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Lista de fábulas cortas para niños

La liebre y la tortuga

Una vez, una liebre se burlaba de las patas tan


cortas y de la lentitud al caminar de una
tortuga, sin embargo, esta no se quedó callada
y se defendió lanzando una risa y diciéndole a
la liebre: – Puede que seas muy veloz amiga
liebre, pero, estoy más que segura de que
podré ganarte una carrera.

La liebre, sorprendida por lo que le dijo la


tortuga, aceptó el reto sin pensarlo dos veces,
ya que ella estaba muy segura de que ganaría
a la tortuga a ojos cerrados. Entonces, ambos
propusieron a la zorra, que fuese ella quien
señalase el camino y la meta.

Días después, llegó el esperado momento de la carrera, y al sonar la cuenta de tres, se


inició la carrera de estos dos contendientes. La tortuga no dejaba de caminar y caminar,
pero a su lento paso, avanzaba tranquilamente hacia la meta.

En cambio la liebre, corrió tan rápido que dejó muy atrás a la tortuga. Al darse la vuelta
y ya no verla, la liebre vió seguro su éxito sobre la carrera y deicidió echarse una siesta.

Poco después, la liebre despertó y vió si por atrás seguía sin llegar la tortuga, pero al
mirar hacia la meta, vió a la tortuga muy cerca de la final, y en un intento desesperado
por correr lo más veloz que pudo, la tortuga llegó y ganó.
Moraleja: la enseñanza es que las metas se consiguen poco a poco, con trabajo y
esfuerzo. Aunque a veces parezcamos lentos, el éxito llegará siempre.

También nos muestra que no tenemos que burlarnos de las personas por sus defectos
físicos, ya que pueden ser mejores en otros aspectos.

Esta fábula tiene un gran valor educativo, ya que hacer las cosas bien hechas es
importante en la educación y para ello es necesario ser pacientes.

El león y el ratón

Érase una vez un león que estaba descansando en la selva, después de un día de caza.
Era un día caluroso y solo le apetecía dormir.

Cuando se encontraba más cómodo, llegó un ratón haciendo mucho ruido. El león era
tan grande que ni si quiera se percató, pero el ratón empezó a subir por su nariz.

El león se despertó con muy mal humor, empezó a gruñir, y agarró al ratón,
preparándose para comerlo.
“¡Perdóname!” suplicó el pobre ratón. “Por favor déjame ir y algún día seguramente te
lo pagaré”.

Al león le resultó divertido pensar que un ratón podría alguna vez ayudarlo. Pero fue
generoso y finalmente lo liberó.

Algunos días más tarde, mientras acechaba a una presa en el bosque, el león quedó
atrapado en la red de un cazador.

Era incapaz de liberarse y rugió fuerte para pedir ayuda. El ratón reconoció la voz y
acudió rápidamente para ayudarlo. Mordió una de las cuerdas que ataban al león y este
se liberó.

Entonces el ratón dijo:

“Incluso un ratón puede ayudar a un león”.

Moraleja: no menosprecies lo que pueden hacer los demás. Aunque parezca lo


contrario todos te pueden ayudar.

La cigarra y la hormiga

Una cigarra cantaba y disfrutaba


durante el verano. Día tras día se
despertaba tarde y sólo se dedicaba
a cantar, hasta que un día algo le
llamó la atención.

Un grupo de hormigas pasaban por


debajo de su rama cargando
pesadas porciones de comida sobre su espalda, entonces la cigarra bajó de su rama y
le preguntó a una.

-Amiga hormiga ¿por qué trabajas tanto?-

-El invierno se acerca, debemos guardas provisiones para poder pasar la


helada- respondió la hormiga.

A lo que la cigarra luego dijo:

-¡Bah! Trabajar tanto es para bobos, haz como yo, canta y disfruta del verano.

La pequeña hormiga sin decir más nada siguió su camino. En los siguientes días, la
cigarra seguía cantando y muchas veces componía canciones que se burlaban de su
amiguita la hormiga.

Pero un día, la cigarra despertó y ya no era verano, el invierno había llegado.

La helada era la peor de todas en muchos años, trató de abrigarse con hojas de su
rama, pero no pudo. Hambrienta buscó comida, pero no encontró nada.

Entonces recordó que su amiguita hormiga había estado guardando provisiones durante
el verano y se dirigió a su hormiguero, tocó la puerta y la hormiguita salió. Entonces
dijo:

-¡Hormiga, ayúdame; tengo hambre y tengo frío, dame refugio y comida!

-¿Pero qué estuviste haciendo todo el verano cigarra?- preguntó la hormiga.

-Cantar y bailar- contestó la cigarra.

-¡Pues si eso hiciste en el verano, ahora baila en el invierno!- Dijo la hormiga y cerró la
puerta.
Mientras, la cigarra arrepentida se alejaba reflexionando sobre la lección que había
aprendido.

Moraleja: la vida consiste en trabajar y descansar. No puedes descansar demasiado


porque más tarde puedes encontrar consecuencias negativas.

Pedro y el lobo

Había una vez un niño llamado Pedro que era pastor y se llevaba todo el día caminando
con sus ovejas.

Un día estaba tan aburrido que comenzó a preguntarse cómo divertirse. Entonces se le
ocurrió gastar una broma, diciendo que un lobo estaba cerca. Dijo:

-¡Que viene el lobo, que viene el lobo! ¡Ayuda!

Los vecinos del pueblo acudieron rápidamente con palos para ahuyentar al lobo, pero
cuando llegaron al árbol donde se sentaba Pedro, lo encontraron riendo a carcajadas.
Pedro decía:
¡Ja ja ja! ¡Os lo habéis creído!

Los vecinos se fueron a sus casas pensando que era una broma y que no pasaba nada.

Otro día, de nuevo Pedro se encontraba aburrido y volvió con la misma broma:

-¡Que viene el lobo, que viene el lobo! ¡Socoro! ¡Socoro!

Los vecinos volvieron a acudir rápido, con sus palos y preparados para hacer frente al
lobo. Pero se volvieron a encontrar a Pedro riendo, que reía y decía:

¡Os lo habéis vuelto a creer! ¡Qué incrédulos! ¡Ja ja ja!

Esta vez los vecinos pensaron que la broma no era tan graciosa y se fueron
malhumorados a sus casas.

Otro día, Pedro estaba caminando con sus ovejas cuando escuchó un ruido entre los
matorrales. No le dio importancia, pero rápidamente un lobo salió empezó a perseguir
a sus ovejas. Pedro empezó a pedir ayuda:

-¡Que viene el lobo, que viene el lobo! ¡Socorro!

Los vecinos lo escucharon pero no prestaron atención, ya que pensaban que era otra
broma de Pedro.

El lobo pudo atrapar a algunas de sus ovejas y se las llevó para comerlas con su manada.

Moraleja: no mientas, ya que puede que los demás no te crean cuando digas la verdad.
El cuervo y el zorro

Había una vez un cuervo que descansaba en


un árbol, tras haber logrado robar un queso de
la ventana de una casa.

Cerca caminaba un zorro que olió el fuerte


aroma, vio al cuervo y le dijo:

-¡Hola! Qué buen día hace, además tu plumaje


es muy bonito. Le queda muy bien.

El cuervo se sintió muy bien con lo que le dijo


el zorro. Le entraron ganas de cantar para
celebrarlo, abrió el pico, pero entonces dejó
caer el queso.

El zorro, sonriendo, corrió hacia el queso y lo atrapó con la boca antes de caer al suelo.

Moraleja: presta atención cuando alguien te dice cosas bonitas. Puede que sea por
interés.

El niño y los dulces

Era 21 de Septiembre y todos los niños contentos después de un largo verano,


regresaban a las escuelas. Al ser el primer día, la maestra llevó a clase un bote lleno de
chucherías para dar la bienvenida al nuevo curso escolar. Uno de los alumnos salió el
primero corriendo hacia los dulces.
Una vez que cogió todas las chuches que pudo,al
intentar sacar la mano, el cuello del recipiente no
le permitió hacerlo. El niño lloraba y lloraba
amargamente, pero un amigo que estaba cerca
le dijo: -Confórmate con coger solo la mitad y así
podrás sacar la mano con los dulces.

