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Ponencia II Encuentro Humanista y Transpersonal

PSICOTERAPIA CONTEMPLATIVA
La Psicoterapia desde la perspectiva del Budismo

Verónica Guzmán
Psicóloga
Instructora de Meditación

La verdad es que quisiera poder decir que es un gusto estar aquí, pero he de reconocer que
es más bien un susto. Quien debería estar aquí hoy día es Gilda Aceituno, Coordinadora
Académica de esta Escuela. En vista que ella está enferma, me pidió que la presentación la
hiciera yo. Creo que si no fuera por mi formación en psicoterapia contemplativa, no habría
podido aceptar esta invitación. Esta es una de las situaciones en la vida que por principio
quisiera evitar y que de hecho siempre he evitado. Desde nuestro modo habitual de
relacionarnos, uno quisiera no tener miedo en muchas situaciones y menos quisiera que los
demás se dieran cuenta de que uno tiene miedo. Es raro estar diciendo esto aquí arriba pero
es, quizá a modo de introducción, lo que mejor grafica la aproximación contemplativa a
nuestras emociones, pensamientos, vida en general.

Desde la perspectiva contemplativa podríamos decir algo así como “si le tienes miedo al
fracaso, fracasa con más frecuencia; si le temes al error, permítete cometer errores más
seguido; a aquello que le temes, relaciónate con ello con más frecuencia”. Y no es que la
visión budista tenga alguna veta masoquista y por otra parte, también es distinto a nuestra
lógica habitual de que aquello a lo que tememos debemos enfrentarlo, darle la pelea y
superarlo. Desde esta perspectiva, es aprender a acoger y relacionarse con cualquier
cosa que surja en nuestra experiencia, con apertura, claridad y calidez. Abrirnos a
reconocer la experiencia que tenemos, cualquiera que esta sea, nos guste o no, permitirnos
mirarla con claridad, su forma, textura, color, sabor…….invitarla a pasar para conocerla y
acogerla con calidez y ver como podemos caminar juntas. El tema no es solo cómo manejar
todo lo que pasa, sino como escuchar y aprender de todo lo que pasa.

Así es que aquí al lado mío tengo sentado el miedo, (no pedí que le pusieran una silla
porque me habrían creído loca del todo). En vista que no podía suprimirlo como hubiese
querido, y no tengo muy claro a qué exactamente le tengo tanto miedo, no me quedó más
que invitarlo a que me acompañara para que me mostrara lo que me tenía que mostrar, para
saber qué cara tiene en esta situación a la que en muy pocas ocasiones me he dado la
posibilidad de estar. Es probable que a lo largo de mi exposición ustedes también puedan
verle la cara y podemos entonces compartir esa parte de esta experiencia en vez de que yo
gaste gran parte de mi energía en que no se note y ustedes gasten energía en el juicio crítico
de lo que no debería notarse.
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Y así entonces, desde la experiencia, entramos directamente al tema del sufrimiento que es
el que nos convoca hoy día. La psicología occidental y la psicología budista comparten la
pregunta por el sufrimiento humano y la inquietud por aliviarlo. Aunque si recuerdo mi
experiencia como estudiante de psicología y también como docente en escuelas de
psicología, creo no haber escuchado nunca la palabra sufrimiento. Escuché patología,
neurosis, psicosis. Y, bueno…… el resto es el sufrimiento “normal” de la vida. El budismo
es precisamente de ese sufrimiento del que habla, del sufrimiento que compartimos todos
los seres humanos.

¿Qué hace que alguien consulte si no es el que está de algún modo sufriendo y necesita
ayuda para salir del sufrimiento? Y es “salir” del sufrimiento; no se si alguna vez alguien
me haya consultado porque quisiera ayuda para aprender a “relacionarse” con el
sufrimiento. Una de las principales fuentes de sufrimiento que llevan a consultar es el cómo
cambiar cómo soy o cómo son los otros más que cómo relacionarme conmigo o con los
otros así como somos.

Desde la perspectiva budista, la aproximación es quizá menos agresiva con uno mismo y
con los otros; el tema central es cómo aprender a relacionarse con cualquier experiencia de
la vida, incluyendo el sufrimiento, aquel que es ineludible en la vida de cada uno. La
comprensión de que el sufrimiento es parte de la vida, el poder ver de dónde surge, es lo
que nos permite que éste disminuya o cese a la vez que nos permite ver cuál es el camino
para que eso sea posible. Más que emitir juicios o repartir culpas, podemos vivir
intensamente cada experiencia, comprender su contexto, su origen y soltarla. Y todo esto
con mucho cariño y sentido del humor, elementos centrales en el enfoque budista.

Y como vamos a hablar de cómo relacionarnos con el sufrimiento, relacionarnos con


quienes somos y con la realidad tal cual es, desde la visión budista, quisiera primero que
nada aclarar algunas cosas que pienso que nos llevan a varios malentendidos cuando se
trata de hablar de budismo y de meditación, que es el método del cual surge el
conocimiento en la tradición budista.

