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AGOSTO DE 2007

SANGRE EN LAS MANOS. EL MUNDO CORRUPTO Y


BRUTAL DEL BOXEO
POR PETE HAMILL

Publicado hace una década en Esquire, este texto de Pete Hamill


denuncia la decadencia y los peligros de un deporte que alguna vez fue
un arte. Combinación de homenaje y alegato, este panorama del boxeo
se inscribe en la mejor tradición del periodismo deportivo.

Los viejos amores demoran mucho para morir. Pueden sobrevivir decepciones y
separaciones, pequeñas crueldades y efímeras pasiones, pero finalmente sucumben a la
roedora erosión del tiempo. De pronto, una gélida mañana, amanecen muertos. Durante un
tiempo demasiado largo fui amante del deporte brutal de las peleas de campeonato, pero
ahora he llegado finalmente al gélido amanecer. No se puede amar a lo que habita una
alcantarilla. Y el mundo del boxeo es ahora más fétido y repugnante de lo que jamás había
sido en su escuálida historia.

Cada mes, en esta era de premios multimillonarios, de la televisión por cable y del pago-por-
evento, las peleas de campeonato son arregladas por concertación. Hay falsos campeones en
cada una de las divisiones de pesaje. Chicos valientes asumen negociaciones faustianas para
obtener peleas donde podrían aspirar a títulos de campeonato, para luego ser robados y
explotados por promotores rapaces. Cuando sus cerebros ya han sido apaleados y sus ojos
triturados hasta la ceguera serán tratados como vagabundos, abandonados y en constante
escarnio. En este país se trata mejor a los perros viejos que a los antiguos boxeadores de
postín. Ya no quiero mirar más hacia ese mundo inmundo y contribuir en la continuidad de su
existencia. Por lo menos, no en el estado en que se encuentra actualmente.

Cuando yo era joven y crecía en los bloques de apartamentos de la Nueva York posterior a la
Segunda Guerra Mundial, el pugilismo era el príncipe negro de todos los deportes. Desde
luego, el béisbol era nuestra religión secular, pero se jugaba en páramos soleados donde rara
vez había jugadores lastimados. Muy poca gente de la América burocrática mostraba pasión
hacia el futbol americano o el baloncesto.

Pero el boxeo exudaba el peligroso glamour de la noche urbana. Los viernes por la noche
viajábamos en metro hacia el viejo Madison Square Garden. Antes de la función, el lobby se
atiborraba con los chicos rudos de barrio y policías que libraban, viejos boxeadores con las
caras ajadas, apostadores de ojos muertos y sombreros gris perla con terciopelo en las
solapas de sus abrigos. Había muchos anillos en meñiques. Algunos tipos iban con sus
mujeres, criaturas carnosas con cabelleras cegadoras y brillosos labios de grana. Todos
fumaban y el aire mismo parecía cargarse con el inminente rito sanguíneo. Estábamos todos
ahí para presenciar la transformación de la violencia en arte.

En su máxima forma de expresión, el boxeo era un arte. Para mi generación, el gran maestro
era Sugar Ray Robinson, quien como campeón de peso welter y peso medio mostraba todas
las cualidades que precisaban los grandes luchadores: soberbia técnica de boxeo,
combinaciones en ráfaga de golpeo y el poder del nocaut en cada uno de sus puños. Él sabía
de tácticas y de estrategias. Ejercía la astucia y la decepción. Preparaba espectaculares y
elegantes emboscadas.

Por esa razón muchos de nosotros llenábamos el Garden y otras arenas no tan glamorosas
de otras ciudades americanas. Queríamos ver a otro Robinson. No solamente por las
habilidades que mostraba, sino por la otra inmensa cualidad que nos revelaba: corazón. No
se trataba de simple valentía, pues sabíamos que cualquier hombre que se calzaba los
guantes y entraba a un ring tenía un cierto grado de valentía o coraje, mayores a los de la
mayoría de los hombres. Pero decir que un hombre tenía corazón era un asunto más
complicado. El boxeador con corazón era capaz de soportar el dolor con tal de poder
producirlo. El boxeador con corazón aceptaba las crueles reglas del deporte. No debía –ni
podía– darse por vencido. Podía quedar desclasificado o superado, pero jamás buscaría una
salida. Por eso el Muhammad Ali del apasionante combate en Manila será recordado mucho
tiempo después de que hayamos muerto todos: había sobrevivido el salvaje purgatorio
llamado Joe Frazier y emergió orgulloso y triunfante.

