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Luciana- Novela

-Capítulo I- El origen del abuso.


1 Iván Uranga
Luciana- Novela
Capítulo I
El origen del abuso.

Cumplía el tercer mes de haber llegado a la ciudad y todavía no podía acostumbrarse a que
cientos de personas estuvieran próximas a ella; al subir al metro, Luciana, sentía que no tenía más
remedio que cerrar los ojos y resignarse, los primeros días no podía dejar de llorar al momento de
sentir tanto contacto sobre su cuerpo, y por la noches eran recurrentes las pesadillas donde era
perseguida por miles de manos, en las que siempre aparecía el rostro del maestro Juan, aquél
depreciable rostro grasiento, del que salía un pestilente vaho con olor a alcohol y sus grotescas manos,
que sobresalían por entre las demás, eran las que la sujetaban, mientras ella en su sueño intentaba
gritar con desesperación, sin lograr que de su garganta saliera ningún sonido. Totalmente agitado su
cuerpo lleno de sudor se desprendía de la cama violentamente y abría los ojos esperando ver en algún
rincón de su cuarto aquel rostro repugnante, ella sabía que todo había sido un sueño, pero
necesitaba calmarse lo antes posible, porque temía que el latido de su corazón despertara a la señora
de la casa.

Esa mañana después de preparar el desayuno y dejar limpia la cocina, debía ir al mercado a
comprar lo necesario para la comida, cómo todos los días, su patrona, la señora Aurora, le había
dado indicaciones precisas de que el mandado se debía efectuar en el mismo mercado en el que su
madre y ella habían comprado durante toda su vida. El único problema es que cuando adquirieron
esa maldita manía, la familia estaba en mejor situación económica y tenían hasta chofer para hacer las
compras, y ahora, en la decadencia de su vidas, había que joderse, e ir en metro todos los días para
complacer su capricho. Ya en alguna ocasión Luciana le había intentado explicar a su patrona, que en
el mercado de la colonia llevaban las verduras y la carne muy fresca y más barata que en el mercado
que ella le pedía que comprara, pero doña Aurora le respondía que ella debía obedecer sin
preguntar, que por desgracia ya había perdido demasiadas cosas en la vida, y que mientras ella viviera
se seguiría comprando los suministros en el mismo lugar donde lo hiciera con su finada madre.

Y ahora se encontraba ahí en el vagón del metro, con los ojos cerrados, intentado que
aquello se terminara pronto, y rogando a Dios que el vagón no tuviera una de esas paradas a mitad de
alguna estación, que aunque sabía que duraban sólo unos minutos, para ella parecía que cada
segundo era una posibilidad concreta de salir embarazada. Una estación anterior a la que debía bajar,
comenzó la monserga de avanzar poco a poco hasta la puerta, la patrona le había dicho que bajo
ninguna circunstancia dejara de agarrar la bolsa con las dos manos, que los rateros se valían de miles
de trampas, y que era muy común que alguno de ellos intentara conquistarla o que le pellizcara el
trasero para distraerla, mientras otro aprovecharía para robarle el mandado, así que no había más que
agarrar la bolsa con todas sus fuerzas y empujar hasta lograr salir. Al salir del metro se acomodó el
vestido, y se peinó un poco para continuar su camino, esta vez no había sido tan malo, sólo sentía un
poco de helado en sus calzones o por lo menos eso creía que era, por lo fresco.

-¿Cómo te fue hoy en el mercado Lucianita, te salió algún galán nuevo?- la inquirió Luis
Manuel, el joven mecánico del taller de la esquina por donde debía pasar todos los días. Luciana
apresuró el paso para no responder, Luis Manuel no era feo pensaba ella, pero los hombres en

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general le daban un poco de miedo, al llegar por fin a su cocina se sintió segura, ese era su refugio
natural, su espacio, su reinado, ahí podía sentirse feliz y tranquila. Sonó el teléfono y corrió a
contestar, porque esa era una de su principales obligaciones, no permitir que el teléfono llamara más
de tres veces y contestar invariablemente “Residencia Pérezsalazar, ¿En qué puedo servirle?”, se
sintió tan aliviada al escuchar la voz de su madre en el auricular, ahí se enteró que toda su familia se
encontraba bien, que les estaba sirviendo mucho el dinerito que les enviaba cada semana. Su madre
le pidió que esa semana le mandara un poco más porque Pedro, su hermano menor, necesitaba un
libro para la preparatoria, -pero mamá, ¿de dónde te voy a enviar más?, además Pedro ya tiene edad
para trabajar- le replicó Luciana -¡Cómo crees hija!, si es un niño todavía, además piensa que él nos
sacará adelante cuando sea licenciado- contestó la mamá. -¡Que va ser licenciado ése mamá! si
siempre ha sido un burro, debiste apoyarme a mí que puros dieces sacaba, pero me sacaste de la
escuela, sólo para meterme a servirle al maestro en su casa y ya ves lo que pasó- al decir esto, Luciana
sabía que había ganado la discusión, su madre ya no se atrevería a refutarle nada, por la culpa que
sentía al haberla obligado a dejar la escuela, y todo sólo para tener dinero y no dejar de comprar su
litro de mezcal que se tomaba a diario. No habiendo más novedades con su madre, sonriendo colgó
el teléfono.

