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INDALECIO PRIETO

ARTÍCULOS DE GUERRA

ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL LIBERAL (BILBAO) EN EL VERANO DE 1936

Recogidos por Javier Martínez

ÍNDICE

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Hombre prevenido.―Jueves 9 de julio

5

Cumplimiento de un deber.―Viernes 10 de julio

5

Variaciones sobre el mismo tema.―Domingo 12 de julio

6

Apostillas a unos sucesos sangrientos.―Martes 14 de julio

7

La España actual, reflejada en el cementerio.―Miércoles 15 de julio

8

Una noche de verano.―Jueves 16 de julio

9

Reflexiones de la hora.―Viernes 17 de julio

10

La carta que el 13 de octubre de 1935 envió desde Ostende D. Indalecio Prieto a D. Felipe Sánchez Román sobre el plan político de los partidos republicanos.― Sábado 18 de julio

11

Indalecio Prieto habla a todo el pueblo español desde el micrófono del ministerio de la Gobernación.―Sábado 25 de julio

17

Bajo el cielo de Madrid.―Miércoles 29 de julio

23

Aspecto internacional de nuestra contienda íntima.―Viernes 31 de julio

24

Los bulos en la guerra.―Sábado 1 de agosto

25

El entusiasmo popular.―Domingo 2 de agosto

26

En plena guerra.―Martes 4 de agosto

27

El auxilio extranjero a los rebeldes.―Miércoles 5 de agosto

28

Dinero, dinero y dinero.―Jueves 6 de agosto

29

Una neutralidad incomprensible.―Viernes 7 de agosto

30

El discurso de Indalecio Prieto.―Domingo 9 de agosto

31

Réplica a unas palabras del general Mola.―Martes 11 de agosto

36

Nuevas consideraciones acerca de la mal llamada neutralidad.―Miércoles 12 de agosto

38

Culpas de todos.―Jueves 13 de agosto

39

Madrid, objetivo preferente.―Viernes 14 de agosto

40

El programa de gobierno de los facciosos.―Sábado 15 de agosto

41

La guerra en la retaguardia.―Domingo 16 de agosto

43

Profunda significación de lo pintoresco.―Martes 18 de agosto

44

Importancia de una victoria.―Miércoles 19 de agosto

45

El fantasma de las garras de acero.―Jueves, 20 de agosto

46

Un amigo de España.―Viernes 21 de agosto

47

Heroísmo inútil.―Sábado 22 de agosto

49

Esbozo de algunos problemas que surgirán a la hora del triunfo.―Domingo 23 de agosto

50

El fracaso del coronel Aranda.―Martes 25 de agosto

51

El mando único.―Miércoles 26 de agosto

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Etapas de una batalla universal.―Jueves 27 de agosto

54

Consideraciones sobre el espionaje.―Viernes 28 de agosto

56

Inhibición en pugna con sagrados compromisos.―Sábado 29 de agosto

57

El primer bombardeo aéreo de Madrid.―Domingo 30 de agosto

58

Recapitulación.―Martes 1 de septiembre

59

Fotografías y papeles.―Miércoles 2 de septiembre

60

El imperio de la verdad.―Jueves 3 de septiembre

62

Una igualdad desigual.―Viernes

4

de

septiembre

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Cumplimiento del deber.―Sábado 5 de septiembre

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Hombre prevenido

Jueves 9 de julio de 1936

Madrid 8.—A cuantos estas líneas leyeren, correligionarios y afines, les exhorto a vivir prevenidos. Conviene estarlo siempre, pero mucho más en determinadas circunstancias que exigen hallarse alerta. Si es cierto el adagio de que hombre prevenido vale por dos, no nos estorbará duplicar así nuestra fuerza por si llega el momento de emplearla. No hay enemigo pequeño, reza otro refrán. Pues bien, no es insignificante el que tiene enfrente la democracia española. Conviene, además, registrar este fenómeno: que mientras el enemigo se apiña, nosotros nos desunimos. Cierto que del lado de acá se aferran muchos al supuesto

de que llegada la hora del peligro nos volveremos a unir; pero, ¿cuándo se considera llegada la hora del peligro? Ahí está el quid. Quienes se consuelan con la esperanza de que la unión surja súbitamente de entre las cenizas de nuestra discordia, creen que la manifestación externa del peligro encargada de operar semejante milagro coincide con su mismo nacimiento. Otros nos atrevemos a considerar que el peligro nace mucho antes de manifestarse con estrépito y, por consiguiente, no hay que esperar a su acometida para hacerle frente. Hasta nos asalta el temor de que entonces sea tarde para aniquilarle. También advertimos error al comparar el volumen del riesgo actual con algún otro pretérito de cierta semejanza. Entonces se pudo aguardar tranquilamente a que diese la cara para aplastarle. Ahora nos parecería absurda una espera análoga. ¿Por qué? Por estimar mayores las dimensiones de

lo presente. No hemos de repetir ahora cuanto en ocasiones bien recientes hemos expuesto respecto

a circunstancias creadas por el ambiente, a la formación de un clima propicio a determinadas

sacudidas. No es obra imposible, si bien la reputamos lenta, y hasta ahora no se ha emprendido el camino para realizarla, la de destruir ese ambiente. Seguimos aconsejándola; pero hoy colocamos

en lugar preferentísimo esta advertencia: vivir prevenidos. Hombre prevenido vale por dos. Y Gobierno prevenido, lo menos lo menos, vale por cuarenta.

Cumplimiento de un deber

Viernes 10 de julio de 1936

Madrid 9.— Fernando de los Ríos. Ramón Lamoneda, Manuel Albar y yo, como miembros de

la Comisión ejecutiva del Partido Socialista, visitamos ayer en el despacho que los ministros tienen

en la Cámara al jefe del Gobierno. Sobre esa entrevista veo que se fantasea de lo lindo. Acaso las fantasías hayan llegado hasta las columnas de este mismo periódico a través de sus servicios informativos. El reporterismo político adolece, por lo general, en Madrid de esta falta de seriedad:

que cuando no sabe una cosa la inventa. Los reporteros no se avienen a aparecer ante el público desconociendo los temas de una conferencia política o las deliberaciones de un Consejo de ministros. Se les antoja que ese desconocimiento supone una deshonra profesional, cuando es tan propio de humanos, aunque sean periodistas, ignorar muchísimas cosas. Sólo Dios, según dicen, lo sabe todo. Pero Dios no se ha metido todavía a reportero. Lo que sabe se lo calla. De ahí tantos tropezones como viene dando la humanidad, y que podrían evitarse mediante las oportunas advertencias celestiales. La omnisciencia, cualidad exclusivamente divina, no ha descendido de la divinidad al sacerdocio, como llaman algunos cursis a la profesión periodística. Por lo tanto, resulta inevitable que los informadores ignoren aquello cuya averiguación no está a su alcance. Ahora bien, en casos

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tales, lo discreto sería confesarlo así, o eludir la confesión si ella provoca el rubor profesional. Todo menos apelar a la invención, como se ha apelado con respecto a la entrevista a que me refiero. Porque cuanto acerca de ella he leído es absolutamente falso. Conste así. Y no aguarde el lector que yo descubra aquí a qué obedeció nuestra conferencia. Eso se hará, en todo caso, cuando sea oportuno. Por hoy me limito a decir que la Comisión ejecutiva del Partido Socialista Obrero visitó al presidente del Consejo de ministros en cumplimiento de un deber que consideró inexcusable.

Variaciones sobre el mismo tema

Domingo 12 de julio de 1936

Madrid 11.—La nota que bajo mi firma publicó el jueves último EL LIBERAL exhortando a las izquierdas a vivir alerta, ha tenido gran eco. Hay quien comentándola ha querido atribuirla a una maniobra alarmista de mi parte. ¿Con qué propósito? Haría falta señalar el designio para que se pudiera señalar la maniobra. Aquella nota, respecto de cuyos extremos nada tengo que rectificar después de los días transcurridos, obedeció a un estado de mi conciencia, producto no de fantasmagorías sino de hechos reales, concretos y muy sintomáticos. Existe en España una corriente subversiva que lejos de decrecer aumenta. ¿Es tan grande que resulta incoercible por rebasar los medios para contenerla de que dispone el Gobierno? A mi juicio, no. A pesar de determinadas gangrenas, el Gobierno cuenta con los elementos necesarios para dominarla; pero si sus proporciones fuesen tan desmesuradas que los resortes gubernativos aparecieran insuficientes, no por eso habría de considerar desesperada la situación. Entonces sería cosa de apelar al pueblo. El pueblo que instauró el régimen acudiría a salvarle. Ahora bien; esta apelación a las fuerzas populares para misión semejante ofrece el riesgo considerable de que una vez victoriosas se desmanden. Acaso quienes desde el campo adversario preparan el ataque se hagan esta cuenta. Si perdiesen la batalla, los desmanes de los triunfadores no serían más grandes que los que realizan ahora. Los que así piensen se equivocan. Están seguros de que al lanzarse se lo juegan todo, absolutamente todo. Como nosotros hemos de hacernos a la idea de que tras de nuestra derrota no se nos daría cuartel. La contienda, pues, si al fin surge, se ha de plantear en condiciones de extrema dureza. Cerré mi comentadísima nota diciendo, que así como hombre prevenido vale por dos, Gobierno prevenido vale, lo menos, lo menos, por cuarenta. No escapaba de mis advertencias el Gobierno, cierto; pero no iban dirigidas a él de modo exclusivo. Dista mucho de estar todo en manos del Gobierno. Este necesita el auxilio decidido, franco y leal de las fuerzas políticas y sindicales en cuya representación actúa. Si esas fuerzas le fallan por un motivo o por otro, el Gobierno quedará reducido a la impotencia, porque acaso lo que se le venga encima supere a cuanto efectivamente está bajo su control directo. Mas el divorcio entre Gobierno y pueblo como consecuencia de quedar aquel maltrecho por el desgaste que le ocasionen los conflictos que vayan colocándole en el camino sus propios aliados, puede tener el efecto desastroso de impedir una conjunción en cierto modo indispensable entre los elementos propiamente gubernativos y los más vastos que pondría en línea el pueblo, porque quien había de requerir el auxilio de éste —el Gobierno— sería a tal hora un ente desprovisto de fuerza moral. Los conflictos en que salga malparada la autoridad del Gobierno de Frente Popular equivaldrán a otras tantas descalabraduras. En el caso desventuradísimo de que algunos de esos conflictos cobren caracteres de verdadero choque entre el Gobierno y cualquiera de los sectores que deben servirle de base de sustentación, lo más fácil es que saliéramos destrozadísimos todos.

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Entonces sería el instante adecuado para que el enemigo, que está ojo avizor, diese el asalto. Ni le escasean los medios ni le faltan ganas. Espera solamente la coyuntura, y por lo visto hay muchos, muchísimos insensatos dispuestos a proporcionársela. Que cada cual tome en esta hora crítica la responsabilidad que le corresponde.

Apostillas a unos sucesos sangrientos

Martes 14 de julio de 1936

Madrid 13.—El día 14 de abril una traca que estalló al pie mismo de la tribuna presidencial y varios disparos hechos a lo largo del paseo de la Castellana perturbaron el desfile militar con que se festejaba el aniversario de la República. ¿Era sólo esta perturbación lo que se buscaba? Probablemente se perseguían finalidades más hondas y más dramáticas. Pero eso no es cosa de examinarlo ahora. Si nos referimos a aquellos sucesos es para recordar que durante ellos cayó mortalmente herido un alférez de la Guardia civil que vestido de paisano apareció envuelto en uno de los tumultos. Lo que acaeció con ocasión del entierro del referido alférez lo narré y lo comenté en estas columnas, atribuyéndole extraordinaria importancia. No voy a repetir ahora la narración ni el comentario. Sólo he de decir que en contraste con la lenidad que caracterizó la conducta de algunas autoridades superiores con motivo de los bochornosos incidentes ocurridos durante la conducción del cadáver, hubo otras autoridades subalternas que procedieron con energía. Una de esas autoridades subalternas fue el teniente de Asalto D. José Castillo. Desde entonces se hallaba éste amenazado, lloviendo a diario en su casa los anónimos, y desde aquel día precisamente, Madrid viene siendo escenario de constantes crímenes políticos, entre los cuales descolló el asesinato del capitán Faraudo, significado por su devoción a las ideas socialistas. Mas por no hacer larga y penosa la enumeración, me referiré sólo a los atentados de estos días, a los que constituyen el último rosario sangriento. Noches atrás, se detuvo un automóvil frente a la terraza de un bar de la calle de Torrijos, se apearon del vehículo varios sujetos y con pistolas ametralladoras hicieron fuego, matando a uno de los circunstantes, al parecer fascista, e hiriendo a otras personas. En el bar, según informes policíacos, solían reunirse algunos individuos afiliados al fascismo y pertenecientes a dos Cuerpos armados. A la noche siguiente, cuando salían de sus respectivas asambleas en la Casa del Pueblo los dependientes de vaquerías y los tranviarios, hízose fuego desde un automóvil contra varios grupos de pacíficos trabajadores, resultando muertos cuatro obreros. Anoche, cuando salía de su domicilio, en la calle de Augusto Figueroa, el teniente de Asalto D. José Castillo, algunos sujetos que le acechaban le acribillaron a balazos. Horas después, varias personas, unas uniformadas y otras no, se presentaron en casa del Sr. Calvo Sotelo y se llevaron preso al diputado monárquico, cuyo cadáver transportaron después al Cementerio del Este. Bien claramente se advierte el emparejamiento de estos sucesos. A una agresión sigue, con intervalo de escasas horas, la réplica sangrienta. No he de escribir palabras que estimo ociosas para condenar semejantes procedimientos de lucha. Oigo simplemente que por honor de todos esto no puede continuar. En tan lamentabilísimos episodios descubro yo señales que patentizan la existencia de aquellos peligros que vengo denunciando reiteradísimamente. Cada uno de tales sucesos produce exasperaciones frenéticas. Hoy se dijo que la trágica muerte del Sr. Calvo Sotelo serviría para provocar el alzamiento de que tanto se viene hablando. Bastó este anuncio para que, en una reunión que sólo duró diez minutos, el Partido Socialista, el Partido Comunista, la Unión General de Trabajadores, la Federación Nacional de Juventudes Socialistas y la Casa del Pueblo quedaran de acuerdo respecto a lo que habrá de ser su acción común si el movimiento subversivo estalla al fin. Todas las discordias quedaron ahogadas. Frente al enemigo, la unión.

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Si la reacción sueña con un golpe de Estado incruento, como el de 1923, se equivoca de medio a medio. Si supone que encontrará al régimen indefenso, se engaña. Para vencer habrá de saltar por encima del valladar humano que le opondrán las masas proletarias. Será, lo tengo dicho muchas veces, una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel. Aun habiendo de ocurrir así, sería preferible un combate decisivo a esta continua sangría.

La España actual, reflejada en el cementerio

Miércoles 15 de julio de 1936

Madrid 14.—Jornada nerviosa la de hoy en Madrid, que se abrió y cerró sangrientamente. Se abrió con una refriega en las obras de la Ciudad Universitaria, a cuenta de la huelga del ramo de la construcción, y quedó cerrada con el tumulto en la parte alta de la calle de Alcalá, provocado por quienes habían asistido a la inhumación del cadáver del señor Calvo Sotelo. Porque hoy se enterraron los cadáveres de las víctimas de ayer, como mañana se enterrarán los de las de hoy. Yo asistí esta mañana al acto de dar sepultura a los restos del teniente de Asalto D. José del Castillo. Sígame el lector en mis observaciones, y se dará cuenta de toda la hondura de la guerra civil que vive España. Son tan profundas nuestras diferencias, que ya no pueden estar juntos ni los vivos ni los muertos. Parece como si los españoles, aun después de muertos, siguieran aborreciéndose. Los cadáveres de D. José del Castillo y D. José Calvo Sotelo no podían ser expuestos en el mismo depósito. De haberlos juntado se habrían acometido ferozmente ante ellos sus respectivos partidarios, y al depósito le hubiera faltado espacio para la exposición de las nuevas víctimas. El cadáver d el señor Calvo Sotelo quedó en el depósito general, y el del señor Castillo se llevó al depósito del que fue Cementerio civil. El cadáver del señor Castillo estaba custodiado por guardias de Asalto. El del señor Calvo Sotelo, por guardias civiles. Al primero le rindió homenaje una gran masa proletaria. Al segundo le escoltó hasta la fosa una legión de señoritos. ¿Se quiere una expresión que pinte con mayor patetismo el actual estado de España? Difícilmente podría hallarse otra más gráfica. Los odios de una y otra muchedumbres saltaban por encima de las tapias que acotan los dos recintos mortuorios. Acaso el choque de estos odios, al encontrarse en la atmósfera, sobre los muros, contribuía al ahogo, a la asfixia de una mañana de sol inclemente. Al pie de la sepultura de D. José del Castillo, mientras la tierra, lanzada a azadonazos, caía sobre el ataúd, recogí, en medio del silencio, saludos musitados al oído. Eran socialistas, compañeros de presidio que se veían por vez primera después de despedirse en el rastrillo de la prisión, cuando la amnistía, al otorgarles la anheladísima libertad, les dispersó. —¿No has vuelto por Asturias, Antonio? —oí que le preguntaban cerca de mí a un minero. —No; únicamente he ido a Portugal a ver a mi madre. La pobre no llegó a saber que yo estaba preso. De haberlo sabido se hubiera muerto de pena, porque ya es muy vieja. Pero me las ingenié para ocultarle mi situación, y cuando me trasladaron al presidio de Chinchilla fingí en mi correspondencia con ella que estaba en aquel pueblo desenvolviendo un pequeño negocio. La sombra de la represión de octubre pasó ante mí. De entonces arrancan muchas cosas trágicas. El asesinato de Calvo Sotelo recuerda tanto el de Sirval Aquello de octubre fue una gran siembra de odios. De simiente sirvieron los hechos monstruosos de la represión; pero luego de echada en el surco hubo labradores celosísimos —los que encubrieron, premiaron y glorificaron a los asesinos— que pusieron todo su empeño en que la

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semilla fructificase. ¡Extraños agricultores estos que se duelen al ver cómo han florecido las plantas tan amorosamente cultivadas por ellos! Se duelen, pero reinciden. Por lo visto, aspiran a que no les alcance a ellos el tóxico de sus plantaciones venenosas. Me dicen que ayer ha caído el presidente de la Casa del Pueblo de Sigüenza. Otro más a la lista, una lista inacabable en la que figuran, como nombres destacados, Manuel Andrés, Juanita

Dado el sistema de ejecuciones, pueden —podemos— estar en capilla

muchos sin saberlo. Camino abajo, después de enterrar a José del Castillo, vienen hacia Madrid los obreros, chaqueta al brazo. Cuando pasan frente a las arcadas del Cementerio general, topan con una barrera de guardias civiles a caballo, que parece la prolongación del muro que allí concluye. Detrás de los guardias montados se alinean grupos de fascistas que custodian el cadáver de Calvo Sotelo. Hay un cambio de miradas iracundas. He ahí, perfectamente simbolizada, la España de hoy.

Rico, Faraudo, Castillo

Una noche de verano

Jueves 16 de julio de 1936

Madrid 16.―D. Francisco Silvela, autor de la frase estereotipada de “las imperiosas vacaciones del estío”, refiriéndose a las parlamentarias, fue también quien cantó las delicias estivales de Madrid, si bien el cultísimo y escéptico político estableció dos condiciones indispensables para gozar de tales delicias: tener dinero y estar alejado de la familia. Evidentemente, es fácil organizar en Madrid un veraneo agradable a base de estas dos condiciones. El periodo de los calores rigurosos dicen aquí, y lo dicen con razón, que dura de Virgen a Virgen; desde hoy, que se festeja la Virgen del Carmen, hasta el 15 de agosto, día consagrado a la Virgen de la Paloma. En las horas centrales del día achicharra el sol y resulta casi imposible circular por las calles, donde se clavan les tacones en el asfalto; pero las noches suelen ser deliciosas, y los madrileños procuran pasarlas en la calle, haciendo tertulia junto a un amable botijo a las puertas de sus respectivos domicilios, en las terrazas de los cafés o en derredor de los veladores en los puestos de refrescos. Del mismo modo que por el Norte de España, cuando se aproximan las pascuas navideñas, sientan sus reales una legión de turroneros levantinos, aquí, al llegar el verano, surgen gran número de valencianos, que montan tenderetes en las vías más concurridas para la expendición de horchata y limón helado. Esta noche ―esta noche cuyas sombras comienzan a desvanecerse cuando escribo―, las rúas madrileñas se han visto más concurridas que de costumbre. ¿Acaso por ser víspera de la fecha que aquí se señala como inicial de los grandes calores? Al parecer, no. La mayor parte de los noctámbulos no tenían facha de trasnochadores, no eran gente adinerada que se hubiere permitido el lujo de desplazar a la familia a playas y balnearios. Claro que la huelga de la construcción permite pasar la noche en vela a los miles de obreros que no acuden a los tajos. Pero, además, en los grupos, muchos y muy numerosos, se advertía cierto desasosiego. Estaban, indudablemente, en la calle bajo ir sugestión de determinados temores. Un rumor denso, esparcido desde las últimas horas de la tarde, les impelió a pasar la noche en claro. Tenían todo el aire de rondas vigilantes. Lo mismo los que deambulaban por las calles, que los agrupados en plazas y glorietas ante diversos edificios, y los que a ratos reposaban en la Casa del Pueblo y en los Círculos de barriada. Y algo análogo se registró en otras capitales, singularmente en Málaga. Al amanecer los grupos fueron disminuyendo y casi concluyeron por desaparecer. Así fue en Madrid esta noche de verano, víspera de la Virgen del Carmen.

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Reflexiones de la hora

Viernes 17 de julio de 1936

Madrid, 16.―Los ciudadanos de un país civilizado ―perdóneseme la redundancia, porque en un país sin civilizar no existe ciudadanía― tienen derecho a la tranquilidad, y el Estado, tiene el deber de asegurarla. Hace ya algún tiempo ―¿a qué vamos a engañarnos?― que los ciudadanos españoles se ven desposeídos de ese derecho porque el Estado no puede cumplir el deber de garantizárselo. Cuando la intranquilidad proviene de elementos sociales sobre los que carece de control directo el Gobierno, la protesta contra ella no hiere tan hondamente a los gobernantes como cuando la intranquilidad se produce por la agitación de organismos adscritos al servicio estatal. En este último caso, el desasosiego público resulta francamente intolerable, y más todavía si lo ocasionan individuos de institutos armados. La fuerza pública ha de estar sometida en todo instante a las órdenes del Gobierno, bueno o malo, perfecto o defectuoso, como sea. A ella no le incumbe medir la capacidad o incapacidad de los Gobiernos, ni le es lícito acogerlos con distintos grados de simpatía. La fuerza pública, en tanto no se la invite a salirse de la órbita legal, ha de estar sometida incondicionalmente a quienes gobiernen. Otra conducta equivale a seguir caminos de anarquía. Del mismo modo que la Historia llega a justificar las revoluciones del paisanaje, puede aprobar las insurrecciones militares cuando unas y otras concluyen con regímenes que, por cualquier causa, se hayan hecho incompatibles con el progreso político, económico o social exigido por los pueblos. Pero la Historia no aplaudirá jamás en el elemento civil el desorden constante, ni en el elemento militar la indisciplina continua porque ni ese desorden ni esa indisciplina son factores verdaderamente revolucionarios. España vive un período ya excesivamente largo de trastornos, que tienen su origen en perturbaciones de esa clase en uno y otro sector. Con que tales perturbaciones sólo existieran en uno de los campos, sería ya bastante para que su mantenimiento indefinido fuera dañosísimo; pero si persisten simultáneamente en ambas zonas, resulta del todo irresistible. Hay enfermos cuya dolencia no es mortal, pero la fiebre producto de la dolencia les consume. España está en este caso. La temperatura febril que padece la está aniquilando. ¿No hay modo de hacerla remitir? A la generación que le ha tocado vivir época tan agitada no le es fácil, atenta como se halla al incidente de cada día, apreciar en conjunto, panorámicamente esta descomposición. Eso lo podrán apreciar mejor que nosotros las generaciones venideras, cuando la Historia agrupe los sucesos, no sólo por su orden cronológico, sino también por su carácter. Quizá entonces se advierta que al período presente de la vida española, en el que tantas cosas están en crisis, hay que señalarle como punto inicial el año 1917, cuando nacieron las Juntas militares de Defensa. Para la Historia, ese será un jalón. Para el periodismo —historia al menudeo, en que los acontecimientos grandes aparecen envueltos y casi ocultos entre nubes de sucesos chicos—, el jalón lo clavaríamos nosotros en el 16 de abril último, cuando el famosísimo entierro del alférez d la Guardia civil.

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La carta que el 13 de octubre de 1935 envió desde Ostende D. Indalecio Prieto a D. Felipe Sánchez Román sobre el plan político de los partidos republicanos

Sábado 18 de julio de 1936

UNA ENTREVISTA CON EL SEÑOR PRIETO

Madrid 17.— Un redactor de la Agencia Febus ha visitado a D. Indalecio Prieto para conocer su opinión sobre la propuesta que los diversos partidos de izquierda de Cataluña han formulado respecto a la conveniencia de modificar el programa del Frente Popular y variar la estructura del Gobierno, propuesta que fue examinada anoche en una reunión que en el despacho oficial del ministro de Comunicaciones celebraron los representantes de todos los partidos que constituyen el Frente Popular. D. Indalecio Prieto nos ha dicho lo siguiente:

En cuanto a la forma en que debe estar constituido el Gobierno, y sin rectificar ninguna

actitud mía, que ha tenido expresión en diversas ocasiones, me atengo, por ahora, y ante las circunstancias presentes, al acuerdo que adoptaron el martes las delegaciones del Partido Socialista, Partido Comunista y Unión General de Trabajadores, Federación de Juventudes Socialistas y Junta Administrativa de la Casa del Pueblo, de ofrecer el más decidido concurso a la actual situación política en los términos en que yo hube de expresarla ese mismo día ante el presidente del Consejo de ministros, en nombre de dichas organizaciones, que me confirieron el referido encargo. Por lo que respecta al programa electoral que adoptó el Frente Popular y que sirve de compromiso al Gobierno, hubo quien lanzó a los cuatro vientos de la publicidad la falsa noticia de que lo había redactado yo. Ese programa era una síntesis del que llegaron a trazar y no publicaron el verano de 1935 los partidos republicanos. A mí, como a otros militantes del Partido Socialista, me fue dado a conocer el referido documento, y mi opinión respecto a él y, por consiguiente, también respecto al que es su fiel trasunto, la expuse verbalmente en París a los Sres. Sánchez Román y Azaña, y posteriormente la dejé estampada a requerimiento del señor Sánchez Román en una carta que envié a éste desde Ostende a mediados de octubre. Si les interesa el documento, porque ahora puede darle cierta actualidad la iniciativa de los elementos izquierdistas de Cataluña, pongo a disposición de ustedes una copia.

EL DOCUMENTO

La carta a que se refiere el señor Prieto dice así:

Ostende, 13 de octubre de 1935. Señor D. Felipe Sánchez Román.—Madrid.

Mi querido amigo: He dado otra lectura al borrador del documento que tuvo usted la atención

de enviarme, y en el cual Izquierda Republicana, Unión Republicana y Partido Nacional Republicano esbozan un plan político que ha de servirles de bandera en la oposición y de compromiso para cuando lleguen a ocupar el Poder. Esta nueva lectura que le ofrecí no ha servido para rectificar el criterio que ya le expuse en París, sino para ratificarme en él. Conforme a lo que usted me pidió, voy a recoger en esta carta las objeciones que ya le hice verbalmente. Quizá por escrito pierdan la fuerza pasional con que las defendí durante nuestras conversaciones de hace días, si bien en las líneas que siguen figurarán detalles que entonces omití;

pero fundamentalmente podrá usted apreciar que se trata de una repetición de lo que en París le dije. Tiene el documento, en la forma y en el fondo, dos defectos muy acusados. En cuanto a la forma, su extensión, y por lo que respecta al fondo, su vaguedad.

Si Izquierda Republicana, Unión Republicana y Partido Nacional Republicano se juntan

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simplemente en coalición circunstancial y transitoria, estimo erróneo trazar un plan que, como muy bien se dice en el promio del mismo, no puede ser ejecutado en breve espacio de tiempo, sino en período muy largo, probablemente mucho más largo que el de la subsistencia de la coalición misma.

A mi entender, coaliciones de esta naturaleza sólo pueden justificarse para ejecutar programas de

realización rápida, porque de otro modo, y sin posibilidad de alcanzar fines verdaderamente prácticos, se confunden en aglomeraciones grises los matices y se ahogan incluso diferencias temperamentales cuyo mantenimiento puede ser útil en el juego de una política a largo plazo. Se echa de ver, y así se confiesa en la primera página del programa, que se ha querido atender sólo a los problemas de urgencia. Esta ha sido la idea inicial, pero luego, y quizá como consecuencia de la heterogeneidad de colaboraciones, se ha concluido por formar un plan de desmesurada envergadura para encomendarle a una coalición. Y dicho esto, paso a formular mis observaciones, cuya suma constituye el juicio general que dejo previamente estampado.

POLÍTICA EXTERIOR.—Encuentro acertada la orientación por lo que respecta al ligamen con la política de paz actualmente practicada por Inglaterra y Francia.

Como en materia política las palabras no tienen el mismo calibre todos los días, estimo confusas y un tanto contradictorias las que en el documento sirven para proclamar la neutralidad a toda costa, ya que en los momentos actuales esa pugna con los compromisos que nos unen a la Sociedad de Naciones, y si el documento apareciera en los instantes mismos en que se debate sobre

la naturaleza y extensión de dichos compromisos, el recelo diplomático, que suele llegar en sus

interpretaciones a extremos arbitrarios, encontraría en la declaración de los partidos republicanos un

arsenal de dudas.

DEFENSA NACIONAL.—Dada la situación geográfica de España y la inmensidad de su litoral, es fácil comprender que España no se bastará a sí misma en ningún momento para su defensa. No cabe que ningún partido se niegue a la defensa del territorio patrio. Ustedes hablan de un sistema defensivo; pero ¿cuál? No lo concretan, y aunque la materia no se preste a demasiadas concreciones, no estaría de más señalar un rumbo claro. Por ejemplo, este es mi juicio, teniendo en cuenta nuestras características geográficas y la penuria del Tesoro español, el sistema defensivo debía idearse a base de nutrir los elementos de Aviación y dejar reducida la Marina de guerra a unidades muy sutiles.

POLÍTICA CONSTITUCIONAL.—Los partidos republicanos, en su proyecto de programa,

se colocan meramente a la defensiva en cuanto a la reforma de la Constitución. En esas condiciones,

las derechas pueden ir desenfadadamente al combate lo mismo en lo religioso que en lo social, sabiendo que en caso de no ganar la partida el texto constitucional había de mantenerse en los términos en que ahora está concebido. Estimo ―y alguna vez lo he dicho ya― que ante el desafío de las derechas procede declarar que si triunfaran las las izquierdas se radicalizaría la Constitución, porque, de otro modo, las derechas nada exponen en la pelea. En cuanto al funcionamiento del Parlamento, con la necesidad de intensificar el trabajo en las Comisiones, etc., tantas veces y desde hace tanto tiempo se vienen diciendo semejantes cosas que no pueden constituir ninguna novedad, por excelente que sea el propósito.

