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Presentación...

lo que se pretende

Primer post de un nuevo blog, “Liturgia, fuente y culmen”, como presentación.


¿Qué decir? Partimos de un convencimiento profundo y arraigado: que la liturgia es fuente
y culmen de la vida de la Iglesia, su auténtica espiritualidad, escuela del verdadero espíritu
cristiano y que tiene importancia suma para la vida espiritual de los fieles cristianos.
¿Qué decir más? Que la liturgia, en la variedad de sus ritos y familias litúrgicas, no son sólo
ceremonias y rúbricas, sino acción de Dios y presencia del Misterio, glorificación de Dios y
santificación de los hombres. En ella se entrecruzan la teología, la espiritualidad y el
ejercicio pastoral de la Iglesia. La liturgia es la “theologia prima”, la primera teología,
porque “lex orandi, lex credendi”.
¿Cabe añadir más? ¡Sí! Otro convencimiento igualmente firme y arraigado: que es
necesaria la profundización en la liturgia, en sus ritos, gestos, acciones, plegarias…
lo que la Tradición, y muy especialmente los Padres, llamaron “mistagogia”, es decir, entrar
más en el misterio de la liturgia, con una comprensión mayor y más espiritual.
San Juan Pablo II, en la carta Vicesimus Quintus Annus lo expresaba con agudeza;
“No se puede, pues, seguir hablando de cambios como en el tiempo de la publicación del
Documento, pero sí de una profundización cada vez más intensa de la Liturgia de la Iglesia,
celebrada según los libros vigentes y vivida, ante todo, como un hecho de orden espiritual”
(n. 14)
y también:
“Aún queda mucho por hacer en la labor de ayudar a los sacerdotes y fieles a que
profundicen en el sentido de los ritos y de los textos litúrgicos, como también a que fomenten
la dignidad y belleza de las celebraciones y de los lugares de culto, y a que promuevan —
como hicieron los Padres de la Iglesia— una «catequesis mistagógica» de los sacramentos”
(n. 21).
Este nuevo blog –amablemente invitado, casi “urgido” a existir- quiere ser mistagogia de
la liturgia.
¿Cabe alguna matización más, ulterior? Casi exclusivamente se dedicará a la liturgia
este blog, a su santidad y belleza, aunque pueda excepcionalmente tratar otros temas:
¡pero será la excepción, la salvedad!
Viendo estas características, este blog debe ser sereno, lleno de paz litúrgica, sin
debates viscerales ni salidas fuera de tono, como tantas veces se prestan los temas
litúrgicos. No quiere ser foro de debate ni de discusión, sino de mistagogia, reflexión,
profundización, con alma eclesial, con sentido de Iglesia y fidelidad absoluta a lo que la
Iglesia marca para vivir y celebrar la santa liturgia en su normativa y en sus libros litúrgicos.
¿Lo conseguiremos? ¿Caminamos juntos? Con esa esperanza, y pidiendo el fruto al Señor
que da el crecimiento, comienzo este blog in nomine Domini.
Novedades y rúbricas en el Misal (I)

A lo largo de tres artículos, fuimos viendo qué es y qué valor tiene la nueva edición del Misal
romano en castellano, para recibirlo como acto de entrega de la Iglesia que requiere acogida
filial, valorando, al mismo tiempo, el Misal como fuente de espiritualidad que enriquece,
indudablemente, la oración personal si los textos litúrgicos van también acompañados de
nuestra meditación silenciosa y contemplación.
Pero la recepción de esta 3ª edición del Misal no sería completa si nos olvidásemos o
ignorásemos las rúbricas, las normas de obligatorio cumplimiento para el desarrollo
de la Santa Misa. Las rúbricas son, de algún modo, teología en acto, responden a un
porqué, y evitan el capricho y la arbitrariedad de unos y otros, para crear unidad en la liturgia,
unidad que es comunión eclesial. Sí, las rúbricas hay que cumplirlas y obedecerlas: es la
Iglesia –nadie en particular, nadie por iniciativa propia- quien dispone cómo hay que
celebrar. También en esto, “sentir con la Iglesia” y “sentir la Iglesia” es fidelidad a las
rúbricas, obediencia fiel de hijos a la Iglesia madre.
La primera parte del Misal es un amplísimo documento que se llama Ordenación General
del Misal Romano (: OGMR) donde se ofrece la teología del sacramento eucarístico y la
normativa y rúbrica para su celebración. Este documento merece ser conocido y estudiado.
En esta tercera edición de la Ordenación General del Misal romano (: OGMR) se explican y
se matizan muchas normas litúrgicas, se aclaran algunas rúbricas y se añade alguna más.
Para ser fieles, hay que conocer estas rúbricas y, lógicamente, obedecerlas.
¿Novedades? ¡Algunas hay! Vamos a recorrer la celebración de la Misa (1). La descripción
la hallamos en el capítulo IV de la Ordenación General del Misal Romano, titulado “La forma
de celebrar la Misa”.
1) Rito de entrada
-En la procesión de entrada, si no hay diácono, el lector puede llevar el Evangeliario, pero
no se lleva el Leccionario en procesión (OGMR 120).
-La antífona de entrada que figura en la Misa, si no ha habido canto, la puede adaptar el
sacerdote a modo de monición inicial (OGMR 48; 31).
-Al llegar al presbiterio, el sacerdote y los ministros saludan al altar con inclinación
profunda (no simplemente inclinación de cabeza); luego el sacerdote y el diácono besan el
altar y si se usa incensario se inciensa primero la cruz y luego se rodea el altar (OGMR 49),
destacando así en la incensación de la cruz cómo el altar es el lugar del sacrificio de Cristo.
-La absolución del acto penitencial (“Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros…”)
no tiene eficacia sacramental (OGMR 51). Los domingos, sobre todo los de Pascua, puede
hacerse la aspersión con agua (Ibíd.).
-Cuando se cantan las invocaciones “Señor, ten piedad” como parte del acto penitencial (es
la tercera fórmula posible), se les antepone un “tropo” (OGMR 52), es decir: “Tú, que
viniste… Señor, ten piedad”.
-El texto del Gloria no puede cambiarse (OGMR 53).
-Insiste en una pausa de silencio tras el “Oremos” (OGMR 54) para que todos eleven sus
súplicas en el corazón, y tras esa pausa de silencio el sacerdote “recolecta” esas oraciones
recitando la oración colecta (de ahí su nombre).
2) Liturgia de la Palabra
Como indicaciones de esta última OGMR:
-La recomendación del tono general que ha de tener la liturgia de la Palabra: con sosiego,
silencio, etc. (cf. OGMR 56, 45).
-La advertencia de que no es lícito sustituir las lecturas bíblicas y el salmo responsorial por
otros textos no bíblicos (OGMR 57).
-Las lecturas se hacen desde el ambón y, salvo el Evangelio, por los lectores como oficio
propio, no por el ministro ordenado (cf. OGMR 58-59).
-Precisa el modo de cantar el salmo y el Aleluya (cf. OGMR 61-62).
-Para el Evangelio, destacando su importancia, “los presentes se vuelven hacia el ambón”
(OGMR 133), ¡todos mirando al ambón! Ya antes el Caeremoniale Episcoporum
determinaba: “El diácono inciensa el libro y proclama el Evangelio, estando todos de pie y
vueltos hacia el diácono, como de costumbre” (CE 141).
-El ministro de la homilía, siempre y exclusivamente, es el ministro ordenado: obispo,
sacerdote o diácono, “pero nunca un fiel laico” (OGMR 66).
-Las preces: un solo lector las lee (OGMR 71), no un lector para cada petición. Las
intenciones “sean sobrias, formuladas con sabia libertad, en pocas palabras” (Ibíd.). La
oración con que concluyen las preces, el sacerdote la recita “con las manos
extendidas” (OGMR 138).
Javier Sánchez Martínez
Delegación Diocesana de Liturgia - Córdoba
(1) Cf. LÓPEZ MARTÍN, J., “Celebrar la Eucaristía con el “Ordo Missae” de la Tercera
edición típica del Misal Romano”, Pastoral litúrgica 279 (2004), 79-110.

Novedades y rúbricas en el Misal (II)

Habiendo visto algunas –no todas, ni mucho menos- de las rúbricas nuevas o modificadas
de los ritos iniciales y de la liturgia de la Palabra, avanzamos con la liturgia eucarística.
Revisémonos todos, y ajustémonos a las normas actuales de la Iglesia.
3) La liturgia eucarística
-En los números 73-77 de la OGMR se describe detalladamente desde la procesión de
ofrendas hasta la incensación y el lavabo de las manos del sacerdote. Si se leen estos
números, sin duda se corregirán los excesos de la “presentación de ofrendas” que tantas
veces se ve:
- no existe monición a cada ofrenda
- ni tampoco existen “ofrendas simbólicas” (este libro, este reloj, este balón…)
- sino todo el pan y vino necesarios para la Santa Misa
- y otras donaciones reales para los pobres o para la iglesia.
- El canto para las ofrendas no es obligatorio siempre; “al rito para el ofertorio siempre se le
puede unir el canto” (OGMR 74); en muchas ocasiones será mejor que únicamente suene
el órgano.
- El lavabo en la Misa sigue siendo obligatorio (no es opcional) y se señala que se hace “en
el lado del altar” (OGMR 76), no en el centro.
- Todos se pondrán en pie al decir el sacerdote: “Orad, hermanos, para que este
sacrificio…” (OGMR 43) y no después.
- Como propio del rito romano, todos los fieles, diáconos y acólitos estarán de rodillas en la
consagración, desde el momento en que se destapa el cáliz y el sacerdote impone las
manos sobre el pan y el vino. No va a gusto de cada cual: la postura común y obligatoria es
estar todos de rodillas. ¿Excepciones? Estrechez del lugar, aglomeración o cuestión de
salud; pero incluso los que por estas razones se queden de pie, harán inclinación
profunda cuando el sacerdote después de mostrar el Cuerpo y la Sangre del Señor hace
la respectiva genuflexión.
Dice la OGMR 43 en una rúbrica muy clara: “[Los fieles] estarán de rodillas durante la
consagración, a no ser que lo impida la enfermedad o la estrechez del lugar o la
aglomeración de los participantes o cualquier otra causa razonable. Y, los que no pueden
arrodillarse en la consagración, harán una profunda inclinación mientras el sacerdote hace
la genuflexión después de ella”.
- Únicamente el sacerdote dice: “Por Cristo, con él y en él”, “pronuncia él solo la doxología”
(OGMR 151) y todos responden aclamando: “Amén”; mejor aún si se canta.
4) Ritos de comunión
La nueva edición de la OGMR aporta también aquí nuevas precisiones:
- El rito de la paz ha recibido una nueva clarificación y límites, recuperando la sobriedad y
brevedad que siempre ha tenido: “Conviene que cada uno exprese sobriamente la paz sólo
a quienes tiene más cerca” (OGMR 82), por tanto, sin moverse por la iglesia: discreción,
moderación, a los más cercanos. Tampoco el obispo o sacerdote debe dar la paz a todos
(p.e. los concelebrantes) o bajarse del presbiterio: “El sacerdote puede dar la paz a los
ministros, pero siempre permaneciendo dentro del presbiterio para no perturbar la
celebración. Haga lo mismo si, por alguna causa razonable, desea dar la paz a algunos
pocos fieles. Y todos se intercambian un signo de paz, comunión y caridad… Mientras se
da la paz puede decirse: ‘La paz del Señor esté siempre contigo’, a lo que se responde:
‘Amén’” (OGMR 154). Por supuesto, no existe ningún “canto de paz” que acompañe este
sobrio y discreto rito de paz.
- Tras el rito de paz, la fracción del Pan consagrado con el canto del Cordero de Dios. Debe
esperar el sacerdote a que todos hayan terminado de darse la paz y entonces comenzar la
fracción de modo que no pase desapercibida: “La fracción del pan se inicia tras el
intercambio del signo de la paz y se realiza con la debida reverencia, sin alargarla de modo
innecesario ni que parezca de una importancia inmoderada” (OGMR 83).
- La fórmula “Éste es el Cordero de Dios” la dice el sacerdote tomando en su mano derecha
un trozo fraccionado del Pan consagrado (el trozo que él va a comulgar, nada más)
sosteniéndolo –y esta rúbrica es nueva- “sobre la patena o sobre el cáliz” (OGMR 84;
157).
- Si no hay canto, la antífona de comunión se puede recitar; o algún fiel o un lector “o, en
último término, la recitará el mismo sacerdote después de haber comulgado y antes de
distribuir la Comunión a los fieles” (OGMR 87). Por tanto, es opcional.
- Es importante, al comulgar, el diálogo de fe entre el ministro y el fiel: “El Cuerpo de Cristo
– Amén” (OGMR 161) comulgando inmediatamente, con respeto, delante del ministro.
Además, antes de comulgar, hay que hacer “la debida reverencia” (OGMR 160), es decir,
inclinación profunda ante el Santísimo (o genuflexión) antes de comulgar.
- La comunión con las dos especies (bebiendo del cáliz o por intinción, mojando el sacerdote
la forma consagrada en la Sangre del Señor) se ha ampliado en las posibilidades de
distribuirla muchas más veces. La OGMR afirma que esto “es muy de desear” (OGMR 85),
para que sea más significativo aún “que la Comunión es una participación en el sacrificio
que se está celebrando” (Ibíd.). Dedica varios números: OGMR 281-287, porque comulgar
con ambas especies es “una expresión más plena pro razón del signo” (OGMR 281). Esta
fue la forma habitual de comulgar todos en el rito romano durante muchos siglos. Por
supuesto, ni uno comulga por sí mismo (dejando la patena y el cáliz encima del altar y cada
uno “se sirve”) ni se pasa el cáliz de mano en mano.
- Terminada la comunión, “pueden orar un espacio de tiempo en secreto. Si se prefiere, toda
la asamblea puede también cantar un salmo o algún otro canto de alabanza o un himno”
(OGMR 88). Nada dice de esas “acciones de gracias” leídas por un lector casi como algo
obligatorio. Mejor suprimir ya esta mala costumbre que no aparece en el Misal.
5) Ritos finales
- El momento de dar los avisos, que deben ser muy breves, es antes de la bendición (OGMR
90).
- En Cuaresma, cada día, se reza antes de la bendición la “oración sobre el pueblo” estando
todos inclinados. Esta oración se incluye ahora en cada formulario de Misa cuaresmal.
¡Necesitamos mayor bendición en Cuaresma que nos fortalezca ante los ayunos, las
penitencias y las limosnas!

Novedades y rúbricas en el Misal (III)

El capítulo V de la Ordenación General del Misal Romano repasa y ofrece la normativa


eclesial vigente sobre la “Disposición y ornato de las iglesias para la celebración
eucarística”. También aquí, más que grandes novedades y cambios, hay precisiones,
matices, que hemos de asumir.
La estructura del capítulo es más clara y simple ahora:
1) Enuncia los principios generales sobre una iglesia
2) Aborda la disposición del presbiterio: altar, sede y ambón
3) El resto de la iglesia: lugar de los fieles, la Schola, la reserva de la Eucaristía y las
imágenes sagradas.
En la mayor parte de los casos se han realizado añadidos o supresiones respecto a la
OGMR 2ª edición. A lo que hay que sumar algunos números completamente nuevos que se
han introducido.
En OGMR 303 se afirma que en una iglesia nueva se debe erigir un único altar; en las ya
construidas se debe sustituir el antiguo altar si su colocación dificulta la participación del
pueblo y no puede trasladarse sin detrimento de su valor artístico. ¿Por qué el altar único,
no varios altares también laterales revestidos con manteles? Da la explicación: el altar único
significa “ante la asamblea de los fieles al único Cristo y a la única Eucaristía de la Iglesia”.
OGMR 305 Trata sobre la ornamentación del altar. Es necesario matizarlo y explicarlo ya
que a veces el altar es el soporte de inmensos ramos de flores, convirtiéndolo en un
expositor floral (casi una selva en las bodas). Se afirma que “se guardará moderación”. Y
se hacen las siguientes indicaciones: durante el Adviento la ornamentación con flores no
debe llegar a la plenitud de alegría que caracteriza la Navidad. Durante la Cuaresma se
prohíbe adornar el altar con flores, excepto el domingo Laetare, las solemnidades y las
fiestas. Las flores se colocarán más que sobre el altar, en torno a él.
Sobre el altar sigue hablando la OGMR 306. Especifica los elementos que pueden
ponerse sobre el altar: el Evangeliario, el cáliz, la patena, la píxide en caso necesario y el
corporal, el purificador, la palia y el misal, así como lo que pueda ser necesario para
amplificar la voz (“de modo discreto”). Recordemos que sobre el altar ni siquiera se ponen
reliquias de los santos en su día (“tampoco se colocarán sobre la mesa del altar, reliquias
de Santos, cuando se expongan a la veneración de los fieles”, Ceremonial de los Obispos,
n. 921), ni fotos, ni imágenes. Tampoco las ofrendas que no sean de pan y de vino, que irán
fuera “en un lugar apropiado” (OGMR 140). Las vinajeras y el lavabo nunca están sobre el
altar, sino en la credencia (mesa auxiliar). Es decir, el altar merece sumo respeto y no es
una mesa cualquiera: sobran sobre el altar carteles como si fuera un tablón de anuncios,
libros, ofrendas de cualquier tipo, etc. ¡El altar merece honor!
En OGMR 316 se recuerda la costumbre de colocar una lámpara especial, “alimentada con
aceite o cera” junto al sagrario para indicar y honrar la presencia de Cristo. Antes decía
“luceat…” (brille…) con lo que daba cabida a lámparas eléctricas; ahora determina que sea
“con aceite o cera” y con el verbo “ardeat”, ¡arda!, se consuma, por tanto, en honor de Cristo
allí presente.
Además se hacen otras recomendaciones. En OGMR 294 sobre los asientos de los
concelebrantes: si son numerosos se colocarán en la nave de la iglesia, pero cerca del
altar. También trata de las sedes de los concelebrantes en OGMR 310: “En el presbiterio se
colocan las sillas para los sacerdotes concelebrantes y también para los presbíteros que,
revestidos de hábito coral, se hallan presentes en la concelebración, pero no concelebran.
El asiento del diácono se sitúa cerca de la sede del celebrante. Los asientos para los otros
ministros se disponen de modo que se distinguen de las sillas del clero y les permitan cumplir
con facilidad el oficio que se les ha confiado”.
La sede de quien preside es única; los concelebrantes van todos en sillas iguales, unidad
del sacerdocio, sin distinguirse por cargos o títulos.
El presbiterio es descrito en OGMR 295. Da una definición nueva y completa del presbiterio:
“El presbiterio es el lugar donde está el altar, se proclama la palabra de Dios y el sacerdote,
el diácono y los demás ministros ejercen su oficio”. Ha de tener amplitud para que se pueda
desarrollar bien la liturgia, tener cierta elevación para que todos puedan ver. No es el lugar,
así pues, de fieles, catequistas, niños, novios, etc… como si fuera un escenario teatral (y en
las iglesias de nueva construcción abundan los presbiterios concebidos como grandes
escenarios). Hay que salvaguardar el orden de la asamblea que es signo del orden del
Cuerpo místico de Cristo.
OGMR 304 señala un importante matiz: el mantel del altar para la celebración siempre será
“de color blanco”, no de otros colores. Es un signo de reverencia al altar. (Otra cosa será el
cubrealtar, fuera de la Misa, del color litúrgico del tiempo o el antipendio, el frontal de altar).
Importantes matices sobre la colocación de los candeleros y del crucifijo en la OGMR 307-
308. Sobre los candeleros: “colóquense en la forma más conveniente, o sobre el
altar o alrededor de él o cerca del mismo, teniendo en cuenta la estructura del altar y del
presbiterio, de modo que todo forme una armónica unidad y no impida a los fieles ver
fácilmente lo que sobre el altar se hace o se coloca” (OGMR 307).
Y sobre la cruz, que debe tener la imagen del Crucificado: “También sobre el altar o junto
a él debe haber una cruz, con la imagen de Cristo crucificado, de modo que resulte bien
visible para el pueblo congregado” (OGMR 308).
Interesa subrayar: “sobre o junto” al altar, pero siempre vinculado al altar, no al ambón, ni
en simetría en un lateral del presbiterio, etc., y, por su tamaño, que sea bien visible.
¿Qué se puede, y qué no se debe, hacer desde al ambón? La OGMR 309 deja muchas
cosas clara y debe corregir muchos abusos. Con el adverbio “únicamente” señala con
claridad que algunas cosas no se deben hacer desde el ambón, sino desde un micrófono
auxiliar, en otro lugar.
Propio del ambón: “únicamente se proclaman las lecturas, el salmo responsorial y el pregón
pascual”;
se permite: “pueden también hacerse desde él la homilía y las intenciones de la oración
universal”, aunque la homilía, mejor en la sede: “El sacerdote de pie en la sede o en el
mismo ambón, o en otro lugar idóneo, si conviene, pronuncia la homilía” (OGMR 136); la
oración de los fieles: “desde el ambón o desde otro lugar conveniente” (OGMR 71).
Nunca un monitor: “En el cumplimiento de su oficio, el comentarista ocupe un lugar
adecuado ante los fieles, pero no el ambón” (OGMR 105).
¿Y sobre la sede del sacerdote? Evidentemente es obligatoria y desde ahí se comienza la
Misa. ¿Dónde ubicarla? OGMR 310 advierte que si el sagrario ocupe el lugar central, la
sede no lo oculte; salvando esto, “su puesto más apropiado será de cara al pueblo al fondo
del presbiterio”. Sin que sea un trono o apariencia de trono, debe tener su relieve: “La sede
del celebrante debe significar su oficio de presidir la asamblea y dirigir la oración”. Si la sede
es nueva, hay que bendecirla con el Bendicional, destacando así su importancia y
simbolismo.
OGMR 311 trata del lugar de los fieles, destacando que los bancos y sillas deben
disponerse de modo que los fieles puedan adoptar las posturas recomendadas, entre ellas
ponerse de rodillas en la consagración (OGMR 43).
Sobre el Sagrario encontramos OGMR 314-315. Estos números tratan sobre el lugar de la
reserva eucarística y han sido profundamente remodelados. Se añaden unos adjetivos a la
Capilla del sagrario: debe ser una parte de la iglesia “distinguida, visible, bien adornada”. El
Sagrario debe ser sólido, inviolable, no transparente y cerrado de tal manera que se evite al
máximo el peligro de profanación.
Por último, OGMR 318 añade una introducción doctrinal al tema de las imágenes sagradas,
estableciendo la relación entre la Liturgia terrena y la Liturgia celestial y la veneración de los
santos. Las imágenes “se han de colocar en los edificios sagrados de modo que lleven como
de la mano a los fieles hacia los misterios de la fe que allí se celebran”. También menciona
la belleza y dignidad de las imágenes que deben despertar piedad y devoción.

Novedades y rúbricas en el Misal (y IV)

El Capítulo VI de la Ordenación General del Misal Romano se titula “Requisitos para la


celebración de la Misa”.
Ninguno de los cambios introducidos son sustanciales, sino algunas modificaciones,
adiciones y supresiones. Veámoslo para ajustarnos, con fidelidad, a lo que la Iglesia
determina.
El pan para la Eucaristía es descrito en OGMR 320-321: El pan eucarístico ha de ser de
trigo tal como Cristo lo empleó. La Iglesia considera esto de institución divina y, por tanto,
inmutable. La Iglesia latina, además, emplea pan ázimo, pan sin levadura.
Por la forma, color, e incluso grosor, se pide que “aparezca como verdadero alimento”,
porque esta característica pertenece a la esencia del sacramento. Debe confeccionarse de
modo y tamaño que pueda realmente partirse en varios fragmentos. Dice entero este
número 321 de la OGMR:
“La naturaleza del signo exige que la materia de la celebración eucarística aparezca
verdaderamente como alimento. Conviene, pues, que el pan eucarístico, aunque sea ácimo
y elaborado en la forma tradicional, se haga de tal forma, que el sacerdote en la Misa
celebrada con pueblo, pueda realmente partir la Hostia en varias partes y distribuirlas, por
lo menos a algunos fieles. Sin embargo, de ningún modo se excluyen las hostias pequeñas,
cuando lo exija el número de los que van a recibir la Sagrada Comunión y otras razones
pastorales. Pero el gesto de la fracción del pan, con el cual sencillamente se designaba la
Eucaristía en los tiempos apostólicos, manifestará claramente la fuerza y la importancia de
signo: de unidad de todos en un único pan y de caridad por el hecho de que se distribuye
un único pan entre hermanos”.
La OGMR 322 señala que el vino ha de ser de uva, natural y puro, sin mezcla de sustancias
extrañas.
Para la Santa Misa hay que tener sumo cuidado en cuidar el pan y el vino. Dice OGMR
323 sobre el cuidado sobre la materia eucarística: siempre en perfecto estado, “que el vino
no se avinagre y que el pan no se corrompa ni se endurezca tanto como para que sea difícil
luego partirlo”.
Importante la afirmación de OGMR 328: Los vasos sagrados deben hacerse con metales
nobles, por respeto y honor al Cuerpo y Sangre del Señor. La parte interior debe cubrirse
con oro si no son de metales nobles o pueden oxidarse. Por tanto, ni cálices ni patenas de
cristal, madera, cerámica o barro… que son porosos y frágiles…
Y añade OGMR 329: Se pueden usar otras materias si son sólidas, no se rompen fácilmente
ni se corrompan, pero estas materias, según las culturas, debe determinarlo la Conferencia
de Obispos y la Sede Apostólica.
Sobre la patena, OGMR 331: La patena debe ser suficientemente amplia para contener
hostias, no sólo la del sacerdote, sino para los demás ministros y fieles. Por tanto, mejor el
uso de una patena grande y no meramente una patena con la forma del sacerdote y otro
vaso sagrado con las demás formas: “Para las hostias que serán consagradas puede
utilizarse provechosamente una patena más amplia en la que se ponga el pan, tanto para
el sacerdote y el diácono, como para los demás ministros y para los fieles”.
La patena y el cáliz tienen un uso santo: contener el Cuerpo y Sangre de Cristo. Por eso
OGMR 332 señala que la forma de los vasos sagrados debe significar su función y la patena
asemejarse a un plato o fuente y el cáliz a una copa, pero deben distinguirse de los que se
destinan al uso cotidiano.
El sentido de santidad de la liturgia y su sacralizad se expresan, entre otras formas, con el
uso obligatorio de las vestiduras sagradas para los ministros. A ese punto se dedica la
OGMR 335. Trata de las vestiduras sagradas –obligatorias para la celebración de la Santa
Misa, siempre, incluida la casulla para el celebrante- ejercen una función pedagógica por
ser signo de una realidad interior (cada ministro se reviste según su grado y función) y actuar
in persona Christi y también contribuyen al decoro de la celebración; su dignidad y belleza
manifiestan el valor o importancia de la Eucaristía.
Por último dos números de la OGMR, 349-350, para algunos elementos importantes de la
celebración de la Santa Misa, dedicados al leccionario y al Evangeliario y a la cruz
(procesional y de altar).
El leccionario y el Evangeliario contienen la Palabra de Dios escrita y siempre han sido
tratados con dignidad, cuidando incluso su encuadernación, con miniaturas, etc. Se pide
ahora que sean “verdaderamente dignos, nobles y bellos”. Hay que eliminar cualquier
uso de folletos, subsidios, fotocopias, etc.
La cruz procesional y la cruz de altar se deben cuidar, por estar en especial vinculación con
el altar.
Y en general, y para todo lo que se emplee en la liturgia, deberá regir esta norma: “Procúrese
diligentemente que también en las cosas de menor importancia, se observen oportunamente
los postulados del arte y que siempre se asocie la noble sencillez con la elegancia” (OGMR
351).

3ª Edición castellana del Misal Romano (I)

El Misal es de toda la Iglesia y para todos los fieles también; el mejor libro para orar. El Misal
nos enseña a orar y cómo ora y celebra la Iglesia. Es un instrumento pedagógico
(mistagógico) que nos introduce en el misterio de Dios y es la fuente de la vida cristiana que
alimenta la espiritualidad litúrgica.
En tres artículos intentaremos exponer todo el contenido e importancia de esta edición que
es más, mucho más, que el cambio “pro multis” como se ha destacado de manera unánime
en las noticias eclesiales.
En este mes de octubre de 2016 ya está disponible la tercera edición del Misal romano en
castellano, aprobada por la Santa Sede en diciembre de 2015, y que entra obligatoriamente
en uso el I domingo de Cuaresma de 2017. Veamos qué implica y qué es esta nueva edición.
La edición típica latina
El Misal Romano en latín, la edición típica, es el resultado de un largo proceso de revisión
y puesta al día iniciado en 1991. No es una simple reimpresión corregida, sino una
verdadera edición típica, oficial, actualizada, destinada a la celebración en lengua latina, y
que constituye la base inmediata para la traducción a las distintas lenguas vernáculas, tarea
que corresponde a la Conferencia Episcopal y requiere la aprobación (que se llama
“recognitio”) de la Congregación para el Culto divino, una vez que la revise.
La 3ª edición del Misal Romano latino es de 18 de marzo de 2002. ¿Qué elementos nuevos
incluye? ¿Por qué se hizo?
 Santos que han subido de categoría litúrgica (de memoria libre a obligatoria, de
memoria obligatoria a fiesta, etc.)
 Se han añadido nuevas Misas:
- Misa de la vigilia de Epifanía y Ascensión
- Misa votiva de la Misericordia de Dios
- Nuevas memorias: Santísimo Nombre de Jesús (3 de enero) y Santísimo Nombre de
María (12 de septiembre)
 Se ha enriquecido el Misal con nuevos elementos:
- Reordenación de los formularios de misas de Pascua
- Nuevos textos de la “Oración sobre el pueblo” en Cuaresma, asignándolos para cada día
- Un prefacio nuevo de Mártires
- Nuevas colectas alternativas
- Nueva agrupación de las Misas por diversas necesidades y de difuntos
- Algunos retoques en algunas rúbricas
- Posibilidad de utilizar en la profesión de fe el Símbolo Apostólico en lugar del Credo “largo”
(niceno-constantinopolitano), que ya se hacía en la anterior edición española del Misal (pero
no en forma de preguntas y respuestas, reservado a la Vigilia pascual y a las Misas en que
se celebre el Bautismo)
- Incorporación al Misal oficial de la Plegaria eucarística V con sus 4 variantes, que ahora
se llama “Plegaria eucarística para [Misas por] diversas necesidades” (en apéndice y sólo
se usan cuando se celebran “Misas por diversas necesidades”, nada más) y las dos de la
Reconciliación, para Cuaresma y días penitenciales
- Enriquecimiento de los formularios de las misas de la Virgen María, recurriendo a la ya
existente Colección de Misas de la Bienaventurada Virgen María
- Añadido de las melodías de las plegarias eucarísticas y de los prefacios para fomentar su
uso y cuidar el canto litúrgico.
3ª Edición castellana del Misal Romano (II)

MISAL ROMANO, 3ª EDICIÓN (2ª parte)


Ya en el primer artículo vimos qué era esta nueva edición típica latina, de 2002, qué contenía
de nuevo y algunas modificaciones en la Ordenación General del Misal Romano. Así
podremos conocer mejor esta edición castellana que por fin ha salido a la luz. Continuemos
con otros aspectos más.
La traducción más fiel y literal
Pero había una tarea por delante muy amplia: este Misal en su tercera edición había que
traducirlo entero y por completo; y lo mismo pasaba con los leccionarios y su traducción.
¿Por qué? Una Instrucción de 2001, “Liturgiam authenticam”, de la Cong. para el Culto
divino, pedía que se revisaran todos los Misales y leccionarios en todas las lenguas y
se buscase una traducción que no interpretase, sino que fuese lo más literal posible
al original en latín.
Esta Instrucción “Liturgiam authenticam” ofrece normas para la traducción litúrgica; las
traducciones deben tutelar cuidadosamente la naturaleza sagrada de la liturgia –sin usar
palabras o giros coloquiales, por ejemplo-; pide un criterio de fidelidad y exactitud en la
traducción del texto latino a la lengua vernácula –castellano, en nuestro caso- y no un
ejercicio de creatividad. Además siempre se debe partir de la edición típica latina aprobada
para una nueva traducción. Las traducciones bíblicas para el Leccionario deben también
hacerse con estos criterios partiendo de la versión oficial de la Biblia Latina (llamada Neo-
Vulgata).
Estos criterios se han aplicado a la nueva traducción del Leccionario que ahora oímos en
nuestras iglesias, tras un laborioso y complicado proceso, que recibió la aprobación
definitiva de la Cong. para el Culto divino en 2014 ofreciéndonos la Sagrada Biblia de la
Conferencia Episcopal Española, como “Biblia litúrgica”. Es una traducción oficial de la
Biblia; aprobada por la CEE en noviembre de 2008 y que recibió la recognitio de la Santa
Sede el 29 de junio de 2010 y el 22 de agosto de 2014. A partir de ahí, había que preparar
cada Leccionario con la nueva versión bíblica y nueva aprobación y recognitio de cada uno
de ellos por parte de la Cong. para el Culto divino.
Se pretendía tener una traducción oficial de la Biblia para contar con una misma versión de
la Escritura en la liturgia, en los catecismos y en otros documentos magisteriales u oficiales.
El mismo proceso, de una traducción fiel y literal, ha vivido el Misal en castellano, en la 3ª
edición, que recibió la recognitio de la Santa Sede, finalmente, el 8 de diciembre de 2015.
Como el Misal posee textos bíblicos (en las antífonas de entrada y de comunión), primero
había que aprobar la traducción de la Biblia y luego el Misal. Sin duda, un lento proceso.
En las primeras traducciones, que estamos usando desde 1975 hasta el I domingo de
Cuaresma de 2017, primaban la comprensión del contenido y la belleza del vocabulario,
cierta elegancia y sonoridad en las expresiones por encima incluso de una ajustada fidelidad
literal. Destacaba sobre todo un estilo catequético y literario en la traducción.
Ya Juan Pablo II en la carta Vicesimus Quintus Annus (de 1988) advertía esa falta de
literalidad en las traducciones a las distintas lenguas y advertía:
“Las conferencias episcopales recibieron el importante encargo de preparar las traducciones
de los libros litúrgicos. Las necesidades del momento obligaron a veces a utilizar
traducciones provisionales, que fueron aprobadas ad interim. Pero ha llegado ya el momento
de reflexionar sobre ciertas dificultades surgidas posteriormente, dar solución a ciertas
carencias de inexactitudes, completar las traducciones parciales, crear o aprobar los cantos
litúrgicos, vigilar sobre el respeto de los textos aprobados y, finalmente, publicar los libros
litúrgicos que tengan una vigencia y una presentación digna de los misterios celebrados”
(VQA, n. 20).
Sabiendo esto, la Instrucción “Liturgiam authenticam” fue un fruto maduro al pedir
traducciones mucho más literales que literarias, y se unía el acontecimiento de una tercera
edición típica del Misal romano, que habría que traducir entero siguiendo los nuevos criterios
establecidos para las traducciones litúrgicas.
“Pro multis”, “por muchos”
La fórmula de la consagración del cáliz varía buscando, precisamente, la mayor fidelidad al
texto original. En lugar de “que será derramada por vosotros y por todos los hombres”, se
dirá obligatoriamente. “por vosotros y por muchos”.
Fue Benedicto XVI quien impulsó este cambio en 2006; por su mandato, la Cong. para el
Culto divino publicó una Carta en la que mandaba se cambiase dicha expresión “en la
próxima traducción del Misal Romano que los obispos y la Santa Sede aprobarán para ser
usados en sus países”. Por tanto, el “pro multis” se debería cambiar en la próxima
edición del Misal en cada lengua; no se mandaba que directamente se hiciese y
bastase con poner una pegatina en el actual Misal o taparlo con tipex. Ni se cambiaba
la traducción del Misal entero para cambiar el “pro multis” por la expresión “por muchos”.
Más bien la mente del legislador indica lo siguiente: el Misal Romano latino en la 3ª edición
debe traducirse a las lenguas vernáculas y, cuando se haga, entonces debe corregirse la
fórmula de la consagración. Así de simple: basta con leer la Carta de la Cong. y la Carta de
Benedicto XVI al Presidente de la Conferencia Episcopal alemana (14-abril-2012): “en la
nueva traducción del Misal”.
“Pro multis”, “por muchos”: ¿Qué entraña, qué significa? “Por muchos” fueron las palabras
mismas del Señor al instituir la Eucaristía (Mt 26,28; Mc 14,24); “por muchos” es una
traducción más fiel que “por todos”; ésta es una traducción menos exacta porque interpreta
el contenido al traducirlo, es una explicación que más bien “pertenece propiamente a la
catequesis” (Carta Cong. Culto divino).
También la Carta de la Congregación da una explicación del sentido teológico: “La expresión
“por muchos”, mientras que se mantiene abierta a la inclusión de cada persona humana,
refleja el hecho de que esta salvación no ocurre en una forma mecánica sin la participación
o voluntad propia de cada persona; más bien, se invita al creyente a aceptar en la fe el don
que se ofrece y a recibir la vida sobrenatural que se da a aquellos que participan en este
misterio y a vivir así su vida para que sean contados entre los “por muchos”, a quienes se
refiere el texto”.
La voluntad de Dios en Cristo es la redención de todos los hombres, pero no todos la
aceptarán ni la querrán, sino “muchos”. No todos quieren beneficiarse de la redención, sino
“muchos”. La salvación no es automática: “¡esforzaos en entrar por la puerta estrecha…!”
En este mismo sentido lo explica Benedicto XVI en la Carta ya mencionada al Presidente
de la CE Alemana:
““Todos” se mueve en el plano ontológico: el ser y obrar de Jesús, abarca a toda la
humanidad, al pasado, al presente y al futuro. Pero históricamente, en la comunidad
concreta de aquellos que celebran la Eucaristía, él llega de hecho sólo a “muchos””.
Y III: Más sobre la nueva edición del Misal

Llegamos al final con esta tercera entrega sobre la nueva edición castellana del Misal
Romano. Hemos tratado varios aspectos de esta edición para valorarla mejor y vivirla más
intensamente. ¿Y ahora qué?
Tareas espirituales y pastorales pendientes:
La recepción de una nueva edición del Misal Romano no puede reducirse a un cambio o
sustitución del libro.
Sería bueno aprovechar para dar un nuevo impulso a las celebraciones, superar el
cansancio y la atonía e ir a lo esencial, prescindiendo de tanta creatividad mal entendida,
del uso inadecuado de tantos subsidios, guiones, moniciones, etc. ¡Una limpieza general
para entrar en lo esencial del Misal!
Es ocasión para suscitar una mejor formación litúrgica integral para todos (incluyendo
el saber estar y presidir del obispo y del sacerdote en la sede y en el altar…)
Considerar el Misal como fuente, por ejemplo, para preparar la homilía (no sólo mirar el
Evangelio…), una catequesis, etc., y también para la piedad personal, orando los textos
litúrgicos de cada día.
El Misal es un auténtico monumento de la espiritualidad litúrgica.
La reforma litúrgica necesita de una profundización eminentemente
espiritual (¡comenzando por los pastores!). Es buena ocasión para replantearnos el estudio
de las líneas teológicas de fondo de la OGMR que constituyen el entramado teológico de la
celebración eucarística. Meditaremos también en las oraciones antiguas y nuevas, en los
prefacios y plegarias eucarísticas, y esto será signo de amor al gran Don que nos entregó
el Señor.
Con un nuevo Misal, y oraciones con nueva traducción que buscan la fidelidad al ritmo y
términos del latín original:
1) Habrá que recitar los textos en la liturgia con cierta pausa, entonación, de forma que se
hagan inteligibles para todos, sin correr ni apresuradamente.
2) Todos tendremos que prestar atención y hacer el oído a fórmulas que nos van a sonar a
nuevas; también deberemos tomar algún Misal manual (ojalá se publiquen pronto) para orar
con el Misal en nuestros manos.
La OGMR prestará un notable servicio a los fieles y a los sacerdotes en la medida en que
se aproveche para repasar, leyéndola y estudiándola, las líneas de fondo del actual Ordo
de la Misa. Hay que asimilar lo que la Iglesia quiere y marca al promulgar una nueva edición
del Misal Romano.
Releer todos y estudiar la OGMR será el mejor modo de procurar la dignidad y
decoro de la Eucaristía, corregir las pequeñas corruptelas o abusos que se pueden dar,
vivir la verdad y la belleza del Misterio y cultivar el sentido sagrado de la liturgia.
La parte sustancial del Misal Romano está formada por las oraciones (: textos eucológicos);
como una correcta celebración necesita normas y orientaciones (que busquen la unidad y
eviten la improvisación y la anarquía) para que todo se desarrolle armónicamente y con una
participación verdadera, interior y espiritual de todos, la primera parte del Misal, la
Ordenación General, lo explica y detalla todo y es de obligado cumplimiento. Esta OGMR
además es un verdadero directorio sobre la celebración de la Misa con indicaciones
teológicas, litúrgicas, pastorales y espirituales.
Se requiere un esfuerzo por conocer bien el Misal y la OGMR por parte de los pastores y
posibilitarlo a los fieles, porque redundará en una mejora de las celebraciones y en un
enriquecimiento de nuestra vida litúrgica y espiritual.
Es momento entonces:
1) De que los sacerdotes y obispos relean la OGMR y confronten con su propio modo de
celebrar
2) De que sea la OGMR una herramienta de formación en catequesis de adultos, en
Hermandades y Cofradías con sus Consiliarios o en Escuelas Cofrades, en grupos de
Acción Católica, en sesiones parroquiales de formación, en la Adoración Nocturna (ANE y
ANFE), en monasterios y conventos, etc.
Era previsible que la publicación de esta 3ª edición del Misal Romano castellano se redujese
a un titular periodístico: “por fin se cambió el pro multis”, para inmediatamente saltar muchos
diciendo: “¡diez años para cambiarlo!” Parecería que esta tercera edición era, en definitiva,
hacer un nuevo Misal para cambiar esas dos palabras de la consagración…
Pero es que esta edición es de 2002, antes de la decisión pontificia de cambiar la traducción
“pro multis” en lengua vernácula (año 2006) donde además se decía que se hiciese en las
nuevas traducciones del Misal. Eso es lo que se ha hecho en España: cambiar la traducción
del “pro multis” cuando se publicase en castellano la tercera edición del Misal Romano. ¡Se
ha obedecido en todo, lógicamente!
Un largo proceso, con sus correcciones, revisiones y aprobación por la Santa Sede, nos
entrega un Misal, en su tercera edición, enriquecido en muchos aspectos, con una
Ordenación general con más matices, una traducción en el corpus oracional más fiel y
literal… Es una obra ingente. Ahora vendrá su recepción, la acogida por parte de todos,
la obediencia con espíritu de fe a sus textos y normas, la espiritualidad que se nutra
del Misal y de la vivencia eucarística. ¡Vamos a ello! ¡En el nombre del Señor!

Pensamientos (espirituales) sobre la liturgia

1. ¡Qué grande la Iglesia! ¡Qué Misterio tan hermoso! Que siempre contribuyamos a su
belleza con nuestra vida, nuestra santidad, nuestra liturgia, nuestra oración y nuestra
reparación.
2. La liturgia es el marco sacramental y real a un tiempo, de unión del alma con el Señor,
de mística realizada por signos, plegarias y ritos eclesiales; que la liturgia sea un
espacio contemplativo para ti, vivido con la serenidad de la contemplación, el reposo del
amor que se entrega al Amado en las oraciones, en la escucha de las lecturas, en el silencio
de la liturgia, en el canto de los salmos e himnos, en las inclinaciones que adoran, en la
signación de la cruz que envuelve la persona, en la comunión con el Cuerpo del Señor, en
la oración de los fieles que intercede ante Cristo por la humanidad. Goza de la liturgia que
es la primera fuente de unión de amor con Cristo.
3. Canta la liturgia, rézala, vívela lo mejor posible, porque el primer y más importante acto
de oración y alimento del espíritu cristiano es la liturgia. Tenle amor a la liturgia. Canta
con gozo la Liturgia de las Horas. Mira a Cristo en el Oficio cantando los salmos por tu voz.
Gózate en Él.
4. Canta la liturgia con devoción, poniendo tu corazón en Él, y Cristo, Médico de los cuerpos
y las almas, aliviará tu espíritu por la liturgia.
5. Entrégate sin reservas al que es todo Amor y sólo espera nuestro amor. Goza en la liturgia
y contempla al Rey de la Gloria que se nos da en la liturgia.
6. En la liturgia, lo invisible es mayor incluso que lo visible; con los ojos de la fe, mira a
Cristo presente, y a los ángeles adorando y cantando -como en el Apocalipsis- y a los santos
del cielo. El cielo entra en la tierra durante la santa liturgia. Todo es adoración de Dios.
7. Sumo respeto, veneración, recogimiento, merece la liturgia. ¡Ésta no es una fiesta, ni una
reunión humana, social! Recuerda a Moisés ante la zarza ardiente (Ex 3): se quita las
sandalias y se postra. ¡Es el Misterio de Dios, sobrecogedor, sublime!
8. Aíslate de ruidos y distracciones. El Señor, en cualquier momento, puede tocar el
alma con una oración, una antífona, un versículo bíblico, dándote una moción, una gracia,
una comunicación. El corazón ha de estar receptivo y no distraído (con unos y con otros,
con el móvil que suena o con el turista que se pasea observando el templo).
9. “Que la mente concuerde con la voz” (S. Benito, Regla): fíjate bien en lo que
respondes al sacerdote, lo que dices en las aclamaciones, lo que cantas. Sé consciente de
lo que pronuncian tus labios… ¡y dilo de verdad, con verdad, con la verdad de tu vida!
10. Vivir la liturgia bien requiere de mucha oración y buena dosis de espiritualidad, atención
y devoción. Piensa que las oraciones, prefacio y plegaria eucarística, las pronuncia el
sacerdote en nombre de la Iglesia, de todos; son tuyas también… ¡así que hazlas tuyas!
Escucha bien esas plegarias, deja que calen, empapen tu corazón, medítalas en tu oración
personal.
11. En la liturgia glorificamos a Dios y recibimos su santificación. No vamos por aprender
como si fuera una catequesis, un curso o una conferencia (aunque la liturgia es muy
educativa de por sí). Distingue catequesis de liturgia. Huye de muchas palabras,
verbalismo y moniciones. Busca lo esencial, busca a Dios y encontrarte con Él. Mal
signo es querer liturgias “entretenidas", “Misas divertidas": eso no viene de Dios.
12. Por la Confirmación, el Espíritu Santo te capacita para ejercer el sacerdocio bautismal
como un derecho y una obligación. Vas al servicio divino, a servir a Dios, cuando participas
en la santa liturgia. Ofrécete y ofrece todo al Señor; glorifícale; intercede; recibe y medita.

Preparación para la liturgia

La liturgia ha tenido siempre una parte previa de preparación espiritual para la Santa Misa.
Indicaba así la importancia del Misterio celebrado en la santa liturgia, a la que no se puede
acceder de modo distraído, ni banal, ni precipitado, sino recogido, con ánimo fervoroso, con
sentido de adoración ante el Misterio. Normalmente –como vamos a ver- esta preparación
se reservaba al sacerdote que oficiaba, pero nos sirve de paradigma para todos los
participantes en la sagrada liturgia.
La preparación comenzaba ya en la sacristía: cada vestido litúrgico tenía su oración
mientras se revestía (amito, alba, cíngulo, estola, casulla) y la sacristía era lugar sagrado
tanto por lo que allí se guardaba (las cosas sagradas para el culto) como ser ámbito de
silencio para orar antes de la liturgia. Por cierto, aún rige este mandato para la sacristía,
¡aunque se ignore! Dice el Misal:
“Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde silencio en la iglesia,
en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se
dispongan devota y debidamente para la acción sagrada” (IGMR 3ª ed., n. 45).
En el rito romano, codificado en el misal de San Pío V, los primeros ritos son ritos
preparatorios del sacerdote que debe disponer su espíritu a lo que va a realizar in persona
Christi. Al llegar al altar y santiguarse, comienza a recitar con el acólito –los dos solos- el
salmo 42 (“Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa…”) con la antífona: “Me acercaré al
altar de Dios”, “Al Dios que alegra mi juventud”. Tras lo cual reza el “Yo confieso” el
sacerdote, luego el acólito, y termina con unos versículos sálmicos y una breve oración.
Entonces sube al altar.
La Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo ofrece igualmente una preparación. La primera
parte de la Liturgia es la Prótesis o Proskomedia que consta de las oraciones ante las
Puertas Santas del iconostasio y Vestición de los celebrantes, luego la preparación de la
Ofrenda, el pan y el vino destinados para el sacrificio, y, por último, la incensación de la
iglesia. Por ejemplo, después de orar y besar el icono de la Santa Madre de Dios, el
sacerdote inclinando la cabeza, dice:
“Oh Señor, extiende tu mano desde lo alto de tu santa morada y fortaléceme para este
servicio tuyo, a fin de que me presente sin reproche a tu temible Altar y celebre el Sacrificio
Incruento, pues tuyo es el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.
Nuestro rito hispano-mozárabe también posee esa preparación espiritual del sacerdote.
Llegado al pie del altar, mientras aún suena el praelegendum (domingos y fiestas, excepto
Cuaresma), el sacerdote profundamente inclinado se dirige a Dios diciendo:
“Me acerco a tu altar, Dios omnipotente y eterno, para ofrecer este sacrificio a tu majestad,
suplicando tu misericordia por mi salvación y la de todo el pueblo. Dígnate aceptarlo
benignamente pues eres bueno y piadoso. Concédeme penetrar el abismo de tu bondad, y
presentar mi oración con tal fervor por tu pueblo santo, que se vea colmado de tus
dones. Dame, Señor, una verdadera contrición y lágrimas que consigan lavar mis propias
culpas y alcanzar tu gracia y tu misericordia”.
Esto es bueno recordarlo para los sacerdotes: hemos de subir al altar del Señor con piedad
y suma reverencia.
Pero, asimismo, todo el pueblo cristiano ha de disponerse a la celebración eucarística:
llegando con tiempo, silenciando el teléfono movil, recogiendo los sentidos para evitar
distracciones, pidiendo al Señor gracia para participar dignamente, conscientes de que
somos invitados al acontecer del Misterio que nos salva.
Santiguándonos con el agua bendita al entrar en la iglesia, primero hay que dirigirse al Señor
en el Sagrario, hacer genuflexión y detenerse de rodillas unos momentos para adorar.
Es el momento de cuestionarse qué ofrecemos de nuestra vida al Señor, pedir gracia e
invocar que el Espíritu Santo descienda y encienda el fuego de su amor, que dilate nuestros
corazones para unirnos a la Iglesia del cielo y de la tierra en la celebración de la Divina
Liturgia, por intercesión de la Virgen María y de los Santos.
Si nos preparamos interiormente para la liturgia, ésta podrá dar todo su fruto en nosotros.
La Palabra de Dios en la liturgia

La Palabra de Dios hoy es un punto de profundización en la vida de la Iglesia. Mucho se ha


avanzado, tanto en las traducciones como en el amor a la Palabra de Dios en la Iglesia. Hoy
la Palabra se hace accesible de nuevo para comulgar con ella: ¡Pan de la Palabra!
Por doquier se ha difundido el Evangelio de cada año, y muchos cristianos, sacerdotes,
religiosos, contemplativos, toman contacto con el Señor por medio del Evangelio de cada
día, además de la difusión de la Liturgia de las Horas, también entre los seglares, el ejercicio
de la lectio divina, etc.; todo esto hace que oremos con las palabras mismas del Señor,
cantando los salmos, escuchando las lecturas, la Palabra proclamada en la Eucaristía…
Pero en este avance, hay un déficit: se proclama la Palabra en la liturgia y se ora con ella,
pero la descontextualizamos, sin saber por qué este texto se proclama aquí y no en otro
sitio, por qué en este ciclo litúrgico y no en aquél, y cómo se reparten los libros bíblicos en
el leccionario. Este desconocimiento hace que la Palabra pierda fuerza y continuidad para
la contemplación personal y comunitaria, aunque la clave y la solución sería estudiar
la Ordenación general del Leccionario de la Misa.
La profundización en la Palabra de Dios llevará a una valoración y mayor relieve de la
Palabra en la liturgia:
En primer lugar no sustituyendo jamás la Palabra de Dios por ningún otro texto, sea
cual sea, o no cantar el salmo responsorial entonando en su lugar cualquier
cancioncilla. La profundización en la Palabra induce y anima a cantar los salmos con amor,
descubriendo el valor de la oración con la Palabra cantada.
Este amor a la Palabra revisará y cuidará el lugar de la Palabra, el ambón –según las
normas litúrgicas, amplio, elevado, bello, en conformidad con el estilo artístico de la Mesa
de altar-, digno y revestido de paños con los colores litúrgicos, reservado sólo para la
proclamación de la Palabra y excluyendo otros usos (moniciones, avisos, dirigir
devociones).
La profundización en la Palabra, por último, hará que ésta sea audible, bien proclamada, en
enunciación y tono, en pronunciación y musicalidad, preparándose los lectores las
lecturas para hacerlas oración y proclamarlas con unción.
Cualquiera no puede ser lector en la asamblea litúrgica, sino los más cualificados para la
lectura en público pues el lector en la celebración litúrgica es el último eslabón de la
revelación, el momento en el que Dios va a hablar a su pueblo en el “hoy” de la Iglesia.
Recordemos, pues, lo que Juan Pablo II señaló:
“Hace falta una pastoral litúrgica marcada por una plena fidelidad a los nuevos ordines. A
través de ellos se ha venido realizando el renovado interés por la palabra de Dios según la
orientación del Concilio, que pidió una «lectura de la sagrada Escritura más abundante, más
variada y más apropiada» (n. 35)” (Spiritus et Sponsa, 8).
La Palabra es la comunicación hoy del Corazón de Cristo a su Iglesia; sigue haciéndonos
beber de sus Misterios, llevándonos por el Espíritu Santo a la comprensión de la Verdad.
Así fue siempre en la Tradición de la Iglesia. Pensemos cómo, cuando el Leccionario aún
no estaba definitivamente organizado, el Obispo elegía la lectura y su extensión, la
proclamaba un lector instituido, se cantaba el salmo… y después, en la homilía o sermón,
se explicaba paso a paso el texto bíblico. De este modo nos han llegado preciosos
comentarios homiléticos de los Padres. Para ellos la Palabra de Dios en la liturgia era eficaz
y abundante, digna de toda consideración y acogida espiritual.

Educación espiritual para la liturgia

La Iglesia siempre ha procurado educar a sus hijos para celebrar dignamente los sagrados
misterios. La vida litúrgica no se improvisa, requiere educación… ¡para eso la educación y
transmisión de la fe en las familias, la catequesis parroquial y el catecumenado de adultos!
Era una iniciación pedagógica, una introducción paciente, para celebrar los sagrados
misterios de Cristo en la liturgia.
En la versión latina de la Liturgia de las Horas, se ofrece una antigua oración antes del
Oficio, cuando se reza solo, que dice:
“Abre, Señor, mis labios para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los
vanos, perversos y otros pensamientos; ilumina el intelecto, inflama el afecto, para
que digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado ante
la presencia de tu divina majestad".
¡Hermosas claves! La educación espiritual para la liturgia requiere, y así se suplica al Señor:
 Que el Señor nos mueva por gracia a alabarle
 limpieza de corazón, sin agitaciones de pensamientos y distracciones
 iluminar la inteligencia por gracia para captar lo que se reza
 vivir la liturgia con dignidad, atención y devoción… ¡dignidad, atención y devoción!,
que no han pasado de moda, sino que son urgentemente actuales.
La participación en la liturgia, antes que un “hacer cosas” (moniciones, ofrendas
“simbólicas”, otras lindezas creativas) es la inserción en el Misterio, donde el corazón vive
y palpita de amor por Jesucristo. La Iglesia, Maestra incomparable, se dirige a sus hijos y
les enseña a vivir de un modo espiritual, interior, sincero, amoroso, la liturgia.
Una Oratio admonitionis de nuestro venerable Rito Hispano-mozárabe nos puede ilustrar y
si la asimilamos, también hoy puede marcarnos. Dice el sacerdote antes de los dípticos:

“Éste es, amados hermanos, el momento de dirigir nuestras plegarias a Dios, conocedor de
todos los secretos. Y lo primero que hemos de pedirle es que encienda en nosotros el fervor
que necesitamos para rogarle ardientemente y presentarle en nuestra oración
la ofrenda de una auténtica piedad.
No creamos que baste una oración correcta en la que externamente nos lucimos con un
discurso elegante y vano.
Con el don de la sinceridad a nuestra actitud religiosa, Él otorgue bondad y verdad a
nuestras palabras.
Que el afán de aparecer dignos de reverencia ante los hombres no nos induzca a recitar lo
que no pensamos; que el sonido de nuestros labios, ajenos a la voz del corazón, no se
asemeje a un fragor de platillos, al tañido de una monótona campana.
Que el amor que Dios nos infunde invada nuestra conciencia, se sirva como órgano, de
nuestra lengua, guíe nuestra mente en la oración, de modo que nuestra voluntad no se
desvíe y así pueda presentarse ante Dios nuestra alabanza tal como deseamos que la
entiendan los hombres”
Se destacan algunas ideas, introducción mistagógica al hecho litúrgico:
 es necesario el fervor, un alma encendida en el fuego del amor de Dios;
 una auténtica piedad, que conlleva el recogimiento y no la distracción, muy
consciente de ante Quién estamos;
 es bueno un discurso elegante (las oraciones litúrgicas) pero acompañadas por la
coherencia de vida con lo que pedimos y siendo conscientes –no distraidos- de lo
que se pronuncia y a lo cual, nos unimos;
 la liturgia es experiencia del amor de Dios; sin este amor, haremos ruido,
pronunciaremos palabras, entonaremos cantos… pero será un metal que resuena o
platillos que aturden.
Esto sirve para todo: para vivir la santa Misa, para cantar Laudes o Vísperas, para la
adoración al Santísimo expuesto, para vivir un Bautismo… y da igual el rito: sea romano en
la forma ordinaria o extraordinaria, ambrosiano, hispano-mozárabe o bizantino… Porque la
forma ritual debe ir acompasada por esta educación espiritual de todos los que participan
en ella. Ahí es donde debemos incidir y avanzar. ¡Digna, atenta y con devoción!

Quedarse sólo en ceremonias: ¡un peligro!

La liturgia tiene dos realidades intrínsecamente unidas, forma y fondo, lo grande y lo


pequeño, el rito y el Misterio. El Misterio pascual del Señor, el Acontecimiento de la
Redención se realiza presente y actual por las celebraciones litúrgicas, pero éstas se
desarrollan según los libros litúrgicos, con sus rúbricas, sus leyes litúrgicas, sus normas. Es
la liturgia un acontecimiento espiritual pero necesita los textos litúrgicos, que son norma de
la fe, y la forma digna, reverente y con unción, de realizar las acciones litúrgicas.
Ciertas corrientes secularizantes prefieren reinventar constantemente la liturgia, sus textos
y sus rúbricas, haciendo cada cual lo que más le apetece o cree más “pastoral”; se cae en
el subjetivismo. Creen privilegiar el espíritu y la vivencia, y convierten la liturgia en una fiesta
antropocéntrica, o en una sesión de catequesis. Entonces cada cual introduce en la liturgia
sus ocurrencias. Los abusos deben ser erradicados:
“Si no se respetan las normas litúrgicas, a veces se cae en abusos incluso graves, que
oscurecen la verdad del misterio y crean desconcierto y tensiones en el pueblo de Dios.
Esos abusos no tienen nada que ver con el auténtico espíritu del Concilio y deben ser
corregidos por los pastores con una actitud de prudente firmeza” (Juan Pablo II, Carta
Spiritus et Sponsa, n. 15).

Pero hoy otro peligro parece surgir en algunos.


Es considerar la liturgia como un hermoso aparato de ceremonias, exacto y preciso, con
preocupaciones no estéticas sino esteticistas, donde poco parece importar el espíritu
interior, la devoción, el recogimiento, la oración, el estudio de las fuentes y de los Padres,
la meditación sosegada sobre la eucología y la acogida de la Palabra proclamada. No. Se
busca exclusivamente la formalidad, la corrección, la preocupación por protocolos y
preferencias, un regusto de lo antiguo por lo antiguo en sí mismo. Le falta espíritu, le falta
vida, le falta unción, le falta amor al Señor. Todo lo centran exclusivamente en lo externo,
en la corrección de las formas (o de pretendidas formas externas). A este esteticismo formal
concurren sin que ni antes ni después de la liturgia se recojan en oración interior, porque
viven la liturgia como un apartado escénico.
Vayamos a la doctrina de la Iglesia.
Pío XII en la Mediator Dei señalaba:
“38. No tienen por esto una exacta noción de la Sagrada Liturgia aquellos que la consideran
como una parte exclusivamente externa y sensible del culto divino o como un ceremonial
decorativo; ni yerran menos aquellos que la consideran como una mera suma de leyes y de
preceptos, con los cuales la Jerarquía eclesiástica ordena al cumplimiento de los ritos.
39. Por tanto, deben todos tener bien sabido que no se puede honrar dignamente a Dios si
el alma no se dirige al logro de la perfección de la vida, y que el culto rendido a Dios por la
Iglesia, en unión con su Cabeza divina, tiene la máxima eficacia de santificación”.
Juan Pablo II presenta la unión de los dos elementos (interior y exterior) con visión teológica
de la liturgia:
“Ya que la muerte de Cristo en la Cruz y su resurrección constituyen el centro de la vida
diaria de la Iglesia. Y la prenda de su Pascua eterna, la Liturgia tiene como primera función
conducirnos constantemente a través del camino pascual inaugurado por Cristo, en el cual
se acepta morir para entrar en la vida. 7. Para actualizar su misterio pascual, Cristo esta
siempre presente en su Iglesia, sobre todo en las acciones litúrgicas. La Liturgia es, por
consiguiente, el «lugar» privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con quien El
envió, Jesucristo (cf. Jn 17,3). Cristo está presente en la Iglesia orante reunida en su
nombre. Precisamente este hecho es el que fundamenta la grandeza de la asamblea
cristiana con las consiguientes exigencias de acogida fraterna —que llega hasta el perdón
(cf. Mt 5, 23-24)— y de decoro en las actitudes, en los gestos y en los cantos. El mismo
Cristo está presente y actúa en la persona del ministro ordenado que celebra. Este no está
investido solamente de una función, sino que, en virtud de la Ordenación recibida, ha sido
consagrado para actuar «in persona Christi». A todo esto debe corresponder una actitud
interior y exterior, incluso en los ornamentos litúrgicos, en el puesto que ocupa y en las
palabras que pronuncia” (Carta apostólica Vicesimus Quintus annus, nn. 6-7).
Veamos siempre en la liturgia su naturaleza espiritual y teológica, celebrémosla dignamente,
con fidelidad a los libros litúrgicos, con unción y amor, pero sin esteticismos ni frivolidad.

De canto, coros, jóvenes, ensayos y liturgia...

Una vez, un joven sensato, que canta en el coro de su parroquia, me mandó una pregunta
muy bien planteada:
“Por desgracia muchas veces se nos olvida y nos quedamos en: “vamos a cantar canciones
bonitas"; “yo no voy al coro porque las canciones que ponen no me gustan… que rollo el
cura"; “que rollo el ensayo, yo no voy…”
Nos olvidamos que lo que nosotros llamamos ensayo es solo la PREPARACIÓN de algo
tan importante como la EUCARISTÍA. Y que nosotros no estamos para lucirnos cantando,
estamos para ayudar a orar, primero a nosotros mismos y después al resto de personas que
están presentes. ¿Qué hacer para fomentar en el coro… una fe madura (bueno me he ido
demasiado alto, en vías de madurar) y que no se quede todo en vamos a cantar canciones
divertidas y a charlar con l@s amig@s? ¿Deberíamos enfocarlo más que como un ensayo
como una preparación a la eucaristía?”
Voy a tratar de responder.
-El coro de una parroquia está al servicio de la liturgia, para orar cantando y para que todos
canten las partes que les corresponden, no poniendo la liturgia al servicio del coro, que
impone canciones simpáticas, con ritmo, con marcha porque “se lo pasan bien". Es la liturgia
la que debe determinarlo y el procurar que todos canten.
-Cualquier música no sirve, ni cualquier letra: estamos en el ámbito de lo sagrado, del
encuentro con el Señor. Aquellas canciones que pueden estar bien para una convivencia,
una excursión, un fuego de campamento, chocan con la naturaleza espiritual, orante, de la
liturgia. Los famosos “cancioneros juveniles” ofrecen cantos sin estilo alguno, muy poco
bíblicos, sentimentales, y cambiando la letra a elementos que no se pueden alterar (por
ejemplo, el Gloria, el Credo, el Santo, el Padrenuestro…) ¿Por qué no utilizar el Cantoral
litúrgico Nacional, por qué no aprender a cantar el salmo responsorial…?

- Tiene mucha importancia la letra de los cantos -¡qué pobres tantas veces!- porque deben
expresar la fe de la Iglesia, y no otras cosas, y la letra con su música permite que se
memorice el contenido más fácilmente. Por eso un buen canto, un salmo, etc., al
memorizarse, sirven como pedagogía de la fe. El canto litúrgico es muy educativo.
- Quienes dirijan el coro, con mucha paciencia, deben inculcar el sentido de la liturgia y la
función tan importante de un coro al servicio de la liturgia; deben amar mucho a Jesucristo
y a la Iglesia y contagiar ese amor a todos los jóvenes del coro.
- El momento del ensayo debería incluir al empezar un momento de formación. Explicar el
sentido y la función de cada canto en la Misa: el canto de entrada, o porqué el Gloria, etc…
con el Directorio “Canto y Música en la celebración”, explicando las partes de la Misa y cada
tiempo litúrgico y sus características (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua…)
- Segundo, en el ensayo, una breve catequesis sobre el canto que se ensaya: qué se dice,
cuáles son las afirmaciones de la fe de ese canto… Sería una introducción espiritual a cada
canto, tal vez, un canto bien explicado cada dos semanas.
Un ensayo de un coro parroquial puede ser un momento formativo, de catequesis, de
iniciación a la liturgia muy fecundo para los jóvenes. No se trata –no lo olvidemos- de cantar
EN la Misa, sino de cantar LA Misa. Y, por cierto, lo escrito anteriormente no es una teoría
irrealizable, sino experiencia vivida.
Si lográramos superar de una vez por todas la vulgaridad musical de la liturgia, con ritmos
profanos y letras sentimentales de dudoso corte eclesial, un coro tendría dos finalidades
magníficos:
1. - potenciar la solemnidad, la oración y el canto en la liturgia, que es medio de
participación activa de todos para unirse al Misterio
2. - y ser un lugar de evangelización para los mismos jóvenes, que podrían ser formados
en los ensayos, conocer la doctrina de la fe mediante el canto, recibir una instrucción
adecuada sobre Cristo y sus Misterios a lo largo del año litúrgico.
Mientras se busque sólo la distracción, que sea entretenida y alegre la liturgia, estaremos
perdiendo la referencia a la esencia de la música y de un coro de jóvenes en las parroquias.

Cortar los abusos en la liturgia

Desde hace años la secularización ha tomado un rostro visible en la celebración de la


liturgia. En la liturgia, cada cual hace lo que quiere, se inventan cosas, se modifican textos
de la liturgia, los cantos (de ínfima calidad musical) son ritmos de fiesta y distracción y
además la letra no refleja la fe de la Iglesia sino sentimentalismos, siempre con la excusa
de la “pastoral” que parece justificar cualquier cosa. Se ha desacralizado, ya no parece en
tantos sitios que sea lugar de encuentro con Dios.
Pablo VI, ¡qué gran Papa, qué desconocido, qué rechazado!, lo avisó y lo denunció
públicamente, pero no fue escuchado. Recordar sus palabras nos puede orientar
para corregir la forma de celebrar la liturgia tan mundana y vivirla con espíritu religioso,
obsequioso, de amor y adoración a Dios.
“Dolor y preocupación son los episodios de indisciplina que se difunden en las diversas
regiones con motivo de las celebraciones comunitarias… con grave perturbación para los
buenos fieles y con inadmisibles motivaciones, peligrosas para la paz y el orden de la misma
Iglesia…
Nos urge más expresar nuestra confianza en que el episcopado sabrá vigilar estos
episodios y tutelar la armonía propia del culto católico en el campo litúrgico y
religioso, objeto en este momento posconciliar de los más asiduos y delicados cuidados;
también extendemos nuestra exhortación a las familias religiosas, de las cuales la Iglesia
espera hoy como nunca una contribución de fidelidad y ejemplo; y luego la dirigimos al clero
y a todos los fieles para que no se dejen embaucar por la veleidad de caprichosas
experiencias, sino que sobre todo traten de dar perfección y plenitud a los ritos prescritos
por la Iglesia…
Pero mayor aflicción nos proporciona la difusión de una tendencia a desacralizar, como
se osa decir, la liturgia (si es que todavía merece este nombre) y con ella, fatalmente, al
cristianismo. La nueva mentalidad, cuyas turbias fuentes no sería difícil descubrir,
pretendida base de esta demolición del auténtico culto católico, implica tales revoluciones
doctrinales, disciplinares y pastorales que no dudamos en considerarla aberrante, y lo
decimos con pena, no sólo por el espíritu anticanónico y radical que gratuitamente profesa,
sino más bien por la desintegración religiosa que fatalmente lleva consigo…
La plegaria auténtica de la Iglesia vuelve a florecer en nuestras comunidades populares; y
esto es lo más y bello y lo más prometedor que ofrece a la mirada de cualquiera que ame a
Cristo nuestro tiempo, tan enigmático, tan inquieto y tan lleno de terrena vitalidad”. (Pablo
VI, Alocución al Consilium ad exsequendam constitutionem de sacra liturgia, 19-abril-1967).
Hemos de recordar una afirmación taxativa, lapidaria, rotunda, del mismo Concilio Vaticano
II, ignorada por todos los que hablan según ese “etéreo espíritu” del Vaticano II que parece
permitirlo todo:
“nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la
Liturgia” (SC 22).
¿Cómo cortar los abusos en la liturgia, sean los pequeños y cotidianos abusos, sean
grandes abusos?
1. Haya vigilancia por parte del episcopado, interés del obispo, que corte y erradique
los abusos, y, con amabilidad y caridad pastoral, recuerde cómo se deben hacer las
cosas santas de la liturgia.
2. Una formación teológica rigurosa en materia de liturgia durante la etapa de estudios
en el Seminario, así como una “enseñanza práctica", que enseñe a celebrar bien para
el futuro.
3. Imprescindible siempre, y yo diría que para todos, acercarse a leer detenidamente y
repasar cada cierto tiempo la Ordenación General del Misal romano.
4. Se exige un cambio de mentalidad: pensar en ajustarnos a la liturgia de la Iglesia con
absoluta fidelidad y no que la liturgia se ajuste a mis peculiares gustos o
creatividades, pensando que lo que yo hago, pienso, invento, es “pastoral".
5. Aquí cabría un largo etc. de posibilidades que a cada uno se nos ocurriría para atajar
estos abusos.
Lo que es evidente es que la liturgia no puede consistir en el capricho de cada cual. La
secularización ha invadido la liturgia, vaciándola de su sentido sagrado y orante. Es de locos
que cada cual haga y deshaga a su arbitrio… maltratando en el fondo la liturgia y creando
confusión en el pueblo santo de Dios, porque de una parroquia a otra las diferencias son
abismales.

Sencillas recomendaciones a los lectores

Es bueno recordar cosas sencillas, porque en ocasiones las damos por ya sabidas, y tal vez
no se saben, o porque recordándolas, las podemos afianzar. En este caso la catequesis va
dirigida a los lectores de la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas
Es un servicio litúrgico de gran importancia, nunca una excusa para intervenir, ni tampoco
un ‘derecho’ de nadie. Es un servicio litúrgico de quien sabiendo la importancia de lo que
lee, sabe proclamar en público la Palabra de Dios sin arrogancia, ni protagonismo alguno.
No todos pueden ni deben leer, porque no todos lo saben realizar adecuadamente.
Ofrecemos unas recomendaciones sencillas para los lectores. Tal vez imprimirlas y
difundirlas podría ser un apostolado litúrgico sencillo pero eficaz.
 El lector debe entender la Palabra que proclama; si no la entiende, no puede darle el
sentido que tiene. Primero debe ser oyente de esa Palabra -haberla leído antes,
captado, rezado- y luego será el portavoz para la Iglesia.

 Clara conciencia de que en ese momento se convierte en portavoz de la Palabra de


Dios, en su altavoz, para que todos escuchen la Revelación que se da. En
consecuencia debe ser fiel transmisor de una Palabra que procede de Dios, escrita
por los autores sagrados (: hagiógrafos) y cuyo último eslabón es el propio lector para
que llegue esa Palabra a la Iglesia, aquí y ahora, en la celebración de los Santos
Misterios.

 Hay que tener especial cuidado con las palabras difíciles, nombres inusuales, estilo
de la misma lectura (poético, narrativo, exhortativo, etc.), y por eso es bueno repasar
ante las lecturas.
 El lector comunica la Palabra de Dios no sólo con las palabras pronunciadas
correctamente (correctamente, claro, no precipitadamente) sino también con el
convencimiento, el tono, el volumen, las inflexiones de voz según las frases.
No es “hacer teatro", sino comunicar adecuadamente, porque es distinto leer para
uno mismo que leer para los demás en alta voz haciendo que los oyentes y el propio
lector se enteren bien de la lectura.

 La preocupación de lector debe ser que todos se enteren y escuchen bien la Palabra
de Dios: para ello procurará leer despacio, alto y claro, con ritmo (ni demasiado
lento que distrae, ni demasiado rápido que aturde), vocalizando, ya que el sonido
llega más lento al oído del oyente. Para eso, además, hay que mirar que el micrófono
esté encendido y a la altura adecuada para recoger la voz, sin pegarlo a la boca.

 Antes de comenzar, cerciorarse de que es la lectura correcta: el libro debe estar


abierto (y si no abrirlo por la cinta que debe estar de modo lateral), fijarse en el día
de la semana en que se está o en qué fiesta o solemnidad. Se ha dado el caso de
que el que ha leído en la misa anterior no ha dejado la cinta en su lugar adecuado, y
el que lee en la siguiente Misa no se da cuenta y lee la lectura del día siguiente o del
anterior. También esto es señal de que no se ha preparado antes la lectura ni se ha
mirado el leccionario, tristemente.

 Al comenzar la lectura no se lee nunca lo que está en rojo, con tinta roja: “IV Domingo
de Cuaresma", ni el orden de las lecturas tampoco se lee porque está en rojo:
“Primera lectura", “Salmo responsorial", “Segunda lectura". Es decir, nunca se lee lo
que esté escrito en letra roja, porque son indicaciones, no texto para leer en alta
voz.

 Se comienza diciendo: “Lectura de…” y se termina haciendo una pequeña


pausa con “Palabra de Dios”, no seguido, como si formase parte del texto, o leído
como si fuera una pregunta “¿Palabra de Dios?", sino con tono de afirmación-
aclamación: “Palabra de Dios". Como es una aclamación, y no una información, no
se dice: “Es Palabra de Dios", ni tampoco se dirá “Esto es Palabra de Dios".

 El salmo habitualmente debe ser cantado, o al menos, el estribillo o respuesta. Lo


excepcional debería ser que se leyese, porque la naturaleza del salmo es la de
ser un poema cantado, una plegaria con música. Si hay que leerlo, no se dirá
“Salmo responsorial” (porque está escrito en rojo) sino directamente lo que todos van
a repetir, por ejemplo: “Mi alma tiene sed del Dios vivo", dando tiempo a que los
demás puedan responder después de cada estrofa. Ayudará mucho que el lector
repita cada vez la respuesta para facilitar los fieles que la recuerden mejor.

 El Aleluya no se lee. Si no se canta, es mejor omitirlo porque es absurdo convertir


una aclamación musical en algo fugaz leído en voz alta.

 Lo ideal será que en todas las Misas haya un lector y a ser posible un lector distinto
para cada lectura. El salmista es el cantor del salmo; si no lo hay, mejor un lector
distinto que aquel que haya leído la primera lectura.

 El lector o los lectores deben acercarse dignamente al ambón para leer, sin carreras
ni precipitación, con dignidad. Lo harán cuando los fieles hayan respondido
“Amén” a la oración colecta que el sacerdote ha recitado, y no antes. Si son varios
lectores, mejor que entonces vayan todos juntos, hagan inclinación profunda al
altar al mismo tiempo, y suban a la vez hacia el ambón para evitar las idas y
bajadas entre lecturas.

 Al final, dejar la cinta del leccionario bien colocada, de manera lateral y no hacia
abajo, evitando que desaparezca entre las hojas del libro y evitar confusión alguna al
siguiente lector.

El salmo responsorial: ¡cantemos!

La Introducción al Leccionario de la Misa destaca el valor del salmo responsorial en la Misa,


su canto, su valor espiritual y catequético, así como la imposibilidad de sustituirlo por
cualquier otro canto.
El salmo, en la liturgia de la Palabra, provoca la respuesta de fe y el asentimiento al diálogo
de salvación que Dios realiza en la acción litúrgica. Va en relación con el contenido de la
primera lectura, o con el sentido general del tiempo: salmos mesiánicos en Navidad
(“Cantad al Señor un cántico nuevo…”) o salmo pascual 117 a lo largo de la cincuentena
pascual (“La piedra que desecharon los arquitectos…”).
Una mala praxis ha arrinconado el canto del salmo, incluso en coros y corales en las grandes
solemnidades, recitándolo simplemente con lo que se reduce a ser una lectura más con
menos resonancia poética y espiritual. Es curioso que coros parroquiales o corales para
grandes días canten todo (hasta lo que no hay que cantar, como el inexistente “Canto de
paz”, y se olviden o ignoren siempre el salmo). Otra praxis, aún más grave, prefiere cantar
cualquier otro canto con tal de cantar algo: ¿se puede sustituir acaso la Palabra de Dios
inspirada por una palabra humana?
Una gran ayuda es el “Libro del salmista” que el Secretariado Nacional de Liturgia en
España publicó hace años, con la musicalización de todos los salmos responsoriales y sus
respuestas, y que debiera ser un referente para la liturgia eucarística dominical cuando el
coro prepara o ensaya los cantos. Y, si no hubiere salmista para cantar él solo las estrofas
desde el ambón, al menos que se cante la respuesta cada domingo.
Siempre ha formado parte integrante de la liturgia de la Palabra; y lo ha sido de forma
sencilla: el cantor entonaba un verso o antífona que luego repetían todos los fieles, y así
contestaban a cada estrofa. Es el “gradual”, como antes lo llamaba la liturgia romana, porque
se cantaba desde las gradas o escalones del ambón.
Tanto fue el aprecio de la Iglesia por el salmo que se cantaba en la liturgia que los Padres
de la Iglesia predicaban muchísimas veces al pueblo partiendo del salmo que se había
cantado o comentando incluso el mismo salmo, versículo a versículo. Así tenemos
comentarios a los salmos de S. Hilario de Poitiers, una serie de Orígenes, una carta-tratado
de S. Atanasio para interpretar los salmos, una colección de homilías de S. Juan
Crisóstomo, o las magníficas “Enarrationes” sobre los salmos del gran san Agustín.
Recordemos lo que prescribe la Ordenación del Leccionario de la Misa:
“El salmo responsorial, llamado también gradual, dado que es “una parte integrante de la
liturgia de la palabra”, tiene gran importancia litúrgica y pastoral. Por eso hay que instruir
constantemente a los fieles sobre el modo de escuchar la palabra de Dios que nos habla en
los salmos y sobre el modo de convertir estos salmos en oración de la Iglesia. Esto “se
realizará más fácilmente si se promueve con diligencia entre el clero un conocimiento más
profundo de los salmos, según el sentido con que se cantan en la sagrada liturgia, y si se
hace partícipes de ello a todos los fieles con una catequesis oportuna”. También pueden
ayudar unas breves moniciones en las que se indique el por qué de aquel salmo
determinado y de la respuesta, y su relación con las lecturas.
El salmo responsorial ordinariamente ha de cantarse. Hay dos formas de cantar el salmo
después de la primera lectura: la forma responsorial y la forma directa. En la forma
responsorial, que se ha de preferir en cuanto sea posible, el salmista o el cantor del salmo,
canta la estrofa del salmo, y toda la asamblea participa cantando la respuesta. En la forma
directa, el salmo se canta sin que la asamblea intercale la respuesta, y lo cantan, o bien el
salmista o cantor del salmo él solo, y la asamblea escucha, o bien el salmista y los fieles
juntos.
El canto del salmo o de la sola respuesta contribuye mucho a comprender el sentido
espiritual del salmo y a meditarlo profundamente. En cada cultura debe utilizarse todo
aquello que pueda favorecer el canto de la asamblea, y en especial las facultades previstas
en la Ordenación de las Lecturas de la Misa referentes a las respuestas para cada tiempo
litúrgico.
El salmo que sigue a la lectura, si no se canta, ha de recitarse en la forma más adecuada
para la meditación de la palabra de Dios. El salmo responsorial se canta o se recita por un
salmista o por un cantor desde el ambón” (OLM 19-22).
Desde que leí esta afirmación de san Juan Crisóstomo no la he podido olvidar por lo gráfica
e impactante que es refiriéndose al estribillo del salmo responsorial:
"Yo os exhorto a no salir de aquí con las manos vacías, sino a recoger las respuestas como
perlas, para que las guardéis siempre, las meditéis y las cantéis a vuestros hijos” (Com. Sal
41).
Esta frase sirve bien de resumen y acicate para que recuperemos el salmo responsorial en
nuestra liturgia.
Resumiendo en algunos puntos lo expuesto:
1. Los salmos deben ser alimento constante para la oración personal, repetirlos,
cantarlos, asimilarlos, memorizarlos, porque esa es la Tradición de la Iglesia.
2. El salmo responsorial, al que alude el Crisóstomo, se cantaba desde el ambón (no
se sustituía por un canto cualquiera) y el pueblo participaba cantando la antífona
como estribillo. Este salmo era objeto muchísimas veces del comentario homilético
del Obispo (y esto era práctica común en todos los ritos y familias litúrgicas y en la
praxis de los Padres de Oriente y Occidente).
3. El pueblo participaba en la sagrada liturgia cantando, oyendo al salmista,
respondiendo con el canto. No asistía en silencio a un rito incomprensible, sino
que tomaba parte cantando, rezando, respondiendo. Y esto mismo le otorgaba un
carácter sagrado a la celebración: cantaban a Dios, cantaban delante de Dios,
cantaban las palabras de Dios (los salmos y antífonas).
Lo sagrado no es asistir en silencio a algo incomprensible.
4. Participar activa, consciente, plenamente es hacer propio, asimilar e interiorizar
las oraciones litúrgicas, las lecturas, el salmo. Es lo que ofrecía el Crisóstomo a
su pueblo: tomar la antífona del salmo responsorial como “bastón de viaje” que lo
acompañara siempre después del Oficio. La participación litúrgica es orar con los
textos que el sacerdote pronuncia, interiorizar las lecturas bíblicas en las que Dios
sigue hablando a su pueblo, dejarse empapar por el estilo y el contenido de los textos
que se proclaman, se rezan o se cantan en la divina Liturgia.

¡Y cuántas cosas más se podrían añadir…!


Empecemos -¡atención los coros parroquiales!- a cantar el salmo responsorial. Y todos a
vivir una sincera espiritualidad litúrgica.

El austero rito de la paz en la Misa romana

Es característica esencial y propia del rito romano que la paz se intercambia después del
Padrenuestro y -antes de la Fracción del Pan, según lo determinó en el siglo VI san Gregorio
Magno.
Desde entonces hasta hoy es uno de los rasgos propios del rito romano -como lo es
también, por ejemplo, arrodillarse en la consagración y que las especies se muestren
para la adoración después de la consagración-.
El Sínodo sobre la Eucaristía, en el pontificado de Benedicto XVI, sugirió desplazar el rito
de la paz romano para anteponerlo al Ofertorio, en vistas, sobre todo, a no perturbar el ritmo
de recogimiento antes de la comunión, dados los múltiples abusos de este rito que se ha
visto desbordado por efusividad y movimientos.
Benedicto XVI recogió esta sugerencia en la exhortación Sacramentum Caritatis:
"La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del Misterio
eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera específica con el rito de la paz.
Se trata indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan
lleno de conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la sensibilidad
común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia pedir
a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana. La paz es
ciertamente un anhelo indeleble en el corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de
la petición de paz y reconciliación que surge del alma de toda persona de buena voluntad,
dirigiéndola a Aquel que « es nuestra paz » (Ef 2,14), y que puede pacificar a los pueblos y
personas aun cuando fracasen las iniciativas humanas. Por ello se comprende la intensidad
con que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A este propósito,
sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este
gesto, que puede adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la
asamblea precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor del
gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a
la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos” (n. 49).
Y en nota a pie de página, n. 53, escribió:
“Teniendo en cuenta costumbres antiguas y venerables, así como los deseos manifestados
por los Padres sinodales, he pedido a los Dicasterios competentes que estudien la
posibilidad de colocar el rito de la paz en otro momento, por ejemplo, antes de la
presentación de las ofrendas en el altar. Por lo demás, dicha opción recordaría de manera
significativa la amonestación del Señor sobre la necesidad de reconciliarse antes de
presentar cualquier ofrenda a Dios (cf. Mt 5,23 s.): cf. Propositio 23″.
Han pasado los años, se consultó a los Obispos, y la Cong. para el Culto Divino emitió una
Carta explicando el sentido de este rito de la paz, manteniéndolo en el lugar propio del rito
romano -después del Padrenuestro- y recordando elementos muy básicos para su
conveniente realización que se han ido olvidando.
Dice esta Carta (con fecha 8 de junio de 2014):
1. «La paz os dejo, mi paz os doy» [1], son las palabras con las que Jesús promete a sus
discípulos reunidos en el cenáculo, antes de afrontar la pasión, el don de la paz, para
infundirles la gozosa certeza de su presencia permanente. Después de su resurrección, el
Señor lleva a cabo su promesa presentándose en medio de ellos, en el lugar donde se
encontraban por temor a los judíos, diciendo: «¡Paz a vosotros!» [2]. La paz, fruto de la
Redención que Cristo ha traído al mundo con su muerte y resurrección, es el don que el
Resucitado sigue ofreciendo hoy a su Iglesia, reunida para la celebración Eucarística, de
modo que pueda testimoniarla en la vida de cada día.
2. En la tradición litúrgica romana el signo de la paz, colocado antes de la Comunión, tiene
un significado teológico propio. Éste encuentra su punto de referencia en la contemplación
eucarística del misterio pascual -diversamente a como hacen otras familias litúrgicas que se
inspiran en el pasaje evangélico de Mateo (cf. Mt 5, 23)- presentándose así como el “beso
pascual” de Cristo resucitado presente en el altar [3]. Los ritos que preparan a la comunión
constituyen un conjunto bien articulado dentro del cual cada elemento tiene su propio
significado y contribuye al sentido del conjunto de la secuencia ritual, que conduce a la
participación sacramental en el misterio celebrado. El signo de la paz, por tanto, se
encuentra entre el Pater noster -al cual se une mediante el embolismo que prepara al gesto
de la paz- y la fracción del pan -durante la cual se implora al Cordero de Dios que nos dé su
paz-. Con este gesto, que «significa la paz, la comunión y la caridad» [4], la Iglesia «implora
la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana, y los fieles se expresan la
comunión eclesial y la mutua caridad, antes de la comunión sacramental» [5], es decir, la
comunión en el Cuerpo de Cristo Señor.
Visto el sentido, hermoso, hondo, de situar la paz dentro de los ritos de preparación
inmediata a la sagrada comunión, hay que cortar los excesos y abusos.
Un rito que es espiritualmente significativo se ha ido convirtiendo en algo parecido a “un
recreo” durante la Misa, saludando todos a todos, moviéndose, haciéndose
interminable, y en ocasiones, abandonando el sacerdote u obispo el mismo altar para dar
la paz indiscriminadamente.
Ni ése es el sentido ni ésa es la costumbre romana de nuestra liturgia, siempre sobria
y elegante.
El rito de la paz expresa la comunión fraterna entre los miembros del Cuerpo de Cristo, la
Iglesia, antes de recibir su Cuerpo en el Sacramento.
No es, desde luego, momento de saludarse y charlar, ni de dar el pésame en un funeral o
entierro, ni de felicitar a los novios recién desposados…
Es otro el sentido; y por ello, ha de ser otro el modo real de dar autenticidad a ese rito,
despojándolo de todo lo que se le ha revestido últimamente y que desdice del decoro y del
orden en la liturgia.
Para una digna realización del rito de la paz en la Misa, que refleje la verdad de lo que se
hace -la paz de Cristo- y se evite lo que lo desfigura (meros saludos y abrazos sin más,
intentando saludar a todos), la Congregación para el Culto divino, con carta de 8 de junio
de 2014, ha recordado lo que ya estaba marcado.
Recoge citas del Misal romano y, explicando el sentido de este rito, recuerda cómo hay que
realizarlo y cuáles son las maneras defectuosas que se han introducido.
6. El tema tratado es importante. Si los fieles no comprenden y no demuestran vivir, en sus
gestos rituales, el significado correcto del rito de la paz, se debilita el concepto cristiano de
la paz y se ve afectada negativamente su misma fructuosa participación en la Eucaristía.
Por tanto, junto a las precedentes reflexiones, que pueden constituir el núcleo de una
oportuna catequesis al respecto, para la cual se ofrecerán algunas líneas orientativas, se
somete a la prudente consideración de las Conferencias de los Obispos algunas
sugerencias prácticas:

a) Se aclara definitivamente que el rito de la paz alcanza ya su profundo significado con la


oración y el ofrecimiento de la paz en el contexto de la Eucaristía. El darse la paz
correctamente entre los participantes en la Misa enriquece su significado y confiere
expresividad al rito mismo. Por tanto, es totalmente legítimo afirmar que no es necesario
invitar “mecánicamente” a darse la paz. Si se prevé que tal intercambio no se llevará
adecuadamente por circunstancias concretas, o se retiene pedagógicamente conveniente
no realizarlo en determinadas ocasiones, se puede omitir, e incluso, debe ser omitido. Se
recuerda que la rúbrica del Misal dice: “Deinde, pro opportunitate, diaconus, vel sacerdos,
subiungit: Offerte vobis pacem” [8].
b) En base a las presentes reflexiones, puede ser aconsejable que, con ocasión de la
publicación de la tercera edición típica del Misal Romano en el propio País, o cuando se
hagan nuevas ediciones del mismo, las Conferencias consideren si es oportuno cambiar el
modo de darse la paz establecido en su momento. Por ejemplo, en aquellos lugares en los
que optó por gestos familiares y profanos de saludo, tras la experiencia de estos años, se
podrían sustituir por otros gestos más apropiados.
c) De todos modos, será necesario que en el momento de darse la paz se eviten algunos
abusos tales como:
- La introducción de un “canto para la paz”, inexistente en el Rito romano [9].
- Los desplazamientos de los fieles para intercambiarse la paz.
- El que el sacerdote abandone el altar para dar la paz a algunos fieles.
- Que en algunas circunstancias, como la solemnidad de Pascua o de Navidad, o durante
las celebraciones rituales, como el Bautismo, la Primera Comunión, la Confirmación, el
Matrimonio, las sagradas Órdenes, las Profesiones religiosas o las Exequias, el darse la paz
sea ocasión para felicitar o expresar condolencias entre los presentes [10].
d) Se invita igualmente a todas las Conferencias de los Obispos a preparar catequesis
litúrgicas sobre el significado del rito de la paz en la liturgia romana y sobre su correcto
desarrollo en la celebración de la Santa Misa. A éste propósito, la Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos acompaña la presente carta circular con
algunas pistas orientativas.
7. La íntima relación entre lex orandi y lex credendi debe obviamente extenderse a la lex
vivendi. Conseguir hoy un compromiso serio de los católicos de cara a la construcción de
un mundo más justo y pacífico implica una comprensión más profunda del significado
cristiano de la paz y de su expresión en la celebración litúrgica. Se invita, pues, con
insistencia a dar pasos eficaces en tal materia ya que de ello depende la calidad de nuestra
participación eucarística y el que nos veamos incluidos entre los que meren la gracia
prometida en las bienaventuranzas a los trabajan y construyen la paz [11].
Termina el documento expresando el deseo de que se dé difusión amplia a esta normativa
y se vaya implantando en todas partes para un fiel desarrollo de la liturgia, ordenado y
espiritual.
Por tanto, y en síntesis:
Igual que es propio del Rito bizantino (divina liturgia de s. Juan crisóstomo) celebrar tras el
iconostasio y realizar la Gran Entrada con el pan y el vino que reciben una veneración
proléptica… así, igual de propio, es en el Rito romano la Paz entre el padrenuestro y la
Fracción.
Ahora bien, cumplamos las normas del Misal:
a) No es obligatorio el intercambio de saludos
b) Se hace con moderación, sólo a los que están al lado
c) No hay “Canto de paz”; se hace en silencio y de manera ágil, sin que parezca el recreo
después de clase.
d) El sacerdote espera -¡lo dice el Misal!- a que se acabe el osculum pacis para comenzar
la Fracción y se cante el Agnus Dei.