Al concluir su primaria como la mejor estudiante del colegio, Luciana se había hecho la
ilusión de ser maestra, cursar su secundaria y su preparatoria en el pueblo y luego entrar a la Normal
Superior para graduarse como maestra, pero la necesidad en su casa era más importante que sus
sueños y lo que ganaba su padre vendiendo verduras sólo daba para mal comer y no alcanzaba para
que ella pudiera seguir estudiando. Por eso cada vez que escuchaba en la radio o en la televisión que
la educación era gratuita se le retorcían las tripas de coraje, -que gratuita va a ser- decía -¿y los libros
complementarios, las guías escolares, los cuadernos, los lápices, los bolígrafos, el uniforme de diario,
el de los lunes, el de deportes, la bata de laboratorio, la flauta de música, las cuotas de
mantenimiento, la regla, el juego de escuadras, el transportador?, todo lo que se les ocurra festejar a
los maestros: que el día del niño, que el día de las madres, que el día del maestro, que el desfile de
primavera, que el disfraz, todo es gasto; y luego que hasta quieren que uno lleve zapatos, como si con
los zapatos se fuera a aprender más, con el agravante de tener que comprar todo con la esposa del
director si no, no te la valían, que gratuita va a ser, aquí no hay más o se come o se estudia-.
Recordaba cómo fue su primera niñez, antes de que despidieran a su padre del trabajo y tuviera que
ponerse a vender verduras. En esa época, en su casa nunca faltó nada, vivían modestamente, pero
tanto ella como su hermano tenían de todo, hasta se podían dar el lujo de ir de vacaciones, y los
domingos nunca les faltaba el salir a dar un buen paseo con cine, palomitas y todo. Su papá trabajaba
para la Compañía de Luz, pero todas las desgracias de su casa comenzaron ese día que su padre llegó
desesperado; sin mediar ningún aviso, ni negociación alguna, el gobierno se había apoderado de
todas la instalaciones de la Compañía de Luz y anunciado que a partir de ese momento, los miles de
trabajadores que laboraban en ella, quedaban sin trabajo, muchos de sus compañeros
inmediatamente fueron a cobrar las indemnizaciones que les ofreció el gobierno, pero el papá de
Luciana nunca cobró nada, porque fue engañado por su líder sindical de que si cobraba ya no habría
posibilidad de recuperar su trabajo, y fue ahí cuando empezó con lo de la verdulería, -mientras se
resuelve lo del trabajo- decía.

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Cuando tenía 12 años, su padre fue encerrado en la cárcel, se le acusaba de haber matado al
cura del pueblo. Nadie supo porqué, pero la madre de Luciana comenzó a tomar mezcal todos los
días y se le podía ver llorar largas horas en la tumba del cura que había muerto por 7 puñaladas bien
puestas. Al poco tiempo de estar en la cárcel el papá de Luciana amaneció muerto en su celda,
dijeron que se envenenó con alguna comida que le habían llevado.

Al cumplir 13 años, Luciana fue llevada por su madre a servir a la casa del maestro Juan,
director de la primaria del pueblo, él había convencido a la mamá de Luciana que lo mejor para ella y
para su hija, era que trabajara en su casa, que ya no estudiara, que mejor aprendiera a ser mujercita.
Él la tendría en su casa como una hija, y así fue que durante los 3 años que pasó sirviendo en aquella
casa, no pasó una sola semana sin que fuera violada brutalmente los viernes en la tarde por el
maestro, que invariablemente llegaba completamente ebrio, siempre amenazándole con lastimar a
toda su familia si alguien más se enteraba de lo que él le hacía. Hubiera seguido así por mucho más
tiempo de no ser porque un día la madre de una alumna de la escuela denunció al director ante la
justicia, al enterarse que su hija había sido violada por el maestro durante una excursión. Cuando la
policía fue a detener al director, él gritaba que la alumna se lo había pedido y que él había usado
condón, que no era un maldito que pretendiera embarazarla, el escándalo se desató en el pueblo y la
madre de Luciana “corrió a salvar a su hija, sacándola de la casa de aquel depravado hombre” por lo
menos eso fue lo que le comentó a las demás mujeres del pueblo, la realidad es que ella pasaba cada
quincena a la oficina del maestro a cobrar el pago de su hija y el director siempre le daba “un bono
extra” que ella agradecía con fervor sin preguntarle nunca a que se debía aquel bono, tal vez por no
querer escuchar la respuesta. Cuando llegó con Luciana a su casa, le pidió que le dijera toda la
verdad, que si el maestro Juan la había tocado alguna vez, cuando Luciana le contó todo lo que había
vivido durante esos 3 años, la golpeó hasta cansarse, mientras le gritaba que era una puta, que la culpa
la tenía ella, por usar eso vestidos tan cortos. Luciana nunca entendió la razón de aquella golpiza y
menos cuando era su madre la que le hacía los vestidos zancones -disque para ahorrar tela-. El
escándalo se olvidó y el maestro Juan gracias a la intervención de su sindicato, ahora estaba libre y se
encontraba a cargo de una escuela en un rancho no muy lejos de su pueblo.

Meses después, llegó al pueblo la señora Aurora, ella iba a visitar a su comadre, la mamá de
Luciana, y en su casa se le recibió como si fuera día de fiesta. Ella era madrina de Pedro, la mamá de
la señora Aurora había sido benefactora de la escuela del pueblo hasta su muerte, se jactaba de que -
gracias a ella esos indios tenían educación- y todo por una pequeña aula que se construyó con su
dinero, que por cierto ya no existía, pero que en su tiempo había servido para que la señora se
sintiera tocada por la mano de Dios, y se hiciera en el pueblo de todos los ahijados que se le ponían
en el camino, a los cuales cada año les regalaba una ropita -como buena madrina-; a la mamá de
Luciana le tocó ser uno de esos ahijados. Al pasar el tiempo y por costumbre, cuando nació Pedro, la
mamá de la Señora Aurora le pidió a su hija que fuera madrina del niño, sin consultarle a nadie “para
que vayas sintiendo lo que es una verdadera responsabilidad”, le había dicho. Y ahora la Señora
Aurora sentía que tenía la obligación de ir una vez por año a llevarle algo de ropa al ahijado para
cumplir como buena madrina. Esa tarde, cuando se iba la señora Aurora, le dijo con natural
benevolencia a la mamá de Luciana que -se llevaría a Luciana a la ciudad para enseñarle a ser mujer y
que algún día pudiera tener un buen marido que viera por ella, y que cada semana le daría unos

