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El arte griego. Introducción. Dra. Alicia Montemayor García.

Facultad de filosofía y letras UNAM 1

El arte griego
Alicia Montemayor García

Introducción

Cuando pensamos en el arte griego generalmente no tomamos en cuenta que nos enfrentamos
a un mundo fragmentario que siglos de erudición nos dicen cómo debe ser. Tomamos como
verdad una idea heredera de la erudición helenística y romana y de los estudios del
Renacimiento italiano y de Winkelmann. Por ello debemos tener en cuenta que el estudio del
arte griego está cargado de prejuicios que en todo momento es necesario considerar. En primer
lugar, por así decir, nos hemos hecho una idea del arte griego de atrás para adelante. En el
Renacimiento, como en los siglos XVII y XVIII, estudiosos y coleccionistas propusieron una
serie de análisis que no sólo determinaron lo que era el arte griego, sino también lo que debía
ser el arte en general. Sin embargo, estas ideas no se generaron a partir de la observación de
piezas originales, sino de textos filosóficos e históricos, así como de obras antiguas
descubiertas en Italia, que se consideraron griegas en la medida en que representaban escenas
que se podían explicar por textos conocidos. Sin embargo, lo griego sólo era superficial, ya
que la mayor parte de las piezas eran romanas, y si bien había muchas copias de calidad de
trabajos griegos, faltaba el conocimiento del desarrollo de las artes en la Antigüedad, por lo
que no se las tomó por lo que eran.
La belleza que asociamos sin dudar al arte griego es la que nos imaginamos a partir del
arte del siglo de Pericles; sin embargo, desde el punto de vista de su situación en el tiempo y
en el espacio, la extensión del mundo griego es enorme. No podemos hablar de los griegos
siempre en los mismos términos —desde Micenas hasta Alejandría—; por ello mismo,
consideramos que la calmada grandeza y la idealidad en los sentimientos tienen más que ver
con nosotros mismos que con los griegos. Por ejemplo, el periodo geométrico y el arcaico
temprano —del siglo IX al VII ane (antes de nuestra era)— todavía parecen extraños a ojos
occidentales y sólo una paciente labor ha hecho comprender que el desarrollo del arte griego
se retrotrae hasta el primer milenio. Por otro lado, a estas manifestaciones se las ha
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considerado antecedentes del arte de la segunda mitad del siglo V, viéndolas siempre en
función de desarrollos posteriores; por ello cuando a finales del siglo XIX se encontraron en la
Acrópolis de Atenas una serie de esculturas de doncellas —que fueron dejadas por los persas
después del saqueo de la ciudad en 480 ane—, se bautizó al periodo artístico al que
pertenecían estas esculturas como Arcaico, considerando que su estilo era la prefiguración, el
antecedente del arte Clásico.
Así, con el descubrimiento de los periodos Geométrico y Arcaico, la historia parecía
completarse: empezaba con un arte de patrones geométricos abstractos, que admitía
lentamente la figura, influida por las artes de Asia Menor y Egipto, disciplinándose
posteriormente a sí misma en el Arcaico, para llegar a una plenitud del naturalismo en el
Clásico. Pero todavía había cosas por descubrir. Cuando en 1876 Heinrich Schliemann
descubrió el círculo A de tumbas en Micenas con sus grandes tesoros, tuvo la convicción de
que había encontrado un mundo nuevo, y no se equivocaba. Desde entonces se han hecho
numerosos hallazgos de sitios micénicos, pero el hallazgo de Schliemann nunca ha sido
superado, ya que realmente dio con el centro del mundo micénico. Posteriormente a principios
del siglo XX Arthur Evans descubrió también un nuevo mundo en la isla de Creta. Llamada
por él cultura Minoica, en honor al rey Minos, mítico gobernante de Creta, fue evidente desde
un principio que esta cultura ejerció una poderosa influencia en el continente. Ambas culturas
refinadas y, a primera vista, totalmente alejadas de lo que entendemos por arte griego, se
consideraron un estrato anterior, que nada tenía que ver con los desarrollos posteriores. Así, la
división entre esta Edad de Bronce y el periodo Geométrico parecía total, sobre todo si
consideramos que entre ambas se encuentra lo que se suele llamar la “Edad Oscura”, en la cual
se consideraba que había habido una pérdida completa de la cultura anterior, seguida por un
renacimiento. Esta división ha ido cediendo poco a poco. El descubrimiento de M. Ventris en
1952 de que los micénicos hablaban griego, al descifrar la lineal B, hizo que muchos
arqueólogos trataran de buscar evidencias de una ocupación continuada a través de la Edad
Oscura, principalmente en las ciudades que se sabía, por testimonio de Homero, que habían
gozado de un lugar especial en la Edad de Bronce.
Como resultado de lo anterior este arte, que es origen y diferencia, fundamento e ideal,
se nos presenta, en un primer momento, como algo que floreció repentinamente en un
momento y que luego desapareció, sin origen, sin desarrollo —una presencia y al mismo
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tiempo una ausencia. Y es que si bien este arte es fundamento del arte occidental, a través de
su influencia en el arte romano, como ya anotamos, tampoco podemos negar que el
neoclasicismo, con su imposición de normas para la ejecución y la elección de los temas,
limitó la creación artística y dio origen a la disidencia y la ruptura; del Romanticismo de
Delacroix a Las señoritas de Avinón de Picasso, los artistas se han alejado de los patrones de
nobleza, belleza y orden del neoclasicismo (aquí en México, a partir de la postulación en el
siglo XIX de nuestra diferencia nacional a través del mundo prehispánico, se les ha visto como
extranjeros y ajenos a nuestro arte nacional). Por todo ello, el arte griego ha tenido que esperar
mucho para que lo podamos ver como la influencia generadora y liberadora que fue en el
Renacimiento.
Debemos considerar el arte griego sin tomar en cuenta ese discurso que no considera
que los griegos son diferentes, y remitirnos al arte mismo para que sea él —y no los
académicos— el que nos hable y se nos muestre en su verdadera magnitud.

