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Palabras finales de “Introducción a la filosofía de la acción”, de Yukio

Mishima.

“¿Cómo es posible denominar hombre de acción a quien por su trabajo de presidente de una
empresa hace ciento veinte llamadas telefónicas diarias para adelantarse a la competencia? ¿Y es tal
vez un hombre de acción el que recibe elogios porque aumenta las ganancias de su sociedad
viajando a los países subdesarrollados y estafando a sus habitantes? Por lo general, son estos
vulgares despojos sociales los que reciben el apelativo de hombres de acción en nuestro tiempo.
Revueltos entre esta basura, estamos obligados a asistir a la decadencia y muerte del antiguo
modelo de héroe, que ya exhala un miserable hedor. Los jóvenes no pueden dejar de observar con
disgusto el vergonzoso espectáculo del modelo de héroe, al que aprendieron a conocer por las
historietas, implacablemente derrotado y dejado marchitar por la sociedad a la que deberán
pertenecer un día. Y gritando su rechazo a semejante sociedad en su conjunto, intentan
desesperadamente defender su pequeña divinidad.”
(Septiembre de 1969 – agosto de 1970)

“Mis últimos veinticinco años”, artículo publicado en el diario “Sankei” el 7


de julio de 1970.

“Cuando pienso en mis últimos veinticinco años me maravillo de cuán vacíos han sido. No puedo
decir que realmente he vivido. Sólo los atravesé tapándome la nariz.

Aquello que odiaba hace veinticinco años continúa sobreviviendo con obstinación, si bien bajo
formas levemente distintas. No sólo sobrevivió sino que se propagó y se infiltró con enorme
virulencia en todo Japón. Se trata del terrible virus de la democracia de posguerra y de la hipocresía
que generó.

Yo alimentaba la esperanza de que las hipocresías y los engaños desaparecieran con el final de la
ocupación norteamericana, pero fue sólo una ilusión. Por el contrario, sorprendentemente, los
japoneses han elegido convertirlos en parte de su naturaleza y los han introducido en la política, la
economía, la sociedad y hasta en la cultura.

Desde 1945 hasta 1957 se pensó que yo era un tranquilo partidario del arte por el arte. Yo me
limitaba a sonreír con desprecio. Un joven, en cierto modo frágil como era yo, no conocía otro
medio para oponerse que sonreír con desprecio. Luego comencé a sentir que debía luchar
precisamente contra mis sonrisas irónicas, contra mi cinismo.

En estos veinticinco años los conocimientos sólo me dieron infelicidad. Todas mis alegrías
surgieron de otra fuente.

Es verdad que continué escribiendo novelas. Y también numerosas obras teatrales. Pero para un
autor acumular escritos equivale a acumular excrementos. La literatura no me ha ayudado en
absoluto a ser más sabio. Y ni siquiera a transformarme en un maravilloso idiota.

En cierto modo, tengo el orgullo de haber mantenido durante estos veinticinco años cierta pureza
ideológica, aunque en el fondo no puedo considerarlo un gran mérito. No sufrí la prisión, no
derramé mi sangre para conservarme fiel a mis ideas. Y, por otra parte, mi negación a traicionarlas
puede ser una prueba de cierta testarudez un poco obtusa más que la demostración de una dúctil y
sutil sensibilidad. Un examen más profundo pondría de manifiesto mi carencia de tenacidad viril.
Pero en el fondo todo ello no tiene la menor importancia.

La pregunta que me obsesiona es si he cumplido lo que había prometido. No hay duda de que con
mi negación y mi crítica he prometido algo. No soy un político, y mantener la palabra empeñada no
significa para mí procurar a alguien ventajas reales; sin embargo, estoy obsesionado día y noche por
la sensación de no haber cumplido aún una promesa más necesaria e importante que las de los
políticos. En algunas ocasiones me sentí tentado por la idea de sacrificar incluso la literatura con tal
de cumplir esa promesa. Tal vez sea un reflejo de orgullo viril, pero no hay duda de que el haber
vivido tranquilamente durante estos veinticinco años de democracia, obteniendo ventajas de ella a
pesar de mi desaprobación, hiere mi espíritu desde hace largo tiempo.

Volviendo a mi problema individual, en estos veinticinco años he seguido un plan bastante extraño,
que por otra parte no ha sido suficientemente comprendido. No me importa, dado que no lo
emprendí para obtener comprensión. Mi proyecto era conceder el mismo valor a mi cuerpo y a mi
espíritu, destruyendo así de raíz las ilusiones del modernismo literario.

Es un antiguo sueño mío fundir, mediante un acto de voluntad, los extremados contrastes de la
fragilidad del cuerpo y de la fuerza de la literatura, de la debilidad de la literatura y de la solidez del
cuerpo: una empresa probablemente jamás intentada ni siquiera por los escritores europeos, y cuyo
cumplimiento me habría permitido, como escribió Baudelaire, ser el verdugo y el ajusticiado. La
época moderna comenzó tal vez cuando en la distancia entre el sujeto y el objeto se descubrió la
soledad y el perverso orgullo del artista. Pero este significado de moderno puede aplicarse también
al mundo antiguo, a poetas como Otomo no Yakamochi y a autores trágicos como Eurípides.

Durante estos veinticinco años he encontrado muchos amigos y perdido otros tantos. La
responsabilidad de ello debo atribuírsela únicamente a mi egoísmo. No busco la virtud de la
tolerancia y por ello tendré el mismo destino que Akinari Ueda y Gennai Hiraga.

A menudo me pregunto cómo, a pesar de ser más bien rudo y bastante oscuro, no logro alcanzar el
estado del placer vulgar. No amo mucho la vida. A no ser que luchar continuamente contra los
molinos de viento signifique amar la vida.

En estos veinticinco años he perdido una por una todas mis esperanzas, y ahora que me parece
haber llegado al final de mi viaje estoy asombrado por el inmenso derroche de energía que he
dedicado a esperanzas totalmente vacuas y vulgares. Si hubiese concentrado la misma energía en
desesperar, tal vez habría obtenido algo más.

No puedo continuar alimentando esperanzas para el Japón futuro. Cada día crece más en mí la
certeza de que, si nada cambia, Japón está destinado a desaparecer. En su lugar quedará, en una
punta del Asia extremo-oriental, un gran país productor, inorgánico, vacío, neutral y neutro,
próspero y cauto. Con los que consideran que ello puede ser tolerable, prefiero ni siquiera hablar.”