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Una historia nueva de la Alta Edad Media

Chris Wickham

Capitulo3. La forma del Estado

En este capítulo distinguiremos tres tipos de organizaciones políticas. En primer lugar, las
de los estados fuertes. El imperio romano y sus sucesores árabe y bizantino, que vieron con
el régimen fiscal y en el ejército mercenario el recurso independiente con que garantizar el
poder político. En segundo lugar, las de los estados débiles, principalmente los reinos
romano-germánicos más importantes, como la Galia franca, la Italia lombarda y la España
visigoda, provistos todos ellos de un ejército integrado por terratenientes pero también de
una sólida noción del ejercicio del poder público como fuente de legitimación política, una
noción heredada del mundo romano. En tercer lugar, las de los sistemas preestatales del
ámbito norteño, en los que la condición central de la monarquía tuvo durante largo tiempo
un carácter mucho más ad hoc y mucho más personal. Aquí, nos concentraremos en las
diferencias existentes entre los estados fuertes y los débiles, cuya distinción fundamental
reside en el papel desempeñado por el sistema tributario.
¿Qué es un estado? Los estudiosos de la alta Edad Media se inquietan por este asunto,
puesto que son conscientes del carácter informal y personal de las relaciones que
constituyen lo esencial del ejercicio de todo tipo de poder en la época que les ocupar, Son
conscientes de que el proceso político que conduce al estado se halla fundamentalmente
falto de institucionalización.
Lo que aquí me propongo es diferente: consiste en establecer criterios para comparar lo
semejante con lo semejante. En consecuencia, presento una serie de parámetros para definir
un tipo ideal de <estado>, inspirado, con alguna variación, en los que señalan Henri
Claessen y w. G. Runciman: la centralización de la legítima autoridad ejecutable (justicia y
ejército): una especialización de los roles gubernamentales unida a una jerarquía oficial que
sobrevive a las personas que ocuparon algún cargo oficial en cualquier momento dado; la
noción de un poder público, esto es, de un sistema de gobernación ideológicamente
distinguible de la población gobernada y de los propios individuos gobernantes; la
existencia de recursos independientes y estables en manos de esos gobernantes; y un
sistema de extracción y estratificación de excedentes basado en las clases sociales. Estos
elementos nucleares caracterizaron tanto a las formas de gobierno fuertes de la época
romana y del mediterráneo oriental de la alta Edad Media como a las organizaciones
políticas débiles del Occidente romano-germánico. Así, por ejemplo, pese a que en el
occidente altomedieval el poder local se encontrase en la práctica en manos de las élites
locales, que poseían una cierta autoridad legítima, todas estas élites (o casi todas) se
hallaban en esta época legitimadas por sus vínculos con la esfera pública del poder.
Con todo, constituyen la médula de los análisis que realizarnos en este capítulo.
Hace años sugerí que el principal cambio concreto que se produjo cuando se desmembró el
imperio de Occidente fue la descomposición del sistema tributario. En un estado que
responda al tipo ideal de estado de base fiscal, en el que la riqueza se obtiene
(prácticamente) de todo el mundo, el sistema fiscal proporciona un fundamento
independiente al poder político, un fundamento separado de la buena voluntad de la
aristocracia, ya que la paga del ejército procede directamente de las arcas públicas, y es una
compleja burocracia, habitualmente asalariada a su vez, la que maneja el proceso de la
recaudación de los impuestos. Esta separación entre el estado y la aristocracia es rara vez
completa, ya que la aristocracia también tiende a dominar la administración fiscal y militar,
el sistema tributario es una fuente extremadamente fiable de enriquecimiento, legal o ilegal;
además, el desempeño de un cargo público puede ser un importante elemento de la
condición aristocrática misma. Los gobernantes que recaudan impuestos también cuentan
con una crucial ventaja respecto a aquellos que tienen a su cargo: en caso de que falle su
fiabilidad, ya sea como resultado de la deslealtad, la corrupción o la simple ineptitud,
pueden sencillamente destituirlos y dejar de pagarles su salario. Este procedimiento
funciona, en todo sistema que se asiente en la fiscalidad. Los súbditos no cuentan, en
cambio, más que con un único recurso práctico: el de la sustitución del gobernante,
mediante rebelión o golpe de mano. Las autonomías regionales, en particular, resultan
difíciles de crear. En la práctica, es un hecho que en la historia de todo sistema de
recaudación fiscal, se ha producido el derrocamiento de determinados gobernantes y se ha
asistido a la fragmentación de algunas provincias.
Sin embargo, la maquinaria estatal siguió radicada en el centro.
Compraremos esta situación con la del tipo ideal de un estado basado en la propiedad de
tierras (o en la renta de los terratenientes): en este caso, el grueso de la riqueza de que
dispone un gobernante no deriva del conjunto de la población, sino únicamente de los
habitantes que pagan una renta por unas tierras. La administración es más simple, pues no
existe sistema tributario. Los principales funcionarios del gobernante son representantes
locales y los capitanes de su ejército. Todas las recompensas políticas están dominadas por
una <<política de tierras> --cesiones de tierras y de sus rentas a funcionarios o a otros
aristócratas poderosos, en trueque de su lealtad. En este caso los gobernantes se enfrentan a
dos problemas fundamentales. El primero estriba en que la tierra es finita. Los gobernantes
pueden conseguir la lealtad de sus seguidores mediante la realización de una ronda de
concesiones de tierras, pero el resultado es que después es ya menos lo que pueden dar, lo
que quizá los vuelva menos atractivos con el paso del tiempo. Además, la tierra, una vez
dada, es difícil de recuperar, excepto por la fuerza.
Los gobernantes han descollado, en el uso de la fuerza -las sociedades de este tipo tienden a
estar muy militarizadas y a profesar un notable respeto a la crueldad. Con todo, a largo
plazo, estas organizaciones políticas corren el riesgo de debilitarse. El segundo problema
radica en la fragmentación regional: en ausencia de una red capilar de controles
administrativos, es poco lo que puede impedir que los funcionarios regionales incrementen
su autonomía y declaren quizá, al final, completamente rotos sus lazos anteriores. De nuevo
esto puede contrarrestarse por medio de la fuerza, y así ha ocurrido con frecuencia a lo
largo de los siglos. Aún más frecuente ha sido neutralizarlo mediante la generación de una
cultura política, de caracterizarla y de simbolizarla, que favorezca más al poder central que
al regional, ser agasajado por el rey en los banquete, o aún en la concesión de un rango
mayor al hecho de ser uno de los actores de la política del gobierno central que al de ser
uno de los dirigentes regionales, todas las formas de gobierno han tenido que operar con
uno o más de ellos para tratar de evitar un total fracaso). Con todo, los riesgos corrientes de
un sistema basado en la posesión de tierras son, caso de no intervenir otros factores, la
debilidad estructural y las tendencias centrífugas.
Acabo de presentar estos dos sistemas como tipos ideales: en la realidad histórica, son
muchas las formas de gobierno que han manifestado poseer elementos de uno y otro.
Incluso los emperadores romanos eran al mismo tiempo grandes latifundistas, y las rentas
que percibían eran significativas, pese a que sus ingresos fiscales las hayan eclipsado
siempre.