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pesos para que le mandara a su familia-, la verdad es que la señora Aurora necesitaba un criada de
confianza, porque a la última la había despidió porque le robaba en cada compra, y que mejor que
tener una sirvienta de aquel pueblo “que tanto le debía a su familia”, así que con una nueva y casi
regalada sirvienta llegó a su casa en la ciudad, la flamante Doña Aurora Pérezsalazar, que debía decir
rápido y junto su apellido, para que sonara rimbombante y no reconocer que su madre había tenido
el mal gusto de casarse con un Pérez.

El único entretenimiento que tenía Luciana en aquella casa, era poder ver desde la cocina
entreabierta la novela de las 8 de la noche que pasaba de lunes a viernes en la televisión. Era tanta la
emoción que le daba, que una ansiedad extraña le recorría el cuerpo, y se le incrementaba conforme
se iba acercando la hora de verla, daba gracias a Dios por la sordera de la señora Aurora, ya que tenía
que poner la televisión con el volumen tan alto, que podía escucharla perfectamente hasta donde ella
se encontraba.

Cada noche viendo aquellos personajes en la telenovela, su mente imaginaba mil situaciones
distintas en las que ella podría encontrar el amor de su vida, -si María Cristina había salido del fango
del arrabal, para convertirse en la Señora de Barbosa y Valle- ella porque no podía algún día tener
una criada que le limpiara los calzones y le sirviera el desayuno en la cama, porque ahora eso de ser
maestra, era como un recuerdo de otra persona, tan nebuloso e impersonal que ya no recurría a su
mente.

Una mañana mientras preparaba la comida, sonó el teléfono, y al contestar una voz de mujer
se escuchó llorar al otro lado de la línea, -¡mamá, mamá!, me tienen secuestrada ¡por favor, haz lo
que te pidan!, ¡ayúdame!- entendió apenas entre llanto, para después escuchar una voz grave de un
hombre que le dijo: -Si no hace todo lo que le digamos mataremos a su hija, así que no cuelgue vieja
desgraciada, que la tenemos bien vigilada…- soltó el auricular y corrió como si el diablo fuera tras de
ella, hasta la recámara de la señora Aurora, -¡Señora, señora!, ¡que es un señor el que llama, que tiene
a su hija, que la van a matar si no hacemos lo que nos pidan!- gritaba desesperada Luciana, doña
Aurora se inclinó despacio y tomó la extensión que tenía en su buró, descolgó el teléfono y contestó: -
Está bien mátenla, siempre fue una mala hija- y diciendo esto, colgó sin más, volteó hacia donde se
encontraba Luciana y le ordenó: -Si vuelve a llamar esa gente solo cuelga, no escuches lo que digan, y
ahora vuelve a la cocina que ya tengo hambre-. Luciana no podía creer lo que había escuchado, la
señora había pedido que mataran a su hija, sin más ni más, y ahora increíblemente lo único que le
preocupaba era que tenía hambre. Durante algún tiempo Luciana anduvo con miedo por la casa, y
por la noches se encerraba con candado en su cuarto, a la señora Aurora la veía con miedo y coraje,
no sabía si ir a la policía o salir corriendo de la casa de aquella bruja desalmada, hasta que varios días
después, cuando la señora Aurora recibió la visita de una vieja amistad, supo lo que había pasado, la
patrona se puso a conversar muy a gusto durante horas con aquella visita, en medio de la
conversación la señora Aurora le platicó a su amiga de aquella extraña llamada, y fue cuando
entendió que se trataba de unos estafadores que andaban llamando a todas las casas con el mismo
cuento, que ya varios vecinos habían caído en la trampa y les habían depositado dinero en alguna
cuenta, -pero no habían podido engañar a la buena y santa señora Aurora- pensó. Claro que con el
pasar del tiempo también se enteró que la señora Aurora nunca había tenido hijos y que su esposo la

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aguantó un año, -antes de marcharse a una cruzada de caridad en algún país de nombre extraño
donde había perdido la vida por salvar a unos niños-, decía la señora Aurora; la verdad es que su
marido la había dejado por una mesera, con la que vivía feliz en compañía de sus hijos en la colonia
de junto.

Al año de estar en la ciudad, Luciana se había convertido en toda una citadina, el viajar en el
metro ya no le imponía ningún tipo de temor, ya había adquirido toda una suerte de artimañas para
evitar a los desgraciados abusadores y por si fallaba, cargaba una buena aguja de zapatero, con la que
atravesaba la mano de todo aquel que se atreviera a tocar alguna de sus partes sin su venia, además ya
no era tan frecuente que viajara en metro, porque lo que necesitaba para la comida, lo compraba en
el mercado de la colonia de junto, y le decía a su patrona que era de “El mercado donde ella y madre
han comprado los suministros siempre” acción que además de permitirle quedarse con lo del pasaje,
le daba un poco de tiempo para ella y hacerse de algunas amigas y amigos de la colonia.

Luis Manuel, el joven mecánico, para esas fechas ya conversaba a ratos con Luciana que ya
no le huía como en un principio, ahora al contrario, ella siempre procuraba pasar por enfrente del
taller para tener oportunidad de verle y platicar un rato de cualquier cosa. Luciana cada día se sentía
más atraída por Luis Manuel, a veces, por la noches, se ponía largas horas a pensar si sería él, el
hombre de su vida, si Luis Manuel era el hombre que el destino le tenía deparado para ser feliz. Y
salía a la azotea de la casa a intentar ver alguna estrella con quién platicar, como lo hacía de pequeña
en su pueblo, pero casi nunca encontraba ninguna, por lo que mejor optó por conversar con el poste
de luz que se encontraba en la esquina de la calle, que al paso del tiempo se volvió su indispensable
confesor de penas.

