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ENTRE LA CELDA Y EL HOGAR

DILEMAS ESTATALES DEL CASTIGO FEMENINO


(Buenos Aires, 1890-1940)

(En:Nueva Doctrina Penal, 2007/ B, pp. 427-450. ISBN 978-987-1397-12-9)

Entre 1890 y mediados de la década de 1970, el sistema carcelario femenino argentino


estuvo en manos de una congregación religiosa de origen francés, Nuestra Señora de la
Caridad del Buen Pastor. Un dato de peso, que apunta a un mundo de premisas sobre la
etiología del crimen femenino, a recetas punitivas diferenciadas, y a una ausencia estatal
de larga duración en la administración del castigo de estado. Un dato cargado de
preguntas implícitas, y que sin embargo apenas ha sido considerado en los trabajos sobre
la historia del castigo en nuestro país. ¿Cómo pensar el caso de la cárcel femenina en el
contexto más amplio de la historia de la prisión en la Argentina?

Gracias a una serie de estudios recientes, conocemos los rasgos centrales del sistema
punitivo nacido en las últimas décadas del siglo XIX, junto al estado moderno. Sabemos
que las premisas de aquel modelo de castigo “civilizado” eran derivadas de las del
paradigma europeo dieciochesco, que combinaba nociones de moderación – en un sentido
de no-corporalidad del castigo – con las del uso utilitario del tiempo transcurrido tras las
rejas. Un castigo-tratamiento que transcurriría en instituciones especialmente diseñadas
para albergar las ortopedias disciplinadoras admiradas en la época: impecables
penitenciarías con sendos talleres industriales y aulas escolares, adonde esa parte de las
clases subordinadas sustraída a los brazos de la escuela pública haría su trayecto hacia la
alfabetización.1

Un modelo civilizatorio y disciplinador, una máquina de transformar transgresores en


ciudadanos industriosos, una prisión-fábrica concebida para un sujeto masculino. Sobre
esta utopía se sobreimprimió, en los años del entresiglo, la renovación de las nociones
sobre el origen y tratamiento del delito nacidas de la criminología. El crimen ya no era
una aberración fruto de la maldad del delincuente - explicaban autores italianos y
franceses ávidamente leídos en Buenos Aires - sino el resultado de una compleja red de
determinaciones sociales y psicobiológicas de las que el transgresor era víctima. Esta
patología llamada "crimen" podía ser corregida si se determinaba científicamente su
origen y se aplicaban los métodos de profilaxis y regeneración prescriptos para los
delincuentes o potenciales delincuentes.2

La recepción de la criminología positivista en la Argentina – un tema sobre el que la


investigación aun está avanzando - estuvo muy marcada por un contexto que combinaba
la inmigración masiva, la urbanización vertiginosa y el nacimiento de una incipiente clase
obrera. Cambios gigantescos, y naturalmente vinculados al aumento de la criminalidad en

1
He reconstruído este proceso en: Lila Caimari, Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la
Argentina, 1880-1945, Bs As, Siglo veintiuno editores, cap. I.
2
Una síntesis de los postulados de la criminología positivista, tal como era interpretada por uno de los
mayores exponentes argentinos, en el prólogo de José Ingenieros a la obra de Eusebio Gómez, La mala
vida en Buenos Aires, Buenos Aires, Ed. Juan Roldán, 1908.

1
Buenos Aires: los registros policiales indicaban que buena parte de los arrestados eran
extranjeros y que las nuevas clases trabajadoras adoptaban ideologías políticas que
amenazaban al sistema. Las reformas concebidas para luchar contra el crimen urbano se
desprendieron, en buena medida, de ese diagnóstico.

En ningún área del estado el impacto de las ideas penitenciarias y criminológicas fue tan
evidente como en la reforma de las prisiones. Y ninguna de las prisiones representó dicha
renovación como la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires, inaugurada en 1877 y
federalizada en 1880. Transformada a principios del siglo XX en establecimiento modelo,
la Penitenciaría fue uno de los puntos de exhibición de la modernidad argentina a los
célebres visitantes extranjeros. La impecable planta radial, los numerosos y bien
equipados talleres, la escuela primaria, los cursos de música, dibujo industrial, el Instituto
de Criminología… La institución había "colmado las aspiraciones de funcionarios y
estudiosos."3

Pero la experiencia carcelaria de la enorme mayoría de los penados argentinos transcurrió


en instituciones muy diferentes. Detrás de los triunfos de un puñado de penitenciarías-
estrella predominó la continuidad con las cárceles coloniales, vetustas, pre-higienistas y
pre-penitenciarias. Instituciones permanentemente superpobladas, con una población
carcelaria indiferenciada de condenados y procesados, con poco espacio para adonde
talleres, escuelas y laboratorios de observación. La brecha entre la teoría y la práctica del
castigo que delatan los documentos institucionales es tan notable, que ha organizado los
estudios actuales en torno a la discrepancia entre la normativa jurídico-científica y los
datos sobre la experiencia carcelaria efectiva.4

Curiosamente, el giro escéptico y empiricista que han adquirido los estudios sobre las
instituciones de control social argentinas no han incluido examen alguno de las cárceles
femeninas, acaso las que más justifican aproximaciones de este tipo. No solamente
porque las mujeres encarceladas no eran enviadas a establecimientos organizados sobre
bases científicas o penitenciarias, sino porque en 1890 las cárceles femeninas fueron
entregadas al cuidado de una congregación religiosa. En los años treinta, un Patronato de
Recluidas y Liberadas fue creado con el objeto de aggiornar el tratamiento de las internas
de acuerdo a los principios reformistas que habían guiado los proyectos de modernización
del castigo masculino. La competencia entre el personal de una antigua congregación
religiosa y las dirigentes del Patronato, imbuídas de ideas secularizadoras sobre la
rehabilitación de mujeres, provocó conflictos que expusieron la solidez del proyecto
religioso en el sistema carcelario. De ese conflicto, y de las razones del fracaso de los
intentos modernizadores del castigo femenino se ocupa este ensayo.

3
Memoria de la Penitenciaría Nacional, 1924.
4
Un ejemplo de este giro en los estudios: María Silvia Di Liscia y Ernesto Bohoslavsky (Editores),
Instituciones y formas de control social en América Latina, 1840-1940. Una revisión, Bs As, Prometeo,
2005, Introducción.

2
El Buen Pastor y la rehabilitación de delincuentes5

"Entre las [mujeres] que han pasado algún tiempo,


encuentran las señoras, domésticas inteligentes
que las sirven con fidelidad, aseo y esmero,
pues se les forma en todos los ramos
propios de su sexo y condición."

(Carta de la Madre San Agustín a


Manuela Navarro de Pacheco, 1890)

Que un gobierno conocido por su credo cientificista y su celo secularizador entregara el


control de las cárceles femeninas a una congregación religiosa es un dato que requiere
explicaciones. En una primera instancia, varias se desprenden del contexto de esta
decisión.

