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Colección de Análisis y Crítica

Javier Vilanova Arias

Al menos sé que sé algo


(estrategias argumentativas para fundamentar el conocimiento)
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Javier Vilanova Arias

Al menos sé que sé algo


(estrategias argumentativas para fundamentar el conocimiento)
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En la edición de este libro ha colaborado


la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid

1ª edición, 2015

© Javier Vilanova Arias


© Escolar y Mayo Editores S.L. 2015
Avda. Ntra. Sra. de Fátima 38 5ºB
28047 Madrid
info@escolarymayo.com
www.escolarymayo.com

Diseño de cubierta: Javier Suárez


Maquetación: Escolar y Mayo Editores

ISBN: 978-84-16020-41-6
Depósito legal: M-0000-2015

Impreso en España / Printed in Spain


Kadmos
Compañía 5
37002 Salamanca

Reservados todos los derechos. De acuerdo con lo dispuesto en el Código Penal,


podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes, sin la pre-
ceptiva autorización, reproduzcan o plagien, en todo o en parte, una obra literaria,
artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
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A mis padres, claro.


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PREFACIO

Me recuerdo hace ya unos años, durante un viaje en bicicleta por la campiña ir-
landesa, cada vez que mis ruedas me llevaban cerca de una librería rural y escu-
driñaba las estanterías marcadas con el rotulo de «Philosophy», observar con
sorpresa la infrecuencia de libros genuinamente filosóficos y la predisposición
a toparme con muchos otros temas que en principio poco o nada tienen que
ver: religión, espiritualidad, parapsicología, ecología, naturismo, psicología po-
pular, medicinas alternativas, política planetaria... Lo que entonces era una sor-
presa en país ajeno es, hoy en día, una costumbre y casi un pasatiempo que se
repite cada vez que recorro las librerías de Madrid u otra ciudad de España, más
con un interés sociológico que consumista. Y en efecto, con algunas honrosas
excepciones, cada vez es más frecuente encontrar la sección de Filosofía con-
vertida en un cajón de sastre a donde van a parar los volúmenes más variopintos
e inclasificables, desde «Hágase rico jugando a la ruleta» hasta «La gran men-
tira del cambio climático» o «Los oscuros secretos del Vaticano». Empujado
por mi obsesión analítica (sin duda una deformación profesional) he terminado
por distribuir los tópicos «filosóficos-según-el-librero» en dos troncos princi-
pales: Autoayuda (conózcase a sí mismo, aprenda a hablar en público, venza el
miedo a tomar decisiones, deje de fumar...) y Esoterismo (el misterio del aura
espiritual, el misterio de la conciencia, el misterio de los templarios, el misterio
de la esencia femenina, el misterio del más allá...). Si me pusiera profundo, sin
duda podría sacar importantes conclusiones de ello. Por ejemplo, podría pre-
guntarme por qué en el imaginario popular el filósofo es una especie de gurú,
mitad profeta y mitad psicoanalista. O cuestionarme si, al fin y al cabo, la esencia
de la filosofía a lo largo de su historia no ha sido otra cosa que eso, una mezcla
de esoterismo y autoayuda. Pero sería de mal gusto ponerse profundo en el pre-
facio (dejaré esto, al menos, para algunos capítulos más adelante), así que voy a
formular ahora otra pregunta, mucho más pragmática y quizás de más fácil con-
testación: ¿por qué esos libros no son escritos por filósofos (hablo en general,
pues también hay aquí honrosas y no tan honrosas excepciones)?

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

Me explico. Es un hecho que los filósofos están dejando que otros gremios
sean los que copen la sección de filosofía, pero es también un hecho que la
sección sigue existiendo. Mal que le pese a los pregoneros de «La Muerte de
la Filosofía», el ciudadano contemporáneo sigue planteándose esos interro-
gantes inusitados y anticotidianos del tipo «¿existe el bien y el mal?», «¿qué
sé?», «¿de qué está hecho el mundo?», «¿por qué lo que a mí me parece bello
a otro no?», «¿cuándo puedo decir que he entendido a otra persona?», «¿soy
yo el que decide cómo vivo?», «¿es siempre un deber moral seguir la ley?»
etc., etc., etc. Preguntas que se sienten como importantes, a veces por su ca-
rácter íntimo, a veces por su relevancia social, a veces simplemente porque
despiertan la fascinación o hasta el morbo. Pero a las que normalmente uno
no tiene muy claro cómo enfrentarse ya que, dada su naturaleza extraordinaria
y hasta anómala, no se responden como se responden las preguntas normales.
Llegados a ese punto, tanto en el ciudadano de a pie como el que va en coche
y el que viaja en avión prende la demanda de orientación, la necesidad de mo-
delos y de medios instrumentales para poder al menos anticipar una vía de
respuesta. Algo más obvio hoy que nunca, donde el problema de adquisición
de la información ha desaparecido (todos los datos relevantes están a nuestra
disposición, eso sí, mezclados con los irrelevantes y los confundentes), y donde
(escribiré esta muerte con minúsculas) la «muerte de las ideologías» y el en-
rocamiento tradicionalista de las religiones han propiciado la ausencia de res-
puestas rápidas y maximizado la necesidad de especulación personal.
Hay pues una demanda objetiva y hay, también, un sector históricamente
especializado en ese tipo de ejercicio interrogativo. En efecto, durante milenios
los filósofos han venido haciéndose preguntas de esa naturaleza radical, y tan-
teado y discutido prácticamente todas las respuestas admisibles. Ojo, no estoy
diciendo que el filósofo sea el que tenga que decirle al resto de los mortales
«qué pensar» (en cierta medida la propia existencia de la filosofía se basa en
el principio de que nadie puede decirte «qué pensar»: tus ideas debes coci-
nártelas tú mismo), pero sí que es él el que atesora las técnicas, los recursos y
los mapas conceptuales desarrollados a lo largo de muchos siglos de trabajo.
Y sin embargo, son especies foráneas las que están ocupando ese nicho bioló-
gico y desplazando a la especie endémica, el filósofo. Ya sabemos quiénes, pero
los recordaré. Por un lado están los divulgadores científicos, a los que acuden
aquellos persuadidos de que todos los secretos están escritos en el lenguaje
cifrado de la doble hélice o que se desvelan viajando más allá de las fronteras
de lo micro y lo macro, o cosas similares. Por otro lado están los «técnicos del
comportamiento», sobre todo psicólogos pero también sociólogos, pedago-
gos, economistas y otros más, quienes se dedican a informar de qué es lo que
se hace, qué es lo que se piensa y qué es lo que se quiere (y hasta por qué se

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PREFACIO

hace, se piensa y se quiere) a aquellos que tienden a creer que lo que piensan
que piensan no es lo que piensan, que lo que de veras hacen no es lo que apa-
rentemente hacen, y que lo que quieren no es lo que, en el fondo de su corazón,
anhelan. Y por último están los (no sé muy bien como llamarles) «opinado-
res», los «expertos en opinión» o, más descriptivamente, «tertulianos de
opinión», fundamentalmente periodistas pero también part time novelistas,
artistas, ex-políticos, cocineros, músicos pop, actores porno y show men, muy
útiles para los que no quieren estrujarse los sesos y les basta con algún análisis
chulillo. Entiéndaseme bien. No estoy despreciando ni mucho menos el tra-
bajo de esos otros gremios (aunque sí sería un tanto crítico con la tendencia
de algunos a salirse de su sitio), pero sí estoy convencido que para esta labor
de asesoramiento el filósofo, el verdadero especialista, es el que reúne las me-
jores cualificaciones para hacer un buen trabajo y, de paso, evitar muchos
daños colaterales del intrusismo laboral.
Tampoco quiero hacer un diagnóstico simplista sobre las causas de esta si-
tuación. Sé que hay muchos factores en juego, sobre todo aquellos que tienen
que ver con la tecnificación y mercantilización de los modos de vida actual, o
con lo inconveniente que es para los poderes fácticos el desarrollo del espíritu
crítico de sus súbditos. Pero sí quiero entonar un necesario mea culpa y reco-
nocer la parte que de ella tiene el propio filósofo. En efecto, lejos de la imbri-
cación social y vital de la que en otros tiempos gozaba la actividad del filósofo
(Sócrates en el Ágora de la Atenas de Pericles...), me temo que el filósofo actual
habla fundamental y casi exclusivamente para sí mismo. Ya sabemos que en
parte eso es la consecuencia de un largo proceso en el que el grueso de las so-
ciedades han ido progresivamente prestando menos atención a su palabra,
pero hay que decir que también el filósofo ha ido dejando paulatinamente de
dirigirle la palabra al grueso de los mortales y fomentando el círculo vicioso
del alejamiento. En buena medida, puede decirse, ha sucumbido a las tenta-
ciones consustanciales a su propia profesionalización, encerrándose en plan-
teamientos conceptuales herméticos, optando por discursos tortuosos y
premeditadamente opacos solo accesibles mediante mecanismos jeroglíficos
de comprensión. O, en otro orden de cosas, embarcándose en tareas cuyo valor
o interés global resulta muy dudoso, ya sea porque responden a problemas o
preguntas muy colaterales o contrafácticas, ya sea porque se insertan en deba-
tes muy largos ya esclerotizados y solo relevantes para los bandos rivales.
Este trabajo ha sido escrito desde la convicción de que la Filosofía puede
y debe tener una dimensión práctica. Desde luego, no niego que el interés pu-
ramente teórico no tenga derecho a existir, ni que haya interrogantes genui-
namente filosóficos que nada tengan que ver con los problemas e intereses de
la vida real. Pero también creo que la Filosofía como un todo solo tiene sentido

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

y verdadera justificación cuando esa dimensión puramente teórica convive


con otra más práctica que entronca con problemas e inquietudes del hombre
de la calle. Y esa es la dimensión en la que se ubica este trabajo. Me gustaría,
incluso, pensar en este libro como una pieza de Filosofía Civil, de filosofía
puesta al servicio del ciudadano de a pie. Su meta, proporcionar procedimien-
tos para distinguir el genuino conocimiento que, a su vez, sirvan para detectar
errores y mejoren nuestros procedimientos de adquisición de conocimientos,
es, me parece, una meta compartida por muchos y en muchos frentes hoy en
día. Como se explicará más adelante, su estrategia es rastrear en la literatura
filosófica patrones argumentales que puedan ser usados con provecho en si-
tuaciones reales en las que alguien se pregunta si determinada pieza de infor-
mación es genuino conocimiento. Ya que no quiero vender humo ni soy tan
idiota como para dejarme llevar por el engreimiento, me apresuraré a decir
que lo que hay en las páginas que vienen es solo una primera aproximación,
unos primeros pasos quizás no dados en la mejor dirección, y que requiere el
complemento de mucho trabajo adicional. Dejando aparte la posibilidad de
refinar y afinar el planteamiento teórico, me parece que todavía quedan algu-
nos pasos que dar en la dirección de adaptar sus resultados a temas y problemas
concretos de las sociedades contemporáneas. Por poner un ejemplo, el pro-
blema práctico de la fundamentación del conocimiento se ha vuelto urgente
en ese nuevo ámbito del conocimiento por testimonio que ha sido abierto por
la tecnología informática. En ese sentido, creo que los patrones y técnicas que
se proporcionan en este libro pueden servir de ayuda para responder a esa va-
riante cotidiana de la duda escéptica tan frecuente cuando se viaja por la red:
¿puedo fiarme de este?
Una vez reconocida esta vocación instrumental y generalista, debo añadir
que este es un trabajo de investigación y no es un libro de divulgación; o, al
menos, no es un libro cuyo objetivo sea construir versiones simplificadas y
«accesibles» de conceptos y teorías complejas. Aunque decididamente op-
taría por el anaquel de la «Autoayuda» si desaparecieran los de Filosofía, tam-
bién considero que la empresa de pensar es consustancialmente compleja, y
que más allá de un cierto límite no se puede reducir el nivel de dificultad gra-
tuitamente, al menos sin sacrificar aspectos fundamentales. Debo advertir,
pues, que el libro es «difícil», simple y llanamente porque el tema y los pro-
blemas son difíciles. En cualquier caso, he intentado que no sea un libro escrito
para filósofos (o para epistemólogos, o para lógicos, o para filósofos del len-
guaje, o para «analíticos», o cualquier otra variante), y por lo tanto legible
por y hasta entretenido para todo el mundo. Para empezar, he procurado que
sea en la medida de lo posible autocontenido, proporcionando en todo mo-
mento la información de fondo y los marcos de referencia imprescindibles

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PREFACIO

para seguir el discurso. Por ello, me he demorado, sobre todo en los primeros
capítulos, describiendo mínimamente los rudimentos de las disciplinas (epis-
temología, lógica, teoría de la argumentación) y las teorías y nociones teóricas
utilizadas. En muchos casos estas consideraciones resultarán fútiles para el ini-
ciado (en otros, dado su carácter controversial, quizás no tanto) y un poco mo-
rosas para el no iniciado, quien estará ansioso por que empiece la función. Pero
confío en que ese esfuerzo de los prolegómenos se verá compensado con la
ayuda que brindará para seguir la trama cuando lleguemos al análisis de los
patrones escépticos. También en atención al no experto he maximizado el uso
de ejemplos y citas. Los primeros servirán para seguir el hilo incluso cuando
el discurso se ponga, inevitablemente, más técnico. Los segundos ayudarán a
vincular los problemas y conceptos que vayan apareciendo con tópicos más o
menos universales o que, al menos, se han venido repitiendo en la historia del
pensamiento occidental (algo en mi opinión imprescindible para la inteligibi-
lidad, pero que el filósofo no necesita que le recuerden pues de sobra sabe cuá-
les son los loci clasici). A su vez, he desplazado a las notas a pie de página los
excursos más técnicos, sobre todo aquellos que solo tenían una importancia
colateral, y no me he demorado en describir los detalles formales de las teorías
y resultados utilizados cuando son bien conocidos en el área, facilitando en
vez de ellos las referencias bibliográficas pertinentes.

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AGRADECIMIENTOS

Ante la imposibilidad de incluir todos los nombres propios de las personas a


las que les debo ayuda, optaré por definir el conjunto intensionalmente des-
cribiendo los distintos grupos de personas que son justas merecedoras de mi
gratitud: a mis «viejos» compañeros de carrera (algunos de los cuales han te-
nido a bien leer y criticar versiones previas), a los colegas de facultad y espe-
cialmente de departamento en las dos universidades donde he desarrollado mi
carrera (Universidad Santiago de Compostela y Universidad Complutense de
Madrid), a los colaboradores en los distintos grupos y proyectos de investiga-
ción de los que he formado parte (entre los que destacaré los dos actualmente
en vigor: FFI2013-41415-P del Ministerio de Economía y Competitividad y
930664 de la Universidad Complutense), a los profesores que me han acogido
en las estancias investigadoras durante la redacción del libro (Universidad de
Lodz, Centro de Investigaciones Filosóficas de México y Universidad de Stan-
ford), a los distintos colectivos ante los que he ido presentando partes de este
proyecto y pedido asesoría (con mención especial del grupo de teoría de la ar-
gumentación de la UNED, al grupo de lógica de la USC y al grupo de episte-
mología de la UCM), a los alumnos que me han acribillado a preguntas estos
últimos años (especialmente a los de la asignatura de máster Fundamentación
del Conocimiento), y en general a todos los amigos, familiares, conciudadanos,
congéneres, criaturas y objetos inanimados que pueblan el mundo, tanto ma-
teriales como inmateriales como los que no sean ni una cosa ni otra.
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CAPÍTULO 1

FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

1.1. LA FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO COMO PROBLEMA VITAL


Una conversación entre amigos
Imagina que un día, mientras conversas distendidamente con tu amigo de toda
la vida Mengano sentados en una terraza de la Plaza Mayor en Madrid, deslizas
cándidamente en la charla la observación de que, a pesar de que ahora mismo
luce sobre nuestras testas un espléndido sol anaranjado, en la Sierra de Cerce-
dilla, apenas a unos kilómetros de donde nos encontramos, el cielo está nu-
blado, arrecia el viento y hace frío. Supón ahora que Mengano, en vez de
aplaudir el sagaz comentario tal y como tú esperabas, reacciona torciendo el
gesto y preguntando en un tono demasiado indefinido: «¿y tú como lo
sabes?». Bueno, pongamos que respondes aduciendo que sopla una brisa hú-
meda del norte, la cual siempre es señal de que en la sierra hace mal tiempo.
Además, esta mañana, mirando desde la ventana de tu piso de la Dehesa de la
Villa divisaste una nubes negras al noroeste, justo sobre Cercedilla. Por último,
viendo que la mueca en el rostro de Mengano persiste, añades que acabas de
comprobarlo en la página web de la AEMET (Agencia Española de Meteoro-
logía) gracias a tu teléfono elegante de último modelo. Lo normal, y lo habitual
ante una tal recopilación de evidencias es que tu interlocutor borre la mueca
de su cara, muestre su conformidad y la conversación prosiga por nuevos de-
rroteros y nuevas consumiciones. Pero imagina que esta vez, al menos esta vez,
el episodio no acaba aquí sino que Mengano, un tanto revenido por razones
que ahora no vienen al caso, responde con el ceño todavía más fruncido: «¿y
tú de dónde has sacado eso de que la brisa húmeda es señal de que hace mal
tiempo en la Sierra?, ¿y cómo sabes que efectivamente viste tales nubarrones
sobre la Sierra esta mañana: a lo mejor no mirabas al norte, o te engañó el
humo de alguna chimenea, o simplemente te falla la memoria y fue ayer
cuando miraste por la ventana?, y es más, ¿cómo sabes que la web de la
AEMET es de fiar?».

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

Llegados a este punto, se abren ante ti dos opciones dispares. O cortas la


conversación (quizás te levantas de la mesa y te alejas briosamente plaza abajo
dejando, a modo de venganza, que sea él el que pague las consumiciones). O te
armas de paciencia y acometes la laboriosa empresa de responder a sus nuevas
preguntas, aduciendo razones que atestiguan tus conocimientos sobre el clima
madrileño, proporcionando evidencias de que tu observación matinal no estuvo
sesgada y de que, tampoco, la edad afecta todavía a tu memoria, o alegando mo-
tivos para confiar en la seriedad y veracidad de la página de la AEMET. Si te de-
cides por la segunda opción entonces te habrás embarcado (posiblemente sin
tú saberlo) en la tarea que a partir de ahora llamaré, utilizando una vieja expre-
sión filosófica, fundamentación del conocimiento: el proceso dirigido a obtener
pruebas, evidencias o justificaciones de que sabemos.
Más tarde me ocuparé del estricto análisis teórico. Quiero ahora remarcar
lo peculiar del caso, lo curioso de la pregunta que hace Mengano. Normal-
mente uno está preocupado por obtener información sobre su entorno, sobre
sí mismo o sobre otras personas, y para ello va recopilando datos y evidencias
hasta alcanzar el punto en el que ya se puede proclamar con la cabeza bien
alta: «Sé» (o, para ser más precisos, «Sé que p»). Esta es más o menos la si-
tuación que describías retrospectivamente a Mengano justo antes de que lan-
zara su batería de preguntas-incordio: «Llueve en la Sierra, y lo sé porque bla,
bla, bla...». Pero después de que Mengano pusiera en cuestión que «bla, bla,
bla» y nos licenciara para decir que sabíamos lo que pretendíamos saber, lo
que nos embarga es obtener información sobre nuestros propios procesos cog-
nitivos. Y para ello, ahora, tenemos que recopilar datos y evidencias que nos
permitan decir algo más complicado: «Sé que llueve en la Sierra, y sé que lo
sé por...»1. Desde luego, dentro de las situaciones de la vida cotidiana en las
que entra en juego la palabra conocimiento, la descrita no es la habitual, aun-
que, como defenderé enseguida, no es tan infrecuente como algunos filósofos

1
Hay aquí un pequeño enredo verbal, que solo aparece en la expresión, oral o escrita, de la situa-
ción, y al que no deseo prestarle más atención de la estrictamente necesaria en este trabajo. Este
enredo surge del hecho de que en conversación casi siempre puede intercambiarse la proferencia
de «sé que p» por la de «p» y viceversa (y, por lo tanto, en el caso más complicado que descri-
bimos, la de «sé que sé que p» por la de «sé que p»). Esta intercambiabilidad se debe a que ha-
bitualmente asumimos que, por defecto, uno solo afirma aquellas cosas que cree que sabe (en
caso contrario dice «creo que», «me parece que», «quizás» o algo similar), por lo que resulta
ocioso y en ocasiones hasta confundente añadir el «sé que». Prefiero dejar fuera de este trabajo
todos los problemas conceptuales generados (por ejemplo, a raíz de la paradoja de Moore), así
como las cuestiones acerca de cuál de los dos («p» o «sé que p») es el formato estándar, el ori-
ginario, el más conveniente, o el preferido por los hablantes, por considerar que introducirían
más ruido que claridad en el discurso. Basta con que el lector entienda la diferencia entre los dos
casos descritos en el texto principal, y que la describa en los términos que más le plazcan.

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FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

han dicho, y, mucho menos, debemos considerarla una situación anómala. En


orden a caracterizarla adecuadamente, comenzaré examinando algunos con-
ceptos epistémicos muy básicos.

Conocimiento y justificación
Comencemos con la palabra conocimiento. Si bien uno de los grandes retos
de la epistemología contemporánea sigue siendo dar con una definición de la
misma que contente a una razonable mayoría de filósofos, para nuestros pro-
pósitos basta con acudir a la clásica definición de raigambre platónica, que ca-
racteriza al conocimiento como creencia verdadera justificada, y examinar cada
uno de sus tres componentes: creencia, verdad, justificación2. Aunque en-
tiendo que hay otros tipos de estados mentales que merecen el apelativo de
creencias, en este trabajo solo prestaré atención a un tipo de creencias que bien
podríamos llamar «representacionales», y que describiré así: una persona se
imagina que cierta cosa o cierta situación es de cierta manera, y además pre-
tende que el modo en que se figura esa cosa o esa situación es igual al modo
en que está dispuesta la situación real o a cómo es la cosa real. Para esta clase
de casos, enseguida entra en juego la cuestión de la verdad. La verdad nos sirve
para distinguir aquellas creencias fallidas (en las que tal pretensión de correc-
ción no se da) de las acertadas (en las que las expectativas del que se imagina
las cosas de determinada manera se cumplen)3. Además, la noción de justifi-
cación que utilizaremos solo es aplicable a aquellas creencias que, dicho in-
formalmente, no surgen «de la nada» (uno se despierta por la mañana y, sin

2
Desde luego, esta noción clásica plantea muchos problemas (celebérrimamente el problema
de Gettier, así como las arremetidas anti-realistas contra la noción de verdad que luego men-
cionaremos), cuya discusión y aparente falta de solución la ha hecho un tanto impopular. De
hecho, diría que hay una cierta tendencia a considerar poco «sofisticado» y hasta «torpe»
apelar a la noción clásica, tendencia que lamentablemente se ve acompañada por otra a dejar
sin definir ni describir la noción de conocimiento utilizada, con las consiguientes dificultades
de comprensión para el lector.
3
El lector habrá reconocido aquí el rastro de la también clásica noción de verdad como corres-
pondencia (p es verdadera si y solo si se corresponde con los hechos), tan o más controvertida
como la noción clásica de conocimiento. Sin querer entrar, una vez más, en cuestiones que nos
distraerían de mi objetivo, basta con que el lector reconozca un criterio que, más allá de la jus-
tificación, seleccione aquellas creencias en las que lo que la persona concibe es adecuado (por-
que se da en la realidad, porque es útil, porque es aceptado por la mayoría, o porque es aceptable
por un sujeto máximamente razonable). En todo caso, si al lector le parece inaceptable el com-
promiso ontológico asociado a la palabra «verdadera», puede sustituirlo por la palabra «acer-
tada»: lo importante es poder distinguir creencias no acertadas (creo que me va a tocar la lotería
porque lo he soñado y no me toca), de creencias acertadas no justificadas (creo que me va a
tocar la lotería porque lo he soñado y me toca), y estas últimas de creencias acertadas justificadas
(creo que me va a tocar la lotería porque he comprado todos los décimos y me toca).

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

saber por qué, se encuentra pensando que la vida merece la pena ser vivida),
sino que son el resultado de alguna indagación o alguna percepción consciente
por nuestra parte. Se supone que esta indagación y los datos obtenidos son el
respaldo de nuestra creencia (sería lo que responderíamos si alguien nos pre-
guntara «¿por qué crees eso?») y si ha sido bien llevada a cabo y no ha con-
currido ninguna circunstancia que interfiriera en su fiabilidad, es una buena
justificación para afirmar que es cierto aquello que creemos.
Llamaré, pues, acciones epistémicas a aquellas acciones que llevamos a cabo
con el fin de obtener nuevas creencias y conocimientos. Ejemplos de acciones
epistémicas serían, por lo que acabo de decir, echar un vistazo por la ventana
(para saber qué tal tiempo hace), mirar una página web, efectuar un compli-
cado experimento en el acelerador de partículas elementales, o hacer un cál-
culo aritmético. Por este último ejemplo, se habrá adivinado que no llamo
acciones epistémicas solo a aquellas que suponen el uso de los sentidos: llevar
a cabo una inferencia, captar introspectivamente los propios sentimientos o
creencias, o hacer especulaciones filosóficas caen dentro de esta definición
(tal vez sea útil introducir una distinción entre acciones epistémicas externas,
es decir, aquellas que involucran el uso de los sentidos, y acciones epistémicas
internas, aquellas que no incluyen ninguna percepción sensorial).
Como resultado de una acción epistémica obtenemos una nueva informa-
ción, un nuevo elemento de juicio a tener en cuenta a la hora de formarnos
una creencia (por ejemplo, «miré por la ventana esta mañana y vi unos nuba-
rrones al noroeste», o «cuando resolví la ecuación el resultado que obtuve
para x fue 5»). Llamaré a tales informaciones datos o evidencias. Cuando los
datos o apoyos que poseemos como respaldo de nuestra creencia de que p
son, objetivamente, una buena razón para creer que p, diré que son una justi-
ficación, o una genuina justificación para creer que p.
Por otro lado, una acción epistémica casi nunca constituye un acto aislado.
Normalmente se integra dentro de un marco más amplio en el que han sido
fijados (al menos idealmente) los procedimientos a seguir a la hora de recoger
evidencias, y es bajo el trasfondo de dicho marco y de evidencias y creencias
obtenidas previamente, cómo el resultado de determinada acción epistémica
opera como justificación para una creencia. Debemos tener en cuenta, para
empezar, tipos de acciones epistémicas, dentro de las cuales caerán las acciones
epistémicas concretas y reales que llevemos a cabo. A una clase o tipo de ac-
ciones epistémicas la denominaré a veces procedimiento epistémico. Por ejem-
plo, efectuar un modus ponens a partir de proposiciones que recogen creencias
ya justificadas. Otro ejemplo sería sumergir una sustancia en agua regia, y com-
probar si se disuelve o no. Además, un procedimiento epistémico, a su vez, se
integra dentro de un sistema más amplio que una persona o una comunidad

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FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

adoptan como metodología para alcanzar sus objetivos cognoscitivos, al que


llamaré sistema epistémico. Hay distintas formas de caracterizar un sistema epis-
témico, que es, básicamente, un conjunto de tipos de acciones epistémicas.
Supongo que a todos nos vienen a la mente instrucciones genéricas del tipo
«haz esto, luego mira eso, y comprueba esto otro». Pero también parece servir
una referencia a un experimento ejemplar cuyo tipo debe abstraerse, una con-
signa del tipo «lo que es de sentido común» o incluso un enunciado particular
que se da como modelo. En cualquier caso, la forma más sencilla de entender
un sistema epistémico es como un conjunto de reglas, a las que llamaré reglas
epistémicas, que al ser aplicadas nos proporcionan justificaciones para nuestras
evidencias. Una regla epistémica típica sería: lleva a cabo la acción epistémica
X, si obtienes el dato Y, entonces estás justificado para creer Z. Por último, los
seres humanos disponemos de distintos canales a través de los cuales obtene-
mos informaciones y elementos de juicio: los sentidos, el testimonio, la memo-
ria, la introspección, etc. Llamaré a tales proveedores de información fuentes de
evidencias, tanto si se trata de facultades generales (por ejemplo, los sentidos)
como de fuentes más específicas (por ejemplo, la visión, o la visión de los co-
lores, o la visión nocturna, o la visión a través de un telescopio…)4.

Dudas escépticas y argumentos fundamentadores


Ahora estamos en disposición de caracterizar mejor los procesos de funda-
mentación del conocimiento. Estos se disparan, como en nuestro diálogo fic-
ticio, después de que alguien haya proclamado que sabe determinada cosa, y
algún otro (o él mismo) haya puesto en duda tal pretensión de conocimiento.
Hablaré, pues, de una duda escéptica, una duda sobre la verdad de un enunciado
que dice que sabemos un conjunto de enunciados. Es muy importante distin-
guir aquí distintos tipos de dudas escépticas. Hay, para empezar, un tipo de
dudas escépticas que afectan tan solo a un enunciado (o un conjunto muy pe-
queño o muy específico de enunciados) y a una situación muy concreta en la
que se ha obtenido la justificación para dicho enunciado. Por ejemplo, cuando

4
Aprovecho para dar la definición de algunas nociones más técnicas que emplearé más tarde:
J es una justificación a priori de la creencia de p si J no involucra ninguna experiencia externa con-
creta ( J es independiente del carácter de la experiencia externa).
S sabe p a priori si (i) S sabe p, y (ii) la justificación que S posee para su creencia de p es a priori.
S sabe p infaliblemente si S sabe p y S no podría estar equivocado respecto a p.
p es cognoscible a priori (o a priori a secas) si es posible que algún sujeto S sepa p a priori.
S sabe reflexivamente p si (i) S sabe p, y (ii) S sabe que sabe p.
S sabe cómo usar una regla de inferencia D si (i) S tiene la disposición a usar la regla D en sus
prácticas inferenciales, (ii) hay una justificación para el uso que hace S de la regla D (no es ne-
cesario que S posea la justificación), y (iii) D es válida.

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

uno duda de que pueda fiarse del resultado de un cálculo mental específico
porque mientras lo llevaba a cabo sonó el teléfono y se distrajo, o cuando uno
desconfía del resultado de un determinado experimento en el acelerador de
partículas porque descubre que alguien se ha saltado el protocolo de revisión
de datos. En estos casos se pone en cuestión solo la acción epistémica, y no el
procedimiento epistémico al que pertenece, ya sea porque se sospecha que el
procedimiento no se ha llevado a cabo correctamente debido al descuido o la
torpeza del agente, o bien porque pueden concurrir circunstancias excepcio-
nales que han interferido en el curso natural de los acontecimientos. Está claro
que mientras la duda no se amplíe al tipo de la acción epistémica (el procedi-
miento) resulta inofensiva para la confianza en nuestros sistemas y reglas epis-
témicos, y puede ser asimilada sin gran ansiedad como un síntoma más del
errare humanun est. Las llamaré dudas escépticas menores, y, al menos de mo-
mento, no les prestaré demasiada atención (aunque, como veremos mucho
más adelante, juegan un papel fundamental en la estrategia del escéptico que
trataré en el capítulo cuatro a raíz del que llamaré argumento del error). Ahora
bien, dentro de las dudas escépticas no menores, las que afectan a procedi-
mientos epistémicos, también podemos hablar de grados. Hay dudas escépticas
locales que afectan al conjunto de creencias dependientes de un determinado
procedimiento epistémico, y que, por lo tanto, cuestionan una regla epistémica
en concreto. Por ejemplo, alguien entiende que utilizo un mal procedimiento
epistémico para hacer generalizaciones inductivas (supongamos que utilizo
una regla epistémica que dice que si observo tres x que son y en un universo
de menos de 100 x, estoy justificado a afirmar que al menos el 50% de los x
son y), y consecuentemente pone en duda todo un conjunto de creencias que
he obtenido mediante dicho procedimiento (que la mayoría de los perros ata-
can a los gatos, que la mayoría de los políticos son honrados, que la mayoría
de los divisores de 17.000 son pares, etc...). Ahora bien, como hemos dicho,
casi siempre (y al menos en los casos más interesantes) la evidencia obtenida
mediante una acción epistémica solo puede ser entendida como justificación
en el marco de un conjunto estructurado de reglas epistémicas que se imbrican
entre sí y se apoyan mutuamente. Por ello, hay dudas escépticas globales que
afectan a todo un sistema epistémico. Pueden poner en duda, por ejemplo,
todo el conocimiento metereológico que sustenta una persona o una comu-
nidad por considerar que todo el sistema epistémico, y no una regla particular,
está mal construido. O se puede poner en duda todo el conocimiento sobre el
pasado, o todo el conocimiento matemático, o todo el conocimiento que uno
tiene sobre lugares que no ha visitado. Entran aquí una serie de consideracio-
nes que no tienen por qué aparecer en las dudas locales, pues el escéptico
puede esgrimir ahora razones que tienen que ver con la interferencia entre re-

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FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

glas del mismo sistema, o que aluden a la inconsistencia, o la insuficiencia, de


todo el corpus de creencias. Por último, dentro de las dudas globales hay un
tipo característico que afecta a lo que he llamado fuentes de evidencias. Estas
no se dirigen a las reglas ni a los procedimientos, sino directamente al medio
en que estos se llevan a cabo (la percepción, el cálculo mental, la memoria,
etc...). Precisamente por ello, son de un tipo especialmente recalcitrante (e in-
quietante) pues el que las plantea no se limita a acusarnos de que estamos ha-
ciendo mal las cosas (por ejemplo, porque utilizamos algunos procedimientos
deficientes que deberíamos cambiar), sino que nunca podremos hacerlo bien
(no solo no sabemos sino que además es imposible que lleguemos a saber).
Son un tipo dudas escépticas típicas (aunque no exclusivas) de la literatura fi-
losófica, por lo que volveremos sobre ellas en el próximo apartado5.
Podemos avanzar ahora más rápidamente. Las dudas escépticas se resuel-
ven mediante lo que llamo proceso o tarea de fundamentación del conocimiento:
cualquier argumentación o investigación dirigida a probar total o parcial-
mente6 que sabemos, o a probar total o parcialmente que no sabemos, un con-
junto de enunciados. Como hemos visto, hay una escala amplísima en el
alcance de dicha tarea, desde la que se ocupan del conjunto de enunciados que
dependen de una sola acción epistémica, hasta los que dependen de un sistema
epistémico, así como las que dependen de una o varias reglas epistémicas, de un
tipo de acciones epistémicas, de una fuente de evidencias, etc… Por último, lla-
maré argumento escéptico a un argumento dirigido a producir evidencias de que
no sabemos un conjunto de enunciados, y argumentos fundamentadores a los di-
rigidos a producir evidencias de que sí sabemos. Los primeros resuelven la duda
escéptica negativamente y los segundos positivamente.

Dudas escépticas en la vida cotidiana (y no tan cotidiana)


Si se tiene en cuenta la variedad de dudas escépticas y de procesos de funda-
mentación del conocimiento descritos será más fácil estar de acuerdo con mi
afirmación anterior de que unos y otros son mucho más frecuentes en nuestra

5
Aunque en este momento no resulta relevante (sí lo será cuando hablemos del argumento de
la circularidad) cabe hablar de otro tipo específico de duda escéptica. En efecto, casi siempre
ocurre que una regla epistémica solo es fiable si se cumple uno o unos determinados supuestos.
Por ejemplo, la regla epistémica que nos permite formarnos creencias sobre eventos futuros a
partir de generalizaciones inductivas solo es fiable si se cumple la Tesis de la Uniformidad (a
saber, que los eventos naturales se concatenan siguiendo pautas regulares). A este tipo de su-
puestos les denomino supuestos del sistema epistémico. Una duda sobre uno de esos supuestos
es, claro está, también una duda escéptica, por lo que la tarea de fundamentación del conoci-
miento incluye también la obtención de justificaciones para la adopción de dichos supuestos.
6
El sentido de la cláusula «total o parcialmente» será explicado más adelante.

21
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

existencia y en la historia de nuestras sociedades de lo que los filósofos acos-


tumbran a proclamar. Es obvio que nuestro quehacer cotidiano está frecuen-
temente salpicado del tipo de dudas escépticas que he llamado menores:
continuamente aparecen imprevistos, considerandos o circunstancias que
ponen en entredicho alguna creencia previa. Bien mirado, no hay nada nega-
tivo (y desde luego, nada angustioso) en ello. Es más, cabe decir que es parte
de una buena estrategia epistémica el que ante el menor indicio de error asome
la duda y sea resuelta ya sea cotejando datos, repitiendo acciones, o compro-
bando y repasando lo hecho.
Tampoco son inusitadas ni nocivas en la vida real las dudas escépticas lo-
cales, y precisamente por los mismos motivos. Tener espíritu crítico no solo
implica poner muchas veces en cuestión el dato concreto, sino también algunas
veces el procedimiento que lo ha producido. Una vez más, estamos aquí ante
una buena receta epistémica, no solo para el sesudo investigador y el científico,
sino para el explorador de la calle, el artesano y el estudiante. Ni siquiera es
necesario que haya síntomas (como los que se describen a lo largo de este
libro) de que el procedimiento epistémico es completamente ineficaz para
producir buenas creencias. Basta con que surjan indicios de que presenta de-
ficiencias para que sea legítimo y razonable disparar el proceso de fundamen-
tación del conocimiento. Bien puede decirse que estamos aquí ante una
expresión más de un rasgo propio del ser humano (al menos del ser humano
contemporáneo y «occidentalizado») que le hace sentirse descontento con
lo que tiene y le impulsa a buscar mejoras: afán que en el ámbito epistémico
nos lleva a estar continuamente puliendo, perfeccionando y sustituyendo las
herramientas que usamos para saber.
Con respecto a las dudas escépticas globales (las dudas Escépticas con ma-
yúscula) y los procesos de fundamentación del conocimiento asociados, es
obvio que no tienen la presencia en la vida cotidiana de la que gozan los otros
dos tipos de dudas previamente considerados. Tampoco parece, además, que
su planteamiento habitual pueda constituir una virtud epistémica, al menos
en circunstancias normales: no se trata de que, para poder seguir siendo ho-
nesto consigo mismo, cada vez que uno se despierta por la mañana antes de
levantarse de la cama o, si se prefiere, después de la ducha, deba hacer un exa-
men crítico de sus creencias más asentadas antes de abrir la puerta y salir a la
calle. Son dudas y procesos excepcionales y, como tales, solo tienen lugar en
circunstancias excepcionales: situaciones de crisis, de conflicto o de confusión.
Ahora bien, y esto es algo que pretendo hacer visible a continuación, tales cir-
cunstancias pueden darse y de hecho se dan. Algo que, dicho sea de paso, tam-
bién parece habérsele pasado por alto a muchos filósofos.

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FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

Por un lado, en la biografía personal de cada uno aparecen momentos en


que han brotado dudas escépticas de naturaleza global. Aunque a estas alturas
de la vida apenas guardemos un borroso recuerdo, sabemos que en nuestra
niñez ha habido un momento en el cual hemos puesto en duda esa regla epis-
témica de oro de la infancia que hace que nos creamos todo lo dicen nuestros
padres, o los adultos en general, y en la que dejamos de creernos a pie juntillas
lo que dictan las apariencias. Una crisis que antecede y prefigura ese instante
cartesiano que todo ser humano vive en la adolescencia, en la que se pone en
cuestión todo el conocimiento heredado y todos los presupuestos del mismo,
y en la que, literalmente, uno «no sabe qué pensar». Ya en la edad adulta no
es raro que uno sufra alguna crisis similar (aunque quizás no tan dramática).
Quizás una crisis de fe, tras la cual uno deja de confiar en una regla epistémica
en la que, con los ojos cerrados y la mente reconcentrada, se le preguntaba a
un divino hacedor sobre lo bueno y lo malo. O uno se replantea su confianza
en la Ciencia, después de matricularse en la Facultad de Filosofía y descubrir
la larga serie de objeciones de los filósofos... Y no hay que olvidar, aunque nos
entristezca un poco, que todos estamos abocados, si una muerte precoz no lo
remedia, a esa fase de la vida, la senectud, en la que nuestras facultades cogni-
tivas se van deteriorando hasta llegar al punto en que descubrimos que ya no
podemos «fiarnos de nuestra memoria» o «confiar en nuestra vista». Por
supuesto que estas «crisis» no se limitan a ser meras dudas escépticas (no
quiero aquí trivializar el, digamos, «problema existencial»), ni se resuelven
meramente mediante argumentos; pero lo cierto en esos contextos aparecen
unas y otros, y que los conflictos vitales se entrelazan y en ocasiones se en-
cienden, se avivan o se apagan con los problemas puramente epistémicos.
Obsérvese que la duda escéptica está, en algunos casos, bien fundamentada
en la realidad. Esto no es discutible en el caso de personas que sufren trastor-
nos mentales, como los que describiré más tarde. En los casos de anosognosia
(el paciente sufre una perdida cognitiva de la que no es consciente, asociada a
casos de amnesia, ceguera cortical, agnosia, etc...) lo más difícil es conseguir
que la persona llegue a plantearse la duda escéptica, como requisito necesario
para que, una vez resuelta negativamente, termine por ser consciente de su dé-
ficit cognitivo. Casos similares se presentan en los delirios esquizofrénicos,
donde la estrategia del terapeuta incorpora muchos de los patrones argumen-
tales escépticos que se describen en este libro. En algunos casos, la persona
puede llegar a plantear y resolver la duda por sí sola. Un caso conocido, sobre
el que volveré en ocasiones en este libro, es el del matemático y premio nobel
de economía John Forbes Nash, quien llegó a hacerse consciente de sus deli-
rios esquizofrénicos infiriendo a partir de contradicciones y lagunas en su co-
nocimiento perceptivo que el suyo era, de facto, un escenario escéptico. Esta

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

historia real alcanza su cénit dramático en el momento en que John Nash dirige
al dedo hacia uno de sus mejores amigos, en realidad un producto de su ima-
ginación, y exclama: You’re not real7.
Por otro lado, atendiendo a la evolución de comunidades y grupos sociales
también identificamos el planteamiento y resolución de dudas escépticas glo-
bales. Aparecen sobre todo en momentos de revolución social, cultural, polí-
tica o científica. Es casi un tópico el mentís al conocimiento por testimonio
de la tradición escolástica que llevan a cabo los protagonistas de la gran revo-
lución científica del renacimiento (las verdades ya no están «ahí» sino que
deben ser descubiertas mediante la observación). Tampoco precisará el lector
que describa las dudas escépticas que un poco más tarde comienzan a exten-
derse en las sociedades europeas en torno al conocimiento obtenido por re-
velación divina, dudas que todavía no se han resuelto definitivamente y que
han conducido a nuestras sociedades a una suerte de epojé laica8. Un tanto a
la par, en el siglo XX, a raíz del multiculturalismo y la conciencia de la diversidad
de imágenes del mundo, cada vez más se pone en entredicho la capacidad de
la «intuición» o la «percepción a priori» para obtener buenas creencias. Y
algo similar ocurre con el conocimiento de primera persona (conocimiento
acerca de los sentimientos, deseos y creencias propias) obtenido por intros-
pección, en otros tiempos tomado como incorregible e infalible. Una descon-
fianza popularizada especialmente por (la popularización de) el psicoanálisis,
pero a la que han contribuido también otras teorías de la sospecha, como el
marxismo, el biologicismo «a la» Richard Dawkins, los movimientos espiri-
tualistas del tipo «descúbrete a ti mismo», las ideologías nihilistas de corte
post-nietzscheano, etc... Muy propia del siglo XXI es la sospecha en torno al
conocimiento por testimonio, y especialmente al conocimiento a través de los
mass media. Aquí entran en juego la popularidad de las teorías de la conspira-
ción, la difusión de discursos escépticos radicales como los de Zeitgeist, The
Illuminatus o La Gran Impostura, la conciencia del funcionamiento deficiente
y manipulador de las instituciones periodísticas, así como la opinión bastante
generalizada de que en algunos regímenes totalitarios el escenario escéptico
orwelliano puede haber sido no un escenario de ficción sino una situación

7
Véase Nasar 1994, p. 145.
8
De hecho, algunos de los defensores de la revelación divina proponen a su vez argumentos es-
cépticos en torno al conocimiento que se les opone. Un ejemplo, narrado por Putnam: «Re-
cientemente encontré un artículo de Paul Rosenbloom defendiendo su derecho a creer que
Dios creó el mundo hace menos de 6.000 años. Rosenbloom afirma que Dios puede haber crea-
do el mundo en la época en que el judaísmo tradicional da como el momento de la creación,
pero lleno de monumentos, testimonios escritos, gente con recuerdos falsos, etc..., como en la
conocida hipótesis escéptica acerca del “mundo existe desde hace cinco minutos”» (Putnam
1981, p. 134).

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FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

completamente real. Asociadas a estas está la gran popularidad de argumentos


o escenarios escépticos que desde la literatura y el cine han influido conside-
rablemente en el imaginario colectivo y disparado la especulación y el debate
público. Películas como Matrix, Dark city, El show de Truman, La Cortina de
Humo, Ghost in the Shell, Total Recall y muchas más han explotado y avivado
el interés popular por el problema escéptico hasta hacer de este un tópico de
conversación casi tan familiar como el fútbol o la climatología.
El repaso que he hecho es, desde luego, superficial y simplón (en algunos
momentos me detendré con más detalle en algunos de los ejemplos señala-
dos), pero espero que baste para hacer consciente al lector de que el problema
de la fundamentación del conocimiento dista de ser meramente teórico: ha-
blamos de problemas reales de personas de carne y hueso y grupos humanos
físicos, problemas que afectan a sus vidas y que prácticamente siempre tienen
una relevancia práctica. Y sin embargo, casi ningún filósofo (con alguna hon-
rosa excepción como la de Barry Stroud) considera, hoy en día, que la funda-
mentación del conocimiento sea algo más que un problema estrictamente
filosófico. ¿Por qué? Para responder a esa pregunta tenemos que echar un vis-
tazo al «estado del arte» de la Epistemología contemporánea.

1.2. LA FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO COMO PROBLEMA FILOSÓFICO


Un cruce de caminos
Hablando rápidamente, la Epistemología es el estudio filosófico del conoci-
miento. Aunque algunos autores marcan alguna diferencia entre ambos voca-
blos, yo prefiero considerar «Teoría del Conocimiento» como un sinónimo
de «Epistemología». Ni que decir tiene que el del conocimiento ha sido,
desde el principio, un tema filosófico por excelencia, y la Epistemología una
disciplina nuclear (quizás solo se le puede equiparar la Ontología en protago-
nismo), por lo que sería imposible dar una definición más precisa de la misma
tal que contentara a todo el mundo. En vez de ello, intentaré explicar lo que
en la actualidad (y en el ámbito al menos de la Filosofía Analítica) se entiende
como cometido del epistemólogo, y lo que nos podemos encontrar en un libro
o artículo del ramo, con objeto de obtener un pequeño diagnóstico de la si-
tuación presente. Dos son las notas características de ese estado actual que
voy a patentizar: su estado de permanente polémica, y la ramificación de sus
problemas hacia otras cuestiones prima facie no epistemológicas (y conse-
cuentemente, su solapamiento con otros ámbitos de estudio).
Para empezar, es tarea del epistemólogo aclarar y explicar el significado del
término «conocimiento» y otras palabras relacionadas, como «creencia»,
«duda», «certeza», «justificación», etc. Como ya dije, la definición de «co-

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

nocimiento» clásica es la de «creencia justificada verdadera». La propia


«letra» de la definición es ya polémica, pues existen algunos aparentes con-
traejemplos a la definición como los de Gettier9, y algunos anti-realistas recla-
man que se debe eliminar la condición de verdad. En todo caso, esta venerable
definición nos deja tres cosas por explicar a su vez: creencia, que remite a la
Filosofía de la Mente, justificación, que remite a los estudios sobre normati-
vidad (entre ellos la Política y la Ética), y verdad, que nos remite a la Ontología
y la Lógica. Además, muchas de las nociones a estudiar pueden ser entendidas
como actitudes proposicionales (creer que, estar justificado para, dudar que...),
así que lo que los filósofos del lenguaje digan al respecto resulta altamente re-
levante. Una de las nociones más problemáticas es la de justificación, donde
los desacuerdos y las disputas han dado lugar a la existencia de distintos bandos
enfrentados (notoriamente entre internistas y externistas)10.

9
En un breve pero archifamoso escrito Gettier (1963) presentaba una serie de contraejemplos
a la clásica definición de conocimiento como creencia justificada verdadera. Todos ellos se ba-
saban en situaciones en las que un agente epistémico hacía inferencias a partir de buenas evi-
dencias concluyendo algo que terminaba siendo verdad, pero no por las razones asociadas a las
evidencias originales. Por ejemplo, imagina que tengo buenas razones para pensar que Juan será
elegido presidente (es decir, tengo una genuina justificación para creer que Juan será elegido
presidente) y sé que Juan es murciano. Así, tengo justificaciones para: (Presidente1) Juan es el
próximo presidente, y (Presidente2) Juan es murciano. De donde puedo concluir: (Presidente3)
El próximo presidente será murciano. Imaginemos que al final sale elegido presidente Pedro,
que es murciano como Juan. Obtendríamos el resultado anti-intuitivo de que sé (Presidente
3). En efecto, creo (Presidente 3), que es verdadero y además tengo una buena justificación
para creerlo. Existen cuatro familias de soluciones a los contraejemplos de Gettier: (i) Aceptar
que se sabe la conclusión de los argumentos, considerando que al menos en ocasiones uno
puede llegar al conocimiento gracias a la buena suerte (p. ej. Hetherington 2001), (ii) Negar
que las presuntas evidencias iniciales del agente epistémico sean tales, ya sea por incluir falsos
datos o por no incluir alguna información básica del entorno (aparece discutida ampliamente
en Lycan 1977), (iii) Matizar la definición de conocimiento como creencia verdadera justificada
añadiendo un requisito de infalibilidad (esta sería una solución internista, p. ej. Unger 1971),
(iv) Matizar la noción de conocimiento como creencia verdadera justificada añadiendo el re-
quisito de que la creencia justificada esté causalmente producida por aquello que hace la pro-
posición creída verdadera (esta sería la típica solución externista, Goldman 1967, Dretske 1970
y 2005, Nozick 1981). Las dos primeras soluciones comparten el hecho de no considerar la in-
ferencia que aparece en cada contraejemplo como problemática, en el caso de (i) porque da
lugar a verdadero (aunque afortunado) conocimiento, en el caso de (ii) porque parte de evi-
dencias corruptas. Para las otras soluciones algo va mal con las inferencias, al menos desde el
punto de vista epistémico, ya sea porque la inferencia no garantice infalibilidad (para (iii)) o
porque hace que se pierda el nexo causal entre hecho y creencia justificada (para (iv)).
10
Básicamente, alguien es internista en epistemología si defiende que las propiedades que hacen
de una creencia una creencia justificada no dependen en absoluto del mundo externo al sujeto
de la creencia. El internismo viene de una tradición según la cual lo que hace de una creencia
un auténtico conocimiento son ciertas cualidades intrínsecas al estado mental del sujeto que

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FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

En segundo lugar, el epistemólogo debe clasificar y caracterizar los distin-


tos tipos de conocimiento. Aquí hay algunas dicotomías importantes que hay
que aclarar, como a priori/a posteriori, conceptual/no conceptual, saber
qué/saber cómo; aunque también nos encontraremos con autores que defien-
den la inexistencia de alguna de las dicotomías (por ejemplo porque defienden
que todo el conocimiento es a posteriori, o porque piensan que no hay creen-
cias y por tanto tampoco conocimientos no conceptuales). Además, hay dis-
tintas fuentes de conocimiento, con propiedades problemáticas diversas:
conocimiento sensorial, conocimiento introspectivo, conocimiento a través
de la memoria, conocimiento por testimonio. Y algunas clases de conoci-
miento muy especiales y difíciles de explicar: el autoconocimiento, o el cono-
cimiento lógico, o el conocimiento de las «otras mentes». Una vez más,
aparecen disputas sobre cuantas fuentes de conocimiento genuinas existen
(¿se puede reducir el conocimiento por testimonio al conocimiento sensorial?,
¿es el conocimiento lógico obtenido por introspección?). Además, cada uno
de esos tipos de conocimiento introduce nuevos problemas y cuestiones que
hacen confluir la investigación epistemológica con la de otras disciplinas: el
conocimiento sensorial requiere una teoría de la percepción, el conocimiento
por introspección nos remite a investigaciones psicológicas, el autoconoci-
miento a la filosofía de la identidad personal, el conocimiento matemático a
la filosofía de la ciencia, etc.
En tercer lugar, tiende a considerarse que también es parte de la tarea del
epistemólogo investigar las condiciones y límites del conocimiento. Determi-
detenta la creencia. Cualidades que tienen que ver con las «virtudes» del proceso que da lugar
a la creencia: coherencia interna, no adopción de supuestos injustificados, corroboración de
que el proceso se ha llevado a cabo correctamente, etc.
El externismo viene de una tradición según la cual una creencia es conocimiento cuando la
creencia ha sido causada o «producida» por los mismos hechos que hacen que la proposición
creída sea verdadera. Para un externista, que algo cuente o no como una justificación para la
creencia de p por parte de un sujeto depende del entorno de S (aquí el «entorno» puede ser
desde el mundo actual in toto hasta el contexto físico y social del sujeto epistémico, según la va-
riedad de externismo), ya que lo que es un procedimiento fiable para obtener creencias verda-
deras en un contexto puede no funcionar en otro.
Una de las disensiones fundamentales entre externistas e internistas, la que se produce en
torno a la regla KK de la lógica epistémica (la regla que nos permite a partir de «X sabe que p»
inferir que «X sabe que sabe que p»), será explicada en el capítulo 7. Señalaré ahora, para com-
pletar lo indicado en la nota previa, que las epistemologías externistas se basan en la relación
entre hecho y creencia para resolver el problema planteado por los casos Gettier. Así, para Gold-
man en los casos Gettier se viola la condición de que la creencia sea causada por el hecho (p
causa la creencia por parte de S de que p), para Nozick se viola la condición de que la creencia
sea un rastro del hecho (belief tracking: Si p fuera falso, S no habría creído que p), para Dretske
la condición de que el respaldo sea subjuntivamente dependiente del hecho (conclusive reason:
Si p fuera falso, S no tendría un respaldo para creer que p).

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

nar, pues, qué condiciones se han de cumplir para que uno llegue a saber, y
para qué tipos de conocimiento se pueden dar tales condiciones y para cuáles
no. Sin que quepa duda, esta es una cuestión fundacional, cuya respuesta afecta
a todas las ciencias y ámbitos del saber, por lo que aquí la Epistemología coli-
siona y en ocasiones se solapa con otras disciplinas que a lo largo de la historia
y todavía en la actualidad comparten esa aspiración fundacional: la Lógica (ya
que toda ciencia precisa argumentar) y la Metafísica (pues toda ciencia tiene
un «objeto» de estudio). Todo esto hace que el nivel de complejidad aumente,
y junto a él los puntos de disensión. En este punto, la disputa más agria es la
que se da precisamente entre los que defienden que el genuino conocimiento
es posible (los realistas) y los que se niegan a reconocer tal cosa (los escépti-
cos). Esta polémica, como la que hay entre internistas y externistas, ilustra la
última fuente de complejidad en la práctica epistemológica que quiero señalar.
Y es que la mayoría de los epistemólogos no llevan a cabo estas tareas de ma-
nera separada, sino que van avanzando y retrocediendo en su indagación en
los tres frentes a la vez, cambiando durante la marcha cosas aquí y allá, y sin
que sea sencillo para el lector saber qué va antes y qué después. Así, alguien
puede alterar una definición de justificación para no dejar fuera un tipo de co-
nocimiento, o precisamente para dejarlo fuera, o puede añadir o quitar condi-
ciones en su definición de conocimiento según desee que las condiciones de
posibilidad sean satisfacibles por nosotros o no, etc…
Esto es algo que dificulta mucho la accesibilidad a los resultados del epis-
temólogo por parte del lego (cuando no incluso por parte del filósofo no es-
pecializado), y explica en buena medida que el problema «vital» descrito en
el parágrafo previo y el problema filosófico discurran por sendas separadas.
En mi opinión, y este es el enfoque adoptado en este libro, es necesario reme-
diar esta situación «acotando» el problema, aunque eso implique eliminar ra-
mificaciones que son lícitas y hasta naturales en el planteamiento y el
desarrollo discursivo del problema. Solo usando las tijeras, me parece, pode-
mos hacer la cuestión abarcable por la vista: no podemos tirar al mismo tiempo
del hilo de los contenidos mentales, del hilo del lenguaje, del hilo de la nor-
matividad, del hilo del rol social, del hilo de la génesis histórica, del hilo de las
repercusiones metafísicas, del hilo de la demarcación, y tantos otros. Recu-
rriendo a la metáfora facilona: hilando por tantos sitios es casi inevitable que
la madeja termine liándose. Es preferible dejar cabos sueltos (aunque bien ata-
dos al bastidor) y confeccionar un discurso más simple, pero con el que po-
damos abrigarnos.
Al final de este capítulo explicaré la simplificación que propongo para el
caso de la fundamentación del conocimiento. Pero antes debo describir un
motivo extra para el alejamiento entre filosofía y mundo real que actúa en el

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FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

caso específico de la fundamentación del conocimiento, y que es un resultado


de la propia evolución histórica del problema.