EL PRINCIPIO DE AUTORIDAD Y LAS LIBERTADES POLÍTICAS.―He aquí ―recordará usted la insistencia vehemente que respecto a ello puse en nuestras conversaciones― el más grave escollo que encuentro en el proyecto de programa político de los partidos republicanos. Eso de considerar una “expansión intolerable” lo de pretender trasladar los fueros y privilegios de la conciencia individual y de la personalidad humana a las organizaciones impersonales cuya potencia puede poner en peligro la seguridad del Estado republicano, choca con mi criterio de que las

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colectividades son, en su vida legal, la suma del conjunto de las libertades individuales, y, por tanto, no resulta posible sin herir éstas la acción restrictiva que con respecto a las organizaciones ciudadanas se dibuja en la declaración que comento. Al articularse en el mismo capítulo los medios conducentes a tal restricción, se cita la conveniencia de una ley que no podrían admitir los partidos políticos situados a la izquierda de aquellos otros que enarbolan esta bandera. Temo que declaración de tal índole dificulte hasta imposibilitarla una coalición electoral en la que figurase el Partido Socialista. Entre las amargas experiencias que el Partido Socialista tiene figura la de haber sido utilizada su fuerza predominante en las Cortes constituyentes para lograr leyes de excepción tan remarcadas como las de Orden público y de Vagos. A los socialistas que fuimos ministros entonces llegó a ganarnos con bastabte anticipación la sospecha de que seríamos lanzados del Poder en cuanto las leyes referidas quedasen promulgadas. Así estaba planeado, y nuestra sospecha la confirmaron los hechos, y además la proclaman declaraciones terminantes de cierta alta potestad que acaban de ser transcritas en libro ya famoso. Después de esos antecedentes, y aunque no existieran, ¿cómo va a exigirse a los socialistas la prestación de sus fuerzasen una coalición electoral que tenga como uno de sus primeros designios lograr una ley que dejaría fuera de la legalidad todas sus organizaciones políticas y sindicales? Si los partidos republicanos que van a suscribir el programa tuvieran por sí solos fuerzas bastantes para alcanzar el Poder, no dejaría de ser torpe el anuncio de que hablo; pero si, como es evidente, los republicanos de izquierda sólo pueden obtener el Gobierno mediante un Parlamento en cuya izquierda ha de tener un grupo importante de diputados el Partido Socialista, la torpeza, a mi juicio, sube de punto hasta constituir un escollo en el cual podrían estrellarse todas las voluntades que ahora trabajan en pro de un frente capaz, por la suma de sus elementos, de abatir la reacción imperante. No creo que el propósito de lograr esa ley pueda dar grandes pasos de avance; pero si los diera, en forma de que llegara a presentarse el correspondiente proyecto en las Cortes, podría darse el caso paradójico y disolvente de que la ley resultara aprobada con los votos de las derechas, adversarias más o menos francamente del régimen republicano, bajo la esperanza de que al tenerla cualquier día en sus manos se convirtiera en un formidable instrumento de opresión. En realidad, la ley pretendida ―que equivale a impedir la formación del bloque de izquierdas o a romperlo prontamente― plantea de nuevo el tema de los partidos ilegales. Sé, porque usted me lo ha dicho, que semejante pensamiento se calca de una ley vigente en Checoeslovaquia; pero hay que tener en cuenta la idiosincrasia de cada país, y la del nuestro no es muy propicia a semejantes procedimientos. La monarquía misma, salvo periodos excepcionalísimos, no puso en duda la legalidad de los partidos republicanos.

ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA.―La experiencia nos ha demostrado con la vergonzosísima lenidad durante la preponderancia izquierdista en los Gobiernos republicanos, y con el desenfreno de las agresiones contra nosotros cuando las derechas se han encaramado al Poder, que los órganos de la Administración de Justicia son un instrumento inservible desde el punto de vista de la consolidación republicana. Entre las consideraciones, elegantemente expuestas pero poco novedosas, a cuenta de cómo la Justicia debe funcionar, advierto, después de habérmelas señalado usted, ciertas indicaciones en cuanto al procedimiento de rejuvenecer los órganos judiciales; pero con franqueza le diré que, por demasiado sutiles, esas indicaciones no llegará a captarlas la opinión pública, a la que va dirigido el programa o manifiesto. INSTITUTOS DE ORDEN PÚBLICO Y VIGILANCIA.—Puedo decir cosa análoga a lo que consignado queda sobre la Administración de Justicia, aunque me parezca pertinente la declaración de que no cabe inculpar de modo genérico a los Institutos armados del orden público de los casos de violencia y crueldad que se han registrado; pero tampoco estos aparecieron tan aislados como para reconocer que no obedecieron a la odiosidad mal contenida contra aquellos sectores ciudadanos que

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contribuyeron más eficazmente a instaurar la República. En este capítulo hay detalles que no son propios de un programa de gobierno, como el ofrecimiento de que la Guardia civil dependerá del ministerio de la Gobernación, cosa ya establecida, y como el renovar los mandos de las otras fuerzas.

DISCIPLINA ADMINISTRATIVA.―Lo que en este capítulo se consigna se ha dicho centenares de veces y por todos los partidos de izquierda, de derecha y del centro. La novedad más sobresaliente que ofrece el programa es el anuncio, peligrosísimo, contenido en el párrafo cuarto, de prohibir que los empleados públicos puedan afiliarse ni participar en actos propios de ninguna clase en los partidos o agrupaciones políticas que sean contrarios al régimen constitucional del Estado republicano. Respecto a esto me atengo a lo ya dicho al comentar el capítulo titulado «El principio de autoridad y las libertades políticas». Es otra dificultad, otro escollo, y, además, advierto en semejante anuncio una contradicción con las líneas anteriores, en las cuales se proclama la libertad de los funcionarios en cuanto a sus opiniones políticas, sociales o religiosas.

SANEAMIENTO DE LA VIDA LOCAL.—Es interesante y acertada la tendencia, aunque también exenta de novedad. Sin necesidad de remontarnos a recuerdos más antiguos para negar novedad a la orientación, bastará detenernos en el empeño tan porfiado de D. Antonio Maura cuando presentó su proyecto de Administración local. Pero cuando el programa, en esta materia, llega al terreno de las concreciones, promueve otro litigio, y es el anuncio de que se dictará una ley complementaria sobre la representación del Estado en las regiones d e Estatuto. Prácticamente, eso equivaldría a una reforma, bien sustancial, por cierto, del Estatuto de Cataluña. Difícilmente se podría pedir la cooperación coalicionista de la Esquerra Catalana para un programa de gobierno que supone merma tan considerable en las facultades de la región autónoma, plasmadas en un Estatuto al que incluso se ha venido otorgando rango constitucional. De las soluciones propuestas en este capítulo, me parece la más interesante la de la institución de un Cuerpo, cuidadosamente seleccionados, de funcionarios de la Administración pública, encargado de inspeccionar permanentemente los servicios encomendados a las Diputaciones y Ayuntamientos, aunque habría que poner todo cuidado en impedir que estos asesoramientos técnicos no se convirtieran en uno de tantos recursos caciquiles.

POLÍTICA AGRARIA.—Es ésta una de las partes del plan quizá más a fondo estudiadas. Como solución de tipo republicano, acaso no esté mal; pero ya creo haber dicho a usted ―e igualmente se lo dije a Azaña en Bruselas, y por lo visto le impresionó mucho― que en problemas de esta naturaleza las soluciones republicanas están ya desbordadas, y al quedar desbordadas pueden resultar inútiles. Mas en las observaciones que por indicación de usted hago, prescindo de parangonarlas con las soluciones que yo propondría como socialista. Voy, pues, a hacer unos reparos desde el mismo punto de vista republicano. En efecto, sería una buena política la de proteger por diversos medios a la pequeña propiedad ejercitada por el cultivador directo. Una de las medidas indicadas a tales efectos es la desgravación fiscal; pero no aparece por parte alguna el procedimiento de compensar descenso tan considerable en los ingresos del Estado. Además, la generalización de esa política sin las debidas compensaciones supondría el derrumbamiento de muchísimas Haciendas locales. Quizá a estas alturas no resulte muy justa la aseveración de que la política arancelaria es más proteccionista de la industria que de la agricultura, y lo digo porque ante la desvalorización sufrida por los productos del campo en todo el mundo, las barreras arancelarias son ahora en España tan altas o más para los productos agrícolas que para los industriales. A pesar del estudio profundo que respecto de este problema refleja el programa, tiene también la mácula de una excesiva vaguedad, a lo cual se suma como defecto expositivo la repetición de conceptos en que hubo de basar sus propagandas antilatifundistas Canalejas, y de otros recogidos

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por González Besada en su ley de Colonización interior, aunque con resultados poco prácticos. Claro que esta falta de originalidad no puede considerarse como un pecado capital, sino que nos revela la existencia de una realidad ya apreciada hace muchísimo tiempo; pero la anoto en el debe teniendo en cuenta la impresión recia que un documento de este género debe producir en el país. En otro orden de cosas, diré que el aceleramiento de la realización de obras hidráulicas eliminaría casi totalmente el margen de fracaso de los asentamientos en secano, margen que, a mi juicio, puede ser enorme, pues procediendo a los asentamientos en regadíos su éxito estaría archigarantizado. A cuenta de la conveniencia de las obras hidráulicas y del ritmo acelerado en su construcción me remito a la idea que expuse en Consejo de ministros en 1933, y que intenté poner en práctica, auxiliado por Viñuales, asegurando la cooperación financiera de de la Federación de Cajas de Ahorros, en forma que dejara descartado todo espíritu usurario y se lograra una eficacia muy difícil de obtener a través de la indolencia estatal.

INDUSTRIAS.—La orientación es también en este capítulo buena; pero a la hora de perfilar las decisiones aparece de nuevo la vaguedad. Es evidentísimo que hoy no hay modo de sostener la gran industria sin que sea el Estado su cliente, casi exclusivo. Por eso, un programa de obras públicas bien ordenado puede hacer salir a la gran industria de su marasmo actual, no sólo por lo que en sí signifiquen los pedidos directos del Estado, sino también por los reflejos que en diversas zonas de la economía habría de tener la acción estatal.

OBRAS PÚBLICAS.―Cuanto quiera hacer un Gobierno de izquierdas, por muy avanzadas que sean sus soluciones, en cualquier orden, se vendrá abajo si no logra concluir en seguida con el paro obrero. El error más grande en que han incurrido las derechas en esta su etapa de mando es en no haber abordado y resuelto valientemente dicho problema. En él hay que ir a soluciones valientes, adoptadas sin titubear. Cuando el programa habla de los ferrocarriles en construcción advierto un gran desmayo. No hay ímpetu para suspender definitivamente aquellas obras ferroviarias en que a todas luces es preferible el abandono a la terminación. La solución que se apunta para no desperdiciar los caudales ya invertidos en esas obras, de un sistema concesional que otorgando la obra ejecutada obligase al concesionario a la terminación y explotación de las líneas parcialmente construidas, es impracticable, y tampoco puede haber esperanza alguna en que las Diputaciones y Ayuntamientos interesados cooperen económicamente a la conclusión de esas líneas. Ambas soluciones se intentaron ya por los primeros Gobiernos de la República, con un fracaso absoluto. Como en su casi totalidad, los ferrocarriles que se construyen han de ser de una explotación ruinosa, no hay nadie que quiera hacerse cargo de ellos, y las Diputaciones y los Ayuntamientos interesados se limitan a fomentar el clamor en pro de que se continúen las obras, pero sin ofrecer auxilio económico alguno, que aun ofreciéndole no podría constituir incentivo ninguno, dada la situación deplorable de las Haciendas locales.

TRANSPORTES.―Este capítulo, a mi juicio, es el mejor hecho y donde queda expuesta la solución más concreta: aquella por la cual el Estado debe atenerse al cumplimiento de las respectivas concesiones, cualesquiera que sean las consecuencias para la Empresas. Fue precisamente el punto de vista mantenido por mí en el Parlamento cuando, en tiempos de D. Antonio Maura, se examinó el problema ferroviario.

POLÍTICA DE BANCA Y CRÉDITO.―La interposición de la Banca provada, dado su funcionamiento en España, equivale al establecimiento de un intermediario caro y, a veces, inmoral. Donde más claramente se evidencia la carestía e inmoralidad de esta interposición es cuando la Banca privada concurre a los empréstitos del Estado. A mi parecer, las ordenaciones recomendadas tienen poca virtualidad. Si ir a resoluciones de tipo catastrófico, procedería una política

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eminentemente protectora de las Cajas de Ahorros de carácter benéfico que iría eliminando el privilegio inmoral de la Banca privada, consiguiéndose, además, que los beneficios obtenidos por esas instituciones se reflejaran en obras benéfico-sociales, aliviando al Estado y a las Corporaciones populares de parte muy considerable de las cargas que representan tales atenciones.

POLÍTICA FISCAL.—Sin disconformidad con la orientación señalada, la juzgo, por tímida, poco eficiente. Ante las amplitudes y complejidades que va adquiriendo la misión del Estado, no hay más remedio que ir a una reforma fiscal honda que conduzca a establecer tipos contributivos similares en su cuantía a los que rigen ya en el extranjero. Y para corregir el vicio de la defraudación, que tiene carta de naturaleza tan antigua en España, sería preciso llegar al señalamiento de penas aflictivas muy duras para los defraudadores.

POLÍTICA OBRERA.—No tengo nada fundamental que objetar a las declaraciones que en este ramo se hacen, si no he de perder de vista que corresponden a partidos republicanos burgueses.

HIGIENE Y SANIDAD.—Nadie ha de pretender, cuando menos en una esfera teórica, limitar las amplitudes de estos servicios. Ahora bien; estimo errónea la tendencia de acumularlos sobre el Estado, respecto de cuya capacidad tengo desde muy antiguo, y cada vez más arraigadas, vehementísimas dudas. Creo que alcanzarían estos servicios mayor perfección en manos de los Municipios, e incluso imponiéndolos como obligación a las grandes Empresas industriales y por lo que afecta a su numeroso personal, haciendo intervenir en la gestión a los Sindicatos obreros y procurando emulaciones que serían muy provechosas. El Estado, en tal caso, se limitaría a una alta dirección con funciones inspectoras. Un sistema mixto de esta naturaleza lo reputo infinitamente más provechoso que ir atrayendo hacia el Estado actividades para las cuales acaso no sea grande su competencia.

POLÍTICA DE CULTURA.—Estimo acertada la orientación que se marca en cuanto a la enseñanza media y superior. Yo iría incluso a soluciones de gran radicalismo que condujeran a la asfixia de ese señoritismo semiacadémico con adherencias universitarias que en España es una lacra, y para ello abriría paso franco a los centros universitarios a cuantos jóvenes obreros probaran su capacidad intelectual, es decir, que la Universidad no quedaría entregada a los adinerados, sino a los capaces. En cuanto a la enseñanza primaria, estimo peligrosísima la concesión que se establece al permitir la coexistencia por algún tiempo de la enseñanza pública y la enseñanza privada. El resultado práctico de esta concesión se traduciría en un privilegio enorme otorgado a los elementos reaccionarios del país.

He aquí las observaciones que me ha sugerido la lectura del documento. Son ellas reflejo exclusivamente de mi criterio personal y sin situarme en el ángulo de mi filiación política. Van consignadas aprisa, como anotaciones puestas al margen del documento. Temo que éste, por su estructura y por los términos de vaguedad que en él preponderan, decepcione en vez de entusiasmar, sobre todo después de la expectación producida por sus constantes anuncios; y temo, además, que la subsistencia de aquellos puntos que me he permitido calificar de escollos estorben en vez de facilitar la estrecha unión de las izquierdas que la situación política de España hace ahora de todo punto indispensable. Queda cumplido como buenamente pude el encargo que usted me confió. Acaso mis juicios le parezcan descarnados. Creo que la sinceridad me obligaba a ofrecérselos así, en vez de disfrazarlos o atenuarlos con eufemismos. Suyo afectísimo amigo, Indalecio Prieto

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Indalecio Prieto habla a todo el pueblo español desde el micrófono del ministerio de la Gobernación

Sábado 25 de julio de 1936

En un discurso impresionante, canto encendido a la victoria, expone el actual panorama de España y llama al corazón de los facciosos para que depongan sus armas ante el heroísmo de los luchadores leales, triunfantes ya, y antes de que la tragedia adquiera proporciones incalculables.

UNA NUEVA ERA ESPAÑOLA Estamos iniciando una nueva Era española; estamos poniendo los cimientos sobre los cuales se va a asentar la nueva organización espiritual de España. Es la verdadera revolución que destruye para construir. De julio hacia atrás ya todo parece viejo, lo inmediato y lo mediato, como de una época remota que va cayendo rápidamente en las simas sombrías del olvido. Y en julio se abre un periodo histórico, una vida nueva, una héjira con nuevos modos políticos, con nuevas leyes, con nuevos estilos; con otra Justicia, con otra cultura, con otro pensamiento y, en fin, con otro espíritu. Una España renovada se delinea ya en sus comienzos con trazos firmes y prometedores de su ópima obra futura. Una España refundida en crisol ardiente, encendido por el fuego de esta guerra civil, donde se está quemando la vieja España tenebrosa, que se obstinaba en conservar los usos de épocas pretéritas. Y nosotros somos testigos de este nacimiento prodigioso, de este parto doloroso y sangriento que hoy conmueve a la nación y la tiene trémula; testigos y actores de la grandiosa epopeya reformadora que va a ser norma, guía y faro de Europa. La nación que descubrió un mundo nuevo va a renovar el viejo. Es mandato de la Historia, es designio de los altos destinos conferidos a España, patria de las libertades, tierra de comuneros, suelo que dio vida a Fuenteovejuna, representación y símbolo del poder popular, de la indignación colectiva ante la tiranía y el atropello a la voluntad nacional. Como entonces, todos a una contra el comendador, tipo representativo, a su vez, de cuanto ahora pretende estorbar el paso, decidido y seguro, de la España moderna, que, como ha dicho el ilustre presidente de la República, no quiere ser esclava de nadie. Como entonces, el pueblo, unido apretadamente, forma las murallas indestructibles ante las cuales se estrellarán todos los ataques, por fieros que sean, contra su soberanía. Toda España republicana es hoy Fuenteovejuna; millones de brazos esgrimen la espada que abatirá al comendador. Sigamos trabajando con fe; sigamos con entusiasmo inagotable socavando la tierra donde han de asentarse los cimientos del nuevo edificio espiritual de España, que ahora comienza un ciclo nuevo de su vida, inspirado en sentimientos de humanidad y de progreso. El trabajo es costoso y cruento; pero su precio señalan el valor y el mérito de la obra; y cuando desde su cumbre contemplemos a sus pies y en la lejanía lo que quedó atrás veremos que no fue baldío nuestro esfuerzo, que la sangre derramada no fue estéril, que las vidas sacrificadas en la lucha fueron el pago de la seguridad de que el atentado no podrá repetirse. Ahora a perseverar en la unión apretada y en el arrojo en la pelea. Todos a una con impulso unánime, con esfuerzo gigantesco para arrollar al enemigo y arrojarle del suelo que pisa, que es nuestro, que nos hace falta para alzar la nueva España que se inicia en este mes glorioso de julio, durante el cual el pueblo español tiene que tomar la Bastilla donde se hacen fuertes las arcaicas ideas de la España medieval, inculta y cruel.

LA VIBRANTE ALOCUCIÓN DE INDALECIO PRIETO A las once de la noche de ayer pronunció un discurso, desde le Radio Emisora de Madrid, Indalecio Prieto. No queremos desvirtuarlo con ningún comentario por nuestra parte, ni retrasarle al lector con otras lecturas preliminares el momento de adentrarse en aquél. El comentario lo harán los lectores después de conocida la maravillosa alocución, si la emoción dramática que les

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produzca les deja lugar a ello. Por la boca de Prieto ha hablado la sensatez y la lógica; por su boca ha hablado el sacrosanto amor a la patria, al pueblo de la cual se nutre, a todos los ciudadanos hoy agitados, envueltos en una ola de locura y de furor, desatada por unos insensatos que no han calculado las proporciones horrendas de su sublevación. Prieto ha hecho un sensacional llamamiento a la conciencia de los españoles enfurecidos, haciéndoles ver el enorme engaño que viven, el error inmenso en que están si creen que sus criminales intentos pueden tener el fruto de la victoria; y ha pretendido Prieto traerles a la razón, invitándoles a la rendición, único recurso que les queda para amortiguar su desastre final. Ha hecho este llamamiento porque ha considerado un deber de español hacerlo, para que la responsabilidad íntegra, absoluta, de las consecuencias de la suicida obstinación de los facciosos caiga de lleno sobre ellos, porque pensar que el pueblo republicano, que ya lo es España entera, con esa sola excepción rebelde, reprima sus ímpetus heroicos, es pensar en lo imposible. El pueblo está en armas, decidido a vencer a sus enemigos, y estos todo lo que podrán conquistar será —como ha dicho el orador― una nación en ruinas y un pueblo de cadáveres a quienes “gobernar”. Ved a continuación el maravilloso discurso de Indalecio Prieto, que ayer se extendió por España, por Europa, para exponer ante ella la situación trágica a que se le ha conducido al país por aquellos que hicieron un monopolio del patriotismo.

Quienes hayan leído mis últimos artículos en el diario donde habitualmente escribo, parte de los cuales fueron reproducidos por la prensa de Madrid, comprenderán que en lo que está actualmente ocurriendo en España no puede haber para mí el factor de la sorpresa. Porque en esos artículos me cuidé con reiteración machacona de advertir la existencia del peligro, de marcar sus dimensiones. Una de mis advertencias más cautelosas fue la de decir que quienes confiasen en que el movimiento subversivo no había de tener mayores proporciones que aquellas que alcanzó el del 10 de agosto de 1932 se equivocaban fundamentalmente, pero que se equivocaban, a mi juicio, y con igual magnitud, quienes preparando la subversión abrigasen la esperanza de un éxito tan fácil como aquel que fue conseguido el 13 de septiembre de 1923. Dije que la sublevación, para mí segura, cuya proximidad y cuya intensidad me cuidé de anunciar públicamente, habría de encontrar una gran resistencia; que la lucha habría de ser cruenta. Tomaron muchos ese reiterado aviso mío como una expresión de pesimismo temperamental, que no niego y menos he de negar ahora —porque el reconocimiento de ese defecto mío es posible, así lo aguardo, que dé más valor a mis palabras—, y supusieron otros que todo ello obedecía a una maniobra política que figuraba entre mis designios, pero cuya finalidad no lograba yo alcanzar, ni nadie, con un sentido de la realidad, podía adivinar. Pues bien; estamos, no diré yo que en la plenitud de la subversión, porque no es plenitud cuando se está en un periodo de visible decaimiento; pero estamos en medio de la subversión, en la rebelión más honda, más profunda, más cruenta, más trastornadora de todas cuantas pueda registrar hoy la Historia de España. En este trance de dolor, en este trance dramático, intensamente trágico, constituye hoy España el espectáculo del mundo. El mundo entero tiene puestos en nosotros sus ojos. Quizá algunos de entre quienes me escuchan supongan que lo queacabo de decir en orden al cumplimiento de mis predicciones representa una jactancia, más pueril, más mezquina, más desdeñable en estos instantes tan críticos para España. Para dejar compensada esa jactancia, si de tal la reputan algunos de los que me escuchan, voy a hacer esta confesión de un error mío: error que yo podía callar dejándole en la intimidad de mi pecho, porque nada me obliga a la confesión por cuanto que en este aspecto yo no había hecho públicamente ninguna clase de predicciones. La compensación que ofrezco a esa jactancia es la confesión del error siguiente: en el que yo estaba al suponer que el pueblo madrileño, que me perdone esta suposición íntima que ahora confieso, que el pueblo madrileño no era capaz de llegar al heroísmo de bravura, de fortalecimiento ciudadano, de virilidad, en suma, de que ha dado

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ejemplo en estas jornadas que habrán de quedar incorporadas, escritas con letras de sangre a la Historia de nuestra patria. Yo no creí que el proletariado de Madrid, todos sus elementos populares, hubiesen sido capaces de realizar lo que han realizado. Y ahora, puesto que vuestra curiosidad estará más legítimamente prendida de la información que de las palabras que tengan tono de arenga y aires de proclama, os voy a dar yo mi información. Conste que, a la hora actual, y en los días que van transcurridos desde que se inició en la plaza de

Melilla la subversión militar, hoy en declive, ni he escuchado una referencia radiográfica ni he leído una línea de periódico. Mi atención ha estado atenta a los problemas del minuto, adherido incondicionalmente al Gobierno de la República, sin titubeos. Viviendo la vida dramática de estas jornadas al minuto, no me interesaba nada, no he querido enterarme, de nada de lo que había sucedido, sino de lo que estaba sucediendo, de lo que iba a suceder. Por consiguiente, mi actividad ha estado completamente separada de la Prensa y de las impresiones radiofónicas. La información que yo os voy a dar es la mía, la que he vivido yo. Y al hacerlo constar así sé que me expongo a contradicciones con las versiones radiofónicas y de Prensa que hayan llegad ante vosotros. Pero yo, entre mis cualidades, que mi soberbia me veda callar, tengo la de una profunda observación de los hechos y de los hombres; y a través de esta observación mía, no sólo enfocada a los incidentes inmediatos a mí, sino también enfocada a la contemplación panorámica del país en guerra civil, vais

a encontrar ahora reflejada esa información después de pasar por el tamiz de mi espíritu, pero con

una absoluta imparcialidad, porque no creo en la eficacia del embuste, ni creo tampoco, ni conviene en estos momentos, en la eficacia del disimulo, ola deformación. Ante todo, la verdad.

Empiezo por confesar, lo he dicho antes, que estamos ante la subversión de mayor magnitud que ha podido registrar hasta ahora la Historia de España; que esa subversión está en franco declive. Yo no me desataré en improperios, que serían inútiles, dirigidos a quienes han producido esa subversión. Tengo por seguro que muchos de ellos sentirán, temblando el alma en estos momentos cuando yo lleve hasta lo profundo de ella el acento de mi voz con el crimen cometido, crimen monstruoso, que han incurrido en una enorme equivocación. Y la equivocación procede de suponer

a las multitudes españolas totalmente desvinculadas de la conquista que para ellas significaba la

República democrática. Cierto, y entre estos sectores me encuentro yo, que hay fuerzas, las principales en que el régimen se suplanta, que no se conforman porque ello no colma sus aspiraciones con las conquistas que en el orden social y en el político les representa la República. Pero todos, con una visión exacta de la realidad, se dan cuenta perfecta, y en los momentos de la lucha lo han evidenciado con su brío tesonero y bravo, que no pueden consentir en nuestro país un retroceso político y social. Habréis advertido que sin querer, dejándome arrastrar por mi temperamento, me he desviado circunstancialmente de mi propósito de informaros. A mi entender, el movimiento subversivo está perdido desde el instante mismo en que le falló una de sus piedras más fundamentales. Esa piedra fundamental a que aludo fue la escuadra, la armada española. Contaban quienes han preparado la subversión con la adhesión incondicional de la flota de guerra española. Esa flota de guerra española está al lado del Gobierno de la República. Cierto que ello ha sido posible después de deponer a los mandos, con todos los cuales se contaba, pero la adscripción a la legalidad republicana vigente por parte de la Armada española, regida en su mayor parte hoy, que ostentan los puestos de mando en los puentes de cada uno de los barcos por hijos del pueblo, imposibilita la aportación a los campos de lucha en la Península del ejército de África, ejército de África que, naturalmente, por la misión que desempeña, es un ejército a cuyas unidades hay que atribuir mayor eficiencia que a las unidades peninsulares. El ejército de África, sus elementos bélicos, no pueden pasar el Estrecho, quedan allí confinados. Ahora bien; permitidme, españoles que me escucháis —pidiendo a todos que rindáis vuestra pasión partidista, vuestra pasión parcial en estos momentos de lucha— el reconocimiento de un hecho, a mi juicio monstruoso. Es este: de que los directores de la rebelión no han vacilado en colocar a España, en el plano internacional, en circunstancias delicadísimas, provocando la

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subversión en territorios que no son de plena soberanía nacional. España, que a través de diversos Tratados internacionales, tiene una misión muy circunscrita, muy limitada, entreverada incluso con una soberanía superior a la del sultán, que solamente se delega en el jalifa, tiene una misión de protectorado sobre una zona del antiguo imperio marroquí. Y es lamentable, triste, que quienes hayan querido subvertir el régimen en España no hayan vacilado en llevar la zona de la lucha a un territorio en el cual la disciplina, el acatamiento a las instituciones, la corrección de la conducta eran prendas inexcusables de garantía de que España sabía cumplir allí la misión que otras potencias en convenio con ella le confiaron. Tras esto, quizá en esa ceguera que ha producido el fracaso inicial de ver a la escuadra española cortar todo posible envío de fuerzas a la península, yo también he de lamentar que se hayan producido incidentes verdaderamente peligrosos para el prestigio de España, que es un patrimonio común, a las puertas mismas de Tánger y hasta en la misma dársena de la plaza inglesa de Gibraltar. No han debido de medir bien, desbocados por la pasión, la responsabilidad —responsabilidad histórica, mucho más alta que esta otra que se puede desdeñar perfectamente, de jugarse la carrera, el destino, el porvenir y la vida, que yo acepto en el enemigo todas esas cualidades— de no haber limitado su acción a esta tierra española, constante escenario de desventuras y que ahora siente en sus entrañas el palpitar de esta inmensa tragedia. Pues bien, volviendo al relato: la sublevación fracasó. Allí se desarticuló una de las piezas principales, y luego se desarticuló otra en la acometida a Madrid. Sabéis, lo sabréis de sobra, cómo se rindió el Cuartel de la Montaña después de una lucha brava, y cómo tras esta rendición el movimiento quedó totalmente desarticulado en Madrid. Por cinco sitios, simultáneamente, en los dos días anteriores a éste que está finalizando cuando os hablo, se ha intentado forzar el paso a Madrid. En los cinco sitios, simultáneamente, han sido batidos los rebeldes. De su moral sabemos lo que ellos no saben de la nuestra. Sabemos de moral porque tenemos prisioneros suyos en gran número y por ello tenemos el testimonio fehaciente de cómo los soldados que figuran en las columnas de avance organizadas por los rebeldes no sienten impulso alguno en sus acometidas. Aprovechan el primer contacto con nuestras milicias o con las avanzadas de los elementos armados que permanecen fieles al Gobierno, para entregarse. La primera prueba de su desvinculación con el movimiento a que se les ha arrastrado, está en que muestran completa su dotación de municiones cuando les aprehenden, a fin de justificar que no han disparado un solo tiro. Se bate al enemigo en el alto de León, cayendo en nuestro poder varias piezas del 15 del regimiento de Segovia; se bate al enemigo en el alto de Navacerrada y se le bate y se le dispersa en el puerto de Somosierra. Yo, que incluso me he permitido en esta febrilidad que se ha apoderado de todos, dar consejos tácticos y estratégicos, me apresuré a recomendar a aquellas gentes nuestras que bajaban por Somosierra, camino de Aranda, que se contuvieran antes de llegar a la llanada y orillas del Duero, donde podrían incluso ser objeto de resultados parcialmente desfavorables. A Madrid le bastaban y le sobraban las montañas inaccesibles de todos los puertos por los cuales es posible la entrada en Madrid a través de la sierra del Guadarrama. Todos ellos han querido ser tomados; todos ellos están en nuestro poder; en todos esos lugares ha sido batido el enemigo. Frente a todos los embustes que esta magia bruja de la radiotelefonía puede producir, y entre los cuales figura, en unos, el de mi muerte, en otros, el de mi huida, yo os digo que lo hecho ha constituido para las milicias de Madrid, bisoñas, mal encuadradas, una victoria, un triunfo alentador, que anoche se traducía en las calles de Madrid en manifestaciones populares donde juntos, en una multitud abigarrada, Guardia civil al servicio del Gobierno, guardias de Asalto fieles, carabineros leales y el pueblo entero de Madrid se juntaban por las rúas marchando en avalancha inmensa, formando en el cortejo un entusiasmo caluroso que emocionaba y arrancaba lágrimas incluso a los hombres que por su contacto con las multitudes, por su veteranía, están acostumbrados a dominar la emoción. Pues bien; no sólo os puedo hablar de los combates victoriosos librados en los picachos de la sierra de Guadarrama. El acceso más fácil a Madrid procedente del Norte y del Nordeste por la carretera de Aragón quiso asegurarse con una resistencia que yo debo calificar de heroica por parte