En su más gloriosa expresión, el pugilismo no era una película en la que cada acción estaba
coreografiada y en donde siempre ganaban los buenos. Cuando veíamos una pelea,
sabíamos que el daño era real. La sangre era real. El dolor era real. Cuando había un guión,
cuando el resultado era sabido aun antes de que se lanzara un puñetazo, la pelea estaba
arreglada.

En los años cincuenta, cuando me la pasaba en el Gimnasio de Sullivan y el Gimnasio


Gramercy, había peleas arregladas. Frankie Carbo y Blinky Palermo y otros gángsters se
habían adueñado del deporte; un campeón de peso ligero prestó su título en por lo menos
dos ocasiones y la división de los pesos welter no era más que un montón de escoria. El
objetivo de estas peleas arregladas era dar un golpe en las apuestas. Al boxeador se le daba
dinero para que perdiera. Uno podía hacerse de un buen dinero si se llegaba a saber que un
contendiente, abajo tres a uno en las apuestas, era el seguro ganador. Todos los metidos en
el mundo del boxeo sabían lo que pasaba y los cronistas deportivos también lo sabían.
Jimmy Cannon, del diario New York Post, llegó a definir al boxeo como “el distrito rojo de los
deportes”.

La revelación pública de aquellas peleas arregladas casi mata al boxeo. Los viejos aficionados
miraron hacia otro lado; si lo que querían era ficción, irían al cine. Los jóvenes buscaron su
violencia ritualizada en el fútbol americano, en el hockey sobre hielo, y encontraron nuevos
modelos de elegancia en el baloncesto. Los jóvenes no empezaron a asistir a las peleas hasta
el ascenso de Muhammad Ali.

Desde luego que, en tanto agonizaban las peleas de box, hubo llamamientos para una
reforma. Hubo investigaciones y algunas condenas. Un menguado número de aficionados
fatalistas encogieron los hombros. Era fútil quejarse sobre la corrupción en el boxeo; existía
desde sus comienzos y sólo un necio podría creer en su completa redención. Tales
aficionados sólo podían desear que la belleza de su arte sobreviviese de alguna manera,
como flores rebosantes en medio de un basurero. Buscaban otro Robinson. Yo era uno de
ésos.

A través de los años, a pesar de todo lo que sabía, pervivía mi pasión. Había periódicos y
revistas que me pagaban para cubrir peleas que yo mismo habría pagado por ver. Me he
emocionado en peleas celebradas en la Ciudad de México y en Dublín, Tokio y San Juan.
Cuando derribaron el viejo Garden, seguí asistiendo a las peleas en el antiséptico nuevo
Garden. Eventualmente, desaparecieron los sombreros gris perla y los anillos en los
meñiques. Las suntuosas rubias dieron paso a las modelos anoréxicas. Yo seguía asistiendo a
las peleas.

En el camino llegué a creer que los boxeadores mismos estaban entre los mejores seres
humanos que conocía. Estaban misericordiosamente libres de toda la mierda machista de
tantísimos deportistas profesionales. Eran tiernos de una forma masculina. No es accidente
que a lo largo de cuarenta años uno de mis amigos más cercanos fuera José Torres, que fue
campeón mundial de peso ultraligero en los años sesenta y, luego, Director de la Comisión de
Deportes del Estado de Nueva York. Acostumbrábamos discutir en torno a las grandes peleas
con la pasión del entusiasmo.

Ya no.

Finalmente, luego de muchos años, he llegado al punto de reacción. Tal como se conduce
ahora ese deporte resulta repulsivo. Mis objeciones no se refieren a sus brutalidades
inherentes. Los americanos no pueden jactarse de ser lo suficientemente “civilizados” como
para sancionar al boxeo, cuando aceptan tener el índice de homicidios más alto del mundo
desarrollado y sus políticos no son más que aduladores de los enloquecidos armamentistas
de la Asociación Nacional del Rifle. Somos un país sumamente violento.

