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procuro rendir homenaje a grandes escritores que consiguieron

alcanzar el Lenguaje Universal: Hemingway, Blake, Borges (que


también utilizó la historia persa para uno de sus cuentos) y Malba
Tahan, entre otros.
Para completar este extenso prefacio e ilustrar lo que mi Maestro
quería decir con lo del tercer tipo de alquimistas, vale la pena recordar
una historia que él mismo me contó en su laboratorio.
Nuestra Señora, con el Niño Jesús en sus brazos, decidió bajar a la
Tierra y visitar un monasterio. Orgullosos, todos los sacerdotes
formaron una larga fila, y uno a uno se acercaban a la Virgen para
rendirle homenaje. Uno declamó bellos poemas, otro mostró las
iluminaciones que había realizado para la Biblia, un tercero recitó los
nombres de todos los santos. Y así sucesivamente, monje tras monje,
fueron venerando a Nuestra Señora y al Niño Jesús.
En el último lugar de la fila había un monje, el más humilde del
convento, que nunca había aprendido los sabios textos de la época.
Sus padres eran personas humildes, que trabajaban en un viejo circo
de los alrededores, y todo lo que le habían enseñado era lanzar bolas
al aire haciendo algunos malabarismos.
Cuando llegó su turno, los otros monjes quisieron poner fin a los
homenajes, pues el antiguo malabarista no tendría nada importante
que decir o hacer y podía desacreditar la imagen del convento. Pero en
el fondo de su corazón, él también sentía una inmensa necesidad de
dar algo de sí a Jesús y la Virgen.
Avergonzado, sintiendo sobre sí la mirada reprobatoria de sus
hermanos, sacó algunas naranjas de su bolsa y comenzó a tirarlas al aire
haciendo malabarismos, que era lo único que sabía hacer.
Fue en ese instante cuando el Niño Jesús sonrió y comenzó a
aplaudir en el regazo de Nuestra Señora. Y fue hacia él a quien la
Virgen extendió los brazos para dejarle que sostuviera un poco al
Niño.

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