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CUATRO JUDÍOS

EN EL PARNASO
UNA CONVERSACIÓN


BENJAMIN • ADORNO • SCHOLEM • SCHÖNBERG

CARL DJERASSI
ILUSTRACIONES DE GABRIELE SEETHALER

C i
CAPITAL INTELECTUAL
Djerassi, Carl
Cuatro judíos en el Parnaso. Una conversación.
1a ed., Buenos Aires, Capital Intelectual, 2010.
216 p., 24x19 cm.
ISBN 978-987-614-217-5
1. Ensayo. I. Título
CDD 814

Traducción: Cecilia Absatz

Diseño de tapa: Peter Tjebbes


Coordinación: Juan Manuel Santoro
Producción: Néstor Mazzei

Título original en inglés: Four Jews on Parnassus. A Conversation

© 2008 Columbia University Press


© Carl Djerassi
© Gabriele Seethaler (photographs and computer artworks)
© de la traducción del inglés: Cecilia Absatz
© de la presente edición, Capital Intelectual SA, 2010

Primera edición: 1.500 ejemplares.

Capital Intelectual S.A.


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Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede
ser reproducida sin el permiso escrito del editor.
In memoriam
Diane Middlebrook
1939-2007

Entre aparición y retorno


hay una ausencia de realidad.
Las cosas como son.
O así decimos.

Wallace Stevens,
El hombre de la guitarra azul
prefacio

Elegí el estilo directo como formato para presentar una visión humaniza-
dora y de fácil comprensión de cuatro extraordinarios intelectuales del siglo XX:
Theodor W. Adorno, Walter Benjamin, Gershom Scholem y Arnold Schönberg.
Desde su juventud estos hombres parecían convencidos de estar destinados al
Parnaso; ninguno de ellos tiró jamás un papel escrito, y si lo hacían, uno de sus
amigos lo levantaba y lo guardaba. Como consecuencia de esto, la literatura
biográfica, crítica, interpretativa o revisionista sobre estos hombres es
enorme. Y dado que vivieron en el tiempo anterior a la computadora y previo
al fax de los escritores de cartas, se conserva mucha de su correspondencia per-
sonal y profesional, y buena parte está publicada en forma de libros. Más aún,
cada uno de ellos es el foco de un activo centro de archivos: el de Adorno está
en Frankfurt, el de Benjamin en Berlín, el de Scholem en Jerusalén y el de Schön-
berg en Viena. Son particularmente voluminosos los textos acerca de su inte-
racción cerebral y personal; también sobre el modo en que Adorno y Scholem
canonizaron a Benjamin en forma póstuma después de su trágico suicidio, y así
precipitaron la formación de toda una subdisciplina de benjaminología.
¿Por qué elegí a este cuarteto en particular? Porque los cuatro pertenecie-
ron a la peculiar subcategoría de judíos burgueses austríacos y alemanes de la
generación previa a la Segunda Guerra Mundial, quienes a menudo eran más
berlineses o vieneses que sus compatriotas no judíos. Ninguno de ellos era
demasiado religioso; algunos fueron en esencia seculares. Yo pertenezco a esta
misma subcategoría social y generacional, y mi experiencia personal, con los
efectos indelebles de haber crecido como un judío secular en la Viena de los
años 30, hizo que quisiera examinar la gama de significados de lo judío a través
de cuatro personas que respondían en forma tan diferente a esa categoría.
Incluso algunos no judíos como Paul Klee –personaje importante aunque mudo
en mi libro– a veces cayeron bajo sospecha y quedaron marcados en una era
de virulento antisemitismo: era suficiente con que su profesión o su produc-
ción creativa se pareciera a la de sus colegas judíos seculares.
Hasta hace poco tiempo mis propios textos biográficos se limitaban a la
autobiografía; en realidad fue una explosión biográfica. En 1990 escribí una
autobiografía dirigida a mis colegas químicos (1), con un denso uso de una pic-
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tografía química apenas inteligible para el público general. Lo cierto es que me


picó el bichito de la autoexposición y dos años más tarde publiqué una auto-
biografía dirigida al lector común (2), pero presentada en un estilo quizás poco
convencional, como veinte capítulos independientes y dispuestos en forma no
cronológica. Esta autobiografía marcó mi maduración literaria por encima de
la prosa corriente cargada de información científica, y una década más tarde
publiqué una delgada memoria en la que describía mi completa metamorfosis
de científico a novelista y dramaturgo tardío (3). En el proceso aprendí una
importante lección: la autobiografía contiene un enorme componente de auto-
mitología, porque las palabras puestas en el papel tienen que atravesar el filtro
mental de un exhibicionista, que todo autobiógrafo es. Sólo un masoquista
extremo es capaz de desvestirse por completo delante del lector voyeur para exhi-
bir cada una de sus manchas, debilidades o fechorías. Es muy diferente la bio-
grafía, donde el autor escribe sobre otra persona, por lo general un extranjero
fallecido, y cuenta con una cantidad de documentos escritos o fotografiados
que le sirven como evidencia.
Los apuntes biográficos de Cuatro judíos en el Parnaso surgieron de una mez-
cla de impulsos biográficos y autobiográficos. Quería escribir acerca de cuatro
intelectuales europeos del siglo XX –mi siglo, según yo lo veo, puesto que nací
en 1923–. Este fue también un año de espectacular importancia para los cuatro
sujetos que elegí: Adorno y Benjamin se conocieron en 1923, el año en que
Adorno además conoció a su futura esposa, Gretel; fue el año en que Scholem
emigró a Palestina y se casó; y también el año en que Schönberg enviudó y pre-
sentó por primera vez su Komposition mit 12 Tönen. Pero hay algo más respecto de
mi elección de estos cuatro judíos europeos: reconocí en sus vidas algunos
temas que también quería examinar en la mía, ahora que se acerca a su fin. Lo
mismo que en mi propia autobiografía, decidí poner a mis cuatro sujetos en
escenas selectas, que no necesariamente se conectan en forma cronológica. En
esta instancia, elegí temas que en mi opinión han sido hasta ahora muy poco
desarrollados, o incluso mal desarrollados, en el contexto de registros biográfi-
cos bastante sobredocumentados en todo lo demás. Y lo que es más importante,
opté por caracterizar a mis sujetos a través de diálogos que compuse para ellos.
Los cinco episodios, por lo tanto, podrían ser categorizados como escenas docu-
dramáticas, porque (con dos excepciones estipuladas) cada gota de información
biográfica que revelo surge de la correspondiente documentación histórica, y en
ocasiones incluso a través de citas directas tomadas de la bibliografía o de las
entrevistas personales que se reconocen al final de este libro.
Elegí presentar este material biográfico exclusivamente en forma de diá-
logo, con excepción de los prefacios a cada pieza. Una de las razones tiene que
PREFACIO 9