Y lo que es más importante, la mayoría de los sistemas basados en la posesión de tierras se
las han ingeniado para recaudar cuando menos algunos impuestos, aunque no fuese más
que a través de los aranceles aduaneros y de las sanciones judiciales. No obstante, la
distinción básica entre ambos sistemas, el de tributos y el de terratenientes, me parece
fundamental. En particular, el poder adquisitivo, y la escala geográfica, de los estados de
base fiscal era, en la mayoría de los casos, muy superior al de los estados fundamentados en
la posesión de tierras, lo que, a su vez, tuvo un considerable impacto en los intercambios.
Me gustaría matizar la forma en que, hace un tiempo, desarrollé la oposición entre los
impuestos y las tierras en tres aspectos principales. En primer lugar, sostuve entonces que
existía una distinción que afectaba a la totalidad del fundamento económico del sistema
social, considerado en términos marxistas, que oponía los sistemas de base tributaria a los
sistemas fundamentados en la posesión de tierras, sistemas que definí, respectivamente,
como los modos de producción antiguo (o tributario) y feudal: mi parecer actual es que los
dos son subtipos de un mismo nodo de producción, ya que ambos se basan en el excedente
agrario obtenido, por la fuerza en caso necesario, de la mayoría campesina.
En segundo lugar, postulé entonces que el momento de cambio en Occidente se produjo
principalmente en el siglo v, cuando en la crisis de las invasiones y divisiones del imperio
occidental, las aristocracias locales dejaron de mostrar interés en recaudar, o en pagar- unos
impuestos con los que ya no se financiaba una cumplida defensa militar, y en consecuencia
se adaptaron a las nuevas estructuras políticas germánicas, libres ahora de toda dependencia
tributaria: “la causa de que los ejércitos germánicos terminaran fundamentándose en la
posesión de tierras se debió a que los mecanismos imperiales de recaudación de impuestos
ya estaban fallando”. Hoy creo que este planteamiento es cierto sólo a medias: en su mayor
parte, los ejércitos germánicos terminaron fundamentándose efectivamente en la posesión
de tierras, pero la recaudación de impuestos continuó también durante algún tiempo. En
tercer lugar, la oposición entre un régimen de salarios o de posesión de tierras en el ejército,
es demasiado abrupta. Hay muchas formas de financiar un ejército, y son relativamente
pocas las que definen un ejército basado únicamente en las tierras o únicamente en los
salarios. Los ejércitos <feudales> de la Inglaterra del siglo xii estaban repletos de
mercenarios; y a la inversa, el imperio romano daba tierras a los veteranos, y de hecho a
varios tipos diferentes de tropas en activo.
Lo que sucedió en occidente en los siglos V: de un ejército que se sostenía básicamente de
la paga, se pasó a un ejército básicamente sustentado en la posesión de tierras.
Puede discernirse en la práctica histórica la atribución de tres significados principales al
vocablo “Feudal”: el feudalismo en tanto que modo de producción; la sociedad feudal
entendida como <<política de tierras>> un rasgo más característico de las organizaciones
políticas basadas en la posesión de tierras que de las sostenidas por un sistema tributario, tal
como acabamos de ver; y lo que a veces se denomina un <feudalismo milita>, o un tipo de
relaciones de <<feudo-vasallaje>, definidas por un sistema de recompensas basado en
posesiones militares condicionadas (feudos) y en unas complejas nomas de lealtad. En este
libro, emplearé en lo sucesivo la palabra en su primer sentido.
Como ya se ha dicho, este capítulo trata principalmente de los recursos: de cómo se
financiaban los estados de cómo operaba el sistema fiscal (caso de que existiera) en el
plano local, y de cómo se gastaban, y en qué, los recursos púbicos. Estas cuestiones
resultan cruciales si nos interesa analizar el alcance geográfico de las economías. Con todo,
el propósito del presente capítulo no consiste en describir la generalidad de la estructura
pública de cada una de las unidades políticas de los mundos romano y posromano. Más
problemática resulta la cuestión de lo que antes se denominaba cultura política, esto es, el
conjunto de los supuestos relacionados con los parámetros de la acción legítima a que se
atienen los actores políticos. No obstante, este capítulo se preocupa más de investigar las
infraestructuras del estado. Lo que se busca es más bien el establecimiento de un conjunto
de parámetros que permita proceder a realizar
comparaciones entre las estructuras económicas de los sistemas políticos, al menos en el
marco de las amplias categorías integradas por los estados fuertes, por los basados en los
impuestos, y por los débiles, fundados en la posesión de tierras.

1. El imperio Romano Tardío

Desde luego, no surgen demasiadas polémicas respecto a si el imperio romano era o no un


estado fuerte. Es cierto que, en los últimos años han sido bastantes los autores que han
restado importancia a los elementos más totalizadores de la imagen tradicional. Estos
argumentos revisionistas tienen cierta consistencia: sin embargo, no alteran el hecho de que
las dimensiones del sistema político tardorromano eran mayores que las de cualquier otro
estado posterior de Europa y del Mediterráneo, y de que su unidad interna no volvió a
igualarse en la Europa latina hasta la baja Edad Media. Voy a considerar aquí que el
imperio de la época comprendida entre, aproximadamente, el año 400 y el 600 constituye
un todo.
La percepción de quienes los vivieron juzgaba gravosos los impuestos romanos. Las quejas
relacionadas con su pesada carga son interminable: Salviano, consideraba que los <grilletes
tributarios> constituían las principales causas, junto con las invasiones bárbaras de la
<<muerte>> del estado romano. Salviano ofrece un retablo notablemente colorista del
modo en que operaba el sistema fiscal, que parecía haber sido concebido para garantizar
que todo el mundo oprimiera a todo el mundo y crear una situación con la que los curiales,
los concejales de las ciudades investidos de las máximas responsabilidades en materia de
recaudación de impuestos hicieran méritos para que el autor los tachara de tiranos y
bandidos. Los potentes, esto es, los potentados o grandes terratenientes eran otros de los
graves culpables identificados por Salviano, ya que inventaban nuevas exacciones ilegales,
forzaban a los terratenientes pobres a someterse a sus redes de protección, primero en
calidad de clientes y después como arrendatarios, y -lo que tal vez fuera lo peor de todo-
renegaban incluso de las promesas por las que se habían comprometido a proporcionar a los
pobres amparo respecto de sus obligaciones fiscales, provocando que estos últimos,
despojados finalmente de sus tierras, llegasen a perder su libertad. Añadamos a esto las
severas y con frecuencia feroces leyes imperiales relativas a los propios curiales, a quienes
ha de impedirse por todos los medios posibles que abandonen sus deberes, unos deberes
que, según parece, trataban de eludir desesperadamente (pues los curiales no sólo
organizaban la tributación, sino que también la respaldaban), y tendremos un escenario en
el que prácticamente todo el mundo, desde la cúspide al arroyo, se veía oprimido por el
sistema fiscal.
En consecuencia la lectura literal de los textos de Salviano avala un buen porcentaje de los
más negativos análisis del estado tardorromano.
