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DECLARACIÓN SOBRE LA SITUACIÓN EN VENEZUELA Y LA POLÍTICA

EXTERIOR DEL GOBIERNO DE SEBASTIÁN PIÑERA

La revolución bolivariana se ha descompuesto. Las instituciones democráticas se han degradado, la


economía se ha arruinado y la sociedad se ha polarizado a un punto extremo. El 1que fuera el país
más próspero de América Latina enfrenta una grave penuria de alimentos y medicinas que ha
alcanzado el nivel de crisis humanitaria.
Venezuela dejó de ser un estado de derecho para convertirse progresivamente en una forma de
dictadura. La pérdida de legitimidad democrática de la presidencia de Maduro ha sido el producto de
cuatro hechos fundamentales: a) la negativa a realizar el referéndum revocatorio; b) la clausura de
las facultades y atribuciones de la Asamblea Nacional elegida democráticamente; c) el
establecimiento sin sujeción a sus propias reglas constitucionales de la consulta previa de una
Asamblea Constituyente y d) la convocatoria, con un plazo absurdamente anticipado y en medio de
una falta completa de consenso de la elección presidencial que le “dio” un nuevo mandato de seis
años, pese a las objeciones tanto internas como de muchos organismos de la comunidad
internacional. Así, Maduro perdió la “legitimidad de origen de su régimen” ganada en la elección de
2013 y se fue deslizando hacia un ejercicio del poder cada día más arbitrario y menos tolerante por
lo que no está en condiciones de seguir gobernando. La salida a la crisis pasa por un acuerdo entre
las principales fuerzas venezolanas que conduzca mediantes elecciones generales bajo supervisión
internacional al restablecimiento pleno del ejercicio democrático en el plazo más corto posible.
Una democracia renovada en Venezuela debe ser el producto de la acción social y política de su propio
pueblo. La democracia supone el respeto a la voluntad soberana de la Nación. No todos los medios
son legítimos para producir un cambio. La amenaza de una intervención armada por parte del
gobierno Trump es completamente inadmisible. Tampoco lo es la amnistía ofrecida por la Asamblea
Nacional a todos los militares que favorezcan el término del régimen; esta no puede extenderse a
eventuales crímenes de lesa humanidad y quienes pudieran haberlos cometido deben ser juzgados
por tribunales independientes. Una democracia sana no se construye ni sobre la base de la amenaza
militar externa o interna ni tampoco sobre la impunidad.
La experiencia de otras transiciones demuestra que la forma en que se produce la salida del régimen
autoritario o del dictador es determinante para la calidad del gobierno democrático que se instala
después. Una intervención militar podría generar una situación prolongada , desastrosa e
inmanejable para el nuevo gobierno.
La administración Trump ha transformado a Venezuela en un asunto de política interior. Para alcanzar
su reelección Trump necesita imperiosamente algún triunfo político internacional. Lo está buscando
en Venezuela y recurre para ello a métodos que nos retrotraen al siglo pasado pero que en el siglo
XXI debieran ser absolutamente inadmisibles para todo latinoamericano.
Es legítima la preocupación internacional por lo que acontece en Venezuela. Los derechos humanos
tienen una dimensión global. Los países no pueden permanecer indiferentes frente a sus violaciones
sistemáticas en cualquier parte del mundo. El gobierno de Chile así como el resto de los que
constituyen el llamado “Grupo de Lima” ha sido sin embargo extremadamente débil en la defensa de
una salida pacífica a la crisis venezolana. En los hechos se ha plegado a la estrategia norteamericana.
No podemos los latinoamericanos exponer a ninguno de nuestros países al peligro que el Papa
Francisco, que conoce bien esta región, llamó un "baño de sangre".
La posición del gobierno de Chile rompe con la tradición de autonomía de nuestra política exterior y
está incluso muy por debajo de la actitud asumida por otro gobierno conservador en una situación
como la de Cuba en 1962. En esa oportunidad, el gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez resistió
todas las presiones ejercidas por el gobierno norteamericano para obligarnos a plegarnos a su política
de sanciones y de expulsión de Cuba de la OEA. Chile dignamente se abstuvo. Hay que resaltar
además la gestión del canciller Gabriel Valdés, en el gobierno de Frei Montalva, cuando asumió el
liderazgo del Consenso de Viña del Mar en representación de todos los países de América Latina
frente a la administración del presidente Nixon.