Chogyam Trungpa Rinpoche, maestro tibetano que muchos de ustedes pueden haber leído,
dijo al llegar a occidente que el budismo se expresaría en occidente como psicología.
También dijo que el objetivo de estudiar budismo no es aprender budismo sino que
aprender sobre nosotros mismos………….para liberarnos o ir más allá de nosotros
mismos.

El Budismo surge del conocimiento acumulado durante 2500 años por personas que se
sentaron a practicar meditación: una técnica que permite la observación directa de la
naturaleza de nuestra mente y de la realidad. En este sentido, es una teoría que surge de la
práctica y la experiencia directa.

Si hacemos historia, originalmente el objeto de estudio de la psicología fue la mente, la


psiquis. Cuando se instala el paradigma científico y el método científico como única fuente
valida de conocimiento, la psicología intenta usar la introspección como método para
acceder al conocimiento de la mente: los sujetos son entrenados para observar y describir su
propia experiencia. Este método no prospera por ser considerado demasiado subjetivo y
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porque nunca se logró claridad con relación a cómo entrenarse en la auto observación y
descripción de la propia experiencia y finalmente la introspección no es considerada como
una fuente válida de conocimiento. La psicología, junto a todas las ciencias sociales, se ve
obligada, para ser considerada como ciencia, a buscar un objeto de estudio que calce con el
método; un objeto de estudio que cumpla con las exigencias del método científico; hace el
proceso inverso a lo obvio para cualquier disciplina que busca el conocimiento: definir cuál
es el objeto de estudio de la disciplina y a partir de la definición del objeto diseñar un
método que permita acceder al conocimiento de ese objeto de estudio. La psicología
abandona el intento por seguir estudiando la mente y la conducta ocupa el lugar del objeto
de estudio de la psicología. La mente queda en el camino como parte del conocimiento que
nos es inalcanzable; no disponemos de un método que nos permita acceder a ella.

Podríamos pensar, fantaseando en cómo habría sido el mundo si hubiese sido distinto…y
que por algo no fue…que si en ese entonces en occidente se hubiese conocido la
meditación, éste habría sido el método que nos hubiera permitido acceder al conocimiento
de la mente y de la realidad. Y eso me deja ante la obligación de especificar de qué estoy
hablando cuando hablo de meditación y cuál es el rol que juega la meditación en la
psicoterapia contemplativa.

Hay muchos tipos distintos de meditación y todos son válidos. Sin embargo, la meditación
está de moda y como es característico en nosotros en occidente, cuando algo está de moda
se vende en muchos envases distintos, con promesas de los más diversos logros; es nuestro
nuevo y último objeto de consumo en busca de la paz y felicidad o tranquilidad que no
hemos encontrado desde nuestro paradigma. Se le llama meditación a las actividades más
diversas, muchas de ellas más bien ejercicios de relajación o de concentración. Muchas
personas relatan que al final de una sesión o de un taller hicieron “una meditación” y si uno
pregunta en qué consistió, es básicamente un ejercicio de relajación, un espacio para
tranquilizarse y tener la sensación de bienestar. Está asociada a “ommmm”, como
“despegar los pies de la tierra” y entrar en un espacio que pudiera excluir en lo posible de
esa experiencia todo aquello que me inquieta, incomoda, preocupa, duele, asusta y que sin
embargo, es parte de mi vida cotidiana. Es la noción de paz como la posibilidad de
desconectarnos de todo aquello que quisiéramos eliminar de nuestra experiencia. Dura un
rato………… y volvemos a nuestra dura realidad.

Desde la tradición budista, la meditación es una técnica, una práctica, un camino de


disciplina, que se caracteriza por entrenar la atención y el darse cuenta; por el estar
plenamente presente en cada momento y darse cuenta de quien uno es y en qué está,
momento a momento. Al contrario de esa caricaturización del “om”, el estar plenamente
presente en cada momento con quien uno es y lo que está sucediendo en ese momento, es
poner los pies firmemente en la tierra. La meditación desde esta perspectiva, tampoco
apunta a alcanzar ningún estado excepcional de conciencia sino más bien a reducir toda
actividad y simplemente estar y observar nuestra mente.

En ese estar en la atención plena, la práctica de meditación significa acoger amorosamente


en el presente cualquier cosa que surja, incluido todo el espectro de experiencias, sean
estas gratas, dolorosas, o neutras; aquellas con las que me quisiera quedar, las que quisiera
evitar o rechazar y las que me son indiferentes. Es como mirarse al espejo de la propia
mente y encontrarse con uno mismo, con nuestros patrones habituales, con las
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construcciones que hemos hecho de nosotros mismos y de la realidad, con nuestras fuentes
de sufrimiento y de felicidad.

Ahora, ¿qué rol juega la meditación en la psicoterapia contemplativa? Esta es otra


distinción que es necesario hacer. La meditación es la disciplina con la que se entrena el
terapeuta. La práctica y el estudio en la psicología budista proporcionan al terapeuta o a
cualquiera que la practique, la oportunidad para familiarizarse íntimamente tanto con la
cordura como con la confusión en su propia experiencia. A través del estudio y la práctica
de meditación, uno comienza a sentirse más “en casa” con la diversidad de sus experiencias
psicológicas, a familiarizarse más con ellas y a poder permanecer con ellas en el acompañar
a otros en su propio proceso.