Un debate filosófico
Como acabo de decir, uno de los cometidos del epistemólogo es determinar
las condiciones de posibilidad y los límites del conocimiento. En ocasiones se
denomina a este trabajo la Fundamentación del Conocimiento: el filósofo
debe especificar la base (los supuestos, los principios, los requisitos, los puntos
de partida) sobre la que está asentado nuestro sistema epistémico, y, conse-
cuentemente, dotar de fundamentos al conocimiento común. Por supuesto,
se supone que, dado que hay una tarea tal por hacer para el filósofo, en las si-
tuaciones reales (sean las del hombre de la calle o las del concienzudo cientí-
fico) tales principios y supuestos no han sido investigados ni explicitados,
permaneciendo ocultos, por decirlo así, en el trasfondo de nuestras prácticas
epistémicas.
Desde que los filósofos allá en la Antigua Grecia pusieron sobre sus espaldas
esta carga de fundamentar el conocimiento, siempre ha habido alguno que res-
ponde a la pregunta sobre qué es lo que hace posible nuestro conocimiento de
una manera drástica y quizás inesperada: nada, porque el conocimiento no es
posible. Como es natural, resulta obligado que la postura de tales filósofos, los
escépticos, sea refutada antes de construir una base sólida para nuestros siste-
mas epistémicos. Así que la Fundamentación del Conocimiento en casi todas
las épocas ha derivado antes o después hacia un debate entre realistas y escép-
ticos, entre los que creen que el conocimiento es posible y los que no.
Ahora bien, tanto la tarea de fundamentación del conocimiento como el
debate realismo-escepticismo no se ha entendido de la misma manera a lo
largo de la historia del pensamiento occidental. En la antigüedad clásica el de-
bate realismo-escepticismo (o escepticismo-dogmatismo) es una cuestión de
grado: los argumentos escépticos van dirigidos a probar que el error es tan o
más probable que el acierto (de dónde se seguiría que nuestras pretensiones
de conocimiento no son legítimas). Para ello el escéptico recurre a todos los
tipos de evidencias y creencias justificadas que el realista utiliza. De ahí los
diez «modos» de Sexto Empírico, en los que cada argumento concluye una
mayor probabilidad de error a partir de la presencia de algún tipo específico
de contradicción entre evidencias. Además, en la Grecia Antigua los argumen-
tos pretenden tener tanto relevancia social como consecuencias prácticas. El
escéptico Pirrón anhela producir con sus argumentos, tras la suspensión del
juicio, la «ataraxia», no solo un estado de ánimo sino también una pauta con-
ductual. Las dudas escépticas de los sofistas buscan influir en las actitudes de
sus conciudadanos de la polis hacia las prácticas religiosas y las convenciones

29
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

sociales. Y los filósofos realistas como Platón y Aristóteles desean contribuir


a construir el marco (si se quiere, elaborar el sistema epistémico) para el pro-
yecto de proyectos epistémicos que por primera vez en la historia de la huma-
nidad se han planteado sus conciudadanos: la construcción de ciencias.
En la modernidad el debate realismo-escepticismo cambia drásticamente.
Para empezar, ahora es una cuestión de todo-nada: los argumentos escépticos
no quieren concluir que no sabemos, sino algo más fuerte, que el conocimiento
no es posible, incluso que no es lógicamente posible. Por su parte, el realista
quiere fundamentar directamente todo el conocimiento, todas nuestras fuentes
de evidencias. Este planteamiento tiene que ver con la manera nueva en que
el filósofo entiende su actividad con respecto a la de sus paisanos. Ahora ya
no se trata de intervenir en su vida, ya sea haciéndole renegar de sus creencias
y costumbres (si uno es escéptico) o contribuyendo a mejorarla (si uno es rea-
lista), sino de algo más inocuo y más difícil: explicar por qué es como es. Por
ello, el escéptico no puede utilizar creencias que se justifican en base al mismo
tipo de evidencias que el hombre de la calle utiliza, ya que su investigación es
previa (no temporal sino formal o conceptualmente) y, por lo tanto, no tiene
a su disposición tales evidencias a posteriori. Esto en un sentido concede una
ventaja al escéptico (que ha de probar un enunciado más débil), pero en otro
sentido supone una desventaja (los recursos argumentales se ven seriamente
restringidos).
A partir de Kant, el planteamiento filosófico de la fundamentación del co-
nocimiento sufre una nueva vuelta de tuerca, que lleva la discusión a órbitas
todavía más alejadas de la superficie de la tierra. El tema de discusión no es ya
las condiciones del conocimiento (saber qué condiciones han de darse para
que haya conocimiento), sino algo más ubicuo: las condiciones de posibilidad
del conocimiento (saber qué condiciones han de darse para que sea mera-
mente posible que haya conocimiento). Ahora ya no se dan por sentado los
materiales con los que partimos en nuestras indagaciones y que son constitu-
tivos de la situación real en que vive cada ser humano: la percepción, la agencia,
el raciocinio o el lenguaje. Ojo: no es meramente que no se dé por sentado su
fiabilidad o efectividad (algo que Descartes tampoco hacía), sino que el filó-
sofo no da por sentado ni siquiera su mera existencia y mucho menos su na-
turaleza. Esto hace que la empresa del filósofo sea aún más radical. Utilizando
una metáfora, el reto ya no consiste en buscar estrategias para ganar el juego,
sino en construir el tablero, las piezas y hasta elaborar las reglas. La obligación
de «producir» teóricamente tales materiales supone un completo cambio de
tema con respecto al problema original, alejando la discusión todavía más de
la tarea de fundamentación del conocimiento cotidiana y llevándola hacia
otros terrenos filosóficos como la filosofía del lenguaje o el análisis de la con-

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FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

ciencia (contribuyendo a la dispersión de la epistemología contemporánea


que describíamos en el apartado anterior)11.
A la larga, las reglas de juego de la modernidad han degenerado el debate
hasta convertirlo en una suerte de diálogo de sordos: el realista recusando las
evidencias del escéptico por espurias o auto-contradictorias, el escéptico de-
nunciando que las justificaciones para la creencia que presenta el realista son
compatibles con el error. De ahí la actitud de desprecio prevalente en la con-
temporaneidad respecto al debate escepticismo-realismo. En efecto, hay una
tendencia a considerar este último como un debate absurdo, fruto de los ma-
lentendidos conceptuales y la falta de compresión del filósofo. Y a la funda-
mentación del conocimiento como un pseudo-problema creado por los
filósofos profesionales, y totalmente desconectado de las preocupaciones epis-
temológicas reales del científico o del hombre de la calle. Así se manifestaron
por ejemplo filósofos tan dispares en otras cosas como Rudolf Carnap, John
Austin, Willard V. O. Quine y Ludwig Wittgenstein (1º y 2º)12 . Este último
traza en Sobre la Certeza (1969) una crítica tan aplastante, que desde su pu-
blicación son muchos los que consideran que la única tarea honrada que el
epistemólogo puede acometer es la aclaración del uso de las expresiones epis-
témicas como «saber» y «creer» en el discurso cotidiano13.

Las diferencias entre las dudas filosóficas y las dudas reales


Uno de los objetivos de este libro es reavivar el debate escepticismo-realismo,
proponiendo para ello un replanteamiento del mismo más próximo al de la
antigüedad clásica que al heredado desde la modernidad. Estoy convencido
de que tomarse en serio los argumentos escépticos es la mejor manera de llegar
a entender bien cómo es y qué lugar ocupa en nuestras vidas el conocimiento.
Pero eso sí, si aspiramos a obtener una idea realista del conocimiento, una idea
que haga justicia a cómo de hecho es, y no a cómo nos gustaría que fuera o
cómo sería en un mundo ideal, hay que atender a casos reales.
Un requisito imprescindible para ello es salvar la distancia entre los pro-
blemas filosóficos y los problemas reales, de tal manera que, sin que se pierda
11
Para una descripción de los dos tipos de escepticismo y de estrategias epistémicas véase Co-
nant 2012.
12
Hay, como siempre en filosofía, voces discordantes en este panorama más o menos uniforme.
Han considerado o consideran como tarea fundamental del filósofo la de refutar el escepticismo
Clarke 1974, Cavell 1979, Stroud 1984 o Wright 2004.
13
Un buen recorrido sobre la historia (incluyendo los planteamientos contemporáneos) del es-
cepticismo es Hookway 1990. Naess 1968 ofrece un panorama muy completo de las variantes
dialécticas del escepticismo y sus conexiones con otros temas filosóficos. Otros libros con una
proyección generalista (aunque terminan centrándose en algunos aspectos o debates históricos)
son Stroud 1984, Williams 1991, Grayling 2008 y, para el escepticismo religioso, Nielsen 1973.

31
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

la especificidad del planteamiento filosófico, pueda ponerse en relación con


las inquietudes y necesidades del ciudadano de a pie. Comenzaré señalando
las diferencias entre los respectivos casos, tanto en lo que respecta a las dudas
escépticas, como a los argumentos escépticos y fundamentadores que vienen
después. Con respecto a los casos reales, en el apartado anterior se han dado
ya muchos ejemplos. Con respecto a los casos filosóficos, recordaré al lector
algunos casos célebres, para ser tenidos en cuenta al efectuar la comparación
(y sobre los que volveré en ocasiones a lo largo del libro):
(ej1) El genio maligno de DESCARTES. Supondré, pues, que Dios –la Su-
prema Bondad y la Fuente Soberana de la verdad– es un genio astuto y maligno
que ha empleado su poder en engañarme: creeré que el cielo, el aire, la tierra, los co-
lores, las figuras, los sonidos y todas las cosas exteriores, son ilusiones de que se sirve
para tender lazos a mi credulidad; consideraré, hasta que no tengo manos, ni ojos,
ni carne, ni sangre, ni sentidos y que a pesar de ello creo falsamente poseer esas cosas;
me adheriré obstinadamente a estas ideas; y si por este medio no consigo llegar al
conocimiento de alguna verdad, puedo por lo menos suspender mis juicios, cuidando
de no aceptar ninguna falsedad. Prepararé mi espíritu tan bien para rechazar las
astucias del genio maligno, que por poderoso y astuto que sea no me impondrá nada
falso (René Descartes 1641, p. 76.).
(ej2) La circularidad del principio de inducción en HUME. Cuando un
hombre dice: he encontrado en todos los casos previos tales cualidades sensibles uni-
das a tales poderes secretos, y cuando dice cualidades sensibles semejantes estarán
siempre unidas a poderes secretos semejantes, no es culpable de incurrir en una tau-
tología, ni son estas proposiciones, en modo alguno, las mismas. Se dice que una
proposición es una inferencia de la otra, pero se ha de reconocer que la inferencia ni
es intuitiva ni tampoco demostrativa. ¿De qué naturaleza es entonces? Decir que es
experimental equivale a caer en una petición de principio, pues toda inferencia rea-
lizada a partir de la experiencia supone, como fundamento, que el futuro será se-
mejante. Si hubiera sospecha alguna de que el curso de la naturaleza pudiera
cambiar y que el pasado pudiera no ser pauta del futuro, toda experiencia se haría
inútil, y no podría dar lugar a inferencia o conclusión alguna. Es imposible, por
tanto, que cualquier argumento de la experiencia pueda demostrar esta semejanza
del pasado con el futuro, puesto que todos los argumentos están fundados sobre la
suposición de aquella semejanza (David Hume 1748, p. 150).
(ej3) El cerebro en la cubeta de PUTNAM. He aquí una posibilidad de cien-
cia-ficción discutida por los filósofos: imaginemos que un ser humano (el lector
puede imaginar que es él quien sufre el percance) ha sido sometido a una operación
por un diabólico científico. El cerebro de tal persona (su cerebro, querido lector) ha
sido extraído del cuerpo y colocado en una cubeta de nutrientes que lo mantienen

32
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FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

vivo. Las terminaciones nerviosas han sido conectadas a una computadora súper
científica que provoca en esa persona la ilusión de que todo es perfectamente normal.
Parece haber gente, objetos, cielo, etc.; pero en realidad todo lo que la persona (us-
ted) está experimentando es resultado de impulsos electrónicos que se desplazan
desde la computadora hasta las terminaciones nerviosas. La computadora es tan
ingeniosa que si la persona intenta alzar su mano, el «feedback» que procede de
la computadora le provocará que «vea» y «sienta» que su mano está alzándose.
Por otra parte, mediante una simple modificación del programa, el diabólico cien-
tífico puede provocar que la víctima «experimente» (o alucine) cualquier situación
o entorno que él desee. También puede borrar la memoria de funcionamiento del
cerebro, de modo que la víctima crea que siempre ha estado en ese entorno. La víc-
tima puede creer incluso que está sentado, leyendo estas mismas palabras acerca de
la suposición, divertida aunque bastante absurda, de que hay un diabólico científico
que extrae cerebros de los cuerpos y los coloca en una cubeta de nutrientes que los
mantiene vivos. Las terminaciones nerviosas se suponen conectadas a una compu-
tadora súper científica que provoca en la persona la ilusión de … (Hilary Putnam
1981, pp. 21-22).
(ej4) Los engaños de la memoria de WITTGENSTEIN. Supongamos que
hubiera una persona que siempre adivinara correctamente lo que yo me digo a mí
mismo en el pensamiento. (Da igual cómo lo logra.) ¿Pero cuál es el criterio para
determinar que lo adivina correctamente? Bueno, yo soy un hombre veraz y confieso
que los ha adivinado correctamente. –¿Pero no podría yo equivocarme, no me po-
dría engañar la memoria? ¿Y no podría ser siempre así cuando expreso –sin men-
tir– lo que he pensado para mis adentros? (Ludwig Wittgenstein 1953, p. 50)

Al contrastar estos ejemplos con los ejemplos reales descritos en la sección


previa nos encontramos con varias diferencias sobresalientes, algunas de ellas
ya señaladas, pero que recopilaré ahora:
i) real vs. ficticio. Esta es la diferencia fundamental. La duda del filósofo
tiene siempre un carácter «hipotético», «metódico» o «meramente teó-
rico». Una duda, pues, que no debe ser tomada en serio en la vida cotidiana,
sino que es tan solo un «experimento mental» o una «suposición filosófica».
Las dudas reales son, claro está, reales. Esto quiere decir no solo que la persona
que la plantea la siente como un genuino problema, sino además que su reso-
lución (negativa o positiva) tiene consecuencias prácticas, pues le puede llevar
a abandonar, modificar o reafirmarse en su sistema epistémico.
ii) contextualizada vs. sin contexto. El hecho de que la duda sea real implica
la existencia de un contexto, de una situación determinada con referencia a la
cual tanto la duda como los procesos de fundamentación cobran su auténtico

33
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

sentido, y ganan su validez o invalidez (la duda que valía para John Nash no
vale para las personas en situaciones normales). Precisamente esta falta de
contexto de las dudas filosóficas, proveniente de su carácter teórico, es una de
las razones si no la razón principal por la cual Wittgenstein y otros filósofos
de orientación pragmática acusan al discurso epistemológico tradicional de
falta de significatividad, y a las dudas filosóficas de ser incomprensibles.
iii) más globales vs. más locales. En general, la duda del filósofo escéptico
tiene un carácter más global que las dudas reales. Normalmente los argumen-
tos escépticos van dirigidos a una fuente de evidencias o un ámbito del cono-
cimiento in toto, cuando no a todo conocimiento o fuente de evidencias sea
cual sea su especie. En situaciones reales, y salvo casos excepcionales como
los que describíamos unos parágrafos antes, la duda escéptica es local: uno no
duda sobre todo el conocimiento de naturaleza perceptiva, sino sobre el que
depende del uso de sus ojos (que quizás le fallan con la edad) o quizás solo
sobre la información de naturaleza cromática (quizás alterada por la ilumina-
ción en el entorno); o uno no duda sobre todo el conocimiento basado en el
testimonio, sino sobre el testimonio de los mass media (quizás un mero ins-
trumento manipulador del poder capitalista) o de un determinado periódico
local (que parece dar noticias contradictorias).
iv) todo o nada vs. gradual. El filósofo acaba tomando una decisión del
tipo todo o nada: con sus argumentos pretende demostrar de una vez y para
siempre que nuestro conocimiento está fundamentado (el realista) o que no
lo está en absoluto (el escéptico). Esto no es así en la vida real. Casi nunca usa-
mos un simple argumento para forzar al auditorio y a nosotros mismos a adop-
tar (o refutar) definitivamente una opinión, sino solo para aumentar nuestro
grado de compromiso con (o de confianza en) ella, y los argumentos escépti-
cos no son una excepción. Un buen argumento escéptico puede disminuir
nuestro grado de confianza en los informativos televisivos, aunque no nos
fuerce a restarles toda credibilidad.

Adelanto de una propuesta


Quizás el lector esté pensando a estas alturas que, dadas las diferencias descritas
entre los casos reales y los filosóficos, voy a optar por desechar la tradición y
proponer algo así como un re-planteamiento o re-fundación del problema.
Nada más lejos de mi intención (y de mis capacidades), pues lo que quiero pro-
poner es justamente lo contrario: aplicar los resultados filosóficos a los casos
reales. Mi idea es que examinando los casos hipotéticos de los filósofos, uno
puede obtener recetas valiosas sobre cómo manejarse en los casos reales.
Dicho de otro modo, si en un caso hipotético encontramos un recurso que in-

34
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FUNDAMENTACIÓN DEL CONOCIMIENTO

clina la balanza hacia un lado o el otro (el realista o el escéptico), entonces po-
demos recomendar al sujeto real que pruebe el mismo recurso cuando el caso
real guarda el suficiente parecido con el caso hipotético. Una muy buena razón
para seguir esta vía puede darse desde el sano sentido común: si tengo un pro-
blema que no soy capaz de solucionar por mí mismo lo sensato es que acuda
a un experto, los expertos en fundamentación del conocimiento son los filó-
sofos; ergo, acudo a los filósofos. Ahora bien, añadiría un matiz también de
sano sentido común: esto solo funciona si el experto tiene verdadera voluntad
por resolver el problema real, y no se afana en especulaciones contrafácticas.
Como hemos visto en este capítulo, dos cosas son necesarias para ello: sim-
plificar el problema teórico, y acercarlo al caso real. Mi propuesta, que se per-
geñará en el próximo capítulo, es tirar solo del hilo del lenguaje (concentrarme
solo en la verbalización del conocimiento, en las afirmaciones o negaciones
de que se sabe), y dentro de él, hilar más finamente la hebra de la argumenta-
ción (concentrarme en el juego de verbalizaciones a favor y en contra del co-
nocimiento). Y la principal razón para eso, como se verá, es que la moderna
Teoría de la Argumentación, y más concretamente la noción de patrón argu-
mental, es idónea para salvar las diferencias descritas entre los casos filosóficos
y los casos reales.

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CAPÍTULO 2

EL PUNTO DE VISTA DE LA ARGUMENTACIÓN

2.1. LÓGICA VS. TEORÍA DE LA ARGUMENTACIÓN


Argumentos
Pienso que no es necesario abundar en las pruebas de la importancia que la
argumentación tiene en nuestras vidas. Si el ser humano es un animal racional,
tal y como el tópico de origen aristotélico enuncia, entonces una de las más
claras señales de especificidad respecto a otros animales se da cuando nos en-
tregamos a la actividad de la argumentación. Y es algo que hacemos de conti-
nuo, a solas o en compañía: argumentamos cuando probamos o refutamos
algo, pero también cuando razonamos, deliberamos, explicamos, discernimos,
persuadimos, investigamos, definimos, discutimos, inventamos, analizamos y
hasta cuando bromeamos, insultamos o flirteamos.
Al menos hablando coloquialmente, en ocasiones uno argumenta «en su
cabeza», y hasta hay ocasiones en que una conducta puede considerarse, no
muy figuradamente, como la conclusión de un argumento (como cuando de-
cimos que lo que alguien hizo era lo «lógico»), pero cuando la argumentación
se hace pública es a través del lenguaje, oral o escrito. Por ello la noción más
básica en Lógica es la de argumento. Un argumento es un «trozo de lenguaje»,
un objeto lingüístico formado por un conjunto de enunciados divido en dos
grupos: unos se toman como evidencias o puntos de partida para efectuar una
inferencia, otros como las conclusiones que se ganan con la inferencia. En ge-
neral podemos entender un argumento A como un par ordenado <P,C>, donde
P y C son o bien conjuntos de enunciados, o conjuntos de oraciones, o con-
juntos de proposiciones tales que C se toma como respaldado por o inferido
desde P1. Los elementos de P se denominan premisas, y a los elementos de C

1
Existe un enorme desacuerdo acerca de cuáles son los verdaderos componentes de un argu-
mento: o bien las palabras mismas que forman el enunciado, vacías de todo significado (ora-
ciones), o bien los pensamientos o ideas expresadas por esas oraciones (proposiciones), o bien

37
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

se los denomina conclusiones (la conjunción de los elementos de C se deno-


mina la conclusión).
Con frecuencia se habla de dos tipos de argumentos. El que propone un
argumento deductivo postula que la verdad de las premisas es una garantía ab-
soluta y final de que la conclusión es verdadera. El que propone un argumento
inductivo pretende que la verdad de las premisas hace más plausible la conclu-
sión, y en ese sentido es solo una garantía parcial y revisable de su verdad. La
propiedad más importante, desde el punto de vista lógico, de un argumento
es la validez. Un argumento es válido (o deductivamente válido) si es necesario
que si las premisas son verdaderas la conclusión sea verdadera. Un argumento
es inductivamente válido si es probable que si las premisas son verdaderas la
conclusión sea verdadera.

Lógica y Lógica Simbólica


Hablando rápido, la Lógica es el estudio de los argumentos. Esta sería la defi-
nición más intuitiva, más sencilla, y creo que la única que podría acoger dentro
de su alcance lo que en distintas épocas y ámbitos se ha entendido por Lógica.
Pero es necesaria, al menos, una precisión. Y es que, como ya sabía Aristóteles,
toda ciencia estudia argumentos: la Matemática estudia los argumentos ma-
temáticos, la Ética los argumentos éticos, la Economía los económicos... pero
solo la Lógica pretende dar con principios o leyes aplicables a todos los argu-
mentos y en todos los ámbitos. Así que una definición más precisa es la de
Teoría General de los Argumentos o Teoría General acerca de la validez de los
Argumentos. Esta cuestión suele exponerse de otro modo enunciando que la
Lógica es temática o tópicamente neutral. Strictu sensu, esto querría decir que
cualquier enunciado de Lógica en torno a un determinado argumento o una
clase de ellos ha de ser independiente de lo que traten los argumentos. Lo cual
a su vez explica el carácter formal de la Lógica: sus enunciados no tratan sobre
el contenido sino sobre la forma de los argumentos. No está del todo claro qué
es la forma lógica de un enunciado (la forma que estudia la lógica, y de la que
depende la validez o invalidez de los argumentos en que aparece el enunciado),
pero parece que se puede caracterizar a partir de la estructura sintáctica de la

pares oración-proposición (enunciados). En el caso de lenguajes formales, resulta claro que se


trata de oraciones. En el caso de los lenguajes naturales, por el contrario, debido a su enorme
ambigüedad, resulta muy problemático individuar argumentos a través de las oraciones sin
tener en cuenta el significado de las mismas, lo que hace aconsejable el recurso a enunciados.
En este caso el enunciado <P,C> se identifica con la proferencia por parte de un individuo de
la oración con la intención de expresar la proposición C. El recurso a proposiciones, por otra
parte, parece inevitable cuando identificamos como el mismo argumento el expresado en dis-
tintos idiomas.

38
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EL PUNTO DE VISTA DE LA ARGUMENTACIÓN

oración, más la repetición de palabras, más la presencia de constantes lógicas


(una constante lógica es una expresión lógicamente señalada del tipo de «y»,
«o», «si, entonces», «todos», «algunos», etc.).
Desde mediados del siglo XIX , y de manera casi unánime en el siglo XX , los
lógicos han investigado la forma de los argumentos utilizando lenguajes arti-
ficiales específicamente creados por ellos para este propósito. Es lo que se ha
dado en llamar «Lógica Simbólica» (en ocasiones también se la denomina
«Lógica Formal» o «Lógica Matemática»). Lo que hace el lógico simbólico
es definir un «sistema lógico» (a veces se le llama una «lógica» a secas), es
decir, un lenguaje formal (un lenguaje que se define de manera completa y es-
pecífica sin hacer ninguna mención al significado de sus expresiones), más un
sistema deductivo (un conjunto de reglas de inferencia para obtener unas fór-
mulas a partir de otras, más, opcionalmente, una serie de fórmulas distinguidas
llamadas axiomas), más una semántica formal (un conjunto de interpretaciones
de las fórmulas del lenguaje formal tal que todas las interpretaciones dan el
mismo significado a las constantes lógicas pero cada una de ellas proporciona
una de las diferentes combinaciones de significados admisibles de las expre-
siones no lógicas). Una vez definido el sistema lógico, tomamos un argumento
del lenguaje natural y lo traducimos al lenguaje formal (lo «formalizamos»):
si la conclusión puede obtenerse de las premisas utilizando las reglas de infe-
rencia del sistema deductivo el argumento es válido; si en toda interpretación
donde las premisas son verdaderas la conclusión es verdadera el argumento,
una vez más, es válido. En la versión «oficial» del lógico simbólico (que más
tarde discutiré), de esta manera a la vez simple y brillante se da cuenta de la
relación necesaria entre la verdad de las premisas y la verdad de la conclusión,
dejando claro que esta depende solo de la forma de los enunciados y no de
otros factores como su contenido o el contexto en qué aparecen.
La Lógica Simbólica ha satisfecho mejor que cualquier metodología ante-
rior las pretensiones teóricas de los lógicos, al mismo tiempo que ha garantizado
la naturaleza científica, universal, objetiva y no contextual de sus resultados.
Curiosamente, mientras obtenía tales logros la Lógica traicionaba una parte de
sí misma. En efecto, desde su nacimiento en la Antigua Grecia, la Lógica oscila
entre una doble vocación. Por un lado, como hemos dicho, aspira a ser Episteme,
una ciencia autónoma con su propio objeto y sus propios métodos. Pero, por
otro lado, también anhela ser Organon, un instrumento puesto al servicio de
las ciencias y de los oficios que precisan construir y evaluar argumentos. Sin ir
más lejos, el mismo Aristóteles, junto a los tratados científicos de los Analíticos,
escribe el recetario para elaborar buenos argumentos de los Tópicos, así como
el catálogo de malos argumentos de las Refutaciones Sofísticas, y hasta se atreve
con una Retórica donde el horizonte científico se pierde completamente. Se

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

diera o no un nombre distinto a esta otra labor («Dialéctica», «Erística» o


«Retórica»), en todas las épocas ha habido un interés por elaborar catálogos
de recetas, métodos y consejos para construir y evaluar argumentos.
Aunque en su origen la propia Lógica Simbólica también compartía esa
vocación práctica, esta se fue disolviendo a medida que se producían sus es-
pectaculares avances durante el siglo XX y aumentando al mismo tiempo el
grado de complejidad y dificultad técnica de sus resultados. Desde finales del
siglo XX , y en buena medida como reacción a ese carácter excesivamente téc-
nico de los desarrollos lógicos, que los hacía virtualmente inaplicables en la
vida cotidiana, va apareciendo un nueva aproximación al estudio de la argu-
mentación, que entronca directamente con la pretensión instrumental del Or-
ganon, y a la que nos referiremos a partir de ahora como la moderna Teoría de
la Argumentación2. Es característico de esta aproximación su carácter marca-
damente pragmático. Y este en un doble sentido: porque considera esenciales
elementos del contexto lingüístico y extra-lingüístico en los que aparece el ar-
gumento (quién, a quién, cuándo, después de qué...), y porque tiene una orien-
tación eminentemente práctica (busca no propiedades necesarias o reglas
aplicables a todos los argumentos, sino regularidades y recursos eficaces en
tipos específicos de contextos de argumentación).

¿Teoría de la Argumentación vs. Lógica Simbólica?


Como acabo de decir, la moderna teoría de la argumentación es entendida
muchas veces como una aproximación opuesta a la de la Lógica Simbólica. In-
cluso como un paradigma en competencia. Pero, ¿realmente ha de ser así? De-
tengámonos en un ejemplo. En cualquier manual de lógica simbólica podemos
encontrar reglas de inferencia complejas como la siguiente:
Regla de Distribución del generalizador en la conjunción
x (Px  Qx)

xPx  xQx
Con ello, el lógico simbólico predica que cualquier argumento que pueda
formalizarse como el anterior es un argumento válido. Igualmente, el lógico
simbólico puede señalar que la siguiente no es una regla de inferencia válida,

2
Suele datarse en Hamblin 1970 el inicio de este renacer de la teoría de la argumentación. Al-
gunas de sus escuelas o focos más potentes son la Pragmadialéctica de Van Eemeren y Groo-
tendorst, la Lógica Informal de Johnson y Blair, la aproximación Pragmática de Walton y Woods,
y (aunque operen más a un nivel metateórico) la ética discursiva de Habermas y Apel. En el
ámbito hispano nos encontramos con un grupo cada vez más consolidado con autores como
L. Vega, P. Olmos, C. Pereda, C. Santibáñez, J. M. Sagüillo, R. Morado, H. Marraud...

40
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EL PUNTO DE VISTA DE LA ARGUMENTACIÓN

con lo cual estará afirmando que cualquier argumento que se formalice como
este es inválido:
x (Px  Qx)

xPx xQx
Por su parte, en un libro de Teoría de la Argumentación nos podemos en-
contrar con la siguiente receta para construir argumentos:
Argumento de la correlación causal
PREMISA: Siempre que ocurre A ocurre B.
CONCLUSIÓN: Por lo tanto A es causa de B.
Deben darse ciertas condiciones: muestra suficiente, casos no sesgados, control
de las desviaciones, etc… Un ejemplo: Siempre que pelo cebollas mis ojos lagrimean.
Por lo tanto, pelar cebollas causa lagrimeo.
Con ello, el teórico de la argumentación nos indica que construyendo un
argumento similar al anterior en una situación real es muy probable que ga-
nemos plausibilidad o respaldo para su conclusión. Asimismo, el teórico puede
añadir algunos casos en que el argumento causal no funciona, por ejemplo:
Falacia de Efectos Conjuntos
Se infiere una relación causa-efecto entre dos fenómenos que en realidad son ambos
efectos de la misma causa: siempre que ocurre A ocurre B, por lo tanto A es la causa de
B (cuando A y B son efectos de la misma causa C). Un ejemplo: Siempre que tengo la
nariz atascada tengo la garganta irritada, por lo tanto la congestión nasal causa irri-
tación de garganta (cuando en realidad ambos son efectos de un resfriado).
Este mínimo ejemplo sirve para ilustrar las diferencias que habitualmente
se señalan entre las aproximaciones de la Lógica Simbólica (LS) y la Teoría
de la Argumentación (TA). Enumerémoslas:
Uno: LS es formal. TA es informal.
Dos: LS pretende dar reglas universales. TA da reglas de alcance limitado
y dependientes del contexto.
Tres: LS se concentra en aspectos sintácticos y semánticos. TA en aspectos
pragmáticos.
Cuatro: LS pretende caracterizar inferencias necesarias y argumentos vá-
lidos. TA se ocupa también de argumentos que confieren solo un incremento
de plausibilidad o respaldo a la conclusión.
Cinco: LS tiene una orientación más teórica. TA una orientación más práctica.
A pesar de que existen algunas diferencias de grado entre TA y LS en la
línea de las que acabo de enumerar, deseo defender que no constituyen apro-

41
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

ximaciones opuestas sino muy afines y, en todo caso, complementarias. Esgri-


miré cuatro argumentos al respecto.
En primer lugar, las diferencias son notables cuando comparamos los re-
sultados de la TA con el fragmento de la LS que se ha dado en llamar la lógica
clásica (básicamente, el sistema deductivo de los Principia Mathematica más
la semántica tarskiana), pero se hacen mucho menos aparentes cuando toma-
mos como punto de referencia algunas de las nuevas lógicas, como la lógica
modal, la lógica no monótona, la lógica borrosa, la lógica paraconsistente o la
lógica de la relevancia. Estas nuevas lógicas no solo incorporan elementos con-
textuales y pragmáticos en sus teorías (la «base de datos» en la lógica de la
circunscripción de Mc Carthy o la «descripción de un mundo» en la lógica
por defecto de Reirter), sino que además admiten grados de implicación (asig-
nando valores numéricos en el caso de la lógica borrosa), inferencias revisables
o provisionales, y análisis dinámicos (evidente en la lógica de la revisión de
creencias o en la lógica temporal)3.
En segundo lugar, es cierto que hay una aspiración en los acercamientos
clásicos de lógica simbólica a obtener resultados apodícticos y universales, as-
piración no presente en la moderna teoría de la argumentación, pero a estas
alturas de la historia sabemos que es solo eso: una aspiración. Por un lado, el
dominio de aplicación de la lógica clásica parece ser mucho más limitado que
la universalidad defendida por sus pioneros (Frege, Russell y compañía): solo
en algunos ámbitos reducidos del razonamiento matemático o del razona-
miento de los propios lógicos el tipo de inferencia efectuado se corresponde
nítidamente con el de la lógica clásica. No, desde luego, en el tipo de inferen-
cias efectuadas cotidianamente ni en el pensamiento científico en general,
donde el vínculo necesario entre verdad de premisas y verdad de la conclusión
raramente o nunca se preserva (sobre esto volveremos más tarde). Por otro
lado, la lógica clásica ha sufrido a lo largo del siglo XX diversos embates que
revelan una carencia en la fundamentación del presunto conocimiento obte-
nido: el teorema de incompletud de Gödel y su corolario para la dimensión
sintáctica, y la dependencia de la ontológicamente sospechosa teoría de con-
juntos para la dimensión semántica son dos claros ejemplos.
En tercer lugar, no hay que confundir el instrumento con el objeto de es-
tudio. Es cierto que la LS estudia propiedades formales de los argumentos me-
diante métodos formales, y es cierto que la TA utiliza fundamentalmente
(aunque no exclusivamente) métodos informales, pero no por ello deja de es-

3
De hecho, las lógicas no monótonas, que nacieron precisamente para estudiar el razonamiento
de sentido común, han sido utilizadas con bastante éxito para estudiar el tipo de argumentación
informal, gradual y contextualizada hacia la que se dirige la moderna teoría de la argumentación.
Véase por ejemplo Dung 1995.

42
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EL PUNTO DE VISTA DE LA ARGUMENTACIÓN

tudiar propiedades formales también. Una propiedad formal es un rasgo es-


tructural que repite en ítems diferentes, y esto se puede aplicar tanto a una ins-
tanciación de un cuantificador universal como a la aplicación de una regularidad
estadística, a un modus ponens como a una apelación a los efectos. En el apartado
siguiente introduciré la noción de patrón argumental, básicamente un esquema
o esqueleto de argumento. Pues bien, tanto los lógicos simbólicos como los teó-
ricos de la argumentación estudian patrones argumentales: buscan regularidades
en nuestras prácticas argumentativas y examinan su calidad.
En último lugar, y esta es quizás la razón más importante, si queremos ex-
plicar un discurso argumentativo precisamos de ambas, pues ambas clases de
patrones argumentales están presentes e insertas en la arquitectura de nuestras
cadenas argumentales. En este proyecto seguiré esta máxima de pluralidad
metodológica, recurriendo a cualquier desarrollo de lógica o argumentación
que sea útil para avanzar o aclarar lo ya logrado. En concreto, explotaré muchos
de los resultados de las lógicas no clásicas, pero (digo esto para no asustar al
lector lego) sin entrar en las profundidades del aparato formal, ya que me li-
mitaré a mencionar o como mucho presentar sus resultados de la manera in-
formal que la teoría de la argumentación hace con los suyos.

2.2. CONTEXTOS ARGUMENTALES Y CONTEXTOS EPISTÉMICOS


Contextos argumentales
Como he señalado, una de las más importantes diferencias entre la moderna
Teoría de la Argumentación y los planteamientos de Lógica Simbólica más
tradicionales es la introducción de elementos contextuales. El contexto «na-
tural» de un argumento es la situación en que varias personas intercambian
entre sí razones y evidencias, lo que habitualmente se denomina una argumen-
tación o, de una manera más técnica, un intercambio argumentativo. Un juicio,
un debate político, una mesa redonda en un congreso científico o la reunión
de una comisión para tomar decisiones son ejemplos prototípicos de inter-
cambios argumentativos, aunque también hay que incluir aquí intercambios
más informales como una tertulia de café o incluso una discusión de pareja
(siempre y cuando ambos procuren ser racionales y no se limiten a insultarse
mutuamente). Necesitamos, pues, caracterizar entre los elementos de la situa-
ción en que tiene lugar el intercambio argumentativo aquellos que son rele-
vantes para determinar la calidad del argumento. Siguiendo más o menos el
tipo de caracterización que nos encontramos en la moderna teoría de la argu-
mentación, entenderé un contexto argumental como constituido por4:

4
Caracterizaciones de este estilo pueden encontrarse en manuales como Walton 2008, Eemeren,
Grootendorst y Snoeck 2001, Eemeren y Grootendorst 2004, Vega 2003, Woods y Walton

43
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

(a) un conjunto de preguntas o fines,


(b) una serie de participantes, cada uno de ellos con
(c) una serie de compromisos,
(d) un conjunto de supuestos y
(d) un historial de movimientos previos.
Los nombres de los distintos componentes son ya muy reveladores de su
naturaleza. En todo caso, los describiré ahora brevemente. Las preguntas o fines
constituyen el tema del intercambio argumentativo. Pueden tomarse como un
conjunto de enunciados cuyo valor de verdad se desea conocer, aunque en
ocasiones la pregunta es más abierta (del tipo, ¿qué debemos hacer?, ¿cómo
es? o ¿qué sucedió?). Los participantes son, obviamente, los distintos agentes
que se envían argumentos unos a otros. No siempre hay que identificarlos con
personas físicas, ya que la persona puede actuar como representante de un
partido, una organización o una postura o corriente de opinión. Cada partici-
pante tiene, para empezar, una serie de compromisos. Estos son los enunciados
con cuya verdad se compromete el participante en cuestión, cuya verdad
asume, implícita o explícitamente, y cuyas consecuencias (incluidas las que
pueda tener para su propia conducta futura) está obligado a su vez a asumir.
Aunque inicialmente los he presentado como un conjunto uniforme de enun-
ciados, no hay que tomarlo en la práctica como un bloque monolítico, ya que
hay importantes diferencias de status entre los distintos compromisos. La más
importante tiene que ver con el grado de compromiso que el participante
asume. Hay aquí una gran variedad de grados, desde una simple tendencia
hacia el sí cuando a uno se le pone en la disyuntiva de decir que sí o que no,
hasta una confianza máxima que solo podría ser debilitada ante objeciones re-
calcitrantes. En el caso epistémico el grado de compromiso se identifica con
el grado de verosimilitud o de plausibilidad de la creencia, aunque no en todo
intercambio argumentativo hay que identificar los compromisos con creencias
del hablante (uno puede verse obligado a aceptar un compromiso forzado por
un argumento contundente, o porque forma parte del dictum del partido que
representa, aunque en su fuero interno no crea, en el sentido psicológico del
término, la proposición). El lector puede visualizar los grados de compromiso
a la Zadeh, mediante calificaciones borrosas del tipo máximo-muy-bastante-
poco-casi nada, o a la Quine, mediante una partición del conjunto de com-
promisos en subconjuntos de centralidad creciente. En la práctica, sin

1982 o el clásico Hamblin 1970. Aunque habitualmente se caracterizan distintos tipos de in-
tercambio argumentativo según la finalidad perseguida (p. ej., persuasivo, negociador, búsqueda
de información, consulta al experto, discusión e investigación en Walton 1992, p. 12), yo no
voy a añadir esta distinción, pues en la práctica solo prestaremos atención a la argumentación
epistémica.

44
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EL PUNTO DE VISTA DE LA ARGUMENTACIÓN

embargo, el grado de compromiso suele quedar indefinido, y solo se hace evi-


dente cuando el participante se ve obligado a elegir entre distintos compro-
misos incompatibles o cuando expresa el grado de compromiso verbalmente,
ya sea a la Quine o a la Zadeh. Hay otras diferencias no tan importantes aquí,
y en las que es mejor no entrar. Por ejemplo, algunos compromisos son com-
partidos por los participantes, otros no. Algunos son hechos de manera explí-
cita y otros son sobreentendidos (ya porque sean conocidos por los otros
participantes, ya porque formen parte de los compromisos obvios para todos
como ocurre con las creencias de sentido común).
El papel prominente que juegan los supuestos en la argumentación es algo
que normalmente pasa desapercibido al lego. Un supuesto es un enunciado
cuya verdad se asume de manera solo figurada y provisionalmente en el curso
de la argumentación, y con la finalidad tan solo de proseguir la argumentación
por determinados derroteros. Un supuesto es, pues, un enunciado con cuya
verdad no nos comprometemos (ni tampoco nos creemos), pero cuya verdad
se postula experimentalmente para explorar qué consecuencias tendría para
el resto de compromisos o para las preguntas. En la jerga lógica se deja claro
el status provisional del supuesto diciendo que se «abren» (lo que parece obli-
garnos a cerrarlos antes de abandonar la argumentación si no queremos que
entren intrusos en la casa), aunque yo usaré también la expresión adoptar. Hay
múltiples motivos para abrir o adoptar un supuesto en el curso de una argu-
mentación. Puede ocurrir que el enunciado nos parezca verdadero, pero que
no tengamos justificaciones para el mismo (ya sea porque no nos hayamos
puesto todavía a ello o porque lo hayamos hecho pero sin éxito), así que pro-
visionalmente lo tomamos como supuesto en la espera de hallar las susodichas
justificaciones. Pero también podemos estar simplemente examinando alter-
nativas (sabemos que pasa p o pasa q, así que exploramos ambos casos), jus-
tificando condicionales (un procedimiento para obtener una prueba de «si p,
entonces q» es suponer que pasa p y examinar si en la situación correspon-
diente q es verdadero), o incluso intentando refutar el enunciado supuesto
(suponemos p y llegamos a una contradicción o a una situación imposible: la
reducción al absurdo de p). La diferencia crucial entre compromisos y supues-
tos es que para los primeros debemos siempre dar una justificación, cuando
uno de los participantes lo requiere, algo que no ocurre con los segundos (no
hay que confundir, pues, los supuestos con los compromisos implícitos o so-
breentendidos). Pero tampoco hay que pensar, por ello, que uno tiene derecho
a adoptar los supuestos que le dé la gana en el curso de la argumentación. Debe
haber razones estratégicas que, obviamente, surgen de los propios fines del in-
tercambio argumentativo que esté teniendo lugar (que en castellano descri-
bimos a veces diciendo que suponemos «por mor de» o «por bien de» el

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

argumento y que inglés, más coloridamente, califican como for the sake of the
argument). Lo contrario supondría incurrir en la falacia de «pérdida del hilo»,
maniobra que consiste, básicamente, en irse por las ramas para evitar entrar
en el meollo de las preguntas. Para distinguir este tipo de razones respecto a
las justificaciones de los compromisos en ocasiones las llamaré respaldos (que
connota un tipo de soporte más débil), aunque para evitar un discurso más
artificioso de lo necesario seguiré diciendo que uno está justificado a adoptar
el supuesto cuando uno tenga un respaldo para el supuesto.
Por último, el historial de movimientos previos (o historial a secas) son, sim-
plemente, los pasos que ya se han tomado en la argumentación, ya sea la formu-
lación de argumentos o la introducción o cancelación de nuevos compromisos,
preguntas o supuestos.
Reglas argumentales
Los intercambios argumentativos no se producen al azar, ni tampoco al capri-
cho de los participantes. Existen una serie de reglas (reglas argumentales) que
determinan qué movimientos son lícitos en cada momento y qué alteraciones
produce cada movimiento en los conjuntos de objetivos, supuestos y compro-
misos. El procedimiento estándar para obtener una justificación (o un res-
paldo) es mediante un argumento. En este caso, las premisas del argumento
son la justificación de la conclusión, y las reglas argumentales las que nos fuer-
zan a aceptar la conclusión una vez que nos hemos comprometido con las pre-
misas. Veamos algún ejemplo de regla argumental, para que resulte más claro
todo esto:
«si el participante A tiene un compromiso con p y un compromiso con
“necesariamente p implica q”, entonces si cualquier participante formula el ar-
gumento “Si p, entonces q. Y p. Por lo tanto, q”, el participante A debe adoptar
el compromiso con q»,
«si el participante A ha adquirido previamente un compromiso con p y
este no ha sido cancelado, A no puede adquirir un compromiso con no p»,
«si A alega como único respaldo para el compromiso con p que a A le con-
viene que p sea verdadero, A no puede adquirir el compromiso con p»,
«si A aceptó p como supuesto, e infirió q de p, A no puede adoptar el com-
promiso con q hasta que cancele el supuesto p».
Las reglas argumentales sirven para dirigir y ordenar el intercambio argu-
mentativo entre varias personas. Llamaré sistema argumental al conjunto de
reglas argumentales que una o varias personas siguen para dirigir su intercam-
bio argumentativo.
La propiedad más interesante de un argumento en un contexto argumen-
tativo es que fuerce a los participantes a aceptar su conclusión: cogencia. Un

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EL PUNTO DE VISTA DE LA ARGUMENTACIÓN

argumento es cogente5 en un contexto argumental si fuerza al participante al


que va dirigido a comprometerse o aumentar el compromiso con la conclu-
sión. De otra manera: un argumento es cogente si las premisas son una justi-
ficación para el compromiso con la conclusión en el contexto en que se
introduce el argumento. Adviértase que para que un argumento sea cogente
no es necesario que zanje definitivamente la cuestión ni que despeje todas las
dudas sobre la conclusión. Es suficiente con que añada algo de plausibilidad.
Así que la cogencia es una cuestión de grado, hay argumentos más y menos
cogentes. Cuando el argumento es máximamente cogente, cuando sirve para
demostrar la conclusión o zanjar la cuestión, diré que es conclusivo.
Por otro lado, que un argumento sea cogente o no en un determinado con-
texto depende de las reglas argumentales. Cuando un argumento que no es
cogente induce a un participante en una argumentación a adoptar (no forza-
damente) el compromiso con la conclusión decimos que se ha producido una
falacia.
Ahora estamos en disposición de introducir la noción de patrón argumen-
tal. Un patrón argumental es un conjunto de argumentos que guardan una pro-
piedad formal común (comparten un esquema formal). También podemos
entender un patrón argumental como un argumento con variables abiertas
que al ser saturadas dan lugar a argumentos concretos (a los que llamaré casos,
ejemplos o, más técnicamente, realizaciones del patrón argumental)6. Por ejem-
plo, los tópicos aristotélicos o las falacias típicas que aparecen en los catálogos
al uso son patrones argumentales. Pero también lo son las reglas de la lógica
deductiva clásica, como el modus ponens o la eliminación del cuantificador
universal (aunque podemos seguir llamándolas reglas de inferencia no hemos
de olvidar que son solo casos de patrones argumentales). Y las reglas o resul-
tados de las lógicas no clásicas, como la regla T de la lógica modal o la regla
KK de la lógica epistémica.
Una importante lección de la moderna Teoría de la Argumentación es que,
contrariamente a lo que ocurría en el tratamiento clásico, ningún patrón ar-
gumental es intrínsecamente cogente (ni falaz), sino que esto depende del
contexto argumental en que aparece y de cómo se materialice el patrón en

5
Evidentemente este término es un neologismo o, más exactamente, un extranjerismo, pues no
es sino una castellanización de la palabra inglesa cogent, de amplio uso en la literatura anglosajona
sobre argumentación. Hubiera preferido utilizar el término «válido» si no temiera la rápida
asociación con el término técnico que se usa en Lógica. Otras alternativas, como «persuasivo»
o «convincente», no recogen el carácter objetivo y normativizado que pretendo dar al concepto,
por lo que confío en que el lector disculpe el tecnicismo.
6
No hay que identificar estas variables solo con las variables individuales de la lógica de predi-
cados. Cualquier factor relevante para el significado de los enunciados que componen un ar-
gumento que se deje abierto en el patrón argumental es aquí una variable.

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

dicho contexto. Por ejemplo, un mismo argumento del tipo ad baculum puede
ser falaz en un contexto epistémico (cuando se quiere averiguar si p es verda-
dero) pero ser cogente en un contexto de negociación (donde se trata de pactar
si se acepta p). Una realización del patrón argumental ad ignorantiam, que nor-
malmente resulta falaz, puede ser cogente en un contexto en el que la mejor
explicación de que no sepamos que p es que p es falso (p. ej.: si existieran las
hadas, lo sabríamos). Adviértase que eso también ocurre al nivel de los patro-
nes argumentales que «salen» de las reglas de inferencia de la lógica simbólica.
Un argumento del tipo modus tollens puede ser cogente en el contexto de un
discurso fáctico, pero no cogente en el contexto de una discusión moral o en
el contexto de un discurso contrafáctico.
Una tarea, pues, de cualquier teórico de la argumentación que se precie,
una vez que ha caracterizado un patrón argumental, será la de especificar a)
propiedades del contexto y la realización argumental tales que si están presen-
tes el argumento tiende a ser falaz, y b) propiedades del contexto y la realiza-
ción argumental tales que si están presentes el argumento tiende a ser cogente.
Lo ideal, desde luego, sería dar con conjuntos necesarios y suficientes para
cada uno de los dos casos, aunque, dada la orientación práctica del trabajo del
teórico de la argumentación cualquier condición necesaria o suficiente para
cogencia, o necesaria o suficiente para falacia, o cualquier propiedad estadísti-
camente asociada a uno de los dos casos que se logre dar constituye un resul-
tado valioso. Se trata, pues, de dar con especificaciones de patrones argumentales:
una propiedad que regularmente acompaña a la cogencia de la realización del
patrón argumental (las llamaré también condiciones de cogencia), o una propie-
dad que regularmente acompaña a la falacia del patrón argumental (las llamaré
condiciones de falacia).

Contextos epistémicos
Como ya he dicho, mi intención es examinar problemas epistemológicos
desde la perspectiva de la teoría de la argumentación, así que en este apartado
me encargaré de reducir las principales nociones epistémicas a nociones argu-
mentales. Para ello consideraré un tipo específico de contextos argumentales:
contextos epistémicos. Un contexto epistémico está formado por un conjunto de
objetivos (enunciados cuyo valor de verdad desea ser conocido), uno o varios
sujetos epistémicos cada uno con un conjunto de creencias, un conjunto de
supuestos tanto de fondo como introducidos en el curso de la argumentación,
y un historial de movimientos previos, incluyendo el recorrido de argumentos
y la introducción de evidencias y supuestos nuevos.
A primera vista, el contexto en que se formula un argumento y aquel en
que se adquiere un nuevo conocimiento no son muy distintos. La diferencia

48
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EL PUNTO DE VISTA DE LA ARGUMENTACIÓN

más significativa entre ambos tipos de contextos es que en el caso argumen-


tativo hacen falta al menos dos participantes, y el objetivo (salvo excepciones
que se verán más adelante) del argumento es convencer a alguno(s) de ellos
de la conclusión, mientras que en el caso epistémico basta con un solo parti-
cipante y la función de un argumento es producir una creencia. Hay otras di-
ferencias que desde un punto de vista teórico pueden resultar interesantes,
como por ejemplo el «material» del que están hechos los historiales: en el
caso de la argumentación los enunciados lo están por actos de habla, en el caso
epistémico más bien parecen estar hechos de estados mentales o contenidos
de estados mentales.
Si prescindimos de estas aristas, no es difícil reducir los contextos episté-
micos a una clase de contextos argumentales. Basta con que tomemos los ob-
jetivos como una clase de preguntas, las creencias como una clase de
compromisos y la introducción de evidencias como una clase de introducción
de nuevos compromisos. Para el caso en que haya solo un sujeto epistémico
basta con entender que en todos los argumentos el proponente y el receptor
son el mismo participante. Además, podemos entender las reglas epistémicas
como una subclase de las reglas argumentales, y la justificación para una cre-
encia como un caso especial de respaldo para la aceptación de un enunciado.
Congruentemente, diré que un argumento es cogente en un contexto epistémico
(un caso especial de ser cogente en un contexto argumental) si proporciona
al sujeto epistémico que lo sigue la justificación para creer la conclusión, o au-
menta la justificación del sujeto para creer la conclusión. Por último, cuando
un argumento que no es cogente conduce a un sujeto epistémico a creer (no
justificadamente) la conclusión, decimos que se ha producido una falacia (una
vez más, un caso especial de comprometerse no justificadamente con la con-
clusión de un argumento).

Patrones argumentales epistémicos


Creo que ahora se comprenderá mejor la proclama con que remataba el capí-
tulo anterior, saludando a la teoría de la argumentación como el medio per-
fecto para «traer a tierra» los problemas epistemológicos y poner en relación
los casos filosóficos y los casos reales. Si se observa la lista de las diferencias
entre la Lógica Simbólica y la moderna Teoría de la Argumentación que pro-
porcioné en la primera parte de este capítulo, y se compara con la lista de di-
ferencias entre los casos filosóficos y los casos reales de dudas escépticas que
vimos en el capítulo 1 se apreciará enseguida la coincidencia. La orientación
práctica, la importancia del contexto, la localidad y la gradualidad allí descritas
se corresponden con los aspectos de la argumentación hacia los que los mo-
dernos teóricos de la argumentación han focalizado sus análisis. Así, del mismo

49
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

modo que he defendido, unos párrafos atrás, que los resultados de la lógica
simbólica pueden y deben ser entendidos a partir de las propiedades especifi-
cadas para la moderna teoría de la argumentación, quiero defender ahora que
los casos filosóficos pueden y deben ser entendidos a partir de las propiedades
de los casos reales.
El punto de apoyo para poder operar sobre los casos reales a partir de los
casos filosóficos, el fulcro de nuestra palanca, es la noción de patrón argumen-
tal. Al fin y al cabo, como se irá comprobando a lo largo de este trabajo, filóso-
fos y gente de la calle usan los mismos patrones argumentales (no hay nada
específico a este respecto en la argumentación del filósofo), y la única diferen-
cia entre unos y otros es que en los casos filosóficos la ausencia de elementos
contextuales hace más difícil de comprender y evaluar el argumento. De otra
manera: el argumento del filósofo es más esquemático, presenta el patrón ar-
gumental al desnudo, mientras que el argumento del hombre de la calle tiene
toda la concreción de una ejemplificación real del patrón argumental. Esta di-
ferencia marca el camino a seguir una vez que hayamos definido y clarificado
los patrones argumentales escépticos presentes en la literatura filosófica: ir
añadiendo especificaciones a cada patrón argumental que lo hagan aplicable
a la situación real; es decir, ir proporcionando condiciones de cogencia y con-
diciones de falacia que nos permitan determinar en situaciones reales cuándo
el argumento es cogente (si se dan las condiciones de cogencia) o falaz (si se
dan las condiciones de falacia).