Comencemos por poner esta aparente paradoja en perspectiva, para recordar que el uso de
la religión como instrumento de reforma de delincuentes femeninas también fue la regla
en países como Francia, donde la criminología, la psiquiatría y la medicina tuvieron
enorme influencia en la percepción del crimen, y donde la secularización había alcanzado
las prisiones femeninas en 1880.6 Lejos de ser una excepción, la clase dirigente argentina
estuvo entre las varias elites latinoamericanas que simultáneamente delegaron el trabajo
de rehabilitación de mujeres al Buen Pastor. La decisión se inscribía en el impetuoso
movimiento de expansión de la congregación en América del Sur, a su vez, parte de la
expansión de numerosas órdenes y congregaciones religiosas de las últimas décadas del
siglo XIX, que proveerían el grueso del personal de instituciones caritativas, asilos y
escuelas en espacios en los que la presencia del estado era todavía marginal. Como han
mostrado trabajos recientes, la delegación estatal de espacios de poder en manos de
organizaciones caritativas femeninas constituye un dato central del funcionamiento del
sistema de asistencia social argentino, por lo menos hasta el peronismo clásico.7

En la expansión por inmigración del personal de la Iglesia católica, la congregación del


Buen Pastor cumplió un papel decisivo en el trabajo de regeneración de mujeres
marginales. La congregación de Nuestra Señora de Caridad del Buen Pastor fue fundada
en 1835 en Angers, Francia, por María Eufrasia Pelletier.8 La primera rama en América

5
Retomo en este tramo algunos argumentos de mi trabajo: “Whose Criminals Are These?”, The Americas
(54:2), Octubre 1997, 185-208.
6
Ruth Harris, Murders and Madness. Medicine, Law and Society in the fin de siècle (New York: Oxford
University Press, 1989), 91. Sobre el papel de las órdenes religiosas en prisiones femeninas francesas:
Claude Langlois, "L'Introduction des congrégations féminines dans le système pénitentiaire français, 1839-
1880", in Jacques Petit (ed.), La prison, le bagne et l'histoire, Paris, Librairie des Méridiens, 1984, pp. 129-
40.
7
Al respecto: Cecilia Toussounian, Las asociaciones femeninas, la cuestión de la mujer y la emergencia de
un estado social, Buenos Aires, 1920-1940, Tesis de Maestría en Investigación Histórica, Universidad de
San Andrés, 2006.
8
La información sobre el Buen Pastor proviene de los anales de la congregación, que relatan los grandes y
pequeños acontecimientos de su historia. Con estas fuentes, se han elaborado dos detalladas crónicas, de

3
Latina llegó en 1855 a Chile, desde donde partiría el resto de las fundaciones del
continente. Ayudada por eminentes familias católicas, que proveyeron locales y fondos
para las primeras casas, la congregación se instaló en diversos puntos de Chile, para pasar
luego al Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay. El ímpetu fundador estuvo ligado a la
Provincial de Santiago, la Madre San Agustín, proveniente ella misma de una influyente
familia católica chilena. La astucia con la que negoció las condiciones de la inserción de
su congregación con los gobiernos de estos países se desprende de todas las crónicas de
su notable trayectoria.

Las fuentes no coinciden en los detalles de la sinuosa historia del origen de las
instituciones de corrección femeninas de Buenos Aires, pero sabemos que éstas se
remontan a la colonia. Las Leyes de Indias ya preveían la reclusión de mujeres
encarceladas en dependencias separadas de los hombres, "guardando toda honestidad y
recato". En 1692 se creó, sobre la base de un antiguo hospital, una institución para
albergar a "pobres huérfanas y doncellas virtuosas", y hay evidencia de que este
experimento, de apenas nueve años de duración, en la práctica dio cabida a delincuentes y
otras mujeres marginales. Hasta 1774 las condenadas permanecieron en una sección
separada de la cárcel de hombres, en el Cabildo, adonde desempeñaban labores
culinarias. Ese año, el Virrey Vértiz ordenó el establecimiento de una "Casa de
Recogidas" destinada a "sujetar y corregir en ella, las mujeres de vida licenciosa", primer
referencia conocida a una casa de corrección de mujeres, aunque no está claro cuál fue el
resultado de tal iniciativa.9 Hacia fines del siglo XVIII, había dos destinos previstos para
las delincuentes. En principio, las mujeres detenidas por delitos comunes eran alojadas en
la cárcel pública, separadas de los hombres; otras eran enviadas a la Residencia, un
antiguo edificio que había pertenecido a los jesuitas y donde los Betlemitas cuidaban
enfermos y albergaban prostitutas. En 1860, la Residencia se convirtió en Casa
Correccional de la Capital, alojando a delincuentes de ambos sexos en alas diferentes,
para respetar la separación que preveía el reglamento carcelario de 1855. Finalmente, en
1877, procesados y penados hombres fueron trasladados a la nueva Penitenciaría de
Buenos Aires, convertida en Penitenciaría Nacional con la federalización de la ciudad en

corte hagiográfico, de la congregación y sus fundadoras en América Latina: P. Juan Isern, El Buen Pastor
en las Nacionas del Sud de América (Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay), Bs As, S. de
Amorrortu, 1931; Una Religiosa del Buen Pastor, Vida de la Madre María San Agustín de Jesús Fernández
de Santiago Concha, Montevideo, "Casa A. Barreiro y Ramos" S. A., 1946. Una discusión del papel del
Buen Pastor en las cárceles chilenas en: María S. Zárate Campos, "Vicious Women, Virtuous Women: The
Female Delinquent and the Santiago de Chile Correctional House, 1860-1900", in R. Salvatore y C. Aguirre
(comps.) The Birth of the Penitentiary in Latin America. Essays on Criminology, Prison Reform and Social
Control, 1830-1940, Austin, Texas, University of Texas Press, 1996. Sobre el papel del clero femenino en
instituciones de fin de siglo: Karen Mead, Oligarchs, Doctors and Nuns: Public Health and Beneficence in
Buenos Aires, 1880-1914, Tesis doctoral, Universidad de California: Santa Barbara, 1994, cap. 5.
9
La historia de las primeras cárceles femeninas es confusa y fragmentaria. La información para este breve
contexto proviene de: José Penna y Horacio Madero, La Administración Sanitaria y Asistencia Pública de
la Ciudad de Buenos Aires, Bs As, Kraft, 1910; Pbro. Manuel J. Sanguinetti, "Antecedentes de la Cárcel de
Mujeres de Buenos Aires", Revista Penal y Penitenciaria, año V, 1940; Rodolfo A. Gonzalez Lebrero, "El
Asilo de Corrección de Mujeres de Buenos Aires", Revista Penal y Penitenciaria, año X, 1945, p. 23;
Felicitas Klimpel, "Cárceles de Mujeres. Un proyecto de cárcel reformatorio para la América Latina",
Revista Penal y Penitenciaria, año XII, 1947; Ladislao Thot, "Bosquejo histórico de las instituciones
penitenciarias de la República Argentina", Boletín del Patronato de Recluidas y Liberadas, abril-oct. 1937,
n 10-11, p. 38.

4
1880. El viejo edificio de la Residencia se convertía así en Casa Correccional de Mujeres,
para internas femeninas exclusivamente. (Un dato adicional: en los primeros años, la
institución también funcionó como espacio de confinamiento “civilizatorio” de mujeres
indígenas pampas capturadas en las campañas de Roca. También en Chile hay rastros del
paso de mujeres araucanas encerradas por las cárceles del Buen Pastor.)

La naturaleza de la nueva institución obligaba a proveer una administración adaptada a la


población femenina. Las reticencias del gobierno de Juárez Celman ante la decisión del
comité ad hoc de entregar la prisión al Buen Pastor eran evidentes: el proyecto fue
pospuesto varias veces hasta que finalmente el Ministro de Justicia, Filemón Posse, cedió
ante la presión de la congregación y las damas católicas. Aún así, el grupo de mujeres que
acompañaban a las religiosas tuvo que entrar en la cárcel por la fuerza, provocando un
conflicto que terminó con la expulsion de las autoridades estatales. Como lo describen los
anales del Buen Pastor, "la fortaleza estaba tomada."10

¿Por qué un gobierno nacional tan interesado en controlar el crimen como en limitar el
poder de la Iglesia entregaba mansamente la tarea de rehabilitación de delincuentes
femeninas a una congregación religiosa? La Casa Correccional era un problema del que
nadie quería ocuparse. Para la Sociedad de Beneficencia de la Capital - que controlaba
asilos y hospitales con personal de diversas congregaciones religiosas - esta institución
introducía problemáticas diferentes (y más complejas) que las de los asilos y orfanatos
que constituían el grueso de su gestión. La rehabilitación de mujeres delincuentes era una
tarea considerada a la vez difícil y poco importante. La cárcel requería personal femenino
- los peligros de introducir celadores masculinos eran reconocidos por todos - preparado
y dispuesto a vivir con las reclusas. Tal personal no existía entre los tempranos “cuadros”
de aquel estado en plena construcción. Al vivir en conventos, a menudo recluidas en
celdas, y estar acostumbradas a la severidad y las privaciones, las religiosas eran
percibidas como naturalmente adaptadas a un régimen carcelario. Su investidura les
proporcionaba una adicional aura de autoridad con respecto a las internas y al personal.11
Las damas se apuraron a delegar la responsabilidad del tutelaje de las mujeres
delincuentes en las hermanas del Buen Pastor. Y en este caso, no fue para incorporar al
personal de la congregación a una institución bajo su control, sino para entregarle el
manejo absoluto de la cárcel.