Moraleja: no seas egoísta, avaricioso y escoge


solo aquello que necesites. Como bien dice el
dicho “quien mucho abarca, poco aprieta”.

Esta fábula enseña a los niños a no ser tan


egoístas, una cualidad muy importante a la hora
desarrollar su personalidad. En un mundo en
donde la individualidad prevalece, es bueno
desde pequeños que lo niños aprendan a
compartir y a ser generosos con sus iguales.

La pulga y el hombre

Un hombre disfruta de un buen


sueño cuando de repente
comenzó a sentir picazón por todo
el cuerpo.

Molesto por la situación, buscó


por toda su cama para ver qué era
lo que les estaba causando tanta
molestia. Tras su búsqueda
encontró a una minúscula pulga y
le dijo las siguientes palabras:
– ¿Quién te crees que eres insignificante bicho, para estar picándome por todo mi
cuerpo y no dejarme disfrutar de mi merecido descanso?

– Contestó la pulga: Discúlpeme señor, no fue mi intención molestarlo de ninguna


manera; le pido por favor que me deje seguir viviendo, ya que por mi pequeño tamaño
no creo que lo pueda molestar mucho. El hombre riéndose de las ocurrencias de la
pulga, le dijo:

– Lo siento pequeña pulga, pero no puedo hacer otra cosa que acabar con tu vida para
siempre, ya que no tengo ningún motivo para seguir aguantando tus picaduras, no
importa si es grande o pequeño que pueda ser el prejuicio que me causes.

Moraleja: nos enseña a que todo aquel que le hace daño a otra persona, debe estar
dispuesto a afrontar las consecuencias. Ya que cuando uno molesta, agrede u ofende a
otros compañeros, debe saber que sus actos irán seguidos de unas consecuencias.

El conejo y el cerdo

Había una vez en un colegio un conejo muy presumido que todos los días llevaba sus
zapatitos muy limpios, relucientes, brillantes.
En su misma clase también estaba el cerdito Peny, que tenía mucha envidia al conejo
por sus zapatos.

Pero el cerdito al vivir en una charca de barro sabía que nunca conseguiría tener unos
zapatos como los de su amigo conejo.

Todos los días limpiaba y limpiaba, pero nada seguían igual de sucios.

Un día jugando en el recreo tenía que hacer una carrera para ver quien era el más veloz.
El cerdito asustado, no sabía que hacer, ya que sus zapatillas no eran como las de su
amigo.

El día de la carrera, el cerdito Peny no se lo pensó, y salió corriendo a la par que el


conejo.

Mientras corría, solo pensaba en ser el ganador y no rendirse nunca, tal y como le decía
su madre.

Al llegar a la meta, todos se quedaron asombrados por la rapidez del cerdito Peny, no
entendían como podía haberle ganado al conejo y sus superzapatillas.

Moraleja: da igual el zapato que lleves, el esfuerzo por conseguir una meta que te
propongas no está en los zapatos sino en ti. Debes ser feliz con lo que tienes, sentirte
a gusto contigo mismo y confiar en ti.

Familia de hormigas

Había una vez una familia de hormigas formada por la madre, el padre y su dos hijitas.

Pronto se acercaba el invierno, así que toda la familia salió en busca de comida ya que
si no morirían.
Paseando por el prado, se encontraron con otra hormiga, pero esta no era de su misma
especie, ya que era de color rojo y le faltaban dos patitas.

Angustiada, la hormiga roja les pidió ayuda para que la llevasen hasta su casa, ya que
podría morir enterrada por la nieve.

La madre hormiga rotundamente dijo que no, ya que no pertenecía a su especie y si se


enteraba el resto de hormigas negras podrían echarle del prado.

Así que la familia siguió su camino, pero una de las hijas no pudo aguantar y se dio la
vuelta para ayudar a la hormiga roja, aun sabiendo que podrían echarla del prado para
siempre.

Una vez llegaron las dos a la casa de las hormigas rojas, estas sorprendidas por la
solidaridad de la hormiga negra, le regalaron toda la comida que tenían.

Gracias a esta recompensa, la familia de la hormiga negra pudo sobrevivir todo el


invierno gracias a la familia de hormigas rojas.

Moraleja: hay que ayudar a los demás cuando lo necesiten, ya que algún día también
nosotros podemos necesitar esa ayuda.

También nos enseña a que no hay que prejuzgar ni discriminar a otros por su raza o
por su condición fisica, algo muy importante en la vida, ya que tenemos que educar a
nuestros hijos en la tolerancia y el respeto a la diversidad.
El gato y el ratón
Cat Garage Drawing Comic Image Mouse
Una vez, un gato muy hambriento vio
entrar a su casa a un ratoncito. El felino,
con muchas intenciones de agarrarlo y
luego comérselo, se acercó a la ratonera
para decirle:

– ¡Qué guapo y lindo estás ratoncito!


Ven conmigo, pequeñito, ven… dijo con
dulce voz el gato.

La mamá del ratoncito escuchó las


intenciones que tenía el hábil gato y le
advirtió a su hijo diciendo:

– No vayas hijito, tú no conoces los


trucos de ese bribón.

El gato insistente le dijo nuevamente al ratón:

– Ven, pequeñito ven. ¡Mira este queso y estas nueces! ¡Todo eso será para ti!

El inocente ratoncito le preguntó de nuevo a su madre:

– ¿Voy mamá?… ¿voy?

– No hijito, ni se te ocurra ir, sé obediente, le dijo nuevamente su madre.

El gato nuevamente volvió a engañarlo diciendo:

– Ven, te daré este sabroso bizcocho y muchas cosas más…


– Puedo ir mamá, por favor te lo suplico – dijo el ratoncito.

– ¡Que no, tontuelo! No vayas. – Insistió la mamá ratona.

-No me hará nada mamá. Sólo quiero probar un pedacito… – dijo por última vez el
ratoncito, y sin que su madre pudiera detenerlo, salió rápidamente de su agujero.

A los pocos instantes, se oyeron unos gritos que decían:

– ¡Socorro, mamá, socorro! ¡Me come el gato!

La mamá ratona no pudo hacer nada para salvar a su ratoncito que murió devorado por
el gato.

Moraleja: esta fábula nos enseña que debemos obedecer a nuestros padres y respetar
sus decisiones, ya que ellos siempre querrán lo mejor para nosotros y el no hacerles
caso nos puede pasar factura como al ratoncito de la historia.

El ciervo y el cervatillo

Esta fábula trata sobre dos ciervos, uno joven y otro


más mayor.

Ambos querían quedarse a vivir en el monte ya que


tenia alimentos para todo el año, pero esto solo podía
ser posible si ambos luchaban, ya que solo había
provisiones para uno.

El cervatillo joven tenía muy claro que ganaría, ya que


era más veloz y mas rápido que el ciervo anciano.
A la mañana siguiente cuando se encontraron para luchar, el ciervo anciano le propuso
que se marchara, ya que sabía perfectamente que el iba a ser el ganador.

El cervatillo tozudo y enfadado se dispuso a luchar hasta que fue perdiendo poco a poco
sus cuernos.

Sorprendido de que el ciervo anciano le ganara, preguntó:

-¿Como lo has hecho?, no puede ser, si yo soy más. joven y más veloz que tú.

A lo que respondió el anciano:

-mira mis cuernos y tendrás la respuesta.

El cervatillo sorprendido se dió cuenta de que los cuernos estaban intactos, eran mucho
más fuertes y robustos que los suyos.

Moraleja: debemos respetar a las personas mayores, ya que el ser una persona mayor
no quiere decir que sean patosos o lentos, sino todo lo contrario, ya que nos pueden
enseñar muchas cosas que aún no sabemos.

El mono y el delfín
Había una vez un marinero que se comprometió a realizar un viaje muy largo. Para
hacer más entretenida la travesía, se llevó con él a un mono para divertirse durante la
larga travesía.

Cuando estaban cerca de la costa de Grecia, una muy ruidosa y violenta tempestad se
levantó e hizo naufragar a la débil nave. Su tripulación, el marinero y su mono tuvieron
que nadar para así poder salvar sus vidas.

Mientras tanto, el mono que luchaba contra las olas, fue visto por un delfín; el cual
creyendo que era un hombre, fue a salvarlo deslizándose debajo él y transportándolo
hacia la costa.