No pasó mucho tiempo antes de que Luis Manuel y Luciana comenzaran a verse a
escondidas para cultivar su amor, él tenía 20 años y ella recién había cumplido los 18, nada podía ser
más perfecto en la vida de Luciana.

La señora Aurora, cada día estaba más complacida con Luciana, que tenía la casa como
espejo, sus comidas a sus horas, no le daba ningún disgusto, y hasta tenía el buen gusto de sacar la
basura por la noche ya que ella se había retirado a su habitación para que ella -No pasara el disgusto
de tener que ver u oler aquel desperdicio, regresando muy despacito para no espantarle el sueño a su
patrona- le decía Luciana. Obviamente lo que sucedía era que Luciana aprovechaba las idas a la
basura para ver a Luis Manuel, que a estas alturas ya era su novio. Cada noche los encuentros
amorosos fueron tomando más fuerza, hasta el día que Luis Manuel buscó la forma de llevar a
Luciana al taller sin que nadie lo supiera. A partir de ese día fueron muy frecuentes las idas al taller
por las noches a quitarse mutuamente un poco del estrés del trabajo de todo el día.

Para Luciana el sexo no era todo lo que le habían dicho que tendría que ser, ni todo lo
bueno o divertido que veía en la telenovelas que era, para ella era un acto opaco, doloroso y
frustrante, pero como a Luis Manuel eso era lo que le gustaba pues ella lo complacía; él nunca le
preguntó qué era lo ella sentía, ni si le gustaba o si le dolía, pero que importaba, al fin y al cabo él
sería su marido en algún momento y era su deber hacerlo feliz. Ella comenzó a buscar la forma de

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llevarle el lonche al taller, no quería que pasara ninguna penuria, y sabía que era deber de toda mujer
hacer que su hombre permaneciera junto a ella, eso es lo que le decían en la iglesia, lo que decía su
madre, sus amigas y hasta en las telenovelas, así que debía ser verdad.

Luis Manuel, cada vez más seguro de la idolatría de Luciana comenzó a tratarle mal, a
exigirle mejor comida, que le planchara sus camisas y a pedirle que le buscara sólo a ciertas horas y
por momentos cada vez más cortos, a ella nada le parecía extraño, pero era incapaz de reprocharle
nada, no podía. Luis Manuel se había convertido en su dueño.

La efímera felicidad de Luciana se comenzó a venir abajo, su madre le llamaba con


frecuencia cada vez más molesta exigiéndole el dinero que tenía que mandarle cada semana y que por
tener que atender a su hombre como debía, Luciana dejó de enviarle a su familia -¿pero cómo iba a
andar su hombre con aquella ropa gastada?- dijo el día que con lo poco que había ahorrado le fue a
comprar ropa nueva a su galán, cómo coloquialmente se referían las amigas de Luciana a su hombre.
Le preocupaba un poco que su madre hablara con la señora Aurora -pero como a la ciudad no viene
mi mamá, y yo soy la que contesta siempre el teléfono, no hay forma de que me acuse- se decía
Luciana.

Comenzó a sentir el rechazo de Luis Manuel, ahora era muy rara la vez que se veían por la
noche en el taller y cuando lo hacían él siempre quería tomar vino antes de hacerlo, no fueron pocas
las noches que pasó en llanto Luciana, aquella mezcla de sexo y vino la hacían sentir las peores cosas.
Todo empeoraba, ahora la patrona no pasaba día en que no le recriminara algo, había dejado de ser
la esclava perfecta: la ropa no estaba bien planchada, la comida le quedaba salada, los pisos nunca
estaban limpios y molestaba mucho en las noches con su llanto.

Una noche que por necesidad extraordinaria tuvo que salir a comprar un foco, porque se
había fundido el de la cocina, vio a lo lejos que Luis Manuel iba caminando con otra mujer
tomándola de la cintura, al principio pensó que sus ojos estaban jugándole una broma pesada, pero al
llegar a la esquina, gracias a la iluminación que emitía su amigo el poste de luz -con el que conversaba
en la noches desde la azotea- se pudo percatar de que sí era él, y que iba acompañado nada menos
que de Carmela, una de su grandes amigas y estilista de la colonia, -Ahora entiendo porque este
desgraciado anda siempre muy bien peinadito- se dijo en voz alta, al tiempo que apresuraba el paso
hacia dónde se encontraban los felices infieles. Casi tuvo que correr para poder alcanzarlos antes de
que se metieran al taller, al llegar a ellos tomó a Carmela de los rubios cabellos oxigenados y la tiró al
suelo, al tiempo que la montaba cual mula, para propinarle una nutrida tanda de bofetadas, tan
sonoras que los vecinos se acercaron a ver “por qué aplaudían”. Luis Manuel sonriendo, se limitó a
observar aquel concierto de percusiones, interpretado en un extraordinario solo de tambor, cuya
excelente sonoridad se debía a la piel de porcino con que el instrumento estaba recubierto. El
concierto terminó cuando agotada, Luciana dejó de abofetear la cara de Carmela que de tan hinchada
era difícil distinguir en donde había quedado la nariz, se levantó y se plantó enfrente de Luis Manuel
al que le dijo: -si quieres a Carmela ahí está, ya te la dejé bien blandita, de ti ya me encargaré cuando
me sienta más fuerte- y sin más se alejó ante la risa y el murmullo de los presentes.

