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TRATADO

DE LOS DELITOS

Y DE LAS PENAS,

ESCRITO EN ÍTALIANO

POR EL MARQUES DE BECARIA,

JT TRADUCIDO AL CASTELLANO

POR DON JUAN RIVERA.

MADRID: AÑO 1821.


IMPRENTA DE D. FERMIN VILLALPANDO,
IMPRESOR DE CÁMURA BE S. M.
- - !

i í
; ; , III
ADVERTENCIA -

DEL TRADUCTOR.

J2j l tratado de los delitos y de las penas


escrito por el marques de Becaria , ha pro
ducido una revolucion mas ó menos lenta
en las diferentes partes de la jurispruden
cia criminal , segun la disposicion de los
pueblos que han podido aprovecharse de las
sabias reformas que se proponen en esta
obrita apreciable : y aun cuando el error,
la preocupación y el interes han impedido
que se logre todo el fruto que debía esperar
se de las admirables teorías del autor , y de
los sentimientos de humanidad y beneficen
cia que respira un escrito destinado esencial
mente á mejorar la suerte de los hombres,
mejorando las instituciones sociales mas im
portantes , sin embargo es necesario con
fesar que aun en las naciones menos ilustra
das se notaron desde luego ciertas modifica
ciones y alteraciones útiles en esta parte de
la legislacion , y ' se prepararon los ánimos
para recibir fácilmente las que debían ha
cerse en lo sucesivo.' - ~ '•
IV ADVERTENCIA
Nuestra nacion fue quizá la que menos
ventajas sacó de esta produccion literaria
que se difundió rápidamen. e por toda Eu
ropa desde el momento en que vio la luz
pública ; porque si bien se tradujo en aquel
tiempo al español , promoviendo este traba
jo un magistrado sabio y celoso 4 cuya me
moria y escritos pasarán á la posteridad
mas remota , no tardaron en reunirse las
dos potestades para apagar esta nueva luz,
como lo acostumbraban siempre que por me
dio de la imprenta se ponían de manífiesto
las verdades políticas que necesitan conocer
los pueblos para ser felices , y se revelaban
los abusos del poder.
La libertad de imprenta, de que feliz
mente gozamos, y que debe tener por único
objeto la ilustracion de los ciudadanos , y
no el detestable prurito de satisfacer pasio
nes y venganzas que deslvonran al hombre,
nos restituyó esta obra que en corto volumen
contiene las verdades mas útiles acerca de
la legislacion penal. Luego que se instaló el
gobierno representativo, se anunció una tra
duccion del Becar'va, que me ha parecido
podía mejorarse infinito , y he emprendido
este trabajo en obsequio del buen nombre del
autor y con el designio de ser útil á la pa
tria. El público, que ha visto la traduccion
anunciada en ésta corte el año 182. o,juzgará

1
DEt TRADUCTOR. V
si procedí con equivocacion en el concépto
que formé de ella , y decidirá hasta qué
punto se puede considerar como nueva la
que tengo el honor de ofrecerle.
Las Reflexiones,, ó sea el Juicio de un
célebre profesor acerca del mérito de este li
bro ; la respuesta del autor al escrito publi
cado , segun se cree , por un fraile dominico
con el titulo de Notas y observaciones sobre
el tratado de los delitos y de las penas ; y en
fin el comentario que escribió el traductor
francés acerca de los capí tulos mas esencia
les de la obra, ilustran suficientemente cual
quier posage oscuro que pudiera encontrarse
en el d scurso de ella; por lo cual hubiera
sido inutil tratar de esclarecerla con notas.
El que tenga cierto caudal de conocimien
tos comprenderá sin mucho trabajo el trata
do del marques de Bcearia , que está escri
to con estilo claro y sencillo, y con un mé
todo que facilita en gran manera la inteli
gencia de la obra. Es de advertir que el co
mentario que ahora se presenta al público^
falta en la traduccion publicada en 1820.
Por lo demás, las circunstancias en que
se anuncia esta obra traducida de nuevo,
no pueden ser mus intei esantes , pues de
biendo discutirse y aprobarse en las próxi
mas Cortes estraordinarias el código crimi*
nal, con los demás que forman un sistema
VI ADVERTENCIA
completó de legislacion , pudiera suceder
que los escelentes principios del autor del
Tratado de los delitos y de las penas , presen-
tados fielmente y sin la confusion y desór-.
den que se nota en la citada traduccion de
1820, diesen alguna luz para tan vasta y
útil empresa.
PRÓLOGO DEL AUTOR.

Doce siglos ha que un príncipe que rei


naba en Gonstantinopla dispuso que se hi
ciese una' coleccion de algunos restos de
las leyes de un pueblo antiguo y conquista
dor , las que mezcladas despues con los ri
tos de los Lombardos , quedaron , por de
cirlo asi , sepultadas bajo el fárrago volu
minoso de los comentarios hechos y publi
cados por un enjambre de intérpretes oscu
ros, cuyas decisiones debían ser muy poco
respetables por cuanto procedían de unos
hombres privados , cuyo estado no exigía
ni consagraba su trabajo. Esto es sin em
bargo lo que forma la tradicion de opinio
nes que una gran parte de Europa honra
todavía con el nombre de leyes , y lo que
autoriza el abuso tan funesto como constan
te de que Wa opinion de Carpzovlo , un uso
antiguo indicado por Claro , un suplicio en
que parece se complacía la bárbara imagi
nacion de un Farinaccio , vienen á ser las
reglas que se atreven á seguir tranquilamen
te los árbitros de la vida y hacienda de los
hombres ; los que deberían estremecerse al
VIII PRÓLOGO
egercer la autoridad que les está confiada.
Estas leyes , restos de los siglos mas bár
baros , son las que examino en la presente
obra, por lo que toca á la jurisprudencia
criminal. Me atrevo á exponer á los árbitros
de la felicidad publica los desórdenes que
nacen de ellas; y el vulgo impaciente y po
co ilustrado no será seducido por el estilo
con que las describo. Si me he entregado á
la ingénua averiguacion de la verdad, y no
he temido sobreponerme á las opiniones reí
cibidas, este feliz atrevimiento es un efec
to del gobierno suave é ilustrado del pais
en que vivo. La verdad agrada á los gran
des monarcas , á los bienhechores de la hu
manidad regida por sus leyes, y es apre
ciada de ellos especialmente cuando la pre
senta con toda claridad un filósofo descono
cido y oscuro, y la pinta, no con los ras
gos del fanatismo , sino con los colores del
amor del bien , y de aquel celo puro que so^
lo se exaspera .contra la fuerza tiránica ó
contra la intriga insidiosa, pero que sabe
contenerse siempre dentro de los límites de
la razon. „• . , , .¡ ,, ; u;
Cualquiera que examine á fondo los
desórdenes que resultan de -nuestras leyes,
verá que siendo obra de los siglos pasados,
forman la censura y la sátira de ellos , m^s
bien que la del nuestro ó de sus legislado<
DEt AUTOR. IX
res. Si alguno pues quisiere honrarme con
su crítica, debe entender ante todas cosas
que el objeto de este Tratado no es dismi
nuir ó debilitar la autoridad, sino antes
bien aumentarla , como se conseguirá en
efecto si la opinion puede con los hombres
mas que la fuerza , y si la dulzura y la hu
manidad son cosas á propósito para consa
grar los derechos y el egercicio del poder.
Pero, como las críticas mal entendidas que
se han publicado contra, mí, estan funda
das en nociones confusas, me obligan á in
terrumpir por un momento las reflexiones
que dirigia á los lectores ilustrados, para
cerrar de una vez la boca á los que deján
dose llevar de un celo tímido, se apartan del
camino que deben seguir, y á los que por
malignidad y envidia derraman el veneno
de la calumnia sobre cualquiera que ama la
verdad y procura enseñarla á los hombres.
La revelacion, la ley natural y los
pactos facticios de la sociedad son las tres
fuentes de donde nacen todos los princi
pios morales y políticos qué gobiernan á
los hombres. Sin duda no se puede compa
rar la revelacion con la ley natural ó con
las instituciones sociales , en el sublime ob
jeto que se propone principalmente ; pero
vemos que concurre con ellas á asegurar
nuestra- felicidad temporal. Estudiar las di-
X PRÓLOGO
versas relaciones de las instituciones socia
les no es escluir las de la revelacion ni las
de la ley natural. Al contrario , como estos
preceptos inmutables, estos decretos ema
nados de la Divinidad misma han sido tan
corrompidos por la malicia de los hombres;
como las religiones falsas los han alterado
de tantos modos ; en fin , como han sido
reemplazados tan frecuentemente en el per
verso corazon de los humanos por nociones
arbitrarias de vicios y virtudes ; ha sido ne
cesario examinar , prescindiendo de cual
quiera otra consideracion , lo que nace pu
ramente de los pactos celebrados entre los
hombres, ya se hallen expresados estos pac
tos por leyes ya hechas , ya sea que la ne
cesidad y la utilidad comun supongan su es
tablecimiento. Este es el punto en que de
ben reunirse todas las sectas y todos los
sistemas de moral; y es imposible dejar de
alabar una empresa , cuyo objeto es obligar
al obstinado y al incrédulo á conformarse
con" los principios que' determinan á los
hombres á vivir en sociedad. •
Por consiguiente se pueden distinguir
tres clases de vicios y virtudes. La prime
ra pertenece á la religion, la segunda á
la ley natural , y la tercera á la ley polí
tica. Estas tres clases no deben estar jamas
en contradiccion unas con otras. Pero no
DEL AUTOR. XI
sucede lo mismo con las consecuencias - y
deberes que resultan de cada una de ellas.
La revelacion impone mas obligaciones que
la ley natural ; y ésta exige cosas que no
son ordenadas ó mandadas por las puras
instituciones sociales. Pero es muy impor
tante distinguir bien lo que se deriva de
estas instituciones , esto es , del pacto es
preso ó tacito que han hecho los hombres
entre sí ; porque los límites de este poder
son de tal naturaleza que se puede egercer :
legítimamente de hombre á hombre , sin
una mision especial del Ser supremo. Asi
es , que la idea de la virtud política pue
de considerarse como variable , sin que por
esto se la oscurezca: la de la virtud natu
ral seria siempre clara y se presentaría con
toda pureza , si las tinieblas de la debilidad
ó las nubes de las pasiones humanas no la
privasen alguna vez de su evidencia : la de
la virtud religiosa es siempre una , siempre
constante , porque emana inmediatamente
de la Divinidad que la reveló y la conser
va en toda su claridad y esplendor,
Se equivocaría pues cualquiera que atri
buyese principios contrarios á la religion
natural ó revelada , r al autor que no ha
tíatado mas que de los pactos sociales y de
sus consecuencias. ¿Cómo podía impugnar
una cosa de que no hablaba ? Tambien se-
XII PRÓLOGO
ría un error entender en el sentido de ffob-
bes lo que se dice del estado de guerra,
anterior al de sociedad. Este filósofo Je con
sidera como un estado que no supone nin
gun deber, ninguna obligacion anterior; y
yo le examino como una consecuencia de
la corrupcion de- nuestra naturaleza , y de
la falta de leyes expresas. En fin , seria
un error culpar al que investiga los resul
tados del contrato social , de que no ad
mite estos resultados antes del contrato
mismo. .. ,
La esencia de la justicia divina y de
la justicia natural es ser inmutable y cons
tante , porque las relaciones entre dos ob
jetos que no varían , son siempre unas mis
mas; pero no siendo la justicia humana ó
política mas que, una relacion entre la ac
cion y el estado de la sociedad , puede va
riar segun que la accion es útil ó necesa
ria á la sociedad misma ; y no es posible
conocer sus leyes sino por medio de la aná
lisis exacta de las relaciones complicadas y
variables que resultan de las combinacio
nes civiles. Cuando llegan á confundirse es
tos principios , que son esencialmente dis
tintos , ya no se puede discurrir con pre
cision acerca de las materias públicas. Es
propio del téologo fijar los límites de lo
justo y de lo injusto, Con respecto al fue
DEL AUTOR. XIII
ro interno , y en cuanto á la malicia ó bon
dad del acto en sí mismo ; pero correspon
de al publicista establecer las relaciones de
lo justo y de lo injusto considerado políti
camente , esto es , del mal ó del bien que
se ha hecho á la sociedad : y uno de es
tos objetos no puede jamas perjudicar al
otro, porque la virtud puramente política
debe ceder á la virtud inmutable, emana
cion sagrada de la Divinidad.
Repito pues , que si alguno quiere hon
rarme con su crítica, no empiece suponien
do que profeso principios destructivos de
la virtud ó de la religion , puesto que he de
mostrado cuán distante estoy de tener se
mejantes sentimientos ; que en vez de pin
tarme como incrédulo ó sedicioso , procu
re probar que soy mal lógico ó político
imprudente ; que no se estremezca cuando
me vea sostener los intereses de la huma
nidad ; que me convenza de la inutilidad
ó del peligro político de mis principios; y
en fin , que me muestre la ventaja que
resulta de las prácticas recibidas.
He dado un testimonio público de re
ligion , y de sumision á mi soberano , en
mi respuesta á las Notas y Observaciones x
ini presa á continuacion de este Tratado.
Seria inútil refutar en lo sucesivo semejan
tes escritos ; pero si se me impugna con la
XIV PRÓLOGO DEL AUTOR.
decencia que exige la buena educacion , y
con las luces suficientes para no obligar
me á probar los primeros principios, de
cualquier especie que sean , se hallará en
mí un amante pacífico de la verdad mas
bien que un autor obstinado en defenderse.
TABLA
De los capítulos del Tratado de los delitos
y de las penas.
A Pag.
dvertencia del traductor III.
Prologo del autor VII.
Introduccion
J. I. Origen de las penas 4.
J. II. Derecho de castigar $•
§. III. Consecuencias 7-
§. IV. De la interpretacion de las leyes 9.
§. V. Oscuridad de las leyes 13-
§. VI. Proporcion entre los delitos y las penas l¡.
§. Vil. Errores en la medida de las penas iü.
§. VIH, Division de los delitos 20.
§. IX. Del honor 23.
$. X. De los duelos ••' 26.
S. XI. De la tranquilidad pública 28.
§. XU. Objeto de los castigas 3°-
§. Xlll. De los testigos 3I-
§. XIV. De los indicios y de la forma de los juicios... 34.
§. XV. De las acusaciones secretas 37.
§. XVI. Del tormento.. 39.
$. XVII. Del fisco 48-
$. XVIII. De los juramentos 51.
§. XIX. De la prontitud de ios castigos 52.
§. XX. De las violencias 55.
§. XXI. De los castigos de los nobles — 56.
§. XXII. De los robos 58.
§. XXIII. De la infamia 59.
S. XXIV. De las gentes ociosas 61.
$. XXV. Del destierro y de las confiscaciones 63.
$. XXVI. Del espíritu de familia 64.
§. XXVII. De la suavidad de las penas 68.
$. XXVIII. De la pena de muerte 72.
J. XXIX. Dela prision 83.
$. XXX. Del proceso y de la prescripcion 87.
§. XXXI. De los delitos dificiles de probar 91.
§. XXXII. Del suicidio 96.
§. XXXI II. Del contrabando lor.
§. XXXIV. De los deudores. 104.
S. XXXV. De los asilos.... 107.
§. XXXVI. Del uso de pregonar la cabeza de los reos. 109.
$. XXXVH. De los delitos no consumados, de los com
plices y de la impunidad IIO,
§. XXXVIll. De las interrogaciones sugestivas y de las
deposiciones 114.
S. XXXIX. De una especie particular de delitos.... .116,
$. XL. Falsas ideas de utilidad 11S.
XVI
§. XLI. Delos medios de precaver los delitos izi.
§! XLII. De las ciencias 124.
§. XL1II. De los magistrados 128-
J. XL1V. Delas recompensas 129-
§. XLV. De la educacion I3°-
§. XCVI. Del perdon 131-
§. XLVH. Conclusion - -I33-
Juicio de un célebre profesor sobre el libro de los deli
tos y de las penas •>>i 134-
Respuesta á un escrito titulado: Notas y observaciones
sobre el libro de los delitos y de las penas 144.
PRIMERA PARTE.
Acusaciones de impiedad I48-
SEGUNDA PARTE.
Acusaciones de sedicion. 20""
TABLA.
De los capítulos del Comentario.
§. I. Con qué motivose escribid este comentario 231.
§.,1I. De los suplicios 233.
§. III. De las penas contra los hereges 234.
§. IV. Dela estirpacion de las heregías 238.
§. V. De las profanaciones 240.
§. VI. Indulgencia de los romanos en este punto 244.
§. VII. Del crimen de los predicantes. Digresion acerca
del famoso Antoine 247.
§. VIII. Historia de Simon Morino 250.
§. IX. De los hechiceros 252.
§. X. De la pena de muerte 254.
§. XI. De la egecucion de las sentencias 256.
§. XII. Del tormento ;...258-
§. XIII. De algunos tribunales sanguinarios 259.
§. XIV. Diferencia entre las leyes políticas y naturales.261.
§. XV. Del crimen de alta traicion. De Tito Oates y de
la muerte de Augustin de Thou 264.
§. XVI. De la revelacion en la confesion auricular. . .268.
§. XVII. De la moneda falsa 271.
§. XVIII. Del robo doméstico 272.
§. XIX. Del suicidio ....273,
§. XX. De una especie de mutilacion 275.
$. XXI. De la coniiscacion inherente á todos los deli
tos de que hemos hablado 277.
§. XXII. Del juicio criminal y de algunos trámites ju
diciales 280.
§. XXIII. Idea general de alguna reforma ......285.
TRATADO

DE LOS DELITOS

Y DE LAS PENAS.

INTRODUCCION.

La conducta ordinaria de los hombres es aban


donar á la prudencia del momento presente el
cuidado de arreglar las cosas de mayor impor
tancia , ó confiarle á aquellas personas , cuyo
interes consiste en oponerse á las leyes mas sa
bias ; como si se olvidasen de que las ventajas
que resultan de la institucion de la sociedad
deben ser iguales entre sus miembros ; pero
que hay en ella una tendencia continua á reu
nirías todas en el mas corto número , y que
solo las buenas leyes son capaces de resistir á
esta tendencia que está siempre en movimiento
para colocar en uu lado todo el poder y felici
dad , y en otro toda la debilidad y miseria. Sin
embargo , hasta que los hombres sucumben bajo
el peso de los males que los agovian , no pien
san en remediarlos , despues de haber pasado
por mil errores igualmente funestos á su vida
que á su libertad. El infortunio les abre los ojos,
y les presenta unas verdades palpables ; pero
por la mayor parte las ven de un modo super
ficial, y su gran sencillez es causa de que al
* TRATADO DE LOS DEUTOS
instante las pierdan de vista aquellas almas vul
gares , acostumbradas á no analizar nada , y á
recibir sin exámen todas las impresiones que
se les quieren dar. Las leyes no son, ó no de
berían ser mas que un pacto ó convenio cele
brado entre hombres libres : y si abrimos la
historia veremos que han sido casi siempre el
instrumento de las pasiones de un corto nú
mero, ú obra de la casualidad y de circuns
tancias momentáneas , y no de un juicioso ob
servador de la naturaleza , dedicado á dirigir
las acciones de la multitud al único qbjeto de
hacer participantes del mayor grado de felici
dad al mayor número de hombres. ¡Dichosas
las naciones que no han aguardado la lenta
revolucion de las vicisitudes humanas , ni han
tenido necesidad de llegar al esceso del mal
para encaminarse al bien , y cuya sábia previ
sion ha acelerado por medio de buenas leyes el
paso de una situacion á otra ! ¡ Dichoso el filó
sofo, digno de la gratitud del género humano,
que desde el retiro de un gabinete oscuro y
despreciado , se atrevió á esparcir las prime
ras semillas de las verdades útiles , infructífe
ras por tanto tiempo!
Al fin se han conocido las verdaderas re
laciones que hay entre los soberanos y sus súb
ditos ; el comercio ha adquirido nuevo vigor á
consecuencia de las verdades filosóficas , cuyos
rayos benéficos han encendido entrelas nacio
nes una guerra tácita de industria , la única
que la razon autoriza y la humanidad aprueba;
y estos son los frutos que ha producido la luz
que viene á ilustrar el siglo en que vivimos.
Vero se ha examinado y discutido muy poco la
•Y DE LAS PENAS. 3
crueldad de los castigos y la irregularidad de
los juicios criminales ,' parte de la legislacion
tan importante como descuidada y llena de os
curidad en casi toda la Europa. Muy raros son
los que han intentado disipar los errores de
muchos siglos , elevándose hasta los principios
fundamentales; oponer como un dique contra
el torrente del poder mal dirigido la eviden
cia de las verdades conocidas , y acabar con
los frecuentes y autorizados egemplos de una
atrocidad fria é insensible. ¡Y cómo no habeis
escitado la atencion de esas guias de las opi
niones humanas ! ¡oh fúnebres gemidos de los
infelices sacrificados á la cruel ignorancia ó á
la indolente riqueza! ¡tormentos que prodiga
inutilmente la barbarie por crímenes mal pro
bados ó quiméricos ! ¡aspecto espantoso de una
cárcel , cuyo horror se aumenta aún con el ma
yor suplicio de los miserables , que es la incer-
tidumbre ! El inmortal Montesquieü trató de
esta materia con rapidez. No he podido menos
de seguir las huellas luminosas de este grande
hombre , porque la verdad es una ; pero los fi
lósofos , para quienes escribo, sabrán distin
guir mis pasos de los suyos. ¡Dichoso yo, si
puedo merecer como él vuestra secreta gratitud!
¡oh discípulos oscuros y pacíficos de la razon,
y si logro escitar en las almas sensibles aquella
dulce emocion con q"ue responden á la voz de
los defensores de la humanidad !

*
4 TRATADO DB LOS DELITOS

§. L

Origen de las penas.


Libres y aislados sobre la haz de la tierra,
cansados de vivir en un estado de guerra con
tinuo , y fatigados con una libertad que venia
á ser inútil por la incertidumbre de conservar
la , sacrificaron los hombres una porcion de
ella por gozar la restante con paz y seguridad.
Para formar una sociedad se necesitaron con
diciones , y he aqui las primeras leyes. Todas
las porciones de libertad sacrificadas asi al bien
de cada uno, se reunen para componer la so
beranía de una nacion , depósito precioso,
cuyo conservador y dispensador legítimo es el
soberano. Pero no bastaba haber formado este
depósito ; porque es tal el espíritu despótico de
cada hombre en particular , que siempre dis
puesto á confundir las leyes de la sociedad en
su antiguo caos , no solo procura continuamen
te sacar de la masa comun la porcion de liber
tad que depositó en ella , sino que trata tam
bien de usurpar la de los demas : por lo cual
se necesitaba levantar un baluarte contra esta
usurpacion , y buscar motivos sensibles y bas
tante eficaces para reprimir este espíritu despó
tico. Halláronse estos en las penas establecidas
contra los infractores de las leyes. Digo que se
necesitaba buscar motivos sensibles , porque ha
probado la esperiencia que la multitud estaba
muy distante de adoptar máximas estables de
conducta. En el mundo fisico y moral hay una
tendencia continua á la disolucion , que obra
y DE LAS PENAS, 5
igualmente en la sociedad , y la destruiría muy
en breve , si no se presentasen á los ojos del
pueblo unos objetos sensibles , y siempre pre
sentes en el ánimo , para contrapesar la viva
impresion de las pasiones particulares , opues
tas esencialmente al bien general. Cualquiera
otro medio seria inútil , porque cuando son es
citadas las pasiones por los objetos presentes,
Ja elocuencia , la declamacion y las verdades
mas sublimes son para ellas un freno que no
las detiene , ó que rompen con mucha pron
titud.
§. II.

Derecho de castigar. . .

Todo castigo, cuya necesidad no es abso


luta , viene á ser tiránico (dice el gran Mon-
tesquieu): proposicion que se puede generali
zar mas, espresándola asi : Todo acto de auto
ridad egercido por un hombre sobre otro es tiráni
co, si no es absolutamente necesario. Por consi
guiente , el fundamento del derecho de castigar
es la necesidad de defender el depósito de la
seguridad pública contra las usurpaciones de
los particulares. Cuanto mayor es la libertad
que el soberano (en el cual reside este derecho)
conserva á sus súbditos , y cuanto mas sagrada
é inviolable es la seguridad pública , tanto mas
justas son las penas. Hallamos grabados en el
corazon humano los principios fundamentales
del derecho de castigar ; y ninguna ventaja du
rable se sacará de la política moral, si no tiene
por base los sentimientps indelebles del hombre.
Toda ley que se aparte de ellos habrá de éspe
6 TRATADO DE LOS DELITOS
rimentar una resistencia , á la cual cederá por
último. Asi , ' la fuerza mas pequeña 5 aplicada
de continuo , llega á destruir en un cuerpo el
movimiento mas violento.
Nadie ha hecho jamas en favor del bien pú
blico el sacrificio gratuito de una porcion de su
libertad; Estas quimeras son muy buenas para
figurar en las novelas. Considerándose cada in
dividuo como el centro de todas las combinacio
nes de'este universo , querría , si fuese posible,
no e<tar sujeto á ninguno de los pactos ó con
venios que obligan á ios demas. La multiplica
cion del género humano, mediana eti sí misma,
pero muy superior á los medios que ofrecia á
los hombres la naturaleza esteril y abandonada
para satisfacer las necesidades que iban esperi-
mentando en mayor número y con mayor va
riedad de dia en dia , obligó á los primeros sal-
vages á tratar de reunirse. Estas especies de
sociedades , ó por mejor decir , de aduares,
produgeron necesariamente otras que se forma
ron para oponerles resistencia , y el estado
de guerra en que se hallaba cada individuo se
transfirió <le este modo á las naciones. La nece
sidad pues fue la que obligó á los hombres á ce
der uiia parte de su libertad , y es bien seguro
que nadie quiere colocar en el depósito público
sino la párte mas pequeña que sea posible , esto
es , la qoe se necesita precisamente para mover
á. los demas á que tomen su defensa. Por consi
guiente la reunion de todas estas pequeñísimas
porciones de libertad es ia que constituye el de
recho de castigar : todo lo que se aparta de esta
base es abusivo é injusto * y debe considerarse
como poder de hecho y no de derecho- Observa
y DE LAS PENAS. 7
vé ademas que el derecho no dice contradiccion
con la fuerza, sino que antes bien la modifica
de la manera mas útil al mayor número; y aña
diré al mismo tiempo que solo entiendo por
Justicia el' lazo que une necesariamente los inte
reses particulares, sin el cual se separarían muy
luego , y nos veríamos reducidos al antiguo es
tado de, insociabilidad. Conforme á este princi
pio , todo castigo que pasa la raya de la necesi
dad de conservar este lazo , es de uua naturale
za injusta. Por lo demas , es necesario guardar
se de atribuir á la palabra justicia la idea de
una cosa real , como si digéramos de una fuer
za fisica ó de un ser existente ; pues no es mas
que un simple modo con que la conciben los
hombres , ó un acto de su entendimiento , de
que depende en gran parte la felicidad de cada
uno de ellos. No es mi ánimo hablar aqui de la
justicia de Dios , la cual tiene relaciones inme
diatas con los castigos y los premios de la vi
da futura.
§. III.

Consecuencias.

La primera consecuencia de estos principios


es que solo las leyes pueden fijar la pena de los
delitos , y que este derecho no puede residir
sino en la persona del legislador , como repre
sentante de toda la sociedad unida en virtud
del contrato ó pacto social. Siendo pues cada
magistrado una fraccion de la sociedad , ningu
no de ellos puede imponer con justicia una pe
na á otro miembro de la sociedad misma , si no
está anteriormente fijada por la ley ; porque esto
8 TRATADO DE LOS DELITOS
seria en efecto añadir un nuevo castigo al que
ya está determinado, lo que no debe autorizar
se con el celo ó con el pretesto del bien pú
blico.
Segunda consecuencia. Obligando el contra
to social igualmente á las dos partes , el lazo
que une á la sociedad con cada uno de sus
miembros no es menos fuerte que el que une
á éstos con aquella. Esta cadena que desciende
desde el trono hasta la cabana , y abraza á to
dos los hombres sin distincion de clases ni de
fortunas , no significa otra cosa sino que exige
el interes público que se observen los pactos úti
les al mayor número. Con uno solo que se per
mita violar , se abre la puerta á la anarquía (i):
de donde resulta que el soberano que represen?
ta la sociedad, solo puede hacer leyes generales,
cuya observancia obligue á todos ; pero que no
le toca juzgar si alguno las ha infringido. En
efecto , la nacion se dividiria entonces en dos
partes , una representada por el Soberano que
afirma haberse violado el contrato , y otra por
el acusado que lo niega. Es pues necesario que
haya un tercero que juzgue de la verdad del
hecho. Por consiguiente debe haber un magis
trado , cuyas sentencias inapelables no sean
masque una simple afirmacion ó negacion de
hechos particulares.

(i) La palabra obligacion es una de aquellas que se


usan con mas frecuencia tratando de materias morales que
de cualquiera otra ciencia ; y es un signo abreviado de un
raciocinio y no de una idea. En efecto, no se encon
trará ninguna que sea representada por esta palabra ; pe
ro haciendo un raciocinio , se ilustra y se entiende facil
mente lo que se quiere significar por ella. .. -. .
y DE LAS PBVAS. rp
Tercera consecuencia. No se puede negar
que la atrocidad de las penas es directamen.
te contraria al bien público, y al objeto mis
mo que se propone, que es el de impedir los
delitos Pero admitiendo por un momento que
solo sea inútil , no por eso dejará de oponer?
se á la razon ilustrada, madre de las virtu
des benéficas , y que trata de gobernar, ciu
dadanos felices mas bien que de dominar á es-,
clavos: agoviados bajo el. yugo de una cobar
de crueldad ; ni ofenderá menos á la justicia
y á la naturaleza misma del contrato ¿ocia!.
§. IV.
-í ' - ' ' ..... ! * • , '.• »
De la interpretacion de las leyes,
. :u iSz .... • •• • ,» i
Cuarta consecuencia. Careciendo los jueces
criminales de la cualidad de legisladores , no
tienen derecho alguno para interpretar las le
yes penales. No son las leyes una tradicion do
méstica , ó un testamento depositado por nues
tros ascendientes en manos de los magistrados
para que se egecute con. puntualidad ; sinp que
las reciben estos de la sociedad subsistente, ó
del soberano que la representa como legítimo
depositario del resultado actual de todas las vo
luntades reunidas. En electo ¿ cuál es el funda
mento de la autoridad real y fisica de las leyes?
>JLa obligacion de sostener convenios antiguos?
Pero estos son nulos , y no pueden obligar á
unos hombres que no existían; y son injustos,
porque degradan á estos haciéndolos pasar del
estado de una sociedad inteligente , al de un
vil rebaño privado de voluntad. La base pues
de esta autoridad es el juramento tacitamente
IO TRATADO DE LOS DELITOS
hecho al Soberano por todos los ciudadanos que
existen , y la' necesidad de reprimir y de diri
gir á un mismo, fin los intereses particulares,
que siempre están dispuestos con su fermenta
cion intestina á perjudicar al bien general.
¿Quién será, segun esto, el legítimo interpre
té db' las leyes? ¿El juez únicamente destinado
á examinar si un individuo las ha violado ó
no ; ó el soberano, depositario de las volunta
des actuales de toda la sociedad í En todo ne
gocio criminal debe el juez proceder en virtud
de un silogismo perfecto, cuya proposicion ma
yor es la ley general la menor la accion con
forme ó contraria á esta ley ; y la consecuen
cia la libertad ó el castigo del acusádd.'Todo
raciocinio que pase de esta linea , ya sea que el
juez le haga por su propia voluntad, 6 que se
le obligue á hacerle , abre la puerta á la incer-
tidumbre y ála oscuridad. i:
; Nada hay mas peligroso que el axioma reci
bido , de' que es necesario consultar el espíritu
de la ley. Esto es lo mismo que romper el dique
que servia para contener el torrente de la opi
nion : •principio que miro yo como una verdad
demostrada , aunque parezca una paradoja á la
mayor parte de los- hombres , en quienes hacen
una impresion mas viva los pequeños "desórde
nes momentáneos , que las consecuencias remo
tas, aunque funestas, de una máxima falsa es
tablecida en una nacion. Hay cierto' enlace en
tre todos nuestros conocimientos é ideas ; y
cuanto mayor es su complicacion , tantas mas
relaciones y resultados tienen. Cada hombre ve
las cosas á su modo; y las ve de distinta ma
nera segun las diferentes circunstancias en que
T DE LAS PENAS. II
se halla. Asi es,* que el espíritu de las leyes se
ria ei resultado de la buena ó mala lógica de
un juez^ no menos que de una buena ó mala di-
gesáoa ; y dependería del poco valimiento del
acusado , de la violencia de las pasiones del ma
gistrado, de sus relaciones con el ofendido, y
en fin de todas las causas que con tanta facili
dad transforman la apariencia de los objetos en
el ánimo inconstante del hombre. Veríamos que
la suerte de un ciudadano mudaba de semblan
te como muda de tribunales , y que la vida de
los desgraciados dependía de los falsos racioci
nios ó de la fermentacion actual de los humores
de un juez dispuesto en aquel momento á tener
por interpretacion legítima de la ley , el resul
tado vago de las nociones confusas que fluctuan
en su ánimo. Un tribunal mismo no castigaría
con igualdad los mismos delitos en diversos
tiempos , porque se dejaría llevar de la falaz ins
tabilidad de las interpretaciones , en vez de dar
oidos á la voz siempre constante de las leyes.
¿-Podrán compararse los funestos inconve
nientes de que acabo de hablar , con el desor
den momentáneo que resultará de la rigurosa
observancia de las leyes penales ? Quizá obli-
gará.á hacer en el texto de estas leyes alguna
variacion tan facil como necesaria ; pero á lo
menos impedirá aquellos raciocinios pernicio
sos que son un manantial emponzoñado de dis
cusiones arbitrarias y venales. Cuando se fije
la ley de modo que deba observarse literalmen
te^ cuando solo confie al magistrado el encar
go de examinar las acciones de los ciudadanos,
para decidir si son contrarias ó conformes á
ella ; en fin , cuando la regla de lo justo y de
IS TRATADO DR LOS DELITOS
lo injusto, brújula del ciudadano ignorante y
del filósofo, no sea un punto de controversia,
sino de hecho, no se verán agoviados los sub
ditos bajo el yugo de una multitud de tiranos
subalternos; ni tendrán que temer los efectos de
un despotismo dividido , mucho mas funesto
que el de uno solo, porque la crueldad de la
tiranía se aumenta en razon compuesta de los
obstáculos que encuentra, y no de la fuerza
que tiene la tiranía misma; mucho mas inso
portable , porque hay menos distancia entre el
opresor y el oprimido ; mucho mas permanen
te , porque no se haria mas que mudar de yu
go, siendo el despotismo de uno solo el único
remedio contra la tiranía dividida. Con leyes
penales egecutadas siempre literalmente , vivi
rá tranquilo el ciudadano á la sombra de la se
guridad pública ; gozará del fruto de la re
union de los hombres en sociedad , lo cual es
justo; y podrá calcular con exatitud los incon
venientes de una accion mala , lo cual es útil.
Convengo en que de este modo adquirirá cier
to espíritu de independencia; mas no por eso
dejará de conservar la debida sumision á los
magistrados y á las leyes*, y solo negará su
homenage á los que se han atrevido á dar el
sagrado nombre de virtud á la debilidad en
ceder á sus opiniones dictadas por el capricho
y el interes. Bien conozco que semejantes prin
cipios desagradarán á aquellos déspotas de se
gundo orden que se han arrogado el derecho
de hacer sentir á sus inferiores el peso de la
tiriaía que sufren ellos misinos; ni ignoro los
riesgos á que me expondria si el espíritu tiráni
co fuese compatible con la aficion á la lectura.
I
\
Y DE LAS PENAS. 13

. §. V.
Oscuridad de las leyes.
Si es un mal el interpretar las leyes , sin
duda lo será tambien el que sean oscuras , pues
entonces tendrán necesidad de interpretacion;
y este mal será mucho mayor, si no estan es
critas en lengua vulgar. En tal caso sucederá
que el pueblo haya de depender del corto nú
mero de los depositarios de la ley, la cual
vendrá á ser una especie de oráculo secreto,
siendo así que la suerte de la vida y liber
tad de los ciudadanos debería hallarse consig
nada en un libro que circulase entre todos
ellos y pudiesen entender facilmente. Tal es
sin embargo la costumbre establecida en casi
toda Europa, en esta parte del mundo tan
culta é ilustrada. ¿ Qué opinion habremos de
formar acerca de los hombres, si reflexiona
mos sobre este abuso ? Mucho mas persuasiva
es la elocuencia de las pasiones , sostenida por
la ignorancia é incertidutnbre del castigo. Pón
gase el texto sagrado de las leyes en manos
de todos, y será tanto menor el número de
delincuentes , cuanto mayor sea el de los hom
bres que le lean y entiendan. De estas últi
mas reflexiones resulta que sin un cuerpo de
leyes escritas , ninguna sociedad podrá tomar
una forma fija de gobierno , en que resida la
fuerza en el todo y no en las partes, y en
que siendo invariables las leyes , á no ser que
la nacion consienta en variarlas, jamas pue
dan alterarse por intereses particulares. La es-
periencia y la razen han mostrado cuánta pro
14 TRATADO DE LOS DELITOS
habilidad y certidumbre perdían las tradiciones
humanas al paso que se alejaban de su origen.
Sino existe pues un monumento estable del
contrato social ¿ cómo podremos esperar que
resistan las leyes el choque siempre victorioso
del tiempo y de las pasiones i
De aqui se infiere la grande utilidad de la
imprenta, de este descubrimiento admirable,
que pone en manos del público y no de algu
nos particulares el depósito sagrado de las le
yes, y ha disipado el espíritu de intriga y
cabala que no puede menos de desaparecer cuan
do brilla la luz de las ciencias, y que solo
finge despreciarlas porque las teme en efecto.
Si vemos adora en Europa menor número de
aquellos crímenes horrorosos que atemorizaban
á 'nuestros padres , y sino fluctuamos conti
nuamente , como nuestros antepasados , entre el
estado de esclavos y el de tiranos , es este uno
de los muchos beneficios que nos ha hecho la
imprenta. Abrase la historia de los dos ó tres
últimos siglos y la nuestra , y se verá que las
virtudes apacibles, la beneficencia, la huma
nidad y la tolerancia , han nacido en el seno
del lujo y de las comodidades de la vida. AI
,contrario ¿ cuáles fueron los efectos de lo que
sin razon se llama buena fé y sencillez anti
gua ? El pueblo no hallaba en la nobleza mas
que opresores y tiranos ; gemia la humanidad,
víctima de los furores de la implacable supers
ticion ; la ambicion y la avaricia inundaban
de sangre los palacios de los ricos y los tro
nos de los reyes ; solo se veian traiciones se
cretas y asesinatos públicos. En fia j ios mi
nistros de la verdad se atrevían á ofrecer á
Y DE LAS PENAS. 1$
los ojos del pueblo con manos bañadas en san
gre un Dios de paz y de misericordia. Ya que
se declame contra la pretendida corrupcion
de nuestro siglo, á lo menos no se le podrá
culpar de semejantes abominaciones.
§. VI.
Proporcion entre los delitos y las penas.

No solo interesa la sociedad en que no se


cometan delitos , sino en que sean estos mas
raros , "k . proporcion que violan mas las le
yes. Así es que la medida del freno que se
trate de ponerles debe ser el perjuicio que cau
san al bien público y los motivos que indu
cen á cometerlos. Por consiguiente debe ha
ber proporcion entre los delitos y Jas penas.
Inútil seria tratar de precaver todos los
desórdenes que nacen de la continua fermen
tacion de las pasiones humanas. Crecen estos
desórdenes en razon compuesta de la pobla
cion y del choque de los intereses particula
res con el bien público, al cual es imposible
dirigirlos siempre geométricamente. Es pues
necesario reprimir los mas peligrosos con las
penas mas severas , y reservar castigos mas
suabes á los menos importantes- Sobre todo
se debe tener presente que en la aritmética
política es preciso substituir el cálculo de las
probabilidades á la exactitud matemática, que
no puede verificarse en ella. Basta dar una
ojeada á la historia para ver que en los im
perios se aumentan y crecen los desórdenes
como la extension de sus posesiones. Debili
tándose pues en la misma proporcion el es
l6 TRATADO DE LOS DELITOS
píritu nacional, crecerá la propension al cri
men en razon d¿ la ventaja que encuentre ca- -
da uno en el desorden mismo ; y la necesidad
de agravar las penas seguirá la misma pro
gresion.
Una fuerza secreta , semejante i la gravi
tacion de los cuerpos, hace que nos dirijamos
siempre á nuestro bien estar, y solo se de
bilita en razon de los obstáculos que se le opo
nen. Todas las acciones de los hombres son un
resultado de esta direccion ó tendencia,; y los
castigos , á los cuales daré el nombre de obs
táculos políticos , impiden los funestos efectos
de su choque , pero sin destruir su causa , que
es inseparable de la humanidad. Semejante el
legislador á un hábil arquitecto , trata á un
mismo tiempo de disminuir las fuerzas destruc
tivas de la gravedad, y de reunir todas las
que pueden ser útiles para la solidez del edi -
licio.
Establecida la necesidad de la reunión de
los hombres, y supuestos los convenios que
resultan necesariamente de la oposicion misma
de los intereses particulares , hallaremos una
progresion decreceute de desórdenes, cuyo pri
mer término serán los crimenes que conspiran
á la destruccion de la sociedad, y el últi
mo la mas leve injusticia posible, cometida
contra uno de sus miembros. Los términos me
dios serán todas las acciones contrarias al bien
público, llamadas delitos, desde la mas cri
minal hasta la menos culpable. Esta progre
sion exigiría otra correspondiente de penas,
si fuese aplicable la geometría á cuantas com
binaciones oscuras pueden tener nuestras ac
Y DE LAS PENAS. 17
dones; pero al sabio legislador le bastará se
ñalar los grados de una y de otra , sin tras
tornar su orden. Dos progresiones como las
que acabo de indicar nos darian una medida
comun y probable de los grados de tiranía ó
de libertad , de humanidad o de perversidad
de cada nacion; é indicarían tambien los ver
daderos límites , fuera de los cuales no hay
accion alguna que pueda llamarse crimen ni
ser castigada como tal, á no ser por los que
encuentran en ello su interes particular. Si es-,
tuvieran fijados estos límites, no tendrian las
naciones una moral contraria á la legislacion;
no se verían en un mismo pais y en un mis
mo tiempo leyes directamente opuestas entre
sí ; la multitud de estas leyes no expondría al
hombre de bien á las penas mas severas ; las
palabras vicio y virtud no serian nombres
vanos; y en fin , la iucertidumbre de la exis
tencia de los ciudadanos , dejaría de producir
eu los cuerpos políticos un sueño letárgico y
mortal. Regístrense con ojos filosóficos los ana
les de las naciones, y sé verá que los nom
bres de vicio y virtud, de -buen ciudadano
y de delincuente han experimentado casi siem
pre la misma revolucion que los siglos , y han
cambiado como, elios ; -pero este cambio no es
conforme al que se egecuta en el estado se
gun lo exige el interes común , sino una con
secuencia de las pasiones y de los errores su
cesivos de los diferentes legisladores. Se ha
llará que las pasiones de un siglo suelen ser,
la base de la moral de los siglos siguientes,
y que las pasiones fuertes, hijas del fanatis
mo y del entusiasmo , forman poco á poco la
l8 TRATADO DE LOS DELITOS
prudencia del siglo , y vienen á ser un ins
trumento útil en manos de la astucia ó deí
poder , cuando , las debilita el tiempo que re
duce á un justo equilibrio los fenómenos fi
sicos y morales. Tal fue el origen de las no
ciones oscuras del honor y de la virtud; no
ciones oscuras, porque cambian con el tiem
po que da mis duracion á los nombres que á
las cosas , varian con los rios y montes que
separan los estados , y hacen que la moral
reciba límites geográficos como los imperios.
Si el placer y el dolor son los grandes
móviles de los seres sensibles ; y si entre los
medios con que se dirigen las acciones de los
hombres , eligió el divino legislador , como
los mas poderosos , los castigos y ios premios,
estos medios distribuidos inexactamente produ
cirán una contradiccion tan comun como po
co -observada , y es que los crímenes serán
castigados con las penas mismas . que dieron
origen á ellos. Si se destina un castigo igual
á dos acciones que ofenden desigualmente á
la sociedad, no tendran los hombres ningun
obstáculo para dejar de cometer la que les
acarree mas ventajas, aunque sea la mas cri
minal.
§• VIL . .

Errores en la medida de las penas.

Las reflexiones que preceden nos condu


cen naturalmente á la asercion de que la ver
dadera medida de los crímenes es el daño que
hacen á la sociedad , y no la intencion del
culpable, como lo han creído equivocadamen
T DE LAS PENAS. 19
te algunos autores. Esta depende de las impre
siones causadas por los objetos presentes , y de
la an terior disposicion del ~ánimo , las cuales
varían en todos y en cada uno de los hombres,
segun la rápida sucesion de las ideas , de las
pasiones y circunstancias; de suerte que seria
necesario formar un código particular para ca
da ciudadano, y nuevas leyes para cada deli
to. Sucede alguna vez que el ciudadano ani
mado del peor espíritu, proporciona grandes
ventajas á ia sociedad , al mismo tiempo que
recibe ésta los golpes mas funestos del hombre
mejor intencionado,.
Otros miden los delitos por la dignidad de
la persona ofendida , mas bien que por su im
portancia y gravedad con respecto al 'bien pú
blico. Admitido este método , seria necesario
castigar mucho mas severamente una falta de
respeto al Sér supremo que el asesinato de un
monarca , atendiendo á que la superioridad de
la naturaleza divina compensaria por lo me
nos la diferencia de la ofensa;
En fin , han creido algunos que la medida
del crimen era la misma que la del pecado , y
que la gravedad del uno producía necesaria
mente la del otro. Pero cualquiera que refle
xione desapasionadamente sobre las relaciones *
de los hombres entre sí y con la divinidad,
no tardará en convencerse de la falsedad de
esta opinion. Las primeras son unas relacio
nes de igualdad. La necesidad sola es ia que
del choque de las pasiones y de la oposicion
de los intereses particulares ha deducido la
idea de la utilidad comun, primera base de
la justicia humana. Al contrario , las segun-
20 TRATADO DE LOS DELITOS
das soa unas relaciones de dependencia que
nos unen coa un sér perfecto y creador , el
único que sin inconveniente puede ser á un
mismo tiempo legislador y juez , - derecho que
se lia reservado para si solo, ¿si condena á pe
nas eternas al que infrinja las leyes de su om
nipotencia ¿quién será el atrevido insecto que
ose subrogarse en lagar de la divina justicia,
tomando á su cargo la venganza del sér que
se basta á sí mismo , que no es susceptible de
ninguna impresion de placer ó de do:or, y es
el único que obra sin experimentar reaccion!
La gravedad del pecado depende de la mali
cia del corazon ; y no pudiendolos séres li
mitados sondear este abismo sin el auxilio de
la revelacion ¿como determinarán , para el cas
tigo de ios delitos, un cálculo fundado en una
base desconocida i Esto stria exponerse á cas
tigar cuando Dios perdona, y á perdonar cuan
do castiga. Si ofendiendo Ls hombres á la di
vinidad , se hallan en contradiccion con elia,
2 cuánto mas podrá suceder esto , encargándose
del cuidado de sus venganzas ?

§. VIII.

Division de los delitos.

Hemos demostrado que la verdadera me


dida del crimen se encuentra en el daño que
este hace á la sociedad: verdad palpable y fá
cil de descubrir sin el auxilio de lis ciencias,
porque á cualquiera le ocurre naturalmente;
pero que un concurso singular de circunstan
cias ha ocultado , como otras muchas de la mis
Y DE LAS PENAS. ai
ma especie, á todos los siglos y naciones, sien-
do solamente conocida de un corto número de
filosofos. Las opiniones asiáticas, las pasiones
acompañadas de autoridad y poder , sufocaron
las nociones sencillas que formaban quizá la
fiiosoia de las sociedades primitivas. Casi siem
pre produjeron este eLcto por medio de su
accion insensible sobre la multitud , y algu
nas veces por medio de la impresion violen
ta que causaban en la credulidad humana;
pero parece que aquellos primeros principios
vuelven á presentarse en el siglo ilustrado en
que vivimos. Apoyados en la experiencia y la
demostracion, adquirirán nuevas fuerzas con
los obstaculos mismos que encuentren , y aca
barán por ser adoptados.
Aqui deberíamos examinar y distinguir las
diferentes especies de delitos , y el modo de
castigarlos ; pero varia tanto sa naturaleza se
gun los tiempos y lugares , que su explicacion
individual seria no menos prolija que moles- -
ta : por lo cual nos contentaremos con indi
car los principios mas generales, y los erro
res mas comunes y mas perjudiciales. Este se
rá el mejor modo de desengañar á los que
'por un amor mal entendido de la libertad,
procuran introducir la anarquía , y á los que
quisieran establecer en la sociedad humana la
regularidad de los claustros.
Entre los delitos , hay unos que van di
rectamente á la destruccion de la sociedad , ó
del que la representa ; otros que perjudican á
la seguridad particular de los ciudadanos , di
rigiéndose contra su vida , sus bienes , ó su
honor ; y otros en fin , que son acciones con
24 TRATADO DE LOS DELITOS
trarias á lo que la ley prescribe ó prohibe
en consideracion al bien público. Los prime
ros y los mas graves , porque son los mas per
judiciales , se llaman delitos de lesa magestad.
Solo la ignorancia y la tiranía que confunden
las palabras y las ideas mas claras, pueden
dar este nombre á delitos de distinta natura
leza , castigarlos como tales , y hacer que en
esta ocasion , como en otras mil , sean los
hombres víctimas de una palabra. Todos los
delitos , aunque sean privados , dañan á la so
ciedad ; mas no todos se dirigen inmediata
mente á su destruccion Circunscriptas las ac
ciones morales, como todos los movimientos
de la naturaleza, por el espacio y por el
tiempo, tienen del mismo modo que las fisi
cas , su esfera de actividad limitada. Por con
siguiente, solo el arte de las interpretacio
nes odiosas , que es la filosofia ordinaria de
la esclavitud , puede confundir lo que la ver
dad eterna habia distinguido por medio de
relaciones inmutables.
Síguense los delitos contrarios á la segu
ridad de cada ciudadano: y siendo esta se
guridad el primer objeto de toda asociacion
legítima , las acciones que la ofenden merecen
uuo de los castigos mas rigurosos establecidos
por la ley.
Cada ciudadano puede hacer todo lo que
no es contrario á la ley, sin temer otros in
convenientes que los que resulten de la accion
misma : dogma político que debería ser crei
do de los pueblos , predicado por los magistra
dos supremos , y conservado como las leyes:
dogma sagrado , necesario para la subsisten
Y DE LAS PENAS. 23
eia de toda sociedad legítima, y sin el cual
perderían los hombres el fruto del sacrificio de
la accion universal que se estiende á toda la
naturaleza, es comun á iodos los seres sen
sibles , y no tiene otros límites que los de sus
propias fuerzas. Este dogma es el que forma
las almas libres y vigorosas, el que ilustra
el entendimiento, el que inspira á los hom
bres una virtud varonil , . superior al temor,
y no una prudencia que sabe acomodarse á to
do , y que solo es digna de los que pueden
sufrir una existencia precaria é incierta.
De aqui se infiere que los atentados con
tra la libertad y la seguridad de los ciudada
nos deben considerarse como uno de los mayo
res delitos. Comprendo en esta clase no solo
los asesinatos y los robos hechos por el pue
blo , sino tambien los que cometen los gran
des y los magistrados , cuyo influjo , como que
obra en una extension mayor y con mas fuer
za , destruye en el ánimo de los subditos las
ideas de justicia y de obligacion , substituyen
do en su lugar las del derecho del mas fuer
te , derecho no menos peligroso para el que
le egerce que para el que experimenta sus
efectos.
§. IX.

Del honor.

Hay una contradiccion notable entre las le


yes civiles , cuyo principal objeto es la vida
y hacienda de cada ciudadano , y las leyes de
lo que se llama honor , el cual prefiere la
opinion á todas las cosas. Esta palabra honor

\
24 TRATADO DE LOS DELITOS
ha servido de base á hrgos y brillantes dis
cursos , sin que se le haya fijado jamas una
idea estable y bien determinada. Tal es la
infeliz condicion del entendimiento humano
que conoce con exactitud las revoluciones de
los cuerpos celestes, á pesar de su distancia,
al paso que las nociones de la moral, mucho
mas accesibles é importantes, quedan sepulta
das en las tinieblas de la incertidumbre , y
fluctuando á discrecion del torbellino de las
pasiones , son á un mismo tiempo estableci
das por la ignorancia y admitidas por el er
ror. Dejará de parecer esto una paradoja, si
se considera que , semejantes á los objetos que
estan demasiado cerca de nosotros , y por lo
mismo se confunden á nuestra vista, ios prin
cipios morales pierden parte de su claridad
por la demasiada aproximacion con que las
tenemos. El gran número de ideas sencillas
de que se componen se complica facilmente
de modo que nos hacej perder de vista los
puntos de separacion necesarios al espíritu geo
métrico para medir los fenómenos de la sen
sibilidad humana. Por lo demas , el sabio ob
servador de la naturaleza no se admirará de
lo que acabo de exponer, y sospechará que
para vivir los hombres felices y tranquilos no
necesitan quizá de tantos lazos ni de tan gran
de aparato de moral.
La idea pues del honor es una idea comple
ja , formada no solo de varias ideas simples,
sino tambien de otras que son ya complejas por
sí mismas, y que percibidas de distintos modos,
admiten ó escluyen algunos de los elementos
que las componen , no conservando sino sus
Y BE LAS PENAS. 25
bases comunes , asi como en el álgebra muchas
cantidades complejas admiten un divisor co
mun. Para hallar este cemun divisor entre
las diferentes ideas que forman los hombres
acerca del honor, es necesario dar una ojeada
rápida al establecimiento de las sociedades.
El origen de las primeras leyes y de los pri
meros magistrados fue la necesidad de reparar
los desórdenes del despotismo fisico de cada in
dividuo. Tal fue el espíritu que instituyó las
sociedades , y que forma la base real ó aparen
te de todas las legislaciones, sin escluir las mas
contrarias á la felicidad pública. Pero la reu
nion de los hombres y los progresos de sus co
nocimientos produgeron una serie de actos y de
necesidades recíprocas que no había previsto 1M
ley, y escediaa los limites del poder actual de
cada uno. He aquí la época del despotismo de
la opinion: ynko medio de obtener de los de-
mas los bienes que no podían ser efecto de las
leyes , y de alejar los males que ellas no llega
ban á impedir. La opinion que atormenta al sa
bio del mismo modo que al pueblo , forma de
un malvado un misionero , cuando hay un in
teres que asi lo exija ; y sabe acreditar la apa
riencia de la virtud á espensas de la virtud mis
ma. Mientras duró su imperio, no solo fue útil
sino tambien necesaria la aprobacion de los
hombres , para mantenerse al nivel de todos. El
ambicioso la solicitó como un. medio de conse
guir sus intentos, el hombre vano la mendigo
como un testimonio de su merito , y el hombre
de honor la exigió co.no' necesaria. Este honor
que para muchas personas es inseparable de su
existencia , no fue conocido hasta despues de
20 TRATADO DE LOS DELITOS
la formacion de la sociedad : por lo que no pu
do entrar en el depósito comun , y aun no es
mas que un retroceso instantáneo al estado de
naturaleza , retroceso que nos substrae momen
táneamente de unas leyes , cuya proteccion no
basta en las circunstancias particulares en que
podemos hallarnos.
De aquí se sigue que en el estado de la su
ma libertad política, y en el de la suma depen
dencia , las ideas del honor se desvanecen ó se
confunden con otras. En el primer caso, el des
potismo de las leyes hace que sea inútil solicitar
la aprobacion agena ; y en el segundo , como el
despotismo de los hombres anula la existencia
civil , solo deja á cada individuo una persona
lidad precaria y momentánea. El honor es por
consiguiente uno de los principales fundamen
tos de aquellas monarquías que no son mas que
un despotismo moderado , y es con respecto á
ellas lo que son las revoluciones con respecto á
los gobiernos despóticos. El súbdito vuelve á
entrar por un momento en el estado de na
turaleza , y el señor trae á la memoria la anti
gua igualdad.

§. X.

De los duelos.
De la necesidad de la aprobacion agena nacie
ron los singulares combates ó duelos, los cuales se
establecieron precisamente en la anarquía de las
leyes. Si fueron desconocidos en la antigüedad,
como se cree, fue quizá porque los antiguos no
se reunían armados en los templgs, en los tea
Y DE LAS PENAS. 27
tros ó en casa de sus amigos ; y quizá tambien
como el duelo era un espectáculo ordinario y
comun que daban al pueblo los esclavos , te
mieron los hombres libres que esta especie de
combates pudiese ser causa de que se les consi
derase como gladiadores ; pero en vano se ha
intentado ,acabar con los duelos ó disminuirlos
por lo menos , recurriendo para ello á la pena
de muerte , pues ésta no destruirá una costum
bre fundada en lo que algunos hombres temen
mas que la muerte mism3. El hombre de honor,
privado de la aprobacion de los demas, ven
dría á quedar reducido á la clase de un ser
aislado , situacion que no puede sufrir ninguna
criatura sociable ; ó seria el blanco de los in
sultos y de la infamia , Jo que le haria pasar
una vida peor que el suplicio. ¿Por qué imita el
pueblo rara vez á los grandes en el uso de los
duelos? No solo porque no va armado, sino
tambien porque tiene menos necesidad de la
estimacion de los demas que les que hallándose
en una clase mas elevada , se miran unos á otros
con mas desconfianza y envidia.
Conviene repetir aqui lo que ya han dicho
varios autores , á saber , que el mejor medio de
evitar los duelos es castigar al agresor , esto es,
al que dió motivo al duelo, y declarar inocente
al que sin culpa suya se vió obligado á defen
der la opinion , ya que no la protegen las leyes,
y á probará sus conciudadanos que el objeto de
su temor eran éstas y no los hombres.
18 TRATADO DE LOS DELITOS

§. XL

De la tranquilidad pública.