A las ventajas prácticas y simbólicas, el proyecto del Buen Pastor agregaba la


conveniencia económica. Como las religiosas procuraban evitar toda interferencia
exterior, manejaban la institución con el poco personal que la congregación proveía -
habitualmente entre veinte y treinta personas - y poco personal más. Esto explica el

10
El director de la Casa Correccional se negó a recibir a las religiosas. En medio de una gran batahola entre
las damas católicas y las autoridades estatales, la Madre San Agustín instaló a sus religiosas a la fuerza.
Ante el hecho consumado, Posse optó por apoyar a la congregación; Isern, t. I., 500.
11
Detalles simbólicos de este tipo no están ausentes en los (escasos) testimonios de quienes presenciaron la
interacción entre internas y religiosas en las instituciones de confinamiento. Una presa política encerrada en
el Asilo San Miguel en 1930 recordaba la primera percepción de la institución en su memoria como la de
un convento, y describía a las “reas” allí encerradas haciendo esfuerzos por ser respetuosas en presencia de
las “madrecitas”. Angélica Mendoza, Cárcel de Mujeres. Impresiones recogidas en el Asilo del Buen
Pastor, Bs As, Claridad, s/f.

5
bajísimo costo presupuestario de la Casa Correccional de Mujeres, una fracción de lo que
el estado gastaba en prisiones masculinas o instituciones de reforma de hombres.12

Todos estos cálculos, claro, partían de algunas premisas fundamentales, la más obvia de
las cuales era que la delincuencia femenina no era un problema que justificara gran
inversión en dinero y personal. La corrección de mujeres marginales tampoco valía un
enfrentamiento con la Iglesia, como sí lo valían la educación pública o el derecho civil.
Después de todo, las mujeres sólo representaban entre 3 y 18 % del total de arrestos.13 ¿Y
no habían demostrado Lombroso y Ferrero en La mujer criminal y la prostituta (1896) la
intrínseca debilidad intelectual y moral de las mujeres delincuentes ? La premisa había
sido adoptada implícitamente por el establishment criminológico argentino, aunque
ninguno de sus líderes desarrolló dicha teoría en el contexto nacional. Felicitas Klimpel,
una de los raras autoras que en los años cuarenta se ocupó de la cuestión desde una
perspectiva feminista, compartía no pocas de dichas nociones.14 Lejos de ser temidas,
entonces, estas mujeres eran transgresoras ocasionales, víctimas de su debilidad moral, a
su vez resultado de su irracionalidad y falta de inteligencia. A diferencia de la
delincuencia masculina, que requería toda una batería de especialistas y estudios técnicos,
la criminalidad femenina era un problema fundamentalmente moral, que podía ser
combatido con los viejos recursos de la religión.

A su vez, dicha conclusion iba en la dirección más general de la feminización del


catolicismo en la sociedad – un proceso observado con preocupación por la dirigencia
católica y denunciado por algunos de sus intelectuales como la causa principal de la
pérdida de influencia de la Iglesia. A fines del siglo XIX, el catolicismo había perdido a
los hombres - que era lo mismo que decir que se había vuelto irrelevante, dirían los
líderes de la reconquista cristiana de los años treinta.15 Por un lado, se habían feminizado
los cuadros ecclesiasticos, con la inmigración masiva de órdenes religiosas de la que el
Buen Pastor era parte. También se habían feminizado las iglesias, a las que los hombres
de todas las clases sociales acudían cada vez menos. La Iglesia (argentina y universal)
había perdido a las clases trabajadoras a manos de las ideologías de izquierda. Y las
clases dirigentes la habían relegado a espacios inofensivos y marginales – como lo
demostraba la benigna tolerancia de los líderes del laicismo hacia la práctica religiosa de
las mujeres de sus propias familias. El catolicismo y la Iglesia tenían un lugar en la
Argentina moderna, siempre que se retiraran de las áreas clave del estado y la sociedad.

La elección de una congregación para rehabilitar a las mujeres marginales y delincuentes

12
Esta conclusión se desprende rápidamente de la comparación del presupuesto de la Casa Correccional
con el de las instituciones carcelarias masculinas. Archivo General de la Nación (en lo sucesivo, AGN),
Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, 1898, Legajo 43, Expediente 343.
13
Donna Guy, "Prostitution and Female Criminality in Buenos Aires, 1875-1937", in Johnson (comp.), The
Problem of Order.
14
Felicitas Klimpel, La mujer, el delito y la sociedad. Bs As, El Ateneo, 1945. Una discusión de las
explicaciones históricas de la delincuencia femenina en: D. Klein, "The Etiology of Female Crime: A
Review of the Literature", Issues in Criminology 8: 2 (Otoño 1973).
15
Leonardo Castellani y Hernán Benítez estuvieron entre los líderes de la reconquista católica que
denunciaron más vehementemente la feminización del catolicismo: Lila Caimari, “Sobre el criollismo
católico. Notas para leer a Leonardo Castellani”, Prismas. Revista de historia intelectual, VER.

6
revela también las consideraciones de género en las concepciones del mercado de trabajo.
A pesar de que las internas eran en su enorme mayoría muy pobres, se esperaba que
corrigieran las desviaciones morales que las habían llevado a delinquir, pero no que
fuesen entrenadas para integrarse a los sectores modernos de la economía. Las hermanas
del Buen Pastor hacían lo posible por imbuir hábitos laborales en las penadas, pero el
espectro de las tareas adjudicadas era limitado: limpieza, costura, bordado, lavado y
planchado. En otras palabras, tareas que conducirían a un mercado de trabajo
domiciliario, o al servicio doméstico - área en gran demanda en el Buenos Aires de fin de
siglo, y frecuentemente mencionada por las autoridades de la cárcel como la mejor
opción laboral para las internas. Por lo demás, las contínuas reemodelaciones en el
edificio limitaban estas actividades todavía más, ya que había poco espacio para talleres y
la superpoblación de la cárcel eran un obstáculo para el trabajo de cualquier tipo.

A pesar de los desacuerdos entre las hermanas del Buen Pastor y los funcionarios
estatales que trataban con ellas, todos compartían una percepción fundamental en relación
a las posibilidades laborales de las mujeres pobres y marginales. La continuidad de
ochenta años en la dirigencia de la cárcel se desarrolló sin demasiados debates sobre su
función. El Buen Pastor nunca debió competir con un proyecto estatal alternativo: más
bien, ocupó un vacío de proyecto. Y en las raras ocasiones en las que las autoridades
penitenciarias se ocupaban de la terapia laboral de las internas, lo hacían en términos no
muy diferentes de los que usaba la Madre San Agustín en el epígrafe transcripto más
arriba. En 1911, la comisión encargada de aconsejar al gobierno sobre futuras reformas
en el sistema carcelario brindó dos recomendaciones con respecto a las instituciones
femeninas: a) que niñas y mujeres fuesen alojadas en alas separadas del (futuro) edificio
para mujeres convictas, donde tendrían suficiente tierra para practicar jardinería y espacio
para aprender tareas domésticas; b) que las mujeres fuesen instaladas temporariamente en
la Prisión Nacional, donde los talleres industriales - innecesarios para dicha población -
serían demolidos y reemplazados con huertas y talleres de costura capaces de proveer
"ocupación adecuada" para las internas.16

Naturalmente, nadie esperaba que las hermanas del Buen Pastor concibieran su misión
según los mandatos de las terapias penitenciarias por entonces universalmente aceptadas.
El éxito o fracaso de la empresa era medido en cantidad de ex-recluidas o menores
asiladas que formaban hogares cristianos, que tomaban la comunión, eran bautizadas o
confirmadas. Una vez ganadas a la vida cristiana, algunas podían incluso ser reclutadas
para la vocación religiosa. Ese fue el caso de setenta de ellas entre 1890 y 1923.17 Las
detalladas historias de casos ejemplares de conversión en el encierro, reproducidas en los
anales de la congregación, también nos hablan del perfil de la egresada ideal de estas
instituciones correccionales, modelo de humildad, sumisión y bondad.