Asimismo se destaca la contribución que hizo Chile bajo el gobierno de la Pdta. Bachelet en su
condición de garante de los Acuerdos de Paz en Colombia. Recordamos también con orgullo nacional
como el Pdte. Lagos resistió las presiones del gobierno de George Bush para apoyar en el Consejo
de Seguridad de la ONU la invasión a Irak bajo supuestos que se demostraron falsos.
Para la opinión pública es sobradamente conocido que tradicionalmente la política exterior de Chile
se ha practicado como “Política de Estado”, lo que quiere decir que las decisiones significativas se
adoptan con consultas a las instituciones públicas: Senado y Cámara de diputados, así como partidos
políticos, internacionalistas, ex cancilleres, agrupaciones empresariales y sociales.
Esa gran tradición no inspira a los actuales gobernantes. El gobierno de Sebastián Piñera está
abandonado la política de Estado y optando por un sistema inconsulto que traerá consecuencias.
Romper relaciones con un país, sin escuchar opinión alguna, es un acto sumamente grave, lo mismo
ocurre con las posiciones chilenas en el Grupo de Lima, en el que aparece nuestro país impulsando
una política de resoluciones agresivas que más parecen buscar la confrontación o el simple cambio
de bando. En los hechos se trata de una posición que no discrimina entre democracia y dictadura,
sino entre presuntos amigos y enemigos. E incluso los amigos se limitan a aquellos que rehúyen el
dialogo.
La posición de Chile sobre Venezuela no constituye un caso aislado. Representa no solamente un
sistema de decisiones inconsultas, sino que una política sistemática de distanciamiento respecto de
dos pilares fundamentales de nuestra política exterior: la defensa del multilateralismo y la integración
regional. En efecto, de manera sorprendente, el gobierno actual decidió no suscribir el Acuerdo de
Escazú sobre el Acceso a la Información, Participación Pública y Acceso a la Justicia en Asuntos
Ambientales en América Latina y el Caribe. Esto no obstante haber sido uno de sus principales
redactores. Asimismo, de manera completamente inconsulta decidió no suscribir el Pacto Mundial
sobre Migración aprobado en Marrakech por la inmensa mayoría de los países miembros de la ONU
Lo mismo se puede decir del congelamiento de la participación en UNASUR sin pensar siquiera en su
reforma y anunciar la pronta creación de una nueva organización, PROSUR, de marcado signo
ideológico conservador sin ninguna garantía de solidez en el mediano y largo plazo.
Chile debe rectificar su política exterior. Se le hace grave daño al país cuando esta se instrumentaliza
para obtener réditos de política interna. El uso de la migración y los constantes ataques a la ex Pdta.
Bachelet, la chilena de mayor figuración internacional en su condición de Alta Comisionada para los
DDHH de Naciones Unidas, son ejemplos del estrabismo de la política exterior. En lugar de sostener
un diálogo cercano y discreto, por ejemplo, sobre el tema de Venezuela u otro, aprovechando la
condición de chilena de Michelle Bachelet, se le exige por razones subalternas de política interna o
bien por ignorancia supina, que realice actividades, declaraciones o acciones, como si tratara de la
representante de una ONG y no de un alto organismo de las Naciones Unidas, con procedimientos,
atribuciones y facultades, establecidas por la Asamblea General y su Consejo de Seguridad donde no
existe consenso sobre esta materia.
Es también una manifestación de ruptura con la política de Estado el rechazo a priori del Grupo de
Montevideo con el cual se debiera trabajar sin olvidar la permanente cooperación europea en
materias políticas y de desarrollo en América Latina.
Llamamos al Congreso Nacional, a los partidos políticos, a las Universidades, a las asociaciones
empresariales, estudiantiles y sindicales a debatir sobre estas cuestiones de importancia
trascendental. La política exterior no puede continuar al servicio de intereses políticos domésticos.
Esta no es la respetable tradición de Chile.

Isabel Allende , Senadora


Sergio Bitar
Karina Delfino, Vicepresidenta de la Mujer, Partido Socialista
Adriana Delpiano
Karen Herrera, Encargada Internacional , Partido Democráta Cristiano
José Miguel Insulza, Senador, ex Ministro de RREE
Mariano Fernández, ex Ministro de RREE, ex Embajador en EEUU
Jaime Gazmuri
Juan Pablo Letelier, Senador
Luis Maira
Carlos Eduardo Mena, ex Embajador en Brasil
Carlos Ominami
Pedro Felipe Ramirez, ex Embajador en Venezuela
Osvaldo Rosales, ex Director de Relaciones Económicas Internacionales
Ana Lía Uriarte
Cecilia Valdés, Vicepresidenta Nacional, Partido Democráta Cristiano