Entre los delitos de la tercera especie , se


distinguen particularmente los que turban la
tranquilidad publica y el sosiego de los ciudada
nos , como los alborotos y pendencias en los
parages públicos destinados al comercio ó al
tránsito , y los discursos fanáticos que suelen
mover con facilidad las pasiones del populacho
curioso; dicursos, cuyo efecto se aumenta en
razon del número de los oyentes, y sobre todo
con el auxilio de un entusiasmo oscuro y miste
rioso , mucho mas eficaz que los que se pronun
cian con calma , los cuales jamas inflaman á la
muchedumbre.
Alumbrar las ciudades á espensas del pú
blico ; distribuir guardias en los diferentes bar
rios ; reservar al silencio y á la sagrada tran
quilidad de los templos protegidos por el go
bierno, los discursos sencillos y morales acerca
de la religion ; no permitir arengas , como no
sea en las juntas de la nacion , en los parla
mentos , en lio , en los lugares donde reside la
magesiad del soberano , y destinarlas siempre
á sostener los intereses públicos y privados;
he aqui los medios eficaces para precaver la pe
ligrosa fermentacion de las pasiones populares.
Estos medios son uno de los principales obje
tos en que debe egercer su vigilancia el magis
trado de policía. Pero si en vez de arreglarse
este magistrado á leye; . sabidas de todos los
ciudadanos, puede crearlas á su arbitrio , este
Y DE LAS PENAS. -' 29
abuso abrirá la puerta á la tiranía , monstruo
que vela incesantemente al rededor de los lími
tes de la libertad política. Yo no encuentro es-
cepdon alguna en el axiomi general de que
todo ciudadano debe saber cuándo es reo , y
cuándo es inocente. Si algun gobierno tiene ne
cesidad de censores , ó en general de magistra
dos arbitrarios , nace esto del poco vigor de su
constitucion , y de que su sistema no está bien
organizado. Los hombres , inciertos de su suer
te , han suministrado mas víctimas á la tiranía
oculta , que las que ha inmolado la crueldad
pública , la cual irrita los ánimos , pero no los
envilece. El verdadero tirano empieza siempre
por reinar sobre la opinion , y de este modo
impide los efectos del valor , que no se encien
de sino al fuego de la verdad o de las pasiones,
y adquiere nuevas fuerzas en la ignorancia del
peligro.
¿ Pero cuáles serán los castigos señalados á
los delitos de la especie de que acabamos de ha
blar? ¿Es verdaderamente útil y necesaria la
pena de muerte para asegurar la tranquilidad
de la sociedad, y mantener en ella el buen ór-
deu? ¿ Son justos la tortura y los tormentos? ¿Se
consigue con ellos el fin que se proponen las le
yes ? ¿ Cuál es el mejor modo de precaver los
delitos? ¿Son igualmente útiles en todo tiem
po unas mismas penas ? ¿ Qué influjo tienen és
tas en las costumbres ? Merecen estos proble
mas que se trate de resolverlos con aquella
precision geometrica , ante la cual desaparecen
las nubes de los sofismas , la seduccion de la
elocuencia y las dudas acompañadas de temor*
Yo me tendría por dicnoso , aun cuando no pu
30 TRATADO DE LOS DELITOS
diese alegar otro mérito que el de ser el pri
mero en presentar á la Italia , espuesto con ma
yor claridad lo que otras naciones se han atre
vido á escribir y empiezan á egecutar. . ,
M3S si al mismo tiempo que defiendo los
sagrados derechos de la humanidad ; si cuando
levanto la voz á favor de la invencible verdad,
contribuyese á arrancar de los brazos de la
muerte alguna víctima infeliz de la tiranía , ó
de ia ignorancia , igualmente crueles á las ve
ces en sus efectos , las bendiciones y las lágrir
mas de un solo inocente 1, enagenado de gozo,
me consolarían del desprecio de los hombres.

§. XII.

¡' .. . Objeto de los castigos.

De las verdades espuestas hasta aqai se s¡-


-gue evidentemente que el objeto de las penas
no es atormentar ó afligir á un ser sensible, ni
impedir que un crimen ya cometido dege de ser
lo efectivamente. ; Podría esta inútil crueldad,
funesto instrumento del furor y del fanatismo,
ó de la debilidad de los tiranos , ser adoptada
por un cuerpo político , que lejos de obrar por
pasion , no se propone otro lin que el de re
primir las de los hombres ! ¿ Se cree que los la
mentos de un desgraciado harán que dege de
existir una accion ya cometida? No: el ob
jeto de los castigos no es otro que el de impe
dir al reo que vuelva á dañar á la sociedad , y
el de retraer á sus conciudadanos del deseo de
cometer semejantes delitos. Por tanto , entre las
Y DE LAS PENAS. 31
penas y el modo de imponerlas, es necesario
elegir la que guardando la proporcion debida,
haya de hacer una impresion mas fuerte y du
radera en el animo de los hombres , y la que
menos atormente al reo.

S xiii.

De los testigos.

Es un punto esencial en toda buena legisla


cion determinar exactamente los grados de cre
dibilidad que se deben conceder á los testigos,
y las pruebas necesarias para hacer constar el
delito. Todo hombre de buena razon , esto es,
todo hombre que tenga cierta conexion en sus
ideas , y cuyas sensaciones sean conformes á las
de los demas, puede ser admitido como testi
go. La verdadera medida del crédito que debe
dársele, es el interes que tiene en decir verdad
ó en faltar á ella : lo cual me hace mirar coma
frivola la razon que se da para no admitir á las
mugeres en calidad de testigos , atendiendo á su
debilidad ; como pueril la aplicacion de los efec
tos de la muerte real á la muerte civil de las
personas que han sido condenadas ; y como in-
cohertente la nota de infamia en los que han
incurrido en ella , cuando no tienen ningun in
teres en mentir. La credibilidad pues del testi
go, se disminuye á proporcion de su odio ó de
su amistad con respecto al reo , y de las rela
ciones que tiene con eL No basta un solo testi
go , porque negando el acusado lo que afirma el
acusador , no resulta ninguna cosa cierta , y
32 TRATADO DE LOS DELITOS
prevalece la suposicion de la inocencia. Cuan
to mas atroz ó inverosímiles un crimen , como
la magia ó las acciones gratuitamente crueles,
tanto menos crédito se debe dar al testigo (i).
En efecto es mas probable que muchos hombres-
lleguen á calumniar por ignorancia ó por odio,
que el que un hombre haya gozado de un poder
que Dios no confió ó no confia ya á los seres
criados. Del mismo modo no se debe admitir
sino en virtud de pruebas evidentes la acusa
cion de una crueldad puramente gratuita , por
que el hombre no es Cruel sino por interes , por

(i) Entre los criminalistas se aumenta la credibilidad


de un testigo á proporciou de la atrocidad del crimen. He
aqui el inhumano axioma dictado por la mas cruel imbe
cilidad: In atrocissimis leviores cov.jeclvrie sufficiunt , et
cet juáici jura transgredí. Traduzcamos esta máxima hor
rorosa, para que á lo menos conozca la Europa uno de los
muchos principios irracionales á que se ha sometido sin
saberlo. En los delitos- mas atroces , esto es, en los menos
probables, bastan ¡asmas leves conjeturas , y es permitido
al juez traspasar las leyes. Las prácticas absurdas de la
legislacion son frecuentemente electo del temor, Je este
manantial fecundísimo de los errores humanos. Los legis
ladores (á por mejor decir, los jurisconsultos , que despues
de muertos han sido mirados como oráculos , y que ha
biendo sido unos escritores prostituidos al interes , llega
ron á ser los arbitros de la suerte de los hombres) estos
legisladores , digo , asustados por haber visto condenar á
algun inocente , recargaron la jurisprudencia de formali
dades cí de excepciones inútiles , que observadas exacta
mente colocarían la anarquía y la impunidad en el trono
de la justicia. Dejándose llevar otras veces de la dificul
tad de convencer a un reo de algun crimen horroroso , se
creyeron obligados á prescindir de las formalidades que
habían establecido ellos mismos ; de manera que ya por
una impaciencia despotica, y ya por una timidez , digna
del frágil sexo , convirtieroa los juicios mas graves en uua
especie de juego , en que domina á la par el acaso y' el
tubterfugio.
odio ó por temor. En el corazon humano no hay
ningun sentimiento, superfiuo. Todos resultan
de las impresiones producidas en los sentidos,
y. gon proporcionados á ellas. Tambiense dis
minuye el grado de confianza que merece un
testigo , cuando, este, es miembro de una sucie-
da priyada , cuyas costumbres ó máximas son
poco conocidas , ó difieren de los usos públicos;
porque semejante hombre no solo tiene sus pa
siones particulares , sino tambien Jas de los
demas. , < •' ... -
En fin , cuando se trata de palabras , preten
diendo que se miren como delitos, vienen a ser
los testimonios casi de ningun valor. Efectiva
mente el tono , el gesto y todo lo que precede ó
sigue á las diferentes ideas que se atribuyen á
las palabras , altera y modifica los discursos del
hombre , de tal manera que es casi imposible
repetirlos, con exactitud. Ademas , las acciones
violentas y estraordinarias , á cuya clase corres
ponden los verdaderos delitos , dejan siempre
vestigios en la multitud de las circunstancias
que las acompañan ó de los efectos que se deri
van de ellas , pero las palabras solo quedan en
la memoria , casi siempre infiel, y frecuente
mente seducida , de aquellos que las oyeron. Es
pues mucho mas fácil fundar una calumnia en
palabras que en acciones , porque el número de
las circunstancias que se alegan para probar
las acciones , suministra al acusado mas medios
de justificarse. , • 5.
34- TRATADO DE LOS DELITOS
' • ' • "í I •,¡ '. !. .
§. nv.tj.:-:".-;.i:.

De los indicios y de la forma de los juicios.

He aqui un teorema general , utilísimo para


calcular la certeza de un hecho , por egemplo,
la fuerza delos indicios de un delito. Cuando
todas las pruebas de un hecho se enlazan de tal
modo entre sí , que solo se prueban los indicios
uno por otro, es tanto menor la probabilidad de
hecho cuanto las circunstancias con que se debi
litan las pruebas antecedentes producen el mis-
m j efecto en las subsiguientes. Cuando todas las
pruebas de "un hecho dependen igualmente de
una sola , en nada se aumenta ni se disminuye
con su número lk probabilidad de este hecho,
porque todas juntas no valen mas que aquellas
de que dependen. En fin cuando las pruebas son
independientes entre sí, esto es , cuando los
indicios no tienen necesidad de sostenerse unos
por otros, se aumenta la probabilidad del he
cho , en razon del número de las pruebas , parte
de las cuales pudiera resultar falsa , sin que esto
influyese en la certeza de las demas. Quizá se
tendrá por impropia la palabra probabilidad , en
materia de delitos , que para merecer castigo,
deben ser ciertos ; pero desaparecerá esta espe
cie de paradoja , si se considera que , hablando
con todo rigor , la certeza moral no es mas que
una probabilidad; pero de tal clase que mere
ce el nombre de certeza , porque toda persona
sensata se ve obligada á asentir á ella por una
especie de hábito nacido de la necesidad misma
de obrar , y anterior á toda especulacion : y es
Y DE LAS PENAS. 3^¡
claro que la certeza que se requiere para con
vencer á un reo , es la misma que determina
á los hombres en las operaciones mas importan
tes de la vida.
Las pruebas de un delito se pueden dividir
en perfectas é imperfectas. Unas escluyen la
posibilidad de la inocencia del acusado, y otras
no la escluyen. Una sola de las primeras basta
para fallar la condenacion ; pero es necesario
que las segundas concurran eu número suficien
te para formar una prueba perfecta , es decir,
que si cada una de ellas en particular no basta
para escluir la inocencia del acusado , todas
juntas la constituyan en la clase de imposible.
Añádase á esto que las pruebas imperfectas de
que no se justifica el acusado ,-pudiendo hacer
lo , llegan á ser perfectas ; pero es mas fácil
percibir esta certeza moral que definirla exac
tamente : lo cual me mueve á mirar como una
ley muy juiciosa la que concede al juez prin
cipal asesores elegidos por suerte. En efecto,
la ignorancia que juzga por un sentimiento in
terno, es entonces mas segura que la ciencia
que decide por opinion. Cuando las leyes son
claras y precisas , todo lo que tiene que hacer el
juez es asegurar el hecho. Si se necesita habili
dad y maña para buscar las pruebas de un de
lito ; si se pide claridad en el modo de presen
tar su resultado, y precision en el juicio que
de él se forma, la sana razon por sí sola fun
dará este juicio en principios menos falaces que
la ciencia de un juez acostumbrado al deseo de
hallar delincuentes, y á reducirlo todo al sistema
que se formó con arreglo á sus estudios. ¡Dichosa
la nacion en que las leyes no son una ciencia!
JÓ TRATADO DE LOS DELITOS
Es un reglamento muy útil el que dispone
que todos los hombres sean juzgados por sus
iguales ; porque cuando se trata de la fortuna
y de la libertad de un ciudad mo , deben sufo
carse ios sentimientos que inspira la desigual
dad. En estos juicios no tien- lugar la superio
ridad con que el hombre feliz mira al desgra
ciado , ni la indignacion que escita en el in
ferior la presencia de un hombre poderoso. Cuan
do el delito es ofensa de tercero , debe elegirse
la mitad de los jueces entre los iguales del acu
sado, y la otra mitad entre los del ofendido,
para que contrapesándose los intereses persona
les , que á pesar nuestro modifican las aparien
cias de los objetos , solo se oiga la voz de las
leyes y de la verdad. Tambien es conforme á jus
ticia que el reo pueda recusar hasta cierto pun
to los jueces que le sean sospechosos , pues con
esta facultad ilimitada parecerá que se undeua
á, sí mismo, ¡reaa públicos los juicios ; s^aaío
igualmente las pruebas del delito ; y la opinión
que acaso es el único lazo de las sociedade?,
pondrá un freno á la fuerza y á'las pasiones.
Entonces dirá el pueblo : ya no soy esclavo : ya
encuentro defensores ; y este sentimiento le ins
pirará valor , y equivaldrá á un tributo para el
Soberano que entienda sus intereses. No me
detendré en otros pormenores , ni indicaré las.
precauciones particulares y minuciosas que exi
gen semejantes reglamentos, porque esto me ale
jaría del objeto esencial de mi obra.
T DE LAS PENAS. <7

h §. XV.

De las acusaciones secretas.

Las acusaciones secretas son un desorden


evidente; pero consagrado y necesario en varios
gobiernos por el poco vigor de sj constitucion.
Semejan-te costumbre hace á los hombres falsos
y disimulados, sospechar que se ve en otro un
delator , es hallar en él un enemigo, üe este
modo se adquiere el hábito de disfrazar los sen
timientos propios ; y el que los oculta á los de-
,mas, no tardará en disimulárselos á'sí mismo.
¡Infelices los hombres que han llegado á este
punto fatal Sin principios estables y evidentes
que los guien , fluctuando en el vasto mar de la
opinion, y luchando siempre ton monstruos que
les amenazan , no gozan ni aun de lo presente,
que es acibarado á cada paso con la incertidann-
bre de lo futuro. No se han hecho para ellos los
placeres durables del sosegado descanso y de la
seguridad; y los cortos instantes de felicidad
que gozan con precipitacion y desorden , ape
nas les sirven de ningun consuelo en el discur
so de su vida. ¿Y son estos les hombres que han
de merecer el título de soldtdos intrépidos; de
defensores de la patria ó del trono; de magistra
dos incorruptibles, cuya elocuencia libre y pa
triótica demuestre y sostenga los verdaderos in
tereses .del Soberano ; de ciudadanos virtuosos
que lleven á un mismo tiempo al pie del trono
los tributos y el amor de todos los órdenes de
la nacion , para difundir desde allí en las casas
magníficas y en las chozas la paz , la seguridad
38 TRATADO DE LOS DELITOS
y la ingeniosa esperanza de mejorar de suer
te , úiil fermento que da nueva vida á los Es
tados? • •, ,.-.-. ,• . ,< •'
¿ Quién podrá defenderse de la calumnia,
cuándo va armada con el escudo mas seguro de
la tiranía , que es el secreto l ¡ Qué forma de go
bierno es aquella en que el soberano ve en ca
da subdito un enemigo., y se baila precisado á
turbar el sosiego de cada uno en particular para
asegurar el de todos ? i , ¡- ó . i,.
¿Cuáles son los' motivos con que se pretende
justificar las acusaciones y los castigps.seeretos?
I La salud pública , ia seguridad y la conserva
cion de la forma del gobierno \ ¡Estraña cons
titucion por cierto aquella en que parece que
teme á cada ciudadano el que es dueño de la
fuerza , y tiene á su favor la opinion, mas eficaz
que la fuerza misma ! ¿ La seguridad del acusa
dor ? Esto seria decir que las leyes son insurl-
i cientes para defenderle , y que los súbditos son
mucho mas poderosos que el Soberano.. ¿La, in
famia conque se deshonra todo delator?. De este
modo , se castigan las calumnias públicas , y se
autorizan las secretas. ¿La naturaleza del deli
to? Donde quiera que se dé el nombre, de deli
tos á las acciones indiferentes, y aun á las que
son útiles al público , jamas podrán ser. bastan
te secretas las acusaciones y los juicios. ¿Pero
puede haber delitos , esto es , ofensas, hechas á
la sociedad , cuya naturaleza sea tal que exija el
interes comun que no se divulguen por medio
de la publicidad de todos los trámites judiciales?
Respetando yo todos los gobiernos , y no siendo
mí ánimo hablar dé ninguno en particular , sé
muy bien que hay circunstancias en que parece
Y DE LAS PENAS. . . 39
ria que se aceleraba la ruina de un Estado,
restirpando abusos inherentes al sistema de la
nacion; pero si yp hubiera de dictar nuevas le
yes en algun ángulo aislado del universo , se
negaría mí trémula mano á firmar un decreto
que autorizase las acusaciones secretas; y cree
ría estar viendo á la posteridad echarme en cara
los males funestos que arrastran en pos de sí.
Montesquieu dijo , que las acusaciones pú-
blicas convienen mas á los Estados republica
nos, en que el amor de la patria debe ser la pa
sion dominante de los ciudadanos , que á los
monárquicos,, en que la naturaleza misma del
gobierno debilita mucho este sentimiento , y en
los cuales es muy acertada la institucion de ma
gistrados que tengan el cargo de acusar , en
nombre del público , á los infractores de las
leyes. Pero todos los Estados, ya sean monár
quicos ó republicanos , deben castigar al ca
lumniador con la pena que se habría impuesto
ai acusado. -
.;r:. . §. XVI.
I. •*. * !
> . .. . ,Del tormento.

Es una barbarie consagrada por el uso en


Ja mayor parte de las naciones , la de aplicar
el reo al tormento mientras se contiuua la cau
sa ; ya para, arrancarle la confesion del delito,
ya para poner en claro sus respuestas contra
dictorias ó descubrir sus cómplices ; ya porque
se ha establee idp no sé qué idea metaúsica é in
comprehensible deque el tormento purga la infa
mia ; ya en fin para averiguar otros delitos, de
que no es acusado , pero que pudiera haber co
40 TRATADO DE LOS1 DELITOS
metido. Sin embargo, niriguñhombre puede ser
considerado como reo ames de la sentencia dei
juez , ni la sociedad debe privarle desu protec
cion hista que esté convencido áe-haber violado
las condiciones con que se lá'cóncedió. Por con
siguiente , solo el derecho de la fuerza' puede
autorizar al juez para imponer una pena al cíu>
dadauo cuya inocencia ilo está todavia man
chada con la prueba del crímén de que se le
acusa. No es nuevo este dilema : ó está probado
el delito , ó no lo está : si lo está no hay- nece
sidad de otra pena que la que impone la ley /y
no siendo ya necesaria la confesion del reo , *s
inutil el tormento ; si no lo eátá , es_ cosa tiot-
rorosa atormentar á aquel - á quien la ley mi
ra como inocente. Digamos mas : es confundir
todas las ideas y relaciones el exigir que un
hombre sea al mismo tiempo acusador y acusa-
' do, y querer hacer del dolor una regla de Ja
verdad, como si esta regla residiese en los mús
culos y fibras de un desdichado, y no fuese al
contrario un medio infaliole de absolver al mal
vado robusto, y de condenar al inocente débil.
He aqui los funestos inconvenientes de esta
pretendida regla de la verdad , digna solamen
te de un Canibal , y que los romanos , pueblo
bárbaro en muchas cosas , no empleaba sirio
con sus esclavos , víctimas desgraciadas de uaa
virtud feroz , á que se han dado escesivos
elogios.
¿Cual es el objeto político de los suplicios?
El terror que inspiran á los hombres. ¿ Pero qué
hemos de pensar de esos calabozos tenebrosos,
de esos lugares destinados al tormento , donde
la tiranía del uso egerce en secreto su oscura
i.'YrDE LAS PENAS. . 41
crueldad en el inocente y en el reo? Si impor
ta que ningun deliio conocido quede sin casti
go , no sucede lo mismo con el descubrimieiiíp
del autor de un crimen, que está oculto en k,s
'tinieblas de la iucertidumbre. Un mal ya. .hecho
y que no; tiene remedio , no. puede ser castiga
do por la sociedad civil,. .sí.ío para quitar al
pueblo la eíperauz,a de la impunidad; .y si.es
-cierto que el mayofr- número, dedos hombres res
peta las deyes. por temor o por virtud ; si ,es
probable que. un .ciudad^io.,,, en igualdad.d,e
circunstancias y se habrá movido mas biea.4 oh-
servarlas que á infringirlas-., debe medirse p.cjr
• esta probabilidad el riesgo, de atormentar á utr
inocente..;.' , - •.' ' ... \ :is:in:.r( ¡ : j,-ÍUKj
, - - La pretendida necesidad de, purgar la irí^a-
m i a es. otra de Jasí razones en.;que se £Und,*#l
:,uso de la'.• tortura : lo que equivale á decir . que
-un hombre juzgado infame tpor; las, leyfs dppe
confirmar su deposicion eq. medjoide iositor-
me^ios, como si el dolor , q^ie es. una sensacion,
pudiese destruir la infamia , que no es mas que
una relacion moral , ó curno :si fuese un trisol
en que la infamia , á manera, de un cuerpo
mixto , vaya á depositar su impureza. Un abuso
tan ridículo, no debería permitirse en el si
glo xviil Por lo demas, ..no, es dificil subir
hasta el origen de esta ley estravsgante. Los
mayores absurdos ¡ cuando son adoptados por
una .nacion entera , tienen, siempre cieno en
lace con otras ideas comunes y respetadas en
la nacion misma. Parece pues que el uso contra
el cual declamamos, nació de las ideas espiri
tuales y religiosas que tanto influjo tienen en
los pensamientos de los hombres , en las nacio
'42 TRATADO DE LOS DELITOS
nes y en los siglos. Un dogma infalible nos en
seña que cuando las manchas contraidas por la
fragilidad humana no llegan á merecer la ira
eterna del Ser supremo , deben purgarse por
medio de un fuego incomprehensible. Siendo
pues la infamia una mancha civil vy borrándo
se las manchas espirituales con el dolor y el fue
go ¿ por qué no habrá de desaparecer la man
cha civil de la infamia con los dolores :del tor
mento? Tal fue la lógica de nuestros padres. Yp
creó que se puede señalar el mismo origen al
"uso que observan ciertos tribunales de exigir la
'confesion del reo como esencial para su conde
nacion , á la manera que en el misterioso tri
bunal de la penitencia la confesion de los peca
dos' es parte integrante del sacramento^ ¡ Asi
' abusan los hombres de las luces mas ciertas de
la revelacion ! y como éstas son las únicas que
Subsisten en loá-tiCmpos de ignorancia , la do-
cilhumanidad recurre á ellas en todas ocasiones,
y las aplica del modo mas absurdo y repug
nante. .- '-'- >" , • 1 •• ,
• ¡Daré fin á estas reflexiones con un racioci
nio muy sencillo. No siendo la infamia un sen
timiento sujeto áJlá razon y á las leyes , sino á
la opinion, y-siendo el tormento infamante pa
ra todo el que le padece , es un- absurdo querer
lavar la infamia con la infamia misma.
' ; Se da tormento al hombre á quien se supone
reo , cuando se encuentran contradicciones en
sus interrogatorios. ¿ Pero no se echa de ver
que el miedo del suplicio , la incertidumbre del
juicio que se está siguiendo, el aparato y la ma-
gestad del juez , y la ignorancia que es comun
á casi todos los malvados del mismo modo que
y DE LAS PENAS. 43
á los inocentes , son otras tantas razones para
que incurran en coniradicion la tímida inocen
cia y el crimen que procura ocultarse? ¿Es crei
ble que las contradicciones tan ordinarias en los
hombres , aún cuando se hallan en un estado de
tranquilidad, no se multipliquen en aquellos
momentos de turbacion , en que la idea de li
brarse de un peligro inminente absorve todas
las facultades del alma?
Este modo infame de descubrir, la verdad es
un monuioento de la antigua y bárbara legisla
cion en que se honraba con el nombre de jui
cios dz Dios á las. oruebas del fuego y del agua
hirviendo , y á la suerte incierta de las armas;
como si los eslabones de la eterna , cadena que
posa en el seno de la causa primera, hubiesen
de desordenarse y desunirse á cada instante
en consideracion á los frivolos establecimientos
de los hombres. La única diferencia que encuen
tro, entre el tormento y las pruebas del fuego ó
del agua hirviendo consiste en que parece que
el éxito de la una depende de la voluntad del
reo , y el de las otras de un hecho puramente fi
sico y esterno. Pero aun esta diferencia es apa
rente; porque el reo no es ahora mas dueño de
decir verdad entre los horrores del tormento,
que lo era entonces de impedir sin un fraude
los efectos de las pruebas, á que se sujetaba.
Todos los actos de nuestra voluntad son propor
cionados' á la fuerza de la impresion sensible
que los causa; y la sensibilidad del hombre no
pasa de cierto grado. Por tanto , si la impresion
del dolor llegase hasta este grado , la persona
que le padece se verá obligada á elegir el me
dio mas corto para dar ñn á su mal actual. En- .
44 TRATADO DE LOS DELITOS
touces será necesaria su respuesta , cosio lo son
las impresiones del fjego y del aguí : entonces
grúará el inocente declarándose reo , para que
cesen los tormentos que ya no podrá sufrir ; y
lo que se pretende averiguar se oscurecerá mas
y mas por los mismos medios que se emplean
para descubrirlo. Es inutil añadir á estas refle
xiones los innumerables egeinplos de inocentes
que eu las convulsiones del dolor han declarado
ser reos d¿ de;itos que no cometieron. ¿Qué na
cion , que siglo deja de presentar pruebas de
esti atrocidad i Pero los hombres son siempre
los mismos, y ven los hechos sin sicar de ellos
las consecuencias que debieran. Cuando se ele
van hs ideas mis allá de la esfera de las nece
sidades de la vida , no se puede me ios de oif la
voz de la naturaleza que nos convida á seguir
la; pero esta advertencia es inútil; porque el
uso que tiraniza nuestras almas, nos espanta y
nos detiene casi siempre. En resolucion , el re
sultado del tormento depende del témparamert-
to y del cálculo , cosas que varían en cad'a hom
bre , á proporcion de su fuerza y sensibilidad;
y asi se puede llegar á preveerle, resolviendo el
problema siguiente , mas digno de un matemáti
co que de un juez : Conocida la fuerza de los
músculos y la sensibilidad de las fibras de un ino
cente y hallar el grado de dolor que le hará confe
sarse reo de un delito dado.
Se pregunta á un reo para venir en conoci
miento dela verdad; pero si es tan dificil des
cubrirla por el esterior , por el gesto y por la fi
sonomía de un hombre tranquilo; \ como podrá
averiguarse , cuando las convulsiones del dolor
hayan alterado todas las señales con que suele
Y DE LAS PENAS.
pintarse en el semblante de la mayor parte de
los hombres, á pesir de los esfuerzos que hacen
para ocultarla ? Toda accion violenta confunde
y aun destruye las pequeñas diferencias de los
objetos , por las cuales se puede distinguir la
mentira de la verdad.
No se ocultó la solidez de estos principios á
los legisladores romanos , los cuales solo sujeta
ban á la prueba del tormento á los esclavos,
clase de hombres privada de toda personalidad
civil. Igualmente ha reconocido la verdad de
estos principios la Inglaterra , nacion en que
los progresos en las letras , la superioridad del
comercij , la de las riquezas , la del poder que
es consiguiente á ellas , y en fin los frecuen
tes egeinplos de virtud y valor, prueban la
escelencia de sus leyes.
Convencida la Sueeia de la injusticia del
tormento, no le consiente ya en sus Estados.
Esta costumbre infame ha sido abolida por uno
de los mas sabios monarcas de Europa, legis
lador benéfico de sus pueblos , que colocando
la filosofía en el trono , ha hecho á sus subdi
tos iguales y libres bajo la dependencia de las
leyes , única igualdad que se puede exigir ra
cionalmente , y que es admisible segun el ac
tual estado de las cosas.
En fin , las leyes militares no conocen el
tormento : y si en alguna parte hubiera de
verificarse éste , seria sin duda en los eger-
citos , en los cuales hay gran número de per
sonas sacadas de la hez del pueblo. ¡ Cosa ex
traña para los que r.o hanv reflexionado sobre
el imperio del u o'. Los guerreros acostumbra
dos á escenas de devástacion y de sangre , dan
46 TRATADO DE LOS DELITOS
á los legisladores de paz el egemplo de juzgar
á los hombres con humanidad.
La verdad de todo lo que acabo de expo
ner ha sido por último conocida , aunque coa»
fusamente, por los mismos que se alejan de
ella, supuesto que la confesion hecha por el
acusado durante la tortura, es nula, si no la
confirma despues con juramento. Pero este re
curso es muy débil para un infeliz á quien se
atormentará de nuevo , ' si protesta contra su
deposicion. Algunos doctores y naciones per
miten solo por tres veces esta infame peticion
de principio. Otros doctores y naciones se re
miten sobre este objeto á la prudencia del juez.
De suerte que tratándose de dos hombres igual
mente inocentes ó culpables, el maS robusto
y esforzado será absueltó , y el mas débil y
tímido será condenado en virtud de este ra
ciocinio: To , en calidad de juez, debia halla
ros reas de tal delito: á tí, que eres vigoroso,
y has podido resistir el dolor, te absuelvo ; á
tí , cuya debilidad, ha cedido á la tortura, te con
deno. Bien sé que una confesion arrancada por
la violencia de los tormentos , no debe tener nin
gun valor ; pero si no la confirmas , haré que
vuelvas á padecer.
Resulta todavía del uso del tormento una
consecuencia muy estraña, y es que el ino
cente que le padece se halla en peor situa
cion que el reo. En efecto , el primero tiene
contra sí todas las combinaciones , supuesto
que es condenado, si confiesa el crimen de
que se le acusa i y si es absuelto , padecio unos
' tormentos que no merecía ; al paso que el se
gundo, sabiendo que será declarado inocente,
DE LAS PENAS. 47
si resiste con firmeza la tortura , puede evi
tar el suplicio que le aguarda, sufriendo con
valor unas penas menores que las que tenia
merecidas. Asi es, que la suerte del inocen
te es infinitamente peor que la del reo.
La ley que ordena el tormento , es una
ley que dice: Hombres, resistid el dolor: yo
sé que la naturaleza os inspiró, al nacer , un
deseo tan eficaz de vuestra propia conservacion
que no hay fuerzas humanas capaces de destruir-
le ^ no ignoro que la naturaleza misma os dio
un derecho inalienable de defenderos ; pero yo
he creado en vosotros un sentimiento enteramen
te contrario : ^0 os inspiro un odio heroico con
tra vosotros mismos , y os mando que seais vues
tros acusadores propios en medio de los tormen
tos y suplicios que van a obligaros a rendir ho-
menage á la verdad.
Aplicar al tormento á un infeliz para saber
si es reo de otros delitos ademas de aquellos de
que se le acusa , es hacer este horroroso racio
cinio, es decir al desgraciado á quien se ator
menta: Está probado que has cometido tal de
lito: luego puedes haber cometido otios ciento.
Me incomoda esta duda, y quiero salir de ella
por medio de mi regla ó criterio de la verdad.
Las leyes te liacen padecer , porque eres reo,
porque puedes serlo , y porque yo quiero que lo
seas.
En fin, se da tormento á un delincuente
para descubrir sus cómplices. Pero sise ha
demostrado que este no es un medio oportuno
para descubrir la verdad y cómo podrá servir
para averiguar los cómplices del reo , cuyo
descubrimiento es una de las verdades que se
48 TRATADO DE LOS \DELITOS
buscan? El qae se acusa á sí mistoo , acusa
rá mas facilmente á los demas. Por otra par-
té 'jes justo atormentar á un hombre por el
delito de otro' ¿No se podrá -veair en cono
cimiento de los complices por los interroga
torios de los testigos y del reo , por el exa
men de las prueoas y del cuerpo del delito,
y 'en- fin por todas las pesquisas que se de
ben hacer para justilicar la acusación i Pero
los complices huyen casi siempre , luego que
tienen noticia de que está preso su compañe
ro. Enhorabuena. Con esto la inceriiducnbre
de la suerte que los aguarda los condena á
destierro , y libra á la sociedad de los nuevos
ate.uados que podrian cometer contra' ella, al
mismo tiempo que el reo que se halla en su
poder, sirve para aterrar cou su suplicio á los
demás hombres , y para alejarlos del crimen,
que es el único objeto del castigo que se im
pone á los reos.
§. XVII.

Del fisco.

Hubo un tiempo en que casi todas las pe


nas eran pecuniarias. Los delitos de los sub
ditos venían á ser el patrimonio del príncipe;
los atentados contra la seguridad púolica eraa
un objeto de lujo ; y los defensores de la so
ciedad tenían interes en que se la ofendiese.
Eran pues los juicios una especie 4e pleito en
tre el fisco ( que percibia el precio del delito)
y el reo que debia pagarle. Habíanse conver
tido en un negocio civil contencioso , que te
nia mas de privado que de público. El fisco
y DE LAS PENAS. 49
se hallaba entonces con otros derechos que los
que dimanaban del cuidado de conservar y
vengar la sociedad ; y el reo estaba expuesto
á otras penas que las que hubiera exigido la
necesidad del escarmiento. Lejos de que el juez
estuviese encargado del cuidado imparcial de
averiguar la verdad , no era mas que un abo
gado del fisco. El ministro y protector de las
leyes se veia transformado en exactor de los
caudales del príncipe. Como en este sistema,
la confesion del delito era al mismo tiempo
la de una deuda á favor del fisco , ( confesion
que venia á ser el único objeto de los juicios
criminales de aquel tiempo ) todo el arte de
los criminalistas consistía en arrancar al acu
sado esta confesion del modo mas favorable
á los intereses del fisco. Todavía subsiste este
arte en la práctica, porque los efectos con
tinuan siempre por mucho tiempo, despues de
haber cesado las causas. Sin esta confesion,
aunque el reo esté plenamente convicto , pade
cerá una pena mas suave que la que corres
pondía á su delito } y no se le dará tormen
to por las demas maldades que pudiera haber
cometido. Con ella, se apodera el juez del
cuerpo del reo , le despedaza metódicamente,
y por decirio asi, forma de él un fondo de
que saca toda la ganancia posible. Una vez
probada la existencia del delito, es una prue
ba convincente la confesion del reo , y para
hacerla menos sospechosa, se obtiene en me
dio del dolor y de la desesperacion ; porque
si se verificase estrajudicialmente , si el reo es
tuviese tranquilo, si no tuviese á la vista el
espantoso aparato de los suplicios , no basta
4
5O TRATADO DE LOS DELITOS
ria su propia confesion para condenarle. Se
escluyen de la instruccion del proceso las pes
quisas y pruebas que ilustrando el hecho per
judicarían á las pretensiones del fisco; pero
si alguna vez se deja de atormentar á los acu
sados , no es porque se tenga compasion de
la debilidad y del infortunio , sino por con
servar los derechos de ese ente imaginario é
incomprensible, que se llama fisco. Ei. juez es
por consiguiente enemigo del reo, de uu in
feliz agoviado con el peso de las cadenas , con
los disgustos, con el temor de los suplicios y
con la espantosa idea de la última y mas ter
rible desgracia. No busca el juez la verdad , si
no que desea hallar el delito en Ja persona del
acusado; prepara lazos en que se enrede su
inocencia ; parece que depende su suerte de
salir bien con su empeño , y que teme me
noscabar aquella infalibilidad que quieren ab
rogarse los hombres en todas las cosas. El
juez es arbitro en determinar los indicios su
ficientes para encarcelar á un ciudadano ; de
modo que antes de poder justificarse, ha de
ser necesario que se le declare reo. Esto es
cabalmente lo que debe llamarse formar un pro
ceso ofensivo: y este es el orden de la juris
prudencia criminal en casi toda Europa, en
esta pane del mundo tan ilustrada, y en el
siglo XVlli ; siglo de filosofia y de humani
dad. Apenas se conoce en sus tribunales el
verdadero modo de enjuiciar , que es el de
las informaciones , esto es , la indagacion im
parcial del hecho , prescrita por la razon,
adoptada por las leyes militares , y usada
aun por el despotismo asiático en circunstan-
Y DE LAS PENAS. 51
cías tranquilas é indiferentes. ¡ Extraño labe
rinto de absurdos, que apenas podrán creer
nuestros descendientes, mas felices que noso
tros ! ¡ Sistema increible , cuya posibilidad des
cubrirán únicamente los filósofos de los tiem
pos venideros , estudiando la naturaleza del
corazon humano 1
§. XVIII.
De los juramentos.

Las leyes estan tambien en contradiccion


con la naturaleza, cuando exigen de un acu
sado el juramento de decir la verdad , tenien
do el mayor interes en callarla; como si pu
diésemos obligarnos de buena fe con juramen
to á contribuir á nuestra propia destruccion;
y como si la voz del interes no sufocase la de
la religion en la mayor parte de los hombres.
La experiencia de todos los siglos prueba que
este don sagrado del eielo es la cosa de que
mas se abusa. 5 Y cómo la respetarán los mal
vados , si los hombres que tuvieron mayor re-
putacion de virtud, se atrevieron á violarla
frecuentemente ? Los motivos que opone al
temor de los tormentos y al amor de la vi
da , son muy poco sensibles , y por consiguien
te muy débiles. Por otra parte, las cosas
del cielo se gobiernan por leyes enteramen
te distintas de las que rigen á los hombres, j Y
por qué comprometer estas leyes entre sí ? ¿ Por
qué poner á nadie en la terrible alternativa
de faltar á la divinidad, ó de destruirse á si mis
mo ? Esto es obligar al acusado á ser mal cris
tiano ó mártir. Acabando asi con la fuerza de
52 TRATADO DB LOS DELITOS
los sentimientos religiosos, única prenda de
la honradez de muchas gentes , se llega poco
á poco á hacer que los juramentos no sean mas
que una simple formalidad. Ademas, la ex
periencia hace ver cuán inútiles son: y so
bre esto apelo al testimonio de todos los jue
ces, los cuales convienen en que jamas se ha
logrado con el juramento que diga la verdad
ningun reo; y esto lo demuestra la razon,
probando que todas las leyes opuestas á los sen
timientos naturales del hombre son vanas, y
por consiguiente funestas. No de otra mane
ra que los diques que se construyesen direc
tamente en medio de las aguas de un rio pa
ra detener su curso , serian al momento des
truidos por el torrente, ó llegarían á formar
un abismo que los minaría y destruirla de un
modo insensible ; las leyes que luchan con la
naturaleza han de ceder tarde ó temprano á
los impulsos de esta fuerza que obra constan
temente en direccion contraria.

§. XIX.

De la prontitud de los castigos.


Cuanto mas pronto sea el castigo , y cuan
to mas de cerca siga al delito por el cual se
impone , tanto mayor será su justicia y su uti
lidad. Digo su justicia , porque entonces no
tendrá qüe padecer el reo los crueles tormen
tos de la incertidumbre , tormentos supérfluos,
y cuyo horror se aumenta con respecto á él
en razon de la fuerza de su imaginacion , y
del sentimiento de su propia flaqueza; y por.
Y DE LAS PENAS. 53
que siendo una pena la pérdida de la liber
tad , no debe preceder á la sentencia sino
cuando esto es absolutamente necesario. No
siendo otra cosa la prision que un medio de
asegurarse de un ciudadano hasta que sea de
clarado reo , y siendo este medio esencialmen
te incómodo y sensible, debe suavizarse cuan
to se pueda, y no durar mas que el tiempo
preciso. Esta duracion debe medirse por la
que exige absolutamente la instruccion del
proceso , y por el derecho que tienen de ser
juzgados los presos mas antiguos. No se de
be estrechar al reo sino lo que sea necesa
rio para impedir que huya ó que oculte las
pruebas del delito ; y en fin , debe concluir
se el proceso con cuanta brevedad sea posi
ble. ¡ Qué contraposicion mas cruel que la
indolencia de un juez y las angustias de un
acusado , las comodidades y placeres de un ma
gistrado insensible , y las lágrimas de un in
feliz aherrojado , y sepultado «n el horror de
los calabozos ! En general , el peso de la pena
y las consecuencias del delito deben ser las
mas eficaces para aquellos que las presencian,
y las menos duras para el que las padece. Efec
tivamente no hay sociedad legítima sin el prin
cipio incontestable de que los hombres solo
quisieron sujetarse á los menores males posi
bles.
He dicho que es útil la prontitud de la
pena ; porque cuanto mas corto es el tiempo
que media entre la accion y el suplicio que
merece, tanto mejor se unen en el ánimo , de
un modo indeleble, las dos ideas de delito y
castigo , de suerte que considera insensiblemen
54 TRATADO DE LOS DELITOS
te el castigo como un efecto cierto é insepa
rable de su causa. Esiá demostrado que la union
de las ideas es la que forma la trabazon de to
do el edificio del entendimiento humano , y
que sin ella el placer y el dolor serian unos
sentimientos aislados y de ningun efecto. Cuan
to mas se alejan los hombres de las ideas ge
nerales y de los principios universales, esto
es, cuanto menos ilustrados son, tanto mas se
les ve seguir en sus acciones las ideas mas pró
ximas y mas inmediatamente unidas , y des
cuidar las relaciones remotas y las ideas com
plicadas. Estas no se presentan, sino á los
hombres fuertemente apasionados de un obje
to, ó dotados por la naturaleza de un enten
dimiento claro y penetrante. En los primeros,
disipa la luz de la atencion las tinieblas que
cubren el objeto de sus investigaciones ; pero
deja los demas en la oscuridad en que estaban.
Acostumbrados los segundos á reunir gran nú
mero de ideas bajo un mismo punto de vista,
no hallan dificultad en comparar sentimien
tos opuestos , y el resultado de esta contraposi
cion forma la base de su conducta, que viene á
ser por Jo mismo menos incierta y peligrosa.
Es pues de la mayor importancia hacer que
el castigo se siga prontamente al delito , si
se quiere que la pintura seductora de las ven
tajas de una accion criminal despierte inme
diatamente en el ánimo grosero del vulgo la
idea de un suplicio inevitable. La dilacion
del castigo no produce otro efecto que el de
-hacer menos íntima la union de estas dos ideas.
Si el suplicio causa entonces alguna impresion,
es la misma que produce un espectáculo ; pe^
Y DE LAS PENAS.
ro el horror del crimen que se castiga se de
bilita en el ánimo de los espectadores , y no
fortifica en eltus k idea de la pena.
Adquiriría nuevas fuerzas la importante co
nexion eiure el delito y el castigo, sise die
se á la pena toda la conformidad posible con
la naturaleza del crimen. Esta analogía facili
ta singularmente la contraposicion que debe
haber entre el. estímulo que impele i delin
quir , y la reaccion que nace de la idea del
suplicio , pues aparta al hombre del camino á
que le conducía la engañosa perspectiva de
Una accion contraria á las leyes, y le diri
ge al punto opuesto.

$ XX.

De las violencias.

Los atentados contra la. persona no son


seguramente de la misma naturaleza que los
que se cometen contra, los, bienes., Los prime
ros merecen siempre una pena corporal j por
que si los grandes ó los. ricos pudiesen poner
precio á los atentados contra, el. débil y el po
bre, las riquezas que. bajo la proteccion de
las leyes deben ser premio de la industria,
vendrían á convertirle en alimento, de la tira
nía. No hay libertad , cuando, permiten las le
yes que en algunas circunstancias deje el hom -
bre.de ser una. persona, y se transforme en
una cosa. Entonces, 'se. dedica enteramente la
sagacidad de los poderosos á sacar del sinnú
mero de. combinaciones civiles aquellas que
les son. favorables por la ley. Este descubrí
JÓ TRATADO DE LOS DELITOS
miento es el secreto mágico que reduce á los
ciudadanos á la clase de bestias de carga ; el
que en manos del fuerte es la cadena con que
liga las acciones de los imprudentes y de los
i debiles; el que produce el singular efecto de
que permanezca oculta la tiranía en algunos
gobiernos muy libres en la apariencia , ó de
que se introduzca secretamente en ciertas par-
tes descuidadas por el legislador, para forti
ficarse y engrandecerse insensiblemente en ellas.
Los hombres oponen ordinariamente los diques
mas fuertes á la tiranía descubierta; pero no
ven el insecto imperceptible que mina su obra,
y prepara al torrente destructor un camino tanv
to mas seguro cuanto es mas oculto.

§. XXL

De los castigos de los nobles.

I Cuáles serán pues las penas que deban


señalarse á los delitos de los nobles, cuyos
privilegios forman una gran parte de las leyes
de las naciones ? No examinaré si esta distin
cion hereditaria entre los nobles y el pueblo es
útil á los gobiernos, ó necesaria á la monar
quía; ni si es cierto que forma un poder in
termedio y una barrera útil entre los dos es
treñios, ó si (semejante á las isletas deleito
sas y fértiles que se encuentran en los vastos
y arenosos desiertos de Arabia ) tiene el in
conveniente de reunir en corto espacio toda
la circulacion del crédito y de la esperanza,
haciendo de la nobleza un orden aparte , es
clavo de sí mismo y de los demas. No dis
Y DE LAS PENAS. 57
cutiré si aun suponiendo como ciérto que la
desigualdad sea inevitable ó útil en la socie
dad, lo será tambien que deba existir entre
los órdenes del Estado y no entre los indivi
duos; si vale mas que se fije en un solo pun
to , ó que circule por todas las partes del cuer
po político; si es de desear que se perpetue,
ó que nazca y se destruya á cada instante. -
Me limitaré á decir que las personas de mas
alta esfera deben estar sujetas á los mismos cas
tigos que el último ciudadano. En materia de
honores ó de riquezas , toda distincion supo
ne , para ser legítima , una igualdad anterior,
fundada en las leyes , las cuales miran á to
dos los subditos como igualmente dependien
tes de ellas. Se debe creer que renunciando
los hombres el despotismo que cada uno ha
bia recibido de la naturaleza, dijeron: Go
ce de los mayores, honores el mas industrioso,
y. brille tambien \su gloria en sus descendientes^
pero si el mas felfa y el mas honrado aumenta
sus esperanzas , no tema menos que el último
ciudadano violar las leyes que le ensalzaron so
bre los demas. Verdad es que este decreto no
emanó de una dieta en que se hubiese re
unido el género humano para promulgarle; mas
no por eso deja de existir en las relaciones
inmutables de las cosas. Su objeto no es des
truir las ventajas que se atribuyen á la noble
za ; sino impedir sus inconvenientes, y hacer
que se respeten las leyes , cerrando para siem
pre el camino á la impunidad. Si se me ob
jeta que la pena igual impuesta al noble y
al plebeyo deja de ser la misma á causa de .
la diferente educacion que recibieron uno y
58 TRATADO DE LOS DELITOS
otro y de la infamia que acarrea el suplicio
á una sangre ilustre, responderé que no se
mide el castigo por la sensibilidad del reo , si
no por el daño causado á la sociedad , daño
que es mas considerable para ella en razon de
la elevacion de la persona que se le hace; y
añadiré que la igualdad de la pena no puede
menos de ser siempre escerna , supuesto que es
realmente distinta en cada individuo , y que
por lo que hace á la infamia con que se man
cha una familia, puede el soberano borrarla
fácilmente cou demostraciones públicas de be
nevolencia. 2 Quien ignora que las formalida
des sensibles valen tanto como las razones pa
ra el pueblo siempre crédulo y admirador i

$. XXIL

De los robos.

Los robos cometidos sin violencia deberían


ser castigados con una pena pecuniaria. El que
quiere enriquecerse con los bienes agenos me
recería que se le despojase de los suyos. Pero
el robo es por lo comun el delito de la miseria
y de la desesperacion. Rara vez vemos que se
cometa sino por aquellos hombres desgracia
dos , á quienes el derecho de propiedad (dere
cho terrible, y que acaso no es necesario) no
dejó mas bien que la existencia. Por otra par
te , siendo tal el efecto de las penas pecuniarias
que es mayor el número de los reos que produ
cen que el de los delitos que castigan , y dan
á los malvados el pan que arrebatan á la ino
cencia, el verdadero castigo del ladron será
Y DE LAS PENAS. 59
condenarle por cierto tiempo á la servidumbre,
de modo que perteneciendo absolutamente á la
sociedad su persona y trabajo , la indemnice
esta dependencia perfecta del despotismo que
usurpó injustamente contra el pacto social. Es
te genero de esclavitud es el único que se pue
de mirar como justa
Pero si el robo fue acompañado de violen
cia , merece que se añadan penas corporales á
las que acabo de indicar. Estan ya. demostra
dos los desórdenes que nacen de la práctica de
imponer unas mismas penas á los robos hechos
con violencia y á los que solo se egecutaron con
arte \ y se ha hecho ver que es cosa absurda
igualar una. suma considerable de dinero con la
vida de un hombre; pero siempre es útil re
petir lo que casi nunca ha llegado á tener efec
to. Los cuerpos políticos son los que conservan
mas tiempo el movimiento que se les dió , y los
que con mas dificultad reciben otro nuevo.
Trátase aqui de delitos de diferente na
turaleza , y la política admite , como los mate
máticos , el axioma de que entre las cantidades
heterogéneas hay un infinito que las separa.

§. XXIII.

De la infamia.

Las injurias personales y contrarias al ho


nor , esto es , á la justa aprobacion que un ciu
dadano tiene derecho á exigir de los demas de
ben ser castigadas con la infamia. Es esta una
señal de la desaprobacion pública, que priva al
reo del aprecio de los demas hombres , de la
ÓO TRATADO DE LOS DELITOS
confianza de la patria y de aquella especie de
fraternidad qne está fundada en los vínculos
sociales. Como sus efectos no dependen absolu
tamente de las leyes , es necesario que la que
éstas imponen nazca de las relaciones de las cosas
y de la moral universal , ó á lo menos de la moral
particular que resulta de los sistemas particula
res , los cuales son los legisladores de las opinio
nes vulgares y de la nacion que los ha adoptado.
De lo contrario, dejará de ser respetada la ley ó
desaparecerá la idea de la moral y de la probi
dad , á pesar de las declamaciones , cuya fuerza
cede siempre á la del egemplo. Declarar infa
mes unas acciones que de suyo son indiferentes
es disminuir la infamia de las que efectivamen
te merecen esta nota. Pero las penas infamato
rias deben ser raras , porque los efectos reales
y demasiado frecuentes de las cosas de opinion,
disminuyen la fuerza de la opinion misma. Tam
poco deben recaer á un mismo tiempo sobre
gran número de personas , porque la infamia
dividida entre muchos vendría muy luego á ser
ilusoria con respecto á cada uno en parti
cular.
Hay delitos fundados en el orgullo , y que
no se debe tratar de reprimir con castigos cor
porales y dolorosos , porque esto mismo contri
buiría á fomentarlos por la idea de que es cosa
gloriosa resistir el dolor. Las armas del ridículo
y de la infamia , de que la verdad misma no lle
ga á triunfar sino con esfuerzos lentos y obsti
nados , son mucho mas á propósito para casti
gar á los fanáticos , humillando su orgullo con
el de los espectadores. De este modo oporie el
sabio legislador la fuerza á la fuerza y la opi
y DE LAS PENAS. él
■ion á la opinion para destruir en el pueblo
la maravilla y sorpresa que le causa un prin
cipio falso , cuya estravagancia suele no hacer
impresion en el vulgo , cuando estan bien de
ducidas las consecuencias que se le presentan.
Este es el modo de no confundir las rela
ciones y la naturaleza invariable de las cosas,
que siempre activa y nunca circunscripta por
el tiempo , destruye y disuelve todos los regla
mentos limitados que se apartan de ella. La
fiel imitacion de la naturaleza no solo es la re
gla de las artes de placer y recreo , sino que
es tambien la base de la política verdadera y
durable , la cual no es otra cosa que la ciencia
de dirigir á un objeto loable y único los senti
mientos inmutables de los hombres.

§. XXIV.

De las gentes ociosas.

Turbar la tranquilidad pública ó no obede


cer las leyes , que son las condiciones con que
los hombres se sufren y se defienden mutua
mente , es merecer ser escluido de la sociedad,
esto es , desterrado. Y he aqui la razon que
mueve á los gobiernos sabios á no permitir en
el seno del trabajo, aquella especie de ociosi
dad política que algunos declamadores austeros
han confundido fuera de propósito concia que
es fruto de las riquezas acumuladas por la in
dustria. Esta última llega á ser útil y necesa
ria, al paso que se ewiende la sociedad, y se
estrecha la administracion. Llamo ociosidad po
lítica la que no contribuye á la soeiedad con
02 TRATADO DE LOS DELITOS
trabajo ni con riquezas , la que adquiere siem
pre sin perder jamas, la que escita la ad
miracion estúpida del vulgo y la compasion des
deñosa del sabio ; en fin , la que privada de
la única causa capaz de hacer activo al hom
bre , que es la necesidad de conservar ó de
aumentar las comodidades de la vida , deja que
reinen despóticamente las pasiones de la opi
nion, cuya fuerza no es la menos victoriosa.
No se puede mirar como políticamente ocio
so al que gozando del fruto de las virtudes ó
de los vicios de sus antepasados, na el pan
y la existencia á" la pobreza industriosa en cam
bio de los placeres actuales que recibe de ella,
y la pone en estado de hacer en paz la guer
ra tácita en que está la industria con la opu
lencia , y que ha sucedido á los combates san
grientos é inciertos»' de la fuerza contra la fuer
za. Corresponde pues á las leyes , y no á la
virtud austera y apocada de algunos censores,
el definir la especie de ociosidad que mere
ce ser castigada.
Hay casos en que ciertos hombres acusa
dos de un delito atroz , tienen contra sí la ma
yor probabilidad de haberle cometido , sin es
tar plenamente convencidos de ello: y pare
ce que contra esta especie de reos debería de
cretarse la pena de destierro ; mas para esto
se necesitaría la ley menos arbitraria y mas
precisa que fuese posible , la cual condenase
á destierro ai que hubiese puesto á la nacion
en la fatal alternativa de temerle ó de ofender
le, y le dejase al mismo tiempo el derecho
sagrado de probar su inocencia. Tambien se
necesitarían razones mas poderosas para des
y DE LAS PENAS. 63
cerrar á un ciudadano que á un estrangero,
y para tratar con igual rigor á un hombre acusa
do por primera vez que al que se hubiese vis
to frecuentemente ea manos de la justicia.

§. XXV.

Del destierro y de las confiscaciones.

I Debe ser privado de sus bienes aquel á


quien se destierra y se escluye para siempre
de la sociedad de que era miembro i Esta cues
tion puede considerarse bajo diferentes aspec
tos. La pérdida de los bienes es mayor pena
que el destierro. Debe pues haber casos en que
se le añada la confiscacion total , otros en que
solo se despoje al desterrado de una parte de
sus bienes , y otros en fin , en que se le de
jen todos. Estos diferentes géneros de casti
go serán siempre proporcionados al delito. El
destierro llevará consigo la confiscacion total,
cuando se decrete por la ley de modo que rom
pa toda especie de relaciones entre la sociedad
y el miembro que la ofendió. Entonces muere
el ciudadano y queda el hombre; pero por lo
que hace al cuerpo político, experimentó to
dos los efectos de la muerte natural. Parece
pues que sus bienes deberian pasar á sus lé-
gítimos herederos mas bien que al príncipe,
porque la muerte y semejante destierro pro
ducen las mismas consecuencias en lo civil. Pe
ro no es esta distincion tan sutil la que me
mueve á desaprobar las confiscaciones. Si al
gunos autores han sostenido que sirven de fre
no á las venganzas y al escesivo poder de los
64 TRATADO DE LOS DELITOS
particulares , no han reflexionado que para que
una pena sea justa no basta que de ella re
sulte algun bien , sino que ademas debe ser
necesaria. Jamas tolerará una injusticia útil el
legislador que ponga toda su atencion en cer
rar la puerta á la tiranía, monstruo siempre
vigilante, cuyo arte consiste en engañarnos
con un bien momentáneo, y que con el ce
bo de la felicidad que derrama sobre algunos
grandes , nos oculta la destruccion futura y las
lágrimas de una infinidad de desgraciados,
tanto mas expuestos á sus golpes cuanto ma
yor es la oscuridad en que yacen. Las confis
caciones son un pregon de muerte contra el
débil; hacen que la pena del reo caiga sobre
el inocente , y obligan á este mas de una vez.
á cometer delitos por necesidad y por deses
peracion ¡ Qué espectáculo mas horroroso que
el de una familia sumergida en la infamia y
la miseria por el crimen de un padre : crimen
que la sumision prescrita por las leyes no la
hubiera permitido impedir , aun cuando hu
biese tenido medios para ello !

§. XXVI.

Del espíritu de familia.

