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Seyla Benhabib

LOS DERECHOS DE LOS OTROS

C la *D e *M a
Filosofía
LOS DERECHOS
DE LOS OTROS

Extranjeros, residen tes y ciudadan os

Seyla Benhabib
T it u lo (lol III l^ llin l
Tin- HitfhtN of'Othvnt Alir ti a, Rflsidents and Citizens
<D( ¡iimbridge Unlvornlty Press, 2004

(D Seyla B enhabib, 2004

'lYaducción: G abriel Z adunaisky

Ilustración de cubierta: Edgardo C arosia

P rim era edición: mayo de 2005, B arcelona

Derechos reservados p a ra todas las ediciones en castellano

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Im presión, en form a idéntica, ex tractad a o modificada, en castellano o
• n cualquier otro idioma.
índice

A g r a d e c i m i e n t o s ............................................................................................. 11

In tro d u c c ió n .................................................................................. 13

1. Sobre la hospitalidad: una relectura del derecho


cosmopolita de Kant .............................................................. 29

2. «El derecho a tener derechos»: H annah A rendt


y las contradicciones delE sta d o -n a c ió n ............................... 45

3. El Derecho de Gentes, la justicia distributiva


y las m igraciones...................................................................... 61

4. Transformaciones de la ciudadanía: la U nión Europea . . . 97

5. Iteraciones democráticas: lo local, lo nacional


y lo g lo b al.................................................................................. 125

Conclusión. El federalismo cosmopolita ................................. 151

Notas .............................................................................................. 157

B ib l io g r a f ía ....................................................................................................... 169

ÍND1CK TEMÁTICO ............................................................................................... 181


« N in g ú n ser hum an o es ilegal»

M archa p o r la libertad
de los trabajadores inm igrantes 2003

4 de o ctu b re de 2003
Q ueens, N u ev a Y ork
Agradecimientos

Este libro presenta la versión revisada y expandida de mis Conferencias


John Robert Seeley, pronunciadas por invitación de la universidad de
Cambridge en King’s College entre el 27 de abril y el 2 de mayo de
2002. Agradezco a G areth Stedman Jones y Miri Rubin su generosa
hospitalidad durante este período. U n especial agradecimiento a Q uen-
tin Skiner bajo cuyos auspicios fui invitada a darlas. Susan James, Istvan
H ont, O nora O ’Neill, John Dunn, Richard Tuck, Emma Rothschild,
Am artya Sen y A ndrew Kuper enriquecieron mi estancia en C am brid­
ge con sus preguntas y comentarios.
Entre las muchas ocasiones en que presenté las ideas reunidas en es­
te volumen, los debates en los Coloquios de Teoría Legal de la Facul­
tad de Derecho de Yale en febrero de 2002 fueron una de las más me­
morables. Agradezco al decano A nthony Kronman, que los presidió, y
a mis colegas Bruce Ackerman, O w en Fiss, Paul Kahn, Judith Resnik
y Reva Siegel por posteriores conversaciones y comentarios. Estoy
particularmente agradecida a Judith Resnik po r aportarme las referen­
cias legales internacionales pertinentes.
Mis colegas de la Universidad de Toronto Joseph Carens, Melissa
Williams, A udrey Macklin y Jennifer Nedelsky me escucharon presen­
tar parte de este material bajo los auspicios de las Conferencias Priest-
ley en octubre de 2003. Les estoy agradecida p o r sus comentarios inci­
sivos.
Por sus preguntas y reflexiones sobre Kant, A rendt y la U nión Eu­
ropea, también mi reconocimiento a Veit Bader, Rainer Bauboeck, Jay

//
Hcrnstcin, Richard J. Bernstein, Jam es B ohm an, N ancy Fraser, M orris
Kaplan, Riva K astoryano, Jo h n M cC orm ick, M ax Pensky, U lrich
Prcuss y Sayres Rudy. E stoy particularm ente agradecida a C arolin
r.mckc p o r sus ideas respecto de los capítulos 3 y 5, y a N ancy K okaz
por su defensa entusiasta de Raw ls contra mis críticas. U n especial
agradecim iento para W illem Maas p o r m uchas conversaciones acerca
de la ciudadanía d en tro de la U n ió n E uropea, y en particular p o r su
ayuda con el capítulo 4. M elvin Rogers fue u n asistente indispensable
en la preparación de bibliografía y p o r su ayuda con las referencias a lo
largo de to d o el trabajo. D avid Leslie aportó ayuda de edición crucial
en las etapas finales de este libro.
Palabras especiales de gratitud van a mi familia, mi hija, Laura, y mi
m arido, Jim Sleeper, que me acom pañaron desde B oston a A m sterdam ,
a L ondres, a E stam bul y C o nnecticut, a m edida que este libro fue to ­
m ando form a a lo largo de m uchos viajes, cruces de frontera y c o n tro ­
les de pasaporte.
Partes del capítulo 1 han aparecido previam ente com o «O f guests,
aliens and citizens: rereading K an t’s cosm opolitan right», en Pluralism
and the Pragm atic Turn: The Transformation o f Critical Theory. Essays
in H o n o r o f Thom as M cC arthy, com ps. W illiam Rehg y James Boh-
man (C am bridge, M A, M IT Press, 2001). El capítulo 2 ha sido publica­
do en parte com o «Political geographies in a changing w orld: A rend-
tian reflections», Social Research, vol. 69, núm . 2 (verano 2002), pp.
539-556; m aterial del capítulo 4 está incluido en «Transform ations of
citizenship: the case of con tem p o rary E urope», G overnm ent a n d O p-
position, vol. 37, núm . 4 (o to ñ o 2002), pp. 439-465. Mis Conferencias
Seeley expanden, revisan y co n tin ú an reflexiones que inicié en mis
C onferencias Spinoza bajo el títu lo Transformations o f Citizenship:
D ilem m as o f the N a tio n -S ta te in the Era o f G lohalization (A m ster­
dam, Van G orcum , 2001), co p y rig h t Seyla Benhabib.
Finalm ente, m uchas gracias a R ichard Fisher, K aren A nderson H o -
wes y A lison Pow ell de la C am bridge U niversity Press. Fue un placer
trabajar con ellos.
Introducción

Este libro examina las fronteras de la com unidad política centrándose


en la m em bresía política. P o r m em bresía política quiero significar los
principios y prácticas para la incorporación de forasteros y extranjeros,
inm igrantes y recién venidos, refugiados y asilados, en entidades p o lí­
ticas existentes. Las fronteras políticas definen a algunos com o m iem ­
bros, a o tro s com o extranjeros. La condición de m iem bro, a su vez, es
significativa solo cuando se ve acom pañada de rituales de ingreso, acce­
so, pertenencia y privilegio. El sistem a m oderno de estados naciones ha
regulado la pertenencia en térm inos de una categoría principal: la ciu­
dadanía nacional. H em os en trad o en una era en la que la soberanía del
E stado se ha visto raída, y la institu ció n de la ciudadanía nacional ha si­
do desagregada o desem paquetada en diversos elem entos. H an em ergi­
do nuevas m odalidades de m em bresía, con el resultado de que las fro n ­
teras de la com unidad política, tal com o las define el sistema de estados
naciones, ya no son adecuadas para regular la condición de m iem bro.
La m em bresía política rara vez ha sido considerada u n aspecto im ­
p o rtan te de la justicia nacional o internacional. Ju n to con la «invisibili-
dad» de las fronteras del E stado, tam bién han sido invisibles las p rácti­
cas e instituciones que regulan la adm isión y la pérdida de la condición
de m em bresía política y no han estado sujetas al estudio y el análisis
teórico. Q u ie ro argum entar que las migraciones transnacionales y los
asuntos constitucionales así com o políticos sugeridos p o r el m ovi­
m iento de las gentes a través de las fronteras de los estados son centra­
les pai . 1 l.r. i dril iones mlei estatales y por tanto para una teoría n orm a­
tiva ilc la justicia global.
Recientes intentos de desarrollar teorías de justicia internacional y
global han m antenido un curioso silencio sobre la cuestión de la m igra­
ción (véanse Pogge, 1992; Buchanan, 2000; Beitz, [1979] 1999 y 2000).
Pese a sus críticas a los supuestos Estadocéntricos, estos teóricos no han
cuestionado la piedra basal del Estadocentrism o, que es el control po li­
cial y la protección de las fronteras del Estado contra extranjeros e in­
trusos, refugiados y solicitantes de asilo. El control de la migración -d e
la inm igración tanto como de la em igración- es crucial para la soberanía
del Estado. Todos los llam amientos a desarrollar concepciones «post-
westfalianas» de la soberanía (Buchanan, 2000 y 2001) son ineficaces si
no abordan tam bién la regulación norm ativa de los m ovimientos de las
gentes a través de las fronteras territoriales. D esde un p unto de vista fi­
losófico, las migraciones transnacionales destacan el dilema constitutivo
en el corazón de las democracias liberales: entre las afirmaciones de la
autodeterm inación soberana p o r u n lado y la adhesión a los principios
universales de los derechos hum anos p o r el otro. Sostendré que las
prácticas de la m embresía política se entienden m ejor a través de una re­
construcción interna, de estos com prom isos dobles.
N o sólo hay tensión, sino a m enudo una contradicción directa, en­
tre las declaraciones de derechos hum anos y la defensa de los estados
de su derecho soberano a contro lar sus fronteras así com o a controlar
la calidad y cantidad de quienes son adm itidos. N o hay soluciones fá­
ciles a los dilemas planteados p o r estos com prom isos duales. N o me
pronunciaré a favor de term inar con el sistema estatal ni con el de la
ciudadanía m undial. Más bien, siguiendo la tradición kantiana del fede­
ralismo cosm opolita, destacaré la significación de la pertenencia dentro
de com unidades delimitadas p o r fronteras y defenderé la necesidad de
«adhesiones dem ocráticas» que pueden no estar dirigidas solo a estruc­
turas de estados naciones existentes. M uy al contrario, al desagregarse
la institución de la ciudadanía (véase cap. 4) y al sufrir una creciente
tensión la soberanía estatal, em ergen en el m undo contem poráneo es­
pacios subnacionales tanto com o supranacionales para adhesiones y
acciones dem ocráticas, las cuales deben prom overse con, en vez de en
lugar de, los entes políticos existentes. Es im portante respetar las rei­
vindicaciones de diversas com unidades democráticas, incluyendo sus
autocom prensiones distintivas en m ateria cultural, legal y constitucio­
nal, fortaleciendo a la vez su com prom iso con norm as emergentes de
justicia cosm opolítica.
Mi posición difiere de recientes teorías neokantianas de justicia in­
ternacional que dan precedencia a cuestiones de distribución de recur-

N
sos y derechos antes que a cuestiones de m em bresía. Sostengo que una
teoría cosm opolita de justicia no puede restringirse a esquemas de dis­
tribución justa en escala global, sino que tam bién deben incorporar
una visión de membresía justa. Tal m em bresía justa implica: reconocer
el derecho m oral de los refugiados y asilados a una prim era adm isión;
un régim en de fronteras porosas para los inm igrantes; un m andato con­
tra la desnacionalización y la pérdida de derechos de ciudadanía, y la
reivindicación del derecho de todo ser hum ano «a tener derechos», es
decir, a ser una persona legal, con ciertos derechos inalienables, no im ­
porta cuál sea su condición de membresía política. La condición de fo­
rastero no debería privarlo a u n o de derechos fundam entales. Es más,
la m em bresía justa tam bién implica el derecho de ciudadanía p o r parte
del forastero que ha cum plido ciertas condiciones. La extranjería p e r­
m anente no es solo incom patible con una com prensión liberal-dem o­
crática de la com unidad hum ana; tam bién es una violación de derechos
hum anos fundam entales. El derecho a la m em bresía política debe aco­
m odarse con prácticas que sean no discrim inatorias en su alcance,
transparentes en su form ulación y ejecución y justiciables cuando sean
violadas p o r estados y otros órganos de tipo estatal. D ebe cuestionar­
se la doctrina de soberanía estatal, que hasta ahora ha im pedido la
investigación de decisiones de naturalización, aceptación com o ciuda­
dano y desnacionalización p o r las cortes internacionales y constitucio­
nales.

Crisis de territorialidad

Las cuestiones de fronteras políticas y m em bresía se han vuelto p arti­


cularm ente relevantes p o rq u e el m odelo w estfaliano de la soberanía es­
tatal está en crisis p o r m uchas razones.1 El m odelo «westfaliano» p re­
supone que hay una autoridad política dom inante y unificada cuya
jurisdicción sobre un pedazo de territorio claram ente dem arcado es su­
prem a. La eficacia y la relevancia norm ativa de este m odelo están sien­
do cuestionadas p o r el ascenso de una econom ía global a través de la
form ación de mercados libres en capital, finanzas y trabajo; la crecien­
te internacionalización del arm am ento, la com unicación y las tecnolo­
gías inform ativas; el surgim iento de redes y esferas electrónicas cultu­
rales internacionales y transnacionales y el desarrollo de actores
políticos sub y transnacionales. La globalización coloca las funciones
adm inistrativo-m ateriales del Estado en contextos crecientem ente vo­
látiles que exceden en m ucho la capacidad de cualquier Estado indivi­
dual de influir en decisiones y resultados. El E stado-nación es demasia-
do |u ’(|iiciit»para .............ai I"1' problem as económ icos, ecológicos, in-
num ologicos e inform ativos creados p o r el nuevo medio, y al m ism o
tiem po es dem asiado grande para dar lugar a las aspiraciones de m ovi­
m ientos sociales y regionalistas m otivados p o r cuestiones de identidad.
Majo estas condiciones, la territorialidad se ha vuelto una delim itación
anacrónica de funciones m ateriales e identidades culturales; sin em bar­
go, aun ante el colapso de conceptos tradicionales de soberanía, se ejer-
ce el m onopolio sobre el territo rio a través de políticas inm igratorias y
de ciudadanía.
Se estima que, m ientras en 1910 aproxim adam ente 33 millones de
individuos vivían en países distintos del suyo com o migrantes, para el
ano 2000 esa cifra había alcanzado los 175 millones. E n el transcurso de
este m ismo período (1910-2000), la población del m undo se estima que
creció de 1.600 a 5.300 millones, es decir, se triplicó (Zlotnik, 2001:227).
En com paración las m igraciones se increm entaron seis veces en el cur­
so de estos noventa años. Es llam ativo que más de la m itad del in­
crem ento de los m igrantes de 1910 a 2000 se dio en las últim as tres dé­
cadas y m edia del siglo X X , entre 1965 y 2000. E n este período 75
millones de personas em prendieron traslados a través de fronteras pa-
i ,i establecerse en países distintos de los de su origen (N aciones U ni-
ilas, D epartam ento de A suntos Económ icos y Sociales, 2002).
M ientras los m ovim ientos m igratorios en la segunda m itad del si-
i;lo XX se han acelerado, el dram a de los refugiados tam bién ha creci­
do. H ay casi 20 m illones de refugiados, asilados y «personas desplaza­
das internam ente» en el m undo. Los países de E u ro p a y el hem isferio
norte ricos en recursos enfrentan un creciente núm ero de m igrantes,
pero son principalm ente naciones en el hem isferio sur, tales com o
( ihad, Pakistán e Ingushetia, las que albergan a cientos de miles de re­
fugiados que h u y en de guerras en países vecinos com o la República
( .entroafricana, A fganistán y C hechenia (Rieff, 2003).
C om o ha observado u n reflexivo estudiante de tendencias inm igra­
torias m undiales, «a lo largo de los últim os cien años, la m igración in­
ternacional a m enudo ha estado en el centro de los principales eventos
qUO rcm odelaron el m undo. El siglo XX com enzó con una década en la
cual la m igración transatlántica alcanzó niveles sin precedentes y cerró
con una en la que la m igración de países en desarrollo a desarrollados y
de los países del bloque oriental a O ccidente ha sido igualm ente eleva­
da» (Z lotnik, 2001:257).
R econocer tales tendencias no tiene p o r qué com prom eterlo a uno
con afirmaciones exageradas acerca del «fin» del sistema de estados. La
paradoja de los actuales eventos políticos es que, si bien la soberanía es-
latal en los dom inios económ ico, m ilitar y tecnológico se ha visto

l(>
am pliam ente erosionada, ésta continúa reafirm ándose vigorosam ente y
las fronteras nacionales, aunque más porosas, siguen allí para m antener
afuera a extranjeros e intrusos. Las viejas estructuras políticas pueden
haber declinado pero las nuevas form as políticas de la globalización
aún no están a la vista.
Somos com o viajeros navegando p o r u n terreno desconocido con la
ayuda de viejos mapas, hechos en u n m om ento diferente y en respues­
ta a necesidades diferentes. M ientras el terreno en el que viajamos, la
sociedad m undial de estados, ha cam biado, nuestro m apa norm ativo
no lo ha hecho. N o preten d o tener un nuevo m apa para reem plazar al
antiguo, pero espero co n trib u ir a una m ejor com prensión de las líneas
de falla em ergentes del territo rio desconocido que atravesamos. Las
crecientes incongruencias norm ativas entre las norm as de derechos h u ­
manos internacionales, en particular en lo que atañe a los «derechos de
otros» -inm igrantes, refugiados y asilados- y la afirm ación de la sobe­
ranía territo rial son los rasgos novedosos de este nuevo paisaje.

Un régimen internacional de derechos humanos

El p erío d o com prendido a p artir de la D eclaración U niversal de los


D erechos del H o m b re de 1948 ha atestiguado el surgim iento de n o r­
mas de derechos hum anos internacionales. Los m ovim ientos de p erso ­
nas a través de fronteras y en particular los de refugiados y asilados,
ahora están sujetos a un régim en internacional de derechos hum anos.2
E ntiendo p o r régim en de derechos hum anos internacional u n conjun­
to de regím enes globales y regionales interrelacionados que se super­
ponen parcialm ente y que incluyen tratados de derechos hum anos junto
con la ley internacional consuetudinaria o la «ley blanda» internacional
(expresión utilizada para describir acuerdos internacionales que no son
tratados y p o r tanto no están cubiertos p o r la C onvención de Viena so­
bre la Ley de Tratados) (N eum an, 2003).
Estam os presenciando este desarrollo en al m enos tres áreas interre-
lacionadas.

Crím enes contra la hum anidad, genocidio y crímenes de guerra

El concepto de crímenes contra la hum anidad, articulado p o r prim era


vez po r las potencias aliadas en los juicios de N u rem berg de criminales
de guerra nazis, estipula que los funcionarios del Estado, al igual que los
individuos privados, deben tratarse en concordancia con ciertas norm as
lu jo condiciones de hostilidad extrema y gue-
u n l u s o \ | >ii i i ' . . m í e n l e
ii .i Se proscriben I.i limpieza étnica, las ejecuciones en masa, la viola-
. mu v Ion castigos crueles e inusuales al enem igo tales com o desm em -
I>i am iento, que se dan bajo condiciones de un «ataque extendido o
sistemático», y to d o esto puede constituir bases suficientes para la acu-
•..u ion y el procesam iento de individuos responsables de estas acciones,
.muque sean o hayan sido funcionarios del E stado o subordinados que
.u t uaron bajo órdenes. La frase del soldado y el b u ró crata-« S o lo esta-
b.i cum pliendo con mi d eb er» - ya no es argum ento aceptable para
abrogar los derechos de la hum anidad en la persona del otro, aun cuan­
do y especialm ente cuando el o tro sea su enemigo.
I .1 continua rearticulación de estas categorías en las leyes interna­
cionales y, en particular, su extensión de situaciones de conflicto arm a­
do internacional a guerras civiles dentro de u n país y a las acciones de
Kobiei nos contra su p ropio pueblo, a su vez ha alentado la aparición
«leí concepto de «intervenciones hum anitarias».3

lu lo venciones hum anitarias

I .......... .. práctica de la intervención hum anitaria, a la que apelaron


I ti.idos I luidos y sus aliados de la O T A N para justificar sus acciones
........ i I.i limpieza étnica y los continuos crímenes contra la población
< i v1 1 en llosnia y Kosovo, sugieren que, cuando u n E stado-nación so-
lu'iiino viola notoriam ente los derechos hum anos básicos de u n seg­
mento ile su población en razón de su religión, raza, etnia, lenguaje y
i ulnn.i, existe una obligación m oral generalizada de term inar con ac-
. iones i.iles com o eTgenocidio y los crímenes contra la hum anidad
(lint hanan, 2001). E n tales casos las norm as de derechos hum anos es-
i .in por encima de la reivindicación de soberanía estatal. N o im porta lo
controvertidas que puedan ser en térm inos de interpretación y aplica-
c ion, las intervenciones hum anitarias se basan en el creciente consenso
de que In soberanía del Estado para disponer en cuanto a la vida, la li­
ben,ul y la propiedad de sus ciudadanos o residentes no es incondicio­
nal ni ilimitada (D oyle, 2001). La soberanía del Estado ya no es el árbi-
iro últim o del destino de ciudadanos o residentes. El ejercicio de la
sobeianía estatal, incluso d en tro de las propias fronteras, está en form a
i iec icnte sujeto a norm as internacionales reconocidas que prohíben el
l’ctmcidio, el etnocidio, las expulsiones en masa, la esclavización, la
violación y los trabajos forzados.

IN
La tercera área en la que las norm as internacionales de derechos hum a­
nos están creando guías obligatorias para la voluntad de los estados na­
ciones soberanos es la de la migración internacional. Las intervenciones
humanitarias tienen que ver con el trato dado p o r los estados naciones a
sus ciudadanos o residentes; los crímenes contra la hum anidad y los crí­
menes de guerra conciernen a las relaciones entre enemigos u oponentes
tanto en marcos nacionales com o extraterritoriales. Las migraciones
transnacionales, en cambio, corresponden a los derechos de individuos
-n o en la m edida en que se los considera m iem bros de comunidades
concretas delimitadas, sino en la m edida en que son seres humanos sim-
pliciter- cuando entran en contacto con com unidades delimitadas terri­
torialm ente, buscan ingresar en ellas o quieren convertirse en miem bros
de ellas.
La D eclaración U niversal de los D erechos H um anos (N aciones
U nidas, 1948) reconoce el derecho a la lib e r t a d d e m ovim iento a tra ­
vés de las fronteras: el derecho a e m ig ra r-e s decir, a dejar el p aís-, pe^
ro no el derecho a inm igrar, es decir, el derecho a entrar en u n país
(artículo 13). El artículo 14 establece el derecho a disfrutar del asilo
bajo ciertas circunstancias, m ientras que el artículo 1 de la D eclaración
proclam a que todos tienen «el derecho a una nacionalidad». La segun­
da m itad del artículo 15 estipula que «A nadie se privará arbitraria­
m ente de su nacionalidad ni del derecho a cam biar de nacionalidad»
(w w w .u n h ch r.ch /u d h r/lan g /sp n .h tm ).
La D eclaración Universal guarda silencio sobre la obligación de los
estados de perm itir el ingreso de inmigrantes, sostener el derecho de asi­
lo y perm itir la ciudadanía a residentes y ciudadanos extranjeros. Estos
derechos no tienen destinatarios específicos y no parecen establecer
obligaciones específicas que deben cum plir las segundas y terceras partes
implicadas. Pese al carácter transnacional de estos derechos, la Declara­
ción sostiene la soberanía de los estados individuales. Así se incorporan
a la lógica de los docum entos legales internacionales más abarcantes una
serie de contradicciones internas entre los derechos hum anos universa­
les y la soberanía territorial.
La C onvención de G inebra de 1951 Relativa al E statuto de Refugia­
dos y su Protocolo agregado en 1967 son los segundos en im portancia
entre los docum entos legales internacionales que gobiernan los m ovi­
m ientos transnacionales. A un así, ni la existencia de estos docum entos
ni la creación del Alto C om isionado de las N aciones U nidas para los
Refugiados han alterado el hecho de que esta C onvención y Protocolo
son de cum plim iento obligatorio solo para los estados firmantes y pue­
den si-i clt'Si unoi idos com pletam ente por los no firm antes y, en ciertos
m o m e n to s , incluso p o r los estados firmantes.
Algunos lamentan el hecho de que, dado que se invocan en form an
i reciente las normas de derechos hum anos internacionales en disputas
relacionadas con inm igración, refugiados y asilo, las naciones territo-
i ialmente delimitadas no solo se ven cuestionadas en su derecho a con­
trolar sus fronteras sino tam bién en su prerrogativa de definir las
-I rom eras de la com unidad nacional» (Jacobson, 1997: 5). O tros criti-
i an la Declaración Universal p o r no avalar el «cosm opolitism o in ter­
nacional» y por sostener u n orden «interestatal» en vez de un orden
verdaderam ente cosm opolita internacional (O ’Neill, 2000: 180). Pero
hay una cosa clara: el trato de los estados a ciudadanos y residentes
dentro de sus fronteras ya no es una prerrogativa libre. U na de las pie-
di.ts angulares de la soberanía westfaliana, a saber, que los estados dis-
lim an de la autoridad últim a sobre todos los objetos y sujetos dentro
tic mi territorio circunscrito, ha sido deslegitimada a través de la ley in-
tei nacional.
I ( Hales deberían ser entonces los principios norm ativos guía para
11 |<i i tenencia, en un m undo de políticas crecientem ente desterritoria-
ll/adrtN?

Ii « i i . i discursiva y membresía política

AIu »i do la membresía política desde el pu n to de vista de la ética discur­


siva y una teoría norm ativa de democracia deliberativa (véase Benha-
I»il». I‘>92; 11996] 2003; 2002a). La pertenencia y cuestiones relaciona­
das de inclusión y exclusión han sido molestas para la teoría discursiva
desde mis inicios. La prem isa básica de la ética discursiva afirma que
-solo son válidas aquellas norm as y arreglos institucionales norm ati­
vos que pueden ser acordadas p o r todos los interesados bajo situacio­
nes especiales de argum entación llamadas discursos» (véanse H aber-
mas, 11983] 1990; Benhabib, 1992: 29-67; 2002a: 107-114). Llamo a este
principio una m etanorm a, en el sentido de que normas específicas que
puedan considerarse válidas deben ser probadas a través de procedi­
mientos que respondan a este criterio. E n mi interpretación, esta meta-
norma presupone los principios de respeto m oral universal y reciproci­
dad igualitaria. El respeto universal significa que reconocem os los
dei cellos de todos los seres capaces de habla y acción com o participan­
tes en la conversación moral; el principio de reciprocidad igualitaria,
intei prelado dentro de los límites de la ética discursiva estipula que, en
los dist ursos, cada uno debería tener los mismos derechos a varios ac­
tos de habla, a iniciar nuevos temas y reclamar la justificación de los
presupuestos de las conversaciones.
D entro de la ética discursiva, el problem a del alcance, la cuestión de
quién debe ser incluido o no en discursos, siempre ha planteado una difi­
cultad. En una prim era lectura, la teoría parece excluir de la entidad m o­
ral y la representación moral a quienes no son capaces de habla y acción
plena. Según la fuerza con la que se defina «la capacidad de habla y de ac­
ción», m uchos seres que quisiéramos reconocer com o agentes morales y
víctimas morales, tales como niños muy pequeños, las personas de capa­
cidades diferentes y los enfermos mentales, parecerían quedar excluidos
de la conversación moral. Lo que es más, puede haber seres con los que
estamos en deuda por obligaciones morales y que pueden convertirse en
víctimas morales en virtud de ser impactados p o r nuestras acciones pero
que no pueden representarse a sí mismos: seres sensibles capaces de sen­
tir dolor, tales com o animales con sistemas nerviosos desarrollados y, se­
gún algunos, incluso los árboles y los ecosistemas, pues estos están vivos
y pueden verse afectados por nuestras acciones. ¿La ética discursiva puede
hacer justicia a sus demandas morales y su condición moral? He sugerido
en otros contextos que los intereses morales de seres que no son partici­
pantes plenos en discursos morales deberían ser y pueden ser efectiva­
mente representados en contextos discursivos a través de sistemas de re­
presentación moral (Benhabib, 1992: 58 n. 30; 2002a: 190-191, n. 7).
C onsiderado con relación al derecho a m em bresía política, el p ro ­
blema del alcance discursivo plantea un conjunto de dificultades dife­
rente. D ado que la teoría discursiva articula una postura moral univer­
salista, no puede limitar el alcance de la conversación moral solo a
quienes residen dentro de fronteras reconocidas nacionalmente; debe
ver la conversación moral com o extendiéndosej?otencialm ente a toda
la hum anidad. D icho sin rodeos, cada persona y todo agente moral que
tiene intereses y a quienes mis acciones y las consecuencias de mis ac­
ciones pueden im pactar y afectar de una m anera u otra, es potencial­
mente un participante en la conversación m oral conm igo: tengo la obli­
gación m oral de justificar mis acciones con razones ante este individuo
o los representantes de este ser. R espeto el valor m oral del otro recono­
ciendo que debo proveerle una justificación de mis acciones. Somos to ­
dos participantes potenciales en tales conversaciones de justificación.
Las estipulaciones de la ética discursiva, p o r tanto, no pueden exten­
derse al dom inio de la mem bresía política sin la ayuda de una m ayor
elaboración norm ativa, ni es necesario hacerlo. U n abordaje discursivo
debe poner limitaciones significativas a lo que puede contar com o prác­
ticas m oralm ente permisibles de inclusión y exclusión dentro de entes
políticos soberanos.
D eb id o a lo abierto de los discursos de justificación m oral habrá
una inevitable y necesaria tensión entre las obligaciones m orales y los
deberes resultantes de n uestra pertenencia a com unidades circunscritas
y la perspectiva m oral que debem os ad o p tar com o seres hum anos sim -
pliciter. D esde u n p u n to de vista universalista y cosm opolita, los lím i­
tes, incluyendo los lím ites y fronteras estatales, requieren una justifica­
ción. Las prácticas de inclusión y exclusión siem pre están sujetas a
cuestionam iento desde el p u n to de vista de la conversación m oral infi­
nitam ente abierta.
E sto co n fro n ta al teórico discursivo que exam ina prácticas de m em ­
bresía política con u n dilema: u n rasgo com ún de todas las norm as de
m em bresía, incluso - p e ro no s o lo - las norm as de ciudadanía, es que
quienes están afectados p o r las consecuencias de tales norm as y, en p ri­
m er lugar, p o r los criterios de exclusión, p e r definitionem , no pueden
ser p arte de su articulación. Las norm as de m em bresía afectan a quie­
nes n o son m iem bros, precisam ente distinguiendo a los pro p io s de los
extraños, a los ciudadanos de los no ciudadanos. El dilem a es el si­
guiente: una teoría discursiva es sim plem ente irrelevante para las p rá c­
ticas de m em bresía dado que n o puede articular n ingún criterio justifi­
cable de exclusión o sim plem ente acepta las prácticas existentes de
exclusión com o contingencias históricas m oralm ente neutras que no
requieren más validación. Pero esto sugeriría que una teoría discursiva
de la dem ocracia es quim érica en la m edida en que una dem ocracia p a­
recería req u erir u n cierre m oralm ente justificable que la ética discursi­
va no puede aportar.
A diferencia de los com unitarios, que reducen las dem andas de m o ­
ralidad a los derechos de com unidades específicas éticas, culturales y
políticas, y a diferencia de los realistas y posm odernistas, que son es­
cépticos respecto de que jamás se p uedan su b o rd in ar norm as políticas
a norm as m orales, el discurso ético insiste en la necesaria disyunción así
como en la necesaria m ediación entre lo m oral y lo ético, lo m oral y lo
político. La tarea que le com pete es de m ediaciones, no de reducciones.
¿C óm o se puede m ediar el universalism o m oral con el particularism o
ético? ¿C ó m o se p ueden m ediar norm as legales y políticas con norm as
morales? Las cuestiones de m em bresía nos co n frontan continuam ente
con tales desafíos de m ediación: si n o diferenciam os entre lo m oral y lo
ético, no podem os criticar las prácticas excluyentes de ciudadanía y
m em bresía de com unidades culturales, religiosas y étnicas específicas.
Y si no diferenciam os entre m oralidad y legalidad, no podem os criticar
l is norm as legalm ente prom ulgadas de m ayorías dem ocráticas aunque
so nieguen a adm itir refugiados entre ellos, rechacen a quienes buscan
.isilo en la entrada y cierren sus fronteras a inm igrantes. Finalm ente, si
no diferenciam os entre m oralidad y funcionalidad, no podem os cues­
tio n ar las prácticas de inm igración, naturalización y co ntrol de fro n te ­
ras p o r su violación de las creencias m orales, constitucionales y éticas
que valoram os.
N u e stro destino, com o individuos de la m odernidad tardía, es vivir
atrapados en u n perm anente tira y afloja entre la visión de lo universal y
las ataduras de jo particular. E n u n «universo desencantado», en el sen­
tid o de Weber, valores que com piten entre sí reclam an nuestra fidelidad
(Weber, [1922] 1958:147-156). Si bien para W eber esta condición signi­
ficaba u n inevitable politeísm o de valores, para m í sugiere la m ala in ­
tención detrás de todos los esfuerzos p o r sim plificar el cam po de la
tensión m oral elim inando aspectos im portantes de nuestras fidelidades
m últiples y conflictivas. A sí com o no p odem os dejar de conciliar las
necesidades de nuestros seres q ueridos con las dem andas de las obliga­
ciones institucionales im personales, así com o n o podem os dejar de m e­
dir las acciones de n uestros entes políticos a la luz de los derechos de
los extranjeros, así com o no p odem os dejar de participar en diálogos
con quienes adoran diferentes dioses, del m ism o m o d o no podem os
fu n d ir lo m oral universal en lo particular, lo legal o lo funcional.
¿Puede h ab er entonces u n a justificación teórica discursiva del cie­
rre dem ocrático? E ste lib ro resp o n d e que hay algunas prácticas de
cierre dem ocrático que son más justificables que otras, p ero que p o ­
tencialm ente todas las prácticas de cierre dem ocrático están abiertas al
cu estionam iento, el cam bio de significado y la desinstitucionalización.
El p ro y e c to de solidaridad p o snacional es u n p ro y e c to m oral que tras­
ciende las fro n teras estatales existentes y en ninguna parte son más
evidentes las tensiones entre las dem andas de la solidaridad universa­
lista posnacional y las prácticas de p ertenencia exclusiva que en el si­
tio de las fro n teras y lím ites territoriales.
E n «The E uro p ean nation-stltte» (El E stad o-nación europeo), Jü r-
gen H ab erm as ha observado:

H a y u n a brech a conceptual en la co n stru cció n legal del E stado c o n stitu ­


cional, un a brecha que resu lta te n ta d o r llenar co n u n a concepción n a tu ra ­
lista del p u eb lo . N o se p u e d e explicar en térm in o s p u ra m e n te n o rm ativos
cóm o d ebió haberse c o m p u esto el univ erso de quienes se reú n en p ara re­
gular su vida en com ún p o r m edio de legislación positiva. D esde u n p u n to
de vista n o rm ativ o , las fro n teras sociales de u n a asociación de asociados li­
bres c iguales bajo la ley so n perfectam ente co ntingentes. (1998: 115-116)

I )esde el siglo XIX y extendiéndose hasta las form aciones que em er­
gieron luego de la descolonización y el fin del com unism o, esta «bre­
cha co n cep tu al- lia sido llenada p o r la ideología y práctica del naciona­
lismo. I .1 i iinl.nl,mi,i y l,i.s pi .idicas de la m em bresía política son los ri-
tnales a través de los cuales se rep ro d u ce espacialm ente la nación. El
con tro l tic fronteras territoriales, lo q ue es coexistente con la soberanía
del listad o -n ació n m o d ern o , busca asegurar la p u re za de la nación en el
tiem po a través del co n tro l policial de sus con tactos e interacciones en
<•/ espado. La historia de la ciudadanía revela q ue estas aspiraciones n a­
cionalistas son ideologías; buscan m o ld ear u n a realidad com pleja, in ­
dócil e ingobernable en co n co rd an cia con algún principio sim ple d o ­
m inante de reducción, tal com o la m em bresía nacional. T oda nación
tiene sus o tro s, ad en tro y afuera (véase B enhabib, 2002a). D e hecho, el
nacionalism o se co n stitu y e a través de una serie de dem arcaciones im a­
g in a rias tan to com o m uy reales entre n o so tro s y ellos, n o so tro s y los
otro s. A través de prácticas de m em bresía el E stad o co ntrola la id e n ti­
dad sincrónica y diacrónica de la nación. P ero la nacionalidad y las
norm as de ciudadanía de tod o s los pueblos son sum as y m ezclas de
contingencias^históricas, luchas territoriales, choques culturales y actos
burocrático s. E n ciertas c o y u n tu ras históricas estas norm as y las luchas
en to rn o de ellas se vuelven más tran sp aren tes y visibles que en otras,
listam os en u n a c o y u n tu ra histó rica en la que el p roblem a de las fro n ­
teras políticas nuevam ente se hace visible.
El nacionalism o ofrece u n a solución a la «brecha conceptual en la
constru cció n legal del E stad o constitucional». Las perspectivas d em o ­
cráticas, sean liberales, republicanas o m u lticulturales, ofrecen otra.
¿ Pero cóm o p o d em o s justificar la co n stru cció n legal del E stado cons­
titucional? Seguiré a H ab erm as en aceptar que los derechos hum anos
universales y la soberanía p opular, o las norm as de la au tonom ía p riva­
da y pública, ap o rtan dos cim ientos indispensables del E stado co n sti­
tucional d em ocrático (H aberm as, 1996: 84-104). Los derechos h u m a ­
nos universales tienen u n atractivo que trasciende el contexto, m ientras
que la soberanía p o p u lar y dem ocrática debe c o n stitu ir un dem os cir­
c u n sc rito que actúa para au togobernarse. El au to g o b iern o im plica au-
to co n stitu ció n . H a y así u n a co n trad icció n irresoluble, quizás una
«tensión fatal» (C olé, 2000: 2), entre los principios expansivo e inclusi­
vo del universalism o m oral y político, anclado en los derechos h u m a­
nos universales y las concepciones particularistas y excluyentes del cie­
rre d em ocrático. C ari S chm itt sostuvo, p o r tan to, que el liberalism o, la
creencia en la igualdad m oral universal, y la dem ocracia, la creencia
en I.i igualdad de los ciudadanos, eran necesariam ente incom patibles
(Schm itt, [1923] 1985). P ero las dem ocracias constitucionales m o d er­
nas se basan en la convicción de que estos dos com prom isos pueden ser
utilizados para lim itarse el u n o al o tro , de que p u ed en ser renegocia­
dos, rearticulados y que puede m odificarse su significado.

J-t
D esarro llo el co n cep to de «iteraciones dem ocráticas» para m o strar
que el com p ro m iso con n o rm as constitucionales e internacionales que
trascienden el contex to p u ed en ser m ediadas con la v o lu n tad de m a y o ­
rías dem ocráticas. Las iteraciones dem ocráticas son procesos co m p le­
jos de debate, d eliberación y ap rendizaje p ú b lic o , a través de los cuales
son cu esuonadaT ~ ycontextualizadas, invocadas y revocadas, las afir­
m aciones de derechos universalistas, en el c o n ju n ta .d e las in stitu cio n es
legales y políticas así comcTen la esfera pública de las dem ocracias libe­
rales.
Las iteraciones dem ocráticas n o solo cam bian las nociones estable­
cidas en u n ente político sino q ue tam bién tran sfo rm an los precedentes
que se to m an com o referencia. C o n sid ero q ue las iteraciones d em o crá­
ticas intervienen en la «política jurisgenerativa» (C over, 1983; M ichel-
man, 1988). A través de tales procesos el p u eb lo dem ocrático se de­
m uestra no soToel sujeto sino tam b ién el a u to r d T susle^ies. La política
de m em bresía, precisam ente p o rq u e se apo y a en la autodefinic ió m v
com posición del d em os, se convierte en el sitio de la política jurisgene­
rativa a través de la cual el í/egifí£.eiifrenta la d isy u n ció n entre el co n te­
nido u n iv ersalis^jd e-su ^ co m p ro m iso sx o n stjtu cio n ales y las paradojas
d e ic i^ rre d ^ m o c r átic o .
La soberanía p o p u la r no es idéntica a la so beranía territorial, si bien
las dos están estrecham ente vinculadas, ta n to h istórica com o n o rm a ti­
vam ente. La soberanía p o p u la r significa que to d o s los m iem bros p le­
nos del dem os tienen derecho a v o z en la articulación de las leyes p o r
las que el dem os se gobern ará a sí m ism o. P o r ta n to el dom inio de la d e­
m ocracia extiende su ju risd icció n en p rim er lugar a quienes p u eden
verse com o los autores de tal dom inio. Sin em bargo sostendré que
nunca ha h ab ido u n a su p erp o sició n perfecta entre el círculo de quienes
están bajo la a u to rid a d _de_la ley y 1o s„miembros ple n o s d e l demos. C a ­
da dem os dem ocrático ha m arginado a algunos, reconociendo solo a
ciertos individuos com o m iem b ro s plenos. L a soberanía territo rial y la
voz dem ocrática nunca se h an eq u ip arad o co m pletam ente. Pero la p re ­
sencia d e n tro de u n te rrito rio circu n scrito y en p articu lar la residencia
perm anente d e n tro de él lo coloca a u n o bajo la a u to rid ad de la so b era­
nía, sea dem ocrática o no. La nueva política de la m em bresía tiene que
ver con la negociación de esta relación com pleja entre los derechos de
I.i m em bresía plena, tener voz dem ocrática y la residencia territorial.
Sostengo que tales negociaciones e iteraciones dem ocráticas se dan
en el co n tex to de una sociedad m undial de estados. E n consecuencia,
)las políticas relativas al acceso a la ciudadanía jio deberían verse com o
.u los unilaterales de au to d eterm in ació n , sino más bien com o decisio­
nes con consecuencias m ultilaterales au e influven sobre o tro s entes en
la com unidad m u ndial. La soberanía es u n concepto relacional; no es
m eram ente autorreferencial. D efinir la identidad del pueblo dem ocrá­
tico es un p roceso con tin u o de autocreación constitucional. Si bien la
paradoja de que quienes no son m iem bros del dem os seguirán siendo
afectados p o r sus decisiones de inclusión y exclusión no puede ser eli­
m inada p o r com pleto, sus efectos pueden m itigarse a través de actos re­
flexivos de iteración dem ocrática p o r el p ueblo que exam ina crítica­
m ente y altera sus propias prácticas de exclusión. Podem os hacer que
las distinciones entre «ciudadanos» y «extranjeros», «nosotros» y «el­
los», sean fluidas y negociables a través de iteraciones dem ocráticas.
Solo entonces podrem os avanzar hacia una concepción posm etafísica y
posnacional de la solidaridad cosm opolita que en form a creciente vaya
colocando a to d o s los seres hum anos, en v irtu d tan solo de su hum ani­
dad, bajo la red de los derechos universales, m ientras se van reducien­
do golpe a golpe los privilegios excluyentes de la m em bresía. La «desa­
gregación de los derechos de ciudadanía» en la E u ro p a contem poránea
es el caso central de estudio a través del cual se ilustran estas tendencias
sociológicas hacia la solidaridad posnacional.
El capítulo 1 com ienza con u n exam en de la doctrina de K ant del
derecho cosm opolita. M e cen tro en el Tercer A rtículo de «La p az p e r­
petua», referido al derecho a la hospitalidad universal y el único al que
K ant n o m b ra en realidad com o «derecho cosm opolita» (W eltbürge-
rrecht). Sostengo que, pese a preocupaciones históricas que eran radi­
calm ente distintas de las nuestras, K ant estableció los térm inos que aún
guían n u estro pensam iento sobre derecho de refugiados y de asilo p o r
un lado y sobre la inm igración p o r el otro . Situado entre la m oralidad
y la legalidad, entre los principios universales de derechos hum anos y
los órdenes legales establecidos de entes políticos individuales, el dere­
cho de hospitalidad dem arca u n nuevo nivel de legalidad internacional
que previam ente había estado restringido a las relaciones entre jefes de
estados soberanos.
El capítulo 2 analiza el abordaje de H an n ah A ren d t de «el derecho
a tener derechos». R eflexionando sobre la conflictiva situación de la
ausencia de E stado en E uropa en el p erío d o interguerras de 1918-1939,
A rendt apo rta u n a de las articulaciones filosóficas más penetrantes del
dilem a de la falta de derechos. Al igual que K ant, reflexiona sobre los
conflictos en las relaciones internacionales inherentes al m undo Esta-
docéntrico y circunscrito territorialm ente, desde un p u n to de vista
cosm opolita.
Mientras A rendt articula de m od o brillante el fin del modelo west-
faliano de relaciones ost.n.de ., no puede ofrecer soluciones a los dile­
mas del «derecho a tenn de» et h< > I n pune por motivos instituciona
les, en parte p o r razones filosóficas, no puede reco n stru ir la dura dico­
tom ía entre derechos hum anos y derechos ciudadanos. En contraste
c o n lílo , desarrollo u n argum ento para cerrar la brecha que ella abre
entre estas dos dim ensiones de afirm ación de derechos. M i estrategia es
in co rp o rar los derechos de ciudadanía a u n régim en universal de dere­
chos hum anos.
El capítulo 3 bosqueja el concepto de m em bresía justa abordando
teorías contem poráneas neokantianas de justicia global. C om ienzo con
una consideración sobre El derecho de gentes de Jo h n Rawls y analizo
p o r qué la m igración está relegada a aspectos de teoría no ideal. Los crí­
ticos contem poráneos de R aw ls tam bién desconocen la m igración
com o pro b lem a filosófico. C o m o correctivo de la concentración de
Rawls en los «pueblos» (térm ino cuya definición es cuestionada), arti­
culan los principios de justicia cosm opolita para los individuos. La jus­
ticia d istributiva global para los individuos desconoce el prim er princi­
pio de la distribución, a saber, la distribución de seres hum anos com o
m iem bros de diversas com unidades. ¿Cuáles son los principios para la
justa d istrib u ció n de la m em bresía? Las teorías contem poráneas de la
justicia distributiva no solo ignoran la m em bresía justa sino que ade­
más adolecen de u n «déficit dem ocrático», p o rq u e prestan poca aten­
ción a la legitim idad dem ocrática de su política de distribución. H a y
una tendencia im plícita en estas teorías a favorecer el gobierno m undial
u otros entes su p ra - o transnacionales de distribución cuyas credencia­
les dem ocráticas se dejan en su sp en so . El federalism o cosm opolita, en
cam bio, es una visión de justicia global que es tam bién dem ocrática y
que p rocede de la interdependencia de la dem ocracia y la distribución.
Esta perspectiva nos perm ite reconceptualizar las m igraciones transna­
cionales.
Los capítulos 4 y 5 se cen tran en cuestiones más institucionales y
empíricas. E n el capítulo 4 exam ino el desagregado de los derechos de
ciudadanía, en p articular en referencia a la U n ió n Europea. La id enti­
dad colectiva, los privilegios de la m em bresía política y el derecho a be­
neficios sociales ya no van u n id o s d en tro de una institución unificada
de ciudadanía nacional. Son desagregados y quedan bajo la égida de
distintos regím enes de derechos y soberanías m últiples, incrustadas.
Pero la ciudadanía desagregada n o es ciudadanía cosm opolita. Los de­
sarrollos que describe pueden estar p rom oviendo la m ovilidad m u n ­
dial de pueblos sin adhesión dem ocrática ni com prom isos cívicos, lle­
vando a la form ación de un p roletariado m undial, participante de
m ercados globales pero falto de u n demos.
I I capítulo 5 aborda la interpenetración de lo local, lo global y lo
i i .u ional y destaca la pr.u tica de iteraciones dem ocráticas. Sostengo
«1 1 1 < la ciudadanía cosm opolita) im plica el reclamo y el reposjciona-
.... ... tic lo u niversal -s u iteració n - d entro tlcl m an •> de lo local, lo
lesiona!, u otro s sitios de activism o c intervenc ión dem ocráticos. Me
■ ni i n en u es casos extraídos de proceso! curoptoi rielantes para ilus-
ii.ir prácticas de iteración dcniocraiii .1 en aei ion: el «-caso del fular» en
I rancia; el caso de una m aesiia i;eiiii,iiiu alcana a la que se le negó el
derecho de ensenai con mi cabeza 1 ubicua y la decisión de la C o rte
C onstitucional alemana sobte la cuestión y, finalm ente, una decisión
de 1990 de la < lorie < Ion si mu i<mal alemana que negó el derecho de v o ­
to en elecciones locales a residentes de larga data de la provincia de
Schleswig I lol.Mem v la »iudad estado de I lam burgo. Estas decisiones
fueron sustituidas en 1993 por el Ti atado de M aastricht, pero pusieron
en m ovim iento un proceso de iteración dem ocrática que resultó en la
abolición de las leyes de ciudadanía alemanas más bien anticuadas y
restrictivas, que databan de 1913.
Sobre la hospitalidad: una relectura
del derecho cosmopolita de Kant

Este capítulo com ienza con u n análisis de la visión de K ant del derecho
cosm opolita. El abordaje de K ant se centra en las relaciones m orales y
legales válidas p ara individuos de distintas com unidades circunscritas
y, p o r tanto, dem arca un dom inio nuevo situado entre la ley de entes
políticos específicos p o r un lado y la ley internacional consuetudinaria
p o r el otro. K atrin Flikschuh lo dice claram ente: «K ant reconoce tres
niveles distintos aunque vinculados de relación de derechos: el “ D ere­
cho de u n E stad o ” especifica relaciones de derecho entre personas den­
tro de u n Estado; el “D erecho de N acio n es” corresponde a relaciones
de derecho entre estados y “ el D erecho para todas las naciones” o “ D e­
recho co sm o p o lita” concierne a las relaciones de derecho entre p e rso ­
nas y estados extranjeros» (Flikschuh, 2000: 184). Los dilemas n o rm a­
tivos de m em bresía política deben localizarse d entro de esta tercera
esfera de ju s cosmopoliticum.

«La paz perpetua» y el derecho cosmopolita:


una reevaluación contemporánea

Escrito en 1795, al firmarse el Tratado de Basilea entre Prusia y la F ran­


cia revolucionaria, el ensayo de K ant «La paz perpetua» ha conocido un
considerable renacer del interés en los últimos años (véase B ohm an y
I .utz-Bachmann, 1997). I,o que hace particularmente interesante este en­
sayo bajo las condiciones actuales de globalización política es la p ro fu n ­
didad visionaria del pro y ecto de K ant de paz perp etua entre las naciones.
Kant form ula tres «artículos definitivos para la paz perpetua entre esta­
dos». Estos dicen: «La constitución política debe ser en todo E stado re­
publicana»; «El derecho de gentes debe fundarse en una federación de
estados libres» y «El derecho de ciudadanía m undial debe limitarse a las
condiciones de una universal hospitalidad» (K ant, [1795] 1923: 434-446;
11795] 1994: 9 9 - 1 0 8 ) . G ran parte del estudio de este ensayo se ha cen-
11 ado en la form a legal y política precisa que pod rían adoptar o se que-

rrírt que adopten estos artículos y en si K ant quiso p ro p o n e r la creación


de una federación m undial de repúblicas (eine fó d erative Vereinignng) o
m u liga de estados naciones soberanos (V olkerbund).
I o que a m enudo queda sin co m en tar es el Tercer A rtículo de «La
paz perpetua», el único de hecho que K ant designa explícitam ente con
I.i term inología del W eltbürgerrecht. El original en alem án dice: «Das
W eltbiirgerrecht solí auf B edingungen der allgem eninen H o sp ita itát
oingesehránkt sein» (K ant, [1795] 1923: 443). K ant m ism o señala lo ex­
traño de la locución de «hospitalidad» en este co n tex to y p o r ta n to co­
menta que «es una cuestión n o de filantropía sino de derecho». D icho
• I* tiiro m odo, la hospitalidad no debe entenderse com o una v irtu d de
■.tu labilidad, com o la b o n d ad y generosidad que u n o puede m o strar a
luí as te ros que llegan a la tierra de una p ersona o que se vuelven dep en ­
d im o s de los actos de b o n d ad de una perso n a a través de circunstan-
t ia s naturales o de historia; la h o spitalidad es u n «derecho» que p e rte ­
nece a todos los seres hum anos en la m edida en que los veam os com o
participantes potenciales en un a república m undial. P ero el «derecho»
de hospitalidad es extraño en el hecho de que n o regula relaciones en-
tre individuos que son m iem bros de una entidad civil específica bajo
cuya jurisdicción se encuentran; este «derecho» regúlalas interacciones
tic individuos que pertenecen a entes civiles diferentes pero que se en-
t m im an el u no con el o tro en los m árgenes de com unidades circuns-
>i nas. I I derecho de hospitalidad se sitúa en los lím ites del ente políti-
< i», delim ita el espacio cívico regulando relaciones entre m iem bros y
luíasteros. I )e allí que el derecho de hospitalidad ocupa el espació en-
11 < • Ii >■>derechos hum anos y los derechos civiles, entre el derecho de h u ­
m anidad en nuestra p ersona y los derechos que nos co rresp o n d en en la
nú dida en que som os m iem bros de repúblicas específicas. K ant escri-

"l’tiiii l.i vciMtin en castellano hemos u tilizado: K ant, Im m anuel, La p a z p erp e­


tua 111 .nliii i n ni ili I Rivera Pastor) de la Biblioteca V irtual Miguel tic Cervantes,
va n lrs\ ii n i . il t tini. I m o vale para Coda* las citas traducidas al > .in d ia n o de es
ir rn <.iyu di’ Kant. | N . del T. |

W
be: «Significa h ospitalidad [W irtbarkeit] el derecho de u n extranjero a
n o recibir u n tra to hostil p o r el m ero hecho de ser llegado al territo rio
de o tro . E ste p uede rechazarlo si la repulsa no ha de ser causa de la ru i­
na del recién llegado; p ero m ientras el extranjero se m antenga pacífico
en su p u esto no será posible hostilizarlo. N o se trata aquí de un d e re ­
cho p o r el cual el recién llegado p ueda exigir el tra to de huésped [G as-
trecht] - q u e p ara ello sería p reciso u n convenio especial benéfico [ein
... w ohltátiger Vertrag] que diera al extranjero la consideración y trato
de u n am igo o convidado [H ausgenossen]-, sino sim plem ente de u n
derecho de visitante [ein Besuchsrecht], que a to d o s los hom bres asiste:
el d erecho a presentarse en u n a sociedad. Fúndase este derecho en la
com ún posesión [das R echt des gem einschaftlichen Besitzes] de la su-
jperficie de la tierra; los h o m b res no pu ed en disem inarse hasta el infini­
to p o r el globo, cuya superficie es lim itada, y, p o r tan to , deben to lerar
m utu am en te su presencia» (K ant, [1795] 1923: 443; cfr. 1949: 320).
K ant distingue el «derecho p o r el cual el recién llegado pueda exigir
el tra to de huésped» al que llam a Gastrecht, del «derecho de visitante»
(.Besuchsrecht). El derecho, a ser visitante perm anente se otorga a través
de u n acuerdo especialliBrfem eñtF decidido q u e v a más allá de lo que se
le debe m oralm en te al o tro y a lo que tiene d erecho legalm ente; p o r
tan to , K an t dice que esto 'es u n w ohltátiger Vertrag, u n «contrato de
beneficencia». Es un privilegio especial que el soberano republicano
puede o to rg a F T c ie rto s extranjeros que h abitan en sus territorios, que
realizan ciertas funciones, que representan sus respectivos entes p o líti­
cos, que realizan u n com ercio a largo p lazo y cosas p o r el estilo. El
droit d ’aubaine en la Francia p rerrevolucionaria, que o torgaba a los ex­
tranjeros ciertos derechos de residencia, la adquisición de propiedades
y la p ráctica de u n a p rofesión, sería un ejem plo h istórico pertinente.
Las concesiones com erciales especiales que el Im perio otom ano, C h i­
na, Ja p ó n e In d ia o to rg a ro n a occidentales a p a rtir del siglo x v m serían
otros. L os jud ío s en la E u ro p a p re m o d ern a que luego de su persecu ­
ción p o r la Inquisición en E spaña en el siglo XV se desplazaron al n o r­
te, a H o lan d a, G ra n B retaña, A lem ania y o tro s territo rio s, serían o tro
gru p o im p o rta n te a cuya co n d ició n se aplicaría tan to el derecho de
hospitalidad co m o de visita perm anente.
El derech o de hospitalidad im plica el d erecho a perm anencia te m ­
poraria que no puede negarse, si tal negativa involucrara la destrucción
-la palabra de K ant para esto es U n terg a n g - del o tro . N eg ar la residen- '
cia a víctim as de guerras religiosas, víctim as de piratería o h u n d im ien ­
to de naves, cuando tal negativa llevaría a su m uerte, es insostenible, es­
cribe K ant. L o que no resulta claro en la disertación de K ant es si tales
relaciones entre pueblos y naciones involucran actos de supereroga-

U
d o n , yendo mas alia de lo que im pone el d eber m oral, o si im plican un
cic i...... no de derecho moral co n cerniente al reconocim iento a «los de-
tei líos ile hum anidad en la persona del o tro » .
Podem os ver aquí la ambivalencia jurídica y m oral que afecta las dis-
i usiones del derecho de asilo y refugio hasta el día de hoy. ¿Los dere­
chos de asilo y refugio son «derechos» en el sentido de ser obligaciones
morales recíprocas que, en una acepción u otra, se basan en nuestra m u ­
tua hum anidad? ¿O son estos derechos algo que se puede reclam ar en el
sentido legal de ser norm as im ponibles de conducta que individuos y
grupos pueden exigirse y, en particular, que se puede forzar a cum plir a
los estados naciones? La construcción de K ant no ofrece una respuesta
clara. I I derecho de hospitalidad implica un derecho moral con conse-
1 1 leticias legales potenciales dado queTa obligación de los estados recep­

tores de otorgar perm anencia tem poraria a extranjeros se asienta en un


0 1 den republicano cosm opolita. Tal orden no tiene una ley ejecutiva su-

pi enia que lo gobierne. En este sentido la obligación de dar hospitalidad


a exi i aujeros y forasteros no puede im ponerse; sigue siendo una obliga-
( ion incurrida voluntariam ente p o r el soberano político. El derecho de
In >spuahilad expresa to d o s los dilemas de u n ord en republicano cosm o­
polita en apretada síntesis: a saber, cóm o crear obligaciones casijggal-
nienic validas a través de com prom isos vohantarios v en ausencia_de-un
|m )dci soheiano irresistible con derecho últim o de im p o sición.
, Peí o cuál es exactam ente la JüsH T icádonde K ant del «derecho de
\ isiiante»? ¿P or qué se im pone este derecho a la voluntad del soberano
n pnhlicano? Al reflexionar sobre el «derecho de visitante» (Besuchs-
>(•</;/), Kant usa dos prem isas diferentes. U na p r emisa justifica el dere-
i lio de visita sobre )a base de la capacidad de todos los seres hum anos
{tillenl M enseben) de asociarse, en alemán, sich z u r Gesellschaft anzubie-
Icn ( Kant, 11795] 1923: 443). La o tra prem isa recurre a la construcción
jurídica de «la com ún posesión de la superficie de la tierra» (gem eins-
<baftlichen Besitzes der Ó berflache der Erde) (ibíd.). C o n respeto al se­
cundo principio, K ant sugiere que negar al extranjero y el forastero el
dei echo de d isfrutar de la tierra y sus recursos, cuando esto puede ha-
i ei se pacíficam ente y sin p o n er en peligro la vida y el bienestar de ha-
bitanlcs originales, sería injusto.
I a construcción jurídica de una supuesta posesión com ún de la tie-
1 1 a, que tiene un antecedente largo y honorable en la antigua ju risp ru ­

dencia europea, funciona com o una espada de doble filo en este co n ­


texto Por un lado, K ant quiere evitar el uso justificatorio de esta
construcción para legitim ar la expansión colonial occidental; p o r el
o tio , quiere basar el derecho de los seres hum anos de entrar en asocia­
ción civil m utua en la afirm ación de que, dado que la superficie de la

JJ
tierra es lim itada, en algún p u n to debem os ap render a disfrutar de sus
recursos en co m ú n con o tro s.
Para com prender la p rim era preocupación de K ant, recuérdese aquí
el argum ento de jp h n LocRe) en The Second Treatise o f C ivil G o vern ­
m e n t (Segundo tratado de g o b iern o civil). «En el com ienzo D ios dio la
tierra a los hom bres en co m ú n para su disfrute» (Locke, [1690] 1980:
19). La tierra es u n a res n u llius, perteneciente a to d o s y a ninguno has­
ta que es apropiada; pero argum entar que la tierra es una posesión
com ún de todos los seres h u m an o s es, en efecto, desentenderse de las
relaciones de p ro p ied ad existentes históricam ente entre las com unida­
des que ya sefían"establecido en la tierra. La justificación del derecho
de p ro p ied ad pasa así del títu lo histórico que lo legitim a a los m odos de
apropiación p o r los que u sualm ente lo que pertenece a una com unidad
entonces puede ser ap ro p iad o com o «mío» o «tuyo».
A través de u n argum ento patentem ente circular, Locke sostiene
que la p ro p ied ad privada em erge del hecho de que los m edios de a p ro ­
piación son ellos m ism os privados: «podem os decir que la labor de su
cuerpo y el trabajo de sus m anos son propiam ente suyos [...] a esto na­
die tiene derecho sino él m ism o» (ibíd.). En el contexto de la expansión
europea en las Am cricas en el siglo XVii, el argum ento de Locke sirvió
para justificar la apropiación colonial de tierras precisam ente con la
afirm ación de que la tierra, habiendo sido dada a todos «en com ún»
p o d ía entonces ser apropiada justificadam ente p o r los industriosos y
écónom icos, sin causar d añ o a habitantes existentes y, ae hecho, para
beneficio de tod o s (Tully, 1993).
K ant rechaza explícitam ente la tesis res nullius en su form a lockea-
na, viendo en ella una fórm u la apenas disim ulada para la expropiación
de pueblos no europeos que no tienen la capacidad de resistir el asalto
im perialista (K ant, [1795] 1994:107; véase tam bién M uthu, 1999, 2000).
A poya a los chinos y los japoneses en su in ten to p o r m antener a los co­
m erciantes europeos a distancia. E ntonces ¿qué es lo que justifica real­
m ente la prem isa de la «posesión com ún de la tierra»? U na vez que la
tierra ha sido apropiada, o tro s ya no tienen derecho a poseerla. Se
deben respetar las relaciones de propiedad existentes. Si es así, toda co­
m unidad tiene el derecho de defenderse contra quienes buscan acceso a
sus territo rio s. Fuera de la seguridad de que rechazar a quienes buscan
hospitalidad no causaría «su destrucción» -a d m itie n d o que es en sí
m ism a una form ulación im p recisa- las necesidades urgentes de otros
no co nstituyen m otivos suficientes para cam biar la voluntad de co m u ­
nidades soberanas existentes. La defensa de la «posesión com ún de la
tierra» desilusiona p o r lo p oco qué ayüda a explicar la base del derecho
cosm opolita.