2.3. UNA GUÍA DE ARGUMENTOS ESCÉPTICOS


Tres objetivos para una investigación
En suma, mi objeto de investigación son los argumentos escépticos y los ar-
gumentos fundamentadores. Para dejar más claro todavía cuál es mi interés
respecto a ellos, expondré a continuación tres objetivos, ordenados no solo
según un gradiente de ambición, sino en correspondencia con la que es, a mi
juicio, una estrategia prometedora para acometer el problema de la fundamen-
tación del conocimiento desde una perspectiva práctica.
Uno: clarificador. Una dificultad con la que uno se encuentra frecuente-
mente a la hora de intentar comprender líneas de argumentación escéptica,
tanto en textos filosóficos clásicos como en discusiones populares sobre el
tema, es la dificultad para distinguir con nitidez el o los argumentos que el ha-
blante o filósofo plantea o discute, lo cual a su vez redunda en una incapacidad
para reconocer con claridad su posición al respecto. El caso es que tenemos
una serie de argumentos escépticos clásicos, los cuales nos resultan relativa-
mente familiares, y algunos patrones argumentales que se pueden aplicar en

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EL PUNTO DE VISTA DE LA ARGUMENTACIÓN

ámbitos diferentes del conocimiento (la posibilidad de error, por ejemplo,


puede aducirse para concluir una tesis escéptica sobre el conocimiento del
mundo externo, o sobre el testimonio de la autoridad, o sobre la memoria, o
sobre el conocimiento matemático, etc…). En algún momento el hablante
alude a uno o algunos de ellos, parece comprometerse con su validez, pero a
continuación salta (o parece saltar) a otro diferente, combina varios argumen-
tos, o parece considerar el mismo patrón argumental válido en un ámbito pero
inválido en otro sin que resulte obvio porque es así, y en este entrecruzamiento
de argumentos no es infrecuente que el lector o el oyente acabe perdiendo el
hilo. Por este motivo creo que resulta imprescindible disponer de un catálogo
de los patrones argumentales que se repiten en la literatura filosófica sobre el
escepticismo, una suerte de mapa o guía de argumentos escépticos. Por su-
puesto, muchas de las sutilezas y giros importantes en un tratamiento parti-
cular del tema se perderían si identificáramos su argumento como exactamente
el mismo que el de otro autor solo por el hecho de que corresponden al mismo
patrón argumental. Y, por otro lado, como siempre ocurre en filosofía cuando
uno efectúa clasificaciones, inevitablemente la lista de patrones argumentales
que daré más tarde ni será completamente exhaustiva ni libre de solapamien-
tos. Pero ello no la hace, como defenderé, carente por completo de utilidad
(como tampoco lo es la lista de horarios del autobús aunque, como el usuario
sabe perfectamente, ni es completa ni es exacta).
Dos: terapéutico. Honestamente pienso que, al menos la primera vez que
uno se enfrenta a un argumento escéptico inteligentemente planteado, ya sea
a través de la obra de un filósofo, en alguna de las versiones populares ya men-
cionadas o en los casos fácticos en que se plantea en serio, uno siente que está
ante una dificultad. Tal vez no sea un problema acuciante, un problema «prác-
tico» (aunque, como he defendido antes, en las ocasiones verdaderamente
interesantes sí lo es), pero es innegable que atrapa al individuo en ese desaso-
siego característico de los genuinos problemas. Normalmente uno se siente
confuso, atrapado en lo que parece ser una antinomia que no sabe cómo re-
solver: por un lado siempre ha pensado y sigue pensando que él genuinamente
«sabe», pero por otro lado le parece que, siguiendo los razonamientos prima
facie plausibles del escéptico, debería admitir la conclusión de que él no sabe.
Así que, como segundo objetivo, deseo hacer explícito en cada patrón argu-
mental a partir de qué reglas, tesis o definiciones llega el escéptico a la con-
clusión de que no se sabe, y a su vez en qué otras tesis, reglas o definiciones se
sustentan aquellas. De este modo uno podrá, en un momento dado, tomar una
decisión más lúcida a la hora de rechazar la conclusión escéptica, impugnando
alguna de las premisas o pasos inferenciales no compartidos. O, si esto no es
así, al menos le será menos traumático convivir con la contradicción, una vez

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

que es consciente de que esta no es el resultado de un error personal, sino que


se llega a ella aplicando las reglas del juego lingüístico.
Tres: práctico. Este es, como vengo declarando desde el principio del tra-
bajo, mi objetivo principal. La idea básica es mi convicción de que si en un
caso hipotético encontramos un patrón argumental más algunas especifica-
ciones que contribuyen a dar la razón al escéptico o al realista, tenemos fun-
damentos para recomendar al sujeto real a probar el mismo patrón en un caso
real que guarde el suficiente parecido con el caso hipotético. Así que, a un
medio/largo plazo, las miras de mi trabajo se incardinan en un ámbito apenas
explorado de la Teoría de la Argumentación, cuyo objeto serían todos aquellos
argumentos dirigidos a decidir si podemos afirmar que sabemos algo y con
qué grado de certeza o bajo qué supuestos. En mi opinión, el conjunto de tales
argumentos (escépticos y fundamentadores) presenta una cantidad suficiente
de peculiaridades como para hacer aconsejable un tratamiento específico den-
tro de la teoría de la argumentación, en el que se describan las falacias más ca-
racterísticas y los patrones argumentales más funcionales7.

Modelos y esquemas: un excurso metafilosófico


Aun a riesgo de ser pesado, me gustaría añadir unas palabras finales sobre el
papel que adscribo tanto a los modelos formales como a los modelos concep-
tuales en la investigación filosófica. En el análisis que efectúo en las siguientes
páginas haré uso de nociones de lógica formal. Desearía que el lector no viera
las cadenas de símbolos formales de una manera «vieja», como una traduc-
ción de los argumentos originales que recoge de manera precisa y rigurosa la
esencia de lo que en el lenguaje natural solo se expresa confusamente. Al revés,
como ya dije antes, en muchas ocasiones cosas importantes (quizás esenciales)
presentes en el texto filosófico estarán ausentes en la formalización, a veces
por ser irreconciliables con la aspiración a la generalidad (o a la flexibilidad)
de la teoría de la argumentación, en otras ocasiones por las meras limitaciones
expresivas de la lógica formal. Así que los argumentos formales no son pre-
sentados por mí como descripciones de los argumentos en lenguaje natural,
sino tan solo como (dicho a la Wittgenstein) «objetos de comparación»,
como maquetas o modelos de contornos más o menos regulares que nos pue-
den ayudar a percibir y manejarnos mejor con los objetos reales. En este sen-
tido la relación que guarda el modelo formal con el texto filosófico podría

7
Aunque como indicaba en nota al final del capítulo anterior existen muchas y muy buenas mo-
nografías sobre el escepticismo, ninguna se centra, por lo que yo sé, en el aspecto argumentativo.
Tampoco ninguna ofrece una enumeración o clasificación de los argumentos escépticos ni llega
a tratar todos los patrones que se discuten en este libro. Solo Naess 1969 muestra un mayor interés
por dar cuenta de los distintos aspectos dialécticos del debate realismo-escepticismo.

52
Capítulo 2_Maquetación 1 06/08/2015 19:48 Página 53

EL PUNTO DE VISTA DE LA ARGUMENTACIÓN

compararse con la que existe entre los cuadros y otras obras de arte y los es-
quemas pictóricos correspondientes. Su validez no radica en que el esquema
esté o no presente de alguna manera más o menos misteriosa en el cuadro,
sino en que comparando el cuadro con el esquema obtenemos una visión más
rica y comprehensiva del mismo.
Pero todavía más, si avanzamos desde el objetivo clarificador hacia el ob-
jetivo terapéutico y, dando un paso más adelante, al objetivo práctico, resulta
que no solo el modelo formal, sino también el texto filosófico, debe ser tomado
como un «objeto de comparación» cuando tratamos con los casos reales. Una
vez más la relación entre el caso filosófico y el caso real deber ser entendida, a
mi juicio, como la que hay entre los cuadros y los esquemas pictóricos; salvo
que en este caso la validez del esquema no radica solo en su utilidad para com-
prender mejor cuadros ya existentes, sino también en la ayuda que puede pres-
tarnos en la elaboración de nuestros propios cuadros (como los usa, pues, no
el espectador de un cuadro, sino el pintor en su creación).

Los cinco patrones argumentales escépticos


Para rematar este capítulo presentaré una lista de patrones argumentales es-
cépticos. Aunque en ocasiones les llamaré también «argumentos» para no
hacer mi discurso innecesariamente artificioso, siempre ha de entenderse que
no me refiero a ningún argumento concreto sino a un mismo patrón que se
repite en muchos loci filosóficos. Cada patrón argumental corresponde a un
conjunto de argumentos escépticos, así que la siguiente lista también se puede
ver como una taxonomía de argumentos escépticos. Dado que todos ellos van
a ser ampliamente tratados en los capítulos posteriores, me limitaré a repro-
ducir el esquema del patrón argumental sin más explicaciones.
ARGUMENTO DE LAS EVIDENCIAS CONTRARIAS
(o argumento de la contradicción)
(EC1) Tengo una presunta justificación X para creer que p, y tengo una
presunta justificación Y para creer que no p.
(EC2) Si tengo una presunta justificación X para creer que p, y tengo una
presunta justificación Y para creer que no p, entonces no sé que p.
Por lo tanto,
(EC3) No sé que p.

ARGUMENTO DE LA POSIBILIDAD DE ERROR


(o argumento del error)
(PE1) Sean cuales sean mis presuntas justificaciones para creer que p, esas
presuntas justificaciones son compatibles con no p.

53
Capítulo 2_Maquetación 1 06/08/2015 19:48 Página 54

AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

(PE2) Si mis presuntas justificaciones para creer que p son compatibles


con no p, entonces no sé que p.
Por lo tanto,
(PE3) No sé que p.

ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN


(o argumento de la circularidad)
(CJ1) Cualquier intento de probar las justificaciones de nuestras creencias
del tipo x debe hacer uso de creencias del tipo X.
(CJ2) Si para probar las justificaciones de mis creencias del tipo x hago
uso de creencias del tipo X, entonces soy falaz, y mi justificación es espuria.
Por lo tanto,
(CJ3) No puedo justificar mis creencias.

ARGUMENTO DE LA MALA FE
(MF1) Tengo una presunta justificación para creer que p solo si deseo que
p sea verdadera (o solo si pido que creas que p).
(MF2) Si tengo una justificación para creer que p solo si deseo que p sea
verdadero (o solo si pido que creas que p) entonces no sé que p.
Por lo tanto,
(MF3) No sé que p.

ARGUMENTO DEL ESCENARIO ESCÉPTICO


(o argumento del escenario)
(EE1) Sé que si q entonces no sé ninguna creencia del tipo X (dónde q es
una proposición que describe un escenario escéptico, por ejemplo, «existe un
genio maligno que hace que me engañen mis sentidos»).
(EE2) No sé si q.
Por lo tanto,
(EE3) No sé ninguna creencia del tipo X.

54
Capítulo 3_Maquetación 1 06/08/2015 17:36 Página 55

CAPÍTULO 3

EL ARGUMENTO DE LAS EVIDENCIAS CONTRARIAS

ABOGADO: Así que declara usted que cuando llegó a la escena del crimen vio a
X saliendo por la ventana en dirección al jardín. ¿Había suficiente luz como
para reconocer satisfactoriamente a la persona que vio salir por la ventana?
TESTIGO: Bueno, las luces del salón estaban encendidas...
ABOGADO (tras una pausa): Declara también que pudo ver cómo X se reunía
en el jardín con otra persona, tras salir por la ventana, ¿pudo reconocer a esa
otra persona?
TESTIGO: No, estaba muy oscuro.
TESTIGO: Ajá, así que había suficiente luz para reconocer a X, pero no había su-
ficiente luz para reconocer al otro misterioso sujeto. Señorías, miembros del ju-
rado, es obvio que el testigo se contradice y que su testimonio no puede ser tenido
en cuenta en este juicio.

3.1. ClaRifiCaCióN
Un clásico
El primer patrón argumental al que prestaremos atención es uno de los más
simples (sino el que más). En esencia, la estrategia escéptica que sigue este pa-
trón consiste en buscar contradicciones dentro del conjunto de evidencias que
apoyan el conjunto de creencias sobre el que se quiere plantear la duda1. En
su versión más pura, el escéptico alega que dada cualquier creencia p de cierta
clase y la evidencia X2 que uno toma como justificación para creer que p, siem-

1
Recuérdese lo dicho en el capítulo 1 en torno al alcance de la duda escéptica: esta se plantea
en torno a un conjunto de enunciados X cuya justificación depende de una determinada acción
epistémica, o de un procedimiento epistémico, o de una fuente de evidencias, o de un sistema
epistémico (en cada caso el alcance de la duda es diferente).
2
Nota bene: X ha de ser entendido como la descripción de una acción epistémica y su resultado.
No ha de incluirse dentro de X la afirmación de que el resultado obtenido es una justificación
para creer que p, ya que en ese caso los argumentos escépticos no tendrían ningún sentido.

55
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al mENoS Sé quE Sé algo

pre podemos encontrar una evidencia Y que parece una buena justificación
para creer que no p (o para creer alguna otra proposición q incompatible con
p). a partir de ahí se argumenta que si una creencia tiene dicha propiedad (ad-
mitir una evidencia en su contra) entonces no puede ser genuino conoci-
miento. Esquemáticamente:
aRgumENto DE laS EviDENCiaS CoNtRaRiaS
(C1) Hay una presunta justificación X para creer que p, y hay una presunta
justificación Y para creer que no p.
(C2) Si hay una presunta justificación X para creer que p, y hay una pre-
sunta justificación Y para creer que no p, entonces no sé que p.
Por lo tanto,
(C3) No sé que p.

Es uno de los argumentos más viejos, pues ya el filósofo presocrático Pro-


tágoras se preciaba de poder argumentar cogentemente tanto a favor como en
contra de cualquier tesis3. Es, además, un patrón argumental clave en la for-
mulación del escepticismo antiguo. los 10 tropos o modos de Pirrón que des-
cribe Sexto Empírico siguen este patrón, mostrando diferencias de opinión
según la diversidad de los animales, según la diferencia entre los hombres, según las
diferentes constituciones de los sentidos, según las circunstancias, según las posicio-
nes, distancias y lugares, según las interferencias, según las cantidades y composi-
ciones, según con relación a qué, según los sucesos frecuentes o raros, según las formas
de pensar, costumbres, leyes, creencias míticas y opiniones dogmáticas (Sexto Em-
pírico, p. 25). un ejemplo del tercer modo, según los sentidos: Así, los cuadros
aparecen a la vista como si tuvieran relieve, pero no al tacto. Y para algunos la miel
aparece dulce al paladar y desagradable a la vista, de modo que es imposible decir
si con claridad es dulce o desagradable (ibid., p. 34). la conclusión del argumento
en cada uno de los tropos es, claro está, la suspensión del juicio (no afirmar
que se sabe ni que no se sabe). valga como ejemplo el razonamiento que sigue
a la descripción de las diferencias del segundo tropo, entre hombres: Pues evi-
dentemente, o creeremos a todos los hombres o a algunos. Pero si a todos, pretende-
remos lo imposible y aceptaremos cosas contradictorias. Y si a algunos, dígannos a
cuáles hay que dar la razón (ibid., p. 33).
Es, por otra parte, un patrón bastante desatendido en la modernidad y
prácticamente ignorado en el debate contemporáneo. Hume cataloga las ob-
jeciones escépticas que siguen este patrón de «populares» para distinguirlas

3
Dice Protágoras que sobre cualquier tema se pueden mantener con igual valor dos tesis contrarias (Sé-
neca, epist. 88, 43). Fue el primero en sostener que sobre cualquier cuestión existen dos argumentaciones
opuestas la una a la otra (Diogenes laercio, iX 51). Citados según Sofistas, circa v a.C., p. 54.

56
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El aRgumENto DE laS EviDENCiaS CoNtRaRiaS

de las sofisticadas, profundas y mucho más efectivas objeciones «filosóficas»


que él mismo propone (Hume 1748, p. 186), y prácticamente no les presta
atención. algo parecido pasa con Descartes. No obstante, en el Discurso del
Método utiliza las diferencias que han existido siempre entre las opiniones de los
más doctos, mucho antes de la duda metódica, para descartar el testimonio
como fuente de conocimiento: Pero ya en el colegio aprendí que nada por raro y
extravagante ha dejado de ser definido por un filósofo. En mis viajes observé que
gentes que piensan y sienten de modo distinto al nuestro, nada tienen de salvajes y
son tanto o más inteligentes que nosotros... Por esa causa yo no quería adoptar las
opiniones de un sabio con preferencia a las de otro y aspiraba a conducirme sin ne-
cesidad de guía (Descartes 1637, p. 16). un argumento que ya había sido ade-
lantado por Bacon no mucho antes: Un signo que es preciso no echar en olvido,
es la discordia extrema que ha reinado hasta hace poco entre los filósofos y la mul-
tiplicidad de las mismas escuelas, lo que prueba suficientemente que la inteligencia
carecía de un camino seguro (Bacon 1620, p. 67).
El medico renacentista de tuy, federico Sánchez, generaliza el argumento
a escala planetaria para llegar una duda mucho más global: Indecisa está la cues-
tión de la pluralidad del mundo, de lo que está fuera del cielo, y otros asuntos seme-
jantes. Y no solo esto, sino que en los distintos lugares de la tierra (imposibles de
recorrer, por más que fuera necesario) son varias las opiniones de los hombres, sin
que haya ciencia en parte alguna, según hemos dicho más arriba. Y por lo que se
refiere a las cosas que sucedieron mucho tiempo antes de nosotros, y a las que ten-
drán lugar en el futuro, ¿quién podrá asegurar algo con certeza? Con ocasión de
esto hay una discrepancia entre los filósofos acerca del origen del mundo, de su eter-
nidad o de su duración y fin; pero, que sepamos, nadie fue capaz de resolver la con-
troversia, ni nadie logrará hacerlo recurriendo a la ciencia (Sánchez 1581, p. 112).
quizás por su simplicidad, en los casos reales es también de los más fre-
cuentes (sino el que más), especialmente en lo que se refiere al planteamiento
de dudas locales, o en los primeros pasos de una desconfianza global. El hecho
de que encontremos contradicciones entre evidencias es un síntoma tan evi-
dente de que hay algo que no va bien, que casi siempre es el disparador inicial
de los procesos de fundamentación del conocimiento.

Algo de casuística
observando de cerca los ejemplos podemos percatarnos de que confluyen va-
riantes del patrón argumental, diferenciadas entre sí principalmente según el
alcance de la duda escéptica generada por la contradicción. Precisamente una
de las claves del éxito dialéctico de la argumentación escéptica, cuando algún
«Pirrón» nos acribilla con una batería de argumentos que siguen este patrón,
consiste en acumular contradicciones que afectan a aspectos distintos de nues-

57
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al mENoS Sé quE Sé algo

tro sistema epistémico. aunque las contradicciones generan dudas escépticas


de distinto alcance, el hecho de plantearlas juntas y solicitar una respuesta con-
junta hace que nos embarullemos a la hora de construir nuestras réplicas, con
lo que las dudas locales pronto acaban infectando al sistema epistémico in toto.
Para aclarar el panorama, diferenciaré cuatro tipos de casos, cuatro grados
de alcance del conflicto entre presuntas justificaciones:
(c1) Discrepancia entre juicios. Personas diferentes, o la misma persona en
distintos momentos o lugares, poseen evidencias diferentes respecto al mismo
fenómeno, lo que engendra un conflicto entre sus opiniones respectivas. Po-
demos especificar la premisa:
(1) X dice que p e Y dice que no p (contradicción entre juicios).
(ii) Discrepancia entre acciones epistémicas del mismo procedimiento episté-
mico. Se produce cuando al ejecutar el mismo procedimiento epistémico en
ocasiones diferentes obtenemos resultados inconsistentes. En el ejemplo de
Sexto Empírico, el pórtico de la sala de baños produce sensación de calor a los que
entran de fuera y de frío a los que salen y se detienen en él (Sexto Empírico, p. 39).
Esquemáticamente:
(c1) Según la acción epistémica X del procedimiento epistémico Z hay jus-
tificaciones para creer p y según la acción epistémica Y del mismo procedi-
miento epistémico Z hay justificaciones para creer que no p (contradicción
entre evidencias del mismo procedimiento epistémico).
(iii) Discrepancia entre procedimientos epistémicos. un caso más complicado
se produce cuando la contradicción se da entre evidencias producidas por pro-
cedimientos epistémicos diferentes que pertenecen al mismo sistema episté-
mico. un buen ejemplo nos lo da el contraste entre distintos sentidos descrito
en nuestra primera cita de Sexto Empírico. Esquemáticamente:
(c1) Según el procedimiento epistémico X del sistema epistémico Z hay
justificaciones para creer p y según el procedimiento Y del mismo sistema epis-
témico Z hay justificaciones para creer que no p (contradicción entre proce-
dimientos epistémicos).
(iv) Discrepancia entre sistemas epistémicos. los casos más complejos son
aquellos en los que la discrepancia se da entre sistemas epistémicos; se trata
de que, ante las mismas evidencias, sistemas epistémicos distintos arrojan re-
sultados diferentes. así, la interpretación de observaciones astronómicas desde
la astronomía antigua de corte platónico y la astronomía moderna de corte
galileano se contradicen entre sí. Esquemáticamente:
(c1) Según el sistema epistémico X uno está justificado a creer que p y
según el sistema epistémico Y uno está justificado a creer que no p (contra-
dicción entre sistemas epistémicos).

58
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El aRgumENto DE laS EviDENCiaS CoNtRaRiaS

3.2. El EStaDo Civil DE la CoNtRaDiCCióN


El miedo a las contradicciones
aunque hay algunos aspectos específicos de los argumentos en los que las evi-
dencias contrarias pertenecen a distintas personas (y que trataremos en el
apartado siguiente) en mi opinión cuando el patrón argumental cobra toda su
fuerza es cuando se plantea «en primera persona»: la misma persona y en el
mismo instante descubre que tiene tanto evidencias que dentro de su sistema
epistémico apuntan a la verdad de p como evidencias que apuntan a la verdad
de no p. Y no solo porque la cuestión no se puede reducir, como en los casos
de discrepancia entre personas, al problema de decidir quién tiene la razón.
Planteado en primera persona, el problema trasciende incluso el ámbito epis-
témico, adquiriendo una dimensión psicológica o personal. En efecto, en los
seres humanos la contradicción tiende a descolocarnos con respecto a nuestras
certezas cotidianas y a disparar una suerte de alarma de emergencia en nuestra
conciencia: algo malo está pasando pero no sabemos qué. Esto produce, junto
con grandes dosis de ansiedad, un efecto «paralizante» en nosotros, hasta el
punto de que puede llegar a producir trastornos psicológicos4. Desde este
punto de vista personal, la contradicción nos resulta tan pecaminosa y vergon-
zante como los vicios y las fechorías.
Y sin embargo, cuando examinamos de cerca los conjuntos de creencias
de una persona o una comunidad cualquiera nos topamos con una gran can-
tidad de contradicciones latentes. Y no tan latentes. En efecto, la enorme asi-
metría entre la ingente complejidad de nuestra vida y nuestras capacidades
limitadas de recogida y procesamiento de datos produce naturalmente la pro-
liferación de tensiones, conflictos y solapamientos entre nuestras creencias.
Dejando aparte ya los ámbitos del sentimiento y el deseo, del deber moral y
de la apreciación estética, ámbitos que se suelen colocar fuera de los dominios
de la razón y ajenos a la consistencia lógica, en el ámbito doxástico es muy fre-
cuente encontrarse con contradicciones. Por un lado pienso que alguien debe
estar cocinando en mi casa porque huele bien, pero por otro pienso que nadie
puede estar cocinando porque a estas horas nadie cocina en mi casa. Por un
lado, sé que la mayoría de los israelíes son judíos, por lo que pienso que Juan,
que es israelí, ha de ser judío, pero por otra parte sé que los judíos no comen
carne de cerdo y Juan acaba de zamparse un bocadillo de jamón. Como he
dicho, las contradicciones aparecen como a) producto de la falta de informa-
ción o la presencia de información distorsionada (nuestras premisas no son
«completamente» verdaderas), b) del hecho de que usamos generalizaciones

4
Recordaré, solo a título ilustrativo, el papel que para freud juega la contradicción en la genea-
logía del trauma.

59
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al mENoS Sé quE Sé algo

estadísticas o inferencias no monótonas (hacemos inferencias que no trans-


miten necesariamente la verdad de premisas a conclusión, algo que explicaré
mejor en el capítulo 7), y c) de una combinación de ambas cosas.
Cuando acudimos al conocimiento científico, aunque haya una diferencia
de grado con respecto al ámbito cotidiano, lo cierto es que las contradicciones
siguen apareciendo, porque la información nunca es completamente genuina
ni suficiente, y porque los científicos no «deducen» sus tesis a partir de las
evidencias iniciales. Desde luego, nadie se encontrará una «ley científica» que
sea manifiestamente contradictoria, pero cuando tomamos una teoría lo sufi-
cientemente sofisticada, ya no digo cuando tomamos el corpus de teorías de
una ciencia concreta que son aceptadas por la comunidad científica del mo-
mento, o el corpus de teorías de varias ciencias a la vez, las contradicciones
afloran como las margaritas en primavera5. Ni siquiera las matemáticas o la ló-
gica simbólica, modelos de rigurosidad, se libran de ellas: hay celebres casos
en su historia en los que alguien ha detectado una inconsistencia en una teoría
que hasta entonces se creía libre de ellas, en algunos casos no todavía resuelta,
y no por ello se ha tirado a la papelera la teoría6.
Una confusión filosófica
Como vemos, pues, la existencia de inconsistencias en nuestras creencias, lejos
de ser un fenómeno ocasional, es prácticamente inevitable. ¿De dónde pro-
viene, entonces, ese «miedo a la contradicción»? Bueno, dejando aparte mo-
tivaciones psicológicas o hasta psiquiátricas, me parece que su origen tiene
mucho que ver con el hecho de que en nuestras prácticas lingüísticas y argu-
mentales existen principios tácitos que nos exigen evitar o deshacer contra-
dicciones en determinadas ocasiones. Principios, como digo, tácitos, pero que
se hacen visibles cuando la contradicción se hace muy manifiesta. Hay, por un
lado, una regla puramente lingüística que nos impele a no proferir oraciones
que tengan una forma muy parecida a una contradicción del tipo «a y no a».
imagina que alguien te dice:
5
un ejemplo: en la teoría del átomo de Bohr un electrón está en órbita alrededor del núcleo
del átomo sin radiar energía, mientras que según las ecuaciones de maxwell que la teoría de
Bohr adopta debería estar radiando energía. Como indican Priest, tanaka y Weber, de quienes
he tomado este ejemplo: Hence Bohr’s account of the behaviour of the atom was inconsistent. Yet,
patently, not everything concerning the behaviour of electrons was inferred from it, nor should it have
been. Hence, whatever inference mechanism it was that underlay it, this must have been paraconsistent
(Priest, tanaka y Weber 2003).
6
Desde las paradojas de Zenón a la paradoja de Russell la historia de la matemática está plagada
de tales resultados. Dicho sea de paso, en ocasiones la propia matemática se ha «tragado» sus
contradicciones, como en la famosa definición hilbertiana de conjunto infinito como aquel
cuya cantidad de elementos es igual a la de un subconjunto propio (lo que para el sentido común
significa que el conjunto tiene a la vez más y los mismos elementos que su subconjunto).

60
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El aRgumENto DE laS EviDENCiaS CoNtRaRiaS

—me gustan las almendras, el día es muy bonito, y no me gustan las al-
mendras.
Siempre que no pensemos que está hablando figuradamente (por ejemplo
haciendo un juego de palabras) inmediatamente calificamos la proferencia an-
terior como ilícita. Nadie puede pretender querer decirnos algo con tal frase,
o pretender que nosotros entendamos algo al escucharla. Simple y llanamente
decir p y no p es decir un sinsentido, es como no decir nada.
Por otro lado, hay reglas argumentales tácitas que exigen una respuesta cuando
detectamos una contradicción entre distintos compromisos de un interlocutor.
imagina que interrumpes a un amigo en medio de la discusión para decirle:
—Acabas de afirmar que Felipe González fue un buen presidente de gobierno.
Pero hace apenas un rato dijiste que absolutamente todos los buenos presidentes de
España habían sido del PP, de lo que se sigue que Felipe González, de quien dices
que ha sido un bien presidente, debería ser del PP. Pero es del PSOE. Así que estás
siendo inconsistente.
ante esta acusación nuestra, la obligación de nuestro interlocutor es dar
marcha atrás, revisar sus datos, y desdecirse de alguno de sus compromisos.
Es más, sentimos que la conversación no puede proseguir hasta que se resuelva
la contradicción. Y si el interlocutor hiciera caso omiso de nuestra observación
y siguiera su argumentación como si nada, entonces decidiríamos que no vale
la pena intentar razonar con él: podríamos abandonar la conversación y, sin
ningún cargo de conciencia, girar sobre nuestros talones y alejarnos mientras
nuestro interlocutor sigue parloteando, pues al perder la racionalidad su dis-
curso ha perdido la significatividad7.
llegados aquí, pienso, puede verse cuál es el origen de esa vivencia peca-
minosa de la contradicción de la que hablaba antes. la existencia de reglas
tanto argumentales como lingüísticas que penalizan las contradicciones ma-
nifiestas nos induce a pensar que la consistencia lógica es un requisito de ra-
cionalidad. Pero hay aquí un equívoco respecto a cómo funcionan esos
principios tácitos, los cuales, como hemos visto, son de naturaleza pragmática
y no semántica o psicológica. En efecto, obviar una contradicción manifiesta
es, como acabo de decir, un síntoma de irracionalidad. Pero solo cuando la
contradicción es explicita y solo cuando no tomamos ninguna medida al res-
pecto; cuando, vamos a decirlo así, nos permitimos «seguir como si nada»
después de haber detectado la inconsistencia. al menos con respecto a las con-
tradicciones latentes, las que todavía no han salido a la luz, su existencia es

7
incluso, también, la humanidad, tal y como expresa sin ningún complejo aristóteles en la Me-
tafísica: Pero si todos igualmente yerran y dicen verdad, para quien tal sostenga no será posible ni pro-
ducir un sonido ni decir nada. Pues simultáneamente dice estas cosas y no las dice. Y si nada cree, sino
que igualmente cree y no cree, ¿en qué se diferenciará de las plantas? (aristóteles, libro iv, cap. 3).

61
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al mENoS Sé quE Sé algo

solo un síntoma de la imperfección de nuestro conocimiento, no de nuestra


insensatez. Precisamente, el equívoco de muchos lógicos, filósofos y en oca-
siones legos al respecto, es decir, el entender un síntoma de imperfección como
un síntoma de irracionalidad, procede del equívoco previo de haber confun-
dido una regla argumental con un principio epistémico. me explico. En el
ejemplo antes citado en torno a felipe gonzález, para llegar a la contradicción
yo estaba haciendo uso de la siguiente regla argumental: «Si X tiene un com-
promiso con p, y q se sigue lógicamente de p, entonces X tiene un compromiso
con q». ahora bien, adoptar esta regla, cuya presencia en nuestras prácticas
argumentativas no precisa mayor justificación por mi parte, no nos licencia
para afirmar el siguiente principio: «Si X cree justificadamente que p, y q se
sigue lógicamente de p, entonces X cree justificadamente que q». Del cual se
sigue, a su vez, el llamado Principio de Omnisciencia Lógica: uno sabe todo lo
que se sigue lógicamente de lo que uno sabe. (Corolario: uno sabe todas las
verdades lógicas).
la razón por la que este principio es falso es muy simple. aunque q se siga
lógicamente de p y X crea que p uno no tiene la creencia de q hasta que no
hace la inferencia. Y no solo ocurre que en la práctica siempre hay inferencias
no efectuadas todavía en el contexto argumental o epistémico. Es material-
mente imposible efectuar todas las inferencias lógicas de lo que uno sabe, por
la simple razón de que estas son un conjunto infinito. El principio de omnis-
ciencia lógica constituye, llanamente, un requisito demasiado fuerte para el
conocimiento. adviértase que no se salva el principio aplicándolo no al cono-
cimiento real (el que uno explicita y conscientemente posee) sino al conoci-
miento implícito o potencial (lo que uno llegaría a saber si tuviera tiempo y
capacidad de procesamiento suficientes). al margen de que esto constituya,
de por sí, una idealización, lo cierto es que tampoco todos los individuos (qui-
zás ninguno) saben suficiente lógica para poseer dicha capacidad de inferencia
(es decir, aunque poseyeran una capacidad de procesamiento ilimitado no sa-
brían cómo llevar a cabo los procesos de inferencia), y tampoco resulta claro
que la capacidad de procesamiento infinito sea suficiente para eliminar la po-
sibilidad de error (hay proposiciones indecidibles tan pronto como pasamos
a lógica de predicados poliádica)8.

8
De hecho, los fallos del principio de omnisciencia lógica, como todo fallo de la regla de inter-
cambio de expresiones equivalentes, no son sino un síntoma de que los contextos epistémicos
son contextos intensionales o, en la jerga de quine, contextos opacos, por lo que resulta muy
difícil conciliar el principio de omnisciencia lógica con la usual consideración de los estados
epistémicos como actitudes proposicionales intensionales. De hecho, la razón por la que en la
lógica epistémica se tiende a adoptar K (el alter ego formal del principio de ominsciencia lógica)
es más técnica que filosófica. la condición semántica asociada a K es la de que los mundos po-

62
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El aRgumENto DE laS EviDENCiaS CoNtRaRiaS

Paraconsistencia
ahora bien, incluso cuando hablamos de las contradicciones explícitas, en las
cuales uno ya ha llevado a cabo la inferencia y sacado a la luz la inconsistencia,
el no ser capaz de deshacerlas no nos hace, inexorablemente, irracionales. En
el próximo apartado describiré algunos procedimientos para deshacer contra-
dicciones, pero hay ocasiones en que estos métodos no dan resultado. oca-
siones en las que, por un lado, no somos capaces de determinar cuál o cuáles
de las evidencias o de las inferencias involucradas es incorrecta, y por el otro,
las dos creencias contradictorias nos resultan igual de preciosas o plausibles,
por lo que no encontramos una razón para renunciar a una en favor de la otra.
En una situación tal simplemente no podemos decidir entre dos alternativas
excluyentes; si p es verdad..., si no p es verdad... una vez más, la lógica clásica
nos ayuda poco o nada a resolver el problema. De hecho, más bien lo agranda.
una de las reglas de la lógica clásica es la regla de ex contradictione quod libit
(ECql), que nos permite inferir cualquier proposición a partir de una sola
contradicción:
ECql (ex contradictione quod libit)
De «P y no P» inferir «q».
al aplicar ECql a una contradicción se produce una suerte de explosión
inferencial: absolutamente cualquier enunciado es ahora deducible. algo que
sin duda produce vértigo, y que ha contribuido a fomentar el «miedo a las
contradicciones». además, ECql se sigue de leyes lógicas muy básicas9, por
lo que durante mucho tiempo se pensó que la explosión inferencial era un re-

sicional y de primer orden de manera estándar (por ejemplo «p Ù q» es verdadero en todos y


sibles se comportan «clásicamente», es decir, que se evalúan los operadores de lógica propo-

solo los mundos donde tanto p como q son verdaderos). Por lo tanto, si deseamos considerar
alternativas epistémicas donde sean verdaderos algunos enunciados pero falsas algunas de sus
consecuencias lógicas deberemos o abandonar la lógica clásica o introducir algún recurso formal
adicional. la segunda opción es la elegida por Hintikka 1975, quien introduce en la semántica
«mundos posibles imposibles» que estarían entre las alternativas epistémicas para el caso en
el que el agente epistémico cometa errores lógicos.
9
la más célebre demostración de ECql (seguramente debida a Pseudo Escoto, quien de «So-
crates y Socrates no existe» deduce «un hombre es un asno») parte de tres reglas muy básicas
de la lógica clásica: Eliminación de la Conjunción (de P y q inferir P –o q–), Silogismo Dis-
yuntivo (de P o q y no P inferir q) y Doble Negación (de P inferir no no P), por lo que es ne-
cesario revisar alguna de estas venerables reglas para eliminar el ECql:
(1) P y no P
(2) P (eliminación de la conjunción, 1)
(3) P o q (introducción de la disyunción, 2)
(4) no P (eliminación de la conjunción, 1)
(5) q (silogismo disyuntivo, 3,4).

63
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al mENoS Sé quE Sé algo

sultado inevitable. afortunadamente, las lógicas no clásicas juegan un papel


terapéutico también en este punto. muchos de los sistemas lógicos desarro-
llados durante el pasado siglo y lo que llevamos del presente rechazan ECql.
Entre ellos las lógicas de la relevancia y las lógicas paraconsistentes. Estas úl-
timas han sido construidas ex profeso para permitir «trabajar» con contradic-
ciones, evitando explosiones inferenciales. Se han utilizado ampliamente y
con considerable éxito en el campo de las antinomias lógicas, así como en el
de la inteligencia artificial (donde es preciso que el programa no se atasque
ante una contradicción), pero también se han utilizado, y no es casualidad,
para estudiar procesos epistémicos y argumentativos10. Sin entrar en las com-
plejidades técnicas a las que nos llevarían los modelos matemáticos, esbozaré
ahora una estrategia informal basada en la lógica de revisión de teorías. Dado
un enunciado p y un conjunto de creencias C, la revisión de C dado p es el re-
sultado de añadir p a C y eliminar de la unión de C y p el mínimo de enuncia-
dos necesarios para hacerlo consistente. una revisión de C es más económica
que otra si preserva más enunciados de C. Pues bien, cuando una nueva evi-
dencia o creencia p es inconsistente con C, la estrategia a seguir es:
– calcular cuál es la revisión más económica de nuestro conjunto de cre-
encias, la que acepta p o la que acepta no p;
– si lo anterior no funciona, mantener la creencia contradictoria, y tener
en cuenta a partir de ahora las dos revisiones del conjunto de creencias
(la de p y la de no p),
– mientras se mantenga la contradicción, y ante la aparición de nuevas
evidencias, efectuar de nuevo las revisiones del nuevo conjunto de cre-
encias respectivamente para p y para no p y calcular cuál es la más eco-
nómica.
aunque pragmáticamente la estrategia anterior todavía presenta algunos
problemas, y sigue siendo en buena medida una idealización (hay multitud
de otros factores a tener en cuenta a la hora de hacer la revisión, como la im-
portancia o el grado de compromiso con los enunciados de p11), no cabe duda
de que como alternativa para tratar las contradicciones manifiestas es mucho
más «razonable» o mucho más «racional» que la explosión inferencial que
propone la lógica clásica. lo importante, en cualquier caso, es que nos hace
ver que es posible ser «racionalmente inconsistente», que una contradicción

10
véase Priest, Routley y Norman (eds.) 1989 o Priest 2007 para una detallada explicación de
las lógicas paraconsistentes.
11
algunas estrategias más sofisticadas pueden encontrarse en la lógica autoepistémica y en la
lógica de Revisión de teorías, que modelizan los procesos mediante los cuales revisamos nues-
tro conjunto de creencias ante la aparición de nuevas evidencias, incluyendo las que dan lugar
a contradicciones. véase por ejemplo, marek y truszczyński (1991), o alchourron et al. (1985).

64
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El aRgumENto DE laS EviDENCiaS CoNtRaRiaS

no nos conduce necesariamente al absurdo ni al impasse, sino que hay maneras


racionales de tratarla12.

3.3. RElativiSmo Y PluRaliDaD


Primer subpatrón: discrepancia entre juicios
una vez perdido el miedo a la contradicción, en este apartado me propongo
analizar los distintos subtipos del patrón de las evidencias contrarias descritos
en el apartado 3.1. mi propósito es averiguar lo que puede haber «detrás» de
cada subtipo del argumento, tanto en el caso de los argumentos cogentes (en
los que lo que hay detrás es un defecto de nuestro sistema epistémico) como
de los argumentos falaces (en los que lo que hay detrás es una duda escéptica
mal planteada). En la medida en que seguiré analizando la casuística pero a la
vez proponiendo recetas prácticas, este apartado puede verse como una tran-
sición desde el objetivo terapéutico al objetivo práctico.
Comencemos con el primer tipo de casos, en los que hay una contradicción
entre juicios de personas que comparten un mismo sistema epistémico. En ge-
neral se trata de argumentos bastante pueriles, casi nunca cogentes, y que se
resuelven por sí solos tan pronto como deshacemos la «aparente» contradic-
ción. Hay dos maneras en que puede hacerse esto. o bien descubrimos que la
contradicción entre justificaciones es aparente, ya que, después de todo, una
de las partes estaba equivocada (su presunta justificación era espuria, o clara-
mente insuficiente al compararla con la justificación de la otra parte). así ocu-
rre en muchos de los ejemplos de Sexto Empírico, tan obvios que no precisan
explicación: los que deliran o los que entran en éxtasis creen oír espíritus, mientras
que nosotros no (ibid., p. 37), o los ictéricos lo ven todo amarillo y los que tienen
un hematoma, sanguinolento (ibid., p. 44). o bien descubrimos que la contra-
dicción entre juicios es aparente, ya que en realidad no se discrepaba sobre la
misma proposición. también Sexto Empírico nos surte de ejemplos: el coral
es blando en el mar y duro en el aire (ibid., p. 46) o la luz de las lámparas aparece
apagada al sol y brillante en la oscuridad (ibid., p. 42). a pesar de la ingenuidad
del patrón argumental, hay aquí una pequeña lección a extraer de la argumen-
tación escéptica: no debemos extrapolar directamente los resultados que ha-

12
tal y como se pronuncia Rescher en su excelente libro sobre racionalidad: Contrary to wide-
spread opinion, one need not take the stance that consistency is an indispensably inevitable precondition
for cogent thought and rationally acceptable deliberation... Cognitive rationality is such does not involve
an absolute, unswerving commitment to consistency at any cost. Consistency is a prime desideratum
of rationality, but not an absolutely indispensable requisite for it. It should be viewed as not as a present
demand, but as an ultimate ideal. A preparedness to tolerate conflict and dissonance –nay, even in-
consistency– is often in the interests of doing as well as we can overall at this stage of game (Rescher
1988, pp. 90-91).

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yamos obtenido investigando un determinado dominio a otro dominio distinto


(del mar al secano, de la oscuridad al sol). Es necesario antes cotejar si hay al-
guna diferencia significativa entre ambos dominios. En teoría de la argumen-
tación se han caracterizado varias falacias asociadas a la generalización, que
recordaré muy rápidamente. En la falacia de Extrapolación Injustificada los re-
sultados de una población se extrapolan a otra cuando las circunstancias son
completamente distintas (el patrón argumental es: En C, todo A es B; por lo tanto
en D –en el que hay alguna circunstancia E que no concurre en C– todo A es
B). En la falacia de Accidente se aplica una generalización estadística cuando
una circunstancia especial indica que la regla puede no aplicarse. En la falacia
de Accidente Inverso, por el contrario, se toma una excepción como una razón
para abandonar una generalización estadística (se dice que la mayoría de los A
son B, pero este A no es B, por lo tanto es falso que la mayoría de los A son B).
Emparentada con este error metodológico está la tendencia a generalizar
demasiado apresuradamente o demasiado ampliamente. Es cierto que uno de
los rasgos que caracterizan a la idea de ciencia, desde su nacimiento en la gre-
cia clásica como episteme, es la aspiración a la universalidad. Pero este deside-
rátum, legítimo en sí mismo, e imprescindible en algunos ámbitos del
conocimiento (por ejemplo en las ciencias físicas o en matemáticas), tomado
como dogma epistémico tiene resultados catastróficos. Cuando buscamos «lo
común» perdemos las peculiaridades de los casos particulares, y esas especi-
ficidades son en ocasiones mucho más ricas y significativas que las propiedades
compartidas13. una consecuencia negativa de esta obsesión por la universali-
dad es la proclividad a generalizar indebidamente a partir de un número limi-
tado de casos. En teoría de la argumentación también se han descrito algunas
falacias asociadas a este fenómeno. Se produce la falacia de Muestra Insuficiente
cuando el tamaño de la muestra a partir de la cual se hace la generalización es
demasiado pequeño. En la falacia de Muestra Sesgada, la muestra se toma entre
un conjunto de casos en los que concurre alguna circunstancia especial (Todos
estos A, que son B –pero con alguna circunstancia D especial–, son C, por lo
tanto todo A es C). la clásica Post hoc ergo prompter hoc consiste en confundir
una coincidencia casual con una relación causa-efecto.

13
un punto que Wittgenstein no se cansa de repetir al inicio de las Investigaciones Filosóficas.
Recuerda una de sus metáforas más populares: 11. Piensa en las herramientas de una caja de he-
rramientas: hay un martillo, unas tenazas, una sierra, un destornillador, una regla, un tarro de cola,
cola, clavos y tornillos. —Tan diversas como las funciones de estos objetos son las funciones de las pa-
labras. (Y hay semejanzas aquí y allí).
14. Imagínate que alguien dijese: «Todas las herramientas sirven para modificar algo. Así, el martillo
la posición del clavo, la sierra la forma de la tabla, etc.». —¿Y qué modifican la regla, el tarro de cola,
los clavos? —«Nuestro conocimiento de la longitud de una cosa, la temperatura de la cola y la solidez
de la caja». ¿Se ganaría algo con esta asimilación de expresiones? (Wittgenstein 1954, pp. 27-29).

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El aRgumENto DE laS EviDENCiaS CoNtRaRiaS

Segundo subpatrón: contradicción entre resultados del


mismo procedimiento
vayamos ahora con el segundo tipo de casos, aquellos en los que las evidencias
contrarias son obtenidas con el mismo procedimiento epistémico. En este tipo
de casos, y siempre que la contradicción se dé de manera sistemática, es pro-
bable que el argumento escéptico sea cogente. Si, pongamos como ejemplo,
alguien me propone tirar una moneda al aire para saber qué tiempo hará ma-
ñana (cara sol, cruz lluvia), basta con ejecutar el procedimiento unas cuantas
veces para darse cuenta, ante la abundancia de contradicciones, de su nula fia-
bilidad. Pero, eso sí, es importante asegurarse de que las contradicciones exis-
ten (no son aparentes como en el caso anterior), y evaluar su gravedad. Solo
si son lo suficientemente importantes habrá que sentirse preocupado. los si-
guientes criterios sirven para ponderar la importancia de las contradicciones
detectadas:
– la cantidad: hay que ver la frecuencia de errores con respecto a resulta-
dos no problemáticos, por ejemplo, si hay una sola contradicción en
una gran cantidad de aplicaciones es probable que se deba a un error
en la ejecución del procedimiento epistémico;
– la gravedad: hay que ver a qué tipo de enunciados afecta la contradic-
ción y su importancia; por ejemplo, no hay que ponerse nervioso si los
enunciados contradictorios son poco relevantes, relativos solo a detalles
o cuestiones adventicias;
– la inevitabilidad: hay que ver si hemos llegado a la contradicción de
manera accidental o circunstancial o si, por el contrario, nos vemos abo-
cados a ella en las situaciones estándar de ejecución del procedimiento;
por ejemplo, quizás solo ejecutando de determinada manera no orto-
doxa el procedimiento aparecen las contradicciones;
– la sistematicidad: hay que comprobar si las contradicciones aparecen
de manera irregular en todo dominio o si surgen sistemáticamente en
un dominio específico; si las contradicciones son sistemáticas (apare-
cen en un solo dominio), entonces debemos concentrar nuestra duda
en ese ámbito y, si resulta pragmáticamente necesario, seguir ejecu-
tando el procedimiento en los dominios no problemáticos.
Este último factor, la sistematicidad, nos lleva directamente al siguiente
subpatrón.

Tercer subpatrón: contradicción entre procedimientos epistémicos


Procedamos ahora con el tercer tipo de casos, aquellos en que distintos pro-
cedimientos epistémicos dan resultados incompatibles entre sí. los mismos

67
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al mENoS Sé quE Sé algo

criterios para evaluar el peso de las contradicciones (cantidad, gravedad, inevi-


tabilidad y sistematicidad) sirven aquí. El criterio de la sistematicidad juega
ahora, no obstante, un papel específico, ya que es un indicativo de que el es-
céptico puede estar apuntando bien. Esto es así en situaciones hasta cierto
punto análogas a los casos cogentes del primer tipo de situaciones (discrepancia
entre juicios) que discutí unos párrafos atrás. Hablé entonces de las precaucio-
nes que hay que tomar a la hora de generalizar un resultado epistémico, para
no extrapolarlo indebidamente a dominios en que no se aplica. Y es que, al igual
que puede ser un error generalizar los resultados de una acción epistémica, en
ocasiones también podemos equivocarnos al generalizar indebidamente un pro-
cedimiento epistémico. un procedimiento epistémico válido en un determinado
dominio puede ser nefasto en otro. así, una metodología fenomenológica puede
ser útil en psicología cognitiva, pero absurda en historiografía; igualmente, el
uso de estadísticas puede ser útil en sociología pero tiene muy poca utilidad en
matemáticas. algo parecido ocurre cuando trasladamos en el tiempo o el lugar
procedimientos epistémicos válidos en un entorno concreto. así, mirar si tiene
el pico amarillo es un buen método para distinguir el estornino de la grajilla en
el verano, pero no así en el invierno cuando los dos lo tienen negro. Del mismo
modo, comprobar si su carne se vuelve azul al corte es útil para distinguir el bo-
leto eritrhopus en galicia, pero no en Cataluña donde está presente el boleto
Satanas que también azulea al corte14.
Hay aquí una moraleja importante que se puede obtener de los argumentos
escépticos. la sistematicidad de las contradicciones es una señal de que el pro-
cedimiento está siendo aplicado en un dominio indebido. Pero puede pasar
que en el nuevo dominio el procedimiento epistémico no dé lugar a contra-
dicciones, sino simplemente a resultados espurios. Si es así, es probable que
nunca lleguemos a ser conscientes de ello a no ser que dispongamos de méto-
dos independientes de prueba. Es decir, para detectar que estamos utilizando
indebidamente el procedimiento epistémico necesitamos otros procedimien-
tos epistémicos. lo contrario sería, usando la comparación de Wittgenstein,
como si alguien comprase varios ejemplares del mismo diario para cerciorarse
de la verdad de lo escrito (Wittgenstein 1954, p. 231). Como vemos, estamos
ante una muy buena razón para optar por el pluralismo metodológico. Pero
no solo es mejor tener dos procedimientos epistémicos para el mismo fin. En
realidad, cuantos más tengamos mejor. Habrá ocasiones en que uno de los
procedimientos epistémicos sea más de fiar al menos en el dominio conflictivo,
y podamos tomar la decisión de desechar o restringir el dominio del otro pro-
cedimiento. Sin embargo, en otras ocasiones los procedimientos nos pueden
14
adviértase que, en estos casos, lo que estrictamente cambia no es el proceso epistémico, sino
la regla epistémica, a la que ahora se añade una restricción: en el dominio X.

68
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El aRgumENto DE laS EviDENCiaS CoNtRaRiaS

parecer igual de valiosos, y entonces solo recurriendo a un tercer, un cuarto o


un enésimo procedimiento epistémico que podamos ejecutar en el mismo do-
minio seremos capaces de tomar una decisión.
unas palabras en torno al pluralismo metodológico, sobre el que volvere-
mos más tarde en este libro. Se tiene la tentación de ver la inclusión de una
amplia variedad de herramientas epistémicas como un defecto más que como
una virtud. que uno haga cosas diferentes según la ocasión se entiende como
un rasgo de asistematicidad, incluso de improvisación. Y hay algo de cierto en
ello, el pluralismo metodológico tiene sus desventajas. un repertorio más am-
plio y variado de herramientas incrementa la dificultad de su manejo. además,
cuanto más variados sean nuestros procedimientos epistémicos más probable
es que surjan conflictos entre sus resultados respectivos. Bien mirado sin em-
bargo, esto último, lejos de ser un defecto del sistema epistémico, es una autén-
tica ventaja: contrastar los resultados respectivos es la mejor y en ocasiones la
única manera de verificar la calidad de nuestros procedimientos epistémicos, y
de evaluar sus límites. llevando un paso más allá la metáfora de Wittgenstein,
en general es preferible tener una caja muy grande y muy variada de herramien-
tas que una sola herramienta que sirve para todo: seguramente es más difícil
manejarse con la caja, pero es probable que los resultados sean mejores.

Cuarto subpatrón: contradicción entre sistemas epistémicos


Nos queda por repasar el último tipo de casos: aquellos en los que la evidencia
que X tiene para creer que p es una buena justificación para creer que p en el
sistema epistémico de X pero no en el de Y, y recíprocamente, la evidencia que
Y tiene para creer que no p (o la creencia q no compatible con p) es una buena
justificación para creer que no p en el sistema epistémico de Y pero no en el de
X. Esto puede darse incluso cuando el procedimiento epistémico que ha dado
lugar a las evidencias contrarias es el mismo en los dos sistemas epistémicos,
ya que la regla epistémica puede cambiar el sentido de las evidencias. así ocurre
en los ejemplos antropológicos que, por otra parte, son una de las principales
fuentes de inspiración para este tipo de dudas. la consulta del «oráculo del ve-
neno» por parte de un miembro de la sociedad de los azande juzgada desde
nuestro sistema epistémico y desde el suyo obtiene valoraciones muy diferen-
tes: Los azande observan el proceder del oráculo del veneno tal y como nosotros lo
observamos, pero sus observaciones están siempre subordinadas a sus creencias y
están incorporadas a sus creencias a la par que hechas para explicarlas y justificarlas.
Considérese cualquier argumento que pudiera demoler completamente todas las de-
mandas azande al poder del oráculo. Si esto lo tradujéramos al modo de pensamiento
azande, serviría para sostener toda su estructura de creencias. Pues sus nociones mís-
ticas son eminentemente coherentes, se hallan interrelacionadas por una red de nexos

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lógicos y están ordenadas de tal modo que nunca contradicen excesivamente la ex-
periencia sensorial sino que, por el contrario, la experiencia parece justificarlas
(Evans-Pritchard 1937, p. 319, citado por Winch 1964, p. 48).
De hecho, cometeríamos un error si intentáramos comprender y evaluar
el proceso epistémico del azande comparándolo con procesos epistémicos
análogos de nuestra cultura, ya que el acto de hechicería o de magia que es
«irracional» o «supersticioso» en una sociedad occidental contemporánea
no lo es en la cultura de los azande:
Es importante distinguir entre un sistema de creencias y prácticas mágicas como
el de los azande, que es uno de los principales fundamentos de toda su vida social
y, por otra parte, creencias mágicas que puedan ser sostenidas y ritos mágicos que
puedan ser practicados por personas pertenecientes a nuestra propia cultura. Estos
deben comprenderse de un modo diferente (Winch 1964, p. 40).
Como se ve, la idea que se desprende de estos ejemplos es que los sistemas
epistémicos son incomparables entre sí: hay una inconmesurabilidad entre los
procedimientos que se traslada a su vez a los resultados. la proposición «el
ganso ha muerto tras consumir el benge» significa cosas distintas para el
azande y el occidental, por lo que no se puede decidir quien lleva la razón en
torno a la cuestión de qué otras proposiciones son justificadas por ella. Estric-
tamente hablando, no hay auténtica disensión, pues son proposiciones y por
lo tanto argumentos distintos.
Por muy bien intencionada que sea la postura del relativismo cultural, y
por muy sana y pertinente que resulte en la dimensión de las costumbres y
usos sociales (quizás, también, en las dimensiones estética y religiosa y, con
más reservas, en las dimensiones política y ética), lo cierto es que en su di-
mensión epistémica se basa en una idea equivocada: la idea de que no pode-
mos evaluar sistemas epistémicos sin ser viciosamente circulares. ahora no
estamos en disposición de tratar no superficialmente esta cuestión, pues nos
remite al argumento de la circularidad, que examinaré en el capítulo 5. Solo
me gustaría señalar cómo la circularidad aparece en la comparación de siste-
mas epistémicos: cuando evaluamos el sistema epistémico X desde nuestro
sistema epistémico Y damos por sentada la validez del sistema epistémico Y;
ahora bien, la fiabilidad del resultado de la evaluación del sistema epistémico
X depende, claro está, de la fiabilidad de nuestro sistema epistémico Y, y esto
es algo (aquí es donde entra en juego el argumento de la circularidad) que no
podemos determinar desde Y mismo; así que si el resultado de la evaluación
de X es negativo, eso es una consecuencia tan solo del hecho de que (i) desde
el principio estaba suponiendo que mi sistema epistémico Y era el bueno, y
(ii) X es diferente de Y. Desde luego, no vale de nada intentar evaluar antes,
después o al mismo tiempo el sistema epistémico Y desde el sistema episté-

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El aRgumENto DE laS EviDENCiaS CoNtRaRiaS

mico X, ya que ahora estaríamos suponiendo la fiabilidad de X. Este fenómeno


ya es descrito de manera brillante por montaigne en el siglo Xvi: Creo que nada
hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones a las que me he referido; lo que ocurre
es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres. Como no tenemos
otro punto de mira para distinguir la verdad y la razón que el ejemplo e idea de las
opiniones y usos del país en que vivimos, a nuestro dictamen en él tienen su asiento
la perfecta religión, el gobierno más cumplido, el más irreprochable uso de todas las
cosas (montaigne 1580, c. XXX). Y así lo seguía expresando en el siglo XX, de
manera no menos brillante, Peter Winch: Algo es racional para alguien solo en lo
que se refiere a su comprensión de lo que es o lo que no es racional. Si nuestro con-
cepto de racionalidad difiere del otro, entonces carece de sentido decir que a ese otro
algo le resulta o no racional en nuestro sentido (Winch 1964, p. 316).
la «comparabilidad» o no «comparabilidad» entre sistemas epistémicos
tiene, sin duda, una importancia crucial. No en vano en las últimas décadas se
ha convertido en uno de los principales argumentos filosóficos para criticar
posturas realistas, normalmente calificadas de «dogmáticas» o «fundamen-
talistas» por los relativistas extremos. Hay un aspecto del problema, el que
tiene que ver con la inconmensurabilidad lingüística, que nos llevaría muy
lejos de nuestro tema y que es preferible no abordar aquí (aunque diré algo
sobre el mismo en el último capítulo)15. Con respecto al aspecto que nos atañe,
la «comparabilidad» de la justificación, en este momento solo quiero obser-
var, una vez más, que la presencia de distintos sistemas epistémicos no es en
absoluto un problema, sino que contemplado positivamente constituye una
gran ventaja. Y no solo en diferentes culturas o grupos sociales, sino convi-
viendo dentro de la misma comunidad, e incluso dentro del mismo individuo.
así lo entendía uno de los padres del «relativismo lingüístico», lee Whorf
(menos extremo de cómo a veces se lo presenta, y desde luego mucho menos
que algunos de los relativistas lingüísticos contemporáneos). Para Whorf era
posible que una persona comprendiera y absorbiera otros marcos lingüísticos
para de este modo ampliar su perspectiva y ganar nuevos recursos: Hace ya
algún tiempo que los pensadores modernos han indicado que la llamada forma me-
canística de pensamiento ha llegado a un callejón sin salida situado ante la gran
frontera de los problemas de la ciencia. El alejarnos por nosotros mismos de esta
forma de pensamiento es algo excesivamente difícil si no tenemos ninguna otra clase
de experiencia lingüística… No obstante, el examen de otras lenguas y la posibili-

15
Recordaré de nuevo lo dicho en el capítulo primero de la necesidad de «acotar» el problema
de la fundamentación del conocimiento (en mi aproximación, «acotado» a la dimensión ar-
gumentativa). al igual que en el argumento del error opté por no entrar en cuestiones de teoría
de la Percepción y filosofía de la mente, aquí considero prudente no perderse en problemas
de filosofía del lenguaje.

