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Tabla de contenido

1. Introducción

2. ¿El hombre es la medida de todas las cosas?

3. Argumentaciones o movimientos animalistas que defienden la dignidad del animal.

4. El reconocimiento de la dignidad humana.

5. Dignidad de los humanos y valor de los animales

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1. Introducción

La dignidad de la persona es el fundamento de los derechos humanos, sin embargo, en las

últimas décadas el movimiento animalista propone extender las fronteras de la consideración de

persona más allá, es decir, que lo humano se acerque a lo animal y lo animal a lo humano, quedando

estos dos a un mismo nivel ético, cosa que no puede ocurrir. De esta manera, surge un movimiento

de liberación animal o también llamados animalistas, donde su máximo representante es Peter

Singer, quien en 1975 en su obra «animal liberation» “trata de llevar la ética más allá de los límites

de la especie humana” (Cortina, 2009, pág. 42), como si el animal fuera igual a nivel ético y moral

que el ser humano. A partir de estas manifestaciones en favor de los animales, la UNESCO hizo

una “«declaración universal de los derechos del animal»” (UNESCO, 1978), argumentos válidos

para el movimiento, ya que se afirma que todos los animales nacen con los mismos derechos, como

el derecho a la existencia, desde el punto de vista de un plano biológico, lo que lleva a pensar que

el hombre debe tener los mismos deberes y derechos para con los animales, que no tiene capacidad

de razonar o presentar algún argumento que ponga de manifiesto que ellos tengan las misma

dignidad moral para con el hombre (Cortina, 2009, pág. 192).

Por esta razón, Adela Cortina discute y enfrenta esta corriente, para llegar a un punto de

equidad, ya que “el movimiento animal ha tenido entre otras la ventaja de sacar a la luz un asunto

relegado en exceso, que es el valor interno de los animales” (Cortina, 2009, pág. 223), buscado dar

a conocer que la vida es valiosa en sí misma, tanto en la naturaleza como en los animales, dejando

de lado su simple instrumentalización, es decir, que no solo se vean como simples mercancías, que

dan sustento político y económico a la humanidad, etc., lo que hace olvidar que ellos merecen

respeto y unos derechos indirectos, que son responsabilidad del hombre, que es aquel ser capaz de

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razonar y saber escoger entre el bien y el mal, tanto para sí mismo como para el conjunto de toda

la creación.

2. ¿El hombre es la medida de todas las cosas?

El hombre, como ser dotado de racionalidad y con la capacidad de reflexionar lo que sucede

en su entorno, ha manifestado la preocupación de explicar la naturaleza de todas las cosas, como

también de explicarse a sí mismo, de tal manera que, aunque históricamente cerca de X siglos, se

afirmó que Dios estaba en el centro de todo lo que rige el universo, el tema fue cambiando

progresivamente cuando el hombre empezó a reflexiona sobre sí mismo y se dio cuenta que era

capaz de comprenderse y razonar. Pero, esta reflexión en torno al hombre, no es asunto que atañe

particularmente a nuestros días ni a los últimos siglos de esta era, sino que ya en la antigüedad, los

griegos fueron pioneros en dicho asunto.

Así, encontramos que los griegos colocan al hombre como centro del universo, mostrando que

él «es la medida de todas las cosas, tanto del ser de las que son, como del no ser de las que no son»

(Platón, El Teeteto 151e - 152a), tal como parece afirmarlo Protágoras. Desde este punto de vista,

se puede considerar que, en un sentido relativista, este postulado sería verdadero, porque a cada

individuo las cosas se le manifiestan de diferente manera, por lo cual, su visión subjetiva vendría

a ser el centro de la concepción del mundo, por lo que el hombre se convertiría en el centro del

universo, ya que su capacidad de razonar sobre el cosmos lo reinventa como el ser que es la medida

de todo. Sin embargo, Protágoras no pretendía asegurar que el hombre era el centro del universo

como tal, sino “hacer una profesión de relativismo al declarar que las cosas y los valores son como

los captan cada hombre y cada pueblo, que no podemos decir de las cosas y los valores, sino lo

que nos parece que son y lo que nos parecen que valen” (Cortina, 2009, pág. 23). Por tanto, exponer

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que el criterio del hombre sobre las cosas lo hace acreedor del puesto central del mundo no es la

intención fundamental de Protágoras, pero si pone de relieve la importancia del hombre dentro de

la naturaleza y el mundo, partiendo de su punto de vista.

