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Cuquín de La Torre

Héctor Pellizzi

Ficción basada en hechos reales

Copyright 2014 Cuquín de La Torre

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Permitida su reproducción total o parcial desde que se cite la fuente

Junín (B) 2015

Mail: pellizzi@hotmail.com

Facebook: Hector Pellizzi


PROLÓGO

¿Dónde inscribir una obra como Cuquín de la Torre? En principio, por su


estructura clásica y su realismo comprometido podríamos situarla dentro de las
llamadas “Novelas de tendencia”. Historias realistas de personajes que
guardan relaciones de verosimilitud con los hombres de carne y hueso que
transitaron y padecieron las vicisitudes planteadas por el sistema capitalista y
los regímenes políticos latinoamericanos. Y no solo eso, la novela tiene como
protagonista a un muchacho de “la Tendencia”, de la vanguardia peronista, con
lo cual podríamos subclasificarla bajo el género de “Novela Peronista”.

Incluso más, podríamos situarla dentro de una tendencia de la literatura


argentina - y latinoamericana - que a partir de la década del 80 buscó
representar el horror y el trauma dejados por la incursión militar en estas
partes del globo. Novelas que vehiculizaban experiencias traumáticas ya sea
bajo la forma de testimonios, memorias biográficas o militantes, o ficciones
psicológicas, realistas, maravillosas.

Historia de tendencia pero también de exilios, de traumas, de memorias.


Mezcla de pedagogía, revisionismo histórico, realismo picaresco, tono de
denuncia y búsqueda de reparación histórica, todo eso podrá encontrar el
lector en esta singular novela del escritor Héctor Pellizi.

Cuquín es una novela que convoca, que interpela a los actores sociales y
políticos que formaron parte de la vida de nuestro país luego de la caída del
General Perón. La novela cubre un espacio de tiempo que va de la infancia de
Cuquín, la militancia de su padre tras el golpe del 55, pasando por aquellos
años de formación política y crispación social que culminaran con el
advenimiento de los grupos paramilitares - la AAA - y el golpe de estado del
76.

La vida de Cuquín está atravesada por la historia de la clase a la que


pertenece en tanto hijo de la clase obrera argentina. Clase que luchó
incansablemente por la vuelta del General, que se desilusionó con el giro
conservador y reaccionario de su gobierno y, que sufrió una criminal
persecución política por parte de los militares.

No es la primera vez que H. Pellizzi trabaja en este dominio de


recuperación de la memoria histórica. En su obra El orden de las tumbas
(2002) mezclaba testimonios y documentos históricos (fotos, artículos
periodísticos), dibujos de artistas plásticos locales y relatos breves, con el fin
de dar voz a una generación de artistas locales que había sufrido persecución,
exilio y muerte durante la última dictadura militar.

En sintonía con aquella empresa, esta novela busca trabajar los mismos
objetivos desde la ficción. No solo dar voz a personajes históricos, también
hablar de toda una generación de militantes y luchadores sociales.
Representarlos en sus labores diarias, en sus compromisos políticos, en sus
vicisitudes y, mostrar cómo se involucraron - consciente o inconscientemente
– en la trama de una historia que conduciría al silencio, la desaparición o el
exilio.

Si esta obra del amigo Pellizi logra despertar en los lectores el deseo de
conocer más acerca de nuestra historia reciente, si logra sensibilizarlos en una
cuestión tan central para la vida democrática como el respeto por la vida
humana y la tolerancia política, si logra conjurar los fantasmas que acechan a
los que vivieron de cerca o padecieron el horror de la represión estatal, la
ficción habrá cumplido con creces su objetivo.

Luciano Celis

I
En aquella época la ciudad de Junín, enclavada en el noroeste de la
Provincia de Buenos Aires tenía 40 mil habitantes. Cinco mil de los cuales
trabajaban en los Talleres Ferroviarios donde se reparaban vagones, coches
motores y se fabricaban piezas de repuestos en los galpones abarrotados de
tornos y fresadoras. Las vías cortaban a la ciudad en dos, dejando para el
norte los barrios más populosos. Una ciudad de obreros, de trabajadores, de
esperanzas. Tenía fisonomía de pueblo. Pocos edificios altos y un magnífico
boulevard construido sobre lo que había sido el ferrocarril Central Argentino. El
centro se convertía en el punto de encuentro obligado de los pobladores y los
cafés y confiterías eran cuna de placeres y pasatiempos. Cuquín vivía en el
barrio Sur. Para llegar a la casa de su novia debía atravesar el centro, las vías
y todavía caminar unas diez cuadras, las dos últimas de tierra. Era un barrio de
árboles jóvenes, de pequeñas lamparitas en las esquinas, con muchísimos
chicos jugando a las bolitas, a la billarda y al juego de cabeceada.
Hacía más de una semana que Cuquín no veía a Norita. El viejo
solamente la dejaba salir acompañada de su hermana, por eso decidió hablar
con el padre de su novia.
Llegó caminado por la calle mirando para abajo y pateando piedritas.
Pensaba cómo le iba a hablar, qué le iba a decir. Se paró frente a la casa que
tenía una puerta de madera entre dos ventanas sin rejas, y un tapial de
ladrillos pintados con cal. Tocó el timbre. Esperó impaciente, nervioso. Ya
estaba pensando en volverse cuando pasó un camión con una carga de chapas
haciendo un ruido espantoso. Eso lo distrajo y no lo vio cuando salio de la
casa.
Cuquín de la Torre recibió un potente cruzado en la mandíbula y se
desplomó sobre la vereda. El padre de Norita Ledesma lo había calzado de
cross. Quedó sentado y aturdido. Atolondrado aún por el golpe notó a su
agresor más alto, más ancho, notablemente corpulento. Lo miraba desde abajo
como un invertido triángulo hercúleo.
Cuando a su alrededor se le disiparon las estrellas que giraban como
órbitas sobre su cabeza, Cuquín se incorporó como pudo, sacudiendo su larga
melena y todavía, semi aturdido, recibió una andanada de puñetazos todos
directos a su nariz que comenzó a sangrar, mientras escuchaba - ¡Yo te voy a
dar, degenerado de mierda...!
Abrió los ojos grandes y en mientras trataba de mitigar el dolor, se
preguntó a la velocidad de un rayo de luz, "¿Será que el viejo se enteró que
cuando se va al laburo yo aprovecho para saltar el tapial de su casa?"
Había conocido a Norita en una inocente reunión musical, muy común en
esa época y que se denominaban "asaltos". Fue en la casa de Suzy, compañera
del colegio. Se enamoró sin medir distancias ni consecuencias, porque el amor,
el verdadero amor no tiene coordenadas geográficas ni medidas geométricas.
A las ocho de la mañana la acompañaba a la escuela, a las doce la esperaba y
caminaban juntos hasta la casa. A las dos de la tarde la veía antes de entrar a
la clase de gimnasia o al curso de música y cuando podía, se pasaba las
tardecitas en la confitería del Bowling, agarradito, juntito a ella, hablándole al
oído. Había dejado de encontrarse con los muchachos del café. Ya no
practicaba fútbol en las divisiones inferiores del club y los amigos más íntimos,
con un dejo de celos y de bronca, decían que lo de Cuquín no era amor, era un
camote más grande que el ombú de la quinta de los Rinzo.
Cuando escuchó que el viejo de Norita le gritaba "degenerado de
mierda", se le paralizaron las arterias porque jamás había pensado recibir un
calificativo de esa naturaleza. Se había imaginado las puteadas más vulgares,
los epítetos más prosaicos, pero jamás esa palabra que lo apuñalaba
arteramente.
Le hubiera querido decir que estaba equivocado; que el hecho de
levantarse todos los días a las cinco de la mañana, cruzar bajo el frío intenso y
la oscuridad de esas horas los dos barrios que lo separaba de su casa, esperar
en la esquina hasta que se fuera a trabajar, para luego saltar el tapial y
encontrarse con su hija, era producto de la celosa vigilancia que ejercía sobre
Norita; que de un día para el otro le había prohibido a Norita salir de su casa y
que como en el medioevo la hacía acompañar a la escuela por la tía Elvira su
solterona hermana mayor. Le hubiera querido decir toda la verdad de su
relación. Le habría dicho que ya se habían casado, que meses después del
compromiso en el cementerio, había alquilado una casa por el barrio 9 de Julio;
que se había llevado un quillango que tenía su vieja en una bolsa arriba del
ropero y un poncho muy antiguo, de aquellos bien tramados, encerados para
que resbale la lluvia; que con las dos prendas improvisó una cama en el suelo
donde llevó a Norita; que desparramó pétalos de flores por el piso e hizo con
las glicinas que colgaban de los tapiales ramilletes mezclados con claveles y
malvones; que antes de consumar el acto sexual juntó dos pies de batea de
lavar ropa que estaban abandonados en el patio e improvisó un altar, que
después lo decoró con una sábana blanca y que con Nora imaginaron una cruz
y un sacerdote, que rezaron el Padre Nuestro y que se casaron jurándose
fidelidad eterna y unión hasta que la muerte los separe.
Cuando hicieron el amor por primera vez, Cuquín ya había tenido
algunas experiencias, en cambio, para Norita era el inicio de un mundo de
goces y placeres todavía desconocido. La ayudó a desvestirse con un dejo de
temor y ansiedad, acarició sus pequeños pechos con la yema de los dedos y
vio y sintió que la piel se le ponía como "carne de gallina". Tenía un nudo en la
garganta. Le beso los labios suavemente. Ella lo abrazó como buscando refugio
y acurrucó su cabeza en el torso desnudo de Cuquín.
Muchas cosas hubiera querido decirle al viejo, pero una lluvia de
trompadas lo hizo trastabillar nuevamente hasta el cordón de la vereda.
Sabía que el viejo era bravo y medio "facho". En el barrio los vecinos
más antiguos comentaban que cuando vivía en Mataderos había sido
guardaespaldas de un caudillo radical y, que en enero de 1959 había
participado junto a la Policía y el Ejército de la invasión al Frigorífico Lisandro
de la Torre.
El padre de Norita, cuyo nombre era Juan pero le decían "Nito" por el
Juanito de su niñez, después de aquellas jornadas se tuvo que tomar unas
"estratégicas" vacaciones. Más tarde entraría a trabajar en los talleres
ferroviarios por contactos que tenía con gente de la "Libertadora" y se alejaría
de la política partidaria.
Cuquín se dio cuenta que Nito destilaba odio. Que todas las zancadillas,
las trampas, las tragedias y los golpes que le había propinado la vida, los
estaba devolviendo, uno por uno en su cara.
Nito Ledesma se abalanzó nuevamente sobre Cuquín. Con los dedos de
las manos crispados en forma de ganchos, buscaba la garganta de Cuquín que
velozmente dio un paso hacia atrás. El viejo tenía los dientes apretados y los
ojos enrojecidos. Se reposicionó y volvió a avanzar. Cuando lo tuvo a tiro sacó
una fenomenal trompada que rozó la nariz de Cuquín y se dio con violencia los
nudillos contra la corteza de un fresno.
No se sabrá nunca si fue por el dolor en sus coyunturas, o porque ya
estaba cansado de pegarle, o por la sumatoria de esas dos cosas, que detuvo
la golpiza. Dio media vuelta, entró a su casa y dio un portazo colosal.

II
De tanto espiarlo desde la esquina Cuquín percibió que el viejo cada vez
que se iba a trabajar dejaba la llave en un hueco cerca del pilarcito que
contenía el grifo que cortaba el paso de agua. Desde ese día no saltó más el
tapial. Entraba como un príncipe por la puerta principal. Se acercaba sigiloso y
en puntas de pie a la cama donde yacía norita, sin bombachita y apenas
vestida con una camiseta larga que lo hacían explotar como un volcán y
derramar toneladas de pasiones, lava hirviente de ardores incontenibles.

"Nunca entres o salgas por la ventana, pues serás mal visto por
cualquiera que te observe. Entra y sale siempre por la puerta principal",
recordaba que le decía su papá, tan diferente al de Norita, tan bondadoso, tan
alegre y dicharachero.
Es cierto que de tan bueno el viejo pasaba por pelotudo. Su mujer
recordaba que en el 51', cuando se estaban construyendo las casas de los
barrios populares "Evita" le habían otorgado una residencia y que no supo
aprovecharla. Claro, vivía en el centro, en la casa de los viejos, cerca del
laburo, del club, del café y de sus amigos. Le costaba dejar el barrio. Como ya
le habían avisado de posibles usurpaciones, le pedía a su madre que pasara
algunas horas por día en la vivienda para cuidarla, para que los vecinos
pensaran que había gente ocupándola. Una tarde entraron unos
aprovechadores, engañaron a la Nona que estaba acompañada del pequeño
Cuquín y se apropiaron de la casa. Nunca se presentó a reclamar. Siempre la
excusa fue que otros precisaban más que él.
En otra ocasión lo habían llamado a una reunión en la sede de la CGT,
un viejo caserón con un largo pasillo y un patio interno donde se veía siempre
una parrilla y un par de sillas. El Secretario del todo poderoso gremio de la
Unión Obrera Metalúrgica le dijo a su padre:
- Mirá Alberto, vos sos un compañero, un amigo, un tipo del palo... Así que te
vamos a poner de primer Concejal.
- De ninguna manera. No es justo. No me gusta entrar por la ventana. Lo justo
es una elección interna y democrática – respondió.
Otra vez Cuquín se enojó, pero no fue con su papá. Fue cuando se
enteró que andaba circulando una fea anécdota sobre su viejo.
Fue en 1964, cuando Perón había resuelto volver al país. La noche
anterior a la posible llegada del General, durante la histórica "Operación
Retorno", decenas de peronistas se reunieron en la CGT para organizar las
banderas, los cánticos, las medidas de seguridad y las partidas de los
colectivos que los llevarían hasta Estación Once, en Capital Federal. El padre
de Cuquín estaba allí, como siempre, incondicional a una nueva patriada de la
nación Justicialista, a un objetivo de la resistencia, a la consigna del "Luche y
Vuelve". Al finalizar el acto, un dirigente político, se subió arriba de una mesa y
se dirigió a todos los presentes con un incendiario y épico discurso. Su
preámbulo guerrero finalizó con un: "iCompañeros, vamos, pero no sabemos si
volvemos!" Una sensación de frio mezclada con escozor recorrió las columnas
de muchos compañeros. A la mañana siguiente menos de la mitad de los
ómnibus previstos se pudieron llenar. Cinco minutos antes, y cuando iban a
ordenar cerrar las puertas de la CGT, Alberto entró corriendo y gritó:
- No puedo ir muchachos, no puedo ir... ¡Nació mi hijo! .... ¡Nació mi hijo
Dominguito!