71
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al mENoS Sé quE Sé algo

dad de nuevos tipos de lógica, posibilidad que se han encargado de impulsar los
mismos lógicos modernos, sugieren que esta cuestión puede ser muy significativa
para la ciencia moderna... para la futura tecnología del pensamiento todavía es de
una mayor importancia lo que se puede llamar «lingüística contrastada» (Whorf
1956, pp. 268-270).
las mismas razones que hacían recomendable adoptar una pluralidad de
procedimientos epistémicos nos iluminan sobre las ventajas de los sistemas
epistémicos. No solo porque el contraste entre ellos es un recurso óptimo para
cotejar y testar metodologías. también porque dispondremos de más recursos
para actuar en ámbitos y dominios diversos, o para dar cuenta de distintos as-
pectos o elementos del mismo fenómeno.

3.4. PRáCtiCa
Para rematar este capítulo, presento el análisis práctico del patrón argumental.
En la medida en que tiene solo una finalidad práctica, no debe verse y mucho
menos evaluarse como si se tratara de una taxonomía teórica o una descom-
posición analítica del patrón argumental. más bien, intento recoger los distin-
tos aspectos que, repasando las aportaciones de los filósofos, hemos detectado
en los apartados anteriores para elaborar una suerte de recetario, una compi-
lación de consejos y medidas prudenciales que puedan ser utilizados en la
práctica de la vida cotidiana o en los ámbitos profesionales que lo requieran.
De alguna manera, puede verse como una especie de manual de emergencia
epistémico, que bien podría llamarse: «qué hacer en caso de contradiccio-
nes». Como todo manual, no está pensado para ser aplicado mecánicamente,
sino de manera crítica y prudencial, ya que hay una gran cantidad de conside-
raciones puramente pragmáticas (finalidad de la investigación, disponibilidad
de tiempo, importancia práctica de los resultados, etc...) que pueden tener
mucho peso a la hora de inclinar la balanza hacia un lado u otro, o que pueden
determinar la conveniencia o no de seguir ciertos pasos en la estrategia de fun-
damentación.
PaSo 1(subpatrón de la discrepancia de juicios): Comprueba si las contra-
dicciones son genuinas.
1.1. Si no lo son: el argumento escéptico es falaz,
1.2. si lo son: comprueba si hemos extrapolado o generalizado indebida-
mente resultados,
1.2.1. si hemos extrapolado o generalizado indebidamente: revisar
nuestras creencias al respecto,
1.2.2. si no hemos extrapolado o generalizado indebidamente: ir al paso 2.

72
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El aRgumENto DE laS EviDENCiaS CoNtRaRiaS

PaSo 2: Comprueba si las evidencias contrarias son producidas por el mismo


procedimiento del mismo sistema epistémico.
2.1. Si lo son: pondera la cantidad, gravedad, inevitabilidad y sistematicidad
de las contradicciones,
2.2.1. si no son (suficientemente) numerosas, graves, inevitables y asis-
temáticas: el argumento escéptico es falaz,
2.2.2. si son numerosas, graves, inevitables y asistemáticas: rechaza o
corrige el procedimiento epistémico,
2.2.3. si son escasas, graves e inevitables: ir al paso 5.
2.2.4. si son numerosas, graves, inevitables y sistemáticas: restringe el
dominio de aplicación del procedimiento respectivo y, eventual-
mente, pasa al paso 3,
2.2. si no lo son: ir al paso 3.
PaSo 3: Comprueba si las evidencias son producidas por distintos procedi-
mientos del mismo sistema epistémico.
3.2. Si lo son: pondera la cantidad, gravedad, inevitabilidad y sistematicidad
de las contradicciones,
3.2.1. si no son numerosas, graves, inevitables y asistemáticas: el argu-
mento escéptico es falaz,
3.2.2. si son escasas, graves e inevitables: ir al paso 5,
3.2.3. si son numerosas, graves, inevitables y asistemáticas: revisa los
procedimientos involucrados; eventualmente, rechaza el más sos-
pechoso o el menos importante para nosotros,
3.2.4. si son numerosas, graves, inevitables y sistemáticas: restringe los
dominios de aplicación de los procedimientos respectivos; cuan-
tos más procedimientos se utilicen para cotejar resultados mejor,
3.2. si no lo son: ir al paso 4.
PaSo 4: Comprueba si las evidencias pertenecen a sistemas epistémicos dis-
tintos.
4.1. Si es así, intenta ver si uno de los dos sistemas epistémicos es más óptimo
al menos en el dominio que nos interesa en ese momento,
4.1. si uno de ellos es más óptimo, utiliza sus resultados en este dominio,
4.2. si los dos resultan igual de óptimos, pues cada uno recoge mejor un as-
pecto importante del fenómeno, mantén ambos o ve al paso 5.

73
Capítulo 3_Maquetación 1 06/08/2015 17:36 Página 74

al mENoS Sé quE Sé algo

PaSo 5 (casos en que no conseguimos resolver la contradicción «p y no p»


en ninguno de los pasos anteriores): Contempla a partir de ahora y al menos
en el dominio/fenómeno/ámbito en el que tiene lugar la contradicción las
dos posibilidades.
5.1. abre dos supuestos:
– que p sea verdadero, y elimina de tus compromisos o creencias todos
las incompatibles con p,
– que p sea falso, y elimina de tus compromisos o creencias todos los in-
compatibles con no p.
5.2. En adelante, cuando aparezcan nuevas evidencias comprueba qué cre-
encias se justifican bajo cada uno de los dos supuestos:
5.2.1. Si justifican la misma creencia q, incorpórala al conjunto de nues-
tras creencias justificadas (sé que q),
5.2.2. si justifican distintas creencias no lógicamente incompatibles, q
y r, incorpora al conjunto de creencias justificadas la disyunción
de q y r (sé que q o r),
5.2.2. si justifican creencias lógicamente incompatibles, q y r, entonces
incorpora al conjunto de creencias justificadas los condicionales
«si p entonces q», y «si no p entonces r».
5.3. Sigue trabajando con ambos supuestos y ejecutando eventualmente los
pasos 1 a 4 hasta que consigas resolver la contradicción.

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Capítulo 4_Maquetación 1 06/08/2015 17:33 Página 75

CAPÍTULO 4

EL ARGUMENTO DE LA POSIBILIDAD DE ERROR

ABOGADO: El testigo declara haber visto a X saliendo por la ventana poco des-
pués de que tuviera lugar el crimen. ¿Está usted completamente seguro de que
se trataba de X y no de otra persona? ¿Podría usted asegurar que no se trata de
un error y que era otra persona muy parecida a X?
TESTIGO: Vi su rostro muy de cerca y con buena luz...
ABOGADO: Ya, pero ¿es completamente imposible que se tratara de otra persona?,
¿no se habría confundido usted si hubiera sido el hermano de X?
TESTIGO: Que yo sepa X no tiene hermanos...
ABOGADO: ¿O alguien disfrazado como X, alguien perfectamente caracterizado
como X quizás con el propósito de engañarle a usted? ¿Puede asegurar que es
del todo imposible que esté errado?
TESTIGO: Bueno, completamente imposible no.
ABOGADO: Ajá, así que reconoce que podría estar equivocado. Señoría, miembros
del jurado, es claro que no podemos tomar en cuenta el testimonio del testigo
pues él mismo admite que podría haber cometido un error y que de hecho no
sabe si era o no era X.

4.1. ClarifiCaCión
Errare humanum est
El patrón argumental que llamaré argumento de la posibilidad de error (en
ocasiones lo llamaré argumento del error para abreviar) es aparentemente muy
simple, pero también tremendamente efectivo. El argumento se asienta sobre
principios elementales de nuestras prácticas lingüísticas. Si alguien está equi-
vocado, se equivoca doblemente cuando dice que lleva razón. así que la pru-
dencia aconseja ser cauto cuando no se está seguro de las creencias propias, y
en vez de afirmar «Yo sé» utilizar alguna fórmula menos comprometedora
como «en mi opinión...», «me parece que...» o «las evidencias indican...».

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Capítulo 4_Maquetación 1 06/08/2015 17:33 Página 76

al mEnoS Sé quE Sé algo

El escéptico pretende convencernos de que siempre estamos en tal situación,


de que siempre podemos estar equivocados. Ergo, nunca sabemos.
En la práctica, la línea argumental del escéptico no es tan recta. Casi siempre
comienza poniendo sobre la mesa ejemplos pasados de creencias que en su mo-
mento nos parecían genuino conocimiento, pero que a la postre descubrimos
que eran equivocadas. a continuación la argumentación destaca un rasgo apa-
rentemente común entre los ejemplos pasados de errores y los casos en que nos
pareció o nos parece estar ante auténtico conocimiento: la posesión de mi (pre-
sunta) justificación X para creer que p es compatible con la falsedad de X. En
las buenas realizaciones de este patrón argumental se eligen ejemplos de errores
que prima facie resultan indistinguibles de los casos (presuntamente) buenos,
de tal modo que la analogía entre unos y otros sea indiscutible. así, cuando se
pretende cuestionar el conocimiento de naturaleza perceptiva, los ejemplos tí-
picos a los que se recurre son las ilusiones ópticas y los espejismos: Por ejemplo,
el mismo pórtico, visto desde uno de los extremos, parece una cola de ratón, pero desde
el centro parece simétrico por todas partes. Y el mismo barco desde lejos parece pequeño
y quieto y desde cerca grande y en movimiento... Eso según las distancias. Según los
lugares, el mismo remo aparece quebrado dentro del agua del mar y duro en el aire...
Y según las posiciones, el mismo cuadro, colocado al revés aparece plano, pero suspen-
dido adecuadamente parece tener relieve (Sexto, pp. 41-42).
los ejemplos funcionan muy bien porque no podemos achacar el error a
un descuido o torpeza nuestra (no se trata, por poner el caso, de que hayamos
cogido la regla por el extremo equivocado, o que hayamos apuntado mal la
hora que marcaba el reloj), sino que el error es, por decirlo así, «producido
por el mundo». Es decir, aunque en la situación en que tiene lugar el espejismo
o la ilusión visual yo siga impecablemente el procedimiento epistémico la ilu-
sión se produce igualmente, porque son rasgos intrínsecos a la situación los
que causan el error. Por ello es tan difícil distinguirlos de los casos de percep-
ción genuina, puesto que, desde luego, todos los fenómenos son observados
en algún lugar, desde alguna distancia y en alguna posición (Sexto, pág. 42).
El argumento generaliza la coincidencia entre error y acierto hasta llegar
a la conclusión de que no hay ningún caso de auténtico conocimiento. Esque-
máticamente:
argumEnto dE la PoSibilidad dE Error
(PE1) Sean cuales sean mis evidencias para creer que p, son compatibles
con no p.
(PE2) Si mis evidencias para creer que p son compatibles con no p, enton-
ces no sé que p.
Por lo tanto,
(PE3) no sé que p.

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Capítulo 4_Maquetación 1 06/08/2015 17:33 Página 77

El argumEnto dE la PoSibilidad dE Error

El argumento tuvo una importancia peculiar en la escuela escéptica aso-


ciada a la academia aristotélica, cuya cabeza más visible fue Carneades. rea-
parece continuamente en la historia de la filosofía, casi siempre asociado al
conocimiento del mundo externo basado en los sentidos (y casi siempre aso-
ciado al sentido de la vista), lo que ha poblado la literatura filosófica de una
fauna variopinta de alucinaciones, trampantojos, espejismos, miembros fan-
tasma, tretas de espionaje y trucos de prestidigitación. algunos ejemplos, clá-
sicos y contemporáneos: Y Parrasio engañó a otro con un velo que estaba tan bien
dibujado, que parecía de verdad, de suerte que esta persona, ansiosa de ver mejor
la pintura que creía cubierta con el velo, aproximó la mano para descorrerlo, y tro-
pezó con la tabla. Así nos presenta la Naturaleza las cosas para que las conozcamos
(Sánchez 1581, p. 130).
Pon una moneda en un vaso grande, y haz que el vaso se hunda en la tierra.
Cuando lo saques, la moneda habrá desaparecido de tu vista. Llena ahora el vaso
con agua, y verás que allí está la moneda, de mayor tamaño que antes. ¿Por qué no
podías verla en el caso anterior, a pesar de que, como dices, el aire es el medio más
perfecto? ¿Por qué se nos muestra la moneda de mayor tamaño cuando está sumer-
gida en el agua? Lo ignoramos (ibid., p. 146).
Personas que tienen miembros amputados pueden seguir sintiendo dolor en ellos…
Si digo que alguien siente dolor en su pierna, no necesariamente excluyo la posibilidad
de que su pierna haya sido amputada (ayer 1940, p. 25, mi traducción).
Un hombre que ve un espejismo no está percibiendo ninguna cosa material, pues
el oasis que él piensa que está percibiendo no existe (ibid., p. 26).
Con respecto al asunto de esa botella de tinta, hay, me parece a mí, toda clase
de posibles experiencias que podrían arrojar dudas. Por ejemplo, pueden contactar
contigo agentes del gobierno que parecen demostrar que el objeto sobre tu mesa es
el contenedor de una sustancia para envenenar el abastecimiento de agua, que de
alguna manera llegó de las manos del gobierno a tu mesa. Habría sido modificado
para simular una botella de tinta, pero parece tener muchos pequeños rasgos estruc-
turales esenciales a tales contenedores que las botellas de tinta no tienen (unger
1975, p. 124, mi traducción).
El argumento jugó un papel fundamental en la difusión de la idea de la
mente como «separada» o al menos no conectada directamente con el mundo
externo, típica de la filosofía moderna y de mucha de la actual. básicamente,
una vez que se ha aceptado la indistinguibilidad del espejismo y la percepción
genuina, pasa a postularse un tipo de entidad en el que caen ambos casos, el
dato sensorial, que a su vez se toma como el verdadero objeto presente en la
conciencia, en vez del objeto «real» en el mundo externo, fuera de la cabeza.
a continuación se hace ver que el dato sensorial no pertenece en ningún sen-
tido al objeto real (aquí son especialmente útiles las alucinaciones, en las que

77
Capítulo 4_Maquetación 1 06/08/2015 17:33 Página 78

al mEnoS Sé quE Sé algo

aparentemente no hay objeto real al que se pueda atribuir el dato sensorial)


sino que como mucho debe ser considerado como causado o producido por
el objeto real. Por último, una vez que se ha mostrado que el dato sensorial es
una entidad puramente mental, y que es lo único presente en la conciencia (y
no, claro, el objeto real) se concluye que solo indirectamente nuestra mente
está conectada con el mundo externo1. El mismo a. J. ayer nos da una precisa
descripción de cómo, a partir de la constatación de la ilusión, discurre el ar-
gumento escéptico: Se alega que, si bien la probabilidad de que haya una ilusión
puede ser reducida hasta un punto en que se vuelve despreciable, su posibilidad
nunca está formalmente excluida. Por muy extensas que sean nuestras experiencias
sensibles nunca pueden poner fuera de discusión la verdad de un enunciado que im-
plica la existencia de un objeto físico: su falsedad sigue siendo compatible con ellas
(ayer 1956, p. 51).
El mismo tipo de argumento es usado por el campeón del escepticismo
contemporáneo, generalizando a partir ya no de espejismos e ilusiones, sino
del simple y llano error: Finalmente, si tú afirmas positivamente algo a otro en
una conversación como si fuera un hecho conocido, evidencias adversas posteriores
pueden causar que sientas que has sobrepasado los límites de la sensatez y la racio-
nalidad. La sensación es que has manifestado rasgos de una personalidad dogma-
tica. Si ocurre que estabas en lo cierto, no es probable que se cuestione tu
aproximación extremadamente asertiva. En el caso de que acontecimientos poste-
riores indiquen que tú estabas equivocado acerca del asunto, entonces caerá sobre
ti un juicio severo, se haga o no ese juicio en voz alta. Esta es una experiencia social
bastante común. Sugiero que tales sensaciones deberían ser más comunes, teniendo
lugar también cuando estás en lo cierto. Consecuentemente, deberíamos evitar hacer
tales aseveraciones en cualquier caso, tanto cuando estamos en lo cierto como
cuando estamos errados (unger 1975, p. 28, mi traducción).
fuera de la filosofía, el patrón argumental es utilizado frecuentemente
como maniobra dialéctica dentro del intercambio argumentativo, que sirve
para desarmar al contrario y muchas veces para hacer que pierda el hilo inten-
tando explicar por qué considera que en esta ocasión no está errado. El ejem-

1
En mi opinión donde mejor se ha llevado a cabo la exégesis de esta deriva filosófica, muy fre-
cuente en la filosofía contemporánea, es en el clásico de John austin (1962) Sense and Sensibilia.
En este trabajo procuraré no entrar más allá de lo imprescindible en esta discusión, que nos lleva
a temas de teoría de la percepción, filosofía de la mente y metafísica (recordemos lo que se dijo
en el capítulo 2 sobre la necesidad de «acotar» el problema de la fundamentación del conoci-
miento). En vez de ello, me concentraré en la tesis que toman como punto de partida tanto el
realista como el escéptico (tanto el disyuntivista como el internista): que el espejismo y la per-
cepción verídica son indistinguibles. dicho sea de paso, esa es también la vía que sigue austin
para romper la línea de razonamiento descrita. no en vano su propuesta, junto con la de moore
que citaré después, ha sido una fuente de inspiración fundamental para este capítulo.

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Capítulo 4_Maquetación 1 06/08/2015 17:33 Página 79

El argumEnto dE la PoSibilidad dE Error

plo con el que abríamos este capítulo seguramente pretendía tener ese efecto
desorientador. aparece pues, sobre todo, conectado con dudas menores y lo-
cales, aunque también se pueden encontrar ejemplos de dudas globales.

Una clarificación y una distinción


la primera dificultad que aparece a la hora de clarificar el argumento estriba
en cómo entender la palabra «compatible» tal y como la usaba en particular
ayer en la cita anterior, o en general tal como aparece en el patrón dentro de
la expresión «mis presuntas justificaciones son compatibles con no p». ¿qué
significa «compatible» aquí? una primera opción es entender «compatible
con» como «no contradictorio con», pero esto no resuelve la cuestión, pues
a su vez se ha de explicar qué se quiere decir con «contradictorio». Si lo en-
tendemos de la manera más simple, entonces «mis presuntas justificaciones
son compatibles con no p» significaría que ninguna de las evidencias a favor
de p es no p mismo, lo cual no tendría ningún sentido (¿cómo podría no p ser
tomado como justificación para creer que p?). Si lo entendemos de una ma-
nera más sofisticada, la premisa 1 diría que del conjunto formado por las evi-
dencias a favor de p y no p mismo no podemos inferir una contradicción. Pero
ahora queda abierta la cuestión de quién y cómo ha de hacer la inferencia: ¿el
lógico?, ¿nosotros mismos?, ¿el epistemólogo? Si, por ejemplo, no somos ca-
paces de hacer la inferencia (recordemos lo dicho en el capítulo dedicado al
argumento de las evidencias contrarias sobre el principio de omnisciencia ló-
gica), ¿hemos de concluir que sabemos?
Creo que el argumento resulta mucho más perspicuo, y más fácil de entender,
cuando leemos «compatible» desde nociones modales: que p sea compatible
con q significa que es posible que p y q sean verdaderas al mismo tiempo. así, la
expresión «mis presuntas justificaciones son compatibles con no p» puede pa-
rafrasearse como: «es posible que se esté en posesión de las evidencias de que
dispongo para justificar mi creencia de que p y que p sea falsa». Propongo, en
consecuencia, proseguir el análisis a partir de la siguiente versión que, como
digo, no cambia sino solo precisa el sentido de la versión original.
argumEnto dE la PoSibilidad dE Error
(versión alternativa)
(PE1) Sean cuales sean mis evidencias para creer p, es posible que se den
esas evidencias E y que no se dé p.
(PE2) Si es posible que mis evidencias para creer p sean verdaderas y no
se dé p, entonces no sé que p.
Por lo tanto,
(PE3) no sé que p.

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Capítulo 4_Maquetación 1 06/08/2015 17:33 Página 80

al mEnoS Sé quE Sé algo

una vez efectuada esta primera leve pero necesaria clarificación, todavía
resta por hacer una distinción. Echando un vistazo a los ejemplos dados po-
demos advertir que hay una diferencia importante entre algunos de ellos res-
pecto a la fuerza de la conclusión a la que se quiere llegar. En los casos menos
plausibles, el escéptico pretende probar que no sabemos (en ningún sentido
de «saber») cuando existe una posibilidad de error. aquí podemos responder
más o menos fácilmente acudiendo al errare humanum est: declarando que
efectivamente nadie está vacunado contra los errores, pero que nosotros nunca
hemos pretendido ser infalibles ni estar en posesión de la verdad absoluta. Por
supuesto, el escéptico puede replicar diciendo que la certeza es un requisito
necesario para el conocimiento. Esto es lo que hace por ejemplo unger, quien
defiende que de la imposibilidad de la certeza se sigue la imposibilidad del co-
nocimiento: Si uno sabe que algo es así, digamos, que p, entonces se sigue que es
(perfectamente) correcto para uno estar completamente seguro sobre el asunto, y
esto es aceptado (quizás solo implícitamente) por los hablantes del español al menos
(unger 1975, p. 33, mi traducción2).
Y algunos realistas, efectivamente, han aceptado tal requisito. En todo caso
el argumento cambia, aunque la argumentación vaya a parar al mismo sitio. En
los siguientes apartados dejaré más clara esta cuestión, así como la ambigüedad
latente en la argumentación de unger. En cualquier caso, esta declaración de
humildad no sirve en los casos, más plausibles, en los que el escéptico quiere
llegar a la conclusión más débil de que no sabemos con certeza. Por ello, es
mejor para nosotros trabajar con dos subpatrones argumentales. En realidad
no son los únicos relevantes, ya que, como se verá más tarde, hay muchos sub-
patrones del argumento de la posibilidad de error. Pero es conveniente tener
presentes estos dos desde el principio en el análisis terapéutico que sigue. Se-
guiré llamándoles argumentos como hice con el patrón genérico del que son
subespecies, aunque en realidad, recordémoslo, son esquemas o tipos de argu-
mentos (los argumentos reales solo aparecen en contextos reales):
argumEnto dE la PoSibilidad dEl Error fuErtE
(PEf1) Sean cuales sean mis evidencias para creer p, es posible que se den
esas evidencias y que no se dé p.
(PEf2) Si es posible que se den mis evidencias para creer p y no se dé p,
entonces no sé (con o sin certeza) que p.
Por lo tanto,
(PEf3) no sé (con o sin certeza) que p.

2
El texto original es: If one knows that something is so, say, that p, then it follows that it is (perfectly)
all right for one to be absolutely certain that p, and this is accepted (perhaps only implicitly) by the
speakers of English at least.

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Capítulo 4_Maquetación 1 06/08/2015 17:33 Página 81

El argumEnto dE la PoSibilidad dE Error

argumEnto dE la PoSibilidad dEl Error débil


(PEd1) Sean cuales sean mis evidencias para creer p, es posible que se den
esas evidencias E y que no se dé p.
(PEd2) Si es posible que se den mis evidencias para creer p y no se dé p,
entonces no sé con certeza que p.
Por lo tanto,
(PEd3) no sé con certeza p.

4.2. tEraPia: la ambigüEdad dEl ESCéPtiCo


Tres ambigüedades modales
la existencia de los dos subpatrones, fuerte y débil, es ilustrativa ya de un po-
sible defecto en la argumentación del escéptico. En muchos casos en los que
reconocemos que hay una posibilidad de error estamos dispuestos a reconocer
que no tenemos certeza; pero el escéptico sigue insistiendo en pedirnos que
nos desdigamos de nuestra afirmación de conocimiento, por lo que parece
que él quiere inferir que no sabemos en absoluto, con certeza o sin ella. Esto
ocurre también en el sentido inverso: después de haber declarado que estamos
seguros de algo, podemos admitir en la discusión con el escéptico que hay al-
guna recóndita posibilidad de error, por lo que tampoco está claro con qué
tipo de conocimiento nos estamos comprometiendo. Este fenómeno nos
alerta de un problema muy ligado a los argumentos escépticos y especialmente
a este patrón: la ambigüedad.
En teoría de la argumentación se denomina falacia de ambigüedad a la que
se produce cuando una palabra o una expresión se usa en sentidos distintos
dentro de un argumento, a pesar de lo cual se toman, al hacer la inferencia,
como si significaran lo mismo. Hay varios tipos de falacias de ambigüedad:
equívoco (se explota la polisemia de una palabra: Juan es una persona humilde:
tiene un trabajo muy modesto, vive en un barrio obrero y le cuesta llegar a final de
mes; así que nadie puede acusar a Juan de ser tan arrogante como para pavonearse
de su musculatura), anfibología (la ambigüedad procede de la estructura sin-
táctica, como en el chiste malo: Juan se encontró a un perro rabioso y le mordió,
así que Juan muerde a los perros), división (se adjudican a las partes propiedades
del todo: el pueblo chino es uno de los más numerosos de la tierra, así que la familia
Cheng, que es china, debe ser una familia numerosa), composición (a la inversa,
se extrapolan propiedades de las partes al todo: el cloro es venenoso y el sodio es
venenoso, así que la sal, un compuesto de sodio y cloro, es venenosa). En el argu-
mento de la posibilidad de error la ambigüedad en cuestión afecta a las pala-
bras «es posible que». g. E. moore ha defendido que gran parte de la fuerza
persuasiva de las argumentaciones que distintos filósofos escépticos han efec-

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al mEnoS Sé quE Sé algo

tuado se debe a que interpretan (o inducen al lector a interpretar) en un sen-


tido más débil «es posible» cuando ofrecen sus ejemplos de error que cuando
argumentan que la posibilidad de error lleva el conocimiento a su desaparición3.
tal y como he caracterizado el patrón, esto equivale a decir que «es posible»
se toma en un sentido distinto en la premisa PE1 que en la premisa PE2. Es
decir, se parte de una noción más débil de «posible», por lo que es más fácil
persuadirnos de adscribir la propiedad descrita a los ejemplos de presunto co-
nocimiento, pero después se interpreta (o se induce al interlocutor a interpre-
tar) en un sentido más fuerte «es posible» en la segunda premisa, de tal modo
que somos más proclives a reconocer que la posesión de tal propiedad bastaría
para desacreditar cualquier creencia como genuino conocimiento.
de hecho hay tres ambigüedades típicas en el uso de la expresión «es po-
sible» que han sido tratadas y explicadas por la lógica modal4, y que resulta
necesario tener en cuenta aquí. diré sus nombres y enseguida paso a explicar-
las: in sensu diviso/in sensu composito; para todos/para cada uno; y lógica-
mente/realmente.

In sensu diviso o in sensu composito


Para empezar, existe una ambigüedad entre dos formas de entender la expre-
sión «es posible» en el contexto de una frase que los lógicos medievales y al-
gunos contemporáneos llaman «de re» y «de dicto», que russell denominó
«ocurrencia secundaria» y «ocurrencia primaria», y que yo llamaré, si-
guiendo a aristóteles (o más bien a sus traductores al latín), «in sensu diviso»
e «in sensu composito». de las Refutaciones Sofísticas de aristóteles proviene
también uno de los ejemplos más usados: «El hombre sentado puede cami-
nar». Para verlo basta con parafrasear la oración aislando la modalidad del
predicado, «Es posible que el hombre sentado camine», y luego leer el «es
posible» como afectando a toda la oración subordinada o como afectando
solo al predicado. En este último caso, es decir, tomada in sensu diviso, el enun-
ciado es perfectamente verdadero: cierta persona, que en este momento está
sentada, podría en el próximo instante levantarse y ponerse a andar. algo para
3
Especialmente en moore 1940. Véase Vilanova 2010 para una reconstrucción exegética del
argumento original de moore.
4
la expresión «es posible» es una expresión modal, y como tal ha sido objeto de análisis formal
en el contexto de la lógica modal, que se ocupa específicamente del tipo de discursos en el que
aparecen expresiones como «es necesario», «es contingente», «es imposible», «es posible»
o «implica necesariamente». una vez más, utilizaré algunos de sus resultados de una manera
informal y dejando las cuestiones técnicas al margen. Véanse Jansana1990 y blackburn, Van
benthem y Wolter (eds.) 2006 para una exposición más detallada. Para el lego, buenas intro-
ducciones a pesar del tiempo siguen siendo Hughes y Cresswell 1996, y, traducida al español,
Hughes y Cresswell 1973.

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El argumEnto dE la PoSibilidad dE Error

nada inusitado salvo en casos como el de lázaro (aunque creo recordar que
este estaba tendido). Por el contrario, tomada in sensu composito, con el «es
posible» afectando a toda la oración, la oración es no solo falsa sino comple-
tamente absurda, ya que nadie, ni siquiera lázaro, puede estar andando y sen-
tado al mismo tiempo.
la distinción in sensu diviso/in sensu composito es fundamental en mu-
chos ámbitos de discusión filosófica y su análisis y hasta su propiedad no están
en absoluto exentos de polémica5, pero en el contexto del argumento del error
el análisis no plantea ningún problema. Sean E1, E2... las evidencias que apo-
yan mi creencia de que p. in sensu diviso la primera premisa del argumento
dice (utilizo paréntesis para dejar más clara todavía la forma de leerlo):
(E1, E2 y ....) y (es posible que no p),
mientras que in sensu composito dice:
Es posible que (E1, E2... y no p).
utilizando«◊» para traducir la locución «es posible que», «¬» para la
negación «no», y «Ù» para la conjunción «y», obtenemos la siguiente for-

– in sensu diviso: (E1ÙJ2Ù... En) Ù ◊¬p


malización estándar en lógica modal:

– in sensu composito: ◊((E1ÙE2Ù... En) Ù ¬p)


Son casos palpables de falacia de ambigüedad aquellos en los que el escép-
tico interpreta «es posible» como in sensu diviso en la premisa PE1 y como
in sensu composito en la premisa PE2. le resulta fácil así probar la premisa
PE1 cuando la proposición creída es contingente, como ocurre con la gran
mayoría si no con todas las proposiciones que versan sobre el mundo externo.
Y aunque, como veremos, PE2 tampoco es siempre cierta cuando leemos «es
posible» in sensu composito, evidentemente es más plausible que cuando se
interpreta in sensu diviso. desde luego, la ambigüedad es un tanto burda, lo
que nos puede hacer pensar que su capacidad retórica (su capacidad para per-
suadirnos) es muy escasa. Sin embargo pienso que en muchas ocasiones está
siendo explotada en el discurso del escéptico, al menos como un elemento
que nos desconcierta y nos impide ver con claridad los compromisos que
adoptamos al afirmar que sabemos algo.
Por otro lado, aunque hoy en día es mucho más infrecuente, a veces pode-
mos encontrarnos con posturas que defienden que el «es posible» de la pre-
misa PE2 debe entenderse in sensu diviso (no se estaría cometiendo una
falacia de ambigüedad, sino tan solo comprometiéndose con una proposición
5
las modalidades de re han levantado las suspicacias de muchos filósofos, pues parecen com-
prometer con la existencia de propiedades esenciales (propiedades que un objeto posee nece-
sariamente de re), o con propiedades potenciales o disposicionales (propiedades no actualizadas
que un objeto posee posiblemente de re). Son famosos los argumentos de quine 1953.

83
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al mEnoS Sé quE Sé algo

filosófica delicada), y, por lo tanto, que solo podemos saber proposiciones ne-
cesarias. Esta es una de las peculiaridades, por ejemplo, del pensamiento clásico
griego, donde no se separaban tajantemente, de la manera nítida en que lo ha-
cemos ahora, las propiedades de la creencia y de su contenido. recordaré ahora
cómo Platón descarta el uso de los sentidos para producir conocimiento ba-
sándose en el carácter inconstante y contingente de los objetos físicos, lo que
le hace dirigir su gnoseología hacia el conocimiento de las ideas eternas e in-
mutables. Esta predilección por lo necesario como objeto de conocimiento per-
vive de una manera difusa en buena parte del pensamiento contemporáneo.
Suele considerarse como «mejor» o al menos como «más seguro» el conoci-
miento de ámbitos cuyo objeto, o al menos las propiedades del objeto que son
estudiadas, no está sujeto al azaroso influjo del devenir. así se suele remarcar
la excelencia de las matemáticas (objetos inmutables) frente a la física (propie-
dades inmutables, aunque menos, de objetos mutables) y la de esta frente a la
historiografía o la geografía (propiedades mutables de objetos mutables).

Para todos o para cada uno


la segunda distinción, que denominaré «para todos-para cada uno» (resul-
taría más claro, pero más largo, llamarla «para todos a la vez/para cada uno
tomado independientemente») es la que expresamos en lógica de predicados
mediante el contraste entre «◊Λx(Px→qx)» (es posible que para todo x, si x
tiene la propiedad P, entonces x tenga la propiedad q) y «Λx(Px→◊qx)» (para
todo x, si x tiene la propiedad P, entonces es posible que tenga la propiedad
q). que las dos expresiones no dicen lo mismo se ve enseguida con un simple
ejemplo. En una carrera de atletismo, siempre que no se hagan trampas o al-
guno de los participantes sea un soberano inútil, cuando se da la salida todos
los corredores pueden ganar, es decir, cada uno de ellos tomado aisladamente
tiene una probabilidad de ganar. Pero, por supuesto, no pueden ganar todos a
la vez: no hay manera física de que todos crucen la línea de meta al mismo
tiempo y se cuelguen la medalla de oro. Efectivamente, sucesos que pueden
ocurrir o situaciones que pueden producirse o cosas que pueden existir cada
una por su lado pueden ser incompatibles entre sí y, por lo tanto, no pueden
ocurrir a la vez (no son, utilizando una de las expresiones favoritas de leibniz,
composibles).
En el patrón argumental que nos ocupa, la diferencia se produce al inter-
pretar «es posible» en el contexto de la premisa PE1 como «es posible, para
cada una de las evidencias, que esa evidencia se obtenga siendo p falso», y en
la premisa PE2, como «es posible que todas las evidencias se hayan obtenido
y al mismo tiempo que p sea falso». Es decir, entre:

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El argumEnto dE la PoSibilidad dE Error

Es posible (E1 y E2 y... y no p)


y
(Es posible E1 y no p) y (es posible E2 y no p) y...

–Para todos a la vez: ◊((E1ÙE2Ù… En) Ù ¬p)


o, en lenguaje simbólico:

–Para cada uno tomado independientemente: ◊(E1Ù¬p) Ù ◊(E2Ù¬p)…


Ù ◊(EnÙ¬p)
la distinción es importante. imagina que paso muy a menudo cerca de la
estatua del oso con el madroño que se aloja en la plaza madrileña de Sol, y que
en todas las ocasiones he podido apreciar que está pintada de negro. Es con-
cebible, cuando tomamos cada una de esas ocasiones aisladamente, que hu-
biera sido víctima de una ilusión: quizás había una iluminación extraña, o tenía
mucho sueño y no me fijé lo suficiente, o se me olvidó que llevaba gafas de sol
puestas, o lo miré desde demasiado lejos... Pero es mucho más difícil concebir
que en todas las ocasiones haya sufrido una ilusión. Esto es más claro cuando
las evidencias son de índoles variadas. Puedo admitir que cada una de las jus-
tificaciones de que dispongo para creer que la selección brasileña de fútbol
viste de amarillo podría haber sido fruto de un error (mi sintonizador podía
funcionar mal el día que los vi en la televisión, Juan podía haberme mentido
el día que me dijo que vestían de amarillo, el día que acudí al campo confundí
la selección brasileña con la colombiana, la página de internet que consulté
había sido hackeada por aficionados argentinos...), pero no habré concedido
todavía que es posible que todas las evidencias sean espurias y la selección bra-
sileña vista, por ejemplo, de rojo.
En conclusión, tener presente esta ambigüedad hace que pierda mucha
fuerza el recurso a errores de percepción pasados (espejismos, sueños, efectos
ópticos, etc.) que como dijimos hace el escéptico, sobre todo cuando las pro-
posiciones puestas en cuestión son de sentido común o máximamente con-
solidadas6.
Lógicamente o realmente
llegamos por fin a la que es, a mi juicio, la distinción más fundamental. Esta
es la que hay entre una noción de posibilidad absoluta, o «posibilidad lógica»,
6
otra cosa es que el escéptico proponga una hipótesis global que afecta a la credibilidad de
todas las evidencias, alguna anomalía del tipo del genio maligno cartesiano y otros escenarios
escépticos, que serán tratados en el capítulo 7. aunque hay evidentes aires de familia entre el
patrón argumental del error y el del escenario escéptico (y una conexión conceptual que será
revelada en dicho capítulo), es conveniente no mezclarlos ni confundirlos. En el escenario del
genio maligno o del cerebro en la cubeta no cabe hablar de espejismos o ilusiones visuales, pues
no hay percepciones verídicas con las que hacer comparaciones. no cabe hablar de error cuando
no hay posibilidad de acierto.

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al mEnoS Sé quE Sé algo

y otra noción de posibilidad más fuerte y relativa al contexto, «posibilidad


real». la noción de posibilidad lógica es clara: un enunciado es posible lógi-
camente si y solo si no es una falsedad lógica. de un modo un poco más téc-
nico: si y solo si no es una contradicción ni tampoco es deducible de él una
contradicción utilizando solo leyes y verdades lógicas. la noción de posibili-
dad lógica, junto con las nociones modales emparentadas de necesidad lógica,
imposibilidad lógica e implicación lógica, tiene la peculiaridad de ser inde-
pendiente del contexto de argumentación o del ámbito de discurso7. todos
tendemos a querer decir lo mismo cuando decimos que algo es «lógicamente
posible» independientemente del tema o el problema del que estemos ha-
blando. Es, dicho a la quine, temática o tópicamente neutral.
Probablemente su neutralidad se debe más que otra cosa al hecho de que
la de posibilidad lógica es la noción de posibilidad más débil8. Y precisamente
por su debilidad, que un enunciado sea lógicamente posible suele tener muy
poca o ninguna relevancia en el curso de una argumentación. otra cosa es que
sea imposible lógicamente: si alguien prueba que uno de nuestros compromi-
sos es lógicamente imposible, entonces nos vemos forzados a deshacernos de
él. Pero si alguien proporciona una prueba de que un enunciado es lógica-
mente posible, lo normal es que tal cosa no altere en absoluto los compromisos
respectivos de los participantes. En un juicio el abogado siempre podría probar
fácilmente que es lógicamente posible que el acusado sea inocente, y el fiscal
que es culpable, pero eso no hará que la sentencia le sea favorable a uno u otro.
Por ejemplo, es lógicamente posible que el acusado estuviera a las 5 en un bar
de malasaña (su coartada) y a las 5 y 10 se encontrara en una terraza de getafe
(lugar del crimen). también es posible lógicamente que a las 5 estuviera en el
centro de madrid y a las 5 y 10 en el desierto del gobi. E incluso es lógica-
mente posible que estuviera a las 5 en los dos sitios a la vez. Pero eso no pro-
bará nada. lo importante, lo que hay que determinar es si es realmente posible
que estuviera donde y cuando indica su coartada y donde y cuando tuvo lugar

7
«teóricamente» independiente más que en la práctica, pues para determinar si algo es lógi-
camente posible tenemos que probar que no podemos deducir una contradicción, y no siempre
nos tomamos el mismo tiempo para (o nos tomamos con la misma seriedad) las tareas de cál-
culo que esto involucra. recuérdese lo que dijimos en el capítulo 3 en torno al principio de om-
nisciencia lógica. Por lo que respecta a la teoría, hay que decir también que «en la práctica»
los lógicos todavía no se han puesto de acuerdo sobre la noción de deducibilidad y, por lo tanto,
no está completamente claro lo que es y lo que no es lógicamente posible.
8
Cuando digo que la noción x es más débil que la noción y quiero decir que todo lo que es y es
x, pero no viceversa. Hay práctica unanimidad con respecto al hecho de que no hay una noción
más débil de posibilidad que la posibilidad lógica, si bien hay autores que han propugnado que
otras nociones de posibilidad son tan débiles como la de posibilidad lógica (por ejemplo Et-
chemendy con respecto a la posibilidad analítica o Carnap respecto a la posibilidad metafísica).

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El argumEnto dE la PoSibilidad dE Error

el crimen. nosotros tenemos en cuenta esta distinción continuamente en


nuestra vida cotidiana y en nuestros discursos. En muchas ocasiones conce-
demos que algo es «meramente posible», o «trivialmente posible», o «po-
sible a secas», pero no por ello aceptamos que sea «materialmente»,
«físicamente» o, como yo prefiero decirlo, «realmente posible».
la noción de «realmente posible» no se diferencia solo de la de «lógica-
mente posible» por ser más fuerte. además, la primera es relativa o depen-
diente del contexto epistémico o argumentativo y, sobre todo, del tipo de
conocimiento buscado. lo que para el topógrafo no es «realmente posible»
puede serlo para el geógrafo (algún elemento urbanístico como un parque o
un bloque de edificios), y lo que no lo es para el geógrafo puede serlo para el
geólogo (algún accidente geográfico menor como una pequeña colina o una
sima), y lo que no lo es para el geólogo puede serlo para el físico o el cosmó-
grafo (el tamaño del planeta tierra o su composición química). una buena ma-
nera de captar esta ambigüedad y a la vez su relación con la noción de
posibilidad lógica es partir de una serie de enunciados que determinan lo que
puede ser o no puede ser en el ámbito sobre el que se esté tratando. las llamaré
«leyes reales» o abreviando, «lr», en homenaje a la vieja expresión «leyes
naturales» o «leyes de la naturaleza», emparentada con otra igual de vieja:
«leyes de la lógica». Si sabemos o no sabemos los enunciados que forman
parte de lr no es, de momento, relevante, pues estamos caracterizando una
noción óntica, no epistémica. diré que un enunciado p es «realmente posi-
ble» cuando el conjunto que resulta de añadir p a lr es consistente9. Para que
el lector no caiga en la tentación de hacer de la noción algo más profundo o
solemne de lo que pretende ser, me apresuraré a observar que aquí «reales»
tiene la misma ambigüedad sistemática que «realmente» en «realmente po-
sible». lr serían las leyes de la física cuando decimos que algo es realmente
posible en física, las leyes de la biología para la posibilidad en biología, etc...
Pues si un enunciado es realmente posible o no también es una cuestión
abierta. Podemos tener en cuenta solo las leyes de la física, o las leyes de la fí-
sica más las leyes biológicas, o las leyes biológicas más las antropológicas, etc…
(en cada caso tenemos una noción distinta de posibilidad, aunque no trataré
hasta más tarde estas distinciones).
llevando la distinción al argumento del error, podemos leer la primera
premisa como:
Es lógicamente posible (E1 y E2 y... y no p),
y la segunda como:
Es realmente posible (E1 y E2 y... y no p),
9
alternativamente, p es realmente posible si p es verdadero en algún mundo posible donde es
verdadero el conjunto de enunciados lr.

87
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al mEnoS Sé quE Sé algo

En la simbología de la lógica, utilizando «◊l» para posibilidad lógica y «◊r»

– Posible lógicamente: ◊l(( J1ÙJ2Ù… Jn) Ù ¬p)


para posibilidad real:

– Posible realmente: ◊r(( J1ÙJ2Ù… Jn) Ù¬p)


Como con las ambigüedades previas, leyendo «es posible» como lógica-
mente posible al escéptico le será más fácil probar PE1, pero entonces le será
más difícil probar PE2. mientras que leyendo «es posible» como realmente
posible le será más fácil probar la premisa PE2 pero mucho más difícil probar
PE110. además, esto último, es decir, probar que el error es naturalmente po-
sible en toda ocasión, es todavía más difícil cuando existe una explicación, y
mejor si es una explicación científica, de cómo se ha producido el error en el
pasado. En efecto, después de haber descubierto la causa del error, y haber
comprobado que dicha causa no está presente en la situación presente, no hay
ninguna razón por la que el pasado deba seguir martirizándonos. Y esto es es-
pecialmente cierto con respecto a los espejismos e ilusiones perceptivas tan
frecuentes en los textos filosóficos. una vez que disponemos de una explica-
ción física de por qué percibimos como percibimos el bastón semihundido en
el agua, la ilusión, simplemente, desaparece. nuestra percepción del bastón
«como un bastón doblado» (sería mejor decir «similar o parecida a la per-
cepción de un bastón doblado fuera del agua») se convierte para nosotros en
una percepción verídica de un bastón semihundido en el agua. deja de ser la

10
a pesar de los avisos al respecto de austin y moore ya mencionados, esta no es una distinción
que parezcan tener presente muchos filósofos contemporáneos. ni siquiera cuando Wittgens-
tein se añade al grupo de los cautos: 481. A quien dijera que por medio de datos sobre el pasado no
se le puede convencer de que algo va a ocurrir en el futuro — a ese yo no lo entendería. Se le podría
preguntar: ¿qué quieres oír? ¿Qué clase de datos serían para ti razones para creer eso? ¿A qué llamas
tú «convencerse»? ¿Qué tipo de convicción esperas tú? — Si esas no son razones, entonces ¿cuáles lo
son? — Si dices que esas no son razones, entonces debes ser capaz de indicar qué cosa debería ser el
caso para que pudiéramos decir justificadamente que existen razones para nuestra suposición. Pues
nótese bien: las razones no son en este caso proposiciones de las que se siga lógicamente lo creído. Pero
no se trata de que se pueda decir: para el creer basta menos que para el saber. Pues aquí no se trata
de una aproximación a la inferencia lógica (Wittgenstein 1953, p. 325).
Entre los exégetas de Wittgenstein, más centrados en los argumentos wittgensteinianos di-
rigidos a probar la imposibilidad de la duda escéptica, muchos olvidan este aspecto de su crítica.
una notable excepción es moyal-Sharrock: But how possible is it, in our world, that a person might
switch bodies? It is not possible, though it is imaginable. That is equivalent to saying that it is not
physically possible, though it is logically (in the broad sense) possible. The problem, however, is that
physical and logical possibilities are confused or conflated (moyal-Sharrock 2004, p. 170).
Por otro lado, es sintomático que en la discusión en torno al cerebro en la cubeta putna-
miano solo Christopher Hookway comente, casi de pasada, que there may be technological,
physical and physiological limitations to the extent of the deception which the wicked scientist could
induce (Hookway 1990, p. 59).

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El argumEnto dE la PoSibilidad dE Error

ilusión de un bastón doblado fuera del agua, y pasa a ser la percepción genuina
de un bastón sin doblez metido en el agua. Hemos pasado a saber distinguir
unos de otros, y por lo tanto, sabemos que los bastones que vemos como do-
blados fuera del agua no «pueden realmente» ser lisos por la simple razón de
que están fuera del agua.
lo mismo ocurre con las ilusiones visuales que ayer, Sánchez y compañía
describían al principio de este capítulo, después de que hayan sido explicadas
desde las ciencias cognitivas. la percepción de X como si fuera más grande
que Y es una apreciación verídica del efecto que produce en el aparato percep-
tivo de los seres humanos cierta propiedad intrínseca del dibujo que tenemos
delante. Si alguien declarara que él las ve como si fueran iguales (es decir, si
viera la proporción entre las longitudes de las líneas X e Y como más similar o
parecida a la que hay entre las líneas de dibujos en los que su longitud es la
misma que a la que hay entre las líneas de dibujos en que su longitud es dife-
rente) entonces nosotros diríamos que es él, y no nosotros, el que tiene una
mala percepción, una percepción ilusoria. quizás hasta terminásemos acusán-
dole de estar mintiendo, pues sabemos que la percepción verídica de ese tipo
de figuras tiene los rasgos que nosotros describimos, y no los de él.
Entonces, ¿por qué muchos filósofos (y alguna gente corriente) descartan
que la existencia de una explicación de la causa del error sirva para eliminar el
peso escéptico de las ilusiones y espejismos? la razón principal (dejando a un
lado la reducción de «saber» a «saber con certeza» de la que hablaré luego)
es que esas explicaciones hacen uso de evidencias perceptivas. Comoquiera
que estamos usando tales explicaciones para argumentar a favor de que otras
evidencias perceptivas son buenas justificaciones para nuestras creencias, el fi-
lósofo de turno piensa que nuestro razonamiento es circular, y por tanto, falaz.
así que hemos vuelto a ir a parar al problema de la circularidad, un problema
al que, como vemos, todos los patrones argumentales escépticos terminan en-
caminándonos. En el capítulo 5 encararemos el patrón argumental de la circu-
laridad, así que el lector tendrá que esperar hasta entonces para cerrar este
punto. ahora quiero pasar examen a otra consideración, en mi opinión menos
importante, que está actuando en el rechazo por parte de algunos filósofos al
recurso a la explicación de la causa del error como estrategia para refutar la ar-
gumentación escéptica. una consideración que está directamente relacionada
con una noción resbaladiza y peliaguda que vengo esquivando desde el co-
mienzo del capítulo, y a la que ya es hora de pasar revista: certeza.

Certeza
Creo que, obviando el problema de la circularidad, casi todo el mundo estaría
dispuesto a aceptar que una explicación de la causa del error es un dato valioso

89
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para refutar el argumento del error en su versión fuerte (la dirigida a probar que
no sabemos sin certeza). muchos menos, por el contrario, serían proclives a acep-
tarlo en la refutación del argumento en su versión débil (cuya conclusión es que
no tenemos certeza). Y no les faltaría su parte de razón: si sé que en la situación
actual no concurre ninguna de las causas del error que se produjeron en el pasado
no tengo ninguna razón para decir que no sé ahora (no conozco ninguna posi-
bilidad de error); pero si sé que no soy infalible. Si, además, estoy en una situa-
ción en la que no sé completamente el conjunto de enunciados de lr (no
conozco las leyes naturales), situación en la que nos encontramos prácticamente
siempre, no puedo descartar que alguna otra causa de error (una inédita, una de
un tipo distinto a los ya instanciados) esté operando en el momento actual. Es
decir, no puedo afirmar tajantemente que sé con certeza.
debo manifestar mi completo acuerdo con el razonamiento anterior. Es
decir, si sabemos que hemos cometido errores utilizando un determinado pro-
cedimiento o un sistema epistémico en general, no estamos en condiciones
(al menos mientras no hayamos modificado el procedimiento o el sistema) de
afirmar que estamos seguros de que esta vez sí sabemos. Pero esto no quiere
decir en absoluto, como algunos filósofos parecen entender la conclusión del
silogismo, que no sabemos con certeza. adviértase que en la conclusión del
argumento aparecen otras expresiones, «no puedo afirmar tajantemente»,
«no estamos seguros», que están matizando de manera importante el tipo de
conocimiento del que se habla. la conclusión no es: no sabemos con certeza
que p. Sino: no sabemos con certeza que sabemos que p.
la diferencia puede parecer sutil, pero tiene una importancia dramática.
Como acabo de decir, mientras no conozcamos completamente las leyes rea-
les, lr, no podemos saber con certeza si el error es realmente posible. Pero
de ahí no se sigue que el error es realmente posible, como el escéptico alega,
ya que eso es algo que ni él ni nosotros sabemos. Si ocurre que el error es
realmente posible entonces sé con certeza, aunque no sepa con certeza o in-
cluso no sepa en absoluto que lo sé. Explicaré esto mejor.
En mi opinión, muchos de los enredos, puntos muertos y debates estériles
de la epistemología contemporánea provienen del hecho de que el filósofo tra-
baja con una noción muy fuerte de conocimiento. En el capítulo final abundaré
en este punto, pero ahora aclararé cómo afecta a la comprensión del que he lla-
mado argumento del error débil. Para ello comenzaré con algo de trabajo con-
ceptual. llamemos conocimiento con certeza a aquel en que no es posible
realmente el error (X sabe con certeza que p o tiene certeza de que p si X sabe
que p y no es realmente posible que X esté equivocado). Conocimiento con cer-
teza lógica es aquel en que no es lógicamente posible el error (X sabe con certeza
lógica que p si X sabe que p y no es lógicamente posible que X esté equivocado).

