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3/2/2019 Bienvenidos al cuarto mundo

Bienvenidos al cuarto mundo


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Gemma Roquet May 17, 2017

Un hombre pide limosna en el puente Carlos en Praga, República Checa. Fuente: Sandra
Druschke (Flickr)

La globalización ha mundializado la riqueza y también la pobreza. Es por eso que hoy podemos
estar paseando por un barrio de chabolas en la ciudad de Lagos (Nigeria) y cruzarnos con un
Ferrari, o caminando por el Paseo de Gracia en Barcelona rodeados de turistas que compran
bolsos de miles de euros en tiendas custodiadas por personas sin hogar. Ya no podemos hablar
de países ricos y países pobres: hay personas con más o menos recursos económicos en todo
el mundo. Es por eso que deberíamos superar la división entre el primer y el tercer mundo:
actualmente vivimos en el cuarto mundo.

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3/2/2019 Bienvenidos al cuarto mundo

Hasta el año 2008, el crecimiento económico mundial era de dos dígitos. Ese año estalló una
crisis financiera que tuvo fuertes repercusiones en la economía y el bienestar de los habitantes
de los países del conocido como primer mundo. Desde 2008 hemos podido presenciar o saber
de situaciones como la descrita por Pelayo Martín en marzo de 2013:

“Humo proveniente de las estufas de quienes ya no pueden pagar la factura de la luz. Coches
negros con los cristales tintados llegan de cuando en cuando a las barriadas de inmigrantes
para atropellarlos, incluso ante la complaciente mirada de la policía. Todas las posibilidades de
encontrar trabajo se reducen a empleos por horas, a esporádicas reparaciones a domicilio, a
cobrar en especias… Son más que habituales los saqueos de los supermercados. A los
hospitales llegan cuadros solo vistos en antiguos libros de medicina como un hombre con el
90% de su cuerpo corroído por la sarna”.

Aunque parezca increíble, estas palabras describían la situación de un país europeo y


supuestamente desarrollado: Grecia. Hace un tiempo que no está en las portadas de los diarios
o abriendo los informativos, pero es más que probable que el contexto actual sea el mismo que
hace cuatro años, ya que Grecia es el único país, junto a Brasil, donde el precio de la vivienda ha
disminuido más del 5%. Este dato podría parecer positivo, pero es un reflejo de un menor poder
adquisitivo de sus habitantes.

Hoy podemos decir que la economía se está recuperando teniendo en cuenta que el PIB mundial
crece un 3% anual. Según Credit Suisse, la riqueza aumentará el 31% los próximos cinco años,
a razón de un 5,5% anual. De todas formas, el PIB no avanza a la misma velocidad que
aumenta la población mundial, lo que hace que la riqueza —que incluye activos financieros,
activos no financieros y deuda— tenga que repartirse entre más personas. Igualmente, si nos
fijamos en las situaciones particulares de cada país o ciudad, el crecimiento económico no lo
perciben igual todas las personas, ya que la crisis de 2008 fue determinante para consolidar un
proceso de polarización de la riqueza. Los desequilibrios económicos aumentan a un ritmo más
acelerado del que sigue el crecimiento económico. ¿Se debe esto a que los que dominan la
economía mundial tienen un plan para poseer más riqueza año tras año?

Dinero llama dinero


No es necesario ir hasta Grecia, Nigeria o Bangladés para observar el reparto cada vez más
inequitativo de la riqueza. En Barcelona, en 2007 había seis barrios de un total de 73 en riesgo
de pobreza —por debajo del 60% de la media de la renta familiar disponible (RFD)—, mientras
que siete barrios superaban en un 40% la media de ingresos de la ciudad. En 2014, diecisiete
barrios estaban en una situación crítica y diez tenían una media de ingresos claramente superior
a la media. Por lo tanto, durante ese período de siete años se incrementaron los barrios en
riesgo de pobreza y también aquellos con un índice de RFD por encima del 140%. Se demuestra
así que la crisis ha aumentado las diferencias económicas entre barrios de una misma ciudad
en un país supuestamente desarrollado, diferencias que tienen efectos y pueden ser la causa de
una menor esperanza de vida, niveles formativos más bajos o índices de paro más elevados.