JJ
I i i K a n t a n d M odern P oliticalP hilosopby (K ant y la m o derna filosofía
política), K atrin F likschuh sostiene que la posesió n com ún original de
I.i tierra y, en particular, su carácter esférico lim itado (der E rdkugel) de­
sem peña un papel m ucho m ás fundam enta] en la justificación de K ant
ilcl derecho cosm o p o lita de lo que y o sostengo. Vale la pena considerar
el .ii gum en to de F likschuh con cierto detalle. F lik schuh basa su lectu-
i .i no en el ensayo de K ant «La p az p erpetua» sino en su Rechtslehre, la
|n im era m itad de D ie M etapbysik der Sitien (La m etafísica de la m o-
i .i I). I )os pasajes son de especial relevancia aquí:

I ,i superficie esférica de la tie rra u n e to d o s los lugares en su superficie;


p o rq u e si su superficie fu era u n p la n o n o circu n sc rito , los h o m b re s p o ­
d rían dispersarse de tal m o d o q u e n o en tra ría n en c o m u n id a d alguna en tre
'.í, y la c o m u n id ad n o sería entonces u n resu lta d o necesario de su existen-
( i . i cu la tierra. (K ant, [1797] 1922: 66; citado en F lik sch u h , 2000: 133)’
I )ad o q u e la superficie d e la tie rra n o es ilim itad a sin o cerrada, los c o n -
i ep to s del D e rech o de u n E sta d o y de u n D e re ch o de las naciones llevan
inevitablem ente a la Id ea de un Derecho para todas las naciones (ius gen-
Inun) o Derecho cosmopolita (ius cosmopoliticum). D e m o d o que si el p rin -
< ipi<> de la libertad externa lim itad a p o r la ley carece de cualq u iera de estas
lies formas posibles de c o n d ició n de derech o , el m arco p a ra to d o s los d e-
1)1,is es inevitablem ente in d ete rm in a d o y debe co lapsar finalm ente. (K an t,
I I /9 7 | 1922: 117-118, tal c o m o es citado p o r F lik sch u h , 2000: 1790)

Sin e n tra r en detalles de discrepancias que p u edan existir entre el


ensayo "L a paz perpetua» y la disertación más difícil y com pleta de
Is .mi en Los elem entos metafísicos de la justicia, para mis p ro p ó sito s la
|u egunta más im p o rtan te es esta: ¿K ant quiere derivar o deducir el de-
i relio co sm o p o lita del hecho de la esfericidad de la superficie de la tie-
I I .i? ¿< uál es el lugar de este hecho en el arg u m en to m oral de K ant? Si

Inri .unos efectivam ente a su p o n e r que K ant usó la esfericidad de la tie-


ii .i com o u n a prem isa justificatoria, ¿no tendríam os que concluir en-
tonecs que había com etido la falacia naturalista? D el hecho de que to -
ilir. los castillos en todas partes estén co n stru id o s sobre arena n o se
sigile que el m ío tam bién debería estarlo. D el m ism o m odo, el m ero he-
( lio de que en algún lugar y en algún p u n to d eb o en trar en contacto
i on uii os serrs hum anos y n o p u ed o escaparles para siem pre, no im pli-
i .i que al tener tal con tacto dcEa tratarlo s co n el respeto y la dignidad
que debe acordarse a to d o ser hum ano.
H ikschu h en realidad no sostiene que la esfericidad de la superficie
de la tierra es una premisa justificatoria: «La superficie esleíic a de la
tierra es el espacio em pírico d ad o para la o b ra posible d e n tro de la cual
están co n streñ id o s a articu lar sus p retensiones de libertad de elección y
acción [...]. P o r el co n trario , la circunscripción global constituye un
d ato objetivo, con d ició n inevitable de realidad em pírica d e n tro de c u ­
yos lím ites los agentes hum an o s están co n streñidos a establecer p o si­
bles relaciones de D erecho» (2 0 0 0 :133). La superficie esférica de la tie­
rra co n stitu y e u n a circunstancia de justicia p ero no funciona com o una
prem isa ju stificatoria m oral q u e dé susten to al d erech o cosm opolita.
«Las circunstancias de justicia» p o r cierto que definen «las c o n d i­
ciones de n u estra o b ra posible», com o observa F likschuh. A sí com o
los hechos de que som os seres mortales^ físicam ente m iem bros de la
m ism a especie y afectados p o r necesidades básicas sim ilares para ase­
gurar n u estra supervivencia, c o n stitu y en condiciones constrictivas en
n u estro razo n am ien to sobre la justicia, del m ism o m o d o la esfericidad
de la superficie de la tierra fu n cio n a p ara K ant com o una condición li­
m itante de «libertad externa». E sto creo que resulta am pliam ente claro
de la frase de K ant «de m o d o q u e si el p rin cip io de la libertad externa
lim itada p o r la ley carece de cualquiera de estas tres form as posibles de
condición de derecho» (K ant, [1797] 1922: 118). El «principio de la li­
bertad externa» es la p rem isa justificatoria en el argum ento que lleva al
establecim iento del derecho co sm opolita. D ad o que, sin em bargo, el
ejercicio de n u estra libertad externa significa que tarde o tem prano, b a­
jo ciertas circunstancias, necesitarem os c ru zar fronteras y e n trar en
con tacto con seres hum an o s de otras tierras y culturas, debem os reco ­
no cer lo siguiente: p rim ero , que la superficie de la tierra será d istrib u i­
da entre los te rrito rio s de repúblicas individuales;3 segundo, que son
necesarias condiciones de derech o que regulen transacciones in tra- así
com o injterrepublicanas y, finalm ente, que entre estas condiciones se
encu en tran aquellas co rresp o n d ien tes a los derechos de hospitalidad y
p erm anencia tem poraria. E n el p ró x im o capítulo espero m o stra r que
u n a reco n stru cció n del co n cep to k an tian o de derecho a la libertad ex­
terna llevaría a u n sistem a de derech o co sm opolita más extenso de lo
que K ant m ism o nos ofreció.

La relevancia contemporánea del concepto de Kant


de «permanencia temporaria»

La afirm ación de K ant de que u n p rim er ingreso no pued e negarse a


quienes lo buscan si esto resultara en su «destrucción» ( U ntergang) se­
ra in co rp o rad a a la convención de G in eb ra sobre el estatuto de los re ­
fugiados com o el principio de ■non reloulem cnt» (N aciones U nidas,

n
I 9 5 1). E ste p rin cip io obliga a los estados firm an tes a no devolver p o r la
lucí/.a a refugiados y solicitan tes de asilo a sus países de orig en si ha-
i i i lo p lan teara u n claro p elig ro p ara su vida y libertad. P o r su p u esto
que, .isí co m o los estados so b eran o s p u e d e n m a n ip u lar este artículo p a-
i .1 defin ir vida y libertad de m an era m ás o m enos estrecha cu an d o sirve
i mis p ro p ó sito s, tam b ién es p o sib le b u rla r la cláusula de « n o n -refo u -
lem eni •• d e p o sita n d o a los refug iad o s y asilados en así llam ados terce-
I I is países seguros. Las fo rm u lacio n es de K an t raram en te p rev ie ro n y

jlisiilicaron tales actos de eq u ilib rio en el se n tid o de que se dan entre


las obligaciones m orales de los estados hacia quienes buscan refugio en
ellos y su p ro p io b ienestar e intereses. El o rd e n a m ien to lexicológico de
I.i. J o s afirm aciones -la s necesidades m orales de o tro s fren te al legíti-
ini i interés p r o p io - es im preciso, excepto en los casos más obvios cuan-
•l<> I.i vida y el físico de los refugiados se p o n d ría n en peligro al negar­
le. el d erech o al ingreso; sin em bargo, fu era de tales casos, la obligación
ile i esp etar la libertad y el b ien estar del visitan te p u ed e p e rm itir una in-
i ei prefación estrecha p o r p a rte del so b eran o a q u ien se dirige, y puede
mi co n sid erarse un d eb er incondicional.
I I d erech o universal de h o sp italid ad que p ertenece a to d a perso n a
hum ana nos im p o n e un d eb er m o ral im perfecto de ay u d ar y ofrecer re-
lui’j o .1 to d o s aquellos q u e ven p elig rar su vida, su físico y su bienestar.
I Me d eb er es «im perfecto» -e s decir, con d icio n a l- dad o que pued e p er-
initii excepciones y p u ede ser an u lad o p o r m o tiv os legítim os de au to -
pi <sci vación. N o hay o b lig ació n de d ar refugio al o tro cu an d o hacerlo
puilici.i p o n e r en peligro la p ro p ia vida y seguridad. En la filosofía
m oral se deb ate con q u é a m p litu d o estrech ez debe in terp re tarse la
*.U i|\ic¡ó n hac ia el o tro ,'1 y es igualm ente c o n tro v e rtid o cóm o debe en-
h mli i se I.i expresión m otivos legítim os de auto p reservación: ¿Es m o-
i .ilm cnie perm isible rech azar a los necesitados p o rq u e pensam os que
. i in .iliei ando n uestros valores culturales? ¿La p reservación de la cul
i in .i co n stitu y e una base legítim a de au to p reserv ación? ¿Es perm isible
...... ilm cute negai asilo cu a n d o ad m itir grandes cantidades de personas
n o esít.ul.is en n uestros te rrito rio s causaría u n a declinación en n u estro
nivel de vida? ¿Y qué nivel de declinación del b ienestar es m oralm ente
peí m isible antes de q u e pued a invocarse co m o m o tivo para negar la en
ti.ul.i i los peí seguidos, los necesitados y los o p rim id o s? Al fo rm ular
sus politii as para refugiados y de asilo, los g o b iern o s a m enudo mili
ni im plu llám ente esta distinc ton entre deberes perfectos e im pci lo
tos, m ientras q u e los g ru p o s de d erechos h um anos, así com o los deten
si ii es de asilado* v i el ug lados, se p reo cu p an poi m osii.n que I.i
. iMig.ii ton di dai liospi Ia lid.id a quienes tienen necesidades im periosas
un d e b ri i .i vcisc lim itada solo poi uncieses p to p io s I n el i apltulo l

Ir.
volveré a la cu estió n de obligaciones que atraviesan las fro n teras y sos­
ten d ré q u e la c o n stru c c ió n de tales obligaciones a la lu z de la estrecha
dico to m ía de la legítim a au to p reserv ació n fren te a los deberes de los
dem ás es inadecuada. E l sistem a in tern acio n al de p u eb lo s y estados se
caracteriza p o r in terd ep en d en cias ta n extensas y en tre cru za m ien to s
históricos de destin o s y fo rtu n a s, q u e el alcance de las obligaciones
m orales especiales ta n to co m o las generalizadas trasciende en m u ch o la
p erspectiva del sistem a E sta d o c é n tric o d elim itado te rrito rialm en te. E n
cam bio, defen d eré la p ersp ectiv a de una sociedad m u n d ial co m o el
p u n to de p a rtid a co rre c to p a ra ra z o n a r acerca de obligaciones que a tra ­
viesan las fro n teras.
P o d rá objetarse que tales críticas de K an t so n anacrónicas, p o rq u e
lo que m o tiv a las fo rm u lacio n es de derech o co sm o p o lita de K an t no
son p reo cu p acio n es p o r las necesidades de los p o b re s, los p iso teados,
los perseguidos y los o p rim id o s en su b ú sq u ed a de u n refugio seguro,
sino más b ien la p re o c u p a c ió n del Ilu m in ism o de los eu ropeos p o r
buscar c o n ta c to c o n o tro s p u e b lo s y ap ro p iarse de las riquezas de otras
partes del m u n d o . El d erech o de b u scar asociación h u m an a o, en la tra ­
ducció n literal del alem án, «ofrecerse a la asociación civil [Gesellschaft]
io n o tro s» y b u scar el «acercam iento» - Z u g a n g - en vez del ingreso
I itig a n g - es p a ra K a n t u n d erech o h u m an o fu n d am en tal. E sto debe
d istin g u irse de la tesis de res nullius; en realidad, el d erech o de buscar
as< K iación h u m a n a está en el c e n tro de lo q u e significa ser u n W elthür-
y r t . A la m an era autén tica del Ilu m in ism o , K a n t celebra la nave y el ca­
mello («la nave del desierto» co m o llam a a este ú ltim o ) para red u cir
distancias, hacer caer las b arreras en tre co m u nidades locales y re u n ir a
I.i especie hum ana. N e g a r «la p o sib ilid ad de b u scar com unicarse con
h abitantes anteriores», o ein V erkeh r z u suchen (K ant, [1795] 1923:
IM; 1949: 321) es c o n tra rio al d erech o co sm opolita. La term inología
Ycrki'hr y.u su chen, que p u ed e ex tenderse a co n ta cto s com erciales tan-
10 c o m o religiosos, cu ltu rales y financieros, delata la esperanza de K ant
de que, au n q u e los m otivos de las p o ten cias occidentales en la b ú sq u e -
d.i de ab arcar la superficie del g lo b o p u ed e ser m enos q u e laudable,_a
11 .ives de u n in crem en to de los co n tacto s co n o tro s p u e b lo s y culturas,

• l,i i , i / . i h u m an a g rad u alm en te p u e d e acercarse m ás y m ás a u n a co n s­

um í io n co sm o p o lita» (eine ivelbürgerliche Verfassung) (K ant, [1795]


r>.M: 444; 11795| 1994: 106).
M ientras q u e K ant, p o r m o tiv o s históricos com prensibles, se c e n tró
■ ii i I dei echo de p erm anencia tem p o raria, mi p reo c u p a ció n radica en la
Im n li.i im p o sib le de cerrar q u e él sugiere que existe entre el d erecho de
i" i in iiiriu i . i tem poral ia y I.i residencia p erm anente. La p rim era es un
di i . i lio, l.i m )■!nttl.t un pi ¡vilegio; o to rg a r la prim era a forastero s es una
(«Miración para u n soberano republicano, m ientras que p erm itir la se-
¡■,muía es un «contrato de beneficencia». Los derechos de los forasteros
v extranjeros no se extienden más allá de la búsqueda pacífica de m e­
dios de vida en el te rrito rio de o tro s. ¿E ntonces qué pasa con el dere-
i lio ilc acceder a la condición de m iem bro político? ¿Bajo qué condi-
....... es, si es que hay alguna, puede el huésped convertirse en m iem bro
del soberano republicano? ¿C óm o se definen las fronteras del sobera-
nor' K ant im agina una condición del m u n d o en la que todos los m iem -
IH os ile la raza hum ana se conviertan en participantes en un o rden civil
y ent ren en una condición de asociación legal entre sí. Pero esta condi-
i io n civil de coexistencia legal n o es equivalente a ser m iem bro de un
rnic político republicano. Los ciudadanos cosm opolitas de K ant aún
necesitan sus repúblicas individuales para ser ciudadanos. P o r eso K ant
distingue con tan to cuidado u n «gobierno m undial» de una «federa­
c ió n m undial». U n «gobierno m undial» que, según sostiene, resultara
so lo en una «m onarquía universal» sería u n «despotism o desalm ado»,
m ientras que una u n ió n federativa (eine fó d era tive Vereingung) aún
peí mili ría el ejercicio de la ciudadanía d en tro de com unidades circuns-
. m a s (K anij [ 1795] 1923: 4 5 3 ; 1949: 3 2 8 ).5
N o s queda un legado k antiano am biguo: m ientras los liberales bus-
• m i \p a n d ir las circunstancias en las que se aplicarían las obligaciones
de prim era adm isión in c o rp o ran d o más condiciones a la frase «la des-
m u i ion de los otros», tales com o consideraciones de bienestar econó-
nm o (véase Kleingeld, 1998: 7 9 -8 5 ), los republicanos civiles y los de-
lensores de la soberanía nacional señalan la condena de K ant del
l'.i 'hu í no m undial así com o su insistencia en la prerrogativa del sobera­
n o de reconocer la condición de m iem bro, para justificar los derechos
ile los estados nacionales de co n tro lar sus fronteras (M artens, 1996:
117 1 19), K ant quería justificar la expansión del capitalism o com ercial
- mi.n (tim o de su tiem po, en la m edida en que estos desarrollos p ro d u -
i i.iii u n con tacto más estrecho de la raza hum ana, sin co n donar el im-
p e u a lis in y i'iiryp.eo. El derecho cosm opolita de hospitalidad da a las
peí so n a s el derech o de perm anencia tem poraria pacífica, pero no da el
dei ei lio de s a ip ie a r y explotar, co n q u istar y ab ru m ar p o r fuerza supe-
tio t a a q u e llo s entre quienes se busca estar. P ero el derecho cosm opo-
liia es un derech o precisam ente p o rq u e se fun d a en’la com ún hum ani­
dad ile todas y cada una de las personas y su libre albedrío que tam bién
m i luye la libertad de viajar más allá de los confines de sus m uros cul-
iin .d e s , religiosos y etnocéntricos.

IN
El legado cosmopolita de Kant

La construcción y justificación de K ant del derecho cosm opolita de per­


m anencia tem poraria será u n p u n to de referencia para gran parte de lo
que sigue. El ensayo «La paz perpetua» dio señal de una divisoria de
aguas entre dos concepciones de soberanía y abrió el cam ino para la tran ­
sición de la prim era a la segunda. Podem os llamarlas «soberanía westfa­
liana» y'«soberanía liberal internacional»-(véanse H eld, 2002: 4-6; Kras-
ner, 199§: 20-25). E n el régim en westfaliano clásico de soberanía, los
estados son libres e iguales; disfrutan de la últim a autoridad sobre todos
los objetos y sujetos d en tro de u n territorio circunscrito; las relaciones
con otro s soberanos son voluntarias y contingentes y limitadas en su ca­
lidad y alcance a alianzas militares y económ icas transitorias así com o a
afinidades culturales y religiosas; p o r encima de to d o los estados «ven los
procesos que atraviesan fronteras com o un “asunto privado” que con­
cierne solo a aquellos afectados de m odo inm ediato» (H eld, 2002: 4).
E n cam bio, en las concepciones de soberanía liberal internacional,
la igualdad form al de los estados depende de m odo creciente de que
suscriban valores com unes y principios tales com o la observancia de,
derechos hum anos y el d o m in io de la ley y el respeto a la au to d eterm i­
nación dem ocrática. La soberanía ya no significa autoridad últim a y a r­
bitraria; se considera que los estados que violan ciertas norm as en el
trato a sus ciudadanos, que cierran sus fronteras, im piden un libre m er­
cado, lim itan la libertad de palabra y asociación y cosas p o r el estilo, no
deben perten ecer a una sociedad de estados específica o a alianzas; es
crucial que los principios in tern o s estén anclados en instituciones com ­
partid as con otros.
""É n ía”m edida en que el A rtícu lo U n o de «La paz perpetua» de K ant
dice que «La constitución política debe ser en to d o E stado republica­
na», p o r cierto que se pued e ver a K ant m o n tad o a horcajadas entre los
m odelos de soberanía clásica w estfaliana y liberal-internacional. La
exigencia de que la constitución de los estados libres e iguales sea re p u ­
blicana im pone a estos estados las tres condiciones del gobierno re ­
publicano: 1) libertad para to d o s los m iem bros de una sociedad (en su
condición de hom bres); 2) la sujeción de to d o s a u n a legislación com ún
única (com o súbditos); 3) el p rin cip io de igualdad legal para to d o s (co­
mo ciudadanos) (K ant, [1795] 1923: 434-443; [1795] 1994: 99-105). N o
im porta cuál sea su form a política precisa: la liga de las naciones -das
Vólleerbund- im aginada p o r K ant es en p rim er lugar una alianza entre
repúblicas soberanas que suscriben estos principios.
Rain no llega al p u n to de hacer que el reconocim iento de la sobera­
nía de un l .siado dependa de su co n stitución interna. T am poco aproba-

jv
ría K ant «intervenciones hum an itarias» que b u sq u en p ro m o v e r ideales
progresivos, salvo en u n caso: el de la g u erra civil y la disolución de la
au to rid ad existente. E ste es el q u in to de sus «artículos prelim inares de
paz p e rp etu a en tre estados» (K ant, [1795] 1923: 430; [1795] 1994: 96).
I .I liberalism o de K an t es tam b ién m enos ro b u sto que nuestra visión
yon tem p o rán ea más universalista ya q u e las m ujeres, jos sirvientes d o ­
m ésticos y los ap ren d ices sin p ro p ie d a d son considerados p o r K ant
•auxiliares de la co m u n id ad políticam en te o rg anizada», y hace d ep en -
U< i su i o n d ic ió n legal del jefe del hogar. A un así, al estipular que una
I I institu ció n republicana «es la base original de to d o tip o de c o n stitu -

i ion civil» (K ant, [1795] 1923: 435; [1795] 1994: 100) y al vincular la
p.i/ en tre estados a sus co n stitu cio n es internas, K an t abrió el cam ino de
iim.i visión w estfaliana a la visión liberal de la soberanía. T am bién es
destacable q u e se diera ta n ta im p o rtan cia a las relaciones in ternaciona-
Irs que surgen de las necesidades de los viajeros, descubridores, refu-
f;ud o s y asilados, para delinear el derech o co sm opolita.
K ant d em arcó claram ente 1as ité n s io ñesje n t r e los req u erim ientos d e
.......... i 'i alidad universalista de ofrecer perm anencia tem poraria a to dos
% prerrogativa legal del so b eran o legal de n o extender tal p e rm an en -
i i . i tem p o raria a la co n d ició n plena de m iem bro. C o n tra K ant, argu-

ni. ni.nc t|iie el derecho del residente tem p o ral a ser m iem bro debe ver-
• i i ...... d erech o h u m an o q u e pued e justificarse bajo los principios
ile una m oralidad universalista. L os térm in o s y condiciones bajos los
i ti.iles pued e o to rg arse la con d ició n de m iem b ro a largo plazo siguen
siendo p rerro g ativ a del so b eran o republicano. P ero aquí tam bién de-
hen i espetarse los condicio n an tes que im p o n en los derechos hum anos,
tales i orno la no d iscrim inación y el derech o del inm igrante a u n debi-
ilu proceso. Si bien no puede rechazarse la p rerro g ativ a de los estados
«11 estipular criterio s p ara la in co rp o ració n , debem os preguntar: ¿ Q u é
IH ai t u as ile incorpo ració n serían no perm isibles desde u n p u n to de vis-
ia un n al v cuáles son las practicas q u e resultan m oralm ente indiferen-
ie\, e s decir, neutrales desde el p u n to vista m oral?
I as loi ululaciones de K ant nos p erm iten c ap tu ra r las contradiccio-
in s c sti i|ctu tales entre los ideales universalistas y rep u blicanos de la
■■111 i ,ii ií.i cu el p erío d o revo lu cio n ario m o d ern o. E n conclusión, quie-
Mi llaiii.u a esta co n trad icció n «la paradoja de la legitim idad dem ocrá-
ttia • v delinearla sistem áticam ente.
La paradoja de la legitimidad democrática

Idealm ente, g o b iern o d em o crático significa que to d o s los m iem bros de


un a en tid ad so b eran a deben ser respetados co m o habientes de d ere­
chos h u m an o s, y q u e los con so cio s de este so b eran o se asocian lib re ­
m ente en tre sí p ara establecer u n régim en de au to g o b iern o bajo el cual
cada u n o debe ser co n sid erad o ta n to a u to r de las leyes com o sujeto a
ellas. E ste ideal del c o n tra to original, tal com o lo fo rm u ló Jean-Jacques
R ousseau y fue a d o p tad o p o r K ant, es u n d isp o sitiv o útil heu rística­
m ente p a ra c a p tu ra r la lógica de las dem ocracias m odernas. Las d e m o ­
cracias m o d ern as, a diferencia de sus co n trap artes antiguas, conciben a
sus c iu d a d a n o sc o m o consocios derecho h ab ientes. Los derechos d e jo s
ciudadanos descansan en los «derechos del ho m b re» . Les droits de
l ’hom m e et de cítoyen no se contrad icen ; p o r el c o n trario , se im plican
m utu am en te. E sta es la lógica idealizada de las revoluciones d em o crá­
ticas m o d ern as que siguen los ejem plos de E stados U n id o s y Francia.
El so b e ran o dem o crático o b tien e su legitim idad no m eram ente de
su acto de c o n stitu ció n sino que, de m o d o igualm ente significativo, de
la co n fo rm id a d de este acto co n los p rin cip io s universales de derechos
h u m a n o s q u e en algún sen tid o se dice que p reced en y anteceden la v o ­
lu n tad del_soberano y con los cuales el so b eran o se co m p ro m ete. « N o ­
so tro s, el pu eb lo » refiere a u n a co m u n id ad h u m ana particular, circu n s­
crita en el espacio y el tiem p o , c o m p artien d o cultura, historia y legado
particulares; p e ro este p u e b lo se establece com o c u erp o d em ocrático al
actu ar en n o m b re de lo «universal». L a ten sió n entre la reivindicación
de derechos h u m an o s universales y las identidades p articulares cu ltu ­
rales y nacionales es co n stitu tiv a de la legitim idad dem ocrática. Las d e ­
m ocracias m o d ern as actúan en n o m b re de p rin cip io s universales que
luego se circu n scrib en d e n tro de u n a co m u n id ad cívica particular. E ste
es el « ro stro de Jan o de la n ació n m oderna» en las palabras de Jü rg en
H ab erm as (H ab erm as, 1998: 115).
Sin em bargo, desde R o u sseau tam b ién sabem os que la v o lu n tad del
p u eb lo d em o crático p u ed e ser legítim a p ero injusta, unánim e p e ro mal
aconsejada. «La v o lu n tad general» y «la v o lu n ta d de to d o s» p u e d e n no
co in cid ir en teo ría ni en p ráctica. E l g o b iern o dem o crático j r Jas d e ­
m andas de la justicia p u ed en contradecirse. Los com p ro m iso s previos
dem o crático s expresos y la idealizada fidelidad a los derechos hum anos
universales -v id a , libertad y p ro p ie d a d - deben ser reactualizados y re­
negociados d e n tro de los entes políticos p resentes com o intenciones
dem ocráticas. Siem pre hay p o ten cialm en te u n conflicto entre u n a in ­
terp retació n de estas dem andas de derechos que precede a las fo rm u la ­
c io n e s ex p ré s.!', del s o b e i ano y las p rom ulgaciones efectivas del pueblo

■n
I, iiiiii i il Hii i|in pulí'ni l.ilinrtilr pOill l.lll Vil >l.u tales inlii |ii elaciones.
I in i mu .muís este i miliu in en I.i historia ili'l pensam iento político co
dio el i onllit 1 0 i iiiii' liberalism o y dem ocracia c incluso com o el con-
llii io l im e el constitucionalism o y la soberanía popular. En cada caso,
I I logii ,i del conflicto es la misma: asegurar que el soberano dem ocráti­
co sostendrá ciertas limitaciones a su voluntad en virtud de su co m pro­
miso pievio con ciertas interpretaciones form ales y sustantivas de de-
i ccIhis. I os teóricos liberales y dem ocráticos disienten entre sí en
. ii.m ío .il equilibrio adecuado de esta mezcla: m ientras los fuertem ente
IdH i.ilc. quieren atar la voluntad soberana a través de com prom isos
p n \ ios con una lista de derechos hum anos, los fuertem ente dem ocrá-
iiios n i lia/.an tal entendim iento prepolítico de derechos y sostienen
q u e deben estar abiertos a renegociación y reinterpretación p o r el pue­
blo si ibci ano, aunque adm iten que esto se da d entro de ciertos límites.
I’ero esta paradoja de legitim idad dem ocrática tiene u n corolario
que lia sido poco notado: to d o acto de autolegislación es tam bién un
ii m ile autoconstitución. ^ N o s o tro s [el pucblo]»Wjue acordam os re-
;■11 nos po: estas leyes tam bién nos definim os com o un «nosotros» en el
u io m ism o de autolegislación. N o son solo leyes generales de autogo-
liiei no l.is que se articulan en este proceso; la com unidad que se som e-
i estas leyes se define tam bién definiendo lím ites y estos límites son
i.iiuo territoriales com o cívicos. La voluntad del soberano dem ocráti-
i o si ilo puede extenderse al territorio bajo su jurisdicción; las dem ocra-
i i.is requieren fronteras. Los im perios tienen confines, m ientras las de­
mocracias tienen fronteras. El gobierno dem ocrático, a diferencia del
dom inio imperial, se ejerce en nom bre de una com unidad específica y
solo obliga a esa com unidad. P o r tanto, al m ism o tiem po que el sobe-
i ano se define territorialm ente, tam bién se define en térm inos cívicos.
I os que son m iem bros plenos del ente soberano se distinguen de quie­
nes -quedan bajo su protección» pero que no disfrutan de «plenos de-
i cchos ile membresía». Las m ujeres y los esclavos, los sirvientes y los
Io mibres blancos sin propiedad, los no cristianos y las razas no blancas,
históricam ente fueron excluidos de la condición de m iem bro del ente
soberano y del p royecto de ciudadanía. Eran, en las famosas palabras
ile Kant m eros «auxiliares de la com unidad políticam ente organizada»
(K ant, [1797] 1922: 121; [1797] 1994: 140).
Los lím ites de la com unidad civil son de dos tipos: p o r un lado, de-
finen la condición de aquellos que tienen ciudadanía de segunda clase
dentro del ente político pero que pueden ser considerados m iem bros
del pueblo soberano en virtud de vínculos culturales, familiares y reli­
giosos. Las mujeres, así com o los hom bres n o propietarios antes de la
extensión del sufragio universal caían en esta categoría; la condición de
Mles quipos se distingue ili'l di' ol ios i evidentes en que no solo tienen
condición de se|>tnid.i el.ise sino <|iie además no pertenecen al pueblo
soberano cu virtud de criterios relevantes basados en la identidad. Tal
era la condición de los esclavos afronorteam ericanos luego de la G u e­
rra Civil de Estados U nidos y la declaración en 1865 de la 14a. E nm ien­
da de la C onstitu ció n (adoptada en 1868) que confería la ciudadanía es­
tadounidense a la gente negra; tam bién era esta la condición de los
indios norteam ericanos a los que se otorgó soberanía tribal. La condi­
ción de la gente de fe judía en las trece colonias originales que form a­
ron los E stados U nidos puede describirse com o de transición de «au­
xiliares de la com unidad política organizada» a ser ciudadanos plenos.
Adem ás de estos grupos, están los residentes de la com unidad p o lí­
ticam ente organizada que no disfrutan de derechos plenos de ciudada­
nía p o rq u e n o poseen los criterios de identidad requeridos a través de
los cuales el pueblo se define, p o rq u e pertenecen a alguna otra com uni­
dad políticam ente organizada o p o rq u e eligen m antenerse com o foras­
teros. Estos son los «extranjeros» y «forasteros» del pueblo dem ocrá­
tico. Su condición se distingue de la de los ciudadanos de segunda clase,
tales com o las m ujeres y los trabajadores, así com o de los esclavos y
gente tribal. E sta condición es gobernada p o r tratados m utuos entre
entes soberanos, com o sería el caso de representantes oficiales de una
potencia estatal en territo rio de otra, y si son civiles y viven entre los
ciudadanos p o r razones económ icas, religiosas u otros m otivos cultu­
rales, sus derechos y títulos existen en el espacio oscuro definido p o r el
respeto a los derechos hum anos de u n lado y la ley internacional con­
suetudinaria p o r el otro. Son refugiados de persecuciones religiosas,
com erciantes y m isioneros, em igrantes y aventureros, exploradores y
buscadores de fortuna.
H e circunscrito en térm inos teóricos generales la paradoja de la le­
gitim idad dem ocrática. La paradoja es que el soberano republicano de­
bería buscar lim itar su voluntad p o r una serie de com prom isos previos
con una serie de norm as form ales y sustantivas, a las que generalm ente
se hace referencia com o «derechos hum anos». Los derechos y títulos
de otros -se a n «auxiliares de la com unidad política organizada», com o
se consideraba a las mujeres, los esclavos y los hom bres sin propiedad,
o sean pueblos sojuzgados o extranjeros- se negocian entonces sobre
este terreno flanqueado p o r los derechos hum anos de u n lado y las afir­
maciones soberanas p o r el otro.
En lo que sigue argum entaré que, si bien esta paradoja nunca puede
ser resuelta plenam ente para las dem ocracias, su im pacto puede ser m i­
tigado a través de una renegociación y reiteración de los com prom isos
duales con los derechos hum anos y la autodeterm inación soberana. La
soberanía popular, que significa que quienes están sujetos a la ley son
tam bién sus autores, no es idéntica a la soberanía territorial. Si bien el
demos, com o soberano popular, debe afirm ar su control sobre un d o ­
minio territorial específico, tam bién puede realizar actos reflexivos de
autoconstitución, p o r los que pueden reajustarse las fronteras del de­
mos. La política de la m em bresía en la era de desagregación de los dere­
chos ciudadanos tiene que ver con la negociación de las complejidades
de los derechos plenos de m em bresía, la voz dem ocrática y la residen­
cia territorial.
«El derecho a tener derechos»:
Hannah Arendt y las
contradicciones del Estado-nación

El capítulo anterior analizó la form ulación y defensa del derecho cos­


m opolita de K ant y sostuvo que el texto dejaba sin aclarar cuál de las
siguientes premisas justifica el derecho cosm opolita a la hospitalidad:
el derecho a buscar asociación hum ana que, en realidad, podría verse
com o una extensión del derecho hum ano a la libertad; o la prem isa de
la esfericidad de la superficie de la tierra y la ficción jurídica de la pose­
sión en com ún de la tierra. El análisis de K ant del derecho cosm opoli­
ta, más allá de sus limitaciones, delinea un nuevo terreno en la historia
del pensam iento político. Al form ular una esfera de derecho -e n los
sentidos jurídico y moral del té rm in o - entre el derecho constitucional
dom éstico y el derecho internacional consuetudinario, Kant dibujó el
mapa de u n terreno en el que las naciones del m undo com enzaron a
aventurarse solo después de dos guerras m undiales. A Kant le preocu­
paba que el otorgam iento del derecho de residencia perm anente (Gas-
trecht) debiera seguir siendo el privilegio de com unidades republicanas
autogobernadas. La naturalización es u n privilegio soberano. El anver­
so de la naturalización es la «desnacionalización» o pérdida de la ciuda­
danía.
D espués de K ant, fue H annah A rendt la que se ocupó del am biguo
legado de la ley cosm opolita y quien diseccionó las paradojas que es­
tán en el centro del sistema de estados soberanos con base territorial.
I lannah A rendt, una de las grandes pensadoras políticas del siglo XX,
sostuvo que el fenóm eno gemelo de la «malignidad política» y «la no
mem bresía a u n Estado» seguiría siendo el problem a más desalentador
tam bién del siglo XXI (A rendt, 1994:134; [1951] 1968; véase Benhabib,
11996] 2003). A ren d t siem pre insistió en que entre las causas fu nda­
mentales del totalitarism o estuvo el colapso d el sistema de estados na-
i iones en E u ro p a en las dos guerras m undiales. El desprecio totalita­
rio jjor la vida hum ana y el eventual tratam iento de los seres hum anos
com o entes.ísuperfluos» com enzó, para H an n ah A rendt, cuando m i­
llones de seres hum anos fueron dejados «sin Estado» yjse jes negó el
«derecho a tener derechos». N o ten er E stado o la pérdida de la nacio­
nalidad, sostuvo, era equivalente a la pérdida de todos los derechos.
I .os que no tenían Estado eran privados n o solo de sus derechos de
ciudadanía; fuero n privados de derechos hum anos. Los derechos del
hom bre y los derechos del ciudadano, que las revoluciones burguesas
m odernas tan claram ente delinearon, estaban p rofundam ente im bri­
cados. La p érdida de derechos ciudadanos, p o r tanto, en oposición a
todas las declaraciones de derechos hum anos, era políticam ente equi-
. v.dente a la com pleta pérdida de derechos hum anos.
Este capítulo com ienza con u n examen de la contribución de
Arendt; luego desarrollo una serie de consideraciones sistemáticas que
apuntan a m ostrar p o r qué ni el derecho a la naturalización ni la p re­
rrogativa de la desnaturalización pueden considerarse solo privilegios
soberanos; el prim ero es u n derecho hum ano universal, m ientras la se-
gunda la desnaturalización- es su abrogación.

I I imperialismo y el «Fin de los Derechos del Hombre»

l'.n ¡'he Origins o f Totalitarianism (El origen del totalitarism o) publi-


( .ido en G ran Bretaña en 1951 p o r prim era vez com o The Burden o f
( )ur lunes (La carga de nuestros tiem pos), A ren d t escribió:

AI(,;o mucho más fundamental que la libertad y la justicia, que son dere-
i lu >•• (le ( iudadanÍ3 ^está_en¿u©gQ cuando la membresía a una comunidad en
I.i que uno nació no es ya una cosa dada y no pertenecer ya no es una cues-
i ¡('>n tlr elección, o cuando uno se ve colocadcTen una situación en la que, a
menos que cometa un crimen, su trato por Tos demás no depende de lo que
li.ii e u deja de hacer. Este extremo'Tiada menos, es la situación de la gente
l>i ¡viula de derechos humanos. Son privadas, no del derecho a la libertad si­
no del derecho a la acción; no del derecho a pensar lo que les plazca sino
del detei lio de opinión [...]. lomamos conciencia de la existencia de un de-
i nho a tener derechos (y eso significa vivir en un marco en el que uno es
i n / u n sus ai i iones y opiniones) y el derecho a pertenecer a algún tipo
tlr comunidad organizada, solo mando aparecieron millones de personas
que habían perdido y no podían recuperar estos derechos debido a la nueva
situación política global. (A rendt, [1951] 1968: 177. E nfasis mío.)

La frase «el derecho a ten er derechos» y el reclam o resonante de


A rendt p o r el reconocim iento del derecho de to d o ser hum ano a «per-
tenecer a alguna com unidad» se introducen al final deTaparte II de The
Origins o f Totalitarianism, que se titula «Im pcrialism» (Imperialismo).
Para com prender las intenciones filosóficas de A rendt, es necesario co­
nocer este debate en sus rasgos generales. En los tram os iniciales de
«Im perialism o», A ren dt exam ina la «carrera p o r África» («scramble
for A frica») de Europa. Su tesis es que el encuentro con África perm i­
tió a las naciones blancas colonizadoras tales com o los belgas, holande­
ses, británicos, alemanes y franceses, transgredir en el extranjero los lí­
mites morales que norm alm ente controlarían el ejercicio del p o d er en
sus propios países. En el encuentro con África hom bres blancos civili­
zados regresaron a niveles de inhum anidad con el pillaje y el saqueo,
quem ando y violando a los «salvajes» que encontraron. A rendt utiliza
el fam oso cuento de Joseph C o n rad «The H e a rt o f D arkness» (El co­
razón de las tinieblas) com o parábola de este encuentro. El «corazón
de las tinieblas» no está solo en África; el totalitarism o del siglo XX trae
este centro de la oscuridad al continente europeo mismo. Las lecciones
aprendidas en África parecen ser practicadas en el corazón de Europa.
E l intento de A rendt de ubicar en la carrera europea p o r África una
fuente distante del totalitarism o europeo y, en particular, de las políti­
cas de exterm inio racial, es brillante, aunque ha sido poco explorado
histórica y filosóficamente. A lo largo de su análisis examina episodios
históricos definidos com o ilustraciones de la quiebra del reinado del
derecho: la destrucción del ideal del consentim iento ciudadano a través
dé decisiones adm inistrativas secretas y m anipulaciones imperialistas,
com o en el caso del dom inio británico en la India y el gobierno francés
de Egipto; la fragilidad de los principios de derechos hum anos para go­
bernar las interacciones entre seres hum anos que, de hecho, no tienen
nada en com ún más que su hum anidad, com o se evidencia en la coloni­
zación de África; la instrum entación del E stado-nación al servicio de la
avaricia saqueadora de las clases burguesas, u n experim ento en el que
participaron más o m enos todas las naciones europeas m ayores. Su aná­
lisis del im perialism o, que com ienza con la «carrera p o r África» euro­
pea, concluye con «la declinación del E stado-nación y el fin de los de­
rechos del hom bre».
A través de u n análisis cuya significación para los desarrollos con­
tem poráneos es dem asiado evidente luego de las guerras civiles en la
ex Yugoslavia .i m ediados de los años noventa, A rendt luego se vuelve
hacia la cuestión de las nacionalidades y m inorías que em ergieron lue­
go de la Prim era G uerra M undial. La disolución de los im perios mul-
t i nacionales y m ultiétnicos, tales com o Rusia, el o tom ano y el austro-
húngaro y la derrota del K aiserreich llevó al surgim iento de los
estados naciones, en particular en los territo rio s de la E uropa centro-
oriental,'que no disfrutó de hom ogeneidad religiosa, lingüística ni cül-
rural. Los estados sucesores de estos im perios -P o lo n ia, A ustria,
I lungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, Bulgaria, Lituania, Letonia,
Estonia y las repúblicas griega y tu rc a - co ntrolaron territorios donde
residían grandes cantidades de las llamadas m inorías nacionales. El 28
ile junio de 1919, se concluyó el Tratado Polaco de M inorías entre el
presidente W oodrow W ilson y las Potencias aliadas y asociadas, para
proteger los derechos de m inorías que com ponían casi el 40% de la
población total de Polonia en aquel m om ento y eran judíos, rusos,
alemanes, lituanos y otros. Luego se hicieron o tro s trece acuerdos si­
milares con varios gobiernos sucesores «en los que prom etieron a sus
m inorías igualdad civil y política, libertad económ ica y tolerancia re-
Ii misa» (Fink, 1972: 331). N o solo había una falta de claridad en cuan­
to .i cóm o se debía definir «una m inoría nacional», sino que el hecho
de que la protección de los derechos de las m inorías se aplicaba única­
mente a los estados sucesores de las potencias derrotadas, m ientras
que ( ¡t an Bretaña, Francia e Italia se negaban a considerar la generali-
/.u ion de los tratados de m inorías a sus p ro p io s territorios, generó ci­
nismo respecto de las m otivaciones de las Potencias aliadas al apoyar
Ins derechos de las m inorías (ibíd., 334). E sta situación llevó a anom a­
lías p o r las que, p o r ejem plo, la m inoría alemana en Checoslovaquia
podía reclam ar a la Liga de las N aciones la p rotección de sus derechos
pero la gran m inoría alem ana en Italia no podía hacerlo. La situación
ile los judíos en todos los estados sucesores tam bién quedó sin resol-
v e i : si eran una «m inoría nacional», ¿era en virtud de su raza, su reli­
en m o su lengua que se los debía considerar com o tales y exactam ente
q u e dei cebos incluía la condición de esta m inoría? Adem ás de los de-
lei Ims al libre ejercicio de su religión y la educación en escuelas he-
ln i as, ¿qué derechos educativos y culturales serían otorgados a pobla-
. io n es tan diversas com o los judíos austríacos, los judíos rusos y la
■ om tm idad sefardí turca en los ex territorios del Im perio otom ano,
poi nom in al solo unas pocas instancias?
I'ai a A rendt, la gradual desavenencia dentro de la Liga de las N acio­
n e s y la ineptitud política resultante, los conflictos emergentes entre las
l l amadas m i n n i l a s nacionales mismas y la hipocresía en la aplicación de
los H a l a d o s d e m inorías, lucran todos precursores de los procesos que
si d a i i a n en los anos treinta. I I Estado nación m oderno estaba siendo
transform ado de un órgano que ejecutaría el im perio del derécho para
todos los ciudadanos y residentes en u n in strum ento solo de la nacióft.
«La nación había conquistado al Estado, el interés nacional tenía p rio ­
ridad p o r sobre el derecho m ucho antes de que H itlerd ecíarara que “el
derecho es lo que es bueno para el pueblo alem án” » (A rendt, [1951]
1968:275),
La perversión del Estado m oderno que pasó de ser un instrum ento
del derecho a uno de discrecionalidad sin derechos, al servicio de la na­
ción, se com pletó cuando los estados com enzaron a practicar desnatu­
ralizaciones masivas contra m inorías indeseadas, creando así millones
de refugiados, extranjeros deportados y pueblos sin Estado p o r sobre
las fronteras. Los refugiados, las m inorías, los sin E stado y las personas
desplazadas son categorías especiales de seres hum anos creadas a través
de las acciones del E stado-nación. E n un sistema de estados naciones
circunscritos territorialm ente, es decir, en un o rden internacional «Es-
tadocéntrico», la Condición legal del individuo depende de la p rotec­
ción p o r parte de la autoridad más alta que controla el territorio en el
que un o reside y emite los papeles a los que uno tiene derecho. El indi­
viduo se vuelve u n refugiado si es perseguido, expulsado y em pujado
fuera de su tierra; uno se convierte en una minoría si la m ayoría políti­
ca en el ente político declara que ciertos grupos no pertenecen al pue­
blo supuestam ente «hom ogéneo»; uno es una persona sin Estado si el
Estado de cuya protección se ha disfrutado hasta el m om ento retira di­
cha protección, así com o anula los papeles que ha otorgado; uno es una
persona desplazada si, habiendo sido colocado en situación de refugia­
do^ es m iem bro de una m inoría o persona sin E stado, no puede encon­
trar otra entidad política que lo reconozca com o m iem bro y queda en
un estado de lim bo, atrapado entre territorios, ninguno de los cuales
desea que u n o sea su residente. E ntonces A rendt concluye:

Tomamos conciencia de la existencia de un derecho a tener derechos (y eso


significa vivir en un marco en el que uno es juzgado por sus acciones y opi­
niones) y un derecho a pertenecer a algún tipo de comunidad organizada,
solo cuando aparecen millones de personas que habían perdido y no po­
dían recuperar estos derechos debido a la nueva situación política global
[...]. El derecho que corresponde a esta pérdida y nunca fue mencionado
entre los derechos humanos no puede expresarse en las categorías del siglo
XVIII porque estas suponen que los derechos surgen inmediatamente de la
«naturaleza» del hombre [...] el derecho a tener derechos o el derecho de
todo individuo de pertenecer a IiThumanidad, debería ser garantizado por
la humanidad misma. No es de ningún modo seguro que esto sea posible.
(Arendt, [1951] 1968:296-297)
C o m o ha observado F ran k M ichelm an en u n ensayo esclarecedor,
• Parsing “A R ight to H ave R ig h ts”» (A nalizando «El D erecho a Tener
I íerechos»), «D e la m anera com o se han desarrollado las cosas [...1 te-
ner d erechos depende de recibir un tipo especial de reconocim iento y
aceptación social, es decir, la condición jurídica d entro de una com uni­
d ad política particular concreta. La noción del derecho a tener dere­
chos surge de condiciones del E stado m oderno y es equivalente al de-
i echo m oral de u n refugiado u o tra persona sin E stado a la ciudadanía,
ó al m enos a la condición de p ersona jurídica, d entro de las fronteras
sociales de al^ún E stado dispensado r de derecho» (M ichclman, 1996:
203). ¿ Pero qué tip o de derecho m oral es el que presenta el refugiado y
el asilado, el trabajador extranjero y el inm igrante, para que se lo reco­
nozca com o m iem bro? ¿Q u é tip o de derecho im plica el derecho a te­
ner derechos?

I.os muchos significados del «derecho a tener derechos»

Perm ítasem e com enzar analizando la frase «el derecho a tener dere-
clios». ¿El concepto de «derecho» está siendo utilizado de m odo equi­
valente en las dos m itades de la frase? ¿El derecho a ser reconocido por
los demás com o persona a quien corresponden derechos en general es
tic la misma categoría que los derechos que le corresponderían a uno
luego de tal reconocim iento? C laram ente no es así. El prim er uso del
leí m ino «derecho» se dirige a la hum anidad com o tal y nos reclam a re­
conocer la m em bresía a algún g rupo hum ano. E n tal sentido este uso
del ici m ino «derecho» evoca u n i_mperativo_moral. «Se debe tratar a to-
dos los seres hum anos com o personas pertenecientes a algún grupo h u ­
m a n o y ,t quienes corresponde Ja protección del mismo». Lo que se in ­
voca aquí es u n derecho m oral a la m em bresía y una cierta fo rm a de
ii.ito compatible con el derecho a la membresía.
I I segundo uso del térm ino «derecho» en la frase «el derecho a te-
uci dci cchos» se basa en el previo derecho a la membresía. Tener un de-
ici lio, cuando ya se es m iem bro de una com unidad política y legal o r­
ganizada, significa que «tengo derecho de hacer o no hacer A y tú
nenes la obligación de no im pedirm e hacer o no hacer A». Los dere-
i Ims atilo ri/an a las personas a tom ar o no u n curso de acción y tales
anión/,aciones crean obligaciones recíprocas. Los derechos y obliga-
i iones están coi relacionados: el discurso de los derechos se da entre
i o i i s i k ios de tina com unidad. Por lo general se hace referencia a tales
d< i e« líos, que generan obligaciones recíprocas entre consocios, es de-
i n, entre t|tiicuc.i ya son reconocidos com o m iem bros de una com uni­
dad Igal, com o derechos «civiles y políticos» o derechos ciudadanos.
Liaremos entonces al segundo uso del térm ino «derecho» en la frase
«el drecho a tener derechos» su t£$o jurídico-civil. E n este uso, «dere­
chos sugiere una relación triangular entre la p ersona a quien corres-
ponen los derechos, o tro s para quienes esta obligación crea un deber
y la fotección de estos derechos y su im posición a través de algún ór-
ganoegal establecido, p o r lo general el Estado y su aparato.
E prim er uso del térm ino «derecho» en la frase «el derecho a tener
derenos» no m uestra la m ism a estructura discursiva que el segundo
uso: n la prim era m ención, la identidad del (los) otro(s) a quien(es) se
dirig el reclam o de ser reconocido com o persona derechohabiente
qued abierta e indeterm inada. N ó tese que para A rendt tal reconoci-
miero es en p rim er y principal lugar un reconocim iento de «m em bre-
_sía»,4 reconocim iento de que u n o «pertenece» a alguna com unidad
humna organizada. La condición de persona derechohabiente es con-
tingete al reconocim iento de la m em bresía de la persona. ¿Q uién ha
de di o negar tal reconocim iento? ¿Q uiénes son los destinatarios del
reclaio de que u n o «debe ser reconocido com o m iem bro»? La res-
puesi de A ren d t es clara: la h u m anidad misma; pero agrega: «De n in ­
gún iodo es seguro que esto sea posible». La asim etría entre los usos
prim ro y segundo del térm ino «derecho» deriva de la ausencia en el
prim r caso de una com unidad jurídico-civil de consocios que estén en
una ilación de deber recíproco. ¿Y cuál sería este deber? El deber de
recoocersé m utuam ente com o m iem bros, com o individuos p rotegi­
dos p r las autoridades político-legales y que deben ser tratados com o
persoas habilitadas para d isfrutar de derechos.
E:e derecho y el deber que nos im pone son «morales» en el senti­
do kntiano del térm ino, p o rq u e nos conciernen a los seres humanos,
com itales, trascendiendo así toda afiliación cultural, religiosa y lin­
güista y to d o lo que nos distingue al uno del o tro. A rendt, si bien su
pénsm iento es plenam ente kantiano, no sigue a K ant. Pero es im por-
tan teeco rd ar aquí los argum entos de Kant.
Pagam os entre paréntesis p o r el m om ento la justificación de K ant
del iiperativo categórico. Supongam os que la ley m oral en una de sus
muchs form ulaciones es válida y centrém onos en el principio del
Zwec an sich (fin-en-sí-m ism o), a saber: «Actúa de tal m odo que trates
a la hm anidad en todas tus acciones com o u n fin, y nunca solo com o
un mdio». Para Kant, esta ley m oral legitima el «derecho de hum ani­
dad a la persona de uno», es decir, el derecho a ser tratado por los d e-
m,ís eiconcordancia con ciertos estándares de dignidad y valor hum a­
no. Ev derecho nos im pone deberes negativos, es decir, deberes que
nos («ligan a no actuar de maneras que violarían el derecho de hum ani­
dad en toda persona. Tal violación ocurre prim ero y principalm ente si y
cuando nos negam os a entrar en sociedad civil el u no con el otro, es de­
cir, si nos negam os a convertirnos en consocios legales. El derecho de
hum anidad en nuestra persona nos im pone una obligación recíproca
de entrar en sociedad civil y aceptar que nuestra libertad será limitada
por legislación civil, tal que la libertad de u no pueda hacerse com patible
i on la libertad de cada uno bajo una ley universal. El derecho de hum a­
nidad lleva a K ant a justificar el contrato social del gobierno civil bajo el
cual todos nos convertim os en consocios legales (Kant, [1797] 1994:
133-134). En el lenguaje arendtiano, el derecho de hum anidad nos auto­
riza a convertirnos en m iem bros de ia~sociédad civil de tal m odo que
nos corresponden derechos jurídico-civiles. El derecho m oral del hués­
p e d a no ser tratado con hostilidad al arribar a las tierras de otro y su de­
recho a la hospitalidad tem poraria descansan en este m andato m oral
contra la violación de los derechos de hum anidad en la persona indivi­
dual. N o es la posesión en com ún de la tierra, sino más bien este dere­
cho de hum anidad, y el derecho a la libertad que de él se deriva, que sir­
ve com o la justificación filosófica del derecho cosm opolita.
A rendt misma era escéptica respecto de tales discursos filosóficos
justificatorios viendo en ellos una form a de fundacionalism o metafísico.
Por este m otivo pudo ofrecer una solución política pero no conceptual
de los problem as planteados p o r la prerrogativa del Estado de desnacio­
nalizaciones. El derecho a tener derechos, desde su p u n to de vista, tras­
ciende las contingencias del nacim iento que nos diferencian y diferen-
cu n el uno del otro. El derecho a tener derechos puede realizarse solo
en mía com unidad política en la epatase nos juzga no p o r las caracterís-
i h i ■que nos definen p o r nacim iento, sino p o r nuestras acciones y opi­
niones, p o r lo q u e hacemos y decim os y pensam os. «N uestra vida polí-
Iie.i escribe A re n d t- descansa en el supuesto de que podem os p roducir
la igualdad a través de la organización, p orque el hom bre puede actuar
y cam biar y construir un m undo en com ún, ju n to con sus iguales y so­
lo con sus iguales [.. J. N o nacemos iguales; nos volvemos iguales com o
miem bros de u n grupo basados en nuestra decisión de garantizarnos
m utuam ente derechos iguales» (A rendt, [1951] 1968: 301).
I n térm inos contem poráneos A rendt se declara partidaria de un
ideal de entidad política y m em bresía «cívica» p o r oposición a «étni-
i .i I s el reco n o cim ien to jn u tu o p o r un grupo de consocios del uno
poi el o tro com o personas derechohabientes iguales, lo que constituye
pata ella el verdadero significado de>igualdad política. Pese a sus per-
vn sio n es a través del affaire D rcyfus, Francia era, por este m otivo, pa-
i .i At endí Li n,ilion par excellence. ¿ lis posible entoiu es que la solución
instituíional, aunque no filosófica, a los dilemas de los deici líos lumia
nos se encuentre en el establecim iento de principios de nacionalism o
cívico? P o r supuesto que el nacionalism o cívico im plicaría u n m odo
basado en el ju s solí de adq u irir ciudadanía, es decir, la adquisición de
derechos de ciudadanía p o r vía del nacim iento en el territorio o una
m adre o padre ciudadanos. Jus sanguinis, en cam bio, significa la adqui­
sición de derechos de ciudadanía a través del linaje étnico y descenden­
cia solam ente, p o r lo general -p e ro no siem p re- a través de la dem os­
tración de que el padre era m iem bro de u n determ inado grupo étnico.
El Jus sanguinis se basa en la com binación del ethnos con el demos, de
«pertenecer a u n pueblo» con «m em bresía en el Estado». Sin duda,
A rendt defiende u n ideal de la nación cívica basado en u n m odo de ad­
quisición de ciudadanía de Jus soli. Pero su diagnosis de las tensiones
inherentes a su ideal de E stado-nación sugiere que hay un mal más p ro ­
fundo en esta estructura institucional, una perplejidad más profunda
respecto de la «declinación del E stado-nación y el fin de los derechos
del hom bre». Para definir de m odo tajante la cuestión: A rendt era tan
escéptica respecto de los ideales de un gobierno m undial com o lo era
respecto de ¡a posibilidad de que sistemas de E stado-nación logren ja­
más la justicia e igualdad p ara todos. El gobierno m undial destruiría el
espacio para la política dado que n o perm itiría a los individuos defen­
der espacios públicos com partidos (supuesto que subestim a las p o te n ­
cialidades de una política planetaria). El sistema de E stado-nación, p o r
otra parte, siem pre llevaba en su in terio r las semillas de injusticia exclu­
yem e dom éstica y agresión en el extranjero.

Arendt sobre el Estado-nación

U no de los aspectos más enigm áticos del pensam iento político de


H an n ah A ren d t es que, aunque criticó las debilidades del sistema del
E stado-nación, era igualm ente escéptica respecto de los ideales de go­
bierno m undial. La am bivalencia filosófica y política de A rendt res­
pecto de los estados naciones tiene dim ensiones com plejas. El sistema
del E stado-nación, establecido a p artir de las R evoluciones estadouni­
dense y francesa, y que llevó a su culm inación procesos de desarrollo
que operaban desde el absolutism o europeo del siglo XVI, se basa en
tensiones y en determ inados m om entos en una contradicción abierta,
entre los derechos hum anos y el principio de soberanía nacional.
El E stado m oderno siem pre ha sido tam bién u n E stado-nación es­
pecífico. Este es el caso incluso cuando dicho nacionalism o es cívico en
su lorm a, tal com o se asocia usualm ente con los m odelos norteam eri­
cano, Il aní os, británico y latinoam ericano, o étnico, com o se asocia ha­
bitualm ente con los m odelos germ ano y eu ropeo centro-oriental. Los
i mi latíanos’del E stado m o d ern o adem ás son siem pre m iem bros de una
ii.u-ión,'3'e un grupo hum ano particular, que com parte una cierta h isto ­
ria, lengua y tradición, p o r p roblem ática que p u eda se rla constitución
de esta identidad.
Es en sus escritos sobre el sionism o d o n d e en contram os la clave de
la critica de A ren d t del nacionalism o. E n u n ensayo publicado en 1945
titulado «Z ionism R econsidered» (Reevaluación del sionism o) A ren d t
c i iiicó tod o s los nacionalism os, sin excluir el tip o de sionism o de Teo­
do ro H erzl, p o r su afirm ación de que «la nación era u n ente orgánico
eterno, p ro d u c to del crecim iento inevitable de cualidades inherentes;
explica a los pueblos, no en térm in o s de organizaciones políticas, sino
en térm inos de personalidades biológicas superhum anas» (A rendt,
11945] 1978: 156). Para A ren d t este tip o de p ensam iento era p repolíti-
eo en sus raíces, p o rq u e aplica m etáforas tom adas del dom inio de la
vida prepolítica, tales com o cuerpos orgánicos, unidades fam iliares y
com unidades de sangre, a la esfera de la política. C u an to más las id eo ­
logías nacionalistas destacaban aspectos de id entidad que precedían lo
político, tan to más basaban la igualdad de los ciudadanos en sus su-
puestos rasgos com unes y sim ilitudes. La igualdad entre consocios en
un Rechtstaat dem ocrático debe diferenciarse de la sim ilitud de id en ti­
dad cultural y étnica. La igualdad cívica no es sim ilitud, sino que im pli-
i .i el respeto p o r la diferencia.
I s im portante señalar que, luego del H o lo cau sto y el intento de ex-
i i-i m inio de los judíos europeos, el apoyo de A re n d t a u n hogar nacio­
nal judío cam bió. Si bien nunca aceptó el sionism o com o el p royecto
cultural y político d om inante del pueb lo ju d ío y o p tó p o r vivir su vida
<n un Estado m ultinacional y m u lticultural liberal-dem ocrático, las ca­
ta.i roles de la Segunda G u erra M undial h icieron que A ren d t apreciara
mas el m o m en to de nuevo com ienzo in herente a todas las form aciones
eM.ltalcs. «La restauración de los derechos hum anos -o b s e rv ó - com o
lo dem uestra el reciente ejem plo del E stado de Israel, ha sido logrado
hasta ahora solo a través de la restauración o establecim iento de dere-
i hos nacionales» (A rendt, [1951] 1968: 299). A ren d t era una observa­
do!.i de la política dem asiado conocedora e inteligente com o para no
liabei advertido tam bién que el costo del establecim iento del E stado de
I i tcl et a la enajenación de los residentes árabes de Palestina y la h o sti­
lidad en el ( )riente M edio hasta el presente. Ella tuvo la esperanza a lo
laigo de la década de 1950 de que se haría realidad un E stado binacio­
nal 11 id n >y palestino (véase B enhabib, 11996] 2003: 43-47).
(il.hie podem os concluir de las contradicciones históricas e insti-
itu ion.lies de la idea de I stado nación? ¿l a aceptación renuente de

U
A re n d t de esta form ación política es u n a concesión al realism o p o lítico
vy lo históricam ente inevitable? ¿Puede ser que A ren d t esté diciendo
que no o b stan te lo cargado de contradicciones que esté el E stado-na-
ción com o estru ctu ra institucional, sigue siendo el único que defiende
los derechos de todos quienes son sus ciudadanos, al m enos en prin ci­
pio, si n o en la práctica?
Paradójicam ente, A ren d t tenía una co m prensión m uy clara de las li­
m itaciones del E stad o -n ació n cuando aspira a convertirse en el E stado
de una nación supuestam ente hom ogénea. «El verdadero objetivo de
los judíos en Palestina -e s c rib ió - es co n stru ir u n h o gar nacional judío.
Este objetivo nunca debe ser sacrificado a la seudosoberanía de un es­
tado judío» (A rendt, [1945] 1978: 192). A ren d t distinguió la gran idea
francesa de la «soberanía del p ueblo» de «los reclam os nacionalistas de
existencia autárquica» (ibíd., 156). «Soberanía del pueblo» hace refe­
rencia a la au toorganización y la volu n tad política dem ocráticas del
pueblo, que p u ede o no co m p artir la m ism a etnicidad, pero que elige
constituirse com o cuerpo p o lític o soberano y autolegislativo.
E sta idea de soberanía p o p u la r es distinta del nacionalism o, que
presu p o n e que «la nación es u n cuerpo orgánico eterno» (ibíd.).
A ren d t creía que este tipo de nacionalism o, adem ás de ser falso con­
ceptualm ente, llega a su extrem o de virulencia cuando se vuelve h istó ­
ricam ente obsoleto: «En cuanto al nacionalism o, nunca fue más m alig­
no ni se lo defendió con m ay o r ferocidad que desde el m om ento en que
se h izo visible que este, que en u n tiem po fue u n gran principio revolu­
cionario de la organización nacional de los pueblos, ya no podía garan­
tizar la v erdadera soberanía del p u eb lo d en tro de las fronteras naciona­
les o establecer u n a relación ju sta entre distintos pueblos p o r sobre esas
fronteras nacionales» (ibíd., 141). A re n d t vio claram ente que para lo ­
grar la auténtica soberanía dem ocrática y establecer justicia más allá de
las fro n teras, se necesitaba ir más allá del m odelo E stadocéntrico del si­
glo XX. C o n tra to d a esperanza siguió esperando que floreciera una
gran dem ocracia local de la que ju d ío s y árabes participaran en com ún,
en el m arco de u n a estru ctu ra estatal federativa integrada a la co m u n i­
dad m ay o r de pueblos del M editerráneo (véase B enhabib, [1996] 2003:
41-43).
A un así, en sus reflexiones acerca de las p aradojas del derecho a
tener derechos, A re n d t to m ó el m arco del E stad o -n ació n , en sus va­
riantes étnica o cívica, com o algo dado. N o exploró m ás allá sus refle­
xiones experim entales, fluidas y abiertas acerca de cóm o c o n stitu ir co ­
m unidades d em ocráticam ente soberanas, que n o siguieran el m odelo
del E s ta d o n a c ió n . Q u ie ro sugerir que el experim ento del E sta d o -n a ­
ción m o d ern o p o d ría sei analizad o en térm inos diferentes: la form a-

JJ
d ó n del p u eb lo dem ocrático con su historia y cultu ra únicas puede
verse com o u n proceso co n tin u o de tran sfo rm ación y experim enta-
i ion reflexiva con una id entidad colectiva en u n proceso de iteraciones
dem ocráticas. A q u í to m o la p o sta de A ren d t y me alejo de ella. La
contrad icció n entre los derechos h um anos y la soberanía debe ser re-
t onceptualizada com o los aspectos in h erentem ente discrepantes de la
form ación reflexiva de la id entidad colectiva en dem ocracias com ple­
jas y crecientem ente m u lticulturales y m ultinacionales.