Si han sido autorizadas por el uso las fu-


cestas consecuencias de que acabamos de ha
blar; si han merecido la aprobacion de hom
bres muy ilustrados , y las han adoptado en
la práctica las repúblicas mas libres , es por
haber considerado á la sociedad mas bien co
mo la uniqn de una familia que como la aso
Y SE LAS PENAS. 65
eiaoion de cierto número de hombres. Supon
gamos cien mil hombres ó veinte mil fami
lias , compuestas cada una de cinco personas,
inclusa la cabeza que la representa. Si esta
asociacion se hace por familias , habrá veinte
mil ciudadanos y ochenta mil esclavos ; si poc
individuos, solo habrá en ella hombres libres.
En la primera acepcion , será esta nacion una
república compuesta de veinte mil monarquías
pequeñas. En la segunda, reinará por todas
partas un espíritu de libertad, que animará
no solo las juntas públicas , sino tambien lo
interior de las casas particulares , donde se
encuentra principalmente la felicidad ó la des
gracia de los hombres. Si la asociacion se ha
ce por familias, emanarán de sus cabezas las
leyes y costumbres que son siempre el resul
tado de los sentimientos habituales de los miem
bros de la república. Entonces se verá que se
introduce en ella poco á poco el espíritu de
las monarquías, y solo hallarán obstáculo sus
efectos en la oposicion de los intereses particu
lares , y no en el sentimiento vivo y univer
sal de libertad ó igualdad. El espíritu de fa
milia se reduce á pormenores y á cosas de
poca importancia. El espíritu que dirige las
repúblicas y establece los principios generales,
ve los hechos , y sabe colocarlos en sus res
pectivas clases para que sean útiles al bien
del mayor número. En una sociedad compues
ta de familias permanecen los hijos bajo la po
testad del padre mientras éste vive; y solo
su muerte puede darles la existencia que de
pende únicamente de las leyes. Acostumbra
dos á humillarse y á ceder en la edad mal
i
66 TRATADO LOS DELITOS
fuerte y activa, en que las pasiones no tie»
nen todavía el freno de la moderacion, fru
to de la esperiencia, ¿cómo resistirán á los obs
táculos que el vicio opone constantemente á la
virtud , cuando la débil y tímida vejez los pri
ve de la firmeza necesaria para tentar mudan
zas arriesgadas , y les quite la esperanza de co
ger el fruto desus trabajos?
Cuando la asociacion se hace por indivi
duos, la subordinacion en las familias, es efec
to del contrato y no de la fuerza. Una vez que
llegan á salir de la edad en que la naturaleza,
esto es, su debilidad y la necesidad de ser
educados, los mantiene en la dependencia de
fus padres , libres ya los hijos y miembros de '
la república , solo se sujetan á la cabeza de la
familia para participar de sus ventajas , como
lo hacen los ciudadanos con respecto á la gran
sociedad. En el primer caso , los jóvenes que
son la parte mas considerable y mas útil de la
nacion , estan absolutamente á discrecion de sus
padres. En el segundo , el único lazo que los
liga, es la obligacion sagrada é inviolable de
ayudarse mutuamente en sus necesidades , y
ei de la gratitud por los beneficios recibidos,
obligacion que se debilita y destruye mucho mas
pronto por una sujecion ciega , efecto de lo que
previenen las leyes , que por la corrupcion y
perversidad del corazon humano.
Esta oposicion entre las leyes fundamenta
les de las repúblicas y las de las familias es un
manantial fecundo de contradiciones entre la
moral pública y la particular ; puesto que esci
ta en el ánimo de cada hombre un combate per •
petuo. La moral particular inspira sumision y
Y DE LAS PENAS, 67
temor ; la pública añade estímulos al valor y á
la libertad: una reduce el espíritu de beneficen
cia á un círculo estrecho de personas , en cuya
eleccion no se ha tenido parte alguna ; otra le
estiende á todas las clases de la humanidad:
aquella exige un continuo sacrificio de sí mis
mo al ídolo vano que se adora bajo el nombre de
bien ó interes de familia , y que muchas veces no
alcanza á ninguno de los individuos que la compo
nen; éstaenseñaá buscar la utilidad propia sin de
trimento de las leyes , y ademas escita al ciuda
dano á sacrificarse por la patria , siendo el en
tusiasmo que enciende en su corazon el premio
anticipado de la accion que él mismo mueve á
egecutar. Semejantes contrariedades apagan en
los hombres el deseo de buscar la virtud en me
dio de Jas tinieblas con que se ha llegado, á os
curecerla , y á causa de la gran distancia en que
se les presenta , envuelta entre las nubes con
que estan cubiertos los objetos fisicos y mora
les, j Cuántas veces se admira el hombre que re
flexiona sobre sus acciones pasadas , de ver que
se halla en el camino del vicio! Al pasa .que se
multiplica la sociedad , viene á ser cada uno de
sus miembros una parte mas pequeña del todo,
y en la misma proporcion se disminuye el espí
ritu republicano , si se descuidan las leyes en
vigorizarle. Circunscriptas las sociedades en su
acrecentamiento, como los cuerpos humanos, no
pueden pasar de ciertos límites sin que esto per
judique á su economía. Parece que la masa de
un Estado debe hallarse en razon inversa de la
sensibilidad de los que le componen. Si una y
otra se aumentasen igualmente , encontrarían
las leyes un obstáculo para evitar el crimen , en
68 TRATADO DE LOS DELITOS
el bien mismo que hubiesen producido. Una re
pública demasiado vasta no se libra del despo
tismo sino subdividiéndose y uniéndose en mu
chas repúblicas confederadas. ¿ Pero cómo se lo
grará esta union? Con un dictador despótico,
lleno de valor como Sila , y dotado de tanto ta
lento para edificar como el que tenia aquel ro
mano para destruir. Siendo ambicioso , adqui
rirá este hombre una gloria inmortal ; y si es
filósofo , hallará en las bendiciones de sus con
ciudadanos el consuelo de la pérdida de su au
toridad , aun cuando no pudiese mirar con indi
ferencia su ingratitud. Al paso que se debilitan
los sentimientos que nos unen á la nacion , ad
quieren nueva fuerza los que nos unen á los ob
jetos que nos rodean. Por eso , bajo el mas cruel
despotismo son mas durables los vínculos de la
amistad ; y las virtudes de familia (siempre me
dianas) vienen á ser entonces las mas comunes,
o por mejor decir , las únicas. En vista de es
tas reflexiones no será dificil conocer cuán poco
ilustrados han sido la mayor parte de los le
gisladoras.
§. XXVII.

De la suavidad de las penas.

No es el rigor dé los suplicios el medio mas


seguro de evitar los delitos , sino la certeza del
castigo , la vigilancia del magistrado y aquella
severidad inexorable que solo es virtud cuando
es suave la legislacion. La perspectiva de un
castigo moderado , pero inevitable , hará siem
pre una impresion mas fuerte que el temor vago
Y DE LAS PENAS. 69
de un suplicio terrible, cuyo horror se destruye
casi enteramente con la esperanza de la impu
nidad. Tiembla el hombre al aspecto de los ma
les mas pequeños cuando ve la imposibilidad de
eximirse de ellos, al paso que la esperanza,
precioso don del cielo , y que muchas veces es
nuestro único recurso , aleja sin cesar la idea,
aun de los mas crueles tormentos , en especial
cuando esta esperanza se corrobora con el
egcmplo de la impunidad que la poca firmeza o
la avaricia concede con demasiada frecuencia á
los mayores delitos.
Cuanto mas terrible sea el castigo, tanto
mas esquisitas diligencias hará el delincuente
para evitarle , ni se detendrá en acumular ini
quidades para librarse del que ss le impondría
por una sola; y el rigor de las leyes multi
plicará los delitos por castigar con demasia
da severidad á los reos. Los países y los siglos
en que se usaron los mas bárbaros suplicios
fueron siempre deshonrados con las atrocidades
mas monstruosas. El mismo espíritu de ferocidad
que dictaba al legislador leyes sanguinarias,
ponia el puñal en la mano del parricida y del
asesino. Animado de este espíritu el soberano
cargaba un yugo de hierro sobre sus esclavos,
y los esclavos inmolaban sus tiranos para suje
tarse á otros nuevos.
Semejante á los fluidos , que por su natura
leza se ponen siempre al nivel de los cuerpos
que los rodean , el alma se endurece con los
espectáculos crueles que se repiten frecuente
mente , porque al fin llega á habituarse á su
horror ; y como las pasiones son siempre adi
tivas , sucede que despues de algunos años He
7<3 TRATADO DE LOS DELITOS
gan á contenerse menos con el temor del patí
bulo que antes con el de una simple prision.
Para que el castigo sea suficiente , basta que el
mal que resulta de él esceda al bien que resul
tó del delito ; y aun es necesario que éntre en
el cálculo de esta ecuacion la certeza del castigo y
la perdida de las ventajas adquiridas con el de
lito. Toda severidad que pasa los límites de esta
proporcion , es superflua , y por lo mismo ti
ránica. Los males que conocen los hombres por
una esperiencia funesta , arreglarán su conduc
ta mas bien que los que ignoran. Supongamos
dos naciones en que las penas sean proporcio
nadas á los delitos , y que en la una el mayor
suplicio sea la esclavitud perpetua , y en la otra
el patíbulo. Yo me atrevo á afirmar que las dos
esperimentarán igual terror con la idea de un
suplicio que es el mayor que conocen. Y si hu-
hubiese alguna razon para transferir á la pri
mera los castigos usados en la segunda , la mis
ma razon conduciría á aumentar con respecto
á esta la crueldad de los suplicios , pasando
insensiblemente desde el patíbulo á tormentos
mas lentos y estudiados , y en fin á las mas es-
quisitas invenciones de esta ciencia bárbara de
masiado sabida de los tiranos.
De la escesiva severidad de las leyes pena
les resultan todavia dos consecuencias funestas,
diametralmente opuestas al objeto que se pro
ponen de evitar los delitos. La primera, que
no es fácil conservar asi la justa proporcion
necesaria entre los delitos y las penas. La or
ganizacion de los cuerpos humanos señala á la
sensibilidad ciertos límites , de los cuales no
puede pasar mugan suplicio , á pesar de cuan
Y DE LAS PENAS. 71
to haya podido adelantar en esta especie de
barbarie una crueldad ingeniosa. Si fuera de
estos límites hay delitos que merezcan una pena
mas atroz, ¿ á donde iremos á buscarla?
La segunda consecuencia es que la atroci
dad misma de los suplicios facilita la impuni
dad. La naturaleza humana está sujeta á un
círculo limitado , asi en el bien como en el mal.
Solo el furor pasagero de un tirano puede au
torizar unos espectáculos demasiado bárbaros
para ella, y nunca serán éstos efecto de un
sistema constante de legislacion , la que si fue
se cruel habría de variar necesariamente , ó se
ria inutil de todo punto.
I Qué hombre habrá tan bárbaro que no se
horrorice al ver en la historia cuántos tormen
tos , tan inútiles como espantosos , se hau in
ventado y empleado á sangre fria por unos
monstruos que se daban el nombre de sabios?
Pintura es esta capaz de conmover el alma me
nos sensible. La miseria , consecuencia necesa
ria ó indirecta de las leyes que han favorecido
siempre al menor número á espensas del mayor,
obliga á millares de infelices á entrar en el es
tado de naturaleza. Precipítalos en él la deses
peracion , y los persigue la ignorancia supers
ticiosa , la cual los acusa de delitos imposibles,
ó inventados pdr ella misma. Si son reos , solo
es por haber sido fieles á sus propios principios.
; Escusa inútil ! Hombres dotados de los mismos
sentidos , y por consiguiente de las mismas pa
siones , se complaeen en hallarlos culpables, por
tener la cruel satisfaccion de gozar de sus tor -
mentos. Se les despedaza con grande aparalo,
se las prolongan los dolores , y se les presenta
72 TRATADO DE LOS DELITOS
en espectáculo á una muchedumbre fanática qu«
se recrea lentamente en verlos padecer.

§. XXVIII.

De la pena de muerte.
Considerando esa multitud de suplicios , que
nunca ha hecho mejores á los hombres , he exa
minado si en un gobierno sabio es útil y justa
la pena de muerte. ¿ Cuál puede ser ese derecho
que se atribuyen los hombres de matar á sus
semejantes i Por cierto que no es aquel de don
de resultan la soberanía y las leyes , las cuales
no son mas que la suma de las pequeñas porcio
nes de libertad , de que se despojó cada uno , y
representan la voluntad general , que es el re
sultado de la union de las voluntades particula
res. ¿ Pero quien será el que haya querido ceder
á otro el derecho de quitarle la vida ? ¿ Cómo
se ha de suponer que en el sacrificio que hizo
cada individuo de la mas pequeña porcion de
libertad que pudo enagenar , comprendiese el
del mayor de todos los bienes ? y aun cuando
asi fuese ¿cómo se conciliará este principio con
la máxima que prohibe el suicidio ? O el hombre
puede disponer de su propia vida , ó no pudo
dar a uno solo , ni á la sociedad entera , un de
recho que él mismo no tenia.
La pena de muerte no se funda en ningun
derecho , como acabo de demostrarlo. No es,
pues , mas que una guerra declarada á Un ciu
dadano por la nacion , que juzga necesaria , ó
á lo menos útil , la destruccion de este ciudada
no. Pero si pruebo que cuando la sociedad quita
y DE ¿AS PENAS. 73
la vida á un miembro suyo , no hace cosa alguna
que sea necesaria ó util á sus intereses , habré
ganado el pleito de la humanidad.
Solo hay dos motivos que puedan hacer mirar
como necesaria la muerte de un ciudadano. En
los momentos de turbacion en que un pueblo
trata de ser libre , ó está próximo á perder su
libertad ; en los tiempos de anarquía , en que
enmudecen las leyes y son reemplazadas por el
desorden y la confusion , si un ciudadano aun
que privado de libertad, puede todavía, por
medio de sus relaciones é influjo , comprome
ter la seguridad de su pais; si su existencia
puede producir una revolucion peligrosa en el
gobierno, es sin duda necesario privarle de ella;
pero en el reinado tranquilo de las leyes ; bajo
la suave autoridad de un gobierno formado y
aprobado por los votos reunidos de los pueblos;
en un Estado bien defendido y sostenido inte
rior y esteriormente por la fuerza , y por la opi
nion quizá mas poderosa que la fuerza misma; en
fin, en un pais en que hallándose toda la autori
dad en manos del verdadero soberano , jamas se
adquiere con riquezas que solo sirven alli para
comprar placeres ¿qué necesidad de quitar la
vida á un ciudadano? Solo podría justificijse
este castigo por la imposibilidad de coatener los
delitos con un egemplar menos terrible : segun
do motivo que autorizaría y haria necesaria la
pena de muerte.
La esperiencia de todos los siglos prueba que
el temor del último suplicio jamas ha contenido
á los malvados que estaban resueltos á turbar Ja
sociedad. Esta verdad se corrobora con el egem-.
pío de los romanos , y adquiere nueva fuerza
74 TRATADO DE LOS DELITOS
con los veinte años de reinado de Isabel , Em
peratriz de Rusia , durante los cuales dio esta
princesa á los pueblos una leccion mas aprecia-
ble que las brillantes conquistas que compra
siempre la patria á costa de la sangre de sus
hijos. Pero si hay hombres á quienes el len-
guage de la autoridad haga sospechoso el de la
razon hasta el punto de negarse á unas pruebas
tan palpables , oigan un momento la voz de la
naturaleza , y hallarán en su corazon el testi
monio de cuanto acabo de decir.
Las penas no horrorizan tanto á la humani
dad por su rigor momentáneo como por su du
racion. Nuestra sensibilidad es conmovida mas
fácil y permanentemente por una impresion li
gera y reiterada que por un choque violento y
pasagero. Todo sér sensible está universalmente
sujeto al imperio de la costumbre. Esta es la que;
enseña al hombre á hablar, á andar y á satisfa
cer sus necesidades ; y las ideas morales se gra
ban tambien en el ánimo por las huellas dura
bles que deja en él su accion reiterada. Asi
que , el freno mas á propósito para contener los
delitos no es tanto el espectáculo terrible y mo
mentáneo de la muerte de un malvado como el
egumplo continuo de un hombre privado dtí
libertad , transformado en cierto modo en ca
ballería de carga , y resarciendo á la sociedad
con un trabajo penoso y de por vida el perjui
cio que le había causado. Nadie hay que no pue
da decirse á sí mismo , reflexionando algun tan
to : He aquí la horrorosa condicion á que me veré
reducido por toda mi vida , si cometo semejantes
acciones. Y este espectáculo siempre presente á
la vista , obrará con mucha mayor eficacia que
Y DE LAS PENAS. 75
la idea de la muerte, porque esta se ve siempre
á cierta distancia , y rodeada de una nube que'
disminuye su horror. Por mas impresion que
haga la vista de los suplicios , nunca será taa
fuerte que pueda resistir á la accion del tiempo
y de las pasiones , las cuales borran muy pronto
de la memoria de los hombres las cosas mas esen
ciales. Es un principio cierto que los choques
violentos hacen en nosotros un efecto muy seña
lado ; pero muy corto. Producirán una revolu
cion repentina ; y sucederá que ciertos hombres
comunes llegarán de repente á ser persas ó la-
cedemonios. Pero en un gobierno libre y tran
quilo no hay tanta necesidad de egemplos terri
bles como de impresiones permanentes. Cuando
se ajusticia á un reo, su suplicio es un espectá
culo para la mayor parte de los que le presen
cian , y sólo un corto número de personas espe-
rimenta un sentimiento de lástima en que tiene
alguna parte la indignacion: con lo que esta
muy lejos de lograrse el terror saludable que
pretende inspirar la ley. Pero la vista de los
castigos moderados y continuos produce siempre
un sentimiento idéntico y único , que es el del
temor. En el primer caso se halla el espectador
del suplicio en la misma situacion que el que
asiste á la representacion de un drama ; y asi
como él avaro vuelve á su arca , asi tambien el
hombre violento é injusto vuelve á sus violen
cias é injusticias. Debe pues el legislador limi
tar el rigor de lis penas , cuando este último'
sentimiento prevalece en el ánimo de los espec-'
tadores, á quienes parece entonces que el suplí-'
cio se inventó para ellos mas bien que contra d
reo. • ......
76 TRATADO DE IOS DELITOS
A fin de que una pena sea justa , solo debe
tener el grado de rigor suficiente para retraer
del crimen. ¿Y habrá hombre que pueda preferir
las ventajas de la maldad mas útil , al riesgo de
perder para siempre la libertad? Luego la es
clavitud perpetua, sustituida á la pena de muer
te , tiene tanto poder como ésta para contener
al malvado mas decidido. Añadiré que es aún
mayor su eficacia ; porque muchas veces se
mira la muerte con serenidad y firmeza: el fa
natismo la representa con bellos colores : la va
nidad , fiel compañera del hombre hasta el se
pulcro , la despoja de su horror ; y la desespera
cion la hace indiferente , cuando nos reduce á
desear acabar la vida ó poner fin á nuestras mi
serias ; pero en medio de las jaulas de hierro,
de las cadenas y de los golpes , se desvanece la
ilusion del fanatismo , se disipan las nubes de la
vanidad , y la voz de la desesperacion que acon
sejaba al reo que acabase con sus males , solo se
deja oir para pintarle mas al vivo el horror de
los que empieza á padecer de nuevo. El tiempo
y el tedio son mas insufribles para nosotros que
la violencia de los mas crueles dolores ; porque
reuniendo nuestras fuerzas contra los males pa-
sageros , debilitamos su accion ; pero no hay
resorte que no ceda á las impresiones continua
das y constantes. Adoptada la pena de muerte,
cada escarmiento que se presenta supone un de
lito cometido , al paso que por medio de la es
clavitud perpetua, cada delito pone á vista de la
nacion un escarmiento siempre subsistente y
repetido. . .
En efecto, si es importante presentar con fre
cuencia á ios pueblos pruebas del poder de las
T DE LAS PENAS. 77
leyes , deben ser repetidos los suplicios ; mas
para esto será necesario que sean tambien fre
cuentes los delitos : lo que probará que la pe
na de muerte no hace entonces toda la impre
sion que deberia producir , y que es á un mis
mo tiempo inútil y necesaria. Y he aquí el
circulo vicioso á donde se va á parar cuando
se establecen principios sin haber calculado sus
consecuencias. Si se me objeta que la esclavitud
perpetua es una pena tan rigurosa , y por consi
guiente tan cruel como la muerte , convendré en
que lo seria aun mas , si se reuniesen en un solo
punto todos los instantes desgraciados del que
la padece ; pero divididos éstos en todo el dis
curso de la vida , no pueden compararse con el
momento horroroso del último suplicio sino por
el espectador que calcula su duracion y totalidad,
y no por el reo , á quien los males presentes
distraen de la idea de los que va á esperimentar.
La imaginacion aumenta todas las desgracias: el
que padece, encuentra en su alma endurecida
con el hábito de padecer, recursos y consuelos
que la sensibilidad escitada momentáneamente
oculta á los testigos de su infortunio : y he aqui
lo que justifica las ventajas de la esclavitud per
petua , mas útil como egemplar , que insopor
table como castigo.
Solo por medio de una buena educación
aprendemos el arte de desentrañar nuestros sen
timientos ; pero como los malvados tienen tam
bien sus principios de conducta , aunque sin
conocerlos á fondo , vemos el discurso que poco
mas ó menos hace un ladron ó un asesino;
cuando deja de cometer un delito por solo el
miedo del patíbulo. »¿ Cuáles son (se pregunta
78 TRATADO DE LOS DELITOS
«á sí mismo) esas leyes que debo respetar ? ¿Qué
«inmenso intervalo no dejan entre la riqueza y
«la miseria? La opulencia me niega el mas le-
«ve socorro , y me envia orgullosamente á tra-
«bajar , cuando ella no sabe ni aun lo que es
«estar ocupado. ¿Y quién ha hecho estas leyes?
«Hombres ricos y poderosos que jamas se han
«dignado de visitar las tenebrosas chozas del
«pobre , ni han visto á sus mugeres bañadas en
«llanto , ni á sus hambrientos hijos disputándo
le un alimiento grosero , fruto insuficiente del
«sudor de aquellos infelices. Armémonos contra
«la injusticia , tratemos de destruirla en su orí-
«gen , rompamos unos pactos funestos al mayor
«número , despedacemos unas cadenas forjadas
«por la indolencia tiránica para agoviar la po-
«breza industriosa. Sí : volveré á mi estado de
«independencia natural , viviré libre y gozaré
«.algun tiempo los frutos felices de mi valor y
«destreza. Capitaneando algunos hombres deter-
«mi nados como yo , corregiré los errores de la
«fortuna , y veremos como tiemblan á nuestra
«vista esos tiranos , cuyo fausto insultante nos
«hacia de peor condicion que los animales des
«tinados á sus placeres. Quizá algun dia.
«Está bien. Pero el dolor pasa en un instante, y
«al cabo habré vivido años enteros con gusto y
«libertad." Si entonces se presenta la religion
á' los ojos del malvado , tambien sabrá abusar de
ella mediante la esperanza del arrepentimiento
y del perdon ; y los destellos de una felicidad
eterna, fácil premio de un momento de pesar,
disiparán las nubes horrorosas de la muerte.
Al contrario , ¡ qué perspectiva la de haber
de pasar gran número de años ó acaso toda la
Y DE LAS PENAS. 79
vida en la servidumbre y en el dolor , esclavo
de las leyes que antes dispensaban proteccion,
expuesto á las miradas y , al desprecio de sus
conciudadanos , hecho el oprobio y horror de
los que antes eran sus iguales ! ¡ Qué útil compa
racion la de esta triste memoria con la incerti-
dumbre del éxito de sus delitos y del tiempo
que podrá gozar de ellos! El egemplo siempre
presente de las infelices víctimas de su impru
dencia debe hacer una impresion mucho mas
fuerte que la de los suplicios , cuya vista endu
rece el alma lejos de corregirla. La pena de
muerte perjudica tambien al cuerpo social por
los egemplos de crueldad que presenta á los
hombres. Si las pasiones, ó la necesidad de ha
cerse guerra unos á otros , han enseñado á der
ramar la sangre humana , las leyes , cuyo objeto
es suavizar las costumbres , no deberían á lo
menos multiplicar esta atrocidad por medio del
aparato y de las formalidades estudiadas que
acompañan al suplicio. ¡ Qué absurdo ! Las le
yes , que no son mas que la espresion de la vo
luntad general , y se dirigen á detestar y casti
gar el homicidio ¿habrán de cometerle ellas mis
mas ? Querrán impedir las muertes violentas ¿y
mandarán que se egecute un asesinato público?
Sin embargo, si hay leyes de una utilidad incon
testable , son aquellas que cada uno querría
proponer y observar en los momentos en que
guarda silencio el ínteres particular , ó se coa-
funde su voz con la del interes público. Ahora
bien. ¿ Queremos saber cuál es la opinion gene
ral sobre la pena de muerte ? Veámosla pintada
con caracteres indelebles en los movimieutos de
indignacion y de desprecio que inspira la sola
8o TRATADO DE LOS DELITOS
vista del ministro de las crueldades de la justi
cia , de ese ciudadano honrado que contribuye
al bien de la nacion egecutando la voluntad
pública , de ese instrumento necesario de la se
guridad interior , en cuya defensa se emplea
dentro dal Estado , asi como el militar le defien
de de los enemigos esteriores. ¿ Cuál es pues el
origen de esta contradicion? ¿De dónde nace
un sentimiento que se resiste á todos los esfuer
zos de la razon humana? Del principio grabado
por la naturaleza en lo íntimo de jiuestros cora
zones ; el cual nos dice que nadie tiene derechos
legítimos sobre la vida de los hombres , á la que
solo puede dar leyes la necesidad , reina abso
luta del universo.
¿ Qué se ha de pensar al ver á los augusto»
pontífices de la justicia mandar con la mas tran
quila indiferencia que se hagan los preparativos
del suplicio á que han condenado al delincuen
te ? i Qué !. ¡ Mientras el infeliz , abandonado á
las convulsiones del dolor , aguarda entre hor
rores y angustias el golpe que va á terminar sus
dias , dejará el juez el tribunal para ir á gozar
en paz las dulzuras y los placeres de la vida,
aplaudiéndose quizá de la autoridad que acaba
de egercsr! Y no podrán esclamar los desgracia
dos 'que puedan temer hallarse en aquel caso:
mNo : Las leyes no son mas que un pretesto con
que la fuerza disimula su tiranía : el despotis
mo las ha adornado con los colores de la justicia
para llevar con mas seguridad á los altares las
víctimas que quiere inmolar : se nos pintaba el
asesinato como un crimen horrible , y he aqui
que se comete sin repugnancia y á sangre fria:
aprendamos á aprovecharnos de éste egemplo:
.. y DE LAS PENAS. 8l
nos parecía que la muerte violenta estaba rodea
da de todo género de horrores , y no es mas
que un momento , que será mucho menos dolo
roso y se reducirá casi á nada para el que no
le espere." Tales son los funestos paralogismos
y los peligrosos raciocinios que se forman con
fusamente en una cabeza ya dispuesta al crimen,
y mas susceptible de ser dirigida por el abuso
de la religion que por la religion misma.
La historia de los hombres es un mar in
menso de errores , en que se ven nadar por acá
y por allá algunas verdades mal conocidas. No •
se cite pues como un. argumento el hecho de que
la mayor parte de los siglos y naciones han de
cretado la pena de muerte contra ciertos delitos;
porque ni el egemplo ni la prescripcion tienen
fuerza alguna contra la verdad. ¿Se escusará la
bárbara supersticion que sacrificó hombres en
las aras de su divinidad , porque casi todos lo»
templos han sido ensangrentados con víctimas
humanas ?
Al contrario, si hallo algunos pueblos que se
hayan abstenido , aunque uo sea mas que por un
corto espacio de tiempo, de poner en egecucion
la pena de muerte , me valdré de su egemplo
con mucha razon ; porque es propio de las gran
des verdades no brillar mas que como un re
lámpago en medio de las nubes tenebrosas cen
que el error cubre la faz del universo. No ha -
llegado todavia la época dichosa en que se
abran á la luz los ojos fascinados de las na
ciones , y en que las verdades reveladas no
sean las únicas que ilustren al género humano.
Conozco que la débil voz de un filósofo se
rá facilmente sufocada por los gritos tumultuo
6
82 TRATADO DE LOS DELITOS
sos de los fanáticos, esclavos de la preocupa
cion. Pero hay algunos sabios esparcidos sobre
la na* de la tierra , y estos me oiran , y ine
responderán desde lo íntimo de su corazon. Que
si la verdad, á pesar de los obstáculos que
ki alejan del trono, pudiese penetrar hasta ios
oídos de algun soberano, sepa que le lleva los
votos secretos de la humanidad entera; ten
ga entendido que recibiéndola favorablemente
eclipsará la gloria de los mas célebres con»
quistadores ; y vea con anticipacion que la pos
teridad siempre justa coloca sus pacíficos trofeos
sobre ios de ios Titos , Antoniuos y Trajanos.
¡ Bicnosa la humanidad , si algun dia llega
á recibir leyes ! ; Dichosa, si estas leyes son
dictadas por los soberanos que gobiernan ac
tualmente la Europa, por estos príncipes be-
nedeos, protectores de las artes y de las cien
cias; por estos ciudadanos coronados que son
los que dan origen á las virtudes pacíficas en
el seno de los pueblos á quienes miran como
á sus hijos ! Consolidándose su autoridad , se
aumenta el bien estar de sus subditos , y se
destruye el despotismo intermedio, tanto mas
«cruel cuanto menor es su firmeza, y cuya bár
bara política , interceptando ios votos since
ros del pueblo , sufoca continuamente su voz,
siempre oida cuando llega hasta el trono. ¡ Oja
la se aunente de dia en dia esa autoridad!
Tal es el deseo de los ciudadanos ilustrados,
los cuales conocen muy bien que si estos prín
cipes conservan todavia algums leyes defec
tuosas, es por la suma díncultad que encuen
tran en destruir errores acreditados por una
larga serie de siglos.
Y DE LAS PENAS. 83

§. XXIX.

De la prision.

Siendo la seguridad personal de los ciuda


danos el verdadero objeto de la sociedad ¿ có
mo se deja á los magistrados , egecutores de las
leyes, el derecho de prender y encarcelar á
su arbitrio, derecho funesto de que pueden
abusar para privar de la libertad á su enemi
go, © para conservarla á sus protegidos , á
pesar de los indicios mas vehementes ? ¿ Por
qué este error tan perjudicial es tan comun
como peligroso ? Aunque la prision se dife
rencia de las otras penas , por cuanto debe pre
ceder necesariamente á las informaciones jurí
dicas del delito, la ley sola debe determinar el
caso en que se ha de hacer uso de ella. Este
es el caracter esencial en que conviene con to
dos los géneros de castigo. Fijará pues la ley
la especie de indicios que exigen la prision
del acusado , y le sujetan á un interrogatorio
y á una pena. La voz pública, la fuga, la
confesion cstrajudicial , la deposicion de un
cómplice , la existencia del cuerpo del deli
to , un odio constante contra el ofendido , acom
pañado, de amenazas que se le hayan hecho,
todo esto será suficiente para obligar á asegu
rarse de un ciudadano. Pero toca á la ley
establecer estas pruebas ; y el juez no debe
decidir arbitrariamente acerca de su validez.
Los decretos de este son una infraccion de la
libertad pública , cuando dejan de ser la apli
cacion particular de una regla general emana
$4 TRATADO DE LOS DELITOS
da del código público. Al paso que las penas
sean mas suaves, y las cárceles no esten ha-
bitadas por la miseria y la desesperacion ¿ cuan
do la tierna humanidad rompa y penetre las
rejas y los calabozos ; en fin , cuando los co
razones endurecidos de los ministros subslter-
nos de la justicia sean accesibles á la compa
sion , entonces podrán contentarse las leyes
con indicios mas leves para ordenar la prision.
No debería esta causar ninguna nota de in
famia al acus ¡do , euya inocencia haya sido
reconocida jurídicamente ¿ Cuántos Romanos,
absueltos de los crímenes horrorosos que se
les habian imputado , lograron después la ve
neracion de los pueblos, y obtuvieron' lis pri
meras dignidades del Estado i -¡ Por que en
nuestros dias es tan diferente la suerte de la
inocencia acusada ? Porque en el actual siste
ma de nuestra jurisprudencia criminal parece
que la opinion de los hombres prefiere la idea
de la fuerza y del poder á la de la justicia;
porque el acusado y el reo convicio -permane
cen encerrados en unos mismos calabozos ; por
que la cárcel es mas bien un sup.icio que un
medio de asegurarse del ciudadano sospecho
so; en fin, porque las fuerzas que mantienen
las leyes en lo interior estan separadas de las
qae derienden el trono en lo esteriur , siendo
asi que deberían estar unidas. Lis prisiones
militares son en la opinion puoiiea mucho- me
nos infamatorias que las civiles:' y si las tro
pas del üsudo, reunidas bajo Ja autoridad dg
las leyes , sin depender inmediatamente de los
magistrados, sirviesen para la cusiodia de lo»
que esian presos por la autoridad civil, la no
¥ DE 1AS PENAS. 85
ta de infamia, á que siempre contribuye la
forma mas que la substancia de las cosas , co
mo sucede en todo lo que depende de los sen
timientos populare? , desaparecería ante la pom
pa y la especie de gloria que acompaña á los
cuerpos militares ; pero como las leyes son muy
inferiores á bs luces actuales de las naciones
que se gobiernan por ellas, conservan y dejan,
subsistir todavía en el pueblo y en sus cos
tumbres aquellas ide:s feroces y bárbaras que
heredamos de nuestros groseros padres , esto es,
de los cazadores del norte.
Se ha preteudido que en cualquier lugar
donde se cometiese un delito, ó sea una ac
cion contraria á las leyes , tenían estas dere
cho para castigarla ; como si ei caracter de
subdito fuese indeleble , ó sinónimo de escla
vo , y aun algo peor; como si fuese posible
ser á un misino tiempo habitante de un país,
y estar sujeto á otra dominacion ; como si las
acciones de un hombre pudiesen estar á un
mismo tiempo subordinadas á dos soberanos y
á dos legislaciones que las mas veces son con
tradictorias.
Otros han creido que una maldad egecu-
tada, por egemplo, en Coustantinopla, debe-
ria ser castigada en Paris , por la razon abs
tracta de que el que viola los derechos de la
humanidad, se hace enemigo de toda ella, y
viene á ser objeto de la execracion pública.
Pero los jueces no son los vengadores de la
sensibilidad en general , sino los defensores de
los pactos y convenios particulares que unen
á los hombres entre sí. No puede imponerse
el suplicio sino en el pais donde se cometió
80 TRATADO DE tOS DELITOS *v
el delito , porque allí solamente , y no en otra
parte , se ven obligados los hombres á pre
caver un mal particular. El malvado, cuyos
crímenes precedentes no violaron las leyes de
una sociedad de que no era miembro, puede
inspirar á ésta un temor que autorice al go
bierno pira escluirle de ella; pero no para
imponerle otra pena, porque las leyes solo cas
tigan el agravio que se les hace , y no la ma
licia intrínseca de las acciones.
Como los hombres no se abandonan en un
momento á los crímenes atroces , la mayor par
te de ios que asisten á los suplicios decretados
contra las acciones mas opuestas al orden so
cial , no experimentan la menor sensacion de
terror al presenciar un castigo que les pare
ce no han de llegar á merecer jamas. Al con
trario, el castigo público de los delitos me
nos considerables hará impresion en los espec
tadores, los detendrá cuando esten para en
trar en la carrera del vicio , y les evitará to
dos los crímenes que hubieran cometido á con
secuencia de una primera accion contraria á
las leyes. Es pues una política mal entendida
encarcelar ó relegar á los malhechores que no
han incurrido en la pena de muerte porque
esto es hacer que lleven á otros pueblos el es
carmiento que deben presentar á sus conciu
dadanos.
El castigo debe ser proporcionado al deli
to , no solo en cuanto al rigor, sino tambien
, en cuanto al modo de imponerle. El uso es
tablecido de convertir en civiles ciertas cau
sas criminales y de poner en libertad al reo
cuando desiste el ofendido , es muy conforme
Y DE LAS PENAS- 87
á la beneficencia y á la humanidad; pero al
mismo tiempo muy contrario al bien público.
Un ciudadano puede muy bien no exigir la sa
tisfaccion que le es debida; pero la nacion no
puede prescindir de ella : y el particular que
perdoaa en su nombre , no tiene dcrecno pa
ra usar de la misma clemencia en nombre del
pueblo, al cual se debe presentar un espectá
culo que le sirva de escarmiento. La potestad
de castigar no pertenece á uno solo, sino que
reside en todo el cuerpo político ó en el so
berano , y no puede suspenderse siuo por efec
to de un consentimiento general.
§. XXX. •

Del proceso y de la prescripcion.

Una vez reconocida la validez de las prue


bas, y justificada la existencia del delito, es
necesario conceder al acusado los medios y el
tiempo conveniente para defenderse; pero es
te tiempo ni de ser tan cono que no retar
de demasiado el castigo , el cual debe seguir
de cerca al delito , como hemos dicho , si se
quiere que sea un freno útil contra los malva
dos. El amor mal entendido de la humanidad
podrá quejarse de la celeridad que pedimos en
la instruccion de las causas criminales; pero
cesarán muy luego estas quejas , si se consi
dera que' el defecto contrario en la legislacion
espone al inocente á' mayor número de peli
gros. A las leyes solas corresponde fijar- "él
tiempo que debe concederse al acusado para
su dtfe'r.sa, y el que se' ha de emplear ea el
8S TRATADO DE LOS DELITOS
averiguacion de las pruebas del delito* Si tu
viese el juez este derecno, vendria á ser un
verdadero legislador. No debe haber prescrip
cion á favor de los malvados que evitaron por
medio de la fuga el castigo de aquellos crí
menes atroces, cuya memoria dura mucho tiem
po entre los hombres. Pero no sucede asi con
los delitos oscuros y poco considerables ; por
que el tiempo que no los descubre, ó hace que
se olviden muy pronto, disminuye mucho la
necesidad del escarmiento, y permite que se
deje vivir como antes al ciudadano , con lo
que podrá mejorar su conducta; . •.
Claro está que debo limitarme á indicar
los principios generales ; pues para aplicarlos
seria necesario suponer una legislacion y. una
sociedad en que pudiesen ensayarse. Solo aña
diré que uua vez reconocida la utilidad de las
penas moderadas , las leyes que abreviasen ó
prolongasen , segun los delitos , la duracion
de las informaciones y. el tiempo de la pres
cripcion, liegarian. facilmente á establecer, pa
ra caia especie de delito, una justa progre
sion de castigos suaves., porque ya habrian con
siderado la , prision ,nisma, ó el destierro vo
luntario como parte de la : pena , en que hubier
se incurrido el reQ,: í.^
Por lo demas. ,¡ es -.necesario no empeñarse
.en establecer una -pr.gporciion exacta entre la
atrocidad de los delitos y- el tiempq,. fijado pa-
,ra la duracion de fas .informaciones . ó . la pres
cripcion. Si no; esj4 rprob/ido su crimen,, es
,taiuo menos ver<jsjmij.:euantQ .jiias horroroso.
Se deberá pues abrevia^; e¿ tiempo de las .in-
; formaciones ( y gfiol0.Bga.-r-. el: que se exige pa
Y DE LAS ÍENASi 89
ra que se verifique la prescripcion , á pesar
de la contradiccion aparente que implica este
principio con el que acabo de establecer , di
ciendo , que si se considera el tiempo de la
prision y el de la prescripcion como una pe»
na, se pueden imponer castigos iguales á de
litos diferentes. Expliquémos esta idea, y pa
ra presentarla con mayor claridad , dividamos
los delitos en dos clases. La primera será la
de las atrocidades , la cual empezará en el ho
micidio, y comprenderá toda la horrible pro
gresion de los crímenes. Colocaremos en ia
segunda las acciones menos culpables en su prin
cipio , y menos funestas en sus efectos. Es
ta distincion tiene su origen en la naturaleza
del hombre. La seguridad de la persona es de
derecho natural: la seguridad de los bienes es
de derecho social. Los sentimientos de la hu
manidad estan grabados por la naturaleza en
todas las almas : se necesitan motivos muy po
derosos para sufocar su voz imperiosa ; y es
corto el número de estos motivos. No sucede
lo mismo con los que nos mueven á violar
- los. pactos de la sociedad. El derecho que re
sulta de estos pactos no está escrito en nues
tro corazon, y la natural propension del hom
bre á buscar su felicidad , le conduce con de
masiada frecuencia á atrepellarlos. Si se tra
ta pues de establecer reglas de probabilidad pa
ra estas dos clases de delitos , es necesario fun-
darlas en bases diferentes, biendo mas raros
los delitos, atroces , debe disminuirse el tiem
po de la instruccion del proceso , y aumen
tarse el que se fija para la prescripcion,, en
razon de la verosimilitud que hay de que el
90 TRATADO DE LOS DELITOS
acusado es inocente. Por este medio qué ace
lera ia sentencia definitiva , se evita el incon
veniente de dejar al pueblo la esperanza de
la impunidad , tanto mas peligrosa cuanto mas
atroces son los delitos. Al contrario , en ios
delitos menos considerables debe prolongarse
el tiempo de la instruccion del proceso, por
que es menos probable la inocencia del acu
sado , y el tiempo fijado para la prescripcion
debe acortarse, porque son menos funestas las
consecuencias de la impunidad. Por lo domas,
no seria admisible esta distincion , si disminu-
yesen los peligros de la. impunidad en propor
cion exacta de la mayor fuerza de la proba
bilidad del delito, y si el acusado tuviese tan
ta mayor esperanza de librarse de la accion
de la justicia , cuanto mayores son las . razo
nes que hay para creerle efectivamente reo.
Pero reflexiónese bien , y se verá que el acu
sado á quien se pone en libertad por falta de
pruebas , no es absuelto ni condenado ; que
por consiguiente se le puede volver á pren
der, y sujetar al examen jurídico -por el mis
mo delito^ y en fin que está siempre bajo la
vigilancia de la ley , y no queda realmente
libre de la acusacion intentada contra él has
ta que se cumpla el tiempo fijado para la pres
cripcion con respecto al delito que se le atri
buía. Este es , á mi parecer , el temperamen
to que se debe tomar para conciliar la segu
ridad y la libertad de los ciudadanos , sin fa
vorecer á la una á expensas de la otra. Estos
dos bienes forman el patrimonio igual ó ina
lienable de todo ciudadano; y por los medios
que propongo dejarán de mezclarse en ellos
Y DE LAS PENAS. 91
el despotismo descubierto ó disimulado, ó la
anarquía tumultuosa.'

§. XXXI.

De los delitos difíciles de probar.


En vista de los principios que acabamos
de establecer , parecerá extraño á las personas
reflexivas que la, razon no haya presidido ca
si nunca á la legislacion de los Estados. Los
delitos mas atroces, oscuros y quiméricos, y
por consiguiente los mas improbables , son
precisamente los que se han creido justifica
dos por simples conjeturas, por las pruebas
menos sólidas y mas equívocas. Parece que
el único interes de las leyes y del magistra
do consiste en probar - el delito, y no en bus
car la verdad ; y que no han visto los legis
ladores que el riesgo de condenar á un ino
cente se aumenta en razon de la poca vero
similitud del crimen que se le atribuye , y de
la probabilidad de su inocencia.
No se halla en la mayor parte de los hom
bres aquella fuerza y elevacion , igualmente
necesarias pira los grandes- crímenes que pa
ra las grandes virtudes; aquella energía que
da á las acciones humanas un grado estraor-
dinario de exaltacion , y produce casi siempre
simultáneamente egemplos singulares de virtud
y de vicio en las naciones que se sostienen no
tanto por su propio peso y por la bondad cons
tante de sus leyes , como por la actividad del
gobierno y por la tendencia y direecion de
las pasiones al bien público. En aquellas pa
02 TRATADO DE LOS DELITOS
rece que las pasiones suaves y mitigadas son
mas á propósito para mantener la administra
cion establecida que para, mejorarla. De estas
observaciones resulta una consecuencia impor
tante , y es que los grandes delitos que se co
meten en una nacion no prueban siempre su
decadencia.
Hay algunos crímenes qué son frecuentes en
la sociedad, y cuya prueba es al mismo tiempo
diíicil. Entonces debe considerarse esta dificul
tad como una probabilidad de la inocencia: y
siendo de poca importa.icia el peligro , que re
sulta de la impunidad , porque aun la esperan
za de ella contribuye poco á aumentar seme
jante especie de delitos, cuyo origen es ente
ramente distinto , se pueden disminuir igual
mente el tiempo de la instruccion del proce
so y el de la prescripcion. Pero no son estgs
los principios que se siguen en la actualidad.
2 No vemos , por egemplo , que en las acusa
ciones de adulterio y pederastía (crímenes que
son siempre dificiles de probar) se admiten
tiránicamente las presunciones, las conjetu
ras, las semi-pruebss, como si el acusado pu
diese ser inocente y reo á medias , y mere
cer á un mismo tiempo ser absueito y casti
gado i En este género de delitos sobre todo
es en los que , segun las bároaras é injustas
compilaciones que se han dado por regla á los
magistrados , egerce la tortura su cruel impe
rio sobre el acusado, sobre los testigos y so<
bre toda la familia del infeliz en quien recae
la sospecha. Considerado el adulterio políti
camente , tiene origen en las leyes variables
de lus hombres, y en la natural propension
Y DE LAS PENAS. 93
de un sexo á otro. Esta atraccion constante se
asemeja á la gravedad motriz del universo,
parque, del mismo modo que ésta, se dismi
nuye con la distancia , y porque mientras du
ra su actividad egerce en todos los afectos del
ánimo ia accion que resulta de la gravedad en
todos los movimientos de los cuerpos; pero
se diferencian una y otra en que esta se po
ne en equilibrio con los obstáculos que en
cuentra, y aquella adquiere por lo comun nue
va fuerza, y se aumenta con las dificultades.
Si habíase yo á gentes que no estuviesen
ilustradas con las luces de la religion , les
mosiraria aún diferencias considerables entre
este delito y todos los demas. El adulterio na
ce del abuso de una necesidad constante y uni
versal en toda la especie humana, necesidad
auterior á la sociedad establecida por ella. Al
contrario, los otros delitos son mas bien efec
to de pasiones momentáneas que de necesi
dades naturales , y se dirigen todos , cual mas,
cual menos, á la destruccion de la sociedad. El
que conoce la historia y la naturaleza humana,
encuentra que la tendencia de un sexo á otro
parece siempre igual ( en un mismo clima ) á
una cantidad constante. Admitido este princi
pio, toda ley y costumbre que trate de dismi
nuir la suma total de esta cantidad, será no
solo inútil, sino tambien funesta, porque su
efecto inevitable será cargar á una porcion de
ciudadanos con sus propias necesidades y con
Ids de los otros. Por tanto , el partido mas pru
dente será imitar en cierto modo lo que se ha
ce con los ríos cuando siguiendo su suave de
clive se dividen en tantas corrientes iguales que
94 TRATADO DE LOS DELITOS
se logra impedir en todos los puntos la seque
dad y la inundacion.
La fidelidad conyugal está siempre mas se
gura á proporcion del mayor número y liber
tad de los matrimonios. Si se arreglan estos
por las preocupaciones hereditarias ; si los for
ma ó los impide á su arbitrio la potestad pa
terna, no tardará en romper sus débiles la
zos la galantería , cuya fuerza secreta hallará
muy poca resistencia en los preceptos de los
moralistas vulgares , gente siempre ocupada en
declamar contra los efectos , sin fijar nunca la
atencion en las causas. Pero estas reflexiones
son inútiles para aquellos en quienes los moti
vos sublimes de la verdadera religion corri
gen con su accion eficaz la de la naturaleza.
Es el adulterio un delito tan instantáneo, tan
misterioso, y le oculta de tal modo el velo con
que le cubren las leyes mismas: es tan trans
parente este velo necesario, pero cuyo débil
tejido aumenta las gracias del objeto que en
cubre ; son tan fáciles las ocasiones , y las con
secuencias tan equívocas , que es mas fácil al
legislador precaverle que reprimirle. Regla ge
neral. En todo delito que por su naturaleza
debe quedar casi siempre impune , la pena es
un nuevo estímulo, un nuevo incentivo para
cometerle. Cuando las dificultades no son in
superables , ni se presentan al hombre bajo un
aspecto que le desaliente , atendido el grado
de actividad de su espíritu , es tal la natura
leza de su imaginacion, que se escita con mas
viveza , y se fija con mas ardor en el objeto
de sus deseos. Los obstáculos se convierten en
otras tantas barreras que la impiden alejarse
Y DE LAS PENAS. 9$
de este objeto , y la obligan á apoderarse , por
decirlo asi, de todas sus relacionas, de don
de resulta que se entrega necesariamente á las
de placer y satisfaccion , apartando y escluyen-
do todas las de temor y peligro, Este es el
orden constante que sigue el corazon humano.
El origen de la pederastía , tan severamen
te castigada por las leyes, y cuya sola sospe
cha ha bastado para que padezcan tantos in
felices los crueles tormentos que triunfan de
masiadas veces de la inocencia , debe buscar
se menos en las necesidades del hombre ais
lado y libre , que en las pasiones del hombre
social y esclavo. Si alguna vez es efecto de
la sociedad de los placeres, lo es con mucha
mas frecuencia de una educacion mal dirigi
da , que proponiéndose hacer que los hombres
sean útiles á sus semejantes, empieza por ha
cerlos inútiles á sí mismos ; y por una conse>
cuencia de esta educacion reina en aquellas
cosas donde una juventud numerosa , ardiente
y separada, por obstáculos insuperables, del
sexo que la naturaleza empieza á hacerle de
sear, se prepara una vejez anticipada, con
sumiendo de un modo inútil á la humanidad
ei vigor que acompaña ya á la adolescencia.
El infanticidio es tambien un efecto casi
inevitable de la horrorosa situacion en que se
encuentra una infeliz que cedió á su propia
flaqueza ó á la violencia. Por un lado la in
famia, y por otro la destruccion de un ser
incapaz de sentir, es la única alternativa que
le permiten las leyes, ¿ y puede dudarse qué
preferirá el partido que libra de la vergüen
za y de la miseria asi á ella como al triste fru
96 TRATADO DE LOS DELITOS
to de sus placeres ? El medio mas eficaz pa
ra precaver esta especie de delito seria asegu
rar á la flaqueza toda la proteccioa de las le
yes contra la tiranía que apenas declara guer
ra sino á los vicios que no pueden cubrirse epn
la apariencia de la virtud.
Por lo demas , no pretendo disminuir el jus
to horror que deben inspirar ios crímenes de
que acabo de hacer mencion ; pero al indicar
su origen , me creo autorizado" para deducir
una consecuencia general, y es que el casti
go de un delito no puede ser justo , ó nece
sario (que es lo misino), si la ley no ha em
pleado, para precaverle, los mejores medio*
posibles en las circunstancias en que se halia
ia nacion.
§. XXXIL

Del suicidio.

El suicidio es un delito contra el cual pa


rece que no se puede decretar ningun castigo
propiamente tal , porque este no podría menos
de recaer sobre la inocencia ó sobre un ca
daver trio é inanimado. En el último caso,
el suplicio no producirá en los espectadores
otra impresion que la que esperimentarian si
viesen maltratar una estatua ; y en el prime
ro, será injusto y tiránico, porque donde quie
ra que las penas no son puramente persona
les, no hay libertad.
j Se temerá por ventura que la certeza de
la impunidad haga comun este principio ? Sin
duda que no. Los hombres aman demasiado la
vida por razon de los objetos que los rodean,
y DE LAS PENAS. 97
y por las delicias que les ofrece la imagen
seductora del placer y de la esperanza, de esta
encantadora amable que con benéfica mano
destila alguna gotas de felicidad sobre el licor
emponzoñado de los males que bebemos copio
samente. El que teme elN dolor obedece las
leyes. Pero supuesto que la muerte destruye
toda sensibilidad ¿cuál será el motivo que de
tenga la mano furiosa del suicida que va á dar
se el golpe fatal?
El que se quita la vida hace menos mal á ,
la sociedad política que el que se destierra de
ella para siempre ; porque el primero lo deja
todo en sus pais , y el segundo le priva de su
persona y de una parte de sus bienes ; y si la
fuerza de un Estado consiste en el número de
sus ciudadanos, es doble mayor la pérdida que
le ocasiona la emigracion de un habitante que
va á fijarse en un pueblo vecino , que la que
le causa el suicida. Se reduce pues la cuestion,
á saber si es útil ó peligroso á la sociedad de
jar á sus miembros la libertad constante, de
abandonarla.
Es un abuso promulgar leyes que no estan
sostenidas por el poder coactivo , ó que puedan
anularse por las circunstancias. Asi como la
opinion , árbitra soberana de los ánimos , obe
dece á las impresiones lentas é indirectas del
legislador , al paso que se resiste á sus esfuer
zos cuando son violentos y van abiertamente
contra ella , del mismo modo las leyes inútiles,
y por consecuencia despreciadas, comunican
su envilecimiento , aun á las mas saludables,
las cuales llegan a mirarse mas bien como obs
táculos que deben vencerse que como el depósi
7
98 TRATADO DE LOS DELITOS
to del bien público. Y si nuestra sensibilidad
es limitada, como ya lo hemos dicho , cuanto
mayor sea la veneracion de los hombres con
respecto á las cosas que sean estriñas 3 las le
yes , tanto menor será la que muestren á las le
yes mismas. No me detendré á esponer las
consecuencias utilísimas que podria deducir de
este principio un sabio dispensador de la feli
cidad pública ; porque esto seria alejarme de
masiado de mi objeto, y ahora es preciso ceñirme
á probar que no se debe convertir el Estado en
una carcel. Semejante ley es inutil , porque á
110 estar separado un país de todos los demas
por rocas innaccesibles ó por mares innavega
bles ¿ cómo será posible poner guardas en todos
los puntos de la circunferencia? ¿Cómo se po
drá guardar á estos mismos guardas ? Si el que
emigra , se lleva consigo cuanto tiene , no deja
cosa alguna sobre la cual puedan recaer las pe
nas con que le amenazan las leyes. Una vez que
llega á consumarse su delito, no puede ser cas
tigado: y señalarle un castigo antes de que se
cometa es castigar la voluntad y no el hecho, es
egercer una potestad tiránica sobre la inten
cion , que jamas puede estar sujeta al imperio
de las leyes humanas. ¿Se tratará de hacer que
la pena del fugitivo recaiga en sus bienes , si
hubiese dejado algunos i Pero aun cuando pu
diera egecutarse esto sin destruir todo comercio
de nacion á nacion, seria tambien ilusorio este
castigo á causa de la colusion que no puede evi
tarse sin poner trabas funestas á los contratos
entre los ciudadanos. Por último ¿se castigará al
reo cuando vuelva á entrar en su paisí Esto
seria impedir que se reparase el daño hecho á
Y DE LAS PENAS. 99
la sociedad ; seria desterrar para siempre del
Estado á cualquiera que le hubiese abandona
do una vez: en una palabra, la prohibicion de
salir de un país es, para el que le habita, un
motivo de dejarle , y con respecto al estrangero
una razon para no establecerse en él.
Las primeras impresiones de la infancia
hacen que los hombres tengan amor á su patria.
I Qué se deberá pues pensar de un gobierno que
solo puede detenerlos en ella con la fuerza. El
mejor medio de fijar á los ciudadanos en un
pais es aumentar en él su bien estar respectivo.
Asi como todo Estado debe hacer los mayores
esfuerzos para que se incline á su favor la ba
lanza del comercio , asi tambien el mayor in
teres del soberano y de la nacion consiste en
que la suma de la felicidad de sus súbditos es
ceda á la de los pueblos vecinos. Pero los pla
ceres del lujo no forman la base principal de
esta felicidad, sin embargo de que impidiendo
que se acumulen las riquezas en una sola mano,
vienen á ser un remedio necesario contra la de
sigualdad, que crece en razon de los progre
sos de la sociedad pública, asi como la indus
tria particular decae á proporcion que los hom
bres estan mas aislados , y cuanto menor es la
industria, tanto mayor es la dependencia en
que se halla la pobreza con respecto al fausto.
Entonces es menos temible la reunion de los
oprimidos contra los opresores , porque es mas
dificil; y en fin las adoraciones, los servicios,
las distinciones , la sumisión y todas las señales
de respeto que hacen mas sensible la distancia
entre el fuerte y el débil , se obtienen mas facil
mente de vfi corto número que de la muchedum
100 TRATADO DE LOS DELITOS
bre , porque los hombres son tanto mas inde
pendientes cuanto menos se les observa , y se
les observa tanto menos cuanto mayor es su nú
mero. El lujo es favorable al despotismo en aque
llos Estados , cuyos límites se ensanchan en una
proporcion superior al aumento de la poblacion;
pero cuando sucede lo contrario , de modo que
la poblacion se aumente mas que el territorio,
viene á ser el lujo un dique contra la tiranía.
Entonces anima y fomenta la actividad y la
industria; y la necesidad ofrece al rico dema
siadas comodidades y placeres para que pueda
entregarse esclusivamente á los objetos de osten
tacion , que son los únicos que confirman y ar?-
raigan en el pobre la opinion de su dependen
cia. En vista de estas reflexiones se puede ob
servar que en los paises vastos , pero despobla
dos y de pocas fuerzas , debe prevalecer el lujo
de ostentacion , si no hay otras causas que se
opongan á ello , y que el de comodidad obten
drá el primer lugar en las naciones mas pobla
das que estensas. Aunque el comercio y cambio
de ios placeres de lujo se hace por medio de
gran número de agentes , tiene el inconvenien
te de que sale de un corto número de manos , y
por último se distribuye entre pocos indivi
duos : de donde resulta que alcanzando sus go
ces á una porcion muy pequeña de personas, la*
cuales se aprovechan esclusivamente de ellos,
no remedia el sentimiento general de la mise
ria, que es siempre efecto de la comparacion
mas bien que de la realidad. Pero la seguri
dad pública y la libertad , si a otros límites que
los de las leyes, son la verdadera base de la
felicidad de los Estados: coa ellas contribuirá
Y DE LAS PENAS. 101
el lujo á promover la poblacion, y pin ellas ven
drá á ser un instrumento de la tiranía. Semejan
tes á los animales bravios y á las aves amantes
de su libertad , que retiradas en soledades pro
fundas o en selvas inaccesibles , abandonan los
alegres campos en que estaban cubiertos con
flores los lazos que se les armaban ,' huyen tam
bien los hombres el placer , cuando le presen
ta la mano de los déspotas.
Está pues demostrado que la ley que apri
siona á los ciudadanos en su pais , es inutil é
injusta, y que de consiguiente no lo es menos
cualquiera que se establezca contra el suicidio.
Este es un crimen para con Dios , el cual le cas
tiga despues de la muerte , porque solo él pue
de castigar asi ; pero no debe serlo para con los
hombres , porque en vez de caer el castigo sobre
el reo , cae sobre su inocente familia. Si se me
objeta que esta pena es capaz de contener al hom
bre que está determinado á quitarse la vida, res
ponderé que el que renuncia tranquilamente las
delicias de la existencia , y aborrece la vida con
tal estremo que prefiere á ella una infelicidad
eterna, ciertamente no se conmoverá por la con
sideracion remota y poco eficaz de la ignominia
que recaerá sobre sus hijos ó parientes.

§. XXXIII.