Gabriele Seethaler, Imágenes en el espejo


de Walter Benjamin y Dora Sophie Benjamin,
Theodor W. y Gretel Adorno, Gershom y Escha
Scholem, y Arnold y Mathilde Schönberg.

ver con mi propia biografía. En mi anterior encarnación como científico durante


más de medio siglo, jamás se me permitió, ni yo me lo permití a mí mismo, usar
el lenguaje directo en el discurso escrito. Con muy raras excepciones, los cien-
tíficos evitan por completo el uso del diálogo escrito desde los tiempos del
Renacimiento, cuando, sobre todo en Italia, algunos de sus textos más impor-
tantes se escribían en forma de diálogo. Podía ser expositor, incluso didác-
tico, o bien coloquial o satírico, pero atraía a lectores y autores por igual. Gali-
leo es un espléndido caso en este sentido. Y no sólo en Italia. Tomemos a
Erasmo de Rotterdam: sus coloquios constituyen un ejemplo superlativo de
cómo una de las mentes más grandes del Renacimiento logró cubrir en
forma estrictamente dialógica temas que iban desde “Asuntos militares (Mili-
taria)” o “El deporte (De lusu)” hasta “Cortejos (Proci et puellae)” o “El joven
y la ramera (Adolescentis et scorti)”. Esta explosión de escritura dialógica estimuló
incluso estudios teórico-literarios. Desde el siglo XVI en adelante los críticos
han intentado exaltar, defender, regular o, ¡ay!, abolir este género de escritura,
que en ocasiones se ha definido como closet drama, es decir, teatro para ser leído
en lugar de actuado.
Uno de estos críticos fue el Conde de Shaftesbury, quien en 1710, en su
obra Consejos a un autor, comentó que “el diálogo está acabado [porque] todo
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regocijante Amorío e Intercambio de Caricias entre el Autor y el Lector” ha


desaparecido. Puesto que me propongo presentar una visión humanizada de mis
cuatro personajes antes que una indagación teórica de su obra, siento que el
modo más efectivo de lograr esto puede ser el dialógico “Intercambio de Cari-
cias”, en lugar de la desapasionada voz en tercera persona. Sólo espero que la
intimidad de mis caricias logren convencer al lector de que, al menos en Cua-
tro judíos en el Parnaso. Una conversación, se justificó que ignorara el consejo del
Conde de Shaftesbury.
Londres, octubre de 2007

1. Carl Djerassi, Steroids Made It Possible (Washington, DC: American Chemical Society, 1990).

2. Carl Djerassi, The Pill, Pygmy Chimps, and Dega’s Horse (Nueva York: Basic Books, 1992).

3. Carl Djerassi, This Man’s Pill: Reflections on the Fiftieth Birthday of the Pill (Oxford: Oxford Univer-
sity Press, 2001).
1. cuatro hombres

Par-na-sus (pär-nas’ s) también Par-nas-sós (-nä-sôs’ ): montaña de unos 2.458 metros de altura,
e
en la zona central de Grecia, al norte del golfo de Corinto. En la Antigüedad fue consagrada
a Apolo, a Dionisio y a las musas. Al pie de la montaña se encontraba el Oráculo de Delfos.
Metafóricamente, la idea del “Parnaso” en la literatura se refiere a su distinción como resi-
dencia típica de la poesía, la literatura y el saber.

El Parnaso es una metáfora comúnmente aceptada del reconocimiento


supremo de los logros literarios, musicales o intelectuales. La llegada a esta exal-
tada cumbre es la prueba de que se ha completado el proceso de canonización.
En un último análisis, el tema que subyace en el siguiente trabajo conversacio-
nal es una exploración del deseo de canonización y el proceso por el cual se logra.
Walter Benjamin, considerado hoy uno de los filósofos y críticos socioliterarios
más importantes e influyentes, es el único de mis cuatro protagonistas que ascen-
dió al Parnaso en forma póstuma. Los otros tres llegaron en vida. En el momento
de su suicidio en 1940, sólo un grupo limitado de intelectuales, en su mayoría ale-
manes –Theodor Adorno, Hannah Arendt, Bertolt Brecht y Gershom Scholem
entre ellos– consideraban que Benjamin alcanzaba la estatura del Parnaso. El con-
tenido y el estilo de sus escritos era tan complicado e incluso retorcido, tan amplia
la gama de sus intereses y tan fragmentadas sus publicaciones, que sólo unos
pocos contemporáneos, especialmente los que recibían sus cartas y sus artículos,
estaban en condiciones de absorber y apreciar la profundidad y el aliento extraor-
dinarios de este poderoso pensador. Como dice Hannah Arendt, “la opinión
de unos pocos no alcanza para la fama”. Sólo en los años 50, y a medida que sus
escritos comenzaron a ser coleccionados y publicados bajo la edición de Adorno,
su esposa Gretel y Scholem, Benjamin fue reconocido en Europa. En Estados
Unidos, el hecho crucial fue la publicación que hizo Hannah Arendt en 1968 de
la versión inglesa de una colección de los ensayos más famosos de Benjamin con
el título de Iluminaciones. Para entonces Walter Benjamin ya estaba cómoda-
mente instalado en el Parnaso. Pero tal como Arendt declara en su introducción
a Iluminaciones, “la fama póstuma es algo demasiado infrecuente como para echarle
la culpa a la ceguera del mundo o a la corrupción de un medio literario”. El
momento también debe ser el correcto, y la dialéctica marxista postnazi de los
años 60 que culminó con los movimientos estudiantiles de 1968 era el clima ideal.
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He inventado ciertas reglas y condiciones para el Parnaso, donde mis cua-