Ahora bien, en esa tarea de entender si “el hombre es la medida de todas las cosas (en el sentido,

sin duda de que tal como me parecen a mí las cosas, así son para mí, y tal como te paren a ti, así

son para ti)” (Platón, El Crátilo 385e – 386a), es decir, en un sentido relativista, se debe, en primer

lugar, situar tal enunciado como una expresión de carácter antropocéntrico, puesto que allí se da

“un paradigma que sitúa al hombre en el centro del universo y relega a los demás seres” (Cortina,

2009, pág. 23); dicha afirmación, lleva a colocar al hombre en la cúspide del reino animal. De esta

forma, el interés por el hombre ha sido cada vez mayor a lo largo de la historia –tanto así– que

muchas veces se irrespeta a los demás seres que le rodean o, también, se ha llegado a faltar a la

dignidad de la persona misma en búsqueda de avances y respuestas para las ciencias.

De igual forma, Aristóteles, en su ética, recuerda “que el hombre es el más principal de todos

los animales” (Aristóteles Ética Nic.VI,7), ya que el hombre posee la razón, el elemento que lo

diferencia de los demás seres. De ahí, surge la idea de que todos los demás seres se orienten hacia

él, es decir, que las plantas están para los animales y los animales están para el hombre, que los

domestica para su servicio y alimentación, viéndolo desde una visión ascendente de la naturaleza;

pero, dicha afirmación no justifica que el hombre pueda pasar sobre la naturaleza de todos los

seres, llegando a causarles diversos daños.

Por otro lado, Descartes, en el siglo XVII, con su pensamiento, le sigue dando un auge a esta

problemática: cuando se pensaba que Dios era el centro de todas las cosas (teocentrismo), con su

afirmación “pienso, luego existo” (Descartes, A-T, IV, 32, 7), él ya le está dando un sentido más

elevado al hombre, puesto que es el ser capaz de pensar y tomar conciencia de sí mismo. Para

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llegar a esta afirmación, Descartes parte de una concepción siempre fiel a la tradición cristiana,

donde el hombre está compuesto de cuerpo y alma, de tal manera que para él, el cuerpo es la

extensión que ocupa un espacio concreto y el espíritu (alma) es inmaterial, en el que su atributo es

la conciencia y el pensamiento; así expuesto, el hombre es el único ser que razona, haciéndole

diferente a los demás y, por tanto, se ha de tener claro que el hombre como ser que tiene uso de

razón, es capaz de pensarse así mismo, logrando tener una dignidad y unos derechos propios,

cuestiones que él mismo se ha planteado desde su inicios. Todo aquello lo debe llevar a obrar de

una manera que no afecte a los demás seres que fueron puesto bajo su jurisdicción y/o a su servicio.

Es por esto que, en la afirmación de Kant: “obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu

persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca

simplemente como medio” (Kant, Ak. IV, 429) se adquiere un sentido en favor de la persona

humana, sin llegar a colocar a todos los seres como simples mercancías, ya que cada persona tiene

una dignidad; así que, “el hombre es fin limitativo para el hombre (no dañar) y a la vez es fin

positivo (sin ponderar)” (Cortina, 2009, pág. 25), lo que hace que se opte por una defensa de los

derechos fundamentales, que determinan como tal el respeto por la dignidad humana y, así, “los

llamados derechos humanos no hacen sino ir puntualizando qué capacidades de los seres humanos

tiene que verse protegidas y empoderadas para llevar una vida digna” (Cortina, 2009, pág. 25).

Por tanto, decir que el hombre es la medida de todas las cosas, es afirmar que ha determinado,

y aún determina, muchas cosas y cuestiones sobre sí mismo, su entorno y el mundo; pero, al

considerar las limitaciones del hombre a la hora de razonar, como en el ámbito ético, tiende a

debilitarse, puesto que él está colocando a otros seres a su mismo nivel, produciendo consecuencias

que también afectan el mundo de la política, dado que se debe velar con justicia y autonomía por

los derechos humanos. Es por ello que, Adela Cortina dice: “conviene afirmar que el hombre ya

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no es en exclusiva el centro de la vida moral y de la comunidad política, que hay otros seres que

aspiran a ser beneficiarios y protagonistas de ese mundo moral y político que es posible por la

libertad” (Cortina, 2009, pág. 26).