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El argumEnto dE la PoSibilidad dE Error

llamemos igualmente conocimiento reflexivo al conocimiento de que sabemos


(X sabe reflexivamente que p si X sabe que sabe que p). teniendo en cuenta las
tres nociones de conocimiento básico, no reflexivo (saber a secas, saber con cer-
teza, saber con certeza lógica), es fácil ver que hay muchas sub-nociones de co-
nocimiento reflexivo (por puro cálculo combinatorio salen nueve).
Pues bien, no solo ocurre que en muchas ocasiones el filósofo identifica
conocimiento con conocimiento reflexivo, y que en otras tantas no está nada
claro de qué tipo de conocimiento reflexivo está hablando: una fuente de mu-
chos debates estériles en los que los contrincantes manejan conceptos distin-
tos. además casi siempre ocurre que los filósofos que tienden al escepticismo,
así como los que consideran los retos escépticos como infranqueables o al
menos infranqueados, y también muchos que consideran que esos retos es-
cépticos no tienen sentido (porque no son capaces de ver su valor cuando se
leen con una noción de conocimiento reflexivo débil), lo hacen porque traba-
jan con nociones de conocimiento y de conocimiento reflexivo excesivamente
fuertes. Si para ser realista es preciso saber con certeza lógica que sabemos con
certeza lógica entonces no me importaría proclamar: caballeros, yo también
soy escéptico. Pero si, más humildemente, uno considera que basta con saber
aunque sea sin certeza que sabe aunque sea sin certeza, entonces el escepti-
cismo filosófico no solo va contra el sentido común, como han proclamado
muchos, sino que confío en convencer al lector a lo largo de este libro de que
va también en contra de cualquier sentido posible, privado o público. Es con
respecto a las nociones intermedias de conocimiento reflexivo, las que se en-
cuentran entre esos dos extremos, donde el debate realismo/escepticismo
cobra, a mi modo de ver, su auténtico valor. En este capítulo hemos dado con
algunas buenas razones para pensar que saber sin certeza que se sabe con cer-
teza no lógica es un logro posible, y otras tantas para pensar que saber con cer-
teza no lógica que se sabe con o sin certeza es cuando menos algo muy
improbable. Como mi objetivo final no es el debate filosófico (sino los debates
reales), tampoco es mi deseo comprometerme con una u otra afirmación, ni
pasar a indagar la plausibilidad de otros tipos de conocimiento reflexivo. tam-
poco es mi deseo entrar en disquisiciones terminológicas. Cada filósofo tiene
todo el derecho del mundo a definir y caracterizar el conocimiento como él
quiera. lo único que quiero remarcar es que cuando construimos una noción
del conocimiento muy fuerte, una noción que se basa no en lo que el conoci-
miento de hecho es (a qué cosas llamamos conocimiento en la vida cotidiana
o en la investigación científica) sino en lo que el conocimiento debería ser, o
lo que sería mejor que fuera, no es extraño que luego nos encontremos con
que el conocimiento real, el empírico, no tiene tales propiedades. En otras pa-
labras, cuando partimos de una noción de conocimiento ideal, cabe esperar

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al mEnoS Sé quE Sé algo

que luego descubramos que el conocimiento real no es como el ideal. Pero


cuando ese descubrimiento tenga lugar, no pensemos automáticamente que
hemos descubierto que el conocimiento real, empírico, no es realmente co-
nocimiento (no es conocimiento de veras). tal vez solo estemos constatando
que el conocimiento ideal no es realmente conocimiento (no es de veras co-
nocimiento). Constatando que el conocimiento ideal es eso: ideal, no real.
más sobre esto en el capítulo final.

4.3. PráCtiCa
durante el análisis previo han salido a la luz varios subpatrones del patrón de
la posibilidad de error. todos los que resultan de interpretar «es posible» en
alguna de las maneras propuestas. Sin embargo, todavía no son suficientes.
debemos dotar todavía de mayor flexibilidad al patón argumental, pensando
sobre todo en dos aspectos del intercambio argumentativo (o del proceso epis-
témico) altamente variables. Por un lado, como ya señalé al introducir la no-
ción, el objetivo de la investigación o, en general, el tema o el ámbito del
discurso en el que nos encontramos, son determinantes respecto de la noción
de posibilidad real que se está utilizando. no hablamos del mismo tipo de
error, por ejemplo, si el que habla es un matemático o un físico, si estamos re-
visando una investigación policial en el juicio o cotejando el relato de un amigo
sobre lo que pasó en la fiesta de anoche. necesitamos tener en cuenta distintos
conjuntos de leyes (lr), para incorporar una amplia lista de nociones de po-
sibilidad con distinta fuerza, en cuyos extremos se colocarían la noción de po-
sibilidad lógica y la noción que llamaré de posibilidad actual (donde lr sería
la descripción de la situación actual del mundo). Por otro lado, es necesario
tener en cuenta el tipo de compromiso epistémico que se tiene con respecto
al enunciado creído p. aquí también el objetivo de la investigación es deter-
minante. En el peritaje policial que el fiscal incorpora al juicio, o en una inves-
tigación de ciencia natural, la más mínima posibilidad de error tiene una
importancia crucial. En un pronóstico meteorológico, o en la búsqueda de
clientes potenciales en un mercado muy amplio, una gran posibilidad de error
no solo es menos relevante, sino algo con lo que ya se cuenta (preferimos un
pronóstico rico y detallado aun cuando sea menos probable que uno simple).
Pero incluso dentro del mismo contexto epistémico los compromisos episté-
micos pueden variar mucho. Primero, porque algunos de los resultados epis-
témicos son menos relevantes para nosotros y nos importa menos una alta
posibilidad de error. Si estamos planificando un viaje no nos preocupa lo
mismo una gran posibilidad de error respecto al enunciado que dice que Ve-
nezuela tiene costa al Pacífico que respecto al que dice que la ciudad de bogotá
está exactamente a 2.333 metros de altitud. Y segundo, porque en las situa-

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ciones en que la investigación no ha finalizado habrá toda una serie de com-


promisos parciales (no hemos zanjado la cuestión pero sí tenemos evidencias
de que es probable). de hecho, el uso cabal del patrón argumental del error
como estrategia de fundamentación del conocimiento tiene la finalidad de de-
terminar cuál es la posibilidad de error y, consecuentemente, cuál es el grado
de compromiso que debemos adoptar con la proposición creída. necesitamos
incorporar, pues, no solo tipos de posibilidad sino también grados, como los
que expresamos cuando decimos que algo es muy, bastante o poco posible (en
castellano tendemos a utilizar más la palabra «probable» en estas expresiones,
aunque la palabra «posible» tampoco suena rara)11.
Para precisar el tipo de posibilidad, así como la proporción y el grado de
posibilidad (o de probabilidad) de los errores adecuados a cada caso, intro-
duciré escalas para estos dos últimos factores. obtenemos así una familia de
nociones de posibilidad, la que surge de saturar las tres variables mencionadas
con valores tomados de conjuntos muy amplios:
Es
(máximamente, muy, bastante, algo, poco, casi nada…)
posible
(físicamente, biológicamente, antropológicamente, históricamente, en el
contexto actual, etc…)
para
(muchos, bastantes, suficientes, unos cuantos, casi todos…)
usando esta familia de subpatrones del argumento del error remataré este
capítulo proporcionando una estrategia de fundamentación, como hice en el
capítulo previo y haré en los próximos. Hay que tener presentes las adverten-
cias ya hechas sobre cómo hay que entender los patrones y las estrategias.
Sobre todo, que ejecutar la estrategia no sustrae, en la práctica, de la obligación
de ponderar y de tomar decisiones de índole pragmática (no se ejecuta mecá-

11
Este elemento pragmático asociado al grado de certeza exigible para el conocimiento en cada
situación epistémica es el responsable del problema muy discutido en la epistemología con-
temporánea de los casos high stake-low stake. Como en el ejemplo de Cohen 1999, dependiendo
de consideraciones pragmáticas lo que en una situación se considera una buena justificación
en otra no lo es, lo que a su vez evidencia la presencia de un elemento contextual en la adscrip-
ción de conocimiento: Mary and John are at the L.A. airport contemplating taking a certain flight
to New York. They want to know whether the flight has a layover in Chicago. They overhear someone
ask a passenger Smith if he knows whether the flight stops in Chicago. Smith looks at the flight itinerary
he got from the travel agent and respond, ‘Yes I know—it does stop in Chicago.’ It turns out that Mary
and John have a very important business contact they have to make at the Chicago airport. Mary
says, ‘How reliable is that itinerary? It could contain a misprint. They could have changed the schedule
at the last minute.’ Mary and John agree that Smith doesn’t really know that the plane will stop in
Chicago. They decide to check with the airline agent (Cohen 1999, p. 58).

93
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al mEnoS Sé quE Sé algo

nicamente), y que el patrón (y la estrategia) argumental debe tomarse como


un «patrón», es decir, como objeto de comparación con el argumento real, y
no como algo que está «presente» en el argumento real.
PaSo 1: determina el tipo de posibilidad relevante para calibrar las expecta-
tivas de error, teniendo en cuenta el tema y objetivo de la investigación.
– ten en cuenta que cuanto más débil sea nuestra noción de posibilidad de
error más seguridad tendremos respecto a los resultados epistémicos.
PaSo 2: Examina el grado de compromiso epistémico adoptado con respecto
a la conclusión.
– ten en cuenta una vez más el tema y el objetivo de la investigación (pre-
guntarse cosas como: ¿Es este grado de compromiso epistémico sufi-
ciente cuando se trata este tema y se tienen estos objetivos?).
– ten en cuenta el estado de la investigación (preguntarse cosas como:
¿es necesario en este momento de la investigación estar seguros sobre
esta creencia?).
– ten en cuenta la relevancia pragmática de la creencia (preguntarse
cosas como: ¿cuán importante es para nosotros estar seguros sobre esta
creencia?).

PaSo 3: determina la gravedad de la posibilidad de error, calibrando la pro-


porción de evidencias y el grado de posibilidad. Para ello, examina cuántas de
tus evidencias pueden ser espurias y de ellas en qué grado cada una de ellas
puede ser espuria.
3.1. Si la proporción y el grado son muy altos: el argumento escéptico es co-
gente.
(Caso claro: para más de la mitad de las evidencias hay más de un 50 % de pro-
babilidades de que sea espuria).
3.2. Si la proporción y el grados son muy bajos: el argumento escéptico es
falaz.
3.3. Si la proporción y el grado no son ni muy bajos ni muy altos: ir al paso 4.

PaSo 4: Examina si sabemos cuál fue la causa del error en los casos pasados,
y si es así, si sabemos que tal causa no se está produciendo en el caso de la pro-
posición creída ahora. Pondera cómo y en qué grado sabemos la causa del
error y su ausencia en la actualidad. debemos equilibrar ambas posibilidades:
la del error y la de la proposición creída ahora.
4.1. Si sabemos la causa y que no se produce ahora: el argumento escéptico
es falaz.

94
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El argumEnto dE la PoSibilidad dE Error

4.2. Si no sabemos la causa o no sabemos si se produce ahora: ir al paso 5.


PaSo 5: Verifica si la proporción y el grado de errores detectados en el paso
3 es mayor que el admisible para el grado de compromiso epistémico obtenido
en el paso 2.
5.1. Si no lo es: el argumento escéptico es falaz (falacia de ambigüedad),
5.2. si lo es: el argumento escéptico es cogente, ir al paso 6.
PaSo 6: Examina si es admisible en el contexto epistémico reducir el grado
de compromiso epistémico con la proposición creída, de manera que la pro-
porción y el grado de errores detectados no sea mayor que la admisible para
ese grado de compromiso.
6.1. Si lo es: haz la reducción de compromiso epistémico.
6.2. Si no lo es: el argumento escéptico es cogente.
PaSo 7: Si el argumento del escéptico es cogente: desecha la creencia; revisa
y eventualmente reforma y desecha el procedimiento o el sistema epistémico.

95
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Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 97

CAPÍTULO 5

EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

ABOGADO: Así pues, declara usted que vio a alguien salir por la ventana, y a
pesar de que ha reconocido que la iluminación no era suficiente, y ha admitido
que podría haberse equivocado, persiste en decirnos que esa persona era no otro
que X, ¿puede usted darnos alguna razón para que nos creamos que es así?
TESTIGO: Bueno, él mismo me dijo que era X.
ABOGADO: Vaya, así que esa persona dijo que era X, y por eso usted creyó que se
trataba de X.
TESTIGO: Sí.
ABOGADO: Pero si esa persona no fuera X, sino un vulgar impostor, sin duda no
creería sus palabras cuando dijo que él era X.
TESTIGO: Bueno, claro, si se tratara de un impostor estaría mintiendo... pero no
había ninguna razón para suponer que lo era.
ABOGADO: Ajá, así que usted cree que decía la verdad cuando decía que era X
simple y llanamente porque usted supone que era X. Señoría, miembros del ju-
rado, es obvio que el testigo tan solo concluye que la persona era X porque supone
que era X, así que su testimonio no tiene ni un asomo de validez.

5.1. CLARIFICACIÓN
Un nudo gordiano
El argumento de la circularidad es el nudo gordiano del debate escepticismo/rea-
lismo. Primero, porque con él el nivel de complejidad del problema y del análisis
que requiere asciende, de golpe y porrazo, un grado en el orden lógico1. El ar-

1
Utilizo aquí la expresión «orden lógico» en el sentido en que se utiliza la expresión orden en
Lógica Simbólica en expresiones como «lógica de predicados de primer orden», «lógica de
predicados de segundo orden», etc. El orden de una expresión es exactamente un grado más
alto que el orden de aquellas expresiones a las que se aplica o de las que se predica. «Casa» es
de orden cero, «La casa es azul» es de orden 1, «El azul es un color» de orden 2, «El color es
una propiedad» de orden 3... Tan típica del problema de la justificación del conocimiento es la

97
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 98

AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

gumento nos fuerza a hablar de conocimiento reflexivo (saber que se sabe),


con lo que ya no basta con que nuestro discurso sea de segundo orden (discutir
si sabemos) sino de tercer o cuarto orden (discutir si sabemos que sabemos,
discutir si sabemos cuando discutimos si sabemos que sabemos...). Necesita-
mos tener en cuenta no solo evidencias o presuntas justificaciones de primer
orden, sino, cuando menos, de segundo orden (diré que una justificación es
de segundo orden si es una justificación de que algo es una justificación, de
tercer orden si es una justificación de que una presunta justificación de se-
gundo orden es una justificación, etc.). Algo que sin duda dificulta la cons-
trucción del discurso pero sobre todo, su comprensión (advierto de antemano
que el lector tendrá que armarse de paciencia más que nunca para seguir al-
guno de los análisis). Segundo, porque el argumento de la circularidad nos
lleva directamente al corazón de la fundamentación del conocimiento2. En su
versión genuina (descartando la versión débil que describiré luego), la circu-
laridad se hace presente justamente en el momento en que nos preguntamos
si nuestras evidencias son justificaciones, es decir, en el momento en que aco-
metemos la tarea de fundamentación del conocimiento. Uno puede detectar
contradicciones o errores sin haberse cuestionado nunca sus pretensiones de
conocimiento, pero la circularidad de las justificaciones no aparece hasta que
uno se pregunta si sabe. Por ello, va dirigido no tanto hacia el que investiga en
general como hacia el que investiga el conocimiento en particular (aunque las
consecuencias del argumento afectan, como veremos, también al que investiga
en general).
Veamos cómo discurre. El argumento se inicia reparando en un fenómeno
que se produce cuando argumentamos a favor de la tesis de que nuestras evi-
dencias X son genuinas justificaciones: utilizamos evidencias obtenidas con
el mismo procedimiento epistémico (o la misma acción epistémica, o la misma
fuente de evidencias, o el mismo sistema epistémico) con el que habíamos ob-
tenido las evidencias X. En otras palabras, nuestra argumentación es circular.
A continuación, el escéptico arguye que la circularidad argumentativa es una
causa suficiente para que el razonamiento sea falaz. Concluye, a partir de ahí,
que no sabemos.

circularidad de segundo orden que autores como Alston 1986 optan por identificarla con el
nombre elegido para la última: circularidad epistémica.
2
Para ser prudente debería matizar esta observación. El argumento de la circularidad es central
cuando, como expliqué en el capítulo primero, tiramos del hilo del lenguaje y la argumentación.
Quizás cuando tiramos de otros hilos otros argumentos cobran más importancia (el de la po-
sibilidad de error para el hilo de la percepción, o el de la mala fe para el hilo de la normatividad).

98
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 99

EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD
(H1) No puedo probar que mis evidencias de tipo X son genuinas justifi-
caciones sin usar evidencias del tipo X.
(H2) Si al probar que mis evidencias de tipo X son genuinas justificaciones
uso evidencias del tipo X entonces soy falaz.
Por lo tanto,
(H3) No puedo probar que mis evidencias son justificaciones.

El argumento es poco frecuente y juega un papel menor en la Antigüedad.


Aun así, Pirrón hace notar que cualquier intento de probar que nuestra justi-
ficación es genuina lleva o bien a un regreso infinito o bien a un círculo argu-
mental: Y si damos preferencia a alguna postura sobre las demás: o la preferimos
porque sí y sin demostración o con demostración. Desde luego, no estaremos de
acuerdo en hacerlo sin demostración. Y si con demostración, esa demostración debe
ser verdadera. Pero no parecería verdadera sin haber sido enjuiciada con un criterio
verdadero. Y se hace ver que el criterio es verdadero mediante una demostración ya
enjuiciada. Ahora bien, si para hacer ver que es verdadera la demostración que da
preferencia a una de esas posturas debe haberse demostrado su criterio, y si para
demostrar el criterio debe haberse enjuiciado antes su demostración: entonces, al
necesitar una y otra vez la demostración un criterio demostrado y el criterio una
demostración contrastada, aparece entonces el «tropo» del círculo vicioso que no
permitirá proseguir el razonamiento. Y si alguien quiere enjuiciar siempre el criterio
con un criterio y demostrar la demostración con otra demostración, caería en una
recurrencia «ad infinitum» (Sexto Empírico, p. 195).
En la cita previa el lector puede reconocer el que luego será llamado Tri-
lema de Agrippa, que aparece cuando intentamos dar justificaciones de que
sabemos: (i) o bien detenemos en algún punto la cadena de justificaciones
quedándonos con un eslabón no justificado, (ii) o cerramos la cadena sobre
sí misma trazando un círculo, (iii) o bien extendemos la cadena de justifica-
ciones al infinito. La fuerza del argumento de la circularidad es tal que histó-
ricamente ha llevado a desechar casi directamente la rama (ii) (la rama (iii)
apenas tiene visos de poder ser transitada, pues involucra un conjunto infi-
nito), y conducido la epistemología hacia programas fundacionalistas3.
En la edad moderna el argumento fue popularizado por Hume en la ver-
sión (ya presentada en el capítulo 1) que intenta probar la imposibilidad de
conocer las leyes de la naturaleza utilizando el principio de inducción. Sigue

3
Uno es fundacionalista en epistemología cuando distingue un tipo de creencias básicas o pri-
mitivas, que no están justificadas por ninguna otra creencia, y a partir de las cuales el resto de
creencias ganan su justificación. Véase Stroll 1994 para una detallada descripción de los rasgos
y tipos de fundacionalismo y Vilanova 2008 para una crítica del fundacionalismo clásico.

99
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 100

AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

siendo muy recurrido en la actualidad, aplicado a todos los ámbitos y fuentes


del conocimiento. Un ejemplo del siglo XX aplicado a la memoria: Supongamos
que estoy seguro de que Peacock escribió Crotchet Castle a causa de que lo estuve
leyendo justamente ayer. ¿Cómo sé que lo estuve leyendo ayer mismo? Porque re-
cuerdo que lo estuve haciendo; o, posiblemente, porque lo encuentro anotado en mi
diario. Pero, ¿cómo sé que las palabras que están escritas en diarios no cambian es-
pontáneamente de forma, de modo que lo que hoy aparece como «Peacock» podría
haber aparecido ayer como «Thackeray»? Por razones de todo tipo; pero cuando
se las examina resulta que, de una manera u otra, todas implican el hecho de que
alguien recuerda que algo era así. Las observaciones que usamos para controlar
nuestros recuerdos son interpretadas a la luz de hipótesis que, a su vez, son acepta-
das sobre la experiencia pasada (Ayer 1956, p. 167).

Un problema menor
No siempre el cargo de circularidad viciosa se hace de la manera sofisticada de
Hume o Pirrón. A veces la circularidad no se produce entre las justificaciones
de primer orden y las justificaciones de segundo orden, sino directamente entre
las justificaciones de primer orden. Hay buenos ejemplos en los discursos de
aquellos fatalistas que, cuando llega una crisis económica, auguran que va a ser
imposible salir por el mero hecho de que la propia crisis engendra crisis4:
ARGUMENTOS DE ECONOMÍA
(A) (E1) El capital abandona el país.
(E2) Si el capital abandona el país, la economía anda mal.
(E3) Por lo tanto, la economía anda mal.
(B) (E3) La economía anda mal.
(E4) Si la economía anda mal, el capital abandona el país.
(E5) Por lo tanto, el capital abandona el país.
Estamos, en realidad, ante un argumento diferente, al que llamaré argu-
mento de la circularidad de justificaciones no reflexivo, porque en este caso la
circularidad afecta solo a justificaciones de primer orden:
ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD NO REFLEXIVO
(H1) Mi evidencia para creer X incluye a Y, y mi evidencia para creer Y in-
cluye a X.
(H2) Si mi evidencia para creer X incluye a Y, y mi evidencia para creer Y
incluye a X, entonces no sé ni X ni Y.
Por lo tanto,
(H3) No sé X ni Y.
4
El ejemplo se basa en el que aparece en Walton 1994, p. 110.

100
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 101

EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

La circularidad no reflexiva opera al nivel lógico de los argumentos del


error y de la contradicción. Es más simple y mucho más periférico en lo que
respecta a la tarea de fundamentación del conocimiento. En general, sirve para
apoyar dudas escépticas menores o muy locales, ya que esta circularidad entre
justificaciones de primer orden dista de ser un fenómeno general. Así, un ar-
gumento que sigue el patrón no reflexivo puede ser utilizado para levantar una
duda escéptica en torno a las conclusiones de los argumentos «Economía»,
pero no es fácil usarlo para poner en cuestión toda la labor del economista.
Los únicos casos de dudas globales aparecen en ámbitos del conocimiento
donde este es obtenido exclusivamente (o casi exclusivamente) mediante in-
ferencias deductivas, ya que en esos casos es habitual que haya circularidad en
las demostraciones (lógica o matemática).
En cualquier caso, el lector haría mal en pensar que el patrón argumental
da lugar siempre a realizaciones cogentes. Esto solo pasaría si la circularidad
fuera una condición suficiente de cogencia, cosa que en las páginas venideras
intentaré refutar. Es importante, en todo caso, que uno tenga presente la dife-
rencia entre ambos tipos de argumentos y, sobre todo, cuando estamos discu-
tiendo el no reflexivo (discutiendo si la circularidad es condición suficiente
de falacia) o propiamente el argumento de la circularidad (discutiendo si la
circularidad entre nuestras justificaciones de primer orden y nuestras justifi-
caciones de segundo orden es condición suficiente de falacia).
Tipos de circularidad
Con la excepción de la circularidad de premisas que definiré más tarde, la cir-
cularidad no es una propiedad intrínseca al argumento. No es una propiedad
sintáctica o semántica, sino pragmática, ya que es relativa al contexto argu-
mental en que este aparece. Para que el argumento sea circular su conclusión
debe haber aparecido antes en el intercambio argumentativo, debe haber sido
empleada de alguna manera en la justificación de algunos compromisos pre-
vios. Un empleo que puede haber tenido lugar de forma encubierta (no se ha
verbalizado, no ha aparecido públicamente en el discurso), y de ahí que se uti-
lice la expresión «supone»: el argumento (más correcto es decir la persona
que propone el argumento) supone la conclusión antes de haber llegado a ella.
Hay varias formas en que la persona que propone el argumento «supone» o
«utiliza» la conclusión, pero utilizaré el término «circularidad» o cuando el
contexto lo requiera (para que no se confunda con la de las ruedas de los au-
tomóviles) el más unívoco de «circularidad argumentativa». La definiré ahora,
al mismo tiempo que defino sus subespecies.
Un argumento A es circular en un contexto argumentativo CA cuando se
ha hecho uso de la conclusión C de A en el contexto CA. Se hace uso de C en
un contexto CA si:

101
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 102

AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

(a) C es una de las premisas del argumento A, o se infiere deductivamente


de una o más premisas de A (circularidad de premisas),
(b) C es uno de los supuestos del contexto CA, o se infiere deductivamente
de uno o más de los supuestos de CA (circularidad de supuestos),
(c) C es una premisa de uno o varios argumentos que aparecen anterior-
mente a A en el historial de CA, o se infiere deductivamente de una o más pre-
misas que aparecen anteriormente a A en el historial de CA (circularidad
cíclica),
(d) C es la descripción de una regla de inferencia que ha sido utilizada en
algún argumento previo a A en el historial de CA (circularidad de reglas).
Veamos algunos ejemplos. La circularidad de premisas es el caso más gro-
sero de circularidad. Cualquier argumento del tipo «A, por lo tanto A», o «A
y B, por lo tanto A» sirve como ejemplo. En la historia de la filosofía es célebre
la acusación de falaz que hace Russell a la demostración de San Anselmo de la
existencia de Dios, apoyándose para ello en el análisis lógico (basado en su
teoría de las descripciones definidas) de la primera premisa AO1 como con-
junción de las proposiciones: (i) existe un ser perfecto, (ii) solo existe un ser
perfecto y (iii) ese ser perfecto reúne todas las virtudes:
ARGUMENTO ONTOLÓGICO
(AO1) El ser perfecto reúne todas las virtudes.
(AO2) La existencia es una virtud.
Por lo tanto,
(AO3) El ser perfecto existe.
Un buen ejemplo de circularidad de supuestos nos lo da precisamente el
análisis alternativo que haría Strawson del argumento ontológico cuando
vemos (i) no como parte del significado sino como supuesto o presuposición
de AO1. Para no perdernos en disquisiciones semánticas, utilizaré el siguiente
ejemplo, más claro:
—Fiscal: ¿Arrojó usted al mar la pistola con la que asesinó a Juan Pérez?
—Acusado: No.
—Fiscal: Ajá, así que (premisa 1) usted no arrojo al mar la pistola con la
que asesinó a Juan Pérez, pero (premisa 2) si hay un arma del crimen que no
ha sido arrojada al mar, entonces hay un crimen. Por lo tanto, (conclusión)
usted asesinó a Juan Pérez con una pistola.
En el argumento final del fiscal, la conclusión (el acusado asesinó a Juan Pérez
con una pistola) es un supuesto para aceptar que la evidencia ofrecida para la
premisa 1 (la declaración del acusado) es una buena justificación. Si el acusado
no ha admitido que existe tal pistola (tan solo que no se produjo cierto aconte-
cimiento), no podemos aceptar la premisa 1 en ese contexto argumental.

102
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 103

EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

Con respecto a la circularidad cíclica, nos sirve como ejemplo el argu-


mento (B) del ejemplo del economista agorero de la sección previa (Argu-
mentos Economía). Para circularidad de reglas, un buen ejemplo es el
argumento que propone Boghossian 1996 para justificar la regla de modus po-
nens utilizando el mismo modus ponens.
ARGUMENTO BOGHOSSIAN
(B1) Si “®” significa lo que significa, entonces el modus ponens es válido.
(B2) “®” significa lo que significa.
________________________________________________
ERGO, (B3) El modus ponens es válido.
No es fácil encontrar ejemplos reales (no filosóficos) de circularidad de re-
glas. Sobre todo es difícil, sino imposible, dar con ejemplos que no aparezcan
en el planteamiento de dudas escépticas. Si, como hemos dicho la regla que
es descrita en la conclusión debe ser usada para hacer la inferencia, entonces
es una regla epistémica, y muy probablemente una regla lógica. Un ejemplo
muy simple, similar al que abría este capítulo, podría ser el siguiente. Imagina
que Carlos me dice que sabe algo porque Juan se lo ha dicho, y que cuando le
pregunto por qué sabe que lo que dice Juan es verdadero me responde dicién-
dome que Juan le ha dicho que siempre dice la verdad. La regla que Carlos
está utilizando para justificar su regla (Si p es dicho por Juan, p es verdad) es
precisamente esa regla.
El ejemplo de Carlos y Juan sirve también para ilustrar la manera en que el
lector debe tomarse la distinción entre distintos tipos de circularidad. Esta es
una distinción de carácter teórico; incluso, me atrevería a decir, técnico. Técni-
camente es importante hacer la distinción para dejar claro de qué se está ha-
blando en cada caso, y no producir confusiones (como vengo diciendo, algo
frecuente en la literatura). Pero la distinción pertenece más al instrumento que
al objeto de análisis: en las argumentaciones reales casi siempre queda indefinido
el status de premisa, regla o supuesto. Sin ir más lejos, en el ejemplo recién citado
tendríamos dificultades para elegir entre las siguientes esquematizaciones:
ARGUMENTO JUAN 1 (circularidad de premisas)
(1) Juan dice que todo lo que dice Juan es verdadero.
(2) Todo lo que dice Juan es verdadero.
(3) Por lo tanto, todo lo que dice Juan es verdadero.
ARGUMENTO JUAN 2 (circularidad cíclica)
(A)
(1) Todo lo que dice Juan es verdadero.
_________________________________________________
(2) Por lo tanto, si algo es dicho ahora por Juan es verdadero.

103
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 104

AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

(B)
(2) Si algo es dicho ahora por Juan, es verdadero.
(3) Lo que dice Juan ahora es que todo lo que dice Juan ahora es verdadero.
(4) Por lo tanto, todo lo que dice Juan es verdadero.
ARGUMENTO JUAN 3 (circularidad de supuestos)
(1) Lo que dice Juan ahora es verdadero.
(2) Lo que dice Juan ahora es que todo lo que dice Juan es verdadero.
(3) Por lo tanto, todo lo que dice Juan es verdadero.
(Donde el respaldo para aceptar (1) es que he oído a Juan decir (1), bajo
el supuesto de que todo lo que dice Juan es verdadero).
ARGUMENTO JUAN 4 (circularidad de reglas)
(1) Juan dice que todo lo que dice Juan es verdadero.
(2) Por lo tanto, todo lo que dice Juan es verdadero.
(Donde (2) es inferido de (1) mediante la siguiente regla de inferencia:
De «Juan ha dicho p» infiere «p»).
De los distintos tipos de circularidad recién descritos, la circularidad de
supuestos es la que más se ha relacionado con el problema de la fundamenta-
ción del conocimiento. No obstante, como explicaré en el próximo parágrafo,
hay aspectos del problema que se captan mejor con la noción de circularidad
cíclica. La circularidad de reglas no añade nada al análisis global del problema
(el punto importante no es que se use la regla sino que al hacerlo se está supo-
niendo que es una buena regla), aunque es relevante tenerla en cuenta en los
casos específicos en que el tipo de conocimiento buscado es conocimiento de
reglas (p. ej., el conocimiento de reglas de inferencia o el conocimiento de re-
glas de cálculo). En todo caso presenta algunas peculiaridades que hacen acon-
sejable un tratamiento aparte5. Con respecto a la circularidad de premisas,
poco tiene que ver con el problema de la fundamentación del conocimiento.
Solo resulta útil para analizar algunos casos simples que caen en el patrón ar-
gumental de la circularidad no reflexiva. Me centraré, pues, en la circularidad
de supuestos y, en menor medida, en la circularidad de premisas.

5
Boghossian 1996 alega motivos para pensar que la circularidad de reglas es un caso muy es-
pecial, pues la duda sobre la conclusión no interfiere con una actitud proposicional (creer una
premisa, adoptar un supuesto) sino con un saber cómo (saber cómo hacer un tipo de inferencias,
en el caso del conocimiento lógico que trata Boghossian). Véase Vilanova 2005 y 2007 para una
discusión sobre este problema.

104
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 105

EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

5.2. TERAPIA: DOS CARGOS


Un ejemplo
Vayamos ahora con el análisis terapéutico. Como dije al principio del capítulo,
al tratar este patrón argumental el discurso se hace más complejo y consecuen-
temente más difícil de seguir, así que será más importante que nunca observar
de cerca y tener presentes en todo momento los ejemplos. Por ello quiero co-
menzar presentando un ejemplo de argumento fundamentador claramente
circular pero que, como defenderé, no es falaz. El argumento es ofrecido por
Moore 1940 (lo reconstruyo muy, muy libremente), como prueba de que sus
sentidos son una buena fuente para obtener conocimientos en torno al mundo
«fuera de su cabeza». El argumento de Moore posee una cantidad enorme
(prácticamente innumerable) de premisas, cada una de las cuales describe una
ocasión en la que sus sentidos le informaron de algún hecho que en otra oca-
sión fue corroborado por otras vías. Así, por ejemplo, en t1 sus ojos le infor-
maron de que algo sólido se aproximaba a su cara y más tarde sintió un impacto
en su rostro, en t2 sus ojos le informaron de que había una silla al otro extremo
del pasillo y a continuación su amigo Juan le corroboró tal hecho, en t3 sus
ojos le informaron de que Juan se estaba comiendo un pastel de los tres que
había en la mesa, y más adelante cuando contó los pasteles sobre la mesa había
dos. Esquematizaré el argumento de la siguiente manera (es importante que
tengamos en cuenta que la evidencia perceptiva para Mnbis no es la misma
que la expresada por Mn):
ARGUMENTO MOORE
(M1) En t1 mis sentidos me informaron de que p1.
(M1bis) Es el caso que p1.
(M2) En t2 mis sentidos me informaron de que p2.
(M2bis) Es el caso que p2.

(Mn) En tn mis sentidos me informaron de que pn.
(Mnbis) Es el caso que pn.
_______________________________________________
Por lo tanto:
(M) Mis sentidos son fiables (es decir, aquello de lo que me informan mis
sentidos es el caso).

Inmediatamente detectamos de dónde vienen las suspicacias lógicas en


torno a MOORE: al menos parte de las justificaciones que Moore posee para
creer cada una de las premisas Mnbis es de origen perceptivo, y por lo tanto
solo es genuina su justificación si M es verdadera. Es decir, que Moore está

105
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 106

AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

usando la información recogida en la conclusión antes de haber llegado a ella,


es decir, está siendo claramente circular. Ahora bien, ¿es falaz?

Petición de principio
Como he dicho, hay dos candidatos, dos cargos de falacia, una que se estaría
cometiendo antes de formular el argumento, y otra que tendría lugar después.
Empezaré por la que se estaría cometiendo después: la petición de principio.
Hablando informalmente, alguien comete esta falacia cuando prueba C gracias
solo al hecho de que ya había partido de C, de que ya había aceptado incons-
ciente, implícita o inadvertidamente que C. No es fácil dar ejemplos claros de
petición de principio más allá de los que encontramos en la fundamentación
del conocimiento, pues que el oyente acepte inadvertidamente la conclusión
es algo que suele depender más de elementos pragmáticos del contexto argu-
mental (falta de atención, obcecación...) que de propiedades intrínsecas del
argumento. Si el análisis de Russel es correcto el argumento ontológico de San
Anselmo sería un ejemplo. El ejemplo del fiscal sin escrúpulos que ponía en
los labios del acusado una confesión inexistente sería otro. Más claramente
falaz, y ya en las cercanías del problema epistémico, es el ejemplo de Carlos y
Juan. Parece obvio que Carlos puede concluir que Juan siempre dice la verdad
simplemente porque está suponiendo tal cosa. Si alguien, por ejemplo Pedro,
piensa que Juan es un redomado embustero, entonces el argumento de Carlos
no servirá para alejarlo ni un ápice de su creencia.
Este último punto nos da la clave de la petición de principio: si alguien
duda de la conclusión, entonces no puede aceptar las premisas como justifi-
cación de la conclusión. Adviértase que esto no ocurre con todos los argu-
mentos: normalmente si pensamos que el argumento es válido (deductiva o
inductivamente) y dudamos de la conclusión tenemos buenas razones para
dudar de las premisas, pero seguimos teniendo buenas razones para pensar
que si las premisas fueran verdaderas la probabilidad (o la plausibilidad) de
que la conclusión fuera verdadera aumentaría. Si dudo que Juan sea una buena
persona, dudaré de que ayude al prójimo, pero seguiré pensando que sería una
buena razón para pensar que Juan es una buena persona el contemplar cómo
ayuda al prójimo. Sin embargo, si dudo que Juan sea sincero, no solo dudaré
de que me dice la verdad cuando me dice que él es sincero, sino que además
no podré seguir pensando que es una buena razón para pensar que Juan es sin-
cero el hecho de que Juan me lo ha dicho. Para la mayoría de los casos la duda
de la conclusión lleva a la duda sobre las premisas, en el caso de la petición de
principio la duda de la conclusión lleva a la duda sobre la misma relación entre
premisas y conclusión. Por eso el argumento que comete petición de principio
no es cogente: uno no puede verse forzado a aceptar la conclusión ya que si

106
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 107

EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

duda de la conclusión duda de que las premisas le fuercen a aceptar la conclu-


sión. Así que hemos llegado a una primera definición general de la petición
de principio:
PETITIO: En un argumento A en un contexto argumental CA hay petición de
principio cuando una duda sobre su conclusión C produce inmediatamente
que las premisas PP no puedan ser aceptadas como una justificación para acep-
tar C en el contexto CA.
La definición anterior es muy clara e intuitiva, pero adolece de ser dema-
siado general. Es probable que el lector sea incapaz de determinar si los dis-
tintos ejemplos presentados (prima facie falaces o no falaces) caen o no bajo
ella. Si no le pasa al lector, es seguro que le pasa, al menos, al autor. Algunos
de los trabajos sobre circularidad parten de definiciones demasiado generales
que luego son difíciles de aplicar para las distintas especies de circularidad.
Por ello nos encontramos en la literatura definiciones más específicas, dirigidas
a un tipo específico de circularidad (a veces, también de forma confusa, pues
el autor parece referirse al fenómeno global). Ahorraré al lector el desbroce
bibliográfico, tomando provisionalmente (aviso que acabaré rechazándolas)
definiciones más específicas para los dos casos de circularidad más relevantes
para nosotros, que recogen más o menos fielmente el tipo de definiciones que
se pueden encontrar en la literatura6:
PETITIO CÍCLICA 1: Un argumento A circular cíclico comete la falacia de peti-
ción de principio en un contexto argumental CA si la duda de la conclusión
C hace que no se puedan aceptar uno o varios argumentos que han aparecido
en el contexto argumental CA, y el rechazo de tales argumentos hace que no
se pueda aceptar la evidencia para una o varias de las premisas PP de A en el
contexto CA.
PETITIO DE SUPUESTOS 1: Un argumento A circular de supuestos comete la fa-
lacia de petición de principio en un contexto argumental CA si la duda de la
conclusión C hace que no se pueda aceptar un supuesto de CA, y el rechazo
de tal supuesto hace que no se pueda aceptar la evidencia para una o varias de
las premisas PP de A en el contexto CA.

6
En estas definiciones recojo el análisis clásico de la petición de principio, tal y como puede
encontrarse en Copi 1961, Hamblin 1971, Jackson 1987, Eemeren, Grootendorst y Snoeck
2001 o Davies 2006. Las diferencias entre sus versiones de la definición se deben casi siempre
al hecho de que están centrándose en un tipo concreto de circularidad, p. ej. de premisas en
Copi. Jackson y Davies están pensando en la circularidad de supuestos, de ahí que sus defini-
ciones se parezcan más a mi definición específica para la circularidad de supuestos.

107
Capítulo 5_Maquetación 1 06/08/2015 20:09 Página 108

AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

Ad ignorantiam
Vayamos ahora con la falacia antes del argumento fundamentador. En la lite-
ratura reciente sobre la circularidad en la fundamentación del conocimiento
siempre se hace referencia a la falacia de petición de principio. Curiosamente,
casi nunca se menciona la falacia de apellatio ad ignorantiam, a pesar de que
esta ocupa un lugar central en el reto planteado por el escéptico. Intentaré
hacer ver cómo se llega a esta nueva acusación. Una vez que el escéptico (Sexto
Empírico, Hume, Kripkenstein o cualquier otro) denuncia la circularidad pre-
sente en argumentos fundamentadores, no se contenta con obtener la conse-
cuencia de que nunca podremos llegar a saber la conclusión del argumento,
sino que deriva un resultado mucho más inquietante: que de hecho nunca
hemos sabido las premisas. En el caso de MOORE, la queja del escéptico es
que, teniendo en cuenta que podemos derivar la tesis que dice que nuestro
sistema perceptivo funciona bien a partir de nuestras creencias de origen per-
ceptivo, entonces deberíamos saber que nuestro sistema perceptivo funciona
bien antes de empezar a obtener nuestras creencias perceptivas. Dicho en tér-
minos que agradarían a un profesor de Lógica: si saber las premisas es una
causa suficiente para saber la conclusión, entonces saber la conclusión es una
causa necesaria para saber las premisas. Esto demuestra, según el escéptico,
que el movimiento ilícito se había dado mucho antes de haber formulado el
argumento, cuando empezamos a formarnos creencias en torno a lo que ocu-
rría alrededor nuestro a partir del testimonio de nuestros sentidos. En ese
momento estábamos aceptando el enunciado M (que luego será la conclu-
sión del argumento) sin tener ninguna evidencia a favor. Es cierto que tam-
poco teníamos evidencias en contra. Puede ser cierto pues (y en la mayoría
de los casos lo es), que no tuviéramos de antemano razones para dudar de
nuestros sentidos. Pero (recuérdese, antes de plantear el argumento Moore)
si hemos pensado que estábamos justificados para aceptar M simple y llana-
mente porque no teníamos justificación para aceptar la negación de M, en-
tonces estamos cometiendo una falacia. El nombre de esa falacia es apelación
a la ignorancia.
La falacia de la apelación a la ignorancia es mucho más simple que la peti-
ción de principio, así que no me llevará mucho tiempo caracterizarla. En esen-
cia, se produce cuando inferimos indebidamente p del hecho de que no
sabemos no p, o, en el caso más sofisticado, del hecho de que no poseemos
evidencias en contra de p. Es una falacia especialmente peligrosa, pues puede
llegar a persuadir de las ideas más excéntricas o levantar los cargos más insos-
pechados. Así, alguien puede concluir que existen duendes invisibles que ha-
bitan en los ultramarinos del hecho de que nadie tiene ninguna prueba en
contra, o alguien puede concluir que Juan es un redomado hipócrita que oculta

108
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EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

sus auténticos sentimientos a todo el mundo del hecho, una vez más, de que
nadie puede probar lo contrario.
De acuerdo con este análisis provisional, que recoge el tratamiento clásico
(por ejemplo, Copi 1961), llegamos a la siguiente definición:
IGNORANTIAM 1
Un argumento A en un contexto argumental CA comete la falacia de ape-
lación a la ignorancia cuando tiene la forma:
(1) No hay evidencias en contra de que p.
(2) Por lo tanto, p.
Es cierto que en el caso epistémico uno casi nunca ha seguido explícita y
conscientemente el argumento de la definición de apelación a la ignorancia 1,
sino que se confía en la fuente de evidencias de una manera natural, espontánea.
Pero no creo que estemos forzando las cosas si decimos que el argumento se
está siguiendo inconscientemente en el momento en que se confía espontánea-
mente en la fuente de evidencias o, cuando menos, que dicho argumento aparece
en la reconstrucción que el propio sujeto epistémico efectuaría a la hora de aco-
meter la tarea de fundamentación de su conocimiento7. En el caso de MOORE
hemos de incluir el siguiente argumento en la reconstrucción teórica:
(1) No tengo evidencias en contra de que mis sentidos funcionen defec-
tuosamente.
(2) Por lo tanto, estoy justificado para aceptar el supuesto de que mis sen-
tidos funcionan correctamente.
Una sentencia apresurada
Ahora que ya hemos dado una primera explicación, aunque provisional, de
las falacias de petición de principio y apelación a la ignorancia, es el momento
de aplicarla a los argumentos fundamentadores. Vayamos a nuestro ejemplo.
¿Es falaz MOORE? De acuerdo con las definiciones que hemos proporcio-
nado la respuesta, me temo, es doblemente positiva. Por un lado, G. E. Moore
no proporciona razones para adoptar el supuesto de que sus sentidos son fia-
bles antes de formular su argumento. Por otro lado, si después de formular el
argumento eliminamos ese supuesto, desaparece la justificación para cada pre-
misa de la forma «Es el caso que pn» (cada premisa Mnbis).
7
Para autores como Alston 1986 o Davies 2004 la cuestión de si el supuesto es o no consciente
sí es importante. En el caso de Davies, incluso determina que haya petición de principio (para-
dójicamente, si el supuesto es consciente). En Vilanova 2008 discuto esta postura (así como la
postura más radical de Prior 2004, para quien el supuesto no es necesario ni siquiera tomado
inconscientemente), discusión en la que no entro aquí porque, como he dicho, es suficiente
considerar que el supuesto se hace consciente al menos en el momento en que se inicia la tarea
de fundamentación.

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

Desde luego, si este fuera nuestro resultado final sería desalentador para el
realista, pues no solo se seguiría que no podemos probar que sabemos (peti-
ción de principio), sino también que de hecho nunca hemos sabido (ad igno-
rantiam). A mi modo de ver, sin embargo, la última palabra no está dicha, pues
este veredicto, como argumentaré, se debe más a un problema con nuestras
definiciones, que no son lo suficientemente finas, que al propio argumento.
Al fin y al cabo, no olvidemos este dato, nuestras intuiciones preteóricas nos
dicen que un argumento como el de MOORE confiere algún tipo de eviden-
cia, por muy pequeña que esta sea, a la conclusión. Para hacer patente esta in-
tuición voy a comparar MOORE con un ejemplo de argumento circular
claramente falaz. Imaginemos que me topo con un aparato más o menos pa-
recido a un detector de metales (aunque yo nunca he visto un detector de me-
tales antes) y, que, solo por pasar el rato, me dedico a colocar objetos delante
del presunto detector y ver qué hace el aparato. Descubro que en ocasiones
emite un zumbido y en otras no, así que supongo que el aparato zumba cuando
el objeto es de metal. A partir de entonces me dedico a colocar objetos cerca
del aparato para decidir si son de metal o no, aunque como no tengo verdadero
interés en el asunto, nunca he comprobado los resultados ni me he preocupado
por hacer ulteriores indagaciones en torno a la naturaleza del artefacto. Su-
pongamos ahora que planteo el siguiente argumento para «probar» que sé
que el artefacto de hecho es un detector de metales:
ARGUMENTO DETECTOR
(d1) Este objeto 1 es de metal.
(d1bis) Si este objeto 1 es de metal, entonces el aparato es una fuente de
evidencias fiable.
...
(dn) Este objeto N es de metal.
(dnbis) Si este objeto N es de metal, entonces el aparato es una fuente de
evidencias fiable.
...
_________________________________________________
(d) Este aparato es fiable (si el aparato zumba el objeto es de metal).

Aquí la presunta justificación para aceptar cada premisa dn es que el apa-


rato zumba al colocar el objeto cerca, y la presunta justificación para cada pre-
misa dnbis proviene de la reflexión a priori en torno a cómo he llegado a saber
dn. Es evidente que DETECTOR no sirve para justificar la aceptación de la
conclusión, ya que aunque el aparato no sea un detector seré capaz de construir
el argumento igualmente. De hecho, puedo acumular fácilmente tantas pre-
misas dn y dnbis como quiera, y esto sin que se altere positiva o negativamente

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EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

la conclusión. Esto no ocurre con MOORE: en la empresa de construir un ar-


gumento del tipo de MOORE uno puede encontrarse con que no es capaz de
alcanzar la conclusión deseada, simplemente porque encuentra demasiados
casos en los que se da Mn y no Mnbis. Además, cuantos más casos tome en
consideración, más improbable resulta obtener por puro azar cuantas más pa-
rejas de premisas Mn y Mnbis intente obtener, y más improbable que las pre-
misas sean ciertas siendo falsa la conclusión. Esto no pasa con DETECTOR,
donde añadir premisas no cambia ni poco ni mucho la situación. La mejor
prueba de esta diferencia sustantiva entre ambos argumentos es que aunque
uno siempre puede obtener un argumento tipo DETECTOR, en ocasiones
uno falla al construir un argumento tipo MOORE. Así ocurre en los casos de
personas con desórdenes perceptivos o psicológicos, como en los casos citados
de pacientes que sufren anosognosia, personas que no son conscientes de sus
problemas perceptivos, y a un nivel menos grave el de todos aquellos que en
algún momento hemos sufrido algún problema de la vista o del oído. En estos
casos la duda escéptica se resuelve negativamente y llegamos a la conclusión
de que no sabemos. Por recordar un ejemplo ya dado, el matemático y premio
nobel de economía John Nash, según su propio testimonio, llegó a ser cons-
ciente de sus delirios al intentar construir un argumento más o menos parecido
a MOORE y descubrir que era incapaz8.
Pienso que el hecho de que pueda llegarse a un resultado negativo es una
prueba de que no hemos hecho trampa. Es decir, que Moore no obtiene el resul-
tado de que sus sentidos son fiables simplemente porque lo supuso al principio,
sino que hay algo más que le permite inferirlo. Ese algo más es precisamente lo
que falta en los casos en que uno llega a una respuesta negativa, en los que uno
descubre que no sabe. Si se está de acuerdo con la consideración previa, entonces
nuestro siguiente paso es detectar qué errores cometimos en nuestras definiciones
de ambas falacias, y proceder a su reformulación.

5.3. UNA SENTENCIA FAVORABLE


Ad ignorantiam reformulada
Comencemos con la apelación a la ignorancia9. Para empezar, hay algunos
contextos epistémicos en los que la ausencia de evidencias en contra de p es

8
Adviértase que en tales casos el intento de construcción de un argumento del tipo MOORE
se convierte en la construcción efectiva de una realización cogente del patrón argumental de la
contradicción. Una vez más, se comprueba cómo los patrones argumentales remiten unos a
otros y que el problema global no se puede entender si no es combinando todos ellos.
9
En este apartado hago uso de algunos resultados contemporáneos en el estudio de ambas fa-
lacias. Especialmente he utilizado muchos de los materiales de Walton 1991, 1994 y 1999 en
lo que se refiere a casuística y patrones argumentales.

111
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

una buena justificación para creer que p. Esto ocurre cuando tenemos alguna
razón para pensar que, de ser p falso, deberíamos tener evidencias de ello. Si,
por ejemplo, efectuamos una minuciosa investigación para comprobar que
Pedro no roba material de oficina de su lugar de trabajo y obtenemos resulta-
dos negativos, podemos concluir justificadamente que Pedro no roba material
de oficina. La estructura del argumento es ahora distinta:
IGNORANTIAM 2
(1) No hay evidencias en contra de que p.
(2) Si p fuera falso, deberíamos poseer alguna evidencia en contra de que p.
(3) Por lo tanto, p.
No parece, sin embargo, que este argumento pueda resolver por sí solo el
problema en el caso epistémico. El supuesto de que la fuente de evidencias es
fiable funciona desde el principio del proyecto epistémico. En el caso de
MOORE, desde el primer momento en que Moore comenzó a adquirir creen-
cias de origen perceptivo. Y en ese momento no solo no hay evidencias ni a favor
ni en contra del supuesto, sino tampoco evidencias a favor de (2). De hecho, no
se dispone de tales evidencias hasta que se comienza la tarea de fundamentación
del conocimiento y se formula el argumento MOORE. Así que dejaremos de
momento a un lado el patrón 2 (sobre el que volveremos más adelante).
Afortunadamente, el argumento 2 no es la única posibilidad. Hay que tener
en cuenta que la noción de justificación y las nociones emparentadas de
«aceptación de» o «compromiso con» una proposición son muy generales,
y que admiten distintas variantes, cada una con sus propias cualificaciones.
Como ya dije en el capítulo 2, el tipo de justificación para adoptar un supuesto
es distinto al tipo asociado a la creencia. En el caso de la creencia la justificación
está ligada a la verdad de la proposición creída: si un sujeto epistémico posee
una justificación X para creer una proposición p, entonces debe tener razones
para pensar que X hace más probable que p sea verdadera. Para el caso de la
adopción de un supuesto, sin embargo, basta con poseer alguna razón de ín-
dole pragmática que aconseje la adopción del supuesto de que p. Un ejemplo
clásico de este tipo es el que da Sexto Empírico en los Esbozos Pirrónicos: si
entro en una habitación oscura y percibo un objeto alargado y ondulado en el
suelo, es pragmáticamente conveniente que suponga que es una serpiente (y
no una cuerda) y actúe como si tal. En este caso, la estructura del argumento
sigue el siguiente esquema:
IGNORANTIAM 3
(1) No hay evidencias en contra de que p.
(2) Hay razones pragmáticas para adoptar el supuesto de que p.
(3) Por lo tanto, suponemos que p.

112
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EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

El tipo de razones pragmáticas a tener en cuenta puede variar mucho de


un contexto argumental a otro, aunque en general tendrán mucho que ver con
el objetivo de la argumentación. Además, puede haber también algún tipo de
explicación de que las razones pragmáticas que se aducen son las adecuadas.
La conveniencia práctica puede ser justificada teóricamente. Por otro lado, no
hay ningún impedimento para que combinemos 2 y 3 y produzcamos un ar-
gumento mucho más fuerte:
IGNORANTIAM 4
(1) No hay evidencias en contra de que p.
(2) Si p fuera falso, deberíamos poseer alguna evidencia en contra de que p.
(3) Hay razones pragmáticas para adoptar el supuesto de que p.
_________________________________________________
(4) Por lo tanto, p.

En el caso de un proyecto epistémico el objetivo es siempre obtener cono-


cimiento, así que uno estará justificado para suponer que p si tiene razones
para pensar que esto ayudará a llevar a buen puerto su proyecto epistémico.
Obviamente, no cualquier supuesto vale. No valdrán, por ejemplo, supuestos
para los que haya evidencias en contra, o supuestos demasiado excéntricos.
Por ejemplo, si hubiera un oráculo divino que me comunicara telepáticamente
cada vez que cierro los ojos el tiempo que va a hacer mañana, no cabe duda
de que constituiría una vía inmejorable para hacer predicciones meteorológi-
cas, pero está claro, también, que no tengo legitimidad alguna para hacer tal
supuesto. Hay otras consideraciones que se podrían tener en cuenta aquí. Así,
si es una buena razón para suponer que p el hecho de que solo bajo el supuesto
de que p puedo tener alguna posibilidad de obtener conocimientos. O si ra-
zones de índole meramente material, como la capacidad de procesamiento,
los límites de espacio y tiempo e incluso el presupuesto económico del que se
dispone deben ser tenidos en cuenta. Para no extendernos demasiado, basta
con que entendamos que en un proyecto epistémico uno está justificado al
suponer p si tiene razones para pensar que es más probable que obtenga me-
jores y más conocimientos si supone p que si no supone p10.
Además, razones de ese tipo se pueden obtener mediante algún cálculo a
priori, o comparando proyectos epistémicos previos (si es que los hay), así

10
La estrategia que sigo aquí se acerca a la línea de solución generalmente asociada a Wright
2004, que pasa por distinguir entre el respaldo del conocimiento y el del supuesto, y entender
este último en clave pragmática. Mi solución, sin embargo, es muy diferente a la de Wright, pues
yo no solo deseo defender que sabemos, sino además que sabemos que sabemos, por lo que no
considero que la introducción de evidencias a posteriori produzca falacia. Véase Vilanova 2008
para una crítica a Wright.

113
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

que en muchos casos (incluyendo los casos que nos interesan) el esquema de
argumento ignorantiam3 puede ser seguido, y obtener una justificación para
hacer la suposición antes de que el proyecto epistémico sea puesto en marcha.
En el caso de MOORE, uno puede mediante pura reflexión llegar a la conclu-
sión de que tiene más probabilidades de obtener conocimientos sobre el
mundo externo haciendo el supuesto de que sus sentidos son fiables que adop-
tando cualquier otro supuesto que se le ocurra, incluyendo oráculos divinos
y similares. Tenemos así un nuevo contexto argumental para MOORE, en el
que se ha propuesto el argumento que sigue el esquema ignorantiam3, y en el
que no se comete la falacia de apelación a la ignorancia.