No es preciso creer que Salviano sea un cronista exacto para quedar impresionado por el
hecho de que, para él, al igual que para otros autores, el sistema fiscal definiera y
estructurara la opresión rural. Por regla general, el sistema fiscal era visto en tiempos del
imperio, junto con el sistema legal, como el principal punto de contacto entre el estado y el
ciudadano, y asimismo como el más importante punto de fricción. También hay que decir
que los impuestos eran verdaderamente elevados.
Para el imperio de Oriente, Egipto era la fuente de trigo por excelencia, y los tributos que
debieron imponérsele tuvieron que acercase al máximo practicable. Sin embargo, no
podemos hacer extensivo los cálculos basados en datos de Egipto a las regiones con cultivo
de secano, que eran su mayoría.
Pero si podemos admitir que los impuestos eran un pesado lastre, lo que justifica
plenamente la gran cantidad de legislación sobre el particular y la retorica política asociada
a ella.
No es fácil recaudar impuestos en una sociedad agraria. En realidad, tampoco es demasiado
fácil cobrar las rentas, debido a que, en cualquier sociedad, los campesinos que viven en el
nivel de subsistencia están, comprensiblemente, poco dispuestos a detraer de sus propios
excedentes cantidades con las que pagar a un poder exterior, o a que, si lo hacen, albergan
siempre un notable resentimiento. Sin embargo, los recaudadores de impuestos cobran los
ingresos a ricos y a pobres por igual, esto es, a los <<poderosos como a los humildes>>,
pues tal era la denominación de las clases a lo largo de toda la época que aquí estudiamos.
Sin embargo, los ricos y los poderosos son unos adversarios más peligrosos.
Tanto si se supone que deben pagar los impuestos en persona, como si se limitan
simplemente a dejar pasar a los recaudadores para que éstos cobren los impuestos
directamente a quienes dependían de ellos, con lo que veían disminuir sus excedentes que
pudieran reclamar para sí mismo.
Era relativamente sencillo aterrorizar a los campesinos, pero sus señores eran piezas más
difíciles de cobrar. Por eso apenas puede extrañarnos que los recaudadores de impuestos y
viajasen acompañados por una escolta armada, tanto en el imperio romano como en la
mayoría de los demás estados fuertes.
La recaudación de impuestos se verificaba con periodicidad notablemente regular y que
estaba rodeado de rituales. La tablilla de Trinitápoli, en torno al 369, aparentemente
responde a los “fraudes” perpetrados por los funcionarios, de provincias. Confabulados con
las autoridades locales responsables de la recaudación de los impuestos, las preopositi
pagorun y los tabularii de las ciudades. Se indica que el proceso de recaudación de
impuestos debe estar más controlado, y se hace recaer sobre los preopositi la
responsabilidad de elaborar cuentas mensuales, mientras que a los tabularii se les
encomienda, en lo sucesivo, la tarea de coordinar dichas cuentas con las del territorio
urbano así como la de remitirlas al gobierno provincial. De haber funcionado realmente,
este sistema habría sido muy estricto. Por supuesto, no era realmente posible que
funcionara, porque descansaba por entero en la rectitud de los propios gobernadores,
cuando éstos, como es bien sabido, se contaban entre los funcionarios más corruptos del
período tardorromano.
La tablilla de Trinitápoli muestra tanto la complejidad del proceso de recaudación de
impuestos como lo sencillo que resultaba subvertirlo. Los niveles de presión fiscal,
estipulados con gran detalle, eran comunicados a los gobernadores provinciales, y después,
mediante proclamación “formal" a las ciudades, cuyos municipios tenían la tarea de
garantizar la recaudación, supervisada por otros municipios o por funcionarios del gobierno
central, mediante un conjunto de protocolos institucionales en permanente cambio, ya que
los curiales, o funcionarios, ideaban nuevas trampas o abusos, que debían ser corregidos
por la legislación posterior. A menudo, los curiales ejercían su competencia en un ámbito
geográfico específico, ámbito que consideraba una responsabilidad personal. Sin embargo,
tenían que justificar con documentos las exacciones que practicaban en la esfera loca.
Durante mucho tiempo, los curiales constituyeron el eje de este sistema.
Éstos se quejaban constantemente de que la carga que suponía tener que asegurar los
impuestos les abocaba a la bancarrota, mientras que todos los demás contribuyentes se
dolían de su conducta tiránica.
En general, las dos cosas parecen ciertas: tanto que algunos municipios perseguían
ansiosamente la oportunidad de recaudar los impuestos como que otros la rehuían de modo
sistemático. El declive de la posición y el número de los curiales. El caso era que la
recaudación de impuestos constituía una actividad que siempre resultaba a un tiempo
rentable y arriesgada. Era rentable, por supuesto, debido a los enormes incentivos ilegales
que el sistema podía generar. Cuanto más pesada fuese la carga fiscal, más difícil se hacía
recaudarla; porque los controles con los que el gobierno central, vigilaba la recaudación de
los impuestos de las tierras de los aristócratas más poderosos, como los senadores, que eran
mucho más ricos y más influyentes que la mayoría de los curiales.
En cualquier caso, la capacidad de evasión de impuestos de los patricios y de los
propietarios poderosos está bien acreditada, ya la practicasen en sus propias tierras o en las
de sus clientes, ya lo hiciesen por medio del fraude, el desafío directo o una actitud de
parsimonia lo suficientemente prolongada como para que sus impuestos terminasen siendo
perdonados.
Debido a todos estos problemas, los curiales terminaron quedando efectivamente libres de
la responsabilidad de la recaudación de impuesto. En oriente, Anastasio (491-518) recortó
parcialmente el papel de los curiales como recaudadores principales al crear unos
funcionarios fiscales nuevos dependientes del gobierno central y radicados en las ciudades,
a los que se dio el nombre de vindices. Desde luego, en ocasiones, los curiales siguieron
recaudando impuesto en época de Justiniano.
No obstante, en fechas posteriores, la figura del recaudador se desvanece en nuestras
pruebas fiscales, y lo que es más importante, no aparece en la amplia documentación
egipcia del siglo VI relativa a las prácticas tributarias.
En Occidente, las variaciones observadas son de carácter más regional: hasta donde nos es
dado saber, a principios del siglo VI los curiales ya habían dejado de recaudar impuestos en
África o en la Galia y, en España.
Sin embargo, vuelven a mostrar actividad en la Italia ostrogoda, y en la Cerdeña
abandonada por los vándalos se los asocia con los impuestos incluso en fecha tan tardía
como la del año 594. No obstante, tanto el Oriente como el Occidente experimentaron un
mismo proceso de centralización que sustrajo las competencias fiscales a las élites locales.
Los impuestos de finales del siglo VI y principios del VII que, en la Galia y en España
parecen haber sido recaudados directamente por funcionarios del gobierno central, y lo
mismo puede afirmarse con rotunda certeza en relación con el Mediterráneo oriental
bizantino y árabe.
Todo sistema fiscal basado en la posesión de tierras y dotado de una mínima precisión ha
de confiar en gran medida en la documentación: la que indica las cantidades que han de
exigirse. Sin estos datos, el sistema se transformaría rápidamente en algo arbitrario, en un
sistema de pillaje legalizado, o de tributación aleatoria en el mejor de los casos.