Cuando estaban llegando al puerto, el delfín le preguntó al mono:

– Mono ¿eres ateniense (nacido en Atenas)?, y él mono por darse de muy presumido y
mentiroso, le respondió:

– Sí, y tengo también parientes muy importantes viviendo allí –

El delfín le preguntó de nuevo si conocía el Pireo (el famoso puerto de Atenas). El mono
creyendo entonces que se trataba de un hombre, le contestó que no solo lo conocía,
sino que también era uno de sus mejores amigos.

El delfín indignado por tantas mentiras que el mono decía, dio media vuelta y lo devolvió
a alta mar.

Moraleja: las propias mentiras del mentiroso son las que se encargan de revelar la
verdad en un pequeño descuido. Las mentiras tienen las patas muy cortas, por tanto
siempre saldrá a la luz la verdad.
El asno, el perro y el lobo

Caminaban muy despacio y agotados por el sol un asno, con su carga de pan, y su amo
seguido por su perro. Es así que llegaron a una pradera verde donde el amo cansado y
agotado por la caminata realizada, echó a dormir bajo la sombra de un árbol.

El asno se fue a comer algo de pasto que había en la pradera cuando de pronto el perro,
que también estaba muy cansado y hambriento, le dijo:

– Estimado asno, yo también tengo hambre, ¿Me darías un poco de pan que hay en la
cesta que llevas encima por favor?

A lo que el asno le respondió:

– Mejor ¿Por qué no esperas un rato más hasta que despierte el Amo y te dé el mismo
de comer?

El perro, al escuchar la respuesta del asno, se dirigió a otro lado de la pradera. Es


entonces que, mientras que el asno seguía comiendo su pasto, apareció un hambriento
lobo que se abalanzó de inmediato sobre el asno para devorarlo. Sorprendido, gritó
ayuda al perro:

– ¡Socorro! ¡Sálvame amigo perro!

El perro, respondió:

-Mejor, ¿Por qué no esperas un poco más hasta que despierte el amo y te salve?

Moraleja: hay que ofrecer nuestra ayuda a los demás siempre y cuando la necesiten
si no queremos que nos pase lo mismo que al asno. Hay que educar a nuestros hijos
para que sean personas solidarias y compartan con el resto de sus iguales.

El cuervo y los pájaros

Un día el dios Júpiter citó a todos los pájaros a una reunión para elegir como Rey al más
hermoso de todos. Los pájaros, muy halagados ante esta gran oportunidad, de
inmediato fueron a las aguas del gran río para lavarse y acicalarse para estar
presentables.

El cuervo, dándose cuenta de su fealdad, se le ocurrió un plan que consistía en recoger


las plumas que los pájaros dejaban caer al acicalarse, para luego pegarlas a su cuerpo.
Es así que el cuervo pasó varias horas colocándose las plumas para ser el más bello de
los pájaros.

Entonces llegó el día esperado y todas las aves acudieron a la cita, entre ellos el cuervo,
que destacó al instante por sus plumas multicolor. Júpiter al verlo, decidió coronar al
cuervo por su gran belleza, pero los pájaros se sintieron muy indignados por haber
elegido al cuervo.

Sin embargo, el cuervo pronto perdió sus plumas, sintiendose avergonzado ya que
volvía a ser el mismo que era en realidad.

Moraleja: no tenemos que aparentar lo que no somos y no debemos por que sentirnos
inferiores por nuestro físico o aptitudes, ya que cada persona es única y diferente, con
sus virtudes y sus defectos.

Debemos querernos tal y como somos, ya que solo así nos querrán los demás.

El viejo perro cazador


Hace muchos años, vivía un viejo perro de caza, cuya avanzada edad le había hecho
perder gran parte de las facultades, como ser más fuerte o veloz.

Un día, mientras se encontraba en una jornada de caza junto a su amo, se topó con un
hermoso jabalí, al que quiso atrapar para su dueño. Poniendo en ello todo su empeño,
consiguió morderle una oreja, pero como su boca ya no era la de siempre, el animal
consiguió escaparse.

Al escuchar el escándalo, su amo corrió hacia el lugar, encontrando únicamente al viejo


perro. Enfadado porque hubiera dejado escapar a la pieza, comenzó a regañarle muy
duramente.

El pobre perro, que no se merecía semejante regañina, le dijo:

-Querido amo mío, no creas que he dejado escapar a ese hermoso animal por gusto.
He intentado retenerlo, al igual que hacía cuando era joven, pero por mucho que lo
deseemos ambos, mis facultades no volverán a ser las mismas. Así que, en lugar de
enfadarte conmigo porque me he hecho viejo, alégrate por todos esos años en los que
te ayudaba sin descanso.
Moraleja: nos viene a decir que debemos ser respetuosos con nuestros mayores, ya
que hicieron lo posible porque nuestra familia tuviera una vida feliz.

El perro y el reflejo

Había una vez un perro, que estaba cruzando un lago. Al hacerlo, llevaba una presa
bastante grande en su boca. Mientras lo cruzaba, se vio a si mismo en el reflejo del
agua. Creyendo que era otro perro y viendo el enorme trozo de carne que llevaba, se
lanzó a arrebatársela.

Decepcionado quedó cuando, por buscar quitarle la presa al reflejo, perdió la que el ya
tenía. Y peor aún, no pudo obtener la que deseaba.

Moraleja: no hay que envidiar a los demás y debemos ser felices con lo que somos y
con lo que tenemos, ya que como dice el dicho “la avaricia rompe el saco”. Tenemos
que conformarnos con lo que tenemos, y no pedir o exigir más a nuestros padres, sino
queremos que nos pase lo que al perro.

Las ranas y el pantano seco

Vivían dos ranas en un bello pantano, pero llegó el verano y se secó, por tanto la
abandonaron para buscar otro con agua. Hallaron en su camino un profundo pozo
repleto de agua, y al verlo, dijo una rana a la otra:
– Amiga, bajemos las dos a este pozo.

– Pero, y si también se secara el agua de este pozo, – repuso la compañera -, ¿Cómo


crees que subiremos entonces?

Moraleja: Antes de emprender cualquier acción, analiza primero las consecuencias de


ella. Ante un problema, debemos buscar otras alternativas y reflexionar sobre cuál es
la opción buena antes de tomar una decisión de manera impulsiva que no sea la
adecuada.

El labrador y la culebra

Al lado del hogar de un modesto labrador, una culebra había decidido instalar su nido.
Un tarde, el pequeño hijo del labriego, pensando que era uno más de sus juguetes,
agarró al animal de tan mala manera, que este le mordió en defensa propia. Una
mordedura de la que no se pudo recuperar y que su padre quiso vengar cortándole la
cola a la culebra.

Enterado de cómo habían sucedido los hechos, el labrador sintió tal culpa que fue en
busca de la culebra para pedirle perdón y ofrecerle miel, agua, harina y sal, como
muestra de su sincero arrepentimiento. A pesar de la nobleza de sus intenciones, la
culebra no solo no le perdonó, sino que además se permitió el lujo de decirle:

– Agradezco que quieras venir a intentar remediar el error que cometiste conmigo, pero
no hay ninguna posibilidad de que tú y yo podamos ser amigos. Mientras que a mí me
falte la cola que tú me quitaste y a ti el hijo que mi veneno te ha arrebatado, seremos
incapaces de estar en paz.

Moraleja: es imposible reconciliarse con algún amigo si uno de los dos no ha perdonado
al otro. Con esta fábula aprendemos a que hay que saber pedir perdón y perdonar
cuando tengamos algún debate o discusión con un compañero. De esta manera se
resolverán tranquilamente y pacíficamente cualquier problema.
El lobo y el perro dormido

Disfrutaba un perro de un merecido descanso en la puerta de su casa, cuando de


repente un veloz lobo se lanzó sobre él con claras intenciones de devorarlo. Para
intentar librarse de tan negro destino, el perro le suplicó con todas sus fuerzas que lo
escuchara, aunque solo fuera una sola vez, antes de que el lobo cumpliera sus deseos.