El Lavabo de manos en la Misa

Como a veces se presenta el Lavabo de las manos del sacerdote en la Misa como
consecuencia de recibir él personalmente las ofrendas al pie del altar, veamos primero el
rito de las ofrendas, la ubicación del lavabo y el modo de realizarlo hoy según el Misal
romano.
La oblación de los fieles está documentada entre otros por san Cipriano, san Ambrosio, san
Jerónimo, san Agustín, san Cesáreo de Arlés, san Gregorio Magno y el Ordo Romanus (OR)
I.
Las Constituciones Apostólicas establecían la materia de las ofrendas: «No se ha de llevar
cualquier cosa al altar, salvo en su época, las espigas nuevas, las uvas, también el aceite
para la santa lámpara y el incienso para el momento de la divina oblación. Las demás cosas
que se presenten sean destinadas a la casa, como presentes para el obispo o los
presbíteros, pero no para el altar» (VIII, 47,3-4 SC 336,274-276).
Sabemos por las mismas Constituciones (VIII, 12,3) que los dones aportados por el pueblo
eran llevados por los diáconos al altar. Lo mismo decía la Tradición Apostólica: offerant
diaconi oblationes (c. 4). Las aportaciones de los fieles se convirtieron en Occidente en una
auténtica processio oblationis. Más tarde, en Roma según atestiguan los Ordines, el
traslado de los dones fue una tarea clerical sin solemnidad especial: OR I, 69ss (OR II,
91ss).
El complicado esquema de la Misa papal en el Ordo I era así:
Ritos de ofertorio:
 Disposición del corporal y del cáliz sobre el altar.
 Recolección de la ofrenda de pan del Senatorium por parte del Papa.
 Recolección del vino ofrecido por el pueblo por parte del archidiácono.
 Recolección de las ofrendas del clero menor y del resto del pueblo por parte de un
obispo.
 Recolección de las ofrendas por parte del Papa in parte feminarum
 Lavabo.
 Disposición del pan ofrecido sobre el altar
 Ofrecimiento del vino por parte del Papa y diáconos y del agua de parte de la schola
 Recolección de las ofrendas de los presbíteros hebdomadarii y diáconos por parte
del Papa.
 Ofrenda del pan por parte del Papa.
 Oración.
Se recogían las ofrendas por sectores, tanto el Papa, como un obispo y un archidiácono, y
estas ofrendas eran el pan y el vino para la Eucaristía que se celebra. El lavabo está como
un rito en la mitad del ofertorio, antes de recoger la ofrenda del vino. Así vemos que en la
Misa papal, su uso no es higiénico ni práctico, sino simbólico y espiritual, porque luego sigue
la recolección de ofrendas.
En la Misa papal y episcopal, en el ámbito romano-carolingio, el lavabo es habitual; tardó
algunos siglos más en extenderse también a la Misa presbiteral o Misa celebrada por un
sacerdote.
El lavabo en la Misa, después de preparar los dones eucarísticos sobre el altar, no es
por un valor higiénico, ya que es innecesario, sino espiritual, simbólico, ayudando
tanto al sacerdote como a los fieles a disponerse interiormente, con corazón puro, al
Sacrificio eucarístico. Es la explicación que ofrece san Cirilo de Jerusalén en su Catequesis:
“Habéis visto cómo el diácono alcanzaba el agua, para lavarse las manos, al sacerdote y a
los presbíteros que estaban alrededor del altar. Pero en modo alguno lo hacía para limpiar
la suciedad corporal. Digo que no era ése el motivo, pues al comienzo tampoco vinimos a
la Iglesia porque llevásemos manchas en el cuerpo. Sin embargo, esta ablución de las
manos es símbolo de que debéis estar limpios de todos los pecados y prevaricaciones. Y al
ser las manos símbolo de la acción, al lavarlas, significamos la pureza de las obras y el
hecho de que estén libres de toda reprensión. ¿No has oído al bienaventurado David
aclarándonos este misterio y diciendo: «Mis manos lavo en la inocencia y ando en torno a
tu altar, Señor» (Sal 26,6)? Por consiguiente, lavarse las manos es un signo de la inmunidad
del pecado” (Catequesis Mistagógica V, 2).
Se suele afirmar en ocasiones que el lavabo de las manos del sacerdote corresponde a que
se manchaba después de recibir las ofrendas de los fieles. Sin embargo, las ofrendas no
eran tocadas por el sacerdote, sino, en todo caso, por los diáconos al pie del altar. Además,
no en todos los ritos y familias litúrgicas existía tal procesión de ofrendas de todo tipo, sino
que en algunos ritos sólo los diáconos llevaban en procesión al altar el pan y el vino
necesarios.
Ayudado por diáconos o acólitos, el sacerdote se lavaba las manos y luego se las secaba,
normalmente en el área del altar. La estilización del gesto y el alegorismo llevó a que sólo
se lavase las puntas de los dedos índice y pulgar para tocar la Hostia, perdiendo visibilidad
el gesto y el sentido de purificación interior de toda la persona antes de ofrecer la Oblación,
centrándolo sólo en el respeto a la Hostia.
Vayamos a la actual normativa del Misal. Lo primero que tal vez pueda sorprendernos es
que el lavabo de las manos del sacerdote ni se ha suprimido ni se presenta como
optativo, a gusto de quien preside. Es obligatorio, si bien se constata cómo en tantos y
tantos lugares se omite el rito a voluntad:
“En seguida, el sacerdote se lava las manos a un lado del altar, rito con el cual se expresa
el deseo de purificación interior” (IGMR 76).
“Después de la oración Acepta, Señor, nuestro espíritu humilde, o después de la
incensación, el sacerdote, de pie a un lado del altar, se lava las manos, diciendo en
secreto: Lava del todo mi delito, Señor, mientras el ministro vierte el agua” (IGRM 145).
En la esquina del altar (nunca en el centro), los acólitos lavan las manos del sacerdote (no
solamente las yemas de los dedos); y si no hubiere ministro, un recipiente en la credencia
(la mesa auxiliar) permitirá al sacerdote lavarse las manos con humildad.
Lavarse las manos por parte del sacerdote es algo expresivo, significativo, que pide la
purificación y pureza interior para ofrecer el Sacrificio de la Eucaristía. Esas manos,
ungidas el día de la ordenación, se lavan para que sean transparentes y diáfanas y puedan
comunicar el Espíritu Santo. Hace consciente de la gran pureza interior para ofrecer el
Sacrificio; hace consciente de la pequeñez del sacerdote y la necesidad de ser sostenido
por la Gracia. Pide en silencio mientras se lava: “Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi
pecado”.

Cenizas para un Miércoles penitencial

1. Su origen y su vigencia
Rito penitencial antiguo, con el cual los pecadores se agregaban al Orden de los penitentes,
quedaban excluidos de la Comunión eucarística y de la posibilidad de ofrecer, con ayunos
y oraciones, durante un tiempo amplio, hoy las cenizas nos indican a todos los fieles el
camino penitencial (¡y bautismal!) de la santa Cuaresma.
Impresionante y conmovedor rito, que bien vivido, con la suficiente densidad espiritual, sin
duda marcará el inicio de la Cuaresma señalando un “algo” distinto que comienza, un “algo”
que es un tiempo de gracia, de cambio, de acercamiento a Dios, de caducidad de todo lo
perecedero en lo que ponemos, tantas veces, las raíces de nuestra existencia.
“21. El miércoles que precede al primer domingo de Cuaresma, los fieles cristianos inician
con la imposición de la ceniza el tiempo establecido para la purificación del espíritu. Con
este signo penitencial, que viene de la tradición bíblica y se ha mantenido hasta hoy en la
costumbre de la Iglesia, se quiere significar la condición del hombre pecador, que confiesa
externamente su culpa ante el Señor y expresa su voluntad interior de conversión, confiando
en que el Señor se muestre compasivo para con él. Con este mismo signo comienza el
camino de su conversión que culminará con la celebración del sacramento de la Penitencia,
en los días que preceden a la Pascua.
La bendición e imposición de la ceniza se puede hacer o durante la Misa o fuera de la
misma. En este caso se inicia con la liturgia de la Palabra y se concluye en la oración de los
fieles.
22. El miércoles de ceniza es un día penitencial obligatorio para toda la Iglesia y que
comporta la abstinencia y el ayuno” (Cong. Culto divino, Carta sobre la preparación y
celebración de las fiestas pascuales).
Y tiene sentido, muy necesario, para los hombres y mujeres de esta generación, inmersos
en la cultura del relativismo (o del nihilismo, como se prefiera):
"El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el
austero símbolo de las Cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio
de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia
canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad
y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto
puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón
penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe
ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el
significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la
renovación pascual.
A pesar de la secularización de la sociedad contemporánea, el pueblo cristiano advierte
claramente que durante la Cuaresma hay que dirigir el espíritu hacia las realidades que son
verdaderamente importantes; que hace falta un esfuerzo evangélico y una coherencia de
vida, traducida en buenas obras, en forma de renuncia a lo superfluo y suntuoso, en
expresiones de solidaridad con los que sufren y con los necesitados” (Directorio Piedad
popular y liturgia, n. 125).
2. La realización del rito
Las rúbricas señalan de dónde vienen estas cenizas:
"En la misa de este día se bendice y se impone la ceniza, hecha de los ramos de olivo o de
otros árboles, bendecidos el año precedente".
Las cenizas son los ramos de olivo y las palmas del anterior Domingo de Ramos: la
gloria que se convierte en ignominia por la cruz. Del triunfo (externo) de Cristo
acompañado de los ramos, a la ceniza de ellos, a la ignominia, cruz, sepultura del Señor
¡No son cenizas de otras cosas, ni de ramas cogidas de árboles el día antes!
Se omite el acto penitencial del inicio de la Misa, porque el rito penitencial es la imposición
de la ceniza tras la homilía.
Y las oraciones de bendición de la ceniza atienden tanto a las mismas cenizas como, sobre
todo, aquellos que las recibirán; por tanto se bendice en todas las Misas en las que se va a
imponer. Después de la homilía se bendicen las cenizas; el Misal ofrece dos oraciones ad
libitum, que dan la clave del sentido penitencial del rito, su deseo espiritual y su petición a
Dios.
En la primera se bendice a los fieles que van a recibir la ceniza para que alcancen la plenitud
mediante las prácticas cuaresmales pensando ya en la Pascua (¡tan olvidada!):
"Oh Dios, que te dejas vencer por el que se humilla y encuentras agrado en quien expía sus
pecados, escucha benignamente nuestras súplicas y derrama la gracia + de tu
bendición sobre estos siervos tuyos que van a recibir la ceniza, para que, fieles a las
prácticas cuaresmales, puedan llegar, con corazón limpio, a la celebración del misterio
pascual de tu Hijo".
En la segunda oración se tiene más presente la dimensión de expiación y caducidad del
hombre con vistas a la renovación en Cristo:
“Oh Dios, que no quieres la muerte del pecador, sino su arrepentimiento, escucha con
bondad nuestras súplicas y dígnate bendecir + esta ceniza que vamos a imponer sobre
nuestra cabeza; y porque sabemos que somos polvo y al polvo hemos de volver,
concédenos, por medio de las prácticas cuaresmales, el perdón de los pecados; así
podremos alcanzar, a imagen de tu Hijo resucitado, la vida nueva de tu reino".
Estas son las perspectivas teológicas y espirituales del rito que el Miércoles de ceniza, con
devoción y corazón contrito, realizaremos. Ojalá no quede sólo en recibir la ceniza -como
tantos acudirán a recibir este sacramental- sino que desde el principio la mirada esté puesta
en vivir la Pascua y participar de la Vigilia pascual, la gran desconocida de la vida espiritual,
porque la meta es llegar santamente a vivir la gran Vigilia pascual, la Vigilia madre de todas
las santas vigilias.
Tras el rito, la oración de los fieles, y la Misa prosigue como de costumbre.
Insisto sólo en un último detalle: las cenizas se imponen en la cabeza, no en la frente. En
las Escrituras, cuando se hace penitencia, se echa ceniza en la cabeza y se visten de
saco. Lo bíblico y lo que aparece en los libros y en las fórmulas de bendición es “la
cabeza” y si nos remitimos al testimonio gráfico, basta ver fotos de los últimos Papas dónde
reciben la ceniza y dónde la imponen. A mí me causa un poco de extrañeza imponerla allí
donde el Espíritu Santo ha marcado a una persona: en la frente con el Sacramento de la
Confirmación. Me da la sensación (personalísima) de querer empañar la Santa Unción.

¡Estrenamos Misal!

Una presentación sintética puede servirnos de ayuda para captar qué es el Misal romano,
qué significa una nueva edición y cuál son sus principales cambios. Conocerlo será mejor
nuestra vivencia y participación en la santa Eucaristía… porque lo vamos a estrenar este I
Domingo de Cuaresma y es obligatorio para todas las iglesias, parroquias, monasterios,
conventos… en España.

¿Qué es el Misal?
 El Misal es el libro que contiene los textos y oraciones para celebrar la Santa Misa,
el libro del altar. En sus primeras páginas ofrece toda la normativa y explicaciones de
cómo se ha de celebrar paso a paso (se llama “Ordenación General del Misal
Romano”).
 Aunque sea el libro del altar, no es el libro del sacerdote y para el sacerdote; porque
la Eucaristía es sacramento de la Iglesia a todos nos incumbe.
 El Misal busca la participación plena, consciente, interior, fructuosa de todos: que
vivamos más y mejor la Santa Misa tomando parte de ella y ofreciéndonos con Cristo
al Padre.
 El Misal es de toda la Iglesia y para todos los fieles también; el mejor libro para orar.
El Misal nos enseña a orar y cómo ora y celebra la Iglesia. Sirve por tanto para la
oración personal y para prepararnos a la Misa.

¿Por qué una nueva edición?


 La 3ª edición del Misal Romano en latín es de 18 de marzo de 2002, con algunas
correcciones en 2008. Una vez publicado el Misal en latín, hay que traducirlo a todas
las lenguas y que la Santa Sede apruebe esta traducción.
 En la edición castellana destaca sobre todo la traducción que es muy fiel al latín, sin
reinterpretar nada, como ya se hizo con los nuevos Leccionarios. Y es que una
Instrucción de 2001, “Liturgiam authenticam”, de la Congregación para el Culto
divino, pedía que se revisaran todos los Misales y leccionarios en todas las lenguas
y se buscase una traducción que no interpretase, sino que fuese lo más literal posible
al original en latín.

“Algunas novedades” del nuevo Misal


 Santos que han subido de categoría litúrgica (de memoria libre a obligatoria, de
memoria obligatoria a fiesta, etc.)
 Se han añadido nuevas Misas: (por ejemplo, vigilia de Epifanía y Ascensión)
Se ha enriquecido el Misal con nuevos elementos:
 Nuevos textos de la “Oración sobre el pueblo” en Cuaresma, asignándolos para cada
día
 Un prefacio nuevo de Mártires
 Nuevas oraciones colectas alternativas
 Posibilidad de utilizar en la profesión de fe el Símbolo Apostólico en lugar del Credo
“largo” (niceno-constantinopolitano), que ya se hacía en la anterior edición española
del Misal (pero no en forma de preguntas y respuestas, reservado a la Vigilia pascual
y a las Misas en que se celebre el Bautismo)
 Enriquecimiento de los formularios de las misas de la Virgen María.
 Añadido de las melodías de las plegarias eucarísticas y de los prefacios para
fomentar su uso y cuidar el canto litúrgico: así se pueden cantar los saludos, las
respuestas y aclamaciones, las oraciones y prefacios, etc.

Consagración del cáliz: “será derramada por vosotros y por muchos”


 La fórmula de la consagración del cáliz varía buscando, precisamente, la mayor
fidelidad al texto original. En lugar de “que será derramada por vosotros y por todos
los hombres”, se dirá obligatoriamente: “por vosotros y por muchos”.
 “Pro multis”, “por muchos”: ¿Qué entraña, qué significa? “Por muchos” fueron las
palabras mismas del Señor al instituir la Eucaristía (Mt 26,28; Mc 14,24); “por
muchos” es una traducción más fiel que “por todos”; ésta es una traducción menos
exacta porque interpreta el contenido al traducirlo, es una explicación que más bien
“pertenece propiamente a la catequesis” (Carta Cong. Culto divino).
 También la Carta de la Congregación da una explicación del sentido teológico:
“La expresión “por muchos”, mientras que se mantiene abierta a la inclusión de cada
persona humana, refleja el hecho de que esta salvación no ocurre en una forma mecánica
sin la participación o voluntad propia de cada persona; más bien, se invita al creyente a
aceptar en la fe el don que se ofrece y a recibir la vida sobrenatural que se da a aquellos
que participan en este misterio y a vivir así su vida para que sean contados entre los “por
muchos”, a quienes se refiere el texto”.

 La voluntad de Dios en Cristo es la redención de todos los hombres, pero no todos


la aceptarán ni la querrán, sino “muchos”. No todos quieren beneficiarse de la
redención, sino “muchos”. La salvación no es automática: “¡esforzaos en entrar por
la puerta estrecha…!”

Retoques y precisiones en la Ordenación General del Misal Romano


Algunas rúbricas son nuevas, en otros casos se precisa mejor cómo realizar tal rito… Son
normas de obligado cumplimiento para todos. Destaquemos algunas solamente:
- En la procesión de entrada, si no hay diácono, el lector puede llevar el
Evangeliario, pero no se lleva el Leccionario en procesión (OGMR 120).
- La absolución del acto penitencial (“Dios todopoderoso tenga misericordia de
nosotros…”) no tiene eficacia sacramental (OGMR 51). Los domingos, sobre
todo los de Pascua, puede hacerse la aspersión con agua (Ibíd.).
- El texto del Gloria no puede cambiarse (OGMR 53).
- Insiste en una pausa de silencio tras el “Oremos” (OGMR 54) para que todos
eleven sus súplicas en el corazón, y tras esa pausa de silencio el sacerdote
“recolecta” esas oraciones recitando la oración colecta (de ahí su nombre).
- La advertencia de que no es lícito sustituir las lecturas bíblicas y el salmo
responsorial por otros textos no bíblicos (OGMR 57).
- Para el Evangelio, destacando su importancia, “los presentes se vuelven hacia
el ambón” (OGMR 133), ¡todos mirando al ambón!
- Las preces: un solo lector las lee (OGMR 71), no un lector para cada
petición. Las intenciones “sean sobrias, formuladas con sabia libertad, en
pocas palabras” (Ibíd.). La oración con que concluyen las preces, el sacerdote
la recita “con las manos extendidas” (OGMR 138).
- Todos se pondrán en pie al decir el sacerdote: “Orad, hermanos, para que este
sacrificio…” (OGMR 43) y no después.
- Como propio del rito romano, todos los fieles, diáconos y acólitos estarán de
rodillas en la consagración, desde el momento en que se destapa el cáliz y
el sacerdote impone las manos sobre el pan y el vino. ¿Excepciones?
Estrechez del lugar, aglomeración o cuestión de salud; pero incluso los que
por estas razones se queden de pie, harán inclinación profunda cuando el
sacerdote después de mostrar el Cuerpo y la Sangre del Señor hace la
respectiva genuflexión.
- El rito de la paz ha recibido una nueva clarificación y límites, recuperando
la sobriedad y brevedad que siempre ha tenido: “Conviene que cada uno
exprese sobriamente la paz sólo a quienes tiene más cerca” (OGMR 82). El
sacerdote no abandona el presbiterio durante el rito de paz. Tampoco hay
nunca ningún “canto de paz”.
- Es importante, al comulgar, el diálogo de fe entre el ministro y el fiel: “El Cuerpo
de Cristo – Amén” (OGMR 161) comulgando inmediatamente, con respeto,
delante del ministro. Además, antes de comulgar, hay que hacer “la debida
reverencia” (OGMR 160), es decir, inclinación profunda ante el Santísimo (o
genuflexión) antes de comulgar.
Ya en este blog dedicamos varias entradas al Misal romano en su nueva edición castellana.
Sobre las “Novedades y rúbricas": I, II, III y IV. Y sobre el Misal y su nueva
traducción: I, II y III:
En casi todas las diócesis se ha hecho una presentación del Misal a los sacerdotes; las
respectivas Delegaciones de Liturgia han preparado subsidios, dípticos divulgativos,
artículos en las hojas diocesanas, conferencias, Semanas de Liturgia, etc., cada Delegación
según sus posibilidades.
Con este blog queremos aportar una mayor difusión para todo el pueblo santo, para
todos los fieles católicos, de modo que se reciba bien y se sepa lo que supone una nueva
edición del Misal. Puede servir, además, con todos los enlaces, para una buena formación
en las catequesis de adultos parroquiales, o para equipos de liturgia, o para la lectura en
comunidades religiosas.
Sin olvidar que, a la vez que saber las “novedades” del Misal, todos deberíamos repasar
la “Ordenación General del Misal romano” y ajustarnos escrupulosamente a ella para
celebrar y vivir la Santa Misa. ¡Eso sí es “pastoral” de la buena!

La Oración de los fieles (I)

Me parece necesario escribir sobre la Oración de los fieles, llamada también Oración
universal. Las confusiones son tales, y los abusos tan llamativos, que hay que iluminar y
poner orden: basta comprobar, por ejemplo, la mala realización de esta Oración de los fieles
en una novena, en una Confirmación, en unas Primeras comuniones o en cualquier Misa
que tenga carácter especial.
La Oración de los fieles es la intercesión que hacen los bautizados (los fieles
cristianos), a propuesta del diácono que indica la intención por la que orar. Es decir,
el diácono señala el motivo de oración a todos los presentes y entonces los fieles oran juntos
por esa intención: “Señor, escucha y ten piedad”, “Te rogamos, óyenos”, “Escúchanos,
Señor”, “Kyrie, éleison”. Esto es oración de los fieles porque, en primer lugar, la hacen todos
los fieles (no un lector) y, en segundo lugar, porque se dirigen directamente a Dios. Esa
respuesta de todos es la verdadera Oración de los fieles.
“De los fieles”:
Vayamos a las definiciones porque nos dan el sentido de las cosas. En la Introducción
General del Misal Romano se nos explica esta oración universal:
“En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la
Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece
súplicas a Dios por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga de ordinario
en las Misas con participación del pueblo, de tal manera que se hagan súplicas por la santa
Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren diversas necesidades y por todos los
hombres y por la salvación de todo el mundo” (n. 69).
Y unas Orientaciones pastorales de la Comisión Episcopal de Liturgia (que están al principio
del libro “La oración de los fieles” y que es un subsidio presente en cualquier parroquia)
desarrolla aún más el sentido y el valor de esta Oración universal:
"Se da el nombre de Oración universal o de Oración de los fieles a la súplica o intercesión
que la asamblea de los fieles dirige a Dios, después de la invitación hecha por el ministro
idóneo, para pedir principalmente por las necesidades de la Iglesia y de todo el mundo.
Mediante esta súplica el pueblo ejercitando su oficio sacerdotal, ruega por todos los
hombres, de modo que, completando en sí mismo los frutos de la liturgia de la Palabra,
pueda hacer más adecuadamente el paso a la liturgia eucarística.
La Oración universal tiene su puesto en la Misa y en otras acciones litúrgicas, y también en
los ejercicios piadosos. Al realizarla, la Iglesia reunida expresa su fe en la comunión de los
Santos y en su vocación universal como intercesora en favor de todos los hombres. El
pueblo de Dios ejerce su sacerdocio real de manera eminente al participar en los
sacramentos, pero también cuando realiza esta oración. De suyo, esta plegaria pertenece
solamente a los fieles, no a los catecúmenos. Los neófitos han de participar en ella de
manera activa, una vez que han alcanzado la dignidad del sacerdocio real” (n. 1).
Por tanto, Oración de los fieles es la respuesta orante de todos al Señor a una intención que
un diácono o un lector van proponiendo a todos. No confundamos los términos: no es
oración de los fieles cada una de las peticiones que se señalan porque son simplemente
moniciones, indicaciones; ni es oración de los fieles entendiendo que cada petición (a veces
en un lenguaje no de monición, sino directamente dirigido a Dios, no a los fieles) la haga un
lector distinto. La Oración de los fieles es la plegaria común que todos realizan: “Te
rogamos, óyenos”.
Y la Tradición de la Iglesia lo tenía muy claro. Terminada la Liturgia de la Palabra, el diácono
despedía a los penitentes y a los catecúmenos (“Catecúmenos, podéis ir en paz”) tal como
podemos leer, por ejemplo, en las Constituciones Apostólicas del siglo IV. Cuando se habían
marchado, los fieles, aquellos que habían recibido el Espíritu Santo en la Iniciación cristiana
y son hijos de Dios, pueden orar al Padre. El acento recaía entonces en lo que los fieles
(¡los bautizados!) iban a realizar, no en el número de lectores que proponían las
intenciones sino en la oración de todos los bautizados intercediendo ante Dios.

La bendición con la Oración "super populum"

Entre los elementos que enriquecen la celebración de la Santa Misa están la bendición
solemne o la oración “super populum”, con que se solemniza la bendición final de la Misa.
En la nueva edición del Misal aparece al final del formulario de la Misa diaria esta última
oración “super populum”, que se realiza ad libitum, es decir, no es obligatoria, pero sí es
aconsejable, porque forma parte de la más antigua tradición romana.
Sin embargo, y en general –salvadas las excepciones que sean- se realiza mal. Si nos
vamos al Ordinario de la Misa encontramos cómo se realiza el rito.
Terminada la oración de postcomunión, el sacerdote saluda a fieles diciendo:
V/ El Señor esté con vosotros.
R/ Y con tu espíritu.
El diácono (y si no lo hay, el sacerdote) indica a los fieles la postura:
V/ Inclinaos para recibir la bendición.
Aquí todos se inclinan y permanecen inclinados hasta terminar la bendición, porque la
bendición es gracia del Señor y la recibimos humildemente, como un don.
Entonces el sacerdote extiende las manos sobre el pueblo; no como se extienden para
las oraciones de la Misa o el prefacio (en forma de cruz, con las palmas de la manos hacia
delante), sino imponiéndolas sobre el pueblo, como una epíclesis, una petición de
descenso del Espíritu Santo y su gracia.
Con las manos así, sobre el pueblo, recita la oración, que concluye “por Jesucristo, nuestro
Señor. –R/ Amén”.
E imparte la bendición:
“La bendición de Dios todopoderoso, Padre…”
Son pequeños signos, pequeños ritos, pero elocuentes si se hacen bien. Normalmente se
olvida la monición: “Inclinaos para recibir la bendición”, y en muchos casos la postura de las
manos no es de epíclesis sobre el pueblo…
¿Qué suplican estas “oraciones super populum”?
Por ejemplo:
Señor, protege con tu mano poderosa a este pueblo suplicante; dígnate purificarlo y
orientarlo para que, consolado en el presente, tienda sin cesar hacia los bienes futuros.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
O también:
Señor, que tu pueblo reciba los frutos de tu generosa bendición para que, libre de todo
pecado, logre alcanzar los bienes que desea.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Y un último modelo:
Ilumina, Señor, a tu pueblo para que cumpliendo tu santa voluntad pueda practicar siempre
el bien.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Con este tipo de oraciones se suplica la dirección interior de los fieles cristianos: desear a
Dios, vivir santamente como fruto de la celebración eucarística, ser sostenidos por su
gracia.
Y es que, más en este tiempo de Cuaresma, necesitamos la bendición de Dios que nos
sostenga en nuestra debilidad: son muchos (¡deberían ser muchos!) los ayunos,
penitencias, mortificaciones, oraciones, ejercicios de misericordia y de caridad, y para no
desfallecer, la bendición de Dios sostendrá nuestra debilidad.
Lo sagrado es propio de la liturgia (Sacralidad - I)

Uno de los elementos que está muy desfigurado hoy, en nuestra práctica pastoral, es la
sacralidad de la liturgia, su solemnidad y sentido espiritual de estar ante Dios. Vamos a
dedicar una serie de artículos a la sacralidad en la liturgia para retomar, recuperar, algo que
jamás debería haber desaparecido.
Afirmar la sacralidad de la liturgia no es corriente hoy; más bien, concurriendo diversas
causas para esto, se afirma lo contrario, desacralizándola, haciéndola vulgar y banal, de
modo que no haya diferencia alguna entre la liturgia y lo profano, entre la liturgia y lo
cotidiano. En gran medida, se ha relegado a Dios al segundo plano para exaltar al hombre
y la comunidad, sus emociones, su subjetividad. La desacralización de la liturgia ha sido
una opción querida y buscada, potenciando lo lúdico, lo festivo y lo didáctico.
La liturgia es glorificación de Dios y santificación de los hombres. En la liturgia ha de
cumplirse lo que Cristo recordó a Satanás en el desierto: “Al Señor, tu Dios, adorarás, y sólo
a Él darás culto” (Mt 4,10). El culto divino, la expresión humana de adoración a Dios, se
realiza en la liturgia de la Iglesia.
Tampoco acaba de ser cierta la afirmación de que Cristo ha roto la separación entre lo
sagrado y lo profano cuando al expirar se rasgó el velo del Templo, porque la redención aún
no se ha completado y el mundo sigue siendo mundo, secular, dominado por el Príncipe de
las tinieblas (cf. Jn 12,31; 2Co 4,4), el padre de la mentira (Jn 8,44), mientras que la Iglesia
–y su liturgia- es el ámbito claro de lo divino, del encuentro con Dios y de su actuación
salvífica. Por eso la liturgia marca un hiato, una ruptura, entre lo profano (aún por
redimir) y lo sagrado, entre el mundo terreno en el que nos desenvolvemos y las realidades
celestiales que pregustamos en la liturgia.
Sí, la liturgia es el ámbito de lo sagrado; más aún, la liturgia es sagrada. Una buena imagen
de lo que ocurre en la sagrada liturgia y de la actitud y el comportamiento necesarios los
tenemos en el episodio de Moisés ante la zarza ardiente: se le manda que se descalce y
adore porque “el sitio que pisas es terreno sagrado” (Ex 3).
Cristo mismo vivió en su existencia terrena la sacralidad de la liturgia de la Antigua Alianza
–salmos, oraciones, bendiciones, peregrinaciones al Templo de Jerusalén, etc-. La Cena
pascual era un gran acto litúrgico, solemne y sagrado. Cualquiera que conozca el desarrolla
del seder pascual ve la disposición solemne de la mesa, la mejor vajilla y copas, el ritual
establecido, los salmos cantados, etc., y así Cristo celebró la Última Cena, añadiendo la
Eucaristía, consagrando el pan y el vino. Esto está lejos de la consideración secularizada
de que esta Última Cena fue una comida con unos colegas, informal y dramática, sino
una verdadera liturgia, sagrada, ritual, de Jesucristo, el verdadero Cordero pascual.
La liturgia es glorificación de Dios, como después, la existencia cristiana entre las
realidades temporales, será su prolongación, una glorificación de Dios en el mundo:
“glorificad a Dios en vuestros corazones” (1P 3,15), “ofreced vuestros cuerpos como hostia
viva” (Rm 12,1), “servid a Cristo Señor” (Col 3,23).
Desacralizar la liturgia es desnaturalizarla, hacerla irreconocible e inservible. Al final se
acaba sustituyendo a Dios por el hombre, y la glorificación de Dios por el culto al hombre y
la exaltación de sus emociones, afectos, compromisos.
Muchos años llevamos ya asistiendo a esta pobreza litúrgica, cada vez más antropocéntrica
y menos sagrada, cada vez más convertida en espectáculo y menos recogida, interior y
espiritual. Ratzinger, atento a todas estas realidades, desgranaba sus raíces y
consecuencias hace ya años:
“En los últimos quince años hemos estado demasiado condicionados por la idea de
‘desacralización’. Estuvimos bajo el impacto de las palabras de la carta a los Hebreos:
‘Cristo murió fuera de la puerta’ (13,12). Además, esto se puso en conexión con otra frase
que dice que en el momento de la muerte del Señor el velo del templo se rasgó en dos. El
templo, ahora, está vacío. El sacrum, la santa presencia de Dios, ya no se oculta en él; está
fuera, en el exterior de la ciudad. El culto se ha trasladado desde la casa santa a la vida,
pasión y muerte de Jesucristo. Él fue presencia auténtica de Dios ya durante su vida. Al
rasgarse el velo del templo –habíamos pensado-, habían sido desgarrados los límites entre
lo sagrado y lo profano. El culto ya no es algo separado de la vida cotidiana, sino que lo
santo habita en la cotidianeidad. Lo sagrado ya no es un ámbito especial, sino que quiere
estar en todas partes, se quiere realizar precisamente en el ámbito mundano. De aquí se
han sacado consecuencias muy concretas, incluso para las vestiduras de los sacerdotes,
para la forma del culto litúrgico y la arquitectura de iglesias. En todas partes se debían abatir
los bastiones: en ningún ambiente debían ya ser distinguibles entre sí la vida y el culto…
En la medida en que el mundo no ha llegado a plenitud, permanece en él la diferencia entre
lo sagrado y lo profano, pues Dios no le priva de la presencia de su santidad, pero tampoco
esa santidad suya lo ha asumido todavía en su totalidad. La pasión de Jesucristo fuera de
los muros de la ciudad y la ruptura del velo del templo no significan que ahora todo espacio
sea templo o que absolutamente nada lo pueda ser ya. Esto solamente ocurrirá en la nueva
Jerusalén…
Esto quiere decir que aquí la sacralidad es más densa y más potente, porque es más
auténtica de lo que era en la Antigua Alianza… La reverencia no se ha hecho superflua, sino
más exigente. Y como el hombre está formado de cuerpo y alma, y además es un ser
sociable, también necesitamos siempre la expresión visible de la reverencia, las reglas de
juego de su configuración colectiva, de sus signos visibles en este mundo no salvado y no-
santo” (Ratzinger, J., Homilía, en Obras Completas, vol. XI, 356-357).
Nadie puede excusarse con palabras mágicas, como si fueran un talismán, para continuar
desacralizando la liturgia e impidiendo el encuentro con Dios; no es “pastoral” desfigurar
la liturgia, sino lo más anti-pastoral, impropio de un pastor que quiera llevar a su rebaño
a los prados fértiles; no es “creatividad” reinventar la liturgia constantemente a
gusto del consumidor humano, degradándola en espectáculo, sino que “creatividad” será
buscar medios de evangelización para las nuevas realidades y desafíos; no es “evangelizar”
hacer de la liturgia un discurso de moniciones constantes y amplias homilías con el nuevo
moralismo de hoy (¡hablar de valores!) porque la liturgia evangeliza por sí misma y es
distinta por completo del ámbito didáctico de la catequesis.
La liturgia, que es sagrada, tiene su propia función, su propio camino y su propia naturaleza;
cuando se desacraliza, se destruye, prestando un pésimo servicio a las comunidades
cristianas.

Más sobre la Oración de los fieles (II)

En su solemnidad, ¡los bautizados oran movidos por el Espíritu intercediendo por la Iglesia,
el mundo y los que sufren!, el desarrollo ritual es sencillo:
 El sacerdote invita a todos a la oración.
 Un diácono o un lector proponen la serie de intenciones para orar.
 Los fieles oran respondiendo a cada intención.
 El sacerdote concluye recitando una breve plegaria con las manos extendidas.

De nuevo la IGMR que marca la pauta (obligatoriamente) para todos:


“Dicho el Símbolo, en la sede, el sacerdote de pie y con las manos juntas, invita a los fieles
a la oración universal con una breve monición. Después el cantor o el lector u otro, desde
el ambón o desde otro sitio conveniente, vuelto hacia el pueblo, propone las intenciones; el
pueblo, por su parte, responde suplicante. Finalmente, el sacerdote con las manos
extendidas, concluye la súplica con la oración” (IGMR 138).
“Las intenciones de la oración de los fieles, después de la introducción del sacerdote, de
ordinario las dice el diácono desde el ambón” (IGMR 177).

Por si fuera poco:


“Pertenece al sacerdote celebrante dirigir las preces desde la sede. Él mismo las introduce
con una breve monición, en la que invita a los fieles a orar, y la termina con la oración. Las
intenciones que se proponen deben ser sobrias, compuestas con sabia libertad y con pocas
palabras y expresar la súplica de toda la comunidad.
Las propone el diácono, o un cantor, o un lector, o bien, uno de los fieles laicos desde el
ambón o desde otro lugar conveniente.
Por su parte, el pueblo, de pie, expresa su súplica, sea con una invocación común después
de cada intención, sea orando en silencio” (IGMR 71).
Cuando se oye decir que “van a participar en la oración de los fieles”, se suele estar diciendo
más bien, no que los fieles van a orar ya que esa es la participación, sino que cada intención
la va a leer una persona distinta, convirtiendo este momento orante en un movimiento de
personas y micrófono, pensando que eso es participar en la oración de los fieles. ¿Pero no
hemos quedado en que son los fieles los que oran y así participan? Pues acabamos
confundiendo los términos, dejamos de pensar en que los fieles oren y hacemos que
cada intención la lea una persona distinta soñando equivocadamente que eso es
participar, ¡y no lo es!
Las Orientaciones pastorales de la Comisión Episcopal de Liturgia ya advertían que “de
suyo ha de ser un solo ministro el que proponga las intenciones, salvo que sea conveniente
usar más de una lengua en las peticiones a causa de la composición de la asamblea. La
formulación de las intenciones por varias personas que van turnándose, exagera el carácter
funcional de esta parte de la Oración de los fieles y resta importancia a la súplica de la
asamblea” (n. 9).
El Misal, garantizando el orden y el decoro, insiste más en la oración como tal de los fieles
que en los lectores de las intenciones: un diácono, y si no lo hay, un cantor o un lector: en
todo caso, una sola persona señala a todos los fieles los motivos y necesidades para que
oren.
Los niños de Primera Comunión, o los jóvenes recién confirmados, o una cofradía en una
Novena, por ejemplo, no participan más porque 6 lectores enuncien uno a uno las
intenciones, sino que participan más cuando juntos oran a lo que un diácono o un
lector les ha invitado. Y es que participar no es sinónimo de intervenir, ejerciendo un
servicio o un ministerio.

¡Cuidado con las partículas!

Tomando pie de un texto conocidísimo, un clásico, del teólogo y exégeta alejandrino


Orígenes, del siglo III, podríamos hacer unas cuantas reflexiones que nos ayuden a mejorar
nuestra vida litúrgica y sacramental, o sea, en definitiva, nuestra vida espiritual.
En una de las homilías sobre el libro del Éxodo, predica:
“Sabéis, vosotros que soléis estar presentes en los misterios divinos, cómo, cuando recibís
el cuerpo del Señor, lo conserváis con toda cautela y veneración, para que no caiga la
mínima parte de él, para que no se pierda nada del don consagrado. Os consideráis
culpables, y con razón, si cae algo por negligencia. Ahora bien… ¿por qué creéis que
despreciar la Palabra de Dios es menor sacrilegio que despreciar su cuerpo?” (Ex., h. 13,
3).
1) El primer dato que salta a la vista: la práctica habitual durante siglos fue recibir la
sagrada comunión en la mano. Es lo que testimonia Orígenes que conoce tanto la práctica
de su Iglesia natal, la de Alejandría, como la de Cesarea de Palestina. Comulgar en la mano,
es decir, recibir del ministro en las propias manos el Pan santísimo.
Para la Iglesia de los Padres, recibir al Señor en las manos no era una irreverencia ni una
falta de adoración. Orígenes en el texto resalta el sumo cuidado que tenían los fieles en
que no cayera ni la más mínima partícula al suelo, que no se perdiera nada del don
consagrado. Los fieles sabían bien a Quién recibían y lo hacían con “cautela y veneración”,
con conciencia clara, sin pensar que recibían algo, un símbolo, una cosa.
Hoy, para nosotros, deberíamos sacar una lección práctica: quienes según el uso
permitido comulgan en la mano, deben hacerlo delante del sacerdote y vigilar que no
quede ninguna partícula en su mano, y si la hay, consumirla inmediatamente. Es
verdad que ahora es más difícil con las obleas que si fuera pan fermentado o pan ázimo,
pero el cuidado debe extremarse, como lo hicieron generaciones de hermanos nuestros
antes de nosotros.
2) Y, ya que estamos, hemos de pensar la seriedad del acto de comulgar. Hay que
discernir en la conciencia si podemos o no acercarnos al sagrado banquete para evitar
comer y beber la propia condenación, según amonesta el Apóstol (cf. 1Co 11,29). Jamás
en pecado mortal podemos acceder a la Mesa santa. No se trata del gusto personal, o de
si sentimos o no necesidad piadosa de comulgar, sino de examinar realmente la vida y ver
si estamos o no en pecado mortal, si tendríamos más bien que ir al confesionario en vez de
al comulgatorio.
De nuevo un texto de Orígenes a este respecto; comentando un salmo, se dirige a los
pecadores diciendo:
“¿No temes comulgar el cuerpo de Cristo al acercarte a la Eucaristía, como si fueras
inocente y puro, como si no hubiera nada en ti indigno, y en todo esto te persuades de que
escaparás del juicio de Dios? ¿No te acuerdas de lo que está escrito que “entre vosotros
hay muchos impedidos, y enfermos, y durmientes”? ¿Y por qué muchos impedidos? Porque
no se juzgan a sí mismos, no se examinan, no comprenden lo que es comulgar con la Iglesia
y acercarse a un misterio tan excelente y tan sublime” (Ps. 37, 2, 6).
3) Si tanto cuidado es necesario para que no se pierda nada del Cuerpo del Señor al
comulgar, el mismo cuidado es necesario –recalcaba Orígenes- con la Palabra del Señor
que se lee en la sagrada liturgia.
En cualquier versículo, en cualquier lectura, en el canto del salmo, etc., puede el Señor
derramar su gracia y su luz sobre el alma. Cuando se proclama la Palabra de Dios es
imprescindible el recogimiento, la actitud serena del alma atenta a lo que el Señor
pueda y quiera darle. La distracción durante las lecturas de la Escritura hace que caigan al
suelo y se pierdan partículas de la Palabra. No digamos nada de quienes habitualmente
llegan tarde a la Santa Misa y entran ya por el Evangelio. ¡Quién sabe lo que el Señor hoy
y aquí, en esta lectura, en este versículo, quiere darme a mí!
Así que… ¡cuidado con las partículas! ¡Que no se pierdan ni del Cuerpo eucarístico de Cristo
ni de su Palabra!

Jesús no abolió lo sagrado (Sacralidad - II)

Una mala teología, de influencia protestante liberal, insiste y repite que Cristo abolió lo
sagrado y ya no hay diferencia ni distancia entre lo sagrado y lo profano. Por eso la liturgia
cristiana debería despojarse de sacralidad, solemnidad y belleza, y se profana, simplista,
convencional, más parecida a una reunión de amigos y colegas, sin un lenguaje litúrgico
sino tomando las expresiones coloquiales de la vida cotidiana, los gestos de lo cotidiano, y
cuanta menos diferencia exista, mejor.
¿Responde esto a la verdad de la fe? ¿La sacralidad de la liturgia es un invento humano y
ya fue abolida por Jesucristo? ¿Lo sagrado de la liturgia es una barrera, un impedimento,
un obstáculo? ¿Cuánto menos sagrada sea la liturgia y más informal y populista, es más fiel
al deseo e intención de Cristo?
Aporta mucha luz a esta cuestión la palabra de Benedicto XVI:
Cristo “no ha abolido lo sagrado, sino que lo ha llevado a cumplimiento, inaugurando un
nuevo culto, que sí es plenamente espiritual pero que, sin embargo, mientras estamos en
camino en el tiempo, se sirve todavía de signos y ritos, que sólo desaparecerán al final, en
la Jerusalén celestial, donde ya no habrá ningún templo. Gracias a Cristo, la sacralidad es
más verdadera, más intensa, y, como sucede con los mandamientos, también más exigente.
No basta la observancia ritual, sino que se requiere la purificación del corazón y la
implicación de la vida” (Hom. en el Corpus Christi, 7-junio-2012).
Esa plenitud del culto que el hombre puede tributar a Dios, llamada liturgia cristiana, posee
una observancia ritual, unas normas y un modo de celebrar la liturgia, que, a un tiempo, es
espiritual, orante, y que transforma la existencia cristiana, incide en la vida. La sacralidad
de la liturgia está llena de genuina espiritualidad, santificando al hombre y convirtiendo su
vivir diario en un culto en Espíritu y verdad (cf. Jn 4,23).
Son muchos los elementos que convergen en la sacralidad de la liturgia: el seguimiento
exacto (y no arbitrario) de las normas litúrgicas; el ambiente y el modo de celebrar con
unción y recogimiento; la música sagrada, litúrgica, sin introducir ritmos profanos o
instrumentos ruidosos más propios de una sala de fiestas o un concierto pop; el material y
diseño de los elementos litúrgicos (vasos sagrados, altar, sede y ambón, el incensario y los
candelabros, las vestiduras litúrgicas…); la sabia combinación de lecturas bíblicas,
oraciones y silencio; los gestos litúrgicos (santiguarse, arrodillarse, hacer la genuflexión,
imponer las manos, inclinarse…).
Todos estos elementos y realidades de la liturgia dan forma a la sacralidad y logran que la
liturgia sea solemne y hermosa, sin los visos de lo trivial, o de la dejadez, o de lo vulgar, o
de lo anodino, o de lo informal y descuidado, o de lo chabacano. La solemnidad en la liturgia
favorece la vivencia interior, ayuda a orar espiritualmente, sitúa ante el Misterio de Dios en
Jesucristo:
“No es ciertamente triunfalismo la solemnidad del culto con el que la Iglesia expresa la
belleza de Dios, la alegría de la fe, la victoria de la verdad y la luz sobre el error y las tinieblas.
La riqueza litúrgica no es propiedad de una casta sacerdotal; es riqueza de todos, también
de los pobres, que la desean de veras y a quienes no escandaliza en absoluto” (Ratzinger,
J., Informe sobre la fe, Madrid 1985, 143-144).
La belleza de la liturgia está al servicio del Misterio. No es emoción ni exaltación de los
sentimientos y la emotividad (como los aplausos o las intervenciones espontáneas…); es
serenidad pacífica del alma, invitación a la trascendencia y alabanza a Dios. Existen modos
de hablar, de predicar, de moverse en el altar, que son informales, descuidados;
existen cantos que buscan el ritmo casi frenético que aturde; se dan estilos de
celebrar que en vez de elevar a Dios, abajan más, distraen, entretienen, porque carecen
de belleza, de hermosura, de verdad y de solemnidad.
Por el contrario, la solemnidad y la belleza son notas inherentes y propias de la liturgia,
acompasadas con la dignidad y la devoción-recogimiento:
“Las liturgias de la tierra, ordenadas todas ellas a la celebración de un Acto único de la
historia, no alcanzarán jamás a expresar totalmente su infinita densidad. En efecto, la
belleza de los ritos nunca será lo suficientemente cuidada, elaborada, porque nada es
demasiado bello para Dios, que es la Hermosura infinita. Nuestras liturgias de la tierra no
podrán ser más que un pálido reflejo de la liturgia, que se celebran en la Jerusalén de arriba,
meta de nuestra peregrinación en la tierra. Que nuestras celebraciones, sin embargo, se le
parezcan lo más posible y la hagan presentir” (Benedicto XVI, Hom. en Vísperas, Notre-
Dame (París), 12-septiembre-2008).
La sacralidad de la liturgia, con su solemnidad y belleza, intenta plasmar la liturgia
del cielo, elevándonos. Pensemos en las hermosas descripciones del libro del Apocalipsis
sobre la liturgia celestial ante el trono de Dios y del Cordero (4,10; 5,9; 11,16-17; 19,4); se
postran, adoran, cantan himnos, el incienso como oración, las túnicas blancas, etc. Esa es
la realidad que quiere copiar, lo más perfectamente posible, la liturgia terrena de la Iglesia
peregrina.
Cultivar hoy la sacralidad de la liturgia, potenciar su solemnidad, realizarla bellamente, es lo
más pastoral y creativo que podemos y debemos hacer.

Estilo de la Oración de los fieles (III)

Las intenciones se proponen a los fieles para que ellos oren, por tanto, es un lenguaje que
tiene por interlocutor a la asamblea santa. Se trata de señalar la intención, marcar la
dirección de la oración, sin grandes artificios y, por supuesto, sin convertir este momento en
una catequesis o en un discurso para explicar lo que hay que pedir. Normalmente lo más
adecuado serían fórmulas así:
1. Encabezadas “Por…”: “Por la Iglesia, por el papa, por el colegio episcopal, los
presbíteros y diáconos. Roguemos al Señor”.
2. Encabezadas señalando el fin de la petición “Para que…”: “Para que los pobres
sean socorridos, los enfermos aliviados. Roguemos al Señor”.
3. O como fórmula diaconal: “Oremos por…”, “Pidamos por…”: “Oremos por los
enfermos y quienes los atienden, por los hospitalizados y por los agonizantes”;
“Pidamos por los catequistas y por sus grupos; pidamos por los padres y madres de
familia”.
Estos son los tres modos que hallamos en las intenciones de diferentes rituales y
celebraciones litúrgicas, que, por tanto, sirven de pauta y modelo para todos.
a) Con el inicio “Por”, sirva de ejemplo las intenciones -¡y el contenido, el tono!- del ritual
de la Confirmación:
“Por estos hijos suyos, a quienes el don del Espíritu Santo ha confirmado hoy como
miembros más perfectos del pueblo de Dios” (RC 35).
“Por la santa Iglesia de Dios, para que congregada por el Espíritu Santo en la confesión de
una misma fe, crezca en el amor y se dilate por el mundo entero hasta el día de la venida
de Cristo” (RC 37).
O el ritual del Matrimonio, con intenciones bellísimas, en lugar del sentimentalismo de tantas
peticiones “creativas”:
“Por la santa Iglesia: para que Dios le conceda ser siempre la esposa fiel de Jesucristo.
Por los nuevos esposos N. y N.: para que el Espíritu Santo los llene con su gracia y haga
de su unión un signo vivo del amor de Jesucristo a su Iglesia.
Por nuestro hermano N.: para que sea siempre fiel al Señor como Abrahán y admirable por
su piedad y honradez como Tobías” (RM 75).
b) Con el inicio “Para que”, por ejemplo, el ritual del Bautismo de niños:
“Para que este niño, al participar en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, alcance
nueva vida, y por el Bautismo se incorpore a su Santa Iglesia” (RBN 143).
“Para que sepultados por el Bautismo en la muerte de Cristo, participen en su resurrección”
(RBN 211).
“Para que reciban la adopción de hijos de Dios por el bautismo” (RBN 212).
O las intenciones de las letanías de los santos:
“Para que bendigas, santifiques y consagres a estos elegidos. R/ Te rogamos, óyenos.
Para que concedas paz y concordia a todos los pueblos de la tierra. R/ Te rogamos…
Para que tengas misericordia de todos los que sufren. R/ Te rogamos…” (Rito de
ordenación).
“Para que regeneres a estos elegidos con la gracia del Bautismo. R/ Te rogamos, óyenos”
(Rito de bautismo de adultos en la Vigilia pascual).
c) En forma diaconal, con el incipit “Oremos por”, tenemos el gran ejemplo de la liturgia
del Viernes Santo, en la acción litúrgica de la Pasión del Señor.
“Oremos, hermanos, por la Iglesia santa de Dios, para que el Señor le dé la paz, la mantenga
en la unidad, la proteja en toda la tierra, y a todos nos conceda una vida confiada y serena,
para gloria de Dios, Padre todopoderoso…
Oremos por los que no creen en Cristo, para que, iluminados por el Espíritu Santo,
encuentren también ellos el camino de la salvación…
Oremos también por los gobernantes de todas las naciones, para que Dios nuestro Señor,
según sus designios, les guíe en sus pensamientos y decisiones hacia la paz y libertad de
todos los hombres…
Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, por todos los que en el mundo sufren las
consecuencias del pecado, para que cure a los enfermos, dé alimento a los que padecen
hambre, libere de la injusticia a los perseguidos, redima a los encarcelados, conceda volver
a casa a los emigrantes y desterrados, proteja a los que viajan, y dé la salvación a los
moribundos”.
El lenguaje de esta oración es proponer una intención para que los fieles oren; no es por
tanto el momento para que el lector ore él y en lugar de proponer una intención se dirija
directamente a Dios. En la tradición litúrgica para la Eucaristía en todos los ritos, a
Dios únicamente se dirige el sacerdote que preside (porque actúa in persona Christi) o
todos los fieles a una sola voz (porque son el Cuerpo de Cristo), pero jamás un diácono
o un lector.
El lenguaje del diácono es indicativo, dirigido siempre a los fieles: “Poneos de rodillas”,
“Daos fraternalmente la paz”, “Inclinaos para recibir la bendición”, “Podéis ir en paz”. Es un
guía de todos los fieles. También aquí, en las intenciones, se dirige no al Señor sino a los
fieles para que oren.
Vayamos a la Tradición litúrgica de la Iglesia y encontraremos otro ejemplo de cómo se
realiza y cuál es el lenguaje de esta oración de los fieles.
El diácono ha despedido a los catecúmenos después de una bendición del obispo
(“Catecúmenos, id en paz”); luego ha despedido a los posesos tras la oración del obispo
(“Id, posesos”); también a los que han de ser iluminados-bautizados en la próxima Pascua
después de la bendición del obispo (“Id, los que tenéis que ser iluminados”) y por último
despide a los penitentes después de una plegaria del obispo (“Salid, penitentes”) (Cf.
Constituciones apostólicas, lib. VIII, 6,5-9,11). El lenguaje del diácono es imperativo: “Id,
salid”, nunca en plural: “Podemos”, “Nos damos”.
Entonces el diácono va proponiendo diversas intenciones para que los fieles oren a Dios:
 “Oremos por la paz y la tranquilidad del mundo y de las santas Iglesias: que Dios,
creador de todas las cosas, nos conceda su paz, perpetua y estable; que él nos
guarde para que perseveremos en la virtud perfecta gracias a la fe.
 Oremos por la santa Iglesia de Dios, católica y apostólica, extendida de un límite al
otro de la tierra: que el Señor la preserve de los remolinos y tempestades y la guarde
hasta el fin del mundo, fundamentada sobre la roca.
 Oremos también por esta santa parroquia: que el Señor del universo nos conceda
esforzarnos sin desfallecer para alcanzar su esperanza celestial y para que nos
entreguemos a aquella oración perseverante que debemos dirigirle.
 Oremos por el episcopado de toda la tierra, para que anuncie con fidelidad la doctrina
de tu verdad.
 Oremos por nuestro obispo Santiago y por sus parroquias. Oremos por nuestro
obispo Clemente y sus parroquias. Oremos por nuestro obispo Evodio y por sus
parroquias. Oremos por nuestro obispo Aniano y por sus parroquias. Que el Dios
misericordioso los guarde en sus santas iglesias y les conceda salud, honor, larga
vida y una vejez venerable, colmada de piedad y justicia.
 Oremos también por nuestros presbíteros: que el Señor los preserve de toda acción
errónea o mala y les conceda ejercer su ministerio de manera íntegra y honorable.
 Oremos por todos los que, en Cristo, ejercen el diaconado y le sirven: que el Señor
les conceda servir de manera irreprochable.
 Oremos por los lectores, los cantores, las vírgenes, las viudas, los huérfanos; oremos
por los esposos y sus familiares: para que el Señor se muestre misericordioso con
todos ellos.
 Oremos por los que viven en santa continencia. Oremos por los que viven entregados
a la castidad y a la piedad.
 Oremos por los que, en la santa Iglesia, presentan ofrendas y por los que dan
limosnas a los pobres. Oremos también por los que entregan oblaciones y primicias
ante el Señor nuestro Dios. Que el Dios de toda bondad les conceda, a su vez, sus
dones celestiales y les dé el céntuplo en el tiempo presente y en el tiempo futuro les
dé la vida eterna, y que a cambio de los bienes temporales les conceda los bienes
eternos y a cambio de los bienes terrenales, los bienes celestiales.
 Oremos por nuestros hermanos neófitos: que el Señor los sostenga y los fortalezca.
 Oremos por aquellos hermanos nuestros que se encuentran afligidos por la
enfermedad: que el Señor los libre de toda dolencia y de toda enfermedad y haga
que puedan volver con buena salud a su santa Iglesia.
 Oremos por aquellos hermanos nuestros que viajan por mar o por tierra. Oremos por
aquellos hermanos nuestros condenados a las minas o que están desterrados, o se
encuentran en la cárcel o encadenados a causa del nombre del Señor. Oremos por
los que sufren una dura esclavitud.
 Oremos por nuestros enemigos y por los que nos odian. Oremos por los que nos
persiguen a causa del nombre del Señor: que el Señor detenga su furor y apacigüe
su cólera contra nosotros.
 Oremos por los que están fuera de la Iglesia o se han extraviado: que el Señor les
conceda la conversión.
 Acordémonos de los miembros de la Iglesia que están en la edad de la niñez: que el
Señor les conceda progresar en su temor hasta la perfección y les lleve hasta la
plenitud de la edad.
 Oremos los unos por los otros: que el Señor nos proteja con su gracia y nos guarde
hasta el fin, que nos libre del Maligno y de todas las insidias de los que cometen el
mal; que nos salve (y nos lleve) al reino celestial.
 Por todas las almas cristianas” (Const. Apost., lib. VIII, 10,3-22).
Un formulario, inspirado en la llamada Letanía del Papa Gelasio, nos ofrece otro modelo de
plegaria anclado en la Tradición de la Iglesia, como ejemplo a seguir:
 “Por la Iglesia inmaculada del Dios verdadero, extendida por todo el universo:
pidamos la plenitud del amor de Dios.
 Por los sacerdotes consagrados al Señor y por todos los pueblos que adoran al Dios
verdadero.
 Para los que proclaman con fidelidad la Palabra de la salvación, pidamos la sabiduría
del Hijo de Dios.
 Para los que consagran su espíritu y su cuerpo al reino de Dios, pidamos los dones
del Espíritu Santo.
 Por los que gobiernan los pueblos: para que procuren la justicia y el bien.
 Por los que son víctima de la debilidad humana, del odio y de la envidia, y de los
innumerables errores del mundo.
 Por los ausentes y los encarcelados, por los débiles y oprimidos, por los que justos
que sufren persecución.
 Por los aquí reunidos en la casa de Dios, invoquemos al Señor de la gloria.
 Por el eterno descanso de los pastores que han guiado a la Iglesia católica y de todos
los fieles difuntos.
 Para que nuestros cuerpos sean santificados y nuestros pecados perdonados”.
Un formulario inspirado en la liturgia ambrosiana puede dejarnos aún más claro tanto el
lenguaje (exhortativo, dirigido a la asamblea) como el contenido (intenciones sin añadidos
ni comentarios):
 “Por la santa Iglesia católica, extendida por todo el universo.
 Por nuestro santo Padre el Papa N., por nuestro Obispo N., por los sacerdotes y
demás ministros de Dios.
 Por la paz y unidad de la Iglesia, por la vocación de los pueblos paganos a la fe.
 Por el buen tiempo y la abundancia de las cosechas.
 Por los que sufren, por nuestros hermanos enfermos o encarcelados.
 Por los que cuidan de los pobres y atribulados.
 Por todos nuestros difuntos: para que Dios los reciba en su reino de luz y de paz”.
La liturgia de rito hispano-mozárabe no emplea la plegaria universal al modo romano que
aquí estamos desgranando, sino que sigue el sistema de los Dípticos, intenciones con
nombres junto a oraciones del sacerdote intercaladas, con un formulario invariable,
mostrando, además, la unidad de la Iglesia peregrina con la Iglesia celeste y con los difuntos
que se purifican.
“El Obispo exhorta al pueblo a la oración, cantando: Oremos.
Y aclama solemnemente el coro:
R/ Hagios, Hagios, Hagios, Señor, Dios, Rey eterno. A ti nuestra alabanza, a ti nuestra
acción de gracias.
El diácono recita el Díptico por la Iglesia:
Tengamos presente en nuestras oraciones
a la Iglesia santa y católica:
el Señor la haga crecer
en la fe, la esperanza y la caridad.
R/ Concédelo Dios eterno y todopoderoso.
Recordemos a los pecadores,
los cautivos, los enfermos y los emigrantes:
el Señor los mire con bondad,
los libre, los sane y los conforte.
R/ Concédelo Dios eterno y todopoderoso.
El Obispo recita la oración “Alia”.
Prosigue el diácono:
Ofrecen este sacrificio al Señor Dios,
nuestros sacerdotes:
N., el Papa de Roma, N., nuestro obispo y todos los demás Obispos,
por sí mismos y por todo el clero,
por las Iglesias que tienen encomendadas,
y por la Iglesia universal.
R/ Lo ofrecen por sí mismos y por la Iglesia universal.
Lo ofrecen igualmente todos los presbíteros,
diáconos y clérigos, y los fieles presentes,
en honor de los Santos, por sí mismos y por los suyos.
R/ Lo ofrecen por sí mismos y por la Iglesia universal.
En la memoria de los Santos Apóstoles y Mártires,
de la gloriosa siempre Virgen María,
de su esposo José,
de Zacarías, Juan, los Inocentes, Esteban,
Pedro y Pablo, Juan, Santiago, Andrés,
Acisclo, Torcuato, Fructuoso,
Félix, Vicente, Eulogio, Justo y Pastor,
Justa y Rufina, Eulalia, la otra Eulalia, Leocadia.
R/. Y de todos los Mártires.
En memoria igualmente de los confesores:
Hilario, Atanasio, Martín,
Ambrosio, Agustín, Fulgencio,
Leandro, Isidoro, Braulio,
Eugenio, Ildefonso, Julián.
R/. Y de todos los Confesores.
Lo ofrece la Iglesia de Dios, santa y católica,
por las almas de todos los fieles difuntos:
que Dios se digne en su bondad
admitirlos en el coro de los elegidos.
R/ Concédelo Dios eterno y todopoderoso.
Y concluye con la oración llamada Post-Nomina, la de después de los Nombres.
Estos son ejemplos de cómo la Tradición litúrgica de la Iglesia dirigía la oración de todos los
fieles bautizados en la celebración eucarística. El lenguaje directo a la asamblea porque
es una indicación, una monición, un aviso para que los fieles presentes sepan porqué
orar; el contenido de la plegaria es correctísimo, sin deslizar información, ni ideas, ni
pequeños discursos, sino orando “por” todos aquellos que lo necesitan: Iglesia, mundo-
autoridades, los que sufren, los presentes.

El cirio pascual

“El cirio pascual, que tiene su lugar propio junto al ambón o junto al altar, enciéndase al
menos en todas las celebraciones litúrgicas de una cierta solemnidad de este tiempo, tanto
en la misa como en Laudes y Vísperas, hasta el domingo de Pentecostés. Después ha de
trasladarse al bautisterio y mantenerlo con todo honor, para encender en él el cirio de los
nuevos bautizados. En las exequias, el cirio pascual se ha de colocar junto al féretro, para
indicar que la muerte del cristiano es su propia Pascua.
El cirio pascual, fuera del tiempo pascual, no ha de encenderse ni permanecer en el
presbiterio”.(Cong. Culto Divino, Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas
pascuales, n. 99).
El cirio pascual es uno de los grandes signos de la Pascua.
La Tradición litúrgica poco a poco le fue dando cada vez mayor realce encendiéndolo de un
fuego nuevo en la Vigilia pascual y anunciando la Pascua con la laus cerei o praeconium
paschale, el canto del Pregón pascual. El cirio, hermoso, relativamente grande, era
depositado en un hermoso candelabro, bien labrado, embellecido con buenos materiales,
construido al lado del ambón. El lugar propio del cirio es junto al ambón. Lo vemos incluso
en la historia del arte, que del mismo material y corte del ambón fabricaba artísticamente el
candelabro del cirio pascual.
En el cirio destacan la cruz, el Alfa y la Omega y el año en curso, junto a los cinco granos
de incienso (éstos, opcionales): revela así cómo Cristo es el Señor de la historia, el Señor
del tiempo (Cronócrator), que ha hecho de la historia un tiempo nuevo abierto a la
escatología, llegando con Él la plenitud de los tiempos. Ningún elemento, ni pinturas, ni
láminas, ni dibujos, deben ocultar o disminuir la importancia de la Cruz con el año que
debe resaltar sobre todo.
El cirio pascual, tal como lo evoca el Pregón pascual, recuerda la columna de fuego que
guiaba a Israel en el Éxodo; aquí es Cristo mismo quien guía a su pueblo, el nuevo Israel:
¿acaso no fue el cirio el primero en la procesión del lucernario de la Vigilia pascual? ¿Acaso
el cirio no entró el primero en el templo a oscuras y rompió las tinieblas? Además el cirio
plasma la afirmación de Cristo: “Yo soy la Luz del mundo".
El cirio, hermoso, nuevo cada año (¡qué cicatería reutilizar año tras año el mismo cirio
raspando sólo el año o utilizar un cirio de plástico con un cartucho dentro de cera líquida!)
brilla encendido en la Misa y en el Oficio de Laudes y Vísperas… simplemente porque es
Pascua y queda encendido y gastándose en honor del Señor.
El candelabro puede muy bien adornarse con un ramo de flores al pie, o tal vez una
cadeneta de flores enroscada en el candelabro: se trata de expresar la importancia de
este signo pascual.
El cirio “nunca estorba” por lo cual no debe arrinconarse o retirarse en función de que los
niños de primera comunión suban y bajen por el presbiterio (además que no es ese su lugar,
porque son fieles, no presbíteros), o para no romper la estética de las flores en las bodas, u
otros caprichos o veleidades.
El cirio tiene su lugar propio junto al ambón. Cristo Luz ilumina la Revelación entera, y todo
el Antiguo Testamento cobra su luz en Cristo, y la Luz se hace Palabra que se comunica a
su Iglesia. Entendemos todas las Escrituras porque la Santa Resurrección de Cristo ha
desentrañado lo que estaba velado en el Antiguo Testamento; lo entendemos, porque Él es
la clave de sentido. Las Sagradas Escrituras se entienden cuando son iluminadas por Cristo:
la liturgia lo expresa haciendo que el cirio pascual encendido ilumine el ambón.
El cirio se enciende en todas las celebraciones de la cincuentena pascual. El rito
romano, sobrio como pocos, no prevé ningún acto de clausura respecto al cirio.
Simplemente, al acabar el canto de las II Vísperas de Pentecostés se apaga y se retira el
cirio al baptisterio (o se guarda si es iglesia no parroquial); no debe quedar el cirio en el
ámbito del presbiterio, sino retirado, al lado de la fuente bautismal o baptisterio. Si queda en
el presbiterio todo el año pierde su realce y fuerza en la cincuentena de Pascua. Las
Vísperas de Pentecostés son la clausura tanto del cirio como de la Pascua misma.

Las abejas, el cirio pascual (y hasta Pío XII)

Las abejas, ¿qué hacen en el Pregón pascual?


Sí, es que están las abejas laboriosas mencionadas en el canto del pregón pascual, aunque
algunas versiones cantadas omiten dicho párrafo.
"En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de alabanza que
la santa Iglesia te ofrece por medio de sus ministros en la solemne ofrenda de este
cirio, hecho con cera de abejas.
Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de
Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera
fundida, que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.
¡Que noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!”
Es simpático el párrafo, y es antiguo. La cera pura la ha elaborado la abeja laboriosa,
símbolo de la virginidad, y son recordadas en el pregón pascual.
Así lo canta el Praeconium paschale o Laus cerei (: Alabaza del cirio).
Se inspira su mención en las Geórgicas del poeta latino Virgilio y a san Jerónimo jamás le
hizo gracia tanta poesía y además cantada por un diácono (Carta al diácono Praesidius, año
378; PL 30, 188). San Jerónimo piensa que es una frivolidad hablar de “prados, abejas y
flores” y es una frivolidad el uso de un canto pascual ejecutado por un diácono.
En esa carta lamenta que los textos que corren y se difunden se parecen más a la literatura
pagana, “virgiliana", que a la bíblica; protesta ya que en la Biblia no hay alabanzas a los
cirios ni a las abejas y burlándose, le dice al diácono que no está dispuesto a componer un
pregón pascual por sus ruegos, que sea el mismo diácono el que lo haga, como las abejas,
seleccionando los mejores textos… Le repugna a san Jerónimo tanta composición literaria
y poética que se aparta del lenguaje bíblico, aunque más que apartarse tendría que haber
visto que modulaba con nuevos tonos y formas lo ya contenido. A él le parecía demasiada
euforia.
Nuestro pregón pascual, con sus alusiones a la abeja y la belleza de la cera ofrecida en
forma de cirio, tiene precedentes o al menos textos paralelos.
En la oración “Deus mundi conditor” del Gelasiano, por tanto con influencias carolingias,
hallamos este elogio bellísimo:
"Al comenzar admirados la fiesta de la luz, es necesario que alabemos el origen de las
abejas. Las abejas, en efecto, se abastecen de hierbas, aunque para procrear se comportan
de manera castísima; construyen sus celdas fundiendo el licor de la cera, a cuyo arte no
iguala maestría humana alguna. Liban las flores con los pies, pero no causan ningún daño
a las flores. No provocan el parto, sino que, libando con la boca, convierten los fetos
concebidos en enjambre, siguiendo el ejemplo admirable de Cristo que procede de la boca
del Padre".
Otro ejemplo más, en los sacramentarios galicanos:
"¡Oh abeja verdaderamente admirable y dichosa!
Cuyo sexo no lo violan los machos,
ni golpean éstos al feto,
ni los hijos mancillan la castidad;
del mismo modo que santa María concibió siendo virgen,
parió sin dejar de ser virgen,
y permaneció siempre virgen".
O una “Laus cerei” beneventana, del siglo VI:
"Las abejas conciben por la boca y paren por la boca;
copulan a través de un casto cuerpo
y no movidas por un repugnante deseo;
finalmente, guardando la virginidad,
paren muchos hijos y disfrutan de la prole;
se llaman madres,
permanecen inmaculadas;
paren hijos pero no conocen a los varones.
Usan a la flor como pareja,
hacen de la flor su linaje,
con la flor construyen las casas,
con la flor acumulan riquezas,
gracias a la flor producen la cera.
¡Oh qué admirable el ardor de las abejas!
Para realizar una obra común
contribuye una muchedumbre pacífica;
para una pluralidad de trabajadores
se obtiene un producto único.
¡Oh qué capacidad tan invisible…!
¡Oh destellos de la virginidad…!
Despojan a las flores de la piel
y la mordedura no deja cicatriz alguna.
Pero entre todo lo que creemos, proclamamos la gracia de este cirio".
La abeja, su laboriosidad, y el modo de su fecundidad, se adaptan bien para entender la
virginidad de María y la pureza santísima de Jesucristo. El cirio pascual es el gran signo que
concentra esos significados.
Volvamos a nuestro actual Pregón pascual y recordemos su texto:
“en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas. Sabernos ya lo que anuncia
esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su
luz, no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida, que elaboró la abeja
fecunda para hacer esta lámpara preciosa”.
Benedicto XVI ha aludido a esta mención de las abejas en su homilía pascual. ¡Qué no diría
san Jerónimo viendo a Pedro alabar algo así! En la homilía del Papa, era la laboriosidad de
las abejas, imagen eclesial de un trabajo constante y constructor:
"El gran himno del Exsultet, que el diácono canta al comienzo de la liturgia de Pascua, nos
hace notar, muy calladamente, otro detalle más. Nos recuerda que este objeto, el cirio, se
debe principalmente a la labor de las abejas. Así, toda la creación entra en juego. En el cirio,
la creación se convierte en portadora de luz. Pero, según los Padres, también hay una
referencia implícita a la Iglesia. La cooperación de la comunidad viva de los fieles en la
Iglesia es algo parecido al trabajo de las abejas. Construye la comunidad de la luz. Podemos
ver así también en el cirio una referencia a nosotros y a nuestra comunión en la comunidad
de la Iglesia, que existe para que la luz de Cristo pueda iluminar al mundo” (Hom. en la
Vigilia pascual, 2012).
Son las riquezas del Pregón pascual: lirismo puesto al servicio y en honor del Señor
resucitado.
Recordé de casualidad que el papa Pío XII, hombre cultísimo donde los hubiera, dedicó
discursos a las materias más variadas, incluso científicas, con competencia y nivel,
escribiéndolos él mismo después de estudiar exhaustivamente el tema.
Sobre las abejas tiene un discurso pronunciado a un Congreso Nacional de apicultores y,
sus palabras, nos pueden servir de glosa para entender mejor el valor y simbolismo de las
abejas, que ya captó el autor del Pregón pascual, mal que le pese a san Jerónimo que veía
un exceso de alegorismo y un lenguaje en la liturgia que era poético, pero no estrictamente
bíblico.
¿Qué hacen y cómo son las abejas?
¿Por qué el autor de nuestro pregón pascual las ensalza y menciona con estima?
¿Por qué incluso otros pregones pascuales, de otras fuentes litúrgicas y de otras áreas,
hacen alusión a las abejas laboriosas y castas, tal como ya vimos?
¿Qué tienen de especial, de particular?
El discurso del papa Pío XII ofrece una enseñanza sobre las abejas y termina,
destacadamente, mencionando su presencia en el Pregón pascual:
"Vuestra presencia en tan gran número, vuestro deseo de encontraros reunidos delante de
Nos, queridos hijos, Nos procura un verdadero consuelo, por lo que os expresamos de
corazón Nuestra gratitud por vuestros homenajes y por vuestros dones, unos y otros
particularmente gratos. Más allá del valor material o técnico, el trabajo que representan,
ofrece por su naturaleza y por su significado, un interés psicológico, moral, social, incluso
también religioso, de no poco valor. Las abejas, ¿no han sido quizás unánimemente
cantadas por la poesía tanto sacra como profana, de todos los tiempos?
Estas abejas, movidas y dirigidas por el instinto, vestigio y testimonio visible de la sabiduría
invisible del Creador, ¡qué lecciones dan a los hombres, que son –o deberían ser- guiados
por la razón, vivo reflejo del intelecto divino!
Ejemplo de vida y de actividad social, en cada una de sus categorías tiene su oficio que
realizar, y lo cumple exactamente –se estaría casi tentado de decir: conscientemente-, sin
envidia, sin rivalidad, con orden, en el puesto asignado a cada una, con cuidado y amor.
También el observador más inexperto en materia de apicultura admira la delicadeza y la
perfección de este trabajo. Muy diferente de la mariposa que revolotea de flor en flor por
pura distracción, de la avispa o del avispón, agresores brutales, que parecen no querer otra
cosa que el mal, sin beneficio para nadie: la abeja penetra hasta el fondo del cáliz, diligente,
activa y tan delicada que, una vez recogido su precioso botín, deja dulcemente las flores,
sin haber lesionado mínimamente siquiera el ligero tejido de su vestido, sin haber hecho
perder a uno sólo de sus pétalos su inmaculada frescura.
Después, cargada del néctar perfumado, del polen, de los propóleos, sin rodeos
caprichosos, sin retrasos indolentes, rápida como una flecha, con un vuelo de una precisión
impecable y segura, vuelve a entrar en la colmena, donde el trabajo animoso prosigue
intenso, para la elaboración de las riquezas cuidadosamente recogidas y la producción de
la cera y de la miel. Fervet opus, redolentque thymo fragrantia mella [bullen de actividad; la
fragante miel exhala vivos aromas de tomillo] (Virgilio, Georg., 4, 169).
¡Ah! Si los hombres quisieran y supieran escuchar la lección de las abejas; si cada uno
supiese hacer con orden y con amor, en el puesto señalado por la Providencia, su deber
cotidiano; si cada uno supiera gustar, amar, valorizar, en la colaboración íntima del hogar
doméstico, los pequeños tesoros acumulados durante su jornada de trabajo fuera de casa;
si los hombres supieran sacar provecho con delicadeza, con elegancia (hablando a la
manera humana), con caridad (hablando cristianamente), en las relaciones con sus
semejantes, de todo lo que éstos han conseguido en su espíritu de verdadero y hermoso,
de todo lo bueno y honesto que ellos llevan en el fondo de sus corazones, sin ofenderlos, y
discreta y honestamente, sin alterarse, sin celos y sin orgullo, las riquezas adquiridas en el
contacto con sus hermanos y elaborarlas luego por su cuenta; si, en una palabra,
aprendiesen a hacer mediante su inteligencia y su entendimiento lo que las abejas hacen
instintivamente, ¡cuánto mejor estaría el mundo!
Trabajando como las abejas, con orden y con paz, los hombres aprenderán a gustar, a hacer
gustar a los demás, el fruto de sus fatigas, la miel y la cera, la dulzura y la luz de esta vida
mortal. En cambio, cuántas veces, por desgracia, estropean lo mejor y lo más hermoso con
su aspereza, su violencia y malicia. ¡Cuántas veces no saben buscar y hallar en todo sino
la imperfección y el mal, desnaturalizando hasta las intenciones más rectas; convertir en
amargura hasta el bien!
Aprended, pues, a penetrar con respeto, con confianza y con caridad discreta, pero
profundamente, en la inteligencia y en el corazón de sus .semejantes, y entonces sabrán
descubrir, como las abejas, en las almas más humildes, el perfume de nobles cualidades,
de eminentes virtudes, ignoradas a veces hasta por los mismos que las poseen. Sabrán
discernir en el fondo de las inteligencias más obtusas, de los espíritus más incultos, en el
fondo mismo de los pensamientos de sus adversarios, alguna traza, por lo menos, de sano
juicio, algún vislumbre de verdad y bondad.
En cuanto a vosotros, queridos hijos, que, inclinados sobre vuestras colmenas, realizáis con
todo cuidado las más variadas y delicadas operaciones de la apicultura, dejad que vuestro
espíritu se eleve a un místico vuelo, para gustar la suavidad de Dios, la dulzura de su palabra
y de su ley (Ps. 18,2; 118, 103), para contemplar la luz divina, de la que es símbolo la llama
encendida del cirio, producto de la madre abeja, como canta en su maravillosa del Sábado
Santo: Alitar enim liquantibus ceris, quas in substantiam pretiosae huius lampadis apis mater
eduxit. (Pío XII, Discurso a los participantes en el Congreso Nacional de apicultura, 27-
noviembre-1947; la única referencia es:
http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/speeches/1947/documents/hf_pxii_spe_1947112
7_congresso-apicultura_it.html, ya que no se incluye este discurso en las AAS).
Ya señalamos que el mismo san Jerónimo despreciaba la mención a las abejas porque
reproducía más la poesía pagana que el lenguaje de las Escrituras; ahora Pío XII presenta
dos citas: la de Virgilio y la del Pregón pascual.
Pero, ¿qué decía Virgilio de las abejas? Cualquiera que haya estudiado a fondo Liturgia y
haya acudido a libros o artículos sobre el Lucernario de la Vigilia pascual o sobre el pregón
pascual habrá visto siempre la cita a pie de página sobre las Geórgicas de Virgilio. Leamos
lo que dice, al menos como curiosidad, y reconoceremos cómo se inspiran en este texto las
versiones de los distintos pregones pascuales cuando hablan de las abejas.
“Sólo ellas tienen hijos en común, comparten viviendas de ciudad y pasan la vida bajo leyes
grandiosas. Sólo ellas conocen una patria y un lugar fijo, y, acordándose del invierno que
ha de venir, realizan su trabajo en el verano y almacenan lo afanado para uso común. Pues
unas velan por la alimentación y, según el pacto establecido, se emplean en los campos;
otras, dentro de los confines de sus casas, echan los primeros cimientos de los panales con
la lágrima del narciso y la goma viscosa del corcho; luego van pegando la cera tenaz. Otras
echan fuera las crías crecidas, esperanza de la raza. Otras amontonan miel purísima y
atiborran las celdillas con néctar transparente. Hay algunas a las que ha caído en suerte la
guardia de las puertas, y vigilan por turno las aguas y nubes del cielo, o relevan de la carga
a las que llegan, o, formadas en pelotón, rechazan de la colmena a los zánganos, animalillos
improductivos. Bullen de actividad, y la miel huele con la fragancia del tomillo…
A las de más edad corresponde el cuidado de la colmena, fortalecer los panales y fabricar
las celdillas con artificio digno de Dédalo, tornan cansadas las más jóvenes, ya muy entrada
la noche, cargados de tomillo los pies; las plantas de que indistintamente se apacientan son
las flores del madroño y las de los verdes sauces, la casia, el amarillo azafrán, la untuosa
tila y el morado jacinto. Uno es para todas el descanso, uno para todas el trabajo. A la
mañana salen en tropel por la piquera y no paran ni un punto, y cuando a la tarde el véspero
las inclina a dejar las florestas y sus pastos, vuelven a su colmena y atienden al reparo de
sus cuerpos. Primero zumban y revolotean alrededor de la piquera; luego, recogidas en sus
celdillas, están calladas toda la noche, y el necesario sueño se apodera de sus cansados
miembros. Nunca se apartan mucho de la colmena cuando llueve ni fían en la serenidad del
cielo cuando soplan los aires; antes, guarecidas por las paredes de su reducida ciudad, van
a beber por allí cerca y solo se aventuran a breves correrías; a veces cogen chinitas, y a la
manera que se lastran las barcas batidas por las olas, se sostienen con ellas en equilibrio
sobre las vanas nieblas. Es cosa que maravilla en las abejas, que ni son dadas al amoroso
ayuntamiento, ni con él debilitan sus cuerpos, ni paren con esfuerzo; antes con la boca ellas
mismas sacan de las hojas y de las suaves hierbas sus hijuelos, y de esta suerte, sin ajeno
auxilio, se proveen de su rey y de sus diminutos ciudadanos y reconstruyen sus celdillas y
su imperio de cera. Muchas veces les acontece en sus excursiones romperse las alas contra
las duras peñas y sucumbir de grado bajo el peso de su carga; ¡a tanto las mueve el cariño
a las flores y la gloria de producir miel! Así, aunque es breve el término de su vida (pues no
pasa de siete años), su especie es inmortal y la fortuna de la colmena persevera muchos
años, contándose en ella abuelos de abuelos…” (Georg. 4).
De este modo, el cirio pascual, con la cera pura elaborada por la abeja, es ofrenda en honor
del Señor y permite expresar el simbolismo de lo que ocurre misteriosa pero realmente en
la noche santa: la Vida venció a la muerte, la Luz –que es Cristo- venció las tinieblas.
Con esto –las abejas…- se apunta a un tema teológico precioso: la nueva creación a partir
de la santa Pascua y cómo toda la creación se transforma y se somete al nuevo orden de
la redención como instrumento y mediación.

