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EL NARRADOR EN EL CAPOTE Y EL ESCRIBIENTE

Mónica Molina
Estética III
Maestría en Estética
Universidad Nacional de Colombia
Sede Medellín

En estas pocas líneas intentare realizar un acercamiento al análisis en torno a la posición que
asume los narradores en dos historias, las cuales cuentan entre sus personajes principales a
unos hombres de que quienes en realidad no hay mucho que contar, protagonistas que a los
ojos de algunos podrían tener unas existencias planas, tristes, aburridas, cargada de eventos
absurdos y sin una relevancia significativa; hombres que como en la mayoría de los casos
pasaron desapercibidos para la mayoría del mundo. Sin embargo a mi modo de ver son seres
cargados de humanidad pura, que logran desde su simpleza dar a partir de su “insignificancia”,
significado a la vida de quienes conocen su historia.

Hablaremos en una primera instancia del personaje creado por Gógol, en su novela el Capote, y
en un segundo acercamiento tendremos la historia de Bartleby, El Escribiente, personaje
creado por Malville. Personajes que nos permitirán mirar desde sus narradores otra posición, la
que asume cada uno de ellos en torno a los sucesos de la historia, comenzaré por anotar que
las narraciones se presentan como una rompimiento a la tradición del estilo literario y
narrativo, en tanto a la forma en que el narrador participa dentro de la narración de los hechos
y las acciones del personaje, desarrollando unas maneras particulares de realizar las
descripciones de los sucesos dentro de los cuales genera una razonamientos donde involucra y
realiza unas anotaciones en torno a la actitud que asumen los personajes y el modo en el que
actúan ante sus acciones. A la vez que completa los diálogos y los actos inconclusos,
imaginando las partes de la historia que el personaje pareciera dejar vacías.

En el relato de Gógol encontramos, a un narrador que asume de manera fortuita y


particularmente extraña, contar la historia de un hombre sin historia. Presentando a un
personaje desgraciado desde su nacimiento aludiendo a todos los sucesos que acomete su
vida, como una marca que está determinada ineludiblemente por el destino; tal como el mismo
plante nada de lo que nos va a contar pasa de forma gratuita, todo definitivamente debía
suceder así y no de otra manera “Hemos citado estos hechos con objeto de que el lector se
convenza de que todo tenía que suceder así y que habría sido imposible darle otro nombre.”
(Gógol, 1843)

Un destino que solo es competente a este personaje en particular cargado de anonimato y del
cual reconoce el narrador, desde el principio, lo trivial y poco interesante que puede ser contar
la vida de este sujeto que a sus cincuenta años de edad enfoca toda su energía y su existencia,
en conseguir el dinero para la compra de un capote nuevo, acto que lo lleva a estar inmerso en
la más profundas restricciones dentro de la “miseria” encontrando en esta acometida el placer
más puro a demás de darle sentido a su vida, bastante básica, bastante humana hasta el
momento. Acto que lo lleva a poner el valor de su propia persona en el Capote; el cual lo hace
visible ante los otros, permitiéndole ser partícipe como par de sus compañeros de trabajo.
Siendo reconocido en un entorno y dentro de un contexto particular y hostil días atrás, sin
embargo al ser despojado de su abrigo nuevo, pareciese al mismo tiempo ser despojado de su
vida, de su ser, de su existencia misma.

Es de esta forma que encontramos en la historia de Gógol a un narrador que se presenta como
omnisciente, que se toma la vos de los acontecimientos que le suceden al personaje, - tal
como el acoso que este sufre por parte de sus compañeros, o el hecho triste del robo del
capote - apropiándose por su cuenta de la forma en la cual quiere narrar los hechos, alejándose
en ocasiones del personaje y del relato ya que sus acciones y actitudes le parecen absurdas e
insignificantes como hemos planteado anteriormente; pero que lo afectan aun ante la
aparentemente posición de neutralidad que asume ante las vivencias, decisiones y acciones del
protagonista; no puede evitar romper esa posición de aparente indiferencia para comenzar
generar valores, criticas mordaces y satíricas ante los absurdos comportamientos del
protagonista en algunos momentos de la historia, y en una dicotomía ante otros sucesos se
muestra compasivo y reflexivo en torno a este personaje particularmente especial como lo es
Akaki Akakievich “En el departamento nadie le demostraba el menor respeto. Los ordenanzas
no sólo no se movían de su sitio cuando él pasaba, sino que ni siquiera le miraban, como si se
tratara sólo de una mosca que pasara volando por la sala de espera. Sus superiores le trataban
con cierta frialdad despótica. Los ayudantes del jefe de oficina le ponían los montones de
papeles debajo de las narices, sin decirle siquiera: «Copie esto», o «Aquí tiene un asunto bonito
e interesante», o algo por el estilo. Como corresponde a empleados con buenos modales. Y él
los cogía, mirando tan sólo a los papeles, sin fijarse en quién los ponía delante de él, ni si tenía
derecho a ello.” (Gógol, 1843)