La afirmación de Cortina, se da porque el hombre ha dado la oportunidad a otros seres para

que sean protagonistas del universo, de tal manera que ha llegado des-dignificar su propia esencia

como hombre, rebajando su nivel ético en cuanto tal; es decir, que el hombre mismo, en su libertad,

ha dejado de ser el centro de todas las cosas, ya que lo que se busca es tener claro que cada hombre

capta las cosas de una manera diferente de como son, por su misma autonomía, como también en

cuánto a lo que valen como seres. Así, este antropocentrismo generado desde los inicios filosóficos

está quedando relegado a otros seres, no humanos, que les falta la capacidad de razonar y de tomar

decisiones que estén en beneficio o en contra de una comunidad.

Entonces, la conciencia del hombre debe hacer, como ser que razona –atributo que le ha dado

un lugar privilegiado entre los demás seres de la naturaleza-, es impulsarlo a la responsabilidad y

el respeto, buscando siempre salvaguardarse en su dignidad de ser hombre en cuanto tal, porque

se diferencia de los demás seres, no solo por su complejidad en sí mismo, “sino por su naturaleza

que tiene una esencia ontológica diferente que puede ser elevada en el orden del ser” (Lucas, 2008,

pág. 242).

3. Argumentaciones o movimientos animalistas que defienden la dignidad del

animal.

Al abordar un tema como este, es necesario tener claro que el término animalista debe ser

entendido como “dicho del arte o de sus manifestaciones: Que tienen como motivo principal la

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representación de animales” (Academia, 2018). Pero aquí el termino debe ser entendido como

“defensor de los animales” (Moliner, 2013). Partiendo de esta definición de primera mano y para

llegar al punto culmen de la discusión, se hace necesario realizar un recorrido histórico, para poder

entender y comprender de donde se derivan las manifestaciones y las argumentaciones actuales

del movimiento animal o de liberación animal.

Entonces, hablando históricamente, se puede decir que “la primera generación del movimiento

animal actual en defensa de los animales surge en el Reino Unido, en la década de los setenta del

siglo XX” (Cortina, 2009, pág. 41), puesto que allí se lleva a cabo un rito supersticioso para

conmemorar las cosechas de cada año, donde un grupo de animales, como los perros, fueron

utilizados para cometer actos que atentan contra su naturaleza, es decir, que se cometieron

crueldades, con el único motivo de divertir a un grupo de individuos o, simplemente, para decir

que la materia fecal de los perros serviría como abono y obtener buenas cosechas. Esta situación

lleva al siguiente interrogante: ¿para tener buenas cosechas se debe llegar a cometer actos de

crueldad que atentan contra el respeto por los animales?

Dicha cuestión, da pie para que muchos filósofos moralistas busquen asumir la defensa por los

animales, como el caso de Peter Singer, quien en 1975 publicó su obra “animal liberation”, un

documento que se ha venido convirtiendo en la biblia del movimiento animal, dado que “el autor

trata de llevar la ética más allá de los límites de la especie humana” (Cortina, 2009, pág. 42), como

si el animal fuera igual a nivel ético y moral que el ser humano. A partir de estas manifestaciones

en favor de los animales, la UNESCO hizo una “«declaración universal de los derechos del

animal»” (UNESCO, 1978), argumentos que son válidos para el movimiento, ya que se afirma que

todos los animales nacen con los mismos derechos, como el derecho a la existencia; pero, esto es

colocando todo en el plano biológico.

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Por otra parte, el animalismo se sirve tres tipos de argumentos: el especismo, los casos

marginales y el sufrimiento, que serían los elementos fundamentales para sostener que los animales

tienen derechos, al igual que las personas. En primer lugar, “el especismo consiste en distinguir

netamente las especies animales de la humana, y afirmar el valor de algunos seres vivos solamente

porque pertenecen a la especie biológica humana” (Lucas, 2008, pág. 240); ésto, le ha llevado a

una discusión sobre él mismo (hombre) y los demás animales, en cuanto que se cree más superior

a todos los demás seres, haciéndolo un argumento válido para los animalistas, además, que está

muy unido a los casos marginales.