El <tributo> puede distinguirse del <<impuesto>> ya que el primero consiste en una
cantidad global abonada por una comunidad o por un individuo, viene determinado en
esencia por la existencia de una relación de fuerzas entre ejércitos, y es frecuente que su
incidencia resulte arbitraria o irregular. Los impuestos, por el contrario, estaban basados en
una estimación de la riqueza relativa de los contribuyentes, ya fuese en tierras o en bienes
muebles. Es poco probable que un sistema de tributación cualquiera resulte tan rentable
como un sistema de impuestos tasados con exactitud, por la simple razón que sólo este
último señala con precisión quién posee recursos para pagar. Todo estado recaudador de
impuestos ha tenido que luchar contra estas limitaciones, con mayor o menor éxito. En el
período imperial tardío, la idea consistía ciertamente en que era preciso revisar
periódicamente los censos de población y los registros de propiedad, y a esto se añadía, la
noción de que las ventas de tierras debían quedar formalmente consignadas en la ciudad
correspondiente.
El caso es que este tipo de procedimientos eran esenciales si se quería calcular con rigor la
presión Fiscal.
Los papiros egipcios son los que más claramente indican el modo exacto en que se
recaudaban los impuestos. La recaudación de impuestos en Egipto fue siempre violenta y
coercitiva. Sin embargo, fue al mismo tiempo notable por su sistematización por lo que
hace al siglo VI, tenemos listas de impuestos. Basándose en esas listas, los funcionarios
locales salían a recaudar los impuestos de cada aldea, o bien recibían las exacciones que los
terratenientes habían recaudado directamente de manos de sus propios inquilinos. Se
consideraba que la recaudación y el pago de los impuestos fueran una cuestión por entero
rutinaria.
En el momento de la entrega del impuesto, lo que ocurría tres veces al año, se
proporcionaba a todos los contribuyentes un recibo (entagion). También tenemos los
recibos entregados por los dirigentes de las ciudades a contribuyentes concretos o a
funcionarios del gobierno. Está claro que el pago de impuestos en Egipto se hallaba sujeto a
reglamentos y a controles que se ocupaban hasta del más mínimo detalle. Desde luego, esto
no impedía ni la corrupción ni la opresión ni la violencia. Sin embargo, se trataba de una
opresión inserta en un marco institucional reconocido, ciertamente, el sistemas sobrevivió
hasta mucho después de la conquista árabe.
Así es como operaba el imperio romano en todas partes: como un sistema corrupto y
violento, pero también estable, un sistema cuyas relaciones sociales quedaban en gran
medida estructuradas por medio del proceso de recaudación de impuestos.
En términos territoriales, el imperio romano tardío obtenía su unidad de su sistema fiscal, y
ello simplemente por la gran cantidad de mercancías que desplazaba el estado de un lugar a
orto a fin de atender a los tres gatos principales de la gobernación romana: el ejército, las
capitales de Roma y de Constantinopla y la administración pública.
Muchos historiadores han destacado el dominio abrumador de los mecanismos fiscales en
la circulación, otros han destacado el papel de la actividad comercial. Es cierto que existía
una actividad comercial en el imperio tardío, muy amplia, pero esto no debilita la tesis que
pone énfasis en la circulación fiscal de mercancías, y así lo he argumentado yo mismo.
El sistema fiscal creaba toda una gama de relaciones regionales. Por la gran cantidad de
trigo destinado en su mayor parte a Constantinopla (desde Egipto) y Roma, por el gran
consumo de su densa población.
Lo mismo ocurre con el ejército, y su gran tamaño, que debía ser aprovisionado.
Los historiadores, coinciden de forma casi unánime en que el mayor gasto del imperio era
el ejército.
Sin embargo, yo sugeriría como estimación aproximada que, como mucho, el desembolso
debía de representar la mitad del presupuesto más o menos igualado en torno al año 400,
por los gastos destinados a sustentar las ciudades y la administración pública. Michael
Hendy, indica unas proporciones aún menores basándose en pruebas del siglo VI, lo que
podría implicar el siguiente reparto un tercio para el ejército, un tercio para Constantinopla,
y otro tercio para la administración.
Los impuestos no solo se cobraban en especies, sino también en oro, y este tipo de
recaudación se había incrementado, gracias a la estabilidad de la moneda, a partir del siglo
IV.
Aunque la mayor cantidad de los pagos se efectuaba en alimentos y todo tipo de especies.
El oro facilitaba la recaudación y distribución y pago del ejército. Pero la annona de las
ciudades y los ministros de las campañas se satisfacían en especie.
En los siglos V y VI, la superior cantidad de impuestos recaudados en metálico debió de
requerir de hecho niveles de actividad comercial aún mayores.
El problema que esto suscita es doble. En primer lugar, ni siquiera los más optimistas
defensores del comercio tardorromano presentan una imagen del imperio tan
comercializada corno para inducirnos a pensar que los mercaderes se agolparan en su afán
de comprar productos primarios con dinero y llevárselos fuera de la región. En realidad, la
mayor parte del comercio debió de haber sido, como veremos, local, constituyendo un nexo
de unión entre el campo y la ciudad, y esto no habría favorecido la circulación de los
impuestos, ya que las ciudades eran tan incapaces como el campo de sacar el oro de la
nada. En segundo lugar, el oro tampoco era la primera necesidad del estado en la mayoría
de los casos. La riqueza de África y de Egipto residía en los cereales, no en el oro; para las
ciudades y para los soldados resultaba tan fundamental comer como tener dinero en el
bolsillo.
El único modo en que pueden explicarse estos procesos es mediante la invocación de la
coempetio, esto es, la compra sistemática de mercancías por parte del estado, a precios
estipulados por él, y para satisfacción de las necesidades estatales. Desde luego, hay
abundantes pruebas de esto.
Al margen de las principales rutas comerciales, esto es, de las vías marítimas clave y de un
pequeño grupo de grandes ríos, y a pesar de que es posible postular una práctica comercial
mucho más amplia si tomamos como base los datos
Arqueológicos que Jones nunca ha aceptado, las ventas de los productos primarios ---En
cantidad necesaria para pagar los impuestos en metálicos debieron de haber ido casi
siempre destinadas al estado. En consecuencia, la adopción por parte del estado de un
sistema de recaudación de impuestos en metálico debió de haber sido principalmente un
recurso contable pensado para garantizar que el estado lograse comprar sus suministros
alimentarios a precios relativamente económicos, y para respaldar al mismo tiempo, tanto
una cierta flexibilidad en la determinación de los productos que era preciso comprar, como
la acumulación de reservas, que desde luego era imperativo hacer en metálico. Sólo era
factible proceder a una recaudación de impuestos en efectivo si ésta se hallaba integrada en
el sistema comercial autónomo de aquellas zonas en las que el personal estatal se
encontraba lo suficientemente cerca de los productores a quienes compraba directamente la
comida que consumía. Analizadas desde una cierta óptica, las ventas forzosas no dejaban
de ser ventas; y se ha subrayado que los precios del estado guardaban al menos relación con
los precios de mercado, y que contribuían a la generalizada comercialización de la
economía.