Entiendo que desees saciar tu hambre –comenzó diciendo el perro- pero de un saco de
huesos como yo, tu estómago no tardará en volver a sentirse vacío; si en verdad deseas
darte un buen festín, espera a que mis dueños celebren sus bodas y seguro que me
encuentras mucho más apetecible.

Tan convincente era su argumento, que el lobo se marchó tan contento. Meses después,
estaba el perro asomado a una ventana de la casa de su dueño, cuando volvió el lobo
para reclamar lo que tanto tiempo había estado esperando. Molesto ante la insistencia,
el perro contestó:

– ¡Lobo tonto, la próxima vez que aparezcas y yo esté durmiendo en el portal de mi


dueño, no esperes a que se celebren las bodas de mis dueños!

Moraleja: viene a decirnos que si hemos sido capaces de salir airosos de algún tipo de
peligro y si recordamos como lo hicimos, podremos hacerlo en otras ocasiones.

El zorro, el oso y el león

Habiendo encontrado un león y un oso a un cervatillo, se retaron en combate a ver cual


de los dos se quedaba con la presa.

Un zorro que por allí pasaba, viéndolos extenuados por la lucha y con el cervatillo en
medio, se apoderó de este y corrió pasando tranquilamente entre ellos.

Y tanto el oso como el león, agotados y sin fuerzas para levantarse, murmuraron:
-¡Desdichados nosotros! ¡tanto esfuerzo y tanta lucha hicimos para que todo quedara
para el zorro!

Moraleja: por ser egoístas y no querer compartir, podemos perderlo todo.

Las dos amiguitas

Era una vez 2 avestruces amiguitas que se hicieron tan pero tan amiguitas que no
podían pasar un día sin la compañía de la otra, hasta que cierto día un pequeño desliz
entre ambas puso a prueba su hermosa amistad:

– Hoy jugaremos a lo que yo quiera – le dijo uno de ellas a la otra.

A lo que la otra contesto:


– Te equivocas eso lo decidiré solo yo.
Y así con tales posturas, ambas se empecinaron en sus caprichos por muchas horas y
sin llegar a un acuerdo. Luego de discutir por un largo rato, las dos avestruces amigas
por fin entraron en razón y una de ella dijo:

-Dejemos los juegos por hoy y encontremos otra manera de llegar a un acuerdo.

Y diciendo estas palabras ambas acordaron alternarse diariamente y que cada una
decidiese por un día entero que juegos jugar.

De esta manera no hubo más problemas y conflictos y conservaron una linda amistad
hasta la muerte.

Moraleja:hablando tranquilamente se puede llegar a un acuerdo, donde ambas


personas salgan privilegiadas. Debemos educar a nuestros hijos en el diálogo y la
comunicación para resolver los conflictos que le sucedan en la vida diaria, ya que es la
mejor opción para llegar a una acuerdo.

El aceituno y la higuera
El aceituno ridiculizaba a la higuera porque, mientras él era verde todo el año, la higuera
cambiaba sus hojas con las estaciones.

Un día una nevada cayó sobre ellos, y, estando el aceituno lleno de follaje, la nieve cayó
sobre sus hojas y con su peso se quebraron sus ramas, despojándolo inmediatamente
de su belleza y matando al árbol.

Pero al estar la higuera desnuda de hojas, la nieve cayó directamente a la tierra, y no


la perjudicó en absoluto.

Moraleja: No debemos burlarnos de las cualidades ajenas, pues las nuestras pueden
ser inferiores. Debemos ser respetuosos y tolerantes con el resto de personas.

El zorro y la cabra

Una vez un zorro estaba vagando por la oscuridad, cuando or desgracia cayó en un
pozo. Intentó salir pero no podía. No tenía otra alternativa que permanecer allí hasta la
mañana siguiente. Al día siguiente, una cabra llegó por allí, miró al pozo y vio al zorro.
La cabra preguntó “¿qué estás haciendo ahí, señor zorro?”

El astuto zorro respondió:

“Vine aquí para beber agua. Es la mejor que he probado en mi vida. Ven y pruebala por
ti misma. Sin pensar ni siquiera por un rato, la cabra saltó al pozo, apagó su sed y buscó
una forma de salir. Pero al igual que el zorro, también fue incapaz de salir.

Entonces el zorro dijo:

“Tengo una idea. Ponte de pie sobre tus patas traseras. Subiré sobre tu cabeza y saldré.
Entonces yo te ayudaré a salir también”.

La cabra era inocente e hizo lo que el zorro le dijo.


Mientras caminaba, el zorro dijo:

“Si hubieras sido lo suficientemente inteligente, nunca hubieras entrado sin ver cómo
salir”.

Moraleja: Mira ante de saltar. No hagas algo ciegamente sin pensarlo antes.

El huevo de oro

Había una vez un rico comerciante de tela que vivía en un pueblo con su esposa y sus
dos hijos. Tenían una gallina hermosa que ponía un huevo todos los días. No era un
huevo normal, sino un huevo de oro. Sin embargo, el joven comerciante no estaba
satisfecho con lo que solía obtener todos los días.

Quería conseguir todos los huevos de oro de su gallina en muy poco tiempo. Por tanto,
un día pensó y al fin concluyó en un plan. Decidió matar a la gallina y juntar todos los
huevos.

Al día siguiente, cuando la gallina puso un huevo de oro, el hombre lo cogió, tomó un
cuchillo afilado, cortó su cuello y cortó su cuerpo abierto. No había nada más que sangre
por todas partes y ningún rastro de ningún huevo en absoluto. Estaba muy triste porque
ahora no conseguiría ni siquiera un solo huevo.

Debido a su codicia, comenzó a ser más pobre y finalmente se convirtió en un mendigo.

Moraleja: Si deseas más, puedes perder todo. Es necesario estar satisfecho con lo que
uno tiene y actuar sin codicia.

El coyote y las uvas

Una tarde muy soleada, un coyote iba caminando y el estómago le rugía de hambre. De
repente, nota en la cima de un árbol que hay un racimo de hermosas uvas moradas e
intentó alcanzarlas apoyándose en sus patas traseras, pero no llegó.
Intentó alcanzarlas saltando, pero tampoco llegó; una y otra vez fallaba hasta que sus
patas ya no podían más y entonces cayó al suelo extenuado.

Estando tumbado en el suelo, se pudo dar cuenta que dos pajarillos la estaban
observando; levantándose, se sacudió el polvo y se marchó diciendo.

-Mejor paso de esas uvas, seguro están verdes-

Retomó así su camino, y en cuanto ya había ganado distancia, los pajarillos picotearon
las uvas y éstas cayeron al suelo, donde se dieron un banquete.

Mirando de lejos, el coyote pensó:

-Tal vez si hubiese pedido ayuda, estaríamos comiendo los tres-.

Moraleja: A veces nuestro orgullo puede más que nuestro juicio, hasta el punto en que
somos capaces de despreciar las cosas, sólo porque parecen inalcanzables.

La hormiga y la mariposa

Una hormiga trabajadora se encontraba reuniendo provisiones bajo el fuerte sol de


verano a orillas del río. De pronto, el suelo bajo ella cedió, y la hormiga cayó al agua
donde estaba siendo violentamente arrastrada.

Desesperada, la hormiga gritaba

-¡Ayuda, socorro, auxilio, me ahogo!-

En eso, una mariposa se da cuenta de la situación de la hormiga y rápidamente buscó


una ramita, la agarró con sus patitas y se lanzó hacia donde estaba la hormiga;
tendiéndole la rama y salvándola.

La hormiga muy feliz le dio las gracias y ambas siguieron su camino.


Al poco tiempo, un cazador furtivo se acerca por detrás de la mariposa con una red; en
silencio se disponía a capturarla, pero justo cuando ya tenía la red sobre la cabeza de
la mariposa ¡sintió un piquete muy doloroso en su pierna! Gritando soltó la red y la
mariposa al darse cuenta, salió volando.

Mientras volaba, la mariposa desconcertada giró su cabeza para ver qué había herido
al cazador, y se dio cuenta que era la hormiga a la que ese mismo día había salvado.

Moraleja: Haz el bien, sin mirar a quien. La vida es una cadena de favores.

El viento y el sol

Una vez, el viento y el sol tuvieron una discusión

-Yo soy el más fuerte, cuando yo paso, los árboles se mueven; hasta puedo derribarlos
si quiero- dijo el viento.