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de los elementos que defendieron aquella antigua ciudad. Once horas duró aquel combate, y ese combate terminó con una victoria absoluta de las fuerzas populares adictas al Gobierno que rebasaron a Guadalajara, carretera de Aragón adelante y carretera de Soria arriba, tan impetuosas al encuentro de fuerzas que dicen salir de ciudades más norteñas y que hasta ahora, salvo avanzadas exploradoras, por cierto todas ellas desprovistas de audacia, no han dado fe de vida. Este es Madrid. ¡Ah!, este es Madrid, muy distinto al que presentan las informaciones falsas, según las cuales Madrid está sitiado, sufriendo las angustias de un asedio, las torturas de una falta de víveres. En Madrid hay de todo, y asedio no sufre ninguno. No hay más angustia, entre el calor vivo del entusiasmo de las multitudes, no hay más angustia en el centro de la jornada que el de este calor del estío madrileño, verdaderamente abrasador. Por lo demás, Madrid, yo no os diré que es el Madrid normal, porque el Madrid normal es un Madrid relativamente silencioso en esta época de la canícula en que lo abandonan una gran parte de sus habitantes. Madrid es en estos días un Madrid ruidoso de júbilo, de algazara y de entusiasmo. Este es Madrid. Ahora bien, silenciosos oyentes míos, tenéis derecho a formularme esta pregunta: «Bien, ese será Madrid; pero, ¿qué es España? Pues os lo voy a decir. Yo he comunicado radiotelefónicamente durante el día de hoy con el Norte de España. Todo el Cantábrico es nuestro, todo: Asturias, Santander, Vizcaya, Guipúzcoa. En Asturias —sublime generosidad nuevamente manifestada de los mineros asturianos—, está sitiado en Oviedo el coronel Aranda con todas las fuerzas que estaban al servicio de aquella Comandancia militar, extraordinariamente dotada, es cierto, desde los sucesos de octubre de 1934. No niego eficiencia, por la cantidad y por la selección, a las fuerzas que manda el coronel Aranda. No niego tampoco inteligencia a este militar, que es quizá —yo rindo justicia al enemigo— uno de los militares más perfectamente conocedores de su oficio. ¡Ah!, pero estos conocimientos del coronel Aranda, que han sido útiles en la sorpresa y en el engaño con respecto a su actitud en las horas preliminares de su sublevación, son totalmente inútiles a esta hora; está encajonado en Oviedo, está realmente sitiado en Oviedo. Y la generosidad de los mineros asturianos es esta; que teniendo bríos, medios, pues disponen incluso de artillaría, fuerza sobrada para asolar Oviedo, renuncian de momento al empeño, queriendo evitar la torrentera de sangre que nuevamente va a correr por las rúas de la vieja ciudad —mi cuna—; quieren aguardar a que en la inteligencia del coronel Aranda, ante el convencimiento de que aquellos auxilios que esperaba son totalmente imposibles, y han pedido que a través de una pequeña demostración aérea se haga entender al coronel Aranda que su resistencia es inútil y que su porfía en el mantenimiento de la sublevación, una vez que se agote la paciencia de estos hombres generosísimos, puede traducirse en la página más ferozmente sangrienta de esta maldita subversión que por bien de todos debiera acabar Instantáneamente. Hay un viejo aforismo militar: «plaza sitiada, plaza tomada». Al coronel Aranda, conocedor del terreno, no se le puede ocurrir la malaventurada idea de hacer una salida, que equivaldría a que cuantos están a sus órdenes cayesen. ¿Auxilios, de dónde? ¿De dónde? ¡Si a la hora actual todos lo reclaman para sí angustiosamente! Lo pide por radio Zaragoza, amenazada por tres columnas que bajan de Cataluña en diversas direcciones, y por esta otra que desbordando Guadalajara marcha también en dirección a la ciudad de los Sitios; lo reclama Valladolid, lo exige Burgos, todos, aparte del ropaje con que se quieren encubrir las situaciones críticas con acentos de angustia verdadera. Todo el litoral de Levante, todo, de Cataluña a Málaga, es enteramente nuestro, unido a Madrid por una comunicación que no se ha interrumpido ni puede interrumpirse a través de la carretera de Cuenca y de la vía férrea. Y oíd esta predicción para que, si se cumple, sirva, cuando menos, para dar mayor crédito a mis palabras: que dentro de muy poco, al rayar el día próximo, caerá Albacete y quedará asegurada también otra comunicación con esta zona de Levante, donde no se ha producido ningún alzamiento contra la República. Albacete está amenazado esta noche por la invasión de dos columnas fortísimas, procedente la una de Alicante, a través de Almansa y Chinchilla, y la otra de Murcia a

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través de Hellín. Ambas columnas jubilosas, entusiastas y llenas de ardor acampan esta noche a la vista de Albacete, dispuestas a entrar en la ciudad en cuanto raye el día y a deshacerse ese nudo que puede cortar una de las comunicaciones con Madrid. En esta subversión militar, habiendo fallado la sorpresa, que es como pueden producirse todas las subversiones —y digo que ha fallado la sorpresa porque ninguno de los directores del movimiento ha podido imaginar el volumen de la resistencia popular—, un ejército o parte de un

ejército que actúa, fijaos bien, no en territorio extranjero, sino en su propia patria, y que no cuente con la adhesión popular, con la adhesión del pueblo, ese ejército, por eficaces que fueran sus medios, y son bien defectuosos aquellos de que disponen las fuerzas sublevadas, ese ejército forzosamente tiene que sucumbir. Ello es fatal, irremediable, inevitable. No hay genios de la guerra entre los generales que acaudillan esas fuerzas. Dejo a salvo todos los respetos que colectivamente me merecen y los muy particulares que he rendido públicamente a alguno de ellos; pero aunque hubiese genios, aunque el espíritu de la milicia española, desde Aníbal aquí, por una concentración prodigiosa y sobrehumana acabara por vincularse en uno de ellos, sus facultades no podrían llegar a transformar una realidad tan evidente como es esta: que el pueblo no está con ellos, el pueblo está con la República, el pueblo está con el Gobierno. ¡Ah!, su error es creer expresión y representación

del

pueblo los grupos de gentes apasionadas, furiosamente alocadas, paisanos que se han adherido a

las

columnas. Yo les rindo este tributo porque a ello me obliga el respeto y el culto que siempre

tributo a la verdad. Son esos paisanos los que, formando la vanguardia, se baten, son oficiales también los que se baten. El soldado no se bate, el soldado no siente el impulso acometedor que ha engendrado la pasión de los directores de este movimiento. ¡Ah! y cuando esto es así la masa de combatientes flaquea, porque no tiene hondura moral y combativa. Por mucho, por grande, por temerario que sea el valor en la lucha, su esfuerzo es inútil. No tiene más que un camino: el del sacrificio; pero no tiene el otro camino; el de la eficacia. Y el sacrificio, inútil a veces, ni siquiera enaltece.

En estas condiciones, yo, que soy un pesimista impenitente, tengo que proclamar aquí mi pleno optimismo. Tened la seguridad de que si no lo sintiera, de que si no estuviere arraigado dentro

de

mí, yo no lo gritaría a pleno pulmón como lo grito hoy a través de este micrófono para que llegue

mi

voz a toda España. Acaso, más que acaso seguramente, yo no me sentiría capaz de disimularlo,

de

decir cosa contraria a mi sentimiento, de enfocar el panorama con lentes distintas a aquellas con

las cuales yo lo veo. Hubiese eludido este trance, no hubiese comparecido aquí, ante vosotros, porque no me hubiese sentido capaz de afrontarle. El error terrible de quienes han promovido y dirigido esta subversión consiste en no tener capacidad para medir exactamente la realidad. Voy a ponerme, para esta digresión que sabréis permitirme, en el propio plano de los subversos, de los sublevados, de los insurrectos, de los rebeldes, y voy a descontar que ambiciones personales, de medro o de gloria, que son también ambiciones, y son ambiciones personales las de la gloria personal cuando se va en busca de ellas en daño del pueblo; voy a suponer que la ambición del medro, desde luego la del lucro y hasta la de la gloria estén descontadas en este instante; voy a establecer el supuesto de que ellos creyeran que el régimen republicano llevaba rumbos defectuosos, contenía anormalidades, causaba daños.

Aceptémoslo a efectos de esta digresión; pero, ¿acaso han creído que un daño infinitamente mayor, la brecha terrible que están abriendo en el pecho de esta patria desangrada, está justificado por la corrección de daños que, si existen y en el volumen mismo que ellos lo aprecien; son infinitamente menores a este desgarrón inmenso que nos deja al descubierto del mundo nuestras propias entrañas? ¿No es su acción más propia de vesánicos? Yo, que soy un español hasta el tuétano y que mis ideas internacionalistas no han menguado jamás, jamás, oídlo, jamás, el amor por España, donde nací y en cuya tierra irán a fundirse mis huesos, quiero llamar a la conciencia de todos, pero singularmente de esos hombres que están dando

el espectáculo de que, aparte de aquellos sucesos iniciales a que antes me referí, en una casa

relativamente ajena, que no en la propia, y donde nuestra conducta debe ser más sensata, de

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aquellos incidentes posteriores donde la temeridad ha llegado a arrojar bombas desde los aviones elevados en Marruecos casi en los malecones de la plaza de Gibraltar. ¿Consuela acaso a esos hombres el espectáculo de que nuestras dársenas peninsulares se vean ahora pobladas de navíos extranjeros que no vienen en visita de mera cortesía ni de cumplimientos rituales, sino a asegurar la vida y a proteger los intereses de sus súbditos como una declaración previa de nuestra incapacidad colectiva para asegurar en sus límites mínimos esas vidas y esos intereses? Medítenlo, medítenlo, medítenlo. No haré a cuenta de ello más reflexiones, que a hombres que tengan el alma cultivada por los efluvios de sentimientos delicados que en ellos hacen florecer las ideas generosas, creo que bastará simplemente esta anunciación para que quede grabado, como yo quiero que quede, esta impresión de una angustia que si tiene algo en sí no es la angustia de una derrota, que no preveo, que descarto, que la elimino porque el triunfo nuestro es seguro, es definitivo, pero que tendrá tantos o tantos o tantos metros cúbicos de sangre como ellos quieran. Su impotencia para mi es evidentísima; su derrota está en mi espíritu registrada ya de un modo inconmovible. ¡Ah! El valor supremo de los grandes hombres es el de la abnegación; la bravura es cosa circunstancial, acaso inconsistente, pero contagiosa, como el miedo. Aquí, en las masas populares, se ha contagiado la bravura, se ha contagiado la valentía, se ha contagiado el ardor; en las masas que les siguen, en las masas de los soldados, hijos del pueblo, se contagia el miedo. Pues entre estos dos contagios, respecto de los cuales el valor de las subjetividades, por muy destacado que sea, es nulo, el resultado es fácil de prever. ¡Ah!, ¿qué quieren? ¿Teñir más de sangre las calles de las viejas ciudades de España y los campos de nuestra vieja nación? Yo, sin querer, porque no era ese mi propósito, pero dejándome arrastrar por un impulso espiritual, esta alocución mía parece ir dirigida, y lo es en efecto, es una realidad indiscutible, más al enemigo, más al adversario, que al amigo, al afín. Se equivocarán quienes dejando desbordarse por el recelo supongan que esto es una arenga de encargo. Es sencillamente una manifestación de mi espíritu, y yo digo a los republicanos, socialistas, obreros todos que están al lado del Frente Popular, yo lo digo no como una insuflación de un optimismo artificioso, sino como la expresión de una convicción hondamente sincera, que el triunfo es nuestro. No necesito decir que no desfallezcáis, porque os veo contagiados en esa ola de valor volcánico que cuando surge lo arrolla todo. Y al enemigo le digo: estás ya de hecho vencido. Mide tu responsabilidad, mide tu equivocación, mírate por dentro, contémplate y a ver si encuentras en tu panorama interior paisaje alguno que te invite a la continuación d esta lucha; porque rendición, no la esperes, rendición no la esperes, rendición no la esperes. Encontrarás cadáveres, pero no hallarás prisioneros. Nada más, españoles.

Bajo el cielo de Madrid

Miércoles 29 de julio de 1936

Madrid 28.—Al reanudar mi comunicación con los lectores de EL LIBERAL, interrumpida hace ya unos cuantos días, no puedo ofrecerles estampas guerreras de esas en que el colorismo reporteril, a base de la urdimbre dramática de los hechos, se encarga de tejer narraciones sugestivas. No he estado en ninguno de los frentes de combate y, por lo tanto, no he presenciado escenas heroicas. Sigo sin perder mi traza urbana. Tengo asignadas funciones semiburocráticas y para desempeñarlas no he introducido en mi indumenta más variaciones que la de sustituir por una lviana chaqueta de pijama la pesada americana del tra je callejero. Y así me defiendo del calor, que es lo único de que por ahora he de defenderme. Tuvo Madrid los días primeros de la rebelión el aspecto excepcional que le daban las milicias en su ir y venir automovilístico por las calles. Pero esta vigilancia está ya exclusivamente confiada a

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la fuerza pública, y Madrid recobró su fisonomía normal. Juegan los niños en plazas y jardines, y cuando el sol deja de caldear la calle, las terrazas de los cafés se pueblan de comentaristas que,

ahora, naturalmente, consagran sus charlas a los episodios de la sublevación en vez de dedicarlas a

los

incidentes parlamentarios o a las proezas taurinas de Domingo Ortega. La única nota pintoresca es la de ver en posesión de los Círculos aristocráticos y de recreo a

las

milicias populares y a los partidos republicanos. Han desaparecido de los sillones de paja de las

terrazas casineras los señorones de antes, y en su reemplazo encontramos a ciudadanos modestos y jóvenes milicianos vestidos con el mono azul y tocados con la gorra cuartelera. Lo demás, está como siempre. Muchos madrileños, para distraerse, organizan excursiones a la Sierra. El Guadarrama tiene ahora, además de los encantos de su divina frescura, el atractivo de ver aeroplanos y oír algún que otro cañonazo, cuyo eco, por muy distante, no puede llegar a Madrid. Ahora se va al alto del León y al puerto de Somosierra a dejarse acariciar por la brisa serrana y, además, a distraerse con el espectáculo de las guerrillas milicianas e incluso a gozar del estremecimiento producido por el estampido de los obuses. Madrid, tranquilo, riente y bien abastecido, parece como ausente de la gran tragedia que vive a estas horas España. Semeja una ciudad asentada a cien mil leguas de los focos de una rebelión

que, si se prolonga, agotará y aniquilará a la nación. Y si se liquida mediante el empleo de todos los modernos recursos bélicos, destruirá el país, porque una guerra civil en 1936 es cosa mucho más espantosa que una guerra civil en 1836. Bilbao se aprestaba a preparar para el 25 de diciembre de este año la conmemoración del centenario de la batalla de Luchana. Aquel éxito de Espartero, como todos los demás episodios de dicha contienda y de la posterior que terminó en 1874, puede aparecer —aparece ya— como incidente minúsculo, insignificante ante las luchas de ahora, en que entran en juego la artillería moderna y la aviación. Por ahí van esta noche mis reflexiones, mientras, acodado en el barandal de un balcón, contemplo este maravilloso cielo de Madrid y me llega de la calle la frívola algarabía de las bocinas

de los autos y del pregón de los vendedores de periódicos.

Aspecto internacional de nuestra contienda íntima

Viernes 31 de julio de 1936

(El presente artículo de D. Indalecio Prieto, debió ser publicado en nuestro número de ayer, jueves, pues fue transmitido por mensaje radiotelegráfico a las 11,30 de la noche del día 29, pero por dificultad es en el servicio, derivadas de las excepcionales circunstancias por que atraviesa el país, no llegó a nuestro poder, hasta las ocho de la mañana de ayer, jueves.)

¿De cuándo data mi preocupación de que un estado de desorden muy prolongado en España

puede originar complicaciones internacionales que, incluso, hagan peligrar nuestra independencia?

De hace mucho tiempo. Esa preocupación asomó varias veces en discursos y artículos míos, y recuerdo que hube de

formularla de modo muy especial en una conferencia que hace cerca de dos años di en Toledo a las Juventudes socialistas allí agrupadas. Quienes oyeran mi discurso que la otra noche se radió desde Madrid, observarían que mis palabras emocionadas reflejaban esa misma preocupación, la cual se adueña más profundamente de

mi espíritu a medida que van transcurriendo estas horas angustiosas de la gran crisis española.

Europa no contempla nuestra guerra civil como una simple contienda interior. La multitud de barcos de guerra extranjeros que hacen flamear sus banderas respectivas en nuestras radas más importantes, señala mejor que nada toda la transcendencia que puede tener en el

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exterior la pelea que aquí libramos. Ese excepcional interés lo explican la privilegiada situación geográfica de la Península ibérica, el enorme valor estratégico de las Islas Baleares y el vehemente deseo de algunas potencias de clavar sus pabellones en el Norte de África. Europa, crispad a y nerviosa, sigue atenta cuanto aquí ocurre. Y son varias las naciones que se miran, recelosas, acaso atribuyendo mutuamente a las visitas de los barcos de guerra designios más vastos, aunque de momento ocultos, que el de proteger la vida de los súbditos respectivos. La Prensa extranjera es a esta hora, portavoz del recelo de las Cancillerías. Días atrás el Manchester Guardian publicó un suelto marcadamente oficioso de su redactor diplomático, quien sin duda revelaba el pensamiento del «Foreing Office». Según este informador asegura, en los círculos londinenses prevalece el parecer de que la guerra civil española será de extraordinaria duración. Además da a entender que los rebeldes cuentan con el apoyo de Italia y Alemania, y señala como precio a este auxilio posibles concesiones territoriales en el archipiélago balear y en el Norte de África. El diario oficioso no dice ni media palabra sobre la actitud de Inglaterra. Su misión, de momento, queda, por lo visto, reducida a llamar la atención de la opinión pública inglesa sobre la extraordinaria transcendencia que tendría la victoria de los sublevados por esas concomitancias que el periódico señala sin embozos ni veladuras. ¿Será tan triste el sino de España como para que nuestras discordias intestinas sirvan de incentivo a los apetitos de naciones imperialistas, dispuestas en cuanto la ocasión se les depare a hacer presa de nuestros territorios? ¡Qué responsabilidad tan terrible para quienes hubiesen preparado tal coyuntura! Además de arruinar a la Patria la hubieran entregado a las codicias ajenas. Su grito de ¡Arriba España! tendría entonces acento de sarcasmo, porque en vez de levantarla la habrían hundido para siempre.

Los bulos en la guerra

Sábado 1 de agosto de 1936

Madrid 31.―Cuando esta tarde iba a iniciarse en la Cámara de los diputados franceses el debate acerca de la actitud de aquel Gobierno con respecto a los sucesos de España, un periódico parisiense, muy aficionado al sensacionalismo, lanzaba una edición con la noticia, transmitida desde Hendaya por uno de sus cronistas de guerra, de que cuatro columnas rebeldes, avanzando hacia Madrid, se hallaban ya en las proximidades de dicha capital, teniéndola de hecho sitiada. ¿Dónde están esas columnas? Parece que dos de ellas las sitúa la fantasía periodística por la parte sur de Madrid. Pues bien; el foco rebelde más cercano a Madrid por el Sur es Córdoba, y dista de aquí cuatrocientos kilómetros justos. Y en vez de que pueda salir de allí columna alguna, lo cierto es que la ciudad de los Califas está seriamente cercada por las columnas que formaron los campesinos de Jaén y los mineros de Linares y La Carolina, más las que procedentes de Levante, luego de libertar Albacete, marcharon hacia el Mediodía, todas ellas al mando del general Miaja. Madrid no sufre cerco alguno, como se da en decir por el extranjero. Su situación es francamente despejada, y la vida por entero normal. Pruébanlo, mejor que nada, las cifras siguientes: de ochenta mil personas que suman aquí las Colonias extranjeras, sólo se han ausentado desde el comienzo de la rebelión 217. Y nadie tropieza con el menor obstáculo para irse, por cuanto que las comunicaciones por carretera y vía férrea por el Mediterráneo están totalmente libres, circulando los trenes con la más perfecta regularidad.

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Madrid aplastó en germen el peligro que sobre él se cernía, a la hora misma que las milicias populares rindieron el Cuartel de la Montaña. Tras éste, y sin resistencia alguna, se entregaron los demás, en los que por cierto, no tuvo la rebeldía expresiones manifiestas, aunque había motivos para sospechar que estuviese latente. Y a seguido, cuanto en las proximidades de Madrid se fraguó insurreccionalmente lo hizo fracasar la valentía del pueblo en armas. Se sublevaban los regimientos de Alcalá de Henares y fueron prontamente reducidos a la obediencia, quedando prisioneros todos

los promotores. Saltó luego la subversión más a retaguardia, en Guadalajara, y al cabo de un combate de doce horas, muy encarnizado por el tesón de los sediciosos y el coraje de los asaltantes, las fuerzas insurrectas quedaban aniquiladas. Sin dejar enemigos a la espalda, los leales, victoriosos, continuaron adelante hasta más allá de Sigüenza. Esto, por lo que toca a la carretera de Aragón. En otros sectores, triunfos también espléndidos, sirvieron para deshacer los estorbos que suponían Toledo y Albacete sublevados. ¿Dónde están, pues, esas columnas que avanzando sobre Madrid lo tienen cercado? ¿Donde? En ninguna parte, porque distan de ser siquiera columnas ni columnillas un par de núcleos artilleros que por el Norte, en algunas crestas de la sierra de Guadarrama, hostilizan ligeramente; núcleos que va desmoronando la deserción. Se entretienen disparando cañonazos que Madrid ni siente ni oye y que sólo sirven, como el otro día dije, para que las excursiones serranas ofrezcan un nuevo atractivo

a los madrileños curiosos y desocupados. Toda guerra es propensa a los bulos; pero como ésta, pocas.

El entusiasmo popular

Domingo 2 de agosto de 1936

Madrid 1.―En los quince días que llevamos de rebelión yo no había tenido hasta hoy contacto directo con las masas populares. Sabía de su entusiasmo, pero no lo había sentido palpitar de cerca. Esta tarde lo oí vibrar con pasión cuando, invitado por el jefe del Gobiemo, concurrí, en la estación de Atocha, al recibimiento de las fuerzas militares que venían de Valencia. Una multitud compacta aparecía alineada a ambas orillas del paseo del Prado, apiñándose aún más densa en la glorieta de Atocha. La estación, con su marquesina caldeada por el sol, parecía un inmenso hervidero. Allí dentro la muchedumbre, apretujada en vías y andenes, soportaba una temperatura infernal. A medida que iban llegando los ministros y otros hombres representativos del Frente Popular, eran acogidos con ovaciones clamorosas. Pero aun fue más prolongada la que acogió la presencia de una Comisión de marinos. Y luego, al llegar los trenes militares, el entusiasmo no tuvo límites. Soldados y paisanos confundían sus gritos frenéticos de adhesión a la República. El ejército vitoreaba al pueblo y el pueblo vitoreaba al ejército. Se sentían mutuamente reencarnados. En las plataformas que transportaban los cañones, en los tejadillos de los vagones y las ventanillas de los coches, puños cerrados simbolizaban el saludo de los que venían a los que esperaban y el de los que esperaban a los que venían. Más tarde, cuando las luces de la ciudad comenzaban a parpadear, los soldados, envueltos por

el pueblo y precedidos de banderas, desfilaron por las calles. Los he visto, y ahora me llega de lejos

el eco de los aplausos, que semejan el tableteo de cientos de ametralladoras. Tomo el espectáculo como signo cierto de que el entusiasmo popular, lejos de decaer, aumenta. A un pueblo en pie resulta muy difícil batirle. La moral es factor importantísimo y a veces decisivo en esta clase de contiendas. Pues bien; la moral del pueblo madrileño alcanza alturas inverosímiles.

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Si eso del cerco a Madrid de que viene fantásticamente hablando la Prensa extranjera, fuese una realidad en vez de una paparrucha y las tropas facciosas pudieran asomarse a la capital, en cada barrio, en cada calle, en cada esquina se verían obligadas a librar combates cruentos. Asistiríamos a jornadas como la del 2 de mayo de 1808, pero infinitamente más sangrientas. No hay cuidado de que semejante trance llegue. Madrid se siente tan holgada en su defensa, que estos infantes y artilleros que llegaron de Valencia esta tarde, como el millar de campesinos que arribaron de Ciudad Real por la mañana, servirán de núcleo a columnas que se organizan para marchar al ataque de los focos de la sublevación, todos muy distantes de aquí. El tiempo es elemento que favorece al Gobierno. Mientras desgasta a los enemigos, a él le permite ir encuadrando las fuerzas que de todas partes se le unen. Tiene el Gobierno una cantera inagotable: el pueblo. Y al pueblo, poseído como está de un fervoroso entusiasmo, no hay quien le aplaste.

En plena guerra

Martes 4 de agosto de 1936

Madrid 3.—En España estamos en plena guerra, una guerra cuyo alcance no supieron medir quienes la han provocado, pues creyeron sin duda, que su plan iba a ser cosa de coser y cantar. A estas horas habrán ya apreciado toda la magnitud de su error, error nacido de que al calcular sus fuerzas, deslumbrados por la extensión de las mismas, olvidaron calcular las del adversario, que dieron por nulas. No supusieron que era tan grande la adhesión del pueblo a la República, ni su fervor por defenderla. Y lo que creyeron iba a reducirse a la lectura de un bando marcial y a lo sumo, a algún paseo militar, se lo encuentran hoy trocado en una guerra espantosa. Toda guerra es escuela de crueldades. No escapará la nuestra a esta consecuencia fatal, verdaderamente terrible. Ni siquiera cuando los sangrientos combates cesen habrá sonado la hora de la paz. El rescoldo de los odios lo estará avivando a cada instante la pasión, y acaso surjan nuevas llamaradas. Es muy distinto el final de una lucha entre dos países enemigos, cuyos ejércitos, al concertarse la paz, pierden todo contacto, que la conclusión de una guerra civil que determina la convivencia en el mismo territorio de los combatientes. De vencedores y vencidos. El rencor sobrevivirá por mucho tiempo al armisticio. Ese rencor será más hondo cuanto más se prolongue la bárbara pelea, que llegará a secar de tal manera los espíritus que no deje florecer en ellos los principios más elementales de la moral en que ha de descansar la solidaridad humana. Nuestras preocupaciones deben situarse más allá del término de la guerra civil. Quizá esas, de orden espiritual, parezcan en estos momentos de furia prédicas pueriles que ahoguen fácilmente el estampido de las bombas; pero aun en el orden material estricto hay motivos para que no podamos contemplar sin angustia el porvenir de España. La lesión que la guerra civil produce en nuestra economía es ya bien evidente. Para apreciar esa lesión no sólo hay que contar el esfuerzo económico que realiza el Estado para sofocar la rebelión. Desde un punto de vista nacional es computable también el esfuerzo que en ese aspecto realizan los insurgentes. Legiones de hombres están apartados hoy del trabajo, que es riqueza, para consagrarse a la guerra, que es destrucción. Las manos que habían de recoger las cosechas empuñan las armas, mientras en el campo se agostan y pudren las mieses y los frutos. Y en tanto, cañones y aeroplanos siembran la ruina. La peseta, que aún mantiene su fuerza adquisitiva en el interior, es un signo monetario casi nulo en el exterior. No tenemos crédito. La contienda civil ha acabado de desbaratarlo. Y a medida que la lucha se prolongue, esas heridas se profundizarán poniendo en peligro la vida misma de España. Todo eso han hecho quienes, según su decir, se proponían salvarla.

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El auxilio extranjero a los rebeldes

Miércoles 5 de agosto de 1936

Madrid 4.— El descenso obligado, por faltarles gasolina, de tres aviones italianos en tierra francesa, muy cerca del río Muluya, demuestra, pese a protestas y disimulos de Cancillería, el auxilio de una nación extranjera a los rebeldes españoles. Esos tres aeroplanos, juntamente con otros de la misma procedencia y nacionalidad, que a salvo de todo percance debieron de llegar al aeródromo de Tahuima, en Melilla, iban tripulados por pilotos italianos. La información se ha publicado con toda clase de detalles en la Prensa francesa. Y como el accidente ocurrió en territorio francés, al Gobierno de París no puede caberle duda alguna respecto a la trascendencia de semejante episodio, que aparecería aún más caracterizado si fuera cierto, cual se afirma, que uno de los tripulantes de esas naves aéreas que volando sobre Áfriica no pudieron llegar a su destino en el Protectorado español, es un capitán del Ejército italiano, y si se comprueba que los aparatos fueron dados de baja en fecha muy reciente en las escuadrillas mussolinianas y pintados de distinto modo a como lo estaban cuando aún seguían al servicio del Ejército de Italia. Este suceso suscita consideraciones de orden nacional y de orden internacional. Veámoslas, aunque sea brevemente. En primer término se destaca el hecho de que los militares españoles alzados en armas contra el Poder legítimo del pueblo no han sentido el menor escrúpulo en solicitar un auxilio extranjero. Extraña psicología la de estos titulados defensores de la patria, porque esa influencia por ellos indudablemente solicitada y, desde luego, admitida, supone en sí misma una ofensa al decoro español. Ya es bochornoso que en nuestras querellas internas se mezclen los extraños. ¿Pero se han parado los sediciosos a meditar sobre las posibles consecuencias de una injerencia de tal género? En la política internacional pesan poco —lo hemos visto muchas veces y lo estamos viendo ahora— las afinidades políticas. Las potencias inspiradas por profundos egoísmos nacionalistas no se mueven a impulsos de la simpatía o la antipatía por un régimen determinado. Se mueven exclusivamente a impulsos de sus intereses, nada más que de sus intereses. A Italia, por ejemplo, le sugestionaría muy poco la implantación en España del fascismo, de un régimen autoritario cualquiera, si no adivinara la posibilidad de obtener a través de él ventajas considerables para su afán imperialista. Si un auxilio suyo determinase la victoria de los facciosos pasaría muy pronto su factura, la cual habría de ir en detrimento de nuestra soberanía. El Manchester Guardian, previniendo a la opinión inglesa, se encargó días atrás, como vimos, de señalar lo que Italia ambiciona respecto al archipiélago balear y al norte de África, y descubrió las esperanzas de dicha nación mediterránea de ver realizada su ambición mediante el triunfo de nuestros militares insurrectos. Bastaría con que las cosas llevaran ese camino sin que en él hubiese estorbos, para que la pesadumbre de una gravísima preocupación enturbiara la conciencia de cualquier español responsable. ¡Ah!, pero hay más, mucho más. Hay que los países cuya conveniencia quedase lesionada por la satisfacción de dichas aspiraciones italianas se creerían obligados a cerrarlas el paso en un momento determinado. Entonces podría ocurrir que descargaran sobre España, en tremendas turbonadas, las rivalidades europeas. Quienes sin más guía que su ciega pasión se sublevaron contra la República, no han caído en cuenta de que podían convertir a España en una especie de Balcanes de Occidente, haciendo que nuestras querellas sirvan de pretexto para el choque de todas las grandes ambiciones internacionales, choque en el cual —reiteremos una vieja preocupación— pueden peligrar nuestra integridad y nuestra independencia.