El segundo elemento, sería “los llamados «casos marginales» (marginal men), es decir,

individuos de la especie humana disminuidos mentales, comatosos, que se encuentran en la misma

situación de inconciencia que otros seres no humanos” (Lucas, 2008, pág. 240), ya que, sabiendo

que ellos son respetados por el simple hecho de pertenecer a la condición de la especie humana,

esto se convierte en una problemática para el movimiento animalista, porque si ese es el

fundamento para que se deban hacer valer sus derechos, se cuestionan por qué no ocurre lo mismo

con los seres que no son humanos; es decir, que en la medida que se respeten y se hagan valer los

derechos de los “casos marginales”, también se deben hacer valer los derechos de los no humanos.

Finalmente, el sufrimiento de los animales es otra de las argumentaciones para defender el

movimiento, dado que “como los hombres, también los animales experimentan dolor y placer”

(Lucas, 2008, pág. 241), y observar la crueldad de algunos de los actos de los hombres para con

los animales, como si no sintiesen lo que les está ocurriendo, haciendo repudiable estos actos para

la opinión pública, incluso sin ser parte del movimiento, hace que la cuestión se vuelva más

contundente a la hora de pedir los derechos de los animales, al nivel que los posee el hombre, para

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permitir dichos actos que degradan el ser y la naturaleza de los animales y su propósito en el orden

natural.

Sin embargo, se ha de tener en cuenta que Adela Cortina, con una visión histórica, pero también

bíblica, en su obra “Las fronteras de la Persona”, nos dice que en “el relato de la creación del

libro del Génesis es indudable que el actor principal es el hombre” (Cortina, 2009, pág. 46), puesto

que Dios crea al hombre a su imagen y semejanza y le da el domino de la tierra cuando dice “sed

fecundos y multiplicaos, henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves

del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra” (Gn 1,28), de tal manera que, le da potestad de

regir, pero no de adorar animales, y que todos ellos estén a su servicio. En contraposición a ello,

Peter Singer, tomando como fundamento la Sagrada Escritura y, para darle validez a su

movimiento animalista, dice, que el relato de la creación “ved que os he dado toda hierba de semilla

que existe sobre la faz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla. Todo ello

servirá de alimento” (Gn 1,29), es para sustentar que el hombre en un principio se alimentaba de

las hierbas que producía el campo y no de animales, es decir, que “la crueldad injustificable estaba

prohibida, y que «dominio» es realmente «custodia», y somos responsables ante Dios por el

cuidado y bienestar de aquellos que están bajo nuestra custodia” (Singer, 1975, pág. 234), de tal

manera que se va entretejiendo el argumento, que defiende a los animales, buscando colocarlo en

el mismo nivel ético que el del hombre.

No obstante, decir que existe la posibilidad que los animales pueden pasar a formar parte de la

vida moral del hombre, siguiendo los argumentos presentados por el movimiento animalista, es

algo erróneo, ya que, aunque pueden ser válidos los postulados que presenta Peter Singer, con todo

su movimiento animal para defender a los animales de los abusos del hombre y la crueldad, se

debe tener clara la idea que, como él mismo dice, el hombre está para el dominio de los demás

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seres. Esta idea del predominio del hombre sobre los animales, también se refleja de una manera

clara en la visión de Aristóteles, quien dice:

El hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la

poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de

placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así

como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo,

el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación

comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad. (Aristóteles, La política L. I. 1253 11-12)

De esta manera, los argumentos animalistas comienzan a carecer de validez, ya que en el

animal el sufrimiento y el dolor son algo que se debe evitar, por el hecho de lo que es en sí, en

cambio en el hombre, este fenómeno se percibe con toda intensidad de conciencia, llegando a

convertirse en un valor. Por consiguiente, se puede concluir que, de acuerdo al argumento de

Aristóteles, aunque entre el hombre y el animal hay muchas similitudes o semejanzas, también

existe una pequeña, pero a la vez abismal, diferencia como lo será el lenguaje, que hace que el

hombre tenga autoconciencia y autonomía para ser capaz de dominar y regir todas las demás

especies.

