensa del Movimiento,
a la que las estadísticas más prudentes atribuyen en 1945 una tirada global de
más de 600.000 ejemplares diarios, equivalentes al 41,2% de la difusión total
de la prensa española” (Fuentes y Fernández, 1997: 254). Las únicas cabeceras
madrileñas anteriores a 1936 que sobrevivieron a la guerra fueron ABC, Ya,
Arriba e Informaciones. En Barcelona, Solidaridad Obrera se convirtió, de la
mano de Falange, en Solidaridad Nacional; La Vanguardia volvió en 1939 a su
numeración de 1936 y se denominó La Vanguardia Española. Entre los nue­
vos títulos destacaban Pueblo, portavoz de los sindicatos del régimen; Madrid,
nuevo diario de la noche, y El Alcázar, cuya publicación comenzó en Toledo en
julio de 1936 dentro del famoso símbolo franquista.
A principios de los años setenta la prensa empezaba a tomar posiciones
ante el final del franquismo, que parecía inminente. El diario Informaciones se
convirtió en el gran abanderado de la prensa liberal e independiente. A partir
de la muerte de Franco comenzó una imparable evolución de la prensa, basada
principalmente en nuevos títulos, como El País (1976), Diario 16 (1976), Avui
(1976), Deia (1977), Egin (1977), El Imparcial (1977-1980) y El Periódico
de Catalunya (1978). El primero, dirigido por Juan Luis Cebrián, pronto se
La prensa 201

convierte en el periódico de mayor difusión, haciéndose un hueco en el espacio


liberal en el que se habían mantenido El Sol e Informaciones en su última etapa.
Algunos viejos títulos, como ABC, se hacen con el público conservador tras la
desaparición de Pueblo, Ya y El Alcázar, hasta que comienzan a surgir nuevas
cabeceras que disputan este sector, como El Mundo (fundado en 1989 a partir
del enfrentamiento del director de Diario 16, Pedro J. Ramírez, con uno de sus
propietarios) y La Razón en 1998 (Quirosa-Cheyrouze, 2009).
Esa centuria se ha cerrado con un notable descenso en el número de títulos,
aunque puede decirse que los periódicos son más extensos en tamaño y más
ricos en contenido. En 1920 se había llegado a 2.289 títulos, cifra ya jamás
igualada (Pizarroso, 1994: 288). En el año 2000 el número de periódicos que
se editaron en España fue de 101, y puede apuntarse una serie de caracterís­
ticas de la situación de la prensa española a finales de siglo: estancamiento
de la tirada global de la prensa diaria, lejana a la de otros países del entorno;
muy pocos títulos concentran la mayor parte de ejemplares; diferencias terri­
toriales muy notables en la difusión de la prensa; tendencia a la concentración
del sector empresarial, con tres grandes grupos empresariales privados, e in­
cremento continuo de las ediciones electrónicas a través de Internet. La red se
convierte en un importante escenario de la información (Las cifras de la cultura,
2002: 209-221).
Son millones y millones las páginas que se han publicado y que se conservan
en las hemerotecas, siempre con muchas medidas de seguridad por la mala ca­
lidad del papel de periódico. En los últimos años, la mayor parte de esos títulos
se han digitalizado con proyectos modélicos que tanto desde el punto de vista
cuantitativo como cualitativo son referente en todo el mundo. Y los proyectos
siguen adelante, a pesar de las dificultades. La prensa, sin duda, es hoy, des­
pués de algo más de veinte años de proyectos de digitalización en nuestro país,
el material que después de la legislación mayor porcentaje presenta de todos
los fondos digitalizados conservados en archivos, bibliotecas y hemerotecas, lo
que es una fortuna para el historiador, que debe conocer estas posibilidades que
Internet facilita libremente.
Además, la mayor parte de estas colecciones ofrecen no solo el texto com­
pleto de sus páginas, sino también la posibilidad de buscar en cada una de sus
palabras, por medio de técnicas de reconocimiento óptico de caracteres (OCR)
que van mejorando con el paso de los años, y con aplicaciones y programas de
búsqueda cada vez más pe*rfeccionados, como Pandora. Incluso desde 2010 se
ofrecen conjuntamente la mayor parte de los títulos digitalizados, estén donde
estén depositados, por medio de recolectores como Hispania. Aun con todo, po­
demos concluir que aunque es mucho lo que se ha avanzado, sin duda alguna,
queda bastante camino por recorrer. Los proyectos de digitalización necesitan
recursos económicos para seguir avanzando. Pero la mayor problemática que
presentan en la actualidad radica en las interfaces y programas de búsqueda,
202 M étodos de investigación histórica

porque presentan todavía múltiples diferencias y dificultades que hacen compli­


cada la consulta de tantísima información (Abadal y Guallar, 2009).

7.2. La metodología de la prensa

Tantos millones de páginas impresas en millones de ejemplares correspondien­


tes a miles de títulos tienen que tener forzosamente numerosas posibilidades
para el conocimiento y la construcción de nuestra historia. El interés por la
prensa como fuente para el estudio de la historia comenzó en la década de los
años setenta del siglo xx y se reafirmó en la siguiente. En España, la prensa
comienza a tener importancia como fuente histórica sobre todo a partir de la
obra de Manuel Tuñón de Lara, Metodología de la historia social de España
(1973). En ella abogaba por la utilización de todo tipo de fuentes, entre ellas
la prensa, porque “ la prensa tiene una importancia fundamental en la historia
de los dos últimos siglos” . Fruto del interés despertado por esta nueva fuente
fue la celebración de diversos encuentros científicos, alentados por el profesor
Tuñón, en los que se avanzó con paso firme en cuestiones metodológicas y en
el conocimiento de la historia de la prensa, requisito imprescindible para su
correcta utilización. Hoy día la prensa ya está consolidada entre las principales
fuentes del historiador, y figura así en los más recientes libros de metodología y
técnicas de investigación de la historia.
Un periódico es un archivo que guarda de todo: texto e imagen, opinión e
información, revelaciones trascendentes y pequeñas minucias de la vida cotidia­
na, artículos de grandes personalidades y cartas de autores anónimos. Es, por
tanto, un registro de la sociedad, de la historia. El trabajo del periodista consiste
básicamente en seleccionar y exponer las noticias, basándose en sus fuentes y
en su preparación. El trabajo del historiador con la prensa es muy similar. El
periódico es una fuente inmediata de información en su momento. El discur­
so periodístico reconstruye el contexto desde el texto. Los lectores leen un de­
terminado periódico por confianza en su objetividad, por identificación ideoló­
gica o por su especialización.
Para el historiador, según el periódico que estudie, constituye una fuente
para obtener información de acontecimientos y estados de opinión y menta­
lidad de la clase social e ideología a la que representa. Puede representar los
intereses colectivos, por medio de asociaciones con los periódicos, y a quiénes
representan, y deben tener siempre en cuenta para hacer valoraciones la tirada
de ejemplares. Conociendo la ideología e intereses del periódico, el historia­
dor puede hablar en boca de a quien representa, y reducir la opinión de los
principales grupos sociales, económicos y políticos a través de su prensa, sean
órganos oficiales u oficiosos. Por tanto, la prensa ofrece grandes posibilidades
para el historiador, ya que informa detalladamente día a día de lo que fue la
La prensa 203

actualidad del momento, pero también sirve de instrumento para profundizar


en la psicología de la gente, en sus problemas y preocupaciones, en sus estados
de ánimo y en sus intereses.
La utilización de la prensa como fuente histórica exige, como ya escribiera
Tuñón (1973), un fuerte espíritu crítico, por lo que es necesario poder comparar
dos o tres periódicos de orientación diferente para estudiar un mismo tema. En
algunos casos en que la censura de prensa es muy fuerte, se impone la compa­
ración con periódicos de otro país, siempre que estos últimos tengan una in­
formación sólida y buenos corresponsales. Lo antedicho supone que el manejo
de la prensa como fuente implica conocer el contexto histórico de cada publi­
cación. En resumen, establece como requisitos indispensables de método, los
siguientes:

• Seleccionar las fuentes por medio de un conocimiento de la coyuntura


histórica y de las publicaciones más importantes desde el punto de vista
de su historia, intereses económicos, políticos e ideológicos (historia de
la prensa).
• La consulta de varias publicaciones sobre el mismo tema y periodo estu­
diados (pluralidad).
• Por último, no hay que olvidar nunca que la prensa, además de informa­
ción, opinión política, literatura o reportaje, es ideología.