Nuestro cuerpo y mente, aunque los hemos tratado durante siglos como si fueran dos cosas
separadas, están constantemente haciendo un esfuerzo por sincronizarse y mantenerse
sincronizados. Lo que es más habitual es que nuestro cuerpo “ande corriendo” detrás de la
mente, tratando de seguirla hacia donde la mente se distrae. Si estamos sentados leyendo,
estudiando o trabajando, nuestra mente se distrae y recuerda que debe llamar a alguien por
teléfono y allá parte nuestro cuerpo al teléfono; volvemos a sentarnos a leer y nuestra mente
vuelve a distraerse pensando que sería rico comer algo y allá parte nuestro cuerpo al
refrigerador. Y así sucesivamente; como nuestra mente se distrae constantemente y es muy
creativa en eso, al final del día estamos todos muy cansados!!

El cuerpo, además, en su intento por mantenerse sincronizado con la mente “corriendo


detrás de ella”, cuando la mente se distrae con pensamientos angustiosos por ejemplo, el
cuerpo se sincroniza activando fisiológicamente todo el repertorio asociado a la angustia; si
tenemos pensamientos tristes, el cuerpo se entristece, etc.

Pero el cuerpo tiene dos limitaciones: no puede volar detrás de la mente (si pudiera
probablemente nos encontraríamos todos volando hacia alguna isla caribeña!) y no le queda
más que estar en el presente, no puede trasportarse al pasado junto con nuestra mente ni
viajar al futuro con nuestras planificaciones o expectativas.

Aunque sea una obviedad, el pasado ya pasó y no tiene vuelta, el futuro nunca llega porque
cuando llega es presente y entonces la única realidad real que tenemos es el momento
presente. Lo que hacemos en la práctica de meditación es sincronizar mente y cuerpo
en el presente. Hacemos el movimiento inverso al habitual, dejamos el cuerpo “sentado”
literalmente en un lugar y traemos la mente hacia donde está el cuerpo. El cuerpo es el
punto de referencia que le dice a la mente dónde está la realidad. En este contexto, “la
realidad” es el presente, muy sencillo, aunque siempre está cambiando

Quisiera invitarlos a hacer una práctica de meditación breve para saber de qué estamos
hablando cuando decimos que la meditación es la disciplina con que se entrena el terapeuta.
Muchos pueden tener experiencia en distintas prácticas y todas son válidas; los invito a
abrirse a hacer esta experiencia y ver qué pasa. Desde compartir esa experiencia podemos
establecer el terreno común para conversar.
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Instrucción y práctica.
Cuerpo:
• Postura: espalda derecha (despegada del respaldo) pies paralelos en el suelo, manos
sobre los muslos con las palmas hacia abajo, cabeza en línea con la columna, ojos
abiertos reposan sobre un punto a un par de metros adelante y abajo
• Conectar con el cielo sobre nuestra cabeza, la tierra bajo nuestros pies y el espacio
alrededor nuestro
• Sentir la fortaleza de la espalda y vulnerabilidad del pecho
• Ocupo mi espacio entre el cielo y la tierra con dignidad
• Reconozco quien soy y cómo me siento hoy día, aquí y ahora.
Mente:
• Llevar la atención a la respiración
• Cuando me doy cuenta que mi mente se distrajo, rotular “pensamiento” y volver a la
respiración.

Aunque lo ideal sería preguntarles qué observaron de sus mentes, cuánto en realidad
permanece en el momento presente, voy más bien a suponerlo porque la mayoría de las
personas relatan más menos lo mismo: que nuestra atención no permanece en la respiración
más que por algunos segundos; que está constantemente volviendo al pasado, planificando
el futuro, haciendo listas de pendientes, que está pensando en qué le gustaría hacer en vez
de lo que está haciendo. Nuestra mente está muy bien entrenada en distraerse; incluso lo
asociamos con eficiencia el pensar en varias cosas a la vez. No es que “a mi no me resulta”
mantener la mente en la respiración, que también es un comentario compartido, sino que
nos damos cuenta a poco andar que así funcionan nuestras mentes. Sin embargo, si
observamos con detención, veremos que no podemos hacer más de una cosa a la vez
conscientemente.

Y pensar, como decía un educador, que nos pasamos constantemente pidiéndole a los
alumnos, muchas veces a gritos “presten atención!!” cuando si no entrenamos la atención
no es posible que eso ocurra. La mente de los alumnos, igual que la de todos nosotros,
constantemente se distrae y los profesores pareciera que necesitamos estar constantemente
“sacando conejos del sombrero” para mantener la atención de los alumnos o para traerla
de vuelta con algún estímulo que la atraiga.