Ahora bien pensar en Akaki Akakievich y reflexionar entorno al porque, su narrador generar en
ocasiones discursos en doble vía, o en otras tantas por el contrario parece olvidarse de él, es
entrar a preguntarse ¿Qué motiva a este narrador a contar la historia de un personaje que
parece tan insignificante para el mundo? Pues bien, podríamos pensar que Akaki Akakievich se
presenta ante el narrador como un personaje con un atractivo especial ya que le deja espacio
para desarrollar su particular forma de narrar, la cual le abre caminos para traducir el
pensamiento del personaje permitiendo introducirse de manera directa en cada una de las
acciones que el protagonista realiza; es así como, el narrador del Capote imagina y
contextualiza de forma deliberada los hechos propiciando comentarios y juicios entorno al
comportamiento que asume el personaje ante las situaciones, es en este sentido que nos
podemos referir a él como un constructor de los acontecimientos fragmentados del
protagonista y el cual que se toma la palabra ante la incapacidad de hablar del personaje “Un
narrador cercano, como es el del relato, resulta impredecible para poder acceder al mundo
interno de unos personajes que son incapaces de hablar sobre sí mismos, como sucede con
Akaki Akakevich, y, en consecuencia para poder conocer la manera en que dichos personajes se
enfrentan al mundo que los rodea.” (Eichenbaum, 1963)

El personaje se presenta entonces como una nueva manera dentro de la construcción literaria
para erigir nuevos protagonistas, quienes son inspirados en personas que sale de la vida
cotidiana, no presenta acciones de heroísmo ni tragedias muy elaboradas. Akaki Akakevich, es
entonces un personaje común y silvestre con una vida exigua llena de necesidades, quien
dentro de un apasionamiento extraño disfruta de las privaciones exageradas a las cuales se
somete para comprar su Capote nuevo, tal vez el único acto que parece interesante en sus
cincuenta años de vida, prenda que por un instante lo re significa ante el mundo que lo rodea
para después convertirse extrañamente en el mito fantasmagórico en el cual es convertido por
el rumor popular, mismo rumor que es quien lo devuelve a su anonimato; Akaki Akakevich vivió
y murió como si nunca hubiera existido como ciudadano ante una ciudad como son las
construidas por la modernidad.
Encontramos en una vía similar pero unos años más tarde un segundo narrador que siente una
particular extrañeza al mostrarse admirado y confundido ante un hombre que asume por
convicción propia introducirse en el estado más simple de la existencia del ser humano y quien
con una actitud aparentemente pasiva, básica e inmóvil logra modificar de forma significativa la
cotidianidad de su entorno laborar, afectando el comportamiento y el lenguaje de todos los
que lo rodean con un simple acto de preferir no hacer nada.

Bartleby se presenta como un particular personaje para su jefe – narrador que siente una
necesidad extraña por contar su historia a un siendo esta una de las mas incipientes dentro de
otras tantas historia de copista que pudiese contar, dicho en sus propias palabras “Pero a las
biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era
uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. De otros copistas yo
podría escribir biografías completas; nada semejante puede hacerse con Bartleby. No hay
material suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es una pérdida
irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres de quienes nada es indagable,
salvo en las fuentes originales: en este caso, exiguas.” (Melville, 1953).

La historia comienza con la descripción del narrador, quien se presenta a sí mismo y en primera
persona, como un testigo de los hechos que acontecen al protagonista, sin embargo se
describe como un abogado facilista sin ambiciones, que juega a estar dentro del estado en el
sistema burocrático el cual no le presenta mayor reto profesional y por el contrario le ofrece
una suma de dinero bastante significante para responder a un estilo de vida correspondiente a
la que la sociedad le ofrece aun renunciando a sus propios deseos, de los cuales podríamos
pensar que no hay ninguno; regodeándose en su monótona rutina sin participar activamente
de su vida “Soy, en primer lugar, un hombre que desde la juventud ha sentido profundamente
que la vida más fácil es la mejor”. (Melville, 1953)