Tras conocer estos requisitos, resulta aconsejable añadir una serie de reco­
mendaciones metodológicas para el trabajo con la prensa como fuente histórica:•

•El historiador debe tener siempre presente la recuperación condicionada


de la información que exhibe el texto periodístico. La mayor parte de los
lectores leen lo que el periódico quiera que se lea.
• La comprensión y la conducta social derivada de la elección de los tex­
tos informativos está mediatizada por las ideologías y por el sistema de
creencias, muchas veces implícito, de emisores y receptores, de medios y
consumidores.
• El “Editorial” expresa la opinión del periódico; se trata del lugar oficial
dedicado a opinar sobre un tema de actualidad. Debe ser, por tanto, el
principal foco de atención del historiador para obtener la opinión del
grupo político, social o económico que hay detrás del periódico. El resto
de noticias y reportajes nos ayudan a obtener información, observando
los principales acontecimientos. Además nos permiten advertir estados
de ánimo y mentalidad,y comprender la línea ideológica e intereses del
periódico en cuestión.
• La sección de “ Cartas al Director” es la más libre del periódico, la que
acoge opiniones de los lectores. Por tanto, puede dar un aire fresco a
204 M étodos de investigación histórica

los distintos textos informativos del periódico, habitualmente dirigidos


por la línea editorial, aunque los autores de las cartas suelen identificarse
con la línea ideológica del periódico que leen.
• No hay que pensar tanto en las mentiras intencionadas como en las ver­
dades a medias, en las ocultaciones intencionadas, en los silencios. La
información se suele alterar por medio de silencios, destacando titulares,
según la página y lugar de colocación de la noticia, en los pies de fotos.
La portada resulta un elemento fundamental, por ir dirigida a ella la
primera mirada.
• Sobre la credibilidad de la prensa existen dos grandes concepciones: (a) la
concepción monádica, desde la cual se considera función exclusiva de
la fuente informativa, y (b) la concepción diádica, desde la que se postula
una interacción sistemática entre fuente y audiencia -lectores-. La prime­
ra concepción quedaría articulada sobre las actividades de competencia y
confiabilidad, mientras que la segunda se inclina más bien por resaltar el
papel de las evaluaciones y autoevaluaciones del receptor: la primera como
proyección del profesional de la información sobre sus lectores ideales, y
la segunda como resultado de la interacción del lector con su informador
desde el contexto cognitivo y el baremo de veracidad de este último.
• La censura ha sido importante en la historia de España, pero no podemos
obsesionarnos ya por eso. Más que de la censura, no debemos olvidarnos
de la autocensura. En este caso no hay galeradas, ni documentos en los
archivos que nos ayuden a reconstruir la verdad. Por ello su efecto para
la historia resulta, si cabe, más pernicioso.

Ante los mecanismos complicados de la prensa y su enrevesada deformación


de la información hay que incidir en el conocimiento de la fuente, examinar el
periódico tanto en su forma y contenido como en todo cuanto rodea a la pro­
ducción: propietarios, lectores y demás circunstancias de publicación y difusión
(Extramiana, 1979). Para ello este autor requería proceder al trabajo de “cen­
sar, repertoriar y clasificar los periódicos” , cuestión a la que afortunadamente
se dedican cada vez más especialistas de historia de la prensa en nuestro país, a
tenor de la abundante bibliografía, algunos de los cuales, además, han analiza­
do el estudio de fuentes, básicamente cuantitativas, para el conocimiento global
de la prensa española, como estadísticas oficiales y anuarios.
Con la finalidad de conocer mejor la prensa se ha hecho necesario no solo
abundar en la mera evolución y clasificación cuantitativa de la prensa, sino
también avanzar en un segundo paso hacia el conocimiento más amplio de su
propia historia, tarea esta última sobre la que hay importantes especialistas en
nuestro país e importantes trabajos, y, además, disponer de una metodología
capaz de rentabilizar al máximo su utilidad histórica. En este sentido se ha
comenzado por la elaboración de la clásica ficha hemerográfica, destinada a
La prensa 205

establecer la morfología del periódico, por una parte, y por otra, a efectuar la
disección de su naturaleza interna. Es lo que denomina Jacques Kayser, en su Le
Journal Frangais, “registro de identificación” (nombre del periódico y dirección,
periodicidad, tirada, precio, formato...) y “expediente de identidad” (estructura
jurídica y financiera, condiciones de fabricación y de distribución, organización
de la redacción y línea y acción política).
Este modelo, ampliamente difundido en nuestro país, ha servido de punto
de referencia a distintas propuestas metodológicas, que en unos casos han pre­
tendido completar el esquema de Kayser, adaptándolo a la realidad española,
y en otros han partido de una crítica a la concepción misma de su método.
Celso Almuiña, basándose en este modelo, propone una ficha dividida en tres
apartados: ficha descriptiva (cabecera, datación, características técnicas), ficha
analítica (datos de la empresa editora, difusión) y aspectos históricos (signifi­
cación ideológica, localización actual del periódico). María del Carmen García
Nieto elaboró, por su parte, una alternativa al modelo formalista de Kayser,
subrayando la naturaleza histórica del material hemerográfico y estableciendo
una más adecuada relación entre la prensa y su entorno histórico. El catálogo
de fichas hemerográficas, con todo, no está agotado ni mucho menos, como
puede percibirse en otros estudios de carácter general o local.
El informador busca la efectividad de lo noticiable exponiendo lo más desta­
cado de la noticia y las más destacadas de las noticias, renunciando a transmitir
información exclusivamente en función de la cantidad de información asociada
a la noticia y a las noticias. El periodista es un profesional con la preparación
necesaria para seleccionar el material y las fuentes de su trabajo.
La información, a diferencia de la comunicación, implica el empleo siste­
mático de filtros. La sección periodística resulta, al fin y al cabo, de la acción
de tales filtros selectivos. La comunicación se eleva al rango de información a
través de los siguientes filtros selectivos:•

• Actualidad: la información se filtra según la existencia de un margen de


tiempo estrictamente ajustado a la periodicidad del medio, a las vivencias
del lector y al cúmulo de variables socioculturales, políticas o económicas
de la comunidad.
• Consonancia: se filtra según el horizonte experiencial del lector.
• Continuidad: la información se filtra refiriéndose al encadenamiento cro­
nológico de un evento con otro en el marco de un mismo acto noticiable.
• Umbral: la información se filtra según el grado de novedad o intensidad
remática del evento noticiable.
• Negatividad: la filtración se realiza sobre el cariz eminentemente conflic­
tivo del evento susceptible de noticiarse.
• Composición: la información se filtra según la composición ideológica
del medio en que el informador ejerce su profesión.
206 M étodos de investigación histórica

• Significatividad: el filtro se basa en el grado de proximidad, afinidad e


identificación con la matriz de preocupaciones sociales, políticas, cul­
turales, religiosas, económicas, históricas, etcétera, de la comunidad de
ciudadanos.
• Imprevisibilidad: la información es seleccionada en relación con la mar-
ginalidad y desviación del evento noticiable.
*

Los mecanismos de la atención permiten la selección de una fracción perti­


nente del conjunto de mensajes concurrentes que se emiten en un acto de habla,
y que se procesa intensamente, mientras que la información restante (eventual­
mente irrelevante) queda depositada en un segundo plano, y recibe, por el con­
trario, un procesamiento mínimo. Semejante función de filtro y amortiguamien­
to permite el procesamiento activo (decisivo y mediador) de la información.
En el periodismo puede decirse que hay unas reglas generales que mueven la
lectura de las páginas de periódicos. El periodista guía al lector y el historiador
debe conocer este tipo de alteración. En un principio, el lector observa más que
lee. Lo primero que hace es proceder a una exploración inicial, decidiendo si
vale la pena leer, examinar las fotografías... Unas ciertas reglas de comporta­
miento de todo lector están contenidas en lo que se llama “diagrama de Guten-
berg” , el cual establece la existencia de una tendencia de comportamiento lector
del usuario ante el diseño concreto de cada medio de comunicación escrita.
Podría resumirse en tres ideas:

• El punto de partida de lectura de todo texto es la esquina superior iz­


quierda.
• Desde ese extremo el lector se adentra en la página y ahí debe existir un
punto de atracción de la atención.
• El ojo tiende en diagonal hacia la esquina inferior derecha, la cual actúa
como una “línea de gravedad de lectura” . Pero esta línea no sigue el cur­
so a ciegas, ni con la mirada predeterminada, hacia el punto terminal de
esa diagonal, sino que puede desviarse según los “imanes ópticos” que
existan en las áreas anejas para atraer la visión.