III
Mi viejo era un peronista convencido que la gesta social del General
había sido revolucionaria. Y que Evita efectivamente había sido la abanderada
de los humildes dejando su vida por esa causa.
Pensaba que además de cumplir con las diez condiciones básicas que
debía tener un hombre para ser, sentir y poder decirse peronista, debía dar
claras y efectivas pautas de honestidad y solidaridad.
Me crié escuchando su pensamiento de esa manera. Mi casa tenía dos
puertas, la de la entrada propiamente dicha, y la puerta cancel que separaba el
largo pasillo de la calle. Al fondo estaba la cocina donde mi madre, Doña
Amalia para los vecinos, cantaba y escuchaba por radio música flamenca
mientras cocinaba, pelaba papas y lavaba las verduras. De tarde cosía ropas
para niños, de noche enseñaba catecismo y todos los viernes agasajaba con
una cena al párroco de la iglesia principal, que se llamaba Domingo, como el
más chico de mis hermanos. Lloviera o tronara el cura se sentaba a la
cabecera de la mesa para degustar los increíbles platos regados con salsas
andaluzas que cocinaba mi vieja. Mi vieja era española de nacimiento. Yo
nunca supe a ciencia cierta si a mi hermano menor le dieron ese nombre por el
cura o por Perón. No me gustaba ese tipo que se sentaba con las piernas
abiertas por debajo de su sotana negra en el lugar que era de mi viejo. Me
molestaba su barriga de angurriento y la ridícula servilleta agarrada de esa
especie de collar blanco que le rodeaba el pescuezo siempre transpirado.
Había tres dormitorios sobre el lado derecho del pasillo. Uno para mis
hermanos menores, el otro lo compartía con José que era el mayor y que con
el tiempo estudiaría medicina en La Plata y, el último, con el baño adentro de
la pieza era para la Nona que había enviudado con la muerte de mi abuelo
Pipo. El dormitorio de mis viejos estaba a la izquierda del pasillo. Tenía piso de
madera de pinotea, un ropero marrón oscuro con un espejo grande en el
medio, la cama tan inmensa como la de mi abuela y una cómoda con tres
hileras de cajones. Sobre el mármol italiano había siempre un jarrón color
rosado dentro de una especie de palangana.
Cuando cumplí siete años no hubo fiesta, ni festejo, ni torta, ni velitas.
No vinieron los chicos del barrio. Tampoco ninguno de mis tíos. A la mañana,
de la mano de mi vieja subí a un colectivo colorado con asientos de cuerina y
viajamos rumbo a otra ciudad.
Veinte años después mi madre recordaría con los ojos húmedos y
secándose las manos en el delantal la crisis económica inusual del aquel
momento, motivo por el cual me internaron junto a mi hermano como pupilo
en una escuela de monjas. Cuando nos dejaron solos en la mitad de un
gigantesco corredor con baldosas negras y blancas dispuestas como un tablero
de ajedrez, la Madre Superiora nos separó y mandó a José a un ala distante
del Convento, donde había otro patio y chicos más grandes.
No sé porqué cuando dormía soñaba que tenía ganas de orinar y corría
para hacerlo contra un árbol de mandarinas. A la mañana, al despertar tenía
todo mi pijama mojado, además de las sábanas, la frazada y el colchón.
Entonces una Monja me llevaba al despacho de la Madre Superiora y allí me
obligaba a poner las manos con las palmas para arriba y me pegaba
violentamente con una varilla de mimbre. Si en el momento que me iba a
pegar, yo sacaba las manos, entonces a los gritos exigía que pusiera las manos
con las palmas para abajo y me pegaba en los nudillos de los dedos.
La vida en el Convento era rígida, tenían una disciplina atroz. A las seis
de la mañana nos despertaban con el sonido de un pito de guardia de tránsito,
nos hacía levantar, hacer la cama, rezar arrodillados y en fila de menor a
mayor nos llevan a una sala de amplios ventanales tapados con cortinas
negras. Tomábamos leche con "cascarina" de cacao, pan y manteca. De allí
nos trasladaban a la Capilla después de atravesar un patio con un par de
árboles en una esquina. Un cura oficiaba la misa con dos monaguillos de su
predilección. El tipo era pelado y panzón como Domingo, la piel de sus brazos
era extremadamente blanca y se notaba flácida. Su voz era finada y tenía una
tonada que no sé porqué me parecía riojana. Después, nuevamente en fila
íbamos para los salones llenos de pupitres con tinteros, un pizarrón grande y
negro sobre la pared cerca de la puerta y ventanas sin cortinas con persianas
hasta la mitad para que no entrara el sol de la mañana.
Las monjas nos pegaban por cualquier cosa. Nos ponían en penitencia
mirando un rincón por horas con orejas de burro sobre nuestras cabezas.
Cuando cometíamos alguna indisciplina en las lecciones de religión el castigo
era mayor, nos llevaban a un cuartito, oscuro y húmedo, y nos hacía arrodillar
sobre granos de maíz. A mí siempre me sangraban las rodillas.
Llevaba masa de tres años llorando y orinándome día por medio. Cuando
una mañana de domingo, ocurrió el accidente. Como todos los domingos, nos
hacían dar vuelta alrededor de una canchita de Papi Fútbol, de esas que juegan
cinco contra cinco y que estaba al final del patio cerca de los árboles. Nos
hacían caminar en fila de a dos con el rosario en la mano y cantando en voz
alta el Ave María. Yo le había prestado la noche anterior un par de bolitas a
"Pitín" que dormía en la cama de arriba. Mientras caminábamos me devolvió
una, pero se quedó con la "japonesa" que tenía rayas rojas, verdes y blancas.
Yo se la reclamé varias veces y en una de esas veces una monja percibió lo
que para ella era una falta grave de indisciplina y a los gritos me empujó con
violencia. Pegué mi cabeza contra el borde de uno de los palos de los arcos y
se me abrió una herida por la que me dieron cuatro puntos en la Asistencia
Médica Municipal. Cuando mi vieja se enteró durante una de sus visitas, tras
una fea discusión con la Madre Superiora y con la monja agresora, me sacó
inmediatamente del internado.
José se quedó unos años más. Fue tal su sufrimiento, su agonía, su
ansiedad por salir y su desconsuelo que nunca se lo perdonaría. Volví a casa y
no me oriné más. Mi mamá me inscribió en la Escuela San José. A esa altura
yo ya tenía diez años, era un chico normal, inquieto, me gustaba hablar. Tal
vez por las horas de silencio que me habían impuesto las monjas.
Durante una clase de Lengua mi maestra me sorprendió hablando con el
"Toco" que era mi compañero de banco. Sin decir una palabra la maestra me
tomó por atrás y me zamarreó violentamente, tirándome de los pelos y, me
dijo que si seguía hablando me iba a cortar la lengua con una tijera. Sentí un
calor inmenso y me dio la sensación que mi cuerpo se hinchaba y el calor se
me subió a los ojos. Sentí rabia, mucha furia... Me volví contra esa mujer de
delantal blanco y puntero en la mano y le asesté una violenta trompada entre
las tetas. La vi tambalear. Vi como se le doblaban las rodillas. Apoyó una mano
contra el pupitre y la otra en el lugar del impacto, me miró blanca de miedo y
de sorpresa y se retiró del salón.
El director de la escuela, el Padre Dionisio, mucho más simpático que
Domingo, me castigó con 24 amonestaciones. No me importó, era libre y
estaba en mi casa.

IV
Ocho meses habían pasado desde el golpe de Estado perpetrado por el
general Videla y sus secuaces, cuando Amalia recibió el mayor susto de su
vida: policías de ametralladora en mano se llevaron secuestrado a su marido.
Eran las dos de la mañana cuando sintió ruidos en los techos. Se
estremeció. No eran gatos. Eran pisadas enormes. Muchas pisadas, muchos
hombres. Se levantó. Salió de la pieza, corrió por el corredor hasta la cocina y
volvió a sentir ruidos, pero esta vez en el patio. Desde la ventana que estaba
sobre la pileta vio sombras. La luna alumbraba el casco de guerra de un
soldado arriba del tapial del vecino.
-¡Abra la puerta! ¡Abra la puerta o se la volteamos!
Abrió la puerta de la cocina y un caño de itaca 37 le enfrió el pescuezo.
Tres hombres de borceguíes avanzaron por el corredor, abrieron la puerta
cancel, luego la puerta principal y entraron más policías y soldados. Todos
armados con ametralladoras. Afuera, un camión del ejército estaba
estacionado cruzado en la esquina interrumpiendo el tránsito. Amalia corrió
hasta la pieza de Dominguito, lo abrazó y se acurrucó con él en la cama. Un
policía, que era conocido con el sobrenombre de "cara de goma" o "perro
pequinés" se quedó durante todo el tiempo que duró el operativo apuntándoles
con un fusil sin hablar una sola palabra. A la Nona la obligaron a salir a la calle
y la dejaron en batón, tiritando contra la puerta del zaguán.
Buscaban algo. No decían qué. Revolvieron los papeles, los libros y
desclavaron todos los pisos de madera de pinotea. Rompieron por dentro la
heladera que Cuquín había comprado pensando en casarse con Norita. Dieron
vuelta casi todos los cajones de los roperos, desparramando la ropa, excepto
uno en el que Cuquín guardaba celosamente sus “trofeos de guerra”: las
bombachitas de diversos colores que se llevaba tras sus encuentros amorosos.
Victorias de sus innumerables conquistas de muchacho "fachero" y
"chamuyador". Una de esas piezas de lingerie, una tanga roja, contenía su
pasaporte.
Los militares preguntaban insistentemente por Cuquín y por José.
Alberto permanecía en el patio, en pijama, encapuchado y esposado con las
manos en la espalda. No entendía absolutamente nada. No tenía nada que ver
con la guerrilla, ni con los Montoneros, pero estaba seguro que lo habían ido a
buscar por peronista. Después del golpe del '55 ser peronista pasaría a ser
sinónimo de delito. Ya le había pasado en el '61, en el gobierno de la UCRI,
durante la gran huelga ferroviaria que duró 42 días y por la que estuvo preso
en los cuarteles.
Mientras se producía en la casa de Cuquín el allanamiento de las fuerzas
represivas de la dictadura, Silvia, la única hija mujer del matrimonio llegaba a
su casa alrededor de las tres de la mañana acompañada de su novio. Venían
de bailar. Asustados y curiosos por el movimiento y el gran despliegue de
tropas del ejército y la policía, quedaron petrificados cuando los rodearon. Acto
seguido los encapucharon, los maniataron y los metieron en un patrullero.
Silvia, en su inocencia, pensaba que estaban buscando la colección de la
revista "El Descamisado" que su hermano había enterrado unos días antes en
el patio de la casa, junto a la higuera. Por más de tres horas soldados de
uniforme desarrollaron el operativo.
"Perón tenía razón", pensaba Alberto cuando se lo llevaban encapuchado
y sin saber su destino, el de su esposa e hijos: "La fuerza es el derecho de las
bestias".
A las cinco de la mañana, cuando el asalto a la casa de Cuquín había
culminado, Amalia corrió desesperada las seis cuadras que la separaba de la
iglesia principal y golpeó la puerta de la oficina parroquial. -El Padre está
durmiendo, le dijeron. Volvió dos horas después al borde de una crisis de
nervios. - El Padre no la puede atender, está desayunando. A las 11 hs. golpeó
insistentemente. - No está, el Padre salió. Retornó a las 13 hs. - No, no está, el
Padre no volvió. Regresó a las 17 hs. - Todavía el Padre no llegó. Y finalmente
a las 20 hs. - El Padre manda a decir que no puede hacer nada, que en esas
cosas no se mete.
Amalia jamás hubiera imaginado que el Padre Domingo que
semanalmente visitaba su casa, que la felicitaba por su labor de catequesis,
que conocía a toda su familia como nadie, le iba a dar las espaldas.
Desilusionada y desesperada recurrió a un pariente que tenía un
comercio de electrodomésticos en el centro de la ciudad y que había sido
presidente de la Cooperadora de la Policía. En la comisaría y en el cuartel, le
habían manifestado que desconocían el operativo y que nada sabían.
Mientras tanto, Alberto iba encapuchado en el asiento de atrás de un
Fiat 1500 que daba miles de vueltas. Lo interrogaban por el paradero de sus
hijos. Le preguntaban a los gritos dónde estaban "esos subversivos y traidores
a la patria". Tenía voluntad de decirles que sus hijos no eran subversivos ni
traidores, que apenas eran peronistas como él y que practicaban la doctrina.
Una doctrina que sólo hablaba de amor, de igualdad y de justicia. De la
formación de hombres del pueblo que piensan que su misión en la vida es
luchar para el pueblo, por el pueblo y con el pueblo. Pero no dijo nada por
temor a despertar aún más la ira de sus raptores. Tenía claro que el peronismo
deseaba héroes pero no mártires y recorrió velozmente algunas otras verdades
doctrinarias, pero ninguna le daba respuesta al atolladero en que se
encontraba.
Cerca de la ruta lo cambiaron a otro coche, y ya en un camino de tierra,
a otro más. Luego lo hicieron descender y lo obligaron a caminar con las
manos esposadas en la espalda. Iba de pijamas y en chancletas. Momentos
después entraron a un lugar que parecía estar en construcción. Lo guiaron por
unos lugares estrechos y luego lo metieron en una habitación pequeña donde
lo desnudaron, lo tiraron sobre una cama elástica, mojaron su camisa y se la
arrojaron sobre el pecho. Alberto permanecía encapuchado. En ese momento
comenzó una dolorosa sesión de choques eléctricos por todo el cuerpo, encía,
testículos, axilas. Pasado un tiempo que se dieron cuenta de que no sabía en
realidad el paradero de mi hijo. Lo hicieron vestir y sacaron. Creyendo que lo
matarían simulo un desmayo. Uno de ellos le dije al otro que a lo mejor se
habían pasado de picana, que era mejor llevarlo. Después de algunos
kilómetros disminuyeron la velocidad y doblaron. En ese momento le sacaron
el bolso de la cabeza y vio la fábrica de masitas. Comprendió que lo habían
llevado a la cárcel que por entonces estaba en plena construcción. A su lado se
encontraba el comisario Penna. Ya en la comisaría lo metieron en una celda.
Una voz joven del otro lado preguntaba quién había llegado; al decir su
nombre escuchó la voz de su amigo José Ale. Eso lo tranquilizó.
A eso de las diez de la mañana lo llevaron a una sala y comenzaron a
sacarle las huellas digitales. Lleno de furia, dio un puñetazo a un mueble tipo
estante.
- iQué le pasa!, ¡Qué le pasa! -gritó uno de los dos policías a cargo.
- ¿Cómo qué me pasa?, ¿qué quiere que me pase, después de tanta tortura, de
tanta humillación...? – Replicó.
A las dos de la tarde lo largaron sin darle mayores explicaciones".

