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La Profanación de la Ciudad.

Por Ariel Zúñiga Núñez ( @azetaene )

La delimitación de un adentro y un afuera, la ordenación de esa interioridad, el desplazamiento


de lo ajeno hasta que sea posible su internalización, son cuestiones propias de todo organismo y
también de toda civilización.
Para los antiguos grecolatinos ellos habitaban un espacio sagrado, la civitas o polis, mientras
que afuera campeaba la barbaridad. El término bárbaro fue legado por los mesopotámicos, con él se
designaba a quienes habitaban fuera del muro de las ciudades.
Tanto para nuestros antepasados grecolatinos como para sus ancestros, no existían continuos
políticos ininterrumpidos, aquello que desde nuestra insoportable modernidad denominamos territorios.
Es frecuente encontrar mapas políticos y administrativos de la antigua roma, apócrifos por la omisión
de una referencia sobre esto en su glosa. El poder no se ejercía del modo en que hoy concebimos,
existían islas dentro del imperio, zonas francas, liberadas, pueblos sin leyes. Esto también ocurre con
nuestras favelas, con la legua emergencia; la diferencia sustantiva es que un imperio antiguo consistía
en una agrupación entre ciudades, ellos eran los espacios civilizados. Flotaban estos átomos de
civilización en un caldo de barbaridad. Las fronteras, por lo tanto, no se encontraban en aquellos
límites cartográficos sino que en los planos arquitectónicos de cada una de las ciudades.
Profanación.
La explanada del parte O'higgins fue pavimentada por Salvador Allende, desde entonces en
ella desfilan los militares.
La ciudad de París, hasta mediados del siglo XIX era un entramado caótico de callejones
medievales cortados por el Sena.
El Rubicón, a varios kilómetros al norte de Roma, marcaba un límite inexpugnable.
En nuestros tiempos los militares no pueden vestir uniformes dentro de las ciudades salvo para
actividades protocolares; está estrictamente prohibido que los regimientos se instalen dentro del muro
de las mismas.
Esto rige casi todo el planeta, una de las excepciones la constituye Chile.
En la antigüedad los forasteros debían dejar sus armas en la puerta de las ciudades, del mismo
modo en que tenían que quitarse el sombrero, o el calzado, al ingresar a un hogar.
En aquellos tiempos antiguos, de sofisticada medicina, sólo los esclavos podían ejercerla.
La comuna de París le enseñó a los poderosos que el trazado espontáneo de las ciudades podía
conspirar contra el poder cuando sus propios habitantes se rebelaran contra la autoridad. Hubo que
construir grandes alamedas para que por ellas marcharan los militares y cargaran contra las barricadas
de los ciudadanos.
Este modo de trazar las ciudades hoy nos parece natural, amplias avenidas parecieran ser
inseparables de la civilización.
Amplios espacios que simbolizan la profanación de las ciudades.
La sangre.
Alejandro Magno quemó la ciudad conquistada en el climax de una juerga; durante la resaca
ejecutó a aquellos que mencionaron que tal colosal profanación debía ser purgada. Alejandro no fue
maldecido, simplemente todos entendieron que había una diferencia sustantiva entre derrotar una
ciudad, asesinar a sus habitantes, violar a sus sobrevivientes, esclavizarlos, que mancillar la honra de
sus antepasados. Él mismo se maldijo.
Nadie le habló de culpas a Alejandro, esas palabras mágicas de hoy no existían.
Bastó una mirada o rehuirla, el silencio, para manifestar lo obvio. Existen mínimos de
dignidad que deben respetarse incluso a los derrotados.
Hoy se nos habla de esos hechos como un simple asunto burocrático y teológico, Alejandro
habría profanado templos, había ofendido por lo tanto a los dioses. Este modo burdamente moderno de
relatar el pasado es propio de aquellos que no entienden que una casa es un templo, y que los dioses no
son más que modos de personificar aquello que en sí es sagrado. La ciudad como un conjunto de
hogares es un magno templo que concentra lo sagrado de cada uno de los hogares allí asentados, sólo
un bárbaro, como un Atila o Gengis Kan puede permitirse usarla como un campo de batalla.
Se podrá saquear, pero de modo respetuoso.
La transgresión de Alejandro llegó a nuestros días pero no como una tragedia griega, sino
como un hecho histórico. Es tal su entidad que consigue eclipsar la suma de sus proezas bélicas, sólo se
puede comparar con la destrucción de Akkad (Babilonia) en manos de una coalición de Hititas y
Egipcios o “Carthago delenda est”. En ambos casos se trató de una retaliación; deliberadamente se optó
por la profanación de modo de sentar un precedente. La orden fue “que no quede piedra sobre piedra”.
En Babilonía soltaron caballos cimarrones para que corrieran sobre el suelo en que antes hubo una
ciudad, y trasladaron toneladas de sal que fue esparcida sobre ella “para que jamás crezca hierba” en lo
que fuera la gallarda ciudad maldita.
Roma tuvo que justificar su operación de aniquilación en un plano teológico, y dar una
