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Capitalismo y autoritarismo: un matrimonio de

conveniencia
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Luis Martínez April 26, 2018

Francisco Franco junto a autoridades militares en unas maniobras. Fuente: Wikipedia.

A la hora de analizar la realidad de cada país, se tiende a separar el sector público del
privado, como si el mundo empresarial fuese por un lado y el de los políticos por otro y muy
pocas veces se mezclasen. Por ello, cuando se analiza a un dictador y su dictadura, se le
suele presentar como un ser sanguinario y represivo que gobierna un país para él mismo y
para nadie más. Pero lo cierto es que en raras ocasiones un dictador llega al poder y se
consolida en él sin ayuda; a menudo cuenta con la colaboración de oligarcas y multinacionales
que esperan sacar un gran provecho a cambio, una colaboración que se olvida muy pronto, si
es que se llega a saber en algún momento.

Cuando un político o un partido presentan una nueva propuesta, desde los medios de
comunicación se plantea como si fuese la idea exclusiva de ese sujeto o grupo, que le ha
venido por iniciativa propia, sin pararse a analizar a qué intereses sirve. Es lo que llamamos
“personificación de la política” y, usada convenientemente, puede servir para fijar la atención
exclusivamente en una de las partes interesadas mientras se omiten las otras. Así, el debate
sobre el uso de las armas en Estados Unidos se plantea como una confrontación entre
diferentes representantes de los partidos Demócrata y Republicano, como si la multimillonaria
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industria armamentística estadounidense no pintase nada, o en el debate sobre la
privatización de la sanidad o la educación los únicos actores de los que se habla son los
partidos que apoyan o se oponen a ello, sin apenas mencionar las grandes empresas privadas
de los respectivos sectores.

Estas compañías ejercen presión a través de lo que comúnmente se conoce como lobbies
empresariales, esto es, grupos de empresas con intereses comunes que se juntan a la hora
de presionar a los Gobiernos o partidos políticos para que adopten decisiones que los
favorezcan. Se calcula que solo en Bruselas hay más de 30.000 lobistas que intentan
influenciar a los políticos de la UE y que conforman la nueva versión globalizada de los
antiguos caciques, tan presentes en los siglos XIX y XX en América y Europa.

El funcionamiento ideal del lobismo. Fuente: Unmistaken

Generalmente, estos grupos intentan situarse fuera de la opinión pública y su presión no solo
se limita a la esfera política, sino también a los medios de comunicación, de los que muchas
veces son los principales financiadores, por lo que su intervención suele pasar desapercibida
o camuflada la mayoría de las veces. Sin embargo, su poder es enorme y, dependiendo de su
agresividad, son capaces de acciones que van desde conseguir la aprobación de una simple
ordenanza municipal hasta la instauración de un equipo de gobierno completamente a su
servicio, ya sea de apariencia democrática o dictatorial. Es de este último aspecto del que se
hablará en este artículo.

Nada nuevo
La colaboración de empresas privadas con dictadores es un fenómeno que viene repitiéndose
a lo largo de la Historia en lo que supone una relación mutuamente beneficiosa. Por un lado,
el dictador consigue recursos logísticos o financieros que le ayuden a tomar el poder o a
consolidarse en él, mientras que las empresas obtienen libertad absoluta para campar a sus
anchas por el país y generar beneficios de una manera que no hubiese sido posible en otra
situación. El caso más notorio fue la colaboración de algunas de las principales empresas
alemanas con el Gobierno nazi de Adolf Hitler.

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Para ampliar: “El Tercer Reich económico: las empresas que ayudaron a Hitler”, Fernando
Arancón en El Orden Mundial, 2014

En España hubo ejemplos parecidos durante la dictadura de Francisco Franco. Algunas de las
mayores empresas del país vivieron un auge espectacular durante el franquismo gracias a la
estrecha relación de sus propietarios con el caudillo, que supo recompensar su ayuda durante
la Guerra Civil y la posguerra. Compañías como Gas Natural-Fenosa, Acciona, ACS, Endesa,
Iberdrola o San Miguel —y una larga lista— basan su actual riqueza en el desarrollo
experimentado durante una de las épocas más oscuras de la Historia española y entre sus
fundadores se encuentran antiguos ministros, alcaldes o diplomáticos franquistas que, en la
mayoría de casos, continuaron en sus cargos tras el fin de la dictadura y no tuvieron que
pagar reparación alguna, un asunto que continúa siendo tabú en la península ibérica.