Mini-vigilias pascuales (I)

La gran celebración anual de la Iglesia es la santa Pascua de su Señor; una vigilia nocturna
que transcurre en su honor, y que recuerda e imita a las vírgenes que, con las lámparas
encendidas, aguardaban la vuelta del Esposo (Mt 25). Este oficio anual requiere, por su
propia naturaleza, todo el despliegue de solemnidad y de amor de la Iglesia. La Vigilia
pascual es un tesoro de fuerza espiritual, litúrgica y pastoral.
El Misal romano, en las rúbricas iniciales de la Vigilia pascual (n.3), ofrece un resumen
hermoso del sentido de esta santísima liturgia:
“Según antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor, y la Vigilia que
en ella se celebra para conmemorar la noche santa de la resurrección del Señor, es
considerada como la madre de todas las santas vigilias. En ella la Iglesia velando espera la
Resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la Iniciación cristiana”.
Hay que ser muy cuidadoso, y tener un gran celo pastoral, para que la Vigilia se celebre
correctamente, desplegando la fuerza de su simbolismo, la grandeza de sus ritos, sin
minimizarlos, permitiendo que esta liturgia toque el alma y sea vivida por todos con unción
y gozo espiritual.
Pero se ve, por aquí y por allá, de una forma o de otra, que la Vigila pascual se está
reduciendo, empobreciendo paulatinamente. Se convierten muchas de ellas en mini-vigilias,
y esto hay que afrontarlo, corregirlo, porque está en juego el bien de las almas: ¿acaso la
pastoral no es buscar este bien?
Veamos algunos elementos, de distinta y desigual importancia, a veces incluso detalles, que
hacen que la Vigilia se esté reduciendo en su belleza.
1. El carácter nocturno
La Vigilia pascual es un oficio nocturno, se desarrolla cuando no hay luz del día, cuando es
de noche. No es un oficio vespertino, al atardecer, sino nocturno, como otros muchos
momentos de la vida de la Iglesia, por ejemplo, la Misa de medianoche de Navidad, o la
fidelidad de la Adoración Nocturna.
Adelantarlo a la tarde es empobrecer la Vigilia, vaciarla de su sentido y reducir el Sábado
Santo robándole horas a un día de oración y espera junto al sepulcro. Convertir la Vigilia
pascual en una Misa vespertina más de sábado por la tarde le quita fuerza a su
excepcionalidad, a su carácter único.
“Esta regla [la nocturnidad] ha de ser interpretada estrictamente. Cualquier abuso o
costumbre contrario que poco a poco se haya introducido, y que suponga la celebración de
la Vigilia pascual a la hora en que habitualmente se celebran las misas vespertinas antes
de los domingos, han de ser reprobados” (Cong. Culto divino, Carta sobre la preparación y
celebración de las fiestas pascuales, n. 78).
Incluso el episcopado español, en 1988, por medio de su Comisión permanente, sacó una
nota sobre “El horario y otros aspectos de la Vigilia pascual”, en que señalaba:
“La Vigilia pascual debe celebrarse en las horas nocturnas también por su carácter
extraordinario. La tendencia actual, que parece extenderse en algunos lugares, de convertir
la Vigilia pascual en una misa vespertina, constituye una desvirtuación de aquélla. Hay que
reconocer que en algunos lugares se va prescindiendo del simbolismo de la noche y se hace
caso omiso de la clara normativa del Misal. En no pocos lugares, en efecto la Vigilia pascual
se adelanta tanto y se celebra tan abreviadamente que pierde el carácter de velada de
espera y de celebración extraordinaria”.
Es verdad, y es comprensible, que muchos sacerdotes tienen que celebrar en dos sitios
diferentes, y una de las Vigilias ha de comenzarla antes sin más remedio, pero esto debería
ser la absoluta excepción, no lo generalizado. Además, en muchas ocasiones, se celebran
Vigilias adelantadas a la tarde del sábado para dar abasto en muchos pueblos y aldeas y
que cada una tenga su propia celebración pascual, la cual, por muy buena intención que se
tiene, resulta pobre: carece de canto, de suficientes lectores y acólitos, etc., cuando lo mejor
sería juntar en una iglesia más principal a distintas parroquias pequeñas, disfrutando todos
de una Vigilia pascual con mayor despliegue litúrgico.
La Carta de la Congregación para el Culto divino sobre las fiestas pascuales advertía: “Es
de desear que, según las circunstancias, se plantee la posibilidad de reunir en una misma
iglesia diversas comunidades, cuando, por razón de la cercanía de las iglesias o del
reducido número de participantes no es posible asegurar para cada una separadamente
una celebración plena y festiva” (n. 94).
2. La reducción dramática
Tradicionalmente, también en la liturgia romana, las lecturas bíblicas eran muy abundantes,
doce, y en el estadio más antiguo de la liturgia, cada una de ellas leída en latín y en griego
(pensando en los fieles presentes de distinta lengua). Es un desarrollo amplísimo de la
liturgia de la Palabra.
Actualmente, siete son las lecturas del AT, y dos del NT, la del Apóstol y el Evangelio, con
los correspondientes salmos cantados. No es algo excesivo. Sin embargo, también en este
aspecto, estamos viviendo mini-vigilias pascuales. Se da por hecho en todas partes que es
mejor reducir lecturas y se ha convertido en el uso habitual en muchas parroquias, en
conventos… y hasta en la misma Basílica vaticana de San Pedro.
Tal vez en algunas parroquias con menor asistencia de fieles, o más pobre espiritualmente,
se podrían reducir las lecturas, pero debe ser lo excepcional, no lo normal. En conventos de
monjas contemplativas sería un sinsentido: las monjas de clausura disfrutan de la liturgia, y
es raro que las monjas mismas quieran quitar lecturas. En las parroquias es cuestión de ir
educando y habituando a todos al esplendor de la liturgia y a la escucha orante de la
Palabra.
A veces, con mal criterio “pastoral”, deducimos o imaginamos que la gente se cansa, se
aburre, no entiende nada… y decidimos recortar. Tal vez nos sorprenderíamos de lo que
los fieles llegan a gustar y entender, más de lo que los “pastoralistas” se imaginan, si la
liturgia se hace bien. Pero es que además, aunque volvamos sobre ello más adelante, para
eso está la catequesis de adultos, las predicaciones cuaresmales, retiros espirituales,
formación, etc., para preparar espiritualmente estos momentos y ofrecer una explicación
litúrgica y espiritual.
Al final, con tanto recorte, la liturgia de la Palabra de la Vigilia no es una meditación de la
historia de la salvación con 9 lecturas, sino una liturgia de la Palabra más parecida a la de
cualquier Misa dominical (con tres lecturas). ¡Sea abundante la Palabra proclamada y
dejemos que el Espíritu Santo con su voz resuene en los corazones!
El Misal mismo nos ofrece la clave de cómo vivir esta liturgia de la Palabra con la monición
obligatoria que dirige el sacerdote (o el obispo), sentado en su sede:
“Hermanos: Con el pregón solemne de la Pascua, hemos entrado ya en la noche santa de
la resurrección del Señor. Escuchemos, en silencio meditativo, la palabra de Dios.
Recordemos las maravillas que Dios ha realizado para salvar al primer Israel, y cómo en el
avance continuo de la Historia de la salvación, al llegar los últimos tiempos, envió al mundo
a su Hijo, para que, con su muerte y resurrección, salvara a todos los hombres.
Mientras contemplamos la gran trayectoria de esta Historia santa, oremos intensamente,
para que el designio de salvación universal, que Dios inició con Israel, llegue a su plenitud
y alcance a toda la humanidad por el misterio de la resurrección de Jesucristo”.
3. La novedad y el cirio pascual
Resucitando el Señor, todo es nuevo. “He aquí que todo lo hago nuevo” (Ap 21,5) dice
Cristo. Aquí y ahora se renueva la faz de la tierra. Esta novedad se plasma en la liturgia de
varias formas, una de ellas es el fuego nuevo que se enciende, se bendice y del que se
alumbra el cirio pascual. También lo será el agua bautismal que se bendecirá solemnemente
en esta noche.
Pero sobre todo es el cirio el que señala la novedad, la renovación de todo por la santa
Pascua. Una mini-vigilia pascual tiende a reducirlo todo, también el simbolismo del cirio. En
vez de ser un cirio nuevo, de cera, que va a arder y consumirse en honor del Señor, en
algunos lugares se aprovecha cicateramente el cirio pascual del año anterior, raspando sólo
el año; en otros lugares, se emplea un cirio falso, de plástico, con el sistema de cera
líquida… No parece entonces que el cirio pascual resplandezca con su centralidad y valor
litúrgico y espiritual.
Con estas claves podemos comprender lo que determinan las rúbricas:
“Prepárese el cirio pascual que, para la veracidad del signo, ha de ser de cera, nuevo cada
año, único relativamente grande, nunca ficticio, para que pueda evocar realmente que Cristo
es la luz del mundo” (Carta, n. 82).
Destacando la cruz, el alfa y la omega, el año en curso (y los granos de incienso clavados,
que son optativos), el cirio se puede adornar y pintar pero sin que lo central (la cruz y lo
demás) se pierdan o se oculten o se disimulen. Algunos son obras preciosas, y conozco
incluso un Monasterio que en el coro alto han conservado dignamente los cirios pascuales
de un año y otro.
Mini-vigilias pascuales (y II)

4. La música callada
Pérdida y pobreza en la Vigilia pascual, es reducir o minimizar el canto. El canto litúrgico da
solemnidad, favorece la contemplación, eleva el espíritu, aúna a los fieles en un mismo
corazón, logra una mejor participación, interior y exterior, activa y fructuosa.
Pero también, aquí, hallamos mini-vigilias, o vigilias empobrecidas, que teniendo coro
parroquial, se limitan al mínimo, y de un año para otro no tienen voluntad de enriquecerse,
aprender más para celebrar mejor.
La procesión inicial es muy sugerente: en la noche, sólo el cirio pascual ilumina y avanza
desde el atrio al altar por el pasillo central. Pero si el recorrido es largo, entre las distintas
aclamaciones “Lumen Christi-Deo gratias”, se hace un silencio que en este caso resulta casi
pesado cuando es una procesión de alegría y alabanza. Mejor sería cantar: “Nada impide
que a las respuestas: “Demos gracias a Dios” se añada alguna aclamación dirigida a Cristo”
(Carta, n. 83). Podría ser, perfectamente, el antiguo himno griego: “Oh luz gozosa” de forma
que la procesión se convierta en algo festivo aclamando a Cristo Luz.
Si ya es habitual reducir el número de lecturas, no digamos nada del modo de realización
de los salmos. A algunos ya les parece un grandísimo esfuerzo y todo un logro cantar la
respuesta de cada salmo. Pero eso es claramente insuficiente. El canto del salmo
responsorial de cada lectura ayuda a la meditación de la historia de la salvación. Lo normal,
no lo excepcional, es que un salmista cante cada estrofa. Para eso, de una Vigilia a otra hay
un año, donde se puede ensayar y avanzar, máxime si tenemos en cuenta que los salmos
son fijos, los mismos en cada Vigilia. Y por supuesto “evítese con todo cuidado que los
salmos responsoriales sean sustituidos por cancioncillas populares” (Carta, n. 86).
Cuestión distinta es el órgano. En Cuaresma sólo puede sonar para sostener el canto, a
excepción del IV domingo, Laetare que puede resonar anticipando la alegría de la Pascua;
el Viernes Santo no suena las campanas ni suena el órgano; así, en el Jueves Santo
“terminado el “Gloria” y hasta la Vigilia pascual, es antigua costumbre prescindir totalmente
del órgano e instrumentos. El organista dejaba el órgano y se unía a los cantores” (Directorio
Canto y música en la celebración, n. 217). Pero ninguna rúbrica hoy prohíbe el órgano en la
Vigilia pascual ni determina que esté mudo hasta el “Gloria”. Por tanto, los salmos pueden
muy bien ser acompañados con el órgano en una noche tan festiva.
5. Efectos teatrales
Se ha introducido una distorsión, el jugar con las luces eléctricas, exagerando el canto del
“Gloria” en el paso de las lecturas del AT al NT. En el tercer “Luz de Cristo” han encendido
algunas luces de la iglesia…, pero no todas; ahora, con el canto del “Gloria”, suenan las
campanas, encienden los cirios del altar y encienden por fin todas las luces de la iglesia.
Pero no es éste el momento.
El primer rito de la Vigilia pascual es el lucernario, rito con el cual se bendecía a Dios por la
luz al encender la basílica para el oficio litúrgico. Este lucernario tan habitual en los primeros
siglos –y que hoy permanece en algunos ritos como, por ejemplo, el ambrosiano- en nuestro
rito romano ha quedado sólo para la Vigilia pascual. Al tercer “Lumen Christi”, dice el Misal,
“se encienden las luces de la iglesia”. Todo queda así ya iluminado desde el principio con
este rito y no hay que esperar al canto del “Gloria”.
¿Entonces qué hay que hacer durante el canto del “Gloria”? Según las costumbres del lugar,
se pueden tocar las campanas –mudas desde el Jueves Santo- anunciando la gloria del
Resucitado. Esto es propio del Triduo pascual, que toca las campanas en el “Gloria” del
Jueves Santo, y quedan silenciadas hasta el “Gloria” de la Vigilia pascual; imitando esto,
como un nuevo abuso, algunos tocan las campanas en la Misa de medianoche de
Navidad… Mientras suenan las campanas y todos cantan el himno “Gloria a Dios”, se
encienden los cirios del altar (cf. Caeremoniale episcoporum, n. 349).
6. La parte bautismal para todos
Sabemos bien cómo la Cuaresma es un ejercicio mortificado de renovación interior, de
penitencia y expiación para ser renovados en la santa Pascua, haciendo memoria de
nuestro bautismo. Llega el momento de hacerlo tras la liturgia de la Palabra. Pero también
aquí, en ocasiones, es todo minimizado.
Si hay bautismos, sea de niños, sea de adultos, una vez cantada la letanía de los santos y
bendecida el agua bautismal, se les pide a ellos, sólo a los catecúmenos, la profesión de fe
y luego se les bautiza, se les reviste con la vestidura blanca, se les entrega el cirio encendido
y, finalmente, se les crisma en la frente recibiendo el sacramento de la Confirmación.
Entonces es cuando se procede a la renovación del bautismo de todos los fieles presentes.
Pero ocurre que a veces se confunden los momentos y a la vez que a los catecúmenos, se
les pide a los fieles su renovación. Son dos momentos distintos (cf. Caeremoniale
episcoporum, n. 368).
Entonces se realiza la aspersión de los fieles mientras se entona un canto apropiado. Sería
empobrecedor omitir la aspersión con el agua bautismal a los fieles por las naves del templo
(tampoco pasar al otro extremo: que se convierta casi en un recreo festivo, asperjando y
saludando…). En la iglesia catedral, por ejemplo, las rúbricas ofrecen la posibilidad de que
junto al obispo asperjando, se le unan otros presbíteros que vayan también realizando la
aspersión (Caeremoniale, n. 369) de modo que sea un rito ágil y se pueda llegar a todos los
fieles.
7. El rito eucarístico, ¿solemne o precipitado?
Aquí, cuando llega la última parte de la Vigilia pascual, suelen entrar las prisas y el deseo
de acelerar, suprimiendo la solemnidad propia de la Eucaristía pascual.
Para empezar, todo lo que es cantable sería conveniente cantarlo: el prefacio, las palabras
de la consagración, la aclamación, la doxología final con el solemne “Amén”; también es
triste ver en esta noche santísima que se emplee la plegaria eucarística II por ser la más
breve, como un día ferial cualquiera, cuando, con diferencia, sería el Canon romano (o
Plegaria eucarística I) y sus embolismos propios lo más apropiado.
Finalmente, la santa comunión, donde recibimos al Señor mismo resucitado en las especies
consagradas. Es sumamente apropiado en esta noche recibir la comunión con las dos
especies. Sin embargo, por ahorrar tiempo, es frecuente que no se haga. Sigamos el
consejo de la Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales:
“Es muy conveniente que en la comunión de la Vigilia pascual se alcance la plenitud del
signo eucarístico, es decir, que se administre el sacramento bajo las especies del pan y del
vino” (n. 92).
Y en general, atender a este principio:
“Hay que poner mucho cuidado para que la liturgia eucarística no se haga con prisa; es muy
conveniente que todos los ritos y las palabras que la acompañan alcancen toda su fuerza”
(n. 91).
8. La enseñanza y preparación
Para vivir fructuosamente estos ritos del Triduo pascual y, muy especialmente, de la Vigilia
pascual, es necesaria una previa preparación catequética y espiritual. Ya se nos advierte:
“Para poder celebrar la Vigilia pascual con el máximo provecho, conviene que los mismos
pastores hagan lo posible para comprender mejor tanto los textos como los ritos, a fin de
poder dar una mistagogia que sea auténtica” (Carta, n. 96).
El tiempo de Cuaresma debe estar pendiente y volcado en vivir con fruto el santísimo Triduo
pascual. Los tesoros de la liturgia son tesoros de vida espiritual, de vida cristiana, y deben
desgranarse, explicarse paso a paso, para que todos y cada uno puedan vivirlo con gozo
del alma.
La preparación del Triduo pascual, y especialmente de la Vigilia pascual, no puede reducirse
a la elección de lectores y revisar con el coro los cantos, a las flores y tener velas suficientes
para los asistentes, sino que debe incluir, para todos, una preparación mistagógica.
El hecho mismo de estas mini-vigilias pascuales, sea en el horario, sea en la forma de
celebrarla, muestran claramente la insuficiente comprensión de la liturgia:
“Sin duda, estas dificultades derivan de la formación todavía insuficiente, tanto del clero
como de los fieles, sobre el misterio pascual en su realidad de centro del año litúrgico y de
la vida cristiana” (Carta, n. 3).
La Cuaresma es el gran tiempo de catequesis: para los catecúmenos, para los bautizados
que no han completado la Iniciación cristiana, para todos los bautizados. Durante la
Cuaresma se ofrece la preparación a los grandes sacramentos:
“Debe darse, sobre todo en las homilías del domingo, la catequesis del misterio pascual y
de los sacramentos, explicando con mayor profundidad los textos del Leccionario y, de modo
especial, las perícopas evangélicas, que aclaran los diversos aspectos del bautismo y de
los demás sacramentos, así como la misericordia de Dios” (Carta, n. 12).
Los sacerdotes predicarán más y con más frecuencia, con mayor empeño (cf. Carta, n. 13).
Además, “los pastores no dejen de explicar a los fieles, del mejor modo posible, el
significado y la estructura de las celebraciones [del Triduo pascual], preparándoles a una
participación activa y fructuosa” (Carta, n. 41). Esta tarea parece que está pendiente… Sin
embargo, ¡cuánta predicación cuaresmal! Hay que saber aprovecharla: homilías, charlas
cuaresmales, predicaciones en quinarios, retiros, etc., así como la catequesis semanal de
adultos, sesiones de formación de los grupos, o la catequesis de confirmación y jóvenes, la
escuela de catequistas, etc.
Explicar cada celebración paso a paso, mistagógicamente: su estructura y sus partes, el
sentido que tienen, su origen, viendo también cada una de las lecturas bíblicas… y la
incidencia espiritual en la vida de cada rito, su significado espiritual. ¡Esto es mistagogia
de los ritos! Cuando se hace, son los fieles los que rechazan de plano las mini-vigilias
pascuales, y quieren una liturgia válida, amplia, que la puedan vivir y disfrutar, dando gloria
a Dios.
Hagámoslo. Demos estos pasos. Descubriremos cómo la liturgia es verdadera pastoral y
conduce a fuentes de agua viva.
¡¡Delante de Dios!! (Sacralidad - III)

La liturgia se celebra para Dios, ante Dios, delante de Dios. La liturgia es el actuar de Dios
en la Iglesia: sigue hablando-revelándose, sigue comunicando su gracia, sigue
entregándose. A Él escuchamos en la liturgia, a Él nos dirigimos y oramos con las oraciones
de la liturgia y el canto de los salmos, ante Él estamos en amor y adoración, a Él lo recibimos
y acogemos.
Así la liturgia será sagrada y bella cuando lejos de convertirla en un discurso moralista
constante, o en una catequesis didáctica, o en una reunión festiva donde nos celebramos a
nosotros mismos, reconocemos la presencia de Dios en la liturgia, el primado de Dios, y
somos conscientes de que estamos ante Dios mismo. ¡Es obra de Dios la liturgia!
Esta primacía de Dios en la liturgia se descubre si miramos bien a Dios en la liturgia en
vez de mirarnos unos a otros. Sólo Dios puede ser el protagonista de la liturgia y por ello la
liturgia se vuelve sagrada y bella, y se cuida:
“En toda forma de esmero por la liturgia, el criterio determinante debe ser siempre la mirada
puesta en Dios. Estamos en presencia de Dios; él nos habla y nosotros le hablamos a él.
Cuando, en las reflexiones sobre la liturgia, nos preguntamos cómo hacerla atrayente,
interesante y hermosa, ya vamos por mal camino. O la liturgia es obra de Dios, con Dios
como sujeto específico, o no lo es. En este contexto os pido: celebrad la santa liturgia
dirigiendo la mirada a Dios en la comunión de los santos, de la Iglesia viva de todos los
lugares y de todos los tiempos, para que se transforme en expresión de la belleza y de la
sublimidad del Dios amigo de los hombres” (Benedicto XVI, Disc. a los monjes de la abadía
de Heiligenkreuz, 9-septiembre-2007).
La naturaleza de la liturgia nos lleva a descubrir gozosamente que es una acción sagrada
ante Dios y con Dios, siendo Dios el centro único. La liturgia es la Iglesia en oración con el
Señor; de ahí sus oraciones, prefacios, plegarias solemnes con los cuales el único sujeto-
Iglesia une a todos en un solo “Yo” eclesial para dirigirse a Dios; de ahí también la
importancia de las lecturas bíblicas y del Evangelio mismo con los que Dios habla a su
pueblo y el pueblo cristiano responde con la oración, el silencio y el canto.
Podría decirse que la liturgia es dialógica, es decir, entabla un diálogo orante y de fe entre
Dios y su pueblo, entre Cristo y su Esposa. Estamos, con reverencia, con adoración, ante
el Misterio mismo de Dios.
Esta perspectiva queda totalmente desdibujada cuando introducimos una visión muy
opuesta: una liturgia que parece más una fiesta en la que la comunidad se celebra a sí
misma; en vez de ser Dios el centro, se convierte en centro a la propia comunidad; en
lugar de oración-diálogo de Dios con su pueblo, se convierte en diálogo y acción
interactiva entre los asistentes como si fuera una puesta en común, un congreso donde
se habla, una charla informal entre todos (de ahí: la proliferación y verborrea de moniciones
en cualquier momento; las homilías dialogadas; la intervención espontánea de cualquiera
en la homilía, en las preces o en la “acción de gracias”, etc). Cuando esto ocurre, se rompe
la sacralidad de la liturgia para convertirse en algo humano, en terapia grupal, en un acto
que refuerce la identidad del grupo… Los elementos que contribuyen a la solemnidad
desaparecen, se omite cualquier silencio sagrado, y las oraciones litúrgicas, dirigidas a Dios,
se despachan velozmente porque no se les ve sentido ni función alguna.
Se pasa así de estar todos mirando al Señor, vueltos a Dios, a estar mirándose la comunidad
a sí misma, autocomplaciente, encantada con su “compromiso cristiano”, celebrando lo
bueno que son todos. Es palpar cómo la teología se ha pervertido en sociología, la
espiritualidad pervertida en espectáculo. Es el dato estremecedor que se ve en muchas
liturgias hoy:
“A veces se advierten celebraciones litúrgicas, bellas y atractivas en su desarrollo ritual,
pero al final desazonan, porque dan la impresión que el centro de toda la celebración sea,
no la gloria del Padre de nuestro Señor Jesucristo, sino la misma comunidad, y no tanto la
santificación de las personas, sino su satisfacción grupal” (Rodríguez, P., La sagrada liturgia
en la escuela de Benedicto XVI, Roma 2014, 304-305).
Hay que rebajar el protagonismo de los asistentes en la liturgia y acentuar más el
protagonismo del mismo Señor. Hay que dejar de mirarse unos a otros, dando cada cual su
opinión o interviniendo “espontáneamente”, para ungir la liturgia con el respeto y la
sacralidad, con la mirada de todos hacia un único punto: Dios actuando y santificando.
Así la liturgia no tiene que estar inventándose una y otra vez, ni introducir algún elemento
nuevo para captar la atención y ser creativo, ya que la liturgia no es algo “nuestro”, una
actuación humana a gusto de los asistentes, sino que es Dios quien obra, actúa,
interviene. Se trata de no quitar a Dios para ponerse en su lugar los asistentes, sino que
todos juntos adoran a Dios, lo escuchan, se dejan santificar.
“Debemos tener presente y aceptar la lógica de la Encarnación de Dios: él se hizo cercano,
presente, entrando en la historia y en la naturaleza humana, haciéndose uno de nosotros.
Y esta presencia continua en la Iglesia, su Cuerpo. La liturgia, entonces, no es el recuerdo
de acontecimientos pasados, sino que es la presencia viva del Misterio pascual de Cristo
que trasciende y une los tiempos y los espacios. Si en la celebración no emerge la
centralidad de Cristo, no tendremos la liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y
sostenida por su presencia creadora. Dios obra por medio de Cristo y nosotros no podemos
obrar sino por medio de él y en él. Cada día debe crecer en nosotros la convicción de que
la liturgia no es un ‘hacer’ nuestro o mío, sino que es acción de Dios en nosotros y con
nosotros” (Benedicto XVI, Audiencia general, 3-octubre-2012).

Forma y orden de la Oración de los fieles (IV)

Mal ejemplo, aunque muy extendido, es que el lector en vez de proponer una intención para
que todos oren, se dirige Él a Dios. Pensemos –repitamos- que el diácono o lector se dirigen
directamente a los fieles motivándolos para que sean ellos los que oren, no los
sustituyen orando ellos directamente a Dios. Y aunque este uso esté muy extendido -¡la
falsa creatividad!- eso no justifica que sea correcto ni lícito.
Mostremos ejemplos para ver claro:
“Te pedimos Señor, por los nuevos esposos M Carmen y Emilio que hoy han contraído
matrimonio, para que les ayudes a fortalecer su amor y lo hagan nuevo cada día.
Escúchanos, Señor.
Te pedimos Señor por M Carmen, para que con la ayuda de María sea sencilla, humilde y
fiel a este proyecto de amor. Escúchanos, Señor.
Te pedimos por Emilio para que sea reflejo de Ti. Dale paciencia, constancia y entrega en
este camino de amor y servicio a los demás…
Te pedimos por la Iglesia para que sea fiel a los valores del Evangelio, transmitiendo el
amor, la ternura y la misericordia que Dios tiene a toda la humanidad.
Te pedimos por los que hoy no han podido estar junto a nosotros celebrando este
sacramento del Amor, por todos aquellos familiares y amigos que un día nos dejaron,
esperando tu resurrección. Hazles partícipes de nuestra alegría y nuestro gozo, en espera
del abrazo fraterno.
Te pedimos por los pobres, los enfermos, por todos aquellos que son tus favoritos, para que
poco a poco todos intentemos hacer un mundo mejor. Ayúdanos a ser la voz de los sin voz
y a ser más sensibles ante las injusticias y necesidades de este mundo”.
El lenguaje es directo, rompiendo la tradición litúrgica. No se proponen intenciones,
sino que el lector es el orante.
Además el lenguaje está impregnado del secularismo vigente: ni una palabra para pedir
la santidad matrimonial, ni una para hablar de los hijos como don de Dios.
Añádanse las alusiones tales como la palabra talismán “valores”, “mundo mejor”, “proyecto
de amor”, etc…
Volvamos a leer ese formulario después de estas advertencias, y realmente nos
sorprenderán sus deficiencias.
Otro ejemplo con otro formulario dirigido a Dios; formularios reales, que se han empleado:
“Señor, te pedimos la paz entre los pueblos y entre las personas, para que todos podamos
vivir a gusto [sic!] en el mundo. Roguemos al Señor…
Te pedimos por las personas de nuestra ciudad y de nuestra parroquia, para que sigan
trabajando en las cosas buenas que nos unen. Roguemos al Señor…
Te pedimos por nuestros maestros, para que sigan trabajando y enseñando a los niños y a
las niñas a que cuiden nuestro mundo [otra vez, sic!], que es tu regalo Señor. Roguemos al
Señor…”
Aquí de nuevo observamos que se arrebata a los fieles la oración (el derecho de todos
los fieles bautizados de orar) para ser el lector el que se dirija a Dios; además el estilo
literario sumamente deficiente: comienza dirigiéndose a Dios y de pronto se interrumpe para
dirigirse a los fieles: “Roguemos al Señor”.
Lo mismo en este otro ejemplar:
“Te pedimos Señor por los que están en la pobreza y exclusión: para que los cristianos
seamos sensibles ante esta realidad que sufren muchos hermanos nuestros. Que
denunciemos esta situación injusta y se sientan acompañados”.
Además de mezclas de estilo (tanto a Dios como a los fieles), ¿la petición es por los que
“están en la pobreza y exclusión”, o si leemos atentamente, la petición real se plantea hacia
los que celebran para “que seamos sensibles… que denunciemos esta situación injusta”?
¿Se pide por una necesidad real o al final es siempre un eterno “por nosotros”?
Ojalá que la disección de este tipo de intenciones-preces nos permita adquirir un paladar
sabio para orar y no introducir elementos distorsionantes en la liturgia. Porque, estamos ya
tan acostumbrados a esto, que, ¡encima!, nos parece normal y bien.
La oración de los fieles es llamada también oración universal por la razón de que en
esta plegaria entran las necesidades de toda la Iglesia, del mundo y de los hombres
y no de manera exclusiva las necesidades concretas de estos fieles que oran. La
plegaria eucarística por su naturaleza no es universal sino eclesial, recalcando que se ora
en comunión con el Papa y el Obispo, con la Iglesia que peregrina, con la Iglesia que se
purifica –los difuntos- y con la Iglesia del cielo:
“En las intercesiones de la Plegaria eucarística se trata también de algo distinto de la
Oración de los fieles. La Plegaria eucarística la pronuncia solamente el sacerdote y da a
entender que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, celeste y terrena, y
la oblación del sacrificio de Cristo se hace por todos sus miembros, vivos y difuntos, cuya fe
y entrega bien conoces y que nos han precedido con la señal de la fe, algunos de los cuales
son especialmente recomendados a causa de la celebración de un sacramento, o de la
muerte o de una especial participación en la oblación. Este es el sentido de la recitación de
los nombres (lectura de los Dípticos) que se hace en diversas liturgias en este momento, y
para la que se proponen diversos textos en las plegarias eucarísticas del Misal romano
(Intercesiones particulares)” (Orientaciones pastorales…, n. 4).
Sin embargo, aquí, en la oración de los fieles, entran los problemas, angustias y esperanzas
de todos.
“Si la Iglesia local debe representar del modo más perfecto posible a la Iglesia universal, los
fieles deben hacer suyas, ante todo, las necesidades que afectan a todo el pueblo de Dios
y al mundo por el cual intercede siempre la Iglesia. Laudablemente se pide también por las
intenciones de los que se han reunido” (Orientaciones pastorales… n. 2b).
En esta plegaria, la Iglesia ofrece “súplicas por la salvación de todos”, con un corazón
grande, universal, como el de Cristo mismo, el Redentor.
“Conviene que esta oración se haga de ordinario en las Misas con participación del pueblo,
de tal manera que se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que
sufren diversas necesidades y por todos los hombres y por la salvación de todo el mundo”
(IGMR 69).
De esta forma, las intenciones que se proponen a la oración de los fieles se agrupan en
cuatro grandes campos que deben estar siempre presentes si no queremos que deje de ser
“universal”. No significa que deban ser siempre cuatro las intenciones, pueden ser más en
número, pero deben incluir estas cuatro realidades y normalmente por este orden:
1. La Iglesia
2. Gobernantes y autoridades
3. Necesidades de los que sufren
4. Los participantes en esta Eucaristía.

El Misal lo señala diciendo:


“Las serie de intenciones de ordinario será:
a) Por las necesidades de la Iglesia.
b) Por los que gobiernan y por la salvación del mundo.
c) Por los que sufren por cualquier dificultad.
d) Por la comunidad local.
Sin embargo, en alguna celebración particular, como la Confirmación, el Matrimonio o las
Exequias, el orden de las intenciones puede tener en cuenta más expresamente la ocasión
particular” (IGMR 70).
“Un caso peculiar lo constituyen las Misas rituales (Confirmación, Matrimonio, Exequias,
etc.) o las Misas por diversas necesidades o con ocasión de un acontecimiento especial en
el que la comunidad se reúne para orar por una intención muy concreta. En estas
circunstancias, el orden y el contenido de las intenciones pueden amoldarse mejor a la
ocasión” (Orientaciones pastorales…, n. 3).
Y aun así, en las Misas rituales de estos sacramentos antes citados, se incluyen intenciones
universales, aunque predominen más las referidas al sacramento que se acaba de celebrar.
Por ejemplo, en el Ritual de la Confirmación, no todas las preces son una tras otra
exclusivamente para pedir por los que se han confirmado (como ocurre cuando no se
atiende al ritual sino que se elaboran “creativamente”), sino que también se ruega por otras
necesidades:
“Por la santa Iglesia de Dios, para que, congregada por el Espíritu Santo en la confesión de
una misma fe, crezca en el amor y se dilate por el mundo entero hasta el día de la venida
de Cristo…” (RC 37),
“Por todos los hombres que están en pecado, para que el Espíritu Santo les haga
comprender lo equivocado de su camino, se conviertan y vuelvan a la gracia de Dios” (RC
38).
Y lo mismo en el Ritual del Matrimonio: no todas las intenciones piden por los nuevos
esposos, sino que incluyen otra serie de necesidades:
“Por todos los Matrimonios: para que en el amor mutuo y en la fidelidad constante, sean en
nuestra sociedad fermento de paz y unidad” (RM 75).
“Para que todos los que se preparan al Matrimonio tengan conciencia de las exigencias de
la fidelidad y del amor” (RM 106).
“Por todos los hogares de la tierra, por todos los esposos, los padres y los hijos, por los
ancianos y los huérfanos, por las familias que no tienen hogar o carecen de los recursos
necesarios, y por los esposos que viven separados” (RM 136).

Secularización hasta en la liturgia (Sacralidad - IV)

Pudiera parecer sorprendente que lo más santo y sagrado, con tanta carga de sacralidad,
devoción y espiritualidad como es la liturgia, pudiera secularizarse, pero así ha ido
sucediendo.
El proceso de secularización ha sido tan persistente que ha penetrado por las ventanas de
la Iglesia y ha alcanzado a la misma liturgia pervirtiéndola. Un grave mal que hoy se padece
es la secularización interna de la Iglesia, y como la liturgia es epifanía de la Iglesia, su
manifestación visible, una Iglesia secularizada se reflejará en su liturgia igualmente
secularizada.
Detengámonos en ver los rasgos e intenciones de esta secularización y comprenderemos
mejor el alcance que tiene en la liturgia.
1. La secularización detesta lo religioso y sus expresiones, y quiere en todo caso
reducirlo a la conciencia privada de cada cual.
2. La secularización, de la mano del relativismo, piensa que no existe la Verdad y por
ello todo son opiniones igualmente válidas. Es la dictadura del relativismo que
denunció Benedicto XVI.
3. La secularización sustituye a Dios o por el hombre o por el progreso social o por los
valores de moda (ecología, solidaridad, paz…)
4. La secularización sólo respeta de la religión aquello que puede servir a su proyecto:
las obras asistenciales y de caridad y la enseñanza que se acomoda a sus postulados
de sólo valores, sólo lo “políticamente correcto”.
5. La secularización ignora la trascendencia y lo superior, y quiere volcarlo todo en lo
terreno, en lo temporal, en el aquí y ahora.
La Iglesia misma, que no es ajena a la cultura del momento sino que recibe su influjo, ha
padecido un largo proceso de “secularización interna”, apartándose de su Tradición,
tomando una lectura exclusivamente social del Evangelio hasta convertir el cristianismo en
una ideología por el cambio social. La secularización interna de la Iglesia adopta,
acríticamente, el pensamiento del mundo y en lugar de evangelizarlo, se mimetiza con el
mundo, se hace igual al mundo. Se ha vaciado la Iglesia de sí misma para convertirse en
una asociación civil, o en una ONG, o algo semejante.

Por supuesto, en todo este proceso, la liturgia no ha salido indemne, sino muy perjudicada,
porque se ha manipulado la liturgia, se ha abusado de ella y cualquiera cree que puede
modificarla a su propio criterio. Se ha degradado. Ha perdido su estilo. Se ha vulgarizado.
1) Si la secularización detesta lo religioso y lo arrincona, hoy la liturgia es terriblemente
antropocéntrica y con poco espíritu religioso. Por ejemplo, un solo ejemplo, las nuevas
iglesias que se construyen apenas parecen lugares de culto católico –ni en la fachada ni en
la distribución de los espacios litúrgicos- sino edificios que pasan inadvertidos, disimulados,
y por dentro, un gran salón multiusos.
2) Si la secularización se ha aliado con la dictadura del relativismo, negando la Verdad, hoy
en la liturgia la predicación católica apenas aborda los grandes contenidos
dogmáticos de la fe, o, si lo hace, cualquiera se cree con derecho para predicar sus
opiniones particulares y las reinterpretaciones que se le ocurran. Ese relativismo valora la
celebración litúrgica como algo que no es fijo e inmutable, sino que va a gusto del celebrante,
del equipo de liturgia o de la comunidad. El relativismo secular aquí es que nada es
verdadero o intocable y por tanto la liturgia hay que reinventarla siempre.
3) Si la secularización sustituye a Dios por el hombre, la liturgia secularizada también.
Un protagonismo excesivo del hombre relega a Dios a un pretexto por el que los fieles se
reúnen: aquí lo importante son los hombres, no Dios. Se multiplican las intervenciones para
que haya más protagonistas humanos: más moniciones, más peticiones (¡leídas cada una
por un lector!), más ofrendas con más moniciones (ofrendas “simbólicas” para destacar
“nuestro” compromiso, “nuestra” entrega), supuestos “testimonios” que se introducen en la
homilía, discursos de “acción de gracias” después de la comunión, etc., etc. Es la
subversión secular de la liturgia que ya no celebra a Dios, sino que se celebra al
hombre. Es muy elocuente, por ejemplo, que se afirme tranquilamente que en la Misa “los
protagonistas fueron los jóvenes de Confirmación”, “los protagonistas fueron las parejas de
los cursillos prematrimoniales”, etc.
“La peor presencia del secularismo en la celebración litúrgica ha sido, pensando que era
preciso cambiar radicalmente el culto para adaptarse a la mentalidad secularizada del
hombre moderno, pasar de celebrar el misterio de Cristo y la adoración a Dios a celebrar
una ideología o una realidad personal o social, convirtiendo la liturgia en una
autocelebración” (Rodríguez, P., La sagrada liturgia, 302).
4) Si la secularización sólo valora lo asistencial de la Iglesia y los valores, una liturgia
secularizada se despreocupará de todo lo que no sea hablar y potenciar los valores,
el compromiso y las tareas terrenas. La liturgia secularizada es pura ideología que se
dedica a grabar consignas en los fieles según el estilo del mundo: es un nuevo moralismo,
horizontalista. Esto se ve en la proliferación de palabras en la liturgia, o sea, el verbalismo,
en muchas moniciones innecesarias y en homilías, igualmente largas, que sólo tratan de
“valores”, justicia, transformación del mundo, ser felices y hacer felices a los demás.
“Hay que recordar que el cristianismo europeo ha pasado por la grave crisis de la Ilustración,
que intentó despojar al cristianismo de los elementos sobrenaturales, reduciéndolo a un
vago deísmo, a una religión sin dogmas, sin revelación, sin la gracia y sin el pecado,
racionalizado, o a un mero sentimiento religioso; en consecuencia, enfatizó el aspecto
moralizador. Las consecuencias para la liturgia fueron negativas, pues se eliminó de ella el
culto de Dios o la adoración a Dios y, en consecuencia, el amor que da la vida por el
prójimo… En este sentido, se explica el racionalismo, el subjetivismo, el sentimentalismo, el
didactismo, etc., que caracterizan algunas formas litúrgicas actuales” (Fernández, P., La
sagrada liturgia, 103).
5) Si la secularización ignora la trascendencia, una liturgia secularizada se convierte en
fiesta humana, entretenida, arrinconando el sentido religioso y sagrado. Tres ejemplos
lo pueden ilustrar.
 El primero es la ausencia de silencio en la liturgia. Se omiten los silencios previstos
en el acto penitencial, tras el “Oremos” de la oración colecta, después de la homilía,
después de la comunión. El silencio sagrado se vuelve un invitado extraño y ajeno a
la liturgia secularizada.
 Un segundo elemento: la música y el canto. Ya no se puede calificar de “canto
litúrgico”. Se buscan ritmos e instrumentos atronadores que impidan el recogimiento
orante y gestionen mejor una psicología grupal y sus emociones; las letras son
expresiones sentimentales muy ajenas a la Tradición de la liturgia y sus himnos, y
además no se respetan los contenidos fijos cuyo texto es invariable (Gloria, Credo,
Sanctus, Padrenuestro).
 Y un tercer elemento: se arrinconó la adoración y culto a la Eucaristía fuera de la
Misa. La exposición del Santísimo, que permite el encuentro con Cristo y la adoración
contemplativa, no tenían lugar en la liturgia secularizada: ¡sólo la Misa convertida en
un festival con discursos moralistas! Y, por extensión, el abandono de la Liturgia de
las Horas, que muchos de los actores secularistas (sacerdotes y religiosos)
arrinconaron por no encontrarle valor a la oración litúrgica, contemplativa y adorante.
Las descripciones son claras para que se comprenda bien lo que es una liturgia secularizada
y el problema grande que representa para la vida de la Iglesia:
“Con frecuencia nos encontramos con celebraciones litúrgicas que adolecen de carencias
pastorales. Por ejemplo, celebraciones que, asemejándose más a meros encuentros
sociales, carecen del recogimiento que favorece el encuentro con Dios, es decir, la
verdadera oración, o celebraciones cuyas homilías de sacerdotes católicos pudieran ser
pronunciadas lo mismo por un pastor protestante, o cantos ejecutados durante la liturgia
que invitan a mover el cuerpo, mas no mueven el alma. Y sabemos que si la celebración
litúrgica no es oración y oración devota, transmitiendo en un contexto sagrado y solemne la
verdadera fe, es un fraude, que ofende a Dios y engaña a los hombres” (Fernández, P., La
sagrada liturgia, 291).
Vemos así el panorama de una liturgia secularizada que no es más que una burda
caricatura de la liturgia católica.

Universal, por todos (Oración de los fieles - V)

Para que sea oración universal y los fieles oren por el mundo entero, repitámoslo, hay una
serie de intenciones que deben enunciarse siempre y en un determinado orden ya que si no
será algo piadoso, o sentimental, o demasiado local, pero no universal.
“Las intenciones, una vez hecha la monición introductoria, deben comprender siempre los
siguientes temas o capítulos, y por este orden:
1) La Iglesia universal y local, por ejemplo, el Papa, los obispos y pastores, la actividad
misionera de la Iglesia, la unidad de los cristianos, las vocaciones sacerdotales y religiosas,
las necesidades de la comunidad local, etc.
2) Las naciones y los asuntos públicos, por ejemplo, la paz, los gobernantes, el tiempo
favorable para las cosechas, las elecciones, los problemas sociales y económicos, etc.
3) Los que sufren cualquier dificultad, como los pobres, los perseguidos, los parados, los
enfermos y agonizantes, los presos, los exiliados, etc.
4) Determinados grupos de personas, de la misma asamblea o de la comunidad local; por
ejemplo, los que se van a bautizar o los recién confirmados, y las necesidades o intenciones
particulares.
De cada una de estas series se profiere al menos una intención. En alguna celebración
particular, como en la Confirmación, Matrimonio o Exequias, el orden y el contenido de las
intenciones pueden acomodarse mejor a la ocasión” (Orientaciones generales…, n. 10).
Sin embargo, se oyen y se proponen intenciones de oración que no salen del ámbito
local, de la propia parroquia o del “nosotros” de quienes están participando en la santa
Misa; la oración deja de ser universal, y pasa a ser localista y, tal vez, con un tinte de
egoísmo que olvida las grandes necesidades del mundo y de los hombres para interceder
exclusivamente por cosas muy concretas, muy de “casa”. Ejemplos:
“1. Por nuestra Iglesia de N., , para que abunde en ella la alegría y la ilusión de vivir la Buena
Noticia del Reino que nos anunció Jesucristo. Roguemos al Señor…
2. Por las familias cristianas: para que comprendan que un hijo o una hija que se entrega
por completo al Evangelio, es un regalo de Dios. Roguemos al Señor…
3. Por todos los jóvenes: que la propuesta del Evangelio les ayude a encontrar la felicidad
verdadera. Roguemos al Señor…
4. Por nuestros seminaristas: que vivan muy unidos a Jesús, para ser así buenos servidores
de la comunidad. Roguemos al Señor…
5. Por las vocaciones sacerdotales y religiosas: para que cada día haya más jóvenes
dispuestos a seguir al Señor en este camino de servicio al Evangelio y la comunidad.
Roguemos al Señor…”
¿Qué le falta a este formulario? Simplemente, ser universal y no “localista”, reducido a la
propia diócesis. Por ejemplo, no hay una indicación para orar por toda la Iglesia sino
solamente por la diócesis; se omite la oración por las autoridades y gobernantes; ninguna
intención por los que sufren de mil maneras y tampoco una petición por los fieles que están
allí celebrando la Santa Misa: sólo una serie de intenciones locales por las vocaciones y lo
relacionado con ellas (familias, jóvenes, seminaristas). Pues no, no es esto una oración de
los fieles u oración universal para la Eucaristía y sí pueden ser unas preces para una Hora
santa o un encuentro de oración.
Tampoco lo es el siguiente formulario (con un lenguaje que tampoco corresponde a la
verdad de la plegaria cristiana):
“1. Te pedimos Señor por los que están en la pobreza y exclusión: para que los cristianos
seamos sensibles ante esta realidad que sufren muchos hermanos nuestros. Que
denunciemos esta situación injusta y se sientan acompañados. Roguemos al Señor.
2. Por todos los que padecen hambre y cualquier forma de necesidad. Roguemos al Señor.
3. Por los que viven lejos de su familia y de propio ambiente. Reguemos al Señor.
4. Por los cristianos: para que trabajemos sin descanso por instaurar en el mundo la justicia
que puede llevar a una paz estable y duradera. Roguemos al Señor.
5. Por nosotros: que estamos reunidos en la celebración de esta Eucaristía para que
seamos en nuestro entorno testigos de fraternidad y generosa solidaridad. Roguemos al
Señor”.
Y no es oración universal porque: no pide por la Iglesia ni su misión evangelizadora; omite
la petición por los gobiernos y autoridades. Tampoco el lenguaje, cargado de moralismo y
adoctrinamiento: “los cristianos seamos sensibles ante esta realidad… Que denunciemos
esta situación injusta… Generosa solidaridad…”
Creo que con estos ejercicios sabremos discernir la universalidad de la oración de los
fieles y su lenguaje; y si tuviéramos que componerlas por alguna razón, habremos
adquirido la mens que debe inspirarlas, su sentido, sus normas y su lenguaje litúrgico-
orante.
No por abundante y extendido, esta forma de proponer las intenciones responde a la
naturaleza de esta plegaria u oración de los fieles: sólo se pide “por nosotros”, luego ya no
es universal, y con matices moralistas, “para que nos convenzamos, seamos, etc…”.
Se suele entonces manipular las intenciones de la plegaria con breves fórmulas que sólo
miran a los miembros de la asamblea y, desde el moralismo más radical, suplicar una y
otra vez el “tomar conciencia” para que luego se vaya al compromiso. La liturgia se
concibe como una obra catequético-pedagógica para transmitir mensajes que calen
o, más simplemente, como el lugar del compromiso activo y la transformación, en el orden
secular. La liturgia se vuelve pretexto, se torna antropocéntrica.
Traer algunos formularios más, nos permitirá captarlo mejor:
“Para que nos convenzamos de nuestra situación de pecadores y no nos creamos mejores
que los demás…
Para que no nos engañemos a nosotros mismos, aprendamos qué significa “misericordia
quiero y no quiero sacrificios” y nos convirtamos sinceramente” (Libro de la sede, Dom. X T.
Ord., ciclo B).
Para que sepamos decir, con nuestra solidaridad, a todos los que sufren, quién es el
verdadero consuelo…
Para que sepamos decir, con la entrega de nuestra vida, a los que yacen sin esperanza
quién es la vida para el mundo…
Para que sepamos decir, con nuestro respeto y amor a todos, que la vida debe ser
procurada, defendida, acrecentada” (Libro de la sede, Dom. X T. Ord., ciclo C).
Difícilmente se podría considerar que los dos anteriores formularios son universales,
porque las realidades que presenta son la excusa para pedir una y otra vez por los
presentes, por el “nosotros", cargado de moralismo. Porque se hace de tal forma que
más que pedir, se intenta convencer a los oyentes, “adoctrinarlos” de algún modo en
vez de ayudarlos a orar. El formulario anterior se tendría que haber transformado en: “para
que los cristianos vivamos en humildad", “para que alcancen la conversión quienes se han
alejado de Dios", “para que la vida sea respetada desde el mismo instante de su concepción
hasta su muerte natural"…
El mismo soniquete repetitivo y monótono –nosotros, nosotros, nosotros- en otro formulario
más, que de universal no tiene nada al mirar sólo a los presentes, y menos aún de oración
litúrgica por el contenido ideologizado.
“En todos los tiempos Dios envía mensajeros que anuncien con fuerza el Evangelio y
remuevan las conciencias. Para que escuchemos dócilmente la voz de los profetas –la voz
del mismo Cristo-, y no se endurezca nuestro corazón.
La constante tentación de edificar nuestra vida sobre nosotros mismos. Para que
descubramos al que es la piedra angular, fundamento de todo edificio.
Para que temamos nos sea quitado también a nosotros el reino de Dios, si no damos fruto
a su tiempo” (Libro de la sede, Dom. XXVII, ciclo A).
¿Tres peticiones de todo un formulario, únicamente por “nosotros", para que “nosotros", a
fin de que “nosotros” nos convirtamos, cambiemos, escuchemos? ¿No hay sufrimiento,
dolor en el mundo? ¿No hay paro, hambre, terrorismo? ¿No necesitan de nuestra oración
la Iglesia, los gobernantes, las autoridades, el mundo entero?
Pues se puso de moda ese lenguaje del “nosotros” en todas las preces y ahí estamos
soportándolo; además tan moralista que repele, porque todo es “comprometerse” y “tomar
conciencia".

Acción sagrada e inigualable (Sacralidad - V)

La grandeza de la liturgia consiste en que no es un “hacer” humano, a medida del hombre,


algo que los hombres se diesen a sí mismos como una seña de identidad cristiana, o un
modo de inculcar valores y recordar unos compromisos; no es un “hacer” humano, sino una
actuación divina.
Ya el Concilio Vaticano II recuerda que “la liturgia es una acción sagrada por excelencia,
cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de
la Iglesia” (SC 7), por lo que nadie puede ampararse en el Concilio Vaticano II para
desacralizar la liturgia o secularizarla o banalizarla. En la liturgia, la Iglesia halla su fuente y
su culmen.
Lo más santo que posee la Iglesia es el sacramento de la Eucaristía, por ser actualización
del sacrificio de Cristo, Memorial de su Pascua, presencia real y sustancial del mismo Señor.
Es el Santísimo Sacramento, es la mayor acción sagrada de la Iglesia. Una clara conciencia
de fe lleva a adorar el Sacramento y a dignificar, con amor, la celebración eucarística.
El reconocimiento creyente de la santidad de este Sacramento conduce a cuidar y potenciar
su sacralidad, ya que “el carácter de ‘sacrum’ de la Eucaristía, esto es, de acción santa y
sagrada. Santa y sagrada, porque en ella está continuamente presente y actúa Cristo, el
‘Santo’ de Dios, ‘ungido por el Espíritu Santo’, ‘consagrado por el Padre’, para dar libremente
y recobrar su vida, ‘Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza’. Es él, en efecto, quien
representado por el sacerdote, hace su ingreso en el santuario y anuncia su evangelio. Es
Él ‘el oferente y el ofrecido, el consagrante y el consagrado’. Acción santa y sagrada, porque
es constitutiva de las especies sagradas, del ‘Sancta sanctis’, es decir, de las ‘cosas santas
–Cristo el Santo- dadas a los santos’, como cantan todas las liturgias de Oriente en el
momento en que se alza el pan eucarístico para invitar a los fieles a la Cena del Señor”
(Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, 8), a lo que habría que añadir también la liturgia
hispano-mozárabe, tan oriental, que proclama ese “Sancta sanctis”.
Todos los ritos y familias litúrgicas de Oriente y de Occidente, reconociendo ese “sacrum”,
esa sacralidad de la Eucaristía, han cuidado el desarrollo de la liturgia, con solemnidad, con
veneración, con signos exteriores, y con disposiciones internas de fe, humildad, alabanza.
Nada se improvisa ni se vulgariza; nada se descuida ni se celebra de manera informal; nada
se altera ni se añade: las distintas familias litúrgicas orientales y occidentales poseen una
conciencia clarísima de la santidad de la liturgia, la reciben como un tesoro y lo preservan.
El carácter sagrado de la liturgia le viene de Cristo mismo y no es un añadido que los
hombres se hayan atrevido a colocar. La misma Cena pascual –ya lo dijimos-, la Última
Cena de Cristo, fue una liturgia y no una simple comida de amigos. La Iglesia sigue así
fielmente el ejemplo del Señor:
“El ‘Sacrum’ de la Misa no es por tanto una ‘sacralización’, es decir, una añadidura del
hombre a la acción de Cristo en el cenáculo, ya que la Cena del Jueves Santo fue un rito
sagrado, liturgia primaria y constitutiva” (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, 8).
Esta sacralidad fue la que condujo al Concilio Vaticano II a pronunciar una afirmación que
ha sido completamente ignorada enla práctica: “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite
o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia” (SC 22). Es la Iglesia, en palabras
del último Concilio, la que no permite que se desacralice la liturgia por los gustos o iniciativas
particulares, por las modificaciones, omisiones, o añadidos, de nadie, ni equipo de liturgia
ni sacerdote.
Sin embargo, lo que se padece como una epidemia extendida, es una continua alteración
de la liturgia, una desacralización, fruto de una mentalidad secularizada;
“hay que reconocer y deplorar algunas desviaciones, de mayor o menor gravedad, en la
aplicación de la misma [reforma litúrgica]. Se constatan, a veces, omisiones o añadiduras
ilícitas, ritos inventados fuera de las normas establecidas, gestos o cantos que no favorecen
la fe o el sentido de lo sagrado…” (Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus Annus, 13).
Hay también infidelidades cotidianas: alteración de los textos litúrgicos con glosas o
paráfrasis; omisión de la casulla o incluso de todas las vestiduras litúrgicas; supresión de
los signos de reverencia y adoración (inclinaciones, genuflexión, ponerse de rodillas en la
consagración); lo poco decoroso de la ornamentación (carteles y pósters en el altar y
presbiterio, flores que dificultan el paso o visión…); la proliferación de moniciones y su
extensión como mini-homilías; la añadidura de un rito de acción de gracias tras la comunión
con un discurso de alguien; la falta de reverencia y precipitación durante la plegaria
eucaristía o el modo de distribuir la sagrada comunión…
La desacralización deforma la liturgia y la priva de su belleza innata, aquella belleza que
refleja la santidad y la gloria de Dios. Es una liturgia fea, poco significante, excesivamente
vulgar y populista. ¿Eso puede ser camino glorificar a Dios? ¿Ese es camino para conducir
a los fieles al encuentro con el Misterio del Dios Amor, del Dios Salvador?
“La nueva paganización está provocando la nueva evangelización, pero suavizar el
evangelio para atraer a la gente es un camino equivocado, pues la peor deformación de la
Liturgia es la que procede de la filosofía, y sabemos que la mentalidad del hombre
secularizado se apoya siempre en las realidades que él puede controlar” (Rodríguez, P., La
sagrada liturgia, 300).
La belleza sagrada de la liturgia glorifica a Dios -¡qué distinto de lo vulgar, de lo informal, de
lo descuidado o improvisado!- y la belleza sagrada de la liturgia, con su fulgor, toca al
hombre en su ser más íntimo y lo conduce a Dios. Una liturgia bella, hermosa, afecta al
hombre en todas las fibras de su ser y lo involucra en la liturgia, por lo que es camino de
evangelización para los hombres de hoy. “En este sentido, es urgente recuperar la atractiva
verdad del Evangelio y la belleza sagrada en el modo de celebrar el culto” (Id., 301).

Rezar Laudes

 No, no va dirigido este artículo a los sacerdotes y religiosos. ¿Por qué piensas que
rezar Laudes es cosa de sacerdotes y de consagrados nada más? ¡No! ¡Error! Es
oración de la Iglesia y la Iglesia la entrega a todos los bautizados. Algunos tienen la
misión-obligación de garantizar que se rece siempre (sacerdotes y religiosos) pero
no es una oración clerical: ¡también es para ti!
 ¿Acaso los fieles seglares se tienen que conformar con migajas espirituales, un libro
de algún pseudo-teólogo de moda releyendo el Evangelio a su modo? ¿O
conformarse con dos oraciones vocales y pensar que ya es suficiente? ¿Acaso la
liturgia no es vida espiritual para todos? ¡Pues rezar Laudes es cosa de todos!
 Otra excusa muy difundida: ¡es que es muy complicado manejar el libro, el Diurnal!
Vale, de acuerdo. Pero hoy puedes rezar Laudes cada mañana en páginas webs que
te la ofrecen, como http://www.eltestigofiel.org/?idu=lt_liturgia y con la edición
argentina: http://liturgia.mrobot.eu/ . También hay aplicaciones que se descargan
fácilmente. Te lo dan hecho. No hay que pasar páginas ni buscar nada. ¡Un problema
resuelto!
 ¿Qué son las Laudes? (En castellano es palabra femenina: las Laudes… no se dice:
“Los Laudes"). La oración de la mañana que entona la Iglesia. Alaba a Dios, le
bendice por el nuevo día y hace memoria de la resurrección del Señor, aquella
bendita mañana de Pascua; también santifica toda la jornada, la consagra al Señor y
hace el ofrecimiento de obras: ¡todo por Ti y para Ti, para tu gloria, Señor!
 Vamos a ir paso a paso, y verás cómo todo tiene sentido en Laudes. Comienza por
una invocación a Dios mientras nos santiguamos: “Dios mío, ven en mi auxilio. Señor,
date prisa en socorrerme. Gloria al Padre y al Hijo…” Pedimos que Dios nos auxilie,
es decir, nos dé gracia suficiente para rezar con devoción, con fervor, con sentido
interior. ¡Que podamos cantar siempre santamente sus alabanzas!
 Después un himno. Suele hacer alusión o a la hora del día, la mañana, una nueva
jornada, o al tiempo litúrgico (tonalidad de Adviento o de Navidad o de…).
 Un primer salmo, llamado “matutino”, que suele hacer referencia a la mañana, o a un
nuevo día, o a entrar en la presencia del Señor. Al principio cuesta orar con los salmos
porque nos falta familiaridad con la Escritura. Cuando pasa el tiempo, nos vamos
acostumbrando al lenguaje bíblico. También es un aliciente para coger una Biblia e
ir estudiando cada salmo con las notas y comentarios. O tomar algún comentario
patrístico a los salmos… Hay que pensar, al rezar cada salmo, que Cristo lo reza al
Padre y le prestamos nuestra voz… o que la Iglesia-Esposa se lo dirige a Cristo, su
Esposo. ¡Le encontraremos mucho más sentido!
 Un cántico del AT, que tiene la forma de oración y plegaria, pero que no se encuentra
en el libro de los salmos, sino en otros libros del AT.
 El tercer salmo es un salmo de alabanza, bendiciendo al Señor en la mañana.
 Después una lectura muy breve, apenas unos versículos, del AT o del NT –no del
Evangelio, nunca del Evangelio- como un breve pensamiento espiritual que ilumine
la jornada que comenzamos. El responsorio es nuestra respuesta a la Palabra de
Dios. Vale la pena dejar una pausa de silencio aquí… aunque –no se nos pase por
alto- también entre salmo y salmo se puede hacer una pausa de silencio y que el
salmo cale en el corazón y lo meditemos brevemente.
 Después el cántico evangélico: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel…”, el
Benedictus, que entonó Zacarías en el nacimiento de san Juan. Cada día, cada
jornada, es un nuevo día de gracia y salvación donde nos visita Cristo, Sol que nace
de lo alto. Al rezarlo, confiamos que la salvación de Dios siga avanzando, que su luz
destruya toda tiniebla en nuestro mundo.
 Las preces, a continuación, son la consagración del día. No intercedemos por los
demás ni por el mundo; su tono es más bien el del ofrecimiento de obras al Señor.
 El Padrenuestro corona las preces. Ya la Didajé, documento cristiano del siglo I,
decía que el Padrenuestro se rezaba tres veces al día; así lo hace hoy la Iglesia: en
Laudes, en Vísperas y en la Eucaristía.
 Una oración final cierra el conjunto. Esta oración, en el tiempo ordinario, hace alusión
al nuevo día que comenzamos; en los tiempos fuertes, sin embargo, es la oración
propia del día, la oración colecta de la Misa.
 Y después de esto, ¿qué? ¿Seguirás sin rezar Laudes? Cuando rezamos Laudes
formamos parte de un coro inmenso, el de toda la Iglesia, que ese día va a rezar así,
todos juntos, lo mismo, al Señor. Somos una pequeña partecita de la Iglesia. ¡Vale la
pena! Así nuestra oración se hace oración litúrgica, con la Iglesia, modelada por la
Iglesia, siendo educados espiritualmente por la Iglesia. ¡Atrévete a ello!

Lenguajes secularizados, Oración de los fieles - VI

En otros casos (siguiendo lo visto a lo largo de esta serie de artículos sobre la Oración de
los fieles), es el lenguaje el que demuestra la pobreza y la ignorancia al proponer las
intenciones de la plegaria universal. Se entremezclan con la oración la ideología al pedir o
también pequeños discursos que adoctrinan “para que tomemos conciencia de algo”. Son
elementos extraños al lenguaje de la liturgia.
“Por la Iglesia y todos los que la formamos, para que con la ayuda del Espíritu, sepa ser una
Iglesia viva y atenta a todas las necesidades sociales que nos rodean. Roguemos al Señor”.
¿Esa es la misión de la Iglesia? ¿Estar atenta a las necesidades sociales? ¿Una nueva
ONG?
O un lenguaje que, más o menos sutilmente, critica la realidad de la Iglesia:
“Por la Iglesia; para que incesantemente se reforme en sus instituciones y se renueve en
sus miembros” (Libro de la sede, Domingo II Cuaresma).
¿Constante reforma de las instituciones? ¿Qué se está pidiendo en realidad? Se inculca el
pluralismo y la variedad de “opciones”, que responden no a la realidad carismática del
Cuerpo eclesial, sino al lenguaje secularista:
“Para que la pluralidad de caminos y opciones dentro de la Iglesia no rompa la unidad en la
fe y en la caridad” (Libro de la sede, Viernes V Pascua).
“Pidamos por toda la Iglesia y por todos los que la formamos, para que sea en el mundo un
testimonio vivo del Mensaje de Jesús, trabajando por hacer posible un mundo más justo y
solidario, y ayudando especialmente a los pobres y marginados para que puedan salir de
las situaciones que les crea la pobreza y marginación. Roguemos al Señor”.
Otro ejemplo más del lenguaje secularizado, otro ejemplo más de la secularización interna
de la Iglesia: todo se reduce a vivir un “Mensaje”, como si Cristo y el Evangelio se pudieran
reducir a un “Mensaje” o un “Manifiesto”. Y la vida de la Iglesia en clave secularizada,
limitada a “hacer posible un mundo más justo y solidario”. Es un discurso secularizado en
lugar de una intención litúrgica, cuando aquí no caben ni los discursos ni los conceptos
secularizados. Por eso es fácil encontrar expresiones así:
“Para que el Espíritu sugiera a la Iglesia recrear nuevas formas de expresión del mensaje
cristiano” (Libro de la sede, Sábado VI Pascua);
¿está hablando de publicidad, imagen, marketing?
“Para que la Iglesia sepa presentar el mensaje cristiano atrayente para todos” (Libro de la
sede, Dom. XXXII T. Ord., ciclo C):
¿cómo? ¿Rebajándolo, disimulándolo, acomodándolo a lo que el mundo vive? ¿Qué es
hacerlo atrayente, dando por hecho, por el tono de la petición, que la Iglesia hoy no sabe
presentar ese “mensaje cristiano”? ¿Presentamos un “mensaje atrayente” o llevamos a la
Persona de Cristo Salvador?
El lenguaje secularista referido a la Iglesia refleja la ideología de cada momento, de cada
época, y se pide a Dios con marcados tintes ideológicos, de donde resultan palabras
talismanes, como “solidaridad”, “respeto”, etc.:
“Para que la Iglesia, como ciudad puesta en lo alto de un monte, sea para todos ejemplo de
convivencia, de respeto, de comunicación, de solidaridad” (Libro de la sede, Dom. V T. Ord.).
“Por la Iglesia; para que en su legislación se transparente siempre el mandamiento nuevo
de Cristo” (Libro de la sede, Dom. VI T. Ord.).
“Por nosotros, aquí reunidos; para que, superando el individualismo, aprendamos a vivir en
solidaridad” (Libro de la sede, Dom. XXVIII T. Ord., ciclo C).
“Finalmente, pidamos por todos nosotros, para que tomemos conciencia de que Jesús nos
envía al mundo para infundir el Espíritu y seamos testigos de Él allí donde estemos.
Roguemos al Señor”.
“Tomar conciencia”: un nuevo lenguaje moralista. Esto más que orar es adoctrinar.
“Para que la Eucaristía nos ayude a tomar conciencia de la responsabilidad que tenemos
por nuestro pecado y por el pecado del mundo” (Libro de la Sede, Viernes I de Cuaresma).
“Por todos nuestros hermanos misioneros, personas que sintiendo una llamada especial del
Espíritu, han dejado las comodidades de nuestro mundo para acompañar y ayudar a salir
de la pobreza a tantas personas de países pobres y subdesarrollados. Para que el Espíritu
siga animándoles cada día en esta importante misión que realizan y para que sigan
surgiendo entre nosotros vocaciones misioneras. Roguemos al Señor”.
Otro ejemplo más de un lenguaje que no es cristiano: la misión, las misiones y los misioneros
ya no son evangelizadores, sino que, única y exclusivamente van “para acompañar y ayudar
a salir de la pobreza”. ¿Esto es un lenguaje para la liturgia? ¿Además no mandó Cristo a
evangelizar, “id y proclamad el Evangelio, enseñándoles a guardar todo lo que os he
mandado y bautizad…”?
O este otro formulario:
“1. Por toda la Iglesia, para que no se centre tanto en ella misma, sino que se ponga a la
escucha del Espíritu. Oremos.
2. Por la humanidad actual, sometida a un sistema cultural y económico que idolatra el tener,
el poder y el consumir, y genera deshumanización y pobreza. Oremos”.
Tampoco esto es precisamente proponer una intención para la oración sino un discurso
ideologizado: se afirma que la Iglesia se centra en ella misma, con lo cual es una crítica y
un juicio; en la segunda petición, se descalifica un sistema económico en lugar de orar “por
la humanidad actual”. Por ejemplo: ¿alguien se imagina orando a la primitiva Iglesia “por el
despiadado Nerón que se idolatra a sí mismo, para que se convierta”? ¿Con esos adjetivos
y esa descripción?
Ante esto, a veces es preferible incluso no orar, no llegar a contestar o cantar “Te rogamos,
óyenos". Hay que estar atentos para saber qué nos proponen para nuestra oración y hay
que ser delicados y cuidadosos al escribir estas intenciones (¡si es que realmente hay que
escribirlas para ser tan originales!)
El lenguaje secularista en las intenciones para la Oración de los fieles no sólo desfigura la
presentación del Misterio de la Iglesia, sino la forma de hablar del mundo, de la sociedad,
de la cultura actual. Se tratan o se quieren respaldar con la oración los principios y
presupuestos del secularismo, aceptados acríticamente, y forman un discurso que de
cristiano no tiene nada, y sí del tono secularizado de la New Age o de determinadas
ideologías políticas.
Los ejemplos, tomados de formularios reales encontrados en un sitio y otro, analizados así,
nos harán palpables estos lenguajes para, lógicamente, evitarlos en el futuro.
“Presentemos a nuestra Madre Tierra, que cada vez presenta más signos de que se haya
enferma porque no la cuidamos y sólo la contaminamos. Para que desde nuestras pequeñas
acciones cotidianas hagamos un uso y consumo responsable de todo lo que ella
gratuitamente nos regala y seamos ejemplos para los demás de que es necesario cuidar
nuestro Medio Ambiente. Roguemos al Señor”.
¿Qué decir? ¿Esto es proponer una intención para orar o presentar una reflexión del
ecologismo secularizado, de lo políticamente correcto hoy? Además, en lugar de orar, muy
en general “por la tierra”, se incluye un discurso culpabilizador: “porque no la cuidamos y
sólo la contaminamos”. Llamarla, además, “Madre tierra", da un sabor muy ecologista, con
el panteísmo de la New Age.
O también al orar –supuestamente- por otras realidades de la vida social:
“4. Por todas las personas víctimas de la violencia, para que no lleguemos nunca a
acostumbrarnos a este delito contra los derechos humanos, y para que trabajemos cada día
por ser instrumentos de paz, allí donde nos toque vivir cada día. Roguemos al Señor.
5. Por los pobres y marginados, por todos aquellos que viven pasando necesidad: para entre
todos seamos capaces de construir una sociedad más justa y más solidaria, que sepa
repartir con justicia los recursos que la naturaleza nos regala. Roguemos al Señor”.
Fijémonos en varios detalles:
1) lenguaje secularizado del buenismo de hoy: derechos humanos, sociedad más justa y
solidaria…
2) Aunque enuncia “por”, en realidad casi no se ora por ellos, sino que la intención (el “para
que”) es por los presentes con cierto moralismo: “para que trabajemos… para que seamos
capaces…”
Los ejemplos se pueden multiplicar, con tal de ver con claridad, lo ideologizado de ciertos
lenguajes:
-Sobre el ecologismo reinante:
“Por los movimientos interesados en la conservación de la naturaleza y en la preservación
del medio ambiente; para que perseveren en la llamada de atención a la responsabilidad de
todos” (Libro de la Sede, domingo I de Cuaresma).
O sea, que no realizan estos movimientos ecologistas trabajos reales, sino campañas de
concienciación… De nuevo un moralismo que busca “concienciar” en lugar de rezar, en todo
caso, por quienes de verdad cuidan la naturaleza, veterinarios, guardas forestales, etc.
O la demagogia secularista sobre la juventud, con un optimismo absoluto de los valores
(ojo, no de las virtudes) de la juventud y se reza para que sus protestas, sean las que sean
porque no se matiza más, se tomen en serio:
“Por la juventud de nuestro tiempo, insatisfecha, inquieta; para que sus intuiciones,
protestas, ideales, esfuerzos, razonamientos, sean tomados en serio, en diálogo respetuoso
con los mayores” (Libro de la sede, Dom. XXII T. Ord., ciclo B).
Estas intenciones de oración son un exponente del secularismo, aptas para un mitín político
de cualquier partido hoy en día (porque todos hablan igual), pero se aleja del lenguaje
cristiano orante, mensurado, pausado, sobrio.

Sin autocelebrarnos (Sacralidad - VI)

Hay un desplazamiento secularista en la liturgia que manipula lo sagrado y lo sustituye por


el “nosotros”; se quita a Cristo y se coloca la comunidad-grupo en su lugar. La liturgia se
vuelve la seña de identidad del grupo para fortalecer los lazos humanos, transmitir unas
consignas humanas y valores y repetir, cansinamente, que “vamos a hacer una sociedad
más justa y solidaria”.
Esto se nota en los acentos humanos, didácticos, y muy moralistas, de las moniciones y la
homilía (ésta larguísima, un mitín); se nota en el tipo de cantos durante la liturgia que
procuran tener ritmo y provocar la emotividad y lo sentimental; se nota, igualmente, en la
forma de multiplicar elementos para que muchos intervengan subiendo al presbiterio (una
monición a cada momento, un lector por petición… o incluso la lectura de un manifiesto o
“compromiso”). Esa liturgia lo centra todo en el grupo concreto.
Cuando así se actúa, hay elementos de la liturgia que quedan postergados porque ni se les
ve sentido ni se sabe qué hacer con ellos: el silencio en el acto penitencial, después del
“Oremos” de la oración colecta o después de la homilía; el canto del salmo responsorial,
meditativo, contemplativo; las oraciones de la Misa y la misma plegaria eucarística, dirigidas
a Dios, que se recitan velozmente porque ya no se sabe orar a Dios con la liturgia; los signos
de adoración (genuflexión, de rodillas en la consagración, inclinación profunda al pasar
delante del altar) suprimidos… así como procesiones (de entrada, Evangelio) o el incienso…
La liturgia deja de ser liturgia cristiana, culto en Espíritu y verdad, cuando se convierte en
un show festivo, centrado en celebrarse el grupo a sí mismo o exaltar sus supuestos
“compromisos”.
Cada vez más la liturgia se vuelve antropocéntrica: el hombre es exaltado, la propia
comunidad es el centro y polo de atracción: todo es discurso, nuevo moralismo, valores y
compromisos, movimiento de emotividad y sentimientos en cantos y gestos (canciones
sensibleras, muchos besos y abrazos en la paz…).
Lejos quedó la sobriedad, la gravedad, la delicadeza, de la liturgia que celebra a Dios y es
acción de Dios, y que por tanto nos eleva y nos une a Él. Todo se vuelve banal, ramplón,
superficial, emotivo.
El primer engaño sería centrar la liturgia como si fuera algo propiedad del sacerdote, del
equipo de liturgia o de la comunidad, y por ello manipulable. Más bien, la liturgia es de la
Iglesia, y nos insertamos en ella, con respeto, para recibir Vida y glorificar al Señor. Esta
visión eclesial de la liturgia la expuso muchísimas veces el papa Benedicto XVI:
“Hemos de preguntarnos siempre nuevamente: ¿quién es el auténtico sujeto de la Liturgia?
La respuesta es simple: la Iglesia. No es la persona singular –sacerdote o fiel- o el grupo
que celebra la liturgia, esa es en primer lugar acción de Dios, a través de la Iglesia, que
tiene su historia, su rica tradición y su creatividad” (Carta al Gran Canciller del Pontificio
Instituto de Música Sacra en el I Centenario de su fundación, 13-mayo-2011).
La liturgia es sobre todo el actuar de Dios, no nuestra propia actuación creativa; es el lugar
de la gracia y santificación de Dios y por eso la liturgia se recibe como un don, no se fabrica
cada vez como un invento humano o una fiesta secular, esperando a ver qué inventan cada
domingo:
“Podemos decir que ni el sacerdote por sí mismo, ni la comunidad por sí misma son
responsables de la liturgia; sino que lo es el Cristo total, Cabeza y miembros. El sacerdote,
la comunidad, cada uno es responsable en la medida en que está unido con Cristo y en la
medida en que lo representa en la comunidad de Cabeza y Cuerpo. Cada día ha de crecer
en nosotros la convicción de que la liturgia no es un ‘hacer’ nuestro, sino que, por el
contrario, es acción de Dios en nosotros y con nosotros” (SILVESTRE VALOR, J.J., Con la
mirada puesta en Dios. Re-descubriendo la liturgia con Benedicto XVI, Madrid 2014, 185).
Conviene ahondar y repetir estos conceptos, de la mano de Benedicto XVI, para erradicar
algo tan extendido como que la liturgia es del grupo y debe ser una fiesta divertida y
entretenida, llamativa:
“No es la persona sola –sacerdote o fiel- o el grupo quien celebra la liturgia, sino que la
liturgia es primariamente acción de Dios a través de la Iglesia, que tiene su historia, su rica
tradición y su creatividad. Esta universalidad y apertura fundamental, que es propia de toda
la liturgia, es una de las razones por la cual no puede ser ideada o modificada por la
comunidad o por los expertos, sino que debe ser fiel a las formas de la Iglesia universal”
(Audiencia general, 3-octubre-2012).
La liturgia se recibe de la Iglesia, se celebra en comunión con toda la Iglesia, da forma a
nuestras almas y nos santifica glorificando a Dios. Ésta es, pues, su perspectiva exacta y,
bien asimilada, corrige la falsa creatividad y la desacralización.
“No es que nosotros hagamos algo, que mostremos nuestra creatividad, o sea, todo lo que
podríamos hacer. Justamente la liturgia no es ningún show, no es un teatro, un espectáculo,
sino que vive desde el Otro. Eso tiene que verse con claridad. Por eso es tan importante el
hecho de que la forma eclesial está preestablecida. Esa forma puede reformarse en los
detalles, pero no puede ser producida en cada caso por la comunidad. Como he dicho, no
se trata de la producción de uno mismo. Se trata de salir de sí mismo e ir más allá de sí
mismo, entregarse a Él y dejarse tocar por Él… No brota [el estilo celebrativo, la liturgia]
meramente de la moda del momento” (Benedicto XVI, Luz del mundo, Barcelona 2010,
164).
Por eso, en toda liturgia, en cualquier parroquia, Monasterio, iglesia, comunidad cristiana,
etc., ha de brillar sólo Dios, y para ello es imprescindible ajustarnos a los libros litúrgicos y
celebrar con una mirada contemplativa, con adoración, sabiendo ante Quién estamos. No,
no nos celebramos a nosotros mismos.
“En definitiva, ésta es la cuestión: celebramos el misterio de la muerte y resurrección de
Jesucristo o celebramos nuestra experiencias de muerte y vida, pues en algunas maneras
de celebrar parece que diera lo mismo la presencia o no presencia de Dios, pues todo está
centrado en la comunidad” (Rodríguez, P., La sagrada liturgia, 305).
Sin condenar, Oración de los fieles - y VII

El tono desafiador del lenguaje y su juicio despectivo sobre la realidad es otra


variante de los lenguajes secularizados que se pueden encontrar en las intenciones que se
proponen a la oración de los fieles en la Santa Misa.
Con este lenguaje condenatorio, marcadamente secularizado con una ideología de moda,
más que orar, se emiten juicios de valor:
“Para que nuestra sociedad, injusta e hipócrita, que busca lo que la escandaliza y fomenta
lo que luego condena, asuma su culpa y procure el remedio” (Libro de la Sede, Domingo V
Cuaresma);
“por nuestra sociedad satisfecha y autosuficiente: para que reconozca su necesidad radical
de Dios” (Libro de la Sede, Viernes III Pascua).
La economía –da igual el sistema o su justa distribución- es llamada “demonio”:
“Pedimos por nuestro mundo, roto por los demonios de la economía, la guerra y la sinrazón,
para que crezcamos en orden a favorecer la vida de todos”.
Este lenguaje condenatorio, muy frecuente en ciertos ámbitos, emite constantemente juicios
de valor negativos y suele añadir un sentido de culpabilidad a los que oran, convirtiendo en
exhortación imperativa lo que debería ser una oración.
“Por nosotros, que hacemos injustamente distinción de personas, que clasificamos y
ponemos al margen, que rehusamos el trato y condenamos al aislamiento” (Libro de la sede,
Dom. VI T. Ord).
“Por nuestra sociedad mal pensante, como Simón, el fariseo; para que sea capaz de
comprender y respetar” (Libro de la sede, Dom. XI, T. Ord.).
“Para que nuestra sociedad, que fomenta el pecado y se muestra intransigente con los
culpables…” (Libro de la sede, Dom. XXIV, T. Ord., ciclo C).
“Para que nuestra sociedad, cuyo incentivo es el lucro, sepa valorar el trabajo, como fuente
de realización y promoción humana, personal y social” (Libro de la sede, Dom. XXV, T. Ord.,
ciclo A).
“Para que nuestra sociedad, caracterizada por la hipocresía, reaccione ante la crítica de los
inconformistas” (Libro de la sede, Dom. XXXI, T. Ord., ciclo A); además del juicio de valor
sobre la sociedad, piensa el redactor que la crítica de los inconformistas, de por sí, es buena,
con lo que introduce tanto la demagogia como el populismo; ser inconformista no es un valor
o cualidad, porque puede nacer de la arrogancia y de la soberbia, no de la búsqueda del
Bien y la Verdad.
A veces no es una petición aislada, sino todo el conjunto de intenciones el que, con un
lenguaje descriptivo negativo, pretende catequizar en una dirección ideológica muy
concreta:
“En un mundo en el que predomina la ambición y el poder: para que la Iglesia procure ser
signo de Cristo…
En un mundo en el que se busca sobre todo la eficacia: para que los más débiles en la
sociedad no se vean despojados de sus derechos…
En un mundo en el que se medra a costa de los demás: para que se valore la honradez, la
austeridad, la sinceridad, la autenticidad…
En un mundo en el que la figura de Cristo inquieta: para que cuanto nos preciamos de ser
discípulos suyos entendamos sus palabras…” (Libro de la sede, Dom. XXV, T. Ord., ciclo
B).
Este lenguaje, que algunos calificarían de “denuncia profética”, no es propio del lenguaje
orante ni del lenguaje para la liturgia, porque fácilmente se deslizan la ideología y la
mentalidad secularista. Si hubiéramos de seguir los tres ejemplos anteriores, habría que
transformarlos aproximadamente así: “para que la Iglesia sea signo luminoso de Cristo en
la sencillez”, “para que los más débiles y los pobres sean ayudados y confortados”, y, dentro
de lo que cabe, el tercer ejemplo sería “por nosotros, para que crezcamos en las virtudes
cristianas de la honradez y la austeridad”.
Al menos, al mirar el mundo, que nuestra mirada no sea de reprobación absoluta, sino de
amor de Cristo viendo su realidad y su necesidad de salvación.
El lenguaje litúrgico no es condenatorio, sino expositivo; no es ideológico (ni pura
ideología), sino orante. Las preces que he puesto como ejemplo ilustrativo jamás se
podrían considerar lenguaje litúrgico, sino pura ideología, abofeteando a los presentes y al
mundo en el que viven.
He de aclarar que “el libro de la sede” es un libro oficioso, no OFICIAL. En España lo “fabricó”
la Comisión episcopal de liturgia (o el Secretariado Nacional, no lo recuerdo bien ahora), y
en las preces los redactores estuvieron muy, muy desafortunados. Es un libro que necesita
una urgente revisión en ese punto y otros más (acto penitencial, invocaciones al Kyrie y
moniciones).
Se usa por su carácter oficioso y no de un autor con nombre y apellidos.
La oración de los fieles (exceptuando el Viernes Santo) no posee un formulario fijo. Hay que
fabricarlo o buscarlo, o adaptar los que se tengan. De ahí que se busque una publicación
mensual o un libro con formularios ya preparados. Pero hay que mirarlos bien…
Lo de leer sacando un papelito doblado, simplemente, es de un mal gusto que rechina. ¡Y
la liturgia debe ser bella, es bella!
Con esto terminamos un amplísimo recorrido, exhaustivo desde luego, sobre la Oración de
los Fieles. ¡Ojalá nos inspirásemos siempre en los modelos de la tradición litúrgica al orar y
no en las formas secularizadas que hemos visto!

Orar con la Hora litúrgica de Vísperas

 Ha transcurrido la jornada. En el atardecer –con un margen amplio de tiempo- la


Iglesia reza Vísperas. ¿La Iglesia? Sí, tú y yo, y muchas comunidades de
religiosos, de sacerdotes, de seglares. Te toca a ti también sumarte a esa Oración
de todos. Que sí, tú también, y deja de justificarte pensando que Vísperas y la
Liturgia de las Horas es algo clerical, porque no lo es, ¡es eclesial!
 Las Vísperas serenan el alma a la caída de la tarde. Cantamos a Cristo, Sol que
no conoce el ocaso; hacemos memoria de su resurrección –y de las apariciones
al atardecer-; miramos al cielo con deseos de eternidad; damos gracias por la
jornada y la ofrecemos entera para gloria del Padre.
 Primero hay que apaciguarse, recogerse, para orar con la liturgia y que lo que
pronuncia la boca concuerde con la mente.
 Luego comenzamos invocando la gracia de Dios, porque su gracia nos hará
recitar digna, atenta, devotamente, esta Hora de Vísperas: “Dios mío, ven en mi
auxilio. Señor, date prisa en socorrerme”. Es petición de gracia.
 El himno da el colorido, la tonalidad a la Hora litúrgica. También, en los tiempos
fuertes, en vez de hacer referencia a la hora, al atardecer, se enmarca en los
contenidos generales del tiempo litúrgico… y realmente servirían igual en Laudes
que en Vísperas en este caso.
 Con la salmodia, hemos de prestar atención. Cristo canta en cada salmo. Hemos
de reconocer en cada salmo la voz de Cristo cantando al Padre… o la voz de la
Iglesia Esposa cantándole a Cristo, su Cabeza y Esposo. No soy tanto “yo” el que
canta el salmo, cuanto que Cristo lo canta por mi voz al Padre. ¡Fíjate, hazlo así,
y hallarás más sabor a los salmos!
 Los dos primeros salmos (o un salmo más extenso dividido en dos partes)
mantienen un tono sapiencial, son suaves, meditativos, confiados, muy acordes
con la paz y el recogimiento del final de la jornada.
 El tercer salmo es un cántico del NT, que sin ser estrictamente un salmo, sigue la
estructura orante de los salmos y que los hallamos en las cartas paulinas, en la
carta de San Pedro y en el Apocalipsis. Son las alabanzas que la primitiva Iglesia
compuso para alabar a Dios por la redención de Cristo.
 Como ya, con el cántico, hemos pasado al NT, la lectura breve deberá seguir
siendo del NT y no retroceder al AT. Es un pensamiento, una idea, una nota
espiritual, para ser acogida en el silencio orante. La Palabra de Dios sigue
resonando viva y eficaz para nosotros.
 El evangelio propio de Vísperas es el Magnificat. Es su cántico evangélico. Nos
ponemos de pie, nos signamos con la cruz… otorgándole la importancia debida.
Con la Virgen María, glorificamos al Señor; con los sentimientos y el corazón de
la Virgen María, proclamamos la gloria del Señor. Una vez más, cada día, hemos
visto la acción de Dios y su misericordia y cómo nos ha mirado con amor. ¡Su
fidelidad es eterna e inquebrantable! Un día más lo hemos podido comprobar.
 Las preces de Vísperas son distintas de las de Laudes; si éstas son de
santificación y consagración de la jornada, las preces de Vísperas son de
intercesión por los demás, por la salvación de los demás y sus necesidades. Se
pueden añadir otras peticiones además de las del formulario del día, pero la última
petición siempre será por los fieles difuntos, por las almas del purgatorio.
 Las preces prosiguen con la oración dominical, el Padrenuestro. Si tres veces al
día se determinó rezar el Padrenuestro en la Iglesia, ahora es la tercera vez,
después de rezarlo en Laudes y en la Misa. El Padrenuestro es la oración de los
hijos adoptivos de Dios. El Padrenuestro es el gran salmo cristiano. El
Padrenuestro es el compendio del Evangelio.
 Termina la oración litúrgica de Vísperas con una oración conclusiva que alude al
momento final de la jornada, a la acción de gracias, etc., excepto en los tiempos
fuertes y domingos de tiempo ordinario que la oración final es la misma oración
colecta del día.
 Quien se acostumbra a orar cada día con la Liturgia de las Horas, va adquiriendo
familiaridad con la sagrada Escritura, se acostumbra a orar con textos litúrgicos,
dilata su corazón a la medida de la Iglesia entera. ¡Es un gran bien!
 De verdad, necesitamos mucha más liturgia en nuestra vida espiritual; es muy
conveniente que la liturgia de la Iglesia marque nuestro espíritu más que las
devociones de aquí y de allá o los gustos de unos y de otros. ¿Te decides? ¿Te
lanzas a ello? ¿Harás de Laudes y Vísperas el eje de tu jornada ante el Señor?
¿Te animarás a dar un paso más en tu vida interior? ¡¡Seguro que lo agradecerás
más adelante!!