Petición de principio reformulada


Vayamos ahora con la petición de principio. Comenzaré haciendo dos consi-
deraciones previas.
Para empezar, incluso en los casos más flagrantes de circularidad el argu-
mento puede resultar útil en el curso de una argumentación, ya que puede servir
para que quien ya está convencido previamente de su conclusión se percate de
una relación lógica entre sus compromisos. Así, alguien que acaba de darme
pruebas independientes de que el aparato es un detector de metales puede acto
seguido presentarme DETECTOR para hacerme ver que esto ya era algo que
se seguía de mis creencias previas. En el planteamiento clásico parece como si
la finalidad única en la presentación de un argumento fuera forzar al compro-
miso total con la conclusión. Puede haber otros objetivos, como explicitar una
relación lógica (de esto se sigue necesariamente eso, esto es contradictorio con
eso, esto aumenta la probabilidad de eso, etc…), desviar la carga de la prueba
o, como vimos antes, justificar la adopción de un supuesto11.
Uno de estos objetivos, hacer explícita una relación lógica, es precisamente
la finalidad que se tiene cuando se hace una inferencia deductiva en lógica o
en matemáticas. Cuando el matemático o el lógico de turno demuestran un
teorema a partir de los axiomas o de otros teoremas, hacen explícito un com-
promiso que de manera implícita ya habían adoptado antes: tomar como ver-
daderas todas las implicaciones lógicas de los axiomas. Por ello no afecta en
nada a la tranquilidad del lógico que los teoremas puedan demostrarse unos
desde otros y viceversa, o incluso que los axiomas puedan demostrarse desde

11
Es por ello que algunos autores consideran que argumentos como estos no son falaces cuando
la finalidad es distinta a la de convencer o zanjar la cuestión en torno a la conclusión. Así, Jackson
1987 habla de la función de «resaltar» (teasing out) y Davies 2006 de la función de «decidir que
creer» (deciding what to believe) para el caso epistémico. Dado que voy a defender la tesis más am-
biciosa de que se puede evitar la falacia incluso en los casos en que la función del argumento es
contribuir a convencer o zanjar la cuestión, no me detendré en este trabajo a examinar esta vía.

114
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EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

algunos teoremas. Lo mismo ocurre en las escasas ocasiones en que en situa-


ciones cotidianas hacemos inferencias deductivas12: hacemos explícito un
compromiso implícito de todas las consecuencias lógicas de nuestros com-
promisos. Por qué es necesario hacer la inferencia para hacer explícito el com-
promiso es algo que ya se ha explicado al tratar el argumento de las evidencias
contrarias: no somos lógicamente omniscientes.
En segundo lugar, aun cuando el objetivo final sea probar una proposición,
no es necesario que el argumento haga esto por sí solo. Normalmente no es-
tamos en condiciones de zanjar una cuestión de un plumazo, así que vamos
acumulando argumentos que proporcionan una verosimilitud creciente hasta
que alcanzamos el instante en que la proposición en cuestión es considerable-
mente más verosímil que cualquier otra hipótesis alternativa. Por ello, cual-
quier argumento que proporcione mayor verosimilitud a su conclusión, por
pequeña que esta sea, es pertinente en contexto argumentativo y por lo tanto
no falaz.
Esto es lo que ocurre con los argumentos que cometen la petición de prin-
cipio: no se obtiene ninguna justificación para aceptar la conclusión distinta
de aquella de la que ya se disponía antes de seguirlo, y por lo tanto no hacen
la conclusión más verosímil. Por eso resultan peligrosos en la argumentación.
Al seguirlos alguien puede pensar que dispone de una evidencia nueva a favor
de la conclusión, y a raíz de ello fortalecer su compromiso con la misma o, en
el peor caso, dejar de considerarla un supuesto para pasar a tomarla como una
proposición probada. Por el contrario, cuando uno sigue un argumento circu-
lar cogente obtiene una justificación diferente de aquellas de las que disponía
anteriormente, y ello porque el argumento produce un elemento de juicio que
no se había tomado en cuenta cuando la conclusión se aceptó (ya sea como
supuesto o como compromiso) antes de seguir el argumento. Que esta evi-
dencia nueva sea condicional respecto a la aceptación de la conclusión como
supuesto obviamente disminuye la fuerza probativa del argumento, pero no
la reduce a cero.
A veces ampliando un poco el foco uno puede ganar una perspectiva que
le permite contemplar en su totalidad el problema. Así que para explicar bien
este punto, que es decisivo, me gustaría hacer ahora una reflexión global en
torno a la estructura y la función de nuestras prácticas argumentativas. Dado
que en un argumento jugamos siempre con evidencias y creencias previas, es-
trictamente hablando el argumento no introduce justificaciones nuevas (como
si lo haría, por ejemplo, un nuevo dato perceptivo), sino que re-organiza las
ya disponibles para sacarles más partido y permitirnos justificar una nueva cre-
12
Como defenderé en el capítulo 7 muchos aparentes argumentos deductivos son, en realidad,
argumentos inductivos.

115
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

encia o adoptar un nuevo compromiso (la conclusión del argumento, claro).


En general, un argumento A nos proporciona información sobre determinadas
relaciones entre las justificaciones RR que se poseen para cada una de las pre-
misas PP de A tomadas a la vez. Estas relaciones son expresadas de manera in-
directa a través de la relación de inferencia entre las premisas y la conclusión
de A. Es decir, la relación entre justificaciones que introduce en la discusión
o investigación el argumento A consiste en que de ciertas proposiciones PP
(las premisas del argumento) respaldadas por RR se sigue otra proposición C
(la conclusión del argumento). Un argumento es pertinente y útil si, como
dije antes, las relaciones entre justificaciones expuestas por el argumento in-
troducen alguna consideración nueva en la argumentación, que no es tenida
en cuenta cuando consideramos aisladamente la relación de cada justificación
con su premisa justificada. Tomemos ahora un argumento circular cualquiera,
A, con premisas PP y conclusión C. Sea PPC el subconjunto del conjunto de
las premisas PP del argumento A en cuya justificación interviene la conclusión
C, ya sea como supuesto de que la justificación alegada es genuina ya sea como
premisa en un argumento previo. En el caso de los argumentos circulares, co-
moquiera que la conclusión C ya forma parte de la justificación de las premisas
PPC, se requiere, para que el argumento sea cogente, que la relación entre pre-
misas y conclusión añada algo distinto a la relación entre cada proposición de
PPC y su justificación. Si no es así, hay falacia. Esto lo podemos expresar de
esta manera: la relación entre cada proposición y su justificación no es la
misma que la relación entre las premisas y la conclusión.
Llegamos, de este modo, a la siguiente reformulación de la falacia de peti-
ción de principio para los casos de la circularidad de supuestos y la circularidad
cíclica. Las definiciones pueden parecer complicadas (¡y seguro que lo son!),
pero si se lee con atención se descubrirá que resulta de añadir a petitio 1 el re-
quisito recién explicado mediante la cláusula (iii).
PETITIO CÍCLICA
Un argumento A circular cíclico con premisas PP y conclusión C comete
la falacia de petición de principio en un contexto argumental CA si (i) la duda
de la conclusión C produce que no se puedan aceptar uno o varios argumentos
que han aparecido en el contexto argumental CA, (ii) el rechazo de tales ar-
gumentos produce que no se pueda aceptar como genuina justificación la evi-
dencia RC dada para una o varias de las premisas PC de PP, y (iii) para cada
una de las premisas PC y la evidencia que la apoya RC, un participante posee
la justificación RC para PC si y solo si el participante posee la justificación PP
para C.

116
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EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

PETITIO DE SUPUESTOS
Un argumento A circular de supuestos con premisas PP y conclusión C
comete la falacia de petición de principio en un contexto argumental CA si
(i) la duda de la conclusión C produce que no se pueda aceptar un supuesto
de CA, y (ii) el rechazo de tal supuesto produce que no se pueda aceptar como
genuina justificación la evidencia RC para una o varias de las premisas PC de
PP en el contexto CA, y (iii) para cada una de las premisas PC y la evidencia
que la apoya RC, un participante tiene la justificación RC para PC si y solo
tiene la justificación PP para C.
Obsérvese que nuestras nuevas definiciones no nos obligan a abandonar
la definición general de petición de principio 1: si dudamos de la conclusión
C, según la cláusula (ii) no podremos aceptar la justificación RC para las pre-
misas PC, y comoquiera que por la clausura (iii) las premisas son una justifi-
cación para la conclusión solo si las RC son justificaciones para las PC,
entonces las premisas dejan de ser una justificación para la conclusión. Tene-
mos, así, un indicio de que la nueva definición no es ad hoc, pues cae bajo la
caracterización general de la petición de principio, y, de hecho, atrapa mejor
su significado.

Argumentos que sí fundamentan


Volvamos ahora al caso en que alguien presenta MOORE en un contexto ar-
gumental en el que se ha seguido previamente adignorantiam3 para adoptar el
supuesto de que sus sentidos son fiables. Aquí claramente la justificación que
proporciona el argumento para creer la conclusión es distinta de la justificación
que teníamos para aceptar cada una de las premisas Mnbis. En efecto, la justi-
ficación para aceptar la premisa M1bis es una determinada experiencia per-
ceptiva P1bis junto con el hecho de que es pragmáticamente adecuado tomar
mis experiencias perceptivas como fiables (conclusión de ad ignorantiam 3).
La justificación para aceptar la conclusión M es que cada premisa Mn se ve
corroborada por la premisa correspondiente Mnbis. Pero uno puede poseer
esa justificación para alguna de las premisas, por ejemplo M1bis y todavía no
poseer la justificación para el resto de premisas. De hecho, podría ser el caso
que M1bis fuera verdadero y que M fuera falso: mis sentidos podrían haber
funcionado bien cuando obtuve la experiencia perceptiva P1bis y haber fun-
cionado mal en un número considerable de otras ocasiones. Incluso podrían
haber funcionado mal en todos los casos restantes que recogen las premisas
del argumento MOORE. Así que aquí no se cumple la condición (iii) de la
definición de petición de principio 2.3.: uno puede poseer la justificación RC
para una de las premisas PC y no poseer la justificación PP para la conclusión
C. Ergo, el argumento no es falaz.

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

Como se ve, la defensa que se ha dado para la acusación de apelación a la


ignorancia juega un papel estratégico en el rechazo de la acusación de petición
de principio. Pero también se da la recíproca aquí, ya que nuestra respuesta a la
acusación de petición de principio también contribuye a la absolución defini-
tiva respecto a la apelación a la ignorancia. Al principio de este apartado pro-
porcioné un esquema de argumento ad ignorantiam, el esquema ad ignorantiam
4, que era más fuerte que el esquema de argumento 3 que hemos venido utili-
zando hasta ahora. En él, junto a las razones pragmáticas para la adopción de p
como supuesto, se añadía la consideración de que si p fuera falso deberíamos
poseer alguna evidencia en contra de que p. Esto último se daba cuando habí-
amos llevado a cabo una investigación dirigida a recoger evidencias en contra
de que p, y esa investigación había dado resultados negativos (en nuestro ejem-
plo habíamos investigado a Pedro sin encontrar ningún indicio de hábitos de-
lictivos). Como dije, no podemos acudir a este esquema al comienzo del
proyecto epistémico, cuando no tenemos evidencia ninguna ya sea a favor o en
contra. Pero sí podemos hacerlo cuando el proyecto ya lleva «andando» un
buen trecho. Por ejemplo, cuando tras una larga vida de experiencias percepti-
vas uno construye su propio argumento MOORE y descubre la concordancia
entre nuestras creencias de origen perceptivo: hay razones para pensar que si
nuestro sistema perceptivo no funcionara correctamente entonces aparecerían
contradicciones entre nuestras distintas creencias perceptivas. Es decir, hay ra-
zones para pensar que si fuera falso que nuestro sistema perceptivo funciona
correctamente, entonces deberíamos tener evidencias de ello. Como no las hay,
podemos seguir el esquema ad ignorantiam 4 y concluir p no solo como un su-
puesto, sino como algo más fuerte: como una creencia justificada.

Gradualidad y pluralismo
Soy consciente de que a estas alturas de este denso capítulo es más que pro-
bable que el lector se encuentre fatigado y hasta un poco mareado. Diré en mi
defensa que la complejidad proviene no tanto del instrumento de análisis, que
he reducido al mínimo, como de la naturaleza del propio fenómeno. Me he li-
mitado a sacar a la superficie el embrollo de conceptos que en la vida cotidiana
manejamos con toda naturalidad pues, como dice Wittgenstein en Sobre la
Certeza (§11), casi nunca somos conscientes de cuán técnico es el uso de «yo sé»
en la vida cotidiana. De cualquier manera, abusaré un poco más y le daré, con
permiso del lector, otra vuelta al asunto, pues me parece que todavía quedan
algunas otras interesantes enseñanzas que sacar de nuestro análisis de la cir-
cularidad. Recordemos que, dicho rápidamente, aparece circularidad argu-
mental cuando hay dos enunciados p y q tales que en la obtención de la
evidencia de p se hace uso de q y en la obtención de la evidencia de q se hace

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EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

uso de p, y que para evitar que haya falacia lo importante es que aparezcan evi-
dencias adicionales para p o para q. De hecho, para algunos autores como Ras-
tall 1956 o Walton 1985, una condición suficiente para que la circularidad no
produzca falacia es que haya algún o algunos respaldos adicionales E, F, G…
ya sea para P o para Q (o para ambos), tales que entre cada uno de ellos y P o
Q no haya círculos argumentales.
¿Qué razón hay para defender esta última tesis? Bien, la razón principal
tiene que ver con la consideración de que en general un argumento circular,
debido a su carácter revisable, no tiene la suficiente fuerza para probar por sí
solo la conclusión. Así que, en la mejor situación, un argumento circular puede
solo aumentar la plausibilidad de la conclusión. Esto hace que si el único res-
paldo para C es un argumento circular A, entonces A no es suficiente para pro-
ducir el compromiso con C (aunque sí pueda tener otros efectos, como
trasladar la carga de la prueba o legitimar la adopción de un supuesto). Ahora
bien, puede haber existido alguna evidencia E para C previa a la aparición del
argumento A en el contexto argumental, que tampoco era suficiente por sí sola
para forzar el compromiso con C, pero que el argumento circular A propor-
cione el aumento de justificación suficiente para convencer de C; es decir, tal
que E más A sí fuercen al compromiso con C. La situación es análoga a la que
se produce cuando existen pequeñas evidencias no circulares a favor de una
proposición C tal que es solo cuando se toman todas juntas cuando se obtiene
una justificación para C.
En realidad, ya estaba explotando esta consideración cuando esgrimí, como
razón para defender que MOORE era cogente, el hecho de que proporcionaba
una evidencia adicional para (M) diferente de las razones pragmáticas aduci-
das para tomarlo como supuesto. En este caso, pues, el argumento que sigue
el esquema ad ignorantiam 3 toma el lugar de la evidencia adicional para (M).
No hay que olvidar, no obstante, que ad ignorantiam 3 proporciona solo legi-
timación y MOORE tan solo un aumento de la verosimilitud, así que cabe
pensar que, no obstante quedar sentada la cogencia de MOORE, todavía es-
tamos en una situación poco satisfactoria, en la que las dudas sobre nuestros
sistemas epistémicos no han sido suficientemente despejadas.
Afortunadamente, hay otras formas de reconstruir MOORE que dibujan
situaciones mucho más satisfactorias, y que intentaré describir aunque sea va-
gamente. Consideremos esta opción. Seleccionemos la evidencia perceptiva
que tiene como fuente solo uno de los cinco sentidos, por ejemplo la vista, así
como las creencias perceptivas que se justifican en base a ella y construyamos
un argumento como el de MOORE. Llamémosle MOOREvista. Ahora tome-
mos las evidencias perceptivas que provienen de los otros cuatro sentidos, así
como las creencias perceptivas por ellas justificadas, tales que refrendan pre-

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

misas (Mnbis) de MOOREvista, y construyamos los argumentos correspon-


dientes que constituyen evidencias adicionales a favor de tales premisas. Lla-
memos a este argumento MOOREvista-extendido. Ahora tenemos un
argumento en el que hay evidencias adicionales para las premisas que no son
circulares respecto a la conclusión y que no son meras razones pragmáticas.
Así que este argumento no solo es cogente, sino que podría por sí solo forzar al
compromiso con la conclusión. De hecho, en la época en que el humilde autor
de estas páginas cobró conciencia de su miopía lo hizo a raíz de los esfuerzos in-
fructuosos para construir un argumento como MOOREvista-extendido. Cons-
truyamos ahora argumentos MOOREoído-extendido, MOOREtacto-extendi-
do, etc., y reunámoslos todos en un gran argumento (o más bien macro-argu-
mento): MOOREsentidos. Me parece obvio que no solo MOOREsentidos es
más cogente que MOORE, sino que además podría ser suficiente para justificar
la creencia de que nuestros sentidos son una fuente fiable de evidencias (de-
penderá, claro, de la cantidad de respaldos que para cada sentido proporcionan
los otros restantes).
Pero vayamos un poco más lejos. Tomemos ahora los distintos proyectos
epistémicos que Moore acometió a lo largo de su vida. Estos pueden ir desde
los más modestos (averiguar si las ventanas del salón estaban cerradas) hasta
los más ambiciosos (averiguar la composición química de la tierra de su jardín
o si hay gente que se comporta de acuerdo con la ética kantiana). Eliminemos,
para ir desbrozando el terreno, aquellos que Moore considera fracasados, y
numeremos el resto, p. ej. Proyecto1, Proyecto2… Cada uno de estos proyec-
tos epistémicos hará uso de distintas fuentes de evidencias (no solo los senti-
dos, sino también reflexiones a priori, testimonios, instrumentos de medida,
etc.), pero en todo caso aislemos las evidencias de naturaleza perceptiva y dis-
tribuyámoslas de acuerdo con los cinco sentidos. Construyamos ahora para
el proyecto epistémico Proyecto1 los argumentos MOOREvistaProyecto1,
MOOREoídoProyecto1, etc. Tomemos, a continuación, para cada una de las
premisas de la forma (Mnbis) MOOREvistaProyecto1, las evidencias y cre-
encias que provengan tanto del uso de los otros sentidos en P1 como de dis-
tintos sentidos, como de las evidencias, creencias y resultados de otros proyec-
tos epistémicos que puedan utilizarse para respaldar la premisa (Mnbis) co-
rrespondiente y construyamos los argumentos correspondientes. Por último,
tomemos las evidencias, creencias y resultados de otros proyectos epistémicos
que puedan respaldar tanto los resultados como las reglas epistémicas del pro-
yecto epistémico P1 y construyamos los argumentos correspondientes. Haga-
mos lo mismo para cada sentido y cada proyecto epistémico y reunamos todos
los argumentos en un conjunto que denominaré MOOREproyectos. En MO-
OREproyectos habrá multitud de círculos argumentales, pero habrá también

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EL ARGUMENTO DE LA CIRCULARIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN

para cada uno de esos círculos una multitud de evidencias adicionales que apo-
yarán las proposiciones involucradas en el círculo y que a su vez estarán fuera
del círculo. Será, pues, un argumento mucho más cogente que los anteriores.
Desde luego, tanto MOOREproyectos como MOOREsentidos como el
mismo MOORE son argumentos ficticios. Nadie es capaz de recopilar y sis-
tematizar de esa manera sus experiencias pasadas (me temo que llevaría mucho
más tiempo del que ha tomado vivirlas). Además, hemos obviado algunos ele-
mentos de «fricción», como la presencia de contradicciones o posibilidades
de error (con las que ya hemos lidiado en los capítulos previos). Y el argu-
mento tendrá unas dimensiones todavía más colosales cuando pasemos a con-
siderar no solo sujetos epistémicos individuales sino también colectivos como
grupos de investigación, comunidades científicas o el conjunto de la sociedad
civil. Así que no nos valen como solución al problema de la fundamentación
del conocimiento (he dicho que consideraba el problema de la fundamenta-
ción como un problema real, así que no voy a dar soluciones ficticias para pro-
blemas reales). Pero sí nos indican de forma nítida la dirección correcta para
acometer esta, básicamente reconstruyendo un fragmento lo más extenso po-
sible de tales argumentos. Cuando deseamos averiguar si una regla epistémica
es buena, debemos primero intentar obtener justificaciones de la regla a partir
de los resultados obtenidos en base a ella (en la manera más sencilla pero no
la única, viendo que concuerdan entre sí) y a continuación intentar justificar
tanto la regla como los resultados obtenidos a partir de ella desde los resultados
de otras reglas. Lo mismo vale, a un nivel más general, para sistemas epistémi-
cos (que son, recordemos, conjuntos de reglas epistémicas junto con los pro-
cedimientos a ellas asociados), y lo mismo, a un nivel más general, para las
fuentes de evidencias.
La moraleja de todo esto es que debemos, cuando efectuamos la tarea de fun-
damentación, maximizar el recurso a distintos sistemas, reglas y fuentes episté-
micas, así como a resultados de distintos proyectos epistémicos. En este sentido,
cada vez que detectamos que el resultado de un proyecto epistémico respalda
alguna regla, sistema o fuente podemos sentirnos felices. Así es como debemos
entender el argumento, tremendamente popular en los últimos tiempos, que re-
curre a resultados de la teoría darwiniana para justificar nuestras pretensiones
de conocimiento del mundo externo. O el argumento, de inspiración davidso-
niana, que justifica el conocimiento del mundo externo a partir del conocimiento
de índole lingüística del significado de las proferencias de otras personas. O, para
ir en un sentido distinto, la justificación de nuestras teorías lógico-matemáticas
a partir de los resultados de nuestras investigaciones empíricas.
Esta reflexión nos sirve para determinar dos rasgos que a mi juicio son ne-
cesarios en toda estrategia correcta de fundamentación del conocimiento: gra-

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

dualidad (no se debe intentar zanjar la cuestión de un plumazo mediante un


solo argumento fundamentador, sino acumular argumentos fundamentadores
convergentes) y pluralismo (no debemos buscar argumentos fundamentadores
de una sola procedencia, sino acudir a cuantas reglas, sistemas, fuentes y pro-
yectos epistémicos sea posible). Esta receta, gradualidad y pluralismo, quizás
no sea siempre la mejor para llegar a saber, pero es, en mi opinión, la única via-
ble para llegar a saber que sabemos.
5.4. PRÁCTICA
Terminaré este largo capítulo con el análisis práctico habitual, más breve que
en otras ocasiones, pues las definiciones previas han dejado el trabajo prácti-
camente hecho. Una vez más, puede verse como un manual de emergencia:
«Qué hacer en caso de circularidad».
PASO 1: Determinar si la circularidad se da entre justificaciones de primer
orden o entre justificaciones de segundo y primer orden.
1.1. Si es de primer orden: ir al paso 2.
1.2. Si es entre primer y segundo orden: ir al paso 4.
PASO 2: Determinar si el objetivo del o los argumentos circulares es hacer ex-
plícito a) un compromiso implícito y/o b) una relación lógica entre compro-
misos ya adquiridos.
2.1. Si lo es: el argumento escéptico es falaz.
2.3. Si no lo es: ir al paso 3.
PASO 3: Determinar si el objetivo del o los argumentos circulares es repro-
ducir un círculo real (canal de retroalimentación, círculo vicioso, etc...) cuya
existencia es apoyada por otras evidencias.
3.1. Si lo es: el argumento escéptico es falaz.
3.2. Si no lo es: el argumento escéptico es cogente.
PASO 4: Examinar si teníamos buenas justificaciones pragmáticas para hacer
el supuesto implícito de corrección en nuestra aceptación de las justificaciones
de primer orden.
4.1. Si no las teníamos: el argumento escéptico es cogente.
4.2. Si las teníamos: ir al paso 5.
PASO 5: Examinar si el argumento fundamentador introduce nuevas consi-
deraciones (nuevas evidencias) que no habían aparecido antes en el intercam-
bio argumentativo, y que son buenas justificaciones para reforzar nuestro
compromiso con la conclusión.
5.1. Si las introduce y son buenas: el argumento escéptico es falaz.
5.2. Si no introduce nuevas consideraciones o no son buenas: el argumento
escéptico es cogente.

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CAPÍTULO 6

EL ARGUMENTO DE LA MALA FE

ABOGADO: Así que cuando llegó a la escena del crimen vio que alguien se esca-
bullía por la ventana, y usted intenta convencernos de que esa persona era X.
Ahora bien, dígame, ¿se trata del mismo X con el que usted mantuvo un apa-
sionado romance hace cosa de un año?
TESTIGO: Bueno, sí, tuvimos una relación.
ABOGADO: Ah, tuvieron una relación... ¿y es entonces el mismo X que decidió
hace unos meses romper esa «relación» como la llama usted y, tras abando-
narla a su suerte, entregarse a los brazos de una rival?
TESTIGO: Yo no lo describiría así, pero es cierto, la relación se rompió.
ABOGADO: ¿Le dolió aquello?
TESTIGO: Nunca es fácil sobreponerse a un desengaño...
ABOGADO: No, no es fácil perdonar a quien nos ha roto el corazón y a quien nos
encantaría ver pudriéndose entre rejas por el resto de su vida. Señoría, miembros
del jurado, es obvio que el testigo no es en absoluto imparcial en este asunto y
que su testimonio no goza de ninguna credibilidad.

6.1. CLARIFICACIÓN
Un argumento con malas pulgas
El último patrón argumental es también cronológicamente el que hace su apa-
rición más tarde en la historia de la filosofía. A pesar de ello es, además, uno
de los más discutidos hoy en día (si bien no tanto en el ámbito de la filosofía
analítica). El punto de partida del argumento es la distinción entre razones y
motivos. Una razón es una justificación objetiva, en esencia, una prueba de
que la creencia está bien fundamentada. Un motivo es un móvil personal, una
causa que ha producido la adopción de unas creencias en vez de otras por parte
de una persona, y cuyo examen corresponde más a la psicología que a la lógica
o la epistemología. Un criterio útil para distinguir razones y motivos es que la
razón para serlo debe ser conocida y reconocida como razón por el individuo,

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

mientras que ese mismo individuo puede ser inconsciente de las causas de su
creencia. En cualquier caso, un motivo no sirve para justificar una creencia,
pues no es público ni tiene validez interpersonal. Basándose en esta diferencia
entre sus respectivas naturalezas, el escéptico denuncia que nuestras presuntas
justificaciones para creer p no son auténticas razones para pensar que p es ver-
dadero, sino tan solo motivos, ya sea motivos para querer que p sea verdadero,
ya sea motivos para querer que nos creamos que p. Dado que nuestras presun-
tas justificaciones son solo motivos, y no razones, el argumento concluye afir-
mando que nuestras justificaciones no son genuinas. Un ejemplo:
Pero, supóngase que todos los historiadores que se ocupan de Inglaterra estuvie-
ran de acuerdo en que Isabel I murió el 1 de Enero de 1600; que, tanto antes como
después de su muerte, fue vista por sus médicos y por toda la corte; que su sucesor
fue reconocido y proclamado por el Parlamento y que, un mes después de haber sido
enterrada como es costumbre en personas de su rango, apareció de nuevo, reasumió
el trono y gobernó Inglaterra tres años... todo eso podría asombrarme, pero, de todas
maneras, respondería que la bajeza y locura de los hombres son fenómenos tan co-
munes que preferiría creer que los sucesos más extraordinarios surgen por ellas
antes que admitir una violación tan marcada de las leyes de la naturaleza (Hume
1748, p. 56).
Tal y como el ejemplo de Hume ilustra, es un argumento típicamente aso-
ciado al conocimiento obtenido por testimonio, y muy usado para producir
dudas menores o muy locales: el argumento manifiesta una desconfianza sobre
las buenas intenciones, la buena fe de aquellos de los que obtenemos testimo-
nio. Es responsabilidad de Nietzsche no solo haber generalizado el patrón ar-
gumental para generar dudas globales, sino, sobre todo, el haber articulado el
argumento en primera persona, volcando la sospecha desde el otro hacia no-
sotros mismos: Cuando se comenzó en Francia a combatir las unidades de Aris-
tóteles y por ende también a defenderlas, se pudo ver una vez más lo que muy a
menudo puede ser visto, pero se reconoce de mal grado: se mentían a sí mismos,
dándose razones según las cuales tendrían que existir esas leyes, con tal de no ad-
mitir que se estaba acostumbrado al imperio de dichas leyes y que no se quería que
fuera de otra forma (Nietzsche 1882, p. 87).
La influencia negativa de factores psicológicos sobre la indagación no es,
por otra parte, descubrimiento de Nietzsche. No solo Hume, como hemos
visto, sino muchos más han enfatizado lo contraproducente que es para la em-
presa del conocimiento la interferencia de las emociones y los defectos mora-
les. Un par de ejemplos: Pero además de esos cambios del cuerpo a que nos hemos
referido, las afecciones del ánimo también impiden el conocimiento de la verdad.
Ya dijimos algo de esto al hablar de los preceptores. Y también hay que tenerlo en
cuenta al hablar de los discípulos. El amor, el odio, la envidia, y todas las demás

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EL ARGUMENTO DE LA MALA FE

cosas que en su lugar mencionábamos son obstáculos para el bien juzgar. ¿Y quién
es tan dueño de sí mismo que no se vea afectado por estos embates del ánimo? Nadie.
Y si hubiera alguna persona capaz de liberarse de todas las pasiones, caería sin
duda en la del amor propio. Pues, ¿quién hay que no crea que dijo lo cierto, que
halló el nudo de la dificultad y que entiende muy bien las cosas? Y nada diré aquí
de esa tendencia que todo hombre muestra, y que consiste en tenerse por más docto,
más perspicaz, más prudente, más sabio que los demás. ¿Es eso verdad? (Sánchez
1581, p. 209).
El espíritu humano no recibe con sinceridad la luz de las cosas, sino que mezcla
a ellas su voluntad y sus pasiones; así es como se hace una ciencia a su gusto, pues la
verdad que más fácilmente admite el hombre es la que desea (Bacon 1620, p. 44).
Resumiendo, el argumento comienza defendiendo la inseparabilidad de
toda pretensión de conocimiento de cierto tipo por parte de un sujeto o grupo
del interés personal en torno a (1) la verdad de p o (2) la creencia de p. Con-
cluye que, dado el entrecruzamiento entre ambos tipos de discurso (represen-
tativo por un lado y desiderativo o imperativo por el otro) y dado que el
conocimiento no debería estar afectado más que por el discurso representativo,
no existe genuino conocimiento. Esquemáticamente:
ARGUMENTO DE LA MALA FE
(N1) Tengo una presunta justificación para creer que p solo si tengo mo-
tivos para querer o querer creer que p sea verdadera.
(N2) Si tengo una justificación para creer que p solo si tengo motivos para
querer o querer creer que p sea verdadera, entonces no sé que p.
Por lo tanto,
(N3) No sé que p.

Un filósofo con malas pulgas: el pesimismo antropológico de Nietzsche


Como se ha dicho, es Nietzsche quien generaliza e intensifica hasta la hipérbole
el argumento. Al comparar la cita previa de Fernando Sánchez, uno de los es-
cépticos más beligerantes, con los paroxismos de Nietzsche, el médico de Tuy
resulta timorato: El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla
sus fuerzas principales fingiendo, puesto que este es el medio merced al cual sobreviven
los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado
servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal
de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el
engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del
brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación
ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor
de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan in-

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

concebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclina-
ción sincera y pura hacia la verdad (Nietzsche 1873, p. 23).
Adviértase que Nietzsche no se limita a señalar la interferencia de las pa-
siones en los asuntos del conocimiento. En consonancia con los predicamen-
tos de su filosofía nihilista, añade dos tesis que de ser verdaderas harían
imposible el conocimiento: las motivaciones son siempre de mala catadura
(son contraproducentes para la obtención de conocimiento), y el ser humano
es incapaz de sobreponerse a dichas motivaciones.
Supongo que no es necesario recordar las repercusiones que el ataque de
Nietzsche ha tenido en la historia de la filosofía y más allá. Pero sí quiero hacer
notar que en buena medida su contundencia se debió, dejando las habilidades
retóricas de Nietzsche aparte, a lo de improviso que tomó a casi todos. En
efecto, tradicionalmente (y esta imagen sigue funcionando considerablemente
hoy en día) se había tomado como modelo del conocimiento el conocimiento
científico, y este había sido distinguido, entre otras cosas, por la objetividad
del investigador. Esta objetividad se interpretaba a su vez como la ausencia de
cualquier motivación en la investigación que no fuera la meramente teórica.
Eso quería decir que el conocimiento científico era «desinteresado» (o no
hay o no importan las razones pragmáticas ni los intereses personales) e «im-
pasivo» (las emociones no juegan ningún papel). Por ello la brusca entrada
de las motivaciones (deseos, conflictos, pulsiones…) en el ámbito de la refle-
xión epistemológica tuvo el efecto del elefante que se cuela en la cacharrería:
las valiosas vasijas del saber temblaban y se tambaleaban en sus estantes, ame-
nazadas por la bestia de las pasiones. Y por ello también, la digestión de los
argumentos de Nietzsche fue lenta, pesada, y en muchos casos quizás nunca
terminada. Valga como ejemplo el expediente mediante el cual el pragmatismo
norteamericano asume este rol para las motivaciones. Para Peirce y para
Dewey, la investigación surge siempre como respuesta a las insatisfacciones o
perjuicios derivados de la ignorancia: La duda es un estado de inquietud e insa-
tisfacción del que luchamos por liberarnos y pasar a un estado de creencia; mientras
que este último es un estado de tranquilidad y satisfacción que no deseamos eludir
o cambiar por una creencia en otra cosa… La duda… nos estimula a indagar hasta
destruirla (Peirce 1988, p. 182). Ahora bien, el pragmatismo, como es bien sa-
bido, no se queda en la simple constatación del papel de los motivos para la
investigación. Al identificar el final de la investigación exitosa con el cese de
la insatisfacción, y este a su vez con el conocimiento o la creencia verdadera,
termina uniendo (¿confundiendo?) dos dimensiones del espacio epistémico,
la subjetiva (las motivaciones) y la objetiva (las razones). La única manera de
cerrar esta jugada que les quedó a sus herederos (Rorty incluido) fue rechazar
la distinción subjetivo/objetivo también en el espacio óntico, defendiendo

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EL ARGUMENTO DE LA MALA FE

posturas anti-realistas en metafísica y, en general, la dependencia de la realidad


respecto del individuo.
A mi parecer, esta reacción al gambito de Nietzsche muy bien podría til-
darse de exagerada, ya que se puede asumir con naturalidad el papel de las mo-
tivaciones desde un planteamiento más realista. En efecto, aunque siempre
tengamos motivaciones para buscar conocimiento, y aunque en ocasiones
nuestras motivaciones sean «malas», seguimos estando legitimados en acep-
tar las creencias que están apoyadas por buenas razones. La influencia de las
emociones y el interés puede perturbar nuestra percepción de la bondad de
las justificaciones, pero de ahí no se sigue que afecten a la bondad intrínseca
de las justificaciones. Esto último ocurre cuando la emoción y el interés no
han viciado el proceso por el que hemos obtenido la evidencia; es decir,
cuando después de todo la evidencia es una buena razón para pensar que la
proposición creída es verdadera. Explicaré esto mejor.
Reconocer que las motivaciones existen, y que malas motivaciones pueden
estropear una investigación, o que los resultados de la investigación deben eva-
luarse teniendo en cuenta las motivaciones de la investigación, no conduce
directamente a la identificación de la verdad (o la creencia justificada, o el co-
nocimiento) con aquello que satisface las motivaciones. Podemos tomar el ar-
gumento de la mala fe como un toque de atención que avisa de que una mala
motivación, o un dejarse llevar demasiado por las motivaciones, o incluso el
no tener en cuenta las motivaciones de nuestra investigación, pueden conducir
a una falta de justificación. Pero eso no impide que, cuando la motivación es
adecuada, somos conscientes de ella y la administramos conscientemente, no
seamos capaces de alcanzar una fundamentación objetiva, unas razones que
«obligan» a aceptar la conclusión independientemente de las motivaciones
de cada uno. En vez de fusionar motivos y razones, como hace la estrategia an-
tirrealista de los pragmatistas, podemos buscar métodos que sirvan para de-
terminar cuándo la motivación ha viciado la justificación. Esa será la vía que
exploraré en el siguiente apartado.

Las malas pulgas en la argumentación: el pesimismo antro-


pológico de Schopenhauer
Como se ve, el grueso de la estrategia que propondré para rebatir argumentos
que sigan el patrón argumental de la mala fe se basa en la tarea de fundamen-
tación del conocimiento. Mediante ella, cuando se lleva bien a cabo, podemos
obtener pruebas de que nuestras justificaciones no son motivos (aunque, in-
sisto, guarden alguna relación con los motivos): pruebas de que nuestras reglas
epistémicas son buenas. Ahora bien, esta estrategia por sí sola es insuficiente
para otra tarea: proporcionar motivos para seguir reglas epistémicas que sa-

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

bemos que son buenas. Esto puede resultar sorprendente a primera vista; ¿qué
mejor motivo que una razón, a saber, una prueba de que la regla es buena?
Veamos por qué no. No hemos de olvidar que una acción epistémica es
una acción: es un acto, y como tal exige ser llevada a cabo por una persona. Y
la regla epistémica es, tan solo, una regla. Las reglas, por muy buenas que sean,
no se ejecutan por sí solas: hace falta una persona y un acción para que la regla
se instancie. Y cuando hablamos de las causas de las acciones de los seres hu-
manos hablamos de motivos, no de razones. Desde luego, además de las pa-
siones y el interés personal, que algo le parezca una razón a la persona es
muchas veces también un motivo. Esto se hace patente en los casos en los que
ante la pregunta de por qué hice lo que hice respondo describiendo una razón
(porque era justo que, porque era bueno que, porque era verdad que). Que
alguien actúe según una regla porque piensa que hay una razón para seguir la
regla es un requisito necesario para que su conducta sea catalogada como ra-
cional. Si, además, la razón aludida es una buena justificación de que la regla
es buena (como digo, la estrategia que yo defenderé) entonces podríamos pen-
sar que no hacen falta más requisitos para que la conducta sea calificada de ra-
cional. Digo «podríamos» porque el argumento que presento a continuación
pretende probar lo contrario. El argumento pertenece a uno de los «inspira-
dores» de Nietzsche, Schopenhauer, quien lo propone mientras presenta su
particular versión de la dialéctica erística: Puede tenerse ciertamente razón ob-
jetiva en un asunto y sin embargo, a ojos de los presentes y algunas veces también a
los de uno mismo, parecer falto de ella. A saber, cuando el adversario refuta mi
prueba y esto sirve como refutación misma de mi afirmación, la cual hubiese podido
ser defendida de otro modo. En este caso, como es natural, para él la relación es in-
versa, pues le asiste la razón en lo que objetivamente no la tiene. En efecto, la verdad
objetiva de una tesis y su validez en la aprobación de los contrincantes y los oyentes
son dos cosas distintas. (Hacia lo último se dirige la dialéctica.) ¿Cuál es el origen
de esto? La maldad natural del género humano... Es por esto por lo que sería ab-
surdo que en la dialéctica científica se tuviera en cuenta la verdad objetiva y su es-
clarecimiento, puesto que en aquella otra dialéctica originaria y natural esto no
acontece nunca, sino que, por el contrario, su único objetivo es el de tener razón.
(Schopenhauer 1864, pp. 20-21).
Aquí vuelve a aparecer el pesimismo antropológico de Nietzsche («la mal-
dad natural del género humano»), pero no para concluir la falta de fundamen-
tación del conocimiento (no niega que haya reglas epistémicas válidas, y que
podemos llegar a conocerlas), sino la falta de justificación de las prácticas epis-
témicas basadas en tales conocimientos. Adviértase que aunque el argumento
es más sofisticado, y más potente, que el argumento simple de la mala fe, tiene
un alcance menor. No afecta tanto a la dimensión personal del conocimiento

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EL ARGUMENTO DE LA MALA FE

como a su dimensión pública. En efecto, el argumento no actúa cuando la per-


sona privadamente toma algunas razones como motivos para su conducta epis-
témica, sino cuando la persona hace públicas dichas razones e intenta convencer
a los demás de que las adopten también como motivos para sus conductas. Es
entonces cuando dar buenas razones, dice Schopenhauer, es contraproducente,
pues hace que el oponente se enroque en su posición o intensifique el uso de
falacias como mecanismo defensivo.
Es claro, pues, que el argumento de Schopenhauer se dirige directamente
a la dimensión argumentativa del conocimiento. Como he defendido en el ca-
pítulo 2, en la argumentación es donde radica el grueso de los aspectos públi-
cos del conocimiento: la descripción de la justificación de la creencia que doy
en un intercambio argumentativo toma la forma de un argumento (la justifi-
cación son las premisas y la proposición creída es la conclusión). Lo que in-
tenta probar Schopenhauer es que dar un buen argumento (uno donde las
premisas justifican la creencia de la conclusión) no es siempre (según él prác-
ticamente nunca) un procedimiento racional. En efecto, en las situaciones que
Schopenhauer describe parece que uno no está justificado al aceptar la con-
clusión (o, mejor, en pedir que se acepte la conclusión) a pesar de que: (1) la
conclusión se sigue de las premisas, (2) uno sabe que la conclusión se sigue
de las premisas, y (3) el argumento es relevante, cogente, y resolvería la cues-
tión si todos los participantes estuvieran dispuestos a reconocer que la con-
clusión se sigue de las premisas. Buenos ejemplos son aquellos en que el
argumento tiene el efecto de poner a la defensiva al interlocutor ante nuestra
maestría, despertando en él rencor o un sentimiento de inferioridad, o las si-
tuaciones en que el argumento va a excitar las pasiones del interlocutor de una
manera contraproducente para el intercambio argumentativo. En todos estos
casos, dice Schopenhauer, no es racional proponer un buen argumento porque
el argumento no sirve para lo que se pretende: para llegar a un acuerdo, para
resolver un conflicto, para solucionar un problema, o simplemente para pro-
ducir creencias justificadas. Llegamos así a una versión del argumento de la
mala fe que denominaré «fuerte», y que podemos sintetizar así:
ARGUMENTO DE LA MALA FE FUERTE
(1) Si los participantes en un intercambio argumentativo no tienen la vo-
luntad de seguir buenas reglas argumentales, entonces no estoy justificado al
seguir buenas reglas argumentales.
(2) Los participantes en intercambios argumentativos no tienen la volun-
tad de seguir buenas reglas argumentales.
Por lo tanto,
(3) No estoy justificado para seguir buenas reglas argumentales.

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

En versión epistémica:
ARGUMENTO DE LA MALA FE FUERTE (versión epistémica)
(1) Si los participantes en el proyecto epistémico colectivo no tienen la
voluntad de seguir buenas reglas epistémicas, entonces no estoy justificado
para seguir buenas reglas epistémicas.
(2) Los participantes en el proyecto epistémico no tienen la voluntad de
seguir buenas reglas epistémicas.
Por lo tanto,
(3) No estoy justificado para seguir buenas reglas epistémicas.

6.2. TERAPIA: EL PAPEL EPISTÉMICO DEL INTERÉS Y LAS EMOCIONES


Apellatio
Olvidémonos, de momento, del argumento de Schopenhauer, y concentré-
monos en la interferencia de los intereses personales y las emociones en la ad-
quisición de justificaciones. En Teoría de la Argumentación este fenómeno se
asocia a la familia de argumentos de apellatio o, en castellano, apelación (tam-
bién llamados, por algunos autores, argumentos «ad»)1. Se produce una ape-
llatio cuando se da un motivo como razón para aceptar la conclusión. Como
ocurre con otros ejemplos ya vistos de patrones argumentales, tradicional-
mente se tomaba este tipo de argumentos como un tipo de falacias, y se ha-
blaba de falacia de apellatio, aunque hoy en día es más habitual considerar que
hay usos falaces y usos cogentes de cada uno de los patrones. Se han propuesto
una gran cantidad de variantes de la apellatio, pero la mayoría entra dentro de
dos o como mucho tres grupos, que paso a describir a continuación.
En primer lugar, está la apelación a emociones, que se produce cuando re-
currimos a los sentimientos o las pasiones a la hora de dar justificaciones. Aquí
entra la apellatio ad misericordiam, típica del ámbito penal, que se produce
cuando se apela a la piedad o la empatía (por ejemplo, cuando se relata la pe-
nosa infancia del acusado en vez de dar pruebas de que no ha cometido el cri-
men). También la apellatio ad populum, típica del discurso político, cuando

1
Aunque la clasificación y la terminología final son responsabilidad mía, en este apartado me
baso sobre todo en aportaciones de Copi 1961 cap. 4, Hamblin 1970 cap. 4, Brinton 1987 y
Walton 1992. Casi todos coinciden en señalar que la terminología y el planteamiento conceptual
original se debe a Locke 1690, aunque también cabe remontarse a las Refutaciones Sofísticas (en
especial para el argumento ad hominen) y la Retórica de Aristóteles. Omito de la discusión la
consideración de los distintos tipos de intercambio argumentativo, que es importante para el
problema global (por ejemplo, un ad baculum suele ser falaz en una argumentación persuasiva
pero suele ser cogente en una negociación), pues, como en el resto del libro, me centro en los
intercambios argumentativos epistémicos.

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EL ARGUMENTO DE LA MALA FE

se apela al sentimiento de las masas (se supone que Adolf Hitler era un experto
en ella). Por último, la apellatio ad indignationem, cuando se da rienda suelta
al enfado, la irritación o la rabia (también Hitler era un experto, usando el ren-
cor mal curado por la derrota en la Gran Guerra).
En segundo lugar, la apelación al interés se produce cuando aludimos al pro-
vecho, personal o colectivo, que obtendríamos si la proposición es verdadera o
cuando menos es tomada como verdadera. Aquí entra la apellatio ad conse-
quentiam, en la que se apela a las consecuencias negativas que tendría para nues-
tros intereses la falsedad de la conclusión (como dice Hume, uno de los más
comunes es la refutación de una hipótesis por sus consecuencias peligrosas para
la religión y la moral (Hume 1748, p. 145)). La apellatio ad baculum se produce
cuando se apela a la fuerza o a una amenaza de represalias, aquí el interés en
aceptar por parte del interlocutor la conclusión estriba en evitar que se cumpla
la amenaza (un puño levantado en gesto amenazador puede ser suficiente).
Un tercer tipo de casos es la apelación a la persona o apellatio ad hominen,
cuando se ataca a la persona que propone el argumento. Es, claramente, un pa-
trón argumental asociado al intercambio argumentativo (es poco frecuente en-
contrar un ad hominen en primera persona), y cuya eficacia es de sobra
conocida por los profesionales de la dialéctica (políticos, ideólogos, abogados,
periodistas de opinión, etc...). En la apelación al carácter de la persona uno se
limita a señalar defectos morales, intelectuales o de cualquier otro tipo de la
persona que propone el argumento (¡es un tipo miserable, cómo va a tener razón!).
Un subtipo interesante de la apelación abusiva al carácter de la persona es tu
quoque, que se produce cuando ante un argumento cuya conclusión es la des-
cripción de un defecto del interlocutor este responde diciendo «y tú también»
(¡yo no soy desordenado, mira cómo tienes tu habitación!). En la apelación a las
circunstancias de la persona se aduce que la situación en la que se encuentra la
persona que propone el argumento hace imposible tomar en serio sus palabras
(Está pasando por un periodo de su vida muy confuso y con graves problemas per-
sonales, así que no debes hacerle mucho caso.). En la apelación a la los intereses
de la persona o «agenda oculta» uno da a entender que quien propone el ar-
gumento esconde intereses personales que no quiere desvelar, y que son los
verdaderos motivos por los que desea que él o nosotros aceptemos la conclu-
sión (el ejemplo del abogado con el que abrí este capítulo sirve aquí)2.

2
Dejo fuera de esta clasificación otros tipos de argumentos ad que claramente no apelan a mo-
tivos: aquí entran la apellatio ad verecundiam (recurrir al testimonio de un experto), el ya tratado
ad ignorantiam (recurrir a la falta de pruebas en contra), o el argumento de la popularidad (adu-
cir que la gran mayoría opina que la conclusión es verdadera). Por otra parte, como siempre
ocurre con las taxonomías de teoría de la argumentación, hay que entender los patrones como
instrumentos de análisis y no como compartimentos estancos en los que necesariamente deba

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

Emociones
Comencemos con la apelación a emociones. El primer paso para tratar la duda
escéptica en este caso es, como ya dije al principio del capítulo, reconocer que
las emociones están siempre presentes en los procesos epistémicos. La razón
es muy simple. Sea como sea el proceso, individual o colectivo, amateur o pro-
fesional, especulativo o riguroso, informal o científico, es llevado a cabo por
seres humanos. Y los seres humanos son seres con emociones. Una persona,
diría que casi por definición, siempre está en un estado sentimental (incluso
el estado de impasibilidad es un estado emocional). Esto es inevitable, y es
mejor reconocerlo desde el principio. Es mejor reconocer, también, que algu-
nas emociones son más favorables para el proceso epistémico y otras más con-
traproducentes. Por eso cuando la emoción contraproducente está presente
(y cuanto más presente y más intensa más) hay buenas razones para plantear
la duda escéptica. Eso sí, esto no es suficiente para llegar a la conclusión es-
céptica. Además, el escéptico tiene que probar que la emoción ha interferido
de facto en el proceso epistémico. Pues también es un hecho que en ocasiones
los seres humanos somos capaces de sobreponernos a nuestras emociones y
guiar nuestra acción en dirección contraria a su impulso. Otra manera de ex-
poner este punto: solo si aceptamos la inevitabilidad del pesimismo antropo-
lógico de Nietzsche en su versión más fuerte (siempre hay emociones, siempre
son contraproducente, y siempre somos incapaces de sobreponernos a ellas)
hemos de darle la razón sistemáticamente al escéptico. Si matizamos la tesis
de Nietzsche (siempre hay emociones, en ocasiones son contraproducentes
y en ocasiones no somos capaces de sobreponernos a ellas), lo que queda es
ver si el argumento del escéptico es cogente caso a caso.
Podemos hablar aquí, pues, de virtudes y vicios epistémicos (no en el sen-
tido de Ernest Sosa), lo cual no es una calificación moral, sino la constatación
de que ciertas pasiones son más positivas que otras en los procesos epistémi-
cos. No me detendré a investigar esto con detalle, pero hay algunos casos ob-
vios. Entre los vicios epistémicos están la soberbia, el rencor, el egoísmo, la
impaciencia y la ansiedad. Entre las virtudes epistémicas está la humildad, el
entusiasmo, la curiosidad y la solidaridad. Además, contrariamente a lo que
sugiere esa visión tradicional del científico frío y distante que describía antes,
yo me atrevería a afirmar que la impasibilidad no es una virtud epistémica. La
indiferencia ante los retos, problemas y soluciones que se van sucediendo en

caer o no todo argumento. Esto es sobre todo cierto aquí porque nunca hay una frontera nítida
entre intereses y emociones (a veces me interesa algo porque me emociona, y a veces me emo-
ciona algo porque me interesa). Así, el ad baculum puede entenderse como una apelación a la
emoción del miedo (a las represalias), o el ad populum puede entenderse como una apelación
al interés en seguir los deseos e impulsos de la mayoría.

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EL ARGUMENTO DE LA MALA FE

el tráfago de la investigación (esa suerte de imperturbabilidad del ánimo o ata-


raxia científica) no es, en mi opinión, el mejor de los estados emocionales. In-
diferencia puede significar falta de compromiso, desgana y despreocupación
por los resultados; y estos no son, obviamente, factores que contribuyan po-
sitivamente al éxito.

Interés
Vayamos ahora con la apelación al interés. Prácticamente las mismas conside-
raciones que hacía con respecto a las emociones valen aquí. La primera medida
consiste en reconocer la presencia del interés en la indagación. El conoci-
miento, incluido el conocimiento científico, es siempre interesado. Para em-
pezar, es el interés que tiene para la persona o la comunidad el que determina,
fundamentalmente, los fines de la investigación, y a la postre el que justifica la
investigación misma. Nos hacemos ciertas preguntas porque nos interesan las
respuestas. Pero además, el interés condiciona muchas veces los medios y los
procedimientos de la investigación y los propios logros de la indagación. La
urgencia y la relevancia práctica de los resultados son factores importantes a
la hora de tomar decisiones sobre qué procedimientos epistémicos debemos
seguir. No solo filósofos eminentes como Peirce (ya comentado), Wittgenstein
(recuérdese lo que dice en Sobre la Certeza sobre la razón para la duda que dis-
para el proceso epistémico) o Popper (las buenas teorías científicas deben re-
solver problemas), sino también la moderna historiografía de la ciencia, la
sociología del conocimiento y los estudios CTS (Ciencia, Tecnología y Socie-
dad) aportan datos importantes sobre la justificación pragmática de la inda-
gación teórica. Así que no creo necesario insistir más sobre este punto.
Una vez que se ha reconocido la existencia de los intereses se trata, como
antes, de identificar si los intereses particulares de los sujetos de la investiga-
ción pueden haber interferido en el proceso epistémico. Esto ocurre, sobre
todo, cuando al sujeto le interesa muy claramente un tipo de respuestas a las
preguntas del contexto epistémico. Por poner un ejemplo muy claro, está lejos
de ser ideal que una investigación sobre las causas del cáncer de pulmón sea
llevada a cabo por la industria tabacalera. Pero esto no es suficiente. Además,
tiene que pasar que el interés contraproducente de facto haya interferido con la
investigación. Esto es algo que debe ser probado, pues no siempre ni necesa-
riamente ocurre. Si la industria tabacalera ha contratado científicos indepen-
dientes y de reconocido prestigio, les ha garantizado la necesaria independencia
y las pruebas obtenidas han sido refrendadas por otros científicos del área, no
hay ninguna razón para descartar los resultados.

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

Ad hominem
Vayamos ahora con el ad hominem. Como ya he dicho, es un patrón argumen-
tal asociado sobre todo al intercambio argumentativo, como prueba el hecho
de que en prácticamente todos los casos (dejemos de momento de lado la su-
gerencia de Nietzsche) el argumento se conjuga en segunda persona. Algo que
es muy evidente en el tu quoque, pero también sobresaliente en los otros sub-
tipos, en los que el que propone el ad hominem pretende desacreditar los com-
promisos de otros participantes. Otro factor asociado al carácter dialógico del
ad hominem es su vinculación con el conocimiento por testimonio. En efecto,
la validez de las creencias obtenidas por testimonio depende dramáticamente
de la fiabilidad de la fuente, a donde el que propone el ad hominem se dirige
directamente. Es por ello que el ad hominem guarda una relación muy estrecha
con los otros dos tipos de apellatio. De hecho, la mejor manera de entenderlo
es como una aplicación dialéctica de la apelación a motivos. En el ad hominem,
el que propone el argumento alega que el interlocutor se ha dejado influenciar
negativamente por el sentimiento o el interés personal. Es decir, el ad hominem
es una acusación al otro de haber seguido una apelación al interés o a la emo-
ción falaz. Por ello, en la fundamentación del conocimiento podemos identi-
ficar el ad hominem, al menos cuando se presenta en segunda persona
(dirigido al interlocutor), con el patrón argumental de la mala fe. El escéptico
nos acusa en este caso de haber cometido una apellatio. Siendo así, no es ne-
cesario estudiar independientemente el ad hominem, ya que será cogente
cuando la apelación sea falaz, y será falaz cuando la apelación sea cogente. Es
decir, las condiciones de cogencia de la apellatio son las mismas que las con-
diciones de cogencia del ad hominem pero en sentido inverso, y las condicio-
nes de cogencia del ad hominem son las condiciones de cogencia del
argumento de la mala fe.
Ahora bien, como hemos visto, Nietzsche propone que conjuguemos tam-
bién el ad hominem en primera persona, es decir, que sospechemos no de
otros sino de nosotros mismos. Me apresuraré a decir que no hay nada anó-
malo en la propuesta de Nietzsche. Como se explicará en el próximo capítulo,
el principio de transparencia epistémica, según el cual siempre sé cuáles son
mis creencias (y por lo tanto no puedo equivocarme sobre lo que creó o no
creo), está muy lejos de cumplirse. Lo mismo, y con más intensidad, puede
decirse con el principio de transparencia general que dice que mis motivos y
emociones son transparentes para mí. Siguiendo lo ya dicho en los apartados
anteriores, es necesaria muchas veces una investigación reflexiva para descubrir
cuáles son nuestros verdaderos motivos y averiguar cómo afectan a nuestras
creencias. Y esto, podemos concedérselo a Nietzsche y otros filósofos de la
sospecha (Marx, Freud, Foucault y compañía), es más difícil que hacerlo con

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EL ARGUMENTO DE LA MALA FE

respecto al otro, pues nos duele más el defecto propio que el ajeno (es más di-
fícil reconocer los propios errores que denunciar los de otros). Así pues, ¿cómo
puedo obtener pruebas de que el resultado de mi investigación es el que es
porque es el que me interesaba desde el principio? La respuesta, aunque pa-
rezca sorprendente, nos la da el mismo Nietzsche:
25. No estar predestinado al conocimiento. – Hay una humildad sencilla, bas-
tante frecuente, que hace al que la posee inepto para conquistar el conocimiento. Y es
porque en el instante en que un hombre de esta condición ve alguna cosa que le asom-
bra, vuelve sobre sí y se dice: «¡Te has engañado! ¿Dónde tenías los sentidos? Eso no
puede ser verdad». Y en vez de volver a mirar otra vez y más de cerca, huye intimi-
dado y procura no volver a tropezar con aquella cosa rara que quiere arrojar de su
mente cuanto antes. Su regla interior es esta: «No quiero ver nada que esté en con-
tradicción con la opinión común acerca de las cosas» (Nietzsche 1882, p. 53).
297. Saber Contradecir. – Nadie ignora que es muestra de cultura el saber so-
portar una contradicción. Y hasta hay algunos que saben que el hombre superior
desea que le contradigan y da pie para ello, a fin de allegar datos sobre su propia
injusticia, que hasta entonces le eran desconocidos, pero saber contradecir el senti-
miento de tranquilidad de conciencia con la hostilidad a lo acostumbrado, a lo tra-
dicional, a lo sagrado, es en escala mucho mayor lo que nuestra cultura encierra de
verdaderamente grande, de nuevo, de sorprendente: el progreso capital de las inte-
ligencias emancipadas (ibid., p. 144).
En efecto, que nos «duela» el resultado, que no vayan las cosas como nos
gustarían que fueran es, casi siempre, un buen síntoma de veracidad, o,
cuando menos, de objetividad. Si el resultado de la investigación de la indus-
tria tabacalera asocia muy claramente el consumo de tabaco con la aparición
del cáncer de pulmón, podemos descartar la apellatio y confiar (siempre que
cumpla el resto de criterios de corrección, claro) en sus resultados. Am-
pliando esta idea, podemos diseñar una estrategia para dar condiciones de
cogencia para el argumento de la mala fe. El argumento solo es claramente
cogente si los resultados son sistemáticamente los deseados. Los resultados
pueden ser no deseados de dos maneras: o bien porque van en contra de
nuestros intereses personales, o bien porque no son todo lo buenos, desde
un punto de vista puramente epistémico, que deseamos. Este último era un
aspecto que ya aparecía en el análisis de los patrones argumentales de la con-
tradicción y del error, pero que ahora podemos entender y valorar en todo
su sentido. Que aparezcan contradicciones y huecos o, en general, que los
problemas no sean resueltos completamente por la investigación, e incluso
que la propia investigación genere nuevos problemas, es el mejor indicio de
que la investigación no está sesgada por el interés.