Situación geográfica

El objetivo básico de anteponer al estudio del arte de un pueblo una descripción geográfica
y climática es presentar a grandes rasgos el entorno físico que acompañó el surgimiento de
dicha civilización y que, de alguna forma, al contribuir a la formación de su carácter,
condicionó también su desarrollo. Desde un punto de vista objetivo, podemos decir que la
situación geográfica y climática de Grecia es favorable aún hoy, y como en general la
impresión subjetiva para el visitante actual resulta intensamente seductora, despierta
naturalmente la pregunta de cómo sería en el pasado.
La Grecia continental ocupa el extremo meridional de la península de los Balcanes,
siendo su territorio más bien pequeño, ya que no hay más de 400 km entre el Monte
Olimpo, situado en el norte, en la Tesalia, y el cabo Matapán, que es la punta meridional
del Peloponeso.
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Sin embargo, el terreno es sumamente accidentado y, al recorrerlo, puede dar la


impresión de una mayor extensión por el tiempo empleado. Si bien las montañas no son
particularmente elevadas —2918 m s/n/m en el Olimpo—, sus perfiles marcan abruptos
contrastes tanto con el mar como con los valles y llanuras. Esto contribuye de manera
decisiva al aislamiento terrestre de las diferentes regiones. De hecho, las únicas dos llanuras
de consideración en la Grecia continental están en el norte, en Beocia y Tesalia. Así pues,
en la Antigüedad e incluso hoy en día el mar es el camino más corto entre dos puntos
cualesquiera de Grecia tanto continental como insular, de los que ninguno se encuentra a
más de 90 km de la costa.
Las islas griegas del Egeo están diseminadas como un rosario entre Grecia y
Anatolia, pues de hecho son las cimas sobresalientes de las cadenas montañosas submarinas
que continúan las de Asia Menor y que también son visibles en las grandes islas, como
Creta —2500 m en el Monte Ida— y Naxos, y en la propia Grecia continental. Por
consiguiente, la mayor parte de las islas son rocosas y sin agua, salvo Andros, Tenos,
Naxos, Paros, Melos y Santorín, en el archipiélago de las Cícladas. También disponen de
más agua y terrenos para agricultura las grandes islas que están frente a Anatolia, como
Lesbos, Quíos, Samos y Rodas, además de las boscosas Espóradas (Skopelos, Skyros y
Skiathos) y las también exuberantes islas jonias (Zante, Cefalonia, Ítaca, Léucade y Corfú).
En la actualidad, la mayor parte del territorio griego continental es árido o
semiárido, aunque hay alternancia continua de zonas húmedas con amplias extensiones
secas, salvo en la Macedonia occidental y el Epiro, donde las cordilleras, entre las que se
abren valles y pequeñas cuencas lacustres, reciben abundantes lluvias y nevadas invernales
y, por lo tanto, están recubiertas de hermosos bosques.
Para la Antigüedad, sin embargo, hay que contar con que el paisaje era menos árido
y los bosques eran más abundantes, sobre todo los de robles y encinas y, en las zonas altas,
los de coníferas, de los que se conservan algunos restos en el Parnaso. Dichos bosques
antiguos han desaparecido en su mayor parte sobre todo a causa de la acción humana, ya
que fueron aprovechados para la construcción de barcos y casas y como combustible.
Se pueden establecer las siguientes 12 divisiones naturales del territorio griego actual:
1. Macedonia, Tracia (noreste)
2. Tesalia (centro-norte)
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3. Epiro (noroeste)
4. Fócida y Beocia (centro)
5. Ática, Megara y Golfo Sarónico (costa central)
6. Corinto, Argólida, Trecén (Peloponeso oriental)
7. Laconia, Mesenia (Peloponeso meridional y sudoccidental)
8. Arcadia (Peloponeso interior)
9. Islas jónicas y Acaya (occidente)
10. Cícladas y Espóradas septentrionales (Egeo central)
11. Dodecaneso (Egeo sudoriental)
12. Islas orientales y Espóradas meridionales (Egeo noriental)