Mi revulsión es mucho más simple. Ya no quiero seguir siendo entretenido por un deporte
cuyos participantes están siendo sistemáticamente robados, permanentemente lesionados, e
incluso, muertos. No me importan los mánagers, promotores o los varios canales de
televisión que transmiten las peleas en la seguridad de los hogares americanos. Si todos
abordaran un avión que se estrellase en los Alpes, no derramaría una sola lágrima.

Hablo aquí de los boxeadores. De los jóvenes deportistas que nos alquilan su valor, los que
salen de las calles más crueles de las peores ciudades y, durante unas pocas temporadas,
ganan más dinero que todas las generaciones sumadas de sus familias. Hablo de quienes
empuñan el oro durante unas pocas y dulces temporadas, para luego ser despojados de él
por rateros. Hablo de los veteranos con los cerebros revueltos. Los chicos prematuramente
seniles que caminan sobre los talones.

Si esos jóvenes no pueden obtener protección, el boxeo debe quedar prohibido.

II.

El riesgo más evidente para un boxeador es el más inevitable: daño cerebral. Los boxeadores
saben que al entrar en combate arriesgan todo, hasta su vida misma. Es parte del trato. Su
cualidad personal más atractiva es el fatalismo. Son jugadores del único deporte cuyo logro
supremo consiste en machacar al oponente hasta la inconsciencia. Cada luchador, incluso el
mejor de todos, sabe que algún día le puede suceder a él.

Pocos boxeadores, y no muchos aficionados, saben lo que realmente sucede. En un reportaje


publicado en 1993 en The American Journal of SportsMedicine (Revista Americana de
Medicina Deportiva), los médicos suecos Ivonne Haglund y Ejnar Eriksson resumieron los
estudios clínicos más recientes en torno a las lesiones del boxeo. Aceptaban que hay menos
lesiones en el boxeo que en el fútbol americano, rugby, fútbol, hockey sobre hielo, esquí
alpino o carreras automovilísticas. Pero consignaron que “el boxeo difiere de los deportes en
tanto el boxeador está expuesto a repetidos impactos a la cabeza”.

Los repetidos impactos a la cabeza, sea en peleas de campeonato o en el gimnasio, tienen


consecuencias. El lenguaje técnico del informe Haglund-Eriksson tiene una escalofriante
objetividad:

“La contusión cerebral es la más común de las lesiones graves del cerebro y se define como
un impedimento de la función neurológica secundaria a las fuerzas motrices, resultante en
inconsciencia o, por lo menos, estados de mareo. Mareos, pérdida de memoria y náusea
pueden suceder al k.o.”

De aquí que muchos boxeadores no tengan memoria de lo que les aconteció en sus derrotas.
Y luego: “La severidad del daño agudo puede variar de alteraciones transitorias de la función
cognitiva al daño cerebral irreversible y la muerte”.

Hace unos años estaba en el Madison Square Garden cuando un valiente boxeador cubano de
peso welter, llamado Benny “Kid” Paret, fue amartillado hasta la inconsciencia por Emile
Griffith. Sufrió un hematoma cerebral, que me fue descrito por uno de los médicos de Paret
de la siguiente manera: “Al cerebro se le aplasta repetidas veces contra la pared del cráneo y
el daño es devastador”. Pocos días después, luego de una operación para aliviar la
inflamación de su apaleado cerebro, Paret murió.

Otros boxeadores no son tan afortunados. Terminan ebrios de golpes. La etiqueta científica
es “dementia pugilistica” o “encelafalopatía crónica progresiva traumática del boxeador”. De
acuerdo con la literatura médica, este síndrome afecta entre al nueve y veinticinco por ciento
de los boxeadores profesionales. Las víctimas más comunes se encuentran entre los pesos
pesados, cuyas cabezas son machacadas con mayor fuerza que las de los peleadores de
pesos inferiores, y entre los boxeadores mediocres, particularmente los golpeadores que
carecen de habilidades técnicas. Desde luego, estos últimos son los oponentes en las
modernas peleas arregladas.

El informe Haglund-Eriksson describe las tres etapas del síndrome de ebriedad por golpes:

“La primera etapa se manifiesta por vía de alteraciones afectivas y ligera descoordinación. En
la segunda etapa, incrementan los síntomas psiquiátricos; pueden aparecer ideas
paranoides, leve dysarthria y temblores en reposo. La tercera etapa se caracteriza por un
descenso en las funciones cognitivas generales, déficit de memoria, pérdida del oído,
hyperreflexia, dysarthria, temblores constantes y descoordinación”.