Si la línea de gravedad de lectura ejerce la atracción de la visión quiere decir


que las esquinas superior derecha e inferior izquierda necesitan un trabajo espe­
cial para mantener sobre ellas también un grado aceptable de atracción, ya que
al ojo humano no le gusta ir contra la gravedad de la lectura (de abajo hacia
arriba). Esto supone pensar que si el ojo es atraído al centro de la página, ten­
drá dificultad en subir y dejará presumiblemente sin leer cualquier información
situada en la parte alta izquierda, pues el ojo tenderá hacia abajo y a la derecha.
Desde una perspectiva infográfica, el titular ocupa el lugar más destacado
tipográficamente de la noticia, siguiendo en esto el mecanismo de alerta propio
La prensa 207

de la actividad atencional. El titular se halla conscientemente dirigido, pues es


aquello que produce el redactor para modificar el contenido mental -esto es,
el grado de conocimiento e ignorancia- que sobre la cuestión él le atribuye al
lector.
A través de un movimiento perceptivo de oscilación rápida (alerta fásica)
el redactor, en un estado transitorio de preparación, procesa el titular en una
situación específica (realce tipográfico, orden de palabras, comprensión de pá­
rrafos introductorios). En una fase ulterior de oscilación lenta (alerta tónica),
el redactor opta por la ubicación concreta del titular en la noticia, y que puede
aparecer aquel tanto antes como después de la información puesta o dada,
pero con una tendencia generalizada a precederla, en calidad de núcleo tipo­
gráfico.
Desde una perspectiva nocional o semántica, el titular es indeterminado.
Quiere esto decir que a su emergencia se llega a través de un proceso selectivo
que segmenta la realidad y procede a filtrarla de forma activa, lo que da lugar a
expresiones que no conllevan el supuesto de que su referencia sea unívocamente
determinable mediante el conocimiento compartido de redactor y lector.
Hay selección por parte del periodista. Pero también por parte del lector.
Los lectores de prensa no son meros productores-receptores pasivos de infor­
mación, sino que gracias a su atención seleccionan y deciden a cada instante
qué aspectos del entorno informativo general son relevantes y requieren, consi­
guientemente, una elaboración cognitiva.
Aparte del titular, con sus entradillas o postítulos, hay otros elementos que
contribuyen a guiar la lectura del periódico. En primer lugar podemos citar
la dimensión de la noticia. Cada periódico hace más asequible la cantidad de
información que canaliza recortando esa información, es decir, haciendo que
unas noticias ocupen más espacio, otras menos y otras no lleguen ni a aparecer.
He aquí la primera alteración que se introduce sobre el mensaje: la superficie
dedicada a cada noticia. Una primera, y muy significativa, forma de alteración,
antes de pensar que el contenido del texto, el sentido del titular, pueda ser dife­
rente y deformante. A través de la extensión de la noticia se está valorando cada
una y se está induciendo al lector a que se fije más en unas que en otras, se le
condiciona a que considere más importantes unas que otras, y hasta imponien­
do que llegue a desconocer otras (cuando no aparecen). Así que estamos ante
un valor significativo de la manipulación de la noticia: su superficie.
Antonio Rodríguez de las Heras ha expuesto un artificio metodológico para
estudiar, a través de técnicas cuantitativas, la alteración de la información en la
prensa, el ruido. La alteración puede provenir de la propia selección de noticias
y de la superficie de cada noticia; del titular, que puede ser diferente y defor­
mante, y de la primera página, indicador básico tanto en los titulares como en
la superficie informativa por ser su información la que primero y de manera
más rotunda llega al lector.
208 M étodos de investigación histórica

Aparte de la cuantificación formal, Tuñón de Lara aboga por cuantificar ¿


contenido, a través de varios procedimientos; por ejemplo, ante cada tema sí
puede trazar una gama de actitudes: aprobación entusiasta, aprobación mi­
tigada, crítica mitigada, desaprobación total. A veces se trata de hacer uní
estimación más completa de la temática de un periódico. Para eso el sistema
anterior hay que multiplicarlo por una serie de secciones: editorial, informa­
ciones generales, colaboraciones firmadas importantes, etcétera. Se pueden
combinar dos cuantificaciones: la del número de líneas y la de coeficientes di
temas tratados.
En segundo lugar, además de la superficie de la noticia tenemos que tener
presente el lugar de colocación: el número de página y el sitio en la página. No
tiene la misma repercusión la portada que la página 20. Tampoco la noticia
que ocupa un lugar central de la página que la que se esconde en un extremo
inferior. La composición de la primera página de un periódico se rige bajo do*
imperativos: hay que poner límite al número de noticias que accederán a la pri­
mera página y hay que asociarles una superficie no igual para todas ellas. Parí
De las Heras, el indicador básico para el análisis de la primera página consistí
en medir la cantidad de información, por la que medimos la incertidumbre anís
cuál será la noticia sobre la que el lector fijará primeramente su atención:

Por tanto, si la primera página no recoge más que una noticia, la incer­
tidumbre que hay ante cuál será la noticia sobre la que, en primer lugar, se
fije el lector es nula y, consecuentemente, la cantidad de información de ese
mensaje cero también. Aumentará la incertidumbre a medida que aumentí
el número de noticias que contenga la primera página, pues el lector podrá
detener su primera atención sobre una u otra noticia. Y de esto se deduce sir
esfuerzo, que para el mismo número de noticias, si éstas tienen entre sí uní
gran desigualdad en la superficie que ocupan, y, por ejemplo, una domim
superficialmente sobre las otras, el mensaje de una primera plana así tendrá
menos cantidad de información que si todas las noticias se reparten equitati­
vamente la superficie, pues para el primer caso hay menos incertidumbre que
en el segundo acerca de qué noticia atraerá primero la atención del lector
Pues esto se cuantifica con la cantidad de información que consiguió formu­
lar Shannon, hace ya cuarenta años, para cualquier tipo de mensaje. (Prensa
de los siglos xix y xx, 1986: 391)

Además de conocer la historia de la prensa y sus características formales, el


historiador debe dominar la estructura y contenido de la prensa, los distintos
textos informativos que componen los periódicos. El texto informativo es una
especie de circuito psicológico en pequeño, por el que pasan emociones, codifi­
caciones (la tarea filtradora y glosística del periodista), percepciones (el disposi­
tivo atencional del titular y el dispositivo memorístico de la glosa periodística
y comprensiones. El texto guía la producción y comprensión del discurso ir-
La prensa 209

formativo generando expectativas, pues interviene directamente en la compren­


sión de los procesos perceptivos habituales del ciudadano que pretende estar
informado. Se trata de un guión que, tras la presentación de la escena visual
enmascarada, permite el seguimiento de una historia, pues incluye la secuencia
estereotipada de los referentes y de las acciones principales de la historia refe­
rida mientras que las ordena de un modo no arbitrario, es decir, manteniendo
una línea de dependencias causales.
Las noticias se leen, se tocan... y se ven. Se presentan visualmente según una
conformación tipográfica determinada (colores, líneas, maquetación, exten­
sión). La infografía no solo no procede a eliminar el texto periodístico escrito,
sino que se inscribe en él como uno más de sus componentes constituyentes. Su
objeto principal es comprimir a nivel perceptivo la compleja serie de hechos que
articulan un acontecimiento, hasta hacerlo comprensible. La infografía se sirve
de lo inmediatamente perceptivo (relaciones visuales y espaciales) para alcan­
zar su objetivo de contar la información de forma simple, directa y económica,
buscando con ello el trazado de auténticos gráficos informativos. La técnica de
comprensión que supone lo infográfico responde a la deliberada y autocons-
ciente intención del informador de explicar la clave de un acontecimiento de la
manera más sencilla e intelectualmente asequible.
Siguiendo a Jorques (2000), podemos establecer tres tipos de textos perio­
dísticos informativos:

1. Textos informativos de relieve: elaborados por el periodismo de informa­


ción o descriptivo, son aquellos que centran su objetivo en la explicitación
prioritaria del acontecimiento como tal. Son esencialmente equilibrados,
primando en ellos los factores de actualidad, consonancia, continuidad
y umbral. Hicieron su aparición en el periodismo escrito hacia el último
tercio del siglo xix y nacen básicamente vinculados al periodismo de
corte anglosajón (inglés, estadounidense, canadiense y australiano); un
tipo de periodismo que emerge desde el telón de fondo de la gran prensa
de masas y que ha mostrado siempre una clara inclinación por convertir
al ciudadano en la principal fuente de transmisión de acontecimientos
noticiables, sometidos a un proceso de democratización.
Se dividen en tres tipos de textos:

- Noticia: es el texto prototípico de relieve e intenta aportar una


cantidad máxima de bits de información.
- Noticia-comentario: atiende prioritariamente a las relaciones in­
formativas que el periodista como sujeto activo mantiene con la
realidad y con el mensaje construido a tenor de ella. Es un texto
atento a los parámetros ideologizantes del mensaje: el periodismo
de información se aproxima al de opinión.
210 M étodos de investigación histórica

- Entrevista: adquiere preeminencia el entramado de vinculaciones


que el periodista como sujeto relevante mantiene respecto a su lec­
tor. El periodista extrae la información directamente del protago­
nista por medio del diálogo. Se trata de un texto atento a la apro­
ximación en detalle del lector al acontecimiento: el periodismo de
información tiende lazos con el periodismo de investigación.