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Dinero, dinero y dinero

Jueves 6 de agosto de 1936

Madrid 5.―Aquel dios de la guerra, aquel loco magnifico que fue Napoleón, afirmó que para triunfar en las contiendas bélicas era necesario dinero, dinero y dinero. Esta verdad axiomática,

proclamada hace cerca de siglo y medio, presenta contornos más convincentes en los tiempos que corremos, porque la guerra moderna exige la concurrencia de elementos costosísimos que eran rudimentarios o totalmente desconocidos en la época napoleónica. Comparemos el cañón de entonces, tosco y lento, con una de las maravillosas piezas de artillería rápida de ahora. Cotejemos sus costos respectivos y se verá por ellos cómo el factor dinero resulta aún más decisivo. Reparemos en las armas automáticas, invenciones diabólicas, que el caudillo corso no conoció, y en el consumo formidable de municiones que ellas exigen, y tendremos también la sensación de que el dinero juega papel mucho más importante que cuando el primero de los Bonaparte aterraba al mundo con sus audacias. Volvamos luego la vista a instrumento tan novísimo, y a la vez tan caro, como la aviación, en la que el emperador francés ni siquiera pudo soñar, y hallaremos con mayor plenitud confirmada la aseveración de éste: dinero, dinero y dinero. Dinero para cañones, ametralladoras y fusiles. Dinero para cantidades fabulosas de municiones. Dinero para aeroplanos, dinero para gasolina, dinero para productos químicos Ya habíamos quedado en que lo de España es una verdadera guerra y no una asonada trivial. Pues bien; conforme al aserto napoleónico, para ganarla se necesita, principalmente, dinero, dinero

y dinero. ¿Quién está mejor provisto de este recurso? ¿Los rebeldes o el Gobierno? El Gobierno, sin

duda alguna. Creo en todos los apoyos financieros de que estos días habla la Prensa, atribuyéndolos

a magnates del capitalismo e incluso a algún famoso contrabandista. ¿Pero qué representa todo eso

frente a los recursos de que dispone el Estado? No pasa de ser una gota de agua en el mar. En el caso actual, esos concursos privados han podido servir para iniciar la sublevación, pero son insuficientes para sostenerla. Vamos a pensar por un momento que el capitalismo español, todo él, está dispuesto a destinar la integridad de sus recursos a la causa facciosa. No habría que arredrarse por ello, porque esos recursos, a la hora presente, son limitadísimos. Nuestra burguesía no puede disponer con libertad de sus bienes, no puede vender sus bancas, ni sus talleres, ni sus tierras. ¿Quién se los había de comprar en circunstancias tan angustiosas y dramáticas? Aparte de lo previsoramente incautado por el Gobierno para satisfacer las necesidades de diverso orden que la guerra crea, lo que en su poder conserva la burguesía no es de momento vendible. Y aquí lo que hace falta es dinero. Y dinero, no representado en billetes del Banco de España, que circunstancialmente carecen de valor en el extranjero, sino dinero en francos franceses y suizos, en dólares, en libras esterlinas… es decir, en oro. Porque es únicamente con oro como España y los españoles pueden hacer transacciones fuera del país, y el oro, todo el oro español, el que garantiza nuestro papel moneda, lo tiene en sus manos el Gobierno. Cierto que las sacas del precioso metal debilitan dicha garantía y, desde luego, nos empobrecen, porque el metal amarillo no se invierte en adquisiciones que aumenten o mantengan nuestro índice de riqueza, sino se trueca por elementos de guerra, por instrumentos destructores. El empobrecimiento de España como consecuencia de esta lucha fratricida constituirá una de las grandes responsabilidades de los promotores de la rebelión. Desgraciadamente, no será ese el único problema por ellos planteado, sino que serán muchos

y todos muy graves. Pero nuestro examen de los aspectos de la contienda se circunscribe hoy a los apremios del presente, sin extender la mirada hacia el futuro. Y atentos a tales apremios nos aferramos a la frase de Napoleón y creemos en nuestra victoria, porque en nuestro poder está el dinero.

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Una neutralidad incomprensible

Viernes 7 de agosto de 1936

Madrid 6.―Dentro de las vastísimas zonas de mi ignorancia está incluido cuanto se refiere a la diplomacia. Jamás pude entender sus sutilezas. Alguna vez que con todo el esfuerzo de mi

inteligencia he querido traducirlas, mi fracaso ha sido completo, porque levantando la vista de los

papeles de supuestos y diversos colores —el Libro Azul, el Libro Amarillo, el Libro Rosa

poniendo los ojos en la realidad, me ha parecido todo lo escrito una serie de sorprendentes paradojas, muchas de ellas teñidas de sarcasmo. La pugna entre los compromisos solemnemente pactados y el proceder de las “altas partes contratantes”, como diríamos en lenguaje cancilleresco, ha sido constante. En realidad, aquella brutal frase alemana de 1914 diciendo que un Tratado internacional era simplemente un “chifon de papier”, frase con la cual se quiso justificar la violación del respeto ofrecido a la neutralidad belga, no pasaba de ser, aunque en forma cínica, la expresión de una gran verdad que frecuente y dolorosamente hacían sentir los fuertes a los débiles. La única modalidad nueva que cabe registrar desde entonces, cual si hubiese sido iniciada por la dañosa e histórica frase, es un mayor desenfado en el incumplimiento de los Tratados cuando no conviene cumplirlos. Ahí está como ejemplo vivo de ello esa pobre Sociedad de Naciones que tantas ingenuas esperanzas suscitó al nacer y que está amenazada de sucumbir envuelta en el ridículo. La confesión previa de mi desconocimiento en cuanto a la diplomacia concierne, acaso prive de todo valor a lo que voy a decir seguidamente. No he podido desentrañar el sentido de la declaración de neutralidad que a instancias del Gobierno francés, vienen formulando algunos países europeos con respecto a la lucha que sostenemos en España. Creía yo que una declaración de este género sólo era pertinente en una guerra entre dos países, pero me parecía absurda —y en mi ignorancia sigue pareciéndomelo, aunque la iniciativa haya salido de centro tan ducho como el Quai d’Orsay— cuando se tratase, como ahora, de una contienda interior. No dudo de las bonísimas intenciones del Gabinete de París, dentro del cual tengo excelentes amigos; pero me atrevo a afirmar que esa invitación suya, siquiera esté paliada por el último párrafo del acuerdo en que aparece contenida, constituye un equívoco, porque ante cualquier mirada suspicaz, y mejor aún, ante cualquier mirada traviesa, de las que abundan entre los diplomáticos, semejante declaración puede equivaler, hasta cierto punto, al reconocimiento de la beligerancia de los rebeldes. Conste que no late entre estas consideraciones, probablemente heréticas, el deseo de que Francia, Inglaterra, ni ningún otro país, intervengan en nuestros problemas internos; pero lo que quiero decir es que, según mi leal saber y entender, no puede darse el mismo trato al Gobierno legítimo de una nación amiga y a quienes se levanten en armas contra él. Y si esa declaración de neutralidad sirve para considerar en el mismo plano de respeto a quienes representan la legalidad y a quienes encarnan la subversión, diré que no me parece justa. He aquí un razonamiento que se me viene a los puntos de la pluma, escoltado por muchos recuerdos: no se es neutral, por lo visto, cuando la subversión resulta pequeña; pero se proclama la neutralidad cuando la subversión llega a ser grande. Pues bien; la regla inflexible del deber no puede admitir gradaciones. Una subversión, por extensa que sea, no justifica que los países amigos establezcan, por lo que a España se refiere y en lo que afecta a determinados aprovisionamientos, sistemas distintos a los establecidos antes de que la subversión estallara. Tan legítimo y tan preponderante debe ser para ellos ahora el Gobierno de la República como lo era hace un mes. Y, consiguientemente, no puede haber la más mínima incorrección en suministrarle lo que sin impedimento alguno se le venía suministrando. Supongo que la declaración de neutralidad que gloso en estas líneas con demasiado atrevimiento no significa alteraciones como las que apuntadas quedan, porque si las ocasionara sería medir con el mismo rasero al Poder legalmente constituido y a quienes se alzan subversivamente contra él. Y para un ignorante como yo, una neutralidad así entendida resultaría absolutamente

— y

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incomprensible.

El discurso de Indalecio Prieto

Domingo 9 de agosto de 1936

INDALECIO PRIETO PRONUNCIA DESDE EL MINISTERIO DE LA GOBERNACIÓN UN EMOCIONANTE DISCURSO HACIENDO RESALTAR LA TERRIBLE RESPONSABILIDAD DE LOS TRAIDORES Y REITERANDO SU FE INQUEBRANTABLE EN EL TRIUNFO ROTUNDO DE LAS FUERZAS LEALES AL GOBIERNO

Madrid 8.Poco después de las diez de la noche habló al pueblo español desde el micrófono instalado en el ministerio de la Gobernación el ex ministro D. Indalecio Prieto. He aquí su discurso:

A los pocos días de haber estallado la sublevación, que dura ya tres semanas vencidas, me acerqué a este mismo micrófono a proclamar mi optimismo respecto al resultado definitivo de esta lucha fratricida que ensangrienta a España. En aquel instante mi optimismo se basaba principalmente en presunciones; hoy vengo a ratificarlo, pero ya asentado en hechos. Recordaréis quienes me oísteis en aquella noche y formáis también en la de hoy este auditorio invisible, que entre los hechos que vaticiné figuraba para el día siguiente la rendición de Albacete. La predicción mía quedó estrictamente cumplida. Al día siguiente Albacete dejó de ser un núcleo rebelde, y las columnas de republicanos y socialistas levantinos, procedentes unas de Alicante y otras de Murcia, que liberaron a Albacete, pudieron, luego de su descanso triunfal, ir a engrosar las columnas que marchan hacia el Sur, en busca de la liberación de nuevas ciudades. Digo que en los hechos se cimenta el optimismo que vuelvo a proclamar hoy, porque es indiscutible que en las tres semanas transcurridas el enemigo no ha conseguido una sola victoria, no ha obtenido un solo triunfo, no ha logrado un solo éxito. Puede decirse que el panorama es la generalización de lo que acaba de referirnos Belarmino Tomás, por lo que respecta a Oviedo. Las guarniciones sublevadas siguen encerradas en las ciudades en que iniciaron la sublevación. No han extendido su radio de dominación. Por lo que respecta a Madrid, objetivo principal —no era ciertamente ningún mérito el sospecharlo— de los revoltosos, acabo de leer en un periódico extranjero unas declaraciones hechas por el general Mola, en las cuales registra como una decepción el hecho de no haber caído Madrid en poder de los sublevados el día 28 de julio, fecha que los directores de la sublevación señalaron, a lo visto, para la conquista de la capital de la República, luego de haberse disipado los efectos fulminantes, únicos obtenidos por ellos, que llevaba consigo la sorpresa de la sublevación. Y el tiempo, a medida que corre, es un factor favorable a la República, favorable al Gobierno que la representa, favorable, en síntesis, a la legalidad republicana, contra la cual se ha alzado parte del Ejército, y que defienden, con heroísmo, con bravura, que habrá de saber registrar la Historia, muchedumbres populares; el tiempo, que es un factor que favorece nuestra causa, la causa de todos los demócratas, la causa de todos los hombres que somos enemigos de la reacción, porque él consiente a las instituciones legales ir organizando, encuadrando, encauzando el entusiasmo popular, que en los primeros momentos de lucha tuvo por única característica el ímpetu, el entusiasmo ardoroso, pero que necesita, para una lucha que sigue manteniéndose, aquella organización esencial, para que su labor dé un rendimiento más eficaz. Extensa es la rebelión militar. Inútiles los disimulos en cuanto a esa extensión. Pero es evidente ―de las mismas declaraciones del general Mola, que comento, se deduce― que han padecido el tremendo error de suponer que les bastaban simplemente dos o tres días para instaurar ese régimen autoritario, ciertamente indefinido, del cual no conocemos siquiera las líneas generales,

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aunque sabemos lo que podría ser si llegara a triunfar por la estela sangrienta, ignominiosa, vergonzosa para todos los españoles, que han dejado a su paso las columnas y los destacamentos de las fuerzas sublevadas. Permite al Gobierno el tiempo la organización de las fuerzas populares que, en sustitución de las del Ejército que está en subversión, han de constituir el pilar defensivo de la República, como están siéndolo ya. Pero, además, en estas palabras mías, que quiero dejar desprovistas de acento de

pasión, y que han de ser, si ellas responden a mi propósito, profundamente reflexivas; pero, además, repito, ya es viejo el concepto de que una guerra la gana aquella de las partes en lucha que disponga de más medios para la resistencia. Una guerra no es simplemente heroísmo; una guerra no es simplemente valentía; una guerra, en suma, no se resuelve por la superioridad exclusiva del factor humano; una guerra es infinitamente más que eso; una guerra son medios de resistencia. Esto nos lo han enseñado muchísimas contiendas bélicas, pero si quisiéramos buscar el ejemplo más reciente y más magno, lo encontraríamos en la guerra europea. No veáis en esta cita de aquella contienda, de cuyas conturbaciones no ha podido curarse todavía el mundo civilizado, afanes hiperbólicos de mi parte; pero pensad conmigo que esta contienda, de la cual estamos siendo todos actores en el suelo ensangrentado de nuestra Patria, no es un simple motín, no es una trivial asonada; es una guerra, con todo el terrible acento que la palabra lleva, es una guerra. Y, más que una guerra, es una guerra civil; es una guerra entre compatriotas, es una guerra entre hermanos. Pues como una guerra hay que tratarla, como una guerra hay que considerarla, como una guerra hay que examinarla. Y éste es el examen que, con la concisión a que me obligan las circunstancias en que hablo y el imperio del tiempo, voy a realizar. ¿Del lado de quién pueden estar las mayores posibilidades del triunfo en una guerra? De quien tenga más medios, de quien disponga de más elementos; ello es elementalísimo. Pues bien; extensa, cual es la sublevación militar que estamos combatiendo, los medios de que dispone son inferiorísimos a los medios del Estado español, a los medios del Gobierno. Si la guerra, cual dijo Napoleón, se gana principalmente con dinero, dinero y dinero, la superioridad financiera del Estado, del Gobierno de la República, es evidente. Yo he hecho recientemente, días atrás, bajo mi firma, esta consideración que repito ante el micrófono, convencido de que su divulgación es mucho mayor por este medio que el que alcanzaron mis líneas escritas. Doy por ciertos todos los auxilios financieros que se dicen prestados a los elementos que han organizado la subversión, y, aún dándolos por ciertos, yo no puedo dejar de reconocer este hecho; a saber: que esos medios han podido ser suficientes para preparar la sublevación, para iniciarla, para desencadenarla; pero que esos medios son notoriamente insuficientes para sostenerla. Podría juntarse todo el alto capitalismo español en la voluntad suicida de ayudar la subversión, y todos los elementos financieros de que el capitalismo puede disponer libremente en estos instantes son escasísimos ante los muy dilatados del Estado, Porque, para auxiliar una sublevación ya en armas, se necesita eso que dijo Napoleón:

dinero. De nada sirven cualesquiera otros signos de riqueza, en estos instantes. ¿Es que el capitalismo puede enajenar sus participaciones en las grandes empresas industriales, para traducir esas participaciones en dinero y entregarlas al tesoro de la rebelión? ¿Es que puede enajenar sus

minas, vender sus fábricas, ceder sus talleres

¿Dónde están los compradores de todas esas

fuentes de riqueza, en estas circunstancias tan angustiosamente dramáticas? No existen, no hay comprador posible. Pues bien; no habiendo compradores, no habiendo manera de ceder esos bienes y traducirlos en dinero, que pueda invertirse en el mantenimiento de la sublevación, los recursos en auxilio de la rebelión, que pueda seguir prestando los elementos capitalistas a los subversos, son escasos, nimios, insignificantes ante los recursos del Estado. Porque no olvidéis, españoles que me estáis escuchando, que en estos momentos, y como una consecuencia fatal e indeclinable de esta sublevación insensata, nuestro signo monetario ha perdido todo su prestigio, ha perdido todo su valor en el extranjero. La peseta no tiene ya cotización más allá de nuestras fronteras. Sirve para nuestras transacciones interiores. No tocamos aún —lo tocaremos, desgraciadamente— el efecto del

?

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desmoronamiento de nuestro crédito; pero fuera de España los españoles que quieran hacer

transacciones han de hacerlas con moneda extranjera, con francos franceses, con francos suizos, con dólares, con libras esterlinas; es decir, con signos monetarios que representan oro. No hay más moneda para el español, perdido su crédito público y privado en el extranjero, que la moneda oro. Pues bien; todo el oro de España, todos los recursos monetarios españoles válidos en el extranjero, todos, absolutamente todos, están en poder del Gobierno: son las reservas de oro que han venido garantizando nuestro papel moneda. El único que puede disponer de ellas es el Gobierno. Ese tesoro nacional permite al Gobierno español, defensor de la legalidad republicana, una resistencia ilimitada, en tanto que en ese orden de cosas —no examino de momento otras— la capacidad financiera del enemigo es nula. ¿De qué le sirve haberse apoderado de cantidades verdaderamente considerables en billetes del Banco en los establecimientos de crédito de aquellas ciudades donde está en dominio la subversión? Para el tráfico interior, temporalmente, momentáneamente, pueden serle útiles; para la adquisición de elementos de auxilio, de material, todo eso es nulo, porque fuera de España no sirve, ni significa, ni vale nada. Pero, además, la guerra es hoy, principalmente, una guerra industrial. Tiene más medios de vencer aquella parte contendiente que disponga de mayores elementos industriales. Y pasad imaginativamente vuestra mirada por el mapa español; ved las zonas que están dominadas por la rebelión y aquellas otras que, libres de ella, por fortuna, mantienen incólume su adhesión al Gobierno que representa la República y que hoy nos representa a todos ios ciudadanos españoles,

no ya amantes de la democracia, sino sencillamente enemigos de la reacción: todo el poderío

industrial de España, todo lo que puede ser cooperación eficaz al mantenimiento de la lucha, en orden a la producción industrial, todo eso, absolutamente todo —y no hay en la rotundidez de la expresión hipérbole alguna—, todo eso está en nuestro poder. Y pensad que al aplicar la palabra nuestro es porque, como os he dicho antes, la causa que personifica el Gobierno de la República es la causa de toda la democracia española.

Pues bien; con los recursos financieros, totalmente en manos del Gobierno, con los recursos industriales de la nación, también totalmente en manos del Gobierno, podría crecer hasta la esfera

de lo legendario el valor heroico de quienes impetuosamente están en armas contra la República, y

aun así, aun cuando su heroísmo llegara a grados tales que pudiera ser cantado ensalzadoramente por los poetas que quisieran adornar la Historia de esta época triste de la República; aún así, serían

inevitable, inexorable, fatalmente vencidos. Pero yo, que hablo de lo que soy testigo principalmente, y digo, en honor de estos bravos

milicianos populares, que han hecho del desdén a la vida el culto más generoso a su ideal, que no hay superioridad en bravura, en heroísmo, en valentía, en los elementos sublevados. No voy yo a hacer a cuenta de esto parangones que para unos —para los nuestros— podría incluso sonar a halago y a adulación —y yo no adulo nunca ni halago a la fuerza, aunque la fuerza esté adscrita devotamente a lo más íntimo y más profundo de mis sentimientos— y podría parecer con respecto a

los

otros que en el parangón iba un desdén, acaso un denuesto, una imprecación injuriosa. No es ése

mi

propósito. Pero yo digo que en estos aletazos de la pasión política española, que nos ha llevado

al campo de batalla, con toda justicia, con toda sinceridad, con toda lealtad, no puedo atribuir al enemigo ninguna superioridad de moral combativa. Lo dije la otra vez y lo confirmo hoy: los soldados no se baten. Cualesquiera contactos establecidos con ellos bastan para que en cuanto la coyuntura se presenta la deserción, que en este caso es adscripción a la legalidad, se produzca instantáneamente. Y donde no están desarmados los

soldados, los hijos del pueblo, a quienes la obligatoriedad de la ley obligó a vestir el uniforme, están

en la retaguardia y a veces las vanguardias, constituidas por determinados elementos, no sólo

significan que ellas constituyen por si lo único en que se puede confiar en cuanto a moral combativa, sino que, además, desempeñaba la función de aprehensores de quienes están en su retaguardia, porque su misión principal es constituir una línea que forme un valladar entre nuestras líneas y las suyas, para que no puedan acercarse a los nuestros los soldados que con el corazón y

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con el alma entera están deseando adscribirse, unirse, a los que en lucha brava y leal defienden la legalidad republicana. No es de muchas fechas el caso más característico y más numeroso de este fenómeno que señalo. Lo ha constituido el copo de la casi totalidad de una de las dos columnas salidas en combinación de Zaragoza para recobrar el pueblo de Sástago, recientemente perdido, en las proximidades de aquella ciudad. No es que los soldados no combatieran; no es que los soldados, ante el contacto con nuestras fuerzas, sintieran deprimido su valor y retrocedieran, no; es que en masas se sentaban en el suelo, sin disparar un solo tiro y esperaban tranquilamente a que los nuestros se acercaran para entregarse a ellos y, tras la entrega, hacer el ofrecimiento de que sería para ellos designio de honor el que se les otorgara la merced de figurar en la vanguardia de las columnas que hubiesen de entrar en Zaragoza. Yo sé, porque conozco el orgullo de ciertas gentes, y al conocer este orgullo descubro la dificultad insuperable de que el orgullo se abata para dar paso a un estado de conciencia que reconozca un error y procure enmendarlo en la esfera de lo posible, yo sé que estas palabras serán ociosas para los caudillos de la rebelión; sé, además, que aquellos hijos del pueblo que han sido arrastrados por ellos a la sedición no oirán el eco de lo que digo. Pero aun descontados estos factores, que neutralizan el esfuerzo de mi palabra, yo no puedo callar mi convicción, soy un hombre de responsabilidad, cada vez más fina, más atildada, si queréis admitir estos dos objetivos. Hablo a una parte considerable de la nación española, y ante ella, ante esta generación de españoles, jalón de nuestra historia, yo hablo para determinar unas responsabilidades, para fijarlas, para delimitarlas. Y la responsabilidad de quienes por orgullo y sin probabilidades de éxito mantienen una lucha fratricida, tras cuya prolongación puede estar la ruina de España, porque son visibles los peligros para su integridad y son visibles también las amenazas para su independencia, yo quiero fijarla ante los conciudadanos que me oyen para que todos la consideren, la examinen y la enjuicien. Yo digo a quienes me oyen, incluso a los gobernantes, que tenemos que prepararnos como si la lucha hubiese de ser larga. Ya vaticina su larga duración el general Mola en las declaraciones a que reiteradamente he hecho referencia en estas mis palabras radiadas. Hay que prepararse como para una lucha larga; tomar todas las previsiones para el mantenimiento de ella. Y si la ventura, la ventura que yo ansío con el alma plena de esperanza, nos acorta este período angustioso de nuestra Historia, tanto mejor; pero lo que yo digo a los gobernantes que asumen la responsabilidad de dirigir a la nación española es que tienen que hacer sus preparativos y sus previsiones como para una lucha larga, como para una guerra, porque en una guerra estamos, aunque no haya sido ésa nuestra voluntad, pero tenemos que rendirnos a la voluntad ajena, que la ha provocado. Y el Gobierno no puede abdicar de su dignidad de tal; no abdicará. Yo estoy en contacto continuo con los hombres que lo constituyen y sé, lo sé bien —no por una impresión fugaz, sino por una convivencia a lo largo de todas las horas de la jornada—, que su ánimo, tenso, no está propicio a la flaqueza, ni está propicio al desmayo. Se lo impone así su espíritu. Pero lo establece también así su deber. No puede el Gobierno flaquear; no flaqueará, porque el Gobierno, para serlo plenamente en estos instantes tan dramáticos, ha de ser forzosamente la representación, la encarnación, la significación del espíritu que milita en la calle, y en los campos, y en los montes donde se pelea. Y el Gobierno ha de estar y está al unisono de esas vibraciones, manteniendo enhiesto su espíritu, como lo mantienen las masas populares que le asisten, porque al asistirle labran su propia defensa, aseguran su porvenir, impiden que España sea un ejemplo triste: porque, por las trazas, y a juzgar por los hechos, en cuyo comentario no quiero entrar, los regímenes autoritarios que han suscitado, con justicia, la hostilidad de todas las democracias mundiales, serían algo así como plácidos y paternales sistemas de Gobierno ante este que se implantara en España y cuya característica iba a ser la ferocidad —oíd la palabra, españoles—, ¡la ferocidad, la ferocidad! Y no insisto en el tema, no insisto en el tema: me duele el alma, me duele profundamente el alma cuando lo rozo. Porque yo sé que aquí, dentro de nuestro recinto patrio, podríamos unos a

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otros golpearnos, con justicia o con injusticia —que la pasión política suele ser el sudario en que se envuelve muchas veces lo justo—, pero fuera de aquí, ante el mundo, somos españoles y lo que aquí ocurra, lo que aquí está ocurriendo, puede llenarnos de sonrojo y puede constituir —oídlo bien— una afrenta ante el mundo. Pues bien; no sé qué autoridad tendrá mi palabra cerca de las multitudes populares que luchan por la República y que al luchar por ella —no me asusta el decirlo— tienen ya adquirido, conquistado, el derecho a una ordenación jurídica de los frutos de la victoria; lo que sí quiero decirles es que por muy fidedignas, terribles, trágicas, que sean las versiones de lo que haya ocurrido y está ocurriendo en las tierras dominadas por nuestros enemigos, aunque día a día nos lleguen, agolpados en montón, los nombres de camaradas, de amigos queridos que encontraron simplemente en la adscripción a un ideal el titulo jurídico, si se quiere, ante la sublevación que justificara su muerte alevosa, yo os pido que no los imitéis. Yo os lo ruego, yo os lo suplico. Ante la crueldad ajena, la piedad nuestra; ante la sevicia ajena, vuestra clemencia; ante todos los excesos del enemigo, vuestra benevolencia generosa. No olvidéis, no olvidéis que quienes constituimos esta generación que declina, nos podremos ir de la vida un poco angustiados, si dejamos una España endurecida de corazón, insensible a la solidaridad humana. Oídme bien, son palabras reflexivas que hace tremolar la emoción, pero palabras sinceras, hondas, nacidas de lo más intimo de mi espíritu. No les imitéis, no les imitéis y superadles en vuestra conducta moral, superadles en vuestra generosidad. ¡Ah! Yo no os pido, conste, no os pido que perdáis vigor en la lucha, ardor en la pelea; pido pechos duros para el combate, duros, de acero, como se denominan algunas de las milicias valientes, pechos de acero pero corazones sensibles, capaces de contraerse ante el dolor humano y que sean albergue de la piedad, sentimiento delicado y tierno, sin el cual parece que perdemos algo de nuestra grandeza humana. Si, yo ya sé; ya lo sé que entre los grupos facciosos combatientes, galones y estrellas de jerarquía militar aparecen bordadas en las mangas de las sotanas; otra vez parte del clero español, impreparado para su misión espiritual, vuelve a evocar las páginas montaraces de nuestra guerra carlista y a traer, como en un mensaje siniestro desde su tumba en tierra colombiana, el espectro del cura Santa Cruz. ¡Qué vesania! ¡Qué insensatez! Y tras estos curas montaraces, que se baten contra sus hermanos, con olvido absoluto de todo lo que debe ser su patrimonio espiritual, encima de eso, las palabras ciegas de pasión de eminencias de la Iglesia que santifican estos combates, y que, en vez de tener su mano abierta para la bendición, la crispan en una cerradura de puño amenazando a sus hermanos de España, que, al luchar por regímenes de igualdad, acaso tengan en lo más profundo de su alma clavada la imagen de Cristo Redentor. ¡Qué insensatez! Como la de nuestra clase capitalista, como la de ese Ejército que otra vez trae a nuestras tierras de España la afrenta ignominiosa de que moros del Rif se complazcan en abatir carne cristiana, hundiendo en las entrañas de mujeres y de niños indefensos las gumías y acribillando a balazos a los hombres de España. Y con qué sádico placer; todo aquel que puede suscitar el rencor de hombres sometidos, pero que no olvidaron jamás, porque no se desposeyeron de esa levadura: el odio al cristiano. Se pasa el Estrecho con ellos, diciéndoles: “¡Ahí los tenéis! ¡Ahí los tenéis! Son carne vuestra, quedan entregados a vuestros sádicos placeres de venganza. Ahí tenéis carne cristiana que macerar, que magullar y que ultrajar”. Terribles responsabilidades todas. La lucha se prolongará, puesto que el propósito es prolongarla. El triunfo, lo repito, el triunfo es nuestro, indiscutiblemente nuestro. ¡Ah!, el hecho de que la contienda no se liquide rápidamente por un triunfo inevitable, acarreará una responsabilidad mucho más grande para quienes, provocándola insensatamente, la prolongan sólo a virtud del impulso de la locura y de su orgullo, y entonces se triunfará, pero se triunfará sobre una España desangrada, sobre una España empobrecida. No es responsabilidad de quienes defienden la legalidad republicana, ni ese empobrecimiento ni esa sangría. Si, podemos y debemos justamente concitar el ímpetu de nuestros odios contra esas legiones de insensatos que han provocado esta situación catastrófica; sí, debemos mantener ese odio, y con ese odio embadurnar nuestro pecho y

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endurecerlo para el combate, pero dentro del pecho mantener sensible el corazón para la piedad, para la solidaridad humana. Y todo el vigor en el combate, todo el ímpetu en la batalla, todo el ardor en la pelea y a la hora de la derrota, se trueque en piedad; porque así, sólo así podéis levantar, milicianos de España, en alto vuestro nombre y sacar del fango, donde lo están enlodando otros, el nombre de España, que, cualesquiera que sean nuestras ideas, a todos, absolutamente a todos, nos es santo.

Hacedlo así, milicianos a quienes me dirijo, poniendo en el vítor a la República todo el fuego de que soy capaz. Yo os pido: para la hora del combate, la dureza del pecho: para la hora de la derrota del enemigo, la piedad para con él. Así os lo pide un hombre que piensa y siente como vosotros, milicianos de España. ¡Viva la República!