Del contrabando.
El contrabando es un verdadero delito que
ofende al soberano y á la nacion, pero cuya
pena no debería ser infamatoria, porque la
opinion pública no le atribuye ninguna nota de
102 TRATADO DE LOS DELITOS
infamia. Imponer castigos infamatorios á aque
llas acciones que no son tenidas por infames,
es disminuir, en las que lo son , el sentimiento
que deben escitar. Si se quiere castigar con
pena de muerte al cazador furtivo que mata uti
faisan , al asesino que quita la vida á un ciudada
no , y al falsario que substrae ó falsifica escritos
importantes, muy en breve no se hará diferencia
alguna entre estos delitos; y los sentimientos
morales , tan dificiles de inspirar á los hombres,
y tan lentos en grabarse en su corazon, des
aparecerán y se borrarán poco á poco. Enton
ces se desplomará por sí mismo el vasto edificio
de la moral (obra de tantos siglos , y que ha
costado tanta sangre), fundado en los motivos
mas sublimes , y sostenido con el aparato de las
mas solemnes formalidades.
E1 contrabando nace de la misma ley que le
prohibe , porque la ventaja que hay en eximirse
del pago de derechos crece en razon del aumen
to que éstos reciben ; y porque la tentacion y la
facilidad de cometer esta especie de delito son
tanto mayores cuanto menor es el volumen de
la mercancía prohibida , y cuanto mas estensos
son y por consiguiente mas dificiles de guardar
los lugares en que se verifica la prohibicion. La
confiscacion de los efectos de contrabando y aun
la de todo el cargamento apresado, es una pena
justísima ; mas para que sea eficaz , es necesa
rio que los derechos sean poco considerables,
porque el hombre no arriesga si no á proporcion
de la ganancia que le ha de resultar.
Si se pregunta por qué no incurre el con
trabandista en la nota de infamia , siendo su de
lito un robo hecho al príncipe , y por consi
Y DE LAS PENAS. 103
guíente á la nacion , responderé que la indigna
cion pública solo recae sobre aquellos delitos
con que cada particular cree que puede ser ofen
dido personalmente ; y el contrabando no se ha
lla en este caso. Como las consecuencias remo
tas hacen una impresion muy débil en los hom
bres , no advierten estos el mal que puede resul
tarles del contrabando , del cual sacan muchas
veces una utilidad presente. Solo ven el perjui
cio causado al príncipe , y no tienen una razon
tan poderosa para privar de su estimacion al reo
como para negársela al ladron , al falsario , en
una palabra , á cualquiera que egecuta una ac
cion que puede perjudicar á ellos mismos. Este
modo de ver las cosas es una consecuencia ne
cesaria del principio incontestable de que solo
hacen impresion en un ser sensible los males de
que tiene conocimiento.
¿Pero deberá quedar impune el contraban
dista que nada tiene que perder i No , porque el
impuesto es una parte de la legislacion, tan
esencial y tan dificil , y hay modos tan per
judiciales de defraudar los derechos , que seme
jantes delitos merecen penas considerables , co
mo la prision y aun la esclavitud , pero una
prision y una esclavitud que sean análogas á la
naturaleza del delito. Por egemplo , la prision
del contrabandista de tabaco no debe ser la mis
ma que la del asesino ó la del ladron , y el cas
tigo mas conforme á la naturaleza del delito se
ria sin duda aplicar en beneficio del fisco ei tra
bajo del que quiso defraudarle.
104 TRATADO DE LOS DELITOS

§. XXXIV.

De los deudores.

Para la seguridad del comercio y la buena fe


en los contratos es necesario que el legislador
autorice á los acreedores para proceder aun con
tra la persona de sus deudores , cuando éstos les
hacen bancarrota. Pero es tambien muy impor
tante no confundir el fallido fraudulento con el
que lo es de buena fe. El primero debería ser
castigado con la misma pena que los monederos
falsos ; porque en efecto el metal amonedado no
es mas que la prenda de la? obligaciones de los
ciudadanos entre sí , y no es menor delito falsi
ficar estas obligaciones que alterar lo que las re
presenta. ¿Pero se tratará del mismo modo al
fallido de buena fe , al desgraciado que puede
probar evidentemente á sus jueces que ha perdi
do cuanto tenia por la infidelidad de sus cor
responsales , por sus pérdidas , ó en fin por
acontecimientos que toda la prudencia humana
es incapaz de prever y evitar? ¿Qué motivo»
podrá haber para arrastrarle bárbaramente á la
cárcel , y hacerle sufrir la suerte y la desespera
cion de los verdaderos reos ? ¡ Cómo habrá quien
se atreva á privarle de la libertad , único bien
que le resta í ¿ Por qué se ha de obligar quizá á
un hombre virtuoso á quien se oprime , á ar-
• repentirse de no haber sido delincuente, y á
llorar la inocencia apacible que le sometía á las
leyes, á cuya sombra vivia tranquilo ? Si las vio
lo , fue porque no estuvo en su mano confor
marse con unas leyes que el poder y la codicia
T DE LAS PENAS. 10$
impusieron á la flaqueza , seducida por la es
peranza (que casi nunca se aparta del corazon
del hombre) de que en el cálculo de los acon
tecimientos posibles estarán á su favor todas las
combinaciones felices y recaerán sobre los de-
mas todas las desgracias. El temor de ser ofen
dido es en general mas eficaz que el deseo de
dañar ; y dejándose llevar los hombres de las
primeras impresiones , gustan de las leyes crue
les , aunque su interes particular deberia exi
gir que fuesen suaves, supesto que han de estar
sujetos á ellas. Pero volvamos al fallido de buena
fe. Enhorabuena que no se considere estingui-
da su deuda hasta el pago total ; que no pueda
substraerse y llevar á otra parte su industria
sin el consentimiento de los interesados ; que se
le obligue con penas graves á aplicar el fruto
de su trabajo y de sus talentos á satisfacer sus
deudas con proporcion á su ganancia : todo es
to dápor ser justo i pero jamas lo será privarle
de la libertad. Ni la seguridad del comercio,
ni la sagrada propiedad de los bienes legitima
rán un castigo demasiado severo y aun inutil,
á no ser que haya sospechas de que la ban
carrota es fraudulenta , y se espere que el pre
so revelará su maldad , apremiado con los hor
rores de la esclavitud. Pero apenas puede que
dar duda en esta parte despues de un examen
riguroso. Es máxima segura en materia de le
gislacion que la suma de los inconvenientes po
líticos está en razon compuesta : i.° de la razon
directa del mal que se hace al público , y 2° de
la razon inversa de la improbabilidad de justi
ficarle. Asi pues se podría distinguir el dolo de
la falta grave , ésta de la leve , y esta en fin
IOÓ TRATADO DE LOS DELITOS
de la perfecta inocencia ; y decretando en el pri
mer caso las penas establecidas contra el delito
de falsificacion , y en el segundo otras menos
graves , pero con privacion de libertad , se de
jaría al deudor que no tuviese culpa alguna, la
eleccion de los medios para rehabilitarse, y á
los acreedores la facultad de prescribir estos
medios , cuando el deudor se hubiese hecho reo
de una falta leve. No se debe reservar á la pru
dencia peligrosa y arbitraria de los jueces la
distincion entre las faltas graves y las leves;
sino que esto ha de ser obra de la ley , siempre
ciega é imparcial ; porque no es menos impor
tante fijar límites en la política que en las ma
temáticas. Estos límites sirven igualmente para
la medida del bien público (1) que para la de
- las cantidades.
¡ Cuán facilmente podría un legislador
perspicaz evitar gran parte de las quiebras
fraudulentas , y remediar las desgracias de la
inocencia industriosa! Si hubiese registros pú-

(1) El comeréis y la propiedad de los bienes no son el


fin del pacto social ; pero pueden ser medios para conse
guirle. Esponer los miembros de la sociedad á Jos males
que deben resultar de tantas combinaciones , seria subor
dinar el fin á los medios: paralogismo de todas las cien
cias, y principalmente de la política : absurdo en que
incurrí en las primeras ediciones de mi obra , diciendo que
el deudor debía ser custodiado como una prenda de su
deuda, o empleado en trabajar como esclavo por cuenta
de sus acreedores. Me avergüenzo de haber escrito una
cosa como ésta ; mas para que se vea la inconsecuencia de
los hombres, se me ha acusado de sedición y de irreligion,
tío mereciéndolo; y cuando me atreví á declararme cen
tra los derechos de la humanidad , .no hubo ni una sola
persona que levantase la voz para quejarse de mi impru
Y DE LAS PENAS. IO7
blicos que pudiesen consultarse á cada instan
te, y en que se llevase una nota exacta y bien
ordenada de todos los contratos ; y si repartién
dose con prudencia ciertas contribuciones sobre
el comercio feliz y floreciente , viniesen á for
mar un banco , cuyos tesoros se franqueasen á
la industria desgraciada y desvalida, serian es-
.tos unos establecimientos de que no podrían
menos de resultar las mayores ventajas sin in
convenientes reales. ¿ Por qué se desconocen ó
se desechan estas leyes tan fáciles , tan senci
llas y sublimes que solo esperan , para derramar
en el seno de las naciones la abundancia y la
fuerza , la señal del legislador , cuyo nombre
resonará de siglo en siglo en medio de las acla
maciones de la gratitud y de la felicidad ? ¿Qué
razon habrá para que el espíritu inquieto que
solo se ocupa en bagatelas , la tímida pruden
cia que no acierta á ver mas que las cosas pre
sentes , y la mal entendida desconfianza de las
novedades se apoderen de cualquiera que com
bina las acciones de los débiles mortales ?

§. XXXV.

De los asilos.

Quedan aun por examinar dos cuestiones.


¿Son justos los asilos ? (Es útil que las naciones
se entreguen recíprocamente los reos!
En toda la estension de un Estado no debe
haber lugar alguno que esté fuera de la depen
dencia de las leyes , cuya fuerza ha de seguir
por todas partes al ciudadano como la sombra
al cuerpo. El asilo y la impunidad se diferencian
IO? TRATADO DE LOS DELITOS
muy poco; y como el temor del castigo se impri
me mas fuertemente por la imposibilidad de
evitarle que por el rigor de los males que cau
sa, es mayor el influjo de los asilos para esci
tar al crimen que el de las penas para impedir
que se cometa. Multiplicar los asilos es formar
otras tantas pequeñas soberanías , porque donde
las leyes estan sin vigor se pueden formar otras
nuevas y opuestas á las que estan recibidas , de
donde debe nacer necesariamente un espíritu
contrario al que gobierna á la sociedad. Por eso
nos enseñan todas las historias que los asilos
han sido el manantial de las mayores revolu
ciones en los Estados y eu las opiniones hu
manas.
¿Es útil que las naciones se entreguen re
cíprocamente los reos ? No hay duda en que la
persuasion de no hallar ningun lugar en la tier
ra donde el crimen quedase impune , seria un
medio muy eficaz para precaverle. Pero no me
atreveré yo á decidir esta cuestion hasta que
habiendo leyes mas conformes á las necesida
des de la humanidad, suavizándose las penas,
y cesando la arbitrariedad de los jueces y de la
opinion , se aseguren los derechos de la inocen
cia oprimida y de la virtud espuesta á los tiros
de la envidia ; y hasta que confinada la tira
nía en las vastas llanuras del Asia , se subro
gue en su lugar el dulce imperio de la razon,
vínculo que une tan estrechamente los intere
ses del trono con los de los súbditos.
Y DE LAS PENAS. IO9

§. XXXVI.

Del uso de pregonar la cabeza de los reos.

La segunda cuestion se reduce á saber si es


útil pregonar la cabeza de un hombre recono
cido por reo, y convertir de este modo á cada
ciudadano en un verdugo, cuyo brazo se arma
contra él. O el delincuente ha salido del Estado
en que cometió el delito , ó se mantiene toda
vía en él. En el primer caso , el soberano esci
ta á sus subditos á hacerse reos de un asesina
to , injuria á la nacion usurpando sus derechos,
y la autoriza en cierto modo á que trate de
usurpar tambien los que á él le corresponden.
En el segundo demuestra su propia debilidad.
El que tiene fuerza para defenderse , no pien
sa en comprar socorros. Ademas semejante edic
to ó bando trastorna todas las ideas de moral y
de virtud , que tan poca solidez tienen ya en
los ánimos de los hombres , y tan prontas es-
tan á desvanecerse con el menor acontecimien
to que las contraríe. Entonces convidan las le
yes á hacer traicion , al mismo tiempo que la
castigan, Entonces estrecha el legislador con una
mano ios lazos de las familias , del parentesco
y de la amistad, y con otra derrama sus teso
ros sobre el que rompe estos lazos. Estando
siempre en contradiccion consigo mismo , ya
tranquiliza los ánimos suspicaces y procura
inspirar confianza á ios hombres , ya siembra
la inquietud y el recelo en todos los corazones.
¿Y qué resulta de aquí i Qué en vez de evitar
un crimen , hace cometer ciento. Esos son re
HO TRATADO DE LOS DELITOS
cursos de las naciones débiles , cuyas leyes no
sirven mas que de sostener por algun tiempo
el edificio ruinoso dé un gobierno que se está
desplomando por todas partes. Pero al paso que
se propagan las luces de una nacion , se esta
blece en ella la necesidad de la buena fe , y de
la confianza recíproca , las cuales contribuyen
mas y mas á unirse con la verdadera política;
se evitan facilmente los artificios , las cabalas, .
las maniobras oscuras é indirectas ; y el interes
general triunfa del particular. Aun los siglos
de ignorancia , en que la moral pública habitua
á los hombres á conformarse con la moral par
ticular , sirven de instruccion á los siglos mas
ilustrados. Pero leyes que recompensan la trai
cion, y encienden entre los ciudadanos una
guerra clandestina , introduciendo en ellos odios
y sospechas , se oponen directamente á la reu-
union de la política y de la moral ; union ne
cesaria , de que resultará algun dia la felicidad
del género humano , pues ella es la que ha de
restablecer la paz entre las naciones , con lo
que el universo gozará una tranquilidad mas
duradera , en cambio de los males que tan fre
cuentemente le agovian.

§. XXXVII.

De los delitos no consumados , de los cóm


plices y de la impunidad.
Aunque las leyes no castigan la intención,
no por eso deja de ser cierto que un delito á
que se da principio con alguna accion que repruo
Y SE LAS PENAS. III
ba la voluntad de cometerle , merece castigo,
aunque menos grave que el que se impondría
si se hubiese cometido en efecto. Lo importan
te que es precaver un atentado , autoriza es
te castigo; pero pudiendo haber un intervalo
entre el proyecto y la egecucion , el temor de
una pena mas rigurosa puede tambien produ
cir el arrepentimiento , y contener al malvado
que está para abandonarse al crimen. La misma
gradacion en las penas debe observarse , aun
que por distinta razon , con respecto á los cóm
plices de un delito , del cual no fueron todos
egecutores inmediatos. Siempre que se unen mu
chos hombres para arrostrar un peligro comun,
cuanto mayor sea éste, tanto mas procurarán
que todos participen de él igualmente ; y por lo
mismo les será mucho mas dificil hallar entre
ellos quien quiera armar su brazo para consu
mar el crimen , cuando haya de correr un ries
go mas inminente y terrible. Solo tendría escep-
cion esta regla en el caso de que proponiéndo
se al egecutor del crimen alguna recompensa
por parte de los cómplices , hubiese contrape
sado ésta la diferencia del riesgo á que se espo-
nia , pues entonces deberia ser igual la pena.
Si estas reflexiones parecen demasiado metafi
sicas , es porque no se advierte cuán importan
te es que las leyes dejen á los cómplices de un
delito el menor número de medios que sea po
sible para que se pongan de acuerdo unos con
otros.
Algunos tribunales ofrecen la impunidad
al que habiéndose hecho reo de un delito gra
ve, descubre á sus compañeros. Esta práctica
tiene inconvenientes y ventajas. Pos una par
lia TRATADO DE LOS DELITOS
te autoriza la traicion , género de perfidia de
que se horrorizan los facinerosos mismos ; in
troduce ios delitos que llevan consigo cierta vi
leza y cobardia , los cuales son mas funestos
que los que exigen un ánimo atrevido y valien
te, porque el valor es poco comun, y solo es
pera una fuerza benéfica para concurrir por
medio de ella al bien público, al paso que la
cobardía , tan ordinaria en los hombres , es un
contagio que se difunde continuamente é infi
ciona todas las almas ; y en fin pone á la vista
la incertidumbre de los tribunales y la debili
dad de las leyes , reducidas á implorar el au
xilio de aquellos mismos que las violaron. Por
otra parte precave las maldades , tranquiliza
al pueblo que nunca deja de consternarse cuan
do ve que constan los delitos y se ignoran los
delincuentes , y enseña á ios ciudadanos que el
que infringe las leyes, esto es, los pactos y
convenios públicos , no será mas fiel á los que
se verifican entre particulares. Me parece que
una ley general , que prometiese la impunidad
á todo cómplice que descubriese un delito , se
ria preferible á una declaracion especial en un
caso particular. Esta ley evitaría la union de
los malos por el temor recíproco que inspira
ría á cada uno de ellos de quedar él solo ex
puesto al peligro, y no verían los tribunales
que los malvados atrevidos fundan su auda
cia en la esperanza de que hay casos en que
se puede necesitar de ellos ; pero á lo menos
debería añadirse á esta ley que la impunidad
llevaría consigo el destierro del delator...,. Al
explicarme así , conozco que son inútiles cuan
tos esfuerzos hago para sufocar mis remordí-
Y DE LAS PENAS. II 5
mientos No : las leyes , monumento sagrado de
la confianza pública , base respetable de la mo
ral humana , no deben autorizar la falsedad ni
legitimar la traicion. ¡ Ah ! ¡ Qué egemplo pa
ra una nacion , si siendo la ley infiel á sí mis
ma, se apoyase en vanas sutilezas para faltar
í su promesa, y si el desgraciado á quien se
dujo fuese á recibir en el suplicio el premio
de haber dado oidos á su voz ! Sin embargo,
do son raros estos egemplos monstruosos , los
cuales hacen que se consideren mas de una
vez los Estados como unas máquinas compli
cadas, cuyos resortes mueve á su arbitrio el mas
diestro y poderoso, con lo que al parecer se
justifica la insensibilidad de aquellos hombres
que son inaccesibles á todo lo que constitu
ye las delicias de las almas tiernas y sensibles.
Semejantes al músico hábil que segun k agra
da hace que el instrumento que toca dé unas
veces sonidos terribles y otras afectuosos , es
citan á su arbitrio los sentimientos mas tier
nos y las agitaciones mas violentas: su áni
mo , siempre helado , acomoda á sus fines las
pasiones que mueve y de las cuales dispone;
y su corazon , siempre inalterable , no teme
experimentar unos movimientos que solo co
nocen para aprovecharse de ellos,

g
114 TRATADO DE LOS DEUTOS

§. XXXVIII.

De las interrogaciones sugestivas y de las


deposiciones. .
Nuestras leyes criminales proscriben las in-
terrogacionas llamadas sugestivas , esto es , las
que teniendo una conexion directa con el de
lito , pudieran sugerir al acusado una respues
ta inmediata ; en fin , las que recaen sobre la
especie ; porque segun nuestros criminalistas,
solo se debe interrogar sobre el género, con
Jo que parece dan á entender que solo se de
be proceder por medios indirectos á la averi
guacion del hecho. Cualquiera que sea el ob
jeto de este método, ya se haya pretendido
impedir que se sugiera al reo una respues
ta que le salve, ó se haya creido contrario
á la naturaleza que el hombre se acuse á sí
mismo, no es menos notable la contradiccion
en que hace caer á las leyes que autorizan al
mismo' tiempo el tormento; porque en efecto
I hay alguna interrogacion mas sugestiva que
el dolor? El malvado robusto que tiene en
su mano la. facultad de evitar una pena mas
rigurosa , padeciéndole con valor y constan
cia , encontrará en él una razon para obsti
narse en callar ; y el mismo tormento sugeri
rá al débil la confesion del delito, á trueque
de librarse por de pronto de los males cuya
accion presente obra en él con mas eficacia que
el temor de los suplicios futuros. Ademas, si
ia interrogacion especial es contraria al de
recho natural, en cuanto obliga al reo á acu-
Y DB LAS PENAS. II 5
íatse á sí mismo , j no será mucho mas seguro
el efecto que produzcan en él las convulsio
nes del dolor ? Pero los hombres se gobiernan
por la diferencia de las palabras mas bien que
por la de las cosas.
Entre los abusos de palabras , que son tan
comunes y tienen tanto influjo en las accio
nes de los hombres, hay uno en que intere
sa mucho la humanidad , y es el que hace que
se considere como nula la deposicion de un reo
ya condenado. La condenacion lleva consigo
la muerte civil i y un muerto, dicen gravemen
te los jurisconsultos, de nada es capaz: metá
fora pueril , á la cual han sido sacrificadas mu
chas victimas: vano sofisma que ha dado lu«
gar á que mas de una vez se examine seria
mente si la verdad debe ceder ó no á las
fórmulas judiciales. No conviene sin duda que
las deposiciones de un reo ya condenado pue
dan retardar el curso de la justicia ; pero ¿ por
qué razon no se ha de conceder á los intere
ses de la verdad y á la horrorosa situacion del
reo un espacio suficiente en el intervalo que
media entre la sentencia y el suplicio, para
justificar con un nuevo trámite á sus cómpli
ces ó á sí mismo, si ocurren nuevas circuns
tancias que varíen la naturaleza del hecho!
Las formalidades y aun el aparato son cosas
necesarias en la administracion de justicia ; por
que de este modo no tiene cabida la ley del
encage , y el pueblo respeta las sentencias da
das con cierta pompa y conforme á las re
glas establecidas , lo que no haria con las que
se dictasen tumultuariamente por el interes. Los
hombres , siempre esclavos de la costumbre , J
Il6 TRATADO I)B LOS DELITOS
mas accesibles á las sensaciones que á los ra
ciocinios, forman en el primer caso una idea
mas augusta de sus magistrados y de sus fun
ciones. La verdad, que unas veces es demasiado
sencilla , y otras demasiado complicada , pue
de tener necesidad de cierto aparato esterior;
pero todas las formalidades que no sean re
ducidas por las leyes á unos límites en que-
jauias puedan perjudicar , serán origen de las
mas funestas consecuencias. Conviene que las
leyes fijen un castigo para aquel que en sus inter
rogatorios se obstine en no responder , y este
castigo debe ser de los mas graves , para que
los reos no defrauden al público con su silen
cio del egemplo que deben darle ; pero al mis
mo tiempo deja de ser necesaria esta pena cuan
do consta el delito , y se sabe tambien quién es
el delincuente , porque entonces aun el inter
rogatorio y la confesion del reo son enteramen
te inútiles. Este último caso es el mas ordina
rio , pues nos enseña la esperiencia que en la
mayor parte de juicios criminales todo lo nie
gan los reos. §. XXXIX. i

De una especie particular de delitos.


Al leer esta obra , se advertirá sin duda que
no he querido hablar de una especie de delitos,
cuyo castigo ha hecho correr rios de sangre en
casi toda Europa. ¿Y á qué efecto presentar la
pintura de aquellos espectáculos de horror y es
panto á que acudia presuroso el feroz fanatismo
para cebarse en los gritos del dolor , y clava
dos ios ojos en las víctimas que iban á ser con
Y DE LAS PBNAS. 117
sumidas , acusaba la actividad de las llamas,
porque le parecía que devoraban con demasia
da prontitud sus entrañas palpitantes ; de aque
llos tiempos , dignos de eterna execracion , en
que se oscurecía el aire con el humo de las ho
gueras , y en que solo se oian gemidos y lamen
tos en las plazas públicas , cubiertas de ceni
zas humanas ? ¡ Ojalá oculte para siempre un ve
lo oscuro estas escenas horrorosas ! En cuanto
á la naturaleza del delito que las causó, ni el
pais en que existo, niel siglo en que vivo, ni
la materia que trato, me permiten examinarla.
Seria empresa muy vasta, y que me alejaría mu
cho de mi objeto, querer probar, contra el
egemplo de muchos pueblos , la necesidad de
una conformidad total de modo de pensar en
un Estado, tratar de demostrar cómo pueden
influir en el bien público unas opiniones que
solo se diferencian por ciertas sutilezas oscu
ras y muy superiores á la capacidad humana;
cómo turbarán la nacion estas opiniones , á no
ser que se autorice una sola , y se proscriban
todas las demas, cómo es que entre ellas hay
unas que ilustrándose por medio de su fermen
tacion dan motivo á que resulte de su choque
la verdad, la cual prevalece y deja confundido
el error; y otras que no teniendo por sí mismas
bastante firmeza , necesitan de la fuerza y
de la autoridad para sostenerse. No acabaría
jamas, si pretendiese demostrar que es nece
sario é indispensable hacer que cedan los áni
mos al yugo del poder, por mas contradic
cion que se halle entre esta máxima y aquella
en que la razon y la autoridad mas respetable
,ioá recomiendan la mansedumbre y el amor
II 8 TRATADO DE LOS DELITOS
de nuestros hermanos, y por mas esperiencia
que tengamos de qué la fuerza solo hace hipó
critas, y por consiguiente almas viles. Todas
estas paradojas se prueban sin duda evidente
mente i y se miran como conformes á los ver
daderos intereses de la humanidad , si hay en
alguna parte una autoridad legítima y recono
cida que las adopte y las tome por regla en el
egercicio de su poder. Por lo que á mí toca,
recayendo únicamente mis reflexiones sobre los
delitos que violan las leyes naturales ó el con
trato social , debo guardar silencio acerca de
los pecados, especie de delito cuyo castigo,
aun cuando solo sea temporal , no es de la
inspeccion de la jurisprudencia ni de la fi
losofia,
§• XL.

Falsas ideas de utilidad.

Se pueden considerar las falsas ideas de uti


lidad que tienen los legisladores como uno de
los manantiales mas fecundos de errores é in
justicias. $ Pero cuáles son estas falsas ideas
de utilidad ? Las que mueven al legislador á
hacer mas caso de los perjuicios particulares
que de los inconvenientes generales ; á querer
dominar los sentimientos y opiniones que, si
bien pueden escitarse , es imposible enseñorear
se de ellos ; á atreverse á imponer silencio á
la razon y aherrojarla con las cadenas de las
preocupaciones : las que le conducen á sacrifi
car las ventajas mas reales á los inconvenien
tes mas imaginarios y menos importantes ; á
llevar á mal el.no poder prohibir á los hoiu
T DE LAS PENAS. 119
bres el uso del fuego y del agua, porque es-
tos dos elementos causan incendios y naufra
gios; en ñn, á no saber impedir el mal sino
destruyendo. Tales son tanbien las leyes que
prohiben llevar armas consigo , leyes que ob
servadas únicamente por los ciudadanos pacífi
cos , dejan el acero en manos del malvado,
que ha adquirido el hábito de violar los pac
tos mas sagrados , y por consiguiente de no res
petar los que son arbitrarios y de poca impor
tancia ; leyes en fin cuya infraccion ni cuesta
trabajo ni espone á peligros , y cuya egecu-
cion exacta destruida la libertad personal, tan
preciosa para el hombre , tan respetable para
el legislador ilustrado, y haria que recayesen
sobre la inocencia las vejaciones que estan
leservadas á los delitos. Solo sirven para mul
tiplicar los asesinatos , entregando el ciudada
no indefenso á los ataques del malvado , esas
leyes que favorecen mas al que acomete que
al que es acometido , y que son mas bien con
secuencias de la impresion popular en alguna
circunstancia horrorosa, que fruto y resulta
do de sabias combinaciones ; en fin , esas le
yes dictadas mas bien por el temor del de-,
lito que por la voluntad de precaverle con dis
posiciones acertadas. ,
Por una falsa idea de utilidad se preten
de tambien dar á unos seres animados el mis
mo orden y simetría que pudiera recibir los
cuerpos puramente materiales; descuidar los
motivos presentes , que son los únicos que pue
den obrar con fuerza y constancia en la mu
chedumbre, y valerse de moiivos remotos, cu
yas impresiones débiles y fugaces suelen no
ItO TRATADO DE LOS DELITOS
producir efecto alguno, á no «er en las ima
ginaciones exaltadas, que solo ven en los ob
jetos las relaciones que los aumentan y apro
ximan ; y en fin, atreverse á separar el bien
general de los intereses particulares, sacrifi
cando las cosas á las palabras.
Entre el estado de sociedad y el de natura
leza hay la diferencia de que los salvages no
hacen daño á sus semejantes sino cuando en
cuentran en ello su propia conveniencia, al
paso que el hombre social es frecuentemente es
timulado por el vicio de las leyes á hacer mal
sin utilidad alguna. El déspota difunde el te
mor y el abatimiento en el alma de sus escla
vos ; pero despedazado él mismo por sus senti
mientos , que parece egercen una reaccion mas
fuerte en su propio corazon , se ve muy luego
sumergido en una desgracia mucho mas inso
portable que los males que causa.
El que coloca su felicidad en gozar del ter
ror que difunde , corre poco riesgo cuando se
reduce á egercer este vil imperio en los estre
chos límites de su casa; pero si le estiende á
la muchedumbre , entonces debe temblar él mis
mo considerando cuán facil será á la teme
ridad , á la desesperacion , y sobre todo á la
audacia prudente y reflexiva sublevar contra
él unos hombres , que serán seducidos sin gran
des esfuerzos , si se escitan en sus ánimos ideas
y sentimientos conformes á los intereses de Iz
humanidad; si se les hace ver que estendién
dose á muchos los peligros de la empresa, se
disminuye á proporcion el riesgo individual;
y sobre todo si se atiende á que los desgra
ciados hacen menos caso de su existencia an.
Y DE LAS PENAS. 121
razon de los males que padecen : y he aqui la
causa de que se multipliquen las ofensas cuan
do se ha empezado á ofender á alguno ; porque
el odio es un sentimiento durable que adquie
re nuevas fuerzas con el tiempo y con el hábi
to , diferenciándose en esto del amor , que se
debilita por estas mismas causas.

§. XLI.

De los medios de precaver los delitos.

Si es interesante castigar los delitos , sin


duda es mucho mejor precaverlos. Tal debe ser,
y tal es efectivamente el objeto de todo legisla
dor ilustrado, pues que una buena legislacion
no es mas que el arte de hacer que los hombres
gocen la mayor felicidad o esperimenten la me
nor infelicidad posible , segun el cálculo de los
bienes y males de esta vida, j Pero qué medios
se han empleado hasta ahora para conseguir es
te fin? ¿No son por la mayor parte insuficien
tes y aun opuestos al resultado que se desea?
Querer sujetar la actividad tumultuosa de los
hombres á la precision de un orden geométri
co , exento de confusion é irregularidad , es
tratar de una empresa que jamas podrá reali
zarse. Si las leyes de la naturaleza , siempre
sencillas y constantes , no impiden que los as
tros esperimenten aberraciones en sus movi
mientos ¿como podrían las leyes humanas ob
viar todos los desórdenes que debe escitar con
tinuamente en la sociedad el choque perpetuo
de las pasiones ? Pues esta es la quimera de los
122 TRATADO DE LOS DELITOS
hombres de cortos alcances, cuando llegan á te
ner algun poder.
Prohibir una multitud de acciones indife
rentes no es precaver delitos , supuesto qu« nin
guno puede resultar de ellas ; sino que al con
trario es crear nuevos crimines , y cambiar ar
bitrariamente las nociones de vicio y virtud, al
mismo tiempo que se procura presentarlas como
eternas é inmutables. ¿Cuál seria nuestra suer
te , si hubiera de prohibirsenos todo aquello que
puede inducirnos á obrar mal ? Ante todas cosas
seria necesario privarnos del'üso de los senti
dos. Para un motivo capaz de determinar á los
hombres á cometer un verdadero delito, hay mil
que los mueven á egecutar acciones indiferentes
que las malas leyes han caliñcado con el nombre
de criminales ; y es claro que cuanto mas se es
tienda la esfera de los delitos , tanto mayor será
el número de los que se cometan , porque siem
pre se verá que se multiplican las infracciones
de las leyes en razon del número de los motivos
que inducen á apartarse de ellas , sobre todo
cuando la mayor parte de estas leyes no son
mas que privilegios esclusivos , esto es , un tri
buto impuesto á la nacion en general á favor
*ie un cono número de sus miembros.
Si se trata seriamente de evitar delitos , es
necesario hacer leyes claras , sencillas y tales
que toda la sociedad gobernada por ellas reuna
sas fuerzas para defenderlas , sin que haya una
parte de la nacion que se ocupe en minarlas.
Estas leyes, protectoras de todos los ciudadanos,
deben favorecer á cada individuo en particular
mas bien que á las diversas clases de hombres
que componen el Estado ; deben inspirar res
T DE LAS PENAS. 11}
peto y terror ; pero estos sentimientos han de
estar reservados á ellas esclusivamente. El te
mor de las leyes es saludable ; pero el de los
hombres es un manantial funesto y fecundo en
delitos. Los hombres en el estado de esclavitud
son mas voluptuosos, disolutos y crueles que los
hombres libres. Entregados éstos á las ciencias,
y dedicados á examinar y conciliar los intereses de
las naciones , presentan cierta grandeza en sus
ideas y conducta ; pero los otros , contentándo
se con placeres momentáneos, procuran distraer
se, en el torbellino dela disolucion, del anonada
miento en que se ven ; y acostumbrados á mirar
con razon como problemático el éxito de todos
los acontecimientos , procuran alucinarse acer
ca de las consecuencias de sus crímenes , que
por la pasion de que actualmente estan dominados
se les representan cubiertas con las tinieblas de
un por venir incierto. En una nacion indolente
por razon del clima que habita , la incertidum-
bre de las leyes sostiene y aumenta su inaccion
y su estupidez. En una nación voluptuosa , pero
activa , hace que esta actividad se emplee úni
camente en miserables cabalas y en intrigas mis-
teriosas y oscuras ; de suerte que reina la des
confianza en todos los ánimos , y se reduce la
prudencia al arte infame de disimular y de ha
cer traicion. En una nacion fuerte y animosa,
se llega á destruir esta incertidumbre ; pero
despues de haber padecido por causa de ella fre
cuentes revoluciones , y de haber sido sumergi
da en la esclavitud , pasando por ultimo al es»
do de libertad.
I24. TRATADO DE LOS DELITOS

§. XLII.

De las ciencias.
Para evitar los delitos és necesario que acom
pañe á la libertad la luz de las ciencias. Si los
conocimientos producen algunos males , es cuan
do estan poco difundidos , al paso que los bie
nes que nacen de ellos se aumentan en razon de
sus progresos. Un impostor atrevido (que jamas
es un hombre vulgar) obtiene las adoraciones de
un pueblo ignorante ; pero diríjase á una na
cion ilustrada , y se le mirará con el desprecio
que merece.
Los conocimientos facilitan al hombre los
medios de comparar los objetos ; le ponen en es
tado de considerarlos, bajo los diferentes aspec
tos que tienen; escitan en su corazon diversos
sentimientos , y le enseñan en fin á modificar
los sucesivamente, mostrándole en los demas las
mismas aversiones y los mismos deseos.
Difundanse con profusion las luces en un
pueblo , y su aspecto benéfico hará que desapa
rezcan muy en breve la ignorancia y la calum
nia , y que tiemble la autoridad que no estaba
apoyada en la razon, al paso que las leyes solas
quedarán inmobles por sus propias fuerzas , e in
variables como la verdad. En efecto ¿habrá algun
hombre ilustrado que no se declare á favor de
unos pactos , cuya publicidad , claridad y utili
dad aseguran y fundan el edificio del bien estar
y de la seguridad general? ¿Habrá alguno que
eche menos la corta é inútil porcion de libertad
que sacrificó, cuando la compara coa toda»
y DB LAS PENAS. 12$
aquellas de que se despojaron los demas hom
bres , y cuando vé hasta qué grado hubieran
podido unirse y armarse contra él , si no fuera
por las leyes ? Las almas sensibles no encuentran
en éstas mas que un obstáculo para hacer mal;
conocen que solo han sacrificado la libertad de
dañar á sus semejantes ; y en consecuencia no
pueden menos de bendecir el trono y al prínci
pe que le ocupa.
No es cierto que las ciencias sean siempre
perjudiciales á la humanidad ; y si lo han sido
alguna vez , debe atribuirse esto á que por otro
lado era inevitable el mal. La multiplicacion de
los hombres introdujo la guerra , las artes gro
seras en su origen , y las primeras leyes. Es
tas fueron al principio unos pactos momentá
neos dictados por la necesidad, y destruidos
despues por ella misma. Tal fue la filosofia na
ciente , cuyos principios , reducidos á un nú
mero muy corto , eran acertados , porque la
pereza y la poca sagacidad de nuestros mayores
los preservaban entonces del error; pero cuan
do se aumentaron las necesidades al paso que se
multiplicaban los hombres , y cuando por con
siguiente hubieron de escitarse impresiones mas
fuertes y durables para impedir que se volvie
se con frecuencia ai estado de insociabilidad,
tanto mas peligroso cuanto mas nos -hemos ale
jado de él ; entonces fue un gran bien político
para el género humano el adoptar aquellos er
rores que poblaron el universo de divinidades
falsas, é inventaron un mundo invisible , crea
dor y dominador del nuestro. Ciertamente se
mostraron bienhechores de la humanidad aque-
los hombres que se atrevieron á engañar á sus
Il6 TRATADO DE LOS DELITOS
semejantes para hacerles bien , y cuya hábil ma
no condujo la ignorancia al pie de los altares;
pues ofrecieron á nuestros padres unos objetos
que no estaban al alcance de sus sentidos ; los
ocuparon en la investigacion de estos mismos
objetos , tanto mas fugaces cuanto mas creemos
hacernos dueños de ellos ; los obligaron á res
petar lo que nunca llegaban á comprender bien,
y en ñn lograron de este modo concentrar to
das las pasiones y dirigirlas á un objeto único.
Tal Fue el primer estado de todas las naciones
que se formaron de la reunion de diferentes
aduares de salvages. Tal fue la época de la fun•
dacion de las sociedades , y el único y verda
dero lazo que las unió.
ya se echa de ver que no hablo de aquel
pueblo escogido , del pueblo de Dios , en el
cual fue reemplazada la política humana con los
milagros mas portentosos y con las gracias mas
señaladas. Pero siendo propio del error subdi-
▼idírse -hasta lo infinito , resultó que las falsas
ciencias que produjo hicieron que no se viese
cutre los hombres mas que una multitud faná
tica de ciegos , errantes en los vastos laberin
tos de la ignorancia, y siempre dispuestos á cho«
car uups con otros. Entonces hubo algunas al
mas sensibles , algunos filósofos que suspiraron
por el antiguo estado de salvages ; y he aqui
Ja primera época en que los conocimientos , ó
por mejor dedir , las opiniones llegaron á ser
funestas i. la humanidad. Yo encuentro la se
gunda en el dificil y terrible tránsito desde los
ertores á la verdad , y desde las falsas vislum-
bres á la verdadera luz. fil formidable choque
de las preocupaciones útiles á un corto número
Y DE LAS PENAS. l\J
•de hombres poderosos, con los verdaderos prin
cipios , favorables á la muchedumbre débil y
desautorizada , y la fermentacion que escita en
las pasiones que pone en contacto , causan infi»
nitos males á la triste humanidad. Basta pasar
la vista por las historias , cuyas pinturas vie
nen á presentar el mismo color al cabo de cier
to periodo de tiempo ; basta reflexionar sobre el
lamentable , pero necesario tránsito desde la
ignorancia á la filosofia , y por consiguiente
desde la tiranía á la libertad, para ver que una
generacion entera ha sido sacrificada con dema
siada frecuencia á la que le ha de suceder. Mas
cuando está restablecida la calma ; cuando , so
bre las ruinas del incendio , cuyas llamas vora
ces libraron felizmente la nacion de los males
que la agoviaban , la verdad que al principio,
caminaba lentamente, precipita el paso para lle
gar á las gradas del trono y tomar asiento al:
ladojdel monarca; cuando esta divinidad benéfi
ca ve que se multiplican sus altares en las repú
blicas ¿qué sabio se atreverá á preferir las tinie
blas difundidas sobre la muchedumbre , á la luí
pura que la ilumina ? ¿ Qué filosofo sostendrá
que el conocimiento de las verdaderas y senci
llas relaciones de los objetos puede perjudicar
al género humano?
Si la ciencia superficial, y por decirlo asi,
á medias , es mas funesta que la ciega ignoran
cia , porque á los males que ésta produce aña
de aquella innumerables errores , consecuencia
fatal y necesaria de un entendimiento que no
alcanza á descubrir toda la estension de la ver
dad ; es sin duda el don mas precioso que un
soberano puede dispensar á su nacion y á sí
Ia8 TRATADO DE LOS DELITOS
mismo , el de confiar el santo depósito de las le
yes á un hombre ilustrado, que habiendo adqui
rido el hábito de ver de cerca la verdad sin
temerla, á examinar la especie humana con cier
ta grandeza y elevacion , y estando exento de
las necesidades de pura opinion , que nunca
llegan á verse satisfechas , y cuyo imperio sue
le ser tan funesto á la virtud , considera la na
cion como una inmensa familia , y acostumbra
do á mirar con ojos filosóficos la masa total de
los hombres , solo advierte una distancia muy
corta y una diferencia puramente convencional
entre los grandes y el pueblo. El sabio tiene
necesidades é intereses que no conoce el vulgo:
no puede desmentir con sus acciones los princi
pios que establece en sus escritos ; y se ve obli
gado á amar la virtud por sí misma.
I Qué felicidad no darían á una nacion hom•
bres de este temple ! Pero será muy escasa y de
muy corta duración , á no ser que multiplicados
en cierto modo por la bondad de las leyes , se
aumente bastante su número para disminuir la
verosimilitud siempre muy probable de una
eleccion viciosa.
§. XLIII.

Be los magistrados.
Otro medio de precaver los delitos es des
terrar del santuario de las leyes hasta la som
bra de corrupcion , y hacer que los magistrados
encuentren mas interes en conservar con toda
pureza el deposito que les está confiado, que en
alterarle en lo mas mínimo. Cuanto mas numero
so sea el tribunal, untomeaos temibles serán
Y DE LAS PENÁS. i 29
las usurpaciones que intente contra las leyes,
porque entre muchos hombres que se observan
mutuamente , la ventaja de aumentar su autori
dad personal se disminuye en razon de la parte
cortísima que tocaria á cada uno , comparada
con los riesgos de la empresa. Pero si dando á
la justicia demasiado aparato , pompa y Severi
dad , cierra el soberano todo acceso á las que
jas justas y aun á las infundadas del débil que se
cree oprimido ; y acostumbra á sus súbditos á
tener menos temor á las leyes que á los magis
trados , ganarán éstos tanto como perderá lá se*
guridad pública y particular.

§. XLIV.
\
De las recompensas.

Las recompensas señaladas á la virtud serian


tambien un medio de precaver los delitos. ¿Có
mo es que las leyes modernas de todas las na
ciones observan un silencio profundó sobre este
objeto ? Si los premios académicos que se han
ofrecido á los que hiciesen descubrimientos úti
les , han multiplicado los conocimientos y los
libros útiles ¿ no se hafián tambien mas comu
nes las acciones virtuosas , siempre que se dig
nase de coronarlas la mano de un monarca be
néfico? La moneda del honor, distribuida con
juiciosa economía, no se agota jamas , y produ
ce constantemente los mejores frutos.
13O TRATADO DE LOS DELITOS

§. XLV.

De la educacion.
En fin , el medio mas eficaz para precaver
los delitos , pero al mismo tiempo el mas dificil,
es perfeccionarla educacion, objeto demasiado
vasto para los límites que me he prescrito , y
tan íntimamente unido con la naturaleza del
gobierno que jamas recibirá toda la estension
de que es capaz hasta que lleguen aquellos si
glos dichosos , bien distantes todavia , en que
la felicidad descienda á fijar su morada en la
tierra. Hasta entonces apenas llamará la aten
cion de algunos sabios, y será semejante á
aquellas llanuras estériles en que la infatiga
ble mano del labrador desmonta de trecho en
trecho algunos terrenos.
Un grande hombre á quien se paga con
persecuciones la ilustracion que difunde sobre
el genero humano , ha mostrado muy por me
nor cuáles son las máximas principales de una
educacion verdaderamente útil 4 ha probado
que ésta consiste mas bien en la eleccion de
los objetos que en su multitud, en la precision
con que le esponen mas bien que en su núme
ro ; ha enseñado á substituir ios originales á
las copias en los fenomenos morales ó fisicos
que la casualidad ó bien la destreza del maes
tro ofrece al entendimiento del discípulo ; y
en fin , ha demostrado que las suaves impresio
nes del sentimiento son las que han de guiar á
los niños en el camino de la virtud ; que se les
debe alejar del mal por la fuerza irresistible de
Y DE LAS PENAS. 131
la necesidad y de los inconvenientes , y que
es preciso abandonar el método incierto de la
autoridad , puesto que nunca se logra con ella
mas que una obediencia hipócrita y pasagera.

§. XLVI.

Del perdon.

Al paso que las penas sean mas suaves, la


clemencia y el perdon serán menos necesarios.
¡Dichosa la nacion en que estas virtudes fue
sen funestas ! La clemencia , cualidad que en
algunos Soberanos ha suplido por todas las de-
mas , deberia desterrarse de una legislacion
perfecta en que las penas fuesen moderadas, y
se estableciese un modo de enjuiciar pronto y
arreglado: verdad dura en la apariencia para
los que viven sujetos al desorden de una juris
prudencia criminal en que lo absurdo de las
leyes y el rigor de los suplicios hacen necesa
rias las gracias y el perdon. El derecho de in
dultar á un reo de la pena en que ha incurrido
es sin duda la mas bella prerogativa del trono
y el atributo mas precioso de la soberanía ;'pe«
lo al mismo tiempo es una desaprobacion tácita
de las leyes. Parece que el dispensador bené
fico de la felicidad pública se declara , cuando
egerce este derecho , contra el código criminal
consagrado , á pesar de sus imperfecciones, poc
la preocupacion de la antigüedad , por el res
petable y voluminoso aparato de una infinidad
de comentarios, por la pompa y .magestad de
las formalidades , y. en fin por el voto de Jos
cabios superficiales ,1ue son siempre mas dies
13a TRATADO DE LOS DELITOS
tros para insinuarse y menos temidos que los
verdaderos filósofos.
Si se considera que la clemencia , virtud
del legislador , y no del egecutor de las leyes,
debe resplandecer en el código , para ser des
terrada de los juicios ; y que mostrando á los
hombres delitos perdonados , y á los cuales no
se siga necesariamente el castigo, se alimenta
en ellos la esperanza de la impunidad , y se les
acostumbra á mirar los suplicios como actos de
violencia y no de justicia ¿ cómo se podrá de
sear que el soberano indulte á los reos? ¿No
se podrá decir con mucha razon que sacrifica la
seguridad pública á la de un particular ; y que
por un acto privado de beneficencia mal enten
dida , publica un edicto general de impunidad?
Sean pues inexorables las leyes y sus ministros;
pero el legislador debe ser suave , indulgente
y humano : como arquitecto prudente , ha de
dar por base á su edificio el amor que todo
hombre tiene á su bien estar ; y como moralis
ta hábil ha de saber reunir los intereses parti
culares para que concurran todos ellos á formar
el bien general. Entonces no se verá obligado á
recurrir á leyes particulares , á remedios que
producirán el efecto de separar á cada paso la
ventaja de la sociedad de la utilidad de sus
miembros ; ni tendrá que apoyar en el temor
y en la desconfianza el simulacro engañoso de
la salud pública; sino que procediendo como
filosofo profundo y sensible dejará que gocen en
paz sus hermanos la corta porcion de felicidad
que les ha repartido el Ser supremo, y les es per
mitido disfrutar por el siste.na inmenso que ha es
tablecido en, esta pequeña parte del universo.
y DE LAS PENAS

§. XLVt.

Conclusion.

Daré fin á mi obra observando que el rigor


de las penas debe ser relativo al estado actual
de la nacion. En un pueblo que acaba de salir de
la barbarie , necesitan los ánimos endurecidos
esperimentar las impresiones mas fuertes y sen
sibles. El leon que se burla de los tiros que le
dirige el hombre, cae herido del rayo. Pero al
piso que se suavizan las costumbres en el esta
do social , se aumenta la sensibilidad ; y si en
tonces se desea conservar las mismas relaciones
entre el objeto y la sensacion , es necesario dis
minuir el rigor de los suplicios.
De todas mis reflexiones resulta un teorema
general , tan útil como poco conforme al uso,
que es el legislador ordinario de las naciones.
Para que el castigo no sea un acto de violencia,
egercido por uno sola ó por muchís contra uñ
ciudadano , debe esenciahnznti ser público , pron-
„ to , necesario , proporcionada oí delito , dictada
por las leyes , y cuanto menos riguroso sea posí-
bh en circunstancias dadas.
'34
JUICIO

Jpc un célebre profesor sobre el libro de los


delitos y de las penas.

E. gran Galileo juzgaba que los asuntos mo


rales pueden demostrarse del mismo modo que
los pertenecientes á la geometría. Tal fue tam-
bien la opinion del sublimé Locke, el cual ha
lló las pruebas de su modo de pensar en los
principios primordiales y mas sencillos. Las
obras de moral y política que nos dejó Hobbes,
autor que no merece toda la reputacion que tie
ne , se presentan con el pomposo aparato de las
matemáticas, sin que se encuentre en ellas Ja
exactitud de esta ciencia. Pero el libro de los
datos y de las penas , toma únicamente de la
geometría el espíritu de precision que la ca
racteriza. Los cuerpos políticos son unas má
quinas complicadísimas ; y la mas hermosa , es
to es, la mas bien ordenada de todas, debe
Considerarse como la obra maestra de la espe-
riencia y de la filosofia. Los fines que se han
propuesto los legisladores y los diferentes me
dios que han empleado en las constituciones de
estos cuerpos, tienen entre sí relacioaes ocultas
de conveniencia y desconveniencia , de conexion
y oposicion, que nuestro autor ha esplicado por
medio de la analisis , ciencia que posee en gra
do eminente. Caminando con la mayor rapidez,
y usando de un estilo lacónico , suele desentra
ñar mas ideas que las que espresa , y ofrece al
gunas veces un sentido diferente del que pre
DE LA OBRA. 135
senta al parecer. No es pues este libro para to-
da clase de lestores ; y el que no tenga la pre
caucion de comparar una parte con otra , y de
buscar en las frases claras y exactas la inteligen
cia de las que son oscuras y equívocas (segun
las reglas de crítica establecidas para esta clase
de escritos), no comprenderá el pensamiento ni
las intenciones del autor.
Aunque sus principios sobre la moral y la
política son muy ppuestos á los de Hobbes , no
han faltado censores que le han mirado como
uno de sas mas celosos partidarios, fundándo
se para ello en las razones siguientes.
El estado de naturaleza , segun nuestro au
tor , es un estado de guerra , y cada hombre en
este estado es un déspota. Luego , segun él, en
el estado de naturaleza se puede hacer á cada
individuo todo el mal posible , sin cometer en
ello la menor injusticia. En este estado el des
potismo absoluto de la voluntad será la única
regla de las acciones. No habiendo pactos socia
les , el poder fisico de cada uno arreglará su
poder moral. Ademas, sostiene que el derecho no
es mis que la fuerza dirigida á la utilidad del
mayor número ; que la justicia no tiene reali
dad alguna por sí misma ; que no es mas que
un modo de comprender por parte de los hom
bres , de donde resulta la felicidad de cada uno
de ellos ; que no hay delito cuando no hay in
fraccion del pacto social ; y en fin , que las no
ciones de virtud y de vicio son muy coafusas y
varían segun los tiempos y lugares. En vista
pues de estas aserciones y otras semejantes , es
tablece el autor que no hay pasion ó accion re
lativa á la sociedad, que considerada en sí mis
l$á JUICIO
ina , sea absolutamente justa ó injusta , virtuosa
ó criminal. Segun él , las ideas de vicios y vir
tudes son abstractas , y estan tan sujetas á vi
cisitudes como las modas : estas ideas son á lo
sumo unos medios de que se vale la política
con mayor ó menor ventaja, segun la diferen
cia de los planes , circunstancias y habilidad
de los legisladores y gefes de ios pueblos. Pues
si asi piensa el autor ¿qué diferencia hay entre
él y Hobbes ? La hay muy grande por todos tí
tulos , á pesar de los críticos que abusan de los
términos que se acaban de citar , y pretenden
encontrar en ellos las opiniones del filosofó
ingles.
El carácter de Hobbes es el de un misántro
po furioso; y al contrario nuestro autor es un
filántropo amable que solo respira humanidad.
Un menstruo que se complaciese en despeda
zar cruelmente Jos miembros apenas formados
de un niño de pecho, y se mostrase insensible
á sus gritos: un bárbaro asesino que quitase la
vida al generoso libertador que la hubiese es-
puesto por sacarle de las garras de la fiera que
iba á devorarle , no dejarán de ser hombres de
bien en el estado de naturaleza , segun Hobbes,
porque nada habían prometido al desgraciado
niño , ni al valeroso bienhechor. En el estado
de naturaleza , segun nuestro autor , no es jus
ta la guerra sino en cuanto es necesaria , ni per
mite él mismo que se haga otro mal con las ar
mas en la mano que el que es absolutamente in
dispensable. El Leviatan de Hobbes nos presen^
ta el despotismo en el mas alto grado ; y en el
sistema de nuestro autor la ley suprema del bien
público es el objeto y el término del poder so-
DE LA OBRA. I 37
berano , prohibiéndose al déspota infringir esta
gran ley que todos los príncipes de nuestro si
glo se glorian de adoptar , respetar y seguir en
el egercicio de su soberanía. El Leviatan de
Hobaes es la regla, el criterio, la medida de
lo justo y de lo injusto , del vicio y de la vir
tud. Solo es bueno lo que él permite , y malo
lo que él prohibe : cuanto él manda adquiere
inmediatamente el carácter de honesto, y su vo
luntad lo convierte en una verdadera obligacion
para todos sus subditos. Si se escluyen del Le
viatan los pactos y las sensaciones arbitrarias,
las acciones humanas quedan destituidas de
bondad y malicia moral. Segun nuestro autor,
las penas establecidas por los pactos sociales y
sostenidas por la autoridad pública , no deja
rán de ser injustas , ilícitas y vituperables , si
no 'guardan porporcion con los delitos. ' Es verdad
que la voluntad del soberano y el uso nacional
pueden conservar leyes inútiles, defectuosas y
aun perjudiciales; mas no por eso variarán es
tas de carácter, ni serán mejores , mas legítimas
y menos crueles. Se verá que en muchos pasa-
ges de su obra califica nuestro autor la humani
dad, ¡la clemencia, la beneficencia y el candor
de virtudes sublimes y divinas , y por una con
secuencia necesaria vitupera y proscribe todo
lo que es contrario á ellas. Asi pues , la virtud
y el v vicio son para él unos séres reales é ini
cie pendientes de las acciones y leyes de los so
beranos ; y no se limita á conocer la esencia
de las virtudes y de los vicios , sino que mues
tra tanto amor y veneracion á aquellas como
horror á e3tos : por lo cual se puede decir de
esta obra que todo lector imparcial é ilustrado
1 18 juicio
debe encontrar en ella una diferencia visible
entre los sentimientos de su autor y los de Hob-
bes. Los enemigos de aquel, y algunos lectores
frivolos no quieren conocer esta diferencia; pe
ro las razones que dan se reducen á puros equí
vocos ó á un gran deseo de criticar. Es ver
dad que dice que el estado de naturaleza es un
estado de guerra -7 pero tambien cuida mucho de
compararle con el estado actual de los pueblos
que son independientes entre sí. No quiere dar
á entender con esto que semejantes pueblos se
aborrezcan de muerte , ó que ignoren y no ten
gan ninguna correspondencia y trato recíproco;
y mucho menos pretende sostener que sea lícito
y honesto faltar á sus deberes. La comparacion
siguiente esplicará el verdadero sentido del au
tor. Asi como entre los soberanos de Europa la
guerra es la que decide esclusivamente sus con
tiendas, y se tiene por justa cuando el que dió
motivo á ella con su injusticia se niega á oir la voz
dela razon, no habiendo por otra parte una fuer
za superior que le obligue á ello ; del mismo
modo , en el estado de naturaleza todo hom
bre tiene derecho para tomarse la justicia por
su mano , lo que no sucedería si hubiera una
autoridad superior que decidiese acerca de ia
justicia ó injusticia de la accion que dió lugar
á esta conducta , y una autoridad pública capaz
de reprimir los atentados y usurpaciones de los
particulares. En el mismo sentido dice nuestro
autor que todo individuo es independiente y dés
pota en el estado de naturaleza ; mas no por
eso queda libre de toda obligacion moral y civil
ni de los respetos y miramientos que debe guar
dar con sus semejantes , supuesto que segun su
DE LA OBRA. I 39
sistema ho toda es permitido á la potestad su
prema ni á unas naciones con relacion á otras.
Ademas , añade que se debe contener en muy
reducidos límites el derecho de hacer mal á otro
con las armas en la mano , aun en la guerra
mas justa. Asimismo, cuando dice que la justi
cia humana (único objeto de sus investigacio
nes) nc es una cosa real , no pretende que es un
sér imaginario , sino solamente que no es un
objeto que existe fuera de nosotros , como la
diosa Temis de los paganos y de los poetas , ó
alguna otra quimera semejante. Asi que , la jus
ticia es según nuestro autor un simple modo de
Comprender por parte de. los hombres , el cual
tiene el mayor influjo en la felicidad de cada uno
de ellos. Siguese de esta definicion que unas
veces es la justicia un sentimiento de aversion,
de repugnancia y horror que inspiran tales ac
ciones y tales pasiones determinadas á todo sér
que piensa y raciocina ; y otra? de. aprobacion,
de aprecio y benevolencia, con respecto á tales
acciones y tales pasiones contrarias y directa
mente opuestas á aquellas. Estos diversos senti
mientos de odio y desprecio por una parte , y
de amor y estimacion por otra , son innatos en
todos los corazones que no. han sido todavía cor
rompidos con el hálito pestífero de las pasiones
opuestas al bien de la humanidad. No es mayor
la conexion que hay entre la causa y el efecto,
entre el antecedente y el consiguiente que la que
se encuentra entre estas pasiones y sentimien
tos : lo cual no es obra de la política ni de las
instituciones humanas. ¿ Quién no ve que estos
sentimientos de aprobacion y de vituperio , de
amor y de ódio con respecto á las acciones y
140 juicro
pasiones que los escitau , tienen el mayor in
flujo , segun la reflexion de nuestro autor , en
la felicidad de cada individuo? ¿Acaso nuestros
sentimientos y juicios , tan verdaderos y rectos
por su naturaleza, son mas que unas percepcio
nes, como todos nuestros juicios y sentimientos
en general ? Es pues inútil empeñarse en desfi
gurar la definicion que da nuestro autor de la
justicia humana. Del mismo modo , cuando dice
que los nombres y el carácter de los vicios y vir
tudes estan sujetos á revoluciones y varían se
gun la diferencia de los tiempos y climas ¿ no
seria injusto inferir de aqui que no reconoce
virtud y vicio , cuyas nociones sean invariables
para todos los hombres en cualquier tiempo y
lugar ? Admite estas virtudes , y habla de ellas
con respeto y elogio , asi como detesta todos los
vicios que les son contrarios. Pero hay en el
mundo virtudes de opinion y vicios imaginarios
mal definidos y peor entendidos , acerca de los
cuales se forman ideas falsas y confusas $ y es
tas son las virtudes y los vicios que padecen
frecuentes vicisitudes : hoy son el ídolo de la
credulidad pública ; y mañana se les ridiculiza
rá y mirará con el mas alto desprecio , á pro
porcion de las luces con que sean ilustrados los
hombres. Las señoras griegas faltaban á la de
cencia si daban entrada en sus gabinetes á per
sonas que no fuesen sus mas inmediatos parien
tes, y no incurrían en ninguna nota por presen?
tarse en los teatros y declamar en ellos , reci
biendo una recompensa pecuniaria. Los matri
monios entre hermano y hermana eran permiti
dos en Atenas , y estaban prohibidos en otras
partes. La cortesanía y urbanidad , de que tan
DE LA OBRA. 141
to caso se hacia en Roma , dieron motivo á los
Partos para despreciar á su conciudadano Ve-
non , que habia imitado en aquella ciudad los
mejores modelos de la elegancia y amenidad ro
mana. Hay naciones que miran los celos como
una virtud y se honran con ellos , y hay otras
muchas , en las cuales solo merece esta pasion
el desprecio y lástima de sus habitantes. En- al
gunas ciudades de comercio pasa la avaricia por
una economía loable, confundiéndose con la
templanza y sobriedad ; y hay ricas capitales en
que se da el Hombre de magnificencia y generosi
dad á los gastos disparatados y á las profusiones
ruinosas. Era virtud en los primeros siglos del
imperio romano hacer espirar en los mas crue
les suplicios á los cristianos inocentes , á pesar
de que eran buenos ciudadanos y súbditos fieles;
y hubo tiempo en que el estermiiiio de los judíos
fue un punto de religion para los cristianos.
San Bernardo se mostró bienhechor del género
humano, y mereció su gratitud por el uso que
hizo de su celo y elocuencia contra estos homi
cidas fanáticos , ilustrándolos y moviéndolos á
renunciar esta virtud falsa y cruel. Hallamos
infinitos egemplos de esta especie , los cuales
mudan de nombre y de pais con el transcurso
del tiempo , y siguen el torrente de las vicisitu
des humanas. Tales son las virtudes y los vicios
á que aladia el autor , cuando dijo que las no*
ciones que se tienen comunmente de la virtud,
del vicio y del honor , son oscuras y confusas;
lo que de ningun modo menoscaba la esencia
inmutable de la virtud y del vicio, ni su dife-
fencia característica é invariable. En fin , cuan
do dice que no hay delito donde no hay.infrac
142 ES LA OBRA,
ciou del pacto social , y donde no hay daño ó
injuria hecha á la cabeza , al cuerpo cutero de
lo sociedad ni á sus miembros, es evidente que
solo pretende hablar de los delitos políticos. Pa.
ra convencerse de ello basta examinar el sentido
que da en todo su libro á la palabra delito ; y se
verá que se sirve de ella para espresar particu
larmente todas laá acciones que ofenden al Es
tado en general , al que le representa , ó á los
individuos de que se compone; mas no por eso
aprueba ni permite todaá las acciones que no
ofenden al Estado ni á sus súbditos , ni las tie
ne por honestas é irreprensibles* Asesinar á aü.
cstrangero inocente ó abusar de su confianza y
de sus intereses , corresponder con ingratitud á
á ün. viagero benéfico, no es infringir ios pac
tos sociales ; y en este sentido semejantes crí
menes no son delitos políticos , siao que cor
responden á otra especie , y son lo que se llama
vileza, infamia y atrocidad. Nuestro autor los-
considera bajo este aspecto, como lo prueban los
sentimientos de amor , respeto y admiracion que
muestra en orden á las grandes y verdaderas
virtudes > y el horror con que mira todos los vi
cios contrarios ; en tanto grado que declara ilí
cito é injusto, aun en tiempo de guerra, todo
el mal que se hace al enemigo , sin que obligue
á ello la ley de la necesidad. ■
Asi que, no necesita nuestro autor que le
justifique yo de las imputaciones malignas que
le transforman en discípulo del antiguo Anaxar-
co , ó lo que es peor , en un nuevo Hobbes. Él
se justifica á sí mismo , y yo no tengo otro mé
rito que el de querer servirle , demostrando que
el testo de los libros es su verdadero intérpre
JUICIO DE LA OBRA. I43
te , y que los pasages claros y precisos del autor
de que se trata son los comentarios de los os
curos y equívocos.
Ahora desearía yo poder seguir párrafo por
párrafo el Tratado de los delitosy.de las penas,
pues éste seria el mejor modo de observar y juz
gar con exactitud ; pero no me es posible es
tenderme tanto como seria necesario pára pa
gar al autor y á su libró el justo tributo de elo
gios que les es debido» /'
Me contentaré pues con decir que esta pri
mera obra debe escitar en nosotros el deseo de
que se publique otra de la misma mano sobre
los premios , y por consiguiente sobre el ver
dadero mérito , sus señales distintivas , los me
dios políticos de vivificarle y fomentarle ; y el
modo Infalible de conocerle á pesar de las ca
balas y del favor. Quizá daré yo á luz algun
dia una novela política , que vendrá á ser un
viage por el reino de la sabiduría , situado en
las tierras australes , desconocidas hasta ahora.
En ella presento un plan de gobierno que
creo tanto mas perfecto cuanto haria mas fe
lices á los subditos. Con semejante sistema no
tendría que temer el Estado las invasiones es-
trangeras, y seria casi imposible que se intro-
dugese en su seno la corrupcion. Esta novela,
que en efecto no es mas que el súeño de un
hombre de bien , no se debe confundir con las
ilusiones del abad de Si. Fierre , buen ciudada»
no , que solo pensaba en el bien de la humani
dad. Un héroe colocado en el trono podría rea»
lizarle : para lo cual bastaría que quisiese em
prenderlo.
i44

RESPUESTA

Á UN ESCRITO

intitulado:

Notas y observaciones sobre el libro de los delitos


y de las penas.