-El más fuerte aquí soy yo, yo no derribo árboles, pero puedo hacerlos crecer- Le
respondió el sol.

-Voy a demostrarte que soy el más fuerte ¿ves a ese hombre con chaqueta? Se la voy
a quitar con mi soplido- dijo el viento.

Así, el viento sopló con todas sus fuerzas, pero mientras más fuerte soplaba, más fuerte
el hombre se aferraba a su chaqueta, y el viento se cansó de soplar.

Entonces fue el turno del sol, y este, lanzando todos sus rayos hacia el hombre, hizo
que se quitara la chaqueta de tanto calor.

-Bien, tú ganas, pero debes admitir que yo hice mucho más ruido- dijo el viento al final.

Moraleja: cada persona tiene sus propias capacidades y a menudo vale más la maña
que la feurza.
El halcón, el cuervo y el pastor

Lanzándose desde los cielos, un halcón cazó un corderito. Un cuervo la observó y


tratando de imitarlo, se lanzó sobre un carnero.

Sin embargo, no pasó lo mismo que antes, y al desconocer las artes, el cuervo se enredó
en la lana, donde sin importar que tan fuerte batía sus alas, no logró escapar.

Viendo el pastor lo que sucedía, tomó al cuervo entre sus manos, con su machete cortó
sus alas, y a su casa lo llevó.

Fascinados sus hijos lo vieron, y curiosos del asunto a su padre preguntaron:

-¿Papá, qué ave es esta?

-Para mí es sólo un cuervo, pero él se cree halcón.

Moraleja: Es bueno y necesario aprender a conocer nuestros propios límites, incluso


para superarlos; el primer paso es conocerlos.

El hijo y el padre

Un día, un joven iba por la calle de noche después de salir de su trabajo; apurado
recorría los rincones solitarios de la ciudad pues esa noche su madre le había dicho que
lo esperaba en casa con una deliciosa cena.

Faltando sólo unas cuadras para llegar, el joven ve a lo lejos la figura desgastada por
la edad de alguien que aguardaba en la esquina de una acera para cruzar la calle
mientras un semáforo estaba en verde.

–Tonto viejo, ¿por qué no cruzas si no vienen carros? ¡Yo sí cruzaré, tengo un
compromiso importante!- pensó el joven acelerando el paso.
Pero al llegar a la esquina de aquella acera se dio cuenta ¡ese hombre era su padre!

-¿papá?-

-hola hijo-

-¿Qué hace acá?-

-Voy para la casa, vamos tarde, tu mamá seguro se molesta-

-Papá, no vienen carros-

-sí ya veo-

-Papá aquí no hay policías-

-Pero es un barrio seguro, no hacen falta ni a estas horas de la noche-

-Papá no hay cámaras-

-No me había fijado, ¿eso es bueno o malo?-

-¡Papá nadie nos está viendo! ¡Vamos a cruzar que vamos tarde!-

-¡¿QUÉ?! ¡YO ME ESTOY VIENDO!-

Moraleja: Siempre podremos engañar a los demás, pero nunca podremos engañarnos
a nosotros mismos. Una conciencia tranquila es la clave para vivir en paz con uno
mismo.

El Zorro y los Gallos

Dos gallos luchaban para tomar el control del gallinero.


Después de una intensa pelea, uno de ellos salió derrotado, y no le quedó otra
alternativa más que esconderse entre los matorrales.

El vencedor exhibiéndose orgulloso, se montó sobre uno de los postes de la cerca y


comenzó a cantar a los cuatro vientos su victoria.

Fue entonces, cuando a su espalda, un zorro que esperaba paciente dio un salto hacia
la verja y de un mordisco feroz cazó al gallo ganador.

Desde entonces, el otro gallo es el único macho en el gallinero.

Moraleja: La humildad es una virtud que muy pocos practican, pero que todos deberían
dominar. A quien hace alarde de sus propios éxitos, no tarda en aparecerle alguien que
se los quita.

El amo del cisne

Algunas personas cuentan que los cisnes son hermosas aves capaces de entonar bellas
y armónicas canciones justo antes de su muerte.

Sin saber esto, un día un hombre se hizo a un hermoso cisne. Éste no era sólo el más
bello, sino el mejor cantante de todos. Por esta razón, el hombre pensó que el cisne
podría deleitar a quienes visitaran su hogar con sus maravillosos cantos. De esta
manera, el hombre buscaba generar envidia y admiración en sus allegados.

Una noche, el amo organizó una fiesta, sacando a al cisne para exhibirlo, como si se
tratase de un valioso tesoro. El amo solicitó al cisne que entonara una bella canción
para entretener al público. Ante esto, el cisne permaneció impávido, generando molestia
e ira en el amo.

Los años pasaron y el amo siempre pensó que había malgastado su dinero en la bella
ave. No obstante, una vez el cisne se sintió viejo y cansado, entonó una maravillosa
melodía.
Al escuchar el canto de la melodía, el amo comprendió que el cisne estaba a punto de
morir. Reflexionando sobre su comportamiento, el amo entendió su error al intentar
apurar al animal a cantar cuando éste era joven.

Moraleja: nada en la vida debe ser apurado. Todas las cosas llegan en el momento
más oportuno.

El enfermo y el doctor

En un hospital se encontraba internado un enfermo cuya salud decaía con el pasar de


los días. Éste no veía mejoras en su estado.

Un día, el Doctor que le revisaba se encontraba dando sus habituales rondas. Al entrar
en la habitación del paciente le preguntó a éste qué le aquejaba.

El enfermo sin dudarlo respondió que estaba sudando más de lo normal. Ante esto el
Doctor dijo:

– Todo parece normal. Estás bien.

Al día siguiente, el Doctor volvió a visitar al paciente. Éste indicó que se encontraba
más enfermo que el día anterior, y que tenía mucho frío. Ante esto el Doctor respondió:

– No pierdas la paciencia, todo está bien.

Pasaron algunos días y el Doctor volvió a visitar al enfermo. Éste, visiblemente


desmejorado, volvió a indicar que se encontraba más enfermo y no conseguía conciliar
el sueño. El Doctor respondió nuevamente:

– Estás bien.

Al retirarse el Doctor de la habitación, escuchó al enfermo decir a sus familiares:


– Creo que me voy a morir de estar bien, pero cada día estoy peor.

Ante esto, el Doctor sintió vergüenza y entendió que debía prestar más atención a las
necesidades de sus pacientes.

Moraleja: hay profesiones que requieren de constancia y disciplina. Es importante


preocuparse por otros y escuchar sus necesidades, para evitar jugar con sus vidas y
bienestar.

El gato y el cascabel

En una casa de una gran urbe vivía un gato grande y consentido por sus dueños. Dicho
gato tomaba toda la leche que gustaba, y sus amos le consentían y cuidaban,
esforzándose por darle todo lo que quisiera.

El gato tenía una confortable cama para él solo, y pasaba sus días persiguiendo a un
grupo de ratones que también vivían en la casa. Cada vez que uno de estos ratones se
asomaba para tomar algo de alimento, el gato aparecía y ferozmente le cazaba.

Los ratones eran atosigados por el gato de tal manera que ya no podían salir de su
ratonera para conseguir alimento.

Un día, los ratones se reunieron para buscar una solución a sus problemas. Tanto los
niños como los jóvenes y los viejos deliberaron infructuosamente en busca de
soluciones.

Hasta que un joven ratón propuso una alternativa que a todos gustó: ponerle un
cascabel al gato para así saber cuándo merodeaba fuera de la ratonera.

Todos los ratones vitorearon y acordaron que ésta era la mejor alternativa. Hasta que
uno de los ratones más viejos preguntó:

– ¿Quién se encargará de poner el cascabel en el gato?


Inmediatamente todos los ratones se desanimaron, puesto que no apareció ningún
voluntario.

Se dice que hasta el día de hoy los ratones pasan las tardes deliberando quién se
encargará de la temeraria labor, mientras que la comida continúa escaseando.

Moraleja: a veces las mejores soluciones vienen acompañadas de grandes sacrificios.

El adivino

En la plaza pública de un pueblo, un adivino se encargaba de leer la fortuna de quienes


le pagaban por ello. De un momento a otro, uno de sus vecinos se acercó para contarle
que la puerta de su casa había sido rota y que sus pertenencias habían sido robadas.