Réplica a unas palabras del general Mola

Martes 11 de agosto de 1936

Madrid 10.—El general Mola, según me dicen, pues yo no tuve ocasión de oírle, ha contestado, también por radio, al discurso que pronuncié anteanoche desde el micrófono del ministerio d e la Guerra. La síntesis de esa respuesta, según las referencias que de ella me dan, es negar fundamento a mis aseveraciones relativas a que triunfará en la presente guerra civil, como en todas las guerras, quien posea mayores elementos de resistencia, considerando, por tanto baladí que el Gobierno disponga de todas las reservas en oro del Banco de España y estén en sus manos las zonas industriales del litoral. Según el general Mola, los rebeldes, entre cuyos caudillos figura, triunfarán rapidísimamente. No desconozco el valor que en esta clase d e contiendas tiene la propaganda y, por consiguiente, estimo atinado que el Sr. Mola apele, como apelamos nosotros, al procedimiento de difusión más poderoso y eficaz en estos instantes, el de la radio, mereciendo la pena anotar que al utilizarlo él haya prescindido de las chocarrerías y necedades que caracterizan los discursos radiofónicos de otros jefes de la insurrección. Declaro que esta notable diferencia no me sorprende, conociendo como conozco a casi todos ellos. Sin haber llegado a tener trato directo con el general Mola, sé bastante de él desde que como teniente coronel del regimiento de Andalucía perteneció a la guarnición de Santoña. Cuando en 1921 fue a Melilla, a sustituir en el mando de los Regulares indígenas a González Tablas, la primera vez que éste cayó herido, pedí antecedentes de Mola, y los tuve muy satisfactorios a través de Gregorio Villarías. Los hombres nunca somos dueños de nuestros destinos. Mola no lo fue de los suyos. Una íntima amistad con D. Dámaso Berenguer le obligó a venir de Marruecos para hacerse cargo de la Dirección general de Seguridad cuando la monarquía agonizaba y eran inútiles todos los esfuerzos policíacos para salvar la vida de aquella institución en podredumbre. Posiblemente, el desempeño de la Dirección general de Seguridad en circunstancias tan excepcionales y duras cambió el rumbo de la vida política de Mola, quien quizá, quizá de no mediar ese período, que hubo de caracterizarle singularmente, hubiese marchado por otros derroteros. Claro que en las Memorias publicadas por el general no se hallará atisbo alguno de esto que de él me atrevo a pensar yo. Estas son cosas que, adheridas con fuerza a lo más íntimo del espíritu, nunca las dejamos desprenderse para que jueguen libre y escandalosamente. Tales Memorias registran algunos aciertos y no pocos errores. Uno de los últimos fue el de atribuir mi desaparición de Bilbao en diciembre de 1930, a raíz de la sublevación de Jaca, a una confidencia de Juan Donoso Cortés, entonces secretario del Gobierno civil de Vizcaya. Hoy, que ya ha desaparecido de entre los vivos aquel pulcro funcionario, proclamo su completa inhibición en cuanto se refiere a mi fuga. Y otro error que estampa Mola en la colección de sus recuerdos es el de suponer que no habíamos descubierto a determinado confidente suyo, ofreciendo, como prueba de

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ello, el hecho de que la República le confiara un cargo bien retribuido. En efecto; la benevolencia, que toma frecuentemente aspectos de bobaliconería, y el paisanaje, que suele pasar sobre bastantes escrúpulos, otorgaron esa merced a un sujeto con respecto al cual ya había extendido yo mucho antes, desde el Gobierno, el título de confidente, previniendo de ello a las personas en torno a las cuales andaba revoloteando. Seguro que no todos estábamos en la idea Pero, sin darme cuenta, mi pluma ha empezado a esbozar la biografía del general Mola, y hasta se ha entretenido en minucias impropias de la ocasión, porque a lo que yo iba —y ahora voy a ello— es a replicar a las palabras del general. ¿De dónde infiere éste que la guerra civil será corta porque a ella pondrá pronto término la victoria de los facciosos? No será, ciertamente, con los avances de las tropas que personalmente manda Mola, pues todas ellas están, poco más o menos, en los sitios donde se encontraban cuando

se sublevaron. Podrán haberse movilizado las tropas del Norte dentro del área que ocuparon en el instante mismo de insurreccionarse; pero, ¿qué extensión han conseguido en esa área? Absolutamente ninguna. Si acaso, habríamos de computarles repliegues y no avances. ¿Cómo, si avanzan desde Pamplona y Vitoria, no se han adueñado de Guipúcoa y Vizcaya? ¿Y cómo no han ido desde Zaragoza sobre Barcelona y Valencia? ¿Cómo, partiendo de Burgos, no han invadido Santander? ¿Cómo desde Valladolid no se ha caminado hacia Asturias? ¿Cómo con todos los

núcleos militares de Castilla la Vieja no se ha entrado en Madrid? Pues, sencillamente, porque no se

ha podido. Y cuando al cabo de tres semanas largas no cabe hacer en el balance militar más que una

inmovilización desmoralizadora, las palabras anunciando un triunfo inmediato suenan a hueco. Madrid era el objetivo de las fuerzas que Mola manda, y tan presto creyeron sus compañeros los generales del Sur que la capital caía en sus manos, que incluso llamaban telefónicamente desde

Sevilla preguntando por él al ministerio de la Gobernación cuatro o cinco días después del estallido.

Y Madrid está indemne, habiendo, cuando no rechazado, contenido en los puntos donde se

presentaron por sorpresa, a las avanzadas que tenían encargo de abrir los boquetes por donde había

de entrar victorioso en la capital el ejército de Mola.

En cuanto a la eficiencia de las zonas industriales, supongo que el general con quien discuto cambiaría muy gozosamente si para el cambio se le ofreciera coyuntura, Galicia por Asturias Burgos por Santander, Logroño por Vizcaya, Navarra por Guipúzcoa. Y Huesca, Teruel y Zaragoza juntas, no ya por Cataluña, sino por Barcelona sola, y Vitoria, Ávila y Segovia, por Valencia. Las palabras radiadas de Mola tienden a tranquilizar al buen burgués, a ese a quien se le hizo creer que todo iba a reducirse al cambio de decoración teatral, y que un día, acostándonos en una República democrática, al despertar del día siguiente nos hallaríamos bajo un régimen autoritario. Ahora, ese buen burgués se encuentra con que no sólo no tendrá modo de rescatar los dineros que dio para la insurrección, sino que, además, está abocado a que se le conviertan en cenizas sus acciones industriales y bancarias y sus títulos de renta. Porque no cabe duda que al empobrecerse el país, como se ha de empobrecer con la guerra civil, las primeras víctimas del empobrecimiento serán los ricos, al pulverizarse por la devualación sus preciadísmos títulos mobiliarios. No sé porqué, acaso por suponerle más inteligente que casi todos sus colegas de subversión, creo que el general Mola figura hoy, aunque no lo deje entrever, en la lista de los arrepentidos. ¡Ah si pudiera retroceder hasta la víspera del día en que, por su encargo, el coronel García Escámez notificó la proximidad de la sublevación al segundo jefe de la Guardia civil de Navarra! ¡Con qué gusto retiraría semejante orden! Con el mismo con que, seguramente, habría rechazado en 1930 la Dirección general de Seguridad de haber sabido lo que se le venía encima.

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Nuevas consideraciones acerca de la mal llamada neutralidad

Miércoles 12 de agosto de 1936

Madrid 11—Volvamos sobre el tema de lo que días atrás hubimos de denominar “neutralidad incomprensible” . Merece la pena. La teoría que con timidez expusimos sobre la improcedencia de una declaración de neutralidad por parte de países extranjeros con respecto a contiendas interiores, la hemos visto ya refrendada muy autorizadamente fuera de España, si no en los propios términos que a nosotros nos sirvieron de expresión, en otros muy parecidos. El Manchester Guardian, en un artículo de su corresponsal diplomático en Londres, artículo que deja adivinar la inspiración directa del Foreign Office, empieza diciendo esto; “Se admite aquí que la venta de armas a un Gobierno legal no constituye intromisión en los asuntos del país sometido a su Gobierno.” Tras declaración tan rotunda y clara, cabía esperar razonamientos que la refrendasen y reforzaran; pero el prestigioso periódico inglés los reemplaza por distingos y salvedades que en su conjunto contradicen la terminante afirmación previa. Para el Manchester Guardian, y quizá, por lo visto, para el Gobierno británico, cuyo criterio, al parecer, se recoge, el caso de España es un caso especial, porque se trata de “una guerra civil entre el Gobierno legal y un ejército rebelde, pero existiendo en ambos lados fuerzas heterogéneas sin control central.” De ahí que en Londres se dude, seguimos copiando, “en proporcionar armas al Gobierno español como tal, o a las tropas que indubitablemente están bajo su control”. Y añade el oficioso informador, para justificar tales dudas, que si “algunas potencias como Francia e Inglaterra venden armas a una de las partes, otras potencias, como Alemania e Italia, podrían vender armas a la otra parte”. La incongruencia entre lo primeramente afirmado y las conclusiones a que el articulista llega, es absoluta. Desde el punto de vista internacional, no se comete falta alguna surtiendo de material de guerra al Gobierno legal de un país amigo. Se incurre precisamente en esa falta por todo lo contrario, es decir por no facilitárselo, y en el régimen de relaciones no existen trabas que dificulten este abastecimiento. Y la falta resultaría muchísimo más notoria —no es este el caso de Inglaterra, aunque podría serlo en cuanto a otra nación— si mediara un pacto comercial una de cuyas cláusulas estableciera el compromiso de venta con el país amigo y de compra por parte de España, de dicho material hasta muy elevada suma. Es lógico que una nación, en el caso presente España, compre al extranjero armas y municiones cuando las necesite. Y si cuando le son indispensables le son negadas, ¿qué valor tienen las estipulaciones comerciales a ese respecto? Estaría fundada semejante negativa si España anduviera en guerra con otro país. Entonces sí, entonces la neutralidad de las naciones no beligerantes impone de modo categórico toda abstención en abastecimientos de esa naturaleza; mas cuando se trata de una contienda interior, la neutralidad obliga a servir material al Gobierno legalmente constituido, es decir, a aquel que esté reconocido por las potencias. Prescindir de dicha obligación a cuenta de la heterogeneidad de las fuerzas que intervengan en esa contienda interior equivale a inmiscuirse en los asuntos internos del país que la padezca. Y más arbitrario resulta aflojar el cumplimiento de deberes inexcusables o prescindir en absoluto de él mirando a la mayor o menor extensión que la rebeldía haya alcanzado. Pero donde se quiebra totalmente el fundamento de las disquisiciones dubitativas del Manchester Guardian es al justificar la inhibición que preconiza bajo el supuesto de que si Inglaterra y Francia vendieran lícitamente armas al Gobierno español, Alemania e Italia las podrían vender lícitamente a los facciosos. Si así procedieran Italia y Alemania faltarían a un deber elementalísimo. Razón de más para que las naciones amigas tildasen con celo extremado de cumplir lealmente sus obligaciones, contrarrestando así los excesos de la deslealtad. En el hecho de que Inglaterra y Francia se atuviesen al cumplimiento estricto de esas obligaciones no podrían encontrar Italia ni Alemania motivo ni pretexto para la actitud agresiva con respecto a España que se marca en en supuesto del Manchester Guardian. Pero ¿y si las dos naciones fascistas, sin parar mientes en la

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inhibición que se aconseja a Inglaterra y Francia, dispensaran auxilio a los rebeldes? En caso tal significaría mayor paradoja la conducta abstencionista a ultranza de estos dos países, y en el fondo, habida cuenta de sus resultados, la veríamos transformada en una cooperación más o menos directa a la rebeldía, aunque, naturalmente, no sea ese el propósito. Ello aparece tan claro que no necesita demostraciones de ningún género. El artículo que comentamos es de una data algo atracada. Tenemos la firme esperanza de que de entonces acá haya ido girando el pensamiento oficial inglés hasta situarse en el terreno correcto que claramente señalan las primeras líneas del mencionado artículo. La posición que ella dibuja es la que corresponde a un país noblemente amigo. De otro modo, se llamaría neutralidad a lo que sería faltar fundamentalmente a ella.

Culpas de todos

Jueves 13 de agosto de 1936

Madrid 12.―Buena parte de las dificultades con que el Gobierno de la República ha tropezado ahora en el extranjero proceden de la actitud de nuestro Cuerpo diplomático. Salvo contadas y honrosísimas excepciones, los representantes de España negaron su asistencia en momentos muy críticos al Gobierno del cual dependían, desorientaron, engañándola, a la opinión de los países en que ostentaban nuestra representación y llegaron a revelar, con osadía acaso sin precedentes, secretos de Estado. El delito cometido por algunos de esos funcionarios entra en la categoría de alta traición. No es propósito mío, en estas notas escritas a vuela pluma y con el difícil sacrificio de dejar al margen de ellas mis más hondas preocupaciones, examinar responsabilidades en cuanto a lo que actualmente acaece. Las hay terribles, en verdad, de nuestro lado. Ese examen sería inoportuno en estos momentos, porque podría llevarnos a polémicas improcedentes y quebrantadoras. Ahora bien; no creo que provoque ni asomo de discusión proclamar la responsabilidad que nos alcanza por igual a todas las izquierdas —cuando menos a las que están y estuvieron representadas en el Gobierno— por haber sostenido el Cuerpo diplomático que sirvió a la monarquía. Claro que lo mismo se podría decir de otros órganos del Estado; pero acaso no tan justificadamente como con respecto a la diplomacia, que era casi hechura personal del propio rey. La República pudo y debió extirparla, sin que siquiera le asaltase el escrúpulo de sacrificar a intereses políticos, desde luego altos y respetabilísimos, una rama competente de difícil reemplazo. En nuestra diplomacia no había lumbrera alguna. Ese Cuerpo lo constituía, en general, un señoritismo saturado de mentecatez. Cierto que en 1931 se sustituyó a embajadores cuya preeminencia respondía, no a prendas de talento, sino a servicios domésticos y hasta de celestineo en relación con la persona del monarca. A uno de ellos le hube yo de denominar en el Congreso hace bastantes años “proveedor d e corbatas de la real casa” . Lo de las corbatas era un eufemismo parlamentario, porque los verdaderos títulos de aquel señor consistían en suministrar queridas y en tutelar hijos naturales. Pero ni en 1931 ni después se hizo el intenso desmoche que debió hacerse. Tras algunas amputaciones, bien reducidas en número, el Cuerpo subsistió con toda la morralla de monárquicos cretinos, imagen viva de la más bufa de las vanidades. Jamás se identificaron con la República. La desdeñaron siempre. Cuando pudieron, se burlaron de ella, y ahora la han traicionado de manera alevosa. El lector, siguiendo estas reflexiones mías, acaso circunscriba la responsabilidad del yerro de no haber descuajado entero el Cuerpo diplomático que creó la monarquía a quienes hubimos de desfilar por los Gobiernos de la República. No sería justa esa apreciación, por demasiado superficial. Los gobernantes, digámoslo claro, no estuvieron asistidos suficientemente por sus respectivos partidos políticos para el desmoche, que debió realizarse sin contemplaciones en toda la

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organización burocrática del Estado. Hablo por propia experiencia. A raíz de la sublevación del 10 de agosto de 1932, las Cortes votaron una ley a virtud de la cual se autorizaba al Gobierno para destituir a los funcionarios cuyo desafecto al Régimen se manifestara en actos hostiles a éste. Fui yo uno de los ministros que aplicaron aquella ley excepcional. Pues bien; por cada uno de los casos en que apliqué me vi en constante asedio, no de gentes del bando opuesto, sino de diputados republicanos y socialistas, que me pedían con insistencia molestísima, y algunos incidentes me costó ello, la reposición de los destituidos. Y a veces registré el caso curiosísimo de que las más vehementes súplicas en ese sentido corrieran precisamente a cargo de quienes alegando hechos concretos e intolerables me habían exigido la destitución. Cuando a un gobernante se le dificulta así el camino no se le puede exigir que avance. Merced

a la enfermiza tendencia que los españoles sienten a la prestación de favores personales, trátese de quien se trate, hay errores de la República computables a cuantos nos adscribimos a ella. Acaso sea uno de los más notorios este que tan caro pagamos ahora, de no haber arrojado en su día a la calle a los diplomáticos que nos dejó, entre otras lamentables herencias, la monarquía.

Madrid, objetivo preferente

Viernes 14 de agosto de 1936

Madrid 13.―Madrid ha sido, desde el primer día de la sublevación el objetivo más ansiado de los rebeldes. Está explicada perfectamente tal preferencia por lo que la capital de la República significa moral y materialmente. Según parece, la empresa fue adjudicada al general Mola. Eran las tropas sublevadas en el Norte de España las que debían apoderarse de Madrid, sin perjuicio de que,

además, y para facilitarles su cometido, se hostilizase por otros flancos. Para abrir camino al ejército de Mola se pretendió inútilmente forzar el paso por tres puntos distintos de la Sierra de Guadarrama: Navacerrada, Somosierra y el Alto del León, mientras a la vez se producían alzamientos en Toledo, Alcalá y Guadalajara. Falló en el plan el más importante de los apoyos, Madrid mismo, es decir, la sublevación dentro de la villa. Este punto de sustentación del proyecto se vino abajo en el instante mismo que merced al ímpetu de las milicias ciudadanas se rindió el Cuartel de la Montaña. Deshechos los dos regimientos que en él se albergaban y sometido poco después el campamento de Carabanchel, únicos focos donde la insurrección se manifestó de modo inequívoco, procedióse a deponer los mandos de otras unidades en actitud expectante y sospechosa, y no hubo tras esto más acto insurreccional que el del regimiento de Ingenieros de El Pardo, mas no para hacerse fuerte, sino para marchar a la desbandada a unirse con fuerzas rebeldes muy lejanas. Madrid, pues, había que tomarlo sin la esperanza de que dentro de la ciudad surgiera ninguno de los auxilios que estaban dispuestos. Pero las milicias madrileñas no se contentaron con destruir los focos interiores de la rebeldía, sino que bravamente abatieron unas tras otras las insurrecciones de Alcalá, Guadalajara y Toledo, de las cuales quedó simplemente un núcleo sitiado en el Alcázar toledano, y además dichas milicias taponaron los boquetes que querían abrirse en la Sierra, donde sólo se mantienen algunas baterías y nidos de ametralladoras sin posibilidades de avance. El fracaso, por tanto, de la toma de Madrid, confiada al general Mola ha sido absoluto. Esto no quiere decir que el enemigo haya desistido de su porfiadísimo objetivo. Probablemente constituye para él a estas horas una obsesión mucho mayor que cuando inició su insensatísima aventura. Por diversas razonas, pero en primer término seguramente por orgullo. Los generales que dirigen la subversión acaso estimen como una afrenta imperdonable el hecho de que fuerzas regulares del ejército bajo su inmediata dirección y con buenos y copiosos pertrechos hayan sido derrotadas en cosa de horas por el pueblo en armas. Esto, sin duda, les alienta a concentrar su máximo empeño en conquistar Madrid. Pero no dejando de nuevo la empresa exclusivamente fiada

a Mola, sino a una acción conjunta de fuerzas del Sur y del Norte.

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Para el logro de esa conjunción hay que salvar muchos, muchísimos obstáculos. No es tarea fácil ni corta. Por eso yo me atreví a pronosticar una guerra larga. Hay que clavar esta convicción en el ánimo de nuestras mentes. Si por ventura la lucha resulta corta, tanto mejor. Al presente, mahometanos sedientos de sangre cristiana y católicos con escapularios y medallas sobre los uniformes, en la más extraña amalgama guerrera que vieron los siglos, intentan enlazar con los rebeldes que se extienden más al norte de la frontera portuguesa desde Cáceres hasta Pontevedra. Pero Madrid, el objetivo tan locamente ansiado, está todavía muy distante, muy distante.

El programa de gobierno de los facciosos

Sábado 15 de agosto de 1936

Madrid 14.—En un registro hecho en Madrid, ha sido hallado, con otros documentos complementarios, entre ellos la relación del alto personal de diversos ministerios y el borrador de varias disposiciones de Trabajo, el programa de gobierno de los facciosos, que, según reza su propio epígrafe había de desarrollarse en una serie de decretos urgentes. No resisto a la tentación de publicarlo. Lo reproduzco íntegramente, sin cambiar palabras ni quitar punto ni coma. Desde un punto de vista periodístico, me hubiera convenido extractar el programa para dejar más espacio a mi comentario; pero el proceder en esa forma suscitaría el recelo de que el extracto fuera tendencioso. Prefiero, pues, insertarlo literalmente a costa de la extensión del comentario. Además, el documento, como verá el lector, se comenta por si solo. Helo aquí:

Política general.—Derogación de la Constitución vigente y sustitución provisional de la misma. Determinación de funciones del Poder legislativo y ejecutivo. Poder judicial y su independencia. Manifiesto sobre las bases en que ha de fundamentarse la nueva situación política como preparación de un nuevo Estado. Ley de amnistía. Amplia amnistía de delitos políticos y sociales desde el 16 de febrero. Facultad del Ejecutivo de retener la aplicación de la amnistía en casos particulares. Ampliación de la amnistía a los casos que debieron haber sido comprendidos en febrero de 1936 y no lo fueron por partidismo. Prensa. Conveniencia de la supresión de toda la Prensa con carácter provisional, sustituida por un órgano oficial. Supresión o total modificación de la Prensa marxista y antiespañola. Ley de Prensa con una total fiscalización, y nombramiento de personal directivo en los casos que se crea necesario. Prohibición de discutir los principios fundamentales de la civilización cristiana, religión, patria, familia, etcétera. Supresión de partidos políticos, Fulminante desaparición de los marxistas y antiespañoles. Total transformación de los derechistas y unificación de loe mismos. Disposiciones sobre la limitación de garantías y libertades de asociación, reunión, publicaciones, etcétera. Gobernación.―Conveniencia de establecer gobernadores generales por regiones. Normas, función y poderes de los gobernadores. Nombramiento de delegados especiales de Trabajo, bajo la Jefatura del gobernador. Estudio de personas capaces de desempeñar estos cargos (jefes militares, de la Guardia civil,

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funcionarios, etcétera). Agricultura.—Normas de aplicación inmediata sobre la Reforma agraria para evitar abusos y represalias. Problema de los desahucios. Normas de inmediata aplicación sobre el problema triguero. Enseñanza.—Anulación de toda disposición tomada contra los institutos religiosos a partir del 16 de febrero. Libertad absoluta de enseñanza a las Congregaciones religiosas en espera de la ley de reorganización de la instrucción publica e inspección del Estado. Anulación de la libertad de cátedra, con pérdida de la misma, multas y confiscaciones cuando se utilice para exponer doctrinas contra la moral cristana, religión, patria, familia, Gobierno o en defensa de teorías marxistas. Reposición del crucifijo en las escuelas. Normas precisas de inspección escolar por delegados especiales del Gobierno con amplias facultades. Deposición de maestros comunistas. Enseñanza de la religión en las escuelas oficiales por el párroco. Política religiosa.―Anuncio de concordato con Roma. Incompatibilidad del Estado para intervenir en asuntos espirituales de conciencia. (Cuarto

voto.)

Obras públicas.―Comisión para el estudio inmediato del problema ferroviario y aplicación de las más urgentes medidas. Puesta en marcha tras rápido estudio, sin trámites ni dilaciones, de un plan de obras provisionales acoplado a la realización de un plan más vasto a estudiar más detenidamente. Industria y Comercio.―Medidas urgentes para resolver el problema de las divisas y comercio exterior. Trabajo.―Disolución de las organizaciones sindicales marxistas. Anulación del decreto de represaliados. Evitación de represalias o abusos patronales. Creación de delegados sociales de Trabajo sustitutivos de Jurados mixtos.

Observe el lector cómo, salvo aquella parte encaminada a marcar una regresión en las leyes genuinamente políticas y en las de Enseñanza y Trabajo, el programa carece en absoluto de contenido. Gedeón hubiese redactado otro más completo. El programa enuncia los temas, pero no señala soluciones. A mera enunciación se reducen títulos como esos de “Problemas de desahucios”, “Normas de inmediata aplicación sobre el problema triguero”, “Comisión para estudio inmediato del problema ferroviario y aplicación de las más urgentes medidas”, “Puesta en marcha de un plan de obras provisionales”, “Medidas urgentes para resolver el problema de las divisas y comercio exterior”… Ni una sola palabra para decir en qué consistirán esas normas y medidas. No caben mayores vaciedades en cuanto a los problemas que más fundamentalmente agobiaban a España. Y hablo en pasado, “agobiaban” en vez de agobian”, porque los problemas que han creado los insurrectos son mucho más graves aun. He ahí para qué se ha promovido la más sangrienta y destructora sublevación de cuantas registra la Historia de España, y acaso, a poco que se prolongue, de cuantas registra la Historia del mundo.

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La guerra en la retaguardia

Domingo 16 de agosto de 1936

Madrid 15.—En la guerra no lo hace todo el heroísmo. Lo haría, si acaso, en tiempos del Cid. Ahora, la guerra es principalmente producción, por lo cual resulta tan interesante como el valor en

la vanguardia la organización en la retaguardia.

Esta mañana he visto desfilar por el paseo del Prado, en correcta formación, marcando muy marcialmente el paso, un batallón de milicianas, y a diario la Prensa gráfica nos solaza con bellas estampas de muchachas equipadas militarmente que actúan con bravura en la Sierra. No desconozco el estímulo guerrero que significa ver cómo la mujer participa de los rigores y peligros de la

campaña. Todo eso es muy simpático y muy atrayente, pero, a mi juicio, poco práctico. Sobrando, como sobran, hombres para combatir, la mujer es infinitamente más útil en labores de retaguardia que provista de fusil en las líneas avanzadas. No descubro con ello nada nuevo. Lo que digo es algo elementalísimo, pero lo proclamo porque pasado el ímpetu inicial del entusiasmo me parece llegada ya la hora de iniciar en la

retaguardia una organización seria y eficaz. Viví en Francia unos cuantos meses de los años de 1917

y 1918, durante la guerra mundial, y allí vi cómo atraídos hacia los frentes los hombres casi en

masa, fue necesario utilizar las mujeres para trabajos hasta entonces reservados exclusivamente a los hombres. Vi a las mujeres francesas de conductoras e interventoras en los trenes metropolitanos;

de revisoras de billetes en los expresos de las grandes líneas; de encargadas de los servicios de alumbrado y de limpieza, en fin, en cien faenas de las cuales había permanecido apartado el sexo

femenino; pero singularmente fueron utilizadas en la producción de municiones. Todo ello, claro es, además de aquellas otras labores propias de la feminidad, como el cuidado de hospitales de sangre,

la protección a los huérfanos de la guerra y la confección de vestuario y calzado para las tropas. La contienda civil que nosotros sostenemos, aunque terriblemente cruenta, no exigirá tal

“consumo” de hombres —perdóneseme la expresión, un poco brutal por ser guerrera— que exija

que nuestras mujeres desempeñen trabajos masculinos; pero éstas tienen misiones interesantísimas que realizar a retaguardia. La principal entre todas es atender desde detrás de las líneas de batalla a los combatientes. Fijemos, de momento, la atención en un solo problema: el vestuario. Dentro de pocas, de muy pocas semanas, no podrán permanecer las milicias en el campo, y menos en las cumbres serranas, sin más traje que el mono liviano de tela de mahón o de terliz. Necesitarán ropas de abrigo, trajes invernales, que incluso se hacen ya indispensables en algunas noches frescas. Sobre ese problema hay que poner mano inmediatamente creando talleres a cientos y empleando mujeres a miles. No es sólo traje de abrigo lo que necesita el miliciano, sino, además, ropa interior, alpargatas, botas, calcetines, todo lo que en campaña se destroza cien veces antes que en la vida urbana. No se aspirará a que los ciudadanos que han empuñado las armas para ir a pelear, estén tiritando de frío. Pensemos en que esta guerra nuestra puede ser una guerra de posiciones, como lo fue en su última etapa la guerra europea. Para que las fuerzas leales puedan mantenerse, no sólo bien vestidas, sino bien alimentadas, bien provistas de todo, es decisiva la organización de retaguardia, que exige unidad de acción, coordinación de esfuerzos, suma de voluntades y dirección inteligente. Ahí tiene

la mujer republicana y socialista vastísimo campo de acción. Ahí, y en la guarda de los niños que

queden desvalidos y en el incremento de la producción de municiones. Todos o casi todos los servicios de Intendencia deben correr a su cargo. A mí me agradan mucho esas fotos que el reporterismo nos trae del frente con figuras de lindas muchachas a las que dan una gracia especial la gorra cuartelera, el mono que sirve a nuestras tropas populares de uniforme veraniego y todo el atuendo miliciano; pero me agradarán mucho más las fotos, que espero ver pronto, en que aparezcan esas mismas muchachas afanosas y disciplinadas en fábricas y talleres, para surtir de cuanto necesiten a los hombres que sigan en el frente.

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Profunda significación de lo pintoresco

Martes 18 de agosto de 1936

Madrid 17.—En esta bárbara y espantosa tragedia en que se debate España y cuyas proporciones —quiero creerlo así— no pudieron ser imaginadas por quienes la provocaron, acaso hallen los aficionados a lo pintoresco notas singulares, que deformadas por los cristales cóncavos y convexos tras los cuales se nos contempla desde el extranjero pueden aparecer deformadas caricaturescamente. Y, sin embargo, esas notas revelan mejor que nada las características de nuestra lucha y la honda sima que separa a las dos Españas en pugna, a esas dos Españas que siempre se han mirado hostilmente y que ahora se acometen con fiereza. Ha habido ayer varios festivales taurinos donde los acordes viriles y majestuosos de “La Internacional” han sustituido a los pasacalles flamencos que de ordinario sirven para marcar el contoneo de los toreros cuando las cuadrillas atraviesan el ruedo. Y en una de nuestras grandes Plazas de Toros, en la Monumental de Barcelona, la lidia se ha entreverado con desfiles de milicianos, discursos fogosos de sindicalistas y una encendida arenga del presidente de la Generalidad. ¿Quién hubiera sido capaz de concebir la curiosísima amalgama de tan excepcional espectáculo? Yo recuerdo cómo las organizaciones obreras, sin distinción de matices, se enrolaban en las campañas antitaurinas. Hace cuarenta años, mucho antes de que surgiera a la vida literaria Eugenio Noel, el periodista Ferreras hizo desde El Correo, periódico sagastino, una violenta cruzada contra la fiesta nacional, y hasta fundó una Liga antitaurina a la cual se alistaron los principales líderes del socialismo y del anarquismo. Por aquellos tiempos era El Correo el único diario que no publicaba información ni reseña que a toros se refiriera. Si alguna de las regiones españolas, por su idiosincrasia, puede considerarse refractaria a tal espectáculo es la catalana, más aún que la vascongada, puesto que ésta proporcionó y sigue proporcionando primeras figuras a la tauromaquia. Precisamente el héroe del festival barcelonés fue un torero vasco, el eibarrés Pedrucho. Pues bien; allí tuvimos confundidos el domingo en un mismo entusiasmo y un mismo clamor a los catalanistas, personificados por Luis Companys; a los sindicalistas, a los socialistas y a la que por antonomasia denominamos la “afición”. En resumen, el pueblo. El pueblo con todas sus virtudes y todos sus defectos, el pueblo en bloque sin tallar, la cantera magnífica de una raza inmortal; pueblo que apiñado en los cosos enronquece furiosísimo pidiendo que se martirice más a un animal y que de pronto, sintiendo que le tintinean dentro las fibras de la sensibilidad, se alza angustiado a pedir clemencia para un cornúpeto que trae consigo de la dehesa la historieta de que se dejaba acariciar el testuz por la hija de los dueños de la vacada. Mas ya que nos hemos puesto a reparar en las explosiones políticas a que dan motivo los festejos taurinos de estos días, hemos de examinar otro fenómeno todavía más digno de atención, cual es la actitud de los toreros ante la guerra civil. Los toreros, al fin españoles, están también divididos. Aparecen unos a un lado y otros a otro. Los primeros días de la sangrienta contienda insertaron los periódicos una lista de toreros que se baten entre las milicias madrileñas en los campos de la Sierra del Guadarrama. Era una relación de artistas oscuros, los más, picadores y banderilleros y algunos modestísimos matadores de novillos. Ahora, a medida que van llegando noticias de los focos insurrectos de Andalucía, sobresalen como figuras señeras de la sedición toreros de relieve que reniegan del pueblo, del cual proceden. Así, en Sevilla, capitanean a las partidas de fascistas que en unión de moros y de gentes del Tercio realizan “razzias” sangrientas por los pueblos, Pepe el “Algabeño” y Emilio Torres, el mayor de los “Bombitas”, y en Córdoba, actúa casi de generalísimo el rejoneador Cañero. El torero aseñoritado y enriquecido se suma a los facciosos, los dirige y les alienta, y el torero oscuro que no se ha desprendido del pueblo, se bate al lado de él. ¡Qué magnífica síntesis de la guerra civil española ofrecen esas dos actitudes! Los espíritus superficiales que desde el extranjero asistan curiosos al espectáculo dramático que hoy ofrecemos al

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mundo entero, podrán no ver en eso sino facetas de pintoresquismo; pero es lo cierto que tal fenómeno revela magníficamente las razones políticas y sociales de los respectivos emplazamientos de los sectores que sostienen la pelea. Ya en el extranjero, aunque con lentitud, van conociendo toda la verdad de la trascendencia de nuestra contienda. La verdad concluye siempre por abrirse camino. Claro que a veces se le abre muy tarde, sin otro resultado práctico que el de dejar recogidos los hechos de manera justa en la Historia. Celebramos que ahora la verdad camine más deprisa por tierras lejanas donde se nos desconoce. Hemos visto atisbos de cómo marcha la verdad, en una agudísima caricatura del dibujante inglés Low. Un grupo de soldados españoles rodeados de Regulares indígenas y legionarios del Tercio, medita ante los partes de guerra, y con aire meditabundo, exclama el más destacado de los caudillos rebeldes: “¡Qué lástima no tener bastantes moros y legionarios extranjeros para matar a los españoles! Así habríamos salvado a España.”