Esto es, el habla se arrastra y aparecen vados en frases como rasgaduras sobre una película.
El ex boxeador empieza a andar de una manera jaloneada, raramente melindroso. A menudo
se retira del mundo, como si escuchase conversaciones privadas u orquestas secretas. Los
estudios también indican que los ebrios de golpes empiezan a actuar de manera inmadura y
agresiva, sospechosos de todo lo que los rodea, y puede haber otras consecuencias. Los
estudios sugieren que los boxeadores padecen el mal de Parkinson con mayor frecuencia que
los demás, así como la esclerosis múltiple y los tumores de lóbulo temporal. Los golpes a la
cabeza son considerados como uno de los desencadenantes del Alzheimer. El síndrome de la
ebriedad de golpes no deviene con rapidez; a veces, aparece siete años después de haber
iniciado una trayectoria pugilística, y otras, hasta 35 años después. El promedio anda por los
dieciséis años. Prácticamente se desconoce entre peleadores amateurs, cuyas carreras son
más cortas, pero hay una cosa que queda absolutamente clara: mientras más tiempo pelea
un boxeador, mayor probabilidad de quedarse ebrio de golpes.

La noche de la pelea de Tyson contra Bruno, fui a un sitio llamado Official All Star Cafe en
Times Square. Había una enorme fiesta privada para honrar el vigésimo aniversario de la
primera película de Rocky, y la multitud se agolpaba en las aceras para mirar a Sylvester
Stallone y las celebridades que él mismo podría atraer. Una de esas celebridades era
Muhammad Ali.

Ali ya estaba allí cuando yo llegué, vestido con una camisa de manga larga de color rojo
oscuro, sentado en una mesa con su esposa y su joven hijo. A su derecha había una inmensa
pantalla cinematográfica en la que proyectaban las peleas preliminares desde el hotel MGM
Grand en Las Vegas. El salón estaba atestado con ciudadanos del rollo boxístico: Riddick
Bowe y Lennox Lewis, Ray Leonard y Willie Pep, mánagers y promotores, esposas y novias.
Todos evitaban mirar a Muhammad Ali.

Tenía la cabeza gacha e intentaba comer, mas su mano derecha temblaba con tal furor que
no podía acercarse el pedazo de pollo ni a dos pulgadas de su boca. Su esposa Lonnie puso
su mano sobre la de él para calmar su temblorina y dulcemente guió al pollo hacia su
destino. Ali masticó diligentemente, mas no levantó la cabeza.

A lo largo de la noche la gente acudía a su mesa para inclinarse y hablar con el arruinado
hombre de cincuenta y cuatro años de edad. A veces, sonreía. A veces, murmuraba una
respuesta. A veces se levantaba, posando para fotografías, pero luego volvía a la silla, con el
otrora grácil, ligero y poderoso cuerpo languideciendo, todo envuelto en los temblores del
Parkinson, con el daño a cuestas, causado por el feroz oficio que alguna vez él honró.

La enfermedad, causada en el caso de Ali por los repetidos golpes a la cabeza, es insidiosa,
degenerativa, humillante y borra tanto la voluntad como la memoria. Lo sé de cierto: mi
madre, que fue golpeada en la cabeza por un asaltante en 1979, llegó a los ochenta y siete
años de edad atrapada en esa prisión silenciosa. Le he dado de comer, tal como Lonnie
alimenta a Ali.

Los ojos de Ali sólo enfocaron con intensidad hasta que Mike Tyson bajó por el pasillo en Las
Vegas, a punto de empezar la pelea. Jamás sabremos lo que ahora se mueve en su mente,
pero él mismo realizó el mismo recorrido durante tantas veces ante estadios y arenas
repletas que repetían el cántico de A-LI, A-LI, A-LI ... Cuando joven, se había hallado entre
las grandes hordas en que la mitad de la audiencia lo odiaba y permaneció el tiempo
suficiente como para convertirlos a todos, pues el A-LI, A-LI no se debía a la celebridad o al
éxito, sino que versaba en torno a la excelencia y al corazón. Y era, además, asunto de
desafío personal: de momios, de escépticos, de racistas, del gobierno americano y del dolor.
Al paso, Ali se volvió mito y la mayoría de los mitos son también tragedias.