tro protagonistas se encuentran finalmente una vez más. Benjamin invitó a sus
dos amigos, Adorno y Scholem, para que lo ayudaran a dilucidar algunos hechos
que le faltan. En mi Parnaso posmoderno se conoce todo lo que ocurrió durante
la vida de una persona y desde su llegada al Parnaso; de hecho se permite tam-
bién el acceso a internet y la compra tipo Amazon de libros actuales, pero no se
admite contacto alguno con el mundo exterior vía e-mail, y tampoco la crea-
ción de obras nuevas. Entonces, ¿cuál es el problema de Benjamin? Él llegó al
Parnaso en forma póstuma, y en su conocimiento autobiográfico existe una
brecha entre el día de su suicidio en septiembre de 1940 y su llegada al Parnaso
un par de décadas más tarde. ¿Podrían ellos ayudarlo a cubrir esa brecha?
En cientos de libros y miles de artículos suelen aparecer juntos los inte-
grantes del trío Adorno, Benjamin y Scholem. ¿Pero qué pasa con la presen-
cia del cuarto, Arnold Schönberg? No hay evidencia de que Benjamin o
Scholem hayan conocido al compositor. Los escritos de Benjamin no mues-
tran interés alguno o siquiera afinidad con Schönberg, a pesar de que ahora voy
a describir una relación familiar entre ellos, lejana y hasta hoy desconocida.
Adorno, por otra parte, estuvo toda la vida conectado con Schönberg. Ya cuando
tenía veinte años o poco más, después de una precoz tesis doctoral sobre filo-
sofía, Adorno fue a Viena en 1925 a estudiar composición con Schönberg, a
pesar de que su maestro entonces era Alban Berg. Durante años tuvieron una
relación respetuosa aunque pendenciera (1), que pasó la prueba más severa
cuando Schönberg culpó a Adorno por la imagen que le transmitió de él a Tho-
mas Mann cuando lo asesoró para el desarrollo del compositor de música dode-
cafónica Adrian Leverkühn, la figura central de su novela Dr. Faustus. Eventual-
mente Schönberg perdonó a Mann, pero nunca a Adorno.
Pero no es ésta la razón por la cual incluí a Schönberg junto con el trío.
Lo necesitaba como una importante figura de contraste, y también como
participante en los capítulos 2, 3 y 4, porque el proceso de canonización que
reaparece como tema en todos esos capítulos no se refiere sólo a personas sino
también a obras de arte, incluyendo la música. Arnold Schönberg había inven-
tado un juego de ajedrez para cuatro jugadores, el ajedrez de coalición (Bünd-
nisschach). Las reglas básicas del juego son las siguientes. Dos de los cuatro juga-
dores tienen a su disposición doce figuras de ajedrez (amarillas y negras) y
son considerados los dos “grandes” poderes; los otros dos sólo tienen seis figu-
ras (verdes y rojas), y representan a los “pequeños” poderes. Después de los
primeros tres movimientos, dos “coligados” buscan que uno de los pequeños
poderes se declare asociado con uno de los grandes. A partir de ahí el juego
continúa hasta llegar al jaque mate.
CUATRO HOMBRES 13

Dado que las confrontaciones conversacionales de mis protagonistas podrían


considerarse casi como un conjunto de gambitos sociales que involucran tanto
movimientos de colaboración como otros de ataque y defensa, Gabriele
Seethaler introdujo algunas alteraciones visuales del ajedrez de coalición de
Schönberg como leitmotiv para los cinco capítulos, en sí mismo un atractivo
gambito fotorrealista.
Y ahora les presento a mis cuatro personajes, antes de dirigirnos hacia
sus esposas.

Se oye el Kol Nidrei (2) de Max Bruch durante un lapso de unos treinta a sesenta segun-
dos, a partir del sonido pleno del cello; Arnold Schönberg y Theodor Adorno escuchan.
schönberg: ¡Alto! (La música se detiene abruptamente.) Hoy es Iom Kipur...
el Día del Perdón, cuando se toca el Kol Nidre. ¿Pero por qué siempre el
de Max Bruch? Al menos acá arriba, en el Parnaso, escuchemos para variar
mi propia versión. Sin el sentimentalismo del cello de Bruch. ¡El Kol Nidre
necesita palabras, no sólo música!