2. Textos informativos de detalle o precisión: característicos del periodismo


de investigación o explicativo, son aquellos que centran su interés en la
explicitación del dato. Hacen su aparición de forma relativamente tardía,
hacia mediados de la década de los cincuenta, y están estrechamente vin­
culados a una concepción primordialmente latina del periodismo escrito,
orientada a poner de manifiesto los complejos engranajes del aconteci­
miento, su multiplicidad cuantitativa y cualitativa, sus líneas de predic­
ción, la secuencia de sucesos y el modo en que estos se hilvanan.
También se dividen en tres tipos de textos:

- Reportaje: información periodística realizada en el lugar mismo


del hecho, suceso, acontecimiento de que se trata, o sobre deter­
minado personaje. Es el texto prototípico de detalle, destinado a
primar al receptor por sí mismo. A través de él se lleva a cabo la
descripción del acto comprensivo del lector desde la realidad en­
volvente y desde el informador encargado de codificarla.
- Crítica: se atiende de forma preeminente a los factores semánticos
e ideológicos del discurso informativo; el periodismo de justifica­
ción queda escorado del lado del periodismo de opinión.
- Crónica: comentario periodístico sobre temas de actualidad. Los
factores directamente relacionados con el punto de vista del infor­
mador adquieren una primacía inusitada en el reportaje estándar:
el periodismo explicativo queda orientado hacia el de relieve o
informativo. Si la crítica prima la relación del lector con su reali­
dad, la crónica hace lo propio desde la vinculación del lector con
el profesional de la información.

3. Textos de acumulación: englobados en el periodismo de opinión o pres-


criptivo, son los basados en el subrayado de la primacía del propio men­
saje informativo sobre las instancias codificadora e interpretante de este.
Son informativamente redundantes, en claro contraste con la entropía
consustancial a los textos de relieve, pues en ellos adquieren preeminen­
cia los parámetros selectivos de negatividad, imprevisibilidad, significati-
vidad y composición. El surgimiento cronológico de los textos de relieve
es, en este sentido, altamente revelador: la primera etapa del moderno
La prensa 211

periodismo escrito fue claramente ideológica, y los primeros textos de


acumulación, doctrinales y apologéticos, hacen su aparición en el primer
tercio del siglo xix. El periodista es el depositario de una suerte de com­
promiso fiduciario de responsabilidad ideológica, moral y cívica con la
comunidad de ciudadanos-lectores. De ahí que el acontecimiento, mate­
ria prima de la circulación informativa, pase a entablar con el informa­
dor una relación de privacidad. La visión democratizadora promovida
desde los textos de relieve es aquí deliberadamente contrarrestada con
un enfoque elitista: el conocimiento original del acontecer es privilegio
de la clase periodística.
Como principales tipos de textos de acumulación pueden incluirse los
siguientes:

- Columna de opinión: es el texto prototípico o representativo de


acumulación. Se trata de un texto destinado a facilitar al lector
las claves interpretativas profundamente personales e intransferi­
bles del periodista, de un único periodista comprometido con la
realidad comunitaria. De ahí que sea un texto que atiende priori­
tariamente a la relación del mensaje informativo con sus propios
dispositivos ordenativos: una descripción de la realidad llevada a
cabo desde la complicidad del informador con sus lectores.
- Editorial: implica una intromisión en el ámbito del periodismo
prescriptivo de una parcela del periodismo informativo, al desta­
car la figura del informador. El editorial es el texto representa­
tivo del estado de opinión de propietarios y staff de dirección y
redacción de un periódico y atiende ante todo a las dimensiones
relevantes de la información (no olvidemos que solo una noticia
significativa y de actualidad evidente resulta susceptible de engen­
drar un editorial).
- Columna de análisis: juega con el debilitamiento conjunto del
emisor e implica la inserción en el periodismo persuasivo de una
porción del periodismo de investigación, al destacar la figura del
lector. La columna de análisis se decanta por una valoración espe­
cial de las pautas contextúales complejas (detalles causa-efecto) de
esta.

7.3. La prensa digitalizada en Internet: las hemerotecas virtuales

En marzo de 1979 comenzó a funcionar en Birmingham el primer periódico


electrónico, el Viewtel 202, transmitido por el.sistema Prestel de teletexto. Des­
de entonces, el soporte electrónico ha avanzado considerablemente, y es hoy
212 M étodos de investigación histórica

un complemento habitual en la mayor parte de periódicos de carácter nacional


e internacional, que ofrecen acceso a buena parte de su contenido a través de
Internet. Hubo que esperar hasta 1994 para poder acceder al Electronic Tele-
graph, editado por el rotativo británico Daily Telegraph, el pionero en la red
de los diarios tradicionales. En España, las ediciones en línea de las principales
cabeceras surgieron en 1995: Avui, El Periódico de Catalunya, El Mundo, La
Vanguardia y ABC, por orden cronológico. El País Digital se estrenó el 4 de
mayo de 1996, coincidiendo con el xx aniversario de El País. Era el último
de los diarios españoles de tirada nacional en saltar a la red.
Estas ediciones electrónicas individuales de las principales cabeceras tienen
gran importancia para todo el público porque nos mantienen informados al
instante mismo de producirse la noticia. Pero para el historiador resultan de
mayor trascendencia los proyectos de digitalización que se han emprendido en
los últimos años desde dos ámbitos diferentes. El primero, protagonizado por
algunos de los periódicos de mayor tradición y prestigio nacional e internacio­
nal, con el fin de ofrecer acceso electrónico a sus páginas históricas. El segun­
do, realizado por las principales bibliotecas, hemerotecas y algunos centros de
documentación, lanzados recientemente a proyectos de digitalización a texto
completo de sus colecciones hemerográficas, tanto con la finalidad de preservar
sus fondos como la de facilitar el acceso a los investigadores.
En la actualidad, España puede presumir del gran nivel tanto cuantitativo
como cualitativo alcanzado en sus proyectos de digitalización de su prensa his­
tórica. En gran parte ha sido debido a la necesidad de preservar sus páginas,
dado el rápido y alarmante deterioro del papel por su degradación natural
y por la provocada por la consulta de los investigadores. También se ha vis­
to favorecido por la facilidad técnica que ha supuesto la digitalización a partir
de las microformas, microfilmes y microfichas principalmente, soporte empleado
de forma masiva en los años setenta y ochenta del siglo xx en las hemerotecas de
todo el mundo para conservar los materiales y para ahorrar capacidad de alma­
cenamiento.
La principal iniciativa de digitalización de prensa histórica en España la la
desarrolla el Ministerio de Cultura, a través de su organismo autónomo Biblio­
teca Nacional y de su Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria. La
Biblioteca Nacional de España tiene una de las mejores colecciones de prensa
de todo el país, tanto por su tradición como por haber heredado los fondos de
la antigua Hemeroteca Nacional. Otra parte de los más importantes fondos
hemerográficos los tienen las bibliotecas públicas del Estado en cada provincia,
las bibliotecas municipales, las bibliotecas regionales y las bibliotecas universi­
tarias.
La Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria ha liderado uno
de los más ambiciosos proyectos cooperativos, la Biblioteca Virtual de Pren­
sa Histórica, que tiene por finalidad preservar y divulgar las principales co­
La prensa 213