Kant y Arendt sobre derechos y soberanía

l .n el capítulo 1 recordé extensam ente el argum ento de K ant relativo al


derecho cosm opolita a perm anencia tem poraria. K ant m ostró clara­
mente las tensiones que surgen entre la obligación m oral que debem os
.1 cada ser hum ano de o to rg ar residencia, p o r u n lado, y la prerrogativa

del soberano republicano, p o r el o tro , de n o extender este derecho


tem porario de estadía a una m em bresía perm anente.
1)ebem os advertir lo p róxim os que están K ant y A ren d t en esta ma-
tt i ia. A sí com o K ant deja sin explicar el paso filosófico y político que
podría llevar del derecho de perm anencia tem poraria al derecho de
mem bresía, del m ism o m odo A ren d t no puede basar «el derecho a te­
ner derechos», es decir, a ser reconocido com o m iem bro de una co m u ­
nidad hum ana organizada, en u n nuevo p rincipio filosófico. Para K ant,
ni oí gar el derecho de m em bresía sigue siendo prerrogativa del sobera­
no lepublicano e involucra u n acto de «beneficencia». Para A rendt la
.icluali/.ación del derecho a tener derechos im plica el establecim iento
de entes políticos republicanos en los que la igualdad de cada u n o es
l',.u .m tizada p o r el reconocim iento de todos. Tales actos de^constitu-
c mu i rpublicana transform an las desigualdades y exclusiones entre se-
r< h hum anos en un régim en de reivindicación de derechos hum anos.
Arendt misma es profundam ente consciente de la paradoja de que cada
.h to de constitu ció n republicana establece nuevos «m iem bros» y «no
m iem bros». M ientras el arco de igualdad política se extiende para p ro -
legei a algunos, nunca puede albergar a todos, p o rq u e entonces no te n ­
dí i.unos cuerpos políticos individuales sino u n E stado m undial, al que
Arendt se opo n ía tan intensam ente com o Kant.
Sostengo, entonces, que en el trabajo de K ant tanto com o en el de
Arendt encontram os la m ism a construcción conceptual llena de ten-
.iones; prim ero y ante to d o están los derechos m orales concernientes a
Ir. obligaciones que nos debem os m utuam ente com o seres hum anos.
I’.ii .i Is.mt, esta es la obligai ion de d ar refugio a cada sei hum ano nece-

Jft
sitado, m ientras que para H a n n a h A re n d t es la obligación de no negar
la m em bresía o no negar el derecho a tener derechos. Pero para cada
pensad o r este derecho m oral universalista es tan circunscrito política y
jurídicam ente que cada acto de inclusión genera sus pro p io s térm inos
de exclusión. Para K ant, no hay derecho m oral a la residencia p erm a­
nente; para A rendt, no hay m odo de escapar a la arbitrariedad h istó ri­
ca de los actos de fundación republicana cuyo arco de igualdad siem pre
incluirá a algunos y excluirá a otro s. La igualdad republicana se dife­
rencia de la igualdad m oral universal. El derecho a ten er derechos no
puede ser garantizado p o r u n E stad o m undial u o tra organización
m undial, sino solo p o r la v o lu n tad colectiva de entes políticos circuns­
critos, que a su vez perp etran , a diestra y siniestra, sus propios regím e­
nes de exclusión. Podem os decir que el cosm opolitism o de A ren d t y
K ant se basa en su particularism o legal y cívico. La paradoja de la au­
todeterm inación dem ocrática lleva al soberano dem ocrático a la auto-
constitución así com o a la exclusión.
¿H ay m anera de escapar a estos dilem as? Filosóficam ente debem os
m irar más de cerca los dos térm in o s de este dilem a: el concepto de
derechos p o r u n lado y el de privilegio soberano, p o r el o tro . Sus su­
puestos relativos a la soberanía republicana llevan a A re n d t y K ant a
creer que el co n tro l territo rial exclusivo es u n privilegio soberano no
irrestricto que n o p uede ser lim itado o b u rlad o p o r otras norm as e ins­
tituciones. Q u ie ro m o strar que n o es así y que los derechos cosm o­
politas crean una red de obligaciones e im bricaciones en to rn o de la
soberanía. M i argum ento tra ta rá el nivel conceptual ta n to com o el in s­
titucional.
D esde que A re n d t escribió su análisis p rofético de la «D eclinación
del E stado-nación y el fin de los derechos del hom bre», desarrollos
institucionales y norm ativos del derecho internacional han com enzado
a ab o rd ar algunas de las paradojas que ella y K ant no p u d iero n resol­
ver. C u an d o A ren d t escribió que el derecho a tener derechos era una
reivindicación m oral fundam ental así com o u n problem a político inso-
luble, n o q uiso decir que los extranjeros, forasteros y residentes no p o ­
seyeran n ingún derecho. E n ciertas circunstancias, com o en el caso de
los judíos en A lem ania, los griegos y arm enios en el p erío d o de la fu n ­
dación de la república de T urquía (1923) y los refugiados alemanes en
la Francia de V ichy - p o r n o m b ra r u n o s pocos casos-, grupos enteros
de personas eran desnaturalizados o desnacionalizados y perdían la
protección de u n cuerpo legal soberano. Para A rendt, no había solu­
ción institucional ni teórica para este problem a. D esde la Segunda
( j u m a M undial han surgido varios arreglos institucionales que expre-
..m i-l proceso de api endi/.ije di' las naciones de este m undo para el m a­
nejo de los h o rro re s de este siglo: la C o n v en ció n de G in eb ra de 1951
Kd a tiv a al E sta tu to de R efugiados y su P ro to c o lo agregado en 1967, la
creación del A lto C o m isio n ad o de las N acio n es U n id as para los R efu ­
giados (A C N U R ) y la fo rm ació n de la C o rte M u ndial y, más reciente­
m ente, de u n a C o rte C rim in al In tern acio n al a través del T ratado de
Rom a, p ro ceso s que b u scan p ro te g e r a aquellos a quienes se les ha d e ­
negado su derech o a ten er derechos.
Lo q u e es m ás, p rocesos significativos en el derecho internacional
ap u ntan en dirección a la descrim inalización de m ovim ientos m ig rato ­
rios, sean estos causados p o r la b ú sq u ed a de refugio o asilo o p o r la
propia inm igración. E l derech o a te n e r d erechos h o y significa el re c o ­
nocim iento de la co n d ició n universal de p e rso n ería de cada u n o y to ­
dos los seres hum an o s in d ep en d ien tem en te de su ciudadanía nacional.
M ientras q u e p ara A ren d t, de últim as, la ciudadanía era la principal ga-
i am ia de p ro te c c ió n de los derechos h um anos del individuo, el desafío
p o r d elante es d esarro llar u n régim en intern acio nal que separe el d e­
recho a te n e r derechos de la co n d ició n nacional del in dividuo (véase
cap. 5).
1.os estudios del derecho distin g u en entre las perspectivas jurídica,
social e individualista d o m in an tes en el derech o de refugiados (H a th a ­
way, 1991: 2-8). Las prim eras definiciones so b re refugiados de 1920
hasta 1935 fu e ro n fo rm uladas en resp u esta a la negativa de p ro tecció n
loi mal a través del E stad o de origen. H a th a w a y observa que «El retiro
ilc pro tecció n de ju re p o r u n E stado, sea p o r d esn aturalización o la n e ­
gación de facilidades diplom áticas tales co m o d o cu m en to s de viaje y
rep resen tació n consular, resulta en u n a falla en el fu ncionam iento de
to d o el sistem a legal. D e b id o a que el derecho in ternacional existente
entonces no reconocía a los individuos co m o sujetos de derechos y
obligaciones internacionales, la d eterm in ació n de responsabilidades en
el plano internacional recaía sobre el E stad o so b erano de cuya p ro te c-
i ion se disfrutara» (ibíd., 3).
I n respuesta a d esnaturalizaciones m asivas q u e o cu rrie ro n du ran te
el p erío d o de entreguerras en las nuevas repúblicas creadas en E uropa,
la l.iga de las N aciones ex tendió su p ro tecció n a grupos de personas
cuya nacionalidad les había sido retirada. A dem ás, a la gente sin p asa­
porte se le reconoció el derech o a p ro tecció n legal. E ste es el trasfo n d o
histórico para las consideraciones de A ren d t so b re las personas sin Es-
i.ulo. D esde aquel m o m en to , la definición de u n a C on v en ció n para re-
iugiados bajo la ley internacional se ha exp an d id o a fin de acom odar
individuos que sean víctim as indefensas de sucesos sociales o políticos
de base am plia, y se ofrece asistencia para g aran tizar la seguridad y el
bienestai del refugiado. U n nuevo co n ju n to de p rocesos en el sistem a
de p ro te c c ió n intern acio n al de refugiados ha llevado a la inclusión de
individuos que están en busca de una vía de escape de injusticias o p e r­
secución p ercib id o s en su p ro p io E stado. El artícu lo 14 de la D eclara­
ción U niversal de D erechos H u m a n o s ancla el d erecho a asilo com o u n
derech o h u m an o universal. E l tex to del artículo dice: «En caso de p e r­
secución, to d a p e rso n a tiene d erech o a buscar asilo, y a disfru tar de él,
en cualq u ier país. E ste derech o n o p o d rá ser in vocado co n tra u n a ac­
ción judicial realm ente o rig in ad a p o r delitos com unes o p o r actos
opuesto s a los p ro p ó sito s y p rin cip io s de las N aciones U nidas» (citado
ibíd., 14). D e to d o s m odos, m ientras el d erech o d e p e d ir asilo es reco ­
n ocido c o m o derech o hu m an o , la obligación^ de otorgar asilo sigue
siendo conservada celosam ente p o r los estados com o un privilegio so ­
berano. E n este sentido y pese a considerables avances del derecho in­
tern acio n al en la p ro tecció n de la condición de p ersonas sin E stado, así
com o refugiados y asilados, ni K an t ni A re n d t se equivocaron to ta l­
m ente al señalar el conflicto en tre los derechos hu m an o s universales y
la reivindicación de so beranía co m o la p arad o ja básica en el centro del
o rd e n intern acio n al E stad o cén trico de circu n scripción territorial.
El Derecho de Gentes, la justicia
distributiva y las migraciones*

C uando a finales del siglo x v m K ant escribió sus reflexiones sobre el


derecho cosm opolita, la expansión de las aventuras im perialistas en las
Am éricas estaba en m archa desde hacía varios siglos, desde fines del
XIV, m ientras en el m ism o período, las m arinas imperiales holandesa,
portuguesa, española y británica se venían enfrentando p o r el dom inio
del O céano Indico, el sudeste asiático y el Lejano O riente. El derecho
de hospitalidad se articuló con el trasfondo de tales ambiciones colo­
niales y expansionistas occidentales. Las extensas referencias de K ant a
la apertura de Japón y C hina a los viajeros y m ercaderes occidentales
en el ensayo «La paz perpetua» nos da una sensación m uy vivida de es­
te contexto histórico (K ant, [1795] 1923: 444-446; véase tam bién
W ischke, 2002: 227).
Las reflexiones de A ren d t sobre la gente sin E stado surgen frente a
un trasfo n d o histórico diferente: el colapso de los im perios m ultina­
cionales y m ultiétnicos de E u ro p a en el perío do entre las dos guerras
m undiales. El uso extensivo de la desnaturalización -e s decir, la revo­
cación de derechos ciu d ad an o s- para m anejar m inorías y refugiados
indeseados p o r parte de los estados naciones europeos aparece en este
contexto. U n c o n c e d o p o r dem ás brillante, aunque no com pletam en-

" IJua versión más breve de este capítulo apareció com o «The L aw n f Peoples, dis-
trihutive justice, and m igration-, en un sim posio sobre Rawls y el Derecho, Frodham
/.<(«' R v v irw , vol. t i , niun. ü (abril dr ¿004): I7ftl l/HH.

til
te explorado p o r parte de A rendt, es que las experiencias de las poten-
i ias occidentales durante la colonización de Á frica moldean e incluso
Inspiran históricam ente el trato dispensado a las m inorías en la E u ro ­
pa continental. El im perialism o de ultram ar y el im perialism o conti­
nental están relacionados. Pese a estas observaciones, en las considera­
ciones de K ant com o en las de A rendt está ausente un reconocim iento
explícito de la interdependencia económ ica de los pueblos en una so­
ciedad m undial. Más allá de sus astutas visiones de las paradojas del
derecho cosm opolita, no hay en sus form ulaciones un análisis más ro ­
busto de la interdependencia de los pueblos, las naciones y los estados.
M ucho del discurso contem poráneo neokantiano sobre la inm igra­
ción, en los pocos casos en que aborda la cuestión de tal interdepen­
dencia, la trata desde el p unto de vista de la justicia distributiva a esca­
la global. Se da p o r supuesto que los principales motivos para los
m ovim ientos m igratorios son económ icos y que los movim ientos de
cruce de fronteras deben verse en el contexto de las interdependencias
económicas mundiales. Los cosm opolitas kantianos contem poráneos
tratan los cruces de fronteras, sean de refugiados, asilados o inm igra­
dos, d entro del m arco de la justicia distributiva global.
En este capítulo examino estos debates contem poráneos. C om en­
zando con los trabajos de John Rawls, sostengo que el D erecho de
( lentes de Rawls es Estadocéntrico y no puede hacer justicia sociológi­
ca ni norm ativam ente a las cuestiones planteadas p o r los cruces de
fronteras. Los teóricos de la justicia global, tales com o Thom as Pogge
y Charles Beitz, van m ucho más allá que Rawls al abogar por la justi­
cia en el cruce de fronteras. Pero subsum en los m ovim ientos m igrato­
rios bajo la justicia distributiva global. A pesar de que todas estas p ar­
tes apelan a K ant, distorsionan la posición de K ant de maneras
significativas. Yo pregunto: ¿cuáles serían los contornos del derecho
cosm opolita en la tradición kantiana, si procedem os desde el pu n to de
vista de que los m ovim ientos m igratorios hum anos han sido ubicuos a
lo largo de la historia de la hum anidad y que las acciones de los estados
soberanos en un m undo interdependiente constituyen factores que
«halan» tanto com o «empujan» en la migración?
Mi respuesta tiene varios componentes: prim ero, empíricamente
quiero argum entar a favor de la interdependencia de los pueblos en una
sociedad mundial. Las interacciones entre com unidades humanas son
perennes y no la excepción en la historia humana. Más bien, la aparición
de un régimen de territorialidad estatal soberana claramente demarcada
es en sí mismo un producto reciente de la m odernidad. Segundo, los de­
rechos de migración no pueden subsum irse bajo reivindicaciones de
justicia distributiva y, finalmente, el derecho a la membresía debe consi
derarse u n derecho hum ano, en el sentido moral del térm ino y debería
convertirse en derecho legal tam bién, p o r medio de su incorporación a
las constituciones de los estados a través de provisiones de ciudadanía y
naturalización.
Las teorías neokantianas de justicia global han sido cuestionadas
p o r una escuela influyente que llamaré de «la declinación de la ciuda­
danía». E stos teóricos sostienen que la m em bresía a com unidades cul­
turales y políticas no es una cuestión de justicia distributiva sino, más
bien, un aspecto crucial de la autocom prensión y la autodeterm inación
de com unidades. Si bien concuerdo con esta afirmación, tengo opinio­
nes propias sobre los puntos de vista respecto de la m igración y la ciu­
dadanía de M ichael Walzer, uno de los pensadores más prom inentes de
esta veta. Sostengo que W alzer hace confluir la integración ética y p o ­
lítica, en el hecho de que ve al E stado liberal-dem ocrático com o una
entidad cultural y ética holística. Yo sostengo que no lo es. Si bien Wal­
zer y o tro s tienen razón al plantear preocupaciones respecto de las
transform aciones de la ciudadanía en el m undo contem poráneo, están
equivocados al atribuir estos cam bios a las migraciones. Yo com parto
su preocupación p o r el autogobierno dem ocrático, pero sostengo que
los desarrollos institucionales de los derechos ciudadanos en el m undo
contem poráneo son m ucho más com plicados y multifacéticos que lo
que nos quieren hacer creer los com unitarios y los teóricos de la decli­
nación de la ciudadanía. C aracterizo estas transform aciones com o la
«desagregación de la ciudadanía» (véase cap. 4).

Las migraciones y El derecho de gentes de John Rawls

La m embresía política -las condiciones de ingreso en las sociedades y


salida de ellas- raram ente ha sido considerado un aspecto im portante de
las teorías de justicia doméstica e internacional. La filosofía política de
John Rawls no es ninguna excepción. Así en E l liberalismo político es­
cribe que «una sociedad democrática, com o cualquier sociedad política,
debe verse com o un sistema social completo y cerrado. Es com pleto en el
hecho de que es autosuficiente y tiene un lugar para todos los propósi­
tos principales de la vida hum ana. También es cerrado [...] en que el in­
greso es solo p o r nacimiento y la salida p o r m uerte [...]. Así, no se ve
que ingresemos en la sociedad a la edad de la razón, com o podríam os
ingresar en una asociación, sino que nacemos dentro de una sociedad
donde llevamos una vid^com pleta» (Rawls, 1993. Énfasis mío.).
Sin duda Rawls buscaba usar el m odelo de una sociedad cerrada co­
mo una ficción coniial.ulica, com o un experimento conveniente del
pensam iento al razonar acerca de la justicia; sin em bargo, al no otorgar
.1 las condiciones de ingreso y salida de la com unidad política un papel
central en una teoría liberal-dem ocrática de justicia, dio p o r supuesto
que el m odelo(E stadocéntricojÍe naciones delim itadas territorialm ente,
con fronteras relativam ente cerradas y bien custodiadas seguiría gober­
nando nuestro pensam iento en estas cuestiones. Las razones de Rawls
para adoptar una perspectiva E stadocéntrica al razonar sobre la justicia
internacional se clarificaron am pliam ente luego en El derecho de gentes.
U n papel im portante del gobierno de u n pueblo, p o r arbitrarios que
puedan aparecer los contornos de una sociedad desde un p u nto de vista
histórico, es ser el agente representativo y efectivo del pueblo al tom ar
este responsabilidad sobre su territo rio y su integridad am biental, así
com o del tam año de su población» (Rawls, 1999: 38-39). Rawls agrega
en la nota al pie de este pasaje que «U n pueblo tiene al menos un dere­
cho calificado de lim itar la inm igración. D ejo de lado aquí cuáles serían
estas calificaciones» (ibíd., 39 n. 48). A l escoger las com unidades políti­
cas delim itadas com o la unidad relevante para desarrollar una concep­
ción de justicia dom éstica e internacional, Rawls se alejaba significativa­
mente de Im m anuel K ant y su enseñanza del derecho cosm opolita. Sj el_,
m ayor avance de K ant fue articular un dom inio de relaciones de justicia
» 11 ir eran válidas para todos los individuos com o personas morales en la

. 11 e na internacional, en E l dereÚyo'de'geñt<Fs~átV^iw\s los individuos no

son los principales agentes de justicia; en cam bio ,están sum ergidos en
unidades que Rawls llama «pueblos». Para K ant, la esencia del Jus cos-
m opoliticum era la tesis de que todas las personas morales eran m iem ­
bros tic una sociedad mundial en la que pod rían interactuar potencial-
mente entre sí. Rawls, en contraste, ve a los individuos com o m iem bros
de pueblos y no com o ciudadanos cosm opolitas.
1la habido considerable debate en la literatura respecto de p o r qué
Kawly elegiría desarrollar una visión de justicia internacional desde el
pun to de vista de pueblos en vez de individuos (Beitz, 2000; Buchanan,
¿000; Kuper, 2000). Este com ienzo m etodológico lo lleva a articular
principios de jiusticia internacional no para individuos, considerados
com o unidades de igual respeto y preocupación m oral en una sociedad
m undial, sinol para pueblos y sus representantes. Pero es dudosa la
lucíza de la definición de pueblos de Rawls. U n examen del supuesto
de Kawls respecto de los pueblos tam bién nos ayudará a aclarar por
qué para él las com unidades delim itadas son las unidades de una teoría
de justicia global, m ientras que las m igraciones se vuelven m ateria de la
leo n a no ideal.
I 1 1 oneepto de pueblos es introducido p o r Rawls com o un disposi
tivo de repieseniai ion, en gran medida com o la concepción de persona

ftV
m oral en Teoría de la justicia ([1971] 1972) y la de ciudadano en E l libe­
ralismo político (1993). U n dispositivo de representación acentúa ciertos
rasgos del objeto a ser representado m ientras se ponen entre paréntesis
o m inim izan otros. Lo m ism o sucede con el concepto de pueblos. Los
pueblos raw lsianos son definidos idealm ente com o «pueblos liberales»
y tienen tres rasgos básicos: «U n gobierno dem ocrático constitucional
razonablem ente justo que sirve a sus intereses fundam entales; ciudada­
nos unidos p o r lo que Mili llam ó “sim patías co m unes” y, finalmente, un
carácter m oral» (Rawls, 1999: 23). Se vuelve una preocupación im p o r­
tante para la visión raw lsiana de la justicia cóm o o p o r qué un D erecho
de G entes escogido p o r los representantes de pueblos liberales sería
aceptable para pueblos no liberales tam bién. D e allí que el D erecho de
G entes se desarrolle en dos pasos, prim eros desde la perspectiva de so­
ciedades liberales y subsiguientem ente desde el p u n to de vista de «pue­
blos decentes no liberales» (ibíd., 59-68; cfr. Beitz, 2000: 675).
P ero es más significativa la m ezcla de atrib u to s sociológicos y éticos
de los p ueblos desde el p u n to de vista de Rawls. La categoría de Rawls
hace u n solo paquete con rasgos em píricos así com o norm ativos: si
bien la m ayoría de los científicos sociales e historiadores acordarían
que puede ser necesaria alguna m edida de «sim patías com unes» para
distinguir u n pueblo o nación de o tro , es extraño estipular que los p u e­
blos no serían tales a m enos que estuvieran gobernados p o r «un go­
bierno dem ocrático constitucional justo».' La dificultad surge a p artir
de que Raw ls une estipulaciones norm ativas con características socio­
lógicas. El m étodo de Rawls de idealización dificulta entender si busca
que su concepto de pueblos sea válido histórica y sociológicam ente o
tan solo aceptable norm ativam ente desde el p u n to de vista de sus p rin ­
cipios de justicia. E videntem ente, busca que sea am bas cosas, pero ha­
cer confluir estas dos perspectivas desde el com ienzo crea u n a serie de
problem as que reverberan en to d o lo que sigue.
D ado que desea evitar los peligros de la teoría realista internacional,
que tom a a los estados y sus intereses com o los actores principales en
la arena internacional, Raw ls desea distinguir los estados de los p u e ­
blos. A rgum enta que los pueblos, n o los estados, son los actores m ora­
les y sociológicos relevantes al razo n ar sobre la justicia a escala global.
Pero no logra convencer de que pued a hacerse u na distinción analítica­
m ente válida entre pueblos y estados en sus p ro p io s térm inos. ¿Q ué
form a política fuera de u n E stado m oderno p o d ría tener un pueblo que
es gobernado p o r u n «gobierno dem ocrático constitucional justo»?
¿Podría ser un im perio? ¿P odría ser una ciudad-estado?
Rawls insiste en que los pueblos no son estados principalm ente
poi que no desea .tilsi ribii li s soberanía. 1)os de los rasgos más com unes
.isociados a la soberanía, a saber, la soberanía interna sobre una pobla-
i ion y la soberanía externa de declarar la guerra contra otras unidades
soberanas, se derivan del D erecho de Gentes en el esquema de Rawls y
por tanto no deben verse com o rasgos que ya poseen partes contratan­
tes de la justicia internacional. Se hace que tanto la soberanía interna
com o la externa dependan del D erecho de Gentes. Este es un aspecto
encom endable del argum ento de Rawls: hace que la legitimidad de la
soberanía de u n Estado esté condicionada al reconocim iento de ciertos
principios de justicia, entre ellos el respeto p o r los derechos hum anos
y el com prom iso de no instigar la guerra p o r m otivos distintos a la au­
todefensa (Rawls, 1999: 37). Si bien podem os seguir el deseo de Rawls
de im poner límites morales sobre concepciones de soberanía estatal, es
incoherente pensar en el gobierno constitucional de un pueblo sin al­
guna form a de soberanía territorial.2 Esto crea entonces un dilema pa-
ra la teoría de Rawls: debe suponer que los pueblos unidos por «simpa-
t tas com unes» y «gobernados p o r u n gobierno constitucional justo»
están organizados territorialm ente com o unidades semisoberanas, que
poseen rasgos m uy similares a los de los estados, o debe renunciar a su
estipulación de que los pueblos ya deben poseer una cierta form a de
gobierno y sim plem ente aceptar una concepción más empírica y menos
norm ativa de la condición de pueblo.
L os pueblos no pueden tener los siguientes rasgos norm ativos que
K.iwls les adscribe y no ser considerados com o estados m odernos o r­
ganizados y circunscritos territorialm ente, autogobernados. E ntre las
oí lio condiciones norm ativas que Rawls enum era para caracterizar un
pueblo (ibíd.), la obligación de «observar tratados e iniciativas», la
obligación de «no instigar guerras que no sean fen] defensa propia», y
honrar los derechos hum anos», si bien son inobjetables desde un
punto de vista m oral, son difícilm ente concebibles sin un aparato esta-
t.il m oderno con ejércjtjosjdispaaibles, una burocracia judicial y admi-
nisii .ttiva plenam ente desarrollada y otras instituciones representati-
v i . Una vez más, la distinción entre pueblos y estados m odernos con
l'obiei nos representativos desaparece.
I n su defensa de Rawls, «W hat self-governing peoples owe to one
.m ol lier: universalism, diversity and The L aw o f Peoples», Stephen Ma-
• cilo ha sostenido que, «el significado moral de estados o pueblos no es
realmente tan m isterioso, pero recordém onos lo que un pueblo ha he­
cho .il asum ir poderes de autogobierno. H a form ado una unión gene-
i .límente entendida com o perpetua y afirm ado un control perm anente
sobre un territo rio dado, quizá com o resultado de una lucha violenta
pin I.i independencia» (M acedo, 2004. énfasis mío.). Macedo clara­
mente lisa los tet minos pueblo y Estado de m odo indistinto. Al hacer

hn
lo, se aleja de la manera en que' Rawls desea construir los pasos en su
teoría. Para Rawls la condición de Estado soberano debe suceder a la
condición de pueblo y la aceptación del pueblo del D erecho de G entes
y no precederlos. N uevam ente, esto sugeriría que es necesario estipu­
lar un concepto más em pírico y m enos norm ativo de pueblos, de
acuerdo con el cual podrían verse com o que ya poseen una form a de
«gobierno constitucional justo».3
El tercer criterio para la condición de pueblo de Rawls, a saber,jjue
cada pueblo d e b í poseer «una naturaleza moral» es aun más difícil de
defender. Rawls procede aquí a partir de u n a visión holística de los
pueblos, cada u no de los cuales supuestam ente puede definirse por
fronteras claram ente delim itadas y p o r un conju nto de valores y v irtu ­
des identificables. En esta visión holística, los pueblos se ven com o
portadores de una visión del m undo m oral coherente. Pero tal con­
cepción holística de la sociedad pertenece a la infancia de las ciencias
sociales.
Falta en esta visión una apreciación de la división interna significati­
va de las sociedades hum anas p o r clase, género, etnicidad y religión. E s­
ta visión holística tom a las aspiraciones de m ovim ientos liberal-nacio-
nalistas en su período de ascenso en la segunda m itad del siglo X I X y
principios del X X como paradigmáticas y presenta estas aspiraciones co­
mo si fueran hechos sociales. Pero los pueblos no se encuentran; se de­
sarrollan a través de la historia. U na manera crucial en la que los pueblos
cruzados p o r cuestiones de clase, género, etnicidad y religión se desa­
rrollan es precisam ente a través de la contienda en torno de los térm inos
y el significado de su «naturaleza moral» com ún. G rupos excluidos y
marginados, com o los trabajadores y las mujeres en las repúblicas b u r­
guesas tem pranas, buscaron transform ar el código m oral de la nación
para hacerla más inclusiva, m enos concentrada en jerarquías y distincio­
nes de propiedad, más receptivas a los logros de la ciudadanía femenina.
Se dieron luchas similares p o r parte de grupos raciales, étnicos y religio­
sos, excluidos y marginados. Ver a los pueblos com o entes hom ogéneos
caracterizados p o r una «naturaleza moral» claramente identificable y
una fuente de «simpatías com unes» no es solo equivocado sociológica­
mente; es una visión hostil a los intereses de quienes han sido excluidos
del pueblo porque se negaron a aceptar o respetar su código moral he-
gemónico. La visión de la condición de pueblo de Rawls se desliza al na­
cionalismo. En últim o análisis, su visión liberal-nacionalista es más na-
i ionalista que liberal, precisam ente porque, en vez de tratar las
aspiraciones hcgemónicas de los m ovim ientos nacionalistas de forjar un
pueblo de simpatías comunes y una naturaleza m oral unificada com o
hi> Ii.is ideológu as, les confiere la condición de hechos sociológicos.

t,7
Supóngase que uno defiende la definición de Rawls siguiendo los li­
ncam ientos sugeridos p o r C harles Beitz: «La idea de un pueblo es p ar­
te de una concepción ideal del m undo. Rawls n o necesita m antener que
muchos estados (o incluso alguno) actuales satisfacen plenam ente los
criterios de la condición de pueblo para m antener que sería deseable
avanzar en dirección al ideal. La pregunta apropiada acerca de la idea
de pueblo es si representa una form a suficientem ente deseable de orga­
nización social hum ana para servir com o el elem ento constituyente bá­
sico de una sociedad m undial, no si sirve com o aproxim ación realista a
estados realm ente existentes» (2000: 680).
La defensa de Beitz sugiere que debem os juzgar la concepción de
pueblo de Rawls éticam ente y no en térm inos de adecuación sociológi­
ca. Esto no es satisfactorio, precisam ente p o rq u e la visión sociológica
acarrea im plicaciones éticas que deform an significativam ente nuestra
visión norm ativa. La com prensión de Rawls de la condición de pueblo
sigue la tradición del nacionalism o liberal y la sociología idealista del
siglo XIX y oscurece elem entos de poder, opresión e ideología a través
de los cuales se forja u n sentido com ún de nacionalidad.
Sostendría además que ni siquiera es deseable norm ativam ente ver
I.iSociedad de los Pueblos com o una com unidad m undial com puesta
de colectividades tan altam ente integradas, hom ogéneas y hom ogenei-
/antes. Los perdedores en este rom ance nacionalista son precisam ente
las norm as y los valores liberales y dem ocráticos que Rawls tam bién
quiere atrib u ir a los pueblos. ¿Por qué? P orq u e siem pre y necesaria­
mente hay una contestación, una desunión, una saludable disyunción
entre los valores, norm as y principios unlversalizantes del justo go­
bierno constitucional y las «simpatías com unes» y la «naturaleza m o­
ral» particularista de u n pueblo. Rawls m inim iza el aspecto contextual-
trascendente de los valores y norm as liberal-dem ocráticos que son, p o r
o tro lado, tan centrales a su visión de justicia y liberalism o político.
• N osotros, el pueblo» es una fórm ula surcada de tensiones, que busca
contener las aspiraciones universalizantes de reclamos de derechos y
luchas p o r la soberanía dem ocrática d en tro de los límites de una colec-
I iviciad situada históricam ente. Tal colectividad tiene sus «otros» aden-
I I o y «afuera». La condición de pueblo es una aspiración, no un hecho.

N o busco hacer aquí una reivindicación escéptica posm odernista


acerca de la inestabilidad de las categorías de identidad. Más bien estoy
cnlatizando que, particularm ente si entendem os que los pueblos son
gobernados p o r instituciones liberal-dem ocráticas, no puede haber ni
es deseable que haya una narración colectiva incuestionada de simpa-
lias com unes y una naturaleza m oral única. Las identidades colectivas
están conform adas p o r hebras de narraciones com petitivas y conten­
ciosas en las que com piten entre sí aspiraciones unlversalizantes y m e­
m orias particularistas para crear síntesis narrativas tem porarias, que
son a su vez cuestionadas y se ven atravesadas p o r nuevas divisiones y
debates. Las narrativas de la condición de pueblo y en particular de la
condición de pueblos liberal-dem ocráticos evolucionan históricam en­
te a través de disyunciones y disputas (véase Smith, 2003).4
La visión de Rawls de los pueblos no es defendible ética ni socio­
lógicam ente y, aunque le concedam os a Rawls la legitim idad de las
idealizaciones, estas idealizaciones no son pasos neutrales hacia un
argum ento norm ativo, sino que tienen ellas mismas consecuencias
norm ativas. A lan B uchanan señala otra consecuencia de la visión de
Rawls: «Rawls supone que para los propósitos de una teoría m oral de
las relaciones internacionales, el caso estándar es el de un E stado cuya
población se halla unificada p o r una cultura política com partida, una
concepción com ún del ord en público, dicho de o tro m odo, u n Estado
dentro del cual no hay conflictos respecto de cuestiones fundam entales
de justicia o el bien y no hay divisiones respecto de qué grupos tienen
derecho a poseer E stado o derechos especiales de grupo» (Buchanan,
2000: 717). Tal visión de u n a «unidad profundam ente política» ignora
el conflicto intra-E stado; desconoce las reivindicaciones y reclam os de
grupos que n o tienen voz ni representación para sus culturas y m odos
de vida d en tro de los lím ites de tal cultura política. E n consecuencia,
los derechos de grupos m inoritarios o los derechos culturales de ciuda­
danía de pueblos que no están ellos mismos organizados com o estados,
sino que son m iem bros de estados soberanos m ayores -tales com o los
aborígenes en A ustralia, las prim eras naciones en Canadá, los nativos
am ericanos en Estados U n id o s y los indios en A m érica latina- desapa­
recen del paisaje de los pueblos raw lsianos (véase B enhabib, 2002a so­
bre los derechos de grupos culturales).
Perm ítasem e volver o tra vez sobre la afirm ación de Rawls de que
«una sociedad dem ocrática, com o cualquier sociedad política, debe
verse com o u n sistema social completo y cerrado. Es com pleto en el he­
cho de que es autosuficiente y tiene u n lugar para todos los propósitos
principales de la vida hum ana. Tam bién es cerrado [...] en tanto el in­
greso es solo p o r nacim iento y la salida p o r m uerte [...]. Así, no se ve
que ingresem os en la sociedad a la edad de la razón, com o podríam os
ingresar en una asociación, sino com o que nacem os dentro de una so-
eiedad d o n d e llevamos una vida com pleta» (Rawls, 1993: 41. Énfasis
mío.). En vista del análisis precedente, el p u n to de vista de Rawls resul­
ta más inteligible aunque m ucho m enos defendible. Precisam ente por-
t|UC ve los pueblos com o entes discretos unificados por una «naturalc-
/.i m oral c o m ú n ", un pueblo dem ocrático para Rawls llega a semejar
un cosmos moral; de hecho, es u n cosmos moral. El supuesto de que
entramos en una sociedad p o r nacimiento y que debe vérsenos como
que «vivimos una vida completa» dentro de ella, que la abandonam os
solo con la m uerte, está tan alejado de la verdad histórica que su uso
por Rawls solo puede ser entendido a la luz de los presupuestos más
amplios relativos a la condición de pueblo y naciones.
La tensión entre las premisas universalistas del liberalismo político
de Rawls y las orientaciones más particularistas de su D erecho de G en­
tes salen plenam ente a luz en torno de esta cuestión. Ver la sociedad
política com o u n «sistema social com pleto y cerrado»5 es incompatible
con otras premisas del liberalismo rawlsiano. Rawls entiende que las
personas tienen dos poderes morales: la capacidad de form ular y perse­
guir una concepción independiente del bien y la capacidad de un senti­
do de justicia y de abordar em prendim ientos cooperativos m utuos con
otros (Rawls, 1999: 82). Cada una de estas capacidades potencialmente
pondría al individuo en conflicto con la visión de una sociedad dem o­
crática com o un «sistema com pleto y cerrado». Los individuos pueden
considerar que su com prensión del bien, sea p o r razones morales, p o ­
líticas, religiosas, artísticas o científicas, los obliga a dejar la sociedad en
la que nacieron y sumarse a otra sociedad. Esto implica que los indivi­
duos, buscando prom over su propio sentido del bien, deberían tener el
derecho a dejar sus sociedades. La emigración debe ser una libertad
lundam ental en un esquema rawlsiano, porque de otro m odo su con­
cepto de persona se vuelve incoherente. El lenguaje de una «sociedad
completa y cerrada» es incom patible con la visión liberal de las perso­
nas y sus libertades.
Si es el caso de que las concepciones del bien de algunos individuos
puede inducirlos a dejar sus países de origen, tam bién tenemos que su­
poner que habrá «simpatías comunes» y «comunidades de sentido m o­
ral com partido» que pueden no coincidir con las fronteras de los pue­
blos. H ablam os de una «república de las letras», de «trabajadores del
mundo», de «grupos internacionales y transnacionales de mujeres».
Una de las instituciones internacionales más antiguas en las sociedades
occidentales es la Iglesia Católica. El sentido del bien moral de una per­
sona puede o no ser colindante con las fronteras de la com unidad polí­
tica. Es altamente probable que individuos en culturas liberal-dem o­
cráticas sean criaturas con visiones del bien múltiples y a m enudo
encontradas; tendrán adhesiones superpuestas a com unidades parcia­
les; en síntesis estarán atrapados en círculos de intersección y superpo­
sición de simpatías y empatias.
Una consecuencia crucial de estas reflexiones es que el compromiso
del propio Rawls con el pluralismo moral y político legítimo se ve so
cavado p o r su concepción de sociedades cerradas y la condición dem o­
crática de pueblo. Si bien está dispuesto a reconocer el pluralism o
«dentro de los grupos» y a aceptar que habrá «pueblos jerárquicos de­
centes», cuyas vidas y valores serán diferentes en democracias occiden­
tales seculares y liberales, es extraño que Rawls no reconozca que den­
tro de las sociedades democráticas occidentales mismas habrá muchos
grupos e individuos que tienen afinidad con y com parten los sistemas
de valores de pueblos jerárquicos decentes. D icho de m odo contun­
dente, los m usulm anes y los judíos observantes de sus religiones no es­
tán «en otra parte»; son nuestros vecinos, ciudadanos y nosotros mis­
mos en sociedades liberal-democráticas. La valoración del pluralismo
en el nivel intragrupo es paralela a la valoración del pluralismo en el ni­
vel intergrupo. «El otro» no está en otra parte.
El concepto de una sociedad democrática com pleta y cerrada no es
más plausible que la concepción de Rawls de la condición de pueblo y
p o r el mism o m otivo. En cada caso, Rawls subordina su com prensión
de la condición de persona moral a la ficción de la condición de pueblo.
Se trata de una tensión sin solución en estas formulaciones entre los
ideales de personalidad autónom a, incluso en su versión kantiana agua­
da, y la de una sociedad cerrada y completa. Su propia visión de la per­
sona debería llevarlo a ver a las sociedades com o m ucho más interacti­
vas, con superposiciones y com o entes fluidos, cuyas fronteras son
permeables y porosas, cuyas visiones morales atraviesan las fronteras,
se asimilan en otros contextos, son reexportadas a su vez de regreso al
país de origen, y así siguiendo.
D ados la visión de Rawls de los pueblos y el m odelo de una «socie­
dad com pleta y cerrada», no debería sorprendernos que la migración
no sea considerada un aspecto del Derecho de Gentes. Para Rawls los
m ovim ientos m igratorios son episódicos y no esenciales para la vida de
los pueblos; las condiciones de ingreso y salida de sociedades liberal-
democráticas son periféricas cuando se evalúa la naturaleza de estas so­
ciedades. En vez de abandonar com pletamente la inmigración a la teo­
ría no ideal, es decir, a las prácticas políticas y sociales que serían
«neutrales» desde un pun to de vista moral, Rawls nom bra varias con­
diciones que contarían com o m otivos legítimos para limitar la inm igra­
ción (Rawls, 1999: 39).
Prim ero está una versión del argum ento de «la tragedia de los co­
munes». A menos que a un agente definido se le dé responsabilidad por
m antener un activo y sufra pérdidas por no hacerlo, razona Rawls, el
territorio de un pueblo no puede ser preservado a perpetuidad para
otros (ibíd.). Esto argum ento entonces lo lleva a la conclusión de que
debe haber fronteras do algún tipo. Adviértase aquí que Rawls argu­
menta en contra de fronteras radicalm ente abiertas. Pero dado que no
com para la perspectiva de la «tragedia de los com unes» con las eviden­
cias de beneficios -econ ó m ico s y de o tro tip o - que se derivarían de
Itonteras abiertas o porosas, el lector debe aceptar, sobre la base del
sentido com ún, que sí, p o r cierto, se necesitan fronteras de algún tipo.
I’ero hay suficiente evidencia em pírica de que las fronteras abiertas y
porosas que perm iten el libre m ovim iento de gentes, bienes y servicios
,t través de los límites de los estados son altam ente beneficiosas para el
funcionam iento de econom ías de libre m ercado. Im portantes eviden­
cias em píricas tom adas de la econom ía de la m igración podrían dem os-
i rar equivocada la dependencia exclusiva de Rawls de la perspectiva de
la «tragedia de los com unes».6
La segunda razó n de Rawls para lim itar la inm igración «es proteger
I.i cultura política de un pueblo y sus principios constitucionales»
(ibíd.) ¿P or qué debería supo n er Rawls que la inm igración am enazaría
una cultura política y sus principios constitucionales, a m enos que dé
p or sentado que los inm igrantes son «elem entos extraños e indóciles»,
i|ut' resulta im probable que puedan ser asimilados, socializados o edu­
cados en las form as de actuar del país anfitrión? ¿P or qué Rawls ve al
inm igrante com o una am enaza? ¿Q ué base histórica o sociocientífica
hay para la afirm ación de que los inm igrantes han destruido el futuro
político de un país en vez de transform arlo, que no han defendido y en-
i iq nocido, así com o cuestionado y rearticulado, principios constitucio­
nales?
( Considérense algunos casos contem poráneos: sin duda el dram a de
los refugiados palestinos después de 1948 y en las décadas siguientes en
el Líbano agravó la desestabilización del país y eventualm ente resultó
i n la guerra civil de los años ochenta. En A fganistán los mujaidines
musulm anes (luchadores p o r la libertad) de la A lianza del N o rte y los
i.tlihanes más islamitas, que se organizaron principalm ente entre los re-
íugiados afganos en Pakistán, lucharon juntos para term inar con la in­
vasión soviética. El regreso de los refugiados afganos a su pro p io país
eventualm ente inclinó la balanza a favor del régim en talibán que en­
lom es ofreció a A l-Q aeda u n territo rio libre para sus operaciones. Pe­
to estos casos difícilm ente puedan considerarse ejemplos de flujos
m igratorios regularizados o siquiera típicos de asentam ientos de refu­
giados y de asilo. Estos procesos están atados a profundas dinámicas
locales, tales com o el conflicto ya existente en el Líbano entre árabes
musulm anes y cristianos y la divergencia radical en Afganistán entre
luchadores antisoviéticos seculares y religiosos. En estas instancias, los
m ovim ientos m igratorios p o r cierto actúan com o catalizadores para el
di sai rollo ile tensiones locales ya existentes.
Lejos de dañar la cultura política de u n pueblo y su constitución, los
m igrantes p u eden revitalizarla y hacerla más profunda. Tal fue la con­
trib u ció n de liberales y socialistas exiliados a las culturas políticas del
siglo X I X de París y L ondres; la cultura política estadounidense a fines
del siglo X I X y com ienzos del X X es en efecto im pensable sin las co n tri­
buciones de inm igrantes irlandeses, italianos, judíos, polacos y otras
com unidades. Y tam poco es concebible pensar en la universidad esta­
dounidense en el período de la segunda posguerra sin tom ar en cuenta
las contribuciones de los m uchos académ icos europeos exiliados. Los
m ovim ientos m igratorios p o r sí solos y sin las cruciales dislocaciones y
tensiones que ya operan en las sociedades receptoras mismas, no am e­
nazan la cultura política de u n pueblo y sus principios constituciona­
les. En el capítulo 5 sostendré que el desafío m ulticultural planteado al
liberalism o político p o r el influjo de nuevos grupos inm igrantes lleva a
una profu n d izació n y am pliación del program a de derechos en las d e­
m ocracias liberales. Los «derechos de los otros» no am enazan el p r o ­
yecto del liberalism o político; p o r el contrario, lo transform an hacia un
proyecto dem ocrático más inclusivo, dinám ico y deliberativo.
Finalm ente, Rawls reconoce u n «deber natural de asistir a socieda­
des con problem as» y sugiere que los pueblos liberales pueden exone­
rarse de las obligaciones m orales que deben a otras sociedades m enos
afortunadas a través de la ayuda y la asistencia económ ica (Rawls, 1999:
105-113). A bordaré con m ayor extensión p o r qué este deber natural de
ayuda debe distinguirse cuidadosam ente de u n principio redistributivo
global. E l deber natural de ayuda tiene im plicación para los derechos
m igratorios, p o r el hecho de que se espera que tal asistencia a socieda­
des económ icas pobres y desaventajadas reduzca la presión de m ovi­
m ientos m igratorios sobre sociedades más ricas. E n u n m undo de gran­
des disparidades económ icas, en el que el atractivo de un nivel de vida
más elevado en países más ricos es una causa innegable de migraciones,
tal asistencia p odría desde luego ayudar a aliviar la presión en algunas
regiones del m undo para ciertos períodos de tiem po (véase The Econo-
mist, 2-8 de noviem bre de 2002, suplem ento especial, «A survey of im -
m igration»). La perspectiva de R aw ls justificaría así que las naciones
que dan ayuda externa a los países y regiones del m undo de los que
provienen los em igrantes p o d rían im poner u n régim en duro de m igra­
ción, de m odo de m inim izar el ingreso a sus sociedades. Los intentos
de equilibrio m oral entre los deberes de asistencia a terceros y el legíti­
mo interés p ro p io de los estados son endém icos a los debates y las p o ­
líticas m igratorias; son p o r cierto parte del arsenal de la política realis­
ta en osle dom inio. P or más que parezcan de sentido com ún tales
m íenlos de equilibrio, sin em bargo, deben estar enm arcados en cuida­
dosas distinciones entre refugiados y solicitantes de asilo, hacia quienes
los estados tienen obligaciones no solo m orales sino tam bién legales, y
las reivindicaciones m orales de los em igrantes. Estas distinciones, que
fueron tan cruciales para las consideraciones cosm opolitas de K ant y
A rendt, n o encuentran lugar en el esquem a de Rawls. N o creo que es­
ta om isión sea una cuestión de m ero olvido. C reo más bien que es una
consecuencia de la teoría ideal de Rawls de los pueblos en la com uni­
dad m undial.
La u topía realista de Rawls apunta a una solución radical para los
m ovim ientos m igratorios del m undo. E n una sociedad de pueblos libe­
rales y decentes, no habría persecución de m inorías religiosas y étnicas,
opresión política, presiones poblacionales, ni desigualdad entre h o m ­
bres y mujeres, y dism inuirían las desigualdades económicas. Así, «El
problem a de la inm igración entonces no es sim plem ente dejado de la­
do, sino que es elim inado com o problem a serio en una utopía realista»
(Rawls, 1999: 39). En la u topía ideal de Rawls, los pueblos se convier­
ten en m ónadas sin ventanas que no tienen interés en entrem ezclarse,
tom ar contacto e interactuar unos con otros. Esta es p o r cierto una vi­
sión de u n m u n d o ordenado, pero tam bién es la visión de un m undo
estático, aburrido, de pueblos satisfechos de sí mismos, indiferentes no
solo a los problem as sino tam bién a los atractivos de los demás.
En conclusión entonces: el D erecho de G entes rawlsiano no sigue el
camino m arcado p o r la doctrina de derecho cosm opolita de K ant dado
que Rawls n o considera que los individuos sean los agentes morales y
políticos de una sociedad m undial, sino más bien prefiere que los pue­
blos sean los principales actores en esta arena. P o r más que lo niegue,
Rawls no puede distinguir analíticamente entre pueblos y estados, con la
consecuencia de que el derecho cosm opolita se sacrifica en el altar de
la seguridad y el interés propio de los estados. Rawls es adm irablem en­
te claro respecto de dónde se aparta de los p u n to s de vista de la justicia
cosm opolita. «Algunos p ie n sa n -e sc rib e- que mi D erecho de G entes li­
beral [...] debería com enzar abordando la cuestión de la justicia cosm o­
polita liberal o la justicia global para todas las personas. Sostienen que
desde tal p u n to de vista se considera a todas las personas razonables y
racionales y que poseen lo que he llamado “ los dos poderes m orales”
[...]. Siguiendo el tipo de razonam iento familiar en la posición original
para el caso dom éstico, se adoptaría entonces u n prim er principio de que
todas las personas tienen los mismos derechos y libertades básicas. P ro ­
ceder de este m odo enraizaría directam ente los derechos hum anos en
una concepción política (moral) de justicia cosm opolita liberal» (ibíd.,
N2), Rawls considera que es im posible proceder de este m odo, porque
tal procedim iento im pondría una visión metafísica o abarcativa del libc-
ralismo a todos los pueblos. Rechaza esto filosóficamente, pero tam bién
parece preocupado de que tal posición llevaría necesariamente a una p o ­
lítica exterior expansionista, intolerante y posiblem ente, incluso, belige­
rante p o r parte de los pueblos liberales (ibíd., 82-83).
E n el próxim o capítulo form ularé una base teórico-discursiva del
discurso de los derechos y trataré de m ostrar que no se necesita apelar
a prem isas metafísicas controvertidas para hacerlo. M ás aún, prom over
el derecho cosm opolita nó significa im poner u n program a específico de
derechos a todos los pueblos. El principio de derechos favorece una
considerable variación dem ocrática, aunque no tanta com o Rawls q u i­
siera perm itir.
H e argum entado que la posición de Rawls de apoyo al pluralism o
m oral y político legítim o se ve com prom etida p o r su visión de los p u e­
blos dem ocráticos com o viviendo en sociedades cerradas. Precisam en­
te u n pluralism o más radical llevaría al reconocim iento de los vínculos
m últiples y dinám icos, interacciones y entrecruzam ientos de los p u e ­
blos. E n oposición a la visión de una sociedad «cerrada» en la que los
individuos nacen y que solo abandonan con su m uerte, partiré del su­
puesto de que los pueblos liberales tienen «fronteras relativam ente
abiertas»; que no solo perm iten u n derecho fundam ental de emigrar si­
no que coexisten d entro de u n sistem a de obligaciones y privilegios
m utuos, de los que es u n com ponente esencial el privilegio de in m i­
grar, es decir, ingresar en el te rrito rio de o tro pueblo y convertirse en
m iem bro de su sociedad pacíficam ente. Los pueblos son radical y no
m eram ente episódicam ente interdependientes. Las naciones estados se
desarrollan en la historia com o unidades de un sistema de estados.
E m ergen de las ruinas de los viejos im perios m ultinacionales. G ran
cantidad de estados naciones surgieron en E uropa y el O riente M edio
luego del colapso de los im perios austro-húngaro, ru so y otom ano a fi­
nales de la Prim era G uerra M undial. Las luchas de descolonización
contra los im perios británico, francés, portugués y holandés luego de la
Segunda G u erra M undial resultó en el nacim iento de nuevos estados
en Asia, Á frica y otras regiones. A p artir del siglo X I X las naciones lati­
noam ericanas lucharon contra el im perio español. Yo veo a los pueblos
y los estados com o actores en desarrollo en el contexto de una sociedad
m undial. El E stado-nación, que com bina la soberanía territorial con
aspiraciones de hom ogeneidad cultural y gobierno dem ocrático cons-
titucional, es un p ro d u cto único de la sociedad m undial en proceso de
m odernización política.
Hacia un rawlsianismo radicalizado

Cosmopolitismo m oral

N o debería resultar una sorpresa que, para m uchos estudiosos de


Rawls, sus p untos de vista respecto de la justicia cosm opolita han re­
sultado u n m otivo de desilusión. R adicalizando las intenciones de
Rawls con tra Rawls m ism o, Joseph C arens ha extraído conclusiones
com pletam ente diferentes de las prem isas rawlsianas. En un artículo
tem prano, C arens u tilizó el dispositivo del «velo de ignorancia» raw l­
siano, co n tra las propias intenciones de Rawls, para pensar en p ro fu n ­
didad sobre los principios de justicia desde el p u n to de vista del refu ­
giado, el inm igrante y quien busca asilo (C arens, 1995). Las fronteras
en las que nacem os y los docum entos a los que som os acreedores ¿son
menos arbitrarios desde u n p u n to de vista m oral que cualesquiera
otras características tales com o el colo r de la piel, el género y la com ­
posición genética de los que estam os dotados? La respuesta de C arens
es «no». D esde u n p u n to de vista m oral, las fronteras que enm arcan
nuestro nacim iento y los papeles a los que tenem os derecho son arbi­
trarios, dado que su distribución entre individuos no sigue ningún cri­
terio de logro m oral y com pensación moral. La condición y los p riv i­
legios de la ciudadanía, que se basan sim plem ente en un derecho de
nacim iento definido territorialm ente, no son m enos arbitrarios que el
color de n uestra piel y o tro s rasgos genéticos. P o r tanto, sostiene C a­
rens, las dem ocracias liberales deberían practicar políticas que sean tan
com patibles com o resulte posible con la visión de u n m undo sin fro n ­
teras.7

Cosmopolitismo liberal

Imi reconocim iento de las dificultades de traducir obligaciones morales


universales a form as políticas viables a niveles globales, T hom as Pogge
ha distinguido entre «cosm opolitism o m oral», que afirma que «todo
ser hum ano tiene una estatura global com o unidad últim a de preocupa­
ción moral» (1992: 49), y el «cosm opolitism o legal». El cosm opolitis­
mo legal está com prom etido, en palabras de Pogge, «con un ideal polí-
tico concreto de orden global bajo el cual todas las personas tienen
derechos y deberes legales equivalentes, es decir, son conciudadanos de
una república universal» (ibíd.).
Pogge quiere defender un conjunto de reglas globales instituciona­
lizadas que, si bien no llegan a constituir un Estado mundial, de todos
m odos harán avanzar el statu quo global hacia un orden m undial más
cosm opolita en u n sentido legal.
Las form ulaciones de Pogge nos recuerdan una dificultad que K ant
tam bién enfrentó, a saber, si el cosm opolitism o m oral inevitablem ente
resultaría en una «m onarquía universal», es decir, un gobierno m un­
dial. K ant sostuvo que tal gobierno m undial sería un «despotism o de­
salmado» (K ant, [1795] 1923: 453; [1795] 1957: 112). Si bien rechazaba
la idea de un Estado m undial, K ant abrazó la idea de una sociedad de
pueblos, cada u no de los cuales estaba inform ado p o r una serie de prin ­
cipios republicanos similares que, sin em bargo, perm itían alguna varia­
ción. ¿Es entonces el cosm opolitism o legal com patible con la libertad
republicana o dem ocrática? ¿Q ué variación en las instituciones legales
y el program a de derechos hum anos es perm isible dentro de un m arco
cosm opolita legal?
U na im plicación clara de cualquier posición cosm opolita m oral y
legal es que las disparidades existentes en los niveles de vida y la expec­
tativa de vida de los pueblos del m undo deberían estar sujetas a crítica
y reform a. Al igual que en el caso de Kant, para Pogge y tam bién Beitz
los individuos son las unidades de derechos m orales y legales en una
sociedad m undial y n o los pueblos. Las interacciones de los pueblos
son continuas y no episódicas; sus vidas y sus condiciones de vida son
radicalm ente y no solo interm itentem ente interdependientes, com o lo
eran en el m odelo raw lsiano de pueblos. Si bien ni Pogge (1992: 60-61)
ni Beitz8 abordan directam ente asuntos relativos a la inm igración, sus
posiciones tienen claras im plicaciones para los derechos de m igración
y m em bresía justa.