No es cosa nueva , ni debe sorprender á los


literatos que una obra reciba del público los
elogios mas lisongeros , y al mismo tiempo sea
criticada por algunos escritores. Ningun autor
debe arrepentirse por esto de haberse dedicado
al importante conocimiento del corazon huma
no. No hay cosa mas comun que ver á nuestros
aristarcos cubrir con el manto sagrado de la
religion las acusaciones mas injustas contra un
autor que la lleva grabada en el corazon , la
respeta y la honra en sus escritos , y la toma
por base de todas sus acciones ; de lo cual nos
presenta la Italia , aun en este siglo , egemplos
notables , y entre otros en la persona de dos
sabios tan conocidos en la religion por su celo,
como en la literatura por su talento. Hablo de
Luis Antonio Muratori (i) y del marques Es-

(i) Muratori fue acusado de heregía con motivo de su


libro de ingeniomm moderatione. Véase su vida impresa eo
Venecia en 1756 , pag. 119. Le escribieron cartas injuriosas,
eu que se le despreciaba y amenazaba: ibid.pag. 120. Se
le imputo que trataba de establecer una secta ; ibid p.130.
y que habia inventado una heregía nueva cuntra la vir
gen ; ¡bid. pag. 131. Remandes imprimió contra el calum
nias , injurias, infamias y mil horrores ; ¿WJ.pag.141.se le
A LA CRÍTICA. I45
cipio Maffei (1). El cristiano ilustrado perdona
las injurias , y separando los pretendidos inte
reses del santuario , de las acusaciones mas gra
ves , sabe presentarlas y reducirlas á su justo
valor , sin mostrar resentimiento contra los au
tores , y sin olvidarse de lo que debe á Dios
y á su propia reputacion.
Tengo la gloria de pretentar á la Italia
un nuevo egemplo de lo que experimentaron
los dos grandes hombres de quienes acabo de
hablar, y esta es por lo menos la tercera vez
que se ha intentado públicamente en nuestro
siglo la gravísima acusacion de impiedad con
razones y argumentos que jamas podrán ser apro
bados por la religion. E1 autor que se ha atre
vido á hacer uso de ellos , los ha publicado con
el título de Notas y Observaciones sobre el libro
de ¡os delitos y de las penas.
Estas Notas y Observaciones son un tejido de
injurias atroces contra el autor del Tratado de
los delitos y de las penas. En ellas se le trata
de hombre de cortos alcances ( pág. $ 1 ) % de
fanático ( pág. 66. ) , de impostor ( pág. 67. ),
de escritor falso y peligroso ( pág. 139 y 154),
de satírico furioso ( pág. 42 ) , de seductor dci
público ( pág. 70 ) , y apenas se le concede que

acuso de jansenismo; ibid. pág. 146 ; y aun despues de


muerto se le trató en los pulpitos de herege y de repro
bo ; ibid. pág. ijo , etc.
( I ) El marques Escipion Maffei fue tambien acusado
de novador, herege, jansenista, calvinista, etc. Véase el
libro intitulado : Animadversionet ad historiam theologicam
iogmatum et ofinionum de divinó gratiá , y principalmente
el que se publicó con el nombre.de: V Infarinato posto al
Tfaglio , á sea, ti Briiito i la f'.jlet» patada for la cribar
146 RESPUESTA
tenga sentido comun ( pág. 138 ). Se le acusa
de que fatiga á los lectores con su impruden
te delirio ( pág. 1 40 ) , de que destila la hiel
mas amarga , de que reune á las mas vergon
zosas contradicciones los tiroi pérfidos y ocul
tos de la calumnia y disimulacion , y de que es
oscuro por pura malicia (pág. 156 ). Bien se-
guro puede estar mi adversario de que no usa
re con él de represalias, ni responderé á per
sonalidades. El público decidirá á quién hacen
mas agravio semejantes espresiones.
El autor de las Notas y Observaciones repre
senta mi libro como una obra que ha salido del
mas profundo abismo de las tinieblas : la mi
ra como horrible , monstruosa , emponzoñada
(pág. 4), escesivameute libre ( pág. 16), ca
lumniosa (pág. 82. ), ridicula (pág. 25 ), in
fame, impía, etc. (pág. 42.); encuentra en ella
una temeridad increible , blasfemias impru
dentes (pág. 19.), opiniones estravagantes
( pág. 20 ), insolentes ironías (pág. 25), ra
ciocinios eapciosos y miserables ( pág. 62 ),
chanzas insípidas é indecentes ( pág. 65 ), so
fismas , sutilezas peligrosas ( pág. 86 ) , im
posturas ( pág. 114), equívocos ridículos
( pág. 130), burlas ' escandalosas é impías
(pág. 183), calumnias y suposiciones grose
ras ( pág. 38 ) , etc. ( 1 ).

( 1 ) He suprimido la mitad de las injurias que se re


miten en estas Notas contra el marques de Beccarla, por- 1
que o son repeticiones fastidiosas d invectivas atroces que
seguramente desagradarían al lector; y si he traducido las
que acabo de presentar, ha sido para dar idea del modo
decente con que se critica algunas veces en Italia. Por des
gracia se pueden presentar egemplos de esta urbanidad eo
A LA CRÍTICA. 147
No se contenta nuestro crítico con ejthalar
su bilis contra el autor y su obra , sino que em
prende tambien con el impresor y le trata de
desvergonzado y corrompido. Como quiera que
sea , yo estoy decidido á no responder á este
género de elocuencia. Al principio de su obra
se leen estas palabras: Empiezo tranquilamente
mis notas y reflexiones. Yo puedo decir con mas
fundamento que se hallará esta tranquilidad en
mi respuesta, sin embargo de que es mas fácil
acusar con serenidad que responder á calum
nias sin enardecerse.
El autor de las Notas y Observaciones decla
ma fuertemente contra los principios de la po
lítica y derecho de las naciones , que establez
co en mi obra , y trata de impugnarlos con mi!
especies de argumentos. No es mi ánimo refu
tar sus objeciones sobre este punto , porque sus
partidarios no aprobarían mis raciocinios ; y
los que piensan como yo , no necesitan de ellos.
Por una parte la religion, y por otra el
respeto debido á los soberanos son el pretes-
to de dos acusaciones bastante graves que se
hallan en las Notas y Observaciones. Me limi
taré pues ;á ellas , examinándolas seriamente,
por ser cosas de la mayor importancia. Demos
principio por lo que toca á la religion.

todos los países. Me han dicho que las Notas y Observa


ciones son obra de un fraile italiano , del Orden de Santo
Domingo: lo que probará que en este tiempo, del mis
mo modo que en los siglos pasados , el espíritu de los
claustros no es ni ha sido siempre el de la Iglesia', y
que el fanatismo suele usurpar en ellos el lugar del v«r-
dadero cele y de la moderacion evangélica.
I48 RESPUESTA

PRIMERA PARTE.
Acusaciones de impiedad.

PRIMERA ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de las fi


nas no reconoce aquella justicia que trae su origen
del legislador eterno , que ve y prevee todas las
cosas. ( Not pag. 24. )

RESPUESTA.

He aqui la distincion que he establecido en


tre la justicia puramente humana y la que se
deriva de la religion. » Solo entiendo por jus
ticia el lazo que une necesariamente los in
tereses particulares. " Despues declaro espre-
samente que mi objeto es hablar de esta jus
ticia humana , »y no de aquella otra especie
«de justicia de Dios, la cual tiene relaciones
«inmediatas con los castigos y los premios de
jjla vida futura ( pág. 7 ). « Despues de una
declaracion tan terminante ' ¿ cómo podrá pro
bar mi adversario que no reconozco una jus
ticia emanada del legislador eterno ? Lo gra
cioso es que mi impugnador deduce una con
secuencia tan singular del silogismo siguien
te : El autor no aprueba que la interpretacion de
la ley dependa de la voluntad y capricho del juez:
es asi que el que no quiere confiar ia interpre
tacion de la ley á la voluntad y á los caprichos
del juez, no cree que haya una justicia emanada
de Dios ; luego el autor no admite justicia pura
mente divina.
A LA CRÍTICA. H9

II.* ACUSACION,

Sigun el autor del libro de los delitos y de las


penas la sagrada escritura está llena de impos
turas ( pág. 131. ) ,
I
RESPUESTA.

Solo una vez se trata de la sagrada escri


tura en toda la obra de los delitos y de las pe
nas , y es cuando hablando del pueblo de Dios,
se dice : « Este pueblo escogido , en el cual la
«política humana fué reemplazada con los mi
lagros mas portentosos y con las gracias mas
j,señaladas (pág. 126. )." Esta imputacion y
otras semejantes que veremos despues , y lla
maremos siempre acusaciones, por no apartar
nos de la moderacion que nos hemos propues
to , se establecen por mero capricho , y no tie
nen ni una simple apariencia de probabilidad
I Cuál es pues el efecto que deben producir?
El de probar sin género de duda que á lo mas
conoce su autor teoricamente la moral divina
de la sagrada escritura.
RESPUESTA

111.a ACUSACION.

Todas las personas sensatas han hallado en


ti autor del libro de los delitos y de las pe
nas un enemigo del cristianismo , un hombre
perverso y un mal filósofo.

RESPUESTA.

Me importa muy poco que mi adversario


me tenga por bueno ó mal filósofo. Los que me
conocen aseguran que no soy un hombre per
verso. ¿ Y seré enemigo del cristianismo por
que digo que » los ministros de Ja verdad ofre-
»,cen á los ojos del pueblo un Dios de paz y
»de misericordia? (pág. 14 y 15:) (í); que
«entre los medios con que se dirigen las accio-
»mes de los hombres , eligió el divino legisla
dor , como los mas poderoso? , los castigos y
«los premios ( pág. 1 7 ) ; y que Dios es un sér
«perfecto y creador , el único que sin inconve
niente puede ser á un mismo tiempo legisla-

( 1 ) Me parece que el autor no debió suprimir eo su


cita ninguna palabra de esta frase, supuesto que habla en
ella de los siglos de ignorancia. La proposicion literal que
se lee en el cuerpo de la obra dice asi: „ Los ministros
„de la verdad se atrevían á ofrecer á los ojos del pue
blo con manos bañadas en sangre uu Dios de paz y de
„misericordia. „ Pero se añade inmediatamente que nues
tro siglo no presenta estos egemplos abominables. Con es
te correctivo no hay razon para que se exalte la bilis de
nuestros insignes devotos; pues por poca noticia que ten
gan de la historia , convendrán en que hubo un tiempo
en que los excesos servian igualmente , y aun quizá me
jor al Dios de la guerra que al Dios de paz y mise
ricordia.
A LA CRÍTICA. 151
»dor y juez, derecho que se ha reservado pa-
«ra sí solo ? ( pág. 30 ). " ¿ Seré enemigo del
cristianismo , porque insisto en que se asegu
re la tranquilidad de los te mplos bajo la pro
teccion del gobierno ? Entre los medios mas efi
caces para precaver la efervescencia de las pa
siones populares , recomiendo el de ,i reservar
«al silencio y á la sagrada tranquilidad de los
«templos protegidos por el gobierno, los discur
sos sencillos y morales acerca de la religion.
«( pág. 27 ). " ¿ Lo seré por haber hablado del
purgatorio en estos términos : «Un dogma in-
«falible nos enseña que cuando las manchas
«contraídas por la fragilidad humana no lle-
«gan á merecer la ira eterna del Ser supremo,
«deben purgarse por medio de un fuego in-
«comprensible ? ( pág. 42 ). " ¿ Soy enemigo del
cristianismo, cuando digo, hablando de la suer
te que tienen las grandes verdades « que la re
belacion es la única que se ha conservado
«en toda su pureza, en medio de las nubes te
nebrosas con que el error cubre la faz del
«universo ? ( pág, 81 ). " Seria demasiado di
fuso , si hubiese de referir aqui todos los pa-
sages del tratado de los delitos y de las pe
nas , en que se da un testimonio auténtico de
amor , respeto y adhesion á la religion cató
lica , aun en la primera edicion de esta obra,
que no pasaba de 104 páginas.
*5* RESPUESTA

IV.» ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de tas pe


nas cree que la religion es incompatible con un.
buen gobierno (Not. pág. 165. ) ; y pretende que
no tiene influjo alguno en el Estado ( pág. 169.)

RESPUESTA.

Estas dos acusaciones se destruyen recípro»


camente , supuesto que lo que no tiene influjo al
guno en un Estado, jamas puede ser incompati
ble con un buen gobierno. Lo que yo he dicho
es n que los sentimientos religiosos son la úni-
«ca prenda de la honradez de muchas gentes.
( pág. $ 1 ). ,» ¿ Puede darse cosa mas clara y
terminante para probar que la religion es ne
cesaria en un Estado , lejos de sy inútil é in
compatible con un buen gobierno ?

V.» ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de las pe.


fias se atreve á sostener que las puntos de doc
trina y los dogmas mas sublhn.es , respetables é
importantes de la sagrada escritura no son mas
que unas simples opiniones humanas; que estas
opiniones pueden concillarse con las de diferen
tes pueblas , y que ademas pueden ser verdaderas
ó falsas. (Not. pág. 61. y sig. )

RESPUESTA.
Por mi respuesta á la tercera acusacion se
A LA CRÍTICA. 153
podrá juzgar si miro los dogmas de la santa
Iglesia , como puras opiniones humanas. Que
Jas verdades infalibles de la verdadera reli
gion puedan conciliarse con la felicidad de te
das las naciones , es cosa que- no admite du
da i y si la objecion se reduce á hacerme este
cargo , tan lejos estoy de darme por ofendido,
que me glorío de él. Lo que el autor no per
suadirá facilmente es , que yo haya asegurado
que los sagrados dogmas de nuestra creencia
pueden ser verdaderos y falsos. Muchos hom
bres no menos ilustrados que piadosos han sos
tenido la verdad de los dogmas ; otros , conoci
dos por sus máximas impías , los han impug
nado , y han querido demostrar su falsedad.
Pero pretender que estos dogmas son verdade
ros y falsos á un mismo tiempo , es presentar
á la teología y á la lógica un nuevo prodigio,
esto es , un hombre que fuese simultaneamente
apóstol de la religion y de la irreligion. Otros
en fia han mostrado tan poco respeto á la di
vinidad , que se han atrevido á decir que mira
con indiferencia todas las religiones , aun las
mas opuestas entre sí , y que le son igualmen
te agradables los diversos cultos. Tan lejos es
toy yo de adoptar un sistema tan absurdo , que
he presentado la unidad como el carácter esen
cial y distintivo de la verdadera religion «cu-
,,yos motivos sublimes corrigen con su accion,
eficaz la de la naturaleza, (pag. 94.)"
/ ^
»54 RESPUESTA

VI.a ACUSACION.

E1 autor del libro di los delitos y de las fi


nas habla de la religion como si fuese una sim
ple máxima de política. (Not. p. 1 59.)

RESPUESTA.

El autor del libro de los delitos y de la»


penas llama á la religion udon sagrado del cie
lo, (pag. ¿Es probable que trate de sim
ple maxima de política lo que en su concep
to es un don sagrado del cielo? Si todavía
pretendiese mi adversario que me propongo su
jetar la religion á la política , consulte antes
el pasage en que digo claramente que «las co
sas del cielo se gobiernan por leyes enteramen
te distintas de las que rigen á los hombres,
( pag. 5 1 , )" y vea cómo ha de justificar su
acusacion.

. VII,» ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de las pe


nas dice que el imperio de la religion sobre los
hombres parece odioso y tiránico. (Not. p. 1 5 5.)

. RESPUESTA.

I Quién pudo dar al enemigo el derecho de


substituir el yugo de la religion al de la fuer
za ? Sería bastante dificil subir hasta el origen
de un derecho tan injusto. No hay cosa menos
legítima que el despotismo de la fuerza sobre

1
A LA CRÍTICA. I55
el entendimiento , el cual no debe someterse
sino al imperio de la razon , de la persuasion
y, de la evidencia. El cristianismo , esta reli
gion tan santa y pura , no fue un azote de la
tierra , ni la inundó en sangre para estable
cerse y propagarse , como lo hizo despues el
mahometismo. Muy distante de los furores de
esta secta , es evidente que sus maravillosos
progresos fueron obra de la predicacion , de
la mansedumbre y de las virtudes celestiales
de sus apóstoles , y de sus mártires ,que sella
ron con su sangre inocente las verdades que
anunciaban. Jamás fue el espíritu de la santa
Iglesia un espíritu de violencia y tiranía , sino
de bondad y clemencia , cual corresponde á la
madre de los fieles , que para concillarse el
amor de sus hijos , y mantenerlos en el cami
no de la virtud , no se vale de otros medios
que de la caridad , de los buenos egemplos,
de las advertencias , y tal vez de castigos muy
suaves , cuando ocurren circunstancias que los
hacen absolutamente indispensables. No hay
catolico ilustrado que no reconozca en esta pin
tura la esposa de J. C. Mi adversario altera
el texto de mi obra , y substituyéndole el yugo
de la religion , atribuye á nüestra santa Iglesia
un espíritu y unos principios que siempre ha
mirado con horror (t). Tiene ésta por odioso

(1) Sao Agustín define así el espíritu de la Iglesia:


in contentione et eemulatione et persecutionibus, sed man—
suete consolando , benevole hartando , ¡eniter disputando ,sicut
seriptum est : servum autem Domini non oportet litigare
sed mitem esse ad omtus , docilem , patientem , in modesta
xorripitntem diversa sentientes.
156 RESPUESTA
el despotismo que egerce su imperio sobre el
entendimiento , y yo me glorío de pensar del
mismo modo. Si mi acusador quiere sostener
que el yugo impuesto por la fuerza á las fa
cultades intelectuales es suave y agradable,
puede hacerlo como y cuando guste ; pero in
terpolar el texto de los autores para imputar
les despues como un crimen las adiciones que
inserto él mismo , esto es contrario á la hom
bría de bien y á las leyes de la crítica , per
mitida en materias de literatura. Por lo demas,
recayendo sobre un punto grave de religion el
cargo que se me hace , corresponde el fallo al
tribunal de la moral cristiana.

VIH.» ACUSACION.

El autor es enemigo declarado del Ser supre


mo. ( Not. pag. 156.)

RESPUESTA.

Yo pido de todo corazon á este Sér supre


mo que se digne de perdonar á los que me ofen
den.
IX.a ACUSACION.

Si el cristianismo ha causado algunas desgra


cias y asesinatos , los exagera el autor , y pasa
en silencio los bienes y ventajas que la luz del evan
gelio ha traído á todo el género humano. (Not.
pag. 158.)
RESPUESTA.

No se hallará en mi libro un solo pasage


A LA CRÍTICA. I 57
ta que se haga mención directa ni indirecta
mente de los males ocasionados por el evange
lio ; ni un solo hecho exagerado ó no exagera-
do que tenga relacion con esto.
X.a ACUSACION.

El autor profiere una blasfemia contra los


ministros de la religion , cuando dice que sus
manos estan bañadas en sangre humana. (Not.
P- 37-)
RESPUESTA.

He dicho en mi obra que la invencion de


la imprenta ha contribuido mucho á suavizar
las costumbres de la Europa , y á sacarla del
estado de barbarie en que estaba sumergida.
Por poca noticia que se tenga de la historia,
Se verá que en los siglos que precedieron á es
ta época «gemía la humanidad , víctima de los
«furores de la implacable supersticion ; la am-
«bicion y la avaricia inundaban de sangre los
«palacios de los ricos y los tronos de loí reyes;
«solo se veian traiciones secretas y asesinatos
«.públicos ; el pueblo no hallaba en la nobleza
«mas que opresores y tiranos ; y en fin , los mi-
«nistros de la verdad se atrevían á ofrecer á los
«ojos del pueblo con man,os bañadas en sangre
«un Dios de paz y de misericordia. Ya que se
«declame contra la pretendida corrupcion de
«nuestro siglo , á lo menos no se le podrá cul-
«par de semejantes abominaciones. (Pag« 15.)"
¿ Será esta la blasfemia y la calumnia de que
me he hecho reo para con los ministros del
evangelio ? 'Todos los historiadores que han es»
158 RESPUESTA
crito desde los tiempos de Cario magno basta
los de Oion el grande , y aun mucho despues
han cometido frecuentemente el mismo delito.
¿Quién igaora que el clero , los abades y los
obispos no escrupulizaron por espacio de tres
siglos en ir á la guerra : Mi acusador hallará
una coleccion copiosa de semejantes blasfemias
en la obra intitulada : Antiquitates italica , dis-
sert. XXVll. tom. II. col. 164. ¿Blasfemará el
que diga que los eclesiásticos que se hallaban
enmedio de las batallas , y tenían parte en sus
horrores y mortandades , manchaban sus manos
con sangre humana? Tampoco será blasfemia
el citar esta antigua contravencion á la disci
plina , como una de las pruebas mas evidentes
de la ignorancia y barbarie de aquellos siglos:
abuso que los sumos pontífices proscribieron y
reformaron con particular cuidado. No agra
viaré á mi adversario , si sospecho que está
poco versado en la historia de estos tres siglos.
Lo que puedo asegurar con mas certeza es , que
en su libro escasean mucho mas los silogismos
que las acusaciones de blásfemia.

XI.1 ACUSACIÓN.

Si* objeto es sufocar todos los remordimientos


de la conciencia, y destruir todas las obligaciones
que nos imponen la naturaleza y la religion. ( Not.
P-37-)
. RESPUESTA. . (
Ésta acusacion se funda en que he dicho
>,que la verdadera medida de los crímenes es
»ei daño que hacen á la sociedad , y no la ia
A LA CRÍTICA. I $9
«tencion del reo , como lo han creido equi
vocadamente algunos autores. ( pag. 18. y 19.)"
He deñnido el delito »üna accion contraria al
»bien público ( pag. 1 5.) ; ** y he dicho «que
»el pecado es una accion que se dirige á des
truir las relaciones de los hombres con la di
vinidad, (pag. 19. y 20.)" Hay pues diferen
cia entre el delito y el pecado. Todo delito es
pecado , porque prohibe Dios que se cometa
una accion contraria al bien público ; pero no
todo pecado es delito 4 porque puede haber
acciones contrarias á las relaciones establecidas
entre Dios y los hombres , las cuales sean in
diferentes á la sociedad , y no perjudiquen en
nada al bien público. Para que no quede duda
alguna acerca de mi proposicion , la ilustraré
con un egemplo. El que hace en su interior un
juicio temerario , aunque jamas llegue á enun
ciarle , comete un pecado , pero no un deli
to (1). Estableciendo estos principios , y admi-

(1) No hay pecado sin malicia ; pero puede cometer


se un delito por igoorancia , y si se encuentra malicia en
él , está en la intencion o en el dolo que le causan con tan
ta frecuencia. Vease la L. Respiciendum parag. Delinquunt.
ff. de pcenis , donde se dice que dtlinquitur aut proposi-*
to , aut ímpetu , aut catu. Veanse también las leyes r,
ff. de legib. y L. I. c. ti adversas delictum , donde se lee,
ti tomen delictum non ex animo, sed extra venir et L, 2.
ff. de termino moto : en fin , tratándose de Imponer, penas al
que^hubiese arrancado los mojoues , dice : quod si per igno-
rantiam aut fortuito lapides furati sint , sufjiciet eos verbe—
ribut deeidere. He aqui un delito que no es pecado, y qua
sin embargo se castiga. Pudiera citar otros muchos de
la misma clase ; pero me es muy sensible haber de dete
nerme en los primeros principios de las cosas que nadie
ignora , á lo cual me ha obligado mi acusador , negan»
dolos ó no sabiendo distinguirlos.
f6o RESPUESTA
tiendo las definiciones de los términos , se pue
de hacer este silogismo : la gravedad de una
accion contraria al bien público , se aumenta
en razon del daño que causa á la sociedad ; es
asi que el delito es una accion contraria al bien
público ; luego un delito será tanto mas grave
cuanto mayor sea el daño que cause á la socie
dad : luego la única y verdadera medida de ios
delitos es el perjuicio que hacen á la sociedad.
Parece que este raciocinio no mereció la aten
cion del acusador : y asi es que se contenta
con decir que no quiere perder el tiempo en res
ponder á él , y en manifestar cuán absurdo es y
cuán inconsecuente. (Not. pag. 37.)
No creo , sin embargo , que este trabajo
hubiera sido enteramente inútil : al contrario,
si alguna vez es indispensable probar una im
putacion , cualquiera que sea , nunca lo es tan
to como cuando recae sobre una materia gra
ve , y en especial cuandd se trata de acusar á
alguno de impiedad. Supongamos que de do*
hombres que intentan hacer un robo , el uno
encuentra el arca vacía , y el otro mas afortu
nado , encuentra dinero y se apodera de él. La
malicia del acto es la misma , y por consiguien
te su pecado será igual en sí mismo ; pero sien
do muy diferente el daño que experimenta la
sociedad con estos dos actos , los delitos no se
rán idénticos , y recibirán distinto castigo en
los tribunales de Europa (1). Pasa adelante mi

- (i) Furtum non conmittitur , nec furti peina iocum habet


guando e,fectus seculus non est. lta ti quis furti faciendi
caurá , domum aitenjus ingresus est , nihil tamen furatus
fnttrit t non t enebitur de furto , me de furto teneri potest.
L. vulgaris parag. qui furti , íf. de furtis £..!. sola cogi
A LA CRÍTICA. l6l
acusador , y añade , que segun mis principios
seria necesario castigar no solo las casas que se
hunden , sino tambien los incendios , las inunda
ciones , las piedras . el fuego y el agua (Not.
pag. 38. ) , supuesto que causan daños á la so
ciedad .No hay cosa mas fácil que refutar una
induccion tan infundada. Segun mis principios,
el objeto de los castigos es «impedir al reo que
«vuelva á dañar á la sociedad , y el de retraer
vá sus conciudadanos del deseo de cometer se-
«mejantes delitos. ( Pag. 30.)" Si castigando la
caida de una casa , los incendios , las inunda
ciones , las piedras , el fuego y el agua , se pu
diera impedir que volviesen á dañar á la so
ciedad , y evitar por este medio todo lo que
pudiese causar semejantes desgracias , se haría
muy bien en imponerles castigos. Al acusador
corresponde demostrarnos que los fenómenos
fisicos pueden hallarse en el caso de ser casti
gados. Quizá se me dirá que un loco puede co
meter un homicidio como cualquiera otro hom
bre , y que sin embargo no será castigado del
mismo modo. Convengo en ello ; pero no se de
cidirá con arreglo á la diferencia de la inten
cion y malicia de los reos , sino que se exami
nará el daño hecho á la sociedad , y se verá
que es mucho menor el que ésta recibe de un
loco que de un hombre que está en su juicio,
porque el último ofrece el egemplo del crimen,
y el otro no presenta mas que el de una de
mencia cruel y momentanea. El loco excita la

tatio- ff. de funis, ubi DD. etin speqle forine de furtifs


(¿veition. 174, Jf, I.
II
IÓ2 RESPUESTA
campasion del público , y el cuerdo inspira la
idea del asesinato y de la indignacion. Esta
comparacion confirma tambien el teorema de
que aun en el caso propuesto , la medida de
las penas es el daño hecho á la sociedad , y no
la intencion del reo. Bajo el nombre de daño
se debe comprender todo perjuicio causado á la
sociedad , ya sea por la accion en sí misma,
ó ya por el mal egemplo. El acusador decide
que no hay verdadero delito sin malicia ( Not.
pag. 38.) Pero una cosa es que no haya delito
sin malicia , y otra que la verdadera medida
del delito se encuentre en la malicia del acto,
Todos los criminalistas y los tribunales de Eu
ropa son de opinion , que la culpa y el dolo cons
tituyen la naturaleza del delito , en razon de
su gravedad ; pero.es necesario observar que
la cutpa no es la malicia. Porque yo haya di
cho que la verdadera medida .de los delitos es
el daío que hacen á la sociedad , y no la in
tencion del reo , ¿deberá inferir de aqui mi
acusador , que no tengo otro objeto que el de su-
focar los remordimientos dela conciencia , y des
truir todas las obligaciones que nos imponen ia
naturaleza y la religion i Los remordimientos
nacei del pecado ; .y cuando be baoiado dé un
pecado que me parecía na ser un; delito , he
añadido que «era un crimen para con Dios , el
«cual le castiga después de la muerte-, porque
,ísoio el puede castigar asi (pag. 1,01.), cen-
«denando á penas, eternas á todos los qíuc no
observan su ley divina." Apelo á la decision
del público , el- cual declarará si esta doctrina
tiene por objeto destruir ios remordimientos
de la conciencia , y todas las obligaciones que
A LA CRÍTICA. 163
nos imponen la naturaleza y la religion. Jamas
se me habría ac&sado con/tanta falsedad , si
mi adversario no hubiese confundido las ideas
de pecado y de delito. Poco importa no enten
der un libro ; pero refutarle sin entenderle es
asunto de gravedad ; y refutarle y calumniarle
sin entenderle , es ciertamente uno de los ma
yores males que ha podido causar á los hom
bres la invencion. del arte de escribir.
XII.a ACUSACION.

El autor del Libro de los delitos y de las pi


nas, acusa de crueldad á la iglesia católica, y de
clama contra sus doctores. (Not. pag. 95.)

RESPUESTA.

Jamas he acusado de crueldad ni de nin


gun vicio á la santa iglesia, cuólici, en cuyo
seno he nacido por la misericordia de Dios;
cuyos dogmas respeto y creo como divinos é
infalibles ; y en cuyos brazos espero vivir y
morir. Los doctores de la iglesia . católica. son
mis maestros , y tengo tan buena opinión da
su ciencia y de su honradez que estoy persua
dido de que todos ellos hubieran querido mas
encargarse de responder como yo lo hago , que
imitar la conducta de mi acusador , y ver con
vencidos de falsedad y suposicion los hechos
de que ha querido servirse contra mí en un,
asunto de la mayor importancia.
RESPUESTA

XIII.» ACUSACION.

Los Prelados de la Iglesia católica , tan reco


mendables por su mansedumbre y humanidad ,
Muí representados en el libro de los delitos y de
las penas , como autores de suplicios no menos
bárbaros que inútiles. (Not. pag. 95. y sig.)

RESPUESTA.

Repito que no se citará en mi obra una so


la frase que diga que los prelados fueron en al
gun tiempo inventores de suplicios.

XIV * ACUSACION.

La h'.regía no se puede llamar «rimen de lesa


magestad divina , segun el autor del libro de los
delitos y de las penas. ( Not. pag. 44.)

RESPUESTA.

No hay ni una sola palabra en todo mi li


bro , que pueda dar motivo á esta imputacion.
En el me he propuesto unicamente iratar de
los delitos y de las penas , y no de los pecados.
Desde el principio he declarado que no enten
día por la palabra justicia , sino wA lazo que
«une necesariamente los intereses particulares...
«y que no era mi ánimo üablar de la justicia
«de Dios , la cual tiene relaciones inmediatas
«con los castigos y los premios de la vida fu-
mura, (pag. 7.)" Por eso no he hecho mencion
de los crímenes de lesa magestad divina ; y
A LA CRÍTICA. 165
aunque tal vez hubiera sido acertado decir dos
palabras acerca de ellos , mi silencio en este
punto no es suficiente razon para que se pre
suma que me niego á dar á la heregía el nom
bre de crimen de lesa magestad divina. El au
tor de las Notas y observaciones no me acusaría
de lo que no he dicho , si no se hubiese equi
vocado él mismo al leer en mi obra , pag. 22,
en que hablo del crimen de lesa magestad , que
«solo la ignorancia y la tiranía que confunden
silas palabras y las ideas mas claras , pueden
ndar este nombre á delitos de discinta natura
leza , castigarlos como tales , y hacer que en
nesta ocasion , como en otras mil , sean los
«hombres víctimas de una palabra." Quizá no
sabe el acusador cuanto se abusó del nombre
de lesa magestad en los tiempos de tiranía y
de ignorancia , dándole precisamente á delitos
de diversa naturaleza , puesto que no conspi
ran de un modo inmediato y directo á la des
truccion de la sociedad. Consulte la ley de los
emperadores Graciano , Valentiniano. y Teodo-
sio , L. 2. coá. de crimin. sacril. ; y verá que
considera como reos de lesa magestad aun á los
que se atrevan á dudar de la bondad de la elec
cion del emperador , cuando haya conferido al
gun empleo : an is dignus sit quem elegerit im-
psrator. Vea la ley 5. ad Leg. jul. majest. que
declara reo de lesa magestad al que insulte á
los oficiales del príncipe , bajo el futil y ridícu
lo pretexto de que forman parte de su cuerpo:
ipsi pars nostri corporis sunt. Por otra ley de
Valenüniarw , Teodosio y Arcadia , Leg. 9. cod.
Theod. de fjisá monetá , verá que los monede
ros falsos eran también reos de lesa magestad.
1 66 RESPUESTA
La ley 4. parag. ad Leg. jai. majest. le enseña
rá ; que se necesitaba un decreto del senado pa
ra librar de la acusacion de lesa magestad al
que hubiese fundido estatuas de los emperado
res , aunque fuesen viejas y estuviesen mutila
das. Halla* á en la misma ley , que si dejó de
intentarse la accion de lesa magestad contra
los que vendían las estatuas de los emperado
res , fue porque se expidió acerca de esto un
edicto de los emperadores Severo y Antonino.
Y,srí que estos príncipes prohibieron que se
acusase del mismo crimen á los que por casua
lidad hubiesen tirado una piedra contra la es
tatua de un emperador. Si estudia la historia,
sabrá que Domiciano condenó á muerte á una
serora romana , por haberse desnudado delan
te de su estatua. Tiberio ejecutó lo mismo con
un ciudadano que habia vendido una casa en
que se hallaba la estatua del emperador. En si
glos menos distantes del nuestro verá á Enri
que VIH. abusando de las leyes en tales térmi
nos , 'que quiso condenar á un suplicio infame
al duque de Norfolk (1) , con pretexto de cri
men de lesa magestad , porque habia añadido
j, i,
(1) Mr. Hume dice en su escelente historia de In
glaterra que uno de Los capítulos de acusacion que se
formaron contra el conde de, Surrey , hijo del duque de
Norfolk , fue el 'haber cuartelado en su escudo de ar
mas las de Eduardo el confesor , por lo cual se sospechó
que aspiraba á la corona : vano pretesto del tirano Hen-
rique VUI¡ pues 'la famiüa de aquel ilustre proscripto se
hallaba en esta posesion desde tiempos muy antiguos, y
habia sido autorizada al efecto por los reyes de armas.
El padre , tan inocente corno el hijo , fué menos desgra
ciado, pues le libró del suplicio la muerte del rey, ocur
rida en la víspera del dia en' que se le dekia ajusticiar. .
A LA CRÍTICA. 1 67
las armas de Inglaterra á las de su familia. Es
te monarca llegó al extremo de declarar reo
del mismo crimen á cualquiera que se atrevie
se á pronosticar la muerte del príncipe , y asi
sucedió , que en su última enfermedad no qui
sieron los médicos hacerle presente el peligro
en que se hallaba. En fin , tomese mi acusador
la molestia de leer por entero la ley Julia ma-
jestatis , y se instruirá en todo lo que es ne
cesario saber cuando se quiere hablar de legis
lacion y de materias criminales. Entonces com
prenderá fácilmente lo que quise decir cuando
afirmé que «solo la ignorancia y la tiranía que
««confunden las,palabtas y las ideas mas claras,
«pueden dar el nombre de crimen de lesa ma
jestad á delitos de distinta naturaleza , " y
no se expondrá á creer ligeramente, que segun
mi opinion ,, no puede llamarse, la heregía cri
men de lesa magestad.
XV.a ACUSACION.

Si nos hemos- de-atener á lo .que dice el au


tor del libro de los delitos y de las penas , los he*
reges anatematizados por ¡a Iglesia; y proscritos
por los príncipes , .son victimas de una sola pala
bra. (Not. pag. 43.)

•t . RESPUESTA, ,

Esta acusacion es tan infundada como las


demas , y no se hallará en mi obra la menor
prueba de ella. Siento verme precisado á repe
tir tantas veces , que las imputaciones de mi
adversario son desmentidas por los hechos. Ex.
IÓ8 RESPUESTA
plicaré el principio y la forma de su raciocinio;
y para proceder con mas orden y claridad , co
piaré ante todas cosas mi texto , y presentaré
despues literalmente el comentario que d« él
hace el autor de las notas. He aquí lo que yo
digo en mi libro: «Entre los delitos, hay unos
«que van directamente á la destruccion de la
«sociedad , ó del que la representa ; otros que
«perjudican á la segundad particular de los
«ciudadanos , dirigiéndose contra su vida , sus
«bienes ó su honor ; y otros en fin , que son
«acciones contrarias á lo que la ley prescribe
«ó prohibe , en consideracion al bien público.
«Los primeros y los mas graves , porque son
«los mas perjudiciales , se llaman delitos de le-
«sa magestad. Solo la ignorancia y la tiranía
«que confunden las palabras y las ideas mas
«claras , pueden dar este nombre á delitos de
«distinta naturaleza , castigarlos como tales , y
«hacer que en esta ocasion , como en otras mil,
«sean los hombres víctimas de una palabra.
»(pag. 21. y 22.)"
Veamos ahora la interpretacion que da á
este pasage el acusador. Su comentario es él
siguiente: Ta se habrá notado sin duda que el
autor quiere hablar aqui del crimen horroroso de
la heregía , acerca de la cual se arroga el derecho
exclusivo de decidir que no merece el nombre de
crimen de lesa magestad divina i y se habrá vis
to que trata de tiranía é ignorancia la opinion
contraria : decision audaz , que agrava todavía,
afirmando con la mayor indecencia que los here-
ges anatematizados por la Iglesia y condenados
por los soberanos , son víctimas de una sola ptf-
fabra. (Not. pag. 43.)
A LA CRÍTICA. 169
¿Cómo puede pretender el acusador que mis
lectores adviertan y reconozcan con él este cri
men de heregía , en el pasage mismo en que
distingo tres clases de delitos ? En la primera
coloco los que conspiran directamente á la des
truccion de la sociedad : en la segunda los que
únicamente ofenden al ciudadano ; y en la ter
cera las acciones que solo son contrarias á las
leyes. ¿ Se podia imaginar con alguna aparien
cia de razon , que me proponía tablar de la
heregía cuando acababa de establecer una divi
sion teórica y puramente humana de los deli
tos , la cual nada tiene que ver con la religion,
y es relativa á todos los pueblos idólatras , he
terodoxos y mahometanos ? Pero causará me
nos admiracion el comentario del acusador , si
se considera el objeto que se propuso , á saber,
el empeño de que yo habia de hablar precisa
mente de heregía ; y para persuadirlo parece
que se olvidó del respeto que se debia á sí mis
mo , y de la opinion que formaría el público
acerca de una conducta tan extraña. Aquí no
se trata mas que del crimen de lesa magestad;
y este crimen de lesa magestad , cuando no se
le añade el epíteto de divina, significa en toda
Europa y en todos los tribunales un delito pura
mente humano , y jamas un crimen de heregía.
El conocimiento mas superficial de la historia
de los Emperadores basta para saber cuantos
ciudadanos fueron víctimas de una sola palabra
en los tiempos de tiranía y de ignorancia, y esta
palabra fue cabalmente la de lesa magestad. Aña
diré á lo que dige en la respuesta á la xiv. acu
sacion que mi adversario debe dedicar algunos
momentos al estudio de la historia , si piensa
170 RESPUESTA
en continuar enriqueciendo con sus obras la re
pública literaria , y trata de edificar de nuevo
al pueblo cristiano con sus acusaciones. Entonces
verá hasta qué punto sirvio de pretesto la pala
bra de lesa magestad á la tiranía del tiempo de
los emperadores romanos. Toda accion que des
agradaba á aquellos déspotas , era inmediata
mente para ellos un crimen- de lesa magestad,
tanto mas enorme , cuanto no tenia mas funda
mento que el de la arbitrariedad y el capricho.
No se necesitaba mas para disponer á su anto
jo de la libertad y bienes de los súbditos , y
para enriquecerse con rapiñas y estorsiones á
<jue se daba el nombre de confiscacion. Lea á
Tácito y á Suetonio , y le mostrarán estos histo
riadores las inauditas crueldades y vejaciones
que á título de lesa magestad cometieron los
emperadores Tiberio , Neron, Claudio , Calígula,
y otros monstruos semejantes. Suetonio dice que
el crimen de lesa magestad era el delito de los
que no habían cometido ninguno* Si hablan
do de este crimen , he dicho que la ignorancia
y la tiranía han dado este nombre á delitos de
distinta naturaleza , y han hecho que sean los
hombres víctimas de una palabra, me he espli-
cado con arreglo á lo que nos enseña la historia;
y empeñarse en que he sostenido que los hereges
condenados por la iglesia y por los príncipes son
víctimas de una sola palabra , es hacer uso de
una lógica enteramente nueva y desconocida
hasta ahora por fortuna del género humano.

1
A la crítica.

XV 1.a ACUSACION., ,

El autor del libro de los delitos y de las penas


se queja di nuestros teólogos , porque enseñan que
elpecadoes una jaita infinitamente grave, que ofen
de á la magestad divina del Sér supremo. (Not.
pag. 43.) , . ..
RESPUESTA.
Jamas he ' hablado de la medida de los pe
cados, ni me he quejado de nuestros teólogos,
ni he negado que el pecado sea una ofensa in
finitamente grave contra la magestad divina : en
una palabra, no hay en mi obra ni una sola lí
nea que diga semejante cosa. Para satisfacer la
curiosidad de mis lectores , voy á deslindar es
ta acusacion.
Despues de hablar de la naturaleza del cri
men de lesa magestad ; después de decir que es
un delito que se encamina directamente á la des
truccion de la sociedad; y en fia , despues de
mostrar cuanto se abusó de la palabra íesa ma
gestad en los siglos dz ignorancia y de tiranía,
aplicándole á acciones que no se dirig aa á la
ruina de la sociedad , sino que eran de distinta
naturaleza ; paso en seguida al pretesto que sir
vió para hallar el crimen de lesa majestad aun
en aquellas acciones que ninguna relacion te
nían con él , confundiendo la ofensa hecin á la
sociedad coa su -destruccion , de donde infiero
lo que sigue : ,iTodos los delitos , aunque sean
«privados , dañan á la sociedad ; mas no todos
vse dirigen inmediatamente á su destruccion.
"Circunscriptas las aciones morales, como todos
1JÍ. RESPUESTA
«los movimientos de la naturaleza , por el espa
rcio y por el tiempo , tienen del mismo modo
s,que las fisicas , su esfera de actividad limita»
»da. Por consiguiente, solo el arte de las inter-
«pretaciones odiosas , que es la filosofia ordina
«ria de la esclavitud , puede confundir lo que la
«verdad eterna habia distinguido por medio de
«relaciones inmutables (pag. 22.)"
En vista de una distincion tan clara y exac
ta , concluye asi el acusador : El autor se queja
de nuestros teólogos , porque enseñan que el pecado
es una falta infinitamente grave , que ofende A la
Magestad divina del Sér supremo (Not. pag. cit.)
No será dificil hallar la causa de un error
tan singular , en el cual no babria incurrido
el acusador , si hubiese entendido bien la dis
tincion tantas veces repetida entre pecado y de
lito , y examinado sériamente las definiciones
que de uno y otro he dado en mi libro. Si hu
biera atendido al título del tratado de los deli
tos y de las penas , como ya hemos dicho , ha
bría visto que esta obra debia prescindir de la
malicia del pecado ; pero como hablo en ella
de acciones morales , se le ha figurado que estas
palabras significan moral ó pecado , segun el
modo con que se esplican los casuistas. Segu
ramente no habria confundido estos objetos , si
le fuera menos estraño el lenguage de los au
tores que han escrito acerca del derecho natu
ral y de gentes» Lea las obras de Pujfendorf¡ y
sabrá que en materia de política las acciones
marales no son pecados. Asi es que las acciones
morales que no tienen por objeto al Sér supre
mo , sino que su principio es un sér limitado
como -el hombre, y su objeto otro ser tambien
A LA CRÍTICA. 173
limitado, como la sociedad, deben «tener su
«esfera de actividad contenida dentro de cier-
«tos limites, y estan circunscriptas, como todos
«los movimientos de la naturaleza , por el es-
wpacio y por el tiempo. De consiguiente , solo
«el arte de las interpretaciones odiosas , que es
«la filosofia ordinaria de la esclavitud , puede
«confundir loque la verdad eterna babia distin-
«guido por medio de relaciones inmutables (pa-
«gina cit.)" ¿Hay en estas palabras algunas que
jas contra los teólogos, ó algunas blasfemias
sobre ia naturaleza de la malicia del pecado, co
mo p ?rece lo cree el acusador ! Regla general:
es necesario entender un libro antes de poner
se á criticarle.
XVILa ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de las penas,


dice que el género humano debe estar muy agra
decido al filósofo que desde el retiro de un gabi
nete oscuro y despreciado se atrevió á esparcir
las primeras semillas de las verdades útiles, in
fructuosas por tanto tiempo , y este filósofo es Mr.
Rousseau. ¿ Puede darse una blasfemia mas impial
(Not. pag. 15.)
RESPUESTA.
He aqui mi testo (pag. a.) : w ¡Dichoso el
«filósofo , digno de la gratitud del género hu-
«mauo, que desde el retiro de un gabinete os-
«curo y despreciado , se atrevió á esparcir las
«primeras semillas de las verdades útiles , in-
«frutíferas por tanto tiempo ! " Yo no he dicho
que este filósofo fuese Mr. Rousseau. Creo que
174 'RESPUESTA
se puede decir sin impiedad ni blasfemia que
los filosofos que enseñan á los hombres las ver
dades útiles , son dignos de su gratitud ; ni en
cuentro mayor impiedad y blasfemia en decir
que las primeras semillas de las verdades úti
les tardan mucho tiempo en dar fruto.

XVIII.1 ACUSACION.

5 No es una blasfemia horrible , una temeridad


escesiva sostener, con el autor del libro de ios.
delitos y de las penas , au.e la elocuencia , la der
clamacion y las verdad:* mas sub.imes son un
freno demasiado débil para contener por mucho
tiempo las pasiones humanas1. (Not. p. 19 y sig.)

RESPUESTA.