Las internas eran sometidas a una rutina de ejercicios religiosos, instrucción escolar y
trabajo manual. La jornada comenzaba con oraciones, aseo y misa diaria, seguida de las
clases de primer y segundo grado - recordemos que muchas internas eran inmigrantes

16
Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, Proyecto de Reforma Carcelaria. Informe de la Comisión
Especial, Bs As, Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, 1913, pp. 161-163.
17
Isern, El Buen Pastor, t. III, p. 739.

7
extranjeras. Había abundantes lecturas morales y enseñanza del catecismo, intercalados
por momentos de recreación y una última serie de oraciones. El día culminaba con las
oraciones finales. Los valores religiosos eran promovidos en otras actividades:
confesiones, catecismo semanal, prédica, ejercicios espirituales, etc.18 A pesar de que el
estado seguía financiando a la institución y de que la superiora se quejaba contínuamente
de la falta de medios y personal (un rasgo en común con la historia del resto del sistema
carcelario, y de tantas reparticiones estatales), las religiosas no aceptarían ninguna ayuda
que pudiese mediatizar su influencia sobre las internas.19 La maestra contratada por el
Ministerio de Justicia fue despedida a pedido de la Superiora, ya que "graves
inconvenientes podrían seguirse de la intervención de una persona extraña, que no puede
tener tanto interés por el orden y la moralidad entre las detenidas, como las personas bajo
cuya responsabilidad está la Casa." La instrucción pasó a manos de la congregación.
Hasta 1908, la Casa Correccional de Mujeres carecía además de un reglamento oficial
que fijara normas y procedimientos: las religiosas se regían por un estatuto interno
propio, que era privado y desconocido por los funcionarios ministeriales. La presencia del
estado estaba entonces reducida a las inspecciones del Departamento de Higiene, de la
inspección General de Justicia, así como a las diarias visitas del médico que revisaba a las
internas.20 El lugar del Buen Pastor en el sistema punitivo femenino se consolidó más aún
cuando el gobierno le adjudicó la dirección de otra institución, el Asilo San Miguel, para
alojar contraventoras. A fin del siglo, la congregación controlaba todo el sistema
carcelario femenino de la ciudad de Buenos Aires.

Estado y delincuencia femenina

Un vistazo al perfil de las internas de la Casa Correccional puede insertar el panorama


descrito en un contexto más amplio que ponga en relación el tratamiento de la
criminalidad femenina con concepciones dominantes de género, crimen y trabajo. Como
dice Michael Ignatieff, la población de la prisión no es un buen indicador de la función
punitiva del estado, ni de la criminalidad real en una sociedad - sólo una mínima parte de
los crímenes son castigados - sino de los crímenes que son seleccionados para castigo.21
En este caso, el perfil de la población carcelaria puede también servirnos de indicador de
cuáles crímenes eran castigados de este modo, por oposición a formas de encierro basadas
en el ideal rehabilitador, a la vez disciplinador y civilizatorio.

18
Ibidem, p. 586.
19
La percepción de ayuda exterior como una amenaza fue evidente, por ejemplo, cuando La Prensa se
quejó del raquítico presupuesto y la falta de personal que el estado proveía a la Casa Correccional de
Mujeres. Temiendo una interferencia externa, la Madre Superior escribió inmediatamente al Ministro
cuestionando la veracidad del artículo y agradeciendo a las autoridades nacionales su consideración para
con la congregación; AGN, Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública, Legajo 45, Exped. 153.
20
En 1903, sin embargo, una serie de denuncias sobre abusos obligó al gobierno a ordenar una inspección,
que incluyó entrevistas con las presas. El diario El Siglo publicó una nota al Ministro de Justicia acusando a
las hermanas de no pagar el trabajo de las presas, someterlas a castigos crueles y corromper a menores
puestas bajo su tutela. Previsiblemente, se solicitaba al gobierno que echara a las hermanas y tomara a su
cargo la administración de la cárcel. La inspección no reveló, sin embargo, ninguna irregularidad, y el
incidente quedaría en la memoria como un episodio más en la guerra entre católicos y anticlericales.
Ibidem, III, p. 280.
21
M. Ignatieff, "Historiographie critique du système pénitentiaire", in: Petit, La Prison, pp. 9-17.

8
Las depositarias de la terapia de regeneración cristiana del Buen Pastor constituían una
población muy heterogénea. Curiosamente, las condenadas a prisión eran tan sólo una
minoría. Las encausadas, que permanecían encerradas durante meses esperando el
resultado de su juicio, constituían un grupo mucho más numeroso. (En este plano, la
cárcel femenina no era diferente de la masculina, adonde el grueso de la población estaba
constituido por presos sin condena). A partir de octubre de 1890 - cuando los últimos
penados fueron retirados de la sección masculina - se incorporaron cantidades crecientes
de menores, que pronto colmaron el establecimiento.22 Las niñas enviadas por los Jueces
de Menores, los Juzgados, la Policía o la Sociedad de Beneficencia - un promedio diario
de 225 menores asiladas en una infraestructura concebida para ochenta - sobrepasaron las
posibilidades de la institución, convirtiéndola en un híbrido entre cárcel correccional y
asilo de abandonadas. Además de consumir la mayor parte de los recursos y energías de
las religiosas, las menores diluían considerablemente la naturaleza "correccional" de la
institución, ya que el vertiginoso movimiento de entradas y salidas borraba el menor
rastro de la rehabilitación moral concebida por las fundadoras de la institución.23

Esta heterogénea población era alojada en un edificio de más de dos siglos, perfectamente
inapropiado para este propósito. Condenadas de todas las categorías convivían con
mujeres inocentes y menores delincuentes o abandonadas. Criminólogos y penalistas
clamaban por la intervención del estado en este "nido de prostitutas", y veían en la
mezcla una de las explicaciones principales de la alta tasa de reincidencia de las
delincuentes femeninas.24

Las transgresiones por las que las mujeres eran enviadas a prisión no variaron a lo largo
de las décadas. La mayoría había cometido delitos de poca monta contra la propiedad o
las personas (hurto, sospecha de hurto o complicidad en hurto representaban más de la
mitad de los casos, seguidos de lesiones y heridas).25 Las acusadas de delitos típicamente
femeninos, como el infanticidio o el aborto, no representaban más del 1 al 3 %.