Bartleby llega a la oficina de este abogado jefe (El narrador), luego de un aviso que este pone
para tomar como empleado a otro escribiente, con lo cual pudiese responder a las
responsabilidades que su reciente empleo burocrático le exigía, uniéndose al par de copistas
neuróticos con los que ya contaba como empleados, a quienes toleraba por razones diferentes
al viejo Turkey porque en sus estados normales respondía de forma más que satisfactoria a sus
labores y a Nippers porque extrañamente admiraba su ambición aun así lo describe de forma
sarcástica y medio despreciable. Él nuevo empleado se presenta como un alivio para el caos
que de forma intermitente se presenta en la oficina, sin embargo a medida que pasa el tiempo
las actitudes del extraño y enigmático empleado, quien de un momento a otro decide no hacer
lo que se le pide y posteriormente decide no hacer absolutamente nada, por medio de un sutil
“preferiría no” expresión que interrumpe de forma significativa la cotidianidad de la oficina y la
vida del narrador, el cual comienza a generar en su interior sentimientos encontrados,
debatiéndose entre lo que representa Bartleby dentro de su “preferiría no” y la vida que
conoce y que este asume dentro del canon normal, comienza entonces a asumir un papel casi
moralista ante los que prefieren tomar lo que quieren y aun sin preferir toman y asumen lo que
deben.

El narrador encuentra en Bartleby todo lo que es dentro de los esquemas sociales anormal y
entrado en una convincente preferencia; prefiere no comer, no salir de su oficina, no gastar su
dinero, no hablar de su vida, no irse. Sin embargo le despierta una profunda composición de
forma extraña “Bartleby que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera
maravillosa me conmovía y desconcertaba”. (Melville, 1953) Este se asume entonces en una
constante ambigüedad de sentimientos, por un lado la rabia y el desosiego que le produce
saber que este hombre se niega a hacer todo aun siendo parte de su labor y ese sentimiento
compasivo que lo lleva a vincularse de una manera extraña y paternal ante este sujeto
anónimo, sin pasado, sin historia con un presente inmóvil.

Un ser totalmente fuera de lo común extraordinariamente humano, sumido (según el narrador


quien se toma la vocería por voluntad propia) en una cómoda tristeza, en una enfermedad
extraña, definida así porque el narrador lo asume, lo imagina y lo supone. Estos actos de
quietud, de decisión del personaje de quedarse en un estado inerte sacuden el espíritu del
narrador, quien sin saberlo genera una reflexión ante otro forma particular de asumir la vida, lo
cual lo cuestiona desde un punto sensible o forma de su vitalidad “Tan cierto es, y a la vez tan
terrible, que hasta cierto punto el pensamiento o el espectáculo de la pena atrae nuestros
mejores sentimientos, pero algunos casos especiales no van más allá. Se equivocan quienes
afirman que esto se debe al natural egoísmo del corazón humano. Más bien proviene de cierta
desesperanza de remediar un mal orgánico y excesivo. Y cuando se percibe que esa piedad no
lleva a un socorro efectivo, el sentido común ordena al alma librarse de ella. Lo que vi esa
mañana me convenció de que el amanuense era la víctima de un mal innato e incurable. Yo
podía dar una limosna a su cuerpo; pero su cuerpo no le dolía; tenía el alma enferma, y no podía
llegar a su alma." (Melville, 1953), que lo lleva a reflexionar tal vez que hay otras miradas, que hay
otras formas de asumir el mundo.

Es así como encontramos a dos narradores y vemos como sin su extraño y curioso interés por
estos dos personajes que los conmovieron y los llevaron a sentir los sentimientos más
ambiguos asía ellos, logran conmoverse y salir de un estado de neutralidad para participar
activamente en la historia, sea para sacar a los personajes del tedio en que se encuentran o sea
porque se encuentran ante un reflejo que los mueve pero que se salen de los
convencionalismos de la vida y por lo tanto de los literarios, pero sin embargo logran significar
y marcar la vida de sus narradores para que valiera la pena contar su historia y así contraponer y
mostrar que hay otra forma de mirar, de asumir y de apropiarse de la existencia.
BIBLIOGRAFIA.

 Nikolái Gógol: El capote, (1842), Buenos Aires, Ed. Porrúa, 2000.


 Vladimir Nabokov: “El abrigo”, En: Lecciones de literatura rusa, Emecé Editores, 1985.

 Melville Herman: Bartleby, el escribiente Traducción: Jorge Luis Borges en


Enfocarte.com - n°22 – Literatura
 Antonio Benítez Burraco: Tres ensayos sobre la literatura rusa: Pushkin, Gógol y
Chévjov, Edisiones Uniersidad de Salamanca, 2006.