En conjunto, fueran cuales fuesen los detalles del medio de pago utilizado en la práctica,
los recaudadores estatales de impuestos debían de estar acostumbrados a partir con bastante
más frecuencia con comida que con oro de cualquier región dada. El Estado tenía bocas que
alimentar.
No obstante, una cuestión más importante para nosotros es la de Averiguar dónde vivían de
hecho esas bocas hambrientas y cuál era la procedencia de los alimentos que se les
proporcionaban. Resulta relativamente fácil presentar una lista de los principales
proveedores de excedentes agrícolas:
África y Sicilia en Occidente, junto con Egipto en Oriente, regiones todas ellas grandes
productoras de trigo, y, en el caso de África, también de aceite de oliva. Entre las
subregiones exportadoras de menor tamaño se encontraban Cerdeña, productora de
cereales, la costa palestina y algunas partes del Egeo, suministradoras de vino, y la zona de
Antioquía (el noroeste de Siria, Chipre y Sicilia), ricas en aceite de oliva.
Aún son más abundantes las pruebas que indican que las regiones productoras de grano
exportaban gran parte de sus excedentes y lo mismo ocurría con el aceite de oliva africano
como consecuencia de las exacciones fiscales. En la mayoría de los casos porque
disponemos de pruebas relacionadas con la annona estatal de Roma y de Constantinopla.
Roma obtenía el cereal de África, y secundariamente de Sicilia. El trigo de Constantinopla
provenía de Egipto.
El segundo factor de los gastos estatales, la administración pública, no constituye un
problema logístico, fueran cuales fuesen sus dimensiones, ya que sus servicios se hallaban
distribuidos de modo uniforme por todo el imperio. La dificultad surge con el ejército, pues
sus fuentes de suministro aparecen de forma mucho menos sistemática en nuestra
documentación.
Aquí el autor enumera una amplia gama de posibilidades de cada uno de los ejércitos
romanos apostados en las fronteras de donde habrían percibido sus provisiones. Cuestión
que he dejado fuera de este resumen.
Puede hallarse una representación extremadamente tosca de los lugares a los que, como
tendencia global, solían ir destinadas las provisiones obtenidas por medios fiscales en, por
ejemplo, el año 400. En general, Las principales regiones y subregiones exportadoras eran
A frica y Sicilia (que encaminaban sus productos, sobre todo. a Roma), junto con Egipto
(que los enviaba a Constantinopla, y en cierta medida a la frontera oriental), siendo ya
menores las exportaciones provenientes del norte de Italia (y dirigidas al Danubio), del
Egeo (transferidas a Constantinopla y al Danubio) y quizá de Gran Bretaña (que exportaba
al Rin -pese a que Inglaterra poseyera también un ejército fronterizo. Había también varias
regiones relativamente autosuficientes: la Galia, Siria y Palestina, que esencialmente
abastecían las fronteras de sus respectivas zonas. Las dos únicas regaces que no poseen un
papel claro en esta red de relaciones fueron España y la Anatolia.
Únicamente la costa mediterránea, una delgada franja de tierras de cultivo bordeada de
montañas, se hallaba manifiestamente unida a las redes fiscales y comerciales estándar del
imperio tardío.
La circulación de mercancías ha sido siempre mucho más complicada de lo que hemos
señalado, y así lo atestigua la llamativa complejidad que muestra tanto la distribución de
ánforas como la de artículos de calidad en el mediterráneo romano tardío.
Esto constituye en parte un signo de que existía, junto a la puesta en circulación de artículos
por el fisco, una actividad comercial; en parte señal de que el propio estado era capaz de
mostrar mayor sutileza y de paliar la escasez de una región con un aporte extra de
excedente provenientes de otra: y en parte indicio de que el grano, el vino y el aceite no
recorrían caminos idéntico.
Su importancia, como tal imagen, obedece a dos razones. En primer lugar, a que de hecho
me propongo argumentar que el proceso fiscal era uno de los principales motores del tráfico
comercial de mercancías, y a que estas pautas de distribución global señalan las rutas en las
que tuvo que desarrollarse el comercio.
En segundo lugar, a que, en et siglo v en occidente, y en el VII en oriente, todos los
elementos interregionales de este sistema fiscal se vieron abocados a un brusco final, al
quedar dividido el imperio romano en sus estados sucesores.

2. Los reino Romano Germánicos

Debería de haber quedado claro por cuanto antecede que no me propongo argumentar que
la explicación del desplome del estado romano en el occidente del siglo v fuera
consecuencia de ningún tipo de inestabilidad intrínseca del mismo.
La época situada en torno al año 400 fue una época de estabilidad institucional, así como de
prosperidad económica. Los años del imperio tardío constituyeron un período de violencia,
de injusticia y de brutal explotación, ero estas condiciones son una característica normal de
las sociedades antiguas y pueden coexistir fácilmente como ya se ha apuntado antes con la
estabilidad.
Dicha postura haría por tanto notable hincapié en las invasiones "bárbaras” a, las que
consideraría el principal catalizador de un proceso que culminó con la caída del imperio de
Occidente. Sin embargo, algunos trabajos recientes sobre los pueblos germánicos han
destacado igualmente hasta qué punto trataban éstos de seguir, lo máximo posible las
pautas que presidían las actuaciones sociales y políticas romanas, con un deseo tan ardiente,
de hecho, como el de los propios aristócratas romanos.
La literatura de los siglos V y VI muestra los distintos esfuerzos de los autores romanos por
dar a sus reyes germánicos un aire notablemente romano. En esencia, pese a que no siempre
imitaran en todo a la aristocracia senatorial, los reyes germánicos se parecían mucho a la
mayoría de los emperadores, los cuales habían mostrado desde el siglo
III una tendencia a seguir la carrera militar, a poseer un reducido capital cultural, y a
proceder de las mismas regiones fronterizas de las que provenían muchos de los cabecillas
germánicos.
Los historiadores cuyos intereses se inclinan principalmente por la cultura política e
intelectual desarrollen una serie de lecturas continuistas de las organizaciones políticas
Alto medieval que abarcan al menos hasta el período carolingio, se ha admitido la
capacidad que mostraban los nuevos dirigentes germánicos para adaptarse a los modelos de
la cultura política anterior, así como la de los romanos para aceptar a los germanos en tales
términos. En principio, no debería haber constituido problema alguno lograr que un gran
número de estados de orden subimperial coexistieran en el interior de los límites del
antiguo imperio de Occidente, cada uno de ellos dotado de la misma estructura interna que
su predecesor y conservándose así el mundo romano a escalar educida. En el año 500,
dichos estados serían los de los francos, los burgundios, los ostrogodos, los visigodos y los
vándalos, en el año 600 fueron los de los francos, los lombardos y los visigodos, así como
los de los territorios romanos reconquistados de Italia, África y la costa española. El
problema surge al querer determinar de qué modo se produjo en realidad el cambio
institucional, ya que, hacía el año 800, ninguna de las estructuras políticas de Occidente
guardara ya parecido alguno con las del mundo romano. Sólo se ha realizado un intento de
argumentar que, para esa época.
Las estructuras políticas no habían experimentado cambio alguno. No obstante, quedará por
explicar el problema del cambio institucional, aunque ahora lo expongamos más en
términos de <transformación>>.