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No faltó la cristiana vecina comunicativa que le contó con lujo de detalles el incidente a la
señora Aurora, que enfurecida le gritó a Luciana de todo y más, le dijo que ella no podía permitir que
su servidumbre se viera envuelta en esos escándalos, que qué iban a pensar lo vecinos de ella, que su
familia por más de cien años había estado en ese lugar y que nunca habían sido objeto de ningún
escándalo, y que ahora ella, una sirvienta de pueblo, venía a manchar su inmaculada moral. Luciana
no pudo contenerse más, era demasiado el rencor y el coraje que había acumulado en 2 años al
servicio de aquella bruja, y casi sin darse cuenta, su voz comenzó a sonar: -Vieja hipócrita, usted lo
único que quiere es buscar indias para que le sirvan de esclavas y no pagarles más que una verdadera
miseria, con razón la dejó su marido, y ya me platicaron el escándalo que se armó cuando se fue con
la del restaurante, de cómo usted, fue a chillarle de rodillas que no la dejara, a mí por lo menos me
queda mi dignidad, jamás le rogaré a ningún hombre y quédese con su infeliz empleo que ya buscaré
yo como ganarme la vida- y diciendo esto se dio vuelta, dejando a aquella mujer que en segundos
había envejecido un siglo.

Luciana se encontraba ahora con su maleta en la calle, y el orgullo bien puesto, pero no tenía
la más remota idea de a dónde dirigirse, no podía regresar a su pueblo, ella ya no pertenecía a ese
lugar, caminó durante un rato alrededor de un parque hasta que sin sentirlo cayó desmayada.

Cuando despertó se encontraba en un hospital, dónde una amable enfermera se le acercó


sonriente, y le dijo: -no te preocupes, estás en un hospital, aquí te vamos a cuidar bien- -¿y mi
maleta?- preguntó Luciana -aquí no llegaste con ninguna maleta, te trajeron los de la policía, que te
encontraron en el parque desmayada y sangrando- -¿y que tengo, porque estoy aquí?-, -
desafortunadamente tuvimos que hacerte un legrado, cuando te trajeron estabas con mucho sangrado,
el feto tuvo que ser extraído, pero eres joven ya podrás tener más hijos- le dijo la enfermera de una
forma tan amable que parecía que le estaba dando los buenos días. Luciana soltó en llanto, ahora su
única pertenencia en la vida, era ella.

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Capítulo II
El Ejército.

Antes de llegar a la entrada del Metro, se quedó observando a todas aquellas personas que
pasaban por aquel paisaje gris, vio con detenimiento cada detalle de algunos de ellos que escogía al
azar, -esta muchacha de azul, seguramente va a comprar algo, nada más hay que verle esa mirada
alegre, ahora sonrió, entonces son zapatos lo que se comprará, aquel joven de mezclilla con cara de
bobo y mochila no tiene otro lugar al que dirigirse sino es la universidad, la señora del vestido verde
se ve que va a pagar algo por la cara de enojada que tiene, me parecen todos de mentiritas, es cómo
estar viendo la televisión- se decía Luciana, que tenía más de 2 horas en el mismo sitio, porque al no
tener a donde ir después de salir del hospital, le daba lo mismo estar en cualquier lugar, había dejado
la desesperación y el llanto atrás, sabía que eso no le llevaría a ningún lugar, además ya nada le
importaba, su único interés era escoger la estación del Metro donde saltaría enfrente del vagón para
acabar con su existencia, había estado 10 días en el hospital, porque se le había complicado lo del
legrado y los médicos “por falta de tiempo” le habían sacado los ovarios y la matriz, -para no andarle
buscando que tiene y para no fallarle, pues lo mejor es sacarle todo, al fin y al cabo le hacemos un
favor porque es una india que no tiene como mantener una criatura- escuchó Luciana decir a uno de
los doctores en medio de la anestesia, el día que le hicieron la histerectomía en el hospital del Estado
sin consultarle.

-Aquél señor de bigote va a ver a la novia, porque va muy arregladito, es increíble ¿de dónde
saldrá tanta gente?, pero si son miles y miles y a ninguno le importa mi vida, y mucho menos le
importará mi muerte, bueno tal vez a algunos si les importe, y es a los que haré que les detengan el
vagón a mitad de alguna estación y que algunos hombres aprovecharan para molestar a alguna
muchacha y todo por mi culpa, mmm…está bien que molesten a las mujeres, por idiotas, creídas y
confiadas, pero a los que si le va a importar de verdad mi muerte y mucho, es a los que tendrán que
limpiar todo el reguero que quedará de mí por todos lados, pero ni modo, yo ya limpié lo de otros
muchos años, ahora le tocará a otros limpiar lo mío- pensó Luciana antes de comenzar a caminar
hacia la entrada del Metro. Había avanzado apenas unos pasos cuando de pronto escuchó una voz
por entre las demás, -Ven aquí, tu patria te necesita, somos la suma de fuerzas, nuestra misión es la
igualdad- era una joven atractiva que vestía un elegante uniforme de Soldado que justo en la entrada
del Metro repartía volantes a las chicas que entraban. Se le acercó y le dio un volante al tiempo que
sonriendo le decía -juntas podemos todo-, Luciana se quedó sorprendida de la afinidad que sintió con
aquella mujer al instante, y sin pensarlo mucho se acercó a un pequeño módulo que tenían instalado,
al llegar le invitaron a sentarse, y con mucha claridad y calma le explicaron que si se enlistaba en el
Ejército tendría asegurado su futuro, que la paga es de lo mejor y que se cuenta con todas la
prestaciones, que si quería podía estudiar y aprender muchas cosas, desde ser enfermera hasta
pilotear un avión, que de ella y su empeño dependía hasta donde podía llegar. Luciana no era
ninguna boba, ella bien sabía que era lo que hacía el Ejército, si en la noticias bien que se oía el pleito
que traían con los narcotraficantes y que a cada rato se andaban matando entre ellos, y además
recordaba muy bien que cada vez que llegaban a su pueblo se tenían que esconder las muchachas
porque se las llevaban a sus campamentos, y a los muchachos los secuestraban por “parecer
sospechosos” y los usaban para divertirse con ellos, haciéndolos sus esclavos, y si se les presentaba la

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ocasión pues los acusaban de complicidad con algún narcotraficante o simplemente, no se volvía a
saber nada de ellos por el pueblo.