Cuando somos estudiantes y tenemos 4 pruebas en una semana, mientras estudiamos para
una “cargamos” con las otras 3 en la mente como pre-ocupación y terminamos muy
cansados con la sensación de no haber estudiado ninguna realmente bien porque mientras
estábamos en una pensamos en las otras pero no por eso podemos estudiar para todas las
pruebas a la vez. Sólo generamos confusión y angustia por no poder tener nuestra mente
focalizada, estudiar, soltar y seguir con la siguiente. O lo que también caracteriza a los
alumnos es que mientras estudian están distraídos pensando en el carrete en el que quisieran
estar y si se van de carrete están cargando en su mente con la prueba para la que deberían
estar estudiando. No hacemos ni una cosa ni la otra……….pero terminamos bien
angustiados y cansados, lo que significa sufrimiento asegurado o eso que llamamos
samsara.
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En nuestro cotidiano, podríamos preguntarnos cuántas veces hemos lavado platos lavando
platos? Dónde está nuestra mente cuando manejamos, cuando comemos? Y hasta
podríamos observar dónde está nuestra mente cuando estamos haciendo el amor? No sólo
está habitualmente en otro lado, sino que además es como que tuviéramos un comentarista
dentro de nuestra mente: ese que siempre está comentando la experiencia y que nos saca de
la experiencia directa. Lo importante desde la práctica del estar presente y consciente no es
que la mente no se distraiga, sino el traerla de vuelta al presente con mayor frecuencia.

Es importante tener presente que el problema no es pensar, el problema es creer que


nuestros pensamientos son o equivalen a la realidad. Cuando planificamos se nos olvida
que es una planificación y cuando la realidad no coincide con ella nos enojamos,
frustramos, culpamos. Cuando esperamos algo del otro y éste no cumple con nuestras
expectativas, nos enojamos con el otro en vez de poder ver que nosotros nos armamos en
nuestra mente toda la situación y de ahí creímos que la situación tenía que ser así. ¿Les
parece una fuente reconocible de sufrimiento?

Como en nuestra formación como terapeutas nunca hemos tenido la oportunidad de


observar directamente cómo funciona nuestra mente, los terapeutas también tenemos la
fantasía que mientras un paciente nos está contando lo que le pasa, nuestra atención está del
todo puesta en eso. Pero si observamos más finamente, veremos que está constantemente
distrayéndose, volviendo a escuchar y distrayéndose nuevamente. Evocamos cosas nuestras
a partir de lo que nos cuentan, pensamos en lo que viene más tarde, en que no le dijimos a
nuestra hija antes de salir, en decir cosas inteligentes o que le sirvan al paciente para
sentirnos un buen terapeuta, en lo aburrido que nos parece lo que estamos escuchando, en
las cosas más diversas, y ni nos damos cuenta. Y lo que no escuchamos, lo completamos de
distintos modos, sin mayor conciencia que eso es lo que hacemos.

Muchos psicólogos han identificado la habilidad para verdaderamente “estar con” el otro
como el regalo más importante que un psicoterapeuta tiene para ofrecer a una persona que
está sufriendo. La habilidad para estar con otros surge de desarrollar la capacidad para estar
con uno mismo, en el presente, más allá del estado mental que uno esté experimentando,
sean emociones muy intensas, pensamientos confusos o tranquilidad y silencio. Es la
capacidad de permanecer ahí y relacionarse con cualquier cosa que surja, con cariño.

La práctica de meditación no apunta a poner la mente en blanco, no apunta a no distraerse


sino a traer de vuelta la mente al presente con más frecuencia. Y qué es lo que observamos,
cuál es este mirarse al espejo: observamos todas las cosas que no nos permiten estar en el
presente; observamos cómo funciona nuestra mente (por eso no sirve ponerla en blanco, no
podríamos observar cómo funciona). En la actividad más sencilla que nos pudieran
proponer como es sentarse a no hacer nada más que respirar naturalmente y seguir la
respiración, podemos observar cuan difícil nos es hacer eso tan simple. En ese sentido
trabajamos con los obstáculos más que con el logro; el camino es la meta.

Un terapeuta contemplativo no sienta a sus pacientes a meditar; pudiera que eventual y


excepcionalmente lo haga, pero más bien el cómo se relaciona con el otro es desde la
“visión” que surge de su práctica de meditación; la visión que surge de su experiencia en el
estar presente y consciente, más que desde una teoría. El budismo para un terapeuta
contemplativo no es una teoría a la cual se adscribe o en la que cree sino que el resultado de
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su propia experiencia en la práctica de meditación como fuente válida de conocimiento. La
teoría nutre y complementa la práctica pero en ningún caso la reemplaza.

La enseñanza raíz de la psicología budista es la noción de que nuestra sabiduría puede estar
temporalmente cubierta, pero a pesar de ello está ahí y podemos cultivarla. Nuestra mente
es como el cielo despejado y los pensamientos como las nubes que cubren temporalmente
el cielo, aunque el cielo siempre está ahí. Nuestra salud intrínseca se caracteriza por la
apertura, claridad y calidez aunque temporalmente andemos cerrados, confusos y
críticos. Los estudiantes de psicología budista desarrollan, con el tiempo y la práctica, la
capacidad de reconocer la cordura en medio de los estados mentales más confusos y
distorsionados, y se van entrenando para nutrir esta cordura dentro de sí mismos y en otros.