No forma parte de los cometidos de este libro explicar la caída del imperio romano de
Cccidente.6eS in embargo, la cuestión de la transformación o crisis de las estructuras y las
instituciones políticas, junto con, sobre todo, la del fundamento económico del estado en
los reinos romano-germánicos, es uno de los problemas centrales aquí estudiados, pues el
sistema fiscal romano era probablemente la forma más eficaz conocida en la época de
arrancar excedentes a una gran población, y no consiguió sobrevivir a largo (y ni siquiera a
medio) plazo. No obstante, son varios los elementos de los reinos sucesores que podrían
haber actuado como factores de erosión contrarios a la conservación de una estructura
política y de un sistema fiscal romanos en el interior del ámbito geográfico de cada
organización política.
Como ya ha quedado implícito, la diferencia cultural entre la nueva clase gobernante de
cualquier reino concreto y la antigua aristocracia romana no fue uno de esos elementos. En
principio, podría argumentarse que, por mucha facilidad que encontraran las familias regias
germánicas para adaptarse a su nuevo entorno provincial romano, las aristocracias
germánicas no necesariamente tuvieron por qué aplicarse con el mismo entusiasmo a la
tarea. Sin embargo, surgen considerables dudas respecto al grado en que estas últimas
puedan haberse mantenido fieles a sus valores ancestrales. En los últimos años ha suscitado
un considerable debate el grado en que haya podido conservarse, desdibujarse, la condición
“germánica" de cada grupo étnico en el seno de los estados sucesores, ya que los
historiadores comienzan a reconocer que, con frecuencia, la gente adopta nuevas
identidades técnicas, y tienden a adoptar el amplio modelo de la “etnogénesis” de Wenskus
y Wolfram, según el cual la condición étnica es una “construcción situacional” y puede
modificarse fácilmente en función de lo que dicten las circunstancia.
De este modo, por ejemplo, “ser” visigodo hacia el año 650 más o menos había pasado a
consistir, no sólo en ser un habitante libre del territorio gobernado por los reyes visigodo,
sino también en adherirse a un sistema legal que se hallaba bastante más próximo al
derecho romano que a las leyes de los demás reinos germánicos. Peter Heather, por
ejemplo, aduciría que cada pueblo germánico contaba en su núcleo con un grupo provisto
de una identidad étnica más fuerte y antigua, mientras que Patrick Amory ha argumentado
que la identidad germánica existía en todo caso como variante de la identidad romana.
Prefiero registrar todos estos puntos de vista como explicaciones historiográficas que
dirigirme directamente a las fuentes. Dado el carácter extremadamente dilatado de la gama
de experiencias locales vividas en el occidente posromano. La postura de Amory, cabría
afirmar que las invasiones “bárbaras” tuvieron lugar sin que se produjese movimiento de
población alguno, excepto a una escala más que pequeña, un planteamiento que no resulta
difícil rechazar. No obstante, incluso en el caso de que no se llegue tan lejos, debe
reconocerse que el éxito del modelos de etnogénesis ha contribuido a debilitar toda la
argumentación que sostuviera que las clases gobernantes germánicas recién llegadas se
habrían sentido siempre tan ajenas al sistema romano que les habría resultado imposible
aceptar, administrar, o imitar todos los aspectos del mismo que hubieran logrado sobrevivir
en cualquier zona dada. El punto en el que surgieron las diferencias no fue el de la
disposición germánica a apropiarse de la romanitas, sino en el de cuánta romanitas quedaba
aún por apropiarse.
Hay otros tres elementos propios de los reinos Sucesores que son en mi opinión, más
importantes para comprender cómo se vino abajo el sistema fiscal y político del Occidente
romano. El primero de ellos es de hecho la crisis, ya que remite al grado de confusión y de
perturbación bélica que pudiera existir en cualquiera de las regiones del imperio de
Occidente y que hiciera que las instituciones encontraran difícil seguir operando
adecuadamente. El segundo plantea una interrogante -¿en qué precisaban gastar el dinero
los estados sucesores?-, pues, si el ejército se remuneraba mediante la concesión de tierras,
si la administración pública había experimentado una notable reducción, y si el suministro
de alimentos a la ciudad de Roma tampoco figuraba ya en el orden del día, salvo en Italia,
entonces la necesidad de recaudar impuestos debió de haber descendido enormemente.
El tercero, íntimamente relacionado con el anterior, estriba en que la consideración social
del ejército se vio modificada en la época posromana, ya que los ejércitos de los reinos
romano-germánicos, definidos en términos étnicos, no vinieron meramente a reemplazar a
sus predecesores romanos, sino que se vieron integrados por una nueva aristocracia dotada
de un papel sociopolítico más amplio y de ambiciones de muy superior alcance.
No obstante, antes de centrarnos en esos ejemplos, hemos de considerar una nueva cuestión
general, Goffart propuso, en esencia, que los ejércitos que se establecieron en las distintas
regiones de Occidente no recibieron Su parte de tierras, esto es, el tercio o los dos tercios de
las heredades romanas que se cedían, según la práctica tradicional, para el asentamiento de
los pueblos germánicos en concepto de hospitalitas.
En vez de eso, se les permitió participar en el sistema fiscal que aún seguía vigente. Esto
quiere decir que los ejércitos "bárbaros” continuaron recibiendo un salario, pero que dicha
paga procedía de la fracción de impuestos asociada a las específicas porciones de tierra de
las que cada soldado era hospes, o huésped, y cuyos impuestos recaudaba directamente.
Esta recaudación directa podía acabar convirtiéndose en poco tiempo en una posesión de -
facto de la tierra, y de hecho eso es lo que ocurrió. Esto significa que, al final, los ejércitos
terminaron integrados por terratenientes. Sin embargo, el proceso fue mucho más lento y
complejo de lo que los anteriores historiadores habían pensado jamás, y, en sí mismo, el
siglo v no tuvo por qué ser una época de crisis institucional, sino únicamente de
descentralización -tanto en el plano de la división del imperio en reinos como en el del
propio mecanismo de recaudación de impuestos, que fue arrancado de las manos de los
curiales y transferido directamente a sus perceptores específicos.
Goffart supuso que una recaudación de impuestos tan localizada podía terminar
convirtiéndose en la práctica en una forma de propiedad, y eso es de hecho lo que hubiera
ocurrido si el estado no hubiese vigilado el proceso fiscal, como presumiblemente debió de
haber sucedido en el Occidente altomedieval, ya que todas las referencias vinculadas a la
recaudación de impuestos en esta región finalizan aproximadamente, corno muy tarde,
después del año 700.
El problema consiste en que no hay un solo texto que sostenga claramente la teoría de
Goffart.
Sigue dando la impresión de que lo que más firmemente sostienen las fuentes en todas las
regiones, sobre bases empíricas, es la existencia de algún tipo de cesión de tierras destinado
a promover los asentamientos.
