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“LA IRA”

por
Presenta: Brenda Carolina C. E.
Materia: Morivacion humana.
Maestra: Edelmira Cervantes
Ocampo.
LA IRA
La ira, una emoción

Existen diversas definiciones de la ira o rabia, una de ellas es la que entrega Izard
(1977, citado en Pérez, Redondo, & León, 2008) en la cual se refiere a esta emoción
como primaria que se presentaría cuando “un organismo es bloqueado en la
consecución de una meta o en la obtención o satisfacción de una necesidad”.

De acuerdo a Magai (1996, citado en Pérez, Redondo, & León, 2008), la ira sería una
emoción que se origina a partir de las dificultades a que se ven enfrentadas las metas
de los individuos, dificultades que desencadenarían en resultados frustrantes que
provocarían a su vez un efecto colateral en el propio sujeto y en la relación que
establece con su entorno; esta emoción movilizaría al sujeto a enfrentar los obstáculos
y a mostrar a los demás que resulta inapropiado el ataque con conductas agresivas.

Johnson (1990, citado en Pérez, Redondo, & León, 2008), consideraría la ira como un
estado emocional compuesto por otros sentimientos como irritación, la furia y la rabia;
los que estarían siendo acompañados por la activación del sistema nervioso autónomo,
el sistema endocrino y la tensión muscular.

De acuerdo a Smith (1994, citado en Pérez, Redondo, & León, 2008) la ira, cómo
emoción sólo motivaría tendencias o impulsos hacia conductas agresivas, conductas
que bien podrían estar dirigidas a otros o hacia si mismo.

1.3. Expresión y control de la ira

De acuerdo a lo expuesto anteriormente, la ira expresada correspondería a una


conducta de tipo agresiva que deviene de un suceso de un en el que se siente rabia o
ira; la cual puede expresarse hacia adentro (hacia sí mismo) o hacia afuera (hacia

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otros). (Pérez, Redondo, & León, 2008)

El experimentar ira, estaría relacionado a procesos subjetivos, a las emociones


relacionadas con la ira y a los procesos cognitivos asociados con la hostilidad. Esta
experiencia, estaría referida a la peridiocidad, intensidad y/o duración del estado
emocional en el que predominan sentimientos de rabia. Por otro lado la expresión de la
ira, correspondería a una respuesta de intercambio frente a la hostilidad del medio y
que serviría como una manera de normalizar el displacer emocional producto de las
relaciones interpersonales conflictivas. (Pérez, Redondo, & León, 2008)

Respecto del control o afrontamiento emocional en relación a la ira, se habla de 3


estilos (Pérez, Redondo, & León, 2008):

Ira interna, quien experimenta sentimientos de enojo o irritación,


suprime o anula esos sentimientos antes de expresarlos ya sea de forma verbal
o física. 


Ira externa, al contrario del anterior, la persona que experimenta


estos sentimientos los exterioriza mediante conductas agresiva, verbales o
físicas, orientándolas hacia terceras personas, u objetos. 


Control de la ira, el sujeto que tiene sentimientos de rabia, busca


mecanismos que le permitan disminuir, tanto la intensidad, como la 


duración de ellos, resolviendo de forma juiciosa la situación o problema que haya


generado los sentimientos negativos de rabia o enojo.

3.3 FACTORES QUE LO MOTIVAN LA IRA

Las causas del enojo o la ira son complejas. Incluso hasta los investigadores y
psicólogos admiten que el fenómeno no se entiende del todo. De hecho, todos los
seres humanos reaccionan ante ciertos hechos desencadenantes.

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La ira es una reacción límite, es la necesidad de afirmar el propio yo. Un disparador de
la ira puede ser algo que molesta o irrita, a menudo el resultado de la mala conducta o
de la injusticia sufrida. Pueden entrar en juego cuando uno se siente humillado, como
resultado de un insulto o un gesto grosero.