¿Qué es entonces lo que cubre esa salud o cordura intrínseca, bondad fundamental o
naturaleza búdica que todos tenemos y que sólo necesitamos develar? Es básicamente la
resistencia a lo que se llama en el Budismo “Las Tres Marcas de la Existencia” o como las
ha llamado Pema Chodrön “Los hechos ineludibles de la vida”. Estas son el sufrimiento, la
impermanencia y la ausencia o insubstancialidad del ego.

El primer hecho ineludible de la vida es el sufrimiento.


Nuestro cuerpo físico se caracteriza por la posibilidad de sentir dolor cuando se quiebra,
rompe, enferma, etc. y nuestro cuerpo emocional se caracteriza por la posibilidad de sentir
dolor, pena, rabia, cuando nos sentimos rechazados, ignorados, avergonzados, etc. Es parte
de lo que somos, de lo que nos caracteriza no sólo a los seres humanos sino a cualquier ser
sintiente.

Pudiéramos aquí hacer una primera distinción entre lo que se llama dukha en sánscrito o
dolor que es una experiencia ineludible, directa y sin comentarios, a diferencia del
sufrimiento que surge cuando no estamos en esa experiencia directa sino en nuestro
aferrarnos o resistir o en la permanente lucha con la situación presente; cuando nuestra
mente conceptual toma el lugar de la experiencia directa. El dolor es dolor, el sufrimiento
surge de que “no quiero que me duela”. Podemos hacer esa distinción también en lo
emocional ante una situación de pérdida de una persona cercana. Si aceptamos su muerte,
ya sea por la edad que tenía (suponemos que los más viejos deben morir primero), estaba
enferma, sufriendo mucho, etc. podemos tener mucha pena pero probablemente no
suframos, a diferencia de si muere alguien que nos resistimos a aceptar que se haya muerto
(era joven, tenía toda la vida por delante…..) la pena se transforma en sufrimiento. Es
entonces la muerte del otro o nuestra resistencia a aceptar esa realidad lo que nos hace
sufrir?

Conocen ustedes a alguien que haya pasado por esta vida sin sufrir? En el sentido más
amplio, sin pasarlo mal de algún modo, sin dolerse desde el cuerpo o lo emocional? Si
todos los seres humanos, al pasar por esta vida sufrimos, no sería mejor que aceptáramos
que el sufrimiento es parte de la vida y que aprendiéramos a relacionarnos con él más que
pasarnos tratando de evitarlo, rechazarlo o sintiendo que cuando sufrimos es porque algo
anda mal en nuestras vidas?

Una de las principales fuentes de sufrimiento es pensar que hay algo básicamente mal en
nosotros mismos. Que si fuéramos distintos de lo que somos, todo andaría bien. O que si
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los otros fueran distintos de lo que son, todo andaría bien. Si pudiéramos enseñarles a
nuestros hijos que la vida no siempre será todo lo que ellos quisieran que fuera y que ellos
no son culpables de que eso sea así; que es importante que aprendan a relacionarse con eso
en vez de intentar protegerlos del sufrimiento con el que se van a encontrar tarde o
temprano, quizá sus vidas y las nuestras serían distintas.

El sufrimiento lo generamos desde 3 emociones básicas:


Vivimos constantemente entre la pasión (quiero lo que no tengo y me aferro cuando lo
logro tener), la agresión (tengo lo que no quiero y lo rechazo) o la ignorancia (no se lo que
quiero o no y paso todo por alto sin que me toque). Son las tres emociones básicas que
generan nuestro sufrimiento.

Vivimos también constantemente entre la esperanza que el mundo y los otros sean como
yo quiero y el temor de que esto no sea así. Vivimos rechazando o queriendo aferrarnos a
algo; la próxima vez si nos resultará

El Budismo se basa en lo que se ha llamado el “realismo experiencial”: abandonar la


fantasía de cómo las cosas deberían o quisiéramos que fueran y ponernos en la situación
vulnerable de ver cómo son y de admitir cómo nos sentimos en realidad. El placer es placer
y el dolor es dolor, como experiencia directa, más que como el montaje que hacemos de
ello, más allá de nuestra esperanza o temor. El presente es un espacio de enorme
vulnerabilidad, no tenemos el control, no estamos “preparados”, es incierto y el mundo
pudiera “tocarnos” más allá de lo que quisiéramos. Incluye el dolor, la tristeza, la rabia, la
alegría,……….todo!

Usare un ejemplo de este realismo experiencial que obviamente no viene del Buda, pero
sirve como imagen. Vamos a imaginarnos que la vida es como un “pollo arvejado”:
contiene un poco de todo, pollo (con sus distintas presas posibles), arvejas, zanahoria,
cebolla, etc. Cuando nos sirven el plato, empezamos a querer dejar de lado uno de los
ingredientes u otro, ya sea porque me cae mal, porque alguna vez lo probé y no me gustó y
siempre será igual, porque quiero tener la libertad de elegir, etc. Comemos pollo con
arvejas o arvejas con zanahoria y cebolla porque no me gustó la presa de pollo que me
sirvieron o pollo con su jugo solamente. Pero, nunca comemos pollo arvejado! Vamos
guardando eso que queremos evitar en algún bolsillo y se va poniendo podrido, añejo, un
peso que acarreamos…. Nos perpetuamos en las mismas experiencias constantemente
recalentadas, conocidas, que supuestamente nos segurizan pero que le quitan el sabor al
pollo arvejado así como es, con todo, le quita el sabor a la vida.