4. El reconocimiento cordial de la dignidad.

Para hacer un reconocimiento de la dignidad humana, se hace necesario definir, en primer

momento, la palabra dignidad. “El término dignidad se ha empleado también para designar la

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especial posición del ser humano, como ser racional, entre los demás seres naturales” (González,

2010, pág. 317). De ahí que, este argumento se ha utilizado desde antiguo en contextos políticos

para marcar principalmente las notas de libertad y de cierta independencia que hay en el hombre,

es decir, que la “noción de dignidad expresa el valor y la trascendencia de toda persona humana”

(Rodríguez, 2005, pág. 20) porque es fin en sí mismo, logrando decir que ontológicamente la

dignidad afecta todo nuestro ser que está en el mundo.

Además, históricamente, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 se da

un paso muy importante, porque por primera vez se reconoce de manera universal que los seres

humanos tienen derecho a ver protegida su dignidad, puesto que “todos los seres humanos nacen

libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben

comportarse fraternalmente los unos con los otros” (Naciones Unidas, 1948, Art. 1). Este tema

sigue siendo centro de muchos debates y, por tanto, también se debe tener en cuenta que el hombre

tiene deberes directos e indirectos, para con la naturaleza y para consigo mismo, siendo una

discusión que Adela Cortina buscó dejar en claro, puesto que, ella en su argumentación en el

mundo de los deberes, distingue entre deberes de justicia y deberes morales.

Entonces, puesto que todos los “seres humanos tenemos deberes directos en relación con los

animales, que corresponde a sus derechos de que los cumplamos, y son, por lo tanto deberes de

justicia” (Cortina, 2009, pág. 64), es así, como en principio el maltrato a los animales, además de

presentar un mal carácter donde el hombre se daña a sí mismo y a los demás, porque demuestra la

crueldad, sabiendo que los animales tienen interés de vivir y desarrollar su instinto y por ello no

merecen ser maltratados; equivaldría a la vulneración de esos deberes de justicia. Respecto a los

deberes indirectos o también llamados deberes morales “cobran su fuerza obligatoria, no del

reconocimiento de derechos que los animales no tienen, sino del derecho de los hombres a ser

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tratados con respecto” (Cortina, 2009, pág. 65), ya que quien no es capaz de cultivar una actitud

de compasión y de respeto con los animales, difícilmente lo podrá hacer, con los demás hombres,

puesto que los animales se comportan de una manera análoga y semejante a como lo hacen los

hombres.

Ahora bien, en ese reconocimiento cordial de la dignidad humana y, teniendo claro que hay

deberes directos e indirectos con los animales, se debe tener una exigencia moral. Partiendo de

dicho argumento, al tener en cuenta a Kant, para quien “el único bien moral en el mundo, es una

buena voluntad o una voluntad pura” (Kant, AK. IV, 428), se puede afirmar que el hombre se

convierte en un fin en sí mismo que, a su vez, puede proponerse fines, ya que él es capaz de hacerse

preguntas morales y discernir entre lo justo y lo injusto, como también obrar según sus principios

morales, es decir, de forma responsable. De igual manera, al ser fin en sí mismo –el hombre– es

un ser autónomo que merece un respeto incondicionado, donde para Kant “la autonomía, es, pues,

el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional” (Kant, 1996,

pág. 49), marcando así una diferencia entre los animales y los seres humanos y, por tanto,

reconociendo aquí la dignidad de la persona humana.

Todo ello Adela Cortina lo ratifica cuando dice que “la estructura del reconocimiento recíproco

de que esa capacidad es indispensable para que un ser viva su vida consciente de su dignidad”

(Cortina, 2009, pág. 201) y es por ello que, percibir si se lleva un vida digna o indigna solo lo

pueden hacer los seres capaces de tomar conciencia de esa situación; y, puesto que los demás seres

pueden sentir dolor, placer, cosa que es importante –lo que hace– que se ejerza los derechos de

justicia para no dañarlos, he aquí que la diferencia con el hombre, porque estos seres no pueden

ser conscientes de la dignidad de su existencia, ya que “para tener conciencia de ello se necesita

tener autoconciencia, que en cuestiones de dignidad se despierta desde el reconocimiento que otros

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hacen de ella” (Cortina, 2009, pág. 201). Sin embargo, es difícil saber si las personas son dignas o

no.