El adivino se paró de un brinco y corrió hacia su casa para ver qué había sucedido.
Sorprendido al entrar en su morada vio que ésta se hallaba vacía.

Uno de los testigos del evento entonces preguntó:

– Tú, que siempre estás por ahí hablando del futuro de los otros, ¿por qué no predijiste
el tuyo?

Ante esto, el adivino se quedó mudo.

Moraleja: el futuro no puede ser previsto. No hay que confiar en aquellos que dicen
que pueden predecir lo que va a pasar con nuestras vidas.

El zapatero y el hombre rico

Existía hace muchos años un zapatero laborioso, cuya única labor y entretenimiento
consistía en arreglar los zapatos que sus clientes le llevaban.
Tan feliz era el zapatero que a sus clientes cobraba poco o nada, ya que arreglaba los
zapatos por placer. Esto hacía del zapatero un hombre pobre, sin embargo, cada vez
que terminaba un encargo, lo entregaba sonriente y se iba a dormir plácidamente.

Era tal la felicidad del zapatero que pasaba las tardes cantando, cosa que molestaba a
su vecino, un hombre rico.

Un día, el hombre rico, embargado por la duda, decidió abordar al zapatero. Se


encaminó hacia su humilde residencia y parado en el sencillo pórtico preguntó:

– Dígame usted, buen hombre, ¿cuánto dinero produce al día? ¿es el dinero lo que causa
so desbordante felicidad?

El zapatero respondió:

– Vecino, la verdad es que soy muy pobre. Con mi trabajo solo obtengo unas cuantas
monedas que me ayudan a vivir con lo justo. No obstante, la riqueza no significa nada
en mi vida.

– Eso me imaginé – Dijo el rico. Vengo a contribuir con su felicidad.

De esta manera, el hombre rico le entregó al zapatero un saco lleno de monedas de


oro.

El zapatero no terminaba de creer lo que estaba sucediendo. Había dejado de ser pobre
en segundos. Luego de agradecerle al rico, tomó el saco de monedas y lo guardó con
recelo bajo su cama.

Este saco de monedas cambió la vida del zapatero. Al tener algo que cuidar con recelo,
su sueño se volvió inestable y temía que pudiese entrar alguien a su hogar a robar el
saco de monedas.
Al no dormir bien, el zapatero ya no tenía la misma energía para trabajar. Ya no cantaba
de felicidad y su vida se volvió agotadora. Por esta razón, el zapatero decidió devolver
al hombre rico el saco de monedas.

El hombre rico no daba crédito a la decisión del zapatero, por lo que le preguntó:

– ¿Acaso no disfruta usted de ser rico? ¿Por qué rechaza el dinero?

El zapatero pausadamente respondió:

– Vecino, antes de tener ese saco de monedas, yo era realmente feliz. Todos los días
me levantaba cantando después de dormir plácidamente. Tenía energía y disfrutaba mi
trabajo. Desde que recibí este saco de monedas, dejé de ser el mismo. Vivo preocupado
por cuidar el saco y no tengo tranquilidad para disfrutar de la riqueza que se encuentra
en él. Sin embargo, agradezco su gesto, pero prefiero vivir siendo pobre.

El hombre rico se sorprendió y entendió que la riqueza material no es fuente de felicidad.


También entendió que la felicidad se compone de pequeños detalles y cosas que muchas
veces pasan desapercibidas.

Moraleja: aquello que realmente nos puede hacer felices no es el dinero o las
posesiones materiales. La vida se compone de pequeños detalles y situaciones que nos
pueden hacer felices, aun cuando no tenemos dinero.

El toro y las cabras

En una verde pradera vivían un toro y tres cabras. Estos animales habían crecido juntos
y eran verdaderos amigos. Todos los días el toro y las cabras jugaban y disfrutaban de
la pradera.

Era normal que estos cuatro amigos jugaran, sin embargo, para un perro viejo y
vagabundo que rondaba por la misma pradera, esta escena resultaba extraña. Las
experiencias de la vida del viejo perro le impedían entender cómo aquellas cuatro
criaturas podían ser amigas y llevarse bien entre sí.

Un día, el perro confundido decidió acercarse al toro y preguntarle:

– Señor toro, ¿cómo es que un animal tan grande y fuerte como usted puede pasar los
días jugando en la pradera con tres pequeñas cabras? ¿No ve usted que esto puede
resultar extraño para los demás animales? Este juego puede afectar su reputación. Los
demás animales van a pensar que usted es débil y por eso se relacionan con esas tres
cabras.

El toro meditó sobre las palabras del perro, sin querer convertirse en el hazmerreír de
los demás animales. Él quería que su fuerza no fuera subestimada. Por esta razón,
decidió alejarse de las cabras, hasta que dejó de verlas.

El tiempo pasó, y el toro se sentía solo. Echaba en falta a sus amigas cabras, ya que
para él ellas eran su única familia. Ya no tenía con quien jugar.

Al meditar sobre sus emociones, el toro entendió que había cometido un error grave.
Se había dejado llevar por lo que otros pudieran pensar, en vez de hacer aquello que le
nacía. De esta forma, se dirigió hacia sus amigas cabras y les pidió disculpas.
Afortunadamente, hizo esto a tiempo y las cabras le perdonaron.

El toro y las cabras siguieron jugando todos los días y fueron felices en la pradera.

Moraleja: debemos hacer aquellos que nos nace y dicta nuestra conciencia y corazón,
sin importar lo que otros puedan pensar sobre nuestras decisiones.

La mula vanidosa

Había dos mulas de carga que trabajaban para diferentes amos. La primera mula
trabajaba para un campesino y se encargaba de llevar pesadas cargas de avena. La
segunda mula trabajaba para el rey y su labor consistía en llevar cuantiosas sumas de
monedas de oro.

La segunda mula era sumamente vanidosa y orgullosa de su carga. Por esta razón,
caminaban altanera y haciendo ruido con las monedas que llevaba. Tanto ruido hizo un
día que, unos ladrones se percataron de su presencia y le atacaron para robar su carga.

La mula se defendió con fuerza, hasta perder su carga y terminar gravemente herida.
Al caer sobre el suelo adolorida y triste, preguntó a la primera mula:

– ¿Por qué me pasó esto? ¿por qué esos ladrones robaron mi carga?

Ante este cuestionamiento la otra mula respondió:

– A veces lo que parece un gran trabajo no lo es. Es mejor pasar desapercibido para no
despertar la envidia de otros.

Moraleja: es mejor ser discreto que vanidoso cuando se tiene algo de gran valor.
Muchas personas pueden sentirse envidiosas cuando se habla mucho de lo que se tiene.

El elefante y el león

En la selva todos los animales le rendían culto al león como su rey. Veían en él una
figura fuerte, valiente, fiera y elegante. No les importaba que llevara muchos años
gobernándoles.

Sin embargo, algo que todos los animales de la selva no conseguían entender era que,
al lado del tenaz león siempre se encontraba un viejo y lento elefante. Cada animal de
la selva ardía en deseos de estar al lado del mandatario en lugar del elefante.

El rencor y los celos de los animales fueron gradualmente creciendo. Un día todos los
animales decidieron hacer una asamblea para que el león eligiese a un nuevo
compañero.
Una vez inició la asamblea, la zorra tomó la palabra:

– Todos pensamos que nuestro rey es increíble, no obstante, coincidimos en que no


tiene un buen criterio para escoger amigos. Si hubiese elegido a una compañera astuta,
hábil y hermosa como yo, esta asamblea no tendría lugar ni sentido.

Después de la zorra continuó el oso:

– No me cabe en la cabeza cómo nuestro rey, un animal tan imponente, puede tener
como amigo a un animal que carece de garras grandes y fuertes como las mías.

Ante los comentarios de los demás, el burro por su parte señaló:

– Yo entiendo perfectamente lo que está pasando. Nuestro rey eligió al elefante como
su amigo porque tiene unas orejas grandes como las mías. No me eligió a mí primero
porque no tuvo el placer de conocerme antes que al elefante.