E l deber de asistencia fre n te a la justicia distributiva global

Para Raw ls, «los pueblos bien ordenados tienen el deber de asistir a so­
ciedades con problem as» (Rawls, 1999:106).9 P ero no es el caso «que la
única m anera o la m ejor m anera de realizar este deber de ayuda es si­
guiendo u n principio de justicia distributiva global para regular las
desigualdades económicas y sociales entre los pueblos» (ibíd.). Para
m uchos esta afirm ación es inconsistente en el m ejor de los casos e h i­
pócrita en el peor. T hom as Pogge observa con sarcasmo: «Tal com o se
da, el debate m oral se centra en gran medida en la cuestión de en qué
m edida las sociedades y personas ricas tienen obligación de ayudar a
otros que están peor que ellos. A lgunos niegan tal obligación de plano,
otros sostienen que las obligaciones en este sentido son bastante exi­
gentes. Ambos lados dan fácilm ente p o r sentado que es por nuestra p o ­
tencialidad de ayudar que estam os relacionados m oralm ente con quie­
nes pasan ham bre en el extranjero. Esto es cierto, p o r supuesto. Pero el
debate ignora que estamos tam bién y mucho más significativam ente re­
lacionados con ellos como sostenedores y beneficiarios de un orden ins­
titucional global que contribuye sustancialmente a su empobrecimien­
to » (Pogge, 2002: 50. Enfasis mío.). U n a crítica similar fue expresada
por Charles Beitz en Political Theory a n d International Relations: «La
interdependencia internacional involucra un p atró n com plejo y sus­
tancial de interacción social, que produce beneficios y cargas que no
existirían si las econom ías nacionales fueran autárquicas. En vista de
estas consideraciones, la preocupación al pasar de Rawls p o r el derecho
de las naciones parece no captar en absoluto el sentido de la justicia in­
ternacional. E n u n m undo interdependiente, lim itar los principios de
justicia a las sociedades internas tiene el efecto de gravar a naciones p o ­
bres para que otros puedan beneficiarse de vivir en regímenes “jus­
to s”» ([1979] 1999: 149-150).
Este desacuerdo sobre el alcance y el contenido de principios de jus­
ticia distributiva a escala global involucra divergencias tanto m etodoló­
gicas com o empíricas entre Rawls y sus seguidores más radicales.
Rawls, aunque no niega que el sistema internacional es de interdepen­
dencias, claram ente ve este hecho com o de im portancia secundaria para
la determ inación de la riqueza o pobreza de u n país. Las causas de la ri­
queza de las naciones son endógenas y no exógenas. La riqueza de un
país está determ inada p o r «su cultura política» y p o r tradiciones religio­
sas, filosóficas y morales que sustentan su estructura básica, así com o las
cualidades morales de su pueblo, tales com o su industriosidad y sus ta­
lentos cooperativos (Rawls, 1999: 109). Rawls aduce llamativamente
pocas evidencias sociocientíficas para sostener tal afirm ación.10 Estas
afirmaciones se basan menos en evidencias empíricas y más en el p u nto
de partida m etodológico de Rawls, que considera que los pueblos libe-
i ales viven en sociedades bien ordenadas, cuya buena fortuna es conse-
i uencia de sus propias instituciones y naturaleza moral. E n esta visión
llamativamente victoriana de la riqueza de las naciones, el saqueo de
África p o r todas las sociedades occidentales no es m encionada ni una
ve/; apenas se recuerda el carácter global del comercio de esclavos afri-
i anos y su contribución a la acum ulación de riqueza capitalista en los
I .lados U nidos y la cuenca del Caribe; desaparece de la vista la coloni­
zación de las Américas y es com o si G ran Bretaña nunca hubiese dom i­
nado a la India y explotado su riquezas. Estas omisiones históricas son
de lal m agnitud en un trabajo sobre el D erecho de Gentes que tenemos
que preguntar p o r qué Rawls se ha im puesto anteojeras que afectan su
visión de la justicia internacional de m odo tan drástico.
M i p ro p ó sito no es rehacer conocidos debates en las ciencias socia­
les acerca de los orígenes del capitalism o en O ccidente -la así llamada
buena fo rtu n a de los pueblos liberales- y la interdependencia del capi­
talism o y el imperialism o. C onsidero que en térm inos históricos sería
groseram ente inadecuado considerar el desarrollo del capitalism o sin
tom ar en cuenta tam bién la historia del im perialism o occidental (Scha-
ma, 1987; H obsbaw m , 1975, 1987; M euschel, 1981; Genovese, [1965]
1990; G enovese-Fox y G enovese, 1983). Tam poco es necesario hacer
juicios rápidos sobre estos com plejos procesos histórico-m undiales: es
dudoso que pudiese concebirse la acum ulación capitalista prim itiva en
O ccidente sin la expansión colonial, pero es igualm ente claro, com o
nos enseñó Max W eber ([1930] 1992), que las transform aciones m oral-
culturales y de valores que llevaron a la form ación de la ética pro testan ­
te en O ccidente tuvieron fuentes indígenas. Estas fuentes están en la di­
námica intelectual y m oral de las revoluciones científica y protestante
que, aunque eventualm ente alcanzaron significación mundial, form a­
ro n una configuración única solo en O ccidente." La riqueza de las na­
ciones tiene que ser examinada a la luz de la historia de la econom ía
mundial: las distorsiones m etodológicas causadas p o r supuestos de au­
tarquía cultural deben ser descartadas. Me u n o a Beitz cuando escribe:
«Es más fácil dem ostrar que existe u n p atró n de interdependencia glo­
bal y que rinde sus beneficios agregados sustanciales, que decir con
certeza cóm o se distribuyen estos beneficios bajo las instituciones y
prácticas existentes o qué cargas estas instituciones y prácticas im po­
nen a los participantes en la econom ía m undial» (Beitz, [1979] 1999:
145).
¿El hecho de la interdependencia global sugiere que el sistema eco­
nóm ico m undial es u n «sistema de cooperación»? U n sistema de
cooperación sugeriría que las reglas que distribuyen obligaciones tanto
com o beneficios sería claram ente identificable y conocido, o en princi­
pio conocible,12 para los participantes. D ado que niega que la econom ía
m undial pueda entenderse bajo estos lincam ientos, Rawls m antiene
que no pueden aplicarse a este dom inio principios de justicia distribu­
tiva. M ientras en u n sistem a de cooperación habría reglas o patrones
claros para la distribución de beneficios y obligaciones, la econom ía
mundial difícilm ente pueda ser objeto de tales juicios claros y transpa­
rentes. Así los principios de justicia distributiva global, pese a su con­
siderable atractivo, no tienen «un objetivo, una m eta o u n p u n to de
corte definidos» (Rawls, 1999: 106). C reo que Rawls sólo tiene razón
parcial en esta objeción. La econom ía m undial, si bien no es un sistema
puro de cooperación, incorpora organizaciones tales com o la O rgani­
zación M undial del C om ercio | o m c ) y el Fondo M onetario Interna­
cional [FMl] que tienen reglas m uy claras de cooperación, además de
que abarca la vasta miríada de patrones y tendencias generados por las
consecuencias no intencionales de actores individuales.
La econom ía m undial, com o cualquier sistem a económ ico, posee
rasgos de cooperación así com o de la lógica d e las consecuencias no in-
tencionales. Piénsese p o r ejem plo en Jalx>lia!s)si bien hay reglas clara-
m e n te d e fin id a s de cooperación - a l m enos en p rin c ip io - respecto de
cóm o se venden y com p ran acciones, cóm o se d eterm inan sus valores y
cosas p o r el estilo, en ú ltim a instancia lo que hace funcionar a la bolsa
es precisam ente la «lógica de las consecuencias n o intencionales». U na
vez establecidas estas norm as de cooperación, nadie puede p redecir y
en prin cip io nadie debería p o d e r pred ecir qué resultado p ro d u ce el
m ercado. E stá p ro h ib id o o p erar basándose inform ación in tern a de las
em presas p o rq u e va en c o n tra de la lógica de las consecuencias no in ­
tencionales, al d estru ir la equidad de las reglas de cooperación. A dife­
rencia de los partid ario s del libre m ercado, n o tengo ninguna fe en que
la lógica de las consecuencias n o intencionales sea siem pre racional o
justa. O b viam ente, los gobiernos y o tro s entes regulatorios interfieren
precisam ente para rectificar disfuncionalidades que resultan del juego
de las fuerzas de m ercado. Es difícilm ente concebible, p o r ejem plo, que
un gobierno p erm ita que quiebre el fondo de la seguridad social com o
resultado de los caprichos del m ercado, aunque se ha sabido de id eó lo ­
gos del libre m ercado y p rofetas de la privatización que p ro p o n e n li-
cuificar tales activos. Si concedem os a Raw ls que la econom ía m undial
n o es u n sistem a p u ro de cooperación, sino u n dom inio m ixto que
m uestra rasgos de cooperación y com petencia, de organización y de ló­
gica de las consecuencias n o intencionales, ¿qué sucede con la posición
redistrib u tiv a global?
La econom ía m undial, que n o llega a ser u n sistem a de cooperación,
es de significativas interdependencias con consecuencias distributivas
no despreciables para los jugadores involucrados. D en tro de este siste­
ma, hay entes y organizaciones internacionales que tienen funciones
regulatorias tales com o la O rg an izació n M undial del C om ercio, el
P o n d o M o n etario Internacional y la A gencia In ternacional de D esa­
rrollo [AID] y asociaciones de tratad o s tales com o el A cuerdo G eneral
sobre A ranceles y C om ercio [GATT] y el A cuerdo de L ibre C om ercio
de A m érica del N o rte [NAFTA]. Estas organizaciones en form a crecien­
te avanzan hacia un m odelo de cooperación global, que controlaría y
reduciría el d año que puede causar la lógi,ca.d.ejas consecuencias no in­
tencionales. Así, los teóricos de In ju sticia global)tienen razón al d e­
m andar, c o n tra Rawls, q u e estos entes internacionales deben estar cada
ve/ mas obligados a una rcndii ion de i lientas p o r sus acciones y ser ca-
da vez más transparentes en su to m a de decisiones para aquellos a qu ie­
nes responden. A u n q u e la econom ía m undial no es un sistem a de co o ­
peración, precisam ente p o rq u e revela significativos p atrones de in ter­
dependencia, así com o q u e es influenciado p o r entes cuasi gobernantes,
hay m u ch o lugar para reform as aquí que p o d rían ir m ucho más allá del
d eb er natural de ayuda a p u eb lo s co n problem as.
Q u ie ro sugerir que la com unidad m undial debe verse com o una so­
ciedad civil global en la que los pueblos organizados com o estados son
jugadores im portantes p ero de ningún m o d o los únicos jugadores. U na
perspectiva cosm opolita tiene com o p u n to de p artida l^Tvisión kantiana)
de que «si las acciones de u n o pueden afectar las acciones de otro», en­
tonces tenem os la obligación de regular nuestras acciones bajo una ley
com ún ele libertad que respete nuestra igualdad com o agentes morales.
J^as consecuencias de nuestras acciones generan obligaciones morales;
una vez que nos hacem os conscientes de cóm o influyen de hecho en el
bienestar y la libertad de los demás, debem os asum ir responsabilidad
p o r las consecuencias p o intencionales e invisibles de nuestros haceros
individuales-^ colectivos. C onstan tem en te descubrim os tales interde­
pendencias y tom am os conciencia de que lo que com em os, bebem os,
fum am os y consum im os com o energía en nuestros hogares y nuestros
autom óviles tiene u n im pacto sustancial en la vida de otros con quienes
pod em o s n o estar siquiera rem otam ente vinculados. H ay una dialéctica
aq u í entre el crecim iento del conocim iento social y la dism inución do la
responsabilidad m oral. E n lenguaje kantiano, si la voluntad de uno pue
de lim itar la voluntad de o tro en el dom inio externo de acciones, enion
ces quedam os enredados en la red m oral de responsabilidades y obliga
ciones. Tal es la situación co n la econom ía m undial: si bien no siem pre
se contará con juicios m uy claros respecto de efectos específicos de M tt
o aquella política sobre la vida y el bienestar de otros, constantem ente
enfrentam os el desafío de com prender las im plicaciones m orales de
nuestras acciones d escubriendo consecuencias no intencionales y lo
m ando conciencia de las m edidas regulatorias e intervencionistas de en
tes que gobiernan el m undo. Tal conocim iento crea responsabilidad
m oral. Ya no es m oralm ente perm isible que los choferes de autom óviles
y las industrias en C hicago, p o r ejem plo, ignoren que sus acciones están
causando lluvia acida en C anadá; tam poco debería ser posible para
quienes viven en los E stados U nidos ignorar qu e la abundancia agrope
cuaria de C alifornia se debe en gran m edida, si no del todo, al sudor, la
sangre y el trabajo de o b rero s m exicanos ilegales, cuyo trabajo estañ o
nal barato ha hecho posible la cosecha di' abundancia que recibim os
I.a conclusión que Beitz y l’ogge sacan de análisis similares es que
debe sci aplicable al sistem a económ ico m undial un principio tedisti i
butivo global. B eitz escribe que «en particular, si el principio de dife­
rencia (“las desigualdades sociales y económ icas se deben o rd en a r de
m odo que sean [...] p ara el m ay o r beneficio de los m enos aventaja­
d o s”) se ad o p tara en la posició n dom éstica original, tam bién sería
adoptado en la posición global original» ([1979] 1999:151). Pogge está
de acuerdo (2002: 42).
N o m e interesa p ro seg u ir co n el debate respecto de si u n principio
redistributivo global debería form ularse com o alguna versión de un
principio de diferencia raw lsiano o en alguna versión del principio
igualitario global de Pogge. C o n cu erd o co n la visión cosm opolita libe­
ral de B eitz y Pogge acerca de que, en u n m u n d o de interdependencias
radicales y n o m eram ente accidentales y transitorias entre la gente,
nuestras obligaciones distributivas van m u ch o m ás allá del deber n a tu ­
ral de d a r ayuda. P ero me siento incóm oda con la im posición de un
principio red istrib u tiv o global p ara crear justicia económ ica entre los
pueblos, a m enos y hasta que se exam ine la com patibilidad de tal p rin ­
cipio con el au to g o b iern o dem ocrático. Presentaré tres objeciones al
redistribucionism o global y distinguiré este ú ltim o de la perspectiva
cosm opolita federalista, que deseo defender y que tiene im plicaciones
redistribucionistas tam bién. Llam aré a la p rim era objeción epistémica;
a la segunda, herm enéutica y a la tercera, dem ocrática.

l a objeción epistémica

Aun si la econom ía m undial se entiende de la m ejor m anera com o un


sistem a de interdependencias con patro n es significativos e interco n e­
xiones causales, es difícil hacer juicios generalizados acerca de re sp o n ­
sabilidades agregadas. Si bien pod em o s calcular cóm o están dañando la
atm ósfera del m u n d o los niveles de em isión de m onóxido de carbono
de los países industriales avanzados, es m u ch o más d ifíc il-in clu so si es
que no im p o sib le - calcular cóm o los patro n es de consum o de carne en
listados U n id o s p ueden o n o estar afectando la econom ía m exicana o si
la baja económ ica de A lem ania está causando desem pleo en G recia y
qué debe hacerse al respecto.
( Con referencia a las causas económ icas de la m igración, p o r ejem ­
plo, I lania Z lo tn ik escribe: «D ado que hay consideraciones económ i-
<as en la raíz de la m ay o r p arte de las m igraciones internacionales, es-
las se ven significativam ente influenciadas p o r los procesos de la
economía m undial [...]. Se considera que la p ro m o ción de un com ercio
mas libre d e n tro de los bloques com erciales o a u n nivel general tiene
consecuencias im portantes para la iniciación internacional [...]. Sin
em bargo, d ado que se reconoce que el p roceso de desarrollo m ism o
p one en m ovim iento fuerzas que p rom ueven la m igración, no es evi­
dente si la p articipación exitosa de países en desarrollo en la econom ía
m undial y el sistem a de com ercio aum en ta rá o reducirá el potencial de
m igración internacional» (Z lo tn ik , 2001: 228. Énfasis mío.).
En ausencia de juicios más precisos respecto de causalidades econó­
micas globales, extender el principio de diferencia, con su program a ra­
dicalm ente redistributivo, a la econom ía m undial, es una falacia de con­
creción desubicada. C uando abordam os u n objeto tan com plejo m oral y
epistém icam ente com o el sistem a económ ico m undial, es más deseable
fijar objetivos globales generales, sobre los que puede generarse un con­
senso dem ocrático. D eberíam os tratar el principio de diferencia, que en
prim er lugar procede a p artir de una agregación más bien controvertida
de activos individuales, com o u n a guía y una m eta norm ativa en vez de
com o u n a política específica p ara reducir desigualdades. La reducción
del ham bre, la m ortalidad infantil, el analfabetism o, la m uerte p o r mal-
nutrición y la falta de higiene adecuada, la erradicación de enferm edades
y cosas p o r el estilo en el nivel planetario son metas para las que existe un
consenso creciente en la com unidad mundial. La redistribución de la
riqueza y los activos, p o r vía de la ayuda para el desarrollo, es p o r cierto
una de las m aneras im portantes en las que p ueden alcanzarse tales obje­
tivos, p e ro no la única; entre otros se incluirían los proyectos de
crecim iento sustentable; ayudar a industrias y econom ías locales a desa­
rrollarse a través de pequeños préstam os; la liberalización y dem ocrati­
zación del gobierno de instituciones tales com o el Banco M undial y el
F o n d o M onetario Internacional; hacer más transparentes y dem ocráti­
cos los criterios para el otorgam iento de préstam os y subsidios de insti­
tuciones de crédito m undial; am nistía de la deuda para las econom ías del
Tercer M u n d o en problem as, y co n tro lar y penalizar la especulación en
los m ercados financieros que p o n en en peligro econom ías débiles. N o
com parto la certeza teórica que hay detrás del principio de diferencia: es
un criterio de juicio, no u n plano m aestro para desarrollar políticas.
Rawls buscaba que fuera un criterio teórico para m ejorar la optim alidad
de Pareto al m edir lo justo de las instituciones económicas; no debería
verse com o u n m apa para reo rd en ar instituciones.

l a objeción herm enéutica

I n S ituating the Self: Gender, C o m m u n ity a n d P ost-m odernism in


(.'onteni/iorary Ethics (Situando el ser: genero, com unidad y posm o-
iln m s m o en I.i etica contem poránea), sostuve que la posición raw lsia-
na original n o podía acom odar la individuación m oral adecuada (Ben­
habib, 1992: 164-170). Sostuve que detrás del velo de ignorancia raw l-
siano, el o tro com o alguien d istin to del ser desaparecería, po rq u e todos
los criterios significativos para la individuación de los seres quedarían
ocultos tras el velo. Bajo esta co nstrucción, n o estaríam os revirtiendo
perspectivas m orales y razo n an d o desde el p u n to de vista del o tro , p o r­
que el o tro y el ser se volverían idénticos y cada u n o razonando solo
para sí m ism o p o d ría razo n ar p o r to d o s los otros.
H a y u n a dificultad sim ilar agregada al prin cip io de diferencia. D a ­
do que considero bastante im p o rtan te esta dificultad, no veo m otivo
plausible p ara extender el prin cip io de diferencia a la arena global.
C ualq u ier aplicación del p rincipio de diferencia a través de las fro n te­
ras presu p o n e que com partim os juicios claros y n o controvertidos res­
pecto de quien se contará com o el m iem bro «m enos aventajado» de la
sociedad. N o creo que poseam os criterios tan claros, p o rq u e este no es
solo un juicio econom étrico, sino u n juicio p o lítico-económ ico. P o r
cierto que hay m ucha info rm ació n em pírica sobre distribución del in­
greso, expectativa de vida, niveles de educación y cosas p o r el estilo en
muchas sociedades y en el m u n d o en general. P ero hay m u y poco co n ­
senso respecto de cuáles de estos criterios deberían considerarse que
lorm an la base respecto de la cual m edir la condición de ser el «m enos
aventajado». A m arty a Sen ha argum entado convincentem ente contra
la fetichización de los datos econom étricos y ha sostenido que, p o r
oposición a com paraciones económ icas global basada en el PBI p e r cá-
pita, que dicen m u y poco acerca de las condiciones efectivas de vida de
las poblaciones evaluadas, las m ediciones de la «calidad de vida» re­
quieren evaluaciones m ucho más diferenciadas de las «capacidades h u ­
manas» (Sen, 1984, 1999).
l,a aplicación global del prin cip io de diferencia, en cam bio, im plica
que hay m ucha m ay o r convergencia y consenso en to rn o de juicios p o ­
líticos y económ icos co n tro v ertid o s de los que realm ente hay y jamás
habrá en la com unidad m undial. C o n clu y o p o r tan to , com o lo hice en
la consideración del prin cip io epistém ico, que fijar guías, norm as y es­
tándares globales que p erm iten interpretaciones locales es m ucho más
deseable que d ar p o r supuesto que existe u n estándar com partido glo-
balm ente p ara m edir el bienestar.13

l a objeción democrática

I I desafío crucial que enfrentan los glohalistas es el de reconciliar polí-


ii. as democráticas con aspir.u iones i>’iiahiai las globales. D a d o que un
p rincipio redistributivo global supone u n alto grado de convergencí
epistém ica y herm enéutica, pod em o s p ensar que tendrá que ser adm í
n istrado p o r u n gobierno m un d ial o alguna autoridad m undial con po
deres de coerción y aplicación significativas. B eitz y Pogge son sensi­
bles a esta objeción y se defienden de visiones de gobierno m u n d ial.14
Beitz distingue las responsabilidades morales de la justicia redistributi-
va de las instituciones de la justicia global. P ero si las consecuencias de
las prim eras im plican pérdidas significativas para las segundas, si hay
un tru eq u e entre justicia y dem ocracia, entonces debem os hacer una
pausa p ara reconsiderar nuestras alternativas. D ados los niveles exis­
tentes de escasa cooperación en la econom ía m undial, es im probable
que u n prin cip io red istrib u tiv o global en la form a de un p rincipio de
diferencia pueda tener jam ás consenso. ¿Pero d ó n d e nos deja esto en ­
tonces?
La justicia y los criterios socioeconóm icos para m edirla no pueden
identificarse independientem ente de prácticas de libertad dem ocrática y
autodeterm inación. Los rom pecabezas herm enéuticos planteados p o r
el p rincipio de diferencia p u ed en abordarse, aunque nunca resolverse
com pletam ente, solo en u n contexto dem ocrático. Los pueblos d em o ­
cráticos m ism os deben form arse juicios respecto de las prioridades eco­
nóm icas e ilustrarse respecto de cóm o influyen estas prioridades en
cuestiones de justicia social y económ ica en sus sociedades. Precisam en­
te p o rq u e n o hay certeza en estas cuestiones incluso entre los expertos,
los juicios respecto de quién es el que «está peor» en una sociedad o el
m u n d o en general requieren proceso s dem ocráticos com plejos de o p i­
nión y form ación de voluntades. C o m o teóricos podem os intervenir en
este p roceso a través de n uestros proyectos, propuestas, críticas y suge­
rencias, p ero no debem os tra b a r procesos dem ocráticos con fo rm ula­
ciones dem asiado apresuradas de esquemas redistributivos.
Pogge p u ede o b jetar y so sten er que tales procesos dem ocráticos di­
fícilm ente p ro d u z c a n más justicia global que la que hacen actualm ente:
sim plem ente dejarán más o m enos com o está u n m u n d o extrem ada­
m ente in ju sto y n o equitativo. P o r cierto que el egoísm o dem ocrático
es u n riesgo q u e debem os estar dispuestos a contem plar. Pero la sim ple
yuxtaposición de justicia global y egoísm o dem ocrático es insatisfacto­
ria en sí m ism a p o rq u e d isto rsio n a la interdependencia com pleja de la
justicia y la dem ocracia.
P rim ero, la igualdad socioeconóm ica es en sí m ism a una p recondi
ción p ara el ejercicio efectivo de derechos dem ocráticos de ciudadanía.
I' I valor equitativo de la libertad para los ciudadanos solo puede reali-
/.ii se si tam bién tienen acceso al paquete de derechos que son necesa­
rios para que puedan vivir vidas de dignidad y autonom ía hum ana, y
disfrutan de él. E n las sociedades dem ocráticas el acceso al disfrute de
un paquete de derechos y reivindicaciones es u n aspecto crucial del sig­
nificado de ciudadanía (véase más adelante en el cap. 4). P o r lo que mi
desacuerdo con los globalistas n o es respecto de si la igualdad socioe­
conóm ica es necesaria para la igualdad de ciudadanos dem ocráticos; es
claram ente necesaria. M ás bien discordam os respecto del m argen de
divergencia democrática aceptable en la in terp retació n y concreción de
derechos socioeconóm icos.
C o n c u e rd o con Ian Shapiro cuando escribe: «Perm itir igual in­
fluencia en una decisión a gente con d istintos intereses en el resultado
genera patologías sim ilares a las que involucran grandes diferencias en
las capacidades de salida [...]. A quellos cuyos intereses básicos están
en juego en u n a decisión p articu lar tienen más derecho a la inclusión en
el dem os que aquellos para quienes n o es así» (Shapiro 1999: 235). El
principio de «intereses afectados» de Shapiro es bastante sim ilar al
principio de ética del discurso que exige igualm ente que aquellos cuyos
intereses son afectados p o r u n a política, u n a n o rm a y sus consecuen­
cias p u ed an particip ar en su articulación com o iguales en un discurso
práctico. Y el círculo de aquellos cuyos intereses se ven afectados varia-
i ,i localm ente ta n to com o a escala global.
Segundo, d e n tro de la com unidad m undial vista com o una sociedad
civil global, hay m últiples niveles de organización, asociación y redes
de interdependencia, cada u n o de los cuales pued e p erm itir una varie­
d a d de principios de organización. El g obierno en m últiples niveles en
una com unidad m undial p u ede atem perar las oposiciones directas en-
tre aspiraciones globales y la au to d eterm in ació n local. Así, se deben
extender los principios-dem ocráticos de transparencia y responsabili­
d a d a organizaciones tales com o la O M C , el FMI y la A I D , m ientras se ha
vuelto crucial en esta c o y u n tu ra la reform a de instituciones internacio­
nales tales com o el C onsejo de Seguridad de la O N U para que sea más
inclusivo de voces de naciones distintas a los cinco asientos p erm anen­
te., Si bien la dem ocratización de estos entes p o r sí sola puede no ser
suficiente para atem perar la desigualdad global, otras form as de coope-
i ación entre econom ías regionales y asociaciones regionales de com er-
i i o y crecim iento tam bién p u ed en m ediar entre estándares transnacio-
n.iles y condiciones locales. Si consideram os que la econom ía m undial
i sla co n stitu id a p o r m últiples niveles y capas de gobierno, cooperación
v coordinación, la cuestión pasa a ser de m ediación entre estos varios
n i v e l e s d e m odo de crear más convergencia en algunos estándares acor­
dados en co m ú n para la erradicación de la pobreza, pero a través de
i n i c i a t i v a s interpretadas, instituidas y organizadas localm ente, a n i v e l
n a c i o n a l o regional. Serían ejem plos pertinentes en este dom inio es­
quem as p ara u n desarrollo económ ico sustentable a través de los cuales
se consideren las condiciones y capacidades de cada país y se hagan
p ro y ecto s económ icos acordes co n las condiciones locales.
Llam aré form as de iteración dem ocrática a tales procesos de in terac­
ción entre actores en contextos de m últiples y com plejas capas de g o ­
bierno. Las iteraciones dem ocráticas son diálogos m orales y políticos
en los que sectores sociales de d istintos tam años se reapropian de, y
reiteran, p rin cip io s y norm ás globales, en u n a serie de conversaciones e
interacciones entretejidas. Así, las preocupaciones p o r la justicia global
p ueden volverse principios guía p ara la acción de los m ism os pueblos
dem ocráticos. Si bien tales p rocesos p u ed en ser desprolijos e im prede-
cibles y p u ed en dar resultados m enos que ideales, son preferibles a
p rincipios redistrib u tiv o s globales que, au n q u e pu ed en basarse en las
m ejores y las más puras de las intenciones, tienen que depender de en­
tes de aplicación coercitiva cuyas credenciales dem ocráticas son cues­
tionables. «D ebería» im plica «puede». Las alternativas que enfrenta­
mos al p en sar acerca de la d istrib u ció n internacional no se encuentran
entre la p u ra justicia global p o r u n lado y el g obierno dem ocrático p o r
el o tro , sino la «justicia dem ocrática» (véase Shapiro, 1999), a través de
un a serie de m ecanism os de justicia global interrelacionados, su p er­
puestos y que se intersecan. E sta es tam bién la visión del cosm opolitis­
m o federado que analizaré más en el capítulo 5.

El cuestionamiento del cosmopolitismo: los teóricos


de la declinación de la ciudadanía

P o r cierto que las objeciones más conocidas a la visión globalista han


sido expresadas p o r u n g ru p o de pensadores a los que a veces se hace
referencia com o los com unitarios, en otras o p o rtu n id ad es com o re p u ­
blicanos cívicos e incluso co m o nacionalistas liberales. Sea que crean
que la cohesión cultural de su sociedad o la integridad de sus institu cio ­
nes políticas es lo que está am enazado p o r las m igraciones masivas y la
creciente p o ro sid ad de las fro n teras, los com unitarios, republicanos cí­
vicos y nacionalistas liberales están preo cu p ad os p o r el hecho de que
los cosm opolitas no son suficientem ente sensibles a los vínculos espe­
ciales que los individuos tienen co n sus hogares y países. La siguiente
declaración de M ichael W alzer refleja las preocupaciones de una gama
de pensadores que se o p o n en a la alternativa cosm opolita:

Derribar los muros del Estado no es, como sugirió preocupado Sidg­
wick, crear un mundo sin muros, sino más bien crear mil pequeñas fortale­
zas. Las fo rtalezas tam b ién p u ed en ser derribadas: to d o lo que se necesita
es u n E stad o global suficien tem en te p o d e ro so p ara su p e rar a las co m u n id a ­
des locales. E n to n ce s el re su lta d o sería el m u n d o del eco n o m ista p o lítico ,
com o lo d escribió Sidgw ick (o de capitalism o global, p o d ría agregar), un
mundo de hombres y mujeres desarraigados. (W alzer, 1983: 39)

Si bien m oral y legalm ente suscribo la alternativa cosm opolita, p o ­


líticam ente creo que los teóricos de la declinación de la ciudadanía
plantean im p o rtan tes p reocupaciones respecto de la necesidad de a u to ­
gobierno dem ocrático y la legitim idad de las fronteras. A u n así, si los
cosm opolitas liberales p o n e n la justicia global p o r encim a del proceso
dem ocrático, los teóricos de la declinación de la ciudadanía yerran al
hacer coincidir las fronteras de la com unidad política con las de la co­
m u n id a d ética. Tam bién son culpables de desaten der las instituciones
políticas m ientras se con cen tran excesivam ente en las identidades cul­
turales.
Los teóricos de la declinación de la ciudadanía m uestran más sensi­
bilidad hacia la paradoja dem ocrática, que he bosquejado en el capítu­
lo 1. R espetan la volu n tad colectiva de com unidades autogobernadas al
desear p ro teg er y definir las fronteras. P ero al hacerlo po n en dem asia­
do énfasis en el grado de cohesión in tern a d e n tro de la com unidad p o ­
lítica y buscan m antenerse al m argen de «conversaciones sobre dere­
chos». P ero el respeto p o r los princip io s de derechos universalistas y
las reivindicaciones de autod eterm in ació n son los dos polos de la legi­
tim idad p ara los entes políticos'dem ocráticos. D eb en ser renegociados,
reapropiados y rearticulados en diálogos políticos públicos creativos,
que incluyan la cuestión de la inm igración p ero no estén exclusivam en­
te lim itados a ella.

La migración y la declinación de la ciudadanía

I a escuela de la declinación de la ciudadanía incluye a com unitarios,


republicanos cívicos y nacionalistas liberales así com o a socialdem ó-
cratas (Sandel, 1996; Jacobson, 1997; W alzer, 1983 y 2001; O ffe, 1998;
Streeck, 1998; H o b sb aw m , 1996). E stos pensadores consideran que la
declinación del E stado-nación, sea bajo el im pacto de la globalización
económ ica, el alza de las norm as de derechos h um anos internacionales
o la disem inación de actitudes de to m a de distancia cosm opolita, da
por resultado la devaluación de la ciudadanía com o institución y prác­
tica.1* La ciudadanía im plica la m em bresía a com unidades circunscritas;
el derecho a la determ inación tic fronteras así com o la identidad de
esta co m u n id ad son fundam entales para la dem ocracia; p o r tan to , sos­
tienen, la globalización económ ica y política am enaza con socavar la
ciudadanía. Si bien estos teóricos no se o p onen a la inm igración, tien ­
den a favorecer la in co rp o ració n solo de aquellos extranjeros que «son
com o nosotros» y que p u ed an convertirse en «ciudadanos m odelo»
(H onig, 2001).
Sin d u d a la escuela de la declinación de la ciudadanía acierta al plan ­
tear p reocupaciones respecto de la transform ación de la ciudadanía en
las dem ocracias contem poráneas, p ero se equivoca al rastrear las causas
de estas transform aciones en las prácticas liberalizadas de la m em bresía
Y la acrecida m ovilidad m undial de los pueblos. L a declinación de la
vciuiladanía, si se la m ide en térm in o s de las tasas de participación p o lí­
tica o incluso en térm inos de la participación cívica en general, com o ha
dem ostrado u n corpus significativo de estudios recientes, tienen causas
in tern as,tan to com o globales (véase P utnam , 2001, 2003). La inm igra­
ción y las fronteras porosas, en vez de ser causas de la declinación de la
ciudadanía, son causadas p o r las m ism as torm en tas que socavan las ins-
titu cio n es políticas nacionales: a saber, la globalización de los m ercados
de cap itales,n n an ciero s y laborales (aunque la gente nunca es tan m ó ­
vil com o el d in ero y los activos); la falta de co n tro l sobre m ovim ientos
de acciones y bonos; la aparición de partidos de masas que incorporan
to d o y son no diferenciados ideológicam ente; el ascenso de la política
de los m edios m asivos de com unicación y el eclipse de las votaciones y
cam pañas locales. Este mal general difícilm ente se p u ed a achacar a los
m igrantes, refugiados y asilados. N i tam poco es correcta la percepción
de que los m igrantes son agentes pasivos y apolíticos que sim plem ente
son m ovidos p o r fuerzas de m ercado globales. H a y nuevas m odalida­
des de acción política que surgen en m edio de las instituciones del d e­
sagregado o desem paquetado de los derechos de ciudadanía, incluso
p o r p arte dé quienes no son m iem bros p len o s.16 Estas nuevas m odali­
dades están cam biando el significado de la ciudadanía y el activism o
político. L o s teóricos de la «declinación de la ciudadanía» ignoran la
aparición de estos nuevos actores y nuevos m o d o s de activism o p o líti­
co .17 (Véase el cap. 5.)
M ichael W alzepse cuenta en tre los pocos teóricos contem poráneos
que han ab o rd ad o la significación de las cuestiones de m em bresía para
las teorías so b re la justicia así co m o p ara las teorías sobre la dem ocra­
cia. Su posició n está co n stru id a en to rn o de u n o de los aspectos de la
paradoja de la legitim idad dem ocrática, que considero que es causada
p o r la d o b le adhesión a las no rm as de derechos hum anos y la au to d e­
term inación colectiva. W alzer es escéptico o, q uizá m ejor aún, agnósti­
co respecto de las reivindicaciones de derechos hum anos universales.
Privilegia la volu n tad del sob eran o po lítico m ientras se busca aliviar las
posibles injusticias e inequidades que p u ed an resultar de tales actos y
políticas p o r consideraciones de justicia y com pasión, razonam iento
contextual sensible y ap e rtu ra m oral. Q u ie ro argum entar que, p o r
atractiva que aparezca, esta estrategia es inadecuada y los dilem as de la
m em bresía política en dem ocracias liberales van al corazón de la auto-
definición, así com o de la au to co n stitu ció n de estos entes políticos p re ­
cisam ente p o rq u e, com o dem ocracias liberales, están construidas sobre
la ten sió n co n stitu tiv a entre los derechos hum an o s y las reivindicacio­
nes de soberanía política.
A u n cu an d o se adm ita que los inm igrantes p u ed e n ser «buenos
ciudadanos», los p artid ario s del c o n tro l de la co m unidad sostienen
que d efin ir la calidad y can tid ad de los m ov im ientos a través de las
fronteras debería seguir siendo u n privilegio soberano solo del pu eb lo
dem ocrático. A sí, p ara W alzer en Las esferas de la justicia, los entes
políticos d eberían ten er la lib ertad de d efin ir condiciones de prim er
ingreso, sea p ara inm igrantes o refugiados y asilados, com o lo co n sid e­
ren adecuado d e n tro de los m arcos de sus obligaciones in te rn a cio ­
nales. «E n realidad p e rm itir el ingreso de refugiados en grandes can ti­
dades a m en u d o es m o ralm en te necesario; p ero el derecho de lim itar el
flujo sigue siendo un rasgo de au to d eterm in ació n com unal. El p rin ­
cipio de ay u d a m u tu a solo p u ede m odificar y no tran sfo rm a r las p o ­
líticas de adm isión basadas en la com prensión de sí m ism a de una
com u n id a d particular» (W alzer, 1983: 51. Énfasis m ío.). Si prefieren
cum p lir co n sus responsabilidades de ayuda a refugiados y asilados,
no p o r m edio de políticas de ingreso liberales sino a través de ayuda
eco n ó m ica y de desarrollo en el extranjero, p o r tan to alentando a los
refugiados a regresar a sus hogares o no dejarlos, deberían p o d e r h a ­
cerlo. P o r ejem plo, en frentada a grandes cantidades de refugiados que
huían de H a ití en la década de 1990, la adm in istración C lin to n in te r­
vino p ara p e rm itir la reinstalación del régim en (luego depuesto) de
Jean -B ertran d A ristide, asegurando así el regreso de los refugiados.
I )esde el p u n to de vista de M ichael W alzer, esto es u n a m anera perfec­
tam ente aceptable de cu m p lir con las obligaciones m orales. W alzer
tam bién sostiene que, u n a vez que individuos han sido adm itidos en
un país, no p u ed en p erm an ecer co m o extranjeros para siem pre y d e ­
ben ser naturalizados. P ero la base p ara esta afirm ación no está clara;
ciertam ente no hay u n derech o h u m an o a la m em bresía desde el p u n ­
to de vista de W alzer; n o se explica p o r qué las entidades políticas exis­
tentes d eberían sentirse obligados a n atu ralizar extranjeros.
¿Q u é serían exactamente «políticas de admisión basadas en la c o m ­
prensión que tenga de sí misma m u com unidad particular»? ¿Esta fór-
m uía no llevaría a debilitar el co m p ro m iso m o ral y legal de las naciones
con los derechos de los refugiados y asilados bajo el argum ento de que
adm itirlos «diluiría o afectaría la au to co m p rcn sió n com unal y c u ltu ­
ral» ? «Lo d istintivo de cu ltu ra y grupos -e sc rib e W alz er- depende del
cierre y, sin él, n o se lo puede concebir com o rasgo estable de la vida
hum ana. Si esta distintividad es u n valor, com o parece creer la m ayoría
de la gente (aunque algunos soñ pluralistas globales y o tro s leales loca­
listas), entonces se debe p e rm itir el cierre en algún p u n to . En algún n i­
vel de la organización política, debe to m ar form a algo com o el E stado
soberano y reclam ar la au to rid ad de establecer su p ro p ia política de
adm isiones, co n tro lar y a veces restringir el flujo de inm igrantes»
(ibíd., 39).
H a y u n ráp id o deslizam iento en este pasaje del «valor de la d istin ­
tividad de cultu ras y grupos» a la necesidad de cierre y a la justificación
de que «algo co m o el E stad o soberano» co n tro le fro n teras y establez­
ca políticas de adm isión. W alzer no distingue en tre la ficción m e to ­
dológica de u n a «com unidad cultural» u n itaria y el ente político in s­
titucional. U n ente p o lítico d em o crático )co n tradiciones pluralistas
consiste de m u c n o s g ru p o s y su b g ru p o s culturales, m uchas tradiciones
y, contratrad icio n es culturales; lo que es más, la cultu ra «nacional»
m ism a está form ada p o r la m ultiplicidad cuestionada de m uchas tra d i­
ciones, narraciones y apropiaciones históricas. W alzer difícilm ente n e ­
garía to d ri esto (véase W alzer, 2001). ¿E ntonces p o r qué exactam ente
es necesario el cierre p ara m an ten er la d istintividad de culturas y g ru ­
pos?
Q u ie ro distin g u ir entre integración cultural e integración política y
sugerir q u e en las dem ocracias liberales robustas la p o rosidad de las
fronteras no es u n a am enaza, sino más bien u n enriquecim iento de la
diversidad dem ocrática existente. Las com unidades culturales se co n s­
tru y en en to rn o de la adhesión de sus m iem bros a valores, norm as y
tradiciones que tienen u n valor prescriptivo p ara su identidad, en el h e­
cho de q u e n o cu m p lir con ellos afecta su en ten d im iento de lo que es
ser m iem b ro y pertenecer. Sin em bargo, in dudablem ente siem pre hay
cuestionam iento e innovación en to rn o de tales definiciones y n a rra­
ciones culturales: ¿qué significa ser u n judío observante pero no o rto ­
doxo? ¿ Q u é significa ser u n a m u jer m usulm ana m oderna? ¿Q ué signi­
fica ser u n católico abierto a la o p ció n del ab o rto ? Las tradiciones
culturales consisten de tales narrativas de in terp retación y rein terp reta­
ción, ap ro p iació n y subversión. C u a n to más viva sea una tradición cul­
tural, ta n to más cuestionam iento habrá de sus elem entos centrales
(B enhabib, 2002a).1W al/ci’’ invoca un «nosotros». E ste «nosotros» su ­
giere una identidad sin conflicto, una unidad sin «fisura». Es una fic­
ción m etodológica conveniente, pero sus consecuencias para el debate
político p u ed en ser odiosas.
La integración política refiere a aquellas p rácticasx xeglas, tradicio­
nes constitucionales y hábitos institucionales que hacen confluir a los
individuos p ara form ar u n a com unidad política que funcione. Este
funcionam iento tiene u n a doble dim ensión: no solo debe ser posible
conducir la econom ía, el E stado y su aparato adm inistrativo, sino que
tam bién debe h aber una dim ensión de creencia en la legitim idad de las
principales instituciones de sociedades al hacerlo. La autoridad legal-
racionardel E stado m o d ern o no descansa solo en la eficiencia adm inis­
trativa y económ ica, sino tam bién en que se crea en su legitim idad. P re ­
cisam ente p o rq u e los estados m odernos presu p o n en una pluralidad de
visiones del m u n d o que com piten entre sí adem ás de coexistir, los p rin ­
cipios de la integración política son necesariam ente más abstractos y
más generalizables que principios de id entidad cultural. E n el E stado
m oderno, la vida política es una esfera de existencia entre m uchas otras
con sus m últiples dem andas sobre cada persona; la disyunción entre
identidad personal y lealtades personales, elecciones públicas y co m ­
prom isos privados, es constitutiva de la libertad de los ciudadanos en
las dem ocracias liberales.
P o r supuesto que habrá variación entre las com unidades políticas
existentes en cuanto a los participantes de tal integración política: la ti­
pología del nacionalism o cívico y étnico indica tal gama (C esarani y
I'ullbrook, 19% ). A un así, en las dem ocracias liberales las concepciones
de los derechos hum anos y ciudadanos, las tradiciones constitucionales
tanto como las prácticas democráticas de elección y representación son
los elem entos norm ativos centrales de la integración política. Es hacia
ellos que los ciudadanos tan to com o los extranjeros, los nacionales ta n ­
to com o los extranjeros residentes, tienen que m ostrar respeto y leal­
tad, y no hacia ninguna tradición cultural específica.
Precisam ente p o rq u e W alzer hace coincidir la integración cultural
con la política (al m enos en Las esferas de la justicia),'* m uchas de sus
sabias afirm aciones sobre las políticas de inm igración y naturalización
dan la im presión de resultar de lo que K ant llam aría «contratos de be-
neficencia». Estas políticas están lim itadas p o r una com prensión sólida
ile los derechos hum anos y en últim o análisis parecen descansar más en
la buena voluntad m oral y la generosidad política del pueblo dem ocrá-
tico solam ente, y no en principios. Sin duda, tal buena voluntad y ge­
nerosidad política son cruciales para la cultura de legitim idad dem ocrá­
tica en cualquier política, pero W alzer no aclara qué lim itaciones, si es
que alguna, deberían im ponerse a la voluntad de las m ayorías dem ocrá­
ticas.
W alzer no aborda la identidad dual, fracturada, de los m iem bros del
soberano dem ocrático m o d ern o com o p o rtad o res de derechos h u m a ­
nos en su condición de personas m orales p o r u n lado, y com o los p o r ­
tadores de derechos ciudadanos y m iem bros del soberano p o r el otro.
D esde su p u n to de vista, el dualism o entre los principios universales de
derechos hum anos y las exigencias de la autodeterm inación soberana
son elim inados a favor del derecho a la autodeterm inación colectiva.
R epetidam ente se le da una gruesa capa de co b ertu ra cultural, m ientras
que a los derechos hum anos se los trata com o m eram ente contextúales.
E n u n pasaje que recuerda llam ativam ente a la crítica de la R evolu­
ción francesa p o r E d m u n d B urke, W alzer escribe: «Los hom bres y
m ujeres p o r cierto tienen derechos más allá de la vida y la libertad, p e­
ro estos no surgen de n uestra co m ú n condición hum ana; surgen de
concepciones com partidas de lo que es bueno socialm ente; son locales
y particulares en su naturaleza» (1983, XV). P o r cierto nos gustaría sa­
ber cóm o una concepción com partida de «lo que es bueno socialm en­
te» dará una concepción de derechos, puesto que son las reivindicacio­
nes de derechos las que, en la m ayoría de los casos, se invocan para
arb itrar entre concepciones co n tradictorias de lo que es bueno desde el
p u n to de vista social.
El p u eb lo dem ocrático se constituye com o soberano porque sostie­
ne ciertos principios de derechos hum anos y p o rq u e los térm inos de su
asociación interpretan así com o dan encarnadura a estos derechos. P o r
supuesto, la interpretación precisa de los derechos hum anos y el conte­
nido de los derechos c iúd ad año s d e b e n ser deletreados o articulados a la
luz de tradiciones históricas concretas y las prácticas de una sociedad
dada. P ero estos principios no se agotan, en su validez ni en su conteni­
do, solo a través de su corporización en tradiciones culturales y legales
específicas. Tienen una reivindicación de validez que trasciende el con­
texto, en n o m b re d é la cual los excluidos y los som etidos, los m argina­
dos y los despreciados se m ovilizan y reclam an entidad y m em bresía
política. La historia de las reform as y revoluciones dem ocráticas, desde
los m ovim ientos de trabajadores a los sufragistas, desde las luchas con­
tra la discrim inación hasta las luchas anticoloniales, am plían el círculo
de destinatarios de estos derechos, y al m ism o tiem po transform an su
contenido. Es precisam ente p o rq u e estos derechos tienen una calidad
que trasciende el contexto que pueden ser invocados p o r quienes han si­
do excluidos «de concepciones com partidas de lo que es bueno social­
mente» y para quienes lo «local y lo particular» han significado el estig­
ma de la desigualdad, la opresión y la m arginación. En últim o análisis,
los derechos hum anos se han co nvertido en delgadas cañuelas en la apa­
rentem ente fuerte espesura de lazos y vínculos culturales de Walzer.
D avid Jacobson es más explícito respecto de los efectos deletéreos
de un régim en de derechos de m igración, refugiados y asilo para el E s­
tado-nación. E l crecim iento de u n régim en de derechos hum anos in ­
ternacional y la disem inación de norm as internacionales que lim itan la
voluntad de los estados soberanos en asuntos de inm igración tan to co­
mo en asuntos de refugiados y asilo em pequeñecen al E stado-nación
de m aneras m enos que saludables (Jacobson, 1997). La preocupación
de Jacobson se expresa de varios m odos: p rim ero está el argum ento de
que una absorción de dem asiados extranjeros y dem asiado rápido en
un ente p olítico puede cam biar la naturaleza de ese ente, a b ru m án d o ­
lo; bajo tales condiciones, los estados deberían ten er el derecho de p r o ­
teger sus identidades culturales. Segundo, p a ra evitar que se diluya la
propia identidad cultural, los estados p u ed en hacer bastante difíciles
las condiciones de-ingreso o las condiciones de acceso a la ciudadanía.
N o hay n in g u n a obligación m oral de facilitar la naturalización. U n a
tercera estrategia es d ism inuir los derechos y beneficios sociales y eco­
nóm icos que co rresp o n d en a los extranjeros -s e a n inm igrantes, refu ­
giados o asilad o s- que ya viven en el país, de tal m odo que el incentivo
para quedarse en u n país o tra ta r de ingresar se vea considerablem ente
reducido.
E n la política cotidiana se escuchan uno u o tro de estos argum en­
tos y a m enudo los tres com binados. T anto los E stados U n id o s com o
los países m iem bros de la U n ió n E u ro p ea han restringido sus políticas
de ingreso y absorción en los ú ltim o s años a d o p tan d o m uchas m edi­
das de este tipo. P o r ejem plo, si bien la Ley de reform a de la inm igra­
ción de 1996 en los E stados U n id o s aceleró el p roceso de o to rg ar ciu­
dadanía a inm igrantes ilegales, ese m ism o año el C ongreso tam bién
votó una ley que niega ciertos beneficios de b ienestar social, incluso
estam pillas para alim entos y ayuda financiera para la gente m ay o r y
los discapacitados, abarcando a to d o s los inm igrantes, legales o ilega­
les. Esta ley, ap robada el 22 de agosto de 1996, fue inusualm ente seve-
i .i p o r el hecho de que se aplicó aun a quienes h abían sido adm itidos
en el país antes de esa fecha; u n año más tarde fue rescindida y en ju ­
nio de 1998 se volvieron a d ar estam pillas de alim entos a niños, gente
m ayor y los discapacitados que habían ingresado en los E stados U n i­
dos antes de agosto de 1996.
I )wcn I-'iss ha planteado algunos de los argum entos más convincen­
tes contra tales medidas draconianas de autoexpresión soberana. Fiss
sugiere que, evaluadas dentro del contexto de las tradiciones constitu-
i límales estadounidenses, estas políticas «plantean con especial urgen-
i i.i v claridad el interrogante acerca de si una legislación que im pone li-
nul.hiones sociales a los ¡nmigr.mies puede compadecerse con la
C o n stitu ció n , en particu lar la cláusula que garantiza a todas las p e rso ­
nas - n o to d o s los ciudadanos, sino todas las p e rso n a s- igual p ro te c ­
ción p o r las leyes» (1998: 4). A p o y án d o se en la transform ación del d e ­
recho de inm igración de E stados U n id o s, de u n m odelo de privilegio
sob eran o a u n o que acepta norm as internacionales de derechos h u m a­
nos co m o obligatorias p ara las legislaturas y los juicios de las cortes,
los investigadores del derecho P e te r Schuck (1998) y G erald N eum an
(1996) h an d em o strad o p o r qué los debates co ntem poráneos en to rn o
de estas cuestiones ya n o p u ed en enm arcarse prim ordialm ente en té r­
m inos de las identidades culturales de los países receptores; tam bién se
centran en las reivindicaciones de derechos de los m igrantes.19 La co n ­
dición de extranjería ya n o está desprovista de derechos. Los extranje­
ros no solo gozan de derechos hum an o s sino tam bién de considerables
derechos civiles y políticos en los países en los que son residentes. P u e­
den cuestionar decisiones de au toridades inm igratorias de deportarlos
o de detenerlos sin abogado. La extranjería es en fo rm a creciente una
condición p rotegida p o r las cortes, una condición que está bajo «es­
tricta vigilancia» en casos de discrim inación incluso co n tra extranjeros
ilegales.
La escuela de la declinación de la ciudadanía parte de u n m odelo
em pobrecido de identidad dem ocrática com o la com unalidad etnocul-
tural, adem ás de m inim izar el carácter divisivo del debate respecto de
la m igración d e n tro de las dem ocracias liberales. C entrándose solo en
un aspecto de u n m odelo idealizado de ciudadanía, el de la herencia co­
m ún de lenguaje y cultura, dejan de lado los espacios institucionales
que despliega la dialéctica de los derechos políticos e identidades cultu­
rales. Precisam ente p o rq u e las m igraciones, cualesquiera sean sus cau­
sas, plan tean desafíos tan fundam entales a la autocom prensión de los
pueblos liberal-dem ocráticos, es sim plem ente falso em píricam ente su­
poner, com o lo hacen los teó rico s de la declinación de la ciudadanía,
que las com unalidades culturales siem pre se im p o n d rán a las reivindi­
caciones de derechos hum anos. M ás bien, lo que vem os son com unida­
des políticas fracturadas intern am en te que siguen negociando los té r­
m inos de sus propias identidades colectivas en el m arco de los debates
m igratorios.
1.1 p ró x im o capítulo com ienza con u n análisis teórico-discursivo de
las reivindicaciones de derechos y procede a u n estudio de caso socio­
lógico de las transform aciones de las prácticas ciudadanas en la E u ro p a
contem poránea. En oposición a los globalistas, quiero m ostrar que las
cuestiones redistributivas afectan la m em bresía de m aneras sutiles e in ­
teresantes: p o r ejem plo, si bien los trabajadores extranjeros entraron en
los (misos europeos ,i lo largo de las décadas de 1950 y 1960 en busca de
arreglos económ icos que eran m u tu am en te beneficiosos para los países
receptores y los m ism os m igrantes, estos arreglos p o r sí solos no lleva­
ron al surgim iento de políticas de ciudadanía liberalizadas hasta m ucho
más tarde en la evolución del régim en de derechos europeo. Las p rá c­
ticas e instituciones de .la.justa.m em bresía'no. p u ed en reducirse a asun-
tos de ju g tk ia red istrib u tiva. au n q u e las dos cuestiones están interrela-
cionadas.
L os^com unitarios aciertan al decir c o n tra los globalistas que las
condiciones dem ocráticas locales son cruciales para cualquier debate
sobre m em bresía. Lo que desatienden, a su vez, y que mi estudio de ca­
so de transform aciones europeas de la ciudadanía busca m ostrar, es la
crucial in terdependencia de derechos e identidades, de instituciones
políticas y com unidades culturales. La expansión del régim en europeo
de derechos integró a los trabajadores extranjeros en los sistem as lega­
les, políticos y culturales de los países anfitriones, dando nacim iento a
su vez a u n a dinám ica hacia la integración política, es decir, la adquisi­
ción form al de la ciudadanía.
El fen ó m en o de la m igración, ju n to con los p roblem as de los que
buscan asilo y los refugiados en el m u n d o co n tem p oráneo, afecta así al­
gunos de los intereses y pasiones más p ro fu n d o s de las sociedades libe­
ral-dem ocráticas. M ientras los universalistas y cosm opolitas juzgan
que las políticas de p uertas cerradas de las naciones ricas de E u ro p a y
N orteam érica son form as de hipocresía o rganizada que no so p o rtan u n
análisis filosófico serio, los teóricos de la declinación de la ciudadanía
señalan valores tales com o el im perio de la ley, u n a cultura cívica vi­
brante y la ciudadanía activa, que son igualm ente im portantes para ta ­
les sociedades y que co nsideran que están am enazados p o r las m igra­
ciones m undiales.
E n este capítulo he so sten id o que la justicia m igratoria y de fro n te ­
ras no puede abordarse solo con m edidas distributivas. C oincidiendo
con los teóricos de la declinación de la ciudadanía en que el au to g o b ier­
no dem o crático es u n bien político fundam ental, he cuestionado de to ­
dos m odos sus visiones de integración ética y política. H e argum enta­
do que su perspectiva de la dialéctica de los derechos y las identidades,
d e n tro de cu y o m arco deben tratarse los m ovim ientos m igratorios y la
justicia de fronteras, es inadecuada. D esarro llar este m arco será el o b ­
jetivo de los dos capítulos siguientes.
Transformaciones de la ciudadanía:
la U nión Europea*

Un discurso de derechos humanos no fundacionalista

H asta ahora he usado el con cep to de derechos hum anos sin m ay o r elu­
cidación. M e he basado en las prem isas m orales kantianas para explicar
la estrategia filosófica detrás del derecho de hospitalidad. E n m i análi­
sis de las am bivalencias del co n cep to de derechos de A ren d t, tam bién
he distin g u id o entre el sentido m oral y el jurídico-civil del térm ino. H e
seguido esta estrategia en p arte p o rq u e busqué aclarar las co n trad iccio ­
nes internas de los com prom isos norm ativos de las dem ocracias libera­
les. ¿C uál es el lugar de los derechos d en tro de una teoría discursiva de
la ética? ¿U na justificación ético-discursiva de reivindicaciones de d e­
rechos p u ed e llevarnos más allá de los im passes que aquejan habitual­
m ente a los «debates sobre derechos»?
D esde el com entario iró n ico de Jerem y B entham acerca de q u e la
creencia en derechos naturales es u n a «tontería con zancos» (1843, II:
501), se ha creído equivocadam ente que las reivindicaciones de dere­
chos se refieren a ciertas p ro p ied ad es o atrib u to s m orales de los seres
hum anos. El lenguaje de los «derechos naturales» p erp etró la falacia
naturalista p o rq u e u n ió u n a reivindicación sobre argum entos m orales

I leseo ,\(;i.ulei< i .1 Willem M.us m is comentarios extremadamente útiles sobre una


VCI s i o n lin tel lo l lie e s le i .ip iltilo .
-lo s m otivos p o r los cuales deberíam os reconocernos nuestros m utuos
derechos a determ inadas acciones o a la abstención de actuar, a re cu r­
sos o a servicios de ciertos tip o s - con una aparente descripción de los
atribu to s físicos y psicológicos de entes m orales existentes: que los in­
dividuos no p o d ían sino actuar en la b ú squeda de su autopreservación
(H obbes) o buscando p ro teg er su vida, libertad y propiedad (Locke).
El discurso de los derechos naturales, tal com o se encuentra en los es­
critos de H o b b es, Locke y R ousseau, oscilaba entre verdades psicoló­
gicas evidentes tales com o que «cada ser viviente tiende a su a u to p re ­
servación» y m andam ientos m orales del tip o «busca la Paz y síguela»
(H obbes, [1651] 1966: 92). H istó ricam en te el uso extendido de los té r­
m inos propiedad [property] y conveniencia [propriety] para designar las
reivindicaciones de derechos en general sirvió p ara dem arcar una esfe­
ra de derechos y títulos individuales y les dio u n aspecto de inviolabi­
lidad (véase Tuck, 1979).
Siendo p ro fu n d am en te m oldeada p o r u n a econom ía capitalista de
mercancías em ergente que transform aba rápidam ente to dos los bienes
y recursos hum anos en p ro p ied ad vendible, el im aginario político de
las teorías de derechos h um anos redujo fácilm ente el discurso de dere­
chos a un discurso de propiedad. Se llegó a ver los derechos de p ro ­
piedad com o paradigm áticos','aunque com o señaló G. W. F. H egel sar­
cásticam ente con respecto a Locke y H o b b es, lo paradójico en esta
reducción fue que, a diferencia de los derechos de propiedad, los dere­
chos naturales a la vida y la libertad no eran enajenables y no p o dían ser
m ercantilizados (H egel, [1821] 1973; Benhabib, 1984). Lejos de p o der
reducirse a derechos de propiedad, el individuo p o día reconocerse co­
mo una p erso n a p o rtad o ra de derechos solo en la m edida en que sus
derechos a la vida y la libertad no fueran p ro p ied ad com erciable.
N o necesitam os rep etir la falacia naturalista ni los usos paradigm á-
I icos ele la p ropiedad para ilu strar las afirm aciones de derechos. D aré
por supuesto que las afirm aciones de derechos son en general del si­
guiente tipo: «Puedo justificarle a usted con buena fundam entación
que usted y y o debem os respetar nuestros recíprocos reclam os de ac-
tu ar de ciertas m aneras y n o actuar de otras m aneras y de d isfrutar de
ciertos recursos y servicios».
En su Metafísica de la moral, K ant p ro p o n e que hay un derecho bá­
sico: “Toda acción que p o r sí m ism a o p o r su m áxim a perm ite que la li­
bertad de la voluntad de cada individuo coexista con la libertad de to ­
dos los dem ás en concordancia con una ley universal es ju sta [gerecht]»
(K ant, [ 1797] 1996: 133). N ó tese que esta form ulación no se refiere a
una lista de derechos básicos que supuestam ente precede a la voluntad
del soberano republicano. Más bien este principio establece la manera
en que puede llegar a existir u n o rd en ju ríd ico -civil en concordancia
con la ley m oral. El «principio del derecho», com o el discurso trad icio ­
nal de derechos naturales, básicam ente afirm a que solo es legítim o el
orden p olítico que se basa en u n sistem a de leyes generales que com ­
p ro m ete la volu n tad de to d o s p o r igual. La generalidad y la reciproci­
dad fo r m a l son rasgos del rein o del derecho, de un orden político ba­
sado en la idea del Recbtsaat.
¿Esta clarificación kantiana y lo que y o llam aría una m ejora del dis­
curso de los derechos descansa sobre prem isas m etafísicas? ¿El prin ci­
pio k an tian o del derecho - la idea del p o d er p olítico basado en el respe­
to m oral hacia las personas bajo el d om inio de la le y - se ve desfigurado
p o r co m prom isos m etafísicos? ¿Los dualism os m etafísicos de su filo­
sofía m oral afectan tam bién la doctrin a de K ant del derecho y la ju sti­
cia? U n a preo cu pació n de este tip o estaba p o r detrás tam bién del es­
cepticism o de H a n n ah A re n d t respecto de que se pudiera justificar
efectivam ente «el derecho a ten er derechos» ([1951] 1968: 298-299).
U n a justificación posm etafísica del prin cip io del derecho diferiría
de la de K ant del siguiente m odo: en vez de p re g u n ta r cóm o sería una
ley universal deseable p ara to d o s sin autocon tradicción, en la ética dis­
cursiva p reguntam os qué no rm as y arreglos institucionales norm ativos
serían considerados válidos p o r quienes se verían afectados si fueran
participantes de argum entaciones m orales especiales llam adas d iscu r­
sos. JEl_énfasis ahora Jpasa de lo que cada u n o puede desear vía un expe­
rim en to m ental que sea válido p ara todos, a los p ro ce so s justificatorios
a través de los cuales u sted y yo en diálogo y con buenas razones p o ­
dem os convencernos el u n o al o tro de la validez de ciertas norm as, con
To que sim plem ente q u iero significar «reglas generales de acción». El
vínculo en tre el legado k an tian o de tratar a los seres hum anos com o fi­
nes y nunca m eram ente co m o m edios y este principio discursivo de
justificación ha sido expresado sucintam ente p o r T hom as N agel: «Si
usted fuerza a u n a p ersona a servir a un fin del que no puede darle ra ­
zón adecuada para que lo com parta, la está tra tan d o com o un m ero
m edio, au n q u e el fin sea su p ro p io bien, según usted lo ve pero esa p er­
sona no» (1991: 159).
Se p u ede afirm ar que el hech o de que tenga éxito o no tal refo rm u ­
lación posm etafísica del p rin cip io k antiano del derecho a través de la
ética discursiva depende de lo q u e u n o quiera decir con «razón adecua­
da», «discurso racional» y cosas p o r el estilo. La objeción a la ética dis­
cursiva es que im pone la preg u n ta, es decir, se em peña en petitio p rin ­
cipa. lista es una objeción im p o rtan te y me he o cu pado de ella hace una
década en Situating the Self (1992). N o p u ed o decir que mis esfuerzos
hayan resp o n d id o decisivam ente a esta objeción, pero quiero reiterar
aquí p o r q u é reafirm ar el p rin cip io del derech o en térm inos de u n a te o ­
ría discursiva de justificación m o ral n o p re su p o n e todas las p re g u n tas
relevantes]
R ecuérdese que no nos o cu p am o s del d o m in io m oral general en es­
te análisis. M i p re g u n ta es si es p o sib le u n a justificación posm etafísica
de un d iscu rso de derechos. La respuesta breve es: «Si p u ed o justificar
para u sted p o r qué es ju sto que u sted y y o actuem os de ciertas m ane­
ras, ento n ces d eb o resp etar su capacidad de aco rd ar o desacordar c o n ­
migo so b re la base de razo n es que se aplican p o r igual a am bos. P ero
respetar su capacidad de libertad com unicativa - d e aceptar o rechazar
sobre la base de ra z o n e s - significa resp etar su capacidad de auto n o m ía
personal. E n to n ces los d erechos hum an o s o los derechos básicos son
las norm as q u e so sten d rían y p erm itirían el ejercicio de su au to n o m ía
personal». N ó te se que en esta fo rm u lació n esto y evitando d ar co n te n i­
do su stan tiv o a «buenas razones» o siquiera especificar qué atrib u to s
cognitivos, psicológicos u o tro s debem os a trib u ir a personas para co n ­
siderarlas capaces de justificación discursiva. T am poco sostengo que la
justificación discursiva agota el d o m in io m oral, p o rq u e obviam ente te­
nem os obligaciones m orales p ara con aquellos q u e n o pued en e n tra r en
discursos co n n o so tro s (véase pp. 21-22 más arriba). Sostengo que in ­
cluso las no rm as cu y o o rig en p u ed e estar p o r fuera de procesos d iscu r­
sivos d eb erían ser justificables discursivam ente cu an d o (y en el caso de
que) se las cuestione.
Los d erechos básicos o los derechos hum an o s so n condiciones que
p erm iten el ejercicio de la libre auto n o m ía; en p rim e r lugar com o ser
m oral se tiene u n derecho a la justificación fu n d am en tal (F orst, 1999).
Su lib ertad solo p u ed e ser restrin g id a p o r n o rm as recíproca y general­
m ente justificables que se aplican p o r igual a to d o s. E n la esfera de la
m oralidad, generalidad significa u niversalidad; la universalidad refiere
.i lo q u e sería válid^> p ara to d o s los seres hum an o s considerados com o
seres igualm ente m erecedores de resp eto y p reo cu p ació n , lo que en Si-
lUiiting the S e lf (1992) he llam ado reciprocidad igualitaria.
’.óm o, si es que hay alguna m anera, p o d em o s hacer la transición
de estas consideraciones altam ente abstractas y form ales del derecho
básico a la libertad com unicativa, a los regím enes de derechos e s p e d ­
ía os, sistem as legales, estatu to s y convenciones de los entes políticos
i icistentes? El discurso de las dem ocracias liberales necesariam ente se
ve ai rap ad o en esta ten sió n creada p o r la d im en sión de validez de los
derechos hum anos que trasciende el c o n te x tq y la co m unidad, p o r un
Lulo, y las especificidades co nform adas históricam ente, generadas cul-
t ti i .lím em e y m oldeadas socialm entc de las com u n idades jurídico-civi-
les existentes, p o r el o tro . I ,a c u e s tio n ........ nogal esta tensión abrazan
d o solo u n a u o tra de esas alternativas m orales sino negociar su in te r­
depend en cia resitu an d o o re ite ra n d o lo universal en contextos co n c re ­
tos. Si id entificam os lo. m o ral universal,)con lo iju ríd ico civil,^term ina-
m os co n form as más o m en o s benignas de 'co ñ íu n itarism o o
relativism o ético; si ignoram os lo ju ríd ico p o lítico y la gam a perm isible
de variaciones en d istin to s sistem as y tradiciones (a lo que m e referí
más arrib a co m o el program a de derechos) dejam os de lado lo p o lítico
en n o m b re de lo m oral.