Pero en este momento de su vida nada de eso le importaba, lo único que comenzaba a sentir
era hambre, así que si le ayudaban con eso ella podría ser una Soldado del Ejército Nacional, total
para morir apachurrada por el Metro a morir por una bala daba lo mismo. La Soldado a cargo de
aquel módulo le explicó que si compartía los valores del Ejército no habría ningún problema en ser
aceptada de inmediato.

Corazón, lealtad, solidaridad, disciplina, seguridad, confianza, protección, honradez, rectitud,


integridad, valor, respeto, constancia, compromiso, honor, responsabilidad, compañerismo, trabajo,
esfuerzo, unión, son los valores que debía tener para estar en el Ejército, Luciana le dijo a la
reclutadora que sí, que compartía todos esos valores y los demás que le pidieran y que si en ese
momento le daban algo de comer se podía incorporar y que con gusto aceptaba. La Soldado
reclutadora le ofreció una torta y se sintió verdaderamente aliviada al escuchar aquellas palabras, su
Sargento le había advertido que si no llevaba ese día por lo menos a una recluta, ella sería castigada
severamente, ya que durante las últimas semanas no habían podido reclutar a nadie debido al
deterioro permanente de la imagen de las Fuerzas Armadas en el país, por sus constantes abusos a la
población y por la cantidad de muertos que caían cada día abatidos por los narcos, que si bien no
salía nada en los noticieros si se oía entredecir a la gente.

Esa tarde al regresar al cuartel, la brigada de reclutamiento llevaba 2 nuevas reclutas, Luciana
y Genara. Genara era una joven un año mayor que Luciana y al igual que ella provenía de un pueblo
indígena del interior del país, que guardaba celosamente sus tradiciones, y una de ellas era que
cuando se casaba una mujer, eran los papás los que decidían con quién debía casarse, y esto dependía
únicamente de la dote que dieran a los padres. Ancestralmente la dote se daba en vacas y gallinas y el
esposo debía ser de la misma comunidad pero ahora con la modernidad, ya no importaba de donde
viniera el hombre, siempre y cuando diera lo suficiente en dinero o en especie a la familia, y así un
mal día, cuando contaba con sólo 14 años, pasó por su pueblo un hombre que le dio 5 mil pesos a
sus padres por ella y ella se tuvo que ir con aquel extraño sin protestar o hacer preguntas. Al llegar a
la ciudad aquel hombre la puso a trabajar en las calles como prostituta, trabajo que desempeñó hasta
ese sábado, día en que amaneció muerto su dueño y ahora a sus 19 años no tenía más remedio que
seguir de puta, regresar a su pueblo a ser vendida de nuevo o entrar al Ejército, así que aquí estaba
dispuesta a ser toda una Soldado.

Se presentaron ante el Sargento que las inspeccionó visualmente, y con una mordaz sonrisa
se dirigió a la Soldado que las había llevado, -se ven bien las nuevas reclutas, la felicito-, -mi Sargento
tengo algo que decirle pero no se me vaya a enojar, me traje a estas porque usted me ha dicho que
jale con lo que encuentre, pero ninguna de las dos tiene documentos-le dijo la Soldado preocupada, -
no se preocupe que aquí ya nos encargaremos de esos pequeños detalles, lo importantes es que
quieran pertenecer al glorioso Ejército Nacional- contestó el Sargento entre dientes.

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En el cuartel se corrió inmediatamente la voz de que había llegado “carne fresca” y el
Teniente responsable del área de reclutamiento inmediatamente se hizo presente, él fue designado
como tutor responsable de los nuevos reclutas, responsabilidad que se le había conferido por parte
del alto mando para evitar los permanentes abusos a los nuevos miembros de la Armada. Al llegar le
pidió al Sargento que se retirara, que él se haría cargo de las nuevas reclutas -haber reclutas, firmes…
¿qué es eso? les digo que firmes- les ordenó y al ver que ninguna de las dos sabía que era lo que les
estaba diciendo, se acercó a cada una de ellas y con sus propias manos acomodó cada uno de los
centímetros de aquellos cuerpos, hasta que hicieron exactamente lo que él quería.La cantidad de
abusos, violaciones, vejaciones y maltrato del que fueron objeto las nuevas reclutas durante los 6
meses de entrenamiento militar en aquel campamento, sólo era comparable con lo que les había
tocado vivir durante los 6 años anteriores a su llegada al cuartel.