22
“Niñas en la cárcel. La casa Correccional de Mujeres como instituto de socorro infantil”, en: Fernanda
Gil Lozano, Valeria Pita y María Gabriela Ini (dirs.), Historia de las mujeres en la Argentina. Siglo XX, Bs
As, Taurus, 2000, pp. 25-46. Recordemos que hasta 1926, fecha de sanción del nuevo código civil, eran
técnicamente menores las mujeres de hasta 22 años. El Código Penal, sin embargo, reconocía la mayoría a
los 18.
23
Las menores comenzaron a ser alojadas en la Casa a pedido del Buen Pastor, y contra los deseos de los
Defensores de Menores al Ministro. En 1901, el movimiento permanente de internas (que a veces
permanecían menos de una semana) provocó el pedido de la Superiora al Ministro de no extraer más
menores sin consentimiento de la Dirección. La respuesta del gobierno es reveladora de los rumores sobre
la administración de la Casa: no podían permanecer en ésta menores ya corregidas con el sólo propósito de
hacerlas trabajar haciendo labores que daban beneficios pecuniarios a la institución; Carta del Ministro de
Justicia a la Madre Superiora, reproducida en Isern, El Buen Pastor, T. II, p. 287. El pedido de la orden de
alojar a las niñas, y la oposición de los Defensores en: AGN, Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción
Pública, 1895, Legajo 38.
24
La información utilizada en esta sección proviene de los informes anuales de la Casa Correccional de
Mujeres en: Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, Memoria, 1899 y ss.; Asilo Correccional de
Mujeres, Libro de Visitas e Inspecciones (1912-1966). Las quejas de los profesionales en Klimpel,
"Cárceles", y González Lebrero, "El Asilo".
25
La clasificación de los crímenes de las que las internas eran acusadas fue cambiando con los años. Por
ejemplo: lesiones y heridas figuraban alternativamente como una o dos categorías.

9
Las habitants de la Casa Correccional eran trabajadoras en los sectores tradicionalmente
femeninos - costureras, lavanderas y otras categorías no especificadas de trabajo
domiciliario.26 Empleadas en el servicio doméstico - mucamas, sirvientas, cocineras -
también representaban una proporción importante de la población carcelaria. No hay de
qué sorprenderse: los registros policiales muestran que la mayoría de las mujeres
arrestadas por hurto pertenecían al servicio doméstico, una de las categorías
ocupacionales descritas como "peligrosas" en las revistas criminológicas de la época.27
Por último, la cárcel albergaba relativamente pocas prostitutas - un 3 o 4% del total.
Dadas las connotaciones sociales de este oficio, que hasta 1934 era legal, es probable que
la cifra ocultara la cantidad de internas que de hecho practicaban la prostitución, aunque
su ocupación declarada fuese otra. Aún así, la cifra es baja si consideramos los cientos de
prostitutas acusadas de escándalo público que figuraban anualmente en los registros
policiales como "contraventoras", y la percepción que los contemporáneos tenían de la
prostitución como uno de los principales oficios asociados al crimen. Las prostitutas no
correspondían al perfil de las internas de la Casa Correccional: no eran enviadas a la
cárcel, sino al Asilo de Contraventoras San Miguel, también regenteado por el Buen
Pastor, donde permanecían por poco tiempo. Si no ingresaban al sistema carcelario
formal no es porque no fuesen consideradas peligrosas. Precisamente porque lo eran, una

26
El oficio o profesión declarados también sufrieron cambios en el recorte de categorías: "sirvienta"
aparecía alternativamente como la categoría más importante, o una de las más insignificante, evidentemente
reemplazada por la de "mucama". La categoría "sin oficio" era a veces reemplazada por - o agregada a - la
de "quehaceres domésticos", por lo que no siempre es posible precisar la proporción de unas y otras. Por
otra parte, resulta difícil identificar las trabajadoras domiciliarias debido a la definición ambigua de su
espacio y horarios profesionales, mezclados con su trabajo personal en la casa. Como la categoría "sin
profesión" ocultaba a muchas de estas trabajadoras informales, hemos agrupado esta categoría junto a la de
"trabajadoras domésticas" en general. Sobre los problemas metodológicos para identificar a las trabajadoras
informales: María del Carmen Feijóo, "Las trabajadoras porteñas a comienzos de siglo", in Diego Armus
(comp.), Mundo urbano y cultura popular. Estudios de Historia Social Argentina, Buenos Aires,
Sudamericana, 1990, p. 291.
27
Ciudad de Buenos Aires, Boletín de Estadísticas; delitos en general; suicidio, accidentes y
contravenciones diversas (1914-1944); Comisario José G. Rossi, "Profesiones peligrosas. El servicio
doméstico", Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines, Año VI, 1907, p. 72.

10
batería de controles médicos y policiales las vigilaba mucho más de cerca que a las
internas de la Casa Correccional. La legalización de la prostitución había sido concebida
justamente para permitir tales controles. El paso por el Asilo constituía apenas una escala
en dicho sistema.28

El perfil de las internas de la Casa puede contribuir a explicar la falta de interés oficial en
su transformación: esta población de domésticas, trabajadoras a domicilio y
desempleadas pobres también era ignorada a la hora de legislar sobre horas de trabajo
limitadas o descanso dominical. Mientras sus colegas en el sector industrial -
numéricamente mucho menos importantes - eran percibidas erróneamente como el sector
más vulnerable de las mujeres trabajadoras y gozaban de estos derechos desde 1907, las
profesiones femeninas más tradicionales permanecerían desprotegidas por muchos años.29

Otra de las razones de la pobre intervención estatal en la rehabilitación de delincuentes


femeninas era el reducido número de convictas, que parecía confirmar la idea de la menor
propensión de las mujeres a la criminalidad. El censo carcelario llevado a cabo por
Antonio Ballvé en 1906 retrató una población de 8.011 personas, de las cuales sólo 270
eran mujeres, la mayoría alojadas en la Casa Correccional de Buenos Aires.30 Los censos,
sin embargo, son indicadores engañosos para medir la población carcelaria femenina, ya
que reflejan solamente el número de internas en un momento dado. Por la naturaleza de
los delitos en los que estaban implicadas, la mayoría de las delincuentes en cuestión eran
condenadas a penas cortas, frecuentemente menores de un año. La mayoría salía a pocos
meses de haber ingresado. Así, la población flotante de la institución era mucho mayor
que el número de residentes en un momento dado: si en un año promedio había una
existencia de 100 presas en el momento del informe, los datos sobre el movimiento
mostraban que entre 400 y 500 mujeres habían pasado por el establecimiento, y a menudo
muchas más.31 Estos números no consideraban a las delincuentes juveniles, que eran
contadas junto a las menores. Las cifras de la población flotante de éstas, que aparecían
sin discriminación de categorías (huérfanas, abandonadas, delincuentes, alienadas, etc.),
eran mucho más altas: un promedio de mil por año hacia 1900, con picos de hasta dos mil
en 1930.32 Hacia 1915, veinticinco años después de la entrega de la institución al Buen
Pastor, más de 30.000 personas, (entre internas y menores) habían pasado por la
institución. Las contraventoras destinadas al Asilo San Miguel sumaban en 1923 38.760.

Si el estudio de la población carcelaria no es un indicador de la criminalidad sino de las


actitudes del estado hacia dicha criminalidad, esto parece especialmente claro en el caso

28
Sobre el control de las prostitutas en la ciudad de Buenos Aires, ver: Donna Guy, Sex and Danger in
Buenos Aires. Prostitution, Family and Nation in Argentina, Lincoln y London, University of Nebraska
Press, 1991. He reconstruído los testimonios de la vida cotidiana en el Asilo San Miguel en: Caimari,
Apenas un delincuente, cap. 3.
29
Sobre la representación distorsionada de las trabajadoras en los censos, véase: Feijoo, "Las trabajadoras";
Donna Guy, "Lower-Class Families, Women and the Law in Nineteenth-Century Argentina", Journal of
Family History, 10:3 (Otoño 1985), pp. 318-331.
30
E. Gómez, Criminología, p. X.
31
Según los anales del Buen Pastor, entre 1890 y 1923 la Casa recibió 18.629 internas adultas y 34.623
menores; Isern, El Buen Pastor, t. III, p. 739.
32
Estas son las cifras hasta 1938, cuando las menores de 18 fueron trasladadas al Patronato de la Infancia.