V
La noche anterior al sorteo de los números para saber si hacía o se salvaba del
servicio militar obligatorio, Cuquín durmió mal, incómodo. A eso de las seis de
la mañana prendió la radio para escuchar el sorteo. Deseaba que saliese un
número bajo para poder salvarse de la colimba. Como la terminación de su
libreta de identidad era 54, iba a ser uno de los primeros, por eso no podía
perderse el inicio del sorteo. Se levantó de la cama, miró a su costado y no vio
a su hermano. Pensó que debía haberse quedado a dormir en la casa de algún
amigo. Salió de la pieza, cruzó el corredor, fue hasta la puerta cancel, recogió
el diario, entró al baño y comenzó a lavarse los dientes. Se sentó sobre el
inodoro y lo sorprendió el título de la tapa "Hallan tres cadáveres acribillados a
balazos" y siguió leyendo: "Los cuerpos de dos hombres acribillados por
desconocidos fueron encontrados esta noche por policías a la altura del
kilómetro 224, de la Ruta Nacional n° 7, frente a la Estancia 'La Bondadosa'.
Uno de los cadáver- cuya probable edad oscilaba entre 19 y 20 años, vestía
pantalón Lee, zapatos negros, camisa manga larga con rayas rojas y azules. El
otro cuerpo, aparentemente de 17 años, vestía pantalón marrón, chaqueta
azul y zapatillas blancas.
“El doble crimen posiblemente ocurrió en horas de la noche. Ayer por la
tarde los agentes policiales descubrieron un tercer cadáver dentro de un
maizal, también desconocido, al cual se lo vincula con estas dos muertes. Al
momento del levantamiento respectivo por parte del personal forense, no se
encontró ningún documento que ayudara a las autoridades a identificar a las
víctimas o dar con el paradero de sus familiares. Hasta el momento se
desconoce a los agresores y el motivo del triple crimen, pues vecinos de la
zona no quisieron dar información por miedo a represalias".
Cuquín se dirigió a la cocina, puso a calentar la pava con agua para el
mate, regresó a la habitación en busca de la radio y cuando estaba
acomodando la bombilla, escuchó que en el sorteo iban por el número 222. Se
maldijo diez veces. Ahora tendría que esperar que el diario "Democracia", que
repartían después de las seis de la tarde publicara la lista. Por lo pronto, de
mañana iría a la peluquería de su tío "Ñato" y le jugaría diez pesos a los tres
patitos. Pero a pesar de su aparente tranquilidad no podía disimular su
ansiedad por saber el resultado y, la preocupación por las muertes leídas en el
matutino.
Los muchachos del barrio tenían la costumbre de reunirse después del
almuerzo en la esquina del club donde estaba el almacén de los Ferrara. Se
sentaban en el borde de la ventana de persiana baja y transitaban las horas de
la siesta contando chistes e imaginando maldades. El día anterior al sorteo
Daniel estaba pasando por la vereda de enfrente cuando uno de los pibes, con
voz finita le gritó: "putito", otro le gritó: "cascotito", y Daniel, como si nada
siguió caminando. Un tercero le grita: "milanesaaaa" y por algo que ni él
mismo sabe explicar, sintió una irritación extrema, tomó una media baldosa
suelta que había junto a un árbol, y desde la vereda de enfrente la arrojó con
violencia hacia donde estaban sus agresores verbales; la mala suerte quiso
que en ese preciso instante pasara un Jeep de la policía y la baldosa impactara
de lleno en una de las puertas. Daniel salió corriendo y asustado dobló la
esquina. Atrás la policía enardecida y tipo malón, persiguiendo al Jeep, los
muchachos corriendo para avisarle a los milicos que la piedra había sido
lanzada contra ellos y de ninguna manera contra la autoridad. Desde ese día a
Daniel, lo llaman "Milanesa".
Cuando se enteraron que Cuquín irremediablemente tenía que alistarse
al servicio militar obligatorio, empezaron a darle mil consejos y los más
grandes le transmitían sus experiencias: “Nunca digas yo, cuando el Sargento
pregunte quien sabe escribir con la máquina Olivetti porque te van a mandar a
limpiar los baños. Tratá de engancharte como estafeta postal que la vas a
pasar bien. Rogá que no te toque la Batería "D", le dicen la "voladora" porque
hay un Cabo que los tiene a "salto de rana y cuerpo a tierra" todos los días.
Intentá que te ubiquen en enfermería, la vas a pasar piola, piola...”
- Es bueno que te haya tocado el Servicio, le dijo Carlón, ahí te vas a formar
como hombre.
- ¡Deja de hablar pelotudeces!, apuntó el hijo del tapicero, lo que este pibe va
a aprender en los cuarteles es a robar.
Esa frase, Cuquín la recordaría la primera noche durante su primera
noche en el cuartel. Mientras dormía en una Cuadra, tapado apenas con una
manta verde de campaña, alguien se le acercó, lo despertó y le pidió la frazada
para ir al baño. Cansado y somnoliento, pero solidario, dejó que se la llevara.
El compañero nunca volvió. Le habían robado en su primera noche. Tiritando,
recordó que sería castigado por el Oficial de Imaginaria ni bien se enterara del
faltante. Antes del amanecer se las había ingeniado para robar una.
Cuquín era bueno, laburador, inocente, ingenuo, idealista y muy
solidario. Gracias a estas virtudes, no tardó en ser castigado. Frente al playón,
cerca del mástil, un suboficial le obligó a realizar decenas de cuerpo a tierra,
salto de rana, marineros, abdominales y flexiones. El caso es que horas antes
el Sargento había amenazado a toda la Batería con "bailar hasta el amanecer"
si no aparecía el gracioso que se había tirado un ruidoso pedo en la formación.
Como era de imaginar nadie se adjudicaba la autoría. Irritado, el militar se
disponía a castigar a toda la batería. En ese instante, Cuquín levantó la mano y
dijo "fui yo, mi Sargento". No podía dejar que el conjunto pagara por un
chancho que descargó su escandalosa flatulencia en medio de la tropa. Asumió
como propio el pedo y "bailó" hasta quedar exhausto.
Pasados los tres meses de instrucción, una tarde lo llamaron a la oficina
del Comando. Parado frente al escritorio del Capitán estaba "Fierrito", un pibe
morochito, delgado, al cual conocía de verlo en los bailes de los clubes de
barrio. Se puso junto a él. El Capitán interrogó:
- ¡Soldado!, dígame ¿quién es Firmenich? Y "Fierrito".
- El Jefe de los Montoneros, Señor... – respondió con timidez. A Cuquín se le
heló la sangre.
- Mirá flaco, aquí tenés que venir con sentido de patria. ¿¡Entendiste?! iAndate
y presentate a la Batería "D"! ¿iY vos, que hacés en tu vida!?
- Yo soy enfermero - mintió Cuquín. Me paso día y noche poniendo inyecciones
a domicilio. Los enfermos tienen horario fijo para las aplicaciones. Así que me
levanto a la seis de la mañana y vuelvo a mi casa muchas veces a las nueve de
la noche.
- ¡Muy bien soldado! ¡Así me gusta! ¡Qué trabajen y no piensen, ni se metan
en cosas raras! ¡Váyase soldado y preséntese en enfermería!
Una vez allí, el Sargento enfermero lo miró de arriba a abajo.
-"Parece que venís bien recomendado." le dijo en voz baja y con algo de
disgusto.
Estaban en la última revisación médica, había reclutas de toda la
Provincia, eran los de número alto, rezagados, enfermos con certificados
médicos y estudiantes que habían pedido prórroga. Hacía horas que estaban
aguardando, cada uno, su turno. Se venían tres largos días de inspección
sanitaria.
Cuquín no sabía cómo iba a salir de semejante mentira. Le salió decir
enfermero porque se acordó que su hermano estudiaba medicina. En cuanto
estaba en esos pensamientos se le acercó un muchacho y sin más miramiento
le dijo que le daba mil pesos si lo hacía salvar de la colimba. Cuquín había sido
confundido con uno de los doctores porque usaba una bata blanca.
- Después hablamos reclutón, ¡váyase a su puesto de espera!
Al medio día, a la hora del "rancho", con recelo le comentó al Sargento
la propuesta recibida.
- ¿Y Usted qué le dijo soldado?
- Que su deber era servir a la Patria y que si lo volvía a intentar lo iba a meter
preso, mintió Cuquín.
- ¿Pero Usted es pelotudo o se hace soldado?
- ¿Por qué lo dice Sargento? ¿Lo podemos salvar…?
- ¡Pero claro, soldado pelotudo!, le cambiamos la radiografía por una que tenga
tuberculosis y listo. Vaya y dígale que por 1.500 pesos lo salvamos.
Y así fue que Cuquín entró por la puerta grande a la enfermería.

VI
Cuquín se había convertido en un tipo astuto, dinámico, eficiente y
atrevido. Entablaba conversaciones con los reclutas, investigaba si padecían o
padecieron alguna enfermedad, se certificaba que sus familias tuvieran un
buen pasar y les proponía, a cambio de algunas "fragatas", como se llamaba a
los billetes de 1.000 pesos con el dibujo de la Fragata Sarmiento, para salvarse
del servicio militar. A aquellos que eran muy desconfiados pero prometían
mucho dinero les cobraba después. Se trasladaba a la ciudad donde vivían y
recibía el pago prometido. No todas fueron flores para Cuquín. En una
oportunidad en que fue a la casa de un muchacho que vivía en la ciudad de
Bragado, encontró que el lugar era un baldío. Indignado comenzó a preguntar
por el apellido del estafador. Nadie nunca había escuchado ese nombre.
Recién, al final de la tarde, se deparó con una inmensa agencia de ventas de
automóviles. El dueño era el padrastro del muchacho, quien muy enojado le
dijo que nada tenía que ver con "el vago e inútil del hijo de mi mujer".
Cansado, con hambre y sin un peso en el bolsillo, Cuquín caminó una enorme
distancia hacia la Ruta y volvió "a dedo" al Cuartel.
Algo parecido le pasó en Chacabuco. Al golpear la puerta del joven que
había salvado, este lo puteo y amenazo con llamar a la policía. Cuquín se
volatizó. Se hizo literalmente humo.
Otro sofocón lo pasó con un tal Rogelio Medina, muchachote de un
metro con noventa centímetros de altura y 125 kg, que vivía en el campo y
que había ganado la lotería. Sabedor de que parte de esa fortuna la tenía en
los bolsillos le ofreció el oro y el moro. Medina consintió y pagó varias
"fragatas" en el acto. De esta "jugada" no tomó conocimiento el Sargento que
estaba en el negocio. Y por supuesto Medina no se salvó. El gigante lo buscó
por cielo y tierra exhalando la ira por los poros enrojecidos de cólera.
Desesperado y en pánico Cuquín sobornó a un Cabo quien incluyó al "ropero"
en una lista de traslado que salía esa madrugada para la ciudad de Tandil.
El día que llegó a la enfermería su amigo Giusepe producto de una
esguince de tobillo tras un partido de fútbol entre las Baterías "C" y "D", se le
ocurrió decirle que aspirara azufre así tendría síntomas de tener asma. Luego
le pediría al médico que lo mandara a Campo de Mayo donde lo volverían a
revisar otros médicos. Si el azufre daba resultado le daban de baja del servicio
militar. El plan era perfecto ya que Giusepe sufría de los bronquios, y de vez
en cuando, sobre todo en los tiempos de mucha humedad, se ahogaba y no
podía respirar.
Cuquín no contaba con que el Doctor que prestaría servicios hasta ese
fin de semana no aparecería. Encima se comentaba que el lunes llegaba como
un médico militar que tenía fama de ser un hijo de puta. Era capitán y
provenía del sur, de Zapala. Sin los papeles firmados Giusepe no podría viajar.
Cuquín tomó la decisión de ir a la casa del médico. Entrada la noche cruzó un
pequeño bosque de pinos, burló a la guardia, saltó el alambrado y se perdió
entre las sombras al costado del camino. Hacia el amanecer, retornaba al
cuartel con los papeles firmados. Tuvo que sortear un retén fuertemente
armado con impresionantes reflectores patrullaba el perímetro del Cuartel. Se
tiró al suelo y se arrastró por más de 100 metros entre los árboles. Cuquín se
había jugado la vida por su amigo.
A medida que los meses pasaban, veía el verdadero rostro de los
militares. Tipos que se la pasaban chupando en grados superlativos, que se
comportaban como racistas. Gente en la que era imposible depositar el mínimo
de confianza. Cierta vez, un Cabo y media docena de suboficiales estaban
jugando al "monte", un juego de cartas muy común en aquella época. Cuquín,
de guardia, los observaba a través del gran ventanal del restaurante del
Casino. Una parva enorme de billetes sobre la mesa aguardaba al ganador. De
repente se cortó la luz. Asustado por la oscuridad recargó el FAL. En ese
momento el Cabo aprovechando la ocasión se tiró sobre el tapete verde,
recogió todo el dinero, saltó la ventana como un felino y se perdió en la
inmensidad de las tinieblas. Cuando volvió la luz nadie supo cómo había
desaparecido el dinero.
Cierta vez le ordenaron aplicar unas inyecciones a un militar fuera del
cuartel. De allí en más, utilizó esa ventaja y reiteradamente se presentaba a la
guardia diciendo que se le destinaba a aplicar inyecciones, para rajarse del
cuartel y hacerle el novio a Norita. El médico capitán de la enfermería lo
autorizó en el mes de octubre a realizar un curso para enfermeros sobre
terapia intensiva en el Hospital Ferroviario. Mientras duró el mencionado curso,
se pasó una vida de reyes, comiendo y durmiendo en su casa.
Cuquín estuvo meses sin hacer una guardia, cuando anunciaban su
nombre, astutamente se metía en el plantón de encargado de la enfermería.
Sin embargo, el cabo que lo tenía entre ceja y ceja advirtió la artimaña y una
noche lo metió en un pelotón de retén relamiendo la oportunidad de darle un
merecido castigo. Por la mañana, lo vio desalineado, con los elementos en la
mochila incompletos, con el pelo más largo de lo autorizado.
"Venga para acá soldado rotoso, negrito de mierda..." E inmediatamente
lo llevó al playón y le obligó a hacer saltos de rana y cuerpos a tierra durante
45 minutos seguidos. Exhausto, agotado y con su rabia consumiéndole las
neuronas, se le bajó la presión y perdió el conocimiento. Lo internaron en la
enfermería.
Esa misma noche y prosiguiendo con su venganza el cabo lo volvió a
llevar al retén. Estaba alineado y en posición de firme cuando lo sacó de la fila
y lo puso a "bailar" nuevamente. Cinco minutos después, ante el estupor de
todo el pelotón Cuquín tomó su ametralladora PAM y le apuntó al cabo. Hubo
segundos de tensión y de suspenso. El dedo de Cuquín ya se movía hacia el
gatillo cuando un soldado amigo, de apellido Calderoni, se abalanzó sobre él,
aseguró la ametralladora y esperó con sus brazos rígidos hasta que se aplacara
su la furia. El Cabo, blanco y tieso como un muñeco de nieve sufrió una
lipotimia traumática. Cuando despertó en la enfermería, lo primero que vio fue
una jeringa en la mano de Cuquín, quien lo miraba con los ojos inyectados de
sangre. Volvió a desmayarse.
Los fines de semana cuando tenía franco se encontraba con algunos
amigos que lo invitaban a reuniones políticas y así, de un día para otro, se vio
participando de la Juventud Peronista. Dos días después del enfrentamiento
con el Cabo le dijo a los muchachos: "Esta semana los voy a cagar a los
militares", y los compañeros le recordaron que debía ser orgánico y nada se
podía hacer que no estuviera planificado y consensuado por el grupo. Pero
Cuquín, con el odio acumulado, hizo oídos sordos y el miércoles subió al techo
del Casino de Oficiales, se desnudó, abrió la tapa del tanque de agua y se
sumergió. Estuvo haciendo la "plancha" unos 15 minutos disfrutando del sol y
de la brisa. Después, de forma placentera evacuó sus intestinos que habían
recibido un opíparo almuerzo de un espeso y delicioso locro. El fin de semana
siguiente, reunido con la Agrupación Evita les dijo a sus compañeros:
"Muchachos los cagué a los militares, los cagué literalmente", y les explicó con
lujos y detalles su unilateral ataque al Ejército, lo que generó carcajadas y
algarabías entre sus amigos.
Una mañana Cuquín rondaba las inmediaciones de la enfermería, cuando
un Sargento parado en la puerta de los baños le pegó el grito. Estaba sin
birrete y con los cordones de los borceguíes sueltos. Temió lo peor: un baile. El
sargento volvió a abrir la boca y con voz de mando le indicó que entrara a los
baños.
-Soldado, dígame que lee en esa puerta...
- Rodolfo ama a Julia, Señor...
- ¡Sí, pero con qué está escrito...!
- Con caca, mi Sargento... a lo mejor alguien sin papel se tuvo que limpiar el
traste con el dedo y para sacarse la caca del dedo escribió: Rodolfo ama a
Julia...
- iMire bien soldado! iY sepa que eso que está viendo, es lo que se llama un
amor de mierda!
Y se largó a reír a carcajadas mientras el suboficial seguía con cara de
enojado.
Faltando un mes para la baja, y por intermedio de un cabito novato que
cuidaba un galpón donde se almacenaba la ropa, consiguió a cambio de
algunos favores un equipo completo: borceguíes, bombacha, manta,
cantimplora, casco, cinto, etc. Y lo escondió en el entretecho de la enfermería.
Para ello separó unas tejas, caminó por dentro sobre unos tirantes y lo dejó
envuelto en una bolsa de nylon.
Era sabido que en esa época los robos se acrecentaban, pues, si a un
soldado le faltaba algún elemento no le daban la baja del Ejército, lo
castigaban con arresto de 20 días y finalmente tenía que pagar el faltante. Así
que los últimos días era un "sálvese quien pueda".
Ante la seguridad de que sus pertenencias estaban a salvo Cuquín
comenzó a regalar, para aquellos que necesitaban, la ropa y los pertrechos que
le sobraban.
La mañana en que debía presentarse se trepó al plátano de la esquina
de la enfermería, desplazó las tejas, caminó por los tirantes, recogió la bolsa,
se dio vuelta para poder salir, trastabilló y se vino abajo como una bolsa de
papas. Como en las películas, envuelto en una nube de polvo y plumas de
palomas quedó en el centro del boquete del cielorraso, suspendido en el aire
con una mano aferrada al tirante y con la otra, apretaba su equipo de combate
tratando de no mover mucho las piernas para no balancearse y
desbarrancarse.
El estruendo fue muy grande. Alguien gritó "iPusieron una bomba!” y en
cuestión de segundos el retén formado por soldados armado hasta los dientes
se apostó frente la enfermería, incluyendo un nido de ametralladora. Un
pelotón rodeo los fondos, mientras otro grupo evacuaba a los enfermos. Un
comando de la batería "D" se aprestaba a tomar por asalto la enfermería con el
apoyo de dos tanques Panzer (38 t), fabricados en 1937 en Checoslovaquia,
cuando se vio salir al sargento enfermero agitando desesperadamente una
bandera blanca. Finalmente, pusieron una cama en el medio de la sala y
Cuquín se dejó caer aferrado al paquete con la ropa.
En la maniobra había roto las placas del cielo raso, placas que por su
antigüedad ya no se fabricaban más. El médico capitán de la enfermería le
dijo:"iSoldado, su libreta será entregada y se le dará de baja del Ejército
solamente cuando reponga las placas rotas!".
Así Cuquín fue el último soldado de su clase a salir del servicio militar.