Esta ira también puede ser el resultado de que una persona sienta amenazada su
autoridad o su reputación. Por supuesto, los factores desencadenantes varían de
persona a persona, dependiendo de la edad, sexo, cultura, educación, etc. Asimismo,
factores como el estrés pueden estar vinculados a la ira.

¿CUÁLES SON LOS PELIGROS DE LA IRA?

Reprimir la ira hace mal a la salud psicofisica. Los problemas de salud son varios,
incluyendo cuadros de depresión. Asimismo, se manifiestan daños y dolores físicos de
índoles psicosomático, como úlceras y el padecimiento de fuertes dolores de cabeza y
migrañas.

3.4 LA AGRESION

Freud (1973, citado en Pereyra, 2008), principal exponente del psicoanálisis manifiesta
que el inconsciente está sometido por la compulsión de repetición de las dos pulsiones
básica el Eros y el Thanatos. Respecto de la agresión, para este sería una de las más
significativas expresiones del instinto de muerte y consideraría que toda cultura de
vida, estaría en cierto modo estimulada instintivamente hacia la muerte, que sería el
estado que permitiría la liberación de esta tensión. (Pereyra, 2008)

Para el cognitivismo conductual existen 2 perspectivas desde la cual enfocar el


comportamiento agresivo (Ardouin, Bustos, Díaz , & Jarpa, 2001 ):

Perspectiva atribucional se refiere a como el sujeto ejecuta acciones o


conductas en relación a supuestos, vale decir, existiría un juicio de la conducta
agresiva, que lo llevaría a preguntarse, primero acerca de la causa, si es interna

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o externa, si es estable o pasajera, si pueden ser controlados o no. Las
respuestas observadas influirían en los sujetos a nivel a nivel cognitivo, al
hacerse una idea al respecto; en los afectos y cognición, lo que estaría
vinculado al comportamiento o conducta agresiva. 


Agresión y frustración, muchos plantean que la conducta agresiva


está precedida por un evento frustrante, entendido como la interferencia al
cumplimiento de una meta o al logro de la satisfacción de una necesidad, que
puede ser psicológica, biológica o social. La frustración, sería entonces vista
como un impedimento, una amenaza al logro. 


“UNA AMENAZA DE CASTIGO PUEDE DISMINUIR O INHIBIR UNA


RESPUESTA AGRESIVA. AL ACERCARSE EL MOMENTO DE LLEVAR A
CABO LA AGRESIÓN, LA POSIBILIDAD DE CASTIGO ENTRA EN JUEGO
POR LA FUERZA RELATIVA QUE PRESENTA LA TENDENCIA A AGREDIR.
EN RELACIÓN CON LA INTENSIDAD DE LA TENDENCIA A AGREDIR Y LA
INTENSIDAD DE LA TENDENCIA A EVITAR AGREDIR, LA PERSONA
MOSTRARÁ O NO UNA CONDUCTA AGRESIVA”.

FACTORES QUE MOTIVAN Y DETERMINAN LA AGRESIÓN

Uno de los factores que influyen en la emisión de la conducta agresiva es el factor


sociocultural del individuo, ya que es el responsable de los modelos a que haya sido
expuesto, así como de los procesos de reforzamientos que haya sido sometido. Si en
el abundan modelos agresivos, la adquisición de estos modelos desadaptados será
muy fácil.
La familia es, durante la infancia, uno de los elementos más importantes del ámbito
sociocultural del niño. Las interacciones entre padres e hijos van moldeando la
conducta agresiva mediante las consecuencias reforzantes inherentes a su conducta.