Participar en la liturgia (I)

La participación en la liturgia, y educar para participar en ella como se debe, sin confusiones,
ni multiplicar intervenciones, ni dejar que entre la secularización, sino aquella participación
real que requiere la naturaleza misma de la liturgia es un objetivo constante de la formación
espiritual y de la catequesis.
Tenemos por delante que intensificar en la medida de nuestras posibilidades, la
participación verdadera en la liturgia, el cultivo de la liturgia, de su solemnidad y sacralidad
al celebrarla, renovando la participación plena, consciente, activa, interior, fructuosa, ya que
la fe se nutre y se expresa en la liturgia. En esto cada cual, según su ministerio y vocación,
como sacerdote, religioso o seglar, habrá de ver qué puede hacer (o en algunos casos, dejar
de hacer porque se hace mal) y mejorar.
La catequesis en sus diferentes grados y edades, especialmente la catequesis de adultos o
la formación permanente, deberá tener entre sus objetivos educar en vistas a la participación
litúrgica; al menos así lo señala del Directorio General de Catequesis:
“La Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles cristianos a aquella
participación plena, consciente y activa que exige la naturaleza de la liturgia misma y la
dignidad de su sacerdocio bautismal. Para ello, la catequesis, además de propiciar el
conocimiento del significado de la liturgia y de los sacramentos, ha de educar a los
discípulos de Jesucristo para la oración, la acción de gracias, la penitencia, la plegaria
confiada, el sentido comunitario, la captación recta del significado de los símbolos…; ya que
todo ello es necesario para que existe una verdadera vida litúrgica” (DGC 85).
La Eucaristía celebrada merece una amplia explicación e introducción en catequesis de
adultos, cursos, conferencias, charlas, boletines de formación (como intentamos ir haciendo
aquí), con un método mistagógico, explicando paso a paso cada momento de la
celebración eucarística: cómo se realiza según las rúbricas, qué significado tiene y las
implicaciones espirituales. Se procura así que, conociendo la liturgia de la Eucaristía, se
favorezca una participación plena, consciente, activa, interior, fructuosa (adjetivos que la
definen según la Sacrosanctum Concilium).
Ya Juan Pablo II recordó la importancia de la formación tanto de sacerdotes como de los
fieles para incrementar la verdadera participación en la liturgia:
“El cometido más urgente es el de la formación bíblica y litúrgica del pueblo de Dios:
pastores y fieles. La Constitución ya lo había subrayado: «No se puede esperar que esto
ocurra (la participación plena, consciente y activa de todos los fieles), si antes los mismos
pastores de almas no se impregnan totalmente del espíritu y de la fuerza de la Liturgia y
llegan a ser maestros de la misma». Esta es una obra a largo plazo, la cual debe empezar
en los Seminarios y Casas de formación y continuar durante toda la vida sacerdotal. Esta
misma formación, adaptada a su estado, es también indispensable para los laicos” (Carta
Vicesimus quintus annus, n. 15).
2. Lo que no es participar.-
La participación consciente, plena, activa e interior en la liturgia, se interpreta con el simple
“intervenir”, desarrollar algún servicio en la liturgia, y la proliferación –verbalismo- de
moniciones y exhortaciones, convirtiendo la liturgia de la Eucaristía en una pedagogía
catequética falseada. Se entiende la participación entonces como una didáctica de
catequesis donde todo son palabras, es decir, moniciones a todo, superfluas,
demasiado largas. Desgraciadamente damos por hecho -¡craso error!- que
“participar” es sinónimo de “intervenir” y por tanto se procura que intervengan
muchas personas para que parezca más “participativa”. Es un fruto desgraciadísimo de
la secularización interna, que se ha filtrado en las mentes de una manera pavorosa, y si no
se interviene haciendo algo, entonces parece que no se ha participado. Todos tienen que
hacer algo, leer algo, subir y bajar, ser encargado de algo, porque si no, se sienten excluidos,
ya que viven con la clave de participar = intervenir, participar = ‘hacer algo”.
Evidentemente ese principio, elevado hoy día a axioma, es falso. Este error desemboca al
final en el precipicio y, claro, nos caemos a lo hondo del barranco y matamos la liturgia.
Hay frases muy reveladoras, que se dicen con mucha facilidad, y reflejan hasta qué punto
se está secularizando la liturgia desde dentro.
Una de ellas: “A mí es que me gusta mucho participar”: quien la dice está afirmando que
lo que le gusta es intervenir, desempeñar algún oficio concreto durante la celebración
litúrgica, ya sea por prestar un servicio y ser una persona disponible, ya sea por el prurito
de aparecer delante de los demás, acaparando protagonismo humano. ¡Cuántos
enfrentamientos y roces innecesarios, pequeñas discusiones, por querer leer, hacer una
monición en lugar de otra persona, llevar las ofrendas! Incluso se producen pequeñas
carreras, cuando está terminando la oración colecta, para salir apresuradamente al ambón
y que nadie le quite la ocasión.
Otra frase: “fue una Misa muy participativa”. Se suele entender con esto que se
multiplicaron las intervenciones, perdiendo la sacralidad, para buscar un efecto secular,
democrático, de fiesta humana: se multiplican las moniciones (de entrada, a cada lectura, a
cada ofrenda) y las ofrendas (una vela, un libro, un balón, un cartel, el pan y el vino, por
ejemplo), se organizan las preces de manera que lo importante sea que cada petición la
haga un lector distinto y se añade un himno, poema o pequeño discurso tras la acción de
gracias. Se distorsiona la realidad sagrada de la liturgia, se le añaden elementos y acciones
al margen de lo que el Misal prescribe, cunde una ‘falsa creatividad’ que es salvaje.
Aún otra frase: “hay que preparar la liturgia para que todos participen”. De nuevo al
hablar de “participación” se está planteando como objetivo la actuación directa de un
determinado número de personas, buscando que cada cual haga algo concreto. Lo
observamos cuando hay Confirmaciones y, sobre todo, al preparar las diversas tandas de
las Primeras Comuniones. Olvidando que el modo propio de participar los niños en esa Misa
es comulgar por vez primera con el Cuerpo y Sangre del Señor, transformamos la liturgia
en una actuación infantil constante. En estos días las tandas de Primeras Comuniones son
quebraderos de cabeza: párroco o catequista quieren que cada niño “haga algo”,
multiplicando las intenciones, las ofrendas… lo que sea para que todos intervengan,
haciendo cálculos: en tal tanda hay 18 niños, hay que sumar intenciones y ofrendas
“simbólicas”, un niño lee un poema, otro hace un canto, hasta el número de 18; si hay menos
niños, se reducen las intenciones de las preces o las ofrendas. Una liturgia así poco fruto
real da, ni en vida espiritual ni en evangelización.
El mismo criterio rige en una liturgia en la que convergen diversos grupos, Asociaciones,
Movimientos, etc., preparando la celebración litúrgica de manera que todos intervengan en
algo como si, por no intervenir o ejercer un ministerio litúrgico, ya no se participara. Si buscan
cada uno su propio interés, como en ocasiones ocurre, se olvida lo que es participar y se
olvida buscar los medios para que todos participen, y se centra cada cual en las distintas
intervenciones, reclamando, a veces hasta violentamente, ese margen de intervención para
hacer algo. Se pierde de vista la participación del pueblo cristiano entero (: que recen bien,
que lo vivan, que se ofrezcan con Cristo) y la mirada se fija, obsesivamente, en quién
interviene y qué hace cada cual, y si un grupo interviene más que el otro, o aquel grupo se
va a notar más su presencia que este grupo de aquí. La Comunión eclesial se destroza y se
sustituye por la suma aislada entre sí de carismas, Movimientos, grupos: están juntos, pero
no hay Comunión, y la liturgia es la distribución de intervenciones de todos para que todos
estén contentos y visibles ante los demás.
3. Quien no interviene, ¿participa?
La respuesta es fácil: todos participan de la liturgia, según su modo propio (sacerdote,
diácono, lector, cantor, asamblea santa), pero no todos realizan un servicio litúrgico directo.
La participación pertenece a todos aquellos fieles cristianos que asisten a la divina liturgia,
y los diferentes ministerios litúrgicos son servicios en orden a la participación de todos los
fieles.
Muchos fieles participan en la Eucaristía gracias a Dios: ni todos leen, ni todos son cantores,
ni todos llevan ofrendas de pan y vino… y sin embargo participan perfectamente: rezan,
responden, escuchan la Palabra de Dios y responden en su corazón, se ofrecen con Cristo,
cantan, interceden en la oración de los fieles y, sobre todo, comulgan el Cuerpo y la Sangre
del Señor debidamente preparados. No intervienen, pero todos participan, ya que ésa es la
verdadera participación, el culto en Espíritu y en Verdad.
Además, en determinadas celebraciones sacramentales, quienes reciben un Sacramento
tienen un modo propio de participar y es recibir el Sacramento, vivirlo intensamente.
Los novios en el sacramento del Matrimonio participan de ese sacramento casándose,
pronunciando la fórmula del consentimiento, recibiendo la Bendición nupcial, ese es su
modo propio, sin tener que hacer ellos las lecturas o enumerar las intenciones de la Oración
de los fieles para que “participen”: ya están participando pues son los sujetos del sacramento
del Matrimonio.
Pensemos en las Misas de las “Primeras Comuniones” como un ejemplo cercano.
Participar no es intervenir ejerciendo un servicio litúrgico; el modo de participación propio y
exclusivo de los niños es comulgar por vez primera con el Cuerpo y Sangre del Señor, ver
que se reza por ellos en la oración de los fieles y en el embolismo propio de la anáfora
eucarística. Serán los demás (sacerdotes, lectores, acólitos, coro) los que ejercen los
ministerios litúrgicos necesarios para que ellos participen ese día en el modo que les es
propio: comulgar, sin que los mismos niños desempeñen todos los servicios litúrgicos. Los
niños en esa celebración participan, pero su modo de participación es tan especial, único,
intransferible, que consiste en comulgar por vez primera con el Señor resucitado en su
Cuerpo eucarístico. Esa es su participación: comulgan, rezan, oran, dan gracias, escuchan
la Palabra divina, se unen a toda la asamblea cristiana como miembros que participan de la
Mesa santa. Pero participar no significa intervenir en todo.
Reverencia y dignidad (Sacralidad - VII)

Mucho depende de la unción con la que sacerdotes y obispos celebren la santa liturgia.
Si adquieren un hábito celebrativo lleno de piedad, de reverencia, conscientes ante Quién
están y de Quién son su mediación (in persona Christi), facilitará –sin hieratismo, sin
esteticismo, sin posturas forzadas- que en la liturgia brille el Misterio.
El sacerdote es la mediación visible del Liturgo invisible, Jesucristo sumo y eterno
Sacerdote. La persona entera del sacerdote debe ocultarse, hacerse transparente, servidor
del Misterio, desterrando la tentación de convertirse en protagonista, en showman simpático
que acapare todo para lucirse. Es imprescindible una gran dosis de humildad para oficiar
los misterios divinos y un alma muy sacerdotal, llena de unción, para dejarse atrapar
por el Misterio y vivirlo.
Por eso, algo evidente pero muy olvidado, es que el sacerdote como servidor que es, no
manipule la liturgia a su capricho o criterio, sino que observando las normas litúrgicas,
ofrezca a Dios y a los fieles la liturgia de la Iglesia, no su propia reelaboración creativa.
“La observancia ritual ayuda a que el sacerdote no sea protagonista en la celebración,
favoreciendo que los fieles no se fijen en él y descubran a Dios y el culto sea un encuentro
con Dios, que ocupa siempre el centro. La obediencia del sacerdote a las rúbricas es una
señal elocuente y silenciosa de su amor a la Iglesia, a la cual sirve, sin servirse de ella. No
podemos tratar la liturgia como si fuera un material por nosotros manipulable, pues se trata
de una realidad sagrada” (Fernández, P., La sagrada liturgia, 328).
El porte exterior del sacerdote refleja su interior, su alma sacerdotal y su disposición
contemplativa, lo cual, bien cuidado y vivido, ayudará a los fieles a una verdadera
participación interior en la liturgia. Lo pide la Iglesia para el bien de los fieles:
“El pueblo de Dios tiene necesidad de ver en los sacerdotes y diáconos una conducta llena
de reverencia y dignidad, capaz de ayudar a penetrar en las realidades invisibles, incluso
con pocas palabras y explicaciones. En el Misal romano, llamado de San Pío V, como en
las diversas liturgias orientales, se encuentran muy bellas oraciones con las cuales el
sacerdote expresa el más profundo sentido de humildad y de reverencia hacia los santos
misterios; ellas muestran la sustancia misma de toda liturgia” (Juan Pablo II, Disc. a la
plenaria de la Cong. para el Culto divino, 21-septiembre-2011).
Esto es lo que deben percibir los fieles. En ocasiones el pueblo cristiano, con la mentalidad
secularizada que se ha extendido, exige al sacerdote que haga una liturgia simpática,
entretenida, llena de diálogos (y hasta de aplausos). Pero a la larga, ven y experimentan
una liturgia mejor y más plena si el sacerdote se ajusta a las normas litúrgicas de la Iglesia
y transmite espiritualidad, recogimiento y adoración.
La dignidad al celebrar, traspasada de oración, no necesita de muchas explicaciones, es
elocuente en sí de la santidad de la liturgia.
“Sólo el ministro ordenado representa a Cristo Cabeza y con tal potestad sube al altar, de
tal modo que es inferior a Cristo y superior al pueblo. En este sentido, es importante que el
ministro ordenado recupere la conciencia de su dignidad, sobre todo cuando está en el altar,
y hable con autoridad, sin identificarse equívocamente con la asamblea presente”
(Fernández, P., La sagrada liturgia, 175).
Sabedor de esto, el sacerdote debe presidir toda liturgia orando, con espíritu de oración, en
diálogo con Dios a quien dirige las oraciones litúrgicas, meditando personalmente en los
momentos de silencio, siendo oyente atento de las lecturas proclamadas, comulgando
reverentemente.
“Me parece que la gente percibe si realmente nosotros estamos en coloquio con Dios, con
ellos y, por decirlo así, si atraemos a los demás a la comunión con los hijos de Dios; o si,
por el contrario, solo hacemos algo exterior” (Benedicto XVI, Encuentro con los sacerdotes
de Albano, 31-agosto-2006).
Es un ministerio santo éste de santificar y celebrar la divina liturgia. Se convierte en fuente
de santificación para el propio sacerdote y por ello, sin dejadez, sin un estilo desenfadado,
sino con un modo de vivirlo santo, habrá de desempeñarlo:
“El sacerdote está llamado a ser ministro de este gran Misterio, en el sacramento y en la
vida. Aunque la gran tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental
de la situación existencial concreta del sacerdote, salvaguardando así adecuadamente las
legítimas expectativas de los fieles, eso no quita nada a la necesaria, más aún,
indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón
auténticamente sacerdotal: el pueblo de Dios espera de sus pastores también un ejemplo
de fe y un testimonio de santidad. En la celebración de los santos misterios es donde el
sacerdote encuentra la raíz de su santificación” (Benedicto XVI, Audiencia general, 5-mayo-
2010).

Participar en la liturgia (II)

4. Para bien participar y saber qué es la participación


Parecería evidente, un recordatorio casi banal, y sin embargo es necesario porque la
realidad se impone: para participar adecuadamente en la liturgia, lo primero es que el Rito
mismo se realice bien. Una liturgia llena de innovaciones constantes, de creatividad del
sacerdote o de algún catequista o miembro de una Asociación; una liturgia realizada de
manera precipitada, o con falta de unción, de devoción, o una liturgia que ignore y desprecie
las normas del Misal, dificultará siempre la participación plena, consciente, activa, de todos
los fieles cristianos.
Por eso, para bien participar, lo primero es celebrar bien, ajustarse al Rito eucarístico
según el Misal de la Iglesia, seguir las normas litúrgicas, realizando la liturgia con
hondura espiritual y amor de Dios. Ya el papa Benedicto XVI, en la exhortación apostólica
“Sacramentum caritatis” afirmaba:
“El primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado
es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para
la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas
litúrgicas en su plenitud” (n. 38).
Verdadera pastoral será cuidar lo mejor posible la dignidad y santidad de la celebración
litúrgica, el “ars celebrandi” o “celebrar bien”, para glorificar a Dios pero también para el
provecho espiritual de los fieles: “¡Gran misterio la Eucaristía! Misterio que ante todo debe
ser celebrado bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro de la vida cristiana y que
en cada comunidad se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según las normas
establecidas” (Juan Pablo II, Carta Mane nobiscum Domine, n. 17).
El Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, favoreció e impulsó la
participación de los fieles en la sagrada liturgia, para que no asistiesen como “mudos y
pasivos espectadores” (SC 48). Sin embargo, precisa el Santo Padre, “no hemos de ocultar
el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el sentido
de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere
hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la
participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos más
sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de
su relación con la vida cotidiana” (Sacramentum caritatis, n. 52). Un recto y claro concepto
de “participación” influirá decididamente en la vida litúrgica de las parroquias y comunidades
cristianas.
Además, ampliando la mirada a una visión de conjunto, la participación activa en la liturgia
supone e implica unas disposiciones personales previas, un tono cristiano de vivir, una
intensidad espiritual en todo lo que somos y vivimos, que luego se verifica y se realiza en la
sagrada liturgia. Estas disposiciones previas, importantes, fundamentales, exigibles, se
pueden cifrar así:
a. el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel. No se
puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste
superficialmente, sin antes examinar la propia vida;
b. favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al
menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea
necesario, la confesión sacramental;
c. no puede haber una actuosa participatio en los santos Misterios si no se toma al
mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende
también el compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad[1].
La participación en la liturgia conlleva, inexorablemente, la participación total en la vida de
Cristo, la santidad vivida en lo cotidiano, el testimonio de vida y las buenas obras, el
apostolado en el mundo, la oración habitual y el recogimiento también antes de la
celebración; el ayuno eucarístico y el recurso frecuente al Sacramento de la Penitencia.
Todo esto nos aleja del falso concepto, ya tratado, de interpretar ‘participación’ con
‘intervenir’, como también nos aleja de identificarla con la mera ‘asistencia’, formal, vacía,
cumplidora, muda. El fruto de una verdadera participación en la liturgia será, con palabras
de san Pablo, llegar a ofrecernos como hostia viva, santa, agradable a Dios, y ése será
nuestro culto racional (cf. Rm 12,1-2): una vida en santidad unidos a Cristo en su Misterio
pascual. “La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación
fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se
celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo
por la salvación del mundo entero”[2].

5. La participación que desea la Iglesia


La reforma litúrgica llevada a cabo por la Iglesia correspondía a unas directrices concretas
emanadas de la Constitución Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II. En SC
aparece el concepto “participación” muchas veces, con adjetivos que la explican, trazando
el modo natural que las acciones litúrgicas de la Iglesia han de poseer.
“Los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las
cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas
fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria”
(SC 21); los fieles han de participar “consciente, activa y fructuosamente” (SC 11).
Es deseo de la Iglesia la necesidad, instrucción y educación de todos en la vida litúrgica
para poder vivir el Misterio de Cristo en la liturgia; es deseo de la Iglesia promover la
educación litúrgica y la participación activa: “La santa madre Iglesia desea ardientemente
que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las
celebraciones litúrgicas” (SC 14).
La participación plena y activa tiene un fundamento, el Bautismo, y un fin: que los fieles
beban plenamente el espíritu cristiano; para ello la liturgia debe ser la fuente y el culmen de
la vida de la Iglesia y el manantial de espiritualidad: “Al reformar y fomentar la sagrada
Liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo,
porque es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu
verdaderamente cristiano” (SC 14). La participación ha de ser “activa”, no meramente una
asistencia callada: “la participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su
edad, condición, género de vida y grado de cultura religiosa” (SC 19).
Esta participación activa de los fieles presentes a la acción litúrgica es un objetivo siempre
permanente de toda verdadera pastoral, de toda educación catequética; incluye, a tenor de
las palabras de la Constitución Sacrosanctum Concilium, diversos elementos y realidades:
“Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las
respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas
corporales. Guárdese, además, a su debido tiempo, un silencio sagrado” (SC 30).
Por tanto, participar activamente (plena, consciente, fructuosamente), hay que vivir y
fomentar los siguientes elementos:
 aclamaciones
 respuestas
 salmodia, antífonas
 canto
 acciones o gestos y posturas corporales
 el silencio sagrado.
Vivir esos elementos bien, realizarlos con atención, con conciencia clara de qué se hace,
qué se dice, qué se canta y ante Quién se está, es participar. Por eso, la piedad es un don
necesario para caracterizar la participación: “piadosa y activa participación de los fieles” (SC
50) pues se tratan cosas santas.
Hay que añadir que el mayor grado de participación o la participación más plena, se
da cuando se recibe la Comunión eucarística: “Se recomienda especialmente la
participación más perfecta en la misa, la cual consiste en que los fieles, después de la
comunión del sacerdote, reciban del mismo sacrificio el Cuerpo del Señor” (SC 55).
Esta participación consciente y activa santifica las almas y las marca con las huellas del
Espíritu Santo para conducirlos por Cristo al Padre:
“La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe
como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos
y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean
instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den
gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo
por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo
mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos” (SC
48).
Sería un contrasentido a la misma naturaleza de la liturgia que los fieles fueran meros
asistentes, “extraños y mudos espectadores”, que miran desde fuera algo que ocurre en el
presbiterio, en el mayor de los mutismos, como en una obra de teatro, o reduciéndose a la
impresión estética de lo que se desarrolla en el altar con ceremonias deslumbrantes.
Con ese contexto espiritual, que abarca la vida entera del bautizado, es conveniente ver
ahora cómo se participa realmente en la liturgia, cómo todos los fieles toman parte activa y
consciente, plena e interior, piadosa y fructuosamente, en la divina liturgia.

[1] Cf. Sacramentum caritatis, n. 55.


[2] Id., n. 64.

Solemnidad y dignidad (Sacralidad - VIII)

Es evidente que el modo, el estilo, de celebrar la liturgia un obispo o un sacerdote va


marcando a los fieles poco a poco, influye en la manera en que todos los demás van a vivir
la liturgia porque, insensiblemente, a la larga, el modo de un sacerdote va educando al
pueblo cristiano.
Por eso es tan primordial que sacerdotes y obispos celebren bien, centrados en el Misterio,
siguiendo las prescripciones de los libros litúrgicos sin quitar nada, cambiar o añadir,
sumergiéndose en Dios con espíritu de fe y sin estar distraídos.
Nuestra liturgia es muy rica, pero para que estas riquezas beneficien la vida espiritual de
todos los fieles cristianos, sean un manantial de espiritualidad, habrá que cortar de raíz
tantos abusos (grandes o pequeños) que se cometen, tantos inventos en la liturgia, tantos
modos vulgares, secularizados, de celebrar y vivir la liturgia. Esto provoca que apenas se
dé unidad en la liturgia y se varíe muchísimo de un sacerdote a otro, o de una parroquia a
otra, porque cada cual hace y deshace a su antojo (salvada la buena voluntad).
Hay que volver a algo tan elemental como que todos se ajusten a lo que marcan las
normas litúrgicas y cultivar un espíritu orante en la liturgia, con dignidad, unción y
fervor. Benedicto XVI lo tenía muy claro e insistía en ello:
“La garantía más segura para que el Misal de Pablo VI pueda unir a las comunidades
parroquiales y sea amado por ellas consiste en celebrar con gran reverencia de acuerdo
con las prescripciones; esto hace visible la riqueza espiritual y la profundidad teológica de
este Misal” (Carta a los Obispos que acompaña al Motu proprio Summorum Pontificum, 7-
julio-2007).
Entre estos elementos necesarios para vivir la liturgia, con reverencia, con dignidad, está
el modo de recitar los textos litúrgicos. Las tres oraciones de la Misa (colecta, sobre las
ofrendas, postcomunión), el prefacio y la plegaria eucarística, están dirigidos a Dios. El
sacerdote los recita en nombre de todos (in nomine Ecclesiae) y los fieles las ratifican
respondiendo “Amén”.
La reverencia estará en saber pronunciar estas plegarias orando, rezando, consciente de
lo que se dice, de forma pausada, reposada, para que los fieles, oyéndolas, oren, las
asimilen… e incluso nazca en ellos el deseo de meditarlas luego personalmente, haciendo
su oración personal con los mismos textos de la liturgia. Normalmente se le da más valor y
pausa y buena entonación a una monición o a la homilía que a los mismos textos litúrgicos,
que se suelen recitar muy apresuradamente, con un tono cansino, sin reposo alguno.
Cuando se considera que la liturgia es la gran oración de la Iglesia, las plegarias litúrgicas
se convierten en elemento principalísimo y se pronuncian bien, con sentido, con
fervor, sabiendo lo que se dice y a Quién se dice:
“Debemos aprender a pronunciar bien las palabras. Cuando yo era profesor en mi patria, a
veces los muchachos leían la Sagrada Escritura, y la leían como se lee el texto de un poeta
que no se ha comprendido. Como es obvio, para aprender a pronunciar bien, antes es
preciso haber entendido el texto en su dramatismo, en su presente. Así también el Prefacio
y la Plegaria Eucarística. Para los fieles es difícil seguir un texto tan largo como el de nuestra
Plegaria Eucarística. Por eso, se han ‘inventado’ siempre plegarias nuevas. Pero con
Plegarias eucarísticas nuevas no se responde al problema, dado que el problema es que
vivimos un tiempo que invita también a los demás al silencio con Dios y a orar con Dios. Por
tanto, las cosas sólo podrán mejorar si la Plegaria eucarística se pronuncia bien, con
interioridad, pero también con el arte de hablar. De ahí se sigue que el rezo de la Plegaria
eucarística requiere un momento de atención particular para pronunciarla de un modo que
implique a los demás” (Benedicto XVI, Encuentro con los sacerdotes de Albano, 31-agosto-
2006).
La reverencia, la dignidad y el fervor al celebrar la liturgia, pronunciando bien y con sentido
los textos litúrgicos denotan hasta qué punto la divina liturgia es la gran Oración de la Iglesia.
Al vivir la liturgia, pedagógicamente somos educados en las actitudes íntimas y
disposiciones fundamentales de la oración cristiana: comunión con Cristo, obediencia,
adoración, espíritu de fe, contemplación.
“Orar es un caminar en comunión personal con Cristo, exponiendo ante Él nuestra vida
cotidiana, nuestros logros y fracasos, nuestras dificultades y alegrías: es un sencillo
presentarnos a nosotros mismos delante de Él. Pero, para que eso no se convierta en una
autocontemplación, es importante aprender continuamente a orar rezando con la Iglesia”
(Benedicto XVI, Hom. en la Misa crismal, 9-abril-2009).
Más aún, “rezar significa, mediante una necesaria transformación paulatina de nuestro ser,
ir identificándose con el pneuma de Jesús, ir acercándose al Espíritu de Dios (¡hacerse
‘anima ecclesiastica’!) y así bajo el aliento de su amor, vivir en una alegría que ya no se nos
puede quitar” (Ratzinger, J., La fiesta de la fe, 41). La oración nos eleva, nos introduce en
la comunión personal con Jesucristo y despliega el sentido de Iglesia en nuestra alma.
Así la liturgia se muestra maestra de espiritualidad, escuela de vida cristiana. Pero,
para ello, la misma liturgia debe ser oración; la reverencia y la dignidad contribuirán a crear
ese sentido orante; los textos litúrgicos y las oraciones, pronunciados con sentido,
pausadamente, permitirán la oración de todos, la asimilación interior.

¿Autocomulgar? ¡Imposible!

Una mala comprensión del misterio de la Eucaristía se tradujo en una praxis, en una
práctica, que era un abuso absoluto. Hace años era muy frecuente que se dejase la patena
y el cáliz sobre el altar y que cada fiel pasase y comulgase directamente por sí mismo, una
forma de self-service ajena por completo a la tradición eclesial, mientras el sacerdote
permanecía sentado. O también se hacía otra variante, la de pasar de mano en mano la
patena y luego el cáliz estando todos sentados.
La concepción sacramental que había detrás es de una gran pobreza. Se consideraba el
santísimo sacramento de la Eucaristía como una simple comida de fraternidad, y se quería
realizar de modo que fuese semejante a una comida de amigos, llena de igualitarismo y de
informalidad. Pero, ¿acaso la Eucaristía es comida de amigos? ¿Lo que Jesucristo realizó
al instituir la Eucaristía en la Última Cena era una comida de colegas, sin más? ¡Es evidente
que no! Estas son concepciones nuestras, que hemos secularizado totalmente la persona
de Cristo y sus acciones. Son concepciones de una teología liberal, del modernismo, que
niegan la divinidad de Cristo y naturalizan todo lo que Él es y realizó.
Esa forma de autocomunión se hizo común en Misas para grupos reducidos en convivencias
y encuentros, en campamentos juveniles, en Misas domésticas para “comprometidos”, y en
algunos casos incluso en las Misas parroquiales. Pero es un completo abuso, es una
aberración ante el Misterio de la Eucaristía.
En la Tradición de la Iglesia, siempre es un ministro el que entrega la Comunión al fiel con
una fórmula para que se responda “Amén”, como profesión de fe en la Presencia real de
Cristo. ¡Cuántas veces san Agustín comentó la fórmula “El Cuerpo de Cristo” y la respuesta
del fiel “Amén”! Después el diácono ofrecía el cáliz al fiel para que bebiera un poco, casi se
mojase los labios simplemente, diciendo: “La Sangre de Cristo”, a lo que se respondía:
“Amén”. Esto es común a todos los ritos y familias litúrgicas. En nuestro rito hispano-
mozárabe, se distribuye la comunión diciendo: “El Cuerpo de Cristo sea tu salvación –
Amén”, “La sangre de Cristo permanezca contigo como verdadera redención – Amén”. O en
la divina liturgia de San Juan Crisóstomo, el rito bizantino, se dice: “El siervo de Dios N.
recibe el Cuerpo y la Sangre de Cristo para el perdón de los pecados y la vida eterna”.
No era el fiel quien tomaba directamente el Cuerpo y la Sangre del Señor, sino que se le
entregaba, y la fórmula de distribución de la comunión era una profesión de fe en la
Presencia real para que el comulgante la rubricara diciendo “Amén”, algo que,
evidentemente, no se hace cuando se autocomulga, dejando sin más el Cuerpo y la Sangre
del Señor sobre el altar para libre disposición de todos.
Por supuesto, ni qué decir tiene, que esta posibilidad no aparece en la Introducción General
del Misal romano al describir el rito de la comunión (cf. IGMR 84-85. 160-162. 285-285). Al
contrario, se afirma taxativamente: “No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el
pan consagrado ni el cáliz sagrado, ni mucho menos pasarlo de mano en mano entre
ellos” (IGMR 160). Nadie puede achacar este abuso a la liturgia actual, como si lo aceptase.
Más recientemente, la instrucción Redemptionis sacramentum lo recordaba y reafirmaba la
disciplina sacramental: “No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el
cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano».
En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial,
se administren de modo recíproco la sagrada Comunión” (n. 94).
¿Por qué esta disciplina? La liturgia siempre es un Don que se recibe, no algo que se
toma por sí mismo. Es la dinámica sacramental de la Iglesia, donde todo se recibe como un
Don: nadie se bautiza a sí mismo, nadie se absuelve de sus pecados a sí mismo, nadie se
unge con óleo de los enfermos a sí mismo… La mediación de la Iglesia entrega el Don
sacramental. Lo mismo ocurre con la santísima Eucaristía: nadie se la administra a sí
mismo, nadie se autocomulga (ni siquiera el diácono, que debe recibir la comunión de
manos del sacerdote, ni tampoco un sacerdote que no haya concelebrado y asista a la
Misa). ¡Se recibe como una gracia y se profesa el “Amén” que ratifica la fe en la Presencia
real de Cristo en la Eucaristía!
La aberración de la autocomunión debe ser extirpada de raíz.

¿Cómo hay que comulgar? ¿Cómo se comulga en la mano?

Dado lo visto en varios comentarios de otros post, y siguiendo la sugerencia de que habría
que instruir claramente en esto para que se haga con reverencia y devoción, vamos a ver
cómo se comulga en la mano.
La educación litúrgica requiere que, a veces, se recuerden cosas que se dan por sabidas.
La comunión en la mano está permitida para todo aquel que lo desee, a tenor de nuestra
Conferencia episcopal, que lo solicitó a la Santa Sede.
¿Cómo se comulga en la mano? ¡Hemos de conocer las disposiciones de la Iglesia para
quien desee comulgar así!, porque en muchísimas ocasiones se hace mal, de forma
completamente irrespetuosa.
Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de
Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de
cualquier forma: al aire, agarrando la Forma de cualquier manera, o con una sola
mano… Actitudes que desdicen de la adoración debida.
Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo
en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma:
“Sobre todo en esta forma de recibir la sagrada Comunión, se han de tener bien presentes
algunas cosas que la misma experiencia aconseja. Cuando la Sagrada Especie se deposita
en las manos del comulgante, tanto el ministro como el fiel pongan sumo cuidado y atención
a las partículas que pueden desprenderse de las manos de los fieles, debe ir acompañada,
necesariamente, de la oportuna instrucción o catequesis sobre la doctrina católica acerca
de la presencia real y permanente de Jesucristo bajo las especies eucarísticas y del respeto
debido al Sacramento”[1].
Los fieles al comulgar en la mano, así como los ministros al distribuir la sagrada comunión
en la mano, deben conocer y respetar lo establecido por la Iglesia, para salvaguardar el
respeto y adoración a la Presencia real del Señor. Así todos deben observar
cuidadosamente esto[2]:
“Parece útil llamar la atención sobre los siguientes puntos:
1. La Comunión en la mano debe manifestar, tanto como la Comunión recibida en la boca,
el respeto a la presencia real de Cristo en la Eucaristía.
Por esto se insistirá, tal como lo hacían los Padres de la Iglesia, acerca de la nobleza que
debe tener en sí el gesto del comulgante. Así ocurría con los recién bautizados del siglo IV,
que recibían la consigna de tender las dos manos haciendo “de la mano izquierda un trono
para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey” (5ª catequesis mistagógica de
Jerusalén, n. 21: PG 33, col. 1125, o también Sources chréet., 126, p. 171; S. Juan
Crisóstomo, Homilía 47: PG 63, col. 898, etc.)[3].
2. De acuerdo igualmente con las enseñanzas de los Padres, se insistirá en el Amén que
pronuncia el fiel, como respuesta a la fórmula del ministro: “El Cuerpo de Cristo"; este Amén
debe ser la afirmación de la fe: “Cum ergo petieris, dicit tibi sacerdos ‘Corpus Christi’ et tu
dicis ‘Amen’, hoc est ‘verum’; quod confitetur lingua, teneat affectus” (S. Ambrosio, De
Sacramentis, 4, 25: SC 25 bis, p. 116).
3. El fiel que ha recibido la Eucaristía en su mano, la llevará a la boca, antes de regresar a
su lugar, retirándose lo suficiente para dejar pasar a quien le sigue, permaneciendo siempre
de cara al altar.
4. Es tradición y norma de la Iglesia que el fiel cristiano recibe la Eucaristía, que es comunión
en el Cuerpo de Cristo y en la Iglesia; por esta razón no se ha de tomar el pan consagrado
directamente de la patena o de un cesto, como se haría con el pan ordinario o con pan
simplemente bendito, sino que se extienden las manos para recibirlo del ministro de la
comunión.

5. Se recomendará a todos, y en particular a los niños, la limpieza de las manos, como signo
de respeto hacia la Eucaristía.

6. Conviene ofrecer a los fieles una catequesis del rito, insistiendo sobre los sentimientos
de adoración y la actitud de respeto que merece el sacramento (cf. Dominicae cenae, n. 11).
Se recomendará vigilar para que posibles fragmentos del pan consagrado no se pierdan (cf.
S. Cong. para la Doctrina de la Fe, 2 de mayo de 1972: Prot. n. 89/71, en Notitiae 1972, p.
227).

7. No se obligará jamás a los fieles a adoptar la práctica de la comunión en la mano, dejando


a cada persona la necesaria libertad para recibir la comunión o en la mano o en la boca.

Estas normas, así como las que se dan en los documentos de la Sede Apostólica citados
más arriba, tienen como finalidad recordar el deber de respeto hacia la Eucaristía,
independientemente de la forma de recibir la comunión.
Los pastores de almas han de insistir no solamente sobre las disposiciones necesarias para
una recepción fructuosa de la comunión –que en algunos casos exige el recurso al
sacramento de la penitencia-, sino también sobre la actitud exterior de respeto que, bien
considerado, ha de expresar la fe del cristiano en la Eucaristía”.
Al distribuir la sagrada comunión en la mano, el ministro debe cuidar que el comulgante la
reciba dignamente, poniendo las manos en forma de cruz, esperando a que el ministro
deposite la sagrada hostia, y comulgue delante de él, evitando así cualquier peligro de
profanación o sacrilegio: “póngase especial cuidado en que el comulgante consuma
inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las
especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la
Comunión en la mano”[4].
¿Cómo hemos de acercarnos entonces a la Sagrada Comunión? ¿Cómo se ha de
comulgar?
1. Nos acercamos, sin prisa, al ministro que nos da la comunión, sin separarnos mucho
de él para que pueda darnos fácilmente la comunión.
2. Mientras el fiel anterior a nosotros comulga, hacemos inclinación ante el Cuerpo de
Cristo, adorándolo. O, si lo preferimos, nos arrodillamos en el comulgatorio.
3. El ministro que nos da la comunión nos dice: “El Cuerpo de Cristo” y respondemos,
“Amén” de forma que se nos oiga claramente, puesto que es una profesión de fe.
Este “Amén”, profesión de fe personal del cristiano ante el Cuerpo real de su Señor en la
Eucaristía, ha sido muchas veces comentado y explicado en la Tradición de la Iglesia. Sirva,
por ejemplo, la voz de S. Agustín:
Si queréis entender lo que en el cuerpo de Cristo, escuchad al Apóstol, ved lo que le dice a
los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. Si, pues, vosotros sois el cuerpo
y los miembros de Cristo, vuestro misterio está sobre la mesa del Señor, y lo que recibís es
vuestro misterio. Con el Amén respondéis lo que sois, y respondiendo lo rubricáis. Se te
dice: he aquí el cuerpo de Cristo, y vosotros contestáis “Amén”. Sed, pues, miembros del
Cuerpo de Cristo para que sea verdadero vuestro Amén (Sermón 272).
4. Una vez dicho el Amén, podemos comulgar en la mano o en la boca.
Predicaban los Padres de la Iglesia:
Honremos el Cuerpo de Cristo con toda pureza espiritual y corporal. Lleguémonos a él con
ardiente deseo y, poniendo las palmas de las manos en forma de cruz, recibamos el
cuerpo del Crucificado (S. VIII, S. JUAN DAMASCENO, De fide orthodoxa, L. 4, C. 13).
5. Si comulgamos en la mano, ponemos nuestra mano izquierda encima de la derecha, y
no cogemos la forma en el aire, sino que esperamos a que nos la pongan en las manos,
que forman un trono para recibir al gran Rey.
6. Luego comulgamos inmediatamente delante del sacerdote y cuidamos de que no
quede ninguna partícula en nuestra mano.
7. Si se distribuye la comunión con el cáliz, seguiremos las indicaciones que el diácono o
el sacerdote nos den.

[1] Instrucción “Inmensae caritatis”, IV.


[2] Cong. para el Culto divino, Notificación acerca de la comunión en la mano (3-abril-1985).
[3] En nota a pie de página, explica esta Notificación: “De hecho, conviene aconsejar a los
fieles más bien colocar la mano izquierda sobre la derecha, para poder tomar fácilmente la
hostia con la mano derecha y llevarla a la boca”.
[4] Instrucción “Redemptionis sacramentum”, n. 92.

Lo que incluye participar en la liturgia (III)

Participar es ver y oír.-


La primera participación que reseñamos está relacionada con ver y oír la celebración
litúrgica. Este es un primer modo de participación necesario para todos: ver el desarrollo de
los ritos y poder oír las oraciones, lecturas, plegarias y cantos. Ver y oír ya es participar.
El mismo Misal prescribe así el lugar de los fieles en la nave de la iglesia:
“Dispónganse los lugares para los fieles con el conveniente cuidado, de tal forma que
puedan participar debidamente, siguiendo con su mirada y de corazón, las sagradas
celebraciones. Es conveniente que los fieles dispongan habitualmente de bancas o de sillas.
Sin embargo, debe reprobarse la costumbre de reservar asientos a algunas personas
particulares. En todo caso, dispónganse de tal manera las bancas o asientos, especialmente
en las iglesias recientemente construidas, que los fieles puedan asumir con facilidad las
posturas corporales exigidas por las diversas partes de la celebración y puedan acercarse
expeditamente a recibir la Comunión.
Procúrese que los fieles no sólo puedan ver al sacerdote, al diácono y a los lectores,sino
que también puedan oírlos cómodamente, empleando los instrumentos técnicos de hoy”
(IGMR 311).
“Al edificar los templos, procúrese con diligencia que sean aptos para la celebración de las
acciones litúrgicas y para conseguir la participación activa de los fieles” (SC 124).
Referente al “oír”, hay un común acuerdo que ha llevado a la instalación de la megafonía en
todos los templos que por su tamaño la requieran. Sólo es cuestión de atinar y calibrar en
el volumen para que ni atrone por un volumen demasiado alto, que aturde a todos y hace
que los micrófonos se acoplen, ni un volumen tan bajo que exija tal atención de todos que
difícilmente se pueda seguir bien la celebración.
Respecto al “ver”, recordemos cómo los presbiterios se construyen elevados, con varios
escalones, para permitir una mejor visibilidad y el ambón, como su nombre en griego
significa, es un lugar elevado adonde sube el lector y el diácono para ser bien vistos y oídos
por todos. Un falso concepto de cercanía, presunta sencillez y participación durante ciertas
épocas recientes ha eliminado incluso los escalones del presbiterio para que el altar esté
casi rozando las primeras filas de fieles –en una tarima o con un solo escalón-. Se dejaba
el presbiterio sin uso, y en el crucero de la iglesia se instalaba un pequeño altar y un atril
(en lugar de un ambón) con un solo escalón por altura.
Lo que se conseguía era obstaculizar la visión, de modo que los que estén más atrás en la
nave de la iglesia puedan ver algo. La altura del presbiterio debe ir en consonancia con
la longitud y tamaño de todo el templo para poder ver bien el desarrollo de la acción
litúrgica y unirse así al Misterio que se celebra.

Participar es rezar juntos en alta voz.-


“Las aclamaciones y las respuestas de los fieles a los saludos del sacerdote y a las
oraciones constituyen el grado de participación activa que deben observar los fieles
congregados en cualquier forma de Misa, para que se exprese claramente y se promueva
como acción de toda la comunidad.
Otras partes muy útiles para manifestar y favorecer la participación activa de los fieles, y
que se encomiendan a toda la asamblea convocada, son principalmente el acto penitencial,
la profesión de fe, la oración universal y la Oración del Señor” (IGMR 35-36).
Cuando se oye decir que “van a participar en la oración de los fieles”, se suele estar diciendo
más bien, no que los fieles van a orar ya que esa es la participación, sino que cada intención
la va a leer una persona distinta, convirtiendo este momento orante en un movimiento de
personas y micrófono, pensando que eso es participar en la oración de los fieles. ¿Pero no
hemos quedado en que son los fieles los que oran y así participan? Pues acabamos
confundiendo los términos, dejamos de pensar en que los fieles oren y hacemos que cada
intención la lea una persona distinta soñando equivocadamente que eso es participar, ¡y no
lo es!
Las Orientaciones pastorales de la Comisión Episcopal de Liturgia sobre la Oración de los
Fieles ya advertían que “de suyo ha de ser un solo ministro el que proponga las intenciones,
salvo que sea conveniente usar más de una lengua en las peticiones a causa de la
composición de la asamblea. La formulación de las intenciones por varias personas que van
turnándose, exagera el carácter funcional de esta parte de la Oración de los fieles y resta
importancia a la súplica de la asamblea” (n. 9).
El Misal, garantizando el orden y el decoro, insiste más en la oración como tal de los fieles
que en los lectores de las intenciones: un diácono, y si no lo hay, un cantor o un lector: en
todo caso, una sola persona señala a todos los fieles los motivos y necesidades para que
oren.
Los niños de Primera Comunión, o los jóvenes recién confirmados, o una cofradía en una
Novena, por ejemplo, no participan más porque 6 lectores enuncien uno a uno las
intenciones, sino que participan más cuando juntos oran a lo que un diácono o un
lector les ha invitado. Y es que participar no es sinónimo de intervenir, ejerciendo un
servicio o un ministerio.

Participar es orar.-
La participación litúrgica activa, interior, fructuosa, requiere la audición de los textos
litúrgicos proclamados con voz clara, recitando con sentido. Es curioso ver cómo a
veces algún sacerdote introduce alguna monición y habla con voz cálida, clara, y después
al pasar a recitar el texto litúrgico, acelera, apresura el ritmo, se apaga la voz, y omite toda
entonación y cualquier pausa. Las oraciones pasan rápido, como un trámite,
incomprensibles. La participación litúrgica sin embargo lleva a la comunión en la oración, y
por eso los textos eucológicos deben ser orados realmente, bien recitados, para decir
conscientemente “Amén".
Los textos litúrgicos expresan y reflejan la fe de la Iglesia. Nada ni nadie puede alterarlos
por una creatividad salvaje. Esos mismos textos pasan a ser patrimonio de todos en la
medida en que escuchados una y otra vez durante cada año litúrgico, van forjando la
inteligencia cristiana del Misterio y se quedan grabados en la memoria. Así fue cómo la
liturgia fue la gran catequesis (didascalia) de la Iglesia durante siglos: sus textos
litúrgicos, claros, bien recitados, repetidos una y otra vez, transmitían suficientemente la fe
eclesial.

Participar es escuchar.-
Hemos de recuperar el valor sagrado de la liturgia de la Palabra, su expresividad ritual; la
participación plena, activa y fructuosa requiere una atención cordial a las lecturas bíblicas
para que sean recibidas; necesitan del silencio orante y oyente, del canto del salmo, de la
interiorización… y de buenos lectores que sepan ser el eslabón último de la Revelación en
el “hoy” de la Iglesia.
“Los fieles tanto más participan de la acción litúrgica, cuanto más se esfuerzan, al escuchar
la palabra de Dios en ella proclamada, por adherirse íntimamente a la palabra de Dios en
persona, Cristo encarnado, de modo que procuren que aquello que celebran en la Liturgia
sea una realidad en su vida y costumbres, y a la inversa, que lo que hagan en su vida se
refleje en la Liturgia” (OLM 6).

Participar es comulgar.-
La Eucaristía, sacramento pascual, es el tesoro inefable, que nunca se agota en su
consideración.
A la vez, e inseparablemente, es:
-el Sacrificio de Cristo, que se hace presente (no se repite, porque es único; se hace
presente el mismo Sacrificio del Calvario),
-es Presencia, porque el Pan y el Vino se convierten -transformándose sustancialmente- en
el Cuerpo y la Sangre del Resucitado, y merecen toda nuestra adoración y el mayor respeto,
-y es Comunión, porque está destinado para ser sumido, comido, como Banquete pascual.
Esta es la plena participación: poder comulgar tras haber discernido si estamos o no en
gracia de Dios, debidamente preparado.
Las tres dimensiones de la Eucaristía deben estar presentes y ser asumidas, comprendidas,
vividas. Una mala reducción de la Eucaristía considerará exclusivamente una de las
dimensiones arrinconando las otras dos.
Un discurso del papa Benedicto XVI podrá ser una gran ayuda para nuestra comprensión y
vivencia del misterio eucarístico.
"Una menor atención que en ocasiones se ha prestado al culto del Santísimo
Sacramento es indicio y causa de oscurecimiento del sentido cristiano del misterio, como
sucede cuando en la Santa Misa ya no aparece como preeminente y operante Jesús, sino
una comunidad atareada con muchas cosas en vez de estar en recogimiento y de dejarse
atraer a lo Único necesario: su Señor. Al contrario, la actitud primaria y esencial del fiel
cristiano que participa en la celebración litúrgica no es hacer, sino escuchar, abrirse,
recibir… Es obvio que, en este caso, recibir no significa volverse pasivo o desinteresarse
de lo que allí acontece, sino cooperar – porque nos volvemos capaces de actuar por la
gracia de Dios – según “la auténtica naturaleza de la verdadera Iglesia, que es
simultáneamente humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, empeñada en
la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y sin embargo peregrina, pero
de forma que lo que en ella es humano se debe ordenar y subordinar a lo divino, lo visible
a lo invisible, la acción a la contemplación, y el presente a la ciudad futura que buscamos”
(Const. Sacrosanctum Concilium, 2). Si en la liturgia no emergiese la figura de Cristo, que
está en su principio y que está realmente presente para hacerla válida, ya no tendríamos la
liturgia cristiana, toda dependiente del Señor y toda suspendida de su presencia creadora”
(Disc. a un grupo de obispos de Brasil en visita ad limina, 15-abril-2010).
“El Concilio Vaticano II al recomendar especialmente que “la participación más perfecta es
aquella por la cual los fieles, después de la Comunión del sacerdote, reciben el Cuerpo del
Señor, consagrado en la misma Misa” exhorta a llevar a la práctica otro deseo de los Padres
del Tridentino, a saber, que para participar más plenamente en la Eucaristía, “no se
contenten los fieles presentes con comulgar espiritualmente, sino que reciban
sacramentalmente la comunión eucarística”” (IGMR 13).

Participar es cantar.-
Potenciar la solemnidad, la oración y el canto en la liturgia, es cultivar un gran medio de
participación activa de todos para unirse al Misterio.
Cantar implica la vida misma, para no decir al Señor una alabanza mientras que la propia
vida es desagradable al Señor.
Cantar es propio de la liturgia. Unos cantos serán de un solista-salmista, otros del coro y
otros muchos son de todos los fieles. En referencia al canto en general: hay cantos que son
de la schola o coro, y otros que son para el coro y los fieles. Lo que no puede convertirse la
liturgia es en un concierto hermoso y los demás en “mudos y pasivos espectadores” S(C
48), o abdicar de la posibilidad de cantar todos, enmudeciendo, y dejando todo para el coro,
preocupados por no desafinar o tal vez embelesados con lo que cantan.
Cantar no estorba el recogimiento, sino que ya de por sí es oración y medio de participación.
No se puede interpretar restrictivamente la adoración y la devoción con el mutismo absoluto
durante la Eucaristía.
Cantar aquí en la liturgia terrena es preludio y degustación de la liturgia eterna, donde
cantaremos, alabaremos y amaremos al que está sentado en el Trono y al Cordero.
El canto es algo más que un medio de solemnizar la liturgia, o de hacerla amable y espiritual.
Conlleva implicaciones espirituales muy concretas para que sea el cántico nuevo que
elevamos al Señor. “Los Obispos y demás pastores de almas procuren cuidadosamente que
en cualquier acción sagrada con canto, toda la comunidad de los fieles pueda aportar la
participación activa que le corresponde” (SC 114).
“Entre los fieles, los cantores o el coro ejercen un ministerio litúrgico propio, al cual
corresponde cuidar de la debida ejecución de las partes que le corresponden, según los
diversos géneros de cantos, y promover la activa participación de los fieles en el canto”
(IGMR 103).
Es que la liturgia es un entramado de signos y símbolos, de ritos y oraciones, con noble
sencillez, y sin este entramado no hay liturgia. La quietud absoluta no es propia de la liturgia,
sino de lo personal, de la devoción, de la meditación silenciosa de cada cual.
La liturgia es algo más… Es signo, canto, rito, inclinaciones, plegarias, salmos cantados,
acciones sacramentales (bañar, ungir, perfumar, imponer las manos), procesión, luz,
incienso…
Pues para que los fieles no permanezcan como “extraños y mudos espectadores” (SC 48),
el canto ayuda mucho a la participación común, plena, consciente y activa, pero a condición
de que el canto no sea algo añadido ni superpuesto a la acción litúrgica, buscando
ritmos extraños a la calidad artística de la música ni letras tendentes al
sentimentalismo y la subjetividad; la participación en el canto remite necesariamente a
la teología del canto y de la espiritualidad de quienes cantan: ¡cantad al Señor un cántico
nuevo!

Participar incluye los gestos y posturas corporales.-


Una visión panorámica de la participación del pueblo cristiano en la liturgia la señala la
Ordenación General del Misal al decir:
“Formen, pues, un solo cuerpo, al escuchar la Palabra de Dios, al participar en las oraciones
y en el canto, y principalmente en la común oblación del sacrificio y en la común participación
de la mesa del Señor. Esta unidad se hace hermosamente visible cuando los fieles observan
comunitariamente los mismos gestos y posturas corporales” (IGMR 96).
Son de pie, sentado, rodillas, procesión caminando…
Es santiguarse, es golpearse el pecho, es trazar las tres cruces en el evangelio… (IGMR
42-44).
La participación plena, consciente, activa, interior y fructuosa de las distintas celebraciones
litúrgicas es el modo adecuado de vivir desde ahora la liturgia, con celebraciones solemnes,
dignas y orantes a tenor del rito romano según el Misal de Pablo VI
La liturgia es escuela de vida espiritual, donde se bebe el genuino espíritu cristiano. La
participación en la liturgia no se improvisa, porque no se trata de que todos intervengan y
“hagan algo", sino que sepan orar, cantar, responder, adorar, escuchar y amar, con finura
de espíritu y sensibilidad para la dignidad de la liturgia.
La liturgia es sobre todo “dimensión espiritual” y así hay que vivirla -ritos y oraciones- y
entonces el alma se ensancha y respira con gemidos del Espíritu Santo.
Más que inventar -¡Dios nos libre!- hay que conocer lo que hay, profundizar en su sentido,
razón y teología, y celebrar bien.
“Desde esta perspectiva, sigue siendo más necesario que nunca incrementar la vida litúrgica
en nuestras comunidades, a través de una adecuada formación de los ministros y de todos
los fieles, con vistas a la participación plena, consciente y activa en las celebraciones
litúrgicas que recomendó el Concilio” (Juan Pablo II, Carta ap. Spiritus et Sponsa, n. 7).
Por eso, además de un año que se dedique a la mistagogia de la Eucaristía, al iniciarse un
nuevo tiempo litúrgico (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua) se podría hacer lo siguiente:
 en cada curso de forma cíclica es bueno dedicar una o dos sesiones cada año a
desgranar el contenido espiritual de cada ciclo litúrgico, su historia, su dinamismo
interno, la distribución de las lecturas bíblicas, las líneas fuertes de
espiritualidad, viendo los textos litúrgicos (oraciones y prefacios), señalando qué es
lo propio de cada momento del año litúrgico…
 y de modo particular, las catequesis de iniciación al Triduo pascual, donde paso a
paso se explique de forma mistagógica cada celebración litúrgica: partes de cada
celebración, estructura, respuestas y cantos. Para muchos será un descubrimiento
lo que estas celebraciones encierran de riqueza y belleza así como la primera vez
para algunos en descubrir y vivir (y participar) en la Santa Vigilia pascual. Tras la
Pascua, puede haber algunos momentos de intercambio de la experiencia litúrgica-
espiritual del Triduo.
 Con algunos folletos u hojas, entregar los textos litúrgicos y enseñar cómo se
estructuran (invocación, memorial, petición y conclusión), su inspiración bíblica, y
educar en la oración con los textos litúrgicos.
 La catequesis de adultos, dedicando una sesión por ejemplo al trimestre alternando
con el contenido doctrinal, enseñará las distintas posturas y gestos corporales en la
liturgia, cómo se proclama una lectura, el significado de algún rito o signo… También,
y cada día parece más importante, explicar el sentido del canto litúrgico, qué es y qué
no es, su momento propio para cantarlo, la importancia de la letra y de la música,
acostumbrados hoy a cantar cualquier cosa pensando que eso ya es “participar",
hacer “la Misa distraída, divertida", olvidando a veces la letra y solemnidad de los
grandes cantos: el Gloria, el salmo responsorial, el Santo…

¡Participar es orar! (IV)

Tal vez incluso alguien se sorprenda al identificar estos dos verbos, participar = orar, y sin
embargo no hay participación verdadera sin oración y la oración (personal y común en la
liturgia) es un modo importantísimo de participación.
La liturgia es, ante todo, oración, la gran oración de la Iglesia que se une a Jesucristo y
participar, por tanto, será orar en la liturgia, orar la liturgia. “La liturgia es también
participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En ella toda
oración cristiana encuentra su fuente y su término. Por la liturgia el hombre interior es
enraizado y fundado (cf Ef 3,16-17) en “el gran amor con que el Padre nos amó” (Ef2,4) en
su Hijo Amado. Es la misma “maravilla de Dios” que es vivida e interiorizada por toda
oración, “en todo tiempo, en el Espíritu” (Ef 6,18)” (CAT 1073). Y también enseña el
Catecismo cómo la liturgia es una de las fuentes de la oración, durante la liturgia misma y
después de la liturgia, a modo de prolongación e interiorización:
“La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia,
actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los
Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila
la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto”
(Mt 6, 6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf Institución
general de la Liturgia de las Horas, 9)” (CAT 2655).
Durante la liturgia, se participa orando. El sacerdote pronuncia las distintas oraciones en
nombre de todos, de manera clara y con unción: “El sacerdote invita al pueblo a elevar los
corazones hacia el Señor, en oración y en acción de gracias, y lo asocia a sí mismo en la
oración que él dirige en nombre de toda la comunidad a Dios Padre, por Jesucristo, en el
Espíritu Santo” (IGMR 78). Los fieles se adhieren y prestan su consentimiento a las
oraciones que el sacerdote recita en su nombre con la respuesta “Amén”: “El pueblo
uniéndose a la súplica, con la aclamación Amén la hace suya la oración” (IGMR 54; 77; 89);
“Doxología final: por la cual se expresa la glorificación de Dios, que es afirmada y concluida
con la aclamación Amén del pueblo” (IGMR 79).
Ora el pueblo (y eso es participar) en la confesión común del acto penitencial (“Yo confieso”),
ora también recibiendo la Palabra de Dios leída dirigiéndose a Dios en acción de gracias
(“Te alabamos, Señor”, “Gloria a ti, Señor Jesús”). Ora e intercede en la llamada “Oración
de los fieles”, porque son los fieles los que oran a cada intención que se les propone: “Señor,
escucha y ten piedad”, “Te rogamos, óyenos”, “Kyrie eleison”. Esa es su oración, la de los
fieles, intercediendo como pueblo sacerdotal: “En la oración universal, u oración de los
fieles, el pueblo responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando
el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos” (IGMR
69). Los fieles participan rezando juntos, a una voz, el Padrenuestro con sentimientos filiales
(“El sacerdote hace la invitación a la oración y todos los fieles, juntamente con el sacerdote,
dicen la oración”, IGMR 81) y aclaman a Dios: “tuyo es el reino, tuyo el poder”.
Esa oración en común, a una sola voz y con un solo corazón, es verdadera y santa
participación en la liturgia.
La participación litúrgica activa, interior, fructuosa, requiere la audición de los textos
litúrgicos proclamados con voz clara, recitando con sentido. Es curioso ver cómo a
veces algún sacerdote introduce alguna monición y habla con voz cálida, clara, y después
al pasar a recitar el texto litúrgico, acelera, apresura el ritmo, se apaga la voz, y omite toda
entonación y cualquier pausa. Las oraciones pasan rápido, como un trámite,
incomprensibles. La participación litúrgica sin embargo lleva a la comunión en la oración, y
por eso los textos eucológicos deben ser orados realmente, bien recitados, para decir
conscientemente “Amén".
Además, los textos litúrgicos expresan y reflejan la fe de la Iglesia. Nada ni nadie puede
alterarlos por una creatividad salvaje. Esos mismos textos pasan a ser patrimonio de todos
en la medida en que escuchados una y otra vez durante cada año litúrgico, van forjando la
inteligencia cristiana del Misterio y se quedan grabados en la memoria. Así fue cómo la
liturgia fue la gran catequesis (didascalia) de la Iglesia durante siglos: sus textos
litúrgicos, claros, bien recitados, repetidos una y otra vez, transmitían suficientemente la fe
eclesial. Luego es conveniente que en la oración personal, en el tiempo de meditación,
acudamos de nuevo a estos textos para repasarlos, interiorizarlos, considerarlos.
Sumemos a la oración en común, con las respuestas y plegarias recitadas a la vez por
todos, los distintos momentos de oración personal silenciosa en la Misa y entenderemos
mejor la participación litúrgica.
Participar es orar y recogerse en silencio unos instantes en el acto penitencial:“el
sacerdote invita al acto penitencial que, tras una breve pausa de silencio, se lleva a cabo”
(IGMR 51), y participar es orar en silencio a la invitación del sacerdote:
“Oremos”. Todos en silencio se recogen en su corazón para orar personalmente a Dios;
después el sacerdote extiende las manos y recita la oración colecta: “el sacerdote invita al
pueblo a orar, y todos, juntamente con el sacerdote, guardan un momento de silencio para
hacerse conscientes de que están en la presencia de Dios y puedan formular en su espíritu
sus deseos. Entonces el sacerdote dice la oración que suele llamarse “colecta” y por la cual
se expresa el carácter de la celebración” (IGMR 54).
En silencio se ora acogiendo la Palabra de Dios que se ha proclamado, especialmente
el silencio después de la homilía: “Además conviene que durante la misma [liturgia de la
Palabra] haya breves momentos de silencio, acomodados a la asamblea reunida, gracias a
los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, se saboree la Palabra de Dios en los corazones
y, por la oración, se prepare la respuesta” (IGMR 56); “es conveniente que se guarde un
breve espacio de silencio después de la homilía” (IGMR 66), “para que todos mediten
brevemente lo que escucharon” (IGMR 128).
Igualmente se ora en silencio antes de la comunión, cuando el sacerdote una vez que
ha fraccionado todo el Pan eucarístico reza en privado: “El sacerdote se prepara para
recibir fructuosamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo con una oración en secreto. Los fieles
hacen lo mismo orando en silencio” (IGMR 84). Después de la distribución de la sagrada
comunión, participar es también orar en silencio dando gracias: “Terminada la
distribución de la Comunión, si resulta oportuno, el sacerdote y los fieles oran en silencio
por algún intervalo de tiempo. Si se quiere, la asamblea entera también puede cantar un
salmo u otro canto de alabanza o un himno” (IGMR 88).
Recordemos que el silencio no es un vacío en la liturgia que haya que rellenar como sea,
sino un ingrediente necesario para poder orar personalmente, recogerse en lo interior,
formular súplicas o dar gracias:
“Debe guardarse también, en el momento en que corresponde, como parte de la
celebración, un sagrado silencio. Sin embargo, su naturaleza depende del momento en que
se observa en cada celebración. Pues en el acto penitencial y después de la invitación a
orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan
brevemente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y
oran. Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde silencio en la
iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se
dispongan devota y debidamente para la acción sagrada” (IGMR 45).
Se ve con claridad que participar es orar, tanto en común como personalmente en la
liturgia. Cuando se quiere fomentar la participación activa, interior, fructuosa, lo que debe
hacerse es cuidar el sentido de orar en común con las respuestas y aclamaciones, orando
lo que el sacerdote pronuncia para responder conscientemente “Amén” sabiendo qué
hemos pedido y cuidar la participación será respetar sosegadamente los momentos
previstos de silencio educando en la oración personal.

¿Monición de "acción de gracias"? ¡No, por favor!

Parece que en aras de la participación, habría que multiplicar elementos en la Misa, una y
otra y otra intervención más. En ese caos, nadie se paró a mirar qué dice el Misal, o se lo
miró, lo reinterpretó a su gusto. Todos estos añadidos –en contra de lo que decía el mismo
Concilio Vaticano II en SC 22- se fueron haciendo corrientes, difundidos, extendidos y casi
hasta obligatorios. La liturgia se convirtió en algo antropocéntrico, sólo “nosotros”, y cada
vez con menos sentido sagrado. Nos convertíamos en protagonistas, olvidando que el
protagonista de la liturgia es Jesucristo y su Misterio pascual.
Entre esos elementos, se ha introducido un larguísimo discurso, una monición de
“acción de gracias” después de la comunión, con tal de que haya una persona más
que intervenga en la liturgia. Es un discurso normalmente largo y que parece de obligado
cumplimiento en ciertas Misas: Misas con niños, Primeras comuniones, Novenas de la
Patrona, etc.
¿Lo permite el Misal? ¿Deja esa monición de acción de gracias como posible, como
opcional, como facultativa? ¡En absoluto! Vayamos al Misal y encontraremos lo siguiente:
“Terminada la distribución de la Comunión, si resulta oportuno, el sacerdote y los fieles oran
en silencio por algún intervalo de tiempo. Si se quiere, la asamblea entera también puede
cantar un salmo u otro canto de alabanza o un himno” (IGMR 88).
“Después [de la comunión] el sacerdote puede regresar a la sede. Se puede, además,
observar un intervalo de sagrado silencio o cantar un salmo, o un cántico de alabanza, o un
himno” (IGMR 164).
Éstas son las opciones posibles: silencio, o cantar un salmo o cántico de alabanza o un
himno. No figura entre esas opciones que alguien lea un discurso o monición de “acción de
gracias”. Tan simple como eso.
Hay que entender, además, que “acción de gracias” como tal es el sacrificio eucarístico
entero, la Misa celebrada, y no simplemente un discurso o monición leída por alguien.
Terminada la distribución de la sagrada comunión, o se ora en silencio, o se entona un canto
de alabanza o salmo y, finalmente, la acción de gracias de todos es verbalizada por la
oración de postcomunión que el sacerdote, en nombre de todos, eleva a Dios dando
gracias por el sacramento que hemos recibido. Esa oración de postcomunión es auténtica
acción de gracias, recitada por el sacerdote, y parece una repetición absurda anteponerle
una “acción de gracias” leída por alguien.
Además esa monición de acción de gracias rompe con una norma de la Tradición litúrgica
de la Iglesia. Los fieles no se dirigen individualmente a Dios en la Misa, sino en común
y formando una sola voz; ni siquiera el diácono en la Misa: las moniciones siempre se
dirigen a los demás (“Daos la paz”, “inclinaos para recibir la bendición”). Sólo el sacerdote
se dirige a Dios en nombre de todos: “Oh Dios, que has realizado…” ¿Cómo es posible que
un lector, sin más, lea algo dirigido a Dios como discurso de acción de gracias?
A lo que hay que añadir otra costumbre más que se ha ido introduciendo: la acción de
gracias del nuevo sacerdote en su ordenación o primera Misa, o la del religioso o religiosa
en su profesión; un discurso largo, emotivo, sentimental, que convierte la liturgia en un
homenaje a esa persona y que suele ser lo único que se recuerda porque resultó
impactante, porque todos se emocionaron, etc., y, claro, ¡todos aplaudieron! Se perdió el
espíritu sagrado de la liturgia y el nuevo sacerdote o el nuevo religioso o religiosa se
convirtieron en los protagonistas absolutos. En vez del sacramento celebrado, en lugar
de la profesión religiosa bendecida, parece que lo importante son estas palabras de “acción
de gracias” que encontrarían su lugar adecuado fuera de la Misa, tal vez como palabras
iniciales en el ágape, antes de bendecir la mesa.
Que algo esté extendido y sea muy común, no quiere decir ni mucho menos que esté bien,
aunque todos lo hagan. En el caso de esta monición de “acción de gracias” tras la comunión,
hay que procurar ajustarnos en todos los casos al Misal y evitar estos elementos que son
una distorsión de la liturgia, la introducción de lo emotivo y sentimental en forma de discurso.
Escuchando, se participa en la liturgia (V)

Escuchar requiere un acto interior de la inteligencia y del corazón, para captar e integrar,
asimilando. Es un acto consciente. Oír es algo reflejo, donde captamos muchos sonidos,
pero no todos son pensados ni acogidos. Escuchar sí requiere una inteligencia amorosa,
una capacidad de recepción, atención, disponibilidad, desterrando cuanto nos pueda
distraer o apartar para no desperdiciar ninguna palabra.
He aquí, entonces, un modo más de participación litúrgica, fructuosa e interior.
La escucha, en primer lugar, se refiere a las lecturas de la Palabra de Dios en la liturgia, que
merecen ser bien proclamadas, con lectores aptos para leer en público y en alta voz (y no
por un falso concepto de participación, aceptar que cualquiera lea, aunque luego no sepa ni
entonar): “pido que la liturgia de la Palabra se prepare y se viva siempre de manera
adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la liturgia se ponga gran atención a la
proclamación de la Palabra de Dios por parte de lectores bien instruidos” (Benedicto XVI,
Sacramentum caritatis, n. 45). Y también: “Es necesario que los lectores encargados de
este servicio, aunque no hayan sido instituidos, sean realmente idóneos y estén seriamente
preparados. Dicha preparación ha de ser tanto bíblica y litúrgica, como técnica” (Benedicto
XVI, Verbum Domini, n. 58).
Hay una mayor abundancia de lecturas bíblicas y un Leccionario muy completo, tal como
pedía la Constitución Sacrosanctum Concilium:
“A fin de que la mesa de la palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fieles
ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período
determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura”
(SC 51).
Ahora bien, esto no siempre va acompañado de una lectura clara, solemne, por parte de los
lectores, y tampoco se conduce al pueblo cristiano a entender que su participación en la
liturgia incluye el escuchar amorosamente la Palabra divina: parece que participa más el
lector que el fiel que escucha, cuando en realidad el lector es un servidor para que todos
puedan participar escuchando.
“En la liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo
responde a Dios con el canto y la oración” (SC 33). Por eso “hay que fomentar aquel amor
suave y vivo hacia la Sagrada Escritura que atestigua la venerable tradición de los ritos,
tanto orientales como occidentales” (SC 24).
La Palabra, para ser escuchada, debe ser acogida en lo interior, con el suficiente
silencio y reposo, ha de ser meditada y debe iluminar las mentes y los corazones
orientando nuestros pasos. “La palabra sólo puede ser pronunciada y oída en el silencio,
exterior e interior… Exhorto a los pastores a fomentar los momentos de recogimiento, por
medio de los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, la Palabra de Dios se acoge en el
corazón” (Benedicto XVI, Verbum Domini, n. 66). La Palabra de Dios provoca en nosotros
una respuesta de fe, el asentimiento de todo nuestro ser. Se entabla así un diálogo de Dios
con el hombre. Su Palabra nos conducirá a estar cada cual “enteramente disponible a la
voluntad de Dios” como la Virgen María (Id., n. 27).
Para participar así en la liturgia, escuchando la Palabra proclamada, hallamos un gran
modelo en la Virgen María, que nos enseña a participar de veras en el culto divino con sus
actitudes internas más personales. Ella es la Virgen oyente y así Ella nos enseña a participar
escuchando:
“María es la “Virgen oyente", que acoge con fe la palabra de Dios: fe, que para ella fue
premisa y camino hacia la Maternidad divina, porque, como intuyó S. Agustín: “la
bienaventurada Virgen María concibió creyendo al (Jesús) que dio a luz creyendo” (45); en
efecto, cuando recibió del Ángel la respuesta a su duda (cf. Lc 1,34-37) “Ella, llena de fe, y
concibiendo a Cristo en su mente antes que en su seno", dijo: “he aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38) (46); fe, que fue para ella causa de
bienaventuranza y seguridad en el cumplimiento de la palabra del Señor” (Lc1, 45): fe, con
la que Ella, protagonista y testigo singular de la Encarnación, volvía sobre los
acontecimientos de la infancia de Cristo, confrontándolos entre sí en lo hondo de su corazón
(Cf. Lc 2, 19. 51). Esto mismo hace la Iglesia, la cual, sobre todo en la sagrada Liturgia,
escucha con fe, acoge, proclama, venera la palabra de Dios, la distribuye a los fieles como
pan de vida (47) y escudriña a su luz los signos de los tiempos, interpreta y vive los
acontecimientos de la historia” (Pablo VI, Marialis cultus, n. 17).
Hemos de recuperar el valor sagrado de la liturgia de la Palabra, su expresividad ritual; la
participación plena, activa y fructuosa requiere una atención cordial a las lecturas bíblicas
para que sean recibidas; necesitan del silencio orante y oyente, del canto del salmo, de
la interiorización… y de buenos lectores que sepan ser el eslabón último de la Revelación
en el “hoy” de la Iglesia.
“Los fieles tanto más participan de la acción litúrgica, cuanto más se esfuerzan, al escuchar
la palabra de Dios en ella proclamada, por adherirse íntimamente a la palabra de Dios en
persona, Cristo encarnado, de modo que procuren que aquello que celebran en la Liturgia
sea una realidad en su vida y costumbres, y a la inversa, que lo que hagan en su vida se
refleje en la Liturgia” (OLM 6).
Hay además otra escucha, en este caso no sólo de la Palabra divina, sino la escucha
amorosa y consciente de las oraciones que el sacerdote pronuncia en nombre de
todos y de la plegaria eucarística. “Las oraciones que dirige a Dios el sacerdote —que
preside la asamblea representando a Cristo— se dicen en nombre de todo el pueblo santo
y de todos los circunstantes” (SC 33). Si se dicen en nombre de todos, todos deben
escucharlas con corazón atento y orante. El Misal señala que “la naturaleza de las partes
“presidenciales” exige que se pronuncien con voz clara y alta, y que todos las escuchen con
atención. Por consiguiente, mientras el sacerdote las dice, no se tengan cantos ni oraciones
y callen el órgano y otros instrumentos musicales” (IGMR 32). Así, por excelencia, “la
Plegaria Eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y con silencio” (IGMR 78).
Tales textos litúrgicos deben ser proclamados mediante la recitación o el canto de tal
manera que los fieles puedan escucharlos atentamente y responder conscientes el “Amén”
que les corresponde. Gravedad y unción ayudarán a que los fieles participen así, como les
es propio, escuchando en oración. No son formularios que se cumplen apresuradamente,
sino verdadera oración que requiere que todos la integren y hagan suya.
Los textos litúrgicos que el sacerdote pronuncia en voz alta, las oraciones (colecta, sobre
las ofrendas, postcomunión), la gran plegaria eucarística, etc., no se dirigen a Dios a título
propio, ya que no es el sacerdote el que reza por sí y para sí, sino que todas estas plegarias
son de los fieles, pronunciadas por el sacerdote como Cabeza. Están en plural, el sacerdote
las pronuncia en nombre de todos los fieles; sin embargo, las oraciones que reza por sí,
como preparación, están redactadas en singular y las rezará siempre en silencio. Así, “el
sacerdote preside la asamblea, haciendo las veces de Cristo. Las oraciones que él canta o
pronuncia en voz alta, puesto que son dichas en nombre de todo el pueblo santo y de todos
los asistentes, deben ser religiosamente escuchadas por todos” (Instrucción Musicam
sacram, n. 14).
Las plegarias que el sacerdote pronuncia en voz alta son de todos y dirigidas a Dios en
nombre de todos los fieles participantes: “concédenos”, “al darte gracias, te suplicamos”,
“cantamos tu gloria, diciendo”, “derrama sobre nosotros”, “humildemente te pedimos…”
Como pertenecen a todos los fieles, pero pronunciadas por boca del sacerdote, todos fieles
participarán verdaderamente si saben lo que en su nombre se está rezando, lo escuchan
atentamente, y responden “Amén” sabiendo bien a qué se están uniendo y prestando su
asentimiento.
Como la liturgia es escuela del genuino espíritu cristiano y maestra de vida espiritual,
escuchar atenta y recogidamente estas oraciones litúrgicas pronunciadas por el sacerdote
nos llevará a todos a beber directamente de una fuente pura[1], la fe de la Iglesia, expresada
en sus textos litúrgicos. Son modulaciones que cantan el Misterio de Dios, los diferentes
dogmas, y nos conducen a una inteligencia orante de la fe. Es el dogma vivido y rezado.
Con razón, “la Liturgia es la gran escuela de oración de la Iglesia”[2] y la gran variedad de
oraciones, prefacios y las cuatro plegarias eucarísticas habituales nos “ayudan a entender
los misterios de Cristo”[3], por lo que el sacerdote no las modificará a su antojo y los fieles
las escucharán con atención del corazón y devoción en el alma: “Se debe educar también
a los fieles a unirse interiormente a lo que cantan los ministros o el coro, para que eleven su
espíritu a Dios al escucharles” (Instrucción Musicam sacram, n. 15).
Tal vez, acostumbrados a aquel binomio de afirma que participar es igual a intervenir (hacer
algo, desempeñar un servicio en la liturgia) pueda parecer que esto no es participar, y sin
embargo, es uno de los mayores grados de participación en la liturgia por parte de
todos. Se ora, se ora en común, y todos se unen a la oración eclesial rezada por el
sacerdote en nombre de todos. Participar es así unirse a estas oraciones, hacerlas propias,
interiorizarlas, responder sabiendo qué se ha pedido, qué se ha rezado.
La liturgia muestra así su carácter primordial de ser Iglesia en oración y se participa, ante
todo, orando en común, dirigidos por el sacerdote.

[1] “¿Qué es la liturgia sino la fuente pura y perenne de “agua viva” a la que todos los que
tienen sed pueden acudir para recibir gratis el don de Dios?”, Juan Pablo II, Carta Spiritus
et Sponsa, n. 1.
[2] JUAN PABLO II, Carta Vicesimus quintus annus, n. 10.
[3] Ibíd.

Sacrificio de Cristo y nuestro también

Que la Eucaristía sea el sacrificio de Cristo, la actualización del mismo sacrificio de la cruz
bajo el velo de los signos sacramentales, implica consecuencias litúrgicas y espirituales para
vivir y participar en la celebración de la Santa Misa e incide en nuestra vida cristiana.
No basta con destacar que la Misa es el sacrificio de Cristo, hay que destacar
igualmente que ese sacrificio es nuestro, sacrificio de la Iglesia, en el cual nos ofrecemos
nosotros también, nos unimos a Cristo en su sacrificio para alabanza del Padre. Al sacrificio
de Cristo-Cabeza se le suman los sacrificios de los miembros de su Cuerpo. El sacrificio del
Señor recoge, incluye también, el sacrificio de sus hermanos.
El culto cristiano es profundamente existencial; es la liturgia viva de la existencia
cristiana, no algo exterior y ceremonial a nosotros mismos. Es lo que el Señor calificó de
culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) y san Pablo recomendaba en sus cartas: “ofreced
vuestros cuerpos como hostia viva, santa… éste es vuestro culto razonable”(Rm 12,1); la
vida del cristiano es una ofrenda continua a Dios: “cuando comáis o bebáis o hagáis
cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Co 10,31); “todo lo que de palabra
o de obra realicéis sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por
medio de él” (Col 3,17); “lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor
y no a los hombres” (Col 3,23).
El cristiano, ungido con el Espíritu Santo mediante el santo crisma, vive ofreciendo y
alabando, siendo así su corazón un verdadero altar en el que todo se ofrece a Dios. Lo
define así el Catecismo de la Iglesia Católica: “La misión de Cristo y del Espíritu Santo que,
en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la
salvación, se continúa en el corazón del que ora. Los Padres espirituales comparan a veces
el corazón a un altar” (CAT 2655).
El culto cristiano no ofrece como víctimas animales ni cosas; son los cristianos mismos
quienes se ofrecen a Dios como víctimas espirituales a imitación de Cristo mismo, quien
durante su vida terrena glorifica al Padre mediante su obediencia que llega hasta la muerte
redentora en cruz. Cristo es sacerdote, víctima y altar, canta el prefacio V de Pascua… y,
con Él, el cristiano también es sacerdote, víctima y altar.
El Bautismo nos constituye en sacerdotes, profetas y reyes. Para vivir santamente, el
sacerdocio bautismal nos constituye en oferentes de nuestra propia vida. Somos
sacerdotes por el bautismo para dar gloria a Dios y culto auténtico mediante la propia
vida. Esto no es algo nuevo ni moderno ni una moda, sino profundamente tradicional,
enraizado en la Revelación. Ya san Pedro escribe: “También vosotros, como piedras vivas,
entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para
ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo… Vosotros sois una raza
elegida, un sacerdocio real” (1P 2,5.9).
Por el bautismo hemos recibido este sacerdocio real que nos habilita para ofrecer
constantemente sacrificios espirituales a Dios. La Tradición lo entendió así. El alejandrino
Orígenes predicaba:
“Cada uno de nosotros tiene en sí un holocausto y él mismo enciende el altar de su
holocausto para que continúe siendo prendido. Cuando renuncio a todo lo que poseo, y
tomo mi cruz y sigo a Cristo, he ofrecido un holocausto en el altar de Dios. Cuando poseo
el amor y entrego mi cuerpo a las llamas y consigo la gloria del martirio, me he ofrecido a
mí mismo como holocausto en el altar de Dios. Cuando amo a mis hermanos hasta dar la
vida por ellos, cuando peleo hasta la muerte por la justicia y por la verdad, he ofrecido un
holocausto en el altar de Dios. Cuando por la mortificación de mis miembros me conservo
libre de toda concupiscencia de la carne, cuando el mundo está crucificado para mí y yo
para el mundo, he ofrecido un holocausto en el altar de Dios y me convierto yo mismo en
sacerdote de mi propio ofrecimiento” (Hom. in Lev., 9,9).
Muy conocido es el texto de una homilía de san Pedro Crisólogo:
“¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima!
El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva
consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote
permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el
sacrificio no podría matar esta víctima
Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se
ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice-, a
presentar vuestros cuerpos como hostia viva.
Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que permaneciendo vivo,
inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva,
porque, a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la
muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva, la muerte resultó castigada, la
víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un
nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando en la tierra, los
hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo…
Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo
que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la
castidad, sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente,
que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda
continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu, haz
de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio”
(Sermón 108).
El Concilio Vaticano II, en su constitución dogmática Lumen Gentium aborda asimismo el
sacerdocio bautismal:
“Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu
Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre
cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamo de las
tinieblas a su admirable luz. Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la
oración y alabando juntos a Dios, ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a
Dios y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la
esperanza de la vida eterna que hay en ellos.
El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferente,
esencialmente, y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos a
su manera participan del único sacerdocio de Cristo… Los fieles, en cambio, en virtud de su
sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los
sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa,
en la abnegación y caridad operante” (LG 10).
El sacerdocio bautismal marca su impronta en lo que somos y hacemos, en la jornada, en
lo cotidiano, en nuestros actos y trabajos. Todo se convierte en ofrenda a Dios. Con ese
tono espiritual, por ejemplo, las preces de Laudes son un auténtico ofrecimiento de obras:
-Señor Jesús, Sacerdote eterno, que has querido que tu pueblo participara de tu sacerdocio,
haz que ofrezcamos siempre sacrificios espirituales, agradables al Padre.
-Te ofrecemos, Señor, los deseos y proyectos de nuestra jornada, dígnate aceptarlos y
bendecirlos como primicia de nuestro día.
-Padre santo, tú que al resucitar a tu Hijo de entre los muertos manifestaste que habías
aceptado su sacrificio, acepta también la ofrenda de nuestro día y condúcenos a la plenitud
de la vida (Preces Laudes lunes y martes II del T. Ord.; viernes II de Pascua).
¿Qué se incluye en estos sacrificios espirituales? Todo, absolutamente todo. En nuestra
vida, la escucha mariana de la Palabra (disponibilidad y obediencia), la caridad, la entrega
a los demás, la renuncia a uno mismo, la fidelidad en las pruebas más duras, la aceptación
serena de las contrariedades de la vida (cf. Preces Laudes común varios mártires), etc., son
expresión del sacrificio espiritual en alabanza de Dios.
Llamados todos a la santidad, las circunstancias y la vocación concreta hacen que se viva
de modo distinto. Aquí entra, como sacrificio espiritual en lo cotidiano, el vencimiento del
mal con el bien, la renuncia a la venganza, el perdón constante y generoso, la superación
del egoísmo con la caridad sobrenatural, la castidad gozosa ante la concupiscencia siempre
viva, la amabilidad ante la brusquedad, la modestia evitando la vanidad, la humildad que
pisotea el orgullo. Asimismo es sacrificio espiritual las horas de trabajo o de estudio (con
empeño, fidelidad y a conciencia), de familia, de amistad, etc., las obligaciones profesionales
realizadas con la mayor perfección posible, la dedicación generosa a los demás, las obras
de misericordia espirituales y corporales… todo esto es la materia de nuestra santificación
cotidiana, el culto espiritual del cristiano.
Éstas sí son las ofrendas que hemos de presentar al celebrar la Santa Misa, esto sí es
participar: incluir nuestros propios sacrificios en el Sacrificio de Cristo, incorporados a su
Ofrenda única. En el pan y en el vino presentados estamos cada uno de nosotros
incluidos, representados, para ser transformados en Cristo y ofrecidos. También
nosotros seremos ofrecidos de modo que al Sacrificio de Jesucristo se le suman nuestros
propios sacrificios. No en vano estamos llamados a completar en nuestra carne lo que le
falta a la pasión de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24).
La ofrenda de Cristo-Cabeza atrae hacia sí y reclama la ofrenda de la Iglesia-Cuerpo; este
sacrificio es asumido por el Espíritu Santo como sacrificio de la Esposa para unirlo al
sacrificio de su Esposo. La vida cristiana se vuelve ofrenda y, a la vez, nuestra vida debe
corresponder a lo que ofrecemos, viviendo luego santamente.
La Eucaristía es Ofrenda y Sacrificio; la Iglesia lo declara orando a Dios en la plegaria
eucarística: “te ofrecemos, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio puro,
inmaculado y santo” (Canon romano); “te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación”
(PE II); “te ofrecemos en esta acción de gracias el sacrificio vivo y santo…” (PE III). Al
incluirse ahí nuestros sacrificios espirituales, la vida cristiana queda configurada siempre
como sacrificio, desarrollando en lo cotidiano el sacerdocio bautismal: “que él nos
transforme en ofrenda permanente” (PE III), “seamos en Cristo víctimas vivas para alabanza
de tu gloria” (PE IV).
Estamos implicados en la dinámica de entrega de Cristo. En la Eucaristía, la Iglesia ofrece
y se ofrece dice san Agustín (De Civ. Dei, 10,20); los fieles no sólo ofrecen, sino que se
ofrecen también. Hay un gesto ritual muy explícito: la incensación de la oblata, de la cruz y
del altar, incluye luego la incensación del sacerdote y de los fieles: no es un signo de honor,
sino de ofrenda que nos une, en una misma incensación, a la oblación depositada sobre el
altar.
Ya la constitución Sacrosanctum Concilium, citando a Pío XII en la Mediator Dei, decía: “La
Iglesia procura con solícito cuidado que los cristianos no asistan al Misterio de fe como
extraños y mudos espectadores, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la
Hostia inmaculada” (SC 48). Este plano espiritual y teológico es el que debe orientar la vida
litúrgica y la auténtica participación de todos (que no es intervenir y hacer cosas en la
liturgia).
En la santa Misa se realiza la comunión entre nuestra ofrenda y la de Cristo, obteniendo su
valor sobrenatural cada uno de los sacrificios que inmolamos a lo largo del día en el altar de
nuestro corazón. En la santa Misa se elevan al Padre como sacrificio santo y vivo.
Esto es lo que hay que recordar, inculcar, enseñar. Sobran los añadidos superfluos (dice
Benedicto XVI en Sacramentum caritatis, n. 47) de moniciones a las ofrendas y las
ofrendas “simbólicas” (¡cuando siempre han de ser reales: pan y vino, dones para los
pobres o la iglesia!), sobran tantas intervenciones con el pretexto de la
“participación” (falso concepto de participación)… y falta esta dimensión mística o
espiritual: cada uno debe incluir sus propios sacrificios espirituales junto al Sacrificio del
Señor. Ésta, sí, será una Eucaristía vivida y participada.
“La doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio
de la Iglesia, y por tanto de los fieles. La insistencia sobre el sacrificio —« hacer sagrado
»— expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra implicada en la
transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12)” (Benedicto XVI,
Sacramentum caritatis, n. 70).
Y cantando se participa (VI)

Participar es cantar. He aquí otra afirmación muy sencilla de lo que es la participación en


la liturgia por parte de los fieles. Se participa cantando y eso es lo mismo que decir que se
participa rezando mediante el canto, sin necesidad de intervenir realizando algún servicio
litúrgico. Todos pueden llegar a este grado de participación uniendo la voz y el corazón
a los cantos de la liturgia. Basta cantar con todos los fieles aquello que es propio de
todos, o responder cantando al sacerdote en las partes cantadas (saludos,
aclamaciones) o unirse con silencio y recogimiento al coro en los cantos que sólo éste
ejecuta.
Potenciar la solemnidad, la oración y el canto en la liturgia, es cultivar un gran medio de
participación activa de todos para unirse al Misterio. Todo buen coro es un servicio grande
para que todos participen, porque participan todos cantando, no sólo el coro. Es un ejercicio
de servicio que el coro apoye y lleve adelante el canto para que todos se unan, aunque
algunos cantos los realice solamente el coro en ciertos momentos de la liturgia:
“Entre los fieles, los cantores o el coro ejercen un ministerio litúrgico propio, al cual
corresponde cuidar de la debida ejecución de las partes que le corresponden, según los
diversos géneros de cantos, y promover la activa participación de los fieles en el canto”
(IGMR 103).
Así el coro está al servicio y en función de todos los fieles, del canto de todos los fieles,
favoreciendo la participación orante, y no entendiendo o viviendo la liturgia como un
concierto donde todos callan para escuchar a los intérpretes (como tantas Misas-concierto,
bellísimas musicalmente[1] o, por el contrario, tantos cantos sentimentales más propios de
veladas de campamento que sólo el coro juvenil conoce) o eligiendo los cantos al margen
de la liturgia (como las paráfrasis, por ejemplo, del Sanctus o del Padrenuestro que alteran
la letra), o simplemente con cantos que únicamente conoce el coro reduciendo al silencio a
todos.
Todos deben entender que la participación litúrgica es cantar, incluye el canto. El coro,
sabiendo esto, vivirá con vocación de servicio para sostener el canto de todos mediante los
cantos litúrgicos (recordemos: es “cantar la Misa y no cantar durante la Misa”); los fieles
todos deberán superar la pasividad de callarse cuando hay un coro, sino integrarse en el
canto.
Cantar es propio de la liturgia, uno de los modos de participación en la acción común de la
santa liturgia. Unos cantos serán de un solista-salmista, otros del coro y otros muchos son
de todos los fieles. En referencia al canto en general: hay cantos que son de la schola o
coro, y otros que son para el coro y los fieles. Lo que no puede convertirse la liturgia es en
un concierto hermoso y los demás en “mudos y pasivos espectadores” (SC 48), o abdicar
de la posibilidad de cantar todos, enmudeciendo, y dejando todo para el coro[2], o
preocupados por no desafinar o tal vez embelesados con lo que cantan.
En esta perspectiva, la Instrucción Musicam sacram explicaba:
“Entre la forma solemne y más plena de las celebraciones litúrgicas, en la cual todo lo que
exige canto se canta efectivamente, y la forma más sencilla, en la que no se emplea el
canto, puede haber varios grados, según que se conceda al canto un lugar mayor o menor.
Sin embargo, en la selección de partes que se deben cantar se comenzará por aquellas que
por su naturaleza son de mayor importancia; en primer lugar, por aquellas que deben cantar
el sacerdote o los ministros con respuestas del pueblo; o el sacerdote junto con el pueblo;
se añadirán después, poco a poco, las que son propias sólo del pueblo o sólo del grupo de
cantores” (n. 7).
Según el grado de solemnidad de cada celebración, habrá que cantar algunos elementos o
todos, pero hay una gradación en la elección de las partes cantadas. El primer grado, el que
es siempre más aconsejable, incluye la parte propia de todos los fieles fomentando así una
participación orante, activa y espiritual:

“Pertenecen al primer grado:


a) En los ritos de entrada:
– El saludo del sacerdote con la respuesta del pueblo.
– La oración.

b) En la liturgia de la palabra:
– Las aclamaciones al Evangelio.

c) En la liturgia eucarística:
– La oración sobre las ofrendas.
– El prefacio con su diálogo y el Sanctus.
– La doxología final del canon.
– La oración del Señor –Padrenuestro– con su monición y embolismo.
– El Pax Domini.
– La oración después de la comunión.
– Las fórmulas de despedida” (Instrucción Musicam sacram, n. 29).
Destaca, claramente, aquellos elementos dialogales entre el sacerdote y los fieles, cantados
siempre que sea posible, para que el pueblo cante la respuesta, las aclamaciones, el
“Amén”, así como las aclamaciones al Evangelio acogiendo a Cristo que habla a su pueblo
y el Sanctus.
Incluyendo lo anterior, el segundo grado para el canto sería:
“Pertenecen al segundo grado:
a) Kyrie, Gloria y Agnus Dei.
b) El Credo.
c) La oración de los fieles” (Instrucción Musicam sacram, n. 30).

Y, por último, el tercer grado en importancia del canto:


“Pertenecen al tercer grado:
a) Los cantos procesionales de entrada, y de comunión.
b) El canto después de la lectura o la epístola.
c) El Alleluia antes del Evangelio.
d) El canto del ofertorio.
e) Las lecturas de la Sagrada Escritura, a no ser que se juzgue más oportuno proclamarlas
sin canto” (Instrucción Musicam sacram, n. 31).
Dentro de los cantos “Propios” de cada Misa, destaca el salmo responsorial que por su
naturaleza está destinado para ser cantado, tomando parte los fieles en la respuesta.
“Dentro del «Propio», tiene particular importancia el canto situado después de las lecturas
en forma de gradual o de salmo responsorial. Por su naturaleza, es una parte de la liturgia
de la palabra; por consiguiente, se ha de ejecutar estando todos sentados y escuchando;
mejor aún, en cuanto sea posible, tomando parte en él” (Instrucción Musicam sacram, n.
33). También la Ordenación del leccionario de la Misa destaca el salmo responsorial:
“20. El salmo responsorial ordinariamente ha de cantarse. Hay dos formas de cantar el
salmo después de la primera lectura: la forma responsorial y la forma directa. En la forma
responsorial, que se ha de preferir en cuanto sea posible, el salmista o el cantor del salmo,
canta la estrofa del salmo, y toda la asamblea participa cantando la respuesta. En la forma
directa, el salmo se canta sin que la asamblea intercale la respuesta, y lo cantan, o bien el
salmista o cantor del salmo él solo, y la asamblea escucha, o bien el salmista y los fieles
juntos.
21. El canto del salmo o de la sola respuesta contribuye mucho a comprender el sentido
espiritual del salmo y a meditarlo profundamente”.
El canto corresponde a lo que es la liturgia, acción sagrada, fomentando la unión de las
voces y el corazón, la solemnidad, suscita sentimientos espirituales y se glorifica a Dios. La
liturgia se vive mejor, más santamente, y se participa con más fruto, si tomamos parte en el
canto común en aquellos momentos en que todo el pueblo interviene, y si escuchamos
interiormente los cantos que sólo correspondan al coro.
“Mediante la unión de las voces, se llega a una más profunda unión de corazones; desde la
belleza de lo sagrado, el espíritu se eleva más fácilmente a lo invisible; en fin, toda la
celebración prefigura con más claridad la liturgia santa de la nueva Jerusalén.
Por tanto, los pastores de almas se esforzarán con diligencia por conseguir tal forma de
celebración” (Instrucción Musicam sacram, n. 5).
Salvando los excesos de música y canto, a veces no propiamente litúrgicos ni convenientes
para la sagrada liturgia, con demasiado ritmo y ruido, se tiende en ocasiones a presentar la
participación en la Misa como una devoción privada donde sólo haya silencio absoluto, los
fieles estén en silencio y contemplen piadosamente lo que el sacerdote realiza en el altar.
De un extremo se pasa fácilmente al otro extremo. Pero ya vemos que cantar no estorba el
recogimiento, sino que ya de por sí es oración y medio de participación. No se puede
interpretar restrictivamente la adoración y la devoción con el mutismo absoluto durante la
Eucaristía.
La liturgia incluye el canto como un elemento más, un elemento propio de las acciones
sagradas de la Iglesia. Por tal razón, se participa cuando todos toman parte del canto
común, responden cantando, oran cantando y no simplemente oyen lo que cantan otros
como un adorno añadido.
Entendamos entonces que se participa más cantando, por ejemplo, la respuesta “y con tu
espíritu”, “Amén”, o el versículo del salmo responsorial, que si tuviéramos que intervenir
leyendo una monición o llevando una ofrenda de las llamadas “simbólicas”. Cuando
cantamos, haciendo oración nuestro canto, estamos participando interior, activa,
fructuosamente, en la liturgia.
La belleza del canto, la música y la solemnidad adecuada, el fomento del verdadero canto
litúrgico, etc., serán medios para incrementar una auténtica participación de todos en la
liturgia. El canto es algo más que un medio de solemnizar la liturgia, o de hacerla amable
(simpática, entretenida). Conlleva implicaciones espirituales muy concretas para que sea el
cántico nuevo que elevamos al Señor. “Los Obispos y demás pastores de almas procuren
cuidadosamente que en cualquier acción sagrada con canto, toda la comunidad de los fieles
pueda aportar la participación activa que le corresponde” (SC 114).