VII
Don Nito tenía celos por su hija, celos terribles. No soportaba la idea de
que un día podía entregarse "a un tipo tan repulsivo y peronista" como Cuquín.
Mal sabía que Norita contaba las horas con ansiedad inusitada para escuchar
con deleite el pito de ferrocarril a las cinco y media de la mañana. Sabía que
pocos minutos después, su padre saldría para el trabajo y llegaría él, saltando
el tapial y haciendo ruido con sus borceguíes bien lustrados. Se iba a ser la
dormida, como siempre, y escucharía como se desabrochaba los botones
metálicos de la chaqueta, cómo con torpeza desenredaba los cordones y oiría
con claridad cuando tiraba de la hebilla del grueso cinturón de cuero. La
estremecería el ruido singular de la camisa en el respaldo de la silla, olería su
perfume "Lancaster" que la embriagaba, y finalmente, sentiría sus brazos
rodeándole el cuerpo y apreciaría su miembro caliente debajo de su cintura.
No era fácil escaparse del Cuartel a la madrugada y volver antes de las 8
hs, horario en que llegaba el médico capitán a la enfermería. Pero su amor por
Norita todo lo podía. Los dos vivían horas de inusitada lujuria. Cuquín recorría
lentamente con sus labios la piel suave y perfumada de su amada, escribiendo
en la memoria cada centímetro de su geografía. Ella ardía y se multiplicaba en
llamas. Cuando sus lenguas se tocaban, chirriaban como brasas en braseros
buscando la profundidad de las gargantas. Los cuerpos se contorsionaban
ferozmente, velozmente, y ella cabalgaba los placeres inusitados del erotismo.
Cuquín era un guerrero blandiendo su trofeo más preciado, volviéndose por
momentos dulce y violento, tierno y dominador. Le costaba salir de la cama y
dejarla con ese gesto de niña abandonada.
A mitad de camino, volviendo a los cuarteles, todavía sentía en sus
manos la redondez sensual de los pechos de Norita. El olor a sexo lo iría a
perseguir bien entrado el mediodía.
Se había iniciado sexualmente a los 18 años. Fue en uno de los tantos
viajes a Venado Tuerto para vender libros. Esa noche estaba con el "Pita" en
un baile. Después de divertirse toda la noche con dos chicas se las llevaron en
el Citroën. El "Pita" entró con la más alta a la casa de ella por un pasillo y se
instaló en un cuartito al fondo del patio. Cuquín se bajó los pantalones, se
arrodilló en el piso del auto, le sacó la bombachita violeta con rendas blancas y
suavemente le dijo al oído: "Ponémela vos querida". Ya que no tenía idea
donde quedaba el famoso agujerito que los muchachos comentaban en la
esquina del club. Del tablero del automóvil sobresalía una radio de forma
rectangular, con dos perillas grandes y hexagonales. La del dial y la del
volumen. Cuando empezó a moverse para adelante y para atrás, una de las
perillas, la del volumen, le entraba en medio de las nalgas. Pero tal era la
emoción de la primera vez, que aunque le incomodaba, no le importó pera
nada la perilla pinchándole el lumbral de su ano. También fue su primera
blenorragia.
El novio de Norita había ingresado a la Juventud Peronista convencido
por los adagios de una patria Justa, Libre y Soberana. Tal vez, esa postura
ideológica haya despertado la ira de Don Nito, sumados a los celos propios de
padre y a la figura de "melenudo" y cara de atorrante que destellaba Cuquín.
Era la época en que los jóvenes no solamente creían que iban a cambiar
al mundo, estaban seguros de ello. Tenían la alegría del tamaño del universo y
estudiaban, trabajaban y se organizaban. No era fácil. Todo estaba cambiando
aceleradamente. Los Beatles habían hecho una revolución estética, y
encabezaban la vanguardia de una nueva sensibilidad musical. El 5 de octubre
de 1962 lanzaron al mercado su primer single, "Love me do", el primer paso de
una banda convertida en mito por su enorme influencia en la cultura popular.
La televisión producía milagros y sustituían a los viejos armatostes de radios
eléctricas a válvula, que a su vez se reciclaban en unos pequeños aparatos
portátiles de la marca Spica; eran muy prácticas, se podían llevar a cualquier
lado.
Mary Quant, entró a la historia de la moda y se ganó el amor eterno de
todos los hombres del mundo cuando creó la minifalda, la pollera que
terminaba quince centímetros encima de la rodilla.
El cambio de una década para otra ya se notaba brutal. Los abuelos se
asombraban todos los días.
Cuquín era un pibe común y silvestre, influenciado por su época,
producto de una coyuntura social y política donde en los últimos 15 años había
predominado la resistencia obrera y estudiantil hacia las dictaduras y los
gobiernos ilegítimos de turno. El novio de Norita no era lo que se dice un
“intelectual”. Sus conocimientos letrados eran el resultado de su actividad
como vendedor de libros. Enciclopedias, colecciones, literatura infantil y obras
del revisionismo histórico como las de José María Rosa. Con apenas 17 años
comenzó a vender libros casa por casa, puerta por puerta, junto a su amigo
"Lelel".
Cierta vez, con tres compañeros de trabajo, "El Pita", el "Negro" y
"Mortadela", compraron un autito marca Citroën, para viajar a la zona.
En uno de esos viajes llegaron a un pueblito perdido en el partido de
Lincoln, llamado Arenaza. Allí Cuquín, entabló con un comerciante oriundo de
La Rioja, una de las mayores discusiones políticas que se tenga memoria en el
pueblo.
- ¡Mocito, cómo se atreve Ud. andar por la calle vendiendo un libro del asesino
de Juan Facundo Quiroga! Lo increpó el dueño de la ferretería frente a la plaza
principal. La controversia no se hizo esperar. Muchos vecinos se acercaron
para sumarse a la discusión política. En pocos minutos ya se habían definido
dos bandos nítidamente opuestos: los que apoyaban a Cuquín y los que
respaldaban al riojano.
- ¡Mire Mocito!, en la quinta del Señor Terrero, en Flores, el General Quiroga le
pidió a Rosas llevar consignadas en una carta sus opiniones y entregárselas a
los gobernadores de Tucumán y Salta que por entonces se hallaban
enemistados. Al tirano no le gustó nada y lo mandó a matar por los hermanos
Reynafé. Indudablemente, para Rosas el mejor Quiroga, era un Quiroga
muerto.
- Con todo respeto Señor, le digo que esa reunión a que se refiere, fue una
conversación templada y llena de interés para la organización del país. Rosas
sabía que el único que podía destrabar el conflicto era Quiroga, por eso lo
llama. La carta de que Ud. habla, no era apenas una carta, era un notable
documento doctrinario. Era de la idea que no se debía empezarse por una
constitución, sino por vigorizar las provincias para labrar sobre esa base la
constitución nacional. Los unitarios fracasaron por haber dictado una
constitución sin tener en cuenta el estado ni la opinión de las provincias, que la
terminaron rechazando. No hay ningún indicio serio de la culpabilidad del
Brigadier General.
Solo la naturaleza puso fin a la discusión, pues en el cielo ya se
anunciaban signos de que más valía suspender la tertulia política y
resguardarse en las casas.

VIII
Por influencia de un dirigente sindical, amigo de su padre, Cuquín entró
a trabajar a los Talleres Ferroviarios. Cuquín, dejó los libros para convertirse
en un obrero, "mamar la plusvalía" como siempre decía. Comenzó las tareas
ferroviarias dentro de un universo de más de tres mil trabajadores que
reparaban los coches, los pintaban, los tapizaban, fabricaban piezas para las
locomotoras y mantenían las vías férreas. Los Talleres, erigidos en un predio
de 42 Ha, que dividía a la ciudad en dos partes o las unía según la óptica de
optimistas y pesimistas, eran el motor económico de la ciudad. Los días 7 de
cada mes, cuando los ferroviarios recibían su salario la ciudad era una fiesta.
Los comerciantes del centro y de los barrios vivían momentos de euforia.
Cuquín trabajaba horario corrido, de las seis de la mañana a las dos de
la tarde. Después almorzaba, se daba una ducha y se iba atender el kiosco de
su tío Ñato que estaba instalado dentro de la peluquería. Mientras el tío
cortaba cabellos, él vendía cigarrillos y golosinas, "mamaba" experiencias,
anécdotas e historias antiguas y recientes. A la peluquería del Ñato iba todo el
arco peronista. En épocas de prohibición política se asemejaba a la jabonaría
de Vieytes. Allí se conspiró a favor del voto en blanco durante el 57. Fue el año
en que los militares permitieron que se realizaran elecciones pero sin la
participación del Partido Justicialista, incluso habían vedado el uso del nombre
del General Perón, o la utilización de todos los símbolos y canciones peronistas.
El peronismo estaba proscrito y la dictadura optó por hacer de cuenta
que no existía. Desde el exilio, Perón les pedía a "sus descamisados" que
votaran en blanco. El voto en blanco se convirtió en la voz de la mayoría
silenciada. En la peluquería del Ñato se festejó con viejo vino Carlón.
El Ñato era un pasador de quiniela. Tenía uno de los mejores puntos de
la ciudad. El juego estaba totalmente prohibido, pero todos sabían que "los
negocios se hacían así": la policía recibía coima de los banqueros del juego
clandestino y dejaban correr... Por eso habían combinado que una vez por mes
se lo tenían que llevar al Ñato para salvar las apariencias. Esa era la razón por
la que el tío de Cuquín tenía un colchón en la peluquería. Cuando lo metían
preso se iba con la "cama bajo el brazo" para no dormir en el duro cemento del
piso mugriento de una celda.
En aquella época, los sábados a la noche eran toda una ceremonia. La
muchachada cenaba en casa. Cerca de media noche enfilaban para el Café,
haciendo una previa de ginebra, vino o whisky y después alrededor de la una,
una y media, se metían en los bailes de clubes o en los llamados boliches de
música de rock. Cuquín no era la excepción. Vivía esa época con plenitud como
cualquier adolescente. Tenía sueños, realidades y utopías. A la salida de los
bailes y cuando el centro de la ciudad era un desierto oscuro y silencioso, tenía
la alternativa del colchón de su tío Ñato. Se ahorraba el motel y el taxi, era
algo incómodo pero más práctico y económico. El primer invierno de trabajar
en el kiosco el tío se quejó de que la estufa le consumía mucho kerosene, pero
después se dio cuenta que el consumo era los fines de semana. Percibió las
andanzas de su sobrino y nada le dijo. Sentía orgullo por la virilidad de Cuquín.
Se vivía por esos años momentos históricos. La debilidad de los militares
después del "cordobazo", las organizaciones populares en crecimiento, la
euforia de un futuro igualitario, la construcción de la revolución armada, el
poder de los trabajadores, enmarcaban un clima donde una gran fracción de la
juventud se sintió parte de la tendencia más revolucionaria del peronismo. Ahí
estaba Cuquín. Con la historia peronista de su padre, con la realidad de la
posibilidad de una sociedad mejor.
Miraba a los patrones con encono desde su primer trabajo a los 16 años
cuando trabajó en la zapatería de Don Alfonso. Con una herramienta casera
bien afilada cortaba el cuero de forma arredondeada, lo lijaba, le daba forma y
fabricaba el taco que luego se clavaba en los zapatos de diversos colores que
allí se confeccionaban. Trabajó duro seis meses. Don Alfonso nunca le pagó. La
excusa para echarlo al cabo de los seis meses fue que el negocio "no daba".
Sin saberlo estaba aprendiendo el significado de plusvalía. Cuquín para
producir 100 tacos requería de 4 horas de trabajo, y Don Alfonso lo había
contratado para que trabajara 8 horas. De esta manera su joven empleado
producía 200 tacos, pero el viejo sólo le pagaba 100. El resto correspondía a la
plusvalía de la que se apropiaba el patrón.
Por entonces, Perón solía decir: "Nuestra solidaridad no ha sido jamás ni
sectaria ni excluyente. Para nosotros, todos los que luchan contra los enemigos
de nuestro país son nuestros amigos. Somos solidarios con todos los pueblos
del mundo que están luchando contra los enemigos de la patria grande."
No era muy difícil imaginar que Cuquín, al igual que una gran mayoría
de los jóvenes fueran atrás del pensamiento de Perón. Corrían vientos de
agitación. La joven Revolución cubana encendía hogueras de esperanzas y el
Mayo francés había venido a revitalizar la ilusión de los ideales de libertad. El
peronismo aparecía como símbolo de la resistencia a la dictadura. Se
inflamaban los héroes y los mártires, cuyos nombres flameaban envueltos en
banderas y cantos libertarios.
Cuquín y sus amigos vivían con naturalidad los acontecimientos políticos
y disfrutaban a pleno la adolescencia que cubría de expectativas un futuro
cercano de alegrías y bienestar. Eran muchachos simples de un pueblo que
quería ser ciudad.
En mayo de 1968 se llevó a cabo en Francia y especialmente en París,
una serie de protestas iniciada por grupos estudiantiles de izquierda, a los que
se unieron grupos de obreros industriales, sindicatos y el Partido Comunista
Francés. Fue la mayor revuelta estudiantil y la mayor huelga general de la
historia de Francia secundada por más de nueve millones de trabajadores.
También por entonces, el movimiento hippie se extendía y enarbolaba
banderas y consignas contra la sociedad de consumo.
Cuquín y sus compañeros veían coincidencias de los ideales del mayo
francés con el primer gobierno peronista, en cuanto a la justicia social y un
Estado de bienestar.
Los muchachos de aquella época se asombraban con las medidas
sociales que había tomado Perón dos décadas atrás, mientras se sumaban a la
resistencia y pretendían llevar a cabo y concluir una revolución que ellos
pensaban había sido truncada por las bombas sobre Plaza de Mayo y el golpe
de septiembre de 1955. Por eso creían indispensable la vuelta del General a la
patria.
Cuquín y sus compañeros tenían la alegría de vivir, la alegría de la
militancia, la alegría de transformar el mundo. Ya lo había expresado Arturo
Jauretche: "El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los
pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el
país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza".
A medida que se iba debilitando la dictadura iban creciendo las Unidades
Básicas. Los jóvenes se animaban en la superficie alentados por su líder desde
el exilio. Cuquín vivió en una época de tumultos, de grandes transformaciones,
de mucha adrenalina. Vivió la euforia de la revolución armada, las historias que
se contaban de Sierra Maestra y la rebeldía del rock and roll. Él era producto
de sus circunstancias. Aunque como muchos otros jóvenes podía haber hecho
oídos sordos a la realidad, a los momentos sociales que convulsionaban el país
y a la injusticia que se había cernido sobre los trabajadores, pero en vez de
formar fila atrás del colectivo "lumpeniano", se dejó llevar por sus ansias de
inclusión e igualdad social.