Tal fue la preocupación de todos los animales por reconocer sus cualidades sobre las
del elefante, que no consiguieron ponerse de acuerdo y jamás lograron entender que el
león prefería al elefante por su humildad, sabiduría y modestia.

Moraleja: los valores como la humildad, el desinterés y la modestia pueden hacer que
las cosas más valiosas de la vida vengan por sí solas. La envidia es una pésima
consejera.

El guepardo y el león

Una vez, los animales de la sabana estaban un poco aburridos y decidieron buscar
maneras de divertirse.

Unos fueron a los pozos a saltar en el agua, otros se pusieron a trepar árboles, pero el
guepardo y el león, aprovecharon la ocasión para probar sus cualidades frente a todos
y decidieron hacer una carrera.
– ¡Atención! Si queréis entretenimiento aquí está: seremos testigo de una carrera de
velocidad entre el león y el guepardo. ¿Quién ganará? Acercaos y lo sabréis en minutos.

Entonces los animales se animaron y se acercaron curiosos. Murmuraban entre ellos


sobre cuál era su favorito y por qué.

– El guepardo es veloz. La victoria es suya – decía la jirafa.

– No estés tan segura amiguita. El león también corre rápido – le respondía el


rinoceronte.

Y así cada cual abogaba por su candidato. Mientras tanto, los corredores se preparaban
para la competencia.

El guepardo, se estiraba y calentaba sus músculos. No estaba nervioso sino que se


preparaba para dar un gran espectáculo y dejar clara su ventaja sobre el león.

Por su parte, el león solo se sentó a observar el horizonte y a meditar. Su esposa, la


leona, se le acercó y le preguntó:

– Querido, ¿qué haces aquí? La chita está poniéndose a tono para la competencia y tú
solo estás aquí sentado con la mirada perdida. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?

– No, mujer. Tranquila. Estoy meditando.

– ¿Meditando? A segundos de una carrera con el animal más veloz de la sabana, ¿tú
meditas? No te entiendo querido.

– No tienes que entenderme cariño. Yo ya preparé mi cuerpo para esta carrera durante
todo este tiempo. Ahora, necesito preparar mi ánimo.
El clan de los elefantes mayores, fueron quienes prepararon la ruta y marcaron las
líneas de salida y de meta. Los suricatos serían los jueces y un hipopótamo daría la
señal de salida.

Llegó el momento y los corredores se pusieron en posición:

– En sus marcas- comienza a decir el hipopótamo- listos…¡fuera!

Y arrancaron a correr el león y el guepardo, quien enseguida tuvo la ventaja.

Los competidores se perdieron rápidamente de vista de los animales ubicados al


principio de la pista.

La victoria parecía ser del guepardo, pero al minuto de haber empezado, dejó de ser
tan veloz. El león seguía corriendo a su ritmo pero cada vez estaba más cerca de
alcanzarla, hasta que al fin la superó y allí aumentó la velocidad y le ganó.

Moraleja: No por ser más veloz, ganas una carrera. A veces, basta con utilizar tus
energías de una forma inteligente.

La hormiga, la araña y la lagartija

Había una vez, en una casa de campo donde habitaban muchos animales de distintas
especies, una araña y una lagartija.

Vivían felices en sus labores; la araña tejía hermosas y enormes redes mientras la
lagartija mantenía lejos de la casa a los insectos peligrosos.

Un día, vieron un grupo de hormigas trabajando recogiendo cosas. Una de ellas las
dirigía y les ordenaba a dónde ir a buscar la carga y por cuál ruta debían llevarla hasta
su casa.

Extrañadas por los visitantes, la araña y la lagartija se acercaron a la hormiga:


– Hola. ¿Quiénes son ustedes y qué hacen aquí?- se adelantó a preguntar la araña.

– Sí, ¿quiénes son?- le apoyó la lagartija.

– Hola. Perdonen el descuido. Somos las hormigas y estamos de paso, buscando comida
para prepararnos para el invierno. Espero que no estemos molestando.

– No exactamente, pero es extraño verlas aquí. Este terreno ha estado solo para
nosotras desde hace mucho y…

– Y no nos gusta el escándalo ni que dejen suciedad en esta zona. Nuestro trabajo es
mantener a los insectos alejados de aquí- dijo la lagartija con tono de cierta molestia.

– ¡Oh perdonen! De verdad que no es nuestra intención molestarlas. Insisto: estamos


de paso preparándonos para el invierno.

– Pues yo no sé si lloverá, lo que sé es que les agradezco que terminen rápido con su
labor y se vayan a su casa. Aquí ya estamos completos- sentenció la lagartija y se fue
por los matorrales velozmente.

La araña, algo incómoda por el mal humor de su vecina, también se fue a sus aposentos.
Antes, le advirtió a la hormiga sobre su naturaleza insectívora.

La hormiga se quedó pensando: “¡Pero qué gruñones! La lagartija quiere su espacio y


la araña nos puede comer. Creo que es mejor que huyamos”.

Entonces volvió a su puesto y ordenó la retirada a sus compañeras.

Esa noche llovió a cántaros y mientras las hormigas estaban en su casa con refugio
seguro y comida abundante, la araña y la lagartija temblaban de frío y pensaban en
que por estar discutiendo no habían guardado comida en sus despensas.
Moraleja: Debemos ser abiertos con lo nuevo y lo diferente porque no sabemos si ahí
podemos encontrar o aprender algo para nuestro bien.

Los perros y la lluvia

Había una vez una casa grande en la que vivían varios perros: Negrita, Blani, Estrellita
y Radio. Vivían felices corriendo por los patios, jugando y haciendo travesuras, pero
casi a ninguno lo dejaban entrar a las casas.

Solo Estrellita tenía permiso de hacerlo, por ser la más pequeña y consentida.

Al llegar el invierno, todos buscaban refugio porque el frío les helaba todo el cuerpo.
Estrellita se burlaba de ellos desde la comodidad de su camita dentro de la casa.

El invierno pasó y el sol radiante iluminaba todo. Los días eran perfectos para jugar al
aire libre.

Los perros salieron contentos a correr y Estrellita también quiso acompañarlos pero
ellos le dijeron:

– No queremos jugar contigo Estrellita. Sabemos que no es tu culpa que te permitieran


entrar a ti sola a la casa durante las lluvias, pero no tenías derecho a burlarte de
nosotros que nos moríamos de frío.

Y Estrellita, se entristeció y se acurrucó en su cómoda camita. Sola.

Moraleja: Los buenos amigos no se burlan de las dificultades de los demás. Intentan
ayudarlos.

La abeja y el fuego

Había una vez una abejita que siempre visitaba un jardín lleno de girasoles. La abejita
se pasaba las tardes conversando con los girasoles más pequeños.
En su casa, le decían que el jardín era para polinizar, no para conversar. Pero ella sabía
que podía hacer ambas cosas. Y le encantaba.

Sus amigos girasoles eran divertidos y siempre hablaban de cuánto admiraban el sol.
Un día, quiso darle una sorpresa a los girasoles y se fue a buscar un cerillo encendido.

Con gran esfuerzo encontró uno en un basurero y se las ingenió para encenderlo en la
estufa de una casa en la que siempre olvidaban cerrar las ventanas.

Con todas sus fuerzas llegó al jardín y cuando estaba cerca de sus amigos, se le cayó
el cerillo. Afortunadamente, se encendió el riego automático porque era justo la hora
de regar el jardín.

La abejita casi se desmaya del susto y sus amigas también.

Moraleja: por muy buenas que sean tus intenciones, siempre debes calcular los riesgos
de tus acciones.

Tilín el desobediente

Había una vez un caballito de mar llamado Tilín, que tenía un amigo cangrejo llamado
Tomás. Les encantaba pasar las tardes jugando juntos y visitando arrecifes.

Los padres de Tilín le habían dicho siempre que tenía permiso para jugar con su amigo
cangrejo, siempre que no saliera a la superficie.

Un día, le ganó la curiosidad y le pidió a Tomás que lo llevara a la orilla. Este se negó a
llevarlo pero Tilín insistió.

El cangrejo accedió pero con la condición de que solo fueran hasta una roca por un
momento y regresaran enseguida.
Así lo hicieron, pero cuando subieron a la roca, no se dieron cuenta que una lancha de
pescadores venía del otro lado y cuando los vieron lanzaron su red.