No obstante, el planteamiento de Goffart ha suscitado apoyos nada desdeñables. En
esencia, esto se debe a que presenta un gran panorama: los grupos germánicos pudieron
asentarse en el interior de un sistema fiscal romano aún operativo, tal como sucediera con
los visigodos en el año 418, con los burgundios en el año 443 o con los ostrogodos en 493,
sin que tengamos constancia de la existencia de dificultades debido a que todo lo que se
precisaba a que todo lo que se precisaba cambiar eran unos cuantos detalles fiscales. Sin
embargo, a la inversa, puede decirse que esta gran panorámica no le secunda por entero en
oros aspectos: eran demasiado los asentamientos germánicos de organización
característicamente menos acabada; en cualquier caso no existe ninguna razón particular
que explique por qué es preciso suponer que se utilizaran los mismos protocolos para todos
los asentamientos dada la tendencia que existió a 1o largo de la mayor parte del siglo v a
aplicar remedios ad hoc como fórmula para la resolución de problemas; y por último,
objeción que quizá sea la más importante, si lo que se proponía este método de
allanamiento de dificultades era introducir el menor número de cambios posible, ¿por qué
abolir entonces la centenaria aplicación de las reglas para el sostenimiento del ejército y
confiar la recaudación de los impuestos a los propios soldados --o bien, si lo que de hecho
se necesitaba era un cambio pronunciado, por qué no dar entonces tierras a las tropas, como
sugieren implícitamente tantas fuentes? En realidad, voy a suponer aquí la existencia de un
número de procedimientos ad hoc bastante mayor de lo que se acepta en las teorías
tradicionales de la hospitalitas. Sabemos que durante el período inicial de su invasión de la
Galia meridional, a principios de la década de 410, los soldados visigodos eran alojados en
casas particulares, conforme a criterios romanos, en calidad de hospites, No es improbable
que esa costumbre de proporcionar alojamiento se convirtiera en una práctica rutinaria y
más firmemente asociada a la tierra después del año 418 -fecha en que los godos pactaron
la paz con Roma-, aunque no necesariamente tuvo por qué haberse verificado de forma
sistemática. Los cálculos porcentuales pudieron haberse producido después, una vez
reorganizada la presión fiscal para incluir ese asentamiento en las parcelas de tierra. Es muy
posible que 1os godos, tanto en la Galia como en Italia, recibieran igualmente pagos
derivados del gravamen de las tierras, de acuerdo con procedimientos mixtos que ya
contaban con casos análogos en la casuística romana. Sin embargo, todo modelo que
presuponga la existencia de un cambio fluido, de carácter meramente administrativo
"violenta” las pruebas de que disponemos sobre la confusión del siglo V.
Por otra parte y por último, es preciso destacar que las pruebas del siglo v no sostienen en
modo alguno el punto de vista que afirma que el sistema fiscal quedara arruinado muy
rápidamente. Las cartas de Sidonio, que se remontan a las décadas de 460 y 470i, es decir, a
los últimos momentos del proceso que pone fin a la autoridad romana en la Galia. La
terminología tributaria, pese a no ser omnipresente, y pese a no suscitar en ningún caso un
énfasis retórico, aparece al menos con regularidad en sus escritos. Por esa época, no se
consideraba aún la posibilidad de un desplome del sistema impositivo: veremos que un
siglo después, e incluso en fechas posteriores, todavía sobrevivían en la Galia algunos
impuestos. El estado ostrogodo fue sin duda el estado sucesor que más plena continuidad
dio a todo el conjunto de procedimientos fiscales romanos.
Ei derrumbamiento del sistema tributario del imperio romano es claramente posterior a la
fundación de los reinos “bárbaros”.
Pero, en esta época, ¿para qué se lo utilizaba de hecho? No es fácil responder a esto con
material del siglo v. Para tener una mínima idea de ello, deberemos adoptar una perspectiva
de más largo plazo, y examinar la cuestión en el plano regional.
Los vándalos invadieron el norte de África desde España en el año 429; se encontraban ya
en Numidia en el año 430. En 439 violaron el tratado y se apoderaron de Cartago, así como
del foco de la prosperidad agrícola africana: las provincias de la Proconsular y Bizacena, a
1o largo de todo el siglo siguiente hubo constantes planes romanos para recuperar África,
aunque todos ellos quedaran en nada hasta la conquista que realizó Belisario en 534. L a
toma de Cartago por Giserico en el año 439 es probablemente el punto de inflexión que
hace irreversible la “caída” del imperio de Occidente.
Esto se debió principalmente a razones estructurales. África constituía el eje de la annona
de grano y aceite para Roma, y, sin ese permanente suministro de alimentos, la capital
occidental apenas podía operar.
Giserico dio una nueva vuelta de tuerca a la situación al apoderarse de Cerdeña en la
década de 460 y, ya desde el año 440 -hasta el 476- atacó sistemáticamente la costa
siciliana, puesto que estas islas eran las principales zonas capaces de sustituir al África
como abastecedoras de grano en el Mediterráneo occidental. En el año 442, los vándalos
consiguieron ver refrendado su control sobre las tierras cerealistas africana, mediante un
tratado que, de acuerdo con Procopio, estipulaba que Giserico debía entregar un tributo
anual (dasmos) al imperio de occidente, pacto que observó hasta el año 455. Hay que
considerar esta lectura de la situación como algo muy improbable, dado el peso de ese
impuesto y lo débil que era la capacidad negociadora de Roma en el año 442. Es además en
esta época, es decir, del año 440 en adelante, cuando empezamos a encontrar los primeros
signos de que el imperio de Occidente sufría una grave escasez de recursos. Roma en
particular, debió de haberse visto obligada a hacer frente a una crisis galopante; Giserico
siguió efectivamente proporcionando suministros a la ciudad aunque en calidad de
transacción comercial, no fiscal, es decir a cambio de dinero, entonces el efecto sobre los
recursos tributarios de Occidente hubiera sido similar.
Debido a la ruptura del eje fiscal formado por Cartago y Roma, Italia fue la región que más
sufrió como consecuencia de las conquistas de Giserico: tanto más si tenemos en cuenta
que uno de los elementos de esas conquistas fue la sustancial expropiación de las tierras
aristocráticas, y que los grandes terratenientes ausentes que eran uno de los más relevantes
factores de la economía africana, residían en su mayor parte en Roma. Después del año 439
(o 442), los vándalos controlaron de forma estable la región más rica de Occidente, dominio
que incluyó el de los mecanismos habituales de la recaudación de impuestos provincial. Por
primera vez desde la conquista romana, esa exacción tributaria se quedó en Cartago y pudo
enriquecer a la clase gobernante local.
Para empezar, el estado estaba muy romanizado y los reyes vándalos se comportaron en
muchos aspectos como gobernadores romanos. Esto se aprecia de forma muy notable en sus
políticas religiosas, procediendo de igual manera que cualquier emperador, consideraron
que su propia variante del cristianismo, el arrianismo, era la única legítima, y a que
persiguieron, al menos de forma intermitente, a cuantos juzgaron herejes, condición que no
obstante se aplicaba a la totalidad de la población de África, ya fuese católica, donatista o
maniquea.
Los modelos imperiales son de hecho las únicas fuentes visibles para conocer
prácticamente cualquiera de los aspectos del estado vándalo. Ciertamente, es difícil
considerar que la administración fuera distinta, ya que operaba por medio de una compleja
red de funcionarios, unos funcionarios que son precisamente los que destacan en nuestra
pobre documentación.