El derecho hum ano a ser miembro

¿La refo rm u lació n com unicativa de los derechos h u m anos básicos nos
ay u d a a reso lv er los enigm as co n los que se d e b a tie ro n K an t y A ren d t?
K ant n o p u d o cerrar la b rech a en tre el derech o de estancia tem p o raria
y el derech o de residencia perm an en te; A re n d t vio la práctica de la des­
n atu ralizació n y la con d ició n de falta de E stad o co m o casi equivalente
a la p érd id a de to d o derecho. N o p u d o ofrecer solución a este dilem a
más q u e la fu n d ació n de nuevas com u n id ad es hum anas que g aran tiza­
rían la m em bresía a los sin E stad o y desposeídos. D a d o que to d a n u e ­
va entidad p o lítica n o hacía más q u e re p ro d u c ir el dilem a entre los de
ad en tro y los de afuera, los q u e eran ciudadanos p lenos y los que no, es
difícil de ver p o r qué esta p ráctica p o r sí sola resolvería los problem as
que p lanteaba. D esd e el fin de la Segunda G u e rra M u n d ial algunas de
las p reo cu p acio n es de A re n d t q u e fue, ella m ism a, u n a perso n a sin
E stado e n tre 1935 y 1941, han ten id o respuesta institucional. La D ecla­
ración U n iv ersal de los D erech o s del H o m b re de 1948 p ro h íb e la des­
naturalización arbitraria,’ es decir, la p érd id a de la co n d ició n de ciu d a­
dano, y consid era la p érd id a de la n acionalidad com o u n a violación de
los derechos h u m an o s básicos. L am entablem ente, estados naciones en
form ación a p a rtir de pro ceso s de co lo n izació n han ad o p ta d o copiosa­
m ente esta p ráctica desde m ed iad o s de la década de 1960. Es necesario
que la co m u n id ad m un d ial les diga fu erte y claro que, no im p o rta cuá­
les hayan sido las heridas que dejó la colonización, h a y o tras m aneras
de su p erar las desigualdades económ icas, sociales y culturales antes
que dejar a p ersonas sin E stado. Las dem ocracias liberales que co n d e ­
nan a las naciones en vías de d esco lo n izació n p o r estas prácticas deben
aceptar la naturalizació n , es decir, ad m itir co m o ciu dadanos a los des-
n .uuralizados, co m o el anverso del rechazo a la desnaturalización. A sí
com o no se pued e dejar a in d iv id u o s sin E stad o a v oluntad, com o E s-
t.ulo so b eran o no se les p u ede negar la m em bresía a p erpetuidad. Se
pueden estip u lar c ie n o s criterio s de m em bresía, pero nunca pueden ser
de tal tip o q u e o tro s q u e d e n p erm a n e n te m en te im pedidos de c o n v e r­
tirse en m iem b ro s de su en tid ad p o lítica. L os regím enes teocráticos,
au to rita rio s, fascistas y nacionalistas lo hacen, p e ro las dem ocracias no
deberían.
Q u ie ro sosten er que el d erech o h u m a n o básico a la libertad co m u -
nicativa n os p erm ite a la v ez justificar el derecho h u m a n o a la m e m b re ­
sía x p ro p o n e r la p ro h ib ic ió n de \&p érd id a de m em bresía o d e sn a tu ra­
lización.
P erm ítasem e d istin g u ir p rim e ro las varias fases de la m igración, del
m o v im ien to geográfico de los p u eb lo s a través de las fronteras de esta­
d os p ara establecerse en países d istin to s de aquellos en los que nacie­
ron. La m igración in v o lu cra la em igración (las p rim eras causas y c o n ­
diciones de p artida); la efectiva p rim era adm isión en u n país extranjero;
la absorción civil, económ ica y cultu ral de d u ració n m ás co rta o más
larga (visita, negocios, estudio); la incorporación, es decir, residencia de
d u ra c ió n significativa y, finalm ente, la n a tu ra liza ción, es decir, acceso a
la ciu dadanía política. L a trad ició n liberal ha d a d o p o r su p u esto desde
hace m u ch o tiem p o que el d erech o a dejar el país de origen es u n d e re ­
cho n atu ral fu n d am en tal au n q u e im perfecto. A sí L ocke escribe que «la
única m anera p o r la q u e u n o se d esp ren d e de su libertad natural y se
coloca las ataduras de la sociedad civil es a c o rd an d o con o tro s ho m b res
sum arse y u n irse en u n a co m u n id ad » (L ocke, [1690] 1980: 52). T h o m as
Jefferso n le da a esto u n a fo rm u lació n más llam ativa cu an d o se refiere
al m ism o co m o el «derecho que la n atu raleza les ha dad o a to d o s los
hom b res de p a rtir de u n país en el que el azar y n o la elección lo han c o ­
locado» (Jefferson, [1774] 1984: 4). P ara la tra d ic ió n liberal, este d ere­
cho a p a rtir o em igrar es u n derech o básico, basado en la visión de la
p erso n a h u m an a com o u n ser a u tó n o m o co n el derecho de aceptar o
rechazar con razones esas p reco n d icio n es básicas del ejercicio de su li­
b ertad com unicativa. P o r cierto, la elección del país de residencia es
una de esas p reco n d icio n es fundam entales. L os ciudadanos n o so n p ri­
sioneros de sus respectivos estados. N o solo d eb en ten er la lib ertad de
irse a v o lu n tad , sino que adem ás n in g ú n E stad o liberal debería hacer
im posibles las co ndiciones de salida neg an d o p asaportes y visas de sa­
lida o im p o n ien d o aranceles de salida exorbitantes. L o que es más, n in ­
gún E stad o tiene el derech o de p ro h ib ir el rein g reso a un expatriado al
te rrito rio en el que él o ella nació. Si el in d iv id u o en cuestión no ha a b ­
dicado v o lu n tariam en te de su ciudadanía, debe h ab er proced im ien to s
para re cu p erar la a n te rio r ciudadanía. Estas obligaciones del E stado li­
beral d em o crático hacia sus ciudadanos derivan del p rincipio de que
los ciud ad an o s de tal u n ió n deben ver.e co m o consocios legales con el
ilcici lio .il ejercicio básico de m i liI>• 1 1 ul com unicativa y es fundam en
tal a esta lib ertad com unicativa el derech o a re tira r el co n se n tim ien to a
existir d e n tro de ciertas fro n te ra s estatales.
P o r su p u e sto q u e esta m an era de p re se n ta r el p ro b le m a se refracta a
través de las prem isas altam ente individualistas de la teo ría del c o n tra ­
to social: las razo n es p ara la m igración rara vez so n sim plem ente p e r­
sonales o idiosincrásicas. E n la m ay o ría de los casos, las causas de fo n ­
do de la m ig ració n son la p o b re z a , el h am b re y la p ersecu ció n p o r
m o tiv o de raza, religión, etnicidad, lenguaje, género y preferencia se­
xual, así co m o etnocidios, genocidios, guerras civiles, terrem o to s, p la­
gas y cosas p o r el estilo. E stos eventos crean refugiados y asilados ta n ­
to co m o m igrantes. C laram en te, las condiciones de p rim e ra adm isión
para inm ig ran tes son de u n tip o d iferen te de aquellas para refugiados y
solicitantes de asilo. Los estados tien en m ás discreción para estipular
co ndiciones de ingreso en el caso de inm igración que cu a n d o se tra ta de
refugiados y asilados. Sus obligaciones respecto de estos g ru p o s son
m orales y, p ara los estados q u e so n signatarios de la C o n v en ció n de G i­
neb ra so b re la co n d ició n de los refugiados (N aciones U nidas, 1951) y
su P ro to c o lo de 1967, son legales.
U n a vez q u e se da la ad m isió n inicial, ¿cuál es la obligación de u n
E stad o liberal p ara con quienes h a adm itido? ¿ H a y u n d erecho h u m a ­
no a ser m iem b ro ? Q u ie ro so ste n e r q u e sí y q ue este derecho es el an ­
verso de la p ro h ib ic ió n de la d esn atu ralizació n. D esde el p u n to de vis­
ta de la te o ría discursiva, el arg u m e n to m oral te n d ría que p ro c e d e r del
siguiente m o d o : «Si u sted y y o en tram o s en u n diálogo m oral y y o soy
m iem b ro de u n E stad o del que u sted busca ser m iem b ro y no lo es, en ­
tonces d e b o p o d e r m o strarle co n b u en fu n d am en to , co n u n fu n d am en ­
to que sería aceptable p ara am bos igualm ente, p o r q u é n o pued e nunca
p erten ecer a n u estra asociación y co n v ertirse en u n o de no so tro s. D e ­
ben ser fu n d am en to s q u e u ste d aceptaría si estuviera en m i situación y
yo en la suya. N u e stra s razo n es d eben ser recíp ro cam en te aceptables;
deben aplicarse p o r igual a cada u n o de n o so tro s» . ¿ H a y tal fu n d am en ­
to que sería recíp ro cam en te aceptable? C laram ente, las razones que le
im pidieran a u ste d ser m iem b ro p o r el tipo de ser que u sted es, sus a tri­
b u to s adscrip tiv o s y n o electivos tales com o su raza, género, religión,
etn icid ad ,2 co m u n id ad de lenguaje, o sexualidad, n o serían perm isibles,
p o rq u e en to n ces y o estaría red u cien d o su capacidad de ejercer la lib e r­
tad co m u n icativ a a aquellas características q u e le fu e ro n dadas p o r ca­
sualidad o accidente y que u sted n o eligió. (H istó ricam en te, la co n v er­
sión religiosa siem pre fue co n sid erad a una vía para la aceptación de
gente extraña ,i la co m u n id ad y p o r tan to no se veía co m o un a trib u to
.ulscriptivo sin o electivo.) N in g u n a razón q u e im pidiera a ciertos g ru ­
pos de in d iv id u o s I.i m cm hi'i’sí.i en lo n n a p erm an en te p o r el tipo de se-

lO.t
res hu m an o s que son p o d ría ser recíprocam ente aceptable. Sin em b ar­
go, los criterios que estipulan que u sted debe m o strar ciertas califica­
ciones, capacidades y recursos p ara convertirse en m iem bro son perm i­
sibles p o rq u e n o niegan su lib ertad com unicativa. P o r cierto que puede
abusarse, en la práctica, de la im posición de condiciones en to rn o de la
extensión de la perm anencia, el d o m in io del lenguaje, una cierta p ru e ­
ba de co nocim ientos cívicos, la d em o stració n de recursos m ateriales o
capacidades com ercializables, p ero desde el p u n to de vista de la teoría
norm ativa estas condiciones n o violan la au to co m p ren sió n de las de­
m ocracias liberales com o asociaciones que respetan la libertad co m u n i­
cativa de los seres hum an o s q u a seres hum anos.
Este derech o a la m em bresía im plica un derecho a saber p o r parte
del extranjero que busca ser m iem bro: ¿C ó m o pueden cum plirse las
condiciones de naturalización? La respuesta a esta pregunta debe estar
públicam ente a disposición de to d o s, debe ser tran sp aren te en sus fo r­
m ulaciones y n o estar sujeta al capricho b urocrático. D ebe haber u n
p ro ced im ien to claro, ad m in istrad o de m o d o legal, a través del cual
puede darse la naturalizació n y debe h ab er u n derecho de apelación en
caso de u n resultado negativo, com o lo hab ría en la m ayoría de los ca­
sos civiles. N o se debe crim inalizar al inm igrante y al extranjero; se de­
be salvaguardar su derecho a d eb id o p roceso, a la representación legal
en la p ro p ia lengua y el derecho al asesoram iento legal independiente.
El derech o h um ano a ser m iem bro está a caballo de dos categorías
amplias: derechos h um anos y derechos civiles y políticos. Sostengo
que el hech o de que a u n a p erso n a le correspondan to dos los derechos
civiles -in c lu so los derechos de asociación, a la p ropiedad y al c o n tra ­
to - y eventualm ente los derechos políticos debe ser considerado en sí
m ism o u n derech o hu m an o . E sto sugiere que la discreción soberana de
la com u n id ad dem ocrática está circunscrita: u n a vez que s e d a In a d m i­
sión, el cam ino a la m em bresía n o debería_verse bloqueado. La distin ­
ción de K ant entre el derecho tem p o rario de perm anencia y el derecho
de más largo plazo de visita ya n o p u ede sostenerse (véase cap. 1), da­
do que desde un p u n to de vista teórico -d iscu rsiv o no pu ed o justificar­
le a usted con b uen fu n d am en to p o r qué u sted debe ser u n extranjero
perm anente en esta tierra. E sto equivaldría a negar su libertad co m u n i­
cativa y su personalidad m oral.
Se pued e p lantear una seria objeción co n tra esta línea de argum en­
tación: insistir en que el derecho de m em bresía -e s decir, de naturaliza­
c ió n - se deriva de u n p u n to de vista ético-discursivo parece atar la vo­
luntad del sob eran o dem o crático de acuerdo con una concretización
específica de derechos. ¿Pero entonces no se estaría im poniendo un
program a especifico de derechos i pu>« esos de form ación de la voluntad
dem ocrática? ¿Q u é cantidad de variaciones dem ocráticas en los p ro ­
gram as de derechos es co m p atib le con las prem isas teórico-discursi-
vas? In tro d u je más arriba u n a distin ció n entre el principio de los dere­
chos y u n program a de derechos que estaría determ inado p o r cada
sob eran o dem ocrático. ¿Se pued e consid erar el derecho hu m an o a la
m em bresía u n a violación de esta distinción?
Si se entendiera p o r el derech o h um ano a la m em bresía el contenido
específico del derecho a la ciudadanía en u n ente político específico,
entonces se p o d ría arg u m en tar que tal d erecho no debería con sid erar­
se u n derech o m o ral o h u m an o básico sino u n derecho político o de
ciudadano .E n cam bio sugiero q u e el derecho hum an o de m em bresía es
más general q u e la legislación específica sobre ciudadanía de tal o cual
país. A lgunos entes políticos p u ed en req u erir un exam en de lenguaje
escrito p ara d em o strar com petencia, o tro s p u ed en estar satisfechos so­
lo con u n a d em o stració n oral; algunos países pueden req u erir una resi­
dencia de siete años, o tro s p u e d e n estar satisfechos con tres. A lgunos
p u ed en o to rg a r a los residentes perm anentes el derecho de v o ta r en
elecciones m unicipales, com o es el caso en H o lan d a, el R eino U n id o e
Irlanda; o tro s, tales com o A lem ania, p u ed en p e rm itir el v o to solo des­
pués de la n aturalización. E stas son variaciones d e n tro de los pod eres y
p rerrogativas del pueb lo dem ocrático. L o que sería objetable desde un
p u n to de vista m oral es la ausencia de cualquier pro ced im ien to o p o si­
bilidad p ara que los extranjeros y los foráneos residentes se conviertan
en ciudadanos; es decir, si la naturalizació n no fuera perm itid a en ab so ­
lu to o si fuera restringida so b re la base de fu ndam entos religiosos, ét­
nicos, raciales y de preferencia sexual, esto violaría el derecho hum an o
a ser m iem b ro . E n este sentido, el derecho h um ano a la m em bresía es
un aspecto del principio del derecho, es decir, del reconocim iento del in­
d iv id u o c o m o rnTser que merece respeto moral, un ser cuya libertad co­
m u n ica tiva debem os reconocer?
El d erech o h u m an o a ser m iem b ro n o es m eram ente u n «deber»
m oral abstracto , sino que es in c o rp o ra d o de m o d o creciente en regím e­
nes de d erechos existentes a través de varias prácticas e instituciones. El
m argen de divergencia c o n re s p e c to n o solo a los derechos hum anos si­
no tam bién a derechos civiles y p o lítico s está d ism inuyendo en m uchas
dem ocracias liberales. El privilegio soberano de la naturalización apa­
rece de fo rm a creciente com o u n a reliquia de una era pasada de su p re­
macía estatista. D ad o el nivel de integración de no nacionales y no ciu­
dadanos en regím enes de derechos, la ciudadanía nacional ha dejado de
ser la única base para la ad scripción de derechos.
Ktl lo que sigue, consideraré la transformación de las instituciones
de I.i ciudadanía en I.i Europa contem poránea, l.os desarrollos institu­
cionales co n tem poráneos ap u n tan en direcciones contradictorias. P o r
u n lado afirm an la significación de la ciudadanía nacional; al m ism o
tiem po m inim izan la distinción entre la condición legal de los ciudada­
nos y los extranjeros. E stos desarrollos han llevado a la desagregación
del m odelo unitario de ciudadanía en sus elem entos com ponentes.
La inclusión de este estudio de caso cam bia el terreno del debate de
una perspectiva norm ativo-analítica)a una institucional-sociológica. N o
quiero sugerir con esto que los procesos em píricos p o r sí mismos p u e ­
den resolver los dilemas norm ativos de los derechos de membresía; sin
em bargo, es im portante para la filosofía política tom ar conciencia de ten­
dencias y transform aciones concretas. Al hacerlo, sigo el ejem plo de la
Filosofía del derecho de H egel, que trató de situar la libertad en el m u n ­
do de «Espíritu objetivo» ([1821] 1973 )._A través de una crítica interna
de los potenciales contradictorios de instituciones que enm arcan nuestra
vida, logram os una com prensión más clara de nuestros derechos y liber­
tades. En mis consideraciones no hay ninguna prom esa de una teleología
de reconciliación com o la había en la filosofía hegeliana; ni puede red u ­
cirse el «deber» moral al «es» institucional. Pero creo que apreciarem os
m ejor la naturaleza contradictoria del presente si tenem os una visión
más clara de las transform aciones institucionales existentes en el d o ­
minio dé los derechos de mem bresía. D em asiado tiem po la teoría políti­
ca norm ativa y la sociología política del E stado m oderno han ido p o r ca­
m inos separados. Este libro es u n reclamo de su fructífera colaboración.

Un modo sociológico de derechos ciudadanos

I ,a ciudadanía en el m u n d o m o d ern o ha significado la m em bresía en


una com unidad política circunscrita que era un E stado-nación, u n E s­
tado m ultinacional o una estru ctu ra de m ancom unidad de naciones. El
régim en p olítico de soberanía circunscrita territorialm ente, ejercitado a
I I aves de procedim ientos^adm inistrativos form ales-racionales y dep en ­

diente de la form ación de v oluntad dem ocrática de u n grupo de p erso ­


nas más o m enos hom ogéneo culturalm ente, solo podía funcionar de-
linicndo, circunscribiendo y co n tro lan d o la ciudadanía. El ciudadano
es el individuo que tiene derechos de m em bresía de residir d e n tro de
un territo rio , que está sujeto a la jurisdicción adm inistrativa del E stado
y que, idealm ente, es m iem bro de u n soberano dem ocrático en nom bre
del cual se prom ulgan leyes y se ejerce la adm inistración. Siguiendo a
Max W eber podem os decir que esta un id a d de residencia, sujeción ad­
m inistrativa, participación democrática y m em bresía cultural co n stitu ­
ye el m odelo «ideal típico» de la i ludadam.i en el E stado-nación m o-

lOr,
cierno de O ccidente (véase Weber, [1956] 1978: 901-926). La influencia
de este m odelo, se co rresp o n d a adecuadam ente o n o con las condicio­
nes locales, se extiende m u ch o más allá de O ccidente: las naciones en
vías de m o dernización en Á frica, el O rien te M edio y Asia, que en tra­
ron en el p roceso de form ación del E stado con po sterio rid ad a sus co n ­
trapartes de E u ro p a occidental, tam bién co p iaro n este m odelo d o n d e ­
quiera que pasaran a existir.
¿ C uál es la condición de la ciudadanía hoy, en u n m undo de una p o ­
lítica crecientem ente d esterritorializada? ¿C óm o se está reconfiguran-
do la ciudadanía según las condiciones contem poráneas? ¿C ó m o ha
afectado a la teoría y la práctica de la ciudadanía el deshilacliado de las
cuatro funciones del Estado: territorialidad, control adm inistrativo, le­
gitim idad dem ocrática e iden tid ad cultural?
La p ráctica e institución de la ciudadanía pued e desagregarse en tres
com ponentes: id en tid ad colectiva, p riv ilegios de la m em bresía política
y derechos y reivindicaciones sociales. M ientras los teóricos de la polí­
tica tien d en a centrarse p rim o rd ialm en te en los privilegios de la m em ­
bresía política, los científicos sociales e h istoriadores sociales han esta­
do más interesados en la form ación de identidades colectivas y la
evolución de las dem andas de derechos asociadas con la condición de
la ciudadanía (B enhabib, 2002a: 162-171).
La visión de que la ciudadanía es una condición que confiere a cada
u n o derechos y beneficios así com o obligaciones deriva de T. H . M ars-
hall (1950). El catálogo de M arshall de ^erech o s civilé’s, políticos y so­
ciales está m odelado sob re la lógica acum ulativa 3e las luchas p o r la ex­
pansión de la dem ocracia en el siglo X I X y com ienzos del X X . Los
«derechos civiles» nacen co n el E stado absolutista y en su form a más
tem pran a y básica im plican los derechos de p ro tección d e la vida, la li­
b ertad y la p ropiedad, el derecho de libertad de conciencia y ciertos d e­
rechos de asociación, tales com o los de com erciar y de m atrim onio. >
L os «derechos políticos» en sentido estrecho se refieren a los dere- (
chos de autodeterm inación, de o cu p ar cargos y postularse para ellos,
de establecer asociaciones p o líticas y no políticas, e incluyen una pren-
sa libre e instituciones libres científicas y culturales. Los «derechos so ­
ciales» son los últim os en el catálogo de M arshall; se lograron h istó ri­
cam ente a través de luchas de m ovim ientos de trabajadores, de m ujeres
y otro s m ovim ientos sociales de los últim os dos siglos. Los derechos
sociales incluyen el derecho de fo rm ar sindicatos así com o otras aso­
ciaciones profesionales y de oficio, derechos de atención de la salud,
Compensación p o r desem pleo, pensiones para los ancianos, cuidados,
para los niños, vivienda y subsidios educativos. E stos derechos sociales
varían m ucho entre países y dependen de los co m prom isos sociales de
clases p revalecientes en cu alq u ier d em ocracia de bien estar social dada
(Soysal, 1994). Su in clu sió n en cu alq u ier catálogo aco rd ad o in te rn a c io ­
n alm e n te de d erech o s h u m an o s -m á s allá del m ero d erech o al em pleo
y a u n nivel de vida d e c e n te - es m o tiv o de d isp u ta entre d istin to s p aí­
ses co n d istin tas persp ectiv as económ icas.
Q u ie ro ilu stra r este efecto de desagregación co n referencia a los re ­
gím enes de d erecho s de la U n ió n E u ro p e a c o n te m p o rán e a, en la cual
los d erech o s de ciu d ad an o s de los países m ie m b ro s de la U E están fu e r­
tem e n te d em arcad o s resp ecto de los de nacionales de tercero s países,
d e n tro de u n p a tc h w o rk de regím enes de d erech o s locales, nacionales
y su p ran acio n ales. E l m o d elo u n ita rio , q u e co m b in ó la residencia c o n ­
tin u a en u n te rrito rio d a d o c o n u n a id en tid ad nacional co m p artid a, el
d isfru te de d erech o s p o lítico s y la su jeció n a u n a ju risd icció n ad m in is­
tra tiv a co m ú n , se está desh acien d o . Se p u e d e te n er u n c o n ju n to de d e ­
rech o s p e ro n o o tro :¿ e j> u e d e n te n e r d erech o s políticos sin ser nativo,
co m o es el caso de nacionales de la U E ; p e ro es m ás c o m ú n te n e r d e re ­
chos y beneficios sociales en v irtu d de ser u n tra b a ja d o r ex tran jero , sin
c o m p a rtir la m ism a id en tid ad colectiva o te n e r los privilegios de la
m em b resía política. E l p elig ro en esta situ ació n es el de la «extranjería
perm a n e n te » , a saber, la creación de u n g ru p o en la sociedad que dis­
fru ta de los d erech o s de p ro p ie d a d y de la sociedad civil sin te n e r acce­
so a d erech o s p o lític o s.4

La ciudadanía en la Europa contem poránea

Según el «T ratado p o r el q u e se establece u n a C o n stitu c ió n para E u ro ­


pa» (2003, q u e aú n d eb e ser ratificad o p o r los estados m iem b ro s) y lue­
go del T ratad o de M aastrich t (1992), «Toda p e rso n a que tenga la n acio ­
n alid ad de u n E sta d o m ie m b ro posee la ciu d ad an ía de la U n ió n , que se
añade a la ciu d ad an ía nacio n al sin su stitu irla» .5 L os nacionales de to d o s
los países q u e son m iem b ro s de la U n ió n E u ro p e a -A le m a n ia , A ustria,
Bélgica, C h ip re , R ep ú b lica C heca, D in am arca, E slovaquia, E slovenia
E spañ a, E sto n ia, F in lan d ia, F rancia, G recia, H u n g ría , Irlanda, Italia,
H o la n d a , L etonia, L itu an ia, L u x em b u rg o , M alta, P o lo n ia, P o rtu g al, el
R ein o U n id o y S u ecia- tam b ién son ciu d ad an o s de la U n ió n E u ropea.
¿Q u é significa ser ciu d a d a n o de la U E ? ¿ Q u é privilegios y resp o n sa b i­
lidades, q u é d erech o s y deb eres im pone? ¿L a ciudadanía de la u n ió n es
m eram en te u n a categoría de co n d ició n social, igual que la m em bresía
en el Im p e rio ro m a n o ? 6 ¿La m em b resía de la u n ió n significa algo más
q u e p o se e r u n p asap o rte q u e p erm ite p asar p o r las p u ertas indicadas al
p asar fro n te ra s? 7

ION
C la ra m e n te se b u sca q u e la m em b resía de la u n ió n sea más q u e eso.
N o solo u n a c o n d ic ió n pasiva, ta m b ié n b u sca d esignar u n a id en tid ad
cívica activa. L os ciu d ad an o s de los estados de la U E p u ed e n estab le­
cerse en cu alq u ier lu g ar en la u n ió n , o c u p a r p u e sto s de trab ajo en los
países q u e eligen y v o ta r así c o m o p o stu la rse en elecciones locales y en
elecciones p a ra el P a rla m e n to d e E u ro p a .8 T ien en el d erecho a d isfru ta r
de re p re se n ta ció n co n su la r y d ip lo m ática en el te rrito rio de terceros
países en los q u e los estados m iem b ro s de los q u e so n nacionales p u e ­
den n o te n e r rep resen tació n . T ien en d erech o a p e tic io n a r al P arlam en ­
to E u ro p e o y h acer so licitu d es al o m b u d sm a n e u ro p e o (T ratado de la
C o n stitu c ió n , artícu lo 1-8-2, w w w .c o n stitu c io n e u ro p e a.e s/p d f/c o n sti-
tu c io n e u ro p e a .p d f). A l p ro g re s a r la in teg ració n m o n etaria y eco n ó m i­
ca eu ro p ea, los m iem b ro s de la U E están d e b a tie n d o si la ciud ad an ía de
la u n ió n d eb ería ex tenderse a u n p a q u e te de d erech o s y beneficios so ­
ciales equiv alen te, tales c o m o co m p en sació n p o r desem pleo, seg u ro de
salud y p en sio n es p o r vejez, de los q u e p o d ría n d isfru ta r los m iem b ro s
de estad o s de la U E n o im p o rta en q u é país de la U E establezcan su re ­
sidencia.
E l an v erso de la m em b resía en la U E es u n a dem arcació n m ás n íti­
da de las co n d icio n es de los q u e so n n o m iem b ro s. L os acu erd o s de
Schengen y D u b lín buscab an u n ifo rm a r el o to rg a m ie n to de asilo y de
la c o n d ic ió n de refu g iad o en to d o s los estados m iem b ro s.9 E sto s a cu er­
dos, a los q u e se hacía referen cia co m o « arm o n iz a ció n legal» a c o m ie n ­
zos de la d écada de 1990, hacían crecien tem en te d ificu lto so a d q u irir es­
ta tu to de refu g iad o y asilad o .10 El T ratad o de A m sterd am , aco rd ad o el
17 de ju n io de 1997, co lo có las p o líticas de n a tu ra lizació n , inm igración,
refug io y asilo d e n tro de la U E en el T ercer P ilar del D ere ch o E u ro p e o
e inició el « m éto d o ab ierto de co o rd in ació n » . E l P rim e r P ilar refiere a
leyes y reg lam en tacio n es de alcance en to d a la U E ; el Segundo P ilar
conciern e a m edidas de seg u rid ad c o m ú n y co o p erac ió n , en p a rtic u lar
aquellas c o rre sp o n d ie n te s a la crim in alid ad y a la lucha c o n tra el n a rc o ­
tráfico; el T ercer P ilar es d e fin id o co m o « d erecho in terg u b ern am en tal»
y está su jeto a a cu erd o discrecio n al y co o p eració n al igual que las c o n ­
venciones de d erech o p ú b lic o in tern acio n al. E n estas áreas se halla v i­
gente hasta 2004 u n p ro c e d im ie n to de decisiones u n á n im e y el m é to d o
ab ierto de co o rd in a c ió n (véase de Jo n g , 2000: 21-25). Si bien los países
m iem b ro s de la U E retienen la d iscrecio n alid ad so b eran a so bre sus p o ­
líticas de in m ig ració n y asilo, el T ratad o de A m ste rd a m in c ru stó las
p olíticas de inm ig ració n y asilo en el m arco de la U E (Van K rieken,
2000: 25).
Las reso lu cio n es del C o n s e jo E u ro p e o co n c re tad as en T am pere,
I ¡nlatiilin, el I '> lí> de o c tu b re de 1999, re ite ra ro n este c o m p ro m iso de
la in teg ració n eu ro p ea so b re la base del re sp e to p o r los derech o s h u ­
m anos, las in stitu cio n es d em ocráticas y el im p erio del derecho. El
C o n se jo en fatizó q u e estos p rin cip io s n o d eb en verse com o exclusivos
de los p ro p io s ciu d ad an o s de la u n ió n . «Sería, adem ás, c o n tra rio a las
tradicio n es eu ro p eas negar esta lib ertad a aquellas perso n as a las que
sus circunstancias co n d u cen ju stificad am en te a tra ta r de acceder a
n u e stro te rrito rio . P o r esta razó n , la u n ió n ha de d e sarro llar políticas
com unes en m ateria de asilo e inm ig ració n , te n ie n d o en cu en ta al m is­
m o tie m p o la necesidad de llevar a cabo u n c o n tro l co h eren te de las
fro n te ra s exterio res p a ra p o n e r fin a la inm ig ració n ilegal y p a ra lu char
c o n tra quien es la o rg an izan y co m eten d elito s in ternacionales co n e­
xos» (ibíd., 305).
Pese a estos deseos de u n a política de inm igración y asilo coherente
a nivel in terg u b ern am en tal de las instituciones de la U E , las condiciones
legales e institucionales p ara inm igrantes y asilados varían m u ch o entre
los estados m iem bros. C o m o d ejaron m u y en claro los cam bios p o líti­
cos en A ustria, Italia, D inam arca, P ortugal, E spaña y H olanda, que lle­
v aron al p o d e r a p artid o s de derecha op u esto s a la inm igración a fines de
la década de 1990 y com ienzos de la de 2000, las cuestiones de inm igra­
ción y asilo siguen siendo b om bas de tiem p o en m anos de dem agogos y
políticos de derecha, listas a explotar en cu alquier m om ento.
La cu m b re de los m in istro s del C o n sejo E u ro p e o en Sevilla en ju nio
de 2002, luego de los eventos del 11 de sep tiem b re de 2001, d io claras
indicaciones de que estaban en riesgo las declaraciones de A m sterdam
y T am pere y que el m éto d o ab ierto de co o rd in a c ió n p racticado hasta
ahora en m ateria de inm igración, refugiados y asilo sería reem plazado
p o r p o líticas más restrictivas e in to leran tes p o r p arte de los países
m iem bros.
Las C onclusiones de la Presidencia de la reu n ión del C onsejo E u ro ­
peo en Tesalónica (19-20 de ju n io de 2003) dan u n lugar pro m in en te al
«desarrollo de una política co m ú n en m ateria de inm igración ilegal, fro n ­
teras exteriores, repatriación de los inm igrantes ilegales y cooperación
con terceros países» (w w w .eu2003.gr/es/artiiculos/2003/6720/3121/).
U rgiendo el desarrollo del Sistema de Inform ación de Visas que podría
co o rd in ar la inform ación relevante o btenida de los gobiernos nacionales,
el C o n sejo alienta el uso de «identificadores biom étricos o datos biom é-
l ricos, que daría lugar a soluciones arm onizadas en m ateria de do cu m en ­
tos para los nacionales de terceros países, pasaportes de los ciudadanos
de la UK y sistem as de inform ación» (ibíd.). Si bien la decisión de perm i­
tir o negar el ingreso sigue siendo prerrogativa de los gobiernos naciona­
les, de fortna creciente se com parte l.i inform ación en el nivel de la U E y
se agilizan los procedim ientos p.n.i oinig.u visas.
E n u n p aso extrem ad am en te im p o rta n te hacia la creación de u n sis­
tem a c o m ú n eu ro p eo de asilo, el C o n sejo E u ro p e o p ro p u g n a a d o p ta r
«norm as m ínim as sobre los req u isito s y la co n d ició n a la que pu ed en
o p ta r ciu d ad an o s de terceros países y perso n as apatridas para ser re fu ­
giados o beneficiarios de o tro s tipos de p ro te c ció n internacional» y el
desarro llo de «norm as m ínim as de p ro ced im ien to p a ra [...] co n ced er o
re tira r la co n d ició n de refugiado» (ibíd.).
Si bien el C o n se jo reitera su ad h esió n a la C o n v e n ció n de G in eb ra
sob re refug iad o s y asilados de 1951 y su P ro to c o lo de 1967, la U E b u s­
ca u n a m a y o r co o p eració n co n teix ero s países que so n tierras re m ite n ­
tes en la read m isió n y regreso de sus nacionales que llegan ilegalm ente
a te rrito rio de la U E . Se h a n in crem en tad o los esfuerzos cooperativos
con países rem iten tes p ara m e jo ra r los co n tro les de fro n teras, in te r­
ceptar inm ig ran tes ilegales y crear sistem as de asilo. D a d o que en m u ­
chos casos los in d iv id u o s q u e b uscan asilo y refugio escapan de regí­
m enes o p reso res, ilegales e in clu so asesinos, de sus p ro p io s países, u n a
m ay o r co o p e ra c ió n con estos g o b iern o s p u ede ten e r efectos d esastro ­
sos so b re su vida. U n peligro m u y serio que p la n te a ro n estos hechos es
el socavado del sistem a basado en d erechos individuales de la C o n v e n ­
ción de G in e b ra y de las obligaciones m orales ta n to co m o co n stitu c io ­
nales de estados individuales hacia refugiados y solicitantes de asilo, en
vista de sus p ro p ias histo rias pasadas de co lab o ració n o resistencia al
fascism o y el to talitarism o , seg ú n el caso."
Si bien las políticas de ad m isió n en los países m iem b ro s de la U E se
vuelven m ás estrictas, p ara los ex tran jero s q ue ya están en la U E el
avance de las condiciones de ciu d ad an ía en la u n ió n ha dad o su rg i­
m ien to a d iscrepancia en tre quien es son ex tran jero s y nacionales de
tercero s países y quienes so n ex tran jero s p e ro m iem b ro s de la U E . La
co n d ició n de d o s niveles de la extranjería ha evolucionado: p o r u n la­
do h ay nacionales de tercero s países extranjeros residentes en países
eu ro p eo s, algunos de los cuales h an n acido y fu e ro n criados en esos
países y n o c o n o cen o tra p a tria ; p o r el o tro lado h ay quienes p u ed en
ser casi to ta lm e n te extrañ o s al lenguaje, las c o stu m b res e h isto ria del
país an fitrió n p e ro d isfru ta n de condiciones y privilegios especiales en
virtu d de ser nacionales de u n E stad o m iem b ro de la U E (eu ro -
p a .e u .in t/sc a d p lu s/c itiz e n s/fr/d 7 .h tm ).
La consecu en cia de estos d esarro llo s es u n paisaje a cuadros, en el
qu e n o so lo hay prácticas d iferen tes en d istin to s países, sino que im ­
peran p rin c ip io s n o rm ativ o s divergentes en d istin to s co n tex to s. La
desagregación de la ciu d ad an ía d e n tro de la U E se da siguiendo varios
ejes:

///
1) Ser o no acreedor a derechos ya n o depende de la condición de ciu­
dadanía. E xtranjeros que sean residentes legales han sido in co rp o ra ­
dos a regím enes de derechos hum anos, así com o que son protegidos
p o r legislaciones supra y subnacionales.
2) P ero la cond ició n de extranjeros residentes in docum entados, así co­
m o la de refugiados y asilados sigue en ese terren o oscuro entre la
legalidad y la ilegalidad. H a sta que sus solicitudes son aprobadas,
los refugiados y asilados n o tienen derecho a elegir librem ente su
dom icilio o a aceptar em pleo. R ecientem ente ha sido aprobada una
resolución p o r el C onsejo de M inistros de la U E que perm ite tra b a ­
jar a quienes tienen su solicitud en proceso luego de tres meses. E n
algunos casos hijos de refugiados y asilados pu ed en ir a la escuela;
en general los asilados y refugiados tienen derecho a ciertas form as
de atención de su salud. E n cam bio los m igrantes indocum entados
están im pedidos de g ozar de derechos y beneficios y la m ayoría vi­
ve y trabaja clandestinam ente.
3) L a d eterm inación de las condiciones de ingreso en países m iem bros
de la U n ió n E uropea, pese a las declaraciones de los Tratados de
A m sterd am y Tam pere, perm anece en el T ercer P ilar del derecho de
la U E y es c o n tro lad o p o r las legislaturas nacionales de los estados
m iem bros, d e n tro de lím ites fijados p o r las guías com unes de la U E
y la C o n v en ció n de G in eb ra sobre la cond ición de los R efugiados
(N aciones U nidas, 1951).
4) D ad o que el acceso al ingreso aún es determ inado p o r los estados in ­
dividuales, la condición de nacionales de terceros países está sujeta a
considerable variación entre las fronteras individuales de la U E. Los
derechos de m ovilidad, dom icilio y em pleo no abarcan to d a la
unión. El artículo 11-105 del T ratado de la C o n stitución dice vaga­
m ente que «Podrá concederse libertad de circulación y de residencia,
de conform idad con lo dispuesto en la C on stitución, a los naciona­
les de terceros países que residan legalm ente en el territo rio de un
E stado m iem bro» (h ttp ://eu ro p a.eu .in t/eur-lex/lex/L exU riServ/si-
te/es/o j/2 0 0 4 /c_ 3 10 /c_ 3 1020041216es00410054.pdf).
5) E n to d a la U E la separación del origen nacional y cultural de los
privilegios de la m em bresía política es visible: la ciudadanía de la
U n ió n E u ro p ea posibilita v o tar por, postu larse a y ocupar cargos en
elecciones locales y de to d a la u n ió n para to d o s los ciudadanos de la
U E ; esto n o vale en el caso de nacionales de terceros países. Sus d e­
rechos políticos siguen atados a sus orígenes nacionales y culturales.
E n este sen tid o tam bién hay cam bios visibles en toda la U E: en D i­
nam arca, Suecia, Finlandia y I lolanda nacionales de terceros países
pueden particip ar en elecc iones locales y regionales; en Irlanda se
o to rg an estos derechos en el nivel local p ero no regional. En el Kci
no U n id o los ciudadanos de la M an co m unidad pueden v o tar lam
bién en elecciones nacionales.
6) Los cuadros 4.1 y 4.2 sin tetizan los regím enes de derechos a los que
están sujetos d istin to s grupos de individuos.

Procesos co n tem p o rán eo s d e n tro de la U n ió n E uropea revelan tan


to la desagregación de la ciudadanía co m o la u n ió n problem ática <|iu
sigue existiendo de la nacionalidad co n los privilegios p o lític o s.1’
M ientras que en to d a la U E se pued e o bservar una disociación de los
privilegios de la ciudadanía política de la nacionalidad para los ciud.i
danos de la U E , p ara los nacionales de terceros países se ven reforzados
los vínculos en tre identidades e instituciones, entre la m em bresía tu
cional y los derechos de ciudadanía dem ocrática. El m odelo dom inan
te es el acceso a derechos políticos a través de la naturalización, es do
cir, ad o p tan d o la nacionalidad del país anfitrión. La m ayoría do los
países de la U E p e rm ite n la ciudadanía p o r naturalización (con la i s
cepción de G recia y L uxem burgo) y, luego de la reform a do la ley do
ciudadanía p o r Ju s sanguinis de A lem ania en enero de 1999, la rnayoi i.i
de los países de la U E practican u n a form a de jus soli más o monos libo
ralizada.
H a y tres m odelos de in co rp o ració n política de inm igrantes a la
U n ió n E u ro p ea en com petencia entre sí: el alem án, el francés y el lio
landés. El m odelo alem án p ropicia la nacionalización a través do la n.i
turalización y la extensión de los derechos políticos a los nacionales de
terceros países com o resultado de su decisión de renunciar ,i la d u d a
danía de sus países de origen. T odos los niños un o de cuyos pailios lia
sido residente legal en A lem ania p o r o c h o años autom áticam ente olí
tienen la ciudadanía alemana. A los veintitrés años deben rcnunciai i la
ciudadanía alem ana o la del país de origen.
El m odelo francés, com o el alem án, acepta una igualación do los de
rechos de participación política de los nacionales do torceros países so
lo después de su naturalización. El m odelo francés es mas liboial que el
alem án en que el o to rg am ien to de ciudadanía Jus solí a niños inmigi an
tes no depende de la condición de residencia do sus padres; su ai i eso a
la ciudadanía francesa es autom ática una vez que han i csidido en I tan
cia d u ran te sus años de form ación en la escuela secundaria, N iños na
cidos on Francia do dos padres nacidos on el extranjero son franceses si
viven on b ra n d a y lo han hecho d u ran te toda su adolescein i.i I os ni
nos inm igrantes nacidos en te rrito rio francés se convierten en ciudad.i
nos a los trece anos a podido de su•. padres, a los dieciséis a su pedido o
autom atii ám ente a los dioi iocllli.
La excepción a esta tendencia hacia la «participación política a tra ­
vés de la nacionalización» es el m odelo holandés. Este m odelo es único
en el hecho de que da ciudadanía m unicipal a los extranjeros luego de
cinco años de residencia y les perm ite p articipar en elecciones m unici­
pales y fo rm ar partidos políticos. El otorg am ien to de derechos p o líti­
cos a nacionales de terceros países residentes en una ciudad com o Am s-
terdam no altera su estatuto d en tro de la U E. Siguen interdictos de
trasladarse librem ente a o tro s países de la U E y establecer su residencia
y tener em pleo allí. P ero el hecho de que sus intereses y voces estén re ­
presentados en el nivel m unicipal, significa que son participantes más
efectivos en el diálogo nacional concerniente a su condición jurídica
que los residentes de terceros países en o tro s países de la U E (véase Ti-
llie y Slijper, en prensa).
La discrepancia existente entre los derechos de participación po líti­
ca de ciudadanos de la U E y nacionales de terceros países entre países de
la U E y dentro de cada país m iem bro es u n aspecto de la condición
de dos niveles de m em bresía que está actualm ente en desarrollo. Igual­
mente significativas son las restricciones a la m ovilidad y las o p o rtu n i­
dades de em pleo para residentes legales de terceros países. D ada la con­
dición nada clara de la ciudadanía europea a diferencia de la m em bresía
nacional, los derechos de residencia y ciudadanía en toda la U E siguen
estando fuera del alcance de los nacionales de terceros países, aunque
no son inconcebibles en principio.
La integración de nacionales de terceros países en los regím enes de
derechos civiles y sociales en los países de la U E está bastante avanza­
da, m ientras que la condición de residentes tem porarios, tales com o es­
tudiantes o turistas en tránsito p o r m otivos personales, de negocios y
profesionales está en consonancia con las norm as internacionales. H ay
cierta discusión en to rn o de los derechos de asociación política y civil
de residentes tem porarios de terceros países. P o r ejem plo, ¿los estu­
diantes extranjeros p ueden ser m iem bros de sindicatos? ¿Q ué tipo de
organizaciones políticas p u eden establecer? M ientras la m ayoría de los
países de la U E alientan activam ente el desarrollo de asociaciones civi­
les, religiosas y culturales, viendo en ellas pasos hacia una integración
más exitosa (K astoryano, 2002), los derechos de asociación política, ta­
les com o la creación de partid o s políticos, grupos de lo b b y y organiza-
i iones estudiantiles están m u y controlados (y de m odo creciente desde
el 1 I de septiem bre de 2001).
1.o que los cuadros 4.1 y 4.2 también revelan es la medida en que aún
se mega a refugiados y asilados el «derecho a tener derechos» en el sen­
tido pleno. Mientras su vida, su libertad v cualquier propiedad que pue­
dan tenet están protegidos poi el .h tu uln (> de I.i ( Convención Europea
sobre D erechos H um an o s y Libertades Fundam entales, sus derechos
de m ovim iento, em pleo y asociación están fuertem ente lim itados. D e ­
penden com pletam ente de la v oluntad del E stado soberano que les
o torga estadía tem poraria. La naturaleza transitoria de su perm anencia
se ve acentuada aun más p o r las restricciones a sus capacidades de em­
pleo. C onfinados a m enudo a núcleos de vivienda segregados en centros
rurales y urbanos, frecuentem ente separados de la com unidad en torno
de ellos y negándosele el derecho a buscar em pleo, los refugiados y so­
licitantes de asilo a veces se convierten en blancos fáciles para estallidos
y sentim ientos xenófobos. Los estados naciones los retienen en un esta­
do de «excepción» (Schmitt, [1927] 1996: 47-49). N o pueden apelar las
decisiones relativas a su condición y no pueden plantear reclam os con­
tra órdenes de deportación. Los refugiados y asilados son tratados co­
m o si fueran elementos cuasi crim inales, cuya interacción con la socie­
dad en general debe ser co ntrolada férream ente. Existen en los límites
de todos los regím enes de derechos y revelan el p u n to ciego en el siste­
m a de derechos, donde el im perio de la ley se convierte en su opuesto:
el estado de excepción y el siem pre presente peligro de violencia.

Identidades e instituciones: esperanzas e ilusiones


de la nueva Europa

Al acercarse entre sí los países de E u ro p a p ara forjar una «unión cada


vez más estrecha entre los p ueblos de E uropa» (Tratado de R om a,
1957), los traum as del pasado, así com o los sueños de futuro, han crea­
do u n p roceso de búsqueda de la p ro p ia identidad sin precedentes. Se
han d ado configuraciones discursivas y geopolíticas llamativas en el
Viejo C ontinente: algunos ven la condición actual com o un re to rn o al
Im perio rom an o y el su rgim iento de una nueva p a x romana. C ada vez
más sujetos a u n cuerpo de derecho adm inistrativo, con la capacidad de
d isfru tar de los beneficios y lujos de la existencia civil y económ ica en
toda E u ro p a, los ciudadanos de la U E de h o y recuerdan a los antiguos
rom anos, p ero no en su p e río d o de virtu d republicana. Más bien, es el
I m perio rom ano, con su estilo de vida decadente y pacífico y sus capa­
cidades políticas y marciales republicanas, lo que tiene resonancia con
la im aginación de hoy. Los que invocan este recuerdo m uchas veces se
lam entan de la desaparición de instituciones republicanas de soberanía
y au to g o b iern o p o r o b ra de las ordenanzas de una crecientem ente p o ­
derosa Eurocracia (G u éh en n o , 1995).
O tro s sostienen que E u ro p a está experim entando el renacim iento
de un "nuevo mcdievalism o» (Fricdrichs, 2001). El proceso de integra-
Tipos de derechos C RUE TUE Nativos de terceros N ativos de terceros Refugiados y asilados
(ciudadano) (residente) (temporario) países, residentes países, temporarios (en proceso)
v títulos

Plenos Plenos Plenos A lgunas restricciones Restringidos R estringidos


Derechos Sin derechos de traslado
humanos/derechos Derecho de traslado
limitado dentro de excepto lo estipulado por
chiles el país anfitrión; derecho
P^necaón de la vida, la estados de la UE;
derechos limitados de limitado de empleo
Jhertad y la propiedad; después de 3 meses
de 'pido proceso legal empleo y contrato;
ningún derecho de Libertad de palabra,
trúcalo 6 déla opinión y matrimonio;
CEDH); derechos de domicilio distinto de los
de los países de pero ningún derecho de
dsoaaaón en la asociación política
ionomía, la sociedad residenáa; algunas
limitaciones sobre Derechos limitados de
ó e i j U vida cultural; apelación de deásiones
de palabra y derechos políticos de
asociación relativas a estatuto de
apiraór. artículo 11 de asilo/refugiado
* CEDH)
Plenos Parciales N in g u n o Lim itados N in g u n o N in g u n o
Derechos políticos
Sin derechos nacionales D inam arca, Finlandia,
Postularse, ocupar y
votar por cargos en de voto; votar, H olanda, Suecia
todos los niveles: local, postularse y ocupar otorgan derechos
regional y nacional; cargos en elecciones electorales locales y
establecer asociaciones locales, regionales y de regionales a extranjeros
políticas, aviles y la UE, luego de que han cumplido con
culturales completar la residencia los requerimientos de
residencia;
Irlanda, Italia otorgan
derechos localespero no
regionales (Italia: legales
pero no vigentes);

Servido M ilitar Pleno N in g u n o N in g u n o España, P o rtu g al N in g u n o N in g u n o


ejercitan derechos de
reciprocidad;
Ciudades holandesas
otorgan derechos de
voto municipal luego de
5 años;
G ra n B retaña otorga
derechos de voto local y
nacional a residentes y
ciudadanos de la
Mancomunidad

A lgunos
Francia e Italia: los
residentes así como los
asilados pueden ser
conscriptos (no hay
servicio militar
obligatorio en Italia
para aquellos nacidos
después del 1/1/1985)

Clave. CEDH: Convención Europea para la Protección de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales.
R: Ciudadano de la UE residente en un país de la UE distinto del de su nacionalidad por más de 6 meses; se otorga «residencia permanente»
después de cinco años.
T: Ciudadano de la UE que visita, reside, etc. temporariamente en un país de la UE distinto del de su nacionalidad.
\ativos de terceros países, residentes: Nativo de tercer país que reside en un país de la UE con un permiso de residencia oficial.
Sativos de terceros países; temporarios: Un nativo de tercer país en visita o residencia temporaria en un país de la UE.
Refugiados y asilados (en proceso): Refugiados y asilados cuyas solicitudes están siendo consideradas y cuyo estatuto es indeterminado.
\ ota y fuente: Quiero agradecer a Willem Maas y Raluca Eddon por su ayuda para compilar y preparar esta información. Me ha sido de oran
utilidad Guild 1996, 47-50.
Derechos sociales C RUE T UE N ativos de terceros N ativos de terceros Refugiados y asilados
(ciudadano) (residentes) (temporarios) países, residentes países, temporarios (en proceso)

Negociaciones Plenos Plenos N in g u n o o Plenos N in g u n o o N in g u n o


colectivas y sindicatos limitados limitados Por
P or ejemplo, ejemplo, estudiantes
estudiantes

Pensiones p o r vejez Plenos Parciales N in g u n o Parciales N in g u n o N in g u n o


(plan en países de Dependen de los (país de origen)
origen y contrato términos del contrato
laboral) de empleo entre
huésped y país
anfitrión

Beneficios de Plenos Parcial N in g u n o Parciales N in g u n o N in g u n o


desempleo Dependen del
contrato laboral;
puede llevar a la
terminación del
permiso de residencia
y no renovación de la
condición

Cuidados de salud Plenos Plenos A lgunos Plenos Algunos A lgunos


Por ejemplo, Por ejemplo,
estudiantes estudiantes

Vivienda /cuidados de Plenos Plenos A lgunos La m ayoría A lgunos A lgunos


niños /subsidios Los Subsidios para Alojamiento Vivienda gratis;
educarnos estudiantes viviendapara estudiantil; cursos de educación p ara los niños
pueden tener familias de bajos idiomas y educación
acceso a ingresos; educación de vocacionalpara
algunos los niños en su propio trabajadores
beneficios idioma en algunos extranjeros
casos; recursos para
cuidados de niños

Derechos culturales Plenos A lgunos Lim itados A ctualm ente Lim itados Algunos
escuela en lengua de Regímenes D epende del tamaño Tendrían cuestionados; Com parten Asesoramiento y
origen, subsidios culturales y la historia de la derechos de permite grandes Derechos de N T P representación legal en
culturales y artísticos) para comunidad de residentes de variaciones entre residentes; por su propio idioma
m inorías residentes no UE naciones. ejemplo, si es (derechos humanos
nacionales nacionales A lem ania, H olanda estudiante garantizados por
(si es que (educación en la ofrecen generosos CED H ); puede haber
existen) propia lengua puede subsidios religiosos, de disponible educación
o no estar idioma y culturales; para niños en su idioma
disponible; subsidios Francia promueve nativo
culturales y asociaciones
artísticos estarían culturales; Reino
disponibles) U nido los ofrece en el
nivel de
representaciones
municipales, por
ejemplo, Londres
ción euro p ea ha socavado las instituciones del E stado-nación y ha p e r­
m itido a entes y actores subestatales ad q u irir u n a nueva autonom ía. La
U E alienta el regionalism o y, de hecho, subsidia y provee incentivos
para la co o p eració n regional europea. La co o p eración económ ica y p o ­
lítica entre Barcelona, M arsella y ciudades del n o rte de Italia tales co ­
mo M ilán y B olonia es más extensa e intensa que la cooperación de es­
tas regiones co n o tras ciudades y regiones en sus pro p io s países.
A dem ás, el p rin cip io de «subsidiariedad», u n a de las piedras basales del
nuevo g o b iern o eu ro p eo , establece que los pro b lem as y asuntos debe­
rán ser resueltos en el nivel ele los afectados m ás directam ente p o r ellos
"(articulo r-9, «Tratado que E stablece u n a C o n stitución»). E n m uchos
casos, la subsidiariedad alienta a esquivar o evitar el p o d e r de las a u to ­
ridades nacionales centralizadas. Los «nuevos medievalistas» sostienen
que el regionalism o, ju n to con el prin cip io de subsidiariedad, genera
estru ctu ras de soberanía que sem ejan cada vez más las unidadeiTdes-
ccntralizadas, interrelacionadas y anidadas de la E u ro p a m edieval. A
diferencia de lo que sucede en el E stad o -n ació n m o d ern o , no hay su ­
perposición ya entre territo rialid ad , au to rid ad y soberanía; más bien se
ha d esarro llad o u n sistem a funcional de au to rid ad que a su vez está in­
tegrado en unidades supranacionales y extraterritoriales.
Finalm ente están los que consideran que estos dos escenarios prece­
dentes son co nstrucciones fantasiosas y q u e señalan que E u ro p a sigue
siendo una E u ro p a de estados naciones y que la U E tiene más sem ejan­
za con los sueños del siglo XVIII de una federación europea gobernada
p o r ideales cosm opolitas que con la R epública R om ana o el pasado m e­
dieval. El lenguaje del federalism o y el confederalism o en el que los es-
lados naciones con tin ú an existiendo com o unidades discretas con el
po der de decisión últim o sigue siendo la visión que guía a la élite polí-
i ica y la b urocracia de la U E . La redacción y adopción del T ratado que
Establece u n a C o n stitu c ió n para E u ro p a ha d ad o nuevas esperanzas y
energía a los «eurofederalistas». El lema del T ratado C onstitucional,
■■unidad en la diversidad»,'hábilm ente deja am bigua la cuestión de si la
rúente de esta diversidad son los estados m iem bros o los pueblos de
Europa! Es claro que no so ñ ld e n tic o s, d ado que hay pueblos no esta­
tales en E u ro p a tales com o los vascos, los k u rd o s y los gitanos, entre
otro s, que n o están representados en los órgan o s oficiales de la U E.
I )esde los acuerdos de C o p en h ag u e de 1993, las condiciones para la
adm isión co m o m iem bros plenos han sido definidas de m odo m uy ge­
neral para que incluyan I) una dem ostración del co m p ro m iso del país
con el funcio n am ien to de instituciones dem ocráticas, los derechos h u ­
m anos, el im perio tic la ley y el respeto v la p rotección de m inorías, 2)
111 i.i econom ía de m ere,ido com petitiva .r.i com o la capacidad de mane

no
jar presiones com petitivas y 3) evidencias de que el país es capaz de
asum ir las obligaciones de la m em bresía, in clu y en do la adhesión a o b ­
jetivos de u n id ad política, económ ica y m onetaria. A l centrarse en cri­
terios institucionales tan am plios, la U n ió n E u ro p ea espera evitar las
cuestiones m u ch o más co n tro v ertid as relativas a las identidades c u ltu ­
rales, lingüísticas, religiosas y étnicas. La U E su p u estam ente se basa en
u na capacidad d em o strad a de so sten er un c o n ju n to de instituciones
que, si bien se o rig in aro n en O ccid en te, son en prin cip io capaces de
funcio n ar en otras tierras y o tras culturas tam bién. N o se da a la id en ­
tidad euro p ea u n a capa cultu ral o histórica gruesa; no se hacen llam a­
dos excluyentes a la co m u n id ad de historia o fe, lenguaje o costum bres.
Pese a estos nobles deseos de c o n stru ir la U E sobre criterios in sti­
tucionales liberal-dem ocráticos «delgados» en vez de identidades cul­
turales «gruesas», tan to d e n tro de los estados m iem bros com o en sus
fronteras, se ha d esarrollado u n p ro fu n d o conflicto entre los principios
institucionales y la id entidad. L a negativa del acceso de T urquía a n e­
gociaciones p ara su in co rp o ració n en diciem bre de 2003 y su p o sp o si­
ción hasta 2004 se conv irtió en la ocasión p ara u n debate co n tro v ertid o
respecto de los criterios de C o p en h ag u e y la p ro p ia identidad cultural
de la U E . ¿P odía la U E to le ra r u n a nación de m ay oría m usulm ana con
una p o b lació n de 65 m illones en su in terior? In capaz de llegar a un
consenso en to rn o de esta cu estió n el C on sejo E u ro p e o p o spuso la dis­
cusión (véase B enhabib, 2003).
C o m o ha sucedido a m en u d o en la historia europea, la política xe­
nófoba es fácil, p ero los factores sociales y las tendencias institu cio n a­
les detrás de las tendencias in m igratorias en la E u ro p a contem poránea
son m u ch o m ás com plicados y difíciles de entender¡;L os «otros» de
E u ro p a, sean trabajadores ex tranjeros o refugiados, solicitantes de asi­
lo o m igrantes, se han co n v ertid o en u n cen tro obvio para las ansieda­
des e in certid u m b res generadas p o r la «otración» de la m ism a E uropa,
su tran sfo rm ació n de u n co n tin en te de estados naciones en una entidad
política transnacional, cuya fo rm a constitucional y política precisa si­
gue siendo incierta. D e to d o s m o d o s, com o lo indican los desarrollos
institucionales delineados más arriba, liayvuri^ dinám ica hacia u n a re­
ducción de la divisoria que separa los derechos hum anos de los d e re ­
chos ciudadanos, o los derechos básicos de los derechos políticos. La
integración de nacionales de terceros países en el régim en de derechos
de la U E está avanzado y, d ad o el creciente papel de la C o rte de J u s ti­
cia E u ro p ea y la C o rte E u ro p ea de D erechos H u m an o s, estas te n d e n ­
cias son bastante irreversibles. Precisam ente d eb id o a que el ingreso
inicial p o n e en m ovim iento una dinám ica hacia la plena integración, es
probab le que la política fu tu ra en la UK sea restringir el acceso a las
fro n teras de m o d o más severo en vez de desm antelar los derechos de
extranjeros residentes.