IX
El regreso de Perón se dio el 17 de noviembre de 1972. Recuerdo que
era un día nublado, con lluvias intermitentes. Temprano me fui hasta la ruta.
Había combinado con Giusepe, que venía en un colectivo con los muchachos de
la JP de Vedia, que lo esperaría en la estación de servicio de la entrada a la
ciudad.
Yo estaba ansioso. Giusepe era mi mejor amigo. Por eso lo elegí para
ver la llegada del "Pocho" que regresaba después de 18 años de exilio. Me
imaginaba, por lo que decían, que no iba a ser fácil llegar cerca del aeropuerto,
la dictadura intentaría impedir todo contacto con nosotros.
En el mismo instante en que el cielo se encapotaba, vi a Giusepe sacar
medio cuerpo por una de las ventanillas y saludarme. Me quise morir, el
colectivo era una "bañadera" vieja, descascarada y lenta. La reconocí al
instante. Era la que el viejo Alvarado utilizaba los domingos para ir al
cementerio del pueblo partiendo desde la plaza principal. Ese era todo su
recorrido. Cuando subí, recuerdo que lo primero que le dije a Giusepe fue:
¿Con "esto" los muchachos pretenden llegar a Ezeiza? Recorrimos unos
trescientos metros y en la intersección con la Avenida de Circunvalación un
tipo envuelto en una bandera argentina nos avisó que en la "Caminera"
estaban parando y hacían volver a todo el mundo y que los milicos no dejaban
pasar a nadie.
Hubo un momento de indecisión e incertidumbre, entonces le indiqué al
viejo Alvarado que se desviara, que tomara el camino al balneario y que al
llegar al primer puente doblara a la izquierda. Entramos por un camino de
tierra e hicimos un par de kilómetros hasta la otra ruta, la número 65. Era una
manera de burlar a los milicos que estaban en la "Caminera". Pero al subir al
asfalto nos encontramos con la ruta obstaculizada por camiones del Ejército.
Recuerdo que Giusepe me miró asustado y me dijo: “El país está tomado
por estos sátrapas”. Me causó risa lo de "sátrapas". Seguro que había leído las
"Satrapías" de Neruda.
Un oficial con ametralladora en mano subió a la "bañadera", circuló por
el pasillo, fue y vino dos veces ante un silencio imponente. Las banderas
estaban enrolladas, escondidas debajo de los asientos, algunas cañas que
hacían de asta sobresalían peligrosamente.
- A dónde van señores... Finalmente dijo con voz de mando. Todos nos
miramos sin saber que decir. Cagamos pensé. Pero Juanchi rompió el silencio y
le respondió: - A Chacabuco señor, vamos a jugar un partido de bochas... El
milico titubeo un instante y luego hizo un ademan para que siguiéramos. Quién
iba a pensar que en una "cosa" de esas, con las cubiertas lisas, sin vidrios en
las ventanillas, tan veloz como un sulky, podríamos llegar a Ezeiza.
La "bañadera" llegó hasta Cañuelas. Allí otro cerco militar compuesto de
tanques y camiones nos impidió proseguir. Miles de personas ya estaban
concentradas frente a los cañones de las "orugas" de los milicos. Y al grito de
"se va a acabar la dictadura militar" soportamos la lluvia y el mal tiempo.
Saltábamos eufóricos y hacíamos ronda para seguir cantando la marcha
peronista. A algunos soldados se les dibujaba tenuemente una sonrisa.
En el momento en que las radios informaron que "Perón ya había
aterrizado y estaba en suelo argentino", una ovación, como un gran estruendo
se escuchó al unísono y volaron papelitos y paraguas.
"La 'bañadera' y sus heroicos tripulantes volvieron cantando himnos de
libertad", tituló ese sábado el Director del Semanario Alberdi de la ciudad
donde mi amigo militaba. Estábamos mojados y contentos. Ahora sí que no
nos para nadie, le grité a Giusepe. Y nos abrazamos largamente.

X
Una semana después con mi hermano José fuimos a Vicente López, a la
casa de Gaspar Campos, donde el General todas las mañanas se asomaba a la
ventana y saludaba a los chicos de la Juventud Peronista que habían acampado
en medio de la calle.
Con Norita andábamos bien, después de la pelea con Don Nito no
tocamos más el tema y pasadas algunas semanas la dejó nuevamente salir a
la calle sin compañía.
Mientras tanto me dediqué a la campaña política de las elecciones,
trabajando con el Negro Álvarez en el barrio San Jorge. Resultó que el Negro y
unas 15 familias habían levantado casas de maderas y chapas entre el río
Salado y la Av. de Circunvalación. Al Intendente le pareció que daban mal
aspecto porque por allí también se entraba a la ciudad y mandó camiones
militares que trasladaron a las familias y todas sus pertenencias a un terreno
atrás del cementerio nuevo, cerca de otra ruta y muy alejado de la ciudad. Con
Dani ayudamos a levantar las casas. Trabajábamos al salir del ferrocarril a eso
de las dos de la tarde. La gran mayoría eran mujeres porque los hombres
salían a changuear. A la noche pintábamos paredes, distribuíamos panfletos,
confeccionábamos banderas y pasacalles. Hacíamos reuniones en las casas de
los vecinos. Pero si te agarraban pintando muros con aerosol te llevaban preso
por cometer "atentado edilicio". La campaña "Cámpora al gobierno, Perón al
poder" la hicimos con la alegría de quienes jamás habíamos conocido la
democracia. Democracia que se habían ocupado de vilipendiarla los unos y los
otros, tal es así, que la mirábamos frunciendo la nariz. Cando salió la consigna
"Perón Evita la patria socialista" la vimos con simpatía, como una opción
superadora, y nos pareció natural y lógica.
El cierre de campaña se hizo en la plaza del barrio Evita, había más de
tres mil personas y yo ahí, parado frente al palco con Dani, Giusepe y Julito. El
discurso final fue de la compañera Susana, una muchacha magnífica, alta,
bonita, esplendorosa y radiante. Sus discursos eran épicos y contagiaban.
El día de la votación fue algo largamente esperado por mí. Tenía tanta
ansiedad, un dejo de alegría y otro tanto de nerviosismo. La fila era de más de
una cuadra, yo miraba a la gente que estaba callada y aprensiva. Confiaba en
la victoria. Tenía esperanza en la causa y en el país. Entré al cuarto oscuro que
era menos oscuro de lo que yo pensaba. Busqué la boleta entre decenas que
estaban desparramadas sobre los pupitres, la coloqué en el sobre, lo cerré con
cuidado y me dirigí a la urna. Sentía que mis manos temblaban, pero yo me
las miraba y estaban firmes. Salí con el pecho inflamado de expectativas.
En la madrugada del 25 de mayo con Carlitos y Giusepe tomamos el tren
que venía de Mendoza hacia Retiro y de ahí caminamos hasta Plaza de Mayo
para ver la ascensión del nuevo presidente, al que llamábamos cariñosamente
“el Tío”. Un colectivo con muchachos agitando pañuelos y banderas pasó a
pocos metros de donde estábamos, "iSon los presos de Trelew!" alguien gritó.
"¡Libertad a los presos políticos!" gritaban unos pibes que iban adelante
nuestro con una bandera azul y blanca a la que le habían pintado una estrella
de ocho puntas. Como era temprano nos pudimos ubicar en el techito de un
puesto de diario que estaba a la izquierda de la Casa Rosada en la misma
mano de la Catedral. De allí vimos la entrada de una inmensa columna con
banderas de Montoneros que venía por Diagonal Norte. Estaban muy
organizados, los que iban por fuera de la cuerda lucían brazaletes de la JP, y
adentro los bombos, banderas, globos y cánticos que alegraban la Plaza. Arriba
de nuestras cabezas, desde las ventanas del edificio, sacaban fotos con flashes
más grandes que los sartenes de restaurantes. Los muchachos y las chicas
trataban de taparse el rostro con las banderas. Fue un día imborrable.
Culminaban 18 años de dictaduras y de gobiernos ilegítimos.
Volvimos en el tren "El Libertador" que iba a Mendoza y pasaba por
Junín. Nos sentamos en el coche comedor y tomamos vino y cantamos con
unos cuyanos que tenían guitarra y bombo.

XI
No había pasado un mes cuando se anunció la definitiva vuelta de Perón,
venía el 20 de junio de 1973. Nosotros en las Unidades Básicas hacíamos
reuniones y conjeturas, eran tiempo de mucha esperanza.
Recuerdo las tardes de aquella época. Eran tardes maravillosas.
Caminaba hasta el centro con alegría. Me sentaba en el borde de la vidriera de
la disquería esperando a Norita. Las canciones de Leonardo Fabio me lavaban
el alma, me enternecían, y mi voz, como decía Neruda, buscaba el viento para
tocar su oído. Me había imaginado un mundo con ella. Siempre pensé que
cuando encontrara un laburo fijo iba empezar a comprar los muebles y a
ahorrar para entrar en esos planes de vivienda que ofrecían los sindicatos. Me
dijeron que se iban hacer unos departamentos por el gremio de los lecheros;
yo tenía un amigo allí que me aseguró que me inscribiría, pero precisaba un
empleo. Lo toqué al viejo para que hablara con el Secretario General de los
trabajadores ferroviarios, ya que era su amigo, para que le pidiera que me
haga entrar al ferrocarril. Vivir con Norita era mi máxima aspiración. Vivir con
ella en un país libre, donde se pudiera caminar a la noche sin que te pidan
documentos. Andar las calles sin miedo, poder cantar la "marchita" sin que sea
un delito. Cuánta gente había sido presa por cantar la marcha o tener un
cuadro de Evita.
La noche del 19 con Giusepe y Dani nos subimos a un tren que venía de
San Juan abarrotado de militantes de la "Gloriosa JP". Un espectáculo único. Lo
abordamos en la Estación de Junín y durante su recorrido nadie durmió. Las
chicas comenzaban a cantar "ea, ea" y seguían con una frase y nosotros los
varones la completábamos. Recuerdo la de José Rucci que decía que con los
pelos de sus bigotes íbamos a hacer un escobillón.
Una vez en Retiro nos encolumnamos y subimos a un ómnibus que
esperaba para llevarnos a Ezeiza donde a la altura del Puente 12 habían
levantado un inmenso escenario. Allí hablaría Juan Perón. Llegamos casi al
frente del escenario, atrás de las sillas donde estaban los discapacitados.
Giusepe venía sufriendo porque se había puesto botas de caña alta y
tenía los pies como carne molida. Nos enganchamos en una columna que entró
como una cuña en la multitud y quedó muy cerquita del palco donde hacía la
locución Leonardo Favio. Días después, descubrí por una foto aérea que publicó
el diario "Crónica" nuestra ubicación, justito debajo de la segunda "o" de una
inmensa bandera de Montoneros.
En un momento determinado sentimos el zumbido de las balas muy
cerca de nuestras cabezas y escuchábamos el "tiiinnn" cuando pegaban en las
columnas de acero de las luces de la autopista. En varios momentos nos
tuvimos que tirar al suelo, cuerpo a tierra. Ni soñar con levantar la cabeza,
mientras Favio pedía calma desde lo alto del escenario.
Hubo tumulto, corridas e incertidumbre sobre lo que pasaba. Más tarde
anunciaron por los parlantes que Perón ya había aterrizado. La desazón, la
tristeza y la incredulidad estaban marcadas en cada rostro que veía, en cada
gesto de mis compañeros, que como yo, habíamos ido a esperar al líder. Una
señora aferrada a una estampita de Eva me miraba con los ojos llenos de
lágrimas como esperando una respuesta.
Comenzamos entonces una lenta y penosa desconcentración. Nos
miramos los tres y nos preguntamos: ¿Hacia dónde vamos? La columna con la
cual llegamos se había dispersado. Después de andar desconsolados por más
de una hora percibimos que no teníamos idea de dónde estaban estacionados
los colectivos que nos trajeron.
- Vamos por aquí, porque por ese lado va mucha gente, decía Dani.
- Mejor por allá porque me parece que cuando vinimos pasamos por esos
árboles, manifestaba Giusepe.
Hasta que me cansé de tanta irresolución y con voz firme les dije: -
Síganme que yo los guío. Caminamos por horas sin ton ni son hasta que
milagrosamente vi un ómnibus circulando por una colectora. Entonces hice
punta y bajé corriendo un terraplén, cruzamos algunos charcos, sorteamos los
yuyales y finalmente logramos abordar el colectivo que iba para Retiro.
Ya era de noche cuando llegamos. Las formaciones ferroviarias estaban
esperando al lado del los andenes con la luz apagada en su interior. Dentro de
los vagones se veían sombras acomodándose en los asientos. El silencio en la
inmensidad de la Estación me estremeció y me conmovió ver a los cinco trenes
estacionados de forma paralela, aguardando una legión maltrecha e incrédula
que arrastraba los pies sin hacer ruido.
De madrugada la locomotora apitó desganada y se movió lentamente.
Los compañeros susurraban sus angustias. Yo apoyé la cabeza contra la
ventanilla, pero no pude dormir. Al amanecer, con los primeros rayos sobre la
escarcha de los campos volvimos a mirarnos los rostros, a mirarnos a los
ojos… y no hablamos.