No creo que recaiga la acusacion de teme


ridad y blasfemia sobre lo que he dicho acerca
de la elocuencia y de la declamacion , sino sobre
la insuficiencia que atribuyo i las verdades mas
sublimes. Yo le preguntaré si le parece que son
conocidas en Italia estas verdades sublimes , á
saber , las de la fe. Sin duda me responderá
que sí. $ Pero esias verdades han servido de
freno por mucha tiempo á las pasiones huma
nas en Italia i Todos ios oradores sagrados,
iodos los jueces , fia una palabra., toda ia na
ción me asegurará lo contrario. Luego es ua
heciio que «ias verdades mas sublimes son coa
«respecto á las pasiones numanas un freno que
«nu las contiene o que roinpju muy pronto j"
y mientras que en u.ia nacion cloaca haya jue
ces del crimen , . cárceles y castigos , será esto
A LA CRÍTICA, 175,
una prueba de la insuficiencia de las verdades
mas sublimes. Jamas he dicho que las pasiones
de los hombres no puedan ser refrenadas , en.
todo tiempo , por las verdades de la fe , siem
pre que se mediten éstas como corresponde. Con
sulte mi adversario el pasage en que afirmo que
«los motivos sublimes de la verdadera religion ,
«corrigen con su accion eficaz los vicios de la
3,naturaleza," Puedo añadir á ésto con toda cer
teza, que en general no hacen los hombres serias
reflexiones sobre las verdades mas sublimes ; y.
he aquí , repito , la causa de la insuficiencia
de estas verdades contra las pasiones. Queda
desvanecida la horrible blasfemia,; y no mere
ciendo yo la acusacion que se me hace de una
temeridad escesiva , debe cuidar el cristiano,
el hombre de honor y el filósofo de no esponer
se á ella. . . ; •„ „
XIX.a ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de las penas,


escribe imposturas sacrilegas contra la inquisicion,
(Not. pag. 167.) , ;
' .RESPUESTA. . '

Mi libro no hace mencion alguna directa ni


indirecta de la inquisicion. Una pbra que solo
trata de instituciones humanas , y no.de las que
se refieren á la, religion, no debia hablar de
este , tribunal , que tiene mucho mas de espiriT
tual que de temporal. Veamos no obstante dónde
ha hallado el acusador mis sacrilegas imposturas
contra la inquisición.
Al fia de mi libro (pag. 116 y 117) me es
I y6 RESPUKSTA
plico en estos términos : «Al leer esta obra se
«advertirá sin duda que no he querido hablar
»,de una especie de delitos , cuyo castigo ha he
ndio correr rios de sangre en casi toda Euro
pa, i Y á qué efecto presentar la pintura de
«aquellos espectáculos de horror y espanto á
«que acudía presuroso el feroz fanatismo para
«cebarse en los gritos del dolor, y clavados los
«ojos en las víctimas que iban á ser consumí-
«das , acusaba la actividad de las llamas , por-
«que le parecía que devoraban con demasiada
«prontitud sus entrañas palpitantes ; de aque-
«llos tiempos , dignos de eterna execracion , en
«que se oscurecía el aire con el humo de las
«hogueras, y en que solo se oian gemidos y latnen-
«tos en las plazas públicas , cubiertas de cenizas
«humanas? ,Ojala oculte para siempre un velo os-
«curo estas escenas horrorosas ! En cuanto á la
«naturaleza del delito que las causó , ni el país
«en que existo , ni el siglo en que vivo , ni la
«materia que trato, me permiten examinarla.»
El acusador considera este pasage como una
impostura mucho mas sacrilega que todas las in
vectivas de los hereges contra la curia romana
y el tribunal de lar inquisicion. Una acusacion de
tanta gravedad debe estar apoyada en pruebas
sólidas. Veamos pues cuáles son las que se pre
sentan. Empieza el acusador atribuyéndome es
tas palabras : La Europa se vió inundada con la
sangre de los hereges condenados á las llamas (Not.
p. i ¡7.) ; pero yo he dicho solamente «que ha-
«bia una especie de delitos , cuyo castigo ha
«hecho correr ríos de sangre , en casi toda Eu-
«ropa." Segun el acusador , la sangre humana
de que se vió innundada la Europa , «s preci
k LA CRÍTICA. I77
samente la de los heíeges que espiraron por or
den de la inquisicion en los mas horrorosos su-
, plicios. Pregunto si el hecho es , ó no , como él
le interpreta. Si el comentario dice verdad, no
habrá impostura sacrilega en hablar de él. Si el
hecho es diferente , como lo es en realidad, ; se
podrá creer que hablo de los hereges y de la in
quisicion , porque digo que corrieron por la Eu
ropa ríos de sangre humana?
El acusador se eseede á sí mismo en el arte
de interpretar , cuando me atribuye las palabras
siguientes : Estas escenas sangrientas eran un es
pectáculo delicioso para el pueblo católico , que
acudía presuroso á cebarse en los ayes y gemi
dos de los infelices. (Not. pag. 157.) ¿Qué razon
tendría para añadir aqui la palabra católico, y
asegurar que yo he estampado la proposicion de
que los tormentos de los hereges eran un espectá
culo agradable al pueblo católico , como lo dice
(Not. pag. 158)? £1 mismo confiesa que los pa
ganos y los sectarios de todos los siglos han ator
mentado con los mas crueles suplicios á los cristia
nos y á los hereges y á los sectarios que les eran
opuestos (ibid.). Esta es una verdad incontesta
ble pero de que los/paganos cometiesen cruel
dades atroces contra los cristianos , como nos lo
demuestra la multitud de mártires con que se
honra y gloría la iglesia de Dios ; de que los he
reges hayan cometido otras iguales contra los
católicos, como puede verlo mi crítico en la
historia y particularmente en la de Inglaterra,
escrita por el padre Bartoli , y de que nosotros
hayamos esperimentado las mismas persecucio
nes por parte de los habitantes del Japon , y de
otros pueblos del Asia , como podrá aprenderlo
**
178 RESPUESTA
en la historia de las misiones, ¡se infiere por
ventura que el acusador pueda decidir absoluta-
N mente que el pueWo fanático de que yo hablo
sea mas bien cató/ico que pagano ó herege, y que
solo entiendo por víctimas humanas los hereges
y uo los cristianos y católicos! (1)
No he tenido otro objeto en mi libro , co
mo se comprenderá por su lectura , que el de
establecer una teoría general de legislacion pu
ramente humana sobre los delitos y las penas.
Esta teoría bien esplicada (lo cual no me lison-
geo de haber conseguido) debería ser la regla
de los códigos criminales de los -cristianos,
idólatras , mahometanos , y de todas las socie
dades , cualquiera que fuese su religion. Se es
cribe acerca de los elementos de la geometría,
del comercio, de la medicina y de todas las
ciencias, y á nadie le ha ocurrido hasta ahora
hacer tratados particulares de geometría , co
mercio &c. , para los cristianos esclusivamente.
Del mismo modo he publicado yo sin ninguna
restriccion los elementos de la jurisprudencia
criminal que me han parecido mas exactos y
verdaderos.
Pregunto á mi acusador si le parece muy
conforme al espíritu de la iglesia condenar á

Xl) Téngase presente la distincion esencia] ísima qíie he-


' mos establecido entre el delito y eí fecaáo. Los criminalis
ta s heterodoxos tratan de delito la virtud mas pura de los
mártires ; y hablando ya en general de las leyes crimina
les de todas las naciones y de todas las religiones, llamo
delitos las acciones a que han dado este nombr? las leyes
de un pais; y en este sentido he dicho en mi libro que
hay delitos imposibles (pag. 71), esto es, acciones que se
llaman delitos, aunque sea imposible egecutarlas , y por
consiguiente cometerlos.
k LA CRÍTICA. ' 179
los hombres á perecer en medio de las llamas.
No podría ciertamente sostener la afirmativa
,sin hacer agravio á la bondad de esta santa ma
dre de los fieles. La iglesia catolica ha detesta
do siempre estos bárbaros espectáculos. Consul
te la historia eclesiástica ; lea á S. Hilario , li
bro i ; á Lactancia , lib. 3 ; á 5. Atanasio,
lib. 1 ; á S. Justino mártir , lib. v ; y hallará el
verdadero espíritu de la iglesia católica. Díga
me si ha visto quemar hereges en Europa por
sentencia de un solo juez eclesiástico ;Y querría
mi acusador renovar estas escenas deplorables?
¿Aprobaría que se reuniese el ciego fanatismo
al rededor de las hogueras para gozar de los
gritos de la desesperacion , y cebarse en el hu
mo de las víctimas palpitantes en medio de las
llamas que van á reducirlas á cenizas ? Al deci
dir una cuestion que debe establecer los prin
cipios universales de los criminalistas de todas
las sociedades , ya sean mahometanas ó cristia
nas i cree por ventura que puede llegar jamas
á ser ventajoso el restablecimiento de estos usos
crueles ? En el siglo en que vivo , no ve ya la
Europa estos bárbaros suplicios ; y por eso he
dicho que «el siglo en que vivo,, el pais en que
«existo , y la materia que trato , no me permi
ten examinar la naturaleza de semejante delito."
El acusador dice que hablo aqui de la heregía.
jPero de dónde lo sabe ? ¿ Cuándo me he espli-
cado yo sobre este objeto i ¿ Quién le ha auto
rizado para atribuir á un autor lo que no ha di
cho , para acusarle bajo estas suposiciones gra
tuitas , para presentar su aeus cion ai tribunal
del público,' y declarar con este pretesto que
es reo de imposturas sacrilegas i
180 RESPUESTA
El acusador cree buenamente que solo son
quemados los hereges , y que este suplicio se
impone casi siempre por los tribunales eclesiás
ticos. Segun el , si yo me jacto de estar versa
do en la historia es para engañar al público y
tratar de sorprenderle. (Nót. pag. 70). Debo
elogiar su sinceridad, la cual es tan escesiva
que sacrifica á ella toda especie de amor propio,
manifestando la escasez de sus conocimientos
históricos. Aqui y en otros muchos pasages te
nemos una prueba de esto ; pues atribuyendo á
los tribunales eclesiásticos , y sobre todo á la
inquisicion , la muerte de tantos infelices como
perecieron en las llamas durante los siglos de
ignorancia ¿ no está desmentida su asercion por
los heclws ? No hay siglo ni pais que no hayan
visto en los mas respetables tribunales , minis
tros indignos que se han desentendido del espí
ritu de su estado. Yo estoy muy distante de sos
tener lo contrario. Nuestro divino Redentor
permitió que hubiese un reprobo entre sus após
toles. Siendo la iglesia una reunion de hombres,
seria tentar á Dios y pedirle un continuo mila
gro el querer que nunca hubiese en ella distur
bios ni desórdenes. Cuando éstos, se verifican, el
cristiano fiel ios ve y los desaprueba : lejos de
acusar de ellos á todo el cuerpo , los atribuye
únicamente á los miembros que los causaron ; y
no habla de ellos en sus escritos , ó si lo hace,
-es con circunspeccion , y acordándose con san
'Pablo de que somos igualmente deudores á los
sabios y á ios ignorantes: precepto que he ob
servado en mí libro con la mayor exactitud. Yo
no sé si el acusador se ha conformado con él
rasgando el pretendido velo á que da ei nombre
i LA CRÍTICA. l8l
de oscuridad afectada , y denunciando esta cues
tion al tribunal del público. Volviendo al objeto
de la critica , lo que so es que en toda la Euro
pa las horrorosas sentencias que condenaban á
los hombres á ser quemados vivos , se dieron en
la mayor parte por tribunales láicos ; y sé tam
bien que el mayor número de aquellos infelices
padecieron tan cruel suplicio por crimen de he
chicería y de raágia. Lea mi adversario á Bar
tolomé 5p»na , de Strigibus , cap. i 3 ; á Nicolás
Remigio , consejero íntimo del duque de Lore-
na , el cual se alaba en su Demonolatria , de ha
ber esterminado asi novecientos hechiceros ; á
Pedro Royer , suplem. al Dice, econom. de Cho-
mel, art. hechicería, edic. de Amsterdam, 1740;
á Pedro le Brun , Historia crítica de las prácti
cas supersticiosas, tom. 1. lib. 2 cap. 3; y verá
que solo en el distrito del parlamento de Bur
deos fueron inhumanamente quemados mas de
seiscientos hechiceros. Jorge Gobat , jesuita , le
enseñará en sus obras morales, tom. 3. tratado 5.
cap. 42. lecc, 2* n. 63 , ^ue en el siglo último
fueron quemadas en Silesia en el espacio de un
año doscientas sesenta hechiceras. Tambien po
drá instruirse acerca de esta materia en la Bi
blioteca mágica, tom. 36. pag. 807 ; en Del Rio,
Disquisit. magic. ; en 'Pedro Crespet , de odio Sa-
tan», lib. 1. disc. 3.; en la Demonomanía de
Bodino , lib. 4. cap. 5. ; en Lamberto Daneo, ci
tado por Del Rio en el prólogo de las Disquis.
mag. ; y en las dudas del P. Federico Spe , el
cual se esplica asi hablando de estos suplicios:
Certe irreligiosa h<ec mihi crudelitas videtur*
(Dub. 23.)
Si mi opinión acerca de la pena del fus»
RESPUESTA
go no va de acuerdo con las sentencias de un
gran número de tribunales láicos de los siglos
pasados , ni con los de ciertos ministros de la
iglesia, que la ira de Dios ha solido enviar á los
fieles como instrumentos de sus venganzas ; y si
al contrario es conforme al espíritu de nuestra
sama iglesia , que es un espíritu de suavidad y
clemencia para con todos los cristianos ¿ de qué
modo podrá justificarse mi adversario de haber
me tratado tan ligeramente en esta ocasion como,
á un nombre que mira cpn aversion sacrilega las
decisiones de la iglesia y los dogmas del cristianis
mo (¡Sot. pag. 1 5 ó) , y que debe ser considera
do Vonio un cUgo enimigo de la divinidad ? ¿Cree
que puede ser adoptada esta nueva lógica por
un bomore que estime su propia, reputacion.
-t Cree que puede convenir á un autor que se
mete á escribir sobre materias de religion y que
está persuadido de la existencia de un juez su
premo que lee en los senos mas recónditos del
corazon bumano , y pronuncia sobre nuestras,
acciones con una justicia infinita ?
Pero volvamos á la acusacion. No pudiendo
el adversado triunfar del libro, se propone com
batir la opinion del autor. Dice pues que en este
pasage he pretendido hablar del crimen de here-
gía. Y aun cuando digese verdad ¿qué podría
inferir de aqui ? Reprobando yo el suplicio del
fuego contra los hereges , no habría hecho mas
que aconsejar lo que practican hoy dia todos los
católicos. En efecto , dónde se queman los here
ges en es e siglo? ¡Se falta por ventura á los
deberes de la humanidad y de la hospitalidad, ó
por mejor decir, no se cumplen exactamente aun
en el seno de Roma t á vista del vicario de Je
A LA CRÍTICA. 183
sucrísto , en la capital de la religion católica,
con respecto á los protestantes, de cualquier na
cion que sean? Los últimos papas, y masque
todos el actual , han recibido y reciben con su
ma bondad á los ingleses, holandeses y rusos. Es
tos pueblos de sectas y religiones diferentes, han
vivido y viven en Roma con toda la libertad po
sible, y nadie está mas seguro que ellos de gozar
allí de la proteccion de las leyes y del gobierno.
i Hay un solo herege que en nuestros dias haya
sido condenado á las llamas por el tribunal de
la inquisicion de Roma ? Yo he demostrado en
mi obra que aprobaba esta conducta suave de la
curia romaua y de la inquisicion ; pero el acu
sador querría probar que merece ser muy vitu
perada ; y despues se atreve á decir que exhalo
mi furor contra la curia romana y contra la in
quisicion. - .
Es cosa muy esencial distinguir bien los ob
jetos que son de distinta naturaleza. Conceder á
todos los. ciudadanos la libertad de profesar pú
blicamente todas las sectas , es una proposicion.
Permitir que viva libre y tranquilamente en un
estado el hombre que tiene la desgracia de seguir
una religion falsa , pero sin egercerla pública
mente, es otra proposicion. Procurar reducir los
hereges al gremio de la iglesia con dulzura y
persuasion; , y no con violencia , es otra propo
sicion. Quemar vivos los hereges es seguramen
te una proposicion muy distinta de las que pre
ceden: y despues -de haber reprobado la última
y condenado su práctica , no resultaría de esto
que apruebo las tres primeras. Si hubiese de ele
gir alguna.de ellas , seria sin duda la tercera , y
diré tgdayia una palabra 4.mi ceasor para que
184 RESPUESTA
no le quede ninguna dificultad, y para eseusar-
le el trabajo de hacer comentarios. Confieso pú
blicamente que repruebo el suplicio del fuego , y
no quiero que se queme á nadie sin embargo de
haber dicho eu mi libro (pag. 1 iS) que si hay en
alguna parte «una autoridad legítima y reconoci-
»d 1 que apruebe esta pena y haga uso de ella,
«entonces se la debe mirar como necesaria, y por
«consiguiente como justa."

XX.* ACUSACION.

El estilo Azi libro de los delitos y de las penas


es acre , mordaz , está lleno de calumnias , de
disimulacion , de oscuridades afectadas y de con-
tradicciones vergonzosas. (Not. pág. 156).

RESPUESTA..
Voy á presentar los pasages de mi libro que
han dado motivo á esta acusacion : v Seria em-
«presa muy vasta ? y que me alejaría mucho de
«mi objfeto , querer probar , contra el egemplp
«de muchos pueblos, la necesidad de una con
formidad total de modo de pensar en un Es-
»tado, y tratar de demostrar cómo pueden in-
«fluir en el bien público unas opiniones que
«solo se diferencian por ciertas sutilezas oscu-
»,ras y muy superiores á la capacidad humana;
«cómo turbarán la nacion estas opiniones , á
«no ser que se autorice una sola y se proscri-
«ban todas las demas ; cómo es que entre ellas
«hay unas qué ilustrándose por medio de su
«fermentacion dan motivo á que resulte de su
«choque la verdad, la cual prevalece y deja con-
A LA CRÍTICA. I85
«fundido $1 error 5 y otras que no teniendo por
«sí misabas bastante firmeza , necesitan de la
«fuerza y de la autoridad para sostenerse. No
«acabaría jamas , si pretendiese demostrar que
«es necesario é indispensable hacer que cedan
«los ánimos ai yag> del poder, por mas con
tradiccion que se halle entre esta máxima y
«aquella en que la razon y la autoridad mas
«respetable nos recomiendan la mansedumbre y
«el amor de nuestros hermanos , y por mas ex-
«periencia que tengamos de que la fuerza solo
«hace hipócritas , y por consiguiente almas vi-
«les. Todas estas paradojas se prueban sin du-
«da evidentemente-, y se miran como conformes
«á los verdaderos intereses de la humanidad,
«si hay en alguna parte una autoridad legíti-
«ma y reconocida' que las adopte y las tome por
«regla en el egercicio de su poder. Por lo que
«á mí toca , recayendo únicamente mis reñexio-
«nes sobre los delitos que violan las leyes na-
«turales ó el contrato social, debo guardar si-
«lencio acerca de" los pecados , especie de de-
wiito , cuyo castigo , aun cuando solo sea tem-
«poral , no es de la inspeccion de' la jurispru-
«dencia ni de lá filosofia ( pág. 117 y 118)."
He aqui al pie de la letra la crítica que ha
ce de estos pasages mi impugnador. La estupi
dez de nuestro autor corre parejas con su impostu
ra ; pues dice que seria empresa muy vasta que
rer probar, contra el egemplo de muchos pue
blos , la necesidad de una conformidad total de
modo de pensar ( esto es , en materia de religion).
¿ Cómo puede parecer empresa vasta el probar,
por las solas reglas de la política , que la tran
quilidad de un Estado se halla mucho mas afian-
1 86 RESPUESTA
%ada con el egercicio de una sola religion, que
con la tolerancia de todos los cultos \ ( Not. pá
gina 159), En virtud de las reglas particula
res de crítica que ha adoptado mi adversario,
inserta en mi texto la palabra religion, porque
asi conviene á sus designios. Pero si general
mente ha sido poco feliz en estas adiciones , es
necesario confesar que ahora por casualidad ha
mostrado alguna mayor destreza. Empieza es
tragando que me parezca empresa muy vasta el.
querer probar , contra el egemplo de muchas
naciones , Ja, necesidad de una conformidad to-.
tal de sentimientos religiosos en un Estado. ¿ Y
por qué le ha de causar tanta sorpresa el que
yo tenga esta empresa por demasiado vasta?
A él le parece muy facil , y esto prueba la su
perioridad de su talento : yo la tengo por muy
larga y dificil. ; y esto prueba, la cortedad y la.
estupidez del mio , segun tiene la bondad de
observarlo mi acusador. Hasta ahora no se tra
ta de blasfemia ni de sedicion ; pero algunas
lineas mas abajo se desfigura la cuestion, se
gun la loable costumbre del autor de las notas,
para tener motivo de criticarme y zaherirme.
¡ Qué ceguedad dice, querer hablar de la reli
gion como de una simple máxima de política, y
preguntar ¿i debe ser conforme al egemplo de las
otras naciones ( Not. pág. 159,)! \ Quién pudie
ra creer jamas que se profana la religion y se
reduce á una simple máximi, de política , por
que se dice que seria empresa muy vasta que
rer probar la necesidad de una conformidad to
tal de modo de pensar , aun en materias de re
ligion ? Aqui hay dos proposiciones tan diferen
tes como distantes entre sí , y cuyo sentido no
i LA CRITICA. 187
ha penetrado bien mi acusador. La primera,
que la religion no es mas que un estableci
miento político i y la segunda , que debe tener
influjo en el . sistema político de una nacion.
Son tan opuestas estas dos proposiciones que
la una es propia de un ateo, y la otra de un
católico: y en vista de esto es permitido á
un cristiano examinar el influjo de la religion
por lo que hace á la política , prescindiendo
de su verdad ó falsedad , sin incurrir en las
acusaciones y censura de sus hermanos ilus
trados. , •..
En este pasage ( pues quiero explicar á mi
adversario mi modo de pensar , si es que 00
está bastante claro en mi obra) se trata del
influjo puramente político de la religion , esto
es , de la religion en general , y no de ésta ó
de la otra en particular , como la de los tur
cos , bracmanes , chinos , haitianos , luteranos,
calvinistas ¿ y cualquiera otra especie de cultos
diseminados por el mundo , á los cuales se da
en general el nombre de religion , bien que
con la diferencia que hay entre la mentira y
la verdad. Sostengo pues , que sería empresa
muy vasta querer probar que para afianzar la
tranquilidad pública , es indispensable estable
cer en un Estado una conformidad total de mo
do de pensar en materia de religion : y digo
ademas , que si quisiese probarlo , me alejaría
mucho de mi objeto. Habiendome explicado con
tanta claridad ¿ era probable que pudiese acu
sarme mi adversario de que hablo de nuestra
santa religion como de una simple máxima de
política ? ¿ Por qué se empeña en probar lo que
he dicho muchas veces en mi libro , á saber,
1 88 RESPUESTA-
que entre todas las religiones solo hay una que
sea verdadera? ¿Y cómo se atreverá á hacer el
injurioso dilema , del cual resulte en una de
sus proposiciones que yo tengo mi religion
por falsa?
El acosador hace despues una pintura de la
religion , que muestra la claridad con que sabe
exponer sus ideas : La religion , dice , se puede
representar bajo el emblema de un hombre , cuya
cabe%a estuviese apoyada en la tierra , y los pies
tocasen en el cielo. Todo ¡o que de su figura pu
dieramos divisar en nuestro globo , sería , á mi
parecer , la parte figurada de la política mas per-
Jeaa para gobernar á los hombres. Si nuestra po
lítica pierde de vista la verdadera religion , se ex
traviará , y no será mas que una filosofía incierta
y errónea. Asi se explica (Not. pag. 159.), y
continúa queriendo probar lo que nadie ha dis
putado jamas , esto es , que la política es tanta
mas perfecta cuanto mas se conforma con la
verdadera religion, Despues dice que la políti
ca corresponde á lo que llamamos cuerpo humano,
y que el bueno ó mal estado del cuerpo depende
del estado del alma. ( Pase todo esto). En se
guida añade : ¡Quién no ve que es .hasta donde
puede rayar la locura el atreverse á discutir si
la religion debe arreglarse por el egemplo de las
demjs naciones : Es necesario ilustrar y distin
guir estos objetos. Someter la religion á los usos
de los demas pueblos , ( ó para explicar lo que
quiso decir el acusador) combinarla y amalga
marla con las falsas religiones , es lo mismo
que apostatar , y esto es muy malo. Comparar
entre sí varias religiones falsas , es cosa muy
indiferente. Someter la religion falsa al egem
A ,LA CRÍTICA. 189
pío de una nacion que profesa la verdadera , es
un proyecto feliz, y muy loable „ en vez de
ser una extravagancia. Mas ¿por-qué razon si
gue mi acusador un camino muy distante del
mio , coa el objeto de terminar su discurso,
asegurando que él no es fanático ni visionaria!
{Not* pag. 160.) Aun cuando yo hubiese forr
mado de él este juicio , ni le dam jamas seme
jantes dictado; , ni le trataría de un modo in
decente , porque esto repugna á mi carácter.
Pasemos ya al segundo objeto que no he tra
tado de probar , porque me . ha parecido que
siendo demasiado vasto , me alejaría mucho de
jni asunto , y veamos la interpretacion que le
da el acusador. Para que se vea mejor , dice,
con cuánto desprecio trata el autor ia ciencia del
cristianismo , ó cuán grande es su ignorancia acer
ca de los puntos de doctrina que nos separan de
todas las sectas , observaré de n.:evo que los mira
como puras opiniones , que solo se diferencian por
ciertas sutilezas oscuras y muy superiores á la
capacidad humana. (Not. pag. 160.) Pregunto á
mi censor si es conforme , no digo al evange
lio y á la buena lógica , sino á la razon mas
grosera , acusar de este modo á un autor que
ha nacido en el seno del catolicismo ; que jamas
ha dado pruebas de apostasía ; y que en un li
bro cuyo objeto no es la religion , ha manifes
tado su respeto , su fe y su adhesion á ella , en
todos los pasages que permitían 'aludir a este
punto ; y si es lícito suponer que se referia á
los primeros dogmas de su religion , cuando
habló de opiniones que Solo se diferencian por
ciertas sutilezas, oscuras. No contento el acusa
dor con este odioso comentario y me atribuye
190 RESPUESTA
despues la horrible blasfemia que sigue. Temo
escandalizar á mis lectores copiándola aqui;
j pero por qué me he de negar á manchar mi
pluma con semejantes infamias , cuando el acu
sador ha tenido á bien insertarla.-! en mi libro,
y hacer que se me crea autor de ellas l Preten
de pues que de haber opiniones que solo se dife
rencian por ciertas sutilezas oscuras, se debe infe
rir , como él lo hace f que las máximas y los dog
mas de la sagrada escritura , por augustos , res
petables y esenciales que sean , no son mas que,
unas simples opiniones humanas. ( Not. p. 161.
y sig-)
Yo he dicho que «sería empresa muy vasta,
«y que me alejaria mucho de mi objeto , tra-
»tar de demostrar cómo pueden influir en el
«bien público unas opiniones que solo se dife-
«rencian por ciertas sutilezas oscuras y muy
«superiores á la capacidad humana.» Quisiera
ser menos difuso ; pero no es posible , cuando
á cada paso me veo precisado á discutir los
primeros y mas sencillos principios. No se tra
ta de saber si me parece ó déja de parecerme
demasiado vasta la empresa de probar esta
asercion. Lo que se me imputa es haber dicho
que en materia de religion hay opiniones que
solo se diferencian por ciertas sutilezas oscuras
y muy superiores á ta capacidad humana. Prime
ramente , siendo mi plan escribir acerca de los
delitos y de las penas , y examinar la legislacion
criminal en general , debia limitarme , hablan
do de religion , á su influjo puramente políti
co , prescindiendo de su bondad ó de su false
dad. Nadie ignora que ha habido y hay en el
mundo sectas que soio se diferencian »por cier
1-LA CRÍTICA. 19I
«tas sutilezas oscuras y muy superiores á la ca-
«pacidad humana" : todos pueden' observarlo
hoy dia en nuestro globo , y aun eri los países
en que habitan : todo hombre instruido ve que
lo que sucede hoy en la tierra ha sucedido ya
anteriormente , y que existen y han existido
semejantes sectas. ; Vero podrá inferirse de es
to con alguna apariencia de razon , que las
santas instituciones del cristianismo no son mas
que simples opiniones humanas?
Pero mi adversario quiere absolutamente
contraer á la religion catolica esta proposicion
general , y darle por objeto alguna de las sec
tas que se han separado de la Iglesia. No es
ésto lo que yo he querido decir : y lo mas ex
traño que hay en esta pretension es , que aun
: admitiendo todas sus suposiciones , y aun con
cediendo que mi texto se refiera unicamente á
las sectas separadas de nuestra santa Iglesia,
no da motivo á ninguna de las horribles con
secuencias que deduce de él mi acusador ; su
puesto que sería una blasfemia decir que no hay
ninguna cosa esencial en los puntos en que están
divididos los católicos y los hereges : y lo seria
tambien añadir que estos puntos de division en
tre los católicos y los hereges no presentan nin
gun obstáculo para la salvacion. Pero decir que
las opiniones que conducen á un partido al ca
mino de la reprobacion, no se diferencian esen
cialmente sino por ciertas sutilezas oscuras y
• muy superiores á la capacidad humana , jamas
• será una blasfemia , sino una verdad incontes
table , un hecho admitido por la mas sana teo
logía , y del cual se hallarán pruebas en la his
toria de las heregías , y particularmente en la
102 RESPUESTA
de la Iglesia griega. Aqui da fia mi adversario
á sus declamaciones contra los incrédulos , con
tra los libertinos y contra mi ignorancia. Por lo
que hace á esta , dejo á su arbitrio que piense
de ella como le agrade. .
Pasemos ai pasage siguiente. Presentaré al
principio un texto , y despues el comentario
que hace de él mi acusador. Yo he escrito que
«sería empresa muy vasta , y , que me alejaría
«mucho de mi objeto , querer probar cómo en-
»tre las opiniones hay unas , que ilustrándose
«por medio de su fermentacion , dan motivo á
«que resulte de su choque la verdad , la cual
«prevalece y deja confundido el error ;y otras
«que no teniendo por sí mismas bastante fir-
«meza , necesitan de la fuerza y de la autori-
«dad para sostenerse/' Veamos cómo interpreta
el acusador este pasage. .
Serta empresa demasiado vasta querer probar
de qué modo r analizando las cosas , parecerá ver-
dadera una parte de los dogmas del Cristianismo,
y la otra falsa , y cómo sucede que varios artí
culos de esta misma doctrina , aunque falsos y ri
dículos , y sin otro titulo que la obstinacion y cre
dulidad de algunos católicos , son sostenidos con
tanto ardor, por estos mismos católicos , que en
tregarían á lias llamas á cualquiera que se atre
viese á impugnar su autenticidad. Tal es el sen
tido que doy á estas palabras ,, y.estoy bien segu
ro de que es el verdadero. (¡Níot. pag. 161.) Me
jor hubiera hecho mi adversario en dudar de
lo que afirma con tanta seguridad , y quizá
hubiera tenido la conciencia mas tranquila y
mas derecho á la opinion pública- ¿No presen
ta un nuevo y curioso fenómeno lógico , el es
k \k CRÍTICA. 193
critor que observa tantas blasfemias é impieda
des en un pasage de esta naturaleza , y ve , in
terpreta y denuncia osadamente al público el
gran número de errores que se atreve á impu
tarme ? Presentemos este pasage en un estilo
mas accesible al vulgo. Esta explicacion no se
dirije á mis lectores , los cuales no tienen ne
cesidad de ella ; sinoá irii acusador , para dar
le á entender si ha empleado bien el tiempo,
poniendo notas á mi obra. Traduzco pues asi
este extracto , á fin de que le entienda mejor.
«Este libro no debe tratar de los pecados,
«cuyos castigos , aun cuando solo sean tempo
«rales , no son de la inspeccion de la razon
«humana. Me be propuesto no hablar sino de
«las acciones , cuyo principio es puramente hu-
«mano. Creo que está claramente demostrado
«que en circunstancias dadas , era justo repri-
«mir y castigar á los hombres peligrosos , que
«no respetasen la religion dominante del Esta-
«do. Pero no es esta la cuestion que yo me pro-
apongo discutir y mucho menos probar ; por-
«que sería una empresa demasiado vasta , y me
«alejaria mucho de mi asunto. Para que se vea lo
«vasto de esta empresa , y la poca relacion que
«tiene con mi obra , voy á presentar á mi acusa-
«dor cuatro objetes principales , que me obliga-
«rian á escribir cuatro disertaciones , si quisiese
«profundizar esta materia. Sería necesario exa-
«minar : i.° Si para conservar la tranquilidad
«pública , se necesita una conformidad total de
«modo de pensar. 2° Destruyéndose esta con-
«formidad , á consecuencia de unas opiniones
«que solo se diferencian por ciertas sutilezas
«oscuras y muy superiores á la capacidad hu
13
I 94 RESPUESTA
«mana : ¿hasta que punto poaria alterarse con
«este motivo la tranquilidad pública i 3.0 Si la
«fuerza y la autoridad son medios convetiien-
»tes para establecer en el público tales y tales
«verdades , y mantener su creencia. 4.0 Si es
«necesario é indispensable hacer que cedan los
«ánimos al yugo del poder , por mas experien-
«cia que tengamos de que la fuerza solo hace
«hipócritas , y por consiguiente almas viles.
«Supongo demostradas estas cuatro proposicio-
«nes , porque rio entra en mi plan detenerme
«á probarlas."
Vea ahora mi acusador si se debe culpar á
tantas personas recomendables por su celo y
piedad , que han leido y entendido mi libro,
de que no hayan descubierto en él ios errores
mas groseros y peligrosos que inventaron jamás
contra el trono y el santuario los hereges , los
impíos , y todos los enemigos antiguos y moder
nos de la religion cristiana. Si el acusador ha en
contrado estos errores , es necesario atribuirlo
á que no ha comprendido bien el sentido de
mis proposiciones.
Cuando despues de haber propuesto los cua
tro artículos que habían de probarse , se sus
citase alguna duda sobre la dificultad de de
mostrar que deben emplearse la fuerza y los
suplicios como medios útiles para conservar y
defender el bien social y político (que es el ob
jeto de mi libro) , esta duda sería mas reserva
da y menos atrevida que ia de Muratori , sa
bio que ha uecOo tan grandes servicios á la li
teratura , y que añadía á este mérito el de ser
el modelo de ios cristianos y de los eclesiás
ticos , el cual la estampó en el seno de Italia,
A LA CRÍTICA. I95
y con la aprobacion de santos y virtuosos pre
lados , en su tratado de ingeniorum moderatio-
ne , lib. 2. cap. 7. donde se explica asi : Quid
catholici nonnulíi ad ta respondsant , esto es , á
aquel pasage del evangelio de san Lucas:
mLos discípulos de nuestro Señor Jesucristo
»le instaban vivamente á que hiciese caer fue-
vgo del cielo sobre los Samaritanos ;,y el divi-
wno Redentor les respondió" : Nescitis cujus
spiritus estis ; Filius hominis non venit animas
perdere , sed salvare sentantes , marte quoque
lixreticos pertinaces posse ¡usté mulctari nobis
inteum mitiora suaaentibiñ satis est , etc. ; y en
el mismo libro cap. $. Hereticos ergo ecclesia
potest suis urgere armis , quó illos in suam cau-
íam rursus perducat : armis , inquam , spiritali-
bus , excommunicatione , ac diris omnibus. Ad re
ges autem steculique -principes spectat salutaribus
etiam poenh sollicitare devios , aut alíenos á fide,
ne in errare diutius perstent , neve eidem immo-
riantur. En el libro 2. cap. 12. pag. 370. edi
cion de Venecia de 1763 , refiere asi el pasa-
ge de Lactancio : defendsnda religio est , non
occidendo , sed moricndo , non scevitia , sed pa-
tientid , non scelere , sed fide. Illa enim malorum
sunt , hcec bonorum.... nihil est tam voluntarium,
quám religio ; in qua , si animuf sacrificantis aver-
sus est , jam subíata , jam nulla est , etc. y se
esplica en estos términos : Et ne nos quidem
eos unquam (¡d est , hareticos) occidendos pro-
fitemur , ideó dumtaxat quód á nobis diversa sen-
tiant : quippe nostra quoque sententia ect. , reli-
gionem voiuntariam esse debere.... ñeque Lactan-
. tii sententia excludi salutarium pcenarum usum,
etc. En el mismo lib. 2. cap. 13. pag. 37$. aña
196 RESPUESTA
de Muratori : Ñeque tamen is ego sum nt sua-
deam , hereticos ab ecclesia damnatos morte ipj¿
esse muktandos. Mihi potius et untes sumo c,m-
menefare modere summis potestatibus modera-
tionem h&c in re et mansuetudinein..... Ecclesias-
tkorum autem omnium esse puto , legum justi-
tiam hocce in negotio mitigare potius quám accen-
dere , et spiritum lenitatis ab apostolo oommen-
datum , non vero seevitiam ubique prodere ; et me-
minisse ecclesiasticam lenitatem sacerdotali con
tentan juditio cruentas refugere ultiones , uti ait
sanctus Leo in epist. 93. Tantum autem abesi ut
ecclesia suadeat extremam severitatem in devios
á fiJe , Ut .-ib ipsis sacris arceat religiosos viros,
taita suadentes , aliquova pacto in judicium mor-
tis influentes. Ideóque vel quum incorrigibiles
atque dommatos htereticos scecularibus judicibus
tr^dit , obsecrat ut leniter in ipsos agatur : quod
veltem semper ex animo , et non interdum ex con-
suetudine per nonnullos factum fuisse. Y si un
católico puede pensar que es injusto castigar
de muerte á los hereges , porque esta pena no
es saludable, ¡podrá mi acusador mirarme co
mo un monstruo de perversidad , porque l¡e
dicho que seria dificil probar que £ pena de
muerte , impuesta por causa de heregía , es
conforme á razofl y justicia * Ademas , es ne
cesario distinguir dos proposiciones que son
muy diferente*. La primera es , castigar á los
hereges , y la segunda , castigarlos de muerte.
Parete que cuando mi adversario escribió sus
notas , se olvidó de que tendría por lectores
á los pueblos de ItaJia , y no á los del Cauca-
so ó del Tauro , ó á los salvages del Canadá.
A LA CRÍTICA 197
XXI.a ACUSACION.
El autor del libro de los delitos y de las pe-
ñas pinta con colores odiosos las órdenes religio
sas , y particularmente las monacales. (Not. p. 78.)

RESPUESTA.

Dificil sería citar un solo pasage de mi li


bro , que haga mencion de órdenes religiosas
de ninguna especie. Voy á referir el artículo
en que sospecho que mi adversario observó es
tos colores odiosos. «Llamo ociosidad política
,)la que no contribuye á la sociedad con traba-
»jo ni con riquezas , la que adquiere siempre
«sin perder ¿amas , la que escita la admiracion
«estúpida del vulgo , y la compasion desdeñosa
s,del sabio , la que privada de la única causa
«capaz, de hacer activo al hombre , que es la
«necesidad de conservar ó de aumentar las co-
«modidades de la vida , deja que reinen des
póticamente las pasiones de la opinion , cuya
«fuerza no es la menos victoriosa Corres-
3,ponde á las leyes definir la especie de ociosi-
«dad que merece ser castigada." (Pag. 61. y 62.)
Advirtio mi crítico que hablando yo de la
ociosidad , habia añadido la palabra política,
como una restriccion necesaria para que no se
me pudiese hacer ningun, cargo ; y queriendo
él comentar á su modo mi proposicion , dice
que la presento con una astucia pérfida. ( Not.
pag. 78.) Pero la cuestion que discute prolija
mente , empleando en ello mas de o¿ho pági
nas , queda reducida á nada , supuesto que uno
y otro pensamos del mismo modo.
198 RESPUESTA
Yo no comprendo en la ociosidad política,
ni pinto con colores odiosos , como dice mi ad
versario , aquello clase de hombres que han con
tribuido y contribuyen mas que otra alguna , con
su trabajo , talento y egemplo , á la mas. cons
tante felicidad temporal y política de todas las
sociedades ; ni aquellos hombres que pasan la vi
da cultivando las ciencias para s¿ instruccion y
la de los subditos del Estado , cuyos estudios diri
gen y forman sus costumbres , para que sean bue
nos ciudadanos ; ni á los que con el solo egemplo
de las virtudes prácticas en el estado que abra-
%áron , ion ¿os mas firmes apoyos del buen orden
tn la sociedad. (Ibid.) En ningun sentido pue
de convenir á estos la expresion ociosidad polí
tica : y aplicarla á su género de vida , sería
(como lo observa juiciosamente mi adversario)
el colmo de la ceguedad é ignorancia de un pe
dante y de un mal político. ( lbid.) Pero , como
dice muy bien en otra parte , no sería injusto
este juicio con respecto á ciertos religiosos que
se encuentran frecuentemente en las plazas pú
blicas ó en algunas casas , y con esta conducta se
alejan de la perfeccion de su estado. Este juicio»
puede comprender á todos aquellos que no con
tribuyen á la sociedad «con trabajo ni con ri-
»quezas , y adquieren siempre sin perder ja
lmas" ; de donde se infiere que cuando mi ad
versario ha probado que no hay cosa útil y bue
na en la sociedad que no sea en gran parte obra
del estado monástico (Not. pag. 81.), y que no
se hallará en toda Italia (1) una sola casa reli-

<¥) El autor del libro de los delitos y de las penas no


quiere entrar en discusion con su critico acerca de lo que
Á LA CRÍTICA. IQ9
giosa , cuyas rentas excedan á lo que es necesario
para la manutencion de los individuos que exis
ten en ella (Not. pag. 82.) , no debia creer
que mi modo de pensar era diferente del suyo,
supuesto que la ociosidad politica no es el defec
to de los religiosos de que él hace mencion.
No puede menos de convenir mi adversa
rio en que debe.. mirarse como políticamente
ociosos los ciudadanos que reunen exactamente
todas las cualidades que he designado en mi
definicion de la ociosidad política , y por con
siguiente , «que escitan la admiracion estupida
«del vulgo , y la compasion desdeñosa del sá -
,,bio." Yo no he decidido si existe esta especie

asegura con respecto A las casas religiosas de. Italia,


sin embargo de que pudiera parecer una paradoja en
Francia , Alemania , Espafia , etc. Hay en Italia conven
tos y monasterios muy ricos , cuyas rentas esceden con
siderablemente á lo que se llama necesidades precisas. An
tes de aventurar una proposicion tan absoluta, sedebe fi
jar lo que se entiende por aquellas necesidades ; porque si
han de ser proporcionadas á los bienes y tierras que se
poseen , es evidente que las necesidades de algunas or
denes , por egemplo , de las de san Agustín , san Bruno,
san Bernardo , etc., no se parecerán á las de las orde
nes mendicantes , i pesar de que sus votos y el motivo
de su institucion son unos mismos con corta- diferencia.
La mayor parte de los soberanos del siglo presente han
coiiáideradu este punto bajo un aspecto muy distinto , y
con prudentes reformas y alteraciones útiles ban aplica
do al bien público lo que sobraba á algunas comunida
des religiosas, y ban suprimido muchas que eran ya inu
tiles o gravosas á la sociedad. No se puede negar que ha
sido muy util el estado monastico,, con tal que prescin
damos de los disturbios y desordenes que ha solido cau
sar en el mundo cristiano , y de las heridas que muchos
miembros suyos han hecho á la iglesia. Triste cosa es
confesarlo ; pero es un hecho de que no se puede dudar,
que gran parte de las heregías nacieron en el claustro y
en el seno de la religion.
200 RESPUESTA
de ociosidad , y aun he añadido que correspon
de á las leyes definirla. En efecto , los sumos
pontífices , los príncipes católicos , los minis
tros ilustrados y celosos de la pureza de la re
ligion , han estado siempre persuadidos de que
era no menos peligroso á la iglesia que á la so
ciedad , tolerar en un estado la ociosidad polí
tica, segun la he definido. Los templarios , los
jesuítas, los humillados , y otras órdenes seme
jantes , abolidas por los papas ; las leyes , prag
máticas y disposiciones de todos los soberanos
de Europa , dirigidas á impedir la acumulacion
de las riquezas en manos muertas, nos muestran
claramente que el temor de la ociosidad políti
ca está fundado en razon , y es conforme al
cristianismo.
Concluyamos pues que he respetado siempre
á los ecclesiásticos y á los regulares , como mi
nistros del altar y del evangelio , y que si mi
acusador me hubiese entendido bien , se habría
excusado el trabajo de escribir ocho páginas
de palabras inútiles , y el disgusto de volver
á dar á entender que no ha penetrado el ver
dadero sentido de una obra que se habia pro
puesto criticar.
k LA CRÍTICA. 20 1

XXIIa ACUSACION.

Segun el autor del libro de los delitos y de las


penas , hay una especie de reos cuyo único delito
consiste en ser fieles á sus propios principios; y
explicándose asi, pretende ciertamente hablar de
los hereges. ( Not. pág. 123 ).

RESPUESTA.
He asegurado que se había hecho padecer
los mis crueles tormentos á algunos infelices
que no tenian mas delito que el haber sido fie
les á sus propios principios ; y no he querido
hablar de los hereges. Aqui no se trata de re
ligion ; pero si mi adversario exige un egem-
plo tomado de la religion misma , abra la his
toria eclesiástica, y verá en ella millares de már-
tires condenados á los mas bárbaros tormen
tos; ¿y cuál era su delito í -1-> El ser fieles á sus
propios principios » (pág. 71. ) de fe y adhe
sion á las verdades reveladas por el Sér su
premo.
202 RESPUESTA

XXIII.» ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de las pe


nas es uno de aquellos escritores impíos , para
quienes los eclesiásticos no son mas que unos char
latanes , los monarcas unos tiranos , tos santos
unos fanáticos , la religion una impostura , y que
ni aun respetan ¡a magestad de su criador, con
tra el cual prorumpen en blasfemias atroces. ( Not.
pág. 4a. )
RESPUESTA.

Los que hayan leido mi obra , verán si se


encuentra en ella la mas leve apariencia de
semejantes impiedades. Voy á presentar el ex
tracto del texto de donde ha sacado mi ad
versario esta horrible acusacion.
He dicho en la página 20 que n la verda
dera medida del crimen se encuentra en el
))daño que este hace á la sociedad : verdad pal-
«pable y fácil de descubrir sin el auxilio de las
«ciencias, porque á cualquiera le ocurre na
turalmente... .» y en la pág. 21 : « Las opinio
nes asiáticas, las pasiones acompañadas de
«autoridad y poder , sufocaron las nociones
«sencillas que formaban quizá la filosofia de
«las sociedades primitivas. Casi siempre pro-
adujeron este efecto por medio de su accion
«insensible sobre la multitud, y algunas veces
«por medio de la impresion violenta que cau-
«saban en la credulidad humana ; pero pare-
«ce que aquellos primeros principios vuelven
«á presentarse en el siglo ilustrado en que
«vivimos. «
k LA CRÍTICA. 203
Veamos ahora cómo refiere mi acusador es
te pasage. Se queja de mi escesiva audacia y
ceguedad, porque he dicho que las opiniones
asiáticas ( esto es , la religion ) , y las pasiones
acompañadas de autoridad y poder ( esto es , los
príncipes cristianos ) sufocaron las nociones sen
cillas que formaban quizá la filosofía de las socie
dades primitivas ; que casi siempre produjeron es
te efecto por medio de su accion insensible ( la pre
dicacion de las verdades del evangelio) , y al
gunas veces por medio de la impresion violenta
( los milagros mas portentosos ) que causaban
en la credulidad humana ( los pueblos cristia
nos ); pero que aquellos primeros principios pa
rece vuelven á presentarse en el siglo ilustrado
en que vivimos ( la luz estaba en el mundo,
pero las tinieblas , etc. )
No hay cosa mas nueva que este modo de
interpretar , ni que demuestre mas claramen
te el deseo y la imposibilidad de hallar im
piedades donde no las hay: y sin duda es
muy estraño el diccionario en que las opinio
nes asiáticas significan la religion ; las pasiones
los príncipes cristianos ; la accion insensible
de estas la predicacion del evangelio ; su impre
sion violentalos milagros mas portentosos, y
la credulidad humana el pueblo cristiano. No
parece sino que mi acusador se ha propuesto
refutar mi libro sin tomarse el trabajo de abrirle.
Habré de explicarle tambien ahora lo que
á nadie ha parecido oscuro. Entiendo por opi
niones asiáticas lo que entienden todos (1) á

(*-)- En la página 108 de mi obra hubiera podido no


tar el acusador la verdadera significacion de las palabras
104 RESPUESTA
saber , las del despotismo y de la esclavitud,
que habiéndose establecido , ya por medio de
la violencia , ya por una accion insensible y
constante , oscurecieron las nociones tumauas
en todos los pueblos que experimentaron esta
desgracia, hasia el estremo de desconocer Us
verdades mas palpables , y entre otras la que
nos enseña que la única medida del crimen
se encuentra en el daño que nace éste á la so
ciedad. La máxima que privase á los tiranos
del poder arbitrario de castigar segun su ca
pricho , no podria menos de desagradarles : y
asi importa á su política proscribirla é impe
dir que se difunda. Pero esta verdad debe vol
ver á presentarse en el siglo ilustrado en que
vivimos , en el cual se ha acertado á distinguir
con mas exactitud los derechos de los sobera
nos y los de sus súbditos , y á conciliarios mu
tuamente.
¿Qué es lo que contiene este pasage para
que mi acusador me dirija la invectiva siguien
te ! j Quién será el cristiano tan tibio en cuanto
al interes de su divina religion , que no se enar
dezca é inflame á vista de este pasage ! ? Podrá
contenerse , y dejar de ptorumpir en ios mas ter
ribles anatemas contra las calumnias y las impie
dades infames que en él se propalan , hablando de
lo mas augusto y respetable que hay en el univer
so ? i Será posible dejar de exclamar que la per-

opiniones asiáticas. Allí habria visto que me valgo de ella»


para expresar la tiranía confinada en las vastas llanuras del
uisia. En ninguna parte del mundo está menos estendida
la religion cristiana. La política atribuye la razon de esto
al clima y á las costumbres. ¿No se pudiera decir lo mis
mo del África ?
A LA CRÍTICA. 10$
versidad de este autor escede i la sátira mas de
nigrativa y licenciosa i Si me pregunta el acusa
dor quién es el cristiano que dejará de infla
marse al leer este pasage , le responderé que
todos los que entiendan su sentido.
No me estenderé mas acerca de las acusa
ciones que se han formado contra mí con mo
tivo de la religion. Seria necesario reunir la
ilustracion á la piedad y á la buena crianza,
antes de esponerse á escribir sobre un asunto
tan grande , tan santo y respetable. No permi
ta Dios que interprete yo la intencion de mi
acusador , suponiendo que se propone muchas
veces acomodar , sin necesidad , esta misma re
ligion á sus miras particulares. Antes bien creo
que estando dotado de buen corazon y de un
ánimo recto y sencillo , ha podido estraviarse
por un esceso de celo y hacer uso contra mí
de io mas sublime é interesante que hay entre
los hombres. Pero en premio de la rectitud
de su intencion le ruego admita un consejo que
me propongo darle como buen cristiano y co
mo hombre que habla con conocimiento de cau
sa. El empeño de hallar blasfemias y suponer
impiedades en un libro en que no las hay , no
honra al que las denuncia , es contrario á la
edificacion de los fieles , y en nada perjudica
á la reputacion del autor ni de su libro. E1
escritor que se cree llamado á defender la cau
sa de Dios , debe ante todas cosas tenerle en
su corazon ; y entonces respirarán sus obras
paz , persuasion y mansedumbre. Adquiera des
pues los conocimientos necesarios, y si quie
re persuadir á los incrédulos , no empiece por
fijarse ea una persona determinada, y acusar
20Ó RESPUESTA
la ligeramente de incredulidad, para tener oca
sion de impugnarla ; dediquese á conocer bien
á sus contrarios, y procure no apartarse ja
mas de los principios de la buena lógica en
los raciocinios que les oponga. Entonces escri
birá acerca de la religion con la dignidad y
energía que permite la debilidad humana. Este
era el método de Bossuet , Fenelon, Berti y
el cardenal Orsi. ¡ Haga el cielo que siguien
do mi acusador tan bellos egemplos merezca
algun dia ser colocado en la lista de estos gran
des hombres !

SEGUNDA PARTE.

Acusaciones de sedicion,

PRIMERA ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de las pe


nas mira á todos los principes y á todos los so
beranos del siglo como unos tiranos crueles. ( Not.
Pág- 133 >
RESPUESTA.
Una sola vez he hablado en mi libro de los
soberanos y príncipes que reinan actualmente
en Europa , y he aqui lo que digo de ellos :
n ¡ Dichosa la humanidad , si algun dia lle-
»ga á recibir leyes ! ¡ Dichosa , si estas leyes
«son dictadas por los soberanos que gobiernan
^actualmente la Europa , por estos príncipes
«benéficos , protectores de las artes y de las cien-
«cias ; por estos ciudadanos coronados que son
Á LA CRÍTICA. 2O7
»los que dan origen á las virtudes pacíficas en
«el seno de los pueblos á quienes miran como
»á sus hijos 1 Consolidándose su autoridad , se
«aumenta el bien estar de sus súbditos , y se
«destruye el despotismo intermedio , tanto mas
«cruel cuanto menor es su firmeza, y cuya bár-
«bara política , interceptando los votos sinceros
«del pueblo, sufoca continuamente su voz,
«siempre oída cuando llega hasta el trono.
« i Ojalá se aumente de dia en dia esta auto*
«ridad ! Tal es el deseo de los ciudadanos ilus
trados, los cuales conocen muy bien, que si
«estos príncipes conservan todavía algunas le-
«yes defectuosas , es por la suma dificultad que
«encuentran en destruir errores acreditados por
«una larga serie de siglos " ( pág. 82 ).
ILa ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de las pe


nas declama violentamente contra los suplicios con
que los principes católicos castigan el crimen de
heregía. (Not. pág. 154.)

RESPUESTA.

En todo mi libro he hablado siempre de


los delitos , y nunca de los pecados : distincion
que me pareció necesario establecer desde el
principio , y la he repetido despues frecuen
temente en el discurso de mi obra. Solo una
vez he hecho mencion de las penas temporales
de los pecados , espiicándome en estos térmi
nos: » Por lo que á mí toca, recayendo úni-
«camente mis reflexiones sobre los delitos que
208 v RESPUESTA
«violan las leyes naturales ó el contrato so-
»cial , debo guardar silencio acerca de los pe
ncados , especie de delito cuyo castigo , aun
»cuando solo sea temporal , no es de la ins
peccion de la jurisprudencia ni de la filoso-
,ifia " ( pág. 1 1 8 ). ¿ Cuáles son los principios
que se deben tener presentes cuando se tra
ta de esta especie de delito ? Los del santo evan
gelio, los de la buena teología y los del de
recho canónico. He aqui la vehemencia coa
que declamo contra los príncipes católicos que
castigan el crimen de heregia.
IILa ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de .las pei


nas escluy: atrevidamente del arte de gobernar
bien á los hombres , todos los principios que di
manan de la recta razon , de la religion y dt
la política. { Not. pág. 3 ).

RESPUESTA.

Hasta ahora no ha presentado mi adversa


rio ninguna prueba de una imputacion tan gra
ve y singular ; y para hacerle ver que á lo me
nos hay un objeto ea que estoy de acuerdo con
la sana razon, con la religion y con la política,
diré que en el arte de gobernar bien i Los hom
bres no hay cosa mas acertada ni mas necesa
ria que las leyes contra los calumniadores.
A LA CRÍTICA.

IV.» ACUSACION.

No es posible dejar de estremecerse al ver la con


fianza y libertad con que el autor del libro de los
delitos y de las penas se desenfrena furiosamente
contra los spberanosy eclesiásticos. (Not. pag. 27.)

RESPUESTA.

La confianza y la libertad no deben consi


derarse como un mal. Qui ambulat simpliciter,
mnbulat confidenter ; qui autem depravat vias suasy
manifestus erit , dice el Espíritu Santo en los
Proverbios , cap. 10. Que mi acusador se estre
mezca al ver mi franqueza y libertad , es cosa
que no se me resiste , porque al cabo lo ase
gura un juez competente ; y aun cuando no lo
confesase , seria asi , supuesto que en su libe
lo , ó por mejor decir , en sus delirios , ha tra
tado de herir sin ningun miramiento la reli
gion , el honor y la reputacion de un hombre
de bien. Pero la franqueza y la libertad de es
te hombre de, bien son un muro inaccesible á
la calumnia , y vuelven contra ella sus armas
pérfidas , con las cuales queda destruida. Si mi
adversario añade que en mi libro prorumpo en
invectivas contra los príncipes y eclesiásticos,
esto es una pura suposicion. Ni una sola vez
lie nombrado en él á los eclesiástios. Por lo que
hace á los príncipes , lie aqui algunos pasages
de la obra que prueban evidentemente el amor
y respeto con que el autor mira sus sagradas
personas.
21 O RESPUESTA
«El legislador representa toda la sociedad
«jnida en virtud del contrato ó pacto social.»
(pag. 7.) «El soberano representa la sociedad
«.subsiste ute como legítimo depositario del re-
asaltado actual de todas las voluntades reuni-
«ias» (pag. 9.) Preguntemos á los príncipes
benéficos que reinan actualmente en Europa,
y hallaremos que no hay ninguno que desee go
zar de una autoridad mas estensa. Los mas in
sigues publicistas lo han establecido asi como
primer principio , y entre otros Vattel en la
obra intitulada : Derecho de gentes ó Principios
ú¡ la Ley natural, libro 1. cap. 4* La sobera
nía , dice , es la autoridad pública qué manda en
h sociedad civil , y ordena y dirige lo que debe
hacer cada individuo , para conseguir el fin que
se desea. Esta autoridad pertenece primitiva y
esencialmente al cuerpo mismo de la sociedad , al
cual se sujetó cada miembro en particular , y le ce
dió el derecho que habia recibido de. la naturaleza
para conducirse en todo segun sus luces , por su
propia voluntad , y tomarse la justicia por su ma
no. íJero el cuerpo de la sociedad no conserva siem
pre en sí mismo esta autoridad soberana, sino que
muchas veces toma la resolucion de confiarla á un
senado ó á una sola persona : y en tal caso , este
senado ó esta persona es el soberano. AI copiar
aqui el pasage de este celebre publicista , no
me he figurado que su autoridad sobre el orí-
gen de los cuerpos políticos pudiese mover á
mi adversario á mudar de opinion ; ai, menas
pretendo destruir el sistema que el se ha for
jado acerca del origen de las sociedades civi
les. Si las razones en'que le funda no tienen el
mérito de ia claridad , no se les puede negar
f1
A LA CRÍTICA. III
por lo menos el de la novedad (i). Bástame ha
cerle ver que en nuestro siglo se imprimen en
Europa estas verdades políticas , y que ningu
no de los príncipes que gobiernan sus diversos
Estados ha mirado jamas á sus autores como
sediciosos , ni ha considerado sus obras como
atentatorias y contrarias á los sagrados dere
chos de la soberanía. Pero volvamos al furor é
indecencia con que declamo contra las testas co
ronadas.
Si he aprobado en los súbditos «cierto espí-
«ritu de independencia» he dicho tambien que
«no por eso dejarán de conservar la debida su-
«mision á los magistrados y á las leyes» (p. 12.);
y he manifestado mis deseos de que no tenien
do que temer la esclavitud , sino viviendo li
bres bajo la proteccion de las leyes , lleguen
á ser «soldados intrépidos , defensores dela
«pátria y del trono, magistrados incorruptibles,
«cuya elocuencia libre y patriótica demuestre

(1) No me he propuesto en este escrito responder á to


das las objeciones que me ha hecho mi adversario , ni á.
todas sus aserciones; sino que me he limitado a los car
gos que me han parececido graves. Como tal vez se me po
dría acusar de que no hablo de sus principios políticos se
gún merecen, es justo presentar algunos de ellos al público:
Un código de leyes , dice, que se vulgarizase entre las gentes,
autorizaría para obrar mal , y haria que fuesen mas frecuen
tes los delitos, (pag. 26.) El temor es el apoyo de las monar
quías. (pag.164.) El hombre es malo á proporcion de la liber
tad que goza.(p3g. 165.) El magistrado que tiene el encargo
de recibir las acusaciones secretas de los delitos contra el Es- ,
tado , y guarda un profundo silencio acerca de los delatores .
y de sus recompensas , aun cuando por medio de falsas depo-
sicioues pudiera la caiumnia ocasionar la ruina de un ciudada
na inocente, debe considerarse como el tribunal mas útil y ven
tajoso á todos los Estados , y no f-u¿de menos de ser la obra
maestra de la política humana ( pag. 50. y sig. )
212 RESPUESTA
«y soítenga los verdaderos intereses del sobe
«rano , y ciudadanos virtuosos que lleven á un
«mismo tiempo al pie del trono los tributos y
»el amor de todos los órdeives de la nacion,
,ipara difundir desde alli en las casas magnífi
cas y en las chozas la paz , la seguridad y la
«ingeniosa esperanza de mejorar de suerte &c.»
(pag. 37.) No hay potestad monárquica , aris
tocrática 6 democrática que no tenga por una
felicidad el mandar á hombres de este temple.
No estamos ya en los siglos de los Calígulas,
Nsroms y Heliogábalos : es muy diferente el
nuestro ; y mi acusador hace muy poca justicia
á los príncipes reinantes , si cree que mis prin
cipios son capaces de ofenderlos.
He dado al contrabando el nombre «de robo
«hecho al príncipes (pag. 102); y he dicho que
«el impuesto es una parte de la legislacion, tan
esencial y tan dificil , y hay modos tan perju
diciales de defraudar los derechos , que seme
jantes delitos merecen penas considerables, co-
«mo La prision y aun la esclavitud &c.» (p. 103),
¿Cree mi acusador que semejantes máximas
pueden desagradar á los soberanos y escitar su
indignacion í ¿ :.e juzgará en vista de ellas que
diclamo violentamente contra su poder?
Para dar idea de un gobierno s ibip , he di
cho «que es feliz el pueblo que vive bajo la sua-
«ve autoridad de un gobierno formado y apro-
»bado por ios votos reunidos de los pueblos,
«bien defendido y sostenido interior y esterior-
«mente por la fuerza, y por la opinion, quizá mas
«poderosa que la fuerza misma , y en el cual se
«halla toda la autoridad en manos del verdadero
«soberano.» (pag. 73)¿terá esia pintura la que
Á LA CRÍTICA. 213
haya movido á mi acusador á afirmar que soy
enemigo de los soberanos , y que me desenfre
no contra ellos como un furioso i
Si he rendido un homenage público á la ver
dad, cuando he hecho mencion de los príncipes
que gobiernan hoy dia la Europa ; si he habla
do del soberano y de su poder supremo , segun
los principios actualmente adoptados en esta
parte del mundo ; si he dado la preferencia á
aquella feliz forma de gobierno, en que los
subditos pueden ser fieles sin dejar de ser libres;
si he sostenido que se deben mirar y defender
como sagrados los derechos y el patrimonio de
los reyes ¿cómo se atreverá mi acusador á decir
que he faltado al respeto y sumision con que
todo subdito debe conducirse cuando se trata
de su príncipe iolar las leyes de la
honradez , no puede négar á las testas corona
das ! Yo me he propuesto en mi libro averiguar
y determinar la naturaleza de las penas y de
los delitos en general : y con el objeto de esta
blecer una teoría tan universal como convenía á
mi plan, he considerado y examinado todas las
relaciones inmutables de las cosas , sin reducir
me á los límites de un pueblo ó de un siglo.
Todo lector imparcial que recorra mi obra con
imparcialidad , se convencerá facilmente de que
nunca me he fijado en una nacion ó en un siglo
particular para hacejr la aplicacion de mis
principios.
RESPUESTA

V.» ACUSACION,
El autor del libro de los delitos y de las penas
sostiene que el interes particular supera al de toda
la sociedad en general , ó al de aquellos que la re
presentan. (Noi. pag. 85.) ''

RESPUESTA.

Si se hallase un absurdo de esta especie


en el Tratado de los delitos y de las penas , no
creo que mi adversario hubiera escrito un tomo
de 191 páginas para refutarle.
VI.a ACUSACION.

El autor del libro de los delitos y de las penas,


disputa á los soberanos el derecho de castigar con
pena de muerte. (Not. pag. 108.)