solución para ello. Empero no consiguieron purgarlo. No bastaba la imperiosa necesidad política y
económica como en nuestros días.
Tan equivocados no estaban para importurnarse con tamañas precauciones. Un bárbaro, el
líder de los Vándalos, que huía de la persecución romana cruzó las columnas de hércules y se asentó en
las ruinas de Cártago cuatro siglos después de haber sido profanada. La maldición se volvió contra
Roma, de ese puerto zarpó la nave de Genserico que le asestó el golpe de gracia al Imperio, Roma cayó
y el vándalo se instaló en sus ruinas como el emperador de los despojos.
Derramar la sangre en la ciudad no es un asunto trivial ni gratuito, no lo es en la ajena menos
lo será en la propia. Sólo los esclavos podían ser médicos, existía un riguroso celibato durante la
menstruación.
Desde nuestra modernidad diríamos que la violencia de antaño era estructural, que los padres
torturaban a sus esclavos y a sus hijos los trataban del mismo modo.
Todo ello en parte es cierto pero debe admitirse que dicha historia se cuenta con afanes
propagandísticos más que pedagógicos, de acotar aquello que denominamos “barbarie” a la antigüedad
clásica, a los sacrificios aztecas, mayas y mochicas, a la sagrada inquisición española.
Dentro de la ciudad no podía derramarse sangre de los ciudadanos, ninguno podía mancharse
las manos con ella, menos dentro de la ciudad. Los esclavos podían torturarse en lugares destinados
para ello, hacerlo de cualquier manera y en cualquier parte “ofendería a nuestros dioses”, diría el
personaje literario moderno tipo. Esto va más allá de un asunto burocrático teológico: Se profana el
templo, se atenta contra lo sagrado. Tal profanación requerirá de un rito de expiación proporcional a la
falta cometida, como aquel que debió realizar Alejandro y así habría evitado morir de Malaria dentro de
las ruinas de la ciudad que profanó junto a sus cómplices varios años antes.
Maldito Alejandro y toda su descendencia. Maleficios sin expiar que fantasmagóricamente
habitan este mundo, permanecen en las ciudades mientras no se expíe y esto vuelva a ser un templo.
Rubicón:
Cruzar el Rubicón para las legiones romanas era un desafío. La interpretación usual nos
enseña que el poder de la ciudad residía en la república y que el ejército se tenía para lidiar con la
barbaridad.
El soldado era, por lo tanto, junto con el médico, el sacerdote, un ente mediador. Alguien que
constantemente debía expiar por medio de rituales la sangre con la que había sido tocado.
La guerra hace buenos guerreros y malos ciudadanos. Estos ciudadanos son aún peores cuando
son reincorporados a la ciudad sin haber purgado su mácula, la que persevera hasta la expiación.
El Rubicón marcaba un límite sagrado, los soldados debían respetarlo o la ciudad sería
ofendida. La sangre que portan esos guerreros traspasaría con ellos los muros de las ciudades.
El honor que hoy atribuimos a los militares es bastante extravagante, en la antigüedad la gloria
se reservaba para la batalla y luego se entendía que para obtenerla hubo que dialogar con la barbaridad
en el lenguaje de la bestia. El soldado debía despojarse de su uniforme y su espada, y su cuerpo debía
ser santificado, de lo contrario nada impediría el respeto de las demás leyes, la ciudad no es un lugar
para asesinos.
El ejército cruzando el Rubicón no es un mero asunto político burocrático, una amenaza a la
autoridad civil, es un desafío a lo sagrado, un atentado que debe expiarse en caso de cometerse.
La explanada del parque O'higgins.
Cien mil metros cuadrados de hormigón esparcidos a paladas por los obreros de la unidad
popular. En dicho pavimento, curado al aire espeso de septiembre, resuenan las botas al paso de ganso,
mientras la sangre enegrecida hiede. No hay substancia, ni el insecticida más moderno, que contenga a
las moscas, que evite que los cuervos orbiten sobre los tejidos humanos esparcidos en esos uniformes.
Y no hay textil capaz de contener a esa sangre, que evite que toque los cuerpos de esos soldados y sus
cómplices, ella penetró más allá de sus galones y atuendos marciales.
Los cuerpos esparcidos en la ciudad, desmembrados a corvos en borracheras mientras
incendiaban templos que no construyeron. Homenajes iletrados a Alejandro y sus bacanales sodomitas,
pero carentes de su gloria. Atrocidades constitutivas, constitucionales, que perseveran y se reproducen
más allá de la pestilencia. Cuerpos que reflotan con rieles a cuestas y maldicen una y otra vez a los
gobernantes de las ciudades profanadas en donde todo sigue siendo sagrado: Un templo no deja de
serlo por la acción de un maldito.
Lo atroz no es un trauma que se herede, un patrimonio que se incorpore a las cuentas de cada
familia, la sangre sigue ofendiendo la santidad esencial de las ciudades mientras ella no se purgue.
Mientras pensemos en modos de resolución que no ataquen lo principal esos muertos reflotarán, se
desataran de los alambres de púa con que fueron maniatados, irán directo hacia nuestros cuellos para
ahorcarnos.