[1] “La Iglesia no rechaza en las acciones litúrgicas ningún género de música sagrada, con
tal que responda al espíritu de la misma acción litúrgica y a la naturaleza de cada una de
sus partes y no impida la debida participación activa del pueblo” (Instrucción Musicam
sacram, n. 9).

[2] “Pero no se puede aprobar la práctica de confiar sólo al grupo de cantores el canto de
todo el Propio y de todo el Ordinario, excluyendo totalmente al pueblo de la participación
cantada” (Id., n. 16).
Gestos y posturas corporales para participar (VII)

La participación de todos los fieles en la santa liturgia ha de ser también exterior, activa.
Todos toman parte con las diversas posturas y algunos gestos, según los distintos
momentos de la liturgia, para unirse al Misterio que se celebra también de forma externa,
significativa. La participación no es sólo un sentimiento interior de devoción o recogimiento
como tampoco es la continua intervención, el movimiento, los inventos para que “muchos
participen” añadiendo moniciones, ofrendas, etc… Benedicto XVI, elegantemente, escribía:
“Pero no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión
precisamente sobre el sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con
esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la
celebración” (Exh. Sacramentum caritatis, n. 52).
Las mismas posturas, que todos adoptan unánimemente en la celebración litúrgica, son
expresión clara de participación, de modo que estar de pie, sentado, de rodillas o trazar el
signo de la cruz o hacer una inclinación, etc., son formas de participación de todos. Así lo
interior se hace también exterior, manifestación del corazón que se adhiere a la liturgia:
“Los fieles cumplen su función litúrgica mediante la participación plena, consciente y activa
que requiere la naturaleza de la misma liturgia; esta participación es un derecho y una
obligación para el pueblo cristiano, en virtud de su bautismo.
Esta participación:
a) Debe ser ante todo interior; es decir, que por medio de ella los fieles se unen en espíritu
a lo que pronuncian o escuchan, y cooperan a la divina gracia.
b) Pero la participación debe ser también exterior; es decir, que la participación interior se
exprese por medio de los gestos y las actitudes corporales, por medio de las aclamaciones,
las respuestas y el canto” (Instrucción Musicam sacram, n. 15).
Una visión panorámica de la participación del pueblo cristiano en la liturgia la señala la
Ordenación General del Misal al decir: “Formen, pues, un solo cuerpo, al escuchar la
Palabra de Dios, al participar en las oraciones y en el canto, y principalmente en la común
oblación del sacrificio y en la común participación de la mesa del Señor. Esta unidad se
hace hermosamente visible cuando los fieles observan comunitariamente los mismos gestos
y posturas corporales” (IGMR 96).
a) de pie
Es la postura clásica de la oración cristiana, de hijos rescatados que pueden estar de pie
ante Dios orando, sin temor servil ni esclavitud humillante. Así se representan en las
catacumbas la imagen del orante y de la orante: de pie, manos extendidas en forma de cruz.
Orar de pie es un signo o memoria del Señor resucitado que no yace en el sepulcro, sino
que vence y está levantado, de pie, sobre la muerte y el pecado.
De pie, asimismo, se recibe a quien va a entrar, como signo de honor, respeto y veneración,
y de pie se escucha el saludo de quien es superior o su breve discurso y quedarse sentado
sería una descortesía, gesto de poca educación. De pie se está como servidores del Señor,
atentos a lo que Él, sentado, pueda indicar: Abraham sirve a los tres ángeles en la encina
de Mambré y mientras están sentado comiendo, permanece en pie (cf. Gn 18,8).
Elías debe esperar de pie, ante la gruta, el paso del Señor (cf. 1R 19,11-13). Ante el Señor,
los reyes y príncipes de la tierra se pondrán en pie (cf. Is 49,7) como homenaje y
reconocimiento. De pie debe ponerse Ezequiel para escuchar las órdenes del Señor y recibir
la visión (cf. Ez 2,2); de pie están miles y miles, mientras el Señor se sienta en su trono (cf.
Dn 7,9-10; 16); el ejército celestial rodea el trono de Dios permaneciendo de pie a derecha
e izquierda (cf. 2Cron 18,18).
Ester habla de pie ante el rey para interceder por su pueblo (cf. Est 5,2; 8,4) como elocuente
tipo de la oración cristiana. Salomón ora de pie ante el altar del Señor (2Cron 6,12ss). En la
asamblea litúrgica de Israel, “todos los de Judá, con sus pequeños, mujeres e hijos,
permanecían en pie ante el Señor” (2Cron 20,13). El rey, de pie ante el Señor, ratifica y se
compromete a seguir la Alianza (cf. 2Cron 34,31). La muchedumbre, en aquel día solemne
del retorno del exilio, se pone en pie para recibir el libro de la Ley que Esdras abre sobre un
estrado de madera (cf. Neh 8,5).
Ante el trono y el Cordero hay una muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de pie,
cantando (cf. Ap 7,9) y ante el trono estarán de pie los muertos, pequeños y grandes, cuando
se abra e libro de la vida (cf. Ap 20,12).
El Señor estará en pie, dominando, gobernando y pastoreando a Israel (cf. Mq 5,3). Cristo
resucitado se aparece de pie a María Magdalena (Jn 20,14) como vencedor que se ha
acostado, dormido y que se puede levantar sobre la muerte, y de pie, en medio de los
apóstoles, se presenta Jesús en medio del Cenáculo (cf. Jn 20, 19). Esteban ve a Jesús, de
pie, a la derecha de Dios (cf. Hch 7,55-56), reconociendo su señorío y divinidad. Es Cristo
el Cordero que está de pie delante del trono (Ap 5,6), el Cordero “que estaba de pie sobre
el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabados en la frente su
nombre y el nombre de su Padre” (Ap 14,1).
La Iglesia celebró de pie la liturgia: de pie el sacerdote eleva las oraciones a Dios y así
pronuncia la gran plegaria eucarística, sacrificial, porque de pie se ofrece el Sacrificio; y de
pie asisten y oran los fieles[1].
En razón del tiempo pascual y los domingos, los fieles nunca se arrodillarán ni para las
oraciones ni para las letanías de los santos sino que permanecen en pie sin ningún signo
penitencial: orar de pie es lo propio del tiempo pascual (y de los domingos). El Concilio de
Nicea determinó:
“Sobre el rezar de rodillas.
Ya que hay algunos que se arrodillan en los días domingo y en el tiempo de pentecostés
[hoy diríamos “en tiempo pascual"] para que en todos los lugares haya un perfecta
uniformidad, le parece bien a este santo concilio que las oraciones a Dios se hagan de pie”
(cn. 20).
Por eso los cristianos no deben ayunar durante este tiempo pascual ni orar de rodillas
(Tertuliano, De corona, 3). O san Basilio Magno: “No sólo porque hemos resucitado con
Cristo y debemos buscar las cosas de arriba traemos a nuestra memoria, estando de pie
mientras oramos en el día consagrado a la resurrección, la gracia que nos ha sido dada sino
porque ese día parece ser en cierto modo la imagen del siglo venidero” (De Spir. Sanc.,
27,66). En el Occidente cristiano, será san Ireneo de Lyon el que enseñe que “la costumbre
de no arrodillarnos durante el día del Señor es un símbolo de la resurrección por la que,
gracias a Cristo, hemos sido liberados de los pecados y de la muerte, que por él fue
destruida”[2].
Durante la celebración eucarística, se participa estando de pie en los siguientes momentos,
a tenor del Misal:
“Los fieles están de pie
-desde el principio del canto de entrada, o bien, desde cuando el sacerdote se dirige al altar,
hasta la colecta inclusive;
-al canto del Aleluya antes del Evangelio;
-durante la proclamación del Evangelio;
-mientras se hacen la profesión de fe y la oración universal;
-además desde la invitación Orad, hermanos, antes de la oración sobre las ofrendas, hasta
el final de la Misa” (IGMR 43), excepto durante la consagración y después de la Comunión,
como veremos en su momento.
Si atendemos a la Liturgia de las Horas, Todos los participantes estarán de pie:

a) durante la introducción del Oficio (Invitatorio) y la invocación inicial de cada Hora (Dios
mío, ven en mi auxilio);
b) mientras se dice el himno;
c) durante el cántico evangélico (Benedictus, Magnificat, Nunc dimittis);
d) mientras se dicen las preces, el Padrenuestro y la oración conclusiva
e) también estarán de pie al canto del Te Deum[3] y, en el oficio de Vigilias, a la lectura del
Evangelio dominical[4].
En las celebraciones sacramentales, todos estarán de pie en el rito sacramental
(consentimiento matrimonial, imposición de manos, unción del altar, etc.) y durante la
plegaria solemne (plegaria de ordenación, dedicación de iglesias, etc.).
Vigilantes y orantes, de pie recibimos al Señor, le escuchamos, oramos y asistimos a la
Gracia del Misterio que se hace presente en el Sacramento, en cada Sacramento.
[1] El mismo Canon romano dice “et omnium circumstantium”, es decir, y “de todos los que
están de pie alrededor”, aunque la traducción oficial mutila el sentido: “y de todos los aquí
reunidos, cuya fe y entrega…”. El antiguo testimonio del apologeta san Justino lo avala:
“Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a continuación, como ya
dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside
pronuncia con todas sus fuerzas preces y acciones de gracias, y el pueblo responde
«Amén»” (I Apol., 67).
[2] S. Ireneo, Fragm. 7 de un tratado sobre la Pascua (PG 6,1364-1365).
[3] Cf. Caeremoniale episcoporum, 216.
[4] Cf. IGLH 263-264.
El altar

El altar de la Nueva Alianza es la cruz del Señor, de la que manan los sacramentos del
Misterio Pascual. Sobre el altar, que es el centro de la Iglesia, se hace presente el sacrificio
de la cruz bajo los signos sacramentales. El altar es también la mesa del Señor, a la que el
Pueblo de Dios es invitado. En algunas liturgias orientales, el altar es también símbolo del
sepulcro (Cristo murió y resucitó verdaderamente) (Catecismo de la Iglesia, nº 1182).
La mesa no debe ser alargada, sino más bien cuadrada o ligeramente rectangular, digna y
elegante, de acuerdo con la forma tradicional… Conviene que la base del altar descanse
sobre una grada, que ha de ser de tal extensión que rodee por igual todos los lados del altar
y permite circular cómodamente sobre ella (SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA,
Ambientación y arte en el lugar de la celebración, 1987, nº 12).
El altar es la mesa, la mesa del Señor en la casa de Dios. Ver el altar exclusivamente como
“ara del sacrificio” es propio de todas las religiones; verlo también como “Mesa del Señor”
es propio del cristianismo (el mantel es propio de la mesa donde se come, no del ara de
sacrificios…). “El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos
sacramentales, es, además, la mesa del Señor, para cuya participación es convocado en la
Misa el pueblo de Dios; es también el centro de la acción de gracias que se realiza en la
Eucaristía” (IGMR, n. 296).
Características del altar.-
a) El altar debe ser y aparecer como una mesa santa.
b) El altar debe estar separado de la pared para celebrar de cara al pueblo y poder
circundarlo, especialmente en la incensación.
c) El altar debe ser el centro de atención de toda la asamblea. Su lugar más querido,
está en el centro del presbiterio; más importante que cualquier imagen o cuadro…
d) El altar debe ser único y dedicado sólo a Dios. Un solo altar (o, como mucho, uno
para celebrar los días feriales).
e) Sobre el altar no debe haber imágenes ni reliquias. Sí las reliquias al pie del altar,
bajo el altar.
f) El altar, consagrado, o al menos bendecido.
g) El altar debe ser de piedra natural o de otra materia noble, porque significa a
Cristo, piedra angular de la Iglesia.
Disposición del altar.-
Para que el altar aparezca sobre todo como mesa no es conveniente que presente la forma
de un rectángulo exageradamente alargado; más bien, cuadrado, sin ser exageradamente
grande.
El altar debe tener su realce. Un escalón o una tarima propia, su alfombra festiva, etc… El
altar se debe cubrir para la Eucaristía, banquete pascual, con un mantel, grande,
proporcionado al estilo del altar y grandes manteles de las grandes fiestas: ¡el convite
pascual de Jesucristo!, siempre con elegancia, estilo y discreción. El mantel siempre ha de
ser blanco (distinto del antipendio o paño con el que se reviste en días solemnes y encima
el mantel).
La cruz de la celebración sobre o junto al altar, al igual que los candeleros. Todo también
en proporción con las dimensiones del altar. Una cruz bien visible, significativa, que atraiga
las miradas de todos y manifiesten cómo la cruz y el altar están unidos en la identidad del
mismo sacrificio, difiriendo sólo en la modalidad de su realización: cruento en el Calvario,
incruento y sacramental en el altar. Atendíamos así a IGMR, 3º ed.: “También se ha de
cuidar con todo esmero cuanto se relaciona directamente con el altar y con la celebración
eucarística, como son, por ejemplo, la cruz del altar y la cruz procesional” (n. 350).
El altar jamás ha estado en las distintas tradiciones y familias litúrgicas en el centro de la
nave rodeado de bancos de los fieles. Eso destaca el nivel únicamente de la “comensalidad”
y es una disposición del lugar nueva y no excesivamente acertada.
El altar, que nunca ha tenido grandes dimensiones, estaba situado en el ámbito del
“santuario", en el “ábside". Posee mucho simbolismo. El santuario presidido por una gran
cruz y bóveda, lo circular, es el ámbito de Dios, perfecto. La nave, el lugar de todos los fieles,
es cuadrado, limitado y desemboca en lo divino (lo circular). Es además la línea de la
peregrinación: se camina hacia el altar y la cruz, término de la peregrinación terrena.
El altar situado en el santuario (presbiterio) con su bóveda-cúpula es signo del altar del cielo,
del que habla el Apocalipsis, por eso se rodea de las grandes pinturas de la Gloria, o de los
iconos de los santos. Todos los fieles en la misma dirección miran al altar terreno esperando
participar del Altar del cielo.
Esta sí sería la disposición correcta si nos atenemos a nuestra Tradición.
Uso del altar.-
El altar se besa al principio y al final de la Santa Misa así como en la Liturgia de las Horas.
Durante la Misa, el sacerdote sólo estará en el altar desde el ofertorio hasta terminar la
purificación de los vasos sagrados, si bien puede en el altar recitar la oración de
postcomunión e impartir la bendición. Los ritos iniciales nunca se hacen desde el altar, sino
desde la sede (saludo, acto penitencial, Gloria, oración colecta). La homilía tampoco se hace
en la mesa de altar, sino en su lugar propio (en la sede de pie o sentado, o en el ambón).
Sobre el altar sólo se colocan las ofrendas de pan y de vino; las ofrendas de otro tipo
(económicas, de alimentos, etc.) se colocan al pie del altar. Es indigno ver -cuando las
ofrendas son ya cualquier cosa- ver el altar convertido en un expositor de libros, programas
pastorales, carteles, etc. ¡El altar es santo!
Nunca puede estar la materia del sacrificio sobre el altar antes del ofertorio, desde antes de
la Misa (ni patena, ni cáliz, ni lavabo…) sino que estarán en la mesa auxiliar llamada
credencia.

Más posturas corporales para participar (VIII)

b) Sentados
La postura de estar sentados, juntos, a la vez, es otro modo de participar activamente en la
liturgia y es expresión de nuestro interior orante.
Es una postura relajada, cómoda, que tiende a que podamos recogernos mejor y estar
disponibles para una escucha atenta. Favorece el silencio. Sentados también esperamos y
aguardamos la salvación que siempre nos viene de Dios, nunca de nosotros mismos.
Sentados lloraban ante el Señor los hijos de Israel: “los hijos de Israel y todo el pueblo
subieron a Betel. Allí lloraron sentados ante el Señor. Aquel día ayunaron hasta el
atardecer” (Jue 20,26), “sentados ante Dios” (Jue 21,2).
Quienes gobiernan (1R 1,46; 22,10; Est 5,1), quienes juzgan, como ancianos (Rut 4,4) o
como jueces (Ex 18,13; Jr 26,10; Ez 8,1; Hch 16,15; Mt 27,19; Hch 25,6), y quienes enseñan
están sentados como expresión de su autoridad “en la cátedra de Moisés” (Mt 23,2). Reinar
es estar sentado en el trono como señorío y dominio (1R 1,48; 3,6; Prov 20,8).
Dios mismo está sentado en su trono para juzgar (cf. 1R 22,19; Is 6,1; 40,22; Mt 23,22), “el
Señor se sienta como rey eterno” (Sal 28,10), “Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta
en su trono sagrado” (Sal 46) “sentado sobre querubines, vacile la tierra” (Sal 98).
Jesús será el verdadero Hijo de David, que “se sentará en el trono de David, padre, reinará
sobre la casa de Jacob para siempre” (Lc 1,26ss). Junto al Señor, el Cordero degollado,
están sentados los veinticuatro ancianos que reinan junto a Él (Ap 4,4; 11,16). Cristo está
sentado a la derecha del Padre (Mc 16,19; Col 3,1): el Señor triunfante (Ap 3,21; 7,10; 21,5).
Y vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos: “se sentará en el trono de su gloria y
serán reunidas ante él todas las naciones” (Mt 25,31).
Para enseñar como maestro y para estar atentos como discípulos, la postura sentada es la
más expresiva; en un caso, el del maestro, por autoridad delante de los discípulos; en el
otro caso, para escuchar atentamente, dócilmente.
Como auténtico Maestro, Jesús enseña sentado a sus apóstoles en casa (Mc 9,35) y en
una montaña (Mt 24,3), y se sienta en el monte para predicar a sus discípulos (Mt 5,1);
sentado en la barca, enseña a la multitud que está en la orilla (Mt 13,1-3) y sentado en la
montaña va curando a la multitud de enfermos que le acercan (Mt 15,29s). En la sinagoga,
Jesús enseña, predica, sentado (Lc 4,20).
Alrededor de Jesús, la multitud estaba sentada pendiente de sus palabras (Mc 3,32) y
ejemplo y tipo de docilidad y escucha obediente será María, hermana de Marta,
que “sentada a junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (Lc 10,39).
Los apóstoles mismos se sientan el sábado en la sinagoga para escuchar la ley y los
profetas antes de intervenir, anunciando a Jesucristo (Hch 13,14). El paralítico de Listra
escuchaba sentado hablar a Pablo (Hch 14,9) así como los fieles de Tróade (Hch 20,9).
En la liturgia hoy tanto los fieles como el sacerdote se sientan en diversos momentos de la
liturgia participando así de la acción común, pero con valor y sentido distintos.
Los fieles en la liturgia están sentados para orar, meditar en silencio o escuchar más
atentamente las lecturas bíblicas y la homilía. Dice la Ordenación del Misal:
“En cambio, estarán sentados mientras se proclaman las lecturas antes del Evangelio y el
salmo responsorial; durante la homilía y mientras se hace la preparación de los dones para
el ofertorio; también, según las circunstancias, mientras se guarda el sagrado silencio
después de la Comunión” (IGMR 43).
En la Liturgia de las Horas, todos estarán sentados durante la salmodia, para la escucha de
las lecturas, para la homilía y además, en el Oficio de Vigilias, para los cánticos. En las
demás celebraciones sacramentales, permanecerán los fieles sentados durante los
escrutinios o interrogatorios (Profesión solemne, Ordenación, matrimonio).
Fundamentalmente, sentados escuchamos las Palabras divinas, las lecturas de la Escritura,
por las que Dios continúa hablando a su pueblo y Cristo sigue anunciando el Evangelio[1].
La Palabra de Dios debe ser acogida con fe y docilidad, en clima meditativo: “La liturgia de
la palabra debe celebrarse de tal manera, que favorezca la meditación; por eso se ha de
evitar toda clase de prisa, que impide el recogimiento. El diálogo entre Dios y los hombres,
que se realiza con la ayuda del Espíritu Santo, requiere breves momentos de silencio,
adecuados a la asamblea presente, para que en ellos la palabra de Dios sea acogida
interiormente y se prepare una respuesta por medio de la oración” (OLM 28); sin duda, estar
sentados es lo más conveniente para esta interiorización.
“Por medio de la palabra de Dios escuchada y meditada, los fieles pueden dar una respuesta
llena de fe, esperanza y amor, de oración y de entrega de sí mismos, no sólo durante la
celebración de la Misa, sino también en toda su vida cristiana” (OLM 48).
Los fieles reproducen aquello mismo que María hizo en Betania: estar a los pies del Señor,
sentados, para escuchar su Palabra.
Por su parte, aquel que preside, obispo o sacerdote, reproducirá a Cristo Maestro que
sentado en medio de sus hermanos, enseña, instruye y exhorta. La sede del sacerdote -¡y
cuánto más la cátedra del Obispo!- posee un valor simbólico, no meramente funcional: es
algo más que un asiento para que se siente como todos. La sede es el signo del mismo
Cristo, Cabeza y Maestro, que un día vendrá con gloria y se sentará para juzgar a vivos y
muertos.
“La sede del sacerdote celebrante debe significar su ministerio de presidente de la
asamblea y de moderador de la oración. Por lo tanto, su lugar más adecuado es vuelto hacia
el pueblo, al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio u otra circunstancia
lo impidan, por ejemplo, si por la gran distancia se torna difícil la comunicación entre el
sacerdote y la asamblea congregada, o si el tabernáculo está situado en la mitad, detrás del
altar. Evítese, además, toda apariencia de trono. Conviene que la sede se bendiga según
el rito descrito en el Ritual Romano, antes de ser destinada al uso litúrgico.
Asimismo dispónganse en el presbiterio sillas para los sacerdotes concelebrantes” (IGMR
310)
La sede del sacerdote debe tener su relieve, destacada, sin que quede ocultada por el altar,
sino elevada. Además es única, y, por tanto, es reprobable la costumbre de disponer tres
sillones exactamente iguales juntos; como signo de Cristo Cabeza y Maestro, la sede del
sacerdote es única en su forma y realce, y los demás concelebrantes y ministros deben
disponer de asientos funcionales, discretos. “La sede (cátedra) del obispo o del sacerdote
debe significar su oficio de presidente de la asamblea y director de la oración” (CAT n. 1184).
En la sede, el sacerdote eleva las oraciones a Dios, moderando la oración de los fieles,
entona la alabanza divina (el Gloria) y también en la sede puede, y es más significativo,
realizar la homilía, ya sea sentado o de pie: “El sacerdote celebrante dice la homilía desde
la sede, de pie o sentado, o desde el ambón” (OLM 26). En la sede, al final de la Misa, recita
la última oración e imparte la bendición.
Por su parte, el Obispo en su cátedra realiza las grandes acciones sacramentales como
ungir con el santo crisma en la Confirmación, o el rito de Ordenación ya sea de diáconos,
ya sea de presbíteros.
Algo tan sencillo como sentarse, juntos, a la vez, es ya participar en la acción litúrgica:
primero por el valor de las posturas comunes de todos, que expresan la unidad, y segundo
por lo que suponen y conllevan de oración, meditación, recogimiento, escucha y
disponibilidad ante la Palabra (lecturas y homilías), ante la presencia de Cristo (después de
comulgar), ante la oración eclesial (la salmodia en la Liturgia de las Horas).

[1] Cf. SC 33.

De rodillas, postura para participar (IX)

c) De rodillas
En la liturgia, hay distintos momentos en que todos los fieles se ponen de rodillas. Es un
modo de participación exterior, activa, en que el cuerpo nos ayuda a vivir las realidades
interiores. Así, de rodillas, se pide perdón, se ruega, se hace penitencia y de rodillas también
se adora.
Por eso participar es también ponerse de rodillas en los momentos que la liturgia prescribe.
Una súplica intensa y urgente queda reforzada con la actitud humilde de quien se arrodilla,
humillándose, para lograr ser escuchado (cf. 2R 1,13). Es también el gesto de quien invoca
a Dios, le suplica, eleva sus preces: Salomón reza una larga plegaria ante el altar del
Señor “donde había estado arrodillado con las manos extendidas hacia el cielo” (1R 8,54);
Daniel, “se ponía de rodillas tres veces al día, rezaba y daba gracias a Dios como solía
hacerlo antes” (Dn 6,11); Ana se postra ante el Señor pidiendo un hijo (1S 1,19; 1,28).
Ante Jesús mismo, el padre del paralítico implora la curación de su hijo “cayendo de
rodillas” (Mt 17,14-15) y también del leproso que pide su sanación “suplicándole de
rodillas” (Mc 1,40), así como un jefe de los judíos “se arrodilló ante él” pidiendo la curación
de su hija a la que, finalmente, resucitó porque ya había fallecido (cf. Mt 9,18-26). El mismo
Cristo, en su angustia ante la muerte, reza de rodillas al Padre en Getsemaní (cf. Lc 22,41)
y el apóstol Pedro reza de rodillas antes de resucitar a Tabita (cf. Hch 9,40). En la playa de
Tiro, antes de despedirse Pablo y embarcar, todos se arrodillan y rezan (cf. Hch 21,5).
La petición de perdón, suplicando misericordia, se hace también de rodillas, como gesto
penitencial elocuente y claro. Esdras invoca así el perdón de Dios: “con mi vestidura y el
manto rasgados, me arrodillé, extendí las palmas de mis manos hacia el Señor, mi Dios, y
exclamé: ‘Dios mío estoy avergonzado y confundido…’” (Esd 9,5-6; 10,1). Junto a las
lamentaciones y el ayuno, postrarse de rodillas es uno de los gestos penitenciales ante Dios
(2M 13,12). De rodillas tiene mayor fuerza la súplica del perdón, como aparece en la
parábola en que el rey ajusta cuentas con dos de sus criados y uno de ellos, después, no
tiene misericordia con el otro (cf. Mt 18,21-34).
La adoración está vinculada espontáneamente al gesto de arrodillarse, de modo que uno se
empequeñece ante la grandeza de Dios, a quien se reconoce como Único y Santo. La
adoración busca un modo de expresarse ante Dios y la liturgia lo ha hallado, en el rito
romano, y en la piedad personal, mediante la postura de rodillas.
Cuando pasa el Señor y cubre con su mano a Moisés, éste “cayó de rodillas y se postró” (Ex
34,8) ante la majestad de Dios y el pueblo entero “se postró en señal de adoración” ante la
promesa de liberación de Dios (Ex 4,31). El profeta Elías sube hasta el monte Carmelo
buscando al Dios vivo e implorando la lluvia, “para encorvarse hacia tierra, con el rostro
entre las rodillas” (1R 18,42). Doblar las rodillas ante Dios es reconocer su señorío, sin
embargo doblarlas ante los ídolos es hacerse esclavo de ellos y recibir el rechazo de Dios
(cf. 1R 19,18).
En adoración, el pueblo está de rodillas mientras se ofrece el holocausto, y terminado éste,
el rey y los sacerdotes también se postran: “toda la comunidad permaneció postrada hasta
que se consumió el holocausto; se cantaban cánticos y sonaban las trompetas. Consumido
el holocausto, el rey y su séquito se inclinaron y adoraron”(2Cron 29,28-29). Ante Dios “se
doblará toda rodilla” (Is 45, 23), ante El “postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor,
creador nuestro” (Sal 94). A Dios le adora el pueblo de Israel postrándose ante Él (Jdt 6,18;
13,17).
En la Iglesia, quienes participen en la asamblea litúrgica y oigan los cantos, vean las
profecías, escuchen el don de lenguas, etc., caerá de rodillas adorando a Dios, postrado,
reconociendo la presencia de Dios (cf. 1Co 14,24-25). San Pablo, “dobla sus rodillas”(Ef
3,14) ante el Padre por su designio de salvación y la revelación que nos ha entregado y al
nombre de Jesús, exaltado a la derecha del Padre, “toda rodilla se doble” (Flp 2,10), como
fue adorado por los Magos que “de rodillas” le entregaron sus dones: oro, incienso y mirra
(Mt 2,11); después de la tempestad calmada, los discípulos en la barca “se postraron ante
él diciendo: ‘Realmente eres Hijo de Dios’” (Mt 14,33) reconociendo su divinidad. En el cielo,
la liturgia celestial del Apocalipsis, los veinticuatro ancianos de rodillas, se postran, adorando
(cf. Ap 4,10; 5,8).
La Iglesia naciente asumió pronto la postura de orar de rodillas:
“Lucas, en cambio, afirma que Jesús oraba arrodillado [en Getsemaní]. En los Hechos de
los Apóstoles, habla de los santos, que oraban de rodillas: Esteban durante su lapidación,
Pedro en el contexto de la resurrección de un muerto, Pablo en el camino hacia el martirio.
Así, Lucas ha trazado una pequeña historia del orar arrodillados de la Iglesia naciente. Los
cristianos, al arrodillarse, se ponen en comunión con la oración de Jesús en el Monte de los
Olivos. En la amenaza del poder del mal, ellos, en cuanto arrodillados, están de pie ante el
mundo, pero, en cuanto hijos, están de rodillas ante el Padre. Ante la gloria de Dios, los
cristianos nos arrodillamos y reconocemos su divinidad, pero expresando también en este
gesto nuestra confianza en que él triunfe” (Benedicto XVI, Homilía en la Misa in Coena
Domini, 5-abril-2012).
Todos estos significados se entrecruzan y se realizan en la liturgia.
En el rito romano y sólo en este, la piedad desembocó en adoptar la forma de rodillas para
la adoración en el momento central de la Misa, la consagración, después de muchos siglos,
como un elemento nuevo. A raíz de las controversias eucarísticas del siglo XI y el
incremento de la piedad eucarística en el s. XIII, la inclinación profunda de los fieles, que
era y es el signo más tradicional, fue muy poco a poco sustituida por la postura de rodillas
en la consagración; el ordo missae de Burcardo (1502) pide a los fieles que se arrodillen y
de ahí pasó, fácilmente al Misal de san Pío V.
Ahora, en el rito romano, de rodillas participamos en la Misa durante la consagración, y es
obligatorio para todos los fieles y ministros (diáconos, acólitos):
“estarán de rodillas, a no ser por causa de salud, por la estrechez del lugar, por el gran
número de asistentes o que otras causas razonables lo impidan, durante la consagración.
Pero los que no se arrodillen para la consagración, que hagan inclinación profunda mientras
el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración” (IGMR 43).
También se puede estar de rodillas para recibir la Comunión:
“No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado, ni
mucho menos pasarlo de mano en mano entre ellos. Los fieles comulgan estando de rodillas
o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando
de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la
cual debe ser determinada por las mismas normas” (IGMR 160).
En los demás ritos occidentales y sobre todo orientales, tanto en la consagración (la
plegaria eucarística entera) como en la comunión, los fieles están de pie, pero con
inclinaciones profundas de adoración, siguiendo el uso más tradicional y primitivo.
Una acción litúrgica propia y original del rito romano es la exposición del Santísimo y la
bendición eucarística, de tanta raigambre y beneficio espiritual Su carácter de adoración
y culto a Jesucristo presente real y sustancialmente se expresa con la postura de rodillas.
Cuando se expone el Santísimo, los fieles están arrodillados y transcurrido el tiempo de la
adoración, el sacerdote o diácono se acerca, hace genuflexión sencilla y a continuación, de
rodillas, inciensa el Sacramento; tras rezar una oración, hace genuflexión e imparte la
Bendición con el Santísimo. Todos mientras permanecen de rodillas (cf. RCCE 97).
El Viernes Santo, todos se arrodillan cuando se desvela la cruz en tres veces, en señal de
adoración[1].
Y de rodillas se cantará “Et incarnatus est” en el Credo del día de la Natividad del Señor y
de la Anunciación[2], adorando el Misterio, así como de rodillas estarán todos, en silencio,
cuando leída la Pasión el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, se llega al versículo en
que Jesús expira[3].
Distinto sentido tiene estar de rodillas penitencialmente. La Iglesia conoció desde el
principio este uso, y lo prohibió expresamente en los domingos y en todo el tiempo pascual.
Y oró de rodillas en señal de penitencia y aún hoy continúa. El sacramento de la Penitencia,
al menos en el momento de la absolución en la Forma A, se recibe de rodillas, mientras el
sacerdote impone las manos al recitar la fórmula de la absolución. También en la Forma B,
celebración comunitaria de la penitencia con confesión y absolución individual, cuando
todos juntos piden perdón a Dios antes del Sacramento, el diácono invita a todos a ponerse
de rodillas (o profundamente inclinados) para recitar el “Yo confieso…” y las peticiones de
perdón o letanías penitenciales (RP 27).
En cierto sentido es igualmente penitencial, en el rito romano, el inicio de la acción litúrgica
de la Pasión del Señor en el Viernes Santo; mientras el sacerdote se postra por completo
en el suelo, delante del altar, en profundo silencio –no hay canto de entrada-, todos los fieles
se ponen de rodillas y oran a Dios: “El sacerdote y los ministros, hecha la debida reverencia
al altar, se postran rostro en tierra; esta postración, que es un rito propio de este día, se ha
de conservar diligentemente por cuanto significa tanto la humillación “del hombre terreno",
cuanto la tristeza y el dolor de la Iglesia. Los fieles durante el ingreso de los ministros están
de pie, y después se arrodillan y oran en silencio”[4].
También la oración común y súplica se expresa con la postura arrodillada: las letanías de
los santos en las Ordenaciones y profesiones religiosas se cantan estando todos de rodillas
–y los candidatos postrados por completo en el suelo- excepto los domingos y los cincuenta
días de Pascua[5]. La serie de oraciones en el Viernes Santo, después de la lectura de la
Pasión, son un vestigio, un testigo, del modo en que el rito romano desarrolló la oración de
los fieles u oración universal. Un diácono enunciaba la intención, a continuación se invitaba
a la oración silenciosa de rodillas (“Pongámonos de rodillas”, “Flectamus genua”),
transcurrido un lapso de tiempo se invitaba a ponerse de pie (“Poneos en pie”, “Levate”), y
el sacerdote rezaba la oración[6]. Lo mismo habría que decir, antiguamente, para los
dípticos de la Misa hispano-mozárabe donde se recitaban y los fieles se arrodillaban
reforzando la plegaria común.
La postura arrodillada concentra la súplica interior y la recepción del Don de Dios. De rodillas
recibe el candidato la imposición de manos del Obispo en la ordenación y de rodillas
permanecerá mientras se reza la plegaria de ordenación[7]. Los nuevos profesos de rodillas
permanecerán mientras se reza la solemne plegaria de profesión[8] e igualmente en el rito
de consagración de vírgenes[9]. Los nuevos esposos, en el sacramento del Matrimonio,
después del Padrenuestro se pondrán de rodillas y el sacerdote con las manos extendidas
sobre ellos recitará la solemne plegaria de bendición nupcial[10].
¿Qué es participar y cómo logramos que todos participen? Entre otras cosas, con las
posturas corporales durante la celebración. Así, participar, es también ponerse de
rodillas en los momentos en que la liturgia lo prescribe y no quedarse de pie.
Será también un modo de participación más intenso para quienes reciben un sacramento
(ordenación, matrimonio, penitencia…) o una consagración (profesión, consagración de
vírgenes…) sin necesidad de buscar e introducir elementos añadidos para que “participen
más”. Orar de rodillas, pedir perdón de rodillas o adorar juntos de rodillas son
elementos para la participación de los fieles en la liturgia de manera interior y exterior,
activa, consciente.

[1] Caeremoniale episcoporum (: CE), 321. 322.


[2] CE, 143.
[3] CE, 273.
[4] Cong. Culto Divino, Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, n.
65.
[5] Cf. CE, 507, 529, 580…
[6] “La Conferencia Episcopal pueden establecer una aclamación del pueblo antes de la
oración del sacerdote o determinar que se conserve la tradicional monición del diácono:
Pongámonos de rodillas, y: Podéis levantaros, con un espacio de oración en silencio que
todos hacen arrodillados” (MR, Viernes Santo, n. 11).
[7] CE 509-510; 531-533.
[8] CE 762. 783.
[9] CE 733.
[10] Ritual del Matrimonio, n. 81. 112.

El ambón

El ambón: La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un sitio reservado
para su anuncio, hacia el que, durante la liturgia de la Palabra, se vuelva espontáneamente
la atención de los fieles” (Catecismo de la Iglesia, nº 1184).
En la iglesia ha de haber, de conformidad con su estructura y en proporción y armonía con
el altar un lugar elevado y fijo (no un simple atril), dotado de la adecuada disposición y
nobleza, que corresponda a la dignidad de la palabra de Dios… El ambón debe tener
amplitud suficiente, ha de estar bien iluminado… Después de la celebración, puede
permanecer el leccionario abierto sobre el ambón como un recordatorio de la palabra
proclamada (SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Ambientación y arte en el lugar
de la celebración, 1987, nº 15).
La identidad de nuestras iglesias cristianas tiene, además del altar y de la sede, un tercer
elemento, cuya importancia significativa puede parangonarse con los dos ya mencionados:
el ambón o lugar de la Palabra.
El uso postconciliar que ha aumentado el número de lecturas bíblicas y el mayor uso de las
Escrituras ha influido en la mentalidad bíblica de las asambleas litúrgicas. Pero esta
adquisición de lo que representa la Palabra en la liturgia debe manifestarse también, no sólo
en la forma de proclamar las lecturas, sino incluso en la materialidad del lugar desde donde
éstas se leen en asamblea litúrgica.
Características del ambón
1. El ambón es un lugar, no un mueble. No son tolerables un facistol, o un pequeño atril que
se mueve y se cambia de lugar. Establece más bien la actual liturgia que sea un lugar,
amplio para estar incluso dos lectores, cuyo caso típico sería la lectura de la Pasión (cronista
y sinagoga):
Ha de haber un lugar elevado, fijo… que corresponda a la dignidad de la palabra de Dios[1].
De la misma manera que a través de la visión constante de la mesa del Señor se ha de ir
captando cómo todo el anuncio evangélico tiende al festín pascual, profecía de la fiesta
eterna, así la presencia destacada y permanente de un lugar elevado ante la asamblea debe
ir recordando al pueblo que cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es el mismo
Señor el que está hablando a su pueblo (SC 7). Con ello irá calando en la comunidad que
la liturgia cristiana tiene dos partes imprescindibles: la palabra y el sacramento; a estas dos
partes corresponden el lugar de la palabra y la mesa del Señor.
2. No es un mueble que se quita y se pone. No se traslada a un rincón cuando acaba la
celebración. Queda en su sitio igual que el altar, destacando los dos polos de la celebración,
los dos polos de la vida cristiana.
3. Con suficiente separación de la sede y del altar. Pegado a la sede pierde relieve. Los
espacios en el presbiterio deben ser amplios y cómodos, que se distingan visualmente.
4. Debe ser fijo. Pegado al suelo, de material noble. Si no hay más remedio que tener un
atril, que sea digno, encima de una tarima, con una alfombra, paños, flores… es un lugar
privilegiado de la presencia del Señor.
5. Visibilidad. Durante la liturgia de la Palabra la asamblea no sólo debe oír bien al lector,
sino también verlo con facilidad. Debe tener, al menos, un escalón propio, que sea un lugar
elevado, que se domine a la asamblea bien, y que el lector no quede oculto tras la atrilera
con el leccionario.
6. Adornado. El ambón merece cariño y cuidado: paños según los colores litúrgicos,
flores… El adorno más expresivo del ambón, cuando éste es una construcción fija, lo
constituye el candelabro del cirio pascual. Éste, en efecto, debe colocarse siempre junto al
ambón, nunca cerca del altar. Evidentemente, que, si seguimos esta opción, aunque el
candelabro permanezca habitualmente junto al ambón, el cirio, en cambio, sólo estará allí
durante la Pascua. Este aparecer sólo durante los días de Pascua la columna con su cirio
puede ser una manera muy expresiva de significar que la Iglesia tiene su centro en Pascua
y que en ningún otro tiempo se siente plenamente realizada como durante la cincuentena
pascual.

Para un uso expresivo del ambón.-


Lo más propio para el ambón es
a) proclamar los textos bíblicos: las lecturas bíblicas, el canto del salmo responsorial.
b) El canto del Pregón Pascual es el único texto no bíblico que, desde la más remota
antigüedad se canta desde el ambón.
Menos propio, aunque permitido:
a) Hacer la homilía. Lo más expresivo es desde la sede, pero se puede hacer desde el
ambón, aunque se corre el riesgo de equiparar la homilía con la misma Palabra de Dios.
b) Las preces: es preferible “otro lugar", tal vez un atril auxiliar. Pero también el diácono las
puede hacer desde el ambón.
Nunca en el ambón (pero sí desde un atril auxiliar, discreto y pequeño):
a) Las moniciones: son palabras de la asamblea a la misma asamblea. Su lugar no es el
sitio de la única Palabra.
b) Dirección de cantos
c) Avisos al pueblo.
d) Oraciones presidenciales
e) Rosario, viacrucis, devociones, ejercicios del triduo, etc…

[1]En esta misma óptica, el reciente documento “Conciertos en las iglesias” insiste en que
el ambón no debe retirarse de su lugar cuando el Ordinario permite usar excepcionalmente
una iglesia para un concierto. (cf. ORACIÓN DE LAS HORAS, febrero, 1988, pág. 49.).

Inclinaciones, postura para participar (X)

Prosiguiendo con los gestos y posturas corporales, veremos cómo su variedad permiten
expresar en cada momento los sentimientos interiores, el afecto y la devoción, celebrando
la liturgia. El cuerpo se expresa en la liturgia a la vez que permite crear disposiciones
internas para un culto verdadero.
Así, participar es estar de pie, sentados, de rodillas… según lo requiere cada parte de la
liturgia. Esta participación es sencilla e implica estar atentos y conscientes en la celebración
litúrgica, buscando además la unidad en gestos, posturas, palabras y oraciones de todo el
pueblo cristiano.
d) Inclinaciones
La liturgia lleva al hombre a inclinarse ante Dios, reconociéndole y adorándole. No es la
postura erguida, de dura cerviz que le cuesta inclinarse ante Dios, sino la del hombre que
se inclina, que adora, que se hace pequeño porque él mismo es pequeño ante la grandeza
de Dios.
Es, pues, un modo de adorar al Señor. El criado de Abraham, al encontrar a Rebeca, “se
inclinó en señal de adoración al Señor” (Gn 24,26). Los levitas, a petición del rey Ezequías
alabaron al Señor con canciones de David, “lo hicieron con júbilo; se inclinaron y
adoraron” (2Cron 29,30).
Es también un modo reverente de saludar a alguien superior o más importante, o
simplemente una deferencia cortés, como Abraham ante los hititas para dirigirles su discurso
(Gn 23,7) o los hijos de Jacob ante José en Egipto que “se inclinaron respetuosamente” (Gn
43,28). Betsabé saluda al rey David inclinándose ante él y luego postrándose (cf. 1R 1,16)
y Betsabé es saludada con una inclinación por su hijo el rey Salomón (1R 2,19). Ya aconseja
el Eclesiástico: “Hazte amar por la asamblea, y ante un grande baja la cabeza” (Eclo 4,7).
Inclinarse es siempre signo de condescendencia, de bondad. Dios mismo se inclina hacia
el hombre que le grita en el peligro: “Inclinó el cielo y bajó, con nubarrones debajo de sus
pies” (Sal 17,10); “él se inclinó y escuchó mi grito” (Sal 39,2). Dios se inclina, como una
madre hacia su pequeño, cuidando a Israel: “fui para ellos como quien alza un niño hasta
sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer” (Os 11,4).
El orante suplica que Dios se incline o que incline su oído a la súplica: “inclina el oído y
escucha mis palabras” (Sal 16,6), “inclina tu oído hacia mí; ven aprisa a librarme” (Sal
30,3), “inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado” (Sal 85,1).
Un hombre bueno, imitando la condescendencia de Dios, inclinará su oído ante el pobre que
le suplica: “Inclina tu oído hacia el pobre, y respóndele con suaves palabras de paz” (Eclo
4,8). Jesús mismo, viendo a la suegra de Simón con fiebre, “inclinándose sobre ella, increpó
a la fiebre” (Lc 4,39) y propone al buen samaritano como modelo, que se acerca al hombre
herido, lo toma en sus brazos y lo monta en su propia cabalgadura (cf. Lc 10,34).
Y quien se resiste a inclinarse, es el de dura cerviz, el orgulloso y altanero, que se resiste a
Dios y que es incapaz de inclinarse hacia quien sufre con un corazón duro.
Estos valores, este sentido claro, tan visual, posee la inclinación en la liturgia: es
adoración y reconocimiento de Dios, es saludo reverente, es humildad y docilidad.
Bien hechas las distintas inclinaciones, provocan un clima espiritual, subrayan la
sacralidad de la liturgia; sin embargo, omitir las inclinaciones, hacerlas precipitadamente
y sin hondura, empobrecen el aspecto no sólo ritual, sino también espiritual, de la liturgia.
Todos los fieles participan en la liturgia cuando se inclinan profundamente en el Credo a las
palabras “Y por obra del Espíritu” hasta “y se hizo hombre” (IGMR 137).
Si por causas justificadas –estrechez del lugar, o por enfermedad- están de pie en la
consagración, harán inclinación profunda cuando el sacerdote adora cada especie con la
genuflexión: “Pero los que no se arrodillen para la consagración, que hagan inclinación
profunda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración” (IGMR 43).
En el momento de acercarse a comulgar, todos deben expresar la adoración al Señor, con
una inclinación profunda y después acercarse al ministro: “Cuando comulgan estando de
pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual
debe ser determinada por las mismas normas” (IGMR 160).
Por último, y como elemento habitual, en la oración super populum (cada día de Cuaresma)
y en la bendición solemne a la que se responde con triple “Amén”, el diácono (o el sacerdote
si no hay diácono) advierte “Inclinaos para recibir la bendición” (IGMR 186) y
todos participan inclinándose para la bendición final.
Además, todos cuantos pasan por delante del altar (o del Obispo) para proclamar una
lectura, o para hacer la colecta, etc., hacen inclinación profunda o en el momento de
entregar las ofrendas al Obispo o sacerdote, hacen inclinación.
Hay dos tipos de inclinaciones, pensando sobre todo en el sacerdote y los ministros, la
inclinación de cabeza y la inclinación profunda (de cintura). El Misal prescribe:
“Con la inclinación se significa la reverencia y el honor que se tributa a las personas mismas
o a sus signos. Hay dos clases de inclinaciones, es a saber, de cabeza y de cuerpo:
a) La inclinación de cabeza se hace cuando se nombran al mismo tiempo las tres Divinas
Personas, y al nombre de Jesús, de la bienaventurada Virgen María y del Santo en cuyo
honor se celebra la Misa.
b) La inclinación de cuerpo, o inclinación profunda, se hace: al altar, en las
oraciones Purifica mi corazón y Acepta, Señor, nuestro corazón contrito; en el Símbolo, a
las palabras y por obra del Espíritu Santo o que fue concebido por obra y gracia del Espíritu
Santo; en el Canon Romano, a las palabras Te pedimos humildemente. El diácono hace la
misma inclinación cuando pide la bendición antes de la proclamación el Evangelio. El
sacerdote, además, se inclina un poco cuando, en la consagración, pronuncia las palabras
del Señor” (IGMR 275).
También se hace inclinación profunda antes y después de incensar (al sacerdote, a los
fieles, a la cruz) exceptuando las ofrendas en el altar.
Y es costumbre antiquísima de la Iglesia, que hoy mantienen algunas Órdenes monásticas,
saludar al Santísimo en el Sagrario con una inclinación profunda (no simplemente con la
cabeza), ya que éste es el gesto más tradicional de la liturgia; el Catecismo lo recuerda:
“En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las
especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos
profundamente en señal de adoración al Señor” (CAT 1378).
Estas inclinaciones, tanto las que hacen los fieles como las que realizan los ministros en el
transcurso de la liturgia, son un medio de participación de todos.

¡Qué menos que cantar el sacerdote los textos propios!

El canto no es un añadido de la liturgia, sino que pertenece a su misma naturaleza. Es


expresión de solemnidad, de oración ferviente, de amor al Señor. Así se potencia la vida y
la espiritualidad litúrgicas.
Sería una gran reducción pensar que el canto es algo que atañe sólo al coro parroquial y
que hay canto en la Misa si hay coro, y si no, no se canta. Porque antes que los cantos que
debe entonar el coro, hay otros elementos que de por sí se pueden cantar y que
pertenecen al sacerdote, haya coro parroquial o no lo haya.
Dice la Ordenación General del Misal Romano:
40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la
Misa,atendiendo a la índole de cada pueblo y a las posibilidades de cada asamblea litúrgica.
Aunque no sea siempre necesario, como por ejemplo en las Misas feriales, cantar todos los
textos que de por sí se destinan a ser cantados, hay que cuidar absolutamente que no falte
el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo los domingos
y fiestas de precepto.
Sin embargo, al determinar las partes que en efecto se van a cantar, prefiéranse aquellas
que son más importantes, y en especial, aquellas en las cuales el pueblo responde al canto
del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan
al unísono.
El primer nivel de canto, la mayor importancia, son aquellas partes en que el pueblo
responde al canto del sacerdote y aquellas en que sacerdote y fieles cantan juntos. Hasta
aquí todo clarísimo.
Es lo que ya decía la Instrucción Musicam sacram cuando establecía diversos niveles en el
canto. En el primer grado, Musicam sacram señalaba, en el n. 29:
a) En los ritos de entrada: el saludo del sacerdote con la respuesta del pueblo. La oración
[colecta].
b) En la liturgia de la Palabra: las aclamaciones al Evangelio.
c) En la liturgia eucarística: La oración sobre las ofrendas. El prefacio con su diálogo y el
Sanctus. La doxología final del canon. La oración del Señor –Padrenuestro- con su monición
y embolismo. El Pax Domini. La oración después de la comunión. Las fórmulas de
despedida.
Estos son los primeros y principales elementos, lo menos que se podría cantar en una
solemnidad. No dependen del coro, sino del ejercicio ministerial: es el sacerdote, y el
diácono, que cantan y reciben la respuesta de los fieles. Y esto se puede hacer en cualquier
Misa dominical. Lo que no es comprensible es que siempre, absolutamente, el sacerdote
abdique de la posibilidad del canto y todo se reduzca a lo que haga el coro.
Es extraño, desde el punto de vista litúrgico, celebrar una Misa solemne, con coro y órgano,
y que el obispo o el sacerdote no canten los saludos, ni las oraciones, ni el prefacio, ni la
doxología… Es realmente algo anómalo.
Lo mismo que, si no hay coro parroquial, ya por ello no haya canto alguno durante la Misa
dominical. ¿Es que los textos propios que corresponden al sacerdote no se pueden cantar?
¿Acaso el canto del ofertorio o de la comunión es más importante e imprescindible que
cantar el prefacio un domingo?
Sugiero que, al menos, en los domingos del Tiempo Ordinario, el sacerdote cante –repito,
haya coro o no- algunas de las partes que le corresponden:
-El Prefacio y el Santo
-Las palabras de la consagración (con la notación musical en el Apéndice del Misal)
-La aclamación: “Este es el Sacramento de nuestra fe”.
-La doxología: “Por Cristo…”
¡Qué menos que eso!
Los domingos de tiempos fuertes, sumarle, al menos, las tres oraciones de la Misa: colecta,
ofrendas y postcomunión.
En las solemnidades, ir añadiendo más elementos: el canto del saludo inicial de la Misa, las
aclamaciones del Evangelio…
Mejoraría, sin duda, la calidad de nuestras celebraciones litúrgicas, lograría que todos
cantasen respondiendo (y eso es participar) y no vincularíamos el canto sólo a la posibilidad
de que haya o no un coro parroquial.

Procesiones para participar en la liturgia (XI)

e) Procesiones
La liturgia es también movimiento, y por tanto, dentro de ella, la procesión es un movimiento
expresivo, significativo. Siempre somos un pueblo en marcha, peregrino, hacia Dios[1]: “La
Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios»
anunciando la cruz del Señor hasta que venga” (LG 8).
En procesión caminan los ministros al altar, precedidos por el incensario, la cruz y los cirios
y el Evangeliario en procesión, señalando la meta: el altar, el encuentro con Dios, la
dimensión peregrina de la Iglesia. Igual procesión –siempre que se pueda- es la que todos
realizan al inicio de la Vigilia pascual, una vez bendecido el fuego y encendido el cirio,
entrando en el templo por el pasillo central, ya con las velas encendidas en las manos,
precedidos del cirio pascual, como columna de fuego que guía en la noche.
Procesión llena de solemnidad es aquella en que mientras se canta el Aleluya, el diácono
porta el Evangeliario hasta el ambón acompañado de cirios e incienso humeante,
disponiendo así a todos los fieles a escuchar al Señor mismo por su Evangelio.
Con cierto orden, no hay por qué temer el movimiento en la liturgia por el valor simbólico
que tiene y porque la liturgia es actio, acción, y a veces, por tanto, movimiento.
A los fieles les compete más directamente, en primer lugar, la procesión de ofrendas. En
otros ritos, especialmente orientales, se realiza aquí la Gran Entrada, llevando el sacerdote
y el diácono el pan y el cáliz, con incienso y velas, por toda la iglesia, hasta entrar en el
santuario, detrás del iconostasio, mientras los fieles se inclinan y cantan, venerando ese
pan y ese vino que se convertirán en el Cuerpo y Sangre del Señor. En nuestro rito hispano-
mozárabe, saliendo del donario (el ábside a la derecha del presbiterio) los fieles aportan el
pan y el vino necesarios, en una procesión solemne con cruz, cirios y el incienso por toda
la iglesia hasta el altar.
La costumbre cristiana es que todos debían aportar algo para la materia del sacrificio
eucarístico, el pan y el vino necesarios para todos[2]. Esta aportación de los fieles en
algunas regiones, especialmente en África y Roma, dio lugar a una procesión de los
oferentes al altar aportando pan y vino mientras la schola entonaba un canto. Lo que se
presentaba era sólo el pan y el vino, como señala un Concilio de Cartago: “Que en la
celebración de la misa no se ofrezca más que lo que proviene de la tradición del mismo
Señor, es decir, el pan y el vino mezclado con agua”[3]. Era una procesión solemne,
radiante, la de los fieles llevando todos pan o vino al altar y siendo recibidos por los diáconos
que los disponían en la Mesa santa; hecha la ofrenda cada cual volvía a su puesto[4]. Incluso
una oración reza: “Colmamos de ofrendas tus altares, Señor”[5]: un altar, por lo general
pequeño, se veía repleto de patenas con pan ofrecido y de un cáliz grande lleno de vino
para luego comulgar todos con las dos especies.
El pan y el vino sobrantes servía para las mesas de los pobres y de los sacerdotes; otras
posibles ofrendas de alimentos no se llevaban jamás al altar sino que se depositaban antes
de la Misa en el donario (rito mozárabe) o en la sacristía.
Posee un alto significado espiritual expresado ya por san Ireneo (Adv. Haer. IV,18,2[6]). Los
fieles en el pan y el vino que ofrecen se dan ellos mismos a Dios, se ofrecen a sí mismos
en cuanto miembros del Cuerpo de Cristo. Porque se ofrecen pueden luego comulgar;
quienes no podían comulgar, tampoco podían ofrecer. La presentación de los dones es la
participación material en el sacrificio por parte de todos los fieles presentes con la cual Cristo
quiere contar[7].
Al altar se lleva el pan y el vino, y esa es la verdadera ofrenda, aportando cuantas patenas,
cálices y vino y agua sean necesarios. Se desfigura su sentido y valor con los añadidos
creativos (acompañados de moniciones que expliquen) de las llamadas “ofrendas
simbólicas” (libros, guitarra, reloj, sandalias…). La ofrenda es el pan y el vino que concentra
toda la creación y a todos los oferentes:
“Este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos
al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada
al Padre. En este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo,
conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su
auténtico significado, no necesita enfatizarse con añadiduras superfluas. Permite valorar la
colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así
pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio
redentor de Cristo” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 47).
En el pan y vino presentados a Dios para ser consagrados, toda la creación está resumida,
concentrada, y apuntando a su término final, la nueva creación:
“Entonces, al contemplar más de cerca este pequeño trozo de Hostia blanca, este pan de
los pobres, se nos presenta como una síntesis de la creación… La creación con todos sus
dones aspira, más allá de sí misma, hacia algo todavía más grande. Más allá de la síntesis
de las propias fuerzas, y más allá de la síntesis de la naturaleza y el espíritu que en cierto
modo experimentamos en ese trozo de pan, la creación está orientada hacia la divinización,
hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo” (Benedicto XVI, Hom.
en el Corpus Christi, 15-junio-2006).
Algunos fieles, en nombre de todos, pueden llevar las ofrendas al altar (pan, vino y dones
para la iglesia o los pobres) en procesión, uno tras otro, mientras se entona un canto. Es
una noble sencillez, una procesión solemne y sin artificios y así la señala el Misal:
“Al comienzo de la Liturgia Eucarística se llevan al altar los dones que se convertirán en el
Cuerpo y en la Sangre de Cristo…
En seguida se traen las ofrendas: el pan y el vino, que es laudable que sean presentados
por los fieles. Cuando las ofrendas son traídas por los fieles, el sacerdote o el diácono las
reciben en un lugar apropiado y son ellos quienes las llevan al altar. Aunque los fieles ya no
traigan, de los suyos, el pan y el vino destinados para la liturgia, como se hacía
antiguamente, sin embargo el rito de presentarlos conserva su fuerza y su significado
espiritual.
También pueden recibirse dinero u otros dones para los pobres o para la iglesia, traídos por
los fieles o recolectados en la iglesia, los cuales se colocarán en el sitio apropiado, fuera de
la mesa eucarística” (IGMR 73).
Además:
“Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste por la presentación del pan
y el vino para la celebración de la Eucaristía, o de otros dones con los que se ayude a las
necesidades de la iglesia o de los pobres… Al celebrante llevan el pan y el vino para la
Eucaristía; y él los pone sobre el altar; pero los demás dones se colocan en otro lugar
adecuado” (IGMR 140).
Como ya antes recordábamos con la exhortación de Benedicto XVI, hay que evitar y suprimir
definitivamente las “añadiduras superfluas” de las “ofrendas simbólicas” así como la
monición que acompaña a cada ofrenda, otro añadido más, que interrumpe el ritmo de
procesión e impide el canto. Tampoco es un “pase de modelos”, donde la primera pareja
llega al presbiterio, se vuelve “al público” y levanta su ofrenda como un trofeo antes de
entregarla, y cuando se retiran, comienza a caminar la segunda pareja por todo el pasillo
hasta el altar, llegando girándose y elevando su “ofrenda” para que todos la vean, y así
sucesivamente.
El desarrollo es más sencillo y solemne a la vez:
-Suena el órgano o se entona un canto de ofrendas
-Todos en procesión caminan al altar llevando las ofrendas
-Estas ofrendas serán la materia del sacrificio: todas las patenas o copones necesarios, ya
sean dos, seis, diez… y el agua y vino (o bienes para la iglesia, como una casulla, un nuevo
mantel, etc., o para los pobres)
-Al pie del altar o en la sede las recoge el sacerdote que preside
-Sobre el altar sólo se coloca el pan y el vino; las demás ofrendas siempre en otro lugar,
jamás sobre el altar.
Hay otra procesión, tradicional, en la que participan todos los fieles, es la procesión de la
comunión, e ir en procesión, ordenadamente, por el pasillo central para comulgar, es ya
participar. Ciertamente, con orden, sin ser una carrera, ni colarse, ni empezar a ceder el
puesto a otros como si fueran los asientos del autobús. Nada nuevo bajo el sol: ya san Juan
Crisóstomo tenía que amonestar a sus fieles para que fuesen ordenadamente en procesión,
sin atropellarse. Decía:
“Cuando vosotros os acercáis a la sagrada mesa, no guardáis el respeto debido…: golpeáis
con los pies, os impacientáis, gritáis, os injuriáis el uno al otro, empujáis a vuestros vecinos;
en suma, armáis un gran desorden… En el circo, bajo el mandato del heraldo, está en vigor
una disciplina mucho mayor. Si, por tanto, se observa un orden en medio de las pompas del
demonio, cuánto más debiera existir junto a Cristo”[8].
Es una procesión donde todos, con orden, caminan hacia el altar. “Como busca la cierva
corrientes de agua, así mi alma te busca a ti Dios mío” (Sal 41) y el pueblo cristiano acude
a la fuente viva del altar; “me acercaré al altar de Dios” (Sal 42) y el pueblo cristiano se
encamina para tomar el Pan de la vida. Son los fieles los que se acercan al presbiterio:
“Cuando te presentas”[9], “cuando te acerques, no avances con las manos extendidas ni los
dedos separados, sino haz de tu mano izquierda un trono…”[10], “el obispo comulgue y
luego los presbíteros, los diáconos… y finalmente todo el pueblo en buen orden, con
respeto, en adoración y sin ruido”[11].
La procesión de la comunión es tradicional en todas las liturgias; son los fieles los que se
acercan a las puertas del santuario o del iconostasio, los que se acercan al presbiterio, para
recibir allí el Cuerpo y la Sangre del Señor. La Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo llama
a los fieles que estén dispuestos a que se acerquen: el diácono, teniendo en sus manos el
Santo Cáliz, pronuncia: “Con temor de Dios y fe acercaos. ”Los fieles se inclinan ante el
Santo Cáliz, como ante el mismo Salvador, mientras el coro entona, en nombre de todos:
“Bendito el que viene en nombre del Señor. Dios, el Señor, se nos ha aparecido”. Los fieles
que van a comulgar, con una previa inclinación, oran a media voz, acompañando al
sacerdote. En nuestro rito hispano-mozárabe, el diácono llamaba a la comunión, ¡qué
costumbre tan oriental!, diciendo: “Locis vestris, accedite!” (“acercaos desde vuestros sitios”)
y el canto para la comunión se llama “ad accedentes”, es decir, para cuando acceden, se
acercan, al altar para la Comunión (“Gustad y ved qué bueno es el Señor…”). El rito romano
entonó un salmo con una antífona mientras los fieles avanzaban en procesión para
comulgar.
Comulgaban según los distintos órdenes, es decir, primero el Obispo, luego los presbíteros,
diáconos, subdiáconos, lectores, cantores, ascetas; después a las mujeres de algún modo
consagradas a Dios: diaconisas, vírgenes y viudas; después los niños y por último, al resto
del pueblo[12].
Como siempre en la estructura del rito romano, la secuencia ritual es procesión – canto –
oración que cierra ese movimiento. Así ocurre en el rito de entrada (procesión, canto y
oración colecta), en la presentación de los dones (procesión, canto y oración sobre las
ofrendas) y en el rito de comunión (procesión, canto y oración de postcomunión).
Ahora, nosotros, siguiendo el Misal, recordemos en primer lugar que el modo habitual
romano es caminar en procesión para recibir el Cuerpo de Cristo (y la Sangre del Señor,
distribuida por el diácono); en segundo lugar, que hay que caminar ordenadamente, sin
prisas, sin atropellarse; y en tercer lugar, que se avanzan cantando, participando del canto
que ayuda a orar.
“Mientras el sacerdote toma el Sacramento, se inicia el canto de Comunión, que debe
expresar, por la unión de las voces, la unión espiritual de quienes comulgan, manifestar el
gozo del corazón y esclarecer mejor la índole “comunitaria” de la procesión para recibir la
Eucaristía. El canto se prolonga mientras se distribuye el Sacramento a los fieles. Pero si
se ha de tener un himno después de la Comunión, el canto para la Comunión debe ser
terminado oportunamente” (IGMR 86-87).
“Índole comunitaria de la procesión para recibir la Eucaristía”: esta procesión de los fieles al
altar es ya una participación activa, consciente, interior, plena, fructuosa.
Por eso, desterremos la idea de que participar es “leer” algo en un atril o intervenir y si no,
no se participa. La participación de los fieles en la liturgia también es caminar en procesión,
ya sea aportando la materia del sacrificio y sólo la materia del sacrificio (pan, vino y agua),
ya sea caminando en procesión para comulgar.
[1] “Peregrinando todavía sobre la tierra, siguiendo de cerca sus pasos en la tribulación y
en la persecución” (LG 7). “Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y
tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida
para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al
contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no
cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso” (LG 9).
[2] S. Cipriano amonesta a una matrona que no aportó nada: “Eres rica y acomodada, y te
atreves a celebrar la “cena del Señor”, tú que te presentas… sin la ofrenda y que recibes
una parte de la ofrenda traída por un pobre. Considera la viuda del evangelio…” (Lib. de op.
et eleem., 15). San Agustín recuerda que su madre no pasaba ningún día sin presentar su
ofrenda al altar (Conf. 5,9).
[3] Canon 23 (año 397).
[4] “Evidentemente, el gesto de toda una muchedumbre de fieles llevando en las manos,
veladas por un cándido lienzo, fanonibus candidis, su correspondiente porción de
pan, oblationis coronam, y dirigiéndose ordenadamente hacia el altar para poner la ofrenda
en manos del obispo o del arcediano, debía de ser una ceremonia solemne e impresionante.
Puede dar una idea la serie de los mártires y de las vírgenes representados sobre las
paredes de San Apolinar el Nuevo, de Rávena, que se dirigen, según la visión del
Apocalipsis, con sus coronas hacia el altar”, RIGHETTI, M., Historia de la liturgia, BAC,
Madrid 1956, p. 270s.
[5] Super oblata, Misa vespertina de la vigilia de San Juan Bautista.
[6] “No se condena, pues, el sacrificio en sí mismo: antes hubo oblación, y ahora la hay; el
pueblo ofrecía sacrificios y la Iglesia los ofrece; pero ha cambiado la especie, porque ya no
los ofrecen siervos, sino libres. En efecto, el Señor es uno y el mismo, pero es diverso el
carácter de la ofrenda: primero servil, ahora libre; de modo que en las mismas ofrendas
reluce el signo de la libertad…”
[7] “El milagro realizado por el Señor contiene una invitación explícita a cada uno para dar
su contribución. Los cinco panes y dos peces indican nuestra aportación, pobre pero
necesaria, que él transforma en don de amor para todos”, Benedicto XVI, Hom. en el Corpus
Christi, 7-junio-2007.
[8] S. Juan Crisóstomo, Hom. in bapt. Chr., 4 (PG 49,370).
[9] S. Ambrosio, De Sacr., 4,25.
[10] S. Cirilo de Jerusalén, Cat. Mist. V,27.
[11] Constituciones Apostólicas VIII, 13. 14-17.
[12] Cf. Constituciones Apostólicas, VIII, 13.

Una segunda homilía más los avisos interminables

Lo fáciles que son las cosas y lo difícil y enrevesado que nos gusta volverlas. Bastaría leer
y obedecer las rúbricas de la Ordenación General del Misal Romano para tener una liturgia
mucho más cuidada y no la anarquía que muchas veces se ve y se padece.
En concreto, antes de la bendición final de la Misa se puso de moda en algunos soltar una
segunda homilía. Pretenden a veces hacer un “resumen” de la Misa, como si la Misa fuera
una catequesis o clase pedagógica que hubiera que inculcar con un resumen o síntesis.
¡No! Estamos en el ámbito de la celebración, no de la catequesis, no de la formación, no de
la clase de teología. Y sin embargo, antes de la bendición, algunos empuñan con denuedo
el micrófono para una intervención que es una segunda homilía, repitiendo conceptos
ya dichos en la homilía después del Evangelio o añadiendo todo aquello que antes se
le olvidó decir. El fruto es escaso. Todos de pie, sabiendo que no es el momento, apenas
prestamos atención.
¿Acaso lo permiten las rúbricas? ¿Lo sugieren, lo insinúan, dejan abierta esa posibilidad?
Sobre el rito de conclusión dice la IGMR 90:
Al rito de conclusión pertenecen:
a) Breves avisos, si fuere necesario.
b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y
se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.
c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno
regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.
d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda
al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros.
Por tanto, después de la oración de postcomunión, en todo caso, “breves avisos, si fuere
necesario”. No añade nada de una monición de despedida, ni de unas palabras finales del
obispo o sacerdote.
Lo mismo se dice en IGMR 166: “Terminada la oración después de la Comunión, si los hay,
háganse breves avisos al pueblo”.
Así pues, omítase toda “segunda homilía” en este momento.
Y ya que estamos, recordemos lo que ha dicho la rúbrica sobre los avisos: “si fuere
necesario” (IGMR 90), “breves” (IGMR 90) “breves avisos al pueblo” (IGMR 166).
Lo primero es la necesidad de hacerlos y segundo la brevedad como cualidad. No
puede ser que todos los domingos sean necesarios y extensos. A veces se convierten en el
telediario parroquial, dando noticias para toda la semana. Otras veces parece RENFE con
los horarios: “el miércoles adelantamos la reunión de adultos a las 17. El jueves todo igual.
El viernes tendremos Misas de 19.30 y 20.30. El triduo de la Hermandad comienza mañana
con el rosario a las 19, ejercicio del triduo a las 19.30 y luego la Misa. La próxima semana
no os olvidéis de que…” Cuando se terminan los avisos ya nadie se acuerda de los días
exactos y las horas exactas. Habría que ser sumamente escueto y señalar, en todo caso,
que en la puerta hay un cartel anunciando los horarios…
Todo esto es de sentido común (el menos común de los sentidos) y de fidelidad a las
rúbricas.
Más sobre el altar

Cuando en la iglesia vemos el honor que merece el altar, debemos elevar los pensamientos.
El altar es revestido de manteles, con flores y cirios; se venera con una inclinación profunda
cada vez que se pasa delante de él; el sacerdote lo besa.
Es una Mesa santa, el ara del sacrificio, el signo de Cristo, roca de la Iglesia, piedra angular.
Es el símbolo de la Mesa celestial, allá donde Cristo invita a todos los que quieran acudir,
con el traje de bodas, a las nupcias del Cordero y la Iglesia.
Al ver en la iglesia el altar, hemos de pensar también en aquel altar interior, el propio
corazón, que debe ofrecer sacrificios y holocaustos de alabanza al Señor.
La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia,
actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los
Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila
la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto”
(Mt 6, 6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf Institución
general de la Liturgia de las Horas, 9) (CAT 2655).
Así como en la Iglesia se ofrece la Víctima santa en el altar, en el altar de nuestro corazón
hemos de ofrecernos nosotros a Dios.
Así como en la Iglesia se eleva la súplica al Padre en el altar, en el altar de nuestro corazón
hemos de elevar nuestras súplicas constantes a Dios.
Así como en la Iglesia el altar es incensado con suave olor para que la alabanza llegue al
cielo, en el altar de nuestro corazón hemos de ofrecer siempre el incienso de nuestra
alabanza a Dios.
“Los dos altares, esto es, el interior y el exterior, puesto que el altar es símbolo de la oración,
considero que significan aquello que dice el Apóstol: “Oraré con el espíritu, oraré también
con la mente". Cuando, pues, ‘quisiere orar en el corazón’, entraré en el altar interior, y eso
considero que es también lo que el Señor dice en los Evangelios: ‘tú, en cambio, cuando
ores, entra en tu cuarto y cierra tu puerta y ora a tu Padre en lo escondido’.
Quien, pues, así ora, como dije, entra en el altar del incienso, que está en el interior”
(Orígenes, Hom. in Num, X, 3, 3).
“Ofreced vuestros cuerpos como una víctima viva. (…) Este será vuestro culto
espiritual” (Rm 12, 1).
En el altar del corazón ofrecemos sacrificios vivos, los de la vida cotidiana, los sacrificios
interiores, espirituales.
"Para salir de Egipto no basta con la mano de Moisés, se busca también la mano de Aarón.
Moisés indica la ciencia de la ley; Aarón, la pericia de sacrificar e inmolar a Dios. Es, pues,
necesario que los que salgamos de Egipto no sólo tengamos la ciencia de la ley y de la fe,
sino los frutos de las obras, por los cuales se agrada a Dios. Por ello se mencionan las
manos de Moisés y de Aarón, para que por las manos entiendas las obras.
De hecho, si, saliendo de Egipto y ‘volviendo a Dios’, rechazo la soberbia, habré sacrificado
un toro al Señor por las manos de Aarón. Si elimino el desenfreno y la lujuria, creeré haber
matado un chivo para el Señor por las manos de Aarón. Si venzo la pasión cruel, un ternero;
si la necedad, parecerá que he inmolado una oveja” (Orígenes, Hom. in Num, XXVII, 6, 2).

Otros gestos corporales para participar (XII)

Entre los posturas y gestos corporales, los hay más sencillos y tal vez más discretos, pero
igualmente son cauces de participación de los fieles en la liturgia de una manera activa,
viva. Los gestos exteriores ayudan a vivir lo interior, y lo que vivimos interiormente, a su vez,
requieren la expresión, su manifestación externa. Así es como se vive la liturgia.
f) Golpearse el pecho
Un gesto sencillo es el golpe en el pecho, golpearse en el pecho, durante el acto penitencial,
tanto en la Misa como en la celebración comunitaria de la Penitencia con confesión y
absolución individual (llamada Forma B del Sacramento de la Penitencia).
Actualmente, en el Ordinario de la Misa, se dice que a las palabras del “Yo confieso” “por
mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, todos se golpean en el pecho. El Misal de san
Pío V señalaba que se hacía por tres veces; actualmente sólo se dice que “golpeándose el
pecho, dicen…”, sin indicar una o tres veces. El “Yo confieso” pertenecía a los ritos
preparatorios que rezaba el sacerdote y el acólito al pie del altar y que se incorporó poco a
poco en el siglo XI en el ámbito germano; tenía un carácter privado. Se le añadió a esta
confesión general de los pecados el gesto antiguo de golpearse el pecho.
Con la reforma y revisión del Misal, se introdujo el acto penitencial al inicio de la Misa para
todos los fieles y así todos en común lo recitarían y todos realizarían el signo penitente de
golpearse el pecho.
Es un gesto muy plástico: expresa arrepentimiento, culpabilidad, aflicción, por el pecado
cometido. No se esconde uno en el anonimato ni disimula su pecado: golpeándose el pecho,
se señala públicamente, reconoce la maldad, indica ante todos que ha pecado.
Ya hallamos este signo de arrepentimiento y de humildad en el publicano de la parábola.
Recordemos cómo éste “no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba
el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’” (Lc 18,13). Así hacía el
publicano su confesión ante Dios. También es expresión de dolor y de culpabilidad al mismo
tiempo, es decir, viendo las consecuencias de los actos culpables, se duelen y lamentan;
ante la muerte en cruz de Jesús, “toda la muchedumbre que había concurrido a este
espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho” (Lc
23,48).
Se refuerza de este modo la confesión de los pecados ante Dios al inicio de la celebración
eucarística o en la Forma B del sacramento de la Penitencia (RP 131-132); los fieles,
golpeándose el pecho conscientes de lo que hacen, expresarán mejor su arrepentimiento y
participarán mejor de la liturgia.

g) La señal de la cruz
Desde casi los orígenes cristianos, la cruz se incorporó como un signo eminentemente
cristiano para los fieles en la liturgia. Eran marcados en la frente con la señal de la cruz al
inicio del catecumenado, indicando ya un primer grado de participación en Cristo y en la
vida cristiana. Los fieles trazarán por devoción la señal de la cruz en sus frentes con mucha
frecuencia[1].
Aún hoy la entrada en el catecumenado –según el Ritual de la Iniciación Cristiana de
Adultos- está marcada por la señal de la cruz en la frente del catecúmeno, y si parece
oportuno, en los oídos, ojos, boca, pecho y espalda: “Recibe la cruz en la frente: Cristo
mismo te fortalece con la señal de su caridad. Aprende ahora a conocerle y a seguirle”
(RICA 83)[2]. En el bautismo de párvulos, síntesis de todos los ritos catecumenales y
bautismales de adultos, se les dice: “La comunidad cristiana os recibe con gran alegría. Yo
en su nombre os signo con la señal de Cristo salvador” (RBN 114).
La cruz será la señal en la frente de los elegidos[3]; con la cruz somos crismados para
recibir, por esta señal, el Don del Espíritu Santo, como se realiza en el rito de la Confirmación
(RC 34). Por la cruz nos vienen todos los bienes, toda gracia.
Es fácil comprender que el signo de la cruz se fuese multiplicando cada vez más en la liturgia
por parte del sacerdote y que los fieles mismos trazasen sobre ellos el signo de la cruz,
santiguándose, en distintos momentos.
En el evangelio, el diácono o el sacerdote que lo proclama, traza la cruz sobre el inicio de
la página evangélica y a continuación se signa en la frente, labios y pecho. La primera y
última de estas cruces provienen del ámbito franco-germánico (siglo X) y más posterior
(siglo XIII) la cruz en los labios.
Y el pueblo es bendecido por el sacerdote trazando la señal de la cruz.
Acudamos a la Ordenación del Misal para ver los distintos momentos en que los fieles
participan trazando sobre ellos la señal de la cruz.
Al inicio de la celebración eucarística, se ha incorporado para todos, sacerdote y fieles, el
signo de la cruz:
“Concluido el canto de entrada, el sacerdote de pie, en la sede, se signa juntamente con
toda la asamblea con la señal de la cruz; después, por medio del saludo, expresa a la
comunidad reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo
se manifiesta el misterio de la Iglesia congregada” (IGMR 50).
Es el sacerdote, y sólo el sacerdote, el que pronuncia las palabras “En el nombre del Padre
y del Hijo…” mientras todos trazan la señal de la cruz, santiguándose, y todos responden:
“Amén”. Dice el Misal: “Terminado esto, el sacerdote se dirige a la sede. Terminado el canto
de entrada, estando todos de pie, el sacerdote y los fieles se signan con la señal de la cruz.
El sacerdote dice: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. El pueblo
responde: Amén” (IGMR 124).
Al leer el evangelio, se signa la página y todos, diácono y fieles[4], trazan la cruz en la frente,
labios, y pecho, como signo de reverencia a la Palabra que se va a proclamar y acogida
disponible y obediente en todo su ser, según la Ordenación General del Misal Romano:
133. Los presentes se vuelven hacia el ambón para manifestar especial reverencia hacia el
Evangelio de Cristo.
134. Ya en el ambón, el sacerdote abre el libro y, con las manos juntas, dice: El Señor esté
con vosotros; y el pueblo responde: Y con tu espíritu; y en seguida: Lectura del Santo
Evangelio, signando con el pulgar el libro y a sí mismo en la frente, en la boca y en el pecho,
lo cual hacen también todos los demás. El pueblo aclama diciendo: Gloria a Ti, Señor. Si se
usa incienso, el sacerdote inciensa el libro (cfr. núms. 276-277). En seguida proclama el
Evangelio y al final dice la aclamación Palabra del Señor, y todos responden: Gloria a Ti,
Señor Jesús. El sacerdote besa el libro, diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio.
Esta signación por parte del lector del Evangelio es uno de los signos de veneración con los
que se rodea la lectura del santo Evangelio[5]
Por último, los fieles se santiguan con la bendición que imparte el sacerdote, actualmente,
al final de la Misa, como conclusión y despedida.
También en la Liturgia de las Horas, todos se santiguan al inicio de la Hora, cuando se
canta “Dios mío, ven en mi auxilio” o se signan los labios si se abre el Oficio con el
Invitatorio “Señor, ábreme los labios”; en los cánticos evangélicos del Benedictus,
Magníficat y Nunc dimittis, todos se santiguan por reverencia al cántico[6].
Procuremos con todo cuidado trazar reverentemente la señal de la cruz al santiguarnos, o
signarnos bien en la frente, labios y pecho, despacio y conscientes del valor de la Cruz, con
gran amor.
“¡Si vuestro sitio es ése: al pie de la cruz! ¿Cómo?… Procurando en vosotras y en las demás
signarse y santiguarse bien y lentamente, a ver si hacemos desaparecer esos garabatos
que innumerables cristianos trazan en el aire o sobre la cara y pecho en lugar de la cruz”
(Beato D. Manuel González, Florecillas de Sagrario, Obras, nº 717).
“Hay una urbanidad de la piedad. —Apréndela. —Dan pena esos hombres “piadosos", que
no saben asistir a Misa —aunque la oigan a diario—, ni santiguarse —hacen unos raros
garabatos, llenos de precipitación—, ni hincar la rodilla ante el Sagrario —sus genuflexiones
ridículas parecen una burla—, ni inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de la
Señora” (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 541).
[1] Cf. Hipólito, Traditio apostolica, 21. 42; Tertuliano, De corona 3,4.
[2] Por ejemplo, en los oídos: “Recibid la señal de la cruz en los oídos, para que oigáis la
voz del Señor”; en los ojos: “Recibid la señal de la cruz en los ojos, para que veáis la claridad
de Dios”, etc… (RICA 85).
[3] Cf. Ez 9,3-6 y Ap 7.
[4] Cf. Caeremoniale episcoporum, 74.
[5] OLM 17.
[6] Cf. IGLH 266 b.

Comulgar, la mayor participación en la liturgia (XIII)

Normalmente, y en un lenguaje coloquial, teñido de las ideas corrientes, escucharemos la


palabra “participación” referidas a realidades exteriores, a acciones y servicios litúrgicos
concretos. A la pregunta: “¿quién va a participar en la Misa?”, la respuesta es “X va a hacer
las moniciones, Y y Z llevarán las ofrendas, W leerá la acción de gracias”. ¡Craso error,
perspectiva desenfocada! Se confunde la parte con el todo, el servicio litúrgico –un oficio,
un ministerio, una “intervención”- con la totalidad de la participación.
Pero vayamos al centro de todo y de esa manera comprenderemos cómo todos los demás
elementos se ubican en su sitio correctamente. La mayor participación posible en la
celebración eucarística es poder comulgar santamente las cosas santas. Quien participa
más plenamente en la Eucaristía, y llega al corazón del Misterio, en una participación
completa, es quien puede acercarse a comulgar. Esa es la mayor participación posible,
inimaginable en la Eucaristía.
El culmen, el coronamiento, de toda participación plena, consciente, activa, interior,
fructuosa, piadosa, es la recepción sacramental del Cuerpo y la Sangre del Señor. Esa es
la doctrina y enseñanza clara, por ejemplo, del último Concilio:
“Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, recibiendo los
fieles, después de la comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el cuerpo del Señor” (SC
55).
La “participación más perfecta en la misa” es recibir la sagrada comunión. Este principio tan
elemental corrige las visiones distorsionadas en torno a la “participación” y a lo que se suele
denominar como una “Misa muy participativa”. La mayor y mejor participación en la misa,
en palabras del Concilio Vaticano II, es recibir la comunión participando del mismo sacrificio
eucarístico.
Ya el siervo de Dios Pío XII, Papa culto y sabio, en la encíclica Mediator Dei –sustrato claro
de muchos puntos de la Sacrosanctum Concilium del Vaticano II- exhortaba a que la plena
participación es la comunión eucarística en la que los fieles se asocian al sacrificio de Cristo
y que, si es posible, comulguen los fieles de las hostias consagradas en la misma misa:
“Es también muy oportuno, cosa por lo demás establecida por la sagrada liturgia, que el
pueblo se acerque a la sagrada comunión después que el sacerdote haya consumido el
manjar del ara; y, como arriba dijimos, son de alabar los que, estando presentes al sacrificio,
reciben las hostias en el mismo consagradas, de modo que realmente suceda «que todos
cuantos participando de este altar recibiéremos el sacrosanto cuerpo y sangre de tu Hijo,
seamos colmados de toda bendición y gracia celestial»” (Mediator Dei, n. 148).
Toda la celebración eucarística tiende a que los fieles, debidamente dispuestos en su alma,
tomen parte del sacrificio de Cristo recibiendo el Cuerpo y la Sangre del Señor. Quienes
comulgan participación plenamente, en el mayor grado que existe, de la Misa.
Para ello, se ha de comulgar estando en gracia, es decir, con conciencia clara de no
estar en pecado, con un discernimiento previo, un examen de conciencia.
“A pesar de nuestra debilidad y nuestro pecado, Cristo quiere habitar en nosotros. Por eso,
debemos hacer todo lo posible para recibirlo con un corazón puro, recuperando sin cesar,
mediante el sacramento del perdón, la pureza que el pecado mancilló… De hecho, el
pecado, sobre todo el pecado grave, se opone a la acción de la gracia eucarística en
nosotros. Por otra parte, los que no pueden comulgar debido a su situación, de todos modos
encontrarán en una comunión de deseo y en la participación en la Eucaristía una fuerza y
una eficacia salvadora” (Benedicto XVI, Hom. para la clausura del Congreso Euc.
Internacional de Quebec, Roma, 22-junio-2008).
La reducción secularista de la liturgia ha convertido la comunión eucarística en un mero
compartir fraterno, en la solidaridad común significada en el pan, fomentando la comunión
masiva de todos en base a la “fiesta común”, oscureciendo la verdad de la fe sobre la
Presencia de Cristo, y distribuyendo la comunión precipitadamente en muchos casos, con
poca unción, sacralidad y adoración.
“Se ha de poner atención para que esta afirmación correcta no induzca a un cierto
automatismo entre los fieles, como si por el solo hecho de encontrarse en la iglesia
durante la liturgia se tenga ya el derecho o quizás incluso el deber de acercarse a la Mesa
eucarística. Aun cuando no es posible acercarse a la Comunión sacramental, la
participación en la santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En
estas circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando,
por ejemplo, la comunión espiritual” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 55).
Ya no se entiende ni se explica, en la reducción secularista, la comunión como la mayor
participación en el Sacrificio de Cristo, sino sólo se resalta la línea horizontal, la (presunta)
comida festiva de los hermanos: “La Eucaristía no es sólo un banquete entre amigos. Es
misterio de alianza” (Benedicto XVI, Hom. en la clausura del Cong. Euc. Internacional de
Quebec, Roma, 22-junio-2008).
Lo que recibimos en la comunión es al mismo Cristo, a quien adoramos, y que quiere
entablar una relación de intimidad con cada uno, divinizándonos, santificándonos,
transformándonos en Él, su vida pasa a nosotros[1]:
“No se puede “comer” al Resucitado, presente en la figura del pan, como un simple pedazo
de pan. Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo.
Esta comunión, este acto de “comer", es realmente un encuentro entre dos personas, es
dejarse penetrar por la vida de Aquel que es el Señor, de Aquel que es mi Creador y
Redentor.
La finalidad de esta comunión, de este comer, es la asimilación de mi vida a la suya, mi
transformación y configuración con Aquel que es amor vivo. Por eso, esta comunión implica
la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo, de seguir a Aquel que va delante de
nosotros” (Benedicto XVI, Hom. en el Corpus Christi, 26-mayo-2005).
Esta participación de los fieles en la Eucaristía santísima es del todo especial. Requiere un
acto de fe, esperanza y caridad; implica conciencia clara y devoción; supone y expresa la
adoración a Cristo realmente presente[2]. Por eso no es indiferente el modo de comulgar
respetuoso y adorante y la forma misma, por parte de los ministros, de distribuir la
sagrada comunión. El respeto, la adoración, incluso la solemnidad, deben acompañar este
momento santo, alejando lo informar, lo trivial, lo apresurado, propiciando que cada fiel vea
la Hostia cuando se le muestra, pueda responder “Amén” consciente de hacer una profesión
de fe, y comulgue orando y con cuidado.
El Misal romano, en su Introducción general, nos introduce bien en el misterio de la
comunión eucarística, su sentido y su realización litúrgica. “Por la fracción del pan y por la
Comunión, los fieles, aunque sean muchos, reciben de un único pan el Cuerpo, y de un
único cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo como los Apóstoles lo recibieron de las
manos del mismo Cristo” (IGMR 72). Los fieles participarán plenamente si pueden comulgar,
es decir, si pueden acercarse al Sacramento debidamente dispuestos: “Puesto que la
celebración eucarística es el banquete pascual, conviene que, según el mandato del Señor,
su Cuerpo y su Sangre sean recibidos como alimento espiritual por los fieles debidamente
dispuestos” (IGMR 80).
La comunión, en el rito romano, es preparada por diversos ritos:
-Padrenuestro
-Paz
-Fracción del Pan consagrado y conmixtio (oración privada del sacerdote y fieles)
-Invitación a la comunión con las palabras de humildad del centurión (“Señor, no soy
digno…”)
En la medida de lo posible, se visibiliza la participación en ese mismo Sacrificio de Cristo si
los fieles pueden comulgar con el Pan consagrado en esa Misa: “Es muy de desear que
los fieles, como está obligado a hacerlo también el mismo sacerdote, reciban el Cuerpo del
Señor de las hostias consagradas en esa misma Misa, y en los casos previstos (cfr. n. 283),
participen del cáliz, para que aún por los signos aparezca mejor que la Comunión es una
participación en el sacrificio que entonces mismo se está celebrando” (IGMR 85).
Así se distribuye la sagrada comunión:
“- Después el sacerdote toma la patena o el copón y se acerca a quienes van a comulgar,
los cuales de ordinario, se acercan procesionalmente.
-No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado, ni
mucho menos pasarlo de mano en mano entre ellos.
-Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la
Conferencia de Obispos.
-Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el
Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas
normas.
-Si la Comunión se recibe sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la Hostia
un poco elevada, la muestra a cada uno, diciendo: El Cuerpo de Cristo.
-El que comulga responde: Amén,
-y recibe el Sacramento, en la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su
deseo.
-Quien comulga, inmediatamente recibe la sagrada Hostia, la consume íntegramente”
(IGMR 160-161).
“El Concilio Vaticano II al recomendar especialmente que “la participación más perfecta es
aquella por la cual los fieles, después de la Comunión del sacerdote, reciben el Cuerpo del
Señor, consagrado en la misma Misa” exhorta a llevar a la práctica otro deseo de los Padres
del Tridentino, a saber, que para participar más plenamente en la Eucaristía, “no se
contenten los fieles presentes con comulgar espiritualmente, sino que reciban
sacramentalmente la comunión eucarística”” (IGMR 13).
Los fieles se ofrecen junto con Cristo al Padre. Reciben parte del Sacrificio de Cristo Víctima
al comulgar. Ahí reside el mayor y más excelente modo de plena participación en la Misa.
“Los fieles participan más plenamente de este sacrificio de acción de gracias, de
propiciación, de impetración y de alabanza, cuando, conscientes de ofrecer al Padre, de
todo corazón; juntamente con el sacerdote, la sagrada Víctima y, en ella, a sí mismos,
reciben la misma Víctima en el Sacramento” (Instrucción Eucharisticum Mysterium, 3e).