RESPUESTA.
Si el libro de las Notas y observaciones pu
diese pasar á la posteridad (lo que no me atre
vo á prometerle) , ocasionaría seguramente mu
chas disputas entre los eruditos sobre el espíri
tu del siglo XVIII. Toda la historia de este si
glo le? ofrecerá infinitos rasgos de beneficencia,
de amor paternal , de clemencia y de las mas
raras virtudes , que los soberanos , movidos de
una noble emulacion, han multiplicado para
felicidad de los pueblos que viven bajo sus le
yes , acciones y virtudes muy superiores á todo
lo que en este género admiraron los paáados si
A LA CRÍTICA. 2! 5
glos. Verán respetados los derechos de la huma
nidad en medio de la guerra y de las calamida
des que son inevitables consecuencias de ella;
estendidos los límites de la libertad política;
reanimado y difundido el comercio por toda la
tierra ; soberbios y costosos edificios construi
dos para Jos valientes guerreros que se imposi
bilitaron de servir á la patria , habiendo sacri
ficado por ella la vida y Ja hacienda. Verán la
indigencia libre del hambre y de la miseria en
hospicios donde encuentra en la liberalidad de
los siífbditos y de los soberanos cuanto es nece
sario para subsistir ; verán que en la mayor
parte de Europa se libran de la muerte una por
cion de víctimas que seguramente perecerían
si no fuese por la paternal vigilancia con que
atienden Iqs príncipes á la conservacion de los
huerfanos y de los espósitos; no veran ya el
trono rodeado del fausto y de la arrogancia, co
mo en otros tiempos; antes bien observarán que
en lugar de aquel vano aparato se ha substitui
do la humanidad y la beneficencia en los actua
les monarcas, que accesibles siempre al infor
tunio , y prontos á condescender con los deseos
de los pueblos , reciben sus quejas con bondad,
y jamas le niegan una justicia pronta y una
proteccion útil : en fin , echarán de ver la fe
liz ini|uencia de aquella dulzura y humanidad
que forman el carácter distintivo de nuestro si
glo. ¿Pero como se habrán de conciliar unos
testimonios tan numerosos y tan decisivos con las
quejas de mi acusador sobre que se disputa á
los soberanos el derecho de castigar con pena
de muerte? ¿Es posible, dirán entonces los
eruditos , que los príncipes de aquel tiempo se
RESPUESTA
mostrasen tan celosos de semejante preroga-
tiva?
Muy poco conoce mi adversario el espíritu
de los soberanos que reinan actualmente. Tenga
pues entendido que lejos de apreciar el derecho
funesto de privar de la vida á un hombre , to
dos estos príncipes miran este acto como una
de las mayores penalidades de la soberanía : se
pa que todos los soberanos del tiempo presente,
lejos de mostrarse celosos del derecho de casti
gar con pena de muerte , concederían grandes
premios al que descubriese un medio de asegu
rar la tranquilidad pública sin perder un solo
hombre ; que estos príncipes jamas han hecho
uso por sí mismos de este triste privilegio , si
no que han confiado su egercicio á los tribuna
les, reservándose únicamente el derecho casi
divino de perdonar á Jos reos ; que en este si
glo ha habido algunos príncipes que han segui
do las huellas de los emperadores Mauricio ( i ),
Anastasio é Isac Angelo (2) , y se han negado á
hacer uso de su poder , cuando se trataba de
condenar á muerte ; y en fin , que todos los so
beranos que reinan actualmente han limitado,
restringido y moderado el uso de la pena de
muerte en sus Estados : verdad confirmada por
los archivos de los juzgados criminales de todas
las naciones de Europa , y por el testimonio de
cuantas personas viven en esta parte del mundo.
Como una acusacion , aun cuando sea su
puesta, contiene solamente algunas lineas , y

(i)Evagr.Hist.
<») Fragm. Suid. In Consfant. Porphyrog.
k LA CRÍTICA. i 17
es necesario emplear muchas páginas para de
mostrar su falsedad , logra con esto el agresor
una ventaja considerable. No se me oculta este
inconveniente, y espero que me le disimularán
los lectores ilustrados. ¿ Conque he disputado á
los soberanos el derecho de castigar con -pena de
muerte i Véase lo que he dicho sobre este pun
to : «Solo hay dos motivos que puedan hacer
«mirar como necesaria la muerte de un ciudada-
«no. En los momentos de turbacion en que un
«pueblo trata de ser libre, ó está próximo á per-
«der su libertad ; en los tiempos de anarquía en
«que enmudecen las leyes y son reemplazadas
«por el desorden y la confusion ; si un ciuda
dano , aunque privado de libertad , puede to-
«davia por medio de sus relaciones é influjo,
«comprometer la seguridad de su pais ; si ál
«existencia puede producir una revolucion pe-
«ligrosa en el gobierno , es sin duda necesario
«privarle de ella. (Primer motivo). ... En fin,
«en un pais en que hallándose toda la autoridad
«en manos del verdadero soberano , jamas se
«adquiere con riquezas , que solo sirven alli
«para comprar placeres ¿ que necesidad de qui
etar Ja vida á un ciudadano ¿ Solo podría justifi-
«carse este castigo por la imposibilidad de con
tener los delitos con un egemplar menos tem
ible.» (Segundo motivo), (pag. 73.) Si la pena
de muerte es justa y necesaria en todos los de
litos, que divido en dos clases generales, ¿como
se atreverá á decir mi acusador que disputo á
los soberanos la potestad de imponer la pena de
muerte?
Aqui es preciso notar que el origen de los
absurdos que me atribuye mi adversario , y de
2X8 RESPUESTA
todos los cargos que me ha hecho con motivo
de los soberanos, se halla en la confusion que
ha introducido entre dos palabras que yo he
cuidado de distinguir , á saber, derecho y potes
tad. Al principio de mi libro he definido el de
recho en estos términos : »La reunion de todas
«las porciones de libertad colocadas e:i el de-
«posito público, es la que constituye el derecho
»de castigar.»! (pag. 6.) No pudiendo pues su
ponerse que no haya colocado cada hombre en
el depósito público aquella porcion de libertad
que es necesaria para su existencia , el derecho
en general no puede ser el de castigar con pe -
na de muerte. Pero el egercicio de este dere
cho funesto llegará á ser justo y necesario en las
dos clases de delitos de que acabamos de ha
blar, y entonces se llamará potestad, y potestad
justa y necesaria , cuando el bien público exija la
muerte de un ciudadano. En esta ocasion es
cuando la ley suprema de la salud del pueblo
confiere la potestad de condenar á muerte. Esta
potestad tendrá el mismo principio que la de
hacer la guerra , y no será mas que «una guer-
«ra declarada á un ciudadano por la nacion,
iKjue juzga necesaria , ó á lo menos útil , la
«destruccion de este ciudadano.» (pag. 73.)
No hay pues la menor duda en que he crei
do justa la pena de muerte , siempre que sea
útil ó necesaria , como lo he dicho espresamen-
> te en mi obra; y para probar que se debia pros
cribir su uso , he procurado dar á entender que
no es necesaria ni verdaderamente útil. Por eso
he dicho : «Si pruebo que cuando la sociedad
«quita la vida á un miembro suyo , no hace co-
«sa alguna que sea necesaria ó útil á sus inte
k LA crítica. afp
«reses , habré ganado el pleito de la humani
dad.» (pag. 72 y 73,)
No me propongo examinar si he logrado
demostrar la verdad de esta proposicion. No
tratándose aqui de religion ni de gobierno, sino
solo de la exactitud de un raciocinio , puede mi
acusador formar en esta parte el juicio que le
agrade. Mi silogismo es este: ' "
No se debe imponer la pena de muerte , si no
es verdaderamente útil ó necesaria^
l¡a pena de muerte no es necesaria ni verdade
ramente ÚtHy
Luego no se debe imponer la pena de muerte.
Bien se ve que no se trata aqui de disertar
acerca de los derechos de los soberanos. Cierta
mente no querrá sostener mi acusador que se de
be imponer la pena de muerte , aun cuando no
es verdaderamente útil ni necesaria. Unas pa
labras tan crueles y escandalosas no pueden sa
lir de la boca de un cristiano. Si la segunda
parte del silogismo no es exacta , será un cri
men de lesa lógica , mas no de lesa magestad.
Por otra parte , son escusables mis pretendidos
errores; porque se asemejan á los que cometie
ron muchos celosos cristianos de la primitiva
iglesia (1) , y á los que adoptaban los monges

<i) Se puede consultar sobre este punto á los santos pa


dres, y entre otros á Tertuliano en su apolog. cap. 37, doli
da dice que los cristianos tenían por máxima sufrir ellos la
muerte antes que darla á nadie, y en el tratado de la ido
latría , cap. 18 y 19 , condena toda especie de cargos ó em
pleos públicos , como prohibidos á los cristianos , porque no
podían egercerlos sin verse alguna vez precisados á pro
nunciar la pena de muerte contra los reos. No es dificil
comprender cuan excesiva era en aquel siglo la aversion
á las sentencias de muerte: por lo cual estoy muy distante
2 20 RESPUESTA
del tiempo de Teodosio el Grandt , á fines del si'
glo IV. , de los cuales habla Muratori ea (oí
anales de Italia , toen. II. año 389 , diciendo:
Teodosio hizo una ley contra los monges , por la
cual les mandaba que se estuviesen en sus casas,
pues había llegado á tal punto su caridad para con
el prágimo que quitaban los reos de manos dz la
justicia , porqüe no querían q.ie á, nadie se priva
se de la vida. No es tan ardiente mi caridad , y
convendré desde luego en que la de aquellos
tiempos se fundaba en principios falsos -y por
que una accion violenta contra la autoridad pú
blica es siempre criminal. Por lo que á mi toca,
jamas he substraído á ningun reo de la espada
de la justicia ; he escrito que era justo herir
los con ella cuando la exigid el interes de la
sociedad ; y he creido que la pena de muerte no
puede ser necesaria , y verdaderamente útil á
una nacion sino en tiempos de confusion y anar
quía. ¿Se puede decir por esto que disputo á los
soberanos el derecho de castigar con pena de muer
te i ¿ Habrá razon para que se mire como un
crimen el haber dicho que solo el bien público
é la necesidad podia autorizar la muerte de
nuestros semejantes ? Si he de ser juzgado de un

de aprobar el modo de pensar de TertiTiatío pobre esta ma


teria; pero he dicho con S. Agustín que valdria mucho mas
coudenar los reos á trabajos que fuesen útiles a la ?ociedad,
que enviarlos a! suplicio: alicui operi integra eorum, mernivr*
áeserviant . Aup.epist.CCX. Con esto v?ra mi acusador quién
es el que se aparta menos del espíritu de los primeros cris
tianos; yo que deseo que las penas impuestas á los hom
bres 110 los priven de la vida, y que se trate de conservar
por otros medios la seguridad pública; o él, que se empe
ga absolutamente en que todos los castigos sean capitale*
y sanguinarios.
i LA CRÍTICA. 221
modo tan estraño , licencia tiene mi acusador
para decir que mi opinion es errónea ; que pro
cede de Un corazon corrompido ; que soy un in
crédulo ; que mis raciocinios son absurdos ; que
soy un impostor ; que me atrevo á acusar de
crueldad á ia divina Providencia ; que digo mil
despropósitos ; que excito la indignacion con equí
vocos ridiculos- i y en fin , que semejantes verda
des inspirarán si;mpre desprecio á las personas
sensatas , y serán miradas por ellas como produc- „
ctones de autores viles , de ios cuales (dice mi
acusador) me he mostrado partidario é imita
dor fiel.
Antes de acabar la respuesta á esta acusa
cion , no debo omitir un raciocinio de mi ad
versario , concebido en estos términos : Si el
tutor cree en la sagrada escritura , debe tambien
asentir á ella cuando enseña que la pena de muer
te es justa y necesaria ty q.e deben ser respeta
das las leyes igualmente que los soberanos, (Not.
pag. 1 1 3-i
i Dónde ha encontrado jamas en mi libro
que las sentencias de muerte que pronunció Dios
cuando gobernaba al pueblo escogido, no eran jus
tas ni necesarias ?
¿Dónde ha hallado en mi libro que no se
debe imponer la pena de muerte cuando es justa
y necesaria t
Mi acusador tiene un talento particular
para alterar el sentido de una proposicion, 6
confundirla coa otra. He dicho , y lo repito,
que cuando la pena de muerte es útil ó nece
saria , viene á ser en el mismo acto justa , y
debe imponerse. ¿A qué efecto pues tomarse
tanta molestia para probar que hay ocasiones
212 RESPUESTA
en que es justo y necesario castigar con pena
de muerte ¿
El argumento que toma mi adversario de
la sagrada escritura , nada prueba contra una
proposicion que ha entendido mal. Me veo pues
precisado á repetirle lo que se ha escrito ya en
mas de mil volúmenes , á saber, que el gobier
no de los hebreos no era monárquico , aristo
crático, democrático ni mixto , sino teocrático;
que Dios llevaba inmediatamente sus riendas;
que habia manifestado su presencia con gran
número de milagros , obrados en favor de su
pueblo y para su instruccion ; y que hablaba
el mismo á aquella nacion por boca de los pro
fetas. Si gusta de recorrer la sagrada escritu
ra y los buenos intérpretes ortodoxos , le ofre
cerá la historia de aquel pueblo muchos hechos
que nosotros no podemos imitar , ni autorizar
nos con ellos. Para justincar algunas circuns
tancias de la salida de Egipto , y de la entra
da en la tierra de promision , se necesitaba
nada menos que las órdenes del Criador y so
berano señor de los hombres y de todo lo que
existe , del Ser supremo, cuyos caminos justos
y admirables son al mismo tiempo impenetra
bles á la debil comprension de los mortales.
Esto supuesto , debo advertir todavía á mi ad
versario, que las leyes ceremoniales y judicia
les del antiguo testamento , fueron abolidas por
la publicacion del evangelio y de la ley de gra
cia , y como dice Tertuliano : vetus lex ultione
gladii se vindicabat , nova autem lex clemenUam
disignabat. Tertull. adv. jud. cap. 3. No se ne
cesita mucho estudio para adqdirir estos cono
cimientos. Basta que reflexione que la única
k LA CRÍTICA. 12 3
causa criminal que se presentó á Cristo nues
tro redentor , fue sentenciada por principios
de clemencia , y no conforme á las leyes que
imponían el castigo de la lapidacion. Examine
seriamente las máximas del evangelio , los he
chos de los apóstoles , las obras de los prime
ros cristianos , el espíritu de la Iglesia , la
cual priva del egercicio del ministerio sagrado
al que renga parte en un homicidio ; y vea des
pues cuál de las dos opiniones , la suya ó la
mía , es mas conforme , no solo á la humani
dad , á la beneficencia y á la tolerancia ( virtu
des que parecen equívocas á mi adversario)
( Not. pag. 30. ) , sino tambien á los princi
pios que él mismo establece por base del cris
tianismo. " • ; ,,
Todavía tengo que decir dos palabras acer
ca del respeto debido á las leyes y á los sobera
nos. La sagrada escritura nos impone este pre
cepto ; y ademas la sana razon le dicta á todo
hombre , de cualquier religion que sea. ¿Hay
en el mundo alguna ley que prohiba decir ó es
cribir , que puede existir un Estado y conser
var la paz interior sin hacer uso de la pena
de muerte contra ningun reo ? Hallamos un
egemplo de esto en Diodoro , lib. I. cap. 65.
donde refiere este historiador que Sabacon , rey
de Egipto , fue un modelo de clemencia por
haber conmutado la pena capital en la de es
clavitud , y que egerció felizmente su autori
dad , condenando los reos á trabajar en las
obras públicas. Estrabon nos dice en el lib. XI.
que había algunas naciones cerca del Cáucaso,
las cuales no conocían la pena de muerte , aun
cuando el delito merecía los mayores suplicios;
224 RESPUESTA
mmini mortsm irrogare , quainvis pessima meri
to. Esta verdad se halla consignada en la his
toria romana , en la época de la ley Porcia , la
cual prohibe quitar la vida á ningun ciudada
no romano , si la sentencia de muerte no está
autorizada con el consentimiento general de
todo el pueblo. Ttto Livio habla de esta ley en
el lib. X. cap. 9. En fin , el reciente egemplo
de un reinado de veinte años en el mas vasto
imperio del mundo , (la Moscovia ) confirma
tambien esta verdad. La emperatriz Isabel , que
murió algunos años ha , juró al subir al trono
de los Czares , que durante su reinado no ha
ría imponer á ningun reo la pena de muerte.
Ksta augusta princesa desempeñó constante
mente la feliz obligacion que se habia impues
to , sin interrumpir el curso de la justicia cri
minal , ni perjudicar á la tranquilidad públi
ca. Siendo incontestables estos hechos , se dirá
con verdad que un Estado puede subsistir y
ser feliz , sin castigar con pena de muerte á
ningun reo. ¡ Creerá mi adversario que he vio
lado los derechos de Temis y del trono , por
haber citado un hecho público ? Si hay alguna
cosa que deba ofender a ias leyes , á los sobe
ranos y á los hombres , son ias mentiras y las
calumnias. . ¡
Cuando un ciudadano es fiel y obediente á
las leyes de su patria ¿ le será prohibido esfor
zarse á mover al legislador con sus deseos y
con sus escritos , á que corrija las que son de
fectuosas , á que explique las que son oscuras,
y á que temple el rigor de ias que son dema
siado severas ? ¡ Será un crimen discurrir acer
ca de los abusas generales que se han iutrodu
A LA CRÍTICA. Í1J
cido en todos los pueblos , y desear su reforma ?
Cuando el marques Escipioñ Maffei , escri
tor tan céleire y recomendable , declamó con
tra las ideas que se habian adoptado sobre la
mágia , ¿ se le miró por ventura como á un per
turbador de la tranquilidad pública , y enemi
go de las leyes , de la potestad soberana y de'
la Iglesia ? hin embargo , se podía decir de él
lo que mi adversario' pretende imputarme , es
to es , que acuso de crueldad y de tiranía á to
dos ios principes y soberanos del siglo , y á los
doctores de la iglesia , que castigaban con pena
de muerte á los magos y hechiceros. ( No;, p. 1 33.)'
j Está persuadido de que hay ó puede haber en
Europa un gobierno que crea haber llegado á
tal grado de perfeccion , que mire como unir
injuria el que se le sugiera alguna mudanza
útil l Yo puedo asegurarle que todos* los Es
tados de Europa , y todos los príncipes que los
gobiernan , conceden ó niegan su aprobacion
á los libros , segun lo juzgan conveniente ó ne
cesario ; que el interés de sus subditos es el
que les hace adoptar ó desechar las ideas ge
nerales que se les presentan ; y que , con tai
que éstas se les propongan como son en sí-
mismas , verdaderas ó falsas , y sin designio
de ofender ó disgustar á nadie , rio lo conside
ran como un crimen ó como una taita de respe
to. Injuriam mihi faciet , si quis mi ad udas nos-
tri sceculi controversias aut natas aut quae nas-
citurce prcevideri possunt , respexisse' arbitratur.
Veré enim profiteor , sicut mathematici figuras á
eorporibus semotas constderant , ita me in jure
tractando ab omni singuíari jacto abduxisse ani-
mam. Grot. de jure beili et pacis r ia prolegora.
*5
22Ó RESPUESTA

VIL» ACUSACION.

No es el amor de la humanidad el que ha guia-


do la plumi del autor del libro de los delitos y
de las penas , sino el deseo ds exhalar su bilis
contra la jurisprudencia comunmente recibida,
( Not. pag. 14a.)

RESPUESTA.

No es mas feliz mi acusador en el juicio


piadoso que forma acerca de los movimientos
secretos de mi corazon , que en los que aven
tura acerca de mi obra. Al principio de ella se
dice : » ¡ Dichoso yo , si puedo merecer como
Ȏl ( Mr. de Montesquieu) vuestra secreta gra-
«titud , ó discípulos oscuros' y pacíficos de la
«razon , y si logro excitar en las almas sensi-
«bles aquella dulce emocion con que responden
ȇ la voz de los defensores de la humanidad"
(pag. 3.) ! ; y mas adelante : «Si al mismo tiem-
«po que defiendo los sagrados derechos de la
«humanidad ; si cuando levanto la voz á favor
»de la invencible verdad , contribuyese á arran-
«car de los brazos de la muerte alguna vícti-
»ma infeliz de la tiranía , ó de la ignorancia,
«igualmente crueles á las veces en sus ef ectos,
«las bendiciones y las lágrimas de un solo ino-
«cente , enagenado de gozo , me consolarían
«del desprecio de los hombres" ( pag. 30). Sien
do éste el lenguage de mi corazon , puedo pro
meterme que todo lector sensible y consecuen
te verá por sí mismo si es el deseo de exha~
lar mi bilis contra la jurisprudencia comunmente
Á LA CRÍTICA. 127
recibida el que Tía guiado mi pluma , y no ti amor
de la humanidad.

CONCLUSION.

He aqui pues las imputaciones publicadas


contra el libro de ios delitos y de las penas, os
acusa á su autor diciendo que desconoce la
justicia divina ; que no cree en la sagrada es
critura ; que es enemigo del cristianismo ; que
ha pretendido que la religion es incompatible
con un buen gobierno ; que coloca las verda
des de fe en la clase de las opiniones humanas,
y mira la religion como una pura máxima de
política ; que presenta el imperio de esta mis
ma religion como odioso y tiránico ; que es ene-»
migo de Dios; que pretende que el evangelio
ha hecho correr torrentes de sangre ; que ha
blasfemado contra los ministros de la verdad
evangélica ; que ha querido sufocar todos los re
mordimientos de la conciencia , y destruir las*
obligaciones que nos impone la naturaleza ; que
ha declamado contra los doctores de la iglesia
católica , y calumniado á sus prelados ; que ha
dicho que la heregía no. es un crimen de le
sa magestad divina , y que los hereges con
denados por la iglesia son víctimas de una >
palabra ; que ha negado que el pecado es una
ofensa infinitamente grave , hecha á Dios; que
ha escrito sacrilegas imposturas contra la in
quisicion ; que ha pintado á los regulares con
colores odiosos ; que ha tratado de tiranos crue
les á todos los príncipes y soberanos del si
glo, y ha prorumpido en invectivas furiosas
contra ellos ; y en fin , que ha llenado de im-
228 RESPUESTA
piedades y blasfemias una obra , en que para
decirlo en dos palabras , se encuentran reunid
dos los errores mas groseros y peligrosos , y las
mas horribles blasfemias que la heregía y el es
píritu de irreligion ha vomitado en los tiempos
antiguos y modernos contra la soberanía y contra
la religion cristiana. Mi adversario ha descu
bierto todas estas maldades en mi obra , y poE
un efecto de su amor tí la verdad ( Not. pág. úl
tima ) se ha creído obligado á denunciarlas
al público.
Cualquiera de estas iniquidades deberia des
honrar al autor que realmente hubiera mancha
do con ella sus escritos , ó al delator que se
la hubiera imputado sin razon. Al leer las No-
tai y Observaciones de mi acusador, conocerá
toda persona imparcial y sensata el modo con
que prueba sus aserciones. Muchos se habran
admirado de que me haya tomado la molestia
de responder á semejante acusador; pero de
jarán de estrañarlo, si consideran bien la na
turaleza é importancia de los objetos sobre
que recaen las acusaciones. Defenderse de un»
acusacion injusta, ó retractarse cuando por des-
gtacia se ha incurrido ea algun error , es un
público homenage que todo escritor cristiano
debe rendir á su santa religion. Cuando el ar
zobispo Fenelon supo que el sumo pontífice ha
bia condenado una proposicion contenida err
Sus escritos, subió inmediatamente ai púlpito,
y .en presencia de un numeroso concurso con
feso su error y le condenó como lo había he
cho la curia romana. Este generoso sacrificio,
que es una de las mas bellas acciones de aquel
ilustre prelado , le honró en gran manera , y
k LA CRÍTICA. 229
pe consideró como efecto de urja virtud heroi
ca, y de una grandeza de alma poco comun.
Tal fue el testimonio brillante que aquel gran
de hombre se creyó obligado á dar á la ver
dad de la fé. Se me ha acusado de muchas im
piedades ; pero si me hubiese hecho reo de una
sola , no me habria detenido un momento en
seguir , á lo menos por escrito , un egemplo
tan célebre, y lejos de defenderme y buscar
escusas , habría publicado mi error y mi re
tractacion , gloriáadome , como debo , de con
signar en un acto solemne mi sumision á los
decretos de la iglesia de Dios , y mi respeto
á los príncipes, cuyos derechos conozco, co
mo tambien la distancia que hay en la socie
dad entre el soberano y el simple particular.
Pero en la crítica de mi adversario ( á la
que siempre he dado el nombre de libro ) y
en las imputaciones que contiene ( á las cua
les he llamado siempre acusaciones ) no he en
contrado una sola que tuviese apariencia de
verdad. ¿ Qué resulta de aqui ? Que en vez de
esperimentnr los cruelss remordimientos de que
supone mi acusador que estoy despedazado,
deseo de todo corazon que sus intenciones ha
yan sido siempre tan puras y rectas que no lle
guen á turbar la paz de su conciencia. Las acu
saciones que forma contra mí, y por las cua
les me presenta, no ante un juez , ó un tribu
nal particular , sino ante todos los magistra
dos y tribunales de Italia, no pertenecen á la
literatura. Si estas acusaciones estuviesen bien
probadas , seria yo el mas despreciable de to
dos los hombres. Si no lo estan , perdono á su
autor ; y lo úftico que k pido es que eo lo
230 RESPUESTA
sucesivo sea mas circunspecto, y no se aven*
ture á juzgar á otros escritores de Italia ; ó
suponiendo que no se pueda conseguir de él
este favor, que á lo menos tenga á bien es
presar al principio de las acusaciones que for
me contra ellos , que su autor es el mismo que
escribio las Notas y Observaciones sobre el Tra
tado de los delitos y de las penas.
COMENTARIO **'

SOBRE EL LIBRO

DE LOS DELITOS Y DE LAS PENAS.

§. I.
Con qué motivo se escribió este comentario.
Acababa yo de leer con entusiasmo el libri-
to de los delitos y de las penas , que es coa res
pecto á la moral lo que 6011 con respecto á la
medicina los pocos remedios con que pueden re
cibir alivio nuestras dolencias. Me lisongeaba de
que esta obra suavizarla la barbarie que todavía
subsiste en la jurisprudencia de tantas naciones;
y esperaba alguna reforma en el genero humano,
cuando supe que acababan de ahorcar en una
provincia á una joven de diez y ocho años , her
mosa , discreta y de familia muy honrada.
Su delito consistia en haberse hecho emba
razada siendo soltera , al cual añadió otro mas
grave, que fue el de abandonar la criatura.
Sorpréndenla los dolores del parto, cuando huia
de la casa paterna , y sola y destituida de to
do auxilio pare junto á una fuente. La vergüen
za , que en el bello sexo es una pasion violen
ta , le dió bastantes fuerzas para volver á ca-
fca y ocultar la situacion en que se hallaba. Aban
dona la criatura , la encuentran muerta el dia
siguiente, se descubre quién es su madre , se
la condena á pena de horca, y es egecutada
la sentencia.
332 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
El primer delito de esta joven debia que
dar sepultado en el secreto de su familia, ó
bien merecia la proteccion de las leyes ; porque
corresponde al seductor reparar el mal que hi
zo: porque la debilidad tiene derecho á' la in
dulgencia ; porque es preciso interesarse á fa
vor de una joven cuya preñez oculta la expo
ne frecuentemente á peligro de muerte ; porr
que si se llega á conocer el estado en que se
halla, queda denigrada su reputacion ; y en fin,
porque la dificultad de lactar la criatura es una
nueva desgracia.
Mas grav e es -el segundo delito , por el cual
abandonó el fruto de su flaqueza , y le expu
so á perecer,
Pero , porque haya muerto una criatura
i será necesario hacer también que muera la ma
dre? Ella no le había quitado la vida; se li-
songeaba de que pasando alguno por el para-
ge en que la habia dejado, se compadecería
de aquella inocente criatura; y aun podía ha
ber formado el designio de volver en busca su
ya y procurar que se le diesen los socorros ne
cesarios. Es tan natural este sentimiento que
no podemos menos de suponerle en el cora
zon de una madre. La ley es positiva contra
la joven , en la provincia de que hablo. ; Pe
ro no es injusta , inhumana y perniciosa ? In
justa, porque no hace distincion entre la ma
dre que mata á su hijo , y la que le expone ó
abandona. Inhumana , porque quita la vida á
una infeliz , á quien solo se puede echar en
cara su flaqueza y el cuidado de ocultar su des
gracia. Perniciosa, porque priva á la socie
dad de una ciudadana que debia dar subditos
BE LOS DELITOS Y PENAS. ¿33
al Estado, en una provincia que está poco
poblada.
La caridad no ha establecido todavía en
aquel pais casas de beneficencia donde se crien
ios niños espósitos : y donde falta la caridad»
siempre es cruel la ley. Mejor fuera precaver
estas desgracias , bastante frecuentes , que li
mitarse á castigarlas. La verdadera jurispru
dencia consiste en impedir los delitos , y no
en quitar la vida á un sexo debil, cuando es
evidente que su culpa no estuvo acompañada
de malicia , sino que al cometerla hizo un sa
crificio muy se asi •le.
' Asegúrese un recurso , en cuanto sea posi
ble , á cualquiera que tenga impulsos de obrar
mal , y habrá mucho menos que castigar.

§. II.

De los suplicios.
Esta desgracia , esta ley tan dura , que ha
producido en mí la mas viva sensacion, me
ha movido á dar una ojeada al codigo crimi
nal de las naciones. Demasiada razon tiene el
compasivo autor del tratado de los delitos y de
las penas para quejarse de que el castigo es
muchas veces superior al delito , y algunas per
nicioso al Estado , cuando siempre debería ser
le ventajoso.
Los suplicios inventados con esquisita di
ligencia , en los cuales se ve que el entendimien
to humano agotó todos sus recursos para au
mentar el 'horror de la muerte , parecen obra
de la tiranía , mas bien que de la justicia.
234 COMENTARIO SOBRE El, LIBRO
El suplicio de la rueda fue introducido en
Alemania en los tiempos de anarquía , en que
aquellos que se apoderaban de los derechos de
regalía, querían amedrentar, con el aparato
de un tormento inaudito , á cualquiera que se
atreviese á atentar contra ellos. En Inglater
ra se abría el vientre al que era convencido de
alta traicion , se le arrancaba el corazon , se
le golpeaban con él las mejillas , y se arroja
ba despues á las llamas. ¿ Pero cuál era fre
cuentemente este crimen de alta traicion ? En
las guerras civiles , el haber sido fiel á un rey
desgraciado, y algunas veces el haberse expli
cado acerca del derecho del vencedor. En fin,
se han suavizado las costumbres , y aunque es
verdad que se continua arrancando el corazon,
no se egecuta hasta despues de la muerte del
reo. El aparato es horroroso ; pero la muerte
es menos cruel.
§. III.

De las penas contra los hereges.

La tiranía fue la primera que decretó la pe


na de muerte contra los que diferian de la igle
sia dominante en algunos dogmas. Ningun em
perador cristiano habia imaginado, antes del
tirano Máximo , condenar un hombre al supli
cio , únicamente por puntos de controversia.
Verdad es que dos obispos españoles solicita
ron que Maximo castigase con pena capital
á los priscilianistas ; pero no es menos cierto
que aquel tirano deseaba complacer al partido
dominante , derramando la sangre de los .he
reges. La fiereza y la justicia eran para él co
DE LOS DELITOS Y PENAS. 235
sas indiferentes. Celoso de Teodosio , se lison-
geaba con la esperanza de despojarle del im
perio de Oriente , asi como ya habia invadi
do el de Occidente. Teodosio era aborrecido
por sus crueldades ; pero habia tenido la des
treza de atraer á su partido todos los gefes de
la religion. Máximo queria ostentar el mismo
celo, y hacer que los obispos españoles abra
zasen su faccion : acariciaba igualmente la re
ligion antigua y la nueva ; en fin , era un hom
bre tan artificioso como inhumano, parecién
dose en esto á todos los que en aquel tiem
po pretendieron ó alcanzaron el Imperio. Aque
lla vasta parte del mundo era gobernada como
lo es ahora Argel. La milicia hacia y desha
cía los emperadores, y los elegía con mucha
frecuencia entre las naciones reputadas por bár
baras. Oponíale entonces Teodosio otros bár-'
baros de la Escitia, llenando de godos los egér-
citos , y ensalzando á Alarico que despues lle
gó á ser vencedor de Roma. Eu esta horrible
confusion solo se trataba de aumentar cada uno
su partido por todos los medios posibles.
Máximo acababa de hacer asesinar en Leon
de Francia al emperador Graciano colega de
Teodosio; y meditaba la muerte de Valentinia-
no II, nombrado sucesor de Graciano en Ro-
ima , siendo todavia niño. Reunía en Tréveris
un egército formidable , compuesto de galos
y alemanes, y levantaba tropas en1 España,
cuando dos obispos españoles, Idaeio é Itaco
ó Itacio , que tenían entonces mucho valimien- ,
to , fueron á pedirle la sangre de Prisciliano y
dé todos sus secuaces , los cuales decían que
las almas son. linas etnanacignes de Dios , que
236 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
la trinidad no contiene tres hipostasis , y ade^
mas cometían el sacrilegio de ayunar los do
mingos. Máximo, que ni bien era euteramen-
te pagano ni cristiano , conoció al momento
la enormidad de estos crímenes. Los santos obis
pos Idacio é Itacio obtuvieron que se diese tor
mento á Prisciliano y á sus cómplices antes de
quitarles la vida; presenciaron este acto, para
que todo se hiciese con el orden correspon
diente , y se volvieron bendiciendo á Dios , y
colocando á Máximo , el defensor de la fé , en
el número de los santos. Pero habiendo sido
Máximo derrotado por Teodcsio , y asesinado
en seguida á los pies de su vencedor , no lle
gó el caso de canonizarle.
Es de notar que S. Martin , obispo de Turs,
animado de los sentimientos de un hombre de
bien, solicitó el perdon de Prisciliano; pero
los obispos le acusaron de heregía , y huvo
de volverse á Turs , temiendo que le diesen
tormento en Trcveris.
Por io que hace á Prisciliano , tuvo el con
suelo de que despues de ahorcado le honrase su
secta como martir. Se celebró su fiesta , y si
todavía hubiese priscilianistas , recibiría el mis
mo obsequio.
Este egemplar horrorizó á toda la Iglesia;
pero no tardó en ser imitado y aun sobrepu
jado. Se degolló, se ahorcó y se apedreó á
los priscilianistas. En Burdeos ( 1 ) padeció es
te último suplicio una señora joven é ilustre,
porque hubo sospechas de que habia ayunado

(1) Véase la historia eclesiástica.


DE LOS DELITOS Y PENAS. 2 37
en domingo. Pero parecieron demasiado sua
ves estos castigos , y se probó que exigía Dios
que los hereges fuesen quemados á fuego len
to. La razon perentoria que se daba para es
to , era que Dios los castiga asi en el otro
mundo, y que todo príncipe , todo lugartenien
te del príncipe , y en lin el menor magistra
do son la imagen de Dios en este mundo;
Conforme á este principio fueron quemados
en todas partes los hechiceros , los cuales esta
ban visiblemente bajo el imperio del diablo , y
los heterodoxos , á quienes se tenia por mas de
lincuentes y peligrosos que los hechiceros.
No se sabe precisamente cuál era la here-
gía de los canónigos que el rey Roberto , hijo
de Hugo , y Constanza su muger, hicieron que
mar en su presencia en Orleans el aúo 1022^
trasladándose á esta ciudad sin ningun otro ob
jeto. ¿Y cómo lo liemos de saber cuando solo
habia eatonces un corto número de clérigos y
frailes que estuviesen algo versados en el arte
de escribir ? Lo que se sabe de cierto es que
Roberto y su muger se complacieron en aquel
espectáculo abominable. Uiio de los sectarios ha
bia sido el confesor de Constanza ; y esta rei
na creyó que de ningun modo podía reparar
mejor la desgracia de haberse confesado con un
herege, que viéndole devorado de las llamas.
La costumbre adquiere fuerza de ley ; y asi es
que desde entonces hasta el tiempo presente,
esto es , por espacio de mas de setecientos años,
se ha continuado quemaado á los que estaban
ó parecía estar manchados con el crimen de
una opinion errónea.

\
2$$ COMENTARIO SOBRE EL LIBRO

De la estirpacion de las heregías.

Yo creo que es necesario distinguir en una


heregía la opinion y la faceion. Desde los pri
meros tiempos del cristianismo estuvieron di
vididas las opiniones ; los cristianos de Alejan
dría no pensaban en muchos puntos como los
de Antioquia ; y los de Acaya se oponían á los
asiáticos. Se ha observado en todos tiempos es
ta diversidad , y probablemente durará siem
pre. Jesu-Cristo, que podía reunir á todos los
fieles en un. mismo modo de pensar , no lo hi
zo, siendo de presumir que era' su designio
egercitar á todas sus iglesias en la indulgen
cia y en la caridad , permitiéndoles unos sis
temas que aunque diferentes se reunían todos
en reconocerle por su cabeza y maestro. Estas
sectas , toleradas mucho tiempo por los empe
radores, ó ignoradas de ellos, no podían per
seguirse y proscribirse unas á otras , porque se
hallaban igualmente sujetas á los magistrados
romanos ; y asi estaban reducidas á disputar.
Cuando fueron perseguidas por los magistra
dos , reclamaron todas igualmente el derecho
natural, y dijeron: Dejadnos adorar á Dios en
paz, y no nos priveis de la libertad que concedeis
á los judíos. Todas las sectas pueden dirigir
hoy dia las mismas palabras á aquellos que las
oprimen , y decir a los pueblos que han conce
dido privilegios á ios judíos : Tratadnos como
tratais á los hijos de Jacob : dijadnos , como á
ellos , rogar á Dios segun nuestra conciencia. Nues-
DE LOS DELITOS Y PENAS. 239
tra opinion no es mas perjudicial á vuestro Esta
do que el judaismo. Foiotros tolerais á los enemi
gos de Jesu-Cristo; toleradnos pues á nosotros
que le adoramos , y solo diferimos de vosotros
en algunos puntos de doctrina : no oí priveis de
unos subditos útiles: lo que os importa es que
trabajen en vuestras fábricas , en vuestra mari
na , y en el cultivo de vuestras tierras , y no el
que se diferencien de vosotros en algunos artí
culos de creencia: lo que necesitais son sus bra
zos , y no su catecismo.
La faccioa es cosa muy distinta. Sucede
siempre , y no puede menos de ser asi , que
toda secta perseguida degenera en faccion. Re
tínense los oprimidos , y se animan unos i otros:
son mas industriosos en fortalecer su partido
que la secta dominante en esterminarle ; y es
necesario que sean destruidos ó que destruyan.
Esto es lo que sucedió despues de la perse
cucion escitada en 303 por el César Galerio,
en los dos últimos años del imperio de Dio-
cleciano. Habiendo favorecido á los cristianos
este último emperador por espacio de diez y
ocho años seguidos , eran ya demasiado nu
merosos y ricos para ser esterminados ; se en
tregaron á Constancio Cloró ; pelearon á favor
de su hijo Constantino, y hubo una revolucion
total en el imperio.
Se pueden comparar las cosas pequeñas con
las grandes cuando van dirigidas por un mis
mo espíritu. La Holanda, la Escocia y la Sui
za experimentaron una revolucion semejante.
Cuando Fernando é Isabel arrojaron de Espa
ña á los judíos establecidos alli , habrían he
cho estos una revolucion en aquel reino , si hu
240 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
bieran sido tan guerreros como ricos, y hu
bieran podido ponerse de acuerdo con los
árabes.
En una palabra , jamas hubo secta qué mu
dase la forma de gobierno , sino cuando la de
sesperacion le puso las armas en la mano: y
si Mahoma salió con su empresa, fue porque!
se le habia echado de la Meca , y pregonada
su cabeza. > •
Si se quiere pues impedir que una secta
trastorne el Estado , imítese la prudente con
ducta que observan hoy dia la Alemania, la
Inglaterra y la Holanda. No hay otro partido
que tomar en política con Una nueva secta que
el de esterminar sin compasion á sus geí'es y
secuaces , hombres , mugeres y niños , sin es-
ceptuar ni una sola persona ; ó tolerarlos cuan
do la secta es numerosa. El primer partido es
propio de un monstruo j el segundo de un sabio.:
Todos los subditos de un Estado deben ha
llar su interes en estar unidos á él: y los que
gobiernan deben hacer que el cuáquero y el
turco tengan utilidad en obedecer las leyes es.
tablecidas para los habitantes del pais. La reli
gion es un asunto entre Dios y el hombre : la
ley civil lo es entre el gobierno y ios pueblos..

i v;

De las profanaciones.

Luis IX , rey de Francia , colocado por sus


Virtudes en el catálogo de Jos santos , .publicó
uua ley contra, los oiasfemos , condenándolos
á un nuevo género de suplicio , que consistía
DE LOS DELITOS Y PENAS. 24 1
«n atravesarles la lengua con un hierro hecho
ascua : lo cual era una especie de talion , por
que el miembro que babia pecado , padecia la
pena. Pero era muy dificil decidir qué es lo que
se entiende por blasfemia , supuesto que en un
movimiento de enfado , de alegría , ó en la sim
ple conversacion suelen escaparse ciertas es-
presiones que en rigor no son mas que espleti-
vas , como el sela y e! vah de los hebreos , el
pol y el tedepol de los latinos , y el per deos in
mortales , de que usabau á cada paso sin hacer
en realidad un juramento por los dioses in
mortales.
Las palabras que se llaman votos , porvidas
y blasfemias , son por lo comun términos vagos
que se interpretan arbitrariamente: y parece
que la ley que los castiga se tomó de la de ios
judíos, que dice: No jurarás el nombre de Dios
en vano. Los mas hábiles intérpretes creen que"
esta ley prohibe el perjurio, y se fundan en que
la palabra shavé , que se ha traducido por la es-
presion en vano, significa perjurio. ¿Y qué re
lacion puede haber entre éste y las palabras juro
«mimos, por vida de crismas, voto á sanes Ve. ifc.l
Los judíos juraban por la vida de Dios. Vi-
vit Dominas , era su fórmula ordinaria : y asi,
íolo estaba prohibido mentir en el nombre de
Dios , á quien se ponia por testigo.
En 1181 condenó Felipe Augusto á los no
bles de sus Estados que pronunciasen ciertas
palabras , (que se suavizaron despues con las
fórmulas insignificantes de téte-bteu , ventre-bieu,
porbleu Wc. (1) á pagar una multa , y á los ple-
Xt) Equivalen a Us que se han puesto arriba en es^afiol.
16
24* COMENTARIO SOBRE EL LTBRO
beyos á ser echadas al agua para que se ahoga
sen. La primera parte de esta disposicion pare
ció pueril : la segunda era abominable. Cierta
mente se hacia ua ultrage á la naturaleza aho
gando á ciertos ciudadanos por el mismo de Uto
que e<piaban los nobles con dos ó. tres monedas
de cobre. Por eso no tuvo camplhniento esta
ley, como otras muchas del mismo monarca,
sobre todo cuando fue escomalgado , y se puso
á su reino en entredicho por el papa Celes
tino III. ...
Dejándose llevar S. Luis de. un movimiento
de calo , mandó indifereatemente que se atra
vesase la lengua , ó se cortase el labio superior
á cualquiera que hubiese proferido aquellas pa
labras indecentes. Un rico habitante de París,
á quien se había impuesto la primera de estas
dos penas , se quejó ai papa Inocencio IV , el
cual reprendió fuertemente al rey, porque el
castigo era escesivo con respecto al delho; y
el rey se abstuvo en adelante de esta severidad.
¡ Dichosa la sociedad humana , si ios papas no
hubiesen aspirado jamas a egercer otra superio
ridad con Íps reyes!
La orden espedida por Luis XIV en t665,
manda «que los que sean convencidos de haber
jurado y blasfemado el santo nombre de Dios,
de su santísima madre , ó de sus santos , sean
condenados por la primera vez á una multa;
por la segunda , tercera y cuarta vez , á una
multa doble , triple y cuadrupla ; por la quin
ta vez á la argolla ; que por ia sesta se les
corte el labio superior y por la séptima la len
gua.»
lista ley parece razonable y humana ; pues
DE LOS DELITOS Y PENAS. 243
no impone una pena cruel hasta despues de seis
reincidencias , que no son de presumir.
Por lo que toca á otras profanaciones mas
graves , que se llaman sacrilegios , la ley crimi
nal habla solamente del robo hecho en las igle
sias , y no se esplica acerca de las impiedades
públicas , ya porque no hubiese previsto seme
jantes demencias , o por la gran dificultad que
habla en especificarlas. Asi es que se reserva á
la prudencia de ios jueces el castigar este delito,
sin embargo de que en la justicia no debe haber
ninguna cosa arbitraria.
j Que es lu que deben hacer los jueces en un
caso tan raroí Coasuliar la edad de los delin
cuentes , la naturaleza de su delito, el grado
de su perversidad , dé su escándalo y obstina
cion , y la necesidad que puede 6 no puede te
ner él público de un castigo terrible. Pro qua-
litttte persona , praque' re, conditione , et tempo-
ris, et cetatis et sexüs , vel severíús vel clementiús
statuendum (1). Si la ley no ordena espresamen-
te la pena de muerte para este delito, ¡quién
será el juez que se crea obligado á pronunciar
la ? Si es necesario imponer una pena, y 110 se
esplica la ley , el juez'jdebe sin'dificuitad pro
nunciar la- mas suave, porque es hombre. ,
Las profanaciones sacrilegas son siempre
cometidas por jóvenes libertinos. jY se les cas
tigará tan severamente como si hubiesen muer
to á sus hermanos i La edad habla á su favor;
y no pudiendo dispouer de sus bienes , porque
se supone que no tienen bastante juicio para

(i) - Título 13 , ai legem juliam.


344 COMENTARIO SOBRE El LIBRO
prever las consecuencias de una transaccion,
tampoco le tendrán para prever las de su fu
ror impío.
¿ Se tratará á un jóven disoluto que haya
profanado una iniágen sagrada sin robarla , co
mo se trataria á un monstruo que hubiese enve
nenado á su padre y á toda su familia • No ha
biendo ley espresa contra aquel infeliz ¡ ¡se hará
una para entregarle al mayor suplicio ! No hay
duda en que es digno de un castigo egeaiplar;
jpero merecerá unos tormentos que horrorizan,
y una muerte espantosa ?
{Ha ofendido á Dios! Sin duda , y muy gra
vemente. Pues portaos con él como lo egecuta
el mismo Dios. Si hace, penitencia le perdona la
magestad divina : imponedle una penitencia ri
gurosa , y perdonadle. ',
El ilustre Montesquieu , dijo que es necesario
honrar la divinidad y no vengarla. Estas palabras
bien^xaminadas no significan que se debe aban
donar la conservacion del orden público , sino
que es cosa absurda, como dice el juicioso autor
del Tratado de los delitos y de las penas , que
un insecto .quiera vengar al Sér supremo. Nin
gun juez, sea de la clase que quiera, debe; con
siderarse como un Moises ó un Josué.

..." §. vl :,'¿':.\,

Indulgencia de los romanos en este punto.

De un estremo de Europa á otro , esiasunt©


muy frecuente de la conversacion de las perso
nas instruidas la prodigiosa diferencia que sa
encuentra entre las leyes romanas y los usos bár-

\
DE LOS DELITOS Y PENAS. 245
baros que se han seguido á ellas, y han degra
dado aquel soberbio edificio.
Ciertamente el senado romano tenia un res
peto profundo al Dios supremo y á los dioses in
mortales y secundarios , dependientes de su se
ñor eterno. A Jove principium , era su fórmula
ordinaria (1). Plinio empieza el panegírico de
Trajano , asegurando que nunca dejaron los ro
manos de invocará Dios al principiar sus asun
tos ó sus discursos. Lo mismo dicen Ciceron y
Tito Livio. Nunca hubo pueblo mas religioso;
pero al mismo tiempo era demasiado juicioso, y
grande para ocuparse en castigar discursos va
nos ú opiniones filosóficas ; é incapaz de impo
ner suplicios bárbaros á los que dudaban de los
agüeros , como dudaba el mismo Ciceron , á
pesar de su cualidad de áugur, ni á los que de
cían en medio del senado , como César , que los
dioses no castigan á los hombres despues de la
muerte.
Se ha hecho repetidas veces la observacion
de que el senado permitió que en el teatro de
Roma cantase el coro en la Troada :
Nada hay después de la muerte , y la muer
te es nada. ¡Preguntas en qué lugar estan los
muertos ? En el mismo en que estaban antes de
nacer.
Si hubo jamas verdaderas profanaciones, sin
duda lo fueron éstas ; y desde Enio hasta Au-
sonio , todo es profanacion , á pesar del respe
to con que se miraba el culto. ¿Pues cómo es

(I) Sene ac sapknter patres conseripti majoret institue-


runt et rerum agendarum et ditendi initium é fnyftimibut
(apere, etc.
2^.6 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
que no las reprimía el senado romano? Porque
de ningun modo influían en el gobierno del
Esiado , ni turbaban ninguna institucion ni ce-
remoiija religiosa. Los romanos no dejaron por
eso de tener un sistema escelente de gobierno,
ni de llegar a ser señores absolutos de la parre
mas hermosa del mundo , hasta el tiempo de
Teodosio II.
La máxima del senado , como se ha dicho
en otra parte, era diorum offensce deis eura:
las ofensas contra los dioses no interesan sino
á los dioses. Hallándose los senadores á la ca
beza de la religion en virtud de la institucion
mas sabia , no tenían que temer que un colegio
de sacerdotes ios obligase á ser instrumentos de
su venganza con pretesto de vengar al, cielo;
ni decían : despedacemos á los impíos , para
que no se crea que lo somos nosotros : hagamos
ver á Jos sacerdotes que siendo crueles somos
tan religiosos como elios.
Nuestra religion es mas santa que la de los
antiguos romanos. La impiedad es un crimen
mas grave entre nosotros qü2 entre ellos. Dios
la castigará. Lo que toca á los hombres es cas
tigar la criminalidad que hay en el desorden
público causado por esta impiedad. Ahora bien:
si en una impiedad no se ha cometido el robo
de un pañuelo ; si nadie ha recibido la menor
injuria 5 si no han sido turbados los ritos reli
giosos , j castigaremos esta impiedad como un
parricidio? La marisca la de Ancre , había he
cho matar un gallo blanco en el plenilunio. ¿Se
la debia quemar por esto ?'
Est modus iii vebus , sunt cetti denique fines,
Nec scútica dignum horribiii sectsre flagello-
DE LOS DELITOS Y PENAS. 247

§. VIL

Del crimen de los predicantes. Digresion


acerca del famoso Antoine.

El predicante calvinista que va á predicar en


secreto á su grey en ciertas provincias , es cas
tigado con pena capital, si llega á ser descu
bierto (1); y los qje le hubieren recibido de
noche en sus casas , son condenados á galera»
por toda su vida.
En otros países se ahorca al jesuíta que va á
predicar. 5 Se ha querido vengar áDios, ahor
cando al predicante y al jesuíta? ¿Se ha tomado
por fundamento de esta conducta la ley del evan
gelio : cualquiera que no oye á la iglesia , sea
tratado como un gentil y como un publicano. Pero
el evangelio no mandó que se matase á este gen
til ni á este publicano.
i Se habrán fundado los que se han condu
cido de este modo , en quellas palabras del Deu-
teronomio (2) : Si se levanta un profeta ,
3» sucede lo que predijo , ... y os dice : sigamos á
los dioses estrangeros . . . . y si vuestro hermano ó
vuestro hijo , ó vuestra esposa querida r ó vuestro
amigo de corazon os dice : vamos , sirvamos á los
dioses estrangeros. . . . matadle al momento , he
ridle vos el primero , y siga despues hiriéndole to
do el pueblo ( Pero ni el jesuíta ni el calvinista
os han dicho : vamos , sigamos i los dioses es
trangeros.

(1) Edicto de 1724, y otros anteriores.


(2) Cap. 23.
248 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
El consejero Dubourg; el canónigo Juan
Chauvin , llamado Calvino , el médico Servet,
y el calabres Gentilis, servían á un mismo Dios.
Sin embargo el presidente Minard hizo que fue
se quemado el consejero Dubourg; los amigos
de Dubourg hicieron que se asesinase á Minard,
Juan Calvino , hizo que fuese quemado á fuego
lento el médico Servet , y tuvo el consuelo de
contribuir mucho á que se cortase la cabeza al
calabres Gentilis» y los sucesores de Juan Calvi
no hicieron que fuese quemado Antoine. ¿ Y es
tas muertes serán obra de la razon , de la pie
dad, y de la justicia ?
La historia de Antoine es una de las maí
singulares que se conservan en los anales de la
demencia. He aqui lo que he leido acerca de ella
en un manuscrito muy curioso , y lo que refie
re en parte Jacob Spon. Antoine nacio en Brieu,
pueblo de Lorena , de padres católicos , y habia
estudiado en Pont-á-Mousson con los jesuitas.
El predicante Feri le atrajo á la religion pro
testante en Metz. Habiendo vuelto á Nancy , se
le formó causa por crimen de heregía , y á no
hiberle salvado un amigo, habria muerto en la
horca. Refugiado en Sedan , se sospechó allí que
era papista , y trataron de asesinarle.
Viendo que por una estraña fatalidad no es
taba segura su vida entre los protestantes ni en
tre los católicos , paso á Viena y se hizo judío.
Llegó á persuadirse muy sinceramente, y sos
tuvo hasta el último momento de su vida , que
la religion judaica era la única verdadera , y
que pues lo habia sido en otro tiempo , dcbia
serlo siempre. Los judíos no le circuncidaron,
temiendo que el magistrado pudiese causarles
DE IOS DELITOS Y PENAS. 249
algun disgusto; mas no por eso dejó de ser ju
dío en stfjnterior. No hizo pública profesion del
judaismo ; y aun habiendo ido á Ginebra en cla
se de predicante , fue primer regente del cole
gio , y ea fin ascendió al grado de ministro.
La lucha perpetua de que estaba agitado su
corazon , entre la secta de Calvino que se veia
obligado á predicar , y la religion mosaica , en
la cual creia "únicamente , le causó una enferme
dad que le duró mucho tiempo. Cayó en una
profunda melancolía , y en una manía cruel ; y
acometido de fuertes dolores, esclamó que era
judío. Fueron á visitarle algunos ministros , y
procuraron sosegarle ; pero él les respondió con
vehemencia que solo adoraba al Dios de Israel;
que era imposible que Dios estuviese sujeto á
mudanzas ; y que no podía haber dado él mis
mo y grabado con su mano una ley para abolir-
la despues. Habló contra el cristianismo , so
desdijo luego, y escribió una profesion de fe
para librarse de la condenacion ; pero des
pues de haberla escrito, no le permitió fir
marla la fatal persuasion en que estaba. El
cuerpo municipal reunió los predicantes pa
ra tomar conocimiento de lo que debia hacer
con aquel infeliz. El menor número fue de opi
nion que se le debia mirar con lástima , y que
era mas necesario curar el desorden de su cere
bro que castigarle. El mayor número decidió que
merecía ser quemado , y lo fue. Este suceso es
del año 1632 (1). Cien años de razon y de vir
tud se necesitan para expiar semejante sentencia.

(1) yacob Sfon, pag. $00 y Gui Vanéet-


2 JO COMENTARIO SOBRE EL LIBRO

§. VIH. .

Historia de Simon Marino.

El trágico fin de Simon Morino no horro


riza menos que el de Antoine. Aquel desgracia
do fue quemado en París , el año 1663 , ea me-
' dio de las fiestas y regocijos de una corte bri¿
liante, que solo respiraba amor y voluptuosidad,
y en la época de la licencia mas desenfrenada.
Era Morino un insensato que creia haber teni
do visiones , y llegó su locura hasta el estreno
de creerse enviado de Dios , y decir que estaba
incorporado con Jesucristo.
El parlamento le condenó muy juiciosamen
te á que se le encerrase en la casa de locos.
Ocurrió la singular circunstancia de que habia
entonces en la misma casa otro loco que decia
ser el Padre eterno. Hizo tal impresion tn Si
mon Morino la locura de su compañero , que
reconoció la suya propia : dio muestras por al
gun tiempo de que estaba en su sano juicio ; es
puso s\i arrepentimiento á los magistrados , y
tuvo la desgracia de que se le pusiese en liber
tad. No tardó mucho en volver á su manía ; em
pezó á dogmatizar , y quiso su mala suerte que
conociese á Saint-Sorlin-Desmaréts ; el cual vi
vió en buena armonía con él algunos meses;
pero por la regla de quién es tu enemigo to"c. pa
só muy en breve á ser su mas cruel perseguidor.
No era Desmaréts menos visionario que
Morina. Sus primeras inepcias fueron á la ver
dad inocentes , pues se reducían á las tragico
medias de Erígone y de Pírarao , impresas coa
DE LOS DELITOS Y PENAS. 2 51
una traduccion de los salmos ; á la novela de
Ariadna y el poema de Clodoveo , al lado del
oficio de la Virgen puesto en verso ; y á poesías
ditirámbicas , engalanadas con invectivas contra
Homero y Virgilio. Pero de esta especie de lo
cura pasó á otra mas seria : ae encarniz,ó contra
Port-Royal , y despues de confesar que habia
persuadido el ateismo á algunas mugeres , se
erigió en profeta , y anunció que le habia en
tregado Dios por su propia mano la llave del te
soro del apocalipsis ; que cou esta llave liaría
una reforma en todo el género humanó , y que
iba á mandar un egército de ciento cuarenta mil
hombres contra ios jansenistas.
No habia cosa mas puesta en razon que en -
viarle á una misma jaula cou Simon Morino;
¿pero podrá figurarse^ nadie que llegó á tener
mucho valimiento con el jesuita Annat ó Anato,
confesor del rey? El hecho es que le persuadió que
el infeliz Simon Morino fundaba una secta casi
tan.peligrosa como el.jansenismo , y en fin des
honrándose con una delacion infame , obtuvo
un auto de prision contra su desgraciado rival.
Se condenó á Simon Morino á ser quemado vi
vo: cuando iban á llevarle al suplicio, se le en
contró en una media un papel en que pedia á
Dios le perdonase todos sus errores ; y aunque
esto debía salvarle, estaba confirmada la senten
cia , y fue ajusticiado-sin misericordia.
.Se erizan los cabellos al leer semejantes su
cesos. No hay pais en que no se hayan visto es
tos horrores. En t,odas partes se olvidan los
hombres de que son hermanos, y se persiguen de
muerte. .Lisonjeémonos con la dulce esperanza de
que no se renovarán ya estas escenas horribles.
1J1 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO

§. IX.

De los hechiceros.