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El niño probablemente, generalice lo que aprende acerca de la utilidad y beneficios de
la agresión a otras situaciones. En estas circunstancias, el pone a prueba las
consecuencias de su conducta agresiva. Las familias que permiten el control de las
conductas mediante el dolor, tienen una alta probabilidad de producir niños que
muestren altas tasas de respuestas nocivas. La conducta agresiva del niño acaba con
gran parte de la estimulación abusiva que recibe.
Dentro de la familia, además de los modelos y refuerzos, es responsable de la
conducta agresiva el tipo de disciplina a que se le someta.
Se ha demostrado que una combinación de disciplinas relajadas y pocos exigentes con
actitudes hostiles por parte de ambos padres fomenta el comportamiento agresivo en
los hijos. El padre poco exigente es aquel que hace siempre lo que el niño quiere,
accede a sus demandas, le permite una gran cantidad de libertad, y en casos extremos
le descuidad y le abandona.
El padre que tiene actitudes hostiles, principalmente no acepta al niño y lo desaprueba,
no suele darle afecto, comprensión o explicación y tiende a utilizar con frecuencia el
castigo físico, al tiempo que no da razones cuando ejerce su autoridad. Incluso puede
utilizar otras modalidades de agresión como la que ocurre cuando insultamos al niño
por no hacer adecuadamente las cosas, o cuando lo comparamos con el amigo o con
el hermano, etc. Tras un largo periodo de tiempo, esta combinación produce nuños
rebeldes, irresponsables y agresivos.
Otro factor familiar influyente es la incongruencia en el comportamiento de los padres.
Incongruencia en el comportamiento de los padres se da cuando los padres
desaprueban la agresión y, cuando esta ocurre, la castigan con su propia agresión
física o amenaza al niño. Los padres que desaprueban la agresión y que la detienen,
pero con medios diferentes al castigo físico, tienen menos probabilidad de fomentar
acciones agresivas posteriores.
Es decir una atmósfera tolerante en la que el niño sabe que la agresión es una
estrategia poco apropiada para salirse con la suya, en la que ese le reprime con mano
firme pero suave y es capaz de establecer imites que no se puede en absoluto
traspasar, proporción el mejor antídoto a largo plazo para un estilo agresivo de vida.

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Enseñarle al niño medios alternativos acabara también con la necesidad de recurrir a
peleas.
La inconsistencia en el comportamiento de los padres no solo puede darse a nivel de
comportamientos e instrucciones, sino también a nivel del mismo comportamiento. En
este sentido puede ocurrir, que respecto del comportamiento agresivo del niño, los
padres unas veces los castiguen por pegar a otro y otras veces le ignoren, por lo que
no le dan pautas consistentes. Incluso a veces pude ocurrir que los padres entre si no
sean consistentes, lo que ocurre cuando el padre regaña al niño pero no lo hace la
madre.
De este modo, el niño experimenta una sensación de incoherencia acerca de lo que
debe hacer y de lo que no debe hacer. Se ofrece incoherencia al niño, también cuando
se le entrena en un proceso de discriminación en el sentido de que los padres
castiguen consistentemente la agresión dirigida hacia ellos pero a la ves refuercen
positivamente la conducta agresiva de sus hijos hacia personas ajenas a su hogar.
Las relaciones deterioradas entre los propios padres provocan tensiones que pueden
inducir al niño a comportase agresivamente.
Otro factor reside en las restricciones inmediatas que los padres imponen a su hijo.
Restricciones no razonables y excesivos "haz y no hagas" provocan una atmósfera
opresiva que induce al niño a comportarse agresivamente. Por último, en el ámbito
familiar, puede fomentarse la agresividad con expresiones que la fomenten. Estas son
expresiones del tipo "pero ¿pero no puede ser mas hombre?".
El ambiente más amplio en que el niño vive también puede actuar como un poderoso
reforzador de la conducta agresiva. El niño puede residir en un barrio donde la
agresividad es vista como un atributo muy preciado. En tal ambiente el niño es
apreciado cuando se le conoce como un luchador conocido y muy afortunado. Los
agresores afortunados son modelos a quienes imitaran los compañeros.
Además de los factores socioculturales también influyen factores orgánicos en el
comportamiento agresivo. En este sentido factores hormonales y mecanismos
cerebrales influyen en la conducta agresiva. Estos mecanismos son activados y
producen los cambios corporales cuando el individuo experimenta emociones como