1.1 Gabriele Seethaler, Walter Benjamin,


Theodor W. Adorno, Gershom Scholem y
Arnold Schönberg en el Parnaso, insertos en el
ajedrez de coalición de Arnold Schönberg.
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(Se oye el Kol Nidre de Schönberg [Opus 39] (3), la introducción musical y el comienzo
de la voz masculina del cantante: “El Kabalah tenía una leyenda: En el comienzo, Dios
dijo ‘Hágase la luz’ hasta las palabras ‘Bi-ieshivá shel ma’lah uve-ieshivá shel ma’tah’.’’)
adorno: ¡Suficiente! (La música se detiene abruptamente.) Ya expuso su argumento,
pero esta reunión no tiene que ver con la música, dodecafónica o la que sea.
schönberg: ¿Entonces para qué me invitó a venir? Ni siquiera conozco a
los otros dos.
adorno: Pero oyó hablar de ellos.
schönberg: Se oye hablar de todos los que están en el Parnaso... al menos
en algún momento. Eso no significa que uno tenga que conocerlos.
adorno: Estuvo de acuerdo en conocerlos.
schönberg: Como un favor hacia usted. No es que se lo merezca... después
de lo que me hizo con Thomas Mann.
adorno: ¡Maestro! Ahora no. Yo no fui el que lo metió en el Dr. Faustus de
Mann. Fue una decisión de él. Pero imagínese lo que habría sido ese libro
si yo no le explicaba su música.
schönberg: (a regañadientes) Está bien... lo dejo pasar. ¿Pero para qué me que-
ría acá? ¿Qué tengo yo que ver con Benjamin y Scholem?
adorno: Quería cuadrar nuestro triángulo con su presencia.
schönberg: (irónico) ¡Muy inteligente! ¿Pero qué pasaría si resulta un para-
lelogramo?
adorno: Voy a correr ese riesgo... mientras deje de ser un triángulo. Además,
necesitamos a alguien de fuera.
schönberg: ¿Cuál es el tema?
adorno: Benjamin. Walter Benjamin. O si quiere saber el nombre com-
pleto que él nunca usó (lenta y deliberadamente), Walter Bendix Schönflies
Benjamin.

1.2 Walter Benjamin.


CUATRO HOMBRES 15

schönberg: Ah, sí... Schönflies, el nombre de su madre. Me fijé en eso...


y me llevé toda una sorpresa. Va a ver cuando se lo diga... Siempre me intri-
garon los nombres y la genealogía. El nombre que le pusieron a usted al
al nacer, Theodor Ludwig Wiesengrund...
adorno (interrumpe): ¡No olvide Adorno!
schönberg (ríe): A eso iba cuando me interrumpió. ¿Cuánta gente, Theo-
dor Adorno, lo conoce como (lenta y deliberadamente) Theodor Ludwig Wie-
sengrund Adorno? Acá arriba diría que nadie.
adorno: Francamente irrelevante.
schönberg: Al contrario. Su nombre completo me proporcionó letras sufi-
cientes para una revancha anagramática por lo que me hizo con Thomas
Mann. ¿Quiere oírla?
adorno: En realidad no.
schönberg: Amo demasiado los anagramas como para resistirlo: “¡WW, no
guío el hedor de traidor!
adorno: ¡Auch... eso sí que dolió! Pero ahora, para variar, sólo escúchenos a
nosotros.
schönberg: ¿Algo sobre música?
adorno: No en lo que respecta a Benjamin. Ni siquiera sabe leer notas. El
arte, desde luego, es otra cuestión. Sobre ese tema escribió uno de los
artículos más influyentes del siglo pasado.
schönberg: ¿Pero alguna vez pintó algo?
adorno: La gente que escribe acerca del arte difícilmente lo realice. Usted,
que es pintor, debería preguntárselo a él. Ahora escuche.
schönberg: Nunca escucho sin interrumpir. Debería saber eso desde la
época de Viena.
adorno: Si no puede evitarlo... interrumpa. Pero antes escuche. Acá viene él
con Gershom Scholem.
benjamin: “Vorbei... ein dummes Wort.” Ahora bien ¿por qué comienzo por la
cita más trivial de Goethe: “Se acabó... qué necias palabras”? ¿Será por lo mucho
que escribí acerca de él? ¿Acaso porque Goethe pone esta frase en boca de
Mefistófeles y yo estoy a punto de comenzar mi anno diaboli? Estoy aquí para
hablar de la verdad... la real... la verdad del engaño. Ustedes tal vez quieran
llamarla ficción. Pero en tal caso es ficción de la pesada, con la carga extra de
las megacalorías... no las calorías enclenques de las galletitas o el paté.
Paul Valéry dijo una vez que todos avanzamos de espaldas hacia el futuro.
Por una vez voy a resistir mi rechazo a la ortodoxia y haré eso. Fue el 26 de
septiembre, en mi anno diaboli 1940, cuando me quité la vida en Port Bou.
(Se ríe para sí mismo.) Fue mi muerte la que puso esa aldea pesquera en el
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1.3 Walter Benjamin.

mapa turístico. De haber esperado un día más... o si hubiera llegado un


día antes, habría podido cruzar la frontera hacia España, luego a Portugal...
y de ahí a la libertad... o lo que yo entonces pensé que era la libertad... Esta-
dos Unidos... o Cuba... o China... o (su voz se pierde)... ¡Pero cómo iba a saber
en ese momento que la policía española cambiaría sus reglas por veinticua-
tro horas! Si algo habían tenido Franco y sus secuaces, era coherencia. No
importa. Yo tenía cuarenta y ocho años pero resollaba como un hombre de
sesenta, que lo era, en realidad, de espíritu y corazón.
Lisa Fittko... esa guía generosa que trataba de llevarnos a España a tra-
vés de los Pirineos... me llamaba “Der alte Benjamin”, mitad en broma y
mitad compasiva, porque cada diez minutos debíamos parar por un minuto
de descanso. Tenía el corazón débil, pero con mis tabletas de nitroglicerina...
pude haber sobrevivido por años. Lisa, diecisiete años menor que yo, llegó
a los noventa y cinco. ¿Y la gente que me trajo aquí, al Parnaso? Hannah
Arendt vivió hasta los sesenta y nueve años y Teddie Wiesengrund hasta los
sesenta y seis.