Por otro lado, se puede observar otro rasgo de dicha diferencia entre hombres y animales, ya

que el ser humano es sabedor de si otras personas le tratan con o sin respeto, puesto que “un animal

puede dañar, pero no humillar; puede sufrir, pero no saberse despreciado por ser violados sus

derechos” (Cortina, 2009, pág. 202). Por tanto, mientras que el ser humano necesita de su

autoestima, para vivir bien, sabiendo que esto depende del trato que los otros le ofrecen, el animal

es inconsciente de esa realidad que lo rodea. En conclusión, para que los seres humanos lleguen a

desarrollar sus potencialidades, en cuanto persona, necesita que otros de su misma especie

reconozcan que tiene dignidad, caso contrario a lo que sucede con los animales, que no necesitan

de su especie para valorar su existencia.

5. Dignidad de los humanos y valor de los animales

El reconocimiento de la dignidad de la persona humana, como ya hemos mencionado, es un

tema de mucha controversia, que está expuesto a diversas críticas y, por tanto, reconocer la

dignidad de la persona humana y el valor de los animales, nos debe llevar a un punto neutro, debido

a que los argumentos animalistas han buscado sacar a la luz el “valor interno de los animales”

(Cortina, 2009, pág. 223) dado que la vida es valiosa en sí misma. En palabras Adela Cortina,

“Kant no daba el paso a exigir deberes directos en relación con los seres naturales, en su propuesta

sólo la persona es valiosa en sí misma, porque así lo muestra el método trascendental” (Cortina,

2009, pág. 174), esto no quiere decir que los seres humanos pueden tratar a los animales a su

antojo, dado que estos al hacer parte de la naturaleza, también tiene un valor intrínseco, del que se

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ha de tener claridad, ya que un objeto tiene valor intrínseco si tiene valor en sí mismo, es decir,

que su valor no viene de algo distinto, no es extrínseco, y por lo tanto “el valor intrínseco, como

opuesto a lo extrínseco, es independiente en un doble sentido: 1)su bondad no depende del bien de

otra cosa; 2) su bondad no depende de los evaluadores humanos” (Cortina, 2009, pág. 176), de tal

manera que, desde esta perspectiva, el valor intrínseco es realmente objetivo por su independencia

de las actitudes humanas, determinando que el hombre es valioso por sí mismo.

Sin embargo, que los seres humanos sean valiosos, no significa que sean deseables, porque son

valiosos por sí mismo; serán deseables algunas de sus cualidades, pero eso no es lo que los hace

valiosos, porque lo que los hace “absolutamente valiosos es que son ellos los que pueden ponerse

fines, organizar la vida, desarrollar formas de vida política y económica, entender qué sea un

derecho y en qué medida puede ser violado” (Cortina, 2009, pág. 177) y, de esta manera, ellos son

los únicos que pueden entender qué significa una vida digna y apostar por ella, sabiendo que ellos

son los que pueden vivir desde la libertad.

Por otra parte, se pueden reconocer algunas diferencias que existen entre el ser humano y los

animales: 1) Lenguaje, el animal carece de sintaxis y en el hombre se da la sintaxis con pasado,

futuro, preguntas y referencias simbólicas; 2) Religión, el hombre se deja mover por la existencia

del fenómeno religioso, lo que no ocurre con los animales; 3) Sufrimiento, el animal siente dolor

y no padece sufrimiento emocional, cosa que el hombre si siente, siendo consciente de su dolor,

como también padece sufrimiento emocional; y así muchas otras diferencias se podrían enumerar,

pero esto, para concretar que son muchas los elementos que difieren entre el uno y el otro, como

parte de la misma naturaleza, pero, cabe aclarar que todos tienen un valor en sí mismos, sabiendo

que el hombre como ser capaz de razonar se le ha confiado el cuidado de los demás seres.

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Así pues, los humanos tenemos obligaciones para con los animales, ya que ellos deben ser

estimados como seres de valor e instrumentos para el desarrollo de hombre, sin caer en maltratos

que atenten contra estas especies y, por eso, como deber moral se debe respetarlos, protegerlos y

evitarles, en lo posible, el dolor, el sufrimiento y la angustia. Teniendo en cuenta esa relación con

los deberes, es necesario establecer una gradación entre las distintas especies de animales, puesto

que los animales no tienen el mismo peso moral que los deberes que tenemos hacia los humanos,

de tal manera que se es necesario tener cambios legales y prácticos en nuestro trato con los

animales, encaminados a mejorar su bienestar, lo que debería conllevar a la prohibición de

espectáculos que impliquen un trato cruel para con ellos.

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