Si observamos lo que es más habitual en las relaciones de pareja es el que nos pasamos
esperando que el otro sea distinto de lo que es y entonces seremos felices o todo andaría
bien. Y el otro piensa lo mismo de nosotros! Es una constante agresión con el otro y con
nosotros mismos. Siempre hay algo que anda mal en nosotros, que deberíamos mejorar, y el
otro con más razón. Nuestras relaciones se establecen en el cómo quisiéramos que el otro
fuera más que cómo es en realidad, hoy día, con su historia, sus limitaciones,
potencialidades, cualidades y defectos.

Contemplar una situación o relacionarse con nosotros mismos, los otros y la realidad de una
manera contemplativa significa “ir hacia” ello, relacionarse con la otra persona o una
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situación tal cual es, con apertura, claridad y calidez, independiente de si es lo que quiero o
no y poder entonces responder desde ahí. Mientras más niego una situación, mientras más
trato de cambiarla o de cambiar yo, menos veo claramente y más me quedo pegado o sin
respuesta. Estamos constantemente intentando manipular la realidad. Desde la visión
contemplativa abandonamos toda esperanza de manipulación y nos relacionamos con la
situación tal cual es y desde ahí sabemos claramente qué hacer. La acción es un resultado
de permanecer en el espacio vulnerable del presente más que en la manipulación desde la
fantasía de la seguridad.

Cuando dejamos de preferir un tipo de experiencia por sobre otra, un tipo de pensamientos
buenos por sobre los malos, cuando hacemos un alto en la continua lucha de aferrarnos o
rechazar y nos permitimos abrir el espacio para ver la naturaleza de nuestros pensamientos,
de la realidad, es cuando podemos tener algunos momentos de comprensión, de simpatía
por nuestro dolor y de relajarnos con nosotros mismos, de poder incluso reírnos de nosotros
mismos y la gran seriedad que le ponemos al drama de nuestra vida!!

Curiosamente es aquí cuando comienza o mejor dicho surge el cambio. Cuando dejamos de
luchar y abrimos un poco de espacio en esa lucha constante, cuando podemos mirar con
más cariño nuestra experiencia y sonreír, el cambio viene por añadidura.

El segundo hecho ineludible de la vida es la impermanencia.


Esta es una palabra que el computador siempre subrayará porque no la reconoce, no está en
nuestro vocabulario, pero es una verdad ineludible: cambia todo cambia, dice la canción.
Estamos constantemente intentando aferrarnos a algún punto de referencia, pero como todo
se mueve, no existe tal punto de referencia y eso nos asusta mucho. Nos deja atrapados en
la ilusión de la seguridad. El soltar esa ilusión nos deja ante la vulnerabilidad del momento
presente pero a la vez es lo único que nos permite realmente la libertad. Si no estoy
manipulando la realidad para sentirme seguro, tengo la enorme libertad de abrirme a
cualquier experiencia, de permitir que el mundo me toque con toda su riqueza, momento a
momento. Paradojalmente aparece el enorme potencial de la realidad y de nuestra
experiencia. Si no salimos arrancando de ese momento de apertura y vulnerabilidad, se nos
abren mil posibilidades.

Cuando las cosas están “bien” para nosotros, quisiéramos que se quedaran así para siempre
(aunque si nos imagináramos un beso que durara cinco horas, probablemente pondríamos
en duda esta ilusión); tratamos de aferrarnos a lo que le llamamos positivo y en cuanto lo
tenemos empezamos a temer perderlo y lo transformamos en fuente de sufrimiento. Cuando
las cosas están “mal”, quisiéramos poder evitar o escapar de esa experiencia y como eso
tampoco es posible siempre (y nos cuesta distinguir las situaciones evitables o escapables
de las inevitables o inescapables), también se transforma en fuente de sufrimiento.

Es tanto el temor que le tenemos a la posibilidad que las cosas no resulten como
quisiéramos, que sean “negativas”, que vivimos en la angustia de la anticipación del daño,
dolor o fracaso; vivimos en la pre-ocupación y no sabemos como ocuparnos en el presente,
en lo que de verdad está pasando en un momento determinado. Por otra parte, muchas
veces pensamos que es mejor no alegrarnos mucho cuando las cosas andan “bien” para no
pegarnos un porrazo muy fuerte cuando se terminen. En ese cambio, en vez de reconocer el
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movimiento natural de la vida, sentimos que algo hicimos mal, nos sentimos culpables,
sentimos que fracasamos y eso es también una fuente importante de sufrimiento.