Para ampliar: El franquisme que no marxa, Lluc Salellas i Vilar, 2015

Los ejemplos se multiplican por todo el mundo. En Argentina se sigue investigando la estrecha
relación entre el Gobierno de Videla y algunos de los empresarios más significativos del país,
una relación que se centró principalmente en la represión de los cuadros sindicales más
destacados a través de amenazas, torturas, secuestros y asesinatos. Robert Mugabe, el
recientemente depuesto dictador de Zimbabue, también debe agradecer a varias
multinacionales extranjeras y a su financiación y apoyo que su mandato haya durado casi 40
años, entre ellas algunas compañías tan importantes como Enel, General Electric o el gigante
de la comunicación Naspers, además de personajes mediáticos como el futbolista portugués
Luis Figo, que posee minas de oro en el país.

Es también conocido el caso de la United Fruits Company, que con la inestimable


colaboración de la CIA consiguió tumbar al Gobierno progresista de Jacobo Arbenz en
Guatemala para implantar una junta militar afín a sus intereses. Este acontecimiento
representa para muchos la quintaesencia del imperialismo estadounidense en América Latina
por lo descarado y significativo que fue.

Para ampliar: “La CIA contra Guatemala: cuando Ernesto se convirtió en el Che
Guevara”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2015

En Libia encontramos otro ejemplo interesante. Antes de sucumbir ante las fuerzas de la
OTAN, algunas empresas importantes de sus países miembros —y que fabrican material
militar usado por la alianza—, como Boeing en Estados Unidos o la tecnológica Bull en
Francia, fueron los proveedores de los sistemas de espionaje utilizados por Muamar el Gadafi
para vigilar a sus opositores y consolidarse en el poder más de 40 años.

Se podría seguir con esta lista y llenarla de ejemplos hasta completar este texto —y,
posiblemente, unos cuantos más—, ya que prácticamente ningún dictador se salva de la
quema. Sin embargo, no obtendríamos ninguna conclusión válida si simplemente
enumeramos estos casos y dejamos sin analizar otros factores vitales que hacen este proceso
posible. Ahora bien, estos ejemplos ilustran perfectamente que, a la hora de hacer dinero, hay
muy pocas cosas ante las que las grandes multinacionales pongan reparo, y los abusos
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humanitarios cometidos por estos líderes no parecen ser una de ellas. Las facilidades que les
dan estos dictadores,
especialmente en materia
laboral y medioambiental, acaba
pesando más que cualquier
aspecto ético o moral. Bajo su
lógica, algo que puede parecer
tan terrible como niños
trabajando en minas en
condiciones lamentables es visto
como una oportunidad de
mercado más, que ayuda a bajar
el coste de producción y, por
tanto, otorga más beneficios a la
compañía.

Francisco Franco visita la sede de Fecsa, actual Endesa y propiedad de


la familia March, accionista también de ACS y Gas Natural. Fuente:
Archivo Can Verga

¿Dónde está la justicia?


Perseguir este tipo de acciones a través de la legalidad es bastante complejo por varios
motivos —razón por la cual es aún más provechoso para las multinacionales, ya que el riesgo
asumido es bajo en comparación con las ganancias—. Primero, los tribunales de un Estado
controlado por una dictadura jamás van a iniciar un caso contra sí mismos, por lo que las
acciones legales tienen que venir siempre de un tribunal externo. Llevar estos casos a
tribunales extranjeros es un proceso que generalmente sale muy caro para las víctimas, y más
si, como suele ocurrir, los juicios se alargan durante años, mientras que para estas compañías
el gasto en abogados es una partida insignificante dentro de sus presupuestos
multimillonarios. Además, determinar que una empresa ha participado en crímenes
humanitarios o ha facilitado la implantación de un régimen opresivo es muy difícil de
conseguir. En algunos casos en los que la empresa ha participado directamente, como en el
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caso de la proveedora del insecticida usado en las cámaras de gas nazis, esto puede ser más
fácil, pero probar que una empresa sabía que sus productos o dinero estaban siendo usados
para realizar abusos humanitarios es otro cantar.