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Elaboración propia. Fuente: Credit Suisse

Para ampliar: “Características de los barrios de Barcelona”, Consejo Económico y Social de


Barcelona, 2016

Es evidente que la riqueza de un territorio no debería medirse fijándonos solo en el PIB. En el


caso de Barcelona, por ejemplo, el PIB crece trimestre a trimestre, pero el reparto es cada vez
más desigual. Por este motivo, la división en percentiles de la riqueza a escala mundial es una
forma para acercarse a su distribución real. Así, se puede observar que la riqueza a manos del
primer percentil creció del 45,5% en 2008 al 49,8% en 2016, no muy lejos del 50,8% que se
calcula actualmente. En otras palabras, 33 millones de personas —menos del 1% de la
población adulta total— posee la mitad de la riqueza mundial; la otra mitad está repartida entre
más del 99% de la población.

Hasta principios del milenio, este selecto y reducido grupo se concentraba en los países más
desarrollados económicamente. Actualmente, el 13% de los millonarios y el 18% de los
individuos que poseen una fortuna superior a 50 millones de dólares —grandes fortunas o, como
se las conoce en inglés, con “alta riqueza neta”(ultra high net worth)— provienen de economías
emergentes, porcentaje que aumentará progresivamente, lo que parece confirmar la
globalización de la riqueza.

A pesar del crecimiento económico reciente, de la misma manera que hay más personas con
rentas altas, el empobrecimiento también se ha acentuado. Desde principios de milenio y hasta
el año 2007, el crecimiento fue sostenido, pero a partir de entonces la media de riqueza por
persona adulta ha disminuido. Este decrecimiento ha sido especialmente pronunciado en
Europa, mientras que en Norteamérica, donde la disparidad entre ricos y pobres es mayor, la
media se ha visto incrementada después de la bajada debido al estallido de la crisis de 2007-
2008. China, como modelo de país emergente, mantuvo su incremento en la riqueza media por
adulto hasta el pasado año.

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Evolución entre 2000 y 2006 de la riqueza media —en dólares estadounidenses— por adulto en
Norteamérica, Europa, China y el mundo en general. Fuente: Credit Suisse

Actualmente, 3.500 millones de personas —casi la mitad de la población mundial— viven con
una riqueza inferior a 10.000 dólares estadounidenses, por lo que poseen tan solo el 2,4% de la
riqueza total. Evidentemente, hay un abismo entre aquellos que viven con una renta negativa y
los que disponen de 10.000 dólares. Es por eso que es fundamental reflexionar sobre estos
datos poco esperanzadores: aproximadamente un millardo de personas se sitúa en el 20% del
tramo más bajo, es decir, viven con menos de 248 dólares. En la India o en países de África, el
90% de las personas adultas pertenecen a este segmento, mientras que en países
desarrollados alrededor del 20% de la población se incluye en este grupo. A pesar de que en el
pasado estos individuos eran predominantemente de países en vías de desarrollo, actualmente
un número significante se encuentra en los países más ricos, lo que refuerza la idea de que
todos vivimos en el cuarto mundo.

Para ampliar: “Global Wealth Report (2016)”, Credit Suisse

Primero, segundo, tercero… cuarto mundo


A partir de los años 70 se abandona la idea de que el cuarto mundo está formado por los más
pobres de entre los países pobres. Joseph Wresinski, fundador de la primera asociación para
los pobres en el interior de Europa, utilizó este concepto para referirse a la pobreza existente en
las ciudades más importantes de Europa. Así, el cuarto mundo aparecía en el propio primer
mundo por el efecto de la gran diferencia en el reparto de la riqueza, que polariza las diferencias
sociales y provoca la exclusión social de las personas con menos recursos.

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En un mundo globalizado donde los países más desarrollados han sufrido una crisis económica
que ha afectado a las clases medias y bajas y donde cada vez menos países son considerados
del tercer mundo debido a los rápidos procesos de industrialización y modernización, la división
entre el primer y el tercer mundo va quedando obsoleta. Actualmente, hay ricos y pobres en
todas partes, y es por eso que referirse al cuarto mundo implica hablar de “aquellos que,
generación tras generación, se ven excluidos de los derechos fundamentales, los progresos
sociales y, en definitiva, la participación en la sociedad de los que gozan el resto de ciudadanos”.

Esta definición es esencial para comprender que el cuarto mundo no entiende de fronteras y que
se caracteriza por la exclusión y la casi imposibilidad de progresar económica y socialmente.
Las personas con mayor riesgo son aquellas que no tienen trabajo u hogar y los inmigrantes,
desde los que huyen de conflictos armados hacia otros países hasta aquellos que, buscando
mejores condiciones de vida o formas de subsistir, abandonan las zonas rurales y se trasladan a
grandes ciudades en los países emergentes. ¿Significa esto el fin de la clase media?