Clima

El clima en las regiones áridas del norte es generalmente áspero, con inviernos fríos y
abundantes lluvias a fines del otoño, las cuales no son frecuentes en el auténtico clima
mediterráneo. El verano es casi siempre seco y, aunque los aguaceros son frecuentes, la
temperatura es sofocante en los valles del interior, de los que la población generalmente se
mantiene alejada para asentarse de preferencia en las colinas o en las laderas montañosas.
La vertiente del Pelión, que desciende hasta el golfo de Volos, participa en mayor grado de
la suavidad del clima mediterráneo, lo que hace del puerto de Volos (la antigua Yolco) un
lugar favorito de descanso. En cambio, las regiones altas del Epiro, Macedonia y Tracia
tienen clima templado en verano, con bastantes lluvias, pero riguroso en invierno, con
temperaturas bajas y abundantes nevadas.
En la Grecia central y el Peloponeso, el clima puede variar según la orientación, la
distancia al mar y la altitud. Las regiones que dan hacia el oeste son más húmedas y verdes,
mientras que en los valles interiores las temperaturas son o bien excesivamente calurosas o
demasiado frías, poco propicias para los cultivos mediterráneos, como la Arcadia, con
llanuras de entre 600 y 800 m de altitud, en la que escasean los viñedos y no hay olivos,
aunque conserva algunos bosquecillos de encinos y valles verdes y fértiles. Las zonas
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orientales, en cambio, son más secas y están sujetas a intensas temperaturas estivales, por lo
que los terrenos calcáreos dan la impresión de sequía permanente, acentuada por la
irregularidad de las precipitaciones y la permeabilidad del suelo. Aun así, el agua de lluvia
se recoge en el fondo de algunas cuencas y escurre por estrechos barrancos que, si se llegan
a obstruir, forman a veces lagunas, como la de Estinfalia.
En las islas las condiciones climáticas son muy variables, de acuerdo con la latitud y
la morfología del terreno. En Lesbos, por ejemplo, la temperatura es bastante fresca, pero
en la parte meridional de Creta el clima es casi africano. En el verano, los vientos regulares
del norte mantienen más fresca la temperatura en las islas que en el continente, aunque las
lluvias son escasas. Por ello, en el punto culminante del verano, el intenso sol parece
abrasar todo el terreno, lo que da al paisaje un característico tono rojizo, contra el que
contrastan las construcciones blancas y los verdes viñedos. En el invierno, por el contrario,
se producen abundantes precipitaciones en gran parte de las islas egeas y los vientos soplan
con bastante fuerza, por lo que las temperaturas pueden llegar a ser bastante bajas, si bien
las nevadas son raras y por lo regular sólo caen en las partes altas de las cordilleras de las
grandes islas, como en Creta.
Es preciso observar, como se hizo a propósito del paisaje y la vegetación antiguas,
que debieron producirse importantes cambios también en el clima que prevaleció en la
Antigüedad, cambios provocados sobre todo por la eliminación de la cubierta vegetal en
amplias zonas, como se puede observar muy claramente en el Ática, lo que acarreó incluso
un proceso de desertificación en ciertas regiones. Así pues, la extensa deforestación y el
consiguiente deterioro ambiental han traído como consecuencia la aparición de veranos más
calurosos y secos y una mayor erosión eólica, produciendo a la larga un paisaje cada vez
más árido.

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