La dialéctica de derechos e identidades

Este capítulo com enzó con u n a exploración filosófica de la justifica­


ción de derechos en u n universo posm etafísico. Sostuve que, si la prác­
tica de la justificación ha de ten er significado, entonces la libertad
com unicativa de los individuos de in c u rrir en tales prácticas justificato-
rias debe darse p o r supuesta. Sostuve que los derechos se pued en ver,
com o las precondiciones que p erm iten el ejercicio de la libertad com u­
nicativa, es decir, de la capacidad de cada u n o de asentir o disentir con
las regulaciones norm ativas p o r m edio de razones. D istinguí además
entre el principio Je los derechos- v el program a de derechos: Sostuve
que este últim o p o d ía ten er variaciones dem ocráticas entre países y le­
gislaturas, depen d ien d o de u n a gran cantidad de factores.
A l exam inar la evolución de u n régim en de derechos com unes en la
E u ro p a co ntem poránea, vem os claram ente que se dan las m ayores va­
riaciones entre naciones en el d o m in io de los derechos sociales, econó­
m icos y culturales. M ientras los derechos políticos se están reconfigu-
ran d o en to d a la U E , los derechos hum anos y los derechos civiles se
basan en in stru m en to s de derechos generales, tales com o la D eclara­
ción de D erechos H u m a n o s de la O N U y la C on v ención E uropea para
la P ro tecció n de D erechos H u m an o s y las L ibertades Fundam entales.
Los derechos hum an o s h an adqu irid o u n a condición fundam ental, no
negociable; se busca que sean los que están sujetos a la m en o r variación
país p o r país. C o rre sp o n d e n a la p erso n a hum ana p o r su dignidad h u ­
mana.
D e to d o s m odos, y aunque se han d ado grandes avances desde la Se­
gunda G u e rra M undial en la m ejora de la condición de los pueblos sin
E stado, los refugiados y los solicitantes de asilo, la observación de
H a n n a h A re n d t en el sentido de que p e rd e r la condición de ciudadanía
aparecía com o equivalente a la p érdida de derechos hum anos p o r com ­
p leto n o es del to d o equivocada. Incluso en u n o de los regím enes de
derechos más desarrollados de n u estro m u n d o , los refugiados y los so­
licitantes de asilo aún se en cuentran en u n a condición cuasi criminal.
Sus derechos hum an o s se ven lim itados; n o tienen derechos civiles y
políticos de asociación y representación. La extensión de plenos dere­
chos hum anos a estos individuos y la dcscnm inalización de su estatuto
es u n a de las tareas más im portantes de la justicia cosm opolita en núes
tro m undo.
E stos procesos tam b ién sugieren una dialéctica de derechos e idcn
tidades: com únm ente, se sup o n e que el ind ividuo que es sujeto de de
rechos tiene algún derecho de id entidad fija que precede al acceso al
derecho en cuestión, p e ro lo que a m en u d o n o se tiene en cuenta es que
el ejercicio de los derechos m ism os y la p ráctica de la actividad política
p u ed en cam biar estas identidades. Las identidades políticas son endó
genas y no exógenas a pro ceso s de iteración dem ocrática y la form a
ción de derechos. D el m ism o m odo, los significados de las dem andas
de derechos se ven alterados cuando son ejercidos p o r sujetos cuya
cond ició n legal y política n o ha sido prevista o anticipada norm ativa
m ente en las fo rm ulaciones iniciales de derechos. Q u iero sugerir <]lit­
en caso de tales conflictos dialécticos entram os en el dom inio de lo que
F ra n k M ichelm an ha llam ado «política jurisgenerativa» (1988), es de
cir, la discusión en to rn o de derechos e instituciones legales que abren
el cam ino a nuevas form as de existencia e interacción política. Al con
trario de los teóricos de la declinación de la ciudadanía, que ven .1 las
m igraciones com o negativas para la cu ltu ra política y legal de un país,
la presencia de individuos cuyas ideriíidades culturales difieren de la
m ay o ría in tro d u ce u n a dim ensión de «política jurisgenerativa" en I.i
m ancom unidad. H a y proceso s a través de los cuales otro s se conviei
ten en asociados h erm enéuticos de n o so tro s al reapropiarsc y rcintci
p re ta r nuestras instituciones y tradiciones culturales. El próxim o capí
tu lo evaluará los potenciales de la ciudadanía desagregada y la polítii a
jurisgenerativa.
Iteraciones democráticas: lo local,
lo nacional y lo global

¿Debemos ver la desagregación de la ciudadanía y el fin del modelo uní


tario con consternación? ¿Estos procesos son indicadores de la «deva
luación» de la ciudadanía, una tendencia hacia la «ciudadanía magra-
(Thaa, 2001), en la medida en que ya no se necesita ser ciudadano para te
ner acceso a ciertos derechos sociales codiciados? ¿O son indicadores de
un nuevo sentido de justicia global y precursores de nuevas modalidades
de entidad política, que anuncian quizá la ciudadanía cosmopolita?
Este capítulo com ienza p o r examinar las ambivalencias de la nu d a
danía desagregada. Volviendo a la paradoja de la legitimidad dem oi i .1
tica delineada en el capítulo 1, sostengo que el gobierno dem ocrático se
ha basado en varias ilusiones constitutivas tales como la homogeneidad
del pueblo y la autosuficiencia territorial. El desafío hoy es reconligu
rar la voz dem ocrática sin recurrir a estas ilusiones. Para concret.it lo
que pueda implicar tal reconfiguración de la voz democrática analizo
tres casos de «política jurisgenerativa» en los que desafíos que surgen al
interpretar «los derechos de los otros» provocan transform aciones .111
torreflexivas por parte del ente político en cuestión.

I'.l potencial ambivalente de la ciudadanía desagregada

l a U nión lúiropea reproduce en el nivel supianacional las tensiones


internas que han acom pañado el nacimiento de estados naciones nio
d ern o s, m o s tra n d o a la v ez su ev o lu ció n en u n cam ino diferen te. E l E s-
ta d o -n a c ió n m o d e rn o fu sio n ó la v isión c u ltu ra lm e n te h o m o g e n eiz an te
e id en tita ria de la ciu d ad an ía co n v arian tes m ás dem o cráticas y p lu ra ­
listas, a través de p ro c e so s de co n testació n , lu ch a y co o p e ra c ió n así co ­
m o de co o p ta c ió n . T. H . M arshall se c e n tró en los d erech o s de la ciu ­
d ad an ía en el E sta d o m o d e rn o p ara an alizar có m o u n E sta d o capitalista
que se basa en la v en ta de tra b a jo asalariado a través del c o n tra to podía
au n así lo g rar la ad h e sió n de las clases tra b a ja d o ras o to rg á n d o le s un
« estatu to » : la co n d ic ió n de la ciu d ad an ía. M arsh all vio en estos desa­
rro llo s u n a rev ersió n de la tip o lo g ía c o n o c id a de Sir H e n ry M aine, «del
e sta tu to al c o n tra to » , en el h ech o d e q u e la ciu d ad an ía d ebía co n sid e­
rarse u n a c o n d ic ió n cu y o v alo r no p o d ía verse afectado adversam ente
p o r el c o n tra to de tra b a jo asalariado. L a ciu d ad an ía rem ed iab a y recti­
ficaba la in d ig n id ad de la d esigualdad capitalista d a n d o a las clases tra ­
bajad o ras acceso a co n d icio n es m ateriales necesarias p a ra u n a «existen­
cia civilizada», categ o ría m u y im p o rta n te en el en say o de M a rsh all.1
P e ro ís to s 'lo g r o s c o m p e n sa to rio s de la c o n d ic ió n de ciudadanía d e ­
p e n d ía n de m an era crucial de la p resen cia de q u ienes n o ten ían acceso
a la ciu d ad an ía y de quien es cargaban n o solo c o n las in d ig nidades del
trab a jo asalariado sino ta m b ié n la de ser excluidos adem ás de la m an c o ­
m u n id a d . M arsh all n o p o d ía adm itir, co m o ta n livianam ente lo hacía
K an t, q u e eran «m eros auxiliares a la m a n c o m u n id ad » (K ant, [1797]
1922:121; [1797] 1996: 140). E n re tro sp e c tiv a resu lta p atétic o le e rla in ­
gen u id ad co n la q u e M arsh all d esatien d e la relación en tre rep ública e
im p erio , de los de a d e n tro y los de afuera, y n o tiene n ad a q u e decir so­
b re la p resen cia de aquellos ex tran jero s cu y a fu e rz a de trab ajo barata
su b sid ió en p a rte las glorias del E sta d o de B ien estar britán ico .
R e c u e rd o estas visiones e ilusiones del re n o m b ra d o ensayo de M ar­
shall « C iu d ad an ía y clase social» p o rq u e h ay u n a ten d en cia generaliza­
da en el p e n sa m ie n to p o lític o c o n te m p o rá n e o a n o ver que la fo rm a ­
ció n de id en tid ad es colectivas y la ev o lu ció n de so lidaridades culturales
se han lo g rad o a través de co n flicto s sociales y políticos, largos, p ro ­
lo ngad o s y d u ro s, sin o a verlas co m o si fu e ra n cosas dadas y estables.
Es esta v isió n estática de la fo rm a c ió n de la id e n tid a d colectiva lo que
hace p o sib le a M ichael W alzer y, luego de él, a Jo h n R aw ls, su p o n er
q u e los ex tran jero s y los o tro s p u e d e n re p re se n ta r u n a am enaza para
u n a c o m u n id a d de so lid arid ad y a alcanzada, q u e la p u ed e n d ilu ir o p a ­
sar p o r encim a. Las id en tid ad es colectivas de las dem ocracias liberales
n u n ca se h an ca ra c teriz a d o p o r tal g rad o de co h esió n y nunca lian esta­
d o ta n centradas en la c u ltu ra co m o so stien en estos teóricos. P reten d e r
elim in ar a los de afu era o c e rra r la p u e rta a los recién llegados siem pre
es a co m p a ñ a d o p o r la necesidad de disi iplin.it a los di' afuera en el in
te n o r e im p e d ir la refo rm a, la in n o v ació n , el d isen so y la tra n sfo rm a ­
ción d e n tro de las pared es de la p ro p ia p a rro q u ia . La p o lítica de la in ­
m ig ració n está estrech am en te ligada a la p o lític a d e c o n fo rm ism o y a
d ís a p ím a r a la o p o sic ió n local.
Las tendencias hacia la d esagregación de la ciu dadanía (véase O n g ,
1999) so n u n aspecto in elu d ib le de la glo b alización co n tem p o rán ea.
¿P ero la ciu d ad an ía desagregada tam b ién es ciu d adanía dem ocrática?
Los p a rtid a rio s de la ciudad an ía p o sn acio n al co n c u e rd an con el desaco­
plad o de las identidades p olíticas de la p erten en cia nacional. Jam es R o -
senau (1997) y Y asem in Soysal (1994), p o r ejem plo, ven el su rg im ien to
y la ex ten sió n de u n régim en de d erech o s h u m a n o s, pese a to d as sus
tram pas e hipocresías a escala m u n d ial, co m o el an u n cio de u n a nueva
conciencia política y nuevas fo rm as de m em bresía política. E l E sta d o -
nación decae; la línea en tre los d erech o s h u m an o s y los derechos ciu d a­
danos se ve d éb ilitad a.E m éF g én nuev as'm o d alid ad es de ciudadanía des-
territo rializad a. E specialm ente d e n tro de la U n ió n E u ro p e a, sostiene
Soysal, se están m ezclan d o ráp id am en te las id en tid ades y lealtades n a ­
cionales y sería h ip ó c rita q u e re r c o n v e rtir a los tu rc o s en «buenos ale­
m anes» cu a n d o los alem anes c o n te m p o rá n e o s m ism os n o están m u y
seguros de en q u é consiste su p ro p ia id en tid ad colectiva (ibíd.). L os en ­
claves m u lticu ltu rales en las grandes ciudades en to d o el m u n d o p re ­
n u n cian los nuevos ro stro s de u n a ciudadanía q u e ya n o se basa en ad h e­
siones exclusivas a u n a tierra, h isto ria y tra d ic ió n particular.
Sin d u d a , los p a rtid a rio s de la ciu d ad an ía d e ste rrito ria liz ad a tienen
ra z ó n en c u a n to a q u e las id en tid ad es p o líticas n o tien e n p o r q u é c o n ­
cebirse exclusivam ente en té rm in o s E stad o cén trico s: las fro n te ra s de la
co m u n id a d cívica y las fro n te ra s del te rrito rio del E sta d o no son co lin ­
dantes. D e to d o s m o d o s, el c o m p ro m iso d e m o c rá tic o con una locali­
d ad que p u ed e ser más g ran d e o m ás p e q u e ñ a q u e el E sta d o -n a c ió n es
significativo y el g o b ie rn o d e m o c rá tic o im plica establecer fro n te ras y
crear reglas de m em bresía. Las fro n te ra s de las co m u n id ad es de au to
g o b ie rn o p u e d e n n o c o in c id ir c o n las del E sta d o -n a c ió n , p ero los ilesa
fíos n o rm a tiv o s d e estab lecer fro n te ra s n o d esap arecerán sim plem ente
u n a vez h ech a esta o b serv ació n .
L a ciu d ad an ía desagregada p e rm ite a los in d iv id u o s d esarro lla r y
so ste n e r lealtades y redes m ú ltip les p o r encim a de las fro n teras del lis
tad o -n a c ió n , en co n tex to s ta n to in te r co m o tran sn acionales. El cosm o
p o litism o , la p re o c u p a c ió n p o r el m u n d o c o m o si fuera la p ro p ia polis,
se fo rtalece co n tales lea lta d e s m ú ltip les y su p erp u estas, que se sostie
nen a b a rc a n d o d istin tas c o m u n id a d e s de lenguaje, etnia, religión y na
cionalid ad . Tales redes son co n d u cen tes a la ciu d ad an ía d em o crática si
y solo si están aco m p añ ad as de una p aríit ¡pación activa y una adhesión
que m i i i n *i|uin*. ti>l« , n . i n s p . uai t e. , y
.i i n s t i t u c i o n e s i v p i e s a i t . i l i v a s ,
respon d en a s u s c o m p o n e n t e s , t | i u ' l<■•. <l.in .uiiiiiiil.nl r n mi p m p i o
nom bre. Las redes transnacionalcs s i n l i j ' . i 1 »ne-. d i m m i . i i i i is p u e d e n
fortalecer el fu n d am en talism o así co m o el terro rism o . I’uede set ineó
m o d o p e ro de to d o s m o d o s es necesario reco rd ar que el te rro rism o in
ternacional es tam b ién u n fen ó m en o transnacional que m anipula y so ­
cava los estad o s naciones existentes.
E n u n nivel más p ro fu n d o h ay u n a ten sió n en tre la legitim idad d e­
m ocrática y las realidades de la ciudadanía desagregada. E n la m edida
en que la au to c o n stitu c ió n de « n o so tro s, el pueblo» se entiende com o
si fuera el acto unilateral de u n a ciudadanía hom ogénea, este m odelo
idealizado de legitim idad dem ocrática n o solo d isto rsio n a los hechos
históricos, sino que n o pued e hacer justicia con el po ten cial norm ativo
del co n stitu cio n alism o dem ocrático. L os p rin cip ios de derechos h u ­
m anos invocados p o r las co n stitu cio n es dem ocráticas tien en u n carác­
te r que trascien d e el co n tex to co sm o p o lita. Se extienden a to d a la hu-
manidacT. Su d elim itación te rrito ria l im plica la g uerra ta n to com o la
conquista, la negociación ta n to com o el regateo. E l p u e b lo dem o cráti­
co se co n stitu y e co m o so b eran o so b re u n te rrito rio sólo a través de ta­
les pro ceso s h istó rico s contin g en tes y estos atestiguan la violencia in­
herente a to d o acto de au to co n stitu ció n .
Si nos cen tram o s en el c o n te n id o co sm o p o lita de las reivindicacio­
nes de derechos y en el p rin cip io de la v o z dem ocrática, debem os avan­
zar hacia u n a visión de actos reflexivos de creación de co n stitu c ió n que
sean co n o ced o res de que los entes p o lítico s actúan en u n m edio atesta­
do de o tro s actores políticos y q u e los actos de au to c o n stitu ció n no son
gestos unilaterales, si bien a m en u d o se han visto así. Las políticas que
gobiernan la inm igración, el refugio y el asilo son afectadas p o r otros
entes políticos. C o m o señala M ax P ensky: «Todas las constituciones
m odern as o frecen la m em bresía en co n co rd an cia con u n pro g ram a de
derechos y estos derechos se ju stifican en térm in o s de a trib u to s u n iv er­
sales más q u e m eram en te locales o p arro q u iales de los m iem bros [...].
Las co n stitu cio n es m odernas p o r ta n to tienden a hacer afirm aciones
norm ativas que n o p u ed en cum plir. E sta es u n a m anera de describir el
p ro b lem a del alcance co n stitu cio n al. La fuerza n o rm ativ a de las co n s­
titucio n es dem ocráticas exige co h eren tem en te la e x te n sió n .d e ia inclu­
sión a to das las perso n as re tra y e n d o sim u ltán eam ente esa inclusión a
to d o s los m iem b ro s de u n c o n ju n to de perso n as designadas arb itraria­
m ente p ara lo g rar efectivam ente constituir un ente político» (Pensky,
2002; énfasis en el original). La evolución de la ciu dadanía desagregada
tiene la v irtu d de hacer evidentes las tensiones internas de las c o n stitu ­
ciones dem ocráticas. C onsciente del p otencial co sm o p o lita de los dere-
i Ims, 1 11 l e 1 1 r . i i'i n l i i I r . 1 1 1 ii 1 1• i i i | m i H i t .i'. I l i s l ú n i . I i n i ' l i l i ' i o i i t i u g r n
les, Is.iiil s os t uv o <111 c i i i i i t «h i- mi li mi l i c p i l bl i c a n a , q u e mi se k i v u . i
s i m p l e m e n t e e n e l g o b i e r n o d r la m i v o r í a , o r i e n t a l í a h a c i a i m . i Ic*«l< i .i
( i o n t i c r e p ú b l i c a s d e l m u n d o ( v é a s e c a p . I) .

Iteraciones democráticas y política jurisgenerativa

l.a posición que be caracterizado com o federalism o cosm opolita su(•,u•


re que, en tre las norm as del derecho internacional y las acciones d e li
gislaturas dem ocráticas individuales, son posibles y deseables imiltipli .
«iteraciones». N o son m utu am en te excluyentes. Las n o rm as cosm opo
litas ho y se están in co rp o ran d o a la cu ltu ra política y legal de los e n t e s
políticos individuales. Las transform aciones de la ciudadanía, .i tra
de las cuales se extienden derechos a indiv id u o s en v irtud de residencia
en vez de iden tid ad cultural, son los in dicadores m ás claros de tales iioi
mas cosm opolitas. A u n así y en la m edida en que los entes políticos 1 1 .i
tan com o si fueran crim inales a aquellos cu y a condición de pertenencia
no está definida -ta le s com o m igrantes, refugiados y asilados indocu
m entados, cuyas solicitudes están en trá m ite -, no se ha alcanzado el
cosm opolitism o en la arena internacional. El derecho a la hospitalidad
universal se ve sacrificado en el altar del in terés del E stado. D cbeinos
descrim inalizar el m ovim iento m undial de los p ueblos y tratar a cada
perdona, n o im p o rta cuál sea su estatu to de ciudadanía política, en i, un
cordancia con la dignidad de la cond ició n de perso n a m o ral. E sto im pli
ca reconocer que c ru zar fronteras yTm scar e n tra r en entes políticos di
ferentes no es u n acto crim inal sino una expresión de la libertad hum ana
y la búsq u ed a del m ejo ram ien to h u m an o en u n r n u n d o .q u e tenem os
que co m p artir con los seres hum an o s que son n u estros sem ejantes. I .i
adm isión inicial no im plica la m em bresía autom ática. Los pueblos de
m ocráticos seguirán ten ien d o que idear reglas de m em bresía en los ni
veles nacional, subnacional, regional y m unicipal. Es el p u eblo m ismo
quien, a través de legislación y v o lu n tad discursiva y form ación de opi
nión, debe ad o p tar políticas y leyes consonantes con las norm as c o s i i k >
politas de la hospitalid ad universal. D efin ir la iden tidad del pueblo de
m ocrático es u n p roceso de autocreación con stitu cional perm anente. Si
bien nunca se p o d rá elim inar la p arad o ja de q u e quienes son excluidos
no estarán entre quienes deciden las n o rm as de exclusión e inclusión,
podem os hacer que estas distinciones sean fluidas y negociables a través
de procesos de iteraciones dem ocráticas co n tin u as y m últiples.
El tra to d ad o a extraños, extranjeros y o tro s en n u estro m edio es un
caso de p ru e b a crucial p ara la conciencia m o ral ta n to co m o la reflexivi
dad p o lítica de las d cm ocr.u las liberales. I ) c lin ii l.i ilic itu d .n i de l.i n.i
ción soberana es en sí m ism o un p ro ceso de debate p ú b lico fluido,
ab ie rto y co n ten cio so : las líneas q u e sep aran el n o so tro s y el usted, el
n o so tro s y el ellos, a m e n u d o se basan en p reju icio s no exam inados, b a ­
tallas antiguas, injusticias h istóricas y m ero s actos ad m in istrativos. Los
co m ien zo s de to d o E sta d o -n a c ió n m o d e rn o llevan en sí las sem illas de
alguna violencia e injusticia; en eso C a ri S chm itt tiene ra z ó n ([1923]
1985). A u n así, las dem ocracias liberales m o d ern as so n colectividades
autolim itad as que, al m ism o tie m p o , c o n stitu y e n el dem os co m o so b e­
ra n o m ientras p ro c la m a n que la so b eran ía de este dem os d eriva su legi­
tim id ad de su ad h esió n a p rin cip io s de d erech o s h u m an o s fu n d a m e n ta ­
les. « N o so tro s, el pueb lo » , es u n a fó rm u la in h eren te m en te cargada,
q u e contien e en su articu lació n m ism a los dilem as co n stitu tiv o s de res­
p e to p o r los d erech o s h u m an o s u n iversales y reivindicaciones de so b e­
ranía n acio n alm en te circunscritas. L os d erech o s de los extranjeros y
extrañ o s, sean refugiados o trab ajad o res visitantes, solicitantes de asilo
o aven tu rero s, d efin en ese u m b ral, esa d em arcación, en cu y o sitio se
define y se renegocia, se am arra y se d esenreda, se circu n scrib e y se h a­
ce fluida la id en tid ad de « n o so tro s, el p u eb lo » . E stam os en u n p u n to de
la evolución p o lítica en el que está lleg an d o a su fin el m o d elo u n ita rio
de la ciudadanía, que u n ió la residencia en u n solo te rrito rio co n la su ­
jeción a u n a sola ad m in istració n de u n p u e b lo que se p ercib ía com o u n
ente más o m en o s co h esio n ad o . E l fin de este m o d elo n o significa que
sea o b so le to su d o m in io so b re n u e stra im aginación p o lítica y su fuerza
n o rm ativ a co m o guía de nuestras in stitu cio n es. Sí significa que d eb e­
m os estar d isp u esto s a im aginar fo rm as de acción y su b jetiv id ad p o líti­
ca que an ticip an nuevas m odalid ad es de ciudadanía p o lítica. Q u ie ro
caracterizar estas nuevas tendencias políticas a través del co n cep to de
«iteraciones dem ocráticas».
P o r iteraciones dem ocráticas e n tie n d o p ro ceso s co m p lejo s de a rg u ­
m entació n , d elib eració n e in tercam b io p ú b lico a través de los cuales se
cuestio n an y co n tex tu alizan , in v o can y revocan, afirm an y po sicio n an
reivindicaciones y p rin cip io s de d erech o s universalistas, ta n to en las
in stitu cio n es legales y p olíticas c o m o en las asociaciones de la sociedad
civil. E sto s p u e d e n darse en los cu erp o s p ú b lico s «fuertes» de las legis­
laturas, el sistem a judicial y el ejecutivo, así co m o en los entes públicos
«débiles» de asociaciones de la socied ad civil y los m edios.
IteraciW t^.s u n té rm in o q u e fue in tro d u c id o en la filosofía del len­
guaje a través de los trab ajo s de Jacques D e rrid a ([1982] 1991: 90 y ss.).
E n el p ro c e so de re p e tir u n té rm in o o co n cep to n u n ca p ro d u c im o s
sim plem en te u n a réplica del p rim e r u so original y su significado in te n ­
cionado: m ás b ie n cada rep etició n es u n a fo rm a de variación. C ada ite-
i .ii m u t i , t i i , i l o n n . i e l s i g u í I ii a d o , l o . «i;i11 i .........r., l o n n i q u e i r d i i i i .h u

i .is m uy Niitilf.s. I )c hecho, realm ente no li i\ ninguna lucillo -oí igm.i


M,i- de significado, un “original» ,il q u e deben con lo rm arso todas las
lorm as subsiguientes. I.s o b v io en el caso del lenguaje que un acto do
estab lecim ien to de significado original n o tiene sen tid o d a d o que, co
m o nos re c o rd ó W ittgenstein, p a ra re c o n o c er un acto de establo, i
m iento de significado co m o tal acto ten em os que p o see r el lenguaje
m ism o (W ittgenstein, 1953), ¡una n o c ió n p ate n tem en te circular!
D e to d o s m o d o s, au n q u e el co n cep to de «significado original» no
tiene sen tid o al aplicarse al lenguaje co m o tal, p u ede n o ser tan desubi
cado en co n ju n ció n con d o c u m e n to s tales c o m o el d erech o y las noi
mas in stitucionales. A sí, cada acto de iteración puede referirse a un ,in
tecedente q u e se to m a co m o au to rid ad . La iteración e in terp re tació n de
n o rm as y de cada aspecto del u n iv erso del valor, sin em bargo, no son
n un ca m eram en te actos de rep etició n . C ad a acto de iteració n involuci .i
e n c o n tra r sen tid o a u n o rig in al co n a u to rid a d en u n c o n tex to nuevo y
d iferente. E l anteced en te es así rep o sicio n ad o y se le asigna nuevo sig
nificado a través de u so s y referencias subsiguientes. El significado se
ve fo rtalecid o y tran sfo rm ad o ; inversam ente, cu an d o la ap ropiación
creativa de ese original co n a u to rid a d cesa o deja de te n e r sen tid o , en
tonces el original p ie rd e su a u to rid a d so b re n o so tro s. L a iteración es l.i
reap ro p iació n del «origen»; es al m ism o tiem p o su d iso lu ció n co m o el
o riginal y su p reserv ació n a través de su despliegue c o n tin u o .
Las iteraciones democráticas son rep eticioncs-cn-transform acion
lingüísticas, legales, culturales y políticas, invocaciones que son tam bién
revocaciones. N o solo cam bian ideas establecidas sino que tam bién
tran sfo rm an lo q u e pasa p o r ser la visión válida o establecida de u n p re ­
cedente au to rizad o . R o b e rt C o v e r (1983) y siguiéndolo a él, F ran k Mi
ch eh n an (1988),1 h a n h echo fructíferas estas observaciones en el dom i
n io de la in te rp re ta ció n legal. L a política jurisgenerativa hace referencia
a actos iterativos a través de los cuales u n p u eb lo dem ocrático que se
co nsidera sujeto a ciertas no rm as y p rin cip io s rectores se reap ro p ia y
rein terp re ta los m ism os, m o strán d o se así n o solo com o el sujeto sino
tam b ién co m o el autor de las leyes. M ientras las do ctrin as del derecho
natu ral su p o n en que los p rin cip io s que so stienen la política d e m o c ráti­
ca so n im perm eables a actos de v o lu n tad tran sfo rm ad o res y m ientras el
p o sitiv ism o legal identifica la legitim idad d em ocrática con las norm as
co rrectam en te planteadas de u n a legislatura soberana, la política juris-
generativa es señal de u n espacio de in terp retació n e intervención entre
las n o rm as trascendentes y la v o lu n ta d de las m ayorías dem ocráticas.
Las reivindicaciones de d erechos q u e enm arcan la política dem ocrática
deben, p o r u n lado, verse co m o que trascienden los p ro n u n ciam ien to s
específicos de l.is m.iyoi i.r. den mi i .\l u .c. i n >n i tmsl .1111 tas e \|)n ilu .1 ..
p o r el o tro lado, tales m ayorías d e m o c ia tu as ><■ i l c i , i n estos principios
y los in co rp o ran en p ro ceso s de form ación d '' voluntades dem ocráticos
a través de la arg u m en tació n , la co n testació n , la revisión y el rechazo.
A co n tin u ació n m e con cen tro en tres fenóm enos legales, políticos y
culturales com plejos a través de los cuales han o cu rrid o iteraciones d e­
m ocráticas y h an em ergido resignificaciones colectivas: com ien zo con el
llam ado asunto del fular, o l ’affaire d u fo u la rd , que ha p reo cu p ad o a la
o p in ió n pública y la política francesa a lo largo de la década de 1990. La
pro h ib ició n del u so del fular p o r las niñas m usulm anas en las escuelas
enfren tó el derecho a la libertad de conciencia, que tienen to d o s los ciu­
dadanos y residentes franceses p o r igual, con la in terp retació n específica
en Francia de la separación de la Iglesia y el E stado, con o cid o com o el
princip io de laicité. E ste asunto llevó a u n debate, que c o n tin ú a aún,
acerca del significado de la ciudadanía francesa p ara u n a sociedad cre­
cientem ente m ulticu ltu ral y m ulticonfesional. La extensión de un p r o ­
gram a d em ocrático de derechos a ciudadanos y residentes p o r igual en
u n país m iem b ro de la U n ió n E uropea, tal com o lo es Francia, trae co n ­
troversia acerca de q u ién es p recisam ente el sujeto de derechos. ¿U na
m u jer m usulm ana practicante pued e ser u n a buena ciudadana francesa y
tam bién m antenerse fiel a sí m ism a? ¿Y q u é significa exactam ente ser un
«buen» ciudadano francés? ¿Q u ié n define los térm inos en este caso?
M u y sim ilar a F rancia, la A lem ania co n te m p o rán e a tam b ién es a es­
ta altu ra u n a socied ad m u ltic u ltu ra l y m u ltico n fesional, con u n a p o b la ­
ción extranjera resid en te que se ap ro x im a al 10% del total. E n tre estos
extran jero s los de fe m usulm ana, tales co m o los tu rco s, k u rd o s, p a q u is­
taníes, afganos y o tro s, c o n stitu y e n la m ay o ría. C o n fro n ta d a con un
caso sim ilar al a ffaire d u fo u la r d en F ran cia, recientem ente la C o rte Su­
p rem a alem ana in te n tó la línea m edia so sten ien d o en p rin c ip io la lib er­
tad de conciencia de u n a m aestra m u su lm an a de enseñar co n su cabeza
cu b ierta, p e ro tra n sfirió la decisión ú ltim a en el caso a la v o lu n ta d del
so b eran o d em o crático .
A diferencia de F rancia, A lem ania h asta hace p o c o n o había acepta­
d o la n atu ra liz a ció n de niñ o s in m ig ran tes p o r el d erech o de nacim ien­
to territo rial. L a co n cep ció n alem ana de la ciudadanía ha sid o m enos
expansiva y rep u b lican a q u e la francesa y se ha c en trad o m ás en la p e r­
tenen cia étnica. Sin em b arg o , esta co m p re n sió n anticuada de la ciuda­
danía alem ana difícilm ente p o d ría recon ciliarse co n las realidades de la
A lem ania m o d e rn a co m o su p e rp o te n c ia económ ica regional y global.
U n o de los p rim e ro s cu estio n am ien to s a la c o m p re n sió n restrictiv a ale­
m ana de la ciu d ad an ía se dio en la fo rm a de u n p e d id o de las ciudades-
estados de H a m b u rg o y de la p ro v in c ia de S ch lesw ig-H olstein, de que
se peí lllitict a .1 lio ( 1 1 1 ( 1 ,1 (1 .1 1 1 ( 1 '. <1111 .i ni i . I I I 111 (II >s i estílenles de l.ii |‘,.i
data vni.ir en e l m iones mwnii ip.il< . \ disii nales. I a ( ¡o íte ( ionstitu
cional alem ana re d i a / ó su p ed id o a través de una resonante digresión
so b re el papel de la n ación y la p erten en cia nacional en lina d em oeia
cia. Si bien el T ratad o de M aastrich t (1993) del que A lem ania es signa
taria d e sa u to riz ó p o ste rio rm e n te esta decisión, o to rg a n d o a to d o s los
nacionales de estados m iem b ro s de la U E residentes de o tro s países
m iem b ro s el d erech o a v o ta r y presen tarse co m o can didatos en eleceio
nes m unicipales, la d ecisión a n te rio r se m an tiene com o una de las intei
pretaciones más interesan tes filosóficam ente de la soberanía dem oci.i
tica co m o q u e em ana de u n p u e b lo h o m o g é n e o cultural y étnicam ente.

L ’affaire dufoulard (el affaire del fular)

U n a co nsecuencia de la tra n sfo rm a c ió n de la ciudadanía es la coesis


tencia de larg o y c o rto p la z o de in d iv id u o s y gru p o s de cu lturas, valo
res y n o rm as d istin tas y a m e n u d o b astan te c o n trad icto rias en el mis
m o espacio p ú b lic o .3 Si la g lobalización trae consigo el m o v im ien to
cada vez m ás rá p id o de gentes y bienes, in fo rm ac ió n y m oda, gérm enes
y noticias, a través de las fro n teras de los estados, una consecuencia de
estas tendencias es su m u ltid ireccio n alid ad . La globalización n o signi
fica sim p lem en te la d isem in ació n de co rp o racio n es m ultinacionales y
generalm ente co n d u cid as p o r estad o u n id en ses, b ritán ico s y japoneses,
p o r el g lobo. L a frase de B enjam ín B arb er «Jihad vs. M c M u n d o » por
cierto refleja u n a verd ad parcial (B arber, 1995). T am bién está el fe n ó ­
m en o de la ^g lobalización en reversa» a través de la cual los p u eb lo s de
las regiones m ás p o b re s del m u n d o , del O rie n te M edio, Á frica y el su ­
deste asiático, van a las ciudades globales, tales com o L o n d res y París,
T o ro n to y R om a, M a d rid y A m sterd am . E sto s g rupos, de los que un
bu e n n ú m e ro o rig in alm en te llegaron a los países occidentales com o
trab ajad o res visitantes e inm ig ran tes, h an visto m ultiplicarse sus n ú m e ­
ros en las últim as décadas a través del ing reso de refugiados y so licitan ­
tes de asilo de o tras reg io n es del m u n d o . L os ejem plos m ás espectacu­
lares de co n flicto m u ltic u ltu ra l q u e han o cu p ad o la conciencia pública
en las ú ltim as décadas, tales co m o el affaire de Salm an R u sh d ie en G ran
B retaña, el affaire del fo u la r d (fular) en las escuelas francesas y escán­
dalos en to rn o de la práctica de la circu n cisió n fem enina, h an c o n c e rn i­
do a estos nuev o s g ru p o s etn o cu ltu rales, en su b ú sq u ed a de ad a p ta r sus
creencias religiosas y cu ltu rales al am b ien te legal y cu ltu ral de estados
seculares, p e ro p rin c ip a lm e n te p ro te sta n te s, católicos o anglicanos, li-
beral-d em o crático s.
E l 10 de feb rero de 2004, la A sam blea N a c io n a l F rancesa v o tó p o r
m ay o ría a b ru m a d o ra (494 a favor, 36 en c o n tra y 31 abstenciones) p ro ­
h ib ir el u so de sím b o lo s religiosos en to d as las escuelas públicas. Si bien
la nueva ley se aplica a cu alq u ier m u e stra o sten to sa de sím bolos religio­
sos tales co m o cruces cristianas y «yarm ulkes» de estudiantes ju d ío s o r­
to d o x o s, así co m o fulares usad o s p o r niñas m usulm anas, su principal
blan co eran las vestim en tas religiosas m u sulm anas. P ara co m p re n d e r la
severidad de esta legislación, q u e p ro v o c ó críticas incluso de los aliados
de F ran cia en la U n ió n E u ro p ea, co m o los gob iernos b ritán ico y ho lan ­
dés, es im p o rta n te re c o n stru ir la h isto ria del affaire del fular.
L ’a ffa ire du fo u la r d 1 refiere a u n a larga y p ro lo n g a d a serie de c o n ­
fro n ta c io n e s p ú b licas q u e c o m e n z a ro n en F ran cia en 1989 co n la ex­
p u lsió n de su escuela en C reil (O ise) de tres n iñas m u su lm an as q u e lle­
vab an fu lar y sig u iero n co n la exclu sió n m asiva de v e in titrés niñas
m u su lm an as de sus escuelas en n o v iem b re de 1996 p o r decisió n del
C o n se il d ’É ta t.5 El affaire, al q u e se hace referencia co m o u n «dram a
nacional» (G a sp a rd y K h o sro k h av ar, 1995: 11) o in clu so u n «traum a
nacional» (B ru n -R o v et, 2000: 2), se d io luego de la celebración en
F ran cia del seg u n d o c e n ten ario de la R e v o lu c ió n francesa y pareció
cu e stio n a r las bases del sistem a ed u cativ o francés y su p rin c ip io filo só ­
fico, la laicité. E ste c o n c e p to es difícil de tra d u c ir en té rm in o s de la «se­
p a ra c ió n de la Iglesia y el E stad o » o siq u iera secularización: en su m e­
jo r sen tid o , se p u e d e e n te n d e r co m o la n e u tra lid ad p ú blica y m anifiesta
del E sta d o hacia to d o tip o de p ráctica religiosa, in stitu cio n a liza d o a
través de u n a re m o c ió n vigilante de sím b o lo s, signos, iconos e ítem s de
v estim e n ta sectarios religiosos de las esferas públicas oficiales. P ero
d e n tro de la R ep ú b lica F rancesa el e q u ilib rio entre el re sp eto a la lib e r­
ta d de conciencia y de relig ió n del in d iv id u o , p o r u n lado, y el m a n te ­
n im ie n to de u n a esfera p ú b lica libre de to d o sim b o lism o religioso, p o r
el o tro , era ta n frágil q u e so lo se necesitó de las acciones de u n p u ñ a d o
de adolescentes p ara q u e esta fragilidad q u e d ara expuesta. E l debate
sub sig u ien te fue m u c h o m ás allá de la d isp u ta original y afectó la a u to -
co m p re n sió n del rep u b lic a n ism o francés p a ra la iz q u ierd a ta n to com o
p a ra la derecha, el significado de la igualdad social y sexual y liberalis­
m o vs. rep u b lican ism o vs. m u ltic u ltu ra lism o en la vida francesa.
E l affaire co m en zó cu an d o el 19 de o c tu b re de 1989, E rn est C henié-
re, d ire c to r del C ollége G abriel H a v e z de C reil, p ro h ib ió a tres niñas
-F á tim a , Leila y S am ira- estar en clase co n la cabeza cubierta. Las tres
hab ían aparecido en clase esa m añana con fulares, pese a u n acuerdo al­
canzad o entre sus m aestros y sus padres alentándolas a presentarse sin
fular. Las tres niñas aparen tem en te habían decidido usarlo una vez más
p o r consejo de D aniel Y oussoul I .cilerq, je lo de una organización llama
da Intég rité y ex p residente de la Federación N acio n al de M usulm anes
de Francia. Si bien esto apenas fue n o ta d o en la p ren sa, el hecho de que
las niñas h abían estado en co n ta c to con Leclerq indica q u e el u so del fu ­
lar era u n gesto p o lítico consciente de su parte, u n com plejo acto de
identificación y desafío. A l hacerlo, Fátim a, Leila y Sam ira p o r u n lado
so stu v iero n q u e ejercían la lib ertad de religión co m o ciudadanas france­
sas; p o r el o tro , exhibieron sus orígenes m u sulm anes y norafricanos en
u n co n tex to que buscaba envolverlas en u n ideal igualitario, secular, de la
ciudadanía republicana co m o estudiantes de la nación. E n los años si­
guientes, las niñas y sus seguidores y partid ario s im p u siero n lo que el E s­
tad o francés quería v er co m o u n sím b o lo p riv ad o - u n ítem individual de
v e stim e n ta - en la esfera pública, desafiando así los lím ites entre lo p ú b li­
co y lo p riv ad o . Paradójicam ente, u sa ro n la lib ertad que les o to rg ab an la
sociedad francesa y las trad icio n es políticas francesas, de las que n o es
la m e n o r la d isponibilidad de la educación pública g ratuita y obligatoria
p ara to d o s los niños en el suelo francés, p ara tra sp o n e r u n aspecto de su
iden tid ad p rivada a la esfera pública. A l hacerlo crearo n problem as en la
escuela ta n to co m o en el hogar: ya n o tra ta ro n la escuela com o u n espa­
cio neu tral de acultu ració n francesa sino q u e llevaron sus diferencias cul­
turales y religiosas a u n a m anifestación abierta. U sa ro n el sím bolo del
h ogar p a ra lo g rar el ingreso en la esfera pública reten ien d o la m odestia
requerida de ellas p o r el Islam al cubrirse al cabeza; p e ro al m ism o tiem ­
p o dejaro n el h o g ar p ara convertirse en actores públicos en u n espacio
p úblico civil en el q u e desafiaron al E stado. L os q u e v ieron en las accio­
nes de las niñas sim plem ente u n a indicación de su o p resió n fu ero n tan
ciegos al significado sim bólico de sus actos co m o quienes defendieron
sus derechos sim plem ente so b re la base de la libertad de religión.
Los sociólogos G asp ard y K h o sro k h av ar c a p tu ra n este c o n ju n to de
negociaciones sim bólicas com plejas de la siguiente m anera: «[El velo] re ­
fleja en los ojos de los pad res y los abuelos las ilusiones de co ntinuidad
m ientras q u e es u n facto r de disco n tin u id ad ; hace posible la transición a
la o tre d a d (m od ern id ad ) bajo el p re te x to de la id en tid ad (tradición); crea
el sen tim ien to de id en tid ad co n la sociedad de o rig en m ientras q u e su
significado se inscribe en la dinám ica de relaciones co n la sociedad recep­
to ra [...] es el vehículo del pasaje a la m o d ern id ad , en el m arco de una
p ro m iscuid ad que co n fu n d e d istinciones tradicionales, de u n acceso a la
esfera pública q u e estaba p ro h ib id a a la m u jer tradicional com o espacio
de acción y a la co n stitu ció n de la au to n o m ía individual» (1995: 44-45.
(T raducción al castellano de la versión en inglés de B enhabib, n. del T.]).
La co m p lejid ad de las negociaciones sociales y cu lturales ocultas tras
del sim ple acto de u sar velo p ro d u jo u n a decisión ig ualm ente am bigua
y com pleja del ( lonseil d ’íu a t (la C o rte Suprem a francesa). El 4 de n o ­
viem b re de 1989, el p o r ento n ces m in istro francés de E d u cación, Lionel
Jo sp in , llevó el asu n to al C o n seil d ’É tat. El C o n seil re sp o n d ió citan d o
la adh esió n de F ran cia a tex to s co n stitu cio n ales y legislativos y a c o n ­
venciones internacionales e invocó desde el inicio la necesidad de hacer
justicia a dos prin cip io s: q u e se retenga la laicité y n eu tralid a d del E sta­
d o en la o fe rta de servicios p ú b lico s y q u e sea respetada la lib ertad de
conciencia de las estudiantes. Sería inad m isib le to d a d iscrim inación con
base en las convicciones o creencias religiosas de las estudiantes. El
C o n seil ento n ces c o n clu y ó q u e el «uso p o r estudiantes, en las escuelas,
de señales p o r las que creen estar m an ifestan d o su adhesión a u n a reli­
gión en sí m ism o n o es in co m p atib le co n el p rin cip io de laicité, dad o
q u e c o n stitu y e el ejercicio de su lib ertad de ex p resión y m anifestación
de sus creencias religiosos; p e ro esta lib ertad n o p erm ite a las estu d ian ­
tes exh ib ir [d ’arborer] signos de p erten en cia religiosa que, p o r su
naturaleza, las co n d icio n es en las q u e son u sadas individual o colectiva­
m ente o p o r su carácter o ste n to so o reivindicativo \revindicatif], co n s­
titu irían u n acto de p resió n , p ro v o cació n , p ro selitism o o p ro paganda,
q u e am enace la d ig n id ad o la lib ertad del estu d ian te u o tro s m iem bros
de la c o m u n id a d educativa, co m p ro m e tie n d o su salud o su seguridad,
p e rtu rb a n d o la c o n tin u a c ió n de las actividades instructivas o la función
educativa de los in stru cto res, en síntesis, q u e p u d ie ra n 'p e rtu rb a r el o r ­
den en el establecim iento o el norm al fu n cio n am ien to del servicio p ú ­
blico» (D ictam en del C onseil d ’É ta t del 27 de nov iem bre de 1989. [Tra­
d u cció n al castellano de la versión en inglés de B enhabib, n. del T .])/’
Este juicio salom ónico intentaba equilibrar los principios de laicité y
libertad de religión y conciencia. Pero en vez de articular guías claras, el
( ’onseil dejó la interpretación apropiada del significado de usar tales sím-,
bolos y ropajes religiosos al juicio de las autoridades escolares. N o se p ar­
tió de en ten d er lo que las creencias individuales de las estudiantes respec­
to de lo que u n fular religioso (o un «yarm ulke», p o r caso) significaba para
ellas; p o r el contrario, la interpretación de esas creencias p o r las autorida­
des escolares y si podían considerarse com o señales de provocación, con-
I m u tació n o reprobación, se co nvirtieron en los factores decisivos para li­
m itar la libertad de religión de las estudiantes. N o es difícil de ver p o r qué
este pronu n ciam ien to alentó a am bas partes en conflicto a avanzar en la
persecución de sus objetivos y llevó a u n a nueva represión a través de
la prom ulgación el 10 de septiem bre de 1994 de las G uías B ayrou, im pul­
sadas p o r el m inistro de Educación Fran^ois B ayrou. L am entando las am
bigiiedades del juicio del C onseil p o r dar una im presión de debilidad res
peeto de los m ovim ientos islámicos, el m inistro declaró que las
estudiantes tenían el derecho .t ns.it sím bolos religiosos discretos pero que
el velo no se cont.tbt enti r ellos ( / r M onde, 12 de septiem bre de 19V4: 10).
El affaire du foulard ev entualm ente llegó a rep resen tar to d o s los d i­
lem as de la id en tid ad nacional francesa en la era de la globalización y el
m u lticu ltu ralism o : cóm o co n serv ar las tradiciones francesas de laicité,
igualdad republicana y ciu dadanía dem ocrática en vista de la integración
d e F rancia en la U n ió n E u ro p ea, p o r u n lado, y las presiones del m u lti­
c u ltu ra lism o generados a través de la presencia de inm igrantes de segun­
d a y tercera generación de países m usulm anes a suelo francés p o r el o tro.
¿ Las prácticas e instituciones francesas de la ciudadanía serían suficiente­
m en te flexibles y generosas co m o p ara abarcar las diferencias m u lticu l­
turales d e n tro de u n ideal de igualdad republicana? C laram ente este af­
faire de n in g ú n m o d o ha te rm in a d o y, al av anzar la integración europea
y las p resiones m u lticulturalistas, F rancia ten d rá q u e d escu b rir nuevos
m o d e lo s de instituciones legales pedagógicas, sociales y culturales, para
m an ejar los im perativos duales de las dem ocracias liberales de p reservar
la lib ertad de expresión religiosa y los princip ios del secularism o.
P arecería q u e ten em o s a q u í u n a situ ació n parad ó jica, en la que el
E sta d o francés in terv ien e para dictar m ás a u to n o m ía e ig u alitarism o en
la esfera p ú b lic a de la q u e las n iñ as m ism as q u e llevan sus fulares p a re ­
c e n desear. ¿ Q u é es ex actam en te el significado de las acciones de las n i­
ñas? ¿Es u n acto de o b serv an cia religiosa y su b v ersió n , o de desafío
c u ltu ra l o sim p lem en te u n a a c tu a c ió n adolescente p a ra lo g rar aten ció n
y destacarse? ¿Las niñas actú an p o r tem o r, co n v icció n o narcisism o?
N o es difícil im ag in ar q u e sus acciones in v o lu cren to d o s estos elem en­
to s y m o tiv o s. N o se escuchan las voces de las niñas en este d ebate aca­
lo ra d o ; si b ien h u b o u n d isc u rso p ú b lico g en u in o en la esfera p ú b lica
fran cesa y u n a b ú sq u e d a in tro sp e c tiv a so b re cu estio n es de dem ocracia
y diferencias en u n a so cied ad m u ltic u ltu ra l, c o m o señ alaro n los so ció ­
lo g o s G a sp a rd y K h o sro k h av ar, h asta que ellos re aliz aro n sus en trev is­
tas (1995), la v isió n de las n iñ as apenas si se h abía escuchado. A u n q u e
las niñas in v o lu crad as n o fu e ra n ad u ltas a los ojos de la ley y aún esta­
b a n b ajo el tu telaje de sus fam ilias, es razo n ab le s u p o n e r que a las ed a­
d e s de q u in c e y dieciséis años p o d ía n hacerse resp o n sab les de sí m ism as
y sus acciones. Si se hub iese escu ch ad o y a te n d id o su v o z, h u b iera re ­
su lta d o claro q u e el significado del u so m ism o del fu la r estaba p asan d o
de ser u n acto religioso a u n o de desafío c u ltu ra l y creciente p o litiz a ­
c ió n (p e ro véase G ira u d y S intom er, 2004). P arad ó jicam en te, fu e ro n las
m u y ig u alitarias n o rm as del sistem a educativo p ú b lic o francés lo que
sacó a estas niñas de las e stru c tu ra s patriarcales de sus hogares y las in-
i ro d u jo en la esfera púb lica francesa, y les d io la co n fian za y la capaci­
dad de dar nuevo significado al uso del fular. E n vez de p en alizar y c ri­
m in a liz a r sus actividades, ¿ n o h u b iese sido más p o sitiv o reclam ar a
•••.tas ninas q u e dieran cuen ta de sus acciones y actos p o r lo m enos a sus
co m u n id ad es escolares y alen tar d iscursos en tre los jóvenes resp ecto de
lo q u e significa ser u n ciu d ad an o m u su lm án en u n a R epública F ran ce­
sa laica? D esgraciad am en te, las voces de aquellos cuyos intereses fu e­
ro n m ás vitalm en te afectados p o r las n o rm a s que p ro h íb e n el uso del
fu lar bajo ciertas co n d icio n es fu e ro n ignoradas.
N o sugiero que las n o rm as legales d e b an originarse a través de p r o ­
cesos d iscursivos colectivos y fu era del m arco de las in stitu cio n es lega­
les: la leg itim idad de la ley n o está en ju eg o en este ejem plo; m ás b ien es
la leg itim id a d dem ocrática de la decisión legal, p e ro desde m i p u n to de
vista p o c o sabia e in ju sta, lo q u e está en juego. H u b iese sid o a la vez
m ás d em o crático y ju sto si el significado de su acto n o fuese sim ple­
m en te d ictad o a estas niñas p o r las au to rid a d e s escolares y si se les h u ­
biese d a d o más p o sib ilid a d de exp resar en p ú b lico su o p in ió n en la
in te rp re ta c ió n de sus p ro p ias acciones. ¿E sto h abría o d ebería haber
cam b iad o la decisión del C o n seil d ’É tat? Q u iz á no, p e ro d eb ió h ab e r­
se reco n sid erad o la cláusula q u e p e rm itió la p ro h ib ic ió n de la m uestra
«osten to sa» y « d em ostrativa» de sím b o lo s religiosos. H a y suficiente
evidencia en la lite ra tu ra sociológica de q u e en m uchas o tra s partes del
m u n d o tam b ién las m ujeres m usu lm an as están u sa n d o el velo ta n to co ­
m o el chador p ara en c u b rir parad o jas de su p ro p ia em ancipación de la
trad ic ió n (véase G ó le, 1996). S u p o n er qu e el significado de sus acciones
es sim p lem en te u n desafío religioso al E stad o secular lim ita la capaci­
dad de estas m ujeres de escrib ir el significado de sus p ro p ias acciones y,
p arad ó jicam en te, las vuelve a d ejar p risio n eras d e n tro de los m u ro s del
significado p atriarcal del que tratan de escapar.
Las niñas m usu lm an as tam b ién te n d rá n q u e hacer u n pro ceso de
aprendizaje: m ien tras la sociedad francesa en general debería ap ren d er
a n o estig m atizar y estereo tip ar co m o «criaturas atrasadas y o p rim i­
das» a to d as las q u e acep tan u sar lo q u e p arece a p rim era vista u n a p ie­
za de v estim en ta im p u esta p o r la religión; las niñas m ism as y sus p a rti­
dario s, en la co m u n id ad m u su lm an a y en to d o s los ám bitos, tienen que
a p re n d e r a d ar justificació n de sus actos co n «buenas razones en la es­
fera pública». A l reclam ar resp eto y tra ta m ie n to igualitario para sus
creencias religiosas, d e b en aclarar có m o p ien san tra ta r las creencias de
otros c o n credos d iferentes y có m o in stitu cio n alizarían en los hechos la
sep aració n de la relig ió n y el E stad o en la tra d ic ió n islámica.
H a y algunas indicaciones de que, pese a lo áspero de los eventos y con­
frontaciones recientes entre los grupos islámicos religiosos y las autorida­
des, está em ergiendo u n Islam francés m oderado. El 14 de abril de 2003, el
N e w York Times inform ó de la form ación de u n C onsejo M usulm án ofi­
cial para representar a los ü millones de m usulm anes en Francia. Entre
otras cuestiones, el consejo se oí iip.u .i d<- los derechos de las mujeres mu

IIH
sulm anas en el lugar de trabajo. Así, se inform a que K arim a D ebza, una
m adre argelina de tres niños, declaró: « N o p u ed o conseguir trabajo aquí
p o r mi fular [...]. Pero mi fular es parte de mí. N o m e lo quitaré. Tenemos
que educar al E stado respecto de p o r qué el fular es tan im portante y
-a g re g ó - p o r qué no debe haber tem o r a él» (Sciolino, 2003a).
L o q u e D e b z a está p id ie n d o es u n p ro ceso de iteración dem ocrática
y resignificación cultural. M ien tras urge a sus co n ciudadanos franceses
a rec o n sid e ra r la estricta d o c trin a de laicisme, que le im pide aparecer en
lugares p ú b lico s co n un sím b o lo q u e tiene significación re lig io sa -e s d e­
cir, el fu la r- ella m ism a m odifica el significado de u sar el fular en térm i­
nos q u e im plican lo que algunos han llam ado u n a «protestización» del
Islam . C u b rirse la cabeza, q u e en el Islam así co m o en el judaism o es u n
aspecto de la m o destia de la m u jer y tam bién, m ás oscuram ente, u n as­
pecto de la rep resió n de la sexualidad fem enina que se ve com o am ena­
zadora, ah o ra se re in te rp re ta co m o un acto p riv ad o de fe y conciencia.
P ero al p re se n ta r el u so del fu lar co m o u n aspecto de su id entidad y su
a u to c o m p re n sió n com o m usulm ana, D eb za está tra n sfo rm a n d o estas
con n o tacio n es tradicionales y p id e u n reco n o cim ien to recíproco de los
dem ás de su derecho a u sar el fular, m ientras hacerlo no niegue los d e ­
rechos de o tro s. « P o rq u e el h ech o de que use el fu lar -d ic e D e b z a - es
tan fu n d am en tal p ara q u ien so y (sus pro p ias palabras son “ es una p a ite
de m í”), q u e ustedes d eb erían resp etarlo m ientras n o afecte sus d e re ­
chos y libertades». El u so del fu lar se rein terp reta co m o u n acto de c o n ­
ciencia y u n a expresión de la libertad m oral de cada u no. Su arg u m en to
p uede sin tetizarse así: la p ro te c c ió n del derecho igualitario a la libertad
religiosa de to d o s los ciudadanos y residentes de F rancia (derecho ta m ­
bién p ro te g id o p o r la C o n v e n c ió n E u ro p ea p ara la P ro tecció n de D e re ­
chos H u m a n o s y D erechos F u n d am en tales) debe considerarse más fu n ­
d am ental - e n los térm in o s de R o n ald D w o rk in , debería « su p e ra r» - la
cláusula co n cern ien te a la separación específica de la religión y el E sta­
d o que p ractica F rancia, es decir, el laicisme. E n este proceso, declara
D eb za, «debem os educar al E stad o para que n o nos tem a», u n pensa­
m ien to m aravilloso vinien d o de u n a m u jer m usulm ana inm igrante fre n ­
te a las ap abullantes trad icio n es de rep ublicanism o francés.
N o d eb en sub estim arse los desafíos p lan tead o s a las tradiciones
francesas de laicité. La cláusula de la separación de la religión y el E sta ­
do, si b ien es u n a p ied ra an g u lar de las dem ocracias liberales, tam b ién
perm ite significativa variació n dem o crática. A sí, In g late rra tiene u n a
Iglesia de In g laterra, m ien tras q u e A lem ania subsidia tres d en o m in a ­
ciones reco n o cid as o ficialm ente -p ro te s ta n te , católica y ju d ía - a través
de u n « im p u esto eclesial» in d ire c to c o n o cid o c o m o K irchensteuer. Al
cm ergi'i de l.i experiencia h istó rica de an ticlericalism o y antagonism o
hacia las instituciones de la Iglesia C atólica, la tradición republicana
francesa ah o ra se enfren ta con u n nuevo desafío: cóm o acom odar las
dem andas de diversidad religiosa en el co n tex to de tendencias globales
hacia sociedades crecientem ente m ulticulturales. ¿La esfera pública re­
publicana, valorada p o r las tradiciones francesas, realm ente se ve desfi­
gurada cu an d o individuos de distintas razas, colores y confesiones
quieren fu n cio n ar en esta m ism a esfera pública llevando las señales y
sím bolos de sus credos e identidades privadas? ¿Su autopresentación a
través de sus identidades particulares debe verse com o una am enaza al
en ten d im ien to francés de la ciudadanía?
Sin duda, luego de los eventos del 11 de septiem bre y la Segunda
G u erra de Irak, el g o b iern o francés necesita reten er la lealtad y civili­
dad de sus 5 m illones de m usulm anes en vez de p ro d u c ir una repetición
de las experiencias de la revolucionaria «república de la virtud». Pace
R obespierre, las realidades de la coexistencia m ulticultural requieren la
tran sp o sició n de la república de la v irtu d a la de la civilidad liberal.
En u n reconocim iento explícito del «rostro de Francia en pleno
cam bio» tan to en sentido literal com o figurativo, durante agosto de
2003, trece mujeres, o cho de ellas de origen m usulm án norafricano y el
resto inm igrantes africanas o hijas de inm igrantes, fueron escogidas p a ­
ra representar a «M arianne», el icono de la R evolución, p in tad o en 1830
p or Kugéne D elacroix, con el pecho desnudo y asaltando las barricadas.
( Continuando el contencioso diálogo nacional acerca de la separación de
la Iglesia y el E stado, estas m ujeres llevan el antiguo gorro frigio, sím ­
bolo de la R evolución francesa, en vez del velo islámico u o tro tocado
étnico o nacional (Sciolino, 2003b). P ero paradójicam ente, el cuerpo
político que ha decidido h o n ra r a estas m ujeres com o el contrasím bolo
de otras, com o D ebza, que insisten en usar el fular, tam bién ha dado a
estas m ujeres el p o d e r de desafiar a la legislatura francesa ab ru m ad o ra­
m ente blanca, m asculina y de edad m adura, en la que solo hay u n 12%
de m ujeres (ibíd.). U n a de las m ujeres declaró: «Estas M ariannes han
hecho visible algo que ha sido la realidad de los últim os veinte años.
Vean la A sam blea N acional. Es toda blanca, rica, m asculina y con bue­
na educación. A hora hem os entrado en su espacio. Existim os» (ibíd.).7
I ,a cu ltu ra im porta, las valoraciones culturales están profundam ente
unidas con las interpretaciones de nuestras necesidades, nuestras visio­
nes de lo que es la buena vida y nuestros sueños para el futuro. D ado
que estas valoraciones tienen raíces tan profundas, com o ciudadanos de
entes políticos liberal-dem ocráticos, debem os aprender a vivir con lo
que M iehael W alzer ha llam ado «liberalism o y el arte de la separación»
(Walzer, l ‘JN4). Tenem os que aprendei .i vivii i mi l.i oí redad de los otros
t u v o s m odos de ser pueden sei p io lu n d .. ............/a d o res del núes

NO
tro. ¿D e qué o tro m odo puede darse el aprendizaje m oral y p o lítico si
no es a través de tales encuentros en la sociedad civil? La ley p ro p o rc io ­
na el m arco d e n tro del cual se da el funcionam iento de la cultura y la p o ­
lítica. Las leyes, com o sabían los antiguos, son los m uros de la ciudad,
pero el arte y las pasiones de la política acontecen d e n tro de esos m uros
(véase A ren d t, 1961) y m u y a m enudo la política lleva a la caída de estas
barreras o al m enos a lograr su perm eabilidad.
H a y u n a dialéctica en tre las cuestiones esenciales constitucionales y
la política efectiva del liberalism o político. Los derechos y o tro s p rin ­
cipios del estado liberal d em o crático deben ser cuestionados y rearti­
culados p eriódicam ente en la esfera pública para enriquecer su signifi­
cado original. Solo cuando nuevos gru p o s so stienen que su lugar está
en el in te rio r de los círculos de d estinatarios de u n derecho del cual han
sido excluidos en su articulación inicial, llegamos a co m p ren d er la lim i­
tación fundam ental de to d a reivindicación de derechos d en tro de una
trad ició n constitucional, así co m o su validez que trasciende el co n tex ­
to. El diálogo d em ocrático y tam b ién el que versa sobre la herm en éu ti­
ca legal se ven enriquecidos a través del reposicio nam iento y la rearti­
culación de derechos en las esferas públicas de dem ocracias liberales.
La ley a veces pued e guiar este p roceso, en la m edida en que la reform a
legal p u ed e ir p o r delante de la conciencia p o p u la r y puede hacer que
esta se eleve al nivel de la co n stitu ció n ; el derecho puede tam bién q u e ­
d ar retrasad o respecto de la conciencia p o p u la r y p u ede necesitarse aci­
catearlo p ara q u e se ajuste a ella. E n una dem ocracia liberal m u lticu ltu ­
ral vibrante, el conflicto p o lítico -cu ltu ral y el ap rendizaje a través del
conflicto n o deb en ahogarse p o r m edio de m aniobras legales. Los ciu­
dadanos d em ocráticos m ism os tien en que ap re n d e r el arte de la separa­
ción c o m p ro b a n d o los lím ites de sus consensos que se superponen.
Si bien la intervención de las autoridades francesas p ro h ib ien d o el
u so del velo en las escuelas al p rin cip io parecía el in te n to de una b u ro ­
cracia estatal progresiva de m o d ern izar las co stu m b res «que m iran h a­
cia atrás» de u n grupo, esta in terv en ció n cayó en cascada hacia u n a se­
rie de iteraciones dem ocráticas. Estas fueron desde el intenso debate en
el p ú b lico francés respecto del significado del u so del velo, a la a u to d e­
fensa de las niñas involucradas y la rearticulación del significado de sus
acciones, al aliento a otras m ujeres inm igrantes a usar el fular en el lu ­
gar de trab ajo y, finalm ente, el acto m u y p ú b lico de dar nuevo signifi­
cado al ro stro de «M arianne», haciendo que m ujeres inm igrantes de
países árabes así com o africanos lo representen.
N o q uiero subestim ar, sin em bargo, el grado de insatisfacción del p ú ­
blico y tam bién el resentim iento xenófobo significativo hacia la pobla­
ción m usulm ana de b ran d a. Las iteraciones dem ocráticas pueden llevar
a p roceso s de au to rreflex ió n pública, así co m o generar actitudes del p ú ­
blico a la defensiva. L a m ovilización de m u ch o s p artid o s de derecha en
to d a E u ro p a se está intensificando: en F rancia, H o la n d a , el R ein o U n i­
do, D in am arca, A lem ania y o tro s lugares, vem os claram ente q u e el esta­
tu s de los m igrantes eu ro p eo s en p a rtic u la r de su p o b lació n m usulm ana,
especialm ente a p a rtir del 11 de sep tiem b re de 2001 y el ate n tad o con
bom bas en la estación ferroviaria m ad rileñ a en m arzo de 2004, siguen
siendo asu n to s incendiarios. N o im p o rta có m o se p u ed a n resolver tales
co n ten cio so s p o lítico s eventualm ente, está claro q ue se hará en u n a lucha
d e n tro de u n m arco creado p o r los p rin cip io s universalistas y la in te n ­
ción de E u ro p a de c o m p ro m eterse con los d erechos h u m an o s p o r un la­
d o y las exigencias de la a u to d eterm in ació n dem ocrática p o r el o tro .