Los principales tribunales internacionales del mundo, como la Corte Penal Internacional de La
Haya o el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, normalmente centran la
responsabilidad de los crímenes humanitarios en las autoridades estatales o, como mucho, en
organizaciones que, sin ser del Estado, están conectadas directamente con él, como milicias
paramilitares, y se tiende a dejar al sector privado de lado. En lo que atañe a estos casos, los
mecanismos legales para determinar la complicidad empresarial siguen en pañales y no
parece que las autoridades judiciales internacionales tengan especial urgencia por solucionar
este problema.

Por todo ello, los casos en los que una empresa ha sido condenada por su colaboración con
dictaduras son muy escasos y ninguno ha sentado un precedente que sirva como base para
otros casos similares. En su mayoría provienen de tribunales nacionales donde las víctimas
personaron una acusación popular, generalmente con el apoyo de alguna ONG, pero las
sanciones recibidas por las compañías no suelen ser demasiado perjudiciales. Un ejemplo es
el caso de los ogonis contra la sociedad formada por la Royal Dutch Petroleum Company y
Shell en 1995, en el que la gigante petrolera fue condenada por un tribunal estadounidense
por participar en la represión violenta que la junta militar gobernante en Nigeria llevó contra la
tribu ogoni, que eran los habitantes de las tierras que estas empresas querían explotar para
extraer petróleo. Por silenciar todo tipo de oposición a sus operaciones, ya fuera a través de la
tortura, asesinatos o arrestos arbitrarios, esta sociedad fue condenada a pagar 15 millones de
dólares, una cantidad muy pequeña si la comparamos con los volúmenes en los que se
mueven estas compañías.

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El actual presidente de Nigeria y jefe del Ejército durante el Gobierno militar, Muhammadu Buhari, saluda al directivo de
Shell Andrew Brown en Abuja (2016). Fuente: Global Patriot News

En la mayoría de los casos, las autoridades nacionales de los países afectados se muestran
poco interesadas en perseguir estas situaciones, cuando no entorpecen directamente las
investigaciones destruyendo pruebas o silenciando a testigos. Sin embargo, hay un país que
se ha convertido en referente a la hora de perseguir la responsabilidad empresarial en
crímenes contra la humanidad: Argentina. De todos los casos abiertos contra empresas
privadas por su complicidad con dictadores, el 65% se encuentran en el alargado país
sudamericano.

Durante la dictadura militar de Videla, miles de argentinos sufrieron la represión llevada a


cabo por el Ejército junto con algunas de las principales empresas del país, como los diarios
Clarín y La Nación, las filiales de Fiat, Mercedes-Benz y Ford en el país o la azucarera
Ledesma. Tras la caída de la junta militar, las autoridades judiciales del país han mostrado
iniciativa y voluntad para condenar a los responsables, lo que los ha llevado a crear multitud
de leyes y mecanismos para perseguirlos. De hecho, no son pocos los casos en los que las
víctimas de situaciones similares en el extranjero, como las víctimas del franquismo en
España, acuden al país andino en busca de justicia. Aun así, el proceso judicial avanza

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lentamente e incluso ha sufrido algún retroceso desde la llegada de Mauricio Macri al poder —
en forma de anulaciones de condenas y nuevos jueces puestos a dedo—. Por ahora, son
ocho los empresarios procesados, de los cuales solo uno ha sido condenado.

Para ampliar: “La complicidad empresaria de la dictadura aliada de la impunidad y el poder”,


Giuliana Sordo en La Primera Piedra, 2017

Una colaboración muy rentable


La colaboración de empresas privadas para establecer o consolidar dictadores en el poder se
hace con un único objetivo: conseguir la apropiación exclusiva de los principales recursos
económicos del país. En Camerún y Chad podemos ver un ejemplo muy significativo de lo
valiosa que puede ser esta cooperación para las dos partes interesadas. Los respectivos
presidentes de estos países, Paul Biya e Idriss Dèby, dos de los dictadores más veteranos de
África y responsables de múltiples abusos humanitarios, mantienen excelentes relaciones con
las petroleras Exxon Mobil, Chevron y Petronas. Fruto de esas relaciones, surgió uno de los
proyectos más importantes del África subsahariana: el oleoducto de Chad-Camerún, de más
de mil kilómetros de longitud y que se encarga de transportar el crudo extraído en Chad hasta
el puerto de Kribi, en Camerún.