lecciones dependientes de las comunidades autónomas así como de diversas


instituciones de carácter científico o cultural, como ateneos, fundaciones, uni­
versidades y diversas empresas periodísticas. Hay fondos digitalizados de 91
bibliotecas. Actualmente dispone de 2.231 títulos digitalizados con un total de
1.186.906 ejemplares y 7.225.905 páginas. Contiene cabeceras de 188 locali­
dades pertenecientes a 61 provincias, publicadas entre 1753 y 2013.
La consulta incorpora una importante funcionalidad que permite buscar
por cualquier palabra de cualquier página de cualquier periódico digitalizado
y garantizar el intercambio de información entre instituciones de todo el mun­
do gracias a la tecnología ALTO (analyzed layout text object) que se utiliza en
grandes proyectos de reconocimiento óptico de caracteres (OCR) en prensa
digitalizada, tanto de Europa como del resto del mundo y, muy especialmente,
en los Estados Unidos y Australia. A través de la aplicación Pandora, utilizada
por la mayor parte de hemerotecas digitales de carácter regional, ofrece como
principales las siguientes posibilidades de búsqueda por palabras (si se quiere
buscar una frase hay que encerrarla entre comillas), por campos y por fechas.
La Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional tiene como objetivo bá­
sico conservar y preservar los ejemplares depositados en la Hemeroteca de la
Biblioteca Nacional, y facilitar al mismo tiempo la consulta y difusión pública
a través de Internet. Nació en 2007 con una colección inicial de 143 títulos de
prensa y revistas, cuya oferta se ha ido ampliando constantemente. Actualmente
la HD presenta una colección integrada por 1.819 títulos, con casi 28 millones
de páginas digitalizadas. En ella están representados los principales títulos de la
prensa española, tanto por su tirada como por su repercusión social, publicados
entre 1683 y 1993. La consulta de la Hemeroteca Digital puede realizarse en to­
dos los idiomas oficiales del Estado español, además del inglés y el francés, y las
opciones de búsqueda son por palabras, título, ámbito geográfico, año y fecha.
La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes fue creada en 1999 por la Uni­
versidad de Alicante y el Banco Santander Central Hispano, con el objetivo
de crear un amplio fondo bibliográfico digital, formado por textos íntegros de
obras de autores clásicos de España y Latinoamérica, accesible gratuitamente
desde Internet. Además, dispone de interesantes portales temáticos, archivos
particulares y una buena colección de publicaciones periódicas, prensa y revis­
tas científicas y culturales de diferentes áreas temáticas de los siglos xvm , xix y
xx, compuesta por 442 títulos digitalizados. Entre los interesantes títulos digi­
talizados destacan las principales revistas ilustradas nacidas en el siglo xix. La
búsqueda en la Hemeroteca de la BVMC puede realizarse por listado de auto­
res, títulos y materias (CDU) o a través de catálogo en los mismos campos más
el de periodo (por siglos). No tiene disponible la búsqueda en el texto completo.
Además de las colecciones nacionales que pueden consultarse en la red, tam­
bién hay una importante colección de hemerotecas regionales que recogen gran
parte de los títulos de carácter regional, provincial y local que se han editado
214 M étodos de investigación histórica

a lo largo de nuestra historia contemporánea, realizadas por las comunidades


autónomas o las universidades de sus territorios. Muchas de estas hemerotecas
digitales forman parte de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Las princi­
pales son ARCA (Arxiu de Revistes Catalanes Antigües), proyecto de la Biblio­
teca de Catalunya, Consorci de Biblioteques Universitáries de Catalunya y otras
instituciones catalanas; Biblioteca Virtual del Principado de Asturias, creada a
partir del Sistema de Información Documental en Red de Asturias (SIDRA):
Biblioteca Virtual de Andalucía; Memoria Digital de Canarias; Biblioteca Vir­
tual de Castilla-La Mancha, iniciativa del Centro de Estudios de Castilla-La
Mancha (Universidad de Castilla-La Mancha); Biblioteca Digital de Castilla-La
Mancha, de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha; Euskal Prentsa-
ren Lanak (Hemeroketa.com); Galiciana: Biblioteca de Galicia; Hemeroteca
Digital de Murcia, y SOMNI (CoMeció digital de fons historie de la Universitat
de Valencia).
La Hemeroteca Municipal de Madrid cuenta con una de las mejores colec­
ciones impresas de todo el país, formada por unos 25.000 títulos publicados
desde el siglo xvi. Fue fundada en 1916 e inaugurada dos años después. De
acuerdo con el propósito de sus fundadores, se conserva prensa proveniente
de todo el mundo hasta mediados del siglo xx. A partir de 1966 solo recoge la
prensa editada en Madrid. Actualmente cuenta con 390 títulos de periódicos
y revistas digitalizados, la mayor parte de ellos accesibles también a través de
la Biblioteca Digital Memoriademadrid y de la Biblioteca Virtual de Prensa
Histórica.
Algunas de las más importantes cabeceras de la prensa española no se han
publicado digitalmente en las principales colecciones vistas con anterioridad,
pero se presentan individualmente a través de sus hemerotecas digitales. Entre
ellas destacan, sobre todo, la Hemeroteca de ABC y la Hemeroteca de La Van­
guardia. La primera facilita la consulta del diario madrileño fundado por Tor­
cuata Lúea de Tena en 1905, aunque llevaba dos años de prueba, con distinta
periodicidad. También ofrece la consulta del semanario gráfico Blanco y Negro,
fundado por Lúea de Tena en 1890. En la Hemeroteca de La Vanguardia puede
consultarse desde su primer número, publicado en 1881, hasta la actualidad. Se
trata del periódico más antiguo de los que se publican actualmente en España.
Las fuentes orales

8.1. La metodología de las fuentes orales

La historia oral es, en palabras de Paul Thompson, la más antigua y a la vez la


más nueva forma de hacer historia. La fuente oral ha sido utilizada por Hero-
doto, Voltaire o Michelet, por citar algunos de los nombres más destacados de
distintas épocas. Pero con la influencia del historicismo y la escuela metódica,
manifiesta a partir de la segunda mitad del siglo xix, el documento escrito se
erigió en única fuente de conocimiento. La fuente oral, olvidada en la historia
desde el siglo xix, no se había perdido. La sociología y la antropología la man­
tuvieron viva, principalmente entendida como historias de vida. Después de la
Segunda Guerra Mundial comienza su recuperación.
La historia y la fuente oral no solo ha tenido una gran repercusión en la
historia contemporánea española, por la apertura temática y cronológica, sino
que podemos decir que ha jugado un papel muy destacado en la renovación de
la historiografía de nuestro país, aunque no sea claramente reconocido, cues­
tionando algunos mitos profundamente enraizados, especialmente en torno al
movimiento obrero, y rompiendo brechas contra el uso y abuso de la historia
política y económica, de las técnicas cuantitativistas y los enfoques estructura-
listas y deterministas. Entre las innovaciones metodológicas más importantes
de la historia y fuente oral, Cristina Borderías (1995: 118) señala las siguientes:•

• El diseño micro de sus objetos de estudio: un pueblo, una insurrección,


una colectividad, una empresa, una persona.
216 M étodos de investigación histórica

• El intento por situar como centro privilegiado de la reflexión historiográ-


fica el cambio social y en función de ello focalizarse en torno a periodos
de cambio acelerado: coyunturas de crisis, elecciones, insurrecciones, et­
cétera.
• El interés por acercarse a una historia de la clase obrera desde las mayo­
rías no organizadas, en lugar de reducirse como era habitual por enton­
ces a las organizaciones obreras y las élites políticas. Y teniendo como
uno de sus objetivos reflexionar sobre las relaciones entre estos en mo­
mentos de cambio social y político.
• El interés tanto por las prácticas como por las representaciones, el sen­
tido que los actores dan a sus acciones y las interpretaciones sobre los
hechos vividos.
• El intento de aunar el análisis de las relaciones sociales, con una perspec­
tiva comprensiva en la que el significado subjetivo de los actores sociales
es una fuente privilegiada para el acceso a las creencias, los valores y la
cultura de los grupos sociales.

La historia oral, o mejor dicho, la historia con fuentes orales, ya que el pri­
mer término no ha tenido demasiado éxito en España, surgió como pionera en
la renovación historiográfica. Cuando faltan datos para reconstruir el pasado,
los testimonios orales son especialmente útiles y válidos para cimentar la histo­
ria y cuando ya existen puede igualmente jugar un papel destacado y renovador
al aportar otros enfoques y puntos de vista sobre el tema. Como señala Ralph
Samuel, “la historia no se hace oral por falta de documentos” .
Para una filosofía de la ciencia positivista, las aseveraciones científicas se de­
bían basar en datos observables; la observación de los datos y la interpretación
de su significado se debían someter a una separación estricta. En la epistemo­
logía posmoderna, la fuente oral se entiende como un lugar de construcción
de conocimiento, “la certeza de nuestro conocimiento es menos una cuestión de
interacción con una realidad no humana que un asunto de conversación entre
personas” (Kvale, 2011: 46). La fuente oral es subjetiva, quien recuerda lo hace
desde una perspectiva personal. El historiador es quien tiene que ayudar indi­
rectamente al testigo para que trascienda su experiencia personal y la articule
en el contexto de su época y en el marco de su grupo social. “ Es entonces cuan­
do la subjetividad-objetivada del testimonio se convierte en elemento válido de
conocimiento histórico” (Alted y Sánchez, 2011:180).
La historia oral es una necesidad en cualquier programa que intente docu­
mentar gran parte del siglo xx y xxi. Pero existen unos límites en la utilización
de la historia oral, para que no se produzca una separación entre el historiador
y el objeto de estudio. No es posible que la fuente se convierta en la (re)orga-
nizadora de la “ doctrina” . Si fuera así, sindicatos, partidos políticos, líderes,
por ejemplo, se lanzarían a “construir” su historia particular. El historiador no
Las fuentes orales 217