Los boxeadores jóvenes se concentraban en Mike Tyson y Frank Bruno, peleando contra ellos
en sus respectivas imaginaciones. Jamás volteaban a mirar a Ali; Riddick Bowe y Lennox
Lewis eran aún tan jóvenes como para creer en la mentira que jura: Eso no me puede
suceder a mí. Una vez que Tyson amartilló a Bruno, quitándole el campeonato, Ali se
incorporó, fue abrazado por Stallone, tomó el brazo de Lonnie y se marchó entre la
muchedumbre.

Ali pagó el precio por su valor, y así también Jerry Quarry. Ya casi no vemos a Jerry Quarry.
Fue el mejor boxeador blanco de los pesos pesados de su época, una distinción a la que se
resistía.

“No soy una esperanza blanca”, me dijo en una ocasión, mientras entrenaba en las montañas
Catskills. “Sólo soy un luchador”.

Era más que eso. Podía boxear con habilidad. Tenía un buen gancho izquierdo, hiriente.
Sobre todo, tenía corazón. Pero fue su mala suerte ser bueno en tiempos de Muhammad Ali y
Joe Frazier, quienes lo vencieron y le dieron una paliza. Peleó dos veces por el campeonato
de los pesos pesados y perdió ante Frazier y Jimmy Ellis. Pero ganó por puntos ante Floyd
Patterson, quien había sido dos veces campeón mundial de los pesos pesados. Noqueó al
feroz ponchador Earnie Shavers en un solo asalto. En una carrera profesional de doce años,
Quarry ganó 53 peleas profesionales, perdió nueve, con cuatro empates; antes de volverse
profesional, ganó en 170 peleas amateurs. Hubo muchos asaltos ante los gritos de los
fanáticos y hubo diez veces más en el gimnasio y sin público.

Hoy, a los 51 años de edad, Quarry es el cascarón de un hombre, su mente ida, perdida en la
dementia pugilistica, con los millones de dólares de sus ganancias desaparecidos. Steve
Wilstein, de la agencia Associated Press, lo encontró el año pasado en Hernet, California, en
donde Quarry vivía al lado de su hermano con una pensión de la seguridad social de 614
dólares al mes. Wilstein escribió: “Necesita ayuda para afeitarse, ducharse, ponerse los
zapatos y los calcetines. Pronto, probablemente, pañales. Su hermano mayor, James, le
corta la carne en pedazos pequeños para que no se ahogue y lo tiene que engañar para que
coma cualquier cosa que no sea el cereal Cheerios de Manzana-Canela, que adora comer por
las mañanas. Jerry sonríe como niño. Se arrastra como un anciano. Habla lenta y
atropelladamente. Lleva ideas sueltas colgadas de las ramas de un cerebro agonizante.
Tiempo borrado. Recuerdos torcidos. Voces que nadie más escucha”.
Wilstwin habló con el doctor Peter Russell, un neurólogo que examinó a Quarry el año
pasado. Russell dijo que “Jerry Quarry tiene ahora el cerebro de un octogenario. Está en la
tercera etapa de la dementia, muy similar al Alzheimer’s. Si acaso vive otros diez años, será
por pura suerte”.

Podría llenar las páginas de esta revista con los nombres de otras víctimas del boxeo,
ninguna de los cuales fue tan famoso como Quarry o Ali. Consideremos sólo a uno: Wilfredo
Benítez. Durante unos pocos años fue un espléndido peso welter, un boxeador/pegador de
talento y corazón. Fue entrenado por su padre, Gregorio, que lo volvió profesional en 1973,
cuando el chamaco tenía quince años. Benítez ganó su primer campeonato mundial a los
diecisiete. Se llamó a sí mismo la Biblia del Boxeo, haciendo reír a todos sus amigos, pues
ése era el subtítulo de la revista The Ring. Wilfredo siguió boxeando durante diecisiete años,
enfrentando a los mejores peleadores en varias divisiones. A lo largo de sesenta y dos peleas
fue noqueado cuatro veces, y luego de su última pelea que perdió por decisión en Canadá,
las autoridades recomendaron un examen neurológico, pues carecía de coordinación en sus
movimientos. No se hizo el examen. Simplemente se retiró a su casa para siempre.