El affaire alemán del fular: el caso de Fereshta Ludin

E n los ú ltim o s añ o s el p ú b lic o alem án y las co rtes h a n e n fre n ta d o u n


desafío m u y afín al affaire del fu lar en F ran cia. U n a m aestra de escuela
p rim a ria en B a d e n -W ü rtte m b e rg , F e re sh ta L u d in , de oi'igen afgano y
ciu d a d a n a alem ana, in sistió en p o d e r d a r clases con la cabeza c u b ie rta
(véase E m ck e, 2000: 280-285). Las a u to rid a d e s escolares se n e g a ro n a
p erm itírse lo . E l caso ascen d ió hasta llegar a la C o rte C o n stitu c io n a l
alem ana (B V erfG ) y el 30 de se p tie m b re de 2003, la c o rte reso lv ió lo si­
g u ien te. U s a r u n fular, en el co n te x to p re s e n ta d o a la co rte, expresa que
la d e m a n d a n te p erten ece a la « co m u n id a d d e fe m u sulm ana» (die isla-
m ische R eligionsgem einschaft). L a c o rte c o n c lu y ó q u e d e scrib ir ta!
c o n d u c ta co m o q u e d e m u e stra falta de calificación (E ig n u n g sm a n g el)
p a ra el p u e sto de m aestra en escuelas p rim a ria s y m edias choca con el
d e re c h o de la d e m a n d a n te al acceso ig u alitario a to d o s los cargos p ú b li­
cos en c o n c o rd a n c ia co n el a rtíc u lo 33, p arág rafo 2 de la L ey Básica
( G ru n d g e se tz) y tam b ién ch o ca co n su d e re c h o a la lib e rta d de c o n ­
ciencia, tal co m o es p ro te g id a p o r el a rtíc u lo 4, p arág rafo s 1 y 2 de la
L ey B ásica, n o o b sta n te sin p ro v e e r las ra z o n e s req u erid as y legales p a ­
ra h acerlo (B V erfG , 2B vR , 1436/02, IV B 1 y 2). A u n q u e reco n o ce los
d ere ch o s fu n d am en tales de F e re sh ta L u d in , la c o rte a u n así rech azó su
p e d id o y tra n sfirió la d ecisió n final so b re la cu estió n a las legislaturas
dem o cráticas. «L a leg islatu ra p ro v in cial re sp o n sa b le de to d o s m o d o s
tien e lib e rta d de crear la base legal [para negarse a p erm itirle enseñar
c o n su cabeza cu b ierta] d e te rm in a n d o n u ev a m e n te d e n tro del m arco
fijado p o r la c o n stitu c ió n la ex ten sió n de los a rtícu lo s religiosos a p e r­
m itirse en las escuelas. E n este p ro c e so , la leg islatura p ro vincial debe
to m a r en co n sid eració n la lib ertad de co n cien cia de la m aestra así co m o
de los e stu d ia n te s in v o lu c ra d o s y ta m b ié n el d e rec h o a ed u ca r a sus n i­
ños p o r p a rte de los p ad res así c o m o la o b lig ació n del E sta d o d e m a n ­
te n e r la n e u tra lid a d en a su n to s de v isió n del m u n d o y religión» (BV er-
fG , 2B vR , 1436/02,6).
A u n q u e reco n o cía la n a tu ra le z a fu n d a m e n ta l de los derechos in v o ­
lu crad o s - lo s de lib ertad de concien cia e igual acceso de to d o s a cargos
p ú b lic o s - la C o rte C o n stitu c io n a l alem ana, de fo rm a m u y sim ilar al
C o n seil d ’É ta t, se negó a p ro te g e rlo s c o n tra la v o lu n ta d de las legislatu­
ras dem o cráticas. P e ro al n o d e ja r el caso a la ju risd icc ió n exclusiva de
las a u to rid a d e s escolares y al su b ra y a r la necesidad de q u e el E stad o
m an ten g a n e u tra lid a d religiosa y de v isió n del m u n d o en la cuestión,
dio señal a los legisladores d em o c rá tic o s de la im p o rtan cia de re sp e ta r el
p lu ralism o legítim o de v isiones del m u n d o en u n a d em ocracia liberal.
A u n así, la c o rte n o co n sid e ró ju stificada su in te rv e n ció n p o sitiva para
p ro te g e r el p lu ralism o , sin o q u e co n sid e ró q u e esto cae d e n tro del d o ­
m in io de la legislación p ro v in c ia l.8 Tal reticencia p u e d e so rp re n d e r a al­
gunos; sin d u d a, el hech o de q u e los m aestro s en A lem ania so n tam b ién
B e a m te n , es decir, em p lead o s p ú b lic o s q u e están b ajo la ju risd icció n es­
pecial de varias leyes relativas al em pleo p ú b lico , p u e d e h ab er desem p e­
ñ ad o u n pap el en el h e ch o de q u e la C o rte C o n stitu c io n a l alem ana no
q u isiera in te rv e n ir en la ju risd ic c ió n reg u lato ria de los legisladores. Sin
em barg o , es difícil evitar la im p re sió n de q u e la v e rd ad e ra p re o cu p ació n
de la c o rte era m ás la cu estió n su stan tiv a q u e la de p ro ce d im ie n to , res­
p ec to de si u n a m u jer q u e o sten sib lem en te usa u n o b jeto que p resen ta
su p erte n e n c ia a «las trad icio n es de su co m u n id a d origen» p u ed e llevar
a cabo los deb eres y tareas de u n a fu n cio n arla del E sta d o alem án.9
Pese al h ech o de q u e L u d in era u n a c iu d ad an a alem ana de o rig en af­
g ano q u e h ab ía c o m p le ta d o c o n éx ito las calificaciones req u erid as p a ra
ser m a e stra de ac u e rd o c o n las leyes alem anas, el significado c u ltu ra l y
religio so de q u e llevara fu la r ch o c a b a co n las creencias generalizadas
resp ecto del ro s tro p ú b lic o de u n a m aestra en la sociedad alem ana. Las
dos d im e n sio n e s de sus d e re c h o s de ciu d ad an ía —el d e re ch o a la p len a
p ro te c c ió n b ajo la ley y su id e n tid a d c u ltu ra l c o m o m u je r m u su lm an a
p ra c tic a n te - ch o cab an e n tre sí. A l d ejar a d iscreció n de las legislaturas
p ro v in ciales en q u é m ed id a se p o d ía n u sa r a rtíc u lo s de v estim en ta y
o tro s de o rd e n relig io so en las escuelas, la C o rte C o n stitu c io n a l alem a­
na su b ra y ó las expectativas cu ltu rales y m o rales de los p ad res y de los
niños in v o lu c ra d o s. El d e re c h o a la lib ertad de conciencia, pese al re c o ­
n o c im ie n to p len o de la n e u tra lid a d del E sta d o re sp ecto de los p u n to s
de vista relig io so s y o tra s v isio n es del m u n d o , p o r ta n to q u e d ó s u b o r­
d in a d o a los in tereses del p u e b lo d e m o c rá tic o de m a n te n e r su id e n ti­
dad y sus trad icio n es cu ltu rales. I..\ c o rte no p re se n tó una defensa
co n stitu cio n al ro b u sta del pluralism o. E sto hubiese im plicado diferen­
ciar m ás m arcadam ente entre la co n d ició n de la ciudadanía alem ana y
la id en tid ad cultural, étnica y religiosa de individuos involucrados. P o r
su puesto , en la m edida en que en A lem ania co m o en tantas otras d em o ­
cracias liberales es in co n stitu cio n al la d iscrim inación so b re la base de
raza, género, etn icid ad y religión, esta separación form al está en alguna
m edida codificada en las leyes. C o n to d o , en el co n tex to de ser un fu n ­
cionario público del E stad o alem án, se invocó u n enten d im ien to más
grueso y sustan tiv o de la ciu d ad an ía-id en tid ad y esto aparentem ente
im pedía la m anifestación pública de la m aestra de su pertenencia no a
cu alq u ier religión, sino al Islam .10
E l caso F eresh ta L u d in sugiere q u e el d erech o igual de los ciuda­
dan o s a o c u p a r cargos p ú b lico s p ara los q u e están calificados y sus
id en tid ad es etn o c u ltu ra le s específicas no coexisten sim plem ente en
arm o n ía incluso en d em ocracias liberales. L os privilegios de m em ­
bresía y la id en tid ad e tn o c u ltu ra l p u e d e n ch o c a r y de hech o lo hacen.
E n las decisiones q u e se co n sid eran a c o n tin u a c ió n , co n cern ien tes al
d e rec h o de ex tran jero s resid en tes a v o ta r en elecciones m unicipales y
de d istrito , la C o rte C o n stitu c io n a l alem ana to m ó n o ta de o tro c h o ­
que en tre el ejercicio de la v o z d em o crática y n o ser m iem b ro de la
n ac ió n la que, a su vez, se c aracterizó co m o u n a co m u n id ad de d esti­
n o y m em oria.

¿Quién puede ser ciudadano alemán? Redefinir la nación

El 31 de o ctu b re de 1990, la C o rte C o n stitu cio n al alem ana se p ro n u n ­


ció c o n tra u n a ley ap ro b ad a p o r la asam blea provincial de Schleswig-
H o lste in el 21 de feb rero de 1989, que cam biaba las calificaciones para
p articip ar en elecciones locales m unicipales (B e zirk ) y de distrito
(.Kreis) (BVerfG, 83, II, N r. 3, p. 37).11 D e acuerdo con las leyes electo­
rales de S ch lesw ig-H olstein vigentes desde el 31 m ayo de 1985, todos
los que se definían com o alem anes en concord an cia con el artículo 116
de la L ey Básica, que hubiesen alcanzado la edad de dieciocho y residi­
do en el d istrito electoral al m enos tres m eses, p o d ían votar. La ley del
21 de feb rero de 1989 p ro p o n ía enm en d ar esto en el siguiente sentido:
to d o s los residentes de al m enos cinco años en Schlesw ig-H olstein, que
posey eran u n p erm iso válido de residencia o que necesitaran tenerlo y
que fu eran ciudadanos de D inam arca, Irlanda, H olanda, N oruega,
Suecia y Suiza pod rían v o ta r en elecciones locales y distritales. Se esco
gió a estos seis estados basándose en la reciprocidad. D ado que estos
países perm iten que sus residentes extranjeros voten en elecciones lo
cales y en algunos casos regionales, los legisladores provinciales consi
d era ro n ap ro p iad o actu ar a la recíproca.
L a afirm ación de q u e la nueva ley electoral era anticonstitucional
fue sostenida p o r 224 m iem bros del p arlam en to alem án, to d o s ellos
m iem b ro s del p a rtid o U D C /U S C (U n ió n D em ó crata C ristia n a/U n ió n
Social C ristiana) co n servador; fue ap o y ad o p o r el gobierno federal de
A lem ania. La corte ju stificó su decisión co n el argum ento de que el
cam bio p ro p u e sto de la ley electoral co n trad ecía el «principio de la de
m ocracia», tal co m o se establece en los artículos 20 y 28 de la Ley Bá
sica de A lem ania y según la cual «Todo el p o d e r del E stado [Staatsge
w alt] p ro ced e del p u eb lo » (BVerfG 83, 37, N r. 3, p. 39). A dem ás, «El
p u eb lo [das Volk], que la L ey Básica de la R epública Federal A lem ana
reco n o ce com o el p o rta d o r de la au to rid a d [G e w a lt] de la que em ana la
C o n stitu c ió n , así co m o el p u eb lo que es el sujeto de la legitim ación y
creación del E stado, es el p u e b lo alem án. Los extranjeros no pertenc
cen a él. La perten en cia a la co m u n id ad del E stado [S ta a tsverb a n d ] se
define p o r el derech o de ciudadanía [...]. La ciudadanía en el E stado
[.Staatsangehórigkeit] co n stitu y e un derech o personal fundam ental
m ente indisoluble en tre el ciudadano y el E stado. La visión (imagen,
B ild ] del pueb lo del E sta d o [Staatsvolkes], q u e subyace en este derecho
de p ertenencia al E stad o , es la co m u n id ad política de destino | dic />oh
tische Schicksalsgem einschaft] a la que están atados los ciudadanos in
dividuales. Su solidaridad y su incrustación [Verstrickung] en el desti
n o de su patria, al que n o p u ed en escapar [sich entrinnen k ó n n e n ], son
tam b ién la justificación p ara restrin g ir el v o to a ciudadanos del listado.
D e b e n so p o rta r las consecuencias de sus decisiones. E n cam bio, los ex
tran jero s, n o im p o rta cu án to p u ed an h ab er residido en el tcrrito t ¡<> del
E stad o , siem pre p u ed en volver a su país de origen» (BVerfG 83, 37, Ni
3, pp. 39-40).
E sta declaración reso n an te puede separarse en tres com ponentes:
p rim ero , u n a definición de la soberanía pop u la r (to d o el p o d e r procede
del pueblo); segundo, u n a definición de procedim iento de quién es
m iem b ro del E stado; tercero, una disquisición filosófica acerca de l.i
natu raleza del vínculo en tre el E stado y el individuo, basada en la vi
sión de una «com unidad política de destino». La corte sostuvo que, ilc
acuerd o con la soberanía popular, debe haber « congruencia■> entre el
prin cip io de dem ocracia, el con cep to del pueb lo y las principales guias
para los derechos de v o to en to d o s los niveles del po d er del E stado, es
decir, federal, provincial, d istrital y local. N o pueden em plearse di.stin
tas concepciones de so beranía p o p u lar en distin tos niveles del l.stado
P erm itir que extranjeros residentes de l.u ga data voten implica que l.i
sohcianta pop u lar se definiría de distintas m aneras m los nivele, d is t 1 1
tal y local y en el provincial y federal. E n u n re p u d io casi directo del
principio haberm asiano de dem ocracia-discursiva, la corte declara que
el artículo 20 de la L ey Básica de A lem ania n o im plica que «las decisio­
nes de órg an o s del E stad o d eben legitim arse a través de aquellos cuyos
intereses se ven afectados \B etro ffen en ] en cada caso; más bien su au to-
i idad debe p ro c e d e r del p u eb lo en el sen tid o de u n grupo vinculado co ­
mo una u n id a d [das Volk ais eine z u r E in h eit ve rb u n d en e G ruppe von
M cnschen]» (BVerfG 83, 37, II, N r. 3, p. 51).
I I p arlam en to del L a n d de Schlesw ig-H olstein cuestiona el en ten ­
dim iento de la co rte y sostiene que ni el p rin cip io de dem ocracia ni el
de pueblo excluyen los derechos de los extranjeros de particip ar en
elecciones. «El m o d elo que subyace en la L ey Básica es la construcción
ile una dem ocracia de seres h u m an o s y n o del colectivo de la nación.
I sic prin cip io básico n o p erm ite d istin g u ir a largo plazo entre el p u e ­
blo del E stad o [Staatsvolk] y u n a asociación de su b o rd in ad o s [U nter-
ta n en verb a n d ]» (BVerfG, 83, 37, II, N r. 3, p. 42).
I .a C o rte C o n stitu cio n al alem ana ev entualm ente resolvió esta con-
i roversia respecto del significado de la so beranía p o p u la r a favor de una
concepción u n itaria e indiferenciada funcio n alm ente, p e ro concedió
que el p ueblo soberan o , a través de sus representantes, p o d ía cam biar
l.i definición de ciudadanía. E n térm in o s de p ro ced im ien to , «el p u e ­
blo sim plem ente significa to d o s los que tienen la m em bresía del E sta­
do requerida. Si se es ciudadano, se tiene el derecho a votar; si no, no.
T o r lo que la L ey Básica [...] deja a la legislatura la d eterm inación más
I'i i'cis.i ile las reglas para la adquisición y p érd id a de la ciudadanía y p o r
u n to tam b ién los criterios de p erten en cia al p u eb lo. La ley de ciudada-
n i.i es así el sitio en el q u e la legislatura p u ede hacer justicia con las
transform aciones en la com p o sició n de la p o b lación de la R epública
l'Vderal de A lem ania.» E sto pued e lograrse p erm itie n d o la adquisición
>l<- I.i ciudadanía a to d o s los extranjeros que son residentes p erm an en ­
te. de largo plazo de A lem ania (BVerfG 83, 37, II, N r. 3, p. 52).
I i co rte aquí explícitam ente se refiere a la p aradoja de la legitim i-
*Lid dem ocrática, a saber, que aquellos cuyos derechos de inclusión o
r \i lusión del dem os se están decid ien d o n o serán quienes decidan acer­
ía d r estas reglas. El dem os dem o crático p u ede cam biar su autodefini-
i ion alteran d o los criterios de adm isión a la ciudadanía. La corte aún se
,ilerr.t al m odelo clásico de ciudadanía según el cual los derechos de
participación dem ocrática y nacionalidad van estrecham ente unidos
pero, .iI dai señal de la legitim idad procesal de cam biar las leyes que go­
biernan la natu ralizació n de los extranjeros, la co rte tam bién reconoce
• I podei del sob eran o ilem ocr.ilico pai.i alicrai su autodcfinieión de
m odo di' aco m o d ar la com poxii ion i amln.m li de I.i población. I a línea

Ut.
que separa a los ciudadanos de los extranjeros puede ser renegociada
p o r los ciudadanos m ism os.
P ero este elem ento de ap e rtu ra dem ocrática señalado p o r la corte
co ntrasta notab lem en te con o tra concepción del p u e b lo dem ocrático,
tam bién esb o zad o p o r la co rte, que lo ve com o «una com unidad p o lí­
tica del d estino» que se m antiene u n id a p o r vínculos de solidaridad en
los que están incru stad o s (V erstricktheit) los individuos. A q u í el p u e ­
blo d em ocrático es visto com o u n a ethnos, u n a com u n id ad unida p o r el
p o d e r de destinos, m em oria, solid arid ad y pertenencia com partidos.
Tal co m u n id ad no p erm ite lib re en trad a y salida. Q u iz ás el casam iento
con u n m iem b ro de tal co m u n id ad pued e p ro d u c ir cierta integración
con el paso de generaciones; p ero en general, la m em bresía en u n a etb-
nos - e n u n a co m u n id ad de m em oria, d estin o y p e rte n e n c ia- es algo a lo
q ue se nace, au n q u e com o ad u lto u n o p u ede ren u n ciar a esta herencia,
salirse de ella o desear cam biarla. ¿E n qué m edida debe u n o ver las en ­
tidades políticas liberal-dem ocráticas com o co m unidades e tb n o i? Pese
a sus evocaciones em páticas de la n ación com o «com unidad de desti­
no», la co rte enfatiza que la legislatura dem ocrática tiene la p re rro g a ti­
va de tra n sfo rm a r este significado de ciudadanía y las reglas de la m em ­
bresía dem ocrática. Tales transfo rm acio n es de la ciudadanía pu ed en ser
necesarias p ara hacer justicia a la naturaleza m odificada de la p o b la ­
ción. El dem os y la ethnos n o se su p e rp o n e n sim plem ente.
R etrospectivam ente, esta decisión de la C o rte C onstitucional alema­
na, escrita en 1990, aparece com o u n canto de cisne de una ideología de
nacionalidad en desaparición. E n 1993 el Tratado de M aastricht, o el Tra­
tado sobre la U n ió n Europea, estableció la ciudadanía europea, que o to r­
gaba derechos de voto y de postularse a cargos para todos los m iem bros
de los quince estados signatarios residentes en el te rrito rio de otros países
m iem bros. D e los seis países a cuyos ciudadanos Schlesw ig-H olstein
quería d ar derechos de voto recíprocos -D inam arca, Irlanda, H olanda,
N oruega, Suecia y S uiza- solo N o ru eg a y Suiza seguían siendo no bene­
ficiarios del Tratado de M aastricht dado que no eran m iem bros de la U E .
E n la siguiente década u n in te n so p roceso de iteración dem ocrática
se desarrolló en la A lem ania ya p o r entonces unificada, d u ran te el cual
el desafío p lan tead o p o r la C o rte C o n stitu cio n al alem ana a la legislatu­
ra dem ocrática, de p o n e r la defin ició n de ciudadanía en concordancia
con la co m p o sició n de la p o b lació n , fue aceptado, rearticulado y rea-
pro p iad o . L a ciu d ad -estad o de H a m b u rg o , en su p e d id o paralelo de al­
terar sus leyes locales de elección, lo decía m u y claram ente. «La R e p ú ­
blica Federal de A lem ania se ha co n v ertid o de hecho en las últim as
décadas en u n país de inm igración. Los que se ven afectados p o r la ley
que esta siendo atacada aquí son p o r tan to no extraños sino coh ab itan ­
tes lInlánder], a quienes solo les falta la ciudadanía alemana. Este es el
i .iso especialm ente de aquellos extranjeros de segunda y tercera gene­
r a ci ó n nacidos en Alem ania» (BVerfG 83, 60, I I , N r. 4, p. 98). El dem os
no es una ethnos y quienes viven en nuestro m edio y que no p erten e ­
cen a la ethnos n o son extraños tam poco; son más bien «cohabitantes»
o, com o lo form u larían expresiones políticas posteriores, «nuestros
conciudadanos de origen extranjero» (auslándische M itbiirger). Inclu-
>estos térm inos, que p u ed en sonar extraños a oídos no aco stu m b ra­
d o s a ninguna distinción fuera de las de ciudadanos, residentes y no re ­
sidentes, sugieren las transform aciones de la conciencia del público
alem án en la década de 1990. E ste debate intenso y pro fu n d o finalm en­
te ll evó a u n reconocim iento del hecho así com o de lo deseable de la in ­
m igración. La necesidad de natu ralizar niños de segunda y tercera ge­
m í a c i ó n de inm igrantes fue reconocida y la nueva ley de ciudadanía
a l e m a n a fue ap robada en enero de 2 0 0 0 . D iez años después de que la
< lorie C o n stitu cio n al alem ana rechazara las reform as a la ley electoral
ilc Schlesw ig-H olstein y la ciudad-estado de H a m b u rg o sobre la base
ai ju m e n ta l de que los extranjeros residentes no eran ciudadanos y p o r
lanío no pod ían votar, la m em bresía de A lem ania de la U n ió n E uropea
llevo a la desagregación de derechos ciudadanos. M iem bros residentes
de los estados de la U E p u ed en v o ta r en elecciones locales así com o en
las de la U E; es más, A lem ania ahora acepta que es u n país de inm igra-
• ion, que los niños de inm igrantes son ciudadanos alem anes de acuer­
d o c o n la jus soli y que residentes de largo p lazo que son nacionales de
l e í ( e r o s países p u eden naturalizarse si lo desean.

( imbios en el significado de derechos e identidad

I n e n e capítulo he elucidado procesos de iteración dem ocrática que


atestiguan una dialéctica de derechos e identidades. E n tales procesos,
lanío las identidades en cuestión com o el significado m ism o de las rei-
vindii aciones de derechos son reapropiados, reciben nuevo significado
s se ven im buidos de significados nuevos y diferentes (véase cap. 4).
I os agentes políticos, atrapados en tales batallas públicas, m uy a m e­
nudo entran en la contienda co n cierta co m prensión de quiénes son y
que i epresentan; pero el proceso m ism o a m enudo altera esta autocom -
ptelisión. Así, en el asunto del fular en Francia, atestiguam os el cre-
i l e n t e coraje, quizás incluso la m ilitancia, de un grupo de m ujeres
genei alíñente consideradas com o «sujetos dóciles» en el sentido de Mi
i hel Fouc ault (1977: 135-170). Se supone com ún m ente que las niñas y
um jfies m usulm ana', tradii lonale'. no di U n ap.nei ei en absoluto en la
esfera pública; paradójicam ente, precisam ente las realidades de las d e­
m ocracias occidentales, con sus visiones m ás liberales y tolerantes de
los roles de las m ujeres, p erm iten que estas niñas y m ujeres sean educa­
das en escuelas públicas, que ingresen en la fuerza laboral y, en el caso
de Fereshta L u d in en A lem ania, lleguen a convertirse en m aestra ale­
m ana con la cond ició n de em pleada pública. Se tran sfo rm an de «cuer­
pos dóciles» en «seres públicos». Si bien inicialm ente luchan p o r rete­
n er sus identidades tradicionales, lo quieran o no, com o m ujeres
tam bién se encu en tran con p oderes que p u ed en no haber anticipado.
A pren d en a contestarle al Estado. M i predicción es que solo es cuestión
de tiem po y que el ser público de estas m ujeres, que están aprendiendo
a d eb atir co n el E stado, tam bién term in ará p o r ab o rd ar y cuestionar el
significado m ism o de las tradiciones islámicas que ahora luchan p o r
sostener. E ventualm ente estas batallas públicas iniciarán luchas p riva­
das de género respecto de la co n d ició n de los derechos de las m ujeres
d en tro de la trad ició n m u su lm an a.12
E stos casos m uestran que la gente de afuera no está en las fronteras
del ente político sino d e n tro del m ism o. D e hecho el binarism o entre
nacionales y extranjeros, ciudadanos y m igrantes, es sociológicam ente
inadecuado y la realidad es m u ch o más fluida, dado que num erosos
ciudadanos son de origen m igrante y m uchos de los nacionales m ism os
nacieron en el extranjero. Las prácticas de la inm igración y el m ulticul-
turalism o en las dem ocracias co ntem poráneas se entrem ezclan (véase
B enhabib, 2002a). M ientras los affaires de los fulares tan to en Francia
com o en A lem ania cuestionan la visión de u n p u eblo hom ogéneo, las
decisiones de la C o rte C o n stitu cio n al alem ana m uestran que a m enudo
puede haber u n a incongruencia entre quienes tienen el privilegio fo r­
m al de la ciudadanía dem ocrática (el dem os) y otros que son m iem bros
de la p oblación p ero que no perten ecen form alm ente al demos. E n este
caso el desafío planteado p o r la corte alem ana a la legislatura dem ocrá­
tica de ajustar la definición form al de la ciudadanía alem ana de m odo
de reflejar las realidades cam biantes de la población fue aceptado y la
ley de ciudadanía fue reform ada. El pueb lo dem ocrático p u ede recons­
tituirse a través de tales actos de iteración dem ocrática de m o d o de p e r­
m itir la extensión de la voz dem ocrática. Los extranjeros pueden co n ­
vertirse en residentes y los residentes en ciudadanos. Las dem ocracias
requieren fro n teras porosas. E sto está m uy bien expresado p o r la ciu­
dad-estado libre de H a m b u rg o que, en directo desafío a la C o rte C o n s­
titucional alem ana y en un pasaje que vale la pena repetir, afirma: «La
R epública Federal de A lem ania de hecho se ha convertido en las ú lti­
mas décadas en un país de inm igración. Q uienes se ven afectados p o r la
ley que es atacada aquí son p o r ta n to no extraños sino cohabitantes
[Inlánder] que n o tienen la ciudadanía alem ana. E sto vale especialm en­
te para aquellos extranjeros de segunda y tercera generación nacidos en
Alemania» (BVerfG 83, 60, II, N r. 4, p. 98).
La co n stitu ció n de «nosotros, el pueblo» es u n proceso m u ch o más
fluido, contencioso, d isp u tad o y dinám ico que lo que nos quieren ha­
cer creer los liberales raw lsianos o los teóricos de la declinación de la
ciudadanía. C o m o sostuve en el capítulo 3, la visión raw lsiana de los
pueblos com o universos m orales encerrados en sí m ism os es fallida no
solo em píricam ente sino tam bién norm ativam ente. Esta visión no p u e ­
de hacer justicia a la id entidad dual de un p u eb lo com o ethnos, com o
com unidad de destino, m em oria y sim patías m orales com partidos, p o r
un lado, y com o el<^emos)la totalidad dem ocrática, con sus derechos,
de lod o s los ciudadanos, que p ueden o no perten ecer a la m ism a eth ­
nos. Todas las dem ocracias liberales que son estados naciones m o d e r­
nos tienen estas dos dim ensiones. La política que busca definir la co n ­
dición de p u eb lo consiste en la negociación de esa condición. El pueblo
no es un ente encerrado en sí m ism o y autosuficiente. La presencia de
tantos inm igrantes de A rgelia, T ú n ez y M arruecos, así com o de Á frica
central, atestigua el pasado y las conquistas im periales francesas, así co­
mo la presencia de tan to s G astarbeiter en A lem ania es un reflejo de las
i calidades económ icas de A lem ania desde la Segunda G u erra M undial.
A lgunos incluso sostienen que sin su presencia n o hubiera sido conce­
bible el m ilagro alem án de la segunda posg u erra (H ollifield, 1992). La
i ondición del pueblo es una realidad dinám ica y no estática.
I .os teóricos de la declinación de la ciudadanía, tales com o M ichael
Walzer, están tan equivocados com o los liberales raw lsianos al fu n d ir la
<7hitos con el demos. La presencia de o tro s que no com parten la m e­
m oria y la m oral de la cu ltu ra d o m inante plantea u n desafío a las legis-
laturas dem ocráticas de rearticular el significado del universalism o
dem ocrático. Lejos de llevar a la desintegración de la cultura de la d e­
m ocracia, tales desafíos revelan la p ro fu n d id ad y el alcance de la cultu-
i .i de la dem ocracia. Solo entes políticos con dem ocracias fuertes son
i apaces de tal rearticulación universalista a través de la cual rem odelan
el signilicado de su p ro p ia condición de pueblo. ¿Las tradiciones polí-
tii as francesas serán m enos fuertes si ahora son prom ovidas y reapro-
piadas p o r las m ujeres argelinas o m ujeres de la C osta de M arfil? ¿La
historia alem ana será más confusa y difícil de desentrañar si es enseña­
da poi una m ujer afgano-alem ana? En vez de la declinación de la ciu­
dadanía, veo en estas instancias la reconfiguración de la ciudadanía a
1 1 aves <le iteraciones dem ocráticas.

no
Conclusión

El federalismo cosmopolita

El 4 de abril de 2003, los diarios de E stados U n id o s inform aron del ca­


so del cabo prim ero José G u tiérrez, de veintisiete años, que m urió d u ­
rante u n a batalla de tanques en las afueras de U m m Q a sr en Irak, el 21
de m arzo de 2003 (Weiner, 2003). El cabo G u tiérrez era u n inm igrante
in d ocum entado de G uatem ala. E ra u n huérfano que había llegado a los
Estados U n id o s p o r m edios clandestinos y que ingresó en los M arines
en C alifornia. Su caso no es de n ingún m odo inusual: más de una doce­
na de inm igrantes legales e indocum entados -p rin cip alm en te de M éxico
y A m érica C e n tra l- que eran m iem bros de las fuerzas arm adas estadou­
nidenses destinadas en Irak, han perdido la vida desde m arzo de 2003.
Se estim a que unos 37.000 inm igrantes sirven en las fuerzas arm adas de
Estados U nidos, representando alrededor del 3% de la población m ili­
tar activa (Swarns, 2003). Sus tristes historias llevaron a legisladores ta n ­
to conservadores com o liberales a p ro p o n er proyectos de ley que, a p ro ­
bados de m anera apresurada, o to rg ab an a ellos y en algunos casos a sus
m ujeres e hijos la ciudadanía postum a. A lgunos sugirieron que se debe
oto rg ar inm ediatam ente la ciudadanía a los inm igrantes que ingresan en
las fuerzas arm adas, m ientras que o tro s p ro m o v iero n la reducción del
actual p erío d o de espera para el otorg am ien to de la ciudadanía a quienes
ingresan en las fuerzas arm adas de tres a dos años.
Esta no es de ninguna m anera la prim era vez que inm igrantes ingre­
san en el ejército de Estados U n id o s. Sin em bargo, con la abolición del
servicio m ilitar obligatorio universal, el ingreso en el ejército se ha con-

/ '/
vertido en una vía «Ir ascenso social p .n .1 .1 1 1 1 . 1 1 1 1 id.nl de mu-.'.m 1 • •■lí­
gales c in d o cu m en tad o s di- bajos ingresos. Asi leñem os el 1 a to peí 1 1 1 1
b ad o r de individuos q u e m ueren p o r 1 1 1 1 país que les niega el d etech o de
v o to , es decir, en el caso de que sean residentes perm anentes legales es
p eran d o «naturalizarse»; y si son m igrantes indocum entados, com o
fue el caso del cabo G u tiérrez, ni siquiera tienen derecho a o b te n e r una
licencia de co n d u c ir o ab rir una cu enta bancaria.
Los apresurados esfuerzos de los legisladores estadounidenses p o r
resp o n d er a estas situaciones anóm alas e in tu itiv am ente injustas son in­
dicativos de la co n fu sió n en to rn o de las líneas divisorias en tre te rrito ­
rialidad, soberanía y ciudadanía que este lib ro ha in ten tad o aclarar. Los
que hacen el sacrificio ú ltim o p o r el p u e b lo d em ocrático d a n d o su vida
p o r él n o siem pre son m iem bros en firm e. Es más, a algunos se les pide
que m ueran p o r u n país que les niega el derecho de v o tar respecto de
las m ism as leyes que les o rd en an to m a r las arm as co n tra o tro pueblo.
A diferencia de lo que sucede en la U E , la desagregación de la in stitu ­
ción de la ciudadanía en los E stados U n id o s n o resulta en derechos de
v o to p ara residentes legales, ni en el nivel local ni en el m unicipal. Pese
a ser la m ay o r nación de inm igración en el m u n d o, la concepción esta­
dounidense de ciudadanía se ha m an ten id o llam ativam ente u n itaria en
cuanto a o to rg a r derechos políticos, al hacer que la «naturalización»
sea u n a p reco n d ició n para ten er v o z política. E sta política se defiende
generalm ente con el arg u m en to de que, d ad o que el o to rg am ien to de
ciudadanía a m igrantes legales es bastan te abierto, tran sp aren te y ráp i­
do en los E stados U n id o s, no es inju sto hacer que la adquisición de ciu­
dadanía sea u n a p reco n d ició n p ara te n e r v o z política (véase el in ter­
cam bio de M o to m u ra, 1998 y T ichenor, 1998).
P ero esta defensa n o responde a los hechos concretos: actualm ente
h ay según se estim a 7 m illones de inm igrantes in do cu m en tad o s en los
E stados U n id o s, m uchos de los cuales so n m iem bros activos y c o n tri­
buyentes de la fu erza laboral en establecim ientos agropecuarios, h o spi­
tales, hoteles y cen tro s de salud; o tro s envían a sus hijos a la escuela, es­
tán activos en la co m u n id ad y en las direcciones de escuelas. El estatuto
de ser u n inm ig ran te in d o cu m en tad o n o significa no ten er v o z alguna.
Sin em bargo, estos individuos, que p u e d e n atender en hospitales com o
enferm eros u orden an zas, tem en enferm arse y necesitar atención hos­
pitalaria. N o ten er papeles en o rd e n en n uestras sociedades es una fo r­
m a de m u erte civil.
Las causas de su «ilegalidad» p u ed en variar, desde fallas y errores
b u rocrático s ilógicos, hasta sus in ten to s desesperados p o r escapar de
sus países de o rig en p o r m edio de co n trab an d istas co n ocidos com o
«coyotes». El estatu to de ilegalidad n o im pone al o tro el carácter de fo-
I .(Sin ii. < l.i i ,tl lie lili . m' m i i il i 1 1, mi i|ll'il r i leilti H i .11 n n tlr l.r. |'i u 11
i'.is ilc inciii pin .ii ii'm li'i’jl p ii i i n n n iili.il .i los inmigi a n lis i i id m u
m entados.
M ientras el estatu to de in m igiante indo cum entado signiliia l.i
m uerte civil y el si leticia m iento político, la Ialta de voz política para li >■■
residentes perm anentes legales significa su efectiva alienación. I ln mi
m ero creciente de individuos desea reten er la ciudadanía doble o vivii
en u n país a largo plazo, sin abdicar de su nacionalidad original. I Iacei
que la v o z dem ocrática dependa del estatu to de nacionalidad sol,unen
te, com o lo hacen las leyes de E stados U n id o s, choca con la realidad de
la com pleja in terd ep en d en cia de las vidas de los pueblos p o r sobre l.r.
fron teras y los territo rio s. M ientras que E stados U n id o s se ha m am e
nido im p ertérrito ante los r e d a m e s - d e f a d jita r la doble ciudadanía,
países com o M éxico) y la R epública D om inicana^perm itcn que sus po
blaciones en gran m edida diasporizadas retengan ciertos derechos de
ciudadanía, inclu so .v o tar en elecciones locales y nacionales y, en el i a
so de la R epública D o m in ican a y C olo m b ia, hasta perm iten prcseiii.u
candid atu ra y o cu p ar cargos electivos. E n to d o el sudeste asiático, la
India y A m érica latina, |a «ciudadanía, flexible^ (O ng, 1999) está 617101
giendo com o la norm a.
E stos desarrollos em píricos son n o solo indicativos de tendencias
hacia la desagregación de la ciudadanía; lo reco nozcan o no los legisla
dores dem ocráticos, tam bién prenuncian transform aciones de sobcra
nía democrática. La soberanía dem ocrática se basa en tres ideales mu
m ativos:\el p u eb lo es ta n to el a u to r co m o el sujeto de las leyes; el ideal
de u n dem os unificado y la idea de u n te rrito rio encerrado en sí m isino
y au tó cto n o sobre el que gobierna el dem os. H e sostenido en to d o este
libro que los dos últim os ideales son indefendibles tan to p o r m otivos
norm ativ o s com o p o r razones em píricas. La unidad del dem os debería
entenderse no com o algo dado y arm o n io so , sino más bien com o un
p ro ceso de au to co n stitu ció n , a través de luchas más o m enos conscien
tes de inclusión y exclusión.
A dem ás, el ideal de la autosuficiencia territo rial choca con la trem en
da interdependencia de los pueblos del m u n d o , proceso que ha sido ace
lerado p o r el fenóm eno de la globalización. El surgim iento del derecho
internacional y la disem inación de las norm as de derechos hum anos in
ternacionales son procesos que acom pañan la extensión de la globaliza
ción. A l increm entarse la interdependencia económ ica, m ilitar y co m u ­
nicativa’ al intensificarse el turism o y la m ovilidad a través de las
fronteras, aparece u n cuerpo de norm as y reglam entos para gobernar la
actividad de la sociedad civil internacional. La visión tradicional, que
basa la legitim idad del derecho internacional solo en tratados entre los
estados soberanos ya no es adecuada p ara entender las com plejidades
legales de la sociedad civil global. Ju n to con la obsolescencia de este m o ­
delo, debe descartarse tam bién el ideal de la autoctonía territorial.
El corazón del au togobierno dem ocrático es el ideal de la a u to n o ­
m ía pública, a saber, el p rincipio de que quienes están sujetos a la ley
tam bién deberían ser sus autores. ¿C ó m o p u ed en reconfigurarse la voz
dem ocrática y la au tonom ía pública si dejam os de lado las ideas fallidas
de hom ogeneidad del pueb lo y auto cto n ía territorial? ¿Se puede orga­
nizar la representación dem ocrática de m o d o que trascienda la confi­
guración del E stad o -n ació n ?1 A lo largo de este libro he sugerido que
la nueva reconfiguración de la voz dem ocrática da surgim iento a m o­
dos de ciudadanía subnacionales tan to com o transnacionales. D entro
de la U n ió n E u ro p ea en particular, hay u n reto rn o a la ciudadanía en la
ciudad y en instituciones transnacionales de la U E . La «ciudadanía fle­
xible», en p articular en el caso de los países centroam ericanos, es otro
intento de este tip o p o r m ultiplicar la v o z y los sitios para el ejercicio
de la ciudadanía dem ocrática.
Pero lo que to d o s estos m odelos tienen en com ún es que retienen el
principio de m em bresía territorial com o base de la representación. Se
trate de la residencia en ciudades tales com o A m sterdam , L ondres o
F rank fu rt, o la doble ciudadanía entre M éxico, El Salvador, la R epúbli­
ca D om inicana y E stados U nidos, el m odelo de representación dem o­
crática que he ad o p tad o im plícitam ente depende del acceso, la residen­
cia y la eventual pertenencia d en tro de u n territo rio circunscrito.
P o r cierto que son posibles m odelos no basados en lo territorial:
uno no puede rep resen tar algún individuo o u n grupo de individuos en
v irtud de la id entidad lingüística, la herencia étnica (tal com o lo p ro p u ­
so O tto Bauer2 p ara las nacionalidades de la E u ro pa m edia y central
luego de la P rim era G u erra M undial), la afiliación religiosa, actividades
profesionales e intereses afectados. La representación pued e darse si­
guiendo m uchos lincam ientos fuera de la residencia territorial. El p rin ­
cipal discurso de legitim idad, que sostiene que todos los afectados p o r
las consecuencias de la adopción de u n a n orm a deben tener voz en su
articulación (véase la In troducción), p o r cierto lleva a la m ultiplicación
de los sitios de representación y participación discursivas. P o r ejemplo,
la com unidad de aquellos afectados p o r la caída de lluvia ácida abarca
personas a u n o y o tro lado de la fro n tera canadiense-estadounidense y
une a estos individuos p o r intereses, preocupaciones y actividades co­
m unes. La globalización, en la m edida en que increm enta tanto la in­
tensidad com o la interconexión de las acciones hum anas alrededor del
m undo, resulta en la creación de nuevos sil ¡os y nuevas lógicas de re­
presentación.
Sin em bargo, hay un vínculo crucial entre el autogobierno democní
tico y la representación territo rial. Precisam ente po rq u e las dem o­
cracias prom ulgan leyes que se supone que obligan a quienes las a u to ­
rizan legítim am ente, el alcance de la legitim idad dem ocrática no puede
ir más allá del dem os que se ha circunscrito com o pueblo en un territo
rio dado. Las leyes dem ocráticas requieren cierre precisam ente porque
la representación dem ocrática debe ren d ir cuentas a u n pueblo especí
fico. La legislación im perial, en cam bio, era em itida desde un centro y
era obligatoria hasta donde se extendía el p o d e r de ese centro para con
tro la r su periferia. Los im perios tienen confines; las dem ocracias tienen
fronteras. N o veo m anera de co rtar este n u d o gordiano que vincula l.i
territorialidad, la representación y la voz dem ocrática. P o r cierto que
existen instituciones representativas basadas en otros principios y ile
berían proliferar.
E n una dem ocracia que funcione bien habrá diálogo contencioso,
una serie de iteraciones cuestionadas, entre el demos y otros cuerpos
representativos, respecto de los límites de su jurisdicción y autoiui.nl
Si bien ninguna instancia d en tro de la separación de poderes p u n le ir
clam ar para sí la autoridad últim a, todas las dem ocracias deben reí mui
cer algunas instancias que tienen la últim a palabra. Pero, com o en el i .1
so de las decisiones de la C o rte C on stitu cio n al alemana que analizam os
en el capítulo anterior, la finalidad n o significa irreversibilidad <» inl.ili
bilidad. El diálogo com plejo entre los representantes dem oci atii'.unen
te electos del pueblo, el p o d e r judicial y o tro s actores civiles y políticos
es u n proceso sin fin de iteraciones com plejas y contenciosas. 1)otiiro
de tales diálogos, el dem os dem ocrático puede reconstituirse incorpo
rando grupos sin voz o dando am nistía a m igrantes indocum entados.
Pero, si bien el alcance de la autoridad de las leyes puede ser alterado
reflexivam ente, es inconcebible que la legitim idad dem ocrática pueda
sostenerse sin alguna dem arcación clara entre aquellos en cuyo nom ln c
han sido aprobadas las leyes y aquellos para quienes las leyes 1 1 0 mui
obligatorias.
¿P or qué sostuvo K ant que u n gobierno mundial sería una •• 1 1 1 0 1 1 . 1 1
quía universal» y u n «despotism o desalm ado»? El m odelo de M ontes
quieu de gobierno político puede haber cum plido aquí un papel
([1748] 1965, I: 19-28; II: 10-11). M ontesquieu sostuvo que los impe
rios eran com patibles con vastos territo rio s, m ientras que las repúhli
cas requerían países de tam año m oderado. I'.n los im perios, solo uno es
libre y el resto obedece; en las repúblicas todos son libres. ( 1 1 .m ío mas
extenso el territorio, tan to más débiles serían las inteu onesiom . un
individuos y tan to más indiferentes sci u n respecto <L lo que les tm u >
.1 los dem ás. En el lenguaje co n tem poráneo debem os dei 11 que des ip.i
rocería el interés p o r la voz dem ocrática tan to com o la solidaridad con
o tros.
La intuición de que puede h ab er u n vínculo crucial entre el tam año
del territo rio y la form a de g obierno es antigua en la historia del p ensa­
m iento p olítico occidental y y o la acepto. A diferencia de los co m u n i­
tarios y los nacionalistas liberales, sin em bargo, que ven este vínculo
com o basado p rim o rd ialm en te en u n lazo cultural de identidad, me in-
Icresa la lógica de la representación dem ocrática que requiere cierre
para m antener la legitim idad dem ocrática. P o r cierto la identificación y
la solidaridad tienen su im portancia, p ero debe canalizarse a través de
vínculos dem ocráticos y norm as constitucionales. E n el espíritu de
K a ni, p o r tan to , me he p ro n u n ciad o p o r el universalism o m oral y el fe­
deralism o cosm opolita. N o m e he declarado partidaria de fronteras
iibiertas sino porosas-, he argum entado a favor de derechos de prim era
adm isión para refugiados y solicitantes de asilo, p ero he aceptado el de-
i echo de las dem ocracias a regular la transición de la prim era adm isión
a la plena m em bresía; tam bién he argum entado en favor de su b ordinar
las leyes que gobiernan la naturalizació n a las norm as de derechos h u ­
manos y rechazado el derecho de u n p u eb lo soberano a no p erm itir la
naturalización e im pedir la eventual ciudadanía de forasteros en su m e­
dio. Para algunos, estas p ropuestas van dem asiado lejos en dirección de
un cosm opolitism o sin raíces; p ara o tro s no van lo suficientem ente le­
los ( á eo que la m ejor m anera de ab o rd ar la m em bresía política en el
am anecer de u n nuevo siglo es aceptando el desafío de visiones m ora­
les y com prom isos políticos en contrados, sugerido p o r u n o de los le­
mas del Im m igrant W orkers’ F reed o m Ride: « N in g ú n ser hum ano es
ilegal ■■(N u ev a Y ork, 4 de o ctu b re de 2003). E ste libro ha intentado re­
conciliar la visión que inspira ese p rin cip io con las necesidades institu-
i lonales y norm ativas de la dem ocracia, com o una form a de gobierno
basada en la au to n o m ía pública, a saber, que los que estén sujetos a las
leyes tam bién sean sus autores.

iu ,
Notas

Introducción

1. Stephen K rasn er (1999) ha expresado escepticism o respecto de la dom inancia h istó ­


rica de este m odelo, p ero y o creo q u e n o está cuestionada su fuerza n o rm ativ a en el o rd e­
n am iento de relaciones interestatales.
2. E jem plos de esto incluirían cu erp o s de tratados de la ONU bajo el C o n v e n io In tern a­
cional so b re D erech o s Civiles y Políticos, el C o n v e n io Internacional so b re D erech o s E c o ­
nóm icos, Sociales y C ulturales, el C o n v e n io sobre la E lim inación de T odas las F orm as de
D iscrim inación Racial, el C on v en io so b re la E lim inación de T odas las F o rm as de D iscri­
m inación C o n tra las M ujeres, el C o n v e n io C o n tra la T o rtu ra y O tro s T ratos o C astigos
C rueles, In h u m an o s o D egradantes y el C o n v e n io sobre los D erechos del N iñ o (N eum an,
2003). El establecim iento de la U n ió n E u ro p ea ha sido acom pañado p o r u n a C a rta de D e ­
rechos F u n d am en tales y la form ación de u n a C o rte E u ro p ea de Justicia. E l C o n v en io E u ­
ro p eo para la P ro te cció n de D erechos H u m a n o s y L ibertades F undam entales, que incluye
a estados q u e n o so n tam bién m iem bros de la U E , perm ite que las dem andas de ciudada­
nos d e estados ad h eridos sean escuchadas p o r u n a C o rte E u ro p ea de D erech o s hum anos.
Se ven desarrollos paralelos en el co n tin en te am ericano a través del establecim iento del Sis­
tem a In tcram erican o p ara la P rotección de D erech o s H u m a n o s y la C o rte Interam ericana
d e D érech o s H u m a n o s (Jacobson, 1997: 75).
3. D u ran te los juicios de N u rem b erg , se utilizó la expresión «crím enes co n tra la hu m a­
nidad» para referirse a crím enes com etidos d u ran te conflictos arm ados internacionales
(N aciones U nidas, 1945: A rt. 6 [c]; véanse R a tn e r y A bram s, [1997] 2002: 26-45; Schabas,
2001: 6-7). In m ediatam ente después de los juicios de N u rem b erg , se in clu y ó el genocidio
co m o crim en co n tra la hum anidad pero se lo m antuvo com o algo distin to , d eb id o a su p ro ­
pio r s u u ito juM Hdiaional, que fue codificado en el artículo II de la C o n v en ció n sobre la
Prevención y C astig o del C rim en de G en o cid io (1948). El genocidio es la destrucción cons­
ciente y volu n taria de la fo rm a de vida y existencia de una colectividad sea a través de actos
de guerra total, extinción racial o lim pieza étnica. Es el crim en suprem o co n tra la h u m an i­
dad, d ad o q u e ap u n ta a la destrucción de la variedad hum ana, de las m uchas y diversas m a-
ni'i as de ser h u m an o . El genocidio n o solo elim ina individuos que p u ed en pertenecer a tal
11 cual gru p o ; ap u n ta a la extinción de su m o d o de vida, el requisito de intención (R atn er y

A bram s, [1997] 2002: 35-36).


I.os crímenes de guerra, en cam bio, tal com o los define el E statu to del T ribunal en lo
( lim inal Internacional p ara la ex Yugoslavia (N aciones U n id as, 1993), inicialm ente solo
■ i ,i de aplicación en conflictos internacionales. C o n el E statu to del T ribunal en lo C rim inal
luí el nacional p ara R u an d a (N aciones U nidas, 1994), se extendió el reconocim iento tam ­
bién .i conflicto armado interno. «C rím enes de guerra» ahora refiere a conflictos internacio-
n.ilcs tan to com o in tern o s que involucran el m altrato o abuso de civiles y no com batientes
,i i i com o del enem igo en com bate (R atn er y A bram s, [1997] 2002: 80-110; Schabas, 2001:
■10 f>3). Así, en un d esarro llo significativo desde la Segunda G u e rra M undial, los crím enes
1 1mi i ,i la h u m anidad, el genocidio y los crím enes de guerra lian sido extendidos para apli-

i ,ii se no solo a atrocidades que suceden en situaciones de conflicto internacional, sino tam ­
bién .i eventos dentro d e las fronteras de u n país so berano y qu e pu ed en ser p erp etrad o s
I x funcionarios d e ese país y /o p o r sus ciudadanos en tiem pos de paz. Q u ie ro agradecer
,i Mclvin Rogers p o r su ay uda especial en la clarificación de estos conceptos y desarrollos
de l.i ley internacional.

( 'apítulo 1

I I le co n su ltad o varias traducciones al inglés del ensayo «La p az perpetua» de K ant y


ni> ulifique el texto d o n d e resultó necesario. P ara m ay o r inform ación sobre estas varias edi-
i n mes ptir favor co n su lta r la bibliografía. La prim era fecha y n ú m ero de página refieren al
n mu alem án y el seg undo a las ediciones en inglés.
1 1)ad o q u e hay algunas discrepancias sutiles entre varias ediciones inglesas y la tra-
ilm i ion d e l likschuh, he m antenido la referencia a sus versiones de los pasajes relevantes.
'. A quí dejo de lado la consideración de las im portantes dificultades de la justificación
K un i.in.i de los derechos de propiedad. El dilem a de K ant parece haber sido la justificación
■ I. l,i distrib u ció n privada de la superficie de la tierra sin recurso a actos originarios de ocu-
/hii mu, d ad o que estos últim os, desde el p u n to de vista de K ant, establecen no u n a condi-
i uní de derecho sin o m ás bien de fuerza. D e to d o s m odos K an t se ve en la necesidad de re-
i ni tn .i i.il arg u m en to . «Este p o stu lad o p u ed e llam arse un principio perm isivo [lex
ln'iiniMi'ii | de la ra z ó n práctica, que nos d a u n a au torización qu e no p o d ría o btenerse del
i....... concepto de D erech o com o tal, esto es, de colocar a to d o s los dem ás en la obligación
i|ih ilr otro m o d o n o ten d rían de evitar u sar ciertos objetos de nuestra elección p o rq u e he-
n n i', mi Id los p rim ero s en tom arlos en posesión» (K ant, [1797] 1922: 49). La lex permissiva
.i .i . .i icnc no solo d e n tro de repúblicas individuales sino tam bién en el conjunto de todas
lit'. n publii as. A la luz d e esta estipulación, tam bién vem os qu e la afirm ación de que solo
11 mibei.m o rep u b licano puede o to rg ar derechos perm anentes de visita se basa en el dere-
i /" *ih l Miliciano republicano de controlar «en form a privada -' una porción de la «posesión
. n iiiiin de la m perfuie de la tiara. Así la territorialidad circunscrita se vuelve una precon-
(Ik uní del ejercicio d e la libertad externa p o r Kant. I’o r cierto que el reconocim iento de
-Itn n ii i.is de d e rech o - es esencial si lia de lograrse alguna v e/ la paz perpetua entre na
lililíes.

ns
4. Cfr. H e n ry Sidgwick: «pero quienes padecen in fo rtu n io o tienen necesidades u rg en ­
tes tienen derech o a reclam arnos u n a bo n d ad especial. E stos so n derechos generalm ente re­
conocidos: p ero en contram os considerable dificultad y divergencia, cu an d o intentam os
d eterm in ar co n m ás precisión su extensión y obligación relativa: y la divergencia se vuelve
indefinidam ente m a y o r cuando com p aram o s las costum bres y opiniones com unes existen­
tes ah o ra en tre n o so tro s co n relación a tales derechos, con la gente de otras épocas y paí­
ses» (Sidgw ick, [1874J 1962: 246). P ara algunos abordajes recientes, véanse O ’N eill, 1996;
Sheffler, 2001.
5. V éanse los com entarios previsores de Istvan H o n t: «Si la “crisis d e los estados nacio­
n e s” está vinculada a u n a debilidad en la legitim ación de su especificación territorial, y eso
está vinculado a la legitim ación de su p ro p ied ad nacional de la tierra, entonces la idea del
“E stad o -n ació n ” n o p uede estar ahora en crisis, p o rq u e ha estado siem pre en “crisis”. El
ú nico m u n d o p o sib le de seguridad territo rial es el m un d o de la paz perpetua» (H o n t, 1995:
176).