puede desaparecer para dar la voz a otros, sino que debe asumir una posición
privilegiada como intérprete de los testimonios de sus entrevistados.
La fuente oral debe ser tratada como el resto de fuentes. El hecho de que
sea una fuente directa y “ democrática” no puede obviar la crítica epistemoló­
gica común a todas las ciencias. Se trata de una reelaboración interactiva entre
entrevistador y entrevistado, en la que uno básicamente escucha lo que el otro
dice y lo recoge en un soporte audio o audiovisual para poderlo estudiar con
detenimiento y servirse de él para sus investigaciones o servir a las de otros.
Todo ello sobre la base de una memoria selectiva y parcial (la del interlocutor)
que proporciona al investigador material suficiente para su trabajo de análi­
sis y comprensión de la realidad pasada. A este le corresponde el trabajo de
globalizar y extrapolar testimonios parciales, subjetivos y contextualizarlos en
interpretaciones generalizables.
La memoria se basa en imágenes que la persona evoca para trasladar una
vivencia concreta. Para que haya memoria debe haber recuerdo del hecho pa­
sado y reminiscencia o creencia del hecho. Se puede hablar de una interacción
pasado-presente y de una valoración subjetiva que modela y traduce el recuer­
do. La construcción de la memoria nos lleva al tratamiento de lo subjetivo,
entendiendo esto como lo representado y no lo real o sustancial. El conocimien­
to subjetivo remite al sujeto y a la relativización que hace de lo conocido. El
historiador o entrevistador debe intervenir en la construcción de la memoria en
cuanto reordena, a través del sujeto, la realidad evocada.
Hay que partir de la base de que la memoria es necesariamente selectiva: se
recuerda lo que se quiere y lo que ha tenido un gran impacto en nuestras vidas.
Las personas mayores recuerdan mejor los acontecimientos remotos que los
inmediatos y siempre en función del interés. Además, debemos también tener
en cuenta, como dice Koselleck, que estamos condicionados porque conocemos
“el futuro del pasado” .
La entrevista es el recurso básico de la fuente oral.

La entrevista es una conversación que tiene una estructura y un propósito


determinados por una parte: el entrevistador. Es una interacción profesional
que va más allá del intercambio espontáneo de ideas como en la conversa­
ción cotidiana y se convierte en un acercamiento basado en el interrogatorio
cuidadoso y la escucha con el propósito de obtener conocimiento meticulo­
samente comprobad?). (Kvale, 2011: 30)
Según este autor, la entrevista es un método de sensibilidad y poder únicos
para captar las experiencias y los significados vividos del mundo cotidiano de
los sujetos.
La entrevista debe contar, al menos, con dos protagonistas: el entrevistador
y el entrevistado o entrevistados, ya que la entrevista, según los entrevistados,
puede ser individual o colectiva. Según qué casos puede recomendarse un tipo
218 M étodos de investigación histórica

u otro. Cuando se trata de recoger vivencias y experiencias personales, es re­


comendable la entrevista personal, sin más testigos. Cuando lo que se quiere
es escuchar testimonios de un colectivo, de costumbres populares, la entrevista
puede abrirse a más personas. En muchos casos, los inconvenientes que pueden
presentar nuevos testigos en el primer método de entrevistar pueden convertirse
en ventajas en este segundo modelo. Entre unos y otros los recuerdos se com­
plementan, las anécdotas afloran de forma más espontanea.
Una modalidad de las entrevistas colectivas o grupales son los denominados
“grupos de enfoque” , interesantes para recolectar datos. Consisten en reunio­
nes de grupos pequeños o medianos (tres a diez personas), en las cuales los
participantes conversan en torno a uno o varios temas en un ambiente relajado
e informal, bajo la conducción de un especialista en dinámicas de grupo (Her­
nández, Fernández y Baptista, 2006: 605).
El entrevistador es el instrumento de investigación y la calidad del conoci­
miento producido en una entrevista depende de sus habilidades, sensibilidad y
conocimiento de la materia. El entrevistador debe tomar continuamente deci­
siones sobre la marcha acerca de qué preguntar y cómo; en qué aspectos de la
respuesta debe profundizar y en cuáles no; qué respuestas comentar e interpre­
tar y cuáles no. Por eso puede hablarse de diversas habilidades del entrevista­
dor, entre las que destacan estar informado, tener buena memoria y ser claro,
organizado, cortés, sensible, abierto y crítico (Kvale, 2011: 76,111-113).
En el caso de entrevistas individuales, la entrevista debe realizarse solo entre
los dos, entrevistado y entrevistador. Cuando resulta inevitable la presencia de
otra persona, el entrevistado, casi inevitablemente, se dirige a esa otra persona
y no al entrevistador. O bien, si se trata de un matrimonio, acaban contestando
los dos, suplantando el invitado al protagonista, y se convierte el relato en una
fuente secundaria por no proceder del testigo principal. De cualquier modo, la
presencia de un tercero tiende a dificultar el establecimiento de la especie de
relación confidencial necesaria para sacar el máximo partido a la entrevista.
Desde el punto de vista técnico, según el medio utilizado, la entrevista pue­
de ser grabada en audio (cinta de casete o disco óptico), grabada en imagen y
audio (vídeo) o simplemente realizada sin ningún tipo de grabación, tomando
notas. Este medio es generalmente el utilizado ante la negativa del entrevistado
a que su testimonio sea grabado.
Metodológicamente, podemos establecer tres tipos principales de entrevis­
ta: dirigida, semidirigida y libre. Hernández, Fernández y Baptista (2006) ha­
blan de estructuradas, semiestructuradas o no estructuradas o abiertas. En las
primeras el entrevistador realiza su labor con base en una guía de preguntas
específicas y se sujeta exclusivamente a ella. En las segundas se basa en una
guía de asuntos o preguntas y el entrevistador tiene la libertad de introducir
preguntas adicionales para precisar conceptos u obtener mayor información
sobre los temas deseados. Las entrevistas abiertas se fundamentan en una guía
Las fuentes orales 219

general de contenido y el entrevistador posee toda la flexibilidad para manejar­


la (2006: 597).
En el primer caso, la entrevista se presenta con preguntas preparadas y simi­
lares a todos los entrevistados. José Cepeda Adán, en el XV Congreso Interna­
cional de Ciencias Históricas de 1980, se mostraba más partidario de este tipo
de encuesta o interrogatorio, pues “ofrece la garantía de la respuesta concreta
la pregunta pensada; el recorte al vuelo imaginativo y fantástico [...]. Resultará
un testimonio más frío pero, a la vez, más cercano a la verdad que se pretende
buscar” . La entrevista dirigida resulta de mayor utilidad para conocer el estado
de opinión ante un tema muy concreto, pero presenta numerosos inconvenien­
tes para el conocimiento y la comprensión de la historia. Si se ha redactado un
cuestionario detallado y preciso, se logra guiar paso a paso al testimonio, pero
se le encierra también en un marco preestablecido que no le permitirá desarro­
llar su propio discurso.
En el segundo y, sobre todo, tercer caso, ni las preguntas ni las respuestas
se hallan predeterminadas. La entrevista no dirigida (libre) o parcialmente diri­
gida (semidirigida) permite, por su flexibilidad, avanzar en el conocimiento de
aspectos no fácilmente perceptibles, tales como el mundo de los sentimientos,
de los valores sociales, de las creencias. La libertad de que goza el entrevistador
constituye, a la vez, la mayor ventaja y la mayor desventaja de las entrevistas de
este tipo. La flexibilidad genera con frecuencia dificultades para comparar unas
entrevistas con otras, y su análisis es más complejo que en el caso de las en­
trevistas estandarizadas. En el caso de utilizar la entrevista semidirigida, como
apunta Toutier-Bonazzi (1991), a medida que la entrevista progrese, la guía
deberá a veces ser modificada: algunas cuestiones se revelarán pertinentes, otras
improcedentes; algunas respuestas abrirán nuevas pistas y llevarán a modificar
y completar el cuestionario. Si la entrevista marcha bien, llegará un momento
en que las preguntas no serán precisas, el testimonio, sumido en su pasado, se
sentirá perfectamente a gusto y, olvidando la presencia del micrófono y del en­
trevistador, dará libre curso a su recuerdo.
A pesar de las dificultades apuntadas, los historiadores utilizan entrevista li­
bre de forma mayoritaria para sus investigaciones. Se considera que debe darse
libertad a las personas entrevistadas para que se expresen sin limitaciones, o, en
palabras de Fraser (1982): “ El método puede resumirse en pocas frases: mucho
tiempo, mucha grabación y pocas preguntas. Paciencia” . Se corre el riesgo de
alejarse del tema tratado, pero se gana en espontaneidad.
Con el fin de delimitar el guión, Linda Shopes (2001: 135) recomienda esta­
blecer una lista de posibles temas y subtemas para tratar en la entrevista. “No
los escriba en forma de preguntas: ello podría coartar la flexibilidad necesaria
para una entrevista. Sin embargo, lo importante es dotar de un marco a todo
el conjunto, que contribuya a focalizar, organizar y dotar de coherencia a las
diferentes entrevistas individuales” .
220 M étodos de investigación histórica