Este proyecto fue inaugurado por los dos dictadores en 2004 con la promesa de que traería
desarrollo económico y social a las dos naciones, pero 14 años después queda claro que
aquellas palabras no eran más que un brindis al sol. El dinero obtenido por la exportación del
petróleo se ha repartido —y se reparte— exclusivamente entre estas empresas y los
Gobiernos corruptos de Biya y Dèby, sin que la población local se haya beneficiado lo más
mínimo de sus preciados recursos naturales. Escuelas sin construir, fondos destinados a la
financiación de guerrillas y la lucha contra los opositores del Gobierno, nulo control
medioambiental del proyecto… y, en definitiva, una población igual o más empobrecida que
antes.

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Esto último es el denominador común de todos los países intervenidos por empresas. Si ya en
los países que supuestamente gozan de democracia y libertad plenas, como Europa o
América del Norte, es muy difícil conseguir una distribución de la riqueza justa y equitativa
entre la población trabajadora y las grandes empresas, imaginemos lo utópico que es llegar a
esta situación en un país donde estas compañías saquean a su antojo protegidas por el poder
político y militar de sus gobernantes. Es la nueva forma de colonialismo: en el siglo XVII
teníamos a la Compañía Británica de las Indias Orientales controlando medio mundo y sus
recursos de manera directa, sin ningún disimulo; en el siglo XXI son los conglomerados
empresariales como Exxon los que convierten a los Gobiernos en peones a su servicio —con
la aquiescencia interesada de los propios gobernantes, que a su vez utilizan a las empresas
para consolidarse en el poder— para seguir enriqueciéndose impunemente. Mismo resultado,
pero adaptado a la era de apariencias felices en la que vivimos.

Para ampliar: “La política exterior de las multinacionales”, Trajan Shipley en El Orden
Mundial, 2017

Dictaduras malas… y menos malas


Junto con la campaña antiterrorista, la lucha contra el autoritarismo es la principal cruzada
que en estos momentos libran los representantes del autodenominado “mundo libre”. Sin
embargo, resulta curioso analizar el doble rasero que se aplica en muchas ocasiones a la
hora de combatir esta lacra. Mientras que figuras como Kim Jong-un, los hermanos Castro,

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Gadafi, Sadam Huseín o incluso presidentes elegidos como Hugo Chávez o Nicolás Maduro
son el principal objetivo de las potencias occidentales, los dictadores más sanguinarios no
reciben prácticamente ninguna atención.

Sin ánimo de caer en la conspiranoia, seguramente tenga mucho que ver la permisividad de
estos dictadores con las multinacionales provenientes de las mismas potencias que dicen
querer acabar con las dictaduras. El principal punto común de las políticas de Venezuela,
Libia, Cuba, Corea del Norte o el Irak de Huseín es precisamente su negativa a permitir que
compañías extranjeras exploten sus principales recursos, y ese puede haber sido uno de los
detonantes para colocarlos en el punto de mira. Visto así, se entiende que todo un autócrata
como Xi Jingping, dirigente de un Gobierno cada vez más represivo —y líder del Partido
Comunista, para más inri—, no sea declarado enemigo público, ya que sería una declaración
que amenazaría los intereses de las miles de corporaciones que, como Apple, basan gran
parte de su riqueza en lo poco que cuesta fabricar casi cualquier cosa en el gigante asiático y
en las facilidades que pone el Gobierno chino para producir en factorías que tienen en cuenta
poco o nada las condiciones laborales y sanitarias de sus trabajadores.

Esta hipocresía, tan conveniente para los grandes empresarios del mundo, es uno de los
principales obstáculos para combatir el autoritarismo en el mundo, por lo arraigada que está y
por la relevancia que tiene en muchos de los sectores económicos más importantes del
mundo. En nuestro día a día, todos usamos algún producto que ha sido producido en
circunstancias más bien turbias en algún país gobernado de manera aún mas turbia. Sin
embargo, el camino para acabar con el autoritarismo en el mundo no puede ser otro que el de
la denuncia y condena de todas las partes involucradas, empezando por los principales
proveedores logísticos y financieros de los dictadores. Todo lo demás son palabras que se
llevará el viento.

Fe de errores: El título original del artículo contenía el término totalitarismo en lugar de


autoritarismo. El cambio obedece a que los países mencionados en el texto corresponden a
Gobiernos autoritarios, pero la mayoría de ellos no son totalitarios, ya que no disciplinan —o
disciplinaban— completamente todos los aspectos de la vida social.

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