1.4 Theodor W. Adorno.


CUATRO HOMBRES 17

1.5 Gershom Scholem.

adorno: ¡Adorno! ¡Theodor Adorno, por favor! ¡No me llame Wiesengrund!


benjamin (con una sonrisa forzada): Por supuesto. Theodor Adorno. (A un cos-
tado.) ¡Nosotros, los judíos! Algunos quieren esconder sus nombres... otros
los ostentan. Tomemos su caso, Gerhard...
scholem: ¡Gershom Scholem, por favor! ¡No me llame Gerhard! ¡No ahora
por lo menos!
benjamin: Usted también se vuelve susceptible acá arriba. Yo solía decirle
“Mein lieber Gerhard”, lo llamé así hasta mi deceso. Pero dado que esto es
post-deceso, voy a acceder a su deseo. Usted, Gershom Scholem, logró lle-
gar a Jerusalén y vivió hasta los ochenta y cinco años, mientras algunos ton-
tos como yo nos quedamos en Europa. Hasta Arthur Koestler pudo llegar
a Londres... y tenía casi setenta y ocho cuando murió. Él también se suicidó...
Pero un suicidio a los cuarenta y ocho no se puede comparar con uno treinta
años más tarde. ¡Y pensar que le di la mitad de mis tabletas! Él pudo haber
muerto el mismo día que yo. ¿Pero qué habría pasado si yo vivía treinta años
más? Vayan a cualquier librería: van a encontrar mis obras completas en die-
cisiete volúmenes... pero difícilmente haya ahí un libro verdadero. Si hubiera
logrado llegar a España y después seguir viaje, si hubiera vivido tanto tiempo
como Koestler, ¿ahora habría treinta y cuatro volúmenes, incluyendo algu-
nos libros? De una cosa estoy seguro. De haber llegado a Estados Unidos,
hasta yo me habría hecho llamar Walter Benjamin (usa la pronunciación nortea-
mericana)... y no Walter Benjamin (usa la pronunciación alemana) ¿O habría adop-
tado otro nombre? Alguna vez firmé como “Detlef Holz”. Detlef... extraño
nombre para un judío.... ¿Y Holz?* Recuerdo cuando me dijo “No hay nada
rígido en usted”, pero todo el mundo tiene algo rígido como la madera:
la actitud... el movimiento... hasta el corazón. Pero pasemos por alto a Detlef
Holz, porque tuve otro seudónimo mucho más importante: ¡Agesilaus San-

* Holz, en alemán, “árbol”, “madera”, y en forma figurada, “rigidez”. (N. de la T.)


18 CARL DJERASSI

tander! Usted creyó haber descubierto qué significaba... a diferencia de casi


todos los demás... especialmente mis biógrafos. Ninguno de ellos llegó a
conocerme. Yo había muerto... estuve muerto muchos años antes de que
comenzaran a prestarme atención.
scholem (lento y preciso): ¡Agesilaus Santander! ¡Qué oscuro, hombre! Pero las
tres últimas letras... D E R... suenan como la clave de un ingenuo anagrama.
“Der Angelus Satanas”.
benjamin: ¿Ingenuo? Sí. Pero los anagramas deben cumplir las reglas. Su ángel
satánico tiene diecisiete letras, mi seudónimo tiene dieciocho.
scholem: Había armado algunos otros anagramas de Agesilaus Santander:
Saul Andreas Agstein o Stanislaus Adaneger. Pero realmente no tenían sig-
nificado... sólo daban anonimato. “Der Angelus Satanas” en cambio pare-
cía tan relevante que olvidé alegremente la letra que faltaba.
benjamin: Si quiere leer un significado en ese nombre le ofrezco un indi-
cio. ¿Dónde escribí sobre él por primera vez?
scholem: ¿España?
benjamin: Ciertamente. ¿Y Santander no queda en España, cerca de Bilbao?
scholem: ¿Y Agesilaus?
benjamin: Un oscuro rey espartano, que se había lastimado la pierna.
scholem: Tan oscuro que ni yo oí hablar de esa lastimadura.
benjamin: Exactamente la razón por la que lo elegí... y porque yo tenía un
problema similar con mi pierna.
scholem: Esto comenzó como una especie de monólogo –un parnasiano
que iba y volvía–. Fantástico, pensé. Cuando estábamos en Berlín me encan-
taba escucharlo. Yo no tenía ni veinte años.
benjamin: ¡Pero era tan precoz!
scholem: Una porquería comparado con usted.
benjamin: Y sin embargo me pareció que estaba a punto de quejarse.
scholem: Un monólogo parnasiano necesita más drama... más emoción.
benjamin: Estoy reflexionando, no sobreactuando. Si quiere monólogos dra-
máticos lea a Shakespeare. Él usa los monólogos de Hamlet para penetrar en la
subjetividad de su personaje... algo que nadie había hecho antes en el teatro inglés.
scholem: Este monólogo está a punto de degenerar en una clase magistral... ¿y
ahora sobre el teatro? ¿Por qué? ¿Tal vez porque su primer libro trataba sobre
los orígenes del drama trágico alemán? El Parnaso no es un lugar para las diser-
taciones... a pesar de que algunos de sus ocupantes llegaron aquí gracias a ellas.
benjamin: Nadie sabe mejor que usted cómo luché por una posición académica...
y nunca la conseguí. ¿Qué le parece si la consideramos una clase desde la
tumba? Así voy a estar seguro de que todos partimos de la misma página.
CUATRO HOMBRES 19