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rabia, excitación miedo. Por tanto, factores físicos tales como una lesión cerebral o una
disfunción también pueden provocar comportamientos agresivos.
También estados de mala nutrición o problemas de salud específicos pueden originar
en el niño una menor tolerancia a la frustración por no conseguir pequeñas metas, y
por tanto pueden incrementarse las conductas agresivas.
Otro factor del comportamiento agresivo es el déficit de habilidades necesarias para
afrontar situaciones frustrantes. Bandura (1973) indico que la ausencia de estrategias
verbales para afrontar el estrés a menudo conduce a la agresión. Hay datos
experimentales que muestran que las mediaciones cognitivas insuficientes pueden
conducir a la agresión. Camp (1977) encontró que los chicos agresivos mostraban
deficiencias en el empleo de de habilidades lingüísticas para controlar su conducta;
responden impulsivamente en lugar de responder tras la reflexión.
No solo el déficit en habilidades de mediación verbal se relaciona con la emisión de
comportamientos agresivos. Es responsable también el déficit en habilidades sociales
(HHSS) para resolver conflictos. Las HHSS se aprenden a lo largo de las relaciones
que se establecen entre niños y adultos u otros niños. Se adquieren gracias a las
experiencias de aprendizaje. Por lo que es necesario mezclarse con niños de la misma
edad para aprender sobre la agresión, el desarrollo de la sociabilidad, etc.

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CENTROS NEUROLÓGICOS RELACIONADOS CON LAS EMOCIONES

En la actualidad la desregulación afectiva puede ser estudiada y comprendida


haciendo uso de los estudios destinado a conocer el funcionamiento del cerebro.

Siegel (2007) reúne aportaciones actuales que pueden ser utilizadas para explicar el
desarrollo del cerebro, y en concreto cómo las diferentes estructuras y su
funcionamiento pueden servir para comprender el origen de la desregulación
emocional.

Partiendo de las tres estructuras cerebrales implicadas en el desarrollo de la mente,


podemos inferir lo que ocurre dentro de un proceso de desregulación emocional: el
tronco encefálico, el sistema límbico y neocortex.

La primera de ellas, el tronco encefálico, es considerada la estructura que modula la


excitación y regula el sistema nervioso autónomo. Se consideraría el “fondo
fisiológico de la mente” (Schore, 2003). Lo niveles elevados de excitación
activarían la rama del sistema nervioso simpática, los bajos niveles de excitación
se asocian con la activación del sistema nervioso parasimpático.

De esta estructura, el tronco encefálico, partiría el nervio vago que puede, en


condiciones de seguridad, atenuar o frenar al sistema nervioso simpático calmando al
cuerpo. Este sistema vagal tiene el control primario no solo de los órganos viscerales
como corazón sino de la musculatura de la cara, cuestión importante para comunicar
emociones.

Clásicamente el sistema nervioso simpático y el sistema nervioso parasimpático han


sido entendidos como una simbiosis donde, ante la activación del primero, el segundo
respondería provocando aquellas reacciones contrarias que permitiesen la calma del
individuo.

Porges (2001) añade a esa visión clásica, una importante división del sistema nervioso
parasimpático. Defiende dentro de su Teoría Polivagal, la existencia dentro del

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sistema nervioso parasimpático, además de un sistema ventral del nervio vago, un
sistema dorsal del nervio vago. El sistema ventral del nervio vago, un vagal
mielinizado, llamado por el autor de “involucramiento social”. Es un sistema de
comunicación social, con opciones para la autorregulación y el autososiego. Está
compuesto por componentes visceromotores (control de bronquios y corazón) y
componentes somatomotores (nervio facial, laríngeo, faríngeo, y del oído medio), entre
otros.