Las preguntas del entrevistador deben ser breves y simples. Hernández, Fer­
nández y Baptista (2006: 598-599) establecen distintas clasificaciones de tipos
de preguntas, siguiendo a Grinnell y Mertens. La primera las divide en pregun­
tas generales (parten de planteamientos globales para dirigirse al tema que in­
teresa al entrevistador), preguntas para ejemplificar (sirven como disparadores
para exploraciones más profundas, en las cuales se le solicita al entrevistado
que proporcione un ejemplo, un suceso o una categoría), preguntas de estruc­
tura o estructurales (el entrevistador solicita al entrevistado una lista de con­
ceptos de conjunto o categorías) y preguntas de contraste (al entrevistado se
le cuestiona sobre similitudes y diferencias respecto a símbolos o tópicos, y se le
pide que clasifique símbolos en categorías). La segunda clasifica las preguntas
en seis tipos: de opinión, de expresión de sentimientos, de conocimientos, sen­
sitivas, de antecedentes y de simulación.
Duverger (1996:227-234) clasifica las preguntas según los tipos de respuesta:

• Clasificación según la libertad de respuesta: pueden ser preguntas abier­


tas o cerradas (estas últimas son las que solo permite al individuo al que
va dirigida responder “ sí” o “no” ; en la libre o abierta puede contestar
a su manera), preguntas en abanico de respuestas (se pide al individuo
interrogado que escoja un determinado número de respuestas posibles),
preguntas de estimación (variedad de las anteriores en la que, en vez de
un abanico cualitativo que presenta unas respuestas de diferente natura­
leza, se ofrece al individuo un abanico cuantitativo, y las respuestas se
clasifican por el grado de intensidad).
• Clasificación según la naturaleza de las respuestas: pueden ser preguntas
de hecho o de acción (se pregunta al individuo sobre algún hecho tangi­
ble, que puede apreciar fácilmente, o sobre una acción; es decir, se inquie­
re al individuo si ha realizado tal o cual acto y en qué sentido), preguntas
de intención o de opinión (en las preguntas de intención o de opinión no
se inquiere al sujeto cómo ha obrado efectivamente, sino cómo obraría si
eventualmente se le proporciona la ocasión) y preguntas-test (la respues­
ta en sí es menos interesante que su significación profunda, considerada
como indicio de un hecho u opinión que el individuo interrogado no
quiere revelar directamente; por ejemplo, para evitar una pregunta direc­
ta sobre el nivel de vida, se pregunta si tiene automóvil, teléfono, etc.).

No contar con preguntas de antemano no significa que no se tenga informa­


ción previa. La preparación de la entrevista es el aspecto de mayor importancia
para su éxito. Cuanto más abundante y mejor sea la información previa conse­
guida, más rica en contenido será la entrevista. Como cualquier otra fuente, la
utilización de la fuente oral exige un conocimiento y estudio previos rigurosos.
Este será el que nos marque el camino de la entrevista. Ninguna entrevista debe
Las fuentes orales 221

llevarse a cabo sin una preparación minuciosa: consulta de archivos, lectura de


libros relativos al tema, información sobre la vida del protagonista del testimo­
nio, lectura de su obra escrita, etcétera. Cada entrevista supone la apertura de
un dosier de documentación.
Suele resultar útil para la preparación de la entrevista mantener una con­
versación previa con el entrevistado, a fin de establecer una primera relación y
reunir algunos datos biográficos que puedan contribuir a diseñar el guión. En
muchas ocasiones resulta también útil, para refrescar la memoria al entrevis­
tado y obtener información el entrevistador, examinar viejos álbumes de fotos,
recortes de prensa, documentos familiares y personales.
La preparación de la entrevista es la que, además, nos garantiza la veracidad
de la fuente. Las fuentes orales se han de tratar de igual forma que las fuentes
escritas: debe admitirse la subjetividad implícita en ellas. Por ello deben reali­
zarse las acotaciones necesarias para establecer su veracidad y verificarse de
igual forma que los documentos escritos, a partir de la consulta de todas las
fuentes de información al alcance de los historiadores: fuentes hemerográficas
y bibliográficas, documentos privados y datos estadísticos.
En la selección de los entrevistados, la cantidad se convierte en cualidad.
Cuantas más personas se entrevisten, más posibilidades hay de encontrar la
clase de informadores que se deseen. Fraser (1982) lo escribe así:

Descubrí muy pronto que, en materia de entrevistas, la cantidad se con­


vierte en cualidad: cuantas más personas entrevistara, tanto más proba­
blemente iba a encontrar la clase de informadores que deseaba. Adopté un
procedimiento muy simple. Pregunté a todo el mundo con quien hablaba si
podían sugerirme a alguien más que estuviera dispuesto a colaborar.

Para la selección de testimonios es mejor buscar gente normal, de la calle,


gente que no tenga una reputación pública que defender, y personas que no ha­
yan escrito sus memorias (no tienen ya la espontaneidad ideal para sacar el máxi­
mo provecho a la entrevista). Gente incluso que no pueda estar influenciada por
una lectura amplia de obras sobre el periodo al que hace referencia la entrevista.
La entrevista puede tener lugar en diversos sitios, siendo los más comunes la
casa del entrevistado o su lugar de trabajo. En su despacho puede estar tenso,
ante la presencia de otros trabajadores o superiores o ante la posibilidad de una
urgencia laboral. En su domicilio, sin embargo, se muestra más relajado, y se pue­
de crear un ambiente más favorable para la conversación, rodeado de recuerdos,
fotografías, etcétera, susceptibles de avivar su recuerdo. También puede resultar
muy adecuado, en los casos que proceda, realizar la grabación (sobre todo audio­
visual) en el lugar o lugares donde se desarrollaron los acontecimientos princi­
pales del testimonio. De todas formas, cualquiera que sea el lugar conviene pres­
cindir de la amenaza del teléfono, instrumento de tortura para el entrevistador.
222 M étodos de investigación histórica

La duración no debe pasar de dos horas. Un relato en profundidad exige del


testimonio esfuerzos de concentración considerables. Además, razones físicas,
como una avanzada edad del entrevistado, exigen prudencia para no provocar
su agotamiento psíquico y físico. También el entrevistador vive la entrevista
bajo una fuerte tensión, pues debe evitar toda distracción y formular las pre­
guntas en el momento apropiado.
Es preferible volver otro día que no llevar la entrevista más allá de los límites
tolerables para el entrevistado. Al final de la primera conversación el testimonio
puede constatar olvidos que pueden completarse. El entrevistador puede solici­
tar explicaciones de aspectos poco claros. Resulta frecuente que, una vez termi­
nada la entrevista, cuando la grabadora se ha parado, el entrevistado continúe
hablando de cosas interesantes. En este caso, una segunda entrevista puede
permitir retomar las cuestiones no grabadas de la entrevista anterior.
Podemos añadir algunas recomendaciones metodológicas sobre la técnica de
entrevistar y el desarrollo de la entrevista:

1. Resulta indispensable crear una relación de confianza entre entrevis­


tado y entrevistador. La entrevista implica un proceso de “ seducción”,
de “cortejo” por parte del entrevistador porque él es el que se acerca
a preguntar por una historia. El éxito de la entrevista depende de ello.
Es preciso desear -y demostrar que se desea- entender la experiencia
vivida de una persona si se pretende que esa persona esté dispuesta a
compartirla con uno. Las posibilidades de la entrevista, en gran par­
te, dependerán de nuestra capacidad para generar confianza y empatia,
para comprender y para participar con pasión en las experiencias que
se nos relatan (Vilanova, 2004: 31).
2. El entrevistador debe tener capacidad para crear un escenario en el que
el sujeto se sienta libre y seguro para hablar de acontecimientos priva­
dos para un uso público posterior. “Esto requiere de nuevo un delicado
equilibrio entre el interés del entrevistador por buscar conocimiento
interesante y el respeto ético por la integridad de la persona a quien se
realiza la entrevista” (Kvale, 2011: 31).
3. El historiador o entrevistador debe entender el contexto cultural que
permea la entrevista y, por tanto, la contextualización. Cada entrevista
es diferente y cada persona implica algo nuevo y único en la relación
entrevistado/entrevistador. La familiaridad sustancial con el tema y el
contexto de una investigación es una condición previa para una buena
entrevista.
4. La entrevista trata de entender el significado de los temas centrales en
el mundo vivido de los sujetos. “El entrevistador registra e interpreta
los significados de lo que se dice y, además, de cómo se dice; debe tener
conocimientos sobre el asunto de la entrevista, observar -y ser capaz
Las fuentes orales 223

de interpretar- la vocalización, las expresiones faciales y otros gestos


corporales” (Kvale, 2011: 34).
5. Es importante que la entrevista empiece bien (para lo que hay que co­
menzar por ser puntual) y se desarrolle de igual forma. El equipo téc­
nico debe estar bien preparado, para evitar sorpresas que incidan de
forma negativa en el desarrollo de la entrevista. Se debe procurar esta­
blecer un ambiente de atenta concentración, pero al mismo tiempo de
relajamiento y mutua comodidad.
6. La entrevista debe resultar una conversación muy descompensada, don­
de el protagonismo lo adquiera el entrevistado. El entrevistador debe
limitarse a lanzar las preguntas y como mucho a proceder a breves in­
tervenciones cuando sea preciso encauzar el relato. La entrevista no
debe convertirse en una charla amistosa. El entrevistador debe mante­
ner una actitud discreta, pero al mismo tiempo receptiva y respetuosa.
“ La dificultad para el historiador se halla entonces en no romper con
sus preguntas el relato del entrevistado” (Garay, 1999: 86).
7. Si el testimonio es poco locuaz, canalizarlo sin brusquedad o impedirle
perderse en digresiones. Si resulta todo lo contrario, no estropearlo con
continuas intervenciones o con preguntas cerradas. Procurar no hablar
al mismo tiempo que el entrevistado, puede distraer su testimonio. Si
la entrevista es grabada, no se deben tomar notas por escrito, pues se
puede romper el hilo del pensamiento y de la palabra del entrevistado.
8. El entrevistador debe procurar obtener toda la información que pueda
sobre un tema antes de pasar al siguiente, y evitar saltar de un asunto
a otro, cuestión que puede desconcertar al entrevistado. Si el narrador
acaba de responder a una pregunta y quedan cuestiones pendientes, a
entender del entrevistador, este debe solicitar más información antes de
pasar a otro tema. Si la respuesta es amplia o vaga, habría que pedir
clarificación. Repetir la misma pregunta de otro modo para tratar de
vencer posibles resistencias.
9. Se puede obtener más información a través del eco, si es que pensamos
que la persona tiene algo más que decir; por ejemplo, si una persona
dice “yo no estaba contento con mi trabajo” , se le hace el eco: “ ¿no
estaba usted contento?” , y entonces él o ella, posiblemente, aclararán el
eco de la pregunta.
10. No insistir si el entrevistado rechaza un recuerdo doloroso, no precipi­
tarse a preguntar de nuevo, porque los recuerdos a veces precisan de un
tiempo para aflorar. El entrevistador no debe inquietarse por las pausas
en el relato. A menudo la gente hace una pausa antes de decir algo es­
pecialmente importante.
11. Evitar preguntas excesivamente meticulosas desde el punto de vista cro­
nológico. Puede darse el caso que, decepcionado por no poder respon-
224 M étodos de investigación histórica

der, el testimonio se repliegue sobre sí mismo e interrumpa o acorte la


entrevista. La fuente oral no es la fuente más adecuada para buscar ur
dato concreto, una fecha o una cifra. La entrevista busca conocimiento
cualitativo expresado en lenguaje normal, no se encamina a la cuanti-
ficación. También deben evitarse las preguntas múltiples o compuestas:
es posible que el narrador solo conteste a la última.
12. Si el entrevistado presenta una versión distorsionada o sesgada en be­
neficio propio o que no concuerda con los datos disponibles, es posible
adoptar una posición contrapuesta sin romper la relación. El entrevista­
dor debe señalar que otras fuentes consultadas manifiestan un punto de
vista distinto, solicitando por ello opinión o aclaración al entrevistado.
13. No hacer preguntas de manera tendenciosa o induciendo la respuesta.
No se deben utilizar calificativos.

La transcripción debe ser realizada lo antes posible, preferentemente por


el mismo entrevistador. Se ha calculado que la realización de una transcrip­
ción necesita, al menos, cinco veces el tiempo de lo grabado. Es conveniente
transcribir toda la entrevista, aunque luego solo sirva un tanto por ciento muy
pequeño. Fraser reconoce que de las 300 entrevistas realizadas para su libro de
la guerra (1979), solo ha utilizado el 10% del contenido de estas.
Pueden seguirse algunas reglas con el fin de hacer más claro el texto, según
Toutier-Bonazzi (1991):

• Los pasajes poco audibles pueden colocarse entre corchetes.


• Las dudas, los silencios, las rupturas sintácticas se señalan con puntos
suspensivos.
• Las personas nombradas, si es precisa la discreción, se deben designar
por iniciales.
• Las palabras expresadas con una entonación fuerte se imprimirán en ca­
racteres gruesos.
• Los errores flagrantes por parte del entrevistado (fechas, nombres, etc.)
se corregirán en nota.

8.2. La construcción social de la memoria: los archivos orales


y los principales proyectos en Internet

Desde que en 1983 se presentó el primer archivo de Historia Oral en España en


el Instituto Municipal de Historia de Barcelona ha tenido lugar un largo, fruc­
tífero y costoso proceso de creación de numerosos archivos orales en nuestro
país. Entre los principales archivos existentes en la actualidad que han recogido
Las fuentes orales 225

fuentes orales realizadas por historiadores o han emprendido proyectos propios


de recogida, destacan:

• Archivo del Instituto Municipal de Historia (Barcelona): se formó a par­


tir de las donaciones de Ronald Fraser (270 cintas) sobre la guerra civil
española. Después ha recibido importantes legados sobre anarquismo,
presas antifascistas, resistencia antifranquista...
• Centro Documental de la Memoria Histórica (Salamanca): tiene el fon­
do del Seminario de Fuentes Orales de la Universidad Complutense de
Madrid (“ Mujeres en Madrid durante la Guerra Civil” , “ Conflictos
obreros y Transición” , “La escuela franquista” , “ Clases populares y ur­
banismo” ...), el de la Brigada Internacional Abraham Lincoln (127 en­
trevistas en vídeo y 63 en audio) y el del Exilio Español en México (116
entrevistas).
• Red de Archivos de Comisiones Obreras: entrevistas depositadas en su
Fundación Cipriano García (Cataluña), Fundación Juan Muñiz Zapico
(Asturias), Fundación de Estudios e Investigaciones Sociolaborales (Va­
lencia), Archivo Histórico de CC. OO. de Andalucía y Arquivo Histórico
do Sindicato Nacional de CC. OO. de Galicia. Tratan sobre la vida labo­
ral y condiciones de vida de los trabajadores.
• Fundación de los Ferrocarriles Españoles: 29 entrevistas sobre la historia
social de los ferroviarios de RENFE.
• Fundación Francisco Largo Caballero: 154 entrevistas sobre historia del
movimiento obrero, sindicalismo, relaciones laborales, salud laboral, et­
cétera.
• Universidad Nacional de Educación a Distancia, Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas: testimonios clasificados en dos series: “España interior
y “ España y las relaciones internacionales” . La primera se centra en el
periodo de la Guerra Civil, régimen de Franco y la Transición.

Además de estos archivos, Internet nos ofrece entre sus páginas web multi­
tud de proyectos de fuentes orales. Entre los más importantes de España pode­
mos destacar los siguientes:•

• Mujer y Memoria. Madres e Hijas de la Transición Española: un Proyec­


to de Historia Oral: se trata de un espacio digital creado para albergar
proyectos que recuperen y difundan la memoria histórica de las mujeres
españolas del siglo xx. El primero de estos proyectos, Madres e Hijas de
la Transición Española, es un archivo audiovisual que recoge, preserva y
presenta de forma interactiva relatos de vida de mujeres españolas que se
hicieron adultas y madres durante el. franquismo. Sus hijas, cuyas vidas
226 M étodos de investigación histórica

han transcurrido, en su mayor parte, durante la Transición y la Demo­


cracia, las entrevistan.
Al hilo de sus preguntas, las narradoras recuerdan sus vivencias de
los años previos