Puede que dichos funcionarios adoptaran la indumentaria vándala, pero en otros aspectos
no experimentaron cambio alguno, salvo en cuestiones de detalle. Se les pagaba tanto en
metálico como en especie, tal como sucedía con anterioridad al año 439. Entre ellos
figuraban algunos funcionarios provinciales. Según la legislación imperial, los
procuratores, habrían sido curiales, pero éste es el único argumento que aboga en favor de
que éstos hayan conservado alguna responsabilidad fiscal en tiempo de los vándalos. El
siglo vándalo es el período en el que es más probable que terminara la recaudación de
impuestos centralizada en las ciudades, junto con la autonomía política urbana. Resulta
cuando menos posible que los vándalos centralizaran simplemente la recaudación de
impuestos, tal como ocurriera con los romanos del este, y que lo hicieran por las mismas
fechas, esto es, en torno al año 500.
En cualquier caso, es evidente que se siguieron recaudando impuestos durante el período
vándalo: hay varias referencias a este hecho, así como, según ya es habitual, a su cuantía y
carácter opresivo. Los impuestos no sólo pagaban la administración pública, también
hicieron inmensamente ricos a los reyes vándalos. Tal como señala Procopio, este tesoro
había podido crecer tan inmensamente debido a que los ingresos africanos no habían tenido
que salir del país por espacio de noventa y cinco años. Está mucho menos claro, no
obstante, que estos impuestos se gastaran en el ejército. E. i ejército vándalo, pese a no ser
uno de los más importantes ejércitos germánicos, era mayor que el romano acantonado en
África. Sin embargo, las pruebas indican que se hallaba asentado en parcelas rurales, en
sortes. Es probable que los vándalos se asentaran en tierras imperiales, que eran muy
extensas en África, así como en fincas confiscadas a la aristocracia romana. Tras la
reconquista, Justiniano volvió a requisar las tierras, entregándoselas al fisco. Estas tierras
estaban exentas de impuestos, ya que, a cambio de ellas, los vándalos realizaban tareas
militares.
En cierto sentido, el hecho de que Giserico asentara a los vándalos en fincas rurales, resulta
más sorprendente de lo que estoy haciendo ver. En África el sistema fiscal romano quedó
intacto; y los ejércitos romanos se habían sostenido siempre a base de salarios. Si en alguna
parte llegó a tener un mínimo sentido proponer que un rey germánico accediera a repartirse
un porcentaje de las tierras contabilizadas en la estimación de los ingresos fiscales, debió de
ser aquí. Además, los datos del asentamiento de los vándalos en fincas rurales no son
demasiado concluyentes.
Con todo, los vándalos no salieron de la nada en el año 429.Habían acumulado una
experiencia de dos décadas en la ocupación de una provincia romana, primero en el
noroeste de España, y más tarde en su suroeste, donde probablemente tuvieron un primer
contacto con la riqueza asociada a la posesión de tierras, el más importante factor de
posición social existente en el imperio romano, como en cualquier civilización agraria.
Tampoco habían constituido nunca un ejército romano, ni siquiera nominalmente. Todos
los soldados germánicos cuyas carreras podemos rastrear deseaban tierras, o más tierras, tan
pronto como les era posible obtenerlas. Dista mucho de estar claro que un nuevo ejército
conquistador, que además no tenía necesidad de negociar, se hubiese conformado
simplemente con recibir un salario. En el año 484 hay referencias a la posesión de tierras
por parte de los vándalos, y vuelve a haberlas en 534, así que, incluso en el caso de que en
el año 439 se les hubieran entregado únicamente una serie de importes basados en
estimaciones recaudatorias, queda al menos claro que se convirtieron muy pronto en
terratenientes. Los vándalos querían ser aristócratas, no simples soldados, y ésa es la
condición que adquirieron tantos como pudieron.
Esto quiere decir que no formaban un mero ejército, sino una clase gobernante militarizada.
Ésta es la diferencia esencial entre los ejércitos romanos y los germánicos que los
reemplazaron: los ejércitos romanos no constituían una élite, excepto en el caso de sus
dirigentes, mientras que los ejércitos germánicos, en su mayor parte, sí que lo eran. Y
lógicamente la tierra acompañaba este estado de cosas. Giserico actuó con libertad en el
año 439, pero es muy improbable que hubiese tratado de resistirse a dicha lógica.
Sin embargo, en este caso África se vuelve paradójica: se había organizado en torno a un
sistema fiscal muy eficiente, pero los principales gastos del estado, la annona para Roma y
para el ejército, ya no se pagaban mediante sus impuestos. No sólo la familia real debió
haber adquirido una asombrosa riqueza, sino también otras muchas, tal como dice
Procopio. De hecho, Procopio va más lejos, y sostiene que en realidad Giserico había
destruido los documentos fiscales romanos, sería extraño que 1o hubiera hecho, no encaja
con la circunstancia de que los vándalos siguieran cobrando impuestos en el año 534: dada
la inexactitud de la teneduría de libros vándala, Justiniano se vio en la necesidad de valorar
de nuevo la base fiscal africana, y para ello envió a dos hombres que terminaron
despertando odio en los africanos a causa de su falta de moderación. Como mínimo, da la
impresión de que los vándalos habían descuidado la confección del catastro, y es incluso
probable que también se hubiesen desentendido de las exacciones. Este tipo de
desequilibrio presupuestario condujo gradualmente a la descomposición de la estructura
básica del sistema impositivo. Si Justiniano que tenía otras necesidades, no hubiera
intervenido, no hay duda de que el sistema se habría deteriorado aún más. Desde luego, la
infraestructura fiscal de la región cobró nuevos bríos: como muy tarde hacia el año 600
África volvía a suministrar alimentos a Constantinopla. Sin embargo, bajo la dominación
vándala, el hecho de que no existiese una necesidad recaudatoria permitió una involución
en la cobranza de impuestos. Si los vándalos constituyen un modelo se debe precisamente a
la firmeza y a la solidez institucional de ese punto de partida: lo que hace que un sistema
fiscal pueda venirse abajo, incluso en circunstancias favorables, es el hecho de que no
resulte estructuralmente necesario para una organización. El paralelismo que mayores
semejanzas presenta con el caso de los vándalos en occidente es el de los ostrogodos; y
además está mucho mejor documentado. No obstante, diferían de los vándalos en algunos
aspectos clave. En primer lugar, Italia había vivido una experiencia considerablemente
traumática a lo largo del medio siglo anterior a la penetración de Teodorico en la península,
ocurrida en el año 490: quizá la invasión no fuera la máxima causa de esa zozobra.
Pero al menos la perturbación de su equilibrio fiscal, generada precisamente por la
presencia de los vándalos en África, sí que contribuyó a provocarla.
Italia no poseía una estructura institucional tan sólida como la africana. En segundo lugar,
Italia no sufría e l mismo desequilibrio presupuestario que África, ya que necesitaba
obtener de su propio territorio suministros para Roma. Italia podría haber seguido siendo
durante mucho tiempo un estado sucesor enteramente gobernado en función de criterios
romanos, sin embargo, no podemos comprobar esta hipótesis, ya que los romanos no sólo
acabaron con los ostrogodos, sino que sus guerras, libradas entre los años 535 y 554,
arrasaron también la mayor parte de Italia.