XII
Unos días después Cuquín y sus compañeros vieron en el televisor
blanco y negro del club, la alocución de Perón sobre los hechos de Ezeiza. Se
vivieron momentos de incertidumbre, de riesgo, de desconfianza. Había
llegado el General, pero había cambiado su discurso.
Las acciones de los grupos fascistas de la derecha peronista habían
comenzado a dar señales de vida de manera peligrosa, cometiendo todo tipo
de hechos delictivos con total impunidad. Tomaban colegios, hospitales,
teatros y ponían bombas en las unidades básicas de la izquierda peronista, del
partido comunista y de militantes defensores de los Derechos Humanos.
Una noche Cuquín y Giuseppe se encontraban en la "Bohemia de
Andrés" escuchando cómo la guitarra del "negro" Rubén Lencina hacía sonar
acordes melodiosos que resaltaban en el brillo de cada copa la armonía del
tango. A las tres de la mañana la neblina se levantó bajo las luces amarillentas
de mercurio y dibujó brumas fantasmales sobre el empedrado centenario. De
repente un estruendo abrió grietas en la noche. El humo negro que se
deslizaba en remolinos contrastaba en el cielo con la luminosidad empañada de
la luna y se convirtió en una densa nube de tierra con olor a pólvora. Un
silencio pesado de asombros fue interrumpido por el llanto de un niño y
ladridos de perros en las terrazas. La Unidad Básica "Agrupación Evita" había
volado por los aires.
Por la tarde en una reunión se decidió recolectar armas para defender
las 12 Unidades Básicas de la ciudad. Los compañeros organizaron guardias las
24 horas, en turnos de cuatro horas. Los fines de semana practicaban tiro en
un campo vecino. Usaban tachitos que ponían arriba de los postes del
alambrado y que volteaban a tiros. También le tiraban a las martinetas que
ocasionalmente les salían al paso.
La muerte de Perón había dejado al gobierno sin conducción. Fueron
meses difíciles para Cuquín y sus compañeros. Las organizaciones armadas
habían pasado a la clandestinidad y los muchachos de la Juventud Peronista,
ahora en el Partido Auténtico, habían quedado en la superficie desprotegidos
ante el accionar de los grupos paramilitares.
Los ataques a las unidades básicas continuaban. A eso se le sumaron el
accionar de comandos civiles y policiales que comenzaron a allanar las
residencias de los militantes, ametrallando puertas y paredes y secuestrando
personas.

XIII
Cuquín y Giusepe decidieron tomarse unas “estratégicas” vacaciones y
viajaron al norte del país. Se instalaron en una pensión en los suburbios de la
ciudad de Corrientes. Giusepe consiguió trabajo en Resistencia; cruzaba todos
los días el puente sobre el río Paraná que dividía las provincias y al volver a la
noche cursaba materias en la Universidad Nacional del Noreste. Por su parte,
Cuquín se empleó en un negocio de ventas de electrodomésticos.
Un buen día un colega de trabajo lo invitó al Casino y le regaló un par de
fichas. Después de jugar y divertirse se fueron con los bolsillos rascando
pelusa. Cada uno tomó su camino y Cuquín bordeó la avenida Costanera. Iba
de traje y corbata, única manera de entrar al Casino, cuando una patrulla
policial lo abordó, le pidió documentos y al comprobar que era de la provincia
de Buenos Aires se lo llevaron preso para "averiguación de antecedentes".
Recién lo largaron por la mañana. Esa semana a Giusepe, le había sucedido
algo parecido mientras circulaba por una plaza al mediodía. Una patrulla lo
detuvo y se comió la "cana" hasta las diez de la noche. Los dos amigos
decidieron sacar la cédula Federal con domicilio en Corrientes y también el
pasaporte.
Cuquín comenzó a salir con una chica que vivía sola y estudiaba
Biología. Cierta noche le dijo que se volvía de forma urgente a Misiones donde
estaba toda su familia, que le dejaba todos los muebles porque no tenía
tiempo para venderlos y que el cuarto estaba pago hasta el final del mes.
Cuquín consideró extraño el hecho así como sorpresivo. Puso entonces
en el vagón de carga del “Gran Capitán” una cama, un ropero, una cocina y
una pequeña mesa y los envió para su casa paterna.
Días después Cuquín se volvió a Junín. Su padre le había conseguido un
puesto en los talleres ferroviarios. Por su condición de aprendiz fue confinado a
un lugar al que llamaban "Siberia". Allí se rasqueteaban y se limpiaban las
locomotoras, era un trabajo al aire libre, infernal, sucio y sacrificado. "No hay
ninguna posibilidad de hacer la revolución y conquistar el poder, si no es desde
el seno de la clase trabajadora" raciocinaba Cuquín dentro de un mameluco
con manchas de grasa y de aceite.
Ya había comprado una heladera, primer electrodoméstico para su
pensado casamiento con Norita. Trabajaba desde la seis de la mañana hasta
las dos de la tarde. Cuando llegaba a su casa, Amalia ya tenía preparada la
comida, después se daba ligeramente una ducha y salía en una motoneta con
carrito a vender golosinas en los kioscos de la ciudad. Vendía alfajores,
pastillas, caramelos, garrapiñadas, lapiceras y los turrones "pororó", de una
fábrica casera que tenía el tío de su amigo Giusepe. Terminada la venta y el
reparto, se iba a la peluquería de su tío Ñato para atender el kiosco hasta
pasadas las diez de la noche.
La única actividad política que hacía la desarrollaba desde la casa del
turquito Fufú imprimiendo panfletos en un mimeógrafo. Habían adherido al
Partido Peronista Auténtico, ya que el Justicialismo estaba tomado por los
Ortodoxos. Pero Cuquín ya había trazado su destino con Norita y su mayor
preocupación en ese momento era ayudar económicamente a su familia que
gastaba mucha plata con su hermano José que cursaba los últimos años de
medicina. Todo estaba dentro de ese círculo: la familia y su novia. La militancia
y la alegría se fueron desgastando frente a la realidad. Las ilusiones
destruidas. La patria grande ausente por los golpes militares en la región y la
revolución peronista apenas una quimera.

XIV
Pocos meses después, el 24 de marzo de 1976, a las 0:40, un
helicóptero de la Fuerza Aérea retiró de la Casa de Gobierno a la presidente
María Estela Martínez de Perón, “Isabelita”, y se instauró un nuevo gobierno de
facto.
A través de un comunicado se ordenó que las armas que todo ciudadano
tuviese en su poder fuesen entregadas en la comisaría más próxima. Cuquín y
Giusepe no reconocían a ese gobierno, no tenían ningún punto de convergencia
con aquellos que habían violado la Constitución y las leyes. Por eso decidieron
no entregarles las armas a la dictadura y pasarlas para otros compañeros que
estaban en la clandestinidad y que tal vez la precisaran. Las ocultaron en el
departamento deshabitado de la abuela, en un altillo donde se guardaban
cosas viejas. Al producirse el secuestro y la desaparición de Hugo, un
compañero muy querido, se decidió que las armas no anduvieran más de casa
en casa. Entraron en contacto con compañeros de Capital Federal y en el Oner
Bar, a pocas cuadras de la plaza principal, se realizó un encuentro con un tal
"Fernando", quien prometió que en pocos días "alguien" vendría a recogerlas y
llevarlas al frente de las operaciones militares contra la dictadura. Avisaron que
pasarían el martes. Pero ese día nadie apareció. Esperaron hasta el otro
martes. Nada. Los contactos se habían perdido. Recolectaron todas las armas
que pudieron y las ocultaron en la bóveda de la familia de Cuquín, donde él
escondía los libros cuando se hacían las "ratas" al colegio. Las depositaron en
el último recinto, un sótano donde no había escaleras porque tampoco había
féretros.
Era el 22 de octubre y no estaba tan lejano el día de Todos los Muertos.
Cuquín tenía por costumbre limpiar siempre la bóveda para esa fecha. Pero ese
año, la tía, tal vez, al verlo tan ocupado con el trabajo en el ferrocarril, el
reparto de golosinas y el kiosco, no quiso incomodarlo, se adelantó a la fecha y
sin avisarle, mandó a un empleado del cementerio a realizar la tarea de
limpieza. Éste bajó al sótano, encontró el arsenal y llamó a la policía. En un
operativo en conjunto con el ejército rodearon el cementerio. El comisario en
persona bajó al recinto y constató la denuncia. Sin perder tiempo, en
caravana, haciendo sonar las sirenas y con soldados exhibiendo los fusiles FAL
desde la caja de los camiones de guerra, se dirigieron a la casa de Cuquín. En
pocos minutos los techos de las residencias del barrio se poblaron de
uniformados. Rompieron a patadas la puerta cancel e ingresaron con todo su
poderío bélico en busca de "guerrilleros". Alberto, el padre de Cuquín, estaba
en la Clínica Augusto Vandor cuidando de su hermano, el Ñato, que había
sufrido una cirugía. Un cuñado, alertado de lo sucedido y apavorado, lo fue a
buscar al nosocomio. Inmediatamente fueron en busca de Cuquín.
Trastornados por la emoción, le preguntaron si sabía algo de las armas que
estaban en la bóveda del cementerio y que fuera para la casa a aclarar las
cosas.
Sin dudar un instante, Cuquín le dijo a su padre que si iba lo matarían,
que prefería irse. Alberto sólo atinó a abrazarlo. Tomó la bolsa de cuero donde
tenía la plata del reparto y algunos documentos y salió corriendo. El miedo, el
susto, el pavor le hizo abandonar la moto con el carrito lleno de mercadería
que estaba estacionada enfrente de la peluquería. De un solo pique, sin parar,
corrió unas 10 cuadras hasta la casa del "Turquito Fufú" que fue el primer
compañero que se le ocurrió en ese momento como tabla de salvación.
Llegó a la misma casa donde muchísimas noches, con un mimeógrafo,
solían imprimir panfletos contra la dictadura. Sin perder tiempo se
comunicaron con algunos compañeros y decidieron lo más importante y
elemental, sacar a Cuquín de la ciudad.
Fufú tenía un automóvil Renault Dupinhe color blanco. Allí, en el asiento del
acompañante, y con una bufanda que le tapaba media cara emprendió la
"fuga". No antes de pedirle a Fufú que pasase por el frente de su casa para ver
"como estaba situación". A medida que se acercaban, iban percibiendo la
cantidad de hombres apostados con fusiles en los techos de las casas. En una
de las esquinas vieron dos soldados cuerpo a tierra con ametralladoras y un
camión del ejército con la caja cubierta con lonas apostado frente a la casa de
Cuquín. Pasaron despacio observando el "panorama" y salieron a media
velocidad hacia la ruta.