Por otra parte, es tanta la desesperación que tenemos por salir del sufrimiento en el que
estamos en algunos momentos que perdemos la visión de contexto, la visión más amplia y
ese sufrimiento ocupa todo nuestro espacio. Luchamos tan desesperadamente por salir del
“hoyo negro” en el que nos sentimos, que no sabemos como relacionarnos con él, no
queremos verlo, no queremos sentir el dolor que tememos sentir. En tanta desesperación
por salir no vemos que a nuestras espaldas hay una escalera. Siempre está ahí si es que nos
damos un espacio para detenernos, contemplar la situación, quedarnos con ella, sentir lo
que sea que allí haya para sentir, poder reconocernos a nosotros mismos en esa situación y
aprender de ella.

De tanto evitar el sufrimiento lo generamos constantemente; de tanto negar cómo es la


realidad en un momento determinado, de tanto querer que sea como yo quiero, no logro
verla y sólo genero frustración y más sufrimiento.

La expresión máxima de nuestra negación de la impermanencia es la negación de la muerte.


Es un tema tan tabú en nuestra cultura que ni lo mencionamos para no “ser pájaros de mal
agüero”. Cabe preguntarse ¿cómo nos viviríamos la vida si no perdiéramos de vista que nos
podemos morir en cualquier momento? Y no se trata de andar con el fantasma de la muerte
sobre nuestras espaldas, ni de pensar qué haría si me fuera a morir en una semana más, sino
el cómo me viviría este momento presente en el que estoy si fuera el último. No sólo
negamos la muerte “última” por llamarla de algún modo, sino la muerte en el sentido del
movimiento constante de la vida en que cada cosa está muriendo y dando paso a algo
nuevo. Vivimos tan aferrados a eso que tenemos, que no vemos las oportunidades que nos
da el cambio. Además, si la miramos sin temor, la conciencia de la realidad de la muerte
puede ayudarnos a tener más claras las prioridades en nuestra vida y apreciar lo precioso de
cada momento.

El tercer hecho ineludible de la vida es la ausencia o insustancialidad del ego:


Se relaciona con la impermanencia de aquello que llamamos YO. La ignorancia básica, el
no querer ver que esto que llamamos YO no es más que una construcción que hemos hecho
de nosotros mismos a lo largo de nuestra historia desde la imagen que otros nos han
mostrado o que nuestra experiencia ha fijado. Creemos que esas definiciones que hemos
hecho de nosotros son sólidas y continuas en el tiempo. Las definimos, nos atrapamos en
ellas y las defendemos ante otros. Estamos en una lucha constante por mantener y aumentar
nuestros egos y esta lucha es la raíz de nuestro sufrimiento.

El ego tampoco es el malo de la película porque podríamos entonces ponernos a luchar con
él, pero eso sería más de lo mismo (otra manifestación del ego). Como decía Trungpa
Rinpoche, el ego se desgasta como la suela de los zapatos, sólo hay que caminar desde el
sufrimiento a la liberación (por el camino del estar presente y ser conscientes).

No sólo es el YO sino también LO MIO: si anda un chaleco por ahí en el pasillo en el suelo
que todos pisan, puedo pasar de largo hasta que me doy cuenta que es MI chaleco!! Y toda
mi relación con esa realidad cambia. También hablamos de nuestros hijos como “se me
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saca malas notas” o del marido como “me llega tarde”, como si lo que son o hacen hiciera
referencia a mi ya que son parte de lo mío.

Independiente de si ese YO es grandioso o deprimido, tímido o expansivo, igual es una


construcción que sostenemos aunque no nos guste pero que nos da identidad. Creemos que
aquello que se repite en nuestra experiencia, que repetimos como patrones habituales de
conducta que recuerdan y guardan toda la memoria desde el nacimiento, equivale a “ese
soy yo”, esa es mi naturaleza, eso es lo permanente, eso me constituye, independiente de
otros. Estamos hablando de eso que asusta tanto del planteamiento budista: la realidad
última es la vacuidad. No como ese espacio vacío u hoyo negro, sino como ese espacio
plenipotencial que me permite ver que soy más que eso que digo o veo de mi misma.

¿Alguien puede decir que “siempre” es pesada o simpática, introvertida o extrovertida, o


cualquiera de esas categorías que llamamos cualidades o defectos? O lo más que podríamos
decir es que a veces somos de un modo y otras de otro dependiendo de una compleja red de
interdependencias, y entonces somos esto y lo otro (como manifestación) y ni eso ni lo otro
(como naturaleza). Es mucho más fluido, interdependiente y lleno de posibilidades de lo
que nos damos cuenta.

Es, entonces, el resistir estas tres marcas de la existencia lo que genera nuestro sufrimiento.
Estas son las llamadas Primera y Segunda Noble Verdad que fue lo primero que el Buda
enseñó después de alcanzar la iluminación: la verdad del sufrimiento y la verdad del origen
del sufrimiento. Una vez que las reconocemos, podemos ver que es posible que este
sufrimiento termine y el camino para que eso suceda. Estas son la Tercera y Cuarta Noble
Verdad: el cese del sufrimiento y el camino.