scholem: ¿Pero una clase para quién? Acá estamos solamente nosotros tres...
y dos de nosotros lo conocemos casi mejor de lo que usted mismo se conoce.
Entonces, ¿cuál es el punto esencial de su disertación autorreflexiva?
benjamin: ¡Hechos! Hechos... que me faltan.
scholem: La reflexión sobre uno mismo surge del conocimiento personal.
Los hechos que usted conoce.
benjamin: Pero yo soy diferente.
scholem: Es lo que siempre afirmó.
benjamin: Esta es una diferencia diferente. Los hechos que yo conozco se
detuvieron en 1940. Ahora estoy en el Parnaso, tengo esporádicas visiones
del pasado reciente y, por supuesto, del futuro. ¿Pero antes de llegar al
Parnaso? Hay un agujero enorme en mi conocimiento personal... me fal-
tan casi veinte años a partir de mi deceso.
adorno: ¿Por qué utiliza una palabra tan suave para un suceso tan trágico?
benjamin: Está bien: suicidio. No sé dónde me enterraron, sólo sé lo que me
dijeron ustedes dos... que mi tumba presunta en Port Bou no es mi
tumba. ¿Entonces qué hicieron con mi cadáver... y con mi portafolios... y
por supuesto con su contenido?
scholem: Bueno, eso tiene más sentido. La clave acá es el contenido... no
los huesos o las cenizas. El contenido de ese maletín tiene que ver con la pre-
sencia de Walter Benjamin en el Parnaso; el resto sólo tiene interés turístico.
schönberg (interrumpe): ¡Esperen un momento! ¡Esperen!
benjamin (que no había reparado en Schönberg): ¿Quién es usted?
schönberg: Schönberg. Arnold Schönberg.
benjamin: No sabía que estaba acá.
schönberg: Llegué antes que ustedes.
benjamin: ¿Pero cómo llegó hasta aquí?
schönberg: ¿Al Parnaso? ¡Me imagino que está bromeando!

1.6 Arnold Schönberg.


20 CARL DJERASSI

benjamin (disculpándose): No... no. No me refiero al Parnaso. Hablo de esta...


cómo llamarla... ¿revisión personal de hechos faltantes? ¿Con dos amigos
que podrían recordarlos?
schönberg: Mi amigo Wiesengrund...
benjamin: ¿Teddie?
adorno: ¡Adorno!
schönberg: Wiesengrund Adorno. Él me invitó.
adorno: Pensé que una presencia neutral podría resultar útil.
benjamin: ¿Como juez o como árbitro?
adorno: Ninguno de nosotros necesita un juez...
scholem: Yo nunca necesité un árbitro. ¿Qué estudioso de la Cábala alguna
vez va a recibir con agrado a un árbitro?
adorno: Sólo va a ser un observador.
benjamin (a Schönberg): Qué lástima que no nos conocimos antes. Tal vez
en Berlín... vivimos ahí al mismo tiempo.
schönberg: Nosotros somos primos, sabe usted.
benjamin (asombrado): ¿Usted y yo?
schönberg: Bueno... por matrimonio. Tenemos una relación de primos por
el lado de su madre y mi segunda esposa, Gertrud.
benjamin: ¿Cómo era su apellido de soltera?
schönberg: Kolisch.
benjamin: ¿Se refiere a la hermana de Rudolf Kolisch? Fui a algunos de
sus conciertos en París. Pero no conozco a ningún Kolisch en mi familia.
schönberg: Todo viene por el lado materno. La familia de mi esposa atra-
vesó dos generaciones de Hoffmann, después Biedermann, y más tarde
Freistadt, para terminar en el siglo XVII con un Pressburg... Mijl Simon.
benjamin: ¿Pariente de Sara Lea Pressburg... la bisabuela de Heinrich Heine?
schönberg: Así que oyó hablar de ella.
benjamin: Era mi tatara-tatara-tatara-tatara-tatarabuela. Mi madre solía
presumir de nuestro parentesco con Heine.
schönberg: Esta Sara y el Mijl Pressburg de mi esposa eran hermanos. De
manera que ¡bienvenido, primo!
adorno (sorprendido): ¡No lo puedo creer! He conocido a Rudolf Kolish durante
años, a usted lo conozco desde mediados de la década del veinte, pero nadie
mencionó nunca ese parentesco.
schönberg: Bueno, no era precisamente el tipo de chisme que está en boca
de todos. Yo mismo lo descubrí apenas ahora, cuando supe que iba a encon-
trarme con ustedes tres.
benjamin: ¿Pero cómo lo descubrió? Usted es compositor...
CUATRO HOMBRES 21

schönberg: Y pintor...
benjamin: Cierto. ¿También es genealogista?
schönberg: En realidad no. Pero ¿qué pasaría si lo fuera? Usted es un crí-
tico social... un filósofo de la crítica... un historiador de la filosofía...
scholem: Y crítico literario, no se olvide. Muchos de nosotros, Bertolt Brecht
incluido... consideramos a Walter el más grande crítico literario alemán de
su tiempo.
benjamin: ¡Suficiente!
schönberg: Pero también un grafólogo...
benjamin: ¿Algún problema con la grafología? Aporta una forma de com-
prensión...
schönberg: ¿Comprensión de qué? En el mejor de los casos no pasa de
unos vagos supuestos... cuando no es pura conjetura. La genealogía en cam-
bio trabaja con la historia... ¡con hechos indiscutibles!
scholem: Me pregunto si Walter y yo estaremos emparentados.
schönberg: Me fijé en todos ustedes. Benjamin y Schönberg vía Kolisch
son los únicos.
benjamin: Terminemos con eso. ¿A qué vino la interrupción?
schönberg: ¡Las reglas! ¿Cuáles son las reglas de este encuentro “desde la
tumba”? Yo creo en las reglas.
adorno: Claro... de no ser así no habría podido formular un método dode-
cafónico.
schönberg: Las reglas son importantes... Y no solamente en la música.
Tomemos por ejemplo mi ajedrez de coalición.
benjamin: ¿Dijo “ajedrez”? En una época nosotros jugábamos bastante bien
al ajedrez... Scholem y yo... Brecht y yo también... ¿Pero su ajedrez? Nunca
oí hablar de una movida Schönberg, mucho menos de un ajedrez de coa-
lición Schönberg.
schönberg: Se juega de a cuatro... no de a dos. Incluso diseñé las piezas.
benjamin: ¿Ajedrez de coalición a cuatro manos? Siempre pensé que en el
ajedrez se trataba de competir y jaquear. ¡Vivir para ver! Aun desde la tumba.
schönberg: ¿Las tumbas en general... o la suya en particular?
benjamin: Buen punto. Hablemos de mi propia tumba.
schönberg: ¡Un momento! Aquí en el Parnaso hay algunas reglas... que
me resultan inadmisibles... Se tolera la mala conducta... y se confunde el
significado del tiempo. Recuerden, llevo aquí más tiempo que todos uste-
des. Soy el único, de hecho, que alcanzó el Parnaso todavía en vida allá
abajo. Un tipo de traslado que ninguno de ustedes ha experimentado.
benjamin: ¿Reglas acerca del tiempo? Eso sí que me interesa.
22 CARL DJERASSI