Hoy en día, Wilfredo Benítez vive con su madre en Puerto Rico. Los ocho millones de dólares
que se ganó en el ring ya no existen. Su esposa se ha ido. Su propia casa se ha ido. Incluso
los muebles fueron embargados. Cuando mi amigo José Torres lo fue a visitar el año pasado
para invitarlo a una cena en honor de todos los antiguos campeones portorriqueños, la
madre de Wilfredo lo recibió en la puerta y se soltó a llorar.

“Me da tanto gusto que hayas venido”, dijo ella. “No sale de casa. No hace nada. Sólo se
sienta en su habitación, a oscuras”.

Torres entró en la habitación y Benítez le sonrió de una manera dulce y le estrechó la mano.
No había nada más qué decir.

IV.

El debate en torno al salvamento del boxeo lleva ya varios años. Hace doce años, la
Asociación Médica Americana hizo un llamamiento por su prohibición. Así también las
asociaciones médicas inglesa, canadiense y australiana, así como la Academia Americana de
Neurología. Pero el deporte continúa. El dinero es más abundante que nunca gracias a los
ingresos vía casinos de apuestas, la televisión por cable y el sistema de pago-por-evento.
Los chicos provenientes de barrios pobres siguen acercándose a los gimnasios con la ilusión
de alcanzar un botín. No revisan la letra pequeña de los contratos. No les molesta que, a
diferencia de los deportistas profesionales, no contarán con seguros médicos ni pensiones.
Están dispuestos a sacrificar hasta la mitad de sus ganancias para sus mánagers y firmar
acuerdos a largo plazo con promotores de lo más cochambrosos. A diferencia de los
jugadores de baloncesto, fútbol americano y béisbol, los boxeadores no cuentan con
sindicato. Cuando se le acaba a un boxeador, se acaba.

Tal situación no debe continuar. Si el boxeo ha de seguir permitido en este país, entonces
ciertas reformas deberían ser obligatorias. Aquí hay algunas posibilidades:

1.Crear un cuerpo nacional que gobierne al deporte. En la mayoría de los deportes el


órgano gobernante está compuesto por los dueños de los equipos, quienes cuentan con
comisionados y administradores que regulan el deporte. El órgano gobernante del boxeo
deberá componerse por las personas que ostentan la responsabilidad de su existencia: las
cadenas de televisión y los casinos de las apuestas. Tales son las entidades más poderosas
en el negocio pugilístico, equivalentes a los grandes estudios cinematográficos. Si dejasen de
transmitir el boxeo, y pagar inmensas sumas a los promotores individuales, desaparecería el
deporte. Obviamente, está a favor de sus propios intereses dejar de culpar de todos los
males a Don King y Bob Arum. Tales promotores individuales pueden aún funcionar, tal como
los productores individuales trabajan con la industria cinematográfica y de televisión. Pero
los promotores deberán quedar sujetos a reglas y regulaciones mucho más rigurosas a lo
largo y ancho de la industria. Las principales cadenas de televisión y los casinos pueden
erradicar las peleas arregladas al negarse a transmitirlas. Pueden insistir en establecer –y
procurar– estándares competitivos. Pero deben estar unidos y deben tener el control sobre la
calidad del producto. A efectos de una discusión, llamemos a esta entidad la Organización
Americana de Boxeo.
2. Establecer una unión de boxeadores. En cuanto un boxeador se vuelve profesional se
le requerirá obtener un carné profesional. La unión podría dividirse a la manera en que se
dividen muchos sindicatos de la industria cinematográfica, sea por la Costa Este u Oeste.
Algunos modelos útiles: el Gremio de Escritores Americanos y el Gremio de Actores
Cinematográficos. Los líderes de tal sindicato negociarían con la Organización Americana de
boxeo para establecer un tabulador de pagos mínimos por pelea. Contribuirían en la
supervisión de los ingresos por taquilla, particularmente en el tinglado de las peleas en pago-
por-evento. Controlarían, además, los planes de seguro médico y pensiones.

Por lo menos, un contrato diseñado por esta combinación de administración/sindicato debería


procurar lo siguiente:

◾ Procurar que un equipo médico integral se encuentre en torno al cuadrilátero, con el apoyo
técnico apropiado, incluyendo ambulancias.