Cuando el niño vive en la relación con los otros significativos un fracaso de


este sistema de conexión social o involucramiento social, el bebé no encuentra
en el otro la oportunidad de ser calmado, y no desarrolla la oportunidad de
obtener la seguridad y la protección necesaria. El sistema de involucramiento
social se encontrará infradesarrollado. Sin la capacidad de frenado desarrollada
a través del vagal ventral o de involucramiento social, el sistema nervioso
simpático (o sistema de movilización /hiperactivación) se verá activado en un
primer momento para pasar en segundo término a ser “equilibrado” por el
sistema nerviosos parasimpático, esta vez la rama dorsal del nervio vago (o
sistema de inmovilización/hipoactivación).

Para Porges y Shore (citados en Tallin, 2007), la disociación es el complemento


psicológico de esta reacción física.

Sassenfeld, en sus revisión sobre la neurobiología de los procesos relacionales, añadió


al estudio de Porges, el conocimiento del funcionamiento de las neuronas espejo
dentro de la importancia de la comunicación no verbal en cuanto a ser capaz de
producir un estado somático compartido. Gracias a este mecanismo de las neuronas
espejo, las acciones realizadas por otros se transforman en mensajes sin mediación
cognitiva. El sistema de neuronas espejo “trasforma los fenómenos no verbales de la
comunicación emocional en señales corporales que son codificadas y decodificadas
en términos implícitos”. Además, es importante añadir, como indican Iacoboni, Rally,
Wolf et al (citados en Sassenfeld), cómo las neuronas espejo tienen conexiones
importantes con el sistema límbico. Lo cual supone sin duda una oportunidad para

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aprender a sentir lo que sienten los otros, base fisológica de la empatía. Como también
una oportunidad para de nuevo encontrar el autososiego a través de la conexión con
los adultos significativos.

Para Porges, dentro de este sistema de involucramiento social surgiría el


proceso de evaluación de “las intenciones” de los otros en base a los
“movimientos biológicos” del rostro. Para Lieberman (citado en Sassenfeld) dicho
proceso evaluador puede ser considerado precursor del desarrollo de la mentalización
explícita.

Siguiendo nuestro discurso, ésta primera estructura denominada tallo cerebral, el


primer sistema de valoración, enviaría un flujo de energía al sistema límbico. El flujo
llegaría a la amígdala aportando información sobre algún acontecimiento que es
importante emocionalmente.

La amígdala es un órgano de evaluación (bueno/malo) pero también es un


órgano de memoria, registra la experiencia en forma de recuerdos emocionales
no conscientes presimbólicos.

La información (bueno/malo) de estas áreas sigue “subiendo” y se trasmite al


hipocampo que modula las tendencia hedonista (todo-nada) de la amígdala. El
hipocampo supone de nuevo una oportunidad de “frenado” que puede activar el
sistema nervioso parasimpático para permitir el sosiego.

Los estudios recopilados en D.J Walin, 2007, demuestran cómo el “trauma


relacional” puede frenar temporalmente o inhibir el desarrollo del hipocampo, de
tal forma que, de nuevo, el niño dispondría de una nueva oportunidad para poder
“frenar” su activación emocional.

Es muy importante constatar que esta estructura no comienza a intervenir hasta el


segundo o tercer año de vida, quedando entonces un niño a merced de las categorías
bueno/malo, categorías globales, generalizadas, pudiendo quedar grabadas
emocionalmente en la amígdala.

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Pareciese que de los estudios mencionados se derivase la idea de una serie de
estructuras fisiológicas emocionales desarrolladas en la relación con los otros
significativos en la vida del bebé y del niño, que ofrecen la oportunidad de
desarrollar la capacidad de regulación de las emociones. Estas estructuras
supondrían una oportunidad de desarrollo de un sistema que sentaría las bases
de una futura regulación emocional.

Siguiendo con la descripción neuropsicológica, groso modo, sobre esta


estructura, el sistema límbico, se situaría el córtex frontal.