schönberg: Me imaginé que le interesaría. Pienso en un viaje a través del


espacio y el tiempo... para adelante hacia la autoperpetuación... y simultá-
neamente para atrás hacia la autoinmolación.
scholem: La autoinmolación es una de las especialidades de Walter.
schönberg (a Benjamin): A propósito de este súbito interés en su sepultura.
¿Se toma la libertad de hablar desde la tumba acerca de su tumba? ¿Y noso-
tros tres? ¿No estamos tan muertos como usted?
benjamin: Pero ustedes saben dónde están enterrados.
schönberg: ¿Y usted no?
benjamin: Yo sé dónde morí... ¿Pero mi sepultura?
adorno (suspira cansado): ¿Qué pasa con la sepultura?
benjamin: ¿Dónde está? ¿Dónde está la lápida? ¿Qué es lo que dice?
scholem: ¿Le parece que las lápidas son importantes? Mire lo que pasa con
nosotros dos. Ambos nacimos en Berlín. Usted murió en España y yo en Jeru-
salén. Y ahora que los dos residimos en el Parnaso, hay una Plaza Walter Ben-
jamin en Berlín... y también pusieron una placa en su última casa... pero no
hay una Scholem Platz, o una Scholem Strasse o siquiera una Scholem Gasse...
schönberg (interrumpe con rapidez): Si pudiera elegir, yo preferiría que le pusie-
ran mi nombre a un puente. Hasta ahora tengo una plazoleta y un parque
en Viena... incluso una estampilla postal en Austria... pero ningún puente.
Y si algo hizo mi música, sin embargo, fue construir puentes entre lo
viejo y lo nuevo.
scholem: Un puente no estaría mal... a pesar de que un puente tanto conecta
como separa. Pero en Berlín no hay busto ni placa ni nada que marque el
1.7 Gabriele Seethaler, La cara de Walter
Benjamin sobre la Benjamin Platz, la placa lugar donde nací. Sólo mi nombre sobre una tumba en el cementerio judío
dedicada a Walter Benjamin en Berlín. de Weissensee, donde están enterrados los otros Scholem de Berlín.
CUATRO HOMBRES 23

1.8 Gabriele Seethaler, La cara de Arnold


Schönberg y su estampilla sobre la Schönberg
Platz, en Viena.

1.9 Gabriele Seethaler, La cara de Gershom


Scholem sobre la tumba familiar en el Cementerio
Judío de Weissensee (Berlín), donde están enterrados
los otros Scholem de Berlín, y la tumba de
Gershom Scholem en Jerusalén.

Abajo

1.10 Gabriele Seethaler, La cara de Gershom


Scholem sobre las estampillas israelíes.

benjamin: Al menos tiene eso.


scholem: ¡Pero nunca me enterraron ahí! Yo morí en Jerusalén y es ahí donde
están mis huesos. Pero ni siquiera me han hecho una estampilla en Israel.
(Rápido e irritado): Puedo entender los ex presidentes del país... las doce-
nas de rabinos... incluso los patos y las flores de Tierra Santa... lo entiendo
todo. ¿Pero por qué hacen estampillas con Alexander Graham Bell... Antoine
de Saint-Exupery... el Rey Hussein de Jordania... Johann Sebastian
Bach... y tantos otros góim, en lugar de Gershom Scholem, el hombre que
hizo respetable la Cábala? En cambio me sepultaron en Sanhedria –un
cementerio ultraortodoxo de Jerusalén–, a mí, que ni siquiera sigo las reglas
kosher, y apenas se me ve en una sinagoga. La verdad es que hubiera
preferido una estampilla.
24 CARL DJERASSI

benjamin: Sus libros tienen más peso que cualquier estampilla.


scholem (sarcástico): Por supuesto, cuando se trata de peso gano yo. Mi libro
sobre Sabbatai Sevi, el falso mesías, tiene casi mil páginas.
adorno (interrumpe con rapidez): A mí me enterraron en el panteón familiar
en Frankfurt... no muy lejos de Alzheimer... Por suerte su enfermedad nunca
llegó al Parnaso. También hay un monumento en la Theodor W. Adorno
Platz en Frankfurt. Pero sólo muestra un escritorio y una silla... ¡y un metró-
nomo! ¡No hay una cara... ni un cuerpo!
scholem: ¡Pero le han hecho una estampilla!
adorno: Es verdad. Si bien esperaron hasta el centenario de mi nacimiento
para sacarla, tengo que admitir que me gustó. No sólo mostraba mi cara,
sino también la forma en que corregía mis manuscritos.

1.11 Gabriele Seethaler, La cara de


Theodor W. Adorno sobre la tumba de Theodor
y Gretel Adorno, y la tumba de Alois
Alzheimer en Frankfurt.