◾ Insistir en que los boxeadores se sometan a resonancias magnéticas y tomografías cada


seis meses, con análisis obligatorios luego de nocauts o de múltiples caídas. Las ganancias
deberán retenerse hasta que se realicen tales pruebas. Sólo médicos certificados por la
Organización Americana de Boxeo podrían practicar tales pruebas y jamás se dejarán en
manos de amistades corruptas del los promotores individuales.

◾ Cualquier boxedor que haya sido noqueado deberá quedar condicionado. Suspender por
noventa días a cualquier boxeador que haya sufrido un nocaut limpio. Prohibir de por vida a
cualquier boxeador que haya sido noqueado en tres ocasiones. Las prohibiciones deberán
incluir el boxear en gimnasios.

◾ Insistir en el retiro obligatorio a la edad de treinta y cinco años. Todos los estudios
demuestran que mientras más tiempo labora un boxeador en su oficio, mayor es el riesgo de
contraer daño permanente. El daño es también acumulativo. Si un boxeador no ha amasado
su fortuna a los treinta y cinco años de edad, jamás la alcanzará. (George Foreman parecería
ser la excepción, pero luego de estar retirado durante una década, ha estado recibiendo
palizas durante sus más recientes peleas.) Es obsceno permitir que Roberto Durán y Larry
Holmes continúen siendo aporreados en la cabeza para entretenimiento de extraños.

◾ Requerir análisis obligatorios de hiv-sida antes de cada pelea. Tal como se lo recordó al
mundo Tommy Morrison, luego de resultar positivo, el boxeo es un deporte sangriento.

◾ Analizar antes de cada pelea la posible presencia de esteroides y demás drogas. Un


peleador insuflado con drogas incurre en fraude al consumidor.

◾ Limitar a diez por ciento la parte de las ganancias correspondiente al mánager. En estados
como Nueva York, un manager tiene derecho legal a una tercera parte de la bolsa obtenida
por un peleador, pero en otros estados los mánagers arrebatan hasta un cincuenta por
ciento. Un boxeador es un personaje del entretenimiento que no deberá pagar un porcentaje
mayor al que le paga un actor a su agente. Sylvester Stallone recibe veinte millones de
dólares por una película; no le cede la mitad de esa suma a sus agentes en William Morris.

◾ Contratar a un reconocido despacho contable para la verificación de todos los estados


financieros. Cualquier promotor que sea sorprendido sobornando a boxeadores o mánagers
deberá quedar expulsado de por vida y sujeto a proceso judicial por extorsión en aquéllos
estados donde se realice la demanda.

◾ Negociar un plan vitalicio de seguro médico y por incapacidad para boxeadores, uno que
pueda cubrirlos mucho tiempo después de que hayan colgado los guantes. Dado que la
dementia pugilistica puede aparecer tarde, que obtengan el mejor cuidado posible mientras
vivan. Esto podría financiarse a través de contribuciones de promotores individuales y la
Organización Americana de Boxeo, junto con pequeñas contribuciones (digamos del uno por
ciento) por parte de boxeadores en activo.
◾ Establecer un plan de pensiones basado en ingresos reales. Sería lo justo; un boxeador
que se retira luego de diez peleas no deberá recibir la misma pensión que un hombre con
sesenta peleas. Pero hoy en día, salvo una excepción, no existe pensión alguna en el boxeo
profesional. Un jugador promedio de béisbol con cinco temporadas en las grandes ligas
recibe una pensión; Roberto Durán, no la recibirá. La excepción fue diseñada por Randy
Neumann, un árbitro y antiguo boxeador que diseñó un plan de pensiones para la Federación
Internacional de Boxeo. Tal plan exige un dos por ciento de contribuciones por parte de los
campeones y retadores de la FIB, con una edad de retiro de treinta y cinco años. Es el único
plan de pensiones para boxeadores y es, desde luego, inadecuado. La FIB es una
organización auto-creada que sanciona peleas de campeonato y trata solamente con
campeones y retadores al título. Como resultado, el plan no cubre al boxeador común y
corriente, el chamaco aún en preliminares, el sparring, el hombre de la honrosa carrera en la
medianía que jamás llega a obtener una oportunidad de optar por el título. Luego de dos
años de existencia, sólo hay cien participantes en ese plan y 400.000 dólares como activo,
sin provisiones para cuidado médico o por incapacidad. Aún así, se trata de un comienzo y le
debemos un aplauso a Neumann.