Durante una noche de luna llena, Luciana y Genara tuvieron un respiro, a los hombres de su
brigada les habían dado dos días de descanso y pudieron conversar con calma sobre las cosas que les
preocupaban, lo de ser violadas y maltratadas cotidianamente ya no era parte de sus preocupaciones,
en una noche anterior ellas habían llegado a la conclusión, de que así era la vida realmente para las
mujeres y que todo lo demás que se oía y se decía en la casa, en la calle y en la televisión, era como
las películas, puras cosas de mentiritas, como los cuentos de cuando eran niñas, eran sólo historias
bonitas para que las mujeres no se suicidaran a temprana edad y diera tiempo para que llegaran a la
edad reproductiva para poder tener hijos y que el mundo no se acabara. Ahora su preocupación era
sobre cosas realmente importantes, como el que no era posible que a las de la brigada 4 ya les
hubieran dado traje de gala y ellas que trabajaban más y aguantaban a más hombres en su brigada, le
dijeran que se los darían hasta fin de mes, pero eso se debía seguramente a que Luz “la bonita” de la
brigada 4, era la que atendía personalmente al Capitán; el otro tema que les preocupaba ahora que
habían terminado su entrenamiento básico, era cuando sería que por fin las dejarían ir a matar a los
cerdos narcotraficantes. Después de una larga hora de elucubraciones decidieron ir a descansar,
ahora que lo hombres de su brigada no estaban, podían dormir a sus anchas sin tener que aguantar a
ninguno de ellos.

Luciana se mostró un poco sorprendida ante la orden que estaba recibiendo en ese momento
de parte de su superior, no entendía por qué debía poner unas gotas de ese frasquito en el agua de las
aspirantes a enfermeras militares recién llegadas al cuartel, y además la orden era que lo hiciera sin
que se dieran cuenta, -pero mi Sargento, ¿esto no será algo malo, verdad?- le preguntó un tanto
preocupada a su oficial, -¡cuántas veces le debo decir que usted, no está aquí para preguntar, pensar o
creer nada!, ¡usted está aquí para obedecer!, sólo sus superiores saben que es bueno y que es malo, ¡al
Ejército no se viene a pensar, se viene a obedecer!- le contestó al tiempo que la empujaba con
violencia haciendo que perdiera el equilibro y cayera al suelo, pateándola en el pecho. Luciana se
incorporó rápidamente y se cuadró sin hacer más preguntas.

Al otro día se escuchó el rumor que un grupo de Soldados se había metido al dormitorio de
las enfermeras nuevas y que habían hecho con ellas de todo, sin que las jóvenes aspirantes a

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Luciana- Novela
enfermeras se quejaran en lo más mínimo, por lo que se ganaron el mote dentro del regimiento de
“las calladas”.

Una de las calladas, era la Sargento primera Simona, que sabiendo cómo eran las cosas en el
Ejército, no se atrevió a denunciar nada de aquel crimen, donde las drogaron y después las violaron
totalmente dormidas. Los malditos, habían tenido el descaro de dejar los condones en la cara de cada
una de ellas, que fue lo primero que vieron en el momento en que se despertaron. Era mucha su
frustración y coraje, de forma oficial no podían hacer nada, pero la Sargento se dio a la tarea de
investigar todo sobre aquel evento, no le fue difícil encontrar el hilo de aquella madeja, dado que los
violadores se jactaban abiertamente de su fechoría y no pasó mucho tiempo en que se enterara quién
había sido la responsable de haberlas drogado.

Esa mañana le llegó la orden a Luciana de presentarse a un examen físico al ala de


enfermería, en cuanto pasó por la puerta del consultorio Luciana fue maniatada por 4 enfermeras,
advirtiéndole que de gritar le harían mucho daño. Luciana se encontraba tranquila no entendía que
era lo que estaba pasando, aquellas enfermeras de seguro lo único que querían era golpearla para
divertirse pero, ¿Por qué la amarraban? La Sargento Simona le informó que ya sabían que ella era la
que las había drogado y que ahora era tiempo de que pagara su crimen, que le inyectarían una droga
no para que se durmiera, que le inyectarían una droga para que no pudiera estar tranquila, ni
haciendo el amor con un caballo, Luciana seguía tranquila, y con toda calma le dijo a la Sargento que
si esas eran sus órdenes, que ella las obedecería. Todas las presentes no podían entender ni la
tranquilidad ni la respuesta de la Soldado, sorprendidas la soltaron y observaron con miedo y
curiosidad, realmente estaba diciéndolo en serio, la Sargento Simona al darse cuenta de aquella
actitud le preguntó: -¿Por orden de quien nos drogaste?-, -yo no le puedo contestar nada mi Sargento,
es una orden que recibí- contestó Luciana, la Sargento quería entender cómo funcionaba la mente de
aquella muchacha, y le preguntó: -¿entonces si yo te doy la orden de matar a alguien tú lo harías?- -
por supuesto que sí mi Sargento, usted es mi superior y le debo obediencia, a mí no me toca pensar o
decidir qué cosa es buena o mala, a mí me corresponde obedecer-. -¿Fue tu Sargento el que te dio la
orden? preguntó la Sargento Primero, Luciana permaneció callada, -te lo voy a preguntar una vez
más, y considera que te estoy dando una orden y tu deber es responder, además mi grado es superior
al de tu Sargento que sólo es un Sargento Segundo, así que dime ¿fue él, el que lo ordenó?- -sí mi
Sargento fue él quien me ordenó que les pusiera unas gotas de un frasquito en su agua, sin que se
dieran cuenta, y eso hice- le respondió Luciana, a lo que la Sargento le contestó: - pues ahora escucha
bien la orden que te daré…-

A la mañana siguiente, el escándalo en el cuartel era mucho, todos los oficiales estaban en
una reunión urgente y los Soldados del regimiento no paraban de comentar lo sucedido, ya que los
varones del pelotón de Luciana, incluido su Sargento, habían amanecido “empalados” es decir, a
todos los encontraron desnudos, amarrados en pares y de espaldas unidos por un palo que llevaban
ensartados en el ano, de tal suerte que si alguno hacia algún movimiento intentado zafarse lastimaba
más al compañero de desgracia. El cuerpo médico que acudió a auxiliar a los pobres infelices sólo
atinó a comentar “lo bueno que quien lo hizo uso condones, porque eso les evitó más daño”.