No se trata entonces de reformarse, cambiarse, mejorarse, se trata de seguir en la confusión,


caos, agresión, pasión, trabajando con ello para liberarnos de su poder. Se trata, desde esta
perspectiva, de estar dispuesto a observar nuestra mente y experiencia para poder ver
quiénes somos y cómo operamos, sin juicio ni culpas. Estar dispuesto a desenmascarar
nuestros continuos engaños y manipulaciones. La confusión y el sufrimiento se desenredan
en forma natural y orgánica al dejar de luchar, al acoger la experiencia en forma compasiva
y amorosa, al abrir un espacio donde nuestra sanidad o cordura básica pueda manifestarse,
donde se exprese eso que somos realmente y ese es el camino de la sanación o la liberación.

Por último, con relación a la visión en la cual se entrena el terapeuta contemplativo y desde
la cual trabaja en psicoterapia, quisiera agregar que la visión budista es una visión
ecológica de uno mismo: así como la flor se transforma en basura y la basura en flor,
nuestra neurosis es la que se transforma en sabiduría. La neurosis y la sabiduría están
hechas del mismo material; si nos deshacemos de la neurosis nos deshacemos de nuestra
fuente de sabiduría. Es la misma energía que se mueve en distinta dirección o es el abono
para caminar hacia la liberación, es el material con el cual trabajamos.

El terapeuta contemplativo, entonces, descubre o tiene la experiencia de la visión sobre la


cual basará su trabajo desde su práctica de meditación y el estudio de las enseñanzas
budista que son, como decía, el conocimiento acumulado que surge de esta práctica; desde
ahí hace su camino como terapeuta.
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Este camino se caracteriza, teniendo claro que el camino es la meta para el terapeuta
también, por:
• El ser capaz o estar entrenado para permanecer atento al otro, para poder realmente
escuchar, siendo capaz de observar cuando la propia mente se distrae y traerla de
vuelta; a permanecer atento y consciente de la experiencia del otro y la propia.

• Es el estar entrenado a acoger cualquier cosa que surja en la experiencia propia y en


la del otro, sin juicio, con apertura, claridad y calidez.

• Es estar entrenado para abrir el espacio para que la otra persona se sienta
básicamente aceptada y acompañada en su propio camino de descubrir las
cualidades de su propia experiencia y de poder incluir en ello toda su experiencia.

• Es el estar entrenado en permanecer en medio de la confusión, dolor y sufrimiento


del otro sin necesidad de manipular la situación sino acompañando al otro en el
camino de transformar su confusión en sabiduría o de descubrir los chispazos de
sabiduría en medio de los estados más confusos.

• Es estar entrenado en el reconocimiento de las propias limitaciones; de poder


observar los propios patrones habituales ante las emociones de otros.

• Es tener la experiencia de la naturaleza de la propia mente como ese cielo despejado


y desde ahí poder relacionarse con la naturaleza de la mente del otro.

• Es tener la confianza básica en la salud o cordura fundamental del otro y que


nuestro caminar más bien tiene que ver con develar esa cordura que intentar ser
alguien distinto de lo que soy. Podemos vivirnos cualquier experiencia, hasta la más
dolorosa en forma sana, con apertura, claridad y calidez.

Algunas cosas concretas que podríamos decir con relación a la “propuesta” por llamarla de
algún modo, que hace la psicoterapia contemplativa serían:
• La invitación inicial a en vez de buscar qué es lo que hay que cambiar, iniciar el
camino hacia ver quien realmente es la persona, cómo se manifiesta en estos
momentos de su historia para desde ahí poder ir más allá de ese yo definido de un
modo sólido y continuo.

• Invitar al otro a reconocer e “ir hacia la experiencia”, a quedarse con ella, a


contemplar su cualidad, su intensidad, su textura, sin juicio. Acoger cualquier cosa
que surja en su experiencia, con cariño, sin juicio, sin manipulación, ver como
surge, cuál es su origen, cómo se despliega. Poder distinguir entre la experiencia
directa y su interpretación de la experiencia. Escuchar y conocer a su comentarista.

• Es de alguna manera meditación en acción: que la persona preste atención y tenga


conciencia de su experiencia concreta en la vida cotidiana, que observe los
pensamientos que acompañan su experiencia, lo que rechaza, a lo que se aferra, lo
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que le pasa cuando las cosas cambian, que observe sus temores, emociones,
patrones de conducta y de pensamientos…………..todo eso con una actitud
acogedora.

• Reconocer las emociones básicas de pasión, agresión e ignorancia. Observar cómo


resuenan en el cuerpo esas emociones.

• Que observe los juicios que hace sobre si misma; si tuviera una amiga que la tratara
como se trata ella a si misma, seguiría siendo su amiga?

• En síntesis, es acompañar a la persona, desde la actitud contemplativa, a reconocer


sus propias fuentes de sufrimiento y su neurosis como el abono en su camino hacia
la felicidad y sabiduría.

Quisiera para cerrar citar a Chogyam Trungpa Rinpoche: “Cuando el


trabajo, el estudio y toda la vida cotidiana forman parte del camino
espiritual, los problemas habituales y cotidianos dejan de ser problemas
y se convierten en una fuente de inspiración para caminar por el camino
de la vida más que estar centrado en la meta.” El camino es la meta.