[1] “Es bella y muy elocuente la expresión «recibir la comunión» referida al acto de comer el
Pan eucarístico. Cuando realizamos este acto, entramos en comunión con la vida misma de
Jesús, en el dinamismo de esta vida que se dona a nosotros y por nosotros. Desde Dios, a
través de Jesús, hasta nosotros: se transmite una única comunión en la santa Eucaristía”
(Benedicto XVI, Hom. en el Corpus Christi, 23-junio-2011).
[2] “La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por
tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos
es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que
nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser” (Benedicto XVI, Hom. Misa de clausura de
la JMJ, Colonia, 21-agosto-2005).

La mención del Obispo en la plegaria eucarística

En el interior de la plegaria eucarística, el sacerdote siempre nombrará, con nombre propio,


al Papa y al Obispo del lugar; con nombre propio, porque el ministerio lo ha asumido una
persona concreta: “el papa Francisco, nuestro Obispo Demetrio…”, y no de forma genérica:
“con el Papa, con nuestro obispo…”
Pero, ¿qué sentido tiene y por qué se les nombra? Significa que esa Eucaristía que se
celebra es legítima porque el sacerdote está en comunión con el Papa y con el Obispo,
no es cismático. Así, cada pequeña comunidad local, que no puede vivir la Misa del
Obispo, celebra la Santa Misa con un sacerdote legítimo y autorizado, que está en comunión
con el Papa y con el propio Obispo del lugar.
Por tanto, mencionar al Papa y al Obispo, con sus respectivos nombres, es sobre todo un
signo de comunión eclesial.
En este sentido, afirma la Constitución Lumen Gentium:
“El Obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del orden, es «el administrador
de la gracia del supremo sacerdocio», sobre todo en la Eucaristía, que él mismo celebra o
procura que sea celebrada, y mediante la cual la Iglesia vive y crece continuamente. Esta
Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de
los fieles, que, unidas a sus pastores, reciben también en el Nuevo Testamento el nombre
de iglesias. Ellas son, en su lugar, el Pueblo nuevo, llamado por Dios en el Espíritu Santo y
en gran plenitud” (LG 26).
Los sacerdotes, como colaboradores del Obispo, expresan su comunión y su dependencia
de él en el ministerio al nombrarlo en la plegaria eucarística: “los Obispos gozan de la
plenitud del Sacramento del Orden y de ellos dependen en el ejercicio de su potestad los
presbíteros” (Decreto Christus Dominus, n. 15).
Vayamos a las plegarias eucarísticas. En todas ellas está la mención expresa del nombre
del Papa y del Obispo, así como la posibilidad –no es obligatorio- de mencionar al obispo
coadjutor o a los obispos auxiliares. Pero cuando se hace, no es tanto para rezar por
ellos, sino para señalar que se está en comunión con ellos. La preposición “con” es
la que más veces aparece.
En el Canon romano o plegaria eucarística I:
“por tu Iglesia santa y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en
la unidad y la gobiernes en el mundo entero, con tu servidor el Papa N., con nuestro obispo
N.,
Aquí se puede hacer mención del obispo coadjutor o de los obispos auxiliares.
[con el obispo coadjutor (auxiliar) N.
o bien:
y sus obispos auxiliares, y todos los demás Obispos que, fieles a la verdad, promueven la
fe católica y apostólica”.
La plegaria eucarística II, la más usada (a veces en exceso, como si fuera la única plegaria
del Misal romano):
“Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra; y con el Papa N., con nuestro
Obispo N.,…”
En la plegaria eucarística III se ruega la unidad en la fe y en la caridad de la Iglesia, junto
con el Papa, con el obispo y demás ministerios ordenados.
“Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el Papa
N., a nuestro obispo N., al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo
redimido por ti.”
Sólo en la IV plegaria eucarística hay una mención que toma el matiz de súplica pidiendo
por el Papa y por el obispo:
“Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por quienes se ofrece este sacrificio: de tu
servidor el Papa N., de nuestro obispo N., del orden episcopal y de los presbíteros y
diáconos, de los oferentes y de los aquí reunidos”.
Así pues, la mención explícita del Papa y del Obispo del lugar es un signo de comunión con
ellos. No se trata de que se rece aquí por ellos, no es pedir por ellos, sino manifestar
que esta asamblea local, con su sacerdote, celebra la Santa Misa estando con comunión
con el Papa y con el obispo de la diócesis: ¡la eclesialidad!
Pedir por el Papa y por el Obispo se pide más bien en las preces de la oración de los fieles,
no en la plegaria eucarística.
Además, como ya se indicó antes, se pueden añadir los nombres del obispo coadjutor
o de los obispos auxiliares. Pero sería incorrecto añadir el nombre del Superior religioso,
del Provincial o del Padre General por parte de los religiosos celebrando la santa Misa. Las
realidades que se nombran son las grandes realidades sacramentales de la Iglesia: el Papa,
centro de comunión de toda la Iglesia, y el Obispo diocesano, principio de la unidad de la
Iglesia diocesana.
Terminamos con palabras de Juan Pablo II:
“La comunión eclesial de la asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y con
el Romano Pontífice. En efecto, el Obispo es el principio visible y el fundamento de la unidad
en su Iglesia particular. Sería, por tanto, una gran incongruencia que el Sacramento por
excelencia de la unidad de la Iglesia fuera celebrado sin una verdadera comunión con el
Obispo. San Ignacio de Antioquía escribía: «se considere segura la Eucaristía que se realiza
bajo el Obispo o quien él haya encargado». Asimismo, puesto que « el Romano Pontífice,
como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto
de los obispos como de la muchedumbre de los fieles », la comunión con él es una exigencia
intrínseca de la celebración del Sacrificio eucarístico. De aquí la gran verdad expresada de
varios modos en la Liturgia: «Toda celebración de la Eucaristía se realiza en unión no sólo
con el propio obispo sino también con el Papa, con el orden episcopal, con todo el clero y
con el pueblo entero. Toda válida celebración de la Eucaristía expresa esta comunión
universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de
las Iglesias cristianas separadas de Roma » (Ecclesia de Eucharistia, n. 39).
La sede del sacerdote

La sede (cátedra) del obispo o del sacerdote debe significar su oficio de presidente de la
asamblea y director de la oración. (Catecismo de la Iglesia, nº 1184).
La sede presidencial es el signo de Cristo Cabeza, que preside su Iglesia en la acción
litúrgica. Es más que la mera funcionalidad de sentarse el presidente. Una sede vacía
espera elocuentemente la venida del Señor que se sentará en gloria para juzgar a vivos y
muertos. Una sede vacía debe evocar el pensamiento de la primera comunidad: ¡Ven, Señor
Jesús!
La sede no va en función de la dignidad sino del ministerio que se ejerce. Es única: distinta
la del que preside de la de los demás, aunque sean concelebrantes u otros obispos. La sede
es única.
Es el signo de Cristo que preside, el signo de Cristo Cabeza de su Iglesia.
a) Única: Una sede digna para el que preside. No tantas sedes iguales cuantos ministros
haya
b) Elevada: Al que preside se le debe ver. Y él debe ver bien a la asamblea, especialmente
para la homilía que puede, oportunamente, hacer sentado. Si hay otras sillas, fuera de la
tarima o alfombra.
c) No quedar separada de la asamblea: Ni por demasiado alta, ni por escondida, detrás
del altar y al mismo nivel de plano. Si se sitúa en el fondo del ábside, debe tener la suficiente
elevación para que el altar no oculte al presidente. Una justa medida y buena visibilidad.
d) Digna: entraría el adorno festivo: cojines según el color del tiempo litúrgico, o paños
vistosos (cathedrae velatae, la llamaba S. Agustín), pero sobre todo, por su factura y
realización, en consonancia artística con los demás elementos celebrativos.
Desde la sede se realizan los ritos iniciales de la Misa (saludo, acto penitencial, Gloria,
oración colecta) y los ritos finales (oración de postcomunión y bendición). En la sede se
realiza la homilía como lugar propio -Cristo maestro, la cátedra del Maestro-.
La principal sede es la cátedra del obispo en la iglesia principal de la diócesis, llamada
Catedral a causa de la cátedra o sede del obispo. Pero la sede presidencial es un elemento
celebrativo en todas las parroquias, monasterios, conventos de monjas, iglesias, etc.

Participar recibiendo un sacramento (XIV)

Los sacramentos son preciosos y humildes tesoros[1], dones del Señor, que se nos dan
para vivir en gracia, para santificarnos. No los tomamos por nosotros mismos, se nos
dispensan, se nos entregan, para que los recibamos como un Don.
La santa liturgia por ello tiene como protagonista central a Jesucristo que nos comunica, por
su Misterio pascual, su propia vida, y por protagonista también al Espíritu Santo, que se
derrama abundantemente en cada sacramento con gracias y efectos distintos. Todo en la
liturgia debe estar al servicio de ese protagonismo central de Jesucristo y del Espíritu Santo,
sin ceder a la tentación de usurparlo.
El peligro ya difundido es querer hacer de la liturgia un acto, con tono catequético,
lúdico, distraído, donde al final es la propia comunidad la que se celebra a sí
misma; es el hombre el que se pone en el centro de la liturgia, desplazando a Cristo y su
Espíritu. Eso se muestra cuando la liturgia olvida su sacralidad, devoción, espiritualidad, y
adopta las formas de fiesta humana, de intervenciones, de creatividad, sin un hondo espíritu
religioso, de fe, de adoración. “No hay que dar por descontada nuestra fe. Hoy existe el
peligro de una secularización que se infiltra incluso dentro de la Iglesia y que puede
traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones sin la participación del
corazón que se expresa en la veneración y respeto de la liturgia” (Benedicto XVI, Hom. en
el Corpus Christi, 11-junio-2009).
Centro de la liturgia y autor indiscutible es Jesucristo y su Espíritu Santo, y debe ser bien
visible; el pueblo cristiano reconoce su señorío y, con estupor, contempla cómo se da en
cada sacramento.
Forma excelente de participación en la liturgia es recibir algún sacramento, y el mero
hecho de recibir es ya una participación que requiere discreción, fe y plegaria, en vez
de ocupar el protagonismo humano. Participan recibiendo el sacramento (del Bautismo,
de la Confirmación, el Matrimonio…) y ese es su modo peculiar y único de participación
plena, consciente, activa, sin que eso suponga erigirse además en monitores, lectores,
etc. Su modo de participación concreto es vivir el sacramento que están
recibiendo. Esa es su forma de participación y no hay que buscar ni forzar ni inventar
elementos “para que participen”, porque ya están participando realmente en una manera
única y que no pueden ser sustituidos por nadie.
Podríamos hacer un repaso de algunos sacramentos para reconocer en qué y cómo
participan quienes los están recibiendo.
a) Iniciación cristiana de adultos
Bautismo de adultos: ¿cómo participan los “electi” que van a ser bautizados? ¿Tal vez
haciendo moniciones o proclamando lecturas o leyendo un manifiesto de compromiso? Su
modo de participación es especial y singular: realizar la renuncia al pecado y la profesión
de fe a las preguntas del Obispo, ser ungidos con el óleo de los catecúmenos, ser
bautizados, después recibir la vestidura blanca y el cirio encendido, y finalmente, ya en el
presbiterio, ser crismados para recibir el Espíritu Santo en la Confirmación.
Entonces, terminados los ritos bautismales, comienza la oración universal, normalmente
dirigida por un diácono (ese es oficio propio del diácono) proponiendo las intenciones y todos
los fieles oran a cada intención. Es oficio sacerdotal por el bautismo y los ya neófitos
“participan por primera vez”[2], no en el sentido de que lean ellos cada intención, sino orando
juntos como cristianos sacerdotes a aquello que el diácono propone. Su participación, como
la de los demás fieles, es orar e interceder, rezando o cantando la respuesta de cada
petición.
Finalmente, participan aportando el pan y el vino que presentan al Obispo como materia
para el sacrificio eucarístico, y sólo pan y vino, todo el pan y vino necesarios para la
comunión, excluyendo –como sabemos- esa innovación extraña de ofrendas simbólicas con
moniciones explicativas. “Mientras se entona el canto para la presentación de dones, es
oportuno que algunos neófitos lleven al altar el pan, el vino y el agua para la celebración de
la Eucaristía” (CE 428; RICA 232). “Es conveniente que el pan y el vino sean presentados
por los neófitos, o, si son niños, por sus padres o padrinos” (CE 370). Finalmente, ese día,
“es conveniente que los neófitos reciban la sagrada Comunión bajo las dos especies” (ibíd.),
ya que esa es la plena participación[3].
b) Confirmación
En el sacramento de la Confirmación, el modo de participar de los confirmandos es ser
confirmados, recibir la Crismación de manos del Obispo. Parece evidente, y sin embargo,
la praxis pastoral-litúrgica no lo ve tan evidente. Quien va a ser confirmado tiene su modo
propio, especialísimo y único de participar: son llamados y presentados al Obispo después
del evangelio y antes de la homilía (CE 461), y tras la homilía renuevan los compromisos
bautismales (CE 463) interrogados por el Obispo; oran intensamente mientras el Obispo
impone las manos al recitar la oración “Dios todopoderoso” pidiendo el Espíritu Santo, y
participan recibiendo la crismación en la frente. Ese modo de participación es único y
excelente: reciben de Dios, oran a Dios, son sellados por Dios.
El Ritual permite que ese día las intenciones para la oración de los fieles, las proponga uno
de los confirmandos: “el diácono, o bien un ministro (o uno de los confirmandos) añade las
siguientes peticiones…” (RC 35)[4].
En ese día “mientras se canta el canto de la presentación de dones, algunos confirmados
oportunamente llevan el pan, el vino y el agua para celebrar la Eucaristía” (CE 470[5]) –de
nuevo se repite lo de siempre: un canto procesional, ninguna monición explicativa y aportar
la materia del sacrificio eucarístico sin inventar ofrendas simbólicas para que suban más
confirmandos al presbiterio-. Especial importancia tiene “la recitación de la oración dominical
(Padre nuestro), que hacen los confirmandos juntamente con el pueblo… porque es el
Espíritu el que ora en nosotros, y el cristiano en el Espíritu dice: ‘Abba, Padre’” (RC 13): se
subrayará oportunamente tanto en la catequesis previa como en la monición sacerdotal.
“Los confirmados, sus padrinos, sus padres, los catequistas y los familiares pueden recibir
la Comunión bajo las dos especies” (CE 470).
c) Primeras comuniones
Algo similar a lo anterior deberíamos entender para las llamadas “primeras comuniones”,
situadas en la infancia cuando aún no han recibido siquiera el sacramento de la
Confirmación. Los niños participan a su modo propio, es decir, uniéndose a Cristo y
recibiéndole por primera vez en el Sacramento eucarístico: así participan plenamente.
Podrán –como los neófitos o los confirmandos- aportar la materia del sacrificio, presentando
el pan y el vino (toda la cantidad necesaria que haya que consagrar), sin tener que añadir
ofrendas superfluas, “simbólicas” con la excusa de que todos “participen”. Mucho menos
apropiado por sentido común es que se conviertan también en lectores y monitores
entendiendo su participación en la Eucaristía como la primera vez que comulgan y
desempeñan todos los oficios y ministerios litúrgicos. Los niños participan del modo que les
es propio y único: comulgando por vez primera.
d) Matrimonio
El sacramento del Matrimonio espera una participación real de los esposos, según el modo
propio: pronunciar el consentimiento y recibir la solemne bendición nupcial. Los novios no
van a participar más por inventar moniciones, o que lean una poesía, o proclamen las
lecturas bíblicas. Su modo propio es realizar el consentimiento matrimonial y recibir el don
del Espíritu que genera la caridad conyugal.
Ellos, y sólo ellos, tienen una participación especial en cuanto contrayentes: responden al
escrutinio del sacerdote “acerca de la libertad, de la fidelidad, de la disposición para recibir
y educar a los hijos” (CE 607) y pronuncian el consentimiento. Después, como expresión de
la donación mutua, la entrega de los anillos y de las arras. “En la preparación de los dones,
el esposo y la esposa pueden llevar el pan y el vino al altar, según la oportunidad” (RM 76).
Tras el Padrenuestro, puestos de rodillas (RM 81), reciben la bendición nupcial como una
solemne plegaria de consagración, mientras oran intensamente; por último, “los esposos,
sus padres, los testigos y los familiares pueden recibir la Comunión bajo las dos especies”
(CE 612).
La pastoral litúrgica debe permitir que, tras una sólida catequesis y mistagogía, cada uno
comprenda que participar es recibir el Sacramento como un don y que recibiéndolo, ya
participa en grado excelente. Por tanto, no hay que añadirle más elementos buscando
“participación”, sino ayudar a que vivan intensamente la liturgia sacramental. Son
distorsiones de la liturgia la mera multiplicación de moniciones, de discursos de “acción de
gracias” después de la comunión, de ofrendas simbólicas acompasadas con moniciones.
La liturgia es mucho más pastoral: permite que vivamos santamente las cosas santas y
recibamos los humildes y preciosos sacramentos con conciencia de fe y devoción sin
añadidos superfluos.

[1] “Humildes y preciosos sacramentos de la fe” los llama Juan Pablo II en la exh.
Reconciliatio et Paenitentia, 31, I.
[2] CE 369; cf. Misal romano, Vigilia pascual, n. 49.
[3] “Finalmente, se tiene la celebración de la Eucaristía, en la que por primera vez este día
y con pleno derecho los neófitos toman parte, y en la cual encuentran la consumación de su
iniciación cristiana. Porque en esta Eucaristía los neófitos, llegados a la dignidad del
sacerdocio real, toman parte activa en la oración de los fieles, y en cuanto sea posible en el
rito de llevar las ofrendas al altar; con toda la comunidad participan en la acción del sacrificio
y recitan la Oración dominical, en la cual hacen patente el espíritu de adopción filial, recibido
en el Bautismo. Finalmente, al comulgar el Cuerpo entregado por nosotros y la Sangre
derramada también por nosotros, ratifican los dones recibidos y pregustan los eternos”
(RICA 36).
[4] La rúbrica no puede ser más un interesante: “un” diácono, o bien “un” ministro o “uno” de
los confirmandos, no un lector distinto por petición, ni un confirmado por petición. Solamente
un lector.
[5] “Algunos de los confirmados pueden llevar al altar el pan, el vino y el agua para la
Eucaristía. Mientras tanto, se puede cantar un canto apropiado” (RC 39).

Algo más sobre la sede

La sede es uno de los lugares litúrgicos necesarios para la Eucaristía y otros oficios
litúrgicos, así como el ambón o el altar son otro de los lugares. Desde la sede se preside,
se ora, se dirige la oración y se enseña en la homilía.
En la sede se significa el oficio de Cristo, Cabeza, Pastor y Maestro, y se supera la mera
utilidad de sentarse durante unos cantos en tres sillas iguales al simbolismo de la cátedra.
Bastaría ver las antiguas basílicas (como San Vital o San Clemente) para descubrir el lugar
de la sede (en el ábside) de manera preeminente (el que preside está más elevado que el
banco de piedra corrido para los sacerdotes).
La sede como lugar litúrgico ha de habilitarse allí donde se celebre la Santa Misa y no
únicamente en la parroquia, sino también en cualquier oratorio, capilla o iglesia de
contemplativas. Es un contrasentido y ahora una grave infracción comenzar la Misa ya
directamente desde el altar. Éste se reserva para el sacrificio y por tanto al altar se acerca
el sacerdote para depositar la oblata y pronunciar la plegaria eucarística: los demás oficios
(ritos iniciales, también la homilía, etc. y al final la bendición) los dirige desde el sitio de la
presidencia.
“El lugar de presidencia o sede del sacerdote celebrante significa la función de presidir la
asamblea litúrgica y de dirigir la oración del pueblo santo” (Bend 982).
El Misal prescribe las características de la sede:
“La sede del sacerdote celebrante debe significar su ministerio de presidente de la asamblea
y de moderador de la oración. Por lo tanto, su lugar más adecuado es vuelto hacia el pueblo,
al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio u otra circunstancia lo impidan,
por ejemplo, si por la gran distancia se torna difícil la comunicación entre el sacerdote y la
asamblea congregada, o si el tabernáculo está situado en la mitad, detrás del altar. Evítese,
además, toda apariencia de trono. Conviene que la sede se bendiga según el rito descrito
en el Ritual Romano, antes de ser destinada al uso litúrgico.
Asimismo dispónganse en el presbiterio sillas para los sacerdotes concelebrantes y también
para los presbíteros revestidos con vestidura coral, que estén presentes en la celebración,
aunque no concelebren.

Póngase la silla del diácono cerca de la sede del celebrante. Para los demás ministros,
colóquense las sillas de tal manera que claramente se distingan de las sillas del clero y que
les permitan cumplir con facilidad el ministerio que se les ha confiado” (IGMR 310).
El simbolismo litúrgico de la sede se resalta cuando hay que inaugurar una sede nueva;
entonces se procede a bendecirla para destinarla al uso litúrgico. La plegaria de bendición
acude a la contemplación del ministerio de Cristo en cuanto Pastor que sigue pastoreando
desde la sede litúrgica:
“Alabamos tu Nombre, Señor, unidos en una sola voz, y te suplicamos humildemente a ti
que viniste como buen Pastor para reunir en un solo redil a tu rebaño disperso, por medio
de aquellos que tú has elegido como cooperadores en la propagación de la verdad.
Apacienta a tus fieles y llévalos por el camino de la santidad, y así, pastores y ovejas podrán
un día entrar con gozo en los pastos eternos” (Bend 987).
O también:
"Señor Jesucristo, que enseñaste a los pastores de tu Iglesia a servir a los hermanos y no
a ser servidos, te pedimos que hagas con tu gracia que todos los que vengan a esta cátedra
(sede) proclamen siempre tu palabra y administren dignamente tus sacramentos, y así, junto
con el pueblo a ellos confiado, te alaben sin cesar en la sede eterna del cielo” (Bend 999).
Así se entiende el valor litúrgico que tiene la toma de posesión de un Obispo en su diócesis.
Cuando preside el Metropolitano (sic.), una vez leídas las Letras Apostólicas, “el
Metropolitano invita al Obispo a sentarse en la cátedra. Luego el Obispo se pone de pie y
se canta el Gloria” (CE 1145).
Es una lástima que muchas veces la sede queda al margen de la liturgia y se haga la homilía
delante del altar con un micrófono: se busca entonces impactar de forma mediática, pero
pierde todo el valor de signo.
También en la inauguración del ministerio del párroco en su parroquia; el Obispo le hace
entrega al nuevo párroco de los distintos lugares litúrgicos (fuente bautismal, sede
penitencial…) y también la sede para presidir (Cf. Entrada del nuevo párroco, n. 12).
La sede deberá poseer prestancia, ser visible, elevada, y apta para dirigir la oración y poder
realizar desde allí la homilía.

Participar en la liturgia ofreciéndonos al Padre (XV)

“Instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor,
den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no
sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día,
por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí” (SC 48).
Los fieles participan de verdad (plena, consciente, activa, interior, fructuosamente) cuando
se ofrecen juntamente con la hostia inmaculada. Ya Pío XII, ampliamente, lo expuso en la
encíclica Mediator Dei. Trataba de la “participación, en cuanto que deben ofrecerse también
a sí mismos como víctimas”, señalando la ofrenda de cada uno junto con Cristo: “Mas para
que la oblación con la cual en este sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima
divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí
mismos como hostias” (Mediator Dei, n. 120).
Tratemos de comprender este grado de la participación real de los fieles en la Misa:
ofrecerse con Cristo.
“La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación fructuosa,
es necesario esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se celebra
mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la
salvación del mundo entero” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 64).
A Dios ofrecemos y nos ofrecemos nosotros mismos. De lo material, de los bienes
materiales y el propio trabajo, ofrecemos el pan y el vino, que reúnen en síntesis, toda la
creación[1], todo el trabajo y todo lo que es nuestro. Pero es nuestro en cierta medida,
porque, realmente, cuanto tenemos viene de Él, de su generosidad y prodigalidad con
nosotros. “Te ofrecemos –dice el Canon romano- de los mismos bienes que nos has dado”,
“de tuis donis ac datis”[2], y ya san Pablo, refiriéndose a dones y gracias, preguntaba: “¿Qué
tienes que no hayas recibido?” (1Co 4,7).
Al altar se lleva pan y vino, ofrecido por los fieles, recapitulando toda ofrenda, todo don y
todo bien recibido. “Nadie ofrece a Dios algo suyo, sino que lo que ofrece es del Señor y no
tanto ofrece uno las cosas suyas, cuanto le devuelve las que son de Él… En primer lugar,
Dios enseña al hombre, para que sepa que, cualquier cosa que ofrezca a Dios, es
devolvérselo a Él, más que bien que ofrecérsela” (Orígenes, Hom. in Num, XXIII, 2, 1).
Ya no se trata de llevar cualquier cosa al altar, simbólica, superficialmente añadida, para
que sean muchos los que intervengan, sino que en el pan y vino ofrecidos se incluye la
ofrenda viva de cada uno de los participantes.
Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del
vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos
gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto “del trabajo del hombre", pero
antes, “fruto de la tierra” y “de la vid", dones del Creador (CAT 1333).
Somos nosotros mismos ofrecidos en el altar con aquello que hemos entregado. Lo
más importante es el ofrecimiento de sí mismo junto con Cristo. “Que Él nos transforme
en ofrenda permanente”[3]; y también: “te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre, sacrificio
agradable a ti y salvación para todo el mundo… y concede a cuantos compartimos este pan
y este cáliz, que… seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria”[4]. Son
palabras que no deben pasar desapercibidas cuando, solemnemente, el sacerdote las
proclama orando.
La Iglesia entera se asocia –se une, es partícipe- del sacrificio de su Señor. No, no es un
sacrificio que no cuesta nada –en palabras del teólogo Von Balthasar- sino que tiene su
precio: no asistimos, sino que nos implicamos como Iglesia, ofreciéndonos. “La Iglesia, que
es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece
totalmente” (CAT 1368). La Eucaristía es el sacrificio de Cristo y sacrificio de la Iglesia, a la
vez e inseparablemente; en palabras de san Agustín: “La Iglesia celebra este misterio con
el sacramento del altar, que los fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente
que en lo que se ofrece ella misma es ofrecida”[5].
La ofrenda del sacrificio eucarístico nos convierte a nosotros en una ofrenda permanente,
expropiados de nosotros mismos, para el servicio de Dios; somos transformados en víctimas
vivas para alabanza de su gloria. Es una transformación de los oferentes –de todos los
participantes- en Cristo, para ser siervos de Dios, santos en el mundo, consagrados
a Él. “La doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también
sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles. La insistencia sobre el sacrificio —«hacer
sagrado»— expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra implicada en la
transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12)” (Benedicto XVI,
Exh. Sacramentum caritatis, n. 70).
La ofrenda del sacrificio y la verdad de la participación en la liturgia se realizan cuando se
da esa unión real, profunda, misteriosa, mística, con Cristo. La doxología apunta bien la
dirección: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu
Santo…”[6]
La ofrenda real de los fieles con Cristo, asociados a su sacrificio, como verdadera
participación se prolongará luego en la vida cotidiana, convirtiéndola en “sacrificio espiritual”,
en una “liturgia existencial” de continua santificación y ofrenda. “En la Eucaristía, el sacrificio
de Cristo se hace también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles,
su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total
ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a
todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda” (CAT 1368). Ya
decía el Concilio Vaticano II que “los hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí
mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo” (PO 5) y, antes, Pío XII:
“Y no se olviden los fieles cristianos de ofrecer, juntamente con su divina Cabeza clavada
en la cruz, a sí propios, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y
necesidades” (Mediator Dei, n. 127).
Esta participación de los fieles en el sacrificio de Cristo, lo que se busca pastoralmente
cuando se quiere participar, es la unión con Cristo en su ofrenda, una unión tan íntima, que
inaugura un culto vivo, existencial, en lo cotidiano:
“El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De
aquí toma forma la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La Eucaristía,
al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día, la
transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios
(cf. Rm 8,29s). Todo lo que hay de auténticamente humano —pensamientos y afectos,
palabras y obras— encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser
vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad radical traída por
Cristo con la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un
momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar todos los
aspectos de la realidad del individuo. El culto agradable a Dios se convierte así en un nuevo
modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda
exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios” (Benedicto
XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 71).
Esta incorporación a Cristo en su sacrificio, ofreciéndose los fieles junto con Él, es una
participación plena en la liturgia que corresponde al sacerdocio bautismal y que se prolonga
en la liturgia de lo cotidiano, en el culto espiritual de la propia existencia:
“Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente
llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En
efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo
diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias
de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales
agradables a Dios por Jesucristo (cf 1P 2, 5), que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre
en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta
manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana,
consagran el mundo mismo a Dios” (LG 34).
Al ver en la iglesia el altar, hemos de pensar también en aquel altar interior, el propio
corazón, que debe ofrecer sacrificios y holocaustos de alabanza al Señor.
La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia,
actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los
Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila
la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto”
(Mt 6, 6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf IGLH 9)
(CAT 2655).
Así como en la Iglesia se ofrece la Víctima santa en el altar, en el altar de nuestro corazón
hemos de ofrecernos nosotros a Dios. Así como en la Iglesia se eleva la súplica al Padre en
el altar, en el altar de nuestro corazón hemos de elevar nuestras súplicas constantes a Dios.
Así como en la Iglesia el altar es incensado con suave olor para que la alabanza llegue al
cielo, en el altar de nuestro corazón hemos de ofrecer siempre el incienso de nuestra
alabanza a Dios.
Comentando el libro de los Números, predicaba Orígenes: “Los dos altares, esto es, el
interior y el exterior, puesto que el altar es símbolo de la oración, considero que significan
aquello que dice el Apóstol: “Oraré con el espíritu, oraré también con la mente". Cuando,
pues, ‘quisiere orar en el corazón’, entraré en el altar interior, y eso considero que es también
lo que el Señor dice en los Evangelios: ‘tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto y
cierra tu puerta y ora a tu Padre en lo escondido’. Quien, pues, así ora, como dije, entra en
el altar del incienso, que está en el interior”[7].
“Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva,
santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rm 12,1).
En el altar del corazón ofrecemos sacrificios vivos, los de la vida cotidiana, los sacrificios
interiores, espirituales, la lucha contra el pecado y las mortificaciones, la vida teologal que
crece, el trabajo, la actividad, el descanso. Todo es ofrecido en el altar del corazón.
“Para salir de Egipto no basta con la mano de Moisés, se busca también la mano de Aarón.
Moisés indica la ciencia de la ley; Aarón, la pericia de sacrificar e inmolar a Dios. Es, pues,
necesario que los que salgamos de Egipto no sólo tengamos la ciencia de la ley y de la fe,
sino los frutos de las obras, por los cuales se agrada a Dios. Por ello se mencionan las
manos de Moisés y de Aarón, para que por las manos entiendas las obras.
De hecho, si, saliendo de Egipto y ‘volviendo a Dios’, rechazo la soberbia, habré sacrificado
un toro al Señor por las manos de Aarón. Si elimino el desenfreno y la lujuria, creeré haber
matado un chivo para el Señor por las manos de Aarón. Si venzo la pasión cruel, un ternero;
si la necedad, parecerá que he inmolado una oveja” (Orígenes, Hom. in Num, XXVII, 6, 2).
La participación de los fieles en la liturgia conduce a ofrecer todo lo que antes, día a día,
hemos ido ofreciendo a Dios en el altar del corazón; y al participar en la liturgia –con este
recto sentido de participación- viviremos lo cotidiano ofreciendo y glorificando a Dios. Por
Cristo, con él y en él.

[1] “En el Sacrificio Eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a
través de la muerte y resurrección de Cristo” (CAT 1359).
[2] “Ofrecemos al Padre lo que Él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y
el vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y
la Sangre del mismo Cristo: así Cristo se hace real y misteriosamente presente” (CAT 1357).
[3] Plegaria Eucarística III.
[4] Plegaria Eucarística IV. Otro formulario pedirá: “te ofrecemos lo mismo que tú nos
entregaste: el sacrificio de la reconciliación perfecta. Acéptanos también a nosotros, Padre
santo, juntamente con la ofrenda de tu Hijo” (Plegaria Eucarística de la Reconciliación II).
[5] De civ. Dei, 10, 6.
[6] “Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: Él une los fieles a su
persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre
es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él” (CAT 1361).
[7] Hom. in Num, X, 3, 3.

Disposiciones interiores para participar en la liturgia, 1ª parte (XVI)

Hay una clara exageración, que parte del desconocimiento de la naturaleza de la liturgia y
su valor pastoral, en insistir en que la participación es solamente algo externo, que hay
fomentar, incluso añadiendo o inventando cosas no previstas en los libros litúrgicos de la
Iglesia.
Esa clara exageración suele ir en detrimento de la participación interior, devota, consciente,
fructuosa, que son el núcleo de la verdadera liturgia. El cuidado de la liturgia, la cura
pastoral, la pastoral litúrgica, deben fomentar las disposiciones internas, los sentimientos
espirituales auténticos, para entrar en el Misterio del Señor que se celebra en la liturgia.
Pío XII lo advirtió ya en la encíclica Mediator Dei: “Pero el elemento esencial del culto tiene
que ser el interno; efectivamente, es necesario vivir en Cristo, consagrarse completamente
a El, para que en El, con El y por El se dé gloria al Padre. La sagrada liturgia requiere que
estos dos elementos estén íntimamente unidos; y no se cansa de repetirlo cada vez que
prescribe un acto de culto externo” (nn. 34-35). Lo externo, como los cantos, respuestas,
posturas corporales e incluso los distintos servicios litúrgicos (lectores, acólitos, coro,
oferentes en la procesión de los dones, monitor) buscan únicamente la participación interior
de los fieles, favorecer la unión con Cristo: “se encaminan principalmente a alimentar y
fomentar la piedad de los cristianos y su íntima unión con Cristo y con su ministro visible, y
también a excitar aquellos sentimientos y disposiciones interiores, con las cuales nuestra
alma ha de imitar al Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento”[1].
Lo interior debe ser la reproducción en nosotros de los sentimientos de Cristo, buscando la
comunión más íntima y personal con Jesucristo y con Él, ofrecernos al Padre para vivir en
santidad.
Esa participación interior, culto en espíritu y verdad, debe ser la meta última de la
pastoral litúrgica, el punto de convergencia de todo, para no caer en el activismo, en
el esteticismo, en los protagonismos, en definitiva, en secularizar la liturgia.
Acudiendo a los grandes principios de la Constitución Sacrosanctum Concilium,
encontramos los siguiente: “fomenten con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la
participación activa de los fieles, interna y externa” (n. 19). Se desea que “el pueblo cristiano
pueda comprenderlas fácilmente [las cosas santas] y participar en ellas por medio de una
celebración plena, activa y comunitaria” (SC 21). Plena, pues, ha de ser la participación. E
insiste: “participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada” (SC 48),
sabiendo lo necesario que es que no sólo sea activa, exterior, sino también consciente, con
el corazón y la mente, y piadosa, con piedad, es decir, con adoración, respeto, veneración,
sentido de Dios, sacralidad.
Podríamos considerar las vertientes distintas de esta participación interior, aquello que hay
que cuidar, para que demos al Padre un culto en espíritu y en verdad.
a) Ofrecernos
La participación interior conduce a ofrecernos con Cristo al Padre para vivir su voluntad.
Expropiados de nosotros mismos, como la Virgen María, esclava del Señor, dejamos que el
Señor tome todo y disponga en nosotros, según su plan de amor.
-Lo que Él nos da
Cuanto tenemos, lo hemos recibido (cf. 1Co 4,7). Es don y gracia del Señor. Incluso nosotros
mismos somos un regalo de Quien nos ha creado por amor, nos ha redimido y nos da el ser
hijos suyos. En el pan y en el vino se concretan todos los dones que Dios nos ha entregado,
de manera que en la liturgia le ofrecemos, realmente, de lo que lo Él nos ha dado; así reza,
por ejemplo, el Canon romano: “te ofrecemos, de los mismos bienes que nos has dado, el
sacrificio”, “de tuis donis ac datis”. Reconocemos así que todo nos viene dado, que es gracia
y amor. “Acepta, Señor, los dones que te presenta la Iglesia y que tú mismo le diste para
que pueda ofrecértelos”[2]; “te presentamos, Señor, estos dones que tú mismo nos diste
para ofrecer en tu presencia”[3].
La primacía la tiene el Señor, y así la liturgia, una vez más, nos revela que es teocéntrica,
es decir, que su centro es Dios y no el protagonismo del hombre, y que cuanto podemos
ofrecerle es porque Él nos lo ha dado, no por nuestros compromisos y logros. No es una
manifestación de nuestro poder humano (¿acaso construiremos Babel?), sino la ofrenda
pura de reconocimiento de su bondad (Abel así lo hizo). “Te ofrecemos, Señor, estos dones
que tú mismo nos diste; haz que lleguen a ser para nosotros prueba de tu providencia sobre
nuestra vida mortal”[4].
Es la generosidad de Dios la que se pone de relieve, poniendo en nuestras manos la ofrenda
que Él espera: “recibe, Señor, las ofrendas que podemos presentar gracias a tu
generosidad”[5]; y aquí se produce un admirable intercambio –como lo llaman los Padres
de la Iglesia- porque en esa ofrenda que entregamos recibimos a cambio al mismo Cristo:
“para que, al ofrecerte lo que tú nos diste, merezcamos recibirte a ti mismo”[6].
Dios mismo ha instituido este sacrificio espiritual, el sacrificio eucarístico, para que
pudiéramos ofrecer: “recibe, Señor, este sacrificio que tú mismo has querido que te
ofreciéramos”[7]; “Señor, Dios nuestro, tú mismo nos das lo que hemos de ofrecerte”[8].
-Nosotros nos entregamos
Los dones eucarísticos, pan y vino, que se llevan en procesión al altar, constituyen la
ofrenda de cada uno de los fieles, de su propia vida y corazón. Nosotros mismos nos
entregamos a Dios en el altar: “Haz, Señor, que te ofrezcamos siempre este sacrificio
como expresión de nuestra propia entrega”[9]. Las ofrendas (solamente el pan y el vino
llevados al altar) poseen un alto sentido espiritual: en ellos están contenidos místicamente
los fieles que se ofrecen con Cristo: “Te rogamos, Señor, que nuestra vida sea conforme
con las ofrendas que te presentamos”[10]. La entrega cotidiana al plan de Dios, el trabajo
santificador, la obediencia amorosa a su voluntad, se presentan en el altar: “acepta, Señor,
estas ofrendas, signo de nuestra entrega a tu servicio”[11].
Ese ofrecimiento nos convierte en víctimas con Cristo Víctima, en sacerdotes por el
bautismo junto con el Sacerdote Eterno, Jesucristo, y esto no sólo un momento, sino como
una situación permanente, constante: “santifica, Señor, estos dones que te presentamos, y
transfórmanos por ellos en ofrenda perenne a tu gloria”[12], “santifica, Señor, estos dones,
acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros transfórmanos en oblación
perenne”[13]. “La ofrenda que te presentamos nos transforme a nosotros, por tu gracia,
en oblación viva y perenne”[14].
Seremos entonces un sacrificio, una ofrenda agradable a Dios: “Concédenos, por la eficacia
de este sacrifico, llegar a transformarnos en ofrenda agradable a tus ojos”[15];
“concédenos… convertirnos en sacrificio agradable a ti, para la salvación de todo el
mundo”[16]; “que su eficacia nos purifique de nuestros pecados, para que
podamos presentarnos a ti como ofrenda agradable a tus ojos”[17].

-Unidos a la ofrenda de Cristo mismo


Ofrecidos, como víctimas para alabanza de su gloria, estaremos unidos con Cristo para
hacer, siempre y en todo, la voluntad del Padre: “haz que unida [la Iglesia] a Cristo, su
cabeza, se ofrezca con él a tu divina majestad y cumpla tu voluntad”[18]. Nuestra ofrenda
cobra valor cuando está unida a Cristo, cuando la incluimos en la ofrenda que hizo Cristo
de sí mismo. “Haz que en perfecta unión con él [Cristo], te ofrezcamos una digna
oblación”[19], “Jesucristo, nuestro Mediador, te haga aceptables estos dones, Señor, y nos
presente juntamente con él como ofrenda agradable a tus ojos”[20].

-Es el mayor culto que tributamos


La ofrenda del sacrificio eucarístico, que es la ofrenda del mismo Cristo al Padre en su
sacrificio, nos implica a nosotros, participantes. Junto al sacrificio de Cristo en la Eucaristía
va nuestro propio sacrificio y ofrenda. Aquí se muestra el mayor culto que podemos tributar
a Dios: la ofrenda eucarística, el sacrificio de Cristo “a ti Dios, Padre omnipotente, en la
unidad del Espíritu Santo”. Ofrecemos el mismo sacrificio de Cristo al Padre: “mira, Señor,
los dones de tu Iglesia, que no son oro, incienso y mirra, sino Jesucristo, tu Hijo, al que
aquellos dones representaban y que ahora se inmola y se nos da en comida”[21]. El
sacrificio de la Eucaristía, que es de Cristo y de su Iglesia, es el mayor culto, la liturgia
perfecta, que podamos ofrecer: “acepta, Señor, en la fiesta solemne de la Navidad esta
ofrenda que nos reconcilia contigo de modo perfecto, y que encierra la plenitud del
culto que el hombre puede tributarte”[22]. Y este mayor culto nos reconcilia con Dios:
“Señor, que esta oblación, en la que alcanza su plenitud el culto que el hombre puede
tributarte, restablezca nuestra amistad contigo”[23].

-Presentamos todo lo que vivimos


Lo que somos, lo que hacemos, lo que vivimos; el dolor y la alegría, el trabajo y el
apostolado, la mortificación y los sacrificios, todo queda incluido en la ofrenda del altar y en
la ofrenda del pan y del vino se contiene todo lo nuestro: “te pedimos, Señor, que quienes
nos disponemos a celebrar los santos misterios, tengamos la alegría de poder ofrecerte,
como fruto de nuestro penitencia cuaresmal, un espíritu plenamente renovado”[24].
Nuestro trabajo es el modo de santificación de lo cotidiano en el mundo, y así el trabajo
diario es materia que se ofrece en el altar de Dios: “acepta, Señor, los dones de tu Iglesia
en oración, y haz que, por el trabajo del hombre que ahora te ofrecemos, merezcamos
asociarnos a la obra redentora de Cristo”[25]. Todo lo humano es incluido en la ofrenda al
Padre con Cristo: “recibe, Señor, los dones que te presentamos confiados y haz
que nuestras tristezas y amarguras lleguen a tener ante tus ojos el valor de un sacrificio
verdadero”[26].
La Eucaristía nos convierte en “ofrenda permanente”, “víctimas vivas para alabanza de tu
gloria”. Esa participación interior de los fieles nos convierte en ofrendas vivas al Señor,
oblación perenne. Es el sentido espiritual de la participación interior que queda, además,
subrayado por los distintos formularios de la monición sacerdotal:
“Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre
todopoderoso”.
“Orad, hermanos, para que llevando al altar los gozos y las fatigas de cada día, ofrezcamos
el sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso”.
“En el momento de ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia, oremos a Dios, Padre
todopoderoso”.

[1] Pío XII, Enc. Mediator Dei, n. 129.


[2] OF (: Oración sobre las ofrendas), 21 diciembre.
[3] OF, Miérc. I Cuar.
[4] OF, Martes IV Cuar.
[5] OF, XVII Dom. T. Ord.
[6] OF, XX Dom. T. Ord.
[7] OF, Miérc. VII Pasc.
[8] OF, VIII Dom. T. Ord.
[9] OF, Dom. III Adv.
[10] OF, Dom. I Cuar.
[11] OF, Lunes I Cuar.
[12] OF, Stma. Trinidad.
[13] OF, Sábado II Pasc.
[14] OF, Común de Santa María, II.
[15] OF, San Vicente de Paúl, 27 de septiembre.
[16] OF, San Andrés Kim Taegon, 20 de septiembre.
[17] OF, Sábado después de ceniza.
[18] OF, Por la Iglesia, D.
[19] OF, Votiva Sgdo. Corazón.
[20] OF, Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
[21] OF, Epifanía.
[22] OF, Natividad, Misa del día.
[23] OF, 23 de diciembre.
[24] OF, Lunes V Cuar.
[25] OF, Por la santificación del trabajo, B.
[26] OF, En cualquier necesidad, B.

La sede para la penitencia

La renovación de la vida bautismal exige la penitencia. Por tanto, el templo debe estar
preparado para que se pueda expresar el arrepentimiento y la recepción del perdón, lo cual
exige asimismo un lugar apropiado (Catecismo de la Iglesia, nº 1185).
El sacramento de la penitencia es un sacramento eclesial, puesto que el pecador ofende a
Dios y a la Iglesia con su pecado, y de ambos se separa, y por ambos, vuelve a la comunión.
Es el sacramento de la paz de Dios donde se vuelve a la pax Ecclesiae. Es, asimismo, claro
ejemplo, de cómo la Iglesia es santa en sí misma y pecadora en sus miembros.
Este sacramento es un sacramento comunitario, aunque sólo lo celebre un penitente y un
presbítero. Es un sacramento comunitario y eclesial, pero un tanto especial por su
celebración. Reformada ésta por el Concilio y el Ritual, ahora consta -¡debe constar!- de
saludo, lectura bíblica, confesión, penitencia, oración del penitente, imposición de manos y
absolución, oración de acción de gracias y despedida.
Este sacramento no es un encuentro psicológico ni una dirección espiritual: es una
celebración litúrgica, donde existe una sede presidencial y un ministro que preside el
sacramento revestido de las vestiduras litúrgicas, porque es signo e instrumento eficaz de
Cristo.
Junto a la sede del presidente, el lugar del penitente. Es conveniente que tenga la posibilidad
de sentarse para confesar, igualmente que se pueda poner cómodamente de rodillas para
la absolución, y que no existan separaciones que impidan la imposición de manos sobre la
cabeza del penitente.
La reja, que debe existir en todo confesionario, es un signo de respeto para el que quiera
preservar su anonimato, pero no es lo deseable, puesto que impide la realización concreta
y entera de los signos del sacramento. La rejilla hoy no es obligatorio usarla sino tenerla
para el penitente que desee usarla y preservar el anonimato. En el caso de las mujeres, en
general, es una buena medida de prudencia y recato.
Debe haber un lugar discreto pero iluminado, que no produzca miedo sino serenidad y
confianza para celebrar con tranquilidad el sacramento. Educar para el sacramento: silencio,
imposición de manos, lectura de la Palabra, oraciones del penitente.
Recordemos la instrucción pastoral “Dejaos reconciliar con Dios” del Episcopado español:
“El sacramento de la penitencia normalmente se celebrará, a no ser que intervenga una
causa justa, en una iglesia u oratorio. Ha de evitarse por todos los medios que las sedes
para el sacramento de la penitencia o confesionarios estén ubicados en los lugares más
oscuros y tenebrosos de las iglesias como en ocasiones sucede. La misma estructura del
“mueble confesionario” tal y como es en la mayoría de los casos presta un mal servicio a la
penitencia que es lugar de encuentro de Dios, tribunal de misericordia, fiesta de
reconciliación. Por esto y para dar todo el relieve necesario al acto del coloquio penitencial,
debe cuidarse la estética, funcionalidad y discreción de la sede para oír confesiones. En
todo caso tener presente que, tanto en la iglesia como fuera de ella, el lugar para la
reconciliación de responder, por una parte, a la discreción propia de la acción que se realiza
y así pueda favorecer el diálogo; pero, a la vez, no debe perder el carácter de lugar visible.
No podemos dejar de recordar aquí el respeto que se debe tener a este sacramento y la
dignidad con la que debe celebrarse, incompatible con algunos usos que se manifiestan, a
veces, en la manera de vestir o de comportarse el sacerdote durante la celebración. En este
sentido recordamos que los ornamentos propios para celebrar la reconciliación individual en
la iglesia son el alba y la estola” (n. 79).
NB. Y añado a lo estrictamente litúrgico, porque me sale del alma: una buena sede
penitencial requiere algo tan sencillo como que el sacerdote realmente se siente, aunque
no confiese nadie, todos los días; que esté esperando allí aun cuando no acuda nadie ni un
día ni otro ni otro. ¡Que aproveche para leer o para orar! Pero eso de los tablones de
anuncios: “Confesiones media hora antes de la Misa” debe ser absolutamente real. El
sacerdote ha de sentarse diariamente en su sede penitencial como Cristo que siempre está
esperándonos. Esa es una gran catequesis sin palabras sobre la verdad del sacramento.
Disposiciones interiores para participar en la liturgia, 2ª parte (XVI)

b) El corazón que participa


¿De qué modo se realiza la participación interior, la propia del corazón? ¿Cuáles son las
disposiciones íntimas, espirituales? Pensemos que una verdadera participación en la liturgia
conduce a que lleguen “a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por
manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador
en la unión con Dios y entre sí” (SC 48).
-Estar ante Dios
La liturgia es opus Dei, obra de Dios, así como un divino servicio. Es algo santo y sagrado
porque proviene de Dios mismo que nos permite estar en su presencia y servirle; es santa
y sagrada la liturgia porque en ella estamos ante Dios mismo, y debemos reproducir el
mismo espíritu de fe, respeto y adoración de Moisés ante la zarza ardiente que se descalza
porque está en terreno sagrado ante el Dios vivo (cf. Ex 3,1-8).
Se nos inculca un sentido profundamente religioso, la conciencia de una Presencia, sin los
resabios secularistas donde el hombre es el centro y la liturgia parece una fiesta humana,
una comida de amigos.
“Nada de lo que hacemos en la Liturgia puede aparecer como más importante de lo que
invisible, pero realmente, Cristo hace por obra de su Espíritu. La fe vivificada por la caridad,
la adoración, la alabanza al Padre y el silencio de la contemplación, serán siempre los
primeros objetivos a alcanzar para una pastoral litúrgica y sacramental” (Juan Pablo II, Carta
Vicesimus Quintus Annus, n. 10).
Quien nos inculca ese sentido religioso de la liturgia -¿acaso podría tener otro?- es la misma
eucología. Acudiendo a la liturgia, estamos sirviendo a Dios: “podamos servirte en el altar
con un corazón puro”[1]. La ofrenda –eucarística y existencial- se ofrece con un solo objeto,
el de servir a Dios: “Mira, Señor, complacido el sacrificio espiritual que vamos a ofrecerte en
nuestro deseo de servirte”[2]. Dios mismo nos llama al servicio santo de la liturgia: “escucha,
Señor, nuestra oración y libra de las seducciones del mundo a los que has llamado a
servirte en estos santos misterios”[3] y la liturgia es siempre un servicio al Señor:
“concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad”[4]. La ofrenda
posee un significado espiritual mostrando que somos siervos del Señor: “como signo
de nuestra servidumbre”[5], “miras nuestra ofrenda como un gesto de nuestro devoto
servicio”[6].
La liturgia es un servicio divino, un servicio santo[7]. En ella somos siervos y servidores, no
dueños y amos; recibimos como don, no somos poseedores a nuestro arbitrio. Vivimos y
queremos vivir “entregados a servirte en el altar”[8]. En la liturgia obsequiamos a Dios con
“el homenaje de nuestro servicio”[9].
-Virtudes sinceras del corazón
Para que la ofrenda eucarística, incluyendo la ofrenda que cada uno hace de sí mismo,
pueda ser agradable a Dios Padre todopoderoso, es necesario que el corazón esté revestido
de unas virtudes concretas. Es decir, la participación en la liturgia, cuando se da realmente
en el servicio divino, atiende al corazón. El estilo desenfadado, informal, que trivializa para
parecer aparentemente más cercano; la falsa familiaridad, el tono catequético para todo
(convirtiendo la liturgia en logos y cayendo en verbalismo) o el tono rutinario, monótono y
cansino; todo esto choca frontalmente con lo que antes veíamos, el carácter sagrado y el
servicio divino, que eso es la liturgia.
La primera virtud, o el primer modo, es la “dignidad”; es la cualidad de lo digno, la
excelencia, el realce, la gravedad y el decoro. La dignidad corresponde a aquello que
realmente es importante, y, en nuestro caso, santo: la liturgia de Dios y para Dios. La
dignidad se reserva para cuando se está delante de alguien superior o en algo realmente
importante, y eso mismo es lo que ocurre en la liturgia: estamos ante alguien superior, Dios,
el Señor, y ante lo realmente importante: glorificarle. Es una concepción teológica y teologal
de la liturgia, no utilitarista, secularizada, humanista, antropocéntrica.
Tan importante es esa dignidad a la hora de vivir y celebrar la liturgia, que con mucha
frecuencia aparece como una petición al Señor: “concédenos, Señor, participar dignamente
en estos santos misterios”[10]; “te ofrezcamos una digna oblación”[11], “te ofrezcamos
dignamente este sacrificio de alabanza”[12]. Son peticiones ya que es el Señor quien obra
en nosotros el corazón bien dispuesto, por gracia, para reconocer su Presencia y estar
dignamente ante Él: “prepara, Señor, nuestros corazones para celebrar dignamente estos
misterios”[13]. Los fieles deben desear y suplicar siempre, para toda liturgia, que “nuestro
servicio sea digno de estos dones sagrados”[14] y que “celebremos con dignidad estos
santos misterios”[15]. Por tanto, una cualidad del corazón, que se va a manifestar en el porte
exterior, en la compostura, es la dignidad, aquella que conviene para ofrecer y estar con
reverencia en el culto cristiano. Tan importante que es que suplicamos: “concédenos…
servir siempre a tu altar con dignidad”[16], “con culto reverente”[17].
Junto a la dignidad, una serie de cualidades del corazón y, por tanto, profundamente
existenciales, marcan la vida y la sellan como una realidad santa para el Señor. El culto
cristiano es un culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23), el corazón del creyente. Un culto
vacío es rechazado por el Señor como leemos en los profetas y en algunos salmos; sólo en
el corazón reside la verdad de la persona, del creyente. “Dios dice al pecador: ¿Por qué
recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?…” (Sal 49, 16-17).
Así participar en la liturgia es implicar la vida y mostrar la propia vida. Se participa “en el
altar con un corazón puro”[18]; se ofrece al Señor con un corazón libre, sin ataduras, ni
apegos, ni idolatrías, ni esclavitudes, sirviendo únicamente al Señor, Dios verdadero, y
rechazando los ídolos: “concédenos, Señor, ofrecerte estos dones con un corazón
libre”[19]. “No entrará en ella nada profano”, nada impuro (Ap 21,27).
La ofrenda será pura si el corazón es puro, porque no es sólo pan y vino llevado al altar,
porque el sacrificio de Cristo es la ofrenda pura desde donde sale el sol hasta el ocaso (cf.
Mal 1,11), sino la ofrenda de cada uno de los fieles entregándose al Padre por Cristo: “que
este sacrificio, Señor, sea para ti una ofrenda pura”[20]. Esta pureza de corazón es también
sinceridad: no es una cosa lo que se ofrece mientras la vida permanece ajena al sacrificio
de Cristo; o las palabras dicen una cosa sin que el corazón las pronuncie (“este pueblo me
honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”, Is 29,13; cf. Mt 15,7-9); o la vida
litúrgica es un paréntesis de piedad mientras hay un divorcio de la fe con lo concreto de la
vida. La sinceridad es coherencia y unidad de vida para que la liturgia sea expresión de
nuestra propia entrega a Dios y le permitamos la transformación absoluta de lo que somos:
“haznos aceptables a tus ojos por la sinceridad de corazón”[21]. Es la sencillez, la
veracidad, sin fingimiento alguno, ante Aquel que sondea las entrañas y el corazón (cf. Sal
138,1), y nada hay oculto ante Él. Él sabe lo que hay en el corazón de cada hombre (Sal
32,15), lee en los corazones: “los conocía a todos… porque él sabía lo que hay dentro de
cada hombre” (Jn 2, 24-25).
La adoración y el santo temor de Dios no implican ni alejamiento ni miedo; sino piedad filial
ante Dios Padre, por eso ofrecemos y nos ofrecemos con confianza: “recibe, Señor, los
dones que te presentamos confiados”[22], “llenos de confianza en el amor que nos tienes,
presentamos en tu altar esta ofrenda”[23].
Junto a lo anterior, la humildad: “no soy digno de que entres en mi casa”. La liturgia es un
ejercicio de humildad: “¿Quién puede estar en el recinto sacro?” (Sal 23), recordándonos
constantemente que realizamos el culto cristiano y nos asociamos a la Iglesia del cielo “no
por nuestros méritos sino conforme a tu bondad” (Canon romano). Por eso estar y vivir la
liturgia se modela interiormente a partir de la humildad: “Mira complacido, Señor, nuestro
humilde servicio”[24], de manera que no hay lugar para los protagonismos ni para las
pequeñas disputas a la hora de realizar un servicio en la liturgia (leer, dirigir una monición,
entonar…) sino que la humildad es el sustento y cimiento de la participación santa.
Entonces, humildemente, la Gracia de Cristo podrá obrar en nosotros.
El ejercicio de la liturgia es un acto de oración sublime y perfecta; es oración, no activismo;
es oración, no fiesta secular; cuando se vive la liturgia y se participa internamente, se
advierte el rostro hermoso de la liturgia, el ser “Iglesia en oración”: “Mira, Señor, los dones
de tu Iglesia en oración”[25]. El espíritu de oración determina la calidad de una celebración
litúrgica; de ahí que se pueda valorar la participación en la liturgia por el fervor que provoca
y con el que se vive, y no simplemente por las exhortaciones moralizantes o la exaltación
afectiva de sentimientos o de esteticismos: “nos dispongamos a ofrecer con mayor
fervor…”[26]. El fervor es un celo ardiente, caracterizado por el fuego; es entusiasmo, ardor,
ante las cosas santas.
La vida litúrgica es una respuesta a la convocatoria del Señor por los caminos de la vida
para que todos acudan (cf. Mt 22,9). Pero es imprescindible una vestidura conforme a la
santidad del Misterio, la blanca vestidura del bautismo (cf. Gal 3,27; Col 3,10), el traje nupcial
para ser partícipes de las bodas de Cristo con la Iglesia (cf. Ef 5,25-26; Ap 19,7). Son
vestidos “blanqueados en la sangre del Cordero” (Ap 7,14). Por eso es imprescindible
participar con el traje blanco del bautismo, con el traje de bodas: “Señor, haz que nos
acerquemos siempre a tu banquete con la vestidura nupcial”[27]. Del banquete solamente
es expulsado aquel que no vino con el traje de fiesta. El rey “reparó en uno que no llevaba
traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?” (Mt 22,11-
12).
El alma ha de estar revestida de fiesta y de gracia, de blancura de inocencia, para entrar en
el servicio de la liturgia; pero, alegóricamente, también habría que recordar el modo de estar
vestidos externamente, conforme al pudor y al respeto que merecen las cosas santas.
-Espíritu de fe (lo teologal)
Para participar realmente en la liturgia, el corazón del cristiano debe vivir según las virtudes
teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Ni asistimos a un ceremonial de obligado
cumplimiento, una función religiosa para deleite de los sentidos, ni a un recuerdo subjetivo
(psicológico) de algo del pasado que nos mueve al compromiso ético. Somos participantes
de la actualidad del Misterio de Cristo, siempre presente en la liturgia. Sólo la fe intensa y
viva conduce a participar; la fe rebosante de amor a Dios, de caridad sobrenatural.
La fe y la caridad dirigen a una participación mucho más consciente, devota, interior, con
plena disponibilidad a la acción de la Gracia de Cristo. Nada de rutina, nada de activismo,
nada de antropocentrismo (ese lenguaje de valores, compromisos y muchas moniciones,
simbolismos añadidos). Entonces, participar, es vivir la liturgia “con fe verdadera”[28], “la fe
y la humildad de tus hijos te hagan agradable esta oblación”[29]; deseamos que la Eucaristía
podamos “recibirla siempre con un profundo espíritu de fe”[30], “celebremos con dignidad
estos santos misterios y los recibamos con fe”[31].
Siempre con “amor”, lejos del protagonismo, o de considerarnos dueños de la liturgia; la
liturgia pide un amor grande, sobrenatural, en el corazón del pueblo cristiano porque sólo
así se participa de verdad y se llega al núcleo del Misterio: “esta eucaristía, celebrada con
amor”[32] y “te agrademos con la ofrenda de nuestro amor”[33]; “purifica a los que venimos
con amor a celebrar la eucaristía”[34].
A la acción litúrgica acudimos, y nos metemos de lleno en ella, implicándonos, si hay ese
gran amor que nos mueve: “concédenos, Señor, que esta ofrenda sea agradable a tus ojos,
nos alcance la gracia de servirte con amor”[35]. Dios mismo nos comunica ese amor santo
que tiene su origen en Él, que se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm
5,5), y que incluso se convierte en alimento: “el amor con que nos alimentas fortalezca
nuestros corazones”[36].

[1] OF (: Oración sobre las ofrendas), San José.


[2] OF, Espíritu Santo, B.
[3] OF, Lunes II Cuar.
[4] OF, Jueves V Cuar.
[5] OF, IV Dom. T. Ord.
[6] OF, VIII Dom. T. Ord.
[7] “Nuestro humilde servicio” (OF, X Dom. T. Ord.); “nuestro servicio” (OF, XIII Dom. T.
Ord.).
[8] OF, San Carlos Luanga, 3 de junio.
[9] OF, Santa Marta, 29 de junio.
[10] OF, Misa in Coena Domini.
[11] OF, Votiva Sgdo. Corazón.
[12] OF, Votiva de los santos Apóstoles.
[13] OF, Viernes II Cuar.
[14] OF, XIII Dom. T. Ord.
[15] OF, San Pío X, 21 de agosto. Esta dignidad de cuerpo y alma conviene para estar al
pie de la cruz, sacrificio que se actualiza en la Eucaristía: “Te rogamos nos dispongas para
celebrar dignamente el misterio de la cruz” (OF, San Francisco de Asís, 4 de octubre); “te
rogamos, Señor, que tú mismo nos dispongas para celebrardignamente este sacrificio”
(OF, Virgen del Rosario, 7 de octubre).
[16] OF, Viernes V Cuar.
[17] OF, VII Dom. T. Ord.
[18] OF, San José.
[19] OF, XXIX Dom. T. Ord.
[20] OF, XXXI Dom. T. Ord.
[21] OF, Común de pastores, Fundadores de Iglesias, 9.
[22] OF, En cualquier necesidad, B.
[23] OF, IX Dom. T. Ord.
[24] OF, X Dom. T. Ord.
[25] OF, XV Dom. T. Ord.
[26] OF, San Jerónimo, 30 de septiembre.
[27] OF, San Luis Gonzaga, 21 de junio.
[28] OF, IV Dom. Cuar.
[29] OF, Espíritu Santo, B.
[30] OP (: Oración de postcomunión), Sábado III Cuar.
[31] OF, San Pío X, 21 de agosto.
[32] OF, VII Dom. Pasc.
[33] OF, XII Dom. T. Ord.
[34] OF, Santos Inocentes, 28 de diciembre.
[35] OF, XXXIII Dom. T. Ord.
[36] OP, XXII Dom. T. Ord.

El baptisterio

La pila bautismal debe ser fija, sobre todo en el bautisterio, construida de materia apropiada
y con arte, apta incluso para el caso del bautismo por inmersión. Con el fin de que resulte
un signo más pleno, puede construirse de forma que el agua brote como un verdadero
manantial (SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Ambientación y arte en el lugar de
la celebración, 1987, nº 20).
Se prevé que la fuente bautismal esté en una capilla aparte, cerca de la entrada de la iglesia.
Si no es posible, en el presbiterio, pero no como algo normal y habitual sino excepcional. Es
preferible que tenga ocho lados, recuperando la antigua tradición, sea situando la fuente
bautismal en una capilla octogonal, o enmarcando pila en un templete octogonal, o
adoptando la forma octogonal la misma pila. ¿Por qué el número 8? Tiene evidentes raíces
bíblicas. El Señor Resucitó en el Octavo Día, inaugurando un tiempo nuevo; si el tiempo
cronológico tiene 7 días, el Señor abre el tiempo de la vida nueva con un día más, el Octavo,
que supera el tiempo terreno.
La fuente bautismal debe tener cierta amplitud para poder realizar el Bautismo por inmersión
(bañando al niño) y no solamente por infusión (derramando un poco de agua en la cabeza).
Pensemos que hasta el siglo XIII la forma normal fue siempre la inmersión, y así lo reconoce
incluso Santo Tomás de Aquino afirmando que esto es más conveniente para significar los
efectos del bautismo y que se permite en cierto modo, aunque es insignificante, el bautizar
derramando sólo un poco de agua en la cabeza: ” la ablución con agua se puede hacer no
sólo con la inmersión, sino también con la aspersión o la infusión. Por eso, aunque sea más
seguro el bautismo de inmersión, que es el más común, puede, sin embargo, hacerse
también el bautismo de aspersión o el de infusión” (III, 66,7): ¡esa es la tradición litúrgica,
también romana!
Se podría muy bien rematar la pila bautismal con una cubierta de madera con algún adorno
para cerrar la pila bautismal cuando no hubiese bautizos y, sobre todo, que la pila quedase
como sellada durante toda la Cuaresma, hasta ser descubierta para la Vigilia pascual, y ser
adornada también con flores.
Lo señalado por el directorio “Ambientación y arte en el lugar de la celebración” para el lugar
del bautismo debe enseñarnos cuál es la práctica de la Iglesia y ponerla por obra:
“Tanto si el bautisterio se halla separado del recinto de la iglesia, como si se trata de una
fuente o pila colocada en la misma iglesia, habrá de disponerse todo de forma que
ostensiblemente quede resaltada la vinculación que existe entre el bautismo, la palabra de
Dios y la Eucaristía, que constituye la coronación de la iniciación cristiana. Esto se puede
conseguir cuando se proyectan y disponen los lugares de la celebración con sentido unitario
y global, acercando material y psicológicamente el bautisterio, el ambón y el altar” (n. 19).
Siguiendo estos principios, hay que cuidar la dignidad de la pila bautismal situándola cerca
del presbiterio, pero no en él cuando no hay capilla bautismal; el material empleado deberá
seguir el estilo del templo, del altar y del ambón:
“En las iglesias parroquiales y en las que habitualmente se celebra el bautismo y no pueden
contar con bautisterio propiamente dicho, debe colocarse la fuente bautismal en el lugar
más adecuado, próximo al ambón, pero no en el presbiterio. Restitúyanse a uso litúrgico las
pilas de piedra que por la nobleza de su material y valor artístico nunca debieron
arrinconarse” (n. 20).
Sólo falta reseñar un detalle hermoso. El lugar de los óleos, sobre todo del Santo Crisma,
debe ser el baptisterio, conservados con honor y dignidad: “Donde sea costumbre, pueden
también guardarse los santos óleos y el crisma en un lugar destacado dentro del bautisterio”
(Directorio Ambientación y arte en el lugar de la celebración, n. 20); pero si no hay capilla
bautismal habrán de guardarse en la sacristía, lugar de las cosas sagradas, en un armario
propio y con una arqueta preciosa de madera tallada expresamente diseñada para contener
los vasos con óleo, poniendo en práctica lo que el mismo Directorio marca:
“Son también objetos sagrados las crismeras o recipientes de los óleos y del Santo Crisma.
Dichos recipientes deben ser de materia apta para conservar el óleo, estar limpios y
contener suficiente cantidad de óleo para hacer verdaderas unciones, evitándose que se
derrame. Cuando no se usen han de guardarse en lugar apropiado, por ejemplo, dentro del
baptisterio” (n. 25).
Disposiciones interiores para participar en la liturgia, y 3ª parte (XVI)

c) Sentido de catolicidad
-Eclesialidad de la liturgia
La participación interior en la liturgia se realiza cuando hay un espíritu católico. Con profundo
sentido eclesial, reconoce en la acción litúrgica no una acción privada, reservada sólo a los
asistentes y con efectos espirituales sólo en los asistentes, de manera que se identifique la
liturgia como algo grupal, restringido a la propia comunidad.
“Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es
“sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de
los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan;
pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso” (SC 26).
El sentido católico dilata el corazón, lo ensancha, y esta nota de catolicidad es definitiva
para vivir la liturgia con una mayor hondura. La reducción secularista centra la liturgia en los
participantes, en el grupo, convirtiéndolo todo en fiesta y compromiso; pero la liturgia, ni es
privada ni se reduce a un grupo: es católica. Todos los fieles deben experimentar en sus
almas que la liturgia es una “epifanía de la Iglesia”, que “el Misterio de la Iglesia es
principalmente anunciado, gustado y vivido en la Liturgia”[1].
Las súplicas de la Iglesia en su liturgia son siempre universales, incluyen a todos, miran las
necesidades de todos los hombres. Lo más alejado de ese espíritu católico es mirar sólo a
los propios asistentes, la comunidad allí reunida, sólo lo propio. La catolicidad es siempre
integradora: de todos y de todo en la única y santa Iglesia.
“Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra” (CAT 1140) y
no sólo el grupo particular, como si fuera éste el sujeto de la liturgia. Ésta es acción de Cristo
y de la Iglesia, la Iglesia entera, la del cielo y la de la tierra, unida a su Cabeza. Es una
realidad magnífica: “La Liturgia es “acción” del “Cristo total” (Christus totus). Los que desde
ahora la celebran participan ya, más allá de los signos, de la liturgia del cielo, donde la
celebración es enteramente comunión y fiesta” (CAT 1136). La liturgia, primero, es obra de
Cristo, protagonista absoluto de la liturgia y no los fieles que busquen intervenir: “si en la
liturgia no destacase la figura de Cristo, que es su principio y está realmente presente para
hacerla válida, ya no tendríamos la liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y
sostenida por su presencia creadora”[2]. Y junto a Cristo, su Cuerpo que es la Iglesia, a la
que pertenece la liturgia[3]. La liturgia es católica, universal, y no se encierra en el ámbito
de los asistentes:
“La perspectiva litúrgica del Concilio no se limita al ámbito interno de la Iglesia, sino que se
abre al horizonte de la humanidad entera. En efecto, Cristo, en su alabanza al Padre, une
así a toda la comunidad de los hombres, y lo hace de modo singular precisamente a través
de la misión orante de la “Iglesia, que no sólo en la celebración de la Eucaristía, sino también
de otros modos, sobre todo recitando el Oficio divino, alaba a Dios sin interrupción e
intercede por la salvación del mundo entero” (n. 83)” (Juan Pablo II, Carta Spiritus et Sponsa,
n. 3).
En la liturgia, incluso en su celebración más sencilla y pobre, con unos pocos fieles, se entra
en la liturgia del cielo, en una Comunión viva con todos los santos del cielo y también en
Comunión viva con toda la Iglesia peregrina y la Iglesia que se purifica (en el purgatorio).
“En esta liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el
Misterio de la salvación en los sacramentos” (CAT 1139).
Es expresiva de esta realidad de Comunión, de catolicidad, la cláusula final de los prefacios:
“Por eso, con los ángeles y los santos, te cantamos el himno de alabanza diciendo sin
cesar”[4], “Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos
sin cesar el himno de tu gloria”[5], etc.
También la catolicidad –con el cielo y toda la Iglesia- se expresa claramente en las plegarias
eucarísticas: “En comunión con toda la Iglesia” (Canon romano), “acuérdate, Señor, de tu
Iglesia extendida por toda la tierra” (Plegaria eucarística II). “Y ahora, Señor, acuérdate de
todos aquellos por los que te ofrecemos este sacrificio: de tu servidor el Papa N., de nuestro
Obispo N., del orden episcopal, de los presbíteros y diáconos, de los oferentes y de los aquí
reunidos, de todo tu pueblo santo y de aquellos que te buscan con sincero corazón”
(Plegaria eucarística IV). Por último, se vive esta catolicidad que supera no sólo el espacio
sino también el tiempo, en el Oficio divino, donde se une a la alabanza de la Iglesia del cielo:
“con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta asociándose al himno
de alabanza que perpetuamente resuena en las moradas celestiales; y sienta ya el sabor
de aquella alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y el Cordero”
(IGLH 16).
El sello de la catolicidad marca la participación interior en la liturgia: se vive católicamente,
esponjando el alma, cuando uno se reconoce recibiendo un don, la liturgia, que no es
manipulable a gusto de la propia asamblea, sino en comunión con toda la Iglesia. Lo
católico dilata el alma y así ser “hombre de Iglesia” conduce a vivir la liturgia santa
de un modo nuevo, dilatado, abarcando a todos:
“En su primera acepción, sin distinción obligada entre clérigo y laico, el ‘eclesiástico’, vir
ecclesiasticus, significa hombre de Iglesia. Él es el hombre en la Iglesia. Mejor aún, es el
hombre de la Iglesia, el hombre de la comunidad cristiana. Si la palabra en este sentido no
puede ser arrancada del todo al pasado, que al menos perdure su realidad. ¡Que ella reviva
en muchos de nosotros! ‘En cuanto a mí –proclamaba Orígenes- mi deseo es el de ser
verdaderamente eclesiástico’. No hay otro medio, pensaba él con sobrada razón, para ser
plenamente cristiano. El que formula semejante voto no se contenta con ser leal y sumiso
en todo, exacto cumplidor de cuanto reclama su profesión de católico. Él ama la belleza de
la casa de Dios. La Iglesia ha arrebatado su corazón. Ella es su patria espiritual. Ella es ‘su
madre y sus hermanos’. Nada de cuanto la afecta le deja indiferente o desinteresado. Echa
sus raíces en su suelo, se forma a su imagen, se solidariza con su experiencia. Se siente
rico con sus riquezas”[6].
Un corazón que late así, católicamente, comprende la naturaleza eclesial de la liturgia y la
viva abarcando a todos, orando por todos y con todos, ofreciendo por todos. Está en
comunión con todos los miembros de la Iglesia, con los ángeles y los santos: su corazón
abarca a la Iglesia y al mundo entero. Se sabe católico e integra a todos. “En todos sus
actos sobrenaturales, el cristiano obra ‘ut membrum Ecclesiae’, ‘ut pars Ecclesiae’.
Jesucristo nos ama a cada uno; y a cada uno nos dice como Moisés: ‘te he conocido por tu
nombre’; pero no nos ama separadamente. Él nos ama en su Iglesia, por la que vertió su
sangre. Por fin, nuestro destino personal no puede realizarse sino en la salud común de la
Iglesia”[7]. Con esta perspectiva de catolicidad, pensemos que “es de trascendental
importancia que todos tengan conciencia de estas dimensiones de la Iglesia. Pues cuanto
más vivo sea el sentimiento que de ellas se tenga, tanto más se sentirá cada uno dilatado
en su propia existencia, y por eso mismo realizará plenamente en sí mismo, y por sí mismo,
el título que también él ostenta de católico”[8].
-Intercesión universal
De aquí, de este concepto católico se derivan muchas consecuencias[9]; en la participación
interior en la liturgia, más concretamente, lleva a orar realmente por todos, ensanchando los
espacios de la caridad, hacia cualquiera que necesite oración, y no simplemente las propias
y personales necesidades.
En la celebración eucarística hay un momento en que el pueblo cristiano ejerce su
sacerdocio bautismal intercediendo por todos los hombres y la salvación del mundo: es la
oración de los fieles:
“En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la
Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece
súplicas a Dios por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga de ordinario
en las Misas con participación del pueblo, de tal manera que se hagan súplicas por la santa
Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren diversas necesidades y por todos los
hombres y por la salvación de todo el mundo” (IGMR 69).
El espíritu católico a nadie excluye, sino que por todos ora, ruega e intercede. En
nuestro rito hispano, los dípticos poseen un sello de catolicidad evidente. No sólo se ora por
los fieles presentes y sus necesidades, sino por toda la Iglesia y por cuantos sufren:
“Tengamos presente en nuestras oraciones a la Iglesia santa y católica: el Señor la haga
crecer en la fe, la esperanza y la caridad”, “Recordemos a los pecadores, los cautivos, los
enfermos y los emigrantes: el Señor los mire con bondad, los libre, los sane y los conforte”
Igualmente, el Oficio divino, junto a su carácter de alabanza, es igualmente súplica e
intercesión católica, universal, por todos, por el mundo, por la salvación: “la Iglesia expresa
en la Liturgia los ofrecimientos y deseos de todos los fieles, más aún: se dirige a Cristo, y
por medió de él al Padre, intercediendo por la salvación del mundo. No es sólo de la Iglesia
esta voz, sino también de Cristo, ya que las súplicas se profieren en nombre de Cristo”
(IGLH 17). Los ministros ordenados participan de esta solicitud eclesial rezando el Oficio
divino no sólo por sí mismos, sino en nombre de toda la Iglesia, pidiendo por los fieles que
se les haya encomendado y por todos los hombres: “los obispos y presbíteros[10], que
cumplen el deber de orar por su grey y por todo el pueblo de Dios” (Ibíd.).
De valor especial, educando el espíritu de la oración, son las preces de Vísperas de la
Liturgia de las Horas. Son la intercesión eclesial, la de Cristo con su Cuerpo que es la Iglesia:
“como la Liturgia de las Horas es, ante todo, la oración de toda la Iglesia e incluso por la
salvación de todo el mundo conviene que en las Preces las intenciones universales
obtengan absolutamente le primer lugar, ya se ore por la Iglesia y los ordenados, por las
autoridades civiles, por los que sufren pobreza, enfermedad o aflicciones, por los
necesidades de todo el mundo, a saber, por la paz y otras causas semejantes” (IGLH 187).

-Ofrenda por la salvación del mundo


Pero junto a la oración que es universal, católica, está la propia ofrenda. Se participa en el
sacrificio eucarístico con corazón católico cuando se ofrece pensando en todos, en la
salvación de todos, en la vida de todos. La catolicidad de la cruz del Señor orienta la ofrenda
que presentamos al altar y que ofrendamos junto con nosotros mismos. Ofrecemos con
sentido católico: “te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera
y a saber ofrecértelos por la salvación del mundo”[11]. El deseo católico es que el efecto de
la Eucaristía alcance a todos los hombres: “mira complacido, Señor, los dones que te
presentamos; concédenos que sirvan para nuestra conversión y alcancen la salvación al
mundo entero”[12].
Con el sacrificio eucarístico, glorificamos a Dios, y en su honor es ofrecido, pero también,
con los mismos sentimientos de Cristo Jesús, amamos al mundo y queremos su salvación,
no su condenación: “recibe y santifica las ofrendas de tus fieles, como bendijiste la de Abel,
para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en honor de tu nombre sirva para la
salvación de todos”[13], y otra oración, muy parecida en su corte, reza: “recibe con bondad
las ofrendas de tus siervos, para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre
sirva para la salvación de todos”[14]. Queremos colaborar, de todos los modos posibles, en
la salvación del mundo por el que Cristo se entregó en la cruz, llegando incluso a ofrecernos
nosotros mismos como ofrenda: “concédenos… convertirnos en sacrificio agradable a ti,
para la salvación de todo el mundo”[15].
Imploramos de Dios la salvación del mundo en el corazón de la anáfora: “Te pedimos, Padre,
que esta víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero” (Plegaria
eucarística III). Es el sacrificio de Cristo y de la Iglesia, su Cuerpo, su Esposa, impetrando
la salvación. Pero también el Oficio divino, la Liturgia de las Horas, es una continua
intercesión por todos y en nombre de todos, unidos a Cristo: “la misma oración que el
Unigénito expresó con palabras en su vida terrena y es continuada ahora incesantemente
por la Iglesia y por sus miembros en representación de todo el género humano y para su
salvación” (IGLH 9).
Alabamos, oramos y ofrecemos por todos: ese el sentido católico que la liturgia lleva y que
imprime en nuestras almas. Así es como, entonces, respondemos a la monición sacerdotal:
“El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para
nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.
En los dípticos del rito hispano, que son invariables, la oración está unida al sacrificio; los
dones están ya presentados en el altar –y cubiertos con un velo- y se realiza la intercesión
de los dípticos guiados por el diácono. El sentido es católico, universal: “Lo ofrecen por sí
mismos y por la Iglesia universal”, responden los fieles y el sacrificio va a ser ofrecido por
todos: “Ofrecen este sacrificio al Señor Dios, nuestros sacerdotes: N. el Papa de Roma,
nuestro Obispo N. y todos los demás Obispos, por sí mismos y por todo el clero, por las
Iglesias que tienen encomendadas, y por la Iglesia universal”.
La participación interior lleva la marca hermosa de la catolicidad.
[1] JUAN PABLO II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 9.
[2] Benedicto XVI, Discurso a los Obispos de la región Norte 2 de Brasil en visita ad limina,
15-IV-2010.
[3] La liturgia es de la Iglesia y no del sacerdote o del grupo de fieles que la celebren; el
mismo Concilio Vaticano II dice: “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie o
cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (SC 22).
[4] Prefacio de santos pastores.
[5] Prefacio solemnidad Sgdo. Corazón.
[6] DE LUBAC, H., Meditación sobre la Iglesia, Madrid, Encuentro, 1988, p. 193.
[7] DE LUBAC, H., Meditación…, p. 45.
[8] DE LUBAC, H., Meditación…, p. 52.
[9] Una de ellas ya la hemos citado con palabras de la Sacrosanctum Concilium: “Nadie,
aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia”
(SC 22); otra sería atenerse fielmente a los libros litúrgicos: “La fidelidad a los ritos y a los
textos auténticos de la Liturgia es una exigencia de la «lex orandi», que debe estar siempre
en armonía con la «lex credendi»” (JUAN PABLO II, Carta Vicesimus Quintus Annus, 10).
[10] Sobre los presbíteros en concreto, dirá: “participan en la misma función, al rogar a Dios
por todo el pueblo a ellos encomendado y por el mundo entero” (IGLH 28).
[11] OF, Dom. IV Cuar.
[12] OF, Jueves V Cuar.
[13] OF, XVI Dom. T. Ord.
[14] OF, XXIV Dom. T. Ord.
[15] OF, San Andrés Kim Taegon, 20 de septiembre.

Participación, liturgia y vida, 1ª parte (XVII)

La liturgia de la vida se va transformando en una liturgia de lo cotidiano, en un culto vivo y


real de las cosas cotidianas, lo ordinario de la vida. Aquello que vivimos en el mundo, en la
sociedad, el ámbito familiar y de amistad, el oficio o profesión, el apostolado, la vida social,
etc., son la materia y el lugar donde cada uno de los fieles darán culto a Dios, sirviendo a
Cristo Señor y santificándose en él.
La liturgia de la Iglesia tiene una incidencia real en los creyentes, santificándolos, y de ese
modo recibe una prolongación en la liturgia existencial de cada bautizado en el mundo.
Curiosamente, más que preocuparnos de la acción divina en la liturgia y la transformación
interior, se incide más en un tipo de participación externo, lleno de activismo; sin embargo,
se ha de tener en cuenta, de manera concreta, que los fieles se impregnen bien de aquello
que celebran y en lo que participan para que sus vidas sean vidas santas en el mundo. Es
decir, lo que hay que buscar e incrementar es esa participación interior de todos los fieles,
para que vivan la liturgia y asuman sus riquezas, de manera que luego salgan de la liturgia
transformados para vivir santamente.
Por tanto, a la hora de fomentar e incrementar la “participación” o “una Misa
participativa”, hemos de tener en mente la verdadera participación interior, que busca
entrar en el Misterio, y su prolongación en la vida, y no reducir la participación a las
intervenciones y la creatividad del grupo inventando ofrendas, moniciones, manifiestos
y acción de gracias.
1. El culto espiritual
Lo nuestro es un culto a Dios en espíritu y verdad que se desarrolla no sólo en el templo,
sino allí donde vivimos, luchamos y trabajamos. Es el culto litúrgico de nuestra vida
diaria. “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para
gloria de Dios” (1Co 10, 31); también dirá el Apóstol: “Lo que hacéis, hacedlo con toda el
alma, como para servir al Señor… Servid a Cristo Señor” (Col 3, 23s.) y así “cualquier cosa
que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre de nuestro Señor
Jesucristo” (Col 3,17).
La participación interior en la liturgia nos cualifica después para vivir en el Señor,
para hacerlo todo en el nombre del Señor. Nada hay ajeno a Cristo, que es la medida
de todas las cosas; por tanto, si se participa en la liturgia, se va adquiriendo la forma
de Cristo para vivir luego de un modo distinto y santo, como Cristo, en la liturgia de la vida.
Esos son los sacrificios espirituales que ofrecemos a Dios en el altar del corazón: “También
vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando
un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por
Jesucristo” (1P 2,5).
El bautizado vive su existencia santamente, como un sacrificio litúrgico (cf. Flp 2,12), una
liturgia viva, ofreciendo sacrificios espirituales y glorificando a Dios:
“Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu
Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre
cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las
tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2,4-10). Por ello todos los discípulos de Cristo,
perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (cf. Hch2,42-47), ofrézcanse a sí
mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1) y den testimonio por doquiera
de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que
hay en ellos (cf. 1 P 3,15)” (LG 10).
Por eso pedimos en la liturgia: “Señor Jesús, sacerdote eterno, que has querido que tu
pueblo participara de tu sacerdocio, haz que ofrezcamos siempre sacrificios espirituales
agradables a Dios”[1].
Esto es posible por una prolongación real de la participación en la liturgia, especialmente
eucarística; entonces esa participación interior de los fieles los sitúa en medio del mundo:
“Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la
Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias,
mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante” (LG 10).
Lo específicamente cristiano es ese culto en espíritu y verdad que se prolonga, se realiza y
se verifica en lo cotidiano de la vida; ya no es una ceremonia religiosa, restringida al ámbito
del templo y de lo sagrado, sino el influjo santificador que llega hasta los momentos diarios
de nuestro vivir.
En ese sentido, será san Pablo en la carta a los Romanos, quien señalará cómo vivir un
culto existencial y una liturgia viva: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios,
a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será
vuestro culto espiritual” (Rm 12,1). Ya el sacrificio no es una víctima con derramamiento de
sangre, sino viva, es decir, el corazón del bautizado que recibe una vida nueva por el
sacrificio único de Cristo.
Ese sacrificio del cristiano es él mismo. San Pablo “califica ese sacrificio sirviéndose de tres
adjetivos. El primero —"vivo"— expresa una vitalidad. El segundo —"santo"— recuerda la
idea paulina de una santidad que no está vinculada a lugares u objetos, sino a la persona
misma del cristiano. El tercero —"agradable a Dios"— recuerda quizá la frecuente expresión
bíblica del sacrificio “de suave olor” (cf. Lv 1, 13.17; 23, 18; 26, 31; etc.)”[2].
Con Jesucristo y en Él, nuestros sacrificios espirituales, racionales, se han integrado en su
ofrenda y reciben un nuevo valor santificador y redentor. “Los animales sacrificados habrían
debido sustituir al hombre, el don de sí del hombre, y no podían. Jesucristo, en su entrega
al Padre y a nosotros, no es una sustitución, sino que lleva realmente en sí el ser humano,
nuestras culpas y nuestro deseo; nos representa realmente, nos asume en sí mismo. En la
comunión con Cristo, realizada en la fe y en los sacramentos, nos convertimos, a pesar de
todas nuestras deficiencias, en sacrificio vivo: se realiza el “culto verdadero"”[3].
La Eucaristía especialmente, pero toda la liturgia, es un “misterio que se ha de vivir” ya que
se reciba una “forma eucarística de la vida cristiana”, tal como reza el título de la III parte de
la exhortación “Sacramentum caritatis”. La fe se no reduce al templo ni a los momentos de
culto litúrgico, arrinconada según la praxis secularista al ámbito privado, sino que la fe,
sostenida, alimentada, confirmada, por la vida litúrgica y la Eucaristía conforman un nuevo
modo de vivir, de ser y de estar en el mundo. Escribe Benedicto XVI:
“Resulta significativo que san Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en que invita
a vivir el nuevo culto espiritual, mencione al mismo tiempo la necesidad de cambiar el propio
modo de vivir y pensar: «Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación
de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada,
lo perfecto» (12,2). De esta manera, el Apóstol de los gentiles subraya la relación entre el
verdadero culto espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo la vida y vivirla. La
renovación de la mentalidad es parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana,
«para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento
de doctrina» (Ef 4,14)” (Sacramentum caritatis, n. 77).
La liturgia da forma a la vida cristiana, una forma eucarística como cumbre, es decir, adquirir
la misma forma Christi.
2. El culto para la vida
Cuando participamos en la liturgia, todos, los fieles, recibimos la impronta del Espíritu Santo
que, haciéndonos tomar la forma de Cristo, nos sitúa en el mundo para vivir una liturgia
santa, encarnada en lo concreto de nuestra vida. ¿Cómo? Las oraciones, especialmente la
oración de postcomunión, apuntan en esa dirección y entonces se ve el fruto real de la
participación de los fieles en la liturgia, así como muchas preces en Laudes. O dicho de otra
forma, la participación interior de los fieles nos conduce a un modo de vivir santo en el
mundo.
a) Modelada según la liturgia
Aquello que hemos visto y oído, lo que nuestras manos han tocado, la Palabra de la Vida
en la misma liturgia, dan forma a nuestra vida. Lo celebrado no es un paréntesis ritual, sino
una transformación: “te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida lo que
hemos recibido en este sacramento”[4], prolongando eucarísticamente en lo cotidiano lo
vivido en los sacramentos: “concede a cuantos celebramos los misterios de la pasión del
Señor manifestar fielmente en nuestras vidas lo que celebramos en la eucaristía”[5].
Esta acción de la liturgia no es espontánea, ni para un momento, sino que su acción se
despliega de un modo permanente por gracia, hasta ir alcanzando todas las fibras de
nuestro ser y nuestro obrar: “concédenos, Dios todopoderoso, que la fuerza del sacramento
pascual, que hemos recibido, persevere siempre en nosotros”[6], y otra oración muy
semejante suplicará: “el fruto de este santo sacrificio persevere en nosotros y se manifieste
siempre en nuestras obras”[7]. La gracia de la vida litúrgica posee una nota de continuidad:
“su fruto se haga realidad permanente en nuestra vida”[8].
La vida litúrgica es fuente de santidad: “te rogamos, Señor, que esta eucaristía nos ayude a
vivir más santamente”[9], “la participación en los santos misterios aumente, Señor, nuestra
santidad”[10].
La liturgia es escuela del más puro espíritu cristiano, robusteciendo lo que somos por el
bautismo: “por la eficacia de estos santos misterios fortalece, Señor, cada vez más nuestra
vida cristiana”[11], “acreciente nuestra vida cristiana”[12]. Orienta para la unidad de vida, la
coherencia entre lo celebrado y lo que luego se vive, entre las palabras y las obras: “haz
que, confesando tu nombre no sólo de palabra y con los labios, sino con las obras y el
corazón, merezcamos entrar en el reino de los cielos”[13], “nos otorgue nuevas fuerzas y
nos ayude a vivir como cristianos de palabra y de obra”[14].
No son los sentimientos tan pasajeros, las exaltaciones afectivas, los que deben mover y
dirigir la vida, sino la gracia de Cristo que realiza su tarea de dirección en nosotros. Así brota
un modo nuevo de estar ante los demás y en el mundo: “la acción de este sacramento,
Señor, penetre en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro
sentimiento, quien mueva nuestra vida”[15].
b) Unión profunda con Cristo
Sin lugar a dudas, la mejor participación interior y fructuosa es la comunión con Cristo, esto
es, una unión profunda, vital y constante con el Señor. Se vive en el Señor, en unión con Él,
permaneciendo en Él, en su amor. La unión con Cristo que se vive en la liturgia, mística y
sacramental, se prosigue luego en la vida cotidiana. ¡Todo en el Señor!, sirviendo a Cristo
Señor. “El sacrificio que te hemos ofrecido y la víctima santa que hemos comulgado llenen
de vida a tus sacerdotes y a tus fieles, para que, unidos a ti por un amor constante, puedan
servirte dignamente”[16]. El amor de Cristo es nosotros nos vincula a Él por completo y, con
el vínculo del amor a Cristo y del amor de Cristo, le serviremos dignamente en el orden de
lo cotidiano.
Esta unión con Cristo nos hace partícipes de su obra redentora, asumiendo y completando
en nosotros lo que falta a la Pasión de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf.
Col 1,24): “haz que, por el trabajo del hombre que ahora te ofrecemos, merezcamos
asociarnos a la obra redentora de Cristo”[17]; también, glosando el versículo paulino, se
pide que “completemos en nosotros, en favor de la Iglesia, lo que falta a la pasión de
Jesucristo”[18]. La vida de Jesús se manifiesta en nosotros si llevamos en nuestro cuerpo
la muerte de Jesús (cf. 2Co 4,10), se prolonga este misterio en nosotros y de esa forma
estamos más unidos a Cristo: “llevemos en nuestro cuerpo la muerte de Cristo y nuestra
vida sea un esfuerzo continuo por unirnos cada vez más a ti”[19].
Esa unión con Cristo –y por tanto, y por extensión, unidad trinitaria- permite que demos
frutos verdaderos. Sin Él no podemos hacer nada; pero con Él todo lo podemos. La vid que
es Cristo permite a los sarmientos dar frutos que siempre permanezcan, la condición de
conservar y guardar esa unión: “Oh Cristo, vid verdadera de la que nosotros somos
sarmientos, haz que permanezcamos en ti y demos fruto abundante, para que con ello
reciba gloria Dios Padre”[20].
La liturgia participada –en lo interior- acrecienta la unión y realiza en nosotros la obra de dar
frutos permanentes, frutos buenos, para glorificar al Padre: “unidos a ti en caridad perpetua,
demos frutos que siempre permanezcan”[21], para que viendo nuestras buenas obras
glorifiquen al Padre: “haz, Señor, que el ejemplo de nuestra vida resplandezca como una
luz ante los hombres, para que todos den gloria al Padre que está en los cielos”[22], “que
en todas nuestras palabras y acciones seamos hoy luz del mundo y sal de la tierra para
cuantos nos contemplen”[23].
Y nuestra vida dará gloria a Dios si está unida a Cristo; entonces seremos alabanza de su
gloria: “Señor, Padre de todos, que nos has hecho llegar al comienzo de este día, haz que
toda nuestra vida, unida a la de Cristo, sea alabanza de tu gloria”[24], porque para eso
hemos sido elegidos antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,3-15).
Esos frutos se entregan y se ofrecen a los demás, buscando su salvación, la salvación del
mundo: “concédenos vivir tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la
salvación del mundo”[25], “concédenos, ahora, fortalecidos por este sacrificio, permanecer
siempre unidos a Cristo por la fe y trabajar en la Iglesia por la salvación de todos los
hombres”[26]. Cuanto hacemos y vivimos, lo que trabajamos y las obras santas, pero
también la oración personal y comunitaria, la plegaria, se ensanchan con corazón católico
deseando que la salvación sea eficaz en todos los hombres: “Te pedimos, Señor, que
extiendas los beneficios de tu redención a todos los hombres”[27].
c) Somos presencia de Cristo
La participación en la liturgia nos cristifica, nos une de tal modo con Cristo, que nos vamos
transformando en Él, y así nuestra presencia es una memoria de Cristo para todos, un
testimonio real que apunta al Señor y lo señala ante los hombres. Ante ellos, difundimos el
buen olor de Cristo: “concédenos, Dios todopoderoso, que quienes han participado en tus
sacramentos, sean en el mundo buen olor de Cristo”[28]. El bonus odor Christi es el perfume
de una vida santa, bella; “somos el buen olor de Cristo” (2Co 2,15).
Hasta tal punto es transformante la participación interior en la liturgia, que llegamos a
parecernos al mismo Señor, teniendo la mente de Cristo, los sentimientos de Cristo: “te
pedimos, Dios nuestro, la gracia de parecernos a Cristo en la tierra”[29], “transformados en
la tierra a su imagen”[30], “los celestes alimentos que hemos recibido, Señor, nos
transformen en imagen de tu Hijo”[31].
Somos situados en el mundo a imagen de Cristo, el Hombre nuevo, y recreados en Él en
santidad y justicia. Nos despojamos de nuestro hombre viejo para revestirnos de Cristo: “la
participación en los sacramentos de tu Hijo nos libre de nuestros antiguos pecados y nos
transforme en hombres nuevos”[32]. La liturgia nos transforma en lo más profundo de
nuestro ser: “siempre caminemos como hombres nuevos en una vida nueva”[33].
Al participar en la liturgia interiormente “libres de la decrepitud del hombre viejo,
recomencemos una nueva vida en continuo progreso espiritual”[34], y esperamos cada día
vivir con la novedad de Cristo en nuestra existencia: “Tú que nos dado la luz del nuevo día,
concédenos también caminar por sendas de vida nueva”[35].