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

Respondiendo a Schopenhauer
Creo que en la admisión del papel que desempeñan los motivos que juegan
en el negocio del saber hay también una buena expectativa de respuesta al ar-
gumento de la mala fe fuerte. Recordemos que el problema aparecía solo en
la dimensión pública del conocimiento, en las situaciones en las que intercam-
biamos informaciones y opiniones, arguyendo que no es racional seguir bue-
nas reglas epistémicas si los otros participantes no intentan seguirlas a su vez.
Por ello, aunque el problema afecta al conjunto de las reglas epistémicas, me
centraré primero, con Schopenhauer, en las reglas que rigen el intercambio ar-
gumentativo. Según el germano, cuando participo en un intercambio argu-
mentativo, si los demás participantes no tienen la motivación para cooperar
entre sí y para reconocer quién lleva la razón en cada momento, no vale de
nada saber lógica ni tampoco argumentar de acuerdo a ella, por muy funda-
mentado que esté mi conocimiento. En los casos como los que describe Scho-
penhauer, sería incluso irracional seguir las reglas. Y estos casos son, según
Schopenhauer, la mayoría. Para responder a Schopenhauer debemos dar a los
participantes en una práctica argumentativa buenas razones para que se es-
fuercen en seguir buenas reglas. Es decir, necesitamos justificaciones para la
adopción de un principio como el siguiente:
PRINCIPIO DE COOPERACIÓN ARGUMENTATIVA: Intenta seguir las reglas de ar-
gumentación que son buenas (aunque ello no beneficie a tus objetivos o pa-
rezca ir en contra de tus motivaciones).
¿Dónde podemos encontrar tales razones? Bueno, quizás no sea mala idea
echar un vistazo al papel que, en general, juega la argumentación en nuestras
sociedades contemporáneas. Para ello, y aun a riesgo de resultar pedante, re-
montémonos al momento en que, al menos dentro de lo que se ha dado en
llamar «civilización occidental», la argumentación asumió por primera vez
un papel fundamental no solo como herramienta para la adquisición de co-
nocimientos, sino también como instrumento de organización social y reso-
lución de conflictos. Por supuesto, me refiero a la Grecia clásica. Allí, al mismo
tiempo que surgía un sistema de organización del conocimiento en el que se
busca dar la razón al que alega justificaciones objetivas (la filosofía y las inci-
pientes ciencias), aparece un sistema político en el que la palabra sustituye a
la fuerza bruta en la toma de decisiones colectivas. Echemos un vistazo a ese
otro «uso» de la argumentación (el político) y veamos si podemos extraer al-
guna conclusión para el uso epistémico.
En las instituciones que configuran la democracia ateniense, la Asamblea,
el Tribunal, el debate público del Ágora, el que desee que se siga su opinión
debe persuadir a los otros ciudadanos, no mediante la amenaza o la coerción,

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EL ARGUMENTO DE LA MALA FE

sino convenciendo con buenas razones, con buenas palabras, con buenos ar-
gumentos. Así, no solo el dominio de las técnicas de la argumentación se con-
vierte en un valioso instrumento político, sino que además genera la demanda
de instrumentos para regimentar y ordenar los debates, una base sólida sobre
la cual decidir quién lleva la razón y quien no, qué argumentos son probatorios
y cuáles confundentes, qué tesis son refutadas por un argumento y cuáles que-
dan reforzadas, etc. Propicia, pues, el nacimiento de los estudios científicos
sobre la argumentación. En palabras de Vernant: Históricamente son la retórica
y la sofística las que mediante el análisis que llevan a cabo de las formas del discurso
como instrumento de victoria en las luchas de la asamblea y del tribunal, abren el
camino a las investigaciones de Aristóteles y definen, al lado de una técnica de per-
suasión, las reglas de la demostración; sientan una lógica de lo verdadero propia
del saber teórico, frente a la lógica de lo verosímil o de lo probable que preside los
azarosos debates de la práctica (Vernant 2005, p. 39).
Así que (al menos en teoría) en la antigua Grecia la palabra sustituye al ga-
rrote: una buena razón para argumentar. Y (al menos en teoría) esa sustitución
de la violencia por la palabra, y de la coerción por la persuasión, sigue siendo
en la actualidad una propiedad distintiva de las formas de vida de inspiración
democrática que (al menos en teoría) son las predominantes en el mundo
«occidental».
Pero ¿y qué pasa cuando no se adopta el principio cooperativo? Es decir,
¿qué pasa cuando, tal y como aduce Schopenhauer, los participantes en el de-
bate se niegan a usar las reglas argumentales que nos hemos dado, y a recono-
cer quién objetivamente lleva la razón en cada momento? Bueno, no hay que
hacer un experimento mental para averiguarlo: basta con observar la praxis
argumentativa en los debates públicos de nuestra propia sociedad contempo-
ránea. No descubro nada a nadie si señalo que el deterioro de nuestras prácti-
cas argumentativas, que se traduce en la proliferación de falacias, la porfía por
persuadir a toda costa, la maraña de confusiones en torno a los compromisos
y los argumentos de cada cual (en fin, todo aquello que describe Schopen-
hauer), trae aparejado no solo un deterioro del conocimiento sino también
un grave deterioro democrático (pérdida de libertad y autonomía individual,
manipulación de la voluntad popular, oficialización de la injusticia, etc.). Pero
además, y esto tampoco será un descubrimiento para ninguno, una vez que ha
desaparecido la vara de medir razones, la reiteración, la difusión masiva y la
oficialización se convierten en los nuevos instrumentos para imponer opinio-
nes. Paradójicamente, la palabra pasa a ser ahora una forma de violencia, que
ya no convence con buenas razones y ni siquiera persuade a través de aparentes
buenas razones, sino que se impone tan brutalmente como el propio garrote,
no dejando decir lo que se quiere decir y obligando a oír lo que se quiere que

137
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

se oiga. Esta sustitución de la violencia por la palabra, que a su vez degenera en


nueva violencia, es la que recoge Carlos Pereda en su idea de «argumentación
violenta»: Una persona que argumenta busca producir convencimiento, en el sentido
más amplio de esta palabra, convencimiento acerca de la verdad de un enunciado, o
de su falsedad, o, tal vez, de ciertas dudas sobre él. La otra opción básica –al menos,
la otra acción directa– para responder a esos problemas que tratamos con argu-
mentos es la imposición, la violencia... Casi diría, lamentablemente, que quien ar-
gumenta no está, por el solo hecho de argumentar, dando la espalda a la violencia,
hay también una «violencia interna» a la argumentación: no pocas veces se des-
arrollan «argumentaciones violentas», argumentaciones en las que, falsificando
argumentos, se «violentan» –se producen de manera violenta– los convencimien-
tos (Pereda 1994, p. 8).
En resumen: la palabra sin norma se convierte en garrote; una buena razón
para argumentar bien.
De este rápido vistazo a los hechos podemos entresacar una buena razón
para adoptar el principio cooperativo lógico. Por un lado tenemos una forma
de vida, o simplemente un sistema de organización social; y por otro lado te-
nemos un sistema de reglas de argumentación. Ahora bien, resulta que si no se-
guimos el sistema de reglas de argumentación el sistema de organización social
no es realizable. Podemos describir esta justificación así: si deseamos organizar
nuestra sociedad y nuestro conocimiento de acuerdo con este sistema de reglas,
entonces debemos seguir este sistema de reglas de argumentación.
Esto apunta a una justificación de naturaleza parcialmente ética o política
para seguir buenas reglas argumentales. Una idea para nada novedosa. Aunque
explorarla ahora nos desviaría demasiado (recordaré una vez más la necesidad
de acotar el problema explicada en el capítulo 1), señalaré algunos loci clasici.
Para empezar, es una idea troncal en la corriente de pensamiento que se de-
nomina a sí misma Pensamiento Crítico (Critical Thinking), y que considera
la adquisición y ejercicio de habilidades de pensamiento crítico como una con-
dición indispensable para la integración y participación del individuo en sis-
temas democráticos3. Los teóricos actuales del Critical Thinking ligan su
filosofía a la de Max Horkheimer, de quien parecen haber tomado este énfasis
en los aspectos sociales de las habilidades argumentativas. Pero este énfasis se
da en otros miembros de la Escuela de Frankfurt. Así, juega un papel funda-
mental en la Teoría de la Acción Comunicativa de Habermas, para quien el
contenido normativo de los presupuestos de la argumentación está meramente to-
mado de las presuposiciones del actuar orientado por el entendimiento mutuo sobre

3
Le Cornu 2009 liga directamente el pensamiento crítico a elementos propios de la cultura
occidental como el énfasis en la autonomía del individuo y su derecho a producir opiniones
propias.

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EL ARGUMENTO DE LA MALA FE

las que por decir así se alzan los discursos4. Este punto es compartido por Karl
Apel, cuya «Ética del Discurso» sirve para caracterizar el discurso argumen-
tativo como medio indispensable para la fundamentación de las normas consen-
suables de la moral y del derecho5. Dada su orientación ético-política, estos
autores están más preocupados en la justificación de pautas morales desde los
presupuestos de una buena argumentación, pero es evidente que la justifica-
ción también funciona en la dirección opuesta: la posibilidad de alcanzar
acuerdos sobre pautas morales y políticas es una justificación para adoptar los
presupuestos de una buena argumentación. De ahí que un autor más preocu-
pado específicamente por la argumentación, como es Luís Vega, lo que resalte
sea esta otra dirección: Esta segunda justificación (para decidirse por argumentar
bien) apela, en suma, al derecho de que a través de nuestros marcos comunes de dis-
curso nos hagamos justicia, alimentemos al menos nuestras posibilidades y expec-
tativas de mejorar como agentes discursivos (Vega 2003, p. 291).

La justificación pragmática de las reglas epistémicas


Apliquemos ahora el mismo argumento al caso epistémico. Uno de los ele-
mentos cruciales de la idea de ciencia que nace en la Grecia clásica es, preci-
samente, la democratización de los procesos epistémicos: sustituir el valor de
la persona por el valor del argumento a la hora de decidir quién lleva la razón.
Así que vale prácticamente el mismo argumento: me interesa aceptar las bue-
nas razones, aunque a corto plazo no beneficien mis motivos personales, por-
que sé que a medio y largo plazo solo esa política de aceptar las buenas razones
satisfará óptimamente mis motivos personales. Explicaré esto mejor.
La finalidad de toda investigación es, por supuesto, la obtención de cono-
cimientos. No hay nada ilícito, pues, en hablar de «motivaciones epistémi-
cas». A la pregunta «¿por qué haces eso?» podemos responder perfectamente
diciendo «para saber esto otro». Ahora bien, la «motivación epistémica» no
es la única ni puede ser la última. Como ya he dicho, en la vida cotidiana lo
habitual es que el conocimiento tenga un valor instrumental: deseamos obte-
ner una buena información ya sea para resolver un problema práctico (mi co-
cina está inundada así que necesito localizar la fuga de agua), o para tomar una
buena decisión (voy a plantar unos geranios en mi jardín así que necesito saber
si crecen mejor al sol o a la sombra). Esto mismo vale en los casos de procedi-

4
J. Habermas 2000, p. 21.
5
K. Apel 1991, p. 148. En este mismo escrito añade: Así pues, para resolver el problema de una
ética post convencional de la responsabilidad, solo parece quedar el camino de la ética discursiva: es
decir, la cooperación solidaria de los individuos ya en la fundamentación de las normas morales y ju-
rídicas susceptibles de consenso, tal como es posible, principalmente, por medio del discurso argumen-
tativo (p. 149).

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

mientos colectivos, como ocurre en los proyectos científicos, que involucran


a toda una sociedad o incluso a la humanidad in toto. Y una vez más (y esto,
como el lector sabe, quizás no haya sido más claro en ningún momento pasado
de la historia como ahora), es más que probable que solo podamos justificar
la aspiración al conocimiento bajo el trasfondo de las necesidades, valores y
fines de la sociedad en que tiene lugar. Pensar el conocimiento como un fin
en sí mismo, además de convertir la ciencia prácticamente en una actividad
religiosa, resulta, como sabemos hoy en día, a todas luces ingenuo y alejado
de la práctica científica real. Hoy en día también sabemos que reducir la justi-
ficación de los proyectos científicos a motivaciones puramente técnico-ins-
trumentales tiene consecuencias catastróficas para los que crean y padecen los
productos científico-técnicos. Así pues, si la justificación para seguir buenas
reglas epistémicas radica en los beneficios que conlleva para la investigación
en general, y si la justificación para la investigación en general radica en los be-
neficios sociales e individuales que conlleva, entonces este segundo tipo de
justificación (instrumental para la investigación) es tan ético-político como el
primero (instrumental para la democracia).
¿A dónde nos lleva todo esto? Para empezar, encontramos una motivación
racional para la versión epistémica del Principio de Cooperación Lógica:
PRINCIPIO DE COOPERACIÓN EPISTÉMICA: cuando el proceso epistémico es co-
lectivo, intenta seguir buenas reglas epistémicas.
Adoptar el PCE beneficia nuestros intereses a medio y largo plazo aunque
en ocasiones nos perjudique a corto plazo. Hay, además, un interesante coro-
lario que podemos extraer del mismo. En efecto, estamos ahora en disposición
de ampliar y mejorar el análisis de la falacia de apellatio ad ignorantiam pro-
porcionado en el capítulo previo al hilo del argumento de la circularidad. Re-
cordemos que la acusación del escéptico (dejemos ahora fuera el cargo de
petición de principio) era que en la puesta en marcha de un proyecto episté-
mico aceptamos el enunciado p que dice que nuestras reglas son buenas sim-
plemente porque no tenemos evidencias en contra de p. La solución que
propuse consistía básicamente en tomar p como un supuesto y obtener razo-
nes pragmáticas para aceptar p. Ahora bien, en ese momento las razones prag-
máticas que se barajaban tenían, a su vez, una naturaleza teórica, o epistémica
(eran, si se me permite decirlo, razones pragmáticas «de pega»): razones para
pensar que es más probable que obtenga mejores y más conocimientos si su-
pongo p que si no supongo p. Ahora podemos enmendar esa cojera y hacer
de la razón epistémica algo genuinamente pragmático, al complementarla con
la conveniencia, utilidad o beneficios derivados de la investigación. En efecto,
las ventajas que comporta la adopción de un supuesto no pueden medirse si
no se tienen en cuenta las repercusiones de la investigación para la que se

140
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EL ARGUMENTO DE LA MALA FE

adopta el supuesto: «suponer» es siempre «suponer para» algo, y si quieren


darse razones para suponer «esto» estas razones deben incluir alguna consi-
deración sobre el «algo» para el que se hace la suposición. Es decir, debemos
tener en cuenta los fines de la investigación: examinar las ventajas de los posibles
resultados, las motivaciones del investigador, o las necesidades que pretende-
mos cubrir, pues solo de este modo podemos juzgar si merece la pena hacer la
suposición (solo de este modo la razón será genuinamente pragmática).

6.3. PRÁCTICA
He aquí nuestro manual para lidiar con el ad hominem epistémico.
PASO 1: Determina las motivaciones para la investigación, dividiéndolas en
dos grupos: interés y emoción.
PASO 2: Con respecto a las emociones, examina si son de tipos habitualmente
beneficiosos para la investigación (virtudes epistémicas) o de tipos habitual-
mente contraproducentes (vicios epistémicos).
2.1. Si son vicios epistémicos: ir al paso 3.
2.2. Si son virtudes epistémicas el argumento es falaz.
PASO 3: Examina si los motivos están interfiriendo negativamente en tus pro-
cesos epistémicos.
3.1. Si lo están: el argumento es cogente.
3.2. Si no lo están: el argumento es falaz.
PASO 4: Con respecto a los intereses, examina si estos son beneficiados por
resultados particulares de la investigación.
4.1. Si lo son: ir al paso 5.
4.2. Si no lo son: el argumento es falaz.
PASO 5: Examina si todos o la gran mayoría de los resultados de la investiga-
ción han beneficiado tus intereses.
5.1. Si lo han hecho: ir al paso 6.
5.2. Si no lo han hecho: el argumento es falaz.
PASO 6: Coteja tus resultados con los de otros grupos o personas cuyos inte-
reses sean diferentes (y si es posible opuestos) a los tuyos:
6.1. Si no son los mismos: el argumento es cogente.
6.2. Si son los mismos: el argumento es falaz.

141
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Capítulo 7_Maquetación 1 06/08/2015 17:24 Página 143

CAPÍTULO 7

EL ARGUMENTO DEL ESCENARIO ESCÉPTICO

ABOGADO: Así pues, al llegar a la escena del crimen vio usted a Y tendido inmóvil
en el suelo, la pistola apoyada sobre el escritorio todavía humeando, y a alguien
parecido a X saliendo por la ventana. Y de todo eso concluyó que X asesinó a Y
con la pistola y que se escapó instantes después por la ventana.
TESTIGO: Yo no digo que X sea el asesino. Digo que vi escapar a X por la ventana
después del crimen.
ABOGADO: Dice usted que lo vio.
TESTIGO: Sí, con mis propios ojos.
ABOGADO: Con sus propios ojos... Imagínese que alguien hubiera urdido una co-
media solo para engañarle a usted. Que Y no estuviera muerto sino solo fin-
giendo, que otra persona hubiera encendido una cerilla para crear el humo y
que, impecablemente disfrazado de X, esperara a que usted entrara en el salón
para saltar por la ventana. ¿Vería usted lo mismo que dice haber visto?
TESTIGO: Bueno, si la representación hubiera sido perfecta...
ABOGADO: ¿Y sabe usted si es imposible crear una representación así? En el teatro
y en el cine se hacen frecuentemente...
TESTIGO: No diría que es imposible.
ABOGADO: ¿Y seguiría viendo en ese caso como X escapaba por la ventana des-
pués del crimen?
TESTIGO: Creo que no.
ABOGADO: Ajá, así que dice que vio lo que vio a pesar de que hubiera visto lo
mismo en el caso en que lo que dice que vio no hubiera pasado y por lo tanto no
podría verlo. Señoría, miembros del jurado, es obvio que el testigo cree ver mu-
chas más cosas de las que en realidad ve y que su testimonio es irrelevante.

143
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Al menos sé que sé Algo

7.1. ClArifiCACión
Un híbrido
Como señalé en el primer capítulo, una de las dificultades de las argumenta-
ciones escépticas (y sus réplicas realistas) es que combinan distintos patrones
para dar lugar a argumentos más complejos y más sofisticados, a veces de una
manera poco clara que hace la argumentación más oscura y más difícil de re-
batir. Por poner un ejemplo de esto último, el siguiente argumento de mon-
taigne parece estar entremedias entre el patrón de la contradicción y el de la
mala fe: ¡Que no recordemos la constante contradicción de nuestro juicio! ¡Cuántas
cosas teníamos ayer por artículo de fe que consideramos hoy como fábulas! La cu-
riosidad y la vanagloria son el azote de nuestra alma; la primera nos impulsa a
meter las narices por todas partes, y la segunda nos impide dejar nada irresuelto e
indeciso (montaigne, 1580, libro XXVi).
la maniobra de fusionar dos patrones puede ser efectiva retóricamente,
gracias al ruido que produce la ambigüedad, pero no introduce ninguna razón
que no esté ya presente cuando se toman los dos argumentos aisladamente.
Por eso, es difícil replicar a un argumento como el de montaigne con una sola
estocada. es preferible dividir el argumento en dos, y dar una respuesta dife-
renciada a cada uno de los problemas puestos sobre la mesa. si el escéptico se
niega a dividir el argumento en dos estaría cometiendo la falacia de cuestión
compleja (unir dos tesis en una y exigir que se pruebe la conjunción para acep-
tar cada una de las dos subtesis). en otras ocasiones, sin embargo, los patrones
argumentales son combinados para dar lugar a un argumento más complejo
pero novedoso. Aparece entonces un híbrido de patrones argumentales, una
mezcla de distintos patrones argumentales que forman un argumento nuevo
y distinto, y cuyo tratamiento no se reduce (aunque remita a) al de los argu-
mentos que lo forman1. este es el caso del patrón argumental que trato en este
capítulo.
Propiamente, el del escenario escéptico no es un patrón argumental nuevo.
Así que en este capítulo no nos encontraremos con temas nuevos, sino con la
reaparición de algunos ya conocidos, quizás con un rostro diferente o algún
rasgo más perfilado. sin embargo, creo que es una buena idea que le dedique-
mos un capítulo, por dos razones. Primero, porque es un argumento muy fre-
cuente, tanto en el debate filosófico como en la vida cotidiana, que ha jugado
un papel crucial en la historia de la filosofía, y sigue siendo protagonista en
muchos debates contemporáneos. De tal manera se repite y de tantas maneras
diferentes ha entrado y salido de discusiones filosóficas y no filosóficas que,

1
Para entender mejor este punto no está de más recordar la reflexión global en torno a la función
de la argumentación que se proporcionó en la sección 3 del capítulo 5.

144
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el Argumento Del esCenArio esCéPtiCo

por decirlo así, ha desarrollado una personalidad propia y se ha constituido


en un patrón argumental independiente. segundo, porque nos sirve como
ejemplo de las maneras en que nos encontramos los patrones argumentales
en las argumentaciones escépticas, formando combinaciones e híbridos. es-
pero que el análisis que se hace aquí del argumento del genio maligno carte-
siano pueda servir como modelo de lo que aconsejo al lector hacer cuando se
enfrenta a argumentaciones escépticas.

Genios malignos
una de las maniobras más habituales por parte del escéptico, tanto en las dis-
cusiones filosóficas como en las no filosóficas, es imaginar un escenario o si-
tuación hipotética, claramente contrafáctica, pero muy similar a la situación
real, y en la cual las mismas presuntas justificaciones que aquí tenemos para
nuestras creencias estarían respaldando creencias falsas. este recurso suele ser
muy efectivo, pues la consideración del escenario hipotético produce el efecto
de confundirnos, al «descolocarnos» con respecto a nuestras certezas de sen-
tido común, con lo cual es muy fácil que nos quedemos boquiabiertos y sin
capacidad de respuesta. Antes de observar detenidamente su estructura, enu-
meraré varios ejemplos del patrón argumental del escenario escéptico. Algunos
ya han sido descritos previamente, por lo que me limitaré a remitir al lector al
lugar correspondiente. en cualquier caso, es conveniente hacer esta recopila-
ción ahora para que pueda verse la gran variedad de formas y lugares en los
que se manifiesta el patrón. los ejemplos 1 a 5 afectan al conocimiento de na-
turaleza perceptiva (aunque hay alguna forma de interpretarlos que los hace
más globales). los ejemplos 6 a 8 afectan al conocimiento de naturaleza in-
trospectiva (más concretamente a la memoria). los ejemplos 9 a 12 a conoci-
miento basado en el testimonio.
(ej1) el genio maligno de DesCArtes (ej. 1 de capítulo 1).
(ej2) el cerebro en la cubeta de PutnAm (ej. 3 de capítulo 1).
(ej3) los seres humanos simulados de Bostrom. Muchos trabajos de ciencia
ficción así como algunos pronósticos de tecnólogos y futuristas serios predicen que
enormes cantidades de capacidad de computación estarán disponibles en el futuro.
Supongamos por un momento que estas predicciones son correctas. Una cosa que
las generaciones posteriores pueden hacer con sus computadoras super potentes es
producir simulaciones detalladas de sus ancestros o de gente como sus ancestros.
Debido a que sus computadores son tan potentes, podrán producir muchas de esas
simulaciones. Supón que estas personas simuladas son conscientes (como lo serían
si las simulaciones son tan finas y si cierta ampliamente aceptada posición de filo-
sofía de la mente es correcta). Entonces podría ser el caso que la vasta mayoría de

145
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Al menos sé que sé Algo

las mentes como las nuestras pertenezcan no a la raza original sino a personas si-
muladas por los descendientes avanzados de la raza original. Es posible argüir que,
si así ocurriera, seríamos racionales al pensar que es probable que formemos parte
de las mentes simuladas antes que de las biológicas. Por lo tanto, si no pensamos
que estamos viviendo actualmente en una simulación de computador, no estamos
legitimados al creer que tendremos descendientes que producirán montones de tales
simulaciones de sus ancestros (Bostrom 2003, p. 243, mi traducción).
(ej4) los delirios esquizofrénicos de JoHn nAsH (descrito en el capítulo
1): You’re not real.
(ej5) Pacientes de AnosognosiA. Creyendo haber sufrido una apoplejía o
algún tipo de lesión cerebral a causa del accidente, Jonathan telefoneó a su médico,
quien lo dispuso todo para que le hicieran unas pruebas en el hospital. Aunque ya
en esa fase se le detectaron dificultades a la hora de distinguir los colores, además
de su incapacidad para leer no tuvo ninguna sensación subjetiva de alteración de
los colores hasta el día siguiente.
Ese día decidió ir a trabajar otra vez. Le parecía conducir en medio de la niebla,
aun cuando sabía que el día era claro y luminoso. Todo estaba neblinoso, descolo-
rido, grisáceo, confuso. Cerca de su estudio, la policía le hizo señas de que se detu-
viera: le dijeron que se había pasado dos semáforos en rojo. ¿Se había percatado?
No, dijo, no era consciente de haberse saltado ninguna luz en rojo.
El señor I. llegó a su estudio aliviado, con la esperanza de que la horrible niebla
se disiparía, que todo volvería a estar claro. Pero al entrar se encontró con que todo
su estudio, en el que había colgadas telas de vivos colores, se veía ahora totalmente
gris y carente de color… En ese momento la magnitud de su pérdida le abrumó
(sacks 2002, págs. 26-27) 2.
(ej6) los engaños de la memoria de Wittgenstein (ej. 4, cap. 1)
(ej7) el síndrome de KorsAVoV. Mi colega el doctor Leon Protass me explicó
un caso (de síndrome de Korsavov) del que fue testigo recientemente: un hombre muy
inteligente que fue incapaz durante varias horas de recordar a su mujer y a sus hijos,

2
otro fragmento de sacks complementa bien este: La cuestión del conocimiento del color es muy
compleja y tiene algunos aspectos paradójicos que hacen difícil su análisis. Ciertamente, el señor I. era
consciente de que con el cambio de su visión se había producido una gran pérdida, lo cual significa
que era capaz de establecer algún tipo de comparación con su experiencia pasada. Semejante compa-
ración no es posible si existe una destrucción total de la corteza visual primaria de los dos hemisferios,
por ejemplo a causa de una apoplejía, como sucede en el síndrome de Anton. Los pacientes afectados
por este síndrome se vuelven completamente ciegos, pero no se lamentan de su condición ni la describen.
No saben que están ciegos; toda la estructura de la consciencia queda total e instantáneamente reor-
ganizada desde el momento en que sufren el ataque... padecen anosognosia: es decir, no tiene conoci-
miento de su pérdida (sacks 2002, nota 1, p. 34).

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el Argumento Del esCenArio esCéPtiCo

de recordar que tenía esposa e hijos. Perdió, en realidad, treinta años de su vida…
Lo peculiar es el horror que sienten los demás: el paciente, inconsciente, amnésico a
su amnesia, puede seguir con lo que está haciendo, tan tranquilo, y no descubrir hasta
después que perdió no solo un día (como ocurre con los «apagones» alcohólicos nor-
males), sino media vida, y que no se dio cuenta (sacks 1970, p. 64).
(ej8) la edad del simulacro de BAuDrillArD. La transición desde signos que
disimulan algo a signos que no son nada marca el decisivo punto de rotación. Lo
primero implica una teología de la verdad y el secreto (al cual la noción de ideología
todavía pertenece). El segundo inaugura una era de los simulacros y la simulación,
en la cual ya no hay ningún Dios para reconocer a los suyos, ningún juicio final para
separar verdad de falsedad, lo real de su resurrección simulada (Jean Baudrillard
1988, p. 130, mi traducción3).
(ej9) el 1984 de orWell. Quizás, después de todo, resultaran ciertos los ru-
mores de extensas conspiraciones subterráneas; quizás existiera de verdad la Her-
mandad. Era imposible, a pesar de los continuos arrestos y las constantes confesiones
y ejecuciones, estar seguro de que la Hermandad no era sencillamente un mito. Al-
gunos días lo creía Winston; otros, no. No había pruebas, solo destellos que podían
significar algo o no significar nada: retazos de conversaciones oídas al pasar, algunas
palabras garrapateadas en las paredes de los lavabos, y, alguna vez, al encontrarse
dos desconocidos, ciertos movimientos de las manos que podían parecer señales de
reconocimiento. Pero todo ello eran suposiciones que podían resultar totalmente fal-
sas (orwell 1949, pág. 20).
(ej10) la censura en la urss de stAlin. Un ejemplo de «limpieza» de infor-
mación política es el de la URSS bajo Stalin, donde fue frecuente la utilización de
fotografías alteradas para eliminar de ellas a la gente a quien Stalin había conde-
nado a la ejecución. A pesar de las fotografías alteradas, que podrían haber sido
recordadas u olvidadas, esta alteración deliberada y sistemática de la historia en la
opinión pública es vista como uno de los temas centrales del estalinismo y el totali-
tarismo. La ex Unión Soviética mantuvo un extenso programa especial de censura
estatal. El órgano principal de la censura oficial en la Unión Soviética era el jefe de
la «Agencia de Protección de Secretos de Estado Militar», generalmente conocido
como el Glavlit, su sigla en ruso. El Glavlit manejó los asuntos derivados de la cen-
sura en escritos nacionales y de casi cualquier tipo, incluso la cerveza y las etiquetas
de vodka. El personal del Glavlit se hacía presente en cada editorial Soviética y en
la prensa, la agencia empleaba a unos 70.000 censores para revisar la información
antes de que se difundiese mediante la publicación de casas, oficinas editoriales, y
3
el mismo Baudrillard 1991 toma el primer conflicto irak-usA como un ejemplo en el que el
mapa «precede» al territorio real y lo sustituye, lo que le permite hacer la espectacular afirma-
ción de que la guerra del golfo no ha existido.

147
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Al menos sé que sé Algo

estudios de radiodifusión. Ningún medio de comunicación escapó del control del Gla-
vlit. En todas las agencias de prensa y emisoras de radio y televisión había represen-
tantes del Glavlit en su personal (http://es.wikipedia.org/wiki/Censura, 2013).

la característica común a estos ejemplos es la consideración de una ano-


malía global en nuestro sistema epistémico, anomalía que no somos capaces
de descartar, al menos como posibilidad. el argumento se articula en dos fases.
en una primera fase, se toma en consideración una hipótesis q, que si bien es
claramente contrafáctica parece perfectamente posible, y tal que si q fuera ver-
dadera todas mis presuntas justificaciones para mis creencias de un cierto tipo
serían espurias. en una segunda fase el argumento prosigue mostrando que
no tenemos suficientes justificaciones para probar que q es falsa, de donde
concluye que tampoco podemos defender que sabemos todas aquellas creen-
cias del tipo que es condicional respecto a q. A partir de aquí ya podemos ob-
tener una primera clarificación, muy básica:
Argumento Del esCenArio esCéPtiCo
(D1) sé que si q entonces no sé ninguna proposición del tipo X.
(D2) no sé que no q.
Por lo tanto,
(D3) no sé ninguna proposición del tipo X.

este análisis todavía deja algunos puntos importantes a oscuras. sobre


todo, no resulta claro a partir de qué principios o tesis epistemológicas se ob-
tienen las premisas (por ejemplo, ¿por qué si no sé que no q no sé que x?). si
añadimos estas consideraciones, entonces el argumento adquiere una estruc-
tura considerablemente más complicada y sale a la luz su naturaleza híbrida.
en efecto, como hemos dicho la clave del argumento del escenario escéptico
es considerar un escenario posible en el que una anomalía no contemplada
por nuestro sistema epistémico diera lugar al error sistemático en nuestras cre-
encias, y mostrar cómo no podemos descartar tal escenario sin utilizar eviden-
cias que hemos obtenido suponiendo que no sufrimos tal anomalía. Combina
pues elementos del argumento de la posibilidad de error (al esgrimir, en este
caso, la posibilidad de error sistemático de todas nuestras creencias debida a
una anomalía global como la del escenario escéptico) con elementos del ar-
gumento de la circularidad (al esgrimir que no podemos llegar a descartar la
posibilidad de error sin ser circulares)
quizás es más iluminador, y sin duda resulta más conveniente para llevar
a cabo el análisis terapéutico de la próxima sección, presentar el argumento
como una paradoja para el realista (para el que pretende que sabe). en efecto,
lo que hace el argumento del escenario escéptico es derivar una contradicción

148
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el Argumento Del esCenArio esCéPtiCo

de tres asunciones aparentemente inocuas del realista: que él sabe p, que si q


él no sabría que p, y que no puede probar que q es falsa. A continuación re-
produzco el argumento del escéptico, incluyendo no solo sus tres premisas
sino los pasos de la argumentación, pues, como se verá, no solo las premisas
sino también las inferencias del escéptico pueden ser puestas en duda. seña-
laré, en cada paso, en base a qué principio o regla efectúa el escéptico la infe-
rencia, reglas que describo a continuación4. Para facilitar su lectura, lo presento
en la versión cartesiana, donde «q» es el enunciado «existe un genio ma-
ligno» y «p» es un enunciado concreto cualquiera de cuyas justificaciones
serían espurias si q fuera verdadera, p. ej. «llueve».
Argumento Del esCenArio esCéPtiCo (versión como paradoja)
(Premisa 1) sé que si existe un genio maligno entonces no sé que llueve.
(Premisa 2) sé que llueve.
(Premisa 3) no sé que no existe un genio maligno.
(Paso 4) «si existe un genio maligno entonces no sé que llueve» dice lo
mismo que «si sé que llueve, entonces no existe un genio maligno» (por con-
traposición y doble negación).
(Paso 5) sé que si sé que llueve entonces no existe un genio maligno (de 1 y
4, por rie)
(6) sé que sé que llueve (de 2, por KK)
(7) sé que no existe un genio maligno (de 6 y 5, por K)
(8) no sé que no existe un genio maligno y sé que no existe un genio maligno
(de 3 y 7, por introducción de la conjunción).
reglAs:
K: De «sé que p implica q» y «sé que p» inferir «sé que q».
Contraposición: de «si p entonces q» inferir «si no q entonces no p».
Doble negación: de «no no p» inferir «p».
KK: De «sé que p» inferir «sé que sé que p».
rie: si p dice lo mismo que q entonces de «sé que p» inferir «sé que q»5.

4
Análisis más o menos similares a este pueden encontrarse en la literatura sobre el tema, por
ejemplo en sosa 1997.
5
formalmente (siendo «K» el operador de sapiencia):
- (1) K(q → ¬Kp)
- (2) Kp

(4) ╞ (q→ ¬Kp) ↔ (Kp→¬q) (contraposición y doble negación)


- (3) ¬K¬q

(5) K (Kp→¬q) (de 1 y 4, por rie )


(6) KKp (de 2, por KK)

(8) ¬K¬q Ù K¬q (de 3 y 7, por introducción de la conjunción).


(7) K¬q (de 6 y 5, por K)

149
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Al menos sé que sé Algo

7.2. un CruCe De CAminos


en este apartado exploraré distintas maneras de resolver la paradoja. Cada una
pasa por poner en cuestión una de las premisas o de los pasos inferenciales.
Debo insistir, a riesgo de ser pesado, en cuál es el alcance de mi análisis. mi
meta no es probar que el patrón argumental es poco cogente (ni tampoco, ni
siquiera, probar que el argumento de las Meditaciones es falaz), sino desenterrar
los distintos principios, tesis o leyes presupuestos en la paradoja. Por los ejem-
plos que hemos visto, el patrón argumental del escenario escéptico puede apli-
carse a cualquier tipo de conocimiento (percepción sensorial, testimonio,
memoria...). Para simplificar la exposición que sigue me centraré en las ver-
siones del patrón dirigidas a poner en duda los sentidos como vía de obtención
de conocimiento sobre el mundo externo, y más concretamente en la versión
que el propio rené Descartes proporciona en las Meditaciones. en este apar-
tado haré mención, más que en otras ocasiones, de resultados de las lógicas
no clásicas, aunque como siempre evitaré entrar en detalles técnicos y me li-
mitaré a describir informalmente algunos resultados consolidados del área.
uno. negar la premisa 1. no sé qué pasaría si hubiera un genio maligno.
Para empezar podemos argumentar que, dado lo anómalo del escenario
propuesto, no podemos hacernos una idea de qué ocurriría si existiera un
genio maligno, y mucho menos qué condiciones deberían darse entonces para
que supiera o desconociera algo. en efecto, en muchas ocasiones el escéptico
propone un escenario muy confuso o demasiado alejado del sentido común
como para que realmente podamos determinar qué sabríamos y qué no sabrí-
amos en tal situación. esta es, en mi opinión, la manera en que el propio Put-

K: K(p→q)
Kp
_______________
Kq
KK: Kp
_______________
KKp

├p↔q
rie: Kp

_______________
Kq
ContrAPosiCión: p→q
________
¬q→¬p
DoBle negACión: ¬¬p
___________
p

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el Argumento Del esCenArio esCéPtiCo

nam entendía su argumento del brain-in-a-vat, concluyendo que en el escena-


rio del cerebro en la cubeta las proposiciones creídas tenían distintas condi-
ciones de identidad que las proposiciones creídas aquí, y por lo tanto no se
podían hacer comparaciones entre unas actitudes epistémicas y otras. en los
casos reales esta estrategia sirve para eliminar escenarios escépticos muy des-
cabellados en los que somos incapaces de determinar qué ocurriría en tales
condiciones.
Dos. negar el condicional «si q entonces no sé que p». que exista un genio
maligno es imposible y por lo tanto no relevante.
obviamente si es falso el condicional «si q entonces no sé que p» tampoco
puede ser sabido y es falsa la premisa 1. ¿qué razones podemos tener para
negar el condicional? Básicamente, que el antecedente no es relevante para la
conclusión. las lógicas de la relevancia introducen un operador nuevo, la im-
plicación relevante («Þ»), para distinguir este sentido del «si... entonces...»
del mucho menos frecuente que caracteriza la implicación material («→»)6.
explicaré esto un poco. Para que una implicación material sea verdadera basta
con que el antecedente sea falso (también es suficiente con que el consecuente
sea verdadero). no es necesario que haya ninguna dependencia entre la verdad
del consecuente y la verdad del antecedente. incluso los temas, contenidos o
información de uno y otro pueden ser completamente disímiles. Por ejemplo,
es verdad que «París es la capital de italia→la fórmula química del agua es
H2o», así como «París es la capital de italia→la fórmula química del agua no
es H2o». Por ello, muy frecuentemente en un intercambio argumentativo es
poco o nada relevante que la implicación material sea verdadera. en una im-
plicación relevante, por el contrario, la verdad o falsedad del consecuente tiene
que depender de facto de la verdad del antecedente. Para saber si tal depen-
dencia se da, debemos explorar situaciones posibles en las que el antecedente
sea verdadero y observar si en todas ellas el consecuente también lo es (en
caso contrario la implicación relevante es falsa). Pero claro, si el antecedente
es imposible entonces no disponemos de tales casos (no hay casos en los que
p es verdadera). Por ello, según los lógicos de la relevancia, cuando el antece-
dente es imposible la implicación relevante es falsa7. Para resolver la paradoja
de esta segunda manera debemos defender, pues, que es falso que sea posible
que q, es decir, que la situación hipotética del escenario escéptico o similar

6
Véase read 1988 para una introducción a las lógicas de la relevancia, y Anderson, Belnap y
Dunn 1975-1992 para una recopilación de trabajos fundamentales en el campo. Algunos lógicos
de la relevancia entienden «imposible» como lógicamente imposible o «contradictorio», pero
yo prefiero leerlo en el sentido de «realmente imposible» descrito en el capítulo cuatro.
7
un caso similar, que no describiré aquí, ocurre cuando la conclusión es necesaria.

151
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Al menos sé que sé Algo

simplemente no es posible en el sentido de «posibilidad» pertinente en el


contexto de argumentación (no es «realmente posible»). en mi opinión, este
tipo de respuesta es muy habitual en la discusión filosófica sobre la fundamen-
tación del conocimiento. norman malcolm, Avrum stroll y el propio Witt-
genstein en Sobre la Certeza han acusado a las dudas escépticas de irrelevantes
en el contexto en qué aparecen, e irrelevantes precisamente porque plantean
situaciones imposibles o sin sentido.
Aquí el argumento del escenario escéptico nos remite al argumento de la
posibilidad de error: hay que examinar en qué sentido es posible que q, y si
ese sentido es el relevante en el contexto epistémico en que aparece formulado
el argumento. que el argumento del escéptico resulte cogente dependerá del
caso en cuestión (en algunos de los ejemplos dados cabe esperar que lo sea,
ya que efectivamente el conocimiento estaba mal fundamentado).
tres: negar la premisa 2. la solución escéptica.
Cuando ninguna de las otras maneras de resolver la paradoja son factibles,
entonces debemos admitir que el argumento del escenario escéptico es co-
gente y asumir la conclusión escéptica. que esta es una forma de resolver la
paradoja resulta obvio, y que es la manera correcta de resolverla en algunos
casos también, sobre todo en los casos reales en los que la duda escéptica es-
taba justificada (en los ejemplos de anosognosia, o de manipulación guberna-
mental masiva de los mass media).

CuAtro: negar la premisa 3. la solución de sentido común.


esta sería la salida «de sentido común». negar que no sepamos que un
genio maligno engañador no existe. g. e. moore es, en la epistemología con-
temporánea, el campeón de tan valiente respuesta; la cual, no obstante su ap-
peal intuitivo, suele ser considerada como poco sofisticada (se tiende a pensar
que no alcanza el núcleo del problema propuesto por el escéptico). en mi opi-
nión, esta vía merece más respeto e interés de los que normalmente se le pres-
tan. en muchos casos cabe probar que el escenario propuesto por el escéptico
es, simple y llanamente, falso: que no somos cerebros en cubetas, ni vivimos
un sueño del que jamás despertamos, ni nos hemos vuelto locos, ni somos víc-
timas de una conjura colectiva.
el problema con este tipo de soluciones, y la principal razón de su descré-
dito actual, es que producen circularidad argumental, ya que las pruebas de
que no existe un genio maligno involucran todas ellas conocimiento de origen
sensorial. Así, el escéptico puede contraatacar pidiendo justificaciones para
¬q, y al presentarle nuestras justificaciones alegar que todas ellas dependen
del supuesto de ¬q. Aquí claramente el argumento nos remite al argumento

152
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el Argumento Del esCenArio esCéPtiCo

de la circularidad entre justificaciones, por lo que podremos resolver la para-


doja siguiendo nuestra estrategia siempre que podamos probar que no existe
un genio maligno sin caer en una falacia de petición de principio.
CinCo: negar el paso 4. Condicional contrafáctico.
esta solución prosigue la vía de la solución dos, en la que se ponía en cues-
tión la naturaleza del condicional «si existiera un genio maligno, no sabría que
q». una de las leyes de la lógica clásica invocadas, la ley de contraposición, ha
sido puesta en cuestión desde las lógicas no clásicas. la mayoría de los autores
de lógica Condicional coinciden en defender que cuando el antecedente del
condicional está en modo subjuntivo, entonces la ley de contraposición no se
cumple, como se puede ver con este sencillo ejemplo:
si a Pedro le tocara la lotería, Pedro sería rico.
Pero de ahí no se sigue que:
si Pedro no fuera rico, a Pedro no le tocaría la lotería8.
Aquí el modo subjuntivo es una marca de que sabemos que el antecedente
es falso, o de que no sabemos cuál es su valor de verdad. esto es precisamente
lo que ocurre en el condicional que propone el escenario escéptico: o no sa-
bemos o (recordemos la solución 3) sabemos que es falso. mientras el escép-
tico no nos dé razones para interpretar el condicional de otra manera (como
implicación material, p. ej.), no estamos obligados a efectuar la inferencia del
paso 4.
otras dudas razonables se pueden plantear en el caso en que el condicional
sea entendido como subjuntivo o contrafáctico. Por ejemplo, ¿cómo puedo
estar seguro de que solo sé que p en el caso de que no haya un genio maligno?
¿no podría haber, por ejemplo, un genio benigno más poderoso que el genio
maligno, que engañara al genio maligno, el cual cree engañarme a mí cuando
en realidad me suministra información fidedigna? esta solución está emparen-
tada con la solución uno; incluso puede entenderse como una versión matizada,
y quizás más sofisticada, de ella: ahora no aducimos ante el escéptico que no
sabemos qué sucedería en el escenario propuesto, sino que las cosas en dicho
escenario podrían transcurrir de manera diferente a como él las concibe.
seis: negar el paso 5. el principio de omnisciencia lógica.
el paso 5 se efectúa a través de una aplicación de la regla rie. esta regla
está emparentada con el principio de omnisciencia lógica (de hecho se puede

8
el trabajo clásico y todavía muy válido de lógica condicional es lewis 1979. mi propia pre-
sentación del tema puede encontrarse en Vilanova 1995 y Vilanova 1998.

153
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Al menos sé que sé Algo

derivar de él), que ya hemos cuestionado en el capítulo tres, así que no repetiré
ahora las justificaciones para ponerla en duda.

siete. negar el paso 6. el principio de introspección y la reflexividad de la


Justificación.
en este caso lo que rechazamos es la iteración del operador de sapiencia
utilizando la regla KK. en efecto, KK es un principio altamente controvertido,
ya que involucra una noción de conocimiento sofisticada, con capacidad de
tomarse como objeto de sí mismo (lo que he denominado conocimiento re-
flexivo). recordemos que he definido conocimiento como creencia justificada
verdadera, así que para saber que se sabe que p hay que (i) saber que se cree
que p, (ii) saber que se está justificado para creer que p, y (iii) saber que p es
verdadero. el punto (iii) es obvio (si sé que p entonces sé que p es verdadero),
pero los otros dos son mucho más dudosos.
Con respecto a la creencia, el principio en juego es el siguiente:
PrinCiPio De trAnsPArenCiA ePistémiCA (o Principio de autoridad del cono-
cimiento de primera persona, o Principio de introspección): si uno cree que
p, uno sabe que cree que p.
el principio de transparencia epistémica se basa en la intuición de que cada
persona dispone de un acceso privilegiado a los contenidos de su propia con-
ciencia, por lo que no precisa llevar a cabo ninguna indagación empírica para
formarse juicios en torno a ellos. Constituye un dogma de toda filosofía racio-
nalista o idealista, y prácticamente no ha sido puesto en cuestión hasta el siglo
XX. se suponía que había aquí una asimetría entre el conocimiento del mundo
externo (falible y siempre abierto a la duda) y el conocimiento de los propios
estados de conciencia (completamente abierto para el sujeto y no dependiente
de factores externos), pero diversos enfoques y problemas contemporáneos
han difuminado drásticamente esta dicotomía añadiendo falibilidad y por tanto
condiciones extras al conocimiento de naturaleza introspectiva: desde la de-
manda de conocer factores externos a la conciencia que determinan la identidad
de la proposición creída (desde el externismo semántico), hasta la necesidad
de adquirir una conciencia del yo antes de obtener autoconocimiento, pasando
por las dudas en general sobre la posibilidad de un autoconocimiento que no
provenga o dependa del testimonio de los otros9.
Con respecto al conocimiento de la justificación, el principio en juego es
el siguiente:

9
Algunas de estas cuestiones, asociadas a la paradoja de moore y la paradoja de mcKinsey, han
sido tratadas en Vilanova1999b y Vilanova 2009.

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el Argumento Del esCenArio esCéPtiCo

PrinCiPio De lA refleXiViDAD De lA JustifiCACión: uno no está justificado


para creer que p si uno no sabe que está justificado para creer que p.
este constituye un punto de disensión fundamental entre las epistemolo-
gías externistas y las internistas. Dado que las propiedades que hacen que una
creencia esté bien justificada son, para el internista, internas al sujeto y por lo
tanto accesibles a él (el principio de transparencia epistémica se da por sen-
tado), es imposible que uno tenga una buena justificación sin que lo sepa. Para
el externista, por el contrario, para saber si nuestro entorno es tal que nuestras
reglas epistémicas producen genuinas justificaciones (de otra manera: para
saber si nuestras reglas epistémicas están adaptadas a nuestro entorno) debe-
mos obtener un conocimiento lo suficientemente extenso y profundo tanto
de nuestras propias reglas epistémicas como de ese propio contexto. en con-
secuencia, puede ocurrir que estemos justificados para creer p sin que lo se-
pamos (y, por lo tanto, si p es verdadero sabremos que p pero no sabremos
que sabemos que p).

7.3. inferenCiA y ProyeCto CognitiVo


Inferencias descartables
Como vemos, los argumentos que siguen el patrón del escenario escéptico po-
seen muchos flancos débiles. Algo que cabía esperar de antemano, dado el ca-
rácter complejo y mixto del argumento. Con respecto a las realizaciones del
patrón que nos encontramos en la literatura filosófica, hemos visto cuando
menos que dependen de tesis y principios altamente problemáticos, y algunos
de sus presupuestos y pasos inferenciales son poco claros. es cierto que algunas
de las salidas propuestas a la paradoja en el apartado anterior tampoco son cla-
ras y también son problemáticas. la invocación del carácter dudoso del prin-
cipio de omnisciencia lógica en que se basa la solución 6 resulta un tanto
forzada, ya que la inferencia que se hace aquí es muy sencilla. Algo similar pasa
con las dudas planteadas sobre el principio de transparencia epistémica en la
solución 7 (solo en casos anómalos no creo que creo lo que creo). y algunos
de los otros principios (contraposición, reflexividad de la justificación, rele-
vancia de las implicaciones con antecedente imposible...) son y seguirán
siendo discutidos por mucho tiempo entre lógicos y filósofos. Pero el análisis
sí habrá mostrado que la cogencia del argumento depende de muchos supues-
tos polémicos, y que mientras no sean probados se debe mantener en suspenso
la conclusión deseada por el escéptico.
y sin embargo, como ya he dicho, el diseño de escenarios escépticos no
solo sigue despertando interés (y alarma), sino que conserva un gran poder
de persuasión incluso después de que uno haya reparado en su fragilidad. es

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Al menos sé que sé Algo

indudable que gran parte de su atractivo se deriva de su carácter imaginativo


y hasta evocador (análogo al de un relato de ciencia ficción o un cuento de
Borges). Pero también hay un potencial persuasivo evidente, que nos hace sen-
tir todavía como paradójica la posibilidad del escenario escéptico incluso des-
pués de reconocer su carácter remoto y poco relevante. ¿A qué se debe esto?
en mi opinión, surge de una confusión sobre cuál es la lógica empleada en
los argumentos fundamentadores, es decir, en los argumentos dirigidos a pro-
bar que sabemos. en efecto, supongamos que tenemos un argumento con un
conjunto de premisas C cuya conclusión es «sé que p» y que nos parece de-
ductivamente válido:
C. Por lo tanto, sé que p.
Ahora bien, en el escenario propuesto por el escéptico, compatible con la
situación actual, serían verdaderos los enunciados de C (los que describen
todas mis evidencias), pero dejaría de ser verdad que sabemos que p, es decir:
C, q. Por lo tanto no sé que p.
esto es lo que nos resulta paradójico: si un argumento es válido entonces
es imposible que las premisas sean verdaderas y la conclusión falsa al mismo
tiempo. Pero en las situaciones hipotéticas propuestas por el escéptico parece
que las premisas son verdaderas y la conclusión es falsa. ¿Cómo se explica esto?
A mi modo de ver, la explicación es muy simple, y está en sintonía con muchas
de las salidas a la paradoja del escenario escéptico que examinamos en la sec-
ción previa. y es que los argumentos fundamentadores solo aparentemente si-
guen las leyes de la lógica clásica. en efecto, la propiedad recién descrita de las
inferencias de la lógica clásica, la llamada propiedad de monotonía (si A se in-
fiere de B, A se infiere de B más C), ha sido puesta en duda desde las lógicas
no clásicas. tal propiedad no se presenta casi nunca cuando uno hace inferen-
cias en la vida real, ya que casi siempre son inferencias retractables.
empezaré explicando qué es una inferencia retractable. traduzco así la ex-
presión inglesa «defeasible», aunque creo que términos como descartable,
revisable o eliminable también valdrían (mucho mejores que la traducción li-
teral «derrotable»). lo característico de ella es que es una inferencia que tiene
un carácter provisional, no definitivo. su validez está condicionada por las evi-
dencias disponibles y, consecuentemente, puede ser revisada ante la aparición
de nuevas evidencias. es fácil entender por qué es así: como ya se explicó en
el capítulo 3, en la vida real casi nunca disponemos de todas las evidencias
pertinentes, ya que hay muchos considerandos que pueden interferir en el re-
sultado de la inferencia y no siempre estamos al tanto de ellos. en suma, nues-
tra información es parcial. Pero no por ello dejamos de hacer inferencias (no
nos quedamos «paralizados» ante la falta de información, del mismo modo

156
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el Argumento Del esCenArio esCéPtiCo

que tampoco nos quedamos «paralizados» ante la existencia de información


espuria, como se explicó al hilo del argumento de las evidencias contrarias en
ese mismo capítulo 3) a veces porque hay consideraciones pragmáticas que
nos urgen a obtener conclusiones, y a veces simplemente porque sabemos que
en las situaciones normales esa información que nos falta no falsea la conclu-
sión. simplemente nuestras inferencias pasan a tener un carácter provisional:
son válidas hasta que no aparezcan informaciones nuevas que nos hagan dar
marcha atrás. el ejemplo clásico de tweety ilustra este punto. si me dicen que
tweety es un pájaro puedo asumir (retractablemente) que vuela. Pero si más
tarde me comunican que vive en la Antártida, o que ha sufrido un golpe en un
ala, desecharé la inferencia:
tweety es un pájaro. tweety es un pájaro.
los pájaros vuelan. los pájaros vuelan.
________________ pero tweety es un pingüino.
tweety vuela. tweety no vuela.