11
aquí considerado. Las fuentes penales y penitenciarias revelan una sistemática resistencia
a encarcelar transgresoras. Por un lado, las pésimas condiciones de la Casa Correccional
de Mujeres de Buenos Aires, sumadas a la inexistencia de cárceles femeninas en la
mayoría de las provincias y territorios, hacía que muchos jueces optaran por no
encarcelar a las condenadas, o bien enviarlas a instituciones "respetables" de otra
naturaleza - frecuentemente asilos manejados por religiosas.33 Si la Casa de Buenos Aires
estaba completa, como sucedía a menudo, las mujeres condenadas a prisión en las
provincias no tenían dónde cumplir su sentencia, y ésta era modificada. De hecho,
laestabilidad de las cifras sugiere que había tantas mujeres condenadas a prisión como
camas disponibles en la Casa Correccional. Teniendo en cuenta que la convivencia de
presas de toda categoría hacía que el peligro de corrupción para las delincuentes
primarias fuese más alto que las chances de regeneración, no es sorprendente que
prestigiosos criminólogos como José Ingenieros aconsejasen la evacuación de las mujeres
condenadas a penas leves.34

El Código Penal de 1922 formalizó parcialmente esta práctica. El artículo 10 estipulaba


que cuando la prisión no excedía los seis meses, podrían ser detenidas en sus propias
casas "las mujeres honestas, y las personas mayores de 60 años o valuetudinarias [débiles
o enfermas]”.35 Esta disposición seguía la tendencia más general a transformar las penas
en prisión en penas domiciliarias. Si bien la aplicación de este artículo todavía está por
estudiar, es claro que reforzaba la tendencia precedente a no encarcelar a las condenadas
de poca peligrosidad, como las delincuentes primarias con penas cortas.

El nuevo artículo sobre condena condicional terminó de consagrar esta práctica. La


condena condicional implicaba la suspensión condicional de la pena impuesta, siempre
que se tratase de un delincuente primario condenado a penas menores de dos años.36 La
aplicación de la condena condicional a las mujeres fue muy extendida: el Registro de
Reincidencia y Estadística Criminal y Carcelaria muestra que, pocos años después, casi el
80% cumplía su condena en esta forma, mientras sólo alrededor de 40% de los hombres
gozaba de dicho privilegio.37

33
Si bien no contamos aún con suficientes trabajos sobre fuentes judiciales sobre criminalidad femenina,
los existentes confirman esta tendencia. La falta de facilidades en las cárceles provinciales obligaba a los
jueces a enviar a las penadas a cumplir su condena en la Casa Correccional de la Capital. María A. Diez,
"Una imagen delictiva en torno del amor y la sexualidad (Territorio Nacional de La Pampa, 1885-1905)",
in: Knecher y Panaia (comps.), La mitad, pp. 120-128. Sobre el "depósito" de mujeres en instituciones
alternativas, véase: Kristin Ruggiero, "Wives on 'Deposit'": Internment and the Preservation of Husbands'
Honor in Late Nineteenth-Century Buenos Aires", Journal of Family History 17:3 (1992), pp. 253-270.
34
Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines, Año I, 1902, p. 700.
35
El Código Penal de 1886 ya preveía una conversión de la pena de presidio por la de penitenciaría (más
atenuada) para hombres débiles o enfermos, menores, mayores de 60 años y mujeres (art. 62). Código Penal
de la República Argentina, en vigencia desde el 1 de marzo de 1887, Bs As, Félix Lajouane, 1903, p. 14;
Jorge De la Rúa, Código Penal Argentino, Bs As, Lerner Ediciones, 1972, p. 116.
36
Ley n° 11 179, Código Penal de la Nación sancionado en 1921 in: Códigos de la República Argentina,
Bs As, Rodríguez Giles, 1924, p. 306. Un debate sobre la libertad condicional en: Roberto Parry, Libertad
Condicional y Condena Condicional. Proyectos del ley y exposición de motives, Bs As, Talleres Gráficos
Argentinos de L. J. Rosso y Cia., 1920, p. 18.
37
Secretaría de Estado y Justicia, Registro Nacional de Reincidencia y Estadística Criminal y Carcelaria
(1926 y ss.)

12
Las penas domiciliarias parecían especialmente adaptadas a las necesidades femeninas.
Por un lado, mantenía a las mujeres en sus hogares, evitando la disrupción de las familias
y la carga adicional al estado de niños abandonados. Por otro, evitaba el encierro,
considerado particularmente nefasto para la sensibilidad femenina.38 El hogar y la familia,
no la cárcel, eran considerados como los mejores ámbitos para convertir a delincuentes y
marginales en mujeres respetables. Los mecanismos de transformación de las mujeres
que habían delinquido conducían al ámbito doméstico, y no al carcelario.

b) El Patronato de Recluidas y Liberadas y la cuestión del trabajo

"No es sólo con amor, con bondad, con caridad, con que se hacen las cosas. Hacen falta
inteligencia, voluntad y una orientación científica. Siempre existe un fin al que se quiere llegar,
para el que se hace la ruta. Unos han tomado como ideal la expiación de las almas pecadoras,
otros como meta la posibilidad de adaptar las delincuentes a la vida social.
Plegaria, oración para unos; trabajo obligatorio para otros. Tales los elementos de acción".

Boletín del Patronato de Recluidas y Liberadas, Editorial, marzo de 1935

En noviembre de 1932, el conocido penalista y criminólogo Eusebio Gómez llevó a un


grupo femenino de estudiantes de derecho a visitar la Casa Correccional de Mujeres, un
ejercicio habitual en la práctica docente universitaria. El espectáculo de abandono en el
que encontraron a las internas llevaría a este grupo a crear el Patronato de Recluidas y
Liberadas (PRL), nacido oficialmente en mayo de 1933. La génesis de esta institución
parece más ligada a cambios generales en la sociedad argentina de la época que a un
deterioro particular de la situación de la cárcel de mujeres que, como vimos, nunca había
alcanzado para atraer la atención exterior. A principios de los años treinta, un número
creciente de mujeres tenía acceso a carreras como medicina y derecho, ámbitos
universitarios en los que habían nacido las primeras organizaciones feministas
sudamericanas. Por primera vez existían organizaciones que combinaban el interés en
problemas de criminalidad femenina con el conocimiento de las teorías y métodos
científicos para tratar dichos problemas.39 Tal era el perfil de las miembros del PRL,
compuesto por abogadas o estudiantes de derecho, algunas de las cuales tendrían
trayectorias profesionales brillantes, y estrechos vínculos con otras organizaciones de
protección legal de la mujer.40 La institución nació ligada al centro del establishment del
derecho penal y la criminología: presididas honorariamente por Eusebio Gómez, sus
miembros pertenecían a las asociaciones profesionales correspondientes y enviaban

38
Este argumento fue desarrollado por el Juez Criminal Artemio Moreno, Boletín del Patronato de
Recluídas y Liberadas (I, nº 1, 1933), p. 16.
39
Sobre la militancia de las primeras organizaciones feministas del Cono Sur: Asunción Lavrin, Women
Feminism, and Social Change in Argentina, Chile and Uruguay 1890-1940, Lincoln, University of
Nebraska Press, 1995.
40
Telma Reca, una prestigiosa psiquiatra esecializada en delincuencia juvenil, era una de las raras figuras
relacionadas al PRL que no pertenecía al mundo jurídico. Alma Gómez Paz, quien presidió el Patronato por
muchos años, tendría una importante carrera diplomática. Junto a Lucila de Gregorio Lavié y Zulema
Branca, dictaba cursos sobre "La mujer ante la legislación" y estaban a cargo del "Consultorio Jurídico
Femenino" del Consejo Nacional de la Mujer; Revista del Consejo de Mujeres de la República Argentina,
Jul-Sept 1938, año XXXVIII, nº133, p. 23.

13
delegaciones a cada congreso nacional e internacional en la materia.