Importancia de una victoria

Miércoles 19 de agosto de 1936

Madrid 18.―Atribuyo tanta trascendencia al triunfo alcanzado ayer a orillas del Guadiana por las tropas leales y singularmente por la Aviación, que fue, en realidad, quien decidió el combate, que lo considero como la victoria más importante de cuantas se han obtenido a lo largo del mes que lleva ya de duración la guerra civil. Hoy, nuestros aeroplanos, en minuciosos reconocimientos por tierras extremeñas no han visto enemigo. De esto no se debe colegir que haya desaparecido por completo, sino a lo sumo, que está oculto y disperso, lo cual es bastante. Discretamente apunté en uno de mis anteriores artículos todo lo que suponía este esfuerzo de los facciosos de unir sus tropas del Sur con las del Norte a través de Extremadura, pegados a la línea fronteriza portuguesa, tan extraordinariamente interesante para ellos. Pues bien; si en un punto u otro la columna de enlace queda cortada, los propósitos del enemigo se frustran. ¿Cuáles son esos propósitos? Dos, desde luego. Uno, que yo juzgo secundario por lo remoto, de crear hacia ese lado un peligro sobre Madrid siguiendo la línea del Tajo, y otro, a mi entender, principal, de reforzar las tropas, escasas en número, que quieren ir sobre el centro de Asturias por Luarca y por los puertos de Litariegos y Pajares, a fin de debilitar el asedio de Oviedo y, a ser posible, que se salve el coronel Aranda, cada día en situación más crítica. Oviedo es la clave de la guerra en el Norte. Cuando Oviedo se rinda se habrá despejado en el acto la situación, no solamente en Asturias y León, sino también en Guipúzcoa, a quien ha habido que regatear medios de auxilio por la necesidad de acumularlos en Asturias. Después, los mineros asturianos constituirán el núcleo más potente para la reconquista de Castilla la Vieja. Quienes mantienen el asedio de la vieja ciudad ovetense, la “Vetusta”, de “Clarín”, venían animados del generoso deseo de no producir en ella daños superiores aún a los que sufrió en octubre de 1934. Creían disponer de un tiempo ilimitado que permitiera el agotamiento de las reservas de agua con que cuentan los sitiados y la consunción de todos los víveres. Es decir, que esperaban tranquilamente una rendición por hambre y sed. Su humanitarismo ha llegado al extremo de consentir que fuera saliendo de la capital del Principado la población civil, con daño notorio de los efectos del asedio, porque a menor número de sitiados mayor holgura para los combatientes que siguen dentro. Ni aun con esa desventaja deben arrepentirse de su conducta; pero las leyes de la guerra se caracterizan por inflexibilidades y rigideces que es peligroso contravenir. A esas características indeclinables habrán de atenerse los obreros de Asturias, decidiéndose al ataque a Oviedo sin aguardar pacientemente a que la capital se les rinda por penuria de municiones de boca, porque prolongando la espera podrían llegar a encontrarse los sitiadores con menos desenvoltura.

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Afortunadamente para ellos, y para todos, el resultado victorioso del combate de ayer junto al

puente de Santa Amalia retrasa de modo considerable el peligro. Pero no lo elimina por completo. Puede resurgir. Por ahora, el teniente coronel Yagüe ve alejadas las posibilidades de llegar a Oviedo como llegó en octubre del 34, y con las mismas tropas, Tercio y Regulares, que acaudillaba entonces. Si es verdad lo que con sádico entusiasmo se comunicó por radio desde Elvas a un diario italiano respecto a la ferocidad de los invasores de Badajoz, hay motivos para recordar los tiempos neronianos. En Badajoz, a los prisioneros se les encerró en los corrales de la Plaza de Toros, y obligados luego a salir al ruedo por la puerta d el chiquero, cuando aparecían en el redondel, desde tendidos, gradas y palcos los facciosos les ametrallaban a placer. En la Roma de Nerón, los cristianos, empujados hasta la arena del circo, sucumbían despedazados por fieras auténticas:

El emperador, su corte y la plebe eran solamente espectadores

leones, tigres, panteras, leopardos

complacidos de la matanza. Al cabo de veinte siglos, registramos la innovación de que los espectadores sean, a la vez, actores en el martirio, y de que las fieras tengan traza humana. Es posible que en el palco presidencial del circo extremeño haya sustituido a la clámide imperial que lucía en el palco del circo romano la zamarra de cualquier cacique ávido de disfrutar con la orgía

sangrienta. Pensando en esto le entran a uno ansias de morirse, por la sensación asfixiante que producen juntas la pena y la vergüenza.

El fantasma de las garras de acero

Jueves, 20 de agosto de 1936

Madrid 19.—El lector que recuerde dos artículos míos de los de esta serie, el último publicado ayer, que llevan por títulos “Madrid objetivo preferente” y “La importancia de una victoria”, podrá por sí mismo, con la simple lectura de la narración del combate que se libró hoy en los alrededores de Navalperal de Pinares, figurarse toda la importancia que concedo al éxito obtenido por las milicias de Mangada, con el muy eficaz auxilio de la Aviación. La importancia, y más todavía la composición de la columna rebelde, demuestra bien a las claras que se le había asignado la arriesgadisima empresa de acercarse a Madrid. Por primera vez han aparecido entre las tropas facciosas operantes en la Sierra elementos montados. En las crestas donde se desarrolló hoy la lucha no hay terreno a propósito para que maniobre la caballería. Esta, si acaso, tendría papel adecuado en planos más inferiores de la Sierra, por la vertiente Sur, es decir, en las llanadas que con algunas ondulaciones se extienden más abajo de El Escorial, por un lado, y de Cercedilla, por otro, entre los pueblos de Guadarrama, Villalba y Galapagar, en primer término, y después, desde Torrelodones a Las Matas y Las Rozas, donde el campo es más abierto y, de consiguiente, propicio al despliegue de la caballería. Partiendo del supuesto de que sólo en tales parajes podía ser útil la caballería, lógicamente se debe colegir que se abrigaba el designio de llegar hasta ellos, porque de otro modo no cabe explicar que figurasen varios escuadrones incorporados a una columna que únicamente debía batirse en terreno abrupto y escarpado. Juzgando por esos datos, podemos afirmar que el de esta tarde ha sido el intento más serio de avance sobre Madrid, ya que todo lo demás se ha reducido hasta ahora a mantener en cierta actividad determinados núcleos artilleros con el apoyo de fuego de ametralladoras en dos pasos de la Sierra. El intento lo han frustrado las milicias de Mangada y la Aviación. Tiene, pues, indiscutible trascendencia la victoria. No se trata de un episodio de guerrillas, sino de un combate formal, lo mismo por su larga duración que por la cuantía de las columnas que le han mantenido y por el objetivo que persiguen los atacantes.

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Cada uno de los combates serios que entablan constituye una catástrofe para los facciosos. Hoy les ha vencido un “republicano de toda la vida”, la frase, a pesar de habar sido tan manoseada, sigue conservando su valor, porque Julio Mangada, este militar con aire de filósofo, no es un republicano improvisado. Por proclamar su fe en tiempos de la monarquía sufrió toda clase de persecuciones, sin que éstas llegaran jamás a arredrar su ánimo, casi estoico. Mangada tiene la audacia del clásico guerrero español y la serenidad del gran caudillo. Es hombre de armas y de letras, y sus características más acusadas como hombre son la abnegación y la generosidad. Esta noche conversaba yo telefónicamente con su hijo, que le acompaña en las correrías guerreras. D. Julio se acercó al aparato un instante; pero no para comentar la dura y gloriosa jornada, sino para decir escuetamente esto: “Que me envíen mil quinientos hombres más, porque tengo un frente muy extenso.” Y se retiró sin decir una palabra más. Esta sobriedad pinta un carácter, porque Mangada, habitualmente, es locuaz, de esos que encuentran en la conversación un placer. Pero cuando afanes imperiosos se adueñan de su espíritu administra avaramente la palabra. Sus afanes de esta noche eran atender a los heridos, contabilizar el copioso botín y planear la brega de mañana. La desesperación del enemigo por su derrota la revelaron los rabiosos bombardeos aéreos a que se entregó luego sañudamente sobre Navalperal de Pinares, como al quisiera ejercer el derecho del pataleo, pues ya no podía hacer variar estos dos hechos aciagos para él: un objetivo frustrado y una columna poderosa totalmente deshecha. “Columna fantasma” han dado en llamar por aquí a la de Mangada. El remoquete le viene de su presentación inopinada y sorprendente donde menos se la espera. No podía proceder el apodo de su falta de corporeidad. Bien a su costa, han podido hoy enterarse los sediciosos de que tal fantasma no es una sombra vana, sino que tiene garras de acero.

Un amigo de España

Viernes 21 de agosto de 1936

Madrid 20.—El embajador francés en Madrid ha recorrido con el gobernador civil de Guipúzcoa y varios periodistas extranjeros aquellos lugares de San Sebastián damnificados por el bombardeo aéreo y naval. Ha teslimoniado su protesta por tales agresiones contra una ciudad abierta y turística que nada tiene de plaza militar, y ha encabezado con quinientas pesetas la suscripción a beneficio de las víctimas. Es este un acto amistoso digno de gratitud, que le ha sido rendida públicamente al representante de Francia por el gobernador en una cariñosa nota expandida por la radio. Monsieur Herbette es un gran amigo de España, y acaso lo sea por conocerla bien. Ningún diplomático extranjero de los acreditados cerca del Gobierno de la República está mejor enterado de nuestras cosas que el embajador francés. Este, fiel a su antigua profesión de periodista, sigue aferrado a una gran avidez informativa. Nadie tan constante como él en la tribuna diplomática del Congreso, ni nadie entre sus colegas tan afanoso de escudriñar en los fenómenos de la política española. Otra singularidad para nosotros simpática concurre en el embajador francés: su amor a la democracia. Porque, bueno será decirlo de pasada, la República española tuvo muy poca suerte con las delegaciones diplomáticas extranjeras, que en su gran mayoría las personificaron hombres tras cuya corrección se adivinaba desafecto o, cuando menos, poca simpatía por el nuevo Régimen. En eso ha venido siendo monsieur Herbette una de las muy contadas excepciones. Quizá por ello los gobernantes del bienio negro quisieron, aunque inútilmente, desplazarle de España. Hablaba yo una tarde del invierno de 1934 con Herriot en el despacho de ministros de la Cámara de Diputados francesa, y al indicarle que Herbette podía ser en Madrid intérprete de ciertas indicaciones, Herriot me interrumpió moviendo en ademán negativo la mano derecha con que tenía

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sujeta la pipa. Herbette, según el ministro, no era el hombre adecuado para la gestión, porque precisamente el Quai d’Orsay había tenido que resistir las sugestiones del Gobierno español para que fuese reemplazado. El acto amistoso que ayer realizó monsieur Herbette en San Sebastián, ¿cabe interpretarlo como un rasgo puramente personal, o tiene todo el alcance que le puede atribuir la representación que ostenta quien le ha verificado? Me inclino a creer que la iniciativa corresponde de modo exclusivo a D. Juan Herbette, testigo muy cercano desde su residencia veraniega de Fuenterrabía de grandes excesos de los facciosos; pero bajo la plena seguridad de que al proceder como procedió interpretaba los sentimientos de su Gobierno. Acaso ha hecho lo que ha hecho como un lenitivo, como un consuelo, cubriendo con su noble gesto el hueco abierto por actitudes irresolutas, vacilantes y, desde el punto de vista del Derecho internacional, injustificadas en absoluto. Me duele decirlo, pero no sé callarlo. De la jornada de hoy recojo como nota destacadísima más aún que la de las dos nuevas derrotas infligidas a los rebeldes en la Sierra de Guadarrama, donde esta mañana hicieron un desventurado debut los moros que funestos caudillos han traído a España para imponer la civilización, el respeto a la familia y el amor a Dios, esa de los “requetés” que desertan en las líneas de combate guipuzcoanas pasándose directamente a nuestras tropas o atravesando la frontera. Las deserciones venían teniendo como únicos autores a los soldados, que, eso sí, no desaprovechan coyuntura para huir de la opresión a que les tienen sometidos los jefes sediciosos; pero el hecho de que les imiten ya quienes se alistaron de manera voluntaria y llenos de bríos en la facción significa que se está agrietando profundamente el castillo de ilusiones ―¡trágicas ilusiones!― levantado por unos cuantos insensatos. Ya dije que descartados los efectos de sorpresa en la intentona, el tiempo había de correr a favor del Gobierno. Y a favor del Gobierno corre; pero habría sido mucho mayor la velocidad si escrúpulos absurdos que ni política ni jurídicamente podrán justificarse jamás, no hubiesen asaltado a ciertos Gobiernos en orden al cumplimiento de compromisos generales a todos ellos, pero que de modo especialísimo obligaban y obligan a uno determinado. Mediante el cumplimiento de dichos compromisos, es muy probable que a estas horas estuviese sofocada la rebelión y no siguiera desangrándose España. Aunque bien intencionada la actitud de Francia, como tengo ya reconocido, no deja de ser errónea y candorosa. Su invitación a la neutralidad ―una neutralidad equívoca― equivale en estos tiempos de deslealtades internacionales a atar las manos de quienes, no ya por solidaridad, sino en su propio interés, debieran auxiliar al Gobierno español legítimamente constituido, y a dejar libres las de quienes por simpatía política, y principalmente porque les abriría la puerta a su ambición imperialista, desean sustituir la actual República democrática española por un régimen de autoritarismo reaccionario. Esta torpeza obliga a nuestro Frente Popular a centuplicar su esfuerzo. Cuando triunfe, podrá registrar como apéndice de su victoria el haber librado a Francia de un azote tan terrible como el que ahora padece España. Porque si aquí llegara a vencer el fascismo, que no vencerá, ya veríamos cuánto tardaba en estallar en tierra francesa una insurrección análoga a esta contra la cual peleamos nosotros. Quizá por pensar así, pero guardando dentro de su pecho el pensamiento, monsieur Herbette conmovió ayer a los donostiarras, tan afrancesados de suyo, con tan noble gesto. Mas sea por lo que sea, hay que agradecerle este acto tan significativo a este buen amigo de España.

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Heroísmo inútil

Sábado 22 de agosto de 1936

Madrid 21.―Estos días, cada jornada se apunta el Gobierno una victoria. Hoy, al atardecer, ha quedado abatida la resistencia que ofrecía en su acuartelamiento del antiguo convento de los jesuitas de Gijón el regimiento de Simancas. No digo que se ha rendido porque, según mis informes, no ha habido tal rendición. Los insurrectos, principalmente oficiales, con el Cuartel envuelto en llamas desde hacía doce horas, siguieron defendiéndose dentro de un patio detrás de sacos terreros y murieron matando. Descubrámonos respetuosamente ante sus cadáveres. Un mes largo ha durado el asedio de los que han sucumbido hoy y cuya defensa era punto menos que imposible desde que se rindió en Cuartel inmediato el regimiento de Zapadores. Un mes en que no sólo los combatientes, sino la población civil entera de Gijón ha sufrido las torturas de una lucha espantosa en la cual los bombardeos del “Almirante Cervera” causaron víctimas inocentes y ocasionaron daños cuantiosos. Y estos estragos, ¿para qué? Para sostener la resistencia de los que desde el momento de quedar sitiados estaban perdidos. Entre las primeras noticias que llegan del asalto al Cuartel hay una espeluznante, la de que los asaltantes hallaron amarrado en escondido calabozo el cadáver de un capitán, único oficial que se negó a secundar la sublevación Sus compañeros, por lo visto, le sacrificaron. Pero estas notas han de ser comentario y no narración, y por eso voy a prescindir de todo relato detallado del suceso. Simancas era una de las unidades de Infantería mejor dotadas. Gil Robles, desde el ministerio de la Guerra, puso especialísimo empeño en dotar magníficamente a estas fuerzas, cuyo armamento era copioso y moderno. El regimiento quedó hoy aniquilado. Probablemente, entre la inmensa hoguera que desde las nueve de la mañana constituía el Cuartel, se habrá destruido gran parte del material. Las continuas detonaciones que sonaban dentro parecían obedecer a la explosión de granadas y cajas de cartuchería: pero aun así, algún armamento estará a salvo. En busca de él andan a estas horas quienes habiendo producido por la mañana el incendio se dedican afanosos por la noche a sofocarlo, a fin de que no se pierda todo el botín. Que se recoja mucho o poco armamento en el Cuartel de Simancas, es cosa secundaria. Lo importante es que extinguido ese foco el coronel Aranda está totalmente solo en Asturias, porque maldito si le sirve de compañía útil la pequeña columna que, procedente de Galicia, está embotellada por los mineros desde hace bastantes días en el difícil y sinuoso camino del puerto de La Espina. A estas tropas gallegas las cogerá inmovilizadas en aquel abrupto lugar la noticia de la rendición de Oviedo, como las habrá cogido hoy el mensaje del aniquilamiento de Simancas, y acaso su mando dé en meditar si no le sería más conveniente volver grupas en busca de sus por ahora plácidas guarniciones en vez de intentar la prosecución de un avance notoriamente imposible. Para cortar el paso a esa columna y para cerrarlo a los núcleos mucho más insignificantes que asoman por Pajares y Litariegos, los mineros necesitan poquísima gente. Se lo da todo hecho el terreno. Destruidos los focos de la revuelta en Gijón, de cuyos Cuarteles sólo quedan escombros, el esfuerzo del proletariado asturiano, que con tanta cautela ha sabido contener sus impaciencias, se concentrará sobre Oviedo. ¿Habrá allí también una resistencia a la desesperada, o se rendirá Aranda perdida toda esperanza de socorro? Serán pocos los días que falten para trocar el apretado cerco en furioso ataque si el coronel no se rinde, y entrarán en juego la artillería, la aviación y esa arma terrible que es la dinamita en manos de los mineros, que la encienden con sus pitillos como si se tratara de cohetes de romería. ¿Habrá también en Oviedo otro derroche de heroísmo inútil? Pronto vamos a verlo.

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Esbozo de algunos problemas que surgirán a la hora del triunfo

Domingo 23 de agosto de 1936

Madrid 22.―Recientemente he aludido a los problemas que se van a plantear en España cuando quede aplastado el movimiento fascista. Esos problemas no puedo enumerarlos aún porque

no ha terminado siquiera su iniciación. Irán iniciándose a medida que se prolongue la lucha, y al mismo tiempo se irán agravando los ya iniciados. Entre estos últimos figura el del empobrecimiento de España, que puede llegar a ser pavoroso, ya que esta guerra civil, desde el punto de vista nacional, la hacemos a nuestra propia y exclusiva costa, sin esperanza alguna de que ningún otro país vaya a resarcirnos de los daños sufridos mediante las indemnizaciones que en las guerras internacionales impone el vencedor. Cabe, en el orden puramente interno, hacer la distribución de esos gastos en forma que pesen de modo principal sobre las clases pudientes; pero ello no aminora

el quebranto económico de la nación, porque no vamos a incorporarnos nuevos territorios ni van a

crecer en forma milagrosa nuestras fuentes naturales de riqueza. Por el contrario, habrá que atender

a la reconstrucción de todo lo destruido, que puede cifrarse en muchos cientos de millones de

pesetas, dado el ritmo de intensa violencia que se ha imprimido a la lucha. Esta ofrece características tan singulares, que deja columbrar algunos de los fenómenos que serán su consecuencia. Casi en masa se han sublevado las fuerzas armadas de la nación, y el Régimen no ha podido defenderse de sublevación tan formidable sino merced al apoyo del pueblo en armas, es decir, del proletariado, hablando específicamente. No ya como factura de su esfuerzo, sino como garantía de que no se repitan las subversiones, la clase obrera tiene derecho a exigir la desaparición de privilegios que son otros tantos parapetos de sus beneficiarios para atacar desde ellos, como ahora lo han hecho, al Estado. Ello es elemental, pero, además, justo. Cuando las derechas españolas, bajo el patrocinio incorrecto y desleal de quien entonces desempeñaba la presidencia de la República, pretendieron reformar en sentido regresivo la Constitución, yo fui partidario de aceptar el desafío, pero a condición, naturalmente, de que si éramos nosotros los triunfantes se radicalizaría política y socialmente el texto constitucional. Resultaba demasiado cómoda una partida en la que se iba a ganar y a no perder. Si las derechas españolas ganaban, desaparecían los postulados democráticos y las posibilidades socializadoras que

la Constitución de 1931 contiene, y si perdían, las cosas iban a seguir como estaban. Esto hubiese sido, de nuestra parte, sencillamente estúpido. No; las derechas, si perdían, debían perder con todas sus consecuencias. Los incidentes caóticos que fueron promoviendo desde el Poder los elementos reaccionarios en la etapa de gobierno más absurda de que tenemos memoria, desplazaron de la contienda electoral

la reforma de la Constitución. Derrotados en las urnas, comenzaron a urdir, desde el día mismo de

su derrota, este movimiento, sin reparar para obtener la revancha en ninguna clase de medios, puesto que ni siquiera han repudiado los más bárbaros y sangrientos. Pues bien; digo ante la lucha ilegal lo que dije ante la lucha legal: si les llega la hora de perder, que pierdan con todas sus consecuencias. Al triunfar nosotros, ni pueden ni deben quedar las cosas cual estaban el 17 de julio. Hay que domeñar, abatiéndolos definitivamente, a los elementos incursos en la sublevación. El capitalismo, la Iglesia y el Ejército, que en conjunción innegable han alentado, promovido y sostenido el movimiento, deben ser castigados privándoles de su poderío. Pero semejante empresa será preciso acometerla con un justo sentido de la realidad. Si desbordamos esa realidad, la victoria no nos habrá servido de nada, como no sea para suicidarnos.

Al anular el gran capitalismo convirtiendo sus concentraciones en pilares de la economía del Estado, no se debe ahogar la iniciativa individual, quizá más provechosa que en ninguna otra raza en la nuestra. Al someter a la Iglesia, no procede estrangular violentamente el sentimiento religioso.

Y al rehacer el Ejército sobre bases democráticas no cabe consentir que subsistan fuerzas armadas

que no se hallen directa y exclusivamente al servicio de la nación.

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Pero, sobre todo, cuidemos de no caer bajo las garras de un fascismo extranjero después de derrotar al fascismo interior que ahora nos presenta combate. Aquel sería aún más repulsivo. He ahí, levemente esbozados algunos de los magnos problemas que se nos habrán de presentar a la hora del triunfo. Conviene ir pensando en ellos desde ahora.

El fracaso del coronel Aranda

Martes 25 de agosto de 1936

Madrid 24.—Sólo la ingenuidad, que tan mal suele acoplarse a la política, ha podido establecer el supuesto de que la sublevación militar surgió como consecuencia de la muerte violenta del Sr. Calvo Sotelo. En los cinco días que mediaron entre este suceso y el estallido insurreccional no hay tiempo de organizar subversión tan extensa, en la que, probablemente se hallaban también complicados elementos a los cuales no les ha sido posible sumarse a los sublevados como era su deseo. Sin parar mientes en otros muchos indicios que amontonados son prueba plena de larga y meditada preparación, hubo tres hechos conocidos por las autoridades que la revelaban clarísimamente. Primero, el descubrimiento de la confección de uniformes de guardia civil en Zaragoza; segundo, las estancias y entrevistas del general Fanjul en Pamplona, y tercero, la notificación que el coronel García Escámez, jefe de la media brigada de Cazadores de Navarra, hizo al segundo jefe de la Comandancia de la Guardia civil de aquella provincia donde Mola iba a sublevarse, de que necesitaba conocer en qué actitud se colocarían las fuerzas de este Instituto, hechos todos ellos anteriores a la muerte del ex ministro de la dictadura. Bastantes días antes recibí yo la visita de determinada persona que se hallaba al frente del órgano policíaco más delicado y sensible. Al parecer, esta visita tenía origen en las continuas llamadas de atención que yo venía dando en privado y en público sobre la existencia del peligro que, al fin, se presentó de cara el 17 de julio. Resumí entonces mi juicio sobre la proximidad del movimiento diciendo al referido funcionario: “Otras veces, cuando se conspiraba en los cuarteles, los conspiradores se ocultaban. Ahora son los que no conspiran quienes tienen que ocultarse.” Pero no hay que andar a la busca de indicios para demostrar de modo patentísimo lo que el otro día dije, de que la insurrección se urdió desde el día mismo de la victoria electoral del Frente Popular. La trama incluso comenzó antes; pero, desde luego, con vistas a dicho acontecimiento político. Tengo la prueba ante mis ojos. Esta prueba la constituye una carta, cuyo original ha llegado a mi poder, fechada el 8 de febrero en Oviedo y dirigida por el coronel Aranda al general Goded. La misiva la forman tres hojas mecanografiadas. Luego de hacer cábalas sobre el posible resultado de la contienda electoral en Asturias, trazar la ficha del gobernador civil de entonces en aquella provincia y recalcar que éste le había dejado en libertad para distribuir las fuerzas de la Guardia civil y de Asalto en el día de las elecciones, lo cual —añade— “es suficiente”, el jefe actualmente sitiado en Oviedo pasa, en esa carta confidencial a Goded, a enumerar con todo detalle las fuerzas disponibles que están bajo su mando y el armamento, municiones y demás material con que cuenta. Previas las correspondientes sumas y restas —en las municiones, suma de la producción en Lugones y La Manjoya y restas del consumo en el armamento, suma de producción en la fábrica de La Vega, resta de ametralladoras y fusiles de los regimientos rendidos, y en las tropas, exclusivamente restas de las que desde febrero se retiraron de Asturias y de las que se han entregado en Gijón—, puede servirnos la histórica carta para fijar así con exactitud las cifras de hombres y armas que acompañan en el asedio al coronel. Pero no es la parte más interesante del documento, porque tales cifras podían señalarse de modo aproximado sin necesidad de datos tan concretos. La parte más interesante es el final, en que se detalla el plan subversivo. Lo reproduzco textualmente. Dice así:

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TRANSPORTES Carreteras.—Se garantizarán por el siguiente orden de prelación; Oviedo-Gijón, Oviedo- Avilés, Oviedo-Santander, Oviedo-Galicia, Mieres-Puerto de Pajares. Vías férreas.—Orden de prelación: Oviedo-Gijón, Oviedo-Avilés, Oviedo-León, Oviedo-San Esteban de Pravia, Oviedo-Llanes. MOVILIZACIÓN Se ha preparado en primer lugar la movilización civil de servicios públicos para caso de huelga. Después, la civil para reforzar la defensa de las plazas y pueblos de menor importancia. En primer término está estudiada la movilización militar de cuatro reemplazos (1930 a 1934). Movilización civil de servicios.—Todos los servicios públicos de Oviedo, Gijón y Avilés pueden incautarse en doce horas bajo la dirección de jefes y oficiales que los han estudiado. Hay exceso de voluntarios capacitados para atenderlos. Oviedo, después de aislado, tendría agua para cuarenta días, luz y calefacción por gas sin limitaciones, luz eléctrica de fabricación térmica suficiente para los servicios oficiales, pan para diecisiete días, alimentación para un mes. Gijón, después de aislado, tendría agua para treinta días, luz y calefacción por gas sin limitaciones, luz eléctrica de fabricación térmica suficiente, abastecimientos propios para un mes, e ilimitados por mar. El tener sus depósitos de agua a tres kilómetros (en Roces) puede dificultar el abastecimiento, pero puede suplirse el mismo dada la gran cantidad de pozos y manantiales dentro de la población. Movilización militar de voluntarios civiles.—Puede realizarse en seis horas, en la medida de mil hombres para Oviedo y quinientos para Gijón, sobrando voluntarios de responsabilidad En todos los pueblos de importancia está prevista la movilización de grupos de veinte a cien hombres. El encuadramiento está asegurado en principio por las fuerzas de Guardia civil y Asalto, y además, por unos sesenta jefes y oficiales de las fábricas militares, Cajas de Recluta, Centros de movilización, Comisión militar de movilización de industrias civiles, Comandancia exenta de Ingenieros, disponibles, transeúntes y retirados. Serían utilizados exclusivamente para la defensa de las poblaciones. Movilización militar.—Los cinco reemplazos de la primera situación del servicio activo en Asturias suman unos ocho mil hombres, mas unos dos mil en Caja de la primera situación, sin instrucción, correspondiendo mil quinientos a Zapadores, cerca de seis mil a Infantería y el resto del último reemplazo licenciado de Artillería. Aun prescindiendo de los de la zona minera y extremistas del resto de la provincia, y contando con bastantes faltas de concentración, con que cada uno de los cinco reemplazos disponibles aludidos pueda facilitar de ochocientos a mil hombres, bastarían dos reemplazos para nutrir los Cuerpos y servicios y sostener una campaña de dos meses. Está preparada su movilización y concentración con transporte automóvil a los puntos de concentración previstos. La munición de las fuerzas del Ejército, Guardia civil y Asalto es completa.

El fracaso de Aranda se evidencia con la reproducción de los párrafos de su carta de 8 de febrero que quedan copiados, porque ni es dueño de las carreteras y vías férreas que enumera ni ha podido efectuar las movilizaciones por él ideadas ni, en suma, pisa más terreno que el del recinto urbano de Oviedo, donde, según sus propios cálculos, se le han debido de agotar ya los alimentos y estará a punto de acabársele el agua. En el minuciosísimo plan de Aranda no figura la treta, monstruosamente trágica, que se le ocurrió a última hora de la noche del 18 de julio, cuando entre disimulos engañosos boicoteaba las órdenes que se le transmitían de Madrid, de proporcionar armas a los mineros. Esa treta consistía en meter dos mil obreros en los patios del Cuartel de Santa Clara, a pretexto de entregarles allí las armas, para fusilarlos a mancalva. Por no prestarse a tan vil estratagema fue fusilado por orden de Aranda el comandante de Asalto Sr. Ros, cuyo nombre sabrán guardar en su memoria Asturias y España entera.

