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La rebelión de los humildes.

Desde los orígenes del cristianismo, la humildad ocupó un lugar preponderante en el


desarrollo individual. Se trata de una virtud, que nos hace reconocernos pequeños e
insignificantes ante la grandeza de la creación. De un habito, que nos muestra como
necesitados y pecadores. No somos más que una ínfima partícula en el universo, a la
que sin embargo, Dios le ha otorgado una gran dignidad. Reconocer esta pequeñez,
implica vivir de manera moderada, sin creernos más importantes que el resto de los
hombres.
La humildad es una virtud plena de realismo. Nos ayuda a vivir de acuerdo a lo que
nos dicta nuestra razón, dejando de lado toda actitud irracional. Nos hace reconocer
tanto nuestras capacidades como nuestras miserias. El hombre humilde, cuando localiza
algo malo en su vida puede corregirlo, aunque le duela. En cambio, el soberbio, al no
aceptar ese defecto, no puede corregirlo. Por ello, implica una cierta sabiduría, que nos
hace reconocernos tal cual somos. Es así, que se le en el libro de los proverbios: “Donde
está la humildad, allí está la sabiduría”1.
A esta virtud, se opone el vicio de la vanagloria o soberbia. Es decir, aquel pedante
orgullo, que hace a algunos, sentirse superiores a los demás. A diferencia de la búsqueda
de excelencia o del crecimiento personal; la soberbia es un desordenado amor de sí
mismo, un desmesurado deseo de sobresalir sobre los demás. Quien es soberbio tiene
conversaciones petulantes y terminantes, realiza intervenciones irónicas y manifiesta un
gran egoísmo. Colocándose como el centro de todo y centro del universo, se ciega a sí
mismo y cierra el horizonte de los demás. Para san Agustín, el hombre soberbio está
como hinchado. La soberbia, nos hace parecer artificialmente más grandes e
importantes, pero nos enferma.
La palabra humildad proviene del latín “humilitas”, que viene de la raíz “humus” es
decir tierra. Por ello, el humilde presiente su dependencia del barro, que es algo
despreciable, pero que puede dar mucho fruto. Tal como lo entendía Pascal, “el hombre
es una caña pensante”. Es decir, que somos una nada ante el infinito y un todo ante la
nada. Tanto la grandeza como la debilidad están en el hombre. Por ello, quien es
humilde, se sabe frágil y pequeño. Su mayor grandeza, está en reconocerse miserable y
dependiente. Pero también sabe, que proviene de las manos de Dios. Y esto hace que no
se deje humillar por cualquiera.
Hoy llama la atención, que quienes se hayan rebelado contra un soberbio gobierno
que los quiere aplastar, hayan sido quienes más contacto tienen con la tierra. Sorprende
que quienes viven inclinados sobre el humus o el barro, hayan recuperado la dignidad
de quienes se sentían oprimidos. Pisando el fango y lo despreciable de nuestro país, han
sido lo únicos capaces de decir basta. Lo gritaron por todos lados y su único cobijo fue
la constitución, la justicia, el federalismo y la cordura en sus reclamos. Dejado de lado
el respeto, se animaron a decirle no, a la confiscación de lo que les pertenece.
La búsqueda de causarles fracturas internas, el permanente hostigamiento verbal, la
cantidad de prebendas discrecionales, la dilapidación de recursos en movilizaciones
inútiles o el derroche de dinero en los medios de comunicación, no fueron suficientes
para doblegarlos. Frente a un oponente que contaba con todos los recursos y las más
deleznables artes políticas, sólo opusieron su humildad. Algunos habrán recordado las
palabras del argentino Francisco D’Anconia en la celebre novela de Ayn Rand: “Cuando
vea que el comercio se hace, no por consentimiento de las partes, sino por coerción;
cuando advierta que para producir, necesita obtener autorización de quines no producen
1
Proverbios 11, 2: “… ubi humilitas, ibi sapientia”.
nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quines trafican… favores; cuando
perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el
trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ello, sino, por el contrario, son ellos los
que están protegidos contra usted; cuando repare en que la corrupción es recompensada
y la honradez se convierte en autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a
equivocarse, que su sociedad está condenada”2.
Aquellos que se rebelaron a las injustas medidas, que sólo traerían más pobreza y
miseria, nos dieron un ejemplo. Frente a un gobierno que hizo poco rentable la
producción de carne, trigo o leche, encontraron la soja como el único refugio.
Escapando a los controles de precios, los cupos o los cierres de exportaciones, buscaron
subsistir en el único bien que se los permitía. Pero cuando les quisieron dar el golpe
final, se animaron a gritar su rebeldía. Ellos mostraron como los pequeños, pueden
derribar de sus tronos hasta a los más poderosos. En vez de trasformarse en prósperos
productores capaces de alimentar a millones de hambrientos; buscaron transformarlos
en mendigos de algún subsidio para subsistir. El gobierno parecía soñar con un país
repleto de pobres que mendiguen subsidios para poder manejarlos políticamente. Sin
embargo, la rebeldía agraria nos dio una enseñanza. Las máscaras de los prepotentes
cayeron y los que se resisten a la explotación, les han puesto un límite, fortaleciendo la
democracia. Gracias a esta nueva rebeldía, la democracia, se ha fortalecido. Ella ha sido
la guardiana de los humildes y el único camino para construir un país mejor.

Horacio Hernández.
http://www.horaciohernandez.blogspot.com

2
Ayn Rand, La Rebelión de Atlas, Grito Sagrado Editorial, Buenos Aires, 2003, pág
404.

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