El PRL buscaba instalar el tema de la delincuencia femenina dentro del campo científico,
e introducirlo en el debate político. Desde el principio, las socias activas (un centenar)
contaron con el apoyo de los penalistas y criminólogos más reconocidos, muchos de los
cuales se convirtieron en socios protectores y publicaban artículos en el boletín de la
institución.41 Mediante cuotas anuales, todos mantenían al Patronato, que raramente
recibió ayuda oficial en sus tres décadas de existencia. Estas eminencias del mundo del
derecho penal participaban en las conferencias en las que se debatían temas vinculados a
la delincuencia y rehabilitación femeninas. Paralelamente, el PRL intentaba generar
consenso en las esferas oficiales sobre la necesidad de un cambio en la política carcelaria
femenina mediante visitas a autoridades, cartas al Congreso, la elaboración de proyectos,
etc.

No obstante, el objetivo central de la organización era el trabajo directo con las internas.
Estas jóvenes abogadas querían aplicar sobre las internas de la Casa Correccional los
principios de profilaxis del crimen y rehabilitación de delincuentes prescriptos por la
criminología moderna, cuyos resultados en cárceles y establecimientos europeos y
estadounidenses estudiaban y admiraban. El primer esfuerzo se haría en torno a las
mujeres beneficiadas por el nuevo régimen de libertad condicional. El Código Penal de
1922 había introducido esta figura legal, que se inscribía en la tendencia general a
individualizar la pena y reducir las penas privativas de la libertad. El auto de soltura de
cada liberado imponía una serie de condiciones de control, que los patronatos esperaban
cumplir.42

Como el Patronato de Liberados (para hombres), el PRL era una empresa privada. Tras
esta decisión estaba la certeza de que la vigilancia era menos traumática si la policía y el
personal carcelario quedaban afuera del proceso de reinserción. Así, los patronatos nacían
con un estatus particular: si bien técnicamente tenían licencia para actuar fuera de los
establecimientos penales, en realidad no podían acceder a los recluidos ni obtener
41
Entre las cartas de apoyo a la iniciativa se encontraban las de Clodomiro Zavalía, Decano de la Facultad
de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, Gonzalo Bosch, Director del Hospicio de las Mercedes y
Profesor de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de la UBA, Luis J. García, Jefe de la Policía de la
Capital, Artemio Moreno, Juez de Instrucción en lo Criminal de la Capital; entre los colaboradores
figuraban el futuro Ministro de Justicia Eduardo Coll y el Director General de Institutos Penales Paz
Anchorena.
42
La idea de introducir la libertad condicional en la legislación penal era muy anterior, pero los intentos
previos habían fracasado. Finalmente, el artículo 13 del Código Penal de 1922 introdujo esta figura para
condenados que hubieran cumplido una porción de la pena. Las condiciones eran: 1) Residir en el lugar que
determine el auto de soltura; 2) Observar las reglas de inspección que fije el mismo auto, especialmente la
obligación de abstenerse de bebidas alcohólicas; 3) Adoptar en el plazo que el auto determine, oficio, arte,
industria o prefesión, si no tuviere medios propios de subsistencia; 4) No cometer delitos; 5) Someterse al
cuidado del patronato indicado por la autoridad competente. Ley 11 179. Código Penal de la Nación,
sancionado en 1921, en: Códigos de la República Argentina, Bs As, Rodríguez Giles, 1924, p. 306. El
debate sobre la libertad condicional en: Parry, Libertad Condicional. Los Patronatos de Liberados, cuyo
propósito era ayudar a los ex-convictos a reinsertarse en la sociedad mediante la búsqueda de trabajo y
apoyo económico temporal, existían en todos los países que habían introducido el sistema de libertad
condicional. Los primeros nacieron en Filadelfia (1776) y Francia (1819). En Argentina, el Patronato de
Liberados fue creado en 1918, anticipándose a la sanción inminente del sistema de libertad condicional.

14
información sobre los liberados sin la colaboración de dichos establecimientos. En el
caso del PRL, esto obligaba a sus miembros a un contacto permanente con la
congregación religiosa que administraba las cárceles de mujeres. Entre la aspiración a la
independencia implícita en el estatus privado del Patronato, y el vínculo con el aparato
estatal y eclesiástico, el margen de acción estaba mal definido. Esta ambigüedad sería la
causa de muchas fricciones.

Además del control del cumplimiento de la ley, el trabajo de tutela del PRL implicaba un
apoyo asistencial y hasta psicológico de las liberadas. Una vez emitido el auto de soltura,
el PRL nombraba a una visitadora que procuraba disimular la relación de vigilante-
vigilada granjeándose la simpatía y confianza de la ex-convicta. Esta relación se traducía
a veces en préstamo de dinero y alojamiento para los primeros días. Las liberadas eran
inmediatamente sometidas a exámenes médicos y psicológicos con vistas a un
tratamiento individualizado. La inspectora debía hacer visitas frecuentes al domicilio de
la ex-reclusa, y comprobar que se había reintegrado satisfactoriamente al hogar, ya que
estas activas profesionales también sostenían que para las mujeres "vida normal significa,
casi siempre, vida de hogar".43 Luego venía la tarea principal de la inspectora:
proporcionar trabajo e independencia económica a la ex-penada que lo necesitara.

Sería difícil exagerar la importancia atribuida por el PRL al trabajo como factor
regenerativo y preventivo del delito, fruto de su adhesión a los postulados penitenciarios.
Había que "convertir cada prisión en una escuela de industrias, empleando el trabajo
como un elemento de castigo, disciplina y reforma, inculcando en el delincuente el hábito
a la actividad honrada, con lo cual se le darían armas benéficas para la lucha por la
vida".44 Partiendo de la premisa de que las liberadas nunca encontraban trabajo digno si
antes no eran entrenadas durante su estadía en prisión, el PRL comenzó a ejercer presión
sobre las autoridades del Buen Pastor para que les permitieran acceder a las presas
mismas, a fin de enseñarles un oficio. La intervención en la formación de las internas
siempre fue un elemento central de la agenda de la organización, que por eso se
autodenominó Patronato de Recluidas y Liberadas, por oposición al Patronato de
Liberados masculino. Pero aquí el PRL tropezó con la vieja resistencia del Buen Pastor a
las interferencias en su trabajo: la Superiora Sor María del Sacramento nunca permitió la
entrada de las abogadas penitenciaristas en la Casa Correccional, ni aceptó el material de
trabajo manual que procuraban entregarle para las internas.45

Sin duda, las desconfianzas habituales estaban potenciadas por tratarse en este caso de
una intervención impulsada por la crítica al estado de cosas en la cárcel. Alternativamente
agresivas o paternalistas, las primeras referencias de las estudiantes y abogadas del PRL a
la labor de rehabilitación de mujeres del Buen Pastor eran sistemáticamente negativas: las
"dulces hermanitas", totalmente "alejadas de la corriente del siglo" no podían seguir
43
Telma Reca, "Directivas para la organización de una cárcel de mujeres", Revista de Criminología,
Psiquiatría y Medicina Legal, 1935, p. 729.
44
Hortensia Yuseim, "El Patronato de Recluidas y Liberadas", Boletín del PRL, año II, n° 4, marzo 1935,
23.
45
Alma Gómez Paz, "Conversando con Sor María del Sacramento", Boletín del PRL, año I, n 1, dic. 1933;
Zulema Branca, "Inauguración de una muestra de trabajo realizada en la Casa Correccional de Mujeres",
Ibidem, Año I, n 3, oct. 1934, 5.