Capítulo 3

1. Cfr. La definición de R o b e rt H . W iebe: «El nacionalism o es el deseo de gente que


cree que comparte ancestros comunes y un destino común de vivir bajo su p ro p io gobierno
en tierra sagrada p ara su historia. El nacionalism o expresa u n a aspiración con u n objetivo
p olítico» (2000: 5). N ó tese cóm o esta definición afina la cuestión de s¡ la gente realm ente
c o m p arte ancestros y destino com unes; q u e crean que es así es lo q u e im p o rta para m o v i­
m ientos nacionalistas. P ero los científicos sociales no tienen p o r q u é co m p artir esta creen­
cia, au n q u e la con sid eren u n factor crucial en la com prensión del nacionalism o. Tal duali­
dad de perspectivas, co m o la que se da en tre actores sociales y observadores sociales, está
ausente p o r co m p leto de la definición de la condición de pu eb lo de Rawls.
2. Véase la observación de A n d rew K uper: «La diferencia está en qu e en la teoría rea­
lista el cascarón de la soberanía estatal n o p u ed e ser p en etrad o o rem o v id o si y cuando un
régim en actúa de m o do injusto o no razo n ab le -e s to ejem plifica lo q u e llam aré “ estatism o
g ru eso ”- m ientras que, en la teoría d e Raw ls, el derecho de gentes lim ita razonablem ente
lo q u e u n E stad o p u ed e hacer justam ente a su p ro p io pu eb lo y a o tro s estados; esto ejem ­
plifica lo q u e llam aré “ estatism o d elg ad o ” » (2000: 644).
3. N o p u e d o avanzar m ás en las im plicaciones de este elem ento de la con stru cció n de
la teoría raw lsiana e n este p u n to . L o he h echo en o tro trabajo. Véase B enhabib, 2004.
4. H e p resen tad o en m ás detalle m i concepción de la co n stitu ció n narrativa de identi­
dades en B enhabib, 2002a: 6 y ss. P arto del supuesto de que las identidades se dem arcan a
través de narrativas cuestionadas p o r d o s m otivos: las acciones y relaciones hum anas se
form an a través de u n a herm enéutica doble. Identificam os lo que hacem os a través de una
narración d e lo que hacem os; las palabras y los hechos son equiprim ordiales, en el sentido
de que casi to d as las acciones hum anas socialm ente significativas se identifican com o un
cierto tipo d e h acer a través de narraciones q u e agentes y o tro s hacen de ese hacer. Segun­
do, las acciones e interacciones hum anas n o solo se co n stitu y en a través de u n a «red de na­
rrativas» sino q u e tam bién están co nstituidas a través de las p osturas evaluativas de los ac­
tores hacia sus haceros. E stas so n narraciones de segundo ord en , q u e traen consigo u n a
actitud no rm ativ a en relación con las de p rim e r orden.
Rawls podría objetar esto sosteniendo que el uso de premisas filosóficas complicadas
y teorías sociológicas es ilícito en los razonamientos respecto de la justicia, dado que tene­
mos que limitarnos a las premisas que pueden ser compartidas por la «cultura pública»
(Rawls, 1993:13-14,175). E ste siem pre me resultó u n aspecto particularm ente sofocante de
la teoría raw lsiana, que es hostil a la m isión esclarecedora de gran parte de la teoría y la fi­
losofía. A u n dejando esta cuestión de lado, sin em bargo, sostendría que Raw ls tam bién se
basa en la ciencia social en to d o su trabajo en El derecho de gentes , p o r lo qu e la cuestión
no es si u n o utiliza su p uestos y hechos tom ados de la sociología, la historia y lá econom ía
sino qué tipos de hechos y teorías se usan. Raw ls esquiva debates entre «constructivistas» y
«esencialistas» en los estudios del nacionalism o y presenta el esencialism o co m o si fuera
u n a po sició n incuestionada. Véase nuevam ente B enhabib, 2002a: 5-22, 187-189.
5. N o está claro có m o quiere Rawls que entendam os el térm ino «cerrado». ¿Q uiere
decir que tales sociedades n o perm iten em igración o inm igración? E ntonces no serían so­
ciedades liberales sino regím enes autoritarios. L os países detrás de la C o rtin a de H ierro
eran «cerrados» p o r el hecho qu e prohibían la em igración y regulaban estrecham ente la m i­
gración interna. P ero véase tam bién Rawls, 1999: 74 n. 15, sobre el derecho a em igración de
sociedades «jerárquicas decentes».
6. «En u n m o m en to dado, los m igrantes p o r lo general son contribuyentes netos al era­
rio público: son desp ro p o rcionadam ente de edad laboral y el país receptor n o ha pagado su
educación. U n estudio d e la H o m e O ffice británica estim ó que la población extranjera pa­
gaba alrededor de u n 10% más al gobierno de lo qu e recibía de los fo n d o s estatales. Pero
u n estudio m agistral de 1997 del im pacto económ ico de la inm igración, realizado p o r el
C o n sejo N acional de Investigaciones de E stados U nidos, concluyó q u e el cu ad ro cam bia
si se m ira el desarrollo en el tiem po en vez de to m ar u n a fotografía. E n ese caso, según las
conclusiones de este estudio, los inm igrantes de p rim era generación im pusieron en p ro m e ­
dio u n costo fiscal neto de 3000 dólares al valor actual descontado; p ero la segunda genera­
ció n p ro d u jo una ganancia fiscal de 80.000 dólares»: «A m odest co n trib u tio n » , The Econo-
mist (2-8 d e n oviem bre d e 2002), suplem ento especial, «A survey o f im m igration», 12-13.
7. La ciudadanía cosm opolita, tal com o la p ro m u ev e M artha N u ssb au m , im plica no
tan to una práctica p olítica com o un a actitud m oral de n o p o n e r los asuntos y p reocupacio­
nes de nuestra co m u n id ad inm ediata p o r delante de aquellos que pu ed an ser extraños para
n o so tro s, residiendo en m u n d o s lejanos. E n la versión de N u ssb au m , el cosm opolitism o es
u n a ética universalista q u e niega la exigencia hacia cada u n o de lo q u e en la teoría m oral se
designa co m o «obligaciones especiales» (N ussbaum , 1996, 1997). E stas so n obligaciones
q ue nacen de n u estra u b icación en com unidades hum anas concretas de descendencia o
sim patía, genealogía o afiliación. N u ssb au m niega q u e el «patriotism o» o u n com prom iso
privilegiado con una co m unidad nacional específica delim itada territorialm enre co n stituya
tal obligación e s p e c ia p f f patriotism o n(Testa~poFencima «del am or a la h u m anidad^ y no
debería llevarnos a ig n o rar las necesidades de o tro s con quienes n o com partim os m ía cul­
tu ra ni la descendencia, genealogía ni historia (N ussbaum , 1996: 12-17). C o n c u e rd o con
M arth a N u ssb au m en que ja n a actitud cosm opolita está en el co razón del universalism o
m oral y debe obligar al agente m oral a m ediar las dem andas de lo universal con la atracción
de lo p articular (véase B enhabib, 1992). Es m enos claro qué prácticas políticas, p o r oposi­
ció n a morales, im plicarían tal actitud cosm opolita m oral y qué instituciones, si es que al­
guna, co rresp o n d erían a este encuadre.
8. A l com entar el reclam o de H e n ry Sidgw ick de qu e se restrinja la inm igración para
m antener la cohesión interna de un a sociedad, Beitz señala que «bajo condiciones co n tem ­
poráneas parece im p ro b ab le q u e el valor derivado p o r sus ciudadanos de la cohesión y el or­
den d e sociedades relativam ente bien provistas sea m ayor que el valor qu e po d rían obtener
o tro s de la redistribución del trabajo (o la riqueza) que se produciría p o r la adhesión a poli
ticas cosm opolitas» (Beitz, [1979] 1999: 209). Los cosm opolitas liberales ven los (lujos mi
gratorios com o aspectos de la redistribución global a través de la cual los pobres del m undo
reclam an una participación en la riqueza di' los países más ricos buscando acceso .1 ellos.

l(,Q
9. Raw ls deja sin aclarar cuál es el origen de este «deber». Si bien el deber de ayudar a
o tro s en situación de necesidad se incluye en la m ayoría de los sistemas de m oralidad indi
vidual, sean kantianos, legal-utilitarios o intuicionistas, no está claro cuál sería la fuente de
tales obligaciones entre colectividades. U n a respuesta posible es que la Sociedad de los Pue
blos d eb e verse co m o u n sistem a de cooperación en el que cada pueblo tiene el deber de
m ejorar las condiciones de todos, de tal m o d o qu e se pueda alcanzar alguna fo rm a de igual
dad en tre ellos. Si este es el razonam iento de Raw ls (cfr. Raw ls, 1999: 18-19), entonces los
cosm opolitas liberales tales com o Beitz y Pogge están justificados al p reg u n tar p o r qué un
sistem a de cooperación no p uede estar sujeto a criterios aun más exigentes de igualdad en
tre partes cooperantes. P ara reiterar u n a frase que Raw ls hizo fam osa en Teoría de la justi
cia, ¿p o r q u é habría la gente de tener «interés en sus m u tu o s intereses» ([1971] 1972: 13)?
10. Rawls cita a D avid L andes, The Wealtb and Poverty of Nations (R iqueza y pobre
za de las naciones, 1998); A m artya Sen, Poverty and Famine (P o b reza y ham bre, 1981) y
Jean D réze y Sen, Hunger and Public Action (H am b re y acción pública, 1989). Pero la
perspectiva de Sen en estas cuestiones es m ucho m ás globalista y estructural y m enos tu l
turalista y m enos centrada en el E stado-nación qu e la de L andes. Raw ls pasa p o r encim a de
estas diferencias.
11. El sistem a num érico se originó en la India; los antiguos chinos sabían bastante de
m éto d o s científicos y experim entales, y, sin los esfuerzos de los filósofos árabes y judíos en
la E d ad M edia p o r p reservar el pensam iento y los trabajos de los filósofos griegos, el Re
nacim iento en O ccidente no podría haber sucedido. L a deu d a de las culturas entre sí es .uní
m ás extensa que lo que sugiere p o r sí sola la historia económ ica.
12. In tro d u je este com entario p o r el siguiente m otivo: si bien p uede ser q u e n o sepa có
m o funciona el sistem a de seguros de autom óviles o el de la seguridad social, cóm o se fijan
las prim as de seguros y cóm o se pagan los beneficios de la seguridad social, en principio |>o
dría averiguarlo si quisiera. U n sistem a de cooperación, p o r oposición a un sistem a di
«consecuencias n o intencionales», se basa en reglam entos conocibles. P ero la vid;i social \
económ ica está gobernada p o r am bos esquem as: p o r sistem as de cooperación así com o | » h
la lógica de las consecuencias n o intencionales. El m ercado económ ico es una esleí .i ■u i.il
q ue co m b in a am bos rasgos. A lgunos incluso sostendrían que p uede funcionar com o un
sistem a de cooperación precisam ente porq u e se basa en la lógica de las consecuem i,i \ i.......
tencionales.
13. E n u n a conversación N a n c y Fraser p lan teó la siguiente objeción. ¿N o habí i.i d in i
gencias epistém icas y herm enéuticas sim ilares tam bién dentro de los estados y .................i
plicaría que las m edidas redistributivas d en tro de los entes políticos son ilegítim a1,r1 < n o
que hay vastas diferencias de op in ió n epistém icas y herm enéuticas sobre estas c u c h i ......
en todas las sociedades dem ocráticas. P ero a diferencia del contexto global, tales sociedad*
dem ocráticas exhiben varios rasgos: a) una esfera pública de opinión e intercam bio n i l.i
que puede realizarse el libre debate acerca de quiénes son «los m enos aventajados■■d riu in
de la población; b) u n m arco co m ú n de gobierno que crea líneas claras de responsabilidad,
de tal m o d o que los cam bios en la política redistributiva pueden m edirse y articularse, c) la
posibilidad, tan to com o la necesidad de forjar pu n to s tem porarios de convergencia dentó
c rític a para reconciliar concepciones divergentes de igualdad.
Entes co m o el l MI, el Banco M undial y la AID están asum iendo en form a creciente fim
( iones de gobierno sin estar sujetos a estas obligaciones dem ocráticas. P ero deberían estai
lo. Mi argum ento no es en absoluto antirredistribucionista; es un in ten to p o r reconcilia! la
lom a de decisiones dem ocrática con políticas redistributivas.
14. < IIi. Heitz, que escribe: I'.s un error identificar demasiado estrecham ente el ali an
i e ile los principios y el alcance de las instituciones necesarias para implementarloi, poiqui
*.<■puede imagina! una variedad de configuraciones e instituciones (por ejemplo, un io n

lt,l
ju n to coo rd in ad o de instituciones regionales) qu e im plem entarían el principio» ([1979]
1999:157). Véase tam b ién Pogge, q u e es p artid ario de «unidades territoriales anidadas» en
u n «plan de m últiples estratos» (Pogge, 1992: 68).
15. P ara u n im p o rtan te análisis y crítica de los supuestos sociológicos así com o n o rm a­
tivos de estos teóricos, véase Veit B ader que escribe: «El centro de los argum entos socioló­
gicos está en la constru cció n de un a norm atividad estilizada del E stad o -n ació n m o d ern o en
el q u e las fronteras del E stad o coinciden co n la “ com pletitud funcional” de la econom ía y
la “ auto co m p ren sió n práctica de la nación com o un a com unidad de v alores” [...]. “ G lo b a­
lización económ ica o internacionalización” e internacionalización institucional (es decir,
los E stados U n id o s) inevitablem ente llevan a u n ‘‘desacoplam iento de las fro n teras de la
econom ía, la sociedad y el E sta d o ”». (Bader, en prensa; citas tom adas de Streeck, 1998). Ba­
d er señala justificadam ente q u e hay pocas evidencias que avalen este idealism o histórico.
16. P ara u n im p o rtan te análisis del activism o político en las com unidades de trabajado­
res extranjeros de E u ro p a en H olanda, véase Tillie y Slijper, en prensa.
17. Véase la im p o rtan te colección de ensayos, Immigration and Citizenship in the
Twenty-First Century (Inm igración y ciudadanía en el siglo XXI, com pilada p o r N o a h Pic-
k u s (1998) y en particu lar los aportes de Juan Perea (1998) y M ichael Jo n e s-C o rre a (1998).
18. E n u n in tercam bio q u e tuvim os en The Responsiva Commumty (La com unidad
que responde), M ichael W alzer rechazó enfáticam ente q u e h ubiera hecho tal u n ió n y de­
fen d ió el pluralism o. P ero la lógica del argum ento en Spheres ofjustice n o p erm ite u n a di­
ferenciación ro b u sta en tre integración política y la identidad cultural-étnica.
W alzer, en su respuesta a mí, defiende el derecho de las naciones dem ocráticas de ap ro ­
b ar legislación antiextranjera y antiinm igración sobre la base de q u e así ejercen la au to d e­
term inación (Walzer, 2001). Yo no cuestiono q u e las naciones dem ocráticas p u e d a n hacer­
lo. M i preg u n ta es qué piensan y hacen los filósofos políticos cuando las naciones
dem ocráticas lo hacen. ¿ P o r q u é estam os tan dispuestos a aceptar que los «buenos daneses»
(el ejem plo d e W alzer) p u ed en ap ro b ar legislación xenófoba y antiinm igración m ientras se
co n d en a la desnaturalización p o r H itle r de ciudadanos judeo-alem anes cu an d o llegó al p o ­
der? ¿C uáles so n los criterios que utilizam os p ara qu e lo p rim e ro nos resulte aceptable y lo
seg undo odioso? V éanse B enhabib 2001 a y la respuesta de W alzer (2001). Véase Benhabib,
2001b p o r más.
19. El d ebate so b re inm igración en E stados U n id o s ha sido cam biado radicalm ente p o r
los hechos del 11 de sep tiem bre de 2001 y p o r las guerras en A fganistán e Irak. Luego de
estos eventos, la inm igración ha sido crecientem ente crim inalizada. C o m o escribió R onald
D w o rk in con respecto a la P a trio t A ct de E stados U n id o s, aprobada p o r el C o ngreso el 25
de o ctu b re de 2001, esa ley p arte de «una definición del terro rism o y de la ayuda al te rro ­
rism o que q u ita el aliento p o r lo im pecisa y am plia» (D w orkin, 2002). T am bién relaja las
n o rm as q u e p ro teg en de la investigación y del juicio injusto a la gente sospechada de crí­
m enes.

Capítulo 4

1. El artículo 15 de la D eclaración U niversal de los D erechos H u m a n o s (N aciones


U n id as, 1948) dice: «^1 nadie se privará arbitrariamente de su nacionalidad ni del derecho
a cambiar de nacionalidad». E sto perm ite a los estados soberanos cierto m argen para d e ­
term inar lo que sería u n a desnaturalización «no arbitraria». En este libro cu estiono algunas
de las prácticas que los estados que buscan p ro m o v er m ayorías nacionalistas etnocéntricas
p u ed en considerar n o arbitrario.
2. L a etnicidad siem pre ha sido considerada un factor significativo en la negación u otm
gam iento de la ciudadanía. L os estados en los que residen ciertos grupos étnicos tienden .1
solicitar u n trato especial para los de su etnia; de hecho hay estados, tales com o Israel, que
hacen del derecho al regreso un privilegio legal para aquellos q u e p ueden dem ostrai mi
ascendencia judía. D el m ism o m odo, A lem ania tiene políticas q u e o torgan privilegios c-'.p<
ciales de regreso a alem anes étnicos de los estados bálticos, Rusia y otros países de Europa
o riental y central (los así llam ados Aussiedler y Vertriebene). M ientras u n E stado no niega .1
los de etnicidad y religión diferentes derechos equivalentes para solicitar ingreso y admisión
en u n país, creo q u e estas prácticas no tienen p o r qué ser discrim inatorias. E s solo porque
tales prácticas se co m binan con las m etas de preservar m ayorías étnicas y pu reza étnica que
violan y son discrim inatorias desde u n a perspectiva de derechos hum anos. L a «ley del regí e
so» d e Israel, p o r ejem plo, viola los derechos hum anos de los refugiados palestinos, mucho»
de los cuales a esta altura ya p ueden n o estar siquiera interesados en volver a Israel y pueden
estar dispuestos a aceptar varias otras form as de com pensación. O tro s m ás pueden pmhjit
co n bu en fu n d am en to que caen d en tro de las provisiones de la cláusula de unificación I.11111
liar de varias convenciones de refugiados y, p o r tanto, deben ser adm itidos en Israel. I )esgi .1
ciadam ente, u n a decisión reciente del gabinete israelí rescindió incluso el derecho de palé»
tinos que se h ayan casado con ciudadanos israelíes a ob ten er la ciudadanía israelí, violando
p o r tan to una de las cláusulas fundam entales del derecho internacional, a saber, la unilic.i
ción de familias que quedan en distintos lados de fronteras. Los alem anes en cam bio evita
ron el nacionalism o etnocéntrico de sus políticas respecto de los «expulsados», liberalizan
d o sus leyes de ciudadanía y perm itiendo la inm igración a todos los que cum plían con
ciertos requisitos.
3. ¿El derecho h u m an o a la m em bresía descansa sobre una distinción problem ática en
tre atrib u to s de id en tidad «elegidos voluntariam ente» tales com o la profesión, y canu t a is
ticas «adscriptas» o «no voluntarias» tales com o el g rupo lingüístico, la etnicidad, I.i reli
gión, etc.? Y si así fuera, ¿no se estaría a d o p tan d o u n a visión más bien esencialista de csi 1>s
últim os rasgos de identidad? H e argum entado extensam ente contra tal esencialism o cultu
ral en B enhabib, 2002a: 1-23, y no considero tal esencialism o central a m i reivindicación del
derecho h u m an o a ser m iem bro. M ás bien sostengo q u e los ciudadanos en las dem ocracia',
liberales se ven co m o poseedores de identidades concretas adem ás de ser p o rtad o res de 1le
rechos m orales y p olíticos universales. N eg ar a los extranjeros y residentes el derecho .1
convertirse en ciudadanos de dem ocracias liberales de m odo perm anente viola la liben.ni
com unicativa de todas las personas inherente a la com prensión de estos derechos y es ln
pócrita adem ás de co n trad icto rio en sí m ism o. D e m o d o que la cuestión pesa en el .. 111■I
lirio entre la cu ltu ra pública com partida de las dem ocracias liberales y los legados culi 111,1
les, lingüísticos y religiosos específicos de los pueblos. ¿C uál es la relación entre el ilnm i 1 1
la elbnos} Sugiero que u n a p ro h ib ició n p erm anente de la naturalización de otro s es ím uní
patible con una dem ocracia liberal. Tales regím enes se volverían autoritarios y cveniu.il
m ente se convertirían en «etnocracias» opresivas. N o creo en el concepto de 1111,1 il< nm
eracia étnica», que aparece en algunas discusiones contem poráneas, en Israel en p.iiin 11I 11
Vuelvo a esto más adelante en el capítulo 5. M uchas gracias a P atchen M arkell pin 11,i< 1 .
mi atención esta objeción.
4. Partes de este debate han aparecido previam ente en B enhabib, 2002b.
*>, Véase artículo 1-8 del «T ratado p o r el q u e se establece u n a C o n stitu ció n p.11.1 I' 11111
p.i-, (w w w .co n stitu cioneuropea.es/pdf/constitucioneuropea.pdf); la form ulación 01 igiu.it
del T ratado de M aastricht, artículo 8 de C , P arte 2, dice: «1. Q u ed a establecida la ciudad .1
ilf.i ile I.i U nion. Toda persona qu e tenga la nacionalidad de un E stado m iem bro será ciud.i
(luna de la U nión» (reproducción facsim ilar en archivo en po der del autor). U n análisis m i
e h111 iso de estas cuestiones aparece en B enhabib, 2002a: capítulo 6.

If.1
6. A l referirm e a la ciudadanía rom ana en este contexto, estoy reco rd an d o algunas de
las críticas cívicas republicanas de la extensión de la civitas rom ana a élites provincianas y a
aquellos que servían en las fuerzas m ilitares. A l co n q u istar R om a más pueblos y territorios,
la ciudadanía rom ana p erdió su carácter hereditario y se volvió m ás territorial. C o n el as­
censo del im perio, este derecho p erdió su significación. D esde M aquiavelo pasando p o r el
joven H egel, hasta E d w ard G ib b o n , se ha considerado que la extensión de la civitas y la de­
clinación de la república van unidas. El h isto riad o r contem poráneo M ichael M ann sostie­
ne que la invención d e la ciudadanía territorial extensiva tam bién d io a R om a u n a ventaja
sobre o tro s entes tales co m o C artago. Véase M ann, 1986: 254.
E n este co n tex to solo q uiero señalar que el topos de la transición de la república al im ­
p erio y la declinación de la ciudadanía activa está presente en la m em oria de m uchos obser­
vadores europeos co n tem p o rán eo s cuando reflexionan sobre las transform aciones p ro d u ­
cidas p o r la U n ió n E u ro pea. Q u iero agradecer a W illem M aas p o r sus observaciones y
sugerencias extrem adam ente útiles en la m ateria.
7. La institu ció n de la ciudadanía entre individuos q u e no com parten u n lenguaje co­
m ú n , una esfera pública com ún y canales efectivos de participación ha dado surgim iento a
u n a cantidad de debates en la teoría política y en la jurisprudencia. A lgunos ven la ciuda­
danía europea com o una hoja de parra que busca c u b rir la considerable reducción de los
p oderes dem ocráticos d e los pueblos soberanos a favor de un a «E urocracia» anónim a con
asiento en Bruselas y so n m ás aún los que alertan de u n creciente «déficit dem ocrático» en
la u n ión. Sostienen que en el h o rizo n te se avizora la ciudadanía sin participación. Véase
Preuss, 1995; Balibar, 1996; L ehning y Weale, 1997. E ste caso ha sido planteado m ás recien­
tem ente y con fu erza p o r W eiler (1999).
8. E ste capitulo fue concluido d urante el acceso a la U E de diez nuevos estados m iem ­
b ro s en la prim avera de 2004. Los derechos de traslado de ciudadanos de estos nuevos
m iem b ro s para establecer su residencia y o b ten er em pleo en el territo rio de los antiguos
q uince m iem bros de la U E han sido restringidos p o r u n período de hasta siete años. E n es­
te m o m en to tam p o co es claro cuál será la reglam entación final de los d erechos de movili­
dad interestatal, en concordancia con criterios de autosuficiencia económ ica, seguro de sa­
lu d y política d e bienestar.
9. Véase N eu m an , 1993. La convención de D u b lín y el segundo acuerdo de Schengen
fu ero n firm ados en ju n io de 1990. A m bos acuerdos contienen reglas para determ inar un
«estado responsable» q u e acepta procesar a u n solicitante de asilo de u n país no m iem bro
de la U E.
10. H an ia Z lo tn ik observa que «el nú m ero total de solicitudes presentadas a países eu­
ro p eo s cayó en u n 3 7 % entre 1989-93 y 1994-98» (2001: 236).
11. E n 1999-2000 la coalición del P artid o S ocialdem ócrata y los Verdes en A lem ania
p u so en peligro la vigencia de la Ley de asilo de la C o n stitu ció n alem ana, m ás bien genero­
sa y liberal, p ara asegurarse la cooperación de las conservadoras U n ió n D em ó crata C ristia­
na y U n ió n Social C ristian a en la aprobación de una ley de inm igración en el parlam ento.
A com ienzos de 2004 el gobierno Blair en G ran B retaña prom ovía sim ilares acuerdos. El
go b iern o británico h a estado planificando d e p o rtar asilados a nuevas «áreas de procesado
regional» (A PR ) y «centros de procesado de tránsito» (C P T ). M ientras los prim ero s esta­
rán ubicados en la región de la crisis de refugiados, los últim os se su p o n e que deben estar
cerca d e las fro n teras externas de la U E . Las C onclusiones de la Presidencia de la C u m b re
de la U E d e Salónica decidió no in corporar las propuestas de centros de procesam iento de
trán sito en su agenda, p ero se analizarán los m éritos de las áreas de procesado regional o
zonas de protección, sostenidas p o r los gobiernos británico y danés en particular. C o m o
observa G rcg o r N o li: « N o es ninguna exageración afirm ar que podría m uy bien signilii ,n
el fin d e la C o n v en ció n so b ie Refugindoü de 19 5 1 l seiu u lm cnle, los ^obicr nos lu ii.mico,

H ,4
danés y o tro s que lo sostienen buscan intencional y activam ente crear u n E stado pcrm a
n ente de excepción en el régim en internacional de refugiados» («Vissions o f the Exceptio
nal», 27 de ju n io de 2003, w w w .openD em ocracynet).
12. Los tu rcos y los ku rd o s étnicos (en la m ayoría de los casos ciudadanos turcos) si >n
el m ay o r g ru p o de extranjeros n o solo en A lem ania sino en E u ro p a occidental en genri al
E n 1993 eran 2,7 m illones. D e ese total, 2,1 m illones viven en A lem ania y en 1999 represen
taban el 2,86% d e la población. El segundo g ru p o de extranjeros p o r su n úm ero son los
m iem bros de ex estados yugoeslavos, m uchos de los cuales disfrutan de la condición de i e
fugiados plenos o tem porarios: 1,8 m illones de croatas, serbios, bosnios, m usulm anes y al
baneses. E ste cu ad ro se ve com plicado p o r la presencia en países tales co m o Francia de im
cionales de antiguas colonias, tales com o argelinos. En el censo de 1990 Francia contaba
co n 614.200 individuos nacidos en A rgelia en su población y 572.200 m arroquíes. I'.n 19%
extranjeros nacionales de terceros países representaban el 6,3% de la población en Fi am i.t.
en 1999 este p o rcentaje cayó al 5,6% y, de acuerdo con las cifras de 2002, oscila en mi im
del 6,1%. Luego d e la caída del com unism o en E u ro p a oriental y central, la migración >l<
estos países a la U E co ntinuó. E n 1998, un total de 100.000 ciudadanos polacos ingresaron
en la U E . C o n el ingreso de Polonia en la u nión en 2004, cam bió su estatuto. E n 1998, lia
bía alrededor de 20.500 ciudadanos rusos residentes en Finlandia. Véase S O P E MI l’ublu a
tions, 1998.

Capítulo 5

1. «Las diferencias de estatuto pueden recibir el sello de legitim idad en térm inos di <ii i
dadanía dem ocrática siem pre que no p ro d u z c a n u n corte dem asiado p ro fu m l", mui ,/m
ocurran dentro de una población unida en una sola civilización*>(Marsli.ill, I i n ,, , ,
tam bién 47. Énfasis mío.).
2. «La conclusión que surge de esta situ ac ió n -escrib e R o b ert Covi'i es miii|'l< \ mui
preocupante: hay un a dicotom ía radical entre la organización social del ilei <<lm • •mui |>n
d e r y la organización del derecho com o significado. E sta dicotom ía, iii.iiiiln m i . n . nlim i
folk y subterráneas incluso en las sociedades m ás autoritarias, está p.u lii nl.u im un 1 1■ i>
ta en una sociedad liberal que niega el co n tro l sobre la narración. I',l un ,n ................ ni m i i
d o del significado ejerce u n a influencia desestabilizante sobre el p o d rí I ■> ........... i - I
ben “ tener significado”, p e ro necesariam ente lo tom an prestado d r niiiirii.ili". >n id>> |" "
la actividad social que no está sujeta a las lim itaciones de p ro v en ir ni i.i que >ii.......i i «u ln
que llam am os la legislación form al. Incluso cuando instituciones aiiton nl.i, i ........... .
crear significado p ara los preceptos articulan, actúan, en ese respecto, d e ......I........ .. il
giado» (1983: 18).
3. Partes de este análisis han aparecido previam ente en B enhabib, 200.’.i ’>' h»i I n
p articular he revisado los apartados de conclusiones.
4. P rim ero una nota de clarificación term inológica: la práctica de liso del velo r n i ir l.i*
m ujeres m usulm anas es una institución com pleja qu e exhibe grandes v.u i.u iones entie mu
ellos países m usulm anes. L os térm inos chador, hijab, niqab y fular refieren .i ítem s ile.tin
tos de vestim enta que so n utilizados p o r m ujeres m usulm anas provenientes de distintas i n
m unidades m usulm anas: p o r ejem plo, el chador es esencialm ente iraní y re lie n 1 ,i l.i I.i i |-,,i
túnica y m anto negro usados de m odo rectangular en to rn o del rostro; el niqal’ es un u lu
que cubre los ojos y la b oca y solo deja expuesta la nariz; puede o no usaise en i m ijuni ion
ro n el i hadar. I .a m ayoría de las m ujeres m usulm anas de Turquía tienden .t us.ii l.n iv >s ,i i
b ie to d o s y un fular o un carsaf (vestim enta negra que se asemeja mas que nada a l . h.nhti),

/A)
E stos ítem s de vestim enta tienen una función sim bólica d entro de la com unidad m usulm a­
n a misma: las m ujeres de distintos países se indican unas a otras sus orígenes étnico y na­
cional a través de su vestim enta, adem ás de indicar su distancia o proxim idad co n la tradi­
ció n al hacerlo. C u a n to m ás brillantes los colores de sus sobretod os y fulares -a z u l, verde,
beige o lila brillante p o r oposición a m arrón, gris, azul m arino y, p o r supuesto, n e g ro - y
cu an to m ás a la m oda el corte y el material según estándares occidentales, m ay o r es la dis­
tancia que po d em o s su p o n er de la ortodoxia islám ica p o r p arte de las m ujeres q u e las usan.
V isto desde afuera, sin em bargo, este com plejo sem iótico de códigos de vestim enta se re­
duce a u n o o dos ítem s de vestim enta que entonces asum en la función de sím bolos crucia­
les en com plejas negociaciones entre com unidades m usulm anas y culturas occidentales.
5. Mi análisis de estos incidentes se apo y ó prim ordialm ente en d o s fuentes: G aspard y
K hosrokhavar (1995) y u n excelente trabajo p o r M arianne B run-R ovet, presentado en m i
sem inario sobre «N aciones, estados y ciudadanos». H arv ard University, D ep artam en to de
G o b iern o (B run-R ovet, 2000), en m is archivos.
6. Salvo indicación contraria, las traducciones de este capítulo [al inglés] son mías.
7. La severidad de la ley aprobada p o r la A sam blea N acional Francesa el 10 de febrero
de 2004, p ro h ib ien d o el uso del fular y o tro s sím bolos religiosos en escuelas públicas, hará
m u ch o más difícil el surgim iento de u n Islam m oderado. P ero los procesos de iteración de­
m ocrática co ntinuarán, d ado que m uchos grupos fem eninos franceses e incluso organiza­
ciones de docentes cuestionan lo acertado de esta legislación. Sin duda, grupos de derechos
hu m an o s tan to co m o organizaciones m usulm anas tam bién accionarán contra esta ley en el
nivel de las cortes europeas. Véase «D erriére la voile», 2001.
8. Los legisladores alem anes respondieron al m andato de la corte aceleradam ente y,
luego de B aden-W ürttem berg, Bavaria tam bién ap ro b ó u n a ley p ro h ib ien d o el u so de fu­
lares en las escuelas. N o se incluyeron sím bolos cristianos y judíos en esta prohibición. O r ­
ganizaciones y gru p o s defensores de derechos civiles que representan a m usulm anes que
viven en A lem ania (estim ados en 3,2 m illones) han criticado la p rohibición propuesta.
9. Q uisiera agradecer al d o c to r en abogacía O liver H . G erstenberg p o r varios inter­
cam bios de correo electrónico provechosos acerca de los fundam entos del razonam iento
d e la corte.
10. E m cke señala que en u n a decisión an terio r concerniente a la presencia de crucifijos
en el aula, lo que declaró inconstitucional la C o rte C onstitucional alem ana n o fue la exis­
tencia de sím bolos religiosos en espacios públicos o escuelas públicas, sino la obligación de
m o strar el crucifijo de form a perm anente. «E n este sentido -c o n c lu y e - n o h ay fundam en­
tos constitucionales co n tra los sím bolos religiosos com o tales» (Em cke, 2000: 284).
11. El estado libre de H am b u rg o se em peñó en u n cam bio sim ilar en sus leyes electo­
rales d e m odo de p erm itir a sus residentes extranjeros de al m enos ocho años en esa condi­
ció n p articipar en la elección de asambleas m unicipales locales ( Bezirkversammlungen ).
D a d o que H am b u rg o n o es u n a provincia federal (Land) sino una ciudad-estado libre, con
su p ro p ia constitución, algunos de los aspectos técnicos de esta decisión no son paralelos a
los de Schlesw ig-H olstein. Yo decidí centrarm e solo en este últim o caso. P ero de todos
m o d o s es im p o rtan te n o tar que el gobierno federal, que se había opuesto a las reform as
electorales de Schlesw ig-H olstein, apoyó las de H am b u rg o . Véase BVerfG 83, 60, II, N r. 4,
p p . 60-81.
12. El affaire del fular en Francia es seguido atentam ente en Turquía, u n a dem ocracia
secular m ultipartidista, con u n a población m ayoritariam ente m usulm ana. A lo largo de las
décadas de 1980 y 1990, T urquía se enfrentó a su p ro p ia versión del affaire del fular cuan­
d o los p artid o s islám icos increm entaron su p o d e r en el parlam ento y cantidades sin prece­
dentes de m ujeres turcas islámicas com enzaron a estudiar en las universidades. Desde el
p u n to de vista de las autoridades estatales turcas, el fular se ve com o un a violación del prin
cipio de «laiklik» ( laicité) articulado p o r A tatü rk , el fu n d ad o r de la república. La C orle
C o n stitucional tu rca se expidió en 1989 co n tra el u so de fulares y turbantes en universa!»
des. E studiantes y organizaciones islámicas que los representaban p ro testaro n apelando .il
artículo 24 d e la co nstitución turca, que garantiza la libertad de expresión religiosa y al .11
tículo 10 que p ro h íb e la discrim inación p o r creencias religiosas y diferencias de lenguaje,
etnicidad y género. Su reclam o fue rechazado. P ara u n m ayor análisis véase Benhabib,
2002a: 203.

Conclusión

1. L os conceptos de «soberanía divisible», «desagregación de soberanía» y «dcscmpa


q u etado de soberanía» ahora circulan en la teoría política y del derecho. M ichael I.i nd si >s
tiene el argum ento de que el «desem paquetado de la soberanía» y la delegación por el pile
b lo de ciertos atrib utos de soberanía, tales com o la autodefensa o el derecho a negocim con
la O rg an izació n M undial del C om ercio, p o r ejem plo, en diversas instancias m ulti y stipi .1
nacionales, m ientras tal delegación sea consensual y revocable, n o d estruye la ¡dea de sobe
ranía popular. P ero n o se fijan lím ites a lo que no puede delegarse para que un pueblo üi^iI
siendo soberano. ¿C u án to p o d e r de legislación puede ser delegado efectivam ente a iiisun
cias distintas de las q u e representan dem ocráticam ente al pueblo sin renunciar p o r com ple
to a la representación dem ocrática? Véase L ind, 2004: 11-14.
2. O tto Bauer (1881-1938) fue u n o de los principales m iem bros de la escuel .1 Ji ni ni
m arxista, que se d esarrolló en Viena a fines del siglo XIX. O tro s m iem bros e i .111 M.m
Adler, R u d o lf H ilferd in g y K arl R enner. B auer es conocido principalm ente poi su . sin
dio del p ro b lem a de las nacionalidades, que fue publicado en 1907 con el título de / '<■ V >
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índice temático

acción, política, 89,123 Ley Básica, 142, 144-146


Acuerdos de Copenhague, 120-121 ley de ciudadanía, 146, 149
Administración C linton, Estados ley electoral, 145,148
U nidos, 90 maestros, estatuto de, 148
affaire del fular, 28, 132 naturalización, 113-114, 133, 146
en Alemania, 142-144 Partido de la U nión Demócrat.i
en Francia, 133-142 Cristiana y la U nión Social
Affaire Dreyfus, 52 Cristiana, 145,164
Afganistán, 72 Schleswig-Holstein, 28, 132, 144,
Agencia Internacional de Desarrollo 146-148, 166
[AID], 80 separación de la Iglesia y el
Alemania Estado, 132,134, 140
acceso a cargos públicos, 143 trabajadores visitantes, 149
affaire del fular, 142-144 A l-Qaeda, 72
ciudadanía, 133,144, 145,146-150 América latina, 69, 153
como país de inmigración, 146, amnistía de deuda, 83
149 A rendt, H annah, 45-59, 61-62, 74,
C orte Constitucional, 28, 133, 97, 99, 101, 122, 141
142-144, 146-149, 155, derecho a tener derechos, 26, 99,
166-167 112
derechos de voto, 117, 145, 147, Aristide, Jean-Bertrand, 90
152 asilo
H am burgo, 28, 132, 147-149, 166 derecho de, 19, 32, 58-59, 156
Jus sanguinis, 53, 113 otorgam iento, 58-59, 109
«impuesto eclesial», 139 asilo, solicitantes (asilados), 16,
3 5 Wi, SK S9, H9 9 0 , 9fS l i r n r l u i in m, 11 'H, ’iii, '>1
102-103, 122-123 l i r n r l i c l i n d i I i i p i u 'i I , i i i m i . i l , ‘M
condiciones para, 109-110, B enhabib, 20, 21, Ir.. VI, M , 69,
111-112 84, 91, 98, 107, 121, I I 36, 149
cuasi criminalización de, Bentham, Jeremy, 97
122-123, 129 bien, concepción del, 70-71
derechos de, 50, 90-91, 93-94, bienes sociales com partidos, 93-94
122-123 bienestar, medida de, 84
en la U nión Europea, 114, Bohman, James, 12, 29
120-121 Bosnia, 18
políticas de, 109-110, 128-129 Brun-Rovet, Marianne, 134, 166
sistema europeo com ún de Buchanan, Alan, 14, 18, 64, 69
asilo, 110-111 Burke, Edm und, 93
y soberanía, 93-94
asociación, derecho de, 32-33, 36-37, Calidad de vida, medición de, 84
45,114, 122-123 Canadá, Primeras Naciones, 69
Australia, aborígenes, 69 capitalismo, 79, 88
autarquía, 79 Carens, Joseph, 11, 76
autoconstitución, 24, 42, 44, 57, 90, Cesarani, David, 92
128, 153 Checoslovaquia, 48
autodefinición, 25, 90,146 Cheniére, M. Ernest, 134
autodeterminación, 14, 39, 43-44, China, concesiones comerciales, 31
62-63, 85-86, 88, 93 cierre democrático, 23-25
autogobierno, 24-25, 66-67, 127 ciudadanía, 23-24, 42-43, 45, 69, 96,
democrático, 40-41, 42, 62-63, 152,154
88, 154, 155 admisión, 101-102,146-147
instituciones de, 115-120, 127-128 condición de, 106-107, 126
y ciudadanía, 45, 96 condición y privilegios, 76
autonomía cosmopolita, 27-28, 125
personal, 23-24,100,102, 135-136 definición, 146, 147
pública, 136-137, 154, 156 derecho a, 61,105
autopreservación, 36-37, 98 derechos de, 42-43, 45-46, 61,
ayuda extranjera, 73-74, 89 63-64, 85-86, 107
ayuda para el desarrollo, 83 desagregación de, 63-64,112-113,
125, 147-148, 152, 153-154
Banco M undial, 83, 161 desagregada, 14-15, 25-26, 27-28,
Barber, Benjamín, 133 44, 107-108, 125-129
Bauer, O tto, 154, 167 desterritorializada, 127-128
Bayrou, Frangois, 136 devaluación de, 88-89, 125
Bayrou, Guías, 136 dual, 152-153, 154
Beitz, Charles, Europea, 27-28, 95-96, 97-113,
justicia global, 14, 62, 77-78, 79, 125, 147, 154
81-82 flexible, 153-154
gobierno mundial, 82-83 Jus sanguinis, 52-53
pueblos, 64, 65, 68-69, 76 Jus solí, 52-53
ley ilc, I 46 I i n t u t o d r Krlu^iadoN, I'*, l ’>,
miníelo idealizado de, 95, 10<> 10/ 58, 103, 111-112
m odelo sociológico de, 106 IOS Convención Europea para la
m odelo unitario de, 107-108, Protección de los Derechos
129-130 H um anos y las Libertades
nacional, 13, 27-28, 105-106, 154 Fundamentales, 114-115, 122,
normas de, 22 139
política, 89 cooperación, internacional, 79 HI,
segunda clase, 42-43 84-85, 86-87
significado de, 85-86, 147 C orte Criminal Internacional, SH
teoría de la declinación de la C orte Mundial, 58
ciudadanía, 62-63, 96, 122, Cortes europeas, 166
149-150 cosmopolitismo, 20,81,96, 12/, l'xi
transformaciones de, 62-63, legal, 76-77
95-96, 97-113, 129, 133 liberal, 76-77
y la democracia, 88-89, 127-128, moral, 75-77
147, 149,150 y los teóricos de la decimal ión
Colé, Philip, 24 de la ciudadanía, 87-88
Colombia, 153 Cover, Robert, 25, 131, 165
crímenes contra la humanidad, 17
Colonialismo, 32-33, 61, 78-79,
19,157, 158
101-102
cultura, 73, 89-90, 140, 143-144
en África, 46-47, 61, 78
comunidad
de Jong, Cornelius, 109
cultural, 91
Deberes del acuerdo de Dublín
de destino, 145-147, 149-150
de ayuda, 36, 73, 77,81,90
mundial, 81
negativos, 51
comunidad mundial, 68
perfectos e imperfectos, 36
comunidades
Debza, Karima, 139, 140
circunscriptas, 14, 42-43, 63-65, Declaración Universal de los
106-107 Derechos H um anos/del
cívico-jurídicas, 100-101 H om bre, 17,19-20,59, 101, Ift.’
comunitarismo, 101 definiciones, culturales, 90
condición de persona, 50-51, 59, 71, democracia, 20, 41, 69, 76, 91,
93, 129 103-104, 129, 141
conflicto, intraestatal, 69, 133-134 principio de, 146
Conrad, Joseph, 47 social, 88
consecuencias, no intencionales, y el igualitarismo global, 84-8S
79-81 y el liberalismo, 20, 2 5 ,101
Conseil d ’Etat, Francia, 134-136, y el nacionalismo, 24
138, 143 y la integración europea, 110
Consejo Europeo, 109-111, 121 y la membresía, 89
Consejo Musulmán, Francia, 138 y soberanía, 93
contrato social, 52,103 demos, 24-27, 44, 53, 86, 130,
contrato, original, 40-41 146-150, 152-155, 163
Convención de Ginebra sobre el y ethnos, 53, 147-148, 150, 163
derecho V i i ll d . t d t i i i l . t , ’lti , t i , 10V
de ciudadanía, 53, 146 l.’f, 127, l'is M6
de refugiados, 58 y l.i integral ion política, 9.’
constitucional, 45 y la migración, 19
intergubernamental, 109 y las minorías, 48
internacional, 17, 45, 57-59, 128, derechos devoto , 145-146, 152, 153,
153 156
moral, 99 en elecciones municipales y de
derecho a tener derechos, 45-59,114 distrito, 133, 202, 203
derecho cosmopolita, 26, 29-40, 45, derechos humanos, 43, 46, 53, 75,
52, 56, 62, 64, 74, 75 97-100
D erecho de Gentes, véase Gentes, comunicativos, 100, 102
Derecho de de membresía, 100-106
derecho, principio del, 75, 99,121-122 declaraciones, 14, 17
derechos, 18, 46-50, 56, 85 derecho de asilo, 58-59
a la vida, la libertad y la fijación de, 75
propiedad, 41, 97,107 normas internacionales, 16, 20,
básicos, 100, 121-122 88, 95, 153, 156
civiles, 50, 104, 105, 107, 122 principios, 14,93, 128, 129
cosmopolitas, 26, 29-38 régimen internacional, 17-20, 94,
culturales, 49, 69, 122 126-127
de forasteros y extranjeros, 37 universales, 2 4,26, 41, 89, 107,129
de humanidad en la persona, 51-52 y autonomía, 100
de los ciudadanos, 26-27, 41, 50, y colonialismo, 47
93 y derechos ciudadanos, 26-27,
de propiedad, 98 46,105, 121-122
de visita, 105 y derechos civiles, 122
e identidad, 96,121-123, 148 y el derecho a tener derechos, 49
económicos, 122 y la inmigración, 92-93
educativos, 49 y la integración europea, 109-
en la U nión Europea, 112, 118 ,
110 121-122
jurídico-civiles, 97 y nacionalismo, 54
justificación de, 99, 100, 121-122 y soberanía, 39, 40, 43, 53, 55-59,
legales, 76 89, 93
morales, 76, 97 Derrida, Jacques, 130
naturales, 97, 98, 132 desarrollo económico sustentable, 87
políticos, 95-96, 104, 105, 107, descolonización, 23, 75, 101
121-122,152 desnaturalización, 58, 100, 101
programa de, 75,104,105, interdicción de, 101, 103
121-122,132 y las minorías destrucción de un
regímenes, 100, 106, 107 extraño, 46, 49, 57, 61
reivindicaciones, 112 docum entos de viaje, 58
sociales, 107, 122, 125 Doyle, Michael, 18
tipos de, 50-51 droit d ’aubaine, 31
universales, 88, 94 D w orkin, Ronald, 139, 162
econom ía m undial, 79, 80, Hl, MI H'i Federación N acional de
elecciones; véase también derechos Musulmanes en Francia, I '5
de voto federalismo
Kmckc, Carolin, 12, 142, 166 cosmopolita, 8 1-82, 128,151 I S(i
emigración, 14, 70, 102, 160 mundial, 30, 38, 39-40, 33, 128
esclavos, afronorteamericanos, 43 fin-en-sí-mismo, 51
Estado constitucional, 23-24 Fink, Carole, 48
estados Fiss, O wen, 95
interés propio, 73-74 Flikschuh, Katrin, 29, 34-35
legitimidad de, 92 Fondo M onetario Internacional
obligación de perm itir el ingreso [fm i], 79-80, 83
de inmigrantes, 19 Francia
y pueblos, 65, 75 affaire del fular, 28, 132, 133 II.1.
estados naciones, 13, 23, 49, 53, 54, 148
75, 106-107 affaire Dreyfus, 53
A rendt sobre, 45-59 ciudadanía, 135, 136, 137, 140
desleimiento de, 46, 88, 127 Conseil d ’Etat, 134,135-136,
en Europa, 120 138, 142
territorial, 76 esfera pública, 137, 138
y ciudadanía, 101, 118, 125 Gabriel-Havez, College, 134
y colonialismo, 47, 101 imperialismo, 150
y derechos de migración, refugio Islam en, 139, 142
y asilo, 94 laicité, 132, 134, 136-137, 139,
y soberanía, 120 167
Estados Unidos, «Marianne», 140-141, 166
concepto de ciudadanía, 152 sistema educativo, 134, 135, 137
conscripción, 151 tratam iento de los musulmanes,
constitución, 95 142
derechos de voto, 152, 153 y tratados sobre minorías, 48, 57
indios estadounidenses, 42, 69 Foucault, Michel de, 148
inmigrantes ilegales, 142, 153 Friedrichs, Jórg, 115
políticas de inmigración, 95,151, fronteras
152 control de, 14, 15-17, 24-25,
ethnos, 53, 147-148, 150, 163 89-90
y demos, 24-27, 44, 53, 86, 130, justificación de, 22, 88
146-150, 152-155, 163 porosas , 75, 87, 89, 90-91, 149,
extranjeros, tratam iento de los, 156
30-31, 35-36, 38, 129; véase y democracia, 42
también asilados, refugiados, Fulbrook, Mary, 92
migración, inmigrantes fundamentalismo, 128

falacia Gabriel-Havez, College, Francia,


naturalista, 97, 98 134
petittio principii, 99 Gaspard, Frangoise, 134, 135, 137,
fascismo, 111 166

IHi
C JA T T , KO di'tlllil I . l i l i , t , ' *' > 'l(i

genocidio, 17 IH, 101, 157 1SK en I.i I lin ó n I ni up e ,!, 11H 122
Gentes, D erecho tic, 30, 61 -97, 159 étnica, 54, 14 » 144
globalización, 15-16, 88, 89, 126- francesa, 136
127, 133, 153 nacional, 127, 136
e identidad nacional, 136 política, 123, 127
inversa, 133 religiosa, 143-144
política, 29 tradicional, 148
gobierno constitucional, 42, 68-69, y derechos, 122-123
76-87, 128 Iglesia católica, 70,140
gobierno mundial, 38, 53, 56, 76, 81, igualdad, 54, 56, 85
84-85 Im m igrant W orkers’ Freedom Ride,
Góle, Nilüfer, 138 156
Guéhenno, Jean-M arie, 115 im perativo categórico, 51
guerra, 66 imperialismo, 38, 46-47, 62, 79
guerra civil, 40, 47 Im perio austro-húngaro, 48, 75
guerra, crímenes de, 17,18 imperio de la ley, 96, 115, 120
Gutiérrez, cabo primero José, 151,152 Im perio español, 75
Im perio otom ano, 31, 48, 75
Haberm as, Jürgen, 20, 23, 24, 41 Im perio ruso, 75
H aití, 90 inclusión, 56, 67, 128, 146-147
H am burgo, 28, 132, 147-149, 166 reglas de, 129
H athaway, James, 58 y soberanía, 21, 26
Hegel, G .W . F.,98, 106, 164 India, 31,47, 78,153, 161
H eld, David, 39 inmigración, 19, 58, 62, 73, 75, 9 4 ,148
H erzl, Teodoro, 54 com o amenaza, 72, 94
Hitler, Adolfo, 49, 162 condiciones para, 89, 102
H obbes, Thomas, 98 políticas sobre, 89-90, 92-93, 110,
H obsbaw m , Eric, 79, 88 128
H olanda, 105, 113-114 prim er ingreso, adm isión inicial
Hollifield, James F., 150 o primera admisión, 1 9 ,102,
H olocausto, 54 112
homogeneidad nacional, 48, 67, 68, razones para limitar, 72-73
76, 126, 148, 154 y política, 121, 126-127
H onig, Bonnie, 89 inmigración, derecho a, 19
hospitalidad, 26, 29-33, 35-36, 38, inmigrantes, 133
45, 52,61, 97, 129 absorción de, 102
condiciones legales para, 110
idealización, 65 derechos de, 50
identidad, 68-69, 135 en la U nión Europea, 121
cívica, 109 incorporación de, 102, 113
colectiva, 55-56, 68-69,107, inmigrantes, indocumentados, 111,
126-127 112, 151, 152-153, 156
cultural, 54, 94, 95-96, 121,139, condiciones para, 112
143-144, 156 instituciones, 20, 84-85, 130, 155
91, 92- 93, ')>
iiu c u t .ic ió n , K tn t, lin n u n u rl, I9 18, '> l , i..', I Vi
In té g rité , 135 beneficcnc i.», 3 1, ss s<,, 92 ') i
interdependencia, 6 2 ,6 3 , 77, 78, 79, ciudadanía, 42, 126
81-82, 85, 153 ciudadanía del m u n d o , 30, '8,
intervenciones hum anitarias, 18-19, 40 39-40
Irlanda, derechos de v o to , 105, c o n trato social, 52
112-113, 147 derecho básico, 99
Islam d erecho cosm opolita, 26 17, l'>,
«protestización» de, 139 61, 73-74, 75, 97, 100
y los derechos de la m ujer, 147 derechos, 29, 34, 55-59
Israel, 54, 161,163 gob iern o m undial, 156
Italia, 48, 108,110, 120 im perativo categórico, 5 1
iteración dem ocrática, 26, 28, 87, justicia, 62, 64
123, 139,147-149,166 «La p az p erpetua», 26, 29 " , H ,
definición de, 130-132 3 9 ,6 1 , 158
y políticas jurisgenerativas, leyes m orales, 51
Los elementos metafísnos ¡Ir l.i
128-133
justicia, 34
prin cip io del derech o , 99
Jacobson, D avid, 20, 88, 94, 156
soberanía, 55-59
Japó n, concesiones com erciales, 31
sociedad m undial, 76, 128
Jefferson, T hom as, 102
K asto ry an o , Riva, 12, 114
Jo sp in , L ionel, 136
K hosrokhavar, F arh ad , 134, 135,
Judíos
137,166
en A lem ania, 57
K leingeld, Pauline, 38
en E u ro p a, 31, 48, 54
K osovo, 18
en los E stados U n id o s, 42
K rasner, Stephen, 39, 157
en Palestina, 54 K uper, A ndrew , 11, 64, 159
hogar para, 54
R usia, 49 Luché, 132 ,1 3 4 ,1 3 6 -1 3 7 , 139,167
Jus cosmopoliticum, 29, 34, 64 Leclerq, M. D aniel Youssouf, 134 115
Jus/ius gentium, 34 legitim idad, 92
Jus sanguinis, 53,113 legitim idad dem ocrática, 88, 92, 128,
Jus soli, 53, 113, 148 132, 138, 156
justificación, 22, 99,1 0 0 alcance de, 155
justicia, 35, 46, 55, 66, 78, 84-85 paradoja de, 41-44, 89, 125,
cosm opolita, 26-27, 122 146-147
distributiva, 14, 26-27, 61, 76-82, L ey de R eform a de la Inm igración,
97 E stados U n id o s, 94
global, 14, 26-27, 62, 75, 80, 85, L íb an o , refugiados palestinos en, 72
86, 87, 125 liberalism o, 68, 73, 134, 140
internacional, 14-15, 63, 64, 77 raw lsiano, 70, 149
liberal-dem ocrática, 63 y dem ocracia, 24, 130, 149, 150
redistributiva, 84-85, 96 libertad, 39-40, 46, 76, 85
y la dem ocracia, 41, 87 com unicativa, 100, 102, 103-104,
y m em bresía, 14, 15, 89 105,122
ilr asociación, '2 , J7, 4f>, IIH, MI iitti ni iili i mui il M i«A /O,
de conciencia, I >2, I H , I 15, I Vi, 99, ION
140, 142, 143-144 resp eto inoi.il, univci -..iI, .!0
de expresión, 135 reivindicaciones m orales, 51
de religión, 134, 135, 136, 140 universal, 57
externa, 35-36 y legalidad, 22, 29
L iga de las N acio n es, 39, 48, 58 y política, 21
L ocke, Jo h n , 33, 98, 102 M o to m u ra , H iro sh i, 152
L udin, Fereshta, 142-144, 149 m ujeres; véase también m ujeres
L utz-B achm ann, M atth ias, 29 m usulm anas
M ujeres m usulm anas, u so del fular,
M aas, W illem , 12, 164 132, 134,138, 148-149, 165-166
M acedo, Stephen, 66-67 ingreso en la esfera pública, 135,
M aine, Sir H en ry , 126 136, 137, 138, 148-149
M arshall, T. H ., 107, 126, 165 m u lticu ltu ralism o , 1 3 4 ,1 3 7 , 149
M artens, T hom as, 38 M u th u , Sankar, 33
m em bresía
cultural, 63, 106-107 n acionalidad y ciudadanía, 112-113,
justa, 14-15, 26-27, 95 114
m em bresía política, 13-14, 29, 62-63, nacionalism o, 23-24, 68, 87, 155-156
93, 96, 127, 156 cívico, 52, 53-54
d erecho a, 62-63, 101-105 m o d elo s de, 53
derecho de, 66 y la co n d ició n de p u e b lo , 67
en la U n ió n E u ro p ea, 112-113 N a cio n e s U n id as A lto C o m isio n ad o
perm anente, 56 p a ra los R efugiados, 19, 58
privilegios de, 107,144 NAFTA, 80
reglas de, 129, 145, 147, 156 N ag el, T hom as, 99
transform aciones de, 105 n atu ralizació n , 45, 90-91, 9 4 ,1 0 1 ,
y la teoría discursiva, 20-26 1 0 2 ,113
M éxico, 151,153-154 d erech o de, 46
M ichelm an, F ran k , 25, 50, 123, 131 leyes q u e la g o biernan, 104, 146,
m igración transnacional, 13-14, 152, 156
1 8 -19,27,61 m odelos europeos de, 113-114,148
am enaza de, 87-88 política, 92
causas de, 82, 103 N e u m a n , G erald, 17, 95, 157, 164
derechos, 62, 73, 94, 95 n o rep atriació n fo rzad a, p rin c ip io
d escrim inalización de, 58 de, 35-36
fases de, 102 n o rm as
ingreso inicial de, 129 cosm opolitas, 129
R aw ls y, 26-27 de derechos h u m an o s, 16, 20, 88,
tendencias en la, 15-16 9 4 -9 5 ,1 5 2 , 153, 156
M ili, Jo h n Stuart, 65 im ponibles, 32
m inorías, 48, 49, 62, 69-70 legales, 137
m oralidad, 22 « n o so tro s, el p u eb lo » , 128, 130, 150
im perativo m oral, 50 N u re m b e rg , juicios de, 17, 157
l V N e ill, ( >n<>i .1, l l , ’i), i v i principio irdixliibulivo nloli.il,
obligaciones, 51, 52, ,5(>, / S /*>, 81 8 2 ,86
76-77, 100 o bjeción d em ocrática, 84 8 /
O ffe, C laus, 88 objeción epistém ica, 82, 84
O n g , A ihw a, 125,153 objeción herm enéutica, 84
ON U C arta sobre los D erechos p ro letariad o , m undial, 27
hum anos, 101-102 p ro p ied ad , 33, 98
ONU C onsejo de Seguridad, 86 derechos de, 98
O N U D eclaración de los D erech o s y ciudadanía, 42, 51
del H o m b re , 19, 101-102,122 P ro te sta n te ética, 79
O rg an izació n M u n d ial del P u tn am , R o b ert, 89
C o m ercio [ o m c ] , 79, 8 0 ,1 6 7
racism o, 48
Palestina, residentes árabes de, 54 R aw ls, Jo h n , 26-27, 76-87, 126 I ’
particip ació n política, 89, 106-107, justicia internacional, 77, 79
114 D erech o de G en tes, 62, 6 \ 76
p osició n original, 84
P artid o U n ió n D e m ó crata C ristian a
p rin cip io de diferencia, 83
/ U n ió n Social C ristian a ,145, 164
sociedad cerrada, 63-65, 70, !\ "<
p asaportes, 102, 110
teo ría ideal, 65, 68-69, 73 74
Pensky, M ax, 12, 128
«velo de ignorancia», 76, 84
perm anencia tem p o raria, d erecho
realism o, 55
de, 30-31, 32, 40, 55-56, 100, 105,
recip ro cid ad , 20, 99-100, 116, 144
118
reflexividad, política, 129
justificación de, 39
refugiado, e statu to de, 109, 110
relevancia co n tem p o rán ea, 35-39
refugiados, 15-16, 49, 57, 58, 96, 10-’,
personas desplazadas, 49
122
personas desplazadas intern am en te,
condiciones p ara, 112
15-16
cuasi crim inalización de, 58, I 1 ’,
pluralism o, 70-71, 75,143
129
Pogge, T hom as d erech o al refugio, 32
cosm opolitism o , 76-77 derechos de, 50, 58-59, 89-90, 94,
gobierno m undial, 84 122
justicia global, 14, 62, 77, 78, 82 derechos de adm isión, 156
prin cip io igualitario global, 82 en la U n ió n E u ro p ea, 118, 121
p rincipio red istrib u tiv o global, estatu to de, 109,111
85 políticas so b re, 37 ,1 2 8
política jurisgenerativa, 25, 123,125, p rin cip io de n o repatriación
129,131 forzada, 35-36
política, 89, 140, 142 y ciudadanía, 43
posesión co m ú n de la tie rra (en y soberanía, 94
K ant), 32-33 regionalism o en la U n ió n E uropea,
P otencias aliadas y asociadas, 48 115-116
p rin cip io de la diferencia, 81-82, R eino U n id o
83-84 derechos de v o to , 104
p rin cip io del derecho, 99, 105 y tratad o s de m inorías, 48
relativism o ético, 101 Si»W‘MM di- I lili il ni ti li Hi i Ir Vlti.iv,
rendición de cuentas, 80 U nión l'.tirnprá, 110
representación, 92, 122, 154, 155, Sm ith, Rogcn, 69
156 soberanía, 16-17, 26, 32, 43, 57, 66,
representación consular, 58, 109 129, 151-156
R epública D om inicana, 153-154 democrática, 41, 133, 146-147, 153
republicanism o, 30, 40, 45, 56, 87, e inm igración, 91,
88, 134 estado, 13, 14, 15, 24, 66
condiciones para, 39, instituciones de, 119, 120
y cosm opolitism o, 32, 76-77 liberal internacional, 39-41
y soberanía, 40-41 m odelo w estfaliano de, 15, 20,
res nullius, 33, 37 26-27, 39-40
residencia popular, 25-26, 42, 43, 55-56,
perm anente, 37, 45, 56,100, 106- 145-146
107,150, 152-153 prerro g ativ a de o to rg ar
tem poraria, 31-32, 42, 150 m em bresía, 38, 40, 57, 58-59,
territorial, 154 8 9 ,105
responsabilidad, 82,127 territorial, 25-26, 44, 45, 49, 66,
R ieff, D avid, 16 106-107
riqueza de las naciones, 78-79 y ciudadanía, 104, 118
R osenau, Jam es, 127 y derechos h um anos, 18, 19,
R ousseau, Jean-Jacques, 41, 98 39-40, 43, 53, 55-59, 89, 93
R ushdie, Salman, 133 sociedad, 66, 70, 71
cerrada, 63-65, 70, 71, 72-74, 75
Sandel, M ichael, 88 civil, 52, 86, 131
Schlesw ig-H olstein, 2 8 ,1 3 2 , 144, sociedad cerrada véase Raw ls, Jo h n
146-148, 166 sociedad civil, 51, 52, 86, 130
Schm itt, C ari, 24, 115, 130 sociedad m undial, 37, 64
Schuck, Peter, 95 solidaridad, 23,
Sciolino, Elaine, 139 cosm opolita, 2 6 ,1 2 6
Sen, A m artya, 11, 84,161 Soysal, Yasemin, 108,127
separación de la Iglesia y el E stado, Streeck, W olfgang, 88, 162
132, 134, 140 sufragio universal; véase también
separación de poderes, 155 derechos de voto
Shapiro, Ian, 86 Sw arns, Rachel, 151, 178
significado, original, 130
sím bolos religiosos, 134, 136, 138, Tam pere, A cuerdo de, 109-110,112
166 teo ría de la declinación de la
sim patías com unes, 65-68, 70 ciudadanía, 62-63, 97, 123, 149,
sin E stado, 49, 58-59, 61-62, 101, 150
111 teo ría discursiva, 20-21, 22, 86
H an n ah A re n d t sobre, 26-27, 46, y derechos, 75, 96, 97, 99
58-59,100, 122 y la m em bresía política, 20-26
sionism o, 54 territo rialid ad , 15-17, 57-58, 152,
sistem a com ún de asilo europeo, 110 153, 155
terrorisnio, 128, 162 incorpin .u iiHi ilc rnmiKi .mn
'l'ichenor, D avid, 152 113
T ierra, esfericidad de la, 34-35, 45 instituciones de g o bierno en,
Tillie, Jean, 114, 162 118-122
totalitarism o, 46-47, 111 integración, 136
trabajadores visitantes, 130, 133 integración económ ica y
tradición, cultural, 91,143-144 m onetaria, 45
transparencia, 86 m em bresía de, 109, 120- 121
T ratado de A m sterdam , 109 m étodo ab ierto de cooper.ii ion,
T ratado de Basilea, 29 109, 110
T ratado de M aastricht, 28, 108, 133, naturalización, 113
147,163 participación política, I IH
T ratado de M inorías polaco, 48 política de asilo, 109, 110 III
política de inm igración, 9 5 , I I
d
T ratado de R om a, 58, 115
políticas de adm isión, II I. II.'
T ratado que E stablece una
regionalism o, 119
C o n stitu ció n para E uropa, 120
sistem a de inform ación di­
tratados, 43, 66, 80, 153
visado, 110
tratados sobre m inorías, 49
v o lu n tad general, 41
Tully, Jam es, 33
universalism o, 150, 156, 160
T urquía, 57, 121, 165, 166

valores, 23, 68
U n ió n E uropea, 108,120
visita, derecho de, 104
ciudadanía, 27, 96, 97-113,125,
visitante, perm anente, 30
154
confederalism o, 120
cooperación con terceros países, W alzer, M ichael, 89-93, 126, 140,
111 150, 162
derechos, 107, 132 m igración, 63, 87, 88, 92-93, 12/,
estatus de la población 150
m usulm ana, 142 W eber, Max, 23, 79, 106-107
estatus de tercer país W einer, Tim , 151
nacionales, 111, 112, 113, 118, Weltbürgerrecht, 26, 30
148, W ilson, W oodrow , 48
exclusión, 56, 68 W ischke, M irko, 61
de las niñas m usulm anas, 134 W ittgenstein, L udw ig, 131
reglas de, 129
y soberanía, 21, 26, 42, Yugoslavia, ex, 47-48, 158
146-147
identidad en, 118-122 Z lo tn ik , H ania, 16, 82-83, 164

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