XV
- Tenemos que cambiar de auto para despistar a los milicos. Por eso en la
entrada de Rafael Obligado te espera Julito, un compañero, con otro auto que
te llevará hasta Rojas y de ahí te tomás un colectivo a Rosario.
-¿Entraste en contacto con Rodolfo? ¿Estas seguro que me espera?
-Sí, hablé con el dueño del almacén de al lado del departamento donde vive y
le dije que le avisara y que espere mi llamado a las 19.
- ¿Pero entonces no sabe nada..?
-No, pero a las siete le hablo y le digo que te espere, que vas...
-Ah, bueno, ahora me quedo más tranquilo.
-No seas boncha, todo va a salir bien... ¿Tenés documentos?
-Sí y no. Tengo la cédula Federal que la saqué en Corrientes cuando fui con
Giusepe. El DNI y el pasaporte quedaron en mi casa y ahora seguramente
estarán arriba del escritorio del comisario. ¡Qué cagada!
- Mirá Fufú, ni bien llegue a Rosario, me comunico con vos para que me hagas
llegar ropa.
- Sí, que cagada... Menos mal que te quedó en la cartera la guita que tenía
para pagar al dueño de la fábrica de alfajores... Decime: ¿había muchas armas
en la bóveda?
- La verdad es que había algunos “fierros” oxidados, una funda de escopeta, y
un libro titulado Perón y el Socialismo Nacional. Ahora se pudrió todo... el
laburo, Norita, mis viejos... mi vida... Y si estos milicos me agarran me
liquidan... Si el compañero hubiera ido a la cita no estaríamos en esta
situación. La semana pasada un contacto de Pedro, un flaco alto y desgarbado,
me dijo que el martes venían a buscar las armas. La cita era a la tardecita en
el Oner Bar. Yo fui, pero el que tenía que venir no apareció...
- Calma, tenemos que encontrar algunos compañeros que te puedan ayudar
¿Le tenés confianza a Rodolfo?
-Sí, seguro. Pero lo voy a comprometer al pedo. Esta situación no es joda...
- ¿Sabés una cosa Fufú?
-No, ¿qué?
-Te voy a contar un secreto. Una noche voy a buscar a una compañera a la
casa para hacer unas pintadas, golpeé las manos y desde la galería en vez de
salir ella, salió la madre. ¡Me re putió! Me decía que me alejara de su hija y
¿Sabés que me gritaba? me gritaba asesino y guerrillero…
- No te lo puedo creer...
- Después más tranquilo en mi casa me puse a pensar ¿Nosotros vamos hacer
la revolución con esta gente? ¿Nosotros vamos hacer la revolución para esa
gente? Fufú, me da miedo. Me parece que muchos del pueblo no sólo no van a
mover un dedo contra la dictadura, sino, que nos van a denunciar…
- Mi mujer está cansada de decirme eso…
- Según mi viejo, el tipo que denunció las armas es un empleado del
cementerio… ¡Un empleado, loco! Tendría que estar con nosotros, contra los
milicos…
- Y sí…
Al llegar a la localidad de Rafael Obligado, los estaba esperando Julito
para cambiar de auto y seguir para Rosario. La sorpresa fue que el otro
automóvil también era un Ranault Dupinhe… y ¡también de color blanco!
Rodolfo lo recibió con un gran abrazo y después de tomar unos mates le
dijo que se podía quedar unos días, pero hasta que volvieran de viaje unos
primos que estudiaban en la facultad y que vivían en ese departamento con él.
Cuquín, como el resto de los jóvenes que militaban en organizaciones
políticas y no pertenecían a las organizaciones armadas, habían quedado,
después del golpe de Estado en la superficie, sin ningún tipo de ayuda, de
logística ni de apoyo. Presas fáciles para los militares que los encarcelaban, los
torturaban y los hacían desaparecer.
XVI
El diario Democracia comunicaba al día siguiente: "Habrían descubierto
armas en una bóveda en el cementerio Central"…"Fuerzas de seguridad de
nuestra ciudad habrían realizado un allanamiento en un bóveda del cementerio
Central. Según informaciones extraoficiales se habrían encontrado gran
cantidad de armas largas y panfletos..."Y el 23 de octubre el mismo diario
publica un comunicado del Ejército Argentino: "...se han encontrado
armamentos de puño y armas largas, abundantes municiones calibre11,
25mm, 9mmm, 38 largo, 32 corto, 7,65mmm, y 22 largo. Entre el material
incautado se halló una pistola perteneciente a las fuerzas de la Policía y
material de propaganda y literatura subversiva. Lo más penoso de este hecho,
es que estos individuos, que tratan de imponer ideologías extrañas, que
siembran muerte por doquier, cayendo entre ellos muchos inocentes, no
escatiman esfuerzo por cumplir con sus oscuros objetivos, profanando como en
este caso lugares sagrados..."
Al regresar a su casa Fufú urdió con su esposa un plan para ir a lo de
Cuquín sin ser identificados y poder salir con la ropa. Suponían que la
residencia estaría vigilada. Así fue que su mujer, disfrazada de vieja, con un
pañuelo en la cabeza y cargando unos bolsos con papel adentro, entró por la
puerta cancel, recién reparada después del violento e irracional ataque.
Descargaron los papeles, acomodaron con Amalia las pilchas de Cuquín y más
tarde, Fufú despachó la encomienda en el correo a nombre de Rodolfo.
Los días iban pasando y la incertidumbre de su futuro se agigantaba.
Llegaron los primos al departamento y Cuquín se fue a dormir al consultorio de
un dentista peruano, simpatizante de la izquierda nacional. "Llegaba como
paciente, él terminaba sus trabajos y yo me quedaba a dormir en la silla del
consultorio. No podía ir al baño, encender lámparas o hacer cualquier ruido,
para no llamar la atención de los porteros del edificio.
Salía temprano antes del arribo de la secretaria del peruano. No podía
deambular por las calles con miedo a las razias. Se metía en los museos y en
los cines continuados mientras esperaba desesperadamente un contacto con
alguien, con algún compañero que le diera alguna luz en su noche más larga.
Otro pasatiempo de Cuquín era meterse en las disquerías a escuchar los
últimos discos de los Rolling Stones, a pesar de que enloquecía con su primer
álbum grabado en 1964. Pero Black and Blue le erizaba los pelos de la piel. En
esa época había cabinas tipo telefónicas en las disquerías, se pedía el disco de
preferencia y mediante auriculares se escuchaba la música pedida. Así Cuquín,
acariciaba sus oídos con England's Newest Hit Makers o 12 x5, o Out of
OurHeads. Recordaba que cuando en 1973 salió Goats Head Soup, con un par
de amigos lo festejaron en un boliche llamado "Caravaca". Fue una noche
memorable, imborrable para su memoria. En "Caravaca" también bailaba con
la música de "Almendra", la banda del "Flaco" Spinetta, cuyo mayor éxito fue
"Muchacha" (Ojos de papel) y que Cuquín se la sabía de memoria:
“Muchacha ojos de papel, / ¿adónde vas? Quédate hasta el alba. /Muchacha
pequeños pies, /no corras más. Quédate hasta el alba. /Sueña un sueño
despacito entre mis manos / hasta que por la ventana suba el sol. /Muchacha
piel de rayón, /no corras más. Tu tiempo es hoy. /Y no hables más, muchacha
corazón de tiza. /Cuando todo duerma /te robare un color...”
Amaba a los "Rolling", y era seducido por el rock nacional de "Almendra"
y de “Manal”. Se quedaba horas escuchando a Piazzolla y su increíble "Adiós
Nonino". Memorizó la letra de "Balada para un loco" de Horacio Ferrer, cantada
por Amelita Baltar.
Cuquín recordaba que años atrás siendo un adolescente se le ocurrió

organizar un baile para el día de la primavera en el club "El Picaflor". Viajó a La

Plata y contrató a una banda llamada la "Cofradía de la Flor Solar" cuyo líder

era un enigmático pelado que se hacía llamar el “indio”. También que horas

antes se habían reunido a charlar sobre música de vanguardia y a tomar unos

vinos en un bodegón de las inmediaciones que tenía una cancha de bochas


situada más allá de las mesas en el que se escuchaban las explosiones de los

bochazos contra las tablas de madera.

XVIII
Después de algunos meses, por mediación de Fufú, logró una cita con
Pedro que formaba parte de la Columna Norte de Montoneros. No había sido
fácil. No era fácil que alguien de adentro de la organización se arriesgara con
un cuadro de superficie y de segundo o tercer escalón. Pero Pedro conocía a
Cuquín, habían militado juntos en la Juventud Peronista de la Regional 8.
Cuquín se instaló en Buenos Aires en una pensión de calle Chile. Repitió
de alguna manera su vida en Rosario. Pasaba el tiempo en los cines
continuados, en el subterráneo y en las disquerías escuchando a los Rolling
Stone. El subterráneo era el lugar más seguro. Jamás pedían documentos.
Cuquín se sabía de memoria el nombre de todas las estaciones, las
combinaciones con las distintas líneas, los tiempos de duración de cada viaje,
los intervalos de formación en formación. Pasaba horas y horas leyendo y
viajando en redondo. Una valija con la mayoría de su ropa, papeles y
documentos era guardada todos los días, en el guarda-equipaje de diferentes
estaciones de trenes. Si la pieza de la pensión alguna vez era allanada por los
milicos no encontrarían nada, apenas un short y unas sandalias para el baño.
Un día le indicaron una dirección y se fue a vivir con una pareja de
compañeros peronistas que tenían un bebé. El muchacho se llamaba Néstor y
la mujer Susana, pero seguramente eran nombres de "guerra". Néstor era
apasionado por las armas, coleccionaba decenas de revistas sobre el tema.
Sabía mucho. Susana tenía el mismo nombre que su cuñada y también era
delgada y morocha como la novia de su hermano. Cuando estos se iban a
trabajar no podía salir del departamento, ni abrir las ventanas ni tirar la
cadena del baño.
Fueron días angustiantes y concluyentes. Tenía que definir si entraba a
la organización o no. Era una decisión extrema, dura, irrenunciable y no podía
dudar. Cuquín sabía la dimensión de la crueldad de esa dictadura que no era ni
la sombra de la que había vivido con Onganía o con Lanusse.
Su duda en ese momento no era el miedo ni el temor a las torturas. Su
preocupación se fundamentaba en la pregunta si el grueso de la población
acompañaría o no la lucha de resistencia. Si no lo hiciera, la organización se
aislaría de las masas y estaría perdida, raciocinaba. No quería entrar y después
inmolarse. Quería tener certeza que iría a luchar por un pueblo que lo
respaldaría en su lucha. No concebía la figura de pueblo como una retórica,
quería algo palpable, real, consistente. Quería saber si el mozo del bar de la
esquina, la empleada de la verdulería, el taxista de Callao y Cangallo se
sumarían a la lucha contra la dictadura. Una vanguardia revolucionaria sin un
pueblo revolucionario es lo mismo que un auto sin combustible. No camina, no
anda, no funciona. No compartía la teoría del foquismo. Los soldados del
imperio los mutilarían sin miramientos. Así había sido con el Che, con
Lubumba, a quien la CIA mediante «Acción Ejecutiva» ordenó su asesinato
para favorecer los intereses de las multinacionales estadounidenses. Si con el
pueblo y parte del ejército a favor, Perón había sido bombardeado en su propia
Plaza, que quedaría de un puñado de guerrilleros, sin siquiera la simpatía del
empelado bancario, del almacenero o del el dueño del kiosco de la parada del
28.
Se sinceró con los compañeros, expuso su teoría y abandonó la idea de
la guerra revolucionaria alejada de las masas. Pensó en un proyecto de
resistencia desde el seno de la clase trabajadora.
Volvió a la vieja pensión de calle Chile. Buscó empleo en una obra en
construcción. Lo miraron de arriba hacia abajo y el capataz sonrió sin disimulo.
Era muy flaquito y no pesaba ni siquiera 60 kg.
Entró en un bar que pedían lava copas, le pidieron que volviera el lunes.
Una tarde de domingo sobre la vereda del Correo Central se encontró con
Lelel, su antiguo patrón en la venta de libros que vivía en el bajo, cerca del
puerto. Tomaron un café. Se pusieron al día con los temas políticos,
fundamentalmente con la incipiente lucha de las madres de los militantes
desaparecidos. Cuquín le contó su tragedia y a la noche terminaron cenando
en la casa de Lelel. La esposa de éste lo persuadió a que se tiñera el pelo, que
sería más difícil reconocerlo. Él asintió y se expuso a las habilidades de la
hogareña peluquera. Siguieron charlando hasta altas horas de la madrugada.
De mañana temprano se despidieron con un abrazo. Fue el último. Lelel
desaparecería junto a la monja francesa Alice Domon, en la iglesia Santa Cruz
en el barrio de San Cristóbal. Sería secuestrado por un Grupo de Tarea al
mando de Alfredo Astíz.