[1] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.


[2] Benedicto XVI, Audiencia general, 7-enero-2009.
[3] Ibíd.
[4] OP (: Oración de postcomunión), III Dom. Cuar.
[5] OF, San Juan de la Cruz, 14 de diciembre.
[6] OF, II Dom. Pasc.
[7] OP, Jueves II Cuar.
[8] OF, Viernes II Cuar.
[9] OP, Martes II Cuar.
[10] OP, Miérc. VII Pasc.
[11] OP, 29 de diciembre.
[12] OP, Martes III Cuar.
[13] OP, IX Dom. T. Ord.
[14] OP, S. Ignacio de Antioquía, 17 de octubre.
[15] OP, XXIV Dom. T. Ord.
[16] OP, Por los sacerdotes.
[17] OF, Por la santificación del trabajo, B.
[18] OP, Virgen de los Dolores, 15 de septiembre.
[19] OP, Común de vírgenes, 1.
[20] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.
[21] OP, Jesucristo sumo y eterno sacerdote.
[22] Preces Laudes, Martes II del Salterio.
[23] Preces Laudes, Miérc. II del Salterio.
[24] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.
[25] OP, V Dom. T. Ord.
[26] OP, San Juan de la Cruz, 14 de diciembre.
[27] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.
[28] OP, Misa crismal.
[29] OP, Votiva Sgdo. Corazón.
[30] OP, XX Dom. T. Ord.
[31] OP, Transfiguración del Señor, 6 de agosto.
[32] OP, Miérc. Octava Pasc.
[33] OP, Común de varios mártires, en tiempo pascual, 9.
[34] OF, Común de vírgenes, 2.
[35] Preces Laudes, Viernes II del Salterio.

La pila bautismal, maternidad de la Iglesia

La pila bautismal es preciosa: ella es el seno de nuestra Madre queridísima, la Iglesia, que
allí nos engendró a la vida sobrenatural, otorgándonos la filiación divina, ser miembros del
Cuerpo de Cristo, templos del Espíritu, llamados a compartir con Cristo su sacerdocio, su
realeza y su profetismo, llamados a la santidad.
Preciosa fuente, sus aguas reciben por el Espíritu la gracia de hacernos renacernos como
nuevas criaturas, sepultando el pecado y convirtiéndonos en hombres nuevos, a imagen de
Cristo, nuevo Adán.
Bendita pila bautismal, donde el Amor de Dios se sigue entregando para comunicar una
nueva vida, adoptándonos, gratuitamente, como hijos.
Seno de la Iglesia, que siempre es Madre y Madre fecunda por sus sacramentos,
acompañando nuestro crecimiento como hijos pequeños hasta que lleguemos a la madurez
de la fe, a la medida de Cristo en su plenitud.
Una fuente bautismal, en una parroquia o catedral, es un signo venerable que nos recuerda
de dónde brota todo y lo que somos.
La Iglesia -por sus Padres- entonó algunos cantos e himnos a la fuente bautismal.
Hagámoslo nuestro:
Es éste el lugar elegido por Cristo:
un día la sangre ensalzó a dos testigos
y el agua hoy nos limpia con santo bautismo.
Aquí la fontana es perdón compasivo
de Dios que se vierte en el agua vertido
y el viejo pecado fenece extinguido.
Aquel que anhelante con vivo deseo
ansíe la escala que asciende hasta el reino,
que venga y se hunda, que arda sediento.
Venga el Espíritu a darles la palma,
el ramo de olivo, enseña sagrada,
y hoy cubre las aguas, donando su gracia.
Señor del lugar es Jesús, es el Hijo
que tuvo el costado en la cruz bien herido,
y el agua y la sangre manaron al vivo.
Entrad por aquí, por las llagas de Cristo:
abiertas a hierro en duro martirio
o hendidas en ondas del santo bautismo.
Participación, liturgia y vida, y 2ª parte (XVII)

d) “Pneumatóforos” con una vida teologal


La participación en la liturgia nos convierte en “pneumatóforos”, es decir, portadores del
Espíritu Santo, llenos del Espíritu Santo. Él gemirá en nosotros y orará intercediendo; Él nos
sugerirá el bien y nos llevará a realizarlo; Él pondrá sus palabras en nuestros labios y nos
hará vivir como hijos en el Hijo; Él dará el fuego, el fervor, el impulso para toda obra buena
y para todo apostolado. “La comunión que acabamos de recibir, Señor, nos comunique el
mismo ardor del Espíritu Santo que tan maravillosamente inflamó a los apóstoles de tu
Hijo”[1].
El Espíritu Santo en nosotros derrama su amor, permitiendo la vida divina en nosotros de
Dios “que es amor” (1Jn 4,8). En la liturgia se da el Espíritu Santo y toda gracia para vivir
esa caridad sobrenatural en el mundo: “Tú que nos has alimentado con el mismo pan del
cielo, derrama, Señor, la abundancia del Espíritu Santo en nuestros corazones y haznos
fuertes en el amor perfecto”[2], “nos haga progresar en el amor”[3]. Participar se convierte
en la recepción activa y amorosa de ese mayor amor de Dios que, ensanchando
nuestro corazón, nos permite amar más: “el memorial que tu Hijo nos mandó celebrar
aumente la caridad en todos nosotros”[4]. El Espíritu Santo permite, mediante la liturgia, la
vida teologal en nosotros, sosteniéndonos en las cruces, adversidades, dificultades:
“encontremos en ella [la Eucaristía] la fuerza necesaria para vivir en fe y en caridad en medio
de las pruebas de este mundo”[5]; “por la eficacia de esta eucaristía seamos fuertes en la
fe y vivamos la unidad en el amor”[6]. Como un don y una gracia, el Espíritu Santo desarrolla
y perfecciona la vida teologal en nosotros: “que vivamos siempre arraigados en la fe,
esperanza y caridad, que tú mismo has infundido en nuestras almas”[7].
“Concédenos vivir conforme a tu Espíritu”[8] pedimos en la liturgia, es decir, llevar una vida
según el Espíritu y no según los deseos de la carne (cf. Gal 5, 14-21): “ayúdanos a pasar
de nuestra antigua vida de pecado a la nueva vida del Espíritu”[9]. El Espíritu Santo en
nosotros hará de nuestra existencia una alabanza a Dios: “que la gracia del Espíritu Santo
habite en nuestros corazones y resplandezca en nuestras obras, para que así
permanezcamos en tu amor y en tu alabanza”[10].
Así el Espíritu Santo en el don de la santa liturgia dilatará el corazón, ensanchará el alma,
para ser capaz de recibir los dones siempre mayores de Dios: “nos haga cada vez más
capaces de recibir tus dones”[11].
e) Hacer la voluntad del Padre
La vida cristiana tiene como alimento, igual que Jesucristo, hacer la voluntad del Padre (cf.
Jn 4, 34). Es su voluntad nuestro alimento ya que como hijos, movidos por la piedad filial,
es vivir la voluntad del Padre. “Nuestra paz, Señor, es cumplir tu voluntad”, rezamos en unas
preces de Laudes[12].
El hombre rebelde, encorvado en sí mismo, sólo pretende seguir su capricho, esclavo de
sus pasiones; la voluntad de Dios nos dignifica, nos erige como hijos, y así vivimos
libremente. “Haz que unida [la Iglesia] a Cristo, su cabeza, se ofrezca con él a tu divina
majestad y cumpla sinceramente tu voluntad”[13]. La vida en lo cotidiano y monótono, en la
prosa de lo diario, tal vez monótona, es un servicio divino, un servicio santo, que se ofrece
a Dios y se vive en Dios realizando su voluntad humildemente: “que la participación en los
divinos misterios sirva, Señor, de protección a tu pueblo, para que entregado a tu servicio
obtenga, en plenitud, la salvación de alma y cuerpo”[14].
Y pues rezamos tres veces al día la oración dominical[15], rogando que se haga su voluntad
en la tierra como en el cielo, suplicamos que, por la fuerza de los santos misterios, nuestra
vida se encamina según la voluntad del Padre: “que concedas a quienes alimentas con tus
sacramentos la gracia de poder servirte llevando una vida según tu voluntad”[16]. La liturgia,
por la acción misteriosa y eficaz de Dios en nosotros, nos eleva y transforma y así vivimos
en una relación constante de obediencia filial, haciendo de nuestra existencia una oblación
agradable a Dios, buscando ser gratos a Dios en el cumplimiento de su voluntad:
“condúcenos a perfección tan alta y mantennos en ella de tal forma que en todo sepamos
agradarte”[17].
En la vida cristiana, entonces, nos regimos por la voluntad de Dios, a la que amamos y que
buscamos: “concede, Señor, a los que has alimentado con el sacramento de la unidad, la
aceptación perfecta de tu voluntad en todas las cosas”[18], sintiendo internamente y
enteramente reconociendo la voluntad de Dios: “purifica nuestros corazones de todo mal
deseo, y haz que estemos siempre atentos a tu voluntad”[19], y obrando según su voluntad:
“míranos benigno, Señor, ahora que vamos a comenzar nuestra labor cotidiana; haz que,
obrando conforme a tu voluntad, cooperemos en tu obra”[20].
El discernimiento será constante y necesario para sentir internamente la voluntad de Dios y
distinguirla de las voces del mundo o de las voces de nuestra propia concupiscencia. Para
ello se requiere una disposición habitual y una percepción sobrenatural de la voluntad de
Dios: “haz que nuestros ojos estén siempre levantados hacia ti, para que respondamos con
presteza a tus llamadas”[21].
f) En el mundo, sin ser del mundo
El cristiano es enviado al mundo como testigo y apóstol, sal y luz, edificando el Templo vivo
de Dios, ordenando las realidades temporales según el espíritu del Evangelio: “a ellos
corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente
vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para
la gloria del Creador y del Redentor” (LG 31). Referente al laicado, el Concilio Vaticano II
enseñará:
“Ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres,
y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu
evangélico de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo
y sirva para la salvación de los hombres. Pero siendo propio del estado de los laicos el vivir
en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que,
fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento”
(AA 31).
Para vivir así, insertos en el mundo aun cuando no se es del mundo, pero para transformarlo
desde dentro, vivificándolo, la participación interior en la liturgia nos capacita. Oramos
pidiendo: “haz que tu pueblo se adhiera a Jesucristo para que, a través de las tareas
temporales, construya en la libertad tu reino eterno”[22] y así vivimos nuestro trabajo y
obligaciones, con espíritu cristiano: “que nuestro trabajo de hoy sea provechoso para
nuestros hermanos, y así todos juntos edifiquemos un mundo grato a tus ojos”[23]. El trabajo
es el medio normal de santificación; la santidad es ordinaria, y no hay que buscarla de modo
extraordinario y en algunas ocasiones, sino constantemente en lo normal de la vida laboral
y profesional, con sentido sobrenatural y ofrecida: “Tú que has dispuesto que el hombre
dominara el mundo con su esfuerzo, haz que nuestro trabajo te glorifique y santifique a
nuestros hermanos”[24].
Queremos y deseamos la salvación del mundo, por la cual nuestro Señor se entregó
amando hasta el extremo, y sentimos como nuestro el deseo de Cristo; “concédenos vivir
tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo”[25], ya que
no buscamos el bienestar material y establecer un paraíso terrenal, sino la salvación, el
Reino de Dios; no es la ideología lo que nos mueve, sino la fe en Dios. Nos mueve el interés
de la salvación de todos: “gustemos los frutos de tu amor y nos entreguemos a la salvación
de nuestros hermanos”[26]; “concédenos, ahora, fortalecidos por este sacrificio, permanecer
siempre unidos a Cristo por la fe y trabajar en la Iglesia por la salvación de todos los
hombres”[27]. Suplicamos al Señor al comenzar el día: “haz que busquemos siempre el bien
de nuestros hermanos y los ayudemos a progresar en su salvación”[28], dilatando nuestro
corazón con impulso misionero, evangelizador, oblativo también.
Es la fuerza de los sacramentos la que nos impulsa a servir, concretamente, a los hermanos,
sin largos discursos solidarios sino en gestos sencillos y cotidianos: “te pedimos, Señor, que
el amor con que nos alimentas fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en
nuestros hermanos”[29]. Seremos así signos claros del amor de Dios, constructores de la
civilización del amor inaugurada por el amor de Cristo hasta la cruz.
El servicio a los hermanos es siempre el gesto de cercanía, haciéndose prójimo; cada
jornada es la ocasión propicia para que crezca el bien y se difunda. Así se lo pedimos al
Señor en la liturgia de Laudes: “concédenos ser la alegría de cuantos nos rodean y fuente
de esperanza para los decaídos”[30]; “haz que sepamos descubrirte a ti en todos nuestros
hermanos, sobre todo en los que sufren y en los pobres”[31]; “haz que seamos bondadosos
y comprensivos con los que nos rodean, para que logremos así ser imágenes de tu
bondad”[32]. Como Jesús lavando los pies a los discípulos, en el máximo servicio y más
expresivo (que se anticipa a la Cruz), también el cristiano es, sencillamente, un servidor de
sus hermanos: “enséñanos, Señor, a descubrir tu imagen en todos los hombres y a servirte
a ti en cada uno de ellos”[33].
Estamos en el mundo pero como consagrados por el mismo Señor; le pertenecemos a Él
porque nos ha elegido, nos ha ungido con su Espíritu Santo en la Crismación y nos envía.
De esa forma, nuestro estar ante el mundo tiene un rasgo propio, el de la consagración
bautismal y por eso hemos de vivir como quienes pertenecen, no al mundo, sino a Dios:
“que nosotros vivamos consagrados a ti, sobre todas las cosas”[34] y esta consagración
será servir al Señor con conciencia pura, alma limpia: “tú que nos has alimentado, Señor,
con el pan de los ángeles, concédenos servirte con una vida pura”[35]. A Él, porque le
pertenecemos, le consagramos todas las cosas y todo nuestro tiempo: “Señor, Sol de
justicia, que nos iluminaste en el bautismo, te consagramos este nuevo día”[36].
Somos servidores del Señor, siervos del Señor como la Virgen María –la esclava del Señor-
que son conscientes de lo que son: “siervos inútiles somos; hemos hecho lo que teníamos
que hacer” (Lc 17,10), pero sirven “al Señor con alegría” (Sal 99). La Eucaristía vivida y
participada interiormente configura la vida entera en un servicio al Señor, ofreciendo una
impronta eucarística toda nuestra existencia ya que la Eucaristía, y la liturgia entera, nos
conforman con Cristo: “concédenos realizar mediante una vida entregada a tu servicio, el
misterio que ahora celebramos”[37], “podamos servirte en la tierra con caridad sincera”[38].
Cada nueva jornada se renueva esta conciencia profunda del servicio al Señor: “al comenzar
este nuevo día, pon en nuestros corazones el anhelo de servirte, para que te glorifiquemos
en todos nuestros pensamientos y acciones”[39] porque es Dios mismo quien nos llama a
servirle allí donde estamos, en los ámbitos concretos de nuestra vida normal, pero con una
vocación de santidad y de servicio a los hombres: “Ya que nos llamas hoy a tu servicio,
haznos buenos administradores de tu múltiple gracia en favor de nuestros hermanos”[40].
[1] OP, Misa vespertina Pentecostés.
[2] OP, Para pedir la caridad.
[3] OP, Sábado II Pasc.
[4] OP, XXXIII Dom. T. Ord.
[5] OP, San Carlos Luanga, 3 de junio.
[6] OP, San Pío X, 21 de agosto.
[7] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.
[8] OF, Espíritu Santo, B.
[9] OP, Sábado VII Pasc.
[10] Preces Laudes, Miérc. II del Salterio.
[11] OP, Miérc. VII Pasc.
[12] Laudes viernes II del Salterio.
[13] OF, Por la Iglesia, D.
[14] OP, 21 diciembre.
[15] En Laudes, en Vísperas y en la Misa cotidiana.
[16] OP, I Dom. T. Ord.
[17] OP, XXI Dom. T. Ord.
[18] OP, S. Martín de Tours, 11 de noviembre.
[19] Preces Laudes, Jueves III del Salterio.
[20] Preces Laudes, Lunes III del Salterio.
[21] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.
[22] OP, Por la Iglesia, D.
[23] Preces Laudes, Lunes III del Salterio.
[24] Preces Laudes, Martes IV del Salterio.
[25] OP, V Dom. T. Ord.
[26] OP, S. Francisco de Asís, 4 de octubre.
[27] OP, San Juan de la Cruz, 14 de diciembre.
[28] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.
[29] OP, XXII Dom. T. Ord.
[30] Preces Laudes Martes I del Salterio.
[31] Preces Laudes Miérc. I del Salterio.
[32] Preces Laudes Jueves I del Salterio.
[33] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.
[34] OF, San Carlos Luanga, 3 de junio.
[35] OP, San Luis Gonzaga, 21 de junio.
[36] Preces Laudes Sábado I del Salterio.
[37] OF, Misa vespertina S. Juan Bautista, 24 de junio.
[38] OP, Santa Marta, 29 de julio.
[39] Preces Laudes, Jueves III del Salterio.
[40] Preces Laudes, Lunes IV del Salterio.

La capilla del Sagrario

El tabernáculo -sagrario- debe estar situado dentro de las iglesias en un lugar de los más
dignos con el mayor honor. La nobleza, la disposición y la seguridad del tabernáculo
eucarístico deben favorecer la adoración del Señor realmente presente en el Santísimo
Sacramento del altar (Catecismo de la Iglesia, nº 1183).
El lugar de la reserva eucarística no es, de por sí, un lugar celebrativo, sino un lugar de
oración personal. Al hacer esta afirmación no queremos decir que la reserva eucarística
esté desligada de la celebración litúrgica, pero sí, en cambio, subrayar que el creyente que
se recoge ante el Santísimo no se sitúa en la dinámica de la celebración sacramental, sino
de la oración personal. Pensemos cómo a lo largo del Barroco proliferaron hermosísimas
capillas sacramentales o capillas del Sagrario en parroquias y templos, para ensalzar su
Presencia Real, permitir la adoración personal y favorecer el culto al Santísimo.
“Conviene, pues, que el sagrario se coloque a juicio del Obispo diocesano… o también en
alguna capilla idónea para la adoración privada y para la plegaria de los fieles, que se halle
estructuralmente unida con la iglesia y a la vista de los fieles” (IGMR, n. 315b).
1. Al ser para la oración personal, lo primero es que se debe procurar que sea aparte del
lugar de la celebración, para facilitar la intimidad, el silencio y recogimiento. Su sitio no es
el presbiterio.
2. Lugar sereno: por la luz, por la comodidad, por los bancos.
3. Una vela encendida, signo de la presencia del Señor.
4. El centro es el sagrario: incluso un foco con luz directa al sagrario, no tanto a las imágenes
que pueda haber en ninguna capilla sacramental.
La ubicación del Sagrario debe permitir una cierta intimidad para la oración personal creando
un espacio de recogimiento así como favorecer mucho su ubicación la cercanía física con
el presbiterio para las celebraciones litúrgicas y que sea fácil reservar después de distribuir
la comunión en la celebración eucarística. Pensemos que éstos son los criterios litúrgicos
establecidos:
“Es conveniente que se destine para la reserva de la sagrada Eucaristía una capilla o lugar
fuera del cuerpo central de la iglesia, adecuado para la adoración y la oración privada de
los fieles. Este lugar ha de ser verdaderamente destacado y noble, de fácil acceso desde el
atrio o pórtico y desde la nave de la iglesia. El ambiente debe ofrecer un clima de
recogimiento y de atención a la presencia eucarística” (Sdo. Nacional de Liturgia, Directorio
Ambientación y arte del lugar de la celebración, n. 17).
Sería muy ilustrativo leer la historia y evolución de la reserva eucarística en cualquier buen
manual de liturgia.
La normativa de la IGMR actual dice:
314. Para cualquier estructura de la iglesia y según las legítimas costumbres de los lugares,
consérvese el Santísimo Sacramento en el Sagrario, en la parte más noble de la iglesia,
insigne, visible, hermosamente adornada y apta para la oración.
Como norma general, el tabernáculo debe ser uno solo, inamovible, elaborado de materia
sólida e inviolable, no transparente y cerrado de tal manera que se evite al máximo el peligro
de profanación. Conviene, además, que se bendiga según el rito descrito en el Ritual
Romano antes de destinarlo al uso litúrgico.
315. Por razón del signo conviene más que en el altar en el que se celebra la Misa no haya
sagrario en el que se conserve la Santísima Eucaristía.
Por esto, es preferible que el tabernáculo, sea colocado de acuerdo con el parecer del
Obispo diocesano:
a) o en el presbiterio, fuera del altar de la celebración, en la forma y en el lugar más
convenientes, sin excluir el antiguo altar que ya no se emplea para la celebración (cfr. n.
303);
b) o también en alguna capilla idónea para la adoración y la oración privada de los fieles,
que esté armónicamente unida con la iglesia y sea visible para los fieles.
316. Cerca del sagrario, según la costumbre tradicional, alumbre permanentemente una
lámpara especial, alimentada con aceite o cera, por la cual se indique y honre la presencia
de Cristo.
317. Tampoco se olviden de ninguna manera las demás cosas que para la reserva de la
Santísima Eucaristía se prescriben según las normas del Derecho.
A lo que hay que sumar las indicaciones de Benedicto XVI en la exhortación Sacramentum
caritatis:
Sobre la importancia de la reserva eucarística y de la adoración y veneración del sacramento
del sacrificio de Cristo, el Sínodo de los Obispos ha reflexionado sobre la adecuada
colocación del sagrario en nuestras iglesias. En efecto, esto ayuda a reconocer la presencia
real de Cristo en el Santísimo Sacramento. Por tanto, es necesario que el lugar en que se
conservan las especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre en
la iglesia, también gracias a la lamparilla encendida. Para ello, se ha de tener en cuenta la
estructura arquitectónica del edificio sacro: en las iglesias donde no hay capilla del
Santísimo Sacramento, y el sagrario está en el altar mayor, conviene seguir usando dicha
estructura para la conservación y adoración de la Eucaristía, evitando poner delante la sede
del celebrante. En las iglesias nuevas conviene prever que la capilla del Santísimo esté
cerca del presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible poner el sagrario en el presbiterio,
suficientemente alto, en el centro del ábside, o bien en otro punto donde resulte bien visible.
Todos estos detalles ayudan a dar dignidad al sagrario, cuyo aspecto artístico también debe
cuidarse. Obviamente, se ha tener en cuenta lo que dice a este respecto la Ordenación
General del Misal Romano. En todo caso, el juicio último en esta materia corresponde al
Obispo diocesano (n. 69).
¿Y qué dicen los demás libros litúrgicos e Instrucciones de la Congregación para el Culto
divino sobre el lugar del Sagrario?
+ Una Instrucción –es decir, reglamentación litúrgica- prescribe: “El lugar de la iglesia o del
oratorio en que se guarde la Eucaristía en el sagrario sea verdaderamente destacado.
Conviene que sea al mismo tiempo apto para la oración privada, de modo que los fieles no
dejen de venerar al Señor en el Sacramento, aun con culto privado, y lo hagan con facilidad
y provecho. Por eso se recomienda que el sagrario en cuanto sea posible, se coloque en
una capilla que esté separada de la nave central del templo, sobre todo en las iglesias en
que se celebran más frecuentemente matrimonios y funerales y en los lugares que son muy
visitados por razón de los tesoros de arte y de historia” (Eucharisticum Mysterium, 53).
Añadiendo: “«La sagrada Eucaristía se reservará en un sagrario sólido e inviolable, colocado
en medio del altar mayor, o de un altar lateral, pero que sea realmente destacado, o también,
según costumbres legítimas y en casos particulares, que deben ser aprobados por el
Ordinario del lugar, en otro sitio de la iglesia, pero que sea verdaderamente muy noble y
esté debidamente adornado” (Id., n. 54). No hay obligatoriedad alguna de que sea en el altar
mayor, pero sí que sea MUY NOBLE y DEBIDAMENTE ADORNADO.
+ El Ceremonial de Obispos sobreentiende que el lugar es una capilla aparte; en la Misa
estacional el obispo es recibido en la puerta y con cruz y precedido por el cabildo,
presbíteros y clero, recibe el hisopo se asperja y asperja a los presentes; “de inmediato
prosigue con su comitiva al lugar donde se reserva al Santísimo Sacramento, y allí ora
brevemente, y, por último, va a la sacristía” (Ce, n. 79). De hecho se advierte que “si la
procesión pasa delante de la capilla del Santísimo Sacramento, no se detiene ni se hace
genuflexión” (CE, n. 128) (por sentido común, girarse de dos en dos a hacer genuflexión
destroza el orden y el sentido de la procesión). Por si fuera poco: “Se recomienda que el
tabernáculo, según una tradición antiquísima conservada en las iglesias catedrales, se
coloque en una capilla separada de la nave central. Si en algún caso particular el
tabernáculo se encuentra sobre el altar en el cual va a celebrar el Obispo, trasládese el
Santísimo Sacramento a otro lugar digno” (CE, n. 49).
+ El Ritual de la dedicación de iglesias y de altares prevé la existencia de una capilla del
Sagrario. Dicen las rúbricas: “Conviene hacer la inauguración de la capilla de la reserva de
la santísima eucaristía de la siguiente manera: Después de la comunión, se deja sobre la
mesa del altar el copón con el santísimo sacramento. El obispo va a la cátedra y todos oran,
por unos instantes, en silencio. Luego, el obispo dice la oración después de la comunión.
Después, el obispo vuelve al altar e inciensa de rodillas, el santísimo sacramento y, tomando
el velo humeral, recibe el copón en sus manos, cubiertas con dicho velo. Se ordena la
procesión, en la cual, marchando todos detrás del crucífero, se lleva el santísimo
sacramento con cirios e incienso por la nave de la iglesia a la capilla de la reserva”.

Fundamentos de la participación litúrgica, 1ª parte (XVIII)

Una buena teología orienta y determina que pueda darse una buena pastoral, así como una
vida espiritual sólida, con solera; pero la ausencia de una buena teología, se presta a las
veleidades de unos y otros, a las buenas intenciones y entusiasmos de unos y otros
y, por tanto, a la creatividad salvaje, la improvisación y los cambios.
Para alcanzar el meollo de la cuestión, la participación de los fieles en la liturgia (interior,
consciente, activa, externa, plena, fructuosa, devota… adjetivos de la Constitución
Sacrosanctum Concilium), se requiere una buena teología que vaya a lo central, en este
caso, una teología que ahonde en el sacerdocio bautismal de todo el pueblo santo de Dios.
Es este sacerdocio común, conferido por Cristo con su Espíritu Santo, el que determina el
modo y la calidad de la participación en la liturgia. Todos deben participar en la santa liturgia
en razón de que han sido constituidos sacerdotes para nuestro Dios.
Este sacerdocio es llamado “sacerdocio bautismal” y “sacerdocio común”, diferente del
“sacerdocio ministerial” en esencia y no solamente en grado: “El sacerdocio común de los
fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en
grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único
sacerdocio de Cristo” (LG 10). Los sacerdotes reciben el ministerio, que es distinto en su
esencia, para el servicio de los fieles, para la santificación del pueblo cristiano y como ayuda
para que todos vivan santamente su sacerdocio bautismal: “El sacerdocio ministerial, por la
potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio
eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios” (Ibíd.).
Por el bautismo y la confirmación, Dios hace de sus hijos un pueblo santo, sacerdotal,
para que vivan a Él consagrados en el mundo; así se entiende que podamos pedir en
oración: “Rey todopoderoso, que por el bautismo has hecho de nosotros un sacerdocio real,
haz que nuestra vida sea un continuo sacrificio de alabanza”[1].
La carta a los Hebreos muestra a Cristo como el sumo sacerdote que ha ofrecido un
sacrificio perfecto y ha entrado en el santuario del cielo, intercediendo por todos. Su
sacrificio ha sido Él mismo en su cuerpo, no ofreciendo nada exterior a sí mismo, ni es un
sacerdocio ritual, repitiendo los mismos sacrificios año tras año. Cristo sacerdote ha ofrecido
el único Sacrificio de una vez para siempre. Jesucristo es el sumo sacerdote de los bienes
definitivos.
“En la Carta a los Hebreos se afirma, de forma clara y convincente, que Jesucristo ha
cumplido con toda su vida y sobre todo con el sacrificio de la cruz, lo que se ha inscrito en
la tradición mesiánica de la Revelación divina. Su sacerdocio es puesto en referencia al
servicio ritual de los sacerdotes de a antigua alianza, que sin embargo Él sobrepasa, como
Sacerdote y como Víctima. En Cristo, pues, se cumple el eterno designio de Dios que
dispuso la institución del sacerdocio en la historia de la alianza” (Juan Pablo II, Audiencia
general, 18-febrero-1987).
Explica Orígenes la acción sacerdotal plena de Jesús:
“Una vez al año el sumo sacerdote, alejándose del pueblo, entra en el lugar donde se halla
el propiciatorio, los querubines, el arca del testamento, y el altar del incienso, en aquel lugar
donde nadie puede penetrar, sino sólo el sumo sacerdote.
Si pensamos ahora en nuestro verdadero sumo sacerdote, el Señor Jesucristo, y
consideramos cómo, mientras vivió en carne mortal, estuvo durante todo el año con el
pueblo, aquel año del que él mismo dice: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los
pobres, para anunciar el año de gracia del Señor, fácilmente advertiremos que, en este año,
penetró una sola vez, el día de la propiciación, en el santuario: es decir, en los cielos,
después de haber realizado su misión, y que subió hasta el trono del Padre, para ser la
propiciación del género humano y para interceder por cuantos creen en él” (Orígenes, Hom.
in Lev., 9,5).
Jesucristo sumo y eterno sacerdote ha ofrecido un sacrificio perfecto para la expiación de
los pecados, al asumir nuestra humanidad en su encarnación y ofrecerse en el árbol de la
cruz. Él es, al mismo tiempo, sacerdote, víctima y altar[2]. Los sacrificios del Antiguo
Testamento, que una y otra vez se repetían por su incapacidad para expiar, eran sólo
anuncio y profecía del sacrificio perfecto de Cristo.
“Según la doctrina apostólica, se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de
suave olor. Él fue quien como Dios verdadero y verdadero sumo sacerdote que era, penetró
una sola vez en el santuario, no con la sangre de los toros y los machos cabríos, sino con
la suya propia. Esto era precisamente lo que significaba aquel sumo sacerdote que entraba
cada año con la sangre en el Santo de los Santos.
Él es quien en sí mismo poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra
redención, es decir, él mismo fue el sacerdote y el sacrificio; él mismo, Dios y el templo: el
sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos, el sacrificio que nos reconcilia, el templo en el
que nos reconciliamos, el Dios con quien nos hemos reconciliado” (S. Fulgencio de Ruspe,
Regla de la verdadera fe, 22,63).
El sacerdocio de Cristo, eterno y para siempre, que no proviene de medios humanos ni de
genealogía, sino “según el rito de Melquisedec” (cf. Sal 109), de origen divino, es
comunicado a todos los miembros de su Cuerpo, la Iglesia; los que son de Cristo quedan
hechos partícipes de su sacerdocio eterno y definitivo: “Que constituiste a tu único Hijo
Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en
tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
El no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo…”[3] Este
sacerdocio tiene dos modalidades: el sacerdocio bautismal de todos los fieles y el
sacerdocio ministerial por el sacramento del Orden, diferentes en esencia y no sólo en
grado.
Todo el pueblo cristiano participa de la cualidad sacerdotal de su Señor: “Señor Jesús,
sacerdote eterno, que has querido que tu pueblo participara de tu sacerdocio, haz que
ofrezcamos siempre sacrificios espirituales agradables a Dios”[4]. Vemos, pues, la verdad y
contundencia de las palabras del Apocalipsis: “has hecho de ellos para nuestro Dios un
reino de sacerdotes” (Ap 5,10).
[1] Preces Laudes, Martes I del Salterio.
[2] Prefacio pascual V.
[3] Prefacio Misa Jesucristo sumo y eterno sacerdote.
[4] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.

Fundamentos de la participación litúrgica, 2ª parte (XVIII)

2. Ofrecer, orar y santificarse


El sacerdocio común de los fieles es llamado también sacerdocio bautismal porque es en
los sacramentos de la Iniciación cristiana donde se recibe, originando una participación
nueva, óntica, de todo nuestro ser, en la Persona y misión del Salvador. En las aguas
bautismales nace un pueblo nuevo, ya consagrado al Señor, pueblo sacerdotal.
El sacerdocio bautismal nace de nuestra regeneración en Cristo y de la unción con el
Espíritu Santo:
“La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu
Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro
ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del
linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios,
rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura
y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?” (S. León Magno,
Serm. 4,1).
En ese sentido, destaca la interpretación patrística de la Unción post-bautismal con el santo
Crisma:
“Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación.
Es lo que dice e salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba,
que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Tu
nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamorar las doncellas. ¡Cuántas son hoy
las almas renovadas que llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti;
correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!
Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la cara.
Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de
Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en efecto, somos
ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su
sacerdocio” (S. Ambrosio, De Mist., 29-30).
Somos sacerdotes por el bautismo, un sacerdocio santo, por el cual y ante todo, dirá
San Pedro, ofrecemos “sacrificios espirituales” (1P 2,5).
“Y sacerdocio real porque están unidos al cuerpo de aquel que es rey soberano y verdadero
sacerdote, capaz de otorgarles su reino como rey, y de limpiar sus pecados como pontífice
con la oblación de su sangre. Los llama sacerdocio real para que no se olviden nunca de
esperar el reino eterno y de seguir ofreciendo a Dios el holocausto de una vida intachable”
(Beda el Venerable, Com. a la Primera Carta de san Pedro).
Este sacerdocio común se destina a ofrecer sacrificios espirituales, y entre estos
sacrificios, destaca la oración; ésta es un sacrificio puro y constante que se eleva en
honor de Dios y que intercede por todos. Así pues, la vida de oración, tanto en privado como
en la oración común y litúrgica es un sacrificio que se ofrece en razón del sacerdocio
bautismal. Será oración espiritual, pura, si va acompasada con una vida santa, ofrecida a
Dios, y con obras buenas, de misericordia y bondad:
“La oración es el sacrificio espiritual que abrogó los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa
el número de vuestros sacrificios?, dice el Señor. Estoy harto de holocaustos de carneros,
de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Quién pide algo
de vuestras manos? Lo que Dios desea, nos lo dice el evangelio: Se acerca la hora, dice,
en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque
Dios es espíritu, y desea un culto espiritual.
Nosotros somos, pues, verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes cuando oramos en
espíritu y ofrecemos a Dios nuestra oración como aquella víctima propia de Dios y acepta a
sus ojos.
Esta víctima, ofrecida del fondo de nuestro corazón, nacida de la fe, nutrida con la verdad,
intacta y sin defecto, integra y pura, coronada por el amor, hemos de presentarla ante el
altar de Dios, entre salmos e himnos, acompañada del cortejo de nuestras buenas obras, y
ella nos alcanzará de Dios todos los bienes” (Tertuliano, De orat., 28).
Por el sacerdocio eterno de Jesucristo, del cual participamos, ofrecemos nuestra oración al
Padre por su medio. La oración no es un sentimiento privado ni un desahogo momentáneo,
sino una plegaria que se desarrolla en comunión con Cristo, y se eleva a Dios por el
sacerdocio de Cristo, nuestro Mediador e Intercesor. Por eso orar es un ejercicio del
sacerdocio común que se ejerce en virtud de la unión con Cristo Sacerdote; orar “sin cesar”
(1Ts 5,17), “sed asiduos en la oración” (Rm 12,9), es misión y oficio de los bautizados por
su sacerdocio.
“Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por su medio,
ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios
que profesan su nombre. Por él, pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración,
ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que
se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la
presencia de Dios. Por esto, nos exhorta san Pedro: También vosotros, como piedras vivas,
entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para
ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo, decimos a
Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo»” (S. Fulgencio de Ruspe, Carta 14,36).
Pero igualmente es oficio sacerdotal el sacrificar, el ofrecer el sacrificio. En el Antiguo
Testamento, de pie, el sacerdote ofrecía víctimas en el altar del Templo; Cristo de pie en la
cruz, “elevado”, “levantado sobre la tierra”, ofreció como Sacerdote el sacrificio de sí mismo.
Ahora los bautizados, unidos a Cristo en la Cruz, también ofrecen como sacerdotes, no ya
víctimas y animales, sino se ofrecen a sí mismos junto con Cristo (especialmente en la
Eucaristía), ofrecen su corazón y el ejercicio de las virtudes cristianas, del trabajo, de
las obras. Propio del sacerdote es sacrificar y ofrecer y ahora, por el sacerdocio bautismal,
es propio de nuestra vida sacrificar y ofrecer oblaciones espirituales y santas.
Entregamos nuestro corazón con la confesión de nuestros pecados y el reconocimiento de
su misericordia y esa ofrenda de nuestro corazón contrito, humillado, amasado con lágrimas
de expiación, es sacrificio santo:
“Si te ofreciera un holocausto - dice-, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas
a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un
corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de
ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas
tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que
hay que quebrantar” (S. Agustín, Serm. 19,3).
El mejor y más alto sacrificio es unirse a Cristo Sacerdote, entregándose a Dios,
ofreciéndose a Él, para que Él tome de nosotros lo que le plazca, sin reservarnos nada.
“Sacrifiquemos no jóvenes terneros ni corderos con cuernos y uñas, más muertos que vivos
y desprovistos de inteligencia, sino más bien ofrezcamos a Dios un sacrificio de alabanza
sobre el altar del cielo, unidos a los coros celestiales. Atravesemos la primera cortina,
avancemos hasta la segunda y dirijamos nuestras miradas al Santísimo.
Yo diría aún más: inmolémonos nosotros mismos a Dios, ofrezcámosle todos los días
nuestro ser con todas nuestras acciones. Estemos dispuestos a todo por causa del Verbo;
imitemos su Pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre,
subamos decididamente a su cruz” (S, Gregorio Nacianceno, Serm. 45,23-24).

La sacristía también es lugar litúrgico

Un lugar amplio, hermoso, que disponga para empezar la celebración litúrgica con suficiente
recogimiento y que sirva igualmente para conservar todas las cosas y elementos necesarios
para el culto: esto es la sacristía.
El Caeremoniale episcoporum señala como paradigma:
“En la iglesia catedral no debe faltar el “secretarium”, es decir una sala digna, en lo posible
cercana a la entrada de la iglesia, en la cual el Obispo, los concelebrantes y los ministros
puedan ponerse los vestidos litúrgicos, y de la cual se inicie la procesión de entrada. La
sacristía será de ordinario diferente del “secretarium”; en ella se guarda el ajuar sagrado, y
en ella los días ordinarios el celebrante y los ministros se pueden preparar para la
celebración “ (n. 53).
Tanto en la sacristía como en el secretarium debe observarse el silencio y la modestia (cf.
Id., n. 37):
“Pongan todos esmero en guardar silencio, respetando así tanto la común disposición de
ánimo como la santidad de la casa de Dios” (Id., n. 170).
En las nuevas construcciones hay que pensar en la sacristía como un lugar amplio y no
como si fuera un pequeño vestidor; y pastoralmente, cuidar mucho la sacristía: hay
que lograr que unos minutos antes de la celebración litúrgica no se convierta en lugar de
conversaciones y asuntos varios, sino de silencio, ya que es lugar casi-sagrado, para
permitir que el sacerdote y los ministros se dispongan a los Misterios con humildad y
devoción. El silencio y el orden son cualidades de una buena sacristía.
La sacristía debe arreglarse en función de los fines propios de una sacristía. La cajonera
debe ser elegante, cuidada, guardando en ella con orden (y con su inventario) ornamentos
más nobles, capas pluviales, dalmáticas y los manteles del altar. Sobre la cajonera un
crucifijo hermoso y, por ejemplo, seis candelabros que inviten al recogimiento al revestirse
el sacerdote para ofrecer el sacrificio eucarístico.
En los armarios de la sacristía se dispondrán en riguroso orden el ajuar sagrado. En una
estantería única y exclusivamente los leccionarios y Evangeliario; en otra, los rituales
(nuevos y en sus últimas ediciones); en otra los cantorales, libros para las vísperas
dominicales, etc…; en las puertas centrales los ornamentos litúrgicos; en otra parte, lo
referente a la Eucaristía (cálices, copones y patenas, vinajeras, etc.), las custodias y los
santos Óleos con lo necesario para el bautismo (si no estuvieren en el Baptisterio ni en una
arqueta exclusiva para ellos).
El orden y la limpieza que se guarden en la sacristía crean una antesala real de celebración
de los misterios, un lugar sacro para conservar lo sagrado. Se realiza, así pues, lo previsto
en el Directorio “Ambientación y arte en el lugar de la celebración”:
“…La sacristía, en la que se conserva todo el ajuar litúrgico y en la que pueden prepararse
el celebrante y los ministros para la celebración de los días ordinarios…” (n. 20).
“En la sacristía se debe disponer de un estante apropiado para los libros, no debiendo
quedar amontonados en la credencia o en el ambón” (n. 26).
Muy poco recomendable es el comportamiento de algunas personas que -en todas las
parroquias- un poco antes de la Misa se dedica, en lugar de rezar, a irse a la sacristía,
sentarse allí, curiosear, entablar conversación, “cotillear", y luego presumir de “católicos
comprometidos” o de “amigo del cura". La sacristía no está para eso.

Fundamentos de la participación litúrgica, 3ª parte (XVIII)

3. “Dignidad” del sacerdocio común


Una enseñanza completa y clara es la que nos ofrece san Pedro Crisólogo, mostrando la
naturaleza, la dignidad y la función del sacerdocio bautismal; es la voz de la Tradición más
genuina desplegando las riquezas de este sacerdocio común y orientando, con palabras de
fe, para vivirlo y desarrollarlo:
“Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto –dice– a presentar vuestros
cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a
presentar vuestros cuerpos como hostia viva.
¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es a la vez, sacerdote y víctima! El
cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo
y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen
intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no
podría matar esta víctima.
Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se
ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios–dice–, a
presentar vuestros cuerpos como hostia viva.
Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo,
inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva,
porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la
muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la
víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un
nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los
hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.
Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como una hostia viva.
Es lo mismo que ya había dicho el profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me
has preparado un cuerpo.
Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo
que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la
castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente,
que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tú oración arda
continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu: haz
de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.
Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca,
no con tu muerte, sino con tu buena voluntad” (Serm. 108).
El sacerdocio real, bautismal, se ejerce en el mundo, consagrando la materia profana –el
trabajo, el arte, la economía, la cultura… ¡todo!- a Dios; no es un privilegio para vivirlo de
puertas adentro del templo, sino para santificarse en el mundo transformándolo y ofreciendo
allí los continuos sacrificios espirituales.
Es el mundo el lugar donde ser sacerdotes, vivir santamente, ofrecer, orar e interceder. Esta
es la enseñanza constante de la Iglesia: “los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por
el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función
sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo
el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde” (LG 31); “A los laicos corresponde,
por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales
y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes
y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con
las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que,
desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la
santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento” (LG 31); “también los
laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo
a Dios” (LG 34); “los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales,
pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del
mundo” (LG 35).
Ya que la Iglesia recibe una misión propia, “que, por la propagación del Reino de Cristo en
toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención
salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo” (AA 2), en el
mundo, en el orden civil y temporal, realiza su misión por medio del laicado en virtud del
sacerdocio bautismal. “Los laicos hechos partícipes del ministerio sacerdotal, profético y real
de Cristo, cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el
mundo” (AA 2). “siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los
negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu
cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento” (AA 3); lo realizan
porque son consagrados por Dios como sacerdotes, profetas y reyes en el mundo, y se
nutren de la vida litúrgica y sacramental: “son destinados al apostolado por el mismo Señor.
Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias
espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes
del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene
con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

Y con tu espíritu - I (Respuestas - I)

En la liturgia, el saludo litúrgico del ministro ordenado (obispo, sacerdote o diácono) se


responde con una fórmula antigua, clásica, venerable, con origen en las Escrituras y en las
costumbres semíticas: “El Señor esté con vosotros – Y con tu espíritu”.
Este saludo expresa una especial asistencia de Dios, una elección amorosa, una protección
para quien va a ser enviado a una misión particular y nada debe temer porque no se ampara
en sus propias fuerzas, recursos, compromisos o capacidades. Inspira, por tanto, seguridad
en la continua asistencia divina.
Su origen es muy antiguo, inmemorial. Es el modo en que Booz saluda a los segadores: “El
Señor con vosotros” (Rt 2,4), o sea, “Dominus vobiscum” en latín., y es el modo en que Dios
se comunica a sus elegidos. “No temas… estoy contigo”, como en el caso de Abrahán (Gn
26,3.23), Moisés (Ex 3,12) o Jeremías (1,6-8). A Josué le dice el Señor con cálidas palabras:
“como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré” (Jos 1,5), y a
Gedeón de esta forma: “El Señor esté contigo, valiente guerrero” (Jue 6,12).
Esta presencia divina es garantía para el elegido, confianza en la acción de Dios. ¡No
digamos nada al iniciarse la plenitud de los tiempos! El ángel Gabriel se dirige a la Virgen
María: “El Señor es contigo… No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.
Concebirás…” (Lc 1,28-30). No estará sola, ni desempeñará su especialísima vocación sola
y por su propio esfuerzo y voluntarismo: el Señor estará con María Virgen dando siempre
gracia suficiente.
Jesucristo conforta a sus apóstoles ante su ausencia visible, por la Ascensión,
prometiéndoles su presencia invisible aunque real: “Yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Garantizó que la Iglesia reunida para orar y celebrar la
liturgia santa en su nombre, contaría siempre con su presencia: “donde dos o tres se reúnen
en mi nombre… allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).
Las cartas paulinas muestran el uso litúrgico del saludo, sin poder diferenciar muy bien si
fueron estos saludos paulinos los que pasaron a la liturgia o si san Pablo asumió un uso ya
extendido en la liturgia apostólica. El Apóstol se dirige a las distintas Iglesias deseándoles
esa Presencia viva de Jesucristo, su gracia, su paz y su misericordia. Leámoslos todos:
“Gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rm 1,7).
“A vosotros gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1Co 1,3;
2Co 1,2; Ef 1,2; Flp 1,2).
“La gracia del Señor Jesús con vosotros” (1Co 16,23).
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén
siempre con todos vosotros” (2Co 13,13).
“La gracia esté con vosotros” (Col 4,18).
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros” (1Ts 5,28).
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros” (2Ts 3,18).
“Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro” (2Tm
1,2).
Tres saludos del Apóstol de las gentes incluyen la terminación “con vuestro espíritu” y una,
muy especialmente, a Timoteo, el joven obispo, se le dirige “con tu espíritu”:
“La gracia del Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu” (Flp 4,23).
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos” (Gal 6,18).
“El Señor esté con tu espíritu” (2Tm 4,22).
“Sea con vuestro espíritu” (Gal 6,18) se puede interpretar, sin duda, de muy distintas
maneras. Expresa lo más profundo del ser humano, allí donde el Espíritu Santo se une a
nuestro propio espíritu dando testimonio de que somos hijos de Dios (Rm 8,15); hace
referencia al hombre formado por cuerpo, alma y espíritu (1Ts 5,23) consagrado a
Jesucristo. A esto alude, por ejemplo y siguiendo el texto paulino, la oración de bendición
de óleo de los enfermos que reza el obispo en el original latino: “sientan en el cuerpo, en el
alma y en el espíritu tu divina protección” (aunque en la traducción castellana se ha omitido
“espíritu”).
Pero también la tradición eclesial ha interpretado “espíritu” restringido al carisma ministerial,
a la gracia única y específica del Espíritu Santo por la imposición de manos: “el don que hay
en ti, que te fue dado por intervención profética con la imposición de manos del presbiterio”
(1Tm 4,14), “el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2Tm 1,6), “el
Señor esté con tu espíritu” (2Tm 4,22).
La respuesta en la liturgia, “y con tu espíritu”, es más expresa y llena de contenido que decir
“y contigo”, como lo haría una traducción más coloquial y más pobre a su vez. Alude al
espíritu sacerdotal, al Espíritu que obra mediante el sacerdote, a la gracia propia del
sacramento del Orden.
La Tradición, desde luego, lo interpretó así. Veamos suficientes testimonios. Por ejemplo,
san Juan Crisóstomo, el patriarca de Constantinopla:
“El Señor Jesucristo con tu espíritu… No dice: contigo, sino: con tu espíritu. Doble ayuda:
de la gracia del Espíritu y del auxilio de Dios. Y es que Dios no puede estar con nosotros de
otra manera que con su gracia espiritual” (Hom. sobre 2Tm, n. 10).
“Ya veis que esto también lo hace el Espíritu… Si el Espíritu no estuviera en nuestro común
padre y doctor [se refiere al obispo Flaviano], cuando hace poco ha subido a su sede y os
ha saludado a todos, no hubiéramos respondido: y con tu Espíritu… Y no sólo cuando os
habla, o cuando ora por vosotros, le respondéis con estas palabras, sino cuando asiste a
esta santa mesa y ofrece el tremendo sacrificio… Cuando le respondéis: y con tu Espíritu,
con esta respuesta estáis recordando que no es la persona ni los méritos humanos los que
realizan esta obra, sino la gracia del Espíritu la que realiza este sacrificio sacramental… Si
no estuviera presente el Espíritu no existiría la Iglesia” (Hom. Pentecostés, PG 50,458-459).
Al responder “y con tu espíritu” al saludo sacerdotal, el pueblo santo se une a la acción
litúrgica más plenamente, se une a la oración común, dando su asentimiento al sacerdote
para que obre y deseando que el Espíritu Santo actúe sobre el espíritu sacerdotal:
“Advierte cuán era la fuerza de la asamblea… Ahora a todos se propone un mismo cuerpo
y una misma bebida. Y puede uno ver también cómo el pueblo toma mucha parte activa en
las súplicas. Y así hay oraciones comunes de los sacerdotes y del pueblo… Ya en los
tremendos misterios el sacerdote ora por el pueblo, y éste por el sacerdote; pues estas
palabras: “con tu espíritu”, no significan otra cosa” (S. Juan Crisóstomo, In 2Cor, hom. 18,3).
Igualmente, de la Iglesia siríaca, nos llega esta explicación tan concreta y clara:
“…llama “espíritu” no al alma que está en el sacerdote, sino al Espíritu que éste ha recibido
por la imposición de manos” (Narsay de Nísibe, Hom. XVII).
Por eso, ayer y hoy, la respuesta “y con tu espíritu” sólo se da al ministro ordenado,
aludiendo al “espíritu” que recibió en el sacramento del Orden: “ésta es la razón también por
la que la Iglesia permite sólo a los que tienen las órdenes mayores usar el Dominus
vobiscum, o sea al obispo, sacerdote y diácono”[1].

[1] JUNGMANN, J.A., El sacrificio de la Misa, Madrid 1959, 466.


Fundamentos de la participación litúrgica, 4ª parte (XVIII)

4. El peligro de clericalización
La correcta doctrina sobre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ministerial disipa rápido
los equívocos que en la práctica se han cometido, creando una confusión en los órdenes,
ministerios, servicios y acciones. Cada cual tiene su misión concreta fruto del sacramento
recibido, el Bautismo, y difiere del ámbito y de las acciones propias del sacerdocio ordenado.
Los fieles seglares, bautizados y ungidos por el Espíritu Santo, poseen una propia y
específica misión en cuanto seglares en el mundo y participan del apostolado de la Iglesia
en su modo laical de vivir. Es la configuración sacramental con Cristo la que les confiere su
propio apostolado:
“Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con
Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos
por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el
mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para
ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo
en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se
comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).
Cuando se descubre y valora la gracia propia de los sacramentos de la Iniciación cristiana,
se llega a comprender hasta qué punto el “carácter” que imprimen significa una
configuración con Cristo y, por tanto, una participación del bautizado en Cristo sacerdote,
profeta y rey, viviéndolo en el mundo, en las realidades temporales. El carácter es la gracia
impresa en el alma:
“En el momento del bautismo fuimos marcados por un “carácter“, por un “sello", que
estableció de modo definitivo nuestra pertenencia a Cristo, dándonos una personal
consagración, principio del desarrollo de la vida divina en nosotros. Tal consagración
funda el sacerdocio común de todos los cristianos, es decir, el sacerdocio universal de los
fieles que tiende a manifestarse en los diversos gestos de la liturgia, de la oración y de la
acción” (Juan Pablo II, Ángelus, 7-enero-1990).
El carácter, o sello del Espíritu Santo en el alma, nos inserta en Cristo y nos da la capacidad
interior para vivir en Cristo y prolongar en nosotros la acción de Cristo para el mundo. Así,
el sacerdocio bautismal halla su origen en el carácter sacramental, haciéndonos partícipes
del Sacerdocio eterno de Jesucristo.
“El carácter (en griego sfragís) es signo de pertenencia: el bautizado se convierte en
propiedad de Cristo, propiedad de Dios, y en esta pertenencia se realiza su santidad
fundamental y definitiva, por la que san Pablo llamaba «santos» a los cristianos (Rm 1, 7; 1
Co 1, 2; 2 Co 1, 1, etc.). Es la santidad del sacerdocio universal de los miembros de la
Iglesia, en la que se cumple de modo nuevo la antigua promesa: «Seréis para mí un reino
de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Se trata de una consagración definitiva,
permanente, obrada por el bautismo y fijada con un carácter indeleble… Una de esas
manifestaciones puede ser el celo por el culto divino. En efecto, según la hermosa tradición
cristiana, citada y confirmada por el concilio Vaticano II, los fieles «están destinados por el
carácter al culto de la religión cristiana», es decir, a tributar culto a Dios en la Iglesia de
Cristo. Lo había sostenido, basándose en esa tradición, santo Tomás de Aquino, según el
cual el carácter es «potencia espiritual» (Summa Theologiae, III, q. 63, a. 2), que da la
capacidad de participar en el culto de la Iglesia como miembros suyos reconocidos y
convocados a la asamblea, especialmente a la ofrenda eucarística y a toda la vida
sacramental. Y esa capacidad es inalienable y no puede serles arrebatada, pues deriva de
un carácter indeleble. Es motivo de gozo descubrir este aspecto del misterio de la «vida
nueva» inaugurada por el bautismo, primera fuente sacramental del «sacerdocio universal»,
cuya tarea fundamental consiste en rendir culto a Dios” (Juan Pablo II, Audiencia general,
25-marzo-1992).
El sacerdocio común se funda en el sacramento del bautismo. Todos los cristianos son
sacerdotes en sentido verdadero y propio; recordemos la enseñanza de la Constitución
Lumen gentium: “Los bautizados son consagrados, por la regeneración y la unción del
Espíritu Santo, como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra
del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los
llamó de las tinieblas a su admirable luz” (LG 10).
La dignidad del sacerdocio común implica también una responsabilidad, respondiendo a las
distintas situaciones y circunstancias de la vida cotidiana, civil, con la dignidad y santidad
de quienes pertenecen a Cristo y le ofrecen el mundo entero a modo de ofrenda santa. Su
modo peculiar de ser sacerdotes en el mundo es realizar la consecratio mundi, la
consagración del mundo a Dios, transformándolo con espíritu evangélico, “más conscientes
de su dignidad como pueblo sacerdotal, llamados a consagrar el mundo a Dios a través de
la vida de fe y de santidad”[1]. Este pueblo sacerdotal “ha sido elegido por Dios como puente
con la humanidad y pertenece a todo creyente en cuanto injertado en este pueblo”[2].
El carácter sacramental del Bautismo y la Confirmación hacen del cristiano un sacerdote
con un modo específico de vivir ese sacerdocio común en el mundo; pero al mismo tiempo,
lo preparan y capacitan para la celebración del culto cristiano de manera que puedan vivir
los sacramentos, ofrecerse y ofrecer, pedir, alabar e interceder:
“Es una «participación del sacerdocio de Cristo en los fieles, llamados al culto divino, que
en el cristianismo es una derivación del sacerdocio de Cristo» (cf. Summa Theologiae, III,
q. 63, a. 3). “En virtud del bautismo y la confirmación, como hemos dicho en las catequesis
anteriores, el cristiano es capacitado para participar «quasi ex officio» en el culto divino, que
tiene su centro y culmen en el sacrificio de Cristo, presente en la Eucaristía” (Juan Pablo II,
Audiencia general, 8-abril-1992).
Y siendo la liturgia una acción santa de toda la Iglesia, Cabeza y Cuerpo, el Cristo total, no
todos pueden realizar la misma función. “Es acción de todos los fieles, porque todos
participan en el sacerdocio de Cristo (cf. ib., nn. 1141 y 1273). Pero no todos tienen la misma
función, porque no todos participan del mismo modo en el sacerdocio de Cristo”[3].
Aquí se ha producido una inversión en algunos casos donde se han confundido los dos
distintos modos esenciales de participación en el sacerdocio de Cristo, y se han delegado
funciones concretas a seglares que no les corresponden, pensando que así “participan”
más. O, sin llegar a desviaciones graves, sí subyace la mentalidad de que todos participan
igual y en el mismo grado y hay que conceder mayor amplitud a las intervenciones de laicos
en la liturgia, multiplicando moniciones, peticiones, etc., o situándolos en el mismo
presbiterio (olvidando que el presbiterio es el lugar de los presbíteros y ministros para las
acciones sagradas).
Y es que fomentar el sacerdocio bautismal y ayudarlo a madurar en esa conciencia,
jamás puede significar “clericalizar” a los laicos, delegando responsabilidades
pastorales o litúrgicas que son inherentes a los ministros ordenados. Se les reducía
el campo: en vez de la amplitud del mundo, de la vida cotidiana, matrimonial y familiar, de
los espacios humanos de la sociedad, la educación, la cultura, la política, la economía, etc.,
se les encerraba en el espacio de la sacristía, del despacho parroquial y del altar, como si
esa fuera la única manera de que el laicado realizase su propia vocación apostólica.
Es un peligro patente: la clericalización de los laicos mientras, por la misma distorsión, se
produce una secularización de los sacerdotes insertándolos en las realidades temporales
que son propias de los seglares. Lo advertía Benedicto XVI:
“Es en la diversidad esencial entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común donde se
entiende la identidad específica de los fieles ordenados y laicos. Por esa razón es
necesario evitar la secularización de los sacerdotes y la clericalización de los laicos”
(Benedicto XVI, Discurso al segundo grupo de obispos de Brasil en visita ad limina, 17-
septiembre-2009).
En esta dirección, se han multiplicado las advertencias y exhortaciones del reciente
magisterio pontificio para corregir esta confusión. Un breve elenco nos muestra la seriedad
del problema:
“Una eclesiología auténtica debe poner especial cuidado en evitar tanto la laicizacióndel
sacerdocio ministerial como la clericalización de la vocación laical (cf. Discurso a los laicos,
18 de septiembre de 1987, 5)” (Juan Pablo II, Disc. al 6º grupo de obispos estadounidenses
de la región IV en visita ad limina, 2-julio-1993).
“Del mismo modo corremos el riesgo de “clericalizar” el laicado o “laicizar” al clero,
vaciando así tanto la condición clerical como la laical de su específico significado y de su
complementariedad. Ambos son indispensables para la “perfección del amor", que es el
objetivo común de todos los fieles. Debemos, por tanto, reconocer y respetar en estas
condiciones de vida una diversidad que edifica el cuerpo de Cristo en la unidad” (Juan Pablo
II, Disc. a los representantes del laicado católico, Catedral de Santa María, San Francisco
(EE.UU), 17-septiembre-1987).
“Los sacerdotes deberán estar atentos para no usurpar el papel de los laicos en el orden
temporal mientras que los fieles laicos deberán evitar un cierto tipo de “clericalización” que
ensombrece la particular dignidad del estado laical basado en el Bautismo y en la
Confirmación” (Juan Pablo II, Disc. al 2º grupo de Obispos de Indonesia en visita ad limina,
13-septiembre-1996).
“También ellos son, en cuanto cristianos, bautizados y confirmados, no sólo receptores de
nuestra cura pastoral, sino que también son llamados a una corresponsabilidad y a una
participación activa… No se puede tratar ni de una postura de competición con el clero ni
de una clericalización de los laicos, sino ante todo se trata de la específica participación,
adaptada a ellos, en el servicio temporal de la Iglesia para la guía de los Pastores llamados
por Dios” (Juan Pablo II, Disc. a los obispos de Austria en visita ad limina, 19-junio-1987).
“Una tendencia a oscurecer las bases teológicas de esta diferencia puede llevar a una
clericalización incorrecta del laicado y a una laicización del clero… Sin embargo, la vocación
laical debería centrarse principalmente en su compromiso en el mundo, mientras que el
sacerdote ha sido ordenado para ser pastor, maestro y guía de oración y vida sacramental
en el ámbito de la Iglesia” (Juan Pablo II, Disc. a los obispos de Nueva Zelanda en visita ad
limina, 21-noviembre-1998).
[1] Benedicto XVI, Homilía en la Catedral de Westminster, 18-septiembre-2010.
[2] Juan Pablo II, Disc. a la Plenaria de la Cong. del Clero, 23-noviembre-2001.
[3] Juan Pablo II, Discurso al 4ª grupo de Obispos de Brasil, 21-septiembre-2002.
Y con tu espíritu - II (Respuestas II)

Abundan los testimonios de la liturgia sobre el empleo del saludo y la respuesta.


La celebración eucarística comenzaba directamente por el saludo del obispo (o del
sacerdote) desde la sede y la respuesta “y con tu espíritu” de los fieles para comenzar por
la liturgia de la Palabra:
“Nos dirigimos al pueblo. Estaba la iglesia de bote en bote. Resonaban las voces de júbilo
y solamente se oían de aquí y de allí estas palabras: “¡Gracias a Dios! ¡Bendito sea Dios!”
Saludé al pueblo y se oyó un nuevo clamor aún más ferviente. Por fin, ya en silencio, se
leyeron las lecturas de la divina Escritura” (S. Agustín, De civ. Dei, XXII,8,22).
“La iglesia es la casa de todos. Cuando vosotros nos habéis precedido en ella, entramos
nosotros mismos… y cuando digo: “Paz a todos”, respondéis: “Y a tu espíritu”” (S. Juan
Crisóstomo, In Mat., hom. 12,6).
Este saludo inicial es universal. Ya trata de él el II Concilio de Braga (536), y hemos leído
testimonios de S. Agustín en el África romana y de S. Juan Crisóstomo en Antioquía.
También hallamos sus huellas en Teodoreto de Ciro, por la zona de Siria (“éste es el inicio
de la mística liturgia en todas las iglesias”, Ep. 146), o asimismo en S. Cirilo de Alejandría
(In Ioh. 20,19).
Las Constituciones apostólicas (del siglo IV) describen el saludo del obispo antes del beso
de paz de los fieles: “Y el obispo salude a la Iglesia y diga: La paz de Dios con todos
vosotros; y el pueblo responda: y con tu espíritu” (L. 8, c. 12, n. 7; c. 13, n.1).
El inicio de la gran plegaria eucarística, tanto en Oriente como en Occidente, se inicia con
el saludo del sacerdote y la respuesta “y con tu espíritu”, por ejemplo, en la Tradición
Apostólica de Hipólito: “y él [el obispo] imponiendo las manos sobre ella [la oblación de pan
y vino] con todos los presbíteros, dando gracias diga: El Señor con vosotros. Y todos digan:
Y con tu espíritu” (c. 4).
El saludo y la respuesta también son comentados por san Agustín; este dato nos muestra
cómo era práctica habitual y muy antigua en el África romana, así como en todas las demás
Iglesias. Lo explica al comentar cómo se inicia la gran plegaria eucarística:
“Y lo que oísteis junto a la mesa del Señor: El Señor sea con vosotros, eso mismo solemos
decir cuando saludamos desde el ábside [en la sede, al inicio de la Misa] y siempre que
oramos: porque esto nos conviene, que el Señor esté siempre con nosotros, porque sin Él
nada somos. Y esto es lo que sonó en vuestros oídos; ved qué es lo que decís junto al altar
de Dios” (S. Agustín, Serm. 229A, 3).
Según las distintas familias litúrgicas, de Oriente y Occidente, hay cierta variedad en los
saludos con los que se comienza la liturgia y la respuesta es invariable, siempre se dice: “y
con tu espíritu”. En Roma (la liturgia romana que marca Occidente) y Egipto, el saludo es
conciso: “El Señor con vosotros”, “Dominus vobiscum”, sin verbo siquiera. El rito hispano-
mozárabe lo amplía, siempre más desarrollado en su estilo: “El Señor esté siempre con
vosotros”, “Dominus sit semper vobiscum”. En Antioquía y Constantinopla, el Oriente
cristiano, el saludo era “Paz a vosotros”.
En el rito romano hubo una evolución que hoy se mantiene, y que es una característica
peculiar de nuestra liturgia. El sacerdote saluda diciendo: “El Señor esté con vosotros” pero
el obispo saluda de modo distinto: “La paz esté con vosotros”. Aún hoy lo vemos… y jamás
un sacerdote comienza así, porque es un saludo reservado exclusivamente al obispo.
¿De dónde viene esta costumbre para la liturgia episcopal en el rito romano? A lo largo del
siglo IX el himno “Gloria in excelsis Deo” se introdujo en la Misa episcopal y luego venía el
saludo, por lo que el obispo comenzó a decir “Pax vobis” más en consonancia literaria con
las primeras frases del himno.
Aun cuando en la misa presbiteral, la celebrada por un sacerdote, acabó cantándose
también el Gloria, sin embargo el saludo “la paz con vosotros” fue y sigue siendo exclusivo
del obispo. Lo recuerda así el papa Inocencia III y argumenta diciendo que “porque son los
vicarios de Cristo” (De sacro alt. myst., II,24), como el mismo Señor saludó así a los
apóstoles (Jn 20,19.26), el obispo saluda a los fieles.
Para el inicio del prefacio, en el bellísimo y tradicional diálogo del sacerdote con los fieles
antes de dar gracias a Dios y proceder a la consagración, el saludo común será: “El Señor
esté con vosotros” o en algunas partes: “El Señor esté con todos vosotros”, en el ámbito de
las Iglesias occidentales y de influencia alejandrina (es decir, de la zona de Egipto). Pero en
el Oriente cristiano, en la zona antioquena, el saludo es una adaptación del saludo paulino
de 2Co 13,13: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu
Santo sea con todos vosotros”.
Tanto el saludo del sacerdote como la respuesta de los fieles, repetidos en distintos
momentos de la liturgia, facilitan la acción común, la participación de todos en la liturgia
porque “les da ocasión a los fieles a que intervengan en el proceso de la acción sagrada,
con lo cual se sienten como miembros activos y disponen de un medio eficaz de afirmarse
como verdadera comunidad. Finalmente, las palabras mismas del saludo, cargadas de tan
veneranda tradición, contribuyen no poco a intensificar la atmósfera sacral de la unión de
todos con Dios, que es el ambiente propio de la liturgia”[1].
[1] JUNGMANN, J. A., El sacrificio de la Misa, Madrid 1959, 465-466.

Y con tu espíritu - III (Respuestas III)

Cuatro son los saludos fundamentales en el actual Ordinario de la Misa, y los cuatro
destacan la presencia del Señor Jesucristo así como la oración de los fieles para que el
Señor asista en su espíritu sacerdotal al ministro ordenado (obispo, presbítero o diácono)
que realiza la acción litúrgica.
El primer saludo, al inicio de la celebración eucarística, hace consciente a la asamblea de
no ser una reunión más, algo social, humano, grupal, sino el pueblo santo de Dios y su
Cuerpo eclesial, que reconoce al Señor en medio de ellos.
El segundo saludo lo dirige al diácono antes de la proclamación de la lectura evangélica,
con las manos juntas. Así se recuerda a todos que es el Señor mismo quien va a leer el
Evangelio por medio del diácono (si no lo hay, por medio del sacerdote) y se ruega que el
Señor asista al lector ordenado para hacerlo dignamente.
El tercer saludo comienza la plegaria eucarística, plegaria de acción de gracias y
consagración, recordando el sacerdote a los fieles hasta qué punto el Señor se va a hacer
presente que el pan y el vino, elementos comunes que diría san Ireneo, se van a transformar
en su Cuerpo y Sangre. Los fieles ruegan, “y con tu espíritu”, que el Espíritu Santo asista al
espíritu del sacerdote para desempeñar su función sacerdotal y pronunciar la gran plegaria
eucarística y consagrar santamente los dones.
El cuarto saludo y la respuesta de los fieles están situados al final, antes de la bendición
con la que concluyen los ritos litúrgicos. Se recuerda que es el Señor quien bendice a su
pueblo y lo despide.
Son éstas las presencias que el saludo recuerda e invita a reconocer y acoger: “para esta
reunión local de la santa Iglesia vale eminentemente la promesa de Cristo: “Donde dos o
tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt18, 20). Pues en la
celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente
presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en
su palabra y, más aún, de manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas”
(IGMR 27).
Pero, además, y no puede olvidarse, los saludos y sus respuestas, los diferentes diálogos y
aclamaciones de los fieles con el sacerdote, son medios reales de participación litúrgica, de
tomar parte en la santa liturgia
“Ya que por su naturaleza la celebración de la Misa tiene carácter “comunitario”, los diálogos
entre el celebrante y los fieles congregados, así como las aclamaciones, tienen una gran
importancia, puesto que no son sólo señales exteriores de una celebración común, sino que
fomentan y realizan la comunión entre el sacerdote y el pueblo.
Las aclamaciones y las respuestas de los fieles a los saludos del sacerdote y a las oraciones
constituyen el grado de participación activa que deben observar los fieles congregados en
cualquier forma de Misa, para que se exprese claramente y se promueva como acción de
toda la comunidad” (IGMR 34-35).
Al comenzar la Misa, cuando el sacerdote ha besado el altar y sube a la sede, se dirige a
todos los fieles y los saluda con un saludo litúrgico. Con él, aparecen los fieles y el sacerdote
que los preside como la misma Iglesia congregada y convocada por el Señor: “por medio
del saludo, expresa a la comunidad reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con
la respuesta del pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia congregada” (IGMR 50).
“Vuelto hacia el pueblo y extendiendo las manos, el sacerdote lo saluda usando una de las
fórmulas propuestas” (IGMR 124). Las fórmulas del Misal, en la edición castellana, son
variadas y algunas, además, reservadas a cada tiempo litúrgico.
Junto a la clásica, “el Señor esté con vosotros”, están otras tomadas o inspiradas de los
saludos paulinos:
 “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu
Santo esté con todos vosotros”
 “La gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, esté con todos
vosotros”
 “El Señor, que dirige nuestros corazones para que amemos a Dios, esté con todos
vosotros”
 “La paz, la caridad y la fe, de parte de Dios Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén
con todos vosotros”
 “El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con su
alegría y con su paz, permanezca siempre con todos vosotros”.
Pero con un matiz particular, se ofrece una fórmula para cada tiempo litúrgico, que repetida
cada día, marca una tonalidad espiritual para los fieles.
 En Adviento: “El Señor, que viene a salvarnos, esté con vosotros”.
 En Navidad: “La paz y el amor de Dios, nuestro Padre, que se ha manifestado en
Cristo, nacido para nuestra salvación, estén con vosotros”.
 En Cuaresma: “La gracia y el amor de Jesucristo, que nos llama a la conversión,
estén con todos vosotros”.
 Por último, en la cincuentena pascual: “El Dios de la vida, que ha resucitado a
Jesucristo, rompiendo las ataduras de la muerte, esté con todos vosotros”
El segundo saludo en la Misa lo realizará el diácono cuando ha llegado en procesión al
ambón para leer el Evangelio (o el sacerdote, si no hay diácono). Forma parte de los
elementos con los que se reconoce y profesa la presencia de Cristo que habla a la Iglesia
(cf. IGMR 60). “Ya en el ambón, el sacerdote abre el libro y, con las manos juntas, dice: El
Señor esté con vosotros; y el pueblo responde: Y con tu espíritu” (IGMR 134).
La gran plegaria eucarística es momento culminante del rito eucarístico. Comienza con un
diálogo entre sacerdote y fieles (El Señor esté con vosotros – Levantemos el corazón –
Demos gracias al Señor nuestro Dios) y prosigue enumerando la acción de gracias a Dios
hasta llegar, después de la consagración, a la oblación del Cuerpo y Sangre de Cristo al
Padre: “Por Cristo, con él y en él…” La recita solo el sacerdote y “el pueblo se asocia al
sacerdote en la fe y por medio del silencio, con las intervenciones determinadas en el curso
de la Plegaria Eucarística, que son las respuestas en el diálogo del Prefacio…” (IGMR 147).
Así, “al iniciar la Plegaria Eucarística, el sacerdote extiende las manos y canta o dice: El
Señor esté con vosotros; el pueblo responde: Y con tu espíritu” (IGMR 148).
Por último, después de la oración de postcomunión, “el sacerdote, extiende las manos y
saluda al pueblo, diciendo: El Señor esté con vosotros, a lo que el pueblo responde: Y con
tu espíritu” (IGMR 167) e imparte la bendición final. Cristo que bendecía a los niños, que
bendijo a los apóstoles mientras ascendía a los cielos, sigue bendición a los suyos en la
liturgia por las manos del sacerdote. Realmente, el Señor está con nosotros en la liturgia.
El mismo sentido tiene el saludo y la respuesta en los demás sacramentos y celebraciones
litúrgicas de la Iglesia. Recordemos, por ejemplo, cómo para las grandes plegarias de la
Iglesia, antes de la reforma, el obispo saludaba y recibía la respuesta “y con tu espíritu” de
los fieles antes de pronunciarlas, por ejemplo, la consagración del crisma o la consagración
de las aguas bautismales.
Hoy perdura este saludo en el pregón pascual que lo entona el diácono y, por el contexto,
la respuesta “y con tu espíritu” marca el deseo y oración de todos para que el Espíritu Santo
asista al diácono en su espíritu a fin de cantar dignamente la alabanza del cirio: “invocad
conmigo la misericordia de Dios omnipotente, para que aquel que, sin mérito mío, me agregó
al número de los diáconos, complete mi alabanza a este cirio, infundiendo el resplandor de
su luz”.
Sin embargo, si no es un diácono (o un sacerdote) quien cante el pregón pascual, sino un
cantor, éste omitirá el saludo. Vemos de nuevo cómo “y con tu espíritu” es algo más que
decir “y contigo”, porque alude al “espíritu sacerdotal” recibido en el Sacramento del Orden.
Las celebraciones que pueden ser dirigidas por laicos carecen de este saludo litúrgico. En
el Bendicional, hay muchas de ellas que indican en las rúbricas que pueden ser dirigidas
por laicos y cambian en los saludos, en la forma de leer el Evangelio y en la despedida final,
para evitar el saludo litúrgico y la respuesta “y con tu espíritu”. Veamos algunos ejemplos
sobre el saludo inicial. En la bendición de una familia, si el ministro es laico saluda a los
presentes diciendo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos nosotros” y se
responde “Amén” (Bend 48); la bendición de un niño: “Hermanos, alabemos y demos gracias
al Señor, que abrazaba a los niños y los bendecía”, y responde: “Bendito seas por siempre,
Señor”, o bien: “Amén” (Bend 142). La bendición de los que van a emprender un viaje ofrece
el siguiente saludo si dirige un laico: “El Señor vuelva su rostro hacia nosotros y guíe
nuestros pasos por el camino de la paz”, “Amén” (Bend 494)… O la bendición más común,
la del belén navideño, comienza con este saludo: “Alabemos y demos gracias al Señor, que
tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo”, respondiendo todos: “Bendito seas por
siempre, Señor” (Bend 1246).
Varía la forma de leer el Evangelio en estos sacramentales si lo realiza un laico. En lugar
del saludo y la respuesta “y con tu espíritu”, dirá: “Escuchad ahora, hermanos, las palabras
del santo Evangelio según san…” (cf. Bend 1248; 1257). Como varía, lógicamente, el rito
final, ya que ni hay saludo ni se imparte la bendición, sino que se implora que Dios bendiga
a los presentes: “Jesús, el Señor, que vivió en el hogar de Nazaret, permanezca siempre
con vuestra familia, la guarde de todo mal y os conceda que tengáis un mismo pensar y un
mismo sentir”, “Amén” (Bend 60), o en la bendición de los niños: “Jesús, el Señor, que amó
a los niños, nos bendiga y nos guarde en su amor”, “Amén” (Bend 156)

Fundamentos de la participación litúrgica, y 5ª parte (XVIII)

5. Confusiones y límites en la liturgia por la clericalización de los laicos


La clericalización de los laicos se ha puesto de relieve, palpable, en mayor o menor grado,
en la liturgia.
Así se han multiplicado innecesariamente ministerios que acaparaban la liturgia, y se
relegaba el papel del sacerdocio ministerial casi exclusivamente a la recitación de las
palabras de la consagración; se han llegado a desarrollar continuas intervenciones en la
liturgia, con una visión antropocéntrica, para que fueran seglares los que subieran y bajaran
del presbiterio, hablaran, leyeran, incluso predicaran a su modo. Se les ha situado en el
presbiterio para desacralizar cuanto más posible la celebración litúrgica y convertirla en
“circular”, “asamblearia”, y se ha llegado a banalizar la distribución de la sagrada comunión,
cuando sin una verdadera necesidad (ministros extraordinarios o ministros ad casum), se
ha favorecido que sean seglares los que la distribuyan, y en algunos casos además,
mientras el sacerdote está sentado. Son abusos reales que se han producido y es una
mentalidad difundida:
“En la práctica, en los años posteriores al Concilio, para cumplir este deseo se extendió
arbitrariamente “la confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al
ministerio sacerdotal y a la función de los seglares: recitación indiscriminada y común de la
plegaria eucarística, homilías pronunciadas por seglares, seglares que distribuyen la
comunión mientras los sacerdotes se eximen” (Instrucción Inestimabile donum, 3 de abril de
1980, Introducción: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de junio
de 1980, p. 17).
Esos graves abusos prácticos han tenido con frecuencia su origen en errores doctrinales,
sobre todo por lo que respecta a la naturaleza de la liturgia, del sacerdocio común de los
cristianos, de la vocación y de la misión de los laicos, en lo referente al ministerio ordenado
de los sacerdotes” (Juan Pablo II, Disc. al 4º grupo de Obispos de Brasil en visita ad limina,
21-septiembre-2002).
Lo que en algunas circunstancias y territorios de misión pudo ser un servicio en ausencia y
espera de sacerdote, se ha convertido, por una mala teología y praxis pastoral, en algo
permanente, confundiendo la distinta misión del sacerdocio bautismal de aquella que es
propia del sacerdocio ministerial.
“Los laicos eviten realizar en la liturgia las funciones que son de competencia exclusiva del
sacerdocio ministerial, puesto que sólo este actúa específicamente in persona Christi
capitis.
Ya me he referido a la confusión y, a veces, a la equiparación entre sacerdocio común y
sacerdocio ministerial, a la escasa observancia de ciertas leyes y normas eclesiásticas, a la
interpretación arbitraria del concepto de “suplencia", a la tendencia a la “clericalización” de
los fieles laicos, etc.” (Juan Pablo II, Disc. al 4º grupo de Obispos de Brasil en visita ad
limina, 21-septiembre-2002).
La liturgia llega a convertirse en un campo de batalla cuando se termina por buscar
un protagonismo, alcanzar un relieve delante de los demás, por el desempeño de
tantos y tan variados ministerios, muchos de ellos inventados, para favorecer,
hipotéticamente, la participación de los fieles. En realidad, son los males derivados de
la clericalización de los laicos en la liturgia: ni favorecen la santidad de la liturgia, ni potencian
el sacerdocio bautismal de los fieles, más bien lo entorpecen.
No se puede pensar ni siquiera argumentar, que la liturgia es la que permite semejantes
cosas; más bien entra en el triste capítulo de “abusos” difundidos que desfiguran la misma
liturgia: “Junto a estos beneficios de la reforma litúrgica, hay que reconocer y deplorar
algunas desviaciones, de mayor o menor gravedad, en la aplicación de la misma. Se
constatan, a veces… confusionismos entre sacerdocio ministerial, ligado a la ordenación, y
el sacerdocio común de los fieles, que tiene su propio fundamento en el bautismo”[1].
Por eso pertenece al sacerdocio ministerial, y no al sacerdocio común de los fieles:
-presidir la santa liturgia y pronunciar las partes que le son propias, que no pueden ser
recitadas por un laico o por todos a la vez; especialmente la Plegaria eucarística: “es un
abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el
diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria
Eucarística, por lo tanto, debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el
Sacerdote” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 52).
-pronunciar la homilía es específico del ministro ordenado: “la hará, normalmente, el
mismo sacerdote celebrante, o él se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a
veces, según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico” (IGMR 66);
-la fracción del Pan consagrado, mientras se canta el Agnus Dei, corresponde al
sacerdote (y al diácono) si precisa ayuda, pero jamás un laico: “la fracción del pan
eucarístico la realiza solamente el sacerdote celebrante, ayudado, si es el caso, por el
diácono o por un concelebrante, pero no por un laico; se comienza después de dar la paz,
mientras se dice el «Cordero de Dios»” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 73);
-es un abuso claro, que convierte la liturgia en antropocentrismo y catequesis,
la introducción de testimonios por parte de laicos, misioneros o incluso sacerdotes; su
lugar debe ser fuera de la Misa (antes o después); “Si se diera la necesidad de que
instrucciones o testimonios sobre la vida cristiana sean expuestos por un laico a los fieles
congregados en la iglesia, siempre es preferible que esto se haga fuera de la celebración
de la Misa. Por causa grave, sin embargo, está permitido dar este tipo de instrucciones o
testimonios, después de que el sacerdote pronuncie la oración después de la Comunión.
Pero esto no puede hacerse una costumbre. Además, estas instrucciones y testimonios de
ninguna manera pueden tener un sentido que pueda ser confundido con la homilía, ni se
permite que por ello se suprima totalmente la homilía” (Instrucción Redemptionis
sacramentum, 74);
-no es lícito que la distribución de la sagrada comunión se haga siempre por laicos,
eximiéndose el sacerdote de su distribución: “Repruébese la costumbre de aquellos
sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la
comunión, encomendando esta tarea a laicos” (Inst. Redemptionis sacramentum 157); los
laicos llamados a distribuir la comunión serán en caso de verdadera necesidad ministros ad
casum o ministros extraordinarios; “Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la
Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe proseguir
la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo
requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las
normas del derecho” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 88);
-ya que la Eucaristía es un don que se recibe, ni los diáconos ni los fieles laicos
pueden tomarla por sí mismos directamente del altar, o mojando la forma consagrada
en el cáliz: debe ser don que se recibe de manos de los ministros. “No está permitido que
los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos
que se lo pasen entre sí de mano en mano». En esta materia, además, debe suprimirse el
abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada
Comunión” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 94);
-menos grave en parte, pero amplísimamente extendido, es el abuso de las
moniciones convertidas en pequeñas homilías por su extensión (y a veces improvisando),
casi invadiendo la liturgia, incluso en momentos que jamás han sido previstos para
moniciones sino para cantos, por ejemplo, presentando cada ofrenda con una monición
explicativa, o la larga y cansina monición de “acción de gracias” después de la comunión,
en vez de un canto o el silencio adorante. Deben ser “breves explicaciones y moniciones
para introducirlos en la celebración y para disponerlos a entenderla mejor. Conviene que las
moniciones del comentador estén exactamente preparadas y con perspicua sobriedad. En
el ejercicio de su ministerio, el comentarista permanece de pie en un lugar adecuado frente
a los fieles, pero no en el ambón” (IGMR 105).
¿Acaso todo esto sería impedir que los fieles participen en la liturgia? ¡Al revés! Será
devolverles su dignidad de pueblo santo sin querer clericalizarlos; harán aquello que
les sea propio, sin añadidos ni omisiones, como deseaba el Concilio Vaticano II: “En las
celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo
y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas” (SC
28).
Los fieles laicos, viviendo su sacerdocio bautismal sin cortapisas, participarán en la liturgia
ofreciendo y ofreciéndose, santificando todas las realidades de su vida: “Realizada la
ofrenda, la comunión eucarística que la sigue está destinada a proporcionar a los fieles las
fuerzas espirituales necesarias para el pleno desarrollo del «sacerdocio» y especialmente
para la ofrenda de todos los sacrificios de su existencia diaria”[2]. Entonces la liturgia, y
especialmente la santísima Eucaristía, serán la fuente y la cumbre de su vida cristiana.
Así todos vivirán aquello mismo que se suplica en la Liturgia de las Horas:
“Que todo el día de hoy sepamos dar buen testimonio del nombre cristiano y ofrezcamos
nuestra jornada como un culto espiritual agradable al Padre”[3].
“Cristo, sacerdote eterno, glorificador del Padre, haz que sepamos ofrecernos contigo, para
alabanza de la gloria eterna”[4].