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El mando único

Miércoles 26 de agosto de 1936

Madrid 25.―Dos o más años tardaron los ejércitos aliados que se batían al Norte de Francia y en territorio belga durante la gran guerra en establecer el mando único. La heterogeneidad de aquellos ejércitos hacía dificilísimo semejante acuerdo, al cual se oponía no sólo el puntilloso amor propio de los respectivos caudillos, sino incluso la honrilla nacional, pues resultaba muy duro que tropas de un país cifradas en millones de hombres, aparecieran bajo las órdenes de un general aliado pero, al fin, extranjero. Mas las altísimas conveniencias de unificar la acción concluyeron por apartar todos esos obstáculos subalternos y bajo el mando único, pudieron al cabo los aliados ganar la guerra. En nuestra guerra civil es también absolutamente indispensable que tropas y milicias al servicio de la causa de la libertad tengan mando único. Corresponde éste, como es natural, al Gobierno o a la persona en quien el Gobierno delegue, y aunque desde el ministerio de la Guerra se viene ejerciendo dicho mando, pueden estorbarle, a mi juicio, iniciativas aisladas que surgen por exceso de entusiasmo. Vale más un solo mando, por malo que sea, que veinte mandos buenos que lo ejerzan de modo simultáneo y no trabado, ya que esta pluralización supone, o acciones contradictorias o dispersión de fuerzas que esteriliza energías. Esto que acabo de decir constituye el abecé del arte de guerrear. Todos tenemos ahora, un objetivo común: derrotar al fascismo. Las gentes de ideología más extrema verían truncadas sus esperanzas si no aniquilamos al fascismo. Ese aniquilamiento podrá ser, para unos, el máximo y para otros, el mínimo, pero para todos es aspiración común e indeclinable. Pues bien; a tal enemigo se le derrota con mayor facilidad cuanto más perfecta sea la coordinación de quienes pelean contra él. No basta con haber triunfado en Cataluña y todo Levante, con haber ahogado la sublevación en Madrid y sus cercanías ni con haberla contenido en el Cantábrico, ni bastará con que en cualquier día próximo se rindan Oviedo y Córdoba y se tome Aragón. Hay que triunfar en España entera, y para obtener esta victoria general, la única que nos habrá de salvar, es improcedente atalayar el problema guerrero desde puntos de vista locales, provinciales o regionales. Tan absurdo como contemplarlo con las miras estrechas del partidismo. Si nos llegara la mala hora de una derrota, idea que, desde luego, desecho, no habría cuartel para nadie en las izquierdas, y el mismo extremo rigor padecerían los republicanos tibios que los anarquistas más exaltados. Ahí están, para demostrarlo, las represalias realizadas por la facción, que a la hora de fusilar no se ha entretenido en hacer distinciones. Con ser de izquierda basta para el suplicio y la muerte. Creo que hemos pasado del periodo del entusiasmo inicial para entrar ya de lleno en el de la organización, sin la cual no habrá modo de proseguir con éxito la guerra. Y no hay organización posible sin un alto mando único, que conociendo en su conjunto, las necesidades de la campaña y a la vista de las disponibilidades, señale uno a uno los objetivos sobre los cuales deba concentrarse la acción, y distribuya las fuerzas, obteniendo de ellas la máxima elasticidad y, por lo tanto, logrando la mayor eficacia. El ímpetu de los leales de cada zona tiende, como es natural, a atacar a los rebeldes que tienen más próximos; pero, a veces, los objetivos que de ese modo se persiguen interesan muy secundariamente y el esfuerzo que para conseguirlo se emplea adquiriría una utilidad centuplicada aprovechándole en atenciones distintas. Pongamos, por ejemplo, el caso de más bulto que se presenta ante nuestros ojos: la acción contra las Baleares. El triunfo ha venido nimbando a los reconquistadores, a quienes acompañan mis fervientes votos por que también la victoria corone la más ardua empresa en que ahora andan metidos de tomar la isla de Mallorca. En nuestro poder desde los primeros instantes Mahón por la actitud heroica de la marinería, no creo que de aquel archipiélago nos importara de momento otra cosa que recoger en dicha base naval y en Ibiza el armamento copioso allí depositado y traerlo a la Península, donde era infinitamente más útil que en Mallorca. Comprendería yo la acumulación de toda clase de elementos para someter a la legalidad

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republicana a los reaccionarios mallorquines, muchos en número, y a aquella guarnición, muy considerable, si todos los territorios peninsulares estuviesn en nuestro poder; pero cuando hay muy extensas zonas rebeldes en la Península resulta, a mi juicio, un poco extemporánea la acción entablada contra Mallorca. Nuestros hombres, de valentía probada, que allí combaten; los fusiles, las ametralladoras y los cañones de que disponen y la aviación y buques de guerra a su servicio estarían dando a estas horas, en cualquiera de los frentes peninsulares a que tuvieran acceso, un rendimiento muy superior al que allí obtienen. A efectos del más pronto aplastamiento del fascismo, la conquista de cualquier provincia española vale, de momento, muchísimo más que la toma de Mallorca. Por una razón muy sencilla:

porque aquí la rebelión puede propagarse si nuestras defensas se debilitan, y en Mallorca no. Allí había de quedar aislada. No iban a venir los mallorquines a nado, con su fusil a la espalda, a invadimos por Levante, y de otro modo imposible, por carecer de medios para el desembarco. Pues como este ejemplo que cito, sin menoscabo alguno para el heroísmo de los reconquistadores, a quienes, desde luego, rindo el testimonio de mi admiración, se pueden ofrecer otros muchos, en orden a que en unos frentes sobra lo que en otros falta, a que en unas milicias abunda lo que en otras escasea y a que en la retaguardia hay exceso de ametralladoras y fusiles mientras los reclaman con insistencia desde algunas líneas de combate. La guerra civil ha entrado ya en una fase que atribuye papel preponderante a la organización. No hay organización posible sin mando único, y no hay mando único verdaderamente efectivo si cada cual se lanza por sí a desarrollar sus propias iniciativas bélicas sin someterse a una alta dirección que abarcando los problemas todos de la guerra pueda medir las mayores necesidades de cada hora y en cada lugar.

Etapas de una batalla universal

Jueves 27 de agosto de 1936

Madrid 26.—He oído relatar al teniente coronel Romero, jefe de las fuerzas españolas de Larache, la dramática odisea que ha constituido su evasión por la zona francesa de Marruecos, y he encontrado en el relato, no sólo la explicación de ciertos fenómenos de carácter internacional en orden al desamparo en que se deja al Gobierno legítimo de España sino lo que es aun mucho más interesante, la significación mundial de la guerra civil española. Vista a través de las peripecias sufridas por el bravo jefe español, se nos presenta nuestra guerra como un episodio, desde luego el más sangriento de todos, de la formidable lucha entablada en Europa entre la democracia y el autoritarismo. Romero, jefe leal, se ve obligado, por la defección de los oficiales bajo su mando, a abandonar Larache y trasladarse al puesto fronterizo de Arbaua, zona francesa. Le son necesarias muy pocas horas para descubrir bajo algunas cortesías, que se halla entre sus colegas de Francia, no en calidad de huésped, sino como prisionero. Cuando quiere aclarar su situación encuentra confirmadas estas sospechas. Efectivamente, es un prisionero. Así se lo manifiestan de modo rotundo. Pregunta el motivo de su detención y nadie sabe decírselo, pues todos se excusan en el cumplimiento de órdenes superiores. Mas ¿en qué pueden basarse semejantes órdenes? Difícil sería encontrar motivos razonables para ellas. Se trata de un jefe adicto al Gobierno de un país amigo que ha buscado refugio en territorio del Protectorado francés. No cabe la más mínima duda sobre su identificación, siendo, como es, la autoridad de una zona limítrofe. Pues a pesar de todo, Romero no es huésped, sino prisionero. Hay más; mientras a él se le prende, los oficiales facciosos, los que se levantaron en armas contra el Estado español, entran y salen libremente por Arbaua, recorren el Protectorado francés y se aprovisionan ampliamente en sus plazas, donde se forman con presteza trenes y convoyes

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cargados de vituallan para los rebeldes. El teniente coronel Romero no acierta a concebir trato tan desigual. A su juicio, a quienes se debe prender en Arbaua es a los oficiales rebeldes que habían querido asesinarle, y no a él. Aún le parece más fuera de las normas internacionales el descarado aprovisionamiento de los insurrectos españoles en territorios que están bajo el Protectorado de Francia. Romero va luego encontrando, si no la explicación jurídica de estos hechos, que no pueden tenerla, otra que mana de una realidad que se le presenta cada vez más clara en los días de su cautiverio, a lo largo de las conversaciones con quienes le tienen detenido. Aquellos militares franceses eran también fascistas y contemplaban con vivísima simpatía el movimiento sedicioso iniciado en el Marruecos español. No sólo por afinidad espiritual, sino, además, por ver en nuestra lucha el prólogo de una contienda idéntica en Francia, y estimar que el triunfo del fascismo español sería anticipo de análoga victoria en su país. “A nosotros ―llegó a decir a Romero uno de sus guardianes— nos interesa mucho que vuestra guerra civil dure, cuando menos, un par de meses más hasta que se reanuden las sesiones de nuestro Parlamento, porque entonces, bajo la presión de los éxitos que lograran los militares españoles sublevados, caería el Gobierno de judíos que preside León Blum.” Y como Romero acogiese estas palabras con gesto de asombro, creyéndolas expresión de un criterio personal exaltadísimo, su interlocutor las confirmó, añadiendo: “Aquí, en Marruecos, todos los oficiales franceses pensamos de esa manera.” Cuanto a mí me había referido Romero quise que lo repitiera ante Herman, redactor de Le Populaire, el periódico parisino desde el cual León Blum adoctrina a diario a los socialistas galos. Herman no acusó gran sorpresa. Por el contrario, asentía a lo que Romero iba narrando. A lo visto, no le descubría esto ningún secreto en cuanto al estado de ánimo de la oficialidad francesa residente en Marruecos, que acaso sea también la de buena parte de la que guarnece la metrópoli. Mientras oía a Romero, recordaba yo la jornada del 14 de julio del año último en París. Por la mañana, en la avenida de los Campos Elíseos, desde el balcón de las oficinas del diario argentino La Nación, presencié la ceremonia oficial, consistente en el desfile militar ante el presidente de la República y el Gobierno. Por la tarde, desde los ventanales del entresuelo de un café de la plaza de la Bastilla, vi la colosal manifestación del Frente Popular, triunfante después en las urnas, y aún tuve tiempo, atravesando en automóvil la recia barrera que formó la Guardia móvil, dividiendo París en dos mitades, de volver a los Campos Elíseos para contemplar el paso ante el Arco de Triunfo de los “Cruces de Fuego”, presididos por el coronel La Rocque. Pude ese día, recogiendo el espíritu palpitante en aquellos actos, darme cuenta de que Francia se hallaba profundamente escindida, como lo estaba ya España, y teniendo cada sector la misma significación política y social de los que aquí se han lanzado a una furiosa pelea. Por la plaza de la Bastilla pasaron ante mí multitudes obreras (hombres, mujeres y niños) frenéticas de entusiasmo, alzando el puño y entonando himnos proletarios. Por la majestuosa avenida que va desde la plaza de la Concordia a la de la Estrella, desfilaron luego en correcta formación, muchos con el pecho constelado de condecoraciones guerreras, los voluntarios del fascismo, y entre ellos muchos sacerdotes. Igual que aquí.

El recuerdo de estos espectáculos inolvidables de hace un año —frío y ceremonioso el de la mañana, y apasionados e impresionantes los de la tarde— y el relato que acabo de escuchar de labios del teniente coronel Romero, me dicen que asistimos a una batalla universal entre la democracia y la reacción, batalla gigantesca que, naturalmente, tiene diversas etapas. La que ahora cubre España es, desde luego, mucho más sangrienta que las de Italia, Alemania y Austria. No sabemos cómo serán las etapas que hayan de sobrevenir en otras naciones.

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Consideraciones sobre el espionaje

Viernes 28 de agosto de 1936

Madrid 27.— Reportajes, Memorias y monografías nos han puesto en antecedentes de los ingeniosos ardides que se emplearon en la gran guerra para el espionaje, que tuvo a su servicio agentes audaces y talentudos. Aquel Poiré que allá por el año 19 inició en el placer de la aviación a varios millares de bilbaínos, se dedicó durante la guerra europea a realizar vuelos nocturnos, situando en campo enemigo espías disfrazados de campesinos, en cuya busca regresaba al cabo de tres o cuatro días para que llevaran al cuartel general los informes recogidos durante sus arriesgadas excursiones. El espionaje en las guerras civiles no necesita de tanta intrepidez. Es infinitamente más fácil. Fijémonos en esta de España. En cada una de las poblaciones no dominadas por la facción hay muchos habitantes que la rinden su simpatía. Todos ellos sienten de modo natural la tentación del espionaje, y la mayor parte pueden ejercerlo sin peligro. Trabados entre sí por relaciones particulares y políticas, constituyen tupidas redes en las que hay constante cruce de noticias. Estas informaciones sirven de modo perfecto al enemigo, que las utiliza para sus fines. Aun habiendo sido grande la limpia hecha en los centros ministeriales y administrativos, a buen seguro que continúan adscritos a ellos gentes que están de corazón con los facciosos. Las informaciones provechosas para el enemigo están, pues, en medio de la calle y no hace falta sagacidad alguna para captarlas. El único problema es el de su transmisión, y maldito si en estos tiempos ofrece dificultades, habida cuenta la extraordinaria sencillez que han llegado a alcanzar las comunicaciones inalámbricas. Las más inocentes charlas radiofónicas pueden, mediante clave, convertirse en sistemas magníficos de aviso. De modo que el espionaje en la ciudad es sencillo, cómodo y hasta tranquilo. Unicamente en los frentes ofrece ciertos peligros, pero tampoco es imposible, porque en el ejército irregular de las milicias son fáciles las filtraciones. Durante los primeros días de combate en la Sierra, los periódicos publicaron el retrato de una linda muchacha que acoplada a diversos grupos de milicianos aparecía tan pronto en un frente como en otro. Multiplicaron los elogios a su heroísmo, con esa prodigalidad y esa hipérbole tan propias del periodismo. Pues bien; ésa muchacha, como luego se comprobó, era una espía. La Campsa tuvo al principio de la subversión dificultades, ya felizmente vencidas, respecto al aprovisionamiento de la gasolina etilada que consumen los aviones más veloces. Es indiscutible que esos obstáculos, surgidos en e l extranjero, se provocaron merced a un espionaje realizado desde dentro de la misma Campsa, pues nadie fuera de la Empresa podía conocer los contratos que ésta tenía pendientes de cumplimiento, las cantidades y los puertos de embarque. Lo más sorprendente en punto a espionaje es lo que voy a referir. Cierta noche, la radio facciosa de Sevilla hizo público que se había acordado el relevo del general Miaja, jefe de la columna de ataque contra Córdoba. El propio general lo oyó desde las inmediaciones de Córdoba, donde se encontraba. No lo creyó, porque nadie le había dicho nada; pero al día siguiente recibió la orden de presentarse en Madrid, y aquí se le notificó que había sido trasladado a otro puesto. Antes de que saliera la orden del ministerio la conoció el enemigo. La mitad del éxito en una guerra puede provenir de la buena información. De un lado la malicia y de otro la inconsciencia parecen ahora empeñadas en proporcionarle lo que necesita al enemigo. El entusiasmo nos lleva a todos a la imprudencia. El domingo último me pasé la tarde temblando mientras la radio transmitía a toda España los discursos que se pronunciaban en el campo valenciano de Mestalla y se hacía eco de las ovaciones y los vítores de la inmensa muchedumbre allí congregada, ¿cabe imprudencia más fantástica que ésta de reunir apiñados a cien mil izquierdistas en un campo abierto, donde la aviación enemiga, advertida previamente o enterada luego por la misma radio, pudo hacer una espantosa carnicería? Seamos cautos y prudentes y contengamos en lo posible nuestra característica locuacidad. La fórmula es muy sencilla: nadie debe saber nada en que no tenga que intervenir personalmente.

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Cualquier lenguaraz, aun sin proponérselo, puede ser un confidente peligroso, y en las guerras civiles suele haber más espías que combatientes.

Inhibición en pugna con sagrados compromisos

Sábado 29 de agosto de 1936

Madrid 28.―Aunque con poca eficacia, el enemigo se entrega estos días a exhibiciones de aviación en el Norte, Centro y Sur. En esas exhibiciones figuran flamantes aparatos de modelos muy modernos. ¿Quién se los proporciona? Porque, indudablemente, él no los fabrica. Pues se los proporcionan algunas naciones de las que, invitadas por Francia, parecen haber asentido a la fórmula neutral de “no intervención”. El auxilio de esos países a los insurgentes es cosa que no ofrece duda alguna. Hay hechos que lo demuestran de modo incontrovertible y de cuya enunciación prescindimos ahora. A lo sumo, puede surgir la duda respecto a si ese auxilio consiste en simple tolerancia para la provisión de material de guerra a Empresas privadas o si se extiende a una protección directa de los propios Gobiernos. No me atrevo a sentar afirmación rotunda sobre este extremo, ni siquiera basándome en documento autógrafo de uno de los caudillos de la rebelión que llevaba consigo un jefe sedicioso cuyo cadáver fue hallado en Extremadura, documento que hablaba de la perentoriedad de entrega de determinados elementos ofrecidos por persona cuyo nombre corresponde al de cierto militar extranjero tan conocido en Madrid por el puesto oficial que aquí desempeñó. Desde luego, el material de aviación desembarcado en Cádiz, transportado a Sevilla por ferrocarril y montado en el aeródromo de Tablada por técnicos extranjeros a los cuales, según parece, se les ha enrolado en el Tercio; el material que conducido por otro buque del mismo pabellón no pudo ser desembarcado en España y lo está siendo en puerto extranjero; el recibido directamente en Marruecos y el que ha debido de arribar estos días a Coruña, importa cifra muy considerable que sobrepasa los recursos de que, según mis cálculos, podían disponer los facciosos. Pero quizá estos cálculos hayan sido erróneos, quedándome yo muy por bajo de la realidad, y que los rebeldes dispusieran de fondos bastantes para tan cuantiosas inversiones. Sea de una u otra forma, lo indudablemente cierto es que los insurrectos reciben del extranjero material de guerra y personal apto para su manejo, lo cual revela la torpeza diplomática cometida por Francia al apadrinar su ya famosísima fórmula de neutralidad, cuyos resultados prácticos son —no podían ser otros— que los países amigos de España se desentiendan de su obligación de apoyar a nuestro Gobierno legítimo y que las naciones simpatizantes con el movimiento insurreccional apoyen éste con poco o sin ningún disimulo. ¿Cómo deshacer la tremenda injusticia que supone esta realidad? Ya acusé días atrás el carácter universal de la batalla, una de cuyas etapas se está cubriendo ahora en España. Tenemos derecho quienes aquí resistimos la acometida del fascismo a la solidaridad de la democracia del mundo entero; pero no a una solidaridad platónica que tiene por mera expresión mensajes de simpatía, sino a una solidaridad que se traduzca en apoyos efectivos. No reclamamos otros apoyos que los estrictamente legítimos, es decir, los reconocidos por el Derecho internacional a todo Gobierno legalmente constituido. Esos apoyos son los que debe lograr la solidaridad a que apelamos. ¿Cómo? Presionando las masas de los países demócratas a sus respectivos Gobiernos para que enmienden el yerro en que han incurrido y por el cual nos niegan los medios de lucha que naciones de régimen autoritario conceden a manos llenas a nuestros enemigos. Exigimos, simplemente, una conducta lícita frente a un proceder ilegítimo. Tengo dicho desde el primer instante que vencería quien dispusiera en mayor cantidad de elementos modernos de combate. No podía figurar entre mis suposiciones la de que no le fuesen concedidos dichos elementos al Estado español, la de que internacionalmente se le creara una

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situación de asfixia. Para mí esto era inconcebible, aunque la realidad quiera demostrarme lo contrario. Cuando el Gobierno francés se decidió a proclamar una neutralidad tan equívoca como injusta, di desde estas mismas columnas la voz de alarma. Hoy son ya muchas las voces que se alzan clamorosamente en Europa contra tan absurda actitud. Ese clamor, seguramente, ha formado una convicción en las masas. Pues bien, es preciso que tal convicción se exprese en resoluciones congruentes con ella adoptadas por los Gobiernos. Y esto lo pedimos en nombre del pueblo español, que al defender su libertad defiende también la de los demás pueblos amenazados del mismo azote. Vencerá, repito, quien disponga de más elementos modernos de combate. Que no se nos nieguen a nosotros aquellos a que moral y legalmente tenemos derecho. Y, sobre todo, que no se nos brinde a título de amistad una inhibición que pugna con sagrados compromisos.

El primer bombardeo aéreo de Madrid

Domingo 30 de agosto de 1936

Madrid 29.—Madrid ha recibido ya su bautismo de bombardeo aéreo. Ayer a medianoche, los aviones enemigos que hasta ahora se habían contentado con lanzar bombas sobre los aeródromos próximos arrojaron algunas dentro del casco urbano de la villa. Así, Madrid ha cobrado el rango de gran capital europea pudiendo parangonarse a partir de anoche con aquellas otras que durante la gran guerra fueron agredidas desde el aire. El vecindario madrileño, todo el cual oyó las explosiones, no parece haberse inmutado por tal novedad bélica. Esta mañana se entretuvo con el vistoso espectáculo de la escolta presidencial, que uniformada de gala acompañó al Palacio Nacional al embajador de Rusia. Y en cuanto al suceso de anoche, satisfizo su curiosidad contemplando varios árboles desgajados por los explosivos. Madrid ha acogido con mayor imperturbabilidad que París la primera agresión aérea. Por haber sido testigo de ambos debuts me atrevo a afirmarlo. Cuando los Gothas, a comienzos de 1918, guiándose por la línea plateada del Sena, empezaron a visitar la capital de Francia, estaba yo allí junto con otros camaradas que hubieron de expatriarse, lo mismo que yo, a consecuencia de la huelga revolucionaria de 1917. El parisién se habituó pronto a los bombardeos aéreos, mas los primeros no dejaron de impresionarle. Luego, no; luego, a pesar del consejo de las autoridades de que al darse la señal de alarma se retirara la gente de las calles en los bulevares, ni siquiera se disgregaban los corrillos formados en derredor de los “camelots”. En los cafés se apagaban las luces y en los teatros se interrumpía medio minuto la representación para anunciar un actor el ataque y suplicar a la concurrencia que no abandonase la sala hasta que las sirenas de los bomberos advirtiesen que había desaparecido el peligro. En noches sucesivas incluso se desdeñaron las instrucciones de buscar refugio en las estaciones subterráneas del Metro. Recuerdo que yo me despedí de París con uno de los más intensos bombardeos nocturnos. Era un domingo de marzo. Yo iba hacia Hendaya llamado por mis amigos de Bilbao, quienes me notificaron telegráficamente la noticia de que se me designaba candidato para las inmediatas elecciones legislativas. Apenas había salido el tren del túnel que cubre la línea férrea desde la estación del Quai d’Orsay, cuando comenzaron a oírse grandes estampidos. El tren apagó su alumbrado y siguió avanzando por entre una oscuridad densa que rasgaban con frecuencia las luces fulgurantes de los explosivos. En el vagón restaurante continuamos comiendo a oscuras, mientras el convoy parecía caminar impávido en busca del peligro. En la colección de EL LIBERAL debe de haber alguna crónica mía relatando estos sucesos que ahora recuerdo ¿Quién había de decirme entonces que al cabo de los años iba a ser también testigo de análogo bombardeo en Madrid? No sé si porque la gente se halla más familiarizada con la aviación que hace dieciocho años o porque Madrid se expone alegremente al peligro a cuenta de satisfacer su curiosidad, lo cierto es

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que la noche del primer bombardeo apenas hubo familias que atendiendo las indicaciones

publicadas se decidieron a refugiarse en el Metro. Las más, luego de apagar las luces domésticas, tomaron puesto tranquilamente en los balcones para ver los aparatos agresores. El riesgo que corrieron fue, más que por las bombas aéreas, por los disparos de fusil de los milicianos, a quienes no hubo medio de impedir que dieran gusto al gatillo apuntando al cielo. El debut de los madrileños fue, pues, magnífico, excelente. Estas agresiones sobre el casco urbano de una ciudad sin perseguir objetivos determinados (en París se buscaba, principalmente, la destrucción de sus nudos ferroviarios y de sus industrias de guerra) tienen por única finalidad desmoralizar a la población civil. Según todas las trazas, en Madrid no lo va a lograr el enemigo por mucho que intensifique los ataques aéreos por la noche, que es cuando más impresión pueden producir. No me sorprendería que aquí se acabase tomando esto a broma, como se tomó la gripe de 1918, llamada “el soldado de Nápoles”, por coincidir con una canción zarzuelera entonces muy en boga. Desde luego, el bombardeo aéreo, por duro que sea, ha de causar muchísimas menos víctimas que aquella peste. Surgirá el apodo, no lo duden ustedes, y surgirán también cantares. Aunque la cosa ahora tiene proporciones muchísimo mayores, acordémonos de la canción que inventaron los bilbaínos sitiados el año 1874:

La primer bomba al río cayó

y

la segunda corta quedó,

y

a la tercera, llegamos ya,

a

recibirla sin novedad.

Pues bien; yo afirmo, aunque sin poner música a mi afirmación, que aquí se ha recibido sin novedad incluso la bomba primera. El bombardeo de anoche ha sido para los madrileños como un festejo, en sustitución de las verbenas veraniegas que las circunstancias han hecho suprimir este año.

Recapitulación

Martes 1 de septiembre de 1936

Madrid 31.―Al concluir el mes de agosto, se nos ocurre echar una mirada retrospectiva de los acontecimientos desde que la subversión estalló, procediendo a una recapitulación sincera. Dos méritos cabe atribuir a los rebeldes; primero, el de haber conseguido traer a la Península parte del ejército de África; segundo, el de lograr después la unión de sus fuerzas del Sur y del Norte a través de Extremadura. No hallamos otras cosas de relieve que registrar en su favor después de la fecha en que surgieron las insurrecciones en los territorios de África y en los peninsulares. Esos dos éxitos sólo han sido posibles por la acumulación de material de guerra moderno y abundantísimo procedente de dos naciones extranjeras, y por el auxilio, en forma distinta, de una tercera. La escuadra española, poniéndose al lado del Gobierno después de reducir la marinería a los jefes y oficiales que, según testimonios que obran en el sumario, estaban comprometidos desde el mes de marzo, impidió el paso de tropas de Marruecos. Sólamente al amparo de la sorpresa que produjo el estallido pasaron fuerzas, muy escasas, de Regulares indígenas y Tercio a bordo del “Churruca”. Luego, el transporte se siguió haciendo, aunque lenta y difícilmente, por el aire, de Tetuán a Algeciras y Sevilla, utilizando los trimotores de que disponían los rebeldes; pero cuando la aviación de éstos se reforzó con aparatos de marca italiana y este refuerzo pudo entorpecer la acción vigilante de nuestros buques de guerra, se consiguió que el “España número 5”, muy protegido desde el aire, llevase de Ceuta a Algeciras unos contingentes numerosos de tropas marroquíes. Situadas estas tropas en Andalucía, hubieron de esperar allí otro auxilio extranjero eficacísimo para avanzar hacia Mérida. Su avance se inició luego de montar en el aeródromo de Tablada los aviones alemanes desembarcados en Cádiz, y bajo la protección de escuadrillas formadas por

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aparatos modernísimos y el empleo en tierra de material de la misma procedencia, se verificó la conjunción entre las fuerzas rebeldes del Sur y del Norte, lo cual ha permitido la exhibición, más espectacular que efectiva, de moros y legionarios en las cercanías de Madrid, en Guipúzcoa y en otros territorios. Ahí termina el capítulo de triunfos de los rebeldes, frente al cual cabe alinear, no sólo sus fracasos, sino las victorias de las tropas leales. Los fracasos más sobresalientes de los rebeldes están constituidos por sus reiterados intentos de apoderarse de Madrid y aislar a Guipúzcoa cortando las comunicaciones, por un lado con la frontera francesa, por otro con Vizcaya y, de consiguiente, con todo el resto del Cantábrico. En persecución de tales objetivos se han librado combates muy reñidos en la Sierra de Guadarrama, en las cercanías de Irún y en las proximidades de Tolosa. De la dureza con que ha sido castigado el enemigo dan fe los prisioneros que se le han hecho. Madrid sigue indemne y Guipúzcoa mantiene las dos comunicaciones que se le han querido cortar. Procedamos ahora a enumerar los éxitos correspondientes a las tropas leales. A partir de haber ahogado victoriosamente la subversión en Madrid y Barcelona, fueron tomadas sucesivamente Alcalá de Henares, Guadalajara, Toledo y Albacete. Se hizo frustrar la sublevación que amenazaba en Valencia y Murcia. Se obtuvo la rendición de los Cuarteles de Loyola en San Sebastián. Se batió la resistencia de los regimientos de Zapadores y de Simancas, en Gijón. Se reconquistaron las islas de Ibiza y Mahón, y se inmovilizó a gran parte del ejército sedicioso mediante los sitios de Oviedo, Córdoba, Granada y Zaragoza. Con ser muy numerosas las fuerzas sublevadas, su acción ofensiva se limita a tres frentes: el de Extremadura, el de Madrid y el de Guipúzcoa. Esta acción la sostiene, no por sus propios medios, sino con los ajenos, tan copiosamente suministrados. Puede decirse, en rigor de exactitud, que la guerra civil se encuentra ahora en un periodo casi estacionario, y estos últimos días parece desvaírse (no podemos emplear con justeza el verbo extinguir) el ímpetu que los caudillos de la rebelión sintieron ante la recepción de tan pródigos auxilios. Así comienza este mes de septiembre, tercero de la bárbara sangría española.