◾ Forzar a los promotores –mas no a los boxeadores– a pagar cuotas de sanciones. Éstas
son ahora arrebatadas por entidades tan rateras como son el Consejo Mundial de Boxeo
(CMB), la Organización Mundial de Boxeo (OMB) y la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), y
demás ingredientes de la sopa boxística. Bajo el sistema actual un campeón deberá pagar a
una o más de estas organizaciones autodesignadas para tener el privilegio de defender su
propio título. Estas cuotas no deberán pagarse en absoluto, y desde luego, no deberán ser
pagadas por los boxedores. El presente sistema es como pedirle a cada jugador de la Serie
Mundial de Béisbol el pago de un tres por ciento de su ingreso al béisbol organizado por el
privilegio de volverse campeón.

◾ Otorgar licencia a gimnasios de boxeo profesional. Hoy en día existe un estado de


anarquía. Un boxeador de peso medio que es noqueado un viernes puede estar peleando
contra un peso pesado en el gimnasio al siguiente martes. Los chicos amateurs son a
menudo lanzados contra curtidos profesionales. Los gimnasios de boxeo deberán ser tratados
como escuelas. Tales escuelas y sus facultades deberán tener licencia y responsabilidad
sobre todo lo que acontece entre sus muros. Los nocauts en gimnasios deberán ser
reportados ante comisiones. Cada boxeador profesional sabe que el mayor daño físico
acontece dentro del gimnasio. Si los boxeadores llegan a estar totalmente protegidos,
deberán quedar incluidos también los gimnasios.

◾ Computarizar los resultados de boxeo para los cincuenta estados e insistir en la verificación
de los resultados en el extranjero. Tales resultados no deberán incluir solamente triunfos y
derrotas, sino también detalles de los nocauts, malos golpes y señas de malos reflejos. Tales
resultados eliminarían la llamada “lata de tomate”, del boxeador que ha perdido más que lo
que ha ganado y es entonces utilizado para crear falsos resultados en aras de fraudes, como
Peter McNeeley. Computarizar huellas dactilares podría asegurar que los boxeadores
expulsados o impedidos en un estado no aparezcan bajo otro nombre en otros estados.

◾ Proveer servicios legales gratuitos para todos los boxeadores. Los boxeadores deben estar
en posibilidades de leer los contratos que firman. Si son analfabetos, deberán contar con la
cuidadosa explicación de los documentos legales por parte de abogados neutrales. De no
hablar o leer inglés deberán contar con traducciones y explicación en la lengua materna del
boxeador. El incumplimiento, en presencia de testigos, deberá nulificar contratos y obviarlos
en caso de reto.

◾ Separar el papel del mánager del de promotor. En la industria fílmica, los agentes no
pueden ser simultáneamente productores. Tales roles son adversos por definición. En Nueva
York y otros estados es ilegal que un mánager funja como promotor de su boxedor. También
es ilegal ser el mánager en realidad y contratar a un prestanombres. De aquí que Don King
jamás traerá a Mike Tyson a pelear en su Nueva York natal. Tales leyes deberán ser
nacionales y apuntaladas con sanciones y fiscalización.

◾ Eliminar las cláusulas de “opciones” en los contratos. El promotor/mánager ha convertido


esto en costumbre. Esto induce a que varios mánagers presten a sus propios boxeadores a
personas que los machacarán. También premia a los ganadores con una forma de
servidumbre. Es un absurdo y deberá desaparecer.
Quizá ninguna de estas reformas pueda llevarse a cabo y quizá no deban realizarse. Al ver
los resultados he llegado a creer que el boxeo es un resto de un pasado más primitivo que
deberá erradicarse y matarse. Ya no lo amo. Pero si el boxeo profesional sigue existiendo,
entonces sus organizadores deberán elegir: lo pueden limpiar y poner en orden, o de plano,
liquidarlo. Es ya demasiado tarde para Muhammad Ali y Jerry Quarry y Wilfredo Benítez.
Ellos habitan un triste y silente limbo. Pero ellos deben ser los últimos en habitarlo. No debe
haber más chicos reducidos a una condición de zombies para entretenimiento de personas
que llevan vidas seguras y a buen resguardo. Gente que aún escucha el grito de ¡A-lLI, A-LI!
Gente como yo. Gente como nosotros. ~

Traducción de Jorge F. Hernández