El córtex prefrontal, se divide en dos zonas:

Zona dorsolateral unida al hipocampo y hemisferio izquierdo, es la “mente racional”


que nos permite reflexionar de forma consciente sobre la experiencia, focalizamos la
atención voluntariamente hacia percepciones, recuerdos, ideas, uniendo pasado,
presente y futuro, resolvemos problemas, sopesamos decisiones e intentamos
explicarnos las cosas.

Representa la información de manera lingüística, según una lógica lineal, su unidad de


información es la palabra.

El córtex prefrontal medio (Siegel, 2007), supone la “mente emocional” conectado


con la amígdala y el hemisferio derecho, orientado a las emociones. El córtex prefontal
medio, zona integradora que enlaza el tronco encefálico, el sistema límbico y el córtex.
Destacando una estructura denominada córtex orbitofrontal que puede ser “tanto
una estructura del sistema límbico como una parte del córtex”. Representa una
zona de convergencia y un órgano de integración que une información
emocional, cognitiva y corporal.

La función integradora del córtex orbitofrontal es central en cuanto a la creación de


significados y emociones. Esta área supone la intersección entre las regiones
inferiores que reciben el input del organismo y los sentidos y las partes
superiores responsables de la creación de pensamientos y planes. Esta región

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integradora está implicada en la valoración del estímulo (EL SIGNIFICADO
EMOCIONAL), la regulación del afecto (la capacidad del cerebro para modular su
estado psicofisiológico), la cognición social (el proceso mediante el cual “vemos la
mente” del otro, o la habilidad para conocer el estado emocional del otro) y la
capacidad autonoética (la habilidad para ejecutar un viaje mental en el tiempo).

El córtex orbitofrontal recibe input directo del córtex sensorial (percepción); del córtex
somatosensorial y el tronco cerebral que registran sensaciones somáticas, del SNA,
que controla las funciones corporales; del córtex prefrontal dorsolateral (procesos
atencionales); lóbulo temporal (memoria explícita); córtex implicado en las formas
abstractas del pensamiento.

Para Damasio, 2003 las estructuras superiores (cortical, del hemisferio izquierdo) están
asentadas sobre las inferiores (subcortical, del hemisferio derecho) y a menudo
dominada por ellas. En palabras de Damasio: “La enfermedad o el trauma cerebral
produce la disolución o la degradación neurofuncional hacia estructuras más
primitivas”.

De ahí que (LeDoux, 1996) haya planteado que el tráfico es mucho más denso en
sentido ascendente, desde la amígdala hacia el córtex que en sentido descendente.

Para Sassenfeld la corteza orbitofrontal, es el componente cortical principal del sistema


límbico y media la vinculación emocional y empática.

La emoción entonces es en sí misma un proceso integrador que se produce en el


córtex orbitofrontal, pero que no se puede reducir a él. La emoción se haya en el
núcleo de los procesos internos e interpersonales que crean nuestra experiencia
subjetiva de self.

Dicha emoción es un proceso de asignación de significado emocional. Este


significado prevalece sobre el resto de funciones mentales y crean sentido en la
vida.

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Pareciese que de lo explicitado hasta este momento se derivase la idea de la
existencia de emociones intensas, que ocasionasen una falta de regulación de
las mismas. Un fracaso de maduración de las estructuras cerebrales encargadas
de la integración.

Con esas emociones intensas, siguiendo nuestro trabajo, no nos estamos referiendo a
traumas agudos, más bien se trata de lo que Masud Khan (citado en Richard G.
Erskine, 2001) denominó como “trauma acumulativo”, o como Lourie (citado en
Erskine, 2001) describió como la acumulación de pérdidas de sintonía y de conexiones
que van creando las condiciones por las cuales el niño/a se esconde más y más
quedando secuestrado en su propio mundo interno, al tiempo que externamente ajusta
su conducta a aquello que los otros demandan. Aunque éste último se refería al
proceso esquizoide.

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BIBLIOGRAFÍA

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Asistencia. Recuperado el 08 de Mayo de 2011.

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