Tilín sintió que algo le tiró muy fuerte hacia abajo y se desmayó. Cuando despertó,
estaba en su cama con sus padres. Al ver que despertaba Tilín, ellos suspiraron de
alivio.

Lo siento mamá y papá. Solo quería ver la superficie una vez. Sentir el aire de allá
arriba. ¿Qué pasó con Tomás? -dijo Tilín.

Lo siento Tilín. Él no pudo escapar- respondió su mamá con la cara triste.

Moraleja: es mejor obedecer a los padres porque tienen más experiencia y


conocimientos.

El zorro irresponsable

Érase una vez Antonie, un zorrito que iba a la escuela en el bosque.

Un día la maestra les asignó una tarea que consistía en tomar del bosque 5 ramitas
durante 10 días y hacer con ellas una figura.

Al final de los 10 días, todos expondrían sus figuras. La mejor escultura ganaría un
regalo.

Todos los zorritos salieron hablando de lo que pensaban hacer; unos harían la torre
Eiffel, otros un castillo, otros grandes animales. Todos se preguntaban cuál sería el
regalo.

Los días pasaban y aunque Antonie decía que estaba avanzando en su tarea, la verdad
era que no había empezado siquiera.
Todos los días al llegar a su madriguera, se ponía a jugar con lo que encontrara y a
pensar en cuánto le gustaría comerse un pastel de moras.

Faltando un día para la entrega, la maestra le preguntó a los zorritos sobre sus avances
con la tarea. Uos decían que ya habían terminado y otros que ya casi.

La maestra les dice:

Me alegra mucho oír eso niños. El que haga la escultura más bonita, se llevará este rico
pastel de moras.

Era el pastel con el que Antonie soñaba. Al salir de la clase, Antonie corrió a su
madriguera y en el camino tomó tantas ramas como pudo.

Llegó y comenzó a realizar su proyecto pero ya era muy poco el tiempo que le quedaba
y no logró hacer su tarea.

Al llegar a su clase el día de la presentación, todos los demás llevaban bonitas obras
menos Antonie.

Moraleja: Cuando pierdes tiempo por pereza, no puedes recuperarlo y podrías perder
buenas recompensas.

La carrera de perros

Érase una vez una carrera de perros que se celebraba cada año en un pueblito remoto.

Los perros debían correr un tramo de mil kilómetros. Para lograrlo, solo se les daba
agua y tenían que sobrevivir con lo que pudieran encontrar.

Para la gente de los demás poblados, esta carrera era la más complicada del mundo.
Llegaba gente de todas partes del mundo a poner a prueba a sus canes.
En una ocasión, se presentó a la carrera un perro flaco y viejo. Los demás perros se
reían y decían:

Ese perro viejo y flaco no aguantará y se desmayará a los pocos metros.

El perro flaco les respondio:

“Quizá sí, quizá no. Quizá la carrera la gane yo”.

Llegó el día de la carrera y, antes de la voz de partida, los perros jóvenes al viejo le
decían:

“Bueno viejo, nos llegó el día, por lo menos tendrás la dicha de decir que en esta carrera
participaste un día”.

El perro viejo sin inmutarse respondió:

“Quizá sí, quizá no. Quizá la carrera la gane yo”.

Salieron los perros al escuchar la voz de partida, los veloces pronto tomaron la
delantera, detrás iban los grandes y los fuertes, todos a la carrera.

El perro viejo iba el último.

Al cabo de los primeros tres días, los veloces se desmayaron por agotamiento y falta de
comida. Siguió así la carrera y los perros grandes, al viejo le decían:

Viejo los rápidos se salieron ya. Es un milagro que sigas en pie, pero eso no significa
que a nosotros nos ganés.

El perro viejo como siempre, muy tranquilo respondió:

“Quizá sí, quizá no. Quizá la carrera la gane yo”.


Pronto los perros grandes se agotaron; por su gran tamaño toda el agua se acabaron,
y de la carrera fueron sacados.

Finalmente quedaban los fuertes y el perro viejo. Todos estaban sorprendidos porque
el perro viejo iba cada vez más cerca de los fuertes.

Ya casi al final de la carrera los perros fuertes sucumbieron y decían: “¡No puede ser!
Ahora dirán que todos los perros, fuertes, grandes y jóvenes, ante un viejo cayeron”.

Solo el perro viejo la meta logró cruzar. y al lado de su amo fue feliz a celebrar.

Moraleja: Si te concentras en la meta y eres consecuente, puedes conseguir lo que


quieres.

El gallo puntual

¡Kikirikiii!

Cantó el gallo a las 5 de la mañana, como era su costumbre.

Su canto marcaba el inicio de la faena en la granja; la señora va a la cocina para


preparar el desayuno, su esposo va al campo a recoger la cosecha del día y los chicos
se alistan para ir a la escuela.

Al ver esto todos los días, un pollito le pregunta a su papá gallo:

Papi ¿por qué todos los días cantas a la misma hora?

Hijo, canto a la misma hora porque todos confían en que yo cumpla con mi trabajo y
los despierte. Así todos pueden cumplir sus labores con puntualidad.

Otro gallo que pasaba por allí, escuchó la conversación y le dice al pollito:
Tu papá se cree importante, pero no es cierto. Fíjate, yo canto cuando quiero y no pasa
nada. Él por gusto propio canta todas las mañanas.

El papá gallo dijo:

¿Eso crees? Hagamos algo: mañana cantas tú a la hora que quieras, pero te quedas en
el poste después de cantar.

¿Es un reto? – dijo el envidioso gallo.

Sí, eso es- le afirmó el papa gallo.

Al día siguiente, según lo planeado, el otro gallo cantó en el poste, pero esta vez no fue
a las 5 de la mañana, sino a las 6:30.

Todos en la casa se levantaron como locos; corrieron atropellándose unos con otros,
malhumorados. Todos iban retrasados a sus labores.

Ya listos, salieron todos, pero antes de irse, el señor de la casa agarró al gallo que aún
seguía en el poste y lo encerró como represalia por haberlo despertado tarde.

Moraleja: No menosprecies el trabajo ajeno por insignificante que parezca. Además,


es importante ser puntual.

El caballo presumido

Un día llegó un campesino a la tienda del pueblo en busca de un animal de carga que
lo ayudara a transportar las herramientas para el campo.

Habiendo visto a todos los animales que el tendero le ofrecía, el campesino procedió a
cerrar el trato en el interior de la oficina de la tienda.
En el establo, los animales quedaron ansiosos esperando enterarse por cuál de ellos se
había decidido el campesino.

Un caballo joven les decía a todos:

“Listo yo ya me voy, el campesino me elegirá, soy el más joven, bello y fuerte aquí así
que mi precio él pagará”.

Un caballo viejo que allí se encontraba le dice al joven:

“Cálmate chico que con ser tan presumido, no ganarás nada. Al cabo de unos minutos,
entraron el campesino y el vendedor. Llevaban dos cuerdas en mano y enlazaron a dos
borriquitos.

El caballo relinchando fuerte decía:

“¿Qué pasó aquí? Pensé que a mi era al que elegirían”.

Los caballos más viejos, al joven con risas le decían:

“Mira chico, al campesino solo le importaban animales para el trabajo no un animal bello
y joven”.

Moraleja: Ser presumido solo puede hacerte quedar mal.

El loro y el perro

Había una vez un loro y un perro que se cuidaban entre si.

El loro daba compañía al perro y al hablar mucho le entretenía. Por su parte, el perro
protegía al loro de otros perros que se lo querían comer.
Sin embargo, el loro a veces hablaba demasiado, y seguía haciéndolo aunque el perro
le pedía que se callase para dejarlo dormir.

Un día el loro estuvo hablando desde la mañana hasta la noche, incluso cantó varias
canciones mientras el perro intentaba dormir. Al final el perro dejó de intentar dormir
y se quedó despierto sin poder hacer nada.

A la mañana siguiente el loro se despertó, empezó a hablar, pero se dió cuenta que el
perro ya no estaba para escucharle. Se había ido, seguramente porque así le dejaría
descansar. Prefería estar solo que mal acompañado.

Moraleja: No hay que molestar a nuestros amigos. Intenta tratarlos bien para que
quieran estar a tu lado.