15
llenando las funciones que exigían las necesidades del momento.46 La objeción excedía al
Buen Pastor: el PRL se oponía a la delegación de la administración carcelaria en manos
de toda orden religiosa y, más en general, al uso de la religión en la terapia de
rehabilitación de delincuentes. Una posición cuyo sentido es reforzado por el contexto, si
recordamos que era formulada en una sociedad argentina en proceso de intensa
"catolización" de la educación y la cultura política, cuyo punto culminante fue el
Congreso Eucarístico de 1934. No solamente el PRL evitó toda mención al evento, sino
que publicó ese mismo año artículos en los que se defendía la conveniencia de una
legislación sobre el aborto eugenésico, sobre el modelo de la legislación soviética.47 El
escepticismo en relación a los poderes regeneradores de la religión escondía apenas un
anticlericalismo más generico, ampliamente compartido por Eusebio Gómez. Para este
consejero y protector del PRL, la religión era no sólo inútil en la regeneración moral de
los prisioneros: también era peligrosa, ya que tendía a fundar la moral y el respeto a la
autoridad en principios religiosos, no civiles. Para Gómez, la religión no podía sino
generar personalidades hipócritas y temerosas, naturalezas débiles inclinadas a delinquir.
Su opinión sobre las cualidades intelectuales y morales del clero no era mejor: esos
"parásitos de la superstición" eran tolerados sólo porque su extinción completa era parte
del orden natural de las cosas.48

El trabajo sobre mujeres debía estar en manos de civiles laicos. Si esto no era posible - la
falta de personal femenino capacitado seguía siendo un problema - las instituciones
debían al menos estar dirigidas por laicos: las religiosas idóneas podían participar con su
trabajo, a condición de hacerlo bajo su propia responsabilidad, y no como miembro de
una congregación capaz de oponer resistencia a las iniciativas de los especialistas. Tal
como funcionaba, el sistema violaba los principios penales más esenciales. Se ignoraba la
aplicación individual de la pena, ya que las religiosas estaban tan sobrecargadas de
trabajo y el movimiento de internas era tan veloz que rara vez podían familiarizarse con
cada caso. En vez de cumplir la tarea de moralización mediante la observación
individual, las internas eran sometidas colectivamente a inútiles discursos religiosos, que
planteaban sus delitos en términos de pecado y perdón, completamente disociados de la
realidad que los había generado. A esto se unía la monotonía y precariedad de la
instrucción: las clases de primer y segundo grado estaban destinadas a dar las bases de
escritura y lectura a las analfabetas y no incluían otros saberes prácticos elementales para
la vida futura, como nociones de economía doméstica, nutrición, dietética familiar,
higiene, etc. Para agregar variedad a este curriculum, el PRL donó a la Casa Correccional
unos cien libros que iban desde obras escogidas de la alta literatura universal y nacional,
a lecturas prácticas de cocina, higiene y puericultura, pasando por textos escolares
secundarios y algunas novelas de moda. Ningún texto religioso figuraba en la lista.
Paradójicamente, esta iniciativa dio nuevas indicaciones de la impotencia del PRL para
ejercer influencia sobre las recluidas: cuando quisieron organizar un concurso de lectura
para asegurarse que el material enviado era aprovechado, la Superiora se opuso
argumentando que la iniciativa crearía recelos y envidias entre las internas.

46
Lucila de Gregorio Lavié, "Reeducación práctica de las liberadas", Ibidem, año I, mayo de 1934, 9.
47
Ibidem, n 2, Año I, mayo de 1934, 22.
48
Eusebio Gómez, La mala vida en Buenos Aires, p. 215.

16
De todas las objeciones formuladas por el PRL a la Correccional, la más grave era la
ausencia de toda disciplina de trabajo. En primer lugar, porque violaba el Código Penal,
que preveía el trabajo obligatorio sin distinción de sexos y la formación de un peculio
para ayudar al interno a la salida de prisión. Más importante aún, porque creaba malos
hábitos y un ambiente malsano en la prisión y devolvía a la sociedad mujeres mal
preparadas para defenderse, y por ende propensas a la reincidencia. Todo se conjugaba
para que las presas vivieran en el ocio: la falta de espacio para talleres, el desinterés del
estado en la construcción de un edificio apropiado, la incompetencia de las hermanas del
Buen Pastor, la heterogeneidad de la población de la institución. Y cuando las presas
trabajaban, el tipo de actividad manual que cumplían también merecía severas críticas: en
el mejor de los casos, las estaban preparando para engrosar las filas del servicio
doméstico.

La apuesta de máxima del PRL era construir una nueva cárcel en las afueras de la ciudad,
con una sección de talleres al estilo de la Penitenciaría. Aunque el proyecto no recibió el
interés esperado, algunas de las reformas de la Casa realizadas en los años treinta hablan
de resultados parciales de su prédica. En 1938 el Director de Institutos Penales, José M.
Paz Anchorena, ligado al PRL y relativamente sensible al tema de la delincuencia
femenina, promovió la construcción de dos talleres en la Correccional, uno de costura
mecanizado y otro de encuadernación, primer intento de entrenar a las internas en otras
labores que las estrictamente domésticas. Ese mismo año, el Ministro de Justicia,
Eduardo Coll, otro amigo del PRL, ordenó retirar de la institución a las menores de 18
años. El Buen Pastor perdió jurisdicción sobre las jóvenes de 18 a 22 años, que pasaron a
tutela del Patronato Nacional de Menores. Cambios que deben ser leídos, a su vez, en el
contexto de la reforma carcelaria llevada a cabo por las administraciones conservadoras
de los años treinta, que concretaron muchos de los postulados del penitenciarismo
decimonónico.49

A pesar de estos logros parciales, era evidente que el trabajo del PRL tenía resultados
muy limitados, en buena medida debido a la imposibilidad de acceso a las internas, fruto
de la tensión con las religiosas. Aun en condiciones favorables, el trabajo sobre las
liberadas, nunca podría haber tenido el impacto deseado, ya que la corta duración de las
penas y el alto índice de reincidencia de las delincuentes femeninas las inhabilitaba para
la libertad condicional. Hacia fines de la década de 1930, ya era evidente que las políticas
carcelarias femeninas no iban a ser modificadas sustantivamente. Más aún, el gobierno
provincial bonaerense consolidaba las tendencias de largo plazo: en 1936, la nueva cárcel
de mujeres de la provincia de Buenos Aires, construida en Olmos, fue confiada al Buen
Pastor.

Los obstáculos al proyecto del PRL surgían de un diagnóstico algo unidimensional sobre
las razones de la particular configuración del sistema carcelario femenino. En primer
lugar, el debate de especialistas promocionado por el PRL estuvo limitado al mundo
legal, excluyendo perspectivas de otros campos, como la medicina y la psiquiatría,
disciplinas por de gran importancia en el sistema penitenciario. La definición exclusiva
de la institución como una organización de abogadas limitó su visibilidad y mantuvo los
49
Caimari, Apenas un delincuente, cap. 3.

17
apoyos demasiado dependientes del mundo jurídico. Más importante: el PRL fracasó en
su intento de replantear las visiones dominantes de la criminalidad femenina. A pesar del
apoyo intelectual tan generosamente dispensado, ningún gobierno parecía considerar que
la rehabilitación de mujeres marginales fuese una prioridad. Las instituciones de control
social ni siquiera eran percibidas como el lugar adecuado para dicha rehabilitación. Como
para las demás mujeres, el lugar de estas delincuentes era el hogar. Y si resultaban
encarceladas, no era para ser entrenadas en un oficio sino para recibir formación religiosa
y aprender tareas manuales que las mantendría en el ámbito doméstico, como mucamas o
trabajadoras domiciliarias.

La continuidad en el abordaje (o no abordaje) de la cuestión carcelaria femenina también


fue posible porque la población carcelaria femenina no era percibida como una amenaza
importante al orden establecido. El cambio de esta política (o ausencia de política) -
tardío y abrupto - estuvo vinculado a la llegada de una nueva población de mujeres a las
prisiones argentinas. A principios de la década de 1970, centenares de jóvenes acusadas
de actividades políticas subversivas inundaron las cárceles del Buen Pastor, cambiando
por completo su fisonomía. Esta agitada coyuntura política coincidía con un cambio de
dirección en los proyectos de la congregación, cuyas autoridades deseaban desentenderse
de sus responsabilidades en las cárceles latinoamericanas, negándose a ser vehículo de las
políticas autoritarias de regímenes que condenaban. En poquísimo tiempo, las cárceles de
mujeres pasaron a control estatal. Y las internas de la vetusta Casa Correccional de San
Telmo fueron trasladadas a Ezeiza.

Lila Caimari
CONICET/Universidad de San Andrés

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