XIX
Cuquín atravesó la puerta y salió caminando por la calle con una vistosa
cabellara rubia y anteojos ahumados.
Cuando llegó Navidad una tía cedió el departamento para que los padres
de Cuquín, que habían viajaron a la Capital para conmemorar el nacimiento de
Jesús, pudieran visitar a su hijo. Allí su viejo le contó que había sido
secuestrado y torturado.
A mediado del mes de agosto estaba en La Perla, un Bar de Plaza Once,
donde, en una época se reunían Lito Nebia, "tanguito" y todos los muchachos
que "inventaron" el rock nacional. Era un lugar posta, como le decían a los
lugares agradables, pero percibió que estaba muy "junado" por los milicos por
eso la "fauna" había desaparecido. Pagó el café, atravesó la Plaza hacia la
estación del ferrocarril Sarmiento, sacó unas monedas del bolsillo y se dirigió a
un teléfono público. Habló con Graciela, una chica que había conocido diez días
atrás y con quien se había puesto de novio. Cambió la cita y fue a esperarla a
la confitería El Molino, en la esquina del clausurado Congreso de la Nación.
Mientras la esperaba vio entrar media docena de policías. Se le heló la
sangre. Era una razia llamada de "Moral y buenas Costumbres". Se llevaban
vagabundos, homosexuales, travestis, prostitutas y proxenetas.
Se le acercó un policía y, le pidió los documentos. Cuquín le entregó el
carnet de ferroviario y la cédula Federal. "Se va a dar cuenta que soy un
trabajador ferroviario y me va a dejar tranquilo", pensó Cuquín. El milico le
preguntó que hacía en Buenos Aires. -Estoy de vacaciones, Señor...El
uniformado le volvió a clavar la vista, lo miró, miró la foto, volvió a mirar la
cédula y el carnet, lo volvió a mirar, llamó a otro "cana" y le dijo: "Llevá a este
puto también".
La cabellera rubia y los lentes ahumados habían sido letales para él. En
ese momento le pareció que el mundo se estrellaba contra su cabeza. Lo
sentaron en el asiento de atrás de un Ford Falcón color verde junto a la puerta
del lado del acompañante. Los policías salieron a buscar más maricas. Lo
dejaron solo. Disimuladamente trató de abrir la puerta para escapar, pero
estaba trabada. Minutos después el auto se llenó de detenidos. Lo llevaron al
edificio de la Policía Federal y lo tiraron adentro de una celda.
La ansiedad por lo que le podía pasar aumentaba estrepitosamente
como fantasmas aullantes en toda su humanidad. La cabeza le funcionaba a
mil revoluciones. Más que transpirar, sudaba frío como un animal acorralado.
Sentía hormigueos en el estómago y en la columna y la sensación del fin del
mundo. Se sentó en un rincón de la jaula, puso la cabeza entre sus rodillas y
se dijo para sí: "iPuta! si me torturan, yo no sé la intensidad del sufrimiento
que produce una picana, ¿Será que voy aguantar?, ¿y si de repente comienzo
a cantar por fuerza del dolor, o de sedantes? Voy a complicar la vida de toda
esa gente que me ayudó: el 'Turquito' y su esposa, Juan, Rodolfo y su novia,
Julito, Tito, Pedro, Giusepe, Dani, Lelel y su mujer, mis primos y parientes y
algunos otros que no tienen nada que ver".
La idea del suicidio comenzó a rondar por su perturbada mente. El
suicidio era una manera concreta de ocultar, de llevarse consigo la identidad
de sus amigos.
Las horas iban pasando y cada vez más personas llegaban en calidad de
detenidas. Una travesti lloraba sin cesar y pedía por su abuela. Un peluquero
uruguayo se le acercó y le elogió el cabello. Cuquín aprovechó para pasarle los
números de teléfono de su padre y de su tía.
- "Si me llega a pasar algo, si no salgo de aquí, llamá a mi papá o a mi tía,
decile donde estoy, que me busquen aquí...”
- Pero dejate de joder, cómo que no vas a salir... Mire, yo tengo bastante
experiencia, te demoran, te tienen unas horas y después te largan. Lo jodido si
te levantan en la calle los Grupos de Tarea. Esos te matan a palo. Tengo un
marica amigo que se lo chuparon en Plaza Retiro, lo llevaron a la Costanera
Sur y le dieron una paliza tremenda. Quedó tirado en el medio de la calle. Un
ciruja que recogía papeles y botellas lo llevó en su carro a la guardia del
hospital Argerich. Lo salvaron de milagro. A veces algunos policías te levantan
en el patrullero, te piden que les haga sexo oral y después te largan. Así que
quedate tranquilo... Aquí estamos blanqueados.
Cuquín recordó un fuerte rumor que circuló en la última Navidad en su
ciudad. Un famoso comisario había detenido a dos homosexuales, se los llevó
al City Hotel, les regaló bombachitas de color rosa e hicieron "la" orgía. El
comisario ordenó a unos de ellos, al que tenía el miembro más grande, que se
lo "clavara" en la posición de "cuatro".
A una hora avanzada de la noche un guardia golpeó con su bastón las
rejas de la celda y anunció que los llevarían al baño. Al llegar en fila india vio
encima del inodoro una abertura, subió, miró hacia abajo y dedujo que estaba
por lo menos en el quinto piso. Hizo presión con ambas manos, elevó el cuerpo
y su figura magra alcanzó la ventana. Metió primero la cabeza y se deslizó
hasta la cintura para dejarse caer. El uruguayo empezó a gritarle: "i Eh...!
¡Qué hacés! Estás loco! iBajate! ¡No lo hagas! Los gritos despertaron la
curiosidad del guardia que hizo mucho ruido al abrir una puerta y terminó de
desconcentrar a Cuquín, quien volvió atrás en su intento.
Nuevamente en la celda tuvo que soportar el asedio de un "bufarrón"
que lo quería "franelear" y besar a toda costa. Los minutos se hacían
insoportables. "A esa hora ya se habrían comunicado con la policía o el
ejército, deben saber que me buscan. iSoy boleta! Pensaba desesperadamente
mientras se defendía de los intentos de abusos.
"A la mañana, más o menos a las 8, les ordenaron ponerse en fila y los
llevaron para una entrevista. Estaban todos parados contra la pared en una
galería. Al final había una puerta alta, antigua, color marrón brilloso con
banderola. Tenía una hoja abierta y se veía un escritorio grande de madera
oscura bien lustrada, un libro de presencia, unos papeles, una gorra de policía
junto a una pistola 45 y atrás, un milico sentado que lucía bigotes rubios
achinados, anteojos negros y el pelo tirado para atrás con mucha gomina.
Cuando le llegó el turno a Cuquín el comisario le preguntó:
- ¿Decime, che, sos puto?
- No señor -le respondió.
- Todo el mundo dice eso, pero se comen una tremenda masita todos los días.
- Mire señor, yo le estoy diciendo la pura verdad, si usted quiere puede
mandarme a revisar.
-Pero si ese pelo teñido es de recontra putazo...
Como el uruguayo, que estaba a pasitos ya era conocido, figurita
repetida, y el "cana" sabía que era peluquero, le preguntó sobre la cabellera de
Cuquín.
-Es un cabello rubio con exceso de energía solar, por eso la melanina es
más intensa y parece teñido pero no lo es. Lo expresó con firmeza y clara
convicción.
Hubo unos segundos de suspenso, el comisario volvió a mirar la rubia
cabellera de Cuquín y finalmente lo mandó a una sala contigua donde había
solamente un banco, ventanas con rejas y un ventilador de techo. Llevaba más
de una hora transpirando frío y pensando que ya habrían averiguado sus
antecedentes, cuando lo llamaron y le entregaron los dos documentos.
El carnet de ferroviario y la cédula Federal temblaron entre sus dedos y
con los ojos tremendamente abiertos, Cuquín de la Torre no lo podía creer.
Salió a la puerta y comenzó a bajar los escalones mientras pensaba que le iban
hacer la "ley de la fuga".
Mientras bajaba los escalones Cuquín aceleraba el paso. Ya en la vereda,
a gran velocidad, recorrió dos cuadras y abordó un colectivo en movimiento.
Dos paradas más adelantes saltó y subió a otro sin saber su destino. Minutos
después vio un ramal de una estación de subte, bajó del colectivo y tomó la
formación de la línea "C". Al cabo de 10 minutos volvió a subir a la superficie,
y se dirigió a la pensión de calle Chile. Levantó las pocas pertenencias, se
dirigió a Retiro, retiró del guardaropas su valija y se fue en un taxi a la casa de
su prima Mónica que vivía en Floresta. Allí, más sereno, se dio cuenta la
precariedad del intercambio de información de la policía y que esa suerte no se
le iba a dar otra vez.
Aceptó el consejo de su prima de viajar a Brasil donde su primo
Eduardo, que vivía en Puerto Rico, estaba pasando una temporada.
Una semana después recibió dinero producto de una colecta entre
amigos y parientes. También el pasaporte sacado en Corrientes que había
quedado envuelto en una bombachita de Adriana y pasado desapercibido por lo
militares en el allanamiento de su casa.
Tomó el ómnibus en pleno corazón de Buenos Aires, frente al reloj de la
"Torre de los Ingleses". Era un día de sol con olor a jazmines. Dentro de un
bolso marrón, tipo "marinero", estaban escondidos entre la ropa, los 100
dólares de la colecta. Ese era todo su capital. Las sirenas de los patrulleros
policiales se escuchaban en cada esquina. Los camiones de asalto con soldados
del Ejército Argentino estaban detenidos frente a las estaciones ferroviarias del
barrio de Retiro.
Miró de reojo los cascos verdes vestidos con los fusiles de la muerte.
Subió al colectivo. Se acomodó en un asiento al lado de la ventanilla. En
frente, casi en la boca del subterráneo, había dos muchachos tirados en el
suelo con las manos en la nuca y una pesada "Itaka" sobre sus espaldas.
Nueve horas después llegaba a la frontera con Uruguayana. La
gendarmería hizo descender a todos los pasajeros. Formaron una fila para
sellar la Visa de entrada. Mientras tanto los milicos revisaban los equipajes. Su
bolsito había quedado abajo del asiento, solo, inocente. Repararon en las
grandes valijas y confiscaron algunos objetos de valor. Cuando transitaban por
la mitad del puente del río Uruguay aún se sentía tenso. Ya avanzada la noche
el ómnibus se detuvo en un parador. Probó la primera coxinha de su vida.
Cuando abrió los ojos y vio el cielo color azul bordó amaneciendo sobre Porto
Alegre respiró finalmente aliviado. El horror, el miedo y la pesadilla habían
quedado atrás. Casualidad o no, en la radio del colectivo se escuchaba "Little
red rooster" de los Rolling Stones.
Un día y medio después llegó a Río de Janeiro y se alojó en un pequeño
hotel de una calle empedrada de Ipanema.
Cuquín quedó sorprendido en la playa al ver las mujeres con hilos
dentales moviendo sus tremendas caderas y unos taparrabos que apenas le
cubrían el clítoris. Venía de una represión infernal y de pronto encontró el
paraíso terrenal. En Argentina llevaban preso a los que tenían pelo largo, a los
de pelo teñido, a los homosexuales y a los que no tenían documentos encima.
En Argentina llevaban preso por las dudas. Había campos de concentración y
de exterminio que funcionaban en comisarías, cuarteles, y lugares
clandestinos. Los jóvenes desaparecían por miles. Eran torturados, fusilados,
arrojados al mar, quemados sus cuerpos en fosas rociados con nafta y tapados
con cubiertas de automóviles para disimular el olor a la carne quemada.
Cuquín había llegado a lo que le pareció otro planeta.

XX
Fui a la estación Central de Trenes. La misma estación donde se filmó la
película "Estación Central" con la actriz Fernanda Montenegro, y que yo la vi en
el Teatro del Parque en Recife antes que ganara un festival en Berlín. Cuando
estaba averiguando en una ventanilla si podía proseguir en tren hasta Cabo,
que era mi destino, me di cuenta que un hombre blanco, alto, vistiendo camisa
celeste, me observaba. Minutos más tarde me doy cuenta que el tipo me
seguía. Centenas de cosas volvieron a pasar por mi cabeza. Había oído hablar
de la cooperación del gobierno brasileño con la dictadura militar argentina.
Volví a tener idénticos escalofríos a los sufridos en la celda de la policía
Federal.
Salí al hall de la estación, caminé hasta el cordón de la vereda y en un
rápido movimiento me meto en un taxi. Vi que el hombre de camisa celeste
subió a un auto oscuro que estaba estacionado. Entonces le pido al chofer que
acelere, pero no me entendió. Le grité e hice un gesto desesperado, entonces
aceleró. El "fusquiña" cruzó en amarillo y subió a una autopista. Atrás,
frenados por la luz roja quedó la fila de automóviles incluido el vehículo que
había abordado el hombre blanco de camisa celeste. Llegué a la Terminal de
ómnibus conocida como "Rodoviaria Novo Río". Me pareció tan grande como
una ciudad. Recorrí varias ventanillas y tomé el colectivo más barato. Estaba a
3.000 km de distancia de mi primo Eduardo que me esperaba en el poblado de
Pontes dos Carvalhos, a pocos minutos de la Ciudad de Cabo.
En el colectivo sobre un asiento encontré un diario abandonado que
contaba las historias de las escuelas de samba más famosas de Río. Nombres
para mí totalmente desconocidos, como Mangueira, Portela, Salgueiro, Beija-
Flor y Imperatriz. Un recuadro pequeño de la última hoja se refería a la
participación por primera vez del grupo carnavalesco "El Gallo de la
Madrugada" que se presentaría en Recife. Me llamó la atención porque Recife
era el destino del colectivo en que viajaba. Luego de allí tornaría en tren para
Cabo y tenía que descender en Pontes dos Carvalhos.
Anduve tres días en ese infierno sin aire acondicionado parando en
cuanto pueblito encontraba en el camino. Era un subir y bajar de gente del
interior con bolsas, jaulas con canarios, loros y chicos semidesnudos. El
colectivo entraba por caminos de tierra y de ripio. Paraba en postas,
restaurantes a la vera del camino y pequeñas estaciones de ómnibus donde
aprovechaba para comer algún pedazo de carne y beber cerveza. Siempre veía
casas bajas de maderas con techo de tejas. Calles de tierras. Tierra del color
blanco sucio que el viento jugaba haciendo remolinos. El calor era insoportable
y ni siquiera la noche hacía descender la temperatura. Los pasajeros me
informaban que íbamos por caminos alternativos del interior de Bahía, después
pasamos por el sertao de Aracaju, tierra de mucho petróleo y mucha pobreza.
Cruzamos el Estado de Alagoas y finalmente llegamos a Recife, capital
de Pernambuco. Recuerdo que eran las seis de la tarde, pero estaba oscuro.
Era de noche. Eso me sorprendió. Le pregunté a un taxista cuanto me cobraba
para ir a Pontes dos Carvalhos. Mil cruzeiros me dijo. Me pareció mucho y me
crucé enfrente a la Estación de trenes. Abordé una formación que salía a las 20
y pagué por el pasaje 10 centavos.
Llegué en pleno carnaval. De mi primo ni noticias. Un cura que lo había
conocido me dio albergue en su capilla. El sábado con el recorte de la revista
me fui al barrio de San José donde salía por primera vez el Gallo de la
Madrugada. Eran cuatro locos llevando un estandarte donde habían dibujado
con lentejuelas un gallo. Adelante del gallo iba un chico con un redoblante, un
negro de chaqueta roja golpeaba un triángulo, el gordo que tocaba el bombo
tenía una barriga prominente, al igual que el de la trompeta y un viejo
encorvado hacía sonar un acordeón.

SOBRE EL AUTOR

Héctor Pellizzi es oriundo de la ciudad de Junín (B).

Fue colaborador del Semanario “Alberdi” de la ciudad de Vedia (1971), Co-fundador


de la revista “Siembra” –Literatura- (1979). En 1980 se radicó en Brasil. Escritor y
periodista escribió para el “Jornal de Comercio”, “Diario de Pernambuco”, dirigió la
página cultural del diario “Correio do Piaui” y la página cultural “Ideas y Letras” del
semanario “Folha dos Cocais”, escribió para “Diario do Povo” y “A República”, entre
otros. Trabajó para el jornal “Comando” editado por el periodista Donizzeti Adalto,
éste bárbaramente asesinado en 1998 por la entonces llamada Mafia del Piauí.
Fundador de las revistas literarias “Americanto” y “O Cántaro” en conjunto con la
poetisa pernambucana Fátima Ferreira. Creó la “Hoja Cultural Gueena” en la ciudad
de Goiania. Fue unos de los fundadores del Movimiento de Escritores Independientes
de Pernambuco – MEIPE. Participó de la Asociación Brasil-Chile de Amistad y como
su Director de Cultura organizó innumerables exposiciones, recitales y homenajes a
los mártires de la lucha popular en Chile durante la dictadura e Pinochet. Socio de la
Unión Brasilera de Escritores (UBE) y dirigente de su Directorio en Piauí. Fue
miembro de la Comisión Normativa de la ley Municipal A. Tito Filho de incentivo
cultural. Secretario de Cultura de la Asociación de Violeros y poetas populares de la
Casa del Cantador de Piauí. En 1993 obtuvo el premio Jonatan Batista de texto de
teatro y el 1º premio de poesía organizado por el periódico “O Día”. Premiado en San
Pablo en el concurso “Lenguaje Viva” e incluido en la antología editada por Joao
Scortecci Editora, patrocinada por la Fundación de la Biblioteca Nacional, UBE/SP,
Academia Piracicaba de Letras y el diario Cultural “Lenguaje Viva” de San Pablo. Es
considerado unos de los primeros argentinos en Brasil, a participar del Mercosur
Cultural propiciando la visita a ese país de músicos, escritores y escultores
juninenses, en convenios particulares y con la Universidad Federal del Brasil. En este
marco patrocinó el libro “O Humor pelo ARES” del humorista cubano Arístides
Hernández (ARE), el libro de poemas “A pesar de mis Pesares” del poeta argentino
Néstor Casalino con la Universidad Federal /PI y el libro de cuentos “El Colaborador”
de la escritora argentina Imelda Sáenz. En 1999 coordinó con el fotógrafo paraibano
Ricardo Peixoto la exposición de fotografías “Ciudadanos del mundo” que fue
expuesta en el Museo Ángel María Rosa, de la ciudad de Junín de Buenos Aires y los
libros “Asas de sangue” de Fátima Ferreira y “El grito de los mudos” del poeta Neto
Sambaiba que también se realizaron en la ciudad de Junín.
Editó los siguientes libros:

“Por Caminos de Pájaros” (1981), “Entre el Recuerdo y la Nostalgia” (1982),


“Pequeños poemas bilingües” (1983), “Con las ventanas abiertas”(1985), “América
indignada” con el poeta Juarez Correya, (1986) “A palavra Nua” (1991). “A Guerra
da Boa Vista” Cuentos (1992) “Sinfonía en Sol Mayor” (1994) “Algunos bares en el
recuerdo” (1995), “Me cuente que yo cuento” Crónicas (1996), “América Morena”
Con el poeta Neto Sambaiba (1997), “La amistad en Siete Sílabas” (1998), “Barrio
Villa Belgrano” (2001), “Verso y Prosa” (2001).

Héctor Pellizzi regresó a la Argentina en noviembre de del año 2003. Publicó:

“Una muchacha llamada Griselda” poesía (2004), “El Orden de la Tumbas” libro de
investigación histórica (2006) Edc. Madres de Plaza de Mayo “El Orden de las
Tumbas” – 2ª Edición ampliada (2007).Edic. De las Tres Lagunas. “La Dictadura en
Junín” – Manual Práctico para estudiantes- Junio de 2009, Edic. de las Tres Lagunas,
2º Edición octubre de 2010, Edic. de las Tres Lagunas, 3º Edición marzo de 2015,
Ediciones APENOBA. Fundó en el año 2005 el periódico “La Voz de los Barrios”
www.lavozdelosbarrios.com y en 2015 el diario “Imagen Deportiva” de cuyas
publicaciones es el Director. Escribió y coordinó el libro “El Riva y yo” en homenaje a
los 100 años del club Rivadavia e Junín.

Actualmente es el presidente de la biblioteca Florentino Ameghino y de la ONG Viva


la Vida- Educación para la salud-

Participa activamente en apoyo a la Asociación de Periodistas del Noroeste


Bonaerense (APENOBA).

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