1.12 Gabriele Seethaler, La cara de


Theodor W. Adorno sobre el monumento a
Theodor W. Adorno en la Theodor W.
Adorno Platz de Frankfurt.
CUATRO HOMBRES 25

1.13 Gabriele Seethaler, Inscripciones


en el piso del monumento a Theodor W. Adorno
en Frankfurt, sobre la estampilla de
Theodor W. Adorno.

scholem: Usted era famoso por la forma en que reescribía sus textos hasta
último momento.
benjamin (insistente): Ustedes dos se la pasan discutiendo por cuestiones de
reconocimiento. A mí me gustaría saber qué hicieron con mis restos.
schönberg: A mí me cremaron en Los Angeles, y veintitrés años más tarde
mudaron mis cenizas a Viena, con una lápida que diseñó nada menos que
Fritz Wotruba. ¿Importa eso? Lo que importa es que estoy acá arriba. (Iró-
nico.) ¿La voz de Walter Benjamin se pregunta por su tumba desde la tumba?
¿No hay ahí una contradicción en los términos?
benjamin: ¿Cómo voy a saberlo? Este es mi primer discurso póstumo.
scholem: Pocos meses después de su muerte, cuando escapaba de Francia,
Hannah Arendt pasó por Port Bou.
benjamin: ¿Y?
scholem: No encontró nada... ningún indicador o cartel. Por lo menos es lo
que me escribió.
schönberg (a Benjamin): ¿Qué hay en realidad detrás de esta preocupación
por la tumba? Me refiero a esta mélange de nostalgia y curiosidad.
benjamin: Durante esos días horribles de 1940 pensaba que un buen epita-
fio para una lápida sería “Es más arduo honrar la memoria de los descono-
cidos que la de los célebres”.
schönberg: ¿Es una cita?
26 CARL DJERASSI

1.14 Gabriele Seethaler, La cara de Arnold


Schönberg sobre la tumba de Arnold Schönberg
en Zentralfriedhof, Viena.

scholem (en voz baja a Schönberg): No debió hacer esa pregunta. Walter escri-
bió eso hace años... Estaba en las notas de su “Tesis sobre la filosofía de la
Historia”. (Más alto, a Benjamin) Comprendo su preocupación.
benjamin: ¿Por qué dice eso?
scholem: Porque yo también pensé en mi sepultura. No hay razón para ocul-
tar esto ahora... en forma póstuma. A los diecinueve años escribí en mi dia-
rio: “Todo lo que aspiro para mí, lo que querría escribir sobre mi tumba,
podría resumirlo epigramáticamente sin mentir... Él fue Scholem... lo que
su nombre demandó; vivió su nombre en forma total e indivisa.”
adorno: Dice “Él fue Scholem”. ¿Qué significa?
scholem: Shalem en hebreo significa “entero”... no dividido.
benjamin (estupefacto): En los cientos de cartas que intercambiamos nunca
se le ocurrió comentarme esto.
scholem: Nunca lo preguntó.
benjamin: Me gustaría preguntárselo ahora. Sé que Gershom era el hijo de
Moisés y de Tzipora. ¿Pero qué significa?
scholem: En Éxodo 2.22 la palabra significa “expulsión”. Deriva de ger, que
significa “residente temporal”, o alguien que está en un sitio pero en ver-
dad no es originariamente de ahí... un extranjero.
benjamin: ¡Muy apropiado! Ahora comprendo por qué cambió Gerhard por
Gershom. ¿Entonces se grabó eso en su sepultura... lo que pensó a los die-
cinueve años?
CUATRO HOMBRES 27

1.15 Gabriele Seethaler,


Plaqueta en la sepultura de Walter Benjamin,
Port Bou, España.

scholem: No. Esas eran lápidas de la juventud.


benjamin (abatido): Con todo, me gustaría saber qué dice la mía. (Pausa.) Apa-
rentemente nada.
scholem: Eso no es del todo cierto. Unos años después de su muerte, cuando
la gente comenzó a darse cuenta de que usted no había sido un refugiado
cualquiera que se suicidó sino uno de nuestros grandes pensadores, las
autoridades locales se decidieron a poner una inscripción en la plaqueta
conmemorativa.
benjamin: ¡Entonces hay una tumba!
scholem: Dije plaqueta, no tumba. No lo sepultaron ahí. Pero le tengo
noticias.
benjamin: ¡Por fin!
scholem: Hay un monumento a Walter Benjamin en Port Bou y quien lo
hizo fue nada menos que el escultor israelí Dani Karavan. Debería sentirse
complacido... a pesar de que ahora el cristal tiene una rajadura.
benjamin: Como tantas otras cosas en mi vida.
adorno: Ahora que es famoso, los monumentos van a resultarle más útiles
que las tumbas. Uno de los claros beneficios de la fama.
scholem: Se me ocurren otros aspectos menos claros.
schönberg: Nombre uno.
scholem: La gente se toma la libertad de violar mi intimidad.
benjamin: Eso también ocurre con la notoriedad, no sólo con la fama.
28 CARL DJERASSI

1.16 Gabriele Seethaler, La cara de Walter scholem: Ah, sí, pero la fama nos convierte en objetos de violación póstuma
Benjamin sobre el monumento del escultor israelí de nuestra intimidad. Es algo que nunca termina.
Dani Karavan en Port Bou, España.
benjamin: ¿A qué clase de intimidad se refiere?
adorno: De todo tipo... especialmente sexual.
benjamin: ¿Se extiende a nuestras esposas?
adorno: Qué pregunta tan ingenua.

FIN DE LA ESCENA 1

1. Un ejemplo temprano de su difícil relación en Viena puede inferirse de dos cartas que Adorno
le escribió a su amigo Siegried Kracauer. En 1925 Adorno escribió que Schönberg “me hablaba
como Napoleón a un joven ayudante recién llegado de un remoto campo de batalla. Por supuesto
Napoleón debía expresar cierto interés, aunque ya había olvidado su relevancia”. Y un año más
tarde, Adorno escribió: “está irritado conmigo porque mantengo una profunda relación con Berg
en lugar de dedicarme por entero a él [Schönberg]. Parece tener un verdadero Complejo Wiesen-
grund, y hasta peleó con Berg por mí”.

2. Hay muchas versiones disponibles en CD, tales como Jewish Cello Masterpieces (Richard Locker,
cellista), de Legiero Records, Nueva York, NY.

3. Disponible en CD (SWR Sinfonieorchester, conducida por Michael Gielen), Hänssler


Classic, Holzgerlingen, Alemania. Nótese que la obra de Schönberg se llama Kol Nidre, a diferen-
cia del Kol Nidrei de Bruch.

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