Una tesis: la provisionalidad de toda fundamentación


estoy convencido de que la gran mayoría de nuestras inferencias, y no solo las
inferencias de la vida cotidiana sino también las de las prácticas científica, ju-
rídica10, política y muchas más, son del tipo de la inferencia retractable. incluso
cuando el argumento parece deductivamente válido en realidad la lógica usada
es no monótona, pues casi nunca uno sabe con certeza las premisas, ni sabe
con certeza que la conclusión se sigue de las premisas. en todo caso, no quiero
defender ahora esta tesis, sino una más específica acerca de los argumentos
fundamentadores:
tesis: en los argumentos fundamentadores la conclusión es siempre una in-
ferencia retractable de las premisas.
intentaré justificar la tesis echando un rápido vistazo a los estudios con-
temporáneos sobre este tipo de inferencia. la lógica no monótona es la en-
cargada de estudiar las inferencias retractables. existen varios sistemas de
lógica no monótona en el mercado, varias teorías distintas de la inferencia re-
tractable, pero no es necesario entrar aquí a discutir cuál es la mejor (aunque
cabe pensar que para nuestro caso la más próxima y útil es la lógica autoepis-
témica) así que hablaré sin más de la lógica no monótona. Hay cuatro propie-
dades de la lógica no monótona que nos hacen pensar que es la utilizada (junto
10
Por ejemplo, cuando se reabre un juicio después de que hayan aparecido nuevas pistas o in-
dicios nadie discute que se obró bien en el juicio previo. se sentenció justamente, pues se infirió
la sentencia correctamente a partir de las evidencias en ese momento disponibles.

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Al menos sé que sé Algo

con procedimientos inductivos, abductivos y analógicos) en la tarea de fun-


damentación del conocimiento, y aclaran algunos aspectos problemáticos de
la misma.
Para empezar, las constantes lógicas que utiliza la lógica clásica y la lógica
no monótona son las mismas, y también son muy parecidas las reglas de infe-
rencia. esto hace que, a la hora de formalizar un argumento del lenguaje natu-
ral, la cuestión sobre cuál de las dos lógicas utilizar no tenga una respuesta
sencilla. no ocurre, pues, lo mismo que con la lógica modal, donde enseguida
advertimos la presencia de operadores lógicos de los que carece la lógica clá-
sica («es necesario que», «posiblemente»…), o con la lógica intuicionista,
donde de manera inmediata observamos que hay teoremas de la lógica clásica
que no se cumplen. en realidad, solo cuando se modifican elementos del con-
texto argumental, y observamos como eso altera el conjunto de consecuencias
de los compromisos (tal y como se explica más adelante), podemos identificar
claramente que estábamos ante una inferencia no monótona.
en segundo lugar, una inferencia no monótona válida no garantiza la ver-
dad de la conclusión, sino que tan solo aporta una plausibilidad relativa: en el
mejor de los casos muestra que la conclusión es la más verosímil de las alter-
nativas disponibles. este hecho concuerda perfectamente con nuestro análisis
de los argumentos fundamentadores, ya que defendimos que normalmente
uno de ellos no es suficiente para zanjar definitivamente la cuestión sobre la
conclusión, sino que simplemente introduce evidencias a favor de la conclu-
sión que a su vez aumentan nuestro grado de confianza en la misma.
en tercer lugar (aunque este punto ya fue tratado en el capítulo 1), al con-
trario de la lógica clásica, la relación de inferencia no monótona no depende
solo de cuáles son las premisas y cuál es la conclusión, sino que introduce un
tercer elemento de clara naturaleza cambiante y contextual, y que recibe dis-
tintos nombres según la versión de la lógica no-monótona en cuestión («base
de datos» en la lógica de la circunscripción de mcCarthy, «descripción de un
mundo» en la lógica por defecto de reirter, o «base de conocimientos» en la
lógica autoepistémica). esta propiedad refleja a la perfección el hecho ya seña-
lado de que la cogencia del argumento depende del contexto epistémico.
en cuarto lugar, y este es el punto más revelador, como hemos dicho las in-
ferencias retractables tienen un carácter provisional. esta propiedad no solo ex-
plica que un sistema epistémico que en un momento determinado creemos
bien fundamentado pueda, a medida que avanza el proyecto epistémico y apa-
recen nuevas evidencias, entrar en crisis y perder la fundamentación. Además,
explica el hecho aparentemente paradójico que, como veíamos al comienzo de
este apartado, irritaba al escéptico. la propiedad de monotonía de la lógica clá-
sica nos dice que si de A se sigue Kp, entonces de A y q se sigue Kp. en las ló-

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el Argumento Del esCenArio esCéPtiCo

gicas no monótonas este principio no se cumple, lo que hace consistente el hecho


de que aunque de las premisas de un argumento fundamentador cogente se sigue
(no monótonamente) la conclusión, de las premisas de dicho argumento fun-
damentador junto con la hipótesis del escéptico (por ejemplo, la existencia del
genio maligno) no se sigue (no monótonamente) la conclusión.

7.4. PráCtiCA
Como hemos visto, el argumento del escenario escéptico pierde mucha de su
fuerza cuando, dicho sea «à la Wittgenstein», nos quitamos las gafas de la ló-
gica clásica y consideramos la conveniencia de interpretar los argumentos es-
cépticos o nuestros propios argumentos fundamentadores de acuerdo con
otras lógicas no clásicas (relevante, contrafáctica, modal, no-monótona...).
Como dije al principio del capítulo, el argumento es un híbrido, así que sería
reiterativo proporcionar el «manual de emergencia» que hasta ahora cerraba
cada capítulo. en las realizaciones reales (no filosóficas) del argumento, creo
que el punto crucial es determinar la probabilidad real del escenario escéptico,
por lo que la mejor medida será buscar evidencias a favor y en contra del es-
cenario. esto es tanto como buscar evidencias a favor y en contra de la posibi-
lidad de error, por lo que en los casos reales el procedimiento a seguir casi
siempre sigue el camino descrito para el argumento del error.
en vez del manual enumeraré las condiciones de cogencia que debe cum-
plir una realización del patrón argumental. es más fácil dar estas condiciones
a partir del patrón argumental original, que recuerdo ahora:
PAtrón ArgumentAl Del esCenArio esCéPtiCo
(D1) sé que si q entonces no sé ninguna creencia del tipo X.
(D2) no sé que no q.
Por lo tanto,
(D3) no sé ninguna creencia del tipo X.

ConDiCiones De CogenCiA PArA el PAtrón ArgumentAl Del esCenArio


esCéPtiCo

Condición 1: q debe ser posible en el sentido de posible relevante en el con-


texto argumental CA (solución dos, la cual nos remite al argumento de la po-
sibilidad del error).
Condición 2: no q no puede ser probado utilizando la evidencia disponible
sin caer en petitio principii o ad ignorantiam (solución cuatro, la cual nos remite
al argumento de la circularidad).

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Al menos sé que sé Algo

Condición 3: q debe ser comprensible para mí, así como debe ser claro para
mí que si q fuera verdadera no sabría ninguna proposición del tipo X (solu-
ciones uno y cinco).
Condición 4: el argumento no debe exigir el compromiso con aquellas con-
secuencias lógicas de los compromisos explícitos que no estén contempladas
por la versión del Principio de omnisciencia lógica que rige en el contexto
argumental en cuestión (solución seis).
Condición 5: el argumento no debe explotar compromisos epistémicos que
no se siguen de las reglas epistémicas del contexto. es decir, el escéptico no
puede utilizar el principio de introspección ni el principio de reflexividad de
la justificación si estos no se siguen de las reglas epistémicas subyacentes al
contexto (solución siete).

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CAPÍTULO 8

UN REALISMO «REALISTA»

Un perfecto conocimiento requiere un hombre perfecto


Es preciso que un hombre sea perfecto si quiere saber algo perfectamente.
Así pues, un conocimiento perfectísimo exige un cuerpo perfectísimo, unido
a una perfectísima razón, ya que todo lo perfecto goza con las cosas per-
fectas, tiene un origen perfecto y se hace por medios perfectos (Sánchez
1581, p. 160).

Ya que has tenido la paciencia de seguirme hasta aquí, me permitiré abrir este
capítulo final con un comentario que no pretende ser filosófico, sino del todo
informal y del todo personal. Un comentario del tipo que efectuaría en la te-
rraza de un bar de la Plaza Mayor como aquella con la que abría el capítulo
primero, y no de los que acostumbro a hacer en aulas o auditorios de Univer-
sidades. Es este: mi experiencia de muchos años con humanos de variada ín-
dole y en las más variopintas circunstancias me ha brindado como enseñanza
que todo escéptico (filosófico o no filosófico) suele esconder un realista de-
sencantado, y todo realista (respecto a un ámbito específico o de una manera
global como el intelectual) lleva dentro de sí un escéptico gratamente sorpren-
dido. Me explicaré.
El escéptico (y hablo ahora aquí de personas, no de sujetos filosóficos)
suele ser alguien que, antes de emprender la aventura del conocimiento, man-
tenía grandes expectativas en torno a los resultados. «Era», pues, un realista
del tipo más optimista que uno pueda concebir. Esperaba llegar a saber mucho
y sin tardar demasiado, y además saber de la mejor manera posible: infalible,
profunda y exponencialmente. En la mayoría de los casos incluso sabía ya de
antemano cómo iba a hacerlo: pensaba que siguiendo de manera rigurosa un
método (o «el» método) el mundo y sus entrañas iban a desplegarse ante sus
ojos y su conciencia prácticamente de manera automática. El realista, por el
contrario, suele ser alguien que antes de acometer la empresa del conocimiento

161
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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

era receloso y más bien pesimista. Albergaba, pues, pocas o muy pocas expec-
tativas. Y es que la realidad le parecía algo tan complejo y rico, y sus luces y su
voluntad tan limitadas, que no podía evitar verse de antemano poco menos
que condenado al fracaso. Una desconfianza que, por otro lado, se hacía ex-
tensible al método, métodos o recursos de los que pudiera disponer. Tenía en
cuenta que no los había probado de antemano (quizás otros los hubieran pro-
bado, pero no le parecía que lo suficiente), y por lo tanto no sabía cómo iban
a funcionar más adelante. Imaginaba que tendría que ir tanteando en la oscu-
ridad e improvisando sobre la marcha, modificando, descartando o inventado
procedimientos continuamente, y tentando a la suerte con decisiones más o
menos arriesgadas.
Ya sabemos lo que les pasará después, tanto al realista como el escéptico. A
medida que avance la investigación comenzarán a surgir los problemas a la par
que los modestos resultados, problemas que hemos ido examinando a lo largo
de este libro y que no necesito recordar ahora: contradicciones, huecos, ruidos,
riesgos, impasses, sospechas... Ante la abundancia de problemas, y la cortedad
e imperfección de los resultados, el realista de partida comenzará a sentirse
defraudado, se frustrará y con el paso del tiempo acabará por ser un escéptico,
un realista desencantado. El escéptico de partida, que esperaba los problemas,
se irá sorprendiendo a medida que descubra que es capaz de ir haciéndoles
frente aunque sea mediante fatigosas e improvisadas maniobras (como las que
también se describen en este libro), valorará los modestos resultados, y a la
postre se convertirá en un realista, es decir, en un escéptico gratamente sor-
prendido.
Viene a cuento este comentario porque, a mi manera de ver, el sesgo es-
céptico con el que la filosofía (y en menor medida la sociedad) occidental ha
inaugurado el siglo XXI se puede y debe interpretar como el desencanto del
realista. En buena medida han sido los excesos de Descartes, Locke y compañía
(disculpables por el inusitado momento histórico de éxito científico, y su in-
volucración personal y entusiasta en el proyecto iniciado tras la puesta del con-
tador a cero del renacimiento), junto con la vuelta de tuerca que le da Kant,
los responsables involuntarios de que, cuando llegaron todos los conflictos y
contrariedades que desde finales del siglo XIX han proliferado en el desarrollo
científico (junto con, no lo olvidemos, impresionantes resultados), la mayoría
se viera tomada por sorpresa y sin estar preparada conceptual y psicológica-
mente para lidiar con ellos. A lo largo de los capítulos precedentes se ha ido
revelando cómo los argumentos escépticos son considerablemente más efec-
tivos cuanto más fuerte sea la idea de conocimiento que uno maneje. Certeza,
reflexividad, consistencia, inmunidad a los defectos morales, irrevocabilidad,
sistematicidad (y en sus mejores versiones, pues como hemos visto hay mati-

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UN REALISMO «REALISTA»

ces importantes que hacer en cada caso) son notas que el realista de partida
incorpora alegremente a su noción de conocimiento. Y es cierto que son bue-
nas propiedades, propiedades que hacen mejor y preferible a la creencia justi-
ficada que las tiene que a la que carece de ellas. En otras palabras, son
propiedades que una noción de conocimiento perfecto, de conocimiento ideal
debe tener.
El problema, como ya se ha dicho, es que esa noción de conocimiento es
ideal. Y lo real no debe ser como lo ideal (aunque sea mejor cuanto más se le
acerque), del mismo modo que los hombres no deben (porque no pueden)
ser dioses, ni el hombre bueno un santo. Como dije en el prólogo, el propósito
al escribir este libro no era tomar partido ni a un lado ni al otro en el debate fi-
losófico sobre la fundamentación del conocimiento, sino sacar de él buenas
recetas para la vida real y la práctica científica. Y pienso que los capítulos an-
teriores pueden ser de provecho tanto para el realista como para el escéptico
filosófico (porque en la vida real necesitará también resolver el problema prác-
tico de qué creer o de qué decir que cree), ya que lo que se dice es relativa-
mente independiente de posicionamientos filosóficos.
En este capítulo final deseo, aunque solo sea sucintamente, cumplir con
aquello a lo que siento que mi vocación filosófica (y no sé si también mi cargo
académico) me obliga. Es decir, intentaré extraer de la investigación previa al-
gunas moralejas para el debate epistemológico, a la vez que me posicionaré
más claramente en el mismo. Me gusta pensar que este posicionamiento se
sigue de manera natural de la perspectiva que da la teoría de la argumentación;
es decir, que es al que llegamos cuando abordamos el problema de la funda-
mentación del conocimiento a través de la discusión sobre la cogencia o no
cogencia de una gran variedad de argumentos reales cuyas conclusiones son
que sabemos o que no sabemos. Pero pertenezco a la ralea de los «escépticos
gratamente sorprendidos», y por lo tanto no me atreveré a afirmar que lo he
hecho lo bastante bien en los capítulos previos como para haber ganado ya el
horizonte argumentativo adecuado. Ahora bien, lo que sí afirmaré más tajan-
temente es que la perspectiva de la teoría de la argumentación es una buena
perspectiva, y, con seguridad, imprescindible cuando abordamos el problema
del conocimiento real, no ideal. Mi justificación para afirmar tal cosa es muy
simple: no podemos hablar de fundamentación del conocimiento hasta que
esta se verbaliza, hasta que uno hace la pregunta en voz alta (no digo que si se
plantea dentro de la cabeza de alguien y se queda allí no pueda ser un problema
para el dueño de la cabeza, pero no es, obviamente, un problema para mí y por
lo tanto no puedo ni debo hablar sobre ello), y la manera en que los humanos
resolvemos las preguntas es dando razones, es decir, argumentando. Lo que
interesa al ciudadano común, así como al científico, el jurista y el periodista,

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Capítulo 8_Maquetación 1 06/08/2015 17:22 Página 164

AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

no es algo inefable que transcurre dentro de nuestras cabezas ni tampoco una


inapresable relación entre eso que transcurre en nuestras cabezas y otras cosas
que están fuera. Lo que interesa son argumentos reales, argumentos que ge-
neran o resuelven dudas escépticas efectivas y cuya ponderación teórica es un
imperativo práctico, ya que nuestros futuros cursos de acción dependen de la
decisión que tomemos en torno a su cogencia. Necesitamos, pues, cuando ha-
blamos del proceso del conocimiento, tener presente lo que la gente real busca
en situaciones reales, cuáles son los medios reales que utilizan y las situaciones
reales a las que llegan, y ahí, en la situación final, investigar cómo se plantea y
responde a la pregunta de si realmente se ha alcanzado lo que realmente se
pretendía al comienzo del proceso. Esa es la pregunta importante, y la que te-
nemos que examinar. El conocimiento perfecto que un sujeto perfecto podría
idealmente llegar a obtener interesa más bien poco en la vida real. Interesa el
conocimiento real, que es imperfecto, del hombre real, que es imperfecto, en
la situación real, que nunca es simple como las situaciones ideales (en las que
no hay «fricción»).
Desde luego, esto significa tomarse en serio la posibilidad de estar acertado,
tomarla no como un lugar en el espacio lógico sino como un curso de aconte-
cimientos que la naturaleza, el mundo y la historia admiten. Una posibilidad
cuya existencia en cuanto que posibilidad está determinada única y exclusiva-
mente por la realidad (incluyéndonos a nosotros mismos, claro, como parte de
ella). Ergo: solo desde planteamientos realistas uno puede plantear el problema
real del conocimiento. Pero para ello, como vengo diciendo, es fundamental
que nuestro posicionamiento realista no parta de concepciones idealizadas, de
descripciones de cómo deberían ser las cosas y no de cómo son. Como he
dicho, el realismo de Descartes era un realismo idealizado o idealista. Cuando
lo miramos de cerca, el idealismo de Kant es un idealismo idealista, pues parte
de una concepción del sujeto del conocimiento, de sus medios y sus fines que
no se aplica ni al ciudadano de a pie ni al especialista científico. Y el escepticismo
de Unger o Rorty es, según mi diagnóstico, un escepticismo idealista, pues
vuelve a partir de explicaciones idealizadas del conocimiento y da la espalda
desde el principio a los problemas reales de la gente real.
Necesitamos construir, o descubrir, un «realismo realista». Quizás una
tarea que a priori nos parece casi imposible (a mí de antemano me lo parecía)
pero que, cuando nos pongamos manos a la obra, probablemente nos termine
sorprendiendo gratamente.

Loci clasici
Cuando digo que debemos construir un nuevo realismo tampoco debo ser to-
mado literalmente. Algún lector podría entender que propongo producir una

164
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UN REALISMO «REALISTA»

nueva doctrina filosófica (que sea realista de manera realista) rompiendo con
la tradición filosófica, desechando todos sus logros, empezando la empresa
desde cero y desarrollándola de una manera completamente inédita. En filo-
sofía eso pasa raramente o nunca. Al contrario, pienso que hay en la obra de
los grandes y no tan grandes pensadores muchos elementos, ideas, análisis y
sugerencias de los que uno puede nutrirse a la hora de enfocar el problema
epistemológico en sus justos términos. Sin ir más lejos del pasado siglo, creo
que en la obra de Moore, Austin y Wittgenstein hay claves importantes. Quizás
incluso todas las claves, pues al leerlos uno puede darse cuenta de que, cada
uno a su manera y con sus errores y aciertos particulares, han comprendido
satisfactoriamente los problemas y las vías de solución1. También me parece
encontrar en Heidegger, Ortega y Gasset y Gadamer, también a su manera y
con sus errores y aciertos, buenos planteamientos, aunque me abstendré de
hablar de ellos aquí, pues reconozco que mi limitado conocimiento de su obra
me impide hacer juicios rigurosamente fundamentados.
Cuando uno examina de cerca la obra de los autores que, como digo, na-
vegan con buen rumbo, advierte, además de esa preocupación por el problema
real y del recurso a nociones epistemológicas no idealizadas ya comentados,
otra ventaja importante y con seguridad imprescindible para llegar a buen
puerto. Y es que todos ellos están bien equipados con nociones adecuadas y a
su vez no idealizadas de esos otros objetos con los que el tema del conocimiento
conecta: lenguaje, pensamiento, percepción, verdad, normatividad, etc... Tal y
como anuncié en el primer capítulo, y como se ha ido comprobando una y otra
vez a lo largo de los capítulos siguientes, el problema del conocimiento conecta
y nos lleva indefectiblemente a otros temas filosóficos troncales. De ahí que no
pueda haber una correcta comprensión de la fundamentación del conocimiento
hasta que no haya una correcta comprensión de esos otros temas. Para evitar
perder el foco de mi investigación (y también, ahora lo confieso, por incapaci-
dad personal; y un poco también, puestos a ser sinceros, por cobardía), me he
limitado en cada caso a señalar la conexión y sugerir vagamente alguna vía de
solución. En lo que queda de este capítulo me propongo explorar esos territo-
rios y pergeñar un rudimentario mapa para no perdernos en nuestra búsqueda
de El Dorado epistémico.

Acertabilidad
El punto de rotación, la bisagra que hay que hacer girar para llegar a esa pers-
pectiva que anhelo, no es otro que el que hay entre la botella medio vacía y la

1
Y también opino que hay mucha gente que los ha entendido y sigue entendiendo de manera ade-
cuada. Exégetas como Howard O. Mounce, Daniele Moyal-Sharrock o Antonio Blanco, por ejemplo.

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

botella medio llena del refrán. En efecto, durante mucho tiempo los filósofos
se han dedicado a discutir los distintos factores que pueden impedir que nues-
tros procedimientos de adquisición de conocimientos alcancen la meta bus-
cada. Han discutido cada uno de los motivos que nos hacen falibles, unos
procurando antídotos que nos libren para siempre de sus efectos, otros inten-
tando probar que es imposible dar con las vacunas que nos inmunicen contra
el error. Durante mucho, demasiado tiempo, la epistemología se ha centrado
en la posibilidad de error. Ha llegado la hora, me parece, de centrarse en la po-
sibilidad de acierto. Así es. Tenemos que pasar de discutir la infalibilidad a dis-
cutir la acertabilidad, de preocuparnos por la posibilidad de estar equivocados
a preguntarnos cómo es posible que podamos estar acertados (incluso aunque
no lo estemos). Debemos dejar de traumatizarnos por la dificultad, compleji-
dad y escasez del conocimiento y empezar a examinar los factores que hacen
que, aun a pesar de tantos impedimentos, en ocasiones alcancemos esa anhe-
lada situación en que creemos, tenemos justificaciones razonables y encima
(aunque sea con algo de suerte) lo que creemos se corresponde con los hechos.
Un buen primer paso para hacer girar esa bisagra, a mí parecer, consiste en
intentar ver el saber no tanto como un estado, sino, fundamentalmente, como
una actividad. Desde luego, hablamos de situaciones o estados en los que sa-
bemos (o no sabemos), y no hay ningún problema conceptual con tal discurso.
Pero no debemos olvidar que esas situaciones son el resultado de un proceso
en que vamos llevando a cabo acciones epistémicas, recogiendo evidencias,
planteando nuevas preguntas, resolviendo problemas, etc... Propiamente el
«saber» no es el resultado sino el proceso, o al menos es imposible entender y
evaluar el estado sin tener en cuenta el proceso. Lo que nos interesa es ver cómo
se ha llegado allí (a mantener tal creencia en base a tales razones). De poco nos
vale saber «dónde» estamos (qué tipo de situación es esa); habría otras ma-
neras de llegar, otros procesos distintos pero que no son para nada pertinentes
para evaluar si hemos tenido éxito epistémico en el nuestro (las que tienen que
ver con casos Gettier o con casos Goldman del tipo «fachada de granero» por
ejemplo). Propongo, pues, examinar sobre todo acciones y procesos, como los
constituyentes principales de lo que llamamos conocimiento. Y entender, con-
siguientemente, el saber más como un hacer que como un estar: saber es hacer
conocimiento, no un estado en el que uno se encuentra.
Una comparación con otros tipos de actividad y de prácticas puede ser útil
aquí. Tomaré como ejemplo la ingeniería civil. Cuando alguien alaba o de-
nuesta un puente viario lo que está alabando es la «construcción» del puente.
Si el mismo artefacto hubiera aparecido espontáneamente entre dos montañas,
sin duda hubiera causado asombro (y suscitado muchas preguntas), pero nadie
alabaría ni denostaría el objeto. Cuando decimos de un puente que es un buen

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UN REALISMO «REALISTA»

puente queremos decir que el puente ha sido bien construido. Aunque el puente
cumpla su función, podemos seguir diciendo que es un mal puente si su ela-
boración ha sido chapucera y excesivamente costosa. Por esa misma razón po-
demos decir de un puente romano o medieval que todavía se mantiene en pie
que es un buen puente, y de un puente muy reciente intrínsecamente más ro-
busto y eficiente decir que es peor que el romano, ya que tenemos en cuenta
los medios, técnicas y materiales disponibles. Es decir, evaluamos el producto
a luz del proceso. Eso no quiere decir, claro está, que no evaluemos el proceso
también a la luz del producto. En general el proceso parece bueno cuando es
producido por procedimientos que habitualmente dan lugar a buenos produc-
tos, y el producto nos parece bueno en parte porque el proceso que lo ha pro-
ducido ha seguido buenos procedimientos (si el lector reconoce la circularidad
me alegraré, pues significa que me ha seguido hasta aquí).
Ahora bien, en nuestra valoración nunca se nos ocurriría decir que el
puente es malo solo porque se haya caído. Debemos tener en cuenta las cir-
cunstancias en que se ha producido el derrumbe. Si ha habido un terremoto
de inusitada magnitud, o el ataque de un grupo terrorista no culparemos al
puente. Tampoco lo haremos si ha sido usado de una manera indebida o exi-
giéndole más de lo normal: por ejemplo si ha sido usado como pista de aterri-
zaje o se ha hecho pasar por encima de él un portaaviones. Y tampoco, creo
yo, culparíamos al puente ni al constructor cuando habiendo sido usado según
lo previsto y en circunstancias normales se ha producido una muy improbable
concatenación de detalles, alguna confluencia astral o cuántica como esas que
pueblan los libros de divulgación científica. De hecho, y este es un punto que
no me cansaré de resaltar, no siempre y casi nunca es la solidez o la improba-
bilidad de derrumbe el factor más tenido en cuenta en la valoración. Hay siem-
pre otras consideraciones (la disponibilidad de medios, el uso previsto, la
urgencia de la obra, etc...) que determinan el umbral de solidez satisfactorio.
Si la diferencia entre dos proyectos en capacidad de tráfico es muy grande y la
de solidez muy pequeña, lo más probable es que sacrifiquemos una por otra.
O, por ejemplo, en la apertura de un corredor humanitario en el centro de un
conflicto bélico solo a un personaje de Kafka (o de Carroll) se le ocurriría so-
licitar el cumplimiento de la norma ISO 9000.
Pues bien, todas estas consideraciones pueden y deben ser, en mi opinión,
aplicadas a la ingeniería del conocimiento. No podemos decir que la justifica-
ción era mala solo porque la creencia fuera equivocada, y mucho menos de-
sechar el procedimiento epistémico que la ha producido. Hay que tener en
cuenta en qué circunstancias y debido a qué se ha producido el error. Si se ha
otorgado un alcance extralimitado a los resultados de la investigación o se ha
hecho uso de un procedimiento fuera de su ámbito previsto de aplicación. O

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

si la causa del error es tan improbable que no merece la pena inmunizar el pro-
cedimiento epistémico frente a él. Pero sobre todo sería absurdo (kafkiano,
carrolliano y hasta grouchiano) pedir que todas esas circunstancias y conside-
randos, todas las posibles extrapolaciones indebidas y todos los márgenes de
error fueran contemplados antes de que se hayan producido. Si esa práctica se
siguiera con los puentes, todavía iríamos dando rodeos a todos lados. Si lo hi-
ciéramos con el asunto del conocimiento, nuestras mentes permanecerían en
blanco como las de los rumiantes. Lo que se tiene en cuenta son las circuns-
tancias normales, el uso previsto, el margen de éxito. Nadie dispara una bala
pensando en cómo se falla, se piensa en cómo dar en el blanco.

Las tres patas de un taburete


¿Cuál es el corazón del planteamiento anti realista en filosofía? Bueno, sin duda
es injusto meter a todos los planteamientos en el mismo saco, pues cada época,
cada escuela y cada autor tienen sus propias motivaciones y su propia idiosin-
crasia. Pero, por mor del argumento, voy a describir la que en mi modesta opi-
nión es la base sobre la que se asientan hoy en día la mayoría de los
posicionamientos anti realistas. Es una base con tres puntos de apoyo, tres
patas que soportan una corriente de opinión abrumadora en muchas regiones
filosóficas.
El punto de partida (la primera pata de la silla, o, hablando correcto caste-
llano, del taburete) es que la realidad no nos impone un lenguaje, ni un sistema
epistémico, ni un conjunto de creencias. Esta es la gran diferencia con el
mundo antiguo, donde la continuidad de lenguaje, pensamiento y realidad se
daba prácticamente por descontada. Hoy en día, en contraste, se toma como
un hecho que la situación no predetermina la percepción de la misma, e in-
cluso aunque fuera así, la percepción no predetermina la creencia en torno a
la situación. Es decir, se cree que se ha constatado que en la misma situación
los inputs perceptivos de distintos individuos son diferentes, pues dependen
no solo de propiedades de la situación sino también del punto de vista, de la
perspectiva de cada uno. A un nivel más global, esto se traduce en el hecho de
que el mundo admite estructuras conceptual-lingüísticas y sistemas epistémi-
cos diferentes (lo que denominaré siguiendo un uso habitual, a pesar de que
la palabra es más metafórica y está más cargada teóricamente de lo que apa-
renta, el «marco»). Esto hace que, tanto en los casos concretos como en el
global, toda percepción y toda opinión es siempre situada, relativa a una pers-
pectiva y a un marco.
El siguiente paso (la segunda y más robusta de las patas) es la constatación
de que la única manera de contrastar la corrección de nuestras percepciones,
creencias, estructuras conceptuales y sistemas epistémicos es haciendo algo

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UN REALISMO «REALISTA»

imposible: transcendiéndolas. En efecto, dado que la realidad no se nos im-


pone, se piensa que para medir la corrección de nuestra mirada sobre la misma
deberíamos poder colocarnos fuera de la situación, teniendo a la vista simul-
táneamente lo que está dentro de nuestras cabezas y la realidad fuera de ellas
(el tan cacareado «ojo de Dios»). Algunos proyectos de inspiración realista
(pero de un realismo poco realista) siguen intentando ese salto mortal en el
vacío, porfiando por dar con una semiótica o una pragmática universal y a
priori desde la que dirimir la cuestión (Habermas o Apel por ejemplo). Pero
en general caminan más bien en solitario, y no inquietan demasiado al anti
realista, al que más bien sirven para sacar la moraleja de que todo intento de
evaluar marcos y perspectivas es tan insensato como el deseo del cuervo de
picotear la luna.
El último punto (la tercera pata) es más bien un corolario del anterior.
Dado que nadie puede salirse de su situación para proporcionar razones ob-
jetivas a favor de sus opiniones, nadie está obligado, compelido o meramente
legitimado a adoptar unas en vez de otras. No hay, pues, normatividad genuina
en el ámbito de la opinión humana. Hay quien admite un sucedáneo, esa nor-
matividad interna que surge del hecho de que a mí o a nosotros nos parece co-
rrecto. Pero cuando se contrasta ese «deber» propio con el «deber» del otro
con distinto marco la normatividad se disipa tan pronto como el humo de una
cerilla. Algún antirealista se muestra algo tibio e indefinido en el rechazo de la
normatividad, seguramente por miedo a las consecuencias ético-políticas (ya
se sabe: Hitler, Jack el destripador o simplemente «el sistema»)2. Pero tam-
bién hay propuestas valientes que aceptan con coherencia el etnocentrismo
de sus posicionamientos éticos.

Percepción
Comenzaré con el primer punto, el relativo a la heterogeneidad de la percep-
ción. Pienso que podemos y debemos aceptar que en la misma situación se
dan un conjunto de percepciones diferentes, y que distintas personas pueden
percibir distintos aspectos de la misma cosa. Pero esto no quiere decir, y por
aquí viene el equívoco, que esos distintos aspectos sean (o sean siempre)
«puestos» por el sujeto. No quiere decir que el aspecto sea un «extra» que
yo añado a la cosa o a la situación, al igual que otro añade otros aspectos extra.
La existencia de aspectos puede deberse no a la existencia de múltiples obser-
vadores, sino a la propia estructura de la realidad. Que una cosa tenga una gran
cantidad de propiedades no quiere decir que estas no sean propiedades obje-
2
Un caso flagrante es el de Unger 1996, quien intenta convencernos de que debemos hacer
cosas como comprar postales de UNICEF a pesar de la relatividad semántica de todo predica-
mento ético.

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

tivas de la cosa. Tampoco el que en una situación haya multiplicidad de cosas,


aspectos y propiedades, y que distintas personas pongan su atención en unos
u otros, significa que estos sean extrínsecos a la situación. Supone reconocer,
claro está, el hecho de que la realidad o la situación no nos imponen un as-
pecto, por lo que distintas personas pueden estar concentrándose en o refi-
riéndose a aspectos diferentes. Supone reconocer, en suma, la vaguedad de la
creencia. Vaguedad más presente aún en su manifestación verbal, ya que en la
fijación y transmisión de las reglas lingüísticas uno solo puede comunicar los
aspectos relevantes señalando cosas y haciendo alusión a lo que comparten y
lo que no comparten. Dicho à la Wittgenstein, el significado es un aire de fa-
milia, lo que viene a ser una manera de decir que los aspectos, aunque intrín-
secos a la cosa, solo entran en el lenguaje como semejanzas con otras cosas. Y
dado que siempre hay más aspectos que cosas señaladas (la «ingente» riqueza
del universo), hay siempre un umbral de vaguedad irresoluble en nuestros con-
ceptos. Lo cual, una vez más, ni quiere decir que las semejanzas no sean obje-
tivas, ni que la regla lingüística no pueda cumplir su función de promover el
acuerdo y la comunicación (cuando tiramos de la cuerda arrastramos el objeto
a pesar de que la robustez de la madeja no reside en que una fibra cualquiera re-
corra toda su longitud, sino en que se superpongan muchas fibras).
Tampoco aboca al anti realismo aceptar el hecho de que distintas personas
perciben aspectos diferentes según su marco conceptual respectivo. Que la
percepción sea conceptualmente guiada no quiere decir que esté completa-
mente determinada o que sea sesgada. Que en un páramo nevado el esquimal
se fije en aspectos a los que yo no presto atención no quiere decir que esos as-
pectos no estén presentes para mí, solamente que no me resultan interesantes.
El concepto hace que concentre mi atención en determinados aspectos y ex-
plote los parecidos de la situación con otras determinadas, y esto me ayuda a
entender y manejarme mejor con aquello que a mí o a mi comunidad lingüís-
tica nos interesa. Pero la regla no me obliga a seguir una determinada acción,
primero porque soy yo el que ejecuta la regla (y no la regla la que me «eje-
cuta» a mí), y segundo porque hay muchas maneras admisibles de seguir la
regla (la regla es vaga y flexible) que yo puedo explotar según las circunstancias
y los intereses del momento (incluso en el momento en que llegan a ser im-
portantes para mí los aspectos que interesan al esquimal).

Lenguaje
Vayamos ahora con la segunda pata, aquella que tiene que ver con la incapa-
cidad de transcender nuestra perspectiva y por lo tanto de contrastarla con la
realidad o con las perspectivas de otros. Una vez más, creo que podemos, y
que debemos, aceptar que uno no puede salir fuera de su cabeza para hacer la

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UN REALISMO «REALISTA»

comparación entre algo que está dentro y algo que está fuera de ella, ni tam-
poco puede salirse de su marco y compararlo desde fuera con otros marcos.
Pero tampoco creo que tal malabarismo sea necesario ni además, si fuera po-
sible, para nada útil. Y ello porque podemos evaluar nuestro marco desde nues-
tro marco, y nuestra opinión desde nuestra propia perspectiva. De la misma
manera podemos comprender y evaluar otros marcos sin salirnos del nuestro,
y contrastar opiniones desde nuestra circunstancia. Lo primero, evaluar nues-
tro marco, lo estamos haciendo continuamente. De hecho, cada vez que em-
pleamos una regla (epistémica o lingüística) estamos poniéndola a prueba.
Para poder percibir esto, no hay que olvidar que la regla es un medio, que son
ciertas necesidades y deseos del que la ejecuta los que marcan los fines, y que
es la propia realidad la que se impone al final del proceso, la que dictamina si
los fines se han alcanzado o no. Por ello la regla no se puede evaluar exami-
nando su descripción o su explicitación verbal (de hecho, si hacemos caso a
Wittgenstein, la descripción no tiene nada que ver con la regla, la cual solo
existe en las acciones en que es seguida), pues solo al ser usada cobra contacto
con el duro suelo de los hechos y salen a la luz sus defectos y virtudes. Toda
regla epistémica, todo concepto es evaluado siempre a posteriori, porque se
evalúa su funcionamiento, su capacidad para generar buenos productos. De
ahí también que la regla no sea contrastada ante el mundo in toto, sino en la
situación específica en que es ejecutada. Si además tenemos en cuenta la he-
terogeneidad y diversidad de las circunstancias de aplicación de la regla, más
el hecho de que la regla también se construye sobre la marcha y se va modifi-
cando a medida que se va probando, tenemos una explicación de la graduali-
dad y provisionalidad de toda evaluación (lo que, una vez más, no significa
que no exista: vaguedad no implica incapacidad).
Con respecto a la comparación con otros marcos, sin duda no es algo que
hagamos tan frecuente y directamente como la comparación con la realidad.
Pero pienso que aquí se aplica uno de los leitmotivs de la hermenéutica con-
temporánea, el de que debemos entender al otro desde nuestra propia circuns-
tancia, bajo nuestro propio marco y con nuestros propios pre-juicios. Sin entrar
ahora en la propuesta de Gadamer, más filosófica y por lo tanto más técnica,
me parece que la manera en que hace esto el ciudadano de a pie está íntima-
mente relacionada con la manera en que evalúa enunciados contrafácticos.
Como ya he dicho, un contrafáctico es un condicional cuyo antecedente es
falso (para algunos basta con que se desconozca el valor de verdad del ante-
cedente, pero dejaré ahora fuera esos casos). Según una de las teorías más acep-
tadas (propuesta inicialmente por Stalnaker 1968, siguiendo una sugerencia
de Frank Ramsey), para evaluar el contrafáctico hay que revisar nuestro con-
junto de creencias mínimamente, eliminando los enunciados incompatibles

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

con el antecedente, añadir luego el antecedente y examinar si el consecuente se


sigue del sistema de creencias así revisado. Esto se traduce, llevado al lenguaje
de la lógica modal y la semántica de mundos posibles, en la regla que dice que
el condicional es verdadero si el consecuente es verdadero en el mundo posible
máximamente similar al mundo actual donde el antecedente del condicional
es verdadero.
Sin duda esta es una idealización, en buena medida porque pretende ser
una explicación óntica (condiciones de verdad) y no epistémica (condiciones
de verificación), pero creo que nos da una buena idea del proceso que de hecho
llevamos a cabo en la vida real. Para evaluar un contrafáctico, imaginamos si-
tuaciones en las que el antecedente sea verdadero y que guarden suficiente pa-
recido con situaciones conocidas en las que el antecedente es falso, y
comprobamos los parecidos y diferencias entre unas y otros hasta que llegamos
a una conclusión sobre si en esas situaciones el consecuente sería verdadero o
no. Pues bien, este procedimiento es seguido tanto cuando el antecedente es
un enunciado perfectamente contingente para nosotros (si me hubiera apartado
de la puerta..., si Rajoy no hubiera ganado las últimas elecciones...), como
cuando se trata de un enunciado legal (si la luz viajase a más de 300.000 km
por segundo..., si el hombre viviese más de 200 años...) o, lo que es más intere-
sante para nosotros ahora, un enunciado analítico (si algunos solteros fueran
casados...3). En el último caso se trata sin duda de algo más difícil (las situacio-
nes contrafácticas son menos familiares y menos claro cómo se aplican las reglas
en ellas), pero lo que es importante recalcar ahora es que no hacemos nada cua-
litativamente distinto de lo que hacemos con los contrafácticos con antecedente
contingente, tanto cuando aplicamos las reglas a casos reales como cuando es-
peculamos sobre cómo se aplicarían a casos no existentes. Seguimos trabajando
con aires de familia (buscando analogías entre ocasiones de aplicación de las
reglas) y considerando la regla no en su descripción verbal sino en su aplicación
real (imaginamos situaciones en que la regla o reglas suficientemente similares
están siendo efectivamente usadas).
Normatividad
Resta la tercera pata de la silla, la normatividad. Otra vez aceptaré que no hay
ni puede haber una fuente de normatividad externa a nuestros modos de vida
3
En Vilanova 2004 caractericé las condiciones de verdad de este tipo de condicionales «con-
tra-analíticos» diseñando y explorando situaciones en las que las reglas de nuestro lenguaje
consistentes con el antecedente siguen cumpliéndose. En el ejemplo citado en el texto, por
ejemplo, acudía a escenarios antropológicos ficticios en los que existía un estado civil intermedio
entre soltero y casado, «soltado». Como ya dije en el capítulo 3, una de las grandes ventajas
del multiculturalismo y el multilingüísmo es que en muchas ocasiones no es necesario inventar
tales escenarios contrafácticos, pues la diversidad humana nos brinda casos reales.

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UN REALISMO «REALISTA»

y nuestras prácticas lingüístico-epistémicas. No hay ningún mandamiento di-


vino ni ningún imperativo categórico que nos fuerce a hacer lo que hacemos
y hacerlo como lo hacemos. Pero ello, una vez más, no es óbice para que haya
una normatividad inmanente, y que esa normatividad sea compartida por gru-
pos muy amplios, incluso, para algunas reglas, tan amplios como la propia es-
pecie humana.
Estoy pensando, claro está, en un naturalismo. Pero no en un naturalismo
cientificista a la Quine o un naturalismo biologicista a la Pinker sino en un na-
turalismo comunitarista o, como propone Strawson 1983, un naturalismo so-
cial. Es decir, que aquellos factores que determinan los estándares de
corrección, y que deben ser en todo caso relativizados a la especie humana o
como mucho a su familia biológica, no son propiedades que pertenezcan a in-
dividuos tomados aisladamente, sino a grupos más amplios de individuos de
la especie. Propiedades colectivas y no individuales, es decir, propiedades de
grupos sociales que, además, son productos históricos y probablemente con-
tingentes. Dos matizaciones son importantes aquí.
Primero, que hay una gran diversidad de alcance entre estos factores o
propiedades de los grupos humanos. Algunos son universales o práctica-
mente universales. Aquí entra esa triada de Vico en la que Peter Winch en-
cuentra la clave donde mirar si nos encontramos desorientados acerca del sentido
de un sistema de instituciones extraño (Winch 1958, p. 80): nacimiento, sexo y
muerte. Pero hay más, entre ellas precisamente la naturaleza comunitaria del
ser humano (que el ser humano es social), y ese otro rasgo no menos impor-
tante que consiste en la diversidad y flexibilidad de las prácticas sociales (es
decir, el hecho de que el ser humano admite formas de vida, costumbres y
prácticas muy diferentes). Para el caso epistémico, creo que dos rasgos im-
portantes de la especie y que deberían ser más explotados filosóficamente
son la curiosidad, como una cualidad genérica compartida en parte con otros
homínidos, así como la insatisfacción con la situación presente connatural al
ser humano, que le impele a buscar siempre alternativas más óptimas. Pero
también hay rasgos muy localizados en el espacio y en el tiempo (todos los
que diferencian entre sí culturas, subculturas y tendencias sociales), por lo
que la normatividad que desprenden no traspasa las barreras del contexto
histórico del que dependen4.
La segunda matización tiene que ver con el tipo de motivación que pueden
generar estos ingredientes naturalistas. No estoy diciendo que esas propieda-
des «naturales» sean algo a lo que el individuo sea incapaz de resistirse, un

4
El mismo Strawson admite cambios históricos, aunque hay usos que permanecen en nuestra
imagen del mundo (Strawson 1983, p. 24). Moyal-Sharrock, en su exégesis de Sobre la Certeza,
distingue también entre universal y local hinges (Moyal-Sharrock 2004, p. 195 y ss.).

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

poco como Hume defiende que nadie puede evitar en su vida cotidiana for-
marse creencias de acuerdo con el principio de inducción, o como algunos
exégetas de Wittgenstein interpretan el carácter instintivo y animal del segui-
miento de reglas. A mi modo de ver, es también una característica del ser hu-
mano, conectada con su socializabilidad, la de ser capaz de sobreponerse a
sus instintos y sus costumbres (a no agredir al dentista, a controlar sus eva-
cuaciones en público, a invertir la pulsión sexual, a abandonar un vicio o un
trabajo, a dejarse morir de hambre...). Tal y como yo lo veo, la motivación
descansa en último término en una decisión personal e intransferible, la de
formar parte de un colectivo. No debemos perder de vista que la «natura-
leza» de la que vengo hablando es una naturaleza social, así que otra manera
de explicar esto es diciendo que la obligación de seguir una regla en vez de
otras es una obligación social, es una obligación cara a los otros antes que
ante uno mismo. Y la decisión de seguir tales reglas y no otras (de adoptar
unas prácticas en vez de otras) es la resolución de convivir con el otro, de
vivir en una comunidad. No hay más normatividad, en el fondo, que esta, y
su fuente no es otra que la decisión que uno toma de tomar parte de una prác-
tica colectiva de la que no es único dueño ni legislador plenipotenciario. Si
quieres jugar al juego, tienes que jugar al juego: no puedes jugar al baloncesto
siguiendo las reglas del fútbol.

Sentido Común
Bien, ¿y a dónde nos lleva todo esto? O mejor, ¿de dónde se puede sacar todo
esto? Es decir, ¿dónde debemos buscar esas nociones no idealizadas de len-
guaje, creencia, verdad, etc.?, ¿con qué instrumentos, a partir de qué intuicio-
nes, por medio de qué llevaremos a cabo esta inspección cercana de nuestros
marcos conceptuales? Resaltando de nuevo el meollo del asunto, ¿desde dónde
podemos mirarnos a nosotros mismos?, ¿cuál es el marco para examinar los
marcos? Bueno, no deseo volver sobre cuestiones ya vistas, pero para dejar
claro al lector que no es necesario viajar a ningún lugar distinto de los que le
son familiares, le pondré un nombre: sentido común.
El recurso al sentido común no es una idea nueva en el dominio filosófico.
Por ejemplo, Aristóteles adopta muchas veces una estrategia de este estilo
cuando se enfrenta a las dudas escépticas. Y tan pronto como Descartes re-
plantea el problema de la fundamentación del conocimiento en el siglo XVI,
Claude Buffer replica que es el sentido común, y no los logros de filósofos aca-
démicos, el que proporciona la regla principal para juzgar asuntos importantes.
Poco después Thomas Reid responde a los ataques de Hume al conocimiento
científico y filosófico acudiendo también al sentido común, iniciando una co-
rriente filosófica menor cuya continuidad hasta el siglo XXI es propiciada por

174
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UN REALISMO «REALISTA»

filósofos como James Beattie, James Oswald, Dugald Stewart, Sir William Ha-
milton y, recientemente, Noah Lemos y Lynd Forguson. Desde mi punto de
vista, es natural y hasta justo que esta escuela ocupe un lugar marginal en la
historia de la filosofía, pues en general carecen de una idea adecuada tanto de
lo que es el sentido común como de la manera en que puede ser utilizado en
la práctica filosófica. Tienden a hablar del sentido común como si se tratara
de un oráculo: una fuente de verdades universales que uno consulta cerrando
los ojos y concentrando su atención en el problema. Esta caracterización psi-
cológica (centrada en el sujeto) y teorética (compuesta de tesis) del sentido
común les hace a veces indistinguibles de aquellos a quienes se oponen (Des-
cartes o Kant). Algo completamente ajeno a la propia idea de sentido común
de lo que es sentido común, la implícita cuando decimos «lo que hizo era de
sentido común» o «decir tal cosa iba contra el sentido común», donde se
alude a rasgos comunes a las prácticas de distintas personas y comunidades o,
en la feliz expresión de Rescher, the commonplaces of everyday-life experience of
ordinary people in the ordinary course of things (Rescher 2005, p. 11) (los lugares
comunes de la experiencia cotidiana de gente corriente en el curso corriente
de los acontecimientos).
Es la valiente reivindicación de Moore, y sobre todo las aclaraciones de
Austin y Wittgenstein (aunque ellos prefieran hablar del lenguaje natural, de
gente corriente o de la vida cotidiana, seguramente para desmarcarse de la no-
ción psicologizada de sentido común), lo que propicia una mejor comprensión
del sentido común como una manera de actuar inherente o subyacente a nues-
tras propias prácticas, producida por nosotros en un largo proceso histórico y
sujeta ella misma a las alteraciones de la historia. Básicamente, lo que dichos
filósofos aclararon fue tanto la naturaleza lingüística del sentido común (per-
tenece a la «gramática» del lenguaje) como su carácter comunitario (depende
de la actividad y actitud de un colectivo). Algo que solo fue posible, a su vez,
gracias a una correcta comprensión del lenguaje mismo en clave pragmática,
no como un mero «vehículo del pensamiento», sino como una actividad lle-
vada a cabo colectivamente, regulada socialmente y entretejida con otras ac-
tividades, costumbres y modos de vida.
No es este el momento para ponerse a analizar, justificar y explotar teóri-
camente esta noción, la de sentido común, pues me parece que es un proyecto
que requiere su propio tiempo y su propio espacio (no un capítulo de un libro,
sino un libro entero). Pero sí me gustaría cerrar este capítulo y, de paso, este
libro, con una declaración de principios que es a la vez un examen de concien-
cia y una expresión de intenciones. No estoy seguro de haberlo conseguido
del todo aquí (sospecho que en ocasiones, quizás por haber seguido dema-
siado de cerca la literatura especializada, el debate académico o los modelos

175
Capítulo 8_Maquetación 1 06/08/2015 17:22 Página 176

AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

lógicos, me he alejado algún paso de esa tierra firme), pero sí estoy totalmente
convencido de que la única manera sensata de defender un realismo genuino
en el siglo XXI será, si no lo es ya, desde ese terreno compartido, llamémosle
sentido común, lenguaje natural, vida cotidiana o sabiduría popular.
El nombre me da igual, lo único que sé es que el único realismo «realista»
es el realismo de sentido común.

176
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ÍNDICE

Prefacio................................................................................................................. 9
Cap. 1. Fundamentación del conocimiento.................................................. 15
1.1. La fundamentación del conocimiento como problema vital............... 15
Una conversación entre amigos................................................................... 15
Conocimiento y Justificación....................................................................... 17
Dudas escépticas y argumentos fundamentadores..................................... 19
Dudas escépticas en la vida cotidiana (y no tan cotidiana)...................... 21
1.2. La fundamentación del conocimiento como problema filosófico.... 25
Un cruce de caminos........................................................................................ 25
Un debate filosófico........................................................................................ 29
Las diferencias entre las dudas filosóficas y las dudas reales.................... 31
Adelanto de una propuesta........................................................................... 34
Cap. 2. El punto de vista de la argumentación.................................................. 37
2.1. Lógica versus Teoría de la Argumentación............................................... 37
Argumentos...................................................................................................... 37
Lógica y Lógica Simbólica............................................................................ 38
¿Teoría de la Argumentación vs. Lógica Simbólica?.................................. 40
2.2. Contextos argumentales y contextos epistémicos................................... 43
Contextos argumentales............................................................................... 43
Reglas argumentales........................................................................................... 46
Contextos epistémicos....................................................................................... 48
Patrones argumentales epistémicos.............................................................. 49
2.3. Una guía de argumentos escépticos........................................................ 50
Tres objetivos para una investigación......................................................... 50
Modelos y esquemas: un excurso metafilosófico........................................ 52
Los cinco patrones argumentales escépticos............................................... 53
Cap.3. El argumento de las evidencias contrarias........................................... 55
3.1. Clarificación................................................................................................... 55
Un clásico......................................................................................................... 55
Algo de casuística................................................................................................ 57

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

3.2. El estado civil de la contradicción........................................................... 59


El miedo a las contradicciones..................................................................... 59
Una confusión filosófica................................................................................ 60
Paraconsistencia.................................................................................................. 63
3.3. Relativismo y pluralidad............................................................................ 65
Primer subpatrón: discrepancia entre juicios............................................... 65
Segundo subpatrón:
contradicción entre acciones del mismo procedimiento....................... 67
Tercer subpatrón: contradicción entre procedimientos epistémicos... 67
Cuarto subpatrón: contradicción entre sistemas epistémicos................. 69
3.4. Práctica......................................................................................................... 72
Cap. 4. El argumento de la posibilidad del error.............................................. 75
4.1. Clarificación................................................................................................... 75
Errare humanun est.............................................................................................. 75
Una clarificación y una distinción............................................................... 79
4.2. Terapia: la ambigüedad del escéptico..................................................... 81
Tres ambigüedades modales.......................................................................... 81
In sensu diviso o in sensu composito......................................................... 82
Para todos o para cada uno............................................................................ 84
Lógicamente o realmente............................................................................... 85
Certeza............................................................................................................. 89
4.3. Práctica......................................................................................................... 92
Cap. 5. El argumento de la circularidad de la justificación.......................... 97
5.1. Clarificación................................................................................................... 97
Un nudo gordiano............................................................................................... 97
Un problema menor............................................................................................ 100
Tipos de circularidad.......................................................................................... 101
5.2. Terapia: dos cargos.......................................................................................... 105
Un ejemplo...................................................................................................... 105
Petición de Principio........................................................................................... 106
Ad ignorantiam................................................................................................... 108
Una sentencia apresurada.................................................................................. 109
5.3. Una sentencia favorable................................................................................. 111
Ad ignorantiam reformulada....................................................................... 111
Petición de principio reformulada.............................................................. 114
Argumentos que sí fundamentan............................................................... 117
Gradualidad y Pluralismo.............................................................................. 118
5.4. Práctica......................................................................................................... 122

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ÍNDICE

Cap. 6. El argumento de la mala fe................................................................... 123


6.1. Clarificación.................................................................................................. 123
Un argumentos con malas pulgas................................................................. 123
Un filósofo con malas pulgas:
el pesimismo antropológico de Nietzsche.................................................. 125
Las malas pulga en la argumentación:
el pesimismo antropológico de Schopenhauer............................................. 127
6.2. Terapia: el papel epistémico del interés y las emociones.................... 130
Apellatio.............................................................................................................. 130
Emociones....................................................................................................... 132
Interés................................................................................................................. 133
Ad hominem..................................................................................................... 134
Respondiendo a Schopenhauer..................................................................... 136
La justificación pragmática de las reglas epistémicas.............................. 139
6.3. Práctica......................................................................................................... 141
Cap. 7. El argumento del escenario escéptico.................................................. 143
7.1. Clarificación................................................................................................... 144
Un híbrido....................................................................................................... 144
Genios malignos................................................................................................. 145
7.2. Un cruce de caminos....................................................................................... 150
No sé que pasaría si hubiera un genio maligno............................................. 150
Que exista un genio maligno es imposible y por lo tanto irrelevante.... 151
La solución escéptica....................................................................................... 152
La solución de sentido común......................................................................... 152
Condicional contrafáctico................................................................................ 153
El principio de omnisciencia lógica.............................................................. 153
El principio de introspección....................................................................... 154
7.3. Inferencia y Proyecto Cognitivo.............................................................. 155
Inferencias retractables....................................................................................... 155
Una tesis: la provisionalidad de toda fundamentación.......................... 157
7.4. Práctica......................................................................................................... 159
Cap. 8. Un realismo «realista»........................................................................... 161
Un perfecto conocimiento requiere un hombre perfecto......................... 161
Loci clasici....................................................................................................... 164
Acertabilidad................................................................................................... 165
Las tres patas de un taburete............................................................................ 168
Percepción........................................................................................................ 169

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AL MENOS SÉ QUE SÉ ALGO

Lenguaje............................................................................................................. 170
Normatividad................................................................................................... 172
Sentido común.................................................................................................. 174
Bibliografía.......................................................................................................... 170

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