[1] Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 13.


[2] Juan Pablo II, Audiencia general, 8-abril-1992.
[3] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.
[4] Preces Laudes, Jesucristo sumo y eterno sacerdote.

Yo confieso (Respuestas IV)

Plegaria de origen devocional, de tipo privado, y sin embargo de buena factura en su


contenido, entró en la liturgia.
El “Yo confieso” o “Confiteor” (como comienza en latín) formaba parte de la preparación
privada del sacerdote antes de celebrar el sacrificio de la Misa. Es bueno salir al altar a
celebrar la Eucaristía con disposiciones interiores, con recogimiento, con el alma bien
templada y consciente de la grandeza del Sacramento… mientras que es malo omitir la
preparación, unos momentos previos de silencio, una plegaria, y salir el sacerdote al altar
nervioso o apresurado.
La preparación privada del sacerdote en la sacristía se fue ampliando poco a poco y se fue
extendiendo hasta llegar a realizarla con las preces al pie del altar junto con el acólito (el
único que le respondía representando a todos los fieles).
Su origen más remoto parece ser en la adoración callada que hacía el Papa en la misa
estacional, al llegar a la basílica y detenerse ante el altar. En la época carolingia, el
sacerdote lo iba recitando mientras caminaba hacia el altar… hasta que se incorporó, de
modo fijo, a las preces al pie del altar. También servía, y estuvo muy difundido, para la
confesión sacramental, a partir del siglo IX, con amplio desarrollo en los pecados
enumerados. Son varias las redacciones que encontramos del “Confiteor” con sus variantes.
El “Yo confieso” incluye también el gesto exterior, humilde y penitencial, que acompaña a
las palabras. “Por lo que se refiere al rito exterior, desde el principio encontramos la profunda
inclinación como actitud corporal mientras se rezaba el Confiteor. Pero también la de estar
de rodillas debió ser muy común. En tiempos muy antiguos se menciona la costumbre de
darse golpes de pecho al pronunciar las palabras mea culpa. Esta ceremonia, como
recuerdo del ejemplo evangélico del publicano (Lc 18,13), era tan familiar a los oyentes de
san Agustín que éste tuvo que enseñarles que no era necesario darse golpes de pecho cada
vez que se decía la palabra Confiteor”[1].
Con la reforma del Ordinario de la Misa, en el actual Misal romano vigente desde 1970, se
introdujo no ya para el sacerdote sino para todos, un acto penitencial de preparación y
purificación, una vez comenzada la Misa. De este modo, el “Yo confieso” pasó a ser plegaria
de todos los fieles. También en la celebración comunitaria del sacramento de la Penitencia,
en su forma B (con confesión y absolución individual), el “Yo confieso” es llamado “confesión
general” que rezan todos de rodillas según la oportunidad (RP 27) antes de dirigirse a los
sacerdotes para manifestar sus pecados y recibir la absolución. Igualmente aparece en el
rito de la Unción de enfermos como preparación para el Sacramento o en el rito de la
comunión a los enfermos. Finalmente, en el rezo de Completas, al finalizar el día, antes del
descanso nocturno, el “Confiteor” es una de las fórmulas que se emplean tras el examen de
conciencia en silencio.
En la Misa, después del saludo del sacerdote, ordinariamente viene el acto penitencial. El
sacerdote lo introduce con una breve monición tras lo cual se dejan unos momentos de
silencio y juntos, a una voz o de forma dialogada, piden perdón a Dios con uno de los tres
formularios que ofrece el Misal, el primero de los cuales es el rezo común del “Yo confieso”.
La introducción del sacerdote motiva y orienta el tono interior y el fin con el que se reza. Una
primera monición dice: “Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos
nuestros pecados”. La humildad de reconocer lo que somos, la fragilidad, la debilidad y los
pecados concretos es un modo adecuado de acercarnos al altar del Señor dignamente, con
un corazón humilde y purificado ante la santidad del sacramento eucarístico.
Otra monición situará a los fieles ante la celebración eucarística –liturgia de la Palabra y rito
eucarístico- recordando que Cristo llamó y sigue llamando a la conversión: “El Señor Jesús,
que nos invita a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, nos llama ahora a la conversión.
Reconozcamos, pues, que somos pecadores e invoquemos con esperanza la misericordia
de Dios”.
El ritual de la Penitencia, por su parte, en la celebración comunitaria con confesión y
absolución individual (llamada forma B) después de la homilía y del silencio del examen de
conciencia, comienza el rito de reconciliación con una “confesión general de los pecados”
(RP 130) consistente en la oración común del “Confiteor”, preces o letanías, el Padrenuestro
y una oración final. La rúbrica lo describe: “A invitación del diácono o de otro ministro los
asistentes se arrodillan o se inclinan, y recitan la confesión general (el “Yo pecador”, por
ejemplo). Luego de pie, si se juzga oportuno se hace alguna oración titánica o se entona un
cántico. Al final, se acaba con la oración dominical que nunca deberá omitirse” (RP 27; 130).
El sacerdote invita a iniciar el rito de reconciliación con una monición inspirada en la carta
de Santiago (5,16): “Hermanos: confesad vuestros pecados y orad unos por otros, para que
os salvéis” (RP 131). O también: “Recordando, hermanos, la bondad de Dios, nuestro Padre,
confesemos nuestros pecados, para alcanzar así misericordia” (RP 132). Así, juntos, los
fieles de rodillas o inclinados, rezarán el “Yo confieso” reconociendo sus pecados, confiando
en alcanzar misericordia.
El contenido del “Confiteor” es una acusación clara y pública (aunque genérica, como es
natural) de los propios pecados y una petición sencilla para que, por la comunión de los
santos, todos pidan a Dios por quien se reconoce pecador. La oración está en singular y no
en plural: es uno mismo quien debe reconocerse pecador, sin escudarse o justificarse en
los demás, ni en los pecados de los demás, ni disminuir la gravedad de los propios pecados
como simples defectos o errores. El texto es claro. Cada uno reza en singular, y se dirige
humildemente a los demás miembros de la Iglesia, aunque todos la recen en común, a una
sola voz.
“Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos”. Confesar los pecados es
descubrir la verdad de uno mismo, iniciar la conversión y pedir perdón a Dios; sin
reconocimiento de los pecados y arrepentimiento, no hay posibilidad de redención: ¡el
corazón está endurecido! La verdad es que somos pecadores… “Si decimos que no hemos
pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1Jn 1,10). Nuestra
confianza radica en su misericordia ya que “si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel
y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia” (1Jn 1,9).
“Yo confieso ante Dios…” Es un lenguaje similar al de tantos salmos penitenciales, inspirado
en estos mismos salmos. El pecado va matando por dentro, mientras la conciencia clama
interiormente: “mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque día y
noche tu mano pesaba sobre mí” (Sal 31). La única solución es reconocer el pecado
arrepentido: “había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: ‘Confesaré al
Señor mi culpa’, y tú perdonaste mi culpa y m pecado” (Sal 31). Es llegar al momento de
decir con el corazón: “contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal
50).
Este reconocimiento se hace “ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos” porque el
pecado repercute en la santidad de la Iglesia, la deja herida, hace daño a los hermanos,
debilita o destruye por completo la caridad. El pecado tiene así una dimensión social en la
comunión de los santos. Por tanto, no sólo ante Dios, sino también ante la Iglesia, “ante
vosotros hermanos”, reconoce uno su maldad.
La confesión es clara y directa: “he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”.
Todo aquello que es humano: el pensamiento y la acción con las palabras o las obras, ha
pecado; también omitiendo el bien que se podría haber realizado y voluntariamente no se
ha querido hacer. Definitivamente, hemos pecado en todo aquello que podíamos pecar, ya
sea activamente, ya sea pasivamente por omisión. El pensamiento por cuanto juzga
condenando o se recrea en lo sensitivo (“el que mira a una mujer deseándola y ya ha
cometido adulterio con ella en su corazón”, Mt 5,28); la palabra porque es crítica (St 3,1-12)
y juicio, o insulto incluso: “malas palabras no salgan de vuestra boca” (Ef 5,29); de obra, de
mil maneras distintas, haciendo el mal: “comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas
y envidias” (cf. Rm 13,13), “fornicación, impureza, indecencia o afán de dinero” (cf. Ef 5,3).
También de omisión, dejando de hacer el bien, las obras de misericordia (cf. Mt 25,35-45):
no dando de comer ni de beber, no acogiendo, no visitando al enfermo, etc…
“Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Acusación clara y directa; es la propia
culpa, que se sabe grande, expresada ante Dios con arrepentimiento. “Pues yo reconozco
mi culpa, tengo siempre presente mi pecado” (Sal 50). Estas palabras en el Misal anterior,
de Juan XXIII en 1962 se acompañaban golpeándose el pecho tres veces mientras se
pronunciaban. Ahora, en el Misal actual, la rúbrica sólo señala lo siguiente: “golpeándose el
pecho, dicen…”, sin más especificación.
“Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles…” Concluye la confesión
renovando el sentido de la comunión de los santos. Si ante los hermanos presentes (“ante
vosotros hermanos”) se reconocía uno pecador y culpable, ahora a esos mismos hermanos
presentes y también a la Virgen María, a los ángeles y a los santos, que forman la Iglesia
celestial, se recurre suplicando la intercesión fraterna. Todos orando por todos, todos
suplicando por todos. La comunión de los santos es real y eficaz.
El valor tanto teológico y espiritual del “Confiteor”, en resumidas cuentas, lo expuso hace
años el cardenal Ratzinger en un párrafo que puede muy bien servir de conclusión:
“La Iglesia siempre ha encontrado en estas parábolas su realidad, defendiéndose también
de la pretensión de una Iglesia sólo santa. La Iglesia del Señor que ha venido a buscar a
los pecadores y ha comido voluntariamente en la mesa junto a ellos no puede ser una Iglesia
ajena a la realidad del pecado, sino una Iglesia en la que están presentes la cizaña y el
grano y los peces de todo tipo. Para resumir esta primera figura, diría que son importantes
tres cosas: el sujeto de la confesión es el yo –yo no confieso los pecados de los demás, sino
los míos-. Pero, en segundo lugar, yo confieso mis pecados en comunión con los
demás, ante ellos y ante Dios. Y finalmente pido a Dios el perdón, pues sólo Él puede
otorgármelo. Pero ruego a los hermanos y a las hermanas que recen por mí, es decir, busco
en el perdón de Dios también la reconciliación con los hermanos y las hermanas”[2].

[1] JUNGMANN, J.A., El sacrificio de la Misa, Madrid 1959, 392-393.


[2] RATZINGER, J., Convocados en el camino de la fe, Madrid 2004, 285-286.

Señor, ten piedad - I (Respuestas V)

Como aclamación a Cristo, petición de la Iglesia, se introdujo esta expresión en la liturgia,


respetando la forma griega: Kyrie eleison, como respetó otras palabras en su lengua original:
Aleluya, amén, hosanna.
¿Qué piedad es ésta? La ternura y la misericordia entrañable que, en Jesucristo, se ha
volcado por completo sobre la humanidad, ya que Cristo es el rostro visible de la piedad del
Padre.
¡Ten piedad! Los salmos, y el Antiguo Testamento en general, están plagados de súplicas
a Dios despertando su piedad o de acción de gracias porque Dios ha manifestado su piedad
y su misericordia.
El salmo 85, la oración de un pobre ante las adversidades, invoca la ternura de Dios que no
se queda indiferente ante el sufrimiento: “Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te
estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti; porque
tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan”. El orante, el
pobre, el afligido, reconoce que Dios es “lento a la cólera y rico en piedad” (cf. Sal 85; 102;
144).
Se reconoce cuán grande es la piedad de Dios: “el Señor es bueno con todos, es cariñoso
con todas sus criaturas… bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que
van a caer, endereza a los que ya se doblan” (Sal 144). Es una piedad inmensa y tierna por
la que se alaba al Señor: “mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los
oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los
ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos” (Sal
145).
Se puede confiar en el Señor e invocar su piedad con una súplica confiada cuando se está
afligido: “piedad, Señor, que estoy en peligro: se consumen de dolor mis ojos, mi garganta
y mis entrañas” (Sal 30). Se aguarda al Mesías Salvador que mostrará su piedad: “él se
apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres” (Sal 71).
Todo esto se cumple perfecta, colmadamente, en Jesucristo. Él es invocado. A él Se dirige
el ciego con una súplica: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí que soy pecador” (Lc
18,38), y la mujer cananea, atrevida y valiente por su fe: “Ten piedad de mí, Señor, Hijo de
David, mi hija tiene un demonio muy malo” (Mt 15,22). El centurión romano así se dirige a
Cristo: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…” (Mt 8,8) y Jairo, una vez recibida
la noticia del fallecimiento de su hijita, se vuelve a dirigir a Jesús diciendo: “Señor, mi hija
acaba de morir” (Mt 9,18).
Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad! La petición de piedad va precedida de una invocación a
Cristo que es una auténtica confesión de fe. Si “Señor” en el Antiguo Testamento se reserva
exclusivamente al Altísimo, el Nuevo Testamento lo aplica a Cristo adorando su divinidad.
Se le califica de “nuestro Señor Jesucristo” (Hch 4,10; 15, 25) porque “Dios lo ha constituido
Señor y Mesías” (Hch 2,36).
San Pablo confiesa que hay “un solo Señor, Jesucristo” (1Co 8,6), y mantiene firmemente
que la auténtica y plena confesión de fe es proclamar que “Jesucristo es Señor, para gloria
de Dios Padre” (Flp 2,11), ya que “si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees
con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rm 10,9).
Señor, ten piedad - II (Respuestas VI)

Todo esto condujo a la expresión griega “Kyrie eleison”, que se introduce en la liturgia y que,
en su lengua original griega, se ha mantenido hasta hoy. ¡Señor, ten piedad!
En las liturgias orientales se introdujo el “Kyrie eleison” como respuesta a las letanías,
gozando de aceptación popular.
Egeria, en el relato de su peregrinación, encuentra una letanía que los niños y todos
responden: “Kyrie eleison”, y que ella matiza diciendo “entre nosotros se dice ‘miserere
nobis’”. En el oficio vespertino, ante la Anástasis, se realiza esta oración dirigida por el
diácono, orando por todos, y los presentes responden: “Kyrie eleison”:
“El obispo se levanta y se coloca ante el cancel, o sea, delante de la cueva, y alguno de los
diáconos hace conmemoración de cada uno, como suele ser costumbre. Dichos por el
diácono los nombres de cada uno, siempre hay allí muchos niños, respondiendo: “Κυριε,
ελεισον”, como decimos nosotros “miserere nobis”. Contestan muchísimas voces” (XXIV,5).
Las Constituciones Apostólicas, ya en el ámbito sirio, también conoce letanías de petición u
oraciones, que pronunciadas por el diácono, se responden “Kyrie eleison”. Tras la liturgia
de la Palabra, antes de despedir a los catecúmenos se ora por ellos: “Restablecida la calma,
dirá: -Orad, catecúmenos. Y todos los fieles oran por ellos con fervor, diciendo: Kyrie,
eleison” (VIII,6,3-4). Y se afirma que “después de cada una de las intervenciones del diácono
el pueblo responderá: Kyrie eleison, como ya hemos indicado, y los niños lo harán los
primeros” (VIII,6,9). Cuando ya se han marchado catecúmenos y penitentes, comienza una
larga oración universal, con preces pronunciadas por el diácono y, al igual que la anterior,
se sobrentiende que el pueblo responde igualmente “Kyrie eleison” (VIII,10,1-22).
En Roma entró el “Kyrie eleison” como respuesta a las letanías de oración u oración
universal que pronunciaba el diácono aproximadamente por el siglo V y por influencia
oriental. Ha llegado hasta nosotros, en los libros litúrgicos, la deprecatio Gelasii, unas preces
que se atribuyen al papa Gelasio a la que los fieles responderían “Kyrie eleison”: es una
letanía romana al inicio de la Misa. La veremos cuando tratemos de la Oración de los fieles.
Pero, sin embargo, la letanía desapareció, aunque supervivió el Kyrie eleison al inicio de la
Misa, como canto autónomo, vestigio de la antigua letanía romana con intenciones y
súplicas adelantada a los ritos iniciales de la Misa. Esto ocurrió ya en época de san Gregorio
Magno (s. VI-VII).
El Sacramentario Gregoriano afirma que la Misa comienza con el canto del Introito “y luego
el Kyrie eleison” (Gr-H 2), y el Ordo romanus I, del siglo VIII, al describir la Misa papal,
señala:
“La schola, una vez ha acabado de cantar la antífona del salmo, empieza el Kyrie eleison.
Y acto seguido los acólitos colocan los ciriales en el pavimento de la iglesia: tres, en efecto,
en la parte derecha, tres en la izquierda y uno en el medio, en el espacio que queda entre
los demás. El que ocupa el primer lugar de la schola aguarda a que el pontífice le indique
cuando quiere poner fin a las invocaciones titánicas y se inclina hacia el pontífice” (n. 52).
En la liturgia romana, existen unas letanías, además, que se cantan con el Kyrie eleison
durante algunos oficios, entre los que hay que destacar la Vigilia pascual. Cuando van en
procesión al baptisterio, cuando están bautizando, cuando luego retornan se cantan las
letanías que se llaman “septena”, “quina” y “terna”, por el número de veces que se repetía
la invocación con la respuesta “Kyrie eleison”: “Para emplear santamente aquel tiempo se
cantaban tres veces las letanías, pero de forma que, en un principio, cada invocación era
repetida siete veces, después cinco y, finalmente, tres” (M. RIGHETTI, Historia de la
liturgia, tomo I, Madrid 1955, 827).
Cuando es cantado, se fue desarrollando la invocación con diversos tropos, frases alusivas
a Cristo que terminaban con invocación Kyrie eleison. Estas melodías, a partir del siglo X,
con el nuevo florecimiento del gregoriano, se hallan en el Kyriale. Estos tropos dieron
nombre a las Misas, por ejemplo, “Lux et origo”, “Orbis factor”, “Pater cuncta”, etc.
Así llega hasta nosotros el “Kyrie eleison – Señor, ten piedad” en el Ordinario de la Misa. Se
mantiene como un canto autónomo, independiente, de aclamación a Cristo al inicio de la
Misa una vez que ha terminado el acto penitencial y antes del himno Gloria.
Es un canto “con el que los fieles aclaman al Señor e imploran su misericordia” (IGMR 52),
ya que es confesión de fe, reconocimiento de Cristo como único Señor y apelación a su
entrañable misericordia. Pertenece a todos los fieles cantarlo, y no se reserva únicamente
al coro o schola: “deben hacerlo ordinariamente todos, es decir, que tanto el pueblo como
el coro o el cantor, toman parte en él” (IGMR 52). Normalmente cada invocación se canta
dos veces, “pero no se excluyen más veces, teniendo en cuenta la índole de las diversas
lenguas y también el arte musical o las circunstancias” (IGMR 52). Este canto del “Señor
ten piedad” se realiza si no forma parte antes del acto penitencial.
Con la reforma litúrgica por mandato del Concilio Vaticano II, el “Señor, ten piedad” se ofrece
como tercera fórmula del acto penitencial.
Tras la monición sacerdotal invitando al recogimiento interior y humilde confesión de las
culpas, hay una pausa de silencio. Entonces el sacerdote, o un diácono, pronuncia cada
una de las invocaciones, o tropos, que terminan cantando “Señor, ten piedad”, que luego
repiten todos. Dice la Ordenación general: “Cuando el Señor, ten piedad se canta como
parte del acto penitencial, se le antepone un “tropo” a cada una de las aclamaciones” (IGMR
52).
Esta invocación se dirige a Cristo como una aclamación y reconocimiento de su redención:
“Tú, que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: Señor, ten piedad”, “Tú, que no
quieres la muerte del pecado sino que se convierta y viva: Cristo, ten piedad”… Se dirigen
a Cristo directamente, añadiendo una oración de relativo para explicitar algún aspecto de
su persona y su misión salvadora.
Desfigura este sentido, y lo vuelve monótono, cuando se convierte en una petición de perdón
indicando algún pecado: “Porque hemos sido egoístas… Porque no hemos sabido
comprender y acoger: Señor, ten piedad”. Aparte de que es un lenguaje pobre, muy poco
adaptado a la tradición litúrgica romana, olvida que aquí lo importante es mirar a Cristo: “Tú,
que…”, y no enumerar una confesión de las propias culpas. Tampoco, es evidente, se puede
sustituir el Kyrie eleison por un genérico “canto de perdón”, que en ningún lugar de la IGMR
se cita o se da la posibilidad.

Gloria a Dios en el cielo - I (Respuestas VII)

El nuevo día amanece y todo lo ilumina. La Iglesia canta la alabanza del Señor y glorifica la
resurrección de Cristo cada mañana, en un oficio matutino de alabanza. Así nació, en
Oriente, un himno que ha alcanzado una inmensa divulgación: “Gloria a Dios en el cielo”.
Es tan bello, fue tan inmensamente popular, contiene una alabanza fuertemente teológica y
muy literaria, que se extendió desde Oriente a las Iglesias de Occidente que lo recibieron y
emplearon en su liturgia.
Por ejemplo, en nuestro rito hispano-mozárabe, tan oriental y con tantos contactos con las
liturgias orientales, lo introdujo en la celebración de la Misa. Así el sacerdote, durante el
canto inicial (praelegendum, se llama) reza inclinado al pie del altar, sube a besarlo, y se
dirige a la sede-chorus (que no es exactamente la sede presidencial romana, situada en el
ábside según la tradición, sino más bien en el crucero de la iglesia) y se entona directamente
el Gloria.
Tras el Gloria, el sacerdote recita una oración llamada “post-gloriam” (sin decir “Oremos”,
sino como si fuera una continuación del himno) que suele glosar o desarrollar algunas frases
del himno que se acaba de entonar. Por ejemplo, la oración post-gloriam de la solemnidad
de Santa María, el 18 de diciembre, es una resonancia del Gloria:
Se te debe, Señor, la gloria en los cielos,
la paz honra a los hombres de buena voluntad;
eres ciertamente glorificado por el incesante canto concertado,
pero desde el cielo te complaces también con las alabanzas de los hombres.
Haz, pues, que en la tierra,
nuestros deseos de alabarte
alcancen los méritos celestiales,
de forma que los que emulamos a las potestades
del cielo en su eterna proclamación,
alcancemos el perdón de los pecados
y participemos de la suerte de los santos ángeles
por la reconciliación en la paz del mediador.
O la del domingo IX de cotidiano (equivalente a nuestro tiempo ordinario o per annum):
A ti, Señor, te alaban en el cielo los ángeles y las virtudes,
a ti, desde la tierra, tributa su alabanza toda la creación;
acepta con benevolencia los obsequios de la tierra,
como te complaces en la gloria
que te rinden en el cielo.
En Roma distinto fue el proceso. Las palabras iniciales del himno “Gloria a Dios en el cielo
y en la tierra paz”, al ser la de los ángeles en el Nacimiento del Salvador, indujeron a cantar
este himno en la Misa de Navidad presidida por el Papa. Estamos en el siglo IV
aproximadamente.
De ahí, por imitación de la liturgia de Roma, pasó a las Misas episcopales en las
solemnidades presididas por el obispo en las grandes fiestas. Lo vemos ya en los siglos V-
VI, probablemente a causa del papa Símaco, hacia el año 500, hasta terminar también
extendiéndose a las Misas presbiterales, la del sacerdote en su parroquia, en Pascua o en
alguna celebración especialmente solemne, sobre el siglo VII. Luego, después de cantarse
al principio sólo en Pascua, en las demás Misas solemnes, generalizándose en los siglos X-
XI por influjo de los libros litúrgicos franco-germánicos y también por los usos monásticos.
En el Ordo romano I, papal, del siglo VIII, leemos cómo se entona después del Kyrie:
“Llegado (el Kyrie eleison) a su final, el pontífice, girándose de cara al pueblo empieza
el Gloria in excelsis Deo, según sea propio o no del tiempo litúrgico. Se gira después de
nuevo hacia oriente hasta el final del Gloria. Luego, se gira de nuevo hacia el pueblo y
dice: La paz esté con vosotros y volviéndose de nuevo hacia oriente, dice Oremus y recita
la oración. Una vez la ha concluido, se sienta. Asimismo, los obispos y los presbíteros se
sientan” (n. 53).
Por tanto, en el ámbito del rito romano primero fue un canto excepcional, para la Navidad,
y de ahí se extendió su uso para más solemnidades en la Misa episcopal, y, por último,
también para la Misa presbiteral en Pascua, solemnidades y domingos.
El contenido del Gloria es el de un himno bien articulado, que goza del sabor de la Tradición
eclesial, cantado por muchas generaciones en la liturgia tanto de Oriente como de
Occidente. Une la alabanza, la petición y la glorificación de Dios (que se llama doxología).
Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis!
Arranca el himno en tono sumamente festivo con las mismas palabras que los ángeles
cantaron la noche del nacimiento del Salvador. Así dispone el alma con júbilo y estupor ante
la bondad de Dios y su misericordia.
¡Gloria a Dios! Glorificar a Dios es reconocerle como Dios único y alabarlo, es proclamar y
cantar sus maravillas renunciando el hombre a buscar su propia gloria o enaltecimiento, sin
idolatrarse ni idolatrar a nada ni a nadie.
“Al Señor, tu Dios, adorarás, y sólo a Él darás culto” (Dt 6,13). Al pueblo de Israel, y hoy a
la Iglesia, se le dice: “¡dad gloria a nuestro Dios!” (Dt 32,3). Los salmos son un continuo
canto, dichoso y feliz, de la gloria de Dios: “los cielos proclaman la gloria de Dios” (Sal 18A),
“glorifica al Señor, Jerusalén” (Sal 147). Todos están invitados: “Aclamad la gloria y el poder
del Señor” (Sal 28), porque “grande es el Señor, merece toda alabanza” (Sal 144), “grande
es el Señor y muy digno de alabanza” (Sal 47). “Glorificadlo” (Sal 21).
La vida cristiana es una continua alabanza y glorificación de Dios. Nuestras buenas obras
deben ser causa para que otros “den gloria a vuestro Padre que está en el cielo” (Mt 5,16)
mientras que glorificamos a Cristo Señor en nuestros corazones (cf. 1P 3,15) de forma que
todo, absolutamente todo lo que hagamos, es “para gloria de Dios” (1Co 10,31). Vivimos así
como canta el salmo 113B: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la
gloria”.

Gloria a Dios en el cielo - II (Respuestas VIII)

Los ángeles en la noche de Navidad, proclamaban la gloria de Dios y la llegada del Mesías,
el verdadero Príncipe de la paz (cf. Is 9) que establecerá la paz en todos los confines de la
tierra (Sal 71).
“Los hombres de buena voluntad” son los que aguardaban al Mesías Salvador, los sencillos
de corazón, los pobres de espíritu, que acogieron y creyeron las profecías y las esperanzas
mesiánicas. Aguardaban al Salvador y Dios cumplió lo que había anunciado.
La traducción castellana ha reinterpretado estas palabras y las ha traducido de otro modo:
“paz a los hombres que ama el Señor”. Dios es quien ama a los hombres (cf. Tit 2,11), y
porque los ama, les envía a su Hijo. No es la paz, desde luego, de “los que aman [ellos] al
Señor”, como si fueran los hombres los que amaran a Dios… Se trata de mirar la
benevolencia divina, destacar la iniciativa divina, su amor previo y gratuito.
Detengámonos, con los Padres de la Iglesia, en este primer verso del salmo, cantado por
los ángeles en el cielo la noche de la Navidad.
¿Por qué cantan los ángeles aquella noche luminosa?
“Cuando se nos leyó el evangelio, escuchamos las palabras mediante las cuales los ángeles
anunciaron a los pastores el nacimiento del Señor Jesucristo de una virgen: Gloria a Dios
en los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Palabras de fiesta y de
congratulación no sólo para la mujer cuyo seno había dado a luz al niño, sino también para
el género humano, en cuyo beneficio la virgen había alumbrado al Salvador” (S. Agustín,
Serm. 193,1).
Cantan los ángeles y glorifican al Señor, como siempre hacen en el cielo, y en esta ocasión,
introducen también su canto en la tierra siguiendo a su Jefe, que ha entrado en la tierra,
naciendo:
“Está bien que sea mencionado el ejército de los ángeles que seguían al jefe de su milicia.
¿A quién habían de dirigir los ángeles sus alabanzas, sino a su Señor, según está escrito:
“alabad al Señor desde los cielos, alabadle en las alturas, alabadle, ángeles todos”? Aquí,
pues, se cumple la profecía. El Señor es alabado en lo alto de los cielos y se muestra sobre
la tierra” (S. Ambrosio, In Luc., II, 52).
Cantamos la gloria a Dios, la paz en la tierra. Dirá san Jerónimo:
“Gloria en el cielo en donde no hay jamás disensión alguna, y paz en la tierra para que no
haya a diario guerras. “Y paz en la tierra”. Y esa paz, ¿en quiénes? En los hombres. Y ¿por
qué entonces no tienen paz los gentiles ni los judíos? Por eso se apostilla: “Paz a los
hombres de buena voluntad”, es decir, a quienes reciben a Cristo recién nacido” (Sobre la
Natividad del Señor, BAC, 593,959).
El canto de paz de los ángeles resuena anunciando la salvación para que todos lleguen a
ser hombres de buena voluntad:
“Una vez nacido de la virgen el Señor, cuya natividad celebramos hoy, resonó el canto
angélico: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. ¿A
qué se debe que haya paz en la tierra sino a que la verdad ha brotado de la tierra, es decir,
a que Cristo ha nacido de la carne? Él es también nuestra paz, que de dos pueblos hizo
uno, para que nos convirtamos en hombres de buena voluntad, dulcemente unidos en el
vínculo de la caridad” (S. Agustín, Serm. 185,3).
Esa paz es la reconciliación entre el cielo y la tierra, es la paz entre los hombres y los
ángeles:
“Antes de que nuestro Redentor naciera en la carne, estábamos en desacuerdo con los
ángeles, de cuya claridad y pureza distábamos mucho, por merecerlo así la primera culpa y
nuestros diarios delitos; pues, al pecar, nos habíamos extrañado de Dios, y los ángeles,
ciudadanos de Dios, nos consideraban también como extraños a su compañía; pero, cuando
ya reconocimos a nuestro Rey, los ángeles nos reconocieron como ciudadanos suyos,
porque, habiendo tomado el Rey del cielo la tierra de nuestra carne, la grandeza angélica
ya no desprecia nuestra pequeñez: los ángeles hacen las paces con nosotros; dejan a un
lado los motivos de la antigua discordia y respetan ya como compañeros a los que antes,
por enfermos y abyectos, habían despreciado” (S. Gregorio Magno, Hom. sobre Ev., 1, 8,
2).
Ahora es cuando surge un nuevo orden, ya perfecto; paz en la tierra y la gloria sólo para
Dios en el cielo:
“Cuando la paz comenzaba a reinar, los ángeles decían: “Gloria en las alturas y paz en la
tierra”. Pero cuando los de aquí abajo recibieron la paz de los de arriba, proclamaron: “Gloria
en la tierra y paz en los cielos”. Cuando la divinidad descendió a la tierra y se revistió de
humanidad, los ángeles proclamaban: “paz en la tierra”. Y cuando esa humanidad asciende
y se sienta a la derecha, los niños clamaban ante ella: “Paz en los cielos. ¡Hosanna en las
alturas!” Es lo mismo que el Apóstol se dispuso a decir: “Por medio de su sangre restableció
la paz, tanto en las criaturas de la tierra como en las celestiales”. Los ángeles decían: “Gloria
en las alturas y paz en la tierra”, y los niños: “Paz en los cielos y gloria en la tierra”; así
aparece con claridad que, igual que la gracia de la misericordia de Cristo alegra a los
pecadores en la tierra, así también su arrepentimiento alcanza a los ángeles del cielo. El
“gloria a Dios” fue espontáneo; paz y reconciliación para aquellos contra los que estaba
irritado; esperanza y remisión para los culpables” (S. Efrén, Com. al Diatéssaron, 2,14-15).
Dios hace de la tierra un cielo para su Hijo, y nos anuncia el cielo a nosotros, donde
gozaremos plenamente si tenemos una voluntad buena y apartada del pecado:
“Meditemos con fe, esperanza y caridad estas palabras divinas, este cántico de alabanza a
Dios, este gozo angélico, considerado con toda la atención de que seamos capaces. Tal
como creemos, esperamos y deseamos, también nosotros seremos “gloria a Dios en las
alturas” cuando, una vez resucitado el cuerpo espiritual, seamos llevados al encuentro en
las nubes con Cristo, a condición de que ahora, mientras nos hallamos en la tierra,
busquemos la paz con buena voluntad. Vida en las alturas ciertamente, porque allí está la
región de los vivos; días buenos también allí donde el Señor es siempre el mismo y sus
años no pasan. Pero quien ame la vida y desee ver los días buenos, cohíba su lengua del
mal y no hablen mentira sus labios; apártese del mal y obre el bien, y conviértase así en
hombre de buena voluntad. Busque la paz y persígala, pues paz en la tierra a los hombres
de buena voluntad” (Serm. 193,1).
“Por tu inmensa gloria…” Cuando la Iglesia canta himnos a Dios, se suceden las alabanzas,
una tras otra, para expresar el ánimo eclesial con que se dirige a Dios: “te alabamos, te
bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias”.
Aquí, enteramente gustando y reconociendo la inmensa gloria de Dios, manifestada
plenamente en Cristo, sus maravillas incontables, la misericordia que derrama sin medida,
el pueblo cristiano adora a Dios, le alaba, le glorifica y le da gracias sin cesar. La Iglesia es
un pueblo de alabanza, una nación santa, “para proclamar las maravillas” de quien nos sacó
de las tinieblas y nos trasladó a su luz admirable (cf. 1P 2,9).

Gloria a Dios en el cielo - III (Respuestas IX)

Comienza entonces, como forma de alabanza, una enumeración de los títulos de Dios, uno
y trino.
Primero se dirige al Padre: “Señor Dios, Rey celestial, Dios, Padre todopoderoso”. ¡Éste es
nuestro Dios por siempre jamás!
Después, como auténtica confesión de fe, reconoce y aclama a Jesucristo como Dios
verdadero, Hijo de Dios: “Señor, Hijo único, Jesucristo. Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo
del Padre”.
Con el canto, estas expresiones cristológicas se memorizan fácilmente en el pueblo
cristiano, siendo un modo de educar en la recta fe generación tras generación. No extrañará
entonces que los arrianos, aquellos que negaban la divinidad de Cristo y lo hacían solo
“semejante” al Padre como una criatura más, corrigieran esta parte del Gloria para atribuir
únicamente al Padre el ser Dios y Señor.
También en los himnos hay alguna parte dedicada a la petición y súplica antes de la estrofa
final. En este himno doxológico, de glorificación, la Iglesia se dirige a su Cabeza, Señor y
Esposo. “Tú que quitas el pecado del mundo”: así comienza la doble invocación para
suplicar “ten piedad de nosotros”, “atiende nuestra súplica” y la tercera es más desarrollada:
“Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros”.
Y así como cualquier himno termina con una estrofa que vuelve a alabar y glorificar a Dios,
este himno concluye alabando hermosamente a Dios en cada una de las tres divinas
Personas: “Sólo tú eres santo, sólo tú, Señor, sólo tú, altísimo Jesucristo. Con el Espíritu
Santo, en la gloria de Dios Padre”. Clara confesión de fe cristiana: así canta la Iglesia a Dios.
Los títulos con los que canta a Cristo y le glorifica, resultan ser, además, recta confesión de
la fe ortodoxa, ya que el canto debe expresar la fe, no los sentimientos, y la letra de himnos
y cantos, fáciles por tanto de memorizar gracias a la melodía, se convierten en instrumentos
magníficos para grabar en las mentes las verdades de la fe.
a) “Hijo único”, o “Unigénito”:
Significa que Jesucristo es el único Hijo de Dios propiamente, por naturaleza, y no por
adopción y gracia como los bautizados. Siendo su Hijo, es consustancial a Él, de la misma
naturaleza, y no una criatura como el hombre, ni siquiera semejante o parecido a Dios. Ésta
era la herejía arriana que, actualmente, ha rebrotado con otros términos.
¡Cuánto predicaron los Padres sobre esto! San Gregorio de Nisa decía: “El Verbo que existe
antes de los siglos es el unigénito, y que el Verbo hecho carne se ha convertido en
primogénito de toda criatura que en el tiempo ha nacido en Cristo” (Sobre la perfección, 62).
El gran san Agustín, combatiendo el arrianismo, predicaba: “A su Hijo único en persona, al
que había engendrado y mediante el que había creado todo, lo ha enviado a este mundo,
para que él no estuviese solo, sino que tuviera hermanos adoptados. En efecto, nosotros
somos no nacidos de Dios como el Unigénito, sino adoptados mediante éste. Él, en efecto,
Unigénito, ha venido a aniquilar los pecados” (In Ioh. ev., tr. 2,13).
El Crisóstomo, a su vez, predica: “Igual que las palabras ‘al principio era el Verbo’ designan
su eternidad, la frase ‘y al principio estaba junto a Dios’ indica que es coeterno con el Padre.
En efecto, el evangelista, para que nadie piense al oír ‘al principio estaba junto a Dios’, que
el Padre sea preexistente a Él, ni siquiera por unos instantes, y para que no se atribuya un
principio al Unigénito, se añade: ‘estaba al principio junto a Dios’. O sea es eterno como el
Padre, el cual, por consiguiente, jamás estuvo privado del Verbo. Éste, en suma, existió
siempre como Dios junto a Dios, aunque tuviera una persona propia y distinta” (Hom. ev.
Ioh, 4,1).
b) “Señor Dios”
La confesión más clara y explícita de Jesucristo como Dios la hallamos en el incrédulo
Tomás, que sólo cuando lo vio resucitado y capaz de tocarlo, pronuncia, como broche de
oro de todo el evangelio, la profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”.
Jesucristo es Dios. Igual al Padre en dignidad y en naturaleza, Dios como Él, pero Dios que
asume nuestra humanidad encarnándose. No un profeta más, no un líder religioso
cualificado, no un revolucionario, no un defensor de causas románticas y secularizadas, sino
“Dios-con-nosotros”. No mero hombre, sino Dios y hombre; no disfrazado de hombre, sino
Dios y hombre verdadero. No simplemente hombre, como tantos otros, sino su divinidad
real bajo los velos de nuestra carne. “¡Señor Dios!”.
Comentando ese momento cumbre, la confesión de Tomás, dice san Agustín: “Veía y tocaba
a un hombre y confesaba a Dios, al que no veía ni tocaba; pero, mediante esto que veía y
tocaba, creía aquello” (In Ioh. ev., tr. 121,5).
c) “Cordero de Dios”
“Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre”. ¿Qué significa? ¿Cuál es esta alusión a
Cristo como Cordero, que en otros momentos de la liturgia romana nos vamos a encontrar?
Comentando el pasaje (Jn 1,29) en que el Bautista califica así a Cristo, predica san Agustín:
“Cordero, pues, es sólo aquel que no ha venido así, pues no fue concebido en medio de
iniquidad, porque no fue concebido a partir de la condición mortal; tampoco entre
pecados alimentó su madre en el útero a ese que concibió virgen y virgen parió, porque lo
concibió por la fe y por la fe lo recibió. He aquí, pues, al Cordero de Dios…De Adán tomó
sólo la carne, no asumió el pecado. Quien de nuestra masa no asumió el pecado, ése es el
que quita nuestro pecado” (In Ioh. ev., tr. 4,10).
Cristo, Señor Dios, es el Cordero de Dios, el único sin mancha, inmaculado y puro, capaz
de ser ofrecido en expiación y ser, a un tiempo, Cordero pascual. “Así también, el
Cordero en singular, el único sin mancha, sin pecado; no cuyas manchas hayan sido
limpiadas, sino cuya mancha fue nula… En singular, pues, él –éste es el Cordero de Dios-,
porque con sola la sangre de este Cordero en singular han podido ser redimidos los
hombres” (S. Agustín, In Ioh. ev., tr. 7,5).
¡El Cordero de Dios, el único! “La expresión ‘he ahí’, revela cómo eran muchos los que
aguardaban su llegada con un intenso deseo, acrecentado, también, por cuantas cosas se
venían diciendo de Él desde hacía mucho tiempo. Lo llama ‘cordero’ para evocar en la mente
de sus oyentes las palabras del profeta Isaías y las prefiguraciones de la época de Moisés
y para, mediante un símbolo alegórico, más fácilmente conducirlos hasta la verdad. Bien es
verdad, sin embargo, que el antiguo cordero no cargó con los pecados de nadie, mientras
que éste llevó sobre sí los pecados de todo el mundo. Él enseguida sustrajo a la ira de Dios
al mundo entero, amenazado de ruina” (S. Juan Crisóstomo, Hom. In Ioh., 17,1).
d) “Hijo del Padre”:
Otro título más, en este caso reiterativo. Ya se dijo “Hijo único”, ya se le reconoció
“Unigénito”, pero la liturgia se recrea en contemplar la filiación divina, única, desde siempre,
antes de los tiempos, del Hijo. Es su divinidad a la que alabamos. Es su divinidad, en cuanto
Hijo único, la que se encarna y nace y nos redime. “El Padre ama al Hijo, pero como un
padre a su hijo, no como un señor a su esclavo; como el Único, no como a un adoptado. Así
pues, ha puesto todo en su mano. ¿Qué significa ‘todo’? Que el Hijo es tan grande como el
Padre. De hecho, para la igualdad consigo ha engendrado a ese que no tuvo como
rapiña ser igual a Dios en forma de Dios. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su
mano. Cuando, pues, se dignó enviarnos al Hijo, no supongamos que se nos envió algo
menor de lo que es el Padre. Al enviar al Hijo, se envió a sí mismo en otra persona” (S.
Agustín, In Ioh. ev., tr. 14,11).
Por su parte, san Juan Crisóstomo dice: ‘“Entregó a su Hijo Unigénito’. No a un siervo, no a
un ángel o a un arcángel. Ningún padre ha sentido tanto amor por sus propios hijos como
Dios por sus siervos ingratos” (Hom. in Ioh., 27,2).

Gloria a Dios en el cielo - IV (Respuestas X)

El himno, entonces, cobra otro aire, coge un nuevo giro: de las alabanzas a Cristo,
enumerando los títulos cristológicos, se pasa a la súplica, a la petición.
En los himnos clásicos latinos es un proceso habitual; primero un cuerpo amplio de
alabanza, después unas súplicas y terminan con una doxología o alabanza a la Trinidad.
Por ejemplo, el himno latino para Laudes de la I semana del Salterio “Splendor Paternae
gloriae” comienza alabando e invocando:
Resplandor de la gloria del Padre,
y Destello de su Luz,
Luz de Luz y Fuente de toda Luz,
Día que iluminas el día.
De ahí, de la alabanza, torna a súplica confiada:
Que informe nuestros actos decididos,
quiebre el dardo del maligno,
nos secunde en la adversidad,
y con su gracia nos asista.
Que gobierne y dirija nuestras almas,
guardando el cuerpo puro y dócil;
que preservándola del engañoso veneno,
avive con ímpetu nuestra fe.
Siendo Cristo nuestro alimento,
y nuestra bebida la fe,
libemos con gozo la sobria
efusión del Espíritu.
Concluye con una doxología trinitaria:
Y mientras la aurora prosigue su curso,
que emerja Aquel que es todo Aurora,
todo el Hijo en el Padre,
y en el Verbo, el Padre todo.
Gloria al Padre ingénito,
gloria al Unigénito,
junto con el Espíritu Santo
por los siglos de los siglos. Amén.
En este caso, en el himno “Gloria in excelsis”, la súplica se formula o casi se repite por tres
veces: “Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. Tú que quitas el pecado
del mundo, atiende nuestra súplica. Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad
de nosotros”.
A Cristo Jesús se dirige la Iglesia, contemplándolo glorioso, como Señor de todo, sentado a
la derecha del Padre y glorificado por su santa Ascensión. Él es el Señor, el Redentor, el
Sumo y Eterno Sacerdote, el Mediador único, el Pontífice. A Él acudimos suplicando que
“tenga piedad de nosotros” y que “atienda nuestra súplica”, súplica en singular y no
“súplicas”, porque una y única es la petición que ahora elevamos: ¡que tenga piedad! Débiles
y pecadores, toda nuestra esperanza estriba en su gran misericordia. ¡Ten piedad!
Por último, el himno se eleva hacia la glorificación de Dios, la doxología.
Es un final vibrante, denso, solemne; una alabanza a Dios y confesión de fe en la Santísima
Trinidad. Lo que se canta merece ser considerado: “Porque sólo tú eres Santo, sólo tú,
Señor, sólo tú, altísimo, Jesucristo”.
Jesucristo es el Santo de Dios (cf. Lc 4,34), realmente el tres veces Santo por su naturaleza
divina. ¡Sólo tú eres Santo! Todos los demás son santos o serán santos no por sus
capacidades naturales, no por sí mismos sin el auxilio de la gracia, no por sus solos méritos,
sino porque participan de la santidad de Jesucristo, han recibido la santidad como don de
Jesucristo, la reflejan como una epifanía, la transparentan. La santidad es siempre santidad
participada de Jesucristo por gracia. Por eso ningún santo agota en sí toda la santidad, sino
que cada uno refleja y plasma en su vida y se configura con un aspecto del Misterio
insondable de Jesucristo. El único Santo es Jesucristo.
“¡Altísimo!”, porque reina como Señor de cielo y tierra (cf. Sal 96), como Juez de vivos y
muertos. Ha sido exaltado y glorificado por el Padre.
“Con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén”. La santa Trinidad es glorificada
por los labios de la Iglesia: Dios, uno y trino; Dios, tres Personas distintas de idéntica
naturaleza e iguales en dignidad, alabada por siempre.
Alabanza, súplica y confesión de fe: son los tres aspectos preciosos de este antiguo y
venerable himno. Se entiende que su letra sea invariable, que no admita paráfrasis,
adaptaciones o recrearlo, ni mucho menos sustituirlo por otro canto que recuerde
remotamente al Gloria.
Se entiende, asimismo, que por ser un himno tan solemne y festivo, su texto pida ser
cantado, y debe ser mucho más habitual su canto en nuestra liturgia dominical y no el mero
recitado.
Para terminar, bien pueden iluminar este himno Gloria in excelsis las oraciones post-gloriam
del rito hispano. Equivalentes a la oración colecta de la Misa romana, sin embargo en el rito
hispano suelen glosar alguna frase del Gloria haciendo eco de lo cantado antes.
Oh Dios, tú quisiste anunciar la llegada de tu Hijo,
nuestro Señor Jesucristo, por medio de los coros celestiales ,
y por el pregón de los ángeles: “Gloria a Dios en el cielo
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”,
manifestarlo a quienes lo aclamaban;
concédenos que, en esta celebración de la resurrección del Señor,
se incremente la paz devuelta a la tierra
y se mantenga el amor de la caridad fraterna.
R/. Amén. (Dom. I de Adviento)

Para ti entonamos cantos de gloria, Señor Dios nuestro,


y pedimos la acción de tu poder,
para que así como te has dignado
morir por nosotros, pecadores,
y al tercer día de tu glorificación
te apareciste en la grandeza de la resurrección,
también nosotros, liberados por ti,
merezcamos poseer el gozo eterno,
como nos precedió el ejemplo de la verdadera Resurrección.
R/. Amén. (Dom. Octava de Pascua).

Tú eres nuestra gloria, Dios nuestro,


aclamado y cantado sin interrupción
por los ángeles en el cielo,
mientras aquí eres celebrado solemne y sinceramente;
concédenos, por tu inmensa bondad,
vernos libres de todo mal y poder proclamar siempre tus alabanzas.
R/. Amén. (Dom. I de Cotidiano).
Las ofrendas de la Misa (I)

Cuando el sacerdote recita la oración sobre las ofrendas, si lo hace de modo claro, y todos
los fieles escuchan atentamente interiorizando, se puede llegar a descubrir lo evidente: que
las ofrendas que se presentan son pan y vino; éstos son los dones principales que se
aportan al altar y sobre los cuales se reza.
Esto es lo evidente y, sin embargo, parece que pasa desapercibido confundiendo ofrendas
con cualquier elemento que -¡hasta con una monición por ofrenda, y girándose hacia los
fieles, levantando la ofrenda para que se vea, dando la espalda al altar y al sacerdote!- se
lleva en procesión. Pero esto es una corruptela que se ha introducido en el modo de celebrar
el rito romano, un elemento distorsionante.
1. Pan y vino
Los dones verdaderos, la ofrenda real, es la materia del sacrificio eucarístico: todo el pan y
todo el vino necesarios para consagrar y distribuir en la sagrada comunión. Pues algo tan
evidente ha quedado desfigurado y extraño en la liturgia.
La Ordenación General del Misal Romano, que es norma y pauta obligatoria, lo explica:
“Terminada la oración universal, todos se sientan y comienza el canto del ofertorio…
Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste en la presentación del pan y
del vino para la celebración de la Eucaristía o de otros dones con los que se ayude a las
necesidades de la iglesia o de los pobres” (IGMR 139-140).
El desarrollo ritual es claro: comienza el canto del ofertorio (no hay monición al ofertorio ni
monición a cada ofrenda) y los fieles aportan pan y vino para la Eucaristía, o también dones
para las necesidades de la iglesia o para los pobres. Nada más, nada menos.
Por eso luego se oye en la oración sobre las ofrendas la alusión al pan y al vino, la verdadera
ofrenda, la ofrenda real:
“Señor, Dios nuestro, que has creado este pan y este vino para reparar nuestras fuerzas,
concédenos que sean también para nosotros sacramento de vida eterna”[1][1];
“acepta, Señor, este pan y este vino, escogidos de entre los bienes que hemos recibido de
ti”[2][2];
“muéstrate propicio a nuestra ofrenda, Señor, y ya que este pan, que se va a convertir en el
Cuerpo de tu Hijo, está hecho de granos de trigo, concédenos el gozo de saber que nuestra
semilla dará fruto abundante gracias a tu bendición”[3][3].
Son alusiones explícitas al pan y al vino como ofrendas que se han presentado, y no incluyen
ningún otro elemento más, porque la liturgia romana, como las otras liturgias, identifican
“ofrendas” sólo con “el pan y el vino”; de sustento temporal y alimento común van a
transformarse en sacramento de eternidad y celestial banquete:
“Dios y Señor nuestro, creador todopoderoso, acepta los dones que tú mismo nos diste y
transforma en sacramento de vida eterna el pan y el vino que has creado para sustento
temporal del hombre”[4][4];
“te presentamos, Señor, estos dones que tú mismo nos diste para ofrecer en tu presencia,
y tú, que has hecho de este pan y este vino misterio de salvación para nosotros, haz que
encontremos en ellos una fuente de vida eterna”[5][5];
“acepta y santifica, Señor, estos dones de pan y de vino, fruto de la tierra que cultivó san
Isidro labrador regándola con el sudor de su frente”[6][6].
Siguiendo la lógica de la oración de la Iglesia, a poco que sepamos escuchar las oraciones
sobre las ofrendas, descubriremos que el rito del ofertorio es sólo para llevar pan y vino al
altar y por tanto, prescindir de otros elementos simbólicos e inútiles será un paso necesario
en todas partes para volver a centrar este rito, y la presentación de ofrendas, en su claro y
original sentido eucarístico.

[1][1] OF V Tiempo Ordinario.


[2][2] OF Domingo I Adviento.
[3][3] OF En tiempo de siembra, B.
[4][4] OF Martes I Cuaresma.
[5][5] OF Miércoles I Cuaresma.
[6][6] OF 15 de mayo, S. Isidro.

Te alabamos, Señor (a la Palabra) (Respuestas XI)

Las lecturas bíblicas, y su culmen, el Evangelio, están rodeados de ritos, gestos y


aclamaciones, que disponen para su acogida y que manifiestan luego su asentimiento, su
recepción, su acogida en la fe.
Esto es algo común a todas las familias litúrgicas, a todos los ritos orientales y occidentales,
aunque cada uno de ellos lo realiza de manera distinta, pero todos rodean de veneración la
lectura de las santas Escrituras y le rinden honor a la Palabra divina con respuestas y con
aclamaciones.
El rito hispano-mozárabe anuncia la lectura, “Lectura de la profecía de Isaías” y el pueblo la
recibe diciendo: “Demos gracias a Dios”. Cuando acaba la lectura, todos dicen: “Amén”,
confirmando la acogida creyente. Antiguamente (hoy no se ha mantenido en el actual Misal
hispano-mozárabe) el diácono, en el paso de las lecturas del Antiguo Testamento a la
lectura apostólica, advertía: “Silentium facite!”, “Guardad silencio”, que es un aviso diaconal
muy semejante al que veremos que realiza el diácono en la divina liturgia de S. Juan
Crisóstomo y otras liturgias orientales.
También el Evangelio es recibido con honor: cirios en incienso en procesión, saludo del
diácono (“El Señor esté siempre con vosotros”) incensación, anuncio de la lectura y
aclamación de los fieles: “Gloria a ti, Señor”. Comienza el Evangelio de un modo muy
característico; en vez de decir “Jesús”, dice “Nuestro Señor Jesucristo”: “En aquel tiempo,
nuestro Señor Jesucristo…” Concluye con el “Amén” de los fieles, ratificando y aclamando
el Evangelio que acaba de ser proclamado.
En la divina liturgia bizantina, antes de proclamarse la epístola, el diácono advierte:
“Atendamos” y continúa el sacerdote: “Paz a todos. Sabiduría”. El coro entona unos
versículos sálmicos y vuelve a repetir el diácono: “Sabiduría”. El lector anuncia el título de
la Epístola, y el diácono repite: “Atendamos”. Tras lo cual, lee la epístola. Terminada la
epístola, el sacerdote se dirige al lector: “La paz contigo”, y el coro entona por tres veces
“Aleluya”.
Con gran solemnidad llega el momento del Evangelio. El diácono avisa: “Sabiduría, estemos
con respeto, escuchemos el Santo Evangelio.” El sacerdote saluda: “La paz sea con
vosotros” y contesta el coro: “Y con tu espíritu también”. El diácono anuncia la lectura:
“Lectura del santo Evangelio según san…” y el coro canta aclamando: “Gloria a Ti, Señor,
gloria a Ti”. Reitera el diácono una vez más: “Estemos atentos”, y entonces lee el Evangelio.
Cuando termina el Evangelio, el coro vuelve a cantar: “Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti”.
Apenas encontramos diferencia alguna entre el rito ambrosiano y el rito romano para acoger
y responder a las lecturas bíblicas.
Antes de cada lectura, el lector desde el ambón pide la bendición al sacerdote: “Bendíceme,
padre”, y el sacerdote en su sede responde: “La lectura profética nos ilumine y nos lleve a
la salvación”. El lector anuncia la lectura y lee directamente; al final aclama: “Palabra de
Dios” y todos responden: “Demos gracias a Dios”. En el Evangelio, el diácono, después de
saludar “El Señor esté con vosotros –Y con tu espíritu”, anuncia la lectura: “Lectura del
Evangelio según san…” y todos aclaman: “Gloria a ti, oh Señor”. Terminada la lectura, el
diácono dice: “Palabra del Señor”, y los fieles responden: “Alabanza a ti, oh Cristo”.
El rito romano anuncia la lectura y directamente comienza a leer, sin ningún tipo de
aclamación o respuesta de todos. Al final el lector –o un cantor- entona una aclamación:
“¡Palabra de Dios!” y todos responden en castellano: “Te alabamos, Señor”, o “Verbum
Domini – Deo gratias”.
Se trata de aclamar, festejar, la Palabra de Dios que se ha hecho presente, y los fieles
alaban a Dios por ella: “Deo gratias”, “te alabamos, Señor”. Al tener el valor de una
aclamación, pierde todo su sentido y eficacia cuando el lector se atreve a modificarla con
expresiones como “es palabra de Dios”, “esto es Palabra de Dios”, porque no se trata de
explicar, como una monición, que lo que se ha leído es Palabra revelada, sino de festejarla
y aclamarla: “¡Palabra de Dios!”
El Evangelio se subraya más aún ya que es Cristo quien sigue anunciando el Evangelio (cf.
SC 33). El diácono o el sacerdote anuncia: “Lectura del santo evangelio según san…”, y
todos responde: “Gloria a ti, Señor”. Se aclama a Jesucristo, estando en pie, porque el
Evangelio es su misma voz aquí y ahora a la Iglesia. Por eso se dirige a Él mismo la
aclamación: “Gloria a ti, Señor”.
Significando que el Evangelio es el culmen de la Revelación entera, que Cristo es la plenitud
y que en Él, Dios nos lo ha dicho ya todo y no tiene más que decir (cf. S. Juan de la Cruz,
2S, 22,3-4). La aclamación del Evangelio es distinta a la de las demás lecturas. “Verbum
Domini”, “Palabra del Señor”, y se responde: “Laus tibi, Christe”, “Gloria a ti, Señor Jesús”.
Como Jesucristo se hace presente en la Palabra proclamada (cf. SC 7), a Él nos dirigimos
dándole gracias por anunciarlos el Evangelio por boca de un ministro ordenado: “Gloria a ti,
Señor Jesús”.
Si la aclamación se canta, según con qué tono se entone, se permiten varias respuestas
musicalizadas: “Gloria y honor a ti, Señor Jesús”, “Tu palabra, Señor, es la verdad, y tu ley
es la libertad”, “Gloria a ti, oh Cristo, Palabra de Dios”. Según la melodía de la aclamación,
así dará pie a la melodía de una u otra forma musicalizada de respuesta.
Es necesario cuidar las aclamaciones a las lecturas (“Palabra de Dios”, “Palabra del Señor”)
e incluso cantarlas en los días más solemnes para que todos respondan cantando: “Es
conveniente cantarlos, a fin de que la asamblea pueda aclamar del mismo modo, aunque el
Evangelio sea tan sólo leído. De este modo se pone de relieve la importancia de la lectura
evangélica y se aviva la fe de los oyentes” (OLM 17).
Las prescripciones del Misal y del Leccionario señalan su importancia. La IGMR dice:
“Después de cada lectura, el lector propone una aclamación, con cuya respuesta el pueblo
congregado tributa honor a la Palabra de Dios recibida con fe y con ánimo agradecido”
(IGMR 59). Y, para el Evangelio, insiste: “los fieles… con sus aclamaciones reconocen y
profesan la presencia de Cristo que les habla” (IGMR 60). Por su parte, la Ordenación del
Leccionario de la Misa explica que la aclamación “Palabra de Dios” “puede ser cantada
también por un cantor distinto al lector que ha proclamado la lectura, respondiendo luego
todos con la aclamación. De este modo la asamblea reunida honra la palabra de Dios,
recibida con fe y con espíritu de acción de gracias” (OLM 18).
Ya en el Antiguo Testamento encontramos una aclamación litúrgica a la lectura de la Ley.
Cuando Esdras, desde un ambón, lee la ley del Señor, el pueblo responde: “¡Amén, amén!”
(Neh 8,6). También es la conclusión, a modo de aclamación final, de algunos salmos:
“Bendito el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas… ¡Amén, amén!” (Sal 71),
“Bendito el Señor por siempre. Amén, amén” (Sal 88), “y todo el pueblo diga: ¡Amén!” (Sal
105).
A Cristo le dirán sus propios apóstoles: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,69), y es
que sus palabras encendían el corazón al explicar las Escrituras (cf. Lc 24,32). “Nadie jamás
ha hablado como ese hombre” (Jn 7,46) porque su palabra es poderosa.
La liturgia de la Palabra es un diálogo de Dios con su pueblo, un coloquio esponsal de Cristo
con su Iglesia. Él habla, los fieles escuchan y después responden asintiendo, recibiendo. La
fe les hace reconocer que, a través del lector, Dios sigue hablando. El lector mismo se sabe
un instrumento e invita a todos a reconocer en aquella lectura al Dios vivo: “¡Palabra de
Dios!”, y todos, con fe y gozo, aclaman: “te alabamos, Señor”.
El lugar y momento propio en el que Dios habla y se proclaman las Escrituras es la liturgia,
“el ámbito privilegiado en el que Dios nos habla en nuestra vida, habla hoy a su pueblo, que
escucha y responde” (Benedicto XVI, Verbum Domini, n. 52). Es algo más que un momento
didáctico o ilustrativo o de estudio (lo cual es lo propio y necesario en catequesis, grupos de
estudio, círculos bíblicos, etc.), porque “el anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una
enseñanza: exige la respuesta de la fe, como consentimiento y compromiso, con miras a la
Alianza entre Dios y su pueblo” (CAT 1102).
La Palabra en la liturgia es eficaz porque es presencia de Cristo y actuación del Espíritu
Santo: así, la “Palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y
eficaz por el poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor
indeficiente en su eficacia para con los hombres” (OLM 4).
Por eso las lecturas bíblicas en la liturgia se rodean de honor, se solemnizan con ritos (el
Evangelio con procesión, cirios, incensación), se anuncian también solemnemente y se
concluyen con una aclamación o respuesta de todos, a veces cantada, que es confesión de
fe, acogida a la Palabra proclamada, reconocimiento de la Verdad, gratitud al Señor que
sigue hablando y revelándose.
Aleluya I (Respuestas XII)

1. El Aleluya en las Escrituras


Aleluya es el canto de los redimidos, Aleluya es la alegría del corazón ante el Señor.
Con unas pocas sílabas se contiene y se manifiesta júbilo, gozo, alegría, fe, exultación. Es
palabra hebrea que la liturgia ha mantenido en su lengua original sin traducirla, como
también ha hecho con “Amén” y con “Hosanna”.
Aleluya se considera una palabra sagrada. Se prefirió mantenerla en su lengua original. San
Agustín así lo explica: “hay palabras que por su autoridad más santa, aunque en rigor
pudieran ser traducidas, siguen pronunciándose como en la antigüedad, tales como son el
Amén y el Aleluya” (De doc. chr., 11). El gran Padre hispano, san Isidoro de Sevilla, también
explica porqué no se tradujo:
“No es en manera alguna lícito ni a griegos ni a latinos ni a bárbaros traducir en su propia
lengua, ni pronunciar en otra cualquiera, las palabras Amén y Aleluya… Tan sagradas son
estas palabras, que el mismo san Juan dice en el Apocalipsis que, por revelación del Espíritu
Santo, vio y oyó la voz del ejército celestial como la voz de inmensas aguas y de
ensordecedores truenos que decían: Amén y Aleluya. Y por eso deben pronunciarse en la
tierra como resuenan en el cielo” (Etim. VI, 19).
Otro testimonio más, en este caso, de san Beda el Venerable: “Este himno de divina
alabanza, por reverencia a la antigua autoridad, es cantado por todos los fieles en todo el
mundo con una palabra hebrea” (Hom. in Dom. post Asc., PL 94,185).
Se compone de dos partes: “Hallel” y “yah”, correspondientes a “Hallel”, que significa
“alabad” y “yah”, del nombre Yahvé. “Alabad al Señor” o “Alabad a Dios”, y al decirlo, aleluya,
ya se está alabando con el canto y el júbilo de corazón.
Abundan los ejemplos en las santas Escrituras, desde el Antiguo Testamento hasta su
último libro, el Apocalipsis; unas veces como aclamación, “aleluya”, y otras veces, como en
muchos salmos, viene traducida: “alabad al Señor”. Hasta en los momentos de mayor
aflicción, incluso en el destierro, la promesa que levanta de nuevo la esperanza es poder
cantar “aleluya” al Señor, por ejemplo, en el cántico de Tobías: “las puertas de Jerusalén
entonarán cantos de alegría y todas sus casas cantarán: Aleluya, bendito sea el Dios de
Israel” (Tb 13,17).
¡Aleluya! ¡Alabad al Señor! Así tenemos el conjunto de salmos del Hallel (o Aleluya) que se
cantaba en la Cena pascual de Israel, y que Jesús mismo cantó: “Después de cantar el
himno, salieron para el Monte de los Olivos” (Mt 26,30; Mc 14,26). Comienza con el salmo
112: “Alabad siervos del Señor”, y sigue hasta el salmo 135, el himno pascual, el último
salmo que se cantaba en la Cena pascual.
El mismo Salterio concluye con tres salmos aleluyáticos, como broche de oro y colofón
glorioso. Así el salmo 148: “Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto”; después
el salmo 149: “Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza”, para concluir con
el gran Aleluya que es el salmo 150, y empieza cada versículo con “aleluya”: “Alabad al
Señor en su templo, alabadlo en su fuerte firmamento. Alabadlo por sus obras magníficas,
alabadlo por su inmensa grandeza”.
Hay salmos, en el Salterio mismo, cuya primera palabra es “Aleluya”, aunque se haya
omitido en la Liturgia de las Horas para poder cantarlos siempre y en todo tiempo litúrgico.
Por ejemplo: “Aleluya. Dad gracias al Señor, aclamad su nombre” (Sal 104), “Aleluya. Dad
gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 105; 106),
“Aleluya. Dad gracias al Señor de todo corazón” (Sal 110), “Aleluya. Dichoso quien teme al
Señor” (Sal 111), “Aleluya. Alabad, siervos del Señor” (Sal 112), “Aleluya. Cuando Israel
salió de Egipto” (Sal 113A), y así podría proseguirse la enumeración.
En el cielo, la alabanza festiva y la adoración de los ángeles y los santos y los redimidos es
un jubiloso Aleluya según revela el Apocalipsis:
Oí después en el cielo algo que recordaba el vocerío de una gran muchedumbre; cantaban:
«Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son
verdaderos y justos…»
Y repitieron: «Aleluya…»
Se postraron los veinticuatro ancianos y los cuatro vivientes rindiendo homenaje a Dios, que
está sentado en el trono, y diciendo: «Amén. Aleluya.»
Y salió una voz del trono que decía: «Alabad al Señor, sus siervos todos, los que le teméis,
pequeños y grandes.»
Y oí algo que recordaba el rumor de una muchedumbre inmensa, el estruendo del océano
y el fragor de fuertes truenos. Y decían:
«Aleluya. Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo, alegrémonos y gocemos y
démosle gracias. Llegó la boda del Cordero, su esposa se ha embellecido, y se le ha
concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura -el lino son las buenas acciones de los
santos-. (Ap 19,1-6).
Refleja este texto, sin duda, la praxis de la primera Iglesia que cantó el Aleluya en su liturgia.
Lo había heredado de la liturgia sinagogal, en la que participaban habitualmente Cristo (Mt
12,9; Mc 1,21; 3,1; 6,2, etc.; “como era su costumbre”, Lc 4,16), y los Apóstoles (Hch 13,16;
14,1; 17,10; 18,4) y lo cantaban.
Con normalidad, la Iglesia asumió el canto del Aleluya para el culto cristiano. “Cantad y
salmodiad”, como san Pablo exhortaba (cf. Ef 5,19; Col 3,16) significaba cantar “Aleluya”,
como san Agustín interpreta: “Estad atentos los que sabéis cantar y salmodiar en vuestros
corazones a Dios, dando gracias siempre por todas las cosas y alabad a Dios, pues esto
significa Aleluya” (Enar. in Ps. 110, 1).
2. Los testimonios sobre el Aleluya
Pronto se hizo muy querido por el pueblo cristiano que lo entonaba con alegría.
Tertuliano narra cómo los fieles no dejan de intercalar el Aleluya en sus salmos y oraciones:
“Los más diligentes a la hora de orar suelen añadir, en las oraciones, el aleluya y ese tipo
de salmos a cuyas estrofas deben responder los que se encuentran reunidos. Y es,
ciertamente, una óptima costumbre todo cuanto mira a ensalzar y honrar a Dios, como es
esto de presentarle una oración sobreabundante a modo de rica víctima” (De orat., 27).
Además, el Aleluya acompañaba en todo momento la vida del fiel cristiano. San Jerónimo
describe cómo en los cenobios fundados por santa Paula, las consagradas eran llamadas
al Oficio divino con el cántico del Aleluya (cf. Ep. 108, ad Eustochium). También este Padre
narra cómo Paula, siendo una niña pequeña, saltaba al cuello de su abuelo cantando el
Aleluya (Ep. 107, ad Laetam), y que “Christi Alleluia” era la palabra que comenzó a balbucir.
No sólo las vírgenes consagradas viviendo en el cenobio, sino los fieles cristianos en sus
trabajos y labores agrícolas, como atestigua el mismo san Jerónimo:
“Vayas adonde vayas, el labrador, esteva en mano, canta el aleluya; el segador, chorreando
de sudor, se recrea con los salmos, y el viñador, mientras poda las vides con su corva hoz,
entona algún poema davídico. Tales son las cantinelas de esta tierra; éstas son, como se
dice vulgarmente, las canciones amatorias, esto silba el pastor, éstas son las herramientas
de cultivo” (Ep. 46,12).
Sidonio Apolinar da testimonio de los navegantes cristianos que cantaban el Aleluya
deseando volver a su patria: “Mientras los navegantes entonan el Aleluya ya parece oírse
su eco en la playa” (Ep. 10, Ad Hesp.).
Tanto era el afecto por el Aleluya y su incidencia en la vida cristiana que se inscribía en las
puertas tanto de las casas como de los propios templos. Lo encontramos en algunas casas
de Antioquía: “Icthis Alelouia”, o “Alelouia”. San Paulino de Nola mandó inscribir en el
frontispicio de la basílica de san Félix: “Alleluia novis balat ovile choris” (Ep. 32,5).
Es signo distintivo de la fe el Aleluya. Una vez que san Agustín de Canterbury ha
evangelizado Inglaterra, san Gregorio Magno, feliz con el éxito de la misión, explica el logro
evangelizador escribiendo: “La lengua de Britania que no sabía sino pronunciar palabras
bárbaras, acaba de aprender a cantar el Aleluya hebreo en las alabanzas divinas” (Mor. In
Iob, 27,11).
El Aleluya es confesión de fe en la victoria de Cristo y acompañaba al cristiano durante su
vida, hasta su muerte incluso. Luego pareció desentonar en los oficios exequiales que se
tiñeron sólo del aspecto de tristeza y sufragio, y, por tanto, sin Aleluya. Pero la tradición
cristiana sí tenía el Aleluya en el momento del último tránsito y oficio exequial.
San Jerónimo narra cómo en la muerte de Fabiola todo el pueblo romano fue convocado,
cantaron salmos, y “el sublime Aleluya llenando los templos hacía estremecer sus
artesonados áureos” (PL 22,697). También, dos siglos más tarde, se hizo lo mismo en los
funerales de santa Radegunda (Vita Radegundis, 28). Costumbre ésta que permaneció
vigente en la liturgia bizantina que canta Aleluya en los ritos exequiales. Pero también en el
ámbito de la liturgia romana se practicaba así, como dice el Sacramentario Gregoriano:
“Incipit officium pro defunctis. In primis cantatur psalmus In exitu Israel cum antiphona vel
Alleluia” (Gr-H ). En el rito hispano-mozárabe, el canto inicial dice: “Tu es portio mea,
Domine, Alleluia. In terra viventium, Alleluia, Alleluia…”
Los oficios exequiales no se concebían como un llanto desesperado sino como canto a la
victoria de Cristo a la que se asociaba el hermano que había fallecido. El clima pascual era
predominante, y el Crisóstomo fustiga los llantos exagerados:
“Dime, ¿no son unos atletas estos difuntos conducidos al resplandor de teas encendidas y
al canto de himnos? ¿No glorificamos y damos gracias a Dios por coronar a aquél que ya
ha partido y que ya ha colocado cabe sí, exento de todo temor? No busques otra explicación
a estos himnos y estos salmos. Todo ello es propio del que está alegre: ‘¿Está alguno
alegre? Cante salmos’” (In ep. ad Heb., hom. 4).
También el Pseudo-Dionisio:
“Los parientes del difunto… le proclaman bienaventurado por haber finalmente llegado al
premio final de la lucha, y dirigen cánticos de acción de gracias al autor de la victoria
pidiendo para sí mismos semejante gracia” (De eccl. hier., c. 7).
Aleluya II (Respuestas XIII)

3. El Aleluya en la historia de la liturgia


Tanto en Oriente como en Occidente, el Aleluya entró con fuerza en la liturgia. En algunos
sitios, como el norte de África, se reservó su uso sólo para la cincuentena pascual, como
consta por distintos testimonios de san Agustín. En la liturgia bizantina, en cambio, fue un
canto que resuena siempre en todo el año litúrgico, incluido el Viernes Santo.
Las fuentes señalan la antigüedad del Aleluya en las liturgias orientales. En el antiguo
leccionario de Jerusalén ya aparecía, también aparece su uso entre los sirios orientales,
entre los maronitas, fue el trisagion entre los coptos y subsiste en el Aleluya de los
bizantinos.
Occidente acentuó mucho el carácter pascual y gozoso del Aleluya, por lo que se suprimió
durante la Cuaresma y los días de ayuno.
En el rito hispano se despedía el Aleluya el I domingo de Cuaresma hasta la Pascua, tal
como decretó el IV Concilio de Toledo, y lo explica así san Isidoro, el gran Padre hispano:
“Nosotros, según la antigua tradición de España, fuera de los días de ayuno y de Cuaresma
en todo tiempo cantamos el Aleluya, pues está escrito que su alabanza esté siempre en mis
labios” (De eccl. off., ).
La liturgia romana lo cantó todos los domingos, exceptuando el tiempo de Cuaresma. San
Benito codifica su uso en el capítulo 15 de la Regla, titulado: “en qué tiempos se dirá el
Aleluya”: “Desde la santa Pascua hasta Pentecostés se dirá sin interrupción el Aleluya, tanto
en los salmos como en los responsorios”; además, “todos los domingos, fuera de Cuaresma,
díganse con Aleluya los cánticos, Laudes, Prima, Tercia, Sexta y Nona…”
En la liturgia romana, el Aleluya fue el habitual canto de procesión del Evangeliario hasta el
ambón para oír las palabras del Evangelio. El Ordo romano I, del siglo VIII, un Ordo que
describe la Misa papal, dice:
“Cuando el subdiácono ha acabado la lectura, el cantor, con el libro de cantos, sube (al
ambón) y canta el salmo responsorial. Si es propio del tiempo que cante el Aleluya, así lo
hará. De no ser así, cantará el Tractus o, como mínimo, tan sólo el salmo responsorial.
Cuando está acabando el canto del Aleluya o del salmo responsorial, los diáconos se
preparan para la lectura del evangelio” (nn. 57-58).
Los Ordines medievales ofrecen una invitación a la comunión con el canto del Aleluya que
perduró algunos siglos para el día de Pascua. Antes de la comunión y del beso de paz, el
coro “cum gravi et suavi melodia” cantaba esta antífona invitando a la comunión pascual y
a unirse con el canto de los ángeles:
“Venite populi ad sacrum et immortale mysterium, et libamen agendum. Cum timore et fide
accedamus, magnificum poenitentiae munus communicemus, quoniam propter nos Agnus
Dei Patri sacrificium propositum est. Ipsum solum adoremus, ipsum glorificemus cum angelis
clamantes: Alleluia”.
Entonces todos se arrodillaban y los dos asistentes de mayor dignidad incensaban el altar.
La Pascua es el tiempo gozoso del Aleluya. Por ello en Occidente se omitió en Cuaresma,
por ser tiempo penitencial, y nació la costumbre de “despedir el Aleluya” antes de iniciarse
la Cuaresma.
La liturgia romana, siempre sobria y concisa, lo despedía cantándolo por dos voces,
después del “Benedicamus Domino” en el Oficio divino del martes antes del Miércoles de
Ceniza.
En la Edad Media, el Aleluya, en Cuaresma, se sustituía por un tracto, que se compone de
una sección de algún salmo sin estribillo. Al Aleluya, en esta época, se le añadió, para
algunas fiestas, una pieza poética, llamada “Secuencia”. A la última modulación de la sílaba
“Aleluya”, se le unía una pieza nueva, en forma de himno poético, que proliferaron a partir
del siglo XII y que fueron muy populares, aunque no exentas de elementos extraños, al
margen de la liturgia. Con el Misal de San Pío V sólo se mantuvieron unas cuantas: la de
Pascua, Victimae paschali (Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza…), Veni Sancte
Spiritus en Pentecostés, el Lauda Sion para el Corpus, el Dies irae para el oficio de difuntos.
Ahora sólo se emplean la de Pascua y Pentecostés, que son obligatorias, y el Stabat Mater
para el 15 de septiembre, la Virgen de los Dolores, que es facultativa.
Tanto el rito hispano-mozárabe como el ambrosiano, que no tienen Miércoles de ceniza sino
que empieza la Cuaresma directamente con el I domingo de Cuaresma, despedirá el Aleluya
de otro modo. Posee un Oficio propio donde se solemniza el Aleluya como última ocasión
para entonarlo hasta la noche santa de la Pascua.
En el rito ambrosiano, el I domingo de Cuaresma, posee en el oficio de Laudes y de
Vísperas, el canto del Aleluya de forma constante. Por ejemplo, una antífona de Laudes:
“Aleluya. Cierra y sella tus palabras, aleluya, y descanse en vuestros interiores, aleluya,
hasta el tiempo constituido y con gran gozo diréis aquel día, cuando llegue, aleluya, aleluya,
aleluya”.
Por su parte, nuestro rito hispano-mozárabe comienza la Misa del primer domingo de
Cuaresma con solemnes Aleluyas en el canto inicial (praelegendum):
Ahora es el tiempo favorable, aleluya.
R/. Ahora es el día de la salvación, aleluya.
V/. El Señor reina vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder.
R/. Ahora es el día de la salvación, aleluya.
V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
R/. Ahora es el día de la salvación, aleluya.
En Vísperas se le dedica al Aleluya un himno especial y la oración Completuria reza:
Aleluya en el cielo, y en la tierra:
en el cielo sin interrupción y en la tierra cantado.
Allí suena continuamente, aquí fielmente.
Aquél perennemente, éste suavemente.
Aquél felizmente, éste concordemente.
Aquél inefablemente, éste inminentemente.
Aquél sin sílabas, éste con melodías.
Aquél por los ángeles, éste por el pueblo.
4. En la liturgia hispano-mozárabe y en la romana
La Iglesia, como hemos ido viendo, no sólo incorporó el Aleluya a la liturgia, sino que lo
entonó gozosamente muchas veces en sus ritos y oficios.
4.1. El venerable Rito hispano
El rito hispano canta el Aleluya pero, como algo propio y original, lo hace como conclusión
a la liturgia de la Palabra. La procesión del diácono con el Evangeliario hacia el ambón
(también con cirios e incienso como en todas las liturgias) tiene una aclamación a Cristo.
Tras el Evangelio, la homilía y el silencio meditativo. Entonces, una vez hecho ese silencio
meditativo, puestos todos en pie, se cantan Laudes, es decir, el Aleluya con su versículo,
que es una forma de aclamar la Palabra de Cristo escuchada y predicada y dar gracias.
El rito hispano-mozárabe incorporó el Aleluya, también, con normalidad tanto al canto inicial
de la Misa (praelegendum), como al canto de comunión (ad accedentes) y la antífona de
después de la comunión (post communionem).
El canto praelegendum, al inicio de la celebración, está enriquecido con el Aleluya. Por
ejemplo, el canto praelegendum del domingo XI de Cotidiano:
El Señor es rey de majestad vestido, aleluya.
V/. El Señor se ha vestido, se ha ceñido de poder.
R/. De majestad vestido, aleluya.
V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
R/. De majestad vestido, aleluya.
O el domingo VII de Cotidiano:
Da, Señor, fortaleza a tu pueblo, aleluya, y bendícelo con la paz, aleluya, aleluya, aleluya.
V/. Cuando seas propicio con tu pueblo, acuérdate de nosotros, Señor, cuando vengas a
salvarlo no te olvides de nosotros.
R/. Y bendice a tu pueblo con la paz, aleluya, aleluya, aleluya.
V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
R/. Y bendice a tu pueblo con la paz, aleluya, aleluya, aleluya.
Tomemos uno de Adviento, por ejemplo, el domingo
Sube a un monte alto, mensajero de albricias de Sión, haz resonar fuertemente tu voz,
mensajero de albricias de Jerusalén. Dí a las ciudades de Judá: aleluya, aleluya.
V/. Viene nuestro Dios resplandeciente y no callará.
R/. Dí a las ciudades de Judá: aleluya, aleluya.
V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
R/. Dí a las ciudades de Judá: aleluya, aleluya.
El canto propio para la comunión, de ordinario, está formado por el salmo 33 con Aleluya,
salvo que la Misa señale un canto ad accedentes propio:
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
aleluya, aleluya, aleluya.
V/. Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.
V/. El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a Él.
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.
V/. Gloria y honor al Padre, al Hijo,
y al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.
Habitualmente, excepto en Cuaresma, la antífona post-comunionem canta Aleluya:
Alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo,
te alabamos, Señor.
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.
4.2. El rito romano
Llegados al rito romano, veamos el uso del Aleluya y sus particularidades, que se realiza
durante todo el año excepto desde el Miércoles de Ceniza hasta la Vigilia pascual.
En la Misa, así como en distintas celebraciones sacramentales, el Aleluya es el canto de
acompañamiento y preparación para el rito del Evangelio. Puestos todos en pie, se canta el
Aleluya mientras se pone el incienso, el diácono pide la bendición y después, tomando el
Evangeliario del altar, va en procesión, con cirios e incienso, hasta el ambón.
Con el Aleluya, todos se disponen a recibir a Cristo como Señor que va a hablar a través de
la lectura del Evangelio y se adhieren a Él. Dice la IGMR: “Después de la lectura, que
precede inmediatamente al Evangelio, se canta el Aleluya u otro canto determinado por las
rúbricas, según lo pida el tiempo litúrgico. Esta aclamación constituye por sí misma un rito,
o bien un acto, por el que la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor, quien le hablará
en el Evangelio, y en la cual profesa su fe con el canto” (IGMR 65).
Por su parte, la Ordenación del Leccionario de la Misa explica:
“También el Aleluya o, según el tiempo litúrgico, la aclamación antes del Evangelio, “tienen
por sí mismos el valor de rito o de acto”, mediante el cual la asamblea de los fieles recibe y
saluda al Señor, que va a hablarles, y profesa su fe cantando.
El Aleluya y las otras aclamaciones antes del Evangelio deben ser cantados, estando todos
de pie, pero de manera que lo cante unánimemente todo el pueblo, y no sólo el cantor que
lo inicia o el coro” (OLM 23).
Este canto consiste en la repetición varias veces de la palabra “Aleluya”, sin glosas
ni paráfrasis ni texto alguno ni un canto “sobre” el Aleluya, sino “Aleluya” varias
veces, jubiloso. Luego un cantor entona un versículo, normalmente tomado del Evangelio
que se va a proclamar, y de nuevo coro y fieles repiten la palabra “Aleluya”, cantándola
varias veces con gozo.
Por ejemplo: “Aleluya, Aleluya. Habla, Señor, que tu siervo escucha. Aleluya”. Se repite el
Aleluya tantas veces cuantas sea necesaria porque debe acompañar este canto la procesión
con el Evangeliario –cirios e incienso- hasta el ambón. En Cuaresma, sin embargo, se
sustituye por una breve aclamación a Cristo.
¡Qué bien suena el Aleluya en el Oficio divino! Diariamente, excepto en Cuaresma, tras el
“Dios mío, ven en mi auxilio”, todos, profundamente inclinados, cantan el “Gloria al Padre y
al Hijo y al Espíritu Santo”, que termina “por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya”. Aleluya,
porque el Oficio de las Horas es alabanza del Señor, una alabanza continua e ininterrumpida
a lo largo de la jornada, donde, además, el cielo y la tierra se unen cantando al Señor.
Cada domingo, al celebrar las Vísperas, la Iglesia-Esposa canta feliz, con júbilo
indescriptible, el mismo Aleluya que resuena en las moradas celestiales (exceptuando los
domingos cuaresmales). Cada domingo, el Aleluya del cielo entra en la liturgia de la tierra,
y, al unísono, alaban al Señor pequeños y grandes, sus siervos todos, porque reina el Señor
nuestro Dios, dueño de todo, y porque llegaron las bodas del Cordero y su Esposa se ha
embellecido (cf. Ap 19):
Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).
Son frecuentes las antífonas con Aleluya en la Liturgia de las Horas dominical a lo largo de
todo el año, si acudimos, por ejemplo, a las cuatro semanas del salterio:
“Por ti madrugo, Dios mío, para contemplar tu fuerza y tu gloria. Aleluya” (Ant. 1, Laudes,
Dom. I).
“Desde Sión extenderá el Señor el poder de su cetro, y reinará eternamente. Aleluya” (Ant.
1, II Visp., Dom. I).
“Eres alabado, Señor, y ensalzado por los siglos. Aleluya” (Ant. 2, Laudes, Dom. III).
“Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados” (Ant.
2, II Visp., Dom. IV).
Las fiestas y solemnidades son ocasión, asimismo, de vivir el tono pascual con el Aleluya
de las antífonas; por ejemplo la antífona del Magníficat de las II Vísperas del Apóstol
Santiago:
“¡Oh glorioso apóstol Santiago, elegido entre los primeros! Tú fuiste el primero, entre los
apóstoles, en beber el cáliz del Señor. ¡Oh feliz pueblo de España, protegido por un tal
patrono! Por ti el Poderoso ha hecho obras grandes. Aleluya”.
La santa Transfiguración del Señor, el 6 de agosto, entona Aleluya:
“Lo coronaste de gloria y dignidad, Señor. Aleluya, aleluya. Le diste el mando sobre las
obras de tus manos” (Resp. breve, Laudes).
“Una voz, desde la nube, decía: ‘Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo’.
Aleluya” (Ant. Ben.).
“Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: ‘No contéis a nadie la visión hasta que
el Hijo del hombre resucite de entre los muertos’. Aleluya” (Ant. 3, II Visp.).
Hermosísima fiesta, entre todas, es la Asunción de la Virgen, su propia Pascua, cuando la
Iglesia en el Oficio también entona feliz el Aleluya:
“Cristo ascendió a los cielos y preparó un trono eterno a su Madre inmaculada. Aleluya”
(Ant. 1, I Visp.).
“Por Eva se cerraron a los hombres las puertas del paraíso, y por María Virgen se han vuelto
a abrir a todos. Aleluya” (Ant. 2, I Visp.).
Estos ejemplos bastan para ver el uso del Aleluya en el Oficio divino, tan abundante, tan
gozoso.
Tan importante es el Aleluya y tan querido, que si no se canta, es mejor omitirlo porque
recitado, rezado, pierde todo su sentido y fuerza. Y se recibe en la Vigilia pascual con
un deseo ardiente, tras haber quedado mudo durante toda la Cuaresma. En la Vigilia
pascual tiene un rito propio.
El Obispo en su catedral recibe el anuncio del Aleluya que le comunica un diácono (o lector)
tras la lectura de la epístola paulina: “Reverendísimo Padre: os anuncio una gran alegría, el
Aleluya” (CE 352).
“El Obispo, de pie y sin mitra, entona solemnemente el Aleluya, con la ayuda, si es
necesario, de uno de los diáconos o de los concelebrantes. Lo canta tres veces, elevando
la voz gradualmente: el pueblo después de cada vez lo repite, en el mismo tono. Luego el
salmista o el cantor dice el salmo, al cual el pueblo responde Aleluya” (CE 352).
La santa Pascua, además, tiene un rito especial, sencillo, pero que lo hace ser distinto.
Desde la Vigilia pascual hasta el Domingo II de Pascua, que cierra la Octava, y el día de
Pentecostés, la despedida litúrgica contiene un doble Aleluya en la monición y en la
respuesta: “Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya. R/ Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya”.
Como si el Aleluya fuera una persona querida, la Iglesia se dirige a él despidiéndose:
“Angelus Domini bonus comitetur tecum, Alleluia, et bene disponat itinera tua: ut iterum cum
gaudio reverteris ad nos, Alleluia, Alleluia. V/ Multiplicentur a Domino anni tui; per viam
sapientiae incedas: ut iterum cum gaudio reverteris ad nos, Alleluia, Alleluia…”, “El buen
ángel del Señor te acompañará, Aleluya, y dispondrá bien tus caminos: para que con gozo
vuelvas otra vez a nosotros, Aleluya, Aleluya. El Señor multiplicará tus años; por el camino
de la sabiduría avanzas: para que con gozo vuelvas otra vez a nosotros, Aleluya, Aleluya…”