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Luciana- Novela
Después del escándalo, que se dio por aquel hecho, el cuartel ya no fue el mismo, la mitad
del pelotón de Luciana se dio de baja y a la otra mitad los cambiaron de destacamento, entre ellos al
Sargento, que desde ese evento fue conocido como el Sargento “Balero”. Luciana y Genara fueron
asignadas a tareas de reclutamiento en diferentes cuarteles, con la consigna de que si se contaba algo
de lo sucedido se les formaría corte marcial por traición, y a cambio de su discreción les fue otorgado
el grado superior inmediato por su servicio a la patria, así que Luciana llego a la IV región militar con
el grado de Cabo.

Instalando un pequeño módulo en la macro plaza de la ciudad, se dispuso con las Soldados a
cargo, a distribuir una serie de volantes, entre las mujeres que pasaban por ahí, que al ver aquel papel
reían y se alejaban sin querer saber del asunto, Luciana no se explicaba eso de la risa, si entrar al
Ejército era cosa seria.

En días anteriores, llegó con tanto ánimo al nuevo cuartel, donde pensaba que, ahora sí se
habían acabado los malos tratos, por fin podía ser ella la que mandara, porque ya tendría a algunos
esclavos a su servicio. La primera semana le asignaron la tarea de hacer una campaña de
reclutamiento de mujeres en aquella ciudad, no le dieron ningún material ni idea de cómo hacerlo,
así que se puso a idear un volante que tuviera una frase que llamara la atención de las mujeres y les
hiciera querer entrar al Ejército, ahora ya se podía permitir tener ideas, ya tenía grado -se decía ella-,
con recursos propios imprimió mil volantes que en letras muy grandes decían “Mujer ven al Ejército,
aquí te haremos hombre”.

En el cuartel ya se habían enterado de la “puntada” de aquella nueva Cabo, -seguramente la


mandaron de la capital para acá por revoltosa, pero aquí le vamos a quitar lo ocurrente, ya verá,- y así
fue, en cuanto llegó a reportarse al cuartel ya le esperaban para enviarla a un calabozo improvisado
que tenía aguas negras a lo menos de 30 centímetros de alto y en el que tuvo que estar a pan y agua
durante 2 semanas, ella no entendía que era lo que había pasado, si sólo había cumplido con la orden
de su superior a cabalidad y con gran éxito ya que había llevado a 5 nuevas reclutas, -tal vez lo que
pasó es que al Mayor aquí no le gustan las mujeres tan robustas que traje, pero no es mi culpa que las
bonitas no quieran entrar al Ejército, y estas que traje se ven bien fuertes, además si no las quieren,
eso debe ser algún tipo de discriminación-, se decía Luciana, en aquel apestoso hoyo.

Al terminar su castigo se presentó ante su superior, quien le pidió una explicación de su


actos, ella le informó de todo lo que había hecho y como su campaña había tenido mucho éxito ya
que había conseguido 5 nuevas reclutas. Aquel Sargento no podía creer que realmente la Cabo no
supiera que había hecho mal, así que se concretó a decirle, que ella no podía usar ningún material
que no fuera autorizado por el Ejército, que ella estaba ahí sólo para recibir órdenes, que no debía
pensar, ni tener ninguna idea que no fuera otra que la que su superior le indicara.

Las siguientes semanas fueron de entrenamiento, era evidente que en cualquier momento le
pedirían que fuera al frente a acabar con el enemigo. Su entrenamiento consistía en la parte física en
incrementar su velocidad, su resistencia y su fuerza y en la parte sicológica, debía fortalecer su
nacionalismo, su disciplina, su obediencia y su lealtad. Para los encargados del entrenamiento, era tan

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difícil lograr el condicionamiento total en cada miembro de las Fuerzas Armadas, debían conseguir
que bajo toda circunstancia pudieran responder con fuerza extrema ante el enemigo, la finalidad de
todo Soldado era matar antes de ser muertos, existía la premisa de que todo Ejército es entrenado
para la guerra, y existe con la única finalidad de tener la fuerza bruta necesaria para aniquilar al
enemigo, quien quiera que sea este. y el enemigo lo determinaban los superiores, aquí no se
permitiría a nadie actuar a medias, para un Soldado siempre es todo o nada, jamás se le podrá pedir a
un Soldado que aplique fuerza moderada, o que repriman su reacción, porque han sido entrenados
para matar, esa es su única función. Y aquí la guerra era contra el narcotráfico que había emprendido
el Ejército por orden nada más ni nada menos que del Presidente que era el Jefe Supremo de todas
las Fuerzas Armadas, y todos ellos no debían sino acatar esa orden, el campo de esta guerra era
cualquier rincón de su patria y la orden era una sola: matar o morir.

Luciana estaba muy clara de que necesitaba dar lo mejor de sí, que en cuanto la enviaran al
campo de batalla debía ser la mejor, que sus superiores tenían que sentirse complacidos con su
desempeño, necesitaba quitarles aquella rara idea de que a ella le gustaba desobedecer o hacer sólo
su voluntad, como extrañamente había escuchado que decían, y todo por aquella estúpida campaña
de reclutamiento, eso le pasaba por querer pensar, si eso no le correspondía a ella, aunque a finales
de ese año se sintió muy satisfecha cuando le mandaron llamar para mostrarle un cartel en color
violeta de la campaña oficial de reclutamiento femenino que textualmente decía: “Mujer de hoy,
únete a las Fuerzas Armadas en el Ejército te haremos un hombre, sé un profesional con futuro” -
Seguro que lo hicieron por el éxito de mi campaña de reclutamiento- pensó.

Fin del segundo capítulo- tercer capítulo viernes 15 de febrero 2019

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