En 1 748 fue quemada en el obispado de


Wurtzburgo una vieja , convicta de hechicería.
Gran fenómeno es este en el siglo en que vivi
mos. ¿Pero es posible que unos pueblos que se
jactaban de ser reformados , de hollar las supers
ticiones , y de haber perfeccionado su razon,
hayan creido en sortilegios , y condenado á las
llamas á unas infelices mugeres acusadas de que
eran hechiceras , y esto mas de cien años des
pues de la pretendida reforma de su razon ?
En el año 1652 una aldeana del territorio
de Ginebra, llamada Micaela Chaudron, encon
tró al diablo al salir de la ciudad. El diablo le
dió un beso , recibió su homenage , é imprimió
en el labio superior y en el pecho derecho la se
ñal que acostumbra aplicar á todas las personas
que reconoce por favoritas suyas. Este sello del
diablo es una señalita que pone insensible la piel,
como lo afirman todos los jurisconsultos demo-
nógrafos de aquel tiempo.
Mandó el diablo á Micaela Chaudron que
hechizase á dos muchachas , y ella obedeció pun
tualmente á su señor. Los padres de las mucha
chas la acusaron jurídicamente de sortilegio. Es
tas fueron interrogadas y careadas con la supues
ta hechicera , y declararon que sentían un con
tinuo hormigueo en ciertas partes del cuerpo , y
que estaban poseídas. Se llamó á los médicos ó á
lo menos á los que en aquel tiempo tenían el
concepto de tales. Buscaron en el cuerpo de Mi
DE LOS DELITOS T PENAS. 153
caela el sello del diablo , al cual se da en la su
maria el nombre de marcas de satanas ; clavaron
en él una aguja larga , lo cual era ya por si solo
un tormento doloroso ; salió sangre , y los gri
tos de Micaela dieron á entender que las marcat
de satanas no comunican la insensibilidad. No
hallando los jueces pruebas completas de que
Micaela ChauÜron fuese hechicera , dispusieron
que se le diese tormento , el cual produjo infali
blemente las pruebas que buscaban ; porque ce
diendo la infeliz á la vehemencia de los dolores,
confesó todo lo que querían. Todavía buscaron
los médicos la marca de satanas , y habiéndola
encontrado en un lunarcito negro que tenia en
un muslo , clavaron allí la aguja ; pero habia si
do, tan horrible el tormento padecido por aque
lla infeliz criatura , que estando ya casi para
espirar , apenas sintio el nuevo dolor causado
por la aguja , de suerte que no dio ningun gri^
to, y asi se tuvo el deliio por suficientemente
comprobado. Verdad es que como empezaban á
suavizarse algun tanto las costumbres , se la
ahorcó antes de quemarla.
En todos los tribunales de la Europa cris
tiana resonaban entonces semejantes sentencias.
Por todas partes habia hogueras encendidas para
quemar hechiceros y hereges. Lo que mas se
echaba en cara á ios turcos era que entre ellos
no habia hechiceros ni poseidos ó endemonia
dos ; pues se miraba esta falta como prueba ir-
refragable de la falsedad de una religion.
Un hombre celoso del bien público , de la
humanidad y de la verdadera religion ha publi
cado en una de las obras que ha escrito á fa
vor de lao iceacia, que los tribunales cr istia
t54 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
nos han condenado á muerte mas de cien mij
supuestos:hechiceros. Si á estos asesinatos jurí
dicos se añade el número infinitamente mayor
de heregtís sacrificados , parecerá realmente es
ta parte del mundo un vasto cadalso cubierto
de verdugos y víctimas , y rodeado de jueces,
de esbirros y espectadores.

§. X.

' ," ' De la pena de muerte.

Mucho tiempo ha que se dijo que de nada


sirve un hombre ahorcado , y que los suplicios
inventados para el bien de la sociedad, deben
acarrear á ésta alguna ventaja. Es evidente 'que
veinte ladrones robustos , condenados á traba
jar toda su Vida en Jas obras públicas , sirven
al Estado con su suplicio ,' y que su muerte' soló
es útil al verdugo , á quien se paga por matar
á los hombres en público. Rara vez se castiga' á
los ladrones, con pena capital en Inglaterra. 'Lo
que se hace es transportarlos' 'á las colonias.' Lo
'mismo sucede en los vastos Estados de Rusia,
donde no se ha ajusticiado á ningun reo duran
te el imperio de Isabel. Su sucesora Catalina II,
dotada 'de un talento superior , siguió la
misma máxima , sin que Se hayan multiplicado
los crímenes de resultas de esta humanidad ; an
tes bien sucede casi siempre que los delincuen
tes relegados en ^iberia , se hieen allí hombres
de bien. En las colonias inglesas se observa
lo mismo. Nos asombramos de esta feliz mudan
za , y sin embargo no hay cosa mas natural.
Aquellos hombres se ven obligados' á trabajar
DE tOS DELITOS Y PENAS. 455
continuamente para poder subsistir ; les fal
tan las ocasiones de ser malos ; se casan , y
aumentan la poblacion. El modo de hacer que
los hombres sean buenos es obligarlos á que tra
bajen. Es bien sabido que la gente del campo
no es la que comete los mayores crímenes , á
no ser que haya demasiadas fiestas , las cuales
promueven la ociosidad y son causa de corrup
cion y desórdenes.
A niagun ciudadano romano se condenaba
á muerte sino por delitos en que estuviese inte
resada la salud del Estado. Nuestros maestros,
nuestros primeros legisladores respetaron la san
gre de sus compatriotas : nosotros prodigamos
la de los nuestros.
Se ha agitado por mucho tiempo la cuestion
delicada y funesta de si es permitido á los jue
ces castigar con pena de muerte cuando la ley
no proauncia espresamente el último suplicio.
Esta dificultad se discutio solemnemente en pre
sencia del emperador Enrique VII (1), el cual
juzgó y decidió que ningun juez puede tener
este defecho. . .
Hay asuntos criminales tan imprevistos, tan
complicados , ó acompañados de circunstancias
tan estrañas , que la ley misma se ha visto obli
gada en algunos países á abandonar estos casos
singulares á la prudencia de los jueces. Pero si
en efecto se encuentra una causa en que permi
ta la ley que se quite la vida á un acusado á
quien ella no condenó , se hallarán mil en que
la humanidad , mas fuerte que la ley , deba li-

(1) Bodino de república , lib. III. cap. $.


256 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
brar del suplicio á aquellos á quienes la ley
misma aabia condenado á muerte.
La espada de la justicia está en nuestras
manos ; pero mas frecuentemente debernos em
botarla que afilarla. Envainada se lleva delante
de los reyes , para advertirnos que debemos sa
carla rara vez.
. Ha habido jueces que han gustado de derra
mar sangre : como Jeffrey en Inglaterra , y el
que en Francia adquirió el renombre de Corta-
cabezas. Semejantes, hombres no habian nacido
para ser magistrados , sino verdugos.

§. XI.

De la egecucion de tas sentencias.


¿ Habremos de ir al cabo del mundo , y noí
»erá preciso recurrir á las leyes de la China,
para ver cuánto debe economizarse la sangre
humana ? Mas de cuatro mil años ha que exis
ten los tribunales de aquel imperio , y desde en
tonces no se ha ajusticiado á ningun aldeano,
aun en los mas remotos países del imperio , sin
haber remitido la causa al emperador , el cual
ordena que se examine tres veces en un tribu
nal , y entonces firma la sentencia de muerte,
de conmutacion de pena ó de perdon abso
luto (i> .

(1) El autor del Espíritu ie las kyes , que ensefid eu su


obra tantas y tan grandes verdades , parece se engaño
uando ara apoyar su principio de que el sentir/liento
vago del honor es la base de las monarquías, y que la vir
tud I» .e* de las repúblicas, dice hablando de los chinos:
DE tOS DELITOS Y JENAS. i 57
No vayamos tan lejos á buscar egemplos,
cuando abundan en Europa. A ningun reo se
quita la vida en Inglaterra, sin que el rey ha
ya firmado la sentencia. Lo mismo sucede en
Alemania y en casi todo el norte. Esta era an
tiguamente la práctica que se observaba en Fran
cia , y la que debe observarse en todas las na
ciones civilizadas. La cabala , la preocupacion,
la ignorancia pueden dictar sentencias lejos del
trono» Estas intrigas ignoradas en la corte no
pueden hacer impresion en ella ¿ porque está
rodeada de objetos de grande importancia. El
consejo supremo está mas acostumbrado á los
negocios , y mas libre de preocupacion. El há
bito de ver todas las cosas en una esfera gran
diosa, hace que sea mas ilustrado y pruden
te, y que comprenda mejor , que un tribunal
subalterno de provincia si el cuerpo d;l Estado
tiene ó deja de tener necesidad de que se le
presenten egemplares severos. En fin , cuando
la justicia iuferior ha juzgado conforme á ia
letra de la ley , que puede ser rigurosa , el
consejo mitiga la sentencia, segun el espíri
tu de la ley , que es el de no sacrificar hom
bres sino en el caso de una necesidad evidente*

„Yo no sé qué cosa sea este honor en unos pueblos que


„todo lo han de hacer á. fuerza dé palos. „ Ciertamente,
de que se aparte al populacho con el puniré , y de que se
sacuda también con el fantié á los tunantes , insolentes y
bribones , no se infiere que ia China no esté gobernada por
tribunales que se vigilan unos á otros , ni qué deje de ser
excelente aqueUa forma de gobierno.

*7
2 58 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO

§. XII.

Del tormento.

Estando expuestos todos los hombres á los!


atentados de la violencia ó de la perfidia , de
testan los delitos de que pueden ser víctimas.
Todos convienen en querer que sean castiga
dos los principales delincuentes y sus cómpli
ces ; pero todos , por efecto de una compasion,
que ha grabado Dios en nuestros corazones,
reprueban altamente los tormentos con que se
aflige á los acusados para arrancarles la con
fesion que se desea. Todavía no los ha conde
nado la ley , y ya se les impone , sin saber si
han delinquido , un suplicio mucho mas horro
roso que la muerte que se les da cuando cons
ta que la merecen. ¡ Qué í Ignoro si eres reo
¿ y habré de atormentarte para averiguarlo? y
si eres inocente ¡ no expiaré las mil muertes
que te he hecho padecer en lugar de una sola
que te preparaba ! Horroriza esta idea. No di
ré que S. Agustín declama en su Ciudad de
Dios contra el tormento. No diré que en Ro
ma estaba esclusivamente reservada á los escla
vos esta prueba tan cruel como inútil , y que
sin embargo la reprueba Quintiliano , por la
consideracion de que los esclavos son hombres.
Aun cuando no se contase mas que una
nacion que hubiese abolido el uso del tormen
to , debería bastar este egemplo á todas las
demas , siempre que en ella no hubiese mas de
litos que en cualquiera otra, y siempre que
fuese mas ilustrada y mas floreciente desde el
DJB LOS DELITOS Y PENAS. 2 J$
tiempo de aquella abolicion. Instruya la In
glaterra sola á los demas pueblos ; pero hay
otros que lá han imitado ; y se ha abojido el
tormento en diferentes reinos eon feliz suceso.
Está pues decidida la cuestion. ¿ Y habrá pue
blos que preciándose de ser cultos , no se pre
cien de ser humados ? ¿Se obstinarán en se
guir un uso bárbaro , con el pretesto de que
está admitido ? Reservad á lo menos esa cruel
dad para malvados de quienes conste positiva
mente que han asesinado á un padre de fami
lias , ó al padre de la patria : procurad ave
riguar sus cómplices ; pero que una persona de
pocos años que haya cometido ciertos delitos
que no dejan en pos de sí ninguna huella,
sufra el mismo tormento que un parricida
5 no es una atrocidad inútil ? Vergüenza me
da hablar de este asunto, despues de lo que
acerca de él ha dicho el autor del Tratado de
los. delitos y de las penas. Me limito pues á
manifestar mis deseos de que se lea y relea la
obra de este amante de la humanidad.

§. XIII. t

Ve algunos tribunales sanguinarios.

i Se, creerá que hubo antiguamente un tri


bunal supremo mas horrible que la inquisi
cion , y que fue establecido por Carlomagno?
Le hubo en 'efecto, y era el juicio de Wesfa-
lia , llamado por otro nombre el tribunal Vhé-
mico. La severidad, ó por mejor decir, la
- crueldad de este tribunal llegaba hasta el estre
mo de castigar de .muerte á todo sajon que hu
2 ÓO COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
biese quebrantado el ayuno en cuaresma. En
Flaades y en el Franco Condado se estable
ció la misma ley á principios del siglo XVII.
En los archivos de un lugarejo llamado Saint-
Claude, situado entre las mas ásperas breñas
del condado de Borgoña, se conserva la sen
tencia y la sumaria del suplicio de un pobre
hidalgo llamado Claudio Guillon, á quien se
coreó la cabeza el dia 28 de julio de 1629. Ha
llábase reducido á la mayor miseria, y acosa
do de una hambre terrible , comió en dia de
viernes un pedazo de carne de un caballo que
encontró muerto en un prado inmediato. Sin
mas delito que este fue condenado como sacri
lego. Si hubiera sido rico, y hubiera consu
mido en una cena pescados frescos por valor
de doscientos escudos , dejando morirse de ham
bre á los pobres , se le habría mirado como un
hombre muy exacto en el cumplimiento de to
das sus obligaciones. He aquí el contesto de
la sentencia del juez:
» Nos- f despues de haber visto todas las
»piezas de la causa, y oido el parecer de los
«doctores en derecho, declaramos al dicho Clau-
»dio Guillon plenamente convencido de haber
«llevado carne de un caballo muerto en el pre
ndo de esta poblacion , de haber cocido dicha
«carne el sábado 31 de marzo, de haberla co-
«mido , &c. " .
. ¡ Qué doctores en derecho los que dieron su
parecer ! Parece que solo podia suceder esto
entre cafres y hotentotes. Pero aun era mucho
mas horrible el tribunal Vhémico ; pues nom
braba secretamente comisionados que sin ser
conocidos recorrían todas las ciudades de Ale^
DE LOS DELITOS Y PENAS. í6l
mania, hacían pesquisas acerca de los acusa
dos , los juzgaban sin oírlos, y muchas veces,
cuando no habla verdugo á mano, hacia este
oficio el juez mas mozo , y ahorcaba por sí
mismo ( i ) al condenado. Para librarse de los
asesinatos de aquellas furias, fue necesario ob
tener órdenes «le exencion , y salvoconductos
de los emperadores , y aun así no se logró
siempre la seguridad que se apetecía. Este tri
bunal de asesinos no fue enteramente disuelto
hasta el tiempo de Máximiliano I , y su des
truccion hubiera debido ser sellada con la san
gre de los jueces. En comparacion de él era
un instituto suavísimo el tribunal de los in
quisidores de estado de Venecia.
2 Qué hemos de pensar en vista de estos
y otros muchos horrores ? ¿ Bastará compade
cerse de la naturaleza humana y llorar sus
desgracias? No por cierto: ha habido casos en
que era necesario vengarla.

§. XIV.

De la diferencia entre las leyes políticas y


las naturales.
Llamo leyes naturales las que la naturale
za indica en todos tiempos y á todos los hom
bres, para la conservacion de aquella justicia
que la naturaleza misma ha grabado en nues
tros corazones. El robo , la violencia , el ho
micidio, la ingratitud con los padres y con

(i) Véase el excelente compendio de la historia crono


lógica de Alemania y de Derecho público, al año 803.
3 6» COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
los bienhechores , el perjurio cometido para ha
cer mal y no para socorrer á un inocente , la
conspiracion contra la patria , son en todas
partes delitos evidentas , castigados con mas ó
menos severidad , pero siempre con justicia.
Llamo leyes políticas las que se hacen segun
la necesidad presente , ya sea ^>ara consolidar
el poder, ya para evitar desgracias. Cuando
se teme que el enemigo reciba noticias de una
ciudad , se cierran las puertas , y se prohibe,
pena de la vida, salir por las murallas.
Si se teme una nueva secta que aparentando
en público obediencia al soberano , maquina en
secreto para eximirse de esta obediencia ; pre
dica que todos los hombres son iguales para
someterlos igualmente á sus nuevos ritos ; y con
pretexto de que es mejor obedecer á Dios que
á los hombres , y de que la secta dominante
está llena de supersticiones y de ceremonias
ridiculas , quiere destruir lo que está consagra
do por las leyes de la nacion ; se decreta pe
na de muerte contra los que dogmatizando pú
blicamente á favor de aquella nueva secta,
pueden inducir al pueblo á un movimiento
Sedicioso. j - -
El que despues de haber disputado el tro
no con un competidor ambicioso , queda ven
cedor , establece la pena de muerte contra los
partidarios del vencido , y los jueces son los
instrumentos de la venganza del nuevo sobe
rano , y el apoyo de su autoridad. Cualquie
ra; que en , tiempo de Hugo Capelo tenia rela
ciones con jCárlos de Lqrena? se exponia á
ser condenado á muerte, si no era un perso
naje poderoso.
DE LOS DELITOS Y PENAS. 263
Cuando Ricardo II , matador de sus dos so
brinos , fue reconocido por rey de Inglater
ra, la gran junta de jurados hizo que fuese
descuartizado el caballero Guillermo Colenburn,
por haber escrito á un amigo del conde de
Richemont , que levantaba tropas en aquel tiem
po , y reino despues llamándose Henrique VII.
Se encontraron dos renglones escritos de su pu
ño , que eran sumamente ridículos y groseros,
y bastaron para que aquel caballero pereciese
con el mas horroroso suplicio. Las historias nos
presentan con mucha frecuencia semejantes
egemplos de justicia.
El derecho de représalias es otra ley admi
tida en las naciones. Mi enemigo ha manda
do ahorcar á un valiente capitan mio , que ea
un castillo arruinado ha resistido algun tiem
po á un egército enteró. Si un capitan sayo
cae en mis manos , aun cuando sea un hombre
viruoso que haya merecido mi estimacion y
amistad, le ahorco por represalias, diciendo
que esta es la ley: lo que significa que si mi
enemigo se ha manchado cou un crimen enor
me , es necesario que cometa yo otro igual.
Todas estas leyes , dictadas por una políti
ca sanguinaria no duran mas que cierto tiempo,
y esto demuestra que no son verdaderas leyes,
sino una cosa semejante á la necesidad que sue
le experimentarse de comer carne humana en
una hambre extraordinaria $ necesidad que ce
sa luego que se pueden adquirir otros alimentos.

,
264 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO

§., XV.

Del crimen de alta traición ; de Tito Oafes,


y de la muerte de Agustín de Thou.

Se llama crimen de aha traicion un atenta


do contra la patria ó contra el soberano que la.
representa. Considerándose como un parricidio,
no se le debe dar tal extension que comprenda
delitos que nada tienen que ver con ejt parri
cidio ; porque si se trata de alta traicion el ro
bo hecho en un edificio del Estado , la concu
sion y aun las palabras sediciosas, se dismi
nuye el horror que debe inspirar el crimen de
alta traicion o de lesa magostad.
No debe haber ninguna cosa arbitraria en
la idea que se forma de los grandes riesgos.
Si se coloca en la clase de los parricidios t\
robo hecho á un padre por su hijo, ó la im
precacion de un hijo contra su padre , se rom
pen ios vínculos del amor filial. El hijo no mi
rará ya á su padre sino como á un tirano ter
rible. Todo lo que es exagerado en las leyes,
se dirige precisamente á destruirlas.
En los delitos comunes, la ley de Ingla
terra es favorable al acusado; pero en los de
alta traicion le es contraria. El jesuita Tito Oa-
tes , interrogado jurídicamente en la cámara
de los diputados , aseguró con juramento que
nada mas tenia que decir, y sin embargo acu
só despues al secretario del duque de Yorck,
y á otras muchas personas , del crimen de al
ia traicion. Fue admitida la delacion 5 el jesui-
DE LOS DELITOS Y PENAS. 265
ta juró al principio ante el consejo de Estado
que nunca habia visto ál tal secretario ; des
pues juró que le habia visto ; y á pesar de
estas ilegalidades y contradicciones , el secre
tario fue ajusticiado.
Este mismo Oates y otro testigo depusieron
que cincuenta jesuitas habian formado una má-
quinacion para asesinar al rey CárJos II , y que
ellos habian visto despachos del padre Oliva,
general de los jesuitas , para los oficiales que
habian de mandar un egército de rebeldes. Es
tos dos testigos bastaron para que se arrancase
el corazon á muchos acusados , y se les golpea
se con él las megillas. Pero en realidad , y ha
blando de buena fe ¿ bastan dos testigos para
que se quite la vida á las personas que ello»
desean aniquilar , y no se necesitará por lo me
nos que estos dos delatores no sean unos solem
nes bribones , y no declaren cosas imposibles?
Es evidente que si los dos magistrados mas
íntegros del reino acusasen á un hombre de ha
ber conspirado con el Mufti para circuncidar á
todo el consejo de Estado , al parlamento , al
tribunal de contaduría mayor , al arzobispo y á
la Sorbona , seria inútil que jurasen haber visto
las cartas del Mufti , pues en vez de dar credi -
to á su deposicion , se creería que habian per
dido el juicio. Tan estravagante cosa es suponer
que el general de los jesuitas levantaba un egér
cito en Inglaterra como creer que el Mufti tra
ta de circuncidar á la corte de Francia. Sin em
bargo , hizo la desgracia que se diese crédito á
Tito Oates , para que no faltase en la historia
ningun género de locura atroz.
Las leyes de Inglaterra no miran como reo?
*66 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
de conspiracion á los que teniendo noticia de
ella no la revelan; porque suponen que la infa
mia del delator es tan grande como el delito del
conspirador. En Francia son castigados de muer
te los que instruidos de una conspiracion no la
denuncian. Esta ley terrible fue dictada por
Luis XI , contra el cual se conspiraba frecuen
temente, Jamas hubieran pensado en ella Luis
XII ni Henrique IV.
Esta ley no tolo obliga á un hombre de bien
i ser delator de un crimen que podría evitar coa
prudentes consejos y por medio de su firmeza,
sino que le espone tambien á ser castigado como
calumniador , porque es muy facil que los con
jurados tomen de tal modo sus medidas que no
pueda convencerlos, Tal fue precisamente el ca
so en que se halló el respetable Agustín de Thou,
consejero de Estado , é hijo del único buerr his
toriador de que puede hacer vanidad la Francia,
igual á Guicciardino en la instruccion, y tal
vez superior en la imparcialidad,
La conspiracion tramada se dirigía mucho
mas contra el cardenal de Richelieu que contra
Luis XIII. No se trataba de entregar la Fran
cia al enemigo , porque el hermano del rey,
principal autor de la maquinacion , no podia
proponerse entregar un reino , del cual se mi
raba como heredero presuntivo , pues entre él
y ei trono no habia mas que un primogénito
moribundo y dos niños que todavía estaban en
la cuna;
Mr. de Thou no era reo delante de Dios ni
de los hombres. Un agente de Monsieur , her
mano único del rey , del duqüe de Bouillon,
príncipe soberano de Sedan , y del caballerizo
DE LOS DELITOS Y PENAS. 267
mayor Effiat-Saint-Mars, habia comunicado ver-
balmente al consejero de Estado el plan de la
conspiracion. Mr. de Thou fue á verse con el
caballerizo mayor Saint-Mars , 5 hizo cuanto
pudo para disuadirle de esta empresa , presen
tándole las dificultades que ofrecía. Si entonces
hubiera denunciado á los conspiradores , no te
nia ninguna prueba contra ellos ; hubiera sido
confundido con la denegacion del heredero pre
suntivo de la corona , con la de un príncipe so
berano , con la de un valido del rey , y en fi;i
con la execracion pública ; y se esponia á ser
castigado como un vil delator.
El canciller Seguier convino en esto al ca
rear á Mr. de Thou con el caballerizo mayor. Ea
este careo, dijo Mr. de Thou á Saint-Mars , las
palabras siguientes que se refieren en la sumaria:
Acuérdese vmd. caballero, que no ha pasado dia en
que haya dejado de hablarle de este proyecto para
disuadirle de él. Sant-Mars confesó esta verdad;
de donde se infiere que en el tribunal de la equi
dad humana merecía Mr. de Thou una recom
pensa mas bien que la muerte. A lo menos me
recía que le perdonase el cardenal de Richelieu ;
pero no era la humanidad la virtud que resplan
decía en aquel orgulloso personage. En este ca
so hubo algo mas que lo de summum jus summa
injuria. La sentencia de aquel hombre de bien
dice , por haber tenido conocimiento y comunica
cion de dichas conspiraciones. No dice , por no
haberlas revelado : por donde parece que el de
lito consiste en estar instruido de un delito , y
que se incurre en la pena de muerte por tener
ojos y oidos.
Todo lo que se puede decir de semejante sen
*68 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
tencia , es que no fue dada por un tribunal de
justicia , sino por una comision. La letra de la
ley sanguinaria era terminante ; pero corres
pondía , no soloá los jurisconsultos, sino á to
dos los hombres , decidir si se faltaba al espíri
tu de la ley. Es una contradiccion fatal' que un
corto número de hombres haga morir como reo
al que toda una nacion juzga inocente y digno
de aprecio. -
§. XVI.

"De la revelacion en la confesion auricular.

Jaurigny y Baltasar Gerard, asesinos de


Guillermo I , príncipe de Orange ; el domini
co Jacobo Clement, Chátel, Ravaillac y todos los
demas parricidas de aquel tiempo se confesaron
antes de cometer el delito. Había llegado el fa
natismo á tal esceso en aquellos siglos deplora
bles , que la confesion era un nuevo empeño
para consumar la maldad , la cual se miraba co
mo sagrada porque la confesion es un sacramento.
Estrada dice que Jaurigni non ante facinus
aggredi sustinuit quám exgiatam nexis animam
Opud dominicanum sacerdotem ccelesti pane firma*
verit ; esto es , que Jaurigni no se atrevió á em
prender aquella maldad sin haber corroborado
antes con el pan celestial su alma purificada por
la confesion á los pies de un dominico.
Se ve en el interrogatorio de Ravaillac que
saliendo este miserable de los fuldenses , y que
riendo entrar en una casa de jesuítas , se habia
dirigido al P. d' Aubigni ; que despues de- ha
blar á este Jesuíta de varias apariciones que ha
bía tenido , le enseñó un cuchillo, en cuya hoja
DE LOS DELITOS Y PENAS. 269
estaban grabados un corazon y una crut , y le
dijo estas propias palabras : Este coraion indica
que el corazon del rey debe estar dispuesto á hacer
guerra á los hugonotes.
Si d' Aubigni hubiera tenido bastante celo
y prudencia para hacer que llegasen á noticia
del rey estas palabras , y hubiese dado idea del
hombre que las habia proferido, quizá no habria
sido asesinado el mejor de los reyes.
E1 dia 20 de agosto de 161 o, tres meses
despues de la muerte de Henrique IV , de cuyas
heridas estaba todavia traspasado el corazon
de todos los franceses , pidió el célebre fiscal
Servia que se obligase á los jesuitas á firmar
los cuatro artículos siguientes:
i.° Que el concilio es superior al papa;
2.0 que el papa no puede privar al rey de nin
guno de sus derechos por medio de la excomu
nion ; 3.0 que los eclesiásticos estan enteramen
te sujetos al rey , como los demas miembros del
Estado; 4-0 que el sacerdote que sabe por medio
de la confesion una conspiracion contra el rey
ó el Estado , debe revelarla á los magistrados.
El 22 espidió el parlamento un decreto, por
el cual prohibia á los jesuitas que enseñasen á
los jóvenes , antes de firmar estos cuatro artícu
los; pero era entonces tan poderosa la curia ro
mana , y tan débil la Francia, que no llegó á
cumplirse el decreto.
Aqui es digno de notarse que la misma cu*
ria romana que se oponía á que se revelase la
confesion cuando se trataba de la vida de los
soberanos , obligaba á los confesores á denun
ciar á los inquisidores aquellos á quienes una
muger acusaba en confesion de haberla seducido
270 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
ó de haber abusado de ella. Paulo IV , Pío IV,
Clemente VIII y Gregorio XV oídenaron estas
revelaciones , las cuales eran muy embarazo*
sas para los confesores y para las personas del
otro sexo que se confesaban con ellos , pues
ademas de que esto podia dar lugar á hacer
de un sacramento una oficina de delaciones y
aun de sacrilegios, es constante que por los
antiguos cánones y sobre todo por el concilio
de Letran celebrado en tiempo de Inocen
cio III , todo sacerdote que revele la confe
sion , de cualquier manera que sea , debe que
dar en estado de entredicho y ser condenada
á cárcel perpetua;
Pero no es esto lo peor. Cuatro papas orde
nan en el siglo XVI y XVII la revelacion de
un pecado de impureza , y no permiten la de
un parricidio. Confiesa o supone una muger en
la confesion que hace con un carmelita , que la
ha seducido un fraile francisco. El carmelita de
be denunciar, al franciscano. Un asesino faná
tico , que cree servir á Dios matando á su prín
cipe , va á consultar á un confesor sobre este
caso de conciencia. El confesor es un sacrilego,
si salva la vida á su soberano.
Esto es una consecuencia fatal de la continua
oposicion que reina , tantos siglos ha , entre las
leyes eclesiásticas y las civiles. El ciudadano se
halla estrechado en mil ocasiones entre el sacri
legio y el crimen de alta traicion : y las reglas
del bien y del mal estan sepultadas en un caos
de que todavía no se ha pensado sacarlas.
La confesion de los pecados ha estado en
todos tiempos autorizada en casi todas las na
ciones. Se practicaba en los misterios de Or
DE LOS DELITOS T PENAS. 37 1
feo , de Isis , de Ceres y de Sajnotracia. Los ju
díos confesaban sus pecados en el día de la es-
piacion solemne, y continuan todavía esta prác
tica. El penitente elige un confesor , que des
pues es confesado por su penitente , y se dan
uno á otro treinta y nueve azotes , mientras re
citan tres veces la fórmula de la confesion 4 que
consistiendo en trece palabras no puede conte
ner cosa muy particular.
Ninguna de estas confesiones entró jamas en
pormenores ¡¡ nitsirvió de pretesto á las consul
tas secretas que han solido hacer ciertos peni
tentes fanáticos ¿ para tener derecho de pecar
impunemente : método pernicioso que corrompe
una institucion saludable. La confesion, que era
el mayor freno de los delitos , ha sido mucha»
veces , en tiempos dú seduccion y de revueltas,
un estímulo para cometerlos ; y es muy probable
que por estas razones han abolido algunas socie
dades cristianas una práctica santa, pero que
por el abuso que se hacia de ella , no dejaba d«
presentar algun riesgo.

§. XVII.

De la moneda falsa.

El delito de acuñar moneda falsa se conside»


dera como de alta traicion en segundo grado,
y es muy justo considerarle asi , porque robar á
todos los particulares del Estado es hacer trai
cion al Estado mismo. Se pregunta si un nego
ciante que recibe de América pascas de plata y
oro , y las reduce en su casa á moneda de ley,
es reo de alta traicion y merece la pena de
272 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
muerte. En casi todos los reinos se le condena
al último suplicio ; porque si bien es verdad
que no robó á nadie , y que hizo un bien al
Estado poniendo en circulacion mayor número
de dinero, tambien lo es que usurpó el derecho
del soberano, y robó á éste apropiándose la
corta utilidad que tiene el rey en la fabrica
cion de la moneda ; y no hay duda en que si
la acuñó bueña , espuso á sus imitadores á la
tentacion de acuñarla mala. Pero parece que la
muerte es una pena escesiva. Yo be conocido
un jurisconsulto que era de opinion que se con
denase á este reo , como á un hombre habil y
útil , á trabajar con un grillete en la casa de
la moneda.
§. XVIII.

Del robo doméstico^

En los países en que se castiga con pena


de muerte un corto robo doméstico ¿ no es muy
peligroso á la sociedad este castigo despropor
cionado? ¿No debe mirarse como una invita
cion ó un estímulo para que se robe ? Porque si
sucede que un amo entrega su criado á la jus
ticia por un robo ligero , y Se quita la vida á
este infeliz , todo el vecindario mira con hor
ror al amo ; se conoce entonces que Ja natu
raleza está en contradiccion con la ley , y que
por consiguiente no cieñe ésta los caracteres
que la hacen recomendable.
i Qué resulta de aqui s No queriendo lo*
amos robados ser objeto de la execracion públi
ca , se contentan con despedir sus criados , los
cuales van á robar á otra parte , y se acostum
DE LOS DELITOS Y PENAS. 273
bran al latrocinio. Imponiéndose del mismo
modo la pena de muerte por un hurto pequeño
que por un robo considerable , es evidente que
procurarán robar mucho , y aun podrán llegar á
ser asesinos , cuando crean que es este un me
dio de no ser descubiertos.
Mas si la pena es proporcionada al delito;
si se condena al ladron doméstico á trabajar en
las obras públicas, entonces no tendrá el amo
ningun escrúpulo en denunciarle ; dejará de
ser infamatoria la denunciacion ; y el robo se
rá menos frecuente. Está demasiado demostra
da la gran verdad de que una ley rigurosa sue
le producir delitos.

§. XIX.

Del suicidio.
El célebre Verger de Hauranne,. abad de
San Giran , considerado como el fundador de
Port-Royal, escribió en el año 1608 un tra
tado sobre el suicidio ( 1 ) que ha llegado á ser
uno de los libros mas raros de Europa. » El
«decálogo ( dice ) manda no matar. El homici-
»dio de si mismo no parece que está menos
«comprendido en este precepto que el asesinato
«del prógimo. Luego si hay casos en que es per-
«mitido matar al prógimo, hay tambien casos
»en que es permitido matarse á sí mismo. "
» Nadie debe atentar contra su propia vida
«sino despues de haber consultado la razon. La

Cl) Se imprimio en ia.° en Paris , por Sautos de BrajL


eu 1609, coa feal privilegio.
18
27+ COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
«autoridad pública , que ocupa el lugar de Dios,
«puede disponer de nuestra vida. La razon del
«hombre puede tambien, ocupar el lugar de la
«razon de Dios , supuesto que es un destello
«de la luz eterna. «
San Giran se detiene mucho en este argu
mento que se puede mirar como un puro so
fisma. Pero cuando llega á la esplicacion y á
las circunstancias particulares , es mas dificil
responderle, m Podemos matarnos ( dice ) por el
«bien del príncipe, por el de la patria y por el
«de nuestros padres. «
En efecto , no se ve la razon por donde
se pueda condenar á los Codros y á los Curcios.
Ningun soberano se atreveria á castigar la fa
milia de un hombre que se hubiese sacrificado
por él. ¿ Qué digo castigar í Ninguno se atreve
ria á dejar de premiarla. Santo Tomas habia di
cho lo mismo que San Ciran. Pero no hay nece
sidad de Tomis , de Buenaventura ni de Hau-
ranne, para saber que el hombre que muere por
la patria es digno de nuestros elogios.
Concluye el abad de San Ciran que es per
mitido hacer en favor de sí mismo lo que es
glorioso hacer en favor de otro. Bien sabido
es lo que alegan Plutarco, Séneca, Montaña
otros cien filosofos en defensa del suicidio;
e suerte que es casi imposible añadir nada á
esta materia. No pretendo yo hacer aqui la apo
logía de una accion que condenan las leyes;
ero ni el antiguo ni el nuevo testamento pro-
ibieroa jamas al hombre salir de la vida cuan
do no puede sobrellevarla. Ninguna ley roma
na prohibió el asesinato de sí mismo. Vease por
el contrario la ley del emperador Marco An-
DE LOS DELITOS Y PENAS. 275
tonino, que nunca fue revocada. »Si tu padre
»ó tu hermano , no estando acusados de ningun
«delito, se matan, ya sea para librarse de los
«dolores , por tedio de la vida , por desespera
cion ó por demencia , sea válido su testamen-
,,to, y si mueren ab intestato , sucédanles sus he
«rederos (1). "
A pesar de esta ley humana de nuestros
maestros , nosotros arrastramos y atravesamos
con una estaca el cadaver del hombee que mue
re voluntariamente, infamamos su memoria,
deshonramos su familia en cuanto podemos,
castigamos al hijo y á la viuda porque se ven
privados del padre y del marido , y aun con
fiscamos los bienes del difunto , robando el pa
trimonio de los vivos á quienes corresponde.
Esta costumbre y otras muchas tuvieron ori
gen en nuestro derecho canónico , que priva
de sepultura á los que mueren por su propia
voluntad. Infirióse de aqui que no se puede he
redar de un hombre, de. quien se supone que
"no tiene parte en la herencia celestial. El de
recho canónico, en el título dz ponnitentiá , asegu
ra que Judas cometió mayor pecado cuando se
ahorcó que cuando vendió á nuestro señor Je-
su-Cristo.
. ", §• XX.

De una especie, de mutilacion.

Hay en el digesto una ley de Adriano ( 9 ),


que impone pena de muerte á los médicos que

(r) Cod. de bonis eorum qui sibi mortem, leg. 3. fl' .eod.
(a) jid ligem Corntliam ie Siccuriis.
*
276 COMENTARIO SOBRB EL LIBRO
castran arrancando los testículos , ó por me
dio de la frotacion y compresion. Tambien se
confiscaban por esta ley los bienes de los que
se hacian mutilar. Se hubiera podido castigar
á Orígenes que se sujeto á esta operacion por
haber interpretado rigurosamente el pasage de
San Mateo : Hay algunos que se han castrado á
sí mismos por el reino de los cielos.
Variaron las cosas en tiempo de los empe
radores siguientes , los cuales adoptaron el lu
jo asiático , sobre todo en el bajo imperio de
Constantinopla , donde se vieron eunucos que
llegaron á ser patriarcas y á mandar egércitos.
Hoy dia se estila en Roma castrar á los ni
ños para que merezcan el honor de ser músi
cos del Papa (1), de modo que castrato y musi
to del Papa son voces sinónimas. No ha mu
cho tiempo que se leia en Nápoles á la puer
ta de ciertos barberos el siguiente rótulo, es
crito con letras que llamaban la atencion por
lo grueso del tamaño : Qui si castrano maravi-
gliosamente i putti: aquí se castran niños á
las mil maravillas.

(1) El Papa reinante ha proscrito un uso tan bárbaro.


Este principe, mejor colocado en el trono que en un claus
tro, ha permitido que representen las mugares en los tea-
tres en lugar de los tattrati.
DE LOS DELITOS Y PENAS.

, §. XXL

De la confiscacion inherente á todos los de-


Utos de que hemos hablado.

Es máxima recibida en el foro que el que


confisca el cuerpo , confisca los bienes: y esta má
xima se observa en los países donde la costum
bre tiene fuerza de ley. En ellos , como acaba
mos de decirlo , se deja morir de hambre á los
hijos de los que terminaron voluntariamente su
triste existencia del mismo modo que á los hi
jos de los asesinos. Asi } en una infinidad de
casos es castigada una familia entera por la cul
pa de un solo hombre. Asi, cuando un padre
de familias es condenado á galeras perpetuas
en virtud de una sentencia arbitraria ( i ) , ya
sea por haber recogido en su casa á un pre
dicante , ó ya por haber oido su sermon en
alguna caverna ó en algun desierto, su rau-
ger y sus hijos quedan reducidos á la men
dicidad. <
Esta jurisprudencia, que consisíe en arre
batar el sustento á los huerfanos , y en apro
piar á un hombre los bienes agenos , fue des
conocida en todos los tiempos de la república
romana. Sila fue el que la introdujo en sus pros
cripciones : y á la verdad que una rapiña in
ventada por Sila no era un egemplo digno de

(i) Véase el edicto de 14 de mayo de 1724, publica


do á instancias del cardenal Fleury , y revisto por sü emi-
«encia. - --¡; •' '
278 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
imitacion. Asi es que esta ley, que parecía
haber sido dictada por la inhumanidad y por
la avaricia , no mereció la aprobacion de Cé
sar , del emperador Trajano , ni de los Anto-
ninos , cuyos nombres pronuncian aún todas
las naciones con respeto y amor. En fin , du
rante el imperio de Justiniano no se verificó
la confiscacion sino en el delito de lesa magestad.
... Parece que en los tiempos de la anarquía
feudal , como los príncipes y los señores ter
ritoriales eran muy poco ricos , trataron de
aumentar su tesoro por medio de las con
denaciones de sus súbditos , y formarse un pa
trimonio con los: delitos. Siendo entre ellos ar
bitrarias las leyes , é ignorada la jurispruden
cia romana, prevalecieron las costumbres estra-
vagantes ó crueles. Pero estando hoy . dia fun
dado el poder de los soberanos en riquezas in
mensas y seguras,- no tiene su tesoro necesi
dad de engrosarse con los escasos despojos de
Una ' familia desgraciada, que se abandonan
por lo comun al primero que los pide. ¿ Pero
es propio.de un ciudadano engordar con el
resto de la sangre de otro ciudadano?
La confiscacion no está admitida en los
países en que se halla establecido el derecho
rooiano , escepto en la jurisdiccion del parla-
amento de Tolosa. Tampoco lo está en algunos
paises que siguen el derecho consuetudinario,
como el Borbones, Berry , Mayne, Poitou y la
Bretaña, ó á lo menos respeta los inmuebles (r).
Antiguamente estaba establecida en Calais^ y la

. ( 1 ) Todo esto se refiere á tiempos anteriores á la revo


lucion francesa .
DE LOS DELITOS Y PENAS. 279
abolieron los Ingleses , cuando se hicieron due
ños de aquella plaza. Es bastante estraño que
los habitantes de la capital esten sujetos á una
ley mas rigurosa que los de las ciudades peque
ñas ; pero esto prueba que la jurisprudencia se
ha ido formando á la aventura , sin orden ni
uniformidad , del mismo modo que se levantan
chozas en una aldea.
¿ Quién creeria que en el año 1673 , en el
siglo mas brillante de la Francia , se esplicase
asi en el parlamento el ñscal Omer Talon , ha-
blando de una señorita de Canillac (t) ?
« En el cap. 1 3. del Deuteronomio dice Dios:
nSi te encuentras en una ciudad y en un lugar
«donde reine la idolatria , pásalo todo á cuchi-
»»llo sin escepcion de edad , sexo ni estado. Re-
«une en las plazas públicas todos los despojos
nde la ciudad, quémala toda con sus despojos,
«de suerte qué no quede mas que un monton
«de ceniza de aquel lugar de abominacion. En
»una palabra , haz de ella un sacrificio al Señor,
«y no quede nada en tus manos de los bienes
),de este anatema. "
» Asi, en el crimen de lesa magestad el rey
«era dueño de los bienes , y los hijos quedaban
«privados de ellos. Habiéndose formado causa á
«Naboth , quia makdixsrat regi , el rey Acab se
«puso en posesion de su hacienda. Noticioso
«David de que Mifiboseth habia tomado parte
«en la rebelion , dió todos sus bienes á Siba,
«que fue el que le llevó esta nueva; Tua sint
nomnia quce fuzrunt Miphiboseth ".

(1; Diario de tribunales, tora. 1. pág. 444.


280 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
Trátase de saber quien heredará los bienes
de la señorita de Canillac , confiscados antigua
mente á su padre, abandonados pdr el rey á
un tesorero mayor , y dados despues por el te
sorero á la testadora. Es bien estraño que en
el pleito de una señorita de Auvernia traiga
el fiscal á colacion á Acab , rev de una parte
de Palestina , que confiscó la viña de Naboth
despues de haber asesinado á su dueño con el
puñal de la justicia: accion abominable que ha
pasado á citarse como proverbio para inspirar
á los hombres el horror de la usurpacion. Se
guramente la viña de Naboth no tenia relacion
alguna con los bienes de la señorita de Cani
llac, y no es mayor la afinidad que tienen con
el testamento de esta el asesinato y la confis
cacion de bienes de Mifiboscth, nieto del rey
Saul , é hijo de Jonatas , amigo y protector
de David.
Con esta pedantería , con este furor de amon
tonar citas estrañas al asunto, con esta igno
rancia de los primeros principios de la natura
leza humana, con estas ideas mal concebidas y
peor aplicadas , ha sido tratada la jurispruden
cia por unos hombres que llegaron á tener fa
ma en su profesion. Es inútil presentar al lec
tor las reflexiones que deben ocurrí ríe natu
ralmente.
§. XXII. :

Del juicio criminal y dé algunos trámites


judiciales. '
Si algun dia se suavizan en Francia con
leyes humanas algunos usos demasiado riguro
DE LOS DELITOS Y PENAS. 28 I
sos , pero sin que por ésto se allane el camino
á los delitos , es de creer' que se reformará tam
bien el modo de enjuiciar en los artículos en
que parece que los redactores se dejaron llevar
de un celo demasiado severo. Parece que el re
glamento criminal se propuso en muchos pun
tos la ruina de los acusados. Siendo ésta la úni
ca ley uniforme que hay en todo el reino \ no
debería ser tan favorable al inocente como ter
rible para el culpado ? En Inglaterra una sim
ple prision que se egecute indebidamente , es
reparada por el ministro que la dispuso ; pero
en Francia, el inocente que ha estado sepulta
do en un calabozo , y ha sufrido los horrores
del tormento , no tiene que esperar ningun con
suelo , ni reclamar de nadie la menor indemni
zacion. Queda infamado para siempre en la so
ciedad. ¡Ün inocente infamado! ¿Y por qué?
Porqué se le dislocaron los huesos. Pero solo
debería escitar la compasion y el respeto. La
pesquisa de los delitos exige rigor , como que
es una guerra que la justicia de los hombres
hace á la perversidad ; pero tambien hay en la
guerra generosidad y compasion. El valiente es
compasivo , ¿y será bárbaro el magistrado ?
Comparemos aqui en' algunos puntos el jui
cio criminal de los romanos con el nuestro.
Entre los romanos los testigos eran oidos
públicamente , en presencié- del acusado , que
podía responderles , preguntarles ú oponerles
un abogado. Este modo de proceder era noble y
franco , y respiraba la -magnanimidad romana;
Entre nosotros , todo es secreto y misterio.
Un solo juez asistido de un escribano , oye á
cada testigo' separadamente.' Esta práctica, es
til COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
tablecida por Francisco I , fue autorizada por
los comisionados que dispusieron el reglamento
de Luis XIV en 1670 ; y dió motivo á ella una
equivocacion.
•Se habia creido , al leer el código de testibus,
que las palabras (1) testes intrare judkii secretum
significaban que los testigos eran interrogados
en secreto ; pero secretum significa aqui el des
pacho ó gabinete del juez. Intrare secretum, pa
ra decir, hablar secretamente , no seria espre-
sion latina. Fue pues un solecismo el que dió
origen á esta parte de nuestra jurisprudencia.
Los declarantes son por lo comun gentes de
la hez del pueblo , á quienes el juez encerrado
con ellas , puede hacer que digan todo lo que
él quiera. Estos testigos son oidos segunda vez,
pero siempre en secreto, y esto es lo que se
llama acto de comprobacion. Si despues de esta
diligencia , se retractan en, sus deposiciones, ó
las varían en circunstancias esenciales , son
castigados como testigos falsos: de suerte que
cuando un hombre sencillo y que no sabe espli-
carse , pero que tiene un corazon recto y se
acuerda de que dijo demasiado ó no dijo bas
tante. , que no entendió bien al juez , ó que el
juez le entendió mal, revoca lo que habia dicho,
se le castiga , por principios de justicia, como
á un malvado , y se le obliga mas de una vez
á sostener un falso testimonio por el temor de
ser tratado como testigo falso.
Parece que la ley obliga al magistrado á por
tarse con el acusado mas bien como enemigo que

(O Véase á Bornier , tit. 6. art.II.de las informaciones.


DE LOS DELITOS Y PENAS. 283
como juez. Este juez es dueño de mandar (1) que
se haga el careo del acusado con el testigo , ó
de omitirlo. | Es posible que haya de ser arbi
traria una cosa tan esencial como el careo ?
Si se trata de un delito , la persona acusada
carece del auxilio de un abogado (2), y entonces
el partido que suele tomar , siempre que puede,
es el de ponerse en salvo por medio de la fuga:
que es lo que le aconsejan todas las máximas del.
foro. Pero en tal caso , puede ser condenada , ya
sea que se pruebe el delito , ó que deje de pro
barse. ¡Cosa estraña! El hombre á quien se de
manda por una suma de dinero , no puede ser
condenado en rebeldia , sino se justifica la deu
da ; pero cuando fe trata de la vida , puede ser
lo , aunque no conste el delito. 5 Será posible
que la ley haya preferido el dinero á la vida?
¡ Oh jueces ! Consultad al piadoso Antonino y
al benigno Trajano , y vereis que prohiben que
sean condenados los ausentes (3).
¡Cómo! Permite la ley que un concusiona
rio, y un fallido de mala fe se valgan del auxi
lio de un abogado ; ¡y un hombre de honor se ve
privado muchas veces de este socorro! Si pue
de haber una sola ocasion en que un inocente
pueda justificarse por el ministerio de un abo
gado ¿ no es claro que será injusta la ley que le
prive de este recurso ?
El primer presidente Lamoignon decia contra
esta ley »que el abogado ó la persona que se ha-

(1) r si es necesario, se hará el careo, dice el reglamen


to de 1670, art. I , tit. 15.
(2) Conforme á dicho reglamento.
(3) Digesto, ley I, tit. de abscntibus, y l.S.t.depje »¡f
284 comentario sobre el libro
tibia acostumbrado á dar á los acusados para
«que se aconsejasen con ella, no era un privile-
«gio concedido por los reglamentos ni por las
«leyes , sino una libertad adquirida por el dere-
Mcho natural , que es mas antiguo que todas las
«leyes humanas. La naturaleza enseña á todo
«hombre que debe recurrir á las luces de los
«demas cuando no tiene las suficientes para di-
«rigirse á sí mismo , y buscar auxilio , cuando
«no se halla con las fuerzas necesarias para de-
«fenderse. Son tantas las ventajas de que han
«despojado á los acusados nuestros reglamentos,
«que es muy justo conservarles lo que les queda,
«y principalmente el abogado , que es la parte
«mas esencial. Si se compara nuestro modo de
«enjuiciar con el de los romanos y el de las de-
«mas naciones , se hallará que no le hay tan ri-
«guroso como el que se observa en Francia,
«particularmente desde el reglamento de 1539."
Este método es mucho mas riguroso desde el
reglamento de 17605 pero habría sido mas sua-
be , si el mayor número de los comisionados
hubiese pensado como Mr. de Lamoignon.
El parlamento de Tolosa sigue una práctica
muy singular en las pruebas por testigos. En
otras partes se admiten semipruebas ó proban
zas semiplenas , que en substancia no son mas
que dudas; porque es notorio que no hay se-
miverdades. Pero en Tolosa se, admiten cuartas
y octavas parte de prueba. AUi se puede , por
egemplo , considerar un dicho conlb una cuarta
parte , otro dicho mas vago como una octava,
de suerte que ocho rumores que no son mas que
el eco de un dicho infundado , pueden llegar á
ser una prueba completa. Casi conforme á este
DE LOS DELITOS Y PENAS. 385
principio , fue condenado al suplicio de la rue
da el desgraciado Juan Calas. Las leyes roma
nas exigían pruebas luce meridiana clariores.

§. XXIII.

Idea general dé alguna reforma.

Es tan respetable la magistratura que el úni


co pais de la tierra en que es venal (1) suspir*
por verse libre de este abuso , y desea que el
jurisconsulto pueda llegar por su mérito á ad
ministrar la justicia que defendió con sus des
velos , con su voz y con sus escritos. Quizá en
tonces veríamos que con trabajos bien dirigi
dos y verdaderamente útiles nacía una jurispru
dencia regular y uniforme.
¿ Se ha de juzgar siempre de distinto modo
una misma causa en las provincias y en la capi
tal? ¿Se ganará en la Bretaña el mismo pleito
que se pierda en el Lenguadoc? ¿Qué digo?
Hay tantas jurisprudencias como ciudades , y
aun en el parlamento cada sala sigue diferentes
maximas (2).
i Qué prodigiosa contrariedad entre las le
yes de un mismo reino ! En Paris , el hombre
que ha estado domiciliado en la ciudad un año
y un dia , es tenido por vecino. En el Franco
Condado , el hombre libre que ha vivido un
año y un dia en una casa perteneciente á ma
nos muertas , queda sujeto á la esclavitud. Sus

(1) Lo era en Francia antes de la revolucion.


(2) Véase sobre esto al presidente Boubier.
1%6 COMENTARIO SOBRE EL LIBRO
colaterales no podrian heredar lo que hubiese
adquirido en otra parte ; y sus propios hijos se
ven reducidos á la mendicidad , si han pasado
un año lejos de la casa en que murió su padre.
¡Que disputas tan interminables , cuando se
trata de fijar los límites entre la autoridad civil
y los usos eclesiásticos! ¿Pero dónde estan es
tos límites? ¿Quien concillará las eternas con-,
tradicciones del fisco y de la jurisprudencia? En
fia , ¿ por qué en ciertos países no se fundan ó
motivan jamas las sentencias i ¡ Por ventura es
vergonzoso dar razon de ellas? ¿Por qué los que
juzgan en nombre del soberano no le presentan
las sentencias de muerte antes de que se ege-
cuten ?
A cualquier parte donde volvamos los ojos,
encontramos contrariedades , dureza , incerti-
dumbre y arbitrariedad. Ya que en este siglo
procuramos perfeccionar todas las rosas, trate
mos tambien de perfeccionar las leyes , supues
to que de ellas depende nuestra vida y hacienda.

FIN.
ERRATAS.

Pág. Línea. Dice. Léase.

31 33 incohertente. . . incoherente.
34 8 de del.
40 37 empleaba empleaban.
44 31. ..... temparamento.. tempera
mento.
50 19 abrogarse arrogarse.
78 11 alimiento alimento.
88 33 su el.
9$ 15 sociedad saciedad.
Ibid 31 cosas. casas.
10; so da por podrá.
110 31 reprueba prueba.
119 30 pudiera pudieran.
133 6 crimines crímenes.
126 30 dedir decir.
130 34 le se.
14$ 1 Escipio Escipion.
Ibid 8 pretentar presentar.
146 3 imprudente. . .. impudente.
Ibid 38 remiten vomitan.
150 31 excesos eclesiásticos
161 33 forine de furtüs./ann<c de
furtis.
171 as aplicándole. . .. aplicándola.
183 3 los las.
ai 3 26. .... . lector imparcial, lector.
338 14 sus las.
253 35 o icencia inocencia.
356 39 ara para.
287
Esta obra y las siguientes se venden en Madrid
. en la librería de Sojo.
El Espíritu de las leyes de Montesquieu , traducido
é ilustrado con notas , por D. Juan de Penalver, en
cinco tomos en octavo prolongado , con el comentario
que hizo á esta obra de Montesquieu el célebre conde
Destutt-Tracy : su precio en rústica 90 reales y ico en
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Tratado de Economía política , d exposicion sencilla
del modo con que se forman , se distribuyen y se con
sumen las riquezas. Cuarta edición , corregida y aumen
tada. Escrita en frances por D. Juan Bautista Say , y
traducida nuevamente al castellano por D. Juan Sanchez
Ribera, maestro de lengua francesa de los estableci
mientos militares de Alcalá : dos tomos en cuarto abul
tados , en buen papel y letra nueva : £6 reales en rús
tica y 64 en pasta.
Cartilla de Economía política ó instruccion familiar
que manifiesta como se producen, distribuyen y consu
men las riquezas , &c. , por Juan Bautista Say , y tra
ducida al castellano, en un tomo en octavo prolonga
do , á 12 reales en pasta y 10 en rústica.
De la Inglaterra y de los ingleses , por Juan Bautis
ta Say , un tomo en octavo prolongado , á 6 reales en
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Principios de Economía política , considerados por las
relaciones que tienen con la voluntad humana ; y princi
pios logicos , o recopilacion de los hechos relativos al
entendimiento humano: por el conde Dcsttut-Tracy:
dos tomos en octavo prolongado, en papel fino y bue
na letra : á 34 reales en rústica y 40 en pasta.
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economica , política y militar, por D. Antonio Capma-
ni y Mompalau , individuo de varias Academias litera
rias : un tomo en cuarto : á 16 reales en rústica y 20
en pasta.
Teoría de las Córtes ó grandes juntas nacionales de
los reinos de Leon y Castilla , y de la soberanía del
pueblo, &c. , por el ciudadano D. Francisco Martínez
Marina , Canonigo de la iglesia de S. Isidro de Madrid,
y Diputado en las actuales Cortes por el principado de
Asturias : segunda edicion , en tres tomos en cuarto abul
tados , en papel tino y letra nueva : 96 reales en pasta
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juicio critico de la Novísima recopilacion, por el
x88
mismo sefior Marina : un tomo eu cuarto : a 20 reales
en rústica y 24 eu pasta. ,
Discurso sobre el origcD de la monarquía, y sobre
la naturaleza dal gobierno español, por dicho señor
Marina : á 10 reales.
Discurso sobre las sociedades patrioticas , por dicho
sefior Marina : á 4 reales.
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fundida por Cárlos Constante Letellier, profesor de
bellas letras , acomodada al uso de los españoles , enri
quecida con un tratado completo de pronunciacion , y
con otras adiciones útiles , por D. Juan Sánchez Ribera,
maestro de lengua francesa en los establecimientos mi
litares de Alcalá : un tpmo en cuarto abultado , de pa
pel fino y letra nueva extrangera : 40 reales e-n pasta
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va edicion en cuatro tomos en octavo mayor , que con
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principe político cristiano: la República literaria, ilus
trada con notas; y uu diálogo entre Mercurio y Lucia
no sobre las locaras de. Europa. Acompaña una noticia
de la vida y escritos de Saavedra , y un elogio de sus
obras , compuesto por el erudito D. Gregorio Mayans y
Sisear. Sale esta edicion adornada con un buen retrato
del autor : 68 reales eu rústica y 80 en pasta-
Contrato social o principios de -derecho político, por
J1. J. Rousseau : un tomo en dozavo: á 14 reales en
pasta y 12 en rústica.
Nueva traducios al castellano del manuscrito remi
tido de santa Elena por conducto reservado , y publica
do en Londres en 1817. Contiene la vida política de
Napoleon , escrita por él mismo ; y sale adornada con
su retrato : un tomo en octavo prolongado : 10 reales
en rústica. n ._ . • , ,<•
Máximas y pensamientos del prisionero de santa
Elena (Napoleon Bonaparte), traducion del ingles al
frances , y de este al castellano: 6 reales.
Se está imprimiendo en Madrid una nueva, edicion
de la Ciencia de la legislacion del caballero Filangieri,
en octavo prolongado, de igual tamaño que los del Es
píritu de las leyes de Montesquieu que se acaban de pu
blicar en castellano , y las dos formarán una bella co
leccion. >•"";,
Tambien se están imprimiendo en Madrid en seis
tomos en cuarto las obras de legislacion del celebre in
gles Bentham , traducidas y comentadas por el juriscon-
sulto D. Ramon Salas-, Doctor de la Universidad de Sa-
a manca.