El proceso de expansión de la clase media fue lento durante los 80 y 90, pero a principios de
milenio se aceleró, con la consiguiente disminución de personas pobres y con ingresos bajos en
el mundo. A partir de la crisis de 2007-2008, se ha hecho evidente que, pese al incremento de
las rentas medias, la desigualdad entre clases aumenta en todo el mundo, excepto en la región
de Asia-Pacífico, donde se intuye un incremento de la clase media, con China asumiendo el
liderazgo. Hoy en día, las disparidades ya no son entre países, sino mundiales.

De manera general, las personas con unos ingresos intermedios aumentarán en el futuro, pero
considerar clase media a aquella que tiene unos ingresos a partir de 3.600 dólares podría ser
excesivamente optimista por una parte, y por otro lado se observa que la proporción mundial
aumenta de forma desigual entre regiones, con un claro incremento en la región de Asia-Pacífico
y una progresión negativa en el resto del mundo.

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Fuente: Círculo de Empresarios

Cabe destacar dos factores que pueden explicar la progresiva desaparición de la clase media en
la mayoría de regiones y la globalización del cuarto mundo. En primer lugar, las personas en
riesgo de exclusión aumentan en todo el mundo: en Europa la llegada de inmigrantes en busca
de formas de subsistir en tiempos de oferta laboral escasa hace que vivan en condiciones
deplorables, mientras que en los países africanos o asiáticos aquellos que vivían en zonas
rurales abandonan sus tierras infértiles debido a los efectos del cambio climático y buscan —
normalmente sin éxito— nuevas oportunidades en zonas urbanas. Por otra parte, la desigualdad
de oportunidades ha provocado que el abismo entre ricos y pobres sea mayor año tras año.

Para ampliar: “Explosión de la clase media emergente”, BBVA, 2013

No puede ser un complot


Se está extendiendo la teoría de que un crecimiento permanente no es viable ya que los
recursos son limitados; por lo tanto, la solución se encuentra en la extensión de la clase media
mediante la redistribución de la riqueza. Su mayor representación tiene consecuencias en la
calidad de vida de las personas afectadas y también en la economía: mayores ingresos permiten
cubrir las necesidades básicas más fácilmente, lo que aumenta el bienestar de los hogares y la
capacidad de ahorro y gasto, proporciona la base para acelerar las actividades financieras —
préstamos de consumo—, fomenta la reducción de la economía sumergida y aumenta la

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recaudación fiscal, favorece las economías de escala y cambia los patrones de consumo
mediante la extensión de la competencia. Es decir, un aumento en el número de personas con
rentas medias genera beneficios económicos y sociales.

Es cierto que hay previsiones esperanzadoras en muchos países asiáticos, con China liderando
el proceso de ampliación de la clase media, pero no podemos caer en el error de valorar
positivamente la situación actual por la sobrerrepresentación de la población china en los datos
mundiales. A pesar de esta particularidad, existe una distribución cada vez más desigual de la
riqueza. Podríamos pensar que aquellos que adquieren una parte mayor del pastel mueven los
hilos de la economía internacional para beneficiarse todavía más de un sistema que con el
tiempo se entiende como menos sostenible, pero, debido a la necesidad de una clase media
fuerte para el desarrollo —como argumenta el documental In the same boat—, la hipótesis de la
existencia de un complot por parte de las personas con rentas mayores —ese 1%— pierde toda
su fuerza. La insostenibilidad del sistema y la disminución de consumidores que activen la
economía demuestran que no hay ninguna organización detrás, sino un absoluto descontrol.

Sin unos responsables directos conocidos, la gravedad del contexto actual y de los posibles
escenarios futuros es peor. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Si el número de consumidores
disminuye debido a la pérdida de poder adquisitivo, ¿las rentas más altas seguirán llenando sus
bolsillos o empezarán a perder dinero? ¿Interesa a los 33 millones de personas de este
exclusivo grupo el empobrecimiento de la población mundial? Todas estas cuestiones seguirán
sobre la mesa mientras un número cada vez mayor de personas sigue perdiendo poder
adquisitivo y se vuelven más comunes las situaciones de exclusión social, con repercusiones
transfronterizas, estructurales y a largo plazo de carácter económico y social.

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