Fotografías y papeles

Miércoles 2 de septiembre de 1936

Madrid 1.―El reporterismo gráfico, el elemento más sugestivo de la Prensa moderna, tiene ahora ancho campo en nuestra guerra civil. Los periódicos publican multitud de clisés que reproducen escenas heroicas, escenas sentimentales, escenas patéticas y hasta escenas cómicas. Y es que la guerra civil aun dentro de su terrible espanto, no desdeña lo bufo. Es muy difícil hallar tragedia alguna que esté enteramente limpia de toda faceta ridícula. La vida es así, incluso cuando se deshace en desgarrones sangrientos. A partir de julio no había visto yo en las páginas periodísticas otras instantáneas guerreras que las obtenidas en los frentes leales. Es hoy cuando he tenido opción de ver por vez primera placas impresionadas en el campo rebelde. Las contemplo curiosamente mientras llega hasta mí el eco de tambores y cornetas, de canciones proletarias, de vítores y aplausos, el eco, en fin, del estruendo que produce el desfile interminable de las juventudes agrupadas militarmente. Cae la tarde. El sol, al retirarse, decora de modo fantástico el cielo, tachonando su fondo azul con otros colores maravillosos, anaranjados y rojos, cual si se incendiara el firmamento. Es el mismo cielo desde el que se siembra la muerte. Quizá cuando estos colores espléndidos los anegue la oscuridad vuelvan los aeroplanos, como el viernes, y como anoche a arrojar sobre Madrid bombas cargadas de trilita. Tan magnífica puesta de sol reclama la augusta soledad del campo. Desde luego, riñe con el estruendo callejero que promueve la multitud enardecida. Luego de ensoñar unos minutos mirando hacia arriba desoyendo el barullo, mis ojos se

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vuelven sobro las hojas satinadas que antes curioseaba. Son las del último número de la revista inglesa The Sphere. En gran parte está consagrada a la guerra civil española, actualidad máxima en

el mundo entero. Vistas de puentes destruidos, de casas derrumbadas, de guerrillas en despliegue, de

Nada de esto nos llama la atención. La visión del desastre de nuestra

España reviste ya cierta monotonía. Un hecho aislado de esos que en multitud ha recogido el objetivo nos causaría impresión. Su agrupamiento parece dejarnos insensibles. Acaso la capacidad para el dolor sea muy poco elástica y se rompa, originando el embotamiento moral cuando las causas del dolor son muchas. Nuestra atención se concentra en instantáneas más singulares. Una de ellas nos presenta alineados al obispo de Madrid-Alcalá, a varios canónigos más y a algunos jefes rebeldes delante de hileras de tropas sediciosas, presidiendo una ceremonia en Vigo. Otra de las fotografías reproduce la escena de una misa de campaña en el frente guipuzcoano, escena en la cual el paisaje, la figura del oficiante y la traza de los fieles evocan las luchas fratricidas del siglo XIX en el País Vasco. Por último, dos grabados soberbios en que vemos a los generales Cavalcanti, Franco y Mola dirigiéndose a la catedral de Burgos y saliendo del templo, al que concurren rodeados de séquito numeroso y entusiasta para asistir a misa. Estos documentes gráficos revelan la íntima compenetración entre la Iglesia católica y los rebeldes, exactamente lo mismo que en las antiguas carlistadas. La Iglesia no ha querido permanecer neutral en esta contienda pavorosa. Se ha sumado a uno de los bandos y le ha cubierto de bendiciones. No ha querido seguir en esta ocasión, como no las ha seguido en otras, las cautas normas de Roma, de acatar en todo país el régimen legalmente constituido. Aún había, además de ésta, otra posición muy discreta, la neutralidad; pero también ha sido despreciada por los representantes de la Iglesia, que han preferido alistar a ésta como beligerante. Lo que pueda subsistir de los intereses del catolicismo en España cuando la legalidad triunfe, se reducirá a aquella parte del clero que no ha rehuido la verdadera significación del sacerdocio. Pero The Sphere”, con buen arte periodístico, ha sabido destacar, colocándola de portada, la fotografía más interesante de su reportaje. Aparecen en ella varios rifeños de los que Franco nos ha traído como garantía del más fino respeto a los principios de la civilización cristiana. Los moros están retratados en Burgos. Se tocan con fez y llevan adherida a la guerrera la estampa del Sagrado Corazón. Seguramente que la católica alegoría ha sido prendida sobre los pechos musulmanes por piadosas damas burgalesas. ¿No tiene todo esto un regusto de herejía, y hasta de escarnio? Si Isabel la Católica puede atalayar desde la gloria a la morisma en tierras castellanas, creerá que fue un sueño su vida terrestre, que culminó en la derrota de los infieles. ¿Cómo podían hallarse ahora los moros en Castilla si ella los arrojó incluso de Granada? ¿Y qué dirá el Cid Campeador en su mansión celestial, adonde le habrán llevado sus proezas contra los sarracenos enemigos de Dios, al verlos nada menos que en su tierra nativa de Burgos? Hago alto en estas notas para recibir a un amigo que me trae una chapa metálica y unos papeles ensangrentados. La chapa es la de un avión italiano que ayer fue derribado. Los papeles moteados de sangre son órdenes fechadas el 29 de agosto bajo la firma: “El general jefe del Aire, A. Kindelan.” Entre los papeles hay una tarjeta que sirve para identificar al aviador, también italiano, que fue hallado cadáver. La tarjeta contiene unas líneas de efusiva salutación al “aviatore romano Ernesto Mónico, en prueba de afecto, en recuerdo de su hallazgo por los montes la noche del 22 de agosto de 1936”. Y en la cartulina, en caracteres impresos, el nombre y la dirección de quien envía el saludo: “Miguel Matías Moriñigo, párroco de Cabeza de Diego Gómez (Salamanca).” Seguramente este clérigro que anda por las montañas en días de guerra va por ellas empuñando un fusil. Cuando sepa el trágico fin de aviador venido desde Roma, como los moros vienen desde el Rif, a matar españoles, ¿le darán tiempo los menesteres guerreros al montaraz párroco salmantino para encomendar a Dios en una oración a su amigo el “aviatore” romano?

heridos, de prisioneros

62

El imperio de la verdad

Jueves 3 de septiembre de 1936

Madrid 2.―Estoy de completo acuerdo con cuanto dice D. Angel Ossorio en un artículo que bajo el epígrafe “La verdad y la ilusión” publica en Ahora. Tiene razón el ilustre jurisconsulto, tan noblemente situado en la actual contienda, al repudiar los embustes que han venido salpicando con excesiva frecuencia las informaciones oficiosas y periodísticas relativas a la guerra civil que nos viene de duelo. En público no había yo dicho nada acerca de ello hasta hoy, pero en privado, y procurando ponerle remedio, escribí bajo mi firma que el sistema me parecía francamente estúpido. Suscribo íntegras todas las razones expuestas por el Sr. Ossorio y Gallardo para demostrar los inconvenientes que ofrece semejante procedimiento, siendo los principales de entre ellos el descrédito en que quedan envueltas esas informaciones, la desilusión experimentada por la gente al ver desmentidas noticias halagüeñas e incumplidos pronósticos venturosos, y el engaño que sufre el público sobre la duración de la lucha. La más grave de tales desventajas es, a mi entender, la última de las que quedan enumeradas. Bajo la influencia de una literatura mala en el fondo y, además, deplorable en la forma, muchos elementos combatientes, y con ellos los organismos directivos de algunos sectores, habían dado en creer que la facilidad y rapidez del triunfo les permitía desde ahora mismo tomar posiciones a fin de dejar afirmado previamente el predominio de la respectiva tendencia para después de la victoria. Y por tener la atención excesivamente consagrada a dichas precauciones, ha podido desviarse un tanto del objetivo inmediato e ineludible; el aplastamiento de la sublevación fascista. Acaso de ahí se haya derivado cierta parte de la flojera en cuanto a la unidad de acción, tema al cual dediqué uno de mis recientes artículos. Con satisfacción anoto la tendencia rectificadora que respecto a ello se acusa estos últimos días y por la cual quedará destruido un germen de disgregación que, al fructificar, podía haber sido muy peligroso. Tan necesaria como la unidad de mando es la unidad de acción. De nada vale la una sin la otra. Acopladas ambas serán base inconmovible del triunfo. Pero para alcanzar éste resulta indispensable mantener la moral en vanguardia y en retaguardia, y la moral no se mantiene con la siembra de ilusiones engañosas, pintando como fácil una victoria que se obtendrá, sí, mas a costa de muchísimo esfuerzo. La guerra será larga y dura, me atreví a pronosticar desde el micrófono de la radio. Algunos de mis oyentes, embriagados por los éxitos de la rendición del Cuartel de la Montaña en Madrid y del Campamento de Carabanchel, y de la toma de algunas ciudades, me motejaron entonces de pesimista y me reprocharon en tono cariñoso que me hubiese expresado en términos que creían deprimentes. Yo había expresado mi firme convicción. Si la realidad me desmentía, eso íbamos ganando todos y mi amor propio no había de padecer por el error sufrido. En cambio, si yo pregonaba una victoria inmediata y sin sacrificios, y los hechos concluían por negarla, la equivocación podía revestir efectos desastrosos. ¿A qué ocultar, por ejemplo, que nos hallamos ahora en los comienzos de una ofensiva formidable contra Madrid? La revelan ataques impetuosísimos como el de hoy en el sector de Oropesa, donde nuestra aviación, en un alarde magnífico —el mejor, seguramente, de todos los suyos en esta para ella gloriosísima campaña— ha castigado durísimamente al enemigo. La verdad permite proclamar este nuevo éxito de nuestros aviadores (alguno de ellos hubo que repitiendo sus salidas desde Madrid hizo hasta seis bombardeos); pero al mismo tiempo no veda el reconocimiento de que por esa parte de Extremadura subsiste un grave peligro, porque allí han concentrado los insurrectos sus mejores tropas, allí actúan coordinadamente sus máximos caudillos y allí acumulan el material que les envían sin recato algunas naciones de las comprometidas en el desdichadísimo pacto de “no intervención”. Conociendo la existencia del peligro es como se pueden crear los arrestos suficientes, no sólo para contener la avalancha, sino para diezmar a los invasores. De otro modo puede formarse un ambiente frívolo en el cual el peligro que venía ocultándose, por aparecer de modo inopinado,

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adquiera a los ojos de ignorantes y distraídos proporciones superiores a las efectivas, atribuvéndole los asustadizos caracteres de catástrofe. Por eso es preferible a toda hora, incluso en la más crítica, el imperio de la verdad. Ella puede destruir muchas quimeras de los que dan por olvidar la áspera realidad presente para poner el pensamiento en venturosos días del futuro, para llegar a los cuales hay que pasar por aquellos otros en que el fascismo quede definitivamente abatido.

Una igualdad desigual

Viernes 4 de septiembre de 1936

Madrid 3.—Esta mañana conferenció en París con el presidente del Consejo de ministros francés la Comisión de los partidos del Frente Popular español que marchó a recorrer Europa con el propósito de destruir los equívocos que merced a adulteraciones periodísticas se vienen creando en el extranjero a cuenta de la situación de España, del designio de los facciosos y de la significación de los elementos populares que les hacen frente. Nuestra causa tuvo en el despacho del presidente del Consejo de ministros de Francia tres voceros elocuentísimos: Dolores Ibarruri, Marcelino Domingo y Luis Jiménez de Asúa. Por sus labios hablaron la pasión, la experiencia política y el Derecho. Estos tres factores, lejos de discrepar, se acoplaron perfectamente. La experiencia política, a cargo de Marcelino Domingo, tamizó la pasión, que dio tono encendido a las palabras de Dolores Ibárruri, y el Derecho, explicado por tan ilustre maestro como Jiménez de Asúa, abrió cauce jurídico para que por él discurrieran sosegadamente las manifestaciones de los comisionados. He aquí una síntesis de tales manifestaciones. La Comisión ha podido comprobar, a través de las expresiones de simpatía del pueblo francés, que ésta se halla de corazón al lado del pueblo español en su lucha contra el fascismo, y que ansía prestarle toda clase de auxilios para asegurarle la victoria; pero el Gobierno de París, por la actitud en que se ha colocado, acaso no refleje adecuadamente esos sentimientos, ya que su posición eso significa, al considerar en el mismo pie de igualdad a un Gobierno legítimo y a quienes se levantan en armas contra él. Los frutos de la iniciativa diplomática del Quai d'Orsay en orden al pacto de “no intervención” están ya a la vista. Las naciones que podían y debían, dentro del más absoluto respeto al Derecho internacional, autorizar la venta de material de guerra de sus industrias privadas al Gobierno español, prohíben su exportación de manera efectiva, en tanto que otros países simpatizantes con los rebeldes no se recatan para suministrárselo. La “no intervención” es, en el fondo, una verdadera intervención, puesto que al anular lo que estaba vigente, y lo que ha sido siempre uso y costumbre en las relaciones internacionales, favorece a los insurrectos. En fin, los comisionados supieron repetir y mejorar cuanto se ha dicho acerca de la inoportunidad y desventaja que desde un punto de vista amistoso representa para nosotros la conducta del Ministerio francés. No ganó la tesis sólo por la elocuencia con que fue expuesta, sino, principalmente, por exponerla “tête a tête” ante León Blum. Cuando los visitantes quisieron citar ejemplos señalaron el último, el del reciente desembarco de veinticuatro aviones italianos por un barco, también italiano, en Vigo, hecho sobre el cual no puede caber duda alguna a las potencias amigas, ya que el desembarco lo ha podido presenciar la dotación de un “destroyer” inglés surto en el mismo puerto. León Blum quiso conocer el día en que los aviones salieron de Italia para comprobar si era anterior o posterior a la fecha en que Mussolini aceptó el convenio de “no intervención”. Guiados por el sentido de esta indagación que interesa a Blum, aventurémonos a creer que Italia no ha faltado a su compromiso, es decir, que la expedición salió días antes de aceptar Mussolini el pacto. Pues aun así, quedará claro el perjuicio enorme que nos ha causado el Gobierno francés porque éste adoptó inflexiblemente su actitud, mal llamada de neutralidad, desde el instante

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mismo en que invitó a guardarla a las demás naciones, y es evidente que algunas de ellas —ahí tenemos el caso citado, entre otros— no han querido observarla, por lo menos, hasta quedar convenida unánimemente la “no intervención”. Si hasta que el pacto fue firme —ya veremos qué firmeza efectiva alcanza—, Francia se hubiese ceñido a la norma común del Derecho internacional y, además, a cierta cláusula del acuerdo comercial que firmó con España en 1935, el Gobierno de la República española habría podido mantener y aumentar la superioridad en material aéreo y terrestre, garantía indiscutible de una inmediata victoria. Habiéndosenos privado de medios a los cuales tenemos perfecto derecho y a cuya compra, no se olvide esto, se nos obligó en negociaciones recientes, hemos de sostener una lucha más larga, más sangrienta y desastrosa para España. He comentado varias veces la injusticia tremenda que entraña el pacto de “no intervención” Me alegro mucho de que el eco del clamor que ha levantado en España llegase hoy tan directa y autorizadamente a oídos de Blum. De haber estado yo presente en la visita de hoy me hubiere atrevido a decir que era preferible que en vez de negarse por igual a insurgentes y leales material guerrero nos lo suministrasen a ambos bandos con entera libertad, porque así, cuando menos, podría adquirir el Gobierno español en algún sitio lo que en todns partes se le niega y que los rebeldes, desde luego, encuentran. Esa igualdad que se ha ideado en Francia constituye la más terrible de las desigualdades.

Cumplimiento del deber

Sábado 5 de septiembre de 1936

Madrid 4.―Desde hoy carezco libertad para escribir sobre los temas que la trágica actualidad trae al primer plano del comentario periodístico. La responsabilidad ministerial es una responsabilidad colectiva que contraen solidariamente todos los miembros del Gobierno. De lo que dice uno responden también todos los demás. Esa responsabilidad reviste, en circunstancias tan excepcionales como las presentes, caracteres graves y matices muy delicados. No me es posible, pues, emitir a diario juicios personales en la Prensa bajo mi firma, como venía haciendo hasta ahora. Acaso algún día, arrastrado por mi irresistible vocación periodística, coja de nuevo la pluma; pero será para narrar episodios o anécdotas, mas sin formular opiniones sobre asuntos trascendentales, porque serían muchos los que las creyesen opiniones del Gobierno. Por ahora pongo punto. Se me ha requerido para figurar en el nuevo Ministerio y no ha habido de mi parte ni medio segundo de vacilación. He dicho al instante que sí y he ido al puesto para el cual se me designaba. Así me lo imponía el deber y al deber me he atenido. No cabía, lícitamente, que procediera de otro modo. Cuando al día siguiente de ser proclamado presidente de la República el Sr. Azaña me fue ofrecido el Gobierno, dije que me sentía atraído a la aceptación del encargo por las dificultades que habían surgido y estaban surgiendo, y que si lo declinaba era a virtud de razones que concretamente expuse, ajenas por completo a mi voluntad. Ahora, las dificultades son muchísimo mayores. Para eludirlas podía yo haber hallado una motivación fundadísima; pero la arrinconé allí donde se arrinconan las cosas que deben olvidarse. Yo hubiera querido contribuir antes desde el Gobierno con mi esfuerzo a evitar la insurrección. El juego de la política frustró entonces el intento porque encontré cerrado el paso. Hoy, en horas dificilísimas, se me llama para sofocar la sublevación. Acudo al llamamiento sin titubear y voy adonde se me ordena. Hubiera preferido seguir auxiliando al Gobierno, fuese el que fuese, como lo he hecho durante estos cincuenta días, oscura y calladamente; pero me señalan un puesto de responsabilidad y rechazarlo habría sido de una comodidad rayana en la cobardía. Un deber elemental imponía la aceptación y me he sometido al cumplimiento del deber.

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CLÁSICOS DE HISTORIA

279

Francisco Franco, Discursos y declaraciones en la Guerra Civil

278

Vladimir Illich (Lenin), La Gran Guerra y la Revolución. Textos 1914-1917

277

Jaime I el Conquistador, Libro de sus hechos

276

Jerónimo de Blancas, Comentario de las cosas de Aragón

275

Emile Verhaeren y Darío de Regoyos, España Negra

274

Francisco de Quevedo, España defendida y los tiempos de ahora

273

Miguel de Unamuno, Artículos republicanos

272

Fuero Juzgo o Libro de los Jueces

271

Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII

270

Pompeyo Gener, Cosas de España (Herejías nacionales y El renacimiento de Cataluña)

269

Homero, La Odisea

268

Sancho Ramírez, El primitivo Fuero de Jaca

267

Juan I de Inglaterra, La Carta Magna

266

El orden público en las Cortes de 1936

265

Homero, La Ilíada

264

Manuel Chaves Nogales, Crónicas de la revolución de Asturias

263

Felipe II, Cartas a sus hijas desde Portugal

262

Louis-Prosper Gachard, Don Carlos y Felipe II

261

Felipe II rey de Inglaterra, documentos

260

Pedro de Rivadeneira, Historia eclesiástica del cisma de Inglaterra

259

Real Academia Española, Diccionario de Autoridades (6 tomos)

258

Joaquin Pedro de Oliveira Martins, Historia de la civilización ibérica

257

Pedro Antonio de Alarcón, Historietas nacionales

256

Sergei Nechaiev, Catecismo del revolucionario

255

Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios y Comentarios

254

Diego de Torres Villarroel, Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras

253

¿Qué va a pasar en España? Dossier en el diario Ahora del 16 de febrero de 1934

252

Juan de Mariana, Tratado sobre los juegos públicos

251

Gonzalo de Illescas, Jornada de Carlos V a Túnez

250

Gilbert Keith Chesterton, La esfera y la cruz

249

José Antonio Primo de Rivera, Discursos y otros textos

248

Citas del Presidente Mao Tse-Tung (El Libro Rojo)

247

Luis de Ávila y Zúñiga, Comentario de la guerra de Alemania… en el año de 1546 y 1547.

246

José María de Pereda, Pedro Sánchez

245

Pío XI, Ante la situación social y política (1926-1937)

244

Herbert Spencer, El individuo contra el Estado

243

Baltasar Gracián, El Criticón

242

Pascual Madoz, Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España

(16 tomos)

241

Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales (5 tomos)

240

Andrés Giménez Soler, Don Jaime de Aragón último conde de Urgel

239

Juan Luis Vives, Tratado del socorro de los pobres

238

Cornelio Nepote, Vidas de los varones ilustres

237

Zacarías García Villada, Paleografía española (2 tomos)

236

Platón, Las Leyes

235

Baltasar Gracián. El Político Don Fernando el Católico

66

234

León XIII, Rerum Novarum

233

Cayo Julio César, Comentarios de la Guerra Civil

232

Juan Luis Vives, Diálogos o Linguæ latinæ exercitatio

231

Melchor Cano, Consulta y parecer sobre la guerra al Papa

230

William Morris, Noticias de Ninguna Parte, o una era de reposo

229

Concilio III de Toledo

228

Julián Ribera, La enseñanza entre los musulmanes españoles

227

Cristóbal Colón, La Carta de 1493

226

Enrique Cock, Jornada de Tarazona hecha por Felipe II en 1592

225

José Echegaray, Recuerdos

224

Aurelio Prudencio Clemente, Peristephanon o Libro de las Coronas

223

Hernando del Pulgar, Claros varones de Castilla

222

Francisco Pi y Margall, La República de 1873. Apuntes para escribir su historia

221

El Corán

220

José de Espronceda, El ministerio Mendizábal, y otros escritos políticos

219

Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, El Federalista

218

Charles F. Lummis, Los exploradores españoles del siglo XVI

217

Atanasio de Alejandría, Vida de Antonio

216

Muhammad Ibn al-Qutiyya (Abenalcotía): Historia de la conquista de Al-Andalus

215

Textos de Historia de España

214

Julián Ribera, Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana

213

León de Arroyal, Pan y toros. Oración apologética en defensa del estado

de España

212

Juan Pablo Forner, Oración apologética por la España y su mérito literario

211

Nicolás Masson de Morvilliers, España (dos versiones)

210

Los filósofos presocráticos. Fragmentos y referencias (siglos VI-V a. de C.)

209

José Gutiérrez Solana, La España negra

208

Francisco Pi y Margall, Las nacionalidades

207

Isidro Gomá, Apología de la Hispanidad

206

Étienne Cabet, Viaje por Icaria

205

Gregorio Magno, Vida de san Benito abad

204

Lord Bolingbroke (Henry St. John), Idea de un rey patriota

203

Marco Tulio Cicerón, El sueño de Escipión

202

Constituciones y leyes fundamentales de la España contemporánea

201

Jerónimo Zurita, Anales de la Corona de Aragón (4 tomos)

200

Soto, Sepúlveda y Las Casas, Controversia de Valladolid

199

Juan Ginés de Sepúlveda, Demócrates segundo, o… de la guerra contra los indios.

198

Francisco Noël Graco Babeuf, Del Tribuno del Pueblo y otros escritos

197

Manuel José Quintana, Vidas de los españoles célebres

196

Francis Bacon, La Nueva Atlántida

195

Alfonso X el Sabio, Estoria de Espanna

194

Platón, Critias o la Atlántida

193

Tommaso Campanella, La ciudad del sol

192

Ibn Battuta, Breve viaje por Andalucía en el siglo XIV

191

Edmund Burke, Reflexiones sobre la revolución de Francia

190

Tomás Moro, Utopía

189

Nicolás de Condorcet, Compendio de La riqueza de las naciones de Adam Smith

188

Gaspar Melchor de Jovellanos, Informe sobre la ley agraria

187

Cayo Veleyo Patérculo, Historia Romana

186

José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas

185

José García Mercadal, Estudiantes, sopistas y pícaros

67

184

Diego de Saavedra Fajardo, Idea de un príncipe político cristiano

183

Emmanuel-Joseph Sieyès, ¿Qué es el Tercer Estado?

182

Publio Cornelio Tácito, La vida de Julio Agrícola

181

Abū Abd Allāh Muhammad al-Idrīsī, Descripción de la Península Ibérica

180

José García Mercadal, España vista por los extranjeros

179

Platón, La república

178

Juan de Gortz, Embajada del emperador de Alemania al califa de Córdoba

177

Ramón Menéndez Pidal, Idea imperial de Carlos V

176

Dante Alighieri, La monarquía

175

Francisco de Vitoria, Relecciones sobre las potestades civil y ecl., las Indias, y la guerra

174

Alonso Sánchez y José de Acosta, Debate sobre la guerra contra China

173

Aristóteles, La política

172

Georges Sorel, Reflexiones sobre la violencia

171

Mariano José de Larra, Artículos 1828-1837

170

Félix José Reinoso, Examen de los delitos de infidelidad a la patria

169

John Locke, Segundo tratado sobre el gobierno civil

168

Conde de Toreno, Historia del levantamiento, guerra y revolución de España

167

Miguel Asín Palacios, La escatología musulmana de la Divina Comedia

166

José Ortega y Gasset, España invertebrada

165

Ángel Ganivet, Idearium español

164

José Mor de Fuentes, Bosquejillo de la vida y escritos

163

Teresa de Jesús, Libro de la Vida

162

Prisco de Panio, Embajada de Maximino en la corte de Atila

161

Luis Gonçalves da Câmara, Autobiografía de Ignacio de Loyola

160

Lucas Mallada y Pueyo, Los males de la patria y la futura revolución española

159

Martín Fernández de Navarrete, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra

158

Lucas Alamán, Historia de Méjico… hasta la época presente (cuatro tomos)

157

Enrique Cock, Anales del año ochenta y cinco

156

Eutropio, Breviario de historia romana

155

Pedro Ordóñez de Ceballos, Viaje del mundo

154

Flavio Josefo, Contra Apión. Sobre la antigüedad del pueblo judío

153

José Cadalso, Cartas marruecas

152

Luis Astrana Marín, Gobernará Lerroux

151

Francisco López de Gómara, Hispania victrix (Historia de las Indias y conquista de México)

150

Rafael Altamira, Filosofía de la historia y teoría de la civilización

149

Zacarías García Villada, El destino de España en la historia universal

148

José María Blanco White, Autobiografía

147

Las sublevaciones de Jaca y Cuatro Vientos en el diario ABC

146

Juan de Palafox y Mendoza, De la naturaleza del indio

145

Muhammad Al-Jusaní, Historia de los jueces de Córdoba

144

Jonathan Swift, Una modesta proposición

143

Textos reales persas de Darío I y de sus sucesores

142

Joaquín Maurín, Hacia la segunda revolución y otros textos

141

Zacarías García Villada, Metodología y crítica históricas

140

Enrique Flórez, De la Crónica de los reyes visigodos

139

Cayo Salustio Crispo, La guerra de Yugurta

138

Bernal Díaz del Castillo, Verdadera historia de

la conquista de la Nueva España

137

Medio siglo de legislación autoritaria en España (1923-1976)

136

Sexto Aurelio Víctor, Sobre los varones ilustres de la ciudad de Roma

135

Códigos de Mesopotamia

68

134

Josep Pijoan, Pancatalanismo

133

Voltaire, Tratado sobre la tolerancia

132

Antonio de Capmany, Centinela contra franceses

131

Braulio de Zaragoza, Vida de san Millán

130

Jerónimo de San José, Genio de la Historia

129

Amiano Marcelino, Historia del Imperio Romano del 350 al 378

128

Jacques Bénigne Bossuet, Discurso sobre la historia universal

127

Apiano de Alejandría, Las guerras ibéricas

126

Pedro Rodríguez Campomanes, El Periplo de Hannón ilustrado

125

Voltaire, La filosofía de la historia

124

Quinto Curcio Rufo, Historia de Alejandro Magno

123

Rodrigo Jiménez de Rada, Historia de las cosas de España. Versión de Hinojosa

122

Jerónimo Borao, Historia del alzamiento de Zaragoza en 1854

121

Fénelon, Carta a Luis XIV y otros textos políticos

120

Josefa Amar y Borbón, Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres

119

Jerónimo de Pasamonte, Vida y trabajos

118

Jerónimo Borao, La imprenta en Zaragoza

117

Hesíodo, Teogonía-Los trabajos y los días

116

Ambrosio de Morales, Crónica General de España (3 tomos)

115

Antonio Cánovas del Castillo, Discursos del Ateneo

114

Crónica de San Juan de la Peña

113

Cayo Julio César, La guerra de las Galias

112

Montesquieu, El espíritu de las leyes

111

Catalina de Erauso, Historia de la monja alférez

110

Charles Darwin, El origen del hombre

109

Nicolás Maquiavelo, El príncipe

108

Bartolomé José Gallardo, Diccionario crítico-burlesco del

Diccionario razonado manual

107

Justo Pérez Pastor, Diccionario razonado manual para inteligencia de ciertos escritores

106

Hildegarda de Bingen, Causas y remedios. Libro de medicina compleja.

105

Charles Darwin, El origen de las especies

104

Luitprando de Cremona, Informe de su embajada a Constantinopla

103

Paulo Álvaro, Vida y pasión del glorioso mártir Eulogio

102

Isidoro de Antillón, Disertación sobre el origen de la esclavitud de los negros

101

Antonio Alcalá Galiano, Memorias

100

Sagrada Biblia (3 tomos)

99

James George Frazer, La rama dorada. Magia y religión

98

Martín de Braga, Sobre la corrección de las supersticiones rústicas

97

Ahmad Ibn-Fath Ibn-Abirrabía, De la descripción del modo de visitar el templo de Meca

96

Iósif Stalin y otros, Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la U.R.S.S.

95

Adolf Hitler, Mi lucha

94

Cayo Salustio Crispo, La conjuración de Catilina

93

Jean-Jacques Rousseau, El contrato social

92

Cayo Cornelio Tácito, La Germania

91

John Maynard Keynes, Las consecuencias económicas de la paz

90

Ernest Renan, ¿Qué es una nación?

89

Hernán Cortés, Cartas de relación sobre el descubrimiento y conquista de la Nueva España

88

Las sagas de los Groenlandeses y de Eirik el Rojo

87

Cayo Cornelio Tácito, Historias

86

Pierre-Joseph Proudhon, El principio federativo

85

Juan de Mariana, Tratado y discurso sobre la moneda de vellón

69

84

Andrés Giménez Soler, La Edad Media en la Corona de Aragón

83

Marx y Engels, Manifiesto del partido comunista

82

Pomponio Mela, Corografía

81

Crónica de Turpín (Codex Calixtinus, libro IV)

80

Adolphe Thiers, Historia de la Revolución Francesa (3 tomos)

79

Procopio de Cesárea, Historia secreta

78

Juan Huarte de San Juan, Examen de ingenios para las ciencias

77

Ramiro de Maeztu, Defensa de la Hispanidad

76

Enrich Prat de la Riba, La nacionalidad catalana

75

John de Mandeville, Libro de las maravillas del mundo

74

Egeria, Itinerario

73

Francisco Pi y Margall, La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales

72

Sebastián Fernández de Medrano, Breve descripción del Mundo

71

Roque Barcia, La Federación Española

70

Alfonso de Valdés, Diálogo de las cosas acaecidas en Roma

69

Ibn Idari Al Marrakusi, Historias de Al-Ándalus (de Al-Bayan al-Mughrib)

68

Octavio César Augusto, Hechos del divino Augusto

67

José de Acosta, Peregrinación de Bartolomé Lorenzo

66

Diógenes Laercio, Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres

65

Julián Juderías, La leyenda negra y la verdad histórica

64

Rafael Altamira, Historia de España y de la civilización española (2 tomos)

63

Sebastián Miñano, Diccionario biográfico de la Revolución Francesa y su época

62

Conde de Romanones, Notas de una vida (1868-1912)

61

Agustín Alcaide Ibieca, Historia de los dos sitios de Zaragoza

60

Flavio Josefo, Las guerras de los judíos.

59

Lupercio Leonardo de Argensola, Información de los sucesos de Aragón en 1590 y 1591

58

Cayo Cornelio Tácito, Anales

57

Diego Hurtado de Mendoza, Guerra de Granada

56

Valera, Borrego y Pirala, Continuación de la Historia de España de Lafuente (3 tomos)

55

Geoffrey de Monmouth, Historia de los reyes de Britania

54

Juan de Mariana, Del rey y de la institución de la dignidad real

53

Francisco Manuel de Melo, Historia de los movimientos y separación de Cataluña

52

Paulo Orosio, Historias contra los paganos

51

Historia Silense, también llamada legionense

50

Francisco Javier Simonet, Historia de los mozárabes de España

49

Anton Makarenko, Poema pedagógico

48

Anales Toledanos

47

Piotr Kropotkin, Memorias de un revolucionario

46

George Borrow, La Biblia en España

45

Alonso de Contreras, Discurso de mi vida

44

Charles Fourier, El falansterio

43

José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias

42

Ahmad Ibn Muhammad Al-Razi, Crónica del moro Rasis

41

José Godoy Alcántara, Historia crítica de los falsos cronicones

40

Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles (3 tomos)

39

Alexis de Tocqueville, Sobre la democracia en América

38

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación (3 tomos)

37

John Reed, Diez días que estremecieron al mundo

36

Guía del Peregrino (Codex Calixtinus)

70

34

Ignacio del Asso, Historia de la Economía Política de Aragón

33

Carlos V, Memorias

32

Jusepe Martínez, Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura

31

Polibio, Historia Universal bajo la República Romana

30

Jordanes, Origen y gestas de los godos

29

Plutarco, Vidas paralelas

28

Joaquín Costa, Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España

27

Francisco de Moncada, Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos

26

Rufus Festus Avienus, Ora Marítima

25

Andrés Bernáldez, Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel

24

Pedro Antonio de Alarcón, Diario de un testigo de la guerra de África

23

Motolinia, Historia de los indios de la Nueva España

22

Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso

21

Crónica Cesaraugustana

20

Isidoro de Sevilla, Crónica Universal

19

Estrabón, Iberia (Geografía, libro III)

18

Juan de Biclaro, Crónica

17

Crónica de Sampiro

16

Crónica de Alfonso III

15

Bartolomé de Las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias

14

Crónicas mozárabes del siglo VIII

13

Crónica Albeldense

12

Genealogías pirenaicas del Códice de Roda

11

Heródoto de Halicarnaso, Los nueve libros de Historia

10

Cristóbal Colón, Los cuatro viajes del almirante

9

Howard Carter, La tumba de Tutankhamon

8

Sánchez-Albornoz, Una ciudad de la España cristiana hace mil años

7

Eginardo, Vida del emperador Carlomagno

6

Idacio, Cronicón

5

Modesto Lafuente, Historia General de España (9 tomos)

4

Ajbar Machmuâ

3

Liber Regum

2

Suetonio, Vidas de los doce Césares

1

Juan de Mariana, Historia General de España (3 tomos)